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«El Emisario»: Ray Bradbury; relato y análisis.


«El Emisario»: Ray Bradbury; relato y análisis.




El Emisario (The Emissary) es un relato de terror del escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012), publicado por Arkham House en la antología de 1947: Carnaval oscuro (Dark Carnival), y luego en El País de Octubre (October Country). Más adelante aparecería en varias colecciones, entre otras, Los sabuesos del infierno (The Hounds Of Hell).

El Emisario, uno de los grandes cuentos de Ray Bradbury, tiene dos versiones muy diferentes, no tanto en el contenido de la historia, sino en su desarrollo. La segunda, publicada en El País de Octubre, es la versión final. Aquí en El Espejo Gótico hemos traducido la primera versión de El Emisario, publicada en Carnaval oscuro.

Desde que Martín [un niño de edad indeterminada] queda postrado a causa de una enfermedad [que tampoco conocemos], su único vínculo con el mundo exterior es su perro, llamado Perro. Esta mascota es «el emisario» de Martin, e informa al muchacho de lo que sucede en el mundo exterior [el clima, los lugares donde estuvo, etc] a través de las hojas, la tierra y el olor que se adhiere a su pelaje. Perro no tiene ninguna habilidad extraordinaria, simplemente sale de la casa y hace cosas de perros, pero Martin, quizás debido a su aislamiento, es extremadamente sensible y puede recrear en su mente todos los escenarios por donde anduvo Perro.

Hemos dicho que Perro no tiene ninguna habilidad extraordinaria, lo cual es cierto, pero también posee un par de cualidades que serán esenciales en esta historia: Perro es un cavador experto, obsesivo, se diría; y además no solo busca y trae fielmente las noticias del mundo exterior, sino que también lleva visitantes a la cama de Martin. En sus insoportables horas de ocio, el muchacho escribe una pequeña nota, y la pega al collar de Perro, en la que invita a sus vecinos a visitarlo. El visitante favorito de Martin es su maestra, la señorita Haight. Ella es «joven, risueña y bonita», y además le lleva libros de cuentos. Cuando se entera que la señorita Haight ha muerto en un accidente automovilístico, Martin empieza a considerar seriamente la muerte. Concluye que estar muerto debe ser bastante aburrido, ya que todo lo que hacen los muertos es tumbarse en sus ataúdes.

En los últimos días de octubre, Perro empieza a comportarse de manera extraña y, en Halloween, desaparece. Martin queda devastado. Su único enlace con el mundo exterior se ha roto. Sin embargo, después de algunas semanas, Perro regresa a casa trayendo consigo el olor rancio de la tierra del cementerio. Al parecer, Perro ha estado haciendo lo que sabe hacer mejor: cavar y traer visitantes a Martin.

Si bien Ray Bradbury no lo confirma al final de El Emisario, la sugerencia es que Perro se ha ausentado durante tanto tiempo porque se obsesionó con cavar en la tumba de la señorita Haight, a quien lleva a visitar a Martin, no a su cadáver sin vida, porque podemos oír sus pasos lentos y arrastrados subiendo la escalera hasta el cuarto del muchacho.

Ray Bradbury convierte esta historia triste de un niño que está enfermo, postrado en cama, cuyo perro es su único vínculo con el mundo exterior, en algo aterrador; y lo logra estableciendo el marco de una forma sutil y precisa. Uno casi se alegra de que Perro sea un explorador, una mascota que siempre vuelve a casa impregnado de olores, flores y hierbas para que Martin experimente ese mundo al su enfermedad le impide ingresar. Pero esto es una maniobra maquiavélica de Ray Bradbury, porque son los dos atributos de Perro [cavar y traer visitantes], esos que alivian el tormento de Martin, los que permiten la intrusión de un horror mucho más grande [ver: Cómo funciona el Horror, y por qué pocos autores saben utilizarlo]

Uno de los principales trucos del Horror es no dejar que el lector sepa lo que el autor está haciendo. En El Emisario, Ray Bradbury nos deja ciegos a sus maquinaciones a través de la triste situación de Martin. Y justo cuando pensamos que las cosas no pueden ir peor [Martin sigue enfermo, la señorita Haight ha muerto y Perro se ha ido], el autor desata todo el Horror construido sutilmente entre líneas. Y nos golpea directo en la nariz.

El estilo de Ray Bradbury parece frenético, una combinación de emociones e imágenes que resulta bastante difícil de seguir cuando uno espera una historia de terror, pero al final termina teniendo un efecto auspicioso, sobre todo en El Emisario, donde se supone que el lector no sabe que está leyendo una historia de terror. Pero, aunque lo sepamos, la forma en que Ray Bradbury narra esta historia desde el punto de vista de Martin hace que lo olvidemos rápidamente. Estamos en esa habitación solitaria con Martin, sintiendo lo que siente, escuchando lo que escucha, anhelando los ladridos de Perro y recreando el mundo exterior en su mente como solo puede hacerlo la imaginación de un niño.

En cierto modo, El Emisario nos invita a imaginar como lo hacíamos en la infancia. La prosa económica de Ray Bradbury es perfecta para transmitir los procesos mentales de un niño, con los cuales el lector puede identificarse, si no a través de su memoria, a nivel subconsciente. Stephen King es un alumno aventajado en este sentido, un autor capaz de apagar progresivamente los interruptores de seguridad en nuestro cerebro adulto que nos impiden usar demasiado la imaginación [ver: Danny Glick y los niños-vampiro de Stephen King]. Para la mayoría de las personas adultas «usar demasiado la imaginación» es simplemente dejar que la imaginación fluya, que siga su curso, sus divagaciones y asociaciones, algo en lo que cualquier niño es experto. En definitiva, no siempre podemos relacionarnos con toda la gama de emociones humanas, pero todos podemos relacionarnos con lo que significa ser un niño [ver: Georgie vs. Pennywise: el sótano arquetípico]

No tenemos descripción del perro; incluso su nombre es Perro, lo cual hace que cualquier característica física sea irrelevante. Es un Perro, y eso es todo lo que debemos saber. «Y dondequiera que iba Perro, también podía ir Martín», dice Ray Bradbury:


«ÉL sabía que era otoño otra vez porque Perro entró corriendo en la casa trayendo consigo el olor frío y ventoso del otoño. En cada pelo negro de Perro llevaba el otoño: hojas atrapadas en sus orejas oscuras, cayendo de su pecho blanco y de su cola. ¡Perro olía como el otoño!»


Los personajes más importantes para la salud física y mental de Martin, su mamá y Perro, no reciben ningún rasgo físico distintivo. La descripción de la señorita Haight es sucinta pero es el único personaje que se describe, y sucede en dos ocasiones. Es la falta de descripción de los otros personajes [incluso el padre y los otros visitantes solo son nombrados y referenciados por su ocupación] lo que le da a la señorita Haight más peso e importancia en la historia. La bondadosa y dedicada mamá de Martin es significativamente menos detallada que la maestra de escuela y está relegada al diálogo. Además de resaltar la importancia de la señorita Haight, esto también muestra lo que un niño podría pensar de sus padres como personas que solo están ahí, es decir, personas cuya presencia y afecto son asumidos como normales. Un autor promedio podría haber hecho que sea la madre de Martin quien muere y regresa de la tumba, pero Ray Bradbury no es un autor promedio.

Ray Bradbury comentó que Perro [llamado Terry en versiones posteriores] está inspirado en su propio perro de la infancia. De hecho, en Bendígame, Padre, porque he pecado (Bless Me, Father, For I Have Sinned), el autor revive una paliza que, según él, le dio a su perro cuando tenía doce años, y que nunca se perdonó. Bendígame, Padre, porque he pecado examina a ese niño cruel y triste. Al parecer, este ejercicio de expiación no fue suficiente porque se trata del mismo perro que trae a Martin su compañía de ultratumba.




El Emisario.
The Emissary, Ray Bradbury (1920-2012)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


ÉL sabía que era otoño otra vez, porque Perro entró corriendo en la casa trayendo consigo el olor frío y ventoso del otoño. En cada pelo negro de Perro llevaba el otoño: hojas atrapadas en sus orejas oscuras, cayendo de su pecho blanco y de su cola. ¡Perro olía como el otoño!

Martin se sentó en la cama y extendió una mano pequeña. Perro ladró y mostró una larga lengua rosada y húmeda, que pasó por encima y por el dorso de la mano de Martin. Perro la lamió como un chupetín. —Por la sal en mi piel —declaró Martin, mientras Perro saltaba sobre la cama.

—Abajo —advirtió Martin—. A mamá no le gusta que estés aquí arriba.

Perro bajó las orejas.

—Bueno… —Martin se suavizó—, sólo por un rato.

Perro calentó el pequeño cuerpo de Martín con su calor de perro. A Martin le encantaba el olor a perro limpio y el montón de hojas de colores sobre su pelaje. ¡Realmente no le importaba si mamá estaba enojada!

—¿Cómo está afuera, Perro? Dime.

Tumbado allí, Perro se lo diría. Acostado allí, Martin sabría cómo era el otoño; como en los viejos tiempos, antes de que la enfermedad lo dejara en cama. Su único contacto con el otoño ahora era su perro, su pelaje frondoso; el único indicio del verano pasado: su emisario del otoño.

—¿Adónde fuiste hoy, Perro?

Pero Perro no tenía que decírselo. Él sabía. Sobre una colina alta, dejando huellas en los altos montones de hojas, hasta donde los niños corrían gritando en bicicletas y patines en el Parque, allí es donde Perro anduvo, ladrando con alegría perruna. Y abajo, en el pueblo, donde la lluvia había caído, dejando barro en las ruedas de los automóviles, entre los pies de los compradores de fin de semana. Ahí es donde anduvo Perro.

Y dondequiera que fuera Perro, también podría ir Martín; porque Perro siempre se lo diría por el tacto, el olor húmedo, seco , la temperatura de su pelaje. Y, tendido allí con Perro, Martin enviaba su mente para correr con él, para volver a caminar cada paso del camino de Perro a través de los campos, sobre el arroyo, a través de las lápidas blancas del cementerio, hacia el bosque, sobre los prados. Martin podía pasear a través de su emisario.

La voz de la madre sonó abajo.

Su andar rápido y enojado subió los escalones.

Martín dijo: ¡Baja de la cama, Perro!

Perro desapareció debajo de la cama justo antes de que se abriera la puerta del dormitorio y mamá mirara adentro con sus ojos azules. Llevaba una bandeja de sándwiches y jugo de frutas.

—¿Está Perro aquí? —preguntó.

Perro respondió con unos golpes de cola contra el suelo.

Mamá dejó la bandeja.

—Ese perro es un problema. Siempre yendo y viniendo y cavando. Estaba en el jardín de la señorita Tarkins esta mañana y cavó un gran hoyo. La señorita Tarkins está realmente enfadada.

—Oh... —Martin contuvo la respiración.

Se hizo un silencio debajo de la cama. Perro sabía cuándo quedarse callado.

—Y no es la primera vez —dijo mamá—. ¡Este es el tercer hoyo que hace esta semana!

—Quizá esté buscando algo.

—¿Algo? Es demasiado curioso. No puede mantener su nariz negra fuera de nada. ¡Siempre husmeando!

Hubo un movimiento peludo de la cola debajo de la cama. Mamá no podía dejar de sonreír.

—Bueno —terminó—, si no deja de cavar en los patios tendré que atarlo.

Martín abrió mucho la boca.

—¡Ay, no, mamá! ¡No hagas eso! Entonces no sabría... nada. Él me dice.

La voz de mamá se suavizó.

—¿Él te lo dice, hijo?

—Seguro. Da vueltas y vuelve y me cuenta lo que pasa, ¡me lo cuenta todo!

La mano de mamá estaba tocando suavemente su cabeza ahora.

—Me alegro de que te lo cuente. Me alegro de que lo tengas...

Ambos se sentaron un momento, pensando en lo aburrido que hubiera sido el último año sin Perro. Sólo dos meses más, pensó Martin, de estar en cama, como dijo el médico, y me levantaré de nuevo.

—¡Aquí, Perro!

Martin colocó el collar especial alrededor del cuello de Perro, y ató una nota pintada en un cartoncito:


MI NOMBRE ES PERRO. ¿VISITARÁS A MI DUEÑO, QUE ESTÁ ENFERMO? ¡POR FAVOR, SÍGUEME!


¡Y el letrero funcionó! Perro lo llevaba al mundo todos los días.

—¿Lo dejarás salir, mamá?

—¡Sí, si es bueno y deja de cavar!

—Él se portará bien. ¿No es así, Perro?

Perro ladró.


Se podía escuchar a Perro ladrando en la calle y lejos, yendo a buscar visitantes. Martin tenía fiebre y sus ojos se sentían calientes en su cabeza mientras estaba sentado, escuchando, enviando su mente junto con su perro, más y más rápido. Ayer Perro había traído a la señora Holloway de la Calle Elm, con un libro de cuentos como regalo; el día anterior había traído al señor Jacob, el joyero. Y, efectivamente, este había llegado para hacerle una pequeña visita a Martin.

Ahora, Martin escuchó a Perro regresar a través del cálido sol de la tarde, ladrando, corriendo, ladrando de nuevo.

Unos pasos llegaron siguiendo al perro. Alguien tocó el timbre de abajo, suavemente. Mamá abrió la puerta. Voces hablaron.

Perro corrió escaleras arriba, saltó sobre la cama. Martin levantó la vista emocionado, con la cara sonriente, para ver quién había venido a visitarlo esta vez. Tal vez la señorita Palmborg o el señor Ellis o la señorita Jendriss, o...

El visitante subió las escaleras, hablando con mamá. Era la voz de una mujer joven, hablando con una risa en ella.

La puerta se abrió.

Martín tenía compañía.


Pasaron cuatro días y Perro hizo su trabajo, informó a Martin cada mañana, tarde y noche sobre las temperaturas, los colores de las hojas, los niveles de lluvia y, lo más importante de todo, ¡trajo visitas!

La señorita Haight llegó el sábado. Ella era la joven maestra de escuela, risueña y bonita, con el cabello castaño suave y una forma agradable de caminar. Vivía en la casa grande de Park Street. Era su tercera visita en un mes, porque Martín no podía ir a la escuela.

El domingo fue el reverendo Vollmar, el lunes la señorita Clark y el señor Henricks.

A cada uno de ellos Martín les explicó acerca de Perro. Cómo en primavera olía a flores silvestres y tierra fresca; en verano se horneaba tibio, crujiente por el sol como el pan; en otoño, ahora, un tesoro de hojas de oro escondido en su pelaje para que Martín lo explore. Perro también demostró esto a los visitantes, volteándose boca arriba, esperando a ser explorado.

Entonces, una mañana, mamá le contó a Martin algo sobre la señorita Haight, la nueva maestra que era tan bonita y joven y se reía.

Ella estaba muerta.

Muerta en un accidente automovilístico en Glen Falls.

Martin se aferró a Perro, recordando a la señorita Haight, pensando en la forma en que sonreía, pensando en sus ojos brillantes, su suave cabello castaño, su andar rápido, sus lindas historias sobre castillos y personas.

Ahora estaba muerta. Ya no iba a reír ni a contar historias.

—¿Qué hacen en el cementerio, mamá, debajo de la tierra?

—Nada.

—¿Quiere decir que simplemente se quedan allí?

—Más que quedarse, se acuestan ahí —corrigió mamá.

—Entonces, ¿eso es todo lo que hacen?

—Sí —dijo mamá—, eso es todo lo que hacen.

—No parece muy divertido.

—Oh, Martin, no se supone que sea divertido.

—Pero, ¿por qué no se levantan y caminan de vez en cuando si se cansan de estar ahí acostados?

—Creo que ya dijiste suficiente —dijo mamá.

—Sólo quería saber.

—Bien, ahora lo sabes.

—A veces pienso que Dios es bastante tonto.

¡Martín!

Martín se quedó en silencio.

—Uno pensaría que Él trataría a la gente mejor que echarles tierra en la cara y decirles que se queden quietos para siempre. Uno pensaría que Él encontraría una mejor manera. ¿Qué pasa si le digo a Perro que juegue al perro muerto? Puede hacer eso por un rato, pero luego se aburre y mueve la cola o parpadea, o salta de la cama y camina. Apuesto a que esa gente del cementerio hace lo mismo, ¿eh, Perro?

Perro ladró.

—¡Suficiente! —dijo mamá, en voz alta—. ¡No me gusta hablar así!


EL OTOÑO CONTINUÓ. Perro corrió a través de los bosques, sobre el arroyo, explorando a través del cementerio como era su costumbre, y en la ciudad y dando vueltas y vueltas, sin perderse nada.

A mediados de octubre, Perro comenzó a actuar de manera extraña. Parecía que no podía encontrar a nadie que fuera a visitar a Martin. Ya nadie parecía prestar atención a su cartel. Perro volvió a casa siete días sin traer un solo visitante. Martin estaba profundamente triste por eso.

Mamá le explicó. Todo el mundo está muy ocupado, la guerra y todo eso. La gente tiene muchas cosas de las que preocuparse además de los perros y los carteles.

—Sí —dijo Martin—, supongo que sí.

Pero había más que eso. Perro tenía una mirada extraña, como si realmente no estuviera tratando de encontrar visitantes, o no le importara, o algo así. Algo que Martin no podía entender. ¿Quizás Perro estaba enfermo? Bueno, ¡olvídate de los visitantes! Mientras tuvo a Perro, todo estuvo bien.

Y luego, un día, Perro no volvió.

Martin esperó en silencio al principio. Entonces... nerviosamente. Entonces... ansiosamente.

A la hora de la cena escuchó a mamá y papá gritar: «¡Perro! ¡ «Perro! » Pero no pasó nada. Perro no respondió. No se oía el sonido de sus suaves patas fuera de la casa. Sin ladridos fuertes en el aire frío de la noche. Nada. Perro había desaparecido, y no iba a volver a casa, nunca.

Las hojas de los árboles cayeron más allá de la ventana. Martin se acostó en su almohada lentamente, sintiendo un dolor profundo en su pecho.

El mundo parecía muerto ahora. No hubo más otoño porque no había perro que lo trajera a la casa. Y tampoco habría invierno, porque no había patas de perro para traer la nieve. No más temporadas. No más tiempo. El emisario se había perdido, probablemente atropellado por un coche, o perdido, o robado, y no había más tiempo.

Llorando, Martin volvió la cara hacia la almohada. No tenía contacto con el mundo. El mundo de Martin estaba muerto.


En tres días las calabazas de Halloween estaban puestas, rotas en botes de basura, las máscaras se quemaron en fogatas, los monstruos, los fantasmas y las brujas se guardaron hasta el próximo año. Halloween fue triste, infeliz, sin interés. Simplemente había sido otra noche aburrida. Eso fue todo.

Martin se quedó mirando el techo durante los primeros tres días de noviembre, viendo la luz del sol y la luz de la luna brillar a través de él. Los días se hicieron más cortos, más oscuros, podía verlo a través de su ventana. Los árboles estaban desnudos. El viento de otoño era más frío. Pero era solo un espectáculo vacío fuera de su ventana, nada más. Él no estaba interesado.

Durante el día, Martin leía libros sobre personas que estaban muertas y desaparecidas. Escuchó todos los días, pero no escuchó el único sonido que quería escuchar.


Llegó la noche del VIERNES. Sus padres iban al cine. Volverían a las once. La señora Tarkins vendría por un rato hasta que a Martin le entrara sueño, y luego se iría a casa.

Mamá y papá le dieron un beso de buenas noches y salieron de la casa al aire fresco del otoño. Oyó sus pasos alejarse por la calle.

La señora Tarkins subió las escaleras, se quedó unos minutos, luego apagó las luces y volvió a cruzar la calle.

Silencio. Martin simplemente se quedó allí y observó las estrellas moviéndose lentamente por el cielo. Era una tarde clara, como cuando él y Perro solían correr juntos por la ciudad, por el cementerio dormido, por el arroyo, por la hierba, por las calles verdes, persiguiendo sus sueños.

Ahora eran más de las nueve.

Ojalá Perro volviera a casa trayendo algo del mundo con él: una hoja o una flor, o simplemente el viento en su cabello. ¡Si Perro volviera a casa!

Y ENTONCES, muy lejos en alguna parte, hubo un sonido.

Martin se incorporó, temblando. La luz de las estrellas estaba en sus pequeños ojos. Se quitó las mantas, escuchando.

¡Allí, otra vez, estaba el sonido!

Era tan débil, como si estuviera a millas y millas de distancia.

Era el sonido soñador de un perro ladrando.

Era el sonido de un perro que venía rápido por los campos nocturnos, por calles oscuras, el sonido de un perro corriendo y dejando escapar el aliento en la noche. El sonido de un perro dando vueltas y corriendo. Iba y venía, el sonido, avanzó y se fue, como si alguien estuviera paseando al perro con una cadena. Como si el perro estuviera corriendo y alguien caminara a casa con él.

Martin sintió calor de repente, estaba sudoroso y emocionado... ¡nervioso!

Los ladridos lejanos continuaron durante cinco minutos, haciéndose más y más fuertes.

¡Perro, ven a casa! ¡Perro, ven a casa! Perro, chico, está bien Perro, ¿dónde has estado? ¡Ay, perro, perro!

Otros cinco minutos. Más y más cerca, y Martin seguía diciendo el nombre de Perro una y otra vez. Perro malo, perro malo, huir y dejarlo solo todos estos días. Perro malo, Perro bueno, ven a casa, ¡ay, Perro, corre a casa y cuéntame sobre el mundo!

Las lágrimas cayeron sobre sus mantas.


Más cerca ahora. Muy cerca. Subiendo la calle, ladrando. ¡Perro!

Martín contuvo la respiración. El sonido de patas de Perro en las hojas secas, calle abajo. Y ahora, ¡justo afuera de su casa, ladrando, ladrando, ladrando! ¡Perro!

Ladrando a la puerta.

Martín lo llamó. ¿Debería correr y dejar entrar a Perro o esperar a que mamá y papá regresaran a casa? ¡Espera, no! Sí, debería esperar. Pero sería terrible que, mientras esperaba, Perro volviera a escapar. No, él bajaría y abriría la puerta, y su perro saltaría a sus brazos otra vez. ¡Buen perro!

Comenzó a moverse fuera de la cama, cuando escuchó un nuevo sonido. La puerta se abrió abajo. ¡Alguien tuvo la amabilidad de abrirle la puerta a Perro!

Perro tenía un visitante con él, por supuesto. El señor Buchanan, el señor Jacob, o tal vez la señora Tarkins.

La puerta se abrió y se cerró y Perro subió corriendo las escaleras, ladrando, hasta la cama.

—Perro, ¿dónde has estado, qué has hecho toda esta semana?

Martín reía y lloraba a la vez. Agarró a Perro y lo abrazó.


ENTONCES DEJÓ de reír y de llorar, se detuvo de golpe. Se limitó a mirar a Perro con los ojos muy abiertos y sorprendidos. El olor que provenía del pelaje de Perro era... diferente.

Era un olor a suciedad. Suciedad muerta. Tierra que olía a cosas insalubres y en descomposición bajo tierra. Apestosa, apestosa, apestosa tierra. Pedazos de esta horrible tierra cayeron de los pies de Perro. Y... algo más... ¿un pequeño trozo blanco de... piel?

¿Era piel? ¿Era? ¡ERA!

¿Qué tipo de mensaje era este de Perro? ¿Qué significaba? El olor, la horrible suciedad del cementerio.

Perro era un perro malo. Siempre cavando donde no debe cavar. Perro era un buen perro. Siempre haciendo amigos fácilmente. A Perro le gustaba todo el mundo. Los trajo a casa con él.


Y AHORA un nuevo visitante subía las escaleras. Despacio. Tirando de un pie tras otro, dolorosamente, lentamente, subiendo.

—¡Perro, Perro, dónde has estado! —gritó Martín.

Un trozo de tierra oscura cayó del pecho del perro.

La puerta del dormitorio se abrió.

Martín tenía compañía...

Ray Bradbury (1920-2012)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Ray Bradbury.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Ray Bradbury: El Emisario (The Emissary), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Tarnhelm»: Hugh Walpole; relato y análisis.


«Tarnhelm»: Hugh Walpole; relato y análisis.




Tarnhelm (Tarnhelm) es un relato de terror del escritor británico Hugh Walpole (1884-1941), publicado originalmente en la antología de 1933: La noche de Todos los Santos (All Souls' Night), como Tarnhelm o La muerte de mi tío Robert (Tarnhelm or The Death of My Uncle Robert). Más adelante sería reeditado en Segundo siglo de historias espeluznantes (A Second Century of Creepy Stories).

Tarnhelm, uno de los cuentos de Hugh Walpole más reconocidos, relata la historia de un Hombre Lobo desde la perspectiva de un niño sensible e impresionable.

El protagonista de Tarnhelm es el narrador, pero en su infancia. Es un chico solitario, dejado de lado por sus padres, que se refugia en la literatura gótica. Es un lector de William Harrison Ainsworth [Las brujas de Lancashire (The Lancashire Witches)] y sobre todo de Ann Radcliffe [El romance del bosque (The Romance of the Forest)]. A través de estas afinidades literarias Hugh Walpole intentaba establecer que el narrador era un muchacho extremadamente sensible y excitable.

Mientras los padres del protagonista se dedican a viajar por el mundo, el joven es ignorado por sus parientes [«ya estaban hartos de mí y por ninguno de ellos sentía yo gran afecto»]. Se decide que pase una temporada con sus dos tíos paternos, quienes viven en un área remota de Cumberland, Inglaterra, no solo en términos geográficos, sino emocionalmente remota. De hecho, Tarnhelm no es un relato de hombres lobo tradicional; es más sentimental que siniestro.

No es la primera vez que Hugh Walpole introduce a un protagonista que está saliendo de la infancia y se encuentra con su homosexualidad, claramente un autorretrato del autor. En Tarnhelm, los dos tíos viven recluidos en una zona rural. Uno de ellos, Constance, es cálido y amable; el otro, Robert, es parco y taciturno. Su único interés es recluirse en su torre. Eventualmente nos enteramos que Robert es un practicamente del ocultismo y la magia negra, y que posee un artículo extraño, un Tarnhelm [hablaremos sobre él más adelante], especie de casquete que le permite metamorfosearse en un espantoso perro amarillo.

Esa es la historia, al menos en la superficie, porque el verdadero misterio consiste en saber qué es lo que realmente quiere el tío Robert del joven protagonista cuando se transforma en animal. La sugerencia es que desea saciar otros apetitos, además de los habituales en los licántropos [ver: Análisis psicológico del Hombre Lobo en la ficción]

En otras palabras, Tarnhelm nos mantiene en suspenso más allá de que sepamos desde la primera página cómo se desarrollará y terminará; la tensión depende del significado oculto de lo que está sucediendo. El protagonista, por ejemplo, se refugia en los brazos de su amigo [pertinentemente llamado Armstrong], con quien mantiene una relación sentimental [que nunca se aclara]. Esto parece activar los impulsos reprimidos del tío Robert, quien comienza a presentarse ante el muchacho en su forma perruna, ansiando aquello que Armstrong obtiene con consentimiento. En definitiva, es una historia sobre los peligros ocultos de aquellos que son, en última instancia, depredadores [ver: Cuando lo que sale del closet es un Monstruo]

El tío Robert es capaz de transformarse en un enorme perro amarillo al colocarse en la cabeza un pequeño casquete gris, al que llama Tarnhelm, una referencia al dispositivo de invisibilidad [Tarnkappe] de El anillo de los Nibelungos (Der Ring des Nibelungen). En la historia de Richard Wagner, vagamente inspirada en el mito nórdico de Andvari, este dispositivo fue fabricado por el enano Mime a petición de su hermano, Alberich, quien lo utiliza principalmente como capa de invisibilidad, pero que también permite cambiar de forma. Aquí, el Tarnhelm parece manifestar físicamente los impulsos internos de su portador. Robert se convierte en lo que es interiormente: un depredador.

La palabra norsa tarn [«sigilo»], proviene de tjörn, un lago de montaña oculto; y derivaría en dern, que significa «secreto», «oculto». En Inglés Medio amplió su sentido original en conceptos como apartado, sigiloso, engañoso, privado, confidencial, que describe perfectamente los aspectos escondidos del tío Robert [las artes negras y su homosexualidad latente]. De hecho, alrededor del siglo XV surgió el término inglés dernlove, que alude a un amor secreto, o ilícito, un amante o una relación prohibida. Hugh Walpole parece estar menos interesado en el trasfondo mitológico del Tarnhelm que en sus implicaciones sobre los impulsos prohibidos de Robert y el protagonista. Más aún, Hugh Walpole volvió a utilizar esta misma sugerencia y con el mismo simbolismo etimológico en El Tarn (The Tarn).

Tarnhelm tiene un problema grave: el narrador. Hugh Walpole presenta a un hombre mayor que recuerda este trauma de su infancia, pero le otorga pocas herramientas narrativas. Uno puede empatizar con la soledad del narrador, con su vulnerabilidad, su afición a las novelas góticas y su anhelo de aceptación, amistad y amor, pero el autor no llega a enhebrar todo esto con las interacciones del protagonista con aquellos en posiciones de autoridad, es decir, con aquellas personas que deberían quererlo y protegerlo, pero que se convierten en sus depredadores.




Tarnhelm.
Tarnhelm, Hugh Walpole (1884-1941)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Supongo que en ese momento yo era un niño peculiar, un poco por naturaleza pero también porque había pasado gran parte de mi joven vida en compañía de personas mucho mayores que yo.

Después de los hechos que ahora voy a relatar, quedó en mí una huella imborrable. Me convertí, y siempre lo he sido desde entonces, en una de esas personas, por lo demás insignificantes, que han decidido, sin posibilidad de cambio, sobre ciertas cuestiones. Algunas cosas, puestas en duda por la mayor parte del mundo, son para estas personas verdaderas e indiscutibles; esta certeza de les da una especie de sello, como si vivieran tanto en su imaginación como para tener muy poca seguridad en cuanto a lo que es realidad y lo que es ficción. Esta «rareza» los distingue. Si ahora, a los cincuenta años, soy un hombre con muy pocos amigos, solitario, es porque mi tío Robert murió de una manera extraña hace cuarenta años y yo fui testigo de su muerte.

Nunca hasta ahora he dado cuenta de los extraños hechos que ocurrieron en Faildyke Hall en la noche de Nochebuena en el año 1890. Los incidentes de esa noche todavía son recordados muy claramente por una o dos personas, y una especie de leyenda sobre la muerte de mi tío Robert se ha transmitido a la generación más joven. Pero nadie aún con vida fue testigo como yo, y creo que es hora de que ponga esos incidentes por escrito.

Los escribo sin comentarios. No atenúo nada; no disfrazo nada. No soy, espero, en modo alguno un hombre vengativo, pero mi breve encuentro con el tío Robert y las circunstancias de su muerte le dieron a mi vida, incluso a esa temprana edad, un giro difícil de perdonar.

En cuanto al llamado elemento sobrenatural en mi historia, cada uno debe juzgar por sí mismo al respecto. Nos burlamos o aceptamos según nuestra naturaleza. Si estamos construidos con cierto material práctico sólido, lo más probable es que ninguna evidencia, por definitiva o de primera mano que sea, nos convenza. Si los sueños son nuestra porción diaria, un sueño más o menos apenas sacudirá nuestro sentido de la realidad.

Sin embargo, esta es mi historia.

Mi padre y mi madre estuvieron en la India desde los ocho hasta los trece años. No los vi, excepto en dos ocasiones cuando visitaron Inglaterra. Yo era hijo único, amado entrañablemente por mis dos padres, quienes, sin embargo, se amaban aún más. Eran una pareja extremadamente sentimental de la clase antigua. Mi padre estaba en el Servicio Civil Indio y escribía poesía. Incluso hizo publicar su epopeya, Tántalo, un poema en cuatro cantos, a sus expensas. Esto, sumado al hecho de que mi madre había sido considerada inválida antes de casarse, hizo que mis padres sintieran que se parecían mucho a los Browning, y mi padre incluso tenía un apodo cariñoso para mi madre que sonaba curiosamente como el famoso y espantoso «Ba».

Yo era un niño delicado. Me enviaron a la Academia Privada del Sr. Ferguson a la tierna edad de ocho años y pasé mis vacaciones como invitado indeseable de varios parientes. Indeseable, me imagino, porque yo era un niño difícil de entender. Tenía una abuela anciana que vivía en Folkestone, dos tías que compartían una casita en Kensington, una tía, un tío y una camada de primos que vivían en Cheltenham, y dos tíos que vivían en Cumberland. Todos estos parientes, excepto los dos tíos, ya estaban hartos de mí y por ninguno de ellos sentía yo gran afecto.

Los niños no eran examinados en esos días como lo son ahora. Estaba delgado, pálido y con anteojos, anhelando afecto pero sin saber cómo obtenerlo; exteriormente poco demostrativo pero interiormente emocional y sensible, jugando juegos, debido a mi mala vista, muy mal, leyendo mucho más de lo que era bueno para mí, y contándome historias todo el día y parte de cada noche.

Todos mis parientes se cansaron de mí, imagino, y finalmente se decidió que mis tíos en Cumberland debían hacer su parte. Estos dos eran los hermanos de mi padre, el mayor de una larga familia de la que él era el menor. Según tengo entendido, mi tío Robert tenía casi setenta años y mi tío Constance unos cinco menos. Recuerdo que siempre pensé que Constance era un nombre divertido para un hombre.

Mi tío Robert era el dueño de Faildyke Hall, una casa de campo entre el lago de Wastwater y el pequeño pueblo de Seascale en la costa del mar. El tío Constance había vivido con el tío Robert durante muchos años. Se decidió, después de cierta correspondencia familiar, que yo pasaría la Navidad de este año, 1890, en Faildyke Hall.

Yo tenía en ese momento sólo once años, flaco, con una frente abultada, anteojos grandes y una manera nerviosa y tímida. Recuerdo que siempre me embarcaba en cualquier nueva aventura con una mezcla de terror y anticipación. Quizá esta vez se produjera el milagro: encontraría un amigo o una fortuna, me cubriría de gloria de algún modo inesperado; ser por fin lo que siempre anhelé, un héroe. Me alegré de no ir a ver a ninguno de mis otros parientes en Navidad, y especialmente a mis primos en Cheltenham, quienes se burlaban de mí y nunca estaban libres de ruidos ensordecedores. Lo que más deseaba en la vida era poder leer en paz. Comprendí que en Faildyke había una biblioteca gloriosa.

Mi tía me vio subir al tren. Mi tío me había obsequiado con uno de los romances más sangrientos de Harrison Ainsworth, Las brujas de Lancashire, y tenía cinco barras de crema de chocolate, por lo que ese viaje fue tan dichosamente feliz como cualquier otra experiencia para mí en ese momento. Se me permitió leer en paz, y en ese momento tenía poco más que pedirle a la vida. Sin embargo, a medida que el tren avanzaba hacia el norte, este nuevo país comenzó a llamar mi atención. Nunca antes había estado en el norte de Inglaterra y no estaba preparado para la repentina sensación de espacio y frescura que recibí.

Las colinas desnudas y desordenadas, la frescura del viento en el que los pájaros parecían ser llevados con especial alegría, los muros de piedra que corrían como cintas grises alrededor de los páramos y, sobre todo, la vasta extensión del cielo sobre cuya superficie nadaban las nubes como nunca había presenciado en ninguna parte. Estaba sentado, perdido y absorto junto a la ventanilla, cuando por fin, mucho después de que oscureciera, oí que el guarda llamaba «¡Seascale!». Cuando salí a la pequeña y estrecha plataforma y fui recibido por el sabor salado del viento marino, se puede decir que mi primera introducción real al País del Norte se completó. Estoy escribiendo ahora en otra parte de ese mismo país de Cumberland, y más allá de mi ventana la línea de la montaña corre fuerte y desnuda contra el cielo, mientras que debajo de ella yace el lago, un fragmento de cristal plateado a los pies de Skiddaw.

Puede ser que mi sentido del profundo misterio de este país tuviera su origen en esta misma extraña historia que ahora estoy contando. Pero, de nuevo, tal vez no, porque creo que esa primera llegada nocturna a Seascale produjo algún cambio en mí, de modo que desde entonces ninguna de las bellezas del mundo, desde las aguas carmesí de Cachemira hasta las ásperas glorias de nuestra propia costa de Cornualles, puede rivalizar con los vientos fuertes y turbios y el césped fuerte y resistente de las colinas de Cumberland.

Siguió el viaje a Faildyke. Hacía mucho frío, pero no parecía importarme. Todo fue mágico para mí. Desde el principio pude ver la gran y lenta joroba del Black Combe contra las nubes espumosas de la noche invernal, y pude oír el mar rompiendo y el suave susurro de las ramas desnudas en los setos.

También hice mi mejor amigo esa noche, porque era Bob Armstrong quien manejaba la carreta. A menudo me ha dicho desde entonces (aunque es un hombre lento y de pocas palabras, le gusta repetir las cosas que le parecen valiosas) que le parecí «lastimosamente perdido» aquella noche en el andén de Seascale. Me veía, no lo dudo, bastante congelado. En cualquier caso, fue una aparición afortunada para mí, porque gané el corazón de Armstrong allí mismo. Él, por su parte, me pareció gigantesco. Tenía, creo, uno de los torsos más anchos del mundo: era una maldición para él, decía, porque ninguna camisa le quedaba bien. Me senté cerca de él por el frío; era muy cálido, y podía sentir su corazón latiendo como un reloj constante dentro de su abrigo áspero. Latió por mí esa noche, y ha latido, me alegra decirlo, desde entonces.

En verdad necesitaba un amigo. Estaba casi dormido y rígido cuando me bajaron de la carreta y de inmediato me condujeron a lo que me pareció un inmenso salón atestado de cabezas de animales sacrificados que miraban fijamente y que olía a paja. Estaba tan tristemente cansado que mis tíos, cuando los encontré en una enorme sala de billar en la que un gran fuego rugía como un demonio en una chimenea de piedra, me parecieron dobles.

En cualquier caso, ¡qué extraña pareja formaban! Mi tío Robert era un hombre delgado con cabello gris desordenado y ojos pequeños y agudos encapuchados por dos de las cejas más pobladas conocidas por la humanidad. Vestía (lo recuerdo como si fuera ayer) ropa campesina raída de un color verde desteñido, y tenía en un dedo un anillo con una gruesa piedra roja. Otra cosa que noté de inmediato cuando me besó (detestaba ser besado) fue un leve olor que tenía, conectado de inmediato en mi mente con las semillas de alcaravea que hay en la torta de semillas. También noté que sus dientes estaban descoloridos y amarillos.

Mi tío Constance me gustó de inmediato. Era gordo, redondo, simpático y limpio. Llevaba una flor en el ojal y su lino era blanco como la nieve en contraste con el de su hermano. Sin embargo, noté una cosa en ese primer encuentro, y fue que antes de que me hablara y pusiera su gordo brazo alrededor de mi hombro, parecía mirar a su hermano como pidiendo permiso. Puedes decir que era inusual que un chico de mi edad notara tanto, pero de hecho lo hice. Años y pereza, ¡ay!, han aflojado mi poder de observación.


II

Tuve un sueño horrible esa noche; me despertó gritando y atrajo a Bob Armstrong para calmarme.

Mi habitación era grande, como todas las otras habitaciones que había visto, y vacía, con una gran extensión de piso y una chimenea de piedra como la de la sala de billar. Estaba, según descubrí después, junto a las dependencias de los sirvientes. La habitación de Armstrong estaba junto a la mía, y la de la señora Spender, la ama de llaves, más allá de la suya. Armstrong era entonces, y sigue siendo, soltero. Solía decirme que amaba a tantas mujeres que nunca se atrevía a elegir una. Durante mucho tiempo ha sido mi guardaespaldas personal y está demasiado acostumbrado a mis formas de cambiar su condición. Tiene, además, setenta años de edad.

Bueno, lo que vi en mi sueño fue esto. Me habían encendido un fuego (y era necesario; la habitación era de un frío glacial) y soñé que despertaba para ver las llamas subir a un último vigor antes de extinguirse. En el brillo de esa iluminación fui consciente de que algo se movía en la habitación. Escuché el movimiento por un rato antes de ver algo.

Me incorporé, con el corazón latiendo con fuerza, y entonces, para mi horror, distinguí, escabulléndose contra la pared del fondo, al perro mestizo, amarillo, de aspecto más malvado que puedas imaginar. Siempre me ha resultado difícil describir exactamente el horror de ese perro amarillo. En parte residía en su color, que era repugnante, en parte en su cuerpo mezquino y huesudo, pero sobre todo en su malvada cabeza: chata, con ojillos agudos y dientes irregulares y amarillos.

Mientras lo miraba, me enseñó los dientes y luego comenzó a arrastrarse, con una acción indescriptiblemente repugnante, en dirección a mi cama. Al principio me quedé rígido de terror. Luego, mientras se acercaba con sus ojitos fijos en mí y mostrando los dientes, grité una y otra vez.

Lo siguiente que supe fue que Armstrong estaba sentado en mi cama, su fuerte brazo alrededor de mi pequeño cuerpo tembloroso. Todo lo que pude decir una y otra vez fue: «¡El perro! ¡el perro! ¡el perro! »

Me tranquilizó como si hubiera sido mi madre.

—Mira, no hay ningún perro aquí. ¡No hay nadie más que yo! ¡No hay nadie más que yo!

Continué temblando, así que se metió en la cama conmigo, me sostuvo cerca de él y fue en sus brazos reconfortantes que me quedé dormido.


III

Por la mañana me desperté con una brisa fresca, un sol brillante y los crisantemos, anaranjados, carmesí y pardos, soplando contra la pared de piedra gris más allá de los céspedes en pendiente. Así que me olvidé de mi sueño. Solo sabía que amaba a Bob Armstrong más que a nadie en la tierra.

Durante los días siguientes todos fueron muy amables conmigo. Estaba tan profundamente emocionado por este país, tan nuevo para mí, que al principio no podía pensar en nada más. Bob Armstrong era de Cumbria desde la parte superior de su cabeza rubia hasta las gruesas uñas debajo de sus botas, y, entre gruñidos y monosílabos, como era su estilo, me dio un recorrido por el lugar. Había romance por todas partes: contrabandistas entrando y saliendo de Drigg y Seascale, la antigua Cruz en el cementerio de Gosforth, Ravenglass, con todas sus aves marinas, una vez un puerto de esplendor.

Muncaster Castle y Broughton y el negro Wastewater con los lúgubres Screes, Black Combe, sobre cuyas anchas espaldas bailaban siempre las sombras, incluso la pequeña estación de Seascale, desnuda para los vientos marinos, en cuyos puestos de libros compré una publicación titulada Weekly Telegraph que contenía, semana a semana, entregas de las historias más trepidante del mundo.

Romance por todas partes: las vacas moviéndose por los senderos arenosos, el mar rugiendo a lo largo de la playa de Drigg, Gable y Scafell, las voces lentas de los granjeros de Cumbria llamando a sus animales, el tintineo de la campanita de la iglesia de Gosforth —en todas partes romance y belleza. Sin embargo, cuando me acostumbré mejor al campo, la gente que me rodeaba inmediatamente empezó a ocupar mi atención, a estimular mi inquieta curiosidad, especialmente mis dos tíos. Eran, de hecho, bastante raros.

Faildyke Hall en sí no era extraño, solo feo. Había sido construido alrededor de 1830, me imagino, un edificio cuadrado y blanco como una mujer gruesa, engreída, con una cara muy sencilla. Las habitaciones eran grandes, los pasillos innumerables y todo estaba cubierto con una cal horrible. Contra este encalado colgaban viejas fotografías amarillentas por el tiempo y acuarelas descoloridas y malas. Los muebles eran fuertes y feos. Sin embargo, había una característica romántica, y era la pequeña Torre Gris donde vivía mi tío Robert.

Esta Torre estaba al final del jardín y daba a un campo inclinado hacia Scafell más allá de Wastewater. Había sido construida hace cientos de años como defensa contra los escoceses. Robert había tenido allí su estudio y dormitorio durante muchos años y era su dominio; a nadie se le permitía entrar salvo a su anciano sirviente, Hucking, un hombrecillo encorvado, marchito y mugriento que no hablaba con nadie y, según decían en la cocina, se las arreglaba para pasar la vida sin dormir. Cuidaba de mi tío Robert, limpiaba sus habitaciones y se suponía que tenía que lavar su ropa.

Yo, que era un chico inquisitivo y de mente romántica, pronto me entusiasmé tanto con esta Torre como la esposa de Barba Azul con la habitación prohibida. Bob me dijo que, hiciera lo que hiciera, nunca debía poner un pie adentro.

Y luego descubrí otra cosa: que Bob Armstrong odiaba, temía y estaba orgulloso de mi tío Robert. Estaba orgulloso de él porque era el cabeza de familia y porque, según decía, era el anciano más listo del mundo.

—Aparentemente no hay nada que no pueda hacer —dijo Bob—, pero no le gusta que lo mires mientras lo hace.

Todo esto no hacía más que aumentar mis ansias de ver el interior de la Torre, aunque tampoco podía decirse que le tuviera cariño a mi tío Robert.

Sería difícil decir que no me caía bien durante esos primeros días. Fue muy amable conmigo cuando me conoció, y a la hora de las comidas, cuando me sentaba con mis dos tíos a la mesa larga en el comedor grande, desnudo y encalado, siempre estaba ansioso por asegurarse de que tuviera suficiente para comer. Pero nunca me gustó; tal vez fue porque no estaba limpio. Los niños son sensibles a esas cosas. Quizá no me gustaba el olor rancio y apelmazado que llevaba consigo.

Luego llegó el día en que me invitó a la Torre Gris y me habló del Tarnhelm.

Pálidas sombras oblicuas caían sobre los crisantemos y los muros de piedra gris, los extensos campos y las colinas oscuras. Estaba jugando solo junto al riachuelo que corría más allá de la rosaleda cuando el tío Robert se me acercó por detrás con su forma sigilosa y, pellizcándome la oreja, me preguntó si me gustaría ir con él dentro de su Torre. Yo estaba, por supuesto, lo suficientemente ansioso; pero también me asusté, sobre todo cuando vi el viejo semblante apolillado de Hucking mirándonos desde una de las estrechas rendijas que pretendían ser ventanas.

Sin embargo, entramos, mi mano en la mano caliente y seca del tío Robert. En realidad, no había mucho que ver cuando estabas dentro: todo estaba desordenado y mohoso, con telarañas en las puertas y viejas piezas de hierro oxidado y cajas vacías en las esquinas, y la larga mesa en el estudio del tío Robert estaba cubierta con mil cosas: libros con las tapas colgando, botellas verdes, pegajosas, un espejo, una balanza, un globo terráqueo, una jaula con ratones, una estatua de una mujer desnuda, un reloj de arena, todo viejo y manchado y polvoriento.

Sin embargo, el tío Robert me hizo sentar cerca de él y me contó muchas historias interesantes. Entre otros, la historia de Tarnhelm.

Tarnhelm era algo que ponías sobre tu cabeza, y su magia te convertía en cualquier animal que deseabas ser. El tío Robert me contó la historia de un dios llamado Wotan, y cómo se burló del enano que poseía el Tarnhelm diciéndole que no podía convertirse en un ratón o en un animal por el estilo; y el enano, con su orgullo herido, se convirtió en un ratón, que el dios capturó fácilmente y así robó el Tarnhelm.

Sobre la mesa, entre toda la basura, había un casquete gris.

—Ese es mi Tarnhelm —dijo el tío Robert, riéndose—. ¿Te gustaría que me lo pusiera?

De repente estaba asustado, terriblemente asustado. La visión del tío Robert me hizo sentir mal. La habitación comenzó a dar vueltas y vueltas. Los ratones blancos de la jaula piaron. Esa habitación estaba lo suficientemente cargada como para enfermar a cualquier niño.


IV

Ese fue el momento, creo, en que el tío Robert extendió la mano hacia su casquete gris; después de eso, nunca más volví a ser feliz en Faildyke Hall. Esa acción suya, por simple y aparentemente amistosa que fuera, pareció abrirme los ojos a varias cosas.

Estábamos ahora dentro de los diez días de Navidad. La idea de la Navidad tuvo entonces —y, a decir verdad, todavía tiene— un efecto muy feliz en mí. Está la hermosa historia, la genialidad y la amabilidad, todavía, a pesar de los pesimistas modernos, mucha felicidad y buena voluntad. Incluso ahora me gusta dar regalos y recibirlos; entonces era un éxtasis para mí, el aspecto del paquete, el papel, la cuerda, la exquisita sorpresa.

Por lo tanto, había estado esperando la Navidad con impaciencia. Me habían prometido un viaje a Whitehaven para comprar regalos, e iba a haber un árbol y un baile para los aldeanos de Gosforth. Luego, después de mi visita a la Torre del tío Robert, toda mi alegría de anticipación se desvaneció. A medida que pasaban los días y mi observación de una cosa y otra se desarrollaba, creo que me habría escapado con mis tías en Kensington si no hubiera sido por Bob Armstrong.

De hecho, fue Armstrong quien me inició en ese viaje de observación que terminó tan horriblemente, porque cuando escuchó que el tío Robert me había llevado dentro de su Torre, su ira fue terrible. Nunca antes lo había visto enojado; ahora su gran cuerpo tembló, y me agarró y me sostuvo hasta que grité.

Quería que le prometiera que nunca volvería a entrar allí. ¿Qué? ¿Ni siquiera con el tío Robert? No, sobre todo con el tío Robert; y luego, bajando la voz y mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba, comenzó a maldecir al tío Robert. Esto me asombró, porque la lealtad era una de las grandes leyes de Bob. Puedo vernos ahora, de pie sobre los adoquines del establo en el crepúsculo blanco que caía mientras los caballos pateaban en la tierra, y las pequeñas estrellas afiladas aparecían una tras otra brillando entre las nubes.

—No me quedaré —le oí decirse a sí mismo—. Seré como los demás. No me quedaré para traer a un niño…

Desde ese momento pareció tenerme muy especialmente a su cargo. Incluso cuando no podía verlo sentía que su mirada bondadosa estaba sobre mí, y este sentimiento de que yo fuera protegido me hizo sentir aún más inquieto y angustiado.

Lo siguiente que observé fue que los sirvientes comenzaron a irse, a pesar de no haber estado allí más de un mes o dos. Luego, solo una semana antes de Navidad, el ama de llaves se fue. El tío Constance parecía muy molesto por estos hechos. El tío Robert no parecía afectado en lo más mínimo.

Paso ahora a mi tío Constance. A esta distancia de tiempo es extraño con qué claridad aún puedo verlo: su corpulencia, su limpieza resplandeciente, su dandismo, la flor en su ojal, sus piececitos brillantemente calzados, su voz fina, más bien femenina. Habría sido amable conmigo, creo, si se hubiera atrevido, pero algo lo detuvo. Y pronto descubrí qué era ese algo: era miedo a mi tío Robert.

No me llevó ni un día descubrir que estaba completamente sujeto a su hermano. No decía nada sin mirar cómo se lo tomaba el tío Robert; no sugería ningún plan hasta tener la seguridad de su hermano; Estaba aterrorizado más allá de lo que había visto antes en un ser humano ante cualquier señal de irritación en mi tío. Después de esto descubrí que al tío Robert le gustaba mucho jugar con los miedos de su hermano. No entendía lo suficiente de su vida para darme cuenta de cuáles eran las armas que usaba, pero no era demasiado joven ni demasiado ignorante para percibir que eran afiladas y penetrantes.

Tal era nuestra situación, entonces, una semana antes de Navidad. El clima se había vuelto muy salvaje, con un gran viento. Toda la naturaleza parecía alborotada. Me imaginaba cuando me acostaba en mi cama por la noche y escuchaba los gritos en mi chimenea, que podía captar el sonido de las olas en la playa, ver las aguas negras de Wastwater crecer y cuajarse. Me quedaría despierto y añoraría a Bob Armstrong, la fuerza de su brazo y la calidez de su pecho, pero me consideraba un niño demasiado grande para apelar.

Recuerdo que minuto a minuto aumentaban mis temores. ¿Qué les dio fuerza y poder? No lo sé. Estaba muy solo, tenía un gran terror de mi tío, el clima era salvaje, las habitaciones de la casa eran grandes y desoladas, los sirvientes misteriosos, las paredes de los pasillos estaban siempre iluminadas con un brillo antinatural debido a su color blanco, y aunque Armstrong me vigilaba, estaba ocupado en sus asuntos y no siempre podía estar conmigo.

Empecé a temer cada vez más a mi tío Robert. El odio y el miedo hacia él parecían estar en todas partes y, sin embargo, siempre tenía una voz suave y amable. Entonces, unos días antes de Navidad, ocurrió el hecho que convertiría mi terror en pánico.

Había estado leyendo en la biblioteca El romance del bosque de la señora Radcliffe, un viejo libro olvidado hace mucho tiempo, digno de revivir. La biblioteca era una hermosa habitación destartalada, estanterías desde el suelo hasta el techo, las ventanas pequeñas y oscuras, agujeros en la vieja alfombra descolorida. Una lámpara ardía en una mesa lejana. Algo, no sé qué, me hizo mirar hacia arriba. Lo que vi entonces se grabó en mi recuerdo. Junto a la puerta de la biblioteca, sin moverse, mirándome a lo largo de la habitación, había un perro amarillo.

No intentaré describir el miedo lamentable y el terror helado que me atrapó y me retuvo. Mi principal pensamiento, imagino, fue que esa otra visión en mi primera noche en el lugar no había sido un sueño. Yo no estaba dormido ahora; el libro que había estado leyendo se había caído al suelo, las lámparas despedían su brillo, podía oír la hiedra golpeando el cristal. No, era la realidad.

El perro levantó una pata larga y horrible y se rascó. Luego, muy lenta y silenciosamente, a través de la alfombra, vino hacia mí.

No pude gritar. No podía moverme. Esperé. El animal era aún más malvado de lo que había parecido antes, con su cabeza chata, sus ojos estrechos, sus colmillos amarillos. Vino en mi dirección, se detuvo una vez para rascarse de nuevo, luego estuvo casi en mi silla.

Me miró, mostró sus colmillos, pero como si me sonriera, luego pasó de largo. Después de que se hubo ido quedó un olor fétido y denso en el aire, el olor de la semilla de alcaravea.


V

Pienso ahora, al mirar hacia atrás, que fue bastante notable que yo, un niño pálido y nervioso que temblaba con cada sonido, hubiera enfrentado la situación como lo hice. No dije nada sobre el perro, ni siquiera a Bob Armstrong. Escondí mis miedos, que eran de un tipo bestial y enfermizo. Tuve la inteligencia de percibir (y cómo, a esta distancia, no puedo entender) que estaba desempeñando mi pequeño papel en el clímax de algo que se había ido acumulando por muchos meses, como las nubes sobre Gable.

Lo que estaba más allá de cualquier duda era que fue después de que vi al perro en la biblioteca que el tío Robert cambió tan extrañamente su comportamiento conmigo. Eso puede haber sido una mera coincidencia. Sólo sé que, a medida que uno envejece, se recurre menos a las coincidencias. En cualquier caso, esa misma noche, en la cena, el tío Robert parecía veinte años mayor. Estaba encorvado, arrugado, no comía, le gruñía a cualquiera que le hablara y evitaba especialmente mirarme a mí.

Fue una comida penosa, y fue después de ella, cuando el tío Constance y yo estábamos sentados solos en el viejo salón empapelado de amarillo, una habitación con dos relojes que hacían tictac, cuando ocurrió la cosa más extraordinaria. El tío Constance y yo estábamos jugando a las damas. Los únicos sonidos eran el rugido del viento por la chimenea, el silbido y chisporroteo del fuego, el tonto tictac de los relojes. De repente, el tío Constance dejó la pieza que estaba a punto de mover y comenzó a llorar.

Para un niño siempre es terrible ver llorar a un adulto, y hasta el día de hoy escuchar llorar a un hombre me angustia mucho. Me conmovió desesperadamente el pobre tío Constance, que estaba sentado allí, con la cabeza entre sus manos blancas y regordetas, todo su cuerpo robusto temblando. Corrí hacia él y él me agarró y me abrazó como si nunca me fuera a dejar ir. Sollozó palabras incoherentes sobre protegerme, cuidarme… sobre un monstruo…

Recuerdo que yo también comencé a temblar. Le pregunté a mi tío qué monstruo, pero solo pudo seguir murmurando incoherencias sobre el odio y la falta de coraje, y si tan solo tuviera el coraje…

Luego, recuperándose un poco, comenzó a hacerme preguntas. ¿Dónde había estado? ¿Había estado en la Torre? ¿Había visto algo? Y luego murmuró que nunca me habría dejado ir si hubiera sabido que llegaría a esto, que sería mejor que me fuera esa noche, y que si él no tuviera miedo…

Entonces empezó a temblar de nuevo y a mirar hacia la puerta, y yo también temblé. Me sostuvo en sus brazos; luego sentimos un sonido y escuchamos, nuestras cabezas en alto, nuestros dos corazones martilleando. Pero solo eran los relojes corriendo y el viento aullando como si fuera a hacer pedazos la casa.

Esa noche, sin embargo, cuando Bob Armstrong subió a la cama, me encontró refugiado allí. Le susurré que estaba asustado. Puse mis brazos alrededor de su cuello y le supliqué que no me despidiera; me prometió que no lo haría y dormí toda la noche al amparo de su fuerza.

Sin embargo, ¿cómo puedo dar una imagen real del miedo que me perseguía? Sabía, por lo que tanto Armstrong como el tío Constance habían dicho, que había un peligro real, que no era una fantasía histérica o un sueño mal digerido. Empeoró las cosas que ya no se viera más al tío Robert. Él estaba enfermo; se mantuvo dentro de su Torre, atendido por su viejo sirviente marchito. Y así, estando en ninguna parte, estaba en todas. Me quedé con Armstrong cuando pude, pero una especie de orgullo me impedía aferrarme como una niña a su abrigo.

Un silencio sepulcral pareció caer sobre el lugar. Nadie reía ni cantaba, ningún perro ladraba, ningún pájaro cantaba. Dos días antes de Navidad, una helada se apoderó de la tierra. Los campos estaban rígidos, el mismo cielo parecía helado y gris, y bajo la nube verde oliva Scafell y Gable estaban negros.

Llegó la Nochebuena.

Esa mañana, recuerdo, estaba tratando de dibujar, una imagen infantil de una de las escenas de la señora Radcliffe, cuando las puertas dobles se abrieron y apareció el tío Robert. Se quedó allí, encorvado, arrugado, sus largos cabellos grises cayéndole sobre el cuello, sus pobladas cejas echadas hacia adelante. Llevaba su viejo traje verde y en su dedo brillaba su pesado anillo rojo. Estaba asustado, por supuesto, pero también me conmovió. Parecía tan viejo, tan frágil, tan pequeño en esta gran casa vacía.

—Tío Robert —pregunté tímidamente—, ¿estás mejor?

Se inclinó aún más hasta que estuvo casi sobre sus manos y pies; luego me miró, y sus dientes amarillos estaban al descubierto, casi como un animal. Entonces las puertas se cerraron de nuevo.

La tarde lenta, sigilosa, gris, llegó por fin. Caminé con Armstrong hasta el pueblo de Gosforth por un negocio que tenía. No dijimos una palabra de ningún asunto en el Hall. Le dije cuánto quería estar siempre con él, y me contestó que tal vez fuera así, sin saber cuán cierta era aquella profecía. Como todos los niños, yo tenía una gran capacidad para olvidar el ambiente en el que no me encontraba en ese momento, y caminaba junto a Bob por los caminos congelados, con algunos de mis miedos rendidos.

Pero no por mucho. Estaba oscuro cuando entré en el largo salón amarillo. Podía oír el repique de las campanas de la iglesia de Gosforth cuando salí de la antesala. Un momento después se oyó un grito estridente y aterrorizado: Era el tío Constance, que estaba de pie frente a las cortinas de seda amarilla de la ventana, contemplando el crepúsculo. Me acerqué a él y me sostuvo cerca de él.

—¡Escucha! —susurró—. ¿Qué puedes oír?

Las puertas dobles por las que había entrado estaban entreabiertas. Al principio no podía oír nada más que los relojes, el ruido muy débil de un carro en la carretera helada. No había viento.

Los dedos de mi tío agarraron mi hombro.

—¡Escucha! —dijo de nuevo.

Y escuché. En el pasillo de piedra más allá del salón se oía el golpeteo de las patas de un animal. El tío Constance y yo nos miramos. En esa mirada intercambiada nos confesamos que nuestro secreto era el mismo. Sabíamos lo que debíamos ver.

Un momento después estaba allí, de pie en la puerta doble, agachado y mirándonos con un odio loco y enfermizo, el odio de un animal. Lentamente vino hacia nosotros, y para mi imaginación tambaleante toda la habitación parecía apestar a millas de alcaravea.

—¡Atrás! ¡Atrás! —gritó mi tío.

Extrañamente, me convertí a mi vez en el protector.

—¡No te tocará! ¡No te tocará, tío! —grité.

Pero el animal se acercó.

Permaneció un momento cerca de una mesita redonda que contenía una bandeja de fruta cerosa bajo una cúpula de vidrio. Se quedó ahí, con el morro hacia abajo, oliendo el suelo. Luego, mirándonos, se encendió de nuevo.

¡Oh Dios! Incluso ahora, mientras escribo después de todos estos años, está de nuevo conmigo, el cráneo plano, el cuerpo encogido en su mal color y ese olor repugnante. Babeó un poco por su mandíbula. Mostró los colmillos.

Entonces grité, escondí mi rostro en el pecho de mi tío y vi que sostenía, en su mano temblorosa, un revólver grueso, pesado, anticuado.

Entonces gritó:

—Vuelve, Robert… ¡Regresa!

La detonación sacudió el cuarto. El perro se volvió y, con la sangre goteando de su garganta, se arrastró por el suelo. Se detuvo junto a la puerta, se volvió y nos miró. Luego desapareció en la otra habitación.

Mi tío había arrojado su revólver; estaba llorando. Siguió acariciando mi frente, murmurando palabras. Por fin, pegados unos a otros, seguimos el rastro de sangre por la alfombra, junto a la puerta, a través del portal. Acurrucado contra una silla en la sala de estar exterior, con una pierna torcida debajo de él, estaba mi tío Robert, con un disparo en la garganta.

En el suelo, a su lado, había un casquete gris.

Hugh Walpole (1884-1941)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hugh Walpole.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hugh Walpole: Tarnhelm (Tarnhelm), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El ancestro»: H.P. Lovecraft y August Derleth; relato y análisis


«El ancestro»: H.P. Lovecraft y August Derleth; relato y análisis.




El ancestro (The Ancestor) es un relato de terror de los escritores norteamericanos August Derleth (1909-1971) y H.P. Lovecraft (1890-1937), publicado por Arkham House en la antología de 1957: El sobreviviente y otros (The Survivor and Others).

El ancestro, probablemente uno de los cuentos de August Derleth en colaboración póstuma con el maestro de Providence menos conocidos, relata la historia de Harry Perry, un joven convocado por su primo, un prestigioso científico, para acompañarlo en una serie de experimentos que buscan explorar la memoria genética, es decir, acceder a paquetes de información que de algún modo se conservan de generación en generación.

SPOILERS.

Ambrose Perry ha logrado extraer y aislar estos paquetes de información atávica de su propia memoria, explorando así sus primeros recuerdos, incluso en el vientre materno, para luego retroceder aun más en el tiempo, generación tras generación, cientos de años, miles, hasta llegar a los albores de la humanidad. Estos recuerdos, sin embargo, comienzan a afectarlo, primero psicológicamente, luego físicamente, como si de algún modo la experimentación fuese modificando su estructura biológica en una especie de involución.

De este modo, Ambrose Perry comienza un lento proceso de deterioro físico, de degeneración, si se quiere, que lo acerca más y más a las bestias semihumanas que yacen en nuestra memoria genética.

Es importante aclarar que El ancestro fue escrito enteramente por August Derleth a partir de algunas notas dejadas por H.P. Lovecraft. Es decir que la idea central del relato pertenece al maestro de Providence, pero su desarrollo corresponde a la esforzada prosa de August Derleth. El relato en sí es considerado una colaboración póstuma, un nombre demasiado generoso, por cierto. En todo caso, aquí añadimos el nombre de Lovecraft solo por piedad, y afecto, hacia Derleth.

No es que El ancestro sea un mal relato (y lo es) sino que su ejecución es tan estructurada que uno puede anticipar fácilmente los siguientes movimientos del autor. August Derleth utiliza los recursos típicos de Lovecraft, pero de un modo esforzado. Por otro lado, si bien el cuento fue escrito a partir de una idea sin desarrollar de Lovecraft, por momentos se asemeja peligrosamente al argumento de la novela de Leonard Cline: La cámara oscura (The Dark Chamber), de 1927.

En resumen: El ancestro es un relato interesante que aborda el arquetipo del científico loco, que aspira al horror cósmico, pero que no lo logra sus objetivos. De todos modos, el intento es meritorio, y al ser escrito a partir del gérmen de una trama pensada por Lovecraft, nos pareció justo incluirlo dentro de nuestras traducciones. Probablemente en otras condiciones no seríamos tan críticos, pero al tratarse de una colaboración póstuma, El ancestro no está a la altura, ni siquiera de los buenos relatos que August Derleth produjo en su momento.




El ancestro.
The Ancestor, H.P. Lovecraft (1890-1937) y August Derleth (1909-1971)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


I

Cuando mi primo, Ambrose Perry, se retiró de la práctica activa de la medicina, todavía era un hombre relativamente joven, rojizo, vigoroso, de unos cincuenta años. Había tenido una práctica muy lucrativa en Boston y, aunque le gustaba su trabajo, estaba algo más dedicado al desarrollo de sus teorías que —y era un individualista en esto— no compartió con sus colegas, a quienes, a decir verdad, se inclinaba a considerar demasiado vinculados a los métodos más ortodoxos, y demasiado tímidos para aventurarse en sus propios experimentos sin la aprobación de la Asociación Médica Estadounidense.

Era un cosmopolita en todos los sentidos, porque había estudiado mucho en Europa, en Viena, en la Sorbona, en Heidelberg, y había viajado mucho. Tal vez por eso decidió establecerse en una zona salvaje de Vermont, cuando finalmente decidió retirarse después de una brillante carrera.

Entró en una reclusión virtual en su casa, que había construido en medio de un denso bosque, y equipado con un laboratorio tan completo como el dinero podía comprar. Nadie supo nada de él, y durante tres años ni una palabra de sus actividades llegó a la correspondencia privada con sus familiares y amigos. Fue, por lo tanto, con considerable sorpresa que recibí una carta de él. La encontré a mi regreso de una estancia en Europa, pidiéndome que fuera a pasar un tiempo con él, si me era posible.

Le respondí con pesar que tenía que buscar una posición para mí, y expresé mi placer al escuchar de él y la esperanza de que algún día podría aprovechar su invitación, tan amable como inesperada. Su respuesta llegó por correo postal, ofreciéndome un atractivo sueldo si aceptaba el puesto de secretario, con lo cual, estaba seguro, me encargaría de hacer las tareas del hogar y tomar algunas notas.

Quizás mi motivación fue más la curiosidad que la remuneración, que fue generosa. Acepté, casi temeroso de que retirara su oferta, y en una semana me presenté en la casa de mi primo, construida con el estilo de las granjas holandesas de Pensilvania, aunque de un solo piso, con aguilones puntiagudos y techos muy inclinados. Tuve algunas dificultades para encontrarla, incluso después de recibir instrucciones explícitas de mi primo, ya que estaba al menos a diez millas de la aldea más cercana, llamada Tyburn, y bastante lejos una carretera poco transitada.

Un pastor alemán vigilaba las instalaciones, aunque estaba encadenado. Aparte de mirarme atentamente, no gruñó ni hizo ningún movimiento en mi dirección cuando fui a la puerta y llamé. La apariencia de mi primo, sin embargo, me sorprendió, porque estaba delgado y demacrado. El hombre sano y rojizo que había visto por última vez hace casi cuatro años había desaparecido, y en su lugar había una simple parodia de su antiguo yo.

Su vigor también parecía tristemente disminuido, aunque su apretón de manos era firme, y sus ojos no menos agudos.

—Bienvenido, Henry —dijo al verme—. Incluso Ginger parece haberte aceptado sin siquiera un ladrido.

Ante la mención de su nombre, el perro se adelantó hasta el extremo de su larga cadena, moviendo la cola.

—Pero entra. Puedes estacionar tu auto más tarde.

Hice lo que me ordenaron.

El interior de la casa era muy masculino, casi severo. Había una comida sobre la mesa, y aprendí que, lejos de esperar que yo hiciera otra cosa que no fuera servirle de secretario, mi primo tenía un cocinero y un personal de mantenimiento que vivía sobre el garaje, y no tenía ninguna intención de que yo me encargara de otra cosa que tomar las notas y archivar los resultados de sus experimentos.

Porque él estaba experimentando; lo dejó en claro de una vez, aunque no dijo nada sobre la naturaleza de sus experimentos, y todo durante nuestra comida, en el transcurso de la cual conocí a Edward y Meta Reed, la pareja del servicio, me preguntó por lo que había estado haciendo, y por lo que esperaba hacer: a los treinta, me recordó, había mucho menos tiempo para decidir sobre el futuro. También hablamos sobre otros miembros dispersos de la familia.

Sin embargo, sentí que me había preguntado por mí solo para satisfacer las comodidades de la situación, y sin ningún interés real. Todo esto, estaba seguro, era solo parte de la superficial cortesía de momento, que representaba aquellos aspectos de nuestra primera reunión en algunos años que debían solucionarse lo antes posible; había, además, algo en su forma que sugería una impaciencia reprimida por este tema que él mismo había iniciado, una impaciencia conmigo por mi preocupación por sus preguntas, y por sí mismo por haber cedido hasta ahora a los convencionalismos de la situación, como para tener que haber hecho preguntas sobre asuntos en los que claramente no estaba interesado.

Los Reed, ambos de sesenta años, conversaron poco, no solo porque la señora Reed cocinaba y servía la cena, sino porque estaban acostumbrados a llevar una existencia aparte de la de su empleador, por todo lo que comían en su mesa. Ambos estaban canosos, pero lograron parecer mucho más jóvenes que Ambrose, y no mostraron ninguno de los signos del deterioro físico que había sufrido mi primo.

La comida continuó con el diálogo entre Ambrose y yo para romper el silencio; los Reeds participaron de la comida no en servilismo, sino con una máscara de indiferencia, aunque noté, dos o tres veces, que miradas rápidas y agudas entre sí, ante algún comentario de mi primo, pero eso fue todo.

No fue hasta que nos retiramos al estudio de Ambrose que tocó el tema más cercano a sus pensamientos. El estudio colindaba con su laboratorio, que estaba en la parte trasera de la casa. La combinación de cocina y comedor y sala de estar era la siguiente, y las habitaciones, curiosamente, estaban en la parte delantera de la casa. Una vez en el acogedor estudio, Ambrose se relajó, su voz se llenó con el temblor de la emoción.

—Nunca adivinarás la dirección que han tomado mis experimentos desde que dejé la práctica, Henry —comenzó—, y me atrevo a cuestionar mi temeridad al decírtelo. Si no fuera por qué necesito a alguien para explicar estos hechos asombrosos, no lo haría. Pero ahora que estoy en el camino del éxito, debo pensar en la posteridad. En resumen, he realizado esfuerzos exitosos para recuperar todo mi pasado, hasta los rincones más mínimos de la memoria humana, y ahora estoy más convencido de que, por los mismos métodos, puedo extender este proceso perceptivo a la memoria hereditaria y recrear los eventos de la herencia del hombre. Veo tu expresión, dudas de mí.

—Por el contrario, estoy asombrado por las posibilidades que esto presenta —respondí con toda sinceridad, aunque no admití que una punzada de alarma me poseía simultáneamente.

—¡Ah, bien, bien! A veces pienso que, debido a los medios que debo utilizar para inducir el estado mental necesario para esta incesante investigación del tiempo pasado, he decepcionado gravemente a los Reed, ya que consideran que toda experimentación en seres humanos es fundamentalmente no cristiana y pisando sobre terreno prohibido.

Quería preguntarle a qué medios se refería, pero sabía que a su debido tiempo me lo diría. En todo caso, ninguna pregunta mía traería la respuesta. Y pronto llegó a eso.

—He descubierto que una combinación de drogas y música, suministradas en un momento en que el cuerpo está medio muerto de hambre, induce el estado de ánimo que hace posible retroceder en el tiempo y agudizar todas las facultades hasta el punto de recuperar la memoria. Te puedo decir, Henry, que he logrado los resultados más singulares y notables. De hecho, he vuelto a la memoria del útero, por increíble que parezca.

Habló con gran intensidad. Sus ojos brillaban, su voz temblaba. Claramente, estaba entusiasmado más allá de la estimulación ordinaria por sus sueños de éxito.

Este había sido uno de sus objetivos cuando todavía estaba en la práctica; ahora había usado sus considerables medios para promover su ambición, y parecía haber logrado algo. Yo estaba dispuesto a admitirlo, aunque con cautela, porque sus experimentos parecían explicar el origen de su apariencia. Las drogas y el hambre podían explicar fácilmente su debilidad, que de hecho era una especie de demacración.

Tal vez se había llevado al borde de la inanición con tanta frecuencia, y de manera tan constante, que no solo había perdido su exceso de peso, sino que además se habían alterado sus facultades. Mientras lo escuchaba, no pude evitar observar que tenía todos los signos del fanatismo, y sabía que ninguna objeción que pudiera ofrecerle lo afectaría en lo más mínimo, o provocaría cualquier desviación en su dirección. Tenía los ojos fijos en este extraño objetivo, y no permitiría que nada ni nadie lo desviaran.

—Tendrás la tarea de transcribir mis notas abreviadas, Henry —continuó, con menos intensidad—. Porque, por supuesto, las he guardado, algunas de ellas fueron escritas en un estado de trance, como si estuviera poseído por algún guía espiritual, lo cual es absurdo, naturalmente. Se extienden hacia atrás en el tiempo justo antes de mi nacimiento, y ahora estoy ocupado en sondear la memoria ancestral. Verás cuán lejos he llegado cuando hayas tenido tiempo de examinar y transcribir los datos que he establecido.

Con eso, mi primo se ocupó de otros asuntos, y pronto se excusó, desapareciendo en su laboratorio.


II

Me tomó quince días asimilar y copiar las notas de Ambrose, que eran más extensas de lo que me había hecho creer, y también inquietantemente reveladoras. Ya había llegado a considerar a Ambrose como extremadamente quijotesco, pero ahora estaba convencido de que una fuerte vena de aberración también se manifestaba en su personalidad. Incluso si alcanzaba su objetivo, me pareció que estaba al borde del fanatismo irracional. No le interesaba tanto la información que podría obtener en este incesante sondeo de memoria como lo estaba en el experimento en sí mismo, y lo más inquietante al respecto fue la evidencia patente de que sus estudios se estaban volviendo obsesivos, a tal punto que todos los demás asuntos quedaron relegados, sin excluir su salud.

Al mismo tiempo, me vi obligado a admitir que el material que contenían las notas a menudo era profundamente sorprendente. No había duda de que mi primo había encontrado alguna forma de aprovechar la corriente de la memoria. Había demostrado que todo lo que le sucedía a un ser humano estaba registrado en algún compartimento del cerebro, y que no necesitaba sino el puente adecuado a su lugar de almacenamiento en la memoria para que volviera a la conciencia. Al recurrir a las drogas y la música, había regresado al pasado a tal punto que sus notas constituían una biografía exacta, que de ninguna manera se oscurecía por la distancia o las gratificaciones del ego, que siempre juegan un papel en el ajuste de la personalidad ante las decepciones de la vida.

En los últimos años, sus notas mencionaban a muchas personas que conocíamos en común; pero pronto las dos décadas entre nosotros comenzaron a ser obvias y su memoria se trasladaba a extraños eventos en los que no participé, ni siquiera indirectamente. Las notas fueron especialmente reveladoras en lo que transmitían sobre los pensamientos dominantes de mi primo durante su juventud y principios de la madurez, en sus referencias crípticas a los temas que eran constantemente más importantes en sus pensamientos.

«Discutieron vehementemente con De Lesseps sobre la fuente primaria. La vinculación del chimpancé es demasiado reciente. ¿Pez primigenio? —Entonces escribió sobre sus días en la Sorbona. Y en Viena—: El hombre no siempre vivió en los árboles, dice Von Wiedersen. Convenido. Presumiblemente nadó. ¿Qué papel tuvieron los antepasados del hombre en la era del brontosaurio?»

Notas como estas se entremezclaron con el registro diario de sus años, mezclándose con relatos de fiestas, romances, un duelo adolescente, diferencias con sus padres y demás, todas las curiosidades variadas de la vida de un hombre. Este tema parecía mantener el interés de mi primo con una consistencia asombrosa; sus años más recientes, por supuesto, estuvieron llenos de él, pero se repitió a lo largo de su vida desde los nueve años en adelante, cuando en una ocasión le pidió a nuestro abuelo que explicara el árbol genealógico y exigió saber qué había más allá. Los comienzos registrados del linaje.

También, en estas notas, había cierta evidencia de cuánto se estaba imponiendo a sí mismo en este experimento obsesivo, ya que su escritura había sufrido una marcada disminución en la legibilidad desde el momento en que comenzó a narrar sus recuerdos hasta el presente; es decir, cuando retrocedió en el tiempo hasta sus primeros años, y de hecho, en el lugar de oscuridad que era el útero, porque había logrado este regreso, si sus notas no eran una fabricación hábil, su guión se hizo cada vez más ilegible. Entonces, sentí la creencia de mi primo de que podía volver a la memoria ancestral y hereditaria, ambas involucrando la memoria de sus antepasados durante muchas generaciones, y presumiblemente transmitida en los genes y cromosomas de los que había surgido.

Sin embargo, en gran medida suspendí mi juicio mientras ordenaba sus notas. Rara vez hablábamos sobre ellas, excepto por la ayuda que pedí una o dos veces cuando no pude descifrar una palabra en el guion de Ambrose. Cuando por fin se completó, la transcripción fue impresionante y convincente, y finalmente se la entregué a mi primo con sentimientos encontrados.

—¿Estás convencido? —me preguntó.

—Hasta dónde has ido, sí —admití.

—Ya verás —respondió imperturbablemente.

Me comprometí a protestar sobre la diligencia con la que persiguió este sueño suyo. En las dos semanas que me llevó asimilar y copiar sus notas, había ido claramente más allá de los límites de la razón.

Había comido y bebido tan poco que se había vuelto notablemente más demacrado que el día de mi llegada. Había estado recluido en su laboratorio día y noche, durante largas horas a la vez; de hecho, en muchas ocasiones en esa quincena había solo tres de nosotros en la mesa para comer: Ambrose no había salido del laboratorio.

Sus manos tenían tendencia a temblar, y también había una pizca de parálisis en su boca, mientras sus ojos ardían con el fuego del fanático, a quien todo lo demás, excepto el objetivo de su fanatismo, había dejado de existir.

El laboratorio estaba fuera de límites para mí. Aunque mi primo no tenía objeciones en mostrármelo, requería la máxima soledad cuando realizaba sus experimentos. Tampoco tenía ninguna intención de establecer exactamente a qué drogas recurría, aunque tenía razones para creer que el cannabis indica, o cáñamo indio, comúnmente conocido como hachís, era uno de ellas.

Este era el castigo que infligió a su cuerpo en su sueño de recuperar su memoria ancestral y hereditaria, una meta que buscaba a diario y, a menudo, todas las noches, sin cesar, tanto que comencé a verlo con creciente rareza.

Finalmente le di la transcripción de sus notas que trazan el curso de su vida a través de su memoria recapturada, revisando cada página conmigo, haciendo pequeñas correcciones y adiciones, tachando algunos pasajes aquí y allá, y, en general, mejorando el narrativa tal como la había transcrito. Obviamente, era necesario volver a escribirlo.

Pero mi primo tenía otro fajo de notas listo para mí cuando terminó la reescritura. Y esta vez las notas no eran de sus propios recuerdos, sino que se remontaban a través del tiempo. Eran los recuerdos de sus padres, de sus abuelos, de sus antepasados, incluso antes que ellos, no específicos, sino solo generales, pero capaces de transmitir una imagen sorprendente de la familia antes de su propia generación. Eran recuerdos de grandes cataclismos, de grandes acontecimientos de la historia, de la tierra en su juventud. Eran tales recreaciones del tiempo pasado que hubiera pensado imposible.

Sin embargo, aquí estaban, sin lugar a dudas, y eran impresionantes. Estaba convencido de que eran una fabricación hábil, pero no me atreví a juzgar a Ambrose, cuya creencia fanática no permitía dudas. Los copié tan cuidadosamente como había copiado sus notas anteriores, y en pocos días terminé y le entregué la nueva transcripción.

—No necesitas dudar de mí, Henry —dijo, sonriendo sombríamente—. Lo veo en tus ojos. ¿Qué tendría para ganar haciendo un registro falso? No soy propenso al autoengaño.

—No estoy calificado para juzgar, Ambrose. Quizás ni siquiera para creer o no creer.

—Eso es suficiente —acordó mi primo.

Lo presioné para que me dijera qué debía hacer a continuación, pero él sugirió que me relajara. Podría tomarme el tiempo de explorar el bosque o recorrer los campos al otro lado de la carretera, hasta que tenga más trabajo listo para mí. Planeé aceptar su sugerencia y explorar los bosques adyacentes, pero nunca lo hice, ya que otros eventos intervinieron.

Esa misma noche algo me proporcionó un decidido cambio de rutina. Reed vino a despertarme. Dijo que Ambrose me quería en su laboratorio. Me vestí y bajé de inmediato.

Encontré a Ambrose tendido en una mesa de operaciones, vestido con una bata de color marrón que solía llevar. Estaba en un estado de aturdimiento, pero no tan profundo como para no reconocerme.

—Algo me ha pasado en las manos —dijo con esfuerzo—. ¿Anotarás todo lo que diga a partir de ahora?

—No entiendo. ¿Qué le sucede a tus manos? —pregunté.

—Un bloqueo nervioso temporal, tal vez. Un calambre muscular. No lo sé. Estarán bien mañana.

—Está bien —le dije—. Tomaré notas de lo que digas.

Tomé su libreta y lápiz y me senté a esperar.

La atmósfera del laboratorio, mal iluminada con una luz roja baja cerca de la mesa de operaciones, era inquietante. Mi primo se parecía mucho más a un cadáver que a un hombre bajo la influencia de las drogas. Además, en una esquina tocaba un fonógrafo eléctrico, de modo que las cepas bajas y discordantes de Le Sacre du Printemps de Stravinsky fluyeron por la sala.

Mi primo permaneció completamente inmóvil, y durante mucho tiempo no se le escapó ningún sonido; se había hundido en el profundo sueño en el que llevaba a cabo su experimento, y no podría haberlo despertado si lo hubiera intentado.

Tal vez pasó una hora antes de que comenzara a hablar, y cuando por fin lo hizo sonó tan desarticulado que me costó captar sus palabras.

—El bosque se hundió en la tierra —dijo—. Antiguos luchando, desgarrando. Corre, corre…

Y de nuevo:

—Árboles nuevos para viejos. Huella de diez pies de ancho. Vivimos en una cueva, frío, humedad, fuego...

Registré todo lo que dijo en la medida en que pude captar sus murmullos. Increíblemente, parecía estar soñando con la era de los saurios, porque sus indicios eran de grandes bestias que deambulaban por la faz de su tierra y luchaban y rasgaban, caminando por bosques como si fueran de hierba, buscando y devorando a la humanidad, los habitantes de las cuevas y agujeros debajo de la superficie de la tierra.

Pero el esfuerzo de regresar tan lejos al pasado fue una tensión singular para mi primo, y, cuando por fin recuperó la conciencia esa noche, se estremeció y me indicó que apagara el fonógrafo, y murmuró algo extraño:

—Los tejidos degenerativos curiosamente se aliaron con mis sueños, con mis recuerdos…

Entonces anunció que descansaríamos por un tiempo antes de reanudar los experimentos.


III

Es posible que, si mi primo hubiese descansado de sus experimentos, podría haber evitado las consecuencias de ir más allá de los límites. Pero no lo hizo; de hecho, despreciaba todas mis sugerencias y me recordaba que él era el médico, no yo. Mi respuesta era que, como todos los médicos, era más descuidado de sí mismo como paciente de lo que hubiera sido de cualquier otra persona. Sin embargo, ni siquiera yo podría haber previsto lo que sucedería, aunque la vaga sugerencia de Ambrose sobre los tejidos degenerativos debería haber llamado mi atención sobre el daño que se estaba haciendo a sí mismo por la adicción a las drogas que lo habían convertido en su víctima.

Durante una semana descansó.

Luego reanudó sus experimentos, y pronto volví a mecanografiar sus notas. Cada vez eran cada vez más difíciles de descifrar; su caligrafía se estaba deteriorando, y, además, el tema que abordaba a menudo era muy difícil de seguir, aunque era evidente que Ambrose había retrocedido en el tiempo. Desde ya que existía la posibilidad de que mi primo fuese víctima de una especie de autohipnosis, y que, lejos de experimentar cualquier recuerdo, estuviese reproduciendo la memoria de libros leídos sobre la vida de los antiguos habitantes de cuevas y árboles. Sin embargo, de vez en cuando había indicios inquietantemente claros de que sus observaciones no se hicieron a partir de ningún texto impreso o de la memoria de dicho texto, aunque no tenía forma de buscar tales posibles fuentes para las extrañas crónicas de mi primo.

Vi a Ambrose cada vez más raramente, pero incluso en esas ocasiones no pude evitar notar el alarmante deterioro físico debido a las drogas y al hambre; su demacración se complicaba por ciertos signos repelentes de degeneración. Sus hábitos alimenticios se volvieron tan deplorables que la señora Reed estuvo ausente de la mesa en más de una ocasión; sin embargo, debido a la creciente aversión de Ambrose por abandonar su laboratorio, no éramos a menudo más de tres en la mesa.

No recuerdo cuándo se produjo la drástica alteración de los hábitos de Ambrose. Ahora que lo pienso, me parece que los eventos fueron señalados por Ginger, el perro de mi primo, que comenzó a actuar de manera inquieta. Mientras que, hasta entonces, había sido un perro singularmente bien educado, ahora comenzaba a ladrar a por la noche, y durante el día se quejaba y se movía por la casa y el patio con aire de alarma. La señora Reed dijo de él:

—Ese perro huele o escucha algo que no le gusta.

Tal vez estaba en lo cierto.

Fue alrededor de esta época cuando mi primo eligió permanecer en su laboratorio, indicándome que dejara su comida en una bandeja junto a la puerta. Rara vez salía, por lo que la señora Reed hizo cada vez menos intentos de servirle comida caliente. Curiosamente, ninguno de nosotros vio a Ambrose tomar su comida; la bandeja podría permanecer allí durante una hora, dos horas, incluso tres, y de repente se iría, solo para ser reemplazada más tarde por una bandeja vacía.

Sus hábitos alimenticios también sufrieron un cambio; aunque anteriormente había sido un gran bebedor de café, ahora lo rechazaba, devolviendo su taza intacta tantas veces que la señora Reed ya no se molestó en servirla. Parecía volverse cada vez más parcial a los alimentos más simples (carne, papas, lechuga, pan) y no le atraían las ensaladas o la mayoría de los platos a la cazuela. A veces, su bandeja vacía contenía notas, y casi imposibles de transcribir, porque ahora en su letra, así como en el contenido de sus notas, había el mismo deterioro angustiante.

Parecía tener dificultades para sostener adecuadamente un lápiz, y sus líneas estaban garabateadas en letras grandes sobre todas las hojas de papel sin ningún sentido de orden, aunque esto no era del todo inesperado en alguien bajo los efectos de las drogas.

La música que brotó del laboratorio fue aún más primitiva. Ambrose había obtenido ciertos discos de música étnica, polinesia, antigua india y similares. Eran sonidos raros, de hecho, y se basaban en una repetición interminable. Esta música prevaleció, con insistencia monótona, día y noche, durante más de una semana, hasta que el fonógrafo comenzó a verse afectado, luego deteniéndose abruptamente. A partir de entonces no se volvió a escuchar nada en el laboratorio.

Fue alrededor de esta época cuando el perro, Ginger, estalló en ladridos frenéticos durante la noche, a intervalos bastante regulares, como si alguien estuviera invadiendo la propiedad. Me levanté una o dos veces de la cama, y en una ocasión creí haber visto a un animal desagradablemente grande escabulléndose en el bosque.

Otro suceso fue más inquietante todavía. La señora Reed lo notó primero: un olor penetrante y altamente repelente, claramente un olor a animal, parecía emanar del laboratorio.

¿Podría mi primo de alguna manera haber traído un animal del bosque a través de la puerta trasera del laboratorio, que se abría al bosque? Era una posibilidad, pero, en verdad, no sabía de ningún animal que pudiera emanar un hedor salvaje tan poderoso. Los esfuerzos por interrogar a Ambrose desde este lado de la puerta no sirvieron de nada; él se negó resueltamente a dar una respuesta, e incluso la amenaza de los Reed, diciendo que se irían porque les resultaba imposible trabajar con ese olor, no lo conmovió.

Después de tres días, los Reed partieron con sus pertenencias, y me dejaron solo para cuidar de Ambrose y su perro.

En el shock del descubrimiento, la secuencia exacta de eventos a partir de entonces ya no es muy clara. Sé que decidí llegar a mi primo de una forma u otra, aunque todos mis alegatos permanecieron sin respuesta. No intenté realizar las diversas tareas de los Reed, ni siquiera las más elementales, de modo tal que desaté al perro esa mañana y lo dejé vagar. Solo pasé el tiempo yendo y viniendo hasta la puerta del laboratorio. Hacía mucho que había dejado de intentar espiar el laboratorio desde el exterior, porque sus ventanas eran rectángulos altos paralelos al techo, y que además estaban cubiertas para que fuera imposible mirar cualquier experimento en curso en el interior.

Aunque mi alegría y mis súplicas no tuvieron efecto en Ambrose, sabía que, en última instancia, debía comer, y que, si le ocultaba la comida, finalmente se vería obligado a salir del laboratorio. Así que durante todo un día no puse comida delante de su puerta. Me senté sombríamente esperando que él apareciera, a pesar del olor animal, nauseabundo, que invadió la casa desde el laboratorio. Pero él no apareció. Determinadamente, seguí vigilando la puerta, luchando contra el sueño, lo que no fue difícil, porque en la quietud de la noche era consciente de movimientos particularmente inquietantes dentro del laboratorio: sonidos torpes y arrastrados, como si una criatura grande estuviera gateando, combinado con un rumor gutural, como si algún animal mudo estuviera tratando de hablar.

Llamé varias veces y, con frecuencia, probé la puerta del laboratorio de nuevo, pero no solo estaba cerrada, sino que también estaba bloqueada por algún objeto pesado.

Decidí que, si ni siquiera privándolo de comida lograba mi objetivo, derribaría la maldita puerta del laboratorio por la mañana. Ahora estaba en un estado de alarma, ya que el silencio persistente de Ambrose parecía ajeno a él. Fue en ese momento cuando advertí la frenética emoción del perro. Esta vez, sin la cadena que hasta entonces lo había atado, se deslizó a un lado de la casa y se dirigió hacia el bosque, y en un momento escuché los furiosos gruñidos que habitualmente acompañan el ataque de un animal salvaje.

Olvidando momentáneamente a mi primo, agarré mi linterna y me dirigí a toda velocidad al bosque. De repente, me detuve en seco. Había dado la vuelta a la esquina de la casa, a la vista de la parte trasera del laboratorio, y vi que la puerta estaba abierta.

Al instante me di vuelta y corrí hacia el laboratorio.

Todo estaba oscuro por dentro. Llamé el nombre de mi primo.

No hubo respuesta.

Encontré el interruptor y encendí la luz. La última vez que había estado en el laboratorio, había sido una habitación notablemente limpia y cuidada, pero ahora estaba en un estado impactante. Los equipos de mi primo no solo se volcaron y se rompieron, sino que diversas sustancias se esparcieron sobre instrumentos y pedazos de comida parcialmente descompuesta. También había una cantidad inquietante de alimentos silvestres, restos de conejos, ardillas, zorrillos, marmotas y pájaros consumidos a medias. Todo el laboratorio tenía impregnado ese olor repugnante, que asocié a la residencia de un animal primitivo. Tanto el olor, como el lugar en sí mismo, daban la impresión de una vida subhumana.

De mi primo Ambrose no había señal.

Recordé el gran animal que había visto débilmente en el bosque, y el primer pensamiento que me vino a la mente fue que, de alguna manera, la criatura había irrumpido en el laboratorio y se había escapado con Ambrose. Tal vez por eso el perro lo persiguió.

Corrí desde el laboratorio hasta el lugar en el bosque del que aún salían los sonidos guturales. Parecía haberse producido una batalla letal, que terminó solo cuando llegué corriendo. Ginger dio un paso atrás, jadeando, y mi luz cayó sobre su presa.

No sé cómo logré regresar a la casa, llamar a las autoridades, incluso pensar de manera coherente durante cinco minutos a la vez. Tan grande fue el impacto del descubrimiento. Porque en ese momento cataclísmico, entendí todo lo que había sucedido: supe por qué el perro había ladrado frenéticamente en la noche, comprendí la fuente de ese horrible hedor animal, me di cuenta de que lo que le había sucedido a mi primo era inevitable.

Porque lo que yacía debajo de las sangrientas mandíbulas de Ginger era una caricatura subhumana, una parodia infernal del crecimiento primario, con horribles malformaciones de cara y cuerpo, que emitía un olor nauseabundo, carnal, pero que estaba revestido de los trapos de la bata color de marrón de mi primo.

Según alguna ley primaria desconocida de la naturaleza, al enviar su memoria de vuelta a esa era prehumana, al pasado hereditario del hombre, Ambrose había quedado atrapado en ese período de evolución, y su cuerpo había retrocedido al nivel de la existencia prehumana del hombre en la tierra. Había ido todas las noches a buscar comida en el bosque, enloqueciendo al perro ya alarmado; y fue por mi mano que había llegado a este horrible final, ¡porque había desencadenado a Ginger y había hecho posible que Ambrose muriera en las fauces de su propio perro!

August Derleth (1909-1971) y H.P. Lovecraft (1890-1937)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de H.P. Lovecraft. I Relatos de August Derleth.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de H.P. Lovecraft y August Derleth: El ancestro (The Ancestor), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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