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Cuando el amor se torna indiferente (el mito de Anteros)

Cuando el amor se torna indiferente.
El mito de Anteros.


Pocas cosas inducen mejor al desamparo que la infiderencia de alguien a quien amamos

Frente a una situación de esta naturaleza podemos tomar dos caminos divergentes: la retirada honrosa (en puntas de pie, diría el profesor Lugano), o bien practicando una acrobacia ofensiva contra el amor: la insistencia.

Algunos caballeros con amplia experiencia en el terreno del fracaso sentimental podrán decir que a las mujeres les gustan los hombres determinados. Nosotros, con idéntico caudal de experiencia pero también con algo de sentido crítico, respoderemos con una pequeña adición: a las mujeres no les gustan TODOS los hombres determinados, sino la insistencia de aquellos por los que ya se sienten atraídas.

Cuentan que algunos amantes desventurados, acaso estimulados al ingenio por la indiferencia, resolvieron encontrar el origen de esa tristeza. A pesar de las saludables objeciones de los sabios, que generalmente tienden a la inacción, lo hallaron en una figura mítica muy poco conocida: Anteros.

Aquella investigación comenzó con un estudio profundo y obsesivo de los mitos de los Erotes, deidades obesas que para algunos eran hijos de Afrodita, y para otros, miembros del cortejo de alcahuetes de Eros. Hesíodo, cuya audacia para las denuncias cronológicas no conoce censuras, explica que Eros, el dios del amor, e Hímero, el dios del deseo, estuvieron paradójicamente presentes incluso en el nacimiento de su madre.

Más adelante aparecerían nuevas deidades que orbitaban sobre Afrodita: Potos, dios de la melancolía y la añoranza; Hedílogos, el dios de la adulación; Peiro, el dios de la persuasión, y finalmente Anteros, el príncipe del desamor.

Contrariamente a lo que sugiere su epíteto, Anteros es la personificación del amor correspondido, pero que se muestra vengativo con quienes desoyen su iniciativa.

Se cree que Anteros fue un hijo ilegítimo de Ares y Afrodita, un niño hosco que evitaba la compañía de otros infantes del Olimpo. Cuando ganó fuerza y experiencia, se enfrentó a Eros en el terreno de la retórica. La lucha, sostienen los exégetas, fue notablemente pareja. Algunos, de hecho, se inclinan por la victoria del joven Anteros. Pero cuando la incertidumbre gravita sobre el amor a menudo exige revancha. Eros y Anteros se enfrentaron nuevamente, esta vez en un combate de silogismos, y su derrota fue rotunda.

Desde entonces Anteros recorre el mundo castigando a los que desdeñan el amor. Se muestra particularmente violento con aquellos que no corresponden al amor utilizando argumentos lógicos, pero también con los que se exceden en las urgencias y reclamos hacia la persona amada

Entre sus enemigos acérrimos se cuentan aquellos que sostienen que la pasión puede prescindir de la inmediatez y de la continuidad, confundiéndola con la amistad y el hastío.

Por allí se narra la historia de Meles, que despreciaba el amor de Timágoras, fundamentalmente porque no le atraían los hombres. Para que su desprecio fuese más contundente le pidió que subiese a lo más alto de un monte y se arrojase al vacío para probar sus sentimientos. Timágoras escaló el monte y se arrojó sin importarle que la prueba de su amor también neutralizaba su realización.

Cuando Meles vio que Timágoras había muerto, sufrió horribles remordimientos, que flotaban sobre ella como un murmullo que repetía, o copiaba, la serenata inmemorial de los grillos. Entonces llegó a una oscura comprensión: cuando el rechazo se convierte en burla puede desencadenar una tragedia.

Meles ascendió el mismo monte y se encontró con el vacío por un hombre que no amaba. Tal vez por eso los atenienses, que contaban esta historia a hurtadillas, adoraban secretamente a Anteros, el espíritu vengador de los que aman aquí y ahora sin pensar en el mañana.


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