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El infierno anunciado de un maltratador de perros


El infierno anunciado de un maltratador de perros.




Cuando Luciano Fornaroli, ya octagenario, notorio maltratador de perros, fue resucitado por los paramédicos en la Víspera de Nochebuena, muchos pensaron que ciertos sujetos simplemente tienen demasiada suerte. Yo puedo afirmar lo contrario: sé lo que le espera del otro lado. Lo sé porque él me lo contó.

Aclaro que Luciano no era un hombre dado a las confidencias, incluso dudo que la amistad fuera posible con él. En todo caso, la anécdota que a continuación me dispongo a contar me fue referida durante una borrachera.

Jamás, que yo sepa, Luciano demostró misericordia por los perros que tenían la mala fortuna de cruzarse en su camino. Su crueldad era extrema, a tal punto que los perros del barrio aullaban a la luna cuando lo olfateaban merodeando por las calles.

No daré un registro detallado de su prontuario. Sus crueldades eran tantas, y tan variadas, que me repugna incluso ponerlas por escrito. Baste decir que era el azote de los perros pordioseros, a quienes torturaba vaciándoles los ojos con una aguja de tejer, y que luego los observaba con un rictus de vaga satisfacción mientras se alejaban desesperadamente. Se sabe que su madre, doña Emilia, que tejía con una habilidad arácnida, era ciega, pero no me atrevo a vincular ese dato con las diabólicas cacerías de Luciano.

En la Víspera de Nochebuena, Luciano cayó fulminado. Su esposa, supongo, dudó en pedir una ambulancia; pero lo cierto es que finalmente lo hizo. A pesar de que los paramédicos tardaron casi veinte minutos en llegar hasta su domicilio, lograron salvarlo.

El Luciano que regresó de la muerte ya no era el mismo. De un día para el otro abandonó sus rondas nocturnas. Incluso se estremecía al oír un ladrido apagado en la distancia.

Meses después del infarto, totalmente borracho, me atreví a pedirle referencias sobre aquel incidente. Ya sabe, luces al final del túnel y esas cosas. Su rostro se contrajo.

—Ningún túnel —dijo—, ninguna luz.

—¿Pero llegó a sentir algo estando muerto, don Luciano? ¿A ver algo?

—Perros. A todos los perros que alguna vez se cruzaron en mi camino, esperándome. Por un instante, ninguno se movió.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de Antiayuda.


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6 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Va tener que hacer algo,además de evitar a los perros. Se va tener que ganar su perdon, si no quiere pasar una eternidad de pesadilla.

Rikardox_x dijo...

Todo se devuelve claramente....

Jes-kun dijo...

Cómo se llama este género literal? Me encanta como estructuras todos estos relatos de egosofía.

IRIS dijo...

muy buen corto...

Anónimo dijo...

Creo que en la otra vida va a pagar todo el sufrimiento que proporcionó a los cánidos, bien merecido...

Anónimo dijo...

Su sufrimiento va a ser eterno...