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10 muertes extrañas de 10 grandes autores


10 muertes extrañas de 10 grandes autores.




Probablemente esta breve lista de muertes extrañas en el mundo de la literatura podría prolongarse durante muchos casos más, docenas, tal vez; sin embargo, existe una clara diferencia entre una muerte extraña y una muerte trágica.

La segunda, quizás, requiere un acercamiento menos mórbido del asunto —por ejemplo, el suicidio de Virginia Woolf, Sylvia Plath o Robert E. Howard—, mientras que la primera nos invita a reflexionar acerca de lo absurdo, del sinsentido, de lo frágil y delicada que resulta la vida en contraste con lo extremadamente fácil que es morir boludamente.

Sin mayores preámbulos, repasemos las 10 muertes extrañas de 10 grandes escritores.




10- Dan Andersson.
Causa de la muerte: intoxicación por cianuro de hidrógeno.



Dan Andersson (1888-1920) fue un escritor sueco que obtuvo cierto reconocimiento de manera póstuma. En 1920 se estableció en la ciudad de Estocolmo, donde había reservado una habitación de hotel para pasar una temporada. Desafortunadamente, el recepcionista no fue informado de que la habitación había sido tratada recientemente con cianuro de hidrógeno, mezcla que por aquel entonces era utilizada para exterminar chinches, pulgas y otros insectos indeseables.

Dan Anderson fue encontrado muerto en la cama al día siguiente, el 16 de septiembre de 1920, cuando el personal de servicio se disponía a cambiar las sábanas.



9- Tennessee Williams.
Causa de la muerte: atragantado con la tapa de una botella.



El escritor norteamericano Tennessee Williams (1911-1983) le debemos algunas joyas inolvidables del gótico sureño (Southern Gothic), entre ellas, La noche de la iguana (The Night of the Iguana), pero también una de las muertes más extrañas en el mundo de la literatura.

Inmerso en una honda depresión, Tennessee Williams entró y salió de varios manicomios, hasta que la mañana del 26 de febrero de 1983 fue encontrado sin vida en su suite del Hotel Elysee de Nueva York. La prensa publicó que la causa de la muerte se debió a una severa intolerancia al Seconal. No obstante, la autopsia reveló oficialmente que Tennessee Williams falleció por la obstrucción de las vías superiores, provocada por la tapa de una botella de gotas para los ojos.



8- Li Bai.
Causa de la muerte: ahogado por pescar a la luna.



Li Bai (701-762 AD) fue uno de los poetas chinos más prominentes y prolíficos de la dinastía Tang. Se le atribuyen alrededor de 1000 poemas, algunos de los cuales se inscriben en el llamado romanticismo chino.

Si bien algunos historiadores dudan de la autenticidad de este relato, la leyenda sostiene que, cierta noche, Li Bai navegaba en su bote por el río Yangtze, completamente ebrio, con la intención de abrazar a la luna en el horizonte. Incapaz de llegar a destino, el poeta resolvió al menos pescar el reflejo de la luna sobre el río; se arrojó al agua y se ahogó.



7- Edgar Allan Poe.
Causa de la muerte: desconocida.



Los relatos de terror de Edgar Allan Poe (1809-1849) son bien conocidos por su notable eficacia y sus finales brillantes. Sin embargo, el final de su propia vida continúa abierto.

La noche del 3 de octubre de 1849, un tal Joseph Walker encontró a E.A. Poe vagando por las calles de Baltimore, ebrio y acaso presa de las más espantosas alucinaciones. Fue internado en un hospital, donde se lo sometió a novedosos tratamientos. Cuatro días después, falleció.

Aún hoy se discuten las causas de la muerte de Edgar Allan Poe. Algunos se la atribuyen al alcoholismo, diabetes, rabia o epilepsia; otros, sin embargo, se inclinan por el envenenamiento producto del cooping, práctica mediante la cual se secuestraba a alguien en la vía pública y se lo obligaba votar por tal o cual candidato político. Para inducir cierta docilidad en la víctima se solía darle una dosis devastadora de opio.

Los interesados pueden repasar nuestro detallado informe sobre la misteriosa muerte de Edgar Allan Poe.



6- Julien Offray de la Mettriede.
Causa de la muerte: atracón con paté de trufas.



El escritor y filósofo francés Julien de la Mettrie (1709-1751) era un hombre de placeres. Evidencias de su filosofía hedonista se encuentran en obras como Discurso sobre la felicidad y El arte de gozar. De hecho, una de sus frases más conocidas para referirse a la muerte es la farce est jouée, es decir, «la farsa acaba», cuestión que adquiere suma relevancia a la hora de repasar su muerte.

El 11 de noviembre de 1751, De la Mettrie asistió a un banquete organizado por el embajador francés en Prusia, donde intentó demostrar su sólida constitución física al ingerir una cantidad enorme de pâté de fait aux truffes. El resultado de esa prueba de glotonería fue una lenta y dolorosa muerte.



5- Esquilo.
Causa de la muerte: cráneo aplastado por una tortuga



Junto a hombres de talla marmórea como Eurípides y Sófocles, Esquilo (525 a.C.-456 a.C.) es considerado uno de los padres de la tragedia griega, título que de algún modo pronostica el trágico final de su vida.

Al parecer, Esquilo se encontraba caminando despreocupadamente cuando un águila, que sobrevolaba la región, buscaba una roca sobre la cual dejar caer la tortuga que había atrapado para romper su caparazón. La cabeza calva del poeta, vista desde las alturas, tal vez fue confundida por el ave rapaz, quien causó una de las muertes más absurdas de la Antigua Grecia.



4- Sherwood Anderson.
Causa de la muerte: atragantado con un escarbadientes.



Sherwood Anderson (1876-1941), autor de La risa negra (Dark Laughter), sufrió en 1941 un atroz dolor abdominal durante un postergado viaje a Panamá. Fue internado de urgencia en un hospital, donde se le diagnosticó peritonitis y, pocas horas después, falleció.

La autopsia reveló que Sherwood Anderson había tragado involuntariamente un fragmento de escarbadientes, o mondadientes, varias semanas antes, el cual había causado un daño irreversible en sus órganos y, posteriormente, una infección que lo llevaría a la muerte.

Vale señalar que ese fragmento de escarbadientes habría sido tragado junto con la aceituna que saborizaba uno de sus frecuentes martinis vespertinos.



3- Yukio Mishima.
Causa de la muerte: seppuku.



Yukio Mishima (1925-1970) fue probablemente uno de los mejores escritores japoneses del siglo XX. Seguidor del bushido, o código del samurai, envió su última novela a su editor, La corrupción del ángel, minutos antes de cometer seppuku, suicidio ritual de los samurais, que básicamente consistía en abrirse el estómago de lado a lado con un sable.

La corrupción del ángel testimonia la ideología de un hombre frustrado por el estado de la sociedad japonesa, según él, sumida en una irreversible decadencia moral y espiritual.



2- Gustav Kobbé.
Causa de la muerte: golpeado por un aeroplano.



La gran obra del escritor norteamericano Gustav Kobbe (1857-1918), El libro completo de la Ópera (The Complete Opera Book), especie de biblia de la ópera que aún hoy es considerada la mejor de su género, fue publicada de manera póstuma.

Previamente, el 27 de julio de 1918, Kobbé se encontraba navegando en la Bahía de Nueva York, cuando un avión fuera de control golpeó súbitamente contra su embarcación y le provocó una muerte casi instantánea.



1- Pietro Aretino.
Causa de la muerte: risa.



Pietro Aretino (1492-1556) fue un extraordinario dramaturgo y poeta italiano, muy asociado a la sátira y a la invención de nuevas formas de irritar al poder establecido a través de la risa. Irónicamente, su afición al humor también sería la causa de su muerte.

Según la versión más extendida de la historia, Pietro Aretino se encontraba en una fiesta cuando uno de los concurrentes le contó un chiste acerca de su propia hermana y ciertas actividades indecentes en el burdel local. La broma divirtió tanto al poeta que sencillamente no pudo parar de reír, a tal punto que cayó de su silla, sofocado y convulso, y falleció con un horripilante rictus de alegría en el rostro.




Autores con historia. I Autores en El Espejo Gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: 10 muertes extrañas de 10 grandes autores fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

10 epitafios geniales de 10 grandes autores


10 epitafios geniales de 10 grandes autores.




La palabra epitafio proviene del griego epitaphios; de epi «sobre»; y taphos, «tumba», siendo en última instancia un breve texto acerca de una persona fallecida que normalmente se inscribe en su lápida.

Algunos epitafios poseen cualidades insólitas, por ejemplo, haber sido escritos de antemano por la persona fallecida, como en el caso de William Shakespeare, de carácter más bien admonitorio:


Bendito sea el hombre que resguarde estas piedas,
y maldito aquel que mueva mis huesos.


(Blessed be the man that spares these stones,
And cursed be he that moves my bones)


Otros epitafios adoptan un semblante solemne, como aquel epigrama de Simónides inscrito en el paso de las Termópilas, donde cayeron Leónidas y sus bravos 300:


Ve y diles: extraño que pasas, obedientes a la ley espartana, aquí yacemos.

A Simónides se le atribuye tanto la fuerza de estos versos como una tendencia a autoplagiarse. Muy cerca de allí, también en el paso de las Termópilas, usufructuó casi las mismas palabras pero esta vez para honrar a los lacedemonios que ayudaron a Leónidas:

Diles, caminante, que aquí, obedientes a su promesa, también yacemos.


Pero si hablamos de epitafios famosos hay que mencionar, además de los clásicos, a una serie de autores que lograron salirse con la suya aún después de muertos. A continuación repasaremos 10 epitafios geniales de 10 grandes autores.



1- Emily Dickinson.


Obsesionada con la muerte —algo que puede apreciarse en poemas como: Morí por la belleza (I Died for Beauty), No era la muerte (It Was Not Death) y Sentí un funeral en mi cerebro (I Felt a Funeral in My Brain)— el epitafio de Emily Dickinson refleja aquella predilección de forma bastante reservada, casi modesta, pero enormemente eficaz.


Me llaman.
(Called Back)


El epitafio de Emily Dickinson fue extraído de su última carta, dirigida a sus dos primas, Louise y Frances Norcross. Pocos días después, más precisamente el 15 de mayo de 1886, Emily Dickinson falleció a los 55 años de edad como consecuencia de una larga enfermedad.



2- John Keats.


John Keats fue uno de los más grandes poetas ingleses del romanticismo, aún cuando toda su obra fue publicada apenas tres años antes de su muerte.

El 23 de febrero de 1821, John Keats falleció en la ciudad de Roma como consecuencia de la tuberculosis. Su último deseo fue ser enterrado bajo una lápida sin nombre, pero con las siguientes palabras como epitafio:


Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.
(Here lies One whose Name was writ in Water)


La lápida de John Keats, sin embargo, incluyó una versión extendida de aquel epitafio pronosticado:


Esta tumba contiene todo lo que fue mortal de un joven poeta inglés, quien en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, en el poder malicioso de sus enemigos, deseó que estas palabras se graben en su tumba: Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.

(This Grave contains all that was Mortal of a Young English Poet, Who on his Death Bed, in the Bitterness of his Heart, at the Malicious Power of his Enemies, Desired these Words to be engraven on his Tomb Stone: Here lies One Whose Name was writ in Water)


El epitafio de John Keats, hay que decirlo, se asemeja a estos sonoros versos de Cátulo:


Lo que una mujer le confiesa a un amante apasionado debe ser escrito en el viento y en el agua que corre.
(Sed mulier cupido quod dicit amanti in vento et rapida scribere oportet aqua)



3- Henry Miller.


Si bien el proyecto nunca llegó a realizarse, en parte debido a su deseo de ser cremado y esparcido en el viento, durante una entrevista realizada en 1978 se le preguntó a Henry Miller cómo escribiría su propio epitafio.


Voy a golpear a esos bastardos.
(I’m going to beat those bastards)


Este posible epitafio de Henry Miller quizá responde a las enormes controversias que produjo su obra, prohibida a lo largo y ancho de los Estados Unidos, y cuya distribución solo fue posible al disimular las cubiertas con las portadas de Jane Eyre, de Charlotte Brontë.



4- Oscar Wilde.


El verdadero epitafio de Oscar Wilde, como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta su obra corrosiva y su vida atravesada por numerosos escándalos, roza el sarcasmo al afirmar que:

O se va el papel tapíz o me voy yo.
(Either this wallpaper goes or I do)


Sin embargo, en un rincón particularmente visitado del Cementerio de Père-Lachaise, pueden leerse las siguientes palabras en el mausoleo de Oscar Wilde, extraídas de su poema: La balada de la cárcel de Reading (The Ballad of Reading Gaol):


Lágrimas extrañas vertidas para él, llenarán la urna imposible.
Sus deudos son los parias, y los parias siempre están tristes


(And alien tears will fill for him, Pity’s long-broken urn,
For his mourners will be outcast men, And outcasts always mourn)



5- Robert Frost.


El poeta inglés Robert Frost fue un hombre precavido; escribió su propio epitafio varios años antes de que la muerte lo encuentre:


Tuve una pelea de enamorados con el mundo.
(I had a lover’s quarrel with the world)


En realidad, el epitafio de Robert Frost es la última línea del poema: La lección del día (The Lesson for Today).


De haber escrito mi propio epitafio este hubiese sido: tuve una riña de enamorados con el mundo.
I would have written of me on my stone: I had a lover’s quarrel with the world)



6- Sylvia Plath.


En la tumba de la poetisa norteamericana Sylvia Plath, quien se suicidó asfixiándose con gas, puede leerse el siguiente epitafio:


Aún entre las llamas feroces el dorado loto puede plantarse.
(Even amidst fierce flames the golden lotus can be planted)


Algunos le asignan al epitafio de Sylvia Plath algunas similitudes con su poema: Epitafio para el fuego y la flor (Epitaph for Fire and Flower); y otros, menos proclives a asociaciones simplistas, encuentran semejanzas con ciertos versos intraducibles del Bhagavad Gita.



7- Percy Bysshe Shelley.



La tumba del poeta Percy Shelly —esposo de Mary Shelley, autora de Frankenstein— fue engalanada con el siguiente epitafio extraído de La tempestad de William Shakespeare:


Nada de él se pierde, pero el mar lo convierte en algo rico y extraño.
(Nothing of him that doth fade, But doth suffer a sea-change into something rich and strange)


Percy Shelley murió, y su cuerpo fue cremado, con la particularidad de que su corazón resistió el abrazo de las llamas. De hecho, algunos dicen que el corazón del poeta le fue devuelto a su esposa, y que por ese motivo en su lapida puede leerse, además del epitafio, estas palabras en latín:


COR CORDIUM
(Corazón de corazones)



8- F. Scott Fitzgerald.


El epitafio de F. Scott Fitzgerald rescata el magnífico cierre de su novela: El gran Gatsby (The Great Gatsby), donde el autor, e incluso el desajustado Jay Gatsby, nos invitan a seguir intentándolo una y otra vez a pesar de que nuestras mayores ambiciones, nuestros mayores anhelos, siempre nos dirigen hacia el pasado.


Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado.
(So we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past)



9- W.B. Yeats.


El epitafio del poeta W.B. Yeats reza las siguientes palabras extraídas de su poema: Bajo Ben Bulben (Under Ben Bulben).


Con frialdad observa la vida, la muerte. ¡Jinete, no te detengas!
(Cast a cold Eye on Life, on Death. Horseman, pass by!)


La elección de estos versos como epitafio de W.B. Yeats no es caprichosa; de hecho, su sencilla tumba se encuentra a la sombra de la montaña de Ben Bulben, sitio al que los mitos celtas le atribuyen propiedades mágicas; o según W.B. Yeats, nostálgicas, como cada centímetro de tierra irlandesa.



10- Primo Levi.


Tal vez no sea el mejor epitafio de todos, y ni siquiera uno de los más recordados, pero sobre la tumba de Primo Levi se cierne el mayor de los estremecimientos.

Primo Levi fue un autor italiano que luchó ferozmente contra el fascismo. Sobrevivió al Holocausto y brindó testimonio sobre los horrores que vivió durante los diez meses en los que estuvo prisionero en un campo de concentración para que ese sufrimiento, el suyo y el de millones de personas, nunca fuese olvidado.

Por esa razón en su epitafio se observa uno de los recordatorios más poderosos que puedan concebirse: un número de seis dígitos, el mismo que fue tatuado en su brazo al ingresar en el campo de concentración de Monowitz, cerca de Auschwitz:


174517.




Autores con historia. I Libros extraños y lecturas extraordinarias.


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10 grandes escritoras internadas en manicomios


10 grandes escritoras internadas en manicomios.




Enfermedades mentales, depresión, desórdenes alimenticios, intentos de suicidio, son por lejos los motivos más recurrentes para ser internado en un manicomio... al menos para las grandes autoras que ocupan esta lista.

La locura y el arte están unidos desde tiempos inmemoriales; frontera exigua que puede llegar a confundir los territorios que delimita. En su justo equilibrio, esa combinación ha gestado un sinnúmero de obras transgresoras, rupturistas, que iniciaron o derribaron procesos literarios enteros.

¿Pero qué ocurre cuando uno de estos dos ingredientes absorbe al otro? Más precisamente: ¿qué ocurre cuando la locura se apodera del artista?

La respuesta a esta pregunta es incierta en términos generales pero quizá más accesible si analizamos algunos ejemplos puntuales de autores considerados locos, con o sin razón aparente.

A continuación repasaremos 10 casos de grandes autoras internadas en manicomios que evidencian el aterrador resultado de aquel vínculo primario entre el arte y la locura.





10- Janet Frame (1924-2004)


Poeta, ensayista, novelista, autora de excelentes relatos, Janet Frame es considerada como una de las mejores escritoras neozelandesas. Su infancia fue traumática. Siendo todavía una niña presenció como dos de sus hermanas murieron ahogadas. En 1945, tras un torpe intento de suicidio, se le diagnosticó esquizofrenia y fue internada en un manicomio, donde fue sometida a los más horrorosos procedimientos.

Lo peor, sin embargo, no fue ese diagnóstico equivocado (luego se demostraría que Janet Frame no padecía esquizofrenia) sino el tratamiento que por entonces se utilizaba para tratar este tipo de desórdenes: electroshock.

Durante su estancia en el hospital mental, Janet Frame escribió su primer volumen de cuentos, que fue terminado casi al mismo tiempo en el que sus médicos programaran una lobotomía. Afortunadamente, unos días antes de que se realice la intervención, Janet Frame ganó inesperadamente un concurso literario y, tiempo después, fue dada de alta.

Su novela de 1961: Rostros en el agua (Faces in the Water), rápidamente se convirtió en un best-seller en su tierra natal, así como casi todas las obras que le sucederían



9- Alejandra Pizarnik (1936-1972)


La notable poetisa argentina Alejandra Pizarnik vivió una infancia llena de complejos. Tartamudeaba, tenía severos brotes de acné y una acusada tendencia a subir de peso, cuestiones que poco a poco fueron minando seriamente su autoestima.

A la deformada autopercepción de su propio cuerpo, según Alejandra Pizarnik, grotesco, se suman las constantes comparaciones con su hermana, lo cual fue cultivando en ella una personalidad singularmente obsesiva.

Para paliar sus prolongados episodios de depresión, Alejandra Pizarnik comenzó a ingerir anfetaminas en dosis prácticamente industriales, que con el tiempo se convirtieron en una verdadera adicción que le produciría severos trastornos del sueño y pasajes de euforia seguidos de una tremenda desazón.

No en vano la obra poética de Alejandra Pizarnik gira en torno a temas como la soledad, el dolor, la niñez, y principalmente la muerte.

A los 36 años de edad, en la noche del 25 de septiembre de 1972, Alejandra Pizarnik se quitó la vida ingiriendo cincuenta pastillas de seconal, un barbitúrico que había sustraído una semana antes al salir con permiso del hospital psiquiátrico en el que se hallaba internada debido a un cuadro depresivo agudo.



8- Valerie Valere (1961-1982)


La escritora francesa Valerie Valere fue internada en un manicomio cuando tenía apenas trece años de edad. ¿Diagnóstico? Anorexia.

Posteriormente escribiría El pabellón de los niños locos (Le Pavillon des infants fous)—a veces traducido como Diario de una anoréxica—, novela que retrata de manera cruda este traumático período de su vida.

Valerie Valere llegaría a escribir algunas obras más antes de morir prematuramente a los veintiún años de edad. La causa de su muerte continúa siendo un misterio, aunque muchos sospechan que se debió a causa de una sobredosis.



7- Unica Zürn (1916-1970)


Unica Zürn fue una pintora y poeta alemana. Poco después del final de la Segunda Guerra Mundial empezó su carrera como guionista para pequeñas obras de radioteatro, además de vender sus relatos y novelas por entregas a periódicos suizos.

En 1953 se convirtió en compañera de Hans Bellmer, pintor y escultor obsesionado con el fetichismo. Fue internada varias veces debido a sus brotes esquizofrénicos, uno de ellos producto de la portada de la revista literaria Surréalisme même, donde posó encadenada por su pareja.

Sus problemas psiquiátricos se agudizaron con los años, hasta que en 1970 se suicidó arrojándose al vacío desde sus habitaciones en París.

Sus dos mejores novelas: El hombre jazmín (Der Mann in Jasmin) y Primavera sombría (Dunkler Frühling), fueron publicadas póstumamente y retratan su frecuentes estadías en hospitales psiquiátricos.



6- Susanna Kaysen (1948- )


La escritora norteamericana Susanna Kaysen fue internada en un hospital psiquiátrico en 1967 para tratar un prolongado estado de depresión.

Pasó dieciocho meses recluida en el Hospital McLean para someterse a las variadas propuestas de sus psicoterapeutas, aunque luego se le diagnosticó trastorno límite de la personalidad, o borderline personality disorder, de abordaje más bien exploratorio por aquellos años.

Aquella estancia le permitió escribir su obra cumbra: Inocencia interrumpida (Girl, Interrupted), que en 1999 sería adaptada al cine con Winona Ryder en el rol de Susanna Kaysen.



5- Anne Sexton (1928-1974)


Anne Sexton, ganadora del Premio Pulitzer, se destacó especialmente por su estilo confesional, algo que quizá se relaciona directamente con sus problemas psiquiátricos.

En 1954 se le diagnosticó depresión postparto, que derivó en el primero de muchos colapsos nerviosos. Fue recluida en un manicomio y luego dada de alta, pero la crisis se repitió, esta vez con un intento de suicidio tras el nacimiento de su segunda hija, razón por la cual fue hospitalizada nuevamente.

Su médico, el doctor Martin Orne, el mismo que le diagnosticó un desorden bipolar y tendencias suicidas, fue quien la alentó a escribir como forma de terapia.

Anne Sexton publicó algunos libros infantiles con cierto éxito, hasta que descubrió su verdadera pasión, que afortunadamente coincidía con su talento: la poesía.

Su obra poética, profundamente visceral, se centra en la experiencia de ser mujer en un mundo represivo y machista. Si bien fue duramente criticada por abordar temas controversiales como el aborto, las drogas y el sexo, llegaría a ganar el Premio Pulitzer y a convertirse en un referente por los derechos de la mujer.

El 4 de octubre de 1974, Anne Sexton revisó la versión final del manuscrito: El horrible remar hacia Dios (The Awful Rowing Toward God), luego se puso el abrigo de piel de su madre, se quitó los anillos, bebió un vaso de vodka, se encerró en el garaje y encendió el motor de su vehículo, suicidándose por intoxicación por monóxido de carbono.



4- Zelda Fitzgerald (1900-1948)


Esposa del escritor F. Scott Fitzgerald, fue una novelista destacada y poco reconocida en su tiempo, además de una musa constante para su marido.

Zelda Fitzgerald se sentía miserable, perdida, aislada, patológicamente aburrida, lo cual la condujo a un ostracismo creativo total. La incipiente fama de su esposo y su tendencia al alcoholismo coinciden con sus primeros brotes psiquiátricos durante los años ´20.

Pronto se obsesionó con el ballet, al punto de llegar a practicar diez horas por día. En 1930 fue internada en un sanatorio de Francia, donde Eugen Bleuler, uno de los psiquiatras más prestigiosos de Europa, le diagnosticó esquizofrenia.

Luego de pasar algunos meses recluida en distintos manicomios de Suiza y Francia, donde su cuerpo las consecuencias del electroshock, Zelda Fitzgerald fue dada de alta. Su salud mental fue deteriorándose progresivamente; sin embargo, con una última chispa de creatividad llegaría a escribir una obra notable: Resérvame el vals (Save Me the Waltz).

En 1948, Zelda Fitzgerald falleció durante un incendio que consumió por completo el manicomio donde se encontraba internada.



3- Sylvia Plath (1932-1963)


Durante su primer año en la universidad, Sylvia Plath intentó suicidarse por primera vez y fue recluida en una institución psiquiátrica, experiencia que quedó registrada en la novela: La campana de cristal (The Bell Jar).

Después de un tiempo fue dada de alta y pareció recuperarse aceptablemente, a tal punto que se graduó con honores en 1955. Gracias a una beca se trasladó a Inglaterra, donde contrajo matrimonio con el poeta Ted Hughes; sin embargo, su salud mental se desgastaba rápidamente.

Son muchos los biógrafos que consideran que su constante depresión y sus repetidos intentos de suicidio fueron consecuencia de la muerte de su padre, la cual se produjo cuando Sylvia Plath tenía solo nueve años, tragedia que nunca logró superar. No obstante, lo más probable es que padeciera de trastorno bipolar severo, algo que actualmente se trata exitosamente con medicación.

Ya separada, Sylvia Plath sufrió en 1963 un brote particularmente profundo y se suicidó asfixiándose con gas.



2- Charlotte Mew (1869-1928)


El padre de Charlotte Mew padecía una rara enfermedad mental degenerativa, por aquel entonces sin diagnóstico, que lo llevaba a cultivar un comportamiento extravagante y a menudo escandaloso. De hecho, todos los varones de la familia Mew sufrieron del mismo e inexplicable desorden.

Los dos hermanos mayores de Charlotte Mew fueron recluidos en un manicomio y jamás salieron en libertad. Pero el horror no termina allí: sus tres hermanos menores fallecieron misteriosamente antes de cumplir los cinco años de edad.

Las únicas sobrevivientes de la familia fueron Charlotte Mew y su hermana, Anne. Entre ellas formalizaron un pacto por el cual se comprometieron a no casarse jamás por temor a trasmitirle la locura (o la maldición) a sus hijos. Esta elección radical acaso fue más sencilla para Charlotte Mew, según sus biógrafos, «cástamente lesbiana».

En 1894, Charlotte Mew publicó El libro amarillo (The Yellow Book) y una colección de poemas titulada: La novia del granjero (The Farmer's Bride), alabada por autores de renombre como Thomas Hardy, Virginia Woolf y Walter de la Mare.

Indicios de la locura hereditaria de Charlotte Mew se observan en poemas como El cenotafio (The Cenotaph), metáfora de un útero vacío, yermo, estéril, condenado a la improductividad por temor a que la demencia se desplace a una nueva generación; o En el camino del manicomio (On The Asylum Road), de carácter casi profético.

En 1927, Anne Mew comenzó a manifestar los mismos síntomas psiquiátricos que Charlotte ya había visto en su padre y sus hermanos. Esto la sumió en una honda depresión de la que ya no volvería a salir.

Cuando empezó a sentir en sí misma los los primeros pensamientos erráticos Charlotte Mew se recluyó voluntariamente en un manicomio. A los pocos días se suicidó bebiendo una dosis letal de desinfectante.



1- Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)


Socióloga, feminista, intelectual, Charlotte Perkins Gilman se destacó en una época de cambios para la mujer, algunos expresados a lo largo de su vasta e impresionante obra y otros a través de su deterioro psíquico.

En El tapiz amarillo (The Yellow Wallpaper) realizó una síntesis magistral del tránsito de una mujer hacia la locura a través de la depresión postparto.

Charlotte Perkins Gilman sufrió una honda depresión postparto en los meses que siguieron al nacimiento de Katharine. Con 26 años de edad buscó la asistencia profesional del primer «neurólogo calificado» de los Estados Unidos, el doctor S.W. Mitchell, quien le diagnosticó «agotamiento nervioso» y le prescribió una «cura de descanso» en una institución psiquiátrica. Ya dada de alta se la obligó a abandonar sus funciones pensadora para convertirla en una reclusa de su hogar.

A pesar de que Charlotte Perkins Gilman siguió al pie de la letra el tratamiento, su depresión se profundizó de un modo alarmante, poniéndola al borde del colapso emocional. Durante este período caótico compuso el primer borrador de El tapiz amarillo. El relato expone lo más crudo de una obsesión y la respuesta brutal que la sociedad ejerce sobre las mujeres cuando éstas se atreven a contradecir los mandatos que pesan sobre ellas.

El tapiz amarillo relata la historia de una mujer en plena depresión postparto, recluida en una casona durante dos meses, en los cuales se obsesiona con el empapelado amarillo de su habitación. El horror está presente, pero de un modo sutil, que denuncia la condición de sometimiento de la mujer y su absoluta falta de autonomía intelectual, emocional y física. La protagonista debe obedecer, a su esposo y a su médico, aunque el tratamiento contradiga lo que ella realmente necesita: libertad para moverse, para escribir, para pensar.

Charlotte Perkins Gilman se divorció de su marido en 1888, algo inaudito para la época, y su depresión comenzó a ceder casi de inmediato. El tapiz amarillo apareció en 1890, además de incontables novelas, ensayos y poemas que la posicionaron como un baluarte por los derechos de la mujer.

Semejante fruición intelectual no impidió que Charlotte Perkins Gilman recordase a su viejo médico y aquel anacrónico tratamiento para las mujeres demasiado oficiosas a la hora de pensar, y le envió una copia autografiada de El tapiz amarillo.

En enero de 1932, Charlotte Perkins Gilman fue diagnosticada con cáncer de mama. Para rubricar con sangre su defensa pública de la eutanasia, se suicidó el 17 de agosto de 1935 con una sobredosis de cloroformo.




Autores con historia. I Feminología: la mujer en la literatura.


Más literatura gótica:
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10 libros que no deberías regalarle a tu mujer; sobre todo si pensás que es tuya


10 libros que no deberías regalarle a tu mujer; sobre todo si pensás que es tuya.




Algunos obsequios adquieren una relevancia desproporcionada.

Si uno regala un perfume, por ejemplo, difícilmente admita la sugerencia de que el otro tiene mal olor. Sin embargo, con los libros ocurre exáctamente lo contrario.

«¿Qué habrá querido decirme?»; se preguntará el obsequiado, al interpretar el argumento del libro que le hemos regalado. Más aún, es probable que asuma que el regalo del libro tiene alguna relación con un mensaje secreto, una confesión, un reproche, o incluso con el concepto integral que tenemos sobre él.

Por eso es peligroso regalar libros.

Hay libros que nunca llegarían a las manos de ciertas personas, en parte porque sus lecturas previas jamás lo hubieran llevado hasta él; de tal forma que un libro regalado a la ligera, sin contemplar este sutil prontuario, puede conducir a una pequeña catástrofe.

Esto adquiere mayor relevancia cuando le regalamos un libro a una mujer. Entonces, aquel «qué habrá querido decirme» adquirirá proporciones épicas, cuando no directamente apocalípticas. La obsequiada se entregará a una interpretación libre, caprichosa; llegando a la oscura conclusión de que nuestro regalo entraña un misterio pero también una revelación.

Si a esta combinación volátil le añadimos las circunstancias apropiadas dentro de la pareja, entre ellas, una estructura posesiva, anacrónicamente machista, el resultado puede ser devastador para el obsequiante.

Por esa razón elaboramos esta breve pero decisiva lista con los 10 libros que no deberías regalarle a tu mujer, sobre todo si pensás que es tuya.



10- Tess, la de los d'Urberville (Tess of the D'Urbervilles, Thomas Hardy)

Retrógrados, conservadores, machistas, absténganse de regalar este libro.

Si bien Tess funciona en la novela de Thomas Hardy como una metáfora de la naturaleza —en términos de esclavización femenina; esto es: bonita, fértil y sobre todo explotable—; finalmente logra sobreponerse a la doble moral de su tiempo y especialmente a los dispositivos sociales que la condenan a la servidumbre.

A lo largo de la obra se revelan algunos de estos mecanismos, que desde luego pondrán en evidencia al todos los caballeros que sigan aplicándolos en nuestros días.



9- Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, Richard LaGravenese)

Novela peligrosa para regalarle a una esposa con bajos recursos de autoestima.

Aquí, un fotógrafo llamado Robert Kincaid pasa cuatro días junto a una mujer casada, que finalmente logran darle un giro dramático a su vida gracias a la intensa aventura que mantiene con él.

Es cierto que esta aventura no pasa a mayores en términos objetivos, pero sí en función del despertar de esta atildada ama de casa; casi un objeto funcional pero decorativo en su hogar.

Si tu pareja ha sido relegada a estas funciones deslucidas, cuidado.



8- El despertar (The Awakening, Kate Chopin)

Publicada en 1899, El despertar relata la historia de Edna Pontellier y su lucha por reconciliar dos puntos de vista dispares.

Por un lado, su crianza la obliga a una vida de sumisión matrimonial y de afecto maternal; por el otro, Edna cuestiona la ortodoxia social de su tiempo, planteándose algunas cuestiones que por entonces estaban condenadas como elementos desintegradores de lo femenino, entre ellos, el deseo.

El título de la novela es lo suficientemente elocuente como para ser una de las peores obras para regalarle a tu esposa atada a sus funciones; o de las mejores, siempre que su marido no sea un completo cretino.



7- La letra escarlata (The Scarlet Letter, Nathaniel Hawthorne)

El libro nos ubica en una puritana Nueva Inglaterra, en pleno siglo XVII.

Hester Prynne es una mujer acusada de adulterio, y por lo tanto condenada a llevar marcada en su pecho una letra "A" para identificarla de otras hembras más ajustadas a la norma.

Por su castigo, por lo injusto de su condena, La letra escarlata podría hacer de la infidelidad femenina un asunto obligatorio para todas las herederas de la pobre Hester.



6- La mujer del viajero en el tiempo (The Time Traveler's Wife, Audrey Niffenegger)

Historia de un hombre con un raro desperfecto genético que lo obliga a realizar inesperados e impredecibles viajes en el tiempo. Su esposa, desde luego, debe acostumbrarse a sus frecuentes ausencias.

En cierta forma, la novela es una metáfora de las relaciones a destiempo, de los desencuentros, de la falta de comunicación, del estar juntos pero sin el deseo de compartir el mismo tiempo.

Libro inadecuado para regalarle a una mujer salvo que se desee inducirle ásperas preguntas existenciales.



5- Nunca me abandones (Never Let Me Go, Kazuo Ishiguro)

Título sugestivo que puede inducir la idea de cierta desesperación, cierta inseguridad, cierta perplejidad frente al fenómeno de la ruptura conyugal.

Aquí, en un contexto de ciencia ficción, se relata la vida de un grupo de mujeres criadas con el objetivo de utilizar sus órganos.

La historia coquetea con la idea de que ciertas mujeres se transforman en apéndices de sus parejas, en órganos externos, útiles y agradables, pero sin identidad propia.



4- El fin del romance (The End of the Affair, Graham Greene)

Nunca es una buena idea regalar un libro sobre triángulos amorosos, en especial cuando no son equiláteros.

Aquí, en pleno período de postguerra, en 1946, Maurice Brendix, Henry Miles y Sarah interpretan un triángulo amoroso devastador, cuyo vértice es justamente esta desdichada pero fogosa esposa que poco a poco se va liberando de las ataduras matrimoniales en favor del más exquisito pecado.

Inadecuado tanto para esposas prisioneras de sus matrimonios como para maridos con bajos niveles de percepción.



3- La campana de cristal (The Bell Jar, Sylvia Plath)

Novela descomunal, e igualmente peligrosa para aquellos partícipes de una pareja enferma, con tendencias caníbales.

Básicamente relata el descenso hacia la locura de una pareja en perpetuo estado de depresión, quizá por la sencilla razón de permanecer juntos a pesar de todo.

Para dar testimonio de los genuino de sus páginas hay que decir que Sylvia Plath, la autora, se suicidó a un mes de su publicación.



2- El amante de Lady Chatterley (Lady Chatterley's Lover, D.H. Lawrence)

Para retratar la sensación de estar preso de una relación, la novela nos coloca al lado de Constanza, una mujer casada con un sujeto parapléjico pero que mantiene una relación paralela con otro hombre.

Lejos de parecer una infiel clásica, Constanza es virtualmente esclavizada por su marido parapléjico, lo cual desemboca en un progresivo estado de frustración y alejamiento emocional que finalmente terminan en una relación paralela que todos, como lectores, aplaudimos de pie.



1- Vida y amores de una maligna (The Life and Loves of a She-Devil, Fay Weldon)

Cuando una mujer poco atractiva se entera de que su esposo mantiene un romance paralelo con una dama especialmente hermosa, ocurre lo inevitable.

Vida y amores de una maligna es una novela de venganza, pero de una venganza legitimada y hasta noble en esencia.

Si una mujer es literalmente aplastada por las circunstancias de su pareja, por sus tiempos y constantes exigencias, tal vez su única vía de escape es el mal, lo maligno en términos domésticos, claro, como lo es la infidelidad.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I El lado oscuro del amor.


Más literatura gótica:
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13 libros que cambiaron para siempre a las mujeres


13 libros que cambiaron para siempre a las mujeres.




Si bien existen varios centenares de libros fundamentales escritos por mujeres, un puñado de ellos realmente cambiaron al mundo, y principalmente a todas las mujeres y hombres que los leyeron.

Repasemos los 13 libros que cambiaron para siempre a las mujeres:



1792: Una vindicación sobre los derechos de la mujer (A Vindication of the Rights of Woman, Mary Wollstonecraft)

Escrito nada menos que por la madre de Mary Shelley —autora de: Frankenstein o el moderno Prometeo (Frankenstein or The Modern Prometheus)— y esposa de William Godwin —autor de: Caleb Williams (Caleb Williams)—; Una vindicación sobre los derechos de la mujer fue la piedra angular en los inicios de la lucha por los derechos individuales de la mujer. Allí, Mary Wollstonecraft se rebela contra la supuesta naturaleza hogareña de la mujer, proponiendo su participación activa en los asuntos públicos, especialmente en la política.


1813: Orgullo y prejuicio (Pride and Prejudice, Jane Austen)



Jane Austen realiza un fenomenal análisis de la sociedad inglesa del siglo XIX, sacudiendo todo el sistema a través de una crítica ácida, lúcida y elegante en términos narrativos. Sus protagonistas, Fitzwilliam Darcy y Elizabeth Bennet, continúan siendo una de las parejas más simbólicas de la literatura universal.


1929: Una habitación propia (A Room of One's Own, Virginia Woolf)

Resulta difícil imaginar una época en la que tener "un cuarto propio" era revolucionario para cualquier mujer. Sin embargo, los argumentos de Virginia Woolf acerca de la necesidad de independencia económica de las mujeres serían decisivos para el feminismo del siglo XX.


1949: El segundo sexo (Le Deuxième Sexe, Simone de Beauvoir)

Considerado como el gran salto intelectual en la segunda oleada del feminismo, El segundo sexo de Simone de Beauvoir emplea múltiples disciplinas para explicar el estado de subordinación de las mujeres a lo largo de la historia; semejante grado de controversia le valió ser incluido en el Index Librorum Prohibitorum, el catálogo de libros prohibidos por el Vaticano.


1962: El cuaderno dorado (The Golden Notebook, Doris Lessing)



Si hoy puede parecernos una novela impactante debido a su descarnado tratamiento de la sexualidad, en los años '60 causó un verdadero revuelo.


1962: El sexo y la mujer soltera (Sex and the Single Girl, Helen Gurley Brown)

En una época en donde la mayoría de las revistas para mujeres ofrecían sabios consejos sobre cómo cocinar o planchar adecuadamente una camisa, Helen Gurley Brown las instaba a disfrutar libremente de sus cuerpos.


1963: La mística de la feminidad (The Feminine Mystique, Betty Friedan)

La mística femenina de Betty Friedan acuñó la frase: "el problema que no tiene nombre" (the problem that has no name), para describir la sensación de vacío que experimenta la mujer casada sin proyectos personales. El libro se propone enseñarle a las mujeres de clase media que todo lo que la sociedad espera de ellas es justamente lo que atenta contra su desarrollo personal.


1965: Ariel (Ariel, Sylvia Plath)

Ariel es, sin dudas, una de las antologías poéticas más impresionantes del período. Fue publicada de manera póstuma, y evoca un sentimiento de profunda trasgresión e irreversible ira que llegaría a ser una especie de himno de las mujeres presas de la sociedad machista.


1969: Yo sé por qué cantan los pájaros enjaulados (I Know Why the Caged Bird Sings, Maya Angelou)



Una impresionante autobiografía de una de las poetisas afroamericanas más influyentes del siglo XX, donde explora temas realmente escabrosos como el embarazo adolescente y el abuso.


1973: Miedo a volar (Fear of Flying, Erica Jong)



Novela que explora la posibilidad de que la monogamia no sea, después de todo, apta para todas las mujeres. A más de cuarenta años de su publicación continúa siendo una obra actual.


1975: La mujer guerrera (The Woman Warrior, Maxine Hong Kingston)

Aprovechando su propia herencia, Maxine Hong Kingston efectúa un complejo y detallado análisis de su vida como mujer oriental en Occidente, lidiando con la tremenda carga de expectativas y privaciones que toda mujer oriental debe atravesar.


1979: El álbum blanco (The White Album, Joan Didion)

Tal vez uno de los mejores ensayos feministas de la segunda mitad del siglo XX.


1995: Paula (Paula, Isabel Allende)

Más conocida por La casa de los espíritus, Isabel Allende relata aquí la historia de su hija Paula, en coma debido a una extraña enfermedad. En el camino nos deja un brillante análisis político del rol de la mujer en la sociedad.





Feminologia: psicología de la mujer. I Autores con historia.


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