El sueño de un curioso: Charles Baudelaire


El sueño de un curioso (Le rêve d’un curieux) es un poema maldito del escritor francés Charles Baudelaire, publicado en la colección de poemas de 1857: Las flores del mal (Les fleurs du mal).

El sueño de un curioso explora una situación bastante extraña: un suicidio provocado por la curiosidad sobre el otro mundo y, luego, una espera sobrecogedora.
Cursiva


El sueño de un curioso.

Le rêve d’un curieux, Charles Baudelaire (1821-1867)

¿Conoces, como yo, la pena gozosa?,
Y de ti haces decir: "¡Oh, que hombre singular!"
Iba yo a morir. Era aquello en mi alma amorosa,
Deseo mezclado con horror, un mal particular;

Angustia y viva esperanza, sin humor falso.
Cuanto más se vaciaba el fatal cadalso,
Más áspera y deliciosa era mi agonía;
Del mundo entero mi corazón huía.

Y me sentía cual el niño ávido del espectáculo,
Odiando el telón como se aborrece un obstáculo.
Finalmente la verdad fría se manifestó:

Estaba muerto, inesperadamente, y la célebre aurora
Me envolvía. Entonces, ¿no es más que esto?
La cortina se había alzado y yo esperaba todavía.

Charles Baudelaire (1821-1867)


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La torre de Babel: G.K. Chesterton


La torre de Babel (The tower of Babel) -a veces traducido como: La pagoda de Babel- es un relato fantástico del escritor inglés G.K. Chesterton, publicado en 1922.

Si debiésemos arriesgar una definición, diríamos que La torre de babel es un relato de neto corte kafkiano.

Los diferentes títulos provienen de la colusión, errónea, por cierto; de que La torre de Babel es un relato independiente, cuando en realidad se trata de un fragmento de otro cuento, al que sirve de apoyo, llamado: El pozo sin fondo (The bottomless well).


La torre de Babel.
The tower of Babel
, G.K. Chesterton (1874-1936)


Ese cuento del agujero en el suelo, que baja quién sabe hasta dónde, siempre me ha fascinado. Ahora es una leyenda musulmana; pero no me asombraría que fuera anterior a Mahoma. Trata del sultán Aladino; no el de la lámpara, por supuesto, pero también relacionado con genios o con gigantes.

Dicen que ordenó a los gigantes que le erigieran una especie de pagoda, que subiera y subiera hasta sobrepasar las estrellas. Algo como la Torre de Babel. Pero los arquitectos de la Torre de Babel eran gente doméstica y modesta, como ratones, comparada con Aladino. Sólo querían una torre que llegara al cielo. Aladino quería una torre que rebasara el cielo, y se elevara encima y siguiera elevándose para siempre.

Y Dios la fulminó, y la hundió en la tierra abriendo interminablemente un agujero, hasta que hizo un pozo sin fondo, como era la torre sin techo. Y por esa invertida torre de oscuridad, el alma del soberbio Sultán se desmorona eternamente.

Gilbert Keith Chesterton (1874-1936)


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Sueños: Edgar Allan Poe


Sueños (Dreams) es un poema maldito del escritor norteamericano Edgar Allan Poe, publicado en la colección de poemas de 1827: Tamerlane y otros poemas (Tamerlane and other poems).

Sueños es uno de los poemas más sentimentales de Edgar Allan Poe. Ya el título nos dice algo de su contenido, que varía de verso en verso, como los cambios súbitos e impredecibles de los sueños.




Sueños.

Dreams
, Edgar Allan Poe (1809-1849)


¡Ojalá mi joven vida fuese un sueño duradero!
Y mi espíritu yaciera hasta que el rayo certero
De la eternidad presagiara el nuevo día.
¡Sí! Aunque el largo sueño fuese de agonía
Siempre sería mejor que estar despierto
Para quien tuvo, desde su nacimiento
En la frágil tierra, el corazón
Prisionero del caos de la pasión.

Mas si ese sueño persistiera eternamente,
Como mis viejos sueños infantiles
Solían persistir, si aquello ocurriese,
Sería absurdo esperar un milagro.
Pues he soñado que el sol resplandecía
En la bóveda estival, lleno de luz tardía,
Y que mi corazón vagaba
Por climas remotos y creados,
Junto a seres imaginarios, sólo pensados
Por mí, ¿qué más podría haber visto?.

Pero una vez, una única vez, y ya no lo olvidaré,
Aquel extraordinario momento, un poder o no sé qué,
Me hechizó, o quizás fue que el viento helado
Sopló de noche y al huir dejó marcado
Su rastro en mi espíritu, o quizás fue la Luna
Que brilló en mis sueños con particular fortuna,
O bien las estrellas, en cualquier caso,
El sueño fue como ese viento: dejémosle pasar.

Yo he sido feliz, aunque fuera en sueños.
Fui feliz, y los adoro: ¡Sueños!
Tanto por su colorido intenso
Que los oponen a lo real, y porque al ojo delirante
Ofrecen los tesoros más bellos y abundantes
Del paraíso y el amor, ¡y todos nuestros!
Tal como la esperanza pertenece a la juventud.

Edgar Allan Poe (1809-1849)


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La verdad sobre Sancho Panza: Franz Kafka


La verdad sobre Sancho Panza (Die wahrheit über Sancho Pansa) es un relato fantástico del escritor checo Franz Kafka, publicado en la antología póstuma de 1946: La muralla china (Die Chinesische Mauer).

En apenas un párrafo, Franz Kafka elabora uno de sus relatos más polémicos, mediante el cual razona sobre la posibilidad de que Don Quijote sea la personificación de los demonios interiores de su eterno ladero, Sancho Panza.



La verdad sobre Sancho Panza.
Die wahrheit über Sancho Pansa, Franz Kafka (1883-1924)

Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de don Quijote, que éste se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no hicieron daño a nadie. Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de un cierto sentido de la responsabilidad, a don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y útil esparcimiento hasta su fin.

Franz Kafka (1883-1924)


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Efimera: William Butler Yeats


Efímera (Ephemera) es un poema de amor del escritor irlandés William Butler Yeats, escrito en 1884 y publicado originalmente bajo el título: Efímera, un idilio de otoño (Ephemera, an autumn idyl).






Efímera.

Ephemera, William Butler Yeats (1865-1939)

«Tus ojos, que nunca antes se cansaron de los míos,
se inclinan con pesar bajo tus párpados oscilantes
porque nuestro amor declina».

Y ella responde:
«Aunque nuestro amor se desvanezca,
sigamos junto al borde de este lago,
juntos en este momento solitario
en el que la pasión, pobre criatura agotada, yace dormida.
¡Qué lejanas parecen las estrellas,
lejano brilla nuestro primer beso,
y qué cansado parece mi corazón!».

Vagan pensativos entre las hojas marchitas,
mientras él, lentamente, sosteniendo su mano, replica:
«La Pasión ha consumido
nuestros corazones errantes».

El bosque los encierran, y las hojas, ya amarillas,
caían en la penumbra como lánguidos meteoros,
sendero abajo rengueó un animal viejo y cojo.
Sobre él cae el otoño; y ahora ambos se detienen
a la orilla del lago una vez más.
Volviéndose, vio que ella arrojaba hojas muertas,
húmedas como sus ojos, y en silencio, desiertas,
cubrieron su pecho y sus cabellos.

«No te lamentes», dijo él,
«estamos vacíos porque otros amores nos esperan,
odiemos y amemos a través del tiempo imperturbable,
ante nosotros yace, interminable, lo eterno,
nuestras almas son amor y un adiós perpetuo».

W.B. Yeats (1865-1939)


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Cesion de beneficios: Henry Kuttner


Cesión de beneficios (Endowment policy) es un relato fantástico del escritor norteamericano Henry Kuttner, escrito en colaboración con Catherine L. Moore, y publicado en 1943.

Cesión de beneficios fue firmado con un seudónimo que, al parecer, representaba tanto a Henry Kuttner como a su esposa, C.L. Moore: Lewis Padgett.




Cesión de beneficios.

Endowment policy.
Henry Kuttner (1915-1958)
C.L. Moore (1911-1987)

Cuando Denny Holt llamó desde la cabina telefónica, había un viaje pendiente para él. A Denny no le entusiasmaba. En una noche lluviosa como ésa era fácil levantar pasajeros, y ahora tendría que cruzar la ciudad hasta Columbus Circle.

—Demonios —le dijo al auricular—. ¿Por qué yo? Envía a cualquiera de los muchachos... Para el cliente será igual. Estoy en el Village.
—Te quiere a ti, Holt. Dio tu nombre y tu teléfono. Tal vez sea un amigo tuyo. Estará frente al monumento; abrigo negro y bastón...
—¿Quién es?
—¿Qué sé yo? No me lo dijo. Andando.

Holt colgó desconsoladamente y regresó al taxi. El agua le goteaba en la visera de la gorra; la lluvia estriaba el parabrisas. En medio del oscurecimiento veía portales tenuemente iluminados y oía música de los tocadiscos automáticos. Era una buena noche para estar dentro. Holt consideró la posibilidad de meterse en el Cellar a beber un whisky. Oh, bien. Puso el coche en marcha y enfiló por la avenida Greenwich, deprimido. Era difícil esquivar a los peatones en días así; los neoyorquinos jamás prestaban atención a los semáforos, de todos modos, y el oscurecimiento transformaba las calles en cañadas oscuras y sombrías, Holt se dirigió al otro extremo de la ciudad ignorando los gritos de 'taxi'. La calle estaba húmeda y resbaladiza. Los neumáticos, para colmo, no estaban en buenas condiciones. El frío húmedo le calaba los huesos. El traqueteo del motor no era reconfortante. Alguna vez ese carricoche reventaría del todo. Después de eso...bueno, no era difícil conseguir empleo. Pero Holt sentía aversión por el trabajo duro. Las fábricas de material de guerra... Hm-m-m.

Rodeó caviloso la plaza Columbus, tratando de ver al cliente. Allí estaba, la única figura inmóvil en la lluvia. Otros peatones cruzaban la calle deprisa esquivando tranvías y automóviles. Holt se le acercó y abrió la portezuela. El hombre se adelantó. Tenía bastón pero no paraguas, y el agua relucía en el abrigo oscuro. Un maltrecho sombrero de alas anchas le cubría la cabeza, y los ojos oscuros y penetrantes estaban clavados en Holt. El hombre era viejo, casi asombrosamente viejo. Arrugas y pliegues de piel floja y grasosa le desdibujaban los rasgos.

—¿Dennis Holt? —preguntó con tono áspero.
—Ese soy yo, amigo. Métase adentro.
El viejo obedeció.
—¿Adonde?—dijo Holt.
—¿Eh? Atraviese el parque.
—¿Hasta Harlem?
—Eh...sí, sí.

Después de encogerse de hombros Holt entró en el Central Park. Un excéntrico. Y nunca le había visto antes. Echó una ojeada al pasajero por el espejo retrovisor. El hombre examinaba atentamente la foto y el número de Holt en la matrícula. Satisfecho, al parecer, se recostó y sacó del bolsillo un ejemplar del New York Times.

—¿Quiere la luz? —preguntó Holt.
—¿La luz? Sí, gracias —pero no la usó mucho tiempo; un vistazo al diario lo satisfizo.
Después se reclinó, apagó la lámpara y estudió su reloj-pulsera.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Alrededor de las siete.
—Las siete. Y hoy es 10 de enero de 1943...

Holt no contestó. El pasajero se volvió y atisbo por la ventanilla trasera. Se mantuvo en esa posición. Al rato se volvió e inclinó hacia adelante, y le habló de nuevo a Holt.

—¿Le gustaría ganar mil dólares?
—¿Está bromeando?
—No es broma —dijo el hombre, y de pronto Holt se dio cuenta de que el acento era extraño. Un ligero arrullo de consonantes, como en castellano—. Tengo el dinero...en la moneda de ustedes. Hay ciertos riesgos, así que no le estoy regalando nada.

Holt mantuvo la vista fija adelante.
—¿Ah, sí?
—Necesito un guardaespaldas, eso es todo. Hay unos hombres que intentan secuestrarme, o aun asesinarme.
—No cuente conmigo —dijo Holt—. Lo llevaré a la policía... Eso es lo que necesita, amigo.

Algo cayó blandamente en el asiento delantero. Holt miró y sintió que la espalda se le ponía tensa. Conduciendo con una mano, recogió el fajo de billetes y los contó. Mil dólares... Ni uno menos. Olían a moho.

—Créame, Denny —dijo el viejo—, necesito su ayuda. No puedo contarle la historia porque me tomaría por loco, pero le pagaré esa suma por los servicios de esta noche.
—¿Incluyen el asesinato? —aventuró Holt—. ¿Por qué diablos me llama Denny? No le he visto en mi vida.
—Lo he investigado... Sé mucho sobre usted. Por eso le elegí para esta tarea. Y no hay nada ilegal. Si tiene razones para pensar lo contrario será libre de retirarse en cualquier momento, conservando el dinero.

Holt reflexionó. Sonaba turbio pero incitante. En todo caso, podía echarse atrás. Y mil dólares...
—Bien, diga. ¿Qué tengo que hacer?
—Estoy tratando de sortear a ciertos enemigos míos —dijo el viejo—. Para eso necesito la ayuda de usted. Usted es joven y fuerte.
—¿Alguien trata de liquidarlo?
—¿Liqui...? Oh, no. No creo que se llegue a eso. El asesinato no es bien contemplado, salvo como último recurso. Pero me han seguido hasta aquí; los he visto. Creo que logré despistarlos. Ningún taxi nos está siguiendo...
—Se equivoca —dijo Holt.
Hubo un silencio. El viejo miró de nuevo por la ventanilla trasera. Holt sonrió taimadamente.
—Si trata de despistar a alguien Central Park no es lo más indicado. Me será más fácil perder a sus amigos en medio del tráfico. Bien, acepto el trabajo. Pero me reservo el derecho de retirarme si algo huele mal.
—Muy bien, Denny.

Holt dobló a la izquierda a la altura de la Setenta y Dos.
—Usted me conoce a mí, pero en cambio, yo a usted, no. ¿A qué viene que me haya investigado? ¿Es detective?
—No, me llamo Smith.
—Naturalmente.
—Y usted, Denny, tiene veinte años y no puede prestar servicio militar en esta guerra porque tiene problemas cardíacos.
—¿Y qué? —gruñó Holt.
—No quiero que se muera.
—No me moriré. Mi corazón está bien en general. Sólo que el examinador médico no pensó lo mismo... Smith asintió.
—Ya lo sé. Ahora, Denny...
—¿Sí?......
—Tenemos que asegurarnos de que no nos sigan.
—Suponga que paro en los cuarteles del FBI —dijo lentamente Holt—. No simpatizan con los espías.
—Como prefiera. Puedo probarle que no soy agente enemigo. No tengo nada que ver con esta guerra, Denny. Simplemente deseo evitar un crimen. A menos que pueda impedirlo, esta noche se incendiará una casa y se destruirá una fórmula valiosa.
—Eso es trabajo para los bomberos.
—Usted y yo somos los únicos que podemos hacerlo. No puedo decirle porqué. Mil dólares, téngalo presente.

Holt lo tenía presente. Mil dólares significaban mucho para él en ese momento. Nunca en la vida había visto tanto dinero. Le abría posibilidades, tendría capital para iniciarse. No había recibido buena educación. Hasta ahora había pensado que seguiría siempre sometido a un trabajo aburrido y monótono. Pero con un capital... Bien, no le faltaban ideas. Estos eran tiempos propicios. Podría meterse en algún negocio. Así se hacía plata. Mil dólares. Podía significar todo un futuro, claro que sí. Salió del parque en la calle Setenta y Dos y en Central Park West dobló al sur. Por el rabillo del ojo vio otro taxi que se le echaba encima. Estaba tratando de encerrarlo. Holt oyó que el viejo jadeaba y gritaba algo. Apretó los frenos, vio que el otro taxi seguía de largo e hizo girar bruscamente el volante mientras hundía el acelerador a fondo.

—Tómelo con calma —le dijo a Smith, dio inedia vuelta y se dirigió al norte.
En el otro taxi había visto cuatro hombres; apenas les había echado una ojeada. Iban pulcramente afeitados y vestían ropas oscuras. Tal vez portaban armas, pero no podía asegurarlo. Ahora también habían virado. El tráfico les creaba dificultades, pero seguían persiguiéndoles. En la primera calle conveniente Holt dobló a la izquierda, cruzó Broadway, tomó el cruce de autopistas del Henry Hudson Parkway y después, en vez de seguir hacía el sur, viró en redondo y siguió derecho hasta la avenida West End. Continuó hacia el sur por West End, y enseguida tomó hacia la Octava Avenida. Ahora había más tráfico. El taxi que los seguía no estaba a la vista.

—¿Y ahora? —le preguntó a Smith.
—No... No sé. Debemos asegurarnos de que no nos siguen.
Bien —dijo Holt—. Estarán dando vueltas para encontrarnos. Mejor dejemos la calle. Le mostraré —entró en un garaje, sacó un ticket y urgió a Smith a apearse del taxi—. Ahora mataremos el tiempo, hasta que convenga empezar de nuevo.
—¿Dónde?
—¿Qué le parece un bar tranquilo? Un trago no me vendría mal. Es una noche de perros.

Smith parecía haberse puesto totalmente en manos de Holt. Doblaron por la calle Cuarenta y Dos, con sus clubes baratos y penumbrosos, sus vodeviles, sus marquesinas sombrías y sus casas de entretenimientos. Holt se abrió paso a empellones entre la muchedumbre, llevando a Smith a la rastra. Atravesaron las puertas vaivén de un bar, pero el lugar no era especialmente tranquilo. Un tocadiscos automático sonaba estrepitoso en un rincón. Un lugar desocupado cerca del fondo atrajo a Holt. Cuando se sentaron, llamó y pidió un whisky. Smith pidió lo mismo después de titubear.

—Conozco este lugar —dijo Holt—. Hay una puerta trasera. Si nos pescan, nos escabulliremos enseguida. Smith tiritó.
—Tranquilo le animó Holt. Le mostró una manivela de bronce—. Traigo esto conmigo, por si acaso. Así que relájese. Ahí vienen los tragos —bajó el whisky de un sorbo y pidió otro. Viendo que Smith no se llevaba la mano al bolsillo para pagar, lo hizo él. Podía darse ese lujo, ahora. Con mil dólares encima.

Entonces, tapando los billetes con el cuerpo, los sacó para examinarlos más de cerca. Todo estaba en orden. No eran falsos; los números de serie estaban bien, y tenían el mismo olor mohoso que Holt había notado antes.

—Parece que estuvieron...bien guardados —aventuró.
—Estuvieron en exhibición durante sesenta años —dijo distraídamente Smith. De golpe se contuvo y bebió whisky.

Holt arrugó el entrecejo. Estos no eran de esos billetes viejos y enormes. ¡Sesenta años, caray! Claro que Smith representaba esa edad y más. Esa cara rugosa y asexuada podría ser la de un nonagenario. Holt se preguntó cómo sería el hombre en su juventud. ¿Cuándo habrá sido eso? Durante la Guerra Civil, probablemente. Guardó el dinero, consciente de un. aura de placer que no se debía solamente al licor. Este era el comienzo para Denny Holt. Con mil dólares compraría alguna propiedad y se mudaría al centro. Basta de taxi, eso era seguro. En el suelo pegajoso se hamacaban y zarandeaban unos bailarines. El bullicio era constante, y el ruido de las voces se confundía con el de la música. Holt limpió ociosamente una mancha de cerveza de la mesa con una servilleta de papel.

—No me contará de qué se trata, ¿verdad? —dijo. La cara increíblemente vieja de Smith tal vez gesticuló. Pero era difícil asegurarlo.
—No puedo, Denny. No me creería. ¿Qué hora es?
—Casi las ocho.
—Hora standard del este, según la medición antigua... Y diez de enero. Tenemos que llegar a destino antes de las once.
—¿Dónde queda?
Smith sacó un mapa, lo desplegó y le dio una dirección de Brooklyn. Holt la localizó.
—Cerca de la playa... Es un lugar bastante solitario, ¿verdad?
—No sé. No he estado nunca.
—¿Qué pasará a las once?
Smith meneó la cabeza pero no respondió directamente. Desplegó una servilleta de papel.
—¿Tiene una estilográfica?
Holt titubeó, luego le alcanzó un paquete de cigarrillos.
—No, un...lápiz. Gracias. Quiero que estudie este plano, Denny. Es la planta baja de la casa de Brooklyn a la que iremos. El laboratorio de Keaton está en el sótano.
—¿Keaton?
—Sí —dijo Smith tras una pausa—. Es un físico. Está trabajando en un invento bastante importante. Se supone que es secreto.
—Bien. ¿Y después?
Smith garabateó rápidamente.
—Debería haber un terreno amplio alrededor de la casa, que tiene tres pisos. Aquí está la biblioteca. Se puede entrar por estas ventanas, y la caja fuerte tendría que estar bajo una cortina...aquí —señaló con la punta del lápiz.
Holt arrugó el entrecejo.
—Empiezo a oler raro.
—¿Eh? —Smith cerró crispadamente la mano—. Espere a que haya terminado. Esa caja fuerte estará abierta. Adentro encontrará una libreta parda. Quiero que saque esa libreta y...
—...y se la mande a Hitler, vía aérea —terminó Holt, torciendo burlonamente la boca.
—Y la entregue al Departamento de Guerra —dijo imperturbable Smith—. ¿Satisfecho?
—Bien... Así me gusta más. ¿Pero por qué no lo hace usted mismo?
—No puedo —dijo Smith—. No me pregunte por qué. Simplemente no puedo. Tengo las manos atadas —los ojos penetrantes relucían—. Esa libreta, Denny, contiene un secreto tremendamente importante.
—¿Militar?
—No está escrito en código, es fácil de leer. Y aplicar. Ese es el problema. Cualquiera podría...
—Usted ha dicho que un fulano llamado Keaton era el propietario de la casa. ¿Qué ha pasado con él?
—Nada —dijo Smith—, todavía —se apresuró a cambiar de tema—. La fórmula no debe perderse, por eso tenemos que llegar allí antes de las once.
—Si es tan importante, ¿por qué no vamos ahora y retiramos la libreta?
—La fórmula no será completada hasta pocos minutos antes de las once. Ahora Keaton está terminando las etapas finales.
—Es una locura —se quejó Holt, y pidió otro whisky—. Ese Keaton..., ¿es nazi?
—No.
—Bien, ¿no será él quien necesita el guardaespaldas, en vez de usted?

Smith meneó la cabeza.
—Las cosas no son así, Denny. Créame, sé lo que estoy haciendo. Es vital, absolutamente importante que usted consiga esa fórmula.
—Hm-m-m.
—Hay peligro. Mis...enemigos...podrían estar esperándonos allí. Pero los distraeré para darle a usted la oportunidad de entrar en la casa.
—Usted ha dicho que podrían matarle...
—Sí, pero lo dudo. El asesinato es el último recurso, aunque podría apelarse a la eutanasia. Pero no soy candidato para eso.

Holt no trató de entender el comentario de Smith sobre la eutanasia. Dedujo que sería el nombre de un lugar y que implicaba tomar un polvo.

—Por mil dólares —dijo—, arriesgo el pellejo.
—¿Cuánto tardaremos en llegar a Brooklyn?
—Digamos una hora, con el oscurecimiento —Holt se levantó de golpe—. Venga. Sus amigos están aquí.
El pánico destelló en los ojos oscuros de Smith. Pareció encogerse dentro del enorme abrigo.
—¿Qué hacemos?
—La salida trasera. No nos han visto, todavía. Si llegamos a separarnos, vaya al garaje donde dejé el coche.
—S-sí. De acuerdo.

Se abrieron paso entre los bailarines, entraron en la cocina y luego en un corredor desnudo. Al abrir la puerta, Smith salió a un callejón. Una figura alta se le interpuso, brumosa en la oscuridad. Smith soltó un chillido estridente y temeroso.

—No se detenga —ordenó Holt, empujó al viejo a un lado; la figura oscura se movió y Holt trató de golpearle la mandíbula borrosa. No le acertó. El oponente se había escurrido con rapidez. Smith ya corría entre las sombras. El sonido de sus pasos acelerados se apagó. Holt avanzó un paso. El corazón le palpitaba desbocado.
—Quítese de en medio —dijo con una voz tan ahogada que las palabras sonaron como un ronroneo.
—Lo siento. No debe ir a Brooklyn esta noche —dijo su antagonista.
—¿Por qué no? —Holt prestaba atención por si oía llegar más enemigos. Pero todavía no oía nada, sólo bocinazos lejanos de los coches y el tumulto sordo y confuso de Times Square, a cincuenta metros.
—Supongo que no me creerá si se lo digo.

Tenía el mismo acento, el mismo arrullo de consonantes que Holt le había notado a Smith. Trató de distinguir la cara del otro, pero estaba demasiado oscuro. Subrepticiamente, Holt se deslizó la mano en el bolsillo y palpó la reconfortante frialdad de la manivela de bronce.

—Si me amenaza con un arma... —dijo.
—No usamos armas. Escuche, Dennis Holt. La fórmula de Keaton debe ser destruida con él.
—Toma esto...

Holt atacó sin previo aviso. Esta vez no erró. Sintió que la manivela de bronce chocaba con algo sólido y luego resbalaba en la carne desgarrada y sanguinolenta. La figura borrosa cayó al suelo con un grito sofocado. Holt miró a ambos lados, no vio a nadie y echó a correr por el callejón. Todo perfecto, hasta entonces. Cinco minutos después estaba en el garaje. Smith le esperaba, un cuervo mustio en un abrigo enorme. Los dedos del viejo tamborileaban nerviosamente en el bastón.

—Vamos —dijo Holt—. Mejor nos damos prisa.
—¿Le...?
—Le di un buen golpe. No tenía armas... O bien no quiso usarlas. Mejor para mí.

Smith torció la boca. Holt recuperó el taxi y bajó por la rampa. Conducía con cautela, manteniéndose alerta. Un taxi era muy fácil de distinguir. El oscurecimiento ayudaba. Siguió hacia el sur y el este, pero en la calle Essex, junto a la estación del metro, los perseguidores les dieron alcance. Holt se desvió por una calle lateral. El codo izquierdo, que descansaba en el marco de la ventanilla, se le entumeció y congeló. Condujo con la mano derecha hasta que se le pasó esa sensación. El puente de Williamsburg lo llevó a Kings, y allí dio vueltas y aceleró y retrocedió hasta perderse de nuevo en las sombras. Eso llevaba tiempo. Y todavía les quedaba un buen trecho, por esta ruta sinuosa. Holt viró a la derecha y siguió hacia el sur hasta Prospect Park. Allí dobló al este, hacia las playas solitarias entre Brighton Beach y Canarsie. Smith, acurrucado atrás, guardaba un silencio absoluto.

—Hasta ahora, muy bien —dijo Holt por encima del hombro—. Al menos vuelvo a tener el brazo en forma.
—¿Qué le pasó?
—Tal vez un golpe en el hueso.
—No, un paralizador dijo Smith, y agregó mostrándole el bastón—. Como éste.

Holt no le entendió. Siguió conduciendo hasta que estuvieron muy cerca de su destino. Frenó en una esquina, frente a una licorería.

—Compraré una botella —dijo—. No soporto la lluvia y el frío sin un trago para reanimarme.
—No tenemos tiempo.
—Claro que sí.

Smith se mordió el labio pero no puso más objeciones. Holt compró un whisky y cuando entró en el coche bebió un sorbo y convidó a su pasajero, que se negó con un movimiento de cabeza. El whisky ayudaba, sin duda. La noche era muy fría y lúgubre, Los ramalazos de la lluvia barrían la calle y azotaban el parabrisas. Los limpiaparabrisas gastados no servían de mucho. ES viento chillaba como un alma en pena.

—Ya estamos cerca. Mejor pare aquí —sugirió Smith—. Busque un lugar donde ocultar el taxi.
—¿Dónde? Todo esto es propiedad privada.
—Una calzada... tal vez.
—De acuerdo —dijo Holt, y encontró un refugio junto a unos árboles tupidos y unos arbustos raquíticos. Apagó las luces y el motor, y se apeó. Se subió el cuello del impermeable y hundió la barbilla. La lluvia lo empapó inmediatamente. El agua caía a torrentes, repiqueteaba ruidosa en los charcos. Un barro arenoso resbalaba bajo los pies.
—Un segundo —dijo Holt, y regresó al coche en busca de la linterna—. Muy bien, ahora ¿qué?
—A casa de Keaton. Habrá que espejar, aún no son las once —dijo Smith, que tiritaba convulsivamente, nervioso y entumecido.

Esperaron, escondidos en los arbustos de la propiedad de Keaton. La casa era una sombra acechante contra el telón cimbreante de la oscuridad lluviosa. Una ventana iluminada de la planta baja mostraba parte de!o que parecía una biblioteca. A la izquierda se oía el palpitar jadeante del oleaje. El agua goteaba por el cuello del impermeable de Holt, que maldecía en silencio. Se estaba ganando los mil dólares, sin duda. Pero Smith sufría las mismas incomodidades sin una sola queja.

—¿No es...
—¡Shh! —advirtió Smith—. Los otros...pueden estar aquí.
Holt bajó la voz, obediente.
—Entonces, también estarán empapados. ¿Les interesa la libreta? ¿Por qué no entran y se apoderan de ella? Smith se mordió las uñas.
—Quieren destruirla.
—Eso es lo que dijo el hombre del callejón, ahora que recuerdo —Holt se interrumpió, sobresaltado—. Pero..., ¿quiénes son ellos?
—No importa. No son de aquí. ¿Recuerda lo que le dije, Denny?
—¿Sobre la libreta? ¿Qué hago si la caja fuerte no está abierta?
—Estará abierta —aseguró Smith—, Pronto, ahora. Keaton está en su laboratorio del sótano, terminando su experimento.

A través de la ventana iluminada parpadeó una sombra. Holt se inclinó hacia adelante. Sintió que Smith se ponía tenso como un cable. Un jadeo ahogado brotaba de la garganta del viejo. Un hombre entró en la biblioteca. Fue hasta la pared, corrió una cortina y se quedó allí, la espalda hacia Holt. Enseguida retrocedió y abrió la puerta de una caja fuerte.

—¡Prepárese! —dijo Smith—. ¡Allí está! Está escribiendo el último paso de la fórmula.
La explosión será de un momento a otro. Cuando la oiga, Denny, deme un minuto para alejarme y provocar algún disturbio si los oíros están aquí.
—No creo que estén. Smith meneó la cabeza.
—Haga como le digo. Corra hasta la casa y consiga la libreta.
—¿Luego, qué...
—Luego salga de aquí lo más rápido que pueda. No se deje alcanzar, cueste lo que cueste.
—¿Y usted?

Los ojos de Smith, intensos y violentos, relampaguearon autoritarios, brillantes en la oscuridad ventosa.
—¡Olvídese de mí, Denny! Yo estaré a salvo.
—Me contrató como guardaespaldas...
—Su contrato ha terminado. Esto es de vital importancia, más que mi vida. Esa libreta debe estar en sus manos...
—¿Para el Departamento de Guerra?
—Para.. Oh, sí. ¿Lo hará, Denny? Holt titubeó.
—Si es tan importante.
—Lo es. ¡Lo es!
—De acuerdo, entonces.

El hombre de la casa estaba ante un escritorio, escribiendo. De pronto la ventana voló. El ruido de la explosión era sofocado, como si el estallido fuera bajo tierra, pero Holt sintió que el suelo le temblaba bajo los pies. Vio que Keaton se incorporaba, se alejaba un paso y regresaba para recoger la libreta. El físico corrió a la caja fuerte, arrojó la libreta adentro, cerró la portezuela y se demoró un instante, de espaldas a Holt. Luego se escabulló apresuradamente y desapareció.

—No tuvo tiempo de cerrarla —dijo Smith, con voz entrecortada y espasmódica—.Espere a oír mi voz, Denny, y luego consiga esa libreta.
—De acuerdo —dijo Holt, pero Smith ya se había ido y correteaba entre los arbustos.

Un alarido en la casa preanunció unas llamas rojas que barrieron una ventana distante de la planta baja. Algo cayó pesadamente. Revoque, pensó Holt. Oyó la voz de Smith. No podía ver al hombre en la lluvia, pero había ruidos de pelea. Holt titubeó un instante. Haces de luz azul hendieron la lluvia, pálidos y borrosos en la distancia. Tendría que ayudar a Smith... Pero había hecho una promesa, y tenía que conseguir ía libreta. Los perseguidores querían destruirla. Y ahora, obviamente, la casa sería devorada por las llamas. De Keaton no había rastros. Corrió hacia la ventana iluminada. Había tiempo de sobra para sacar la libreta antes que el fuego le pusiera en apuros. Por el rabillo del ojo vio una figura oscura que corría hacia él. Holt se calzó la manivela de bronce. Si el hombre estaba armado él se las vería mal; de lo contrario, se las arreglaría.

El hombre —el mismo que Holt había encontrado en el callejón de la Cuarenta y Dos —alzó un bastón y apuntó. El pálido haz de luz azul brotó. Holt sintió que las piernas se le aflojaban, y cayó pesadamente. El otro siguió corriendo. Holt, forcejeando para levantarse, se arrojó hacia adelante con desesperación. Fue inútil. Las llamas ahora iluminaban la noche. La figura alta y oscura se perfiló un instante contra la ventana de la biblioteca; después el hombre se encaramó al antepecho. Holt, las piernas tiesas, consiguió mantener el equilibrio y avanzar. Era espantoso, como un hormigueo intensificado mil veces. Logró alcanzar la ventana, y aferrándose al antepecho miró dentro de la sala. Su oponente estaba de pie ante la caja fuerte. Holt se introdujo por la ventana y se lanzó hacia el hombre. Tenía la manivela de bronce preparada. El desconocido se apartó de un brinco, agitando el bastón. Un coágulo de sangre le ennegrecía la barbilla.

—He cerrado la caja —dijo—. Mejor lárguese de aquí antes que lo alcance el fuego, Denny.
Holt soltó una maldición. Quiso alcanzar al hombre, pero no pudo. Antes que él hubiera dado dos pasos vacilantes la figura alta se había marchado, saltando ágilmente por la ventana y alejándose en la lluvia. Holt se volvió hacia la caja fuerte. Oía el crepitar de las llamas. El humo se filtraba por un pasadizo a la izquierda. Tironeó de la portezuela. Estaba cerrada. No conocía la combinación..., así que no podría abriría. Pero Holt no se rindió. Revisó el escritorio con la esperanza de que Keaton hubiera garabateado la clave en algún papel. Bajó penosamente los escalones del laboratorio y se quedó observando el infierno del sótano, donde yacía el cuerpo abrasado e inerte de Keaton. Holt no se rindió, pero fracasó. Finalmente el calor le obligó a huir. En las cercanías se oía el ulular de las autobombas. No había rastros de Smith ni de nadie. Holt se puso a buscar entre la muchedumbre, pero Smith y sus perseguidores habían desaparecido corno por arte de magia.

—Lo hemos capturado, administrador —dijo el hombre alto con la barbilla ensangrentada—. Inmediatamente después de regresar vine para informarle a usted.
El administrador soltó un suspiro de alivio.
—¿Algún contratiempo, Jorus?
—Nada digno de mención.
—Bien, tráigalo —dijo el administrador—. Supongo que lo mejor es terminar con esto.

Smith entró en la oficina. Su pesado abrigo lucía incongruente con las indumentarias de celoflex de los otros. Mantenía la cabeza gacha. El administrador recogió un memorándum y leyó:

—Proceso 21, en el año del Señor de 2016. Tema: interferencia con factores de probabilidad. El acusado ha sido sorprendido en el intento de distorsión del actual presente-probable mediante la alteración del pasado, con lo cual crearía un presente alternativo variable. La utilización de máquinas del tiempo está prohibida, salvo a funcionarios autorizados. El acusado responderá.
—Yo no trataba de cambiar nada, administrador —musitó Smith.
Jorus levantó los ojos y dijo:
—Me opongo. Ciertos períodos clave espacio temporales están prohibidos. Brooklyn, especialmente la zona de la casa de Keaton, alrededor de las once de la noche del 10 de enero de 1943, está absolutamente vedado a los viajeros del tiempo. El prisionero sabe porqué.
—No sabía nada al respecto, ser Jorus. Debe creerme.
—Administrador —prosiguió implacablemente Jorus—, aquí están los hechos. El acusado, tras robar una máquina del tiempo, la dirigió manualmente hacia un sector prohibido del espacio-tiempo. Esos sectores son restringidos, como sabe usted, porque son claves del futuro; cualquier interferencia en esos sitios-clave alteraría el futuro al producirse una línea probabilística diferente. Keaton, en 1943, logró deducir en su laboratorio la fórmula de lo que hoy conocemos como Fuerza M. Corrió a la planta baja, abrió la caja fuerte y apuntó la fórmula en su libreta, de tal modo que habría podido ser fácilmente descifrada y aún aplicada incluso por un lego. En ese momento hubo una explosión en el laboratorio de Keaton y él regresó la libreta a la caja fuerte para bajar al laboratorio, olvidándose de cerrar la caja. Keaton murió; ignoraba la necesidad de aislar la Fuerza M del radio, y la síntesis atómica provocó la explosión. El incendio subsiguiente destruyó la libreta de Keaton, que estaba dentro de la caja fuerte. Se chamuscó hasta volverse ilegible, y ni siquiera se sospechó de su valor. La Fuerza M sólo fue redescubierta el año primero del siglo veintiuno.
—Yo no sabía todo eso, ser Jorus.
—Miente. Nuestra organización no comete errores. Usted descubrió un lugar clave del pasado y decidió alterarlo para cambiar el presente. Si hubiese tenido éxito, Dennis Holt de 1943 habría sacado la libreta de Keaton de la casa en llamas y la habría leído. Su curiosidad le habría hecho leer la libreta. Habría descubierto la clave de la Fuerza M. Y dada la naturaleza de la Fuerza M, Dennis Holt se habría transformado en el hombre más poderoso de su tiempo-mundo. De acuerdo con la variante probabilística que usted se proponía lograr, Dennis Holt, si hubiera conseguido la libreta, sería ahora dictador del mundo. Este mundo tal como lo conocemos no existiría, aunque sí su equivalente: una civilización brutal e implacable gobernada por el autócrata Dennis Holt, único poseedor de la Fuerza M. Al procurar ese fin el acusado ha incurrido en un delito gravísimo.

Smith irguió la cabeza.
—Solicito la eutanasia —dijo—. Si queréis culparme por querer romper con esta maldita rutina, muy bien. Nunca tuve una oportunidad, eso es todo.
El administrador arqueó las cejas.
—El historial suyo muestra que ha tenido muchas oportunidades. Usted es incapaz de explotar sus propias capacidades; está ejerciendo la única tarea que puede hacer bien. Pero su delito es, como dice Jorus, gravísimo. Ha intentado crear un nuevo presente destruyendo el actual mediante la alteración de un lugar clave del pasado. Y si hubiese tenido éxito, Dennis Holt sería hoy el dictador de una raza de esclavos. Ya no cuenta con el privilegio de la eutanasia; su delito es demasiado serio. Tendrá que seguir viviendo y ejerciendo la tarea asignada hasta el día de su muerte natural.
—Fue culpa de él —gimió Smith—. Si hubiese conseguido esa libreta a tiempo... Jorus pareció confundido.
—¿De él? Dennis Holt, a los veinte años, en 1943... ¿Culpa de él? No, es de usted, creo... Por intentar cambiar el pasado y el presente.
—La sentencia ha sido pronunciada —dijo el administrador—. No hay más que decir.

Y Dennis Holt, a la edad de noventa y tres años, en el año del Señor de 2016, se volvió dócilmente y regresó con lentitud a su tarea, la misma que seguiría ejerciendo hasta morir. Y Dennis Holt, a la edad de veinte años, en el año del Señor de 1943, regresó a Brooklyn en el taxi. Se preguntaba qué había ocurrido. Los velos de la lluvia barrían oblicuamente el parabrisas. Dennis bebió otro sorbo de la botella y sintió que el alcohol se le filtraba con tibieza en el cuerpo.

¿Qué habría ocurrido?

Los billetes le acariciaban el bolsillo con un susurro. Denny sonrió. ¡Mil dólares! Un principio. Un capital. Con eso haría muchas cosas, claro que sí. Todo lo que uno necesitaba era un poco de dinero. Ya nada le detendría.

—¡Por supuesto que sí! —dijo Dennis Holt enfáticamente—. No voy a seguir condenado al mismo trabajo rutinario toda la vida. No, con mil dólares... ¡Yo no!

Henry Kuttner (1915-1958) Catherine L. Moore (1911-1987)


Más relatos de Henry Kuttner. I Relatos de C.L. Moore. I Relatos góticos.

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El resumen del cuento de Henry Kuttner y C.L. Moore: Cesión de beneficios (Endowment Policy) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Antes del ocaso: Algernon Swinburne


Antes del ocaso (Before sunset) es un poema de amor del escritor inglés Algernon Swinburne, dedicado a la poetisa Christina Rossetti, y publicado en la colección de poemas de 1883: Un siglo de roundels (A century of roundels).

Vale destacar que Roundels es un sistema de versificación creado por Algernon Swinburne, una variación anglosajona del rondeau francés.




Antes del ocaso.

Before sunset, Algernon Swinburne (1837-1909)

El amor crepuscular declina en el cielo
Antes que la noche descienda sobre la tierra
Antes de que miedo sienta del frío su hierro,
El crepúsculo del amor se desvanece en el cielo.

Cuando el insaciable corazón susurra entre lamentos
"o es demasiado o es poco",
y los labios se abstienen tardíamente resecos,

Blandas, bajando por el cuello de cada amante,
las manos del amor sostienen su rienda secreta;
y mientras buscamos en él una señal concreta,
su luz crepuscular se desgarra en el cielo.

Algernon Charles Swinburne (1837-1909)


Más poemas de Algernon Swinburne. I Poemas góticos. I Poemas de amor.


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El resumen y la traducción al español del poema de Algernon Swinburne: Antes del ocaso (Before sunset) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

De como Nuth habria practicado su arte: Lord Dunsany


De cómo Nuth habría practicado su arte contra los Gnolos (How Nuth would have practised his art upon the Gnoles) es un relato fantástico del escritor británico Lord Dunsany, publicado en la colección de cuentos fantásticos de 1912: El Libro de las Maravillas (The Book of Wonder).





De cómo Nuth habría practicado su arte contra los Gnolos.

How Nuth would have practised his art upon the Gnoles
, Lord Dunsany (1878-1957)


Pese a las alusiones de firmas rivales, es probable que todos los comerciantes sepan que dentro de su profesión nadie goza actualmente de una posición igual a la del señor Nuth. Para aquellos que se encuentran fuera del círculo mágico de los negocios, su nombre es apenas conocido; mas él no necesita anunciarse, está satisfecho. Está por encima incluso de la moderna competencia, y, cualesquiera que sean las pretensiones de las que se jacten, sus rivales lo saben. Sus precios son moderados, ya sea al contado a la entrega del género, ya sea mediante chantaje después. Toma siempre en consideración la conveniencia de los demás. Se puede contar con su experiencia; le he visto moverse más sigilosamente que una sombra en una noche ventosa, pues Nuth es un ladrón profesional. Se ha sabido de hombres que, sin abandonar sus casas de campo, han enviado comerciantes a negociar un tapiz, algún mueble o algún cuadro que habían visto en su tienda. Eso es de mal gusto; mas aquellos cuya cultura es más refinada invariablemente han llamado a Nuth una o dos noches después de visitar su tienda. Se maneja bien con los tapices, difícilmente se daría uno cuenta de que los bordes han sido cortados. Y a menudo, cuando veo alguna nueva casa, inmensa, llena de muebles antiguos y cuadros de otras épocas, me digo a mí mismo: "Estas sillas con molduras, estos antepasados de cuerpo entero y estas caobas talladas son producto del incomparable Nuth".

Se puede objetar en contra de mi utilización de la palabra "incomparable" que en el oficio de ladrón el nombre de Slith sigue siendo soberano y único; eso no lo ignoro. Mas Slith es un clásico y vivió hace mucho tiempo, y no sabía completamente nada acerca de la moderna competencia; aparte de que la sorprendente índole de su funesto destino posiblemente ha añadido un encanto que exagera ante nuestros ojos sus indudables méritos. No cabe suponerse que yo sea un amigo cualquiera de Nuth. Al contrario, soy partidario de la Propiedad, y no necesita que yo interceda por él, ya que su posición es casi única dentro del gremio, siendo de los pocos que no precisan anunciarse.

En la época en que comienza mi historia, Nuth vivía en una espaciosa casa de Belgrave Square. A su inimitable manera había trabado amistad con la portera. El lugar le agradaba a Nuth y, cada vez que alguien iba a inspeccionarlo con ánimos de compra, la portera solía ensalzar la casa con las palabras que Nuth le había sugerido. "Si no fuera por los desagües -les decía ella-, sería la mejor casa de Londres". Y cuando ellos se aferraban a esa observación, y hacían preguntas acerca de los desagües, ella les contestaba que eran buenos, mas no tanto como la propia casa. No veían a Nuth cuando recorrían las habitaciones, mas Nuth estaba allí. Una mañana primaveral llegó una anciana, vestida pulcramente de negro y con un gorro forrado de rojo, preguntando por el señor Nuth; con ella venía su voluminoso y desgarbado hijo. La señora Eggins, la portera, echó un vistazo a la calle y después los dejó entrar, haciéndoles esperar en el salón entre muebles cubiertos por sábanas. Esperaron un buen rato y luego olieron a tabaco de pipa: era Nuth que se acercaba a ellos.

-Señor -dijo la anciana del gorro forrado de rojo-, usted ha sido el que me ha incitado -y entonces comprendió que ésa no era forma de dirigirse al señor Nuth.

Finalmente habló Nuth y la anciana le explicó muy tímidamente que su hijo era un joven prometedor, introducido ya en la profesión, que quería mejorar de posición, y que ella deseaba que el señor Nuth le enseñara a ganarse la vida. Ante todo, Nuth quiso ver sus referencias, y cuando le mostraron una de un joyero del cual daba la casualidad de que era uña y carne, el resultado fue que accedió a hacerse cargo de Tonker (pues así se llamaba el prometedor joven) y convertirlo en su aprendiz. La anciana del gorro forrado de rojo regresó a su pequeña casa de campo y cada atardecer le decía a su viejo marido:

-Tonker, debemos cerrar los postigos por la noche, pues ahora Tommy es un ladrón.

No tengo la intención de pormenorizar los detalles del aprendizaje del prometedor joven: los que son de la profesión ya los conocen y los que son de otros oficios solamente se preocupan de los suyos propios, mientras que los desocupados que carecen de profesión no lograrían apreciar los progresos de Tommy Tonker, primero cruzando a oscuras y sin hacer ningún ruido simples maderos cubiertos de pequeños obstáculos, después ascendiendo en silencio escaleras que crujen, más tarde abriendo puertas y por último trepando. Baste decir que el negocio prosperó enormemente, mientras Nuth enviaba de vez en cuando a la anciana del gorro forrado de rojo entusiastas informes, escritos con su difícil letra, sobre los progresos de Tommy Tonker. Nuth había renunciado muy pronto a las clases de caligrafía, pues parecía tener algún prejuicio contra la falsificación y, por consiguiente, consideraba la escritura como una pérdida de tiempo. Más tarde se produjo la transacción con lord Castlenorman en su residencia de Surrey. Nuth eligió un sábado por la noche y a las once en punto toda la casa estaba en silencio. Cinco minutos antes de la medianoche, Tommy Tonker, siguiendo instrucciones del señor Nuth, que esperaba fuera, salió con una bolsa llena de anillos y botones de camisa. Era una bolsa realmente liviana, mas los joyeros de París no podrían igualarla sin hacer un pedido especial a África, así es que lord Castlenorman tuvo que pedir prestados botones de hueso.

No hubo ni un solo rumor que susurrara el nombre de Nuth. Si dijera que esta circunstancia se le subió a la cabeza, la afirmación molestaría a más de uno, pues sus socios sostienen que su astuto juicio no se veía afectado por las circunstancias. Diré por consiguiente que estimuló su genio para planear lo que ningún otro ladrón había planeado antes. Ni más ni menos que robar la mansión de los gnolos. Y eso se lo reveló a Tonker aquel hombre abstemio frente a una taza de té. Aunque Tonker no hubiera estado casi loco de orgullo por su reciente transacción, ni cegado por su veneración por Nuth, habría aceptado el plan, pero me temo que habría derramado la leche. Mas protestó respetuosamente: dijo que prefería no ir; se permitió argüir que no era un asunto claro. Y al final, una ventosa mañana de octubre que amenazaba tormenta les sorprendió a ambos siguiendo un rastro cerca del espantoso bosque.

Sopesando pequeñas esmeraldas con simples pedazos de roca, Nuth averiguó el peso probable de los adornos caseros que, según se creía, poseen los gnolos en la angosta y elevada mansión en la que han morado desde muy antiguo. Decidieron robar dos esmeraldas y transportarlas entre los dos envueltas en un capote; mas si resultaban demasiado pesadas, deberían arrojar inmediatamente una de ellas. Nuth advirtió al joven Tonker contra la avaricia y le explicó que las esmeraldas valdrían menos que un queso hasta que ellos estuvieran a salvo del espantoso bosque.

Todo había sido cuidadosamente planeado, y ahora caminaban ambos en silencio. No hallaron indicios de sendero alguno entre la siniestra penumbra de los árboles; tampoco de hombres o de ganado; desde hacía centenares de años no había pasado por allí ni siquiera algún cazador furtivo en busca de elfos. No era posible penetrar dos veces en los diminutos valles de los gnolos. Y, aparte de las cosas que allí habían sucedido, los mismos árboles eran un aviso, no tenían el aspecto saludable que presentan los que nosotros plantamos. La aldea más próxima estaba a pocas millas y la parte posterior de todas sus casas daba al bosque, aunque sin ninguna ventana en aquella dirección. Allí no hablaban de él y en otras partes lo desconocían. Nuth y Tommy Tonker se introdujeron en aquel bosque. No llevaban armas de fuego. Tonker había pedido una pistola, mas Nuth le respondió que el ruido de un disparo "nos lo echaría todo a perder", y no se habló más de ello. Anduvieron todo el día por el bosque, internándose cada vez más en él.

Vieron el esqueleto de algún primitivo cazador furtivo de tiempos del rey Jorge, clavado a una puerta bajo un roble. De vez en cuando divisaron a lo lejos una trampa para hadas. En cierta ocasión, Tonker pisó un trozo de madera seca y endurecida, después de lo cual permanecieron ambos inmóviles durante unos veinte minutos. Y el ocaso refulgió, lleno de presagios, por entre los troncos de los árboles; y cayó la noche; y, a la caprichosa luz de las estrellas, como Nuth había previsto, llegaron a aquella casa angosta y elevada donde los gnolos moraban en secreto.

Todo estaba tan silencioso en aquella módica casa que el decaído ánimo de Tonker vaciló; mas al experimentado juicio de Nuth le pareció que aquel silencio era excesivo. Y todo el tiempo el cielo presentó ese aspecto peor que un juicio oral, de manera que Nuth, como ocurre a menudo cuando los hombres desconfían, tuvo tiempo suficiente para temerse lo peor. Sin embargo, no abandonó el asunto sino que mandó al prometedor joven que, mediante una escala, subiera con el instrumental propio de su oficio a la vieja ventana verde. Y, en el momento en que Tonker tocó los podridos maderos, el silencio, que, aunque ominoso, era terrenal, se hizo sobrenatural como el roce de un gul. Y Tonker escuchó su respiración que violaba el silencio, y su corazón parecía un tambor furioso durante un ataque nocturno, y el cordón de una de sus sandalias golpeó en uno de los peldaños de la escalera, y las hojas del bosque enmudecieron, y la brisa de la noche se aplacó. Y Tonker rezó por que algún topo o ratón hiciera ruido; mas no se movió ni una sola criatura; incluso Nuth estuvo inmóvil.

E inmediatamente, antes de ser descubierto, el joven prometedor se decidió, como debiera haber hecho mucho antes, a dejar aquellas colosales esmeraldas en donde estaban y a no tener ya nada más que ver con la angosta y elevada mansión de los gnolos, abandonando en aquel preciso momento el siniestro bosque y retirándose enseguida del oficio para comprarse una casa en el campo. Entonces descendió silenciosamente y le hizo señas a Nuth. Mas los gnolos le habían observada a través de unos agujeros que habían horadado en los troncos de los árboles, y al misterioso silencio siguieron, como una bendición, los apresurados gritos de Tonker al ser atrapado por detrás; gritos cada vez más imperiosos hasta hacerse incoherentes. Es inútil preguntar adónde le llevaron, no pienso decir lo que hicieron.

Nuth observó durante un rato desde la esquina de la casa; mientras se frotaba la barbilla, su cara mostraba una ligera sorpresa, pues el truco de los agujeros en los árboles era nuevo para él. Entonces se escabulló ágilmente a través del espantoso bosque.

“¿Atraparon también a Nuth?", me preguntarás, apreciado lector.

"Pues no, niño mío" (pues semejante pregunta es pueril). "Nadie atrapó jamás a Nuth".

Lord Dunsany (1878-1957)


Más relatos de Lord Dunsany. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


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El resumen del cuento de Lord Dunsany: De como Nuth habría practicado su arte contra los Gnolos (How Nuth would have practised his art upon the Gnoles) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Nada dorado permanece: Robert Frost


Nada dorado permanece (Nothing gold can stay) es un célebre poema del escritor norteamericano Robert Frost, compuesto en 1923 y publicado ese mismo año en la revista Yale Review y en la antología poética: New Hampshire, la cual le valió el premio Pulitzer.





Nada dorado permanece.

Nothing gold can stay
, Robert Frost (1874-1963)


El primer tinte de la naturaleza es dorado,
Para mantener su verde más intenso.
Su hoja temprana va floreciendo
Y vive apenas una instante.
La hoja muere al caer, danzante,
Como se hundió el Edén muy a su pesar,
Así el alba día a día desciende,
Pues nada dorado permanece.

Robert Lee Frost (1874-1963)


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El resumen y la traducción al español del poema de Robert Frost: Nada dorado permanece (Nothing gold can stay) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La muerte violeta: Gustav Meyrink


La muerte violeta (Der violette tod) -a veces traducido como: La muerte morada o La muerte púrpura- es un relato fantástico del escritor austríaco Gustav Meyrink, escrito en 1913.

La muerte violeta es un relato breve que desarrolla magistralmente aquella pasión de Gustav Meyrink por el esoterismo y la simbología. Un excelente ejemplo de que efectividad narrativa puede ir de la mano con un lenguaje exquisito.





La muerte violeta.
Der violette tod, Gustav Meyrink (1868-1932)

El tibetano calló.

Su desmedrada figura permaneció todavía algún tiempo de pie, erguida e inmóvil, y luego desapareció en la jungla.

Sir Roger Thornton miraba fijamente la hoguera. Si no fuera un penitente, un sannyasin, aquel tibetano que, además, iba en peregrinación a Benarés, no hubiera creído ni una sola de sus palabras. Pero un sannyasin no miente ni puede ser engañado. ¡Y luego aquellas contradicciones pérfidas y crueles en el rostro del asiático! ¿O sería que se dejó engañar por el resplandor de la hoguera que tan extrañamente se reflejaba en los ojos mongoles?

Los tibetanos odian a los europeos y guardan celosamente sus mágicos secretos, con los que esperan aniquilar un día a los orgullosos extranjeros cuando llegue la hora. Sea como fuere, Sir Roger Thornton desea comprobar con sus propios ojos si, efectivamente, existen fuerzas ocultas en ese pueblo extraño. Pero necesita compañeros, hombres valerosos cuya voluntad no se quiebre ante los horrores de un mundo diferente. El inglés pasa revista a sus compañeros... Aquel afgano sería el único entre los asiáticos para ser tomado en cuenta. Es intrépido como una fiera, pero supersticioso. Así pues, sólo queda su criado europeo.

Sir Roger le toca con la punta de su bastón. Jaburek quedó completamente sordo a los diez años, pero sabe leer cada palabra en los labios de su amo, por muy rara que sea. Sir Roger le cuenta con expresivos gestos lo que oyó decir al tibetano... A unas veinte jornadas del lugar donde se encuentran, en un valle de las laderas del Himavat, exactamente señalado, hay un trozo de tierra sumamente extraño. Por tres de sus lados se elevan muros rocosos, cortados a pico; el único acceso está cerrado por gases ponzoñosos que emanan continuamente del suelo y matan al instante a todo ser viviente que pretenda pasar. En el desfiladero, que cubre unos cienta treinta kilómetros cuadrados, en medio de la vegetación más exuberante, vive, al parecer, una pequeña tribu de raza tibetana que, según el rumor, va tocada de rojos gorros puntiagudos y adora a un ser malvado y satánico en forma de pavo real. Ese ser diabólico enseñó a los habitantes la magia negra, y en el transcurso de los siglos les ha ido revelando misterios que un día habrán de transformar el globo terrestre. Se dice que les enseñó una especie de melodía capaz de aniquilar en un instante al hombre más fuerte.

Jaburek sonrió desdeñosamente.

Sir Roger le explicó que se proponía cruzar los lugares envenenados con ayuda de escafandras y balones de aire comprimido y luego penetrar en el interior del misterioso desfiladero.

Jaburek asintió con la cabeza y se frotó con satisfacción las sucias manos. El tibetano no había mentido. Allá abajo se extendía, cubierta de verdor, la extraña garganta: un cinturón de tierra amarillenta, desértica y corroída por las erosiones, separaba el desfiladero del mundo exterior en una anchura que se tardaba media hora en recorrer. El gas que surgía del suelo era ácido carbónico puro. Sir Roger Thornton, que desde la cumbre de una colina pudo apreciar la anchura de aquel cinturón, decidió emprender la marcha a la mañana siguiente. Las escafandras que había encargado en Bombay funcionaban perfectamente.

Jaburek llevaba los dos rifles de repetición y diversos instrumentos que su amo consideraba indispensables. El afgano se negó tenazmente a acompañarlos y declaró estar dispuesto a meterse en una cueva de tigres, pero que se cuidaría mucho de hacer nada que pudiera comprometer su alma inmortal.

Así, los únicos osados fueron los dos europeos.

Los cascos de cobre de las escafandras refulgían al sol y lanzaban extrañas sombras al suelo esponjoso del que ascendían, en innumerables y diminutas burbujas, las letales emanaciones. Sir Roger imprimió a su marcha un ritmo rápido para evitar el consumo del aire comprimido antes de haber cruzado la zona de los gases. Todo lo veía turbio, como a través de una tenue capa de agua. La luz del sol, de un verde fantasmal, teñía los lejanos glaciares del “techo del mundo”, que levantaba sus gigantescos perfiles como un singular paisaje de muerte. Finalmente, hallaron verde césped y Sir Roger encendió un fósforo para cerciorarse de la presencia del aire atmosférico en todos los niveles. Después se quitaron los cascos y descargaron los balones de aire.

A sus espaldas se elevaba la muralla de gas, como una temblorosa masa de agua. En el aire flotaba un aroma embriagador de flores de amberia. Tornasoladas mariposas, del tamaño de una mano, cubiertas de raros dibujos, descansaban con las alas abiertas, como si fueran libros de magia, sobre inmóviles flores. Caminando bastante separados uno de otro, ambos se dirigieron hacia un bosquecillo que les cerraba el horizonte. Sir Roger hizo una señal a su sordo criado, porque le pareció haber oído un ruido. Jaburek preparó el rifle.

Al llegar a un extremo del bosque, una pradera se ofreció a su vista. Apenas a cuatrocientos metros, unos cien hombres, evidentemente tibetanos, tocados con gorros rojos, habían formado un semicírculo y esperaban a los intrusos. Sir Roger avanzó, seguido de su criado. Los tibetanos llevaban las habituales zamarras de piel de carnero; mas, a pesar de ello, casi no parecían seres humanos, tan espantosamente feos y deformes eran sus rostros. Dejaron que los dos hombres se acercasen más y, de pronto, a una orden de su jefe, levantaron todos a la vez las manos, se oprimieron con fuerza los oídos y gritaron algo. Jaburek miró interrogativamente a su amo y levantó el rifle, porque el extraño movimiento de los tibetanos le pareció una señal de ataque. Pero lo que sus ojos vieron le heló la sangre en las venas: en torno a su amo se había formado una masa gaseosa, agitada y remolineante, parecida a la que habían atravesado poco antes. La figura de Sir Roger perdió los contornos, como si hubiese sido devastada por el remolino; la cabeza se tomó puntiaguda; toda la masa se hundió en sí misma, como en fusión, y en el lugar donde hacía un instante se encontraba el audaz inglés había ahora un cono de color violeta claro del tamaño de un pilón de azúcar.

El sordo Jaburek fue presa de la ira. Los tibetanos seguían gritando y él observaba con gran atención sus labios para descifrar lo que decían. Era siempre una y la misma palabra. De pronto, el jefe de los tibetanos dio un salto adelante y todos se callaron, al tiempo que bajaban las manos. Como panteras se arrojaron sobre Jaburek. Éste empezó a disparar contra la multitud, que se detuvo por un instante. Instintivamente, les gritó la palabra que poco antes había leído en sus labios.

—¡Emelen!, ¡E... me... len...! —rugía, una y otra vez, hasta que el desfiladero se estremeció como agitado por las fuerzas de la naturaleza.

Todo lo veía como a través de unos lentes de gran intensidad y el suelo parecía hundirse bajo sus pies... Pero sólo duró un momento; ahora veía de nuevo con claridad. Los tibetanos habían desaparecido, como antes su amo, y solo incontables pilones de azúcar color lila se levantaban ante él. El jefe de los tibetanos aún vivía. Las piernas se le habían convertido en una papilla azulenca y el tronco comenzaba a encogerse: era como si el hombre estuviese siendo digerido por un ser del todo transparente. No llevaba gorro rojo, sino una especie de tocado en forma de mitra donde se movían unos ojos amarillentos.

Jaburek le descargó un culatazo en el cráneo, pero no pudo evitar que el moribundo le hiriera en el pie con una hoz arrojada en el último momento. Miró a su alrededor. La soledad era absoluta. El aroma de las flores de amberia se intensificó y se hizo casi punzante. Parecía emanar de los conos color lila, que Jaburek se puso a observar ahora. Todos eran iguales y estaban formados de la misma materia gelatinosa de color morado claro. Era imposible encontrar los restos de Sir Roger entre todas aquellas moradas pirámides. Jaburek arreó un puntapié en la cara del jefe tibetano muerto y, rechinando los dientes, volvió sobre sus pasos. Desde lejos vio sobre la hierba, brillando al sol, los dos cascos. Llenó el balón de aire con una bomba portátil y penetró en la zona gaseosa. El camino parecía no acabar nunca. El infeliz sentía que las lágrimas mojaban sus mejillas.

¡Oh, Dios, su amo estaba muerto! ¡Muerto aquí, en la lejana India! Los gigantes helados del Himalaya bostezaban cara al cielo. ¡Qué les importaba el dolor de un pequeño corazón humano! Jaburek trasladó fielmente al papel, palabra por palabra, todo lo que había sucedido y no comprendía, y dirigió su escrito al secretario de su amo, que residía en Bombay, en la calle Adheritollah, número 17. El afgano se encargó de llevarlo. Poco tiempo después, Jaburek murió, porque la hoz del jefe tibetano estaba envenenada.

“Alá es Uno y Mahoma su profeta”, rezó el afgano, tocando el suelo con la frente. Los cazadores hindúes cubrieron el cadáver con flores y lo incineraron, entre cantos piadosos, sobre una hoguera de leña.

Alí Murad Bey, el secretario, palideció al recibir el horrible mensaje y transmitió el escrito a la redacción de la Indian Gazette.

El nuevo diluvio llegó.

La Indian Gazette, que publicó el “caso de Sir Roger Thornton”, apareció al día siguiente con tres horas de retraso. Un accidente extraño y horripilante tuvo la culpa del retraso: Birendranath Naorodjee, redactor del periódico, y dos empleados subalternos que solían revisar las páginas con él a medianoche, antes de salir la edición, desaparecieron del despacho sin dejar rastro. En lugar de ellos había en el suelo tres cilindros azulencos y gelatinosos, y junto a ellos el periódico recién impreso. Apenas acababa la policía, con la petulancia de siempre, de tomar las primeras declaraciones, cuando llegaron las noticias de innumerables casos similares.

Personas que leían periódicos desaparecían por docenas ante la vista de la asustada multitud que cruzaba las calles, presa de agitación. Innumerables pirámides moradas quedaban esparcidas alrededor, en las escaleras, mercados y callejuelas, hasta donde abarcaba la vista. Al anochecer, Bombay quedó medio despoblada. Una orden de las autoridades sanitarias dispuso la inmediata clausura del puerto, así como de todo tráfico con el exterior, a fin de impedir la propagación de la nueva epidemia, pues no podía tratarse de otra cosa. El telégrafo y el cable zumbaron día y noche mandando al mundo entero la terrible noticia y detalles del “caso de Sir Roger Thornton”.

Al día siguiente la cuarentena fue levantada, como extemporánea. Mensajes de terror de todos los países anunciaban que la “muerte morada” se propagaba por todas partes, casi simultáneamente, y amenazaba con despoblar la tierra. Todo el mundo perdió la cabeza y la sociedad civilizada parecía un gigantesco hormiguero en que un mozo de aldea había metido su pipa encendida. En Alemania, la epidemia estalló primero en Hamburgo. Austria, donde no se leen más que las noticias locales, se libró durante algunas semanas. El primer caso ocurrido en Hamburgo fue particularmente estremecedor. El pastor Stüiken, hombre al que la edad venerable había vuelto casi sordo, estaba sentado por la mañana a la mesa del desayuno, rodeado de sus familiares. Teobaldo, el hijo mayor, con su larga pipa de estudiante; Yette, la fiel esposa, y Mina y Tina. En una palabra, todos, todos. El anciano padre acababa de desplegar un periódico inglés recién llegado y leía a los suyos el relato del “caso de Sir Roger Thornton”. Apenas había pronunciado la palabra “Emelen” e iba a fortalecerse con un sorbo de café, cuando advirtió, presa de horror, que sólo lo rodeaban conos de gelatina morada. De uno de ellos sobresalía aún la larga pipa estudiantil. Todas las catorce almas se las llevó el Señor a su seno. El piadoso anciano cayó desmayado.

Una semana más tarde, la mayor parte de la humanidad estaba muerta. Le fue reservado a un sabio alemán poder arrojar un poco de luz sobre los acontecimientos. La circunstancia de que la epidemia respetase a los sordos y sordomudos le sugirió la idea de que se trataba de un fenómeno puramente acústico. En su solitaria buhardilla de estudioso llevó al papel una larga conferencia científica y anunció con algunas frases su lectura pública. El sabio, con su exposición, se refirió a ciertos escritos religiosos hindúes, casi desconocidos, que trataban acerca de la provocación de tormentas de fluidos astrales remolineantes mediante la pronunciación de ciertas palabras y fórmulas secretas, y fundamentó su relato en las más modernas experiencias en el campo de la teoría de las vibraciones y radiaciones.

Pronunció su disertación en Berlín y fue tal la afluencia de público que tuvo que valerse de un tubo acústico mientras leía las largas frases. Cerró su memorable discurso con las siguientes lapidarias palabras:

—Vayan a ver a un especialista del oído para que los vuelva sordos y cuídense de pronunciar la palabra... “Emelen”.

Un segundo después el sabio y sus oyentes no eran más que conos inanimados de gelatina, pero el manuscrito no fue destruido; fue conocido y estudiado, y así la humanidad pudo evitar su total exterminio. Algunos decenios más tarde, estamos en 19..., una nueva generación de sordomudos puebla el globo terrestre. Usos y costumbres son diferentes, las clases y la propiedad han sido desplazadas. Un especialista del oído gobierna al mundo. Las partituras han sido arrojadas a la basura, junto con las viejas recetas de los alquimistas de la Edad Media.

Mozart, Beethoven y Wagner se han vuelto ridículos, como antaño Alberto Magno y Bombasto Paracelso. En las cámaras de tormento de los museos, algún piano polvoriento muestra sus viejos dientes.

Gustav Meyrink (1868-1932)



Más relatos de Gustav Meyrink. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


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El resumen del cuento de Gustav Meyrink: La muerte violeta (Der violette tod) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

In Memoriam: Tennyson: poema completo en español


In Memoriam A.H.H. (In Memoriam A.H.H.) es un poema elegíaco del escritor inglés Lord Alfred Tennyson, completado en 1849, dedicado a su amigo y también poeta de Cambridge Arthur Henry Hallam, quien murió de una hermorragia cerebral en 1833.

In Memoriam es un poema extenso. Está compuesto de 131 cantos (prólogo y epílogo al márgen), los cuales, a su vez, contienen varias estrofas de cuatro versos en tetrámetro yámbico. Según declaró el propio Alfred Tennyson, la estructura secreta de In Memoriam responde a su teoría sobre la poesía y la versificación de emociones, las cuales podríamos dividir brutalmente en cuatro matices:

La poesía como una forma de liberar las emociones, de liberar el pensamiento, como autorrealización del poeta y como inevitabilidad, misión o profecía.

Perfectamente conciente de que el trazado interno de In Memoriam se parece demasiado a un laberinto -sitio donde uno se pierde voluntariamente para encontrarse con el verdadero ser- Lord Alfred Tennyson elaboró cantos, estrofas y pausas simétricas, lógicas, que funcionan como espejos de otros cantos y momentos del poema. Esto queda en evidencia al advertir la repetición de ciertos paradigmas o imágenes poéticas que se suceden a lo largo del poema.

In Memoriam explora tanto lo tradicional como lo revolucionario, su estilo y sus imágenes mutan de sección en sección, apelando siempre a un lenguaje exquisito, voluptuoso, alargando versos o estrechándolos hasta parecer sonetos, según el tema y el matiz. En este sentido, In Memoriam tiene muchos puntos en común con una composición musical, pensada, sobre todo, para transitar con el lector a lo largo de todas las facetas del sentimiento.

Pensar una traducción completa al español del In Memoriam es, indudablemente, una tarea titánica, muy por encima de nuestras posibilidades. No obstante, quizás debido a la insensatez propia de todos los espejos, aquí iremos volcando al español los fragmentos más interesantes del poema, para sumarlos a otras traducciones al español de In Memoriam realizadas por nosotros hace ya bastante tiempo.


In Memoriam A.H.H.
In Memoriam A.H.H
. Lord Alfred Tennyson (1809-1892)



In Memoriam, VII, Oscura casa.
In Memoriam VII, Dark House.

Oscura casa: otra vez regreso a a tu lado,
a esta larga calle inhóspita,
puertas donde mi corazón se habituó
a temblar esperando una mano,

Una mano que ya no podré estrechar.
Obsérvame, pues como un insomne,
como un condenado me arrastro
muy temprano hacia la puerta.

Él no está aquí; pero en la distancia
comienza el murmullo de la vida,
y como un fantasma entre la lluvia
rompe el nuevo día sobre las calles desiertas.


In Memoriam L, Permanece cerca.
In Memoriam L, Be near me.

Permanece cerca cuando se extinga mi luz,
y la sangre se arrastre y mis nervios se quiebren
con punzadas lacerantes. Y el corazón enfermo
y las ruedas del tiempo giren pausadamente.

Permance cerca cuando mi carne frágil
sea atormentada por dolores que rozan la verdad.
Y el tiempo lunático siga esparciendo el polvo,
Y la vida furiosa arroje llamas.

Permanece cerca cuando mi fe se marchite,
Y los hombres, las moscas del último estío
que colocan sus huevos, y piquen y canten
y tejan sus diminutas celdas y mueran.

Permanece cerca cuando desvaneciéndome,
Y puedas apuntar el final de mi lucha
en el atardecer de los días eternos,
en el bajo y oscuro abismo de la vida.


In Memoriam XCI, Cuando rosadas plumas.
In Memoriam XCI, When rosy plumelets.

Cuando rosadas plumas coronen al alerce
y cante trémulamente el tordo encaramado;
o revuele sobre estériles arbustos
junto al mar azul el pájaro de Marzo,

ven, toma la forma por la cual tu espíritu
conozco entre tus pares;
que toda la esperanza de los años robados
crezca y adquiera brillo en tu frente.

Cuando el paso maduro del estío aliente,
con infinitas rosas dulces,
sobre las mil olas de trigo
que ondulan en la granja solitaria,

ven; pero no en los insomnios de la noche
sino cuando el sol comience a calentar;
ven con la hermosura de tu nueva forma
y con luz más hermosa que la misma luz.


In Memoriam XV, Esta noche los vientos comienzan a soplar.
In Memoriam XV,Tonight the winds begin to rise.

Esta noche los vientos comienzan a soplar
y el día que declina ruge en la distancia:
la última hoja se pierde en remolinos,
los grajos vagan en los cielos.

Los bosques arrasados, las aguas crispadas,
los rebaños reunidos en el prado;
y con intenso brillo sobre árboles y torres
emerge el sol aclarando el mundo.

Y si estos ensueños no probaran
que cruzas con suaves gestos
la llanura de cristal líquido,
apenas podría soportar la agitación

que hace tan ruidosas las ramas yertas;
y no es así sólo por miedo;
la salvaje inquietud que vive en el dolor
embelesada adoraría aquella nube

que hacia las alturas siempre se dirige,
y empuja hacia arriba un pecho fatigado,
y luego se deshace en el triste ocaso,
ese muro naciente orlado de fuego.


Más In Memoriam A.H.H. completo en español. I Más poemas de Lord Alfred Tennyson.


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El resumen y la traducción al español del poema completo de Lord Alfred Tennyson: In Memoriam A.H.H. (In Memoriam A.H.H.) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com