El velo negro: Charles Dickens


El Velo Negro (The Black Veil) es un relato de terror del escritor inglés Charles Dickens.

El cuento fue publicado en 1836, y fue parte de una voluminosa antología de cuentos de Charles Dickens llamada Sketches by Boz.

El Velo Negro ha sido, entre otras justas críticas, extensamente alabado por Edgar Allan Poe: quien lo describió del siguiente modo: (El Velo Negro) es una de las cosas más intensas jamás escritas, una producción extraña, patética, y lujosamente imaginativa.

Tal vez Poe haya quedado sinceramente impresionado por El Velo Negro, aunque no es de lo mejor que pueda leerse de Charles Dickens. No obstante, el cuento se destaca por cierto ambiente de fatalidad inminente; y por una trama absolutamente original.


El Velo Negro.
The Black Veil; Charles Dickens (1812-1870)

Una velada de invierno, quizá a fines de otoño de 1800, o tal vez uno o dos años después de aquella fecha, un joven cirujano se hallaba en su despacho, escuchando el murmullo del viento, que agitaba la lluvia contra la ventana, silbando sordamente en la chimenea. La noche era húmeda y fría; y como él había caminado durante todo el día por el barro y el agua, ahora descansaba confortablemente, en bata, medio dormido, y pensando en mil cosas. Primero en cómo el viento soplaba y de qué manera la lluvia le azotaría el rostro si no estuviese instalado en su casa.

Sus pensamientos luego cayeron sobre la visita que hacía todos los años para Navidad a su tierra y a sus amistades e imaginaba que sería muy grato volver a verlas y en la alegría que sentiría Rosa si él pudiera decirle que, al fin, había encontrado un paciente y esperaba encontrar más, y regresar dentro de unos meses para casarse con ella. Empezó a hacer cálculos sobre cuándo aparecería este primer paciente o si, por especial designio de la Providencia, estaría destinado a no tener ninguno. Volvió a pensar en Rosa y le dio sueño y la soñó, hasta que el dulce sonido de su voz resonó en sus oídos y su mano, delicada y suave, se apoyó sobre su espalda.

En efecto, una mano se había apoyado sobre su espalda, pero no era suave ni delicada; su propietario era un muchacho corpulento, el cual por un chelín semanal y la comida había sido empleado en la parroquia para repartir medicinas. Como no había demanda de medicamentos ni necesidad de recados, acostumbraba ocupar sus horas ociosas -unas catorce por día- en substraer pastillas de menta, tomarlas y dormirse.

-¡Una señora, señor, una señora! -exclamó el muchacho, sacudiendo a su amo.
-¿Qué señora? -exclamó nuestro amigo, medio dormido-. ¿Qué señora? ¿Dónde?
-¡Aquí! -repitió el muchacho, señalando la puerta de cristales que conducía al gabinete del cirujano, con una expresión de alarma que podría atribuirse a la insólita aparición de un cliente.

El cirujano miró y se estremeció también a causa del aspecto de la inesperada visita. Se trataba de una mujer de singular estatura, vestida de riguroso luto y que estaba tan cerca de la puerta que su cara casi tocaba con el cristal. La parte superior de su figura se hallaba cuidadosamente envuelta en un chal negro, y llevaba la cara cubierta con un velo negro y espeso. Estaba de pie, erguida; su figura se mostraba en toda su altura, y aunque el cirujano sintió que unos ojos bajo el velo se fijaban en él, ella no se movía para nada ni mostraba darse cuenta de que la estaban observando.

-¡Viene para una consulta? -preguntó el cirujano titubeando y entreabriendo la puerta. No por eso se alteró la posición de la figura, que seguía siempre inmóvil.

Ella inclinó la cabeza en señal de afirmación.

-Pase, por favor -dijo el cirujano.

La figura dio un paso; luego, volviéndose hacia donde estaba el muchacho, el cual sintió un profundo horror, pareció dudar.

-Márchate, Tom -dijo al muchacho, cuyos ojos grandes y redondos habían permanecido abiertos durante la breve entrevista-. Corre la cortina y cierra la puerta.

El muchacho corrió una cortina verde sobre el cristal de la puerta, se retiró al gabinete, cerró la puerta e inmediatamente miró por la cerradura. El cirujano acercó una silla al fuego e invitó a su visitante a que se sentase. La figura misteriosa se adelantó hacia la silla, y cuando el fuego iluminó su traje negro el cirujano observó que estaba manchado de barro y empapado de agua.

-¿Se ha mojado mucho? -le preguntó.
-Si -respondió ella con una voz baja y profunda.
-¿Se siente mal? -inquirió el cirujano, compasivamente, ya que su acento era el de una persona que sufre.
-Sí, bastante. No del cuerpo, pero sí moralmente. Aunque no es por mí que he venido. Si yo estuviese enferma no andaría a estas horas y en una noche como esta, y, si dentro de veinticuatro horas me ocurriese lo que me ocurre, Dios sabe con qué alegría guardaría cama y desearía morirme. Es para otro que solicito su ayuda, señor. Puede que esté loca al rogarle por él. Pero una noche tras otra, durante horas terribles velando y llorando, este pensamiento se ha ido apoderando de mí; y aunque me doy cuenta de lo inútil que es para él toda asistencia humana, ¡el solo pensamiento de que puede morirse me hiela la sangre!

Había tal desesperación en la expresión de esta mujer que el joven cirujano, poco curtido en las miserias de la vida, en esas miserias que suelen ofrecerse a los médicos, se impresionó profundamente.

-Si la persona que usted dice -exclamó, levantándose- se halla en la situación desesperada que usted describe, no hay que perder un momento. ¿Por qué no consultó usted antes al médico?
-Porque hubiera sido inútil y todavía lo es -repuso la mujer, cruzando las manos.

El cirujano contempló por un momento su velo negro, como para cerciorarse de la expresión de sus facciones; pero era tan espeso que le fue imposible saberlo.

-Se encuentra usted enferma -dijo amablemente-. La fiebre, que le ha hecho soportar, sin darse cuenta, la fatiga que evidentemente sufre usted, arde ahora dentro. Llévese esa copa a los labios -prosiguió, ofreciéndole un vaso de agua- y luego explíqueme, con cuanta calma le sea posible, cuál es la dolencia que aqueja al paciente, y cuánto tiempo hace que está enfermo. Cuando conozca los detalles para que mi visita le sea útil, iré inmediatamente con usted.

La desconocida llevó el vaso a sus labios sin levantar el velo; sin embargo, lo dejó sin haberlo probado, y rompió en llanto.

-Se -dijo sollozando- que lo que digo parece un delirio fiebril. Ya me lo han dicho, aunque sin la amabilidad de usted. No soy una mujer joven; y, se dice, que cuando la vida se dirige hacia su final, la escasa vida que nos queda nos es más querida que todos los tiempos anteriores, ligados al recuerdo de viejos amigos, muertos hace años, de jóvenes, niños quizá, que han desaparecido y la han olvidado a una por completo, como si una estuviese muerta. No puedo vivir ya muchos años; así es que, bajo este aspecto, tiene que resultarme la vida más querida; aunque la abandonaría sin un suspiro y hasta con alegría si lo que ahora le cuento fuese falso. Mañana por la mañana, aquel de quien hablo se hallará fuera de todo socorro; y, a pesar de ello, esta noche, aunque se encuentre en un terrible peligro, usted no puede visitarle ni servirle de ninguna manera.

-No quisiera aumentar sus penas -dijo el cirujano-, haciendo un comentario sobre esto que me comenta, comprendo que desea ocultarlo. Pero hay en su relato algo que no puede conciliarse con sus probabilidades. La persona que usted me dice está muriéndose y no puedo ver, cuando mi presencia le sería de algún valor. En cambio, usted teme que mañana sea inútil y, con todo, ¡quiere que entonces le vea! Si él le es tan querido como las palabras y la actitud de usted me indican, ¿por qué no intentar salvar su vida sin tardanza antes de que el avance de su enfermedad haga la intención impracticable?

-¡Dios me asista! -exclamó la mujer, llorando-. ¿Cómo puedo esperar a que un extraño quiera creer lo increíble? ¿No querrá usted visitarlo, señor? -añadió levantándose vivamente.
-Yo no digo que me niegue -replicó el cirujano-. Pero le advierto que, de persistir en tan extraordinaria demora, incurrirá en una terrible responsabilidad si el individuo se muere.
-La responsabilidad será siempre grave -replicó la desconocida en tono amargo-. Cualquier responsabilidad que sobre mí recaiga, la acepto y estoy pronta a responder de ella.
-Como yo no incurro en ninguna -agregó el cirujano-, si accedo a la petición de usted, veré al paciente mañana, si usted me deja sus señas. ¿A qué hora se le puede visitar?
-A las nueve-replicó la desconocida.
-Usted excusará mi insistencia en este asunto-dijo el cirujano-. Pero ¿está él a su cuidado?
-No, señor.
-Entonces, si le doy instrucciones para el tratamiento durante esta noche, ¿podría usted cumplirlas?
La mujer lloró amargamente y replicó:
-No; no podría.

Como no había esperanzas de obtener más informes con la entrevista y deseoso, por otra parte, de no herir los sentimientos de la mujer, que ya se habían convertidos en irreprimibles y penosísimos de contemplar, el cirujano repitió su promesa de acudir a la mañana. Su visitante, después de darle la dirección, abandonó la casa de la misma forma misteriosa que había entrado.

Es de suponer que tan extraordinaria visita produjo una gran impresión en el cirujano, y que este meditó por largo tiempo, aunque con escaso provecho, sobre todas las circunstancias del caso. Como casi todo el mundo, había leído y oído hablar a menudo de casos raros, en los que el presentimiento de la muerte a una hora determinada, había sido concebido. Por un momento se inclinó a pensar que el caso era uno de estos; pero entonces se le ocurrió que todas las anécdotas de esta clase que había oído se referían a personas que fueron asaltadas por un presentimiento de su propia muerte. Esta mujer, sin embargo, habló de un hombre; y no era posible suponer que un mero sueño le hubiese inducido a hablar de aquel próximo fallecimiento en una forma tan terrible y con la seguridad con que se había expresado.

¿Sería acaso que el hombre tenía que ser asesinado a la mañana siguiente, y que la mujer, cómplice de él y ligada a él por un secreto, se arrepentía y, aunque imposibilitada para impedir cualquier atentado contra la víctima, se había decidido a prevenir su muerte, si era posible, haciendo intervenir a tiempo al médico? La idea de que tales cosas ocurrieran a dos millas de la ciudad le parecía absurda. Ahora bien, su primera impresión, esto es, de que la mente de la mujer se hallaba desordenada, acudía otra vez; y como era el único modo de resolver el problema, se aferró a la idea de que aquella mujer estaba loca. Ciertas dudas acerca de este punto, no obstante, le asaltaron durante una pesada noche sin sueño, en el transcurso de la cual, y a despecho de todos los esfuerzos, no pudo expulsar de su imaginación perturbada aquel velo negro.

La parte más lejana de Walworth, aun hoy, es un sitio aislado y miserable. Pero hace treinta y cinco años era casi en su totalidad un descampado, habitado por gente diseminada y de carácter dudoso, cuya pobreza les prohibía aspirar a un mejor vecindario, o bien cuyas ocupaciones y maneras de vivir hacían esta soledad deseable. Muchas de las casas que allí se construyeron no lo fueron sino en años posteriores; y la mayoría de las que entonces existían, esparcidas aquí y allá, eran del más tosco y miserable aspecto.

La apariencia de los lugares por donde el joven cirujano pasó a la mañana siguiente, no levantaron su ánimo ni disiparon su ansiedad. Saliendo del camino, tenía que cruzar por el yermo fangoso, por irregulares callejuelas. Algún infortunado árbol y algún hoyo de agua estancada, sucio de lodo por la lluvia orillaban el camino. Y a intervalos, un raquítico jardín, con algunos tableros viejos sacados de alguna casa de verano, y una vieja empalizada arreglada con estacas robadas de los setos vecinos, daban testimonio de la pobreza de sus habitantes y de los escasos escrúpulos que tenían para apropiarse de lo ajeno. En ocasiones, una mujer de aspecto enfermizo aparecía a la puerta de una sucia casa, para vaciar el contenido de algún utensilio de cocina en la alcantarilla de enfrente, o para gritarle a una muchacha en chancletas que había proyectado escaparse, con paso vacilante, con un niño pálido, casi tan grande como ella. Pero apenas si se movía nada por aquellos alrededores. Y todo el panorama, ofrecía un aspecto solitario y tenebroso, de acuerdo con los objetos que hemos descrito.

Después de afanarse a través del barro; de realizar varias pesquisas acerca del lugar que se le había indicado, recibiendo otras tantas respuestas contradictorias, el joven llegó al fin a la casa. Era baja, de aspecto desolado. Una vieja cortina amarilla ocultaba una puerta de cristales al final de unos peldaños, y los postigos estaban entornados. La casa se hallaba separada de las demás y, como estaba en un rincón de una corta callejuela, no se veía otra por los alrededores.

Si decimos que el cirujano dudaba y que anduvo unos pasos más allá de la casa antes de dominarse y levantar el llamador de la puerta, no diremos nada que tenga que provocar la sonrisa en el rostro del lector más audaz. La policía de Londres, por aquel tiempo, era un cuerpo muy diferente del de hoy día; la situación aislada de los suburbios, cuando la fiebre de la construcción y las mejoras urbanas no habían empezado a unirlos a la ciudad y sus alrededores, convertían a varios de ellos, y a este en particular, en un sitio de refugio para los individuos más depravados.

Aun las calles de la parte más alegre de Londres se hallaban entonces mal iluminadas. Los lugares como el que describimos estaban abandonados a la luna y las estrellas. Las probabilidades de descubrir a los personajes desesperados, o de seguirles el rastro hasta sus madrigueras, eran así muy escasas y, por tanto, sus audacias crecían; y la conciencia de una impunidad cada vez se hacía mayor por la experiencia cotidiana. Añádanse a estas consideraciones que el joven cirujano se había pasado algún tiempo en los hospitales de Londres; y, si bien ni un Burke ni un Bishop habían alcanzado todavía su gran notoriedad, sabía, por propia observación, cuán fácilmente las atrocidades pueden ser cometidas. Sea como fuere, cualquiera que fuese la reflexión que le hiciera dudar, lo cierto es que dudó; pero siendo un hombre joven, de espíritu fuerte y de gran valor personal, sólo titubeó un instante. Volvió atrás y llamó con suavidad a la puerta.

Enseguida se oyó un susurro, como si una persona, al final del pasillo, conversase con alguien del rellano de la escalera, más arriba. Después se oyó el ruido de dos pesadas botas y la cadena de la puerta fue levantada con suavidad. Allí vio a un hombre alto, de mala facha, con el pelo negro y una cara tan pálida y desencajada como la de un muerto; se presentó, diciendo en voz baja:

-Entre, señor.

El cirujano lo hizo así, y el hombre, después de haber colocado otra vez la cadena, le condujo hasta una pequeña sala interior, al final del pasillo.

-¿He llegado a tiempo?
-Demasiado temprano -replicó el hombre.

El cirujano miró a su alrededor, con un gesto de asombro.

-Si quiere usted entrar aquí -dijo el hombre que, evidentemente, se había dado cuenta de la situación-, no tardará ni siquiera cinco minutos, se lo aseguro.

El cirujano entró en la habitación; el hombre cerró la puerta y lo dejó solo. Era un cuarto pequeño, sin otros muebles que dos sillas de pino y una mesa del mismo material. Un débil fuego ardía en el brasero; fuego inútil para la humedad de las paredes. La ventana, rota y con parches en muchos sitios, daba a una pequeña habitación con suelo de tierra y casi toda cubierta de agua. No se oían ruidos, ni dentro ni fuera. El joven doctor tomó asiento cerca del fuego, en espera del resultado de su primera visita profesional.

No habían transcurrido muchos minutos cuando percibió el ruido de un coche que se aproximaba y poco después se detenía. Abrieron la puerta de la calle, oyó luego una conversación en voz baja, acompañada de un ruido confuso de pisadas por el corredor y las escaleras, como si dos o tres hombres llevasen algún cuerpo pesado al piso de arriba. El crujir de los escalones, momentos después, indicó que los recién llegados, habiendo acabado su tarea, cualquiera que fuese, abandonaban la casa. La puerta se cerró de nuevo y volvió a reinar el silencio.

Pasaron otros cinco minutos y ya el cirujano se disponía a explorar la casa en busca de alguien, cuando se abrió la puerta del cuarto y su visitante de la pasada noche, vestida exactamente como en aquella ocasión, con el velo bajado como entonces, le invitó por señas a que le siguiera. Su gran estatura, añadida a la circunstancia de no pronunciar una palabra, hizo que por un momento pasara por su imaginación la idea de que podría tratarse de un hombre disfrazado de mujer. Sin embargo, los histéricos sollozos que salían de debajo del velo y su actitud de pena, hacían desechar esta sospecha; y él la siguió sin vacilar.

La mujer subió la escalera y se detuvo en la puerta de la habitación para dejarle entrar primero. Apenas si estaba amueblada con una vieja arca de pino, unas pocas sillas y un armazón de cama con dosel, sin colgaduras, cubierta con una colcha remendada. La luz mortecina que dejaba pasar la cortina que él había visto desde fuera, hacía que los objetos que de la habitación se distinguieran confusamente, hasta el punto de no poder percibir aquello sobre lo cual sus ojos reposaron al principio. En esto, la mujer se adelantó y se puso de rodillas al lado de la cama.

Tendida sobre esta, muy acurrucada en una sábana cubierta con unas mantas, una forma humana yacía sobre el lecho, rígida e inmóvil. La cabeza y la cara se hallaban descubiertas, excepto una venda que le pasaba por la cabeza y por debajo de la barbilla. Tenía los ojos cerrados. El brazo izquierdo estaba extendido pesadamente sobre la cama. La mujer le tomó una mano. El cirujano, rápido, apartó a la mujer y tomó esta mano.

-¡Dios mío! -exclamó, dejándola caer involuntariamente-. ¡Este hombre está muerto!

La mujer se puso en pie vivamente y estrechó sus manos.

-¡Oh, señor, no diga eso! -exclamó con un estallido de pasión cercano a la locura-. ¡Oh, señor, no diga eso; no podría soportarlo! Algunos han podido volver a la vida cuando los daban por muerto. ¡No le deje, señor, sin hacer un esfuerzo para salvarlo! En estos instantes la vida huye de él. ¡Inténtelo, señor, por todos los santos del cielo! -Y hablando así, frotaba la frente y el pecho de aquel cuerpo sin vida; y enseguida golpeaba con frenesí las frías manos que, al dejar de retenerlas, volvieron a caer, indiferentes y pesadas, sobre la colcha.

-Esto no servirá de nada, buena mujer -dijo el cirujano suavemente, mientras le apartaba la mano del pecho de aquel hombre-. ¡Descorra la cortina!
-¿Por qué? -preguntó la mujer, levantándose con sobresalto.
-¡Descorra la cortina! -repitió el cirujano con voz agitada.
-Oscurecí la habitación expresamente -dijo la mujer, poniéndose delante, mientras él se levantaba para hacerlo-. ¡Oh, señor, tenga compasión de mí! Si no tiene remedio; si está realmente muerto, ¡no exponga su cuerpo a otros ojos que los míos!
-Este hombre no ha muerto de muerte natural -observó el cirujano-. Es preciso ver su cuerpo.

Y con vivo ademán, tanto que la mujer apenas se dio cuenta de que se había alejado, abrió la cortina de par en par, y, a plena luz, regresó al lado de la cama.

-Ha habido violencia -dijo, señalando al cuerpo y examinando atentamente el rostro de la mujer, cuyo velo negro, por primera vez, se hallaba subido. En la excitación anterior se había quitado la cofia y el velo y ahora se encontraba delante de él, de pie, mirándole fijamente. Sus facciones eran las de una mujer de unos cincuenta años, y demostraban haber sido guapa. Penas y lágrimas habían dejado en ella un rastro que los años, por sí solos, no hubieran podido dejar. Tenía la cara muy pálida. Y el temblor nervioso de sus labios y el fuego de su mirada demostraban que todas sus fuerzas físicas y morales se hallaban anonadadas bajo un cúmulo de miserias.

-Aquí ha habido violencia -repitió el cirujano, evitando aquella mirada.
-¡Sí, violencia! -repitió la mujer.
-Ha sido asesinado.
-Pongo a Dios por testigo de que lo ha sido -exclamó la mujer con convicción-. ¡Cruel, inhumanamente asesinado!
-¿Por quién? -dijo el cirujano, aferrando por los brazos a la mujer.
-Mire las señales del asesino, y luego pregúnteme -replicó ella.

El cirujano volvió el rostro hacia la cama y se inclinó sobre el cuerpo que ahora yacía iluminado por la luz de la ventana. El cuello estaba hinchado, con una señal rojiza a su alrededor. Como un relámpago, se le presentó la verdad.

-¡Es uno de los hombres que han sido ajusticiados esta mañana! -exclamó volviéndose con un estremecimiento.
-¡Es él! -replicó la mujer con una mirada extraviada e inexpresiva.
-¿Quién era?
-Mi hijo -añadió la mujer, cayendo a sus pies sin sentido.

Era verdad. Un cómplice, tan culpable como él mismo, había sido absuelto, mientras a él lo condenaron y ejecutaron. Referir las circunstancias del caso, ya lejano, es innecesario y podría lastimar a personas que aún viven. Era una historia como las que ocurren a diario. La mujer era una viuda sin relaciones ni dinero, que se había privado de todo para dárselo a su hijo. Este, despreciando los ruegos de su madre, y sin acordarse de los sacrificios que ella había hecho por él, se había hundido en la disipación y el crimen. El resultado era este; la muerte, por la mano del verdugo, y para su madre la vergüenza y una locura incurable.

Durante varios años, el joven cirujano visitó diariamente a la pobre loca. Y no sólo para calmarla con su presencia, sino para velar con mano generosa, por su comodidad y sustento. En el destello fugaz de su memoria que precedió a la muerte de la desdichada, un ruego por el bienestar y dicha de su protector salió de los labios de la pobre criatura desamparada. La oración voló al cielo, donde fue oída y la limosna que él dio le ha sido mil veces devuelta; pero entre los honores y las satisfacciones que merecidamente ha tenido no conserva recuerdo más grato a su corazón que el de la historia de la mujer del velo negro.

Charles Dickens (1812-1870)


Más relatos de Charles Dickens. I Relatos góticos. I Relatos de terror.


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La introducción al cuento de Charles Dickens: El Velo Negro (The Black Veil) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Abadia Pesadilla: Thomas Love Peacock


Abadía Pesadilla (Nightmare Abbey) es una novela gótica del escritor inglés Thomas Love Peacock; aunque de hecho se trate de una sátira de la novela gótica, el romanticismo y su estructura.

La novela fue escrita y publicada en 1818 y, como decíamos, centra su mirada sobre los aspectos esenciales del romanticismo. Básicamente, el movimiento romántico redescubre el yo en la literatura; y sus grandes temas son la interioridad, el descenso hacia el hombre como ser descarnado y solitario. Thomas Love Peacock juega con este estado mórbido de la literatura, pero jamás lo juzga por lo que realmente fue, es decir; un despertar a la verdadera naturaleza del hombre, cuya entidad reside en el interior.

Pero Abadía Pesadilla satiriza en otros aspectos, acaso desmedidos, del romanticismo; como la misantropía y su trascendentalismo embrionario. Incluso la mayoría de los protagonistas de la novela son escritores o personajes históricos, oportunamente disimulados.

El eje de la historia es un hombre llamado Christopher Glowry, un caballero depresivo y melancólico que reside en la Nightmare Abbey; una abadía decadente que perteneció a su familia. El poeta Percy Byshee Shelley, esposo de Mary Shelley, aquella maravillosa autora de Frankenstein; aparece retratado en la silueta de Scythrop Glowry. Miss Marionetta Celestina O'Carroll es un símbolo de la coquetería y la frivolidad de las damas del período. Mr Cypress es nada menos que Lord Byron. Y la lista podría continuar largamente.

Hay muy pocas traducciones al español de Abadía Pesadilla; de modo que es difícil encontrarla en las horrendas y multitemáticas librerías modernas. No obstante, los que deseen leerla seguramente hallarán alguna versión perdida por ahí. Ciertamente, Thomas Love Peacock y su sátira gótica no han tenido la fortuna de otras historias, o de otras abadías; como La Abadía de Northanger, de Jane Austen; pero definitivamente vale la pena leerla.

Los que se animen con el inglés pueden leer o descargar la novela de Thomas Love Peacock aquí:

http://www.gutenberg.org/etext/9909


Más novelas de Thomas Love Peacock. I Novelas góticas. I Novelas de terror.


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La reseña sobre la novela de Thomas Love Peacock: Abadía Pesadilla (Nightmare Abbey) fue escrita por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Thomas Love Peacock: Novelas.


Thomas Love Peacock.
1785-1866


Thomas Love Peacock fue unos de los escritores más ácidos de la literatura inglesa del romanticismo. La sátira literaria alcanza con él un refinamiento notable, no tanto por su erudición; sino por su gran capacidad para criticar los aspectos menos memorables de sus colegas. Esto no impidió que su causticidad caiga sobre autores como William Shakespeare, Ben Jonson, Samuel Taylor Coleridge, Lord Byron, William Wordsworth y otros; tampoco anuló la posibilidad de una amistad con sus víctimas; como lo demuestra el afecto mutuo que cultivó con el poeta Percy Bysshe Shelley.


Thomas Love Peacock: Novelas:




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La introducción a la obra de Thomas Love Peacock fue escrita por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Lunes o martes: Virginia Woolf


Lunes o Martes (Monday or Tuesday) es un relato fantástico de la escritora inglesa Virginia Woolf; aunque vale la aclaración que dentro de la narrativa de Virginia Woolf lo fantástico adquiere formas un tanto excéntricas.

Lunes o Martes pertenece a una de las más certeras antologías de relatos jamás escritos por una mujer, llamada: Monday or Tuesday. Luego de la muerte de Virginia Woolf, en 1941; su esposo, Leonard Woolf; recopiló una serie de dieciocho cuentos breves y los publicó con el nombre de: A Haunted House and Other Short Stories, entre los que se cuenta esta historia.

Fue sin dudas la magistral narrativa de Virginia Woolf la que despertó sospechas en la crítica. Muchos defienden la teoría de que estos relatos fueron escritos en conjunto con su marido, quien siempre lo negó. Sin embargo la discusión continúa.

Más allá de este dato, y de la brevedad del cuento que hoy compartimos con ustedes; Lunes y Martes es un ejemplo notable de la enorme capacidad de Virginia Woolf. Cualquiera que se inicie en el duro y hermoso camino de la literatura, tal vez se sienta un poco intimidado por la aparente facilidad de la autora para reunir en pocas líneas una cantidad infinita de matices.

Lo bueno es que esta intimidación se renueva con cada lectura.


Lunes o Martes.
Monday or Tuesday; Virginia Woolf (1882-1941)

Perezosa e indiferente, batiendo facilmente el espacio de sus alas, conocedora de su camino, pasa la garza sobre la iglesia, bajo el cielo. Blanco e indiferente, ensimismado, el cielo cubre y descubre sin cesar, se va y se queda. ¿Un lago? ¡Quítale las orillas! ¿Una montaña? Sí, perfecto, con el oro del sol en las laderas. Cae desde lo alto. Helechos o plumas blancas, siempre, siempre...

Deseando la verdad, aguardándola, rezumando laboriosamente unas pocas palabras, deseando siempre (se inicia un grito a la izquierda, a la derecha; ruedas que golpean; vehículos se cierran en conflicto), deseando siempre (el reloj asegura con doce campanadas que es mediodía; la luz vierte escamas de oro; niños se arremolinan), deseando siempre verdad. Roja es la cúpula; de los árboles cuelgan monedas; el humo sale lento de las chimeneas; ladrido, alarido, grito. -Compro metal-... ¿Y la verdad?

Como rayos orientados hacia un punto, pies de hombres, pies de mujeres, negros o con incrustaciones doradas (Esa niebla... ¿Azúcar? No, gracias... La commonwealth del futuro), la luz del fuego salta y deja roja la estancia, salvo las negras figuras y sus ojos brillantes, mientras descargan una camioneta fuera, la señorita Thingummy sorbe té, y las vidrieras protegen abrigos de pieles.

Cacareada, leve como una hoja, rizada en los bordes, pasada por las ruedas, plateada, en casa o fuera de casa, reunida, esparcida, derrochada en diferentes platillos de la balanza, barrida, sumergida, desgarrada, hundida, ensamblada... ¿Y la verdad?

Recordar ahora junto al fuego del hogar la blanca plaza de mármol. De las profundidades de marfil se alzan palabras que vierten su negrura, florecen y penetran. El libro caído; en la llama, en el humo, en las perecederas chispas; o ya viajando, la bandera en la plaza de mármol, minaretes debajo y mares de la India, mientras los espacios azules corren y las estrellas brillan... ¿la verdad?, o bien, ¿satisfacción con su proximidad?

Perezosa e indiferente la garza regresa; el cielo cubre con un velo sus estrellas; y luego las borra.

Virginia Woolf (1882-1941)


Más relatos de Virginia Woolf. I Relatos de mujeres. I Relatos victorianos. I Relatos ingleses.


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La introducción al cuento de Virginia Woolf: Lunes o martes (Monday or Tuesday) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Virginia Woolf: Relatos: Novelas


Virginia Woolf.
1882-1941


Virginia Woolf fue una de las grandes escritoras inglesas. Comenzó como ensayista y crítica literaria, pero su faceta como novelista la arrebató hacia la narrativa, y la convirtió en lo que siempre será: uno de los espíritus más bellos que puedan leerse.



Virginia Woolf: Relatos:


Virginia Woolf: Novelas:

Virginia Woolf: Ensayos:


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La introducción a los cuentos de Virginia Woolf fue escrita por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La Tristeza: Antón Chéjov


La Tristeza es un relato de Anton Chéjov. Sus variantes han sido largamente discutidas; aunque las formas increíbles de su tristeza aparecen siempre como un elemento nuevo a través de las lecturas.

Releyendo el cuento para publicarlo en El Espejo Gótico; he notado que la primera lectura; de la cual no puedo precisar una fecha o época; ha sido engañosa. Es decir, uno se somete fácilmente a las primeras impresiones, cuando en realidad el relato esconde una silueta mucho más profunda.

Bruscamente podemos decir que La tristeza es un cuento que habla de un padre cuyo hijo ha muerto; y sería una observación correcta. Pero limitarse a esta interpretación es quedarse con la mitad del cuento. El nuevo sentido impone una modificación: La tristeza habla de un hombre que ha quedado solo; y su dolor no se limita a la pérdida; sino también a la imposibilidad de compartirla.



La Tristeza.

Anton Chéjov (1860-1904)


La capital se envuelve en penumbras. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles, se extiende, fina, suave, sobre los tejados, sobre los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros. El cochero Yona está blanco, como un fantasma. Sentado en su trineo, encorvado, permanece inmóvil. Se diría que ni un alud de nieve le sacaría de su quietud.

Su caballo también está blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo parece, aun de cerca, un caballo de caramelo de los que se les compran a los niños por un copec. Se halla sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado vasta la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, todo ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.

Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada. Las sombras se van cerrando. La luz de los faroles se hace más intensa, más brillante. El ruido aumenta.

-¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!

Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.

-¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?

Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.

-¡Ten cuidado! -grita otro cochero, colérico-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil!
-¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!

Siguen oyéndose los insultos del otro cochero. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confundido, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabase de despertar de un sueño profundo.

-¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!

Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra. El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:

-¿Qué?

Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:

-Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
-¿De veras?... ¿De qué murió?

Yona, alentado por la pregunta, se vuelve hacia el cliente y dice:

-No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y... Dios que lo ha querido.
-¡A la derecha! -oye de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
-¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!

Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo. Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle. Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco manto caballo y trineo.

Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!

Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y jorobado.

-¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!

Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes. Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.

-¡Bueno, en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
-¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...
-¡Bueno, bueno! Arrea un poco tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.
-Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, Vaska y yo nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas.
-¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
-¡Palabra de honor!
-¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.

Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe agudamente.

-¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
-¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el jorobado-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale firme al vago de tu caballo. ¡Qué diablos!

Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, le insultan; pero, al menos, oye voces. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:

-Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...
-¡Todos nos hemos de morir! -contesta el jorobado-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
-Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.
-¿Oyes, viejo estas enfermo?-grita el deforme-. Te la vas a ganar si esto continúa.

Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.

-¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
-Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
-¿Yo? ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.

Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el jorobado, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:

-¡Por fin, hemos llegado!

Yona recibe los veinte copecs y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.

Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

Su tristeza a cada instante es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo entero. Yona ve a un portero que se asoma con un paquete y trata de entablar conversación.

-¿Qué hora es? -le pregunta, amable.
-Casi las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.

Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.

Pasa otra hora. Se siente mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.

-No puedo más -murmura-. Hay que acostarse.

El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.

Yona se arrepiente de haber vuelto, tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado. En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca la cabeza y busca algo con la mirada.

-¿Quieres beber? -le pregunta Yona.
-Sí.
-Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!

Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho, caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza y momentos después se le oye roncar.

Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro. Su difunto hijo ha dejado en la aldea a una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar a alguien que se prestase a escucharle, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndole! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.

Yona decide ir a ver a su caballo. Se viste y sale a la cuadra. El caballo, inmóvil, come heno.

-¿Comes? -le dice Yona, acariciándole el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno. Soy demasiado viejo para ganar mucho. A decir verdad, no debería ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...

Tras una corta pausa, Yona continúa:

-Sí, amigo, ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera. Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?

El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido. Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.

Anton Chéjov (1860-1904)


Más relatos de Anton Chéjov. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura:
  • Novelas góticas.
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  • Relatos de terror.
  • Relatos de vampiros.
  • Relatos de fantasmas.
  • Relatos del romanticismo.
La introducción al cuento de Antón Chéjov: La Tristeza; fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

John William Polidori: Relatos

John William Polidori.
1795-1821

John William Polidori fue uno escritor inglés que siempre apareció en las sombras de la escena literaria de su época. Fué médico y compañero de viaje de Lord Byron. Participó de aquella célebre reunión en Suiza, donde Byron, Shelley y otros se estimularon mutuamente para crear una historia de terror; y que culminaría con la creación de Mary Shelley: Frankenstein; y el menor pero certero relato de Polidori: el Vampiro.


Relatos de John William Polidori:


Más literatura:
Este artículo sobre la obra de John William Polidori fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El Italiano: Ann Radcliffe


El Italiano (The italian) es una novela gótica de la escritora inglesa Ann Radcliffe, aquella célebre creadora de Los misterios de Udolfo. Hoy hablaremos de otra de sus novelas más conocidas, aunque de hecho su fama haya sido seccionada por una crítica incapaz de juzgar un autor por sus mejores páginas.

El nombre completo de la obra es: The Italian, or the Confessional of the Black Penitents (El Italiano, o el confesionario de los penitentes negros). A este título poco económico, aunque sí descriptivo; hay que defenderlo desde la otra economía, aquella que nada tiene en común con la eficacia literaria. Recordemos que la novela gótica era, y es, un género menor; y sus lectores, en su mayoría mujeres burguesas, adoraban las sensaciones intensas que estos relatos les brindaban. De modo que no es curioso que nos crucemos con novelas góticas cuyos nombres parecen arrancados de cualquier periódico amarillo.

El Italiano fue escrito en 1797; es la última novela de Ann Radcliffe, y fue publicada de manera póstuma, recién 1826. Los eventos que la componen se sitúan en 1764.

Como en todas las novelas de Ann Radcliffe, destacamos la ambientación y su capacidad para generar lo ominoso a través de sus descripciones. El Italiano es un relato oscuro; que oscila entre su trama de persecución y sus rigurosas historias de amor. El refinamiento de Radcliffe alcanza aquí sus rasgos más hondos y maduros, absorbiendo las preocupaciones de su época y plasmándolas en una narrativa densa pero nunca excesiva.


Describimos brevemente la trama de El Italiano:

Se desarrolla en Italia (y vale la aclaración, ya que Italia era un lugar exótico para cualquier dama inglesa de la burguesía), donde un joven noble de Nápoles, Vincentio, conoce a la hermosa Ellena Rossalba. Ambos se enamoran (detalle clave, que hace sobrevivir la novela más allá de la quinta página) pero la pérfida madre del joven, la Marchesa di Vivaldi, confabula para secuestrar a la joven debido a su origen plebeyo. El trabajo corre a cargo de un monje sombrío: Schedoni.

En una escena lacrimógena, Schedoni irrumpe en la ceremonia nupcial y arresta a los jóvenes antes de que concluya. Se lleva a Ellena con la intención de asesinarla hasta que descubre, no sin asombro, que es su propia hija. El desdichado Vincentio es encarcelado por la inquisición, y juzgado. Schedoni, que no sabemos cómo, pero dispone del tiempo; también comparece ante la corte en calidad de ocioso observador.

En este punto, Ann Radcliffe comienza a desparramar la trama con un genio casi maquiavélico: Vincentio es absuelto, gracias a un artificio de lo más original. Con gran escándalo, nos enteramos que Ellena no es, de hecho, hija del monje Schedoni; sino su sobrina. Su verdadero padre es el hermano muerto del monje, ignoto hasta el momento. La novela concluye con un rasgo típicamente femenino, y que pocas autoras del período supieron evitar: el final feliz. Los buenos se casan y los malos perecen merecidamente.

A pesar de alguna ironía desperdigada en este artículo, El Italiano es una novela muy interesante; llena de momentos clásicos en la literatura gótica. La reducción de cualquier trama siempre nos deja la impresión de estar ante algo trillado; pero vale recordar que todas las grandes historias, reducidas al mínimo, también lo son.


El italiano.
The italian, Ann Radcliffe (1764-1823)
Pueden descargar El Italiano, de Ann Radcliffe, aquí (versión en inglés)







Más novelas de Ann Radcliffe. I Novelas góticas. I Novelas de terror.

Si tienes problemas para bajar El Italiano, de Ann Radcliffe, deberías leer esto.

Este artículo sobre la novela de Ann Radcliffe: El Italiano (The Italian) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción total o parcial escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La Hija del castigo: Paul Feval


La Hija del Castigo (L´enfant de la Punition) es un extraordinario relato del escritor francés Paul Féval.

El cuento nos habla de una leyenda, adornada magistralmente por la prosa de Paul Féval, sobre una joven nacida durante el Terror, es decir, durante aquella fiebre sangrienta que se apoderó de Francia.

Esta joven, llamada Margarita Breuilh; nace a los pies del patíbulo. Su madre, piadosa visitante de las ejecuciones; asiste con su embarazo a contemplar la aniquilación de un sacerdote. El verdugo se ausenta; y es el padre de nuestra protagonista quien asume su rol con absoluta destreza. La niña nace esa misma tarde, bajo los cánticos sádicos de la muchedumbre, que clama por sangre.

Extrañamente, esta joven hermosa y delicada, ha quedado mancillada por el horrendo escenario de su nacimiento. No sabe hablar; sólo repite su pequeña cacofonía aprendida como una lóbrega canción de cuna.


La Hija del Castigo.
L´enfant de la Punition
; Paul Féval (1816-1887)


En 1810, vivía en Saint-Maló una joven de diecisiete años, cuyo verdadero nombre era Margarita Breuilh. Era hija de Jacques Breuilh, el calafatero, que habiéndose quedado sin trabajo en las canteras del puerto se hizo contrabandista. Esta es la primera página que yo publiqué, hace cuarenta años. La entrego a manera de curiosidad y para demostrar que comencé creyendo algo que me perdió.

Margarita era bella. Aquellos que la veían y no conocían su historia, se paraban para mirarla andar a lo largo del agua. Siempre estaba vestida pobremente. Su vestido de tela ordinaria ajustado a la cintura con la ayuda de un trozo de cuerda, le caía tan bien como a otras muchachas la muselina o la seda; sus largos cabellos rubios caían desordenados sobre su espalda, y tenían un reflejo de oro bruñido. Ella iba, alegre y graciosa, rozando ligeramente con sus pies la arena de la playa. Cuando se sentía observada, sus grandes ojos azules, limpios y dulces, no bajaban ante la mirada del otro. Una sonrisa melancólica asomaba a sus labios. Y se ponía a cantar con voz triste, tan triste que el que la escuchaba, lloraba. Mi madre me dijo: yo lloré.

Su canto era extraño. Sus palabras, indiferentes. Era una de esas canciones que entonaban las mujeres de los marineros mientras los esperan junto a las orillas del mar que resuena, se eleva y se confunde con la línea azul sombría del cielo de Bretaña. Es quizás un cántico desconocido, una plegaria. Pero de a poco, su voz se extendía, las palabras llegaban claras, se comprendían. La emoción apretaba el corazón del oyente; el enternecimiento dejaba lugar al horror. Y obligaba a alejarse. Esto cantaba Margarita, que estaba loca:

...Sangre, sangre, mucha ¡sangre! A torrentes beberemos de la máquina. Saciémonos al pie de la guillotina. ¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Y mientras cantaba el horrible estribillo que la loca había aprendido durante el Terror, alrededor del tablado levantado junto a la guillotina, la mirada azul de Margarita se elevaba dulce y pura hacia el cielo. Su frente era de tal dulzura como la de los ángeles. Su voz melodiosa y penetrante, plena de vibraciones y de encanto. El contraste entre su voz y la canción erizaba la piel. Mientras era de día ella corría por la playa. Las tempestades no la asustaban. Se la veía incluso hasta en la tormenta, trepar, ágil como un pájaro, a lo largo de los flancos escarpados del Fuerte del Emperador. Se colgaba de cualquier saliente; el huracán la mecía; la cresta espumante y furiosa de las olas lamía los blancos pies; alrededor de ella las gaviotas se balanceaban suspendidas en sus largas alas, y lanzaban sus gritos quejumbrosos y ásperos, a los que respondía la pobre joven con su eterno refrán. El mar subía. Entonces ella ganaba la cumbre aguda de las rocas. Ahí se sentaba; la cabeza apoyada en sus manos. El viento desordenaba su cabello, que le tapaba la cara. Desde lejos parecía una estatua, erigida sobre un pedestal gigante.

Por la noche no volvía a la ciudad. ¿Dónde pasaba la noche? Nadie lo sabía. Es necesario contar la lúgubre historia de su nacimiento. En 1793, después que Carpentier diezmó legalmente la población de Saint-Maló, Jacques Breulih era un joven obrero portuario, fuerte y honesto. Abundaba el trabajo después de la desocupación que trajo el Terror. Breuilh se ganaba fácilmente la vida. Tenía una mujer bella que lo amaba. Era feliz. El viento de las doctrinas revolucionarias había pasado y como en todas partes había trastocado muchas cabezas, Breuilh, sin saber por qué, tendía a odiar mortalmente a los aristócratas, aunque había vivido de sus beneficencias y sobre todo a los sacerdotes; a uno de ellos en especial debía su buena suerte, a un buen eclesiástico que le había tendido una mano caritativa en su juventud. No quería recordar en absoluto que el abate Saulnier, cura de Saint-Sauveur, había sido como un padre para él. Era un sacerdote y los sacerdotes eran considerados pérfidos, malvados, enemigos del pueblo. No convenía a Breuilh ir en contra de este argumento sin réplica.

Su mujer era fanáticamente revolucionaria. Sabía de memoria todo el catecismo republicano, y no dejaba, los días de ejecución, de reservar anticipadamente su lugar al pie de la guillotina; allí tejía sin que se le escapara un punto de la malla, mientras las cabezas rodaban. Estaba muy próxima a ser madre. Breulih no la dejaba sola nunca. Había dejado su trabajo para cuidar a su mujer y la ciudadana se apoyaba en el brazo conyugal para estar siempre presente en la plaza de las ejecuciones. Cuando la máquina terminaba sus faenas, la pareja regresaba a soñar sobre el porvenir del niño que llegaría.

-Si es varón -decía Jacques- se llamará Bruto como el virtuoso ciudadano de Italia, que atravesó con sus espada el cuerpo de un Cardenal romano...
-¡De un Papa! -interrumpía la ciudadana-. En Italia, has visto Jacques, los verdaderos tiranos son los Papas. Jacques admiraba la erudición superior de su compañera.
-Si es una niña... -continuaba ella- la llamaremos... Brutusa.
-¡Vaya!
-Será muy bella, Jacques, muy bella. Y procuraremos que la nombren por decreto diosa de la Libertad!

Los dos esposos, ante tan brillante perspectiva, bailaban con verdadero frenesí. Un cierto día del mes de Messidor del año 1793 se llevaría a cabo en la Comuna de Saint-Maló una ejecución muy interesante. La víctima era M. Sauliner, viejo cura de Saint-Sauveur. Todos conocían muy bien al sacerdote. Todos ansiaban ver qué cara tendría sobre el patíbulo. La guillotina estaba ubicada en medio de la plaza, frente al tribunal revolucionario. La multitud rodeaba el tarimado de la guillotina. Nuestra buena ama de casa estaba en su puesto. En el momento en que esa masa murmurante se abría para dejar paso a la carreta que traía al reo, la ciudadana Breuilh fue presa de los dolores de parto. Un heroico y casi omnipresente esfuerzo frenó sus gritos. Esperaba; el señor Abate Saulnier subió los escalones del patíbulo. De pronto un murmullo de enojo recorrió la asamblea. El verdugo no había llegado. La ciudadana Breulih se enfureció por el contratiempo.

-¡Qué desgracia! -se lamentó ella.
-El verdugo ha cruzado el agua -dijo alguien desde la multitud; se fue a Southampton porque no quería echar mano sobre le abate Saulnier, que fue tan bueno con él en otro tiempo.
-¡Es que se trata de eso! -replicó Jacques Breuilh, encogiéndose de hombros.

Nadie respondió. El abate Saunier había sido realmente muy caritativo con todos los desdichados. En este supremo momento, la piedad, como un espectro, golpeaba los corazones.

-¿Hay algún ciudadano de buena voluntad que reemplace al verdugo? -preguntó un funcionario de la República.
Se hizo un gran silencio.
-Jacques -dijo por lo bajo la ciudadana Breuilh -yo quiero...

No terminó la frase, pero su mirada acariciaba el patíbulo. Para un corazón republicano, el deseo de una ciudadana es una orden suprema. Jacques, en tres saltos subió los escalones del estrado.

-¡Aquí estoy! -gritó.

Su mujer inició un grito de alegría que concluyó en un quejido delirante. La angustia la aterrorizaba. Pero, a instancias de Jeanne d´Albret, reprimió sus gemidos y entonó con voz firme su canción favorita:

Sangre, sangre, mucha ¡sangre! A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina ¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Al escuchar esta canción, la piedad de la multitud se desvaneció. Una alegría general se transmitió y un coro inmenso rugió la copla sangrienta. Mientras tanto, Jacques Breuilh, a pesar de su falta de experiencia, reemplazó al verdugo, eficazmente. El sacerdote lo bendijo mientras Jacques se afanaba en los preparativos. La venerable cabeza rodó por los escalones del patíbulo. Los funcionarios republicanos agradecieron al calafatero. Jacques recibió las felicitaciones con modesto orgullo. Tenía conciencia de haber cumplido con la patria. Cuando regresó junto a su mujer, la ciudadana tenía en sus brazos una bellísima niña. Jacques la abrazó con entusiasmo.

-Ha nacido en un día de fiesta -dijo la madre-, el Ser Supremo le tiene reservado un destino feliz.

Jacques aprobó y repitió las palabras de su esposa. Cuando la pareja estuvo de regreso en la choza, examinó amorosamente el regalo que acababan de recibir del Ser Supremo. La pequeña era encantadora. Algo los inquietó; alrededor de su cuello pequeño una línea roja se enroscaba como un collarcito de coral.

-¿Qué es esto? -preguntó el ciudadano Breuilh.
-El cuchillo... -murmuró.
-¡Bah! -dijo la ciudadana intentando sonreir- es una señal.

La pequeña creció. A medida que crecía, el círculo sangriento de su cuello se iba borrando, hasta que llegó a parecer un collar pálidamente rosado. La ciudadana Breuilh era feliz, el amor maternal había reemplazado de a poco sus lúgubres manías.

-Después de todo -decía- la guillotina casi no dejó rastros. Margarita será la perla de Saint-Maló y dentro de diez años nadie se acordará que nació al pie de la guillotina.
-¿Quién se acordará? -repetía el dócil calafatero.

No todos se olvidaron. El Terror había terminado hacía dos años. La guillotina perdió popularidad. Todos comenzaron a alejarse de Jacques, a quién llamaban el verdugo. Un consuelo le quedaba: su hija, su Margarita que parecía un ángel cuando sonreía. Pero Margarita no hablaba. Su madre había pasado largas horas repitiéndole una misma palabra, sin cesar y la niña permanecía muda. Al anochecer su lengua se destrabó. La ciudadana Breuilh creyó oirla hablar desde lejos. Llamó a su marido y corrieron junto a la cuna. La pobre madre no podía contener su alegría:

-Habla, Margarita, habla, mi linda -decía.

Se inclinó para escuchar. La niña guardó silencio. Después, fijando sus grandes ojos azules sobre su madre, la niña empezó a cantar suavemente:

¡Hace falta sangre, sangre, mucha sangre!...

La pobre madre cayó de espaldas. Jacques se apuró a levantarla. En tanto la niña continuaba:

A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina...
-¡Oh! ¡Cállate! -dijo la madre con voz agonizante.
La niña siguió:
¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Jacques aterrado, paseaba su mirada desde su hija hasta la mujer desvanecida. De pronto esta se levantó. Sus ojos empañados miraban gélidamente; los rizos caían sobre su pálida frente. Había envejecido diez años en un minuto. Al día siguiente ella intentó una segunda prueba. La niña esbozando una sonrisa angelical, empezó a cantar con su pequeña voz el refrán maldito. Nunca nadie le escuchó pronunciar otras palabras que las de esa canción. La ciudadana Breuilh, frío el corazón, llevó durante unos meses una existencia lánguida y murió de honda tristeza. En el último momento de su agonía, escuchó la voz de Margarita que cantaba: ¡Sangre, sangre, hace falta mucha sangre! Jacques Breuilh lloró a su mujer. Se quedó solo con su hija, imagen viva del remordimiento. Cada vez que él volvía de su trabajo, Margarita lo recibía cantando. A pesar de todo, adoraba a su hija y todo el amor que quedaba en su corazón era para ella. A los diez años resultó imposible retenerla en la casa. Su instinto vagabundo la empujaba a salir. Cuando empezaron las salidas, la ciudad toda se enteró del funesto secreto. Se apartaban de ella con horror. Murmuraban sobre su locura y la atribuían a los trágicos acontecimientos que acompañaban su nacimiento. La empezaron a llamar: la hija del castigo. Real o falsa, esta idea del castigo divino fue para Jacques una especie de muerte civil. Sus camaradas lo repudiaron; el capataz de la cantera donde trabajaba, lo hizo echar. Así, sin trabajo, se vio obligado a caer en el contrabando para dar de comer a Margarita.

Amaba a su pobre hija. Era lo único que tenía. Durante muchos años, Jacques contrabandeó encajes y cuchillería de Inglaterra. Como estaba muy necesitado, maniobraba con excesiva prudencia y los que suponían o desconfiaban de él no encontraban un detalle para acusarlo formalmente. Pero llegó el día en que fue sorprendido cuando desembarcaba unos bultos a noche cerrada. Los aduaneros hicieron una descarga desde lo algo del gran Bé; él consiguió escapar, pero lo habían reconocido. En adelante, ya no estaría seguro en Saint-Maló. Y fue así que comenzó para Margarita esa vida extraña y misteriosa de la que hablamos al comienzo de este relato. Durante el día ella vagaba por las playas jugando con la espuma, recogiendo la pálida flor de las algas o buscando en las cuevas costeras esos delicados y caprichosos arabescos que forman las algas. Los lugareños que la encontraban se alejaban pero no la insultaban nunca, porque su aspecto angelical hubiera despertado piedad y ternura aún en el duro corazón de un tigre. Cuando un extranjero, atraído por la belleza de la niña, se acercaba a ella, una infantil sonrisa asomaba a sus labios y empezaba a cantar el horrible refrán. Por la noche, buscaba el amparo de su padre.

Tiempo después, bajo el Imperio, la represión del contrabando fue severísima y las penas eran como en las épocas de guerra. Día y noche los gendarmes vigilaban. A veces se encontraba el cadáver de un inglés sobre la playa, al día siguiente era el de un gendarme aduanero. Jacques no se hacía a la mar. Su trabajo era el más peligroso de todos: era descargador. Cuando una bujía pirata se encendía en la costa, con la señal convenida, saltaba sobre su barca y se acercaba al barco, cargaba los bultos y los traía a tierra; seguidamente recibía una módica suma como todo beneficio. Hasta ahora había conseguido mantenerse oculto y se había salvado de toda acción judicial. Su refugio, mejor dicho sus refugios eran hábilmente elegidos. Y Margarita mientras tanto corría por las playas. Hasta que cierto día un guardacostas más astuto que sus colegas la siguió desde lejos a la caída de la noche. Fue una tarea difícil. La jovencita, después de haber seguido por el borde de la playa que se extendía como un tapiz, pasó el Fuerte Real hasta Rotheneuf y se metió en un laberinto de rocas angulosas y quebradas que defienden a manera de inmensa empalizada el orgulloso acantilado de la Varde.

Una vez que llegó, Margarita no aminoró su marcha. Saltaba entre las rocas, esbelta y graciosa como un antílope. Ningún obstáculo la detenía. Sus pies rozaban la mata aceitosa de las algas. El aduanero en cambio sudaba sangre y agua. Pobre desdichado. Las suelas con tachas de hierro se enganchaban en las rocas; resbalaba sobre las algas, tropezaba. A veces caía pesadamente en profundos pozos poblados de Jibias y cangrejos. Pero no se daba por vencido: le esperaba una fuerte recompensa al final de estos esfuerzos. Margarita iba delante. No había un punto de luna en el cielo, pero a la luz lejana de las estrellas se veía una forma blanca sobre el fondo oscuro de las rocas. El viento traía en ráfagas al oído atento del aduanero algunas notas de la canción de la muchacha. De pronto ella desapareció y su voz dejó de oirse. El aduanero se detuvo, indeciso. Estaba sobre el más alto de los grupos de rocas que circundan el acantilado de la Varde. A cien pies debajo de él el mar rompía contra la base del acantilado. Avanzó otra vez. El sendero, justo allí, en el lugar donde había perdido de vista a Margarita, era plano y liso y terminaba en una fisura que se abría como una enorme boca sobre el mar y que de ninguna manera podía franquear. Naturalmente la mirada del aduanero requisó hasta el fondo de ese agujero. Descubrió un débil resplandor que se reflejaba en las paredes húmedas de la grieta.

-Ahí está el nido -murmuró. Y desandando el camino se apresuró hasta ganar la posta de Rotheneuf, donde pidió refuerzos. Una hora después cinco hombres se detenían al borde de la fisura. Bajaron en silencio. En el fondo del pozo vieron una pequeña cabaña, tan escondida que si no hubieran sabido a priori de su existencia les hubiera costado realmente descubrirla. Adentro la luz ya estaba apagada. Los aduaneros llamaron. Volvieron a llamar golpeando con fuerza. Entraron. Sobre un montón de algas secas, Margarita estaba totalmente vestida. Dormía. Su rostro calmo y dulce era la viva imagen del candor. Estaba sola en la cabaña. ¿Dónde estaba el contrabandista? Los empleados de la aduana llamaron a Margarita que se despertó sonriendo. A la vista de esos hombres armados sus grandes ojos azules no bajaron la mirada. Abrió la boca y murmuró dulcemente:

¡Sangre, sangre, mucha sangre!
-¡Sí! -dijo uno de los aduaneros exagerando- ¡eso hace falta y cuando llegue la brigada tendremos sangre!

Una nube empañó la frente de la joven. Por un momento, el instinto del amor filial haya disipado las tinieblas de su inteligencia. Fue un relámpago. Después de unos segundos de silencio continuó:

-A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina...
-¡Escuchen! -gritó uno de los aduaneros.
Todos hicieron silencio. Margarita misma interrumpió su canto. Se escuchó sobre el mar, más allá de las rocas un ruido sordo y regular. Era un barco que avanzaba con remos.
-¡Aquí está! -dijeron los aduaneros aprestando sus armas-, ¡ya lo tenemos!

Margarita llevó la mano a su frente. De un salto pasó entre los gendarmes y se inclinó sobre el borde de la rampa.

-¡Quédate quieta! -dijo por lo bajo, amenazante, uno de los guardias-, ¡O te mato!.

La pobre no podía desobedecer. No sabía hablar. Pero en un momento que los gendarmes se descuidaron, asió con fuerza la cuerda que servía de escalera a su padre y se dejó caer al fondo del hondo pozo. Los aduaneros se consultaron entre ellos; luego el jefe da un golpe sobre la cuerda, que de vieja se rompe al instante. Una voz débil llegaba desde lo más profundo del precipicio.

-¡Sangre, sangre, mucha sangre!...
-¡Pobre niña! -murmuraron los aduaneros.

La barca continuaba avanzando. Margarita, que se había arrojado desde una altura enorme sobre la playa, no le pudo advertir a su padre. Jacques fue tomado prisionero. Al día siguiente no fue posible encontrar el cuerpo de Margarita. Como Jacques se había resistido fue condenado a muerte. El día de la ejecución, el patíbulo fue levantado por la Comuna en la misma plaza donde Jacques, diecisiete años atrás, había reemplazado al verdugo. Todos se acordaban de esta circunstancia y no hubo ni un solo gesto de piedad entre los espectadores. Jacques subió, con la cabeza baja, los escalones del patíbulo. En ese momento, una mujer pálida, con la ropa hecha jirones, el cuerpo cubierto de lastimaduras, se abrió paso entre la muchedumbre y cayó moribunda al pie de la guillotina.

-¡Hija mía! -grito Jacques, extendiendo sus brazos como para protegerla. Margarita se levantó a medias. Miró el aparato fatal y sonriendo, murmuró:
-¡Hace falta sangre, sangre, mucha sangre, Saciémonos al pie de la guillotina!

Después cayó para no levantarse más. Jacques dio un grito angustiante y ofreció su cabeza al verdugo. El gentío se retiró, silencioso y en hondo recogimiento. Si la falta fue grave, el castigo fue terrible y más de uno había sentido piedad por esa triste familia sobre la cual había caído duramente el dedo de Dios. Y ahora que mucho tiempo pasó, se puede decir que las catástrofes de ese tipo no se olvidan, y en mi juventud he encontrado muchas veces en Saint-Maló o en Saint-Sauveur, numerosos testigos que contaban como yo lo acabo de hacer, la lamentable historia de la hija del castigo.

Paul Féval (1816-1887)


Más relatos de Paul Féval. I Relatos de terror. I Relatos góticos.


Más literatura:
La introducción al cuento de Paul Féval: La Hila del Castigo (L´enfant de la Punition), fue escrita por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El Horla: Guy de Maupassant


El Horla (Le Horla) es un relato de vampiros del escritor francés Guy de Maupassant. Fue escrito en 1887 en la forma de un alucinado diario personal. El Horla no sólo es un relato que involucra de algún modo la creencia en vampiros, sino que dota aquella creencia con una serie de sutilezas y otredaes muy propias del genio de Guy de Maupassant.

H.P. Lovecraft, expresamente en su estudio sobre literatura fantástica, y subrepticiamente en algunos de sus relatos, menciona de este modo los horrores de El Horla:


(El Horla) relata en Francia el advenimiento de unos seres invisibles que se alimentan de agua y leche, influyendo las mentes de otros, siendo apenas la vanguardia de una hueste de espectros que han llegado para subyugar y abrumar a la humanidad. Su narrativa es tensa, quizás inigualable en su estilo.


Cómo decíamos, El Horla esta relatado en primera persona, como un diario personal que refleja la evolución de los acontecimientos ominosos que se suceden en la vida del protagonista. Algunos críticos observan ciertos paralelos con la vida de Guy de Maupassant, especialmente en la última línea del cuento, absoluta y demoledora:

No hay dudas. No ha muerto. Entonces, tendré que suicidarme...



De hecho, se considera que El Horla fue escrito en plena crisis de Guy Maupassant; consecuencia de una sífilis que lentamente fue erosionando su cuerpo y su salud mental.

Controversia al margen; el hecho incontrastable es que El Horla es el gran relato sobrenatural francés. Parte de su encanto procede de la elección del estilo narrativo; pero más allá estos detalles; el Horla se destaca por la profunda evocación de la otra realidad, del Otro: una especie de sombra o reflejo que puede ser externo y ajeno a nosotros, o bien una mirada introspectiva hacia los vastos abismos que allí residen.

Los que estén interesados en conocer un poco más sobre la representación del Otro en sus cuentos, les recomendamos leer este excelente ensayo sobre Guy de Maupassant.



El Horla.
Le Horla; Guy de Maupassant (1850-1893)

8 de mayo.

¡Qué hermoso día! He pasado la mañana tendido sobre la hierba, frente a mi casa, bajo el enorme plátano que le da sombra. Adoro esta región, he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a la forma de hablar, a los perfumes, al del aire mismo. Adoro la casa donde he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena detrás del camino, a lo largo de mi jardín, casi dentro de mi casa, el grande y ancho Sena, cubierto de barcos, en el tramo entre Ruán y El Havre.

A lo lejos está Ruán, la vasta ciudad de techos azules, con sus numerosas y agudas torres góticas, dominadas por la flecha de hierro de su catedral, y pobladas de campanas que tañen en el aire, enviándome su suave y lejano murmullo de hierro, su canto de bronce que me llega con mayor o menor intensidad según que la brisa aumente o disminuya. ¡Qué hermosa mañana!

A eso de las once pasó frente a mi ventana un largo convoy de navíos arrastrados por un remolcador, que jadeaba de fatiga lanzando por su chimenea un humo espeso. Luego, dos goletas inglesas de rojas banderas, y un soberbio bergantín brasileño, blanco y admirablemente limpio y reluciente. Saludé su paso sin saber por qué, pues sentí placer al contemplarlo.

11 de mayo.

Tengo algo de fiebre desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste. ¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman el bienestar en desaliento y la confianza en angustia? Se diría qué el aire está poblado de lo desconocido, de poderes cuya proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado mis nervios y ensombrecido mi alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan del día me ha perturbado al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar, tiene efectos rápidos e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.

¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos ciegos a lo muy grande y lo muy pequeño, lo muy próximo y lo muy lejano, los habitantes de una estrella y los de una gota de agua. Con nuestros oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones en ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza. Con nuestro olfato, más débil que el del perro; con nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un vino. ¡Cuántas cosas descubriríamos con otros órganos que realizaran otros milagros!

16 de mayo.

Decididamente, estoy enfermo. ¡Y pensar que estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre atroz, o, mejor dicho, una nerviosidad febril que afecta por igual el alma y el cuerpo. Tengo la angustiosa sensación de un peligro, la aprensión de una desgracia inminente o de la muerte que se aproxima, el presentimiento suscitado por el comienzo de un mal aún desconocido que germina en la carne y en la sangre.

18 de mayo.

Acabo de consultar al médico pues no podía dormir. Ha encontrado mi pulso acelerado, los ojos inflamados y los nervios alterados, pero ningún síntoma alarmante. Debo darme duchas y tomar bromuro de potasio.

25 de mayo.

¡No siento ninguna mejoría! Mi estado es extraño. Cuando se aproxima la noche, me invade una inexplicable inquietud, como si la noche ocultase una amenaza. Ceno rápidamente y luego trato de leer, pero no comprendo las palabras y apenas distingo las letras. Camino entonces de un extremo a otro de la sala sintiendo la opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el temor de la cama. A las diez subo a la habitación. En cuanto entro, doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos; tengo miedo. ¿De qué? Hasta ahora nunca he sentido temor por nada. Abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho, escucho ¿qué? ¿Acaso puede sorprender que un malestar, un trastorno de la circulación, una pequeña perturbación del funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestra máquina viviente, convierta en un melancólico al más alegre de los hombres y en un cobarde al más valiente? Luego me acuesto y espero el sueño como si esperase al verdugo. Espero su llegada con espanto; mi corazón late intensamente y mis piernas se estremecen; todo mi cuerpo tiembla en el calor de la cama hasta el momento en que caigo bruscamente en el sueño, como si me ahogara en aguas estancadas. Ya no siento llegar como antes a ese sueño pérfido, oculto cerca de mí, que me acecha, se apodera de mi cabeza, me cierra los ojos y me aniquila.

Duermo durante dos o tres horas, y luego es una pesadilla la que se apodera de mí. Sé perfectamente que estoy acostado y que duermo. Lo comprendo y lo sé, y siento también que alguien se aproxima, me mira, me toca, sube sobre la cama, se arrodilla sobre mi pecho y tomando mi cuello entre sus manos aprieta y aprieta, con todas sus fuerzas para estrangularme. Trato de defenderme, impedido por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños: quiero gritar y no puedo; trato de moverme y no puedo; jadeante, trato de liberarme, de rechazar ese ser que me aplasta y me asfixia, ¡pero no puedo! Y de pronto, me despierto enloquecido y cubierto de sudor. Enciendo una bujía. Estoy solo. Después de esa crisis, repetida todas las noches, duermo por fin hasta el amanecer.

2 de junio.

Mi estado se ha agravado. ¿Qué tengo? El bromuro y las duchas no producen efectos. Para fatigarme más, a pesar de que ya me sentía cansado, fui a dar un paseo por el bosque de Roumare. En un principio me pareció que el aire suave y fresco, lleno de aromas de hierbas y hojas, vertía una sangre nueva en mis venas. Caminé por una gran avenida de caza y después por una estrecha alameda, entre dos filas de árboles altos que formaban un techo verde y espeso, casi negro, entre el cielo y yo. De pronto sentí un estremecimiento, no de frío sino un extraño temblor angustioso. Apuré el paso, inquieto por hallarme solo en ese bosque. De improviso, me pareció que me seguían, que alguien marchaba detrás de mí, muy cerca, muy cerca, casi pisándome los talones.

Me volví hacia atrás con brusquedad. Estaba solo. Únicamente vi el amplio sendero, vacío, pavorosamente vacío. Cerré los ojos, ¿por qué? Y me puse a girar sobre un pie como un trompo. Estuve a punto de caer; abrí los ojos: los árboles bailaban, la tierra flotaba, tuve que sentarme. Después ya no supe por dónde había llegado. ¡Qué extraño! Ya no recordaba nada. Tomé hacia la derecha, y llegué a la avenida que me había llevado al centro del bosque.

3 de junio.

He pasado una noche horrible. Voy a irme por algunas semanas. Un viaje breve sin duda me tranquilizará.

2 de julio.

Regreso restablecido. El viaje ha sido delicioso. Visité el monte Saint-Michel, que no conocía. ¡Qué hermosa visión se tiene al llegar a Avranches en el ocaso! La ciudad se halla sobre una colina. Cuando me llevaron al jardín botánico, situado en un extremo, no pude evitar un grito de admiración. Una extensa bahía se extendía ante mis ojos hasta el horizonte, entre dos costas lejanas que se esfumaban en medio de la bruma, y en el centro de esa inmensa bahía, bajo un dorado cielo despejado, se elevaba un monte extraño, sombrío y puntiagudo en las arenas de la playa. El sol acababa de ocultarse, y en el horizonte aún rojizo se recortaba el perfil de ese fantástico acantilado que lleva en su cima un fantástico monumento.

Al amanecer me dirigí hacia allí. El mar estaba bajo como la tarde anterior y a medida que me acercaba veía elevarse a la sorprendente abadía. Luego de varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedra en cuya cima se halla la pequeña población dominada por la gran iglesia. Después de subir penetré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, con numerosos recintos, aplastados por bóvedas y galerías superiores. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, a los cuales se sube por intrincadas escaleras, que destacan en el cielo azul del día y negro de la noche sus extrañas cúpulas erizadas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores monstruosas, unidas entre sí por finos arcos labrados. Cuando llegué a la cumbre, dije al monje que me acompañaba:

-¡Qué bien se debe estar aquí, padre!
-Es un lugar muy ventoso, señor -me respondió. Y nos pusimos a conversar mientras mirábamos subir el mar, que avanzaba sobre la playa y parecía cubrirla con una coraza de acero. El monje me contó historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas leyendas.

Una de ellas me impresionó. Los nacidos en el monte aseguran que de noche se oyen voces en la playa y después se perciben los balidos de dos cabras, una fuerte y la débil. Los incrédulos afirman que son los graznidos de las aves marinas que se asemejan a quejas humanas, pero los pescadores juran haber encontrado, merodeando por las dunas, entre dos mareas y alrededor de la pequeña población tan alejada del mundo, a un viejo pastor cuya cabeza nunca pudieron ver por llevarla cubierta con su capa, y delante de él marchan un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer; ambos tienen largos cabellos blancos y hablan sin cesar: discuten en una lengua desconocida, interrumpiéndose de pronto para balar con todas sus fuerzas.

-¿Cree usted en eso? -pregunté al monje.
-No sé. -me contestó.
Yo proseguí:
-Si existieran en la tierra otros seres diferentes de nosotros, los conoceríamos desde hace mucho tiempo; ¿cómo es posible que no los hayamos visto usted ni yo?
-¿Acaso vemos -me respondió- la cienmilésima parte de lo que existe? Observe por ejemplo el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza; el viento, que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y que arroja contra ellos a las grandes naves, el viento que mata, silba, gime y ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso lo puede ver? Y sin embargo existe.

Ante este sencillo razonamiento opté por callarme. Podía ser un sabio o un tonto. No podía afirmarlo, pero me llamé a silencio. Con mucha frecuencia había pensado en lo que me dijo.

3 de julio.

Dormí mal; evidentemente, hay una influencia, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Ayer, al regresar, observé su extraña palidez. Le pregunté:

-¿Qué tiene, Jean?
-Ya no puedo descansar; mis noches desgastan mis días. Desde la partida del señor parece que padezco una especie de hechizo.

Los demás criados están bien, pero temo que me vuelvan las crisis.

4 de julio.

Las crisis vuelven. Vuelvo a tener las mismas pesadillas. Anoche sentí que alguien se inclinaba sobre mí y con su boca sobre la mía, bebía mi vida. Sí, la bebía con la misma avidez que una sanguijuela. Luego se incorporó saciado, y yo me desperté tan extenuado y aniquilado, que apenas podía moverme. Si eso se prolonga durante algunos días volveré a ausentarme.

5 de julio.

¿He perdido la razón? Lo que pasó, lo que vi anoche, es tan extraño que cuando pienso en ello pierdo la cabeza. Había cerrado la puerta con llave, como todas las noches, y luego sentí sed; bebí medio vaso de agua y observé distraídamente que la botella estaba llena. Me acosté y caí en uno de mis espantosos sueños del cual pude salir cerca de dos horas después con una sacudida más horrible aún. Imagínense ustedes un hombre que es asesinado mientras duerme, que despierta con un cuchillo clavado en el pecho, jadeante y cubierto de sangre, que no puede respirar y que muere sin comprender lo que ha sucedido.

Después de recobrar la razón, sentí nuevamente sed; encendí una bujía y me dirigí hacia la mesa donde había dejado la botella. La levanté inclinándola sobre el vaso, pero no había una gota de agua. Estaba vacía. Al principio no comprendí nada, pero pronto sentí una emoción tan atroz que tuve que sentarme o, mejor dicho, me desplomarme. Luego me incorporé. Volví a sentarme delante del cristal trasparente, lleno de asombro y terror. Lo observaba con la mirada fija, tratando de imaginarme lo que había pasado. Mis manos temblaban. ¿Quién se había bebido el agua? Yo, yo sin duda. ¿Quién podía haber sido sino yo? Entonces, yo era sonámbulo, y vivía sin saberlo esa doble vida misteriosa que nos hace pensar que hay en nosotros dos seres, o que a veces un ser extraño, desconocido e invisible anima, mientras dormimos, nuestro cuerpo cautivo que le obedece como a nosotros y más que a nosotros.

¡Ah! ¿Quién podrá comprender mi abominable angustia? ¿Quién podrá comprender la emoción de un hombre mentalmente sano, perfectamente despierto y en uso de razón al contemplar espantado una botella que se ha vaciado mientras dormía? Y así permanecí hasta el amanecer sin atreverme a volver a la cama.

6 de julio.

Pierdo la razón. Anoche también bebieron el agua de la botella, o tal vez la bebí yo.

10 de julio.

Acabo de hacer sorprendentes comprobaciones. ¡Decididamente estoy loco! Y sin embargo el 6 de julio, antes de acostarme, puse sobre la mesa vino, leche, agua, pan y fresas. Han bebido -o he bebido- toda el agua y un poco de leche. No han tocado el vino, ni el pan ni las fresas. El 7 de julio he repetido la prueba con idénticos resultados. El 8 de julio suprimí el agua y la leche, y no han tocado nada. Por último, el 9 puse sobre la mesa solo agua y leche, teniendo especial cuidado de envolver las botellas con lienzos de muselina blanca y de atar los tapones. Luego me froté con grafito los labios, la barba y las manos y me acosté.

Un sueño irresistible se apoderó de mí, seguido por el atroz despertar. No me había movido; ni siquiera mis sábanas estaban manchadas. Corrí hacia la mesa. Los lienzos que envolvían las botellas seguían limpios e inmaculados. Desaté los tapones, palpitante de emoción . ¡Se habían bebido toda el agua y toda la leche!

Partiré inmediatamente hacia París.

12 de julio.

París. Estos últimos días había perdido la cabeza. Tal vez he sido juguete de mi imaginación, salvo que sea realmente sonámbulo o que haya sufrido una de esas influencias llamadas sugestiones. De todos modos, mi extravío rayaba en la demencia, y han bastado veinticuatro horas en París para recobrar la cordura. Ayer, después de paseos y visitas, que me han renovado y vivificado el alma, terminé el día en el Théatre-Francais. Representan una pieza de Alejandro Dumas. Este autor ha terminado de curarme. Es evidente que la soledad resulta peligrosa para las mentes sensibles. Necesitamos ver hombres que piensen y hablen. Cuando permanecemos solos poblamos de fantasmas el vacío.

Regresé al hotel, caminando. Al codearme con la multitud, pensé, no sin ironía, en mis terrores y suposiciones de la semana pasada, pues creí, sí, creí que un ser invisible vivía bajo mi techo. Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible. En lugar de concluir con estas simples palabras: Yo no comprendo porque no puedo explicarme las causas, nos imaginamos misterios y poderes sobrenaturales.

14 de julio.

Fiesta de la República. He paseado por las calles. Los cohetes y banderas me divirtieron. Sin embargo, me parece una tontería ponerse contento un día determinado por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño de imbéciles, a veces tonto y paciente, y otras, feroz y rebelde. Se le dice: Diviértete. Y se divierte. Se le dice: Ve a combatir. Y va a combatir. Se le dice: Vota por el emperador. Y vota. Después: Vota por la República. Y vota por la República. Los que dirigen son igualmente tontos, pero en lugar de obedecer a hombres se atienen a principios, que por lo mismo que son principios sólo pueden ser necios, estériles y falsos, es decir, ideas consideradas ciertas e inmutables, tan luego en este mundo donde nada es seguro y donde la luz y el sonido son ilusorios.

16 de julio.

Ayer he visto cosas que me preocuparon. Cené en casa de mi prima, la señora Sablé, casada con el jefe del regimiento de cazadores de Limoges. Conocí allí a dos señoras jóvenes, casada una de ellas con el doctor Parent que se dedica al estudio de las enfermedades nerviosas y de los fenómenos extraordinarios que hoy dan origen a las experiencias sobre hipnotismo y sugestión. Nos refirió detalladamente los prodigiosos resultados obtenidos por los sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy. Los hechos que expuso me parecieron tan extraños que manifesté mi incredulidad.

-Estamos a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza -decía el doctor Parent-, es decir, uno de sus más importantes de la tierra, ya que hay otros secretos en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que aprendió a expresar y a escribir su pensamiento, se siente tocado por un misterio impenetrable para sus sentidos groseros, y trata de suplir la impotencia mediante el esfuerzo de su inteligencia. Cuando la inteligencia permanecía aún en un estado rudimentario, la obsesión de los fenómenos invisibles adquiría formas comúnmente terroríficas. De ahí las creencias en lo sobrenatural. Las leyendas de las almas en pena, las hadas, los gnomos y los aparecidos; me atrevería a mencionar incluso la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones del creador son las invenciones más mediocres, estúpidas e inaceptables que pueden salir de la mente atemorizada de los hombres. Nada es más cierto que este pensamiento de Voltaire: Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza pero el hombre también ha procedido así con él.

-Pero desde hace algo más de un siglo, parece percibirse algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos señalan un nuevo camino y, efectivamente, se han obtenido sorprendentes resultados.

Mi prima, también muy incrédula, sonreía. El doctor Parent le dijo:
-¿Quiere que la hipnotice, señora?
-Sí; me parece bien.

Ella se sentó en un sillón y él comenzó a mirarla fijamente. Me dominó la turbación, mi corazón latía con fuerza y sentía una opresión en la garganta. Veía cerrarse pesadamente los ojos de la señora Sablé, y su boca se crispaba y parecía jadear. Al cabo de diez minutos dormía.

-Póngase detrás de ella. -me dijo el médico.

Obedecí su indicación, y él colocó en las manos de mi prima una tarjeta de visita al tiempo que le decía: -Esto es un espejo; ¿qué ve en él?
-Veo a mi primo. -respondió.
-¿Qué hace?
-Se arregla el bigote.
-¿Y ahora ?
-Saca una fotografía del bolsillo.
-¿Quién aparece en la fotografía?
-Él, mi primo.

¡Era cierto! Esa misma tarde me habían entregado esa fotografía en el hotel.

-¿Cómo aparece en ese retrato?
-Se halla de pie, con el sombrero en la mano.

Evidentemente, veía en esa tarjeta de cartulina lo que hubiera visto en un espejo. Las damas decían espantadas: ¡Basta! ¡Basta, por favor!

Pero el médico ordenó: -Usted se levantará mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel donde se aloja, y le pedirá que le preste los cinco mil francos que le pide su esposo y que le reclamará cuando regrese de su próximo viaje.

Luego la despertó. Mientras regresaba al hotel pensé en la sesión y me asaltaron dudas, no sobre la insospechable, la total buena fe de mi prima, sino sobre la seriedad del médico. ¿No escondería en su mano un espejo que mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que la tarjeta? Los prestidigitadores profesionales hacen cosas semejantes.

No bien regresé, me acosté. Pero a las ocho y media de la mañana me despertó mi sirviente y me dijo:

-La señora Sablé quiere hablar inmediatamente con el señor.

Me vestí de prisa y la hice pasar. Se sentó muy turbada y me dijo:

-Querido primo, tengo que pedirle un gran favor.
-¿De qué se trata, prima?
-Me cuesta mucho decirlo, pero no tengo más remedio. Necesito urgentemente cinco mil francos.
-Pero cómo, ¿tan luego usted?
-Sí, yo, o mejor dicho mi esposo, que me ha encargado conseguirlos.

Me quedé tan asombrado que apenas podía balbucear mis respuestas. Pensaba que ella y el doctor Parent se estaban burlando, y que eso podía ser una mera farsa preparada de antemano y representada a la perfección. Pero todas mis dudas se disiparon cuando la observé con atención. Temblaba de angustia. Evidentemente esta gestión le resultaba muy penosa y advertí que apenas podía reprimir el llanto. Sabía que era muy rica y le dije:

-¿Cómo es posible que su esposo no disponga de cinco mil francos? Reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado pedírmelos a mí?

Vaciló durante algunos segundos como si le costara mucho recordar, y luego respondió:

-Sí... sí... estoy segura.
-¿Le ha escrito?





El resumen del cuento de de Guy de Maupassant: El Horla (Le Horla), fue escrita por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com