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El Diablo como amante: atributos, virtudes y desproporciones del Maligno


El Diablo como amante: atributos, virtudes y desproporciones del Maligno.




La mayoría de los tratados demonológicos coinciden en una opinión inquietante: la naturaleza de un demonio que se obsesiona con una mujer a menudo está condicionada por la mente de esa persona. Aquellas que son reprimidas, supersticiosas, temerosas, y hasta insatisfechas, tienen muchas más probabilidades de convertirse en el objeto de los afectos forzados de Íncubos y Súcubos [ver: Íncubos y Súcubos: ¿qué ocurre durante un encuentro paranormal?]

No obstante, estos acosadores sobrenaturales no son más comunes en la población general del infierno que en la nuestra. En cierto modo, fue la manía por el Íncubo que se extendió por Europa en los siglos XV y XVI lo que provocó tantos informes sobre este tipo de relaciones. No es de extrañar entonces que aquellas piadosas mujeres que se susurraban los detalles más jugosos del último juicio de brujas, en efecto, fantasearan secretamente con ser poseídas por el demonio. Algunas de ellas vieron sus deseos inconscientes cumplidos en toda regla [ver: Diario de una iniciada]

No hablamos aquí de la posesión demoníaca tradicional, es decir, cuando un espíritu parece entrar y tomar el control del cuerpo [ver: ¿Qué siente una persona poseída?]. En este caso, la identidad consciente de la persona poseída se desplaza durante el evento, que suele ser de corta duración. Con menos frecuencia, la conciencia permanece durante la posesión, pero es incapaz de controlar su cuerpo. La obsesión ocurre cuando un espíritu persiste en dar a conocer su presencia, ya sea apareciendo a la vista, susurrando o gritándole al oído, acariciando o golpeando a la persona, o generando otras impresiones sensoriales directa o indirectamente [ver: ¿Tocada por un ángel o quemada por un demonio?]. Según esta definición, el sexo con espíritus es una forma de obsesión.

Según el testimonio sesgado de los juicios de brujas [donde muchas veces los testimonios eran extraídos bajo tortura], había dos tipos de sexo espiritual que disfrutaban las brujas. El primero era el que se suponía que una bruja tenía regularmente con su espíritu familiar [ver: Los «espíritus familiares» en la brujería]. Por lo general, este tipo de demonio asumía la forma de una mascota, principalmente un gato negro. De hecho, los gatos fueron chivos expiatorios muy populares. La persecución de gatos durante la Edad Media fue en gran medida responsable de la propagación de la peste debido a un aumento incontrolable en la población de ratas. En cierto modo, las brujas y los gatos se vengaron de sus perseguidores a través de la peste. Millones de personas murieron a causa de las pulgas transportadas por las ratas que una población estable de gatos podría haber mantenido bajo control.

El gato negro de la bruja era un instrumento material a través del cual el espíritu familiar [una especie de espíritu servicial], se expresaba a la bruja. La Inquisición trató de subvertir la naturaleza y el propósito original de la brujería en términos chamánicos para adaptarla a su propia visión del mundo, y en gran medida lo logró. El familiar de la bruja se convirtió en un demonio a los ojos de la gente común; y muchos gatos pagaron ese precio.

Si bien abundan los grimorios y libros prohibidos realmente no sabemos mucho sobre los procedimientos típicos de la brujería durante el período de las quemas. No obstante, sí queda claro que las brujas [no todas, desde luego] que practicaban formas paganas de magia popular tenían [o afirmaban tener] relaciones con sus espíritus familiares, aunque probablemente no con los animales que a menudo servian como sus anfitriones físicos [ver: El baile de las brujas: descubriendo los secretos de sabbats y aquelarres]

Los espíritus familiares eran capaces de entrar en el cuerpo de la bruja, al igual que los espíritus entran en el cuerpo del chamán, o en el de algunos practicantes de creencias y religiones de origen africano. La gran cantidad de relatos que describen relaciones entre brujas y demonios, junto con la regularidad de esta forma de unión en todas las prácticas relacionadas con el chamanismo, sugiere que las brujas llegaron a dominar este arte. Sin embargo, los demonios, a pesar de su antigüedad y experiencia, no necesariamente eran amantes consumados. Algunos, de hecho, eran bastante inoperantes en este sentido [ver: Seducción paranormal: encuentros calientes con fantasmas y espíritus]

La otra forma de relaciones que revestía un gran interés en los juicios era el coitus entre la bruja y el mismísimo Satanás. De la misma forma en que las monjas se casaban simbólicamente con Cristo, se creía que las brujas contraían nupcias con el diablo, y que además disfrutaban largas y apasionadas noches de boda, algo que a las piadosas monjas les estaba vedado. La Iglesia sostenía que las brujas le juraban absoluta obediencia al Maligno, lo cual incluía el pleno acceso a sus cuerpos. De hecho, la mayoría de las brujas se mantuvieron fieles a Satanás durante toda su vida, informa el Malleus Maleficarum, sin proporcionar datos que justifiquen esa afirmación [ver: Los Demonios, el amor, y el placer]

Bajo tortura [es importante tener esto en cuenta], las brujas acusadas a menudo testificaban que Satanás se metía en sus camas, de noche, generalmente en la forma de un hombre de piel morena, cabello y ojos oscuros; pero que en ocasiones asumía la forma de un gran perro negro o un macho cabrío. El acto era bestial y, a menudo, doloroso. Al parecer, el Maligno tenía una marcada preferencia por una posición que los romanos llamaban a tergo, es decir, a espaldas de la mujer, la cual estaba boca abajo o en cuatro patas, y que además disfrutaba con particular sadismo de las relaciones contra natura, es decir, de aquellas regiones de la geografía femenina [y masculina también] donde la procreación es biológicamente imposible [ver: Belial: el demonio del amor estéril]

Ahora bien, muchas brujas acusadas negaron haber obtenido placer de las caricias del demonio, aunque esta postura intransigente puede haber sido motivada por el temor de que si lo admitían, su eventual ejecución sería cosa juzgada. Solo una minoría de mujeres testificaron que el acto amoroso con Diablo fue de hecho muy placentero [ver: Lingua Diaboli: el lenguaje del diablo]

Una de las principales preocupaciones de los inquisidores y demonólogos por igual era el pene de Satanás [o Belcebú, o Lucifer, que a menudo se confunden en la demonología medieval]. Algunas brujas afirmaban que los atributos viriles de Satanás no eran demasiado impresionantes. De hecho, muchas sostuvieron que era tan pequeño como un dedo [no sabemos cuál]; mientras que otras testificaron que era tan grande y grueso que les produjo un dolor insoportable al recibirlo.

En términos biológicos, el miembro de Satanás tenía poca relación con el de los hombres mortales. A veces se hinchaba en el extremo, triplicando su tamaño, y no se podía retirar. También se decía que era frío como el hielo al tacto, o duro como una piedra, o cubierto de escamas que se expandían y contraían rasgando las paredes interiores del canal femenino [el sangrado post-coitus con el Maligno era utilizado para odiosas preparaciones]. Paradójicamente, algunos testimonios afirmaban que el pene del diablo no era frío, sino ardiente como una brasa al rojo vivo [ver: Algo invisible se metió en la cama conmigo]

No satisfechos con dotar a Satanás de un enorme instrumento [o al menos uno tan doloroso que resultaba difícil de olvidar], los demonólogos afirmaron que, en ocasiones, el Maligno poseía dos. De esta forma podía vejar a la bruja simultáneamente para su mayor degradación. Algunos demonólogos llevaron las cosas aun más lejos, y sostuvieron que Satanás tenía en realidad tres atributos, uno de los cuales era extraordinariamente largo para que la bruja pudiera realizarle una felación mientras recibía los otros dos. El artista francés Felicien Rops ilustró esta notable característica anatómica del Diablo en varios de sus grabados, por cierto, muy perturbadores.

Ahora bien, la opinión general de la Iglesia coincide en que Satanás no obtenía ninguna satisfacción de su cópula con las brujas. Dado que es un ángel [caído], sin cuerpo físico, no está constituido para reproducirse. Es una opinión sorprendente, ya que se basa en la creencia de que el placer solo puede obtenerse mediante maniobras que aspiren a la procreación. De todos modos, se creía que estos actos carnales tenían el único propósito de llevar pecado y condenación a los humanos [ver: Cómo las brujas causaban impotencia en los hombres]

Es importante aclarar que, incluso en los testimonios de brujas arrepentidas, Satanás no era un amante invasivo. Es decir, no forzaba a sus brujas. Al principio, se les acercaba en la forma de un joven atractivo y les susurraba algunos cumplidos, algunas palabras acaloradas, y quizás alguna impudicia. Más tarde se volvía cada vez más cruel y agresivo. Finalmente, para asegurarse de que la bruja sintiera que su propia condenación era irredimible y dejara de rezar o buscar la salvación de Cristo, la inducía a cometer los más perversos actos, sencillamente inconfesables [ante un cura confesor], y que por lo tanto no podían ser perdonados.

Mientras muchas mujeres eran quemadas vivas por confesar bajo tortura que habían mantenido relaciones con el Diablo, los monjes y monjas cometían actos esencialmente iguales pero en la seguridad del claustro. Por lo general, eran lo suficientemente astutos como para mantener un discreto silencio sobre sus amantes espirituales, pero a veces se los sorprendía en pleno acto. Las monjas, entonces, dirían que fueron visitadas por un ángel o un santo. Santa Matilde de Hackeborn fue más lejos, y sostuvo que Cristo «me besó la mano, me apretó contra Él, me susurró que le diera mi amor, y yo le entregué todo».

Otras monjas no fueron tan afortunadas como Santa Matilde. Ludovico María Sinistrari, en el libro De Daemonialitate et Incubis et Succubis, relata el caso de una monja a la que una de sus hermanas observaba encerrarse en su celda todas las noches después de la cena. Preocupada, la espía entró en una celda contigua y apoyó la oreja contra la pared. Escuchó dos voces conversando en un tono bajo, y el crujido de una cama acompañado de gemidos y suspiros. La espía alertó a la abadesa, que fue a la celda contigua a escuchar. Al principio sospecharon que la hermana estaba con otra monja, pero tuvieron que abandonar esta hipótesis cuando contaron a todas las monjas restantes del convento. Después de reunir pruebas [Sinistrari no menciona cuáles], un día, cuando los ardorosos gemidos volvieron a emanar de la celda cerrada, la abadesa golpeó la puerta y exigió que se abriera. Cuando la hermana lo hizo, se encontró que la celda estaba vacía.

Frustrada, la abadesa dejó el asunto en un prudente olvido, pero la monja espía fue más persistente. Se las arregló para hacer un agujero en la pared de la celda contigua. A través de este agujero vio a la presunta monja haciendo el amor con un atractivo joven. Llamó a la abadesa [podemos suponer que estaba cansada de sobresaltos en este punto] y a otras hermanas para que fueran testigos del proceso. Para cuando abrieron la puerta, el amante masculino se había desvanecido en el aire. La monja acusada siguió negando todo hasta que la amenazaron con torturarla, momento en el que finalmente confesó que se había acostado con un Íncubo, varias veces, y que había sido una delicia.




Demonología. I Diccionario demonológico.


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«Liber Incubis et Succubis»: el libro de los Íncubos y Súcubos


«Liber Incubis et Succubis»: el libro de los Íncubos y Súcubos.




Liber Incubis et Succubis (El libro de los Íncubos y Súcubos) es un misterioso libro prohibido del siglo XIV mencionado por Ludovico María Sinistrari en el De Daemonialitate. Probablemente se trata del primer libro en relacionar a estas voraces criaturas nocturnas, los Íncubos y Súcubos, y por tal caso a todas las razas de vampiros, con los seres del Plano Astral (ver: Bestiario Astral: seres, espíritus y criaturas del Plano Astral)

Liber Incubis et Succubis describe detalladamente los hábitos perniciosos de estas criaturas. Los Íncubos, de aspecto masculino, inducen pesadillas eróticas en sus víctimas mujeres para alimentarse de ellas (ya veremos cómo). El término íncubo circula desde el siglo XIII, y deriva del latín tardío incubus, que a su vez proviene de incubare, «acostarse encima». Los Súcubos efectuan prácticas similares, pero bajo una forma femenina, atacando a los hombres durante el sueño. La palabra súcubo proviene del latín succubaresub y cubare—, y significa «acostarse debajo».

Ahora bien, buena parte de los grimorios medievales sitúan a los Íncubos y Súcubos como parte de la exhuberante fauna del infierno, liderados por Abrahel, la reina de los súcubos, y Larimón, rey de los íncubos; pero el Liber Incubis et Succubis cambia radicalmente esta perspectiva.

Según este libro maldito, los Íncubos y Súcubos son entidades artificiales, creadas a través de la práctica de la magia para cumplir diversos propósitos. En esencia, son similares a los Tulpas (ver: El libro de los Tulpas), pero con una densidad tan grande que incluso pueden llegar a liberarse de sus creadores y merodear por nuestro plano, y hasta adherirse a una persona en particular (ver: Espíritus que se «pegan» a las personas), convirtiéndose desde ese momento en su constante fuente de alimento (ver: Íncubos y Súcubos: ¿qué ocurre durante un encuentro paranormal?)

Contar con estos servidores vampíricos puede resultar útil para el mago y la bruja, no solo con fines rituales, por ejemplo, durante la evocación y creación de Elementales, sino también en tiempos de guerra psíquica entre dos hechiceros o brujas (ver: Sobre las entidades, larvas, gusanos y parásitos del bajo astral).

El problema con los Íncubos y Súcubos consiste en su naturaleza: no tiene otro propósito que alimentarse de la energía sexual de sus víctimas (ver: Parásitos astrales y las «malas energías»). No albergan otra intención. No tienen otro deseo, ni otro propósito, de manera tal que cuando este se cumple, el mago o la bruja que los creó debería destruirlos, pero el Liber Incubis et Succubis sostiene que esto rara vez ocurre.

Una vez cumplida su misión, los Íncubos y Súcubos han obtenido tanta energía que son capaces de resistirse a los rituales de destierro, y hasta liberarse de sus amos durante un tiempo. No obstante, esa libertad es solo aparente. Si el vínculo con su creador se rompe, quedan privados de la intención original que los forjó, de manera tal que solo pueden seguir existiendo si logran pegarse a una nueva víctima (ver: Cómo y por qué algunas entidades se «pegan» a las personas).

Por otro lado, el Liber Incubis et Succubis sostiene que muchos magos y brujas son lo suficientemente negligentes como para dejarlos libres voluntariamente una vez que cumplieron su misión. Estos son los Íncubos y Súcubos más peligrosos, porque pueden existir independientemente de sus creadores, y hasta de una fuente de alimentación constante.

Estas criaturas son tan fascinantes como peligrosas. Deben ser controladas por el mago o la bruja de forma constante, lo cual no es en absoluto sencillo. Pensemos que los Íncubos y Súcubos fueron diseñados astralmente para seducir, y sus creadores tampoco están completamente libres de ser cautivados por sus atributos.

El Liber Incubis et Succubis cuenta la historia de varios hechiceros disolutos y brujas libertinas que crearon a estos elementales para una noche de placer, o varias, y terminaron obsesionados. Los servidores astrales solo deben existir para cumplir a voluntad de su creador, y deben ser desterrados y reabsorbidos una vez que se cumpla su propósito. De otro modo, el propio hacedor se convierte en víctima.

Los Íncubos y Súcubos están estrechamente emparentados con los Vampiros. La razón de esto es su poder de drenaje durante los sueños en los que acechan. Estos seres penetran en la mente soñadora de la víctima, infunden fantasías desenfrenadas y lentamente se alimentan de su energía mientras los excitan sexualmente (ver: Vampiros y hombres lobo en el plano astral).

El Liber Incubis et Succubis admite la utilidad de los Íncubos y Súcubos si se aseguran las defensas adecuadas, sobre todo cuando son dirigidos hacia alguien en particular, dependiendo de los planes a largo plazo de su hacedor. Para un ataque prolongado, el hechicero suele tener que alimentar a la criatura para asegurarse su longevidad.

Los Íncubos que entran en los sueños de las mujeres (u hombres), y allí practican este envilecido comercio onírico, no solo dejan a la víctima sin energía, sino abierta a la obsesión durante la vigilia. La persona despierta agotada, pero con el recuerdo vívido del sueño, que la acompaña durante todo el día hasta la noche siguiente, donde el ciclo continúa. A menudo el Íncubo asume la forma de un hombre en particular, muchas veces para obtener en el plano astral aquellos favores que le son denegados en el plano físico.

Pero hay prácticas aun más horrorosas. Según el Liber Incubis et Succubis, los Íncubos mejor diseñados pueden drenar la energía astral, pero también utilizar los fluidos corporales de sus víctimas para engendrar otros servidores demoníacos.

Los Súcubos, nacidos de la matriz de Lilith, proceden con mucha cautela. Estas servidoras asumen la forma de los deseos más profundamente arraigados en el hombre. Lo seducirán cada noche, hasta que el agotamiento excesivo cause alguna forma de autodestrucción, que casi invariablemente hace que la víctima sea absorbida psíquicamente por el Súcubo. Al regresar con su hacedor, este puede reabsorber la energía astral que el Súcubo ha drenado.

Si la criatura es masculina o femenina no es relativamente importante, pero el género del mago implica algunos peligros prácticos. El Liber Incubis et Succubis sostiene que los magos varones son más propensos a caer en las redes de sus propias creaciones, debido a que los hombres están más dispuestos a aceptar el riesgo que implican este tipo de encuentros.

Recordemos que los Íncubos y Súcubos son especialmente diseñados para identificar cualquier debilidad a nivel del deseo, incluso inconsciente, y a partir de allí ejercer una presión constante para despertarlo y estimularlo. Los magos y brujas deben ser extremadamente disciplinados para evitar situaciones desagradables.

Un servidor vampírico puede ser un arma poderosa, como lo sería cualquier elemental correctamente cargado, si se lo utiliza con las precauciones adecuadas. Por ejemplo, el Liber Incubis et Succubis posee un capítulo entero dedicado a las propiedades necesarias que los Íncubos y Súcubos deben incorporar durante el rito de creación para no terminar doblegando la voluntad de sus creadores.

Ahora bien, ¿cómo crear un Íncubo o un Súcubo?

No sería apropiado entrar en detalles aquí, principalmente debido al peligro que entrañan este tipo de prácticas. Simplemente nos limitaremos a compartir un breve párrafo del Liber Incubis et Succubis a modo ilustrativo, reservándonos los condimentos:

«Si uno va a atacar a un enemigo célebre por su atracción hacia un sexo en particular, ya sea masculino o femenino, entonces debe crearse el servidor apropiado. Si el enemigo desea mujeres, entonces el hechicero creará su propia fórmula personal para fabricar un Súcubo. Esto se puede hacer dibujando un sigilo que represente los atributos del servidor. El sigilo es un canal de creación a través de la concentración, pero que puede ser alimentado con fluidos corporales. Una vez creado el servidor, el hechicero no debe ofrecerle más fluidos. Se pueden crear varios servidores para la misma víctima, según los métodos de ataque. Los servidores también pueden utilizarse con fines positivos, como medidas defensivas. El hechicero podría tener tantos como desee, aunque tres es el número máximo recomendado.»

El Liber Incubis et Succubis es un libro que básicamente propone un método para hackear los sueños, es decir, entrar en los sueños de alguien más y, una vez allí, proyectar el deseo bajo una forma diseñada específicamente para encontrar los puntos débiles en la psique de la víctima (ver: Dreamwalking: cuando alguien extraño entra en tus sueños).

Esta práctica no solo es inmoral, sino acaso inevitable.

El Liber Incubis et Succubis habla de personas capaces de desear tan intensamente a alguien, que involuntariamente se proyectan a la fuerza en los sueños del otro. Irrumpen en ese mundo onírico con formas grotescas y avasallan a su víctima de manera indescriptible.

«Tal es el poder del deseo, que generalmente tiene un origen noble, pero que puede volverse indecente, obsceno, cuando encuentra una forma de satisfacerse impunemente.»




Libros prohibidos. I Libros extraños.


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Por qué los Íncubos las prefieren viudas


Por qué los Íncubos las prefieren viudas.




Algunos grimorios y libros prohibidos de la Edad Media realizan un minucioso reporte sobre los Íncubos, especie de demonios o vampiros de segundo orden altamente capacitados para despertar las fantasías femeninas más escandalosas y luego cumplirlas mediante maniobras que desafían las habilidades de cualquier macho humano.

Uno de los Íncubos más notables de la historia fue conocido como Lüdérc —también llamado Ludverc—, heredero de una raza de vampiros proveniente de Hungría, cuya estirpe se remonta a Larimón, diabólico especialista en el arte de la seducción.

El De Daemonialitate et Incubis et Succubis —título que significa literalmente: Sobre los demonios, íncubos y súcubos—, del investigador Ludovico María Sinistrari, realiza una interesante crónica sobre este Íncubo y sus peculiares hábitos a la hora de elegir a sus víctimas.

En las aldeas medievales de Hungría se creía que la aparición de Lüdérc era precedida por fenómenos inusuales en el firmamento. Sinistrari no los aclara, pero podemos suponer que se refería a cometas, estrellas fugaces, etc. Estos signos eran evidencia suficiente de que Lüdérc se aproximaba.

Hay que decir que la gran mayoría de las personas estaban seguras de que no serían atacadas, ya que Lüdérc posee una de las dietas más extrañas entre todos los Íncubos. Desde luego que se alimenta de sangre humana, pero no de cualquiera, sino únicamente de la sangre de las viudas.

Nadie ha sabido explicar la razón de este apetito singular. Tal vez tenga que ver con las escasas habilidades predatorias del Lüdérc, y del dolor íntimo y todavía reciente de las mujeres que han perdido a sus esposos; dolor que, quizá, las lleve a mostrarse accesibles ante una manifestación que asuma la misma silueta.

El Lüdérc es capaz de cambiar de forma a voluntad y adoptar el rostro y el cuerpo de los maridos fallecidos de una forma muy convincente; no obstante, presenta algunas discrepancias.

Hay una región que el Lüdérc no puede metamorfosear. Su miembro, capaz de rivalizar con los incómodos atributos de Príapo, mantiene invariable su forma descomunal; razón por la cual importa realmente poco el parecido que pueda asumir con el fallecido: una vez en el lecho de la viuda ella puede notar fácilmente las diferencias de tamaño, grosor y sobre todo de rendimiento.

El porcentaje de viudas que admite esa sustitución es muy elevada, según Sinistrari.

Más allá de la envergadura ciclópea del Lüdérc, su mayor habilidad consiste en brindar un largo repertorio de proezas amatorias, cuya función es conducir a la viuda a un estado de agotamiento físico y emocional que le permita alimentarse de su sangre sin ejercer la violencia, algo prohibido tanto para los Íncubos como para los Súcubos en general.

Las leyendas medievales ofrecen pocos métodos profilácticos para librarse del Lüdérc, tal vez porque su presencia rara vez es indeseable.

Sinistrari elude la crítica simplista a las viudas que aceptan a estos amantes diabólicos. Es sabido que el dolor nos lleva a cometer toda clase de actos insensatos, entre ellos, creer que la muerte puede ser indulgente.




Leyendas de vampiros. I Diccionario demonológico.


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Monstruos poco conocidos que nos visitan en sueños


Monstruos poco conocidos que nos visitan en sueños.




Existen incontables criaturas que nos acechan en sueños. La mayoría, hay que decirlo, se conforma con perturbar nuestro descanso; otras, como los Íncubos, Súcubos y la Gente Sombra, persiguen propósitos menos inocentes.

Tal es el caso de esta extraño y casi desconocido monstruo que nos visita en sueños.

Su nombre es Flygia, y procede de los mitos nórdicos. Sabemos realmente poco de él, apenas su frecuentación con la noche, su habilidad para pasar desapercibido, y su aún más asombroso coto de caza, nada menos que los sueños de sus víctimas.

Como una réplica ancestral de Freddy Krueger, Flygia sólo aparece en sueños, donde induce en el soñador elaboradas fantasías de autoflagelación. Esto tiene un propósito práctico: conseguir que el soñador se lastime en sueños al rascarse y así poder beber de su sangre, ya que Flygia es incapaz de realizar daño en el plano físico.

Aquellos que despiertan con extrañas heridas en la piel quizá puedan atribuirle a este monstruo una explicación un tanto audaz, pero posible.

Otra diagnóstico tradicional sostiene que aquellos que sueñan siempre con la misma persona, cuyos rasgos aparecen difusos, casi irreconocibles, son víctimas de esta clase de monstruos del sueño.

Flygia es uno de los monstruos del sueño más fieles que registra la leyenda: acompaña a su víctima a lo largo de toda su vida.

Una vez encontrado el huésped, casi siempre, un pariente sanguíneo, Flygia se adhiere a sus sueños como un molusco voraz. Noche a noche urde un amplio abanico de horrores y fantasías escandalosas, que aumentan en voluptuosidad a medida que su víctima eleva sus defensas psíquicas.

Se dice que cuando alguien despierta y ve al monstruo flotando sobre la cama es señal inequívoca de que la muerte se avecina, ya que la conexión entre Flygia y su víctima se rompe únicamente con el deceso del soñador, salvo que se tenga la precaución de tomar algunos oportunos métodos profilácticos.

Podemos pensar en Flygia como una especie de ángel de la guarda siniestro, un ente pegado literalmente a nuestros sueños y pesadillas. Por más aberrante que parezca, las leyendas señalan que este monstruo es el causante de los sueños eróticos, tanto de hombres como mujeres, ya que además de alimentarse de sangre Flygia tiene un gusto particular por las poluciones y secreciones orgánicas hijas del deseo.

En este sentido, podemos ubicar a Flygia como una rara subespecie de Súcubo o Íncubo, pero sólo opera en las márgenes vecinas del sueño.

La única forma de desembarazarse de este monstruo que acecha en los sueños es tener un gato en la casa. La presencia de un felino en la cama evita ahuyenta a todas las criaturas no humanas del plano astral que intentan alimentarse de nuestros sueños.




Diccionario de sueños. I Leyendas de vampiros.


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J.K. Huysmans: el autor que fue atacado por un SÚCUBO


J.K. Huysmans: el autor que fue atacado por un SÚCUBO.




En ocasiones la fe de un hombre ofrece poca resistencia contra lo sobrenatural, en especial cuando hablamos de SÚCUBOS, aquellas vampiresas de apetitos insaciables, proclives al desenfreno, quienes nunca vieron con malos ojos alimentar los instintos primarios de los atildados hombres de la iglesia.

Este es el caso de un hombre de fe, es cierto, pero de una fe poco ortodoxa, pesimista, típicamente francesa: J.K. Huysmans; cuya obra principal: A contrapelo (À rebours), manifiesta uno de los disgustos más amargos del decadentismo.

Joris Karl Huysmans (1848-1907), denunció haber sido atacado por un SÚCUBO mientras se alojaba en un viejo monasterio benedictino. La fecha precisa de aquel asalto no fue registrada, pero varios biógrafos coinciden en situarla alrededor de 1889.

Por aquel entonces, ya establecido como un novelista prestigioso, J.K. Huysmans vivió una etapa de reconciliación con lo espiritual, en virtud de la cual trataba de retomar la fe católica tras un alejamiento de varios años. Para limpiar su alma de lo que él denominaba: "las letrinas de la superstición", quizás aludiendo a sus sórdidos contactos con la subcultura del ocultismo parisino, se recluyó en un monasterio medieval. De aquella experiencia saldrían dos novelas fundamentales: En camino (En route) y La catedral (La catedrale).

No obstante, el episodio más siniestro de aquella etapa de reclusión no sería registrado hasta unos años después.

Cierta noche, mientras descansaba en su camastro, J.K. Huysmans despertó justo en el clímax de un sueño erótico. En la penumbra, todavía aturdido por aquellos impulsos que su fe intentaba reprimir, entrevió la figura sensual de una mujer diluyéndose en el aire opresivo del cuarto.

El novelista dio crédito a la aparición. De hecho, consideró que se trataba de un SÚCUBO enviado por sus viejos camaradas esotéricos al enterarse del cambio radical que estaba efectuando en su estilo de vida.

J.K. Huysmans describió al SÚCUBO como una mujer de silueta impresionante, etérea, aunque con ligeros matices desagradables que recordaban su naturaleza infernal. Según declaró en su diario íntimo —que dejó de serlo tras su muerte—, ni antes ni después de ese encuentro paranormal conoció un goce semejante.

Gran conocedor de las leyendas de vampiros que indican que los SÚCUBOS se apropian de las poluciones involuntarias que provocan, entregándolas luego a los ÍNCUBOS para fertilizar a las mujeres mortales, J.K. Huysmans respiró hondo y se alegró de su pasado de excesos, ya que estos le habían producido daños irreparables a su virilidad, lo cual le evitaba convertirse en vehículo de una paternidad maldita.

Esta historia, sin dudas producto de una crisis emocional, luego sería aprovechada por el autor para una de las mejores novelas del decadentismo francés: Allá lejos (Là-Bas), donde nos introduce en el oscuro mundo del satanismo y la demonología a través de un estudioso, Durtal, que logra desenmascarar a una sociedad secreta que adora el espíritu perverso de Gilles de Rais y practica la invocación de SÚCUBOS, ÍNCUBOS y otros seres diabólicos con menor grado de popularidad.




Más leyendas de vampiros. I Razas y clanes de mujeres vampiro.


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Íncubos y Súcubos: ¿qué ocurre durante un encuentro paranormal?


Íncubos y Súcubos: ¿qué ocurre durante un encuentro paranormal?




Mucho se habla de los íncubos y súcubos, es decir, entidades masculinas y femeninas del plano astral que buscan satisfacer impulsos muy carnales con personas reconocidamente vivas [ver: El Caso de Doris Bither]

Lejos de tratarse de escenas románticas, este tipo de encuentros suelen ser notablemente perturbadores.

Los Íncubos, Súcubos y otros seres del plano astral suelen obtener lo que quieren cuando se manifiestan. Rara vez fracasan, y siempre, invariablemente, comienzan sus visitas como indiscretas bolsas de aire frío que se mueven debajo de las sábanas.

Sería fácil caer en el razonamiento de que este tipo de encuentros con fantasmas solo ocurren en las leyendas medievales. Nada más lejos de la verdad. De hecho, los reportes de encuentros carnales con fantasmas mantienen aún hoy las mismas características de antaño.

Para la víctima, desde luego, la experiencia no tiene nada de fantasmagórica.

La sensación es real, e incluye todas las posibilidades del amor convencional entre personas vivas: besos, caricias, juegos y finalmente penetración.

En este contexto, los seres del plano astral lo suficientemente fuertes como para reunir la energía necesaria para manifestarse a nivel físico suelen ser amantes expertos.

Cada caricia, cada dedo frío que acecha bajo las sábanas, se produce aprovechando las fantasías de la víctima. Es ella quien le provee las herramientas necesarias para que el ataque sea devastador.

Este tipo de ataques ocurren tanto cuando la persona se encuentra sola como acompañada, incluso en la cama. No obstante, la mayor tasa de asaltos se da fuera del hogar, por ejemplo, en un hotel o incluso en un cementerio.

Sin ir más lejos, desde la Edad Media se apilan reportes de personas que experimentan horrorosos asaltos en los cementerios; no ya de audaces manos que acarician sin anunciarse, sino de explícitas sensaciones de estar siendo masturbado, por ejemplo.

Los hombres, al menos, suelen ser los que menos recuerdan estos episodios.

Rápidamente se los clasifica como sueños eróticos, si el contexto lo justifica, o simples instantes de excitación que aparecen y se diluyen sin dejar rastros de su origen.

Las mujeres, en cambio, los recuerdan con lujo de detalles.

Existen algunas diferencias entre los Íncubos y Súcubos tradicionales y otras criaturas del bajo astral.

Estos últimos, por ejemplo, se caracterizan por efectuar ataques directos y emplear un lenguaje más bien obsceno.

Los Íncubos y Súcubos, por el contrario, llegan a establecer una especie de relación con sus víctimas, a quienes visitan durante años.

La sensación que éstos últimos producen es de extremo placer. No es extraño que la víctima incluso sienta nostalgia por la ausencia de su fantasmal amante.

Otra característica típica de este extraño fenómeno paranormal consiste en el desplazamiento del deseo por parte de la aparición. Es decir, cuando la víctima empieza a considerar fantasías que nunca tuvo, y que en realidad tampoco tiene.

Es el espíritu quien induce este tipo de deseos, logrando con ello obtener una satisfacción secundaria.

El final de estos encuentros es casi siempre el mismo: saturación física y emocional.

La persona que ha recibido la visita de un íncubo o un súcubo se siente extremadamente agotada, con los sentidos embotados e incluso una alarmante disminución del sentido del olfato.

Durante la Edad Media se escribieron libros enteros a propósito de estas diabólicas criaturas sobrenaturales, sobre todo para entrenar a los monjes novicios sobre las sutiles artes del maligno.

El principal enemigo, advierten, es un habitual desorden hepático conocido como melancolía: el octavo pecado capital.




Fenómenos paranormales. I Diccionario demonológico.


Más literatura gótica:
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Märt: los vampiros que atacan cuando dormimos


Märt: los vampiros que atacan cuando dormimos.




Aún los eventos más perturbadores de nuestros sueños encuentran una explicación en las leyendas. La sensación de que algo, o alguien, nos respira en el rostro mientras estamos en la cama (ver: Cuando algo invisible te respira en la cara), los ruidos y crujidos que provienen de los rincones, y hasta esa ligera presión en el abdomen, como si un gato se hubiese instalado cómodamente allí, se explican de forma fantástica a través de unas criaturas que nadie querría tener cerca al irse a dormir.

En Alemania se creía en una raza de vampiros cuyos hábitos nocturnos luego serían absorbidos por otros clanes. Hablamos de los Märt, vampiros que únicamente salen de sus cubiles durante la noche para atacar a los durmientes.

Los Märt son criaturas de dimensiones muy pequeñas. Su altura, evalúan los grimorios y libros prohibidos de la Edad Media, no superan el metro de estatura; y en ocasiones se los describe como diminutos seres amorfos y contrahechos con cierta similitud con los roedores.

La rutina depredadora de los Märt consiste en, primero, aguardar a que su víctima concilie el sueño. No demasiado, solo lo suficiente como para no despertarlos del todo ante su presencia. Acto seguido, se sientan sobre el pecho de la persona que duerme (ver: Los secretos de «La pesadilla» de Henry Fuseli)

Mediante fórmulas y sugestiones que ningún libro maldito ha logrado descifrar, el Märt comienza a inducir una larga sucesión de horrorosas pesadillas. Durante este trance, se alimenta de sangre de la persona que duerme, succionada a través de pequeñas incisiones realizadas en el abdomen, que luego serán atribuidas a mosquitos u otra clase de insectos.

Con el tiempo los Märt redujeron su dieta y pasaron de ser vampiros pluralistas a convertirse en súcubos, es decir, vampiresas que atacan exclusivamente a los hombres.

Si bien los Märt suelen preferir sentarse sobre el pecho de las personas que duermen, también sienten una especial predilección por quienes se duermen en posición fetal. Sobre ellos vierten las pesadillas más terribles, ésas que habitualmente nos hacen despertar, solo que bajo el influjo de los Märt esto conduce a un reacomodamiento para facilitar su alimentación.

Las leyendas alemanas aseguran que el único método efectivo para repeler los ataques de los Märt consiste en colocarse guantes de cuero antes de dormir. La eficacia de éste método no es preventiva.

Al parecer, cuando la persona se encuentra durmiendo boca arriba, o es inducida a esa posición por el hábil encantamiento de los Märt, éstos apoyan sus pequeñas rodillas sobre los brazos del durmiente, inmovilizándolo por completo. El uso de guantes de cuero para dormir, cuya efectividad dependerá de si éstos han pertenecido o no a otra persona, se relaciona con otra de las inexplicables alergias de los vampiros.

Así como algunos vampiros aborrecen la luz del sol, otros la plata, el ajo o los espejos, los Märt sienten un particular rechazo por el cuero.

Si bien el uso de estos guantes no evita los ataques de los Märt, funcionan de maravillas si la víctima consigue despertarse. Según anota el demonólogo Johann Weyer en su De Praestigiis Daemonum et Incantationibus ac Venificiis, no es necesario aplicar mucha fuerza para asfixiar a estos indiscretos vampiros.




Leyendas de vampiros. I Razas de vampiros.


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«De Daemonialitate et Incubis et Succubis»: Ludovico María Sinistrari; libro y análisis


«De Daemonialitate et Incubis et Succubis»: Ludovico María Sinistrari; libro y análisis.




De Daemonialitate et Incubis et Succubis —título en latín que, en español, significa: Sobre los demonios, íncubos y súcubos— es un libro prohibido del sacerdote franciscano Ludovico María Sinistrari (1622-1701), editado en 1680.

El De Daemonialitate et Incubis et Succubis, tal vez el libro de Ludovico María Sinistrari más conocido, funciona básicamente como un diccionario demonológico acerca de la naturaleza de los Súcubos e Íncubos, antiguas razas de vampiros, femenina y masculina respectivamente, con características muy especiales.

Nacido en Ameno, Italia, Ludvico María Sinistrari fue uno de los exorcistas más experimentados de su época. Sus conocimientos sobre demonología, magia negra y brujería, eran requeridos a lo largo y ancho de Europa. Fue el consejero principal de la Congregación por la Doctrina de los Santos, y un miembro ilustre de la rama académica de la Santa Inquisición. Todos esos conocimientos adquiridos, aun los falaces, forman parte del De Daemonialitate et Incubis et Succubis.

El De Daemonialitate et Incubis et Succubis no solo incluye consejos y sugerencias para los exorcistas, sino que además utiliza algunos remedios paganos, oportunamente sacralizados, que resultan eficaces en la batalla del sacerdote contra el demonio. También explora cuestiones más inquietantes, como las relaciones aberrantes que pueden producirse entre mortales e Íncubos y Súcubos, seres de orden sobrenatural, demoníacos, que se alimentan de la energía liberada durante los arrebatos pasionales, tal como le sucedería al célebre J.K. Huysmans y su encuentro con un súcubo.

Tal vez lo más interesante del De Daemonialitate et Incubis et Succubis es su jugoso anecdotario respecto de estas criaturas. Por ejemplo, en el libro nos enteramos que la reina de los súcubos es Abrahel, de extraordinaria belleza, y que Larimón gobierna sobre los íncubos.

Ludovico María Sinistrari es una de las voces autorizadas sobre el tema, prestigio que obtuvo en base a un comportamiento sumamente duro en todos los procesos judiciales en los que participó, siempre en un sentido condenatorio. En este libro, por ejemplo, queda establecido que toda relación entre un mortal y un demonio o un vampiro entra en la categoría de pecado capital, condena cuya absolusión solo era posible para los ricos.

Obsesionado, Ludovico María Sinistrari utiliza al De Daemonialitate et Incubis et Succubis como una herramienta contra del amor, bajo el pretexto de luchar contra el mismísimo Lucifer. El libro, hay que decirlo, es menos categórico que otros de su cosecha, como el Peccatum Mutum, o «Pecado mudo», que condena al infierno a todas las personas que transitan caminos alternativos al de la heterosexualidad.

Pero el brazo armado de la Iglesia, por el que tanto había hecho Ludovico Maria Sinistrari, finalmente se volvería en su principal enemigo. En 1700, un año antes de su muerte, publicó un libro polémico; el: De Delictis et Poenis Tractatus Absolutissimus, o «Tratado Absoluto sobre el Crimen y el Castigo», en el cual condenaba expresamente la elección de jueces en base a favores y prebendas. La Iglesia inmediatamente lo incluyó en el Index Librorum Prohibitorum, nefasto catálogo de libros prohibidos que, afortunadamente, no alcanzó a manchar el prestigio del De Daemonialitate et Incubis et Succubis.




De Daemonialitate et Incubis et Succubis.
De los demonios, íncubos y súcubos, Ludovico María Sinistrari (1622-1701)

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Libros prohibidos. I Libros extraños.


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Nahama: la madre de los ángeles caídos


Nahama: la madre de los ángeles caídos.




Nahama es la hermana del impío Tubal, el enjuto nieto de Caín que enseñó a los hombres el arte de la metalurgia y parte de la más antigua genealogía de los derrotados del Edén.

Es también una súcubo de características singulares, ya que renueva su encarnación entre los hombres desde hace milenios.

Nahama ejerce la vida cotidiana de una mujer mortal. Pasado cierto tiempo en un sitio determinado debe migrar para no despertar sospechas sobre su incorruptible juventud.

Se cree por eso Nahama es la protagonista reincidente de muchos relatos de mujeres fantasmales, en general forasteras, que tras encender amores fulminantes y provocar escándalos y disturbios huyen dejando detrás un vago rastro de incertidumbre.

El Talmud posiciona a Nahama como una de las cuatro madres primordiales de los ángeles caídos. No obstante y pese a su extensa relación con los hombres mortales, su sexualidad humana es irremediablemente estéril.

Para agregar un dato curioso (al menos para los amantes de las paradojas lingüisticas) diremos que Nahama significa "la que otorga el consuelo". Si a ello le sumamos la propiedad estéril de sus caricias, no será difícil asociarla como patrocinadora inequívoca de las maniobras de satisfacción personal.




Más Diccionario de demonios femeninos. I Diccionario de ángeles. I Diccionario demonológico.


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