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«El gato»: Mary E. Wilkins Freeman; relato y análisis.


«El gato»: Mary E. Wilkins Freeman; relato y análisis.




«Él y el Gato se miraron a través de esa barrera infranqueable de silencio
que se alza entre el hombre y la bestia desde la creación del mundo.»



El gato (The Cat) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Mary E. Wilkins Freeman (1852-1930), publicado originalmente en la edición de mayo de 1900 de la revista Harper's New Monthly.

El gato, uno de los cuentos de Mary Wilkins Freeman menos conocidos, está elaborado con astucia y paciencia, atributos de su protagonista felino. Trata, fundamentalmente, sobre la necesidad de compañía y afecto, incluso por parte de aquellos que pueden sobrevivir solos en las condiciones más duras.

El cuento nos sitúa en pleno invierno en las montañas. El dueño del Gato [un anciano] abandona la cabaña que comparte con el animal y se retira al pueblo hasta el final de la estación [«el frío cruel de las montañas se aferraba a sus entrañas como una pantera»]. Cuando conocemos al Gato está hambriento pero de ningún modo desesperado: aguarda pacientemente que el conejo que ha estado rastreando salga de su madriguera. Su inmovilidad, la espera, parecen detener el tiempo [«todos los tiempos eran uno para el Gato cuando acechaba a una presa»]. Está solo en las peores condiciones, «no había ninguna voz que lo llamara; en ningún hogar había un plato esperándolo», pero el Gato es un depredador excepcional.


«Caía la nieve, y el pelo del gato estaba rígido y en punta, pero seguía imperturbable. Permanecía sentado, preparado para el último salto, y así llevaba horas.»


El Gato piensa de vez en cuando en al anciano, a quien considera un buen hombre, pero no porque fuera su fuente de sustento, sino porque ambos se brindaban compañía. Mary Wilkins Freeman hace un trabajo soberbio al retratar la psique del animal en este aspecto: «su razonamiento era siempre secuencial y tortuoso; para él siempre sería lo que había sido, y para su maravillosa paciencia era más sencillo esperar que creer que su amo volvería».

De vuelta en la cabaña, el Gato se dispone a comerse el conejo cuando escucha una voz, afuera, entre las ráfagas de viento. Responde con un maullido que admite «la duda, el aviso, el miedo y, por fin, la camaradería». Al final el extraño consigue forzar la puerta. Es un hombre demacrado, famélico, que tiembla mientras trata de encender un fuego. El Gato sale de su escondite, desde donde ha estado evaluando la situación, y salta sobre el regazo del hombre con el conejo. El extraño se sobresalta, pero el Gato insiste en compartir su presa mientras se frota contra sus piernas y sus zapatos rotos.

Mary Wilkins Freeman describe al hombre como un «Ismael», es decir, un marginado de la sociedad; pero es amable y acepta el regalo. Cocina el conejo y lo divide por la mitad para que cada uno coma su parte. Esa noche, el hombre y el Gato duermen juntos en el catre, dándose calor mutuamente.


«El Gato pensó que era un hombre excelente. Lo amaba con todo su corazón, aunque lo conocía desde hacía tan poco tiempo y tenía un rostro a la vez lastimoso y marcadamente opuesto a lo mejor de las cosas. Era un rostro con el grisáceo sucio de la edad, con las mejillas hundidas por la fiebre y los recuerdos de la injusticia en los ojos apagados, pero el Gato lo aceptó sin cuestionarlo y lo amó.»


El hombre está demasiado débil y enfermo para cazar, así que el Gato comparte con él sus presas [que a veces le toman días de acechar a la intemperie] durante todo el invierno, excepto los ratones. A cambio, el hombre mantiene la cabaña caliente. Cada noche cenan y duermen juntos.

Un día, el Gato consigue cazar tres presas [un conejo, una perdiz y un ratón], que deposita en la puerta de la cabaña en varios viajes. Maulla para que el hombre le abra, pero nadie responde. Al cabo de un rato, el animal entra por una ventana. El hombre se ha ido.

El Gato se come al ratón, recupera fuerzas, y lleva al conejo y la perdiz al interior de la cabaña. Espera, pero no viene nadie. A los dos días empieza a comer el resto. Duerme, despierta, pero el hombre no vuelve. Sale a cazar de nuevo, consigue un pájaro, y al volver ve una luz en la ventana. Se detiene en la puerta y maulla. Su amo original ha regresado.

Este hombre lo trata como un compañero, pero no le dispensa ningún gesto de afecto. «Nunca lo acarició como ese paria más gentil». De todas formas, el Gato se frota contra sus piernas, pero no comparte el pájaro. Después de cenar, el hombre nota que la cabaña está distinta. Hay cosas que faltan [leña y tabaco, sobre todo], pero esto no parece molestarle. Al final, se sienta cerca del fuego:


«Él y el Gato se miraron a través de esa barrera infranqueable de silencio que se alza entre el hombre y la bestia desde la creación del mundo.»


El Gato de Mary Wilkins Freeman es un ejemplo de los de su especie: fuerte, independiente, ingenioso y respetuoso de sí mismo. Posee, como todos los gatos, una psicología que tiene pocos puntos de contacto con la psicología humana; excepto en su anhelo [no necesidad] de compañía y afecto. Los perros de la ficción son capaces de realizar verdaderas proezas humanísticas, desde salvar bebés de un incendio a proteger a sus amos de feroces lobos, pero el comportamiento habitual de los gatos, que posee otras virtudes, no admite tales hazañas. Mary Wilkins Freeman supera por lejos a otros relatos de gatos al centrarse específicamente en este punto donde psicología humana y la felina se fusionan [ver: La verdadera diferencia entre perros y gatos]

El Gato de la historia no es un animal domesticado. Considera que la cabaña y los terrenos adyacentes son su territorio y no se siente abandonado cuando el anciano se va. Desde luego, lo aprecia, pero no lo necesita para subsistir. Tampoco se siente amenazado ante la presencia intrusiva del extraño. La cabaña es suya y no hay nada que el hombre pueda hacer para desestabilizar su dominio. De hecho, Mary Wilkins Freeman establece que es el Gato quien acoge al extraño; es él quien acepta el vínculo y retribuye su compañía con la mitad de sus presas [excepto los ratones]. En cierto sentido, es el Gato quien domestica al hombre, ofreciéndole el conejo mientras el humano demuestra su docilidad al cocinarlo para los dos [ver: Lovecraft, los gatos y un paseo por Ulthar]

El Gato comienza con la ausencia de la civilización, que se vislumbra únicamente en las elipses del texto. Por ejemplo, el extraño lleva consigo «los recuerdos del mal», algo en su pasado entre los hombres que lo ha dejado con un sentimiento de misantropía, pero nunca se arroja luz sobre esto. Nada de eso importa para el comportamiento aristocrático del Gato. Nada de lo que el hombre haya podido hacer, nada que haya sufrido, tiene ninguna influencia ni interés para el Gato. Llega a amarlo por lo que es; es decir, por la forma en la que se relaciona con él; mejor dicho, por la forma en la que el hombre va reaccionando ante el proceso de domesticación que el animal ha iniciado desde que se conocen.

El foco de este relato de Mary Wilkins Freeman se desplaza del habitual antropocentrismo y se centra en su protagonista felino. Conocemos sus frustraciones, deseos y pensamientos, mientras que el universo interior de los dos hombres está ausente. Esto, además, modifica la concepción del tiempo. Por ejemplo, la temporalidad felina se mide en términos de satisfacción pendiente de sus deseos [de comida, de compañía, de refugio], no en horas, días y semanas.

El punto de encuentro entre la naturaleza y la civilización es la cabaña y los rituales que tienen lugar en ella [como compartir la comida y dormir juntos]. En este espacio, tanto el Gato [naturaleza] como el hombre [civilización] cambian, se aproximan mutuamente. El Gato que encontramos al principio de la historia es un cazador implacable, solitario, independiente; pero cuando se aproxima a la civilización [contacto afectivo con el hombre], decide ofrecerle el conejo que acaba de matar. En unos pocos párrafos, el Gato se ha vuelto más doméstico, incluso concede que se lo acaricie, mientras que el misántropo aprende a vivir con el felino y se vuelve más «humano», curiosamente, algo que logra junto a un animal, no con sus pares.

A simple vista, el final de El Gato es decepcionantemente conservador: el felino y el antiguo amo regresan a sus posiciones iniciales. Comparten la cabaña y se miran «a través de esa barrera infranqueable de silencio que se ha establecido entre el hombre y la bestia desde la creación del mundo». El hombre renuncia a averiguar qué ha pasado en su cabaña, a pesar de percibir una atmósfera extraña, objetos que no están en su lugar, o que directamente han desaparecido. En esencia, se rehúsa a tratar de comprender el pasado; sin embargo, el lector conoce la historia del gato y puede entender que ese pasado, en el presente, constituye una pérdida para el animal.




El gato.
The Cat, Mary E. Wilkins Freeman (1852-1930)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


La nieve caía y el pelaje del Gato estaba tieso y puntiagudo, pero él permanecía imperturbable. Estaba agachado, listo para la primavera de la muerte, como lo había estado sentado durante horas.

Era de noche, pero eso no importaba: todos los tiempos eran uno para el Gato cuando acechaba a una presa. Además, no estaba sujeto a ninguna voluntad humana, porque vivía solo ese invierno. No había ninguna voz que lo llamara; en ningún hogar había un plato esperándolo. Era completamente libre, salvo por sus propios deseos, que lo tiranizaban cuando no estaban satisfechos, como ahora.

El Gato tenía mucha hambre; estaba casi famélico, de hecho. Durante días el clima había sido muy severo, y todos los animales salvajes más débiles, que eran sus presas por herencia, se habían mantenido en sus madrigueras y nidos, y la larga caza del Gato no le había servido de nada. Pero siguió esperando con la inconcebible paciencia y persistencia de su raza.

El Gato era una criatura de convicciones absolutas, y su fe en sus deducciones nunca vaciló. El conejo había entrado allí, entre aquellas ramas bajas de pino. Ahora su pequeña abertura tenía ante sí una densa cortina de nieve, pero allí estaba. El Gato lo había visto entrar, tan parecido a una veloz sombra gris que incluso sus ojos agudos habían mirado hacia atrás en busca de la sustancia que lo seguía.

Así que se sentó y esperó y esperó en la blanca noche, escuchando con enojo el viento del norte que se iniciaba en las alturas superiores de las montañas con gritos distantes, y luego se hinchaba en un terrible crescendo de rabia y descendía en furiosas alas blancas de nieve como una bandada de feroces águilas sobre los valles y barrancos.

El Gato estaba en la ladera de una montaña, en una terraza boscosa. A unos cuantos pies de distancia, por encima de él, se alzaba una pendiente rocosa tan empinada como la pared de una catedral. El Gato nunca la había escalado: los árboles eran las escaleras que conducían a las alturas de su vida. A menudo había contemplado la roca con asombro y maullado amargamente y con resentimiento, como hace el hombre ante una Providencia amenazadora.

A su izquierda estaba el precipicio. Detrás de él, con un pequeño trecho de vegetación leñosa en medio, estaba la helada pared perpendicular de un arroyo de montaña. Delante estaba el camino hacia su casa. Cuando el conejo salió, estaba atrapado; sus pequeñas patas hendidas no podían escalar pendientes tan continuas.

Así que el Gato esperó.

El lugar en el que se encontraba parecía un torbellino del bosque. La maraña de árboles y arbustos que se aferraban a la ladera de la montaña con un severo manojo de raíces, los troncos y ramas caídos, las enredaderas que lo abrazaban todo con fuertes nudos y espirales de crecimiento, tenían un efecto curioso, como si fueran cosas que hubieran girado durante siglos en una corriente de agua furiosa, solo que no era agua, sino viento, que había dispuesto todo en líneas circulares para ceder a sus puntos de ataque más feroces.

Y ahora, sobre todo este remolino de madera y roca, troncos muertos y ramas y enredaderas, descendía la nieve. Soplaba como humo sobre la cresta de la roca que había encima; se erguía en una columna giratoria como un espectro de la muerte de la naturaleza, luego se desplomaba por el borde del precipicio y el Gato se encogía ante su feroz retroceso. Era como si agujas de hielo le pincharan la piel a través de su hermoso y espeso pelaje, pero nunca vaciló y nunca lloró. No tenía nada que ganar con llorar, y todo que perder; el conejo lo oiría y sabría que lo estaba esperando.

La oscuridad se fue haciendo cada vez más espesa, con una extraña negrura blanca. Era una noche de tormenta y muerte, añadida a la noche de la naturaleza. Las montañas estaban ocultas, envueltas, intimidadas y tumultuosamente dominadas por ella, pero en medio de todo eso aguardaba, completamente invicta, esta pequeña, inquebrantable, viva paciencia y poder bajo una capa de pelo gris.

Una ráfaga más feroz barrió la roca, giró sobre un poderoso pie de torbellino y luego se desplomó sobre el precipicio.

Entonces el Gato vio dos ojos luminosos de terror, frenéticos por el impulso de huir, vio una pequeña nariz temblorosa y dilatada, dos orejas puntiagudas, y se quedó quieto, con todos sus finos nervios y músculos tensos como cables. Entonces el conejo salió, hubo una larga línea de huida y terror encarnados, y el Gato lo atrapó.

El Gato volvió a casa, siguiendo el rastro por la nieve.

El Gato vivía en la casa que su amo había construido, tan rudimentariamente como un fortín infantil, pero lo suficientemente resistente. La nieve caía pesada sobre la leve pendiente del techo, pero no se asentaba debajo. Las dos ventanas y la puerta estaban bien cerradas, pero el Gato sabía cómo entrar. Subió a un pino que había detrás de la casa, aunque era un trabajo duro con su conejo, y se metió en su abertura debajo del alero, luego bajó la habitación de abajo, y se subió a la cama de su amo con un salto y un gran grito de triunfo, con conejo y todo.

Pero su amo no estaba allí; había estado fuera desde principios de otoño y ahora era febrero. No volvería hasta la primavera, porque era un hombre viejo y el frío cruel de las montañas se aferraba a sus entrañas como una pantera. Se había ido al pueblo a pasar el invierno.

El Gato sabía desde hacía mucho tiempo que su amo se había ido, pero su razonamiento era siempre secuencial y tortuoso; para él siempre sería lo que había sido, y para su maravillosa paciencia era más sencillo esperar que creer que su amo volvería.

Cuando vio que seguía desaparecido, arrastró al conejo desde el tosco sofá hasta el suelo, puso una patita sobre el cadáver para mantenerlo firme y empezó a roer con la cabeza ladeada para apoyar sus dientes más fuertes.

En la casa estaba más oscuro que en el bosque y el frío era igual de mortal, aunque no tan feroz. Si el Gato no hubiera recibido su abrigo de piel sin cuestionarlo de la Providencia, habría estado agradecido de tenerlo. Era de un gris moteado, blanco en la cara y el pecho, y tan espeso como el pelo puede crecer.

El viento empujaba la nieve contra las ventanas con tanta fuerza que la casa temblaba un poco. De pronto, el Gato oyó un ruido y dejó de mordisquear al conejo y escuchó, con sus brillantes ojos verdes fijos en una ventana. Entonces oyó un grito ronco, un alarido de desesperación y súplica; pero sabía que no era su amo que volvía a casa, y esperó, con una pata todavía sobre el conejo.

Luego se oyó el alarido de nuevo, y entonces el Gato respondió.

Dijo todo lo que era esencial para su propia comprensión. En su grito de respuesta había pregunta, información, advertencia, terror y, por último, la oferta de camaradería; pero el hombre que estaba fuera no lo oyó, a causa del aullido de la tormenta.

Entonces se oyó un fuerte golpe en la puerta, luego otro, y otro. El Gato arrastró a su conejo debajo de la cama. Los golpes se hicieron más fuertes y más rápidos. Era un brazo débil el que los daba, pero estaba fortalecido por la desesperación. Finalmente, la cerradura cedió y el extraño entró. Entonces el Gato, mirando desde debajo de la cama, parpadeó con una luz repentina y sus ojos verdes se entrecerraron.

El extraño encendió una cerilla y miró a su alrededor. El Gato vio un rostro salvaje y azul por el hambre y el frío, y un hombre que parecía más pobre y mayor que su pobre amo, que era un paria entre los hombres por su pobreza y el misterio de sus antecedentes; y oyó un murmullo ininteligible de angustia proveniente de la boca áspera y lastimera. Había en él tanto blasfemia como plegaria, pero el Gato no sabía nada de eso.

El extraño aseguró la puerta que había forzado, recogió un poco de leña del rincón y encendió un fuego en la vieja estufa tan rápido como sus manos medio congeladas se lo permitieron. Temblaba tan lastimosamente mientras trabajaba que el Gato sintió sus espasmos. Entonces el hombre, que era pequeño y débil y estaba marcado por las cicatrices del sufrimiento, se sentó en una de las viejas sillas y se agazapó sobre el fuego como si fuera el único amor y deseo de su alma, extendiendo sus manos amarillas como garras amarillas, y gimió.

El Gato salió de debajo de la cama y saltó sobre su regazo con el conejo. El hombre lanzó un gran grito y se sobresaltó de terror, y el Gato resbaló arañando hasta el suelo. El conejo cayó inerte, y el hombre, jadeante y espantado, se apoyó contra la pared. El Gato agarró al conejo por el cuello flojo y lo arrastró hasta los pies del hombre. Entonces levantó su grito agudo e insistente, arqueó la espalda y su cola era una espléndida pluma ondulante. Se frotó con los pies del hombre, que se le salían de los zapatos rotos.

El hombre apartó al Gato con bastante suavidad y empezó a buscar por la pequeña cabaña. Incluso subió con esfuerzo la escalera hasta el desván, encendió una cerilla y miró hacia arriba en la oscuridad con ojos forzados. Temía que pudiera haber un hombre, ya que había un Gato. Su experiencia con los hombres no había sido agradable. Era un viejo Ismael errante entre los de su especie; había tropezado con la casa de un hermano, y el hermano no estaba en casa, y estaba contento.

Volvió junto al Gato, se inclinó rígidamente y le acarició la espalda, que el animal arqueó como el resorte de un arco.

Luego tomó al conejo y lo miró ansiosamente a la luz del fuego. Sus mandíbulas se movían. Casi podría haberlo devorado crudo. Buscó a tientas, con el Gato pisándole los talones, entre unas estanterías rústicas y una mesa, y, con un gruñido de satisfacción, encontró una lámpara con aceite. La encendió; luego encontró una sartén y un cuchillo, despellejó al conejo y lo preparó para cocinarlo, con el Gato siempre a sus pies.

Cuando el olor de la carne cocinándose llenó la cabaña, tanto el hombre como el Gato parecieron lobos. El hombre dio vueltas al conejo con una mano y se agachó para acariciar al Gato con la otra. El Gato pensó que era un hombre excelente. Lo amaba con todo su corazón, aunque lo conocía desde hacía tan poco tiempo y tenía un rostro a la vez lastimoso y marcadamente opuesto a lo mejor de las cosas.

Era un rostro con el grisáceo sucio de la edad, con las mejillas hundidas por la fiebre y los recuerdos de la injusticia en los ojos apagados, pero el Gato aceptó al hombre sin cuestionarlo y lo amó. Cuando el conejo estuvo medio cocido, ni el hombre ni el gato pudieron esperar más. El hombre lo sacó del fuego, lo partió exactamente en dos mitades, le dio una al Gato y tomó la otra para él.

Comieron.

Luego el hombre apagó la luz, llamó al Gato, se subió a la cama, levantó las sábanas y se durmió con el animal en su regazo.

El hombre fue huésped del Gato durante el resto del invierno, y el invierno es largo en las montañas. El legítimo dueño de la pequeña cabaña no regresó hasta mayo. Durante todo ese tiempo el Gato trabajó duro y él mismo adelgazó bastante, porque compartía todo con su huésped, excepto los ratones. A veces la caza era cautelosa, y el fruto de la paciencia de días era muy poco para dos. Sin embargo, el hombre estaba enfermo y débil, y no podía comer mucho, lo cual era una suerte, ya que no podía cazar por sí mismo. Todo el día estaba acostado en la cama, o bien sentado junto al fuego. Era una suerte que la leña estuviera a un tiro de piedra de la puerta, porque tenía que ocuparse de eso solo.

El Gato buscaba comida incansablemente. A veces se ausentaba durante días seguidos, y al principio el hombre solía aterrorizarse, pensando que nunca volvería. Entonces oía el grito familiar en la puerta, se ponía de pie, lo dejaba entrar y los dos cenaban juntos, compartiendo por igual; luego el Gato descansaba y ronroneaba, y finalmente dormía en los brazos del hombre.

Hacia la primavera, la caza se hizo abundante; más presas salvajes se vieron tentadas a salir de sus hogares en busca de amor y de comida. Un día el Gato tuvo suerte: un conejo, una perdiz y un ratón. No pudo llevarlos todos a la vez, pero finalmente los reunió en la puerta de la casa. Entonces gritó, pero nadie respondió.

Todos los arroyos de la montaña se aflojaron y el aire estaba lleno del gorgoteo de muchas aguas, atravesado ocasionalmente por el silbido de un pájaro. Los árboles susurraban con un sonido nuevo al viento primaveral; había un rubor de color rosa y verde dorado en la superficie de una montaña distante vista a través de una abertura en el bosque. Las puntas de los arbustos estaban hinchadas y brillaban de un rojo rojizo, y de vez en cuando había una flor; pero el Gato no tenía nada que ver con las flores.

Se quedó junto a su botín en la puerta de la casa y gritó y gritó con su insistente triunfo, queja y súplica, pero nadie vino a dejarlo entrar. Entonces dejó sus pequeños tesoros en la puerta y se dirigió a la parte trasera de la casa, hacia el pino, y subió al tronco con una carrera salvaje, entró por su pequeña abertura y bajó hasta la habitación.

El hombre se había ido.

El Gato gritó de nuevo, ese grito del animal por la compañía humana que es una de las notas tristes del mundo; miró por todos los rincones; saltó a la silla junto a la ventana y miró hacia afuera; pero nadie vino.

El hombre se fue y nunca volvió.

El Gato se comió su ratón en el césped; llevó el conejo y la perdiz a la casa con mucho esfuerzo, pero el hombre no vino a compartirlos. Finalmente, en el transcurso de un día o dos, se los comió él mismo. Luego durmió largo rato en la cama y cuando despertó el hombre tampoco estaba.

Luego el Gato salió a sus cotos de caza y regresó por la noche con un pájaro gordo, pensando con su incansable persistencia que el hombre estaría allí; había una luz en la ventana y cuando gritó su viejo amo abrió la puerta y lo dejó entrar.

Su amo tenía una fuerte camaradería con el Gato, pero no afecto. Nunca lo acariciaba como ese paria más gentil, pero estaba orgulloso de él y se preocupaba por su bienestar, aunque lo había dejado solo todo el invierno sin escrúpulos. Temía que alguna desgracia le hubiera sucedido, a pesar de que era un poderoso cazador. Por lo tanto, cuando lo vio en la puerta con todo el esplendor de su brillante pelaje de invierno, su pecho blanco y su rostro brillando como la nieve al sol, su propio rostro se iluminó de bienvenida y el Gato abrazó sus pies con su cuerpo sinuoso vibrante con ronroneos de regocijo.

El Gato tenía a su pájaro para él solo, porque su amo ya tenía su propia cena cocinándose en la estufa. Después de comer, el amo tomó su pipa y fue a buscar una pequeña reserva de tabaco que había dejado en la cabaña durante el invierno. Había pensado en ello a menudo; eso y el Gato le parecían algo para volver a casa en primavera. Pero el tabaco se había acabado; no quedaba ni una mota de polvo. El hombre maldijo un poco en un tono monótono y sombrío, lo que hizo que la blasfemia perdiera su efecto habitual. Había sido, y era, un bebedor empedernido; había dado vueltas por el mundo hasta que las marcas de sus esquinas afiladas se le quedaron en el alma, que por ello se había endurecido, hasta que su sensibilidad se embotó. Era un hombre muy viejo.

Buscó el tabaco con una especie de combatividad aburrida, de persistencia; luego miró con estúpido asombro alrededor de la habitación. De repente, le pareció que muchos rasgos habían cambiado. Otra tapa de estufa estaba rota; un viejo trozo de alfombra estaba clavado sobre una ventana para protegerse del frío; la leña se había acabado. Miró y no quedaba aceite en la lata. Miró las mantas de su cama; las levantó y de nuevo emitió aquel extraño ruido gutural. Luego volvió a buscar el tabaco.

Por fin abandonó la tarea. Se sentó junto al fuego, pues en las montañas hace frío en mayo; sostuvo la pipa vacía en la boca, con la frente áspera fruncida, y él y el Gato se miraron a través de esa barrera infranqueable del silencio que se alza entre el hombre y la bestia desde la creación del mundo.

Mary E. Wilkins Freeman (1852-1930)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Mary Wilkins Freeman.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Mary E. Wilkins Freeman: El gato (The Cat), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Lovecraft, los gatos y un paseo por Ulthar


Lovecraft, los gatos y un paseo por Ulthar.




En junio de 1920, H.P. Lovecraft escribió Los gatos de Ulthar (The Cats of Ulthar) [publicado en la edición de febrero de 1926 de Weird Tales y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others)], un cuento corto al estilo de Lord Dunsany que revela el costado más sentimental del flaco de Providence, un auténtico amante de los gatos:


[Se dice que en Ulthar —comienza la historia—, que se encuentra más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato.]

El narrador, antes de relatar los acontecimientos de la historia, considera al gato «que ronronea delante del fuego» y reflexiona que el este desciende de linajes antiguos, parientes de la Esfinge, y poseedor de secretos eternos. En Ulthar, se nos informa, vivió una vez una pareja de ancianos en una pequeña cabaña «oscuramente escondida bajo robles extendidos», una pareja que «se deleitaba en atrapar y matar a los gatos de sus vecinos».

Una caravana de «vagabundos» llega un día a Ulthar. Entre ellos hay un niño huérfano con un gatito. La mascota desaparece y el niño dirige sus oraciones al cielo «en una lengua que ningún aldeano podría entender», ante lo cual las nubes empiezan a adoptan formas peculiares.

Después de que los gitanos se van, todos los gatos de Ulthar desaparecen misteriosamente. Sin embargo, reaparecen a la mañana siguiente, «lustrosos y gordos», y desinteresados en la comida. Después de una semana, el burgomaestre y sus amigos investigan la cabaña de la pareja de ancianos, y encuentran «dos limpios esqueletos humanos». Posteriormente se aprueba la ley a la que aluden las líneas de apertura y cierre de la historia y que es discutida por comerciantes y viajeros hasta el día de hoy:


[En Ulthar, ningún hombre puede matar a un gato.]


El encanto de esta historia no radica simplemente en su narración simple y pintoresca, como un cuento de hadas, sino en un nivel más sutil. Los gatos de Ulthar no es tan simple como parece.

Hagamos una pausa en el nombre de esta aldea, Ulthar, y reflexionemos sobre sus afinidades lingüísticas. En cierto modo, Ulthar recuerda la forma latina ultra, la cual deriva de la raíz indoeuropea al, «más allá», de donde provienen también los términos latinos ile, «allá», y alter, «el otro». Alter se conecta con términos como «alterno», sugiriendo cambio, elección, pluralidad. La misma raíz es responsable también de alias y alibi [ing: «coartada»], lo que sugiere un desplazamiento de la identidad, el disimulo, la discontinuidad entre el parecer y el ser.

En la apertura del relato [donde se nos informa que algo ocurrió en Ulthar] podemos leer un indicio involuntario de un sutil engaño. Ulthar, imbuido de una lejanía mítica por su parentesco con ultra, y por el narrador omnisciente que parece haber sido testigo de toda la historia [«Esa noche los vagabundos abandonaron Ulthar y nunca más fueron vistos»], se convierte en el escenario de una significación desplazada, de una no identidad [ver: El adverbio que cayó del espacio: Lovecraft y «lo innombrable»]

Como veremos, en Los gatos de Ulthar predomina la ausencia. Lovecraft no pierde tiempo en forjar conexiones con el lenguaje mismo y de esa forma sentar las bases para un escenario textual en el que el lenguaje y las formas de lectura son tan centrales como cualquier elemento en el relato. Al abrir con «Se dice que», el relato comienza con un lenguaje que huele a performativo; es decir, a una cuestión de oídas [alguien que dice que dicen...]. Además, el narrador en primera persona forja rápidamente un vínculo simbólico entre el lenguaje y los gatos de la historia cuando describe al felino que ronronea delante de él:


[La Esfinge es su prima y él habla su idioma.]


Lovecraft está siendo poético aquí, es cierto, pero también está proporcionando indicios bastante claros. Este lenguaje, por supuesto, el lenguaje de la Esfinge, es el lenguaje del acertijo, del misterio, del enigma, lo cual nos lleva directamente a asociar a los a los gatos con el inefable funcionamiento de los signos lingüísticos [ver: ¿La palabra «CTHULHU» es un código secreto?].

El narrador continúa relacionando sintácticamente al gato con la Esfinge en términos de depósito de un lenguaje insondable, misterioso, enigmático:


[Pero él es más antiguo que la Esfinge, y recuerda lo que ella ha olvidado.]


Refiriéndose al gato y la Esfinge, Lovecraft extrae de su caja de herramientas narrativas algunas formas verbales muy anticuadas, casi afectadas, como him who sitteth purring before the fire [«él, que está sentado ronroneando ante el fuego»] o that which she hath forgotten [«aquello que ella ha olvidado»]. La unión entre Gato y Esfinge, es decir, entre gatos y la intriga atemporal del lenguaje, se ve reforzada por el uso de estas formas anacrónicas. Sería ilegítimo aquí [pero lo haremos de todos modos] relacionar la palabra francesa chat, «gato», con la palabra inglesa para «conversar», chat. Parecería haber un sustrato antiguo de asociaciones entre el gato y el idioma.

En el punto de la historia en el que los gatos han regresado a Ulthar, presumiblemente del vengativo banquete que se dieron con los ancianos, se nos dice lo siguiente:


[Lustrosos y gordos aparecieron los gatos, y con sonoros ronroneos contenidos.]


Gracias a un feliz accidente, la palabra cat [«gato», en inglés] se asocia con numerosas palabras con el prefijo cata, el cual indica inversión y tiene significados como «abajo», «contra», «fuera», «lejos». Cat es una palabra de orígenes misteriosos, muy anterior al latín tardío cattus y catta, pero la similitud de forma hace que la asociación sea inevitablemente convincente. En cualquier caso, existe una posibilidad etimológica intrigante en el prefijo cata relacionado con la descendencia, como en el latín catulus, «cachorro». Al menos indirectamente puede haber una conexión aquí con los gatos. Sin embargo, de palabras que recuerdan a los gatos hay una oferta abundante.

Lovecraft parece proponerle al lector que, como los aldeanos, debemos reflexionar sobre la naturaleza de los gatos y su relación con el lenguaje:


[Muchos odian la voz del gato en la noche, y odian que estos corran sigilosamente por patios y jardines al anochecer.]


Los aldeanos son los lectores empeñados en una lectura textual, lineal. Sin los aldeanos los gatos de Ulthar no tendrían ningún contraste, ninguna fuente de amenaza. Los aleanos-lectores no son gente mala, sino poco imaginativa; gente que se siente bien viviendo en la superficie del lenguaje, gente que, en última instancia, quiere matar a los gatos porque no comprende la complejidad del lenguaje. Es decir que, para los aldeanos de Ulthar [los lectores prosaicos] los gatos [el lenguaje] son un misterio:


[La gente de Ulthar era sencilla, y no sabía de dónde venían todos los gatos.]


El texto no nos ilumina sobre este punto porque no puede. Los gatos se fusionan con el lenguaje mismo, en particular, con la antigüedad y la naturaleza enigmática de la Esfinge. El lenguaje es necesariamente anterior a cualquier cosa que Lovecraft pueda intentar decir. Los aldeanos son lectores ignorantes; no pueden «leer» a los gatos. Además, se nos dice que el niño, llamado Menes, que ha perdido a su gatito, reza «en una lengua que ningún aldeano podría entender» [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]. Sin embargo, los aldeanos también están incluidos en el texto; son el texto, en parte, que se niega a entenderse en un nivel más profundo y simbólico. 

¿Qué hay de los «vagabundos»?

La palabra wanderer deriva del indoeuropeo wendh, «girar», «viento», «tejer», de donde también proviene wand, «varita». Esta sugerencia a la magia, junto con las nociones de dar vueltas, pinta a los vagabundos como relacionados con los gatos mismos. Los gitanos están representados en el niño, Menes, cuyo nombre hace eco de meaning, «significado», y que por eso está imbuido de la perpetua ausencia de significado al lamentarse de la ausencia simbólica de su gatito.


[Esa noche los vagabundos salieron de Ulthar, y nunca fueron vistos de nuevo.]


Los gitanos tienen cierta proximidad y simpatía con los gatos y, por tanto, con su misterio lingüístico. Lovecraft nos informa que los carros de su caravana están pintados con «extrañas figuras con cuerpos humanos y cabezas de gatos, halcones, carneros y leones», una configuración opuesta a la de la Esfinge con la que se asocian los gatos, pero que paradójicamente establece un similitud y un vínculo, entonces, con la Esfinge y los gatos.

También se nos dice que «el líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos y un curioso disco entre los cuernos». La palabra inglesa disc, «disco», deriva del indoeuropeo deik, «pronunciar», de donde viene el latín dicere, «decir». La misma raíz produce un sufijo dik, del cual deriva el latín index, «índice», que sugiere señalar hacia otro lado, como hacen los significantes lingüísticos. De ahí que los vagabundos tenan una conexión indirecta con los aldeanos alienados por el lenguaje [ver: Lovecraft y las lenguas extraterrestres]

Los vagabundos, en cierto sentido, también responsables de la ley de Ulthar que prohibe matar a los gatos. Son los lectores que los aldeanos no son, son los «otros», los que vienen a ofrecer una lectura diferente:


[Y al final, los burgueses aprobaron esa notable ley que cuentan los comerciantes en Hatheg y los viajeros en Nir, a saber, que en Ulthar ningún hombre puede matar a un gato.]


¿Qué hacemos con esta ley en términos de la asociación de los gatos con el lenguaje?

Una respuesta obvia es que esta ley roza el absurdo. La ley, incluso en una lectura superficial, está cerca de ser inútil, ya que solo la pareja de ancianos ha matado gatos, y esas dos personas ya fueron reducidas a esqueletos. Como respuesta a estos eventos, la ley tiene poco efecto más que conmemorar lo sucedido. Pero además, si los gatos simbolizan el funcionamiento libre del lenguaje, entonces la noción de una ley que prohíba su matanza es inútil. La variaciones del lenguaje no se pueden matar. Valdría lo mismo promulgar una ley que prohiba la lluvia.

La palabra law, «ley», deriva de la raíz indoeuropea legh, «poner», en el sentido de algo que se establece. Una raíz similar, leugh, es responsable lie, «mentir»; es decir que la posibilidad de tal ley es una mentira en sí misma. Por tanto, el estatuto de la ley de Ulthar es ambiguo desde el principio porque la prohibición que postula no puede aplicarse. De hecho, la ley aprobada por los burgueses de Ulthar, en la medida en que protege simbólicamente los libres vagabundeos del lenguaje [los gatos], se convierte en su propia ruina. No hay nada más fácil de destruír para el lenguaje que las estructuras rígidas.

La ley de Ulthar suena más a una ley descriptiva que a una prescriptiva: ningún hombre, sin duda, puede matar lo que representan los gatos. Pero hay una paradoja aquí. La ausencia de posibilidad de rigidez de una ley hace que, al ser rígidamente aplicada, lograría proteger aquello que hace imposible tal rigidez.

Pero hay ausencias textuales más evidentes en Los gatos de Ulthar. Los malvados ancianos nunca se ven. Su cabaña está «oscuramente escondida bajo robles extendidos», y no los vemos en el exterior, ni matar a ningún gato por tal caso. Se observa que los gatos, para funcionar en el texto, desaparecen, al igual que el gatito de Menes y el mismo Menes y su gente más adelante. Incluso la sórdida reputación de la pareja invisible en la cabaña escondida es una cuestión de reputación. No sabemos cómo mataron a los gatos, asumiendo que de hecho los mataron. Que los gatos, a su vez, hayan matado vengativamente a los ancianos es algo que no se ve en la historia. Tampoco vemos a los gatos la noche siguiente a la desaparición del gatito de Menes, y los aldeanos no ven luces en las ventanas de los ancianos, lo cual los lleva a deducir que algo les ha sucedido. Los propios aldeanos están ausentes con respecto a la comprensión de los gatos. No somos testigos directos de nada en Los gatos de Ulthar.

Los gatos de Ulthar es un relato que se apoya en diversos patrones lingüísticos de ausencia. El movimiento de los gatos «lenta y solemnemente en círculo alrededor de la cabaña» es un gesto simbólico, casi irónico. Pretende hacer de los ancianos el núcleo textual de la historia, aunque el lenguaje [los gatos] diversifica esa centralidad; de manera tal que lo supuestamente central en el relato, la pareja de ancianos con mala fama, está marcada por la ausencia.

Los gatos de Ulthar de Lovecraft es un baile de sombras, de espacios vacíos, donde no puede existir ninguna estructura. El flaco de Providence, además de celebrar su amor por los gatos, celebra la ausencia [ver: Algo sobre gatos y otras piezas]. Para eso nos coloca al borde de cualquier anhelo de comprensión. Aunque la historia empieza y termina con una alusión [¿ilusión?] a la Ley, el funcionamiento del relato es rebelde, es libre, no puede domesticarse bajo una serie de reglas, normas o prohibiciones, como todos los aficionados a los gatos seguramente saben.



*El gato en brazos de Lovecraft en la imagen que encabeza este artículo es Felis, el gato de Frank Belknap Long, quien solo permitía ser acariciado por el flaco de Providence [me refiero a Felis, aunque Frank Belknap Long no se hubiese opuesto a eso]. De hecho, Lovecraft le escribió a Felis dos poemas muy divertidos [ver: Dos poemas de Navidad para un gato]




H.P. Lovecraft. I Taller gótico.


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El artículo: Lovecraft, los gatos y un paseo por Ulthar fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Gata negra»: Rainer Maria Rilke; poema y análisis


«Gata negra»: Rainer Maria Rilke; poema y análisis.




Gata negro (Schwarze Katze) es un poema gótico del escritor bohemio Rainer Maria Rilke (1875-1926), escrito en 1908.

Gata negra, uno de los mejores poemas de Rainer Maria Rilke, sostiene una teoría interesante sobre los gatos. Si bien un fantasma es invisible, afirma el poeta, todavía puedes entender un poco sus motivaciones; sin embargo, un gato nunca te permitirá descifrar sus secretos (ver: La diferencia entre perros y gatos).

Rainer Maria Rilke es un poeta que utiliza los objetos físicos [el «silencio de su realidad concentrada»] para revelar algo misterioso, inefable, y acaso ominoso, debajo de su aparente simpleza. Al inicio del poema, la mención a los fantasmas nos transporta inmediatamente a un lugar de asombro, precisamente porque el temor que nos despiertan es opuesto, por ejemplo, al que podría producirnos un asesino. Sabemos que un asesino puede hacernos daño, pero un fantasma... bueno, nos infunden miedo por lo que desconocemos de él. No sabemos qué quiere de nosotros, ni cómo puede dañarnos, si es que de hecho puede hacerlo.


Un fantasma, aunque invisible, todavía es algo
en lo que tu mirada puede reflejarse;
pero, en aquella piel negra, esa mirada, aun la más penetrante
se disolverá y finalmente se extinguirá:


Además, cuando uno ve un fantasma, estos parecen reconocer nuestra mirada. Hay un reconocimiento, un propósito [en apariencia] para el momentáneo levantamiento del velo que separa el mundo material del espiritual. A menudo, ese propósito no es aterrorizarnos, sino más bien impartir algún tipo de mensaje. Lo que Rainer MAria Rilke parece estar sugiriendo aquí es que incluso si un fantasma permanece invisible, todavía hay algo lo suficientemente tangible en él como para constituir una especie de eco, algo en lo que nuestra mirada puede resonar. Entonces contrasta esta noción con lo que sucede debajo de la espesa piel negra de un gato: no hay eco, no hay resonancia aquí. Solo absorción.

Gata negra enfatiza la completa absorción de la luz a través de este animal que no devuelve nada a la mirada, al igual que si observáramos el interior de un ataúd bajo tierra. No importa cuán aguda sea tu vista. No importa que tus pupilas se dilaten más allá de las fronteras del iris en el intento. Nadie puede penetrar en el misterio (ver: ¿El Gato Negro de E.A. Poe es una criatura de los mitos celtas?)

En la siguiente stanza, esta característica absorbente del gato se compara con una pared acolchada contra la cual un lunático golpea sus puños. La energía que gasta al hacerlo, se ve recompensada con alivio. Está pacificado. Sin embargo, creo que está mal suponer que Rainer Maria Rilke está recomendando un tratamiento para la ira. De hecho, parece estar sugiriendo que se puede experimentar algo beneficioso incluso si el objeto de nuestra dependencia [o desesperación] no responde.


así, como un loco furioso, cuando nada mas
puede aliviarlo, se desahoga en su oscura noche,
aullando, golpea la pared acolchada, y siente
que su ira se desvanece y se apacigua.


La gata parece estar en un estrado, en una audiencia, presidiendo sumariamente todo lo que se le presenta. Entonces llega la palabra más importante de todo el poema: «pero». No debemos restar importancia a esa palabra. Significa que algunas de las anteriores suposiciones están a punto de ser negadas, o al menos reorganizadas. No hay otro lugar adonde ir después de que Rainer María Rilke despliega la palabra «pero». Sabemos que la gata vuelve su rostro hacia el tuyo,  quey ahora tú eres el fantasma, la aparición sobre la cual resuena la mirada de la gata negra, y tu turno de reconocer que te están observando (ver: Caterina: la verdadera gata negra de Edgar Allan Poe)

La gata no ha estado ausente. Es más consciente de ti de lo que crees. Más sensible de lo que has imaginado. Es por eso que te sientes conmocionado y humillado cuando miras esos ojos. Nunca, mientras miramos a la gata, ella se sorprendió al ser observada de esa manera. ¿Por qué? ¿Y por qué, en el reflejo de esos ojos ambarinos, nos vemos pequeños... no solo como un insecto, sino como un «insecto prehistórico»? ¿Es porque la sabiduría de la gata es tan antigua como la prehistoria humana? ¿Hay algo que aprender de la mirada de un gato?

Rainer Maria Rilke creía en la coexistencia de los reinos material y espiritual, pero los seres humanos eran para él solo espectadores de la vida, captando sus bellezas momentáneamente para perderlas nuevamente. Gata negra retrata un momento en el que esa belleza es captada temporalmente. El resto es misterio, y así debe ser (ver: El gato que quiso atrapar al sol)




Gata negra.
Schwarze Katze, Rainer Maria Rilke (1875-1926)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Un fantasma, aunque invisible, todavía es algo
en lo que tu mirada puede reflejarse;
pero, en aquella piel negra, esa mirada, aun la más penetrante
se disolverá y finalmente se extinguirá:

así, como un loco furioso, cuando nada mas
puede aliviarlo, se desahoga en su oscura noche,
aullando, golpea la pared acolchada, y siente
que su ira se desvanece y se apacigua.

Ella parece ocultar en su piel todas las miradas que alguna vez
la acariciaron, de modo que, como una audiencia,
pueda vigilarlas, amenazante y taciturna,
y enrollarse a dormir con ellas.
Pero súbitamente, como si despertara,
vuelve su cara hacia la tuya;
y, conmocionado, te ves a ti mismo, diminuto,
dentro del ámbar dorado de las orbitas de sus ojos,
suspendido, como un insecto prehistórico.


Ein Gespenst ist noch wie eine Stelle,
dran dein Blick mit einem Klange stößt;
aber da an diesem schwarzen Felle
wird dein stärkstes Schauen aufgelöst:

wie ein Tobender, wenn er in vollster
Raserei in Schwarze stampft,
jählings am benehmenden Gepolster
einer Zelle aufhört und verdampft.

Alle Blicke, die sie jemals trafen,
scheint sie also an sich zu verhehlen,
um darüber drohend und verdrossen
zuzuschauern und damit zu schlafen.
Doch auf einmal kehrt sie, wie geweckt,
ihr Gesicht und mitten in das deine:
und da triffst du deinen Blick im geelen
Amber ihrer runden Augensteine
unerwartet wieder: eingeschlossen
wie ein ausgestorbenes Insekt.


Rainer Maria Rilke
(1875-1926)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Rainer Maria Rilke.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Rainer Maria Rilke: Gata negra (Schwarze Katze), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Mis gatos en modo «guardaespaldas paranormales»


Mis gatos en modo «guardaespaldas paranormales».




Otra interesante experiencia en el Consultorio paranormal de El Espejo Gótico, esta vez, relacionada con la posibilidad de que los gatos nos estén protegiendo de entidades negativas (ver: Cómo protegerse de las entidades del bajo astral).

***

Mi nombre es Eugenia, y mi experiencia paranormal tiene relación con mis tres gatos. Sé que no es tan espeluznante como otras experiencias que he leído en El Espejo Gótico, pero de todos modos adoro esta sección y me gustaría compartirla.

Este extraño comportamiento de mis tres gatos empezó hace unos meses. Lo curioso es que los tres empezaron a comportarse así al mismo tiempo, como si estuviesen coordinados. Para dar ejemplo, si estoy en la cocina preparando algo, los tres forman un triángulo perfecto a mi alrededor, sentados, todos de espaldas a mí, y mirando en la misma dirección, donde naturalmente no hay nada visible (ver: ¿Los gatos pueden ver a los espíritus?)

Desde que nos mudamos, mi marido y yo sentimos cierta inquietud general en nuestro hogar. Es una casa vieja, y solo hemos estado viviendo aquí durante aproximadamente un año. En más de una ocasión sentí que había alguien parado detrás mío (ver: Siento que hay alguien detrás mío). Esto puede deberse a algo que todos los que tenemos gatos sabemos: suelen ubicarse justo detrás, y no es infrecuente que, al darnos vuelta bruscamente, los pisemos. Pero no es esto a lo que me refiero.

Mi esposo y yo hemos escuchado crujidos que suenan como pasos, quiero decir, que resuenan con regularidad, no como lo haría una rata o algo así. Hasta hace poco racionalizaba estas cosas diciéndome que probablemente se trataría de los gatos corriendo por ahí, pero últimamente nunca se alejan de mi vista (ver: Infección Astral: casas tomadas por los espíritus).

A principios de este mes casi me quemo viva cuando sentí que algo me tiraba de la manga mientras llevaba una olla de agua caliente. ¡Literalmente, algo tiró de mi manga! (ver: Cuando algo invisible te toca).

Mi esposo es la única otra persona en la casa. Cuando volví la cabeza para mirarlo, me di cuenta de que no había nadie en la cocina excepto yo y los gatos. Si el tirón hubiese sido a la altura de las piernas, bueno, no habría nada que temer: serían los gatos; pero lo cierto es que estaban a buena distancia, y los tres mirando fíjamente hacia el lugar donde debería haber estado esta... cosa, que tiró de mi manga (ver: Señales de que hay un espíritu en tu casa).

Mi esposo, en broma, llama al comportamiento extraño de mis tres gatos: «modo guardaespaldas paranormales». Tener un séquito felino que te sigue a todas partes puede sonar divertido, pero escucharlos gruñir al unísono ante algo que no puedes ver, o notar que los tres miran hacia el mismo punto, a veces durante una hora o más, con las orejas hacia atrás y las colas erizadas de agitación, bueno, personalmente me da escalofríos (ver: Telepatía animal: tu mascota sabe exactamente lo que estás pensando).

Este «modo guardaespaldas paranormales» es reciente, y solo me lo hacen a mí [ver: El comportamiento de los gatos durante la actividad paranormal.]

Ciertamente los tres adoran a mi esposo, y disfrutan estando cerca de él (de hecho, es él quien los alimenta), pero si salgo de la habitación, mi escuadrón seguramente me seguirá, sin importar cuán cómodos estén en ese momento. Y todos los que tenemos gatos sabemos lo dífícil que es para ellos abandonar una posición estratégica y cómoda si no hay una retribución (ver: Espíritus y «ambientes cargados»).

Antes de que todo este comportamiento extraño comenzara, ninguno de mis tres gatos se molestaría en pestañear si yo salía de la habitación. Por otra parte, el «modo guardaespaldas paranormales» no solo se activa cuando los tres están juntos. A veces se comportan de forma extraña individualmente (ver: Parásitos astrales y las «malas energías»).

Berta, por ejemplo, es una gata de diez años que, de la noche a la mañana, decidió que sería interesante dormir en mi almohada. Este comportamiento coincide con la primera noche que escuchamos pasos (ver: Sentir que hay un espíritu en casa). Su cuerpo ocupa más espacio que mi cabeza, pero lo cierto es que la vibración de su ronroneo tan cerca de los oídos me tranquiliza enormemente.

El «modo guardaespalda» de Lucio normalmente ocurre cuando estoy tratando de dormir. Empieza con ella arqueando la espalda, como si estuviera enojada, mientras observa fijamente hacia los pies de la cama (ver: El hombre al pie de mi cama).

A veces se queda así durante varios minutos. Luego se relaja y vuelve a recostarse. Si esto no sucede dentro de cierto lapso de tiempo, comienza a emitir este extraño gruñido, casi inaudible, pero cuyas vibraciones se perciben claramente.

Definitivamente no está ronroneando.

Otra opción interesante, cuando no logra relajarse, es sentarse sobre mi espalda (duermo boca abajo). Se acomoda entre mis omóplatos y desde ahí continúa gruñendo. No puedo ver qué está mirando exactamente, porque si trato de moverme probablemente me clavará las garras en la espalda. Entonces, sin que nada haya cambiado en el entorno, se relaja. Afortunadamente no hace esto todas las noches.

El tercer «guardaespalda» es Togo. No sé bien su edad, pero el veterinario supone que debe andar por los 11 años. Lo rescaté de un vecina que lo maltrataba. Por eso, normalmente él se sentía mucho más cómodo con mi marido. De hecho, jamás lo vi siquiera acercarse a mis amigas cuando vienen a casa. Hasta hace unos meses, podía contar con los dedos de una mano las veces en las que se había sentado en mi regazo.

Ahora no solo está sobre mí cada vez que me siento, sino que está conmigo en todo momento. Me sigue a todas partes, y se asusta si no me tiene a la vista. No exagero: si por alguna cuestión no me encuentra, empieza a maullar enloquecidamente, y a veces hasta a vomitar. Nunca antes había estado tan apegado a mí.

No quiero que se me malinterprete: adoro a Togo, pero ha sido difícil acostumbrarse a nunca cerrar una puerta detrás de mí, dejándolo accidentalmente del otro lado. Su necesidad de estar en la misma habitación conmigo es un cambio extraño en su comportamiento.

Definitivamente mi «guardaespalda paranormal» más protectora es Berta.

Es juguetona, tierna, y hasta hace poco dividía su tiempo de manera bastante pareja entre mi esposo y yo. Recientemente se apegó a mí de manera exclusiva. Mi esposo la define como la «guardaespaldas táctica», porque me sigue por toda la casa, sin adelantarse, como si estuviera protegiendo mi espalda.

Lo más extraño de este comportamiento es que los tres suelen sentarse alrededor mío, mirando el mismo punto. Lo hacen de forma sincronizada, no en todo momento, sino cuando estoy sola en una habitación, en especial en la cocina.

Estuve investigando un poco, y lo primero que hice fue un test de embarazo. Al parecer, los gatos perciben cuando una mujer está embarazada, y pueden mostrar un comportamiento extraño. No es el caso. No estoy embarazada.

El evento más inquietante hasta ahora se produjo anoche. Estaba con mis tres gatos en el comedor, todos en el sofá, mirando la televisión. Mi esposo estaba durmiendo en la habitación. En un momento escuché claramente una voz que susurraba en mis oídos. No alcancé a entender qué decía, pero sonaba como una lengua extraña. Pude sentir el aliento en mi oreja y cuello (ver: Cuando algo invisible te respira en la cara).

Me quedé quieta durante un minuto, al menos, sin querer darme vuelta y ver qué demonios había detrás de mí. Cuando lo hice, no vi nada, pero mis tres gatos estaban mirando hacia esa dirección, moviendo la cabeza lentamente de derecha a izquiera, como si hubiese algo invisible caminando por ahí (ver: Sentir «presencias» cuando estás solo).

Mi esposo racionaliza estos hechos, y dice que los gatos que se sienten alejados de su dueño pueden tener un comportamiento extraño. Después de todo, son criaturas cautelosas y vigilantes. Él explica este comportamiento de «guardaespaldas paranormales» como parte de la dinámica del grupo, es decir, si estás en una posición, entonces ellos sienten que esa dirección está cubierta, y se ubican para cubrir los alrededores.

Mi opinión es que mis gatos están tratando de protegerme de algo.

***




Consultorio Paranormal. I Fenómenos paranormales.


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¿El Gato Negro de E.A. Poe es una criatura de los mitos celtas?


¿El Gato Negro de E.A. Poe es una criatura de los mitos celtas?




¿Es el Gato Negro de Edgar Allan Poe una criatura de los mitos celtas? Nadie, que yo sepa, ha estimado seriamente esta posibilidad, de manera tal que intentaremos avanzar con cautela, casi en puntas de pie, para que que no se desmorone prematuramente.

Uno de los relatos de Edgar Allan Poe más oscuros es El gato negro (The Black Cat), publicado en la edición del 19 de agosto de 1849 del periódico United States Saturday Post, y luego reeditado en la antología de 1850: Las obras del difunto Edgar Allan Poe (The Works of the Late Edgar Allan Poe). Mucho se ha escrito sobre su significado oculto, sus símbolos, pero muy poco acerca del verdadero protagonista de la historia, quien acaso podría pertenecer a los mitos celtas.

Comencemos por dar un breve repaso de El gato negro:

Un sujeto alcohólico se ensaña con su gato negro, llamado Plutón (Pluto), a quien inicialmente le perfora un ojo y luego decide colgarlo. Tras ese crimen su casa se incendia, lo cual lo lleva a creer que existe algún tipo de relación entre los dos hechos. Más adelante encuentra a otro gato, casi idéntico a Plutón, incluso con un ojo perforado, pero con una pequeña mancha o franja blanca en el pecho, y lo adopta.

La culpa por haber matado al primer gato negro hace que el narrador sienta un miedo atroz por su nuevo felino. Ebrio, decide matarlo con un hacha, pero su esposa se interpone, y termina matándola accidentalmente.

Es lógico suponer que un gato llamado Plutón, nombre de un dios romano que, a su vez, se conecta con Hades, el dios del inframundo de los mitos griegos, nada tiene que ver con la mitología celta. Esa suposición no solo es justificable, sino rigurosamente veraz. El gato negro del título del relato no es Plutón, sino el segundo animal, quien termina desencadenando la tragedia.

Ahora bien, el narrador de El gato negro no es fiable en términos de salud mental —así como los de otros relatos de Edgar Allan Poe, por ejemplo, el de Berenice (Berenice) o el de El corazón delator (The Tell-Tale Heart)—; de hecho, él mismo se considera un loco.

En este punto es importante entender que, dentro de la filosofía de E.A. Poe, la locura no es un estado de desconexión con la realidad, sino la forma más sublime de la inteligencia; es decir, un estado que conecta al ser con los niveles superiores de la consciencia, los cuales pueden ser francamente aterradores.

Edgar Allan Poe establece el grado de locura del narrador de diversas formas, entre ellas, el alcoholismo. Al principio, él mismo se declara como un amante de los animales, lo cual contrasta con su misantropía y su misoginia.

Es, en esencia, un psicópata; que acaso considera que su esposa también es una mascota. El narrador no es consciente de todo esto, solo sabe que le gustan los animales y que desconfía de los humanos. Su incapacidad para comprender estos rasgos presagia la misma impericia para explicar los motivos detrás de sus horrorosas acciones.

La presencia de Plutón nos hace pensar rápidamente en la superstición del gato negro, pero no es hacia allí donde apunta Edgar Allan Poe. De hecho, en el breve ensayo: Instinto vs. Razón: un gato negro (Instinct vs Reason: A Black Cat) se permite bromear al respecto.


El autor de este artículo es el dueño de uno de los más notables gatos negros en el mundo; y esto es decir mucho, ya que muchos recordarán que todos los gatos negros son en realidad brujas.

(The writer of this article is the owner of one of the most remarkable black cats in the world, and this is saying much; for it will be remembered that black cats are all of them witches)


Aquí, E.A. Poe hace referencia a Caterina, su gata negra, quien lo acompañó en la etapa convalecencia de su esposa, Virgina Clemm, y varios años después de su fallecimiento.

Al principio del cuento, Plutón es un personaje más o menos neutral, que se convierte en antagonista del narrador cuando éste se vuelca hacia la bebida. El pobre gato, quien hasta entonces siempre se ha mantenido fiel a su amo, de repente es visto como una criatura maléfica, quizás una bruja o un espíritu familiar, aunque nada en el comportamiento del felino haga pensar en esa posibilidad. No obstante, todo lo contrario ocurre cuando aparece el segundo gato:


Era un gato negro, enorme, tan corpulento como Plutón, al que se parecía en todo menos en un pormenor: Plutón no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo, pero éste tenía una marca ancha y blanca, aunque de forma indefinida, que le cubría casi toda la región del pecho.

(It was a black cat —a very large one— fully as large as Pluto, and closely resembling him in every respect but one. Pluto had not a white hair upon any portion of his body; but this cat had a large, although indefinite splotch of white, covering nearly the whole region of the breast.)


Este gato negro es quien se venga del narrador por el crimen cometido contra su predecesor. Sus dos principales características —la física (gato negro con una franja blanca en el pecho), y la sobrenatural (como vehículo de una venganza)—, son las mismas que podemos encontrar en una criatura de los mitos celtas, llamada Cat Sìth: un espíritu que asume la forma de un gato negro con una mancha o franja blanca en el pecho.

La leyenda sostiene que el Cat Sìth solo atormenta a quienes han cometido algún tipo de crimen, y han logrado salir impunes. No se trata de un dios realmente, sino de una criatura sobrenatural que puede asumir nueve veces la forma de un gato de estas características.

Su venganza nunca es directa, es decir, nunca mata a sus víctimas él mismo, sino que frecuentemente los induce a la culpa, la locura, y finalmente al suicidio.

Esta metodología —Culpa, locura y muerte— es prácticamente idéntica a la del segundo gato negro en el cuento de E.A. Poe.

No podemos probar que el autor conociera esta leyenda celta, desde luego, pero tampoco puede probarse que no la conociera. De hecho, las similitudes son lo suficientemente significativas como para plantear una posibilidad bastante concreta.





Taller literario. I Relatos de Edgar Allan Poe.


Más literatura gótica:
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«Gatos y perros»: H.P. Lovecraft; ensayo y análisis


«Gatos y perros»: H.P. Lovecraft; ensayo y análisis.




Gatos y perros (Cats and Dogs) es un breve ensayo del escritor norteamericano H.P. Lovecraft (1890.1937), publicado originalmente en la edición de verano de 1937 de la revista Leaves, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1949: Algo sobre los gatos (Something About Cats).

En Gatos y perros, H.P. Lovecraft toma partido en una de las disputas más antiguas y absurdas de la humanidad: la diferencia entre perros y gatos, y cuál de estas dos especies es la mejor mascota.

La posición de H.P. Lovecraft es vehemente —y puede verse con claridad en Los gatos de Ulthar (The Cats of Ulthar)—: por elegancia, discreción, refinamiento, por esa despreocupada frecuentación con la noche, los gatos son superiores. Lo cierto es que al maestro de Providence le disgustaban los perros, y no vacila en describirlos como criaturas carentes de toda gracia.

Para llegar a esta conclusión, Lovecraft emplea una serie de comparaciones un tanto tendenciosas, por ejemplo, analizando de qué modo se comen los perros, básicamente devorando con avidez salvaje el alimento que se les suministra, mientras que los gatos logran dotar de cierta gracia a un proceso completamente ausente de elegancia, al menos entre los animales.

Algo similar conjetura acerca de la amistad: mientras que los perros son leales y dispensan su afecto sin reservas, para ganarse la confianza de un gato es necesario algo más que comida y refugio. En todo caso, son los gatos quienes nos aceptan o no, de acuerdo a sus propias preferencias, nunca al revés; y esa amistad nunca es idílica: consiste más en una modesta complicidad, sin exageraciones, basada en el silencio y el respeto por los espacios propios, que en la repartija indiscriminada de caricias.

Lovecraft era un amante de los gatos. Uno de sus preferidos era el gato de Fritz Leiber, llamado Felis, a quien le compuso un extraño poema titulado: Pequeño tigre (Little Tiger).

A continuación compartimos los pasajes más interesantes de Gatos y perros de H.P. Lovecraft; el texto completo, mucho más extenso, puede leerse aquí.




Gatos y perros.
Cats and Dogs, H.P. Lovecraft (1890-1937)

Entre perros y gatos, mi grado de preferencia es tan alto que nunca se me ocurriría compararlos. No es que me disgusten positivamente los perros, no más de lo que me disgustan los monos, los seres humanos, los vendedores, las vacas, las ovejas o los pterodáctilos; pero por el gato he sentido siempre un respeto y un afecto especial, desde los días más tempranos de mi infancia.

En su gracia y en su superior autosuficiencia he visto un símbolo de la belleza perfecta y la suave personificación del universo mismo objetivamente considerado, y en su aire de silencioso misterio reside para mí todo el secreto y la fascinación de lo desconocido.

El perro apela a emociones baratas y fáciles; el gato lo hace a las fuentes más profundas de la imaginación y la percepción cósmica en la mente humana. No es accidental que los contemplativos egipcios, junto a espíritus poéticos posteriores como los de Poe, Gautier, Baudelaire y Swinburne, fueran todos adoradores sinceros del gato. Naturalmente, las preferencias de cada uno en materia de perros y gatos dependen totalmente del temperamento y el punto de vista.

Me da la impresión de que el perro es el favorito de la gente superficial, sentimental y emocional: gente que siente más que piensa, que otorga importancia a la humanidad y a las emociones populares y convencionales de lo simple, y que encuentra el más grande consuelo en los lazos de adulación y dependencia de la sociedad gregaria. Tal gente vive en un mundo limitado de imaginación; aceptando acríticamente los valores del folklore popular, y prefiere siempre que les den la razón en sus creencias, sentimientos y prejuicios, más que disfrutar del placer puramente estético y filosófico que surge de la discriminación, la contemplación y el reconocimiento de la belleza austera y absoluta.

Esto no significa que los elementos más baratos no se encuentren también en el amor hacia los gatos del amante medio de los gatos, sino simplemente que en el ailurófilo existe la base del esteticismo puro que el cinófilo no posee. El auténtico amante de los gatos exige un ajuste más claro con el universo que el que proporcionan las comunes obviedades domésticas, un ajuste que rechaza tragar la noción sentimental de que todas las personas buenas aman a los perros, los niños y los caballos, mientras que los malos los aborrecen y son aborrecidos por ellos.

Los amantes de los perros basan toda su argumentación en esas cualidades comunes, serviles y plebeyas, y juzgan de forma que resulta divertida la inteligencia de una mascota por su grado de conformidad a sus propios deseos. Los amantes de los gatos evitan esa ilusión, repudian la idea de que la servidumbre rastrera y la compañía servil para con el hombre sean méritos supremos, y se mantienen libres para admirar la independencia aristocrática, el amor propio y la personalidad individual unidas a la gracia y la belleza extremas, tal y como las ejemplifica el frío, ágil, cínico e invicto señor de los tejados.

La gente de ideas ordinarias será siempre amante de los perros. Para ellos nunca habrá nada más importante que ellos mismos y sus primitivos sentimientos, y nunca dejarán de estimar y glorificar al compañero animal que mejor los ejemplifica. Esta herencia quizá alcanzó su culminación en el insípido siglo XIX, cuando la gente acostumbraba a alabar a los perros porque son tan humanos, como si la humanidad fuera un criterio válido de mérito.

Por otra parte, el pensador y caballero considera a cada uno según sus afiliaciones naturales, y no puede dejar de observar que en las grandes simetrías de la vida orgánica, los perros están al lado de los descuidados lobos, zorros, chacales, coyotes, dingos y hienas, mientras que los gatos caminan orgullosamente junto a los señores de la jungla, y tienen a su alteza el león, al sinuoso leopardo, al regio tigre y a las elegantes panteras y jaguares como su familia. Los perros son los jeroglíficos de la emoción ciega, la inferioridad, el apego servil: los atributos de los hombres ordinarios, estúpidamente apasionados y subdesarrollados tanto intelectual como imaginativamente. Los gatos son las runas de la belleza, el orgullo, la libertad.

El perro es al campesino lo que el gato es al caballero. Podríamos, de hecho, juzgar el tono y el sesgo de una civilización por su actitud relativa hacia los perros y los gatos. El Egipto orgulloso donde el faraón era faraón y las pirámides se elevaban en belleza ante su deseo, que las soñó, se inclinó ante el gato, y se construyeron templos para su divinidad en Bubastis. En la Roma imperial, el grácil leopardo adornó la mayor parte de los mejores hogares, reposando su belleza insolente en el atrio con collar y cadena de oro; mientras que, después del tiempo de los Antoninos, el gato se importó de Egipto y se apreció como un lujo raro y costoso.

Cuando llegamos, sin embargo, a la rastrera Edad Media y sus supersticiones, encontramos que la hermosura fría e impersonal de los felinos está en muy baja estima; y contemplamos un lamentable espectáculo de odio y crueldad hacia estas pequeñas y bellas criaturas a las que únicamente sus virtudes como ratoneras les otorgaron un poco de tolerancia por parte de los patanes ignorantes ofendidos por su frialdad autosuficiente y temerosos de su independencia críptica y esquiva, que imaginaron relacionada con los poderes oscuros de la brujería.

Estos obtusos no podían tolerar lo que no servía a sus emociones y endebles propósitos. Deseaban un perro para acariciar y cazar y cobrar y traer, y no encontraban ninguna utilidad en el presente del gato: belleza eterna desinteresada para alimento del espíritu.

Si arrojas un palo, el perro servil resuella y tropieza para traértelo de vuelta. Haz lo mismo frente a un gato, y te mirará con aire divertido, frialdad educada y algo de aburrimiento. Y, del mismo modo que la gente inferior prefiere al animal inferior que se afana con excitación porque alguien quiere algo, así las personas superiores respetan al animal superior que vive su propia vida y sabe que cuando esos extraños bípedos se dedican puerilmente a lanzar palos, se trata de un asunto que no le incumbe y del que ni se percata.

El perro ladra y suplica y se revuelve para entretenerte. Eso le gusta al campesino amante de la mansedumbre, que aprecia un estímulo para su propia importancia. El gato, por otra parte, te engatusa para que juegues con él cuando le apetece que le entretengan; te hace correr por la habitación con una bola de papel arrastrando de una cuerda cuando tiene gana de ejercicio, pero rechaza todos tus intentos de hacerle jugar cuando no está de humor. Eso es personalidad e individualidad y respeto a sí mismo.

La persona superior lo reconoce y aprecia porque también ella es un espíritu libre cuya posición está afianzada, y cuya única ley es su propia herencia y sentido estético. En consecuencia, podemos ver que el perro llama la atención de aquellas almas emocionales primitivas cuyas demandas principales al universo son las de afecto incondicional, compañerismo desinteresado, y consideración y servilismo lisonjeros; mientras que el gato reina entre esos espíritus más contemplativos e imaginativos que lo único que le piden al universo es la visión objetiva de la belleza intensa y etérea, y la simbolización animada del orden y la suficiencia suave, implacable, reposada, parsimoniosa e impersonal de la Naturaleza.

El perro da, pero el gato es.

La gente simple siempre sobredimensiona el elemento ético en la vida, y es bastante natural que también lo hagan en el ámbito de las mascotas. En consonancia, oímos muchos dichos inanes en favor de los perros basados en que son fieles, mientras que los gatos son traicioneros. Pero ¿qué significa eso exactamente? ¿cuáles son los puntos de referencia? Ciertamente, el perro tiene tan poca imaginación e individualidad que no conoce motivo alguno más que los de su amo; pero, ¿qué mente sofisticada podría percibir una virtud positiva en esa abnegación estúpida de su instinto?

La discriminación debería sin duda alguna dar como vencedor al superior gato, que tiene demasiada dignidad natural como para aceptar otro esquema de cosas que no sea el suyo, y que en consecuencia no le importa en absoluto lo que cualquier torpe humano pueda pensar, desear o esperar de él. No es traidor, porque nunca ha reconocido ninguna lealtad con nada excepto con sus propios deliberados deseos; y la traición implica básicamente una separación respecto a algún pacto explícitamente reconocido.

El gato es un realista, no un hipócrita. Toma lo que le apetece cuando quiere, y no hace promesas. Nunca permite que esperes de él más de lo que da, y si eliges de forma estúpida ser lo suficientemente victoriano como para confundir sus ronroneos y frotamientos de autosatisfacción con señales de un afecto fugaz hacia ti, la culpa no es suya.

El amante de los gatos no necesita asombrarse del amor que otros les tienen a los perros (de hecho, puede que él también posea esa cualidad; porque los perros son a menudo encantadores, y tan adorables de esa manera suya condescendiente como un viejo y fiel sirviente o arrendatario a los ojos de su señor), pero no puede evitar asombrarse ante aquellos que no comparten su amor por los gatos. El gato es un símbolo tan perfecto de belleza y superioridad que parece prácticamente imposible que un auténtico esteta y cínico civilizado pueda no adorarlo.

Nos denominamos amos de un perro, pero ¿quién osaría decirse amo de un gato? Somos propietarios de un perro: está con nosotros como esclavo e inferior porque así lo queremos. Pero damos alojamiento a un gato: adorna nuestro hogar como un invitado, compañero, huésped e igual porque así es su deseo.

No es ningún honor ser el estúpidamente idolatrado amo de un perro cuyo instinto es idolatrar, pero se trata de un tributo muy distinto ser elegido como el amigo y confidente de un gato filosófico que es su propio amo de un modo absoluto y que puede con toda facilidad elegir otro compañero si encuentra uno más agradable e interesante.

No tenemos más que observar analíticamente a los dos animales para ver que los puntos se acumulan a favor del gato. La belleza, que es probablemente lo único que tiene un significado básico en todo el cosmos, debe ser nuestro criterio principal; y aquí el gato supera al perro de un modo tan brillante que toda comparación palidece. Algunos perros, es cierto, son bellos en un grado muy destacado; pero incluso el nivel más elevado de belleza canina es muy inferior a la media felina.

William Lyon Phelps ha captado de modo muy efectivo el secreto de la felinidad cuando dice que el gato no está simplemente echado, sino que derrama su cuerpo sobre el suelo como un vaso de agua. ¿Qué otra criatura ha combinado de este modo el esteticismo de la mecánica y la hidráulica? Contrástese esto con el inepto jadeo, resuello, ajetreo, babeo, arañado y torpeza general del perro medio, con sus falsos e inútiles movimientos. Y en los detalles de limpieza, el puntilloso gato está por supuesto a años luz.

Siempre es agradable tocar un gato, pero sólo las personas insensibles pueden dar la bienvenida de modo uniforme a los frenéticos y húmedos olfateos y pataleos de un polvoriento y quizá no inodoro canino que salta y se agita y se revuelve en desmañanda actividad febril por ninguna otra razón más que la de que sus centros nerviosos ciegos se han visto espoleados por algún estímulo sin sentido. Hay un fastidioso exceso de malas maneras en toda esa furia perruna, y sin duda encontramos al gato amable y reservado en sus avances, y delicado incluso cuando se desliza elegantemente en tu regazo con cultivados ronroneos, o salta caprichoso sobre la mesa en la que estás escribiendo para jugar con tu pluma con modulados y seriocómicos golpecitos.

Obsérvese a un gato comiendo, y luego mírese al perro. El primero se contiene por una delicadeza inherente e inevitable, y otorga una especie de gracia a uno de los procesos más carentes de ella. El perro, por el contrario, es totalmente repulsivo en su bestial e insaciable avidez; actuando de acuerdo con su estirpe salvaje al devorar vorazmente como un lobo, de la forma más abierta y desvergonzada.

En lo que respecta a la inteligencia, encontramos que los caninitas sostienen afirmaciones divertidas, divertidas porque miden de un modo muy ingenuo lo que conciben ser la inteligencia de un animal por su grado de servidumbre al deseo humano. Un perro puede traerle al amo la presa cobrada, un gato no lo hará, por lo tanto (¡sic!), el perro es más inteligente.

Los perros pueden recibir entrenamientos más complejos para el circo o para obras de vodevil que los gatos, por tanto (¡Oh Zeus!) son cerebralmente superiores. Por supuesto, todo esto es el más puro sinsentido. Nunca diríamos que un hombre débil de espíritu es más inteligente que un ciudadano independiente porque podemos hacer que vote según nuestros deseos mientras que no podemos influir sobre el ciudadano independiente, y sin embargo incontables personas aplican un argumento exactamente paralelo al valorar la materia gris de perros y gatos.

Obsérvese a un gato que decide cruzar una puerta, y véase cuán pacientemente espera su oportunidad, sin perder nunca de vista su propósito incluso aunque se vea en la obligación de fingir otros intereses entretanto. Obsérvesele concentrado en la caza, y compárese su paciencia calculadora y el silencioso estudio del terreno con el forcejeo y pataleo ruidoso de su rival canino. No vuelve a menudo con las manos vacías. Sabe lo que quiere, y está determinado a conseguirlo del modo más efectivo, incluso a costa del sacrificio de tiempo. Nada puede desviar o distraer su atención.

En ingenio, también el gato atestigua su superioridad. Los perros puede entrenarse bien para hacer distintas cosas, pero los psicólogos nos dicen que esas respuestas a una memoria automática inculcada desde fuera son de poco valor como índices de auténtica inteligencia. Para juzgar el desarrollo abstracto de un cerebro, enfréntalo a condiciones nuevas y no familiares para ver cómo su propia fortaleza le permite alcanzar su objetivo a través del razonamiento puro sin caminos marcados. Aquí los gatos pueden idear silenciosamente una docena de alternativas misteriosas y con éxito, mientras que el pobre Fido ladra asombrado preguntándose de qué va todo eso.

Podemos respetar a un gato como no podemos respetar a un perro, sin importar cuál de ellos resulte más atractivo para nuestro simple capricho de tomarles cariño; y si fuéramos estetas y analistas en lugar de vulgares amantes y emocionalistas, las escalas deberían inevitablemente volverse por completo en favor del gato.

Asimismo, muchos gatos desarrollan un sentimiento bastante análogo al cariño recíproco tan exageradamente ensalzado en perros, seres humanos, caballos y otros. Los gatos llegan a asociar a ciertas personas con actos que contribuyen a su placer de forma continuada, y adquieren para ellos un reconocimiento y un apego que se manifiesta en la excitación placentera cuando se acercan —tanto si llevan comida y bebida como si no— y cierta tristeza en su ausencia prolongada.

Un gato con el que yo tenía una relación muy próxima llegó al extremo de no aceptar comida si no era de mi mano, e incluso prefería estar hambriento antes que tocar ni siquiera el más mínimo pedazo proporcionado por algún amable vecino. También tenía claros y distintos afectos entre el resto de gatos de aquel hogar idílico, ofreciendo voluntariamente comida a uno de sus amigos bigotudos, pero peleando de la forma más salvaje la más mínima mirada que lanzara su rival sobre su plato.

La superior vida interior imaginativa del gato, que da como resultado un superior dominio de sí mismo, es bien conocida. Un perro es un ser lastimero, que depende por completo de la compañía y se halla totalmente perdido a no ser que se encuentre en una jauría o al lado de su amo. Déjenle solo y no sabrá qué hacer más que ladrar y aullar y trotar hasta que se quede dormido de puro agotamiento. Un gato, sin embargo, nunca se encuentra sin la potencialidad del entretenimiento. Lo mismo que un hombre superior, sabe cómo estar solo y feliz. Una vez que ha mirado a su alrededor sin encontrar a nadie que lo entretenga, se dedica a la tarea de entretenerse a sí mismo; y nadie conoce realmente a los gatos sin haber tenido la ocasión de observar a hurtadillas a algún alegre y equilibrado gatito que cree estar solo.

Resumiendo, un perro es un ser incompleto. Del mismo modo que un hombre inferior, necesita estímulos emocionales externos y debe establecer algo artifical como un dios o un motivo. El gato, en cambio, es perfecto en sí mismo. Es un ser real e integrado porque se cree y se siente como tal, mientras que el perro sólo puede concebirse a sí mismo en relación con algo distinto. Azota a un perro y te lamerá la mano. El animal no tiene ninguna idea de sí mismo excepto como una parte inferior de un organismo del que tú eres la parte superior.

Pero azota a un gato y observa cómo te mira amenazante y cómo retrocede bufando con su dignidad y autoestima ultrajada. Un golpe más y te lo devolverá; porque es un caballero y un igual, y no aceptará que se infrinja su personalidad y cuerpo de privilegios. Sólo está en tu casa porque desea estar, o quizá incluso como ofreciéndote un favor condescendiente. Es la casa, no tú, lo que le gusta; porque los filósofos se dan cuenta de que los seres humano no son, como mucho, más que accesorios menores del paisaje.

Da un paso más de la cuenta, y te dejará de una vez por todas. Te has equivocado en tu relación con él si te crees su amo, y ningún gato auténtico puede tolerar tamaña afrenta.

El gato es para el hombre que aprecia la belleza como única fuerza viva en un universo ciego y sin propósito, y que adora esa belleza en todas sus formas independientemente de las ilusiones sentimentales y éticas del momento. El gato no para aquellos engreídos que creen tener una misión, sino para el poeta ilustrado y soñador que sabe que el mundo no contiene nada que merezca la pena hacerse. El gato es para quien hace las cosas no por el deber sin más, sino por poder, placer, esplendor, romance y glamour.

Belleza, suficiencia, tranquilidad y buenas maneras —¿qué más puede requerir la civilización?—. Y todo eso lo tenemos en el divino monarca que descansa gloriosamente en su cojín de seda frente al fuego del hogar. Hermosura y alegría por sí mismas, orgullo y armonía y coordinación, espíritu, sosiego y perfección, todo está presente en el gato, y no se precisa más que una comprensiva desilusión para su completa adoración. ¿Qué alma completamente civilizada no haría sino servir a un sacerdote tan elevado de Bast?

Y un ídolo alumbrado por ese destello, que aparece justo y bello sobre un trono soñado de seda y oro bajo una cúpula criselefantina, es una forma de gracia inmortal que no siempre ve reconocidos sus méritos entre los inútiles mortales: el elevado, el invicto, el misterioso, el lujurioso, el babilonio, el impersonal, el eterno compañero de la superioridad y el arte; el prototipo de belleza perfecta y el hermano de la poesía; el suave, solemne, flexible y patricio gato.

H.P. Lovecraft (1890-1937)




Ensayos de Lovecraft. I Taller literario.


El análisis y resumen del ensayo de H.P. Lovecraft: Gatos y perros (Cats and Dogs), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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