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Cómo las brujas causaban impotencia en los hombres


Cómo las brujas causaban impotencia en los hombres.




Los trabajos y hechizos de impotencia son bien conocidos desde la Edad Media, incluso antes, con características tan extrañas que llegaron a conformar uno de los motivos de encarcelamiento más recurrentes durante el flagelo de la Inquisición.

También hay que decir que este tipo de ritos no eran exclusivos para causar impotencia en los hombres; algunos perseguían fines igualmente nocivos como la infertilidad en la mujer y cierto descontento general en el matrimonio.

La mayoría de los trabajos de impotencia realizados por las brujas medievales consistían en utilizar la aiguillette, especie de cuerda o ligadura que, simbólicamente, ataba la potencia viril; aunque en otros casos también servía para unir relaciones de cuestionable legalidad.

Este método era tan popular que incluso trascendió las barreras de la Edad Media. Por lo menos hasta bien entrado el siglo XVI era utilizado con frecuencia, por ejemplo, en las intrigas de la corte francesa; donde todo el mundo temía ser castrado simbólicamente por cortesanas mal remuneradas.

La popularidad de los ritos de impotencia quizá se debió a la facilidad con la que éstos podían ser realizados. El más habitual se organizaba durante la ceremonia de matrimonio, donde la bruja en cuestión ataba una moneda de plata en su aiguillette en el instante en el que el novio admitía todas las normas del debido encarcelamiento conyugal.

Claro que este trabajo perseguía otras ambiciones además de la flacidez masculina. La pareja que era maldecida de este modo estaba condenada a la infelicidad, la esterilidad y el adulterio, a veces simultáneamente, lo cual generaba una gran confusión a la hora de presentar cargos formales.

Naturalmente, las autoridades del medioevo tomaron cartas en el asunto, en especial cuando los sacramentos del matrimonio dejaron de celebrarse de forma pública por miedo al escarmiento brujeril. En este sentido, la gran mayoría de las bodas dejaron de ser abiertas al ingreso de curiosos y comedidos de las aldeas, y solo los familiares y allegados de la pareja podían participar del rito.

Si bien esto puede sonar absurdo, en términos demográficos causó un efecto devastador en áreas como Languedoc, donde los nacimientos se redujeron dramáticamente en el curso de unos pocos años. El miedo a ser objeto del hechizo de impotencia, naturalmente, tenía los mismos efectos que el hechizo se proponía alcanzar. En este contexto, el médico suizo Thomas Platter (1574-1628) concluyó posteriormente que el pánico producido por los ritos de impotencia pudo llegar a despoblar Europa.

Otro método interesante utilizado por las brujas para causar impotencia en los hombres, aunque más infrecuente que el anterior, era conocido como blasting: básicamente la habilidad para obstruir, interferir o incluso destruir por completo la fertilidad de un hombre.

Este hábito malicioso proliferó en Inglaterra durante siglos. También se lo empleaba para producir la infertilidad del suelo, es decir, para arruinar siembras, malograr cosechas y provocar hambre. Podemos imaginarlo como la antítesis de los antiguos ritos de fertilidad.

Tanto en las ciudades como en los grupos reunidos en comunidades rurales, la fertilidad era el centro de las preocupaciones colectivas y la única razón de su prosperidad o su decaimiento. Si un campo era improductivo, si la mujer de la casa era estéril, si el hombre no podía probar su virilidad, entonces se concluía que estos habían sido embrujados.

A nadie se le hubiese ocurrido cuestionar estas sabias deducciones, en especial cuando la iglesia ya había determinado que Dios podía permitir que el demonio ejerciera cierta influencia sobre las fuerzas generativas de la naturaleza.

Para manipular este tipo de influencia las brujas empleaban habitualmente a sus espíritus familiares, en su mayoría gatos, sapos y serpientes.

Una conocida bruja medieval, llamada Sladlan, de la ciudad de Lorena, confesó (quizás estimulada por la tortura) haber preparado trabajos de impotencia durante siete años con la ayuda de sus espiritus familiares, y en particular con gran disposición anímica de su gato negro, el cual le proporcionaba roedores que luego eran enterrados en las inmediaciones del domicilio particular de las víctimas.

La fertilidad, en cualquier caso, podía ser restablecida una vez encontrado el cuerpo del roedor; lo cual era prácticamente imposible después de unos años. La mayoría de los enterradores, de hecho, se ganaban un dinero extra ofreciendo servicios de exhumación de familiares.

En una historia mencionada en uno de los libros prohibidos más infames de la historia, el Malleus Maleficarum, o Martillo de las brujas, se cuenta que una mujer embarazada de Reichshofen fue advertida por una de sus doncellas sobre los efluvios satánicos vertidos por una bruja de la localidad, quien era capaz de interrumpir la gestación con solo poner sus manos sobre el vientre. La mujer desoyó estos consejos y dejó que su propia madre la acariciara, con resultados que el lector seguramente puede imaginar por sí mismo.

Los trabajos de magia negra de impotencia fueron ganando en especificidad. Para el siglo XVII, por ejemplo, era posible destruir el deseo, prevenir la erección, e incluso obturar los conductos seminales para que la evidencia del orgasmo adoptara la textura y la densidad de un simulacro lácteo.

Esto provocó un sinfín de recetas preventivas, muchas de las cuales eran aún más objetables que los hechizos de impotencia propiamente dichos. En parte, porque se consideraba que para que estos tuviesen efecto debían caer sobre un individuo pecaminoso.

Las personas probas, ausentes de deseos carnales y fantasías perversas, con excepción del celibato, estaban a salvo del pernicioso arte de las brujas.




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2 comentarios:

Lady Deathpoet dijo...

me ha atrapado la entrada, es muy interesante lo que las brujas podían conseguir con su poder para lograr la infertilidad

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Me resulta sospechosas esas historias, me parecen pretextos para acusar a alguien que haya provocado algún recelo. Lo que me hace sospechar es la teoría sobre la personas susceptibles de recibir esos hechizos. Los inmunes lo eran por no tener deseos, por lo tanto en el caso de tener impotencia, no lo notarían.