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«El amante de Porfiria»: Robert Browning; poema y análisis.


«El amante de Porfiria»: Robert Browning; poema y análisis.




El amante de Porfiria (Porphyria's Lover) es un poema gótico del escritor inglés Robert Browning (1812-1889), publicado originalmente en la edición de enero de 1836 del periódico Monthly Repository, y luego reeditado en la antología de 1842: Líricas dramáticas (Dramatic Lyrics), con el título: Celdas de manicomio (Madhouse Cells) El poema no recibió su título definitivo hasta 1863.

El amante de Porfiria, uno de los mejores poemas de Robert Browning, es una de las primeras piezas de este autor en examinar una mente perturbada. Aquí, un hombre [el Narrador] estrangula a su amante, Porfiria, con su propio cabello, y luego permanece junto a su cadáver. Al parecer, Robert Browning se inspiró en un artículo sobre un caso real publicado en la revista Blackwood's Magazine, titulado Extractos del diario de Gosschen (Extracts from Gosschen's Diary), pero añadió un detalle macabro: después del crimen, el asesino permanece toda la noche con el cuerpo de la víctima [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

Robert Browning suele utilizar narradores perturbados en sus poemas, pero con un componente de lucidez que le permite al lector identificarse con su conjunto de circunstancias. Tanto en El amante de Porfiria como en Mi duquesa muerta (My Last Duchess), Robert Browning usa esta combinación de factores para describir a un hombre que responde al amor de una hermosa mujer, matándola.

Robert Browning poseía una intuición natural para imaginar el comportamiento de esta clase de asesinos. Por ejemplo, en Mi duquesa muerta el duque asesina a su esposa por celos, pero guarda un retrato que le permite seguir contemplando la sonrisa de su amada. En El amante de Porfiria no hay ningún souvenir macabro, pero sí un narrador que desea detener el tiempo en un instante perfecto, por lo que mata a su amante y se sienta toda la noche abrazando su cuerpo sin vida.

Todo esto es suficiente para darle a El amante de Porfiria su justificada reputación siniestra, sin embargo, Robert Browning da un paso más allá, porque el asesino de Porfiria está convencido de que la mujer deseaba ser asesinada; de hecho, afirma que ella «no sintió dolor» mientras la estrangulaba; y agrega, como para convencerse a sí mismo, «estoy bastante seguro de que no sintió dolor». Incluso parece creer que ella disfrutó ser asesinada porque él, su amante, fue el asesino.

En este punto, estimado lector de El Espejo Gótico, las cosas se ponen todavía peores: el asesino observa la cabeza sin vida de Porfiria, recostada sobre su hombro, y su deseo por ella se enciende. Describe su «pequeño rostro rosado», no para dar la impresión de que sigue viva, sino porque la sangre regresa a su rostro después del estrangulamiento.

El amante de Porfiria de Robert Browning plantea varios enigmas. Uno de ellos es la naturaleza de la relación entre el Narrador y Porfiria. ¿Acaso son amantes o esto forma parte de la fantasía del narrador? Ni siquiera podemos estar seguros de que el asesino sea un hombre; y, en el caso de serlo, Porfiria bien podría su madre o su hermana. Algunos incluso especulan que el narrador es impotente o de alguna manera discapacitado, alguien incapaz de satrisfacer a Porfiria. Hay evidencia textual para apoyar esta interpretación: el narrador nunca se mueve, solo se sienta pasivamente en una habitación fría y oscura, escuchando tristemente la tormenta hasta que Porfiria llega a través del «viento y la lluvia» y enciende un fuego. Finalmente, ella se sienta a su lado, lo llama por su nombre, coloca su brazo alrededor de su cintura y pone su cabeza sobre su hombro [ella tiene que agacharse para hacer todo esto]. A mitad del poema, el Narrador estrangula a Porfiria con su propio cabello, atrayendo su cuerpo contra el suyo, como si estuviera limitado en sus movimientos.

A la luz de la aparente inmovilidad del Narrador, incluso de una posible enfermedad o discapacidad, es lícito tomar la palabra «porfiria» no como el nombre de una mujer, sino literalmente, como la enfermedad. La porfiria, que habitualmente llegaba a una fase de locura y muerte en la era victoriana, fue clasificada varios años antes del poema. Robert Browning tenía un ávido interés en tales patologías, y no era infrecuente que las utilizara para darle un contexto más profundo y verosímil a sus narradores.

La línea final de El amante de Porfiria es estremecedora por varias razones. Luego del encuentro, el asesinato, la permanencia del asesino junto al cuerpo de la víctima, el Narrador comenta: «¡Y, sin embargo, Dios no ha dicho una palabra!». Algunos suponen que el Narrador busca el perdón divino, otros que Dios no ha dicho nada porque está satisfecho con sus acciones, pero yo creo que Robert Browning está cuestionando a Dios; no su existencia, sino su inacción. Es menos inquietante que Dios no exista, que sea una construcción falaz, un invento o una fantasía, a que realmente existiera mientras la vida de Porfiria era arrebatada lentamente, causándole un sufrimiento inimaginable. Que Dios esté sentado en su trono, sin decir nada, mientras suceden cosas tan horribles que ni siquiera podemos concebirlas en toda su magnitud, es considerablemente peor que su no-existencia.

Por supuesto, se puede acusar a Robert Browning de emplear la violencia como herramienta estética, pero esto solo es justificable como crítica superficial. La intención del autor es explorar la mente humana, sus pasiones, y nadie puede objetar que la violencia es una de las principales motivaciones del ser humano. El amante de Porfiria refleja esta búsqueda. Es, en definitiva, un poema de amor, solo que que de su costado más destructivo.

El poema culmina en esta especie de nirvana en el que el homicida y su víctima se funden entre sí; pero toda la escena está rodeada por la furia de la naturaleza, que marca su presencia desde el comienzo de El amante de Porfiria, quizás sugiriendo que hay otras fuerzas opuestas al amor operando en el mundo. Mientras Porfiria se desliza delicadamente para encontrarse con su amante, las fuerzas de la naturaleza se enfurecen. Robert Browning tal vez deseaba transmitir que el amor entre Porfiria y el Narrador se vio ensombrecido y obligado a cambiar de dirección debido a la influencia de estas otras fuerzas.

Las frustraciones sentimentales del Narrador desatan una respuesta violenta hacia Porfiria. Pero Robert Browning no emplea la violencia por la violencia misma, sino como una herramienta para exponer la moralidad contradictoria de su sociedad. En un ambiente doméstico, tranquilo, confinado, hierven ardientes perversiones; y cuando estas se desencadenan en una furia homicida no hay una condena social posterior, ni siquiera una acusación divina, sino la perturbadora sensación de un deber cumplido. El asesino de Porfiria permanece junto al cuerpo de su víctima sin sufrir ninguna consecuencia. Ni siquiera la mano de Dios actúa para castigarlo.

La comisión del asesinato le parece al Narrador algo tan puro y perfecto que Dios ni siquiera puede intervenir. La mano del juicio divino se aleja del asesino, lo cual puede parecer algo problemático para el lector ya que existe una tensión entre la simpatía y el rechazo no solo en relación con el Narrador, sino con el sujeto del que habla: la silenciada Porfiria. El titulo original de este poema de Robert Browning: Celdas de manicomio (Madhouse Cells), sugiere que todo esto es la confesión de un demente en un manicomio, tal vez a un sacerdote o a un psiquiatra. El cambio de título colabora para expandir las posibilidades del poema, pero lo cierto es que ni siquiera en este contexto, donde sabemos que el Narrador está encerrado [y no todavía abrazado al cadáver en descomposición de Porfiria], podemos estar seguros si este demente realmente ha cometido un asesinato o está reviviendo una fantasía.

La mayoría seguramente estará de acuerdo que El amante de Porfiria se trata de un encuentro clandestino entre dos amantes, real o imaginario, transgresor en términos de las costumbres sexuales y códigos de conducta victorianos, que de repente da un giro inesperado y termina con el asesinato de la mujer. Quizás podamos encontrar un par de pistas interesantes en otros dos poemas de Robert Browning: Encuentro nocturno (Meeting at Night) y Partida al amanecer (Parting at Morning), los cuales también celebran un amor manifiestamente físico, clandestino, y consumado fuera de los límites de la vida social ordinaria.

El amante de Porfiria abre en una atmósfera de perturbación física. El Narrador se siente «con el corazón a punto de romperse», lo cual se proyecta sobre el mundo natural, evocando una naturaleza cuya que parece inoportuna [la lluvia es temprana, el viento despierta pronto] y violenta [«agitaba el lago», «desgarraba la copa de los olmos»]. En Encuentro nocturno, en cambio, «el mar gris» y «la arena fangosa» que recibe la «proa que empuja» fundamentan el encuentro clandestino de los amantes, al anochecer, en un sentido penetrante de la naturalidad del placer físico. Tal sentido está presente en El amante de Porfiria solo por implicación, como norma. El estado de ánimo autocomplaciente del Narrador, incluso arrogante, se expresa en su romántica voluntad de poder. El escenario celebra aún más el discurso del romanticismo al proporcionar un espacio gótico dentro del cual se desarrollará el enfrentamiento entre la naturaleza [y lo natural] y la sociedad. El énfasis del Narrador en el aislamiento de su cabaña sugiere que es un lugar idóneo para un encuentro clandestino, libre de miradas indiscretas; sin embargo, este entorno aparentemente protegido termina siendo un factor indispensable para que el crimen pueda cometerse sin represalias, continuando el encuentro de los cuerpos de forma macabra, incluso después de la muerte de Porfiria. El Narrador sostiene en sus brazos el cuerpo de la mujer como un tierno amante, pero esa actitud no cambia cuando se convierte en un abrazo psicópata, sosteniendo el cadáver de Porfiria. Poco antes, cuando el encuentro de los cuerpos vivos estuvo punto de volver «impura» a la virginal Porfiria, el Narrador comete el crimen, infantilizando para siempre a su víctima con su «pequeño cuello» y su «pequeña cabecita rosada». Ahora, en su pasiva aceptación de muñeca, el Narrador puede celebrar la eterna virginidad de Porfiria.




El amante de Porfiria.
Porphyria's Lover, Robert Browning (1812-1889)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


La lluvia se desató temprano esta noche,
el áspero viento pronto despertó,
airado desgarraba las copas de los olmos,
y agitaba el lago con todo su furor:
con el corazón a punto de romperse, escuché
cuando Porfiria entró silenciosamente, y sin demora
dejó afuera el frío y la tormenta, atizando
de rodillas el fuego del hogar,
entibiando rápidamente la estancia;
al terminar se incorporó y se quitó
la capa y el chal empapados,
dejó sus guantes sucios a un costado,
desató su sombrero, soltando el cabello húmedo,
y, por último, se sentó junto a mí
y pronunció mi nombre. Ante mi silencio,
rodeó su cintura con mi brazo,
descubrió su blanco y suave hombro,
despejándolo de su rubia cabellera,
y se inclinó para que en él descansara mi mejilla,
me cubrió con su rubia cabellera,
susurrando lo mucho que me amaba —ella,
demasiado débil, pese a los esfuerzos de su corazón,
por liberar del orgullo su pasión agobiante
y romper los lazos más frívolos
y entregarse para siempre a mí.
Pero a veces la pasión prevalecía,
y la alegre fiesta de esta noche no podía detener
un súbito pensamiento de alguien enloquecido
de amor por ella, y todo en vano;
Así apareció ella, a través del viento y de la lluvia.
Créanme que alcé mi vista, mirándola a los ojos,
orgulloso y feliz; y por fin supe
que Porfiria me adoraba; la sorpresa
inflamaba mi corazón, y aún crecía
mientras pensaba qué hacer.
En ese momento era mía, mía, hermosa,
del todo pura y buena; entonces supe
qué debía hacer: y retorcí su largo cabello,
de larga y dorada trenza,
tres veces alrededor del delicado cuello,
y así la estrangulé. No sintió dolor alguno;
estoy seguro de que no sintió dolor.
Cauto, abrí sus párpados, como un capullo cerrado
que esconde una abeja: de nuevo
rieron sus ojos de un azul puro.
Y luego desaté la trenza
de su cuello; su mejilla, una vez más,
se encendió bajo mi beso ardiente:
esta vez fue mi hombro en el que la cabeza inmóvil reposó,
apoyada sobre él;
el pequeño rostro rosado y sonriente,
tan feliz de alcanzar su supremo deseo:
que todo aquello que desdeñaba se esfumara de repente,
¡y que yo, su amor, triunfara en su lugar!
El amor de Porfiria: ella nunca supo
hasta dónde sería escuchado
el preciado deseo.
Y así ahora descansamos juntos, sentados,
en toda la noche no nos hemos movido,
¡Y, sin embargo, Dios no ha dicho una palabra!


The rain set early in to-night,
The sullen wind was soon awake,
It tore the elm-tops down for spite,
And did its worst to vex the lake:
I listened with heart fit to break.
When glided in Porphyria; straight
She shut the cold out and the storm,
And kneeled and made the cheerless grate Blaze up, and all the cottage warm;
Which done, she rose, and from her form
Withdrew the dripping cloak and shawl,
And laid her soiled gloves by, untied
Her hat and let the damp hair fall,
And, last, she sat down by my side
And called me. When no voice replied,
She put my arm about her waist,
And made her smooth white shoulder bare
And all her yellow hair displaced,
And, stooping, made my cheek lie there,
And spread, o'er all, her yellow hair,
Murmuring how she loved me – she
Too weak, for all her heart's endeavour,
To set its struggling passion free
From pride, and vainer ties dissever,
And give herself to me forever.
But passion sometimes would prevail,
Nor could to-night's gay feast restrain
A sudden thought of one so pale
For love of her, and all in vain:
So, she was come through wind and rain
Be sure I looked up at her eyes
Happy and proud; at last I knew
Porphyria worshiped me; surprise
Made my heart swell, and still it grew
While I debated what to do.
That moment she was mine, mine, fair,
Perfectly pure and good: I found
A thing to do, and all her hair
In one long yellow string I wound
Three times her little throat around,
And strangled her. No pain felt she;
I am quite sure she felt no pain.
As a shut bud that holds a bee,
I warily oped her lids: again
Laughed the blue eyes without a stain.
And I untightened next the tress
About her neck; her cheek once more
Blushed bright beneath my burning kiss:
I propped her head up as before,
Only, this time my shoulder bore
Her head, which droops upon it still:
The smiling rosy little head,
So glad it has its utmost will,
That all it scorned at once is fled,
And I, its love, am gained instead!
Porphyria's love: she guessed not how
Her darling one wish would be heard.
And thus we sit together now,
And all night long we have not stirred,
And yet God has not said a word!


Robert Browning
(1812-1889)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Robert Browning.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Robert Browning: El amante de Porfiria (Porphyria's Lover), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La tumba inquieta» [anónimo]: poema y análisis.


«La tumba inquieta» [anónimo]: poema y análisis.




La tumba inquieta (The Unquiet Grave) es un poema gótico anónimo de siglo XV, que pasó de generación en generación como una una canción popular inglesa en la que un joven llora a su amada muerta y le impide obtener la paz. Fue recopilado originalmente por Francis James Child en 1868.

La tumba inquieta versifica el lamento de un hombre que llora a su amada muerta durante «doce meses y un día». Al cabo de ese tiempo, la muerta se queja de que su llanto le impide descansar en paz. Él le pide «un beso de tus labios de arcilla fría». Ella le dice que un beso suyo lo mataría. Cuando él persiste, queriendo unirse a ella en la muerte, ella explica que, una vez que ambos estén muertos, sus corazones simplemente se pudrirán como flores marchitas. El mensaje es simple: los vivos deben disfrutar la vida mientras la tengan [ver: Fantasía Póstuma: acompañar a un personaje en el más allá]

Las primeras dos estrofas de La tumba inquieta las habla el joven. Al principio parece que se dirige directamente a la muerta, aunque no es imposible que le esté hablando a una nueva amada viva: «El viento sopla hoy mi amor / y caen unas pequeñas gotas de lluvia.» El hablante continúa en las líneas tres y cuatro para dirigirse a su nueva amante; si es lo último, el efecto es como si se dirigiera al auditorio en una obra teatral o, en este caso, al lector: «Nunca tuve más que un verdadero amor / en una tumba fría yace ella.» Este dispositivo expresa franqueza, y confirma la autoridad emocional del orador.

La muerte de la mujer parece reciente, pero rápidamente se nos informa que han pasado «doce meses y un día». Esto establece el lienzo para una superstición muy extendida en la Edad Media: las tumbas se vuelven «inquietas», así como sus ocupantes, cuando el dolor excesivo de sus deudos les impide abandonar la tierra. Este motivo ha generado muchas leyendas de fantasmas enojados porque el dolor de los vivos no les permite cortar su lazo con el plano físico. Es una superstición antigua, mucho más antigua que el poema. [ver: De Masticatione Mortuorum in Tumulis]

Ahora bien, el narrador de La tumba inquieta se niega a aceptar que su tiempo de duelo se acabó y, como resultado, persiste en sus lamentos durante más de un año; entonces: «los muertos comenzaron a hablar». No sabemos el nombre de la mujer enterrada. El narrador se refiere a ella simplemente como «la muerta». En este punto comienza el diálogo propiamente dicho: la mujer espectral pregunta de quién es el llanto que la perturba, y el joven promete que la dejará en paz a cambio de un beso.

Las repeticiones, un patrón musical común [La tumba inquieta es, después de todo, una canción popular], tienen aquí el efecto de acercar a los amantes, como si uno hiciera eco del otro. «Anhelo un beso de tus labios fríos como la arcilla» se ve reforzado casi con ternura por la respuesta: «Anhelas un beso de mis labios fríos como la arcilla», mientras que la aliteración deja una impresión contrastante de mortalidad sin sentimentalismo. Aunque podría ser el hombre el que habla en la estrofa seis, parece más probable que el fantasma de la mujer sea el hablante de la quinta, la sexta y la séptima. Su descripción de la flor muerta es una parábola sobre la pérdida y su aceptación. El doliente todavía quiere creer que la «flor más hermosa» [su amada] puede volver a crecer. La mujer sabe que la regeneración es imposible. Este marchitamiento también sucede en los corazones de los amantes: es un hecho inevitable del tiempo. El mensaje es duro y triste, pero las palabras posteriores son amables: «Así que conténtate, mi amor, / hasta que Dios te llame».

El lector contemporáneo de La tumba inquieta probablemente comparta la actitud realista de la mujer muerta. Después de todo, lo más importante del duelo es atravesarlo para «seguir adelante». Sin embargo, este era un mensaje innovador para el siglo XV. Por otro lado, la superstición de que besar a un muerto trae la propia muerte puede tener una base sólida, sobre todo si tenemos en cuenta que en aquella época las enfermedades infecciosas [como «la peste»] causaban verdaderos estragos.

Leída desde una perspectiva históricamente distanciada, La tumba inquieta es una advertencia práctica sobre cómo los vivos deben tratar a los muertos [por el bien de ambos], y no tanto sobre cuál es la mejor manera de sobrevivir una pérdida traumática. Sin embargo, cualquiera que sea el mensaje del poema, su ritmo e imágenes son exquisitamente simples. Hay algo casi arquetípico en este amante que llora sobre la tumba de su amada. El viento salpicado de lluvia, el aliento terroso, y el jardín verde con su única flor marchita son detalles que, aunque se trata de una balada sobrenatural, crean la impresión de un ciclo natural.

Tal vez la trascendencia de La tumba inquieta se deba a un hecho concreto: más allá de lo que ocurre en el poema, el autor está llamando a su audiencia a recordar que hay vida después de la muerte, tanto para los vivos como para los muertos. El llanto del hombre no solo le impide seguir adelante con su vida, sino que de algún modo bloquea el paso de su amada a una nueva vida más allá de este mundo. Después de todo, amar a alguien significa querer lo mejor para el otro; y para practicar eso se debe dejar de lado la tristeza, el deseo de posesión, y permitir que ambos descubran qué les depara el futuro, tanto en este plano como en el otro. Suena fácil, en teoría...




La tumba inquieta.
The Unquiet Grave, Anónimo [siglo XV]

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El viento sopla hoy mi amor,
y caen unas pequeñas gotas de lluvia.
Nunca tuve más que un verdadero amor,
en una tumba fría yace ella.

Haré tanto como cualquier joven
por mi verdadero amor,
me sentaré y amaneceré en su tumba
durante doce meses y un día.

Habiendo pasado los doce meses y un día,
los muertos comenzaron a hablar:
¿Quién está sentado llorando junto a mi sepulcro,
y no me deja descansar?

Soy yo, mi amor, sentado sobre tu tumba,
y no te dejaré dormir,
porque anhelo un beso de tus labios fríos como la arcilla,
y eso es todo lo que busco.

Anhelas un beso de mis labios fríos como la arcilla,
pero mi aliento huele a tierra.
Si tienes un beso de mis labios de arcilla fría,
no será largo tu tiempo.

Está abajo en el jardín verde,
amor, donde solíamos caminar,
la más hermosa flor,
marchita hasta convertirse en un tallo.

El tallo está marchito, seco, mi amor,
así se descompondrán nuestros corazones.
Así que conténtate, mi amor,
hasta que Dios te llame.


The wind doth blow today my love,
And a few small drops of rain.
I never had but one true-love,
In cold grave she was lain.

I'll do as much for my true-love
As any young man may,
I'll sit and morn all at her grave
For a twelvemonth and a day.

The twelvemonth and a day being up,
The dead began to speak:
Oh who sits weeping at my grave,
And will not let me sleep?

‘Tis I, my love, sits on your grave,
And will not let you sleep,
For I crave one kiss of your clay-cold lips,
And that is all I seek.

You crave one kiss of my clay-cold lips,
But my breath smells earthy strong.
If you have one kiss of my clay-cold lips,
Your time will not be long.

‘Tis down in yonder garden green,
Love, where we used to walk,
The finest flower that ere was seen
Is withered to a stalk.

The stalk is withered, dry, my love,
So will our hearts decay.
So make yourself content, my love,
Till God calls you away.


Anónimo.

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de amor.


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«¿Quién amó alguna vez sin amar a primera vista?»: Christopher Marlowe; poema y análisis


«¿Quién amó alguna vez sin amar a primera vista?»: Christopher Marlowe; poema y análisis.




¿Quién amó alguna vez sin amar a primera vista? (Who Ever Loved That Loved Not at First Sight?) es un poema de amor del escritor inglés Christopher Marlowe (1564-1593), parte del poema de 1588: Hero y Leandro (Hero and Leander).

¿Quién amó alguna vez sin amar a primera vista?, posiblemente uno de los mejores poemas de Christopher Marlowe, nos permite plantearnos si existe el amor a primera vista.

¿Las personas realmente se conocen e instantáneamente saben que están destinadas a estar juntas? Dos extraños se ven al otro lado de una habitación llena de gente. Hay una atracción instantánea, una chispa, o como quieras llamarlo. Se han encontrado, y ya nunca vuelven a mirar hacia atrás. La idea es maravillosa, y práctica, porque prescinde de la incertidumbre, de la vacilación; pero no creo que esto sea exactamente a lo que se refiere Christopher Marlowe.

Tendemos a pensar el amor como una experiencia a largo plazo, como si no pudiera ocurrir en un instante, y durar solo un instante.

En cualquier caso, el amor a primera vista evita que intervenga la razón. Tal vez por eso los griegos lo consideraban como una especie de locura, de arrebato, conocido como theia mania, que significa «locura de los dioses». No en vano Eros se caracterizaba por ensartar sus flechas de amor en los corazones desprevenidos [ver: Eros y Psique: una historia de amor]. El amor, si viene, viene así, de repente, violentamente.

¿Quién amó alguna vez sin amar a primera vista? de Christopher Marlowe es apenas un fragmento de un poema más largo sobre el mito griego de Hero y Leandro. Las cosas no terminan bien para estos dos amantes.

Hero era una sacerdotisa de Afrodita que vivía en una torre. Leandro, al otro lado del estrecho del Helesponto, se enamoró de ella. Los padres de ambos se opusieron a que esta relación prosperara, pero los jóvenes idearon un plan para verse en secreto. Cada noche, Hero encendía una antorcha en lo alto de la torre para guiar a Leandro, en la orilla opuesta, para que cruzase a nado y llegara hasta ella. Una noche, sin embargo, se desató una fuerte tormenta que apagó la antorcha de Hero, quien inoportunamente se había quedado dormida. Leandro perdió la orientación y se ahogó. Hero, al imaginar lo que había sucedido, se suicidó arrojándose desde lo alto de la torre.

El amor a primera vista, tal como lo sugiere su definición, se basa en el acto de mirarse mutuamente y sentir una atracción inmediata. El mito de Hero y Leandro lo expresa simbólicamente. Cuando los ojos de Hero se cierran al quedarse dormida, el amor se ahoga, quizás porque uno solo no es suficiente para mantenerlo a flote [ver: Lord Byron y el mito de Leandro]




¿Quién amó alguna vez sin amar a primera vista?.
Who Ever Loved That Loved Not at First Sight?, Christopher Marlowe (1564-1593)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


No está en nuestro poder amar u odiar,
porque la voluntad es anulada por el destino.
La razón nadie sabe;
que sea suficiente lo que contemplamos.
Donde dos deliberan, el amor es débil:
¿quién amó alguna vez
sin amar a primera vista?


It lies not in our power to love or hate,
For will in us is overruled by fate.
The reason no man knows;
let it suffice what we behold.
Where both deliberate, the love is slight:
Who ever loved,
that loved not at first sight?

Christopher Marlowe
(1564-1593)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de amor.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Christopher Marlowe: ¿Quién amó alguna vez sin amar a primera vista? (Who Ever Loved That Loved Not at First Sight?), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«¿Recuerdas esa noche?»: anónimo; poema y análisis [español-gaélico]


«¿Recuerdas esa noche?»: anónimo; poema y análisis [español-gaélico]




¿Recuerdas esa noche? (An Cuimhin Leat An Oíche Ud?) es un antiguo poema de amor anónimo, escrito en gaélico y traducido al inglés moderno por el filólogo y anticuario Eugene O'Curry (1794-1862).

¿Recuerdas esa noche? es un poema sencillo, en el que no ocurre demasiado [en apariencia], pero que al mismo tiempo sugiere mucho más de lo que expresa. Está narrado por una mujer, presumiblemente madura, que recuerda las noches de su juventud en las que era visitada por un amante furtivo.

Este amante se presentaba en su ventana cuando todos en la casa estaban durmiendo. Podemos imaginar largas conversaciones en susurros, el peligro inminente de ser descubiertos. La narradora no nos informa de qué hablaban exactamente, lo cual sugiere que no solo se intercambiaban palabras de amor y pasión, sino también cuestiones más peligrosas. ¿Es el joven furtivo un paria social? ¿Alguien asociado a los muchos grupos rebeldes que atravesaron la historia de Irlanda? No lo sabemos. La narradora es prudente y omite cualquier comentario al respecto.

Ella, entonces, le recuerda a su amante aquellas noches clandestinas compartidas a través de la ventana, las charlas interminables, el frío, la seducción. No todo ha sido un camino de rosas para ellos. Ella sugiere que hubo conflictos, vacilaciones, incluso algún arrepentimiento. Finalmente la narradora versifica sobre la última noche de estos encuentros, precisamente la noche en la que abandonó la seguridad de su hogar y se fue con él, privándose del cielo del recato pero obteniendo a cambio el amor atribulado del destierro.

¿Recuerdas esa noche?, decíamos, es un poema sencillo, y así debe serlo. La narradora es una muchacha sencilla que se enamora de este joven audaz que la corteja en medio de la noche. Si bien estos recuerdos no están idealizados, de hecho hay una pizca de remordimiento en sus palabras, la decisión final, a pesar de las dificultades que seguramente les trajo, parece ser la única apropiada.

Después de todo, las decisiones acertadas de la vida no son las que prescinden de vacilaciones y remordimientos, sino aquellas que volveríamos a tomar aún conociendo las dificultades que nos esperan.




¿Recuerdas esa noche?
An Cuimhin Leat An Oíche Ud?

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¿Recuerdas esa noche
cuando estabas en la ventana,
sin sombrero, ni guantes,
ni saco para abrigarte?
Te tendí la mano
y tú la aferraste ardientemente;
conversé contigo
hasta que la alondra empezó a cantar.

¿Recuerdas esa noche
en que tú y yo estuvimos al pie del serbal
y la nieve a la deriva de la noche?
¿Tu cabeza en mi pecho
y tu flauta tocando dulcemente?
¡Poco pensé esa noche
que nuestros lazos de amor se desatarían!

Amado de lo más íntimo de mi corazón,
ven alguna noche y pronto,
cuando mi gente esté en reposo,
para que podamos hablar juntos,
mis brazos te rodearán
mientras cuento mi triste historia,
que tu suave y agradable conversación
me ha privado del cielo.

El fuego se apaga,
la luz inextinguible,
la llave debajo de la puerta,
la colocas suavemente.
Mi madre está dormida,
pero yo estoy bien despierta,
mi fortuna en la mano,
estoy lista para ir contigo.


[Original en galélico]

An Cuimhin Leat An Oíche Ud?
An cuimhin leat an oíche úd
Do bhí tú ag an bhfuinneog
Gan hata, gan laimhne
Do do dhíon, gan chasóg?
Shín me mo lámh chugat
Is rug tú uirthí barróg
Is d'fhan mé i do chomhluadar
Nó go labhair an fhuiseog.
An cuimhin leat an oíche úd
Do bhí tú agus mise
Ag bun an chrainn chaorthainn
Is an oíche ag cur chuisne?
Do cheann ar mo chíochaibh
Is do phíob gheal dhá seinm,
Is beag a shíleas an oíche úd
Go scaoilfeadh ár gcumann!
A chumainn mo chroí istigh!
Tar oíche ghar éigin
Nuair a luífidh mo mhuintir,
Chun cainte le chéile.
Beidh mo dhá lámh i do thimpeall
Is mé ag insint mo scéal duit
Is gurb é do chómhra suairc mín tais
Do bhain radharc Fhlaithis Dé dhíom!
Tá an tine gan choigilt,
Tá an solas gan mhúchadh,
Tá an eochar faoin doras
Is tarraing go ciúin í.
Ta mo mháthair ina codladh
Agus mise i mo dhúiseacht.
Tá mo fhortún i mo dhorn
Is mé ullamh chun siúl leat!



[Versión en inglés]

Do you remember that night
When you were at the window,
With neither hat nor gloves
Nor coat to shelter you?
I reached out my hand to you,
And you ardently grasped it;
I remained in converse with you
Until the lark began to sing.

Do you remember that night
That you and I were
At the foot of the rowan tree,
And the night drifting snow?
Your head on my breast,
And your pipe sweetly playing?
Little thought I that night
That our love ties would loosen!

Beloved of my inmost heart,
Come some night and soon,
When my people are at rest,
That we may talk together,
My arms shall encircle you
While I relate my sad tale,
That your soft, pleasant converse
Hath deprived me of heaven.

The fire is unraked,
The light unextinguished,
The key under the door,
Do you softly draw it.
My mother is asleep,
But I am wide awake,
My fortune in my hand,
I am ready to go with you.

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas celtas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema anónimo: ¿Recuerdas esa noche? (An Cuimhin Leat An Oíche Ud?), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Terminus»: Edith Wharton; poema y análisis


«Terminus»: Edith Wharton; poema y análisis.




Terminus (Terminus) es un poema de amor de la escritora nortemericana Edith Wharton (1862-1937), escrito en 1909 y publicado de manera póstuma.

Terminus, uno de los mejores poemas de Edith Wharton, nos induce una pregunta: ¿Cuál es la relación entre un lugar [por ejemplo, una habitación barata en un hotel de mala muerte] y la memoria?

En Terminus, Edith Wharton habla de sus recuerdos del tiempo que pasó con su amante en una de estas exquisitas pocilgas. El Lugar y el Tiempo [al menos en la memoria] tienen una relación porque estos encuentros clandestinos están ocurriendo en el pasado, en un lugar específico. Digo «están ocurriendo» porque la lectura de Terminus es como una reproducción de esos momentos.

La memoria aquí se basa en sus encuentros sexuales en la habitación del hotel, y la autora utiliza imágenes vívidas para establecer el tono a lo largo del poema. La habitación y la estación de tren funcionan como los mismos universos para Edith Wharton, que confluyen en el placer que comparte con su amante. Esta experiencia parece haberla cambiado de manera significativa, y también a nosotros.

Edith Wharton nació en una familia de clase alta, aristocrática, podríamos decir. Su infancia fue miserable, y algunos deducen que posiblemente fue abusada [el poema The Beatrice Palmato es el crudo relato de una relación incestuosa entre padre e hija]. Apenas sobrevivió a la juventud, solo para contraer un matrimonio por conveniencia que desembocó en doce años de fatiga crónica, ataques de asma y colapsos nerviosos. Eventualmente descubrió que su marido, un sujeto superficial, y su rígida vida social, parecían ser la causa de sus padecimientos. Sin embargo, contra todo pronóstico, esta chica inhibida comenzó a escribir y dejó de sentirse una víctima.

Edith Wharton tomó el control de su vida, mudó a su esposo a otro dormitorio y se distanció de su madre y de sus entornos sociales tóxicos. Se enamoró de Europa, de la libertad y el estímulo intelectual que encontró allí. Aunque aparentemente era una eduardiana convencional [sus fotografías revelan a una mujer encorsetada y envuelta en perlas y pieles], Edith Wharton se rebeló silenciosamente contra su familia, su país, la alta sociedad estadounidense y las horas vacías con su marido. Leyó, escribió, viajó, conoció gente interesante, hizo amigos. Y finalmente conoció a un hombre, el periodista, bisexual y mujeriego: Morton Fullerton.

Edith Wharton lo adoraba, pero él, de repente, desaparecía de su vida, solo para regresar inesperadamente. Aunque estaba bastante enamorado de ella, Fullerton tenía un carácter desenfadado y la monogamia no era una de sus virtudes [si es que es una virtud en primer lugar]. Meses de apasionados encuentros amorosos dejaron a Edith Wharton eufórica y, sin embargo, temerosa: el costo del romance podía ser alto. Le preocupaba la posibilidad de que se desatara un escándalo público, de ser chantajeada; en fin, los miedos típicos de una mujer de la época cuando contradecía los mandatos sociales.

En 1909, Edith Wharton encontró un lugar secreto para encontrarse con su amante: un hotel de mala muerte. Este es el Lugar. El Tiempo se encuentra entre los intersticios de su vida, mientras estaba en tránsito, de viaje, sin indiscretos sirvientes cerca. La cita era en una victoriana estación de tren, en las afueras de Londres. El Charing Cross Hotel estaba muy cerca, y si bien su función era dar cobijo a viajeros que habían perdido su tren, también era reconocido por su hospitalidad con los amantes clandestinos. En la lúgubre habitación 91 sucedió algo bastante extraordinario. Edith Wharton, de cuarenta y cinco años, se convirtió en una diosa sexual. Allí, quizás por primera vez, hizo el amor apasionadamente.

Mientras yacía en los brazos de su amante, Edith Wharton se sintió profundamente conectada con la humanidad, con los viajeros que también habían amado en esa pocilga. Allí, sobre el colchón sucio, envuelta en sábanas baratas, escribió Terminus:


[Y yaciendo allí, en silencio, en tus brazos, mientras las olas del éxtasis retrocedían,
muy por debajo del margen del ser oímos el latido del alma,
me alegré al pensar en esos otros, los sin nombre, los muchos,
que tal vez así habían estado acostados, amando durante una hora al borde del mundo.
]


Fullerton demostró ser un infiel irrecuperable, y Edith Wharton rompió la relación; sin embargo, se enriqueció con la experiencia, y nunca la olvidó. «Por fin he bebido el vino de la vida —confió en su diario íntimo—. He conocido lo que vale la pena conocer.» A partir de entonces, Edith Wharton se ganó el derecho a escribir sobre el amor por experiencia propia, y cambió su vida radicalmente. Se divorció de su apático marido, se mudó a Francia de forma permanente, escribió más novelas [la mayoría, excelentes] y cultivó hermosos jardines. Eventualmente sería condecorada por el gobierno francés por sus iniciativas filantrópicas durante la Primera Guerra Mundial.

Aunque Edith Wharton vivió mucho y bien, algunos hábitos, como la discresión, persistieron. Escribió una autobiografía sumamente inocua. Luego, desafortunadamente, sus exégetas la malinterpretaron, y a menudo fue retratada como una mujer insípida, poco afín a las experiencias fuertes. Esta imagen deplorable se derrumbó cuando se encontró su Diario de amor (Love Diary), en el que registró sus encuentros románticos con Fullerton. Desde entonces, toda clase de documentos personales salieron a la luz, entre ellos, más de veinte cartas que Edith Wharton le escribió a Fullerton [y que en vano exigió su devolución] Estos hallazgos desafiaron la imagen que el mundo tenía de ella.

La vida de Edith Wharton [la real, sin censuras, la que a menudo transcurre en pocilgas] demostró ser una vida extraordinariamente rica. Fue una sobreviviente, una mujer que se atrevió a abrazar la vida, a elegir, a disfrutar de su cuerpo. En este sentido, Terminus es una obra maestra que abandona los escenarios luminosos para situarnos en un hotel de mala muerte, en una habitación miserable, donde una mujer y un hombre dejan atrás todo lo que hay de superfluo en la vida, y quedan solos, desnudos, vulnerables.




Terminus.
Terminus, Edith Wharton (1862-1937)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Maravillosas fueron las largas noches secretas que me diste, mi Amante,
palma con palma, pecho con pecho, en la penumbra. La tenue lámpara
que enrojecía con mágicas sombras la habitación de la posada
con sus apagados muebles impersonales, encendía una llama mística
en el corazón del espejo oscilante, el cristal que ha visto
los rostros innumerables y vagos de interminables viajeros autómatas,
girando por los caminos del mundo como remolinos de polvo barridos en la calle,
rostros indiferentes o cansados, ceños fruncidos de impaciencia o dolor,
sonrisas (si las hubo alguna vez) como la tuya y la mía cuando se encontraron aquí,
en este mismo espejo, mientras me ayudaste a aflojar mi vestido,
y las bocas de sombras se fundieron en una, como aves marinas que se encuentran en una ola.
Esas sonrisas, sí, esas sonrisas que tal vez ha reflejado el espejo;
y la cama baja y ancha, surcada y gastada como una carretera,
la cama con su zaraza empapada de hollín, la mugre de sus latones,
que ha soportado el peso de cuerpos destrozados, manchados de polvo, alejados del sueño,
los urgentes, los inquietos, los sin rumbo, acaso también se ha emocionado
con la presión de cuerpos extasiados, cuerpos como los nuestros,
que se buscan el alma en el fondo de caricias insondables,
a través de los largos caminos de la pasión emergiendo de nuevo a las estrellas.
Sí, todo esto a través de la habitación, la pasiva e indistinta habitación
debió fluir con el ascenso y la caída de la incesante corriente humana;
y yaciendo allí, en silencio, en tus brazos, mientras las olas del éxtasis retrocedían,
y muy por debajo del margen del ser oímos el latido del alma,
me alegré al pensar en esos otros, los sin nombre, los muchos,
que tal vez así habían estado acostados, amando durante una hora al borde del mundo,
secreto y rápido en el corazón del torbellino del viaje,
el temblor y el chirrido de los trenes, el estremecimiento nocturno del tráfico,
así, como nosotros, se han acostado y sentido, pecho con pecho en la oscuridad,
la lluvia ardiente de la posesión descendiendo sobre sus miembros mientras afuera
la lluvia negra de la medianoche chapoteaba sobre el techo de la estación;
y así una mujer como yo, despertando sola antes del amanecer,
mientras su amante dormía, oyendo sereno ritmo de tu respiración,
alguna mujer ha escuchado, como yo escuché, el vapor de los trenes
llorando su adiós a la ciudad, tambaleándose hacia las tinieblas,
y con el corazón conmovido ha pensado: «Así debemos salir a la oscuridad,
apresurándonos por la vía fija del hábito, de la mano del destino implacable.
Así saldremos a la vida, a la lluvia, al opaco y oscuro amanecer;
tú al amplio resplandor de las ciudades, con guirnaldas de viento y gritos,
llevando a lugares populosos la carga de multitudes festivas;
yo, por terrenos baldíos y pantanos de cielo bajo
hasta una costa sin puerto y azotada por el viento,
donde una ciudad aburrida se desmorona y se encoge,
y sus tejados se derrumban, y los pies perezosos de las horas
se imprimen en la hierba de sus calles; y entre las casas indistintas,
la gente del pueblo delizándose lánguidamente para mirar el tren que llega,
el tren del que nadie desciende; hasta que una pálida tarde de invierno,
cuando se detenga a las afueras de la ciudad, nota que las casas se han convertido en lápidas,
que las calles son senderos cubiertos de hierba entre los techos bajos de los muertos;
y mientras el tren se desliza entre fantasmas, párate junto a las puertas de los vagones;
y entenderás entonces cómo es la vida a la que regreso.»
Así puede haber pensado otra; así, como me volví pudo ella haberse vuelto
hacia los labios dormidos a su lado, para beber, mientras bebía allí, el olvido.


Wonderful were the long secret nights you gave me, my Lover,
Palm to palm breast to breast in the gloom. The faint red lamp,
Flushing with magical shadows the common-place room of the inn
With its dull impersonal furniture, kindled a mystic flame
In the heart of the swinging mirror, the glass that has seen
Faces innumerous and vague of the endless travelling automata,
Whirled down the ways of the world like dust-eddies swept through a street,
Faces indifferent or weary, frowns of impatience or pain,
Smiles (if such there were ever) like your smile ad mine when they met
Here, in this self-same glass, while you helped me to loosen my dress,
And the shadow-mouths melted to one, like sea-birds that meet in a wave–
Such smiles, yes, such smiles the mirror perhaps has reflected;
And the low wide bed, as rutted and worn as a high-road,
The bed with its soot-sodden chintz, the grime of its brasses,
That has borne the weight of fagged bodies, dust-stained, averted in sleep,
The hurried, the restless, the aimless–perchance it has also thrilled
With the pressure of bodies ecstatic, bodies like ours,
Seeking each other's souls in the depths of unfathomed caresses,
And through the long windings of passion emerging again to the stars...
Yes, all this through the room, the passive and featureless room,
Must have flowed with the rise and fall of the human unceasing current;
And lying there hushed in your arms, as the waves of rapture receded,
And far down the margin of being we heard the low beat of the soul,
I was glad as I thought of those others, the nameless, the many,
Who perhaps thus had lain and loved for an hour on the brink of the world,
Secret and fast in the heart of the whirlwind of travel,
The shaking and shrieking of trains, the night-long shudder of traffic,
Thus, like us they have lain and felt, breast to breast in the dark,
The fiery rain of possession descend on their limbs while outside
The black rain of midnight pelted the roof of the station;
And thus some woman like me, waking alone before dawn,
While her lover slept, as I woke and heard the calm stir of your breathing,
Some woman has heard as I heard the farewell shriek of the trains
Crying good-bye to the city and staggering out into darkness,
And shaken at heart has thought: "So must we forth in the darkness,
Sped down the fixed rail of habit by the hand of implacable fate–
So shall we issue to life, and the rain, and the dull dark dawning;
You to the wide flare of cities, with windy garlands and shouting,
Carrying to populous places the freight of holiday throngs;
I, by waste lands, and stretches of low-skied marsh
To a harbourless wind-bitten shore, where a dull town moulders & shrinks,
And its roofs fall in, and the sluggish feet of the hours
Are printed in grass in its streets; and between the featureless houses
Languid the town-folk glide to stare at the entering train,
The train from which no one descends; till one pale evening of winter,
When it halts on the edge of the town, see, the houses have turned into grave-stones,
The streets are the grassy paths between the low roofs of the dead;
And as the train glides in ghosts stand by the doors of the carriages;
And scarcely the difference is felt–yea, such is the life I return to . . ."
Thus may another have thought; thus, as I turned may have turned
To the sleeping lips at her side, to drink, as I drank there, oblivion...


Edith Wharton
(1862-1937)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Edith Wharton.


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El análisis, traducción al español y resumen del poema de Edith Wharton: Terminus (Terminus), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Ven lentamente, Edén»: Emily Dickinson; poema y análisis


«Ven lentamente, Edén»: Emily Dickinson; poema y análisis.




Ven lentamente, Edén (Come Slowly—Eden) es un poema de amor de la escritora norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), escrito en 1860 y publicado de manera póstuma en la antología de 1890: Poemas (Poems).

Ven lentamente, Edén, tal vez uno de los poemas de Emily Dickinson más cargados de erotismo, no trata sobre el Edén bíblico, sino de otro tipo de paraíso, en este caso, una persona.

Aquí, Emily Dickinson parece estar diciéndole a un hombre que avance, que la tome, que ella está esperando su amor, pero él es tímido y sin experiencia. El tono de Ven lentamente, Edén es solemne, pausado, e insinúa que la entrada al paraíso metafórico de Emily Dickinson puede sobrecoger los sentidos. Ansiar, desear intensamente a alguien, tal vez durante años, y de repente recibir todo aquello que hemos anhelado, puede sentirse como los «labios no acostumbrados» a la riqueza del Edén, puede hacernos sentir abrumados, intoxicados, como la «desfallecida abeja» que llega tarde a la flor.

El erotismo de Ven lentamente, Edén es tan palpable como evasivo. En primer lugar, Emily Dickinson vincula la visión del paraíso religioso con la sexualidad femenina, y lo hace de forma subrepticia, muy sutil. La «desfallecida abeja», lejos de representar algún tipo de disfunción viril producto del desborde pasional [como algunos han elucubrado], parece ser en realidad un cuerpo fálico femenino. Aquí, Emily Dickinson engaña hábilmente al lector [y a todo aquel dispuesto a quemar sus poemas en la hoguera puritana], porque a pesar de la presencia de pronombres masculinos, la «timidez» y el «desfallecimiento» [representaciones de una naturaleza vacilante], eran atribuidos en aquel entonces a la feminidad.

Hay un matiz exquisitamente sádico [para la época] en Ven lentamente, Edén de Emily Dickinson, donde la descripción de la abeja penetrando el jazmín, perdiéndose en sus «bálsamos», representa una práctica sexual lésbica. Sin embargo, incluso con una lectura heterosexual del poema, Ven lentamente, Edén sigue funcionando dentro del patrón de la poesía de Dickinson de sexualizar escenas del paraíso tradicionalmente religiosas.

Aquí, Emily Dickinson parece equiparar el propio Edén con los «néctares», la fuente femenina de placer para la abeja. Por otro lado, cuestiona la idea de la caída, reconfigurando el «pecado» de Eva, el cual resulta en la conversión religiosa de la abeja.

Ven lentamente, Edén es un poema muy visual. Vemos a una mujer [o mejor dicho, la imaginamos, a pesar de los pronombres masculinos] a las puertas del trance extático de la pasión [al borde del Edén]. La visión del cuerpo del otro [o de la otra] es tan intensa que ella sólo sorbe tímidamente el fragante «néctar» [celestial o terrenal]. ¿Es de extrañar que el Edén, el cuerpo intensamente deseado del otro, sea abrumador? Vemos entonces a la abeja, débil, desfallecida, quebrándose en una estrofa que sirve para posponer el placer. En la segunda estrofa, y a pesar de ese deseo aparentemente incontenible, la abeja no se zambulle de lleno; en cambio, zumba alrededor de la flor, asimilando sus néctares antes de penetrarla.

Sería ocioso insistir en cuán femeninas y sexualizadas son las imágenes de Ven lentamente, Edén de Emily Dickinson. La última línea, en particular, donde la abeja «entra y se pierde en bálsamos», es hermosa, y fácilmente podemos concebir alguna imagen paralela para ese descanso silencioso cuando la abeja entra en las cámaras del jazmín para perderse en el néctar nutritivo que tanto necesita y desea.

En Ven lentamente, Edén, Emily Dickinson yuxtapone imágenes para acentuar sutilmente el flujo y reflujo de lo masculino y lo femenino, el deseo y la satisfacción, la sed y la saciedad gozosa. En lo personal, el Edén de Dickinson me parece mucho más seductor que el de las religiones y sus deidades celosas. Es un Edén profundamente femenino, donde la bienaventuranza espiritual se presenta como una entrada, una abertura, que al cruzarla nos permite beber el bálsamo, el néctar de la divinidad.




Ven lentamente, Edén.
Come Slowly—Eden, Emily Dickinson (1830-1886)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Ven lentamente, Edén!
Labios no acostumbrados a ti,
tímidos, sorben tus jazmines
como la desfallecida abeja

Que al llegar tardíamente a su flor,
zumba a su alrededor,
cuenta sus propios néctares,
entra, y se pierde en bálsamos.


Come slowly — Eden!
Lips unused to Thee—
Bashful —sip thy Jessamines—
As the fainting Bee—

Reaching late his flower,
Round her chamber hums—
Count his nectars—
Enters —and is lost in Balms.


Emily Dickinson
(1830-1886)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Emily Dickinson.


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«Adiós al amor»: John Donne; poema y análisis


«Adiós al amor»: John Donne; poema y análisis.




Adios al amor (Farewell to Love) es un poema de amor del escritor inglés John Donne (1572-1631), publicado de manera póstuma en la antología de 1633: Poemas (Poems).

Adiós al amor, uno de los mejores poemas de John Donne, versifica sobre uno de los aspectos menos... poéticos, digamos, del amor: la fatiga del deseo cuando finaliza el encuentro entre dos amantes, contrario a las urgencias de los instantes previos.

En este sentido, Adiós al amor de John Donne analiza esa sensación de tristeza, de agotamiento, tanto físico como emocional, a través de la metafísica, y se lamenta amargamente de que la pasión pueda atemperarse de un modo tan abrupto.




Adiós al amor.
Farewell to Love, John Donne (1572-1631)

Aunque no me fundaba en prueba alguna,
pensé que había un dios del amor,
por eso le rendía honores y tributos;
como hacen los ateos en el último trance
invocando un poder desconocido
cuyo nombre no saben,
con la misma ignorancia yo imploraba:
así, cuando los hombres apetecen
algo que no conocen todavía,
sus deseos se encargan de fraguarlo,
y según sean éstos, aquel aumenta o mengua.

Del mismo modo que ya no le atrae el niño
la figura de yeso ganada en la feria
—su alteza serenísima en un trono de oro—
y al tercer día lo sume en el tedio,
tampoco el amante admira aquello
que durante el cortejo, rendido, idolatraba.
Una vez que lo alcanza, su deleite declina
y lo que arrebataba todos sus sentidos,
ahora nada más que a uno embelesa;
placer efímero que deja por estela
un triste embotamiento del espíritu.

¿Por qué no se encuentra a nuestro alcance
seguir plenos como el león y los gallos
después de esos deleites? Excepto que la Naturaleza
sabia así lo haya decretado (pues se dice
que tal acto la vida nos reduce en un día),
como si así buscase que el hombre desdeñara
el juego del amor, pues otra maldición,
la de ser breve (dura nada más un instante),
estimula el deseo de tener descendencia.

Y siendo así las cosas,
no pretendo lograr nada inhumano:
¡basta de devaneos, de carreras en pos
de eso que, ya en las manos, me habría lastimado!
Y cuando vaya allá donde están las bellezas,
haré lo que los hombres hacen
cuando el sol del verano nos abrasa:
admirar su estallido, pero evitar su lumbre.
Todo rincón su sombra dispensa. Si algo falla,
no queda más que untarse ortiga en el culo.


Whilst yet to prove
I thought there was some deity in love,
So did I reverence, and gave
Worship; as atheists at their dying hour
Call, what they cannot name, an unknown power,
As ignorantly did I crave.
Thus when
Things not yet known are coveted by men,
Our desires give them fashion, and so
As they wax lesser, fall, as they size, grow.

But, from late fair,
His highness sitting in a golden chair,
Is not less cared for after three days
By children, than the thing which lovers so
Blindly admire, and with such worship woo;
Being had, enjoying it decays;
And thence,
What before pleased them all, takes but one sense,
And that so lamely, as it leaves behind
A kind of sorrowing dulness to the mind.

Ah cannot we,
As well as cocks and lions, jocund be
After such pleasures, unless wise
Nature decreed—since each such act, they say,
Diminisheth the length of life a day—
This; as she would man should despise
The sport,
Because that other curse of being short,
And only for a minute made to be
Eager, desires to raise posterity.

Since so, my mind
Shall not desire what no man else can find;
I'll no more dote and run
To pursue things which had endamaged me;
And when I come where moving beauties be,
As men do when the summer's sun
Grows great,
Though I admire their greatness, shun their heat.
Each place can afford shadows; if all fail,
'Tis but applying worm-seed to the tail.


John Donne
(1572-1631)




Poemas góticos. I Poemas de John Donne.


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«En algún lugar al que nunca he viajado»: E.E. Cummings; poema y análisis


«En algún lugar al que nunca he viajado»: E.E. Cummings; poema y análisis.




En algún lugar al que nunca he viajado (Somewhere I Have Never Travelled) —Nadie, ni siquiera la lluvia (Nobody, Not Even the Rain)— es un poema de amor del escritor norteamericano E.E. Cummings (1894-1962), publicado en la antología de 1963: Poemas (Poems).

En algún lugar al que nunca he viajado, uno de los mejores poemas de E.E. Cummings, expresa el deseo y la pasión de un hombre por una mujer, que su vez se construyen sobre la felicidad, la devoción, pero también la confusión que supone estar enamorado.




En algún lugar al que nunca he viajado.
Somewhere I Have Never Travelled, E.E. Cummings (1894-1962)

En algún lugar al que nunca he viajado, felizmente más allá
de toda experiencia, tus ojos tienen su silencio:
en tu más delicado gesto hay cosas que me rodean,
o que no puedo alcanzar porque están demasiado cerca

tu mirada más leve alégremente se abrirá
aunque me haya cerrado como un puño,
tú me abres siempre, pétalo por pétalo, como la primavera abre
tocando con habilidad, misteriosamente, su primera rosa

o si tu deseo es cerrarme, yo y mi vida
nos cerraremos con hermosura, de pronto,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve, cuidadosamente, descendiendo por doquier

nada de lo que podamos percibir en este mundo iguala
el poder de tu intensa fragilidad, cuya textura
me obliga con el color de sus campos,
trayendo muerte para siempre con cada aliento

(no sé qué hay de ti que cierra
y abre; solo algo en mí entiende
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas;
nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas


somewhere i have never travelled, gladly beyond
any experience, your eyes have their silence:
in your most frail gesture are things which enclose me,
or which i cannot touch because they are too near

your slightest look easily will unclose me
though i have closed myself as fingers,
you open always petal by petal myself as Spring opens
(touching skilfully, mysteriously) her first rose

or if your wish be to close me, i and
my life will shut very beautifully, suddenly,
as when the heart of this flower imagines
the snow carefully everywhere descending;

nothing which we are to perceive in this world equals
the power of your intense fragility: whose texture
compels me with the colour of its countries,
rendering death and forever with each breathing

(i do not know what it is about you that closes
and opens; only something in me understands
the voice of your eyes is deeper than all roses)
nobody, not even the rain, has such small hands

E.E. Cummings (1894-1962)




Poemas góticos. I Poemas de E.E. Cummings.


Más literatura gótica:
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«Lo que podríamos ser, lo que somos»: X.J. Kennedy; poema y análisis


«Lo que podríamos ser, lo que somos»: X.J. Kennedy; poema y análisis.




Lo que podríamos ser, lo que somos (What We Might Be, What We Are) es un poema de amor del escritor norteamericano X.J. Kennedy (1929- ), publicado en la antología de 2002: Salsa explosiva: poemas para hacerte reír (Exploding Gravy: Poems to Make You Laugh).

Lo que podríamos ser, lo que somos, uno de los mejores poemas de X.J. Kennedy, recurre a metáforas insólitas, al filo de lo razonable, para establecer las diferencias entre lo que el narrador y su amada podrían haber sido, y lo que efectivamente son.




Lo que podríamos ser, lo que somos.
What We Might Be, What We Are, X.J. Kennedy (1929- )

Si fueras una bocha de vainilla
y yo el cono donde te sentabas,
si fueras una bola lentamente enviada
y yo el swing de un bate que brilla,

Si fueras un nuevo y reluciente anzuelo
y yo una lata de lombrices,
si fuéramos un alfiler y su alfiletero,
íntimamente, quizás, seríamos felices.

Si fueras un plato de fideos
y yo tu espesa salsa caliente,
no haría falta escribirnos mutuamente,
poner en letras nuestro afecto.

Pero sos apenas un pedazo de cinta vieja
en la barba de una cabra balinesa,
y yo un mosquito de Nueva Jersey.
Supongo que eso, un poco, nos aleja.


If you were a scoop of vanilla
And I were the cone where you sat,
If you were a slowly pitched baseball
And I were the swing of a bat,

If you were a shiny new fishhook
And I were a bucket of worms,
If we were a pin and a pincushion,
We might be on intimate terms.

If you were a plate of spaghetti
And I were your piping-hot sauce,
We'd not even need to write letters
To put our affection across.

But you're just a piece of red ribbon
In the beard of a Balinese goat
And I'm a New Jersey mosquito.
I guess we'll stay slightly remote.


X.J. Kennedy (1929- )




Poemas góticos. I Poemas norteamericanos.


Más literatura gótica:
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Poemas de amor de Edgar Allan Poe


Poemas de amor de Edgar Allan Poe.




Edgar Allan Poe (1809-1849) encarnó el ideal del hombre enamorado del romanticismo. Los amores en la vida de E.A. Poe no fueron muchos, ni especialmente prolongados, pero si fueron intensos y lo marcaron de una forma indeleble que se trasladó directamente a sus poemas y relatos de terror [ver: Los amores secretos de Edgar Allan Poe]

Entre los grandes amores de Edgar Allan Poe, por supuesto, se encuentra su esposa, Virginia Clemm, quien falleció prematuramente. A ella le dedicó gran parte de sus mejores poemas. Sin embargo, el amor en la vida de Edgar Allan Poe no finalizó con la muerte de su esposa. Previamente había florecido en el rostro de Sarah Helen Whitman, un gran amor que causó también un gran escándalo.

Hablar resumidamente sobre los amores secretos de Edgar Allan Poe tal vez sea innecesario, teniendo como tenemos la posibilidad de acceder directamente a su obra poética y estudiar desde allí las posibilidades y matices de sus amores prohibidos. A continuación compartimos los mejores poemas de amor de Edgar Allan Poe.




Poemas de amor de Edgar Allan Poe.




Poemas de E.A. Poe. I Poemas góticos.


El artículo: Poemas de amor de Edgar Allan Poe fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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