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«Y con eones extraños incluso la muerte puede morir.»


«Y con eones extraños incluso la muerte puede morir.»




Hoy en El Espejo Gótico analizaremos las raíces filosóficas, mitológicas y poéticas de la célebre cita del Necronomicón de H. P. Lovecraft:


«Que no está muerto lo que yace eternamente,
y con eones extraños incluso la muerte puede morir

[That is not dead which can eternal lie.
And with strange aeons even death may die
]


Este verso pareado aparece por primera vez en el relato de 1921: La Ciudad sin Nombre (The Nameless City), y regresa siete años después, con una ligera corrección, en La Llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu), donde se le atribuye al «árabe loco», Abdul Alhazred. En la primera versión publicada [The Wolverine, noviembre de 1921] se omite la palabra even [«incluso»], pero esta aparece en el manuscrito original y en las posteriores versiones publicadas.

Lo primero que surge al leer esta cita del Necronomicón es asociarla a la filosofía del Horror Cósmico, a esta idea de que existen fuerzas primordiales más allá de la comprensión humana, y que incluso el concepto de Muerte está subordinado a ellas [ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco]. Tengamos en cuenta que el narrador de La Ciudad sin Nombre se encuentra en una ciudad... bueno, «sin nombre», sin historia, un lugar tan antiguo que «no existe ninguna leyenda que le dé un nombre o que recuerde que alguna vez estuvo viva». Este es el lugar «con el que soñó Abdul Alhazred, el poeta loco, la noche antes de cantar su inexplicable copla».

¿Cómo algo «que yace eternamente» puede no estar muerto? Si la muerte se define como un estado irreversible de no-existencia, lo «que yace eternamente» puede revertir su condición porque «no está muerto», pero evidentemente no dentro del tiempo. ¿Cuál sería entonces la diferencia entre este estado [¿autodeterminado?] y perpetuo de no-movimiento y la muerte? Esto sólo podría ser entendido por un loco, alguien que ha trascendido verdadera y completamente las categorías de la comprensión por el alcance del concepto en su totalidad. Fuera del Tiempo, quizás, incluso la Muerte misma podría dejar de ser una función de la realidad [ver: Einstein, la Relatividad y los Antiguos]

En el contexto de los Mitos de Cthulhu, el pareado sugiere que los Primigenios, que alguna vez fueron las fuerzas dominantes del mundo, han entrado en un estado de letargo que, desde nuestra perspectiva, resulta parecido a la muerte; aunque eventualmenente [fuera o más allá del concepto de «eternidad»] se levantarán y reinarán de nuevo. Es un motivo que atraviesa gran parte de la ficción de Lovecraft.

El verso es incoherente si se lo toma literalmente. La eternidad, por definición, no tiene fin; por lo que un ser que yace «eternamente» no podría hacer otra cosa que «yacer». Es un absurdo lógico, como la idea de dibujar un círculo cuadrado. Uno puede escribirlo, pero resulta imposible ejecutar y concebir en su totalidad... al menos en nuestra dimensión [ver: Borges, Lovecraft y el Feng Shui de la cuarta dimensión]. Tales absurdos lógicos son la forma en que Lovecraft nos invita a una realidad más amplia y ajena a la experiencia humana. El verso no sólo insinúa que los Primigenios trascienden el concepto de «inmortalidad», es decir, que pueden «yacer eternamente» y, al mismo tiempo, no estar muertos; sino que si permanecen en este estado el [no]tiempo suficiente, tal vez incluso la Muerte llegue a morir [ver: Y la Muerte no tendrá dominio]

El Flaco de Providence siempre estuvo interesado en los límites de la comprensión humana en relación a la escala cósmica. En El Espejo Gótico hemos examinado muchas historias donde el narrador, o el protagonista, se enfrentan a una situación que los enloquece. No es que estos personajes pierdan la cordura en términos psiquiátricos convencionales. Lovecraft los sitúa ante algo tan colosal, tan fuera de la escala humana, que simplemente no pueden procesarlo. Es como si la locura fuera la única reacción posible ante la verdadera naturaleza de la realidad. Más aún, la locura parece ser la única posición sensata ante algo que está más allá de toda definición. En este contexto, el verso pareado del Necronomicón es un eslabón fundamental de su cosmología


«Que no está muerto lo que yace eternamente,
y con eones extraños incluso la muerte puede morir.»


El Tiempo siempre es un problema cuando abordamos estas cuestiones, sobre todo porque lo único imposible en cualquier estructura o sistema es la permanencia. Tomemos cualquier cosa en el universo, grande o subatómica: si esperas lo suficiente, cambiará. La materia orgánica morirá, y la materia inorgánica cobrará vida. Nada permanece quieto. En este contexto, parece lógico que nada pueda «yacer eternamente»; sólo deberíamos esperar eternamente para que cambie, «eones» para que eso suceda. Si un «eón» es una medida de tiempo de mil millones de años, sólo podemos especular a qué refiere la cualidad de «extraños». Los físicos tienen una teoría para esto, llamada Big Freeze: el universo se expandirá tanto que todo estará infinitamente lejos de todo. Filosóficamente hablando, en ese momento la Muerte estará muerta. Pero el universo podría eventualmente estirarse demasiado y desgarrarse, o colapsar gravitacionalmente. Realmente tomaría «extraños eones» llegar a un universo donde incluso los agujeros negros más grandes se evaporen.

Lovecraft escribe en un estilo anticuado para su época, sobre todo en la primera parte del verso, particularmente opaca debido al orden inusual de las palabras, pero eso le permite impartir una vaga idea de cuán antiguos son estos seres. Existen fuera del tiempo, pueden «yacer eternamente» y aún así no estar muertos. Esta noción de que la muerte es un concepto obsoleto es brillante. Los Primigenios no son de este universo; ni siquiera son vida tal como la conocemos. Sobrevivirán porque, para empezar, no se puede matar lo que nunca estuvo vivo. La muerte morirá en esos «extraños eones» cuando el universo expire, pero aquellos que nunca vivieron existirán para siempre.

La palabra «eón» proviene del griego, y significa «época». Lovecraft la utiliza como una unidad de tiempo, pero el término también tiene conotaciones gnósticas a las cuales el Flaco de Providence no era ajeno dado la educación que recibió de su abuelo materno, Whipple Van Buren Phillips, que fue masón y fundador de la Logia Iónica No. 28. En este contexto, los aiones [«eones»] son las emanaciones del Creador en el sistema gnóstico. No quiero decir que los cultistas de Cthulhu sean gnósticos, pero tengamos en cuenta que el dístico que estamos analizando fue pronunciado por Abdul Alhazred en el contexto de una tradición. Como afirma Robert M. Price, el verso en sí es como «una promesa de vida eterna» para quienes adoren y presten servicio a estos seres [ver: Lovecraft y el culto de los Antiguos]

Si este pareado fuese, digamos, parte de una tradición, ciertamente refleja la idea de que algunas entidades o fuerzas persisten más allá de las nociones convencionales de tiempo y mortalidad, o al menos que hay aspectos de la existencia que trascienden la muerte física. El gnosticismo también propone la existencia de seres que permanecen latentes o inactivos pero que poseen una esencia que se encuentra más allá de las limitaciones de la muerte. Esto podría explicar porqué alguien en su sano juicio adoraría a Cthulhu y a los de su raza: ellos desafían la comprensión de la muerte como fin último, e incluso insinúan que la propia muerte, aparentemente absoluta y final en la narrativa cósmica, está condenada a su eventual disolución [ver: Tentáculos «por default»]

Aleister Crowley coincide con Lovecraft sobre el concepto de «eón», al cual concibe como una medida extraordinaria de tiempo, y también con la idea de que la contemplación de los seres que pudieran haber evolucionado en estos períodos llevaría a cualquier persona a la locura. Lovecraft propone que, al cabo de «eones extraños, incluso la muerte puede morir». Aleister Crowley, en la misma sintonía, propuso «la destrucción del principio de la muerte». Ambos escribieron sobre lo mismo, pero las reacciones entre ambos hombres es opuesta. La noción de que la muerte pueda morir representaba esperanza para Crowley, pero horror absoluto para Lovecraft.

En los Mitos, los Primigenios son seres inimaginablemente poderosos que dominan la tecnología a tal punto que, como sugiere Arthur C. Clarke, esta parece «magia» a nuestros ojos [ver: La tercera Ley de Clarke en la Tierra Media]. Parecen divinos, pero todavía están sujetos a ciertas leyes. Sus apariencias físicas y habilidades pueden variar, pero comparten algunas características como la telepatía, un gran tamaño y un área limitada a la que están confinados. Hace millones de años, los Primigenios «descendieron de las estrellas» y se establecieron en la Tierra [también en otros mundos]. Fue durante este tiempo que Cthulhu, el más poderoso de los Primigenios, ordenó a sus engendros construir la ciudad de R'lyeh [ver: Cthulhu: anatomía de un Primigenio]. Después un lapso indeterminado [miles o millones de años], todo cambió, y aunque la causa de esta alteración sigue siendo un misterio, se han desarrollado dos hipótesis:

La primera sostiene que los Primigenios [Cthulhu, Tsathoggua, Ithaqua, entre otros] fueron, en algún momento, sirvientes de seres todavía más poderosos, los Dioses Mayores. En este contexto, los Primigenios habrían cometido algún tipo de crimen contra estos seres. Cualquiera sea la razón, los Dioses Mayores expulsaron a los Primigenios y los encarcelaron en varios sitios de la Tierra, en las estrellas e incluso en otras dimensiones. Sin embargo, llegará un momento en que los Primigenios se liberarán de las restricciones impuestas por los Dioses Mayores y desafiarán a sus captores una vez más.

La segunda hipótesis afirma que las restricciones de los Primigenios fueron impuestas por ellos mismos con algún propósito desconocido. Si esto es cierto, ¿por qué harían tal cosa como grupo? Así como ciertos animales hibernan durante el invierno, los Primigenios, sujetos a un ciclo de existencia inconcebible, tal vez han caído en un letargo parecido a la muerte. Durante milenios han soñado en sus tumbas, esperando el momento del despertar para reconquistar el mundo.

En cualquiera de estos dos escenarios, el dístico del árabe loco tiene sentido:


«Que no está muerto lo que yace eternamente,
y con eones extraños incluso la muerte puede morir.»


Los sueños de los Primigenios llegaron a muchas personas sensibles. Aunque algunos de estos mensajes telepáticos fueron distorsionados, creando las leyendas de titanes encarcelados [como Cronos] en muchas mitologías, otros llegaron con mayor grado de fidelidad. Estos «elegidos» iniciaron los cultos dedicados a los Primigenios. Esperan facilitar las cosas para que sus amos despierten, vuelvan a gobernar, y ellos mismos puedan convertirse en sacerdotes o regentes menores. Sin embargo, los iniciados que no participan del culto creen que la Tierra será completamente inhabitable si los Primigenios consiguen despertar [ver: ¡Iä! ¡Iä! ¡Cthulhu fhtagn!]

En el relato de 1920: La poesía y los dioses (Poetry and the Gods), escrito en colaboración con Anna Helen Crofts, Lovecraft presenta a Hermes relatando una versión griega de la fórmula emblemática: «Que no está muerto lo que yace eternamente / y con eones extraños incluso la muerte puede morir.»:


«En tu anhelo has adivinado lo que ningún mortal, salvo sólo unos pocos a quienes el mundo rechaza, recordaba: que los Dioses nunca estuvieron muertos, sino sólo durmiendo y soñando el sueño de dioses en jardines hesperianos llenos de lotos más allá del dorado atardecer. Y ahora se acerca el momento de su despertar, cuando la frialdad y la fealdad perezcan, y Zeus se siente una vez más en el Olimpo.»


La descripción que hacen Lovecraft y Anna Helen Crofts del proceso de despertar de los dioses, durante el cual «el mar alrededor de Pafos tiembla hasta convertirse en una espuma que sólo los cielos antiguos han visto antes», prefigura el posterior levantamiento de Cthulhu en La Llamada, el cual es precedido por «un poderoso remolino y espuma en las olas malolientes». No hay acólitos en La poesía y los dioses, pero sí hay ninfas y sátiros que «todavía braman, hacen cabriolas y matan alrededor de monolitos coronados de ídolos en lugares solitarios».

La Teosofía es otra fuente de inspiración para el verso: «Que no está muerto lo que yace eternamente, / y con eones extraños incluso la muerte puede morir», particularmente los conceptos de H. P. Blavatsky vertidos en Las Estancias de Dzyan. En La Llamada de Cthulhu leemos:


«Los teósofos han adivinado la asombrosa grandeza del ciclo cósmico en el que nuestro mundo y la raza humana forman incidentes transitorios. Han insinuado extrañas supervivencias en términos que congelarían la sangre si no estuvieran enmascarados por un suave optimismo.»


Estas «extrañas supervivencias» se desarrollan más detalladamente en La sombra fuera del tiempo (The Shadow Out of Time), donde Lovecraft nos lleva a recorrer los distintos ciclos de la humanidad, los cuales se parecen mucho al cambio de las Edades que describe Blavatsky. La [presunta] traducción de Blavatsky del Libro de Dzyan habla de una forma de existencia primigenia, base de toda la vida, pero desconocida e irreconocible para los sentidos humanos:


«Entonces —dice Blavatsky—, la única forma de existencia se extendía sin límites, infinita, sin causa, en un sueño sin sueños; y la vida pulsaba inconscientemente en el espacio universal.»


El universo, según el Libro de Dzyan [supuestamente traducido por Blavatsky], surge de un «vacío» tras la muerte de un ciclo anterior desconocido. La interpretación que hace Blavatsky de este mito [presuntamente antiquísimo] indica un patrón cíclico donde las causas de la existencia, ahora dormidas, regresarán de nuevo; y donde todo lo que existe retornará a un estado anterior de inexistencia. De manera similar, Lovecraft imbuye a sus creaciones en una especie de atemporalidad cíclica.

Más allá de los aspectos gnósticos, teosóficos y mitológicos, el dístico de Lovecraft también hunde sus raíces en la poesía. Una fuente evidente es uno de los sonetos [número X] del poeta inglés John Donne (1572-1631), titulado: Muerte, no te enorgullezcas (Death, Be Not Proud):


Muerte, no seas orgullosa, aunque algunos te hayan llamado
poderosa y terrible, no lo eres;
porque aquellos a quienes crees poder derribar no mueren
(...)

¿Por qué te muestras tan engreída, entonces?
Después de un breve sueño, despertaremos eternamente
y la Muerte ya no será. ¡Muerte, morirás!


Si bien John Donne rebaja a la Muerte debido a sus propias inclinaciones religiosas, el mensaje: «muerte, morirás», es análogo al del pareado de Lovecraft. John Donne, dueño de un pensamiento metafísico privilegiado, comienza dirigiéndose a la Muerte misma, diciéndole que no sea «orgullosa», aunque muchos la llamen «poderosa y terrible»; y al final cae en el terreno de la paradoja. La noción de la muerte de la Muerte implica que ella misma será la causa de su aniquilación. Pero, ¿cómo podría morir algo que está muerto? Si la muerte es simplemente un cambio de estado [de la existencia a la no-existencia], la Muerte, para morir, debe vivir.

En este nudo de contradicciones se desarrolla Muerte, no te enorgullezcas; pero también el árabe loco al conjeturar que «incluso la muerte puede morir», sugiriendo que todo llega a un fin, incluso el fin mismo.

Al final, aunque uno pueda criticar sus puntos de vista sociales, sus antipatías raciales, el Cosmicismo de Lovecraft es más importante que sus opiniones personales. Su obra interpela a los outsiders y estimula la sospecha de que estamos al margen de la corriente de la humanidad, de la «normalidad». El universo, para Lovecraft, no tiene respuestas. Nos gusta reorganizar la realidad, buscar patrones que de algún modo hagan más manejable el caos en el que existimos; sin embargo, hay demonios a nuestro alrededor, monstruos que no mueren. Se encuentran en el paisaje del universo, escondiéndose, merodeando, durmiendo en algún lugar. Algunos de ellos seguirán allí mucho después de que la Muerte ya no exista. Pero, ¿cómo puede morir la Muerte?

Cuando ya no haya vida.




H. P. Lovecraft. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: «Y con eones extraños incluso la muerte puede morir.» fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El Morador del Umbral: toda la oscuridad que acumularon tus reencarnaciones


El Morador del Umbral: toda la oscuridad que acumularon tus reencarnaciones.




No es extraño que la ficción se inspire en la mitología, e incluso en las religiones, para dar forma a sus Monstruos más entrañables. Sin embargo, en ocasiones se produce una dinámica inversa, y son las religiones, o por tal caso cualquier creencia espiritual más o menos organizada, quienes sustraen de la ficción algunos conceptos que, aunque ya estaban presentes en su teología, no se encontraban del todo definidos bajo una figura cabal.

Tal es el caso del Morador en el Umbral (Dweller on the Threshold), una figura incierta que sobrevuela las páginas más recónditas de la teosofía, y que podría definirse como la suma de toda la oscuridad que hemos ido acumulando en nuestras reencarnaciones.

Pero el verdadero origen del Morador del Umbral es la ficción, más específicamente la novela gótica de Edward Bulwer-Lytton: Zanoni (Zanoni), un personaje que básicamente encarna toda la oscuridad que una persona acumuló a lo largo de las encarnaciones que vivió.

Esta extraña figura luego regresaria a la ficción, y más precisamente a los Mitos de Cthulhu, en el relato: El que acecha en el umbral (The Lurker at the Threshold), escrito en colaboración entre August Derleth y H.P. Lovecraft.

El Morador del Umbral es mencionado por diferentes teósofos, incluida H.P. Blavatsky en su libro más célebre: La doctrina secreta (The Secret Doctrine). La elección del personaje de Bulwer-Lytton no fue casual. A este autor paradigmático de la literatura gótica se le atribuyen conocimientos asombrosos sobre esoterismo y ocultismo, además de un alto grado de iniciación en antiguas órdenes rosacrucianas.

La teosofía incorporó el concepto de Moradores (Dwellers) para darle un nombre y un contexto definido a la idea de que la oscuridad que se va desprendiendo de la persona, a medida que ésta evoluciona en sus sucesivas reencarnaciones, puede agruparse hasta formar una entidad independiente de la persona que la originó en primer lugar.

Hay que decir que Edward Bulwer-Lytton tampoco fue completamente original en este sentido. El término Moradores era frecuente entre nigromantes para referirse a ciertos dobles astrales, Tulpas, y toda clase de criaturas forjadas a partir de los residuos etéreos del ser humano.

En la visión teosófica, el Morador es algo así como una cáscara, un recubrimiento superficial, que el Ego Superior descarta cuando se dispone a encarnar una vez más. Estas cáscaras a menudo vagan sin destino por los yermos del Bajo Astral, pero en ocasiones logran reunir la fuerza suficiente como para reagruparse con sus deslucidas versiones anteriores, haciéndose cada vez más fuertes.

Esta oscuridad que se va acumulando en nuestras reencarnaciones (siempre que tomemos la precaución de creer, siquiera remotamente, en esta doctrina) finalmente le declara la guerra a la persona que la originó. El Morador ahora posee la fuerza para manifestarse de forma física ante la persona, y reclamar su dominio sobre el Ego.

Lo curioso es que, debido a la dinámica de su propia constitución, el Morador solo se manifiesta ante las personas nobles de corazón, precisamente aquellas que han logrado deshacerse progresivamente de su oscuridad a lo largo de las encarnaciones. Las personas malignas aun llevan esa oscuridad consigo.

Sentirse observado, sentir «presencias» estando solo, percibir sombras fugitivas que se mueven por el rabillo del ojo, son señales de que el Morador nos acecha. La persona comienza a elaborar pensamientos que no parecen ser enteramente suyos, y que ciertamente no se corresponden con su fibra moral.

Ahora bien, si el Morador está formado por la oscuridad que fuimos descartando a lo largo de nuestras reencarnaciones, ¿en qué constituye exactamente esa oscuridad?

Según la doctrina teosófica, esa oscuridad residual está conformada por las pasiones inferiores del cuerpo físico; es decir, por impulsos primarios, elementales, que el espíritu aprende a controlar a en sus sucesivas reencarnaciones. El principal de esos impulsos es el miedo, y por eso el Morador aparece como una criatura amenazante, oscura, que se cierne sobre la persona tratando de infundirle su propia naturaleza.

La influencia del Morador es, según quienes defienden su existencia, sumamente poderosa. No se trata de una larva, gusano o parásito del plano astral, cuya presencia puede responder a diferentes motivos, a veces azarosos, sino un ser que nos conoce realmente, que conoce nuestro lado oscuro, que es, literalmente, ese lado oscuro, o Sombra, según la psicología de Carl Jung.

Cuando el Morador se adueña de la persona, ésta tiende al desánimo, a la desesperación, al renunciamiento de las ambiciones más altas y nobles que nos ofrece la vida. Dominada por un miedo que no puede controlar, la persona se recluye más y más dentro de sí misma.

Según la teosofía, todos estamos llamados a matar nuestras pasiones y deseos elementales, no porque sean necesariamente malos en sí mismos, ya que muchos de ellos nos han permitido sobrevivir en algún eslabón evolutivo, sino porque estos impulsos son totalmente inadecuados para acceder a los planos superiores, donde no tienen ningún uso, como los pulmones en una criatura que habita los abismos oceánicos.

Y todos, en alguna reencarnación, deberemos enfrentarnos al Morador del Umbral. Algunos, quizá, ya lo han hecho en su actual encarnación, y el resultado de ese conflicto fundamental se evidencia en sus acciones.




Fenómenos paranormales. I Parapsicología.


Más literatura gótica:
El artículo: El Morador del Umbral: toda la oscuridad que acumularon tus reencarnaciones fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los planos Búddhico y Nirvánico»: Annie Besant.


«Los planos Búddhico y Nirvánico»: Annie Besant.




Dentro de la tradición oriental recogida por la teosofía existen otros planos de existencia además del físico, entre ellos, el Plano Búddhico y el Plano Nirvánico.

El Plano Búddhico conforma una especie de cosmos de consciencias interrelacionadas donde no existe la intelectualidad, donde nada está realmente separado o solo, y donde las cosas sencillamente se experimentan, se sienten, sin la intervención de la lógica y la razón.

El Plano Nirvánico, también llamado Plano Átmico, presenta el entorno adecuado para la extinción del Ego, es decir, de la consciencia de un yo personal e individual separado de los demás.

A propósito de estos dos reinos fantásticos citamos un interesante artículo de Annie Besant (1847-1933) extraído del libro La sabiduría antigua (The Ancient Wisdom), titulado: Los planos Búddhico y Nirvánico (The Buddhic and Nirvanic Planes).




Los planos Búddhico y Nirvánico.
The Buddhic and Nirvanic Planes, Annie Besant (1847-1933)

Hemos visto que el hombre es un ser inteligente y dotado de conciencia, es decir, el Pensador, revestido de envolturas o de cuerpos pertenecientes a los planos mental inferior, astral y físico. Quédanos por estudiar ahora el Espíritu, que es su Yo más íntimo, la fuente de donde procede.

Este Espíritu Divino, rayo emanado del Logos y participe de su Esencia, posee la triple naturaleza del Logos mismo: y la evolución del hombre como hombre consiste en la manifestación gradual de los tres aspectos que se desenvuelven desde el estado latente al estado afectivo, repitiendo en miniatura en el hombre la evolución del mismo universo. Por eso se ha llamado microcosmos al hombre al llamar macrocosmos al universo. Y por eso también se le ha llamado el espejo del universo, la imagen o el reflejo de Dios. En, fin el viejo axioma: “Como es arriba, así es abajo” expresa la misma correspondencia.

La presencia de esa divinidad encubierta garantiza, además, el triunfo final del hombre. En el resorte oculto, la potencia motora por la que la evolución es, a la par, posible e inevitable; la fuerza ascensional que vence lentamente todos los obstáculos y todas las dificultades. Es la presencia que Matthew Arnold presentía vagamente cuando hablaba de “la Potencia que fuera de nosotros mismos tiende hacia la perfección”. Pero se equivocaba al decir: “fuera de nosotros mismos”; porque en verdad es el más íntimo Yo de todos; no nuestro yo separado, sino nuestro Yo. (Atma, el reflejo de Paramârmâ.)

Este Yo es él Único, y por eso se le llama la Mónada (se le llama la Mónada ya se trate de la Mónada del espíritu—materia, o Atma, o de la Mónada de la forma Atma— Buddhi o de la Mónada humana Atma—Buddhi—Manas. En los tres casos permanece una y desempeña el papel de unidad,, teniendo uno, dos o tres aspectos.); y conviene repetir que esta Mónada es el soplo vital del Logos, que contiene en sí misma, en germen o en estado latente, todas las potencias y atributos divinos. Y semejantes potencias tienen que manifestarse por los choques procedentes de los contactos con los objetos del universo en que la Mónada se proyecta. El roce engendrado solicita en respuesta las vibraciones de la vida sometida a esa excitación; y las energías de esa vida, pasan una a una, del estado latente al activo. La Mónada humana, así llamada para distinguirla, presenta, como hemos visto, los tres aspectos del Ser Divino, porque es la imagen perfecta de Dios; y en el ciclo de la evolución humana, los tres aspectos se desarrollan sucesivamente.

Estos aspectos son los grandes atributos de la Vida Divina, manifestada en el universo: existencia, felicidad e inteligencia. (Satchitânanda se usa frecuentemente en las escrituras indas como nombre abstracto de Brahman, de quién las tres personas de Trimurti son manifestaciones concretas.) Los tres Logos manifiestan respectivamente estos atributos con toda la perfección que requieren los límites de la manifestación. En el hombre se desenvuelven estos aspectos en orden inverso: inteligencia, felicidad y existencia, significando esta última la manifestación de los poderes divinos. Hasta ahora, en nuestro estudio de la evolución humana, hemos observado el desarrollo del tercer aspecto de la Divinidad oculta, o sea el de la conciencia como inteligencia. Manas, el Pensador, el alma humana, es la imagen de la inteligencia universal, del tercer Logos, y toda aquella larga peregrinación en los tres planos inferiores está aplicada a la evolución de este tercer aspecto: el intelectual de la naturaleza divina en el hombre. Mientras dura la evolución, podemos considerar las otras energías divinas como, por decirlo así, en estado de incubación en el ser humano, sin desarrollar aún activamente sus fuerzas en él. Están replegadas en sí mismas, in--manifestadas.

Sin embargo, la preparación de estas fuerzas, anterior a su manifestación, prosigue poco a poco. Gradualmente despiertan del sueño de la no—manifestación, que llamamos estado latente, por la energía siempre creciente de las vibraciones de la inteligencia. El aspecto beatífico del Yo comienza desde entonces a emitir sus primeras vibraciones, y las palpitaciones nacientes de su vida manifestada se sienten de un modo vago. Este aspecto beatífico se llama Buddhi en términos teosóficos. Es una palabra derivada de otra sánscrita que significa sabiduría, y el principio así designado pertenece al cuarto plano del universo, el plano búddhico, donde todavía subsiste la dualidad, pero sin separación. Se trata aquí de valerse inútilmente de palabras para exponer esta idea, porque las palabras pertenecen a los planos inferiores donde dualidad y separación son lo mismo. Se puede, no obstante, dar concepto aproximado diciendo que es un estado en que cada uno es él mismo, con una claridad e intensidad a la que no se aproxima ninguno de los mundos inferiores, y donde cada uno siente al mismo tiempo que contiene a todos los demás, siendo uno e inseparable con ellos.

Lo más análogo en la tierra a este estado, es la condición de dos personas unidas por un amor puro e intenso, que hace de ellas como un ser único, de suerte que piensan, obran y viven al unísono, sin barrera entre ellas, sin distinguir entre lo mío y lo tuyo y sin separación de ninguna especie (Por esta razón, la felicidad del amor divino ha sido simbolizada, en muchas escrituras sagradas, por el amor profundísimo de los esposos, como en el Bhagavad—Gita de los indos y El Cantar de los Cantares de Salomón. Este es también el amor de que hablan los místicos sufíes y todos los místicos.) El débil eco de esta región determina a los hombres a buscar la dicha en la unión con el objeto de su deseo, cualquiera que éste sea. El aislamiento completo es la completa miseria. Encontrarse desnudo, despojado de todo, suspendido en el vacío del espacio, en soledad absoluta, sin nada más que la propia individualidad; sentirse aislado de todo cuanto existe, encerrado siempre en él yo separado... es lo más intensamente horrible que pueda concebir la imaginación. La antítesis de este infierno es la unión, y la perfecta unión es, por lo tanto, la perfecta felicidad.

Cuando entra en actividad este aspecto beatífico del Yo, sus vibraciones, análogamente a lo que sucede en los planos inferiores, atraen hacia ellas la materia del plano en que actúan. Así se forma gradualmente el cuerpo búddhico o cuerpo de la bienaventuranza, perfectamente designado con este nombre. La única manera de contribuir a la edificación de esta forma gloriosa, consiste en cultivar el amor puro, desinteresado, universal, benéfico, el amor que “no ansía nada para sí, que no conoce la parcialidad, que se da sin reservas”. Esta efusión espontánea del amor es el más característico de los atributos divinos, el amor que lo da todo y nada pide.

Este amor crea el universo, lo conserva y dirige a la perfección y a la felicidad. Y cada vez que el hombre extiende sobre todos los que lo necesitan, sin predilecciones ni diferencias, sin anhelo de recompensa, con el puro y espontáneo goce de la efusión, desarrolla el aspecto beatífico del Dios que hay en él y prepara el cuerpo de belleza e inefable dicha en el que se alzará el Pensador, libre de los límites de la separación, para hallarse consciente de su propia individualidad y al mismo tiempo uno con todo lo que vive. Esta es “la morada no construida con manos, la morada eterna en los cielos” de que habla San Pablo, el gran iniciado cristiano, que encomia la caridad y el amor puro sobre toda virtud, porque ella únicamente contribuye en la tierra a edificar esa gloriosa morada. Por análoga razón los budistas llaman a la separatividad “la gran herejía”, y por eso también la “unión” es el fin que se proponen los indos. Alcanzar la liberación, es libertarse de las limitaciones que nos dividen, y del egoísmo, raíz del mal, que una vez desaparecido, extingue para siempre el sufrimiento.

El quinto plano, el plano nirvánico, corresponde al supremo aspecto humano del Dios que hay en nosotros. Los teósofos llaman a este aspecto Atma, o él Yo. Este es el plano de la existencia pura, de los poderes divinos manifestados tan completamente como pueden serlo en nuestro quíntuple universo. Lo que existe más allá, sobre el sexto y séptimo planos, está sumido en la in vislumbrada Luz de Dios. Esa conciencia átmica o nirvánica es la que han alcanzado los Grandes Seres, primicias de nuestra humanidad, que han cumplido ya el ciclo de la evolución humana y a los que se les llama Maestros. (Se les llama también Mahatmas o grandes espíritus, y Jivanmuktas o almas libertadas. Están unidos a los cuerpos físicos con el fin de ayudar la humanidad. Otros muchos grandes seres viven también en el plano nirvánico.) Estos han resuelto en sí mismos el problema que consiste en aliar la esencia de la individualidad con la ausencia de toda separación, y viven inmortales como inteligencias, perfectas en sabiduría, amor y poder.

Cuando la Mónada humana emerge del seno del Logos, asemejase a un finísimo hilo de luz, aislado por una cubierta de substancia búddhica, que se desprende del luminoso océano de Atma, del hilo pende una chispa que se rodea de una envoltura ovoide perteneciente a la región arrúpica o “sin forma” del plano mental. A medida que la evolución progresa, es mayor y opalescente este huevo luminoso, y el hilo tenue se transforma en un canal cada vez más amplio, a través del cual fluye con más abundancia la vida átmica. Finalmente estos tres elementos se funden, el tercero en el segundo y los dos en el primero, quedando unidos como una llama a otra llama de suerte que no es posible distinguirlos.

La evolución humana en el cuarto y quinto planos pertenecen a un período futuro de nuestra raza; pero aquellos que escogen el difícil sendero de un progreso más rápido, pueden efectuarlo desde luego, como se explicará más adelante. En este sendero el cuerpo de bienaventuranza evoluciona rápidamente, el hombre comienza a vivir más conscientemente en esta región sublime, y conoce la felicidad que engendra la carencia de barreras exclusivas, y la sabiduría que entra a torrentes cuando desaparecen los límites del intelecto. El alma se separa entonces de la rueda que gira en los mundos inferiores y adivina la completa libertad del plano nirvánico. La conciencia nirvánica es la antítesis de la aniquilación; es la existencia elevada a realidad e intensidad inconcebibles para quién sólo conoce la vida de los sentidos y de la mente. Comparar la conciencia nirvánica con la del hombre sujeto a la tierra, fuera poner en parangón el esplendor del sol con un menguado candil. Confundir el Nirvana con la aniquilación, so pretexto de que en el Nirvana han desaparecido los límites de la conciencia terrestre, es como si un hombre no conociese más luces que las del candil, negara la posibilidad de luz alguna sin mecha empapada en aceite. El Nirvana existe. Los que han entrado en él y viven esta vida gloriosa lo atestiguan en las Escrituras sagradas.

Además, también lo atestiguan los hijos de nuestra raza que han subido esta escal sublime de la humanidad perfecta, y se encuentran en relación con la tierra a fin de que nuestra raza, en su larga peregrinación, pueda subir sin tropiezo los peldaños.

En el Nirvana residen los Seres poderosos que han cumplido su evolución humana en universos anteriores y que salieron del seno del Logos cuando éste se manifestó para poner nuestro universo en existencia. Son sus ministros en el gobierno de los mundos, los perfectos agentes de su voluntad. Los Señores de todas las Jerarquías de dioses y de seres que viven bajo sus órdenes en los planos inferiores, tienen allí su residencia, porque el Nirvana es el corazón del universo de donde irradian todas las corrientes de vida cósmica, el corazón desde donde el Gran Aliento envía palpitaciones de vida a todas cosas, y el corazón a donde vuelve ese Aliento el día en que el universo toca a su término. El Nirvana es la Vida Beatífica que anhela el místico en su ardiente celo. El Nirvana es la Gloria sin velos, la Meta Suprema. La fraternidad humana, mejor dicho, la fraternidad de todas la cosas, encuentra base firme y sólida en los planos espirituales: átmico y búddhico. Fuera de ellos no hay unidad real, no existe ninguna simpatía perfecta.

El intelecto es, en el hombre, el principio separativo que distingue él yo del no—yo, que tiene conciencia en sí mismo y considera toda cosa como exterior y extraña. Es el principio de combatividad que lucha y se afirma. Descendiendo a la base, a partir del plano intelectual, el mundo nos presenta una escena de lucha tanto más áspera cuanto más parte toma en ella intelecto. La naturaleza pasional no es espontáneamente luchadora sino bajo el aguijón del deseo, cuando encuentra algún obstáculo entre ella y el objeto apetecido; pero a medida que el intelecto inspira su actividad, se torna cada vez más agresiva, porque trata entonces de satisfacer sus propios deseos futuros, y tiende a apropiarse una parte cada vez mayor de las reservas de la naturaleza. En cuanto al intelecto, es por sí mismo batallador, y su naturaleza esencial consiste en afirmarse diferentemente de los demás. Y aquí encontramos la raíz de la separatividad y la fuente inagotable de las disensiones humanas.

Ahora bien, cuando la conciencia alcanza el plano búddhico, la unidad se percibe inmediatamente. Es como si el rayo separado, divergente respecto a los otros, se llegase hasta el sol mismo, fuente idéntica de todos los demás. Supongan un ser vivo en el sol, inundado de luz, con la única misión de difundirla. Semejante ser no establecería diferencia alguna entre los diversos rayos y con la misma complacencia vertería la luz en todas las direcciones. Pues lo mismo puede decirse del hombre que ha alcanzado conscientemente el plano búddhico. Siente vivamente en sí la fraternidad de que los demás hablan como de algo ideal, y se extiende hacia cualquiera que de su auxilio necesite, prodigando socorro mental, moral, astral o físico, según la necesidad sentida. Considera a todos los seres como a él mismo, siente que todo lo que posee es tan de ellos como de él, mejor que de él, puesto que siendo menor su fuerza son mayores sus necesidades. Sucede lo que en una familia cuyos hermanos mayores soportan todas las cargas y preservan del dolor y la privación a los menores. Por espíritu fraternal, la debilidad da derecho a la asistencia, a la protección cariñosa, no pudiendo jamás servir de pretexto para la opresión.

Precisamente por haber llegado a tan excelso nivel, manifestaron siempre los fundadores de las grandes religiones su dulcísima ternura, su desbordante compasión hacia la humanidad, proveyendo así a las miserias físicas como las aflicciones morales, según las necesidades de cada cual. La conciencia de esta unidad interna, la percepción del Yo Único que reside igualmente en todos, tal es la única base cierta de la fraternidad. Otra cualquiera es deleznable y caduca.

A semejante percepción se añade la idea que el gado de evolución de todo ser humano o no humano, depende esencialmente de lo que podemos llamar su edad. Algunos comenzaron su peregrinación a través de los tiempos mucho después que otros, y aunque las facultades sean las mismas para todos, hay quién las desarrolló de un modo más completo porque tuvo para ello más tiempo que sus hermanos más jóvenes. Denostando y menospreciando el grano porque no es ya flor, la yema no podrá dar fruto ni el niño ser hombre; y denostando y menospreciando a las almas infantiles que nos rodean porque no han evolucionado tanto como nosotros, hacemos mal. No nos denostemos por no ser todavía como dioses, porque ignoramos cuánto tiempo ocuparemos el puesto que ocupan hoy nuestros hermanos mayores.

¿Por qué increpar entonces a las almas más jóvenes que no se parecen todavía a nosotros? La palabra “fraternidad” implica identidad de raza y desigualdad de desarrollo. Y por esto representa exactamente el lazo que existe entre todas las criaturas del universo: identidad de Vida esencial y diferencias de grado en la manifestación de esta vida. Tenemos nuestro origen, nuestro método de evolución y nuestro objeto; y las diferencias de edad y de nivel han de contribuir forzosamente a la formación de lazos más íntimos y amorosos.




Libros de Annie Besant. I Libros de teosofía


El análisis y resumen del artículo de Annie Besant: Los planos Búddhico y Nirvánico (The Buddhic and Nirvanic Planes) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Devachan: donde las almas se extravían»: Arthur E. Powell.


«Devachan: donde las almas se extravían»: Arthur E. Powell.




La palabra DevachanDevashtan— proviene del sánscrito deva, «dioses»; y chan, «tierra». De acuerdo a la cosmogonía diseñada por H.P. Blavatsky, el Devachan se adjudica cualidades extraordinarias, entre ellas, ser el sitio en el que las almas encuentran una absoluta satisfacción de sus deseos antes de abordar una nueva reencarnación.

En La doctrina secreta (The Secret Doctrine), H.P. Blavatsky sostiene que la gratificación del Devachan no solo es momentánea, sino falsa, ilusoria; una especie de distracción por el que las almas deben atravesar.

C.W. Leadbeater ublica el Devachan en alguna órbita del Plano Mental. La mayoría de las almas de los habitantes de la Tierra se instalan en el Zeroth (Zeroth), aunque de hecho existen otros niveles dentro del propio Devachan acordes al grado evolutivo del alma en cuestión. El nivel más profundo del Devachan es el Nirvana, sitio que alberga a las almas que se convierten en Arhats, es decir, almas que ya no necesitan reencarnarse [ver: El Cadáver Astral que tu consciencia dejará atrás]

Rudolf Steiner, en cambio, sostiene que existen dos planos distintos en este extraño lugar: el Devachán Inferior (Lower Devachan), especie de versión perfecta e idealizada de nuestro propio mundo, y el Devachan Superior (Higher Devachan), región gobernada por las ideas y los pensamientos.

A continuación citamos un interesante artículo sobre el Devachan extraído del libro de teosofía de Arthur E. Powell: El Cuerpo Mental (The Mental Body); titulado Devachán: principios generales (Devachan: general principles).





Devachán: principios generales.
Devachan: general principles, Arthur E. Powell.

Ya se describió, en detalle, en El Cuerpo Astral, la primera porción de la vida, después de la muerte, en el plano astral. De consiguiente, reanudamos nuestro estudio, empezando en el momento en que se deja el cuerpo astral en su propio plano, y el, hombre recoge su conciencia en el cuerpo mental; es decir, que se “eleva” al plano mental, y al hacerlo entra en lo que se llama el mundo celestial.

Esto es lo que, ordinariamente, se conoce; en la literatura teosófica, como Devachán, cuyo significado literal es “Tierra Resplandeciente”. En sánscrito, se lo llama, también, Devasthan, la Tierra de los Dioses. Es el Svarga de los hindúes, el Sukhavati de los budistas, el cielo de los zoroastrianos, crtstianos y mahometanos; se lo llama también, el Nirvana de la gente vulgar. El principio básico del Devachán es que es un mundo de pensamiento.

La palabra Devachán es etimológicamente inexacta; de consiguiente, confunde; sin embargo, es tan corriente en la terminología teosófica, que hemos creído conveniente retenerla en este volumen.

En los libros más antiguos, se describe al Devachán como porción del plano mental especialmente guardado, de la cual están excluidos toda tristeza y mal, gracias a la acción de grandes Inteligencias espirituales, que vigilan la evolución humana. Es un bienaventurado lugar de reposo, donde el hombre asimila en paz los frutos de su vida física. En realidad, sin embargo, el Devachán no es una parte reservada del plano mental; más bien es que, como veremos luego, cada hombre se encierra en su propia concha y, de consiguiente, no toma parte, en manera alguna, en la vida del plano mental. No se mueve libremente ni trata con otras personas, como hace en el plano astral.

Otra de las consideraciones de la que se ha llamado la guarda artificial del Devachán, o sea, el golfo que rodea a cada individuo allí, surge de que se ha eliminado del mismo toda materia kámica o astral. Por tanto, el hombre carece de vehículo, o medio de comunicación, que pueda responder a los mundos inferiores; de manera que, en la práctica y en consecuencia, éstos no existen para él.

La separación definitiva del cuerpo mental del astral no implica dolor ni sufrimiento alguno. En efecto, es imposible que el hombre corriente se dé cuenta de la naturaleza del cambio; pues simplemente siente que se sumerge suavemente en un delicioso reposo. Se produce, sin embargo, un período de inconsciencia, análogo al experimentado después de la muerte física; período que varía dentro de muy amplios límites, y del cual el hombre despierta gradualmente. Al parecer, este período de inconsciencia es de gestación, y corresponde a la vida física prenatal; pues es necesario para construir el Ego devachánico para la vida en el Devachán.

Parte de ese período parece dedicada a la absorción, por parte del átomo astral permanente, de todo cuanto habrá de desenvolver en lo futuro; y parte para vivificar la materia del cuerpo mental, para la próxima vida separada e independiente.

Al despertar de nuevo el hombre, después de la segunda muerte, su primera sensación es de indescriptible bienestar y vitalidad; un sentimiento de tan completo gozo de vivir, que no siente necesidad de nada más que simplemente vivir. Tal bienestar es la esencia de la vida en todos los mundos superiores del sistema.

Hasta la vida astral ofrece posibilidades de felicidad mucho mayores que nada de cuanto conocemos en la vida física; pero la vida celestial es muchísimo más gozosa que la del plano astral. En cada mundo superior se repite la misma experiencia; cada uno aventaja al que le precede. Esto es verdad, no sólo en cuanto a la sensación de bienestar, sino también con respecto a la sabiduría y amplitud de visión. La vida celestial es tan plena y amplia que no es posible compararla con la vida astral.

En cuanto el durmiente despierta en el Devachán, se presenta a sus ojos, recién abiertos, colores de los tonos más delicados; el mismo aire parece música y color; todo su cuerpo está envuelto en luz y armonía; luego, en la bruma dorada, aparecen los rostros de quienes ha amado en la tierra, eterizados en la belleza que expresa sus emociones más nobles y atrayentes, sin sombra de las pasiones y dificultades de los mundos inferiores. No hay hombre capaz de describir la bienaventuranza de despertar en el mundo celestial.

Esta bienaventuranza es la característica dominante en esa esfera. No sólo el mal y la tristeza son imposibles en tal mundo, de modo que toda criatura allí se siente feliz, sino que es un mundo en el cual todo ser, por el solo hecho de su presencia allí, ha de gozar de la máxima bienaventuranza espiritual de que sea capaz; un mundo donde el poder de realizar las aspiraciones está limitado, únicamente, por la capacidad de sentirlas.

Esta sensación de dominante gozo universal nunca deja al hombre en el Devachán; nada hay en la tierra que se le parezca, y nada puede dar idea de ello; la tremenda vitalidad espiritual de este mundo celestial es indescriptible. Se ha intentado describir de diversas maneras el mundo celestial; pero sin resultado alguno, porque es imposible describirlo en lenguaje físico. Así, los videntes budistas e hindúes hablan de árboles de oro y de plata con joyas como fruto. El Escriba judío, después de vivir en una ciudad grande y magnífica, habla de calles de oro y de plata. Los escritores teósofos modernos emplean símiles tomados de los colores de la puesta del sol y de las glorias del mar y del firmamento. Todos por igual tratan de pintar una verdad demasiado grande para el lenguaje, empleando símiles familiares a sus mentalidades.

La posición del hombre en el mundo mental difiere, grandemente, de la del plano astral. En este último plano, utiliza un cuerpo al cual está ya, completamente, acostumbrado, por cuanto lo usa durante el sueño. En cambio, el vehículo mental no lo ha usado nunca, y está muy lejos de estar, completamente, desarrollado. En consecuencia, lo aísla, en gran medida, del mundo que lo rodea, en vez de permitirle verlo.

Durante la vida del hombre en el purgatorio, en el plano astral, lo inferior de su naturaleza se consume; de manera que no le quedan más que los pensamientos más elevados y refinados, y las aspiraciones nobles y altruistas, que ha entretenido durante la vida terrena. En el mundo astral, puede pasar una vida, relativamente, agradable, aunque, sin duda, limitada; por otra parte, puede, también, sufrir considerablemente en esa existencia en el Purgatorio. En el Devachán recoge, únicamente, los resultados de los pensamientos y sentimientos altruistas; por lo tanto, en la vida del Devachán no puede haber más que bienaventuranza. Como ha dicho un Maestro, el Devachán es la tierra donde no hay lágrimas, ni suspiros, donde no hay desposorios, y donde el justo alcanza plena perfección.

Los pensamientos, que se acumulan alrededor del hombre en el Devachán, constituyen una especie de concha, por medio de la cual es capaz de responder a ciertas clases de vibraciones en esa materia refinada.

Estos pensamientos son los que le dan poder para atraer la infinita riqueza del mundo celestial; le sirven a manera de ventanas, a través de las cuales puede contemplar la gloria y la belleza de ese mundo, y recibir, también, respuesta de otras fuerzas exteriores.

Todo hombre, que haya evolucionado sobre el salvaje más bajo, debe tener, en su haber, algo de sentimiento, puramente, altruista; aunque sólo haya sido una vez en su vida; ello será como una ventana en el mundo celestial. Sería un error considerar esta concha de pensamiento como limitación; la función de la misma no es aislar al hombre de las vibraciones del plano, sino capacitarlo para responder a influencias posibles, para él, de conocer. El plano mental, como veremos en el Capítulo XXIII, es un reflejo de la Mente Divina; un depósito de extensión infinita, del cual el hombre, en ese plano, extrae en proporción al poder de los pensamientos y aspiraciones, generados durante su vida física y astral. En el mundo celestial superior, tal limitación, si podemos llamarla así, no existe; pero en este volumen no nos ocuparemos del mundo superior.

Cada uno puede tomar y conocer del mundo celestial, únicamente, en la medida que sus esfuerzos anteriores lo hayan preparado. Según el símil oriental, cada hombre trae su propia copa; algunas son grandes, otras pequeñas; pero, grandes o pequeñas, se llenan en toda su capacidad, por cuando el mar de bienaventuranza alcanza para todos.

El hombre vulgar no es capaz de gran actividad en este mundo mental.

Su condición es, principalmente, receptiva; su visión de cosas, fuera de su propia concha de pensamiento, es muy limitada. Como sus pensamientos y aspiraciones se limitan a ciertas líneas, no puede, repentinamente, formar nuevas; por lo tanto, no puede aprovechar las fuerzas vivientes, que lo rodean, ni tampoco de los poderosos moradores angélicos del mundo mental; no obstante, éstos responden, prontamente, a ciertas aspiraciones del hombre.

Así, el hombre, que durante su vida terrena se haya ocupado, principalmente, de cosas físicas, habrá abierto muy pocas "ventanas", a través de las cuales pueda ponerse en relación con el mundo en que se encuentra.

En cambio, aquel cuyo interés haya sido el arte, la música o la filosofía, encuentra gozo sin medida, e instrucción ilimitada. al punto que se puede beneficiar en la plena medida de su percepción.

Gran número de personas mantienen elevados pensamientos, relacionados con los afectos y la devoción. Una persona que ame profundamente a otra, o sienta gran devoción a una Deidad personal, crea una potente imagen del amigo o de la Deidad, la cual, inevitablemente, la acompaña en el mundo mental, por cuanto pertenece precisamente a tal mundo.

Esto produce un resultado interesante e importante. El amor, que forma y retiene la imagen, es una fuerza muy potente; lo bastante para llegar y actuar sobre el Ego del amigo, que mora en el plano mental superior; pues es al Ego a quien el hombre real ama, no al cuerpo físico, el cual es sólo una representación parcial del mismo. El Ego del amigo siente la vibración, responde a ella, de inmediato, con afán, y se adhiere a la forma mental, que del mismo ha sido creada. El amigo del hombre está, verdaderamente, junto a éste, más vívidamente que nunca.

No importa que cl amigo esté vivo o muerto; pues se atrae, no al fragmento del amigo, a veces, aprisionado en el cuerpo físico, sino al hombre mismo, en su propia esfera verdadera. El Ego responde siempre; uno que tenga cien amigos puede responder plena y simultáneamente al afecto de cada uno de ellos; por cuanto, no importa el número de representaciones en la esfera inferior; la infinidad del Ego es inagotable. Por tanto, el hombre puede expresarse en los “cielos” de un número infinito de personas.

Cada hombre, en su vida celestial, está rodeado de las formas mentales vivificadas de todos los amigos cuya compañía desea. Además, están, para él, adornados de sus mejores cualidades; por cuanto son imágenes mentales que el mismo ha formado. En el limitado mundo físico, estamos acostumbrados a pensar en nuestros amigos, de acuerdo con la limitada manifestación en que los conocemos. En el mundo celestial, en cambio, nos encontramos, con respecto a ellos, mucho más cerca de la realidad que en la tierra; por cuanto nos encontramos dos planos más cerca del hogar del Ego mismo.

Existe una diferencia importante entre la vida en el plano mental y la vida en el plano astral. En este último, encontramos a nuestros amigos (durante el sueño del cuerpo físico), en su cuerpo astral; es decir, que todavía nos relacionamos con sus personalidades; pero, en el plano mental, no encontramos a nuestros amigos en los cuerpos mentales que utilizan en la tierra. Por el contrario, sus Egos se construyen vehículos mentales, enteramente, nuevos y separados; de manera que, es la conciencia del Ego la que se manifiesta en tales vehículos, y no la conciencia de la personalidad.

Por tanto, las actividades de nuestros amigos en el plano mental son, enteramente, distintas, en todo sentido, de las de sus vidas físicas.

De ahí que, cualquier tristeza o malestar, que sufra la personalidad del hombre en vida terrena, no afecta, en lo más mínimo, a la forma mental del mismo, utilizada por el Ego como cuerpo mental adicional.

Aunque en esta misma manifestación conociera la tristeza o el malestar de la personalidad, no los tomará como tales, por cuanto los considera desde el punto de vista del Ego en el cuerpo causal; o sea, como lección, que se ha de aprender, o karma que se ha de agotar. En este punto de vista no hay engaño; en cambio, lo hay en el punto de vista de la personalidad inferior; por cuanto, lo que la personalidad ve como malestar y sufrimiento, es para el hombre real, en el cuerpo causal, meramente, un paso en el Sendero ascendente de la evolución.

Vemos, también, que el hombre, en el Devachán, no es consciente de las vidas personales de sus amigos, que moran en el plano físico. Lo que podemos llamar razones mecánicas para esto, ha sido ya plenamente explicado. Hay también otras razones, igualmente convincentes, para esta disposición; puesto que sería manifiestamente imposible, para el hombre en el Devachán, sentirse feliz si viera sufrir, o cometiendo un pecado, a los que ama. .

En el Devachán no existe separación, en tiempo o espacio, ni pueden ocurrir mal entendidos de palabra o de pensamiento; por el contrario, se establece, entre las almas, más íntima comunión de lo que es posible en la vida terrena. En el plano mental no hay barreras entre alma y alma; la comunión entre éstas está en exacta proporción con la realidad de la vida del alma en nosotros. El alma de nuestros amigos vive en la forma que de ellos hemos creado, en la medida que ella y la nuestra vibran en simpatía.

No podemos estar en contacto con aquellos con los cuales, en la tierra, el vínculo fue sólo con los cuerpos físicos y astral, o con aquellos cuya vida interna es discordante; por lo tanto, ningún enemigo puede entrar en el Devachán; pues, sólo la simpatía de la mente y del corazón pueden reunir a los hombres en el mundo celestial. Con aquellos más avanzados en evolución, sólo podemos ponernos en contacto, en la medida que seamos capaces de responder a ellos. Con quienes sean menos avanzados que nosotros, podemos comunicarnos hasta el límite de la capacidad de los mismos.

El estudiante recordará que el Elemental de Deseos redistribuye después de la muerte, el cuerpo astral en capas concéntricas, quedando la más densa al exterior; de esta manera confina al hombre en el subplano del mundo astral, correspondiente a la materia de la capa externa de dicho cuerpo. En el plano mental, nada de eso ocurre; pues el Elemental Mental no actúa como el Elemental de Deseo.

Existe, además, otra diferencia importante entre la vida astral y la mental. En este último plano, el hombre no pasa sucesivamente de un subplano al otro, sino que es atraído directamente al subplano correspondiente a su grado de desenvolvimiento; en este subplano, permanece durante todo el período de vida en el cuerpo mental. Las variedades de esta vida son infinitas, pues cada uno crea la propia.

En el Devachán, o sea, el mundo celestial, el Pensador desarrolla las más valiosas de sus experiencias morales y mentales de la vida terrena recién terminada; medita sobre ellas y, gradualmente, las transmuta en facultades morales y mentales; en poderes que llevará a su próxima encarnación. No graba en el cuerpo mental la memoria del pasado; por cuanto este cuerpo, como veremos más adelante, se desintegra. La memoria del pasado mora, únicamente, en el Pensador mismo, quien la ha vivido y la retiene. La experiencia pasada se convierte en capacidad; de manera que, si el hombre ha hecho estudios profundos, el efecto de tal estudio será crear una facultad especial, para adquirir conocimientos y dominar el tema estudiado, tan pronto le sea presentado en otra encarnación. Es decir, que nacerá con predisposición especial a esa línea de estudio, y lo absorberá con gran facilidad.

De modo que todo cuanto pensamos en la vida terrena es utilizado en el Devachán; cada aspiración se desarrolla en un poder; todos los esfuerzos frustrados se convierten en facultades y habilidad; luchas y derrotas reaparecen convertidas en instrumentos de victoria; los dolores y errores brillan luminosos como metales preciosos, para desarrollar voliciones inteligentes y bien dirigidas; los planos de beneficencia, para cuya realización en el pasado faltó poder y habilidad, se desenvuelven, en el Devachán, en pensamiento; se realizan, por así decirlo, paso a paso, y se desarrolla el necesario poder y habilidad, como facultades mentales, que se utilizarán en una vida futura sobre la tierra. En el Devachán, como ha dicho un Maestro, el Ego cosecha, únicamente, el néctar de cualidades morales y la conciencia de cada personalidad terrena.

Durante el período en el Devachán, el Ego pasa revista a su depósito de experiencia, la cosecha
de la vida terrena recién terminada; separa y clasifica esas experiencias, asimilando lo asimilable y rechazando lo inútil. El Ego no puede estar siempre ocupado en la actividad de la vida terrena; de la misma manera que un obrero no puede estar siempre dedicado a almacenar materiales, sin producir nada con ellos; como tampoco el hombre puede estar comiendo siempre, sin digerir y asimilar lo que come. Por tanto, el Devachán, excepto para unos pocos, como veremos más adelante, es una necesidad absoluta en el esquema de las cosas.

Una imperfecta comprensión de la verdadera naturaleza del Devachán ha dado lugar a que algunos piensen, que la vida de la persona vulgar, en el mundo celestial inferior, no es más que un sueño y una ilusión; que, cuando se imagina feliz entre sus familiares y amigos, o desenvolviendo sus planes con tal plenitud de gozo y éxito, es, en realidad, víctima de un cruel engaño. Esta idea se debe a un concepto erróneo de la realidad (hasta donde podemos conocerla), ya un deficiente punto de vista.

El estudiante debe tener en cuenta, que la mayoría de las personas realizan tan poco de su vida mental, mientras está en cuerpo físico, que, cuando se les presenta un cuadro de vida mental fuera del cuerpo, pierden todo sentido de realidad, y sienten como si hubieran pasado a un mundo de ensueño. La verdad es, sin embargo, que la vida en el mundo mental es más real que la vida en el mundo físico.

Durante la vida terrena ordinaria, el concepto, que la persona se forma de todo cuanto lo rodea, es imperfecto e inexacto en muchos sentidos. El hombre vulgar, por ejemplo, nada sabe de las fuerzas etéricas, astrales y mentales, que actúan en todo cuanto ve; no obstante que constituyen, de hecho, la parte más importante de todo. Su perspectiva está limitada a la porción de cosas que sus sentidos, su intelecto, su educación y su experiencia le permiten percibir. Por tanto vive en un mundo, en gran parte, de su propia creación; pero no se da cuenta de ello, porque es todo lo que conoce. Desde este punto de vista, la vida física ordinaria es, a lo menos, tan ilusoria como la vida en el Devachán; si se piensa detenidamente se verá que, en realidad, lo es mucho más; pues, cuando el hombre, en el Devachán, toma sus pensamientos como cosas reales, está perfectamente en lo cierto; porque lo son, realmente, en el plano mental; puesto que, en ese plano, sólo el pensamiento puede ser real. La diferencia está en que, en el plano mental reconocemos este gran hecho de la naturaleza, mientras que, en cl plano físico, no lo reconocemos así.

De consiguiente, está justificado decir que, entre los dos planos, la ilusión es mayor en, el físico. La vida mental es, de hecho, mucho más intensa, vívida, y esta más cerca de la realidad que la vida de los sentidos. En las palabras de un Maestro: “Llamamos a la vida póstuma la única realidad ; a la terreno, incluyendo a la personalidad misma, únicamente imaginaria.” “Llamar a la existencia en el Devachán sueño, es otro sentido que en términos convencionales, es renunciar para siempre al conocimiento de la Doctrina Esotérica, el único custodio de la verdad.”

La única razón de que sintamos la realidad de la vida terrena y nos parezca irreal la del Devachán, es que contemplamos la vida terrena desde dentro, bajo el pleno dominio de sus ilusiones; mientras contemplamos el Devachán desde el exterior, libre, por el momento, de su grado particular de Maya o ilusión. En el Devachán, el proceso se invierte; por cuanto, los que allí moran sienten su propia vida como real, y miran la terrena como envuelta en las más potentes ilusiones y erróneos conceptos.

En conjunto, en el Devachán, se está más cerca de la verdad, que los críticos que todavía viven en la tierra; aunque; naturalmente, los que moran en los cielos inferiores no están del todo libres de las ilusiones de la tierra; no obstante, el contacto con su mundo es más real y más inmediato. En términos generales, la verdad es que, cuanto más nos elevamos en la esfera del ser, más nos acercamos a la realidad; porque las cosas espirituales son relativamente reales y perdurablcs, y las cosas materiales ilusorias y transitorias. Si el estudiante sigue esta línea de razonamiento un poco a fondo, comprenderá que la vida en el Devachán es el resultado natural e inevitable de la vida pasada en los planos físicos y astral. En el físico, nunca llegamos a realizar nuestros ideales y aspiraciones más elevados; ni es posible realizarlos debido a las limitaciones del mismo y a la relativa tosquedad de la materia.

Pero, de acuerdo con la ley del karma (de la cual la ley de conservación de la energía es otra expresión), ninguna fuerza puede perderse ni dejar de producir su efecto; ha de producirlo plenamente, en cuanto se presente la oportunidad; mientras tanto, permanece como energía acumulada. En otras palabras, gran parte de la energía espiritual superior del hombre, no produce resultados en la vida terrena, debido a que los principios superiores del mismo no pueden responder a vibraciones tan sutiles y elevadas, hasta que el hombre esté libre de la pesadez de la carne. En la vida celestial, todos los entorpecimientos quedan eliminados, por primera vez, y la energía acumulada fluye, como reacción inevitable exigida por la ley de karma. Como dice Browning: “En la tierra arcos rotos, en el cielo un ruedo perfecto”. Así se cumple perfecta justicia; nada se pierde jamás; aunque, en el mundo físico, parezca que muchos se desvanecen y viene a la nada.

El Devachán no es, en manera alguna, un sueño o un mundo sin finalidad; por el contrario, es un mundo, mejor dicho, una condición de existencia, donde se desarrolla la mente y el corazón, sin entorpecimientos de la burda materia ni de los cuidados triviales; donde se forjan las armas para la lucha de la vida terrena; y donde, en realidad, se asegura el progreso del futuro.

El estudiante se dará cuenta, además, de que el sistema, de acuerdo con el cual la naturaleza ha dispuesto la vida, después de la muerte, es el único concebible; el único mediante el cual puede llenar su objeto de hacer de todos felices, en la plenitud de su capacidad. Si el gozo del cielo estuviera limitado a un solo aspecto (como lo presentan ciertas teorías ortodoxas), algunos se cansarían de él; otros serían incapaces de participar del mismo, ya sea por no gustarlos o por falta de la educación adecuada.

¿Qué mejor disposición, por lo que respecta a parientes y amigos, y cuál otra podría ser más satisfactoria? Si los que están en el Devachán pudiera seguir la vida fluctuante de sus amigos en la tierra, la felicidad sería imposible para ellos. Si, sin saber lo que les ocurre, tuvieran que esperar hasta que tales amigos murieran, para reunirse con ellos, se produciría un doloroso período de espera, a veces, de muchos años. Aun en este caso, muchos de esos amigos llegarían tan cambiados que dejarían de ser simpáticos.

La naturaleza evita todas estas dificultades. Cada hombre decide por sí mismo, tanto la duración como el carácter ,de su vida celestial, en virtud de las causas que él mismo genera durante su vida terrena; de consiguiente, no puede tener más que la cantidad exacta que merece; así como la calidad correspondiente de gozo mejor adaptado a su modo de ser. Aquellos a quienes ama están siempre con él; siempre en su aspecto más noble y mejor; no puede haber entre ellos ni discordia ni cambio, por cuanto recibe de ellos lo que desea. En efecto, el método de la naturaleza es infinitamente superior a lo que la agudeza o la imaginación del hombre puede ofrecer.

Es quizás difícil, en el plano físico, darse cuenta de la naturaleza creadora de los poderes ejercitados por el Pensador revestido de su cuerpo mental y, completamente, libre de su vehículo físico. En la tierra, el artista puede crear visiones de exquisita belleza; pero, cuando trata de darles expresión con los materiales de la tierra, encuentra que están muy lejos de sus concepciones mentales. En el Devachán, en cambio, todo cuanto el hombre piensa toma forma en el acto en los materiales delicados y sutiles de substancia mental, por medio de la cual trabaja, normalmente, la mente, cuando está libre de pasión y responde a todo impulso mental.

De esta manera, la belleza que rodea al hombre en el Devachán aumenta, de acuerdo con la riqueza y la energía de su mente.

El estudiante debiera esforzarse por comprender que el plano mental es un mundo vasto y espléndido de vida; en el cual vivimos ahora, lo mismo que en los períodos entre encarnaciones físicas; la falta de desenvolvimiento y las limitaciones, impuestas por el cuerpo físico. son las que nos impiden darnos cuenta, plenamente, de que la gloria del cielo más excelso nos envuelve aquí y ahora; de que las influencias, procedentes de ese mundo, actúan sobre nosotros; pero no somos capaces de comprenderlas y de recibirlas. Como ha dicho un Instructor budista: “La luz os rodea; la veréis, en cuanto os quitéis la venda que cubre vuestros ojos. Es tan maravillosa, tan bella, que está muy lejos de lo que el hombre ha soñado, o puede pedir; y permanece por siempre jamás”.

En otras palabras, el Devachán es un estado de conciencia y puede entrar en él, en cualquier tiempo, quien aprenda a retirar su Alma de los sentidos.

Lo que el Devachán es, con respecto a cada vida terrena, es el Nirvana con respecto al ciclo completo de reencarnaciones.




Libros de Arthur E. Powell. I Libros de teosofía.


El artículo: Devachan: donde las almas se extravían fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El plano astral: escenario, habitantes y fenómenos»: C.W. Leadbeater.


«El plano astral: escenario, habitantes y fenómenos»: C.W. Leadbeater.




El plano astral: escenario, habitantes y fenómenos (The Astral Plane: Its Scenery, Inhabitants And Phenomena) es un libro de parapsicología del teósofo e investigador C.W. Leadbeater (1854-1934) —autor de: El lado oculto de las cosas (The Hidden Side of Things) y Formas del pensamiento (Thought Forms)—, publicado en 1895.

Charles Webster Leadbeater fue, junto a Annie Besant y H.P. Blavatsky, uno de los miembros más importantes de la Sociedad Teosófica, relacionada, entre otros prodigios, a la Ciudad Perdida de Rutas y el Senzar, el lenguaje arcano de El libro de Dzyan.

El plano astral: escenario, habitantes y fenómenos de C.W. Leadbeater examina la estructura y características de los distintos planos astrales o planos de existencia, sus criaturas, conocidas como gusanos o larvas del bajo astral, y otros seres extraordinarios, entre ellos, conciencias humanas desencarnadas y seres no humanos que en el plano físico son identificados con entidades fabulosas como hadas, hombres lobo, ángeles y vampiros.

El plano astral: escenario, habitantes y fenómenos de C.W. Leadbeater está dividido en los siguientes capítulos:
  • 7 subdivisiones (The Seven Subdivisions)
  • Características de la visión astral (Characteristics of Astral Vision)
  • El aura (The Aura)
  • El cuerpo etérico (The Etheric Double)
  • Habitantes humanos (Human)
  • El mago negro (The Black Magician)
  • La persona ordinaria después de la muerte (The Ordinary Person after Death)
  • Los suicidas (The Suicide)
  • Vampiros y hombres lobo (Vampires and Werewolves)
  • Elementales (The Elemental Essence)
  • Cuerpos astrales de los animales (The Astral Bodies of Animals)
  • Hadas (Fairies)
  • Ángeles de la guarda (Guardian Angels)
  • Humanos artificiales (Human Artificials)
  • Fantasmas de cementerios (Churchyard Ghosts)
  • Apariciones de moribundos (Apparitions of the Dying)
  • Pueblos embrujados (Haunted Localities)
  • Fantasmas familiares (Family Ghosts)
  • Fuerzas astrales (Astral Forces)




El plano astral: escenario, habitantes y fenómenos.
The Astral Plane: Its Scenery, Inhabitants And Phenomena, Charles Webster Leadbeater.

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  • http://www.sturuguay.org/libros/BibliotVirtual/LeadbeaterCharlesElplanoastral.pdf




Libros de C.W. Leadbeater. I Plano astral.


El análisis y resumen del libro de Charles Webster Leadbeater: El plano astral: escenario, habitantes y fenómenos (The Astral Plane: Its Scenery, Inhabitants And Phenomena) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El cuerpo astral y otros fenómenos astrales»: Arthur Edward Powell.


«El cuerpo astral y otros fenómenos astrales»: Arthur Edward Powell.




El cuerpo astral y otros fenómenos astrales (The Astral Body: And Other Astral Phenomena) es un libro de teosofía del investigador Arthur Edward Powell, publicado en 1927.

El cuerpo astral y otros fenómenos astrales, uno de los grandes libros de A.E. Powell, es una obra capital del pensamiento teosófico iniciado por H.P. Blavatsky y Annie Besant, donde se describen las cualidades y características del cuerpo astral, también llamado cuerpo sutil.

Ahora bien: ¿qué es el cuerpo astral?. Podemos pensar en el cuerpo astral como una fase intermedia entre el cuerpo físico y el alma. El primero en considerar la posibilidad de su existencia fue Platón, seguido tardíamente por la teosofía y el rosacrucismo del siglo XIX. El cuerpo astral no solo se manifiesta después de la muerte física, sino que también puede surgir como vehículo durante ciertas fases del sueño lúcido.

La conciencia es incapaz de acceder al plano astral de la misma forma que accede al plano físico, es decir, utilizando un cuerpo denso: Para entrar en el plano astral necesita un vehículo más sutil: el cuerpo astral. Este tipo de episodios, causales o involuntarios, son conocidos como viajes astrales.




El cuerpo astral y otros fenómenos astrales.
The Astral Body: And Other Astral Phenomena, Arthur Edward Powell.

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  • https://www.academia.edu/31612303/Arthur_Powell




Más libros de parapsicología. I Libros de teosofía.


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«La sabiduría antigua»: Annie Besant; libro y análisis.


«La sabiduría antigua»: Annie Besant; libro y análisis.




La sabiduría antigua (The Ancient Wisdom) es un libro de teosofía de la investigadora Annie Besant, publicado en 1897.

La sabiduría antigua de Annie Besant se propone dar una visión acaso más concreta de la filosofía de Madame Blavatsky, expuesta de forma un tanto confusa en La doctrina secreta (The Secret Doctrine).

Annie Besant examina el pensamiento teosófico de forma concisa, digestible, lo cual le ganó algunos enemigos acérrimos dentro del movimiento.

La sabiduría antigua de Annie Besant es un libro que, básicamente, explica la naturaleza de los tres principales planos de existencia principales: El plano físico, El plano astral y el plano mental. Adicionalmente, Annie Besant esboza las características de otros planos de existencia menos conocidos [ver: Bestiario Astral: seres, espíritus y criaturas del Plano Astral]

La sabiduría antigua de Annie Besant introduce términos que luego se convertirían en lugares comunes de la teosofía, por ejemplo, el concepto de Cuerpo etérico, rechazado por H.P. Blavatsky pero admitido por la teosofía como una posibilidad discreta que no fatiga la incredulidad de sus acólitos [ver: Cómo proyectar el cuerpo etérico]

La cosmogonía que desarrolla Annie Besant en La sabiduría antigua resulta fascinante, ágil y accesible al ojo profano, desarrolla las siete faces de la naturaleza humana. Tres de ellas son llamadas «altas»: Espíritu, Intuición y Mente. Estas tres facetas «altas» se alzan sobre cuatro pulsiones «bajas»: Bajo mental, Emocional, Etérico y Físico [ver: El Cuerpo Causal y el Ego]

En un recorrido formidable por estos mundos interiores y exteriores del ser, La sabiduría antigua de Annie Besant revela algunos misterios que, hasta su publicación, pertenecían al orbe del mito.




La sabiduría antigua.
The Ancient Wisdom, Annie Besant.

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  • https://www.derechopenalenlared.com/libros/Besant-La-Sabiduria-Antigua.pdf




Libros de Annie Besant. I Libros de teosofía.


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«La síntesis de la ciencia oculta»: William Judge.


«La síntesis de la ciencia oculta»: William Judge.




La síntesis de la ciencia oculta (The Synthesis Of Occult Science) es un libro de teosofía del esoterista y místico irlandés William Quan Judge (1851-1896) —autor de El océano de la Teosofía (The Ocean of Theosophy) y Ecos de Oriente (Echoes From the Orient)—, publicado en 1891.

William Judge, junto a H.P. Blavatsky y Annie Besant, fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad Teosófica (Theosophical Society). La síntesis de la ciencia oculta ofrece una mirada crítica del pensamiento científico, pero también del pensamiento mágico del renacimiento, cuyos cimientos se encuentran en las obras de Eliphas Levi, el gran precursor del esoterismo moderno.

La síntesis de la ciencia oculta de William Judge intenta zanjar las diferencias entre la observación científica, al menos la de aquella época, basada en el análisis y la puesta a prueba de hipótesis, y el ocultismo; cuyas raíces también proceden de un método lógico, aunque construido en base a principios irreproducibles en condiciones de laboratorio.

En este sentido, William Judge sostiene que ambas materias son, por su propia naturaleza, incompletas e inexactas, y que de hecho no están alejadas entre sí como cualquiera podría suponer.




La síntesis de la ciencia oculta.
The Synthesis Of Occult Science, William Judge.

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  • http://www.fraternidadrosacruzdecolombia.org/wp-content/uploads/2017/07/Judge-William-Sintesis-de-ciencia-oculta.pdf




Libros prohibidos. I Libros de teosofía.


El resumen del libro de William Judge: La síntesis de la ciencia oculta (The Synthesis of the Occult Science) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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