Por los viejos tiempos: Robert Burns


Por los viejos tiempos (Auld Lang Syne) es un poema del romanticismo del escritor escocés Robert Burns, escrito en 1788. Pronto se convirtió en un clásico, y comenzó a ser cantado por el pueblo en ocasión de alguna despedida, como la partida de un amigo, un funeral, e incluso para despedir al año.

Robert Burns consignó que su poema fue recogido de una vieja balada perdida, la cual oyó en labios de un anciano escocés. Algunos estudiosos apuntan una similitud entre los versos de Burns y otros de James Watson, editados en 1711, y llamados: Old Long Syne.

Pero Robert Burns utiliza dos palabras escocesas para el Old Long del poema de Watson: Auld Lang, de idéntico significado: Hace mucho. Por los viejos tiempos, en realidad, debería traducirse como: Hace mucho tiempo (Auld Lang Syne).

El poema, como decíamos, se transformó en una popular canción folklórica, que incluso cruzó las fronteras de Escocia. Existen multitudes de versiones en diferentes lenguas. En España, por ejemplo, se la conoce como El Vals de las Velas.


Por los viejos tiempos.
Auld Lang Syne
, Robert Burns (1759-1796)


¿Deberían ser olvidados los viejos amigos
y nunca recordarlos?
¿Deberían ser olvidados los viejos amigos
y los viejos tiempos?

Por los viejos tiempos, amigo,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Los dos hemos corrido por las laderas
y arrancado las bellas margaritas,
pero hemos errado mucho con los pies doloridos
desde los viejos tiempos.

Por los viejos tiempos, amigo,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Los dos hemos vadeado la corriente
desde el mediodía hasta la cena,
pero amplios mares han rugido entre nosotros
desde los viejos tiempos.

Por los viejos tiempos, amigo,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Y he aquí una mano, mi fiel amigo,
y danos una de tus manos,
y ¡echemos un cordial trago de cerveza
por los viejos tiempos!

Por los viejos tiempos, amigo mío,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Y seguro que tú pagarás tu trago.
Y seguro que yo pagaré el mío...
Y, aun así... ¡echaremos ese trago de camaradería
por los viejos tiempos!

Robert Burns (1759-1796)


Más poemas de Robert Burns. I Poemas del romanticismo. I Poemas góticos.

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El resumen y la traducción al español del poema de Robert Burns: Por los viejos tiempos (Auld Lang Syne) fueron realizadas por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Sueño nupcial: Dante Rossetti


Sueño nupcial (Nuptial sleep) es un poema erótico del escritor inglés Dante Gabriel Rossetti, escrito en 1869 y publicado en la colección de poemas prerrafaelitas: La Casa de la Vida (The house of life).

Sueño nupcial nos describe bellamente el deslizamiento en el sueño de una pareja después tener del sexo. El ángulo que utiliza Dante Rossetti es un ejemplo notable de la poesía prerrafaelita, y una muestra de lo polémico que podía ser su arte; debido a que sus matices no se centran en la anticipación o la fusión romántica de los amantes, sino de su exánime separación cuando el sexo ha concluido.

Sueño nupcial también es conocido como Placata Venere, sentencia latina que significa: La satisfacción de Venus.


Sueño nupcial.
Nuptial Sleep
, Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)


Con cálida aflicción, al fin se deshizo el largo beso:
y como las últimas gotas repentinas caen
del resplandeciente alero cuando la tormenta ha huido,
a solas vaciló el latir de sus corazones.
Sus pechos se apartaron, con el brotar abierto
de las flores nupciales a su lado, extendidas
desde el tallo unido, más aún sus bocas ardiendo
se acariciaron donde yacían separadas.

El sopor los hundió más profundamente que la marea
de los sueños, y sus sueños los vieron sumergirse
y escapar. Delicadas sus almas flotaron de nuevo
por esplendores acuáticos, y, ahogados, grises
objetos del día; hasta que por un prodigio
de leños nuevos y corrientes él se despertó y más
se maravilló: pues ella estaba a su lado.

Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)


Más poemas de Dante Rossetti. I Poemas prerrafaelitas. I Poemas eróticos. I Poemas góticos.


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El resumen y la traducción al español del poema de Dante Rossetti: Sueño nupcial (Nuptial Sleep) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La sombra en el ático: H.P. Lovecraft: August Derleth


La sombra en el ático (The shadow in the attic) es un relato de vampiros del escritor norteamericano H.P. Lovecraft. El cuento fue retomado por August Derleth en una de las tantas colaboraciones póstumas que involucran a ambos autores, y publicado en la colección de relatos de terror del 1964: Over the Edge.

La sombra del ático expone un caso de vampirismo tipicamente lovecraftiano: un casa habitada por un espíritu que busca tomar posesión de su nuevo habitante. Además de este vampiro energético, los muros de aquel viejo caserón también albergan la presencia de un Súcubo, una especie de vampiro sexual que asiste servicialmente los deseos de su difunto amo.


La sombra en el ático.
The shadow in the attic.
H.P. Lovecraft (1890-1937) August Derleth (1909-1971)

Mi tío abuelo Uriah. Garrison no era hombre a quien conviniera contrariar. Moreno, de cejas enmarañadas y revuelto cabello negro, cuando yo era niño su cara me aterrorizaba en sueños. Sólo tuve trato con él durante mi infancia. Mi padre se peleó con él y murió en circunstancias extrañas, asfixiado en la cama, a unas cien millas de Arkham, que es donde vivía mi tío abuelo. Mi tía Sofía le maldijo, y también murió al poco tiempo, como si algo invisible la hubiera empujado por unas escaleras. ¿Cuántos casos más habrá habido como éstos? ¿Quién sabe? Nadie se atrevía a hablar, sino en voz baja y temerósa, de los poderes tenebrosos que obedecían a Uriah Garrison.

Tampoco podría nadie determinar qué proporción de cotilleo supersticioso, infundado y malévolo había en lo que se contaba de él. No le volvimos a ver desde que murió mi padre, pues mi madre odiaba a su tío y le siguió odiando hasta la muerte, lo que demuestra que jamás se llegó a olvidar de él. Tampoco yo me olvidé ni de él ni de su casa, que tenía un tejado picudo y estaba en Aylesbury Street, en una zona de las afueras de Arkham que se extiende al sur del río Miskatonic, no lejos de la Colina del Ahorcado, coronada por un frondoso cementerio. Por cierto que el Arroyo del Ahorcado cruzaba las tierras de la finca, que también estaban cubiertas de espeso arbolado, como el cementerio de la colina. Nunca olvidaré la sombría mansión donde vivía él solo —si exceptuamos a alguien que iba por la noche a arreglarle la casa—, ni sus estancias de techos altísimos, ni el desván solitario y oscuro que todos rehuían incluso de día y donde estaba terminantemente prohibido entrar con una linterna u otra luz cualquiera—, ni sus ventanas emplomadas que miraban a un panorama de árboles y matorrales, ni las puertas de montante semicircular. Era el tipo de casa que nunca deja de ejercer un sombrío hechizo sobre las mentes juveniles e impresionables. A mí me provocaba siniestras fantasías y a veces sueños terroríficos de los que despertaba violentamente para correr a refugiarme junto a mi madre. Una noche inolvidable me equivoqué de camino y me topé con el extraño rostro inexpresivo y lejano de la mujer que venia a cuidar la casa. Nos miramos durante un instante, como a través de insondables abismos espaciales, y yo salí huyendo, espoleado por un terror nuevo que se superponía a los que ya me había provocado la pesadilla.

De mayor nunca se me ocurrió volver por allí. No había quedado amor entre nosotros, ni más relación que las breves felicitaciones que yo le mandaba por su cumpleaños o en Navidad, a las cuales jamás respondió, lo que me parecía perfecto. Por, eso me sorprendió tanto que al morir me legara la finca y una pequeña subvención con tal de que yo habitara la casa durante los meses del verano siguiente a su fallecimiento. Sin duda había tenido en cuenta que mis obligaciones docentes me impedían ocuparla durante el resto del año. No era pedir demasiado. Yo no tenía intención de conservar la finca. Por entonces, Arkham había empezado ya a extenderse por la zona de Aylesbury Pike y la ciudad, que antes quedaba tan lejos de la casa de mi tío abuelo, ahora amenazaba con rodearía en breve, por lo que sin duda la finca no sería difícil de vender. Arkham no tenía ningún atractivo especial para mi, aunque me fascinaban sus leyendas, sus apiñados tejados puntiagudos y su ornamentación arquitectónica del siglo XVIII. Esta fascinación, sin embargo, no era verdaderamente profunda y no me atraía la idea de fijar mi residencia definitiva en Arkham. Pero para vender la casa de Uriah Garrison tenía primero que habitarla, según lo dispuesto en su testamento. En junio de 1928, pese a las protestas de mi madre y a sus sombrías insinuaciones de que Uriah Garrison había sido un hombre especialmente malvado y aborrecido, me trasladé a la casa de Aylesbury Street. No me resultó muy difícil instalarme, pues la habían conservado perfectamente amueblada tras la muerte de mi tío abuelo, acaecida en marzo del mismo año, y era evidente que alguien se había encargado de mantenerla limpia y en condiciones de habitabilidad, según comprobé nada más llegar, procedente de Brattleboro. Sin duda la mujer que atendía a mi tío abuelo había recibido órdenes de seguir prestando sus servicios en la casa, por lo menos hasta que yo me instalara en ella.

Pero el abogado de mi tío abuelo —un sujeto anticuado que iba todavía de alto cuello duro y solemne traje negro— ignoraba que se hubiera tomado medida alguna en tal sentido, según me dijo cuando fui a visitarle para averiguar las cláusulas del testamento.

—No he estado nunca en la casa, Mr. Duncan —dijo- . Si su tío abuelo dejó dispuesto que la mantuvieran limpia, debe existir otra llave. Como usted sabe, yo le he entregado la única que tenía. Que yo sepa, no existe otra.

En cuanto a lo que disponía el testamento de mi tío abuelo, era escueto y sencillo. Yo sólo tenía que habitar la casa durante los meses de junio, julio y agosto, o durante noventa días, a partir de mi llegada, en caso de que mis obligaciones docentes me impidieran ocuparla desde el primero de junio. No se me imponía ninguna otra condición, ni siquiera prohibición alguna relativa al desván, como yo había supuesto.

—Al principio es posible que los vecinos le parezcan poco amistosos —replicó Mr. Saltonstall—.. Su tío abuelo era hombre de costumbres raras y les hizo muchos desaires. Supongo que le molestaba que se fuera instalando tanta gente en los alrededores de su propiedad, y a los vecinos, por su parte, también les debía molestar la altivez e insolidaridad de su tío abuelo, del cual comentaban que prefería la compañía de los muertos a la de los vivos, a juzgar por sus frecuentes paseos por el cementerio de la Colina del Ahorcado.
Al preguntarle qué aspecto había tenido el anciano durante sus últimos años, Mr. Saltonstall repuso:
—Era un viejo robusto y vigoroso, realmente duro. Pero, como tantas veces sucede, en cuanto empezó a decaer se desmoronó rápidamente: al cabo de una semana estaba muerto. De vejez, según el médico.
—¿Y su estado mental? —pregunté.
Mr. Saltonstall sonrió gélidamente.
—Bueno, Mr. Duncan, usted ya sabrá que el estado mental de su tío abuelo fue siempre un poco raro. Tenía ideas muy extrañas que resultan verdaderamente arcaicas. Me refiero, por ejemplo, a sus investigaciones sobre la brujería. Se gastó mucho dinero en estudiar los procesos de Salem. Pero encontrará usted su biblioteca intacta, y está llena de libros sobre el tema. Aparte su interés obsesivo en esta única cuestión, era un hombre fríamente racional. Esto le describe bien. Insociable y altivo.

Así, pues, el tío abuelo Uriah Garrison no había cambiado en los años transcurridos desde mi niñez, ahora que me acercaba a la treintena. Y la casa tampoco había cambiado. Todavía conservaba aquella atmósfera de espera vigilante, como una persona acurrucada para protegerse del frío mientras espera la llegada de la diligencia. No valdría una metáfora más moderna, pues la casa tenía doscientos años y, aunque estaba muy bien cuidada, no le hablan instalado luz eléctrica y su fontanería era viejísima. Exceptuando su contenido y algunos artesonados, la casa en sí carecía de valor. Pero en cambio el terreno valía mucho, debido, como he dicho, al crecimiento de Arkham por aquellas partes. El mobiliario era de cerezo, caoba y -nogal negro, y sospeché que si lo viera Rhoda —mi novia— querría conservarlo para cuando tuviéramos casa propia. Yo pensaba que con el dinero que nos procurara la venta de la finca y el mobiliario podríamos construirnos una casa para nosotros y mantenerla con mi sueldo de auxiliar del departamento de inglés y el suyo de profesora de Filología y Arqueología. Tres meses no era demasiado tiempo para vivir sin luz eléctrica y también podría soportar su deficiente fontanería durante esas semanas, pero en el acto decidí que no estaba dispuesto a prescindir del teléfono. Así que cogí el coche y me acerqué a Arkham para encargar que me lo instalaran sin demora. Ya que estaba en el centro de la ciudad, me detuve en la oficina de telégrafos de Church Street y envié sendos telegramas a mi madre y a Rhoda, comunicándoles mi llegada e invitando a Rhoda a que viniera cuando quisiera para inspeccionar mi recién adquirida propiedad. También aproveché para hacer una buena comida en uno de los restaurantes y comprar unas pocas provisiones necesarias para mis desayunos, a pesar de que no me apetecía nada tener que encender el viejo fogón de la cocina. Por fin regresé fortalecido contra el hambre para el resto del día.

Me había llevado conmigo varios libros y documentos que me hacían falta para la tesis doctoral en que estaba trabajando, y sabía que la biblioteca de la Universidad del Miskatonic, que quedaba a menos de una milla de mi casa, me ofrecería toda ayuda adicional que pudiera necesitar. Thomas Hardy y el condado de Wessex no constituía un tema tan abstruso como para tener que recurrir a la Widener o a otra de las grandes bibliotecas universitarias. Así, pues, me dediqué a mi tesis hasta el anochecer de mi primer día de estancia en el viejo caserón de Uriah Garrison. A esa hora, fatigado, me acosté en la habitación que había sido de mi tío abuelo, en el segundo piso de la casa, en vez de hacerlo en el cuarto de los huéspedes, que estaba en la planta baja.

II.
A última hora del día siguiente me sorprendió una visita de Rhoda. Llegó sin avisar, al volante de su Roalster. Rhoda Prentiss era un nombre demasiado cursi para una joven tan airosa, tan llena de vitalidad y energía. No oí llegar el coche y sólo supe de su presencia cuando abrió la puerta delantera de la casa y me llamó:

-¡Adam! ¿Estás en casa?
De un salto salí del despacho donde, estaba trabajando —a la luz, de una lámpara, pues el. día era oscuro y tormentoso- y allí me la vi, con el largo cabello rubio goteando lluvia, los labios entreabiertos y los limpios ojos azules tornando nota, con viva curiosidad, de todo lo que se hallaba a su alcance. Pero cuando la tuve entre mis brazos, un leve estremecimiento recorrió su cuerpo.
—¿Cómo vas a soportar tres meses en esta casa?—exclamo.’’
—Está hecha aposta para tesis doctorales —respondí—. Aquí no hay nada que me perturbe.
—Pues a mí me perturbaría toda la casa, Adam —replicó con una seriedad insólita—. ¿No notas en ella algo maligno?
—Lo maligno que había ya se ha muerto: mi tío abuelo. Pero te confieso que cuando vivía la casa entera sudaba malignidad.
—Y la suda.
—Eso si crees en residuos psíquicos.
Parecía como si Rhoda fuera a añadir algo, pero yo cambié de conversación.
—Llegas justo a tiempo de que nos vayamos a Arkham a cenar. Al pie de French Hill hay un restaurante francés antiguo muy interesante.

No contestó nada, pero mantuvo un ligero ceno durante un rato, como si se hubiera quedado con algo dentro. Sin embargo, durante el transcurso de la cena volvió a recuperar su humór habitual; habló de su trabajo, de nuestros planes, de nosotros dos; y pasamos más de dos horas en el restaurante. Luego regresamos a casa. Era natural que se quedara a pasar la noche en el cuarto de los huéspedes, que además estaba debajo del mío y podía avisarme, dando golpes en el techo, sí necesitaba algo o si —como dije yo— «te perturba el residuo psíquico». Pese, sin embargo, a bromear, me había dado cuenta de que en la casa, al llegar mi novia, se había producido como un aumento del nivel de vigilancia. Era como si la casa hubiera arrojado de si toda indolencia, como si de pronto se hubiera tenido que poner alerta, como sí husmeara algún peligro o presintiera de algún modo mi intención de venderla a quien la iba a derribar sin piedad. Esta sensación fue en. aumento durante toda la velada y me provocó, corno respuesta, un inexplicable, pero inconfundible sentimiento de compasión. En realidad, tampoco tenía por qué extrañarme tanto, pues las casas van adquiriendo poco a poco una atmósfera, y una casa de más de dos siglos tiene más atmósfera que otra más moderna. Precisamente son estas casas, que tanto abundan en Arkham, las que dan a la ciudad su peculiar distinción; y no me refiero sólo a los tesoros arquitectónicos, sino también al ambiente de las casas, al saber acumulado y a los ecos legendarios de las vidas humanas nacidas y consumidas dentro de los limites relativamente pequeños de la ciudad.

Y desde aquel momento también empecé a darme cuenta de otra cosa, asimismo relacionada con la casa, pero perteneciente a un plano distinto. No es que se me hubiera contagiado la reacción instintiva de Rhoda, sino sencillamente que su llegada aceleró los acontecimientos, el primero de los cuales sucedió aquella misma noche. Después he pensado que la aparición de Rhoda precipitó unos hechos que de todas maneras iban a haber ocurrido, pero que, en el curso normal de las circunstancias, se habrían producido de modo más insidioso. Aquella noche nos acostamos tarde. Yo caí dormido al instante, pues la casa estaba alejada del tráfico de la ciudad y en ella tampoco había los crujidos o chasquidos tan frecuentes en los caserones antiguos. En el piso de abajo, Rhoda se movía inquieta por la habitación y todavía estaba levantada cuando yo me dejé caer en el sueño. Era después de medianoche cuando algo me despertó. Durante unos segundos permanecí inmóvil, hasta despabilarme del todo. ¿Qué es lo que me había arrancado del sueño? ¿El sonido de una respiración que no era la mía? ¿Una presencia muy próxima? ¿Algo que había en la cama? ¿O las tres cosas a la vez? Tanteé con la mano ¡y palpé el inconfundible pecho desnudo de una mujer! Al mismo tiempo percibí su aliento ardiente, férvido. Pero al instante siguiente se habla ido, ya no estaba en la cama, y la sentí, más que la vi, deslizarse hacia la puerta de la habitación.

Plenamente despierto ya, me quité la sábana ligera que me cubría, pues la noche era húmeda y sofocante, y salté del lecho. Encendí la lámpara con mano un tanto trémula y me quedé ahí de pie sin saber qué hacer. Sólo llevaba puestos unos calzones cortos y lo sucedido me habla alterado más de lo que hubiera querido reconocer. Me avergüenza admitir que durante un instante creí que habla sido Rhoda, lo cual sólo demuestra que el incidente me habla provocado bastante confusión mental, pues Rhoda era incapaz de una acción semejante. De haber deseado pasar la noche en mi cama, lo habría dicho como otras veces. Además, el pecho que yo habla tocado no era, el de Rhoda, que tenía unos senos firmes y bellamente redondeados, mientras que los de la mujer que había estado tendida a mi lado eran fláccidos, viejos, de enormes pezones. A diferencia de los de Rhoda, me habían producido un estremecimiento de horror. Cogí la lámpara y salí de la habitación, dispuesto a registrar la casa. Pero al desembocar en el vestíbulo oí, como si procedieran de un punto situado fuera de la casa y muy por encima de ella, unos tenues, lejanos sollozos de mujer. Era la voz de una mujer que estaba siendo castigada, y me llegaba como desde una distancia desolada, como un fantasma de sonido que no tardó en perderse del todo. No habría durado más de treinta se¬gundos, pero a su modo había resultado tan inconfundible como lo que había palpado en el lecho.

Me quedé parado un rato, agitado interiormente, y por fin me retiré a la cama, donde permanecí insomne durante una hora larga, atento por si pasaba algo. Nada ocurrió, y cuando por fin volví a dormirme, ya había empezado a preguntarme si no habría confundido algún sueño con la realidad. Pero a la mañana siguiente, el nublado rostro de Rhoda me dijo que algo iba mal. Se habla levantado a preparar el desayuno y la encontré en la cocina. Se volvió hacía mí, sin saludarme, y dijo:

—¡Anoche había una mujer en la casa!
-¡Entonces no era un sueño! —exclamé yo.
—¿Quién era? —preguntó.
Moví la cabeza negativamente.
—Me gustaría poder decírtelo.
—Me parece extraordinario que venga la mujer de la limpieza en mitad de la noche —prosiguió.
—¿La viste?
—Si la vi, ¿por qué?
—¿Cómo era?
—Parecía joven, pero me dio la extraña sensación de que no lo era ni mucho menos. Tenía una cara inexpresiva, inmóvil. Sólo tenía vivos los ojos.
—¿Y ella te vio a ti?
—No creo.
-¡Es la mujer que venia a atender a mi tío! -exclamé—. Tiene que ser ella. Al llegar me encontré la casa completamente limpia. Mira qué limpia está. Mi tío abuelo no debió decirle que no volviera y ella ha seguido viniendo. Recuerdo que de niño la vi una vez. Mi tío abuelo la hacia venir siempre de noche. ¡Qué cosa más absolutamente cretina! Uriah Garrison murió en marzo, hace ya tres meses, y esa mujer tendría que ser idiota para no haberse enterado a estas alturas. ¿Quién le paga?
—¿Y yo qué sé? No te puedo contestar.

Además, tal como estaban las cosas, no me atreví a contar a Rhoda mi experiencia nocturna. Sólo pude asegurarle, sin mentir, que no había visto a mujer alguna en aquella casa desde una noche de mis primeros años en que sorprendí cascial y fugazmente a la que hacía la limpieza. -

—Recuerdo que a mi también me dio la misma impresión —dije—. Tenía una cara completamente inexpresiva.
—Adam, eso pasó hace veinte años o más —señaló Rhoda—. No puede ser la misma mujer.
—No sé qué decirte. Sin embargo, imposible no es, supongo. Y diga lo que diga Mr. Saltonstall, tiene que tener llave de la casa.
—Eso no tiene ningún sentido. Y tú prácticamente no has tenido tiempo de contratar a nadie desde que estás aquí.
—No he contratado a nadie.
—Lo creo. No moverías un dedo para limpiar aunque te estuvieras ahogando en polvo —se encogió de hombros—. Tendrás que averiguar quién es y poner punto final al asunto. No me gusta que la gente murmure, ya sabes.

Con este ánimo nos sentamos a desayunar. Yo sabia que Rhoda pretendía partir a continuación. Pero notaba que seguía preocupada. Habló muy poco mientras comía, respondiendo a mis comentarios con breves monosílabos, hasta que por fin estalló.

— ¡Pero, Adam! ¿Cómo es posible que no lo sientas?
—¿Que no sienta qué?
—En esta casa hay algo que te busca, Adam. Yo lo noto. A quien busca la casa es a ti.

Tras mi estupefacción inicial, hice constar con toda frialdad que la casa era un objeto inanimado, que yo no sabía de ninguna otra criatura que viviera en ella sino de mí, salvo qué hubiera ratones y no me hubiera dado cuenta, y que una casa no puede querer ni dejar de querer nada ni a nadie. No se quedó convencida. Al cabo de una hora, cuan¬do ya estaba dispuesta para marcharse, dijo impulsivamente:

—Adam, vente conmigo. —Ahora mismo.
—Sería una locura perder una propiedad tan valiosa, a la que tú y yo podemos dar tan buen uso, sólo por un capricho -contesté.
—Es algo más que un capricho. Ten cuidado, Adam.
En este tono nos separamos. Rhoda prometió volver cuando estuviera más entrado el verano y me obligó a prometerle que le escribiría puntualmente.

III.
Lo sucedido en aquella segunda noche que pasaba en la casa removió mis recuerdos y volví a sentir de nuevo la lúgubre melancolía que durante mi infancia había emanado del lugar, pero especialmente de la terrible presencia de mi tío abuelo Uriah y del cerrado desván donde nadie se atrevía a entrar pese a la frecuencia con que lo hacía el dueño de la casa. Debe ser normal que al fin decidiera recoger el desafío que para mí suponía la existencia de ese desván. La lluvia del día anterior había dado paso a un sol intenso que se derramaba, desde las ventanas apropiadas, por toda la casa, dándole un aire gallardo y gentil que nada tenía de siniestro. Era uno de esos días en que todo lo sombrío y ominoso parece lejano. No vacilé en encender una lámpara que dispersara las tinieblas del desván —que no tenía ventanas— y me lancé hacia las alturas de la casa provisto de todas las llaves que me habla facilitado Mr. Saltonstall. No hizo falta ninguna. La puerta estaba abierta. Y el desván vacío, pensé al entrar. Pero no lo estaba del todo. En el centro de aquel tabuco abuhardillado había una sola silla y, encima de ella, varias prendas vulgares y otra que no lo era tanto: diversas ropas de mujer y una máscara de goma de ésas que se ajustan a las facciones de quienes la llevan puesta. Avancé hasta la silla, asombrado, y dejé la lámpara en el suelo pata mejor examinar lo que había encima.

Lo que había era lo que había visto en el primer vistazo: un vestido corriente de algodón estampado con un dibujo anticuadísimo de cuadritos en distintos tonos de gris, un delantal, un par de guantes de goma de los que se pegan a la piel, medias elásticas, zapatillas de andar por casa y la máscara. Esta última, luego de examinada, resultó ser bastante común, a excepción de que iba provista de cabellos. Los vestidos bien podrían haber pertenecido a la mujer de la limpieza de mi tío abuelo Uriah. Habría sido muy propio de él no permitirle cambiarse de ropa bino en el desván. Pero esta hipótesis no sonaba muy convincente, desde luego, teniendo en cuenta sobre todo el cuidado que siempre había tenido en que nadie más que él entrara en aquella buhardilla. La careta era más difícil de explicar. No estaba seca y agrietada, como lo habría estado de llevar varios años sin usar. Al contrario, estaba suave y flexible, lo que resultaba aún más intrigante. Además, igual que el resto de la casa, el desván estaba impecablemente limpio. Sin tocar la ropa, volví a tomar la lámpara y la mantuve alzada. Entonces vi la sombra que se extendía, más allá de la mía, por la pared y el techo abuhardillado. Era una superficie monstruosa, deforme, ennegrecida, como si una inmensa llamarada hubiera grabado esa imagen en las tablas del desván. La estuve contemplando durante un rato antes de darme cuenta de que, aun grotescamente contrahecha, guardaba cierta semejanza con una figura humana. La cabeza, sin embargo — pues la cosa poseía una especie de excrecencia informe en el sitio de la cabeza— , no se parecía a nada y resultaba horrible.

Me acerqué para verla en detalle, pero al aproximarme sus contornos se difuminaron. Sin embargo, tenía toda la superficie de haber sido como cauterizada en la madera por un chorro de fuego abrasador. Retrocedí de nuevo hasta la silla y un poco más. La sombra parecía haberse producido como consecuencia de una llamarada que hubiese brotado a nivel del suelo. Tenía una angulación extraña e inexplicable. Me di la vuelta entonces y traté de localizar el punto de donde pudiera haber surgido lo que había provocado aquella alteración en el techo y la pared. Al darme la vuelta, la lámpara iluminó el lado opuesto del desván y puso de manifiesto, en el punto donde yo buscaba, la existencia de una abertura entre el techo y el suelo, pues en ese lado del desván no había pared. El agujero no era mayor que el que necesitaría un ratón, y al momento supuse que, en efecto, no era más que una ratonera. No habría retenido mi atención durante más de un segundo de no haber sido por lo que había pintado, con tiza u óleo de color rojo vivo, a su alrededor: una secuencia de curiosas líneas anguladas que me parecieron completamente distintas de cualquier diseño geométrico conocido y que estaban dispuestas de tal modo que el agujero del ratón quedaba en el centro de las mismas. Inmediatamente pensé en el gran interés que siempre había manifestado mi tío abuelo por la magia. Pero no, éstos no eran los habituales pentáculos, tetraedros y círculos de la brujería, sino más bien todo lo contrario. Acerqué la lámpara a las líneas y las examiné. De cerca sólo eran rayas, sin más. Pero vistas desde el centro del desván, componían una especie de diseño desconocido que sugería otras dimensiones, según se me ocurrió pensar. Era imposible determinar cuánto tiempo llevaban allí, pero no parecía haber sido trazadas recientemente, es decir, durante los tres últimos decenios. También era posible que tuvieran un siglo.

Mientras reflexionaba sobre el significado de la extraña sombra y del diseño pintado enfrente de ella, empecé a adquirir conciencia de que en el desván se había ido produciendo como una especie de tensión. Era algo verdaderamente indescriptible, pero lo que yo sentía —qué raro hace ponerlo en palabras— es como si el desván estuviera conteniendo la respiración. Empecé a inquietarme cada vez más, como si no fuera el desván, sino yo el que estaba siendo examinado. La llama de la mecha osciló y empezó a echar humo y la habitación entera pareció oscurecerse. Durante un momento fue como si la tierra, de pronto, se hubiera puesto a girar al revés, o algo así, y yo hubiera quedado suspendido durante un instante en el espacio exterior, antes de precipitarme en una órbita propia. Pero esta impresión fue fugaz. La tierra reanudó la regularidad de su giro, la habitación se iluminó, la llama de la lámpara se serenó. Salí del desván a toda prisa, casi indignamente, perseguido por todas las habladurías de mi infancia, súbitamente escapadas ahora del almacén de la memoria. Me sequé las gotitas de sudor que se me habían formado en las sienes, apagué la lámpara de un soplido e inicié, considerablemente agitado, el descenso de la escarpada escalera. Para cuando llegué a la planta baja había recuperado mi compostura. Pero ya no me resultó tan fácil dar de lado las aprensiones de mi novia con respecto a la casa en que había acordado pasar el verano.

Me enorgullezco de ser un hombre metódico. En sus momentos frívolos, Rhoda me llama «pedante», pero sólo refiriéndose, naturalmente, a mi interés por libros, escritores y cuanto en general se relaciona con la literatura. Da igual. El caso es que la verdad, dígase como se diga, no es por ello menos verdad. Una vez recobrado de la breve, aunque terrorífica experiencia sufrida en el desván, que además había venido a agregarse a los sucesos de la noche anterior, decidí llegar hasta el fondo del asunto y descubrir alguna explicación verosímil para lo ocurrido en ambas ocasiones. ¿Acaso me habla hallado las dos veces en estado alucinatorio? ¿O no? Evidentemente había que empezar la investigación por la mujer de la limpieza. Telefoneé inmediatamente a Mr. Saltonstall, pero se limitó a confirmarme lo que ya me había dicho. El no sabía de ninguna mujer de la limpieza. No tenía conocimiento de que mi tío abuelo hubiera tenido ama de llaves o asistenta de cualquier tipo. Y, que él supiera, no existí a ninguna otra llave de la casa.

—Usted comprenderá, Mr. Duncan —terminó Mr. Saltonstall—, que su tío abuelo era un hombre retraído y solitario, reservado al máximo. Lo que quería que no se supiera, no se sabía. Pero si me permite una sugerencia, ¿por qué no investiga entre los vecinos? Yo sólo he estado una o dos veces en la casa, pero ellos la han tenido durante años en observación. No hay muchas cosas que los vecinos no puedan descubrir.

Le di las gracias y colgué. Pero abordar a los vecinos equivalía a un ataque frontal y además la mayoría de las casas estaban bastante lejos de la de mi tío abuelo. La más próxima estaba a dos parcelas de distancia según se salía del viejo caserón a la izquierda. No había observado en ella muchos signos de vida, pero me asomé a la ventana para verla mejor y divisé en el porche a una persona tomando el sol en una mecedora. Reflexioné durante unos minutos sobre la mejor forma de abordarla, pero no se me ocurrió nada mejor que ir directamente al grano. Conque salí de casa y bajé por el camino que conducía a la del vecino más cercano. Al cruzar la valía vi que el ocupante de la mecedora era un viejo.

—Buenos días, caballero —le saludé—. Vengo a ver si puede usted ayudarme en un asunto.
El viejo cambió de postura.
—¿Quién es usted?
Me identifiqué, lo cual despertó inmediatamente su interés.
—¿Conque Duncan, eh? Nunca le oí al viejo hablar de usted. Pero tampoco hablé con él más de diez o doce veces. ¿En qué puedo servirle?
—Querría ver cómo me puedo poner en contacto con la mujer que venía a arreglar la casa de mi tío abuelo.
Me lanzó una mirada penetrante a través de párpados súbitamente encogido.
—Joven, eso también me gustaría saberlo yo, sólo por pura curiosidad -dijo-. Nunca se la ha visto en ningún otro sitio.
—¿La ha visto usted entrar alguna vez?
—Nunca. Sólo la he visto de noche y dentro de la casa, por las ventanas.
Y salir ¿la ha visto usted salir?
—Nunca la he visto ni entrar ni salir. Ni yo ni nadie. Tampoco la he visto nunca de día. Quizá el viejo la tenía viviendo allí, pero no le sé decir dónde.
Me quedé desconcertado. Pensé durante un momento que el viejo me ocultaba algo, pero no: su sinceridad era evidente por sí misma. No supe qué decir.
—Pero eso no es todo —añadió.—. ¿Ya ha visto usted la luz azul?
-No.
—¿Y ha oído usted algo que no se pueda explicar?
Titubeé. El viejo lanzó una risita.
—Ya me parecía a mí. El viejo Garrison se traía algo entre manos. Y no me extrañaría que se lo siguiera trayendo.
-Mi tío abuelo falleció el pasado marzo —le recordé.
—No me lo puede demostrar —dijo—. Sí, yo vi una capa de muerto que la sacaban de la casa y la llevaban al cementerio de la Colina del Ahorcado, pero no sé más. No sé quién o qué iba dentro.

El anciano siguió hablando en este tono, hasta que no me cupo duda de que, aunque sospechaba muchas cosas, en realidad no sabía nada. Me proporcionó, eso sí, toda clase de insinuaciones y sugerencias, pero nada tangible, y la suma de todo cuanto me dijo apenas añadía nada a lo que yo ya sabía: que mi tío abuelo no veía a nadie, que estaba metido en algún «asunto diabólico» y que mejor estaba muerto que vivo, si es que realmente lo estaba. También había llegado a la conclusión de que algo marchaba mal en casa de mi tío abuelo. Admitió que, si le dejaban solo, él de por sí no molestaba a los vecinos. Y absolutamente solo le habían dejado desde que la vieja Mrs. Barton fuera un dia a su casa para reconvenirle por tener a una mujer escondida y al día siguiente la encontraran muerta en la cama, de un ataque cardiaco: «de terrór, según dijeron».

Era evidente que no había modo de conseguir más información sobre mi tío abuelo. A diferencia del tema de mi tesis doctoral, a éste no hacían referencia las bibliotecas, salvo la suya propia, a la que me trasladé al momento para encontrarme allí con un bloque casi macizo de libros antiguos y modernos sobre magia, brujería y supersticiones afines: por ejemplo, el Malleus Maleficarurm y tomos viejísimos de autores como Olaus Magnus, Eunapius, De Rochas y otros. Aquellos títulos no tenían significado para mí: De natura daemonum, de Anania; Quaestio de lamiis, de De Vignate; Fuga Satanae de Stampa... Jamás había oído hablar de ellos. No cabía duda de que mi tío abuelo se había leído sus libros, porque los tenía llenos de señales, anotaciones y llamadas. No eran difíciles de leer, a pesar de su arcaica impresión, pero todos trataban de temas parecidos. Los que interesaban a mi tío abuelo no se limitaban a las prácticas habituales en la magia y la demonología, sino que denotaban una persistente fascinación por los succubi y por la retención de la esencia de una existencia a otra, sin olvidar la reencarnación, los demonios familiares, las venganzas mediante brujería, los encantamientos y demás. Yo no tenía intención de estudiarme los libros. Pero me molesté en seguir el hilo de algunas de sus referencias bibliográficas sobre la «esencia» y de pronto me encontré saltando de un libro a otro en pos de una argumentación que se iniciaba en la definición de la «esencia», «alma» o «fuerza vital» .—según la llamaban en los distintos libros—, seguía luego por capítulos sobre transmigración y posesión y conducía por fin al modo de ocupar un cuerpo nuevo tras vaciarlo de su. fuerza vital interior y sustituírla por la esencia de uno: la clásica teoría a que se puede aferrar un anciano que está al borde de la muerte.

Todavía estaba enfrascado en los libros cuando llamó Rhoda desde Boston.
-¡Boston! —exclamé, sorprendido—. No te has ido muy lejos.
—No —contestó—. Es que me puse a pensar en tu tío abuelo y me paré aquí, en la Biblioteca Widener, para echar una ojeada a algunos libros raros.
—¿De brujería? —pregunté al azar.
—Sí. Adam, creo que debes irte de esa casa.
-¿Y tirar a la basura una bonita herencia? Ni lo pienses.
—Por favor, no seas testarudo. He estado haciendo algunas averiguaciones. Ya sé que eres un cabezota, pero créeme —dijo con gran seriedad-, tu tío no pensaba en nada bueno cuando dejó esa disposición en el testamento. Quiere que estés ahí por alguna razón. ¿Te encuentras bien, Adam?
—Perfectamente.
—¿Ha ocurrido algo?
Le conté en detalle lo que había ocurrido. Me escuchó en silencio. Cuando terminé, repitió:
—Creo que debes marcharte, Adam.
Me di cuenta de que estaba empezando a irritar su posesividad, el derecho que se atribuía a decirme lo que yo debía hacer o no, su convicción de saber mejor que yo lo que me convenía.
—Me voy a quedar, Rhoda —contesté
—No te das cuenta, Adam. Esa sombra del desván. Por el agujero entró una cosa monstruosa y dejó esa sombra quemada ahí -dijo.
Me temo que solté una carcajada.
—Siempre he sostenido que las mujeres no son animales racionales.
—Adam, esto no es cosa de mujeres u hombres. Estoy asustada.
—Vuelve —dije— Yo te protegeré.
Resignada, colgó el teléfono.

IV.
Aquella noche resultó memorable por algo que, de momento, decidí considerar pura alucinación. Todo empezó, literalmente, con un paso en la escalera. Yo me había acostado hacía poco y agucé el oído por si lo volvía a oír. Luego me bajé de la cama, caminé a ciegas hasta la puerta y la abrí lo suficiente para mirar al exterior. La mujer de la limpieza acababa de pasar por delante de mi puerta y se dirigía al piso de abajo. Retrocedí inmediatamente hacia el interior de mi cuarto, busqué a tientas mi bata, que estaba todavía en la maleta porque hasta entonces no había tenido ocasión de ponérmela, y salí de la habitación dispuesto a enfrentarme a la mujer durante su trabajo. Fui bajando la escalera en silencio y a oscuras, aunque las tinieblas no eran totales, ya que por las ventanas penetraba del exterior cierta iridiscencia lunar. Apenas habla llegado a la mitad cuando volví a sentir aquella curiosa sensación, que ya había tenido antes, de ser vigilado. Me di la vuelta.

Allí, detrás y por encima de mí, como en un pozo de resplandeciente tiniebla, flotaba la apariencia espectral del tío abuelo Uriah Garrison, más tenue que el aire. Durante un instante vi el rostro pesado y barbudo —ligeramente distorsionado por la claridad engañosa de la luna—, los ojos febriles, las greñas despeinadas, los altos pómulos y la piel tirante de las mejillas inconfundible. Pero al momento se desvaneció, como un globo pinchado por un alfiler, y se convirtió en una especie de culebrilla tenue o voluta espiral de alguna sustancia oscura que flotaba y se retorcía en el aire, escaleras abajo, hacia donde yo me encontraba. Por fin desapareció como un jirón de humo. Permanecí helado de horror hasta que la razón volvió a recuperar el control de la mente. Me dije que acababa de sufrir una alucinación, lo cual no era de extrañar habida cuenta de que me había pasado el día dándole vueltas a mi tío abuelo y a sus extrañas aficiones. En realidad debería haber pensado que, en tal caso, lo normal habría sido verlo en sueños y no despierto. Pero en aquel momento estaba incluso dispuesto a poner en duda que me hallaba despierto. Tuve que pensar qué hacía yo allí en la escalera y recordé a la mujer de la limpieza. Sentí el impulso de refugiarme en mi cuarto y meterme en la cama, pero lo reprimí y seguí adelante. En la cocina había luz. A juzgar por el resplandor, debía ser un quinqué puesto al mínimo. Avancé en silencio hasta la puerta y me quedé inmóvil en un punto desde donde podía ver el interior.

Allí estaba la mujer, limpiando, como siempre. Ahora era el momento de abordarla directamente y rogarle que explicara su presencia. Pero algo me lo impidió. En aquella mujer había algo que me repelía. Se agitó el fondo de mi memoria y recordé a aquella otra mujer que había visto allí en mis años infantiles. Poco a poco, pero con certeza, me fui dando cuenta de que las dos eran la misma. Su faz impasible e inexpresiva no había cambiado en más de veinte años, sus movimientos seguían siendo mecánicos ¡y hasta parecía que llevaba el mismo vestido! ¡Además, sabía intuitivamente que su cuerpo era el que había sentido junto a ml la noche antes! Cada vez me disgustaba más le idea de abordarla. Pero me obligué a entrar en la habitación, crucé el umbral de la puerta y me detuve, a punto de pedirle explicaciones. Las palabras no llegaron a salir de mis labios. La mujer se volvió. Durante unos instantes nuestras miradas se cruzaron y en sus ojos vi sendos pozos de fuego ardiente que no eran ojos, sino mucho más: epítome de la pasión y la avidez, cumbre de malignidad, encarnación de lo desconocido. Por lo demás, esta nueva confrontación no difirió de la acaecida en años pasados: la mujer no se movió, su rostro —salvo los ojos— permaneció completamente desprovisto de expresión. Bajé la mirada, incapaz de soportar la suya por más tiempo y retrocedí hacia las tinieblas del pasillo.

Y corrí escaleras arriba a mi habitación, donde permanecí tembloroso, con la espalda apoyada en la puerta y la mente completamente confusa. Me daba cuenta de que aquel ser era algo más que una mujer, pero no sabía qué: una criatura fantasmal al servicio de mi tío abuelo, obligada a retornar noche tras noche para ejecutar esos ritos. De donde venía era un misterio. Mientras yo seguía en la misma posición, volví a oírla. Sus pasos comenzaban a subir la escalera. Durante unos instantes creí que venía a mi habitación — como la noche anterior— y me sentí helado de terror. Pero pasó de largo y subió por la escalera que conducía al desván. A medida que se apagaba el ruido de sus pasos me fue volviendo el valor y me atreví a abrir la puerta y mirar. Todo estaba a oscuras. Pero no: en lo alto de la escalera, por debajo de la puerta del desván, se filtraba un resplandor azul. Cuando empecé a subir las escaleras, observé que el resplandor azul disminuía en intensidad. Cada vez más envalentonado, abrí enérgicamente la puerta. No había señal alguna de la mujer. Pero allí al fondo, en el ángulo que formaban el techo y el suelo, la luz azul que había visto filtrándose por debajo de la puerta ¡desaparecía como si fuera agua por el agujero del ratón! Y las líneas pintadas a su alrededor resplandecían como con luz propia que se fue apagando mientras la observaba.

Encendí una cerilla y la mantuve alzada. Las ropas que llevaba la mujer estaban, como antes, encima de la silla. Y la careta. Avancé hasta la silla y toqué la máscara. Estaba caliente. La cerilla me quemó los dedos y se apagó. Todo quedó negro como la pez. Pero sentí que de la ratonera emanaba un poder que me arrastraba hacia ella. Era como una pulsación consciente y maligna, de tal intensidad que, si no huía inmediatamente de allí, me obli¬garía a ponerme de rodillas e intentar seguir a la luz azul. De nuevo la tierra pareció detener su giro, el tiempo dio como up bandazo y me envolvió una nube de espanto que me paralizó. Permanecí en pie, como una estatua. Entonces, de la ratonera empezó a emanar una espira de luz azul, como una voluta de humo luminoso flotando en la oscuridad, ramificándose, fundiéndose consigo mis¬ma, amenazando con invadir todo el desván. Esta visión rompió el hechizo que me tenía petrificado. Corrí agachado hasta la puerta y me precipité escaleras abajo hacia mi habitación, mirando atrás como si temiera que una cosa horrible se me fuera a abalanzar por la espalda. Nada vi sino negrura, nada sino oscuridad.

Entré en mi dormitorio y me dejé caer vestido en la cama. Allí permanecí tendido, en espera angustiosa de lo que pudiera suceder. Sabía que Rhoda tenía razón y que debía irme, pero al mismo tiempo sentía una extraña repugnancia a dejar la casa de Aylesbury Street, y no ya por la herencia, sino por una especie de vínculo espantoso, casi como un parentesco, que me mantenía atado a ella. En vano esperé a que ni aun el fantasma de un sonido alterase el silencio. Nada captaron mis oídos sino los ruidos naturales de la casa y el viento —pues se había levantado viento— y, de vez en cuando, el extraño maullido de un búho por la parte de la Colina del Ahorcado. Por fin me dormí, completamente vestido como estaba. Y soñé. Soñé que la luz azul crecía y se multiplicaba como hongos e invadía el desván. Luego se deslizaba escaleras abajo y penetraba en mi habitación. De la ratonera situada en el vértice del ángulo que formaban el techo y el suelo del desván salieron, se hincharon y crecieron las figuras de la mujer de la limpieza —ya vestida y enmascarada, ya espantosa de vejez, ya joven, bella y desnuda— y de mi tío abuelo Uriah Garrison, que invadieron la casa, mi cuarto y, por fin, a mí. Me desperté bañado en sudor al filo del alba, que se introducía pálidamente en la habitación antes de dejar paso a los tonos rosados del cielo matutino.

Estaba agotado. Me habría vuelto a dormir si no hubiera sido por los fuertes golpes que sonaron en la puerta principal. Conseguí ponerme en pie y llegar hasta la puerta.

—¡Adam! —gritó—. Tienes un aspecto horrible.
—Vete —contesté—. No te necesitamos.

Durante un instante quedé espantado por mis propias palabras, pero en seguida las asumí y me di cuenta de que había dicho lo que quería decir. Estaba harto de Rhoda y de sus constantes intervenciones. Parecía como si me considerase incapaz de cuidar de mí mismo.

—Así, pues, ya es demasiado tarde —dijo.
—Vete —repetí-. Déjanos solos.

Me apartó a un lado y entró en la casa. Yo la seguí. Se dirigió al despacho y, una vez alh’, ordenó mis libros, mis anotaciones y lo que tenía escrito de la tesis sobre Hardy, lo recogió todo y lo puso delante de mi.

—Ya no necesitas esto, ¿verdad? —preguntó.
—Llévatelo —dije—. Llévatelo todo.
Rhoda cogió los papeles.
—Adiós, Adam —dijo.
—Adiós, Rhoda —contesté.

Apenas podía dar crédito a mis ojos: Rhoda se marchó mansa como un corderito. Y, aunque todavía seguía alterado por los acontecimientos, me di cuenta de que el rumbo que iban tomando me producía una secreta satisfacción.

V.
Pasé casi todo el día descansando y, en cierto modo, esperando los acontecimientos que traería la noche con¬sigo. Ahora me es imposible describir el estado de ánimo en que me encontraba. Todo terror me había abandonado. Me consumía una viva curiosidad no exenta incluso de cierta avidez. El día fue transcurriendo. Pasé durmiendo varias horas. Comí muy poco. El apetito que yo sentía entonces no es de los que se calman comiendo y no me inquietaba lo más mínimo reconocerlo así. Por fin llegaron la noche y las tinieblas y, con emoción anticipada, me senté a esperar a cualquier visitante que viniera del desván. Al principio me había instalado en el piso de abajo, pero llegué a la conclusión de que era en la habitación de arriba —en el viejo dormitorio de mi tío abuelo Uriah- donde debía aguardar a que se produjeran los sucesos nocturnos de la casa. Así, pues, subí al dormitorio y aguarde en la oscuridad. Fueron pasando horas. El viejo reloj del piso bajo dio las campanadas de las nueve, las diez, las once. Esperaba oir de un momento a otro las pisadas de la mujer en la escalera —de la mujer llamada Lilith-, pero el primer fenómeno que se produjo fue la aparición de la luz azul deslizándose por debajo de la puerta, como en el sueño.

Pero ahora ni estaba dormido ni soñando. La luz azul siguió entrando hasta llenar la habitación y permitirme distinguir la forma desnuda de la mujer y la figura, fluida y a medio formar, de mi tío abuelo Uriah, que crecía de tamaño y proyectaba como un tentáculo de humo hacia donde estaba yo... Y en ese momento percibí otro caso más, que me llenó de un súbito terror. Olla a quemado... y ol el crepitar de las llamas. Del exterior me llegó la voz de Rhoda, llamándome.

-¡Adam! ¡Adam!
La visión se desvaneció. Lo último que vi fue una expresión de terrible furor deformando la faz espectral de mi tío abuelo y la rabia de la mujer, que parecía joven y bella en aquella vaga luminosidad, pero que de pronto se transformó en una bruja horrible. A continuación me abalancé a la ventana y la abrí.

—¡Rhoda! —grité.
No había descuidado ningún detalle. En el antepecho de la ventana habla apoyada una escala de madera. La casa ardió hasta los cimientos y con ella todo cuanto contenía. El incendio no afectó a la herencia de mi tío abuelo. Como dijo Mr. Saltonstall, yo estaba cumpliendo, las condiciones impuestas cuando circunstancias ajenas a mi voluntad me habían impedido continuar. Así, pues, heredé la finca, la vendí y Rhoda y yo nos casamos. Pese a sus manías insistentemente femeninas.

—Yo fui la que le prendió fuego —dijo. Cuando se marchó con mis papeles y mis libros, se pasó un día entero en la Universidad del Miskatonic estudiando algunos de los libros de arcanos y brujería que dan justa fama a su biblioteca. Por fin había llegado a la conclusión de que el espíritu que animaba la casa y producía los hechos que en ella tenían lugar era el del tío abuelo Uriah Garrison, y de que la única razón de haberme llevado a vivir allí había sido la de tenerme a su alcance para usurpar mi fuerza vital y tomar posesión de mi cuerpo. La mujer era un súcubo, acaso su amante. La ratonera comunicaba evidentemente con otra dimensión.

Las mujeres son únicas para construir edificios románticos con los materiales más extraños. ¡Súcubos! Sin embargo, hay veces, incluso ahora, en que sus ideas se me contagian. En ocasiones me siento inseguro de mi propia identidad. ¿Soy Adam Duncan o Uriah Garrison? Es preferible no hablar de ello con Rhoda. Una vez mencioné el asunto y lo único que contestó fue:

—Parece que te sienta bien.

Las mujeres son criaturas fundamentalmente no racionales. Jamás nadie podrá quitarle de la cabeza sus ideas sobre la casa de Aylesbury Street. A milo que me mortifica es yerme incapaz de ofrecer una explicación más racional que la suya, una explicación que dé plena respuesta a todas las preguntas que me hago cuando me siento a pensar en aquellos hechos en que tan pequeño —pero importante— papel desempeñé.

H.P. Lovecraft (1890-1937)
August Derleth (1909-1971)


Más relatos de H.P. Lovecraft. I Relatos de August Derleth. I Relatos góticos. I Relatos de terror.


Más literatura:
El resumen del cuento de H.P. Lovecraft y August Derleth: La sombra en el ático (The shadow in the attic) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La filosofia de los vampiros


Pensar una filosofía del vampirismo es tan descabellado como la inmortalidad. En ella, eventualmente, se darán todas las reflexiones posibles. Sólo es cuestión de tiempo.

Hoy compartimos con ustedes algunas reflexiones temporales del escritor francés Voltaire, vertidas dentro de su imponente Diccionario filosófico (Dictionnaire philosophique), publicado en 1764. Nuestro interés en este artículo es doble. Por un lado nos deleita la ironía y la agudeza del discurso de Voltaire, y por el otro nos interesan los sedimentos folklóricos que esa ironía va dejando en el camino. En otras palabras, Voltaire ironiza sobre el tema del vampirismo, pero para ello menciona varias leyendas sobre vampiros ciertamente curiosas para el amante de lo fantástico.


Vampiros.
Reflexiones de Voltaire.

(Estracto del Diccionario filosófico -Dictionnaire philosophique-, 1764)

¿Es posible que haya vampiros en el siglo XVIII, después del reinado de Locke, de Saftersbury, de Trenchard y de Collins? ¿Y en el reinado de d'Alembert, de Diderot, de Saint Lambert y de Duclós se cree en la existencia de los vampiros, y el reverendo benedictino dom Agustín Calmet imprimió y reimprimió la historia de los vampiros con la aprobación de la Sorbona?

Los vampiros eran muertos que salían por la noche del cementerio para chupar la sangre a los vivos, ya en la garganta, ya en el vientre, y que después de chuparla se volvían al cementerio y se encerraban en sus fosas. Los vivos a quienes los vampiros chupaban la sangre, se quedaban pálidos y se iban consumiendo; y los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los colores y estaban completamente apetitosos. En Polonia, en Hungría, en Silesia, en Moravia, en Austria y en Lorena, eran los países donde los muertos practicaban esa operación. Nadie oía hablar de vampiros en Londres ni en París. Confieso que en esas dos ciudades hubo agiotistas, mercaderes, gentes de negocios que chuparon a la luz del día la sangre del pueblo; pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupones no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios.

¿Quién es capaz de creer que la moda de los vampiros la adquirimos de Grecia? No de la Grecia de Alejandro, de Aristóteles, de Platón, de Epicuro y de Démostenes, sino de la Grecia cristiana y por desventura cismática.

Hace mucho tiempo que los cristianos del rito griego creían que los cuerpos de los cristianos del rito latino, que se enterraban en Grecia, no se pudrían, porque estaban excomulgados. Creían precisamente lo contrario que nosotros los cristianos del rito latino, que creemos que los cuerpos que no se corrompen son los que tienen impreso el sello de la bienaventuranza eterna, y en cuanto se pagan a Roma cien mil escudos por la canonización de cada santo, tributamos a éste la adoración de dulía.

Los griegos están convencidos de que sus muertos son hechiceros, y les dan el nombre de Brucolacos. Los muertos griegos van a las casas a chupar la sangre de los niños, a comerse la cena de los padres y de las madres, a beberse el vino y a romper todos los muebles. Sólo puede hacérseles entrar en razón quemándolos cuando los atrapan; pero se necesita tener la precaución de no ponerlos en el fuego hasta después de haberles arrancado el corazón, que debe quemarse aparte.

El célebre Tournefort, emisario que mandó a Levante Luis XIV, lo mismo que otros aficionados, fue testigo de algunas jugarretas atribuidas a uno de los brucolacos y de la citada ceremonia.

Después de la maledicencia nada se comunica tan rápidamente como la superstición, el fanatismo, el sortilegio y los cuentos de aparecidos. Pronto hubo brucolacos en Valaquia, en Moldavia y en Polonia, aunque esta nación pertenece al rito romano y no le faltaba más que esta superstición, que se transmitió a toda la parte oriental de Alemania. Continuamente estuvieron ocupándose de los vampiros desde 1730 hasta 1735; los espiaron, les arrancaron el corazón y los quemaron; pero semejantes a los antiguos mártires, cuantos más quemaban más aparecían.

Calmet fue su historiógrafo, y se ocupó de los vampiros, como antes se había ocupado del Antiguo y del Nuevo Testamento, refiriendo fielmente todo lo que sobre esta materia habían dicho antes que él.

Debe ser una cosa curiosísima examinar los procesos verbales jurídicamente entablados a los muertos que salieron de sus fosas para chupar la sangre a los niños y a las niñas de la vecindad. Calmet refiere que en Hungría dos empleados que para este objeto nombró el emperador Carlos VI, con el bailío y el verdugo, fueron a formar causa a un vampiro, muerto seis semanas antes, que chupaba la sangre de los niños de la vecindad, y le encontraron cerrado en el ataúd, fresco, robusto, con los ojos abiertos y pidiendo de comer. El bailío dictó la sentencia; el verdugo arrancó el corazón al vampiro, y después de esta operación ya no chupó la sangre a nadie. Después de este caso nadie debe atreverse a dudar de los muertos resucitados que llenan las antiguas leyendas, ni de ninguno de los milagros que refieren Bollandus y el sincero y reverendo Ruinard.

Encontramos historias de vampiros hasta en las Cartas judías de Argens, a quien los jesuitas acusaron de incrédulo y que luego saborearon su triunfo, cuando el citado autor refirió la historia del vampiro de Hungría, y dieron gracias a Dios y a la Virgen por la conversión de Argena. He aquí lo que dijeron del referido autor: «El famoso incrédulo que dudó de la aparición del ángel a la Virgen, de la estrella que vieron los Reyes Magos, de que se curaran los poseídos, de que se ahogaran dos mil cerdos en un lago, del eclipse que hubo de sol en luna llena, de los muertos que se paseaban por Jerusalén; tocado por la divina gracia, se iluminó su espíritu, y cree en la existencia de los vampiros».

La gran cuestión que hubo entonces fue averiguar si aquellos muertos resucitaron por su propia virtud, por el poder de Dios o por el poder del diablo. Los grandes teólogos de Lorena, de Moravia y de Hungría hicieron públicas sus opiniones y su ciencia. Recordaron todo cuanto antes San Agustín, San Ambrosio y otros santos dijeron más ininteligible respecto a los vivos y a los muertos. Trajeron a colación todos los milagros de San Esteban que están incluidos en el séptimo libro de las obras de San Agustín, y he aquí uno de los más curiosos. Quedó aplastado un joven en África en la ciudad de Aubzal bajo las ruinas de una muralla, y la viuda fue inmediatamente a invocar a San Esteban, de quien ella era devota, y San Esteban resucitó al aplastado, al que le preguntaron qué es lo que había visto en el otro mundo: «Señores, contestó a los que le preguntaban: cuando mi alma salió de mi cuerpo, encontró infinidad de almas que le hicieron la misma pregunta respecto al mundo. Yo iba no sé a donde cuando encontré a San Esteban, que me dijo: «Devolved lo que habéis recibido». Yo le repliqué: «¿Qué queréis que os devuelva si nunca me disteis nada?» Me repitió tres veces: «Devolved lo que habéis recibido». Entonces comprendí que quería hablar del Credo. Recé el Credo, y en seguida me resucitó.

Citaron además los referidos teólogos las historias que refiere Sulpicio Severo en la vida de San Martín, y probaron que entre los muertos que resucitó San Martín devolvió la vida a un condenado; pero todas esas historias, aunque sean verdaderas, no tenían nada que ver con los vampiros que chupan sangre y luego volvían a meterse en sus ataúdes. Buscaron también en el Antiguo Testamento y en la mitología algún vampiro que pudieran presentar como caso antiguo; no encontraron ninguno, pero probaron, sin embargo, que los muertos comían y bebían, fundándose en que algunos pueblos antiguos les metían alimentos en las fosas.

Cuestionaron también si comía el alma o el cuerpo del muerto, y quedó decidido que comían la una y el otro. Los platos más delicados y de poca substancia, como los merengues y la crema, se los comía el alma, y el rost-bif y el bifs-teak se los comía el cuerpo.

Decían que los reyes de Prusia fueron los primeros que después de muertos se hacían servir alimentos, y que los imitaban casi todos los reyes de entonces, pero fueron los frailes los que se les comían la comida y la cena y los que se les bebían el vino; de modo que, hablando con propiedad, los reyes no eran vampiros; los verdaderos vampiros son los frailes, que comen a expensas de los reyes y de los pueblos.

Verdad es que San Estanislao, que había comprado gran extensión de terreno a un gentilhombre polaco y no se lo había pagado, perseguido por los herederos ante el rey Boleslao, resucitó a dicho gentilhombre; pero fue únicamente para pagarle la deuda, y no se dice que diera ni un solo vaso de vino al vendedor, que se volvió al otro mundo sin comer ni beber.

Se agita con frecuencia la grave cuestión de si puede absolverse al vampiro que murió excomulgado; no soy teólogo bastante profundo para decidirlo; pero por mi parte yo lo absolvería porque cuando hay que escoger entre dos partidos dudosos, debe elegirse el más benigno.

El resultado de todo es que una gran parte de Europa estuvo infestada de vampiros durante cinco o seis años, y que hoy ya no existen; que hubo convulsionarios en Francia durante más de veinte años, y que hoy ya no los hay; que resucitaron muertos durante algunos siglos, y que hoy ya no los resucitan; que tuvimos jesuitas en España, en Portugal, en Francia y en las Dos Sicilias, y que hoy ya no los tenemos.

Voltaire.


Más vampiros:
La introducción y el resumen del Diccionario filosófico (Dictionnaire philosophique) de Voltaire fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Los niños felices: Arthur Machen


Los niños felices (The happy children) es un relato fantástico del escritor galés Arthur Machen, piblicado en 1920.

Como en otros cuentos de Arthur Machen, Los niños felices nos presenta una extraña leyenda forjada por un grupo de muchachos al norte de Gales.





Los niños felices.

The happy children, Arthur Machen (1863-1947)

Un día después de la Navidad de 1915, mis deberes profesionales me llevaron al Norte; o, para ser más preciso, como nuestros convencionalismos, al "Distrito Nordeste". Había habido ciertas charlas singulares; varios chismorreos respecto a que los alemanes tenían un "escondrijo" por parte de Malton Head. Nadie parecía saber exactamente qué hacían allí o que esperaban lograr. Mas la información corría como un incendio de una boca a otra, y se creyó conveniente que tal habladuría fuese seguida hasta sus orígenes, y expuesta al público o negada de una vez por todas. Me dirigí, pues, al Distrito Nordeste, el domingo 26 de diciembre de 1915, y continué mis investigaciones a partir de la Bahía Helmsdale, que es un pequeño pueblo marítimo situado a tres kilómetros escasos del cabo Malton. La gente de los prados y las marismas también se habían enterado de la fábula, considerándola con supremo desdén. Por lo que pude averiguar, dicho cuento había tenido origen en los juegos de unos niños que durante el verano habían vivido en Helmsdale. Habían improvisado un burdo drama de espías alemanes y su captura, y habían utilizado la Caverna Helvy, situada entre Helmsdale y el cabo Malton, como escenario de sus juegos. Esto era todo; aparentemente, los bobos habían hecho el resto; los bobos que creían de todo corazón a los "rusos", y se persignaban ante aquel que expresaba sus dudas respecto a los "Angeles de Mons".

-Los niños forjaron un cuento que no se creían - me espetó un habitante del pueblo, que seguramente me juzgó más prudente que otras personas.

Naturalmente, no podía comprender, pese a todo, que un periodista tiene dos deberes: proclamar la verdad y denunciar la mentira. A primeras horas de la tarde del lunes, ya había terminado con los "alemanes" y su escondite, y decidí detenerme en Banwick antes de regresar a casa, pues había oído comentar a menudo que era un lugar bellísimo y curioso. De modo que cogí el tren de la una y media, y empecé a internarme, deteniéndome en muchas estaciones desconocidas en medio de las grandes mesetas; cambié de tren en Marishes Ambo, y proseguí el viaje por un territorio extraño, a la escasa luz de la tarde invernal. De pronto, el tren abandonó el terreno llano y comenzó a descender por una cañada profunda y estrecha, oscurecida por bosques a cada lado, amarillenta por las ramas quebradas, solemne en su soledad. Lo único que se movía era el río acaudalado y turbulento que espumeaba sobre las rocas, y formaba plácidos remansos en las orillas.

Los oscuros bosques se diseminaron en grupos de antiguas matas de espinos; grandes rocas grises, de formas raras, surgían del suelo; y otras dentadas se elevaban hacia las alturas a cada lado de la cañada. El río iba creciendo y ensanchándose, y siguiendo su curso llegamos a Banwick al ponerse el sol. Contemplé la maravilla de la ciudad a la luz del crepúsculo, rojizo por occidente. Las nubes ensombrecían los rosales; había mares de verdor por entre islas de luz carmesí; y nubes relucientes como espadas flamígeras, como dragones de fuego. Y por debajo de aquellos colores, de aquellas luces confundidos se veían las luces del puerto abajo, y más arriba, al otro lado del puente, la abadía en ruinas y la inmensa iglesia en la colina. Salí de la estación por una antigua calle, tortuosa y estrecha, con recintos cavernosos y patios que se abrían al otro lado, y tramos de peldaños que ascendían hacia las terrazas de las casas, o descendían al puerto y a la marea del agua. Distinguí muchas casas torcidas, casi hundidas por el peso de los años, casi por debajo del nivel del suelo, con techumbres de troncos de árbol derruidas y portales encorvados, con rastros de grabados grotescos en sus muros. Y cuando llegué al muelle, al otro lado del puerto había la más asombrosa confusión de techos de tejas rojas que había visto en mi vida, y la gran iglesia normanda de color gris, en la colina pelada que los dominaba. Más abajo, las barcas se balanceaban con la marea, y el agua ardía en los fuegos del atardecer. Era la ciudad de un sueño mágico. Estuve en el muelle hasta que en el cielo hubo desaparecido todo resplandor, y las aguas y la noche invernal quedaron completamente a oscuras en Banwick.

Hallé una vieja posada junto al puerto. Los muros de las habitaciones iban al encuentro unas de otras, formando unos extraños e inesperados ángulos; había agudas proyecciones y raras junturas de ladrillos, como si una habitación tratase de internarse en otra; había indicios de escaleras imprevistas en los rincones de los techos. Mas también había un bar donde Tom Smart había gustado de sentarse, con un buen fuego de leños, viejos sillones y bastantes perspectivas de conseguir "algo caliente" después de cenar. Me senté en tan agradable lugar una hora o dos, y conversé con la amable gente del pueblo que entraba y salía. Todos me hablaban de las viejas aventuras o la industria de la población. Antaño era un gran puerto ballenero, y tenían unos magníficos astilleros; y más adelante, Banwick fue famoso por su corte del ámbar.

-Pero ahora ya no es nada - se entristeció un parroquiano del bar -, y nosotros nada poseemos.

Salí a dar una vuelta antes de cenar. Banwick estaba en tinieblas, en espesas tinieblas. Por buenos motivos, no ardía en sus calles ni una sola luz; y apenas se distinguían algunos resquicios luminosos a través de los visillos de las ventanas. Era como andar por una ciudad de la Edad Media, con las formas antiguas de las casas apenas visibles en la oscuridad, formas que me recordaban los cuadros extraños y cavernosos del París y Tours medievales que trazó Doré. Apenas había nadie en las calles; aunque todos los patios y callejones parecían llenos de niños. Divisé a varios corriendo aquí y allá. Y nunca había oído unas voces infantiles tan felices. Unos cantaban, otros reían, y atisbando por una de las oscuras cavernas, percibí un corro de niños que danzaban, dando vueltas y más vueltas, cantando con voces muy diáfanas una bella melodía; seguramente una tonadilla local, supuse, ya que se trataba de unas modulaciones que jamás había escuchado.

Regresé a la posada y hablé con su propietario respecto a la gran cantidad de niños que jugaban en las oscuras calles y en los patios, y en lo felices que todos me habían parecido. Durante un instante me contempló fijamente y al fin me dijo:

-Bueno, caballero, los niños andan un poco sueltos estos días. Sus padres se hallan en el frente, y sus madres no pueden dominarlos ni sujetarlos en casa. De modo que todos se han vuelto un poco salvajes.

Había algo raro en su expresión. Pero no conseguí descubrir en que estribaba la rareza. Y me di cuenta de que mi observación le había dejado inquieto, pero yo ignoraba en absoluto qué le pasaba. Cené y me senté un par de horas a discutir de los "alemanes" en su escondite del cabo Malton. Terminé mi relato del mito alemán, y en vez de irme a la cama, decidí que debía dar otra vuelta por Banwick, envuelto en su maravillosa oscuridad. De modo que salí y crucé el puente subiendo por la calle del otro lado, donde se veía (se hubiese visto en pleno día) el amontonamiento de tejados rojos casi unos encima de otros, que había contemplado aquel atardecer. Ante mi asombro, vi que los extraordinarios niños de Banwick continuaban en la calle, alborotando, jugando y riendo, bailando y cantando, por las escaleras que daban a los patios interiores, pareciendo de esta forma que flotasen en el aire. Sus alegres carcajadas resonaban como campanadas en la noche.

Eran las once y cuarto cuando salí de la posada, y estaba precisamente pensando que las madres de aquella población eran excesivamente indulgentes con sus hijos, cuando éstos empezaron a entonar la antigua melodía que ya había escuchado antes. Las diáfanas y modélicas voces se elevaban en la oscuridad: a lo que me pareció, por centenares. Yo me hallaba en una callejuela, y vi con gran estupor que los niños pasaban ante mí en una larga procesión que ascendía por la colina hacia la abadía. Ignoro si había aparecido una luna muy pálida, o si las nubes pasaban por delante de las estrellas; pero el aire se aplacó, y conseguí divisar a los niños con toda claridad, andando lentamente y cantando, en un transporte de exaltación en tanto entonaban la dulce melodía en medio del bosque invernal, que en aquellos momentos parecía transformado por una temprana primavera.

Todos vestían de blanco, algunos con extrañas marcas en sus cuerpos que, supuse, tenían cierto significado en aquel fragmento de místico misterio que estaba yo contemplando. Muchos llevaban coronas hechas con algas húmedas en torno a las sienes; uno mostraba una cicatriz pintada en la garganta; un chiquillo llevaba una túnica abierta, y señalaba una profunda herida encima del corazón, de la que parecía manar sangre; otro niño tenía las manitas muy separadas, con las palmas llenas de espinos y sangrando, como si se las hubiesen atravesado. Uno de los cantores llevaba un bebé en brazos, e incluso éste presentaba una herida en la cara. La procesión pasó ante mí, y oí cantar a los niños mientras seguían ascendiendo por la colina hacia la antigua iglesia. Regresé a la posada, y al atravesar el puente me asaltó de repente la idea de que era el día de los Santos Inocentes. Sin duda, acababa de presenciar una confusa reliquia de alguna tradición medieval, por lo que al llegar a mi destino le formulé al posadero unas preguntas al respecto.

Entonces comprendí el significado de la extraña expresión que antes había observado en su rostro. Empezó a temblar y a estremecerse de horror; y luego se alejó de mí como si yo fuese un mensajero de la muerte. Unas semanas más tarde estaba leyendo un libro titulado "Los antiguos ritos de Banwick". Lo había escrito, en el reinado de la reina Isabel I de Inglaterra, un autor anónimo que había conocido el esplendor de la antigua abadía y la desolación que la asoló. Y hallé este pasaje:

"Y en el Día de los Inocentes, a medianoche, se celebró un maravilloso y solemne servicio religioso. Ya que cuando los monjes terminaron de cantar el Tedéum en los maitines, subió al altar el abad, espléndidamente ataviado con una vestidura de oro, por lo que era una maravilla contemplarle. Y también entraron en el templo todos los niños de tierna edad de Banwick, todos ataviados con túnicas blancas. Luego, el abad empezó a cantar la misa de los Santos Inocentes. Y cuando terminó la consagración de la misa, se adelantó hasta el Santo Libro el niño más pequeño de cuantos se hallaban presentes y podían estar de pie. Y este niño llegó al altar, y el abad lo instaló en un trono de oro reluciente, y se inclinó y lo adoró, entonando:

Talium Regnum Celoerum, Aleluya. De éste es el Reino de los Cielos, Aleluya.

Y todo el coro cantó en respuesta:

Amicti sunt stolis albis, Aleluya, Aleluya. (Vestidos están con túnicas blancas, Aleluya, Aleluya).

Y el prior y todos los monjes, por orden, adoraron y reverenciaron al niño que se hallaba sentado en el trono."

Yo había presenciado la procesión de la Orden Blanca de los Santos Inocentes. Había visto a los que salían cantando de las aguas profundas donde se hallaba el Lusitania; había visto a los mártires inocentes de los campos de Flandes y Francia regocijándose ante la idea de oír misa en su morada espiritual.

Arthur Machen (1863-1947)


Más relatos de Arthur Machen. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura:
El resumen del cuento de Arthur Machen: Los niños felices (The happy children) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

¿Que es un Nosferatu?


El origen y significado de la palabra Nosferatu, tan mencionada en novelas y relatos de vampiros, es bastante complicado de rastrear, y virtualmente imposible de consignar como un misterio lingüístico terminado.

El folklore rumano nos describe a los Nosferatu como una raza de vampiros particularmente desagradable. Sus formas no se diferencian demasiado de un cadáver en descomposición. De hecho, y siguiendo el camino de las tradiciones populares, un Nosferatu es una entidad vampírica que comienza sus actividades necrófagas con sus propias extremidades, masticando y royendo sus brazos y piernas antes de aventurarse fuera de la tumba.

Bram Stoker utiliza la palabra Nosferatu a través de Abraham Van Helsing, quien afirma que el conde Drácula es parte de esta estirpe aberrante. No obstante, el término no es de su autoría, ni tampoco un descubrimiento personal. Emily Gerard la utiliza por primera vez en occidente en su obra La tierra más allá del bosque (The land beyond the forest, una traducción literal de la palabra latina Transilvania), para describir a los vampiros del folklore rumano.

Curiosamente, no existen menciones de la palabra Nosferatu en la lengua rumana, de hecho, su construcción es bastante improbable en dicha lengua. Casi todos los ligüistas de comienzos del siglo XX coinciden en que la palabra Nosferatu es una contracción del término griego Nosophoros (νοσοφόρος), que significa Portador de enfermedad. En otras palabras: infectado.

Una vez desentrañado este misterio la cuestión se derrumbó frente a una simple revisión de la literatura griega: no existe ningún texto que mencione la palabra Nosophoros. Salvo algunos entusiastas de la explicación griega, que han visto la variante Nosephores en un libelo de Marcelo de Side, escrito en el siglo II d.C, la mayoría archivó esta posibilidad.

Con el tiempo, y debido a la imposibilidad lingüística de explicar la palabra Nosferatu como una contracción de Nosophoros, las mentes más lúcidas de la filología comenzaron a cuestionar las capacidades auditivas de Gerard. Es sabido que los conocimientos de Gerard sobre la lengua rumana eran, al menos, aproximativos, de modo que no sería improbable que se haya equivocado al consignar el término.

Algunos roedores de biblioteca vociferan que, en realidad, Nosferatu es un tropezón escandaloso de Gerard. La voz rumana correcta sería Necurat (Necuratul), que significa Impuro, o bien Nesuferit (Nesuferitul), Imparable. Ambos nombres están asociados, al menos en Rumania, con la Nigromancia, lo cual los acerca convenientemente a la teoría vampírica de sus orígenes.

Sea cual sea el origen de la palabra Nosferatu -no seremos nosotros quienes lo decidan- queda claro que, en ocasiones, la raiz de una palabra poco influye en las ramificaciones que crecen en el espíritu colectivo de los pueblos. Quienes creen en vampiros, lamias, empusas, o nosferatus, son aquellos que han bebido el mito como un terror palpable en sus tierras, y no necesitan de severos análisis filológicos para explicar ese temblor trasmitido en la lactancia, pues un símbolo mucho más duro y áspero que las letras se hace dueño del concepto: un horror ancestral, remoto, construído sobre tradiciones susurradas a la luz del fuego, y que poco tienen en común con nuestra liturgia fantástica, hecha de leves escalofríos en alguna biblioteca bien iluminada.

Aelfwine.



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