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El Hombre de Lino: análisis de «Silba y acudiré» [M.R. James]


El Hombre de Lino: análisis de «Silba y acudiré» [M.R. James]




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el cuento de M.R. James: Silba y acudiré (Oh, Whistle, and I'll Come to You, My Lad), publicado en la antología de 1904: Historias de fantasmas de un anticuario (Ghost-Stories of an Antiquary).


«Se levantó rápido, pero el viento no amainó de inmediato. Continuó gimiendo frente a la casa, elevándose hasta convertirse en un grito tan desolado que, como dijo desinteresadamente Parkins, podría haber hecho que personas fantasiosas se sintieran bastante incómodas.»


Resumen: Parkins, el protagonista, un joven profesor de Cambridge, está a punto de embarcarse en unas vacaciones en la [ficticia] localidad de Burnstow, en la costa este de Inglaterra. Ha conseguido una habitación en la posada The Globe Inn, aunque le incomoda que tenga una segunda cama. Su habitación es la única con un ventanal que da al mar. Durante una cena en la universiad, un colega [arqueólogo] le pide que investigue los terrenos de una preceptoría templaria en ruinas, cerca de la posada, con el objeto de determinar si son aptos para una excavación.

Después de una partida de golf con el Coronel Wilson, otro huésped del Globe, Parkins procede a examinar la preceptoría. Descubre un agujero en la mampostería en el que encuentra un antiguo silbato de bronce. Cuando regresa a la posada a lo largo de la playa nota «la silueta de un personaje bastante confuso» en la distancia, quien parece estar tratando de alcanzarlo, pero sin ganar terreno. Después de cenar, Parkins inspecciona el silbato mientras está en su habitación. Limpia la tierra sobre una hoja de papel, la vacía por la ventana y observa un individuo «estacionado en la orilla, frente a la posada».

Luego, Parkins acerca el silbato a una vela y descubre dos inscripciones. De un lado aparece: FUR FLA FLE BIS, que no puede descifrar. Y del otro: QUIS EST ISTE QUI UENIT. Al tocar el silbato, Parkins nota una ráfaga de viento golpeando contra la ventana. y tiene una visión de «una extensión amplia y oscura en la noche», en medio de la cual ve una figura solitaria.

Insomne, Parkins experimenta visiones de un hombre corriendo y trepando por altos espigones mientras mira ansiosamente hacia atrás. Después de que el hombre cae al suelo, exhausto, Parkins ve la causa de su huida: «una figura con ropas pálidas y ondeantes, indefinida», que se mueve de una manera extraña y con una velocidad increíble. Al darse cuenta de que no puede disipar las visiones, Parkins decide leer, aunque cuando intenta concentrarse oye un sonido chirriante en el suelo, en dirección opuesta a su cama, tal vez ratas correteando. Al final, Parkins se duerme.

Mientras se prepara para irse, una criada le informa a Parkins que la otra cama de su habitación parece haber sido ocupada anoche. Las sábanas están «arrugadas» y las mantas están tiradas por el suelo. Parkins supone que debe haber revuelto las sábanas al desempacar. Luego se encuentra con el Coronel, a quien le cuenta sobre el silbato. El Coronel, que tiene «puntos de vista marcadamente protestantes», dice que «tendría cuidado en utilizar algo que perteneció a un grupo de papistas». Al regresar a la posada, Parkins y el Coronel se encuentran con un niño aterrorizado, quien [dice] acaba de ver una extraña figura blanca saludándolo desde la ventana de una de las habitaciones. Por la descripción que da el niño, Parkins se da cuenta de que la habitación es la suya.

Al investigar encuentra que la habitación está cerrada, pero las sábanas de la cama que no se utiliza [que esa mañana fueron ordenadas pore la criada] están desordenadas.

Esa noche, Parkins se despierta abruptamente. Ve una figura sentada en la otra cama. Se incorpora e intenta alcanzar su bastón. Mientras lo hace, el «personaje en la cama vacía» se coloca frente a la puerta, con los brazos extendidos. La aparición permanece inmóvil en las sombras durante varios minutos mientras el miedo de Parkins aumenta. Luego tantea a ciegas, encorvado, lanzándose hacia la cama de Parkins y palpando la almohada y las sábanas. Al darse cuenta de que Parekins ya no está en la cama, la aparición se traslada a un rectángulo de la habitación iluminado por la luna; La impresión de Parkins es la de estar viendo «un rostro horrible, intensamente horrible, de lino arrugado».

Parkins deja escapar un gemido de terror, revelando su ubicación junto a la ventana. La figura se mueve rápidamente hacia él, y Parkins retrocede, gritando, mientras esa cara espantosa «se acerca a la suya». En este punto, el Coronel rompe la puerta de una patada. Antes de llegar a la ventana, la aparición cae al suelo, formando un montón de ropa de cama, mientras Parkins se desmaya. Al día siguiente, el Coronel le quita el silbato y lo arroja al mar.

Eventualmente el Coronel colabora para quemar las sábanas, pero la obsesión de Parkins continúa. Está traumatizado por la experiencia y no puede soportar la visión de cosas como una túnica eclesiástica blanca colgada de una puerta o un espantapájaros solitario en el campo.

***


Análisis:

M.R. James nunca explica el significado de la inscripción FUR FLA FLE BIS, pero a la luz de la insripción en el otro lado del silbato [QUIS EST ISTE QUI UENIT], evidentemente es latín. Podría ser leída como una abreviatura de FURBIS, FLABIS, FLEBIS, que podemos traducir aproximadamente como «Robarás, soplarás, llorarás». Pero furbis no es del todo correcto en este contexto. Lo apropiado sería furari, aunque tampoco tendría demasiado sentido. Es probable que FUR sea simplemente FUR [«ladrón»], de modo que la frase podría interpretarse como: «Ladrón, si soplas este silbato te arrepentirás». Además del significado principal, M.R. James seguramente está jugando con la palabra latina bis, «dos veces», que es el número de veces que Parkins hace sonar el silbato.

En cuanto a QUIS EST ISTE QUI UENIT [«¿Quién es este que viene?»], podría ser una referencia a la Vulgata, más precisamente a Isaías 63:1: Quis est iste qui venit de Edom... [«¿Quién es este que viene desde Edóm?»]. La referencia, que es una especie de visión que Isaías tiene de Dios, añade: tinctis vestibus [«con la ropas enrojecidas»]. Volveremos sobre esto más adelante.

En nuestro análisis del cuento de H. Russell Wakefield: El triunfo de la muerte (The Triumph of Death), que homenajea al cuento de M.R. James, mencionamos que Silba y acudiré posee algunos tintes de acoso homofóbico. Antes de llegar a la posada, Parkins es atacado verbalmente por el «grosero señor Rogers», algunos años mayor, quien le sugiere ocupar la cama vacía «para mantener alejados a los fantasmas». El propio Parkins es representado como «poco varonil». En este contexto, Rogers intimida sexualmente a Parkins. Se invita a dormir con él para «protegerlo», como se protege a una mujer. Pero M.R. James parece ser inconsciente de esta subtrama.

Cuando Parkins visita la iglesia templaria en ruinas, y toca el silbato dos veces, a pesar de la advertencia en latín, no solo provoca al guardián sobrenatural, sino que no actúa como un profesor bien instruído [en la Biblia y en latín, cuyo conocimiento era un requisito para estudiar en Cambridge]. Parece, más bien, una típica damisela ignorante de la novela gótica o una protagonista de un cuento de hadas, una Caperucita Roja, digamos, que se sale del camino a pesar de las advertencias [ver: El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror]

El fantasma o guardián del silbato, presumiblemente masculino debido al género gramatical utilizado en la inscripción latina, irrumpe en la habitación de Parkins y ocupa la segunda cama. A la mañana siguiente, cuando la criada le pregunta qué cama debería ordenar, ya que las dos están revueltas, M.R. James insinúa hábilmente el afeminamiento del protagonista. Parkins está «dando los toques finales a su traje de golf», es decir, está arreglándose [como una mujer], mientras la criada nota que la otra cama parece haber sido ocupada por alguien. No solo el lector puede inferir que Parkins ha aceptado la propuesta de Rogers de dormir en la otra cama, sino que la criada parece estar pensando lo mismo.


»—Por cierto, espero que pronto venga un amigo mío, un caballero de Cambridge, y ocupe la otra cama por una noche o dos. Supongo que todo estará bien, ¿verdad?

»—Oh, sí, sin duda, señor. Estoy segura de que no habrá problema —dijo la doncella, y se fue a reír con sus compañeras.


Parkins intenta poner fin a las especulaciones sobre sus hábitos nocturnos, pero no resulta convicente. Por eso la criada se va «a reír con sus compañeras». Un huésped que duerme en dos camas es suficientemente extraño como para ser debatido, pero uno que espera la compañía de otro hombre... bueno, ese es un dato jugoso. Lo cierto es que Parkins se siente avergonzado; y M.R. James se divierte al hacer que el joven profesor intente restaurar su dignidad varonil con un anacronismo: Parkins set forth [«Parkins partió»], como si se tratara de un caballero medieval en busca de aventuras.

En este caso, la aventura es jugar al golf con el experimentado Coronel. A pesar de las sabias advertencias del anciano, Parkins no se deshace del silbato, sino que lo guarda, incluso lo lleva a la cama. Un poco más tarde se despierta. Hay alguien en la otra cama:


«Con formidable rapidez se movió hacia el centro de la habitación y, mientras tanteaba, una esquina de sus cortinas pasó por el rostro de Parkins. No pudo (aunque sabía lo peligroso que era un sonido) contener un grito de disgusto, y esto le dio al buscador una pista instantánea. Saltó hacia él, y al momento siguiente estaba a mitad de camino a través de la ventana, lanzando grito tras grito en el tono más alto, y la cara de lino se acercó a la suya. En ese momento, casi en el último segundo posible, llegó la liberación: el Coronel abrió la puerta de golpe y llegó justo a tiempo para ver al espantoso grupo en la ventana. Cuando llegó a las figuras sólo quedaba una. Parkins se desplomó dentro de la habitación, desmayado, y, ante él, en el suelo, yacía un montón de ropa de cama.»


Es un pasaje vívido, y la escena en sí tiene algo de grotesco, con Parkins siendo abrazado por «un montón de ropa de cama». Pero, ¿qué intenta hacer el fantasma? El Coronel explica más tarde que ha visto algo parecido en la India. Pero el fantasma no parece estar tratando de tirar a Parkins por la ventana, como se especula, sino besarlo, como insinuó querer hacerlo el intimidante Rogers.

Es lícito preguntarnos porqué una historia con tan pocos detalles macabros, explicaciones vagas y casi nulo peligro se sitúa en la cima del cuento de fantasmas. Supongo que la respuesta se encuentra en la pregunta; porque es la vaguedad de Silba y acudiré, su falta de estructura, su cualidad casi surrealista, onírica, lo que destaca a esta historia, no solo del género, sino de otros grandes relatos de M.R. James. Cualquier anticuario puede descifrar la presencia vampírica del Conde Magnus, cualquier profesor puede lidiar con libros prohibidos y misteriosos grabados medievales, ¿pero qué puedes hacer con una cosa que no tiene sentido, que ni remotamente puedes empezar a comprender; una cosa que ni siquiera has visto con claridad, y que parece existir, o resonar, en los rincones más oscuros del subconsciente?

En este sentido, el fantasma de Silba y acudiré representa la sombra de la locura. Después de todo, Parkins es un hombre joven que se toma demasiado en serio su autoridad profesional, y evidentemente está aterrorizado de perder su dignidad. Antes de que ocurran los sucesos extraños en la posada, Parkins ya se encuentra en un terreno psicológico inestable: se muestra inseguro, angustiado, nervioso, y su encuentro con lo sobrenatural le proporciona el empujón final que su personalidad necesita para derrumbarse. Esto es una novedad para los protagonistas de M.R. James, pero un factor importante para que la historia continúe vigente. Hoy en día estamos habituados a sentir empatía por un personaje principal vulnerable y alienado [ver: E.A. Poe y la Locura como sublime forma de la inteligencia]

Silba y acudiré se apoya en el suspenso, la vaguedad y las implicaciones psicológicas, no en monstruosidades y revelaciones físicas. Quizás posee un tinte de parábola sobre la arrogancia intelectual y la desesperada soledad del ser, una soledad buscada antinaturalmente, ya que el deseo de Parkins parece ser la soledad: viaja solo, se aloja solo y explora solo. Rechaza ofertas de compañía, desprecia al único amigo que hace en Burnstow y duerme, casi desafiante, solo en una habitación doble. En cierto modo, Parkins expresa la advertencia de Nietzsche sobre mirar demasiado tiempo al abismo [porque el abismo te devuelve la mirada], que no es otra cosa que una advertencia contra dirigir la mirada introspectiva demasiado tiempo. Pero incluso cuando estamos solos con nosotros mismos todavía estamos en cierta clase de compañía. Es el Yo inexplorado, inconsciente, el que no querrías tener como compañero de cuarto.

Parkins en sí mismo se mueve en la liminalidad. Pertenece al ficticio St. James' College, y su especialidad académica es la Ontografía, el estudio [casi satírico] de la realidad y el estado del ser. Es, además, un racionalista. Cuando Rogers le hace la descarada broma sobre los fantasmas, Parkins lo sermonea diciendo que esos temas están por debajo de la dignidad de su cargo académico. Si bien sus colegas disfrutan de la creciente ira de Parkins, él no parece darse cuenta de esto y los considera justamente reprendidos.

Las ruinas templarias son un tema aparte. En un paseo, Parkins tropieza con unas piedras que, según cree, forman parte de las ruinas templarias. La base circular es visible, al igual que una base oblonga que imagina que es un altar. Hurgando en el altar con su cuchillo descubre una cavidad en la mampostería. Pone en su mano y palpa algo cilíndrico, que saca y se guarda en el bolsillo sin examinar en detalle. El tiempo está empeorando, así que se apresura a regresar a la posada. Mientras tanto, sus pensamientos se vuelven oscuros. El paisaje sombrío le recuerda las historias de fantasmas que leía cuando era niño, y se estremece al pensar en encontrarse con un ser de otro mundo. Evidentemente no aplica el mismo rigor racionalista en su monólogo interior. Mientras tanto, se da cuenta de que alguien lo sigue: una figura que parece estar corriendo pero que nunca gana terreno. Él mismo se siente cada vez más incómodo y echa a correr hacia la posada.

Después de cenar, examina el hallazgo: un silbato de bronce de diez centímetros con dos grabados en latín. Haciendo caso omiso de las marcas, le da un largo soplido y queda asombrado por su extraño y grave sonido [«tenía una cualidad de distancia infinita»]. De repente, el viento del mar sopla y golpea las ventanas. Parkins lucha para asegurarlas «como si estuviera haciendo retroceder a un ladrón robusto». Intenta dormir, pero cada vez que cierra los ojos su mente reproduce fragmentos de la visión de un hombre aterrorizado corriendo por la playa, saltando desesperadamente sobre los espigones. Este hombre no está identificado, pero la playa es la que visitó más temprano. Mientras Parkins observa, consternado, el hombre se desploma. De repente puede ver a su perseguidor bajando por la orilla: es una figura amorfa, compuesta de trapos blancos revoloteando, que anda a tientas [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

Parkins no puede obligarse a mantener los ojos cerrados, y la visión se corta antes de que la figura atrape al hombre. Enciende una luz. Aparentemente esto asusta a algunas ratas. Oye algo alejarse del costado de su cama, y lee hasta la mañana. Al día siguiente sermonea al Coronel cuando este habla de la tormenta de viento de la noche anterior y hace referencia a la superstición de silbar al viento. En medio de su sermón racionalista, Parkins señala que él mismo oyó un silbido anoche [derribando un poco todo su argumento] y le cuenta al Coronel sobre el silbato templario. El Coronel se alarma y advierte a Parkins que tenga cuidado de no involucrarse con lo sobrenatural.

Silba y acudiré seguramente seguirá resistiendo la prueba del tiempo. Su eficacia, creo, depende del hecho de tomar un cliché del relato de fantasmas [la sábana] y mezclarlo en una pesadilla confusa y retorcida. Como resultado, los antecedentes del misterioso compañero de cuarto de Parkins no sirven para echar luz sobre los hechos. Estos son apenas esperpentos envueltos en sábanas y sudarios que gimotean mientras arrastran sus cadenas, nada remotamente similar al tremendo viaje mental que Parkins debe atravesar.

Por alguna razón, es sencillo identificarse con Parkins; y aunque pocos de nosotros han encontrado un tesoro medieval [maldito, para colmo], todos podemos recordar un sueño perturbador en el que los objetos cotidianos cobran vida propia, o experiencias vívidas sobre sonidos y pensamientos intrusivos que no logramos reprimir. ¿Quién no se ha despertado en medio de la noche y confundido brevemente una sombra, un montón de ropa apilada sobre una silla, con la silueta de un huésped indeseado acechándonos en la oscuridad? [ver: El hombre al pie de mi cama]. Por eso no sorprende que M.R. James [como él mismo sostiene en el prólogo de Historias de fantasmas escogidas (Collected Ghost Stories)] se haya inspirado en una pesadilla tenida a los doce años sobre ropa de cama que cobraba agencia propia. Si bien la transferencia fiel de las emociones despertadas por una pesadilla es imposible, las buenas historias de terror siempre tienen una raíz autobiográfica.

En cuanto al pobre Parkins, puede que sea un sabelotodo y un aguafiestas, pero es un tipo bastante inofensivo cuya arrogancia está fundada más en su fe en la razón humana que en su propio intelecto. Es por eso que, al final de Silba y acudiré, no solo su ego es derrotado, sino su confianza en la racionalidad científica. Seguramente el hombre que regresó al salón de profesores de Cambridge estaba menos convencido de sus interpretaciones de la realidad y el papel de la humanidad dentro de ella.

Recordemos que Parkins es un estudioso de la [en ese momento ficticia] disciplina de la ontografía, que literalmente significa «estudio del ser», y que se ocupa de la filosofía de la relación de la humanidad con su entorno. Entonces, su visión del mundo está estrechamente ligada a la creencia de que podemos confiar en nuestros sentidos y que la realidad es objetivamente mensurable. Esto funciona muy bien para la vida práctica. Quiero decir, todos estaremos de acuerdo en que el fuego quema, que los perros ladran, que el sol es un sol, que comer y dormir son necesidades biológicas. Discutir estas verdades básicas sería coquetear con el gran enemigo filosófico de M.R. James: el relativismo.

Sin embargo, la realidad de Parkins no se basa sólo en su confianza en hechos científicos; implícitamente cree en todo lo que puede sentir, y rechaza como imposible aquello que no puede sentir. De ahí el trauma que le produce su fantasmagórico compañero de cuarto: Parkins está completamente despierto cuando ve la persecución del hombre por los espigones, y está plenamente consciente, y en presencia de un testigo [el Coronel], cuando es atacado por el Hombre de Lino. De hecho, el Hombre de Lino no solo se arroja sobre Parkins, sino que lo empuja hasta la ventana tratando de presionar su rostro «intensamente horrible» contra el suyo. Esta no es una confusión de los sentidos, una ilusión, un montón de ropa apilado en una silla que confundimos brevemente con un visitante nocturno: el Hombre de Lino lo está estrangulando. Pero incluso ante esta rotunda realidad, Parkins no tiene una explicación a la que aferrarse, nada que pueda utilizar para comprender a su atacante.

Las motivaciones del Hombre de Lino son un verdadero enigma, sin embargo, tenemos algunas pistas como para armar un esbozo de qué es y qué esta haciendo. En primer lugar, parece ser una especie de espíritu guardián establecido por los Templarios, y el silbato su dispositivo de invocación. No sabemos si los Templarios lo invocaban o si el silbato es una trampa para engañar a los saqueadores, pero el grabado en latín parece respaldar esto último.

En segundo lugar, el Hombre de Lino parece ser ciego, o al menos guiarse más por los sonidos que produce Parkins. Su comportamiento errático e impulsivo es similar al de otros demonios de M.R James, por ejemplo, los que pueden encontrarse en las historias del Canon Alberico y el Abad Thomas: es decir, seres subhumanos, apenas dotados de cierto grado elemental de inteligencia. Definitivamente no parece ser el fantasma de un individuo en particular, e incluso su relación con los Templarios no es concluyente. Podemos suponer que tiene alguna conexión con ellos por el lugar del hallazgo del silbato y el uso del latín, pero incluso esto es pura conjetura.

Solo tenemos un panorama bastante rudimentario de la naturaleza y las posibles motivaciones de la criatura. Los detalles más jugosos están fuera de nuestro alcance. Por ejemplo, cuando Parkins se retira de las ruinas templarias, mira hacia atrás y ve una forma humana que «parecía estar haciendo grandes esfuerzos para alcanzarlo, pero hizo poco o ningún progreso». Es decir, el Hombre de Lino parece querer perseguirlo, pero no logra reducir la distancia con Parkins. ¿Por qué? No tengo nada para aportar sobre esto. Evidentemente el Hombre de Lino existe fuera de la realidad en la que Parkins confía, e incluso parece ser presa de la mecánica del sueño, siendo el tratar de correr pero no avanzar un motivo clásico [ver: Significado de soñar con ser perseguido]

Es cierto, hay algunas pistas en el sueño en la playa. Si bien nunca se muestra que la cara del hombre que escapa sea la de Parkins, está implícito, sin embargo, tal episodio no se produce en la realidad objetiva. Es como si esta espantosa persecusión carente de movimiento tuviera lugar en otro plano, quizás el plano astral, sin la presencia física de Parkins. Si esto es así, el Hombre de Lino opera en dimensiones superiores que no tienen sentido en nuestra realidad. La mayoría de las historias de fantasmas lamentablemente prescinden de este elemento, como esperar que los espíritus respeten la física básica del tiempo y el espacio [ver: Borges, Lovecraft y el Feng Shui de la cuarta dimensión]

Sin embargo, en los cuentos de M.R. James podemos encontrar muchos perseguidores que superan las limitaciones de espacio/tiempo; es decir, persiguiendo pero sin preocuparese por alcanzar a sus víctimas en el plano físico. En El maleficio de las runas (Casting the Runes), El señor Humphreys y su herencia (Mr. Humphreys and His Inheritance) y Una advertencia para los curiosos (A Warning to the Curious), podemos encontrar ejemplos similares.

La siguiente pregunta, entonces, sería: ¿qué representa Parkins para el Hombre de Lino, y viceversa?

Lo más obvio es responder que la arrogancia intelectual de Parkins, su aislamiento social, son elecciones conscientes que lo han puesto en peligro, por ejemplo, al rechazar el gesto de Rogers, permitiendo que la otra cama permaneciera vacía, transformándose en una especie de incubadora a través de la cual el Hombre de Lino puede acceder a él. El segundo ejemplo de esa arrogancia intelectual se manifiesta en el rechazo de los intentos del Coronel de aconsejarlo. De hecho, el Coronel es el opuesto de Parkins: amigable y hablador; su personalidad transmite calidez social. La aparición del Coronel es decisiva para derrotar al Hombre de Lino. Como él mismo observa, parece que el único poder de la criatura es atemorizar. En cierto modo, los atributos del Coronel llenan el déficit moral de Parkins: su presunción y arrogante autosuficiencia. Si Parkins es el catalizador del Hombre de Lino, el Coronel es el antídoto.

Parkins es el tradicional personaje escéptico que descubre [demasiado tarde] que la realidad es más amplia de lo que cree, y llega a depender del Coronel, que si bien no es un ejemplo de humildad y mentalidad abierta, sí respeta los misterios del universo. Más profundamente, Parkins es el tipo de intelectual que considera que las cuestiones sociales son una distracción. Y es solo ante una experiencia sobrenatural que llega a comprender que la sociedad humana es una inversión necesaria para la supervivencia en un cosmos caótico e indiferente [ver: Cosmicismo: la filosofía del Horror Cósmico]

Esta noción es muy lovecraftiana, también la idea de que hay fuerzas poderosas e inhumanas, más allá de nuestra realidad, esperando entrar en nuestro mundo. Cuando Parkins, a pesar de las advertencias en los grabados, sopla el silbato, no solo abre un portal, sino que invita a entrar a los del Otro Lado. En este contexto, la sociedad humana y sus preocupaciones mundanas son una una especie de burbuja que nos aísla de lo desconocido, que siempre se asoma en los márgenes. Por eso, cuando el Coronel irrumpe en la habitación con su estilo cálido y humano, Parkins puede regresar a la burbuja que conoce y creer que está a salvo.

Sin quererlo, Parkins ha provocado todo esto al negarse a reconocer la presencia de lo sobrenatural. Ha ofendido al Otro Lado, y el Otro Lado ha cruzado para darle una bofetada. Es por eso que el Hombre de Lino no quiere arrojar a Parkins por la ventana. Lo estrangula, es cierto, pero lo que realmente está haciendo es presionar su cara contra la de Parkins, es decir, obligar a este último a mirarlo, a reconocerlo, a aceptar que existe.

De modo que, para Parkins, el Hombre de Lino es la prueba definitiva de un universo que desafía las explicaciones racionales. Sus movimientos caóticos, aleatorios, su falta de visión, su mudez, lo hacen extraño e inhumano. En lugar de hablar, o usar la vista para acercarse a su víctima, el Hombre de Lino tantea con sus extremidades envueltas en sábanas de una manera desorganizada y primitiva. Su ceguera, además, es un marcador literario tradicional que sugiere un nivel más profundo de comprensión: los hombres ciegos en la literatura clásica [como Homero, que significa «ciego»] a menudo subliman su sentido perdido de la vista, dándoles una capacidad casi sobrenatural de «ver» aquello que los ojos no pueden percibir, y así sentir [o tantear] las verdaderas dimensiones de la realidad.

En muchos aspectos, la audición es el sentido humano sobre el cual ejercemos menos control. Podemos mirar hacia otro lado si vemos algo que nos desagrada, pero somos incapaces de seleccionar lo que oímos y lo que no oímos. Estamos equipados con párpados, pero no hay defensa contra lo audible, no hay posibilidad de excluir el sonido. Incluso si nos tapamos las orejas, las vibraciones del sonido pueden sentirse, es decir, el sonido se vuelve algo palpable, corpóreo. El «rostro de lino arrugado», en esencia, es un rico mosaico sonoro compuesto de silbidos, viento y lamentos, sonidos que presagian, si no es que provocan, la crisis emocional de Parkins [ver: Lo olfativo, lo visual, lo auditivo y lo táctil en el Horror]

A su vez, el silbato templario escondido en una cavidad emite «un tintineo metálico» cuando el protagonista lo descubre, es decir, se lo oye antes de ser visto. Y en el momento en que guarda el silbato en el bolsillo y regresa a la posada, Parkins adquiere una mayor conciencia de los sonidos del mundo natural, como el «mar oscuro y murmurante», y sus pies que «traquetean» y «chocan» entre los guijarros. En resumen: Parkins puede desestimar e ignorar sus visiones, pero no puede escapar de su audición amplificada.


«Sopló tentativamente y se detuvo de repente, sorprendido y, al mismo tiempo, complacido por la nota que había obtenido. Tenía una cualidad de distancia infinita y, por suave que fuera, de alguna manera sintió que debía ser audible a kilómetros de distancia. Era un sonido, también, que parecía tener la cualidad (que comparten muchos olores) de formar imágenes en el cerebro. Por un momento tuvo muy claramente la visión de una vasta y oscura extensión nocturna, con un viento fresco y, en medio de ella, una figura solitaria. Tal vez habría visto más si la imagen no hubiera sido rota por la repentina ráfaga de viento contra su ventana.»


La descripción de un sonido que contiene una «distancia infinita», aunque su timbre es «suave», invoca una sensación de alteridad auditiva, una cualidad extraña que desafía las limitaciones de los sonidos mundanos. El efecto del silbato es tal que induce a Parkins el despertar de un nuevo sentido, una especie de imagen mental vívida. Absorto en su pequeño hallazgo arqueológico, Parkins vuelve a tocar el silbato:


«El sonido del silbato le había fascinado tanto que no pudo evitar intentarlo una vez más, esta vez con más audacia. La nota era corta, más fuerte que antes, y la repetición rompió la ilusión: no apareció ninguna imagen, como casi había esperado que ocurriera [...] ¿Pero qué es esto? ¡Dios! ¡Qué fuerza puede levantar el viento en unos pocos minutos! ¡Qué tremenda ráfaga! [...] Es suficiente para destrozar la habitación.»


El efecto producido por el primer silbido se rompe con la repetición, porque el propósito del silbato ya se ha logrado: invocar a la Guardián. De algún modo, esto también conecta a Parkins con la entidad, ya que puede ver esta «amplia y oscura extensión nocturna», en medio de la cual se encuentra la «figura solitaria», que luego es «rota» por el viento que azota la posada en respuesta al toque del silbato. Incluso el cínico [y, horror, ¡soltero!] Parkins está perturbado por este inquietante suceso auditivo. El viento repentino que responde al silbato adquiere cualidades antropomórficas: gime, corre, se eleva en un grito desolado.

El acto de silbar y el viento están conectados en el folclore [ver: Nunca silbes de noche]. Cuando el Coronel habla sobre la ventisca de la noche anterior, dice que «en mi antigua casa hubiésemos dicho que alguien ha estado silbando». El pragmático Parkins, por supuesto, desdeña tales comentarios, pero el Coronel, «poseedor de una voz de increíble fuerza» afirma que, sea o no una superstición, «creen en ello en toda Dinamarca y Noruega, así como en la costa de Yorkshire», lo cual sugiere que esta superstición tiene orígenes escandinavos. No estoy en posición de refutar o reafirmar el comentario del Coronel, pero en muchas novelas náuticas se insiste en que los marineros no silban en el mar, o cerca de él, por temor a que esto provoque una respuesta del viento.

Vale la pena destacar que uno de los atributos utilizados por M.R. James para delinear el personaje del Coronel como una persona de confianza es la posesión «de una voz de increíble fuerza». Aquí, la calidad sonora equivale a templanza, carácter y confiabilidad, marcadores hegemónicos de la masculinidad. Reducir el nombre del Coronel a su rango militar también sirve para fortalecer la idea de que es un hombre de razón, no un imbécil que se presta a cualquier superstición.

Por supuesto, el silbato no sólo ha convocado al viento, sino también a una entidad. A partir de este punto en la historia, lo auditivo se amplifica. Por la noche, Parkins percibe «ruido y movimiento» en la habitación. Enciende un fósforo y oye algo que corretea por el suelo [presume que son ratas, pero no las ve]. Es decir que lo visual escapa a la percepción mientras que lo auditivo está fuertemente presente. Al día siguiente, mientras regresan de jugar al golf, el Coronel y Parkins son interceptados por un niño «mudo de miedo» que, como un eco del viento de la noche anterior, comienza a «aullar» al contarles que ha visto a una figura en la ventana de la posada. Después de dormir profundamente durante una hora, «un ruido repentino» sacude a Parkins de su sueño «de una manera muy desagradable». Evidentemente, aquello que Parkins ha invocado anuncia su presencia auditivamente.

Lo auditivo y lo táctil pueden ser más aterreadores que lo visual, ya que su fuente permanece invisible. Es la sensación de algo presionado contra su cara, «crujiendo» incesantemente mientras lo obliga a retroceder hacia la ventana abierta, lo que provoca que Parkins sufra un brote psicótico y su posterior crisis de fe. En el momento solo atina a forcejar y a lanzar «un grito tras otro con el tono más agudo de su voz». Esto, evidentemente, lo hace más ubicable para el Hombre de Lino, pero también alerta al Coronel. Si este último no hubira intervenido, Parkins «se habría caído por la ventana o habría perdido el juicio». De este modo, una simple sábana animada es suficiente para que un impasible detractor de lo espiritual reevalúe sus creencias [ver: La biología de los Monstruos]

Por otro lado, el Hombre de Lino depende del tacto para moverse en nuestro plano. Esto, en apariencia, le da un tinte más humano, habida cuenta de que la mayoría de los animales no utilizan el tacto para cazar. ¿Es el Hombre de Lino una antigua inteligencia humana atrofiada o una criatura de una dimensión superior que no necesita ojos en su ambiente natural? No lo sabemos, pero sí podemos conjeturar que los sentidos de la vista, el gusto y el olfato están relacionados con placeres más refinados, pero el tacto, en el ámbito humano, parece estar casi enteramente relacionado con la exploración sexual. En la época de M.R. James, donde el sentido del tacto no se usaba típicamente para expresar afecto entre amigos y familiares mediante abrazos y besos, probablemente adquiría para el lector de aquellos años una asociación sexual.

En Silba y acudiré, además, el sentido del tacto del Hombre de Lino se expresa en el entorno íntimo del dormitorio, entre varones. Y dada la aparente ansiedad de Parkins respecto de sus pares masculinos [trata, con poco éxito, de mejorar su juego en el golf para integrarse con su círculo social], y de su vergüenza por la posible impresión que ha causado en la criada [estar hospedando a un compañero], el climax de la historia es tremendamente erótico. Incluso el título del relato está sacado de un poema de Robert Burns sobre dos amantes que deben encontrarse en secreto cuando su comunidad, que desaprueba esa unión, NO ESTÁ MIRANDO [siendo «ciegos», en cierto modo].

No estoy diciendo que Silba y acudiré es, en realidad, la historia de un hombre que convoca a un compañero de cama con un silbato, pero la subtrama homoerótica está ahí.

Por supuesto, podemos optar por aceptar o rechazar esta lectura dependiendo de nuestras preferencias, pero no se puede refutar que Parkins, al final, entiende que el universo [y, por extensión, su psique] está siendo tanteado por invasores no deseados, o por impulsos reprimidos tratando de abrirse paso en los momentos oscuros de la vida; y que la mejor defensa es tener a un buen amigo al lado.

Las persecuciones son frecuentes en los relatos de M.R. James. Como regla general, esta cacería implica que una criatura [no humana] persiga a un ser humano con un propósito desconocido, no necesariamente malévolo, porque lo que resulta fatal, o fronterizo de la locura, es la proximidad. El protagonista muere o se vuelve loco porque no puede soportar la cercanía, el toque del cazador, debido a una repulsión y un terror insoportables. Estas escenas pueden aparecer en un sueño [Silba y acudiré], o como una secuencia en un espectáculo de lámparas [El maleficio de las runas], o como grabados en una tumba [El Conde Magnus].

Tampoco podemos eludir el componente sexual de «soplar un silbato» templario, quienes fueron acusados de practicar la sodomía. Algunos biógrafos cuestionan la heterosexualidad de M.R. James, aunque la discusión está lejos de ser concluyente. Es cierto que M.R. James era un soltero empedernido [como Parkins] y que sus historias [como las de Lovecraft] no se caracterizan por incluir personajes femeninos, pero eso no significa que estuviera ocultando su propia homosexualidad. Sin embargo, en el mundo académico de M.R. James existía el temor constante de ser sospechado de tener inclinaciones homosexuales. Quizás el tema de ser perseguido por un varón que ocupa la cama vecina, o se oculta entre las sábanas, puede leerse como una evocación al miedo a las relaciones sexuales prohibidas, o al deseo de entablar tales relaciones. Una lectura freudiana ofrece una perspectiva completamente diferente sobre el tema de la agresión sexual en las historias de M.R. James: la ausencia de personajes femeninos podría ser evidencia del temor al sexo [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

El inglés linen [«lino»] está directamente asociado con la ropa íntima de cama, hecha de lino tejido. No creo que tenga ninguna connotación adicional en el contexto de esta historia, además de referir al ámbito privado de la alcoba; aunque tal vez M.R. James esté haciendo una broma aquí, porque underlinen, en Inglés Medio, significaba «vestido», y aludía a estar vestido con la ropa de lino para irse a la cama, y linen-lifter [«el que levanta el lino», es decir, «el que desviste»], era un término utilizado para designar a un hombre adúltero. No sería extraño que una mente de anticuario como la de M.R. James tuviera en cuenta estas implicaciones, pero en definitiva resulta bastante vago.

M.R. James era medievalista, pero en contadas ocasiones llevó a la Edad Media a sus relatos. En lugar de ambientar sus historias en escenarios góticos convencionales [castillos, abadías, catacumbas], las situó en la sociedad contemporánea. Creía que algunos de los fantasmas más memorables, como Scrooge y el padre de Hamlet, eran contemporáneos de aquellos a quienes embrujaban. Silba y acudiré es una excepción. Aquí tenemos una aparición antigua catalizada por miedos y ansiedades modernas; de hecho, la historia tiene algunas analogías con la vida del propio M.R. James. Él también fue un erudito que descubrió pequeños tesoros medievales, entre ellos, un fragmento de manuscrito que condujo a la excavación de una abadía de West Suffolk, donde se encontraron las tumbas de varios abades del siglo XII [perdidas desde la Disolución de los Monasterios].

Hay algunos paralelos intrigantes aquí. Los Caballeros Templarios fueron suprimidos y disueltos por la Iglesia bajo la presión del rey Felipe IV. Los monasterios ingleses se disolvieron y gran parte de su historia se perdió bajo la presión del rey Enrique VIII. Quizás M.R. James hace una pequeña broma interna al nombrar a Parkins profesor del ficticio St. James. Pero Parkins es menos incrédulo de lo que parece: su escepticismo es «sagrado» para él, es decir, su irreligión es su religión. M.R. James era anglicano, hijo de un clérigo y hermano menor de un archidiácono, y sus opiniones eran marcadamente tradicionales. En este sentido, las referencias religiosas y teológicas que impregnan Silba y acudiré tienen más importancia de lo que el narrador deja entrever. El Coronel tiene «opiniones marcadamente protestantes»; el vicario local es veladamente anglicano, tal es así que el Coronel piensa que es «un papista encubierto, si no un jesuita».

También es importante que Parkins, que representa al materialismo y los logros intelectuales del mundo moderno, se haya olvidado de la Biblia [no recuerda si los saduceos aparecen en el Antiguo o en el Nuevo Testamento] y confiesa que su latín está «un poco oxidado». Para un medievalista como M.R. James, el latín y las Escrituras estaban en el centro de sus intereses. Cualquier erudito universitario enfocado en el pasado, no en el materialismo moderno, habría reconocido la frase que aparece en el costado del silbato [«¿Quién es este que viene?»] como una cita bíblica, y la habría podido interpretar como una advertencia. La pérdida de este conocimiento ha dejado a Parkins espiritualmente vulnerable.

El escepticismo de Parkins se enmarca en términos bíblicos: el Coronel lo llama «saduceo» [quienes creían que no hay resurrección ni espíritu] y el Vicario celebra un servicio religioso en la fiesta de Santo Tomás Apóstol, quien dudó de la Resurrección, hasta que Jesús [resucitado] se le apareció y lo invitó a arrepentirse. Creo que M.R. James pretende que Parkins sea una especie de Tomás, y la actividad paranormal de esta historia como al propio Cristo invitándolo a que crea. No es caprichoso que la frase grabada en el silbato [«¿Quién es este que viene?»] provenga de 63:1. El que «viene» es Dios, no bajo una forma amorosa, sino como un conquistador que castiga a sus [arrogantes] naciones enemigas. Si esto es así, la frase del Coronel: «hay algo en el fondo de lo que estos campesinos sostienen y han sostenido durante generaciones», adquiere una nueva dimensión teológica.

Parkins está en un peregrinaje espiritual, pero no lo sabe. Si consideramos que el Hombre de Lino es, en parte, representativo de aquello que los campesinos «han sostenido durante generaciones» [la creencia en Dios], el título del cuento adquiere un nuevo componente. Como ya hemos dicho, el título proviene de un poema de Robert Burns [escrito en dialecto escocés], narrado por una chica, quien le advierte a su amante que mantenga en secreto la relación:


Pero ten cuidado cuando vengas a cortejarme,
sube por atrás y no dejes que nadie te vea,
y ven como si no vinieras hacia mí.


Al «Ven como si no vinieras a mí» [come as ye were na comin’ to me] le sigue el verso: «mira como si no me estuvieras mirando» [look as ye were na lookin’ to me]. En otras palabras: cortéjame, pero que no se note. ¿Acaso Parkins cumple el papel de la mujer y Dios es quien lo corteja en secreto? Esto haría que la conexión templaria sea más rica. Las normas templarias fueron escritas por San Bernardo de Claraval, quien también sostuvo que El Cantar de los Cantares interpreta alegóricamente a una mujer sulamita como el alma humana, y al amante como representante de Cristo. Si superponemos esto sobre el poema de Robert Burns, Parkins es la chica que, sin saberlo, pide a Dios que venga a salvarla [«¿Quién es este que viene?»], y Dios va, en secreto, bajo la forma de una aparición fantasmal, cumpliendo el pedido de «Ven como si no vinieras a mí».

Al final de la historia, Parkins no es exactamente salvado [convertido], pero «sus opiniones sobre ciertos puntos son menos claras de lo que solían ser». El narrador observa, tal vez con un toque de ironía, que Parkins está mucho más susceptible por aquellas cosas que le recuerdan al Hombre Lino, de modo que «ni siquiera puede ver una sobrepelliz colgada de una puerta». El narrador no habla de una camisa o un saco colgado, sino de una sobrepelliz, una vestimenta litúrgica, que ahora sí es investida por Parkins de un elemento espiritual. El noviazgo con Dios, el Hombre de Lino o el amante secreto de Burns, aún no se ha consumado al final de esta historia, pero evidentemente el romance ha comenzado.

A M.R. James no le importa dar una explicación de los acontecimientos. Ni el silbido ni la entidad que invoca están sujetos a la conjetura de los personajes [el Coronel no es Van Helsing], Todo lo que el lector sabe es que ambos están vinculados a los Templarios. La noción de que algo tan mundano como la ropa de cama pueda convertirse en vehículo de esta intrusión infernal es un lindo detalle. La sencillez de las sábanas [asociadas a los fantasmas victoriano] genera una sensación de traición: ¿cómo puede algo tan irrelevante comportarse de una manera tan agresiva e inhumana y quebrar todo nuestro sistema de creencias? El Hombre de Lino es un invasor, alguien que viene desde Afuera, por lo tanto, lo mundano, lo heimliche, no puede proteger al protagonista; De hecho, lo familiar se vuelve contra él [ver: Lo Siniestro en la ficción]

Sin embargo, nada de todo esto es superficial. El hecho de que el silbato no tenga un pasado conocido, sino que simplemente llegue al presente y abra una puerta al caos, genera un efecto demoledor, la idea de que el infierno puede desatarse por nada, en la más pacífica de las vidas, con el más endeble de los pretextos.




Taller gótico. I Más de M.R. James.


Más literatura gótica:
El artículo: El Hombre de Lino: análisis de «Silba y acudiré» [M.R. James] fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Poemas»: Robert Burns; libro y análisis


«Poemas»: Robert Burns; libro y análisis.




Poemas (Poems) es una colección de poemas del romanticismo del escritor escocés Robert Burns (1759-1796), publicada originalmente en 1786, con algunas correcciones y adiciones realizadas sobre otro volumen publicado ese mismo año: Poemas, principalmente en dialecto escocés (Poems, Chiefly in the Scottish Dialect); también conocido como El volumen de Kilmarnock (Kilmarnock Volume).

La antología cuenta con varios de los mejores poemas de Robert Burns, un autor notable que aprovechó al máximo todos los recursos y características del romanticismo dentro de un marco que vindica como ningún otro el espíritu escocés.




Poemas.
Poems, Robert Burns (1759-1796)
  • El epitafio del bardo (A Bard's Epitaph)
  • Fragmento trágico (Tragic Fragment)
  • La lágrima (The Tear Drop)
  • Por los viejos tiempos (Auld Lang Syne)
  • Ahora los vientos occidentales (Now Westlin Winds)
  • Bebida escocesa (Scotch Drink)
  • Canción (Song)
  • Desperación, una oda (Despondency, an Ode)
  • Dirigido al Diel (Address to the Diel)
  • El hombre fue hecho para lamentarse (Man was made to mourn)
  • El lamento (The Lament)
  • El sábado a la noche de Cotter (The Cotter's Saturday Night)
  • El saludo de año nuevo de un viejo granjero (The Auld Farmer's New-Year-Morning Salutation)
  • Epístola para Davie (Epiftle to Davie)
  • Epístola para un joven amigo (Epistle to a young Friend)
  • Epitafios y epigramas (Epitaphs and Epigrams)
  • Era en la noche de Lammas (It Was Upon a Lammas Night)
  • Hacia ti, Eliza, debo ir (From Thee, Eliza, I Must Go)
  • Halloween (Halloween)
  • Invierno (Winter)
  • La despedida (The Farewell)
  • La elegía de la pobre Mallie (Poor Mallie's Elergy)
  • La muerte y las últimas palabras de la pobre Maillie (The Death and dying words of Poor Maillie)
  • La visión (The Vision)
  • Los dos perros (The Twa Dogs)
  • Para J.S. (To J. S.)
  • Para la ruina (To Ruin)
  • Para lo mismo (To the Same)
  • Para una margarita de montaña (To a Mountain-Daisy)
  • Para un piojo (To a Louse)
  • Para un ratón (To A Mouse)
  • Sobre un bardo escocés que fue a las Indias Occidentales (On a Scotch Bard gone to the West Indies)
  • Una plegaria frente a la perspectiva de la muerte (A Prayer in the prospect of Death)
  • Un sueño (A Dream)




Libros de poemas. I Libros de Robert Burns.


El análisis y resumen del libro de Robert Burns: Poemas (Poems), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

4 poemas de Robert Burns


4 poemas de Robert Burns.




Robert Burns (1759-1796) fue un poeta escocés imprescindible para el romanticismo. Su poema: Por los viejos tiempos (Auld Lang Syne) es prácticamente un himno de despedida en las tierras de Escocia. Estaba a punto de decir que Robert Burns es un ícono cultural en Escocia, pero creo que sería mejor definirlo como un hecho cultural que no ha dejado de mantenerse vivo y saludable en su pueblo incluso hasta nuestros días, donde se lo considera el escocés más importante de la historia.

Robert Burns fue hijo de un campesino. Nació pobre en el seno de una familia trabajadora. Comenzó a publicar sus primeros poemas de 1786 sin obtener ganancias ni reconocimiento. Estos primeros intentos fallidos lo convencieron de no abandonar su tarea en el campo. En 1789 se casó con el amor de su vida, Jean Armour, y tuvieron la cifra asombrosa de nueve hijos.

Poco a poco la obra poética de Robert Burns fue reflejando a su gente y sus creencias. La tradición y las leyendas pasaban por el filtro especulativo de las clases populares. Su ideología progresista, fuertemente rechazada por los calvinistas pero sobre todo por la aristocracia, le ganó adeptos insospechados. Los vértices de su obra claramente son el amor, la sexualidad y la pobreza.

Robert Burns falleció en 1796 a los 37 años de edad, según algunos, a causa de problemas cardíacos ocasionados por el durísimo trabajo de campo.




4 poemas de Robert Burns.




Poemas de Robert Burns. I Poemas góticos.


El resumen de los 4 poemas de Robert Burns fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Por los viejos tiempos»: Robert Burns; poema y análisis


«Por los viejos tiempos»: Robert Burns; poema y análisis.




Por los viejos tiempos (Auld Lang Syne) es un poema del romanticismo del escritor escocés Robert Burns (1759-1796), escrito en 1788 y publicado en la segunda edición de la antología: Poemas, principalmente en dialecto escocés (Poems, Chiefly in the Scottish Dialect). El poema Pronto se convirtió en un clásico, y comenzó a ser cantado por el pueblo en ocasión de alguna despedida, como la partida de un amigo, un funeral, e incluso para despedir al año.

Por los viejos tiempos, posiblemente uno de los poemas de Robert Burns más conocidos, está inspirado en una antigua balada, según el autor, oída como un murmullo de un anciano escocés. Algunos estudiosos destacan una similitud entre los versos de Por los viejos tiempos y un poema de James Watson, editado en 1711, llamado: Old Long Syne. Robert Burns utiliza dos palabras escocesas para el Old Long del poema de Watson: Auld Lang, que significa «hace mucho». En este sentido, Por los viejos tiempos, en realidad, debería traducirse como: Hace mucho tiempo (Auld Lang Syne).

El poema de Robert Burns, decíamos, se transformó en una popular canción folklórica, que incluso cruzó las fronteras de Escocia. Existen multitudes de versiones en diferentes lenguas. En España, por ejemplo, se la conoce como El Vals de las Velas.




Por los viejos tiempos.
Auld Lang Syne, Robert Burns (1759-1796)

¿Deberían ser olvidados los viejos amigos
y nunca recordarlos?
¿Deberían ser olvidados los viejos amigos
y los viejos tiempos?

Por los viejos tiempos, amigo,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Los dos hemos corrido por las laderas
y arrancado las bellas margaritas,
pero hemos errado mucho con los pies doloridos
desde los viejos tiempos.

Por los viejos tiempos, amigo,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Los dos hemos vadeado la corriente
desde el mediodía hasta la cena,
pero amplios mares han rugido entre nosotros
desde los viejos tiempos.

Por los viejos tiempos, amigo,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Y he aquí una mano, mi fiel amigo,
y danos una de tus manos,
y ¡echemos un cordial trago de cerveza
por los viejos tiempos!

Por los viejos tiempos, amigo mío,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Y seguro que tú pagarás tu trago.
Y seguro que yo pagaré el mío...
Y, aun así... ¡echaremos ese trago de camaradería
por los viejos tiempos!


Should auld acquaintance be forgot,
and never brought to mind?
Should auld acquaintance be forgot,
and auld lang syne?

For auld lang syne, my dear,
for auld lang syne,
we’ll tak a cup o’ kindness yet,
for auld lang syne.
And surely ye’ll be your pint-stoup!
and surely I’ll be mine!
And we’ll tak a cup o’ kindness yet,
for auld lang syne.

We twa hae run about the braes,
and pou’d the gowans fine;
But we’ve wander’d mony a weary fit,
sin’ auld lang syne.

We twa hae paidl’d in the burn,
frae morning sun till dine;
But seas between us braid hae roar’d
sin’ auld lang syne.

And there’s a hand my trusty fiere!
and gies a hand o’ thine!
And we’ll tak a right gude-willie waught,
for auld lang syne.


Robert Burns
(1759-1796)




Poemas góticos. I Poemas de Robert Burns.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen y la traducción al español del poema de Robert Burns: Por los viejos tiempos (Auld Lang Syne), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Silba y acudiré»: M.R. James; relato y análisis


«Silba y acudiré»: M.R. James; relato y análisis.




Silba y acudiré (Oh, whistle and I'll come to you, my lad) es un relato de fantasmas del escritor inglés M.R. James (1862-1936), publicado en la antología de 1904: Historias de fantasmas de un anticuario (Ghost Stories of an Antiquary).

Silba y acudiré, uno de los grandes relatos de M.R. James, plantea una serie de enigmas que, una vez resueltos, conducen al encuentro con una misteriosa y aterradora criatura intangible. No es, en última instancia, un típico ejemplo de invisibilidad en la literatura, es cierto, pero se asemeja lo suficiente como para considerarlo dentro de este sub-género [ver: El Hombre de Lino: análisis de «Silba y acudiré»]

El título original del cuento: Oh, whistle and I'll come to you, my lad, el cual podría traducirse como: Oh, silba y acudiré a ti, mi muchacho, es una referencia directa a un notable poema de Robert Burns, escrito en 1793, muy acorde al escenario y las inquietantes circunstancias del relato.

El autor inglés H.R. Wakefield insertó los hechos narrados en Silba y acudiré en el relato: El triunfo de la muerte (The Triumph of Death).




Silba y acudiré.
Oh, whistle and I'll come to you, my lad; M.R. James (1862-1936)

—Supongo que te marcharás pronto, ahora que se han terminado las clases —decía una persona que no interviene en la historia al profesor de Ontografía poco después de sentarse juntos en una comida que se celebraba en el hospitalario comedor del St. James College.

Era el profesor un hombre joven, pulcro y preciso en sus palabras.

—Mis amigos han hecho que me aficione al golf este curso —dijo—, y quiero ir a la costa del este, concretamente a Burnstow (apostaría a que lo conoces), a pasar una semana o diez días perfeccionando mi juego. Espero marcharme mañana.

—Hombre, Parkins —dijo el que estaba sentado al otro lado—, si vas a Burnstow me gustaría que echaras una mirada a lo que fue el convento de templarios y me dijeras si merece la pena hacer excavaciones allí este verano.

Como podéis suponer, el que acababa de hablar era una persona interesada en la arqueología, pero, puesto que sólo aparece en este preámbulo, no hace falta que enumere sus títulos.

—Desde luego —dijo el profesor Parkins—: descríbeme los alrededores del lugar y haré todo lo posible por darte una idea del estado del terreno cuando vuelva; o te escribo, si me dices dónde vas a pasar estos días.

—Gracias, no te molestes. Pienso llevar a mi familia hacia esta parte del Long y se me ha ocurrido que, como se han sacado muy pocos planos de los conventos templarios ingleses, podría aprovechar la ocasión y ocuparme en algo útil los días que no tenga nada que hacer.

El profesor dio un respingo al oír que sacar el plano de un convento podía considerarse algo útil. Su vecino prosiguió:

—El emplazamiento (dudo que las ruinas sobresalgan del suelo) debe de estar actualmente muy cerca de la costa. Como sabes, el mar ha penetrado enormemente a lo largo de toda esa parte del litoral. A juzgar por el mapa, diría que está a unos tres cuartos de milla del Hotel el Globo, al norte del pueblo. ¿Dónde te vas a hospedar?

—Pues en el Hotel el Globo precisamente —dijo Parkins—; tengo ya reservada una habitación allí. Me ha sido imposible conseguir habitación en otro sitio. La mayoría de los hoteles están cerrados en invierno, al parecer, y aun así, me dijeron que la única habitación que tenían disponible es doble, y que no tienen ningún rincón donde guardar la otra cama y demás. De todos modos, necesito una habitación grande porque quiero llevarme algunos libros y trabajar algo; aunque no me hace mucha gracia tener una cama (por no decir las dos) desocupada en lo que va a ser mi despacho, tendré que aguantarme y conformarme por el poco tiempo que voy a estar allí.

—¿Dices que te molesta tener una cama de más en tu habitación, Parkins? —dijo un individuo campechano que estaba sentado enfrente—. Oye, si quieres, puedo irme contigo y ocuparla por unos días; así te hago compañía.

El profesor se estremeció, pero se sobrepuso y sonrió con afabilidad.

—Naturalmente, Rogers, me gustaría muchísimo. Pero creo que te resultaría aburridísimo. A ti no te gusta el golf, ¿verdad?

—¡No, a Dios gracias! —dijo el impertinente señor Rogers.

—Bueno, pues te advierto que cuando no esté trabajando, lo más seguro es que esté en el campo de golf, por eso creo que te iba a resultar aburrido.

—¡No sé! Conozco a varias personas en ese pueblo; pero naturalmente, si no quieres que vaya, dímelo, Parkins; no me voy a ofender por eso. La verdad, como siempre nos dices, no ofende.

Efectivamente, Parkins era escrupulosamente cortés, y sincero a ultranza. No es de extrañar que a veces el señor Rogers, conociéndole como le conocía, se aprovechara de estas dos virtudes. En el pecho de Parkins se entabló una lucha que, durante un momento o dos, le impidió contestar. Transcurrido este intervalo, dijo:

—Bueno, si quieres que te diga la verdad, Rogers, estaba pensando si la habitación será lo bastante amplia para estar cómodamente los dos, y también (pero te advierto que no te habría dicho esto de no haberme presionado tú) si tu presencia no representara un obstáculo para mi trabajo.

Rogers soltó una sonora carcajada.

—¡Muy bien, Parkins! —dijo—. Eso está bien. Prometo no interferir en tu trabajo, no te preocupes por eso. Si no quieres que vaya, no voy; pero creo que sería conveniente que fuera para mantener alejados a los fantasmas —aquí habría podido verse el guiño y el codazo que le dio a su vecino de mesa, a la vez que Parkins se ponía colorado—.Perdóname, Parkins —prosiguió Rogers—, no he debido decir eso. No me acordaba de que te disgusta hablar de estas cuestiones a la ligera.

—Bueno —dijo Parkins—, puesto que has sacado tú eso a relucir, te diré con franqueza que no me gusta hablar de lo que tú llamas fantasmas. Considero que un hombre de mi posición —prosiguió, elevando un poco la voz— no puede dar la impresión de que cree en todo eso. De sobra sabes, Rogers, o deberías saber, porque nunca he ocultado mi manera de pensar...

—No, desde luego —comentó Rogers sotto voce, que la más leve sospecha, la más ligera sombra de concesión a la creencia de que tales cosas puedan existir equivaldría a renunciar a todo lo que considero más sagrado. Pero me parece que no he logrado atraer tu atención.

—Tu indivisa atención, como dijo el doctor Blimber —interrumpió Rogers, que parecía hacer verdaderos esfuerzos por expresarse con corrección—. Pero te ruego que me perdones, Parkins; te he interrumpido.

—No, de ningún modo —dijo Parkins—. No sé quién es ese Blimber, puede que no sea de mi época. Pero no tengo nada más que añadir. Estoy seguro de que comprendes lo que quiero decir.

—Sí, sí —se apresuró a decir Rogers—, desde luego. Seguiremos hablando de esto en Burnstow o donde sea.

Si reproduzco el diálogo que antecede es con la intención de mostrar la impresión que me dio a mí de que Parkins tenía el carácter de una vieja: era quisquilloso en sus cosas y carecía por completo de sentido del humor; pero era valiente y sincero en sus convicciones, y digno del mayor respeto. Tanto si el lector ha sacado esta misma conclusión como si no, el carácter de Parkins era ése. Al día siguiente, Parkins, como era su deseo, había dejado lejos el College y llegaba a Burnstow. Le dieron la bienvenida en el Hotel el Globo, se instaló en la habitación doble, de la que ya hemos hablado, y aún tuvo tiempo, antes de acostarse, de arreglar su material de trabajo en perfecto orden sobre la amplia mesa que había en la parte de la habitación que formaba mirador, flanqueada en sus tres lados por tres ventanas que daban al mar; es decir, la ventana del centro estaba orientada directamente al mar, y las de la derecha e izquierda dominaban la costa en dirección Norte y Sur respectivamente.

Hacia el Sur se veía el pueblo de Burnstow. Hacia el Norte no se veían casas, sino la playa únicamente, y los bajos acantilados que la cercaban. Justo enfrente había un espacio, no muy grande, cubierto de hierba, donde había anclas viejas, cabestrantes y demás; más allá estaba el ancho camino, y después, la orilla del mar. Fuera cual fuese la distancia que hubo al principio del Hotel el Globo al mar, actualmente no había más de sesenta yardas. Los demás huéspedes del hotel, como es natural, eran también aficionados al golf, y entre ellos había algunos elementos dignos de especial atención. El personaje más llamativo era, quizá, un ancien militaire, secretario de un club londinense, el cual poseía una voz increíblemente poderosa y unas opiniones marcadamente protestantes. Y encontró el momento de manifestar lo uno y lo otro con ocasión de unos oficios que celebró el vicario, persona respetable, aunque con cierta tendencia a hacer pintorescas las ceremonias religiosas, cosa contra la que luchaba el militar denodadamente por considerar que se alejaba de la dignidad de la tradición anglicana.

El profesor Parkins, una de cuyas cualidades era el valor, pasó la mayor parte del día siguiente a su llegada en lo que él llamaba mejorar su juego, en compañía del coronel Wilson; por la tarde —y aunque no sé si debido precisamente a sus esfuerzos por mejorar— el humor del coronel se fue volviendo tan agrio que incluso Parkins tembló ante la idea de regresar al hotel en su compañía. Tras una furtiva mirada a aquel bigote hirsuto y aquel semblante congestionado, decidió que lo más prudente era dejar que el té y el tabaco hicieran su efecto sobre el coronel, antes del inevitable encuentro en la cena.

—Esta tarde regresaré dando un paseo por la playa —se dijo—; sí, así podré ver las ruinas de las que me habló Sidney: todavía queda luz. No sé exactamente por dónde caen, desde luego, pero difícil será que no tropiece con ellas.

Debo decir que así sucedió en el sentido más literal de la palabra, porque al tomar el camino que va del campo de golf a la playa de grava, metió el pie entre unas raíces de aulaga y una enorme piedra, y fue a dar en el suelo. Al levantarse y mirar en torno suyo, vio que se hallaba en un terreno algo accidentado, con pequeñas depresiones y montículos. Al detenerse a examinar esos montículos, descubrió que eran simples bloques formados de piedra y mortero, totalmente cubiertos de hierba. Visto lo cual, dedujo acertadamente que debía de ser éste el emplazamiento del convento que había prometido inspeccionar. La pala del excavador vería compensados sus esfuerzos; sin duda quedaban bastantes cimientos, no demasiado profundos, que arrojarían mucha luz a la hora de confeccionar el plano general.

Recordó vagamente que los templarios, a los que había pertenecido este lugar, solían construir sus iglesias redondas, y le pareció que la serie de montículos del alrededor estaban distribuidos en forma circular. Poca gente es capaz de resistir la tentación de excavar un poco en plan aficionado cuando visita una provincia alejada de la suya, aunque sólo sea por la satisfacción de ver el éxito que habría tenido de haberse dedicado a ello en serio. Nuestro profesor, sin embargo, si bien sintió ese deseo, lo que de veras quería era cumplir con el señor Sidney. Así que contó con todo cuidado los pasos que tenía el diámetro del recinto, y anotó las dimensiones en su cuaderno de notas. Luego pasó a inspeccionar una prominencia oblonga situada al Este respecto del centro del círculo, detalle que le hizo pensar que podría tratarse de la base de una plataforma o altar. En uno de los extremos, en el que daba al Norte, faltaba la hierba, que algún niño u otra criatura ferae naturae debía de haber arrancado.

No estará de más, pensó, quitar un poco de tierra y ver si aparecen restos de albañilería; así que sacó la navaja y empezó a rascar. Y entonces hizo otro pequeño descubrimiento: al rascar, una porción de barro seco se hundió hacia dentro, dejando al descubierto una pequeña cavidad. Encendió dos cerillas, una tras otra, para ver el agujero, pero el viento se las apagó. Golpeando y rascando con la navaja pudo averiguar, sin embargo, que se trataba de un agujero artificial y estaba hecho de albañilería. Tenía forma rectangular, y las paredes laterales, así como la superior y la inferior, si no estaban revocadas de yeso, al menos eran lisas y regulares.

Naturalmente, estaba vacío...

¡No!

Al sacar la navaja, sonó un ruido metálico en el fondo. Como es natural, cogió el objeto y, al exponerlo a la luz del día, que se estaba desvaneciendo rápidamente, pudo comprobar que era algo artificial también: en sus manos tenía un tubo de unas cuatro pulgadas de largo, y evidentemente databa de muchísimos años.

Parkins se cercioró de que no había nada más en este extraño receptáculo; pero se había hecho demasiado tarde y demasiado oscuro para pensar en seguir investigando. El hallazgo era tan inesperadamente interesante que decidió sacrificar a la arqueología un poco más de tiempo al día siguiente, antes de que anocheciera. Estaba seguro de que el objeto que se había guardado en el bolsillo tenía cierto valor.

Lúgubre y solemne era el paisaje cuando echó una última mirada, antes de regresar. Una desmayada claridad amarillenta permitía ver aún el campo de golf, en el que se divisaban algunas figuras que se encaminaban al edificio del club, así como la achaparrada torre circular, las luces del pueblo de Aldsey, la pálida franja arenosa, cortada de trecho en trecho por los muros de contención de ennegrecida madera y escasa altura, y el mar oscuro y rumoroso.

El viento crudo soplaba del Norte, pero luego lo notó a su espalda, cuando iba de camino al Hotel El Globo. Aligeró el paso al cruzar por la crujiente grava, y llegó a la arena, desde donde el paseo, pese a los bajos muros de contención que tenía que ir saltando de cuando en cuando, se hizo agradable y tranquilo. Al mirar hacia atrás una última vez para calcular la distancia que había recorrido desde las ruinas del convento de templarios, vio venir a alguien más en su misma dirección: era una figura más bien confusa, la cual parecía hacer grandes esfuerzos por alcanzarle, aunque avanzaba muy poco, si es que avanzaba en realidad.

Quiero decir que parecía que corría, a juzgar por sus movimientos, pero la distancia que la separaba de Parkins era siempre la misma. Al menos eso fue lo que le pareció a él, y convencido como estaba de que no le conocía, consideró que no tenía sentido esperar a que le alcanzara. Con todo, empezaba a pensar que no habría sido mala idea ir acompañado por esta playa solitaria, de haber podido uno elegir compañía. De niño había leído casos de encuentros en parajes como éste, en los que ni aun ahora podía pensar con serenidad. No obstante, no logró apartarlos de su imaginación hasta que llegó a la posada; había uno, sobre todo, que suele impresionar a la mayoría de las personas en determinada etapa de su niñez: «Entonces soñé que Christian, al echar a andar, vio que un demonio repugnante cruzaba el campo y se dirigía a su encuentro».

¿Qué haría yo ahora —pensó— si al volverme divisara una figura negra recortándose contra el cielo amarillo, y descubriera que tenía alas y cuernos? Me pregunto si me quedaría donde estoy o echaría a correr. Afortunadamente, el señor que viene allá detrás no es nada de eso, y además parece que está igual de; lejos que antes. A este paso no cenará al mismo tiempo que yo. ¡Válgame Dios!, pero si sólo falta un cuarto de hora. ¡Tendré que darme prisa!

Efectivamente, Parkins tuvo el tiempo justo de cambiarse. Cuando se reunió con el coronel en el comedor, la paz —o cuanto de ella logró recobrar este buen señor—reinaba de nuevo en el pecho del militar. Permaneció en su ánimo también durante la partida de bridge que se organizó después de la cena, ya que Parkins era un jugador más que regular. Así que, al retirarse, hacia las doce, iba con la sensación de haber pasado una velada muy amena y que, aun cuando se quedara un par de semanas o tres, la vida en El Globo resultaría relativamente agradable si transcurría siempre así. «Sobre todo —pensó—, si sigo mejorando mi juego».

En el pasillo se encontró con el criado del hotel, que se detuvo para decirle:

—Perdone el señor; al cepillar su chaqueta, hace un momento, ha caído algo de un bolsillo. Lo he puesto encima de la cómoda de su habitación; es un trozo de tubo o algo parecido. Muchas gracias, señor. Encima de la cómoda lo tiene; sí, señor. Buenas noches, señor.

El discurso le recordó a Parkins el pequeño descubrimiento que había hecho esa tarde. Lo cogió con gran curiosidad y se acercó a examinarlo junto a la luz de las velas. Era de bronce, según veía ahora, y tenía la misma forma de los modernos silbatos para perros; de hecho era efectivamente ni más ni menos que un silbato. Se lo llevó a la boca, pero estaba completamente obstruido por un pegote de arena fina o de tierra; no consiguió soltarla con unos golpes y tuvo que quitarla con la navaja. Como era muy pulcro, recogió la tierra con un trozo de papel y la tiró por la ventana. Al asomarse, vio que hacía una noche clara y estrellada, y se entretuvo un instante contemplando el mar.

Reparó en un paseante retrasado que se había detenido junto a la orilla, enfrente mismo del hotel. Cerró la ventana, extrañado de lo tarde que se retiraba la gente de Burnstow, cogió el silbato y volvió a examinarlo a la luz. Vaya, pero si tenía signos grabados, ¡y no sólo signos, sino letras también! Lo frotó ligeramente y apareció, perfectamente legible, lo que tenía escrito; aunque el profesor tuvo que confesarse a sí mismo, tras un serio esfuerzo por descifrarlo, que su significado le resultaba tan oscuro como las palabras que se le aparecieron al rey Baltasar en el muro. Había una inscripción en la parte de arriba del silbato, y otra en la de abajo.

Debería saber qué significa —pensó—, pero tengo el latín demasiado oxidado. Pensándolo bien, me parece que ni siquiera sé cómo se dice silbato. La frase larga parece bastante fácil. Significa: "¿Quién es éste que viene?" Bueno, la mejor manera de averiguarlo es silbarle.

Silbó a manera de prueba y se detuvo de repente, sobresaltado y complacido a la vez, por la nota que había sacado. Daba la sensación de una lejanía infinita y, a pesar de su suavidad, comprendió que debía de haberse oído a varias millas de distancia. Fue un sonido, además, que parecía poseer (como poseen también muchos olores) el don de suscitar imágenes en el cerebro. Por un momento vio con absoluta claridad la escena de un paraje inmenso en la oscuridad de la noche, barrido por un viento frío, en cuyo centro aparecía una figura solitaria; no pudo distinguir qué hacía. Tal vez habría conseguido ver algo más de no haberle disipado la visión una repentina ráfaga de viento que azotó los cristales de las ventanas; el hecho fue tan inesperado que le hizo levantar la vista, a tiempo de ver la blancura fugaz de un ala de gaviota batir junto a los cristales.

El sonido del silbato le había dejado fascinado de tal modo que probó otra vez, pero con más firmeza. La nota sonó ligeramente más fuerte, si es que lo fue en realidad, que la vez anterior, pero además le defraudó: no le suscitó visión alguna, como casi había esperado. «Pero ¿qué es esto? ¡Dios mío!, ¡con qué fuerza se ha levantado el viento en pocos minutos! ¡Qué ráfaga más tremenda! ¡Ah!, me lo temía..., me ha apagado las velas. Me va a revolver toda la habitación».

Lo primero era cerrar la ventana. Un segundo después se encontraba Parkins luchando por cerrarla, y tanta era la fuerza del viento que parecía como si luchara con un individuo corpulento que pretendiera entrar. De pronto disminuyó, la ventana dio un golpe, y el pestillo se cerró por sí solo. Ahora lo principal era encender nuevamente las velas y comprobar si había causado algún desaguisado. No, no se veía ningún estropicio, ni había roto ningún cristal de la ventana. Pero el ruido había despertado por lo menos a otro miembro de la casa: se oía andar al coronel de un lado para otro en calcetines, en la habitación de arriba, soltando gruñidos.

Aunque este viento se había levantado súbitamente, no amainó de repente: siguió soplando, gimiendo, arremetiendo contra el edificio; de cuando en cuando dejaba oír lamentos tan lastimeros, como decía Parkins con su usual objetividad, que muy bien pudo llenar de temores a las personas demasiado imaginativas; y aun las que carecían por completo de imaginación, pensó un cuarto de hora después, se habrían sentido más a gusto sin él. Estuvo con los ojos abiertos lo bastante como para creer (como me ha á, sucedido a mí muchas veces en situaciones parecidas) que sufría toda clase de trastornos fatales: se dedicó a contar los latidos de su corazón, convencido de que se le iba a parar de un momento a otro, y a concebir las más graves sospechas en torno a sus pulmones, a su cerebro, a su hígado, etc..., sospechas que se disiparían, estaba seguro, con la llegada del nuevo día, pero que entretanto se negaban a dejarle tranquilo.

Encontraba cierto consuelo en saber que había alguien más en la misma situación. Alguien que ocupaba una habitación vecina, sin duda (no era fácil decir de qué lado, dada la oscuridad), porque se movía y hacía crujir la cama también.

Luego Parkins cerró los ojos y trató de dormir. Entonces su sobreexcitación adoptó una nueva forma: comenzaron a representársele escenas en la imaginación. Experto crede, las escenas acuden a uno cuando mantiene los ojos cerrados intentando dormir, y a veces son tan desagradables que se ve obligado a abrirlos para disiparlas. Sin embargo, la experiencia de Parkins a este respecto fue tremendamente desalentadora. La escena representada se repetía con insistencia. Al abrir los ojos, como es natural, desaparecía, pero cuando los cerraba volvía nuevamente a desarrollarse igual que antes, ni más deprisa ni más despacio. Y era la siguiente:

Una gran extensión de playa, una franja arenosa bordeada de grava y cruzada por una serie de negros muros de contención dispuestos perpendicularmente con respecto al agua... La escena era muy parecida, de hecho, a la del paseo de esa misma tarde, pero como no encontraba en ella detalle particular, no le era posible identificarla. Reinaba una luz tenebrosa, y daba la impresión a la vez de tormenta, de noche de finales de invierno, y de fría llovizna. Al principio no se veía a nadie en ese paisaje desolado. Luego, a lo lejos, aparecía algo; un momento después ese algo se concretaba en la figura de un hombre corriendo, saltando, brincando por encima de los muros de contención y volviéndose de cuando en cuando hacia atrás para mirar con inquietud. Cuanto más se acercaba, más parecía que estaba, no ya inquieto, sino terriblemente asustado, aun cuando no se le distinguía la cara. Estaba, además, casi a punto de caer sin fuerzas.

Seguía corriendo; cada obstáculo que se le cruzaba parecía salvarlo con más dificultad que el anterior. «¿Podrá saltar el siguiente?», pensó Parkins. «Parece más alto que los otros».

Sí, medio trepando, medio arrojándose después desde arriba, subió y cayó como un fardo al otro lado (más cercano del espectador). Allí, junto al muro de contención, como si fuese imposible levantarse otra vez, se quedó, a cuatro patas, mirando con un gesto de angustiosa ansiedad. Hasta aquí no se veía causa alguna que provocara el miedo del que corría, pero luego empezaba a divisarse a lo lejos, en la playa, el corretear de un bultito fosforescente que se movía con gran agilidad y de manera irregular. A medida que se hacía más grande, se iba perfilando como una figura borrosa, vestida de flotantes ropajes. Tenía algo su manera de moverse que le quitaba a Parkins todo deseo de verla de cerca.

Se detenía, alzaba los brazos, se inclinaba sobre la arena, corría después completamente encorvada por la playa, hasta llegar al borde del agua; entonces, se enderezaba y reemprendía su persecución a pasmosa velocidad. Por fin, llegaba el momento en que el perseguidor empezaba a merodear de derecha a izquierda unas cuantas yardas más allá del muro de contención donde yacía oculto el hombre. Tras dos o tres vueltas infructuosas, se detenía, se enderezaba con los brazos en alto, y luego se arrojaba hacia la parte delantera del muro de contención.

Al llegar a este punto, Parkins fracasaba siempre en su decisión de mantener los ojos cerrados. Lleno de dudas sobre si sería su cerebro fatigado por el exceso de trabajo, o el humo excesivo y cosas así, lo que le impedía llegar a completar la visión, el caso es que al final se resignó a encender la palmatoria, abrir el libro y pasar la noche despierto, cosa que prefería mil veces a verse atormentado por aquel persistente paisaje que, según le parecía a él, sólo podía deberse a una morbosa reflexión del paseo y los pensamientos de ese mismo día.

Al rascar la cerilla y encenderla de pronto, debió asustar a las criaturas de la noche —ratas o lo que fuera—, porque las oyó echar a correr ruidosamente del lado de su cama.

«¡Vaya por Dios! ¡Se me ha apagado la cerilla! ¡Qué contrariedad!»

Pero la segunda no se apagó; así que encendió la vela, abrió el libro y se concentró en él hasta que, al cabo de muy poco tiempo, cayó vencido por un, sueño sano y reparador. Y así fue como, por primera vez en su ordenada y prudente vida, olvidó apagar la vela, y cuando le llamaron a las ocho de la mañana, aún vacilaba una llamita en el hueco de la palmatoria, y sobre la mesita de noche se habían formado lamentables grumos de cera derramada. Después de desayunar, se encontraba en su habitación terminando de preparar sus cosas de golf —la fortuna le había asignado nuevamente al coronel; como compañero—, cuando la camarera llamó otra vez.

—Por favor —dijo—, ¿sería tan amable de decirme si necesita más mantas en su cama, señor?

—¡Ah!, muchas gracias —dijo Parkins—. Sí, tráigame una. Parece que el tiempo ha enfriado bastante.

Un momento después, la camarera estaba de vuelta con la manta.

—¿En qué cama la pongo, señor? —preguntó.

—¿Cómo? Pues en ésta..., en la que dormí anoche —dijo él señalándola.

—¡Ah, sí! Perdone el señor, pero es que nos pareció que se había acostado en las dos; al menos, hemos tenido que hacer las dos esta mañana.

—¿De veras? ¡Pero eso es absurdo! —exclamó Parkins—. Ni siquiera he tocado esa otra, si no fue para dejar algunas cosas encima. ¿Dice usted que parecía como si alguien hubiese dormido en ella?

—¡Sí, señor! —dijo la criada—. Estaba toda deshecha, con las sábanas revueltas como si alguien hubiera pasado una mala noche, y usted perdone.

—¡Válgame Dios! —dijo Parkins—. Bueno. A lo mejor la he desordenado más de lo que creía al deshacer las maletas. Siento mucho haberlas obligado a trabajar el doble, se lo aseguro. A propósito, dentro de poco llegará un amigo mío, un señor de Cambridge, que la ocupará por una noche o dos. Supongo que no habrá ningún inconveniente, ¿verdad?

—Claro que no, señor. Muchas gracias. No pase cuidado, que no lo habrá —dijo la camarera, y se fue corriendo a contárselo a sus compañeras para reírse un rato.

Parkins salió con la firme determinación de mejorar su juego.

Me alegro de poder decir que lo logró hasta tal punto que el coronel, que al principio parecía sentirse algo descontento ante la perspectiva de jugar por segundo día consecutivo en su compañía, se fue volviendo muy comunicativo a medida que avanzaba la mañana, y su voz resonaba por el campo, como hubiera dicho también uno de nuestros poetas de segunda fila, «como la campana mayor de la torre de un monasterio».

—Qué ventarrón tuvimos anoche —dijo—. En mi tierra dirían que alguien estuvo silbando para llamarlo.

—¿De verdad? —exclamó Parkins—. ¿Existen aún supersticiones de ese tipo en su tierra?

—Nada de supersticiones —dijo el coronel—. Esa creencia la tienen en Dinamarca y en Noruega, y también en la costa de Yorkshire, y yo considero que, por lo general, hay siempre un fondo de verdad en lo que son y han sido durante generaciones las creencias de un pueblo. Le toca a usted —algo así fue lo que añadió.

El lector aficionado al golf puede imaginar las digresiones que considere más apropiadas, e intercalarlas en los momentos más adecuados. Cuando reanudaron la conversación, Parkins dijo con cierta vacilación:

—A propósito de lo que me decía usted hace un momento, coronel, debo manifestarle que mis convicciones al respecto son bastante firmes. De hecho, soy un escéptico convencido en lo que se refiere a eso que llaman lo «sobrenatural».

—¡Cómo! —exclamó el coronel—, ¿pretende decir que no cree en los presagios, las apariciones y cosas de esta naturaleza?

—En nada de todo eso —replicó Parkins con firmeza.

—Bueno —dijo el coronel—; pero entonces me parece a mí que, en ese sentido, es usted algo así como un saduceo.

Parkins estuvo a punto de contestarle que, en su opinión, los saduceos fueron las personas más razonables del Antiguo Testamento, pero como no sabía si se les citaba mucho o nada en dicha obra, prefirió reírse ante esta acusación.

—Puede que lo sea —dijo—, pero... ¡A ver, muchacho, dame mi palo!... Perdone un momento, coronel —hubo una corta pausa—. Mire, sobre eso de llamar al viento silbando, permítame que le diga mi teoría. Las leyes que rigen los vientos no son perfectamente conocidas en realidad..., y menos por los pescadores y demás. Vamos a suponer que, en determinadas circunstancias, se ve repetidamente a un hombre o a una mujer de costumbres extravagantes, o a un extranjero, junto a la orilla, a una hora desusada, y se le oye silbar. Poco después se levanta un fortísimo viento; cualquier entendido que sepa observar el cielo o que tenga un barómetro, habría podido predecirlo. Pero las gentes sencillas de un pueblecito pesquero no poseen barómetros y sólo saben cuatro cosas sobre el tiempo. ¿Qué más natural que considerar al personaje extravagante que yo he supuesto como causante del viento, o que él o ella se aferre ávidamente a la fama de poder hacer tal cosa? Bueno, y ahora tomemos el caso del viento de anoche: resulta que yo mismo estuve silbando. Toqué un silbato por dos veces, y el viento pareció levantarse exactamente como si respondiera a mi llamada. Si alguien me hubiese visto...

Su interlocutor empezaba a impacientarse con este discurso, pues me temo que Parkins había adoptado un tono de conferenciante; pero al oír la frase final, el coronel se detuvo.

—¿Silbando dice que estuvo? —exclamó—. ¿Y qué clase de silbato gasta usted?

Hubo una pausa.

—Me estaba preguntando usted por el silbato, coronel. Es muy curioso. Lo llevo aquí..., no, ahora recuerdo que lo he dejado en mi habitación. La verdad., es que me lo encontré ayer.

Y entonces Parkins le contó cómo llegó a descubrir el silbato; y al oírlo el coronel, soltó un gruñido y dijo que él, en su lugar, tendría mucho cuidado en utilizar un objeto que había pertenecido a una partida de papistas de quienes no se podía saber con seguridad de qué fueron capaces. De este tema, pasó alas exageraciones del vicario, el cual había notificado el domingo anterior que el viernes sería la festividad de Santo Tomás Apóstol, y que habría un servicio a las once en la iglesia. Éste y otros detalles por el estilo constituían, a juicio del coronel, un serio fundamento para pensar que el vicario era un papista disfrazado, si es que no era jesuita; y Parkins, que no era capaz de seguir al coronel en este tema, no se mostró en desacuerdo con él. De hecho, pasaron la mañana tan a gusto juntos que ninguno de los dos habló de separarse después de comer.

Por la tarde siguieron jugando bien, o al menos lo bastante bien como para olvidarse de todo, hasta que empezó a oscurecer. Hasta ese momento no se acordó Parkins de su propósito de inspeccionar un poco más el convento; pera, tampoco tenía mucha importancia, pensó. Lo mismo daba un día que otro, así que regresaría en compañía del coronel. Al dar la vuelta a la esquina de la casa, el coronel estuvo a punto de ser derribado por un muchacho que venía a toda velocidad; chocó, pero luego, en vez de reanudar la carrera, se quedó agarrado a él sin aliento. Las primeras palabras que acudieron a la boca del militar fueron de mal humor y reconvención, pero inmediatamente se dio cuenta de que el muchacho casi no podía hablar de lo asustado que estaba. Al principio le fue imposible contestar a las preguntas que le hicieron. Cuando recobró el aliento empezó a llorar, agarrado todavía a las piernas del coronel. Finalmente lograron soltarle, pero siguió lloriqueando.

—¿Qué diablos te ocurre? ¿Qué te ha pasado? ¿Qué has visto? —dijeron los dos hombres.

—¡Ay, lo he visto hacerme señas desde la ventana —gimió el chiquillo—, y me ha asustado!

—¿Qué ventana? —preguntó furioso el coronel—. Vamos, serénate, muchacho.

—La ventana del hotel —dijo el niño.

Parkins se mostró entonces partidario de mandar al niño a su casa, pero el coronel se negó; quería saber exactamente qué había pasado, dijo; era extremadamente peligroso darle un susto de esa naturaleza a un niño, y si lograba averiguar quien era el que andaba gastando esas bromas, le iba a dar su merecido. Y tras una serie de preguntas consiguió poner en claro lo siguiente: el niño había estado jugando en el césped de la entrada de El Globo con otros niños; luego, éstos se habían marchado a sus casas a merendar, e iba él a marcharse también, cuando se le ocurrió mirar hacia la ventana que tenía delante y vio entonces cómo le hacía señas. Aquello parecía una especie de figura vestida de blanco..., pero no pudo verle la cara, le hacía señas, y tenía un aspecto muy raro..., no parecía una persona normal. ¿Había luz en la habitación? No, no se le ocurrió fijarse en eso, aunque creía que no. ¿Qué ventana era? ¿Era en el ático o en el segundo? Era en el segundo..., la del mirador, ésa que tenía dos ventanas más pequeñas a los lados.

—Muy bien, muchacho —dijo el coronel, tras unas cuantas preguntas más—.Ahora vete corriendo a tu casa. Seguramente es alguien que ha querido darte un susto. Otra vez, como inglés valiente que eres, le das una pedrada..., bueno, no, una pedrada no, vas y se lo dices al camarero, o al señor Simpson; y eso sí, le dices que te lo he dicho yo.

El semblante del niño reflejaba las dudas que abrigaba acerca de la atención que se dignaría prestar el señor Simpson a sus quejas; pero el coronel no pareció darse cuenta, y prosiguió:

—Aquí tienes una moneda de seis peniques; digo no, un chelín, y ahora vete a tu casa y no pienses más en eso.

El niño echó a correr, tras darle las gracias lleno de zozobra, y el coronel y Parkins dieron media vuelta y se dirigieron a la parte delantera del hotel con objeto de hacer un reconocimiento de la fachada. Sólo había una ventana que respondía a la descripción que les acababan de dar.

—Bueno, esto es muy extraño —dijo Parkins—; evidentemente, es a mi ventana a la que se refería. ¿Quiere subir un momento conmigo, coronel Wilson? Vamos a ver quién se ha tomado la libertad de entrar en mi habitación.

No tardaron en llegar al pasillo, y Parkins hizo ademán de abrir la puerta. Luego se detuvo y se registró los bolsillos.

—Esto es más serio de lo que creía —observó—. Ahora recuerdo que al salir esta mañana dejé cerrado con llave, y la llave la tengo aquí —dijo, mostrándola en alto—Así que —prosiguió—, si la servidumbre tiene la costumbre de entrar en las habitaciones de los clientes en ausencia de éstos, sólo me cabe decir que..., bueno, que no me parece correcto, ni mucho menos.

Y sintiéndose un tanto encogido de ánimo, puso toda su atención en abrir la puerta —que, efectivamente, estaba cerrada con llave— y en encender las velas.

—Pues no —dijo—, parece que está todo en su sitio.

—Todo menos su cama —observó el coronel.

—Perdone, pero ésa no es la mía —dijo Parkins—. Ésa no la utilizo. Pero parece como si alguien hubiera querido gastarme una broma deshaciéndola.

Efectivamente, las sábanas y las mantas estaban revueltas y en la más completa confusión. Parkins reflexionó.

—Ya sé lo que ha debido pasar —dijo finalmente—: la desordené yo anoche al abrir mis maletas, y no la he vuelto a hacer desde entonces. Seguramente entraron a arreglarla, y el niño ha visto a las camareras por la ventana. Luego las han debido llamar y han cerrado con llave al marcharse. Sí, seguro que ha sido eso.

—Bueno, llame al timbre y pregúnteles —dijo el coronel, y esta sugerencia le pareció muy practica a Parkins.

Se presentó la camarera y, resumiendo, declaró que ella había hecho la cama por la mañana estando el señor en la habitación, y desde entonces no había vuelto a entrar. El señor Simpson guardaba las llaves, él era quien podía decirle al señor si había estado alguien. Era un misterio. Tras una inspección, comprobaron que no faltaba nada de valor, y Parkins reconoció que todos los objetos que tenía sobre la mesa estaban en su sitio, por lo que podía asegurar que nadie los había tocado.

Además ni el señor ni la señora Simpson habían dado el duplicado de la llave a nadie en todo el día. Por otra parte, Parkins, pese a su sagacidad, no logró descubrir en la conducta del patrón, de la patrona ni de la criada, gesto alguno que delatara el menor indicio de culpabilidad. Más bien se inclinaba a creer que el niño había engañado al coronel.

Este último estuvo desusadamente silencioso y pensativo durante la cena y el resto de la noche. Cuando se despidió de Parkins para irse a dormir, murmuró de mal humor:

—Si me necesita esta noche, ya sabe dónde me tiene.

—¡Ah, sí!, muchas gracias, coronel, pero no creo que tenga que molestarle. A propósito, —añadió— ¿le he enseñado el silbato del que le hablé? Me parece que no. Mire, es éste.

El coronel se acercó a examinarlo a la luz de la vela.

—¿Ha leído la inscripción? —preguntó Parkins cuando lo tuvo de nuevo en sus manos.

—No, con esta luz no puedo. ¿Qué piensa hacer con él?

—No sé, cuando regrese a Cambridge se lo enseñaré a algún arqueólogo de allí para ver qué piensa, y si considera que tiene valor, lo donaré a algún museo.

—¡Muuu!... —exclamó el coronel—. Bueno, puede que tenga razón. Pero le aseguro que si fuera mío lo tiraría inmediatamente al mar. Ya sé que no sirve de nada discutir; supongo que usted es de los que sólo creen en lo que ven. Bien, espero que tenga buenas noches.

Dio media vuelta, dejando a Parkins con la palabra en la boca, y poco después cada uno estaba en su habitación. Por alguna desdichada razón, las ventanas de la habitación del profesor no tenían ni cortinas ni persianas. La noche anterior no le había dado importancia, pero esta noche era muy probable que la luna, que estaba saliendo, diera más adelante de lleno en su cama y le despertara. Al darse cuenta de este detalle, se sintió enormemente contrariado, pero con ingenio digno de envidia consiguió, valiéndose del riel de la cortina, unos cuantos imperdibles, un bastón de golf y un paraguas, armar una pantalla, la cual, si lograba sostenerse, protegería su cama de la luz de la luna. Poco después se hallaba metido confortablemente en la cama.

Y después de leer un buen trozo de cierta obra de envergadura, suficiente para provocar serios deseos de dormir, echó una mirada soñolienta en torno a la habitación, apagó la vela y dejó caer la cabeza sobre la almohada.

Llevaría durmiendo una hora o más, cuando un estrépito repentino le despertó sobresaltado. Inmediatamente comprendió lo que había ocurrido: se había venido abajo la pantalla que tan cuidadosamente había montado, y una luna fría y brillante le daba plenamente en el rostro. Era una verdadera contrariedad. ¿Se sentía capaz de levantarse a reconstruir la pantalla, o podría seguir durmiendo sin tenerse que levantar? Durante unos minutos permaneció echado, reflexionando sobre qué partido tomar; luego se volvió bruscamente y, con los ojos completamente abiertos, prestó atención con la respiración contenida. Estaba seguro de haber percibido un movimiento en la cama vacía del otro lado de la habitación. Mañana mandaría quitarla de ahí, porque había ratas o algo parecido que se movían en ella. Ahora estaba todo tranquilo.

¡No! Otra vez empezaba la agitación.

Se oían crujidos y sacudidas, pero, evidentemente, eran más fuertes de lo que podía producir cualquier rata. Me imagino la perplejidad y el horror que debió experimentar el profesor, Porque hace unos treinta años tuve yo un sueño en el que pasaba lo mismo; pero tal vez le resulte difícil al lector imaginar lo espantoso que debió de ser descubrir una figura sentada en la cama que él había creído vacía. Abandonó la suya de un salto y echó a correr hacia la ventana donde tenía su única arma: el Palo de golf con el que había confeccionado la pantalla. Pero entonces comprendió que era lo peor que se le había podido ocurrir, porque el personaje de la cama vacía, con un movimiento suave y repentino, se incorporó y se puso en guardia con los brazos extendidos entre las dos camas, delante de la puerta, Parkins se le quedó mirando con aterrada perplejidad.

De algún modo, la idea de cruzar por donde estaba la figura y huir por la puerta le pareció irrealizable. No habría sido capaz de rozarla, no sabía por qué; así que, si pretendía acercársele, estaba dispuesto a arrojarse por la ventana. Durante un momento permaneció en una zona de oscuridad, por lo que Parkins no pudo verle la cara.

Luego empezó a avanzar, inclinándose hacia adelante, y Parkins comprendida, en seguida, con horror y alivio a la vez, que estaba ciega, ya que tanteaba el camino extendiendo al azar sus brazos entrapajados. Al dar un paso, descubrió de súbito la cama que Parkins había ocupado, y se lanzó sobre las almohadas con una furia tal que Parkins sintió el escalofrío más intenso de su vida. En escasos segundos comprobó que la cama estaba vacía; entonces se dirigió hacia la ventana, por lo que entró en la zona iluminada, revelando así qué clase de criatura era.

A Parkins le disgusta enormemente que le pregunten sobre este particular; sin embargo, una vez refirió esta escena estando yo presente, y comentó que lo que recuerda sobre todo es su horrible, su intensamente horrible rostro de trapo arrugado. No pudo o no quiso contar la expresión que reflejaba el rostro ese; lo cierto es que el miedo que sintió estuvo a punto de hacerle perder la razón. Pero no tuvo tiempo de observarlo con detalle. Increíblemente veloz, la figura se deslizó hasta el centro de la habitación y, al tantear el aire con los brazos, un pico de sus ropas rozó el rostro de Parkins. No pudo —pese a lo peligroso que sabía que era hacer ruido—, reprimir un grito de repugnancia, lo que dio instantáneamente una pista a su perseguidor.

Saltó sobre Parkins, y éste; retrocedió, gritando con todas sus fuerzas, hasta sacar la espalda por la ventana, y entonces el rostro de trapo se abalanzó sobre el suyo. En este instante supremo, como habrán adivinado ya, le llegó la salvación: el coronel irrumpió bruscamente en la habitación a tiempo de ver la horrible escena en la ventana. Al acercarse adonde ellos estaban, sólo quedaba una figura, la de Parkins, que yacía sin conocimiento en el suelo de la habitación; junto a él había un montón informe de sábanas arrugadas.

El coronel Wilson no preguntó nada, pero no dejó entrar a nadie, y trasladó a Parkins nuevamente a su cama; luego se envolvió en una manta y se echó a descansar él también en la otra. Rogers llegó a primera hora de la mañana siguiente, y fue acogido con más entusiasmo de lo que habría sido de haber llegado el día anterior; seguidamente, estuvieron deliberando durante largo rato en la habitación del profesor. Al final salió el coronel del hotel llevando un pequeño objeto entre los dedos índice y pulgar, y lo arrojó en el mar todo lo lejos que le permitió su brazo. Más tarde se vio ascender el humo de una hoguera que habían encendido en la parte de atrás del edificio.

Debo confesar que no recuerdo qué clase de historia contaron a la servidumbre y a los clientes. El profesor se salvó milagrosamente de la sospecha de haber sufrido un delirium tremens, y el hotel de la fama de escandaloso. No es difícil presumir qué le habría ocurrido a Parkins de no haber intervenido a tiempo el coronel. O se habría caído desde la ventana o habría perdido el juicio. Pero lo que no está tan claro es si la criatura que acudió a la llamada del silbato habría hecho algo más que asustar. Parece que no se trataba de un ser material, aparte de las sábanas retorcidas que daban forma a su cuerpo. El coronel, que recordaba un suceso parecido ocurrido en la India, estaba convencido de que si Parkins se hubiera enfrentado a ese ser habría comprobado que no tenía más poder que el de asustar. En definitiva, dijo, el incidente no hacía sino corroborar la opinión que tenía él de la Iglesia de Roma.

Y no hay nada más que añadir, en realidad; pero, como pueden imaginar, las opiniones del profesor sobre determinadas cuestiones no son ya todo lo firmes que solían ser. Sus nervios también están destrozados: aún se estremece cuando ve un sobrepelliz colgando de una puerta, y la visión de un espantapájaros en el campo, algunos atardeceres de finales de invierno, le ha costado más de una noche de insomnio.

M.R. James (1862-1936)




Relatos góticos. I Relatos de M.R. James.


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El análisis y resumen del cuento de M.R. James: Silba y acudiré (Oh, Whistle and I'll Come to You, my Lad), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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