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«Femina Contra Mundum»: G.K. Chesterton; poema y análisis


«Femina Contra Mundum»: G.K. Chesterton; poema y análisis.




Femina Contra Mundum (Femina Contra Mundum) es un poema de amor del escritor inglés G.K. Chesterton (1874-1936), publicado en la antología de 1900: El caballero salvaje y otros poemas (The Wild Knight and Other Poems).

El título de Femina Contra Mundum, uno de los mejores poemas de G.K. Chesterton, proviene del latín, y significa: «la mujer contra el mundo», algo que se observa de forma opaca, casi críptica, a lo largo de los siguientes versos.




Femina Contra Mundum.
Femina Contra Mundum, Gilbert Keith Chesterton (1874-1936)

El Sol era negro, juicioso, y sangrienta
era la Luna: pero entre ambos
apareció un hombre de pie, diciendo:
Para mí, al menos, el césped es verde.

No hay ninguna estrella que olvidara temer
con amor y asombro;
las aves me han amado —pero no hubo respuesta;
solo el trueno.

Y una vez más el hombre de pie dijo:
Miré fijamente a través de la puerta de una cabaña;
en ese instante me voltee; sí, soy vil, me dije;
Y mis ojos ardieron.

Porque ya había pesado las montañas en una balanza,
y los cielos en una báscula,
Vengo a vender estrellas —lámparas viejas por nuevas—
¡Viejas estrellas en venta!

Entonces una voz cayó con el trueno creciente,
un tono menos áspero, que dijo:
has comenzado a amar una de mis obras
casi lo suficiente.


The sun was black with judgment, and the moon
Blood: but between
I saw a man stand, saying: 'To me at least
The grass is green.

'There was no star that I forgot to fear
With love and wonder.
The birds have loved me'; but no answer came --
Only the thunder.

Once more the man stood, saying: 'A cottage door,
Wherethrough I gazed
That instant as I turned -- yea, I am vile;
Yet my eyes blazed.

'For I had weighed the mountains in a balance,
And the skies in a scale,
I come to sell the stars - old lamps for new -
Old stars for sale.'

Then a calm voice fell all the thunder through,
A tone less rough:
'Thou hast begun to love one of my works
Almost enough.'


G.K. Chesterton
(1874-1936)




Poemas góticos. I Poemas de G.K. Chesterton.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de G.K. Chesterton: Femina Contra Mundum (Femina Contra Mundum), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los profanadores»: G.K. Chesterton; poema y análisis


«Los profanadores»: G.K. Chesterton; poema y análisis.




Los profanadores (The Desecraters) es un poema victoriano del escritor británico G.K. Chesterton (1874-1936), publicado en la antología de 1900: El caballero salvaje y otros poemas (The Wild Knight and Other Poems).

Los profanadores, uno de los grandes poemas de G.K. Chesterton, y acaso uno de los más misteriosos, versifica el áspero discurso de un hombre a punto de ser enterrado. Dentro de su filosofía, los verdaderos profanadores no tienen nada que ver con los saqueadores de tumbas, sino tal vez con los piadosos deudos encargados de llevar adelante la ceremonia.




Los profanadores.
The Desecraters, G.K. Chesterton (1874-1936)

Sé testigo de todo: ese arrepentimiento,
las plumas volando, la música alta,
voy a la muerte sin ser sacudido
por tu vil filosofía.

Por tu jornal, toma mi cuerpo,
que al menos a ti te dejo;
coloca los coronas malhumoradas sobre él,
invita a llorar a los sonrientes.

Permanece en silencio: empapa tu ropa
en la noche que no tiene estrella;
vístanse con la ropa mortal de los demonios,
más negros que sus espíritus son.

Como no pueden, por su misericordia,
recuéstese en un coche fúnebre,
arrójenme a los chacales vivientes
que Dios ha construido para los sepulcros.


Witness all: that unrepenting,
Feathers flying, music high,
I go down to death unshaken
By your mean philosophy.

For your wages, take my body,
That at least to you I leave;
Set the sulky plumes upon it,
Bid the grinning mummers grieve.

Stand in silence: steep your raiment
In the night that hath no star;
Don the mortal dress of devils,
Blacker than their spirits are.

Since ye may not, of your mercy,
Ere I lie on such a hearse,
Hurl me to the living jackals
God hath built for sepulchres.


G.K. Chesterton
(1874-1936)




Poemas góticos. I Poemas de G.K. Chesterton.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de G.K. Chesterton: Los profanadores (The Desecraters), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El caballero salvaje y otros poemas»: G.K. Chesterton; libro y análisis


«El caballero salvaje y otros poemas»: G.K. Chesterton; libro y análisis.




El caballero salvaje y otros poemas (The Wild Knight and Other Poems) es una colección de poemas victorianos del escritor inglés G.K. Chesterton (1874-1936), publicado en 1900.

La antología reúne varios de los mejores poemas de G.K. Chesterton, un autor mucho más conocido por sus relatos de detectives, y principalmente por el ciclo de cuentos del Padre Brown, pero que sin dudas también influyó poderosamente en la poesía inglesa de su tiempo.

El caballero salvaje y otros poemas nos permite conocer una faceta más cruda de G.K. Chesterton, menos interesada en las paradojas de la razón, que toma elementos del romanticismo y el gótico para elaborar fantasías que, por momentos, rozan lo macabro.




El caballero salvaje y otros poemas.
The Wild Knight and Other Poems, G.K. Chesterton (1874-1936)
  • El esqueleto (The Skeleton)
  • Femina Contra Mundum (Femina Contra Mundum)
  • Los profanadores (The Desecraters)
  • A ellos que lloran (To Them That Mourn)
  • A una cierta nación (To A Certain Nation)
  • Buenas noticias (Good News)
  • Ciclópeo (Cyclopean)
  • Ecclesiastes (Ecclesiastes)
  • De noche (At Night)
  • Detrás (Behind)
  • E.C.B. (E. C. B.)
  • El amante del mundo (The World's Lover)
  • El árbol humano (The Human Tree)
  • El caballero salvaje (The Wild Knight)
  • El burro (The Donkey)
  • El espejo de los locos (The Mirror Of Madmen)
  • El fin del miedo (The End Of Fear)
  • El forajido (The Outlaw)
  • El hombre feliz (The Happy Man)
  • El hombre y su imagen (A Man And His Image)
  • El leñador (The Woodcutter)
  • El marinero (The Mariner)
  • El pecado imperdonable (The Unpardonable Sin)
  • El pescado (The Fish)
  • El pesimista (The Pessimist)
  • El santo de los santos (The Holy Of Holies)
  • El triunfo del hombre (The Triumph Of Man)
  • Eternidades (Eternities)
  • Hojas doradas (Gold Leaves)
  • Joseph (Joseph)
  • Junto al no nacido (By The Babe Unborn)
  • La antigüedad de los días (The Ancient Of Days)
  • La balada de la batalla de Gibeon (The Ballad Of The Battle Of Gibeon)
  • La balada de los hacedores de dioses (The Ballad Of God-Makers)
  • La canción de los niños (The Song Of The Children)
  • La esperanza de las calles (The Hope Of The Streets)
  • La lámpara (The Lamp Post)
  • La plegaria del polvo (The Praise Of Dust)
  • Las dos mujeres (The Two Women)
  • La última mascarada (The Last Masquerade)
  • La vergüenza de la Tierra (The Earth's Shame)
  • La visión beatífica (The Beatific Vision)
  • Moderna tierra de elfos (Modern Elfland)
  • No matarás (Thou Shalt Not Kill)
  • Por último (Ultimate)
  • Solo (Alone)
  • Una alianza (An Alliance)
  • Una cierta tarde (A Certain Evening)
  • Un acorde de color (A Chord Of Colour)
  • Una novedad (A Novelty)
  • Un cuento de hadas (A Fairy Tale)
  • Un cuento de Navidad (A Christmas Carol)
  • Un retrato (A Portrait)
  • Vanidad (Vanity)
  • Vulgarizado ('Vulgarised')




Libros de poemas. I Libros de G.K. Chesterton.


El análisis y resumen del libro de G.K. Chesterton: El caballero salvaje y otros poemas (The Wild Knight and Other Poems), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

G.K. Chesterton: poemas destacados


G.K. Chesterton: poemas destacados.




G.K. Chesterton (1874-1936) —Gilbert Keith Chesterton— fue uno de los grandes autores de su tiempo, destacándose con particular genialidad en la ejecución de relatos de detectives; por ejemplo, en los míticos cuentos del Padre Brown.

En esta sección dejaremos de lado los cuentos de G.K. Chesterton para introducirnos en otros maravilloso aspecto de su producción literaria: la poesía. De hecho, los poemas de G.K. Chesterton, aunque ensombrecidos por lo genial de su narrativa, están a la altura de los más importantes de aquellos años.

Aquí compartimos algunos de los que, para nosotros, son los más destacados poemas de G.K. Chesterton.




Poemas de G.K. Chesterton:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: G.K. Chesterton: poemas destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

G.K. Chesterton: cuentos destacados


G.K. Chesterton: cuentos destacados.




Gilbert Keith ChestertonG.K. Chesterton (1874-1936)— fue, entre otras cosas, un verdadero maestro del cuento policial, género en el cual se destacó con uno de los más importantes detectives literarios: el Padre Brown, un viejo sacerdote católico empeñado en resolver toda clase de misterios.

Pero los cuentos de G.K. Chesterton van más allá del relato de detectives: su afición por la paradoja, y también por la parábola, lo condujeron a concebir relatos sumamente simbólicos y ricos en términos psicológicos, a tal punto que Jorge Luis Borges, nada menos, lo emparentó con el estilo de Franz Kafka.

En este segmento iremos repasando algunos de los más destacados cuentos de G.K. Chesterton, un autor fundamental y que nunca deja de sorprender.




Cuentos de G.K. Chesterton:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: G.K. Chesterton: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Cómo escribir un cuento policial: G.K. Chesterton.


Cómo escribir un cuento policial: G.K. Chesterton.




G.K. Chesterton (1874-1936) fue un escritor inglés que cultivó distintos géneros, entre ellos, el relato de detectives, a través de uno de los personajes más célebres y extravagantes del género: el padre Brown, un sacerdote católico aficionado a resolver crímenes y misterios a pesar de que su propia personalidad parece refractaria a los enigmas que investiga.

De alguna forma, el padre Brown [conocido como el «príncipe de las paradojas»] opera como un derribador de mitos en torno al cuento policial. No es un sesudo razonador como C.A. Dupin, de E.A. Poe, y menos un instintivo como Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle. El detective de G.K. Chesterton, al igual que su autor, posee firmes convicciones acerca de los enigmas que debe resolver, siendo menos importante la elegancia de la resolusión que el cómo se arriba a ella.

Su encanto está en la aparente inocencia, en el desapego de las pasiones, en la distancia emocional que lo separa del crímen, y que por alguna paradójica ecuación lo ubica peligrosamente cerca de la psiquis del criminal.

Más allá de las actuaciones formidables del padre Brown, G.K. Chesterton nos ha dejado un interesante análisis sobre el cuento policial que a continuación compartimos con todos los interesados en este formidable género.




Cómo escribir un cuento policial: G.K. Chesterton.

Que quede claro que escribo este artículo siendo totalmente consciente de que he fracasado en escribir un cuento policíaco. Pero he fracasado muchas veces.

Mi autoridad es por lo tanto de naturaleza práctica y científica, como la de un estudioso de lo social que se ocupe del desempleo o del problema de la vivienda. No tengo la pretensión de haber cumplido el ideal que aquí propongo al joven estudiante; soy, si les place, ante todo el terrible ejemplo que se debe evitar. Sin embargo creo que existen ideales para la narrativa policíaca, como existen para cualquier actividad digna de ser llevada a cabo. Y me pregunto por qué no se exponen con más frecuencia en la literatura didáctica popular que nos enseña a hacer tantas otras cosas menos dignas de efectuarse.

Lo primero y principal es que el objetivo del cuento de misterio, como el de cualquier otro cuento o cualquier otro misterio, no es la oscuridad sino la luz.

El cuento se escribe para el momento en el que el lector comprende por fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los múltiples preliminares en que no. El error sólo es la oscura silueta de una nube que descubre el brillo de ese instante en que se entiende la trama. Y la mayoría de los malos cuentos policíacos son malos porque fracasan en esto.

Los escritores tienen la extraña idea de que su trabajo consiste en confundir a sus lectores y que, mientras los mantengan confundidos, no importa si los decepcionan. Pero no hace falta sólo esconder un secreto, también hace falta un secreto digno de ocultar.

El clímax no debe ser anticlimático. No puede consistir en invitar al lector a un baile para abandonarle en una zanja. Más que reventar una burbuja debe ser el primer albor de un amanecer en el que el alba se ve acentuada por las tinieblas. Cualquier forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas verdades valiosas. Y por más que nos ocupemos de nada más importante que una multitud de Watsons dando vueltas con desorbitados ojos de búho, considero aceptable insistir en que es la gente que ha estado sentada en la oscuridad la que llega a ver una gran luz; y que la oscuridad sólo es valiosa en tanto acentúa dicha gran luz en la mente.

Siempre he considerado una coincidencia simpática que el mejor cuento de Sherlock Holmes tiene un titulo que, a pesar de haber sido concebido y empleado en un sentido completamente diferente, podría haber sido compuesto para expresar este esencial clarear: el título es: Resplandor de plata (Silver Blaze).

El segundo gran principio es que el alma de los cuentos de detectives no es la complejidad sino la sencillez.

El secreto puede ser complicado pero debe ser simple. Esto también señala las historias de más calidad. El escritor esta ahí para explicar el misterio pero no debería tener que explicar la propia explicación. Ésta debe hablar por sí misma. Debería ser algo que pueda decirse con voz silbante (por el malo, por supuesto) en unas pocas palabras susurradas o gritado por la heroína antes de desmayarse por la impresión de descubrir que dos y dos son cuatro.

Ahora bien, algunos detectives literarios complican más la solución que el misterio y hacen el crimen más complejo aun que su solución.

En tercer lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el personaje que lo explican todo, deben resultar familiares al lector. El criminal debe estar en primer plano pero no como criminal; tiene que tener alguna otra cosa que hacer que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en el proscenio.

Tomaré como ejemplo el que ya he mencionado, Resplandor de plata. Sherlock Holmes es tan conocido como Shakespeare. Por lo tanto, no hay nada de malo en desvelar, a estas alturas, el secreto de uno de estos famosos cuentos.

A Sherlock Holmes le dan la noticia de que un valioso caballo de carreras ha sido robado y el entrenador que lo vigilaba asesinado por el ladrón. Se sospecha, justificadamente, de varias personas y todo el mundo se concentra en el grave problema policial de descubrir la identidad del asesino del entrenador. La pura verdad es que el caballo lo asesinó.

Pues bien, considero el cuento modélico por la extrema sencillez de la verdad. La verdad termina resultando algo muy evidente. El caballo da título al cuento, trata del caballo en todo momento, el caballo está siempre en primer plano, pero siempre haciendo otra cosa. Como objeto de gran valor, para los lectores, va siempre en cabeza. Verlo como el criminal es lo que nos sorprende. Es un cuento en el que el caballo hace el papel de joya hasta que olvidamos que una joya puede ser un arma.

Si tuviese que crear reglas para este tipo de composiciones, esta es la primera que sugeriría:

En términos generales, el motor de la acción debe ser una figura familiar actuando de una manera poco frecuente. Debería ser algo conocido previamente y que esté muy a la vista. De otra manera no hay auténtica sorpresa sino simple originalidad. Es inútil que algo sea inesperado no siendo digno de espera. Pero debería ser visible por alguna razón y culpable por otra. Una gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir cuentos de misterio es encontrar una razón convincente, que al mismo tiempo despiste al lector, que justifique la visibilidad del criminal, más allá de su propio trabajo de cometer el crimen.

Muchas obras de misterio fracasan al dejarlo como un cabo suelto en la historia, sin otra cosa que hacer que delinquir. Por suerte suele tener dinero o nuestro sistema legal, tan justo y equitativo, le habría aplicado la ley de vagos y maleantes mucho antes de que lo detengan por asesinato. Llegamos al punto en que sospechamos de estos personajes gracias a un proceso inconsciente de eliminación muy rápido.

Por lo general, sospechamos de él simplemente porque nadie lo hace. El arte de contar consiste en convencer, durante un momento, al lector no sólo de que el personaje no ha llegado al lugar del crimen sin intención de delinquir si no de que el autor no lo ha puesto allí con alguna segunda intención. Porque el cuento de detectives no es más que un juego. Y el lector no juega contra el criminal sino contra el autor.

El escritor debe recordar que en este juego el lector no preguntará, como a veces hace en una obra seria o realista: "¿Por qué el agrimensor de gafas verdes trepa al árbol para vigilar el jardín del médico?" Sin sentirlo ni dudarlo, se preguntará: "¿Por qué el autor hizo que el agrimensor trepase al árbol o cuál es la razón que le hizo presentarnos a un agrimensor?". El lector puede admitir que cualquier ciudad necesita un agrimensor sin reconocer que el cuento pueda necesitarlo. Es necesario justificar su presencia en el cuento (y en el árbol) no sólo sugiriendo que lo envía el Ayuntamiento sino explicando por qué lo envía el autor. Más allá de las faltas que planea cometer en el interior de la historia debe tener alguna otra justificación como personaje de la misma, no como una miserable persona de carne y hueso en la vida real.

El lector, mientras juega al escondite con su auténtico rival el autor, tiende a decir: Sí soy consciente de que un agrimensor puede trepar a un árbol, y sé que existen árboles y agrimensores. ¿Pero qué esta haciendo con ellos? ¿Por qué hace usted que este agrimensor en concreto trepase a este árbol en particular, hombre astuto y malvado?

Esto nos conduce al cuarto principio que debemos recordar. La gente no lo reconocerá como práctico ya que, como en los otros casos, los pilares en que se apoya lo hacen parecer teórico. Descansa en el hecho que, entre las artes, los asesinatos misteriosos pertenecen a la gran y alegre compañía de las cosas llamadas chistes. La historia es un vuelo de la imaginación. Es conscientemente una ficción ficticia.

Podemos decir que es una forma artística muy artificial pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo a lo que los niños juegan. De donde se deduce que el lector que es un niño, y por lo tanto muy despierto, es consciente no sólo del juguete, también de su amigo invisible que fabricó el juguete y tramó el engaño. Los niños inocentes son muy inteligentes y algo desconfiados. E insisto en que una de las principales reglas que debe tener en mente el hacedor de cuentos engañosos es que el asesino enmascarado debe tener un derecho artístico a estar en escena y no un simple derecho realista a vivir en el mundo. No debe venir de visita sólo por motivos de negocios, deben ser los negocios de la trama. No se trata de los motivos por los que el personaje viene de visita, se trata de los motivos que tiene el autor para que la visita ocurra.

El cuento de misterio ideal es aquel en que es un personaje tal y como el autor habría creado por placer, o por impulsar la historia en otras áreas necesarias y después descubriremos que está presente no por la razón obvia y suficiente sino por las segunda y secreta. Añadiré que por este motivo, a pesar de las burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay mucho que decir a favor de la tradición sentimental de estilo más lector o más victoriano. Habrá quien lo llame un aburrimiento pero puede servir para taparle los ojos al lector.

Por último, el principio de que los cuentos de detectives, como cualquier otra forma literaria, empiezan con una idea.

Lo que se aplica también a sus facetas más mecánicas y a los detalles. Cuando la historia trata de investigaciones, aunque el detective entre desde fuera el escritor debe empezar desde dentro. Cada buen problema de este tipo empieza con una buena idea, una idea simple.

Algún hecho de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y el lector puede olvidar. Pero en cualquier caso la historia debe basarse en una verdad y, por más que se le pueda añadir, no puede ser simplemente una alucinación.




Más taller de literatura. I Relatos de G.K. Chesterton.


El resumen del artículo: Como escribir un cuento policial (según G.K. Chesterton) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Margery Lawrence y el espiritismo pulp


Margery Lawrence y el espiritismo pulp.




Margery Lawrence (1889-1969) fue una prolífica escritora inglesa de cuentos de fantasmas, relatos de terror y relatos de detectives. Podemos pensar en ella como un raro ejemplo de que algunos prodigios sobrenaturales terminan devorando a su creador.

Margery Harriet Lawrence nació en Wolverhampton, Inglaterra. Su padre, Richard J. Lawrence, le heredó su pasión por la literatura. Ya en sus primeros años como escritora se inclinó por el género fantástico, con antologias como Noches en la Mesa Redonda (Nights of the Round Table) y Las terrazas de la noche (The Terraces of Night).

En los años 20' se dedicó decididamente a la ficción. En 1925 publicó su novela Tacos rojos (Red Heels), seguida por muchas otras: Las aventuras de la señora Brand (Miss Brand Adventuress), Cristal Bohemio (Bohemian Glass), Tambores de juventud (Drums of Youth), Sarah de seda (Silken Sarah), La Madonna de las siete lunas (The Madonna of Seven Moons), Madam Holle (Madam Holle), La sonrisa torcida (The Crooked Smile), El puente de lo asombroso (The Bridge of Wonder); entre otras, pero su obra resulta menos atractiva que sus efectos sobre la personalidad de Margery Lawrence

Lo paranormal fue infliltrándose poco a poco en su obra, al principio, de un modo casi imperceptible. El primer síntoma de sus anhelos sobrenaturales nace con el doctor Miles Pennoyer, una especie de detective paranormal al estilo de John Silence [Algernon Blackwood], el padre Brown [G.K. Chesterton], Carnacki [W.H. Hodgson], entre otros investigadores celebérrimos.

Por aquellos años, al igual que May Sinclair, Margery Lawrence se vio seducida por las posibilidades del espiritismo, atracción que tiñó su obra de un denso e inescrutable discurso ocultista.

De este modo casi casual el espiritismo comenzó a mezclarse en su relatos, inyectándose con total naturalidad en lasrevistas pulp donde solían aparecer.

Su pluma fue captada por una publicación de claro corte espiritista, el Psychic News, y Margery Lawrence comenzó a redactar artículos sobre lo sobrenatural con un éxito imprevisible. El editor de la revista, Maurice Barbanell, más inclinado a los prodigios redituables, sugirió que Margery Lawrence debía compilar sus artículos y publicarlos bajo un formato tradicional; tarea que ella asumió con total diligencia entre 1942 y 1943.

Extrañamente los lectores de Margery Lawrence, ya sean de sus novelas o relatos, le dieron la espalda a esta nueva faceta de la escritora. En un largo prólogo a El otro lado (Other Side), que bien podría tomarse como una excusa, Margery Lawrence aclara que no se había convertido al espiritismo, aclaración que fue leída con disgusto por sus seguidores paranormales.

Despreciada por ambos extremos de sus inclinaciones, Margery Lawrence continuó escribiendo para un puñado de entusiastas seguidores, pero su crédito ya no se recuperó. Al contrario de lo que sucedió con autores de la talla de Arthur Machen, Gustav Meyrink o Algernon Blackwood, decididamente interesados en el ocultismo, su obra no captó la materia imperceptible de los sueños, y, en cambio, trasladó lo más burdo y banal de lo pretendidamente científico, algo que, francamente, a nadie le interesa leer.




Relatos pulp. I Fenómenos paranormales.


El artículo: Margery Lawrence y el espiritismo pulp fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Padre Brown: el sacerdote detective de G.K. Chesterton


Padre Brown: el sacerdote detective de G.K. Chesterton.




El relato de detectives tiene numerosas estrellas: C.A. Dupin, Sherlock Holmes, John Silence, pero una de ellas, acaso la menos conocida, es al mismo tiempo la más extravagante de todas: el Padre J. Brown, el sacerdote detective de G.K. Chesterton.

C.A. Dupin resuelve casos mediante la lógica pura, Holmes, con profundos análisis e investigaciones, John Silence gracias a sus conocimientos sobre lo paranormal, y el Padre Brown, como ningún otro antes de él, utilizando la intuición (ver: Detectives paranormales en la literatura).

El Padre Brown ocupó unas cincuenta historias detectivescas. Tanto su personalidad inquieta como su honda intuición del espíritu humano están basados en un sacerdote real, el Padre John O'Connor, párroco de Bradford, Yorkshire, hombre relacionado con la conversión al catolicismo de G.K. Chesterton en 1937.

Lejos de la estética de sus camaradas narrativos, en su mayoría austeros e imponentes, el Padre Brown es un hombre obeso, de aspecto bondadoso, que rechaza el razonamiento lógico para resolver los crímenes más atroces, ya que éstos, postula, carecen de razón. Más aún, su asistente no es policía, ni un hombre de mundo dedicado a desentrañar misterios por placer, sino un ex convicto, Flambeau, cuyo pasado le impide conseguir un trabajo convencional.

El método del Padre Brown es nétamente intuitivo. La deducción no forma parte de sus habilidades. En cambio, aplica una suerte de empatía criminal. Su mente, equilibrada y bondadosa, logra ponerse en el lugar del criminal, como él mismo lo explica en uno de sus relatos:


Verá usted, yo los he asesinado por mí mismo... He planeado cada uno de los crímenes muy cuidadosamente y con qué disposición de ánimo o estado mental pudo un hombre hacerlo realmente. Y cuando estaba bastante seguro y me sentía exactamente como el asesino mismo, entonces, por supuesto, sabía de quién se trataba.


El mejor resumen de su modus operandi queda revelado en el relato La cruz azul (The Blue Cross), cuando es interrogado por Flambeau a causa de su infalibilidad para resolver los asesinatos más terribles. el Padre Brown responde:


¿Nunca se le ha ocurrido pensar que un hombre que casi no hace otra cosa que oír los pecados de los demás no puede dejar de estar al corriente de la maldad humana?


El cuento de detectives alcanza con el Padre Brown —y el debate moral y religioso que plantea G.K. Chesterton— un nivel nunca antes conocido. Por lo general, la mente del asesino contrasta ferozmente con la luminosa racionalidad de su perseguidor, pero aquí las cosas se confunden, se mezclan, y la personalidad cándida de este sacerdote penetra en las regiones más oscuras del ser humano, y recién a partir de allí logra resolver los crímenes brutales —e irracionales— a los que se ve enfrentado. La empatía criminar, casi una prefiguración de los perfiles psicológicos, nace con el Padre Brown; aunque sus vástagos son innumerables.

De la vasta bibliografía del Padre Brown nuestra biblioteca sólo cuenta con uno de sus relatos de detectives. A continuación les dejamos una lista con el resto de ellos.




Relatos del padre Brown.
  • Libro I: La inocencia del Padre Brown (The Innocence of Father Brown)
  • La cruz azul (The Blue Cross Garden)
  • El jardín secreto (The Secret Garden)
  • Las pisadas misteriosas (The Queer Feet)
  • Las estrellas errantes (The Flying Stars)
  • El hombre invisible (The Invisible Man)
  • El honor de Israel Gow (The Honour of Israel Gow)
  • La forma equívoca (The Wrong Shape)
  • Los pecados del príncipe Saradine (The Sins of Prince Saradine)
  • El martillo de Dios (The Hammer of God)
  • El ojo de Apolo (The Eye of Apollo)
  • El signo de la espada rota (The Sign of the Broken Sword)
  • Los tres instrumentos de la muerte (The Three Tools of Death)
  • Libro II: La sabiduría del Padre Brown (The Wisdom of Father Brown)
  • La ausencia de Míster Glass (The Absence of Mr Glass)
  • El paraíso de los bandidos (The Paradise of Thieves)
  • El duelo del Dr Hirsch (The Duel of Dr Hirsch)
  • El hombre del pasaje (The Man in the Passage)
  • El error de la máquina (The Mistake of the Machine)
  • La cabeza del César (The Head of Caesar)
  • La peluca roja (The Purple Wig)
  • El fin de los Pendragon (The Perishing of the Pendragons)
  • El dios de los gongs (The God of the Gongs)
  • La ensalada del Coronel Cray (The Salad of Colonel Cray)
  • El extraño crimen de John Boulnois (The Strange Crime of John Boulnois)
  • El cuento de hadas del Padre Brown (The Fairy Tale of Father Brown)
  • Libro III: La incredulidad del Padre Brown (The Incredulity of Father Brown)
  • La resurrección del Padre Brown (The Resurrection of Father Brown)
  • La saeta del cielo (The Arrow of Heaven)
  • El oráculo del perro (The Oracle of the Dog)
  • El milagro de Moon Crescent (The Miracle of Moon Crescent)
  • La maldición de la cruz dorada (The Curse of the Golden Cross)
  • El puñal alado (The Dagger with Wings)
  • El sino de los Darnaways (The Doom of the Darnaways)
  • Libro IV: El secreto del Padre Brown (The Secret of Father Brown)
  • El secreto del Padre Brown (The Secret of Father Brown)
  • El espejo del magistrado (The Mirror of the Magistrate)
  • El hombre de las dos barbas (The Man With Two Beards)
  • La canción del pez volador (The Song of the Flying Fish)
  • La actriz y su doble (The Actor and the Alibi)
  • La desaparición de Vaudrey (The Vanishing of Vaudrey)
  • El peor crimen del mundo (The Worst Crime in the World)
  • La luna roja de Meru (The Red Moon of Meru)
  • La penitencia de Marne (The Chief Mourner of Marne)
  • El secreto de Flambeau (The Secret of Flambeau)
  • Libro V: El escándalo del Padre Brown (The Scandal of Father Brown)
  • >El escándalo del Padre Brown (The Scandal of Father Brown)
  • El rápido (The Quick One)
  • La ráfaga del libro (The Blast of the Book)
  • El hombre verde (The Green Man)
  • La persecución del señor azul (The Pursuit of Mr Blue)
  • El crimen del comunista (The Crime of the Communist)
  • La punta del alfiler (The Point of a Pin)
  • El problema insoluble (The Insoluble Problem)
  • La vampiresa de la aldea (The Vampire of the Village)
  • El asunto Donnington (The Donnington Affair)
  • La máscara de Midas (The Mask of Midas)




El artículo: Padre Brown: el sacerdote detective de G.K. Chesterton fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Lepanto»: G.K. Chesterton; poema y análisis.


«Lepanto»: G.K. Chesterton; poema y análisis.




Lepanto (Lepanto) es un poema del escritor inglés G.K. Chesterton (1874-1936), publicado en 1911.

Lepanto, uno de los mejores poemas de G.K. Chesterton, está inspirado en la célebre batalla de Lepanto de 1571, donde la armada de la coalición de naciones católicas se enfrentó con la flota otomana en una de las batallas navales más impresionantes de la historia.

Lepanto, del que apenas daremos un fragmento, poetiza sobre algunos personajes notables de aquella batalla, particularmente sobre el líder de las fuerzas cristianas: Don Juan de Austria. Recordemos que Miguel de Cervantes participó de la batalla, cita en la que ganó onerosamente su apodo más caro: «El manco de Lepanto».





Lepanto.
Lepanto, G.K. Chesterton (1874-1936)

Blancos los surtidores en los patios del sol;
El Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.
Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,
Y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,
Y enarca la media luna sangrienta, la media luna de sus labios,
Porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.
Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,
Han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,
Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.
La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;
La sombra de los Valois bosteza en la Misa;
De las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,
Y el Señor del Cuerno de Oro se está riendo en pleno sol.
Laten vagos tambores, amortiguados por las montañas,
Y sólo un príncipe sin corona, se ha movido en un trono sin nombre,
Y abandonando su dudoso trono e infamado sitial,
El último caballero de Europa toma las armas,
El último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,
Que otrora fue cantando hacia el sur, cuando el mundo entero era joven.
En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
Sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.
Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,
Don Juan de Austria se va a la guerra.
Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche,
Oscura púrpura en la sombra, oro viejo en la luz,
Carmesí de las antorchas en los atabales de cobre.
Las clarinadas, los clarines, los cañones y aquí está él.
Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.
Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,
Yergue la cabeza como bandera de los libres.
Luz de amor para España ¡hurrá!
Luz de muerte para África ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Cabalga hacia el mar.
Mahoma está en su paraíso sobre la estrella de la tarde
(Don Juan de Austria va a la guerra.)
Mueve el enorme turbante en el regazo de la hurí inmortal,
Su turbante que tejieron los mares y los ponientes.
Sacude los jardines de pavos reales al despertar de la siesta,
Y camina entre los árboles y es más alto que los árboles,
Y a través de todo el jardín la voz es un trueno que llama
A Azrael el Negro y a Ariel y al vuelo de Ammon:
Genios y Gigantes,
Múltiples de alas y de ojos,
Cuya fuerte obediencia partió el cielo
Cuando Salomón era rey.
Desde las rojas nubes de la mañana, en rojo y en morado se precipitan,
Desde los templos donde cierran los ojos los desdeñosos dioses amarillos;
Ataviados de verde suben rugiendo de los infiernos verdes del mar
Donde hay cielos caídos, y colores malvados y seres sin ojos;
Sobre ellos se amontonan los moluscos y se encrespan los bosques grises del mar,
Salpicados de una espléndida enfermedad, la enfermedad de la perla;
Surgen en humaredas de zafiro por las azules grietas del suelo,
Se agolpan y se maravillan y rinden culto a Mahoma.
Y él dice: Haced pedazos los montes donde los ermitaños se ocultan,
Y cernid las arenas blancas y rojas para que no quede un hueso de santo
Y no déis tregua a los rumíes de día ni de noche,
Pues aquello que fue nuestra aflicción vuelve del Occidente.
Hemos puesto el sello de Salomón en todas las cosas bajo el sol
De sabiduría y de pena y de sufrimiento de lo consumado,
Pero hay un ruido en las montañas, en las montañas y reconozco
La voz que sacudió nuestros palacios -hace ya cuatro siglos:
¡Es el que no dice "Kismet"; es el que no conoce el Destino,
Es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama!
Es aquel que arriesga y que pierde y que se ríe cuando pierde;
Ponedlo bajo vuestros pies, para que sea nuestra paz en la tierra.
Porque oyó redoblar de tambores y trepidar de cañones.
(Don Juan de Austria va a la guerra)
Callado y brusco -¡hurrá!
Rayo de Iberia
Don Juan de Austria
Sale de Alcalá.
En los caminos marineros del norte, San Miguel está en su montaña.
(Don Juan de Austria, pertrechado, ya parte)
Donde los mares grises relumbran y las filosas marcas se cortan
Y los hombres del mar trabajan y las rojas velas se van.
Blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra;
El fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;
Llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos
Y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
Y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado
Y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal
Y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.
Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,
Don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,
Que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
Trompeta que dice ¡ah!
¡Domino Gloria!
Don Juan de Austria
Les está gritando a las naves.
El rey Felipe está en su celda con el Toisón al cuello
(Don Juan de Austria está armado en la cubierta)
Terciopelo negro y blando como el pecado tapiza los muros
Y hay enanos que se asoman y hay enanos que se escurren.
Tiene en la mano un pomo de cristal con los colores de la luna,
Lo toca y vibra y se echa a temblar
Y su cara es como un hongo de un blanco leproso y gris
Como plantas de una casa donde no entra la luz del día,
Y en ese filtro está la muerte y el fin de todo noble esfuerzo,
Pero Don Juan de Austria ha disparado sobre el turco.
Don Juan está de caza y han ladrado sus lebreles-
El rumor de su asalto recorre la tierra de Italia.
Cañón sobre cañón, ¡ah, ah!
Cañón sobre cañón, ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Ha desatado el cañoneo.
En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.
(Don Juan está invisible en el humo)
En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
Ante la ventana por donde el mundo parece pequeño y precioso.
Ve como en un espejo en el monstruoso mar del crepúsculo
La media luna de las crueles naves cuyo nombre es misterio.
Sus vastas sombras caen sobre el enemigo y oscurecen la Cruz y el Castillo
Y velan los altos leones alados en las galeras de San Marcos;
Y sobre los navíos hay palacios de morenos emires de barba negra;
Y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,
Gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos
Como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas,
Son como los esclavos rendidos que en el cielo de la mañana
Escalonaron pirámides para dioses cuando la opresión era joven;
Son incontables, mudos, desesperados como los que han caído o los que huyen
De los altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia.
Y más de uno se ha enloquecido en su tranquila pieza del infierno
Donde por la ventana de su celda una amarilla cara lo espía,
Y no se acuerda de su Dios, y no espera un signo-
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)
Cañonea Don Juan desde el puente pintado de matanza.
Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,
El rojo corre sobre la plata y el oro.
Rompen las escotillas y abren las bodegas,
Surgen los miles que bajo el mar se afanaban
Blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.
¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
Ha dado libertad a su pueblo!
Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)


White founts falling in the courts of the sun,
And the Soldan of Byzantium is smiling as they run;
There is laughter like the fountains in that face of all men feared,
It stirs the forest darkness, the darkness of his beard,
It curls the blood-red crescent, the crescent of his lips,
For the inmost sea of all the earth is shaken with his ships.
They have dared the white republics up the capes of Italy,
They have dashed the Adriatic round the Lion of the Sea,
And the Pope has cast his arms abroad for agony and loss,
And called the kings of Christendom for swords about the Cross,
The cold queen of England is looking in the glass;
The shadow of the Valois is yawning at the Mass;
From evening isles fantastical rings faint the Spanish gun,
And the Lord upon the Golden Horn is laughing in the sun.
Dim drums throbbing, in the hills half heard,
Where only on a nameless throne a crownless prince has stirred,
Where, risen from a doubtful seat and half attainted stall,
The last knight of Europe takes weapons from the wall,
The last and lingering troubadour to whom the bird has sung,
That once went singing southward when all the world was young,
In that enormous silence, tiny and unafraid,
Comes up along a winding road the noise of the Crusade.
Strong gongs groaning as the guns boom far,
Don John of Austria is going to the war,
Stiff flags straining in the night-blasts cold
In the gloom black-purple, in the glint old-gold,
Torchlight crimson on the copper kettle-drums,
Then the tuckets, then the trumpets, then the cannon, and he comes.
Don John laughing in the brave beard curled,
Spurning of his stirrups like the thrones of all the world,
Holding his head up for a flag of all the free.
Love-light of Spain—hurrah!
Death-light of Africa!
Don John of Austria
Is riding to the sea.
Mahound is in his paradise above the evening star,
(Don John of Austria is going to the war.)
He moves a mighty turban on the timeless houri’s knees,
His turban that is woven of the sunset and the seas.
He shakes the peacock gardens as he rises from his ease,
And he strides among the tree-tops and is taller than the trees,
And his voice through all the garden is a thunder sent to bring
Black Azrael and Ariel and Ammon on the wing.
Giants and the Genii,
Multiplex of wing and eye,

Whose strong obedience broke the sky
When Solomon was king.
They rush in red and purple from the red clouds of the morn,
From temples where the yellow gods shut up their eyes in scorn;
They rise in green robes roaring from the green hells of the sea
Where fallen skies and evil hues and eyeless creatures be;
On them the sea-valves cluster and the grey sea-forests curl,
Splashed with a splendid sickness, the sickness of the pearl;
They swell in sapphire smoke out of the blue cracks of the ground,—
They gather and they wonder and give worship to Mahound.
And he saith, “Break up the mountains where the hermit-folk can hide,
And sift the red and silver sands lest bone of saint abide,
And chase the Giaours flying night and day, not giving rest,
For that which was our trouble comes again out of the west.
We have set the seal of Solomon on all things under sun,
Of knowledge and of sorrow and endurance of things done,
But a noise is in the mountains, in the mountains, and I know
The voice that shook our palaces—four hundred years ago:
It is he that saith not ‘Kismet’; it is he that knows not Fate;
It is Richard, it is Raymond, it is Godfrey in the gate!
It is he whose loss is laughter when he counts the wager worth,
Put down your feet upon him, that our peace be on the earth.”
For he heard drums groaning and he heard guns jar,
(Don John of Austria is going to the war.)
Sudden and still—hurrah!
Bolt from Iberia!
Don John of Austria
Is gone by Alcalar.
St. Michael’s on his mountain in the sea-roads of the north
(Don John of Austria is girt and going forth.)
Where the grey seas glitter and the sharp tides shift
And the sea folk labour and the red sails lift.
He shakes his lance of iron and he claps his wings of stone;
The noise is gone through Normandy; the noise is gone alone;
The North is full of tangled things and texts and aching eyes
And dead is all the innocence of anger and surprise,
And Christian killeth Christian in a narrow dusty room,
And Christian dreadeth Christ that hath a newer face of doom,
And Christian hateth Mary that God kissed in Galilee,
But Don John of Austria is riding to the sea.
Don John calling through the blast and the eclipse
Crying with the trumpet, with the trumpet of his lips,
Trumpet that sayeth ha!
Domino gloria!
Don John of Austria
Is shouting to the ships.
King Philip’s in his closet with the Fleece about his neck
(Don John of Austria is armed upon the deck.)
The walls are hung with velvet that is black and soft as sin,
And little dwarfs creep out of it and little dwarfs creep in.
He holds a crystal phial that has colours like the moon,
He touches, and it tingles, and he trembles very soon,
And his face is as a fungus of a leprous white and grey
Like plants in the high houses that are shuttered from the day,
And death is in the phial, and the end of noble work,
But Don John of Austria has fired upon the Turk.
Don John’s hunting, and his hounds have bayed—
Booms away past Italy the rumour of his raid
Gun upon gun, ha! ha!
Gun upon gun, hurrah!
Don John of Austria
Has loosed the cannonade.
The Pope was in his chapel before day or battle broke,
(Don John of Austria is hidden in the smoke.)
The hidden room in man’s house where God sits all the year,
The secret window whence the world looks small and very dear.
He sees as in a mirror on the monstrous twilight sea
The crescent of his cruel ships whose name is mystery;
They fling great shadows foe-wards, making Cross and Castle dark,
They veil the plumèd lions on the galleys of St. Mark;
And above the ships are palaces of brown, black-bearded chiefs,
And below the ships are prisons, where with multitudinous griefs,
Christian captives sick and sunless, all a labouring race repines
Like a race in sunken cities, like a nation in the mines.
They are lost like slaves that sweat, and in the skies of morning hung
The stair-ways of the tallest gods when tyranny was young.
They are countless, voiceless, hopeless as those fallen or fleeing on
Before the high Kings’ horses in the granite of Babylon.
And many a one grows witless in his quiet room in hell
Where a yellow face looks inward through the lattice of his cell,
And he finds his God forgotten, and he seeks no more a sign—
(But Don John of Austria has burst the battle-line!)
Don John pounding from the slaughter-painted poop,
Purpling all the ocean like a bloody pirate’s sloop,
Scarlet running over on the silvers and the golds,
Breaking of the hatches up and bursting of the holds,
Thronging of the thousands up that labour under sea
White for bliss and blind for sun and stunned for liberty.
Vivat Hispania!
Domino Gloria!
Don John of Austria
Has set his people free!
Cervantes on his galley sets the sword back in the sheath
(Don John of Austria rides homeward with a wreath.)
And he sees across a weary land a straggling road in Spain,
Up which a lean and foolish knight forever rides in vain,
And he smiles, but not as Sultans smile, and settles back the blade....
(But Don John of Austria rides home from the Crusade.)


Gilbert Keith Chesterton
(1874-1936)




Poemas de G.K. Chesterton. I Poesía gótica.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del poema de G.K. Chesterton: Lepanto (Lepanto) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La torre de Babel»: G.K. Chesterton; relato y análisis


«La torre de Babel»: G.K. Chesterton; relato y análisis.




La torre de Babel (The Tower of Babel) —a veces publicado en español como La pagoda de Babel— es un relato fantástico del escritor inglés G.K. Chesterton (1874-1936), publicado en 1922.

La torre de Babel, uno de los cuentos de G.K. Chesterton más extraños, es básicamente un extracto de relato: El pozo sin fondo (The Bottomless Well).




La torre de Babel.
The Tower of Babel, G.K. Chesterton (1874-1936)

Ese cuento del agujero en el suelo, que baja quién sabe hasta dónde, siempre me ha fascinado. Ahora es una leyenda musulmana; pero no me asombraría que fuera anterior a Mahoma. Trata del sultán Aladino; no el de la lámpara, por supuesto, pero también relacionado con genios o con gigantes.

Dicen que ordenó a los gigantes que le erigieran una especie de pagoda, que subiera y subiera hasta sobrepasar las estrellas. Algo como la Torre de Babel. Pero los arquitectos de la Torre de Babel eran gente doméstica y modesta, como ratones, comparada con Aladino. Sólo querían una torre que llegara al cielo. Aladino quería una torre que rebasara el cielo, y se elevara encima y siguiera elevándose para siempre.

Y Dios la fulminó, y la hundió en la tierra abriendo interminablemente un agujero, hasta que hizo un pozo sin fondo, como era la torre sin techo. Y por esa invertida torre de oscuridad, el alma del soberbio Sultán se desmorona eternamente.

G.K. Chesterton (1874-1936)




Relatos góticos. I Relatos de G.K. Chesterton.


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«El esqueleto»: G.K. Chesterton; poema y análisis


«El esqueleto»: G.K. Chesterton; poema y análisis.




El esqueleto (The Skeleton) es un poema metafísico del escritor inglés G.K. Chesterton (1874-1936), publicado en la antología de 1900: El caballero salvaje y otros poemas (The Wild Knight and Other Poems).

El esqueleto, uno de los poemas de G.K. Chesterton más inusuales, reinterpreta la forma habitual en la que pensamos en la muerte, es decir, a través de una especie de solemnidad y pacífico descanso eterno, transformándola en una experiencia surrealista, jovial, incluso.




El esqueleto.
The Skeleton, G.K. Chesterton (1874-1936)

El pinzón que balbucea y la brisa
no es más feliz que yo;
aquí yazco entre flores
con mi eterna sonrisa.
No; para nada cómodamente;
aunque por cierto, amigos, por pensar de prisa
no imaginé la muerte, que el buen rey
ocultó como una broma cuidadosamente.


Chattering finch and water-fly
Are not merrier than I;
Here among the flowers I lie
Laughing everlastingly.
No: I may not tell the best;
Surely, friends, I might have guessed
Death was but the good King's jest,
It was hid so carefully.


G.K. Chesterton
(1874-1936)




Poemas góticos. I Poemas de G.K. Chesterton.


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«El converso»: G.K. Chesterton; poema y análisis


«El converso»: G.K. Chesterton; poema y análisis.




El converso (The Convert) es un poema metafísico del escritor inglés G.K. Chesterton (1874-1936), publicado en la antología de 1927: Poemas escogidos de G.K. Chesterton (The Collected Poems of G.K. Chesterton).

El converso, uno de los poemas de G.K. Chesterton más representativos de su pensamiento, fue escrito, según se dice, el día en que el autor se convirtió al catolicismo. Aquí, Chesterton utiliza la figura de Lázaro para retratar la imagen de un hombre que emerge de la oscuridad (el ateismo) para regresar a la luz (la fe).




El converso.
The Convert, G.K. Chesterton (1874-1936)

Después de un instante, cuando incliné mi cabeza
Todo el mundo cambió y se enderezó,
Emergí donde el viejo camino brilló en su blancura,
Caminé las calles y oí lo que todos los hombres dijeron,
Bosques de lenguas, como las hojas de otoño sin caer,
Indignas de amar pero extrañas y ligeras;
Viejos enigmas y nuevos credos, sencillos,
Como hombres que sonríen por un muerto.

Los sabios tienen cien mapas que ofrecer,
Señal que su cosmos arrastra como un árbol,
Y nublan tanto su razón, igual que un tamiz
Que conserva la arena y permite que el oro, libre, huya:
Y todas estas cosas son para mí menos que el polvo
Pues mi nombre es Lázaro y estoy vivo.


After one moment when I bowed my head
And the whole world turned over and came upright,
And I came out where the old road shone white.
I walked the ways and heard what all men said,
Forests of tongues, like autumn leaves unshed,
Being not unlovable but strange and light;
Old riddles and new creeds, not in despite
But softly, as men smile about the dead

The sages have a hundred maps to give
That trace their crawling cosmos like a tree,
They rattle reason out through many a sieve
That stores the sand and lets the gold go free:
And all these things are less than dust to me
Because my name is Lazarus and I live.


G.K. Chesterton
(1874-1936)




Poemas góticos. I Poemas de G.K. Chesterton.


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«El mito de Arturo»: G.K. Chesterton; poema y análisis


«El mito de Arturo»: G.K. Chesterton; poema y análisis.




El mito de Arturo (The Myth of Arthur) es un poema mitológico del escritor inglés G.K. Chesterton (1874-1936), publicado en la antología de 1929: Poemas de Navidad (Christmas Poems).

El mito de Arturo, uno de los mejores poemas de Chesterton, hace referencia al mito del rey Arturo, aquel rey legendario que gobernó sobre Camelot y reunió a los caballeros más nobles de su tiempo. En este sentido, a partir del siglo XII, el rey Arturo encarnó un ciclo de aventuras con infinitos matices, pero que comparten una característica común: la nobleza.




El mito de Arturo.
The Myth of Arthur, G.K. Chesterton (1874-1936)

¡Ah! hombre educado que nunca aprendiste a aprender,
Y que evitas deducir mediante diminutos y tímidos pasos,
Como el alto vapor que el fuego jamás podrá consumir
Y los grandes relatos de hombres que nunca fueron grandes.
¿Has pensado de qué clase de hombre se trata?
¿De quién dicen los hombres que "podría derribar gigantes"?
O qué hondos recuerdos en el abismo del tiempo
Aburren el boato de Camelot y de la corona.
Y por qué un estandarte tapiza todo el fondo,
Más allá de las cabalgatas, de innumerables lanzas,
Y en virtud de qué brujería, en las colinas occidentales,
Un trono ha permanecido vacío mil años.
Quién ejecuta, con tal desproporción, este inmenso laberinto,
La historia inmortal de un pecado mortal;
Menos fábula humana que hecho histórico
Que asesina mitos como polillas y se bate con un alfiler.
Consuélate; el resto no es difícil.
Jamás un mito serás, te lo prometo.


O learned man who never learned to learn,
Save to deduce, by timid steps and small,
From towering smoke that fire can never burn
And from tall tales that men were never tall.
Say, have you thought what manner of man it is
Of who men say "He could strike giants down" ?
Or what strong memories over time's abyss
Bore up the pomp of Camelot and the crown.
And why one banner all the background fills,
Beyond the pageants of so many spears,
And by what witchery in the western hills
A throne stands empty for a thousand years.
Who hold, unheeding this immense impact,
Immortal story for a mortal sin;
Lest human fable touch historic fact,
Chase myths like moths, and fight them with a pin.
Take comfort; rest--there needs not this ado.
You shall not be a myth, I promise you.


G.K. Chesterton
(1874-1936)




Poemas góticos. I Poemas de G.K. Chesterton.


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«El fantasma de Gideon Wise»: G.K. Chesterton; relato y análisis


«El fantasma de Gideon Wise»: G.K. Chesterton; relato y análisis.




El fantasma de Gideon Wise (The Ghost of Gideon Wise) es un relato de detectives del escritor inglés G.K. Chesterton (1874-1936), publicado en la antología de 1926: La incredulidad del Padre Brown (The Incredulity of Father Brown).

El fantasma de Gideon Wise, uno de los cuentos de G.K. Chesterton menos conocidos, no es simplemente un relato de fantasmas, sino que pertenece al ciclo de relatos del Padre Brown, aquel sacerdote católico que, en su tiempo libre, asume el oficio de detective paranormal, aceptando casos que desconciertan a los investigadores convencionales.

El fantasma de Gideon Wise de G.K. Chesterton, contrariamente a lo que ocurre con muchos otros relatos de detectives, donde la lógica que resuelve el caso parece un tanto artificial, aquí el misterio se revela de un modo tan elegante que incluso hace que buena parte de la historia que ya hemos leído en ese punto adquiera una dimensión completamente nueva y sorprendente.

Es importante recordar que el Padre Brown es un detective paranormal que, a diferencia de Sherlock Holmes, por ejemplo, no resuelve los misterios a los que se enfrenta mediante el razonamiento, sino en base a la intuición pura. Holmes se jacta de su penetración, de su agudeza intelectual, mientras que el Padre Brown es desmesuradamente humilde. Holmes siempre está en control de la situación. Brown, en general, vive desorientado. El único vínculo que se nos ocurre entre ambos es, acaso, el más evidente: ambos logran resolver siempre los misterios que abordan.




El fantasma de Gideon Wise.
The Ghost of Gideon Wise, G.K. Chesterton (1874-1936)

El padre Brown consideraba este caso uno de los más típicos para ilustrar una teoría de la coartada; la teoría que sostiene, en contra del ave mitológica irlandesa, que es imposible para un ser hallarse, a la vez, en dos sitios distintos. Para comenzar, sentaremos que James Byrne, un periodista irlandés, era acaso lo que mejor puede compararse con el mítico pájaro. Se encontró lo más cerca posible de estar en dos sitios a un tiempo, y estos dos sitios eran los más opuestos del mundo político y social, en el reducido espacio de veinte minutos.

El primero de ellos constituían los salones fastuosos de un gran hotel, punto de reunión de tres magnates de los negocios, decididos a cerrar unas minas de carbón bajo la apariencias de una huelga; el segundo de los curiosos lugares era una taberna con fachada de frutería, donde se congregaban el subterráneo triunvirato de quienes se habrían regocijado en dar al cierre la forma de huelga y a la huelga la forma de revolución. El reportero pasaba de un conciliábulo a otro, de los tres millonarios a los tres bolcheviques, con la inmunidad de un heraldo moderno o de un nuevo emperador.

Encontró a los tres magnates mineros ocultos por una selva de plantas en flor y un verdadero bosque de columnas estriadas y floridas de yeso dorado; jaulas, también doradas, pendían de las pintadas cúpulas entre la altísima fronda de las palmas y en ellas había pájaros de abigarrados colores y variadísimos timbres de voz. Jamás pájaro alguno cantó en el desierto con menos auditorio para su melodía, ni flor alguna desperdició su perfume en la estepa de lo que las flores de aquellas altísimas plantas desprendieron en vano el suyo sobre aquellos agudos y desalentados hombres de negocios, americanos en su mayoría, que conversaban e iban de acá para allá en el vasto ámbito de los salones.

Y allí, entre el despilfarro de decoración rococó a la que jamás se dirigía la mirada, entre el gorjeo de aquellas aves exóticas que nadie escuchaba, entre el esplendor de la más fastuosa tapicería y un laberinto de lujosa arquitectura, se sentaban los tres hombres comentando que el éxito depende del pensamiento, rapidez, vigilancia de la economía y dominio de sí mismo. Uno de ellos no hablaba tanto como los demás, pero les observaba con sus brillantes ojos inmóviles, que parecían unidos por sus quevedos, mientras su persistente sonrisa, bajo sus estrechos bigotes negros, estaba muy cerca de reflejar un desprecio permanente.

Éste era el famoso James R Stein, que no hablaba sino cuando tenía algo que decir. Pero su compañero, el viejo Gallup, de Pennsilvania, un hombre alto y grueso, con pelo cano y rostro de boxeador, hablaba sin cesar. Se sentía lleno de un humor jovial y estaba medio burlándose, medio atormentando al tercer millonario, Gideon Wise, un hombre duro, seco, un pajarraco anguloso, un tipo de esos que sus compatriotas comparan con el nogal americano; llevaba una perilla tiesa encanecida, y sus maneras y ropas eran como las de cualquier campesino de las llanuras del centro. Entre Wise y Gallup había entablada una antigua discusión sobre las competencias y combinaciones.

El viejo Wise se inclinaba aún por la manera de proceder del antiguo leñador; algo, en sus opiniones, se inclinaba a favor de los viejos principios individualistas; pertenecía a la escuela de Manchester y Gallup intentaba convencerle de que dejara la competencia a un lado y concentrara los recursos mundiales.

—Tarde o temprano se verá usted obligado a reconocerlo, mi viejo amigo —estaba diciendo Gallup con viveza al entrar Byrne—. Ésta es la manera de andar ahora y no es posible ya volver al trabajo individualista. Es preciso recurrir al esfuerzo mancomunado.

—Si me permiten expresar mi parecer —dijo Stein a su manera tranquila— diría que existe algo más importante que el que nos mantengamos comercialmente unidos. Lo que tenemos que hacer es unirnos desde el punto de vista político y por dicha razón he rogado a Mr. Byrne que venga a reunirse con nosotros hoy. Debemos combinar políticamente nuestras acciones por la sencillísima razón de que nuestros mayores y más peligrosos enemigos están ya unidos.

—Estoy, desde luego, conforme en todo cuanto se refiere a la unidad política —gruñó Gideon Wise.

—Aproxímese usted —indicó Stein al periodista—; ya sé que usted, Mr. Byrne, tiene acceso a la información de esos lugares curiosos y querría que nos hiciera usted un favor extra oficialmente. Usted sabe dónde se reúnen esos hombres; hay tan sólo dos o tres de ellos que pesan: John Elijah, James Halket, a cuyo cargo corre el discurso, y podría ser que también contase ese poeta llamado Horne.

—¡Cómo! ¡Si ese Horne era amigo de Gideon! —dijo el alegre Gallup—. Solía ir a la catequesis de Wise.

—En aquel entonces él era cristiano —repuso el viejo Gideon con solemnidad—, pero cuando alguien frecuenta el trato con ateos, no se sabe cómo va a acabar. Lo veo todavía, alguna que otra vez. Y no tuve inconveniente en ayudarlo durante la guerra para impedir su aislamiento y algunas cosas más, pero la cosa cambia de aspecto si empieza a relacionarse con los bolcheviques.

—Perdonen ustedes —interrumpió Stein—. La cuestión es bastante importante, por lo que ruego me excusen de exponerla sin tardar a Mr. Byrne. Mr. Byrne, puedo decirle en tono confidencial que poseo información o, mejor dicho, pruebas que podrían retener a esos sujetos en prisión durante mucho tiempo; me refiero a materia de conspiraciones tramadas por ellos durante la pasada guerra. No tengo intención de hacer uso de dichas informaciones, pero deseo que vaya usted a verlos y les diga que estoy decidido a hacer uso de ellas mañana, si no cambian de actitud.

—Bien —contestó Byrne—. Lo que usted me pide es que intervenga en el encubrimiento de un delito que podría también llamar chantaje. ¿No le parece a usted un poco arriesgado?

—Creo que el peligro les amenaza a ellos —dijo Stein con evidente mal humor— y lo que yo quiero es que vaya usted a comunicárselo.

—Bien, bien —dijo Byrne levantándose con una media sonrisa humorística—. Lo incluiré en mi programa de trabajo; pero si me ocurre algo le prevengo que intentaré meterle a usted también.

—Lo intentará usted, muchacho —afirmó el viejo Gallup con una buena carcajada.

Del gran sueño de Jefferson y de lo que los hombres llaman democracia queda tanto aún en aquel dichoso pueblo que, mientras los ricos gobiernan como tiranos, los pobres no se expresan como esclavos, sino que entre oprimido y opresor existe una candidez maravillosa. El lugar de reunión de los revolucionarios era una habitación blanca de cuyas paredes pendían uno o dos dibujos toscos y desequilibrados, en blanco y negro, al estilo de lo que se supone que es el arte proletario, pero que sin duda ni un proletario entre un millón hubiera podido comprender.

La única afinidad entre ambos puntos de reunión residía en el hecho de que violaban la Constitución americana bebiendo demasiado. Cócteles de múltiples colores se ofrecían a los tres millonarios. Halket, el más violento de los tres bolcheviques, pensaba que sólo el vodka era una bebida digna. Era un individuo largo, de aspecto amenazador y agresivo en su mismo perfil, como un perro; su nariz y labios eran prominentes y sobre el superior llevaba un bigote rojizo y mal arreglado, que se erizaba en perpetuo desafío. John Elijah era un hombre oscuro y observador que llevaba gafas y una barbilla puntiaguda y negra; había aprendido a valorar el gusto de la absenta en muchos cafés europeos.

La primera y última sensación que tuvo el periodista fue lo mucho que se parecía a James P. Stein. La semejanza entre sus rostros, pensamientos y ademanes era tal, que uno podía imaginarse que el millonario, habiendo desaparecido por una puerta falsa del babilónico hotel, se había presentado de improviso en el reducto de los bolcheviques.

El tercer hombre era también peculiar en sus bebidas; éstas constituían casi un símbolo de su persona. El vaso que estaba ante el poeta Horne era de leche y su propia inocuidad parecía siniestra en aquel ambiente, como si su opaca e incolora sustancia hubiese sido de carácter mucho más venenoso que el verde mortecino de la absenta. Realmente, la inocuidad de Henry Horne era bastante notable, pues había llegado al campo revolucionario por caminos muy distintos de los de Jake, el vulgar dinamitero, y los de Elijah, el cosmopolita saboteador. Horne había disfrutado de una educación esmerada; de niño había frecuentado la Iglesia y guardaba una abstinencia tal en la cuestión de bebidas, que no pudo deshacerse de aquel prejuicio cuando se sacudió los del cristianismo y el matrimonio.

Su cabello era rubio y su rostro delicado recordaba al de Shelley, de no haber achicado su mentón dejándose una barba de flequillo. La barba, sin saber por qué, le daba un aspecto afeminado; era como si sus pocos cabellos rubios fueran lo más que pudiese dar de sí. Cuando el periodista entró en la trastienda, el célebre Halket estaba hablando, como de costumbre. Horne acababa de proferir una exclamación casual y convencional, como «el cielo no lo permita» o «Dios nos libre» u otra cosa por el estilo, que resultó suficiente para que Halket empezara a decir una serie de irreverencias.

—¡Dios nos libre! Eso es todo lo que sabe hacer —dijo—. El cielo no hace nunca otra cosa que prohibir eso, aquello o lo de más allá. Nos prohibe ir a la huelga, nos prohibe luchar y nos prohibe fusilar a esos condenados usureros y chupadores de sangre dondequiera que se hallen. ¿Por qué a ellos no les prohibe algo el cielo durante un tiempo? ¿Por qué tus condenados clérigos y párrocos no se ponen a decir verdades sobre esos brutos, sólo por variar? ¿Por qué su preciado Dios...?

Elijah suspiró suavemente, como si estuviese fatigado, para interrumpirle.

—Los sacerdotes —dijo— pertenecían, como ya dijo Marx, a la etapa feudal del desarrollo económico y ahora no son, en realidad, parte del problema; el papel que un día jugara el sacerdote, lo juega hoy el capitalista experto y...

—Eso es —interrumpió el periodista con su seca e irónica imparcialidad—, y ha llegado la hora de que sepáis que algunos de ellos son muy expertos desempeñando su papel. —Y sin desviar sus ojos de los brillantes, pero mortecinos, de Elijah, les refirió la amenaza de Stein.

—Ya preveía yo algo parecido —dijo el sonriente Elijah sin moverse—. Puedo decir que estaba absolutamente preparado.

—¡Perros! —reventó Halket—. Si un pobre hombre se atreviera a decir algo semejante, se le sometería a dura prisión. Pero os aseguro que irán a algún sitio peor antes de que puedan imaginárselo. Si no van al infierno, no sé adonde irán...

Horne hizo un movimiento de protesta, seguramente no tanto por lo que el hombre venía diciendo, cuanto por lo que iba a decir; entonces Elijah le interrumpió resumiendo con frialdad.

—Es completamente innecesario —dijo mirando a Byrne fijamente a través de sus espejuelos— lanzar amenazas y retos a los del otro lado. Nos basta con que sus amenazas no surtan efecto por lo que a nosotros respecta. Hemos tomado también nuestras medidas y algunas de ellas no se conocerán hasta el momento de entrar en acción. Por lo que a nosotros se refiere, una ruptura inmediata y una tentativa externa de fuerzas encajan con nuestros planes.

Mientras hablaba sin perder su tono reposado y digno, algo en su impasible rostro amarillento hizo que el periodista sintiera subir un escalofrío por su espina dorsal. El rostro salvaje de Halket podía parecer iluminado por una mueca de desprecio peculiar, al observársele de perfil, pero, si se le miraba de frente, el reto rabioso de sus ojos aparecía con un brillo de ansiedad, como si el complejo ético y económico fuera demasiado para él; y Horne parecía pender aún más de los hilos de agobio y de crítica de sí mismo, pero aquel tercer hombre de lentes que hablaba con tanta sencillez y precisión tenía algo de misterioso, era como un muerto que hablaba sentado en torno a la mesa. Cuando Byrne salió con su mensaje de reto y atravesaba el estrecho pasillo que conduce a la frutería, halló la boca del mismo cerrada por una figura singular, aunque extrañamente familiar; un individuo, grueso y muy raro visto a contraluz, con la cabeza redonda y el sombrero ancho.

—¡Padre Brown! —profirió atónito el periodista—. Me figuro que se ha equivocado usted de puerta. No creo que participe de la conspiración de ahí dentro.

—La mía data de mucho más tiempo —contestó el padre Brown sonriente— y resulta que está mucho más extendida.

—Bien —replicó Byrne—, no irá usted a pensar que ninguno de los que están ahí pueda estar ni a cien millas de su cometido.

—No resulta siempre tan fácil afirmarlo —contestó el padre—, pero hay una persona aquí que sólo se aparta un centímetro de mi cometido.

Desapareció por el oscuro pasillo y el periodista continuó su camino muy preocupado. Dicha preocupación aumentó al sucederle un pequeño percance cuando volvía al hotel para dar la contestación a sus clientes capitalistas. Descendía por los peldaños de la escalera un joven activo, de cabello negro y nariz respingona, con una flor en el ojal, que lo cogió del brazo y lo llevó a un lado antes de que pudiera subir las escaleras.

—Óigame —dijo el joven en voz baja—, yo soy Potter, el secretario del viejo Ged, ¿sabe? Hablando entre nosotros, ¿no es verdad que se está tramando una muy gorda?

—He llegado a la conclusión —contestó Byrne con cautela— de que los cíclopes tienen algo sobre la mesa, pero recuerde usted que el cíclope, siendo gigante, tiene un solo ojo... Pienso que el bolchevismo es...

Mientras hablaba, el secretario escuchaba con un rostro que tenía algo de la inmovilidad mogola, a pesar de la movilidad de sus piernas y vestido. Pero cuando Byrne pronunció la palabra bolchevismo, los ojos penetrantes del joven se movieron con rapidez y dijo:

—¿Qué tiene eso que...? ¡Ah, sí!, es lo que se está tramando; perdone usted mi falta. Es tan fácil decir yunque, cuando se quiere decir refrigerador...

Con eso, el extraordinario joven desapareció escaleras abajo y Byrne continuó subiéndolas, mientras aumentaba más y más la confusión en su mente. Encontró el grupo aumentado hasta el número de cuatro personas, por la presencia de una que tenía rostro de gallina con muy poco cabello color pajizo y que llevaba monóculo. Hacía las veces de consejero cerca del viejo Gallup y debía de ser seguramente su abogado, aunque no oyó que le llamaran así. Su nombre era Nares y todas las preguntas que hizo a Byrne se encaminaban principalmente, por una u otra razón, al número de los posibles alistados en la organización revolucionaria. Como Byrne sabía poco acerca de tales cosas, dijo aún menos; y los cuatro hombres se levantaron a un tiempo de sus sillas. El último en dirigirle la palabra fue el que había estado más callado.

—Mil gracias, Mr. Byrne —dijo Stein doblando sus quevedos—; me queda sólo por decir que todo está preparado; en este punto coincido con Mr. Elijah. Mañana, antes del mediodía, la Policía habrá detenido a ese señor por hechos que yo mismo les habré planteado y esos tres por lo menos estarán en la cárcel antes de anochecer. Como todos ustedes saben, he intentado rehuir tal acción. Creo, señores, que no se puede decir nada más.

A pesar de todo, Mr. James P. Stein no pudo presentar su informe al día siguiente, por una sencilla razón que ha interrumpido a menudo las actividades de tan expeditos caracteres: no lo pudo hacer porque estaba muerto; y ninguno de los restantes puntos del programa pudo llevarse a término por esta razón, que se hizo evidente para Byrne al verlo anunciado en grandes letras de molde en el periódico de la mañana: Espeluznante y triple asesinato: tres millonarios muertos en una noche.

A renglón seguido, en tipos más o menos cuatro veces el normal, seguían frases sensacionalistas que subrayaban las características del misterio, como el hecho de que los tres hombres habían sido asesinados no sólo al mismo tiempo, sino en sitios muy distantes: Stein en su lujosa y artística casa, a unas cien millas al interior. Wise frente a su pequeño bungalow en la costa, donde disfrutaba de los aires del mar y llevaba una vida sencilla; y el viejo Gallup junto a un seto a la entrada del pabellón de su gran casa en el extremo opuesto del país. En ninguno de los tres casos cabía duda de que la muerte había seguido a una lucha violenta, aunque el cuerpo de Gallup no fuera hallado hasta el segundo día, con toda su masa y fealdad apoyadas en las ramas del seto sobre el que se dejara caer como un bisonte al correr contra las lanzas; a Wise lo habían arrojado al mar no sin resistencia por su parte, pues las huellas de lucha podían seguirse hasta la misma orilla.

La primera señal de la tragedia había sido un gran sombrero de paja flotando sobre las olas, que se podía ver desde el risco. El cuerpo de Stein había sido igualmente escondido ante probables pesquisas, hasta que un hilillo de sangre guió los pasos de la Policía hacia un baño de tipo romano que había estado construyendo en su jardín, pues no sólo había sido un hombre de gustos experimentales, sino que también le gustaban las antigüedades.

Por mucho que pensaba Byrne, tuvo que admitir que no había ninguna prueba legal en contra de nadie, estando las cosas como se presentaban. No bastaba con tener un motivo para cometer un crimen. Tampoco bastaba tener cierta propensión psíquica. No podía concebir al joven y pálido pacifista Henry Horne descuartizando a otro hombre con violencia brutal, aunque podía imaginarse al blasfemo de Halket e incluso al judío despectivo capaces de cualquier cosa. La Policía y un hombre que les ayudaba (que no era otro que el misterioso hombre del monóculo presentado como el señor Nares) adoptaron la misma actitud que el periodista; sabían que, por ahora, los conspiradores bolcheviques no podían ser perseguidos ni encarcelados, ya que había de entrañar un error notorio y sensacional la posibilidad de que fueran perseguidos y absueltos.

Nares empezó con un habilidoso candor por invitarles a un consejo, que debía ser una reunión privada, y les dijo que dieran sus opiniones francamente para bien de la Humanidad. Habría empezado sus investigaciones en la escena más próxima de la tragedia, el bungalow de junto al mar; a Byrne se le permitió estar presente en el curioso espectáculo, que era a la vez un debate pacífico de diplomáticos y un juicio velado, o, mejor dicho, un intento de objetivizar las sospechas. Con bastante sorpresa de Byrne, en el complejo grupo sentado alrededor de una mesa del bungalow costeño, aparecía la rechoncheta figura y cabeza lechuguina del padre Brown, aunque su conexión con este asunto no aparece hasta después.

La presencia del joven Potter, el secretario del difunto, parecía más natural; pero su comportamiento, en verdad, no lo fue tanto. Era el único que estaba familiarizado con el lugar y en cierto modo tenía que hacer los honores de la casa; no obstante, sirvió de poca ayuda y de menos información. Su rostro de naricita respingona tenía una expresión más de contrariedad que de pena.

Jake Halket, como de costumbre, era el que más hablaba; no era de esperar que un hombre de su tipo se aviniera a mantener la educada actitud del que ignora que él y sus amigos son acusados. El Joven Horne, en su manera más suave, intentó refrenarlo cuando se disponía a culpar a las víctimas, pero Jake estaba siempre dispuesto a vociferar tanto contra sus amigos como contra sus enemigos. En medio de un torrente de blasfemias, descargó de su alma una esquela muy poco oficial sobre el difunto Gideon Wise. Elijah conservaba su aspecto imperturbable e indiferente tras los lentes que escondían sus ojos.

—Me parece que es inútil —dijo Nares con frialdad— sostener que sus observaciones son indecentes. Podría afectarle más la noticia de que sus exclamaciones pueden ser imprudentes. Prácticamente, afirma usted que odiaba al muerto.

—¿Va usted a ponerme a la sombra por eso? —exclamó el demagogo—. Muy bien, pero tendrán que construir una prisión con capacidad para un millón de personas si quiere usted encarcelar a toda la pobre gente que tenía razones para odiar a Gideon Wise. Y usted sabe, como yo sé, que lo que afirmo es una verdad como un templo.

Nares estuvo callado y nadie habló, hasta que Elijah comenzó a hacerlo con su clara voz algo ceceante.

—Me parece que ésta es una discusión de muy poco provecho para ambas partes —dijo—.Ustedes nos han traído aquí, o para buscar información sobre el asunto, o para sondearnos. Si ustedes se fían de nuestra palabra, hemos de confesarles que carecemos de toda información. En caso de no tener confianza en nosotros deben participarnos de qué se nos acusa o tener la amabilidad de llevar el asunto entre ustedes. Nadie ha podido sugerir la más leve presunción de que nosotros tengamos que ver con esta tragedia, ni más ni menos que con el asesinato de Julio César. No se atreven a detenernos y, por otra parte, no nos quieren creer. ¿De qué sirve, pues, permanecer aquí por más tiempo?

Se levantó, abrochándose el abrigo con calma y sus amigos hicieron lo propio. Mientras se dirigían hacia la puerta, el joven Horne volvió a los investigadores su rostro pálido y fanático.

—Quisiera decirles —aclaró— que estuve encerrado en un sucio calabozo durante toda la guerra porque me negué a matar a un hombre.

Tras decir esto salió, dejando a los miembros del grupo sombríos, mirándose entre sí.

—Me sería difícil pensar —dijo el padre Brown— que salgamos victoriosos a pesar de la retirada.

—Nada me importa —dijo Nares—, salvo que me ponga el pie encima ese matón blasfemo de Halket. Horne es un caballero. Pero digan lo que quieran, estoy seguro hasta la tumba de que saben algo; que están en ello, si no todos, la inmensa mayoría, Y estuvieron cerca de admitirlo cuando se mofaron diciendo que no podíamos probar nada positivo, pero no que estuviéramos equivocados. ¿Qué piensa usted sobre todo esto, padre Brown?

La persona a quien iba dirigida la pregunta miró a Nares con una mirada casi desconcertada, gris y meditativa.

—Es cierto —dijo— que hay una persona que sabe más del asunto de lo que nos ha dicho. Pero me parece mejor no decir nombres por ahora.

A Nares se le soltó el monóculo y se puso alerta:

—Esto es extraoficial —dijo—, pero supongo que sabrá que si más adelante oculta información puede encontrarse en una situación comprometida.

—Mi actitud es muy sencilla —replicó el sacerdote—: estoy aquí para defender los intereses legítimos de mi amigo Halket. Yo creo que será de su interés, en estas circunstancias, si les digo que creo que no persistirá por mucho tiempo en la organización y que dejará de ser un socialista en el sentido de hoy. Tengo abundantes razones para creer que acabará convirtiéndose al catolicismo.

—¡Halket! —saltó el otro con incredulidad—. Pero, ¿cómo, si maldice las sotanas desde la mañana a la noche?

—Me parece que no comprende usted bien a esta clase de hombres —dijo el padre Brown lleno de paciencia—. Jura y perjura contra los sacerdotes porque fracasan (en su opinión) en hacer frente a la justicia del mundo. ¿Por qué habría él de esperar que hicieran frente a la justicia, si no hubiese intuido remotamente que son lo que son? Pero no nos hemos reunido para discutir la psicología de las conversiones. He mencionado sencillamente eso para simplificar su tarea... Para limitar su búsqueda.

—Si lo que dice es cierto, limitaría mi búsqueda a la estrecha cara de ese bandido de Elijah... Y no me extrañaría, pues nunca he visto a un diablo más desdeñoso, de mayor sangre fría y aspecto más espeluznante que ése.

El padre Brown suspiró y dijo:

—Siempre me recuerda al pobre Stein; creo que, en mayor o menor grado, era pariente suyo.

—Ya comprendo —empezaba a decir Nares, cuando su protesta quedó cortada en seco al ver que la puerta se abría, dibujándose en ella la figura y el pálido rostro del joven Horne. Pero su rostro no reflejaba su palidez natural, sino otra nueva y bastante innatural.

—¡Hola! —exclamó Nares poniéndose su monóculo—. ¿Por qué ha vuelto?

Horne cruzó la habitación muy nervioso y, sin decir palabra, se dejó caer en una silla. Luego dijo, como en sueños...

—Perdí a los otros... y el camino, y creí mejor volver.

Los restos de las bebidas que habían tomado estaban sobre la mesa y Henry Horne, aquel empedernido defensor de la ley seca, se sirvió un vaso de coñac y lo bebió de un trago.

—Me parece que está usted impresionado —dijo el padre Brown.

Horne se llevó las manos a la cabeza y por entre ellas empezó a hablar, en voz baja, como si sólo se dirigiera al sacerdote.

—Será mejor que lo diga. He visto un fantasma.

—¿Un fantasma? —repitió Nares asombrado—. ¿El espectro de quién?

—El fantasma de Gideon Wise, dueño de esta casa —contestó Horne un poco repuesto—. Estaba de pie, al borde del risco por el que cayó.

—¡Oh, vaya tonterías! —dijo Nares—. Nadie con dos dedos de frente cree ya en los fantasmas.

—Esto no es del todo exacto —dijo el padre Brown sonriendo—. Hay pruebas de casi tantos espectros como crímenes se han cometido.

—Mi obligación es perseguir a los criminales —objetó Nares con un poco de acritud—, y dejo a cargo de otros el huir de los fantasmas. Si hay alguien que a esta hora del día quiera ser asustado por fantasmas, es asunto suyo.

—Yo no he dicho que me asustara, aunque admito la posibilidad de que pudieran asustarme —dijo el padre Brown—. Nadie lo sabe hasta que lo prueba. Yo he dicho que creía en ellos lo bastante para interesarme por éste. ¿Qué es exactamente lo que vio usted, Mr. Horne?

—Allí, sobre el borde de aquella escarpada orilla; allí donde hay una especie de agujero o zanja, junto al lugar donde fue despeñado. Los demás marchaban algo delante y yo cruzaba el llano hacia el camino que sigue la orilla. He recorrido con frecuencia dicho sendero, ya que me gusta ver la mar embravecida precipitarse contra aquellas peñas. No le di gran importancia esta noche, aunque me extrañó que hubiera tanto oleaje, ya que la noche era tan clara. Podía ver las pálidas crestas de espuma aparecer y desaparecer a medida que las grandes olas barrían las puntas salientes. Por tres veces percibí la blanca espuma brillar a la luz de la luna y luego algo indefinible. Un cuarto relámpago plateado parecía haberse detenido en el cielo. No se desprendía y esperé con una intensa emoción a que lo hiciera. Me imaginé que estaba loco y que el tiempo se había detenido misteriosamente para mí o que se había prolongado. Me acerqué más y entonces grité. Pues aquella espuma suspendida como si fuera de copos de nieve se había convertido en un rostro y en una silueta blanca como el leproso de la leyenda, y terrible a la vez como un relámpago cuajado.

—¿Y usted dice que era Gideon Wise?

Horne asintió con la cabeza, sin proferir palabra, y hubo un profundo silencio roto bruscamente por Nares al ponerse en pie; tan bruscamente, que hizo caer la silla.

—¡Qué sandeces! —dijo—. De todas formas, será mejor que salgamos y veamos.

—No iré —dijo Horne montando en cólera—. Jamás recorreré aquel sendero.

—Esta noche tendremos que pasar por él a la fuerza —dijo el sacerdote con gravedad; no negaré que ha sido un camino peligroso... para más de una persona.

—Yo no iré... ¡Dios mío!, déjenme en paz—exclamó Horne. Sus ojos empezaron a moverse de una forma extraña. Se había levantado con los demás, pero no se movió hacia la puerta.

—Mr. Horne —dijo Nares con firmeza—; yo soy un agente de Policía y creo preferible decir, por si lo ignora, que esta casa está rodeada por la Policía. He intentado hacer la investigación de una manera amistosa, pero me veo obligado a inspeccionar los menores detalles, incluso cosas tan absurdas como un fantasma. Le pido que me lleve al lugar donde lo ha visto.

Se hizo otro silencio, durante el cual Horne estuvo luchando con ineludibles temores. Luego, se dejó caer otra vez en su silla y empezó a hablar con un tono de voz completamente distinto y mucho más sereno:

—No puedo; de todas formas, estoy dispuesto a decirles el porqué. Más tarde o más temprano lo descubrirían. Yo lo maté.

El silencio que siguió a sus palabras fue tal, que semejaba el del momento en que un rayo cae sobre una casa ocasionando la muerte de todos sus moradores. Se oyó la voz del padre Brown que sonaba muy débil en medio de aquel silencio, como el chillido de un ratón.

—¿Lo mató usted deliberadamente? —preguntó.

—¿Cómo puede uno contestar a esta pregunta? —contestó el hombre, que estaba sentado en su silla mordiéndose un dedo—. Debí de obrar en un momento de locura. Reconozco que él se puso intolerablemente insolente. Yo estaba en su propiedad y creo recordar que me golpeó; de todas maneras, llegamos a las manos y él cayó por el precipicio. Cuando me alejé del lugar, se me hizo como una súbita claridad en el cerebro y comprendí que acababa de cometer un crimen que me separaba para siempre de los hombres; el sello de Caín me quemaba la frente e incluso el cerebro; y en aquel instante comprendí, por vez primera, que había matado a un hombre. Me daba cuenta de que me vería precisado a confesarlo tarde o temprano. —Se irguió en la silla, y continuó—: Estoy dispuesto a no decir nada contra nadie; es inútil que me vayan preguntando por cómplices o planes... No diré nada.

—Teniendo en cuenta los demás asesinatos —dijo Nares—, es difícil creer que éste no fuera premeditado. Seguro que cumplía órdenes de alguien.

—He dicho que no diré nada contra aquellos con quienes yo trabajaba —dijo Horne con orgullo—. Soy un asesino, pero no quiero ser un soplón.

Nares se interpuso entre el hombre y la puerta y llamó con autoridad a alguien que permanecía fuera.

—Iremos todos al lugar —dijo Nares al secretario en voz baja—, pero este hombre debe ir custodiado.

Todos los que integraban el grupo tenían la sensación de que ir a fisgar sobre una peña era algo muy tonto y extemporáneo, ya que el asesino había confesado. Pero Nares, a pesar de ser el más escéptico y desdeñoso de todos, creyó que su deber le obligaba a no dejar piedra por remover, pues, a fin de cuentas, aquella peña era la única losa que reposaba sobre la líquida tumba del malogrado Gideon Wise. Nares, siendo el último en salir, cerró con llave la puerta de la casa y siguió a los demás a través de la llanura que se extendía hasta la peña. Se sorprendió entonces al ver que el joven Potter, el secretario, se dirigía hacia él con el rostro pálido como la luna.

—¡Por todos los santos, señor! —exclamó dejando oír por primera vez su voz en aquella noche—. Es verdad que hay algo, y es exactamente como él.

—¿Está usted loco? —dijo el detective—, todo el mundo está loco.

—¿Cree usted que no puedo reconocerlo cuando le veo? —exclamó el secretario con amargura—. Tengo mis razones para reconocerlo.

—Es posible —dijo el detective con agudeza—. Usted es de los que tienen motivos para odiarlo, como dijo Halket.

—Podría ser —dijo el secretario—; pero lo conozco bien y le digo que pude verle allí, derecho y mirándonos a la luz de esta luna maldita.

Y señaló a una hendidura de la peña, donde se destacaba algo semejante a un rayo de luz o a un poco de espuma del mar, aunque de aspecto más sólido. Se acercaron unos pasos y continuó sin moverse; parecía una estatua de plata. Nares empalideció ligeramente y comenzó a titubear en su decisión. Potter estaba tan asustado como el mismo Horne, e incluso Byrne, que era un reportero endurecido, no estaba dispuesto a acercarse más. Se sorprendió de que el único hombre que pocos minutos antes había dicho que podía asustarse de los fantasmas se mostrara como el más decidido. El padre Brown andaba con aplomo, con su paso firme, como si fuera a consultar un tablón de anuncios.

—Me parece que no le preocupa mucho —dijo Byrne al sacerdote—. Y yo creía que era usted el único que daba por seguras estas cosas.

—Ya que hablamos de ello, le diré que yo esperaba que no le darían ustedes la más mínima importancia. Creer en espectros es una cosa, y creer en uno determinado es otra.

Byrne se sintió interesado y empezó a escudriñar las peñas que se amontonaban a su alrededor bajo la fría claridad de la luna, como los acompañantes de la visión o ilusión.

—No creí en ello hasta que lo vi —dijo.

—Y yo creí en ello mientras no lo vi —dijo el padre Brown.

El periodista lo contempló atravesar con paso tardo el espacio que lo separaba del macizo partido en dos y semejante a la vertiente de una colina partida por la mitad. Bajo la pálida luna, la hierba parecía un cabello gris peinado hacia un lado por el viento, y parecía que ésta señalaba también el lugar en donde la agrietada peña mostraba reflejos lechosos sobre la superficie gris verde, el preciso lugar donde estaba la pálida silueta o brillante sombra que no podían aún explicarse. La desvaída figura continuaba dominando el triste panorama que, a no ser por la espalda cuadrada y el ademán resoluto del sacerdote al acercarse a aquel lugar, ofrecía un aspecto de completa desolación. El cautivo Horne se deshizo de sus guardianes y con un grito estridente corrió a adelantarse al sacerdote y, cayendo de rodillas ante el espectro, le imprecaba:

—Ya he confesado, ¿por qué has vuelto para decirles que fui yo?

—He venido para decirles que no fuiste tú —dijo el fantasma, y le tendió la mano. El hombre que estaba arrodillado se levantó, profiriendo un grito totalmente distinto; todos comprendieron que aquella mano era de carne y hueso.

—Fue el caso más notable de muerte que se recuerda —declararon el experto detective y el no menos experto periodista.

Hasta cierto punto era un caso extremadamente simple. Esquirlas y fragmentos de la roca venían desprendiéndose continuamente y quedaban en parte detenidos en la enorme grieta, de suerte que habían llegado a formar un pequeño reborde o saliente allí donde se había supuesto una negra línea atravesando el oscuro espacio hasta llegar al mar. El viejo, un viejo muy tozudo, fuerte y nervioso, había caído sobre dicho reborde y había pasado unas horribles veinticuatro horas esforzándose en subir por los pequeños salientes que a cada momento cedían al peso de su cuerpo; logró excavar una pequeña escalerilla de evasión.

Esto nos explicaría la ilusión óptica de Horne, cuando dijo que una ola blanca aparecía y desaparecía y que por último se quedó quieta. En cualquier caso, allí estaba Gideon Wise, en carne y hueso, con su cabello blanco, sus polvorientos vestidos campestres y sus pronunciadas facciones campesinas que, sea por lo que sea, eran mucho más blancas que de costumbre. Es posible que resulte beneficioso para los millonarios pasar veinticuatro horas en un arrecife a dos pasos de la eternidad. En todo caso, no sólo libró al criminal de toda acusación, sino que dio una versión verídica del accidente que modificó por completo el asunto. Wise declaró que no le habían tirado en manera alguna, sino que el suelo, que en aquel lugar se desmenuzaba constantemente, cedió bajo su peso y que incluso Horne había hecho algunos movimientos encaminados a salvarle.

—Sobre aquella providencial repisa de roca —dijo con solemnidad—, prometí al Señor perdonar a todos mis enemigos; y el Señor me juzgaría muy mezquino si no perdonara este accidente tan trivial.

Horne tuvo que salir custodiado por la Policía. El detective sabía que si le era impuesto algún castigo había de ser insignificante. ¡No todos los asesinos pueden llevar al asesinado como testigo de descargo!

—Es un caso rarísimo —dijo Byrne mientras el detective y los otros se apresuraban hacia el pueblo.

—Lo es —asintió el padre Brown—: no es asunto que nos concierna, pero desearía que se quedara usted un poco conmigo para comentarlo.

Después de una breve pausa, Byrne dijo de pronto:

—Supongo que pensaba usted en Horne al manifestar que alguien decía menos de lo que sabía.

—Cuando lo dije, estaba pensando en el silencioso Potter, el secretario del ya no difunto o lamentado Gideon Wise.

—A decir verdad, la única vez que Potter me habló creí que estaba trastornado —confesó el asombrado Byrne—, pero nunca se me ocurrió que pudiera ser un criminal. Comenzó a decirme que todo se reducía a un refrigerador.

—Sí, ya dije que conocía algo del asunto. Pero no he dicho nunca que tuviera que ver con el asunto... Supongo que Wise es realmente lo bastante fuerte para haber escalado por sí mismo aquella oquedad.

—Pero, ¿qué quiere usted decir? —exclamó el asombrado reportero—. Naturalmente que salió de allí; ¿no estaba con nosotros?

El sacerdote dejó incontestada la pregunta y preguntó bruscamente a su vez:

—¿Qué piensa usted de Horne?

—No se le puede llamar con absoluta propiedad un criminal. No se parece al menos a ninguno de los criminales que yo he visto, y tengo alguna experiencia; pero, naturalmente, Nares la tiene mucho mayor. Me parece que nunca nos satisfizo la idea de considerarlo criminal.

—En cambio, yo no le juzgué nunca capaz de otra cosa —añadió el sacerdote—. Debe saber usted mucho más que yo sobre criminales. Pero hay una clase de personas de las cuales yo, probablemente, sé más que usted e incluso que Nares, pongamos por caso. He conocido a muchos y conozco sus truquillos.

—Otra clase de personas —repitió Byrne confuso—. ¿Qué clase de personas?

—Arrepentidos.

—No acabo de comprender —objetó Byrne—. ¿Usted no cree en su crimen?

—No creo en su confesión —dijo el padre Brown—. He oído muchas confesiones, pero ninguna confesión espontánea ha sido como la de Horne. Demasiado romántica, sacada en su totalidad de libros. ¿No se fijó usted en cómo habló del sello de Caín? Eso lo ha sacado de un libro. Nadie que hubiese hecho una cosa así lo habría pensado. Suponga usted, por un momento, que fuera un honrado pasante o dependiente y que se viera sorprendido por la sensación de que había robado dinero. ¿Se le podía ocurrir, acaso, pensar en que su acción era la misma que la de Barrabás? O suponga que hubiese usted matado a un niño, preso de una cólera nefasta. ¿Se pondría a repasar la historia hasta llegar a identificar su acción con la del aquel potentado idumeo llamado Herodes? Créame: nuestros crímenes son, con mucho, demasiado repugnantemente privados y prosaicos para que se nos ocurra pensar enseguida en paralelismos históricos, por muy inteligentes que seamos. ¿Y por qué cree usted que saltó diciendo, sin ton ni son, que no delataría a nadie? ¿No cree usted que con sólo decirlo ya los estaba delatando, pues nadie le había preguntado nada, y lo más sencillo era no delatar a nadie? No, no creo que fuese sincero y, si estuviera en mi mano, no le absolvería. Bonitas se pondrían las cosas si empezáramos a perdonar a la gente por delitos que no habían cometido.

El padre Brown miró con detenimiento el mar.

—No comprendo adonde quiere ir a parar —exclamó Byrne—. ¿De qué sirve rodearlo de suposiciones cuando ya ha sido perdonado? De ésta ya ha escapado. Ahora le veo
completamente a salvo.

El padre Brown giró como una peonza y tomó a su amigo por el brazo con un entusiasmo inexplicable y del todo inesperado.

—¡Eso es —exclamó con énfasis—, nos han engañado a todos! ¡Está completamente seguro y ya se ha salvado por esta vez! Precisamente por eso es la clave del enigma.

—¡Por Dios! —exclamó Byrne pasmado.

—Quiero decir —insistió el rechonchete sacerdote— que está en el fregado porque se ha salido de él. Ésta es la única y total explicación.

—Y, verdaderamente, una explicación muy clara —dijo Byrne.

Estuvieron mirando al mar unos instantes en silencio. Luego el padre Brown prosiguió alegremente:

—Y ahora llegamos a lo de la nevera o refrigerador. Donde todos ustedes se han equivocado desde un principio en el presente caso es en el mismo punto donde la mayor parte de hombres públicos y periodistas se equivocan. Todos ustedes ven tan sólo que contra lo único que hay que luchar en el mundo de hoy día es contra el bolchevismo. Esta historia no tiene nada que ver con el bolchevismo, salvo quizá el tenerlo como fondo.

—Pues yo no lo entiendo así —dijo Byrne—; por un lado, tiene usted a los tres grandes millonarios metidos en aquel negocio, asesinados...

—¡No! —exclamó el sacerdote con voz aguda—. ¡No lo comprende usted! Ése es precisamente el quid. No hay tres millonarios asesinados. Hay sólo dos asesinados y un tercero muy vivo e inquieto, dispuesto a pisar a quien sea. Y ahí tiene usted delante al tercer millonario, libre para siempre de la amenaza que pesaba sobre su cabeza, expresada naturalmente con frases muy finas y despreocupadas en la conversación misma que usted me explicó que se desarrolló en el hotel; Gallup y Stein amenazaron al viejo, anticuado e independiente mercachifle con la posibilidad de que si no entraba en el juego le harían el vacío, dejándolo helado. Por esta razón dijeron lo de la nevera o refrigerador.

Después de una pausa continuó:

—Indudablemente, en el mundo moderno existe un movimiento bolchevique, que sin duda hay que contrarrestar; pero no creo mucho en la manera común de oponerse a él. En lo que nadie cae en la cuenta es en otro movimiento igualmente moderno e igualmente arrollador: el gran movimiento hacia el monopolio, o el que convierte todas las industrias en gigantescos trusts. Esto también es una revolución que desemboca en lo que la revolución desemboca. Los hombres se matarán por esto y contra esto, de la misma manera que lo hacen a favor y en contra del comunismo. Tiene sus ultimátums, sus invasiones y sus ejecuciones. Estos magnates de los sindicatos tienen sus cortes como los reyes, sus guardaespaldas y sus matones; tienen también sus espías en los campos enemigos. Horne era uno de los espías del viejo Gideon en uno de sus campos enemigos; pero fue usado contra otro enemigo: los rivales que le estaban arruinando porque no se unía a ellos.

—Sigo sin ver cómo lo usó —dijo Byrne— o de qué sirvió.

—¿No comprende usted —exclamó el padre Brown enojado— que se echaron una mano el uno al otro?

Byrne lo seguía mirando con aire de incredulidad, aunque la expresión de inteligencia empezaba a iluminar sus facciones.

—Eso es lo que quiero decir —prosiguió el otro— cuando digo que estaban en el asunto precisamente porque estaban fuera de él. La mayoría de las personas opinarán que se les debe absolver de los otros dos crímenes porque se ha probado que no estaban en éste. Y, en realidad, estaban en aquéllos, aunque no estaban en éste, ya que éste jamás se perpetró. Una coartada muy improbable y rara, esto es, improbable y por ello impenetrable. La mayor parte de los hombres dirá que quien confiesa un asesinato debe ser sincero y que quien perdona a su asesino también lo es. Nadie creerá que nunca llegó a existir tal crimen, de manera que el uno no tiene nada que perdonar y el otro nada que temer. Se habían dado cita aquí, para aquella noche, con objeto de eludir una historia que iba contra ellos mismos. Pero lo cierto es que no estuvieron aquí en la noche de autos; Horne estaba matando al viejo Gallup en el bosquecillo, mientras Wise estaba estrangulando al pequeño judío en su bañera romana. Por eso me he preguntado si Wise era lo realmente fuerte para resistir la ascensión que nos contó.

—Pues, desde luego, la historia estaba muy bien pensada —contestó Byrne decepcionado— Cuadraba con el tono del paisaje y era muy convincente.

—Demasiado convincente para convencer —dijo el padre Brown moviendo la cabeza. ¡Qué vivida era la espuma coronada por la claridad lunar que se levantaba en el aire y se convertía en un espectro! ¡Qué literaria! Horne es un sujeto ruin e indeseable, un truhán, pero no olvide usted que, como muchos de los truhanes y granujas de la historia, también es un poeta.

G.K. Chesterton (1874-1936)




Relatos góticos. I Relatos de G.K. Chesterton.


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El análisis y resumen del cuento de G.K. Chesterton: El fantasma de Gideon Wise (The Ghost of Gideon Wise), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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