Audio relatos: El grabado: M.R. James

Nuevo audio relato de terror, esta vez una versión libre -extremadamente libre- del relato fantástico del escritor inglés M.R. James: El grabado (The mezzotint, 1904).


El grabado (The mezzotint, 1904).
M.R. James (1862-1936)


Para publicar el audio relato en tu muro de Facebook copia y pega en el muro la siguiente dirección:
http://www.youtube.com/watch?v=Pga44pCL0Ek



Más audio relatos de terror.
El audio relato sobre el cuento de M.R. James: El grabado (The mezzotint) fue realizado por El Espejo Gótico.

De todas las almas creadas: Emily Dickinson


De todas las almas creadas (Of all the souls that stand create) es un poema victoriano de la escritora norteamericana Emily Dickinson, escrito alrededor de 1862 y publicado en la antología poética de 1891: Poemas (Poems).





De todas las almas creadas.

Of all the souls that stand create
, Emily Dickinson (1830-1886)


De todas las almas creadas
supe elegir la mía.
Cuando huya el espíritu
y se apague la vida,
y sean el Hoy y Ayer
como fuego y ceniza,
y cierre de la carne
la tragedia mezquina,
y hacia la Altura vuelvan
todos la frente altiva,
y se rasgue la bruma...
yo diré: Ved la chispa
y el luminoso átomo
que preferí a la arcilla.

Emily Dickinson (1830-1886)


Más poemas de Emily Dickinson. I Poemas góticos. I Poemas victorianos.


Más poemas:
El resumen y la traducción al español del poema de Emily Dickinson: De todas las almas creadas (Of all the souls that stand create) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El zar Saltan: Alexander Pushkin


El zar Saltan (Tsare Saltane) es un poema de hadas o poema fantástico del escritor ruso Alexander Pushkin, escrito en 1824 y publicado en 1832.

Nuestra versión, al igual que la mayoría de las traducciones al español de este poema, se encuentra en forma de relato corto; tal vez el modo más efectivo de conservar la esencia del original.



El zar Saltan.
Tsare Saltane, Alexander Pushkin (1799-1837)

Érase una vez… Tres muchachas hilaban sentadas junto a la ventana.

—Si yo fuera zarina —dijo una de ellas— prepararía sola un festín para el mundo entero.
—Si fuera yo zarina —dijo su hermana— hilaría tanta tela de lino que a nadie le faltara.
—Si yo fuera zarina —dijo la tercera hermana— pariría un héroe para nuestro zar…

Apenas lo dijo cuando la puerta se abrió crujiendo y compareció en la estancia el zar, dueño y señor de aquel país. Había escuchado la conversación escondido detrás del tabique y le agradaron mucho las palabras de la última muchacha.

—¡Te saludo, hermosa mía! Sé, pues, zarina, y regálame un héroe para fines de septiembre. Y vosotras, hermanas y palomitas, preparaos ahora mismo a acompañar a vuestra hermana. Una de vosotras será hilandera, y cocinera la otra.

Entró luego el zar en su palacio, seguido de las doncellas, y sin pérdida de tiempo se casó el mismo día, sentándose junto a la mesa del festín junto a su joven zarina. Concluida la fiesta los convidados condujéronlos al dormitorio y los dejaron solos en la cama de marfil. En la cocina gruñía la cocinera, y lloraba la hilandera junto a su rueca, envidiosas ambas de su hermana la zarina. Mientras tanto ésta, fiel a su palabra, quedó encinta desde aquella misma noche. Por aquel tiempo hubo guerra: el zar Saltán se despidió de su esposa y, montando a caballo, le suplicó, por su amor, que se cuidara cuanto pudiera. Mientras se hallaba lejos de allí, combatiendo con gran denuedo y por muy largo tiempo, llegó la hora del parto y Dios les dio un hijo grande como un archín. Y he aquí que la zarina estaba cuidando a su hijito como una águila a su aguilucho, y envió a un mensajero con una carta para comunicar al padre la buena nueva.

Y he aquí también que la cocinera y la hilandera, en unión con la comadre Babarija, intentaron perder a la zarina. Ordenaron detener al mensajero y lo sustituyeron por otro, al que entregaron una carta que decía así:

“La zarina ha parido esta noche algo que no es hijo ni hija, ni rana ni ratón, sino un bicho desconocido.”

Al recibir tal noticia, el zar Saltán se puso tan furioso que quiso ahorcar al mensajero, pero, ablandándose luego, le ordenó aguardar su decisión hasta después de su regreso. El mensajero se puso en camino y llegó por fin al palacio. Pero la cocinera y la hilandera, en unión con la comadre Babarija, lo emborracharon, y metieron en su bolsa una carta redactada en manera tal que pareciera una orden del zar:

“Ordeno a mis boyardos echar al agua sin pérdida de tiempo a la zarina con lo que ha parido.”

No quedaba más remedio que cumplir la orden. Los boyardos, aunque compadecidos de ella y del joven zarévich, entraron en su dormitorio y le notificaron la voluntad del zar leyendo el mensaje. Acto seguido los metieron en un gran tonel y lo cubrieron de alquitrán y lo hicieron rodar hasta el océano, según la orden del zar Saltán. Flotaba el tonel sobre las olas, bajo la luz de las estrellas. La zarina lloraba y su hijo crecía, no por días sino por horas. Mientras ella vertía lágrimas, su hijo se dirigió a las olas:

—¡Ah, ola mía, libre siempre y que en todo momento deseas pasear! ¡Tú que vas a donde quieres, quebrando las rocas y llevando las naves en tus ondas! ¡Ten piedad de nosotros y vuelve a dejarnos en tierra!...

Y la ola, obedeciéndolo, depositó seguidamente el tonel en la orilla y se alejó plácidamente. Madre e hijo se alegraron. Pero ¿quién podría sacarlos del tonel? En esto el hijo se levantó y, enderezándose, empujó con la cabeza un extremo de su prisión.

—A ver si logro abrir una ventana por este lado.
Y dicho y hecho. Salieron ambos y se vieron libres. Ya fuera del tonel, vieron que por un lado se extendía el mar azul, y por el otro un vasto campo, con una colina en cuya cima crecía un verde roble.
—Todo esto está muy bien —pensó el zarévich—, pero tampoco estaría mal que pudiéramos almorzar…

Rompió una rama, y, como llevaba sobre el pecho una cruz sujeta con una cinta de seda, ajustó ésta a la rama, doblándola, y con ello consiguió un buen arco. Preparóse luego una afilada flecha y se encaminó a la orilla a ver si cazaría algo. Apenas había dado unos pasos cuando oyó un débil gemido, y comprendió al instante que algo extraordinario sucedía. Miró y vio que sobre las olas se debatía un cisne atacado por un azor. El pobre cisne golpeaba desesperadamente el agua con sus alas, mientras el azor preparaba ya sus garras y su pico… Pero silbó la flecha, y fue a clavarse en el cuello del carnívoro, atravesándolo, y el rapaz azor cayó ensangrentado al mar… El zarévich dejó reposar su arco. Chilló el azor con voz que no semejaba de ave, mientras el cisne lo atacaba ahora a su vez, procurando golpearlo con sus alas y clavarle su pico. Pero lo que resultó más extraño aún fue que luego se dirigió el cisne al zarévich y le dijo en ruso:

—¡Zarévich, eres mi salvador! No te apenes si por mi culpa no comes durante tres días, ni por haber perdido tu flecha… Puedes creer que el mal no es grave, pues te recompensaré con creces. Debes saber que has salvado no a un cisne, sino a una doncella; y a quien has matado no es a un azor, sino a un terrible hechicero. Jamás lo olvidaré. Allí donde estés me encontrarás a tu lado. Pero ahora vuelve y reposa.

El cisne voló, y la zarina y su hijo se acostaron para dormir sin haber comido nada en todo el día.
Y he aquí que durante la noche el zarévich se despertó, sacudiéndose el sueño, miró, y, lleno de asombro, descubrió no lejos de allí una gran ciudad, detrás de cuyos blancos muros con almenas centelleaban las cúpulas de santas iglesias y monasterios. El zarévich se apresuró a despertar a su madre. Ésta dejó escapar una exclamación de sorpresa.

—Pues no dudo de que veremos aún mayores maravillas —contestó el zarévich—. Estoy seguro de que es obra de mi cisne.

Los dos se dirigieron a la ciudad. Pero apenas habían entrado cuando fueron recibidos por una inmensa multitud al repique de todas las campanas y al son de las voces de un coro que entonaba una oración. Luego los hicieron instalarse en un magnífico carruaje, que los llevó a la coronación. Y así fue cómo el mismo día subió el zarévich al trono para reinar en su capital, y, con el consentimiento de su madre, tomó el nombre de príncipe Gvidón.

Paseaba el viento por el mar y empujaba a una nave que corría con todas las velas desplegadas. Los de a bordo estaban reunidos en la cubierta y se extrañaron al ver que en una isla tan conocida por ellos y siempre desierta, apareciera ahora aquella espléndida ciudad con sus cúpulas doradas y su magnífico puerto, del que llegaban salvas, ordenándoles entrar. Obedeciendo, amarraron en el puerto y acto seguido fueron conducidos a palacio, en donde los recibió el príncipe Gvidón. Invitólos a su mesa y les hizo preguntas:

—¿Qué clase de mercancía lleváis, caballeros, y hacia dónde os dirigís ahora?
—Navegamos por el mundo entero y vendemos pieles de cibellina y de zorro; pero ahora vamos a Oriente, pasando por la isla de Buyana, al reino del zar Saltán.
—Os deseo, pues, una feliz travesía, y os ruego saludéis de parte mía al buen zar Saltán.
Los navegantes se hicieron a la mar seguidos por la mirada del príncipe, que se quedó muy triste.
Pero vio de pronto al blanco cisne que se acercaba por las olas.
—¡Te saludo, buen príncipe! ¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás tan triste?
Y el príncipe contestó:
—Estoy triste por no haber visto desde hace tanto tiempo a mi padre.
—Pues me es fácil complacerte: te transformaré en seguida en mosquito, y así, volando, podrás seguir al navío.

El cisne batió las aguas con sus alas, mojó al príncipe de pies a cabeza y éste se transformó en mosquito. Silbando y zumbando emprendió el vuelo. Pronto alcanzó la nave y se escondió en una rendija. El viento seguía soplando y el barco navegaba alegremente. Rebasó la isla de Buyana y se dirigió al reino de Saltán, que no tardó en descubrirse en la lejanía. Amarraron allí y seguidamente fueron llamados a palacio. Tras ellos voló nuestro mosquito. Al entrar vio en el trono al zar Saltán, vestido todo de oro, llevando puesta su corona; pero con semblante triste. A su lado estaban sentadas la hilandera y la cocinera en unión de la comadre Babarija, que no apartaban los ojos de él. El zar Saltán invitó a los huéspedes a su mesa y los interrogó:

—Señores y caballeros: ¿cuánto tiempo lleváis navegando? ¿Cómo se vive al otro lado del mar y qué habéis visto de sorprendente en vuestros viajes?
Los navegantes le contestaron:
—Hemos navegado por el mundo entero. No se vive mal allí. Y por lo que toca a lo extraño y milagroso te diremos lo siguiente: conocíamos una isla inhospitalaria y desierta. En ella sólo se veía un roble en la cima de una colina. Y ahora hemos encontrado allí una gran ciudad, con un espléndido palacio, multitud de iglesias y magníficas quintas rodeadas de jardines. En el trono hemos visto al príncipe Gvidón, que te saluda con respeto.
El zar Saltán encontró aquello milagroso de verdad y dijo:
—Si viviera un poco más, me gustaría ver la isla y visitar a su príncipe Gvidón.
Pero la hilandera con la cocinera, en unión de la comadre Babarija, quisieron disuadirlo de su propósito:
—¡Vaya una cosa milagrosa! —dijo la hilandera guiñando el ojo a las otras—. Lo que voy a decirte sí que es milagroso de verdad. Conozco un bosque en el que crece un pino. Debajo de él hay una ardilla que canta y come nueces. Y aquellas nueces tienen corteza de oro, y el fruto es una esmeralda pura. ¡De esto sí que puede decirse que es una maravilla!

El zar Saltán quedóse sorprendido y admirado; pero el mosquito se puso furioso y picó de pronto a su tía en el ojo derecho. La hilandera palideció, desvanecióse y perdió su ojo. Entonces su hermana, la servidumbre y los demás presentes comenzaron a perseguir al mosquito, chillando:

—¡Te cazaremos, maldito!
Pero el mosquito se escapó por la ventana, atravesó tranquilamente el mar y volvió a su isla. Y nuevamente se entristeció el príncipe al contemplar las olas. Y volvió a presentarse el cisne.
—¡Te saludo, buen príncipe! ¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás triste?
Y el príncipe le contestó:
—Estoy triste porque deseo ver una cosa no vista jamás. Sé que en alguna parte del mundo existe un bosque. En aquel bosque crece un pino, debajo del cual hay una ardilla que canta y come nueces. Las nueces tienen cáscara de oro y el fruto es una esmeralda pura… Pero tal vez mienta la gente y no exista semejante cosa…
Mas el cisne le contestó:
—No, príncipe, no miente: existen tal bosque y tal ardilla. No te preocupes, pues me gusta poder complacerte.

Contento, volvió el príncipe a su palacio. Pero, apenas entraba en el cercado, vio un pino bajo el cual una ardilla se comía una nuez de oro. Dejaba a un lado la corteza, amontonaba las esmeraldas y mientras tanto cantaba “Una vez en un jardín…”, y todos la escuchaban. Asombróse mucho el príncipe Gvidón y dijo:

—¡Qué maravilloso cisne! ¡Que Dios lo haga venturoso, y a mí también!
Ordenó construir para la ardilla un kiosco de cristal, puso centinelas en sus puertas y designó a un funcionario para llevar la cuenta exacta de las nueces. ¡Gloria a la ardilla! Y ¡vaya ganga para un príncipe!

Soplaba el viento sobre el mar y una nave se deslizaba por las olas con todas sus velas desplegadas. Se acercó a la isla. Oyéronse salvas que ordenaban a la nave entrar en el puerto. Amarró la embarcación y los navegantes fueron llamados a palacio. El príncipe Gvidón los invitó a su mesa para beber y comer, y les preguntó:

—¿A dónde os dirigís ahora y qué clase de mercancía lleváis a bordo?
—Hemos viajado por el mundo entero y vendemos caballos del Don. Nos dirigimos ahora al reino de Saltán, pasando por la isla de Buyana.
—Os deseo, pues, feliz travesía, y os ruego saludar de parte mía al buen zar Saltán.
Los navegantes se despidieron del príncipe e hiciéronse a la mar. Al seguirlos éste con la mirada, vio que se acercaba el cisne.
—¡Ay! —lamentóse el príncipe—. ¡No puedo resistir más! ¡Quiero ver a mi padre!

El cisne batió las aguas, mojó al joven de pies a cabeza y lo transformó en moscardón. El moscardón voló entre mar y cielo, alcanzó la nave y se escondió en una rendija. El viento seguía soplando y la embarcación navegaba alegremente. Pasó por la isla de Buyana y se aproximó al reino de Saltán. Saltaron a tierra los navegantes y en seguida fueron llamados a palacio; y allí los siguió nuestro moscardón. Al introducirse en el palacio vio al zar Saltán, vestido todo de oro y llevando puesta la corona, pero sumamente triste… A su lado estaban sentadas la hilandera y la cocinera en unión de la comadre Babarija, las que miraban al zar con ojos de sapo. El zar Saltán invitó a los navegantes a su mesa y los interrogó:

—¿Cuánto tiempo lleváis navegando? ¿Cómo se vive al otro lado del mar y qué habéis visto de maravilloso en los países lejanos?
—Hemos navegado por el mundo entero. No se vive mal allí. Y hemos visto una cosa en verdad milagrosa: una gran ciudad en una isla, magníficos palacios, y quintas rodeadas de jardines. Ante el palacio del rey crece un enorme pino, bajo el cual se levanta un kiosco de cristal. En este kiosco vive una ardilla amaestrada que, mientras canta, va rompiendo nueces. Pero las nueces no son como las otras: su cáscara es de oro puro y su fruto es una esmeralda. La maravillosa ardilla está rodeada de servidores y un funcionario lleva la cuenta exacta de las nueces. El ejército rinde honores a la ardilla; con las cáscaras se acuñan monedas que circulan por el mundo entero y las muchachas recogen las esmeraldas y las ocultan en sus cofres. Todos son ricos en aquella isla. Allí no hay chozas, sino palacios. Y reina en aquel dichoso país el príncipe Gvidón, que te manda sus saludos.

El zar Saltán se maravilló.
—Si viviera un poco más, me gustaría ver la isla y visitar a su príncipe Gvidón.
Pero la hilandera y la cocinera, en unión de la comadre Babarija, intentaron disuadirlo de la idea.
—¡Vaya un milagro! ¿Qué tiene de particular que una ardilla rompa nueces de oro y amontone esmeraldas? Sé de una cosa mucho más sorprendente. En cierto lugar, cuando el mar se agita cubriendo la orilla de blanca espuma, salen de las olas treinta y tres héroes gigantes, a cuál más hermoso, capitaneados por un tal Chernomor. Todos son iguales y todos tienen escamas de oro, que brillan como el fuego. De esto sí que puede decirse que es una maravilla.

Nadie se atrevió a contradecirla. El zar Saltán se quedó con la boca abierta, mientras se enfurecía el moscardón. Silbó y zumbó y de pronto picó a su tía en el ojo izquierdo.
—¡A cazarlo, a cazarlo! —gritaron todos—. ¡Te cazaremos, maldito!
Pero era tarde ya. El moscardón se escapó por la ventana. Tranquilamente atravesó el mar y regresó a su isla. Y de nuevo se paseó de nuevo el príncipe contemplando el mar. Y volvió a presentarse el cisne:
—¡Te saludo, buen príncipe! ¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás tan triste y preocupado?
—¡Ah! ¡Si pudiera yo conseguir para mi isla una cosa en verdad maravillosa!...
—Habla, pues; a ver si puedo complacerte…
—No sé en dónde… pero sé que hay un cierto lugar en el cual, cuando se enfurece el océano y las olas invaden la tierra, salen de ellas treinta y tres héroes gigantes, todos iguales, todos jóvenes y hermosos, capitaneados por un tal Chernomor. Todos tienen escamas de oro que brillan como el fuego…
—¡Bueno, príncipe! Pues no te preocupes. Si no es más que esto, es fácil arreglarlo. Conozco a estos jóvenes héroes: son mis hermanos, y haré que se presenten aquí.

El príncipe se fue, olvidando su preocupación; subió a una torre y desde allí empezó a contemplar el mar. Y no había transcurrido mucho rato cuando se levantaron las olas y salieron de ellas treinta y tres héroes —todos hermosos jóvenes, con escamas de oro que brillaban como el fuego—. Los precedía el viejo y canoso Chernomor, que los condujo a la ciudad. El príncipe Gvidón bajó corriendo a su encuentro. De todos los lugares acudieron gentes a verlos. Chernomor se acercó, saludó al príncipe y le dijo:

—Nos manda aquí el cisne para que guardemos tu hermosa ciudad. Cada día saldremos al mar para hacer la ronda en torno a los muros. Así es que pronto nos volveremos a ver. Y ahora, adiós, pues nos molesta el aire de la tierra.

Y dicho esto se alejaron. El viento seguía soplando y la nave proseguía su camino… Se deslizó por las olas con todas sus velas desplegadas. Se acercó a la isla. Los cañones lanzaron sus salvas, ordenándole que entrara y amarrara. Y como de costumbre el príncipe Gvidón invitó a los navegantes a su mesa y les rogó que contestaran a sus preguntas:

—¿A dónde os dirigís y qué clase de mercancía lleváis a bordo?
—Navegamos por el mundo —contestaron los del barco—. Vendemos armas, plata y oro, y nos dirigimos ahora, pasando por la isla de Buyana, hacia el reino de Saltán.
Los navegantes se despidieron y se hicieron a la mar. El príncipe se encaminó también a la orilla, en donde lo aguardaba ya el cisne.
—¡Ah, cisne mío! ¡Cuánto me gustaría ver a mi padre!...
De nuevo batió el cisne las aguas con sus alas y mojó al príncipe. Pero esta vez lo transformó en zángano. El zángano voló, alcanzó la nave y se escondió en una rendija de popa.

Silbaba el viento y corría la nave. Rebasó la isla de Buyana y se acercó al anhelado reino de Saltán, que ya se vislumbraba en la lejanía. Pronto amarraron en el puerto, bajaron a tierra y, llamados por el zar, se dirigieron a palacio. Nuestro zángano los siguió y se introdujo en los aposentos del monarca. El zar Saltán estaba en su trono, vestido todo de oro y con la corona puesta. Como siempre, se mostraba triste. A su lado estaban sentadas la hilandera y la cocinera, en unión de la comadre Babarija. Y las tres mujeres lo miraban con sus cuatro ojos. El zar Saltán hizo sentarse a los navegantes a su mesa y les preguntó:

—¿Cuánto tiempo lleváis navegando? ¿Cómo se vive al otro lado del mar y qué habéis visto de milagroso en los países lejanos?
—Hemos recorrido todo el mundo. No se vive mal allí. Y, por lo que a lo maravilloso se refiere, te diremos que hemos visto una isla en la que se levanta una ciudad en verdad prodigiosa. Cada día el mar se enfurece, cubre la tierra de blanca espuma y las olas, al retirarse, dejan en la orilla a treinta y tres valientes héroes, gigantes, hermosos jóvenes, con escamas de oro, y precedidos por el viejo Chernomor. Los pone en doble fila y todos hacen la ronda en torno a los muros de la ciudad. Y no hay guardianes mejores ni más seguros en el mundo entero. Reina allí el príncipe Gvidón, que te manda sus saludos.
—Si viviera un poco más, me gustaría ver la isla y visitar al príncipe Gvidón.

Esta vez la hilandera y la cocinera no chistaron. Pero la comadre Babarija dijo sonriendo con malicia:
—Nadie podrá asombrarnos con semejante cosa. No sé si es verdad o mentira, pero nada de sorprendente veo en ello. ¡Vaya una maravilla! ¿Qué tiene de particular que unos mancebos salgan del mar para vigilar una ciudad? Conozco una cosa… ¡pero ésa sí que es en verdad maravillosa! Dicen que al otro lado del mar existe una princesa de belleza tal que todo el que la ve no puede apartar de ella la mirada. Deslumbra al día y todo lo ilumina por la noche. En sus cabellos lleva la luna y en su frente brilla una estrella. Tiene un andar de pavo real y su voz es más dulce que el murmullo de un arroyuelo. ¡De eso sí que puede decirse que es una maravilla!

El zar Saltán se quedó con la boca abierta. Pero el príncipe se indignó, aunque tuvo lástima de la vieja Babarija. Se puso a zumbar en torno a ella y la picó en la nariz, produciéndole una enorme hinchazón. Y volvieron a gritar todos:

—¡A él! ¡a él! ¡Esta vez te cazaremos, maldito!
Pero el zángano voló por la ventana, atravesó tranquilamente el mar y regresó a su isla.

El príncipe se paseaba a orillas del mar y se le acercó el blanco cisne nadando por las aguas cristalinas.
—¡Te saludo, hermoso príncipe! ¿Por qué estás tan triste?
—Pues dime: ¿cómo puedo estar alegre? La gente se casa y sólo yo permanezco soltero.
—¿Y a nadie tienes que pueda ser tu novia?
—Sí y no. Dicen que existe una princesa tan hermosa que aquel que la ha visto una vez no puede ya apartar de ella la mirada. Deslumbra hasta a la luz del día y todo lo ilumina por la noche. En sus cabellos lleva la luna y en su frente brilla una estrella. Es majestuosa como un pavo real y su voz es más dulce que el murmullo de un arroyuelo… Pero no sé si lo que dicen es verdad o mentira…
El cisne permaneció un instante callado y dijo luego:
—Sí. Existe tal princesa. Pero casarse no es cosa tan sencilla como ponerse un guante. Luego ya no te lo podrás quitar. Así es que voy a darte un consejo para que lo medites bien antes de decidirte.

Pero el príncipe empezó a jurar que se había propuesto casarse y que había pensado y meditado suficientemente en ello. Y que, de ser preciso, estaba dispuesto a ir a buscar a la princesa hasta el fin del mundo. Al oír estas palabras, el cisne suspiró profundamente y le dijo:

—No hace falta ir tan lejos. Debes saber que tu destino está muy cerca de ti: ¡la princesa de que hablan soy yo!

Y al decir esto se levantó, voló por encima de las olas y se escondió detrás de unos arbustos, transformándose allí en una hermosa princesa. En sus cabellos brillaba la luna y en la frente llevaba una estrella. Se acercó caminando como un pavo real y al empezar a hablar parecía que murmuraba un arroyuelo. Al verla, el príncipe corrió a su encuentro, la estrechó contra su pecho y se apresuró a presentársela su madre, a la que suplicó:

—¡Ah, madre mía querida! He encontrado una prometida que deberá ser mi esposa y que siempre y en todo te obedecerá. Así, pues, te suplicamos que bendigas a tus hijos, pues lo somos, para que podamos vivir en paz y amor.
Entonces la madre levantó un icono y, aunque llorando, los bendijo:
—¡Que Dios os haga felices, queridos hijos míos!
El príncipe no quiso retrasar ni un día el casamiento. Se celebró la boda y empezaron a esperar hijos.

Soplaba el viento; una nave se deslizaba sobre el mar con todas las velas desplegadas, dirigiéndose al puerto de una gran ciudad. Oyéronse salvas. La nave amarró. El príncipe Gvidón aguardaba ya a sus huéspedes los navegantes, a los que invitó a beber y a comer.

—¿A dónde vais ahora? Y ¿qué lleváis a bordo para vender?
—Hemos navegado por el mundo entero vendiendo lo que no se debería vender… Pero ahora nos dirigimos a la tierra del zar Saltán, pasando por la isla de Buyana.
—Pues os deseo una feliz travesía. Y os ruego que recordéis al zar Saltán su intención de visitarme. ¡Hace mucho tiempo que lo espero! ¡Saludadlo de parte mía!
Los navegantes se hicieron a la mar, pero esta vez el príncipe se quedó en casa, pues no quiso abandonar a su joven esposa.

Silbaba el viento. La nave rebasó la isla de Buyana y se dirigió al reino de Saltán, que ya se vislumbraba en la lejanía. El zar Saltán aguardaba a los huéspedes en su palacio, reposando en su trono, vestido todo de oro y llevando puesta la corona. A su lado estaban sentadas la hilandera y la cocinera en unión de la comadre Babarija, que miraban, las tres, con sus cuatro ojos. El zar Saltán rogó a los navegantes que se sentaran a su mesa y les preguntó:

—¿Qué habéis visto viajando por el mundo? ¿Cómo se vive al otro lado del mar?
—Hemos viajado por el mundo entero. No se vive mal allí. Pero lo que hemos visto esta vez es en verdad maravilloso. Existe una isla; en ella hay una magnífica ciudad, llena de iglesias con cúpulas doradas, de quintas rodeadas de jardines y de multitud de palacios. Ante el del príncipe crece un pino, y bajo el pino se levanta un kiosco de cristal. En el kiosco vive una ardilla amaestrada que canta siempre y rompe las nueces con sus dientes. La cáscara de esas nueces es de oro puro, y el fruto es una esmeralda. Todos se ocupan de ella y la vigilan… Además, hay allí una cosa más maravillosa aún: cuando el mar se enfurece, cubriendo la tierra con su espuma, y se retiran las olas quedan en la orilla treinta y tres héroes, jóvenes, hermosos, iguales, con escamas de oro que brillan como el fuego. Los capitanea Chernomor. Y no hay en el mundo guardia más segura que aquella… Además, el príncipe tiene por esposa a una hermosa princesa. Nadie que la haya visto una vez puede apartar de ella la mirada. Deslumbra al día y todo lo ilumina por la noche. En sus cabellos lleva la luna y en su frente brilla una estrella. En el trono se sienta el príncipe Gvidón, que se lamenta de que no lo hayas visitado todavía.

Al oír esto, Saltán mandó preparar una escuadra. Pero la hilandera y la cocinera, en unión de la comadre Babarija, no quisieron permitirle realizar el viaje para ver la isla milagrosa. Mas el zar Saltán no les hizo caso:

—¿Soy un rey o soy un niño? —les dijo irritado—. ¡Pues me marcho hoy mismo!
Y diciendo esto salió dando un portazo.

El príncipe Gvidón estaba sentado frente a la ventana y contemplaba el mar tristemente. El mar estaba en calma y no se veía ola alguna… Pero en el horizonte aparecieron naves… Era la flota de Saltán, que se deslizaba sobre el océano. Al adivinarlo, el príncipe Gvidón dio un salto y gritó:

-¡Eh! ¡Madre mía, esposa querida: mirad allí… Viene mi padre!
Se aproximó la escuadra. Gvidón miró con un anteojo. En la cubierta pudo ver al zar Saltán, que también los miraba con un anteojo. A su lado estaban la hilandera y la cocinera, en unión de la comadre Babarija. Los tres quedaron maravillados ante la isla desconocida. Y he aquí que tronaron todos los cañones y fueron lanzadas al vuelo todas las campanas. El príncipe Gvidón descendió a la orilla para recibir al zar, y al propio tiempo a la hilandera y la cocinera, en unión de la comadre Babarija. Y sin explicación alguna los llevó a palacio. Entraron todos. En las puertas montaban guardia los treinta y tres héroes gigantes, todos hermosos jóvenes con escamas de oro puro, y al frente de ellos Chernomor. El zar entró en el cercado y vio cómo debajo de un pino la ardilla cantaba una canción, rompiendo una nuez de oro, sacando la esmeralda y colocándola en un saquito. Y todo el cercado estaba repleto de cáscaras de oro. Los recién llegados entraron en los aposentos. Allí los recibió la princesa, que era en verdad maravillosa: en sus cabellos llevaba la luna y en su frente brillaba una estrella. Su andar era el de un pavo real. A su lado estaba su suegra. Miróla el zar y la reconoció…

—¿Qué veo? ¿Qué es esto? —exclamó. Y empezó a sollozar… Abrazó luego a la zarina, a su hijo y a su joven esposa.

Acto seguido todos se sentaron a la mesa y dio comienzo un alegre festín. Mientras tanto la hilandera y la cocinera, como también la comadre Babarija, se escondieron en sendos rincones. Las encontraron, pero ellas se arrepintieron e imploraron gracia. El zar Saltán, vista la felicidad común, las perdonó, y las mandó a casa. Al declinar el día, Saltán se emborrachó de tal manera que tuvieron que llevarlo a la cama. Y yo estuve allí: me ofrecieron cerveza, vino y miel, que me pasaron muy cerca de la boca y sólo me mojaron el bigote.

Alexander Pushkin (1799-1837)


Más relatos de Alexander Pushkin. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura:
El resumen del poema-relato de Alexander Pushkin: El zar Saltan (Tsare Saltane) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Versos escritos en el abatimiento: W.B. Yeats


Versos escritos en el abatimiento (Lines written in dejection) es un poema del escritor irlandés W.B. Yeats, publicado en la colección de poemas de 1919 Los cisnes salvajes de Coole (The Wild Swans at Coole).





Versos escritos en el abatimiento.

Lines written in dejection
, W.B. Yeats (1865-1939)


¿Cuando vi por última vez
los anchos ojos verdes y los largos cuerpos sinuosos
de los leopardos negros de la luna?
Las brujas ermitañas, señoras nobilísimas,
con todo y sus escobas y sus lágrimas,
sus enérgicas lágrimas, se fueron.
Se perdieron los santos centauros de los montes;
sólo me queda el hastiado sol.
La heroica madre luna se hundió en el destierro;
tengo cincuenta años, y ahora
he de sufrir la timidez del sol.

William Butler Yeats (1865-1939)


Más poemas de William Butler Yeats. I Poemas góticos. I Poemas tristes.


Más poemas:
El resumen y la traducción al español del poema de W.B. Yeats: Versos escritos en el abatimiento (Lines written in dejection) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Luella Miller: Mary Wilkins Freeman


Luella Miller (Luella Miller) es un relato de vampiros de la escritora norteamericana Mary Wilkins Freeman, escrito en 1902.


Luella Miller
plantea una historia de vampirismo realmente peculiar. El relato explora una variante del denominado vampirismo psíquico, o vampirismo emocional; y decimos variante porque Luella Miller, la protagonista, no ejerce su influencia poéticamente, sino que agota a sus víctimas haciendo que se sientan irresistiblemente atraídos hacia ella, y forzándolos al límite del agotamiento, e incluso más allá de todo límite.

Luella Miller, de la mano de Mary Wilkins Freeman, una magnífica narradora de lo macabro; es sin dudas una de las grandes vampiresas del siglo XX, y posiblemente uno de los mejores y más terroríficos vampiros victorianos.




Luella Miller.
Luella Miller, Mary Wilkins Freeman (1852-1939)

Cerca de la calle del pueblo estaba la casa de un piso en el que Luella Miller, quien tuvo una mala fama en el pueblo, había vivido. Había muerto hacía años, sin embargo, hubo algunos en el pueblo que, a pesar de la luz más clara que luego se echó sobre el asunto, todavía creen en el cuento que vienen escuchado desde su infancia. En sus corazones sobrevive el horror y el miedo salvaje de aquellos antepasados vivieron en la época de Luella Miller. Y los jóvenes también observan con un estremecimiento la vieja casa, y los niños jamás juegan alrededor de ella, como es costumbre hacerlo en torno a los edificios abandonados. La antigua casona de Miller no tiene ni un cristal roto, todavía reflejan la luz del sol por la mañanas en parches de esmeralda y azul, el pestillo de la puerta nunca se levantó.

Desde la época de Luella Miller la casa sólo había tenido un inquilino, una vieja sin amigos que no tenía posibilidad de elegir entre eso y la de refugiarse bajo el cielo abierto. Esta anciana, que había sobrevivido a su parentela y amigos. Cierta mañana, debido a la ausencia de humo saliendo por la chimenea, una partida de vecinos tomó coraje e ingresó en la casa: la encontraron muerta en su cama. Hubo rumores oscuros en cuanto a la causa de su muerte, y hubo quienes testificaron que vieron una expresión de miedo inenarrable en el rostro cadavérico. La anciana había sido sana y fuerte cuando entró en la casa, y sólo en siete días había sido abatida, una víctima más de aquel misterioso poder sobrenatural. El ministro habló con gravedad en el púlpito contra el pecado de la superstición. Ni un alma en el pueblo habría elegido quedarse alli. Ningún vagabundo conciente del relato dejaría el frío bosque por ese refugio siniestro e impío.

Sólo había una persona en el pueblo que había conocido en realidad Luella Miller. Esa persona era una mujer de más de ochenta años, un verdadero prodigio de vitalidad y juventud. Caminaba por las calles recta como una flecha, y siempre asistía a la iglesia, llueva o truene. Nunca se había casado, y había vivido durante algunos años al otro lado del camino de la casa de Luella Miller.

Esta mujer no era un ejemplo de la locuacidad de la senectud, pero nunca en toda su vida se había mordido la lengua para otro salvará la suya. Fue ella quien dio testimonio de la vida y la maldad de Luella Miller. Cuando la vieja habló -y ella tenía el don de la descripción, aunque sus pensamientos estaban vestidos en la lengua grosera y vernácula de su pueblo natal - parecía que la imagen de Luella Miller cobraba completa entidad. De acuerdo con esta mujer, Lydia Anderson, tal es su nombre, Luella Miller había sido una belleza de un tipo bastante inusual en Nueva Inglaterra, de flexible y ligera criatura, dispuesta e inquebrantable como el destino. Tenía el cabello largo, brillante, lacio, y lo llevaba enrollado alrededor de un suave y hermoso rostro. Sus ojos eran azules, y sus modales eran de una gracia maravillosa.

-Luella Miller se sentaba de un modo que nadie más podría. -dijo Lydia Anderson- y era un espectáculo verla caminar. Sólo los sauces, quizás, caminarían como Luella Miller. Tenía un hermoso vestido de seda verde que solía llevar, y un sombrero con serpentinas y un velo de encaje. Se casó con Erasto Miller. Su nombre de soltera era Hill. Erasto vivía junto a mi casa, incluso fuimos juntos a la escuela. La gente decía que estaba enamorado de mí. Yo nunca lo sospeché. Eso fue antes de que Luella haya venido a enseñar en el distrito. Lottie Henderson fue su alumna preferida: una inteligente niña de fuerte raíz, espléndida. Puso los ojos en Luella, como todas las chicas lo hicieron. Lottie murió cuando Luella no había cumplido un año en el cargo de maestra. Tiempo después de la muerte de Lottie, Luella se casó con Erasto. Siempre pensé que se apresuró. Las cosas en la escuela no marchaban bien, y Luella podría haber tenido que renunciar a ella. El chico la ayudó. Era honesto y buen estudiante también. Y todos se entristecieron al ver que se volvía más y más débil a causa de una extraña enfermedad. Trabajó terriblemente duro hasta el último momento tratando de ahorrar un poco para sacar a Luella de su situación. Cierto día hablé con él: "Siempre he tenido brazos fuertes" -dijo. Murió a la semana. Cayó en el suelo de la cocina mientras preparaba el desayuno. Pues él se encargaba de estas cuestiones ya que Luella estaba en cama. De hecho, lavaba, cocinaba y limpiaba diariamente. No podía soportar que Luella levantase su dedo, y ella se lo permitía. Luella Miller vivió como una reina, afirmando que su dolor en el hombro no le permitía trabajar como costurera. Lily Miller fue a vivir con Luella inmediatamente después del funeral de Erasto.

Entonces esta mujer de edad, Lydia Anderson, quien recordó Luella Miller, iba a relatarnos la historia de Lily Miller. Parece que aquella mudanza de Lily Miller a la casa de su hermano muerto provocó toda clase de comentarios y rumores. Lily apenas había pasado su primera juventud, y era robusta y floreciente, de mejillas rosadas, rizos y brillantes ojos oscuros. No habían pasado seis meses en su nueva residencia cuando el color rosado de sus mejillas se desvaneció. Sombras Blanco macularon sus cabellos, la luz desapareció de sus ojos. Sus rasgos afilados se deshicieron, aunque todavía llevaba siempre una expresión de dulzura absoluta, e incluso de felicidad. Ella se dedicó servicialmente a su cuñada. No había duda de que la amaba con todo su corazón. Sólo temía morir y dejar sola a Luella.

-La forma en que Lily Miller solía hablar de Luella bien podía volverte loco o hacerte llorar. -dijo Lydia Anderson- He estado allí algunas veces en el pasado, cuando ella estaba demasiado débil para cocinar. Siempre me preguntaba si la veía mejor, y siempre respondía que se sentía mejor que ayer. Lo cierto es que se veía demacrada. De parte de Luella no recibió ninguna clase de atención, sólo los vecinos se preocupaban. La pobre Lily languidecía considerable. Cuando finalmente murió Luella se hizo cargo de Abby, que vino de Mixter. Al llegar, era redonda y rosada como una flor, pero la pobre tía Abby comenzó a caer del mismo modo que Lily. Supongo que alguien le escribió a su hija, que estaba casada: la Sra. Samuel Abad, que vivía en Barre, ya que ella intimó a su madre por carta a irse inmediatamente. Abby no iría. La pobre sólo tenía ojos para Luella, y sólo de ella se ocupaba. Su hija continuó escribiéndole, pero no sirvió de nada. Por fin llegó, y al ver lo mal que estaba su madre rompió a llorar. Habló con Luella. La acusó de haber matado a su marido y cada persona que se acercaba a ella de buena fe. Luella se puso histérica, y la tía Abby estaba tan asustada que me llamó después de que su hija se haya marchado. La Sra. Abad se fue llorando, los vecinos la oyeron. Nunca más vio a su madre con vida. Esa noche la tía Abby mandó a llamarme. Cuando llegué me encontré a Luella llorando, o riendo, o ambas cosas juntas. Abbý estaba blanca como una sábana, sin aire. La amenacé, diciéndole que no estaba en condiciones de estar fuera de la cama.

-Oh, no me pasa nada. -dijo ella- No me siento tan mal-
-Déjela conmigo, señora Mixter, y volverá a la cama. -dijo Luella.
-¿No será conveniente que llamemos al médico?

Y miré hacia la derecha directamente a Luella Miller, que reía y lloraba. Después de ver eso nadie podría cambiar mi opinión sobre Luella Miller, y mucho menos engañarme. Por último, muy ofendida, volví a casa por un poco de valeriana para el brote histérico de Luella, y con ella me dirigí nuevamente a la casa.

-¿Qué es? -preguntó entre gritos.
-Pobre cordero, cordero pobre. -decía la tía Abby, mientras yo trataba de lavarle la cabeza con alcanfor.
-Traga esto -dije, sin ninguna clase de ceremonia- ¡Trágalo!

Luella Miller se apoderó de su barbilla y echó la cabeza hacia atrás.

-¡Nada de tragar! -aulló.

Y Luella, sin opciones, tragó. Dejó de reir y llorar y me dejó su puesto junto a la cama. Abby permaneció despierta toda la noche y me quedé con ella, aunque trató de no mostrarse enferma. Sin embargo, hizo guardia, alimentando a Luella con una cuchara a lo largo de toda la noche. En la mañana, tan pronto como salió el sol, corrí hasta la tienda y envié a Johnny Bisbee por un médico. La pobre tía Abby no parecía entender nada. Cuando llegó el doctor difícilmente se podría decir que respiraba. Y cuando se retiró, Luella entró en la sala mirando como un bebé en su camisón de volantes. La puedo ver ahora. Tenía los ojos azules y su rostro estaba rosa. Miró hacia la cama, entre inocente y divertida, y dijo: -¿Por qué aún no se ha levantado? '

-Porque está enferma. -respondí.
-Pensé que alguien hacía café. -dijo Luella.
-Creo que esta mañana podrás hacértelo tu misma. -dije.
-Jamás me hice el café en toda mi vida -dijo ella, asombrada- Erasto siempre lo hacía, y luego Lily, y finalmente la tía Abby. No creo que pueda hacerlo, señorita Anderson.
-No es difícil. -dije yo, menos aasombrada que furiosa.
-¿No va a levantarse en todo el día? -insistió Luella.
-Creo que no. -dije calmadamente. Pero lo cierto es que estaba colérica. Había algo en torno a lesa trivial conversación sobre el café que me inquietaba. Tres habían muerto por sus caprichos. Incluso pensé que alguien debía terminar con ella antes de que otros caigan bajo su influencia.
-No parece enferma. -continuó Luella.
-Pues lo está. -dije- Va a morir, y tú quedarás sola. Deberás aprender a prescindir de los demás y arreglártelas por tu cuenta.

Sé que fui dura, pero era la verdad. Luella se puso histérica. Lo único que hizo fue irse del otro lado de la habitación, donde la tía Abby no podía oírla. Cuando se enteró de que nadie estaba viniendo a ocuparse de ella, su ataque se detuvo. Al menos supongo que lo hizo. Yo estaba ocupada en intentar que la pobre tía Abby mantenga el aliento. El doctor me había dado una medicina en forma de gotas. Cuando advertí que no duraría demasiado con vida, hablé con Luella. A la tarde volvió el médico y la hija de Abby, la Sra. Abad Sam, pero llegaron tarde. Abby había muerto.

-¿Dónde se metió Luella? -preguntó la sra Abad.
-Está en la cocina. -dije- Está en pleno ataque de nervios. Tiene miedo de que la muerte sea contagiosa.

Entonces habló el doctor. Era un hombre joven. El viejo doctor Park había muerto el año anterior, y se trataba de un joven recién salido de la universidad
-La señora Miller no es fuerte -dijo-, y ella tiene toda la razón en no agitarse.

Ella ya tendió sus garras sobre él, pensé, pero no dije nada. Lo cierto es que Luella estaba demasiado asustada como para estar histérica. Parecía encogerse sobre esa silla de la cocina, con la Sra. Abad hablándole verdades. Supongo que eso fue demasiado para ella. Luella se desmayó. El doctor llegó corriendo y dijo algo acerca de un corazón débil.

-No hay nada débil en esa mujer. -dijo la sra Abad.- Era mi madre quien estaba débil. Ella tiene la fuerza suficiente para exprimir a los demás. ¿Débil? Mi pobre madre era débil: esta mujer la mató con la misma eficacia de un cuchillo.

Pero el doctor no le prestó mucha atención. Sólo abrazó a Luella y sostuvo su mano. Me pidió que traiga el aguardiente de la habitación de Abby. Ahora que la tía había desaparecido, Luella ya había conseguido un nuevo sirviente.

Esperé hasta que la tía Abby fuese enterrada cerca de un mes después. El doctor visitaba a Luella constantemente, y la gente comenzó a hablar. Cierto día, cuando supe que éste se hallaba fuera de la ciudad, me acerqué a Luella. La encontré vestida con una muselina azul con lunares blancos. Había algo acerca de Luella Miller que parecía clavarse en el corazón. María Brown había estado ayudándola en toda clase de tareas inhumanas para una mujer, pero Luella la consideraba capaz. María no vivió mucho tiempo. Comenzó a desvanecerse de la misma manera que los otros.

-Supongo que has dejado que María vaya a su casa. -dije.
-Si, -respondió- una vez que terminó de lavar los platos.
-También supongo que tiene trabajo que hacer en su propia casa. -dije, tratando de parecer casual.
-Si -dijo Luella, realmente dulce y bonita- ella dijo que tenía que hacer su lavado de ropa.
-¿Y por qué no se quedó en casa en vez de venir aquí para realizar tus tareas?

Luella me miró como un bebé que se le quita un sonajero negó a ello. Se echó a reír como una especie de inocente.

-Oh, no puedo hacer esos trabajos, señorita Anderson- Nunca los hice. María tiene que hacerlos.
-¿Tiene? -pregunté, indignada- Ella no tiene que hacerlo. Maria Brown tiene su propia casa y lo suficiente para vivir. Ella no está en deuda con usted para venir aquí y ser su esclava. La estás matando del mismo modo que a Erasto y los demás.

Me miró, pálida.

-Y María no será la última- continué- También vas a encargarte del doctor Malcolm antes de exprimirlo del todo.

Entonces un color rojo llameó en toda su cara. -No voy a matarlo, ya sea. -dijo, y comenzó a llorar.
-¡Sí, lo harás! -grité, y comencé a decir todas las cosas que jamás le había dicho. Luella se puso cada vez más pálida, y en ningún momento me miró. Luego me fui a casa. Desde la calle ví que su lámpara se apagó antes de las nueve, y cuando el doctor Malcolm vió la oscuridad siguió de largo, creyendo que Luella dormía. Una semana después, María murió. Surgieron toda clase de murmuraciones siniestras. La gente acusó a Luella de bruja. Una tarde vi al doctor corriengo por la calle con su botiquín. Luella estaba muy enferma.

Una chica se pfreció como enfermera, lo cual lamenté. Pensé en Erasto y los demás. Al día siguiente la sra Babbit me informó que el doctor traído a una chica de las afueras, y que estaba bastante seguro de que él se casaría con Luella. Pocos días después, Sarah Jones, aquella muchacha traída para ayudar a Luella, fue vista caminando por la calle como un espectro sin voluntad. Algunas malas lenguas dijeron algo sobre una relación clandestina entre ella y el doctor. Lo que nadie adivinó es que la nueva víctimas sería el pobre médico. Murió sin que el ministro le suministrase la extremaunción, dejándole a Luella todo su patrimonio. Una semana después también enterramos a Sarah Jones.

Pareció el fin de Luella Miller. Ni un alma en todo el pueblo levantaría un dedo por ella. Pronto se la vió yendo a la tienda de la señora Babbit, que tenía miedo de que Tommy , su hijo, y quien realizaba mandados, llevase las vituallas de Luella. De hecho, al poco tiempo se lo vió andar como un fantasma, con los brazos colgando flácidamente junto al cuerpo luego de llevar algunos paquetes a la casa de Luella.

Luella Miller pasó dos últimas semanas terribles, supongo. Estaba debilitada, pero nadie se atrevía a acercarse. Babbit dijo que ya no se veía humo salir de la chimenea. Juntamos coraje y entramos. Luella estaba en la cama, muriendo.

Ella duró todo el día y la noche. Luego de la muerte del doctor nadie más se atrevió a ir allí. Cerca de la medianoche la dejé por un minuto para correr a casa y conseguir alguna medicina que había comenzado a sentirme bastante mal. Fue una noche de luna llena, y apenas salí de mi puerta para cruzar la calle hasta Luella, me detuve en seco al ver algo. Vi lo que vi, y sé que lo vi, y juro por mi lecho de muerte que lo vi. Vi a Luella Miller y a Erasto, Lily, Abby, María, el Doctor y Sara, todos saliendo de su puerta. Luego desaparecieron. Me quedé un minuto con el corazón en la garganta, y huí.

Luella Miller había muerto en la cama...

Esta fue la historia que narró la anciana Lidia Anderson, y el cuento se ha convertido en parte del folclore en el pueblo.

Lidia Anderson murió a los ochenta y siete años. Se había mantenido maravillosamente sana y fuerte hasta aproximadamente dos semanas antes de su muerte. Una noche de luna brillante estaba sentada junto a la ventana de su sala cuando hizo una exclamación repentina. Salió fuera de la casa y cruzó la calle, antes de que el vecino que la estaba cuidando de su pudiera detenerla. Se dice que poco después encontraron muerta a Lidia Anderson tendida ante la puerta de la casa desierta Luella Miller.

Durante la noche siguiente algunos vieron llamas rojas entre las ventanas tapiadas de la casa de Luella. Nadie se acercó para ver como la vieja casona era consumida por el fuego. Nada quedó en pie, excepto algunas pocas piedras de los cimientos del sótano, ásperos arbustos de lirios ,y en el verano, un rastro desvalido de esplendor entre la hierba.

Mary Wilkins Freeman (1852-1930)


Más relatos de Mary Wilkins Freeman. I Relatos de vampiros. I Relatos góticos.


Más literatura:
El resumen y la traducción al español del relato de Mary Wilkins Freeman: Luella Miller (Luella Miller) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Donde esta el poeta: John Keats


¿Dónde está el poeta? (¿Where's the Poet?) es un poema romántico del escritor inglés John Keats, escrito alrededor de 1821.

Debajo de nuestra traducción hemos colocado un video con la versión original de este magnífico poema del romanticismo.





¿Dónde está el poeta?

¿Where's the Poet?, John Keats (1795-1821)

¿Dónde está el poeta? Nueve Musas,
reveládmelo, que Pueda conocerlo.
Es aquel hombre que ante cualquiera
como un igual se siente, aunque fuere el monarca
o el más pobre de toda la tropa de mendigos;
o es tal vez una cosa de maravilla: un hombre
entre el simio y Platón;
es quien, a una con el pájaro,
reyezuelo o águila, el camino descubre
que a todos sus instintos conduce; el que ha oído
el rugido del león, y nos diría
lo que expresa aquella áspera garganta;
y el bramido del tigre
le llega articulado y se le arraiga,
como lengua materna, en el oído.

John Keats (1795-1821)




Más poemas de John Keats. I Poemas góticos. I Poemas del romanticismo.


Más literatura:
El resumen y la traducción al español del poema de John Keats: ¿Dónde está el poeta? (Where's the Poet?) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Cuando tenía veintiún años: A.E. Housman


Cuando tenía veintiún años (When I was one-and-twenty) es un poema de amor del escritor inglés A.E. Housman, publicado en la colección de poemas victorianos de 1896: Un muchacho de Shropshire (A Shropshire lad).

Debajo del poema hemos dejado un video con una lectura de Cuando tenía veintiún años.




Cuando tenía veintiún años.

When I was one-and-twenty, A.E. Housman (1859-1936)

Cuando tenía veintiún años
oí a un sabio decir::"
Regala coronas, libras y guineas,
pero nunca tu corazón.

Regala perlas y rubíes, pero
mantén en libertad tus fantasías".
Tenía veintiún años
y era inútil aconsejarme.

Cuando tenía veintiún años
lo oí decir otra vez:
"El corazón fuera del pecho
nunca se entrega en vano,
Se paga con abundantes suspiros,
con infinitos lamentos".
Ahora tengo veintidós años,
Y, oh, es verdad, es verdad.

A.E. Housman (1859-1936)



Más poemas de A.E. Housman. I Poemas de amor. I Poemas góticos.


Más poemas:
El resumen y la traducción al español del poema de A.E. Housman: Cuando tenía veintiún años (When I was one-and-twenty) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El sueño de las calaveras: Francisco de Quevedo


El sueño de las calaveras (El sueño de las calaveras) es un relato fantástico del escritor español Francisco de Quevedo, publicado en 1631.

El sueño de las calaveras es un relato satírico, moral, en cual se da cuenta sobre diversos oficios y costumbres de la época, siempre dentro de un marco que roza constantemente lo absurdo.




El sueño de las calaveras.

El sueño de las calaveras, Francisco de Quevedo (1580-1645)

Los sueños dice Homero que son de Júpiter y que él los envía, y en otro lugar que se han de creer. Es así cuando tocan en cosas importantes y piadosas o las sueñan reyes y grandes señores, como se colige del doctísimo y admirable Propercio en estos versos:

Nec tu sperne piis venientia somnia portis
cum pia venerunt somnia pondus habent

Dígolo a propósito que tengo por caído del cielo uno que yo tuve en estas noches pasadas, habiendo cerrado los ojos con el libro del Dante, lo cual fue causa de soñar que veía un tropel de visiones. Y aunque en casa de un poeta es cosa dificultosa creer que haya cosa de juicio aunque por sueños, le hubo en mí por la razón que da Claudiano en la prefación al libro 2 del Rapto , diciendo que todos los animales sueñan de noche como sombras de lo que trataron de día; y Petronio Arbitro dice:

Et canis in somnis leporis vestigia latrat

y hablando de los jueces:

Et pauido cernit inclusum corde tribunal

Parecióme, pues, que veía un mancebo que discurriendo por el aire daba voz de su aliento a una trompeta, afeando con su fuerza en parte su hermosura. Halló el son obediencia en los mármoles y oídos en los muertos, y así al punto comenzó a moverse toda la tierra y a dar licencia a los güesos que anduviesen unos en busca de otros; y pasando tiempo, aunque fue breve, vi a los que habían sido soldados y capitanes levantarse de los sepulcros con ira, juzgándola por seña de guerra; a los avarientos con ansias y congojas, recelando algún rebato; y los dados a vanidad y gula, con ser áspero el son, lo tuvieron por cosa de sarao o caza. Esto conocía yo en los semblantes de cada uno y no vi que llegase el ruido de la trompeta a oreja que se persuadiese a lo que era. Después noté de la manera que algunas almas huían, unas con asco y otras con miedo, de sus antiguos cuerpos. A cuál faltaba un brazo, a cuál un ojo, y diome risa ver la diversidad de figuras y admiróme la providencia en que estando barajados unos con otros, nadie por yerro de cuenta se ponía las piernas ni los miembros de los vecinos. Solo en un cementerio me pareció que andaban destrocando cabezas y que vi a un escribano que no le venía bien el alma y quiso decir que no era suya por descartarse della.

Después ya que a noticia de todos llegó que era el día del Juicio, fue de ver cómo los lujuriosos no querían que los hallasen sus ojos por no llevar al tribunal testigos contra sí, los maldicientes las lenguas, los ladrones y matadores gastaban los pies en huir de sus mismas manos. Y volviéndome a un lado vi a un avariento que estaba preguntando a uno, que por haber sido embalsamado y estar lejos sus tripas no hablaba, porque no habían llegado, si habían de resucitar aquel día todos los enterrados, si resucitarían unos bolsones suyos. Riérame si no me lastimara a otra parte el afán con que una gran chusma de escribanos andaban huyendo de sus orejas, deseando no las llevar por no oír lo que esperaban, mas solos fueron sin ellas los que acá las habían perdido por ladrones, que por descuido no fueron los más. Pero lo que más me espantó fue ver los cuerpos de dos o tres mercaderes que se habían vestido las almas del revés y tenían todos los cinco sentidos en las uñas de la mano derecha.

Yo veía todo esto de una cuesta muy alta, cuando oí dar voces a mis pies que me apartase, y no bien lo hice cuando comenzaron a sacar las cabezas muchas mujeres hermosas, llamándome descortés y grosero porque no había tenido más respeto a las damas, que aun en el infierno están las tales y aun no pierden esta locura. Salieron fuera muy alegres de verse gallardas y desnudas entre tanta gente que las mirase, aunque luego, conociendo que era el día de la ira y que la hermosura las estaba acusando de secreto, comenzaron a caminar al valle con pasos más entretenidos. Una que había sido casada siete veces, iba trazando disculpas para todos los maridos. Otra dellas, que había sido pública ramera, por no llegar al valle no hacía sino decir que se le habían olvidado las muelas y una ceja, y volvía y deteníase, pero al fin llegó a vista del teatro, y fue tanta la gente de los que había ayudado a perder y que señalándola daban gritos contra ella, que se quiso esconder entre una caterva de corchetes, pareciéndole que aquella no era gente de cuenta aun en aquel día. Divirtióme desto un gran ruido, que por la orilla de un río venía de gente en cantidad tras un médico (que después supe que lo era en la sentencia). Eran hombres que había despachado sin razón antes de tiempo, y venían por hacerle que pareciese, y al fin, por fuerza le pusieron delante del trono. A mi lado izquierdo oí como ruido de alguno que nadaba, y vi un juez que lo había sido, que estaba en medio de un arroyo lavándose las manos, y esto hacía muchas veces. Lleguéme a preguntarle por qué se lavaba tanto y díjome que en vida, sobre ciertos negocios, se las habían untado, y que estaba porfiando allí por no parecer con ellas de aquella suerte delante la universal residencia. Era de ver una legión de verdugos con azotes, palos y otros instrumentos, cómo traían a la audiencia una muchedumbre de taberneros, sastres, y zapateros, que de miedo se hacían sordos, y aunque habían resucitado no querían salir de la sepultura. En el camino por donde pasaban, al ruido sacó un abogado la cabeza y preguntóles que a dónde iban, y respondiéronle: «Al tribunal de Radamanto»; a lo cual, metiéndose más adentro, dijo:

-Esto me ahorraré de andar después, si he de ir más abajo.

Iba sudando un tabernero de congoja tanto que, cansado, se dejaba caer a cada paso, y a mí me pareció que le dijo un verdugo:

-Harto es que sudéis el agua y no nos la vendáis por vino.

Uno de los sastres, pequeño de cuerpo, redondo de cara, malas barbas y peores hechos, no hacía sino decir:

-¿Qué pude hurtar yo, si andaba siempre muriéndome de hambre?

Y los otros le decían, viendo que negaba haber sido ladrón, qué cosa era despreciarse de su oficio. Toparon con unos salteadores y capeadores públicos que andaban huyendo unos de otros, y luego los verdugos cerraron con ellos diciendo que los salteadores bien podían entrar en el número, porque eran a su modo sastres silvestres y monteses, como gatos del campo. Hubo pendencia entre ellos sobre afrentarse los unos de ir con los otros, y al fin juntos llegaron al valle. Tras ellos venía la Locura en una tropa con sus cuatro costados: poetas, músicos, enamorados y valientes, gente en todo ajena deste día. Pusiéronse a un lado. Andaban contándose dos o tres procuradores las caras que tenían y espantábanse que les sobrasen tantas habiendo vivido descaradamente. Al fin vi hacer silencio a todos. El trono era obra donde trabajaron la omnipotencia y el milagro. Júpiter estaba vestido de sí mismo, hermoso para los unos y enojado para los otros, el sol y las estrellas colgando de la boca, el viento tullido y mudo, el agua recostada en sus orillas, suspensa la tierra temerosa en sus hijos; de los hombres algunos amenazaban al que les enseñó con su mal ejemplo peores costumbres. Todos en general pensativos: los piadosos en qué gracias le darían, cómo rogarían por sí, y los malos en dar disculpas. Andaban los procuradores mostrando en sus pasos y colores las cuentas que tenían que dar de sus encomendados, y los verdugos repasando sus copias, tarjas y procesos; al fin todos los defensores estaban de la parte de adentro y los acusadores de la de afuera. Estaban guardas a una puerta tan angosta, que los que estaban a puros ayunos flacos aún tenían algo que dejar en la estrechura. A un lado estaban juntas las Desgracias, Peste y Pesadumbres dando voces con los médicos. Decía la Peste que ella los había herido, pero que ellos los habían despachado; las Pesadumbres, que no habían muerto ninguno sin ayuda de los doctores; y las Desgracias, que todos los que habían enterrado habían ido por entrambos. Con eso los médicos quedaron con cargo de dar cuenta de los difuntos, y así, aunque los necios decían que ellos habían muerto más, se pusieron los médicos con papel y tinta en un alto, con su arancel, y en nombrando la gente luego salía uno dellos y en alta voz decía:

-Ante mí pasó a tantos de tal mes, etc.

Pilatos se andaba lavando las manos muy apriesa para irse con sus manos lavadas al brasero. Era de ver cómo se entraban algunos pobres entre media docena de reyes que tropezaban con las coronas, viendo entrar las de los sacerdotes tan sin detenerse.

Llegó en esto un hombre desaforado de ceño y alargando la mano dijo:

-Esta es la carta de examen.
Admiráronse todos; dijeron los porteros que quién era, y él en altas voces respondió:
-Maestro de esgrima examinado, y de los más diestros del mundo-, y sacando unos papeles del pecho, dijo que aquellos eran los testimonios de sus hazañas. Cayéronsele en el suelo por descuido los testimonios y fueron a un tiempo a levantarlos dos furias y un alguacil y él los levantó primero que las furias. Llegó un abogado y alargó el brazo para asille y metelle dentro, y él, retirándose, alargó el suyo y dando un salto dijo:
-Esta de puño es irreparable, y pues enseño a matar, bien puedo pretender que me llamen Galeno, que si mis heridas anduvieran en mula, pasaran por médicos malos; si me queréis probar yo daré buena cuenta.

Riéronse todos, y un oficial algo moreno le preguntó qué nuevas tenía de su alma; pidiéronle no sé qué cosas y respondió que no sabía tretas contra los enemigos della. Mandáronle que se fuese y diciendo: «Entre otro», se arrojó. Y llegaron unos despenseros a cuentas (y no rezándolas) y en el ruido con que venía la trulla dijo un ministro:

-Despenseros son-. Y otros dijeron:
-No son-. Y otros:
-Sí son-, y dioles tanta pesadumbre la palabra «sisón», que se turbaron mucho. Con todo, pidieron que se les buscase su abogado, y dijo un verdugo:
-Ahí está Judas, que es apóstol descartado.

Cuando ellos oyeron esto, volviéndose a otra furia que no se daba manos a señalar hojas para leer, dijeron:

-Nadie mire y vamos a partido y tomamos infinitos siglos de fuego.
El verdugo, como buen jugador, dijo:
-¿Partido pedís? No tenéis buen juego.

Comenzó a descubrir y ellos, viendo que miraba, se echaron en baraja de su bella gracia. Pero tales voces como venían tras de un malaventurado pastelero no se oyeron jamás, de hombres hechos cuartos, y pidiéndole que declarase en qué les había acomodado sus carnes, confesó que en los pasteles, y mandaron que les fuesen restituidos sus miembros de cualquier estómago en que se hallasen. Dijéronle si quería ser juzgado y respondió que sí, a Dios y a la ventura. La primera acusación decía no sé qué de gato por liebre, tanto de güesos (y no de la misma carne, sino advenedizos), tanto de oveja y cabra, caballo y perro. Y cuando él vio que se les probaba a sus pasteles haberse hallado en ellos más animales que en el arca de Noé, porque en ella no hubo ratones ni moscas y en ellos sí, volvió las espaldas y dejólos con la palabra en la boca. Fueron juzgados filósofos, y fue de ver cómo ocupaban sus entendimientos en hacer silogismos contra su salvación. Mas lo de los poetas fue de notar, que de puro locos querían hacer a Júpiter malilla de todas las cosas. Y Virgilio andaba con su Sicelides musae diciendo que era el nacimiento. Mas saltó un verdugo y dijo no sé qué de Mecenas y Octavia, y que había mil veces adorado unos cuernecillos suyos, que los traía por ser día de más fiesta; contó no sé qué cosas. Y al fin, llegando Orfeo, como más antiguo, a hablar por todos, le mandaron que se volviese otra vez a hacer el experimento de entrar en el infierno para salir, y a los demás, por hacérseles camino, que le acompañasen.

Llegó tras ellos un avariento a la puerta y fue preguntado qué quería, diciéndole que los precetos guardaban aquella puerta de quien no los había guardado, y él dijo que en cosas de guardar era imposible que hubiese pecado. Leyó el primero, «Amar a Dios sobre todas las cosas», y dijo que él solo aguardaba a tenerlas todas para amar a Dios sobre ellas. «No jurar», dijo que aun jurando falsamente siempre había sido por muy grande interés, y que así no había sido en vano. «Guardar las fiestas», éstas y aun los días de trabajo guardaba y escondía. «Honrar padre y madre»: -Siempre les quité el sombrero-. «No matar»: -Por guardar esto no comía, por ser matar la hambre comer. De mujeres, en cosas que cuestan dinero, ya está dicho. «No levantar falso testimonio».

-Aquí -dijo un verdugo- es el negocio, avariento; que si confiesas haberle levantado te condenas, y si no, delante del juez te le levantarás a ti mismo.
Enfadóse el avariento y dijo:
-Si no he de entrar no gastemos tiempo-, que hasta aquello rehusó de gastar. Convencióse con su vida y fue llevado a donde merecía.

Entraron en esto muchos ladrones y salváronse dellos algunos ahorcados; y fue de manera el ánimo que tomaron los escribanos, que estaban delante de Mahoma, Lutero y Judas, viendo salvar ladrones, que entraron de golpe a ser sentenciados, de que les tomó a los verdugos muy gran risa. Los procuradores comenzaron a esforzarse y a llamar abogados. Dieron principio a la acusación los verdugos, y no la hacían en los procesos que tenían hechos de sus culpas, sino con los que ellos habían hecho en esta vida. Dijeron lo primero:

-Estos, Señor, la mayor culpa suya es ser escribanos-; y ellos respondieron a voces, pensando que disimularían algo, que no eran sino secretarios. Los abogados comenzaron a dar descargo, que se acabó en «es hombre, y no lo hará otra vez, y alcen el dedo». Al fin se salvaron dos o tres, y a los demás dijeron los verdugos:
-Ya entienden.

Hiciéronles del ojo diciendo que importaban allí para jurar contra cierta gente. Uno azuzaba testigos y repartía orejas de lo que no se había dicho, y ojos de lo que no había sucedido, salpicando de culpas postizas la inocencia. Estaba engordando la mentira a puros enredos, y vi a Judas, y a Mahoma y a Lutero recatar desta vecindad, el uno la bolsa y el otro el zancarrón. Lutero decía: «Lo mismo hago yo escribiendo». Solo se lo estorbó aquel médico que dije, que forzado de los que le habían traído, parecieron él y un boticario y un barbero, a los cuales dijo un verdugo que tenía las copias:

-Ante este doctor han pasado los más difuntos, con ayuda deste boticario y barbero, y a ellos se les debe gran parte deste día. Alegó un procurador por el boticario que daba de balde a los pobres, pero dijo un verdugo que hallaba por su cuenta que habían sido más dañosos dos botes de su tienda que diez mil de pica en la guerra, porque todas sus medicinas eran espurias, y que con esto había hecho liga con una peste y había destruido dos lugares. El médico se disculpaba con él, y al fin el boticario se desapareció, y el médico y el barbero andaban a daca mis muertes y toma las tuyas.

Fue condenado un abogado porque tenía todos los derechos con corcovas, cuando, descubierto un hombre que estaba detrás deste a gatas, porque no le viesen, y preguntado quién era, dijo que cómico; pero un verdugo, muy enfadado, replicó:

-Farandulero es el señor; y pudiera haber ahorrado aquesta venida, sabiendo lo que hay. Juró de irse y fuese sobre su palabra.

En esto dieron con muchos taberneros en el puesto y fueron acusados de que habían muerto mucha cantidad de sed a traición vendiendo agua por vino. Estos venían confiados en que habían dado a un hospital siempre vino puro para los sacrificios, pero no les valió, ni a los sastres decir que habían vestido niños. Y así, todos fueron despachados como siempre se esperaba. Llegaron tres o cuatro extranjeros ricos pidiendo asientos, y dijo un ministro:

-¿Piensan ganar en ellos? Pues esto es lo que les mata. Esta vez han dado mala cuenta y no hay donde se asienten, porque han quebrado el banco de su crédito.
Y volviéndose a Júpiter, dijo un ministro:
-Todos los demás hombres, Señor, dan cuenta de lo que es suyo, mas estos de lo ajeno y todo. Pronuncióse la sentencia contra ellos; yo no la oí bien, pero ellos desaparecieron.

Vino un caballero tan derecho que, al parecer, quería competir con la misma justicia que le aguardaba. Hizo muchas reverencias a todos y con la mano una ceremonia usada de los que beben en charco. Traía un cuello tan grande que no se le echaba de ver si tenía cabeza. Preguntóle un portero, de parte de Júpiter, si era hombre, y él respondió con grandes cortesías que sí, y que por más señas se llamaba don Fulano, a fe de caballero. Rióse un ministro y dijo:

-De cudicia es el mancebo para el infierno.
Preguntáronle qué pretendía, y respondió:
-Ser salvado-, y fue remitido a los verdugos para que le moliesen, y él sólo reparó en que le ajarían el cuello.
Entró tras él un hombre dando voces, diciendo:
-Aunque las doy no tengo mal pleito, que a cuantos simulacros hay, o a los más, he sacudido el polvo.

Todos esperaban ver un Diocleciano o Nerón, por lo de sacudir el polvo, y vino a ser un sacristán que azotaba los retablos. Y se había ya con esto puesto en salvo, sino que dijo un ministro que se bebía el aceite de las lámparas y echaba la culpa a una lechuza, por lo cual habían muerto sin ella; que pellizcaba de los ornamentos para vestirse; que heredaba en vida las vinajeras y que tomaba alforzas a los oficios. No sé qué descargo se dio, que le enseñaron el camino de la mano izquierda, dando lugar unas damas alcorzadas que comenzaron a hacer melindres de las malas figuras de los verdugos. Dijo un procurador a Vesta que habían sido devotas de su nombre aquellas, que las amparase, y replicó un ministro que también fueron enemigas de su castidad.

-Sí por cierto-, dijo una que había sido adúltera. Y el demonio la acusó que había tenido un marido en ocho cuerpos, que se había casado de por junto en uno para mil. Condenóse esta sola, y iba diciendo:
-¡Ojalá supiera que me había de condenar, que no hubiera cansádome en hacer buenas obras! En esto, que era todo acabado, quedaron descubiertos Judas, Mahoma y Martín Lutero, y preguntando un ministro cuál de los tres era Judas, Lutero y Mahoma dijeron cada uno que él, y corrióse Judas tanto, que dijo en altas voces:
-Señor, yo soy Judas; y bien conocéis vos que soy mucho mejor que estos, porque si os vendí remedié al mundo, y estos, vendiéndose a sí y a vos, lo han destruido todo.

Fueron mandados quitar delante. Y un abogado que tenía la copia halló que faltaban por juzgar los malos alguaciles y corchetes. Llamáronlos y fue de ver que asomaron al puesto muy tristes y dijeron:

-Aquí lo damos por condenado; no es menester nada.

No bien lo dijeron cuando, cargado de astrolabios y globos, entró un astrólogo dando voces y diciendo que se habían engañado, que no había de ser aquel día el del Juicio, porque Saturno no había acabado sus movimientos ni el de trepidación el suyo. Volvióse un verdugo y viéndole tan cargado de madera y papel, le dijo:

-Ya os traéis la leña con vos como si supiérades que de cuantos cielos habéis tratado en vida, estáis de manera que por la falta de uno solo en muerte, os iréis al infierno.
-Eso no iré yo-, dijo él.
-Pues llevaros han-. Y así se hizo.

Con esto se acabó la residencia y tribunal; huyeron las sombras a su lugar, quedó el aire con nuevo aliento, floreció la tierra, rióse el cielo. Y Júpiter subió consigo a descansar en sí los dichosos, y yo me quedé en el valle, y discurriendo por él oí mucho ruido y quejas en la tierra. Lleguéme por ver lo que había y vi en una cueva honda (garganta del Averno) penar muchos, y entre otros un letrado revolviendo no tanto leyes como caldos; un escribano comiendo solo letras que no había querido solo leer en esta vida; todos ajuares del infierno, las ropas y tocados de los condenados, estaban prendidos, en vez de clavos y alfileres, con alguaciles; un avariento contando más duelos que dineros; un médico penando en un orinal, y un boticario en una melecina. Diome tanta risa ver esto que me despertaron las carcajadas, y fue mucho quedar de tan triste sueño más alegre que espantado. Sueños son estos que si se duerme V. m. sobre ellos, verá que, por ver las cosas como las veo, las esperará como las digo.

Francisco de Quevedo (1580-1645)


Más relatos de Quevedo. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura:
El resumen del cuento de Francisco de Quevedo: El sueño de las calaveras (El sueño de las calaveras) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La orilla triste: Fritz Leiber


La orilla triste (The bleak shore) es un relato fantástico del escritor norteamericano Fritz Leiber.

El cuento fue publicado en la colección de relatos de terror de 1957: Dos aventuras buscadas (Two Sought Adventure). La orilla triste suele aparecer con un título ligeramente diferente en las antologías fantasticas en español: La orilla tétrica es su variante más popular.




La orilla triste.

The bleak shore, Fritz Leiber (1910-1992)

—¿Así, tú crees que un hombre puede engañar a la muerte y burlar al destino? —preguntó el hombrecillo pálido de frente abombada, oculta por un negro capuchón.
El Ratonero Gris, que sostenía el cubilete a punto de arrojar los dados, se detuvo para dirigir una rápida mirada de soslayo a quien así le interrogaba.
—Yo he dicho que un hombre astuto puede engañar a la muerte durante mucho tiempo.

La taberna de la antigua Lankhmar, capital del país de Lankhmar, que no figura en los libros de historia, resonaba con roncas voces y risotadas. Entre el público predominaban los espadachines, y el resonar de los aceros se mezclaba con el entrechocar de los vasos, que servía de ruido de fondo para la risa alocada de las mujerzuelas. Los jactanciosos soldados de la guardia se codeaban con los matones a sueldo de los jóvenes señores. Entre ellos correteaban sonrientes siervos, cargados con jarras de vino. En un rincón bailaba una joven esclava; el tintineo de sus ajorcas de plata se perdía entre la barahúnda. Al otro lado de las ventanucas de postigos fuertemente cerrados aullaba el viento del sur, cargado de polvo que se depositaba entre los cantos rodados que empedraban la calle y enturbiaba la vista de las estrellas. Pero en la taberna reinaba la más jovial confusión.

El Ratonero Gris estaba ante la mesa de juego en compañía de una docena de clientes. Vestía todo de gris —justillo, camisa de seda y gorra de piel de ratón— pero sus ojos negros y centelleantes y su sonrisa inescrutable le conferían mayor vivacidad que a los demás, con excepción del corpulento bárbaro de cabellos cobrizos que estaba a su lado, que reía ruidosamente y trasegaba enormes vasos del agrio y pesado vino de Lankhmar como si fuera cerveza.

—Dicen que tú eres un hábil espadachín y que has visto la muerte de cerca muchas veces —continuó el hombrecillo pálido de ropaje negro, entreabriendo apenas sus delgados labios para pronunciar estas palabras.

Pero el Ratonero ya había tirado, y los extraños dados de Lankhmar se detuvieron con los símbolos de la anguila y la serpiente en la parte superior, y él recogió un montón de monedas triangulares de oro. Fue el bárbaro quien respondió por él.

—Sí, el Gris maneja muy bien la espada... casi tan bien como yo. También es un gran tramposo jugando a los dados.
—¿Eres tú, pues, Fafhrd el hombre del Norte —preguntó su interlocutor—, y tú también crees que un hombre puede engañar a la muerte, por hábil que sea en hacer trampas con los dados?

El bárbaro sonrió mostrando su blanca dentadura y miró intrigado al hombrecillo pálido, cuyo aspecto sombrío y cuyos modales tan extrañamente contrastaban con la turbulenta concurrencia que se apiñaba en la taberna de techo bajo, llena de humo y vapores del alcohol.

—Has vuelto a acertar —dijo en tono fanfarrón—. Yo soy Fafhrd el hombre del Norte, y estoy dispuesto a emplear mi ingenio para burlarme del destino. —Dio un codazo a su compañero—. Oye, Ratonero, ¿qué piensas de ese ratoncito negro que ha entrado aquí por una grieta del suelo y que quiere hablar contigo y conmigo acerca de la muerte?

El hombre vestido de negro no pareció advertir el tono insultante y burlón. Sus labios exangües se movieron de nuevo imperceptiblemente, pero sus palabras no resultaron afectadas por el clamor que reinaba en la taberna, e hirieron los oídos de Fafhrd y el Ratonero Gris con extraña claridad.

—Se dice que ambos estuvisteis muy cerca de la muerte en la Ciudad Prohibida de los ídolos Negros, en la trampa pétrea de Angarngi, y en la brumosa isla del Mar de los Monstruos. Se dice también que habéis luchado con el destino en el Desierto Helado y en los laberintos de Klesth. Pero, ¿quién puede estar seguro de estas cosas, y de si tuvisteis tan cerca la muerte y el destino? ¿Quién sabe si ambos no sois más que unos fanfarrones que se pavonean demasiado? Ahora bien, he oído decir que la muerte llama a veces a los hombres con una voz que sólo ellos pueden oír. Entonces, quien escucha la llamada debe alzarse y dejar a sus amigos, para ir adonde la muerte le ordene, y enfrentarse allí con su destino. ¿Os ha llamado alguna vez la muerte de esta guisa?

Fafhrd pudiera haber reído, pero no lo hizo. El Ratonero tenía una mordaz respuesta en la punta de la lengua, pero en vez de ella dijo:

—¿Con qué palabras puede llamar la muerte?
—Eso depende —dijo el hombrecillo—. Puede miraros como yo lo hago y decir: «La Orilla Tétrica». Nada más que eso. «La Orilla Tétrica». Y ambos os levantaríais y tendríais que ir.

Esta vez Fafhrd quiso reír, pero la risa no salió de su garganta. Lo único que ambos pudieron hacer fue sostener la mirada del hombrecillo de frente blanca y abombada, mirar estúpidamente a sus ojos fríos y cavernosos. En torno a ellos la concurrencia lanzaba risotadas ante alguna broma. Un guardia borracho cantaba a grito pelado. Los jugadores llamaron con impaciencia al Ratonero, diciéndole que hiciese su próxima apuesta. Una mujer vestida de rojo y oro, y que reía alocadamente, pasó tropezando junto al hombrecillo pálido, casi rozando la negra caperuza que le cubría la cabeza. Pero él no se movió. Y Fafhrd y el Ratonero Gris continuaron mirando fijamente —fascinados y desvalidos— sus fríos ojos negros, que parecieron convertirse en dos pequeños túneles que conducían a lugares remotos y perversos. Algo más profundo que el miedo les agarrotó con puño de hierro. El ruido de la taberna pareció atenuarse, y la vieron como si la contemplasen a través de muchos espesores de cristal. Únicamente veían aquellos ojos y lo que había más allá de ellos; era algo desolado, terrible y funesto.

—La Orilla Tétrica —repitió el misterioso personaje—, y vosotros tendréis que ir. Entonces todos cuantos se hallaban en la taberna vieron cómo se levantaban Fafhrd y el Ratonero Gris, y sin pronunciar palabra de despedida ni hacer ninguna seña, se dirigieron juntos a la baja puerta de roble. Un guardia lanzó una maldición cuando el corpulento hombre del Norte lo apartó ciegamente de un empellón. Se oyeron algunas interpelaciones y sarcasmos —el Ratonero se llevaba sus ganancias— pero pronto todos se callaron, pues percibieron algo extraño y pavoroso en el aspecto de ambos. Nadie reparó en el hombrecillo pálido vestido de negro. Vieron abrirse la puerta. Oyeron el seco gemido del viento y un golpeteo hueco causado sin duda por el toldo. Vieron alzarse un torbellino de polvo ante el umbral. Luego la puerta se cerró y Fafhrd y el Ratonero desaparecieron.

Nadie les vio dirigirse a los grandes muelles de piedra que bordean el río Hlal de un extremo de Lankhmar a otro. Nadie vio zarpar la nave roja de Fafhrd, con sus velas de sangre y su aparejo norteño, para introducirse en la corriente que desciende hacia el tormentoso Mar Interior. La noche era oscura y la tempestad de polvo mantenía a las gentes en sus casas. Pero al día siguiente se habían ido ellos y su nave, con su tripulación Mingold de cuatro hombres... prisioneros convertidos en esclavos, que habían jurado servirles durante toda su vida, y que Fafhrd y el Ratonero capturaron en su incursión contra la Ciudad Prohibida de los ídolos Negros.
Unos quince días después llegó una noticia a Lankhmar procedente de Finisterre, el pequeño puerto situado más allá de todos los puertos hacia poniente, en las mismas orillas del Mar Exterior, que no surca ninguna nave. Decía la noticia que una embarcación con aparejo nórdico había recalado en aquel puerto para tomar a bordo una insólita cantidad de víveres y de agua... insólita porque sólo había seis hombres en la nave: un ceñudo bárbaro del Norte, de tez blanca; un hombrecillo vestido de gris que no sonreía, y cuatro mingotes de fuerte complexión, cabellos negros y faz estólida. Después la esbelta nave se hizo a la vela y zarpó en derechura hacia Poniente. Los habitantes de Finisterre siguieron con la mirada la vela roja hasta la caída de la noche, moviendo con asombro la cabeza ante la audacia de aquellos navegantes. Cuando esta noticia se repitió en Lankhmar, fueron muchos también los que movieron la cabeza, y algunos se refirieron en términos significativos a la peculiar conducta de los dos amigos la noche de su partida. Y cuando las emanas se convirtieron en meses y los meses fuéronse sucediendo lentamente, cada vez fueron más los que dieron por muertos a Fafhrd y el Ratonero Gris. Hasta que un día hizo su aparición Ourph el Mingold, que contó una curiosa historia a los hombres que descargaban naves en el muelle de Lankhmar. Hubo algunas diferencias de opinión acerca de la veracidad de esta historia, pues si bien Ourph hablaba el suave idioma de Lankhmar con bastante perfección, era un forastero, y cuando se hubo ido, nadie pudo demostrar que no fuese uno de los cuatro mingoles embarcados en la nave nórdica. Además su relato dejaba sin respuesta varias enigmáticas preguntas, siendo ésta una de las razones por la que muchos lo consideraban falso.

—Estaban locos —dijo Ourph— o bajo los efectos de una maldición, esos dos hombres, el alto y el bajo. Lo sospeché cuando nos perdonaron la vida al pie de las mismas murallas de la Ciudad Prohibida. Y lo supe por seguro cuando navegaron sin parar hacia el oeste sin arriar jamás las velas, sin cambiar de rumbo, manteniendo siempre la estrella de los hielos por la banda de estribor. Apenas hablaban, dormían poco y no reían en absoluto. ¡Estaban malditos, sí! En cuanto a nosotros cuatro —Teevs, Larlt, Ouwenyis y yo— nos trataban bien, aunque hacían caso omiso de nuestra presencia. Nosotros teníamos nuestros amuletos para defendernos de las magias malignas. Habíamos jurado ser sus esclavos hasta la muerte. Eramos hombres de la Ciudad Prohibida. No nos amotinamos. Navegamos durante muchos días. La mar era tranquila y desierta a nuestro alrededor, y pequeña, muy pequeña, parecía como si se inclinase y desapareciese de vista por el norte, el sur y el temible oeste, como si la mar terminase a una hora de navegación de donde estábamos. Y después empezó a adquirir también el mismo aspecto por el este. Pero la mano del gigantesco hombre del Norte empuñaba firmemente el timón, y la mano de su pequeño compañero gris era tan firme como la suya. Nosotros cuatro nos pasábamos las horas sentados en la proa, porque apenas teníamos que ocuparnos de las velas, y día y noche nos jugábamos a los dados nuestros amuletos, nuestras monedas y nuestras ropas... y, de no haber sido esclavos, nos hubiéramos jugado también nuestro pellejo y nuestros huesos.

Para llevar cuenta de los días, me até una cuerdecita en torno a mi pulgar derecho y la fui pasando de un dedo a otro cada día hasta que del meñique derecho saltó el meñique izquierdo y volvió a mi pulgar izquierdo. Entonces empecé de nuevo con el pulgar derecho de Teevs. Cuando llegué a su pulgar izquierdo continué con Larlt. Así pudimos contar los días y saber los que pasaron. Y cada día el cielo se hacía más vacío y la mar más pequeña, hasta que pareció que el horizonte estaba únicamente a tiro de arco de nuestra proa, nuestra popa y los costados de nuestra nave. Teevs dijo que estábamos sobre unas aguas encantadas, que nos llevaban por los aires hacia la estrella roja llamada Infierno.

Seguramente Teevs tenía razón. No podía haber tanta agua hacia el oeste. Lo digo yo, que he atravesado el Mar Interior y el Mar de los Monstruos. Cuando la cuerda rodeaba el dedo anular izquierdo de Larlt, nos asaltó una gran tempestad que venía del sureste. Durante tres días seguidos su fuerza fue en aumento, encrespando las aguas en grandes olas espumeantes, por las que subíamos y bajábamos mientras el rocío salpicaba nuestros mástiles. Somos los únicos hombres que hemos visto o verán olas tan colosales, más altas que nuestro palo mayor; no están hechas a nuestra medida ni a la de nuestros océanos. Entonces tuve nuevas pruebas de que nuestros amos se hallaban bajo una maldición. Hicieron caso omiso de la tempestad y dejaron que ésta desgarrase las velas. No se inmutaron cuando Teevs fue arrebatado por una ola, cuando el buque quedó medio anegado y lleno de espuma hasta las bordas, ni cuando nuestros cubos de achique espumeaban como jarras de cerveza. Ambos permanecían de pie en la popa, atados al gobernalle, empapados por las olas impetuosas, con la vista fija en la proa, cual si conversasen con seres que sólo los embrujados pueden oír. ¡Sí, estaban malditos! Algún oscuro demonio protegía sus vidas, por tenebrosas razones que sólo él sabía. ¿Cómo si no se explica que atravesáramos indemnes la tempestad?

Porque cuando la cuerda estaba en el pulgar izquierdo de Larlt, las gigantescas olas coronadas de espuma se convirtieron en un gran oleaje negro que el viento que soplaba del oeste hinchaba sin blanquearlo. Cuando llegó el alba y lo vimos, Ouwenyis exclamó que navegábamos por arte de magia sobre un mar de arena negra, y Larlt aseguró que durante la noche y en el curso de la tempestad habíamos caído en el océano de aceite sulfuroso que algunos dicen que existe bajo la tierra... pues Larlt había visto los negros y burbujeantes lagos del Extremo Oriente; yo recordé lo que había dicho Teevs y me pregunté si el agua que nos sostenía no habría sido transportada por los aires, para caer en un mar completamente distinto de un mundo desconocido. Pero el hombrecillo gris escuchó nuestras conversaciones, arrojó un cubo por la borda y nos roció con él, por lo que supimos que el casco de nuestra nave aún tocaba en el agua y que ésta aún era salada... fuese lo que fuese aquel agua. Y entonces nos ordenó que remendásemos las velas y reparásemos los desperfectos de la nave. A mediodía volábamos hacia el oeste con una velocidad aún mayor que la que alcanzamos durante la tempestad, pero tan largas eran las olas y tan velozmente avanzaban con nosotros, que sólo remontábamos cinco o seis de ellas en un solo día. ¡Por los ídolos Negros, os aseguro que eran muy largas!

Y entonces la cuerda empezó a pasar por los dedos de Ouwenyis. Pero las nubes parecían de plomo sobre nosotros, lo mismo que la pesada y extraña mar que rodeaba nuestro casco, y no sabíamos si la luz que se filtraba por aquélla era la del sol o de una luna hechicera, y cuando pudimos ver las estrellas éstas nos fueron desconocidas. Pero la blanca mano del hombre del Norte seguía empuñando firmemente el gobernalle, y él y su compañero seguían mirando fijamente al frente. Pero al tercer día de nuestra navegación por aquel mar tenebroso el hombre del Norte rompió el silencio. Una terrible sonrisa desprovista de toda alegría plegó sus labios, y le oí murmurar: «La Orilla Tétrica». Nada más que esto. El Gris asintió, como si estas palabras encerrasen una virtud portentosa. Cuatro veces se las oí pronunciar al hombre del Norte, y así quedaron grabadas en mi memoria. Los días hiciéronse más oscuros y más fríos, las nubes eran cada vez más bajas y amenazadoras, como el techo de una gran caverna. Y cuando la cuerda estaba en el índice de Ouwenyis, vimos ante nosotros una extensión plomiza e inmóvil, que se confundía con las olas pero se levantaba sobre ellas, y supimos que habíamos arribado a «La Orilla Tétrica». Cada vez a mayor altura se elevaba la orilla, hasta que pudimos distinguir las imponentes torres de basalto, redondeadas como las olas del mar y sembradas de peñascos grisáceos, que en algunos puntos mostraban manchas blancuzcas, como causadas por las deyecciones de las aves... aunque allí no vimos aves. Sobre los acantilados se extendían los negros nubarrones, y al pie de aquéllos vimos únicamente una faja de arenas pálidas.

Entonces el hombre del Norte metió el gobernalle a una banda y fuimos en derechura hacia la costa, como si se propusiese estrellarnos contra ella, pero en el último momento nos hizo pasar a un mástil de distancia de un escollo redondeado que apenas rompía la cresta del oleaje, y nos encontró un fondeadero. Echamos el ancla y nos detuvimos seguros.

-Entonces el hombre del Norte y el Gris, moviéndose como los personajes de un sueño, revistieron sus armas, poniéndose cada uno de ellos un camisote de cota de malla ligera y un yelmo redondo y sin cimera... tanto los yelmos como la cota de malla estaban blancos de sal que había depositado en ellos la espuma y el rocío marino. Y ciñeron la espada al costado, se echaron a los hombros unos grandes mantos, y, después de tomar un poco de comida y de agua, nos ordenaron que botásemos el chinchorro. Yo mismo los llevé remando a tierra, y ambos saltaron a la playa y se encaminaron hacia los acantilados. Entonces, aunque me dominaba un gran pavor, les grité: «¿Adónde vais? ¿Debemos seguiros? ¿Qué tenemos que hacer?» Durante unos instantes no me contestaron. Luego, sin volver la cabeza, el Gris me contestó con un murmullo ronco apenas perceptible. «No nos sigáis. Somos hombres muertos. Regresad, si podéis».

Yo me estremecí e incliné la cabeza en asentimiento a estas palabras. Después regresé remando a la nave. Ouwenyis, Larlt y yo les vimos escalar los abruptos y redondeados riscos. Se fueron empequeñeciendo a nuestra vista, hasta que el hombre del Norte parecía un diminuto escarabajo y su gris compañero era casi invisible, salvo cuando cruzaban un espacio blanquecino del mar cerca de la costa, y comprendimos que podíamos hacernos a la mar. Pero nos quedamos, porque, vamos a ver... ¿no habíamos jurado fidelidad a nuestros amos? ¿Y no soy yo un Mingold? Al caer la noche, el viento aumentó en intensidad, lo mismo que nuestro deseo de partir... aunque sólo fuese para perecer ahogados en aquel mar ignoto. No nos gustaban los riscos basálticos extrañamente redondeados de la Orilla Tétrica; no nos gustaba no ver gaviotas, halcones y ninguna clase de aves en aquel aire plomizo, ni algas en la playa. Y entonces los tres empezamos a ver algo brillante y negro en lo alto de los acantilados. Pero esperamos hasta la hora tercia de la noche para levar anclas y alejarnos de la Orilla Tétrica.

Encontramos otra terrible tempestad tras varios días de navegación, y quizás ésta nos arrojó de nuevo a mares conocidos. Ouwenyis se cayó por la borda y Larlt enloqueció de sed, y hacia el final del viaje ni yo mismo me daba cuenta de nada. Solo sé que fui arrojado a la costa del sur, en las cercanías de Quarmall y que, después de innúmeras dificultades, conseguí llegar aquí a Lankhmar. Pero en mis sueños vuelvo a ver aquellos negros acantilados y me asalta la visión de los blancos huesos de mis amos y de sus calaveras, que miran con ojos vacíos y una horrible sonrisa algo extraño y mortífero.

Sin hacer caso de la fatiga que envaraba sus músculos, el Ratonero Gris contorneó el último peñasco, haciendo presa con manos y pies en los resquicios que presentaba la unión del granito y el basalto negro, y finalmente se irguió en la cumbre de los riscos redondeados que cerraban como un baluarte la Orilla Tétrica. Se percató de la presencia a su lado de Fafhrd el hombre del Norte, como una vaga y corpulenta figura vestida con cota de malla y capa. Pero le veía con dificultad, como a través de muchos espesores de cristal. Lo único que veía claramente —y le parecía que había estado mirando por ellos desde hacía una eternidad —eran dos ojos negros y cavernosos que parecían dos túneles, a cuyo extremo había algo desolado y mortífero, que antes había estado muy lejos pero que ahora se hallaba al alcance de su mano. Así había sido, desde que se levantó de la mesa de juego en la taberna de Lankhmar. Recordó vagamente la forma como le miraban los moradores de Finisterre, la espuma y la furia de la tempestad, la curva del mar oscuro y la expresión de terror en la cara de Ourph el Mingold; estos recuerdos también los veía como a través de muchos espesores de cristal. Comprendió confusamente que él y su compañero se hallaban bajo una maldición, y que por fin habían llegado a la fuente de donde emanaba. El desolado paisaje que se extendía ante ellos no mostraba el menor signo de vida. A sus pies el basalto descendía para formar una gran concavidad cuyo fondo estaba constituido por arena negra... diminutos granos ferruginosos. Medio enterrados en la arena, el Ratonero Gris vio cerca de medio centenar de los que le parecieron peñascos ovalados de distintos tamaños y negros como la tinta. Pero su redondez era demasiado perfecta, su forma excesivamente regular, y poco a poco el Ratonero fue comprendiendo que no eran peñascos, sino monstruosos huevos negros, algunos pequeños, otros tan grandes que un hombre no hubiera podido rodearlos con sus brazos y uno de ellos tan enorme, que parecía una tienda hemisférica.

Esparcidos por la arena habían multitud de osamentas, grandes y pequeñas. El Ratonero reconoció el cráneo de un verraco, armado de grandes colmillos, y otros dos más pequeños, pertenecientes a lobos. Vio también el esqueleto de un gran felino, agazapado como para atacar. Más allá yacían los huesos de un caballo, y junto a ellos la caja torácica de un hombre o un antropoide. Los huesos formaban un círculo blanco y resplandeciente en torno a los enormes huevos negros. De un lugar indeterminado llegó a ellos una voz desprovista de tonalidad, débil pero clara, de tono imperativo, que decía:

—Una muerte de guerreros para los guerreros.
El Ratonero conocía la voz, porque ésta había estado resonando durante semanas en sus oídos, desde el día en que brotó de los labios de un hombrecillo pálido y de frente abultada, envuelto en negras vestiduras y sentado a su lado en una taberna de Lankhmar. Entonces vio que lo que tenía ante él no se hallaba completamente desprovisto de vida. Un extraño movimiento se estaba produciendo en la Orilla Tétrica. Una grieta había aparecido en uno de los grandes huevos negros, y luego en otro, y las grietas se ramificaban y se ensanchaban mientras los cascarones se resquebrajaban y caían en pedazos al suelo negro y arenoso. El Ratonero comprendió que esto ocurría en respuesta a la orden proferida por la voz. Supo que aquel era el fin que la vocecita del desconocido le ordenó que fuese a buscar en la otra orilla del Mar Exterior. Incapaz de seguir avanzando, observó sombríamente cómo progresaba con lentitud aquella monstruosa eclosión. Bajo aquel cielo plomizo y tenebroso vio nacer dos muertes gemelas, una para él y otra para su compañero. Tuvo el primer atisbo de su naturaleza al ver asomar por una grieta, ensanchándola más, una larga garra que parecía una espada. La caída de fragmentos del cascarón se aceleró.

Los dos seres que surgieron en las crecientes tinieblas eran monstruosos incluso para la mente embotada del Ratonero. Andaban dando grandes zancadas, erguidos como los hombres pero más altos, con cabeza de reptil rematada por una cresta ósea que parecía un casco, y con patas provistas de garras de lagarto, hombros provistos de espinas óseas y patas delanteras terminadas en una sola garra, que tenían una vara de largo. En la semioscuridad parecían horrendas caricaturas de combatientes, provistos de coraza y espada. La escasa luz no ocultaba el color amarillento de sus ojos parpadeantes. Entonces la voz repitió:

—Una muerte de guerreros para los guerreros.
Al conjuro de estas palabras, los paralizados miembros del Ratonero recuperaron sus movimientos. Por unos instantes creyó despertar de un sueño. Pero entonces vio a los horrendos seres recién nacidos corriendo hacia ellos, mientras de sus largos hocicos brotaba un agudo y ávido alarido. A su lado se escuchó el ruido que hacía la espada de Fafhrd al salir de su vaina. Entonces el Ratonero desenvainó la suya, con la que un momento después paró la estocada dirigida contra su garganta por una garra que parecía de acero. Simultáneamente Fafhrd paró un golpe semejante asestado por el otro monstruo. Lo que a continuación siguió fue una verdadera pesadilla. Aquellas garras que parecían espadas lanzaban estocadas y tajos. Sin embargo, y pese a la velocidad de los golpes, los dos hombres conseguían pararlos, pese a que eran cuatro contra dos. Las estocadas con que ellos replicaban rebotaban contra una impenetrable armadura ósea. De pronto ambos seres se abalanzaron a una sobre el Ratonero. Fafhrd los atacó de costado, y consiguió salvarlo. Pero poco a poco los dos compañeros iban siendo obligados a retrocer hacia el acantilado. Las dos bestias parecían incansables, como si fuesen de hueso y metal y no de carne. El Ratonero vio el fin inminente. Aunque él y Fafhrd consiguiesen contener a los monstruos unos momentos más, la fatiga terminaría por dominarlos, pararían los golpes con menos fuerza y las bestias los vencerían.

Como si fuese un preludio a este fin, el Ratonero sintió que una garra le rozaba la muñeca. Y entonces recordó los ojos negros y cavernosos que les habían atraído al otro lado del Mar Exterior, y la voz que les condenó a tan funesto destino. Y le dominó una extraña y loca furia... que no iba dirigida contra las bestias sino contra su amo. Le pareció ver a los ojos negros y muertos fijos en él desde el fondo de la concavidad llena de arena negra. Entonces perdió el dominio de sí mismo. Cuando los dos monstruos intentaron un nuevo ataque concertado contra Fafhard no se volvió para ayudarle, sino que pasó junto a ellos y bajó corriendo a la hondonada, en dirección a los huevos hundidos en la arena. Al quedarse solo frente a los monstruos, Fafhrd se puso a luchar como un poseído, haciendo tremendos molinetes con su espada, que silbaba al hendir el aire, mientras sus últimas energías prestaban vigor a sus músculos. Apenas advirtió que una de las dos bestias dio media vuelta y partió en persecución de su camarada.

El Ratonero estaba entre los huevos, y se detuvo frente a uno que brillaba más que los restantes y que era más pequeño. Con gesto vengador hundió su espada en él. El golpe fue tan fuerte, que la mano le quedó entumecida. El huevo cayó hecho pedazos. Entonces el Ratonero supo cuál era la fuente del mal que poseía a la Orilla Tétrica; supo qué extraño ser hijo del infierno yacía allí como una pústula maligna, difundiendo la muerte y llamando a los hombres a su perdición. Oyó a sus espaldas los rápidos pasos y los ávidos alaridos del monstruo destinado a aniquilarlo. Pero en vez de volverse, levantó su espada y la abatió silbando sobre la criatura medio embrionaria que se refocilaba en secreto por la muerte de los hombres que había atraído hasta allí. La espada se clavó en la abombada frente del hombrecillo pálido de labios delgados.

Esperó entonces el golpe final de la garra. Pero aquel golpe no llegó. Volviéndose, vio al monstruo tendido e inmóvil en la arena negra. A su alrededor, los mortíferos huevos se deshacían, convertidos en polvo. Recortándose contra la semioscuridad del cielo, vio a Fafhrd que venía con paso vacilante hacia él, pronunciando entrecortadas palabras de alivio y maravilla con una voz profunda y gutural mezclada con sollozos. La muerte había abandonado la Orilla Tétrica, la maldición había sido cortada de raíz. De la noche llegó el graznido jubiloso de un ave marina, y Fafhrd y el Ratonero pensaron en el largo y desconocido camino que tendrían que recorrer para regresar a Lankhmar.

Fritz Leiber (1910-1992)


Más relatos de Fritz Leiber. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.

Más literatura:
El resumen del cuento de Fritz Leiber: La orilla triste (The bleak shore) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com