Mostrando entradas con la etiqueta washington irving. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta washington irving. Mostrar todas las entradas

«El libro de bosquejos de Geoffrey Crayon»: Washington Irving; libro y análisis


«El libro de bosquejos de Geoffrey Crayon»: Washington Irving; libro y análisis.




El libro de bosquejos de Geoffrey Crayon (The Sketch Book of Geoffrey Crayon) es una colección de relatos fantásticos del escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859), publicado en 1819. El nombre en el título, Geoffrey Crayon, hace referencia al seudónimo más frecuente de Washington Irving.

El libro de bosquejos de Geoffrey Crayon es, sin dudas, la gran antología de este notable autor, y como tal podemos encontrar en ella algunos de los mejores cuentos de Washington Irving; entre ellos: La leyenda de Sleepy Hollow (The Legend of Sleepy Hollow) —donde el autor narra la tenebrosa historia del Jinete Sin Cabeza— y Rip Van Winkle (Rip Van Winkle); en ambos casos verdaderos clásicos del relato de terror.




El libro de bosquejos de Geoffrey Crayon.
The Sketch Book of Geoffrey Crayon, Washington Irving (1783-1859)
  • La leyenda de Sleepy Hollow (The Legend of Sleepy Hollow)
  • La novia del espectro (The Spectre Bridegroom)
  • Rip Van Winkle (Rip Van Winkle)
  • Antigüedades de Londres (London Antiques)
  • El arte de hacer libros (The Art of Book Making)
  • El carruaje (The Stage-Coach)
  • El corazón roto (The Broken Heart)
  • El orgullo de la aldea (The Pride of the Village)
  • El pescador (The Angler)
  • El poeta real (A Royal Poet)
  • El viaje (The Voyage)
  • Funerales rurales (Rural Funerals)
  • John Bull (John Bull)
  • La abadía de Westminster (Westminster Abbey)
  • La esposa (The Wife)
  • La iglesia de campo (The Country Church)
  • La mutabilidad de la literatura (The Mutability of Literature)
  • La posada Kitchen (The Inn Kitchen)
  • La taberna de Boar Head (The Boar's Head Tavern)
  • La vida rural en Inglaterra (Rural Life in England)
  • La viuda y su hijo (The Widow and Her Son)
  • Los escritores ingleses sobre América (English Writers on America)
  • Navidad (Christmas)
  • Pequeña Britania (Little Britain)
  • Philip de Pokanoket (Philip of Pokanoket)
  • Rasgos del carácter indio (Traits of Indian Character)
  • Roscoe (Roscoe)
  • Un domingo en Londres (A Sunday in London)




Relatos góticos. I Libros de Washington Irving.


El análisis y resumen del libro de Washington Irving: El libro de bosquejos de Geoffrey Crayon (The Sketch Book of Geoffrey Crayon), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Cuentos de un viajero»: Washington Irving; libro y análisis


«Cuentos de un viajero»: Washington Irving; libro y análisis.




Cuentos de un viajero (Tales of a Traveller) es una colección de relatos fantásticos del escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859), publicada en 1824.

Cuentos de un viajero, probablemente la mejor antología de este gran autor, registra una serie de ensayos y relatos realmente interesantes, escritos durante los años en los que Washington Irving vivió en Europa, principalmente en Alemania y Francia. Para evitar suspicacias, el libro fue firmado con un seudónimo: Geoffrey Crayon.

Con el tiempo, estos cuentos de Washington Irving, algunos de los cuales utilizan recursos típicos de la literatura gótica y el relato de terror, se convertirían en verdaderos clásicos del género fantástico.




Cuentos de un viajero.
Tales of a Traveller, Washington Irving (1783-1859)
  • El diablo y Tom Walker (The Devil and Tom Walker)
  • Kidd el pirata (Kidd the Pirate)
  • La aventura del estudiante alemán (The Adventure of the German Student)
  • La leyenda del astrólogo árabe (The Legend of the Arabian Astrologer)
  • La leyenda del soldado encantado (The Legend of the Enchanted Soldier)
  • Las puertas del infierno (Hell Gate)
  • Buckthorne, o El joven con grandes expectativas (Buckthorne, or the Young Man of Great Expectations)
  • Buckthorne y sus amigos (Buckthorne and His Friends)
  • El club de los muchachos raros (The Club of Queer Fellows)
  • El dragón audaz (The Bold Dragoon)
  • El escudero bobo (The Booby Squire)
  • El gerente de paseo (The Strolling Manager)
  • El gran desconocido (The Great Unknown)
  • El pobre diablo autor (The Poor Devil Author)
  • La aventura de la familia Popkins (The Adventure of the Popkins Family)
  • La aventura de la pintura misteriosa (The Adventure of the Mysterious Picture)
  • La aventura del extraño misterioso (The Adventure of the Mysterious Stranger)
  • La aventura del pescador negro (The Adventure of the Black Fisherman)
  • La aventura del pintor (The Painter's Adventure)
  • La aventura de mi abuelo (The Adventure of My Grandfather)
  • La aventura de mi tía (The Adventure of My Aunt)
  • La aventura de mi tío (The Adventure of My Uncle)
  • La aventura de un inglés (The Adventure of the Englishman)
  • La aventura de un pequeño anticuario (The Adventure of the Little Antiquary)
  • La cena de cacería (The Hunting Dinner)
  • La cena literaria (A Literary Dinner)
  • La historia del jefe de los bandidos (The Story of the Bandit Chieftain)
  • La historia de un joven italiano (The Story of the Young Italian)
  • La historia de un joven ladrón (The Story of the Young Robber)
  • La posada en Terracina (The Inn at Terracina)
  • Los bandidos italianos (The Italian Banditti)
  • Los buscadores de dinero (The Money Diggers)
  • Los viajeros tardíos (The Belated Travellers)
  • Notoriedad (Notoriety)
  • Reflexiones graves de un hombre desilusionado (Grave Reflections of a Disappointed Man)
  • Relatos extraños de un caballero nervioso (Strange Stories by a Nervous Gentleman)
  • Sueños dorados (Golden Dreams)
  • Un filósofo práctico (A Practical Philosopher)
  • Vida literaria (Literary Life)
  • Wolfert Webber (Wolfert Webber)




Libros de poemas. I Libros de Washington Irving.


El análisis y resumen del libro de Washington Irving: Cuentos de un viajero (Tales of a Traveller), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Washington Irving: cuentos destacados


Washington Irving: cuentos destacados.




Washington Irving (1783-1859) fue, sin lugar a dudas, uno de los mejores autores norteamericanos de la época, y con gran influencia sobre sus contemporáneos. De hecho, los cuentos de Washington Irving aportaron los suyo para el desarrollo del relato de terror tal cual lo conocemos hoy en día, aprovechando elementos típicos de la literatura góticas.

En este segmento iremos reuniendo algunos de los más destacados cuentos de Washington Irving.




Cuentos de Washington Irving:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Washington Irving: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La leyenda del verdadero Jinete sin Cabeza


La leyenda del verdadero Jinete sin Cabeza.




En 1820, el escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859) popularizó la historia medieval del Jinete sin Cabeza en la novela: La leyenda de Sleepy Hollow (The Legend of Sleepy Hollow) —y luego llevada al cine por el director Tim Burton—, basándose en una criatura sobrenatural con mucha historia sobre los hombros; tal vez lo único, de hecho, que tiene sobre los hombros.

La leyenda del Jinete sin Cabeza a la que hace referencia Washington Irving relata la historia de un artillero hessiano que fue decapitado durante la Batalla de White Plains, en 1776. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Old Dutch Church de Sleepy Hollow, de cuya tumba emerge en cada Halloween para recuperar su cabeza perdida.

Esta es la historia en su versión más moderna, pero la leyenda original del Jinete sin Cabeza se remonta a los viejos mitos celtas.

En lo que actualmente comprende las tierras de Irlanda se creía en un ser espeluznante conocido como Gan Ceann, cuyo nombre significa literalmente «sin cabeza».

Este es el primer Jinete sin Cabeza del que se tenga conocimiento, quizás el mismo que luego participaría en el poema medieval anglosajón: Sir Gawain y el Caballero Verde (Sir Gawain and the Green Knight), que relata cómo un portentoso caballero invencible se dedica a cosechar las cabezas de sus contendientes hasta que Gawain, caballero del rey Arturo, lo derrota en un extraño combate singular.

El heredero directo de Gan Ceann es el Dullahan, cuyo nombre significa «hombre oscuro».

Si bien el Dullahan procede de la Edad Media, los últimos registros históricos sobre este verdadero Jinete sin Cabeza datan de fechas más recientes, por ejemplo, de la gran hambruna de 1845, momento en el que el Dullahan surgía a la medianoche para alimentarse con la sangre de los incautos que se cruzaban en su camino.

El Dullahan cabalga llevando su cabeza debajo del brazo, siempre bien predispuesta a recibir los bocados sanguinolentos que el resto de su cuerpo se encarga de conseguirle. En algunas variantes de la historia, incluso su caballo negro aparece perfectamente decapitado.

Con el tiempo las historias sobre Dullahan se volvieron más y más espeluznantes. Comenzó a hablarse de que el Jinete sin Cabeza conducía un carro hecho con huesos humanos, tirado por seis corceles negros que echaban una espuma narcótica por la boca.

En ocasiones la cabeza de estos caballos infernales carece por completo de piel.

Ya sea conduciendo su carruaje diabólico o sobre una única montura igualmente enloquecedora, el Dullahan transita los caminos esparciendo toda clase de enfermedades y pestes.

Si alguien escucha sus cascos metálicos es señal inequívoca de la muerte ronda cerca, pero si el Jinete sin Cabeza es visto rondando por los caminos, éste dará media vuelta y se encargará de alimentarse con la sangre, no sólo del curioso, sino de toda su familia.

Dullahan es una criatura reconocidamente avara, de modo que se puede negociar una tregua con él siempre que se lleve algo de valor encima. Unas monedas alcanzan para demorar su furia por unos días.

Al parecer, el Dullahan poseía un pariente en las tierras de Escocia. Se lo conoce como Ewen, y fue un hombre decapitado durante la gran batalla de Glen Cainnir, en la Isla de Mull. Tanto él como su corcel negro carecen de cabeza, asunto que no les impide aullar como verdaderos endemoniados y cazar y matar a cualquiera que se aventure en sus dominios.

Incluso los hermanos Grimm recopilaron dos historias sobre el Jinete sin Cabeza, esta vez en la región de Alemania, a quien afirmaron haber visto con sus propios ojos.

La primera de estas historia nos ubica en Dresden, donde una mujer se dirige al bosque a buscar leña. De repente, se oye un cuerno. La mujer gira y descubre detrás de ella a un hombre de estatura prodigiosa, vestido de impoluto gris, y llevando su propia cabeza debajo del brazo.

La segunda narración nos lleva hasta Brunswick, donde un Jinete sin Cabeza —llamado el cazador salvaje— acecha en la espesura a la caza de viajeros extraviados.

La leyenda del Jinete sin Cabeza estuvo tan extendida a lo largo y ancho de Europa que incluso en los terrenos adyacentes al Castillo de Windsor se observa su presencia, aún hoy, siendo visto por algunas entalcadas reinas de Inglaterra y otros miembros de la nobleza.




Seres fantásticos de la mitología. I Mitología comparada.


Más literatura gótica:
El artículo: La leyenda del verdadero Jinete sin Cabeza fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos fantásticos norteamericanos desde Poe al Pulp


Relatos fantásticos norteamericanos: terror y lo desconocido desde Poe al Pulp (American Fantastic Tales: Terror and the Uncanny from Poe to the Pulps) es una colección de relatos clásicos de terror editada en 2009.

Desde sus comienzos, la literatura norteamericana se ha sentido atraída por el horror, por las casas embrujadas, por las obsesiones de personas singulares que son capaces de cruzar el umbral de lo desconocido e ingresar en un universo tan vasto como irracional.

Relatos fantásticos norteamericanos: terror y lo desconocido desde Poe al Pulp repasa esta larga tradición que vincula los recónditos sótanos de la psique con la certeza en lo sobrenatural.

La antología repasa casi cien años del relato de terror estadounidense, desde Edgar Allan Poe a las revistas pulp, abordando prácticamente todos los temas que obsesionaron al género: estados de trance, sonambulismo, mesmerismo, posesión demoníaca, maldiciones, locura, fantasmas, poltergeist, de la mano de los grandes maestros norteamericanos: Washington Irvin, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Henry James, Edith Wharton, Mary Wilkins Freeman, Charlotte Perkins Gilman, Ambrose Bierce, H.P. Lovecraft, Madeline Yale Wynne, Kate Chopin, Robert E. Howard, Robert Bloch y F. Scott Fitzgerald.



Relatos fantásticos norteamericanos: terror y lo desconocido desde Poe al Pulp.

American Fantastic Tales: Terror and the Uncanny from Poe to the Pulps.




Más antologías. I Relatos norteamericanos.

El análisis y resumen del libro: Relatos fantásticos norteamericanos: terror y lo desconocido desde Poe al Pulp (American Fantastic Tales: Terror and the Uncanny from Poe to the Pulps) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Grandes relatos de muertos vivos


Grandes relatos de muertos vivos.




El libro de los Muertos Vivos (The Book of the Living Dead) es una colección de relatos clásicos de terror seleccionada por el autor John Richard Stephens, y publicada en 2010.

Todos los cuentos de terror que integran la antología comparten los mismos protagonistas: zombies y muertos vivos; cuyo retorno de la tumba viene de la mano de grandes autores del género macabro, entre ellos: Mary Shelley, E.A. Poe, Washington Irving, H.P. Lovecraft, Guy de Maupassant, W.W. Jacobs, M.R. James, Théophile Gautier, Francis Marion Crawford, F.G. Loring, E.F. Benson y Walter Scott.





El libro de los Muertos Vivos.
The Book of the Living Dead.




Antologías. I Zona Zombies.


El análisis y resumen del libro: El libro de los Muertos Vivos (The Book of the Living Dead) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Nuestras Señoras de la oscuridad: demonología femenina en la ficción gótica masculina»: Joseph Adriano.


«Nuestras Señoras de la oscuridad: demonología femenina en la ficción gótica masculina»: Joseph Adriano.




Nuestras Señoras de la oscuridad: demonología femenina en la ficción gótica masculina (Our Ladies of Darkness: Feminine Daemonology in Male Gothic Fiction) es un libro del investigador Joseph Adriano, publicado en 1993.

Nuestras Señoras de la oscuridad de Joseph Adriano sobre literatura gótica reabre un interrogante planteado por el escritor Nathaniel Hawthorne en el artículo de 1835: La mente embrujada (The Haunted Mind): ¿Qué tal si el demonio viene vestido con prendas de mujer, con una belleza pálida entre el pecado y la desolación, y así yace a nuestro lado? [What if the fiend should come in women's garments, with a pale beauty amid sin and desolation, and lie down by your side?]

Nuestras Señoras de la oscuridad: demonología femenina en la ficción gótica intenta responder esa pregunta. Para ello, Joseph Andriano examina 4 clásicos del género gótico donde «lo diabólico» se hace presente vestido de mujer. En este sentido, el libro realiza un interesante análisis estructural, trazando paralelos y descubriendo perspectivas arquetípicas detrás de la figura de la mujer.

La conclusión, menos asombrosa que conocida, es la siguiente: en el Gótico Masculino [Male Gothic], la mujer suele ser uno de los vehículos predilectos de lo diabólico. Si abordamos la cuestión desde una perspectiva psicológica, todos los relatos de casas embrujadas son una especie de atentado contra el ego masculino.

Las estructuras edilicias representan al hombre y su ego. Las fantasmagorías que vienen a usurpar su dominio del lugar, o bien a convertirse en intrusas indeseables, representan a las insidiosas influencias de la mujer.

Tal vez por eso, argumenta Nuestras Señoras de la oscuridad, los relatos de fantasmas femeninos fueron tan populares en su tiempo. Las casas, antes de ser «embrujadas», normalmente son descritas como sólidas, prósperas, habitadas por antiguas familias, que repentinamente se ven invadidas por lo sobrenatural. En este contexto, la función de las mujeres fantasmas (o demonios o espíritus) es feminizar al hombre, es decir, a su ego representado por la arquitectura en cuestión.

El proceso de feminización a través de la posesión de un edificio queda simbolizado en los síntomas que padece el protagonista. En primer término, su vida se altera fisiológicamente, padece insomnio, falta de apetito, aislamiento, etc. En segundo lugar, se desvía de la vida activa: abandona sus tareas, su trabajo o sus estudio. Y finalmente corta cualquier vínculo con el futuro, en general, representado por una obsesión por conocer el pasado de la casa o de algunos de sus ancestros.

Nuestras Señoras de la oscuridad profundiza sobre aquel interrogante formulado por Nathaniel Hawthorne, y lo hace sin eludir polémicas de ninguna índole. Desde luego que la noción de que lo femenino y lo masculino son principios que pueden mezclarse, y que de hecho integran, en proporciones diversas, la personalidad de cada uno de nosotros; la aceptación de lo femenino para los hombres siempre ha sido un motivo recurrente en el relato de terror.

Tratemos de responder la siguiente pregunta: ¿Por qué un hombre debería temer la aceptación de su costado femenino? Para la psicología, y en parte para la literatura gótica, el rechazo de lo femenino permite que el hombre, aún en la edad adulta, continúe siendo un niño y, por lo tanto, la mujer solo puede encarnar para él dos roles: como madres o niñas, nunca mujeres activas, amantes capaces de inducirnos suscíntamente hacia ese reino de la oscuridad que gobiernan con total autonomía.




Nuestras Señoras de la oscuridad.
Our Ladies of Darkness, Joseph Adriano.

Relatos estudiados:




Libros prohibidos. I Taller de literatura.


El resumen del libro de Joseph Adriano: Nuestras Señoras de la oscuridad (Our Ladies of Darkness) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Cuentos de la Alhambra»: Washington Irving; libro y análisis


«Cuentos de la Alhambra»: Washington Irving; libro y análisis.




Cuentos de la Alhambra (Tales of the Alhambra) es una antología del escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859), publicada originalmente en 1832 con el título: La Alhambra: serie de cuentos sobre Moros y Españoles (The Alhambra: A Series of Tales of the Moors and Spaniards).

Cuentos de la Alhambra, la cual agrupa buena parte de los mejores cuentos de Washington Irving, nos sitúa en España, escenario típico de la literatura gótica de aquellos años. En este sentido podemos entender a los Cuentos de la Alhambra como una especie de novela gótica, a pesar de tratarse de una colección de cuentos, precisamente porque une dos ingredientes típicos del género: Oriente y España, dentro de una continuidad narrativa.

El propio Washington Irving residió durante una temporada en la Alhambra, aquel palacio ampuloso, sede del monarca del reino nazarí de Granada. El libro nos ubica en su magnífica arquitectura, en sus leyendas de guerras, amores y traiciones. Las historias de los Cuentos de la Alhambra se entremezclan con el presente de 1829, contrastando la belleza y el peligro del pasado con cierta melancolía en las callejuelas de la Granada recuperada.




Cuentos de la Alhambra.
Tales of the Alhambra, Washington Irving (1783-1859)

Copia y pega el link en tu navegador para leer online o descargar en PDF: Cuentos de la Alhambra de Washington Irving:
  • http://www.biblioteca.org.ar/libros/132437.pdf




Antologías. I Relatos de Washington Irving.


El análisis y resumen del libro de Washington Irving: Cuentos de la Alhambra (Tales of the Alhambra), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La leyenda del soldado encantado»: Washington Irving; relato y análisis


«La leyenda del soldado encantado»: Washington Irving; relato y análisis.




La leyenda del soldado encantado (The Legend of the Enchanted Soldier) es un relato fantástico del escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859), publicado en la edición de 1851 de la antología: Cuentos de la Alhambra (The Alhambra), el cual no había sido incluido en la versión original de 1832.

La leyenda del soldado encantado, posiblemente uno de los grandes cuentos de Washington Irving, nos sitúa en Salamanca, más precisamente en la cueva de San Cipriano, en la cual, según el autor, en épocas remotas se enseñaba nigromancia, ocultismo y magia negra. Algunos afirman que el maestro de tales artes era un viejo y perverso sacristán; otros, que era el diablo en persona.




La leyenda del soldado encantado.
The Legend of the Enchanted Soldier, Washington Irving (1783-1859)

Todo el mundo ha oído hablar de la cueva de San Cipriano, en Salamanca, donde en tiempos remotos enseñaba astronomía, nigromancia, quiromancia y otras artes ocultas y condenables un viejo sacristán, o por lo que decían muchos, el Diablo en persona.

Hace años que la cueva quedó cerrada, hace años que incluso olvidaron las gentes su localización, mas, según la tradición, la entrada estaba donde hoy se alza una cruz de piedra, en la plazoleta del Seminario de Carvajal; una tradición, en cualquier caso, que parece corroborada por las circunstancias de la siguiente historia. Una vez un estudiante de Salamanca, de esa clase de estudiantes alegres pero pobres que se ven obligados a recorrer los caminos de aquí para allá, sin una moneda en la bolsa, y que durante las vacaciones de cada curso mendigan de ciudad en ciudad y de aldea en aldea para sacar el dinero que les permita continuar sus estudios. Se preparaba nuestro estudiante para echarse al mundo un buen día, pues, y se le ocurrió colgarse la guitarra a la espalda con la pretensión honesta de divertir con ella a las gentes y obtener así el beneplácito de los aldeanos, y lo que es más importante, comida, lecho y algunas monedas.

Cuando pasó ante la cruz de la plazoleta del seminario, se destocó respetuosamente y rezó a San Cipriano pidiéndole suerte; mas al bajar los ojos vio algo que brillaba a los pies de la cruz. Era un anillo, que recogió presto del suelo, un anillo de oro y de plaza mezclados, con un sello que tenía grabados dos triángulos que formaban una estrella. Se dice que este emblema es un signo cabalístico creado por el sabio rey Salomón, un talismán que poseía grandes virtudes contra los encantamientos y la brujería en general. Pero el estudiante no era mago ni brujo, ni siquiera sabio, e ignorante de estos asuntos se puso el anillo en el dedo, como si fuera un simple premio que San Cipriano le daba en muestra de gratitud por sus oraciones. Siguió caminando, luego de santiguarse muy devotamente, contento pues suponía que empezaba bien su jornada, e incluso comenzó a rasguear las cuerdas de su guitarra mientras andaba.

La vida de un estudiante mendicante en España no es la más miserable del mundo, en especial si es persona agradable y demuestra al menos un poco de talento para la música. Goza de la libertad de dirigirse al lugar que más apetezca, o a donde lo lleven su curiosidad, o a donde le indique una corazonada, o el simple capricho... Los curas que ejercen su ministerio en los pueblos, la mayor parte de los cuales también mató la hambruna de semejante manera en sus días mozos, cuando fueron estudiantes, lo acogen por la noche, le dan de comer más que bien y hasta le regalan algunos cuartos, medio penique, aproximadamente, al despedirle por la mañana.

Cuando un estudiante llama y pide de casa en casa por las calles de cualquier pueblo, aldea o ciudad, nadie lo despide con destemplanza ni malas palabras, ni se muestra frío e indiferente; al contrario, lo atienden, porque todo el mundo piensa que acaso algún día ese muchacho llegue a ser alguien, como tantos que empezaron así su carrera y llegaron después a ser gente importante y de provecho. Nuestro estudiante, además, era especialmente alegre y simpático; como sabía arrancar a las cuerdas de su guitarra notas muy agradables, los aldeanos le abrían de inmediato su corazón y las comadres lo recibían con la mejor de sus sonrisas.

Así vagó el estudiante de nuestra historia por medio reino, con la intención manifiesta de llegarse hasta Granada para conocerla, antes de volver a Salamanca; así, pasaba una noche en la choza de un pastor, otra en el modesto pero muy hospitalario albergue que le brindaba un labriego... En donde fuese, sentado a la entrada de cualquier casa, deleitaba a las gentes del lugar con sus coplas graciosas, o tocando fandangos y boleros que animaban a bailar a las muchachas y a los mozos cuando se hacía el crepúsculo, para cenar después, descansar lo necesario y echarse a los caminos de nuevo, a la mañana siguiente, después de despedirse con un muy elocuente apretón de manos de la hija de quienes le habían dado posada.

Al fin llegó a lo que era el objeto soñado de su musical peregrinaje, la tantas veces renombrada ciudad de Granada. Saludó maravillado sus torres moriscas, su maravillosa vega y sus montañas con nieve en las cumbres aun en el claro y sofocante verano. No menos entusiasmado paseó por las calles de la ciudad admirándose de sus muchos y hermosos monumentos orientales. Cada mujer que salía a un balcón, o que se dejaba ver tras la celosía de su ventana, era para nuestro estudiante una Zoraida o una Zelinda; cuanta dama o damisela veían sus ojos enfebrecidos por la Alameda, le hacía suponer que se hallaba ante cualquier princesa árabe, y presto ponía a los pies de la bella su capa.

Como su disposición para la música era excelente, tanto como su buen humor e incluso su apostura, pronto supo granjearse buenas amistades; y sin que nadie tuviera en cuenta sus raídas ropas, fue recibido en la vieja capital mora como todo un personaje de importancia, lo que le valió para encontrar un alojamiento magnífico y ser atendido regaladamente. Uno de los lugares que con más gusto frecuentaba era la Fuente de los Avellanos, en el valle del Darro, a la que acudía desde tiempos de la dominación musulmana una gran muchedumbre para expansionarse. Era, naturalmente, el lugar más apropiado para que nuestro estudiante se entregase a la contemplación arrebatada de las bellezas femeninas de la región, algo, por lo demás, que lo dejaba encantado.

Ahí sacaba pronto la guitarra, se ponía a tocar y a cantar, y ganaba pronto la admiración de las majas y los majos que comenzaban a bailar entusiasmados y agradecidos al estudiante. A tan honesto y divertido entretenimiento se daba una tarde, cuando vio llegar a un cura, ante cuya presencia todos se levantaban y destocaban... Parecía aquel reverendo padre un hombre en perfecta armonía con la vida que imponen los hábitos, pues era sanguíneo, robusto, sudoroso... No cesaba en el reparto de maravedíes entre los mendigos, dando su limosna con un aire de superioridad indecible.

Los pordioseros, agradecidos, exclamaban después:

—¡Bendito sea el padre! ¡Que Dios le guarde muchos años y ojalá lo veamos de obispo!

Para ayudarse en la subida de la cuesta, se apoyaba el padre en una joven, la que limpiaba sus aposentos y salía con él de paseo, doncella que era, desde luego, la oveja favorita del rebaño del pastor. ¡Menuda damisela! Andaluza de los pies a la cabeza, siempre con una rosa fresca en el moño, pequeños sus zapatos y caladas las medias. Andaluza en todos sus movimientos, en la menor ondulación de su cuerpo en cada paso. Andaluza en lo apetitoso de su ser carnal todo, en lo vivo y grácil de su persona. Mas, aun sí, parecía modesta e incluso vergonzosa. Atenta siempre a las palabras del padre, con los ojos bajos. Y si por casualidad alzaba la vista un segundo, o miraba disimuladamente a uno u otro lado al punto los volvía a bajar para seguir en su estar modesto y recatado.

Miró el cura condescendiente la reunión que allí se hacía alrededor del estudiante, junto a la fuente, y decidió entonces tomar asiento en un banco de piedra, mientras su doncella se apresuraba a llevarle un vaso de agua fresca, que bebió a sorbos, deleitándose, después de echar en e vaso un azucarillo, cosa que tanto gusta a los epicúreos españoles. A devolver el vaso a su doncella, le dio una palmadita en una mejilla, en señal de amoroso agradecimiento.

—¡Ah!, nuestro buen pastor —se dijo el estudiante al contemplar la escena—. ¡Cuán dichoso sería yo en un redil con semejante ovejita por compañía!

Pero semejante dicha no parecía a él destinada. En vano desplegó aun con mayor denuedo, sus encantos, las virtudes que lo adornaban.. No parecía llamar la atención ni del cura ni de su doncella. Nunca antes a buen seguro, tocó la guitarra tan bien como aquel día, ni jamás puso tal sentimiento como el de entonces en la interpretación de sus coplas. Al cura parecía no interesarle la música lo más mínimo y la muchacha no levantaba los ojos del suelo ni una sola vez..No se quedaron mucho tiempo en la fuente, porque el cura, una vez repuesto de la caminata urgió a la doncella para regresar a Granada. Y entonces, cuando se marchaban, la hermosa muchacha dirigió al estudiante una mirada hurtadillas, a medias entre el descaro y la vergüenza, que naturalmente hizo que latiera brioso el corazón del doncel.

Preguntó por ellos en cuanto se fueron. Resultó que el padre Tomás era uno de los más santos varones de Granada, hombre metódico y circunspecto, siempre puntual en el cumplimiento de sus obligaciones, y la hora de levantarse, a la hora de dar un paseo que le abriese el apetito, a la hora de comer, a la hora de echarse la siesta, a la hora de jugar al tresillo con varias de las damas que habitualmente oían misa en la catedral, a la hora de cenar y a la hora de retirarse a descansar y allegarse esas fuerzas que tan necesarias le eran para al día siguiente perseverar en sus metódicas costumbres... Un mulo manso y castrado lo llevaba cuando decidía dar un paseo más largo, una cocinera ya entrada en años le preparaba muy buenos condumios, y la mocita andaluza le hacía la cama en la que reposaba y le llevaba el chocolate por las mañanas.

¡Adiós a la alegría del pobre muchacho! La mirada que le echó la doncella del cura no pudo sino desconcertarle... Ya no pudo, ni de día ni de noche, alejar de sí su recuerdo. Buscó la casa del cura, pero le pareció fuera del alcance de un mendicante de su condición. Aquel cura, además, no podía sentir la menor simpatía hacia él, pues no había sido de los que de jóvenes andan los caminos como cualquier estudiante sopista, obligado a cantar para sobrevivir. Se dedicó a pasear por la calle donde estaba la casa del cura, a contemplar de lejos a la muchacha. Aquello, empero, no hacía más que aumentar sus ansias de ella sin obtener el menor alimento para su esperanza. Decidió darle serenatas por la noche bajo su balcón, y una vez, al fin, pudo sentirse al menos contento y halagado porque vio acercarse una leve sombra blanca tras la ventana. Mas, fijó la atención en aquella silueta y vio que era... ¡el cura con su camisón y su gorro de dormir!

Nunca hubo enamorado tan ferviente y nunca hubo damisela más esquiva. Desesperaba el pobre estudiante. Llegó la víspera de la festividad de San Juan, cuando las gentes de Granada salen de romería y cantan y bailan por la tarde, y pasan la noche en las riberas del Darro y del Genil. Gentes felices que se refrescan la cara en esas aguas cuando las campanas de la catedral dan las doce, porque en ese preciso momento, según la tradición, poseen las aguas de ambos ríos la virtud de embellecer a quien se lava con ellas. El estudiante, como no tenía cosa mejor que hacer, se dejó llevar por la alegría bullanguera de la muchedumbre hasta el estrecho valle del Darro, bajo las montañas y las purpúreas torres de la Alhambra. El lecho seco del río, en aquella parte, los pedruscos que lo rodeaban, los jardines de las azoteas que allí cuelgan, todo, en fin, estaba lleno de grupos de gente que danzaba y bailaba bajo los emparrados y las higueras, al compás de las guitarras y las castañuelas.

El estudiante, sin embargo, estaba triste, amurriado. Sentándose, apoyó la espalda en uno de los enormes granados de piedra que adornan los extremos del puente del Darro y desde allí se entregó a la contemplación de la algarabía feliz de la gente, dividida en su mayor parte en parejas, lo que le hizo suspirar lamentándose de estar solo, víctima de una suerte de mal de ojo que le hubiera echado aquella damisela tan encantadora como esquiva. Dio en pensar entonces que su pobre vestimenta, sucia y rota, por lo demás, sería a buen seguro la causa de que se le cerraran las puertas de su esperanza. Poco a poco, sin embargo, y en tanto se daba a tales conjeturas, fue atrayendo su atención un hombre, solo como él, que parecía hacer guardia en el granado de piedra del lado opuesto al que servía de apoyo al estudiante. Era un soldado alto, de barba gris, de rostro curtido y bronceado, de aspecto rudo, con armadura española, adarga y lanza, que parecía una estatua. Lo que más sorprendió al estudiante fue que, a pesar de tal impedimenta, nada parecía importarle, ni la muchedumbre, ni que tropezaran con él sin pedirle perdón siquiera.

—Esta ciudad está llena de antiguos recuerdos —se dijo el estudiante mirando con mayor atención al soldado—. Sin duda este hombre es uno más de esos monumentos con los que tan familiarizados están sus habitantes».
Pero su curiosidad natural le hizo acercarse, al fin, al soldado.

—¡Qué rara y antigua es la armadura que llevas, amigo! ¿En qué cuerpo sirves? — dijo el estudiante como en broma.

El soldado lanzó una concisa respuesta, que le salió de su gran boca como enmohecida, para sorpresa del estudiante.

—Sirvo en la guardia real de Isabel y Fernando —dijo.

—¡Santa María! —dijo el estudiante, atónito—. Ese cuerpo sirvió hace más de trescientos años.

—Los tres siglos que llevo montando guardia en este lugar. Pero precisamente ahora se acaba mi turno de centinela... ¿Quieres hacer fortuna? —le preguntó el soldado.

El estudiante, por toda respuesta, alzó su capa.

—Te he comprendido —le dijo el soldado—. Todo depende de ti; si tienes fe y valor, sígueme y hallarás la fortuna que necesitas.

—Espera, amigo, no tan deprisa... Para seguirte, no creo que sea necesario tener mucho valor, pues poco coraje necesita quien sólo tiene la vida por perder, y una vieja guitarra, cosas de poca importancia. Pero la fe es diferente. No la pongamos, pues, a los pies de la tentación. Si he de cometer un crimen para hallar fortuna, no creas que estoy dispuesto a cosa semejante, aunque mis harapos puedan hacerte pensar lo contrario. El soldado lo miró con altivez y cierto disgusto.

—¡Nunca desenvainé mi espada, salvo para defender mi fe y mi trono! —le dijo—.Soy un cristiano viejo, así que confía en mí y no temas al Demonio.

Marchó el estudiante tras los pasos del guerrero. Observó el joven que nadie parecía haber prestado la menor atención a lo que hablaron, y que el soldado se abría camino entre los grupos de ociosos y retozones sin que nadie se volviera a mirarle, como si fuera invisible. Cruzaron el puente y se metió el soldado por una senda pedregosa que a través de un molino y de un acueducto moriscos, conduce a la hondonada que separa la Alhambra del Generalife.

Caía el último rayo de sol sobre las murallas rojas de la Alhambra, que se veían a lo lejos, y anunciaban ya las campanas de las iglesias y los conventos la festividad próxima. Sobre la hondonada comenzaban a arrojar sombras las higueras, las parras y los arrayanes, además de las torres y las murallas de la Alhambra. Todo era soledad y empezaban a zumbar por el aire los murciélagos. Al fin se detuvo el guerrero cristiano al pie de una torre en ruinas, que fue en tiempos puesto de vigilancia de un acueducto árabe. Golpeó entonces los cimientos con el regatón de su lanza, y se dejó sentir un ruido, y se abrieron las piedras, como una gran boca que bosteza, para dejar suficiente paso.

—Entra, en el nombre de la Santísima Trinidad, y nada temas —dijo el soldado al estudiante.

Se estremeció el corazón del joven, pero no se echó atrás. Se santiguó, musitó un Ave María y siguió a tan misterioso guía a través de una bóveda tajada bajo la torre, en la pura roca, que tenía las paredes preñadas de inscripciones árabes. El soldado lo llevó a un banco hecho en la piedra, a un lado de la bóveda.

—Aquí, en tan duro lecho, reposo desde hace trescientos años —dijo el soldado.

Quiso el estudiante, de tan asustado, hacer una broma para espantarse el miedo.

—¡Por San Antonio bendito! —exclamó—. Seguro que tienes un sueño muy pesado para poder soportar este duro jergón...

—Al contrario —contestó el soldado—, mis ojos jamás tienen reposo; mi destino es una vigilia constante. Pero, óyeme con atención. Fui uno de los guardias reales de Isabel y Fernando, como ya te he dicho, mas me tomaron prisionero los moros y me encerraron en esta torre. Cuando se preparaba la rendición de la fortaleza a los reyes cristianos, me pidió un alfaquí, un sabio árabe, que le ayudase a esconder en esta bóveda parte de los tesoros de Boabdil, de los que se había apoderado. Lo hice y peno desde entonces por haberme prestado a ese robo... El alfaquí era un nigromante africano, y conjurando sus infernales artes me hechizó para hacerme vigilante del tesoro. Debió de sucederle algo malo, de forma inesperada, porque jamás volvió. Yo quedé aquí, enterrado de por vida; han pasado los años y han sacudido esta montaña los terremotos más violentos; he oído caer las rocas desde lo alto y piedra a piedra la torre; pero las paredes de esta bóveda han resistido cualquier calamidad... Cada cien años, en la festividad de San Juan, cesa el encantamiento y se me permite salir; me dirijo entonces al puente del Darro a la espera de que pase alguien, un mortal que posea la facultad de romper este embrujamiento del nigromante africano. Todo ha sido inútil hasta ahora. No pueden avistarme los ojos de los mortales porque me hallo envuelto por una nube mágica; tú eres el primero que me ha visto y comprendo la razón por la cual has adivinado mi presencia. Llevas en uno de tus dedos el anillo del sabio Salomón, que tiene la virtud de romper los malos encantamientos. De ti depende que me libere al fin de este horrible encierro, o de que siga guardando el tesoro durante varios cientos de años más.

Mudo de asombro y maravillado escuchó el estudiante la historia del soldado. Muchas más historias había oído contar, a propósito de los tesoros escondidos por los moros en las cuevas y bóvedas subterráneas de la Alhambra, pero las creía meras fábulas. Apreciaba ahora el poder de su anillo, que tenía por una manifestación de la munificencia de San Cipriano, pero armado como lo estaba por un talismán así de benéfico, tuvo la sensación de que algo aciago podía sucederle de seguir en aquel sombrío lugar y en la compañía de un guerrero espectral, en tan extraño tête-à-tête... El soldado cristiano, así lo creyó el estudiante, debía reposar en paz en su sepultura, de acuerdo con las leyes de la naturaleza.

Tuvo el estudiante por excepcional lo que le acontecía, y por ello se dijo que no era un asunto a tratar con ligereza; aseguró al soldado, pues, que podía confiar en su amistad y en su buena voluntad para hacer cuanto de él dependiera a fin de liberarlo del encantamiento.

—Confío en un motivo más poderoso que la amistad —le dijo el soldado.

Señaló entonces con su dedo un arcón de hierro perfectamente cerrado y que tenía inscripciones árabes.

—Ahí se guardan incontables tesoros en oro y en piedras preciosas; rompe el conjuro que me ata y la mitad de esa riqueza será tuya.

—¿Y qué he de hacer? —preguntó el estudiante.

—Es precisa la ayuda de un sacerdote cristiano y de una doncella, también cristiana; el sacerdote, para exorcizar los poderes de las tinieblas; la doncella, para que toque ese arcón con el sello del anillo del sabio Salomón. Todo habrá de hacerse a medianoche, pero ten en cuenta un detalle de extraordinaria importancia: es un asunto grave y no deben hacerlo personas a las que dominen los apetitos carnales. El sacerdote ha de ser un cristiano viejo, un modelo de santidad, un hombre acostumbrado a la mortificación de su carne, y deberá hallarse en ayuno un día entero antes de hacer el exorcismo. En cuanto a la doncella, tiene que ser una hembra libre de cualquier reproche que acerca de su virginidad pudiera hacérsele y a prueba de tentaciones... No te demores en solicitud de esa ayuda, pues sólo tres días dura mi presente libertad. Si antes de la medianoche del tercer día no he sido exorcizado, me veré obligado a seguir de guardia al menos otro siglo más.

—No temas —le dijo el estudiante—, que ya he puesto mi ojo en el sacerdote ideal, y en la no menos idónea doncella... ¿Cómo entraré de nuevo en esta bóveda?

—El sello del sabio Salomón te allanará el camino...

Salió de allí el estudiante con el corazón más alegre que cuando accedió a la bóveda de la torre; se cerró tras él la pared de piedra, mostrándose impenetrable, como antes. A la mañana siguiente se presentó el joven, con total descaro, en la mansión del cura, no como el pobre estudiante que era y que trata de abrirse paso tañendo las cuerdas de su guitarra, sino como el heraldo del mundo de las sombras que guarda maravillosos tesoros a repartir. Nada de particular interés hay que decir acerca de los acuerdos a que llegó con el cura; baste saber que logró inflamar muy fácilmente el celo cristiano de aquél, ante la idea de rescatar de las garras de Satán el tesoro del rey Chico y a un virtuoso soldado de la fe. y todo a cambio, nada más, de un arcón lleno de oro y piedras preciosas. ¡La cantidad de iglesias que podrían erigirse, los parientes pobres que así estarían bien socorridos, las limosnas que podría dar el cura gracias a semejante tesoro!

La inmaculada doncella tampoco puso reparo alguno ante obra tan piadosa; por lo demás, el emisario del soldado encantado, después de demostrar tanta preocupación por éste, comenzó a ganarse las mejores miradas de la bella, el favor de sus más tiernos sentimientos. Había, empero, una dificultad que salvar, que no era otra sino el ayuno al que debía someterse el sacerdote. Dos veces lo intentó, y en las dos su apetencia mundana venció al espíritu. Sólo merced a un esfuerzo supremo pudo resistir el sacerdote una tercera tentación ante su bien provista despensa, pero le parecía tan largo el ayuno que él mismo dudaba de su fuerza de voluntad para resistir durante veinticuatro horas completas. A última hora decidió llevarse a la bóveda una cesta bien repleta, para con buenas viandas exorcizar al demonio del hambre tan pronto como los demás demonios de la bóveda cayeran de cabeza en las profundidades del Mar Rojo. Al fin salieron los tres de la casa del cura alumbrándose con hachones y a buen paso.

El anillo de Salomón les franqueó la entrada. Encontraron al soldado cristiano sentado sobre el arcón de hierro, esperándoles. Se hizo el exorcismo tal como ha de hacerse. Tocó la doncella las cerraduras del arcón con el sello del sabio Salomón, y se abrió la tapa, descubriendo tesoros del metal más precioso, y joyas, y gemas que deslumbraron sus ojos.

—¡Llenemos nuestras bolsas una vez y otra! —gritó entusiasmado el estudiante hambriento, y fue el primero en poner manos a la obra.

—Más cómodo y mejor será —terció el soldado— sacar de aquí el arcón y hacer el reparto lejos.

Ayudaron al guerrero el sacerdote y el estudiante, pero les resultaba difícil a causa del peso enorme del arcón. En un descanso en sus afanes, el sacerdote echó mano de su cesta para saciar el voraz apetito que sentía, que en realidad le mordía las tripas más violentamente de lo que pudiera habérselas mordido el peor de los espíritus. Así, devoró un capón bien asado, que acompañó de largos tragos de buen vino de Valdepeñas; de postre, y en agradecimiento por lo sabroso que le había cocinado el capón, puso el sacerdote un ardiente beso en los labios de la mocita; fue un beso silencioso, dado en un rincón de la bóveda, pero no pasó inadvertido a las paredes, que lo comentaron entre sí en señal de triunfo, como comadres aviesas... Jamás hubo beso de consecuencias tan terribles. El soldado lanzó un grito de desesperación; el arcón de hierro, que ya habían logrado mover, cerró de golpe su tapa, guardando otra vez sus tesoros. El cura, el estudiante y la doncella, se vieron de golpe fuera de la torre mientras se cerraba con estrépito la piedra que antes les franqueara el paso. El buen sacerdote había roto antes de tiempo el ayuno.

Una vez repuesto de la sorpresa inicial, quiso el estudiante volver a la bóveda. A punto estuvo de desmayarse cuando la doncella le confesó que de tanto miedo como había sentido, dejó caer el anillo con el sello de Salomón al suelo, por lo que se había quedado allí, en la bóveda del soldado encantado. En una palabra, dio la medianoche en la catedral, volvió el soldado a ser víctima del hechizo, y allá quedó, obligado a permanecer en guardia al menos durante otros cien años más, por haber comido y después besado el cura a su doncella antes de tiempo.

—¡Ay, padre, padre...! —se lamentó el estudiante, moviendo tristemente la cabeza, cuando iban por la hondonada abajo—. Mucho me temo que vuestro beso fue más de pecador que de santo.

Así acaba la leyenda, tal y como dan fe de su autenticidad las crónicas. La tradición, sin embargo, añade que el estudiante no salió tan mal parado de su aventura, pues acertó a meterse en los bolsillos oro y piedras preciosas, antes de que intentaran sacar el arcón, suficientes como para prosperar en adelante. Obtuvo del sacerdote, además, la mano de la hermosa doncella, pesaroso por el desmán que había causado en la bóveda del soldado encantado. Después demostró ser la bella un modelo de esposa y de madre, como lo fue de doncellas dedicadas a cuidar de los curas. Dio a su esposo muchos hijos, el primero de ellos sietemesino, no obstante lo cual acabó siendo el más fuerte de todos. Los demás nacieron en el tiempo normal.

La leyenda del soldado encantado es una de las tradiciones populares más famosas de Granada; se refiere de mil maneras distintas y con infinitos detalles diferentes; creen las gentes que el guardia de la escolta de Isabel y Fernando todavía hace de centinela al pie del gigantesco granado de piedra que adorna el puente del Darro, en la noche de San Juan, envuelto en la nube mágica que lo hace invisible para el común de los mortales, excepto para el que acierte a lucir el sello del sabio Salomón.

Washington Irving (1783-1859)




Relatos góticos. I Relatos de Washington Irving.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Washington Irving: La leyenda del soldado encantado (The Legend of the Enchanted Soldier), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La leyenda del astrólogo árabe»: Washington Irving; relato y análisis


«La leyenda del astrólogo árabe»: Washington Irving; relato y análisis.




La leyenda del astrólogo árabe (The Legend of the Arabian Astrologer) es un relato fantástico del escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859), publicado en la antología de 1832: Cuentos de la Alhambra (Tales of Alhambra).

La leyenda del astrólogo árabe, sin dudas uno de los cuentos de Washington Irving más recordados de aquella colección, nos sitúa en Granada, y relata la historia de un notable astrólogo, cuyo destino ingrato no llegó a vislumbrar en el resplandor distante de las estrellas.




La leyenda del astrólogo árabe.
The Legend of the Arabian Astrologer, Washington Irving (1783-1859)

En tiempos de la antigüedad, hace cientos de años, vivió un rey moro, el llamado Aben Habuz, que tomó asiento en el trono de Granada. Llevó en sus días de juventud una existencia plena de aventuras y conquistas, y cuando se vio menoscabado de salud y en decadencia, no deseaba otra cosa sino vivir en paz con el mundo, para acariciar plácidamente los laureles que obtuvo en sus días de gloria y gozar así de las posesiones que supo conquistar a sus vecinos. Ocurrió, empero, que a tan débil y apacible anciano le salieron rivales jóvenes, príncipes vigorosos que ansiaban la guerra y la gloria, los cuales le pidieron cuentas sobre los saqueos y pillajes con que había sometido y castigado a sus padres. Se manifestaban en rebelión contra Aben Habuz, así, e intentaban invadir su capital y ciertas y prósperas comarcas del territorio de su reino, a las que el soberano trató antaño con mano férrea, cuando era joven y poderoso.

El caso fue que Aben Habuz tenía, en su vejez, enemigos por doquiera, en todas las lindes de su reino, y que esos enemigos eran fuertes entonces y estaban decididos a avasallarlo como fuera y sin piedad; y como Granada está rodeada de altas montañas que impiden observar los movimientos de una tropa que se acerque a la ciudad, el atribulado rey se vio obligado a sostener un incesante estado de alarma y vigilancia, no sabiendo de dónde podría llegarle el ataque que lo amenazaba. Fue en vano que erigiese atalayas en las alturas y que plantara centinelas en todos los accesos, con órdenes estrictas de encender hogueras de noche y de levantar durante el día humaredas apenas se aproximara al reino un grupo nutrido cualquiera, en actitud belicosa o no... Sus enemigos, también en alerta, burlaban tales precauciones y se mostraban dispuestos a cruzar el desfiladero menos conocido y más difícil de salvar, para arrasar así las tierras de Aben Habuz ante sus mismos ojos, tomarle muchos prisioneros y volver a las montañas con un botín extraordinario. ¿Hubo alguna vez alguien en situación más dramática entre todos los monarcas valetudinarios y pacíficos a la fuerza?

Aben Habuz, muy preocupado ante tales perspectivas, asaeteado de continuo por los disgustos y los sinsabores, acertó a llevar a su corte a un médico y astrólogo árabe, ya muy anciano; la barba, blanca como la nieve, le llegaba a la cintura; no se le podía calcular la edad, mas por su aspecto estaba claro que tenía muchísimos años; no obstante su ya larga existencia, había hecho a pie todo el camino desde Egipto, sin más ayuda que la de un báculo tallado en jeroglíficos. Tenía por nombre el de Ibrahim Ebn Abu Ayud y atesoraba gran fama, diciéndose de él que vivía desde los días del mismísimo Mahoma, hijo de Abu Ayub, el último de los fieles que siempre acompañaron al profeta.

Ya en los días de su niñez, Ibrahim había seguido a los ejércitos de Amru que entraron en conquista en Egipto, donde se estableció para estudiar las ciencias ocultas, demonología, hechicería, y particularmente la magia, con los sacerdotes de los faraones. Se decía, sobre todo lo anterior, que había desvelado el secreto acerca de cómo prolongar la vida, con cuya virtud consiguió alargar la suya propia de tal manera que pasaba ya de los dos siglos, a pesar de que, según contaba él mismo, no había conseguido dar con aquel secreto hasta que la mucha carga de sus años le pesaba ya terriblemente, razón última de que lo único que consiguió hacer perenne en sí mismo fueran las arrugas y los blancos cabellos.

Hombre así de maravilloso fue recibido con la mayor solemnidad por el rey, quien, al igual que gran parte de los monarcas que alcanzaban la edad provecta, dispensaba un trato de favor muy especial a los médicos. Le ofreció aposentos en palacio, pero el médico y astrólogo prefirió habitar una cueva en la falda de la montaña que se alza soberbia sobre la ciudad de Granada, el mismo lugar donde más adelante sería erigida la Alhambra. Hizo que se ampliara la cueva hasta convertirla en una sala espaciosa y de techo alto, donde ordenó que abrieran un agujero circular, tan grande como la boca de un pozo, para poder ver a su través el firmamento y contemplar los astros incluso bajo el sol del mediodía. Escribió jeroglíficos egipcios en las paredes de la cueva, cubriéndolas, pues, de signos cabalísticos y de reproducciones de los planetas y de las estrellas en sus constelaciones completas. En una palabra, llamó a su lado a los artesanos granadinos más reputados, a los que dirigió en la construcción de útiles y de artefactos varios, cuyas propiedades secretas, sin embargo, a nadie reveló.

En muy poco tiempo pasó a convertirse el muy sabio Ibrahim en el consejero más querido por el rey, que le pedía opinión ante cualquier dificultad o duda que se le planteara. Clamaba un día Aben Habuz contra la injusta enemistad de sus jóvenes vecinos, y lamentaba verse obligado a mantener tan desasosegada vigilancia sobre su reino, cuando al acabar su exposición y cesar en sus lamentos, el astrólogo, tras guardar un largo silencio, dijo al fin:

—Sabed, ¡oh!, rey, que hallándome en Egipto presencié una maravilla sublime, ideada por una sacerdotisa pagana de la antigüedad... En la cumbre de una montaña que se eleva sobre la ciudad de Borsa, y que mira al gran valle del Nilo, había una figura de morueco, y encima la de un gallo, ambas fundidas en bronce, que giraban sobre un eje... Cuando corría el país peligro de invasión, se volvía la figura del carnero hacia donde venía el enemigo y comenzaba a cantar el gallo... Los moradores de Borsa sabían así, no sólo del peligro, sino del lugar por donde se aproximaba la tropa, y podían prepararse para la defensa de su tierra con antelación suficiente.

—¡Dios es grande! —exclamó el pacífico Aben Habuz—. ¡Qué preciado tesoro sería para mí poseer un morueco como ése, alerta sobre las montañas que rodean mi reino, y otro gallo igual que lanzara su canto ante la amenaza...! ¡Alá Akbar! ¡Cuán plácidamente podría dormir en mi palacio con esos centinelas!

Dejó el astrólogo y médico que cediera el entusiasmo primero del rey, para decirle las siguientes palabras:

—Cuando el victorioso Amru, a quien tenga Dios en el Paraíso, hubo concluido la conquista de Egipto, me uní yo a los sacerdotes para estudiar los ritos y ceremonias de su fe idolátrica, pues albergaba la esperanza de convertirme en maestro de los conocimientos ocultos que tanto renombre les han procurado a lo largo de los tiempos... Estaba sentado un día a orillas del Nilo, en conversación con un venerable anciano del lugar, un sabio sacerdote, que me señaló las poderosas pirámides y me dijo: «Todo cuanto pudiéramos enseñarte es nada comparado con la sabiduría que se encierra en esas enormes moles... En medio de la pirámide central hay una cámara sepulcral que guarda la momia del sacerdote supremo que ayudó a erigir tan imponente obra, y con él está enterrado un maravilloso libro de erudición suma, que contiene los secretos de la magia y de las artes todas... Ese libro le fue entregado a Adán después de su caída, y llegó, generación tras generación, a manos del Rey Salomón, el más sabio, con cuya ayuda edificó el Templo de Jerusalén... ¡Sólo el que conoce todas las cosas, sólo el Misericordioso, sabe cómo poseyó ese libro el arquitecto de las pirámides!»

Fijos sus ojos en Aben Habuz, Ibrahim hizo una pausa y prosiguió de esta manera:

—Ardió mi corazón en anhelos, prontamente, de convertirme en dueño de aquel libro mágico. Podía disponer de muchos soldados de nuestro ejército conquistador, puestos bajo mis órdenes, y de las manos de muchos egipcios, y utilizándolos, me dediqué al fin a mi empeño... Conseguimos, no sin fatigosos esfuerzos, horadar la sólida construcción de la pirámide hasta acceder a una estrecha galería que parecía un paso interior y secreto. Lo recorrí hasta llegar a un intrincado laberinto que me condujo al fin hasta el mismo corazón de la pirámide, y de inmediato a la cámara sepulcral donde yacía desde hacía varios siglos la momia del gran sacerdote. Feliz y dispuesto, abrí las arcas de la momia, desdoblé muchas de sus fajas y vendas, y al fin hallé en su pecho el preciado tesoro que era aquel libro... Lo tomé con manos que me temblaban de emoción, y busqué a tientas la salida de la pirámide, dejando la momia en su tenebroso sepulcro, a la espera silenciosa del día del Juicio Final.

—¡Oh, sabio hijo de Abu Ayub! —dijo entonces el rey Aben Habuz—. Gran viajero has sido y muchas las maravillas que han contemplado tus ojos... Mas, ¿de qué me sirve a mí el secreto de la pirámide, de qué ese libro de los conocimientos del sabio Rey Salomón?

—¡Oh, rey! —dijo entonces el astrólogo—, estudiando ese libro he aprendido todas las artes mágicas y puedo por ello conjurar los genios que me ayuden a llevar adelante mis planes, sean los que sean... Domina ya mi saber el misterio del talismán de Borsa, y puedo convertir ese talismán, gracias a mis conocimientos, en una de las mayores gracias a vuestro servicio.

—¡Oh, sabio hijo de Abu Ayub! —le respondió el rey con entusiasmo—. Vale más para mí ese talismán que todas las atalayas en las montañas y todos los centinelas en las lindes de mi reino... Dame, ¡oh, sabio hijo de Abu Ayub!, esa salvaguardia, y dispón de las riquezas todas de mi tesoro.

Ibrahim, para satisfacer de inmediato los deseos del monarca, se entregó a sus artes. Ordenó que se erigiese una gran torre sobre el palacio del rey, que se alzaba en lo alto de la montaña del Albaicín. Se levantó primero la torre con piedras de Egipto tomadas de una pirámide, y se dispuso en su parte superior una glorieta con cuatro ventanas que miraban a los cuatro puntos cardinales; había ante cada ventana mesas con tableros que presentaban, al modo de un tablero de ajedrez, un ejército miniado de jinetes y de infantes, con la efigie, tallada en madera, del príncipe que gobernaba en el territorio hacia donde miraba cada una de las ventanas. En cada mesa, además, se erguía una lanza también miniada, no mayor que una daga, en la que aparecían ciertos caracteres caldeos. La glorieta se conservaba constantemente cerrada por una gran puerta de bronce, con una cerradura de acero, y sólo el rey tenía la llave.

En la cúspide de la torre había una figura de bronce, que representaba a un lancero moro a caballo, fija a un eje, con el escudo al brazo y la lanza en alto, en actitud vigilante; mas si se acercaba el enemigo, se volvía la figura del moro hacia la parte por donde llegara y preparaba la lanza cual si estuviese dispuesto para el combate. Cuando estuvo acabado el artificio, todo era impaciencia en Aben Habuz, ansioso de comprobar las virtudes del talismán. Suspiraba el rey por ser invadido, tan ardientemente como antes había deseado la paz. Pronto vio satisfechos sus anhelos. Una mañana hizo acto de presencia el guardián destinado a la vigilancia desde la torre, manifestando, muy impresionado, que el rostro del jinete de bronce se había vuelto hacia las montañas de Elvira y que su lanza apuntaba directamente al Paso de Lope.

—¡Que toquen llamando a las armas los tambores y las cornetas, para que toda Granada esté en alerta! —ordenó Aben Habuz.

—¡Oh, rey! —dijo entonces el astrólogo—, que no se turbe la paz de vuestra ciudad, ni se llame a las armas a vuestros guerreros, pues no precisamos del auxilio de la fuerza para librarnos de vuestros enemigos. Haced que se retiren vuestros servidores y venid conmigo a la glorieta secreta.

Subió el anciano rey Aben Habuz la escalera de la torre, apoyándose en el brazo del aún más anciano Ibrahim Ebn Abu Ayub. Abrieron la puerta de bronce y entraron; vieron que estaba abierta la ventana que miraba al Paso de Lope.

—En esa dirección —dijo el astrólogo árabe— viene el peligro. Acercaos, ¡oh, rey!, y observad el misterio de la mesa.

Se acercó el monarca al tablero sobre el cual se hallaban dispuestas las figuritas de madera, y con gran sorpresa y deleite contempló que estaban en movimiento; hacían cabriolas los caballos y blandían sus armas los guerreros; resonaban en confuso y sordo clamor tambores y cornetas, el entrechocarse de las armas y los hierros, el relincho de los hermosos corceles... Todo aquel fragor de batalla, empero, no levantaba mayor ruido ni se percibía más distinto que el zumbido de una abeja o de una cigarra en los oídos de quien se ha tumbado en busca de reposo, adormecido a la sombra, en el calor del mediodía.

—Aquí, ¡oh, rey!, tenéis la prueba de que vuestros enemigos se hallan en movimiento, avanzando a través de las montañas... Creo que se encuentran ya en el Paso de Lope... Mas produciréis en ellos el pánico y la confusión, y les obligaréis a batirse en retirada, sin pérdida de vidas, con sólo golpear las figuras del tablero con el regatón de esta lanza mágica... Y si queréis que sea derramada su sangre, y causarles muchas bajas, tocad las figurillas con la punta...

Empalideció entonces Aben Habuz, erizándosele la blanquísima barba. Tembloroso y mortificado por la duda tomó en su mano la pequeña lanza.

—Hijo de Abu Ayub —dijo irguiéndose al cabo, centelleando sus ojos en una llamarada de satisfacción—, quiero que haya derramamiento de sangre.

Apenas pronunciadas estas palabras atacó armado de la mágica lanza a las figurillas pigmeas que se movían en la primera fila de la mesa y luego golpeó con el regatón de la lanza a las otras, sobre las que cayeron como muertas las anteriores. Le resultó difícil al astrólogo aplacar la furia de la mano del rey, tan pacífico hasta aquel día, y evitar así que exterminara por completo a sus enemigos. Al fin consiguió que el monarca abandonara la torre para enviar una avanzadilla de sus tropas a fin de que explorasen el Paso de Lope. Al regresar sus hombres le dieron cuenta de que un ejército cristiano había llegado casi hasta Granada atravesando el corazón de la sierra; mas que entonces había estallado entre aquellas huestes una gran disensión, que les hizo volverse en armas los unos contra los otros, retirándose después los que salieron vivos de tan terrible carnicería. Aben Habuz parecía en estado de transportación por el júbilo que le invadía, toda vez que había comprobado las bondades del talismán.

—Al fin —exclamó llevado de su gozo— podré disfrutar de una vida tranquila teniendo bajo mi férula a todos mis enemigos. ¡Oh, sabio hijo de Abu Ayub! ¿Qué puedo darte en recompensa por tanta bendición como has hecho que sobre mí se derrame?

—Las necesidades de un anciano filósofo son pocas —dijo el astrólogo—; sólo os pido los medios necesarios para hacer de mi cueva una ermita. Con eso me daré por satisfecho.

—¡Cuán noble y digna de elogio es la morigeración en las costumbres de un hombre verdaderamente sabio! —dijo Aben Habuz, tranquilizado y contento por lo poco que le pedía el astrólogo.

Llamó después el rey a su tesorero, ordenándole de inmediato que pusiera a disposición del astrólogo cuanto precisara para erigir una ermita bien adornada. Dispuso entonces el sabio Ibrahim que se horadase la dura roca para hacer en ella diversos aposentos, de forma que tuviera a su disposición una serie de habitaciones unidas a su sala de astrólogo, y las amuebló con lujosas otomanas y preciosos divanes, cubriendo además las paredes con las mejores sedas de Damasco.

«Soy ya muy viejo —decía el astrólogo— y no puedo por ello hacer que reposen mis huesos en un lecho de piedra; estas paredes tienen que estar así de bien cubiertas pues es mucha la humedad que rezuman».

Mandó también que se construyeran allí baños, que usó en adelante con toda clase de perfumes y de las más ricas y aromáticas esencias. «El baño —decía— es necesario para aliviarme las dolencias propias de mi edad y para devolver a mi mente la frescura consumida en mis largas jornadas de entrega al estudio». Hizo Ibrahim que también le colgaran en las habitaciones innumerables lámparas de plata y de cristal, que llenaba de un fragante aceite para quemar, preparado según cierta receta que había descubierto en las tumbas egipcias. Era un aceite perdurable y hacía que de las lámparas dimanara un resplandor tenue como el de la suave luz del alba. «La luz del sol —aseguraba el astrónomo— resulta en exceso deslumbrante y violenta para los ojos cansados de un anciano; la luz de estas lámparas, sin embargo, es la más propia para que un filósofo se entregue a sus estudios».

El tesorero del rey Aben Habuz casi gruñía de rabia ante las peticiones de oro que a diario le hacía el astrólogo para su solitario retiro, por lo que llegó a protestar ante el rey. Aben Habuz se encogió entonces de hombros y le dijo: «Seamos pacientes. Este hombre se inspira, para construir su retiro y filosofar tranquilo, en el interior de las pirámides de Egipto y en las inmensas y sobrecogedoras ruinas de aquel país. Todas las cosas tienen su fin, y pronto acabarán los arreglos y el adorno de su cueva». Habló con sabiduría el rey, pues no tardó mucho más tiempo en quedar concluida la disposición de la cueva tal y como la quería el anciano, que al fin la pudo ver lucir como un suntuoso palacio subterráneo. El sabio se mostró muy satisfecho, y se encerró durante tres días seguidos, entregado en cuerpo y alma a sus estudios filosóficos. Pero cuando volvió a dar señales de vida, se presentó de nuevo ante el tesorero del rey para pedirle una cosa más:

—Quiero —le dijo— algo que me es muy necesario; quiero un leve asueto para los momentos en que me vea obligado a descansar de mis arduos esfuerzos mentales.

—¡Oh, poderoso Ibrahim! —respondió el tesorero—. Pide, que te daré cuanto tu soledad apetezca... ¿Qué deseas ahora?

—Deseo unas cuantas bailarinas que me entretengan...

—¡Unas bailarinas! —exclamó el tesorero, asombrado.

—Sí, unas bailarinas —dijo con enorme severidad el anciano—. Y que sean además jóvenes y hermosas, para que mis ojos se recreen en ellas, porque la presencia de la juventud más bella alivia el ánimo... Tampoco hace falta que sean muchas... Soy un filósofo de muy buen conformar y de hábitos sencillos, me conformo con poco...

Mientras Ibrahim Ebn Abu Ayub pasaba así de grata y sabiamente el tiempo en su cueva, el antes pacífico Aben Habuz seguía capitaneando guerreras campañas contra las figuritas de las mesas de la torre. Así hacía más grande su gloria un monarca valetudinario como él, que como quien se entrega a una rutina apacible podía disponer del curso de la guerra cómodamente, barriendo desde la glorieta mágica a todos los ejércitos que osaran enfrentársele, más fácilmente que si de acabar con un enjambre de moscas se tratase. Gozaba hasta extremos inconcebibles con eso, que se había convertido en una diversión para él, y hasta urgía a la batalla a sus vecinos, insultándoles y provocando sus incursiones... Mas tantos y tan continuados eran los desastres bélicos que sufrían, que al fin, desesperados, no volvieron a asomarse siquiera a las tierras que gobernaba el anciano monarca.

Hubo, así, largos meses de paz en los que pudo quedarse en su quietud de estatua el jinete de bronce armado de lanza y escudo. Pero Aben Hazub, complacido por tal estado de cosas al principio, acabó sintiendo una fuerte nostalgia de su gloria, y se mostró impertinente y de mal humor por el aburrimiento que le causaba aquella monótona paz. Al fin, un día giró bruscamente el jinete de bronce, y bajando la lanza apuntó a las montañas de Guadix. El rey Aben Habuz se apresuró, pues, a dirigirse a la mágica glorieta, ansioso de capitanear de nuevo la ofensiva... Cuál no sería su sorpresa, sin embargo, al ver que las figuritas del tablero mágico permanecían inmóviles. Perplejo, incluso aturdido por lo que tomó por una ofensa, dio la orden de que sus mejores tropas explorasen las montañas, tropas que regresaron tres días después.

—Hemos hecho —le dijo quien mandaba la partida— un reconocimiento detenido del terreno y no hemos visto ni un solo yelmo, ni una sola lanza... No hemos dado más que con una doncella cristiana, de una hermosura deslumbrante, que dormía junto a un manantial sin duda para reparar sus fuerzas agostadas por el calor del mediodía... Cautiva y a vuestra merced está la doncella, ¡oh, nuestro señor y soberano!

—¡Una doncella cristiana de exquisita belleza! —exclamó Aben Habuz con un brillo especial en los ojos—. Traedla rápidamente ante mí.

Pronto fue obedecido. Era verdad que su belleza era inenarrable. Estaba ataviada la cautiva con el lujo y los adornos comunes a los hispanogóticos en los años de la conquista árabe. Entretejidas en sus trenzas negras y relucientes, brillaban blancas perlas; en su frente, joyas que rivalizaban con el fulgor de su mirada; en el cuello, una cadena de oro de la que pendía una pequeña lira de plata que le llegaba al seno. Los relámpagos que salían de sus negros ojos refulgentes hicieron que reviviera la llama a punto de apagarse en el corazón de Aben Habuz, que experimentó un dulce mareo ante la voluptuosidad que envolvía a la cautiva.

—Mujer, la más hermosa entre todas las mujeres, ¿quién eres y qué haces? —preguntó el rey a la cristiana, contemplándola como en éxtasis.

—Soy la hija de un príncipe godo que hace no muchos años reinaba en estas tierras... Las tropas de mi padre han sido derrotadas definitivamente, como por arte de magia, en estas mismas montañas. Mi padre está en el destierro, y yo, su hija, sufro ahora como vuestra cautiva...

Ibrahim Abu Ayub se acercó entonces al rey y le dijo en voz baja:

—Cuidaos, ¡oh, Aben Habuz!, de esta mujer, pues puede tratarse de una hechicera del norte, de esas de las que dicen en nuestros países que saben adoptar las formas más seductoras para engañar a los incautos... Puedo leer en su mirada la brujería que la anima y adivino ya el arte de sus conjuros sólo por la manera en que habla y se mueve... Ella era, mi rey, el enemigo al que apuntó con su lanza el talismán.

—Hijo de Abu Ayub —le respondió el soberano—, eres un sabio, puedo dar fe de ello, y además un mago extraordinario... Pero me parece que poco o nada sabes acerca de las mujeres... En este aspecto tan grato de la vida, te digo que no cederé en mis conocimientos y gustos ante hombre alguno... ¡Ni ante el propio y sabio Salomón lo haría, aun y cuando tantas esposas y concubinas tuvo! Esta doncella, puedes estar seguro, no me hará daño alguno; su hermosura merece ser admirada y gustada; ya se deleitan mis ojos en su sola contemplación...

—Escuchadme, señor —rogó el astrólogo al rey—. Os he procurado gloriosas victorias con mi talismán y no os he pedido más que cuanto me era necesario para poner mis conocimientos a disposición de este reino... Otorgadme como premio, pues, esta cautiva perdida para que su lira de plata me sirva de esparcimiento en mis soledades... Si en verdad se trata de una hechicera, poseo yo conjuros suficientes como para que sean vanos sus malignos esfuerzos.

—¿Quieres más mujeres? ¿Y cómo es eso? —se opuso el monarca, exaltado y casi fiero, a la petición del astrólogo—. ¿Acaso no tienes ya cuantas bailarinas deseas para recrear tus ojos y divertir tus descansos?

—Son bailarinas, señor, sólo bailarinas, como bien decís —dijo el astrólogo—; mas cantantes, ninguna... Y os aseguro que me placería mucho oír una dulce voz que con sus armoniosas canciones relevara mi ánimo del peso que tanto me agobia, el de las horas dedicadas al estudio y a la meditación.

—Mejor harás concediendo una tregua a tus insaciables peticiones de ermitaño solitario —le dijo el rey, inquieto y molesto—. Quiero para mí a esta doncella, en la que adivino placeres y alegrías, y tanto gozo y tamaño regalo como David, padre del sabio Salomón, encontró en la amistad de Abishag la Bienamada...

Siguió insistiendo en su ruego el astrólogo, alegando nuevas razones que no sirvieron más que para acrecentar el disgusto y la impaciencia del monarca. Al fin dejaron de hablar los dos ancianos, ambos con gesto agrio y ojos de furia. El astrólogo fue a encerrarse entonces a su cueva para estar a solas con la desilusión que le había causado la rotunda negativa de Aben Habuz. Mas no tardó mucho en romper su propósito; quiso dar nuevo aviso al rey y aconsejarle que observara cautela y vigilancia sobre tan peligrosa cautiva cristiana. Pero ¿acaso hay enamorado en la senectud que preste oídos a consejos, por sabios que sean? Aben Habuz ya no atendía sino al influjo de su pasión, ya no perseguía otro afán que hacerse grato a los ojos de la hermosa cristiana; quería compensar la juventud que no tenía con las riquezas y tesoros que poseía en abundancia; cuando un anciano se enamora resulta en verdad generoso.

No hubo en todo el Zacatín de Granada ricas sedas con que no se cubriese la doncella, ni exquisitas esencias con las que no se perfumara, ni joyas valiosas, ni adornos de puro capricho, que el generoso monarca no pusiera, pródigo y presto, ante ella. Cuanto de mayor rareza y valor llegaba de Asia y de África, pronto lo tenía en sus manos la cristiana. Se crearon para ella, además, los más diversos espectáculos y diversiones, tales como torneos, sueltas de toros, canciones, bailes... Granada fue por aquellos días una ciudad en la que no cesaban las fiestas y la alegría. La princesa gótica todo lo vivía con el aire que es propio de quien tiene por costumbre las excelencias superlativas. Recibía todo cuanto en su honor se hacía como lo que era propio de su rango, y más aún de su hermosura, porque exige la belleza que se le rindan mayores tributos que los que se dan al rango...

Parecía además entregarse a un secreto placer excitando a Aben Hazub para que gastara enormes sumas de dinero, que iban agotando el caudal de su tesoro, para luego aceptar como la cosa más natural del mundo los costosos obsequios, los agasajos delirantes, sin concederles la mínima atención ni aprecio. Con tamaña munificencia, sin embargo, es lo cierto que el generoso monarca no podía jactarse aún de haber hecho cautivo el corazón de la cristiana; es cierto, empero, que jamás lo humilló ella con gesto alguno de desprecio, pero no es menos verdad que nunca le halagó siquiera con una sonrisa. Cada vez que el anciano rey le expresaba su pasión, comenzaba ella a tañer su lira de plata, de la que extraía tan encantadores como místicos arpegios; así se apoderaba del rey la indolencia y quedaba al punto adormilado para caer no mucho más tarde en un sueño profundo del que despertaba vigorizado aunque con la pasión antes encendida ahora esfumada... Sufría en su galanteo, pero en sus letargos gozaba de sueños deliciosos que le esclavizaban aún más los sentidos. Granada se burlaba de su ceguera y de su infatuada pretensión de amante, las gentes de su reino censuraban ya abiertamente aquella actitud por la que gastaba el oro para no obtener más que la música de la lira de plata de la cristiana.

Al final, un claro peligro acabó por amenazar la tranquilidad del monarca y la seguridad de su reino, un peligro del que no avisó el talismán de la glorieta. Estalló una insurrección en la capital del reino y una turba asedió en armas su palacio, amenazando su vida y la de la cautiva cristiana. Latió entonces el corazón de Aben Habuz con la fuerza del espíritu guerrero que lo guió en otros tiempos, se puso al frente de un grupo de fieles y leales, puso en fuga a la turba en armas que lo asediaba y no reparó en medios hasta aplastar contundentemente la insurrección. Restablecida la calma, llamó al astrólogo, que apuraba en su encierro el amargo cáliz del resentimiento... Aben Habuz, sin embargo, le habló en tono conciliador y amistoso:

—¡Oh, sabio hijo de Abu Ayub! Bien hiciste en predecirme los peligros que habría de acarrearme mi amor por la bella cautiva... Dime ahora, tú que tan certeramente adivinas las contrariedades que nos reserva el porvenir, dime qué he de hacer para evitarlas.

—Alejad de vuestro lado a esa infiel cautiva, que es la causa de todo lo malo que os acontece —respondió el astrólogo.

—¡Antes prefiero perder mi reino! —clamó soberbio el monarca.

—Estáis, señor, en situación de perder vuestro reino y a la cautiva —le dijo el sabio.

—No te muestres así de inflexible y colérico conmigo —rogó el rey al astrólogo—; tú, el más sabio de los filósofos, compadécete de mi doble angustia de rey y enamorado, y dispón, te lo ruego, los medios necesarios para preservarme de los males que me amenazan... No me importa la gloria, puedes creerlo, ni el poder; sólo anhelo un dulce reposo... ¡Cuánto me gustaría encontrar un asilo lejos del mundo, de sus pompas vanas, de sus honores, de los cuidados que hay que observar de continuo! ¡Cuánto me gustaría dedicar lo que me quede de vida al sosiego y al amor!

Le miró el astrólogo árabe con los ojos muy abiertos bajo sus pobladas cejas y le respondió así:

—¿Qué recibiré a cambio, si os doy ese retiro al que aspira vuestra majestad?

—Pide tú mismo la recompensa que consideres más justa; ten por seguro que, si está al alcance de mi mano y de mi poder, será tuyo lo que desees... Tenlo por tan cierto como que está viva mi alma.

—¿Conocéis, ¡oh, rey!, la historia del jardín de Irem, unos de los mayores portentos de la feliz Arabia? —preguntó el astrólogo al su rey.

—Algo sé de tan hermoso vergel; muchas de sus maravillas me han sido contadas por labios peregrinos al regresar de La Meca —respondió el rey—. Además El Corán le dedica páginas que titula «El amanecer»... Pero, debo confesártelo, siempre he tenido todo eso por fábulas imaginadas por gentes con una mente muy impresionable; fábulas, nada más, como son los cuentos con que intentan complacerme los viajeros que llegan a mi reino desde países remotos, y aun impresionarme con sus aventuras prodigiosas y con sus no menos coloristas descripciones de lugares que, empero, no aciertan a situar en este mundo...

—Jamás despreciéis, ¡oh, rey!, lo que os cuenten los viajeros, porque sus cuentos envuelven muy valiosos conocimientos revelados en los más recónditos confines de la tierra... Sabed que casi todo lo que vulgarmente se dice y se habla del palacio y del jardín de Irem es verdad... Yo he tenido el gozo de contemplarlo con mis propios ojos. Oíd mi aventura, pues, que en ella encontrará vuestra majestad algo que mucho tiene que ver con lo que me ha sido solicitado... Señor, en los días de mi juventud primera, cuando sólo era yo uno de los muchos árabes de los desiertos, me dedicaba a cuidar con esmero los camellos de mi padre. Una vez, mientras atravesaba el desierto de Ade, se descarrió uno de ellos y no lo encontré... Lo busqué en vano durante días y más días; al final, fatigado, sin fuerzas para seguir, me eché a reposar bajo una palmera, junto a un manantial, y me quedé dormido a la hora del meridiano. Cuando desperté me hallaba a las puertas de una ciudad; entré, recorrí sus calles, sus mercados y sus grandes plazas, pero a nadie encontré allí, todo estaba en completo silencio. Seguí mi vagabundeo por la ciudad, hasta que arribé a un palacio suntuoso que tenía el jardín adornado con fuentes y estanques magníficos; un jardín pleno de flores extraordinariamente hermosas y de árboles pródigos en fruta. Mas seguía sin ver a nadie. Angustiado por aquella soledad tan extraña, me apresté a abandonar el lugar; salía ya por las puertas de la ciudad cuando volví los ojos para verla por última vez... Mas la ciudad, señor, se había esfumado... No vieron mis ojos sino el desierto inabarcable, solitario y silencioso... Caminé un poco más, asombrado, y me crucé al fin con la única persona que veía en mucho tiempo, un viejo derviche que conocía bien las tradiciones y los secretos ocultos en aquellos extraños parajes. Naturalmente, y pues me hallaba grandemente impresionado, le conté cuanto acababa de sucederme.

—Eso que has visto —me dijo el derviche— es el tan renombrado jardín de Irem, una de las maravillas del desierto, pues sólo se aparece muy de tarde en tarde a algún vagabundo o a un viajero como tú, para hacer que goce con la contemplación de sus torres, de sus palacios, de sus jardines extraordinariamente hermosos, de sus árboles frutales tan ricos... Pero muy pronto se desvanece y no queda más que el desierto. Hace muchos años, cuando los aditas moraban en este país, el rey Sheddad, hijo de Ad y bisnieto de Noé, fundó aquí una ciudad llena de esplendores; una vez terminada su construcción, admirando que estaba el rey tanta maravilla, se le envaneció su corazón de por sí orgulloso, y así, engreído, decidió edificar un palacio rodeado de frondosos vergeles que rivalizaron, es verdad, con los que dice el Corán que hay en el Paraíso... Naturalmente, no tardó en caer sobre su obra la maldición de los cielos; Sheddad y todos sus súbditos fueron barridos de la faz de la tierra y su espléndida ciudad y sus jardines cayeron bajo un hechizo perpetuo, que los oculta a la vista de los humanos, salvo en contadas ocasiones como la que tú has tenido la suerte de gozar. Así castigó el cielo la soberbia de aquel rey.

Hizo una pausa el venerable Ibrahim en su relato, y siempre ceremonioso prosiguió:

—Así, ¡oh, rey!, esta historia y las maravillas que me fue dado contemplar siempre están en mi recuerdo. Tras muchos años, hallándome a la sazón en Egipto, y en posesión ya del libro de los conocimientos del sabio Salomón, decidí volver a visitar el jardín de Irem. Tuve la fortuna de que se me revelara de nuevo en toda su magnificencia. Tomé entonces posesión del palacio de Sheddad y pasé varios días en su fantástico paraíso celestial en esta tierra... Los genios que custodiaban el lugar obedecieron mi poder mágico y me descubrieron los hechizos a que ha quedado eternamente conjurado el jardín, y que lo hacen invisible a los ojos del hombre común... Para mi rey puedo hacer, señor, otro palacio y otro jardín iguales, aquí mismo, en las montañas que dominan la ciudad... ¿Acaso no soy dueño de los encantamientos más ocultos? ¿Acaso no me hallo en posesión del libro de la sabiduría de Salomón?

—¡Oh, sabio hijo de Abu Ayub! —exclamó Aben Habuz con la voz trémula de 22 Descendientes de Ad, nieto de Cam, y fundadores de numerosos pueblos árabes.

—Eres un gran viajero y has visto y aprendido, por ello, cosas que maravillan... Te pido, así, que de tu erudición me crees un paraíso semejante al que has descrito, y pídeme en premio y justo pago lo que más apetezcas, no importa si se trata de la mitad de mi propio reino...

—¡Magnífico! —exclamó satisfecho el astrólogo—. Bien sabéis, señor, que soy un anciano y un filósofo que se conforma y satisface con poco... Sólo os pido que me sea entregada la primera bestia con su carga que cruce el mágico portal del palacio que os construiré...

Sorprendido por lo que parecía tan poca cosa, el monarca aceptó de inmediato. Muy pronto puso manos a la obra el astrólogo. En la cima de la montaña que se alzaba sobre sus aposentos subterráneos, erigió Ibrahim una barbacana que llevaba al centro mismo de una sólida torre. Dispuso un pórtico exterior de elevado arco y un umbral guardado por puertas tan hermosas como pesadas. Esculpió el sabio, además, una llave en el dintel, y en la clave del pórtico exterior, aún más alto, una mano gigantesca. Eran, la llave y la mano, poderosos talismanes ante los que dijo frases y sentencias en una lengua desconocida para los moradores del reino. Cuando estuvo acabado el vestíbulo, se encerró en su gabinete astrológico, entregándose el anciano Ibrahim a sus muy ocultas artes del encantamiento. Tardó tres días en salir a la luz, y cuando lo hizo subió a la montaña y en la cima estuvo hasta hora muy avanzada de la noche. Luego fue ante la presencia de Aben Habuz y le dijo:

—He acabado, ¡oh, rey!, mi tarea. Sobre el ápice de la montaña se alza uno de los palacios más hermosos que jamás haya podido imaginar la fantasía humana; un palacio cuya sola contemplación halaga los latidos del corazón como ningún otro a lo largo de los tiempos. Hay allí salones y galerías, vergeles primorosos, fuentes de agua pura, fragantes baños... Toda la montaña es, señor, un paraíso... Y al igual que en el jardín de Irem, lo protege un poderoso encantamiento, el más eficaz que pensarse pueda; un hechizo que lo esconde de la contemplación ambiciosa de los mortales, salvo aquellos que poseen el secreto de sus poderosos talismanes.

—¡Maravilloso! —exclamó Aben Habuz, feliz—. Mañana con las primeras luces del alba subiremos para tomar posesión de tanta belleza.

El monarca, de tan feliz como se sentía, apenas pudo conciliar el sueño aquella noche. Aún no habían asomado los rayos del sol por las blancas cumbres de Sierra Nevada, cuando el rey, acompañado de su séquito, montaba el mejor de sus caballos e iniciaba la subida por la estrecha pendiente que conducía a la cumbre. A su derecha, sobre un hermoso palafrén blanco, iba la princesa goda, engalanada con las más ricas joyas y con su lira de plata al cuello. El astrólogo marchaba a la izquierda del rey, a pie, pues nunca gustó de cabalgar, con su báculo labrado de jeroglíficos. Aben Habuz parecía ansioso; no lograba ver el refulgente palacio prometido, ni los primorosos jardines anunciados.

—Tal es precisamente el misterio —le respondió el astrólogo a una de sus preguntas —, y tal es la salvaguardia del palacio. No se divisará hasta que, cruzada su puerta encantada, nos encontremos en el lugar idóneo.

Estaban ya en el pórtico cuando se detuvo Ibrahim y señaló al soberano la llave y la mano esculpidas en el arco.

—Ahí tenéis, señor, los talismanes que guardan la entrada de vuestro paraíso; hasta que la mano no alcance la llave y se apodere de ella, no habrá poder terrenal ni artificio mágico que prevalezca contra el señor de esta montaña...

Aben Habuz contemplaba maravillado los talismanes cuando lo adelantó el palafrén de la cristiana cautiva, que cruzó así el pórtico y los umbrales. Entonces exclamó jubiloso el astrólogo:

—¡Ahí está la recompensa que me habíais prometido, oh, mi rey! Ahí está la primera bestia que cruza la mágica puerta con su carga...

Aben Habuz sonreía ante lo que suponía una broma de su astrólogo, pero al momento lo supo anhelante de su premio y le dominó una cólera tal que se le erizaron las barbas de tanta indignación como sentía.

—Hijo de Abu Ayub, ¿qué te propones? —le dijo con suma dureza—. Sabes bien cuál es el significado de mi promesa; te será otorgada la primera bestia de carga que cruce ese umbral, así que hazte dueño, si quieres, de la mula más grande y fuerte de mis establos, cárgala con lo más caro de mi tesoro y oblígala a atravesar el pórtico... Pero no oses reclamar a la mujer que es la más deliciosa alegría de mi viejo corazón.

—¿Y para qué quiero yo riquezas? —dijo con desdén el astrólogo—. ¿Acaso no poseo el libro de la erudición del sabio Salomón, que puede proporcionarme cuando me venga en gana los más ricos tesoros? Me habéis dado vuestra palabra, señor, y por eso me pertenece la princesa cristiana, que os reclamo como mía...

La princesa, entonces, miró altiva desde su montura, mostrando su rostro una sonrisa de desprecio hacia aquellos dos hombres por la disputa que mantenían. Se reía de la delirante senectud del soberano y su astrólogo, que pugnaban por su belleza. Y mucha más risa causó a la princesa el monarca, cuando al perder toda su mayestática prudencia gritó al otro:

—¡Eres el hijo más vil y ruin de los desiertos! Podrás dominar muchos artificios, pero no disputarme el poder. ¡Y no intentes burlar a tu rey y señor!

—¡Mi señor y mi rey! —dijo el astrólogo, mofándose del soberano—. No sois más que el soberano de una montaña y reclamáis poder sobre mí, que poseo los talismanes de Salomón... Pues bien, Aben Habuz; manda en tu despreciable reino y sigue engañándote con el paraíso de tus montañas... Yo seguiré en mi filosófico retiro, riéndome de tu necedad.

Golpeó entonces el suelo con su báculo, tomó por las bridas al palafrén de la princesa cristiana y la hizo pasar por el centro de la barbacana. La tierra, ante el asombro de todos, se cerró después tras el sabio, que se llevaba a la princesa y su caballo. Ni huella quedó de ellos. Aben Habuz quedó mudo de asombro e ira. Ordenó después que un ejército de cavadores trabajasen sin parar con el pico y la azada, en busca del astrólogo y la princesa. Fueron vanos todos sus esfuerzos; el duro pedernal del seno de la montaña resistía todos sus ataques; cuando al fin lograban ahondar apenas un par de metros, al punto se cubría el hoyo. Buscó Aben Habuz en la falda de la montaña la entrada de la cueva que llevaba a los aposentos subterráneos del astrólogo, pero también resultó vano su afán.

Donde antes estaba, ahora sólo había roca. Con la desaparición de Ibrahim Ebn Abu Ayub se fue también el poder benéfico de los talismanes. El guerrero de bronce seguía fijo, como clavado en su caballo, pero con el rostro vuelto hacia la montaña y la lanza apuntando al lugar por el que había descendido al interior de la tierra el astrólogo, como si allí estuviera emboscado y al acecho el enemigo más terrible del rey. De tarde en tarde se oían débilmente, como desde el duro corazón de la montaña, armoniosas músicas que acompañaban el delicioso canto de una voz de mujer. Un buen día llevó hasta Aben Habuz un montañés la noticia de que en la noche anterior había descubierto una hendidura en la roca, y que asomándose cuanto le fue posible logró ver una sala subterránea dentro de la cual descansaba el astrólogo en un hermoso diván, adormecido por la lira de plata de la princesa cristiana, cuya música parecía tener un poder asombroso sobre el anciano.

Aben Habuz reanudó entonces, con nuevos bríos, la búsqueda del astrólogo, valiéndose ahora del montañés como guía. Mas no logró desenterrar a su rival en amores... El hechizo de la mano y de la llave contrarrestó todo su poderío de monarca, y en la cima de la montaña, el sitio del jardín y del palacio prometidos, seguían desnudos, sin maravilla alguna ante la que deleitarse; todo era estéril y baldío; hasta el hermoso campo florido de otros tiempos parecía oculto como por arte de encantamiento, como si no hubiera sido más que una fantasía del anciano Ibrahim.

Esto último, por cierto, es lo que prefirieron pensar desde aquel entonces las gentes del lugar; así, mientras unos dieron a aquel paraje el nombre de La locura del rey, otros lo llamaron El paraíso de los tontos... Mas no pararon ahí las desgracias y las desventuras de Aben Habuz. Aquellos a quienes despreció y contra los que hizo la guerra de forma harto sangrienta, con la fuerza del talismán de su guerrero de bronce, apenas supieron que al anciano monarca ya no contaba tan mágico encantamiento, no hacían sino invadir una vez y otra su reino, trocando su antaña y plácida existencia de soberano en el ocaso de sus días en una sucesión de revoluciones inquietantes. Y murió un día Aben Habuz, y se le dio sepultura.

Allí, en tan mágica montaña, se erigió pasados los tiempos la Alhambra, que rememora los esplendores y las delicias del fabuloso jardín de Irem. Aún se alza en toda su belleza, completa y firme, la puerta hechizada, protegida sin duda por la mano y por la llave misteriosas; es la puerta conocida hoy como de la Justicia, que da entrada al castillo. Bajo tan mágico lugar dormita en su palacio subterráneo el astrólogo, arrullado en su diván por la deliciosa música de la lira de plata de la princesa goda. Los centinelas que montan guardia en la fortaleza oyen todavía a veces las claras melodías, sobre todo en el estío, y sin poder sustraerse a su influjo dormitan y hacen dejación de su guardia... Así de apacible y soñoliento es el lugar.

Por ello no resulta exagerado decir que la Alhambra es la fortaleza que más invita a las ensoñaciones en toda la cristiandad. Todo este influjo, según la leyenda, seguirá siglo tras siglo; la princesa cautiva de hermosura impar lo será eternamente, sin irse del lado del astrólogo árabe, que a su vez seguirá eternamente encadenado al hechizo de su lira de plata, dormitando hoy y siempre, hasta que la mano empuñe la fatal llave y se desvanezca así el hechizo de la montaña encantada.

Washington Irving (1783-1859)




Relatos góticos. I Relatos de Washington Irving.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Washington Irving: La leyenda del astrólogo árabe (The Legend of the Arabian Astrologer), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de Algernon Blackwood.
Relato de Fitz-James O'Brien.
Relato de Arthur Machen.


Relato de Edmond Hamilton.
Poema de Laura Riding.
Relato de Maurice Level.