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«Los lobos no lloran»: Bruce Elliott; relato y análisis.


«Los lobos no lloran»: Bruce Elliott; relato y análisis.




«Aprendió a ladrar «hola» y «tengo hambre» y,
después de meses de esfuerzo, a preguntar:
«¿Por qué no puedo volver al zoológico?».
Pero eso no sirvió de mucho, porque
lo único que le respondían era: «Porque eres un humano».»



Los lobos no lloran (Wolves Don't Cry) es un relato de hombres lobo del escritor norteamericano Bruce Elliott (1914-1973), publicado originalmente en la edición de abril de 1954 de la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, y luego reeditado en la antología de 1988: El monstruoso libro de los monstruos (The Monster Book Of Monsters).

Los lobos no lloran, uno de los mejores cuentos de Bruce Elliott, presenta un enfoque original sobre el tema de la licantropía. De hecho, desarma y reconstruye esta leyenda de un modo asombroso.

El protagonista es un lobo que se transforma en humano. Al despertar en su jaula, descubre su nuevo cuerpo, y el personal del zoológico lo confunde con un loco o un borracho que entró a pasar la noche en la jaula, dejando escapar al lobo. Desconcertado, Lobo [así lo había llamado la gente del zoológico] descubre que no puede aullar, que su olfato se ha debilitado enormemente [para colmo, ahora su nariz está lejos del suelo] y puede ver colores que antes no percibía.

Lobo es trasladado a un hospital psiquiátrico. Es encerrado en una celda [con barrotes, como su jaula en el zoológico] y obligado a diversas cuestiones que considera indignas: usar ropa, comer una papilla insípida en lugar de carne, caminar sobre sus patas traseras y seguir nuevas normas sociales. Sin embargo, lo peor de todo es que Lobo extraña a su hembra, su olor, y a sus cachorros.

A pesar de su incomodidad, Lobo se adapta al nuevo entorno y aprende a comportarse como un humano, incluso adquiere cierto manejo de los extraños sonidos que emiten los bípedos y empieza a comunicarse con ellos. Lo más sorprendente es que aprende a llorar, algo que los lobos son incapaces de hacer.

Al salir del hospital, Lobo asiste a un cine y ve una película de hombres lobo donde el protagonista examina un libro que describe cómo un ser humano puede convertirse en lobo a través de un ritual, que debe realizarse con un cinturón de piel humana. Bruce Elliott no lo menciona específicamente, pero se trata del libro de Sabine Baring-Gould de 1865: El libro de los hombres lobo (The Book of Were-Wolves). Lobo lleva a cabo el ritual con algunas modificaciones; por ejemplo, el cinturón es de piel de lobo, no humana, y recupera su forma original [ver: Atrapado en el cuerpo equivocado]

Antes de eso, Lobo mantiene relaciones con una mujer humana y ella queda embarazada.

Ya en su forma original, Lobo regresa al zoológico, de noche, y se echa junto a la jaula de su antigua compañera. Al amanecer, los empleados lo reconocen y lo hacen entrar en la jaula. Allí, un día, ve a una mujer que se acerca con un carrito de bebé. El niño es humano, pero tiene ojos extraños. Lobo imagina cómo el niño, su hijo humano [lo reconoce por su olor], algún día padecerá algo que, para el resto del mundo, incluso para él mismo, será una maldición:


«Y el último pensamiento que tuvo al respecto fue de infinita lástima por su pequeño hijo, quien, en una noche de luna llena, se arrodillaría y se convertiría en un animal, para luego vagar en la oscuridad en busca de algo que jamás llegaría a comprender.»


Los lobos no lloran de Bruce Elliott no solo invierte la leyenda del hombre lobo, sino que prescinde de todas las convenciones del género, encontrando en el proceso distintos puntos de enlace con la estructura original. Por ejemplo, el hijo humano de Lobo será un licántropo, y esto será un misterio para él. Nunca sabrá que su padre fue, en realidad, un lobo. También es interesante que el comportamiento de los licántropos se deba a la incomodidad física que experimenta un lobo que debe articular los movimientos de un cuerpo humano [ver: Razas y clanes de hombres lobo]

Bruce Elliott no proporciona ninguna explicación sobre por qué Lobo se convierte en humano al principio. Como Gregor Samsa en La metamorfosis (Die Verwandlung) de Franz Kafka; no hay maldiciones ni infecciones detrás de la transformación [ver: Kafka y lo Kafkiano]. A falta de un origen es lícito pensar que, tal vez, Lobo fue anteriormente un humano, y vive inmerso en un ciclo de transformaciones. Es cierto, tiene compañera y cachorros, por lo cual ha sido animal durante bastante tiempo, pero también los tiene cuando luego es humano.

Si bien hay algunos puntos en común, Lobo no es exactamente como Gregor Samsa; y ciertamente no pertenece a la tradición surrealista. Tampoco es una total inversión de convenciones sino una expansión. Por ejemplo, la escena en el cine hace referencia al rol tradicional del licántropo en las películas de terror, y el ritual posterior se vincula con la leyenda del nigromante que manipula fuerzas oscuras. Todo eso forma parte de este universo, pero el eje de la historia no es un humano que se convierte en lobo, sino un lobo, convertido en humano, que busca ser lobo otra vez [ver: Análisis psicológico del Hombre Lobo]




Los lobos no lloran.
Wolves Don't Cry, Bruce Elliott (1914-1973)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El hombre desnudo tras las rejas dormía profundamente. En la jaula contigua, un oso se revolcó sobre su espalda y miró somnoliento al sol naciente. No muy lejos, un chacal paseaba ágilmente de un lado a otro, como si intentara lo imposible: alejar aquel olor fétido. Las moscas se agolpaban alrededor del gran hueso que descansaba cerca de la cabeza del hombre dormido. Pequeños trozos de carne en descomposición atraían a los insectos, y su zumbido constante inquietó al hombre. Acostumbrado a despertar al instante, abrió los ojos y, al mismo tiempo, su mano derecha se extendió y aplastó a las molestas moscas. Estas se dispersaron, pero el hombre desnudo permaneció en la misma posición. Sus ojos estaban fijos en su mano.

Así seguía cuando el cuidador del zoológico se acercó a la jaula con un cubo de comida en una mano y de agua en la otra; dijo:

—¡Hola, Lobo! ¡A despertar! Pronto vendrán los visitantes.

Entonces, él también se quedó inmóvil. En la mente del hombre desnudo surgían ideas extrañas. Su pata... ¿qué le había pasado? ¿Dónde estaba el pelo gris y rígido? ¿Las uñas negras y fuertes como el acero? ¿Y qué era ese extraño quinto dedo que sobresalía de su pata? Lo movió con curiosidad. Giraba. Nunca había podido mover su dedo rudimentario, y el hecho de hacerlo era aún más desconcertante que las otras extrañeces que le intrigaban.

—¡Malditos borrachos! —gritó el cuidador—. ¿Acaso no fue suficiente que una noche entrara un grupo de ustedes, una chica molestara al oso y perdiera un brazo? ¡Ahora tienen que dormir en mis jaulas! ¿Y dónde está Lobo? ¿Qué han hecho con él?

El hombre desnudo deseaba que los bipedos dejaran de gritar. Ya era difícil intentar comprender lo que había pasado sin que esos gruñidos interfirieran en sus pensamientos.

Luego llegaron más bipedos y el ruido aumentó, y el hombre desnudo deseó que se fueran todos y le dejaran pensar. Finalmente, abrieron la jaula e intentaron sacarlo. Retrocedió rápidamente hacia la parte trasera de la jaula, hacia su guarida.

—¡Déjenlo en paz! —gritó el humano que lo alimentaba.

—Que entre a la guarida de Lobo. ¡Ya se arrepentirá!

Dentro de la guarida, en la cueva que tan fielmente imitaba su hogar antes de ser capturado, andaba de un lado a otro, sintiendo una extraña incomodidad al caminar con las patas descubiertas. Sus almohadillas no se agarraban bien al suelo y la roca le lastimaba las sensibles plantas.

Los humanos se estaban enojando; podía percibir la emoción que emanaban, pero incluso eso le resultaba extraño, pues tenía que abrir las fosas nasales al máximo para olerlo, y el olor era difuso, no tan nítido y definido como de costumbre. Alzó la cabeza y aulló con frustración y rabia. Pero el sonido no era el correcto. No era el aullido habitual. Para su horror, descubrió que sonaba como un cachorro o una hembra.

¿Qué le había pasado? Al cortarse una de las almohadillas con una piedra, levantó la pata y se lamió la sangre. Su corazón, que palpitaba con fuerza, casi se detuvo. Aquella no era sangre de lobo. Entonces llegaron los bípedos y la pelea, que normalmente le habría gustado, ahora no le interesaba. Un pavor terrible lo invadió, pues el sabor de su propia sangre le había infundido miedo, un miedo diferente a cualquier otro que hubiera conocido, incluso cuando fue atrapado, metido en una caja y transportado en un vehículo que oscilaba de un lado a otro, y que apestaba a humanos. Este era un miedo nuevo, y horrible.

Sus ladridos se intensificaron al ver que estaba solo en su guarida. Ladraban una y otra vez, aunque él no los entendía:

—¿Qué has hecho con Lobo? ¿Dónde está? ¿Lo has soltado?

Pasó mucho tiempo, hasta que el sol estuvo en lo alto del cielo estival, cuando lo envolvieron en una tela maloliente y lo metieron en un vehículo de cuatro ruedas para llevárselo de su guarida.

Nunca hubiera imaginado, al ser capturado, que extrañaría el nuevo hogar que los humanos le habían dado, pero lo extrañaba, y sobre todo, mientras el vehículo rodaba por las calles de la ciudad, se preocupaba por su compañera en la jaula contigua. ¿Qué pensaría cuando lo viera desaparecido, justo cuando estaba a punto de tener crías? Sabía que la mayoría de los machos no se preocupaban por sus crías, pero los lobos eran diferentes. Ninguna madre lobo tenía que preocuparse, como las osas, de que un lobo macho se comiera a sus crías. No, los lobos eran diferentes.

Y, siendo diferentes, descubrió que peor que estar atado con una tela y metido en un vehículo era la preocupación que sentía por su compañera y sus futuras crías. Pero algo más estaba por venir: cuando lo sacaron del vehículo, los humanos lo llevaron a un gran edificio y los olores que invadieron su olfato lo horrorizaron. Había enfermos, olores nauseabundos. peores que los que jamás había olido, y, por encima de todo, el hedor a muerte impregnaba los largos pasillos blancos por los que lo llevaban.

Al observar a su alrededor, como solía hacerlo en tonos grises, blancos y negros, descubrió que las nuevas sensaciones que golpeaban sus ojos irritados eran inexplicables. No tener palabras para describir el rojo, el verde, el amarillo, el rosa, el naranja y todos los demás colores de un mundo policromático, no tener idea de qué eran, solo lo confundía aún más.

Suspiró.

Los olores, la incomodidad, el horror de ser manipulado, eran insignificantes comparados con el dolor que sentía en los ojos. Acostado sobre una superficie plana y dura, descubrió que le resultaba útil mirar fijamente hacia arriba. Al menos el techo, a tres metros de él, era blanco, y eso le tranquilizaba.

El bípedo que estaba a su lado ladró suavemente, pero eso no le ayudó mucho. Le preguntaba una y otra vez:

—¿Quién eres? ¿Sabes dónde estás? ¿Qué día es hoy?

Después de un rato, los ladridos se calmaron, y, ya no desnudo, envuelto en una sábana húmeda que lo envolvía como un capullo, sintió que sus ojos se cerraban. Era demasiado para él.

Se durmió.

El siguiente despertar fue, si cabe, aún peor que el primero.

Primero pensó que estaba de vuelta en su jaula del zoológico, pues delante de él veía las rejas. Suspiró aliviado y se preguntó qué había podido causar un sueño tan absurdo en un lobo adulto. Recordaba su infancia, cuando el sueño era peculiar, muy diferente a la vida que disfrutaba despierto. Los tirones, los gruñidos, los murmullos dormidos... había visto a sus hijos pasar por lo mismo y eso le recordaba su juventud.

Pero ahora las rejas estaban delante de él y todo parecía bien. Excepto que debía haber dormido en una posición extraña. Estaba rígido y, al intentar darse la vuelta, cayó de la superficie dura donde estaba y golpeó el suelo. Con o sin rejas, no era su jaula. Eso hizo que el segundo despertar fuera tan difícil. Tras caer de la cama del hospital, notó que sus patas estaban cubiertas por una prenda larga que le revoloteaba al darse la vuelta y comenzar a caminar con miedo dentro de la estrecha celda.

Peor aún, cuando los humanos oyeron el ruido de su caída, varios se acercaron y lo obligaron a ponerse una prenda extraña que le cubría las patas. Luego lo hicieron sentar, lo que le causó un dolor agudo, y le pusieron un objeto de metal en la pata derecha, envolviendo la piel con él. Lo obligaron a levantar algo de una bandeja con comida.

Eso fue malo, pero el sabor de la papilla que le metían en la boca era repugnante. ¿Dónde estaba su carne? ¿Dónde su hueso? ¿Cómo iba a afilar sus colmillos con esa comida? ¿Qué querían lograr? ¿Que perdiera los dientes?

Se ahogó y vomitó. De nada sirvió. Los humanos seguían metiéndosela a la fuerza. Finalmente, desesperado, tragó un poco.

Luego lo hicieron mantenerse en equilibrio sobre las patas traseras. Había visto a menudo al oso de la jaula contigua hacer ese truco y se burlaba de ese gordo y torpe por complacer a los humanos imitando sus movimientos. Ahora se dio cuenta de que era más difícil de lo que pensaba. Pero, finalmente, después de que los humanos lo entrenaran, logró, con mucho esfuerzo y balanceándose, mantenerse de pie. Pero no le gustaba.

Su nariz estaba demasiado lejos del suelo y, debido a su deficiente olfato, le resultaba difícil oler. A esa distancia, no podía rastrear nada, ni siquiera un conejo. Si uno pasara corriendo a su lado, pensaba, sintiéndose terriblemente mal, nunca podría olerlo, ni siquiera si fuera gordo y jugoso, porque, ¿cómo iba a correr un lobo sobre dos patas?

En el nuevo y gran zoológico le hicieron muchas cosas, y con el tiempo descubrió que, por mucho que le disgustara, podían obligarlo con métodos dolorosos a realizar muchas de las tareas que le imponían. Por supuesto, eso no le ayudaba a entender por qué querían que hiciera cosas tan absurdas como cubrirse las patas con telas que le molestaban, o balancearse precariamente sobre las patas traseras, o cualquier otra tontería. De alguna manera superó todo y, con el tiempo, incluso aprendió a ladrar un poco como ellos. Aprendió a ladrar «hola» y «tengo hambre» y, después de meses de esfuerzo, a preguntar: «¿Por qué no puedo volver al zoológico?». Pero eso no sirvió de mucho, porque lo único que le respondían era: «Porque eres un humano».

Desde aquella terrible mañana, muchas cosas le resultaban inciertas, pero había algo de lo que estaba seguro: era un lobo. Y otros también lo sabían. Lo descubrió el día que permitieron que extraños entraran al lugar donde lo tenían cautivo. Estaba sentado, con dolor, sobre la punta de la columna vertebral, en lo que él llamaba silla, cuando unas hembras pasaron cerca. Sus fosas nasales se cerraron ante el dulce aroma que llevaban, pero a través de él podía percibir el olor real, el olor a hembra, y sus fosas nasales se dilataron, corrió hacia la puerta de su celda, y sus ojos se enrojecieron al mirarlas. No eran tan atractivas como su compañera, pero al menos estaban cubiertas de pelo, no como aquellas que a veces veía vestidas con prendas blancas rígidas y crujientes.

Las cubiertas de pelo rieron como cachorras, y sus patas tenían ganas de agarrarlas, y sus mandíbulas deseaban morderles el cuello peludo. Uno de los seres de dos patas cubiertos de pelo se había reído:

—¡Mira ese lobo!

Así pues, algunos de esos seres de dos patas tenían cierta percepción y podían darse cuenta de que quienes lo tenían en ese extraño zoológico se equivocaban; no era un hombre, sino un lobo. Inflando al máximo sus débiles pulmones, levantó la cabeza y lanzó un rugido desafiante que, en el pasado, en el bosque, habría provocado un escalofrío de placer en todas las hembras a kilómetros a la redonda. Pero en lugar de ese rugido estremecedor, de su garganta salió un pequeño ladrido, un sonido ahogado. Si aún hubiera tenido cola, la habría bajado entre las patas mientras se alejaba.

La primera vez que lo dejaron ver su reflejo en lo que llamaban espejo, gimió como un cachorro. ¿Dónde estaba su hocico largo, los bigotes, la cabeza plana, las orejas puntiagudas? ¿Qué era aquello que lo miraba con ojos dilatados desde la superficie brillante? Cara blanca, casi sin pelo, salvo por una franja de cejas negras que formaba una línea recta en su frente redonda; mandíbula pequeña, dientes pequeños... sintió una punzada en el estómago al darse cuenta de que incluso un lobo de un año no dudaría en desafiarlo. No solo desafiarlo, sino vencerlo, porque, ¿cómo podía luchar con esos pequeños caninos, esas débiles patas blancas sin pelo?

Otra cosa que le irritaba, como a cualquier lobo, era que lo movían constantemente. Apenas se acostumbraba a un recinto y lo convertía en suyo, lo trasladaban a otro. El último en el que estuvo no tenía barras. Si hubiera podido leer su expediente, habría sabido que se le consideraba en recuperación, que las autoridades creían que estaba casi «curado» de su «anormalidad». Ese recinto sin barras era para pacientes con libertad condicional. Pero no tenía ni idea de lo que significaba eso y la primera vez que lo dejaron salir al «mundo real», olvidó las extrañas formas de «terapia ocupacional» con las que lo torturaban.

Su libertad diurna era irreal y pasaba lentamente. De tal manera que casi le entraban ganas de regresar a casa, a su nueva guarida. Estaba a punto de hacerlo cuando, al caer el sol, una imagen le cautivó y no pudo resistirse. ¡En la oscuridad podría andar a cuatro patas! Dejó atrás las bulliciosas calles de la ciudad y se dirigió rápidamente a los suburbios, donde los aromas primaverales impregnaban el aire nocturno.

Anhelaba tanto poder ponerse a gatas y correr por la suave noche primaveral que, cuando lo intentó, descubrió que los meses de estar de pie lo habían vuelto demasiado rígido para correr, y casi pudo haber aullado de frustración. Además, aquellos incómodos objetos de cuero en sus patas traseras le molestaban, y hubiera querido quitárselos, pero recordó lo suaves que eran sus nuevas almohadillas y temió por su estado.

Obligándose a mantenerse erguido, conservando la curvatura en la espalda que le permitía mantenerse sobre las patas traseras, avanzó con cautela por una superficie plana que se extendía hasta la distancia.

El vehículo que se detuvo cerca de él normalmente le habría asustado. Pero incluso su olfato, ahora débil, podía percibir, entre los olores fuertes y desagradables del vehículo, el olor real de la hembra, a pesar del perfume que llevaba, y cuando le dijo: «Sube, te llevo», no huyó. En cambio, se acercó a ella. Su ladrido era agradable al principio.

Más tarde, mientras hacía con ella lo que su olor le indicaba, su ladrido se volvió agudo y le dolía incluso a sus oídos, ahora menos sensibles. Eso, por supuesto, no le impidió hacer lo que debía en primavera. Los sonidos que aún provenían de ella se fueron atenuando mientras intentaba correr sobre sus patas traseras. No era mucho más rápido que caminar, pero necesitaba sentir la brisa en la cara, la respiración agitada; necesitaba correr.

Sentía pesar por no poder conseguir comida para ella ni estar a su lado cuando diera a luz, pues así era la naturaleza del lobo; pero sabía que siempre la reconocería por su olor y que, si podía, estaría a su lado cuando llegara el momento. Ni siquiera correr en primavera era igual, porque sin la emoción de estar a gatas, sin la agilidad que solía tener, tropezaba demasiado, no había emoción.

Además, a su alrededor, los diversos olores le indicaban que muchos humanos estaban juntos. El olor era como una pestilencia, y ni siquiera el hedor omnipresente que provenía de los vehículos todoterreno lograba ocultarlo. Deteniéndose, se sentó sobre sus patas traseras, y por primera vez se preguntó si realmente era un lobo, como siempre había creído, pues una humedad salada le picoteaba las esquinas de los ojos. Y los lobos no lloran.

Pero, si no era un lobo, ¿qué era entonces? ¿Qué eran todos los recuerdos que abarrotaban su mente? Llorara o no, sabía que era un lobo. Y, siendo lobo, debía deshacerse de ese pelaje suave, de esa falta de pelo que le provocaba náuseas solo al tocarlo con sus blandas almohadillas.

Ese era su sueño: volver a ser lo que había sido. Ser lo que era su única realidad: un lobo, con la vida y los instintos de un lobo. Aquello fue su primera incursión en la realidad del mundo exterior. Su segundo día y noche de «libertad limitada» lo impulsaron a regresar a su guarida. Nada en su vida de lobo lo había preparado para lo que encontró en las calles de la gran ciudad a medianoche. Descubrió que los osos no eran los únicos machos contra los que las hembras tenían que proteger a sus crías...

Y ningún animal que hubiera conocido jamás había gemido como oyó gemir a un hombre: «¡Si el dolor no doliera tanto...!» Y los gritos ahogados, los movimientos bruscos de los brazos y las piernas, la violencia y el sonido del látigo. Nunca había imaginado que los humanos se usaran látigos entre sí...

Intentó emborracharse como lo hacían los humanos, yendo a un gran lugar donde, en una pantalla, sombras en blanco y negro representaban escenas de la vida real. No fue a una proyección en color, pues le pareció que las sombras en tonos grises y blanco y negro reflejaban la vida tal como la veía con sus ojos de lobo. En ese gran lugar, donde se proyectaban las sombras, descubrió que quizás no era único. Con los ojos fijos en la pantalla, vio cómo un hombre se arrodillaba lentamente, alzaba la cabeza, aullaba a la luna y, ante la mirada de todos, ¡se transformaba en lobo!

Un hombre lobo, así llamaban al personaje en la película. Y si existían hombres lobo, pensó, mientras permanecía inmóvil entre los humanos, entonces, por supuesto, debían existir lobos-hombre... y él era uno de ellos.

En la pantalla, el melodrama llegó a su final rápido, sangriento y predecible: el hombre lobo murió tras recibir un disparo de bala de plata... Vio cómo el pelaje desaparecía de su piel y las patas se convertían en manos y pies. Lo único que tenía que hacer, pensó al salir del cine, con la mente llena de ese sueño, era descubrir cómo volver a ser lobo sin morir. Mientras tanto, en cada salida, sin falta, iba al zoológico. Los cuidadores ya estaban acostumbrados a verlo. Ya no se quejaban cuando les daba trozos de carne a sus cachorros. Al principio, su compañera gruñía cuando se acercaba a las rejas, pero con el tiempo, aunque seguía extrañada, y aunque mantenía las orejas bajas y lo olfateaba constantemente, parecía resignarse a que estuviera lo más cerca posible de la jaula.

Sus cachorros crecían bien, casi adultos. Lamentaba, en cierto modo, que tuvieran que crecer tras las rejas, pues nunca conocerían la emoción de correr libres, pero le tranquilizaba saber que estaban a salvo, bien alimentados y con un hogar propio.

Cuando sus cachorros estaban casi listos para dejar a su madre, descubrió que los humanos tenían un lugar lleno de libros. Se trataba de una biblioteca, y la mujer del hospital que le enseñaba a él y a otros pacientes con afasia a leer, escribir y hablar, le había recomendado ir allí. Recordando la obra de teatro de sombras sobre el hombre lobo, forzó a sus ojos, aún confundidos, a leer todo lo que encontraba sobre el enigmático tema de la licantropía.

En todas las épocas y lugares, encontró referencias a seres bípedos que se habían convertido en animales de cuatro patas: lobos, tigres, panteras... pero nunca una referencia a un animal que se hubiera convertido en humano. Durante su investigación halló instrucciones sobre cómo un ser humano podía transformarse. Eran complicadas e incomprensibles para él. Incluían cosas extrañas como un cinturón de piel humana con un número impar de cabezas de clavos dispuestas en un patrón peculiar. La hebilla debía fabricarse en circunstancias especiales, y había que recitar muchos cantos. Era esencial, leía en los viejos libros, que el humano que deseaba la transformación fuera a un lugar donde dos caminos se cruzaran en un ángulo específico. Luego, de pie en el cruce, recitando las palabras rituales, con el cinturón de piel humana, debía quitarse toda la ropa y orinar. Solo así, decían los viejos libros, se produciría la transformación.

Cuando terminó de leer el último libro, sintió que su corazón palpitaba con fuerza. Si un humano podía convertirse en animal, sin duda...

Tras reflexionar, decidió que un cinturón de piel humana no era apropiado para él. El hombre de la tienda de pieles lo miró extrañado cuando le pidió un trozo de piel de lobo, largo y estrecho, para hacer un cinturón. Pero consiguió la piel, hizo el patrón con los clavos y siguió las instrucciones de los libros. Fue una suerte, pensó, que cerca de las jaulas del zoológico hubiera encontrado dos caminos que se cruzaban exactamente como decían los libros.

De pie en el cruce, con la ropa tirada en la hierba, el cinturón alrededor de la cintura, acariciando la piel con los dedos, recitando las palabras rituales, descubrió que estar desnudo era frío y que orinar era fácil, como decían los libros.

Y entonces, todo terminó.

Había hecho todo correctamente. Al principio, nada ocurrió; la fría luna blanca lo observaba desde arriba, y un escalofrío de miedo recorría su cuerpo al pensar que podría ser visto por uno de aquellos seres de dos piernas que siempre vestían de azul, y que lo llevarían de vuelta a aquel lugar que, a pesar de tener barrotes en las ventanas, no era un zoológico.

Pero entonces comenzó a sentir un dolor agudo en la espalda, y cayó de rodillas. El sufrimiento era insoportable, el dolor le cegaba y no le permitía percibir los extraños cambios que ocurrían en su cuerpo. Pasó mucho tiempo antes de que se atreviera a abrir los ojos.

Incluso antes de abrirlos, sintió que algo había ocurrido, pues, a través del viento nocturno, percibió un olor que, como sabía, debía percibir. Los olores llegaban y le contaban viejas historias.

Se puso de cuclillas, sin prestar atención a la ropa que ahora olía mal, olor de humano, y comenzó a correr. Sus fuertes garras arañaban el cemento y se apresuró hacia la hierba; fue maravilloso y emocionante sentir el agradable tacto de la vegetación bajo sus patas. Echando la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y, desde lo más profundo de su ser, cantó un canto a la diosa de los lobos, la luna.

Sus aullidos emocionaron a los animales en las jaulas cercanas, que comenzaron a rugir y aullar, y esos sonidos también le gustaron.

Corriendo por la noche, sin rumbo, pero corriendo, sintiendo el suelo bajo sus patas. Y entonces, entre todos los aullidos y rugidos de los animales, oyó la voz de su compañera y olvidó la libertad, el viento nocturno y la fría luna blanca, y corrió de vuelta a la jaula donde ella estaba.

Los cuidadores del zoológico quedaron tan desconcertados al encontrar al lobo acurrucado fuera de la jaula, cerca del comedero, como cuando habían encontrado al hombre en la jaula del lobo.

El cuidador lo reconoció y le permitió volver a su jaula, y entonces llegó el éxtasis, el éxtasis de la primavera y el otoño de estar con su compañera... Poco a poco, al acostumbrarse a su vida de lobo, olvidó la vida fuera de la jaula, y pronto todo quedó en meros recuerdos de sueños inquietos. Y aun así, su compañera estaba allí para acariciarlo y despertarlo si las pesadillas se volvían demasiado intensas.

Solo una vez, después de los primeros días, le vino a la mente algún recuerdo de su vida humana, y fue cuando una mujer pasó por su jaula empujando un carrito de bebé. Su olor le resultaba familiar.

También lo era el olor del bebé.

Corrió hacia la puerta de su jaula y olisqueó con insistencia. Y por un instante, la mujer que empujaba el cochecito donde viajaba su hijo, miró fijamente sus ojos amarillos y, al igual que él, supo quién era y qué destino le esperaba.

Y el último pensamiento que tuvo al respecto fue de infinita lástima por su pequeño hijo, quien, en una noche de luna llena, se arrodillaría y se convertiría en un animal peludo... para luego vagar en la oscuridad, en busca de algo que jamás llegaría a comprender.

Bruce Elliott (1914-1973)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Bruce Elliott.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Bruce Elliott: Los lobos no lloran (Wolves Don't Cry), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Bestias»: Richard Wilbur; poema y análisis.


«Bestias»: Richard Wilbur; poema y análisis.




«Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche.»



Bestias (Beasts) es un poema del escritor norteamericano Richard Wilbur (1921-2017), publicado en la antología de 1956: Cosas del mundo (Things of This World).

Bestias, uno de los poemas de Richard Wilbur más reconocidos, nos introduce en un reino salvaje, primordial, donde las «bestias» [«en su mayor libertad»] ejercen su derecho a vagar por la imaginación del poeta.

La primera «bestia» que encontramos es «la gaviota en su cornisa», soñando; pero sus sueños [sobre «las olas que abajo arranca la luna»] no se producen en su mente, sino en sus «entrañas». La segunda es el pez que dormita «en el agua que canta». Luego llega el «ciervo», el «ratón desgarrado» en las garras del «búho»:


Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche. La gaviota, en su cornisa,
sueña en sus entrañas con las olas que abajo arranca la luna,
y el pez se apoya en una piedra, adormecido
por el agua que canta,

donde las inmaculadas patas
del ciervo salpican dulcemente, a las cuales
el destripado ratón, a salvo en las garras del búho, grita
en armonía. Aquí no existe tal daño
ni tal oscuridad.


Entre las «Bestias» y nosotros media «el cristal de la ventana», una barrera entre la luna, la noche, y el interior de una habitación. A pesar de ese distanciamiento con la luna, pronto descubrimos que su poder y su influencia no se diluyen. Mientras estamos seguros en la habitación, «esa misma luna» produce «la dolorosa transformación del hombre lobo»:


mientras la misma luna,
deformada en el cristal de la ventana, asiste
a la dolorosa transformación del hombre lobo. Apartando su cabeza
de la sudorosa almohada, intenta recordar
el estado de ánimo humano,

pero yace al fin, como siempre,
dejándose llevar, que el feroz pelo de fiera llene su rostro,
escuchando con oídos agudos los exaltados tonos del viento,
el pánico de las hojas y la degradación
de los arroyos revueltos.


La transformación en lobo es una especie de retorno a una forma de vida primaria, a la versión por defecto del ser humano. Por lo tanto, en el contexto del poema de Richard Wilbur, la metamorfosis en lobo es menos sobrenatural que natural. Vemos al hombre luchando por conservar su humanidad, pero al final, «dejándose llevar», cede a sus impulsos. Sus sentidos se agudizan, percibe «los tonos del viento», el «pánico de las hojas», los «arroyos revueltos», mientras siente que su «feroz pelo de fiera» va creciendo en su rostro.

Bestias expresa una enorme nostalgia, no por el pasado personal, no por la infancia del individuo, sino por la existencia animal, primordial e inconsciente de la especie humana. Siguiendo esta línea evolutiva, el poema de Richard Wilbur progresa desde las «bestias» al ser humano, pasando por una criatura intermedia: el hombre lobo. La presencia de la luna, la reacción de las «bestias», el licántropo y el hombre ante su luz, guía al lector a lo largo de todo el proceso.

El hombre lobo funciona aquí como el eslabón intermedio entre la existencia animal [inconsciente] y la condición humana [consciente]. El licántropo está unido a la luna, sincronizado a sus fases, pero los seres humanos, aquellos que están «lejos de la espesura» [alejados de la naturaleza], la observan a través de las «altas ventanas» y encuentran su belleza «dolorosa». La luna nos conmueve, pero entre ella y nosotros existe el cristal de la venana, una lente pero también una separación. El hombre estudia la naturaleza como si fuera un agente externo. Las «bestias» la experimentan en primera persona.


Entretanto, en las altas ventanas,
lejos de la espesura y las sordas pisadas, los mejores pretendientes
suspiran y abandonan su trabajo para recostruir la dolorosa
belleza del cielo, la diáfana luna
y el cazador despierto,

creando para los hombres tales sueños
que romperán sus corazones como siempre, trayendo
monstruos a la ciudad, cuervos en las estatuas públicas
y flotas alimentando a los peces en las oscuras
y desenfrenadas aguas.


Richard Wilbur hace una última distinción, por cierto, intrigante, entre «bestias» y «monstruos». Todas las «bestias» pertenecen a la naturaleza, pero solo el ser humano es capaz de crear «monstruos». En este contexto, la ciudad representa a la civilización como la máxima expresión del orden y la consciencia, pero también una especie de caída de la naturaleza.




Bestias.
Beasts, Richard Wilbur (1921-2017)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche. La gaviota, en su cornisa,
sueña en sus entrañas con las olas que abajo arranca la luna,
y el pez se apoya en una piedra, adormecido
por el agua que canta,

donde las inmaculadas patas
del ciervo salpican dulcemente, a las cuales
el destripado ratón, a salvo en las garras del búho, grita
en armonía. Aquí no existe tal daño
ni tal oscuridad

mientras la misma luna,
deformada en el cristal de la ventana, asiste
a la dolorosa transformación del hombre lobo. Apartando su cabeza
de la sudorosa almohada, intenta recordar
el estado de ánimo humano,

pero yace al fin, como siempre,
dejándose llevar, que el feroz pelo de fiera llene su rostro,
escuchando con oídos agudos los exaltados tonos del viento,
el pánico de las hojas y la degradación
de los arroyos revueltos.

Entretanto, en las altas ventanas,
lejos de la espesura y las sordas pisadas, los mejores pretendientes
suspiran y abandonan su trabajo para recostruir la dolorosa
belleza del cielo, la diáfana luna
y el cazador despierto,

creando para los hombres tales sueños
que romperán sus corazones como siempre, trayendo
monstruos a la ciudad, cuervos en las estatuas públicas
y flotas alimentando a los peces en las oscuras
y desenfrenadas aguas.


Beasts in their major freedom
Slumber in peace tonight. The gull on his ledge
Dreams in the guts of himself the moon-plucked waves below,
And the sunfish leans on a stone, slept
By the lyric water,

In which the spotless feet
Of deer make dulcet splashes, and to which
The ripped mouse, safe in the owl’s talon, cries
Concordance. Here there is no such harm
And no such darkness

As the selfsame moon observes
Where, warped in window-glass, it sponsors now
The werewolf’s painful change. Turning his head away
On the sweaty bolster, he tries to remember
The mood of manhood,

But lies at last, as always,
Letting it happen, the fierce fur soft to his face,
Hearing with sharper ears the wind’s exciting minors,
The leaves’ panic, and the degradation
Of the heavy streams.

Meantime, at high windows
Far from thicket and pad-fall, suitors of excellence
Sigh and turn from their work to construe again the painful
Beauty of heaven, the lucid moon
And the risen hunter,

Making such dreams for men
As told will break their hearts as always, bringing
Monsters into the city, crows on the public statues,
Navies fed to the fish in the dark
Unbridled waters.


Richard Wilbur (1921-2017)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Richard Wilbur.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Richard Wilbur: Bestias (Beasts), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los Hombres Lobo»: William Wilfred Campbell; poema y análisis.


«Los Hombres Lobo»: William Wilfred Campbell; poema y análisis.




Los Hombres Lobo (The Were-Wolves) es un poema gótico del escritor canadiense William Wilfred Campbell (1860-1918), publicado en la antología de 1893: El viaje aterrador (The Dread Voyage).

Los Hombres Lobo, sin dudas uno de los mejores poemas de William Wilfred Campbell, se introduce en la leyenda de los Hombres Lobo para razonar una horrorizada respuesta a la lógica de la supervivencia del más fuerte planteada por Darwin. Es un poema discordante, que relaciona la alegoría cristiana de la Edad Media con imágenes bestiales de que amenazan con subvertir su marco religioso [ver: Análisis psicológico del Hombre Lobo en la ficción]

Los Hombres Lobo está ambientado en los «páramos del norte», donde los licántrpos están condenados a merodear en la fría medianoche del Polo «hasta el día del juicio». Según el narrador, los Hombres Lobo alguna vez fueron humanos, «son las almas de los hombres» de las lejanas «edades oscuras»; es decir, no son nativos de la región boreal, sino que han migrado desde la Europa medieval, posiblemente perseguidos por el cristianismo. En este contexto, los licántropos encarnan una severa advertencia moral:


Éstos, que podrían haber sido como dioses,
eligieron, cada uno, ser una bestia repugnante,
entre los inmundos cementerios del corazón,
cebándose en pensamientos putrefactos;
pero el gran Dios que los hizo
les dio a cada uno un alma humana,
y así, en una eterna medianoche,
merodean alrededor del Polo.


El mensaje de Los Hombres Lobo queda casi sepultado por la atmósfera gótica que impregna cada verso. El uso que hace William Wilfred Campbell de estas figuras bestiales para simbolizar el mal mueve más a la piedad, si no directamente a la fascinación, que a la condena moral; la cual era claramente la intención del autor, muy preocupado por la erosión que el darwinismo produjo en la barrera entre las especies [ver: Razas y clanes de Hombres Lobo]

En este sentido, los Hombres Lobo [anteriormente humanos], plantean una involución, una regresión atávica hacia algo más primitivo, más elemental. William Wilfred Campbell ciertamente estaba preocupado por las teorías evolutivas de Darwin que [según su propia visión] redujeron al ser humano de una poderosa creación divina a un simio más o menos ingenioso.

El planteo de William Wilfred Campbell sería el siguiente: muy bien, acepto que el ser humano moderno ha evolucionado desde formas más primitivas, incluso estoy dispuesto a aceptar que no somos el producto de la creación divina, siempre que tú [Charles Darwin] aceptes que ese camino también puede recorrerse de forma inversa; es decir, que el progreso evolutivo del ser humano puede ser interrumpido, o incluso revertido, a un tipo de atavismo bestial. Por supuesto, no me refiero al primitivo culto a los antepasados o a las salvajes costumbres del totemismo, sino a involucionar realmente en bestias salvajes [ver: Freud y el caso del Hombre de los Lobos]

La figura del Hombre Lobo es pertinente para este razonamiento. Las leyendas de licántropos no adquirieron sus rasgos más horribles hasta que el pensamiento pagano que las originó en primer lugar fue modificado por el contacto con la teología cristiana. Recién en la Edad Media la licantropía pasó a ser considerada una especie de brujería, un don, si se quiere, obtenido a través de algún tipo de pacto satánico. Hasta entonces estaba más relacionada con la locura [por ejemplo, la de los Berserkers escandinavos] que con una maldición o castigo divino.

William Wilfred Campbell intenta resucitar el marco cristiano de la leyenda de los Hombres Lobo, incluso cuando su horrorizada fascinación por el atavismo acepta la teoría evolutiva de Darwin. De esta forma, un poema que intenta confrontar los aspectos más sombríos de la teoría de la evolución termina concediéndole veracidad. Sin embargo, el autor se toma una pequeña revancha personal. Estos Hombres Lobo que «alguna vez fueron humanos», ahora se ven reducidos a perseguirse sus propios rabos en los confines de la tierra por el crimen de repudiar «al gran Dios que los hizo», análogo al «crimen» darwiniano de repudiar a Dios en términos científicos [ver: El origen de la enemistad entre Vampiros y Hombres Lobo]




Los Hombres Lobo.
The Were-Wolves, William Wilfred Campbell (1860-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Corren, todavía corren,
desde el atardecer hasta el alba;
y sus ojos cansados resplandecen
bajo los cielos blancos del norte.
Cada pantera en la oscuridad
es un alma embrujada por demonios,
los sombríos, fantasmagóricos hombres lobo
que merodean alrededor del Polo.

Sus lenguas son de llameante carmesí,
sus atormentados ojos azules brillan,
y se esfuerzan al máximo
sobre lagos y arroyos helados;
sus gritos son una nota de agonía,
que no es ladrido ni aullido,
estas panteras del páramo del norte
que lo recorren en la oscuridad.

Puedes oír la agitada respiración,
puedes ver sus formas fugaces
en la pálida medianoche polar,
cuando el norte amasa tormentas;
cuando llamean las heladas árticas
y retumban los truenos sobre el campo de hielo;
estos demoníacos hombres lobo
merodean alrededor del Polo.

Corren, todavía corren
a través de la noche boreal,
llenos de una aterradora locura,
un horror por la luz;
por siempre y para siempre,
como hojas ante el viento,
dejan muy atrás el pálido
resplandor del alba.

Su única paz es la oscuridad,
corren sin descanso
hasta el corazón de la medianoche,
para siempre desde el amanecer.
A través de lejanos y fantásticos témpanos,
el ojo de la noche puede marcar
a estos hombres lobo
por el espanto que los acosa en la oscuridad.

A lo largo de este odioso viaje
son las almas de los hombres
que en la lejana edad oscura
hicieron de Europa un pantano negro.
Huyeron de las cortes y los conventos,
y ataron su polvo mortal
con demoníacos, lobunos cinturones
de humano odio y lujuria.

Éstos, que podrían haber sido como dioses,
eligieron, cada uno, ser una bestia repugnante,
entre los inmundos cementerios del corazón,
cebándose en pensamientos putrefactos;
pero el gran Dios que los hizo
les dio a cada uno un alma humana,
y así, en una eterna medianoche,
merodean alrededor del Polo.

Una oración por la negrura,
un anhelo por la noche,
porque cada uno está condenado
por el horror de la luz;
y lejos en el corazón de la medianoche,
donde se lanza su vuelo sombrío,
sienten con dolor el amanecer
que se arrastra en torno al mundo.

Bajo la medianoche del norte,
sobre el hielo blanco y reluciente,
corren, todavía corren
con su horror al amanecer;
por los siglos de los siglos,
corren hacia la noche,
todavía corren hasta el día del juicio.


They hasten, still they hasten,
From the even to the dawn;
And their tired eyes gleam and glisten
Under north skies white and wan.
Each panter in the darkness
Is a demon-haunted soul,
The shadowy, phantom werewolves,
Who circle round the Pole.

Their tongues are crimson flaming,
Their haunted blue eyes gleam,
And they strain them to the utmost
O’er frozen lake and stream;
Their cry one note of agony,
That is neither yelp nor bark,
These panters of the northern waste,
Who hound them to the dark.

You may hear their hurried breathing,
You may see their fleeting forms,
At the pallid polar midnight,
When the north is gathering storms;
When the arctic frosts are flaming,
And the ice-field thunders roll;
These demon-haunted werewolves,
Who circle round the Pole.

They hasten, still they hasten,
Across the northern night,
Filled with a frighted madness,
A horror of the light;
Forever and forever,
Like leaves before the wind,
They leave the wan, white gleaming
Of the dawning far behind.

Their only peace is darkness,
Their rest to hasten on
Into the heart of midnight,
Forever from the dawn.
Across far phantom ice-floes
The eye of night may mark
These horror-haunted werewolves
Who hound them to the dark.

All through this hideous journey
They are the souls of men
Who in the far dark-ages
Made Europe one black fen.
They fled from courts and convents,
And bound their mortal dust
With demon, wolfish girdles
Of human hate and lust.

These, who could have been godlike,
Chose, each a loathsome beast,
Amid the heart’s foul graveyards,
On putrid thoughts to feast;
But the great God who made them
Gave each a human soul,
And so ‘mid night forever
They circle round the Pole.

A-praying for the blackness,
A-longing for the night,
For each is doomed forever
By a horror of the light;
And far in the heart of midnight,
Where their shadowy flight is hurled,
They feel with pain the dawning
That creeps in round the world.

Under the northern midnight,
The white, glint ice upon,
They hasten, still they hasten,
With their horror of the dawn;
Forever and forever,
Into the night away
They hasten, still they hasten
Unto the judgment day.


William Wilfred Campbell
(1860-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de hombres lobo.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de William Wilfred Campbell: Los Hombres Lobo (The Were-Wolves), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Freud y el caso del Hombre de los Lobos


Freud y el caso del Hombre de los Lobos.




El sueño del Hombre Lobo es uno de los sueños más famosos en la historia del psicoanálisis. Así comienza la angustiosa pesadilla infantil de Sergei Konstantinovitch Pankejeff (1886-1979), un paciente a quien Sigmund Freud rebautizó como el Hombre de los Lobos (Der Wolfsmann), en parte, para proteger su verdadera identidad, tratándose de un prestigioso aristócrata ucraniano:


[De repente, la ventana se abrió por sí sola y me aterrorizó ver que algunos lobos blancos estaban sentados en un gran nogal.]


La noche anterior a su cumpleaños número cuatro, Pankejeff soñó que estaba acostado en la cama cuando de repente se abrió la ventana. Al asomarse, vio a seis o siete lobos blancos sentados en un árbol fuera de su dormitorio, con los ojos fijos en él. Aterrado, se despertó gritando. Posteriormente hizo un boceto del sueño para Freud, y durante su vida posterior produjo varias pinturas más. El sueño intrigó a Sigmund Freud, quien pronto descubrió que éste sería un punto de inflexión en la infancia de Pankejeff [ver: Freud y la interpretación de los sueños]

Al parecer, en los meses previos al sueño, Pankejeff había atravesado por una «fase traviesa», pero después del sueño esto fue reemplazado por un período de intensa ansiedad. Gran parte de su terapia con Freud estuvo dedicada a desentrañar este peculiar sueño. ¿Qué significaba? ¿Y por qué produjo un cambio tan dramático en la personalidad de Pankejeff? [ver: Significado de soñar con animales]

Sergei Pankejeff, el «Hombre Lobo», era un aristócrata. Tenía 23 años cuando comenzó su tratamiento con Sigmund Freud, más precisamente en febrero de 1910, en un estado de colapso mental. Un ataque de nervios algunos años antes, seguido de los suicidios de su padre y su hermana, lo habían dejado gravemente deprimido. No podía viajar solo, ni siquiera vestirse solo [o defecar sin asistencia], y sentía como si un velo invisible lo separara de la realidad.

Cuando Pankejeff describió sus primeros años a Freud, comenzó a surgir la historia de una infancia atribulada. Su familia estaba constituida por aristócratas. Vivían en una gran finca en la Rusia anterior a la revolución. Su padre padecía depresión y alcoholismo; y su madre, graves problemas abdominales. Tenía una relación difícil con su hermana, que era dos años mayor que él. Lo cuidaba su niñera, a quien le tenía mucho cariño. Inicialmente era un niño tranquilo y afable, pero desde los tres años su personalidad sufrió una serie de transformaciones dramáticas:

Un análisis del árbol genealógico del Hombre de los Lobos es revelador: su padre se suicidó y había sido diagnosticado como maníaco-depresivo y hospitalizado por depresión varias veces. De hecho, fue el rival de Freud, el psiquiatra Emil Kraepelin, quien diagnosticó al padre como un caso de psicosis maníaco-depresiva. La hermana del Hombre de los Lobos se suicidó cuando tenía poco más de veinte años. Su abuela paterna intentó suicidarse en una depresión posparto [ver: La depresión posparto en el relato de terror], y su abuelo paterno era alcohólico.

Hasta los 3 años, Pankejeff era un niño tranquilo y de buen carácter, tanto que sus padres decían que debería haber nacido niña, y su hermana, niño. A partir de los 3 se volvió irritable y propenso a tener rabietas. Luego vino un período de intensa ansiedad y fobias, seguido por fases de obsesiva religiosidad. En este punto Pankejeff sueña con los lobos en el árbol. Empieza a manifestar miedo por los animales, especialmente fantasías de ser devorado por un lobo. Realiza elaborados rituales de oración y lucha contra lo que él consideraba «pensamientos blasfemos».

Para Freud, la clave de estos cambios de comportamiento residía en el sueño, que trajo consigo la primera aparición de sus ansiedades. Pankejeff esbozó el sueño para Freud durante su análisis y, en años posteriores, pintó otras imágenes de la escena [algunas son muy buenas]. La interpretación de este sueño desveló los secretos de la extraordinaria infancia de Pankejeff, y también llevó a Freud a reafirmar sus puntos de vista.

A medida que se desarrolló el análisis, quedó claro que este cambio en la personalidad y el comprotamiento de Pankejeff coincidían con el sueño, y este con una serie de hechos preocupantes. Su hermana lo había tocado inapropiadamente y poco después él trató de repetir el episodio frente a la niñera. Ella le reprendió, declarando que los niños pequeños que hacían esas cosas recibían una «herida» en ese lugar [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]

Una afirmación clave del psicoanálisis es que la sexualidad no es solo un bloque granítico, sino una especie de mosaico formado por diferentes impulsos. Estas unidades pueden ser pasivas o activas. Por ejemplo, el impulso oral puede estar relacionado con comer [activo] o ser comido [pasivo]. Eventos como el destete, el entrenamiento para ir al baño o las experiencias traumáticas pueden cambiar los intereses y ansiedades del niño de un impulso a otro. Los avances de la hermana habían estado dirigidos a una parte específica del cuerpo de Pankejeff, pero también lo habían puesto en una posición pasiva. Esto es lo que luego recreó en relación con su niñera, quien bloqueó sus avances con una amenaza.

Inhibido por esta amenaza, las preocupaciones de Pankejeff se desplazaron de lo oral. El argumento de Freud es que las rabietas de Pankejeff fueron en realidad intentos de hacer que su padre lo castigara.


[Bajo la influencia persistente de esta experiencia, siguió un camino desde su hermana, a través de su niñera, hasta su padre.]


Esto puede parecer una explicación absurda, pero Freud la basa en una atención meticulosa a los detalles de la infancia de Pankejeff. El material del caso está repleto de temas de pasividad y una preocupación apenas velada por las heridas del cuerpo. También vale la pena señalar que el argumento de Freud se basa en la idea de que las experiencias infantiles de agresión o abuso pueden tener graves consecuencias para el desarrollo psicológico, algo con lo que pocos profesionales podrían estar en desacuerdo

La «fase traviesa» de Pankejeff terminó prácticamente de la noche a la mañana y fue reemplazada por un período de intensa ansiedad. Pero esta vez, la transformación no estuvo vinculada a una experiencia traumática sino a un sueño aterrador. Así se lo describió a Freud:


[Soñé que era de noche y que estaba acostado en la cama. De repente, la ventana se abrió por sí sola, y me aterrorizó ver que unos lobos blancos estaban sentados en un gran nogal. Había seis o siete de ellos. Los lobos eran bastante blancos, tenían grandes colas y las orejas aguzadas, como perros cuando prestan atención a algo. Con gran terror, evidentemente de ser devorado por los lobos, grité y me desperté.]


Para Freud, un sueño es un mosaico de pensamientos y motivos. Su teoría de los sueños hace una distinción crucial entre el contenido manifiesto [el sueño tal como lo recordamos] y el contenido latente. Este se combina en el contenido manifiesto mediante un proceso inconsciente de cifrado. El objetivo de Freud era sacar a la luz los deseos ocultos en el contenido latente. Hizo esto preguntando a sus pacientes qué les venía a la mente en relación con cada elemento del sueño.

El sueño del Hombre de los Lobos ilustra algunas de las afirmaciones clave de Freud sobre los sueños, quien los describe como representaciones del cumplimiento de deseos infantiles reprimidos. El sueño del Hombre de los Lobos no es una excepción, a pesar de que el deseo que cumple causa angustia al soñador y transforma el sueño en una pesadilla. ¿Qué hizo que el sueño se convirtiera en una pesadilla? El sueño muestra una conciencia naciente de la diferencia física entre hombres y mujeres. En el momento del sueño, Pankejeff se acerca a la culminación de su complejo de Edipo, cuando los niños se enfrentan a la pregunta de cómo llegaron al mundo y comienzan a darse cuenta de que tendrán que asumir una posición de género, como niño o niña [ver: Lo que Sigmund Freud no te contó sobre el complejo de Edipo]

Freud argumentó que los niños no nacen con ningún conocimiento de las diferencias de género. Es a medida que avanzan por el complejo de Edipo que el enigma de esas diferencias se convierte en fuente de una intensa especulación imaginativa y miedo.

El sueño manifiesto invierte muchos de los pensamientos oníricos latentes. Invierte la posición de los lobos, les da grandes colas, hace que Pankejeff sea el objeto que se está mirando. Freud se pregunta si acaso el sueño no está invirtiendo todo el contenido latente, con lo cual la quietud de los lobos [en el sueño manifiesto] también podría ser una inversión.

Freud reúne los elementos del sueño, junto con una gran cantidad de material de otro caso, para hacer una afirmación extraordinaria: el sueño tocaba el recuerdo anterior de presenciar a sus padres teniendo relaciones [algo traumático, sin dudas], que Freud llama «escena primaria». La «escena primaria» es algo difícil de entender para los niños. Por lo general, primero lo interpretan como un acto de violencia ejercido por el padre. Solo más tarde comienzan a pensar en ello en términos de posiciones de género.

En el relato de Freud, el sueño se desarrolla durante varias instancias:

a- Pankejeff se duerme pensando en los regalos del árbol [el sueño se produjo en Navidad, fecha que coincide con el cumpleaños del paciente]. Podríamos imaginar que al comienzo del sueño el árbol donde están los lobos es un árbol de Navidad.

b- Sus impulsos dominantes encuentran expresión en el deseo de recibir un regalo. El tema de «recibir» algo de su padre adquiere una connotación pasiva.

c- Un pensamiento se entromete. Su otra preocupación en ese momento entra en el sueño: las diferencia de género.

d- Los pensamientos convergen: la escena primaria se convierte, y su posición pasiva [en relación con su padre] adquiere nuevas connotaciones aterradoras.

e- Un intento de distorsión: el trabajo onírico lucha por hacer inofensiva esta idea angustiosa invirtiendo los elementos de la escena primaria. Deja a los lobos perfectamente quietos y les da enormes colas.

f- El sueño se derrumba. No logra contener la perturbación. Se rompe y se convierte en una pesadilla. Pankejeff despierta presa del pánico.

También hay un curioso elemento popular en el caso, del que tanto Freud como Pankejeff eran muy conscientes. El cumpleaños del paciente era el 25 de diciembre. En muchas leyendas, aquellos que nacen en Navidad estaban destinados a convertirse en monstruos o agentes del diablo. Además, Pankejeff también había nacido «enmantillado» [con una membrana translúcida del saco amniótico en la cara], que se consideraba un mal presagio en algunas partes de Rusia [curiosamente, el propio Freud también nació «enmantillado»]. Freud también registra que la niñera que lo había atendido cuando era niño era profundamente religiosa [y extremadamente supersticiosa] y tomó esto como una señal de que el niño se convertiría en un hombre lobo cuando creciera [ver: Razas y clanes de hombres lobo]. Con esto en mente, el sueño de los lobos adquirió un significado adicional.
 
La solución de Freud al cambio de carácter de Pankejeff es, bueno, netamente freudiana. Si la pasividad de Pankejeff implicaba el deseo de ser castigado por su padre, el descubrimiento de las diferencias de género hizo que se situara en la posición de su madre. Según Freud, Pankejeff había tomado varios recuerdos, observaciones y fragmentos de información y los había reunido en una teoría: los hombres tienen pene y las mujeres no; pero su sueño lo enfrentó con algo impensable: ser la mujer de su padre implicaría una pérdida aterradora en su anatomía.

Esta segunda transformación [de travieso a ansioso] es similar a la primera [de tranquilo a travieso], cuando su niñera había hecho la oscura amenaza sobre una «herida». Pero en esta transformación, la amenaza es internalizada. En el relato de Freud, Pankejeff se despertó en un estado de intensa ansiedad de castración, que durante los siguientes seis meses se expresó en un registro oral, como el terror de ser devorado por un lobo.

En 1897, Freud desarrolló la teoría de que la «histeria» asociada con la licantropía podría ser una reacción emocional retardada a un abuso anterior [ver: El origen del hombre lobo y la licantropía]. Según su propio relato de 1914, Freud se encontró cara a cara con este paciente, Pankejeff, que expresó una conexión con el motivo del hombre lobo. De hecho, Freud lo nombró el Hombre Lobo [aunque mejor sería traducirlo como el Hombre de los Lobos] tanto en sus notas como en su relato [ver: Bertha Pappenheim y la histeria femenina]

Si bien Freud se pronunció sobre la curación de Pankejeff, lo cierto es que unos años después sufrió un delirio psicótico. Fue visto en una calle, mirando su reflejo en una vidriera, convencido de que un cirujano le había perforado un agujero en la nariz. Sus obsesiones por su nariz persistían y su estado de ánimo fluctuaba entre altibajos. Después de 1945, experimentó depresiones periódicas cada pocos años, alternando con períodos de euforia e hiperactividad. Por lo tanto, está claro que el Hombre de los Lobos no se curó con su análisis con Freud. En todo caso, es posible que haya empeorado.

Ruth Mack Brunswick, una analista freudiana, aventura que este delirio en la vía pública fue un desplazamiento de la ansiedad de castración diagnosticada por Freud. Más adelante, Pankejeff publicó sus propias memorias bajo el seudónimo dado por Freud [Wolfsmann] y permaneció en contacto con los discípulos freudianos hasta su propia muerte. De hecho, se sometió a diferentes análisis, de forma ininterrumpida, durante seis décadas más, convirtiéndose en uno de los pacientes mejor documentados en la historia del del psicoanálisis.

Son muchos los que vacilan sobre la eficacia del tratamiento de Freud en el caso del Hombre de los Lobos. Otto Rank, en 1926, lo cuestionó duramente, descartando el diagnóstico de Freud por considerarlo inverosímil y especulativo. Repasemos algunos puntos:

El análisis de Freud se basó en la pesadilla de los lobos blancos sentados en un árbol frente a la ventana abierta, y dedujo que el sueño simbolizaba un trauma primario: Pankejeff, cuando era un niño, había presenciado a sus padres teniendo relaciones. Sin embargo, esta posible causa del trauma fue descartada por el propio Pankejeff más adelante, aunque con argumentos bastante endebles. Según Pankejeff, en familias acaudaladas como la suya, los niños pequeños dormían en la habitación de la niñera, no con sus padres; lo cual es cierto, tanto como que una pareja puede tener intimidad no solo en su dormitorio, cuando los niños duermen con la niñera, sino en cualquier lugar de la casa, a cualquier hora. De hecho, es mucho más probable que sean sorprendidos en áreas comunes de la casa que en el propio dormitorio.

En cualquier caso, Pankejeff no quedó conforme con su tratamiento, en absoluto. Cuestionó a Freud, y dijo que le molestaba haberse convertido en «una obra maestra del psicoanálisis». No podemos culparlo.

Es interesante mencionar que se han hecho muchos estudios adicionales del caso del Hombre de los Lobos, algunos de los cuales incluyen la posibilidad de que el sueño de Pankejeff, tal como fue narrado por el paciente, sea un criptónimo, es decir, una narración donde ciertas palabras reemplazan a otras. En este contexto, las declaraciones manifiestas de Pankejeff ocultan otras que están latentes, y el contenido real de sus palabras puede descifrarse analizando su trasfondo multilingüe. Según esta teoría, Pankejeff ocultó algunas cuestiones sobre su hermana mayor, y como el paciente quería olvidar y preservar estos secretos, cifró a su hermana mayor en el sueño. Por ejemplo, al referirse a los lobos sentados en el árbol, Pankejeff empleó la expresión «manada de seis»; en ruso, shiestorka, palabra casi idéntica a siestorka, que significa «hermana»; lo cual sitúa a la hermana del paciente en el centro del trauma [ver: Lapsus linguae: cuando decimos lo que queremos callar]

No sólo Pankejeff nunca se curó, sino que siguió siendo tratado por otros psicoanalistas hasta su muerte. Su estado empeoró considerablemente con el transcurso de los años. Algunos sostienen que Pankejeff cobraba una mensualidad a cargo de la Fundación Sigmund Freud con el propósito de mantenerlo oculto en Viena para que el fraude de su supuesta curación no se hiciera público. Otros, sin embargo, aseguran que la Fundación sostuvo económicamente a Pankejeff porque había caído en desgracia en la posguerra, tal vez como una retribución por su aporte al psicoanálisis.



El lado oscuro de la psicología. I Diccionario de sueños.


Más literatura gótica:
El artículo: Freud y el caso del Hombre de los Lobos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El hombre lobo»: Anne S. Bushby; poema y análisis


«El hombre lobo»: Anne S. Bushby; poema y análisis.




El hombre lobo (The Werewolf) es un poema gótico de la escritora inglesa Anne S. Bushby (¿?— 1875), publicado de manera póstuma en la antología de 1876: Poemas de la difunta Anne S. Bushby (Poems by the Late Anne S. Bushby).

El hombre lobo, tal vez uno de los mejores poemas de Anne S. Bushby, retrata el encuentro de una mujer y su pequeño hijo con un hombre lobo (ver: Razas y clanes de hombres lobo)

La obra de Anne S. Bushby fue prácticamente olvidada, sobre todo debido al reconocimiento que obtuvo como traductora al inglés de los cuentos de Hans Christian Andersen (ver: El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres). Sin embargo, allí podemos encontrar algunas piezas exquisitas, como sin dudas lo es El hombre lobo, un poema sencillo que se inscribe en la tradición del romanticismo.

La fascinación de Anne S. Bushby por Hans Christian Andersen nos sitúa en el escenario principal del cuento de hadas: el bosque encantado (ver: La psicología del bosque encantado). Además, es de noche, los árboles se agitan, el viento susurra entre las hojas, y esta madre se queda sola con su hijo mientras su esposo se mete en el bosque buscando algo de madera para reparar el carro en el que estaban viajando.

Entonces, desde las sombras del bosque aparece un hombre lobo, pero la mujer de algún modo logra ahuyentarlo pronunciando el nombre de Dios y arrojándole un trozo de su ropa. Al regresar a casa, la luz ilumina el rostro del esposo, de cuyos dientes cuelgan algunos jirones de tela. ¡Él es el licántropo que la atacó! Al reconocerlo, el hombre vuelve a transformarse (ver: Psicología del hombre lobo)

El hombre lobo de Anne S. Bushby se nutre de las leyendas medievales que, eventualmente, se convertirían en cuentos de hadas. Aquí, la figura de alguien familiar que por las noches se convierte en hombre lobo y es capaz incluso de devorar a su esposa e hijo, es un motivo recurrente en estas historias folclóricas (ver: El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción). En cierto modo, la figura del licántropo representa una parte de nosotros mismos que existe en los sótanos del subconsciente, un impulso salvaje que, en este caso, incluso es capaz de matar su vínculo más fuerte con la sociedad y la civilización: la familia (ver: El origen del hombre lobo y la licantropía)




El hombre lobo.
The Werewolf, Anne S. Bushby (¿?— 1875)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Fue a medianoche, y aunque la luna proyectaba una luz pálida,
sobre el bosque encantado colgaba
una espesa niebla, y entre las hojas el viento aullaba.
En un carro por ese salvaje camino,
un campesino conducía a su esposa e hijo.

«A las hadas no debes temer,
ellas bailan bajo la luna en el claro verde.
Si la lechuza chillara desde aquel pantano,
di una oración, no escuches su voz áspera.
Lo que veas, no temas, pero abraza al niño», dijo el padre.

«¡Adelante, viejo caballo! Detrás de ese árbol
puedo ver el campanario de nuestra iglesia.
¡Vamos! Pero, espera, detente un momento.
La rueda está a punto de romperse;
buscaré algo de madera y la arreglaré, querida;
sujeta al niño y no temas!»

Una hora podría ella haber estado sola,
cuando escuchó un ruido: «Oh, ¿qué es eso?»
¡Un sabueso negro como el carbón!
¡Ella reconoce al hombre lobo mientras él enseña los dientes!
Mira fijamente a su hijo,
y ella le arroja el delantal mientras él salta.

Sus afilados dientes lo muerden;
pero ella clama a Dios pidiendo ayuda, y él huye,
Sus brazos envuelven al indefenso bebé,
se sienta como una estatua, pálida y fría.
Pero pronto su esposo está a su lado,
y ahora cabalgan a salvo.

Al llegar a casa, se enciende una luz
que ilumina un pensamiento horrible:
«¿Qué, mi amor, son estos hilos
que cuelgan de tus dientes?
¡Entonces tú eres un hombre lobo!»
«¡Tus palabras —dijo él— me han liberado de nuevo!»


‘Twas at the middle hour of night;
And though the moon gave her pale light,
O’er the haunted wood a thick mist hung
And the wind was howling its leaves among.
In a cart along that way so wild
A peasant was driving his wife and child.

“For the fairy folks thou need’st fear not,
They dance ‘neath the moon on yon green spot.
Should the screech-owl cry from yonder marsh,
Say a prayer, nor heed its voice so harsh.
Whate’er thou seest, be not afraid,
But clasp the child,” the father said.

“Forward, old horse! Behind yon tree
Our church’s steeple I can see.
Get on! But hold, a moment stop–
The linch-pin is about to drop;
‘Tis crack’d–I’ll cut a stick, my dear;
Hold fast the child, and have no fear!”

An hour alone she might have sat,
When a noise she heard–“Oh, what is that?”
Lo! a coal-black hound! She sees and knows
The werewolf! while his teeth he shows,
And glares upon her child, she flings
Her apron o’er it as he springs.

His sharp teeth bite it; but she cries
To God for help, away he flies.
Her arms the helpless babe enfold,
She sits like a statue, pale and cold.
But soon her husband’s by her side,
And onwards now they safely ride.

Arrived at home, a light is brought;
She starts, as with some horrid thought:
“What? Husband! husband! can these be
Threads hanging from thy teeth I see?
Thou art thyself a werewolf then!”
“Thy words,” he said, “have set me free again!”


Anne S. Bushby
(¿?— 1875)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas victorianos.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Anne S. Bushby: El hombre lobo (The Werewolf), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Hombre lobo»: Julian Hawthorne; poema y análisis


«Hombre lobo»: Julian Hawthorne; poema y análisis.




Hombre lobo (Were-Wolf) es un poema gótico del escritor norteamericano Julian Hawthorne (1846-1934), publicado originalmente en la edición del 1 de mayo de 1895 de la revista Chap-Book, y luego reeditado en la antología de 1900: Una antología americana (An American Anthology).

Hombre lobo, sin lugar a dudas uno de los mejores poemas de Julian Hawthorne —hijo de Nathaniel Hawthorne y autor de prestigio por derecho propio—, versifica la visión de un hombre de una escalofriante criatura que corre por el páramo: un hombre lobo (ver: Razas y clanes de hombres lobo)

Hombre lobo de Julian Hawthorne posee una fuerza singular. Ciertamente es el mejor poema de hombres lobo, lo cual es un mérito extraordinario para un novelista como Julian Hawthorne. De hecho, no parece el poema ocasional de un prosista, sino el esfuerzo cúlmine de un poeta de toda la vida.

Julian Hawthorne aborda la leyenda del hombre lobo con sumo respeto, y eso implica hacerlo en un contexto de absoluto espanto, sin matices románticos (ver: El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género). Esta criatura no solo corre por los campos metamorfoseada en lobo, sino que además parece llevar una pequeña víctima en sus fauces, un bebé, tal vez, saqueado de alguna incursión en una aldea. Esto refleja con macabra minuciosidad las leyendas medievales de hombres lobo (ver: Hombres lobo: el significado de la leyenda).

Hombre lobo de Julian Hawthorne es un poema aterrador que va perfilando la forma de esta criatura extraña, imprecisa al principio, que finalmente se va volviendo más y más definida para el observador. El resultado de esta visión es la suma de todos los horrores que subyacen en los cuentos de hadas (ver: La psicología del hombre lobo)




Hombre lobo.
Were-Wolf, Julian Hawthorne (1846-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Corre el viento en los páramos,
corren las nubes a través de la luna,
sombras espantosas corren
a toda prisa en las dunas nevadas.
Sombras azules sobre el blanco espectral
que brilla en la noche.
Pero hay algo más horroroso, más espectral aún,
¿qué cosa espantosa avanza allí,
corriendo, corriendo, corriendo
más rápido que las nubes o el viento?
¿Qué presagio de una enfermedad sin nombre,
de dónde viene, yendo a toda velocidad,
corriendo, corriendo, corriendo,
dejando todo atrás excepto el miedo?

Inclinado en la carrera,
aliento agudo por las fosas nasales tensas,
ojos caídos en un rostro despiadado,
¿qué duende de malevolencia
corre por la noche helada
en vuelo sobrehumano?
¡Véalo correr, correr, correr,
superando las sombras que vuelan!
¡Escuche el corazón del demonio,
latir, latir, latir, latir en su pecho!
Corriendo, corriendo, corriendo
bajo el cielo helado,
veloz, tan espantosamente veloz,
sin detenerse nunca para descansar.

¿Qué sujeta con tanta fuerza
en sus delgadas y frías manos mientras acelera?
¿Algo suave, algo blanco,
algo humano, que sangra?
¿Es la cabeza rizada de un bebé
y las extremidades inocentes, roídas y rojas?
Más y más rápido se inclina,
se inclina y corre;
salpicados de sangre están sus horribles labios,
sonriendo con horrible regocijo.
Los lobos que lo siguen con pies apresurados,
oliendo ese hedor a duende,
se dispersan de inmediato, aterrorizados,
mientras se aleja hacia la orilla del mar helado.

¡Lejos! ¿Es hombre? ¿Es mujer,
aquello que se alimenta de carne?
¡Lejos! ¿Es una bestia? ¿Es humano?
¿O es realmente un demonio?
¡Demonio de entrañas humanas engendrado,
inspirado por el infierno, olvidado por Dios!
Ahora llega la hora de la medianoche:
la forma humana que ningún demonio puede asumir,
ni siquiera en esa hora mística.
Más abajo, más abajo, se dobla.
¡Ha llegado la medianoche, ha llegado y se ha ido!
¡En cuatro patas, véalo zambullirse y saltar!
¡Termina un grito humano con el aullido de un lobo!
¿Qué cosa gris y demacrada galopa sobre el mundo?


Runs the wind along the waste,
Run the clouds across the moon,
Ghastly shadows run in haste
From snowy dune to dune—
Blue shadows o’er the ghastly white
Spectral gleaming in the night.
But ghastlier, more spectral still,
What fearful thing speeds hither,
Running, running, running
Swifter than cloud or wind?
What omen of nameless ill,
Whence coming, speeding whither,
Running, running, running,
Leaves all save fear behind?
Leaning, leaning in the race,
Breath keen-drawn through nostrils tense,
Fell eyes in ruthless face,
What goblin of malevolence
Runs through the frozen night
In superhuman flight?
See it run, run, run,
Outstripping the shadows that fly!
Hear the fiend’s heart beat, beat,
Beat, beat, beat in its breast!
Running, running, running on
Under the frozen sky,
Fleet, so fearfully fleet,
Pausing never to rest.

Clutched—what is clutched so tight
In its lean, cold hands as it speeds?
Something soft, something white,
Something human, that bleeds?
Is it an infant’s curly head,
And innocent limbs, gnawed and red?
Fleeter and yet more fleet
It leans, leans and runs;
Dabbled with blood are its awful lips,
Grinning in horrible glee.
The wolves that follow with scurrying feet,
Sniffing that goblin scent, at once
Scatter in terror, while it slips
Away, to the shore of the frozen sea.

Away! is it man? is it woman,
On such dread meat to feed?
Away! is it beast? is it human?
Or is it a fiend indeed?
Fiend from human loins begotten,
Hell-inspired, God-forgotten!
Now the midnight hour draws on:
Human form no fiend may keep
Or ever that mystic hour is told.
Lower, lower, lower it bends.
Midnight is come—is come and gone!
Down on all fours see it plunge and leap!
A human yell in a wolf’s howl ends! …
What gaunt, gray thing gallops on o’er the world?


Julian Hawthorne
(1846-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Julian Hawthorne.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Julian Hawthorne: Hombre lobo (Were-Wolf), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción


El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción.




Desde que Petronio escribió el Satiricón en el 61 d.C., la figura del Hombre Lobo se abrió camino a través de casi 2.000 años de literatura, pasando por leyendas populares, cuentos de hadas, y finalmente por el género que terminaría de darle forma: la literatura gótica (ver: El hombre lobo en la antigüedad clásica).

En la Edad Media, la creencia en la licantropía estaba ampliamente extendida, y prevaleció en la mayoría de los cuentos de hadas posteriores. Basta pensar en la versión de Charles Perrault de Caperucita Roja (ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror), donde el Lobo es un símbolo del engaño y el mal, cuando no directamente del diablo, y cuyo propósito en la historia es regular el comportamiento de las mujeres (ver: El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres).

La primera novela de hombres lobo propiamente dicha es El brazo cortado (The Severed Arm), un gothic blue book de 1820, donde la figura del licántropo representa las ansiedades sociales de la época en relación con la sexualidad (ver: El origen del hombre lobo y la licantropía)

El Hombre Lobo en la ficción suele ser un símbolo del forastero marginado, cuyo salvajismo amenaza el orden social establecido. En este contexto, no es extraño que los Hombres Lobo a menudo existan en los márgenes de las comunidades rurales rodeadas de bosques y montañas. El acto de devorar a sus víctimas claramente representa el miedo al canibalismo en esas circunstancias de aislamiento. Por otro lado, en muchas historias hay una marcada diferencia de clase entre el Hombre Lobo y su víctima (ver: El Marxismo en el Horror: los pobres siempre mueren primero). Mientras el Licántropo es un marginado, un salvaje, sus víctimas son individuos sociales y a menudo importantes para su sociedad.

En el folclore, tal como afirma Montague Summers en El Hombre Lobo (The Werewolf), los Hombres Lobo se transforman de humanos en bestias a la luz de la luna llena, y solo pueden morir con una bala de plata, requisito difícil de cumplir antes del advenimiento de las armas de fuego. No obstante, lo que nos interesa aquí es este concepto de metamorfosis, porque sugiere que la frontera entre lo humano y lo animal, entre lo civilizado y lo salvaje, a menudo es dudosa, y puede transgredirse mucho más fácil de lo que pensamos (ver: Monstruología: cuatro categorías para lo monstruoso en la ficción)

Tal vez tenga algo que ver con el tema de la reversibilidad, pero lo cierto es que, en la mayoría de las historias, el Hombre Lobo termina despertando la simpatía del lector, incluso su compasión, no importanta el reguero de cadáveres que haya dejado a su paso (ver: El «Efecto Milton» y la simpatía por el diablo). Después de todo, él también es una víctima.

En el siglo XIX surgieron varios relatos de hombres lobo que revivieron la tradición folclórica, como El lobo blanco de Kostopchin (The White Wolf of Kostopchin, 1889), Gilbert Campbell; y El lobo blanco de las Montañas Hartz (The White Wolf of the Hartz Mountains, 1839) de Frederick Marryat. En este cuento en particular, la licantropía es una maldición relacionada con el adulterio y el canibalismo. Lo cierto es que los Hombres Lobo devoran a sus víctimas, con frecuencia a sus seres queridos, e incluso a sus hijos, como en la historia de Marryat. Este tipo de canibalismo acaso funciona como una metáfora de los temores y ansiedades sociales sobre el hambre en la época victoriana.

Pero esto no siempre es así. Por ejemplo, La marca de la bestia (The Mark of the Beast, 1891), de Rudyard Kipling, refleja ciertas ansiedades culturales en relación a la raza y la etnia, en particular al miedo de los invasores ingleses al paganismo nativo de la India, y cómo este podría degradar el orden imperial civilizado y superior (ver: La psicología del Hombre Lobo).

En el cuento surrealista de Eric Stenbock: El otro lado (The Other Side, 1893), Gabriel es un muchacho sensible, intuitivo, y sobre todo receptivo ante el poder sobrenatural de una Mujer Loba, Lilith, que vive en un bosque y lo convierte en uno de su raza. Al igual que Angela Carter en En compañía de lobos (The Company of Wolves), Stenbock trata al lobo como una figura compleja y moralmente ambigua que apela a nuestra simpatía. Lilith es una cazadora sanguinaria, es cierto, pero también es una mujer perseguida que puede ser tan crual como compasiva y cariñosa.

Finalmente, la historia de Robert Louis Stevenson: Olalla (Olalla, 1885) explora sutilmente la idea de que la licantropía representa la degeneración familiar hacia un estado de irracionalidad y locura vecino del salvajismo (ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica)

El clásico de Clemence Housman: La loba (The Were-Wolf, 1896) presenta de forma brillante los discursos predominantes de la era victoriana. Aquí, la transición entre lo humano y lo animal refleja una transgresión de conceptos sobre las diferencias de género que dieron forma a la identidad victoriana tradicional (ver: Transgénero en la literatura: ficción, diversidad y discriminación). Situado dentro de la proliferación de la ficción licántropa del siglo XIX, el cuento de Housman rompe con todos los límites normativos de aquel entonces (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror)

Esta impugnación de la sexualidad reglamentada dio forma a los grandes tropos de transformación en la literatura del siglo XIX. La ficción sobrenatural en esta época a menudo se centra en la transmutación de una forma a otra, combinando metáforas de la animalidad con la degeneración de la mente y el cuerpo, de la cual los lobos eran un tema especialmente popular (ver: Los Monstruos y lo Monstruoso).

En este contexto, el Hombre Lobo y la Mujer Loba, fundamentalmente híbridos de animal y humano, surgieron en la mayoría de las ficciones como criaturas que simbolizaban los miedos hacia esa bestia interior, bruta e irracional, pero también hacia la gratificación sexual de esa transgresión [ver: Eena]

No solo los Hombres Lobo encarnan este principio bestial en el ser humano, y la consecuente transgresión de todas las normas que nos convierten en sujetos sociales, la mujer también fue incorporada al mito del licántropo, configurada como una femme fatale cuya propia exhuberancia sexual es claramente el elemento distintivo de su monstruosidad (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

Pero, a diferencia de los licántropos masculinos, básicamente outsiders de la sociedad, las Mujeres Loba a menudo se disfrazaban de mujeres hermosas capaces de engañar y devorar a sus desprevenidos amantes. Mientras los Hombres Lobo emergen de los bosques para asediar a las aldeas rurales, la Mujer Loba utiliza la manipulación sexual para atraer a sus víctimas. Eso dice mucho de la concepción victoriana de lo que significaba aquello de liberar la bestia interior que todos tenemos dentro. Mientras que el hombre libera su bestialidad, la mujer exacerba su peligrosidad como amante (ver: El Feminismo y la muerte del Gótico).

En este tipo de concepciones, la monstruosidad femenina está constituida por una subversión de la feminidad civilizada. Esta transgresión de la Mujer Loba hacia un tipo de feminidad en plena posesión de sus atributos y en control de sus deseos, es una clara amenaza a una sociedad dominada por las heteronormativa patriarcal (ver: El Machismo en el Horror).

El relato de Ambrose Bierce: Los ojos de la pantera (The Eyes of the Panther) es un excelente ejemplo rebeldía a través de una variante felina de la Mujer Loba, donde la reticente Irene Marlowe no solo rechaza la propuesta de matrimonio de su pretendiente, sino que además intenta devorarlo. Aquí, Ambrose Bierce juega con esta idea de que la única forma que tiene una mujer de resistir a las expectativas de género es reemplazar su propio cuerpo femenino, subyugado por el deseo del otro, por el de una bestia.

En apariencia, hay una mirada feminista en todo este esquema, pero también una lucha discursiva para reclamar el Yo civilizado del hombre a través de la abyección del Otro, en este caso, de una mujer que prefiere ser un animal para no ser subyugada (ver: El Feminismo en el Slasher: Simone de Beauvoir vs. Jason Voorhees).

Las figuras del Hombre Lobo y de la Mujer Loba no solo son elementos de ruptura con las identidades de género fijas, sino que además articulan una especie de hibridación de lo abominable (desde la perspectiva dominante). Después de todo, al transgredir la frontera entre humanos y animales, los Licántropos se rehusan a participar en las categorías del orden natural. Por eso, tal vez, siempre terminan siendo atravesados por una bala de plata.




Hombres lobo. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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