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«A Satanás»: Samuel Loveman; poema y análisis.


«A Satanás»: Samuel Loveman; poema y análisis.




A Satanás (To Satan) es un poema gótico del escritor norteamericano Samuel Loveman (1887-1976), publicado originalmente en la edición de julio de 1923 de la revista The Conservative. El poema está dedicado a H.P. Lovecraft.

A Satanás, uno de los grandes poemas de Samuel Loveman, abre con una cita al poema de Charles Baudelaire: Lesbos:


«Tu delineas tu perdón del eterno martirio,
infligido sin tregua a los corazones ambiciosos.»


Lesbos forma parte de la primera edición de Las flores del mal (Les Fleurs du mal, 1857), y causó tanta indignación que Charles Baudelaire fue procesado judicialmente. El tribunal, aunque reconoció el valor de la obra, le exigió que retirara seis poemas de la antología, entre ellos: Lesbos y Mujeres condenadas (Femmes damnées), que abordan el universo de las «tríbades», término decimonónico para referirse a las lesbianas. En resumen: Lesbos es un poema sobre la atracción entre mujeres.

A Satanás apela al tono de las odas. El Orador comienza hablándole a Satanás, recordándole una época antes de que sus «ojos se nublaran en ira y soledad», es decir, antes de la Caída [ver: El «accidente» que convirtió a los dioses en demonios]. Satanás observa a Dios, rodeado de su «arrodillada e iluminada jerarquía» [los Serafines], oye sus incesantes y monótonas alabanzas [«canciones que brotaban de labios extrañados»], mientras él está rodeado de «marginados y arruinados, hermosos en llamas». Harto de «escuchar los halagos que adulaban» a Dios, Satanás vuelve «al infierno un rostro que brillaba con lágrimas».

El Orador insinúa que Satanás y los «rebeldes» no inician ninguna guerra contra los ángeles; por el contrario, Satanás contempla el cielo, estira una mano «hacia el trono donde se sienta el tirano», espera un gesto dvino. No obstiene respuesta. Entonces se desata «el primer grito que sacudió al mundo esclavizado». Satanás proclama:


¡Contemplad! ¡Os hago libres,
libres como los vientos y las aguas,
hijos del lucero de la mañana!


No estoy seguro, Samuel Loveman es astutamente ambiguo aquí, pero la anterior proclama parece ser el grito de libertad de Satanás; sin embargo, el «os hago libres» quizás sea la respuesta que el príncipe de las tinieblas estaba esperando. Es decir, quizás es Dios quien le concede la libertad a los angeles rebeldes.

En este punto, Samuel Loveman nos sitúa fuera del Cielo, lejos de los «espacios encantados» y de «las túnicas de luz y música encerrada». Estamos en el infierno, el lugar de «los pisoteados y desposeídos del destino»:


Meditando en un silencioso destello de lágrimas,
junto a las estrellas esculpidas en la inmensa noche,
recordaron su austero refugio:
el dolor y la amargura de los años,
concebidos en la ruina y embalsamados en odio.


Pero algo ocurre, «el Cielo está destrozado», «la hueste que, sin piedad, juzgó a los atormentados» ha perdido su brillo. Los «hombres ya no temerán ni temblarán» ante Dios, mientras Satanás, en su «trono fundido» en la noche, observa cómo «brillan las legiones».

A Satanás está dedicado a «H.P.L.», pero Lovecraft ya le había dedicado un poema a Samuel Loveman en diciembre de 1915 [A Samuel Loveman (To Samuel Loveman)], aunque la correspondencia entre ambos se hizo frecuente en 1917. La amistad se afianzó durante los años de Lovecraft en Nueva York. El Flaco de Providence quedó muy impresionado por la biblioteca personal de Loveman, llena de primeras ediciones y libros antiguos. La declaración de Randolph Carter (The Statement of Randolph Carter) se basó en un sueño de Lovecraft que incluía a Loveman. En el relato, este último asume la figura de Harley Warren [ver: ¡Warren NO está muerto!]

Nyarlathotep (Nyarlathotep, 1920) también se inspiró en una pesadilla que Lovecraft tuvo sobre Loveman. Soñó que leía una carta de Loveman que contenía la siguiente invitación: «No dejes de ver a Nyarlathotep si viene a Providence. Es horrible, más horrible de lo que puedas imaginar, pero maravilloso». Además de ser la entidad más antropomórfica de los Mitos de Cthulhu, Nyarlathotep es asociado a menudo a la figura de Satanás. ¿Acaso es Nyarlathotep es el Satanás al que se refiere el poema de Samuel Loveman? [ver: Ciclo de relatos de Nyarlathotep]

Samuel Loveman fue el primer amigo judío y homosexual de Lovecraft, que sabía lo primero y sospechaba lo segundo. En una carta a Rheinhart Kleiner [8 de noviembre de 1917], el Flaco de Providence escribió: «Judío o no, estoy bastante orgulloso de ser su padrino en la segunda incorporación a la Asociación» [de prensa aficionada]. La amistad duró el resto de la vida de Lovecraft.

Después de la muerte de Lovecraft, Samuel Loveman escribió dos memorias: Howard Phillips Lovecraft (Howard Phillips Lovecraft), publicada en Algo sobre gatos y otras piezas (Something About Cats and Other Pieces); y Lovecraft como conversador (Lovecraft as a Conversationalist). También escribió tres poemas dedicados específicamente a Lovecraft: A Satanás, Bacanal (Bacchanale) y Al señor Theobald (To Mr. Theobald). Este último se refiere a uno de los seudónimos del Flaco de Providence: «Lewis Theobald, Jr.» [ver: Los extraños seudónimos de Lovecraft]. Sobre esta amistad, Sonia Greene escribió en sus memorias:


«Mucho antes de que H. P. y yo nos casáramos, me dijo en una carta: “Loveman es un poeta y un genio literario. La única discrepancia que encuentro con él es que es de raza semítica". Respondí que estaba un poco sorprendida por la discriminación, pensaba que H. P. estaba por encima de una falacia tan mezquina, y que tal vez nuestra amistad podría encontrarse en peligro dadas las circunstancias, ya que yo también soy del pueblo hebreo, pero seguramente él no hablaba en serio.»


Al leer las memorias de Sonia, Samuel Loveman repudió amargamente el recuerdo de su amistad de Lovecraft en un ensayo titulado De oro y aserrín (Of Gold and Sawdust), y quemó casi toda su correspondencia. Sin embargo, la reacción de Samuel Loveman al leer sobre el antisemitismo de su amigo es algo exagerada. Ya conocía las opiniones raciales de Lovecraft, como lo demuestra un texto escrito veinte años después de la muerte del Flaco de Providence [Howard Phillips Lovecraft, 1948], y antes de que Sonia hablara abiertamente de antisemitismo:


«La estancia de Lovecraft en Nueva York, después de la separación de su esposa, fue de completa rebelión contra todo lo que la enorme ciudad tenía para ofrecer. Odiaba el ruido, la grosería interminable de los habitantes, los barrios marginales, ruidosos y rancios. Declamó con las mejillas sonrojadas y en voz alta contra (así la llamó) «la población mestiza mixta, la mismísima escoria de Europa y el Cercano Oriente». Lo dijo con una intensidad desgarradora que sólo sus amigos más cercanos conocían. Deseaba regresar a Nueva Inglaterra, a su amada Providence, con sus antiguos frontones y calles estrechas, a la ciudad colonial. reconstrucción de lo que ahora los lectores de su ficción conocen como el País de Arkham


Es decir que Samuel Loveman conocía esta desagradable faceta racial y homófoba de Lovecraft, pero cuando las cartas del Flaco comenzaron a publicarse se dio cuenta de la profundidad de su antisemitismo:


«Durante ese período creía que Howard era un santo. Por supuesto, no lo era. (…) Lovecraft tenía un vena hipócrita que pocos eran capaces de reconocer. Sonia, su esposa, era sin duda su víctima. Su amor por él la cegó. Entre las cosas que le dijo fue: Lástima que Loveman sea judío; es un tipo tan agradable. Yo era, en la primera fase de nuestra amistad, un blanco fácil. Sin embargo, él fue leal en su aprecio por mí como poeta.»


Loveman recordaría su amistad con Lovecraft con evidente decepción. Ciertamente podemos identificarnos con eso: una mirada demasiado cercana a cualquier persona querida revela aspectos desagradables que no son evidentes de inmediato. Lovecraft no hizo ningún comentario sobre la homosexualidad de Loveman, pero no está claro si era consciente de que su amigo fuera gay. Aún así, hay un aire nostálgico en estos poemas dedicados a Lovecraft [y en los poemas que Lovecraft dedicó a Loveman], flores marchitas de una verdadera amistad.

Un retrato interesante de esta amistad puede encontrarse en el cuento de Lovecraft: Hipnos (Hypnos), dedicado a Samuel Loveman, donde el protagonista describe la fisionomía y la naturaleza de su mejor amigo, el tiempo que pasaron juntos viajando, soñando con cosas más allá de este mundo. Desde una perspectiva moderna, resulta una historia vagamente homoerótica pero sin tintes de repulsión, como cabría esperar. A Lovecraft le desagradaba el afeminamiento, no tanto la homosexualidad. Loveman era gay, y el Flaco de Providence no parecía tener problemas con eso. Hay algunos extractos de sus cartas [involuntariamente] divertidos donde se burla de un hombre afeminado que no le agradaba: Hart Crane, presunta pareja de Samuel Loveman.




A Satanás.
To Satan, Samuel Loveman (1887-1976)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Tu delineas tu perdón del eterno martirio,
infligido sin tregua a los corazones ambiciosos.
[Baudelaire]


Para H.P.L.

Cuando, en medio del profundo jacinto que ciñe el cielo,
viste, Oh Hermano, antes que tus ojos se nublaran,
en ira y soledad, a Él,
en medio de Su arrodillada e iluminada jerarquía:
escuchaste canciones que brotaban de labios extrañados con los años,
marginados y arruinados, hermosos en llamas,
tú —con los perdidos entre los pocos condenados,
la rebelde tropa caída—
al escuchar los halagos que adulaban Su nombre,
volviste al infierno un rostro que brillaba con lágrimas.

¿No esperaste en los portales hundidos,
donde cayeron los estuarios dorados,
contemplando el cielo antes del resplandor del infierno,
extendiendo tu mano hacia el trono donde se sienta el tirano?
Con el primer grito que sacudió al mundo esclavizado,
rápido, plateado, claro, ¡Contemplad! ¡Os hago libres,
libres como los vientos y las aguas,
hijos del lucero de la mañana!
¡Oh almas mías, os doy libertad,
ningún odio fulminante arrojado a la oscuridad!

No desde esos espacios encantados desde el ocaso al alba,
ni desde las túnicas de luz y música encerrada,
llegó el suave gemido de la desilusión,
sino más bajo que los más humildes en sus aflicciones,
los pisoteados y los desposeídos del destino;
éstos, meditando en un silencioso destello de lágrimas,
junto a las estrellas esculpidas en la inmensa noche,
recordaron su austero refugio:
el dolor y la amargura de los años,
concebidos en la ruina y embalsamados en odio.

¡Y ahora los hombres ya no temerán ni temblarán!
Porque el Cielo está destrozado,
descolorida está la hueste que, sin piedad,
juzgó a los atormentados

y repartió radiantemente a los muertos.
¡Mira! Donde tu trono fundido se alza en la noche
brillan las legiones, vuelan los buitres somnolientos;
lo primero que encontraron tus quejumbrosos ojos humanos,
incluso eso, es el paraíso...
¡Por fin, hermano mío, el despertar!
Antes de que rompa el amanecer, un crisólito perfecto.


“Tu tires ton pardon de l’eternal martyre
Inflige sans relache aux coeurs ambitieux.”
–Baudelaire

To H.P.L.

When, mid the hyacinth deep that girds the sky,
You saw, O Brother, ere your eyes grew dim,
In wrath and loneliness the sight of Him,
Amid His bow’d and litten hierarchy:
Heard songs that fell from lips half-strange with years,
Outcast and ruin’d, beautiful in flame,
You–with the lost among the damned few,
The fallen rebel crew–
Hearing the flattery that fawned His name,
Turn’d back to hell a face that shone with tears.

Did you not at the sunken portals wait,
And where the golden estuaries fell,
Gazing at heav’n before the glow of hell,
Stretch forth your hand to where the tyrant sate?
With the first cry that shook th’ enslaved world,
Swift, silver, clarion, Lo! I make you free,
Free as the winds and as the waters are,
Sons of the morning-star!
O souls of mine, I give you liberty–
No withering hate into the darkness hurl’d!

Not from those spaces charm’d to dusk and rose,
Nor in the scarves with light and music pent,
Came the soft wail of disillusionment,
But lower than the lowliest in their woes,
The trodden and the dispossess’d of fate;
These, brooding in a quiet flash of tears,
By stars that to the massive night are graven,
Recall’d their austere haven–
The sorrow and the bitterness of years,
Conceiv’d in ruin and embalm’d in hate!

And now shall men no longer fear and dread!
For heav’n is shatter’d, faded is the host,
That without pity judg’d the tortur’d lost,
And radiantly parcell’d forth the dead.
See! where your molten throne uprears in night
The legions gleams, the drowsy vultures wing;
That which first met your plaintive, human eyes,
Ev’n that, is paradise……
At last, my Brother, the awakening!
Ere Dawn appears, a perfect chrysolite.


Samuel Loveman (1887-1976)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Lovecraft.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Samuel Loveman: A Satanás (To Satan), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un Vino de Hechicería»: George Sterling; poema y análisis.


«Un Vino de Hechicería»: George Sterling; poema y análisis.




Un Vino de Hechicería (A Wine of Wizardry) es un poema de horror cósmico del escritor norteamericano George Sterling (1869-1926), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1907 de la revista Cosmopolitan.

Un Vino de Hechicería, uno de los grandes poemas de George Sterling, es una celebración elegíaca a la imaginación liberada de sus ataduras racionales, en apariencia, por el vino y acaso por el opio [al pasar se habla de «una frente acariciada por una flor de amapola»]. George Sterling despliega imágenes cargadas de simbolismo, con alusiones a la mitología griega, a la demonología y al ocultismo.


«La vampiresa de ojos azules, saciada de su festín,
sonríe sangrientamente contra la luna leprosa.»


Un Vino de Hechicería comienza con el Poeta, el propio George Sterling [aunque nunca se especifica], sirviendo un vino que despierta su Fantasía [Fancy]. Esto lo incita a comenzar una aventura de la imaginación, una serie de viajes fantásticos, alternativamente bellos, barrocos y terroríficos, sin moverse físicamente. Es una poema exagerado, voluptuoso, fuera de las tendencias económicas de su tiempo, predominantemente modernistas. Ambrose Bierce, autor de El Diccionario del Diablo (The Devil's Dictionary), fue amigo y mentor de George Sterling, y alabó Un Vino de Hechicería precisamente por estar despojado de narrativa.


«En una copa de cristal sirvo el vino oscuro
y, reflexionando sobre tan rico santuario,
observo la estrella que ronda su rojiza penumbra.»


El Poeta, entonces, vierte una medida de «vino oscuro» [tinto] en «una copa de cristal»; y comienza a observar el paisaje a través de la copa. Así despierta a Fantasía, una figura alada parecida a una musa, quien lo conduce en un prolongado viaje mental a través de una increíble variedad de escenas y paisajes habitados por personajes fantásticos: vampiros, demonios, djinns, elementales. El despliegue de imágenes y texturas es extraordinario, ideal para la musicalidad del pentámetro yámbico. El estilo de George Sterling es algo afectado, y a veces arcaico, notas que resultarán familiares al lector de H.P. Lovecraft:


«Cuando las horas se alejan cada vez más del mediodía,
junto a la fría y apagada linterna de la luciérnaga
buscan una araña carmesí escondida en un cráneo,
o enredaderas moteadas de bayas blancas
donde las aguas susurran a la luna gibosa.»


Otro ejemplo:


«Raíces lívidas se retuercen en el agarre del mármol,
mientras los aires gimientes invocan el óxido conquistado
de los yelmos señoriales igualados en el polvo.»


Si bien Un Vino de Hechicería nos lleva a contemplar imágenes que viran repentinamente de lo bello y lo grandioso a lo horrible, George Sterling hace poca o ninguna distinción entre estos extremos. No hay propósito, ni significado, ni moraleja para todo el asunto, simplemente una exploración libre de la imaginación.

Después de un breve examen del mundo exterior, el Poeta vuelve la atención hacia algo más cercano. La «copa de cristal» marca el punto de partida desde la realidad observable en la que se encuentra físicamente [la costa, el ocaso] hacia el reino de la imaginación y la fantasía. El vino de George Sterling homenajea las libaciones del Rubaiyat de Omar Khayyam [«Ven, llena la copa, y en el fuego de la primavera / arroja la prenda invernal del arrepentimiento»]. También vindica las recomendaciones de Charles Baudelaire en ¡Embriáguense! (Enivrez-vous) [«Si no quieres sentir el horrible peso del Tiempo aplastando tus hombros contra la tierra, embriágate»]

La apertura de Un Vino de Hechicería ha sido objeto de intepretaciones descabelladas, menos maliciosas que consecuencias lógicas de no haber leído el poema. La mayoría de los estudios que he leído afirman que «El Poeta bebe el vino para despertar su Fantasía, y a partir de allí comienza su viaje mental», o algo similar. A la luz de estas observaciones parece razonable concluir que se trata de un poema sobre la embriaguez. De hecho, encaja con las afinidades decadentistas de George Sterling y con su propia historia personal. Sin embargo, Un Vino de Hechicería no solo no es un poema sobre la embriaguez, sino que el Poeta NO BEBE de la copa de cristal hasta el último verso. Al comienzo, solo mira a través de la copa de cristal, y sólo después de que la larga secuencia de imágenes fantásticas ha seguido su curso bebe el vino.

Un Vino de Hechicería, entonces, no trata sobre la intoxicación, al menos no sobre la intoxicación por la bebida. El detonante de Fantasía no es el alcohol, sino el espectáculo refractivo de luces y distorsiones que el Poeta observa a través del vino en la copa de cristal. A partir de este punto la imaginación del Poeta despega; y aunque no haya nada particular en esta copa de vino que desencadene visiones de vampiros y gnomos, el enfoque de la visión es crucial para entender el poema. La libertad imaginativa, la Fantasía, despega cuando el Poeta es capaz de concentrarse en un punto del universo, y a partir de allí fragmentarse en todas direcciones; como si la razón debiese anclarse primero para que la exploración de lo irracional pueda tener lugar [ver: Borges, Lovecraft y el Feng Shui de la cuarta dimensión]

Las imágenes son evidentemente impresionistas, con pocas referencias al sonido, al tacto y al olor. Al principio es difícil determinar qué estamos viendo exactamente a través del cristal. ¿Son formaciones corales, arrecifes que se distorsionan y conectan con imágenes arquetípicas? Afortunadamente, el progreso del poema nos trae visiones mejor delineadas. Fantasía se levanta del mar y procede a inspeccionar la playa. Lo que observa es algo exótico, un paisaje alienante, distante y extraño, propio del Horror Cósmico. Para George Sterling la imaginación no constituye una expresión cohesiva: está hecha de movimientos rápidos, fuera del control de la conciencia, y produce una ráfaga de experiencias disímiles. Por supuesto, nuestro Poeta se entrega a este vértigo, se pone en manos de fuerzas que trascienden la conciencia individual.

En este contexto, Un Vino de Hechicería es un poema casi exclusivamente visual. Vemos «una gruta rosada donde monstruos de barbas rojas miran boquiabiertos», un «ocaso como una garganta carmesí hacia el infierno» que ilumina el vuelo de los dragones, y «salones en los que el mono de Merlín» derrama un frasco de veneno escarlata. Estas imágenes oníricas están unidas no tanto por el tema como por el color. El tono rojizo de la copa de vino se cuela en todo lo que vemos [el ocaso «rosado», los monstruos de barbas «rojas», el ocaso «carmesí», el veneno «escarlata»]. El color predominante es el rojo, lo cual sería un detalle arbitrario si Un Vino de Hechicería fuera verdaderamente un poema sobre la embriaguez. Las visiones se desencadenan al mirar a través de la copa de vino, de modo que el tono rojizo se vincula directamente con el sentido visual. En cierto modo, la copa es una especie de bola de cristal [ver: Lo olfativo, lo visual, lo auditivo y lo táctil en el Horror Cósmico]

Esta característica de Un Vino de Hechicería vibra en la misma resonancia que el cuento de Edgar Allan Poe: La Máscara de la Muerte Roja (The Masque of the Red Death), donde un noble asolado por una plaga se refugia con sus aristócratas en un palacio para dedicarse al placer. En una zona del castillo hay siete habitaciones dispuestas irregularmente, de modo tal que la visión solo puede abarcar una a la vez. Cada habitación tiene un color diferente: azul, morado, verde, naranja, blanco, violeta y finalmente negro, con ventanas teñidas de rojo a través de las cuales se proyecta la luz hacia el interior. El tono rojo en La Máscara de la Muerte Roja es, en última instancia, el rojo de la muerte, siendo la sangre un símbolo de la muerte antinatural [ver: La sangre en el paganismo]. Las víctimas de la plaga sufren una hemorragia imparable y, en el clímax del relato, se presenta la Muerte misma vestida de rojo [ver: El Reloj de Cronos: análisis de «La Máscara de la Muerte Roja»]. Un Vino de Hechicería despliega escenas igualmente violentas, como la que protagoniza Satanás torturando a un alma desollada, acompañado por Lilith, quien conduce desde el infierno a sus «reinas blancas» envueltas en cadenas al rojo vivo, que el observador primero confunde con atuendos de gala.

Hay un elemento extrañamente erótico en esta escena. Las cadenas al rojo vivo parecen ser la única vestimenta de las reinas blancas, y la suavidad implícita de la piel contrasta con el acero abrasador. Más adelante encontramos otras imágenes que oscilan entre lo sensual y lo repugnante, como «la vampiresa de ojos azules, saciada de su festín» entre las tumbas, que «sonríe sangrientamente contra la luna leprosa». Evidentemente, no es una vampiresa como Carmilla, sino un Ghoul, un devorador de cadáveres con los dientes teñidos de sangre reseca [ver: Ghouls: historia de los Necrófagos en la ficción]

Satanás, Lilith, la Vampiresa, así como otras criaturas de un orden menor, son eficaces en su relativa simplicidad, como si saltaran desde un antiguo grimorio. El enrojecimiento que ha coloreado todo el viaje empieza a coagularse. El vino que inició el poema, en el curso de este viaje alucinado, pierde su fuerza vital. El sueño de la imaginación, de Fantasía, se ha convertido en una pesadilla.

George Sterling es uno de los poetas que mejor interpretó a Edgar Allan Poe. Su deseo destructivo trasciende las ambiciones del Marqués de Sade, quien obtenía placer al inflingir dolor sobre los demás. Edgar Allan Poe reconoció que el verdadero deseo destructivo debe dirigirse hacia uno mismo. Es el Yo quien debe autodestruirse. En este contexto, en los cuentos de E.A. Poe el protagonista es llevado a la locura o la muerte por fuerzas que permanecen anónimas [los Cuervos, la Inquisición, el Tekeli-li, el maelstrom], y que en todos los casos presionan sobre su conciencia culpable. De manera similar, la trayectoria de Un Vino de Hechicería nos lleva hacia un mundo informe donde la mente del Poeta se disuelve en el flujo de imágenes.

Oportunamente, la imagen de la Vampiresa atiborrada de cadáveres marca el final del viaje. Inmediatamente después, el flujo de imágenes se desvanece. Fantasía «pliega sus espléndidos penachos» y se posa en «una estrella sobre los sedimentos del atardecer». La Máscara culmina con la aniquilación, con la Muerte Roja ejerciendo un «dominio ilimitado sobre todo». George Sterling fue menos audaz. Después de esta avalancha de escenas extrañas y violentas, Un Vino de Hechicería termina con una sensación pacífica:


«Pero ya ha llegado el anochecer, y Fantasía pliega
sus espléndidos penachos, y ya no emprende búsquedas
aventureras por tierras y mares manchados.»


Es un final un poco decepcionante, pero coherente con la estructura interna del poema: Fantasía ha sido impulsada por la luz y el color, por lo que la llegada del anochecer pone fin al viaje. Los siguientes versos todavía contienen elementos visuales, pero el enrojecimiento ha desaparecido. Fantasía se desvanece sobre «aguas de ónice» que en el crepúsculo «alcanzan espirales blasonadas». Recién aquí, al final del poema, el Poeta bebe de la copa de vino:


Y yo, aunque el sabio Merlín ha dicho:
«Una víbora acecha en la copa de vino rojo»,
miro pensativamente el camino que ella tomó,
bebo de su fuente y sonrío.


Que tanto color, violencia, luz, dragones y demonios, termine de esta forma, parece anticlimático. El rojo de la sangre ha sido reemplazado por el sabor mundano del vino. Pero el Poeta ha perdido contacto con Fantasía y su desfile de imágenes extrañas que culminan con la Vampiresa con los dientes manchados de sangre. Sin embargo, ¿quién sabe qué otras visiones podrán surgir en la noche, cuando el vino corra por sus venas?

Antes de pasar al poema de George Sterling necesito confesar algunas profanaciones. En primer lugar, no he respetado ni la métrica ni la rima de Un Vino de Hechicería. La excusa tiene que ver con el tiempo que demandaría tamaña rigurosidad. En segundo lugar, no estoy para nada conforme con traducir wizardry como «hechicería». El término español remite casi exclusivamente a la magia, mientras que el original posee otros matices. Wizardry vendría a ser el arte del wizard, que puede traducirse como «mago» o «hechicero», pero que también hunde sus raíces en wise, sabio. Es decir que wizardry no solo es el arte del mago, sino el arte del sabio, del que sabe.




Un Vino de Hechicería.
A Wine of Wizardry, George Sterling (1869-1926)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Cuando las montañas se tiñeron como el vino
por el amanecer del Tiempo, y como el vino
eran los mares.


[Ambrose Bierce]


Afuera, las almenas del ocaso brillan,
en medio de las cúpulas los vientos del mar se alzan y abruman.
En una copa de cristal sirvo el oscuro vino y,
reflexionando sobre tan rico santuario,
observo la estrella que ronda su rojiza penumbra.
Ahora, Fantasía, emperatriz de un reino purpúreo,
despierta con la frente acariciada por la flor de la amapola,
y alza en repentino coqueteo su vuelo
hacia las hebras donde los ópalos de la luz destrozada
brillan en la espuma esparcida por el viento,
y las doncellas huyen más allá de las olas esforzadas,
hacia los musgos rojizos del mar y las conchas arrugadas
que atraen a lo largo de la playa y complacen el corazón de Fantasía;
sin embargo, se vuelve, aunque temblando, hacia una gruta rosada,
donde monstruos barbados miran boquiabiertos,
custodian a un mago encapuchado que observa
los malditos frascos donde arde un espléndido veneno,
tamizando rojos satánicos a lo largo de su frente.
Fantasía no quiere mirarlo, y ahora vaga
hacia un iceberg oriflameado con auroras del Norte,
donde el invierno ha escondido gemas ardientes y tesoros congelados,
iluminados con tímidos zafiros de la nieve.
Ella sueña con gemas más cálidas, y por eso sus ojos fijos
miran hacia las misteriosas profundidades azules
donde brillan las brasas del Tártaro en el aire sin luna,
mientras los Titanes planean asaltar el trono del Olimpo;
en medio del pulso de las forjas, por el firmamento aturdido, indómito,
desciende el resplandor de hornos ciclópeos sin sol.
Luego se apresura a refugiarse
en el jardín solitario e inmortal de las horas orientales,
donde el amanecer sobre el pecho de un pensamiento
ha depositado una sola lágrima,
y desde donde el viento ha volado y dejado un silencio.
A lo lejos, en las torres sombrías, cuelgan estandartes blasonados,
y la sombra del bosque, con llamas de hojas y tintes otoñales,
embellece el crepúsculo del año.
Por esto las hadas bailarán, para alegrarse de los elfos,
en un valle donde una muchacha loca
ha arrojado un brazalete que los lagartos temen:
¡piras rojas de luz apagada!
Sin embargo, Fantasía desprecia la juerga,
y hacia los peligros del Este se dirige,
hacia los deslumbrantes faros de las costas de Soldan,
donde en un tesoro sirio vierte,
desde ataúdes ricos y urnas de amatista,
fuegos apagados de joyas polvorientas
que han atado la frente del desnudo Astaroth.
O, en silencio, al caer una noche desastrosa,
cuando el ocaso, como una garganta carmesí en el infierno,
marca el vuelo hacia el mar de dragones
que se dirigen hacia el Oeste; hasta que,
atraída por los cuentos que cuentan los vientos del océano,
y muda en medio de los esplendores de su búsqueda,
huye a alguna ciudad roja de los Djinns
y, perdida en palacios de silencio,
ve dentro de una cripta la luz asesina de lámparas
con costras de granate, donde se sientan hombres perturbados
que tiemblan ante un sonido y reflexionan
sobre palabras escritas en espantosas vitelas,
en sangre de víboras, en susurros de la noche:
rúbricas infernales cantadas al poder de Satán,
o al Dragón en su vuelo.
Pero ella borraría la vista de su memoria
y buscaría un crepúsculo del Sur,
donde astutos gnomos con ojos escarlata
conspiran para apagar el fuego de Aldebarán,
que brilla más allá de la boca de su caverna,
sobre la tumba profana de una reina malvada.
Allí los líquenes marrones, incrédulos ante la fama,
susurran a las flores veteadas la vergüenza de su cuerpo,
en medio de la quietud de todos los fastos de la floración.
En su interior se esconden orbes que monstruos tallados abrazan;
los rubíes de brasas rojas arden en la penumbra,
traicionados por las lámparas que alimentan una llama sombría,
y las raíces lívidas se retuercen en el agarre del mármol,
mientras los aires gimientes invocan el óxido conquistado
de los yelmos señoriales igualados en el polvo.
En el exterior, donde los funestos cipreses
enriquecen los fantasmagóricos rojos del sol sangrante,
se encuentran los cirios de la bruja del crepúsculo
(vistos por el murciélago sobre estanques insondables)
y los lirios tigrados conocidos por los mudos ghouls,
cuyo rey ha desenterrado un sombrío lazo y
collares con febriles encajes de ópalo.
Pero Fantasía, asustada ante su mirada,
vuela hacia un promontorio violeta del Oeste,
en cuya base arden las olas azotadas por el sol,
terminando en preciosa espuma su búsqueda fatal,
tan lejos, por debajo de los profundos moldes del océano,
con el trabajo de las aguas y los guijarros pulidos,
el diminuto crepúsculo en el conjunto de jacinto,
el orbe invernal que sostiene el cristal de piedra lunar,
ramitas de coral rotas y ágatas húmedas,
transparencias de jaspe, los pliegues de ónice bandeado
y la pechuga bermellón de cinabrio.
Cerca, sobre arenas anaranjadas, con proas de bronce
descansan las galeras lamidas por el mar,
y marineros morenos de playas ajenas miran el horizonte rojo,
porque sus ojos contemplan un faro ardiendo en los cielos del atardecer,
alimentado con aceites sanguíneos al toque de la noche.
De esa llama del faro vuela un resplandor
que se derrama reflejos vinosos sobre las cubiertas rojizas;
y por encima, cuando asoman las olas sobresaltadas
y las burbujas carmesí se elevan desde los restos de la batalla,
las inquietas hidras forjadas de luz sangrienta
se sumergen en las cuevas fosforescentes del océano.
Así el paseo de Fantasía busca una isla lejana,
guiada por la estrella rubescente del Escorpión,
hasta que en templos sonríe
para ver brillar el incienso negro
y las serpientes de vientre escarlata se balancean
al son de las flautas leonadas de la hechicería.
Allí, sacerdotisas vestidas con túnicas púrpuras
sostienen cada una un sensual granate al sol marino,
o, justo antes de que la coloreada mañana
sacuda su esplendor en la playa de arena rubicunda,
gritan a Betelgeuse una palabra mística.
Pero Fantasía, enamorada de la tarde,
emprende el vuelo hacia arboledas donde corren ríos lustrosos,
a través de los jacintos, en la silenciosa oscuridad de la catedral,
antes de que Fe regrese y los incensarios azules humeen,
ella se arrodilla, en solemne quietud,
para marcar el día suplicante desde magníficos miradores
y lámparas de altar que encierran la chispa inmortal;
hasta que todos sus sueños se enriquecen,
observa, junto a un foso espeluznante,
los reinos del resplandor que inundan una montaña centinela
estacionada en la noche, cuyas tumbas rotas traicionan su espantosa confianza,
hasta que gemas inyectadas en sangre miran fijamente como ojos de lujuria.
Y ahora sabe, en los brillantes portales de ágata,
cómo Circe y sus venenos tienen un hogar
tallado en un rubí que un Titán perdió,
donde los filtros helados rebosan de espuma escarlata,
en medio del silbido de los aceites en calderos bruñidos,
mientras de su presa gotea espesamente la marea de su vida,
en tintes turbios que tiñen su cúpula de tortura;
con la misma astucia que recoge su rocío mortal,
con hechizos que la reina de Plutón no puede usar,
o escucha el gemido de su víctima,
sorbe su vino más oscuro y sonríe con labios malvados.
No hay dios con poder alguno para romper
los alambiques rojos donde sus relucientes caldos humean obscenamente,
como espumas de áspid o de víbora,
hasta nieblas letales cuyos vapores retorcidos crean vagos augurios,
hasta que figuras de hombres que señalan, llorando,
hacia tremendos destinos futuros,
cuando pompas con columnas y tronos supremos se agiten,
inestables como los sueños de espuma del mar.
Pero Fantasía todavía es fugitiva, y se dirige
hacia cavernas donde arde un altar demoníaco,
y Satán, bostezando en su trono de bronce,
acaricia una cosa que grita,
una cosa que sus demonios han desollado,
antes de que Lilith venga a saludar con su indolencia,
ella guía desde el infierno a sus reinas más blancas,
ataviadas con cadenas tan calentadas ante el fuego
que un pobre condenado pensó que eran de coral,
hasta que la danza deslumbrante fue tan terrible que realzó su brillo.
Pero Fantasía no está satisfecha y pronto
busca el silencio de una noche más vasta,
donde los poderes de la hechicería, con la vista vacilante
(cuando las horas se alejan cada vez más del mediodía)
buscan junto a la fría y apagada linterna de la luciérnaga
una araña carmesí escondida en un cráneo,
o enredaderas moteadas de bayas blancas
donde las aguas susurran a la luna gibosa.
Allí, vestida con cementos de luz maligna,
una hechicera enferma explora la oscuridad para maldecir,
junto a un caldero repleto de sangre de rameras,
las estrellas de ese Signo rojo que deletrea su perdición.
Entonces Fantasía hiende los cielos nublados
frente a las barreras del atardecer.
Ella ve, junto a la inundación del Ganges,
en su oscuro templo, a Siva surgir y,
visionada con el monstruoso rubí,
deslumbrar en el distante crepúsculo donde el ghaut en llamas
está iluminado con piras ceñudas
que parecen los ojos de sus abominables gusanos-dragón,
portadores de pestilencia, la Muerte en la oscuridad forjada.
Así que las alas de Fantasía abandonan los cielos asiáticos,
y ahora su corazón siente curiosidad por los salones
en los que el mono muerto de Merlín ha derramado un frasco
cuyo veneno escarlata se arrastra hasta cifras brillantes y terribles,
cuentan los pecados de los demonios
y la culpa encarnada que respira un fantasma ante cuyo grito la lechuza,
malignamente muda sobre el pozo de medianoche, se lamenta,
y Hécate levanta su capucha para murmurar una runa;
y, antes de que cesen los ecos de la tumba,
la vampiresa de ojos azules, saciada de su festín,
sonríe sangrientamente contra la luna leprosa.
Pero ahora ha llegado la noche, y Fantasía pliega
sus espléndidos penachos, y ya no emprende aventuras
sobre tierras y mares manchados,
huye hacia una estrella sobre los sedimentos del atardecer,
sobre aguas de ónice calmadas por magníficos aceites
que hacia el crepúsculo alcanzan espirales blasonadas.
Y yo, aunque el sabio Merlín ha dicho:
«Una víbora acecha en la copa de rojo vino»,
miro pensativamente el camino que ella tomó,
bebo de su fuente y sonrío.


When mountains were stained as with wine
By the dawning of Time, and as wine
Were the seas.


[AMBROSE BIERCE]


Without, the battlements of sunset shine,
'Mid domes the sea-winds rear and overwhelm.
Into a crystal cup the dusky wine
I pour, and, musing at so rich a shrine,
I watch the star that haunts its ruddy gloom.
Now Fancy, empress of a purpled realm,
Awakes with brow caressed by poppy-bloom,
And wings in sudden dalliance her flight
To strands where opals of the shattered light
Gleam in the wind-strewn foam, and maidens flee
A little past the striving billows' reach,
Or seek the russet mosses of the sea,
And wrinkled shells that lure along the beach,
And please the heart of Fancy; yet she turns,
Tho' trembling, to a grotto rosy-sparred,
Where wattled monsters redly gape, that guard
A cowled magician peering on the damned
Thro' vials wherein a splendid poison burns,
Sifting Satanic gules athwart his brow.
So Fancy will not gaze with him, and now
She wanders to an iceberg oriflammed
With rayed, auroral guidons of the North—
Wherein hath winter hidden ardent gems
And treasuries of frozen anadems,
Alight with timid sapphires of the snow.
But she would dream of warmer gems, and so
Ere long her eyes in fastnesses look forth
O'er blue profounds mysterious whence glow
The coals of Tartarus on the moonless air,
As Titans plan to storm Olympus' throne,
'Mid pulse of dungeoned forges down the stunned,
Undominated firmament, and glare
Of Cyclopean furnaces unsunned.
Then hastens she in refuge to a lone,
Immortal garden of the eastern hours,
Where Dawn upon a pansy's breast hath laid
A single tear, and whence the wind hath flown
And left a silence. Far on shadowy tow'rs
Droop blazoned banners, and the woodland shade,
With leafy flames and dyes autumnal hung,
Makes beautiful the twilight of the year.
For this the fays will dance, for elfin cheer,
Within a dell where some mad girl hath flung
A bracelet that the painted lizards fear—
Red pyres of muffled light! Yet Fancy spurns
The revel, and to eastern hazard turns,
And glaring beacons of the Soldan's shores,
When in a Syrian treasure-house she pours,
From caskets rich and amethystine urns,
Dull fires of dusty jewels that have bound
The brows of naked Ashtaroth around.
Or hushed, at fall of some disastrous night,
When sunset, like a crimson throat to hell,
Is cavernous, she marks the seaward flight
Of homing dragons dark upon the West;
Till, drawn by tales the winds of ocean tell,
And mute amid the splendors of her quest,
To some red city of the Djinns she flees
And, lost in palaces of silence, sees
Within a porphyry crypt the murderous light
Of garnet-crusted lamps whereunder sit
Perturbéd men that tremble at a sound,
And ponder words on ghastly vellum writ,
In vipers' blood, to whispers from the night—
Infernal rubrics, sung to Satan's might,
Or chaunted to the Dragon in his gyre.
But she would blot from memory the sight,
And seeks a stainéd twilight of the South,
Where crafty gnomes with scarlet eyes conspire
To quench Aldebaran's affronting fire,
Low sparkling just beyond their cavern's mouth,
Above a wicked queen's unhallowed tomb.
There lichens brown, incredulous of fame,
Whisper to veinéd flowers her body's shame,
'Mid stillness of all pageantries of bloom.
Within, lurk orbs that graven monsters clasp;
Red-embered rubies smolder in the gloom,
Betrayed by lamps that nurse a sullen flame,
And livid roots writhe in the marble's grasp,
As moaning airs invoke the conquered rust
Of lordly helms made equal in the dust.
Without, where baleful cypresses make rich
The bleeding sun's phantasmagoric gules,
Are fungus-tapers of the twilight witch
(Seen by the bat above unfathomed pools)
And tiger-lilies known to silent ghouls,
Whose king hath digged a somber carcanet
And necklaces with fevered opals set.
But Fancy, well affrighted at his gaze,
Flies to a violet headland of the West,
About whose base the sun-lashed billows blaze,
Ending in precious foam their fatal quest,
As far below the deep-hued ocean molds,
With waters' toil and polished pebbles' fret,
The tiny twilight in the jacinth set,
The wintry orb the moonstone-crystal holds,
Snapt coral twigs and winy agates wet,
Translucencies of jasper, and the folds
Of banded onyx, and vermilion breast
Of cinnabar. Anear on orange sands,
With prows of bronze the sea-stained galleys rest,
And swarthy mariners from alien strands
Stare at the red horizon, for their eyes
Behold a beacon burn on evening skies,
As fed with sanguine oils at touch of night.
Forth from that pharos-flame a radiance flies,
To spill in vinous gleams on ruddy decks;
And overside, when leap the startled waves
And crimson bubbles rise from battle-wrecks,
Unresting hydras wrought of bloody light
Dip to the ocean's phosphorescent caves.
So Fancy's carvel seeks an isle afar,
Led by the Scorpion's rubescent star,
Until in templed zones she smiles to see
Black incense glow, and scarlet-bellied snakes
Sway to the tawny flutes of sorcery.
There priestesses in purple robes hold each
A sultry garnet to the sea-linkt sun,
Or, just before the colored morning shakes
A splendor on the ruby-sanded beach,
Cry unto Betelgeuse a mystic word.
But Fancy, amorous of evening, takes
Her flight to groves whence lustrous rivers run,
Thro' hyacinth, a minster wall to gird,
Where, in the hushed cathedral's jeweled gloom,
Ere Faith return, and azure censers fume,
She kneels, in solemn quietude, to mark
The suppliant day from gorgeous oriels float
And altar-lamps immure the deathless spark;
Till, all her dreams made rich with fervent hues,
She goes to watch, beside a lurid moat,
The kingdoms of the afterglow suffuse
A sentinel mountain stationed toward the night—
Whose broken tombs betray their ghastly trust,
Till bloodshot gems stare up like eyes of lust.
And now she knows, at agate portals bright,
How Circe and her poisons have a home,
Carved in one ruby that a Titan lost,
Where icy philters brim with scarlet foam,
'Mid hiss of oils in burnished caldrons tost,
While thickly from her prey his life-tide drips,
In turbid dyes that tinge her torture-dome;
As craftily she gleans her deadly dews,
With gyving spells not Pluto's queen can use,
Or listens to her victim's moan, and sips
Her darkest wine, and smiles with wicked lips.
Nor comes a god with any power to break
The red alembics whence her gleaming broths
Obscenely fume, as asp or adder froths,
To lethal mists whose writhing vapors make
Dim augury, till shapes of men that were
Point, weeping, at tremendous dooms to be,
When pillared pomps and thrones supreme shall stir,
Unstable as the foam-dreams of the sea.
But Fancy still is fugitive, and turns
To caverns where a demon altar burns,
And Satan, yawning on his brazen seat,
Fondles a screaming thing his fiends have flayed,
Ere Lilith come his indolence to greet,
Who leads from hell his whitest queens, arrayed
In chains so heated at their master's fire
That one new-damned had thought their bright attire
Indeed were coral, till the dazzling dance
So terribly that brilliance shall enhance.
But Fancy is unsatisfied, and soon
She seeks the silence of a vaster night,
Where powers of wizardry, with faltering sight
(Whenas the hours creep farthest from the noon)
Seek by the glow-worm's lantern cold and dull
A crimson spider hidden in a skull,
Or search for mottled vines with berries white,
Where waters mutter to the gibbous moon.
There, clothed in cerements of malignant light,
A sick enchantress scans the dark to curse,
Beside a caldron vext with harlots' blood,
The stars of that red Sign which spells her doom.
Then Fancy cleaves the palmy skies adverse
To sunset barriers. By the Ganges' flood
She sees, in her dim temple, Siva loom
And, visioned with the monstrous ruby, glare
On distant twilight where the burning-ghaut
Is lit with glowering pyres that seem the eyes
Of her abhorrent dragon-worms that bear
The pestilence, by Death in darkness wrought.
So Fancy's wings forsake the Asian skies,
And now her heart is curious of halls
In which dead Merlin's prowling ape hath spilt
A vial squat whose scarlet venom crawls
To ciphers bright and terrible, that tell
The sins of demons and the encharneled guilt
That breathes a phantom at whose cry the owl,
Malignly mute above the midnight well,
Is dolorous, and Hecate lifts her cowl
To mutter swift a minatory rune;
And, ere the tomb-thrown echoings have ceased,
The blue-eyed vampire, sated at her feast,
Smiles bloodily against the leprous moon.

But evening now is come, and Fancy folds
Her splendid plumes, nor any longer holds
Adventurous quest o'er stainéd lands and seas—
Fled to a star above the sunset lees,
O'er onyx waters stilled by gorgeous oils
That toward the twilight reach emblazoned coils.
And I, albeit Merlin-sage hath said,
"A vyper lurketh in ye wine-cuppe redde,"
Gaze pensively upon the way she went,
Drink at her font, and smile as one content.


George Sterling (1869-1926)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de George Sterling.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de George Sterling: Un Vino de Hechicería (A Wine of Wizardry), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

George Sterling: poemas.


George Sterling: poemas.




George Sterling (1869-1926) fue un destacado poeta estadounidense cuya obra fue precursora del Horror Cósmico. En efecto, los poemas de George Sterling tendrían un impacto decisivo en autores como H.P. Lovecraft y Clark Ashton Smith.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos traduciendo al español algunos de los mejores poemas de George Sterling.




Poemas de George Sterling.
  • El testimonio de los soles (The Testimony of the Suns)
  • Un Vino de Hechicería (A Wine of Wizardry)
  • Aguas extrañas (Strange Waters)
  • A la ciencia (To Science)
  • A una bailarina (To a Girl Dancing)
  • Después del atardecer (After Sunset)
  • El águila enjaulada (The Caged Eagle)
  • El buitre negro (The Black Vulture)
  • El pozo escondido (The Hidden Pool)
  • El testimonio de los soles y otros poemas (The Testimony of the Suns and Other Poems)
  • El triunfo de Bohemia (The Triumph of Bohemia)
  • La atadura de la bestia (The Binding of the Beast)
  • La bruja joven (The Young Witch)
  • La canción de Abalone (The Abalone Song)
  • La casa de orquídeas (The House of Orchids)
  • La ciudad evanescente (The Evanescent City)
  • La sed de Satán (The Thirst of Satan)
  • Poemas a Vera (Poems to Vera )
  • Por otro mar (By Another Sea)
  • Satán y Lilith (Satan and Lilith)
  • Treinta y cinco sonetos (Thirty-Five Sonnets)
  • Una oda por el centenario del nacimiento de Robert Browning (An Ode for the Centenary of the Birth of Robert Browning)
  • Velas y espejismos (Sails and Mirage)
  • Yosemite: una oda (Yosemite: An Ode)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: George Sterling: poemas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Testimonio de los Soles»: George Sterling; poema y análisis.


«El Testimonio de los Soles»: George Sterling; poema y análisis.




El testimonio de los soles (The Testimony of the Suns) es un poema de horror cósmico del escritor norteamericano George Sterling (1869-1926). Comenzó a escribirse en 1901 y fue publicado originalmente en la antología de 1903: El testimonio de los soles y otros poemas (The Testimony of the Suns and Other Poems).


¿Anheláis una tregua, oh soles supremos?
¿Qué Orden os dignaréis escuchar,
enormes transportes de oscuridad,
que tejen el sueño eterno?


El Testimonio de los Soles, uno de los mejores poemas de George Sterling, es una pieza de puro cosmicismo. El poema trata sobre la indiferencia del universo, una idea moderna en 1903, que luego sería desarrollada por H.P. Lovecraft y otros autores como matriz del Horror Cósmico, pero escrito en un estilo arcaico que imita la cadencia de In Memoriam [tetrámetro yámbico] de Alfred Tennyson.

El orador de El Testimonio de los Soles empieza contemplando el cielo nocturno, estudia las «sílabas de fuego» con la esperanza de «leer la runa télica de Orión». Pero Orión no revela nada más que la impresión de que el cosmos es un campo de batalla sin sentido, de dimensión infinita, indiferente a «la finitud del hombre». George Sterling escribe:


¡Oh Espacio y Tiempo y estrellas en pugna,
qué terrible vuestra infinitud
ensalzada por vuestra trinidad sin término,
qué extraña, qué terrible es la vida!


El orador espera «saber qué mora la permanencia / más allá del velo que dibujan los sentidos». Al mismo tiempo, siente una amarga empatía con los habitantes de los «mundos futuros», quienes, al igual que él, buscarán en vano una respuesta al misterio de la creación en «el silencio de la estrellas». El único destino para el observador del cielo nocturno es unirse, al final de su existencia, con el polvo nebular que contempla.

La filosofía de El Testimonio de los Soles expresa la desesperanza de George Sterling, no solo por la insignificancia del ser humano en contraste con la escala cósmica, sino por la imposibilidad de encontrar algún tipo de orden o plan divino en este universo indiferente [ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco]. El poema está lleno de alusiones astronómicas y nombres de constelaciones, tal vez para reforzar la noción de que el ser humano ha esparcido sus patrones antropomórficos entre las estrellas, dándoles familiaridad, incluso un comportamiento mitológico afín a las expectativas humanas. Sin embargo, no hay eco de tales proyecciones en los cielos. No hay ningún mensaje oculto para nosotros en las estrellas.

El Testimonio de los Soles alude a las increíbles extensiones de espacio para demostrar que el universo simplemente opera con sus propias leyes fijas, que estas leyes son impersonales, y que incluso se aplican a la humanidad [ver: Einstein, la Relatividad y los Antiguos]. Es decir que el ser humano no debe sentirse alienado por el aparente caos del universo porque nosotros también existimos de acuerdo a las mismas leyes.

A fines de 1901, George Sterling comenzó a escribir El Testimonio de los Soles, el cual suscitó el entusiasmo de su mentor, Ambrose Bierce. En una carta a George Sterling fechada el 15 de marzo de 1902, Bierce escribe:


«No puedo confiar en mí mismo para decir lo que pienso. (El poema) es grande en su forma, pero la grandeza del tema... ¡eso está más allá de todo! Es un campo nuevo, el más amplio descubierto hasta ahora. Los tremendos fenómenos de la Astronomía nunca han tenido un tratamiento poético adecuado. Debes convertirlo en tu dominio. Serás el poeta de los cielos, el profeta de los soles.»


A la luz de este elogio, queda claro porqué El Testimonio de los Soles comienza con una cita de Ambrose Bierce sobre el vasto e inmutable cosmos. George Sterling aborda la cuestión con solemnidad, despojado de la típica extravagancia decadentista, pero tratando de expresar la desesperación ante la falta de propósito de la vida humana. Más adelante, Clark Ashton Smith tomaría el mismo motivo, pero para celebrar la inmensidad y antigüedad que aterrorizan a George Sterling.

Si hay un punto de apoyo para la crítica de George Sterling es su falta de fisicalidad. Algernon Swinburne, por ejemplo, exploró el mismo tema pero ofreciendo espacio a la sensualidad, es decir, al factor físico que hace que el cuerpo humano pueda encajar, o contrastar, con la inmutabilidad cósmica. Por su parte, George Sterling abraza la desesperación, lo cual equivale a abandonar el consuelo que ofrece la sensualidad. En cambio, se concentra por completo en el nihilismo, en la sombría futilidad de la existencia. Pero incluso en esta aceptación pura de la desesperación podemos encontrar una pizca de esperanza asomándose entre los soles.

George Sterling admite que, de hecho, hay un Dios/Creador, y que el universo y su indiferencia existen por una razón, solo que esta es incomprensible e insatisfactoria para el ser humano. Esto lo sitúa significativamente más lejos de la verdadera desesperación lovecraftiana, donde no hay un Creador y es imposible comprender la agenda de sus seres extradimensionales. George Sterling, entonces, nos brinda apenas una pizca de esperanza, pero esperanza al fin, de que la experiencia humana tenga algún propósito preestablecido por Dios, y por lo tanto desempeñe un papel infinitesimalmente pequeño en el cosmos. Por una parte, El Testimonio de los Soles nos arrebata el consuelo de la sensualidad y la fisicalidad, pero nos brinda un atisbo de esperanza, de propósito [ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa]

Ambrose Bierce, un auténtico artesano del lenguaje, hizo anotaciones y comentarios marginales en el borrador de su discípulo, muchos de los cuales serían reconocidos e incluidos por George Sterling en la versión final del poema, de modo que el lector con buen olfato puede detectar, aquí y allí, algunas pinceladas de Ambrose Bierce en El Testimonio de los Soles, sobre todo en los momentos en los que George Sterling vacila, y el elemento humano y sentimental amenaza con opacar su fuerza cósmica. Al final, el mensaje no afirma que no haya significado en la vida humana, sino que vindica el fracaso de la mente humana para encontrar su propósito en el universo. Y, dado que los soles mismos perecerán algún día, ¿qué esperanza podemos albergar a largo plazo? [ver: Horror Cósmico: el universo conspira para destruirnos]

Personalmente creo que la figura de Ambrose Bierce limitó la pedantería natural del discurso de George Sterling. Supongo que también estaba al tanto de su propia influencia, y no ahorró elogios a su discípulo para robustecer su autoestima: «escrito en francés y publicado en París, habría removido los adoquines de la calle», sostuvo. En parte, es un elogio justificado. El Testimonio de los Soles incorpora versos muy hermosos que evocan el silencio de la infinitud, así como el crujido interior de los mundos y las llamadas a la guerra de soles y galaxias. En otras palabras, hay una cadencia sideral en el poema; sonido, y ausencia de sonido, que se encuentran en cada verso.

A diferencia de Swinburne y Tennyson, George Sterling no se preocupó por el conflicto teleológico inherente en El Testimonio de los Soles. No hay desacuerdo entre religión y ciencia, ni siquiera entre el optimismo creacionista y el pesimismo evolucionista. George Sterling simplemente propone una hipótesis: postula el agnosticismo como respuesta por default ante los misterios del universo. A fin de cuentas, no importa si hay un orden y un propósito en el cosmos, nuestro cerebro no posee las herramientas para encontrarlos, de modo que es como si no existieran.

Hay un fuerte componente antropocéntrico en El Testimonio de los Soles, al estilo de John Milton y su humanización de Satanás en El Paraíso Perdido [ver: El «Efecto Milton» y la simpatía por el diablo]. Aquí, la primera parte del poema de Sterling representa a las estrellas en guerra. Dirigidas por sus capitanes, las estrellas más grandes [Altair, Aldebarán, Capella, Betelgeuse] se precipitan una hacia la otra en los confines del espacio, chocan y se desintegran en nebulosas que se convierten en nuevas estrellas, repitiendo el mismo proceso sin propósito aparente:


Esplendores de la lucha elemental;
colisión de soles que estremecen la penumbra;
nueva luz cuya historia de perdición estelar
pasa a una nueva vida ignorante.


La segunda parte de El Testimonio de los Soles reflexiona sobre los vanos esfuerzos del ser humano por determinar su importancia, o su falta de importancia, en esta «lucha elemental», es decir, en el movimiento incesante del universo. El punto de vista George Sterling, una perspectiva común en su época, insinúa que el conocimiento científico ha destruido las viejas certezas del ser humano y las ha reemplazado con incertidumbre. Estamos asombrados y desconcertados por las maravillas del cosmos, con los secretos del espacio y el tiempo, y nunca hemos sido tanto una mota de polvo en medio de fuerzas enfrentadas que no podemos comprender ni controlar:


Oscuras son las leyes que dictan los sabios,
pues la Ciencia ve en todas sus tierras
crepúsculos ilusorios, en sus manos
están los juicios de lo Relativo.

Oscurece las tinieblas que albergan la Verdad,
y silencia los labios de los que anhelamos
el secreto guardado de la tumba.
¡Tan pronto se volvió muda ante la palabra y la verdad!


Algunos elementos de El Testimonio de los Soles resuenan en la ciencia ficción, sobre todo este sentimiento de alienación ante la inconcebible soledad del espacio. George Sterling recurre a una amplia variedad de imágenes arquetípicas que justifican esa vigencia, y aseguran su futuro. A medida que nos adentramos en los misterios del universo, la insignificancia de nuestro propio mundo se vuelve cada vez más notoria.


Y hacia las estrellas se desplaza el mundo afligido,
un punto en una penumbra inalterable,
muerto, con un sombrío universo por tumba,
yendo hacia una oscuridad aún más vasta.


La poesía cósmico-astronómica de George Sterling, al lidiar con elementos tan descomunales que exceden nuestra capacidad de comprensión, termina insinuando una experiencia extática muy similar a la revelación divina. Este es el verdadero gérmen de la ficción de Lovecraft: presentar una perspectiva [humana] sobre nuestra falta de propósito en el esquema universal de las cosas. En El Testimonio de los Soles se presenta una batalla simbólica de soles y mundos desconocidos, cuyos cursos eventualmente los llevan a colisionar. Lovecraft presenta una lucha primordial similar, pero entre entidades antiguas y poderosas. En ambos casos, el ser humano es apenas un observador casual, y frecuentemente el daño colateral, de fuerzas desconocidas en conflicto.

Por tratarse de un poema muy extenso solo hemos traducido al español un fragmento de El Testimonio de los Soles.




El testimonio de los soles.
The Testimony of the Suns, George Sterling (1869-1926)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


A Quien pertenecen los incesantes soles,
y la causa es una con la consecuencia,
a Cuyo divino sentido inclusivo
el gemido se mezcla con el canto.
[Ambrose Bierce]


¡Cuántas veces, oh Vida, en mundos olvidados,
en tus innumerables formas,
has visitado las transmutadoras tormentas del Tiempo,
y has luchado hasta que la tormenta y la tensión desaparecieron!

¡Cuántas veces te has esforzado, ansiado y muerto,
o, agonizante, te has entregado al grato descanso,
huésped inevitable de la Noche,
en extraños reinos desconocidos!

Cuántas veces regresaste al Misterio y al Tiempo,
a sus antiguas maneras de sostener,
con labios que nunca han dicho
las noticias de ese clima distante.

Con pequeñas manos que no pudieron guardar
el poderoso mensaje de la Noche,
ni desnudar ante la suplicante vista del Día
los anales ocultos de tu sueño.

¿Crees que la eternidad venidera
revelará por fin el secreto
sobre el cual un pasado eterno
mantuvo los labios mudos a la revelación?

¡Cuán vastos son los abismos del deseo humano!
Hijos del Cambio, soñamos con compartir
la vigilia de Altair,
y ver expirar al gran Fomalhaut;

Vivir, donde los soles oscurecidos recubren
sus reinos en la neblina abismal,
donde la Noche que se acerca acompaña
al resplandor de los altos Antares, rojos por la perdición;

Oír en lo profundo de la Ley
la Palabra que mueve sus mareas causales;
saber qué Permanencia continúa
más allá del velo que corren los sentidos.

¡Tal es la esperanza que llena tu corazón,
oh Vida! En algún mundo alrededor,
el sitial del trueno de Procyon gira
o se balancea en el abismo de Espiga.

Así soñaron tus hijos en mundos destruidos
cuyo polvo atrae nuestros ojos descuidados,
mientras, iluminado por fin en cielos extraños,
el meteoro se derrite en el vacío.

Así tu simiente en los mundos futuros,
en altares construidos para soles lejanos,
anhelará desde el silencio de la estrella
la solución de tu misterio;

Y anhelar sin respuesta, hasta que,
negados por la penumbra cósmica y el resplandor estelar,
los cerebros sean el polvo que soportó la oración,
y polvo los anhelantes labios que lloraron.


How oft, O Life, on worlds forgot,
Hast thou, in thine unnumbered forms,
Gone forth to Time’s transmuting storms,
And fought till storm and stress were not!

How oft hast striven, hoped, and died,
And dying, fared to gracious rest,
The Night’s inevitable guest,
In alien realms unverified!

How oft to Mystery and Time
Returned, their ancient ways to hold,
With lips that never yet have told
The tidings of that distant clime—

With little hands that could not keep
The mighty message of the Night,
Nor bare to Day’s appealing sight
The hidden annals of thy sleep.

Dost deem the eternity to come
The secret will disclose at last
Where unto an eternal past
Held lips to revelation dumb?

How vast the gulfs of man’s desire!
Children of Change, we dream to share
The battle-vigil of Altair,
And watch great Fomalhaut expire;

To live, where darkened suns relume
Their kingdoms in the abysmal haze —
Where nearing Night attends the blaze
Of high Antares red with doom;

To hear within the deep of Law
The Word that moves her causal tides;
To know what Permanence abides
Beyond the veil the senses draw.

And such the hope that fills thy heart,
O Life! on some allegiant world
Round Procyon’s throne of thunder whirled
Or poised in Spica’s gulf apart.

So dreamt thy sons on worlds destroyed
Whose dust allures our careless eyes,
As, lit at last on alien skies,
The meteor melts athwart the void.

So shall thy seed on worlds to be,
At altars built to suns afar,
Crave from the silence of the star
Solution of thy mystery;

And crave unanswered, till, denied
By cosmic gloom and stellar glare,
The brains are dust that bore the pray’r,
And dust the yearning lips that cried.


George Sterling (1869-1926)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de George Sterling.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de George Sterling: El testimonio de los soles (The Testimony of the Suns), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Las tres brujas»: Ernest Dowson; poema y análisis.


«Las tres brujas»: Ernest Dowson; poema y análisis.




Las tres brujas (The Three Witches) es un poema decadentista del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), publicado en la antología de 1896: Versos (Verses).

Las tres brujas, posiblemente uno de los poemas de Ernest Dowson menos conocidos, expresa la atracción del poeta por la muerte a través de escenarios áridos, oscuros, que despojan a la vida de su estado de espera, de limbo. En la poesía de Ernest Dowson la voz narradora siempre mira la vida retrospectivamente; desea el final porque siente que el acto de vivir, de existir, es agotador. En este contexto, Las tres brujas es un poema simbólico que imagina a la muerte físicamente en un paisaje oscuro y desolado:


Las noches bañadas de luna han pasado,
y los días de gris y pardo;
no hay mayo ni trébol,
y el día y la noche son uno.
Ni una aldea, ni una ciudad
se encuentran con nuestros ojos cansados y sin lágrimas;
en la llanura sin piedad,
donde la hierba pálida cae y muere.


El motivo de la pérdida es frecuente en los poemas de Ernest Dowson, sin embargo, la tendencia del poeta a la aniquilación también es una alegoría del fin de siglo. Las tres brujas es un poema sobre el fin de la civilización conocida hasta entonces, una pieza que trata de capturar las ansiedades del autor sobre su propia situación cultural. Sin embargo, la Muerte parece estar suspendida en las Las tres brujas, y esa suspensión se manifiesta geográficamente como un paisaje de limbo que existe fuera del tiempo [«Y el día y la noche son uno»].

Es interesante cómo Ernest Dowson socava este limbo [aparentemente] inmóvil empleando un movimiento rápido, casi nervioso, de palabras en su mayoría monosilábicas. Las Tres Brujas con sus «brazos de líquen» son un símbolo que representa el anhelo de destrucción, decadencia y disolución, como las brujas en Macbeth o las Vampiresas de Drácula [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. Ellas son «las hijas de Astarté, queridas abortos de la luna». Astarté es una diosa semítica y en el mito se la representa tanto como un demonio lunar como una madre fértil. La idea del regreso a la vida uterina es bastante claro aquí [ver: Horror Uterino: descenso hacia el inconsciente colectivo]. Astarté encarna la autocontradicción de la fertilidad en la esterilidad, ya que las Tres Brujas son «abortos», pero también «queridas». Las líneas: «deambularemos por el significado de un día y no veremos la luz» insinúa un avance hacia la nada. Así, el deseo de muerte tiene dimensiones intrincadas. Avanza pero está suspendido:


Murallas en llamas, ¡siempre en llamas!
A la llama que nunca muere
estamos anhelando, anhelando, anhelando,
con nuestros ojos alegres y sin lágrimas.


La «llama que nunca muere» tiene sus raíces en el Romanticismo como símbolo del anhelo de destrucción. Se hace eco del poema de Percy Shelley: Epipsychidion [palabra acuñada por el poeta y que significa «alma nacida del alma»] donde el «único deseo» de la «polilla» es precipitarse hacia la luz y morir [«una muerte radiante, un sepulcro de fuego / como si fuera una lámpara de llama terrenal»]. Por otro lado, la «llama que nunca muere» también es una alusión al bíblico «fuego que nunca se apagará» [Marcos 9: 43], que más adelante sería utilizado brillantemente por May Sinclair en el cuento: Donde su fuego nunca se apaga (Where Their Fire Is Not Quenched).

La triple repetición de la palabra «anhelando» sugiere que el anhelo se perpetúa. La disposición destructiva de Ernest Dowson también puede detectarse en el anhelo de las Tres Brujas por la «llama», de nuevo, como en la atracción de la polilla de Percy Shelley por la luz. Los «ojos sin lágrimas» de las Brujas indican un deseo contenido, una espera controlada de la expiración. Los «ojos sin lágrimas», además, marcan el esfuerzo por evitar que el deseo se evapore, manteniéndolo atrapado en el interior.

Este estancamiento estético que de alguna manera inmoviliza el anhelo de muerte en Las tres brujas ofrece connotaciones simbólicas más amplias sobre el mundo del arte que representa Ernest Dowson, su propósito y su relación con la sociedad burguesa victoriana. La última estrofa completa el artificio de circularidad restringida del poema:


En la llanura sin piedad,
(ni aldea, ni ciudad)
donde la hierba pálida cae y muere.


La estrofa reorganiza estérilmente este limbo, y expresa una falta de capacidad para escapar; una especie de encierro artístico, también delimitado por el uso de paréntesis. Su [fútil] circularidad está impresa en la vista estéril y post-apocalíptica que domina el poema. La ausencia de civilización [«ni aldea, ni ciudad»] manifiesta cierta inquietud en relación con las Brujas y su linaje [de Astarté], cuyas raíces florecieron en las representaciones de la mujer decadente. De este modo, las Tres Brujas podrían encarnar la fascinación y la repulsión Ernest Dowson por la ciudad burguesa. Sugerentemente, las Tres Brujas son son musas [o anti-musas] que queman la ciudad burguesa y la alienante modernidad que esta representa, y se relacionan con la obsesión más amplia de Ernest Dowson con los temas del autoaislamiento y la abstinencia de la vida [ver: El monstruo femenino como figura de resiliencia]

Es importante tener en cuenta que Ernest Dowson formaba parte de un movimiento que trataba de encontrar la pureza en las cosas sucias, lo dulce en lo amargo. En todos sus poemas podemos encontrar esta fusión entre categorías supuestamente antitéticas: lo sagrado y lo profano, lo puro y lo corrupto, lo real y lo falso; tal es así que las mujeres en sus obras siempre son chicas rurales y espectrales, y están inspiradas en el gran amor de su vida, Adelaide Foltinowicz, que era una mujer trabajadora, urbana y mundana.

Esta aparente incongruencia no socava la sinceridad de Ernest Dowson; más bien ilustra cómo operaba su imaginación. El poeta adoraba a Adelaide, «por su pureza y su perversidad», y sus poemas se basan en una tensión entre elementos aparentemente irreconciliables, como lo ideal y lo mundano. Por un lado, las Tres Brujas son agentes corruptores; por el otro, poseen una castidad invulnerable. Ningún extremo está completo sin el otro [ver: Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica]




Las tres brujas.
The Three Witches, Ernest Dowson (1867-1900)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Las noches bañadas de luna han pasado,
y los días de gris y pardo;
no hay trébol ni mayo,
y el día y la noche son uno.

Ni una aldea, ni una ciudad
se encuentran con nuestros ojos cansados y sin lágrimas
en la llanura sin piedad,
donde la hierba pálida cae y muere.

Deambularemos por el significado
de un día y no veremos la luz,
porque nuestros brazos de líquen
se apoyan en los extremos de la noche interminable.

Nosotras, las hijas de Astarté,
queridas abortos de la luna,
en fiesta alegre y silenciosa,
pronto cabalgaremos hacia ustedes.

Murallas en llamas, ¡siempre en llamas!
A la llama que nunca muere
estamos anhelando, anhelando, anhelando,
con nuestros ojos alegres y sin lágrimas.

En la llanura sin piedad,
(ni aldea, ni ciudad)
donde la hierba pálida cae y muere.


All the moon-shed nights are over,
And the days of gray and dun;
There is neither may nor clover,
And the day and night are one.

Not an hamlet, not a city
Meets our strained and tearless eyes;
In the plain without a pity,
Where the wan grass droops and dies.

We shall wander through the meaning
Of a day and see no light,
For our lichened arms are leaning
On the ends of endless night.

We, the children of Astarte,
Dear abortions of the moon,
In a gay and silent party,
We are riding to you soon.

Burning ramparts, ever burning!
To the flame which never dies
We are yearning, yearning, yearning,
With our gay and tearless eyes.

In the plain without a pity,
(Not an hamlet, not a city)
Where the wan grass droops and dies.


Ernest Dowson
(1867-1900)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Ernest Dowson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Ernest Dowson: Las tres brujas (The Three Witches), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

¿Quién es Maldoror?: análisis de «Los Cantos de Maldoror».


¿Quién es Maldoror?: análisis de «Los Cantos de Maldoror».




[Propongo proclamar en voz alta y sin emoción el canto frío y grave que estáis a punto de escuchar]


¿Quién es Maldoror?

El poema nos dice que nació malo; que nunca se cortó las uñas para poder perforar más fácilmente el pecho de un niño y beber su sangre; que su aliento exhala veneno; que su frente tiene una tonalidad verdosa; que su rostro es como el de un horrible pez de aguas profundas; que vive solo en una cueva, aislado de la humanidad; que ronda por las noches envuelto de negro; que no ha dormido durante treinta años; que nació sordo pero que desarrolló la capacidad de oír; que está permanentemente tumescente; que se cambia de ropa dos veces por semana para salvar a la humanidad de morir de su hedor; que es capaz de cambiar de forma; que ama la «fría pureza de las matemáticas»; que ha asistido a las revoluciones y ha sido testigo mudo de cataclismos y desastres; que solo tiene un ojo en el centro de la frente; y finalmente, en el último Canto, se sugiere que Maldoror es el mismo Lucifer.

Pero no nos adelantemos, porque para saber exactamente quién es Maldoror debemos empezar por su hacedor.

Hijo de un diplomático francés, Isidore Lucien Ducasse [más conocido como Conde de Lautréamont], nació en 1846, en Montevideo, durante el Sitio que se extendería hasta 1851. Se crió entre el griterío de los degollados y los linchamientos. Las intrigas, el hambre, los ultrajes, marcaron a fuego su infancia. Su seudónimo prefigura el espíritu que reina sobre su obra. Se trata de una burla y también de una advertencia. En una época donde todos leían a Alejandro Dumas y su Conde de Montecristo, Isidore eligió llamarse Lautréamont, es decir, l'autre mont, «el otro monte», en referencia al barrio de Montmartre, tal vez para evidenciar su enfrentamiento filosófico con Cristo, con Dumas, o con ambos. Otros le asignan al seudónimo cierta nostalgia por el Uruguay. L'autre mont podría ser una alusión a Montevideo.

Isidore ingresó al Liceo Imperial de Tarbes, donde se desempeñó con mediocridad, aunque obtuvo menciones destacadas en el dibujo. Luego se inscribió en el Liceo de Pau hasta que, a los 19 años, viajó a París para cursar en la Escuela Politécnica. Uno de sus compañeros, Paul Lespes, se atrevió a dar un breve retrato de Isidore. Lo describió como un muchacho alto, delgadísimo, encorvado, de piel más bien pálida y cabellos largos que constantemente caían sobre su frente. Añade que su aspecto generaba cierta repulsión. Poco después de brindar este valioso testimonio, Paul Lespes, ya octogenario, falleció.

Sus compañeros veían a Isidore como un muchacho obstinado, incapaz de ceder en sus opiniones y, especialmente, en sus antipatías. Las constantes migrañas acentuaban su carácter irritable, al igual que las críticas de quienes eran incapaces de comprender sus versos sádicos, oscurecidos por un estilo que no siempre respetaba la sintaxis. Otros testimonios apoyan la suposición de que Isidore poseía un temperamento melancólico; pasaba largas horas en su pupitre, ausente, apoyado sobre los codos frente a un libro cuyas páginas se mantenían siempre estáticas.

La geografía lo arrancaba momentáneamente de su letargo, pero era la tragedia, sobre todo Edipo Rey, quien lograba conmoverlo a pesar de sus desacuerdos con Sófocles. Para Isidore, toda la historia se resumía en los gritos desaforados de Edipo, con las cuencas ya vacías, o llenas —según su perspectiva— «con dos armónicos coágulos de sangre». Sin embargo, Isidore lamentaba que Yocasta no hubiese tomado la decisión de matarse a la vista de los espectadores [ver: Lo que Sigmund Freud no te contó sobre el complejo de Edipo].

Maldoror vivía en Isidore Ducasse mucho antes de que comenzara a escribir los Cantos. Estaba en su actitud distante, en su semblante grave, desdeñoso, más arrogante que egoísta; estaba en los áridos debates con sus compañeros de retórica, estaba en sus ideas, en su estilo, en ese largo desfile de preocupaciones filosóficas que lo atormentaban.

En París intentó publicar la primera parte de Los Cantos de Maldoror (Les Chants de Maldoror) pero todos los editores con los que se contactó se negaron. Esa cobardía es comprensible. Se trata de una obra onírica, visceral, muy por encima de lo tolerable. Una lectura simple de Los Cantos de Maldoror puede generar la impresión de estar escarbando en los sótanos de una mente retorcida y, por momentos, genial. Una lectura más profunda confirma esa primera sospecha.

Para algunos filólogos suspicaces, la palabra Maldoror es una contracción de Mal d'Aurore [«mal de la aurora»]. Otros proponen que fue acuñada por Lautréamont a partir de los ecos las palabras francesas mal [«enfermedad», «mal»] y horreur [«horror»]. Si desempolvamos el Diccionario de Littre, cuya primera edición coincide con la primera publicación de los Cantos de Maldoror, encontramos la siguiente definición de la palabra mal:


[Lo que es contrario a la virtud, la probidad y el honor, lo que hiere, lo que lastima. Un símbolo de transgresión y dolor.]


De eso se tratan los Cantos de Maldoror, los cuales no solo son transgresores a partir de la fuerza de sus imágenes, sino también del desdibujamiento de los límites literarios tradicionales, como el género y la estructura, las relaciones entre el autor y el protagonista, y entre el lector y el texto. Maldoror, el protagonista, es un renegado de la creación, un sujeto «contrario a la virtud, la probidad y el honor», alguien alejado de Dios y de los hombres, un exiliado de la Creación por voluntad propia:


[Mi poesía consistirá únicamente en atacar por todos los medios al Hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que nunca debió engendrar semejante escoria.]


La lucha de Maldoror es contra lo que él denomina el «Gran Objeto Exterior», es decir, la Realidad. Interpretados de este modo, los Cantos de Maldoror simbolizan la lucha entre las posibilidades de lo imaginario y las limitaciones de la objetividad. Este antagonismo es un rasgo central del pensamiento de Isidore Ducasse. Maldoror no acepta siquiera su propia elección, sino que aborrece su condición de autoexiliado; es, en toda regla, un ser resentido contra Dios. Como buen luciferino, este sentimiento es dirigido hacia la obra más amada de Dios: el ser humano.

Este odio y resentimiento hacia Dios y el Hombre insinúa que Maldoror ha sufrido, y mucho, y que acaso los Cantos supuran de esa herida abierta; es decir, son una reacción de ira, humillación y desesperación. Desde el Satanás de Milton en El Paraíso Perdido (Paradise Lost), el mal y la sed de venganza no se habían cantado con tanto ímpetu como en Los Cantos de Maldoror [ver: El «Efecto Milton» y la simpatía por el diablo]. Pero, ¿cuál es el origen de esta venganza? ¿Qué hizo Dios [¿a través del Hombre?] para ofender y humillar de este modo a Maldoror? No hay una respuesta definitiva aquí, pero es lícito suponer que esta es la venganza de un alma indignada porque Dios le ha impuesto una conciencia, y que además tiene que soportar el peso de esa conciencia en un cuerpo físico desfigurado. Maldoror, entonces, quiere vengarse porque es un marginado, un outsider.

La psicología, acostumbrada a extraer muestras aisladas del fango del subconsciente, acusa que el germen de este resentimiento sublimado puede hallarse en la figura de la madre del autor, Celestina Davezac Jacquette, quien se suicidó el 9 de diciembre 1847, cuando Isidore tenía un año y ocho meses de edad. A propósito, Ramón Gómez de la Serna elaboró una atinada defensa de Isidore Ducasse frente a las constantes acusaciones póstumas de locura:


[«Lautréamont es el único hombre que ha sobrepasado la locura. Nosotros no estamos locos, pero podríamos estarlo. Con los Cantos él se sustrajo a esa posibilidad, la rebasó».]


La fuerza poética del Conde Lautréamont compensa largamente su estilo sobrecargado, y su capacidad para evocar lo imposible, lo aberrante, es, y seguirá siendo, un motivo de regocijo para los amantes de lo grotesco [ver: La atracción por lo Macabro en la ficción]

Hay que decir que los temores de aquellos editores franceses que se negaron a publicar a Lautréamont no eran infundados. Los Cantos de Maldoror glorifican la violencia, el sadismo, la blasfemia, la deshumanización y el asesinato. Una atmósfera funesta gravita sobre sus páginas, esparciéndose sobre todos los incautos que se interesaron en ellas, como don Prudencio Montagne, tal vez el último sobreviviente de los que conocieron personalmente a Isidore. Obsesionado con el libro, se suicidó colgándose de una sábana. Antes de tomar esa decisión presentó algunas evidencias [insustanciales] sobre la supuesta maldición que pesa sobre los Cantos de Maldoror. Se dice que don Prudencio conoció a Isidore en su casa natal, ubicada en la calle Camacuá, en Montevideo, donde actualmente se encuentra la Rambla Sud. Años después de la muerte del poeta, el sitio comenzó a atraer a los prostíbulos más rancios de la ciudad. Los Cantos de Maldoror ya lo habían profetizado:


[He hecho un pacto con la prostitución a fin de sembrar el desorden en las familias.]


La casa de la calle Camacuá pasó al olvido hasta que algunos poetas uruguayos iniciaron un largo periplo burocrático para rendirle tributo. Uno de ellos, Juan Welker [que además era diputado], presentó en 1926 un proyecto para que una calle de Montevideo llevase el nombre de Isidore. La propuesta se aprobó, aunque nunca fue ejecutada, tal vez porque al poco tiempo Welker murió loco.

Regresemos a Maldoror.

El protagonista de los Cantos es un ente diabólico que se ve a sí mismo como un baluarte frente al despotismo de Dios, el cual suele aparecer ridiculizado como el rey de un burdel. Dentro de esta estructura, lo asombroso se proyecta en gigantismos aterradores, mutaciones inconcebibles, objetos y animales que intercambian características y cualidades. Todo está permitido en el universo de Maldoror, justamente porque la imaginación no tiene barreras.


[«Quiera el cielo que el lector animoso encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma.»]


A pesar de su posición antagónica con respecto a Dios, Maldoror no recurre a la clásica artimaña luciferina: la mentira. De hecho, advierte al lector, lo obliga a involucrarse en la obra, pero también a tomar distancia frente al fenómeno poético. Maldoror comienza advirtiendo al lector que los Cantos lo afectará negativamente:


[«Las emanaciones mortales de este libro absorberán su alma como el azúcar absorbe el agua.»]


Esto no es un alarde retórico. El poder enfermizo de las imágenes que presentan los Cantos de Maldoror y el odio hacia toda la Creación [con algunas excepciones, como veremos más adelante] ciertamente resultan perturbadoras. No hace falta ser un lector particularmente sensible para sentirse asqueado y, al mismo tiempo, completamente fascinado e incapaz de desviar la mirada. En cierto modo, al cantar su dolor y odio con tanta lucidez, Maldoror está haciendo una catarsis, lo cual implica que está trasladando todas sus emociones negativas al lector. Maldoror, su Creador [Lautréamont] y el Hombre [el lector] estamos encerrados juntos en el mismo sótano oscuro [ver: El Horror siempre viene desde el Sótano]

Sin embargo, en otro aspecto Maldoror regresa a la representación tradicional de Lucifer; porque si Maldoror es el diablo, desde su punto de vista, la utilidad de los Cantos debe radicar en su efecto venenoso y condenatorio sobre el lector. Es por eso que su voz nos invita a participar del espectáculo repulsivo de sus ideas, a deshacerlas, si así lo deseamos, pero sobre todo a aportar nuestras propias impresiones. Y si no estamos dispuestos a ser testigos del horror, alerta Maldoror, lo mejor que podemos hacer es dejar el libro y olvidarnos para siempre de él:


[«No es aconsejable para todos leer las páginas que seguirán; solamente a algunos les será dado saborear sin riesgo este fruto amargo. Por lo tanto, alma tímida, antes de penetrar aún más en semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante.»]


Isidore Ducasse era un adolescente cuando comenzó a escribir los Cantos de Maldoror. La rebelión y el desprecio por los paradigmas los atraviesan de principio a fin. Maldoror sufre porque busca imponer lo imaginario sobre el mundo real, una utopía que lo aleja de sus congéneres, multiplicando así su sufrimiento. Su tono es apelativo, instiga al lector buscando arrancarlo de su lugar de comodidad. La estructura de la obra obedece al caos, pero a un caos aparente que no carece de orden ni de reglas estéticas internas.

A lo largo Los Cantos de Maldoror se sugiere que Maldoror es un retrato del Isidore, o al menos de su nome de guerre, Lautréamont. Por supuesto, aceptar esa sugerencia es riesgoso; como lectores, podríamos caer en la trampa de la ingenuidad. Además, el peligro de identificar a Maldoror con el autor no se ve mitigado por el hecho de no se sabe casi nada sobre Isidore; o quizás estemos entendiendo todo mal, y de hecho lo sepamos todo sobre el autor, que no dejó prácticamente ningún otro rastro de su existencia excepto Los Cantos de Maldoror. ¿Acaso hubiésemos conocido mejor a Isidore si supiésemos sus afinidades políticas, sus gustos gastronómicos, sus amoríos?

Lo dudo.

Las cosas no mejoran para el lector detectivesco que desee descubrir quién es Maldoror. Lautréamont emplea una deliberada inconsistencia en el uso de pronombres y puntos de vista. En algunas estrofas, Maldoror está siendo observado [o descrito] por alguien más [a veces se refiere a él burlonamente como «Nuestro Héroe»]; en otras, Maldoror presenta los acontecimientos desde su punto de vista [con en pronombre «yo»]. Este desdibujamiento de los límites incluso puede tener lugar en medio de una estrofa, en medio de una oración, sin advertencia ni explicación, y el lector debe estar alerta. Para no extraviarnos en el laberinto constantemente debemos preguntarnos: ¿Maldoror se está refiriendo a sí mismo en tercera persona, o Lautréamont se está refiriendo a su creación?

El propio Maldoror anticipa la confusión del lector al perderse en los Cantos:


[«Ya que la repulsión instintiva que se manifestó durante mis primeras páginas ha disminuido notablemente en profundidad, en razón inversa a tu aplicación a la lectura, debemos esperar que tu recuperación pronto haya llegado a sus etapas finales.»]


Maldoror incluso sugiere un remedio para aliviar a aquellos lectores cuya sensibilidad no les permita disfrutar de las rancias visiones y la desconcertante estructura de los Cantos. Este remedio consiste en arrancarle los brazos a tu madre y comértelos. Luego, después de llamar prostituta a nuestra hermana, Maldoror nos proporciona otra receta, esta vez de un brebaje para disfrutar y apreciar plenamente los Cantos:


[«Un recipiente lleno de grumos de pus blenorrágico en el que primero se disolvió un quiste ovárico piloso, un chancro folicular, un prepucio inflamado, desollado del glande por parafimosis, y tres babosas rojas.»]


Pero incluso Maldoror es un autor que imagina un lector ideal, en este caso, uno que «sepa unir el entusiasmo con una frialdad interna, un observador con disposición concentrada». Si formamos parte de esta descripción, Maldoror sostiene que nos encontrará dignos, y acaso perfectos, porque podremos comprender su obra. Paradójicamente, y como transgresión suprema de la relación tradicional entre lector y texto, los Cantos de Maldoror no quieren ser entendidos; de hecho, rechazan al lector constantemente.

Para generar este escenario macabro, grotescto y repugnante, los Cantos de Maldoror está lleno de imágenes que el autor extrajo directamente del Bosco, o bien de fotografías de guerra. En cierto modo, es una versión más moderna de los recursos clásicos de la literatura gótica, pero los eleva a una categoría completamente nueva de crueldad. Por ejemplo, en un Canto [a Freud le hubiese encantado esto], un joven es colgado de un árbol por el cabello mientras dos mujeres, que resultan ser su madre y su esposa, lo azotan brutalmente. En otro se nos ofrece una imagen de Dios sentado en un trono hecho de excremento y oro, comiéndose el cadáver de un hombre mientras sus pies están inmersos en un charco de sangre hirviendo en el que otros hombres nadan desesperadamente o se ahogan [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

La fauna en los Cantos de Maldoror abunda en gusanos, arañas, piojos y toda clase de insectos monstruosos devorándose mutuamente, devorando al Hombre o siendo devorados por él [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]. El crimonólogo aficionado encontrará innumerables asesinatos [la mayoría, extraordinariamente crueles] y cadáveres hinchados. El repertorio de horrores de Maldoror es inagotable. A esto se añaden toda clase de vejaciones [incluso a pequeños inocentes], destripamiento, tortura e impíos actos de bestialidad; y todo con una originalidad asombrosa [ver: Lo Siniestro en la ficción]. Si los Cantos de Maldoror fuesen un catálogo de crueldades, un manual de técnicas de depravación, sería el mejor de todos.

El horror de Maldoror es, sobre todo, físico. Abunda en descripciones de partes del cuerpo, fluidos y olores, sobre todo olores:


[«Ustedes que ahora me miran, retrocedan, porque mi aliento exhala veneno.»]


¿Acaso el nombre de Maldoror tiene algo que ver con la voz malodorus, «maloliente»? No necesariamente, pero no es descabellado pensar que Isidore haya jugado con esta similitud [ver: Lo olfativo, lo visual, lo auditivo y lo táctil en el Horror Cósmico]

Esta es una combinación un tanto caprichosa, pero Maldoror [al menos para mí] es una mezcla entre el Marqués de Sade y Lovecraft [y una o dos gotas de Artaud, tal vez una pizca de Dostoievski]. Es fundamentalmente lovecraftiano al eliminar los elementos de la cultura y la civilización que, como seres humanos, consideramos importantes, y revela la verdadera base de la vida: el horror y la crueldad. De ahí al Horror Cósmico [que no es otra cosa que el descubrimiento de la insignificancia del ser humano en un cosmos vasto e indiferente] hay solo un paso [ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa]

Por otro lado, el único autor que se aproximó al grado de depravación de Maldoror fue el Marqués de Sade, pero Maldoror va más allá porque siempre se mantiene firme en el reino de la depravación; es decir, lo depravado no es para Maldoror una desviación de la norma, es la norma. Además, las perversiones de Sade se limitan a la fisicalidad, ya sea al dolor físico que somos capaces de inflingir, o de soportar; pero las crueldades de Maldoror trascienden las posibilidades humanas [que son muchas para el horror, pero dentro de una realidad con reglas físicas] y entran en el reino de lo surrealista:


[«Su ano es colonizado por un cangrejo, sus testículos han sido vaciados, secados y convertidos en una morada para dos simpáticos erizos.»]


Irónicamente, los Cantos de Maldoror son una obra profundamente religiosa, como toda obra atea. Maldoror no cree en Dios, sabe que Dios existe, y este saber no se sustenta en el amor sino en un odio absoluto hacia Dios.


[«El que esto canta no pretende que sus canciones sean nuevas. Por el contrario, se enorgullece al saber que todos los pensamientos elevados y perversos de su héroe residen dentro de todos los hombres. ¡Oh, si el universo en vez de ser un infierno hubiera sido un inmenso ano!»]


No todo es depravación en los Cantos de Maldoror. En tal caso, perderían eficacia y, de hecho, serían ilegibles. Sepultada en medio de las letras que componen el nombre de Maldoror [como entre los excrementos del trono de Dios], está la palabra oro. En efecto, entre los incesantes cánticos de odio y crueldad de los Cantos de Maldoror hay algunos que celebran algo positivo, algo bueno que Maldoror ama. El primero es el mar, que Maldoror adora porque el Hombre no ha podido sondear sus profundidades:


[«Me senté en una roca cerca del mar. Un barco acababa de zarpar de la orilla: un punto imperceptible había aparecido en el horizonte y se acercaba poco a poco, creciendo rápidamente, empujado por la borrasca. La tormenta iba a comenzar sus embestidas y el cielo ya estaba oscureciendo, convirtiéndose en una negrura casi tan espantosa como el corazón de un hombre.»]


Hay algo extraordinario aquí. Lleno de odio, Maldoror se coloca en una posición física para observar la destrucción del Hombre, pero para él esto no tiene ningún significado moral convencional. En otras palabras, Maldoror se coloca a sí mismo en el punto de vista físico, pero no moral, de un Dios vengador.


[«¡Oh, cielo! ¡Cómo se puede vivir después de probar tantas delicias! Me ha tocado la suerte presenciar la agonía de varios de mis semejantes.»]


En el paroxismo de la depravación, Maldoror se esfuerza por experimentar el dolor de los demás, y por eso disfruta de los sonidos que le llegan a través de las olas, como «los aullidos solitarios de un niño lactante». En su demencial intento por sentir y así disfrutar el sufrimiento de los demás, Maldoror se caga literalmente en el Romanticismo. Los románticos asumían que el sentido moral innato del hombre es la empatía [ver: Filosofía del Romanticismo]. Según esta filosofía, uno no tiene que esforzarse para experimentar lo que otro siente, lo hacemos automáticamente. Pero Maldoror, que no cree en la bondad innata del hombre, observa el dolor ajeno como si los demás fuesen especímenes de laboratorio. Tal es su falta de empatía que ni siquiera logra formarse una idea más o menos aproximada de esos tormentos [ver: El placer estético del Horror]

Por lo tanto, al escuchar los gemidos de los moribundos, Maldoror nos dice: «clavaría una punta de hierro en mi mejilla, pensando secretamente: ¡Sufren aún más!» Es decir, Maldoror está tan separado de los seres humanos que necesitaría inflingirse daño a sí mismo para tener una idea de los sufrimientos de los demás al compararlos con los suyos.

¿Acaso Maldoror se ve a sí mismo como algo más que humano?

Es probable; de hecho, asesina desapasionadamente a un sobreviviente que casi ha llegado a la orilla, convirtiéndose así en una especie de ejecutor de la naturaleza. Sin embargo, hay que tener cuidado de no simplificar demasiado el surrealismo y decadentismo de Lautréamont

La segunda celebración a algo que podríamos considerar positivo es la amistad, pero desde una perspectiva retorcida, porque Maldoror ha sido traicionado en el pasado por un amigo [el Creador], y se venga de él describiendo cómo se ha hecho amigo de alguien más [el Hombre] y luego lo ha traicionado de la manera más cruel.

No obstante, Maldoror tiene una amistad que no ha traicionado ni pervertido. Él y su amigo, Mario, van por la playa en dos caballos, inseparables. Encienden un fuego y comparten un manto, se convierten en el ángel de la tierra y el ángel del mar:


[«¿Qué se dicen dos corazones que se aman? Nada. Cada uno se interesa tanto por la vida del otro como por la suya.»]


El tercer gesto de amor de Maldoror es un himno al poder y la belleza de las matemáticas. Para Maldoror, las matemáticas son como él: frías, lógicas, inmutables, impersonales y eternas. De hecho, al referirse a las matemáticas emplea un tono que, en un autor piadoso, seguramente sería utilizado para describir a Dios. En este sentido, las matemáticas son la religión de Maldoror; y es con ellas que finalmente pudo destronar a su Creador y desenmascarar el mal que es la verdadera naturaleza del Creador. Curiosamente, en esta estrofa menciona de pasada a Descartes, lo que parece sugerir que quizás el Creador de Maldoror sea el demonio de Descartes, le dieu trompeur, «el dios engañoso» [ver: Descartes vs. Lovecraft: una astilla clavada en el cerebro].

El verdadero poder de los Cantos de Maldoror [y esto es todo subjetividad] está en el lenguaje. Maldoror describe sus crueldades en el francés más refinado [las versiones en español son buenas, pero la mejor es la de Guy Wernham al inglés]. De hecho, los Cantos son considerados como una de las grandes glorias del idioma francés. En segundo lugar, la sensibilidad de Maldoror es tan actual, moderna, que resuena en los conflictos psicológicos de nuestro tiempo, donde el dualismo entre mente y cuerpo es intrínsecamente problemático. En palabras del Hombre del Subsuelo [probablemente el personaje que guarda el mayor parecido psicológico con Maldoror, seguido bastante lejos por Manfred de Lord Byron y Melmoth de Charles Maturin]:


[«Siento que mi alma está encerrada con candado en mi cuerpo, y no puede liberarse para huir lejos de las costas batidas por el mar humano.»]


Maldoror es, digamos, menos terrenal que el Hombre del Subsuelo. Sin embargo, coincide con él en la idea de que su sensibilidad, en última instancia, es una condena, una herida:


[«Cuánto tiempo ha pasado desde que dejé de parecerme a mí mismo. Si existo, no soy otro. No admitiré ninguna pluralidad equívoca dentro de mí. Deseo morar solo dentro de mi razón íntima. Recibí la vida como una herida, y me he prohibido el suicidio para sanarla.»]


Finalmente, el valor cultural de los Cantos de Maldoror radica en su absoluta singularidad. No hay, ni habrá, ningún libro como este. Maldoror ha engendrado una multitud de imitadores, algunos de ellos verdaderos próceres de la literatura, como Huysmans y Bukowski, como los decadentes y los surrealistas, incluso prefigura el camino hacia el existencialismo de Camus y Kafka; pero, en realidad, ninguno de estos puede acercarse a Maldoror por una sencilla razón: la pura y abyecta intensidad de su escritura [ver: Apetito por la Repulsión]

León Bloy ensayó una acalorada crítica de los Cantos de Maldoror que los surrealistas transformarían en elogio. Sostuvo que era uno de los libros más monstruosos de la historia, y que el autor pagó su ofensa al morir encerrado en un manicomio de Bruselas. Lo cierto es que Isidore falleció a los veinticuatro años de edad en sus modestas habitaciones en la rue du Faubourg-Montmartre, el jueves 24 de noviembre de 1870. Se desconoce la causa de su muerte, para muchos, algún tipo de enfermedad infecciosa, posiblemente escarlatina. Otros sostienen que fue envenenado.

Pocos meses antes de morir, Isidore había mandado a imprimir, bajo su costo, la edición competa de los Cantos de Maldoror, una tirada de apenas diez ejemplares. Ciento treinta años después, en 2004, una ignota artista neoyorquina solicitó formalmente al estado de Francia un permiso oficial para contraer matrimonio póstumo con el poeta. La solicitud fue desestimada, a pesar de que en Francia existe una vieja ley por la cual el presidente posee la autoridad para oficializar casamientos civiles entre personas vivas y muertas.

El anonimato, la primera edición casi nula, el seudónimo del autor, su muerte prematura, la ausencia de datos biográficos confiables, pero sobre todo su fuerza arrasadora, hacen de los Cantos de Maldoror una obra indispensable en cualquier biblioteca de libros prohibidos.


[«Lector, quizá desees que invoque al odio en el comienzo de esta obra. ¿Quién dice que no has de aspirar, sumergido en infinitas voluptuosidades tanto cuanto quieras, con tus orgullosas ventanas nasales amplias y afiladas, volviéndote de vientre al modo de un tiburón en el aire hermoso y negro, como si comprendieras la importancia de ese acto y la importancia no menor de tu legítimo apetito, lenta y majestuosamente, las rojas emanaciones?»]


El cuerpo de Isidore Ducasse fue inhumado en el Cementerio de Montmartre. A finales de 1890 sus restos se perdieron para siempre, dispersos en el Osario de Pantin.




Libros prohibidos. I Libros extraños.


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El artículo: ¿Quién es Maldoror?: análisis de «Los Cantos de Maldoror» fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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