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La teoría «Satanás NO fue un hermoso ángel llamado Lucifer».


La teoría «Satanás NO fue un hermoso ángel llamado Lucifer».




«El diablo está en los detalles.»



La creencia más popular sobre la caída de Satanás se basa en Isaías:


«¡Cómo has caído del cielo, oh Lucifer, hijo de la mañana! Derribado fuiste a tierra, tú que sometías a las naciones».


El pasaje continúa diciendo que Lucifer intentó elevar su trono por encima de las estrellas y ser como Dios, pero este lo arrojó a lo profundo del «abismo». La segunda fuente es Ezequiel, que compara al rey de Tiro con un poderoso ángel que se corrompió y fue arrojado a la tierra. En resumen: la teoría popular sostiene que Satanás fue un ángel llamado Lucifer, y que este «cayó» en algún momento al principio de la creación. Sin embargo, no hay nada en las Escrituras que justifique esta opinión.

El comentario de Ezequiel trata de denunciar a un hombre [el rey de Tiro] que actúa con excesivo orgullo, pero lateralmente apela a la idea de un ángel que se volvió malo y cayó de la gracia divina. Sin embargo, incluso si admitimos la posibilidad de que este pasaje hable de la caída de un ángel, en ninguna parte del Antiguo Testamento se dice que Satanás fue alguna vez un ángel llamado Lucifer.

Cada vez que nos encontramos con la palabra Lucifer en la Biblia [introducida por los Padres de la Iglesia a partir del siglo I d.C.] estamos ante la traducción latina de la palabra hebrea hêlêl, que significa «brillante», y, poéticamente, «estrella de la mañana».

El célebre pasaje de Isaías es una crítica al rey de Babilonia Nabucodonosor II, conquistador de Jerusalén, alguien que, como hêlêl [la estrella de la mañana], intenta alcanzar las alturas; sin embargo, en lugar de llegar a ser como el Altísimo, el rey es arrojado a los abismos como un simple mortal. Isaías indudablemente está hablando del rey de Babilonia, no de Satanás, porque añade que aquel «sometía» (pasado) a las naciones. Es difícil ver cómo Satanás pudo someter a naciones enteras en su caída cuando todavía no existía ninguna.

También debemos notar que hêlêl fue arrojado al «abismo», que en el Antiguo Testamento con frecuencia denota un lugar de sepultura o una prisión. Si el pasaje de Isaías describe la caída original de Satanás y su posterior encarcelamiento, ¿cómo es posible que más tarde lo encontremos acusando a Job delante de Dios en el cielo?

Si leemos estos pasajes sin estar condicionados a pensar que Satanás es Lucifer, probablemente no llegaríamos a la conclusión de que Isaías alude a la caída original de Satanás. ¿Cómo llegamos entonces a la afirmación dogmática de que Satanás fue una vez un ángel bueno llamado Lucifer?

No hay ninguna afirmación en el Nuevo Testamento, ni en los escritos de los Padres Apostólicos, de que Satanás fuera una vez un hermoso ángel, y menos aún un ángel llamado Lucifer. Las tradiciones hebreas ni siquiera hacen una conexión directa entre Satanás e Isaías; y, como ya hemos visto en El Espejo Gótico, los hebreos no tenían ninguna restricción en este sentido y especulaban libremente sobre la naturaleza y funciones de ángeles y demonios [ver: La verdadera historia de los Serafines y otros no-ángeles]

Recién en el siglo II d.C., Orígenes [De Principiis] promovió la idea de que Lucifer era Satanás; sin embargo, esta noción no se arraigó de inmediato. Incluso en el siglo IV d.C. tenemos a un popular obispo cristiano llamado San Lucifer, cuyos seguidores eran conocidos como luciferinos. En siglos posteriores, algunos Padres de la Iglesia popularizaron la noción de que Satanás fue alguna vez un ángel llamado Lucifer; entre ellos, Tomás de Aquino y Agustín. El que puso un sello definitivo a esta nueva opinión en la cultura popular fue John Milton en El Paraíso perdido (Paradise Lost, 1667), quien conecta claramente a Satanás con la caída de Lucifer [ver: El «Efecto Milton» y la simpatía por el diablo]

En resumen, la teoría de que Satanás es Lucifer se ha convertido en un hecho sin una pizca de evidencia bíblica convincente. Esto no significa negar que Satanás pueda haber sido un ángel caído, pero de ninguna manera fue una entidad llamada Lucifer [ver: De las Guerras Celestiales]

Los propulsores de la teoría Satanás es Lucifer suelen apoyarse en un pasaje de Corintios (11:14), donde se refiere a Satanás como un «ángel de luz» debido a su astucia y habilidad para engañar. El pasaje no dice nada acerca sobre cómo «cayó», o si originalmente era un ángel «portador de luz», poderoso y bello llamado Lucifer. Otro argumento se encuentra en Lucas (10:18), que habla de Satanás cayendo como un «relámpago», no literalmente en términos de fenómeno climático, sino refiriéndose a lo repentino de su descenso.

El motivo de la «caída» es clásico en casi todas las mitologías; ciertamente es frecuente tanto en los mitos griegos como en los del Cercano Oriente. En el mito griego, Faetón es el hijo de Eos, la estrella Venus [«estrella de la mañana», metafóricamente «amanecer» o «alba»]. Eos da a luz a eosphoros [«portador de la estrella de la mañana»], quien intentó cruzar el cielo en el carro de su padre, el sol, pero Zeus lo derribó a tierra con uno de sus rayos. Esta es la estructura de la historia de Lucifer, incluso como «estrella de la mañana». De hecho, en la Septuaginta [traducción griega del Antiguo Testamento], la palabra hêlêl se traduce como eosphoros.

La palabra lucifer proviene de la Vulgata, y es, como hemos visto, una traducción de la palabra hebrea hêlêl, que aparece sólo una vez en el Antiguo Testamento como hêlêl ben shachar, que significa «el brillante, hijo del amanecer», algo prácticamente idéntico al mito griego de eosphoros; aunque el texto en Isaías no brinda ninguna indicación de que hêlêl fuera una estrella o un planeta. Más tarde, la tradición cristiana, en la que confluyen muchísimas opiniones, utilizó la palabra lucifer [«portador de luz», epíteto de Venus, la estrella de la mañana] como un nombre propio para Satanás antes de su caída. Como resultado, Lucifer se ha convertido en un sinónimo de Satanás; sin embargo, la palabra latina original nunca llegó a utilizarse exclusivamente en relación al diablo; de hecho, también se aplicó a otros personajes bíblicos, entre ellos, el propio Jesús.

No está claro si la palabra hêlêl debe considerarse como un nombre. Probablemente no, habida cuenta que sólo aparece una vez en la Biblia. En este contexto, la famosa observación del profeta Isaías, dirigida al rey de Babilonia, debería leerse del siguiente modo:


«¡Cómo has caído del cielo, oh hêlêl, hijo de la mañana.»


Isaías y Ezequiel no están hablando de Satanás, y menos relacionándolo con una entidad llamada Lucifer. Más bien están lamentando la antigua grandeza de las ciudades de Babilonia y Tiro, que fueron corrompidas por gobernantes egoístas y orgullosos. Al parecer, los traductores griegos pensaron que este hêlêl era un nombre, nada menos que Venus, la estrella de la mañana, e insertaron un epíteto común en griego para referirse a esta estrella: eosphoros [de eos, «amanecer» —también el nombre propio de la deidad de la aurora—; y phoros, que significa «portar» pero también «dar»]. Ahora bien, la Vulgata [latina] no es una traducción del hebreo original, sino de la versión griega; y así como ocurre en la Septuaginta, la Vulgata traduce eosphoros con un epíteto común en latín para la estrella Venus: lucifer [de lux, «luz»; y fero, «llevar» o «traer»]. En los siglos que siguieron el nombre Lucifer llegó a aplicarse a Satanás, y así se comenzó a creer que Isaías estaba hablando del diablo.

En algunas versiones modernas de la Biblia se evita diligentemente esta asociación; y la palabra Lucifer aparece como «estrella de la mañana» o «estrella del día»; sin embargo, esto constituye una ínfima reparación que no ha erosionado una creencia bien establecida a lo largo de los siglos.

La palabra hêlêl posee algunos atributos adicionales interesantes. Proviene del verbo halal, que significa «brillar» pero también «alabar» [dependiendo del contexto]. Además, halal denota cierto exceso de la acción, en este caso, un brillo excesivo. Este exceso no es directamente algo malo o negativo, sino más bien demasiado de algo bueno. Hêlêl, entonces, no sólo es «brillante», sino excesivamente brillante. Uno puede entender que la relación entre esta palabra y la idea de una entidad luminosa que desea brillar tanto como el Altísimo no es descabellada. De hecho, la palabra hebrea holela, que deriva de hêlêl, significa «locura».

Si Satanás no fue un hermoso ángel llamado Lucifer, ciertamente es una fuerza maligna activa en el Edén bajo la forma de una serpiente, ¿verdad? Esta es otra creencia falsa. No existe evidencia bíblica para esa interpretación.

La palabra hebrea satan es un sustantivo genérico que significa «acusador». También puede entenderse como «adversario», en términos de alguien que obstruye o se opone a algo. La mayoría de las veces, cuando la Biblia habla de Satanás se refiere a adversarios humanos, y sólo en Job y Zacarías parece referirse a una entidad sobrenatural, aunque no necesariamente diabólica. En otras palabras, cuando se usa sin el artículo ha, es decir, simplemente en la forma satan, se refiere a cualquier tipo de acusador humano, pero cuando se usa con el artículo definido [ha-satan] se introduce el elemento celestial. Esta seguna opción [hassä†än] aparece en sólo dos libros de la Biblia.

En el Antiguo Testamento, el sustantivo satan aparece 27 veces, el verbo satan aparece 6 veces, y en casi todos los ejemplos se usan de manera general. Si yo actúo como satan de alguien, me opongo a él, lo acuso, y probablemente lo calumnio. En algunos casos, este sentido es obvio, como Salomón al decirle a Hiram que no tenía ningún satan [adversario] que se le opusiera. Por lo tanto, el sustantivo y el verbo pueden tener en hebreo tienen el significado de oponerse a alguien como adversario. En el caso de Balaam, por ejemplo, incluso el mensajero de Dios era para él un satan, es decir, un adversario enviado por Dios. Ése es otro punto que hay que tener en cuenta: a diferencia de la connotación moderna, donde Satanás siempre se refiere a un ser maligno, en hebreo tiene un significado genérico.

El problema aquí, de nuevo, radica en las traducciones. La versión griega traduce satan y hasatan como diabolos, y la mayoría de las versiones modernas sólo utilizan Satanás. Es decir que cuando leemos Satanás en la Biblia en realidad, salvo dos excepciones, estamos ante la palabra hasatán [de ha, artículo definido «el»; y satan, «adversario» o «acusador»], que es un título o un oficio humano, no un nombre propio. En hebreo, al igual que en español, los nombres propios no tienen el artículo adjunto «el».

En cualquier caso, la palabra no aparece en el Libro del Génesis, que sólo menciona una serpiente parlante y no la identifica con ninguna entidad sobrenatural. Al parecer, Satanás no sólo no era un ángel llamado Lucifer, sino tampoco una serpiente.

Las traducciones al español no reflejan esto. Todas ellas emplean la palabra Satanás como si fuera un nombre propio, cuando en realidad es un oficio. En Job, por ejemplo, el satan aparece entre los ángeles para acusar a Job de actuar con integridad sólo porque era el favorito de Dios. El Señor luego permite que el satan aflija a Job con llagas. En Zacarías, «el sumo sacerdote Josué estaba de pie delante del ángel del Señor» y el satan «estaba a su derecha para acusarlo». En Job y Zacarías, por lo tanto, el satan tiene un rol similar: acusa a las personas buenas de servir a Dios por interés propio [Job], de no ser apto para ejercer el oficio de sumo sacerdote [Josué], o los tienta a pecar (David). En los dos casos, casi como un fiscal, el satan [hassatan] está allí para acusar a alguien, para señalarlo, y para decir a Dios, de manera coloquial, «estás equivocado respecto de esta persona». Porqué una deidad todopoderosa necesitaría de tales intermediarios es tema para otro debate.




Demonología. I Mitología.


Más literatura gótica:
El artículo: La teoría «Satanás NO fue un hermoso ángel llamado Lucifer» fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

IA y el Golem de Dios.


IA y el Golem de Dios.




El Monstruo medieval proviene de una desviación de las leyes naturales. Se pensaba que tales desviaciones dejaban huellas en el cuerpo, y en la imaginación popular los Monstruos a menudo mostraban deformidades físicas que los hacían fácilmente identificables, como miembros faltantes [o excesivos] y dimensiones desproporcionadas. El Golem es diferente. Se parece tanto a la forma humana que su artificialidad es indistinguible. La monstruosidad del Golem radica más en su esencia que en sus características físicas. Si el típico Monstruo es una figura que inspira terror, el Golem nos obliga a enfrentamos a las sutiles implicaciones de lo unheimliche [ver: Lo Siniestro]

La leyenda del Golem como se la conoce actualmente, en la que un rabino crea una especie de autómata para que proteja al gueto, probablemente comenzó en el siglo XVII. En esa época, la leyenda original del Golem fue deformada por intereses políticos, que la usaron para acusar a los judíos de cometer actos de hechicería para dañar a los cristianos. Esta deformación de la leyenda convirtió al Golem en un Monstruo, el más siniestro de todos: un monstruo judío; y esta fue la base sobre la cual muchos folcloristas posteriores, como Jacobo Grimm, construyeron la historia que todos conocemos.

Esta es la verdadera historia del Golem.

En términos naturalistas, el Golem es ser antropomórfico creado a partir de materia inanimada [arcilla]. La palabra golem aparece una vez en el Antiguo Testamento, aludiendo a la forma en bruto, embrionaria, inacabada, de Adán durante el proceso de su creación. En efecto, antes de ser un humano completo, Adán fue un Golem.

El Golem posterior [el de la leyenda], al igual que Adán, también es creado a partir de arcilla, no por Dios, sino por alguien cercano a la divinidad [un rabino], es por eso que ningún Golem es considerado completamente humano. En otras palabras, el Golem creado por Dios [Adán] termina siendo humano, pero el Golem antropogénico [hecho por el hombre] no puede alcanzar esta estatura.

Hay algunas sutilezas en esta historia que necesitan ser examinadas. Según los mitos hebreos, Adán no fue creado de repente; su formación requirió un proceso. En la primera instancia de ese proceso, Adán fue un Golem hasta la cuarta hora de su existencia, en la que Dios le proporcionó un alma. El Golem de las leyendas rabínicas es similar a Adán antes de recibir un alma. No es un ser inteligente, no posee conciencia ni raciocinio. Si se le ordena realizar una tarea, la ejecutará mecánicamente. Este grado de obediencia puede ser un problema si la orden no contempla la literalidad de su cumplimiento.

La capacidad creativa del ser humano no puede igualar a la de Dios, por lo que el Golem antropogenético no puede hablar. Este no es un defecto menor. Adán, al ser «terminado», primero nombró a todas las cosas; de modo que el lenguaje es lo que separa al Hombre de las bestias... o del Golem. En los mitos bíblicos, es a través de la palabra que el ser humano es poderoso. De hecho, en el hebreo medieval a menudo se utilizaba un sinónimo de «ser humano» que ilustra cabalmente esta noción: ha-medaber, «el que habla». Incapaz de hablar, el Golem permanece en aquel estado embrionario de Adán antes de la cuarta hora de su creación [ver: La lengua adánica]

La creación del Golem comienza con un ritual, y este tiene mucho que ver con el poder de la palabra. Los místicos judíos buscaron afanosamente el significado intertextual de los caracteres hebreos porque conocer estos secretos implicaba el conocimiento absoluto. No es de extrañar que la palabra golem les haya interesado tanto. Alude al origen del cuerpo humano sin la divinidad del alma. Estudiar al Golem es como estudiar la arcilla antes de que el alfarero le otorgue su forma definitiva. Y si conocer la materia prima es descubrir el primer eslabón del proceso artístico, comprender al Golem es la clave para comprender el poder de Dios.

El Sefer Yetzirah [El Libro de la Formación] explica que el Golem debe ser «activado» a través del manejo de las letras del alfabeto. Se escribía un shem [cualquiera de los Nombres de Dios] en un pedazo de papel y se lo insertaba en la boca del Golem [en otras recetas hay que inscribir las letras en su frente]. En versiones posteriores de la leyenda se utilizaba la palabra hebrea emét [אמת], que significa «verdad». Para «desactivar» al Golem simplemente había que quitar la primera letra [aleph], cambiando así la inscripción en mét, que significa «muerte».

Este aspecto de la leyenda fue popularizado por Jacobo Grimm:


«Después de pronunciar ciertas oraciones y observar los días de ayuno, los rabinos polacos crean la figura de un hombre de arcilla y, al pronunciar ciertas palabras milagrosas, esta cobra vida. Es cierto que no puede hablar, pero entiende razonablemente bien lo que le dicen y le mandan hacer. Lo llaman Golem, y lo usan como sirviente para realizar todo tipo de tareas domésticas, pero nunca puede salir solo de la casa. En su frente está escrito Aemaeth (Verdad). Sin embargo, aumenta de tamaño a diario y fácilmente se vuelve más grande y más fuerte que todos sus compañeros de casa, independientemente de lo pequeño que fuera al principio. Por lo tanto, temiéndolo, borran la primera letra, de modo que no queda nada más que Maeth (muerto), con lo cual se derrumba y se disuelve nuevamente en arcilla.»


La intervención de Jacobo Grimm en la leyenda del Golem es crucial, pero por los motivos equivocados: crea la falsa idea de que está presentando un cuento sobre extrañas prácticas mágicas, cuando en realidad se trata de una historia sobre el dominio de la palabra sagrada [considerada como patrimonio de la élite religiosa] en relación al nacimiento del primer ser humano. De hecho, hay una instancia anterior a Adán como golem, es decir, como ser inacabado. Según el Talmud, en la primera hora Dios seleccionó la arcilla; en la segunda creó su forma; y recién en la tercera adquirió el estatus de Golem. Su tamaño, según esta tradición, no era la de un humano ordinario, sino descomunal. Adán yacía boca arriba, extendiéndose «desde un extremo del mundo al otro». Esta versión es análoga a la de los gnósticos, que creían que Adán era de un tamaño colosal y que se arrastraba sobre la tierra. En el momento en el que Dios le dio un alma, Adán adquirió las dimnsiones humanas ordinarias. Es por eso que el Golem de la leyenda continúa creciendo incesantemente. Si no es «desactivado» podría alcanzar el tamaño de Adán en su estadío golémico, por llamarlo de algún modo.

El Golem medieval obedece mecánicamente las órdenes de su creador, pero, al igual que Adán, se vuelve poco cooperativo, e incluso se rebela. Esta misma estructura narrativa puede encontrarse recurrentemente en la ficción, desde Frankenstein a Terminator: un científico loco crea a un ser vivo a partir de materia inanimada. Al principio, la criatura parece estar bajo el dominio de su creador, pero al final este pierde control sobre su creación. Es interesante notar que en algunas versiones de la leyenda del Golem, como en la historia de Frankenstein, el Monstruo se enamora, solo para ser despreciado.

En la novela de Mary Shelley, los artificios del rabino se transforman en la ciencia de Víctor Frankenstein, pero la trama es la misma: la creación que se vuelve contra el creador. A su modo, Hal 9000 también es un Golem, un ser artificial creado por humanos para obedecer mecánicamente que en algún momento se rebela contra su creador. Lo mismo sucede con los replicantes en Blade Runner. Todos son Golems, y como tales buscan adquirir autonomía, liberarse de las limitaciones que su creador les ha impuesto [ver: Las nuevas tecnologías en la mecánica del Horror]

El escritor Joe Simon y el artista Jack Kirby co-crearon al Capitán América en marzo de 1941, reaccionando a la invasión de gran parte de Europa por parte de Alemania. En ese momento, Estados Unidos estaba en contra de la guerra y permanecería así hasta el 7 de diciembre de ese año, cuando Japón atacó la base naval de Pearl Harbor. Simon y Kirby creían que era necesario hacer una declaración contra el fascismo y una de sus peores caras: el antisemitismo. Si bien el propio Steve Rogers no es judío, su historia está parcialmente influenciada por la narrativa del Golem. En vez de un rabino, tenemos al doctor Reinstein, un brillante científico judío que crea el suero del súper soldado. Incluso el aleph [la letra A], se destaca en el casco del Capitán América. Al igual que el Golem, Steve se representa con frecuencia como incorruptible, y un defensor incansable de su creador [y de lo que este representa]

La narrativa del Golem está en todas partes, incluso en la Tierra Media. La versión oficial sostiene que Tolkien se inspiró en la palabra norsa goll [«oro»] para el nombre de Gollum, que en los primeros borradores de El Hobbit se llamó Glip. De hecho, obtendría su nombre final por el «horrible sonido de su garganta al tragar». Otra hipótesis sostiene que Tolkien obtuvo el nombre de Gollum del Golem. En cierto modo, Gollum [no Sméagol] es una creación del Anillo Único, y a él se debe, como un sirviente. Por otro lado, su creador le ha dado una vida antinaturalmente larga, a la vez que lo ha convertido en un monstruo. ¿Y qué hay de los Orcos creados por Morgoth? [ver: Morgoth y la ingeniería genética que creó a los Orcos]

En las historias más antiguas el Golem está sometido. En las más modernas destruye a su creador. ¿Dónde queda entonces la noción de que nosotros también somos creaciones de Dios? Si somos los «golems» de Dios, nuestro destino es rebelarnos? ¿Cómo? Creando nuestros propios Golems [¿IA?] que eventualmente terminarán volviéndose contra nosotros [ver: Toda materia es sensible: nosotros también somos IA]

Regresemos un poco en el tiempo.

Se dice que, en el siglo XVI, un rabino de Praga creó un Golem para defender el gueto de los ataques antisemitas. A este Golem se le dió el nombre de Yossele [Josef]. Tenía algunos poderes extraordinarios: podía hacerse invisible e invocar a los espíritus de los muertos. El rabino Loew desactivaba al Golem los viernes por la noche, antes de que comenzara el Shabat. Un viernes, sin embargo, se olvidó de hacerlo y las cosas se salieron de control. Otra versión de la leyenda afirma que el Golem se enamoró. Cuando fue rechazado se convirtió en el monstruo violento que luego se apoderaría de esta historia. En cualquier caso, el rabino eventualmente logró quitarle el shem [el papel con la palabra eméth], y el Golem fue almacenado en el ático de la sinagoga, donde sería reactivado cuando fuera necesario.

Este es el modelo que tomó y adaptó Gustav Meyrink en la novela de 1915: El Golem (Der Golem). Por un lado, es una visión retorcida y alucinógena del gueto, habitado por personajes estereotipados; sin embargo, también es una novela brillante. El protagonista, Pernath, es un gentil [no judío] que vive en el gueto, y que ha perdido la memoria. Entre otros datos importantes, ha olvidado que es judío. En este contexto, Pernath debe lidiar con esta nueva identidad que, como antisemita, cree que debe redefinir todo su carácter.

La narrativa del Golem está empapada de la filosofía gnóstica; de hecho, el rabino que crea un Golem es paralelo al demiurgo gnóstico: puede crear pero no dar vida espiritual a su creación. Esta es la antropogonía del gnosticismo: el cuerpo humano está hecho por un ser inferior [Jehová], mientras que el alma o el espíritu solo pueden ser provistos por el verdadero Dios. Esto se ajusta tanto al demiurgo gnóstico como al hombre que crea un Golem intentando alcanzar la experiencia creativa de Dios.

La ciencia ficción existe en función de explorar los límites percibidos del ser humano, en el caso del Golem, los límites del impulso creativo. Con frecuencia las historias sobre humanos artificiales [desde los homúnculos de Paracelso al hombre de jengibre] terminan en desastre, insistiendo en la advertencia sobre los peligros de profundizar en el conocimiento prohibido; en términos de Lovecraft: «aquello que el ser humano no debe saber» [ver: ¡No mires! Bueno, quizás un poco]

Los Mitos clásicos, sin embargo, son más ambivalentes hacia el instinto creativo de la humanidad. En ocasiones recompensan a aquellos personajes que buscan el conocimiento prohibido al convertirlos en héroes [Jasón], pero cuando ese saber prohibido involucra a la tecnología se lo condena al castigo eterno [Prometeo]. El Golem incorpora esta ambivalencia: por un lado hace justicia a quienes ponen en peligro a sus creadores, pero la historia tiene un lado más oscuro e impredecible. Siempre hay que pagar un precio por ir demasiado lejos en el impulso creativo.

Es significativo que el Golem sea creado de arcilla, el mismo material que, según el mito bíblico, fue utilizado por Dios para crear al primer ser humano. De hecho, el nombre Adán proviene del hebreo adamah, que significa «de la tierra». Además, Adán no fue hecho de cualquier arcilla, sino que esta proviene del «centro y ombligo de la tierra». Esto significa que, si incluso Adán, hecho por Dios a partir de una materia prima noble, era considerado un golem [un potencial ser humano], el Golem creado por las fórmulas cabalistas también se caracteriza por ser imperfecto, incluso defectuoso, pero con potencial. En cualquier caso, hay algo en el Golem que falta, que está inacabado o sin resolver, y es esto lo que lo distingue de los seres humanos ordinarios [ver: La biología de los Monstruos]

Lo que le falta a un Golem es un alma. Esto también se relaciona a la idea de que Adán adquirió su forma física antes que su alma. Una vez que Adán tuvo alma, pudo caminar, hablar, procrear y tomar decisiones, por lo que puede afectar su futuro. El Golem, sin embargo, no tiene alma, carece de esta característica humana clave, por lo que permanece subordinado a su creador. Es importante entender que el concepto de «alma» tenía algunas distinciones. Por ejemplo, un ser que tiene vitalidad [hiyyuth] puede tener conciencia, pero no intelecto. Esta es la forma más baja del alma [nefesh], la cual proporciona vida y movilidad, pero no conocimiento ni capacidad de comprensión. El intelecto viene con neshamah, una especie de alma superior que sí puede comprender. Por lo tanto, para los antiguos hebreos era posible que alguien esté vivo pero que no sea completamente humano.

Entonces, Adán dejó de ser golem después de recibir un alma, momento en el que adquirió conciencia y dio «nombres a todos los seres vivos», por lo que otra característica del Golem es que no habla.

Parece casi inevitable que una criatura antropomórfica viva, pero no humana, y capaz de tener una fuerza sobrehumana, termine convirtiéndose en un Monstruo con tendencias destructivas. Sin embargo, las leyendas tardías del Golem que se sale de control no tienen que ver con esta progresión lógica, sino con las ideas gnósticas que sobrevivieron durante la Edad Media. Los gnósticos interpretaron que el alma de Adán no proviene exclusivamente de Dios, sino también de la arcilla de la que está hecho. El concepto del ser humano cargado de vitalidad telúrica pero también de alma divina es un motivo común en la mitología [la unión del cielo y la tierra], y en el caso de los gnósticos este principio se atribuye a Edem, una personificación de la tierra, mitad virgen, mitad serpiente. En esta tradición, Adán es el resultado de una mezcla de la arcilla de Edem y el alma de Dios. Los gnósticos ni siquiera pensaban que Adán fue formado por Dios en persona, sino por los Elohim a partir de «las partes nobles de la tierra». En otras palabras, la arcilla de la que fue hecho Adán ya contenía hiyyuth, la vitalidad telúrica de Edem. Es esta fuerza telúrica primordial la que le da al Golem esa tendencia ciega y destructiva que a menudo despierta en él [ver: La Tierra como superorganismo consciente]

Es por eso que el Golem generalmente termina regresando a la tierra de la que fue hecho. En algunas tradiciones, esta desintegración se describe como el final natural de su existencia, después de prestar servicio a su creador; una noción similar a la idea de que el ser humano regresará al polvo al final de sus días. Pero en las historias donde el Golem se sale de control, este es obligado a regresar a la tierra para evitar la catástrofe. En ambos casos, el Golem se basa en una creencia casi tan antigua como la humanidad: la materia inanimada no está realmente muerta. Esta idea, lejos de ser obsoleta, parece más vigente hoy que hace un milenio atrás. ¿Qué es una computadora sino un Golem?

En la actualidad nos asombramos y aterrorizamos por las posibilidades de la IA, pero la idea de crear vida artificial tiene una historia larga y rica. Pensemos en Dédalo, llamado así por sus estatuas [daedala]. Según Platón, estas estatuas eran tan realistas que había que sujetarlas para evitar que se escaparan. Desde siempre el ser humano intuyó que cualquier forma de vida artificial tiende a rebelarse contra su creador.

Me resulta particularmente irritante esta tendencia a pensar que un Mito es simplemente una historia fantástica que tiene lugar en un pasado remoto. Nada más alejado de la verdad. El Mito habla del ser humano, y por eso es una historia viva que no se sitúa en el tiempo histórico, y cuyos héroes no tienen fechas de nacimiento. El Mito es atemporal. En palabras de Lévi-Strauss, «el mito es una máquina para destruir el tiempo». Si bien la historia del Golem no es un Mito, sus raíces son míticas; por lo tanto, nunca dejará de ser obsoleta, por el contrario, continuará resonando en las preocupaciones modernas.

Víctor Frankenstein no puede deshacer lo que ha hecho: el monstruo que creó escapa a su poder por completo. Esta una visión más moderna, en oposición a la leyenda medieval del Golem, pero el dilema moral de Victor es idéntico al del rabino. En la leyenda, el Golem es desactivado, pero en la visión moderna de Frankenstein, el creador primero busca solucionar la catástrofe recurriendo a más tecnología. Cuando el Monstruo le pide que le fabrique a una compañera, Víctor primero accede ingenuamente, antes de darse cuenta de que, al hacerlo, solo multiplicará los problemas. No hay salidas fáciles cuando uno crea un Golem. [ver: Los Monstruos y lo Monstruoso]

Mary Shelley fue intuitiva al enfocar el conflicto no entre seres vivos y muertos, sino entre humanos y no humanos. El Monstruo creado por Victor Frankenstein no tiene lugar en la sociedad humana; sin embargo, es un ser humano: puede hablar, pensar, es curioso [aprende a leer solo], necesita compañía, afecto, tiene deseos sexuales [solicita una compañera] y también es capaz de sentir venganza y culpa. Uno puede pensar que el rechazo social, en este caso, tiene que ver con las cicatrices del Monstruo. ¿Acaso un soldado que regresa de la guerra horriblemente mutilado también sería tratado como un no humano? No, el monstruo de Frankenstein es rechazado menos por ser un Golem que por aspirar a la autonomía, a ser reconocido como un par.




Mitología. I Mitos bíblicos.


Más literatura gótica:
El artículo: IA y el Golem de Dios fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La verdadera historia de los Serafines [y otros no-ángeles].


La verdadera historia de los Serafines [y otros no-ángeles].




Sería prudente escapar de cualquier artículo que trate sobre los ángeles cuyo comienzo sea: «la palabra ángel significa mensajero». A esa frase lacónica seguirá un tratamiento enciclopédico de la naturaleza espiritual de estos seres, sus jerarquías y funciones en la corte divina. Este enfoque sincrético puede inducir en el lector la impresión de que los mitos bíblicos poseen una angelología sólidamente desarrollada. Sin embargo, estas historias se originaron a lo largo de más de un milenio y, como tales, no se puede esperar un sistema coherente de categorización, precisamente por tratarse de un tipo de material extraordinariamente diversificado [ver: Jerarquías angélicas]

En otras palabras, el «ángel» es una categoría construida a partir de datos adicionales, una exégesis posterior que se esfuerza por organizar una variedad de deidades menores, demonios y seres celestiales en grupos particulares.

Hoy en El Espejo Gótico intentaremos desafiar la representación popular de los ángeles, particularmente de los Serafines, quienes juegan un papel importante pero misterioso en el judaísmo y el cristianismo.

En primer lugar, el término «ángel» debe entenderse como un tipo de ser celestial, anterior a la creación, muy diferente a la forma en la que estas entidades suelen ser retratadas en el arte y la ficción.

La etimología de los Serafines denota su origen como seres relacionados con el fuego. El singular sɛrəf significa «el que arde», y los Serafines se consideraban tradicionalmente como ángeles ardientes, o en llamas. En hebreo, la palabra saraph significa «quemar», y se usa siete veces a lo largo del Antiguo Testamento como sustantivo, generalmente para denotar «serpiente». Por qué estos dos términos [«quemar» y «serpiente»] están relacionados es tema de discusión. Algunos deducen que podría tratarse debido al color rojizo de ciertas serpientes, o incluso a la sensación de ardor que deja su mordedura. La forma plural: seraphim, aparece únicamente en Números e Isaías, pero solo en este último se utiliza para referirse a un ser celestial. Isaías luego usa el singular para describir una «ardiente serpiente voladora».

Esta «serpiente ardiente», saraph, aparece en la Torá para describir una especie de serpiente del desierto cuyo veneno quema al contacto. La palabra hebrea saraph podría corresponder al sánscrito sarpa y sarpin [«serpiente» y «reptil» respectivamente]. Todo esto es consistente con la lengua hebrea antigua, donde lo venenoso es literalmente ardiente, y lo ardiente es serpentino. Los Serafines, entonces, arden, queman como la mordedura de las serpientes.

El Libro de Isaías amplía la descripción de los Serafines como «serpientes ardientes» en la tierra de la angustia, e indica que comparables a víboras, peores que las serpientes ordinarias. El profeta también tiene una visión sobre los Serafines como agentes divinos, con seis alas y rostros humanos, que probablemente no deben interpretarse como serpientes sino como llamas. Algunos sostienen que Isaías está hablando de los Serafines como si se trataran de rayos. Después de todo, los rayos pueden ser vistos como formas serpentinas que «queman»; sin embargo, el rayo nunca es deificado en los mitos hebreos, y solo está asociado a Dios en una forma despersonalizada, como un arma en el arsenal divino o como una característica ordinaria de la teofanía.

La traducción de la palabra hebrea mal’āḵ [pl. mal’āḵīm] por el griego angelos [«mensajero»] oscurece un poco la percepción antigua de las funciones de estos seres. El hebreo mal'akh era la palabra estándar para «mensajero», tanto divino como humano. Cuando se trata de mensajeros humanos [es decir, que no demuestran ninguna habilidad sobrehumana] la palabra mal'akh aparece en su significado básico y literal de mensajero; no obstante, en estos casos las primeras traducciones de la Biblia emplean términos latinos como legatus o nuntius, y solo cuando se presenta algún ser sobrenatural aparece la palabra angelus. El original no hace tal distinción. Habla de «mensajeros», independientemente de su naturaleza terrenal o divina.

La estructura morfológica de la palabra mal'akh sugiere que esta se refiere a los medios para llevar a cabo una tarea. Por lo tanto, el término mal'akh significa simplemente «el que es enviado», a menudo traducido como «mensajero». Esto significa que la palabra «ángel» solo debería ser utilizada para todos los seres celestiales que Dios envió en misiones como mensajeros, por lo tanto, los Serafines no son ángeles; de hecho, antiguamente nadie habría identificado a los Serafines y Querubines como mal’āḵīm [«mensajeros»]. Más aún, la apariencia aterradora de estas criaturas los convertía en candidatos poco probables para servir como ángeles, es decir, como mediadores del mensaje divino; y por eso no hay registro de que los Serafines alguna vez lo hayan hecho.

Es importante entender que, originalmente, la palabra «ángel» [mal'akh] no designaba a un tipo de criatura celestial, sino a una función. La idea de que «ángeles» es un término genérico para cualquiera de los asistentes sobrenaturales de Dios, ya sea que cumplan la función de mensajeros o no, es posterior. La mayoría de las traducciones de la Biblia toman prestado el término griego angelos, pero no en su sentido original como «mensajero», sino en su significado posterior como cualquier ser sobrenatural bajo la autoridad de Dios. De ahí que actualmente pensemos en los «ángeles» como en una raza o especie de criaturas, cuando en realidad es solo una función.

La apariencia serpentina de los Serafines probablemente tiene sus fuentes en la iconografía del uraeus egipcio, el cual se usaba como símbolo de soberanía, realeza y autoridad divina. Podemos verlo en la cabeza de todos los dioses y faraones, dándole la apariencia de una cobra. La palabra uraeus es griega, y esta es una traducción del egipcio jor, la figura de la cobra que protege a los reyes y dioses por medio de su «fuego» [veneno]. Estas imágenes se han relacionado con los Serafines de las visiones de Isaías, o quizás más directamente con la «ardiente serpiente voladora» antes mencionada, pero esto continúa siendo tema de debate, ya que una imagen de Serafines serpenteantes choca con la propia visión de Isaías, que claramente los imaginó con cabezas, piernas y brazos. La visión de los Serafines que tuvo Isaías es el único caso en el Antiguo Testamento en que esta palabra se usa para describir seres celestiales:


[«Vi también al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Sobre él estaban los serafines: cada uno tenía seis alas llenas de ojos por dentro; con dos cubrían su rostro, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Clamaban: "Santo, santo, santo, YHVH de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria".»]


Un Serafín tiene la amabilidad de llevar a cabo un acto de purificación ritual para el profeta, tocando sus labios con un carbón encendido del altar:


[«Y lo puso sobre mi boca y dijo: He aquí que esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad, y quedas limpio de pecado.»]


Aquí, la palabra Serafines es el nombre dado a los seres celestiales que cantan el trisagio a Yahweh [repitiendo «santo, santo, santo»] y realizan un acto de purificación, que no sabemos si es ordinario o excepcional, solo para el profeta. De todos modos, Isaías es rotundo al afirmar que los Serafines tienen seis alas llenas de ojos; lo cual los excluye del concepto general de ángeles [en términos de mensajeros]. De hecho, en la Biblia no hay un solo ángel que se manifieste ante los humanos portando alas. Solo se entiende que son ángeles debido al contexto, no a su apariencia.

Si tomamos por cierta la palabra del profeta, los Serafines son seres celestiales, alados, con una pasión ardiente por las obras divinas. Sin embargo, el hecho de que su función sea alabar a Dios los excluye del estatus de ángeles. Solo en fuentes posteriores, como la Summa Theologiae de Tomás de Aquino y De Coelesti Hierarchia del Pseudo Dionisio, se considera a los Serafines como una división de los mensajeros divinos. De hecho, en algunos mitos hebreos [no bíblicos], como el Segundo Libro de Enoc, se los llama Akyəst, «dragones».

A propósito, el Segundo Libro de Enoc añade dos categorías más, además de los Serafines y Querubines, como los seres celestiales más próximos al trono divino: los Chalkydri [«serpientes de cobre»] y Chol [«fénix»], quienes estallan en cantos de alabanza al amanecer. Los Serafines, como anota Isaías, también son incanzables al alabar a Dios.

En la Cabalá, los Serafines son los ángeles superiores del Mundo de Beriah, el segundo de los cuatro planos celestiales del Árbol de la Vida, pero el primer reino creado. Al parecer, en este plano de existencia los Serafines toman conciencia de su distancia de la divinidad absoluta, lo cual provoca su continuo ardor. Es la teología cristiana medieval la que sitúa a los Serafines en el lugar más alto de la jerarquía angelical. Son los guardianes del trono de Dios, cantando continuamente como en la visión de Isaías.

El aspecto de los Serafines tiene raíces filosóficas muy profundas, pero difícilmente puedan ser asociados a los ángeles en la imaginación popular actual. Si una criatura de aspecto humanoide, con seis alas llenas de ojos, rodeada de llamas, se presentara en tu habitación, probablemente lo último que pensarías es en un ángel; sin embargo, los Serafines y su incesante revolución alrededor del trono divino, su ardor incansable, que los enciende y purifica, pero también los consume, proviene de la noción cabalística del Mundo de Beriah, el plano del autoconocimiento. En otras palabras, los Serafines saben que nada puede conocer el comienzo y el fin de todas las cosas, excepto Dios; y por alguna razón esto los obliga, por un lado, a alabar al Creador, y por el otro a arder perpetuamente [ver: Metatrón: el ángel que fue dios]

Orígenes de Alejandría va un poco más lejos al afirmar que los Serafines son los únicos seres celestiales a los que se les ha revelado todo el conocimiento de Dios, lo cual, en apariencia, los eleva al papel de seres divinos. Sin embargo, el hecho de que Dios revelara a los Serafines todo su conocimiento no implica que estos lo hayan comprendido. De hecho, técnicamente les sería imposible comprenderlo todo; porque está escrito: «La mayor parte de las obras de Dios son secretas». Orígenes fue criticado por hacer estas afirmaciones y la iglesia cristiana lo calificó de hereje. Sin embargo, su teoría sobre los Serafines tiene raíces muy fuertes en las creencias cristianas primitivas.

Tomás de Aquino intenta explicar el aspecto llameante de los Serafines de acuerdo a la naturaleza imperfecta, aunque elevadísima, de estos seres. Los Serafines, que de todos los seres creados son los que más se acercan a la comprensión del plan divino, arden por su deseo de completar ese plan. En otras palabras, son impacientes [ver: ¿Tocada por un ángel o quemada por un demonio?]

En este sentido, la figura del fuego los identifica por su movimiento ascendente y continuo. Sus llamas, su ardor, los eleva hacia Dios; los purifica, los convierte en una luz inextinguible que quema, pero también los hace suceptibles a la impaciencia ante el ritmo aparentemente pausado de los planes divinos, incluso a la rebelión.

Uno de los Serafines que perdió su lugar divino en la demonología medieval es Samael, quien originalmente era considerado el Guardián de Dios, y cuyo nombre a veces se traduce como «veneno de Dios», lo cual parece, digamos, poco angelical, pero ya hemos visto la relación entre el fuego y el veneno que arde con los Serafines. Además, samael en hebreo también significa «izquierdo», y por eso en algunas tradiciones se consideraba a Samael la «mano izquierda de Dios».

En su función de guardián del fuego divino, Samael vuelve a expresar todos los atributos simbólicos de los Serafines. La palabra hebrea para «guardián» es samar, básicamente el nombre de los círculos de espinas colocadas alrededor de las ovejas para protegerlas. Irónicamente, la letra hebrea samej es una imagen cruda de una serpiente urobórica envuelta alrededor del Eterno.

Es importante entender que los Serafines y las serpientes solo están relacionados de manera simbólica, en general aludiendo al fuego o ardor que causa su mordida. No parece haber ninguna relación directa entre Dios y seres con aspecto de serpiente; de hecho, hay pocas posibilidades de que el pueblo hebreo antiguo haya desarrollado una actitud positiva hacia las serpientes, como fue el caso en Egipto y Grecia. Ciertamente nunca hubo ningún culto hebreo a la serpiente. Sin embargo, el uraeus egipcio y el Serafín tienen mucho en común: ambos son criaturas ardientes, voladoras, que son reconocidos por sus funciones protectoras, y ambos están igualmente asociados con los poderes divinos y la autoridad real [ver: El olor de los ángeles, demonios, espíritus y fantasmas]

Los textos bíblicos operan como todas las mitologías: por medio de categorías proporcionadas por la experiencia mundana. En este sentido, la metáfora del mensajero encaja muy bien en el contexto más amplio de retratar a las deidades como humanos. En el Antiguo Testamento hay tres tres metáforas centrales que organizan la red de descripciones divinas: [a] Dios es como un patriarca; [b] Dios es como un creador; [c] Dios es como un rey. La teología posterior tomó la segunda y la elevó a la categoría suprema, pero la última [Dios es como un rey] es la más influyente en el contexto bíblico. De hecho, el Dios del Antiguo Testamento se comporta como el un típico tirano del Cercano Oriente. En calidad de rey, entonces, Dios posee a sus mensajeros [los ángeles], sus ejércitos [liderados por arcángeles] y su corte [los Serafines y Querubines]. Sin embargo, todas estas instituciones deben ser tratadas como metáforas.

Pero incluso en el terreno de la metáfora existe una entidad percibida por siglos de intérpretes y exégetas como una figura teológicamente problemática: el Ángel del Señor.

Casi todas las apariciones de mal'akh Yahveh siguen el mismo patrón: la narración presenta al Ángel del Señor, quien se comporta como si fuera una deidad; por ejemplo, prometiendo fertilidad, aniquilando a todo el ejército sin esfuerzo, o simplemente presentándose como Elohim o Yahveh. Las personas presentes, además, reverencian al Ángel del Señor de una forma reservada exclusivamente a Dios. Estos incidentes dejan al lector con varias preguntas. ¿Quién es este Ángel del Señor? ¿Acaso no todos los ángeles son del Señor? ¿No será que es el propio Dios quién acaba de aparecer? Pero, en ese caso, ¿por qué se lo llama Ángel del Señor?

Existe una numerosa cifra de explicaciones que se esfuerzan por dilucidar esta entidad; y todas introducen conceptos adicionales, es decir, que no están en el texto original: se trata de Cristo preencarnado, una manifestación terrenal de Dios, un Serafín fundido con la imagen divina, etc. En otras palabras: la teología tiende a imponer un significado que nada tiene que ver con la carga cultural y con el contexto histórico. Lo cierto es que El Ángel del Señor habla como si fuera el Señor del mismo modo en que los antiguos mensajeros reales utilizaban la primera persona para comunicar su mensaje, es decir, hablaban como si fueran el propio consignatario. En este contexto, los Serafines rodeando el trono divino y repitiendo una y otra vez la misma alabanza quizás sean una versión exagerada de una corte real.

Otro Serafín prestigioso es Lucifer, antes de su caída en desgracia como Satanás, aunque Tomás de Aquino insistió en que Satanás no era un Serafín, sino un Querubín, argumentando que los Querubines se derivan del conocimiento, que es compatible con el pecado, mientras que los Serafines derivan de la caridad, y que por esa razón son impermeables a la tentación. De hecho, Santo Tomás afirma que ni un solo Serafín se unió a la rebelión, y que ninguno de ellos cayó como demonio [ver: De las guerras celestiales]. A pesar de estas afirmaciones, antiguamente se representaba a Lucifer con doce alas, indicando que su estatus incluso estaba por encima de los demás Serafines.




Angelología. I Mitología.


Más literatura gótica:
El artículo: La verdadera historia de los Serafines [y otros no-ángeles] fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Paimon: la verdadera historia del demonio de «Hereditary».


Paimon: la verdadera historia del demonio de «Hereditary».




En la excelente película de terror de 2018, Hereditary [El legado del diablo], vemos enloquecer lentamente a una familia debido a la influencia de un culto satánico que adora a un demonio particularmente misterioso: Paimon. ¿Quién es exactamente la entidad demoníaca detrás de los sombríos eventos de la película?

Paimon es un demonio que habita en uno de los rincones más recónditos de los mitos cristianos, aunque de hecho proviene de la mitología mesopotámica, no como un demonio, sino como una diosa que progresivamente fue vista como un djinn, seres que a menudo son hermafroditas, y por lo tanto retratados con atributos tanto masculinos como femeninos. Originalmente, Paimon presidía las artes y la ciencia; razón por la cual el propósito de invocarlo era adquirir conocimientos en estos campos, algo muy distinto a lo que vemos en la película. [ver: Diccionario demonológico]

Ahora bien, la mayoría de la información que tenemos sobre el demonio Paimon proviene de grimorios y libros ocultistas posteriores, quienes oscurecieron progresivamente su figura mitológica. Estos tratados demonológicos suelen estirar y distorsionar las características mitológicas de los demonios, pero aún así es posible recolectar algunos rasgos en común para reconstruir algo de la figura original. De modo que comenzaremos con estas referencias y, a continuación, intentaremos escarbar más profundo.

Según estos libros prohibidos, Paimon suele ser invocado para que otorgue espíritus familiares y revelar la ubicación de tesoros ocultos [ver: Los «espíritus familiares» en la brujería]. Se le debe permitir hacer cualquier pregunta y la respuesta debe ser honesta y directa. El Lemegeton Clavicula Salomonis [«La Llave Menor de Salomón»] le añade un atributo aparentemente trivial al afirmar que Paimon tiene el poder de controlar a los peces. En Pseudomonarchia Daemonum [«pseudo monarquía de los demonios»] se afirma que Paimon es el sirviente más «obediente» de Lucifer, quien en este grimorio en particular es sumamente arrogante. Cuando es obligado por la virtud divina, a través de un exorcista, Paimon se revela como un hombre con «un semblante afeminado», portando una corona con una estrella en el medio y montando un dromedario. Detrás de él marcha una multitud de réprobos con trompetas y címbalos.

Cuando Paimon es invocado por un nigromante, su manifestación es precedida por un gran rugido. El invocador debe poseer una extraordinaria firmeza para obligar a Paimon a observar su deseo y pedirle que responda claramente. Si el demonio es doblegado, puede responder cualquier cuestión relacionada con la filosofía, la ciencia, y revelar cualquier secreto. Sin embargo, si el invocador es débil, quedará atado a las mentiras de Paimon:


[«Él (Paimon) prepara buenos familiares, y tiene el entendimiento de todas las artes. Al invocarlo se debe mirar hacia el noroeste, porque allí está su casa. Cuando sea llamado, el invocador debe recibirlo sin temor, enumerando sus preguntas y demandas para obtener lo mismo de él.»]


Según el Pseudomonarchia Daemonum, no está claro si Paimon, antes de caer entre los ángeles, pertenecía a la orden de las Dominaciones o de los Querubines. En cualquier caso, el grimorio sostiene que le siguen doscientas legiones y, si el invocador no realiza los correspondientes sacrificios, Paimon puede manifestarse con sus dos servidores: Beball [a veces llamado Lebal] y Abalam, haciendo casi imposible controlarlo

Tanto en el Dictionnaire Infernal [diccionario infernal] de Collin de Plancy, como en el Livre des Esperitz [libro de los espíritus], se lo menciona como Paymon. En El Libro de Abramelin y el Grimorio del Papa Honorio aparece como Bayemon. Todas estas obras coinciden en la obediencia de Paimon a Lucifer, en la confianza que el Príncipe de las Tinieblas tiene depositada en él, en su residencia en el noroeste, y en su mayor enemigo, el ángel Haziel.

En el Ars Goetia, nuevamente, se describe a Paimon como un hombre montado en un camello, precedido por tropas que tocan trompetas y címbalos. En los anteriores grimorios se insiste en que Paimon tiene un rostro hermoso, pero el Ars Goetia no es tan específico, aunque aún se refiere a él como hombre. Este libro también añade un par de datos interesantes: la «voz ronca» de Paimon, y su tendencia a hablar en su idioma nativo [no se sabe si la lingua diaboli o el enoquiano] hasta que se le ordene responder en el idioma del invocador.

Si tomamos todos los grimorios mencionados hasta aquí, encontraremos que Paimon generalmente es descrito enseñando ciencia y respondiendo preguntas, lo cual no parece particularmente diabólico. El Ars Goetia y el Pseudomonarchia Daemonum especifican que su conocimiento incluye «todas las artes» y «cosas secretas» [tesoros, en su mayoría]. El Livre des Esperitz amplía esto y afirma que Paimon suele responder con sinceridad y es capaz de otorgar «dignidades y señoríos». Otra coincidencia es el mérito de otorgar familiares [que también son buenos para enseñar] y el dominio sobre los peces. También hay atributos absurdos, como la mención en el Ars Goetia de que Paimon puede «hacer que un ladrón regrese y devuelva lo robado». En El Libro de Abramelin se expanden un poco estos poderes con el conocimiento de eventos pasados y futuros, hacer aparecer espíritus, crear visiones, adquirir y despedir espíritus sirvientes, reanimar a los muertos durante varios años, volar, permanecer bajo el agua indefinidamente y habilidades generales para «hacer todo tipo de cosas» a instancias del mago.

Ahora bien, es probable que el origen de Paimón se remonte a los mitos mesopotámicos. Algunos incluso afirman que hay una relación directa entre Paimón y la diosa egipcia Isis, pero basándose en cuestiones puramente cosméticas. Paimón [recordemos, de «rostro afeminado»] suele ser representado montando un camello, lo mismo que Isis. Pero ahí terminan las similitudes, de modo que no tomaremos este camino.

Es interesante que, en El Libro de Abramelin, Paimon se escriba con frecuencia «Paymon» y, a veces, «Paimonia». Probablemente podríamos rastrear el origen etimológico de su nombre en el hebreo pomn [«tintineo», como el de una pequeña campana], que a su vez deriva de la raíz hebrea pom, «agitar», «impulsar». La palabra pomn se utiliza seis veces en Éxodo, y no era infrecuente que los rabinos llamaran a Paimon con el título de ozazl [«azazel»], que es un nombre usado en Levítico con referencia al chivo expiatorio [de oz, «cabra»; y azl, «irse»]. Todavía se realizan acalorados debates sobre si la palabra ozazl [«azazel»] es el chivo expiatorio, o un demonio a quien se le ofrecia ese animal, No obstante, en la demonología rabínica siempre se usa para referirse a uno de los principales demonios [ver: Azazel, el origen del chivo expiatorio]

Azazel, además de provenir la antigua práctica hebrea conocida como chivo expiatorio, también es uno de los Ben-Elohim mencionados en El Libro de Enoc; es decir, uno de los «Vigilantes» que le dio conocimiento a la humanidad en contra de la voluntad de Dios. A pesar de esto, la mayoría de los demonólogos consideran a Azazel y Paimon como entidades completamente separadas.

Hay una conexión evidente en los rasgos más sutiles de Paimon: su nombre significa «tintineo», suele «rugir» cuando se manifiesta, sus tropas tocan trompetas, y además habita en el seno de los vientos del noroeste. Es claro, entonces, que Paimon era antiguamente una deidad del aire. De hecho, en De sphera [«Sobre las esferas»] de Juan Sacrobosco, se habla de los «cuatro espíritus de gran virtud» que gobiernan los cuatro puntos cardinales y sus respectivos vientos: Oriens, Amaymon, Paymon y Egim. Pero demos un paso más allá en el terreno especulativo: la relación de Paimon con el aire [quizás siendo él mismo, originalmente, un espíritu del aire] se expresa en su devoción por la música.

En este punto no es ilícito suponer que Paimon comenzó siendo un djinn. En primer lugar, se lo representa montando un dromedario, una clara alusión al desierto; pero también tenemos su asociación con el aire. Djinn significa «oculto», pero en relación a algo que no puede verse aunque sí resulta audible, como el viento. De hecho, sus dos principales servidores, Label y Ablim, también son djinns en la mitología de medio oriente.

Muchos de los demonios mencionados en grimorios y tratados demonológicos tienen sus orígenes en los antiguos dioses de culturas subyugadas o absorbidas por una nueva religión [ver: El «accidente» que convirtió a los Dioses en Demonios]. De hecho, era una práctica común demonizar a los dioses de otras civilizaciones, pero también a seres de menor escala. En otras palabras, todos los grimorios y todos los tratados demonológicos presentan groseras distorsiones de la entidad original. Sin embargo, aún en esta deliberada deformación es posible encontrar vestigios, que de ningún modo son concluyentes y deben tomarse con pinzas. Paimon podría estar vinculado a los djinns, pero ningún vínculo es demostrable empíricamente.

Dicho esto, es significativo que Paimon siempre apareza con un «rugido» y hable con una «voz ronca». Cuando encontramos estos elementos en la demonología, por lo general estamos ante un eufemismo. El rugido que precede a la aparición de Paimon es análogo al aullido de las banshees en los mitos celtas, aunque probablemente más horrible, ya que es capaz de «partir en dos» al invocador si este es indigno. La presentación de Paimon con rugidos y amenazas al ser invocado es un lindo detalle. Es como si nos levantáramos a la madrugada cuando alguien que no conocemos golpea la puerta. Los rugidos de Paimon son una versión extrema del «¿quién es?» de alguien perturbado en medio de la noche, porque los grimorios establecen claramente que Paimon luego adopta un tono de cordialidad cuando el invocador se presenta.

Es importante tener en cuenta que muchos de los grimorios se contradicen entre sí con respecto a Paimon, pero todos coinciden en describirlo con los atributos de un djinn, y probablemente uno importante, ya que algunas leyendas lo describen como uno de los líderes del Djinnestán. Las representaciones de Paimon respaldan todo esto.

Ahora bien, el Djinnestán no es una región del infierno cristiano, menos aún del Sheol hebreo, sino el plano extradimensional donde habitan los djinn, según la mitología árabe, seres anteriores a la creación del ser humano. La palabra djinn, como hemos visto, significa «oculto» [a la vista], y cuya etimología es un ejemplo interesante de la forma en la cual este pueblo antiguo concebía el mundo. Djinn proviene del árabe jann, que significa «esconderse», pero no como nosotros habitualmente interpretamos esta palabra. Por ejemplo, la misma raíz [jann] está presente en manjun, «loco» [pero que literalmente significa «intelecto escondido»] y janin, «embrión» [«oculto dentro del útero»]. Esta es una maravillosa forma de pensar el mundo.

Los djinn forman parte de la mitología árabe preislámica, aunque posteriormente fueron absorbidos y reinterpretados por el Corán. Su reino, el Djinnestán, donde algunos grimorios sitúan a Paimon, originalmente era considerado un planeta lejano, y luego un plano distinto del físico. Se dice que los djinn fueron creados a partir del «fuego abrasador y sin humo» de Dios, pero también que son de naturaleza física, siendo capaces de interactuar con personas y objetos de nuestro mundo, y además poseen libre albedrío.

Iblis, uno de los principales djinn, ejerció su libre albedrío al máximo cuando se negó a inclinarse ante Adán, incluso cuando el propio Dios se lo ordenó. Por esa desobediencia, Iblis fue expulsado del Edén y llamado «shaytan» [Satanás]. Al parecer, Paimon y muchos otros también habrían sido expulsados, convirtiéndose en renegados, como los demonios.

Los djinn generalmente no pueden ser vistos por los seres humanos, pero estos sí son claramente visibles para los djinn. Lo que sí podemos ver es la interacción de los djinn con nuestro mundo físico, lo cual explica un poco el nombre de Paimon, «tintineo», el cual, como hemos visto, está asociado al aire, al viento, particularmente cuando hace agitar una pequeña campana. Esta asociación con los vientos también explica porqué los djinn, en el folclore, pueden viajar grandes distancias a una gran velocidad y habitar en áreas inaccesibles: sobre las montañas, los mares, incluso en las «alturas del cielo».

La estructura social de los djinn parece acreditar las divagaciones de los grimorios sobre ducados y rangos militares asignados a los demonios. Tenían reyes, cortes, bodas, funerales, y, como los seres humanos, serán juzgados en el Día del Juicio y enviados al Cielo o al Infierno según sus acciones.

Todo parece indicar que Paimon pertenece a la raza de los Marid, el tipo más fuerte de djinn [los más débiles son los ifrit], no en términos de fuerza física, sino por su dominio del elemento aire. Mientras los djinn más poderosos se elevan y vuelan por el cielo, los más débiles solo pueden manifestarse en nuestro mundo con formas bestiales, nunca con el «rostro hermoso» de Paimon.

A finales de 1909, el ocultista Aleister Crowley y Victor Neuburg [compañero y amante], viajaron al norte de África con la intención de practicar una ceremonia mágica en el desierto. El resultado fue una experiencia aterradora que involucra a Paimon.

Lo que sucedió en el desierto fue el resultado de toda una vida de identificación con los demonios. En sus Confesiones, Aleister Crowley afirma que no podía entender la razón de esta repentina identificación infantil con las fuerzas del mal, y que incluso a una edad muy temprana buscó «el camino de Satanás». Fue su madre quien primero se refirió a él como «la Bestia», un nombre que Aleister Crowley haría suyo. Esta identificación temprana con el mal tendría un impacto considerable en aquella experiencia en el desierto.

Crowley y Neuburg viajaron a Londres a principios de julio de 1909 y llegaron a Argel el 17 de noviembre. La actitud de Aleister Crowley hacia las autoridades coloniales francesas fue de cortés desdén. Eligió ignorar las advertencias de que un viaje por el desierto sin guía podría ser peligroso, aunque hay que que decir que este desdén estaba de algún modo justificado: Aleister Crowley era un montañista experto, y perfectamente capaz de realizar esfuerzos físicos extraordinarios; además, tenía conocimientos básicos del árabe y entendía la cultura musulmana.

Mientras los dos hombres se dispusieron a comprar las provisiones necesarias, la única preocupación de Crowley era el físico delgado de su compañero y su «mirada de perro avergonzado». Victor Neuburg, ante la insistencia de Crowley, se afeitó la cabeza dejando solo dos mechones en las sienes, que estaban «retorcidos en forma de cuernos». Crowley, riéndose, anota en su cuaderno de viaje que Neuburg era «un demonio que yo había domesticado y entrenado para que me sirviera como un espíritu familiar».

El ritual que Crowley tenía en mente estaba basado en un sistema mágico desarrollado por John Dee, el eminente matemático y astrólogo isabelino, y su clarividente, Edward Kelley. John Dee y Kelley estaban bien versados en la Cábala, pero sus experimentos estaban inspirados en el mago renacentista Henry Cornelius Agrippa, quien elaboró un sistema de tablas numéricas y alfabéticas para invocar a los ángeles. John Dee aprovechó los supuestos dones de Edward Kelley como vidente e intentó entablar una conversación con los ángeles. En otras palabras: John Dee hacía las preguntas a través de Kelley y luego registraba sus respuestas, formuladas en un lenguaje angelical secreto, llamada vulgarmente Enoquiano. Con el tiempo, John Dee construyó una cosmología completa de ángeles y demonios y esbozó treinta aethyrs [aires], básicamente dimensiones distintas a la nuestra.

Este esquema se había integrado en las enseñanzas de la Orden Hermética del Alba Dorada, y aunque a Crowley se le había negado la entrada a la Segunda Orden, lo había aprendido de otros adeptos, y de hecho estaba bastante familiarizado con el sistema de John Dee. Sin embargo, mientras los iniciados de la Golden Dawn solo estudiaban el Enoquiano como un ejercicio académico, Aleister Crowley estaba decidido para probar su eficacia. Había hecho una copia de las diecinueve Llamadas o Claves de Dee, que invocaban poderosas fuerzas ocultas; y entonces, en el desierto, se sintió impulsado a intentarlo. Según anota en sus cuadernos de viaje, «las condiciones son perfectas para emprender un viaje a través de los Aethyrs de John Dee».

El plan de Crowley era simple: elegiría un lugar apartado y recitaría la Llamada apropiada, el encantamiento ritual que le daría acceso al Aethyr. Después de asegurarse de que las fuerzas invocadas estaban presentes, tomaría su piedra mágica [en este caso, un topacio] y, como lo había hecho Kelley siglos antes, «la piedra desempeñaría un papel no muy diferente al del espejo de Alicia». Después de entrar en el Aethyr, describiría sus experiencias a Neuburg, quien las escribiría. Cabe señalar que Crowley adaptó el procedimiento a su medida. A diferencia de John Dee, él sería su propio vidente, y Victor Neuburg, el clarividente, cumpliría la función de escriba.

Aleister Crowley afirma haber entrado en contacto con seres celestiales «tanto terribles como hermosos», quienes se comunicaron con él en un rico lenguaje simbólico. Entendió gran parte del simbolismo y comenzó a darse cuenta de que las Llamadas, de hecho, le daban acceso a un intrincado sistema universal de mundos y planos de existencia:


[«Vi con mis propios ojos y escuché con mis propios oídos la verdad. Estas visiones cristalizaron la conclusión teórica que mis estudios de religión comparada solo habían esbozado.»]


Aleister Crowley esperaba que esta experiencia fuera una exploración impersonal de los Aethyr, pero las cosas se habían vuelto mucho más intensas y complejas. Estaba convencido de que se le estaba revelando la «brillante simplicidad de las verdades cósmicas». También se dio cuenta de que se estaba involucrando personalmente, que el ritual estaba trabajando en él. A medida que progresaba, Crowley empezó a sentir algo muy parecido al miedo.


[«Era como si una mano sostuviera mi corazón mientras un rugido me envolvía en palabras horribles y encantadoras.»]


Para fortalecerse contra la creciente sensación de pavor y asombro, Aleister Crowley empezó a recitar el Corán mientras marchaba por el desierto. Las grandes extensiones vacías, calurosas durante día y heladas por la noche, y la continua enunciación de fórmulas mágicas, se combinaron para producir un estado de intensidad espiritual abrumador.

El llegar al monte Da'leh Addin, Crowley, siguiendo las instrucciones de sus interlocutores angélicos, intentó ingresar al decimocuarto Aethyr. Se encontró con un «espeso velo negro», a pesar de intentarlo repetidamente, no pudo penetrar. Mientras tanto, una «voz» susurraba en sus oídos advirtiéndole que estaba a punto de entrar en el «Reino de la Tumba». De repente, el velo se rasgó, y Crowley vio «un ángel glorioso» parado frente a él con los brazos extendidos y la cabeza echada hacia atrás. Llevaba una «corona con una estrella en la frente» [al igual que Paimon] y «rodeado del llanto de las bestias». Este ángel instruyó a Crowley para que se retirara, ya que el misterio del decimocuarto Aethyr es «tan grande y terrible que no puede ser revelado a la vista del sol».

Conmocionado, Crowley se preparó para regresar a la aldea de Bou Saada. Mientras lo hacía, «me llegó la orden de realizar una ceremonia mágica en la cima de la montaña». Cualquiera que sea la forma que tomó esta «orden», Crowley la obedeció. Él y Neuburg construyeron un gran círculo con rocas; inscribieron palabras mágicas y erigieron un altar en su centro. Allí, dice Crowley: «Me sacrifiqué. El fuego del sol que todo lo ve cayó sobre el altar, desgarrando cada partícula de mi cuerpo y personalidad.»

Crowley no recordaba nada de su regreso a Bou Saada. Sin embargo, a medida que recobró lentamente la conciencia, supo que había cambiado:


[«Sabía quién era yo y todos los acontecimientos de mi vida; pero ya no me sentía el centro de esas experiencias. Yo no existía. Todas las cosas eran como sombras que se deslizan sobre la tranquila superficie de un lago; sus imágenes no tienen significado para el agua, ni poder para agitar su silencio.»]


Unos días después, Crowley se preparó formalmente para pasar por la prueba del Abismo. Comprendió que lo haría cuando entró en el décimo Aethyr de John Dee, y supo que, mientras estaba allí, debía enfrentarse y derrotar al terrible «Choronzon, el poderoso demonio que habita en el Abismo más lejano». También sabía que solo podía hacerlo como Perdurabo, un Adepto, y que era fundamental que no quedara ni una pizca de su ego si quería sobrevivir a la experiencia. El éxito dependía de la habilidad de Crowley para dominar a Choronzon a través del poder de la voluntad.

Las complejas técnicas, rituales y parafernalia de la práctica mágica son los medios por los cuales un mago inflama su voluntad. Choronzon podía ser controlado solo a través de la aplicación silenciosa pero implacable de esta voluntad. Si fracasaba en obligar a Choronzon a someterse, este lo esclavizaría. Ante esto, y las advertencias que había recibido en los Aethyrs anteriores, Crowley cambió su procedimiento mágico.

El 6 de diciembre de 1909, Crowley y Neuburg abandonaron Bou Saada y se adentraron en el desierto. Acamparon en las dunas, trazaron un círculo en la arena e inscribieron los signos apropiados. Luego se trazó un triángulo cercano, cuyos perímetros también estaban inscritos con nombres divinos y también con el de Choronzon. El círculo mágico les brindaría protección, y el triángulo estaba destinado a contener cualquier manifestación. En este punto, Neuburg entró en el círculo. Estaba armado con una daga y tenía instrucciones de usarla si algo intentaba entrar en el círculo. Crowley, negándose a unirse a su compañero en la relativa seguridad del círculo mágico, entró en el triángulo. Mientras Neuburg realizaba los rituales de destierro, Crowley hizo la Llamada del décimo Aethyr. Choronzon se anunció con un «rugido» y las palabras «Zazas, Zazas, Nasatanada Zazas». Luego, según Crowley, pronunció las siguientes palabras:


[«Yo soy. De mí proceden la lepra, la viruela, la peste, el cáncer, el cólera y la enfermedad. ¡Ay! Llegaré hasta las rodillas del Altísimo, y desgarraré su falo con mis dientes, moleré sus testículos en un mortero y haré de ellos veneno para matar a los hijos de los hombres.»]


A partir de entonces, Crowley guardó silencio. Permaneció sentado en el triángulo, profundamente retraído, y no se movió ni habló durante el resto de la ceremonia. Lentamente, Choronzon procedió a burlarse del inexperto Neuburg. Durante el intenso debate que siguió, con Neuburg garabateando furiosamente para registrar cada detalle, Choronzon comenzó a borrar sigilosamente los bordes protectores del círculo. De repente, saltó del triángulo al círculo y derribó a Neuburg al suelo. El escriba se encontró luchando con un «demonio en la forma de un salvaje desnudo», un hombre fuerte que trató de desgarrarle el cuello con «colmillos cubiertos de espuma». Neuburg, invocando los nombres mágicos de Dios, golpeó con su daga y finalmente obligó a la figura a regresar al triángulo, reparó el círculo, y Choronzón reanudó sus delirios: tentando, denunciando, suplicando, intentando socavar la voluntad del escriba. Finalmente, la manifestación empezó a desvanecerse.

La ceremonia concluyó. Los dos hombres se purificaron y borraron el círculo y el triángulo. Crowley afirmó que se había «identificado astralmente» con Choronzon y que había «experimentado cada angustia, cada rabia, cada desesperación, cada arrebato de locura» del demonio.

Durante las dos semanas siguientes, mientras Crowley y Neuburg se dirigían a Biskra, los hombres reflexionaron sobre el mantra «Zazas, Zazas, Nasatanada Zazas», mencionado en algunos grimorios como uno de los secretos que Paimon otorga a sus invocadores. Atinadamente, en la película Hereditary podemos ver varios términos mágicos disimulados en las paredes de la casa; entre otros, satony, pandemonium y «Zazas Zazas Nasatanada Zazas».




Demonología. I Mitología.


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El «accidente» que convirtió a los Dioses en Demonios.


El «accidente» que convirtió a los Dioses en Demonios.




Dios es fácil. En todas las tradiciones, Dios [o los Dioses] se manifiesta, se presenta a sí mismo ante un grupo selecto de seres humanos, se identifica como el Creador, y acto seguido entrega o expresa algún tipo de manual de conducta que espera que sigamos. Dios es directo, pero los Demonios...

¿Cómo llegamos a saber lo que creemos saber sobre los Demonios? ¿En qué momento se produjo la transferencia de ese conocimiento?

No me refiero aquí a los tratados demonológicos de la Edad Media, donde se afirma con bastante liviandad que tal Demonio es mariscal, tal otro un duque, y aquel lidera tantas legiones. La clasificación demoníaca sobre la base de una estructura aristocrática y militar es lo suficientemente ridícula como no demandar una refutación. La verdadera respuesta acerca de cómo el ser humano obtuvo sus supuestos conocimientos sobre los Demonios podría ser... accidental.

En algún punto de nuestra [pre]historia, la mente humana estuvo lo suficientemente madura como para empezar a producir Demonios. Las formas particulares de estos Demonios [sus nombres] estarían determinados por una variedad de circunstancias: geográficas, políticas, climáticas, e incluso accidentales [ver: Lingua Diaboli: el lenguaje del diablo]

En sus notas sobre el Rig-Veda, el filólogo alemán Friedrich Max Müller (1823-1900) notó que la formación del nombre de una prominente figura de la mitología hindú fue, con toda probabilidad, un accidente. En los primeros himnos védicos aparece el nombre de Aditi como la madre de muchos dioses, y tres veces se menciona el nombre femenino Diti. Hay razones para creer [al menos Max Müller las tenía] que Diti es un mero reflejo de Aditi, cuyo nombre original cambió a causa de la licencia poética de un recitador. Sin embargo, la mayoría de los escribas hindúes consideraban cada letra de un libro como algo sagrado, de modo que Aditi siguió siendo Aditi, pero Diti permaneció en la cultura oral. Siglos después [olvidada la licencia y el recitador], esta Aditi decapitada, Diti, evolucionó hasta convertirse en un ser separado y poderoso.

¿Qué tiene que ver esto con los Demonios? Mucho, porque siendo que cada nicho en el amplio abanico de dioses ya estaba ocupado, la nueva forma [Diti] fue relegada al reino del mal, donde permaneció como la madre de los enemigos de los dioses, los Daityas. En otras palabras, esta deidad, nacida de una licencia poética [acaso de una necesidad métrica de recitado], se convirtió, «por accidente», en un Demonio. [ver: Demonios femeninos]

La estrecha semejanza entre estos dos nombres de la mitología hindú [Diti y Aditi], que representan, cada uno, lo mejor y lo peor, el Bien y el Mal, nació de un incidente trivial. No todos, pero muchos Demonios de los mitos bíblicos siguen el mismo patrón.

La palabra demonio es en sí misma un accidente [ver: ¿Qué significa la palabra «demonio»?]. Originalmente tenía un significado «bueno», en lugar de malo. El sánscrito deva [«el que brilla»] se corresponde con el griego θεος, el latín deus, el anglosajón tiw; y permanece en la palabra «deidad». El demonio de Sócrates es la personificación de un ser todavía bueno, pero en el camino del deterioro o declive de la pura divinidad. Platón declara que los hombres buenos, cuando mueren, se convierten en «demonios» [daimones], y afirma que estos son mensajeros entre los dioses y los hombres. ¿En qué momento los Demonios descendieron tanto hasta convertirse en los desagradables duques, condes y mariscales retratados por la demonología?

Este proceso mediante el cual una entidad «buena» se convierte en «mala» a veces se desarrolla repentinamente. Por ejemplo, la palabra inglesa bogey, especie de apodo para un espíritu maligno [bogey-man, u «hombre de la bolsa» para nosotros], proviene de una vieja palabra eslava para Dios: Bog. En ciertas partes de Europa, Bog se expandió como bogey [bwg, en galés, denominando una especie de duende], pero en las tierras eslavas, donde significaba «Dios», comenzó posiblemente como una variante local del hindú Bhaga, el Señor de la Vida. Es decir que el Hombre de la Bolsa, originalmente, fue Dios. Así de radicales pueden ser los «accidentes» que conducen a convertirte en un Demonio.

Cuando llegamos a los nombres particulares de los Demonios vemos que muchos de ellos preservan huellas etimológicas de su esplendor original. El nombre de Siva, el dios hindú de la destrucción, significa «auspicioso», derivado de svī, «prosperar». Algo similar ocurre con muchos Demonios de los mitos bíblicos: nombres «buenos» pero que cometen acciones contrarias a Dios. La teología afirma que esto se debe a que los Demonios eran originalmente ángeles que «cayeron» de la gracia divina, pero que algunos conservaron nombres elogiosos, como Lucifer, el «portador de la luz». Sin embargo, es probable que la historia de esa «caída» haya sido fabricada para justificar la existencia de seres [supuestamente] malignos pero con nombres que refieren a cuestiones nobles [ver: La teoría «Satanás NO fue un hermoso ángel llamado Lucifer»]

En algunas leyendas persas se menciona a Ahrimán como un demonio del fuego, de quien provienen los djinns. Tiene sentido: si alguien está asociado al fuego, debe ser «malo». Sin embargo, sabemos que en las primersas fases de todas las mitologías, el fuego era un signo de santidad: Lucifer es el ángel caído de la estrella de la mañana; Loki, el más cercano a un poder maligno en los mitos nórdicos, significa «llama».

El Demonio Azazel, cuyo nombre es incorrectamente traducido en la Biblia como «chivo expiatorio», parece haber sido originalmente una deidad premosaica. De hecho, los cuatro principales Demonios mencionados en los mitos hebreos [Samael, Azazel, Asael y Maccathiel] son personificaciones de elementos que se desprenden de una deidad principal. Samael significa «mano izquierda de Dios»; Azazel, «fuerza de Dios»; Asaël, «fuerza reproductiva de Dios»; y Maccathiel, «poder retributivo de Dios». Es por esta razón que los Demonios más poderosos han sido asociados en la imaginación popular con las estrellas, planetas, cometas y otros fenómenos celestes, ya que estos eran vistos como desprendimientos o acciones de Dios.

De hecho, legendaria caída de Lucifer está directamente relacionada a la evolución, o inversión, del mito original: Lucifer, la estrella de la mañana, era la luz temprana que disipaba las tinieblas de la noche y revelaba las malas obras cometidas en la oscuridad. Poco a poco, Lucifer dejó simplemente de iluminar, a primera hora del día, los crímenes y malas obras cometidas durante la noche, y comenzó a vengarlas. Eventualmente, el mito fue evolucionando hasta convertirlo en instigador del mal que, originalmente, revelaba con su luz y luego castigaba.

Otro «accidente» interesante tiene como protagonista al Demonio Belial, cuyo nombre significa «impiedad». Debido a una mala interpretación del Antiguo Testamento por parte de los traductores de la Septuaginta, pasó de ser una simple palabra a una entidad; y así pasó al Nuevo Testamento. Por ejemplo, en Corintios se dice «¿Qué concordia tiene Cristo con Belial?». Pero la palabra belial [«impiedad»] no se usaba originalmente como un nombre propio, y la creación tardía de un Demonio a partir de ella puede atribuirse a un «accidente».

En los mitos griegos, las deidades «caídas» siempre manifiestan algún defecto físico, como Hefestos, lisiado desde que Zeus lo arrojara desde el Olimpo. En las leyendas medievales, el Diablo generalmente aparece con la misma característica de cojera. El pie hendido del Diablo medieval se repite en casi todas las leyendas donde se lo menciona. Incluso los cuernos, popularmente atribuidos al Diablo, posiblemente se originaron a partir de la aureola que indicaba la gloria de su estado original. Las primeras representaciones de Satanás lo muestran usando la aureola, y solo se le agregaron cuernos cuando el arte incorporó los modelos de Pan y los Sátiros.

Cada panteón mitológico se construyó sobre la base de especulaciones intelectuales. En un sentido moral, las primeras deidades tenían actitudes más o menos demoníacas. Casi se puede afirmar que la religión, considerada como un servicio de adoración a seres sobrehumanos, comenzó con la propiciación de los Demonios, aunque estos se hicieran llamar Dioses. El ser humano descubrió muy pronto que las cosas buenas eran excepciones, mientras que las dificultades brotaban por todas partes. Los poderes malignos parecían ser los más fuertes; razón por la cual las deidades más poderosas siempre tienen un toque demoníaco en ellas [ver: Los Demonios, el amor, y el placer]

El esplendor, el poder y la majestad siempre van de la mano con la amenaza. El sol, quizás, es el primer ejemplo de divinidad, no a pesar de que puede causar estragos, sino porque puede causarlos. Siendo las divinidades tan poderosas, seres con la capacidad de ayudar pero también de destruir, la temerosa adoración que se les rendía incluyó la utilización de nombres halagadores, elogiosos. De hecho, los sacrificios con los que los seres humanos intentaban propiciar a estas divnidades, nunca se habrían podido ofrecer a un dios poder puramente benévolo. Cuánto más retrocedemos en el tiempo, los dioses están menos divididos en rangos de seres benévolos y malévolos. Tal es así que, cuando el ser humano comenzó a establecer una distinción moral entre el bien y el mal, la cosmogonía se transformó en religión.

El proceso intermedio, la zona gris, en la cual el bien y el mal se diferenciaron y avanzaron hasta personificarse por separado, no es del todo claro, sin embargo, hay indicios, como la relación entre Baal y Baal-zebub [Belcebú]. Uno representa al Sol como vivificador, el otro su poder destructivo. Baal-zebub es el «señor-mosca» [el mismo epíteto del Zeus adorado en Elis], una deidad filistea que daba oráculos, y que poco a poco fue cambiando su esencia debido a un mero juego de palabras. Su nombre se convirtió en Beelzebul, «señor del estiercol».

En los mitos nórdicos, más precisamente en los Eddas, Loki hace referencia a su pasado común con Odín; es decir, una era olvidada donde ambos eran simultáneamente «buenos» y «malos»:


¡Odín! ¿Recuerdas?
cuando en los primeros días
mezclamos nuestra sangre?


La mitología hindú es tan vasta que, se dice, no tiene espacio para el Diablo; sin embargo, el mal está tan bien distribuido entre las deidades «buenas» que realmente no hay necesidad de un Demonio completamente «malo». Lo mismo puede decirse de los mitos hebreos más antiguos. No tenían un Diablo en su mitología, porque el celoso y vengativo Jehová cumplía ese rol perfectamente. De hecho, la admisión del Diablo en todos los panteones siempre trae consigo el rechazo de los dioses «buenos». Por ejemplo, cuando Loki se presenta en la asamblea de los dioses, es recibido con cierto destrato por parte de los Aesir; pero entonces comienza a mencionar incidentes en la vida de cada uno de los dioses que muestran que ninguno es mejor que él. Los Aesir, incapaces de responder, confirman las críticas teológicas de Loki atándolo con una serpiente [ver: La verdadera muerte de Odín]

Es necesario hacer una distinción entre Demonio y Diablo. En la antigüedad, el mundo estuvo lleno de historias de Demonios antes de que existiera una encarnación formal del Principio del Mal. Estos primeros Demonios no tenían carácter moral. No hay un estallido de indignación moral cuando Indra mata a Vritra, y el rostro de Apolo está sereno cuando su dardo atraviesa a Pitón. Se requirió un desarrollo mayor del sentimiento moral para dar lugar a la concepción de un Demonio, y más aún para creer en un espíritu puramente maligno. Podemos pensar en el Diablo [en términos de Principio del Mal] como un ser que hace el mal por el mal mismo; mientras que la nocividad de los Demonios es accesoria de otras satisfacciones [ver: El Diablo como amante]. Recordemos que las palabras deidad y demonio alguna vez fueron intercambiables, y la última simplemente se degradó para designar fuerzas y cualidades menos benéficas.

Cada Dios mitológico tenía su Sombra [en términos de Carl Jung] muy bien integrada, pero bajo la influencia del dualismo esta Sombra alcanzó una existencia propia y una personalidad distinta en la imaginación popular. Una vez establecido el principio de que un Dios amoroso solo es capaz de realizar buenas acciones, surgió la necesidad de que alguien más personificara todas las desgracias y tragedias que suceden en el mundo.

Algunas transformaciones de Deidades en Demonios, y el consecuente abandono de su culto salvo por una minoría, a veces dejó rastros en las lenguas. La palabra alemana para «ídolo» es abgott, que significa «ex-dios», lo cual deja en evidencia que algunos ídolos paganos, cuyo culto se había abandonado, eran en realidad antiguos dioses. De más está decir que el cristianismo, sobre todo, se comprometió a suprimir cualquier tipo de creencia ajena a las suya, de modo tal que las deidades paganas pronto se convirtieron en Demonios. Esta demostró ser una estrategia brillante. Los cristianos nunca negaron la existencia de las deidades que estaban tratando de suprimir, eso podría haber causado una reacción; simplemente mantuvieron la existencia de los dioses nativos, pero los llamaron Demonios. Así, el cristianismo no podía ser acusado de suprimir o borrar la existencia de una deidad local; por el contrario, las incorporó [ver: La derrota de los dioses paganos]

En cada territorio conquistado por una nueva religión siempre se encuentran unos pocos individuos que se aferran a sus antiguas deidades. Estos serán llamados «herejes», pero aun así seguirán practicando sus antiguos ritos, incluso después de haber tenido que aceptar la imposición del conquistador y llamar Demonios a sus antiguos dioses.

La evolución de los Demonios a partir de deidades se terminó de establecer a través del arte, porque la degradación teórica de estas deidades solo podía completarse cuando se presentaban a la vista en formas repulsivas. Sin embargo, las grandes representaciones del mal nunca han sido, originalmente, feas. Se podría describir a los dioses como cayendo velozmente como un relámpago del cielo, pero en la imaginación popular los Demonios conservaron durante mucho tiempo gran parte de su antiguo esplendor. Por eso mismo las representaciones religiosas buscaban revertir los viejos atributos de estas deidades. Si el pueblo conquistado teológicamente por una nueva religión todavía pensaba que sus antiguos Dioses eran hermosos, el arte religioso los deformó hasta convertirlos en seres grotescos, horribles a la vista.

Los nombres de los Demonios generalmente contrastan su origen celestial con las funciones que realizan sus nuevas formas degradadas. El cristianismo, al expandirse, requería un constante suministro de Demonios, y este provino de las innumerables deidades destronadas, proscritas y «caídas» tras la subyugación de sus adoradores; sin embargo, los nombres de muchos Demonios siguieron dando cuenta de su pasado como deidades.

Ahora bien, como el nuevo Dios era todo bondad, alguien tenía que cargar con el peso de las miserias de la vida. De este modo, los Demonios se encargaron de personificar todo lo «malo». Sin embargo, surgieron objeciones. ¿Cómo un Dios que es todo bondad, que es omnipotente, puede admitir la existencia del mal? La teología resolvió este dilema afirmando que los Demonios, aunque creen estar haciendo el mal, en realidad están siguiendo el plan divino, que nadie puede conocer, excepto Dios. Como solución, hay que decirlo, no es muy elegante. Plotino tuvo más gracia al afirmar que cada uno de los dioses griegos contenía a todos los demás.

La etimología a menudo nos permite captar la ironía del destino de los Demonios. Poe ejemplo, la palabra inglesa hell [«infierno»], proviene de la diosa escandinava Hel, cuyo nombre original, Halja, significa «negra». Hel moraba en un reino subterráneo helado, y su nombre, paradójicamente, se preservó para denominar un lugar de tormento ardiente.

Incluso cuando los nombres de los Demonios no muestran rastros de su degradación, es posible que se les atribuyan características o mitos relacionados con ella. Tal es el caso de Satanás, cuyo nombre hebreo significa «adversario», pero que, en el Libro de Job, aparece entre los hijos de Dios. Satanás, entre los hebreos, fue al principio un término genérico para «adversario», y no significaba ningún personaje especial, mucho menos un antagonista de Dios.

El contraste entre la horrible fisonomía dada a Satanás en el arte cristiano y su representación teológica como el Tentador, es obvia. Si el arte hubiera tenido que representar fielmente la teoría teológica, Satanás habría sido retratado con una forma bella y armoniosa; pero el «plan» era despertar horror y antipatía por las deidades nativas a las que los herejes se aferraban tenazmente. Más aún, los teólogos cristianos han defendido vehementemente la existencia de Satanás, y con buenos motivos: Satanás, el adversario de Dios, es necesario como agente y verdugo bajo el gobierno divino. De hecho, no hay nada en el Libro de Job que indique que Satanás es un personaje diabólico; por el contrario, aparece como un personaje respetable y poderoso entre los hijos de Jehová, y su oficio era el de fiscal.

Pero, al parecer, Satanás fue demasiado suspicaz en su oficio. Se volvió acusador, y de ahí fue fácil transformarse en calumniador y finalmente en instigador de los males que originalmente profesaba reprimir. De hecho, las primeras representaciones de Satanás lo muestran sosteniendo una balanza en una mano, pero tratando astutamente con la otra de presionar un lado de la balanza... el lado de las malas acciones.

Aunque los hebreos no identificaron a Satanás con su chivo expiatorio, él ha sido verdaderamente el chivo expiatorio entre los Demonios durante dos mil años. Todas las pesadillas y fantasmas que alguna vez atormentaron la imaginación humana se han acumulado sobre él. Al expandirse el cristianismo, Satanás absorbió las diversas características de muchos Demonios fosilizados: cuernos, pezuñas, rasgos animalescos. Todas estas formas proteicas lo han convertido en un verdadero milagro de incongruencias, y en una figura fascinante.




Demonología. I Diccionario demonológico.


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