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«Relatos reunidos de William Faulkner»; libro y análisis


«Relatos reunidos de William Faulkner»; libro y análisis.




Relatos reunidos de William Faulkner (Collected Stories of William Faulkner) es una colección de relatos del escritor norteamericano William Faulkner (1897-1962), publicada en 1950.

En esta antología podemos encontrar básicamente los mejores cuentos de William Faulkner. La selección fue llevada a cabo por el propio autor, tomando los relatos más importantes de sus colecciones anteriores: Estos trece (These 13), Baja Moisés (Go Down, Moses) y Gambito de caballo (Knight's Gambit). En versiones posteriores de Relatos reunidos de William Faulkner se añadieron una gran cantidad de cuentos publicados en colecciones posteriores a aquella primera edición.

William Faulkner fue, sin dudas, uno de los autores norteamericanos más influyentes de su tiempo. Su aporte al Gótico Sureño (Southern Gothic) sería decisivo para establecer los parámetros de un género sucio y sumamente crudo.




Relatos reunidos de William Faulkner.
Collected Stories of William Faulkner, William Faulkner (1897-1962)
  • El sacerdote (The Priest)
  • Ninfolepsia (Nympholepsy)
  • Una rosa para Emilia (A Rose for Emily)
  • Abuela Millard (Grandmother Millard)
  • Ad Astra (Ad Astra)
  • Arrastre mortal (Death Drag)
  • Artista en casa (Artist at Home)
  • Cabello (Hair)
  • Cacería de zorros (Fox Hunt)
  • Carcasona (Carcassonne)
  • Centauro de latón (Centaur in Brass)
  • Divorcio en Nápoles (Divorce in Naples)
  • Doctor Martin (Dr. Martin)
  • Dos soldados (Two Soldiers)
  • El broche (The Brooch)
  • El campo (The Country)
  • Elly (Elly)
  • El páramo (The Wasteland)
  • El territorio medio (The Middle Ground)
  • Ese sol de la tarde (That Evening Sun)
  • Eso estará bien (That Will Be Fine)
  • Estación Pennsylvania (Pennsylvania Station)
  • ¡Ey! (Lo!)
  • Granero en llamas (Barn Burning)
  • Grieta (Crevasse)
  • Había una reina (There Was a Queen)
  • Herpes para el señor (Shingles for the Lord)
  • Hojas rojas (Red Leaves)
  • Honor (Honor)
  • La aldea (The Village)
  • La cacería del oso (A Bear Hunt)
  • La justicia (A Justice)
  • La mula en el patio (Mule in the Yard)
  • La naturaleza (The Wilderness)
  • La pierna (The Leg)
  • Lava (Wash)
  • Los hombres altos (The Tall Men)
  • Más allá (Beyond)
  • Mistral (Mistral)
  • Montaña Victoria (Mountain Victory)
  • Música negra (Black Music)
  • No perecerá (Shall Not Perish)
  • Septiembre seco (Dry September)
  • Tierra dorada (Golden Land)
  • Tío Willy (Uncle Willy)
  • Todos los pilotos muertos (All the Dead Pilots)
  • Un cortejo (A Courtship)
  • Victoria (Victory)
  • Vuelta completa (Turnabout)




Relatos góticos. I Libros de William Faulkner.


El análisis y resumen del libro de William Fulkner: Relatos reunidos de William Faulkner (Collected Stories of William Faulkner), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

William Faulkner: cuentos destacados


William Faulkner: cuentos destacados.




William Faulkner (1897-1962) fue uno de los más destacados escritores norteamericanos de su tiempo, cuyos relatos influyeron poderosamente en el Gótico Sureño (Southern Gothic), especie de subgénero que heredó buena parte de las características de la literatura gótica tradicional. Lo cierto es que los cuentos de William Faulkner lograron una trascendencia notable, sobre todo como parámetro de estilo y calidad dentro del modernismo.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de algunos de los más destacados cuentos de William Faulkner.




Cuentos de William Faulkner: relatos:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: William Faulkner: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

¡Salud! Tragos, cocktails y alcohol en la literatura


¡Salud! Tragos, cocktails y alcohol en la literatura.




Hay géneros artísticos que, por su propia naturaleza, abundan en curdas memorables.

Oscar Wilde escribió alguna vez sobre su amor irrenunciable por el absenta. Dorothy Parker, en cambio, prefería el clásico martini; Stephen King se emperraba en la cerveza; Ernest Hemingway se enamoró perdidamente del mojito; William Faulkner del licor de menta; y Dylan Thomas, quizás más varonil, nunca desaprovechaba la ocasión de emborracharse con whisky.

El alcohol ocupa un rol predominante y muy bien documentado en la literatura; no tanto hacia afuera, es decir, como ingrediente literario, sino más bien en la trastienda: borracheras colosales y resacas inauditas dieron lugar a grandes páginas y tremendos dolores de cabeza.

Esto ha cambiado mucho en las últimas décadas.

Los autores ahora se jactan de su sobriedad, de su dieta herbívora, de sus hábitos saludables, dejando en el recuerdo nostálgico aquellos sórdidos bares y las trasnoches que luego, ya en la revulsión hepática del día siguiente, se transformaban en un tipo de literatura muy particular.

La solemnidad del lector, en muchos casos, es la que le impide detectar qué episodios han sido escritos en la más escandalosa borrachera.

Basta repasar algunas escenas de Guerra y Paz (Voyná i mir, León Tolstoi), por ejemplo, o de El alcalde de Casterbridge (The Mayor of Casterbridge, Thomas Hardy), para verificar hasta qué punto el alcohol forma parte del argumento e incluso de las decisiones que toman sus protagonistas.

En ciertos casos, seguir el rastro de tragos en una obra determinada es mucho más sencillo. Tomemos como ejemplo a Thomas Pynchon, ganador del premio Pulitzer; con un alarmante promedio de 50 libaciones diferentes en cada una de sus novelas, desde tragos clásicos a misteriosos preparados con raíz de valeriana y otros yuyos, sin duda más apropiados para el herbolario que para el bebedor de base que prescinde de esas sutilezas.

Los cocktails también tienen su lugar en la literatura:

Holly Golightly, protagonista de Desayuno en Tiffany (Breakfast at Tiffany's, Truman Capote), ingiere dosis considerables de refrescantes daiquiris; trago que también era el favorito de Graham Greene, como queda demostrado en: Nuestro hombre en la Habana (Our Man in Havana).

Por otro lado, Jay Gatsby —El gran Gatsby (The Great Gatsby, F. Scott Fitzgerald)— prefiere el gin rickeys; mientas que Daisy Buchanan —de la misma novela— moría por una empalagosa mezcla de suero de menta y vodka.

Y qué decir de los personajes de Retorno a Brideshead (Brideshead Revisited, Evelyn Waugh), asiduos bebedores de raros batidos de cognac y crema de cacao. O del atildado Abraham Van HelsingDrácula (Dracula, Bram Stoker)—, que a frente a cada ataque del vampiro intenta recuperar la compostura de sus pacientes con generosas dosis de brandi.

Frente a estas opciones hay que admitir la cultura etílica de Jake Barnes, protagonista de Fiesta (The Sun Also Rises, Ernest Hemingway), y sus juiciosas combinaciones de jugo de lima, limón, granadina, y cualquier bebida blanca que pudiese obtener a un precio razonable; y también las combinaciones sencillas de Dean y Sal de En el camino (On the Road, Jack Kerouac), donde el vino barato se mezcla con whisky, igualmente corrosivo.

Tragos más fuertes, y probablemente letales, aparecen en La naranja mecánica (A Clockworck Orange, Anthony Burgess); por ejemplo, el célebre Moloko Plus: básicamente una fusión devastadora de alcohol, leche y barbitúricos.

La novela policial es un ejemplo típico del género literario en donde el alcohol no puede ser sustituido por infusiones más amables con el aparato hepático.

Ya dentro del policial se destacan las gloriosas mamúas de Philip Marlowe, aquel lúcido detective de Raymond Chandler y ávido consumidor de gimlet, cocktail a base de gin y lima, y cuya receta incluso es compartida por el autor en El largo adiós (The Long Goodbye).

Los hombres de acción siempre recurren a un buen trago en momentos de relajación. Ian Fleming inmortalizó esta rutina en todas las novelas de James Bond, quizás el más conocido bebedor de martinis de la literatura.

Por cierto, el alcohol estuvo presente en la literatura mucho antes de la invención del cocktails y los coloridos y empalagosos tragos con los que los barmans actualmente nos torturan.

El mismísimo Beowulf, escrito en el siglo VIII, fue capaz de defender todo un castillo de la furia de Grendel y, al mismo tiempo, sufrir un pedo de proporciones épicas. Aquella bebida no solo era para héroes, sino para estómagos de probada resistencia: miel fermentada y alcohol, mucho, muchísimo alcohol.

Este vieja tradición de embriagarse también se encuentra en obras clásicas más refinadas.

En las tragedias de William Shakespeare, por ejemplo, proliferan los vinos fuertes, avinagrados, con un tinte más bien amarillento. Falstaff, de hecho, realiza una breve pero conmovedora alabanza al escabio en Enrique IV (Henry IV), parte II; donde sostiene que el tinto vuelve valiente al hombre, calienta su sangre y hace que su rostro se enrojezca. En otras palabras: lo emborracha.

Lejos de tomar el camino elogioso de Falstaff, hay que decir que el alcohol es solo una herramienta más que para iluminar el destino de un personaje, para sincerarlo, para barrer de él todo rastro de falsedad y mentira:

In Vino Veritas.
(En el vino está la verdad)



Esto reza el proverbio latino, una forma elegante de describir la honestidad brutal del borracho, sin filtros ni autocensura, y cómo ésta solo se admite socialmente como mera condición pasajera: un síntoma secundario, inapropiado, que desarticula la peor de las mentiras: la que se formula hacia adentro; y que quizás por eso inquieta y hasta escandaliza al sobrio.

Los senderos de Baco son misteriosos.

Uno puede hundirse en los abismos de la desesperación y la locura de Jack Torrance —El resplandor (The Shining, Stephen King)— o bien dejarse arrastrar por la moderada desventura de Ebezener Scrooge —Un cuento de Navidad (A Chirstmas Carol, Charles Dickens)—; pero en ningún caso estaremos a salvo de aquel dolor secreto, íntimo, que rara vez se ahoga en el vaso.

¡Salud!




Autores con historia.

Más literatura gótica:
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5 novelas que Morgan Freeman recomienda leer


5 novelas que Morgan Freeman recomienda leer.


El prestigioso actor Morgan Freeman, ganador del premio Oscar, es también reconocido como un apasionado lector.

A continuación compartimos sus 5 novelas favoritas, donde aparecen algunos clásicos de la literatura mezclados con obras más contemporáneas. Una de ellas, de hecho, lo tuvo como protagonista.



1- Grandes esperanzas (Great Expectations, Charles Dickens)

Más allá de ser una de las mejores novelas de Charles Dickens, Grandes esperanzas es sin dudas la más oscura de todas.

Básicamente es una novela acerca de las pérdidas y el sufrimiento, y cómo a menudo las usamos para sobrellevar la vida.

Allí, la señora Havisham usa la pérdida de su matrimonio para justificar una vida en soledad, encerrada en una casa que bien podría ser una prisión o una tumba. Joe el herrero absorbe su dolor por la pérdida y la utiliza como medio para sentir compasión, por sí mismo y por los demás. Pip, el protagonista central, huérfano y apesadumbrado, llega a la conclusión de que la pérdida de sus sueños y esperanzas no son razones suficientes para dejar de vivir.


2- Azabache (Black Beauty, Anna Sewell)

También editado como Belleza negra, es una de esas novelas enfocadas a un público juvenil pero que pueden ser perfectamente leídas y apreciadas por los adultos.

Relata la historia de un hermoso caballo negro que atraviesa todo tipo de situaciones, la mayoría, horrorosas; como amos crueles, maltrato y arduas e interminables jornadas bajo el sol abrasador.

Sin embargo, cuando todo parece conducirlo irreversiblemente al desastre, Beauty descubre que al final del camino le aguarda un destino muy peculiar.


3- ¡Absalom! ¡Absalom! (Absalom!, Absalom!, William Faulkner)

Novela cruda, demoledora, que narra la historia de la familia Sutpen durante la Guerra de Secesión a través de cuatro personajes que intentan reconstruir los hechos que la condujeron a la catástrofe.

Podemos pensar que esta ambigua y paradójica novela de William Faulkner trata temas tan complejos como el amor, la venganza y el racismo; pero también sobre los límites morales y éticos del propio ser humano, encapsulado en un tiempo preciso, en un espacio concreto, que le impide actuar como su corazón le ordena, sometiéndose por completo a los valores de esa sociedad en particular, horriblemente cruel, en muchos casos.


4- Moby Dick (Moby Dick, Herman Melville)

Qué decir sobre esta novela clásica de Herman Melville, su elusiva ballena y aquel perseguidor obsesivo, el capitán Ahab.

Moby Dick es, en cierta forma, una fuerza primordial de la naturaleza, que en este caso se encarga de atacar ferozmente a todos los barcos balleneros que encuentra. El capitán Ahab, loco por sus deseos de venganza a causa de la pérdida de su pierna y su buque, es una figura todavía más extraña, que quizas representa la sed insaciable del hombre y su negación de los equilibrios que la naturaleza establece.

Debajo de la superficie de la historia, en gran parte acerca de profecías, pesca y aceite de ballena, subyace una mirada fascinante sobre la antigua lucha entre el bien y el mal, y cómo nuestras obsesiones juegan un rol decisivo en su definición.


5- Rita Hayworth y la redención de Shawshank (Rita Hayworth and the Shawshank Redemption, Stephen King)

Morgan Freeman de hecho protagonizó la adaptación cinematográfica de esta atrapante historia sobre la amistad, el encierro y la esperanza.

Realmente única dentro de la obra de Stephen King, inclinada claramente hacia el horror, Rita Hayworth y la redención de Shawshank nos ubica en una prisión durante los años '30, donde un hombre inocente y otro culpable entablan una entrañable amistad en un contexto atravesado por la crueldad y la desesperanza.

Uno de ellos alberga una inquebrantable fe en el futuro; el otro, en cambio, se muestra más bien escéptico acerca de los supuestos beneficios de la libertad. En cualquier caso, ambos deben superar sus limitaciones para entender que ni la libertad ni el futuro se acercan a nosotros, sino que es uno quien debe correr hacia ellas con los brazos abiertos.




Más antologías. I Autores con historia.


Más literatura gótica:
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Grandes relatos cortos de suspenso


Grandes relatos cortos de suspenso.




Grandes relatos cortos de suspenso (Spine Chillers: an Anthology of Mystery and Horror) es una colección de relatos de terror publicada en 1961.

La antología presenta algunos de los mejores cuentos cortos de suspenso de los principales maestros del género.






Grandes relatos cortos de suspenso.
Spine Chillers: an Anthology of Mystery and Horror.




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: Grandes relatos cortos de suspenso (Spine Chillers: an Anthology of Mystery and Horror) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Los mejores relatos de terror según Dashiel Hammett.


Los mejores relatos de terror según Dashiel Hammett.




Ruptura (Breakdown) es una colección de relatos de terror editada por el escritor norteamericano Dashiel Hammett (1894-1961), autor de verdaderos clásicos del género policial y el relato de detectives.

Todos los relatos de terror que integran la antología fueron recopilados de dos colecciones anteriores: Se arrastran de noche (Creeps by Night) y El cerebro rojo (The Red Brain), ambas publicadas en 1931. Allí, Dashiel Hammett recopila sus relatos favoritos de terror, muchos de los cuales se han convertido en clásicos del género.





Ruptura.
Breakdown, Dashiel Hammett.
  • El cerebro rojo (The Red Brain, Donald Wandrei)
  • La matanza (The Kill, Peter Fleming)
  • La música de Erich Zann (The Music of Erich Zann, H.P. Lovecraft)
  • Más allá de la puerta (Beyond the Door, Paul Suter)
  • Una rosa para Emilia (A Rose For Emily, William Faulkner)
  • Diez en punto (Ten O'Clock, Peter MacDonald)
  • El autobus fantasma (The Phantom Bus, W. Elwyn Backus)
  • El fantasma de Alexander Perks (The Ghost of Alexander Perks, Robert Dean Frisbie)
  • El rey de los gatos (The King of the Cats, Stephen Vincent Benet)
  • Fe, esperanza y caridad (Faith, Hope and Charity, Irwin S. Cobb)
  • La casa (The House, Andre Maurois)
  • La rata (The Rat, S. Fowler Wright)
  • Pensamientos verdes (Green Thoughts, John Collier)
  • Ruptura (Breakdown, L.A.G. Strong)
  • Señor Arcularis (Mr. Arcularis, Conrad Aiken)
  • Un visitante de Egipto (A Visitor From Egypt, Frank Belknap Long)




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: Ruptura (Breakdown) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Ninfolepsia»: William Faulkner; relato y análisis.


«Ninfolepsia»: William Faulkner; relato y análisis.




Ninfolepsia (Nympholepsy) es un relato fantástico del escritor norteamericano William Faulkner (1897-1962), publicado de manera póstuma en la antología: Relatos reunidos de William Faulkner (Collected Stories of William Faulkner).

Ninfolepsia, uno de los mejores cuentos de William Faulkner, opera como un documento que testimonia algunas creencias personales del autor, así como un ensayo o experimento acerca de cuestiones que le interesaban particularmente. Aquí William Faulkner juega con una palabra bastante extraña: Ninfolepsia, mezcla del griego nymphe, «ninfa»; y lepsis, «posesión».

No vale la pena adelantarnos innecesariamente, pero conviene aclarar que esta historia es significativamente distinta a cualquier otra de William Faulkner.






Ninfolepsia.
Nympholepsy, William Faulkner (1897-1962)

Pronto su sombra se vio descabezada por la cortante línea de la cima de la colina; empujada ante él como si fuera una serpiente, la vio gradualmente convertirse en nada. Al final se quedó sin sombra alguna. Sus pesados e informes zapatos, grises en el camino polvoriento; su mono de trabajo, gris por el polvo: el polvo era como una bendición sobre él y sobre el día de trabajo que dejaba tras él. No recordaba la caída del trigo muerto, y sus músculos habían olvidado las estocadas y el levantamiento de horca y grano, y sus manos habían olvidado la sensación de un mango gastado de madera, suave y dulce al tacto como seda; y había olvidado el abrirse de un pajar y la suerte de danza inmortal de la paja girando en el aire a la luz del sol.

Detrás quedaba un día de faena; ante él, la burda comida y el torpe sueño en cualquier ocasional casa de huéspedes. Y al día siguiente, otra vez el trabajo y otra vez su siniestra sombra rotatoria señalando el paso de un nuevo día. Pronto, breve y bruscamente, la colina llegó a su fin: la cima dejó de ser una línea cortante. Allí estaba el valle en sombras, y la colina opuesta, en dos dimensiones y dorada por el sol. Y en el interior del valle, la ciudad, entre sombras de color lila. Entre sombras de color lila se hallaban los alimentos que comería y el sueño que lo aguardaba; acaso una chica, como música fúnebre y húmeda por el calor y vestida de algodón azul, se cruzaría en su camino fatalmente; y también él, en aquella tierra lunar, sería uno más entre los hombres jóvenes que con su sudor hacen saltar oro del trigo.

Pero allá estaba la ciudad. Por encima de los muros grises había ramas de manzano un día dulces y floridas y hoy todavía verdes; los establos y las casas eran colmenas de donde habían huido las abejas de la luz del sol. Desde allí, el Palacio de justicia era un sueño soñado por Tucídides: uno no llegaba a ver que las pálidas columnas jónicas estaban accidentalmente manchadas de tabaco. Y del taller del herrero llegaba un acompasado tañido de yunque y martillo, como una llamada a vísperas.

Privado de movimiento, su cuerpo sintió la sangre, que se apaciguaba por momentos, sintió la tarde, que fluía y se iba como agua; sus ojos vieron la sombra de la aguja de la iglesia, como un prodigio en medio de aquella tierra. Miró el polvo que se derramaba de sus zapatos invertidos. Sus pies estaban veteados y mugrientos por el polvo; apaciguado, agradeció la humedad placentera y caliente de sus zapatos.

El sol era la boca roja y descendente de un horno; su sombra, que él creía perdida, se agazapaba a sus pies como un perro que trata de esconderse. El sol estaba en los árboles, goteando de hoja en hoja; el sol era como una pequeña llama de plata que se moviera entre los árboles. Oh, era algo vivo, pensó al mirar una luz dorada entre los pinos oscuros: una pequeña llama que, habiendo perdido de algún modo su vela, anduviera buscándola.

Cómo supo a aquella distancia que era una mujer o una chica, no habría podido decirlo, pero lo sabía; y durante un tiempo miró con curiosidad vacía los movimientos sin objeto de la figura. La figura se detuvo, recibió el último fulgor del rojo sol en un plano delgado y dorado que, retornando el movimiento, desapareció.

En el curso de un nítido instante hubo una. vieja y aguda belleza detrás de sus ojos. Luego, sus un día limpios instintos, groseros después, lo hicieron ponerse bruscamente en movimiento. Saltó una cerca ante la mirada contemplativa y fija del ganado y corrió torpemente hacia los bosques a través de un campo de maíz recolectado. Viejos y blandos surcos se deslizaban bajo sus zancadas, haciendo que sus rodillas martilleantes entrechocaran, y quebradizos tallos de maíz obstaculizaban su veloz marcha con sensual y estática indiferencia.

Alcanzó los bosques después de saltar otra cerca, y se detuvo un instante y el oeste transmutó alquímicamente el plomizo polvo que lo cubría, dorando las puntas de su barba sin afeitar. Los árboles, los troncos de arces y hayas eran franjas gemelas de oro rojo y de lavanda erguidas en la tierra, y las ramas extendidas conferían al ocaso colores indecibles; eran como manos de avaro derramando a regañadientes monedas doradas de crepúsculo. Los pinos eran mitad hierro, mitad bronce; esculpidos en símbolo de quietud eterna, derramaban también oro sobre la hierba rala, que lo hacía correr de árbol en árbol como fuego que se extiende, para apagarse luego en la sombra de los pinos. Sobre una rama oscilante, un pájaro lo miró brevemente, cantó y se alejó volando.

Ante la verde catedral de árboles se quedó quieto unos instantes, vacío como una oveja, percibiendo cómo el día moribundo se iba del mundo como agua de una bañera o de un cuenco rajado; y oyó al día repetir lentas plegarias en la nave verde. Luego volvió a moverse hacia adelante, lentamente, como si esperara que fuera a surgir ante él un sacerdote para detenerlo y descifrar su alma.

Pero nada sucedió. El día fue lentamente muriendo sin un ruido en torno a él, y la gravedad lo condujo colina abajo entre apacibles sendas de árboles. Pronto lo envolvió la sombra violeta de la colina. No había sol allí, aunque las copas de los árboles seguían siendo como maleza bañada en oro, y los troncos de los árboles de la cima eran como una verja listada más allá de la cual la tarde se consumía lentamente. Y él se detuvo de nuevo, y sintió el miedo.

Recordó fragmentos del día: los tragos de agua fresca de una jarra, mientras otro esperaba su turno, el trigo rompiéndose ante la hoja de la segadora mientras los caballos de tiro hacían fuerza contra la collera, los caballos que soñaban con avena en un establo dulce por el amoníaco y el olor de los arneses sudorosos, los mirlos que sesgaban el aire sobre el trigo como trozos de papel quemado. Pensó en el haz de músculos bajo una camisa azul mojada por el sudor, y en alguien a quien atender o con quien hablar. Siempre alguien, algún otro miembro de su raza, de su género. El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio conoció el miedo.

Porque había algo que ni siquiera el deseo del cuerpo de una mujer tenía en cuenta. O que, al utilizar tal instinto con el propósito de apartarlo de los caminos de la seguridad, en donde otras gentes de su género comían y dormían, lo había traicionado. «Si la encuentro, estoy a salvo», pensó, sin saber si lo que quería era la cópula o compañía. Allí no había nada para él: las colinas, que descendían en ambos lados, que se aproximaban, que sin embargo se hallaban separadas por un pequeño arroyo.
El agua discurría parda bajo alisos y sauces, sin luz, y parecía inhóspito y oscura. Como la mano del mundo, como una línea en la palma de la mano del mundo, una arruga insignificante. «¡Sin embargo podía ahogarse en ella!», pensó con terror, mientras miraba revolotear sobre ella a los mosquitos, mientras miraba los árboles calmos e indiferentes como dioses y el remoto cielo, que era como un sedoso paño mortuorio que ocultara su disolución repulsiva.

Había pensado que los árboles eran una cantidad determinada de madera, pero aquéllos tan silenciosos eran más que eso. La madera había servido para hacer casas que lo protegían, la madera había alimentado el fuego que lo calentaba, le había dado calor para cocinar su comida; la madera había servido para hacer barcos que surcaban las aguas de la tierra. Pero no estos árboles. Estos lo miraban fija e impersonalmente, tomándose una venganza lenta. El ocaso era un fuego que ningún combustible había alimentado jamás; el agua emitía un murmullo en un oscuro y siniestro sueño. Ninguna embarcación surcaría estas aguas. Y sobre todo ello se cernía algún dios a cuyas compulsiones él debía responder mucho después aún de que sus más cómodas creencias se hubieran gastado como una prenda de uso diario.
Y ese dios ni lo reconocía ni lo ignoraba: ese dios parecía no tener conciencia de su entidad, salvo para considerarlo un intruso en un lugar donde nada tenía que hacer. Se agachó, sintió la tierra áspera y cálida contra sus rodillas y sus palmas; y, arrodillándose, esperó una brusca y horrenda aniquilación.

Nada sucedió, y abrió los ojos. Por encima de la cumbre de la colina, entre los troncos de los árboles, vio una única estrella. Fue como si allá a lo lejos hubiera visto un hombre. Era algo familiar, algo demasiado remoto para preocuparse por lo que él hiciera. Así que se levantó y, con la estrella a su espalda, empezó a caminar en dirección a la ciudad. Allí estaba el arroyo que había de cruzar. La demora al buscar un vado engendró de nuevo en él el miedo. Pero lo apartó mediante un acto de voluntad, pensando en la comida y en su esperanza de encontrar una mujer.

Apartó de sí aquella sensación de inminente disgusto y cólera de un Ser a quien había ofendido. Pero seguía en torno, suspendida sobre él como unas alas niveladas. Su miedo primero había desaparecido, pero pronto se encontró a sí mismo corriendo. Habría deseado convertir la carrera en paso, siquiera para probarse la firmeza de su integridad integral, pero sus piernas se negaban a detener su carrera. Allí, en el crepúsculo evasivo, había un tronco que hacía de puente en el arroyo. ¡Camina sobre él! ¡Camina sobre él!, le dijo su sentido común. Pero sus piernas le impelieron a tomarlo a la carrera.

La corteza podrida se escurrió bajo sus pies y se desprendió y cayó sobre el oscuro y susurrante arroyo. Fue como si él, aún en la orilla, hubiera resbalado y se debatiera por, mantener el equilibrio mientras maldecía su cuerpo torpe. Vas a morir, dijo a su cuerpo, y volvió a sentir en torno aquella inminente Presencia, una vez que su concentración mental se vio vencida por la gravedad. Durante un fragmento detenido de tiempo sintió, a través de la vista, sin mediación del intelecto el agua oscura a la espera, el tronco engañoso, los troncos de los árboles latiendo y respirando y las ramas como una invocación a un dios oscuro y oculto; luego los árboles y el cielo exaltado de estrellas describieron un arco ante sus ojos. En su caída estaba la muerte, y una risa triste y burlona. Murió una y otra vez, pero su cuerpo se negaba a morir. Entonces lo aprehendió el agua.

Entonces lo aprehendió el agua. Pero era algo más que agua. El agua se deslizó oscuramente entre su cuerpo y el mono de trabajo y la camisa, y él sintió que su pelo se escapaba hacia atrás húmedamente. Pero sintió que un muslo sobresaltado se escurría bajo su mano como una serpiente, sintió una pierna veloz entre oscuras burbujas; y, hundiéndose ya, la punta de un pecho le raspó la espalda. En medio de una conmoción de agua agitada vio la muerte como una mujer ahogada y rutilante y a la espera, vio un cuerpo brillante y atormentado por el agua; y sus pulmones vomitaron agua y tragaron aire húmedo.

Agua turbada golpeaba contra su boca, tratando de entrar en ella, y la luz del día aprisionada bajo el arroyo saltó de nuevo sobre la superficie en forma de ondas. Relucientes planos de luz incidían y quebraban la superficie, y se alejaban de él; y, pisoteando agua, sintiendo los zapatos empapados y el pesado mono de trabajo, sintiendo pegado a la cara el pelo, vio cómo ella, chorreando, ascendía oscilante por la orilla.

El avanzó agitando el agua, persiguiéndola. Nunca parecía alcanzar la orilla opuesta. Sus ropas, pesadamente empapadas, se pegaban a él como sirenas importunas, como mujeres; vio el agua quebrada de su empeño coronada de estrellas. Al fin se vio a la sombra de los sauces, y sintió bajo su mano la tierra húmeda y resbaladiza. Aquí y allá, raíces y ramas. Se incorporó mientras el agua chorreando de la ropa, mientras sentía que la ropa se volvía primero liviana y pesada luego. Sus zapatos avanzaban aplastándose blandamente y su indumentaria anodina y adherida a la piel obstaculizaba pesadamente su carrera. Podía ver cómo su cuerpo, fantasmal en el crepúsculo sin luna, ascendía por la colina. Y él corrió, maldiciendo, con el agua chorreándole del pelo, con el lamento húmedo de ropas y zapatos, maldiciendo su suerte y su destino. Creyó desenvolverse mejor sin los zapatos, y, mientras seguía mirando la apagada llama de la mujer corriendo, se los quitó y prosiguió la marcha en pos de ella. La ropa mojada le pesaba como plomo; jadeaba cuando alcanzó la cima de la colina. Y allí estaba ella, en un campo de trigo, bajo la ascendente luna llena del equinoccio de otoño, como un barco en un mar de plata.

Echó a correr tras ella. El surco de su marcha hacía saltar plata en el trigo, bajo la insensible luna; plata que se alejaba de él en ondas y se apagaba y volvía a ser el oro intocado y sin brillo del grano erguido. Ella estaba ya lejos, y la perturbación de su paso por el trigo se esfumaba siempre antes de que él llegara. Más allá de la onda que el paso de la mujer levantaba en arco a ambos lados, él vio cómo su cuerpo se internaba en una franja boscosa, como la llama de una cerilla; luego ya no la vio más.

Sin dejar de correr, cruzó el trigo dormido sobre la tierra lunar, y se adentró entre los árboles, fatigado ya. Pero ella había desaparecido, y él, en una oleada recurrente de desesperación, se echó a tierra boca abajo. «¡Pero yo la toqué!», pensó sumido en una auténtica agonía de decepción, sintiendo la tierra a través de sus ropas húmedas, sintiendo las pequeñas ramas bajo los brazos y la cara.

La luna seguís ascendiendo, la luna navegaba como un barco cargado y grueso ante un alisio azur, mirándole con rotunda complacencia. Y él se retorció pensando en el cuerpo de ella bajo su cuerpo, en el oscuro bosque, en el ocaso y en el camino polvoriento, que deseó no haber dejado. ¡Pero yo la toqué!, se repitió, tratando de levantar sobre tal certeza una consumación incontrovertible. Sí, su muslo veloz y asustado y la punta de su seno; pero el recordar que ella había huido de él impulsivamente le resultaba más insufrible que nunca. No te hubiera hecho ningún daño, gimió, no te hubiera hecho daño en absoluto.

Sus músculos laxos, vaciados, sintieron un rumor de trabajo pasado y de trabajo futuro, compulsiones de horca y grano. La luna lo apaciguaba, examinando detenidamente su pelo húmedo, experimentando con sombras; y él, al pensar en el día siguiente, se levantó. Aquella perturbadora Presencia se había alejado, y la oscuridad y las sombras ya sólo se mofaban de él. La luz de la luna se deslizó a lo largo de una cerca de alambre, y él supo que allí estaba el camino.
Sintió cómo a su paso se agitaba el polvo, vio el maíz de plata en los campos, los árboles oscuros como tinta derramada. Pensó en cómo había sido ella cual movedizo mercurio, en cómo había huido de él cual moneda echada al aire; pero pronto se hicieron visibles las luces de la ciudad; el reloj del Palacio de justicia y una luminosidad sugerente de calles; era, pese a su pequeñez, como una tierra encantada. Pronto quedó en el olvido la mujer, y él pensó sólo en un cuerpo relajado en una cama triste, y en el despertar y en el hambre y en el trabajo.

El largo y monótono camino se extendía ante él bajo la luna. Ahora su sombra iba a su espalda, como un perro tras su amo, y más allá de ella quedaba un día de sudor y de trabajo. Y ante él esperaba el sueño y la ocasional comida y otra vez el trabajo; y acaso una chica, cual fúnebre música, vestida de calicó frente al calor. Al día siguiente su sombra siniestra volvería a describir un círculo en torno a él, pero el día siguiente quedaba aún muy lejos.

La luna navegaba cada vez más alto: pronto se deslizaría por la colina del cielo, recuperando con creces la plata que hubo prestado a árbol y trigo y colina y ondulada y monótona tierra fecunda. Abajo, un establo tomó un perfil de plata de la luna, un silo se convirtió en un sueño soñado en Grecia, los manzanos lanzaron plata como fontanas gesticulantes. La ciudad, planos de luz de luna; las luces del Palacio de justicia, fútiles ante la luna.

Tras él, trabajo; ante él, trabajo; en torno, todas las viejas desesperanzas del aliento y del tiempo. Las estrellas eran como flores hechas añicos que flotaban en agua oscura y que engullían el oeste; el polvo seguía pegado a sus pies aún húmedos, y descendió lentamente por la colina.

William Faulkner (1897-1962)




Relatos de William Faulkner. I Relatos góticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de William Faulkner: Ninfolepsia (Nympholepsy) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Santuario»: William Faulkner; novela y análisis


«Santuario»: William Faulkner; novela y análisis.




Santuario (Sanctuary) es una novela del escritor norteamericano William Faulkner (1897-1962), publicada en 1931.

Santuario, una de las novelas de William Faulkner menos conocidas, narra la historia de Temple Drake, una muchacha que vive un verdadero calvario de violencia. En este sentido, el libro puede definirse como un profundo examen de la naturaleza del mal en el corazón, y de la aparente capacidad de ejercerlo sin ningún tipo de restricciones.

Santuario de William Faulkner se inscribe en el subgénero del Gótico Sureño (Southern Gothic), cuyas raíces provienen de la literatura gótica, y que en su mayoría retrata las tragedias personales y sociales relacionadas con la pobreza del sur de los Estados Unidos.




Santuario.
Sanctuary, William Faulkner (1897-1962)

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Novelas góticas. I Novelas de William Faulkner.


El análisis y resumen de la novela de William Faulkner: Santuario (Sanctuary), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«¡Absalom, Absalom!»: William Faulkner; novela y análisis


«¡Absalom, Absalom!»: William Faulkner; novela y análisis.




¡Absalom; Absalom! (Absalom, Absalom!) es una novela gótica del escritor norteamericano William Faulkner (1897-1962), publicada en 1936.

¡Absalom, Absalom!, probablemente una de las mejores novelas de William Faulkner, se sitúa durante y después de la Guerra Civil norteamericana, centrándose en el alzamiento y la caída de un hombre: Thomas Sutpen, a través de cuatro narradores. En este sentido, el libro es un duro retrato de época, donde el amor, el honor y la venganza coexistían con la esclavitud en las plantaciones del Sur.

Es justo aclarar que ¡Absalom, Absalom! de William Faulker de hecho pertenece a la literatura gótica, aunque no al período clásico, sino a un subgénero sumamente interesante, forjado en los Estados Unidos, llamado Gótico Sureño (Southern Gothic).

El título de la novela hace referencia al Absalón bíblico, aquel hijo de David asesinado por uno de sus generales, en una clara alegoría sobre un tópico universal de la literatura: la rebelión del hijo contra el padre, o, en este caso; contra todo lo que un padre ha construido.




¡Absalom, Absalom!
Absalom, Absalom!, William Faulkner (1897-1962)

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Novelas de terror. I Novelas de William Faulkner.


El análisis y resumen de la novela de William Faulkner: ¡Absalom, Absalom! (Absalom, Absalom!), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El sacerdote»: William Faulkner; relato y análisis


«El sacerdote»: William Faulkner; relato y análisis.




El sacerdote (The Priest) es un relato psicológico del escritor norteamericano William Faulkner (1897-1962), publicado originalmente en 1925, en la revista New Orleans Times-Picayune, y luego reeditado en la antología de 1976: Relatos escogidos de William Faulkner (Collected Stories of William Faulkner).

El sacerdote, uno de los cuentos de William Faulkner menos conocidos, narra la historia de un joven seminarista y el atroz conflicto que lo acecha en la noche de su ordenación como sacerdote. Como es habitual en la obra del autor, el Deus Ex Machina está ausente, lo cual conduce a un final duro, áspero, polémico, que incluso fue prohibido durante algún tiempo.

En este sentido, El sacerdote de William Faulkner se inscribe en el género del Gótico Sureño (Southern Gothic), donde tanto los personajes como sus emociones se retratan de forma cruda, sin consesiones ni fronteras claras entre la ética y la inmoralidad; en definitiva, un género que busca explorar los rincones más oscuros de la naturaleza humana.




El sacerdote.
The Priest, William Faulkner (1897-1962)

Había casi terminado sus estudios eclesiásticos. Mañana sería ordenado, mañana alcanzaría la unión completa y mística con el Señor que apasionadamente había deseado. Durante su estudiosa juventud había sido aleccionado para esperarla día tras día; él había tenido la esperanza de alcanzarla a través de la confesión, a través de la charla con aquellos que parecían haberla alcanzado; mediante una vida de expiación y de negación de sí mismo hasta que los fuegos terrenales que lo atormentaban se extinguieran con el tiempo.

Deseaba apasionadamente la mitigación y cesación del hambre y de los apetitos de su sangre y de su carne, los cuales, según le habían enseñado, eran perniciosos: esperaba algo como el sueño, un estado que habría de alcanzar y en el cual las voces de su sangre serían aquietadas. O mejor aún, domeñadas. Que, cuando menos, no lo conturbaran más; un plano elevado en el que las voces se perderían, sonarían cada vez más débiles y pronto no serían sino un eco carente de sentido entre los desfiladeros y las cumbres mayestáticas de la Gloria de Dios.

Pero no lo había alcanzado. En el seminario, tras una charla con un sacerdote, solía volver a su dormitorio en un éxtasis espiritual, un estado emocional en el cual su cuerpo no era sino un letrero con un mensaje llameante que habría de agitar el mundo. Y veía aliviadas sus dudas; no albergaba duda ni tampoco pensamiento. La finalidad de la vida estaba clara: sufrir, utilizar la sangre y los huesos y la carne como medios para alcanzar la gloria eterna, algo magnífico y asombroso, siempre que se olvide que fue la historia y no la época quien creó los Savonarola y los Thomas Becket. Ser de los elegidos, pese a las hambres y las roeduras de la carne, alcanzar la unión espiritual con el Infinito, morir, ¿cómo podía compararse con esto el placer físico anhelado por su sangre?

Pero, una vez entre sus compañeros seminaristas, ¡cuán pronto olvidaba todo aquello! Los puntos de vista y la insensibilidad de sus condiscípulos eran un enigma para él. ¿Cómo podía alguien a un tiempo pertenecer y no pertenecer al mundo? Y la pavorosa duda de que acaso se estaba perdiendo algo, de que acaso, después de todo, fuera cierto que la vida se limitaba sólo a lo que uno pudiera obtener en los breves setenta años que al hombre caben. ¿Quién lo sabía? ¿Quién podía saberlo?

Existía el cardenal Bembo, que vivió en Italia en una era semejante a plata, semejante a una flor imperecedera, y que creó un culto al amor más allá de la carne, esquilmado de las torturas de la carne. Pero ¿no sería esto sino una excusa, sino un paliativo a los terribles miedos y dudas? ¿No era la vida de aquel hombre apasionado y hacía tanto tiempo muerto semejante a la suya; un tejido de miedo y duda y una apasionada persecución de algo bello y excelso?

Sólo que algo bello y excelso significaba para él no una Virgen sosegada por el dolor y fijada como una bendición vigilante en el cielo del oeste, sino una criatura joven y esbelta e indefensa y (en cierto modo) herida, que había sido sorprendida por la vida y utilizada y torturada; una pequeña criatura de marfil despojada de su primogénito, que alza los brazos vanamente en la tarde que declina. Para decirlo de otro modo, una mujer, con todo lo que en una mujer hay de apasionada persecución del hoy, del instante mismo; pues sabe que el mañana tal vez no llegue nunca y que sólo el hoy importa, porque el hoy es suyo. Se ha tomado una niña y se ha hecho de ella el símbolo de los viejos pesares del hombre, pensó, y también yo soy un niño despojado de su niñez.

La tarde era como una mano alzada hacia el oeste; cayó la noche, y la luna nueva se deslizó como un barco de plata por un verde mar. Se sentó sobre su catre y se quedó mirando hacia el exterior, mientras las voces de sus compañeros se iban mitigando a su pesar con la magia del crepúsculo. El mundo sonaba afuera, y se eclipsaba; tranvías y taxímetros y peatones. Sus compañeros hablaban de mujeres, de amor, y él se dijo a sí mismo: ¿Pueden estos hombres llegar a ser sacerdotes y vivir en la abnegación y en la ayuda a la humanidad? Sabía que podían, y que lo harían, lo cual era más duro. Y recordó las palabras del padre Gianotti, con quien no estaba de acuerdo:

—A través de la historia el hombre ha fomentado y creado circunstancias sobre las que no tiene control. Y lo único que podrá hacer es dar forma a las velas con las que capeará el temporal que él mismo ha provocado. Y recuerden: la única cosa que no cambia es la risa. El hombre siembra, y recoge siempre tragedia; pone en la tierra semillas que valora en mucho, que son él mismo, ¿y cuál es su cosecha? Algo acerca de lo cual no ha podido aprender nada, algo que lo supera. El hombre sabio es aquel que sabe retirarse del mundo, cualquiera que sea su vocación, y reír. Si tienes dinero, gástalo: ya no tienes dinero. Sólo la risa se renueva a sí misma como la copa de vino de la fábula.

Pero la humanidad vive en un mundo de ilusión, utiliza sus insignificantes poderes para crear en torno un lugar extraño y estrafalario. Lo hacía también él mismo, con sus afirmaciones religiosas, al igual que sus compañeros con su charla eterna sobre mujeres. Y se preguntó cuántos sacerdotes de vida casta y dedicados a aliviar el sufrimiento humano serían vírgenes, y si el hecho de la virginidad supondría alguna diferencia. Sin duda sus compañeros no eran castos; nadie que no haya tenido relación con mujeres puede hablar de ellas tan familiarmente; y sin embargo, llegarían a ser buenos sacerdotes. Era como si el hombre recibiera ciertos impulsos y deseos sin ser consultado por el autor de la donación, y el satisfacerlos o no dependiera exclusivamente de él mismo.

Pero él no era capaz de decidir en tal sentido; no podía creer que los impulsos sexuales pudieran desbaratar la filosofía global de un hombre, y que sin embargo pudieran ser aquietados de ese modo.

—¿Qué es lo que quieres? —se preguntó.

No lo sabía: no era tanto el deseo particular de alguna cosa cuanto el temor de perder la vida y su sentido por culpa de una frase, de unas palabras vacías, sin ningún significado:

—Ciertamente, en razón de mi ministerio, deberías saber cuán poco significan las palabras.

¿Y en caso de que hubiera algo latente, alguna respuesta al enigma del hombre al alcance de la mano pero que él no pudiera ver?

—El hombre desea pocas cosas aquí abajo —pensó.

¡Pero perder lo poco que tiene!

El pasear por las calles no hizo que viera más claro su problema. Las calles estaban llenas de mujeres: chicas que volvían del trabajo; sus cuerpos jóvenes y airosos se hacían símbolos de gracia y de belleza, de impulsos anteriores al cristianismo.

—¿Cuántas de ellas tendrán amantes? —se preguntó—. Mañana me mortificaré, haré penitencia por esto mediante la oración y el sacrificio, pero ahora abrigaré estos pensamientos en los que ha tanto tiempo he deseado pensar.

Había chicas por doquier; sus delgadas ropas daban forma a su paso en la Calle Canal. Chicas que iban a casa para almorzar -el pensamiento de la comida entre sus dientes blancos, de su placer físico al masticar y digerir los alimentos, encendió todo su ser-, para fregar en la cocina; chicas que iban a vestirse y a salir a bailar en medio de sensuales saxofones y baterías y luces de colores, que mientras duraba la juventud tomaban la vida como un coctel de una bandeja de plata; chicas que se sentaban en casa y leían libros y soñaban con amantes a lomos de caballos con arreos de plata.

—¿Es juventud lo que quiero? ¿Es la juventud que hay en mí y que clama hacia la juventud en otros seres lo que me conturba? Entonces, ¿por qué no me satisface el ejercicio, la contienda física con otros jóvenes de mi sexo? ¿O es la Mujer, el femenino sin nombre? ¿Habrá de venirse abajo en este punto toda mi filosofía? Si uno ha venido al mundo a padecer tales compulsiones, ¿dónde está mi Iglesia, dónde esa mística unión que me ha sido prometida? ¿Y qué es lo que debo hacer: obedecer estos impulsos y pecar, o reprimirlos y verme torturado para siempre por el temor de que en cierto modo he desperdiciado mi vida en aras de la abnegación?.

Entonces se dijo:

—Purificaré mi alma. La vida es más que eso, la salvación es más que eso. Pero oh, Dios, oh, Dios, ¡la juventud está tan presente en el mundo! Está por doquiera en los jóvenes cuerpos de chicas embotadas por el trabajo, sobre máquinas de escribir o tras mostradores de tiendas, de chicas al fin evadidas y libres que exigen la herencia de la juventud, que hacen subir sus ágiles y suaves cuerpos a los tranvías, cada una con quién sabe qué sueño. Salvo que el hoy es el hoy, y que vale mil mañanas y mil ayeres —exclamó—. Oh, Dios, oh, Dios. ¡Si al menos fuera ya mañana! Entonces, seguramente, cuando haya sido ordenado y me convierta en un siervo de Dios, hallaré consuelo. Entonces sabré cómo dominar estas voces que hay en mi sangre. Oh, Dios, oh, Dios, ¡si al menos fuera ya Mañana!

En la esquina había una expendeduría de tabaco: había hombres comprando, hombres que habían finalizado su jornada de trabajo y volvían a sus casas, donde les esperaban suculentas comidas, esposas, hijos; o a cuartos de soltero para prepararse y acudir a citas con prometidas o amantes; siempre mujeres.

—Y yo, también, soy un hombre: siento como ellos; yo, también, respondería a blandas compulsiones.

Dejó la Calle Canal; dejó los parpadeantes anuncios eléctricos que habrían de llenar y vaciar el crepúsculo, inexistentes a sus ojos y por lo tanto sin luz, lo mismo que los árboles son verdes únicamente cuando son mirados. Las luces llamearon y soñaron en la calle húmeda, los ágiles cuerpos de las chicas dieron forma a su apresuramiento hacia la comida y la diversión y el amor; todo quedaba a su espalda ahora; delante de él, a lo lejos, la aguja de una iglesia se alzaba como una plegaria articulada y detenida contra la noche. Y sus pisadas dijeron: ¡Mañana! ¡Mañana!.

Ave María, deam gratiam; torre de marfil, rosa del Líbano...

William Faulkner (1897-1962)




Relatos góticos. I Relatos de William Faulkner.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de William Faulkner: El sacerdote (The Priest) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

William Faulkner: relatos y novelas


William Faulkner: relatos y novelas.




William Faulkner (1897-1962) fue uno de los escritores norteamericanos más extraordinarios del siglo XX. Afín al modernismo, pero también al Gótico Sureño (Southern Gothic), los relatos de William Faulkner a menudo exploran lo macabro y lo grotesco de una sociedad atravesada por la miseria. Lo mismo podría decirse de las novelas de William Faulkner, en resumen, imprescindibles para todos los amantes de la literatura visceral, aquella que no vacila en explorar los rincones más oscuros del alma humana.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de los mejores relatos de William Faulkner, así también como sus novelas y libros más importantes.




William Faulkner: obras completas:
  • ¡Absalón; Absalón! (¡Absalom, Absalom!)
  • El sacerdote (The Priest)
  • Ninfolepsia (Nympholepsy)
  • Relatos reunidos de William Faulkner (Collected Stories of William Faulkner)
  • Santuario (Sanctuary)
  • Una rosa para Emilia (A Rose for Emily)
  • Ad Astra (Ad Astra)
  • Adolescencia (Adolescence)
  • Ahorro (Thrift)
  • Al Jackson (Al Jackson)
  • Amor (Love)
  • Aquel sol del atardecer (That Evening Sun)
  • Árbol de Navidad (Christmas Tree)
  • Artista en casa (Artist at Home)
  • Aterrizando con suerte (Landing in Luck)
  • Caballos moteados (Spotted Horses)
  • Cabello (Hair)
  • Cacería de zorros (Fox Hunt)
  • Carcasona (Carcassonne)
  • Carrera matinal (Race at Morning)
  • Celos (Jealousy)
  • Centauro de latón (Centaur in Brass)
  • Cerdo empeñado (Hog Pawn)
  • Cheest (Cheest)
  • Comprador (Vendee)
  • Compson, aprendiz (Appendix, Compson)
  • Con precaución y despacho (With Caution and Dispatch)
  • Cuento aburrido (Dull Tale)
  • Damon y Pitias sin límites (Damon and Pythias Unlimited)
  • Desciende, Moisés (Go Down, Moses)
  • Divorcio en Nápoles (Divorce in Naples)
  • Doctor Martino (Dr. Martino)
  • Don Giovanni (Don Giovanni)
  • Dos soldados (Two Soldiers)
  • El árbol de los deseos (The Wishing Tree)
  • El broche (The Brooch)
  • El chico aprende (The Kid Learns)
  • El cruce de Hell Creek (Hell Creek Crossing)
  • El fauno de mármol (The Marble Faun)
  • Elly (Elly)
  • El mandamás (The Big Shot)
  • El mentiroso (The Liar)
  • El oso (The Bear)
  • El reino de Dios (The Kingdom of God)
  • El retrato de Elmer (A Portrait of Elmer)
  • El rosario (The Rosary)
  • El ruido y la furia (The Sound and the Fury)
  • El sabueso (The Hound)
  • El villorrio (The Hamlet)
  • El zapatero (The Cobbler)
  • Emboscada (Ambuscade)
  • Episodio (Episode)
  • Escaramuza en Sartoris (Skirmish at Sartoris)
  • ¡Escuchen! (Lo!)
  • Eso estará bien (That Will Be Fine)
  • Espejos de la calle Chartres (Mirrors of Chartres Street)
  • Esposa de dos dólares (Two Dollar Wife)
  • Estación Pensilvania (Pennsylvania Station)
  • Esta tierra (This Earth)
  • Evangeline (Evangeline)
  • Frankie y Johnny (Frankie and Johnny)
  • Fuera de Nazaret (Out of Nazareth)
  • Gambito de caballo (Knight's Horses)
  • Giro total (Turnabout)
  • Granero ardiendo (Barn Burning)
  • Grieta (Crevasse)
  • Había una reina (There Was a Queen)
  • Helen, un cortejo (Helen, a Courtship)
  • Hogar (Home)
  • Hojas rojas (Red Leaves)
  • Honor (Honor)
  • Humo (Smoke)
  • Idilio en el desierto (Idyll in the Desert)
  • Incursión (Raid)
  • Intruso en el polvo (Intruder in the Dust)
  • Junto al pueblo (By the People)
  • Justicia (A Justice)
  • La ciudad (The Town)
  • La escapada (The Reivers)
  • Lagartos en el jardín de Jamshyd (Lizards in Jamshyd's Courtyard)
  • La gente vieja (The Old People)
  • La mansión (The Mansion)
  • La paga de los soldados (Soldiers' Pay)
  • La pierna (The Leg)
  • La rama verde (A Green Bough)
  • Las palmeras salvajes (The Wild Palms)
  • Lavar (Wash)
  • León (Lion)
  • Los hombres altos (The Tall Men)
  • Los invictos (The Unvanquished)
  • Lucas Beauchamp (Lucas Beauchamp)
  • Luz de agosto (Light in August)
  • Luz de luna (Moonlight)
  • Mano sobre las aguas (Hand Upon the Waters)
  • Mañana (Tomorrow)
  • Más allá (Beyond)
  • Mayday (Mayday)
  • Mi abuela Millard y el general Bedford (My Grandmother Millard and General Bedford)
  • Mientras agonizo (As I Lay Dying)
  • Mississippi (Mississippi)
  • Mistral (Mistral)
  • Monje (Monk)
  • Mosquitos (Mosquitoes)
  • Mula en el patio (Mule in the Yard)
  • Música (Music)
  • Música negra (Black Music)
  • Nieve (Snow)
  • No perecerán (Shall Not Perish)
  • No siempre es dorado (Gold Is Not Always)
  • Notas sobre un ladrón de caballos (Notes on a Horsethief)
  • Nueva Orléans (New Orleans)
  • Ocaso (Sunset)
  • Oportunidad (Chance)
  • Otoño en el delta (Delta Autumn)
  • País del ratón (Country Mice)
  • Payaso de negro (Pantaloon in Black)
  • Peter (Peter)
  • Pilón (Pylon)
  • Poemas del Mississippi (Mississippi Poems)
  • Réquiem para una mujer (Requiem for a Nun)
  • Retirada (Retreat)
  • Rosa de Lebanon (Rose of Lebanon)
  • Sartoris (Sartoris)
  • Seco septiembre (Dry September)
  • Señor Acarius (Mr. Acarius)
  • Señorita Zilphia Gant (Miss Zilphia Gant)
  • Sepultura sureña: luz a gas (Sepulture South: Gaslight)
  • Tarde de una vaca (Afternoon of a Cow)
  • Tierra dorada (Golden Land)
  • Tío Willy (Uncle Willy)
  • Todos los pilotos muertos (All the Dead Pilots)
  • Tonto por un caballo (Fool About a Horse)
  • Una cacería de osos (A Bear Hunt)
  • Una fábula (A Fable)
  • Una vez abordo del Lugger (Once Aboard the Lugger)
  • Un cortejo (A Courtship)
  • Un error de química (An Error in Chemistry)
  • Un hombre peligroso (A Dangerous Man)
  • Un nombre para la ciudad (A Name for the City)
  • Un punto de derecho (A Point of Law)
  • Un regreso (A Return)
  • Victoria (Victory)
  • Victoria de la montaña (Mountain Victory)
  • Visión de primavera (Vision in Spring)
  • Y ahora qué hacer (And Now What's To Do)
  • Yo Ho y dos botellas de ron (Yo Ho and Two Bottles of Rum)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: William Faulkner: relatos y novelas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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Poema de Laura Riding.
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