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Elizabeth Gaskell: cuentos destacados


Elizabeth Gaskell: cuentos destacados.




Elizabeth Gaskell (1810-1865) fue una notable escritora inglesa de la era victoriana. A menudo se la recuerda por su excelente biografía de Charlotte BrontëLa vida de Charlotte Brontë (The Life of Charlotte Brontë)— y por sus novelas góticasMary Barton (Mary Barton), Norte y sur (North and South), Ruth (Ruth) y Los amores de Sylvia (Sylvia's Lovers)—; sin embargo, son los cuentos de Elizabeth Gaskell, quizás, el aspecto más destacado de su producción literaria.

En este segmento de El Espejo Gótico iremos recorriendo algunos de los más destacados cuentos de Elizabeth Gaskell, la mayoría de ellos relacionados con la literatura gótica y el relato de fantasmas.




Cuentos destacados de Elizabeth Gaskell.
  • El cuento de la vieja niñera (The Old Nurse's Story)
  • Justo al final (Right at Last)
  • La casa Clopton (The Clopton House)
  • Casa en alquiler (A House to Let)
  • Castillo Crowley (Crowley Castle)
  • Curioso, si es cierto (Curious, If True)
  • Desapariciones (Disappearances)
  • El fantasma en el cuarto del jardín (The Ghost in the Garden Room)
  • El héroe de Sexton (The Sexton's Hero)
  • El pozo de Pen Morfa (The Well of Pen Morfa)
  • Hace media vida atrás (Half a Life-Time Ago)
  • La caída de los Griffiths (The Doom of the Griffiths)
  • La casa embrujada (The Haunted House)
  • La historia del caballero (The Squire's Story)
  • La historia de un erudito (The Scholar's Story)
  • La mujer gris (The Grey Woman)
  • La pobre Clara (The Poor Clare)
  • La rama torcida (The Crooked Branch)
  • Las tres eras de Libbie Marsh (Libbie Marsh's Three Eras)
  • Lizzie Leigh (Lizzie Leigh)
  • Lois la bruja (Lois the Witch)
  • Los medio hermanos (The Half-Brothers)
  • Los problemas hogareños de Bessy (Bessy's Troubles at Home)
  • Mano y corazón (Hand and Heart)
  • Morton Hall (Morton Hall)
  • Seis semanas en Heppenheim (Six Weeks at Heppenheim)
  • Susan Dixon (Susan Dixon)
  • Tormentas y soles de Navidad (Christmas Storms and Sunshine)




Antologías. I Relatos de Elizabeth Gaskell.


El artículo: Elizabeth Gaskell: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Alicia en el País del Opio: drogas en novelas clásicas


Alicia en el País del Opio: drogas en novelas clásicas.




Si bien hoy nos resulta difícil de creer, durante el siglo XIX era perfectamente normal comprar sustancias tales como el láudano, el opio, la morfina, la cocaína, e incluso el arsénico, de forma totalmente legal. En este contexto, las drogas dentro de la literatura, y específicamente dentro de las novelas victorianas, eran tan frecuentes que ni siquiera era necesario mencionarlas para que el lector advirtiera su presencia.

Pensemos en la novela de Lewis Carroll: Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland). Desde luego que la atmósfera onírica de la historia podría hacernos pensar que Alicia estaba bajo los efectos de alucinógenos; sin embargo, Lewis Carroll no solo lo sugiere a través de este medio sino que directamente lo aclara en varios pasajes.

Es cierto que las sustancias que Alicia consume en el País de las Maravillas jamás son descritas específicamente como drogas; no obstante, también es justo pensar que esa aclaración era redundante: Alicia bebe de misteriosas botellas llenas con líquidos extraños, saborea pasteles decorados con semillas de amapola, presencia orugas descomunales que fuman exquisitas hierbas y atestigua la presencia de hongos mágicos.

A esto hay que añadirle que todos estos ingredientes aparecen dentro de un contexto en el que Alicia pierde por completo el control de su cuerpo, así como la noción de tiempo y espacio.

Alicia y su País del Opio no es un caso aislado, sino parte de una costumbre tan arraigada en la sociedad que su utilización dentro de la literatura era casi una obligación.

Repasemos algunas de las novelas más importantes de la época que se apoyan en esta tradición.

Las drogas son elementos esenciales en Villette (Villette), de Charlotte Brontë; así como en La inquilina de Widfell Hall (The Tenant of Widfell Hall), de Anne Brontë. Ambas novelas utilizan a Branwell Brontë, hermano de las autoras, como modelo del típico inglés adicto al láudano.

En Catherine (Catherine), de William Makepeace Thackeray, la heroína frecuenta a todos los boticarios de Londres para adquirir láudano y de ese modo aliviar el terrible dolor de muelas que la aqueja. Algo parecido ocurre en La feria de las vanidades (Vanity Fair), del mismo autor, donde la seductora Becky Sharp jamás deja de rellenar sus botellas de láudano para lucir fresca y radiante.

Elizabeth Gaskell, en cambio, utiliza a las drogas como forma de evasión, no de tratamiento médico. En Mary Barton (Mary Barton), John Barton se intoxica periódicamente para sobrellevar su estado de perpetua depresión como consecuencia de la pobreza y el desempleo.

Wilkie Collins, gran adicto al opio como medio para suavizar los padecimientos del reuma y la gota, hizo de las drogas el núcleo de la trama argumental de La piedra lunar (The Moonstone), quizás una de sus novelas más famosas.

George Eliot aportó lo suyo en Daniel Deronda (Daniel Deronda); también en Silas Marner (Silas Marner), donde la miserable Molly Farren es adicta al opio; o en Middlemarch (Middlemarch), donde el doctor Lydgate consume cuanta sustancia alucinógena encuentra a su paso, mientras que Will Ladislaw busca en la exploración narcótica los medios para alcanzar la inspiración artística.

En Trompeta principal (Trumpet Major), Thomas Hardy consigue que Bob Loveday pierda la conciencia en varios pasajes debido al consumo excesivo de té de amapola.

Uno de los casos más notables de la mención de drogas dentro de la literatura es el clásico de Robert Louis Stevenson: El extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde (The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde); donde un sujeto anodino, chato, se convierte en una bestia impulsiva luego de beber una extraña pócima.

Si bien la fórmula de este brebaje no es aclarada por Stevenson, a lo largo de la novela se deduce que esta tiene que ver con algún tipo de psicotrópico.

También hay una gran cantidad de referencias a las drogas en El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray), de Oscar Wilde. De hecho, a lo largo de la historia Dorian frecuenta regularmente el ámbito pernicioso de un fumadero de opio.

Tampoco podemos dejar de lado al clásico de Bram Stoker: Drácula (Dracula).

Allí, el doctor Jack Seward, quien administra el manicomio de Carfax, es un impulsivo adicto a la morfina. Incluso el doctor Abraham Van Helsing, más recordado por practicar una de las primeras transfusiones de sangre en la literatura, le inyecta morfina a Lucy Westenra antes de que la muchacha se transforme en vampiro.

Para finalizar mencionaremos a un último personaje, aunque la lista podría prolongarse indefinidamente: Sherlock Holmes; sí, el detective de Arthur Conan Doyle. Si bien no se asume a sí mismo como un adicto, ocasionalmente se inyecta cocaína, según él, para estimular su cerebro cuando no se encuentra trabajando en un caso.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I Autores con historia.


Más literatura gótica:
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«Los amores de Sylvia»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis.


«Los amores de Sylvia»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis.




Los amores de Sylvia (Sylvia's Lovers) es una novela romántica de la escritora británica Elizabeth Gaskell (1810-1865), publicada en 1863.

Los amores de Sylvia es la novela menos conocida de Elizabeth Gaskell, aunque no la menos significativa. Ella misma la describió como «la historia más triste que jamás escribí» [The saddest story I ever wrote]

La novela comienza en el pueblo costero de Monkshaven, Inglaterra, durante el primer período de las guerras napoleónicas. La protagonista, Sylvia Robson, vive una vida bastante agradable en su granja, acompañada por su familia y perpetuamente acosada por su primo Philip. No obstante, el corazón de Sylvia se inclina por un marinero llamado Charlie Kinraid, con el que se compromete secretamente.

Durante una noche particularmente oscura, Charly Kinraid es enlistado clandestinamente por oficiales de la armada real, sin ofrecerle el beneficio de comunicarse con sus familiares. La escena es atestiguada por Philip, que resuelve no contarle a Sylvia el destino de su prometido.

Con el tiempo, Sylvia se convence que Charly ha muerto o la ha abandonado. En cualquier caso, cede ante la presión familiar y contrae matrimonio con el odioso primo Philip.

Como cualquiera de nosotros puede imaginar, Kinraid regresa después de varios años de combates y escaramuzas de dudoso resultado, y encuentra que Sylvia no solo está casada con Philip, sino que tiene una hija.

A partir de aquí, Elizabeth Gaskell despliega toda su fuerza intuitiva para describir lo más absurdo de las emociones humanas: los celos, el rechazo, el odio mezclado con el deseo, la necesidad de poseer al otro; en definitiva, las pasiones menos justificables pero también las más naturales del ser humano.




Novelas del romanticismo. I Novelas de Elizabeth Gaskell.


El análisis y resumen de la novela de Elizabeth Gaskell: Los amores de Sylvia (Sylvia's Lovers) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Ruth»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis.


«Ruth»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis.




Ruth (Ruth) es una novela victoriana de la escritora británica Elizabeth Gaskell (1810-1865), publicada en 1853.

Se trata de una novela victoriana de amor que desarrolla algunos problemas sociales de su época, sobre todo la idea victoriana del pecado y las relaciones ilegítimas.

Elizabeth Gaskell retrata magníficamente a Ruth Hilton, una «mujer caída» que se ve desplazada fuera del marco de lo que la sociedad considera digno y respetable.

Ruth fue una novela bastante polémica en su tiempo, y no es para menos. Elizabeth Gaskell desarrolla varios tópicos muy controversiales; entre ellos, a la mujer no ya como emergente de los ideales de su entorno, sino como individuo capaz de desear y de perderse con total autonomía de su educación.

Incluso la propia Elizabeth Gaskell consideraba que Ruth era una especia de libro prohibido. La mayoría de sus amistades más cercanas lamentaron amargamente su publicación, e incluso algunos decidieron quemar sus copias tras la feroz controversia que despertó entre la crítica.

Ruth relata la historia de un amor ilegítimo, clandestino, donde esta joven golpeada por la vida recibe las insinuaciones y avances del señor Bellingham, su jefe.

Hasta aquí, no hay nada particularmente controversial: un hombre casado que avanza sobre una joven soltera. No obstante, Elizabeth Gaskell ensayó un giro imprevisto para su época: Ruth Hilton también desea a su patrón, es decir, el deseo es mutuo, complejo y lleno de culpas y reproches.

Ruth Hilton combina una educación tradicional con una sensibilidad notablemente marcada. Su ignorancia acerca de las implicancias de una relación íntima, sumada a su enorme capacidad para abandonarse a las sugestiones de Bellingham, la transforman en el gran paradigma victoriano de la mujer caída; quien a pesar de no haber cometido realmente ningún pecado se siente pecadora.

Ruth es una de las grandes novelas victorianas de amores clandestinos. En cierta forma, es una sucesora lógica de La letra escarlata (The Sarlett Letter), de Nathaniel Hawthorne; y precursora de Tess de los d'Urberville (Tess of the d'Urbervilles), de Thomas Hardy.




Novelas de Elizabeth Gaskell. I Novelas góticas.


El análisis y resumen de la novela de Elizabeth Gaskell: Ruth (Ruth) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Mary Barton»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis.


«Mary Barton»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis.




Mary Barton (Mary Barton) es una novela victoriana de la escritora inglesa Elizabeth Gaskell (1810-1865), publicada en 1848.

Tal como lo indica su subtítulo: Un cuento de la vida en Manchester (A Tale of Manchester Life), Mary Barton nos ubica en esta pujante ciudad de Inglaterra entre los años 1839 y 1842. La novela relata las dificultades de la clase obrera en la sociedad victoriana de aquella ciudad, fundamentalmente industrial.

Mary Barton intenta purgar la tristeza de Elizabeth Gaskell por la pérdida de su hijo, Willie, bajo la sugerencia de su esposo, William Gaskell. Mary Barton, de hecho, es la primera novela de Elizabeth Gaskell, un refugio creativo cuyo propósito era excluir, aunque sea momentáneamente, las horribles escenas y recuerdos que la atormentaban.

La novela se propone dar una mirada crítica sobre la vida de la clase obrera en Manchester durante la Revolución Industrial, cuyo crecimiento no aumentaba en idéntica proporción a los derechos de los trabajadores, prácticamente nulos por aquel entonces.

La protagonista de la historia es una muchacha llamada Mary Barton, un emergente atípico de las tensiones de aquella ciudad. Obrera, audaz, de temperamento inquebrantable, Mary Barton es capaz de coquetear descaradamente con el hijo de su patrón, e ignorar los avances de un muchacho pobre, al igual que ella, pero capaz de dar la vida por una mirada suya.

En este entorno atravesado por la pobreza, las tensiones sociales y políticas, y sobre todo las duras condiciones de trabajo, Elizabeth Gaskell desarrolla una de sus mejores historias de amor.

Mary Barton fue publicada originalmente en dos volúmenes, y de forma anónima, aunque la identidad de Elizabeth Gaskell fue revelada en menos de un año. El éxito de la novela, a pesar de sus imperfecciones, principalmente en todo lo referente a los distintos dialectos que coloca en boca de sus protagonistas, fue rotundo y justificado.




Novelas de Elizabeth Gaskell. I Novelas victorianas.


El análisis y resumen de la novela de Elizabeth Gaskell: Mary Barton (Mary Barton) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La vida de Charlotte Brontë»: Elizabeth Gaskell; libro y análisis.


«La vida de Charlotte Brontë»: Elizabeth Gaskell; libro y análisis.




La vida de Charlotte Brontë (The Life of Charlotte Brontë) es una biografía de la escritora inglesa Charlotte Brontë (1816-1855), escrita por por Elizabeth Gaskell (1810-1865)

La primera edición de La vida de Charlotte Brontë fue publicada en 1857. Además de la erudición de Elizabeth Gaskell, la biografía se basa principalmente en las cientos cartas que Charlotte Brontë intercambió con su gran amiga, Ellen Nussey.

Escribir una biografía en 1857 no era un asunto sencillo. Había demasiados asuntos que podían despertar represalias insospechadas. Elizabeth Gaskell debió moderar algunos episodios dramáticos en la vida de Charlotte Brontë, en especial aquellos relacionados con su período escolar en Clergy Daughters' School para evitar acciones legales del reverendo William Carus Wilson, acusado directamente de un comportamiento criminal con las muchachas que asistían al colegio.

Pero Elizabeth Gaskell no se dejó intimidar por el celo de sus editores. Dejó que sus sospechas flotaran entre líneas, sin avalarlas o rechazarlas directamente. Por aquel entonces se creía que William Carus Wilson era el responsable de la muerte de dos de las hermanas Brontë. La controversia que despertó la biografía de Elizabeth Gaskell fue tal, que hasta el propio reverendo Wilson publicó una refutación biográfica, desde ya, salvando su buen nombre y prestigio.

Más allá de estos asuntos, La vida de Charlotte Brontë ofrece un material invaluable sobre las ideas y los hechos que forjaron a una de las mejores escritoras de aquel siglo. Elizabeth Gaskell debió ejecutar peligrosas maniobras evasivas para eludir el tratamiento directo del amor apasionado de Charlotte Brontë por Constantin Héger, un hombre casado, sin dejar de citarlo como un hecho capital en la vida de la autora.

Recordemos que Charlotte Brontë era una mujer casada, y cuyo padre, Patrick Brontë, aún vivía cuando La vida de Charlotte Brontë fue publicada. Elizabeth Gaskell se vio en el aprieto de censurar muchos actos «indecorosos» de Charlotte, pero a todos ellos los citó, de forma tan sutil que incluso uno de los involucrados principales, el propio editor de la biografía, George Smith, ni siquiera advirtió que su romance fulminante con Charlotte Brontë era sugerido mediante adjetivaciones pomposas.

La vida de Charlotte Brontë también se ocupa de su muerte, misteriosa y absurda. Según Elizabeth Gaskell, Charlotte Brontë pasó los primeros meses de su embarazo postrada en cama. Su salud disminuyó rápidamente. Las náuseas y los vómitos se sucedían a lo largo de todo el día, acompañados por una intensa sensación de fatiga, hasta que el 31 de marzo de 1855, a los 38 años de edad, Charlotte Brontë falleció junto a su hijo no nacido.

Con el tiempo se han elaborado largos informes sobre las posibles causas de la muerte de Charlotte Brontë. Elizabeth Gaskell sostiene que se produjo por una combinación de deshidratación, causada por los vómitos, y Tifus, que habría adquirido al contagiarse de Tabitha Ackroyd, una vieja sirviente que murió poco tiempo después.




Charlotte Brontë. I Elizabeth Gaskell.


El análisis y resumen del libro de Elizabeth Gaskell: La vida de Charlotte Brontë (The Life of Charlotte Brontë) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos de terror para leer a medianoche


Relatos de terror para leer a medianoche.




En la hora de las brujas, en el punto en donde los hombres fracturan los días en medio de la noche, surgen imágenes insensatas que solo a través del relato de terror alcanzan la cordura de una visión coherente y ordenada.

En esta colección de cuentos de terror, titulada Sobre la medianoche (Upon the Midnight), se agrupan algunas historias dignas de esa hora incierta.






Sobre la medianoche.
Upon the Midnight.
  • El mensajero (The Messenger, Robert W. Chambers)
  • La casa Clopton (The Clopton House, Elizabeth Gaskell)
  • La diligencia fantasma (The Phantom Coach, Amelia B. Edwards)
  • La voz en la noche (The Voice in th Night, William Hope Hodgson)
  • Decaimiento (Decay, John Moore)
  • Despierto (Awake, J.J. Curle)
  • El asesinato del mandarín (The Murder of the Mandarin, Arnold Bennett)
  • El expreso de las cuatro y cuarto (The Four-Fifteen Express, Amelia B. Edwards)
  • Ella canta nocturnamente (Nightly She Sings, Clemence Dane)
  • El lobo blanco de Kostopchin (The White Wolf of Kostopchin, Gilbert Campbell)
  • El rey demonio (The Demon King, J.B. Priestley)
  • La alcoba mediana (The Middle Bedroom, H. de Vere Stacpoole)
  • La historia del hacendado (The Squire's Story, Elizabeth Gaskell)
  • La losa (The Flagstone, Norman Edwards)
  • La vigilia (A Life-Watch, Georgina C. Clark)
  • Perro o demonio (Dog or Demon, Theo Gift)
  • Un pequeño lugar junto a Edgware Road (A Little Place Off the Edgware Road, Graham Greene)




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: Sobre la medianoche (Upon the Midnight) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

5 mejores relatos góticos escritos por mujeres


5 mejores relatos góticos escritos por mujeres.




El relato gótico, menos prolífico que la novela gótica, es un subgénero al que las mujeres de su tiempo recurrieron con notable insistencia, marcando los límites de su influencia y sus características esenciales (ver: La mujer en la novela gótica)

En definitiva el relato gótico, aún aquel compuesto por hombres, se construye sobre esas mismas características, cualidades y deficiencias ordenadas por la mujer (ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico)

A continuación exploramos un puñado de clásicos: los 5 mejores relatos góticos escritos por mujeres; cuentos que podrían ser objetados por su valor estético pero nunca cuestionados en su posición como clásicos del género.




5 mejores relatos góticos escritos por mujeres.




Relatos góticos. I Antologías.


El resumen de los 5 mejores relatos góticos escritos por mujeres fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Famosas historias de fantasmas de autores ingleses»: libro y relatos.


«Famosas historias de fantasmas de autores ingleses»: libro y relatos.




Hace poco dábamos cuenta de los mejores relatos escoceses de fantasmas así como los grandes exponentes del género en Irlanda. Ahora bien, si hablamos con propiedad sobre cuentos de fantasmas, resulta casi herético no consignar las fabulosas historias de fantasmas creadas en el suelo más fértil que conocieron: Inglaterra.

En esta antología, acaso demasiado breve para sus intenciones, se agrupan los mejores relatos ingleses de fantasmas, exposición con la que nos vemos en la obligación de discrepar al menos en dos puntos: el primero, ya mencionado, es la extensión de la obra, demasiado acotada para el vasto corpus de fantasmagorías inglesas; y el segundo, la omisión de varios clásicos del género.

No obstante, las Famosas historias de fantasmas de autores ingleses (Famous Ghost Stories by English Authors) puede resultar interesante como primer paso hacia esa literatura hecha de evanescencias y vapores, casi siempre inciertos pero perfectamente apreciables para el adepto al relato de fantasmas.




Famosas historias de fantasmas de autores ingleses.
Famous Ghost Stories by English Authors.




Antologías. I Relatos de fantasmas.


El análisis y resumen del libro Famosas historias de fantasmas de autores ingleses (Famous Ghost Stories by English Autors) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La casa del páramo»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis


«La casa del páramo»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis.




La casa del páramo (The Moorland Cottage) es una novela victoriana de la escritora inglesa Elizabeth Gaskell (1810-1865), publicada en 1850.

La casa del páramo, una de las novelas de Elizabeth Gaskell más logradas, narra básicamente la historia de una familia disfuncional, centrada especialmente en la relación de dos hermanos: Maggie y Edward Browne. Ambos habitan con su madre, viuda, y con el recuerdo espectral de su padre, en una vieja y destartalada cabaña en medio del páramo.

Durante años, Maggie se muestra dulce y amable con su hermano, quien es egoísta y autoritario, a pesar de que su madre siempre ha mostrado su predilección por él. El desarrollo de esta relación entre hermanos es el verdadero núcleo del libro. El desenlace, curiosamente, queda en las manos de aquella viuda golpeada por la vida.




La casa del páramo.
The Moorland Cottage, Elizabeth Gaskell (1810-1865)

Copia y pega el link en tu navegador para leer online o descargar en PDF: La casa del páramo de Elizabeth Gaskell:
  • https://www.textos.info/elizabeth-gaskell/la-casa-del-paramo




Novelas góticas. I Novelas de Elizabeth Gaskell.


El análisis y resumen de la novela de Elizabeth Gaskell: La casa del páramo (The Moorland Cottage), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La casa Clopton»: Elizabeth Gaskell; relato y análisis


«La casa Clopton»: Elizabeth Gaskell; relato y análisis.




La casa Clopton (Clopton House) es un relato victoriano de la escritora inglesa Elizabeth Gaskell (1810-1865), escrito en 1840.

La casa Clopton, uno de los primeros cuentos de Elizabeth Gaskell, relata una breve pero interesante anécdota acerca de la estancia de la autora en aquella casa durante sus años de juventud.




La casa Clopton.
Clopton House, Elizabeth Gaskell (1810-1865)

Me pregunto si usted conoce Clopton Hall, como a una milla de Stratford-on-Avon. ¿Me permite contarle acerca de un día muy feliz que pasé allí?

Yo estaba en la escuela del vecindario, y una de mis compañeras era la hija de un tal Sr. W–, quien por entonces vivía en Clopton. El Sr. W– nos pidió a un grupo de chicas que fuéramos a pasaran una larga tarde, y partimos un hermoso día de otoño, llenas de satisfacción y curiosidad respecto del lugar que íbamos a ver. Pasamos a través de campos desolados a medio cultivar, hasta que avistamos la casa – un edificio, grande, pesado, compacto y cuadrado, de ladrillos de un rojo profundo y sin brillo, casi púrpura.

Al frente había un gran atrio formal, con pilares macizos coronados con dos feroces monstruos; pero las paredes del atrio estaban rotas, y el pasto crecía exuberante y salvajemente dentro del recinto como en la elevada avenida por la que habíamos venido. Las flores estaban enredadas con ortigas, y solo al aproximarnos a la casa vimos las rosas amarillas y el brezo austriaco forzados hacia algo parecido al orden alrededor de las profundas ventanas de paneles romboidales.

Nos agrupamos en el vestíbulo, con su piso de mosaico de mármol, rodeado con extraños retratos de gente que yacía en sus tumbas hacía al menos doscientos años; aunque los colores eran tan frescos, y en algunos casos estaban tan vívidos, que con solo mirar los rostros, casi podía imaginar que los originales estaban sentados en el salón más allá. Para retrotraernos más completamente, como si fuesen los días de las Guerras Civiles, había una especie de mapa militar colgado, bien terminado con pluma y tinta, mostrando las estaciones de los ejércitos respectivos, y con caligrafía antigua debajo, los nombres de los principales pueblos, estableciendo la posición de los fuertes, etc.

En este vestíbulo fuimos recibidos por nuestro amable anfitrión, quien nos dijo que podíamos vagar por donde quisiéramos, en la casa o fuera de ella, teniendo cuidado de no entrar en el salón de descanso para la hora del té. Yo preferí subir por la ancha escalera de roble arrinconada, con su maciza balaustrada completamente deteriorada y comida por los gusanos.

La familia que entonces residía no ocupaba ni la mitad —no, ni la tercera parte de las habitaciones; y el antiguo mobiliario estaba intacto en la mayor parte de ellas. En uno de los dormitorios (que se decía estaba hechizado), y el cual, con su cerrada atmósfera inexpresiva y las largas sombras del atardecer avanzando lentamente, me dio una sensación escalofriante, colgaba un retrato ¡tan singularmente bello! Una niña de mirada dulce, con pálido cabello dorado peinado hacia atrás desde su frente y cayendo en rizos sobre su cuello, y con ojos que parecían violetas llenas de rocío, ya que tenían el destello de lágrimas contenidas detrás de sus ojos azul profundo— y esa era la apariencia de Charlotte Clopton, sobre quien se contaba una leyenda pavorosa en la iglesia de Stratford.

En la época de alguna epidemia, influenza o la plaga, esta joven niña había enfermado, y muerto en apariencia. Fue enterrada con temerosa precipitación en los bóvedas de la capilla Clopton, adjunta a la iglesia de Stratford, pero la enfermedad no se detuvo. A los pocos días otro de los Clopton murió, y lo llevaron a la cripta ancestral; pero mientras descendían las lóbregas escaleras, vieron a la luz de las antorchas, a Charlotte Clopton en sus ropas mortuorias apoyada contra la pared; y cuando miraron de cerca, ella estaba muerta sin duda, pero antes, en la agonía de la desesperación y el hambre, ¡se había mordido un pedazo de su hombro blanco y redondeado! Por supuesto, había deambulado por siempre desde entonces.

Esta era la cámara de Charlotte, y más allá había una cámara privada cubierta con el polvo de muchos años, y oscurecida por las plantas trepadoras que habían cubierto las ventanas, y aún forzado en lujuriosa osadía a través de los paneles rotos. Más allá, nuevamente, había una vieja capilla Católica, con una habitación para el capellán, que había estado tapiada y olvidada a los pocos años. Me apoyé sobre mis manos y rodillas, dado que la entrada era muy baja.

Recogí muy poco en la capilla; pero en la habitación del capellán había antiguos, y debería pensar que raras ediciones de muchos libros, mayormente folios. Una gran copia en papel amarillento de Todo por Amor de Dryden, fechada en 1686, me llamó la atención, y es lo único que recuerdo en particular.

Por todos lados aquí y allá, mientras recorría, apareció una bifurcación de una escalera, y tan numerosos eran los sinuosos pasadizos a medio iluminar, que me pregunté si podría encontrar mi camino de regreso. Había un curioso y viejo arcón esculpido en uno de esos pasajes, y con curiosidad infantil traté de abrirlo; pero la tapa era demasiado pesada, hasta que persuadí a una de mis compañeras de ayudarme, y cuando estuvo abierto, ¿que piensan que vimos? —¡HUESOS!— Pero si eran humanos, si eran los restos de la novia perdida, no nos detuvimos a ver, sino que corrimos fingiendo en parte, y en parte realmente aterrorizadas.

La última que recuerdo de esas habitaciones desiertas, la última, la más desierta, y la más triste, era la guardería, ¡una guardería sin niños, sin voces cantando, sin pisadas felices repicando! Una guardería rondada una vez por sus habitantes, fuertes y galantes niños, y bellas y curvilíneas niñas, y una o dos enfermeras con redondeados y gordos bebés en sus brazos.

¿Quiénes eran todos ellos? ¿Cuál era su destino en la vida? ¿La luz, o la tormenta? ¿O habían sido amados por los dioses, y muerto jóvenes? Los mismos ecos no lo sabían. Detrás de la casa, en una claro ahora salvaje, húmedo, y plagado de viejos arbustos, había un bien llamado Foso de Margaret, porque allí se había ahogado a sí misma la doncella de la casa así llamada.

Traté de obtener alguna información que pudiera sobre la familia Clopton. Habían decaído desde las guerras civiles; por una generación o dos les había resultado imposible vivir en la vieja casa de sus padres, pero habían trabajado exhaustivamente en Londres, o en el exterior, para subsistir; y el último de la vieja familia, un solterón, excéntrico, miserable, viejo, y con los más asquerosos hábitos, si los reportes decían la verdad, había muerto en Clopton hacía unos pocos meses, una especie de huésped en la familia del Sr. W-.

Fue enterrado en la lujosa capilla de los Clopton en la iglesia de Stratford, donde se ven ondear los estandartes, y las armas cuelgan sobre uno o dos espléndidos monumentos. El Sr. W— había sido el apoderado del Viejo, y totalmente de su confianza, y a él le había dejado la herencia, endeudada y en malas condiciones. Un año o dos después, el albacea, un pariente muy lejano que vivía en Irlanda, reclamó y obtuvo la herencia, bajo el pretexto de excesiva influencia, cuando no de falsificación, sobre la parte del Sr. W—; y lo último que supe de nuestros amables anfitriones de ese día, era que estaban proscriptos y viviendo en Bruselas.

Elizabeth Gaskell (1810-1865)




Relatos góticos. I Relatos de Elizabeth Gaskell.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Elizabeth Gaskell: La casa Clopton (Clopton House), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El cuento de la vieja niñera»: Elizabeth Gaskell; relato y análisis


«El cuento de la vieja niñera»: Elizabeth Gaskell; relato y análisis.




El cuento de la vieja niñera (The Old Nurse’s Story) —a veces publicado como: El cuento de la vieja criada— es un relato de fantasmas de la escritora inglesa Elizabeth Gaskell (1810-1865), publicado originalmente en la edición de Navidad de 1852 de la revista Household Words, y luego reeditado en la antología de 1862: Curioso, si es verdad (Curious, If True).

El cuento de la vieja niñera, uno de los cuentos de Elizabeth Gaskell más destacados, narra la historia de una criada que reune a sus pupilos para contarles un relato espeluznante, basado en la infancia de su propia madre, con el objetivo de enseñarles una lección moral.

La narración roza todos los elementos típicos del relato de fantasmas del siglo XIX: una casa embrujada, una música aterradora que resuena desde un órgano desuso, y, por supuesto, apariciones sobrenaturales. Sin embargo, el verdadero horror de El cuento de la vieja niñera de Elizabeth Gaskell no procede específicamente de lo paranormal, sino de una crueldad muy real que subyace bajo los sustratos más profundos de la anécdota referida por la criada. En este sentido, los errores del pasado son mucho más eficientes que los fantasmas para producir inquietud.

El cuento de la vieja niñera fue escrito por pedido del mismísimo Charles Dickens, quien era un sincero admirador de los relatos de Elizabeth Gaskell. A su vez, y por mérito propio, la historia se convertiría en un clásico del relato victoriano de fantasmas.




El cuento de la vieja niñera.
The Old Nurse’s Story, Elizabeth Gaskell (1810-1865)

Como sabéis, queridos míos, vuestra madre era huérfana e hija única; y aseguraría que habéis oído decir que vuestro abuelo fue clérigo de Westmoreland, de donde vengo yo. Era yo todavía una niña de la escuela del pueblo cuando, un día, se presentó vuestro abuelo a preguntar a la maestra si habría allí alguna alumna que pudiera servir de niñera; y me sentí extraordinariamente orgullosa, puedo asegurároslo, cuando la maestra me llamó y dijo que yo cosía muy bien y era una muchacha formal y honrada, de padres muy bien considerados, aunque pobres.

Me pareció que nada me gustaría más que entrar al servicio de aquella linda y joven señora que se sonrojaba tanto como lo estaba yo al hablar del niño que esperaba y de lo que yo tendría que hacer con él. Pero veo que esta parte de mi cuento no os interesa tanto como lo que pensáis que viene después, así que os lo contaré en seguida. Fui tomada e instalada en la rectoría antes de que naciera la señorita Rosamunda (que fue la niñita que es ahora vuestra madre). A decir verdad, me daba poco que hacer cuando llegó, pues siempre estaba en brazos de su madre y dormía junto a ella toda la noche, y yo me sentía muy orgullosa cuando mi señora me la confiaba. Ni antes ni después ha habido un niñito como ella, aunque todos vosotros habéis sido preciosos; pero en dulzura y atractivo ninguno habéis llegado a vuestra madre. Se parecía a su madre, que era una señora de verdad, cierta señorita Furnivall, nieta de lord Furnivall, de Northumberland.

Creo que no había tenido hermanos ni hermanas y se había educado con la familia de milord hasta que se casó con vuestro abuelo, que no era más que un vicario, hijo de un comerciante de Carlisle, pero el más cumplido y discreto caballero que ha existido, y una persona que trabajaba honradamente y de firme en su parroquia, que era muy extensa y estaba esparcida sobre los Páramos de Westmoreland.

Cuando vuestra madre, la pequeña Rosamunda, tenía unos cuatro o cinco años, sus adres murieron en quince días, uno tras otro. ¡Ah, fue una época triste! Mi linda y joven señora y yo esperábamos otro niñito, cuando el señor regresó de una de sus largas caminatas a caballo, mojado y cansado, con la enfermedad que le ocasionó la muerte; y ella ya no volvió a levantar cabeza y no vivió más que para ver a su hijito muerto y tenerlo sobre su pecho antes de morir también. Mi ama me pidió en su lecho de muerte que no abandonara nunca a la señorita Rosamunda; pero aunque no hubiera dicho ni una palabra, habría yo ido con la pequeña hasta el fin del mundo. En seguida, antes de que se hubieran aplacado nuestros sollozos, llegaron los testamentarios y tutores a poner las cosas en orden.

Eran éstos, el primo de mi pobre ama, lord Furnivall y el señor Esthwaite, hermano de mi amo, comerciante en Manchester, no en tan buena posición como lo estuvo después y con mucha familia. ¡Bien! No sé si ellos lo acordaron entre sí o si la cosa se debió a una carta que mi ama escribió a su primo en su lecho de muerte, pero lo cierto es que se acordó que la señorita Rosamunda y yo nos fuésemos a la casa solariega de los Furnivall, en Northumberland; y milord hablaba como si hubiera sido deseo de la madre que la niña viviera con su familia, y como si él no tuviera nada que objetar, pues una o dos personas más no se notarían en una casa tan grande. Así que aunque no era aquél el modo como a mí me hubiera gustado que se pensase en mi alegre y precioso cariñito (que era como un rayo de sol en cualquier familia, fuera lo grande que fuese), me complacía que las gentes de Dale se asombraran y se llenaran de admiración al enterarse de que yo iba a ser la niñera de mi amita en casa de lord Furnivall, en la casa solariega de los Furnivall.

Pero me equivoqué al pensar que íbamos a vivir con milord. Resultó que la familia había abandonado la casa solariega hacía cincuenta años o más. No oí que hubiera vivido allí mi pobre ama, a pesar de haberse educado en la familia, y ello me decepcionó, porque me hubiera gustado que la señorita Rosamunda pasara la juventud donde su madre. El acompañante de milord, a quien hice tantas preguntas como me atreví, dijo que la casa solariega estaba al pie de los Páramos de Cumberland, y era magnífica; que allí vivía, solamente con algunos criados, cierta anciana señorita Furnivall, tía abuela de milord; pero que era un lugar muy saludable y que milord había pensado que sería muy conveniente para la señorita Rosamunda por algunos años, y que su estancia allí tal vez serviría de distracción a su anciana tía.

Milord me encargó que tuviera preparadas las cosas de la señorita Rosamunda para un día determinado. Era un hombre serio y altivo, según es fama de todos los lores Furnivall, y no pronunciaba nunca ni una palabra más de las necesarias. Se decía que había estado enamorado de mi joven señora, pero que como ella sabía que el padre de él se hubiera opuesto, nunca quiso hacerle caso y se casó con el señor Esthwaite; pero yo no estoy enterada. De todos modos permaneció soltero. Pero nunca se preocupó mucho de la señorita Rosamunda, cosa que creo habría hecho, de haber tenido interés por su difunta madre. Nos mandó a la casa solariega con su acompañante, advirtiéndole que se le uniera en Newcastle aquella misma tarde; así que no tuvo este señor mucho tiempo para presentarnos a todos aquellos desconocidos antes de, a su vez, deshacerse de nosotras. Y allí quedamos, ¡pobrecitas solitarias! (yo no había cumplido los dieciocho años), en la gran casa solariega.

Parece que llegamos ayer. Habíamos abandonado muy temprano nuestra querida rectoría y llorábamos ambas como si el corazón fuera a rompérsenos, a pesar de viajar en el coche de milord, en el que tanto había yo pensado. Y, ya entrada la tarde, en un día de septiembre, nos detuvimos para cambiar de caballos por última vez en una pequeña ciudad llena de tratantes de carbón y mineros. La señorita Rosamunda se había quedado dormida, pero el señor Henry me dijo que la despertara para que pudiera ver, al llegar, el parque y la casa solariega. Era una pena, pero yo hice lo que me pedía por miedo a que se lo dijera a milord. Habíamos dejado atrás todo vestigio de ciudad, e incluso de pueblo, y franqueado las puertas de un parque grande e inculto, no como los parques del Sur, sino con rocas, y ruido de agua de corriente, y árboles retorcidos, y viejos robles, todos blancos y descortezados por los años.

El camino subía durante dos millas, y luego vimos una casa grande e imponente, rodeada de muchos árboles, tan cerca en algunas partes, que las ramas arañaban las paredes cuando soplaba el viento, y algunas colgaban tronchadas, pues nadie parecía ocuparse mucho de aquel lugar, podándolos y teniendo en condiciones el camino de coches cubierto de musgo. Sólo delante de la casa estaba despejado. En el gran paseo no había ni una hierba, y ni un árbol ni una enredadera crecían sobre la larga fachada cubierta de ventanas. A cada lado salía un ala, remate a su vez de otra fachada, pues la casa, aunque tan desolada, era todavía mayor de lo que yo había esperado. Tras ella se elevaban los Páramos, interminables y desnudos. Y a mano izquierda de la casa estando de frente a ella, había un jardincito anticuado, según descubrí después, y al cual daba una puerta de la fachada occidental. El lugar había sido limpio del tupido boscaje por alguna antigua lady Furnivall, pero las ramas de los grandes árboles incultos habían vuelto a crecer ensombreciéndolo, y había muy pocas flores que vivieran allí entonces.

Cuando llegamos a la gran entrada principal y entramos en el vestíbulo, creí perderme; tan espacioso, amplio e imponente era. Una lámpara toda de bronce colgaba en medio del techo; y yo, que jamás había visto otra, la miré con asombro. Luego, a un lado del vestíbulo, había una gran chimenea, tan grande como todo el costado de una casa en mi tierra, con macizos morillos para sostener la leña, y junto a ella se hallaban colocados pesados sofás pasados de moda. Al otro extremo del vestíbulo, a la izquierda según se entraba, en el lado de poniente, había un órgano construido en el muro y tan grande que lo llenaba casi entero. Detrás de él, al mismo lado, había una puerta, y enfrente, a ambos lados de la chimenea, otras puertas se abrían a la parte este, pero nunca las crucé mientras estuve en la casa y no puedo deciros lo que había detrás. Moría la tarde, y el vestíbulo, en el que no había luces, aparecía oscuro y sombrío.

Pero no nos detuvimos allí ni un momento. El viejo criado que nos había abierto hizo una inclinación de cabeza al señor Henry y nos condujo a través de la puerta que había al otro extremo del órgano, haciéndonos atravesar varios pequeños vestíbulos y pasillos hasta llegar a la sala occidental, en la que, se hallaba la señorita Furnivall.

La señorita Rosamunda se agarraba a mí con fuerza, como sintiéndose asustada y perdida en aquel lugar tan grande, y en cuanto a mí, no estaba mucho mejor. La sala de mediodía tenía un aspecto muy acogedor, con su buen fuego, y agradablemente amueblada. La señorita Furnivall era una señora vieja, de cerca de ochenta años, según me pareció, aunque no lo sí. Era delgada y alta y tenía la cara tan llena de finas arrugas como si se las hubieran dibujado a punta de aguja. Tenía unos ojos vigilantes, para compensar, supongo, el ser tan sorda que se veía obligada a usar trompetilla. Sentada a su lado, trabajando en el mismo gran tapiz, estaba la señora Stark, su doncella y acompañante, casi tan vieja como ella. Había vivido con la señorita Furnivall desde que ambas eran muy jóvenes y por entonces más parecía amiga que criada; tenía un aspecto tan frío, duro e insensible como si nunca hubiera querido ni sentido afecto por nadie, excepto su ama, y debido a la gran sordera de esta última, la señora Stark la trataba en cierto modo como si fuera una niña.

El señor Henry trasmitió algún recado de parte de milord y luego nos dijo adiós a todos (sin hacer caso de la manecita extendida de mi dulce señorita Rosamunda) y allí nos dejó, en pie, con las dos ancianas mirándonos a través de sus anteojos. Me alegré cuando llamaron al viejo lacayo que nos había abierto y le dijeron que nos condujera a nuestras habitaciones. Salimos, pues, de aquella gran sala y entramos en otra, y salimos también de aquella y pasamos un gran tramo de escaleras y recorrimos una amplia galería (que era una especie de biblioteca, pues tenía a un lado libros y al otro ventanas y pupitres), hasta que llegamos a nuestras habitaciones, que por suerte supe que estaban justamente sobre las cocinas, pues empezaba a pensar que me perdería en aquel desierto de casa. Era un antiguo cuarto de niños que había sido utilizado por todos los pequeños lores y ladies hacía mucho, con un agradable fuego encendido, la marmita hirviendo sobre él y la mesa puesta para el té. Y aparte de aquella habitación, estaba el cuarto de dormir de los niños, con una camita para la señorita Rosamunda junto a mi cama.

Y el viejo Santiago llamó a Dorotea, su mujer, para que nos diera la bienvenida, y tanto él como ella se mostraron tan hospitalarios y cariñosos que, poco a poco, la señorita Rosamunda y yo fuimos sintiéndonos como en casa, y después del té estaba ella sentada sobre las rodillas de Dorotea y parloteando, todo lo aprisa de que su lengüecita era capaz. Pronto me enteré de que Dorotea era de Westmoreland, y eso nos unió como si dijéramos; y no pido tratar gente más cariñosa que lo eran el viejo Santiago y su mujer. Santiago había pasado casi toda su vida con la familia de milord y le parecía lo más ilustre del mundo; hasta miraba un poco por encima del hombro a su mujer porque antes de casarse no había vivido más que en una familia de granjeros. Pero la quería como era debido. Bajo ellos había una criada que hacía todo el trabajo duro; se llamaba Inés. Y ella y yo, Santiago y Dorotea, la señorita Furnivall y la señora Stark constituíamos toda la familia... ¡sin olvidar nunca a mi dulce señorita Rosamunda!

Me preguntaba muchas veces que harían antes de que la niña llegara allí, tanto se preocupaban ahora de ella. En la cocina o en la sala, era igual. La severa señorita Furnivall y la fría señora Stark parecían complacidas cuando ella aparecía, revoloteando como un pájaro, jugando y enredando de acá para allá, con un murmullo continuo y un lindo y alegre parloteo. Estoy segura de que muchas veces, cuando se marchaba a la cocina, se sentían contrariadas, pero eran demasiado orgullosas para pedirle que se quedase con ellas, y les resultaba un poco chocante aquel gusto de la niña; aunque a decir verdad, opinaba la señora Stark, no era de maravillar recordando de qué gente venía el padre de la pequeña. Aquella enorme y vieja casa era un gran lugar de exploración para la pequeña señorita Rosamunda.

Hacía expediciones por todas partes, llevándome a sus talones; por todas, excepto el ala de mediodía, que nunca estaba abierta y el ir a la cual no se nos pasaba por la imaginación. Pero en las zonas norte y poniente había muchos aposentos agradables, llenos de cosas extraordinarias para nosotras, aunque no lo resultasen a las gentes que hubieran visto más. Las ventanas estaban ensombrecidas por las ramas de los árboles que las rozaban y por la hiedra que las había cubierto, pero en la verde oscuridad podíamos distinguir antiguos jarrones de porcelana, cajas de marfil tallado, grandes y pesados libros y, ¡sobre todo, los antiguos retratos! Me acuerdo que una vez mi niña quiso que Dorotea fuera con nosotras a decirnos quiénes eran todos, pues todos eran retratos de personas de la familia de milord, aunque Dorotea no podía decirnos sus nombres.

Habíamos recorrido casi todas las habitaciones cuando llegamos a un antiguo salón situado sobre el vestíbulo en el que había un retrato de la señorita Furnivall o, como por entonces la llamaban, la señorita Gracia, pues era la hermana menor. ¡Debió ser una belleza!, pero tenía una mirada tan rígida y orgullosa y tal desprecio pintado en los ojos, con las cejas un poco levantadas, que parecía como si preguntara quién cometería la impertinencia de atreverte a mirarla, y fruncía los labios cuando la contemplábamos. Llevaba un truje enteramente nuevo para mí, pues era según la moda de cuando ella era joven: un sombrero blanco y suave, como de fieltro, un poco inclinado sobre las sienes, con un hermoso penacho de plumas a un lado, y un traje de ruso azul que se abría por delante sobre mi pechero blanco.

—¡Vaya! —dije luego de mirarla hasta hurtarme—. No hay nada como la juventud, según dicen, pero ¿quién que la viera ahora pensaría que la señorita Furnivall ha sido una belleza tan declarada?

—Sí —dijo Dorotea—. Las personas cambian tristemente. Pero si es verdad lo que el padre de mi señora solía decirnos, la señorita Furnivall, la hermana mayor, era más hermosa que la señorita Gracia. Su retrato está por ahí, en alguna parte, pero si te lo enseño no has de decírselo nunca a nadie, ni siquiera a Santiago. ¿Crees que la señorita sabrá callarse?

Yo no estaba muy segura de ello, tratándose de una niña tan dulce, decidida y franca, así que la hice esconderse y luego ayudé u Dorotea a dar la vuelta a un gran cuadro que estaba de cara a la pared, y no colgado como ¡os otros. A decir verdad, ganaba en belleza a la señorita Gracia, y me pareció que la ganaba también en altivo orgullo, aunque en este punto resultaría difícil decidirse. Hubiera estado contemplándola durante una hora, pero Dorotea parecía medio asustada por haberme enseñado el retrato y volvió a darle la vuelta apresuradamente, y me hizo ir corriendo en busca de la señorita Rosamunda, pues había en la casa algunos sitios desagradables a los que no quería que fuese la niña. Yo era una muchacha valiente y animosa y me importaba poco lo que la vieja decía, pues me gustaba jugar al escondite tanto como a cualquier niño de la parroquia; corrí, pues, en busca de mi pequeña.

Al acercarse el invierno y acortarse los días me parecía oír cierto ruido, como si alguien tocara el órgano en el vestíbulo. No lo oía todas las tardes, pero desde luego sonaba muy a menudo mientras yo estaba con la señorita Rosamunda, quieta y silenciosa en su dormitorio después de haberla acostado. Luego solía oírlo a lo lejos, rugiendo y aumentando. La primera noche, cuando bajé a cenar, pregunté a Dorotea quién había estado tocando, y Santiago dijo brevemente que yo era una tonta tomando por música el viento que suspiraba entre los árboles; pero vi que Dorotea le miraba muy asustada y que Bessy, la pincha, decía algo para sus adentros y se ponía muy pálida. Me di cuenta de que no les había gustado mi pregunta, así que me callé esperando encontrar sola a Dorotea, que era cuando sabía que podía sonsacarle.

Así que al día siguiente estuve al cuidado e insistí para que me dijera quién tocaba el órgano, pues sabía muy bien que era el órgano y no el viento, aunque me había callado en presencia de Santiago; pero aseguraría que Dorotea estaba aleccionada, y no pude sacarle ni una palabra. Entonces probé con Bessy, aunque siempre me había considerado por encima de ella, pues yo era una igual de Santiago y Dorotea y ella poco más que su criada. Así que me dijo que no debía decirlo nunca, y que si lo decía no tenía que declarar nunca que había sido ella quien me lo había comunicado, pero que era un ruido muy extraño y que ella lo había oído muchas veces, aunque casi todas en noches invernales y antes de haber tormenta, y que decían las gentes que se trataba del viejo lord que tocaba el gran órgano del vestíbulo, como solía hacer en vida. Pero quién fuese el viejo lord o qué tocaba, o por qué lo tocaba precisamente en víspera de tormenta invernal, no pudo o no quiso decírmelo.

¡Bien! Como ya os he dicho, yo tenía un corazón animoso y me pareció que resultaba muy agradable oír resonar por la casa aquella música, la tocase quien la tocase; pues tan pronto se elevaba sobre las fuertes ráfagas de viento, lamentándose o triunfal, exactamente igual que un ser viviente, como caía en un silencio casi absoluto; sólo que se trataba siempre de música y melodías, así que era una tontería decir que era el viento. Al principio pensé que la que tocaba fuera tal vez la señorita Furnivall sin que lo supiese Bessy. Pero un día, estando yo misma en el vestíbulo, abrí el órgano y miré en su interior y todo alrededor, como hice una vez en el órgano de la iglesia de Crosthwaite, y vi que por dentro estaba todo roto y estropeado a pesar de tener un aspecto tan lucido y hermoso. Y entonces, aunque era de día, sentí cierto hormiguillo y lo cerré, echando a correr a toda prisa hacia mi alegre cuarto de niños; y durante algún tiempo después de esto no me gustó escuchar la música, ni más ni menos que como les pasaba a Santiago y Dorotea. Mientras tanto, la señorita Rosamunda se iba haciendo querer más y más.

Las viejas señoras deseaban que cenara temprano con ellas; Santiago permanecía en pie detrás de la silla de la señorita Furnivall y yo detrás de la señorita Rosamunda, con toda etiqueta; y, después de cenar, la niña jugaba en un rincón de la gran sala, silenciosa como un ratón, mientras la señorita Furnivall se dormía y yo cenaba en la cocina. Pero se ponía muy contenta cuando volvía conmigo al cuarto de los niños, pues, según decía, la señorita Furnivall era tan triste y la señora Stark tan aburrida... Pero ella y yo éramos bien alegres y poco a poco me acostumbré a no preocuparme por aquella música sobrenatural que no hacía mal a nadie y que no sabíamos de dónde venía.

Aquel invierno fue muy frío. A mediados de octubre empezaron las heladas y duraron muchas, muchas semanas. Recuerdo que un día, durante la cena, la señorita Furnivall levantó sus tristes y cargados ojos y dijo a la señora Stark de una manera extrañamente significativa:

—Me temo que vamos a tener un invierno terrible.

Pero la señora Stark hizo como que no oía y se puso a hablar muy fuerte de otra cosa. A mi señorita y a mí no nos importaban las heladas, ¡nada de eso! Mientras el tiempo se mantuvo seco subíamos las pendientes que había detrás de la casa y recorríamos los Páramos, que eran muy yermos y pelados, corriendo bajo el aire fresco y cortante, y una vez bajamos por una nueva senda que nos llevó más allá de los dos viejos acebos nudosos que crecían a mitad de camino de la ciudad polla parte de saliente de la casa.

Pero los días se acortaban más y más y el viejo lord, si era él, tocaba el gran órgano cada vez más frenética y tristemente. Un domingo por la tarde (debió ser a fines de noviembre) pedí a Dorotea que se encargara del cuidado de la señorita cuando saliera de la sala después que la señorita Furnivall hubiera echado su sueñecito, pues hacía demasiado frío para llevarla conmigo a la iglesia y, sin embargo, no quería yo dejar de ir. Y Dorotea lo prometió con mucho gusto y quería tanto a la niña que todo parecía marchar bien, y Bessy y yo nos pusimos en camino muy aprisa, aunque el cielo se cernía opresivo y cargado sobre la blanca tierra, como si la noche no acabara de alejarse, y el aire, aunque sosegado, era muy cortante y afilado.

—Tendremos una nevada — me dijo Bessy.

Y efectivamente, aun estábamos en la iglesia cuando empezó a nevar espesamente, en grandes copos, tan espesamente, que casi se oscurecían las ventanas. Dejó de nevar antes de que saliéramos, pero la nieve se extendía, blanda, espesa y profunda bajo nuestros pies mientras nos encaminábamos a casa. Antes de entrar en el vestíbulo salió la luna y me parece que estaba entonces más claro (en parle por la luna y en parte por la blanca y deslumbradora nieve) que cuando partimos para la iglesia entre las dos y las tres. No os he dicho que la señorita Furnivall y la señora Stark no iban nunca a la iglesia; parecía como si el domingo se les hiciera muy largo, por no estar ocupadas con su tapiz.

Así que cuando fui a la cocina a reunirme con Dorotea pensando recoger a la señorita Rosamunda y subirla conmigo, no me sorprendió que me dijera que las señoras habían retenido a la niña y que ésta no había ido a la cocina, como yo le tenía dicho que hiciera cuando se cansase de portarse bien en la sala. Así que me quité mis cosas y fui a buscarla para llevarla a cenar a su cuarto. Pero cuando llegué a la sala, allí estaban sentadas las dos señoras, muy calladas y quietas, diciendo una palabra de cuando en cuando, pero con el aspecto de que una cosa tan esplendorosa y alegre como la señorita Rosamunda no hubiera pasado nunca junto a ellas. Creí que estaría escondida (era uno de sus juegos) y que las habría convencido para que hicieran como que no sabían nada, así me dirigí paso a paso a mirar debajo de este sofá y detrás de aquella silla, haciendo como si me asustara mucho al no encontrarla.

—¿Qué pasa, Ester? —me dijo con aspereza la señora Stark.

No sé si la señorita Furnivall me habría visto, pues según os he dicho, estaba muy sorda, y se hallaba sentada inmóvil contemplando ociosamente el fuego con desesperanzado rostro.

—Estoy buscando a mi pequeñita Rosy Posy —contesté siguiendo en la idea de que la niña estaba allí y cerca de mí, aunque yo no la viera.

—La señorita Rosamunda no está aquí —dijo la señora Stark—. Se marchó, hace más de una hora, en busca de Dorotea.

Y también ella se dio la vuelta y se puso a mirar al fuego. El corazón me dio un salto al oír aquello y empecé a desear no haber abandonado nunca a mi cielito. Volví junto a Dorotea y se lo dije. Santiago había ido a pasar el día fuera, pero ella, Bessy y yo, tomamos luces y fuimos primero al cuarto de los niños, y luego recorrimos la inmensa casa, llamando y suplicando a la señorita Rosamunda que saliera de su escondite y no nos asustara mortalmente de aquel modo, pero no se oyó contestación alguna, no se oyó nada.

—¡Oh! —dije yo al fin—. ¿Se habrá ido al ala del mediodía y estará escondida allí?

Pero Dorotea aseguró que no era posible, que ni ella misma había estado allí nunca, que las puertas estaban siempre con cerrojo y que, según creía, el lacayo de milord tenía las llaves; que fuera lo que fuera, ni ella, ni Santiago las habían visto nunca. Así que yo dije que volvería a ver si después de lodo estaba escondida en la sala sin que las viejas señoras lo supiesen, y que si la encontraba allí le daría unos azotes por el susto que me había proporcionado; pero no pensaba hacerlo en absoluto. Bien; volví a la sala de poniente y dije a la señora Stark que no la encontrábamos por ninguna parte y le pedí que me dejara mirar allí, pues iba ya pensando que podía haberse quedado dormida en algún escondido rincón caliente. ¡Pero nada!

Miramos (y la señorita Furnivall se levantó y se puso a buscar, temblando toda), y no apareció en ningún sitio. Luego salimos otra vez todos los de la casa y miramos en todos los sitios en que habíamos buscado untes, pero no la encontramos. La señorita Furnivall tiritaba y temblaba de tal modo, que la señora Stark la volvió a llevar a la sala; pero no sin haberme hecho prometer que le llevaría a la niña cuando la encontráramos. ¡Ay de mí! Empezaba a pensar que no la encontraríamos nunca, cuando se me ocurrió mirar en el gran patio delantero, que estaba enteramente cubierto de nieve. Me asomé desde el piso de arriba, pero hacía una noche de luna tan clara, que pude ver, bien distintamente, dos pequeñas huellas de pisadas que se seguían desde la puerta del vestíbulo hasta dar la vuelta a la esquina del ala oriental.

No sé ni cómo bajé, pero abrí a empujones la grande y pesada puerta y, cubriéndome la cabeza con la falda del traje, eché a correr. Di la vuelta a la esquina de mediodía, y al llegar allí, una gran sombra caía sobre la nieve; pero cuando salí otra vez a la luz de la luna, volví a ver las pequeñas huellas que subían, subían a los Páramos. Hacía un frío terrible, tan terrible, que el aire casi me despellejaba la cara según iba corriendo; pero yo corría pensando lo acabada y amedrentada que estaría mi pobre cielito. Ya distinguía los acebos, cuando vi a un pastor que descendía de la colina, llevando algo en los brazos. Me dio voces, preguntándome si había perdido una niña, y mientras el llanto me impedía hablar, pude ver a mi niñita chiquita que yacía en sus brazos, inmóvil, blanca y rígida, como si estuviera muerta.

Me dijo que había subido a los Páramos para recoger sus ovejas antes de que llegara el gran frío nocturno, y que bajo los acebos (negras marcas en la ladera, desprovista de todo matojo en varias millas a la redonda), había encontrado a mi señorita, mi corderino, rígida y fría en el terrible sueño producido por la helada. ¡Ah, la alegría y las lágrimas de tenerla en mis brazos de nuevo! Pues no le dejé que la llevara, sino que la sostuve en mis propios brazos, sosteniéndola junto al calor de mi pecho y mi cuello, y sentí que la vida volvía lentamente a sus dulces miembrecitos. Pero aún estaba insensible cuando llegué al vestíbulo y yo me hallaba sin alientos para hablar. Entramos por la puerta de la cocina.

—Traed el calentador —dije.

Y subí con ella y empecé a desnudarla en el cuarto de los niños, junto al fuego que Bessy había mantenido encendido. Llamé a mi corderillo con todos los nombres cariñosos y juguetones que se me ocurrieron,, todavía con los ojos llenos de lágrimas. Y al fin, ¡oh, al fin!, abrió sus grandes ojos azules. Entonces la metí en su cama calentita y envié a Dorotea a decir a la señorita Furnivall que todo marchaba bien, decidida a permanecer toda la noche junto a la cama de mi corazoncito. En cuanto su preciosa cabeza tocó la almohada, cayó en un sueño apacible y yo estuve velándola hasta que se hizo de día, y entonces se despertó resplandeciente y despejada, según creí entonces... y, queridos míos, según creo ahora.

Dijo que había pensado que le apetecía irse con Dorotea, pues las dos señoras se habían dormido y se estaba muy aburrida en la sala, y que cuando pasaba por el pequeño vestíbulo de poniente, vio cómo caía la nieve a través de la alta ventana, cómo caía blandamente y sin interrupción, pero que queriendo ver lo bonita y blanca que estaría en el suelo, se dirigió al gran vestíbulo y allí, acercándose a la ventana, pudo contemplarla sobre el paseo, suave y brillante, y que estando en esto, vio una niña más pequeña que ella, «¡pero tan linda!», decía mi cielito, «y aquella niña me hizo señas para que saliera, y ¡oh!, era tan linda y tan dulce que no me quedaba más remedio que ir. Y que luego aquella otra niña la había tomado de la mano y, una junto a otra, habían dado la vuelta a la esquina de mediodía.

—Bueno, eres una niña mala que está contando cuentos —dije—. ¿Qué diría tu buena mamá, que está en el cielo y no dijo una mentira en su vida, qué diría a su pequeña Rosamunda si la oyera, ¡y de seguro que la oye!, contar cuentos?

—Pero Ester —sollozó mi niña—, ¡te digo la verdad! ¡De verdad que sí!

—¡No me digas! —contesté muy enfadada—. He seguido tus huellas en la nieve y no se veían más que las tuyas, y si hubiera habido una niña que hubiera subido la colina de tu mano, ¿no crees que sus pisadas estarían con las tuyas?

—Yo no tengo la culpa de que no estén querida Ester —dijo ella llorando—. Nunca miré a sus pies; pero ella sostenía mi mano en su manita, fuerte y apretada, y hacía mucho, mucho frío. Me llevó hacia arriba, por el camino de los Páramos, hasta los acebos, y allí encontré a una señora llorando y lamentándose, pero cuando me vio dejó de llorar y sonrió con mucho orgullo y majestad y me puso sobre sus rodillas y empezó a arrullarme para que me durmiera. Y esto es todo, Ester, pero es verdad ¡y mi querida mamá lo sabe! —añadió llorando.

Así que pensé que la niña tendría fiebre e hice como que la creía y ella volvió a repetir su historia una y otra vez, y siempre igual. Finalmente, Dorotea llamó a la puerta con el desayuno de la señorita Rosamunda, y me dijo que las viejas señoras estaban abajo, en el comedor, y que querían hablarme. Ambas habían estado en el dormitorio de la niña la noche anterior, pero cuando la señorita Rosamunda estaba ya dormida, así que no habían hecho más que mirarla sin preguntarme nada.

—Me espera una reprimenda —pensé mientras recorría la galería del Norte—. Y, sin embargo —me dije envalentonándome—, la dejé a su cuidado y son ellas las que merecen que se les reproche por haberla dejado escabullirse desapercibida y sin vigilancia.

Así que llegué valientemente y conté mi historia. Se la conté toda a la señorita Furnivall, gritándosela al oído; pero cuando hablé de la otra niña que había en la nieve y que engatusó a la nuestra para llevarla junto a la majestuosa y bella señora que estaba bajo el acebo, levantó los brazos, sus viejos y pálidos brazos, y gritó en voz alta:

—¡Perdonad, cielos! ¡Tened misericordia!

La señora Stark la tomó (me pareció que con bastante rudeza), pero ella se desasió y se dirigió a mí con una autoridad frenética y amonestadora:

—¡Ester, apártala de esa niña! ¡La llevará a la muerte! ¡Malvada niña! Dile que es una niña mala y perversa.

Luego la señora Stark me sacó apresuradamente de la habitación, de la que verdaderamente salí con mucho gusto. Pero la señorita Furnivall seguía gritando:

—¡Misericordia! ¿No perdonarás nunca? ¡Hace muchos años!

Después de aquello me sentía muy a disgusto. No me atrevía a dejar nunca a la señorita Rosamunda, ni de noche ni de día, temiendo que volviera a encaparse Iras alguna visión, y con más motivo porque me pareció haber descubierto que la señorita Furnivall estaba loca y temía que algo parecido (que podía ser cosa de familia) pudiera suceder a mi cielito. Y mientras tanto, el frío no amainaba y cada vez que la noche era desusadamente tormentosa, entre las ráfagas y a través del viento oíamos al viejo lord que tocaba el órgano. Pero viejo lord o no, donde iba la señorita Rosamunda, iba yo detrás, pues mi cariño por ella, preciosa huérfana sin amparo, era más fuerte que el miedo que me inspiraba el imponente y terrible sonido. Además a mí me tocaba procurar que ella estuviera alegre y contenta, como correspondía a su edad, así que jugábamos juntas y juntas vagábamos de acá para allá y por todas partes, no atreviéndome a perderla de vista en aquella casa enorme.

Y sucedió que una tarde, poco antes de Navidad, jugábamos juntas en la mesa de billar del gran vestíbulo (no porque supiéramos jugar, sino porque a ella le gustaba echar a rodar las pulidas bolas de marfil con sus lindas manos y a mi me gustaba hacer lo que hacía ella) y pronto, sin que nos diéramos cuenta, nos quedamos a oscuras dentro de casa, aunque todavía había claridad en el exterior, y estaba yo pensando en llevármela a su cuarto cuando de repente gritó:

—¡Mira, Ester, mira! Ahí fuera, sobre la nieve, está mi pobre niñita.

Me volví hacia las altas y estrechas ventanas y allí, con toda certeza, vi una niña más pequeña que la señorita Rosamunda, vestida de la manera menos a propósito para estar a la intemperie en una noche tan cruda, llorando y golpeando los cristales de la ventana, como si quisiera que la abrieran. Parecía gemir y lamentarse y cuando la señorita Rosamunda, no pudiendo resistir más, se precipitó sobre la puerta para abrirla, he aquí que, de repente, justo encima de nosotras, sonó el órgano con un estruendo tan fuerte y atronador, que me hizo temblar toda; y más aún cuando me di cuenta de que, incluso en el silencio de aquel frío invierno, no había oído ruido alguno de manos que golpeasen los cristales de la ventana, a pesar de que la niña-fantasma parecía hacerlo con todas sus fuerzas, y que aunque la había visto llorar y quejarse, ni el más ligero sonido había llegado a mis oídos.

Si en aquel preciso momento me di cuenta de todo aquello no lo sé —el sonido del gran órgano me tenía aturdida de terror—, pero lo que sí sé es que tomé a la señorita Rosamunda antes de que abriera la puerta del vestíbulo y, sujetándola fuertemente, me la llevé pataleando y chillando a la cocina grande y clara, donde Dorotea e Inés cataban ocupadas haciendo pasteles rellenos.

—¿Qué tiene mi vidita? —exclamó Dorotea cuando entré llevando a la señorita Rosamunda, que gemía como si el corazón fuera a rompérsele.

—No me ha querido dejar abrir la puerta para que entrase la niñita, y se morirá si está fuera, en los Páramos, toda la noche. ¡Eres mala y cruel, Ester! —dijo pegándome.

Pero podía haber pegado más fuerte, porque yo había sorprendido en los ojos de Dorotea una mirada de terror sobrenatural, que me heló la sangre.

—¡Cierra inmediatamente la puerta trasera de la cocina y echa bien el cerrojo! — dijo a Inés.

No dijo más. Me dio pasas y almendras para calmar a la señorita Rosamunda, pero ella seguía llorando, pensando en la niña que estaba en la nieve, y no quiso tocar ninguna de aquellas buenas cosas. Me alegré cuando se quedó dormida en la cama, a fuerza de llorar. Luego me escabullí a la cocina y comuniqué a Dorotea que había tomado una decisión: me llevaría a mi cielito a casa de mi padre a Applethwaite, donde, aunque humildemente, vivíamos en paz. Dije que ya había pasado bastante miedo con el ruido del órgano del viejo lord, pero que después de haber visto con mis propios ojos a aquella niñita que se quejaba, vestida como no podía estarlo ninguna niña de la vecindad, dando golpes para que la abrieran y sin que pudiera oírse el menor ruido, con una oscura herida en el hombro derecho, y de que la señorita Rosamunda había vuelto a tener noticias del fantasma que casi la había arrastrado a la muerte (cosa que Dorotea sabía que era verdad), no aguantaría más.

Vi que Dorotea cambiaba de color una o dos veces. Cuando acabé, me dijo que no creía que pudiera llevarme conmigo a la señorita Rosamunda, pues era pupila de milord y yo no tenía derechos sobre ella, y me preguntó si iba a abandonar a la niña que tanto quería sólo por unos ruidos y apariciones que no podían hacerme daño y a los que todos habían ido acostumbrándose. Yo estaba emberrenchinada y trémula y contesté que ella podía decir todo aquello porque sabía qué significaban todas aquellas apariciones y ruidos, y tal vez había tenido algo que ver con la niña-espectro mientras vivió. Y tanto la llené de improperios, que acabó contándomelo todo. Y entonces deseé que no lo hubiera hecho, pues sólo sirvió para dejarme más atemorizada que nunca. Dijo que había oído contar aquella historia a varios vecinos viejos que vivían cuando ella se casó, cuando las gentes iban algunas veces al vestíbulo, antes de que adquiriera tan mala fama en el país, y que podía o no podía ser verdad lo que la habían contado.

El viejo lord fue el padre de la señorita Furnivall —la señorita Gracia, la llamaba Dorotea—, pues la mayor era la señorita Maude y señorita Furnivall por derecho. El viejo lord rebosaba orgullo, jamás se había visto un hombre tan orgulloso. Y sus hijas se le parecían. No había hombre digno de casarse con ellas, y eso que tenían dónde escoger, pues en su tiempo fueron notables bellezas, según podía verse por sus retratos mientras estuvieron colgados en la sala. Pero como dice el antiguo proverbio, «Dios abate al orgulloso», y aquellas dos bellezas altaneras se enamoraron del mismo hombre, y él no era más que un músico extranjero que su padre había traído de Londres para que tocase en la casa solariega. Pues sobre todas las cosas, después de su orgullo, lo que más amaba el viejo lord era la música. Sabía tocar casi todos los instrumentos conocidos y, aunque parezca extraño, esto no le suavizaba el carácter, sino que era un viejo cruel y duro, que, según decían, había destrozado el corazón de su pobre esposa. La música le volvía loco y daba por ella lo que le pidieran.

Y así fue como hizo venir a aquel extranjero cuya música era tan bella que, según decían, hasta los pájaros suspendían sus cantos en los árboles para escucharle. Y poco a poco aquel músico extranjero alcanzó tal ascendiente sobre el viejo lord, que éste llegó a no poder prescindir de que le visitara todos los años, y fue él quien hizo traer de Holanda el gran órgano y colocarlo en el vestíbulo, donde ahora está. Enseñó al viejo lord a tocarlo; pero muchas, muchísimas veces, mientras lord Furnivall no pensaba más que en su maravilloso órgano y en su aún más maravillosa música, el moreno extranjero paseaba por los bosques con una de las jóvenes: unas veces con la señorita Maude, otras con la señorita Gracia.

Venció la señorita Maude y se llevó el premio; y él y ella se casaron en secreto y antes de que él repitiera su visita anual, ella había dado a luz una niña en una granja de los Páramos, mientras su padre y la señorita Gracia la creían en las carreras de Doncaster. Pero, aunque esposa y madre, no se dulcificó lo más mínimo, sino que siguió tan altiva y violenta como siempre; o tal vez más, pues tenía celos de la señorita Gracia, a la que su extranjero esposo hacía la corte... para cegarla, según decía él a su esposa.

Pero la señorita Gracia triunfó sobre la señorita Maude, y la señorita Maude se volvió cada vez más áspera, tanto para con su esposo como para con su hermana, y el primero, que podía sacudirse fácilmente de lo que le desagradaba e irse a ocultar al extranjero, se marchó aquel verano un mes antes de lo acostumbrado y medio amenazó con que no volvería más. Mientras tanto, la niña quedó en la granja y su madre acostumbraba a hacerse ensillar el caballo y galopar desesperadamente sobre las colinas para verla, al menos una vez por semana, pues cuando quería, quería, y cuando odiaba, odiaba. Y el viejo lord seguía tocando y tocando el órgano y los criados creían que la dulce música que tocaba había amansado su terrible carácter, del cual (decía Dorotea) se podían contar historias terribles. Además se puso achacoso y tuvo que usar una muleta.

Y su hijo, es decir, el padre del actual lord Furnivall, estaba en América sirviendo en el ejército, y el otro hijo estaba en el mar, así que la señorita Maude podía hacer lo que quería, y ella y la señorita Gracia eran cada vez más frías y más hostiles una para la otra, hasta que acabaron por no hablarse más que cuando el viejo estaba presente. El músico extranjero volvió al verano siguiente, pero fue por última vez, pues tal vida le hicieron llevar con sus celos y pasiones que se cansó y se marchó y no volvió a saberse de él. Y la señorita Maude, que siempre había tenido intención de dar a conocer su matrimonio a la muerte de su padre, quedó entonces abandonada, sin que nadie supiera que se había casado, con una hija que no se atrevía a reconocer, aunque la amaba con locura, y viviendo con un padre que temía y una hermana que odiaba.

Cuando pasó el verano siguiente y el moreno extranjero no se presentó, tanto la señorita Maude como la señorita Gracia se pusieron sombrías y tristes; estaban ojerosas, pero más hermosas que nunca. Luego, poco a poco, la señorita Maude fue alegrándose, pues su padre estaba cada vez más achacoso y más ensimismado en su música, y ella y la señorita Gracia vivían casi aparte, en habitaciones separadas, una en la parte de poniente y otra, la señorita Maude, en la de mediodía, precisamente en las habitaciones que ahora están cerradas. Así que pensó que podía tener a su hija consigo y que nadie necesitaba saberlo más que aquellos que no se atreverían a hablar de ello y se verían obligados a creer que se trataba, como ella decía, de una niña de un campesino a la que había tomado afición.

Todo esto, decía Dorotea, se sabía muy bien. Pero lo que pasó después nadie lo sabía, excepto la señorita Gracia y la señora Stark, que era entonces su doncella y mucho más amiga suya que su hermana lo había sido nunca. Pero los criados suponían, por palabras sueltas, que la señorita Maude había derrotado a la señorita Gracia diciéndole que, mientras el moreno extranjero se había estado burlando de ella fingiendo amarla, había sido su propio esposo. A partir de aquel día, el color se retiró para siempre de las mejillas y los labios de la señorita Gracia y se le oyó decir muchas veces que, tarde o temprano, le llegaría la venganza. Y la señora Stark estaba siempre espiando las habitaciones del mediodía. Una noche pavorosa, justamente pasado Año Nuevo, mientras la nieve se extendía en una capa espesa y profunda y los copos seguían cayendo como para cegar a cualquiera que estuviera fuera de casa, se oyó un ruido grande y violento y, sobre él, la voz del viejo lord que maldecía y juraba de una manera espantosa, y el llanto de una niña, y el orgulloso reto de una mujer furiosa, y el ruido de un golpe, y un silencio de muerte, y gemidos y lamentos que morían en la ladera de la colina.

Luego, el viejo lord reunió a todos sus criados y les dijo, con terribles juramentos, que su hija se había deshonrado y que la había echado de casa y que así no entraran nunca en el cielo si le facilitaban ayuda o comida o abrigo. Y mientras tanto la señorita Gracia estuvo en pie a su lado, pálida y silenciosa como el mármol; y cuando él acabó, exhaló un gran suspiro, como significando que había dado cima a su obra y alcanzado su fin. Pero el viejo lord no volvió a tocar el órgano y murió en aquel año; ¡y no es de maravillar!, pues en la mañana que siguió a aquella noche feroz y espantosa, los pastores, al bajar la ladera de los Páramos, encontraron a la señorita Maude, perdida la razón y sonriendo, sentada bajo los acebos, acariciando a una niña muerta que tenía en el hombro derecho una señal terrible.

—Pero no fue el golpe lo que la mató —dijo Dorotea—. Fueron la helada y el frío. ¡Todos los animales del monte estaban en su agujero y todas las bestias en su aprisco, mientras la niña y su madre fueron arrojadas a vagar por los Páramos! ¡Y ya lo sabes todo! —y me preguntó si tenía menos miedo ahora.

Tenía más miedo que nunca, pero dije que no. Deseé hallarme con la señorita Rosamunda lejos para siempre de aquella horrible casa, pero ni quería dejarla ni me atrevía a llevármela, ahora que ¡cómo la cuidaba y vigilaba! Echábamos los cerrojos a las puertas y cerrábamos las contraventanas una hora o más antes de oscurecer, prefiriéndolo a dejarlas abiertas cinco minutos demasiado tarde. Pero mi señorita seguía oyendo llorar y lamentarse a la niña sobrenatural, y por más que hacíamos y le decíamos, no podíamos hacerla desistir en su deseo de abrir para protegerla contra el cruel viento y contra la nieve. Mientras tanto, me mantenía todo lo alejada que podía de la señorita Furnivall y la señora Stark, pues les tenía miedo... sabía que no podían tener nada bueno, con aquellos rostros macilentos y severos y aquellos ojos desvariados que miraban hacia los horribles años pasados. Pero incluso en mi miedo, sentía una especie de compasión, al menos por la señorita Furnivall. Los que se han hundido en el abismo no pueden tener una mirada más desesperada que la que se veía siempre en sus ojos. Finalmente, hasta llegué a apiadarme tanto de aquella mujer (que nunca pronunciaba una palabra más que cuando se veía obligada a hacerlo), que rezaba por ella, y enseñé a la señorita Rosamunda a pedir por una persona que había cometido un pecado mortal. Pero a menudo, al llegar a estas palabras, la niña, que estaba de rodillas, se quedaba escuchando y se levantaba diciendo:

—Oigo a mi niñita que llora y se lamenta muy tristemente. ¡Ay!, ¡ábrela o morirá!

Una noche, justamente pasado, por fin, Año Nuevo, oí tocar tres veces la campana de la sala, que era la señal convenida para llamarme. No quería dejar sola a la señorita Rosamunda, que estaba dormida, pues el viejo lord había estado tocando con más frenesí que nunca y temía que mi cielito se despertara oyendo a la niña espectro; en cuanto a verla, sabía que no podría, pues había cerrado muy bien las ventanas para ello. Así que la saqué de la cama, envolviéndola en las ropas que encontré más a mano, y me la llevé a la sala, donde las viejas señoras estaban sentadas trabajando en su tapiz, como de costumbre. Cuando llegué levantaron los ojos y la señora Stark preguntó, completamente asombrada, por qué había llevado allí a la señorita Rosamunda, sacándola de su cama caliente. Yo había empezado a musitar:

—Porque tenía miedo de que, en mi ausencia, fuera arrastrada por la niña salvaje de la nieve...

Cuando me detuvo (con una mirada a la señorita Furnivall) y dijo que la señorita Furnivall quería que deshiciera unas puntadas que habían hecho mal y que ellas no veían a deshacer. Así que dejé a mi precioso cielito en el sofá y me senté en un taburete al lado de las señoras, con el corazón hostil hacia ellas, mientras oía al viento que rugía y bramaba. La señorita Rosamunda dormía profundamente, a pesar de lo que soplaba el viento, y la señorita Furnivall no decía ni una palabra, ni miraba a su alrededor cuando las ráfagas sacudían las ventanas. De repente se puso de pie y levantó una mano, como indicándonos que escuchásemos.

—¡Oigo voces! —dijo—. ¡Oigo terribles gritos! ¡Oigo la voz de mi padre!

Justamente en aquel momento, mi cielito se despertó sobresaltada:

—¡Mi niñita está llorando! ¡Oh, cómo llora! —e intentó levantarse para reunirse con ella. Pero los pies se le engancharon en la manta y yo la detuve, porque se me abrían las carnes ante estos sonidos que ellas podían oír y nosotras no. Al cabo de uno o dos minutos, los ruidos se acercaron y se agruparon y llegaron a nuestros oídos: también nosotras distinguimos voces y gritos y dejamos de oír el viento invernal que bramaba afuera.

La señora Stark me miró y yo la miré a ella, pero no nos atrevimos a pronunciar palabra. De repente, la señorita Furnivall se dirigió a la puerta y atravesando el pequeño vestíbulo de poniente, abrió la puerta del gran vestíbulo. La señora Stark la siguió y yo no me atreví a quedarme atrás, aunque tenía el corazón casi paralizado de miedo. Tomé estrechamente a mi cielito en los brazos y las seguí. En el vestíbulo, los gritos eran más fuertes que nunca; parecían venir del ala de mediodía... cada vez más cerca... más cerca, al otro lado de las puertas cerradas... justo tras ellas. Luego me di cuenta de que la gran lámpara de bronce estaba toda encendida, aunque el vestíbulo permanecía oscuro, y que un fuego ardía en la gran chimenea, aunque no desprendía calor. Y me estremecí de terror y apreté más a mi cielito junto a mí. Pero al hacerlo, la puerta de mediodía se estremeció, y ella gritó fíe repente, luchando para desembarazarse de mí:

—¡Ester, tengo que ir! ¡Mi niñita está ahí!, ¡la oigo!, ¡viene! ¡Ester, tengo que ir!

La sostuve con todas mis fuerzas, la sostuve con voluntad resuelta. Aunque hubiera muerto, mis manos no la hubieran soltado, tan decidida estaba a sujetarla. La señorita Furnivall se mantenía en pie escuchando y sin hacer caso de mi cielito, que estaba en el suelo, y que yo sujetaba, puesta de rodillas, rodeándole el cuello con ambos brazos, mientras ella seguía forcejeando y llorando por desasirse. De repente, la puerta del mediodía se abrió con estrépito, como si la empujaran violentamente, y en aquella luz clara y misteriosa se destacó la figura de un hombre viejo y alto, de cabello gris y ojos relampagueantes. Empujaba ante sí, con implacables gestos de odio, a una mujer hermosa y altanera que llevaba a una niña que se pegaba a su traje.

—¡Oh Ester, Ester! —exclamó la señorita Rosamunda—. ¡Es la señora! ¡La señora de debajo de los acebos! y mi niñita está con ella. ¡Tiran de mí hacia ellas!... lo noto... ¡debo ir!

De nuevo casi se crispó en sus esfuerzos para soltarse, pero yo la sostenía más y más fuerte, hasta que temí hacerle daño, prefiriéndolo a dejarla correr hacia aquellos terribles fantasmas. Éstos se dirigieron a la puerta del gran vestíbulo, donde el viento aullaba reclamando su presa, pero antes de llegar a ella, la señora se volvió y pude ver que desafiaba al anciano con un reto fiero y orgulloso; y luego se acobardó, y levantó los brazos desesperada y lastimosamente para proteger a su hija —su hijita— del golpe de la muleta que él había levantado.

Y la señorita Rosamunda, como herida por una fuerza mayor que la mía, se retorció en mis brazos y sollozó (pues ya entonces mi pobre cielito iba desfalleciendo).

—¡Quieren que vaya con ellas a los Páramos! ¡Me arrastran hacia ellas! ¡Oh, niñita mía! ¡Iría, pero la cruel, la mala de Ester me tiene agarrada muy fuerte!

Pero cuando vio la muleta levantada se desmayó, y yo di gracias a Dios por ello. En aquel preciso momento, cuando el viejo alto, con el cabello flameante como la ráfaga de un horno, iba a pegar a la niña que temblaba, la señorita Furnivall, la mujer vieja que estaba a mi lado, gritó:

—¡Oh padre, padre! ¡Perdona a la niñita inocente!

Pero justamente entonces, vi —vimos todas— cómo tomaba forma otro fantasma, destacándose en la luz azulada y brumosa que llenaba el vestíbulo. No la habíamos visto hasta entonces, y era otra dama, que estaba de pie junto al viejo, con una mirada de odio inexorable y de triunfante desprecio. Aquella figura era muy agradable de mirar, con su sombrero blanco inclinado sobre las orgullosas sienes y sus labios rojos y fruncidos. Iba vestida con un traje de raso azul. Yo la había visto antes. Era el retrato de la señorita Furnivall en su juventud.

Y los terribles fantasmas avanzaron, sin hacer caso de la desesperada súplica de la señorita Furnivall, la vieja... y la levantada muleta cayó sobre el hombro derecho de la niña, mientras la hermana menor miraba, sin inmutarse y mortalmente serena.

Pero en aquel momento desaparecieron las oscuras luces y el fuego que no daba calor, y he aquí que la señorita Furnivall yacía a nuestros pies, herida de muerte.

¡Sí! Aquella noche fue llevada a su cama para no levantarse más. Yacía con el rostro hacia la pared, musitando por lo bajo, pero musitando siempre:

—¡Ay!, ¡ay! ¡Lo que se hace en la juventud, no puede deshacerse en la vejez! ¡Lo que se hace en la juventud, no puede deshacerse en la vejez!

Elizabeth Gaskell (1810-1865)




Relatos góticos. I Relatos de Elizabeth Gaskell.


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El análisis y resumen del cuento de Elizabeth Gaskell: El cuento de la vieja niñera (The Old Nurse’s Story), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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