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«Bestias»: Richard Wilbur; poema y análisis.


«Bestias»: Richard Wilbur; poema y análisis.




«Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche.»



Bestias (Beasts) es un poema del escritor norteamericano Richard Wilbur (1921-2017), publicado en la antología de 1956: Cosas del mundo (Things of This World).

Bestias, uno de los poemas de Richard Wilbur más reconocidos, nos introduce en un reino salvaje, primordial, donde las «bestias» [«en su mayor libertad»] ejercen su derecho a vagar por la imaginación del poeta.

La primera «bestia» que encontramos es «la gaviota en su cornisa», soñando; pero sus sueños [sobre «las olas que abajo arranca la luna»] no se producen en su mente, sino en sus «entrañas». La segunda es el pez que dormita «en el agua que canta». Luego llega el «ciervo», el «ratón desgarrado» en las garras del «búho»:


Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche. La gaviota, en su cornisa,
sueña en sus entrañas con las olas que abajo arranca la luna,
y el pez se apoya en una piedra, adormecido
por el agua que canta,

donde las inmaculadas patas
del ciervo salpican dulcemente, a las cuales
el destripado ratón, a salvo en las garras del búho, grita
en armonía. Aquí no existe tal daño
ni tal oscuridad.


Entre las «Bestias» y nosotros media «el cristal de la ventana», una barrera entre la luna, la noche, y el interior de una habitación. A pesar de ese distanciamiento con la luna, pronto descubrimos que su poder y su influencia no se diluyen. Mientras estamos seguros en la habitación, «esa misma luna» produce «la dolorosa transformación del hombre lobo»:


mientras la misma luna,
deformada en el cristal de la ventana, asiste
a la dolorosa transformación del hombre lobo. Apartando su cabeza
de la sudorosa almohada, intenta recordar
el estado de ánimo humano,

pero yace al fin, como siempre,
dejándose llevar, que el feroz pelo de fiera llene su rostro,
escuchando con oídos agudos los exaltados tonos del viento,
el pánico de las hojas y la degradación
de los arroyos revueltos.


La transformación en lobo es una especie de retorno a una forma de vida primaria, a la versión por defecto del ser humano. Por lo tanto, en el contexto del poema de Richard Wilbur, la metamorfosis en lobo es menos sobrenatural que natural. Vemos al hombre luchando por conservar su humanidad, pero al final, «dejándose llevar», cede a sus impulsos. Sus sentidos se agudizan, percibe «los tonos del viento», el «pánico de las hojas», los «arroyos revueltos», mientras siente que su «feroz pelo de fiera» va creciendo en su rostro.

Bestias expresa una enorme nostalgia, no por el pasado personal, no por la infancia del individuo, sino por la existencia animal, primordial e inconsciente de la especie humana. Siguiendo esta línea evolutiva, el poema de Richard Wilbur progresa desde las «bestias» al ser humano, pasando por una criatura intermedia: el hombre lobo. La presencia de la luna, la reacción de las «bestias», el licántropo y el hombre ante su luz, guía al lector a lo largo de todo el proceso.

El hombre lobo funciona aquí como el eslabón intermedio entre la existencia animal [inconsciente] y la condición humana [consciente]. El licántropo está unido a la luna, sincronizado a sus fases, pero los seres humanos, aquellos que están «lejos de la espesura» [alejados de la naturaleza], la observan a través de las «altas ventanas» y encuentran su belleza «dolorosa». La luna nos conmueve, pero entre ella y nosotros existe el cristal de la venana, una lente pero también una separación. El hombre estudia la naturaleza como si fuera un agente externo. Las «bestias» la experimentan en primera persona.


Entretanto, en las altas ventanas,
lejos de la espesura y las sordas pisadas, los mejores pretendientes
suspiran y abandonan su trabajo para recostruir la dolorosa
belleza del cielo, la diáfana luna
y el cazador despierto,

creando para los hombres tales sueños
que romperán sus corazones como siempre, trayendo
monstruos a la ciudad, cuervos en las estatuas públicas
y flotas alimentando a los peces en las oscuras
y desenfrenadas aguas.


Richard Wilbur hace una última distinción, por cierto, intrigante, entre «bestias» y «monstruos». Todas las «bestias» pertenecen a la naturaleza, pero solo el ser humano es capaz de crear «monstruos». En este contexto, la ciudad representa a la civilización como la máxima expresión del orden y la consciencia, pero también una especie de caída de la naturaleza.




Bestias.
Beasts, Richard Wilbur (1921-2017)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche. La gaviota, en su cornisa,
sueña en sus entrañas con las olas que abajo arranca la luna,
y el pez se apoya en una piedra, adormecido
por el agua que canta,

donde las inmaculadas patas
del ciervo salpican dulcemente, a las cuales
el destripado ratón, a salvo en las garras del búho, grita
en armonía. Aquí no existe tal daño
ni tal oscuridad

mientras la misma luna,
deformada en el cristal de la ventana, asiste
a la dolorosa transformación del hombre lobo. Apartando su cabeza
de la sudorosa almohada, intenta recordar
el estado de ánimo humano,

pero yace al fin, como siempre,
dejándose llevar, que el feroz pelo de fiera llene su rostro,
escuchando con oídos agudos los exaltados tonos del viento,
el pánico de las hojas y la degradación
de los arroyos revueltos.

Entretanto, en las altas ventanas,
lejos de la espesura y las sordas pisadas, los mejores pretendientes
suspiran y abandonan su trabajo para recostruir la dolorosa
belleza del cielo, la diáfana luna
y el cazador despierto,

creando para los hombres tales sueños
que romperán sus corazones como siempre, trayendo
monstruos a la ciudad, cuervos en las estatuas públicas
y flotas alimentando a los peces en las oscuras
y desenfrenadas aguas.


Beasts in their major freedom
Slumber in peace tonight. The gull on his ledge
Dreams in the guts of himself the moon-plucked waves below,
And the sunfish leans on a stone, slept
By the lyric water,

In which the spotless feet
Of deer make dulcet splashes, and to which
The ripped mouse, safe in the owl’s talon, cries
Concordance. Here there is no such harm
And no such darkness

As the selfsame moon observes
Where, warped in window-glass, it sponsors now
The werewolf’s painful change. Turning his head away
On the sweaty bolster, he tries to remember
The mood of manhood,

But lies at last, as always,
Letting it happen, the fierce fur soft to his face,
Hearing with sharper ears the wind’s exciting minors,
The leaves’ panic, and the degradation
Of the heavy streams.

Meantime, at high windows
Far from thicket and pad-fall, suitors of excellence
Sigh and turn from their work to construe again the painful
Beauty of heaven, the lucid moon
And the risen hunter,

Making such dreams for men
As told will break their hearts as always, bringing
Monsters into the city, crows on the public statues,
Navies fed to the fish in the dark
Unbridled waters.


Richard Wilbur (1921-2017)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Richard Wilbur.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Richard Wilbur: Bestias (Beasts), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los Hombres Lobo»: William Wilfred Campbell; poema y análisis.


«Los Hombres Lobo»: William Wilfred Campbell; poema y análisis.




Los Hombres Lobo (The Were-Wolves) es un poema gótico del escritor canadiense William Wilfred Campbell (1860-1918), publicado en la antología de 1893: El viaje aterrador (The Dread Voyage).

Los Hombres Lobo, sin dudas uno de los mejores poemas de William Wilfred Campbell, se introduce en la leyenda de los Hombres Lobo para razonar una horrorizada respuesta a la lógica de la supervivencia del más fuerte planteada por Darwin. Es un poema discordante, que relaciona la alegoría cristiana de la Edad Media con imágenes bestiales de que amenazan con subvertir su marco religioso [ver: Análisis psicológico del Hombre Lobo en la ficción]

Los Hombres Lobo está ambientado en los «páramos del norte», donde los licántrpos están condenados a merodear en la fría medianoche del Polo «hasta el día del juicio». Según el narrador, los Hombres Lobo alguna vez fueron humanos, «son las almas de los hombres» de las lejanas «edades oscuras»; es decir, no son nativos de la región boreal, sino que han migrado desde la Europa medieval, posiblemente perseguidos por el cristianismo. En este contexto, los licántropos encarnan una severa advertencia moral:


Éstos, que podrían haber sido como dioses,
eligieron, cada uno, ser una bestia repugnante,
entre los inmundos cementerios del corazón,
cebándose en pensamientos putrefactos;
pero el gran Dios que los hizo
les dio a cada uno un alma humana,
y así, en una eterna medianoche,
merodean alrededor del Polo.


El mensaje de Los Hombres Lobo queda casi sepultado por la atmósfera gótica que impregna cada verso. El uso que hace William Wilfred Campbell de estas figuras bestiales para simbolizar el mal mueve más a la piedad, si no directamente a la fascinación, que a la condena moral; la cual era claramente la intención del autor, muy preocupado por la erosión que el darwinismo produjo en la barrera entre las especies [ver: Razas y clanes de Hombres Lobo]

En este sentido, los Hombres Lobo [anteriormente humanos], plantean una involución, una regresión atávica hacia algo más primitivo, más elemental. William Wilfred Campbell ciertamente estaba preocupado por las teorías evolutivas de Darwin que [según su propia visión] redujeron al ser humano de una poderosa creación divina a un simio más o menos ingenioso.

El planteo de William Wilfred Campbell sería el siguiente: muy bien, acepto que el ser humano moderno ha evolucionado desde formas más primitivas, incluso estoy dispuesto a aceptar que no somos el producto de la creación divina, siempre que tú [Charles Darwin] aceptes que ese camino también puede recorrerse de forma inversa; es decir, que el progreso evolutivo del ser humano puede ser interrumpido, o incluso revertido, a un tipo de atavismo bestial. Por supuesto, no me refiero al primitivo culto a los antepasados o a las salvajes costumbres del totemismo, sino a involucionar realmente en bestias salvajes [ver: Freud y el caso del Hombre de los Lobos]

La figura del Hombre Lobo es pertinente para este razonamiento. Las leyendas de licántropos no adquirieron sus rasgos más horribles hasta que el pensamiento pagano que las originó en primer lugar fue modificado por el contacto con la teología cristiana. Recién en la Edad Media la licantropía pasó a ser considerada una especie de brujería, un don, si se quiere, obtenido a través de algún tipo de pacto satánico. Hasta entonces estaba más relacionada con la locura [por ejemplo, la de los Berserkers escandinavos] que con una maldición o castigo divino.

William Wilfred Campbell intenta resucitar el marco cristiano de la leyenda de los Hombres Lobo, incluso cuando su horrorizada fascinación por el atavismo acepta la teoría evolutiva de Darwin. De esta forma, un poema que intenta confrontar los aspectos más sombríos de la teoría de la evolución termina concediéndole veracidad. Sin embargo, el autor se toma una pequeña revancha personal. Estos Hombres Lobo que «alguna vez fueron humanos», ahora se ven reducidos a perseguirse sus propios rabos en los confines de la tierra por el crimen de repudiar «al gran Dios que los hizo», análogo al «crimen» darwiniano de repudiar a Dios en términos científicos [ver: El origen de la enemistad entre Vampiros y Hombres Lobo]




Los Hombres Lobo.
The Were-Wolves, William Wilfred Campbell (1860-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Corren, todavía corren,
desde el atardecer hasta el alba;
y sus ojos cansados resplandecen
bajo los cielos blancos del norte.
Cada pantera en la oscuridad
es un alma embrujada por demonios,
los sombríos, fantasmagóricos hombres lobo
que merodean alrededor del Polo.

Sus lenguas son de llameante carmesí,
sus atormentados ojos azules brillan,
y se esfuerzan al máximo
sobre lagos y arroyos helados;
sus gritos son una nota de agonía,
que no es ladrido ni aullido,
estas panteras del páramo del norte
que lo recorren en la oscuridad.

Puedes oír la agitada respiración,
puedes ver sus formas fugaces
en la pálida medianoche polar,
cuando el norte amasa tormentas;
cuando llamean las heladas árticas
y retumban los truenos sobre el campo de hielo;
estos demoníacos hombres lobo
merodean alrededor del Polo.

Corren, todavía corren
a través de la noche boreal,
llenos de una aterradora locura,
un horror por la luz;
por siempre y para siempre,
como hojas ante el viento,
dejan muy atrás el pálido
resplandor del alba.

Su única paz es la oscuridad,
corren sin descanso
hasta el corazón de la medianoche,
para siempre desde el amanecer.
A través de lejanos y fantásticos témpanos,
el ojo de la noche puede marcar
a estos hombres lobo
por el espanto que los acosa en la oscuridad.

A lo largo de este odioso viaje
son las almas de los hombres
que en la lejana edad oscura
hicieron de Europa un pantano negro.
Huyeron de las cortes y los conventos,
y ataron su polvo mortal
con demoníacos, lobunos cinturones
de humano odio y lujuria.

Éstos, que podrían haber sido como dioses,
eligieron, cada uno, ser una bestia repugnante,
entre los inmundos cementerios del corazón,
cebándose en pensamientos putrefactos;
pero el gran Dios que los hizo
les dio a cada uno un alma humana,
y así, en una eterna medianoche,
merodean alrededor del Polo.

Una oración por la negrura,
un anhelo por la noche,
porque cada uno está condenado
por el horror de la luz;
y lejos en el corazón de la medianoche,
donde se lanza su vuelo sombrío,
sienten con dolor el amanecer
que se arrastra en torno al mundo.

Bajo la medianoche del norte,
sobre el hielo blanco y reluciente,
corren, todavía corren
con su horror al amanecer;
por los siglos de los siglos,
corren hacia la noche,
todavía corren hasta el día del juicio.


They hasten, still they hasten,
From the even to the dawn;
And their tired eyes gleam and glisten
Under north skies white and wan.
Each panter in the darkness
Is a demon-haunted soul,
The shadowy, phantom werewolves,
Who circle round the Pole.

Their tongues are crimson flaming,
Their haunted blue eyes gleam,
And they strain them to the utmost
O’er frozen lake and stream;
Their cry one note of agony,
That is neither yelp nor bark,
These panters of the northern waste,
Who hound them to the dark.

You may hear their hurried breathing,
You may see their fleeting forms,
At the pallid polar midnight,
When the north is gathering storms;
When the arctic frosts are flaming,
And the ice-field thunders roll;
These demon-haunted werewolves,
Who circle round the Pole.

They hasten, still they hasten,
Across the northern night,
Filled with a frighted madness,
A horror of the light;
Forever and forever,
Like leaves before the wind,
They leave the wan, white gleaming
Of the dawning far behind.

Their only peace is darkness,
Their rest to hasten on
Into the heart of midnight,
Forever from the dawn.
Across far phantom ice-floes
The eye of night may mark
These horror-haunted werewolves
Who hound them to the dark.

All through this hideous journey
They are the souls of men
Who in the far dark-ages
Made Europe one black fen.
They fled from courts and convents,
And bound their mortal dust
With demon, wolfish girdles
Of human hate and lust.

These, who could have been godlike,
Chose, each a loathsome beast,
Amid the heart’s foul graveyards,
On putrid thoughts to feast;
But the great God who made them
Gave each a human soul,
And so ‘mid night forever
They circle round the Pole.

A-praying for the blackness,
A-longing for the night,
For each is doomed forever
By a horror of the light;
And far in the heart of midnight,
Where their shadowy flight is hurled,
They feel with pain the dawning
That creeps in round the world.

Under the northern midnight,
The white, glint ice upon,
They hasten, still they hasten,
With their horror of the dawn;
Forever and forever,
Into the night away
They hasten, still they hasten
Unto the judgment day.


William Wilfred Campbell
(1860-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de hombres lobo.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de William Wilfred Campbell: Los Hombres Lobo (The Were-Wolves), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Freud y el caso del Hombre de los Lobos


Freud y el caso del Hombre de los Lobos.




El sueño del Hombre Lobo es uno de los sueños más famosos en la historia del psicoanálisis. Así comienza la angustiosa pesadilla infantil de Sergei Konstantinovitch Pankejeff (1886-1979), un paciente a quien Sigmund Freud rebautizó como el Hombre de los Lobos (Der Wolfsmann), en parte, para proteger su verdadera identidad, tratándose de un prestigioso aristócrata ucraniano:


[De repente, la ventana se abrió por sí sola y me aterrorizó ver que algunos lobos blancos estaban sentados en un gran nogal.]


La noche anterior a su cumpleaños número cuatro, Pankejeff soñó que estaba acostado en la cama cuando de repente se abrió la ventana. Al asomarse, vio a seis o siete lobos blancos sentados en un árbol fuera de su dormitorio, con los ojos fijos en él. Aterrado, se despertó gritando. Posteriormente hizo un boceto del sueño para Freud, y durante su vida posterior produjo varias pinturas más. El sueño intrigó a Sigmund Freud, quien pronto descubrió que éste sería un punto de inflexión en la infancia de Pankejeff [ver: Freud y la interpretación de los sueños]

Al parecer, en los meses previos al sueño, Pankejeff había atravesado por una «fase traviesa», pero después del sueño esto fue reemplazado por un período de intensa ansiedad. Gran parte de su terapia con Freud estuvo dedicada a desentrañar este peculiar sueño. ¿Qué significaba? ¿Y por qué produjo un cambio tan dramático en la personalidad de Pankejeff? [ver: Significado de soñar con animales]

Sergei Pankejeff, el «Hombre Lobo», era un aristócrata. Tenía 23 años cuando comenzó su tratamiento con Sigmund Freud, más precisamente en febrero de 1910, en un estado de colapso mental. Un ataque de nervios algunos años antes, seguido de los suicidios de su padre y su hermana, lo habían dejado gravemente deprimido. No podía viajar solo, ni siquiera vestirse solo [o defecar sin asistencia], y sentía como si un velo invisible lo separara de la realidad.

Cuando Pankejeff describió sus primeros años a Freud, comenzó a surgir la historia de una infancia atribulada. Su familia estaba constituida por aristócratas. Vivían en una gran finca en la Rusia anterior a la revolución. Su padre padecía depresión y alcoholismo; y su madre, graves problemas abdominales. Tenía una relación difícil con su hermana, que era dos años mayor que él. Lo cuidaba su niñera, a quien le tenía mucho cariño. Inicialmente era un niño tranquilo y afable, pero desde los tres años su personalidad sufrió una serie de transformaciones dramáticas:

Un análisis del árbol genealógico del Hombre de los Lobos es revelador: su padre se suicidó y había sido diagnosticado como maníaco-depresivo y hospitalizado por depresión varias veces. De hecho, fue el rival de Freud, el psiquiatra Emil Kraepelin, quien diagnosticó al padre como un caso de psicosis maníaco-depresiva. La hermana del Hombre de los Lobos se suicidó cuando tenía poco más de veinte años. Su abuela paterna intentó suicidarse en una depresión posparto [ver: La depresión posparto en el relato de terror], y su abuelo paterno era alcohólico.

Hasta los 3 años, Pankejeff era un niño tranquilo y de buen carácter, tanto que sus padres decían que debería haber nacido niña, y su hermana, niño. A partir de los 3 se volvió irritable y propenso a tener rabietas. Luego vino un período de intensa ansiedad y fobias, seguido por fases de obsesiva religiosidad. En este punto Pankejeff sueña con los lobos en el árbol. Empieza a manifestar miedo por los animales, especialmente fantasías de ser devorado por un lobo. Realiza elaborados rituales de oración y lucha contra lo que él consideraba «pensamientos blasfemos».

Para Freud, la clave de estos cambios de comportamiento residía en el sueño, que trajo consigo la primera aparición de sus ansiedades. Pankejeff esbozó el sueño para Freud durante su análisis y, en años posteriores, pintó otras imágenes de la escena [algunas son muy buenas]. La interpretación de este sueño desveló los secretos de la extraordinaria infancia de Pankejeff, y también llevó a Freud a reafirmar sus puntos de vista.

A medida que se desarrolló el análisis, quedó claro que este cambio en la personalidad y el comprotamiento de Pankejeff coincidían con el sueño, y este con una serie de hechos preocupantes. Su hermana lo había tocado inapropiadamente y poco después él trató de repetir el episodio frente a la niñera. Ella le reprendió, declarando que los niños pequeños que hacían esas cosas recibían una «herida» en ese lugar [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]

Una afirmación clave del psicoanálisis es que la sexualidad no es solo un bloque granítico, sino una especie de mosaico formado por diferentes impulsos. Estas unidades pueden ser pasivas o activas. Por ejemplo, el impulso oral puede estar relacionado con comer [activo] o ser comido [pasivo]. Eventos como el destete, el entrenamiento para ir al baño o las experiencias traumáticas pueden cambiar los intereses y ansiedades del niño de un impulso a otro. Los avances de la hermana habían estado dirigidos a una parte específica del cuerpo de Pankejeff, pero también lo habían puesto en una posición pasiva. Esto es lo que luego recreó en relación con su niñera, quien bloqueó sus avances con una amenaza.

Inhibido por esta amenaza, las preocupaciones de Pankejeff se desplazaron de lo oral. El argumento de Freud es que las rabietas de Pankejeff fueron en realidad intentos de hacer que su padre lo castigara.


[Bajo la influencia persistente de esta experiencia, siguió un camino desde su hermana, a través de su niñera, hasta su padre.]


Esto puede parecer una explicación absurda, pero Freud la basa en una atención meticulosa a los detalles de la infancia de Pankejeff. El material del caso está repleto de temas de pasividad y una preocupación apenas velada por las heridas del cuerpo. También vale la pena señalar que el argumento de Freud se basa en la idea de que las experiencias infantiles de agresión o abuso pueden tener graves consecuencias para el desarrollo psicológico, algo con lo que pocos profesionales podrían estar en desacuerdo

La «fase traviesa» de Pankejeff terminó prácticamente de la noche a la mañana y fue reemplazada por un período de intensa ansiedad. Pero esta vez, la transformación no estuvo vinculada a una experiencia traumática sino a un sueño aterrador. Así se lo describió a Freud:


[Soñé que era de noche y que estaba acostado en la cama. De repente, la ventana se abrió por sí sola, y me aterrorizó ver que unos lobos blancos estaban sentados en un gran nogal. Había seis o siete de ellos. Los lobos eran bastante blancos, tenían grandes colas y las orejas aguzadas, como perros cuando prestan atención a algo. Con gran terror, evidentemente de ser devorado por los lobos, grité y me desperté.]


Para Freud, un sueño es un mosaico de pensamientos y motivos. Su teoría de los sueños hace una distinción crucial entre el contenido manifiesto [el sueño tal como lo recordamos] y el contenido latente. Este se combina en el contenido manifiesto mediante un proceso inconsciente de cifrado. El objetivo de Freud era sacar a la luz los deseos ocultos en el contenido latente. Hizo esto preguntando a sus pacientes qué les venía a la mente en relación con cada elemento del sueño.

El sueño del Hombre de los Lobos ilustra algunas de las afirmaciones clave de Freud sobre los sueños, quien los describe como representaciones del cumplimiento de deseos infantiles reprimidos. El sueño del Hombre de los Lobos no es una excepción, a pesar de que el deseo que cumple causa angustia al soñador y transforma el sueño en una pesadilla. ¿Qué hizo que el sueño se convirtiera en una pesadilla? El sueño muestra una conciencia naciente de la diferencia física entre hombres y mujeres. En el momento del sueño, Pankejeff se acerca a la culminación de su complejo de Edipo, cuando los niños se enfrentan a la pregunta de cómo llegaron al mundo y comienzan a darse cuenta de que tendrán que asumir una posición de género, como niño o niña [ver: Lo que Sigmund Freud no te contó sobre el complejo de Edipo]

Freud argumentó que los niños no nacen con ningún conocimiento de las diferencias de género. Es a medida que avanzan por el complejo de Edipo que el enigma de esas diferencias se convierte en fuente de una intensa especulación imaginativa y miedo.

El sueño manifiesto invierte muchos de los pensamientos oníricos latentes. Invierte la posición de los lobos, les da grandes colas, hace que Pankejeff sea el objeto que se está mirando. Freud se pregunta si acaso el sueño no está invirtiendo todo el contenido latente, con lo cual la quietud de los lobos [en el sueño manifiesto] también podría ser una inversión.

Freud reúne los elementos del sueño, junto con una gran cantidad de material de otro caso, para hacer una afirmación extraordinaria: el sueño tocaba el recuerdo anterior de presenciar a sus padres teniendo relaciones [algo traumático, sin dudas], que Freud llama «escena primaria». La «escena primaria» es algo difícil de entender para los niños. Por lo general, primero lo interpretan como un acto de violencia ejercido por el padre. Solo más tarde comienzan a pensar en ello en términos de posiciones de género.

En el relato de Freud, el sueño se desarrolla durante varias instancias:

a- Pankejeff se duerme pensando en los regalos del árbol [el sueño se produjo en Navidad, fecha que coincide con el cumpleaños del paciente]. Podríamos imaginar que al comienzo del sueño el árbol donde están los lobos es un árbol de Navidad.

b- Sus impulsos dominantes encuentran expresión en el deseo de recibir un regalo. El tema de «recibir» algo de su padre adquiere una connotación pasiva.

c- Un pensamiento se entromete. Su otra preocupación en ese momento entra en el sueño: las diferencia de género.

d- Los pensamientos convergen: la escena primaria se convierte, y su posición pasiva [en relación con su padre] adquiere nuevas connotaciones aterradoras.

e- Un intento de distorsión: el trabajo onírico lucha por hacer inofensiva esta idea angustiosa invirtiendo los elementos de la escena primaria. Deja a los lobos perfectamente quietos y les da enormes colas.

f- El sueño se derrumba. No logra contener la perturbación. Se rompe y se convierte en una pesadilla. Pankejeff despierta presa del pánico.

También hay un curioso elemento popular en el caso, del que tanto Freud como Pankejeff eran muy conscientes. El cumpleaños del paciente era el 25 de diciembre. En muchas leyendas, aquellos que nacen en Navidad estaban destinados a convertirse en monstruos o agentes del diablo. Además, Pankejeff también había nacido «enmantillado» [con una membrana translúcida del saco amniótico en la cara], que se consideraba un mal presagio en algunas partes de Rusia [curiosamente, el propio Freud también nació «enmantillado»]. Freud también registra que la niñera que lo había atendido cuando era niño era profundamente religiosa [y extremadamente supersticiosa] y tomó esto como una señal de que el niño se convertiría en un hombre lobo cuando creciera [ver: Razas y clanes de hombres lobo]. Con esto en mente, el sueño de los lobos adquirió un significado adicional.
 
La solución de Freud al cambio de carácter de Pankejeff es, bueno, netamente freudiana. Si la pasividad de Pankejeff implicaba el deseo de ser castigado por su padre, el descubrimiento de las diferencias de género hizo que se situara en la posición de su madre. Según Freud, Pankejeff había tomado varios recuerdos, observaciones y fragmentos de información y los había reunido en una teoría: los hombres tienen pene y las mujeres no; pero su sueño lo enfrentó con algo impensable: ser la mujer de su padre implicaría una pérdida aterradora en su anatomía.

Esta segunda transformación [de travieso a ansioso] es similar a la primera [de tranquilo a travieso], cuando su niñera había hecho la oscura amenaza sobre una «herida». Pero en esta transformación, la amenaza es internalizada. En el relato de Freud, Pankejeff se despertó en un estado de intensa ansiedad de castración, que durante los siguientes seis meses se expresó en un registro oral, como el terror de ser devorado por un lobo.

En 1897, Freud desarrolló la teoría de que la «histeria» asociada con la licantropía podría ser una reacción emocional retardada a un abuso anterior [ver: El origen del hombre lobo y la licantropía]. Según su propio relato de 1914, Freud se encontró cara a cara con este paciente, Pankejeff, que expresó una conexión con el motivo del hombre lobo. De hecho, Freud lo nombró el Hombre Lobo [aunque mejor sería traducirlo como el Hombre de los Lobos] tanto en sus notas como en su relato [ver: Bertha Pappenheim y la histeria femenina]

Si bien Freud se pronunció sobre la curación de Pankejeff, lo cierto es que unos años después sufrió un delirio psicótico. Fue visto en una calle, mirando su reflejo en una vidriera, convencido de que un cirujano le había perforado un agujero en la nariz. Sus obsesiones por su nariz persistían y su estado de ánimo fluctuaba entre altibajos. Después de 1945, experimentó depresiones periódicas cada pocos años, alternando con períodos de euforia e hiperactividad. Por lo tanto, está claro que el Hombre de los Lobos no se curó con su análisis con Freud. En todo caso, es posible que haya empeorado.

Ruth Mack Brunswick, una analista freudiana, aventura que este delirio en la vía pública fue un desplazamiento de la ansiedad de castración diagnosticada por Freud. Más adelante, Pankejeff publicó sus propias memorias bajo el seudónimo dado por Freud [Wolfsmann] y permaneció en contacto con los discípulos freudianos hasta su propia muerte. De hecho, se sometió a diferentes análisis, de forma ininterrumpida, durante seis décadas más, convirtiéndose en uno de los pacientes mejor documentados en la historia del del psicoanálisis.

Son muchos los que vacilan sobre la eficacia del tratamiento de Freud en el caso del Hombre de los Lobos. Otto Rank, en 1926, lo cuestionó duramente, descartando el diagnóstico de Freud por considerarlo inverosímil y especulativo. Repasemos algunos puntos:

El análisis de Freud se basó en la pesadilla de los lobos blancos sentados en un árbol frente a la ventana abierta, y dedujo que el sueño simbolizaba un trauma primario: Pankejeff, cuando era un niño, había presenciado a sus padres teniendo relaciones. Sin embargo, esta posible causa del trauma fue descartada por el propio Pankejeff más adelante, aunque con argumentos bastante endebles. Según Pankejeff, en familias acaudaladas como la suya, los niños pequeños dormían en la habitación de la niñera, no con sus padres; lo cual es cierto, tanto como que una pareja puede tener intimidad no solo en su dormitorio, cuando los niños duermen con la niñera, sino en cualquier lugar de la casa, a cualquier hora. De hecho, es mucho más probable que sean sorprendidos en áreas comunes de la casa que en el propio dormitorio.

En cualquier caso, Pankejeff no quedó conforme con su tratamiento, en absoluto. Cuestionó a Freud, y dijo que le molestaba haberse convertido en «una obra maestra del psicoanálisis». No podemos culparlo.

Es interesante mencionar que se han hecho muchos estudios adicionales del caso del Hombre de los Lobos, algunos de los cuales incluyen la posibilidad de que el sueño de Pankejeff, tal como fue narrado por el paciente, sea un criptónimo, es decir, una narración donde ciertas palabras reemplazan a otras. En este contexto, las declaraciones manifiestas de Pankejeff ocultan otras que están latentes, y el contenido real de sus palabras puede descifrarse analizando su trasfondo multilingüe. Según esta teoría, Pankejeff ocultó algunas cuestiones sobre su hermana mayor, y como el paciente quería olvidar y preservar estos secretos, cifró a su hermana mayor en el sueño. Por ejemplo, al referirse a los lobos sentados en el árbol, Pankejeff empleó la expresión «manada de seis»; en ruso, shiestorka, palabra casi idéntica a siestorka, que significa «hermana»; lo cual sitúa a la hermana del paciente en el centro del trauma [ver: Lapsus linguae: cuando decimos lo que queremos callar]

No sólo Pankejeff nunca se curó, sino que siguió siendo tratado por otros psicoanalistas hasta su muerte. Su estado empeoró considerablemente con el transcurso de los años. Algunos sostienen que Pankejeff cobraba una mensualidad a cargo de la Fundación Sigmund Freud con el propósito de mantenerlo oculto en Viena para que el fraude de su supuesta curación no se hiciera público. Otros, sin embargo, aseguran que la Fundación sostuvo económicamente a Pankejeff porque había caído en desgracia en la posguerra, tal vez como una retribución por su aporte al psicoanálisis.



El lado oscuro de la psicología. I Diccionario de sueños.


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«El hombre lobo»: Anne S. Bushby; poema y análisis


«El hombre lobo»: Anne S. Bushby; poema y análisis.




El hombre lobo (The Werewolf) es un poema gótico de la escritora inglesa Anne S. Bushby (¿?— 1875), publicado de manera póstuma en la antología de 1876: Poemas de la difunta Anne S. Bushby (Poems by the Late Anne S. Bushby).

El hombre lobo, tal vez uno de los mejores poemas de Anne S. Bushby, retrata el encuentro de una mujer y su pequeño hijo con un hombre lobo (ver: Razas y clanes de hombres lobo)

La obra de Anne S. Bushby fue prácticamente olvidada, sobre todo debido al reconocimiento que obtuvo como traductora al inglés de los cuentos de Hans Christian Andersen (ver: El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres). Sin embargo, allí podemos encontrar algunas piezas exquisitas, como sin dudas lo es El hombre lobo, un poema sencillo que se inscribe en la tradición del romanticismo.

La fascinación de Anne S. Bushby por Hans Christian Andersen nos sitúa en el escenario principal del cuento de hadas: el bosque encantado (ver: La psicología del bosque encantado). Además, es de noche, los árboles se agitan, el viento susurra entre las hojas, y esta madre se queda sola con su hijo mientras su esposo se mete en el bosque buscando algo de madera para reparar el carro en el que estaban viajando.

Entonces, desde las sombras del bosque aparece un hombre lobo, pero la mujer de algún modo logra ahuyentarlo pronunciando el nombre de Dios y arrojándole un trozo de su ropa. Al regresar a casa, la luz ilumina el rostro del esposo, de cuyos dientes cuelgan algunos jirones de tela. ¡Él es el licántropo que la atacó! Al reconocerlo, el hombre vuelve a transformarse (ver: Psicología del hombre lobo)

El hombre lobo de Anne S. Bushby se nutre de las leyendas medievales que, eventualmente, se convertirían en cuentos de hadas. Aquí, la figura de alguien familiar que por las noches se convierte en hombre lobo y es capaz incluso de devorar a su esposa e hijo, es un motivo recurrente en estas historias folclóricas (ver: El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción). En cierto modo, la figura del licántropo representa una parte de nosotros mismos que existe en los sótanos del subconsciente, un impulso salvaje que, en este caso, incluso es capaz de matar su vínculo más fuerte con la sociedad y la civilización: la familia (ver: El origen del hombre lobo y la licantropía)




El hombre lobo.
The Werewolf, Anne S. Bushby (¿?— 1875)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Fue a medianoche, y aunque la luna proyectaba una luz pálida,
sobre el bosque encantado colgaba
una espesa niebla, y entre las hojas el viento aullaba.
En un carro por ese salvaje camino,
un campesino conducía a su esposa e hijo.

«A las hadas no debes temer,
ellas bailan bajo la luna en el claro verde.
Si la lechuza chillara desde aquel pantano,
di una oración, no escuches su voz áspera.
Lo que veas, no temas, pero abraza al niño», dijo el padre.

«¡Adelante, viejo caballo! Detrás de ese árbol
puedo ver el campanario de nuestra iglesia.
¡Vamos! Pero, espera, detente un momento.
La rueda está a punto de romperse;
buscaré algo de madera y la arreglaré, querida;
sujeta al niño y no temas!»

Una hora podría ella haber estado sola,
cuando escuchó un ruido: «Oh, ¿qué es eso?»
¡Un sabueso negro como el carbón!
¡Ella reconoce al hombre lobo mientras él enseña los dientes!
Mira fijamente a su hijo,
y ella le arroja el delantal mientras él salta.

Sus afilados dientes lo muerden;
pero ella clama a Dios pidiendo ayuda, y él huye,
Sus brazos envuelven al indefenso bebé,
se sienta como una estatua, pálida y fría.
Pero pronto su esposo está a su lado,
y ahora cabalgan a salvo.

Al llegar a casa, se enciende una luz
que ilumina un pensamiento horrible:
«¿Qué, mi amor, son estos hilos
que cuelgan de tus dientes?
¡Entonces tú eres un hombre lobo!»
«¡Tus palabras —dijo él— me han liberado de nuevo!»


‘Twas at the middle hour of night;
And though the moon gave her pale light,
O’er the haunted wood a thick mist hung
And the wind was howling its leaves among.
In a cart along that way so wild
A peasant was driving his wife and child.

“For the fairy folks thou need’st fear not,
They dance ‘neath the moon on yon green spot.
Should the screech-owl cry from yonder marsh,
Say a prayer, nor heed its voice so harsh.
Whate’er thou seest, be not afraid,
But clasp the child,” the father said.

“Forward, old horse! Behind yon tree
Our church’s steeple I can see.
Get on! But hold, a moment stop–
The linch-pin is about to drop;
‘Tis crack’d–I’ll cut a stick, my dear;
Hold fast the child, and have no fear!”

An hour alone she might have sat,
When a noise she heard–“Oh, what is that?”
Lo! a coal-black hound! She sees and knows
The werewolf! while his teeth he shows,
And glares upon her child, she flings
Her apron o’er it as he springs.

His sharp teeth bite it; but she cries
To God for help, away he flies.
Her arms the helpless babe enfold,
She sits like a statue, pale and cold.
But soon her husband’s by her side,
And onwards now they safely ride.

Arrived at home, a light is brought;
She starts, as with some horrid thought:
“What? Husband! husband! can these be
Threads hanging from thy teeth I see?
Thou art thyself a werewolf then!”
“Thy words,” he said, “have set me free again!”


Anne S. Bushby
(¿?— 1875)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas victorianos.


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El análisis, traducción al español y resumen del poema de Anne S. Bushby: El hombre lobo (The Werewolf), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Hombre lobo»: Julian Hawthorne; poema y análisis


«Hombre lobo»: Julian Hawthorne; poema y análisis.




Hombre lobo (Were-Wolf) es un poema gótico del escritor norteamericano Julian Hawthorne (1846-1934), publicado originalmente en la edición del 1 de mayo de 1895 de la revista Chap-Book, y luego reeditado en la antología de 1900: Una antología americana (An American Anthology).

Hombre lobo, sin lugar a dudas uno de los mejores poemas de Julian Hawthorne —hijo de Nathaniel Hawthorne y autor de prestigio por derecho propio—, versifica la visión de un hombre de una escalofriante criatura que corre por el páramo: un hombre lobo (ver: Razas y clanes de hombres lobo)

Hombre lobo de Julian Hawthorne posee una fuerza singular. Ciertamente es el mejor poema de hombres lobo, lo cual es un mérito extraordinario para un novelista como Julian Hawthorne. De hecho, no parece el poema ocasional de un prosista, sino el esfuerzo cúlmine de un poeta de toda la vida.

Julian Hawthorne aborda la leyenda del hombre lobo con sumo respeto, y eso implica hacerlo en un contexto de absoluto espanto, sin matices románticos (ver: El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género). Esta criatura no solo corre por los campos metamorfoseada en lobo, sino que además parece llevar una pequeña víctima en sus fauces, un bebé, tal vez, saqueado de alguna incursión en una aldea. Esto refleja con macabra minuciosidad las leyendas medievales de hombres lobo (ver: Hombres lobo: el significado de la leyenda).

Hombre lobo de Julian Hawthorne es un poema aterrador que va perfilando la forma de esta criatura extraña, imprecisa al principio, que finalmente se va volviendo más y más definida para el observador. El resultado de esta visión es la suma de todos los horrores que subyacen en los cuentos de hadas (ver: La psicología del hombre lobo)




Hombre lobo.
Were-Wolf, Julian Hawthorne (1846-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Corre el viento en los páramos,
corren las nubes a través de la luna,
sombras espantosas corren
a toda prisa en las dunas nevadas.
Sombras azules sobre el blanco espectral
que brilla en la noche.
Pero hay algo más horroroso, más espectral aún,
¿qué cosa espantosa avanza allí,
corriendo, corriendo, corriendo
más rápido que las nubes o el viento?
¿Qué presagio de una enfermedad sin nombre,
de dónde viene, yendo a toda velocidad,
corriendo, corriendo, corriendo,
dejando todo atrás excepto el miedo?

Inclinado en la carrera,
aliento agudo por las fosas nasales tensas,
ojos caídos en un rostro despiadado,
¿qué duende de malevolencia
corre por la noche helada
en vuelo sobrehumano?
¡Véalo correr, correr, correr,
superando las sombras que vuelan!
¡Escuche el corazón del demonio,
latir, latir, latir, latir en su pecho!
Corriendo, corriendo, corriendo
bajo el cielo helado,
veloz, tan espantosamente veloz,
sin detenerse nunca para descansar.

¿Qué sujeta con tanta fuerza
en sus delgadas y frías manos mientras acelera?
¿Algo suave, algo blanco,
algo humano, que sangra?
¿Es la cabeza rizada de un bebé
y las extremidades inocentes, roídas y rojas?
Más y más rápido se inclina,
se inclina y corre;
salpicados de sangre están sus horribles labios,
sonriendo con horrible regocijo.
Los lobos que lo siguen con pies apresurados,
oliendo ese hedor a duende,
se dispersan de inmediato, aterrorizados,
mientras se aleja hacia la orilla del mar helado.

¡Lejos! ¿Es hombre? ¿Es mujer,
aquello que se alimenta de carne?
¡Lejos! ¿Es una bestia? ¿Es humano?
¿O es realmente un demonio?
¡Demonio de entrañas humanas engendrado,
inspirado por el infierno, olvidado por Dios!
Ahora llega la hora de la medianoche:
la forma humana que ningún demonio puede asumir,
ni siquiera en esa hora mística.
Más abajo, más abajo, se dobla.
¡Ha llegado la medianoche, ha llegado y se ha ido!
¡En cuatro patas, véalo zambullirse y saltar!
¡Termina un grito humano con el aullido de un lobo!
¿Qué cosa gris y demacrada galopa sobre el mundo?


Runs the wind along the waste,
Run the clouds across the moon,
Ghastly shadows run in haste
From snowy dune to dune—
Blue shadows o’er the ghastly white
Spectral gleaming in the night.
But ghastlier, more spectral still,
What fearful thing speeds hither,
Running, running, running
Swifter than cloud or wind?
What omen of nameless ill,
Whence coming, speeding whither,
Running, running, running,
Leaves all save fear behind?
Leaning, leaning in the race,
Breath keen-drawn through nostrils tense,
Fell eyes in ruthless face,
What goblin of malevolence
Runs through the frozen night
In superhuman flight?
See it run, run, run,
Outstripping the shadows that fly!
Hear the fiend’s heart beat, beat,
Beat, beat, beat in its breast!
Running, running, running on
Under the frozen sky,
Fleet, so fearfully fleet,
Pausing never to rest.

Clutched—what is clutched so tight
In its lean, cold hands as it speeds?
Something soft, something white,
Something human, that bleeds?
Is it an infant’s curly head,
And innocent limbs, gnawed and red?
Fleeter and yet more fleet
It leans, leans and runs;
Dabbled with blood are its awful lips,
Grinning in horrible glee.
The wolves that follow with scurrying feet,
Sniffing that goblin scent, at once
Scatter in terror, while it slips
Away, to the shore of the frozen sea.

Away! is it man? is it woman,
On such dread meat to feed?
Away! is it beast? is it human?
Or is it a fiend indeed?
Fiend from human loins begotten,
Hell-inspired, God-forgotten!
Now the midnight hour draws on:
Human form no fiend may keep
Or ever that mystic hour is told.
Lower, lower, lower it bends.
Midnight is come—is come and gone!
Down on all fours see it plunge and leap!
A human yell in a wolf’s howl ends! …
What gaunt, gray thing gallops on o’er the world?


Julian Hawthorne
(1846-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Julian Hawthorne.


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El análisis, traducción al español y resumen del poema de Julian Hawthorne: Hombre lobo (Were-Wolf), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción


El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción.




Desde que Petronio escribió el Satiricón en el 61 d.C., la figura del Hombre Lobo se abrió camino a través de casi 2.000 años de literatura, pasando por leyendas populares, cuentos de hadas, y finalmente por el género que terminaría de darle forma: la literatura gótica (ver: El hombre lobo en la antigüedad clásica).

En la Edad Media, la creencia en la licantropía estaba ampliamente extendida, y prevaleció en la mayoría de los cuentos de hadas posteriores. Basta pensar en la versión de Charles Perrault de Caperucita Roja (ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror), donde el Lobo es un símbolo del engaño y el mal, cuando no directamente del diablo, y cuyo propósito en la historia es regular el comportamiento de las mujeres (ver: El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres).

La primera novela de hombres lobo propiamente dicha es El brazo cortado (The Severed Arm), un gothic blue book de 1820, donde la figura del licántropo representa las ansiedades sociales de la época en relación con la sexualidad (ver: El origen del hombre lobo y la licantropía)

El Hombre Lobo en la ficción suele ser un símbolo del forastero marginado, cuyo salvajismo amenaza el orden social establecido. En este contexto, no es extraño que los Hombres Lobo a menudo existan en los márgenes de las comunidades rurales rodeadas de bosques y montañas. El acto de devorar a sus víctimas claramente representa el miedo al canibalismo en esas circunstancias de aislamiento. Por otro lado, en muchas historias hay una marcada diferencia de clase entre el Hombre Lobo y su víctima (ver: El Marxismo en el Horror: los pobres siempre mueren primero). Mientras el Licántropo es un marginado, un salvaje, sus víctimas son individuos sociales y a menudo importantes para su sociedad.

En el folclore, tal como afirma Montague Summers en El Hombre Lobo (The Werewolf), los Hombres Lobo se transforman de humanos en bestias a la luz de la luna llena, y solo pueden morir con una bala de plata, requisito difícil de cumplir antes del advenimiento de las armas de fuego. No obstante, lo que nos interesa aquí es este concepto de metamorfosis, porque sugiere que la frontera entre lo humano y lo animal, entre lo civilizado y lo salvaje, a menudo es dudosa, y puede transgredirse mucho más fácil de lo que pensamos (ver: Monstruología: cuatro categorías para lo monstruoso en la ficción)

Tal vez tenga algo que ver con el tema de la reversibilidad, pero lo cierto es que, en la mayoría de las historias, el Hombre Lobo termina despertando la simpatía del lector, incluso su compasión, no importanta el reguero de cadáveres que haya dejado a su paso (ver: El «Efecto Milton» y la simpatía por el diablo). Después de todo, él también es una víctima.

En el siglo XIX surgieron varios relatos de hombres lobo que revivieron la tradición folclórica, como El lobo blanco de Kostopchin (The White Wolf of Kostopchin, 1889), Gilbert Campbell; y El lobo blanco de las Montañas Hartz (The White Wolf of the Hartz Mountains, 1839) de Frederick Marryat. En este cuento en particular, la licantropía es una maldición relacionada con el adulterio y el canibalismo. Lo cierto es que los Hombres Lobo devoran a sus víctimas, con frecuencia a sus seres queridos, e incluso a sus hijos, como en la historia de Marryat. Este tipo de canibalismo acaso funciona como una metáfora de los temores y ansiedades sociales sobre el hambre en la época victoriana.

Pero esto no siempre es así. Por ejemplo, La marca de la bestia (The Mark of the Beast, 1891), de Rudyard Kipling, refleja ciertas ansiedades culturales en relación a la raza y la etnia, en particular al miedo de los invasores ingleses al paganismo nativo de la India, y cómo este podría degradar el orden imperial civilizado y superior (ver: La psicología del Hombre Lobo).

En el cuento surrealista de Eric Stenbock: El otro lado (The Other Side, 1893), Gabriel es un muchacho sensible, intuitivo, y sobre todo receptivo ante el poder sobrenatural de una Mujer Loba, Lilith, que vive en un bosque y lo convierte en uno de su raza. Al igual que Angela Carter en En compañía de lobos (The Company of Wolves), Stenbock trata al lobo como una figura compleja y moralmente ambigua que apela a nuestra simpatía. Lilith es una cazadora sanguinaria, es cierto, pero también es una mujer perseguida que puede ser tan crual como compasiva y cariñosa.

Finalmente, la historia de Robert Louis Stevenson: Olalla (Olalla, 1885) explora sutilmente la idea de que la licantropía representa la degeneración familiar hacia un estado de irracionalidad y locura vecino del salvajismo (ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica)

El clásico de Clemence Housman: La loba (The Were-Wolf, 1896) presenta de forma brillante los discursos predominantes de la era victoriana. Aquí, la transición entre lo humano y lo animal refleja una transgresión de conceptos sobre las diferencias de género que dieron forma a la identidad victoriana tradicional (ver: Transgénero en la literatura: ficción, diversidad y discriminación). Situado dentro de la proliferación de la ficción licántropa del siglo XIX, el cuento de Housman rompe con todos los límites normativos de aquel entonces (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror)

Esta impugnación de la sexualidad reglamentada dio forma a los grandes tropos de transformación en la literatura del siglo XIX. La ficción sobrenatural en esta época a menudo se centra en la transmutación de una forma a otra, combinando metáforas de la animalidad con la degeneración de la mente y el cuerpo, de la cual los lobos eran un tema especialmente popular (ver: Los Monstruos y lo Monstruoso).

En este contexto, el Hombre Lobo y la Mujer Loba, fundamentalmente híbridos de animal y humano, surgieron en la mayoría de las ficciones como criaturas que simbolizaban los miedos hacia esa bestia interior, bruta e irracional, pero también hacia la gratificación sexual de esa transgresión [ver: Eena]

No solo los Hombres Lobo encarnan este principio bestial en el ser humano, y la consecuente transgresión de todas las normas que nos convierten en sujetos sociales, la mujer también fue incorporada al mito del licántropo, configurada como una femme fatale cuya propia exhuberancia sexual es claramente el elemento distintivo de su monstruosidad (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

Pero, a diferencia de los licántropos masculinos, básicamente outsiders de la sociedad, las Mujeres Loba a menudo se disfrazaban de mujeres hermosas capaces de engañar y devorar a sus desprevenidos amantes. Mientras los Hombres Lobo emergen de los bosques para asediar a las aldeas rurales, la Mujer Loba utiliza la manipulación sexual para atraer a sus víctimas. Eso dice mucho de la concepción victoriana de lo que significaba aquello de liberar la bestia interior que todos tenemos dentro. Mientras que el hombre libera su bestialidad, la mujer exacerba su peligrosidad como amante (ver: El Feminismo y la muerte del Gótico).

En este tipo de concepciones, la monstruosidad femenina está constituida por una subversión de la feminidad civilizada. Esta transgresión de la Mujer Loba hacia un tipo de feminidad en plena posesión de sus atributos y en control de sus deseos, es una clara amenaza a una sociedad dominada por las heteronormativa patriarcal (ver: El Machismo en el Horror).

El relato de Ambrose Bierce: Los ojos de la pantera (The Eyes of the Panther) es un excelente ejemplo rebeldía a través de una variante felina de la Mujer Loba, donde la reticente Irene Marlowe no solo rechaza la propuesta de matrimonio de su pretendiente, sino que además intenta devorarlo. Aquí, Ambrose Bierce juega con esta idea de que la única forma que tiene una mujer de resistir a las expectativas de género es reemplazar su propio cuerpo femenino, subyugado por el deseo del otro, por el de una bestia.

En apariencia, hay una mirada feminista en todo este esquema, pero también una lucha discursiva para reclamar el Yo civilizado del hombre a través de la abyección del Otro, en este caso, de una mujer que prefiere ser un animal para no ser subyugada (ver: El Feminismo en el Slasher: Simone de Beauvoir vs. Jason Voorhees).

Las figuras del Hombre Lobo y de la Mujer Loba no solo son elementos de ruptura con las identidades de género fijas, sino que además articulan una especie de hibridación de lo abominable (desde la perspectiva dominante). Después de todo, al transgredir la frontera entre humanos y animales, los Licántropos se rehusan a participar en las categorías del orden natural. Por eso, tal vez, siempre terminan siendo atravesados por una bala de plata.




Hombres lobo. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los lobos de Dios»: Algernon Blackwood; relato y análisis


«Los lobos de Dios»: Algernon Blackwood; relato y análisis.




Los lobos de Dios (The Wolves of God) es un relato de hombres lobo del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicado en la antología de 1921: Los lobos de Dios y otros relatos fabulosos (The Wolves of God and Other Fey Stories).

Los lobos de Dios, uno de los grandes cuentos de Algernon Blackwood, relata la historia de dos hermanos en las Islas Orcadas, uno de los cuales regresa después de treinta años con un secreto ominoso sobre sus espaldas.

Ese secreto, acaso un crimen inconfesable, lo corroe por dentro, no solo debido a la culpa, sino a la maldición que parece acarrear consigo. Perdido en sus pensamientos, de vez en cuando menciona con espanto a los Lobos de Dios, seres inmateriales que parecen haberlo seguido a casa, y que lo acechan constantemente.

SPOILERS.

Los lobos de Dios de Algernon Blackwood no es exactamente un relato de hombres lobo tradicional. Si bien hace mención a los licántropos, estos son de naturaleza espiritual, no física.

La referencia a los Lobos de Dios pertenece al folclore de los pueblos originarios de los Estados Unidos, más precisamente a de los Pieles Rojas. Estos seres constituyen una raza sobrenatural, una fantasmagórica manada de lobos que persigue y asesina a quienes han cometido un crimen sin recibir su debido castigo. En parte, el concepto detrás de esta extraña raza de hombres lobo también parece inspirado en el mito de los Sabuesos de Dios (ver: Hombres lobo: el verdadero significado de la leyenda).

En este contexto, los Lobos de Dios actúan de forma similar a los Perros de Tíndalos de los Mitos de Cthulhu.

Es interesante mencionar que Los lobos de Dios de Algernon Blackwood hace referencia al temible Wendigo, también perteneciente a las leyendas de los pueblos nativos del norte, quien es retratado de manera brillante en el relato de 1910: El Wendigo (The Wendigo).

Como sucede en la mayoría de los relatos de Algernon Blackwood, Los lobos de Dios es una muestra más de la genialidad de este gran maestro del género para lograr atmósferas aterradoras con muy pocos elementos.




Los lobos de Dios.
The Wolves of God, Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Cuando el pequeño vapor entró en la bahía de Kettletoft en las Orcadas, la playa de Sanday parecía tan baja que las casas casi parecían estar sobre el agua; y el hombre grande y moreno que se inclinaba sobre la barandilla de la cubierta superior las vio con una punzada de dolor y placer mezclados. La escena, a sus ojos, no había cambiado. Las casas, la costa baja, el país plano, sin árboles más allá, el vasto cielo abierto, todo se veía exactamente igual que cuando salió de la isla hace treinta años para trabajar para la Compañía de la Bahía de Hudson en el lejano norte de Canadá. El muchacho de dieciocho años ahora era un hombre de cuarenta y ocho, desgastado por el tiempo. Este era el regreso a casa con el que tantas veces había soñado en el desierto solitario de los árboles donde había pasado su vida. Sin embargo, su rostro sombrío tenía una expresión ansiosa más que tierna. El regreso tal vez no fue exactamente como lo había imaginado.

Sin embargo, a Jim Peace no le fue tan mal en el servicio de la Compañía. Para un isleño, él sería un hombre rico ahora; no se había casado, había ahorrado la mayor parte de su salario, aunque de hecho en el lejano puesto donde había pasado tantos años, donde la vida y la ley están en desarrollo, había tenido oportunidades ocasionales de establecerse. Había renunciado a esa posibilidad después de una reflexión completa. Un hombre con esos ojos firmes, con esa mandíbula cuadrada y una boca determinada, ciertamente no actuaba sin una buena razón.

Una expresión curiosa ahora parpadeó sobre su rostro endurecido por el clima cuando volvió a ver el hogar de su infancia, y el regreso, tan a menudo soñado, tuvo lugar finalmente. Una luz incómoda brilló por un momento en los profundos ojos grises, pero desapareció rápidamente, y el rostro bronceado recuperó su acostumbrada mirada de severa compostura. Su aguda visión vio un oscuro grupo de figuras en el muelle, su hermano, él lo sabía, estaba entre ellas. Una ola de náuseas lo invadió. Ansiaba volver a ver a su hermano, la vieja granja, la extensión de campo abierto, las dunas de arena y los mares rompientes. El olor de los días olvidados llegó a su nariz con su dulce y dolorosa punzada de recuerdos juveniles.

Qué bien, pensó, estar allí en los viejos campos familiares de la infancia, con el mar y la arena a su alrededor en lugar de la sofocación de bosques interminables que corrían durante millas sin interrupción. Se alegró en particular de que no se vieran árboles, y que los conejos que corrían entre las dunas fuesen los únicos animales salvajes que necesitaba conocer.

Esos treinta años en el bosque oprimieron su mente; los bosques, las innumerables multitudes de árboles, lo habían cansado. Sus nervios, tal vez, habían sufrido finalmente. La nieve, las heladas y el sol, las estrellas y el viento habían sido sus compañeros durante los largos días y las interminables noches en su solitario Puesto, pero principalmente los árboles. ¡Árboles, árboles, árboles! En general, los había preferido en los climas tormentosos, aunque, de otra manera, sus rígidos anfitriones, en medio del profundo silencio de los días apacibles, habían sido igualmente opresivos. A la clara luz del sol de un día sin viento, asumían un aspecto de espera, escucha y observación que tenía algo espectral. Él prefería un animal en movimiento a uno que permaneciera quieto y mirara fijamente. El viento, además, en un millón de árboles, incluso la brisa más ligera, ahogaba todos los otros sonidos: el aullido de los lobos, por ejemplo, en invierno, o el incesante y áspero ladrido de los perros husky que tanto le disgustaban.

Incluso en esta cálida tarde de septiembre, un ligero escalofrío lo recorrió cuando el trasfondo de años muertos surgió detrás de la escena actual. Empujó la imagen hacia atrás, en el fondo de sí mismo. El autocontrol, la voluntad fuerte, incluso violenta, entró en funcionamiento al instante. El pasado pertenecía al pasado, y había terminado. El pasado estaba muerto, y Jim pretendía que permaneciera de ese modo.

La figura que lo saludaba desde el muelle era su hermano. Reconoció a Tom al instante; los años habían sido fáciles para él en esta isla tranquila; no hubo sobresaltos, ni cambios desagradables, y una emoción profunda, aunque no expresada, se elevó en su corazón. Era bueno volver a casa, pensó, mientras se sentaba en el carro. Tom sostenía las riendas y conducía lentamente de regreso a la granja en el extremo norte de la isla. Todo le resultaba familiar, pero al mismo tiempo extraño. Pasaron por la escuela donde solía ir cuando era un niño pequeño; otros muchachos ahora estaban aprendiendo sus lecciones exactamente como él solía hacerlo. A través de la ventana abierta podía oír la voz ronca del maestro, quien, aunque invisible, sonaba como la del viejo señor Lovibond.

—¿Lovibond? —dijo Tom, en respuesta a su pregunta—. Oh, ha estado muerto estos veinte años. Se fue al sur, ya sabes: Glasgow, creo, o Edimburgo. Fiebre tifoidea.

Los pájaros centelleaban en lo en lo alto, en un vuelo rápido, zumbando, girando y girando juntos en bandadas, como un enorme pájaro. Abajo, en la orilla vacía, lloró un zarapito. Su nota penetrante se elevó por encima del ruidoso clamor de las gaviotas. El sol jugaba suavemente en el mar tranquilo, el aire era intenso pero agradable, el sabor a sal se mezclaba dulcemente con los olores limpios de campo abierto que él conocía tan bien. Nada de lo esencial había cambiado, incluso las nubes bajas más allá de las altiplanicies eran las nubes de la infancia.

Llegaron enseguida a las dunas de arena, donde los conejos se sentaron en las bocas de sus madrigueras, o cruzaban la carretera enfrente de la lenta carreta.

—Están a salvo hasta que llegue el clima más frío y comience la temporada —mencionó.

—Y ellos también lo saben, los muy astutos —dijo Tom—. ¿Hay conejos donde has estado? — preguntó casualmente.

—No muchos —respondió su hermano en breve.

Nada parecía cambiado, aunque todo parecía diferente. Miró las cosas viejas y familiares, pero con otros ojos. Hubo, por supuesto, cambios, alteraciones, pero tan leves, de una manera tan extraña y curiosa, que lo evadieron; no siendo del orden físico, se quedaron en su alma, no en su mente. Pero su alma, preocupada, trató de negar los cambios; admitirlos significaba admitir un cambio en sí mismo que había decidido ocultar incluso si no podía negarlo por completo.

—El mismo lugar de siempre, Tom —comentó—. Los años no le han afectado mucho —Miró la cara de su hermano—. Tampoco a ti, Tom —agregó, con algo de afecto y ternura solo tocando su voz.

Su hermano le devolvió la mirada. Algo en ese instante pasó entre los dos hombres, algo de comprensión mutua, que ninguna palabra había insinuado, y mucho menos expresado. El lazo era real, se amaban, eran fieles, y firmes. En la juventud no habían conocido secretos. La sombra que ahora pasó y desapareció dejó un vago temblor en ambos corazones.

—Los bosques —dijo Tom lentamente—, te han convertido en un hombre silencioso, Jim. Los echarás de menos aquí, estoy pensando.

—Tal vez —fue la corta respuesta—, pero supongo que no.

Sus labios se cerraron como si fueran de acero y nunca podrían volver a abrirse, mientras que el tono que usó hizo que Tom se diera cuenta de que el tema no era algo de lo que su hermano quisiera hablar particularmente. Se sorprendió, por lo tanto, cuando, después de una pausa, Jim regresó por su propia cuenta. Estaba sentado un poco de lado mientras hablaba, observando la escena con ojos hambrientos.

—Es algo extraño —observó—, mirar alrededor y ver nada más que la tierra vacía, y ni un solo árbol a la vista. Sabes, se ve extraño.

Una vez más su hermano fue golpeado por el tono de voz, pero esta vez también por algo más que no pudo nombrar. Jim se estaba excusando, en cierto modo. Y los treinta años desaparecieron como si no hubieran sido, porque así era como actuaba Jim, siendo niño, cuando había algo desagradable que tenía que decir y deseaba superarlo. El tono, el gesto, la manera, todo estaba allí. Se acercaba a algo que deseaba decir, pero no se atrevía a pronunciar.

—¿Ya has tenido suficientes árboles? —dijo Tom dijo con simpatía, tratando de ayudar— ¿Preferirías evitar algo más?

En el instante en que salieron las últimas dos palabras, se dio cuenta que habían sido extraídas de él instintivamente, y que era la ansiedad de un profundo afecto lo que las había provocado. Había adivinado sin saber que había adivinado, o más bien, sin intención de adivinar. Jim tenía un secreto. La clarividencia del amor lo había descubierto, aunque aún no conocía sus términos ocultos.

—Tengo —comenzó el otro, pero se detuvo, evidentemente para elegir sus palabras con cuidado—. Sí, ya tuve suficientes árboles.

Estaba a punto de hablar de algo que su hermano había tocado involuntariamente en su frase, pero en lugar de encontrar las palabras que buscaba, se sobresaltó repentinamente y contuvo el aliento.

—¿Qué es eso? —exclamó, sacudiendo su cuerpo tan abruptamente que Tom tiró automáticamente de las riendas—. ¿Qué es?

—Un perro ladrando —respondió Tom, muy sorprendido—. Un perro de granja ladrando. ¿Por qué? ¿Qué pensaste que era? —preguntó, mientras movía el caballo para continuar de nuevo—. Me hiciste saltar —agregó con una sonrisa—. Estás acostumbrado a los perros esquimales, ¿verdad?

—Sonaba así, no como un perro, quiero decir —fue la explicación lenta—. Hace mucho que no escucho el ladrido de un perro pastor, supongo que me sorprendió.

—Oh, es un solo perro —le aseguró Tom, tratando de reconfortarlo, porque su corazón le decía infaliblemente el tipo de tono que debía usar.

Y ahora, también, cambió el tema de una manera honesta, sabiendo que eso también era lo correcto y amable. Señaló las viejas granjas mientras avanzaban, su hermano estaba silencioso de nuevo, sentado rígido a su lado.

—Es bueno tenerte de vuelta, Jim, de esos lugares extravagantes. Ya no quedan demasiados miembros de la familia, solo tú y yo, de hecho.

—Solo tú y yo —repitió el otro bruscamente, pero en un tono endulzado que demostró que apreciaba la simpatía y el tacto—. Nos mantendremos unidos, Tom. La sangre es más espesa que el agua, ¿no? De todos modos, he aprendido mucho.

Su voz tenía algo suave y atractivo, algo que su hermano escuchó ahora por primera vez. Le dio un pequeño codazo, y Tom supo que el gesto no era solo un signo de afecto, sino que también creció en parte por la comodidad que nace del contacto físico cuando el corazón está ansioso. El toque, como las últimas palabras, transmitieron un llamado de ayuda. Tom estaba tan sorprendido que no podía creerlo del todo. ¡Asustado! ¡Jim estaba asustado!

La idea lo desconcertó, y lo afligió, porque conocía el carácter de su hermano, su coraje, su presencia mental ante el peligro, su resolución. Jim asustado parecía una imposibilidad, una contradicción; era el tipo de hombre que no sabía el significado del miedo, cuyo espíritu se elevaba más cuando las cosas parecían más desesperadas. Sin embargo, Tom vio las señales y las leyó con claridad. Todo lo que sabía con certeza era que su hermano, sentado ahora a su lado en el carro, ocultaba un terror secreto en su corazón. Tarde o temprano, a su tiempo, lo compartiría con él.

Al principio este simple granjero de las Orcadas atribuyó ese miedo a esos treinta años de soledad y exilio en lugares salvajes y desolados, sin compañía de mujeres, con solo indios a la vista, perros huskys, algunos tramperos o traficantes de pieles como él, pero ninguna de las influencias sanas y naturales que endulzan la vida. Treinta años es mucho, mucho tiempo.

Comenzó a planear planes para ayudar. Jim debía ver a la gente tanto como sea posible, y su mente recorrió rápidamente a los hombres y mujeres disponibles. En las mujeres, el vecindario no era rico, pero había varios hombres del tipo correcto que podrían ser útiles, buenos amigos. Estaba John Rossiter, otro viejo hombre de la Bahía de Hudson, que había sido factor en Cartwright, labrador durante muchos años, y que había regresado hace tiempo. Estaba Sandy McKay, también de regreso de un largo período de siembra de caucho en Malasia…

Tom todavía estaba ocupado haciendo planes cuando llegaron a la vieja granja. Se sentaron a su primera comida juntos desde ese desayuno temprano hace treinta años antes.

—¡Ah, un hombre puede abrir sus pulmones aquí y respirar! —exclamó Jim, cuando los dos salieron después de la cena y se pararon frente a la casa, mirando al campo abierto. Respiró hondo como para demostrar su afirmación, exhalando con lenta satisfacción de nuevo—. Es bueno ver un horizonte despejado y saber que hay toda esa agua entre nosotros y donde he estado.

Volvió la cara para mirar un chorlito en el cielo, luego miró hacia la costa distante donde el mar era visible a la larga luz del atardecer.

—No puede haber demasiada agua para mí —agregó, medio para sí mismo—. Supongo que no pueden cruzar el agua, no tanta agua de todos modos.

Tom lo miró, preguntándose con inquietud qué hacer con él.

—¿Pensando en los árboles otra vez, Jim? —dijo riendo.

Había escuchado las últimas palabras, aunque el otro hablaba en voz baja, y pensó que era mejor no ignorarlas por completo. Ser natural era la forma correcta, natural y alegre. Sentía que hacer una broma de algo desagradable era convertirlo en algo menos serio—. Nunca he visto un árbol cruzar el Atlántico todavía, excepto como un mástil —agregó.

—No estaba pensando en los árboles en ese momento —fue la respuesta contundente—, sino en algo más. Los malditos árboles no son nada, aunque odio verlos. No tiene mucha importancia, de todos modos —dijo, y encendió su pipa.

—Ciertamente no pueden moverse —dijo su hermano—, tampoco nadar.

—Ni otra cosa —dijo Jim, su voz se tornó espesa de repente, pero no por el humo. Su discurso parecía confuso—. Aquí, nada puede esconderse detrás de los árboles, ¿verdad?

—Admito que no hay mucha cobertura aquí —rio Tom, aunque la mirada en los ojos de su hermano hizo que su risa fuera tan breve como forzada.

—Es cierto —coincidió el otro—. Pero lo que quise decir fue que —miró a su alrededor con un aire de alivio intenso, respiró hondo y volvió a exhalar con satisfacción—: si no hay árboles, no puedes esconderte.

Fue la expresión en la cara rugosa lo que estremeció el corazón de su hermano. Había visto hombres asustados, también había visto hombres rígidos de terror frente a las cosas naturales y otras, supuestamente sobrenaturales; pero nunca antes en su vida había visto la expresión de temor sobrenatural que ahora veía en el rostro de su hermano.

Al otro lado del oscuro paisaje, el sonido de ladridos lejanos les había llegado flotado en el viento de la tarde.

—Es solo otro perro de granja —dijo Jim con su voz profunda y tranquila.

—Solo un perro —respondió Tom, avergonzado de haberse traicionado a sí mismo, y dándose cuenta con sorpresa de que era Jim quien ahora jugaba el papel de consolador, un cambio sorprendente en sus relaciones—. ¿Qué pensaste que era? Quiero decir, antes.

Intentó hablar con naturalidad pero su voz tembló. El amor y la intimidad de los hermanos eran tan profundos que no pudo evitar el deseo de compartir sus tribulaciones.

—Pensé —susurró Jim, con su barba gris apoyada sobre el pecho— que tal vez eran lobos —una agonía de terror hizo temblar tanto la voz como el cuerpo—, ¡los Lobos de Dios!


II
El intervalo de treinta años se había cruzado fácilmente; era el secreto lo que dejaba la brecha abierta, un vacío que a ninguno de ellos le importaba o se atrevía a cruzar. El motivo de vacilación de Jim estaba al alcance de las conjeturas, pero el silencio de Tom fue más complicado.

Con hombres fuertes y simples, extraños a la afectación o al simulacro, la reserva es algo real, casi sagrado. Jim no ofreció nada más; y Tom no hizo una sola pregunta. En la mente de este último yacía, por un lado, una certeza intuitiva, singular: si sabía la verdad perdería a su hermano. Cómo, por qué, no lo sabía, quizás porque cuando se dicen ciertas cosas el ser humano tiende a retraerse todavía más, física o mentalmente. No había sutileza en Tom, el granjero de las Orcadas. Simplemente sintió que el conocimiento de la verdad implicaba la separación de la muerte.

Sin embargo, día y noche, esa frase extraordinaria que, en su primer encuentro, había congelado su sangre, siguió latiendo en su mente. Con él siempre venía el horror original y sin nombre que lo había mantenido inmóvil, con los labios barbudos de su hermano contra su oreja: Los Lobos de Dios. De alguna manera tenue, a veces sentía, o más bien intentaba persuadirse, que el horror no pertenecía solo a la frase, sino que era un eco de lo que Jim sentía. Había entrado en su propia mente y corazón. Siempre habían compartido esta extraña intimidad. El profundo lazo fraternal lo explicaba. De la posible transferencia de pensamiento y emoción no sabía nada, pero tal vez a eso se refería.

Al mismo tiempo, luchó y se esforzó por mantenerlo fuera, no porque le provocara sentimientos inquietantes y angustiantes, sino porque no deseaba entrometerse, averiguar, descubrir el secreto de su hermano como por algún tipo de subterfugio que también se parecía a escuchar a escondidas. Además, deseaba fervientemente protegerlo. Mientras tanto, a pesar de sí mismo, o tal vez a causa de sí mismo, vio a su hermano como un animal salvaje que observa a sus crías. Jim era el único lazo que tenía en la tierra. Lo amaba con el amor de un hermano, y Jim, de manera similar, lo sabía, y retribuía ese sentimiento. Su trabajo fue difícil. El amor solo podría guiarlo.

—Tu carta me sorprendió, Jim. Nunca estuve tan encantado en mi vida. Aún te quedaban dos años para correr por el mundo.

—Ya tuve suficiente —fue la breve respuesta—. Dios, ¡fue bueno volver a casa!

Esto, y la charla contundente que siguió a su primera reunión, fue todo lo que Tom obtuvo, mientras esos ojos que se negaban a cerrarse miraban sin cesar alrededor. Autocontrol, pensaba Tom. Ya no se hablaba de árboles y agua, los ladridos de los perros pasaron desapercibidos, ninguna referencia a la soledad de la vida del bosque pasó por sus labios; él pasaba sus días pescando, disparando, ayudando con el trabajo de la granja, y sus tardes fumando y hablando durante los días de antaño.

Los signos de inquietud todavía estaban allí, pero eran negativos, mucho más sugerentes que directos. No deseaba compañía, algo antinatural, pensaba Tom, después de tantos años de soledad.

Fue esto y el hecho incómodo de que se había rendido dos años antes de que terminara su tiempo, renunciando, por lo tanto, a una pensión cómoda, los dos grandes detalles que persistieron con crueldad en los pensamientos de su hermano. Detrás de ambos, además, corría siempre la extraña frase susurrada. El significado de esas palabras, de dónde se derivaban, Tom no tenía la menor idea. Al igual que el malvado estribillo de alguna canción prohibida, lo perseguían día y noche, incluso su sueño no estaba completamente libre de ellas. Para el simple agricultor de las Orcadas era una experiencia tan nueva que no sabía cómo manejarla. Demasiado fuerte para estar nervioso, en cualquier caso se sentía desconcertado.

Sin embargo, lo que lo dejó perplejo principalmente fue la actitud que mostró su hermano hacia el viejo John Rossiter. Casi podría haber imaginado que los dos hombres se habían conocido en Canadá, aunque Rossiter le mostró lo imposible que era, tanto en el tiempo como en la geografía. Los había reunido en los primeros días, y Jim, silencioso, sombrío, malhumorado, incluso hosco, lo había mirado como un enemigo.

El viejo Rossiter, la leche de la bondad humana, tan espesa como la crema, no se había ofendido. Canoso y veterano de la selva, había cumplido su mandato completo en la Compañía y ahora disfrutaba de su bien ganada pensión. Estaba lleno de historias, reminiscencias, aventuras de todo tipo; había visto cosas extrañas que solo el verdadero desierto ofrece, y no amaba nada mejor que contarlas por un trago. Jim, por el contrario, se mostró sombrío e insensible, casi grosero. El viejo Rossiter no notó nada.

Además, las dos familias, Peace y Rossiter, habían sido vecinas durante generaciones, se habían casado libremente y estaban relacionadas en varios grados. Le tenía demasiado cariño a su hermano como para sentirse avergonzado, pero se alegró cuando terminó la visita y estuvieron fuera de la casa de su anfitrión. Jim incluso se había negado a beber con él.

—Son buenos compañeros en la isla —dijo Tom camino a casa—, pero quizás no especialmente entretenidos. Sin embargo, todos nos mantenemos unidos. Puedes confiar en ellos.

—Nunca fui muy hablador, Tom —fue la brusca respuesta—. Tú lo sabes.

—A John le gusta hablar. Él aprecia a un buen oyente.

—Es el tipo de charla que no deseo. La empresa y sus actividades ya no me interesan. He tenido suficiente.

Tom también notó otras cosas. A medida que avanzaban los días, por ejemplo, Jim parecía reacio a salir de la casa hacia la noche. Una vez que se había ido la luz del día, se mantenía adentro. Estaba ansioso y lo suficientemente listo como para salir a cazar temprano en la mañana, sin importar a qué hora tuviera que levantarse, pero se negaba a salir con su hermano en alguna expedición nocturna. No se ofreció ninguna excusa; simplemente se rehusó a ir.

La brecha entre ellos se amplió, mientras que en otro sentido se hizo menos formidable. Ambos sabían que había un secreto entre ellos por primera vez en sus vidas, pero también que en el momento adecuado sería revelado. Jim solo esperó hasta que el momento llegó. Y Tom lo entendió. Su amor era profundo y simple, respetaba la reserva de su hermano. El obvio deseo de John Rossiter de hablar y hacer preguntas, por ejemplo, contrastaba con su actitud.

—No está bien consigo mismo —dijo John cierta vez, sacándose la pipa de la boca e inclinándose hacia adelante—. Eso es lo que no me gusta —Puso una mano delgada sobre la rodilla de Tom, y lo miró seriamente a la cara cuando lo dijo.

—¿Quieres decir que Jim está enfermo?

—Su mente está enferma.

—No lo entiendo —dijo Tom, aunque la verdad lo mordió como el acero.

—Su alma, entonces, si te gusta más.

Tom luchó consigo mismo un momento, luego le pidió que fuera más explícito.

—No puedo decir más —dijo el viejo—. El bosque cura a algunos hombres y enferma a otros.

—Tal vez, John, tal vez —Tom luchó contra su resentimiento—. Has vivido, como él, en lugares solitarios. Si alguien lo sabe eres tú.

Su boca se cerró con un chasquido, como si hubiera dicho demasiado. La lealtad a su hermano lo detuvo. Ya le dolía el corazón por Jim. Se sintió enojado con Rossiter por su agudeza, pero también percibió que el viejo tenía buenas intenciones e intentaba ayudarlo.

Siguió una pausa considerable, durante la cual ambos hombres hincharon sus pipas. Los dos estaban emocionados, pero había un código, y eso implicaba no hablar de ciertas emociones.

—Jim —agregó Tom, haciendo un esfuerzo— no es el de antes, lo admito.

Hubo otra larga pausa, mientras Rossiter mantenía la mirada fija en su compañero, aunque sin ningún rastro de expresión, un hábito que el bosque le había enseñado.

—Jim está distorsionado —dijo al fin el viejo—. Y es el alma en él la que está distorsionada.

Tom titubeó terriblemente entonces. Vio que el viejo Rossiter, experimentado hombre del bosque y enseñado por la Compañía tal como era, sabía dónde estaba el secreto, si aún no conocía los términos exactos. Era bastante fácil formular la pregunta, pero dudó, porque la lealtad lo prohibía.

—Es un atuendo sucio en alguna parte —murmuró el viejo para sí mismo.

Tom se puso de pie.

—Si hablas de esa manera —exclamó con enojo—, no eres amigo mío o suyo —Su ira se apoderó de él cuando lo dijo—. Dilo de nuevo, y te golpearé. Lo dijo en serio.

Se recostó, aturdido por un momento.

—Perdóname, John —vaciló, avergonzado pero todavía enojado—. Es doloroso para mí —continuó, después de respirar hondo—. Jim está asustado, lo sé. Pero no a causa de algo que haya hecho él mismo, nada que lo desacredite o lo avergüence. Lo preocupa algo más.

El viejo Rossiter levantó la vista, con una extraña luz en los ojos.

—No hay nada que perdonar —dijo en voz baja.

—Dime lo que sabes —dijo Tom, poniéndose de pie de nuevo.

El viejo lo miró directamente a los ojos. Dejó su pipa a un lado.

—¿De verdad quieres escuchar? —preguntó en voz baja.

—Dime —dijo Tom, con el corazón en la boca—. Tal vez si supiera qué le ocurre podría ayudarlo.

Las palabras del viejo despertaron miedo en él.

—Para un hombre asustado en el alma no hay ayuda posible. Pero, si quieres escuchar, te lo diré.

John tomó otro trago de su vaso. Hubo un profundo silencio en la pequeña habitación. Solo entró el sonido del mar, el viento detrás de él.

—Los lobos —susurró el viejo Rossiter—. Los lobos de Dios.

Tom se quedó quieto en su silla, como golpeado en la cara. Guardó un silencio que le pareció largo y curioso. Su corazón latía. Podía sentir la sangre corriendo por sus venas. Todo lo que recordaba era que el viejo Rossiter había seguido hablando. La voz, sin embargo, sonaba lejana y distante. Sentía que todo era irreal, mientras se dirigía a su hogar a través de la tierra alta, azotada por el viento, con el sonido del mar para siempre en sus oídos.

Sí, el viejo John Rossiter, maldita sea su alma, había seguido hablando. Había dicho cosas extrañas, increíbles. ¡Maldita sea su alma! Sus dientes deberían ser arrancados por eso. Era indignante, cobarde, no era cierto.

—¡Jim, mi hermano! —pensó mientras se abría paso, muy cansado, contra el viento—. Le enseñaré. ¡Le enseñaré a ese anciano a no difundir cuentos tan perversos! ¡Dios destruya a estos tipos! ¡Vuelven a casa de sus lugares extravagantes y piensan que pueden decir cualquier cosa! ¡Voy a golpear los dientes de ese perro!

Mientras, por dentro, su corazón se encogió, llorando, asustado.

Intentó recordar exactamente lo que el viejo John había dicho. Round Garden Lake, que es donde se encontraba Jim en su solitario puesto, había una tribu de pieles rojas. Eran de un tipo inusual. Los malhechores, ladrones, delincuentes, asesinos, no eran castigados. La tribu simplemente los dejaba morir.

¿Pero cómo?

Los lobos de Dios se hicieron cargo de ellos. Pero, ¿qué eran los lobos de Dios?

Una manada de lobos que los Pieles Rojas temían, una manada sagrada, una manada de espíritus. ¡Dios maldiga al hombre! Absurda superstición. Una manada de lobos que castigaba a los malhechores, que los mataba pero nunca se los comía.

—Rasgado pero no comido —las palabras volvieron a él—, hombres blancos y rojos. Incluso podrían cruzar el mar...

Debería ser colgado por contar tales cosas.

Pero el viejo, en su apasionado y frío sentido de la justicia, había dicho algo aún más terrible, algo que Tom nunca olvidaría, y que nunca podría perdonar:

—No debes retenerlo aquí; debes enviarlo lejos. No podemos tenerlo en la isla.

Y por eso, aunque apenas podía creer lo que oía, preguntándose después si había escuchado bien, Tom sabía que su antigua amistad y afecto se habían convertido en un odio amargo.

—¡Si no lo mato por esa mentira, que Dios y Jim me perdonen!


III
Pocos días después, la tormenta alcanzó las islas y las hizo temblar en su lecho marino. El viento que azotaba la extensión sin árboles era terrible. Los rayos iluminaban los cielos. Nunca antes se había conocido tal lluvia. La casa tembló. Casi parecía que el mar había roto sus límites, y las olas lamían con voracidad la tierra. Esa furia afectó a los dos hermanos, sobre todo a Jim. Lo volvió más sombrío y silencioso que de costumbre. Tom lo percibió de inmediato, incómodo.

—Asustado en el alma —recordó las palabras del viejo.

—Dios salve a cualquiera que salga esta noche —dijo Jim con ansiedad, mientras la vieja granja se sacudía sobre su cabeza.

De repente, la puerta se abrió sola, o mejor dicho, voló de par en par, como si el viento la hubiera reventado. Dos figuras empapadas y golpeadas aparecieron en la brecha contra el cielo espeluznante: el viejo John Rossiter y Sandy. Dejaron sus piezas de caza y se quitaron las capas; habían estado en el lago durante la tarde. Por lo visto, habían conseguido apenas seis piezas de caza. Tan repentinamente había surgido la tormenta que habían sido atrapados antes de que pudieran llegar a casa.

Y, mientras Tom les dio la bienvenida, se ocupó de atenderlos y los hizo sentir como en casa, tal como el deber manda, aunque sintió que esa visita podría haber sido más oportuno. Sandy no importaba, Sandy nunca importó en ningún lado. Su personalidad era insignificante, pero John Rossiter era el último hombre que Tom deseaba ver en ese momento. Odiaba al hombre; odiaba esa sensación de justicia implacable que sabía que estaba en él; con la más mínima excusa, lo habría rechazado y enviado a su propia casa, con tormenta o sin tormenta. Pero Rossiter no dio excusas; él era todo gratitud y cortesía, más amigable incluso con Jim que con su hermano.

Tom preparó el whisky y el azúcar, cortó el limón en rodajas, puso la tetera y proporcionó abrigos secos mientras las prendas empapadas colgaban ante el rugiente fuego.

—Podrían ser los equinoccios —observó Sandy—, si no fuera a finales de octubre.

—Esta no es una tormenta ordinaria —dijo Rossiter, secándose las botas empapadas—. Me recuerda un poco… —sacudió la cabeza hacia la ventana que daba al mar, la lluvia contra los cristales ahogaba su voz—, me recuerda un poco más allá.

Levantó la vista, como para encontrar a alguien que estuviera de acuerdo con él. Solo una de esas personas estaba en la habitación.

—Claro, no lo es —dijo Jim de inmediato, pero hablando lentamente —. Es una tormenta ordinaria.

Su voz era tranquila como la de un niño. Tom, inclinándose sobre la tetera, sintió que algo frío le goteaba por la espalda.

—Todas nuestras grandes tormentas provienen del mar —dijo Sandy, diciendo exactamente lo que se esperaba que Sandy dijera. Su pelo rojo, lacio, yacía enredado en su frente, haciéndolo parecer un perro collie infeliz.

—No hay hospitalidad como la de un isleño —Rossiter cambió la conversación mientras Tom mezclaba y llenaba los vasos.

Se rio entre dientes y se volvió hacia Sandy, muy satisfecho.

—Ahora, en Malasia —agregó secamente—, probablemente sea diferente, supongo.

Y los dos hombres, uno de Labrador, el otro de los trópicos, comenzaron a bromear entre ellos con gran humor, mientras Tom en su tarea de anfitrión y Jim permanecía en silencio, de espaldas al fuego. A cada golpe del viento, Sandy hacía un comentario oportuno, del estilo: ¿Escuchaste eso ahora? Noventa millas por hora, al menos. ¡Qué bueno que se construya sólido en este país!

Rossiter, a su vez, ocasionalmente insistía en que se trataba de una tormenta poco común, recordaba las tempestades del norte que había conocido allá afuera.

Tom dijo poco. Había un solo pensamiento en su corazón: el deseo de que la tormenta se calmara y los invitados se fueran. Se sentía incómodo con Jim, y odiaba a Rossiter. En la cocina ya se había estabilizado con un buen trago y ahora estaba a la mitad del segundo. Tenía la sensación de que necesitaría su ayuda antes de que terminara la noche. Jim, notó, había dejado su vaso intacto. Su atención, claramente, se dirigió al viento y la noche exterior. Añadió poco a la conversación.

—¡Escuchen con atención! —gritó la voz aguda de Sandy—. ¿Qué es? Eso no fue el viento, lo juro —sus ojos buscaron a los demás, como un perro asustado.

—El mar viene sobre las dunas —dijo Rossiter—. Habrá una marea horrible esta noche y un mar terrible. Luna llena, también —ladeó la cabeza para escuchar.

El rugido fue tremendo, las olas y el viento se combinaron con un resultado que casi sacudió el suelo. La lluvia golpeó el cristal con ráfagas incesantes. Fue entonces cuando Jim habló, sin haber dicho una palabra durante mucho tiempo.

—Es bueno que no haya árboles —mencionó en voz baja—. Me alegro de eso.

—Habría un daño terrible, ¿no? —comentó Sandy—. También podrían caer sobre la casa.

Pero fue el tono que usó Jim lo que hizo que Rossiter se volviera rígido en su silla, mirando primero al orador, luego a su hermano. Tom captó ambas miradas y vio el brillo intenso en los ojos de ambos. Decidió que este tipo de conversación debía detenerse, pero no sabía cómo, ya emplear la grosería con sus invitados iba en contra de las costumbres de la isla. Volvió a servir bebidas, pensando en una manera eficaz de lograr ese silencio. Entonces, Sandy lo ayudó sin darse cuenta.

—Se va la primera —observó al beber, y todos se echaron a reír.

Absorbió su licor como una esponja, pero no mostraba ningún efecto en él hasta que de repente se derrumbaba, indefenso, en el suelo. El vaso en cuestión, sin embargo, era solo su tercero, el momento final aún estaba lejos.

—Tres en uno y uno en tres —dijo Rossiter, en medio de la risa general, mientras Sandy, grave como un juez, lo vació a medias de un solo trago. De buen carácter, obtuso como un caballo de carreta, el alcohol había aliviado sus nervios—. Esa es la teología malaya, supongo —finalizó Rossiter.

Y la risa estalló de nuevo. Con lo cual, dejando el vaso sobre la mesa, Sandy ofreció su explicación habitual de que las tierras cálidas le habían adelgazado la sangre, que sentía el frío en estas islas árticas y que el alcohol era una necesidad de vida para él. Tom, agradecido por la ayuda inesperada, lo animó a hablar, y Sandy respondió rápidamente. Sin embargo, habiendo salvado la situación, ahora sin saberlo la condujo nuevamente a la zona de peligro.

—Es una buena noche para contar historias, ¿no? —comentó, cuando el viento llegó aullando con un estallido de ruidos extraños contra la casa—. Allá en los Estados Unidos dirían que los espíritus malignos están afuera. Son una multitud supersticiosa, los nativos. Recuerdo una vez ... —Y contó una historia, medio tonta, mitad interesante, de una misteriosa huella que había visto cuando seguía a un búfalo en la selva. Corrió cerca de la cola de un búfalo herido por millas, una pista diferente a la de cualquier animal conocido, y los nativos, aunque incapaces de nombrarlo, lo miraron con asombro. Dijeron que era un rastro espiritual.

—¿Al final encontraste a tu búfalo? —preguntó Tom.

—A dos millas de distancia, muerto.

—Y eso me recuerda ... —comenzó el viejo Rossiter, ignorando el intento de Tom de presentar otro tema.

Les contó sobre la isla embrujada en Eagle River, y la historia de un hombre que no permanecería enterrado en otra isla frente a la costa. A partir de eso, pasó a describir a la extraña bestia-hombre que se esconde en los bosques profundos de Labrador, manifestándose, pero rara vez, y peligrosa para los hombres que se alejan demasiado del campamento, hombres con una pasión por la vida salvaje demasiado fuerte en su sangre. El mítico Wendigo. Y, mientras hablaba, Tom notó que Sandy usaba cada pausa como un buen momento para tomar una copa, pero que el vaso de Jim seguía intacto.

Una atmósfera de cosas increíbles creció en la pequeña habitación, al igual que se reúne entre las sombras alrededor de una fogata, en el bosque, cuando los hombres que han visto lugares extraños del mundo hablan sabiendo que no se reirán de ellos. Y una atmósfera, una vez establecida, es difícil de disipar.

La superstición arraigada que se esconde en el hijo de cada madre surge en esos momentos para respirar. Surgió entonces. Sandy, cada vez más cerca de la borrachera, contó la historia de un plantador escocés que había despedido brutalmente a un criado nativo sin ninguna razón. El hombre desapareció, pero los aldeanos insinuaron que volvería, muy pronto, que regresaría aunque no exactamente como antes. El plantador se armó, sabiendo que la venganza podría ser violenta. Mientras tanto, se vio una pantera negra merodeando por el bungalow. Una noche, un ruido fuera de su puerta lo despertó. Una sombra entró de repente y el hombre disparó. La bestia cayó con un salvaje gruñido de dolor. Llegó la ayuda y hubo más disparos. El animal estaba herido de muerte, azotando la cola contra la hierba. Las linternas, sin embargo, mostraron que en lugar de una pantera, era el sirviente que habían echado.

Sandy contó bien la historia, había una cierta extraña convicción en su tono, lo cual hizo que la inquietud y la molestia fuesen creciendo en Tom. Su incapacidad para controlar la situación se sumaba a su enojo. La emoción se acumulaba en él peligrosamente; fue dirigida principalmente contra Rossiter, quien, aunque no dijo nada significativo, de alguna manera alentó deliberadamente tanto la conversación como la atmósfera.

Dadas las condiciones, era bastante natural que la conversación tomara el rumbo que tomó, pero lo que hizo que Tom se enojara cada vez más fue que, si Rossiter no hubiera estado presente, podría haberla detenido con la facilidad. Fue la presencia del viejo hombre de la Bahía de Hudson lo que le impidió tomar las medidas adecuadas. Le tenía miedo a Rossiter. Esa era la verdad. Reconocerla lo puso furioso.

—Cuéntanos otra, Sandy McKay —dijo el veterano—. Hay muchas verdades en tales cuentos. Hombres que se convierten en animales y cosas por el estilo.

Y Sandy, aún más cerca del colapso, pero sin mostrar ningún efecto, obedeció de buena gana. Después de todo, el whisky era bueno, sus historias eran apreciadas y eso le bastaba.

Agradeció a Tom, quien en ese momento volvió a llenar su vaso y continuó con su historia. Pero Tom, con odio y furia en su corazón, había llegado al punto en que ya no podía contenerse, y las últimas palabras de Rossiter lo inflamaron. Se acercó para llenar el vaso del viejo. Este último se negó, cubriendo el vaso con su mano grande y delgada. Tom se paró frente a él.

—Quédate quieto —le susurró ferozmente para que nadie más lo oyera.

Lo miró a los ojos, y Rossiter, sin responder, lanzó esa mirada con igual, pero con una ira más tranquila. Mientras tanto, el viento iba y venía, y cada vez que cambiaba, Jim también cambiaba de posición en su asiento. Aparentemente, prefería enfrentar el sonido, en lugar de darle la espalda.

—Ahora te toca a ti contar una historia —dijo Rossiter con determinación, cuando Sandy terminó.

Lo miró al otro lado de la habitación, justo cuando Jim, al oír el viento en las paredes detrás de él, estaba moviendo su silla nuevamente. En el mismo momento, un golpe tremendo sacudió la puerta y las ventanas frente a él. Jim, sin responder, se quedó completamente quieto.

—Vaya que está azotando —comentó Rossiter—, como si el viento estuviese tanteando la casa.

Hubo un momento de pausa, los cuatro hombres escucharon con asombro el rugido del viento. Tom también escuchó, pero al mismo tiempo observó, preguntándose vagamente por qué no cruzó la habitación y golpeó en la cara al maldito viejo.

Jim extendió la mano y tomó su vaso, pero no se lo llevó a los labios. Y una calma llegó bruscamente desde la tormenta, el viento se hundió en el espantoso silencio. Tom y Rossiter volvieron la cabeza y se miraron a los ojos. Para Tom, el instante pareció enormemente prolongado. Se dio cuenta que sus palabras, minutos atrás, habían empujado al viejo a la acción. En ese punto, era un enfrentamiento de voluntades.

El vaso de Jim finalmente fue hasta sus labios, y el silencio era tal que hasta el ruido de sus dientes contra el borde del vaso fue audible. Pero la calma pasó rápidamente y el viento comenzó de nuevo. Parecía el sonido de innumerables pasos que pisaban ligeramente, de innumerables manos tocando las puertas y ventanas, arañando las paredes.

—Dios, ¿escucharon eso? —gritó Sandy—. ¡Está tratando de entrar! —y, al decirlo, se acurrucó en su silla, ya completamente borracho—. Son lobos o panteras —balbuceó, y fue lo último que dijo antes de que la inconsciencia se lo llevara.

Tom permaneció hechizado, incapaz de moverse o hablar, mientras veía a su hermano cruzar repentinamente la habitación y abrir una ventana hacia las mismas fauces del vendaval.

—¡Deja que lo haga! ¡Déjalo! —llegó la voz de Rossiter, había cierta autoridad en ella, y una curiosa gentileza también.

Se había levantado, sus labios aún se movían, pero las palabras que salieron de ellos fueron inaudibles, ya que el viento y la lluvia saltaron con una violencia galopante a la habitación, rompiendo el cristal y lanzando al suelo todo lo que estaba en la mesa.

—¡Yo lo vi! —gritó Jim, con una voz que se elevó por encima del estruendo y el clamor de los elementos. Se volvió y miró a los demás, pero fue a Rossiter a quien miró. —Vi al líder —gritó, aunque el tono era tranquilo—. Una manche blanca en su gran pecho. ¡Los vi a todos!

Ante las palabras, y ante la expresión en los ojos de Jim, el viejo Rossiter, pálido, se dejó caer en su silla como si hubiese recibido un golpe en la quijada. Tom, petrificado, sintió que su propio corazón se detenía. Porque a través de la ventana rota, por encima del rugido del viento, llegó el sonido de una manada de lobos corriendo, aullando en un coro profundo, gutural, sediento de sangre. Pasó como un torbellino y desapareció. Y, de los tres hombres conscientes, uno sentado y dos de pie, Jim fue el único completamente dueño de sí mismo.

Antes de que los demás pudieran moverse o hablar, se volvió y miró a los ojos a cada uno sucesivamente:

—Lo hice. Allá en el desierto —dijo con calma—. Lo maté, y debo irme ahora.

Con una mirada de horror místico en su rostro, dio un paso, abrió la puerta y desapareció en la oscuridad.

Tan rápidas fueron las palabras y la acción, que la parálisis de Tom pasó recién cuando el tiro de la ventana rota golpeó la puerta detrás de él. El viejo Rossiter, con lágrimas en las mejillas, murmuraba incoherencias. Tom lo tomó del cuello y lo arrojó al suelo.

—¡Asesino! ¡La muerte de mi hermano pesa sobre ti! —gritó mientras abría la puerta y salía a la noche.

Algo más extraño sucedió entonces, algo que tocó la razón del viejo John Rossiter, dejándolo desde ese momento en una especie de nube mental. Sucedió cuando él y Sandy, todavía inconsciente y empapado de alcohol, yacían solos en el piso de piedra de esa casa de campo.

Rossiter estaba aturdido por el golpe y la caída, pero en plena posesión de sus sentidos. La ira se había disipado debido a lo que había provocado. Se sentó y vio a Sandy, también sentado, mirándolo fijamente. De repente estaba sobrio como un juez, con los ojos brillantes, lúcidos, y el habla despejada de los balbuceos de la bebida.

—John Rossiter —dijo—, no fue Dios quien te designó verdugo. Fue el diablo —sus ojos, pensó Rossiter, eran como los ojos de un ángel.

—Sandy McKay —tartamudeó, sus dientes castañeteaban y le faltaba el aliento—. ¡Sandy McKay! —fueron todas las palabras que pudo encontrar. Pero Sandy ya se hundía nuevamente en su estupor, estaba ebrio e incapaz sobre el suelo de la granja, y permaneció en esa condición hasta el amanecer.

El cuerpo de Jim permaneció oculto entre las dunas durante muchos meses y, a pesar de la búsqueda más cuidadosa y prolongada, fue otra tormenta la que lo dejó al descubierto. La arena lo había cubierto. La ropa estaba hecha jirones; y la carne, ahora desnuda al sol y al viento de diciembre, estaba desgarrada pero no comida.

Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Algernon Blackwood.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Algernon Blackwood: Los lobos de Dios (The Wolves of God), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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