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Hay algo peor que amar sin ser amado: John Donne y el peligro del amor recíproco


Hay algo peor que amar sin ser amado: John Donne y el peligro del amor recíproco.




Desde los mitos griegos, Eros (o Cupido), el dios del amor, viene ensartando a los seres humanos con sus flechas sin que podamos hacer mucho al respecto. El mito carece de dramatismo: uno se enamora y punto.

Pero aunque el amor sea producto del azar, de un flechazo al bulto, eso no invalida que podamos formular —o mejor dicho, analizar— una aguda crítica sobre el perspicaz arquero griego.

El poeta inglés John Donne (1572-1631), uno de los grandes maestros de la poesía metafísica, aventura una posibilidad inquietante: antes de la llegada de Eros (o Cupido); es decir, del amor entendido como algo divino que desciende sobre nosotros y nos atraviesa, literalmente, ningún hombre o mujer se rebajaba a sentir amor por alguien que no cultivara el mismo sentimiento:


Desearía hablar con el espíritu de algún antiguo amante,
antes de que el dios del amor naciera;
imposible creer que quien amara entonces
se rebajara a amar a quien lo despreciaba.


En este contexto, con la conspicua invención de Eros (o Cupido) el ser humano se ha visto atrapado en la paradoja del destino; es decir, de la idea de que el enamorado es presa de su amor, y que nada puede hacer al respecto más que seguir amando incluso cuando se lo rechaza en términos más o menos enérgicos.


Pero desde aquella época, el dios ha inventado un destino,
y esa doble naturaleza, la costumbre, lo permite:
que yo deba amar a quien no me ama.


Estas profundas reflexiones proceden del poema metafísico: El dios del amor (Love's Deity), compuesto en 1633. Ahí, John Donne conjetura que el oficio inicial de Eros (o Cupido) no era disparar indiscriminadamente sus flechas, inflamando amores condenados al fracaso o, lo que es todavía peor, destinados a la indiferencia, sino reunir a dos personas que ya se amaban mutuamente.


Es evidente que quienes lo hicieron dios no tenían esa intención,
ni él en su juventud la habrá practicado.
Cuando una llama similar inflamaba dos corazones,
su oficio era reunir, piadosamente, dos razones.


El poeta no habla de dos corazones que se unen por azar, sino de dos razones; es decir, de dos personas que se eligen.

Pero las cosas cambiaron, en algún momento que ningún erudito ha logrado precisar, y el dios del amor se excedió en su jurisdicción. Ya no se contentaba con reunir a dos personas que se amaban mutuamente y bendecir esa unión, sino que ambicionó ser el gestor del amor, ensartando incautos a diestra y siniestra.

El efecto colateral de esa repartija de saetas es el desengaño:


Pero todos los dioses modernos buscan extender sus vastas pretensiones y compararse con Júpiter.
Furias, licencias, epístolas, elogios, aquel es el séquito del dios del amor.
Oh, si esta tiranía nos despertara y priváramos a este niño de su divinidad,
ya no tendría que amar a quien no me ama.


Lo peor de todo es que Eros (o Cupido) sabe que su tasa de aciertos es deplorable, y que podría hacer mucho para evitar amores desgraciados. En definitiva, si las flechas del dios del amor son la causa de que nos enamoremos de alguien, la ausencia de flechazos también debería indicar la ausencia del amor.

Pero John Donne va aún más lejos, y especula que la palabra amor es inadecuada para definir un sentimiento que no es recíproco:


Ya no es amor cuando no amo a quien me ama.


Para Eros (o Cupido) el amor puede existir en el deseo y la pasión que no encuentran eco en la persona amada. Para John Donne, el amor solo es posible cuando son dos los que aman.

Ya al final de El dios del amor, probablemente el mejor poema de amor de John Donne, el poeta concibe un artificio peregrino, pero notable en términos filosóficos: el que ama sin ser amado puede caer en un destino todavía peor: el amor recíproco:


Él podría condenarme a no amar, o ensayar un castigo peor; que ella, a su vez, me amara.




El lado oscuro del amor. I Poemas de John Donne.


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1 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Eros le ha hecho algo feo a Apolo, hacer que se enamorara de Dafne, para que sufriera el ser rechazado. Así que tiene sentido.