El Reloj de Cronos: análisis de «La Máscara de la Muerte Roja».


El Reloj de Cronos: análisis de «La Máscara de la Muerte Roja».




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de Edgar Allan Poe: La Máscara de la Muerte Roja (The Masque of the Red Death), publicado originalmente en la edición de mayo de 1842 de la revista Graham’s Magazine, y luego reeditado de manera póstuma en la antología de 1850: Las obras del difunto Edgar Allan Poe (The Works of the Late Edgar Allan Poe).

La Máscara de la Muerte Roja de E.A. Poe gira en torno a la paradoja de una élite privilegiada que escapa de una plaga que asola a la sociedad en general, y de la que se cree completamente protegida. El horror, entonces, no consiste en la devastación de la sociedad externa [eso se da por sentado] sino en el fracaso de las supuestas defensas inexpugnables de la élite, cuya fe es expuesta por la Muerte Roja como ilusoria [ver: Antecedentes del horror pandémico en el Gótico]


[«De un lado a otro en las siete cámaras acechaba, de hecho, una multitud de sueños. Y estos, los sueños, se retorcían de un lado a otro, tomando el color de las habitaciones y haciendo que la salvaje música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.»]


La Muerte Roja, la más letal y espantosa de las plagas, está devastando el país [«la sangre era su Avatar y su sello»]. Un dolor agudo y una sensación de vértigo son los primeros síntomas, seguidos de una hemorragia que supura por todos los poros y finalmente la muerte. El curso de la enfermedad es de apenas media hora. La víctima tampoco puede esperar mucha ayuda: la sangre que brota de su piel lo marca, y todos huyen del contagio.

En el punto crítico de esta epidemia, el príncipe Próspero reúne a mil cortesanos y se retira a una abadía almenada y rodeada por un alto muro. Una vez dentro, los cortesanos cierran las puertas para evitar tanto la entrada como la salida. Bien provistos, no solo de alimentos y agua, sino de entretenimiento, se disponen a esperar cómodamente que la plaga pase de largo. Después de todo, «el mundo exterior podía valerse por sí mismo; mientras tanto, era una locura afligirse».

Seis meses después de esta reclusión, Próspero organiza un baile de máscaras. Siete cámaras corren de este a oeste, en zigzag, por lo que no hay una línea de visión directa entre ellas. Sus ventanas no dejan pasar la luz del sol, pues se abren a corredores cerrados. Frente a cada ventana hay un trípode que sostiene un brasero que proporciona la única luz, ya que no se permiten velas ni lámparas en el interior. Cada salón, además, está decorado con un color. De este a oeste, las cámaras son azul, morada, verde, naranja, blanca y violeta; la cámara más occidental es de terciopelo negro, cuenta con un gigantesco reloj de ébano, y sus ventanas de color rojo arrojan una luz espantosa sobre todos los que entran.

En la noche del baile pocos se aventuran en la cámara negra. Las demás habitaciones están repletas de personas ataviadas con los disfraces más espléndidos y grotescos. Todo es alegría excepto al comenzar cada hora, porque entonces el reloj de ébano emite una nota tan peculiar que los músicos cesan de tocar y los bailarines se petrifican. Entonces el reloj detiene su toque y el alboroto se reanuda.

A la medianoche, cuando las doce campanadas del reloj resuenan en los salones, la gente nota que alguien más ha llegado. El intruso es alto y demacrado, vestido con ropas funerarias y una máscara que imita las facciones de un cadáver. Este disfraz pudo haber obtenido la aprobación del público, pero las manchas de sangre en la ropa y la máscara generan espanto. ¡Lucir estas marcas de la plaga es una burla demasiado audaz! Próspero, furioso, pide que desenmascaren al recién llegado, pero el intruso inspira tal asombro que nadie se atreve a impedir su lento y majestuoso avance a través de los salones.

Enfurecido por su propio miedo, Próspero saca una daga y persigue al intruso hasta la cámara más occidental. El ofensor se vuelve hacia él: ¡el Príncipe grita, deja caer su daga y cae muerto sobre la alfombra de ébano! Desesperados, los cortesanos capturan al intruso, solo para descubrir que la ropa y la máscara ensangrentadas «no tienen ninguna forma tangible». La Muerte Roja ha venido.

Uno por uno, todos caen «en los salones empapados de sangre y mueren en la postura desesperada de su caída». El reloj de ébano permanece en silencio. Las llamas del brasero expiran:


[«Y la Oscuridad, la Decadencia y la Muerte Roja ejercieron un dominio ilimitado sobre todo.»]


Próspero siempre me pareció un tipo irracional, pero a la luz de lo que hemos vivido durante la pandemia, encerrarse en casa con buena compañía y provisiones no es la reacción más estúpida que uno podría tener ante una plaga. En cualquier caso, para Edgar Allan Poe había muchas enfermedades a las que temer. La fiebre amarilla brotaba con la suficiente frecuencia como para ganarse el apodo de Peste Americana. El cólera era capaz de matar a una persona en un día, o que deseara la muerte después de incesantes vómitos y diarrea. Tampoco había tratamiento para la rabia. La tuberculosis pulmonar era una condena segura, y esta es una buena opción para ser la Muerte Roja: marchitaba a los enfermos y la sangre era «su Avatar y su Sello», síntomas que quizás inspiró la exanguinación total de la Muerte Roja.

Los ricos y poderosos, la elite, el 1% de la población, siempre tuvo los medios para huir de la plaga. No es que siempre funcionara: podían llevarla consigo o encontrarse con ella a pesar del aislamiento. Próspero tiene suerte durante seis meses sin casos, en realidad, más que suerte teniendo en cuenta la cantidad de cortesanos, sirvientes y artistas que lleva consigo. La historia no menciona a ningún sacerdote en su séquito, pero él no ha ido a la abadía a orar. Tampoco es de extrañar que un enorme reloj de ébano sea la decoración principal. La Muerte es producto del Tiempo, y el Reloj proclama su soberanía cada hora. Aunque la fiesta continúe en las otras habitaciones, no puedes escapar de sus toques solemnes, el recordatorio de que tu alegría no puede durar. Memento mori.

Pero La Máscara de la Muerte Roja no acusa explícitamente a la clase dominante. Edgar Allan Poe ciertamente impugna el elitismo, pero, ¿sobre qué bases? Hay un olor superficial a la moraleja de que uno no puede huir de sus responsabilidades, y las elites, en todos los tiempos y latitudes, generalmente pueden abdicar de la responsabilidad; por ejemplo, entregándose a una fiesta exclusiva mientras todos los demás mueren. En cualquier caso, como ocurre con frecuencia en los relatos de Edgar Allan Poe, el juicio ético se deja en manos del lector. El autor solo expone la arrogancia de las clases privilegiadas, su negligencia en relación al bienestar de los demás, e incluso cierta estupidez epidemiológica.

El narrador de la historia menciona que la Muerte Roja llega «como un ladrón en la noche». La frase aparece varias veces en la Biblia, por ejemplo, en Tesalonicenses 5:2-6:


[«Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán.»]


No hay nada nuevo en la idea de que la plaga es un vehículo de retribución divina; pero, ¿Edgar Allan Poe está insinuando aquí que Dios castiga a Próspero por su insensible autocomplacencia? ¿Es la Muerte Roja una especie de segunda venida de un Cristo vengativo?

Es tentador desarrollar una etiología de la Muerte Roja. Tiene similitudes con la Peste Negra: poros que gotean sangre y las inconfundibles marcas rojas, sin embargo, es un asesino mucho más rápido que la Peste Negra; de hecho, demasiado rápido. Su período de latencia debe ser considerablemente más largo o nadie tendría tiempo de contagiarse. E.A. Poe, sospecho, tiene en mente un origen simbólico para la Muerte Roja. Primero retrata una aristocracia que cree que puede evitar la muerte, pero, a pesar de toda esa extravagancia subterránea, con recámaras coloridas e invitados fabulosamente enmascarados, no sugiere la ilusión de la supervivencia. En algún lugar debajo de toda esa imaginería barroca hay una declaración contundente: no funcionará.

Próspero y sus invitados se esconden de esa verdad detrás de sus máscaras. ¿Qué piensan los sirvientes, los músicos, los animadores, protegidos temporalmente de la muerte exterior mientras satisfagan las necesidades de los juerguistas? Para ellos, el trabajo debe ser la máscara, aunque caen como sus amos, sin distinción.

A pesar de estar poblado por cientos de personas, La Máscara de la Muerte Roja tiene un solo personaje: el príncipe Próspero es la mitad de ese personaje, la mitad visionaria. La figura sin nombre, la Muerte Roja, es la otra mitad. Los mil enmascarados son exactamente lo que Edgar Allan Poe dice que son: «sueños» o «fantasmas», criaturas veladas y vívidas de la imaginación absorta de Próspero.

Cada vez que hay una fiesta, un carnaval o un baile de disfraces en los cuentos de Edgar Allan Poe, podemos estar seguros de que se está gestando un sueño. En este contexto, el Reloj es una representación simbólica del corazón. Mientras soñamos, nuestra mente puede vagar más allá del mundo temporal, pero nuestro corazón sigue latiendo, vinculándonos al tiempo y la mortalidad. Cada vez que el Reloj de ébano da la hora, los bailarines del sueño de Próspero empalidecen y se quedan quietos, momentáneamente conscientes de que el sueño debe tener un final.

La figura con ropa funeraria [la Muerte Roja] que se abre paso entre la multitud aterrorizada y desaparece a la sombra del Reloj, está despertando la conciencia temporal, y su llegada significa la muerte de los sueños. El enfrentamiento final entre Próspero y la Muerte Roja es como el terrible encuentro final entre William Wilson y su doppelgänger. Al reconocer a su adversario como su propio yo mundano y mortal, Próspero lanza un grito de desesperación al comprender que sólo mediante la autodestrucción podría liberar su alma de las ataduras de este mundo.

Cuatro meses antes de la publicación de La Máscara de la Muert Roja, la esposa de Edgar Allan Poe, Virginia Clemm, contrajo tuberculosis [su madre y su hermano mayor, William, también murieron de tuberculosis]. Mientras tocaba el piano, Virginia, de diecinueve años, comenzó a toser sangre. En los meses siguientes, el poeta se entregó al alcohol. El relato muestra rastros de la desesperación de Edgar Allan Poe por la enfermedad de su esposa [ninguna otra obra de Poe chorrea sangre como esta] y su dependencia cada vez mayor al alcohol. En cierto modo, E.A. Poe asumió la actitud de Próspero. Mientras el príncipe huye de la plaga al recluirse en una abadía fortificada, entregándose al desenfreno, Edgar Allan Poe lidió con la Muerte Roja que estaba matando a su esposa recluyéndose en el alcohol.

La repentina aparición de la Muerte Roja en medio de esta fiesta destaca el funcionamiento subrepticio de la tuberculosis, que irrumpe súbitamente como una tos ensangrentada en una muchacha aparentemente sana que toca el piano. Los pacientes tísicos también eran conocidos por su tez anémica y pálida; como resultado, a menudo eran representados en el arte como jóvenes delicados pero deseables. Sin embargo, una de las características sorprendentes de La Máscara de la Muerte Roja es que evita cualquier tratamiento de los estragos que la peste seguramente está causando en la población. En cambio, en el párrafo inicial se le da al lector un relato sucinto de las manifestaciones físicas de la plaga:


[«Había dolores agudos y mareos repentinos, y luego sangrado profuso en los poros. Las manchas escarlatas sobre el cuerpo y especialmente sobre el rostro de la víctima, excluían al enfermo de la ayuda y simpatía de sus semejantes. Todo el ataque, el progreso y la terminación de la enfermedad, se reducía a media hora.»]


En este punto, el lector puede anticipar una historia adornada con incidentes de sufrimiento y agonía, pero esto nunca se materializa. Edgar Allan Poe insiste en que las manchas rojas en el cuerpo y el rostro de las víctimas las aíslan de la simpatía humana por temor al contagio. Por el contrario, lo que realmente las excluye [sobre todo de la empatía del lector] es la determinación del autor de extirparlas del universo imaginativo de la historia. Su sufrimiento está decididamente fuera del escenario.

Igualmente intrigante es el pronóstico médico de la enfermedad. Desde el contagio a la muerte, el progreso de la enfermedad lleva media hora, casi exactamente el tiempo que se tarda en leer con atención este relato de Edgar Allan Poe. En este sentido, La Máscara de la Muerte Roja puede estar hablando de otro tipo de plaga, un tanatos literario. Primero, E.A. Poe nos introduce en un mundo en el que «la oscuridad, la decadencia y la muerte roja ejercían un dominio ilimitado sobre todo». Acto seguido, nos lleva con Próspero a una abadía almenada, alejada de la sociedad sufriente, donde se entrega a una fiesta extravagante, creyéndose inmune a la peste gracias a una elaborada cuarentena física.

Uno puede condenar el espíritu festivo de la compañia, mientras afuera la gente muere como moscas, pero en términos estratégicos, el encierro no parece una mala decisión. Las barreras físicas son robustas. No hay indicios de una posible ruta por la que la peste pueda entrar en la abadía. Además, en esa época no podía reconocerse la transmisión viral, un mecanismo que solo se descubrió a finales del siglo XIX, e incluso si se lo hubiese conocido, la abadía está cerrada, aislada, ampliamente provista y decididamente autosuficiente. Sin embargo, la Muerte Roja llega, de manera inesperada, para interrumpir la fiesta. Sus ropas retratan la plaga de la que los presentes se han esforzado por escapar, y de la que se creen protegidos. Cuando es confrontado por Próspero, el intruso es desnudado y, mientras sus prendas caen al suelo, descubrimos que debajo no hay nada. ¿Acaso hemos sido nosotros, los lectores, los que irrumpimos en la fiesta?

No solo mueren Próspero y su compañía, presumiblemente de acuerdo con la etiología de la peste, sino que el propio universo ficticio sucumbe, dejando solo la peste y la descomposición. La lectura de media hora ha terminado.

Uno se pregunta por qué Edgar Allan Poe creó esta elaborada fantasía, que es una forma de escape de la realidad, sobre la idea de que no hay posibilidad de escape. Para decirlo de otra manera, ¿no serviría a su propósito un relato realista del progreso de la peste entre la población? ¿Por qué satirizar el escapismo autoindulgente de una élite encerrada en una abadía, especialmente si su intento de fuga resulta infructuoso?

E.A. Poe era un autor consciente, alguien que no escribía sino de acuerdo a un riguroso diseño previo. En una reseña de los Cuentos dos veces contados (Twice-Told Tales) de Nathaniel Hawthorne, asegura que «no debería haber ninguna palabra escrita cuya tendencia, directa o indirecta, no sea hacia el diseño preestablecido». En este contexto, la ironía de Edgar Allan Poe no se dirige hacia la plaga en sí, sino a la presuntuosa cultura humana que busca ignorarla y evadirla.

Es decir que la crítica de Edgar Allan Poe está dirigida, no a los comportamientos humanos triviales [la fiesta], sino a la forma más fundamental en que todo el tejido de la cultura humana pierde su significado, se dobla y se derrumba en respuesta a la plaga, porque no tiene medios convincentes para comprender o reconocer su insurgencia. Edgar Allan Poe nos dice que «el mundo exterior puede cuidarse solo»; lo cual implica que la verdadera amenaza es interna.

Las habitaciones de la abadía comienzan con colores más claros y «optimistas», como el azul, el púrpura y el verde en el este, que literalmente simbolizan el amanecer de la vida. Hacia el oeste, los colores se transforman en negro, simbolizando la transición hacia la vejez y la muerte. La luz en los relatos de Poe es escasa y débil y simbólicamente apuntan hacia la revelación y la resurrección.

Todo esto presagia que la alegría de la fiesta eventualmente tomará un giro siniestro. Los paneles de la última cámara son de «color sangre intenso», lo que habla de la asociación sangrienta de Próspero con el final de la vida. El siguiente símbolo en este rompezabezas es el Reloj, cuyo «sonido sordo, pesado y monótono» produce «un breve desconcierto» en los concurrentes a la fiesta. Además, el Reloj provoca un «ensueño y meditación confusas» en las mentes de los ancianos. Aquí, nuevamente, Edgar Allan Poe alude al impacto del tiempo en las personas.

En cierta forma, el Reloj transmite la sorpresa que experimentan los seres humanos con cada paso que damos hacia el envejecimiento y la muerte. La historia incluso menciona que los juerguistas «susurraron votos entre sí» con el propósito de no mostrar desconcierto en el próximo repique del Reloj. Esto satiriza aún más el deseo de la humanidad de envejecer con gracia, en lugar de convertirse en una burla de las expectativas sociales. A través de esta única metáfora, Edgar Allan Poe desentierra con pericia un aspecto aparentemente pequeño pero verdadero de nuestra psicología.

Hay un patrón interesante en La Máscara de la Muerte Roja: la historia comienza hablando de la Muerte Roja, luego vamos la fiesta, a las habitaciones, al Reloj, de vuelta a las habitaciones, a la fiesta, y finalmente de regreso a la Muerte Roja. La fiesta [de la vida] es solo un paréntesis. En ambos extremos está la Muerte Roja, y el Reloj se encuentra en el centro de este palíndromo.

Algunos eruditos han sugerido que La Máscara de la Muerte Roja podría ser el monólogo interno de un loco, en el que todos y cada uno de los personajes, desde la Muerte Roja hasta los participantes de la mascarada, son extensiones de la psique de Próspero [ver: E.A. Poe y la Locura como sublime forma de la inteligencia]. Es una posibilidad audaz, aunque con algunos fundamentos: el lenguaje onírico, el hecho de que la multitud sea descrita como «sueños», la revelación de que el intruso es incorpóreo. Ciertamente, Próspero está en línea con el típico protatgonista «loco» de E.A. Poe, el cual no es un delirante, ni un psicótico, sino un individuo extremadamente cuerdo. Sin embargo, esta teoría deja afuera demasiados elementos como para ser eficaz.

Si la misteriosa Muerte Roja simboliza el final, la cesación de nuestro tiempo, la abadía también es un personaje que se expresa a través de su arquitectura [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]. Despierta emociones, induce estados de ánimo, y finalmente termina siendo una fuerza negativa. Comencemos analizando las siete habitaciones de la abadía, las cuales forman un círculo dispuesto de forma irregular:


[«Había siete. Las habitaciones estaban dispuestas de forma tan irregular que la visión abarcaba poco más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un giro brusco, y en cada giro un efecto novedoso. A derecha e izquierda, en medio de cada muro, una ventana gótica, alta y estrecha, daba a un corredor cerrado.»]


Algunos afirman que las siete habitaciones están relacionadas con los siete pecados capitales, pero creo que Edgar Allan Poe estaba pensando otra cosa, tal vez en el modelo pitagórico, tal vez en el movimiento circular del tiempo. En efecto, la disposición circular de las habitaciones le da a la abadía una forma de Reloj. Dentro del Reloj, la Muerte Roja [que simboliza la manecilla de las horas] alcanza a Próspero [el minutero] cuando el Reloj marca la medianoche. En este momento se produce el fin, la muerte del mundo material, la terminación de la mascarada y la disolución completa de todos los objetos. El espacio interior de la abadía contiene el poder destructivo del tiempo [ver: Psicología de las Casas Embrujadas]

El movimiento del tiempo desde el nacimiento hasta la muerte está implícito en el color de cada habitación, indicando un cierto período de vida, como si se tratara de una parábola policromática que va desde la preexistencia, la corrupción de la vida material, y el regreso a un estado prenatal. El color de la primera habitación es azul, que representa el estado de preexistencia, en este caso, de las almas que esperan manifestarse en el mundo. Los siguientes tres colores [púrpura, verde y naranja] indican las perspectivas de lo mundano. Los últimos tres colores [blanco, violeta y negro], que brillan a través de las ventanas de las últimas tres habitaciones, simbolizan la muerte y el reingreso al estado espiritual. Es una especulación válida, habida cuenta del uso frecuente del simbolismo de los colores por parte de Edgar Allan Poe, y de su estrecha relación con el neoplatonismo.

E.A. Poe utiliza el espacio interior [la Casa] para implicar el deseo de volver al estado prenatal. El espacio limitado de la abadía simboliza la psique de Próspero: un deseo de decadencia y disolución. Como afirma Sigmund Freud en el ensayo de 1920: Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips), «cada organismo sigue su propio camino hacia la muerte». La pulsión de muerte crece en el inconsciente y empuja al organismo a través de comportamientos autodestructivos. Próspero se comporta como si ignorara la existencia de la plaga, pero, irónicamente, todos sus pasos lo llevan a enfrentar cara a cara a la Muerte Roja.

La Muerte Roja se mueve rítmicamente en la abadía [«con el mismo paso solemne y mesurado»]. Como parte del Reloj, la Muerte Roja se mueve con precisión, y su movimiento representa el tiempo mundano de Próspero; sin embargo, el príncipe desconoce el camino del destino mientras persigue con rabia a la Muerte Roja:


[«Fue entonces, sin embargo, cuando el Príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su propia cobardía momentánea, se precipitó a toda prisa a través de las seis cámaras... Hubo un grito agudo, y la daga cayó reluciente en la alfombra, sobre la cual, instantáneamente después, cayó postrado muerto el Príncipe.»]


La imagen de Próspero persiguiendo a la Muerte Roja realmente parece el movimiento de las manecillas del reloj. Cuando ambas se juntan a la medianoche queda expresado al final del cuento, cuando la «figura alta» permanece «erguida e inmóvil a la sombra del reloj de ébano».

Los relojes abundan en los cuentos de E.A. Poe, a veces en términos más literales, es decir, como instrumentos mecánicos para medir el tiempo; pero en otras ocasiones son simbólicos, por ejemplo, en El diablo en el campanario (The Devil in the Belfry), Un predicamento (A Predicament), Un descenso al Maelström (A Descent into the Maelström) y El ángel de lo extraño (The Angel of the Odd). Aquí, el Reloj resuena en las siete habitaciones que simbolizan el tiempo desde las seis hasta la medianoche [desde el nacimiento hasta la muerte]. Sus campanadas le recuerdan los juerguistas la existencia del tiempo y la muerte. En cierto modo, el Reloj pone entre paréntesis la historia, y el efecto de su repique sobre la asamblea se evoca cinco veces. El Reloj adquiere así una forma palpable: siete veces dentro del relato, vinculándolo sutilmente con las siete habitaciones que también simbolizan la idea del tiempo como progresión a medida que se mueven desde el azul [nacimiento] hacia el negro [muerte].

La caída de Próspero es inevitable, y es descrita simbólicamente en su desesperada persecución de la Muerte Roja a través de las habitaciones, que a su vez marcan el comienzo, el fin de la vida, y el regreso a la forma prenatal. La abadía no es la primera arquitectura consciente en la obra de Edgar Allan Poe. La Casa Usher está animada y mata a sus habitantes. Las casas en El gato negro (The Black Cat) y El corazón delator (The Tell-Tale Heart) no solo son conscientes, suno que también asesinan a sus habitantes. Hay una especie de animismo gótico en las casas de Edgar Allan Poe: están literalmente vivas [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

Al parecer, los juerguistas no son conscientes de la forma de reloj de las siete salas, pero están profundamente afectados por las campanadas del reloj de ébano. Aunque siguen a Próspero y se encierran en la abadía, alejados del mundo exterior y de la peste, sienten la proximidad de la enfermedad cada vez que suena el reloj. El tiempo le recuerda su existencia a todos los participantes de la mascarada, llevándolos a un estado que tiene un poco de tristeza y desánimo:


[«Hay cuerdas en los corazones de los más temerarios que no se pueden tocar sin emoción.»]


El Reloj es el mensajero de la muerte que anuncia regularmente su proximidad, en cierto modo, burlándose de los juerguistas por su ignorancia de la peste. Aunque los pecados del Padre [en este caso, Próspero] a veces son castigados en los cuentos de E.A. Poe, como en Rey Peste (King Pest), El barril de amontillado (The Cask of Amontillado) y Hop-Frog (Hop-Frog), los «hijos» [en esta historia, los juerguistas] suelen ser castigados de manera más cruel.

Como muchos objetos en la obra de E.A. Poe, el Reloj también posee características animistas. En primer lugar, posee una intención, análoga al reloj que cobra vida en La caída de la casa Usher cuando se activa el misterioso poder que destruye la casa. Edgar Allan Poe es un experto en crear efectos inquietantes de esta manera [ver: Lo Siniestro en los relatos de Edgar Allan Poe]

El Reloj que produce estas tremendas emociones en La Máscara de la Muerte Roja, avanza como el Segador que separa el alma del mundo material: corta la cabeza de Zenobia Psyche en Un predicamento; se queda en un rincón del salón de clases de William Wilson; emite el sonido apagado que despierta el sentimiento de culpa en el asesino en El corazón delator. Independientemente de lo que enfrenten los personajes de Edgar Allan Poe, el tiempo controla y atrae a todos los organismos hacia la muerte. Además, el Reloj de ébano suena en la pared de la habitación negra, la habitación de la muerte. Después de que llega el momento de la muerte, deja de sonar y cesa su perturbación.

Por otro lado, las siete cámaras tienen la forma de un medio reloj, con la implicación de que la mitad que falta no existe en el mundo material. Decorada con un Reloj que indica el fin de los tiempos, La arquitectura gótica de E.A. Poe expresa el significado alquímico del tiempo: creación y disolución.

Los relojes en los cuentos de Edgar Allan Poe son significativos en sí mismos y siempre tienen una historia que contar. Interpretar el Reloj de ébano revela que los verdaderos maníacos del tiempo son los personajes de E.A. Poe, no su creador. Este usa relojes para delinear y juzgar las actitudes de sus personajes hacia la vida y sus posibilidades, siendo su tratamiento del Reloj lo que cuenta la historia. Aquellos que dependen del Reloj imponen confiabilidad y previsibilidad a un universo que, para Edgar Allan Poe, es cualquier cosa menos confiable y predecible. Tales personajes son víctimas de su propia mentalidad de relojería.

Al principio, Próspero parece escapar de la plaga al crear su propio mundo. Por lo tanto, parece estar imaginativamente liberado; de hecho, La Máscara de la Muerte Roja a menudo se interpreta como una alegoría de la capacidad de artista para crear su propio mundo. Hay algo de cierto en esto. Después de todo, Próspero emplea todos sus recursos, materiales e imaginativos, para crear un equivalente simbólico de los elementos de la naturaleza en su aislamiento, pero no hay liberación aquí, porque la visión de Próspero es cualquier cosa menos liberadora. Si Próspero quería crear un mundo nuevo, un mundo sin conexión con la realidad externa, la inclusión deliberada de un Reloj es un detalle perverso.


[«Su péndulo osciló de un lado a otro con un sonido sordo, pesado y monótono; y cuando el minutero completó el circuito de la esfera, y la hora iba a ser tocada, salió de los pulmones de bronce del reloj un sonido que era claro, fuerte, profundo y extremadamente musical.»]


El Reloj es el último gesto de desprecio de Próspero hacia el mundo exterior. El sonido «extremadamente musical» sugiere el intento de Próspero de convertir su medida mecánica del tiempo en un instrumento que acompañe la discordancia musical que marca su nuevo mundo. De este modo, el príncipe puede burlarse del tiempo, haciéndolo un mero acompañamiento de su propia creación superior. Su intento de subordinar el Reloj a su propia visión creativa está condenado al fracaso, porque el resultado es un mundo donde domina el Reloj, Cada vez que da la hora se burla de los frenéticos esfuerzos de los juerguistas por escapar de su existencia terrenal.

En otras palabras, el intento de Próspero de subordinar el Reloj a su propia visión creativa solo logra convertirlo en la realidad dominante.

El asalto final de Próspero a la realidad termina cuando cae «postrado en la muerte» ante el Reloj de ébano. La escena sugiere que la sombra del Reloj cae sobre Próspero al igual que la sombra del Cuervo cae sobre el narrador en el poema [ver: El significado oculto del «Cuervo» de E.A. Poe]. La persecución de Próspero de la Muerte Roja, la cual es una inversión irónica de su intento de huir de ella al encerrarse en la abadía, culmina cuando la Muerte Roja se vuelve y lo confronta. Enfrentado a una realidad que no puede controlar ni evadir, Próspero grita y se derrumba. Sus compañeros, pisándole los talones, ven al espectro «erguido e inmóvil dentro de la sombra del reloj de ébano». Dado que Próspero se derrumba frente a la Muerte Roja, y que la Muerte Roja está a la sombra del Reloj, parece plausible que la misma sombra también cubra a Próspero.

La postura de la Muerte Roja dentro de la sombra del Reloj crea un contraste irónico con la dominación del Reloj sobre el mundo falso de Próspero. «Erguida e inmóvil», se opone al movimiento, insinuando que, cuando el tiempo se detiene, la Muerte aun sigue existiendo. De hecho, cuando el Reloj se detiene se nos informa que la Muerte Roja ejerce un «dominio ilimitado sobre todo».

Próspero no logra escapar del tiempo porque utiliza las herramientas equivocadas. En lugar de ser el resultado de una visión trascendente, el mundo artificial de Próspero surge de un intento de imponer su voluntad sobre la realidad. De hecho, quizás la última ironía de La Máscara de la Muerte Roja es que el verdadero artista no es Próspero, sino la Muerte Roja. A propósito, M. Denise Schimp Magnuson, en un ensayo titulado La máscara narrativa de la muerte roja (The Narrative Mask of the Red Death), argumenta que el verdadero narrador del cuento es la Muerte Roja y, como tal, controla todo en la historia.


[«Hay un narrador en primera persona en este cuento aparentemente en tercera persona. Ese narrador es la propia Muerte Roja. Enmascarar a este narrador se convierte en el medio por el cual Poe desarrolla todas las implicaciones irónicas en este cuento engañosamente simple.»]


Mucho se ha escrito sobre la arrogancia de Próspero, pero el mayor gesto de arrogancia proviene de la Muerte Roja como narradora de la historia. Esto se revela en la apertura del cuento:


[«La "Muerte Roja" había devastado el país durante mucho tiempo. Ninguna pestilencia había sido nunca tan fatal o tan espantosa. La sangre era su Avatar y su Sello: el enrojecimiento y el horror de la sangre.»]


Claramente esta no es una plaga ordinaria. Nada, ni siquiera las pestes medievales, donde hubo sobrevivientes, se acerca a la fatalidad de la Muerte Roja. Nadie sobrevive, ni siquiera una hora. Estas primeras líneas, entonces, reflejan la orgullosa hipérbole de la Muerte Roja al describirse a sí misma. Y más aún, la arrogancia de la Muerte Roja también se refleja en su irónico socavamiento de la falsa noción de Próspero de que él controla la situación.

En sus estudios sobre la Sombra, Carl Gustav Jung afirma que ésta sale a la superficie sólo cuando la razón desaparece por completo. Edgar Allan Poe juega intuitivamente con este concepto en La Máscara de la Muerte Roja [empleando un modelo similar al del Decamerón de Boccaccio] al reiterar el concepto de un espacio cerrado y claustrofóbico destinado a mostrar el fracaso y la pérdida de la razón al final. En este contexto, Próspero es como muchos personajes de E.A. Poe que no registran ningún sentimiento de culpa o de remordimiento. En El gato negro, el narrador declara que colgó al gato «porque sabía que al hacerlo estaba cometiendo un pecado, un pecado mortal». Tales personajes se consideran a sí mismos por encima de las leyes del castigo y la retribución. Esa es su culpa y eventualmente la causa de su colapso mental.

Próspero cree que la enfermedad no puede tocarlo y se coloca en la posición de una autoridad divina, pero fracasa al considerar que la única defensa contra la muerte es la indiferencia. Finalmente, Próspero intenta recuperar el orden enfrentándose al misterioso huésped. Su gesto puede interpretarse como un último esfuerzo del consciente por mantener el equilibrio y no dejarse vencer por el subconsciente. Sin embargo, muere en el proceso. Al igual que en otro relato de autodestrucción, El pozo y el péndulo (The Pit and the Pendulum), el espacio en el que se sitúa la acción vuelve a tener un carácter claustrofóbico.

Próspero, entonces, atrincherado en su abadía como los personajes del Decamerón, creyó que se había amurallado contra la Muerte Roja, creando un mundo herméticamente sellado en el que este flagelo nunca podría entrar. Esto explica por qué el príncipe decide entregarse al desenfreno. En términos freudianos, Próspero es el opuesto del Padre de la horda primigenia, quien impone la moralidad a sus «hijos». En cambio, Próspero permite que sus hijos den rienda suelta a sus placeres. Sin embargo, Edgar Allan Poe concibe estas licencias de un modo extraño. Quiero decir, ¿por qué no hay hombres y mujeres desnudos en estas celebraciones? Después de todo, el mundo se está acabando, y solo quedan dos caminos: aceptar la muerte pasivamente o entregarse al desenfreno; pero aquí, a pesar de que todos están enmascarados, la lascivia está completamente ausente.

Hay una especie de castidad en la corte de Próspero. Para el príncipe, como para E.A. Poe, los placeres sensuales no tienen una expresión genital. Por otro lado, las penumbras que reinan en la abadía parecen propiciar este tipo de encuentros colectivos, sin embargo, es un espacio sofocante: no hay aire fresco en las habitaciones, solo aberturas que dan a un corredor cerrado e iluminado tenuemente. Además de todo esto, propiciar una orgía en el interior de la abadía sería cometer la máxima profanación, porque en la literatura gótica los palacios, castillos, sótanos y abadías a menudo son representaciones simbólicas de la morada primordial: el cuerpo de la madre [ver: La Casa como representación del cuerpo de la mujer]

Este mismo simbolismo es evidente en varios de los cuentos de E.A. Poe, sobre todo en La Caída de la Casa Usher. El príncipe Próspero, amenazado por la Muerte Roja [personificación del Padre], ha abandonado el mundo y se ha refugiado en el vientre materno. El simbolismo en La Máscara de la Muerte Roja, sin embargo, deriva de los niveles más profundos y antiguos del inconsciente; por lo tanto, Próspero quizás no se está retirando a la seguridad del útero materno, sino a las entrañas de su madre, siguiendo las teorías anales del nacimiento que posiblemente todos los niños, en algún momento, han tenido [ver: Horror Uterino: descenso hacia el inconsciente colectivo]

Esta intrincada red de habitaciones, que representan el interior del cuerpo materno, son similares a las bóvedas de Montresor en El barril de amontillado, y análoga a los abismos negros en la isla de Tsalal en La narrativa de Arthur Gordon Pym (The Narrative of Arthur Gordon Pym). En los tres casos, E.A. Poe nos sitúa en el interior del cuerpo de la madre, representado simbólicamente en términos intestinales [ver: ¡Tekeli-li!: análisis de «La narración de Arthur Gordon Pym»]

Edgar Allan Poe, como en los sueños y los mitos, presenta una topografía que es una réplica simbólica de la anatomía. Pero, mientras Arthur Gordon Pym escapó de la muerte dos veces [una escondiéndose en la bodega del barco y otra en una caverna], el retiro uterino del Próspero es menos eficaz. ¿Por qué? Respuesta: debido al Reloj.

El Reloj es anatomía pura: su péndulo «late como un corazón» y sus «pulmones de bronce» emiten un toque regular. E.A. Poe ni siquiera intenta enmascarar una metáfora aquí, porque el Reloj representa al Padre Tiempo, Cronos, que también aparece sombríamente en El Pozo y el Péndulo. Por eso los cortesanos tiemblan ante la voz del Reloj, su «respiración», y el tic-tac de su corazón. Allí, en el interior de la abadía uterina, creyeron que estaban a salvo del Padre primitivo, castrador y asesino. Sin embargo, no pueden escapar de Cronos, el devorador de sus hijos, ni siquiera escondiéndose en lo más profundo del cuerpo de la madre [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]




Edgar Allan Poe. I Taller gótico.


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