«La lágrima»: Lord Byron; poema y análisis


«La lágrima»: Lord Byron; poema y análisis.




La lágrima (The Tear) es un poema romanticismo del escritor inglés Lord Byron (1788-1824), compuesto en 1806 y publicado en la antología de ese mismo año: Piezas fugitivas (Fugitive Pieces). Finalmente reaparecería en la colección de 1807: Horas de ocio (Hours of Idleness).

La lágrima, uno de los mejores poemas de Lord Byron, juega maravillosamente con el símbolo de la lágrima como espejo de las emociones más descontroladas y, al mismo tiempo, más sinceras del ser humano. En la lágrima se resume una amplia variedad de sentimientos y emociones, muchas veces indistinguibles entre sí.




La lágrima.
The Tear, Lord Byron (1788-1824)

Cuando el amor o la amistad debieran
el alma a la ternura,
y ésta debiera aparecer sincera
en los ojos,
podrán los labios engañar fingiendo
una sonrisa seductora y falsa;
pero la prueba de emoción se muestra
en una lágrima.

Una sonrisa puede ser
un artificio que el temor encarna;
con ella puede revestirse el odio
que nos engaña;
mas yo prefiero para mí un suspiro
cuando los ojos, expresión del alma,
se oscurece por un momento
con una lágrima.

El hombre surca el desconocido Océano
con el hálito del viento que lo arrastra,
entre olas bramadoras que se alzan;
se inclina,
y en las olas tempestuosas
que terribles sobre su nave avanzan,
mira el abismo, y en sus aguas turbias
mezcla una lágrima.

En la carrera de la noble gloria,
el valiente capitán se afana
por ganar con su muerte una corona
en las batallas;
pero levanta al que postró en el suelo
y sus heridas piadoso baña,
una por una, en el sangriento campo,
con una lágrima.

Y cuando vuelve, henchido de ese orgullo
que hace latir el pecho que avasalla;
cuando teñida en enemiga sangre
cuelga su espada,
la recompensan todas sus fatigas
al abrazar a su consorte amada,
al darle un beso en sus mejillas húmedas
con una lágrima.

Dulce mansión de mi niñez perdida,
donde la sinceridad y la amistad gozaba;
donde en medio del amor vi deslizarse
las horas rápidas;
yo te dejé con un hondo sentimiento,
volví hacia ti mis últimas miradas,
y apenas puede percibir tus torres
detrás una lágrima.

Aunque no puedo repetir, como antes,
mi juramento a mi María adorada,
a la que fuera en otro tiempo
el fuego del alma,
recuerdo los felices días
en que, aún infantes, tanto me amaba,
cuando ella respondía a mis promesas
con una sencilla lágrima.

¿En otros brazos puede ser dichosa?
¿Conserva el recuerdo de su edad pasada?
Mi corazón respetará ese nombre
que tanto amaba.
Y así dije adiós a mi esperanza loca,
siempre, con una lágrima.

Cuando el imperio de la noche eterna
reclame para siempre mi alma;
cuando mi cuerpo exánime repose
bajo una lápida,
si por ventura os acercáis un día
donde mi triste sepultura se halla,
humedeced apenas mis cenizas
con una lágrima.

Yo no ambiciono el mármol, monumento
que la la vanidad levanta;
manto suntuoso con que el necio orgullo
cubre su nada;
no darán sus emblemas a mi nombre
el falso orgullo ni la gloria vana;
lo que yo quiero, lo único que pido,
es una lágrima.


When Friendship or Love
Our sympathies move;
When Truth, in a glance, should appear,
The lips may beguile,
With a dimple or smile,
But the test of affection's a Tear:

Too oft is a smile
But the hypocrite's wile,
To mask detestation, or fear;
Give me the soft sigh,
Whilst the soultelling eye
Is dimm'd, for a time, with a Tear:

Mild Charity's glow,
To us mortals below,
Shows the soul from barbarity clear;
Compassion will melt,
Where this virtue is felt,
And its dew is diffused in a Tear:

The man, doom'd to sail
With the blast of the gale,
Through billows Atlantic to steer,
As he bends o'er the wave
Which may soon be his grave,
The green sparkles bright with a Tear;

The Soldier braves death
For a fanciful wreath
In Glory's romantic career;
But he raises the foe
When in battle laid low,
And bathes every wound with a Tear.

If, with high-bounding pride,
He return to his bride!
Renouncing the gore-crimson'd spear;
All his toils are repaid
When, embracing the maid,
From her eyelid he kisses the Tear.

Sweet scene of my youth!
Seat of Friendship and Truth,
Where Love chas'd each fast-fleeting year
Loth to leave thee, I mourn'd,
For a last look I turn'd,
But thy spire was scarce seen through a Tear:

Though my vows I can pour,
To my Mary no more,
My Mary, to Love once so dear,
In the shade of her bow'r,
I remember the hour,
She rewarded those vows with a Tear.

By another possest,
May she live ever blest!
Her name still my heart must revere:
With a sigh I resign,
What I once thought was mine,
And forgive her deceit with a Tear.

Ye friends of my heart,
Ere from you I depart,
This hope to my breast is most near:
If again we shall meet,
In this rural retreat,
May we meet, as we part, with a Tear.

When my soul wings her flight
To the regions of night,
And my corse shall recline on its bier;
As ye pass by the tomb,
Where my ashes consume,
Oh! moisten their dust with a Tear.


Lord Byron
(1788-1824)




Poemas góticos. I Poemas de Lord Byron.


Más literatura gótica:
El análisis, resumen y traducción al español del poema de Lord Byron: La lágrima (The Tear), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El rayo de luna»: Gustavo Adolfo Becquer; relato y análisis


«El rayo de luna»: Gustavo Adolfo Becquer; relato y análisis.




El rayo de luna (El rayo de luna) es un relato de fantasmas del escritor español Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870), publicado en las ediciones del 12 y 13 de febrero de 1862 del periódico El Contemporáneo, y luego reeditado en la antología: Leyendas.

El rayo de luna, uno de los grandes cuentos de Becquer, relata la historia de un noble taciturno que se obsesiona con la visión nocturna de una mujer. Estimulado por sitios misteriosos, abandonados, deja volar su imaginación con la esperanza de reencontrarse con aquel espectro que, como la mayoría de los sueños, es tan evanescente como un rayo de luna.




El rayo de luna.
El rayo de luna, Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870)

Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación. Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta leyenda que, a los que nada vean en su fondo, al menos podrá entretenerles un rato.

Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que leía la última cantiga de un trovador. Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.

—¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? —preguntaba algunas veces su madre.

—No sabemos —respondían sus servidores—: acaso estará en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.

En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes. Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos. Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.

Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio intentando traducirlo. En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía comprender. ¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres en un instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco.

Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio, exclamaba:

—Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas!... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo será su amor?...

Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y gesticular a solas, que es por donde se empieza. Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río. En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas. En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.

Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente. Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios. La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo. En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o imposibles penetraba en los jardines.

—¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!..., ¡a estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco —exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.

Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.

—¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! —dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo... ¡Nadie!

—¡Ah!, por aquí, por aquí va —exclamó entonces—. Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en los arbustos; —y corría y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía—. Pero siguen sonando sus pisadas —murmuró otra vez;— creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado... El viento que suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que ha dicho; pero no hay duda, va por ahí, ha hablado... ha hablado... ¿En qué idioma? No sé, pero es una lengua extranjera... Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus propios pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán inútil!

Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada. Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre que se eleva la ermita de San Saturio.

—Tal vez, desde esta altura podré orientarme para seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto —exclamó trepando de peña en peña con la ayuda de su daga.

Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce a sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo encarcelan. Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia. La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la orilla opuesta. En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas. Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.

Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas. Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó a vagar por sus calles a la ventura. Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas. Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.

Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente.

—No cabe duda; aquí vive mi desconocida —murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto sus ojos de la ventana gótica;— aquí vive. Ella entró por el postigo de San Saturio... por el postigo de San Saturio se viene a este barrio... en este barrio hay una casa, donde pasada la media noche aún hay gente en vela... ¿En vela? ¿Quién sino ella, que vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo a estas horas?... No hay más; ésta es su casa.

En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza las más locas y fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente a la ventana gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la vista un momento. Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano, restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo. Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo fue obra de un instante.

—¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde, animal —ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:

—En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas.

—Pero ¿y su hija? —interrumpió el joven impaciente—; ¿y su hija, o su hermana; o su esposa, o lo que sea?

—No tiene ninguna mujer consigo.

—¡No tiene ninguna!... Pues ¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la noche he visto arder una luz?

—¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene encendida su lámpara hasta que amanece.

Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera causado más asombro que el que le causaron estas palabras.

—Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla... ¿En qué?... Eso es lo que no podré decir... pero he de conocerla. El eco de sus pisadas o una sola palabra suya que vuelva a oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver, me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles palabras... ¿Qué dijo?... ¿qué dijo? ¡Ah!, si yo pudiera saber lo que dijo, acaso... pero aún sin saberlo la encontraré... la encontraré; me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña nunca. Verdad es que ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado más de veinte doblas en oro en hacer charlar a dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote, que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el del traje de mi desconocida; pero no importa... yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla excederá seguramente al trabajo de buscarla.

¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan... Sí... no hay duda; azules deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que floten... Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran negros... no me engaño, no; eran negros. ¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta, flotante y oscura, a una mujer alta... porque... ella es alta, alta y esbelta como esos ángeles de las portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las sombras de sus doseles de granito! ¡Su voz!... su voz la he oído... su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de una música.

Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma? Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto... ¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?

Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses durante los cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en estas ideas el puente que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus jardines. La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles. Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas... Estaba desierto.

Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo. Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco. Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.

Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante. Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas. Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.

—Tú eres joven, tú eres hermoso —le decía aquélla—; ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?

—¡El amor!... El amor es un rayo de luna —murmuraba el joven.

—¿Por qué no despertáis de ese letargo? —le decía uno de sus escuderos—; os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en la guerra se encuentra la gloria.

—¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna.

—¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?

—¡No! ¡No! —exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial—; no quiero nada... es decir, sí quiero... quiero que me dejéis solo... Cantigas... mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.

Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870)




Relatos góticos. I Relatos de Gustavo Adolfo Becquer.


Más literatura gótica:
El anáisis y resumen del cuento de Gustavo Adolfo Becquer: El rayo de luna, fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El ángel»: William Blake; poema y análisis


«El ángel»: William Blake; poema y análisis.




El ángel (The Angel) es un poema del romanticismo del escritor inglés William Blake (1757-1827), publicado en la antología de 1794: Cantos de experiencia (Songs of Experience).

El ángel, uno de los grandes poemas de William Blake, funciona como una especie de viaje hacia lo más profundo del subconsciente: ese territorio incierto que produce nuestros sueños y pesadillas. De eso se trata el poema, de un sueño, o mejor dicho, del reino de los sueños protegido por un ángel guardián.

Ahora bien, ¿qué puede significar este sueño? Eso mismo se pregunta William Blake, lo cual eleva a El ángel a una dimensión completamente nueva, ya que la esencia de poema deriva del subconsciente, es decir, de regiones que el propio narrador desconoce. Después de todo, ¿qué significa ser visitado en tu sueño por un ángel? Es una buena pregunta (ver: Significado de soñar con ángeles)




El ángel.
The Angel, William Blake (1757-1827)

Un sueño he soñado ¿cuál es su significado?
Yo era una virgen con un reinado,
Un ángel bueno me custodiaba,
(¡Maldito llanto a nadie encantaba!)

Lloraba de noche, lloraba de día,
Mis lágrimas él recogía
Lloraba de día, lloraba de noche,
Supe yo ocultarle mi goce.

La mañana se ruborizó
Él sacó sus alas y voló.
Sequé mi rostro, armé el temor:
Escudos, lanzas, diez mil o mayor.

Pronto mi Ángel regresó:
Armada estaba yo, él vino en vano;
Pues el joven tiempo desapareció
Y así mi cabello encaneció.


I Dreamt a Dream! what can it mean?
And that I was a maiden Queen:
Guarded by an Angel mild:
Witless woe, was ne'er beguil'd!

And I wept both night and day
And he wip'd my tears away
And I wept both day and night
And hid from him my hearts delight

So he took his wings and fled:
Then the morn blush'd rosy red:
I dried my tears & armed my fears,
With ten thousand shields and spears.

Soon my Angel came again;
I was arm'd, he came in vain:
For the time of youth was fled,
And grey hairs were on my head.


William Blake
(1727-1827)




Poemas góticos. I Poemas de William Blake.


Más literatura gótica:
El análisis, resumen y traducción del poema de William Blake: El ángel (The Angel), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Parker Adderson, filósofo»: Ambrose Bierce; relato y análisis


«Parker Adderson, filósofo»: Ambrose Bierce; relato y análisis.




Parker Adderson, filósofo (Parker Adderson, Philosopher) es un relato fantástico del escritor norteamericano Ambrose Bierce (1842-1914), publicado originalmente en la edición del 22 de febrero de 1891 del San Francisco Examiner con el título: James Adderson, filósofo y agudo (Philosopher and Wit); y luego reeditado en la antología de 1891: Cuentos de soldados y civiles (Tales of Soldiers and Civilians).

Parker Adderson, filósofo, uno de los grandes cuentos de Ambrose Bierce, relata la historia de un espía de la Unión que queda atrapado detrás de las líneas Confederadas. En una conversación con el general Confederado que lo sentencia a muerte, expresa ideas magníficamente estoicas sobre la muerte.




Parker Adderson, filósofo.
Parker Adderson, Philosopher, Ambrose Bierce (1842-1914)

—Prisionero, ¿cuál es su nombre?

—Como debo perderlo mañana al amanecer, no creo que valga la pena ocultarlo: Parker Adderson.

—¿Su grado?

—Más bien humilde. La vida de los oficiales de carrera es demasiado preciosa para que se la exponga en el peligroso oficio de espía. Soy sargento.

—¿De qué regimiento?

—Le ruego que me disculpe. Si le contesto, entiendo que podría darle una idea de los efectivos que tienen al frente. Me he introducido en las filas de ustedes para obtener y no para comunicar esa clase de informes.

—Veo que no le falta chispa.

—Si tiene la paciencia de aguardar, le pareceré bastante apagado mañana.

—¿Cómo sabe que debe morir mañana por la mañana?

—Así se acostumbra con los espías capturados en la noche. Es una de las bonitas reglas del oficio.

El general, olvidando la dignidad que convenía a un oficial confederado de alto rango y de vasto renombre, se permitió sonreír. Pero ninguno de aquellos que habían caído en su desfavor, estando bajo sus órdenes, habría augurado nada bueno de ese signo exterior y visible de aquiescencia. No era benévolo ni contagioso; no se comunicaba con los hombres allí presentes: el espía capturado que lo provocó y el centinela armado que condujo a éste a la tienda y que ahora se mantenía a cierta distancia, vigilando al prisionero a la luz amarilla de una vela. Sonreír no formaba parte del deber de aquel guerrero: muy otras eran sus tareas. Continuó la conversación; era, en realidad, el proceso de un delito que merecía la pena capital.

—¿Usted admite, entonces, que es un espía que se ha introducido en mi campamento, disfrazado con el uniforme de un soldado confederado, para obtener secretamente informes sobre el número y la disposición de mis tropas?

—Sobre el número, especialmente. La disposición ya la conocía. Es más bien tétrica.

El general sonrió de nuevo. El centinela, con un sentido más severo de su responsabilidad, acentuó la austeridad de su expresión y se mantuvo un poco más erguido que antes. Haciendo girar sobre el índice su sombrero de fieltro gris, el espía miraba cómodamente a su alrededor. Era un lugar modesto. La tienda era la típica tienda de campaña, de ocho por diez, iluminada por una vela de sebo hundida en el cubo de una bayoneta encajada en una mesa de pino a la cual estaba sentado el general, quien ahora escribía laboriosamente sin prestar atención a su forzado huésped. Una vieja alfombra en el piso de tierra, un baúl de fibra todavía más viejo, una segunda silla y un rollo de mantas: la tienda no contenía otra cosa. Bajo las órdenes del general Clavering, la simplicidad y la falta absoluta de "pompa y circunstancia" del ejército confederado había alcanzado su máximo. De un grueso clavo hundido en el mástil de la tienda, a la entrada, colgaba un cinturón de un largo sable, una pistola en su cartuchera y, cosa bastante absurda, un cuchillo de monte. Cuando hablaba de esta arma de ningún modo militar, el general solía decir que era un recuerdo de sus pacíficos días de civil.

La noche era tormentosa. Una lluvia torrencial caía como una cascada sobre la lona con ese ruido monótono, semejante al redoble de un tambor, tan familiar a los oídos de quienes viven bajo una tienda. Sometidos a los embates de las ráfagas atronadoras, el frágil edificio temblaba y vacilaba y tiraba de las cuerdas y estacas que lo fijaban al suelo.Cuando hubo terminado de escribir, el general dobló la hoja de papel y le dijo al centinela:

—Oiga, Tassman, llévele esto al ayudante mayor y vuelva.

—¿Y el prisionero, mi general? —preguntó el soldado después de saludar y echar una mirada en dirección al espía.

—Haga lo que le digo —dijo el general.

El soldado tomó la nota y salió de la tienda bajando bruscamente la cabeza. El general Clavering volvió hacia el espía federal su hermoso rostro, de rasgos nítidos, lo miró en los ojos, no sin dulzura, y le dijo:

—Es una mala noche, muchacho.

—Para mí, no cabe duda.

—¿Adivina lo que acabo de escribir?

—Algo digno de leerse, espero. Y me atrevo a decir, quizá sea vanidad de mi parte, que yo figuro en ese papel.

—Sí, es el memorándum de una orden acerca de su ejecución para ser leída a las tropas no bien suene la diana. Y también hay unas líneas que conciernen al capitán preboste para que arregle los detalles de la ceremonia.

—Espero, mi general, que el espectáculo será inteligentemente preparado, porque yo asistiré en persona.

—¿No desea tomar algunas disposiciones? ¿Ver a un capellán, por ejemplo?

—No querría procurarme un descanso tan largo privándolo del suyo, aunque fuera por poco rato.

—¡Dios mío, muchacho! ¿Tiene usted intenciones de ir a la muerte sin otra cosa que bromas en los labios? ¿No sabe usted que es un asunto serio?

—¿Cómo podría saberlo? Nunca he estado muerto en mi vida. He oído decir que la muerte es un asunto serio, pero nunca por aquellos que hicieron la experiencia.

El general quedó un momento silencioso. Aquel individuo le interesaba, le divertía, quizá. Era un tipo de hombre que no había encontrado antes.

—Por lo menos —dijo—, la muerte es una pérdida. La pérdida de la relativa felicidad que gozamos, y de otras ocasiones de ser felices.

—Una pérdida de la que nunca tendremos conciencia puede soportarse con calma y aguardarse sin aprensión. Habrá observado, mi general, que de todos los hombres muertos que usted ha tenido el heroico placer de sembrar en su camino, ninguno le ha dado señales de pesar.

—Si estar muerto no causa pesar, el. paso de la vida a la muerte, morir, en suma, da la impresión de ser muy desagradable a quien no ha perdido la facultad de sentir.

—El sufrimiento es desagradable, sin duda. Siempre me causa un malestar más o menos grande. Pero mientras vivimos, más expuestos estamos al sufrimiento. Lo que usted llama morir es, sencillamente, el último sufrimiento. Morir, en realidad, es algo que no existe. Suponga, por ejemplo, que yo trato de escaparme. Usted levanta el revólver que disimula con tanta cortesía sobre sus rodillas y...

El general se ruborizó como una muchacha, luego rió suavemente mostrando sus dientes brillantes, inclinó su hermosa cabeza y nada dijo. El espía continuó:

—Usted dispara, y yo tengo en mi estómago algo que no he tragado. Caigo, pero no estoy muerto. Después de media hora de agonía, estoy muerto. Pero en cualquier instante dado de esa media hora, yo estaba vivo o muerto. No hay período de transición. Mañana por la mañana, cuando me ahorquen, ocurrirá exactamente lo mismo. Mientras esté consciente, viviré. Una vez muerto, estaré inconsciente. La naturaleza parece haber arreglado las cosas de acuerdo con mis intereses... Como yo mismo las habría arreglado... —Es tan simple —agregó con una sonrisa— que se diría que apenas importa que a uno lo cuelguen.

Hubo un largo silencio después de estas palabras. El general, impasible, miraba al hombre bien de frente. Al parecer, no le prestaba atención. Como si sus ojos montaran guardia junto al prisionero mientras otros pensamientos ocupaban su espíritu. En seguida respiró largamente, profundamente, se estremeció como recién despierto de una atroz pesadilla, y exclamó con voz apenas audible: "¡La muerte es horrible!"

—Era horrible para nuestros salvajes antepasados —dijo el espía con gravedad— porque no tenían la inteligencia suficiente para disociar la noción de conciencia de la noción de formas físicas en las cuales se manifiesta la muerte. De igual manera, una inteligencia todavía más primitiva, la del mono, por ejemplo, es incapaz de imaginar una casa sin moradores, y a la vista de una cabaña en ruinas se representa a su ocupante herido. Para nosotros la muerte es horrible porque hemos heredado la tendencia a considerarla horrible, y nos explicamos esta idea por especulaciones quiméricas sobre el otro mundo; de igual modo, los nombres de los lugares dan nacimiento a las leyendas que los explican, y una conducta irrazonable hace surgir las teorías filosóficas que la justifican. Usted puede ahorcarme, mi general, pero allí se detiene su poder de hacerme daño. Usted no puede condenarme al cielo.

El general parecía no haber oído. Las palabras del espía llevaron sus pensamientos por un sendero poco familiar, y una vez allí marcharon a su antojo hacia conclusiones propias. La tormenta había cesado, y algo del carácter solemne de la noche se comunicó a sus reflexiones dándoles el tinte sombrío de un temor sobrenatural. En él entraba, quizá, un elemento de presciencia. "No quisiera morir —dijo—. Esta noche, no." Fue interrumpido —si es que tenía la intención de seguir hablando— por la entrada de un oficial de su estado mayor. Era el capitán Hasterlick, el preboste. El general volvió en sí. Desapareció su aire ausente.

—Capitán dijo, devolviendo el saludo del oficial—, este hombre es un espía yanqui que ha sido capturado en nuestras filas. Llevaba encima los papeles que demuestran su culpabilidad. Lo ha confesado todo. ¿Qué tiempo hace?

—Ha pasado la tormenta, mi general, y brilla la luna.

—Bueno. Busque un pelotón de hombres, condúzcalo ahora mismo al lugar de las maniobras y hágalo fusilar.

El espía lanzó un grito. Se echó hacia adelante, el cuello tenso, los ojos fuera de las órbitas los puños cerrados.

—¡Dios mío! —exclamó con voz ronca, articulando apenas las palabras—. ¡Usted no habla en serio! ¡Usted olvida que no debo morir hasta mañana!

—No he dicho nada de mañana —replicó fríamente el general—. Eso fue por su cuenta. Va a morir ahora.

—Pero general, le pido... le suplico que recuerde... ¡Yo debo ser ahorcado! Se necesita cierto tiempo para levantar el patíbulo. Dos horas... una hora... A los espías se los cuelga. La ley militar me concede ese derecho. Por el amor de Dios, mi general, considere qué poco...

—Capitán, haga lo que le ordeno.

El oficial sacó su espada y después, sin decir una palabra, le señaló al espía la abertura de la tienda. El espía vaciló, pálido como un cadáver. El oficial lo tomó por el cuello y lo empujó suavemente hacia delante. Como se acercara al mástil que sostenía la tienda, el espía dio un salto, se apoderó del cuchillo de monte con la agilidad de un gato, arrancó el arma de su vaina, empujó al capitán y, lanzándose sobre el general con la furia de un demente, lo hizo caer de espaldas y se le echó encima. La mesa se vino al suelo, se apagó la vela y los dos hombres lucharon ciegamente en las tinieblas. El capitán se precipitó en auxilio de su oficial superior; muy pronto rodaba también sobre las dos formas que se debatían. Maldiciones y gritos inarticulados de rabia y de dolor ascendían de ese tumulto de brazos y piernas. La tienda se abatió de pronto, y la lucha continuó debajo de los pliegues confusos y envolventes de la lona.

El soldado Tassman, que regresaba de dar su mensaje, conjeturó vagamente la situación: arrojó su fusil y asiendo al azar la ondulante lona intentó separarla, inútilmente, de los hombres que cubría. El centinela que iba y venía frente a la tienda, no atreviéndose a abandonar su puesto aunque el cielo se desplomara, hizo un disparo al aire. La detonación alertó al campamento. El redoble de los tambores y las notas agudas de los clarines llamaron a la tropa. Entonces surgió una multitud presurosa de soldados semidesnudos que se vestían a la disparada, bajo el claro de luna, no dejando de correr para ponerse en las filas mientras obedecían a las breves órdenes de sus oficiales. Todo era como es debido: una vez en las filas, los hombres estaban bajo vigilancia. Así permanecieron mientras el estado mayor del general y los soldados de su escolta ponían orden en el caos alzando la tienda caída y separando a los actores de aquella extraña pelea, heridos y sin aliento.

En realidad, uno había sin aliento: había muerto el capitán. Por su garganta asomaba el cabo del cuchillo de monte, tan profundamente hundido debajo del mentón que su extremo estaba acuñado en el ángulo de la mandíbula. La mano que le asestó la cuchillada no había podido retirar el arma. El cadáver aferraba la espada con una energía que desafiaba las fuerza de los vivos. La hoja estaba manchada de rojo hasta la empuñadura. El general se puso de pie, pero en seguida lanzó un gemido y se desvaneció. Aparte de las magulladuras, tenía dos profundas heridas de espada: una le había atravesado la cadera; la otra, el hombro. El espía no había salido demasiado maltrecho. Con excepción el brazo derecho roto, hubiera podido sufrir todas sus heridas en un combate común con armas comunes. Pero estaba ofuscado y no parecía comprender lo que acababa de ocurrir. Se apartó de aquellos que le atendían, se acurrucó en el suelo y empezó a murmurar palabras ininteligibles. Su cara, hinchada por los golpes y chorreando sangre, estaba sin embargo muy blanca bajo el pelo en desorden, tan blanca como la de un cadáver.

—Este hombre no es un loco —dijo el cirujano respondiendo a una pregunta—. Está enfermo de miedo. ¿Quién es y qué hace aquí?

El soldado Tassman empezó a explicar. Era la oportunidad e su vida. No dejó nada por decir que de una u otra manera pudiese acentuar su importancia en los acontecimientos de aquella noche. Cuando terminó su historia y estaba listo para repetirla de nuevo, nadie le prestó atención. El general acababa de volver en sí. Se apoyó en el codo, miró su alrededor, vio al espía custodiado junto a una fogata del campamento.

—Que lleven a este hombre al lugar de las maniobras y lo fusilen —dijo sencillamente.

—El general delira —dijo un oficial que estaba cerca de el.

—No delira —dijo el ayudante mayor—. Repite lo que ha escrito en un memorándum que tengo en mi poder. Le había dado esa misma orden a Hasterlick —señaló con un ademán el cadáver del preboste— y ¡Dios de Dios! es una orden que será cumplida.

Diez minutos después, el sargento Paker Adderson, del ejército federal, filósofo y hombre de ingenio, arrodillado bajo el claro de luna y suplicando en términos incoherentes que le perdonaran la vida, era fusilado por veinte hombres. En el momento en que resonó la salva en el aire vivo de aquella media noche, el general Clavering, que yacía pálido e inmóvil a la luz rojiza del fuego del campamento, abrió sus grandes ojos azules, miró afablemente a los que le rodeaban y murmuró:

—¡Qué silencio hay en todo!

El cirujano miró al ayudante mayor con aire grave y significativo. El enfermo cerró lentamente los ojos y permaneció en esa actitud durante algunos minutos. Después, con el rostro iluminado por una sonrisa inefablemente dulce, dijo con voz débil:

—Supongo que ha llegado la muerte.

Y expiró.

Ambrose Bierce (1842-1914)




Relatos góticos. I Relatos de Ambrose Bierce.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Ambrose Bierce: Parker Adderson, filósofo (Parker Adderson, Philosopher), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Sobreviví la noche»: Emily Dickinson; poema y análisis


«Sobreviví la noche»: Emily Dickinson; poema y análisis.




Sobreviví la noche (Somehow myself survived the Night) —también publicado en español como: De algún modo sobreviví a la noche— es un poema metafísico de la escritora norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), escrito en 1871 y publicado en la antología de 1890: Poemas (Poems).

Sobreviví la noche, uno de los grandes poemas de Emily Dickinson, plantea la curiosa reflexión de una mujer que, según ella, ha sobrevivido la noche de algún tipo de pesar, pero que en cierto modo continúa abrumándola a la luz del día.




Sobreviví la noche.
Somehow myself survived the Night, Emily Dickinson (1830-1886)

De algún modo sobreviví la noche
y entré en el día.
Al salvado le basta su salvación
aunque no sepa el cómo.

Así tomo mi lugar entre los vivos,
como si alguien me escoltase,
candidata al azar de la mañana
pero citada con los muertos.


Somehow myself survived the Night
And entered with the Day —
That it be saved the Saved suffice
Without the Formula.

Henceforth I take my living place
As one commuted led —
A Candidate for Morning Chance
But dated with the Dead.


Emily Dickinson
(1830-1886)




Poemas góticos. I Poemas de Emily Dickinson.


Más literatura gótica:
El análisis, resumen y traducción al español del poema de Emily Dickinson: Sobreviví la noche (Somehow myself survived the Night), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Prometeo»: Franz Kafka; relato y análisis


«Prometeo»: Franz Kafka; relato y análisis.




Prometeo (Prometheus) es un relato fantástico del escritor checo Franz Kafka (1883-1924), escrito alrededor de 1917, y publicado de manera póstuma en la antología de 1931: La muralla china (Beim Bau der Chinesischen Mauer).

Prometeo, uno de los grandes cuentos de Kafka, explora algunas posibilidades del mito griego de Prometeo, aquel titán encadenado por los dioses olímpicos a una montaña del Cáucaso por haber revelado el secreto del fuego a los hombres; condena que consistía en un águila devorándole el hígado, el cual volvía a crecer durante la noche y así permitir cierta cotidianeidad en el tormento.




Prometeo.
Prometheus, Franz Kafka (1883-1924)

De Prometeo nos hablan cuatro leyendas.

Según la primera, lo amarraron al Cáucaso por haber dado a conocer a los hombres los secretos divinos, y los dioses enviaron numerosas águilas a devorar su hígado, en continua renovación.

De acuerdo con la segunda, Prometeo, deshecho por el dolor que le producían los picos desgarradores, se fue empotrando en la roca hasta llegar a fundirse con ella.

Conforme a la tercera, su traición paso al olvido con el correr de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas, lo olvidaron, el mismo se olvidó.

Con arreglo a la cuarta, todos se aburrieron de esa historia absurda. Se aburrieron los dioses, se aburrieron las águilas y la herida se cerró de tedio.

Solo permaneció el inexplicable peñasco.

La leyenda pretende descifrar lo indescifrable.

Como surgida de una verdad, tiene que remontarse a lo indescifrable.

Franz Kafka (1883-1924)




Relatos góticos. I Relatos de Franz Kafka.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Franz Kafka: |teo (Prometheus), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un maizal verde»: Christina Rossetti; poema y análisis


«Un maizal verde»: Christina Rossetti; poema y análisis.




Un maizal verde (A Green Cornfield) es un poema victoriano de la escritora inglesa Christina Rossetti (1830-1894), publicado en la antología de 1875: El mercado de los duendes y otros poemas (Goblin Market and Other Poems).

Un maizal verde, tal vez uno de los poemas de Christina Rossetti menos reconocidos, retrata un instante en la naturaleza, y una sutil historia detrás, muy pequeña, casi imperceptible, que uno fácilmente podría pasar por alto, distraído en la exuberancia del escenario.




Un maizal verde.
A Green Cornfield, Christina Rossetti (1830-1894)

La tierra era verde, el cielo era azul:
Yo vi y oí en una mañana de sol,
Una alondra colgando entre los dos,
Una silueta que cantaba sobre los granos;

Y justo debajo, en alegre compás,
Mariposas blancas agitaban las alas,
Y de todos modos la alondra se elevó,
Silenciosa se hundió y se elevó para cantar.

El maizal extendió su tierno verde
Alrededor de mis pasos;
Yo sabía que había un nido oculto
Un secreto auditorio entre el millón de tallos.

Y al detenerme para oír su voz,
Mientras se deslizaba el instante de sol,
Quizás su amante se sentaba, encantado,
A oír el final de la canción.


The earth was green, the sky was blue:
I saw and heard one sunny morn
A skylark hang between the two,
A singing speck above the corn;

A stage below, in gay accord,
White butterflies danced on the wing,
And still the singing skylark soared,
And silent sank and soared to sing.

The cornfield stretched a tender green
To right and left beside my walks;
I knew he had a nest unseen
Somewhere among the million stalks.

And as I paused to hear his song
While swift the sunny moments slid,
Perhaps his mate sat listening long,
And listened longer than I did.


Christina Rossetti
(1830-1894)




Poemas góticos. I Poemas de Christina Rossetti.


Más literatura gótica:
El análisis, resumen y traducción al español del poema de Christina Rossetti: Un maizal verde (A Green Cornfield), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un lugar embrujado»: Nikolái Gógol; relato y análisis


«Un lugar embrujado»: Nikolái Gógol; relato y análisis.




Un lugar embrujado (Zakoldovannoe Mesto) es un relato de fantasmas del escritor ucraniano Nikolai Gogol (1809-1852), escrito alrededor de 1832 y publicado la antología: Tardes en una granja cerca de Dikanka (Vechera na khutore bliz Dikan'ki); también conocida como Veladas de Dikanka.

Un lugar embrujado, uno de los grandes cuentos de Gógol, explora lo fantástico desde una perspectiva bastante novedosa para la ficción romántica rusa.




Un lugar embrujado.
Zakoldovannoe Mesto, Nikolai Gogol (1809-1852)

Historia verdadera narrada por el sacristán de la iglesia de...

Les juro que empiezo a estar harto de contarles historias. ¿Qué se creen ustedes? Les doy mi palabra de que estoy aburrido. Me paso el día cuenta que te cuenta. ¡No hay manera de que le dejen a uno tranquilo! Bueno, voy a narrarles una historia más, pero será la última. Sí, ustedes han dicho que el hombre puede vencer al espíritu maligno. Mirándolo bien, es evidente que se dan en el mundo toda suerte de casos... No obstante, yo no diría eso. Si la fuerza diabólica quiere burlarse de uno, ya lo creo que lo conseguirá. Y si no vean lo que sucedió en mi familia: éramos en total cuatro hermanos. En aquella época yo no era más que un tontuelo. Sólo tenía once años; pero qué digo: aún no los había cumplido. Recuerdo como si fuera ayer que en una ocasión me puse a cuatro patas y empecé a ladrar como un perro; mi padre me gritó, moviendo la cabeza: «¡Ay, Fomá, Fomá! ¡Estás ya en edad de casarte y aún sigues haciendo el tonto como un potrillo!». Mi abuelo -que todo le vaya bien en el otro mundo - todavía vivía y gozaba de buena salud. A veces se le ocurría...

Pero ¿cómo quieren que les cuente nada en estas condiciones? Uno lleva ya una hora sacando brasas de la estufa para encender la pipa; otro no sé qué ha ido a hacer al granero. Pero ¿esto qué es? Aún podría entenderlo si les obligara a escucharme, pero son ustedes mismos los que me han pedido que les cuente una historia. ¡Si quieren escuchar, escuchen! A principios de la primavera mi padre se fue a Crimea a vender tabaco. No recuerdo si había equipado dos carros o tres. En aquella época el tabaco se pagaba caro. Llevó consigo a mi hermano de tres años, para que aprendiera desde pequeño el oficio de carretero. Nos quedamos mi abuelo, mi madre, un hermano, otro hermano y yo. El abuelo había sembrado melones hasta el borde mismo del camino y se había ido a vivir a una cabaña; nos había llevado con él para que espantáramos a los gorriones y las urracas que venían al melonar. No puede decirse que lo pasáramos mal. A veces comíamos en un solo día tantos pepinillos, melones, nabos, cebollas y guisantes que, a fe mía, parecía que en el estómago cacareaba un gallo. Además, sacábamos un buen beneficio. Pasaban muchas gentes por el camino y pocas se resistían a degustar un melón o una sandía. Y de las granjas vecinas traían pollos, huevos y pavos para intercambiar por productos de la huerta. Era una buena vida.

Lo que más le gustaba a mi abuelo era que cada día pasaban unos cincuenta carreteros con sus carros. Era gente que había visto mucho mundo. Cuando se ponían a contar, sólo había que abrir bien las orejas. Y mi abuelo acogía esas historias como un hambriento unas galushhas. A veces se encontraba con viejos conocidos -a quién no conocía mi abuelo-, y ya saben ustedes lo que pasa cuando varios viejos se reúnen: tararí, tarará, que si en esa época, que si en la otra, que si pasó esto, que si pasó lo otro... Los recuerdos se desbordaban. ¡Dios sabe hasta qué época se remontaban! Una vez -me acuerdo como si hubiera sucedido ayer-, el sol había empezado a ponerse; mi abuelo paseaba por el melonar y quitaba las hojas con las que cubría las sandías durante el día para protegerlas del sol.

-¡Mira, Ostap! -le dije a mi hermano-. ¡Por ahí van unos carreteros!

-¿Dónde? -dijo el abuelo, que acababa de hacer una señal en un gran melón para que los muchachos no se lo comieran.

Por el camino avanzaban seis carros. A la cabeza iba un carretero con el bigote ya ceniciento. Cuando llegó - cómo decirles- a unos diez pasos, se detuvo.

- ¡Hola, Maksim! ¡Mira dónde ha dispuesto Dios que nos encontremos!

El abuelo entornó los ojos.

- ¡Ah! ¡Hola, hola! ¿Qué te trae por aquí? ¿Está Boliachka contigo? ¡Hola, hola, hermano! ¡Pero diablos! ¡Si están todos! ¡Krutorischenko, Pecheritsa, Kovelek, Stetsko! ¡Hola! ja, ja, ja! jo, jo, jo! -y empezaron todos a besarse.

Desengancharon los bueyes y los dejaron pastar en la hierba. Los carros quedaron en el camino; los carreteros se sentaron en círculo delante de la cabaña y encendieron sus pipas. Pero no era ese momento para pipas. Mientras charlaban y contaban sus historias, apenas tuvieron tiempo de fumar una. Después del mediodía, mi abuelo ofreció melones a los invitados. Cada uno cogió un melón y lo limpió con su cuchillo (eran todos carreteros experimentados, habían visto mucho mundo, sabían incluso comer en sociedad; ni siquiera les habría importado sentarse a la mesa de un señor); una vez bien limpio, practicaron un agujero con el dedo, bebieron el zumo y empezaron a cortarlo en trozos y a llevárselo a la boca.

-Y bien, muchachos -dijo el abuelo-. ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Bailad un poco, hijos de perra! ¿Dónde está tu caramillo? ¡Vamos, un baile cosaco! ¡Fomá, los puños en la cintura!¡Muy bien! ¡Así! ¡Jei! jop!

Yo era entonces un muchacho ágil. ¡Maldita vejez! Ahora ya no puedo moverme así; en lugar de trazar giros, mis pies sólo tropiezan. Mi abuelo estuvo un buen rato sentado con los carreteros, mirando cómo bailábamos. Noté que sus pies no paraban en su sitio; parecía como si alguien tirara de ellos.

-Apuesto a que el viejo va a salir a bailar, Fomá -me dijo Ostap.

¿Y qué creen ustedes? Apenas había tenido tiempo mi hermano de pronunciar esas palabras, cuando el viejo no pudo contenerse más. Quería presumir un poco delante de los carreteros, ¿entienden?

- ¡Mirad, hijos del diablo! ¿Ésa es manera de bailar? ¡Así es como se baila! -dijo, poniéndose en pie, extendiendo los brazos y taconeando.

Bueno, no había nada que decir: hay que reconocer que el viejo sabía bailar; incluso habría podido danzar con la mujer del hetman. Nos apartamos y el viejo se puso a dar vueltas por todo el terreno llano que bordeaba el bancal de los pepinos. No obstante, cuando había recorrido la mitad y se aprestaba a saltar y ejecutar una de sus vertiginosas piruetas, no pudo levantar los pies del suelo. ¡No había manera! ¡Vaya una cosa rara! Se lanzó de nuevo, llegó hasta la mitad del terreno, pero las piernas no le obedecían. No había nada que hacer: no le obedecían y punto. Parecía como si se hubieran vuelto de madera. «¡Mirad qué sitio diabólico! ¡Mirad qué prodigio de Satanás! ¡Tiene que ser cosa de ese Herodes, de ese enemigo del género humano!»

Bueno, ¡no iba a cubrirse de oprobio delante de todos los carreteros! Se lanzó de nuevo y empezó a dar unos pasos tan menudos y fulgurantes que daba gusto verlo; pero llegó a la mitad y se acabó. ¡No pudo seguir bailando, eso es todo!

- ¡Ah, maldito Satanás! ¡Ojalá te atragantes con un melón podrido! ¡Ojalá no hubieras llegado a la edad adulta, hijo de perra! ¡Hacerme pasar esta vergüenza a mi edad!

Y en efecto, alguien se rió a sus espaldas. El abuelo se volvió, pero no quedaba ni rastro del melonar ni de los carreteros; por delante, por detrás y a los lados se extendía un terreno llano.

- ¡Eh! Tss... ¡Ésta si que es buena!

Entornó los ojos para ver mejor; el lugar no le parecía del todo desconocido: a un lado había un bosque, detrás del cual despuntaba una vara que se internaba a gran altura en el cielo.¡Qué cosatan rara! ¡Si era el palomar que tenía el pope en el huerto! Al otro lado destacaba una extensión gris. La miró con mayor atención y advirtió que se trataba de la era del secretario provincial. ¡Adónde lo había llevado la fuerza impura! Tras deambular por el paraje, se topó con un sendero. No había luna; sólo se vislumbraba una mancha blanca detrás de las nubes. «Mañana hará mucho viento», pensó mi abuelo. De pronto, a un lado del
camino, vio una vela encendida sobre una tumba.

-¡Vaya! -el abuelo se detuvo, puso las manos en la cintura y examinó el lugar: la vela se apagó; un poco más lejos se encendió otra-. ¡Un tesoro! -gritó el abuelo-. ¡Apuesto lo que sea a que es un tesoro! -y ya se había escupido en las manos para empezar a cavar, cuando reparó en que no tenía pala ni azada-. ¡Ah, qué pena! Quién sabe si hubiera bastado con levantar el césped para encontrar el tesoro. Lo único que puedo hacer es señalar el lugar para no olvidarme.

Cogió una gran rama, arrancada por lo visto por el vendaval, la colocó sobre la tumba, en el lugar mismo donde lucía la vela, y siguió andando por el camino. Los jóvenes robles del bosque empezaron a ralear y de pronto apareció una cerca. «¡Y bien!», dijo el abuelo. «¿No había dicho que era la era del pope? ¡Aquí está su cerca! Ya queda menos de un kilómetro para el melonar.»

Llegó bastante tarde y ni siquiera quiso probar las galushhas. Despertó a mi hermano Ostap sólo para preguntarle si hacía mucho tiempo que se habían marchado los carreteros y se envolvió en su zamarra. Cuando mi hermano le preguntó:

-¿Dónde diablos te has metido, abuelo?

-No me lo preguntes -exclamó éste, arrebujándose aún más en su zamarra-. No me lo preguntes, Ostap, si no quieres que te salgan canas -y empezó a roncar con tanta fuerza que los gorriones que habían penetrado en el melonar levantaron el vuelo asustados. ¡Claro que no se había quedado dormido! Hay que decir que el abuelo era un animal muy astuto, que Dios lo tenga en su gloria, y sabía escabullirse de cualquier situación. A veces tenía unas salidas que no había más remedio que morderse los labios.

Al día siguiente, en cuanto empezó a oscurecer en los campos, mi abuelo se puso la casaca, se ajustó el cinturón, cogió una azada y una pala, se caló el gorro en la cabeza, se bebió una jarra de kvas, se secó los labios con el faldón y se dirigió derecho al huerto del pope. Dejó atrás la cerca y el pequeño robledal. Entre los árboles serpenteaba un camino que conducía a los campos. Se diría que el lugar era idéntico al de la noche anterior. Salió al campo; el paraje parecía el mismo: allí estaba el palomar, pero en cambio no se veía la era. «No, éste no es el lugar; debe de ser un poco más lejos; probablemente habrá que girar en dirección a la era.» Dio la vuelta y se internó por otro camino. ¡Ahora se veía la era, pero no el palomar! De nuevo se acercó al palomar y desapareció la era. En el campo, como a propósito, empezó a llover. Corrió de nuevo a la era, pero el palomar ya no estaba; fue hacia el palomar y desapareció la era.

- ¡Ojalá no llegues a ver a tus hijos, maldito Satanás! Empezó a llover a cántaros.

Mi abuelo se quitó las botas nuevas y las envolvió en un pañuelo para que la lluvia no las alabeara, y se puso a trotar como el caballo de un señor. Entró en la cabaña calado hasta los huesos, se cubrió con la pelliza y se puso a murmurar entre dientes, dedicando al diablo tales insultos como yo no había oído en mi vida. Reconozco que de haber sucedido la escena a la luz del día me habría ruborizado. Al día siguiente, cuando me desperté, vi que el abuelo, como si no hubiera sucedido nada, deambulaba por el melonar, cubriendo las sandías con hojas de bardana. Durante la comida el viejo estuvo un rato charlando y asustó a mi hermano pequeño con la amenaza de trocarlo por pollos en lugar de las sandías; después de la comida se fabricó él mismo un silbato de madera y estuvo tocando con él; y para que nos divirtiéramos nos dio un melón que se retorcía como una serpiente, al que llamaba melón turco. Ya no se ven melones así. Cierto que había recibido las semillas de muy lejos.

Al anochecer, después de cenar, mi abuelo cogió la azada y se fue a cavar un nuevo bancal para plantar calabazas tardías. Al pasar junto al lugar embrujado no pudo contenerse y murmuró entre dientes: «¡Maldito lugar!»; luego se llegó hasta el punto donde no había podido bailar dos días antes y, furioso, descargó un golpe con la azada. En ese momento surgió a su alrededor el mismo panorama que la otra vez: a un lado apareció el palomar, y al otro la era. «Vaya, he hecho bien en traer conmigo la azada. ¡Allí está el camino! ¡Allí está la tumba! ¡Allí está la rama que coloqué! ¡Allí arde la vela! Espero no confundirme.»

Corrió sin hacer ruido, manteniendo la azada levantada, como si quisiera dar la bienvenida a un cerdo que se hubiera introducido en el melonar, y se paró ante la tumba. La vela se apagó; sobre la tumba había una piedra devorada por la hierba. «¡Hay que levantar esa piedra!», pensó el abuelo, y se puso a cavar a su alrededor. ¡Era grande la maldita piedra! No obstante, tras apoyar con fuerza los pies en el suelo, la empujó a un lado de la tumba.«¡Huuu!», resonó por todo el valle. «¡Ya está! ¡Ahora irá todo más deprisa!»

A continuación mi abuelo se detuvo, sacó su tabaquera, vertió en el puño un poco de tabaco y ya se aprestaba a acercárselo a la nariz, cuando de pronto, por encima de su cabeza, se oyó un «achís». Alguien había estornudado con tanta fuerza que los árboles se balancearon y la cara de mi abuelo quedó toda salpicada.

- ¡Podías volverte del otro lado cuando tienes ganas de estornudar! -dijo mi abuelo, frotándose los ojos. Miró a su alrededor, pero no había nadie-. ¡No, por lo visto al diablo no le gusta el tabaco! -continuó, guardándose la tabaquera y cogiendo la azada-. ¡Qué tonto es! ¡Un tabaco como éste no lo han olido ni su padre ni su abuelo!

Empezó a cavar; la tierra estaba blanda y la azada se hundía en ella sin esfuerzo. De pronto algo tintineó. Apartó la tierra y vio una olla.

-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -gritó el abuelo, metiendo por debajo la azada.

-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -pió un ave, picoteando la olla.

Mi abuelo se apartó y soltó la azada.

-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -baló una cabeza de cordero desde lo alto de un árbol.

-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -rugió un oso, asomando el hocico detrás de un tronco.

Mi abuelo se estremeció.

- ¡Vaya! ¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra aquí! -dijo entre dientes.

- ¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra aquí! -pió el pico del ave.

- ¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra! -baló la cabeza de cordero.

- ¡Cualquiera se atreve! -rugió el oso.

-¡Hum! -dijo asustado el abuelo.

-¡Hum! -pió el pico.

-¡Hum! -baló el cordero.

-¡Hum! -rugió el oso.

Lleno de temor, mi abuelo miró en torno suyo. ¡Dios mío, qué noche! Ni luna ni estrellas; a su alrededor sólo había barrancos; bajo sus pies se extendía un abismo sin fondo; sobre su cabeza colgaba una montaña que amenazaba con derrumbarse sobre él. El abuelo tuvo la impresión de que, detrás de ella, asomaba una cara. ¡Uf, menuda cara! La nariz como el fuelle de una herrería, con unos orificios nasales tan grandes que hubiera cabido un barreño de agua en cada uno de ellos; los labios, os lo juro, iguales a dos troncos; los ojos rojizos, salientes, miraban hacia arriba. Además, la cara sacaba la lengua y se burlaba.

-¡Vete al diablo! -exclamó el abuelo, dejando la olla-. ¡Quédate con tu tesoro! ¡Qué jeta tan abominable! -y ya estaba a punto de echarse a correr, cuando miró a su alrededor y vio que todo volvíaa ser como antes-. ¡Lo que quiere el espíritu impuro es asustarme!

De nuevo trató de sacar la olla, pero era demasiado pesada. ¿Qué hacer? ¡No iba a dejarla allí! Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el abuelo la agarró con las dos manos.

-¡Vamos, otro tirón! ¡Otro, otro! -y la sacó-. ¡Uf! ¡Ahora es momento de oler un poco de tabaco!

Cogió la tabaquera; pero antes de que tuviera tiempo de verter un poco de tabaco en la mano, miró atentamente a su alrededor para asegurarse de que no había nadie. En un principio pensó que estaba solo; pero de pronto le pareció ver que un tocón soplaba y jadeaba, que le salían orejas y unos ojos inyectados en sangre, que los orificios de la nariz se dilataban y la nariz se fruncía como si se dispusiera a estornudar. «No, no oleré tabaco», pensó mi abuelo, guardando la tabaquera-. «¡Ese Satanás volvería a llenarme los ojos de saliva!» Cogió la olla apresuradamente y echó a correr con todas sus fuerzas; pero sentía que por detrás alguien le rascaba las piernas con unas varillas... «¡Ay, ay, ay!», gritaba el abuelo, acelerando el paso;
sólo cuando llegó al huerto del pope se detuvo para recuperar el aliento.

«¿Dónde se habrá metido el abuelo?», pensábamos nosotros, que llevábamos tres horas esperándole. Hacía tiempo que nuestra madre había venido desde la granja con un puchero de galushkas calientes. ¡Y el abuelo seguía sin aparecer! Una vez más empezamos a cenar solos. Después de la cena, nuestra madre lavó el puchero y buscó con la vista un lugar en el que arrojar el agua sucia, pues alrededor sólo había bancales; de pronto vio un tonel que iba directamente a su encuentro. El cielo estaba bastante oscuro. Nuestra madre probablemente pensó que uno de los muchachos, para divertirse, se había ocultado detrás del tonel y lo
empujaba.

-¡Muy a propósito! ¡Voy a arrojar allí el agua sucia! -dijo, y vertió el agua hirviendo.

- ¡Ay! - gritó alguien con voz de bajo.

Miramos y era el abuelo. ¡Quién iba a imaginarlo! Os juro que pensábamos que se trataba de un tonel. Reconozco, aunque no sea muy piadoso, que nos pareció muy divertido ver la cabeza canosa del abuelo empapada de agua sucia y toda cubierta de mondas de melón y de sandía.

-¡Mira lo que has hecho, mujer del diablo! -dijo el abuelo, secándose la cabeza con el faldón de la casaca-. ¡Me ha escaldado como a un cerdo en Nochebuena! ¡Bueno, muchachos, ahora tendréis con qué compraros roscas de pan! ¡Llevaréis caftanes de oro, hijos de perra!¡Mirad, mirad lo que os traigo! -dijo el abuelo abriendo la olla.

¿Y qué creen ustedes que contenía? Bueno, por lo menos debía haber, si bien se piensa... ¿Qué? ¿Oro? Pues no, no había oro; el interior estaba repleto de basura, de porquerías... Da vergüenza decir lo que había allí. Mi abuelo escupió, arrojó la olla y fue a lavarse las manos. Ese día nos hizo prometerle que jamás creeríamos al diablo.

-¡Ni se os ocurra siquiera! -nos decía a menudo-. Todo lo que os diga ese hijo de perra, ese enemigo del señor Jesucristo, es mentira. ¡En ninguna de sus palabras hay un kopek de verdad!

Y en cuanto se enteraba de que en alguna parte las cosas no estaban tranquilas, nos gritaba:

-¡Vamos, muchachos, a santiguaros! ¡Así! ¡Así! ¡Muy bien! -y él mismo hacía la señal de la cruz. En cuanto al lugar embrujado, en el que no había podido bailar, lo cerró con una cerca y nos ordenó tirar allí los desperdicios, las malas hierbas y la basura que sacaba del melonar.

¡Así es cómo la fuerza impura se burla de los hombres! Conozco bien ese terreno. Después de ese suceso unos cosacos vecinos se lo alquilaron a mi padre para plantar melones. ¡Era una tierra estupenda y producía unas cosechas magníficas!; pero el lugar embrujado nunca dio nada bueno. Lo sembraban como es debido, pero brotaban unas plantas tan extrañas que no había manera de reconocerlas: sandías que no eran sandías, calabazas que no eran calabazas, pepinos que no eran pepinos... ¡El diablo sabe lo que era aquello!

Nikolái Gógol (1809-1852)




Relatos góticos. I Relatos de Nikolai Gogol.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Nikolái Gógol: Un lugar embrujado (Zakoldovannoe Mesto), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El deseo está muerto»: D.H. Lawrence; poema y análisis


«El deseo está muerto»: D.H. Lawrence; poema y análisis.




El deseo está muerto (Desire is Dead) es un poema de amor del escritor inglés D.H. Lawrence (1885-1930), publicado en la antología de 1929: Pensamientos (Pansies). Finalmente reaparecería en la colección: Los poemas recopilados de D.H. Lawrence (The Collected Poems of D H Lawrence), siendo considerado uno de los poemas de D.H. Lawrence más enigmáticos.




El deseo está muerto.
Desire is Dead, D.H. Lawrence (1885-1930)

El deseo puede estar muerto
y aún así un hombre puede ser
el lugar de reunión de la lluvia y el sol,
maravilla que derroca al dolor
como un árbol en invierno.


Desire may be dead
and still a man can be
a meeting place for sun and rain,
wonder outwaiting pain
as in a wintry tree.


D.H. Lawrence
(1885-1930)




Poemas góticos. I Poemas de D.H. Lawrence.


Más literatura gótica:
El análisis, resumen y traducción al español del poema de D.H. Lawrence: El deseo está muerto (Desire is Dead), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Una noche terrible»: Antón Chéjov; relato y análisis


«Una noche terrible»: Antón Chéjov; relato y análisis.




Una noche terrible (Nedobraia Noch) es un relato de terror del escritor ruso Antón Chéjov (1860-1904), escrito en 1884 y publicado en 1886.

Una noche terrible, uno de los grandes cuentos de Antón Chéjov, explora la posibilidad de un Horror surgido por equivocación, casi accidentalmente. No es un relato sencillo; de hecho, el mismo Chéjov exigió que no apareciera entre sus obras completas debido su caracter experimental.

Virginia Woolf detecta cierta dualidad dostoievskiana en Una noche terrible de Antón Chéjov, una bipolaridad narrativa que sostiene la tensión, felizmente, en los límites del género fantástico.




Una noche terrible.
Nedobraia Noch, Antón Chéjov (1860-1904)

Palideciendo, Iván Ivanovitch Panihidin empezó la historia con emoción:

-Densa niebla cubría el pueblo, cuando, en la Noche Vieja de 1883 regresaba a casa. Pasando la velada con un amigo, nos entretuvimos en una sesión espiritualista. Las callejuelas que tenía que atravesar estaban negras y había que andar casi a tientas. Entonces vivía en Moscú, en un barrio muy apartado. El camino era largo; los pensamientos confusos; tenía el corazón oprimido...

"¡Declina tu existencia!... ¡Arrepiéntete!", había dicho el espíritu de Spinoza, que habíamos consultado.

Al pedirle que me dijera algo más, no sólo repitió la misma sentencia, sino que agregó: "Esta noche".

No creo en el espiritismo, pero las ideas y hasta las alusiones a la muerte me impresionan profundamente. No se puede prescindir ni retrasar la muerte; pero, a pesar de todo, es una idea que nuestra naturaleza repele. Entonces, al encontrarme en medio de las tinieblas, mientras la lluvia caía sin cesar y el viento aullaba lastimeramente, cuando en el contorno no se veía un ser vivo, no se oía una voz humana, mi alma estaba dominada por un terror incomprensible. Yo, hombre sin supersticiones, corría a toda prisa temiendo mirar hacia atrás. Tenía miedo de que al volver la cara, la muerte se me apareciera bajo la forma de un fantasma.

Panihidin suspiró y, bebiendo un trago de agua, continuó:

-Aquel miedo infundado, pero irreprimible, no me abandonaba. Subí los cuatro pisos de mi casa y abrí la puerta de mi cuarto. Mi modesta habitación estaba oscura. El viento gemía en la chimenea; como si se quejara por quedarse fuera.

Si he de creer en las palabras de Spinoza, la muerte vendrá esta noche acompañada de este gemido...¡brr!... ¡Qué horror!... Encendí un fósforo. El viento aumentó, convirtiéndose el gemido en aullido furioso; los postigos retemblaban como si alguien los golpease.

"Desgraciados los que carecen de un hogar en una noche como ésta", pensé.

No pude proseguir mis pensamientos. A la llama amarilla del fósforo que alumbraba el cuarto, un espectáculo inverosímil y horroroso se presentó ante mí... Fue lástima que una ráfaga de viento no alcanzara a mi fósforo; así me hubiera evitado ver lo que me erizó los cabellos... Grité, di un paso hacia la puerta y, loco de terror, de espanto y de desesperación, cerré los ojos.

En medio del cuarto había un ataúd.

Aunque el fósforo ardió poco tiempo, el aspecto del ataúd quedó grabado en mí. Era de brocado rosa, con cruz de galón dorado sobre la tapa. El brocado, las asas y los pies de bronce indicaban que el difunto había sido rico; a juzgar por el tamaño y el color del ataúd, el muerto debía ser una joven de alta estatura.

Sin razonar ni detenerme, salí como loco y me eché escaleras abajo. En el pasillo y en la escalera todo era oscuridad; los pies se me enredaban en el abrigo. No comprendo cómo no me caí y me rompí los huesos. En la calle, me apoyé en un farol e intenté tranquilizarme. Mi corazón latía; la garganta esta seca. No me hubiera asombrado encontrar en mi cuarto un ladrón, un perro rabioso, un incendio...No me hubiera asombrado que el techo se hubiese hundido, que el piso se hubiese desplomado... Todo esto es natural y concebible. Pero, ¿cómo fue a parar a mi cuarto un ataúd? Un ataúd caro, destinado evidentemente a una joven rica. ¿Cómo había ido a parar a la pobre morada de un empleado insignificante? ¿estará vacío, o habrá dentro un cadáver? ¿Y quién será la desgraciada que me hizo tan terrible visita? ¡Misterio!

O es un milagro, o un crimen. Perdía la cabeza en conjeturas. En mi ausencia, la puerta estaba siempre cerrada, y el lugar donde escondía la llave sólo lo sabían mis mejores amigos; pero ellos no iban a meter un ataúd en mi cuarto. Se podía presumir que el fabricante lo llevase allí por equivocación; pero, en tal caso, no se hubiera ido sin cobrar el importe, o por lo menos un anticipo.

Los espíritus me han profetizado la muerte. ¿Me habrán proporcionado acaso el ataúd?

No creía, y sigo no creyendo, en le espiritismo; pero semejante coincidencia era capaz de desconcertar a cualquiera. Es imposible. Soy un miedoso, un chiquillo. Habrá sido una alucinación. Al volver a casa, estaba tan sugestionado que creí ver lo que no existía. ¡Claro! ¿Qué otra cosa puede ser?

La lluvia me empapaba; el viento me sacudía el gorro y me arremolinaba el abrigo. Estaba chorreando... Sentía frío... No podía quedarme allí. Pero ¿adónde ir? ¿Volver a casa y encontrarme otra vez frente al ataúd? No podía ni pensarlo; me hubiera vuelto loco al ver otra vez aquel ataúd, que probablemente contenía un cadáver. Decidí ir a pasar la noche a casa de un amigo.

Panihidin, secándose la frente bañada de sudor frío, suspiró y siguió el relato:

-Mi amigo no estaba en casa. Después de llamar varias veces, me convencí de que estaba ausente. Busqué la llave detrás de la viga, abrí la puerta y entré. Me apresuré a quitarme el abrigo mojado, lo arrojé al suelo y me dejé caer desplomado en el sofá. Las tinieblas eran completas; el viento rugía más fuertemente; en la torre del Kremlin sonó el toque de las dos. Saqué los fósforos y encendí uno. Pero la luz no me tranquilizó. Al contrario: lo que vi me llenó de horror. Vacilé un momento y huí como loco de aquel lugar... En la habitación de mi amigo vi un ataúd...¡De doble tamaño que el otro!

El color marrón le proporcionaba un aspecto más lúgubre... ¿Por qué se encontraba allí? No cabía duda: era una alucinación... Era imposible que en todas las habitaciones hubiese ataúdes. Evidentemente, adonde quiera que fuese, por todas partes llevaría conmigo la terrible visión de la última morada.

Por lo visto, sufría una enfermedad nerviosa, a causa de la sesión espiritista y de las palabras de Spinoza.

"Me vuelvo loco", pensaba, aturdido, sujetándome la cabeza. "¡Dios mío!" "¿Cómo remediarlo?"

Sentía vértigos... Las piernas se me doblaban; llovía a cántaros; estaba calado hasta los huesos, sin gorra y sin abrigo. Imposible volver a buscarlos; estaba seguro de que todo aquello era una alucinación. Y, sin embargo, el terror me aprisionaba, tenía la cara inundada de sudor frío, los pelos de punta...

Me volvía loco y me arriesgaba a pillar una pulmonía. Por suerte, recordé que, en la misma calle, vivía un médico conocido mío, que precisamente había asistido también a la sesión espiritista. Me dirigí a su casa; entonces aún era soltero y habitaba en el quinto piso de una casa grande. Mis nervios hubieron de soportar todavía otra sacudida... Al subir la escalera oí un ruido atroz; alguien bajaba corriendo, cerrando violentamente las puertas y gritando con todas sus fuerzas: "¡Socorro, socorro! ¡Portero!"

Momentos después veía aparecer una figura oscura que bajaba casi rodando las escaleras.

-¡Pagostof! -exclamé, al reconocer a mi amigo el médico-¿Es usted? ¿Qué le ocurre?

Pagastof, parándose, me agarró la mano convulsivamente; estaba lívido, respiraba con dificultad, le temblaba el cuerpo, los ojos se le extraviaban, desmesuradamente abiertos...

-¿Es usted, Panihidin? –me preguntó con voz ronca-. ¿Es verdaderamente usted? Está usted pálido como un muerto... ¡Dios mío! ¿No es una alucinación? ¡Me da usted miedo!...

-Pero, ¿qué le pasa? ¿Qué ocurre?-pregunté lívido.

-¡Amigo mío! ¡Gracias a Dios que es usted realmente! ¡Qué contento estoy de verle! La maldita sesión espiritista me ha trastornado los nervios. Imagínese usted que se me ha aparecido en mi cuarto al volver. ¡Un ataúd!

No lo puedo creer , y le pedí que lo repitiera.

-¡Un ataúd, un ataúd de veras! –dijo el médico creyendo extenuado en la escalera-. No soy cobarde; pero el diablo mismo se asustaría encontrándose un ataúd en su cuarto, después de una sesión espiritista...

Entonces, balbuceando y tartamudeando, conté al médico los ataúdes que había visto yo también. Por unos momentos nos quedamos mudos, mirándonos fijamente. Después para convencernos de que todo aquello no era un sueño, empezamos a pellizcarnos.

-Nos duelen los pellizcos a los dos- dijo finalmente el médico-; lo cual quiere decir que no soñamos y que los ataúdes, el mío y los de usted, no son fenómenos ópticos, sino que existen realmente. ¿Qué vamos a hacer?

Pasamos una hora entre conjeturas y suposiciones; estábamos helados, y, por fin, resolvimos dominar el terror y entrar en el cuarto del médico. Prevenimos al portero, que subió con nosotros. Al entrar, encendimos una vela y vimos un ataúd de brocado blanco con flores y borlas doradas. El portero se persignó devotamente.

-Vamos ahora a averiguar- dijo el médico temblando – si el ataúd está vacío u ocupado.

Después de mucho vacilar, el médico se acercó y, rechinando los dientes de miedo, levantó la tapa. Echamos una mirada y vimos que... el ataúd estaba vacío. No había cadáver; pero sí una carta que decía: "Querido amigo: sabrás que el negocio de mi suegro va de capa caída; tiene muchas deudas. Uno de estos días vendrán a embargarle, y esto nos arruinará y deshonrará. Hemos decidido esconder lo de más valor, y como la fortuna de mi suegro consiste en ataúdes (es el de más fama en nuestro pueblo), procuramos poner a salvo los mejores. Confío en que tú, como buen amigo, me ayudarás a defender la honra y fortuna, y por ello te envío un ataúd, rogándote que lo guardes hasta que pase el peligro. Necesitamos la ayuda de amigos y conocidos. No me niegues este favor.

El ataúd sólo quedará en tu casa una semana. A todos los que se consideran amigos míos les he mandado muebles como éste, contando con su nobleza y generosidad. Tu amigo Tchelustin."

Después de aquella noche, tuve que ponerme a tratamiento de mis nervios durante tres semanas. Nuestro amigo, el yerno del fabricante de ataúdes, salvó fortuna y honra. Ahora tiene un funeraria y vende panteones; pero su negocio no prospera, y por las noches, al volver a casa, temo encontrarme junto a mi cama un catafalco o un panteón.

Antón Chéjov (1860-1904)




Relatos góticos. I Relatos de Antón Chéjov.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Antón Chéjov: Una noche terrible (Nedobraia Noch), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Poema de Robert E. Howard
Poema de Walter de la Mare
Relato de Charles Beaumont.


Poema de Clark Ashton Smith.
Poema de H. P. Lovecraft.
Relato de Bernard Capes.