«El velo negro»: Charles Dickens; relato y análisis


«El velo negro»: Charles Dickens; relato y análisis.




El velo negro (The Black Veil) es un relato de terror del escritor inglés Charles Dickens (1812-1870), publicado en la antología de 1836: Bocetos por Boz (Sketches by Boz).

El velo negro, uno de los mejores cuentos de Charles Dickens, fue también uno de los cuentos favoritos de Edgar Allan Poe, quien lo describió del siguiente modo:


El velo negro es una de las cosas más intensas jamás escritas, una producción extraña, patética, y lujosamente imaginativa.




El velo negro.
The Black Veil; Charles Dickens (1812-1870)

Una velada de invierno, quizá a fines de otoño de 1800, o tal vez uno o dos años después de aquella fecha, un joven cirujano se hallaba en su despacho, escuchando el murmullo del viento, que agitaba la lluvia contra la ventana, silbando sordamente en la chimenea. La noche era húmeda y fría; y como él había caminado durante todo el día por el barro y el agua, ahora descansaba confortablemente, en bata, medio dormido, y pensando en mil cosas. Primero en cómo el viento soplaba y de qué manera la lluvia le azotaría el rostro si no estuviese instalado en su casa.

Sus pensamientos luego cayeron sobre la visita que hacía todos los años para Navidad a su tierra y a sus amistades e imaginaba que sería muy grato volver a verlas y en la alegría que sentiría Rosa si él pudiera decirle que, al fin, había encontrado un paciente y esperaba encontrar más, y regresar dentro de unos meses para casarse con ella. Empezó a hacer cálculos sobre cuándo aparecería este primer paciente o si, por especial designio de la Providencia, estaría destinado a no tener ninguno. Volvió a pensar en Rosa y le dio sueño y la soñó, hasta que el dulce sonido de su voz resonó en sus oídos y su mano, delicada y suave, se apoyó sobre su espalda.

En efecto, una mano se había apoyado sobre su espalda, pero no era suave ni delicada; su propietario era un muchacho corpulento, el cual por un chelín semanal y la comida había sido empleado en la parroquia para repartir medicinas. Como no había demanda de medicamentos ni necesidad de recados, acostumbraba ocupar sus horas ociosas —unas catorce por día— en substraer pastillas de menta, tomarlas y dormirse.

—¡Una señora, señor, una señora! —exclamó el muchacho, sacudiendo a su amo.

—¿Qué señora? —exclamó nuestro amigo, medio dormido—. ¿Qué señora? ¿Dónde?

—¡Aquí! —repitió el muchacho, señalando la puerta de cristales que conducía al gabinete del cirujano, con una expresión de alarma que podría atribuirse a la insólita aparición de un cliente.

El cirujano miró y se estremeció también a causa del aspecto de la inesperada visita. Se trataba de una mujer de singular estatura, vestida de riguroso luto y que estaba tan cerca de la puerta que su cara casi tocaba con el cristal. La parte superior de su figura se hallaba cuidadosamente envuelta en un chal negro, y llevaba la cara cubierta con un velo negro y espeso. Estaba de pie, erguida; su figura se mostraba en toda su altura, y aunque el cirujano sintió que unos ojos bajo el velo se fijaban en él, ella no se movía para nada ni mostraba darse cuenta de que la estaban observando.

—¡Viene para una consulta? —preguntó el cirujano titubeando y entreabriendo la puerta. No por eso se alteró la posición de la figura, que seguía siempre inmóvil.

Ella inclinó la cabeza en señal de afirmación.

—Pase, por favor —dijo el cirujano.

La figura dio un paso; luego, volviéndose hacia donde estaba el muchacho, el cual sintió un profundo horror, pareció dudar.

—Márchate, Tom —dijo al muchacho, cuyos ojos grandes y redondos habían permanecido abiertos durante la breve entrevista—. Corre la cortina y cierra la puerta.

El muchacho corrió una cortina verde sobre el cristal de la puerta, se retiró al gabinete, cerró la puerta e inmediatamente miró por la cerradura. El cirujano acercó una silla al fuego e invitó a su visitante a que se sentase. La figura misteriosa se adelantó hacia la silla, y cuando el fuego iluminó su traje negro el cirujano observó que estaba manchado de barro y empapado de agua.

—¿Se ha mojado mucho? —le preguntó.

—Si —respondió ella con una voz baja y profunda.

—¿Se siente mal? —inquirió el cirujano, compasivamente, ya que su acento era el de una persona que sufre.

—Sí, bastante. No del cuerpo, pero sí moralmente. Aunque no es por mí que he venido. Si yo estuviese enferma no andaría a estas horas y en una noche como esta, y, si dentro de veinticuatro horas me ocurriese lo que me ocurre, Dios sabe con qué alegría guardaría cama y desearía morirme. Es para otro que solicito su ayuda, señor. Puede que esté loca al rogarle por él. Pero una noche tras otra, durante horas terribles velando y llorando, este pensamiento se ha ido apoderando de mí; y aunque me doy cuenta de lo inútil que es para él toda asistencia humana, ¡el solo pensamiento de que puede morirse me hiela la sangre!

Había tal desesperación en la expresión de esta mujer que el joven cirujano, poco curtido en las miserias de la vida, en esas miserias que suelen ofrecerse a los médicos, se impresionó profundamente.

—Si la persona que usted dice —exclamó, levantándose— se halla en la situación desesperada que usted describe, no hay que perder un momento. ¿Por qué no consultó usted antes al médico?

—Porque hubiera sido inútil y todavía lo es —repuso la mujer, cruzando las manos.

El cirujano contempló por un momento su velo negro, como para cerciorarse de la expresión de sus facciones; pero era tan espeso que le fue imposible saberlo.

—Se encuentra usted enferma —dijo amablemente—. La fiebre, que le ha hecho soportar, sin darse cuenta, la fatiga que evidentemente sufre usted, arde ahora dentro. Llévese esa copa a los labios —prosiguió, ofreciéndole un vaso de agua— y luego explíqueme, con cuanta calma le sea posible, cuál es la dolencia que aqueja al paciente, y cuánto tiempo hace que está enfermo. Cuando conozca los detalles para que mi visita le sea útil, iré inmediatamente con usted.

La desconocida llevó el vaso a sus labios sin levantar el velo; sin embargo, lo dejó sin haberlo probado, y rompió en llanto.

—Se —dijo sollozando— que lo que digo parece un delirio fiebril. Ya me lo han dicho, aunque sin la amabilidad de usted. No soy una mujer joven; y, se dice, que cuando la vida se dirige hacia su final, la escasa vida que nos queda nos es más querida que todos los tiempos anteriores, ligados al recuerdo de viejos amigos, muertos hace años, de jóvenes, niños quizá, que han desaparecido y la han olvidado a una por completo, como si una estuviese muerta. No puedo vivir ya muchos años; así es que, bajo este aspecto, tiene que resultarme la vida más querida; aunque la abandonaría sin un suspiro y hasta con alegría si lo que ahora le cuento fuese falso. Mañana por la mañana, aquel de quien hablo se hallará fuera de todo socorro; y, a pesar de ello, esta noche, aunque se encuentre en un terrible peligro, usted no puede visitarle ni servirle de ninguna manera.

—No quisiera aumentar sus penas —dijo el cirujano—, haciendo un comentario sobre esto que me comenta, comprendo que desea ocultarlo. Pero hay en su relato algo que no puede conciliarse con sus probabilidades. La persona que usted me dice está muriéndose y no puedo ver, cuando mi presencia le sería de algún valor. En cambio, usted teme que mañana sea inútil y, con todo, ¡quiere que entonces le vea! Si él le es tan querido como las palabras y la actitud de usted me indican, ¿por qué no intentar salvar su vida sin tardanza antes de que el avance de su enfermedad haga la intención impracticable?

—¡Dios me asista! —exclamó la mujer, llorando—. ¿Cómo puedo esperar a que un extraño quiera creer lo increíble? ¿No querrá usted visitarlo, señor? —añadió levantándose vivamente.

—Yo no digo que me niegue —replicó el cirujano—. Pero le advierto que, de persistir en tan extraordinaria demora, incurrirá en una terrible responsabilidad si el individuo se muere.

—La responsabilidad será siempre grave —replicó la desconocida en tono amargo—. Cualquier responsabilidad que sobre mí recaiga, la acepto y estoy pronta a responder de ella.

—Como yo no incurro en ninguna —agregó el cirujano—, si accedo a la petición de usted, veré al paciente mañana, si usted me deja sus señas. ¿A qué hora se le puede visitar?

—A las nueve —replicó la desconocida.

—Usted excusará mi insistencia en este asunto —dijo el cirujano—. Pero ¿está él a su cuidado?

—No, señor.

—Entonces, si le doy instrucciones para el tratamiento durante esta noche, ¿podría usted cumplirlas?

La mujer lloró amargamente y replicó:

—No; no podría.

Como no había esperanzas de obtener más informes con la entrevista y deseoso, por otra parte, de no herir los sentimientos de la mujer, que ya se habían convertidos en irreprimibles y penosísimos de contemplar, el cirujano repitió su promesa de acudir a la mañana. Su visitante, después de darle la dirección, abandonó la casa de la misma forma misteriosa que había entrado.

Es de suponer que tan extraordinaria visita produjo una gran impresión en el cirujano, y que este meditó por largo tiempo, aunque con escaso provecho, sobre todas las circunstancias del caso. Como casi todo el mundo, había leído y oído hablar a menudo de casos raros, en los que el presentimiento de la muerte a una hora determinada, había sido concebido. Por un momento se inclinó a pensar que el caso era uno de estos; pero entonces se le ocurrió que todas las anécdotas de esta clase que había oído se referían a personas que fueron asaltadas por un presentimiento de su propia muerte. Esta mujer, sin embargo, habló de un hombre; y no era posible suponer que un mero sueño le hubiese inducido a hablar de aquel próximo fallecimiento en una forma tan terrible y con la seguridad con que se había expresado.

¿Sería acaso que el hombre tenía que ser asesinado a la mañana siguiente, y que la mujer, cómplice de él y ligada a él por un secreto, se arrepentía y, aunque imposibilitada para impedir cualquier atentado contra la víctima, se había decidido a prevenir su muerte, si era posible, haciendo intervenir a tiempo al médico? La idea de que tales cosas ocurrieran a dos millas de la ciudad le parecía absurda. Ahora bien, su primera impresión, esto es, de que la mente de la mujer se hallaba desordenada, acudía otra vez; y como era el único modo de resolver el problema, se aferró a la idea de que aquella mujer estaba loca. Ciertas dudas acerca de este punto, no obstante, le asaltaron durante una pesada noche sin sueño, en el transcurso de la cual, y a despecho de todos los esfuerzos, no pudo expulsar de su imaginación perturbada aquel velo negro.La parte más lejana de Walworth, aun hoy, es un sitio aislado y miserable. Pero hace treinta y cinco años era casi en su totalidad un descampado, habitado por gente diseminada y de carácter dudoso, cuya pobreza les prohibía aspirar a un mejor vecindario, o bien cuyas ocupaciones y maneras de vivir hacían esta soledad deseable. Muchas de las casas que allí se construyeron no lo fueron sino en años posteriores; y la mayoría de las que entonces existían, esparcidas aquí y allá, eran del más tosco y miserable aspecto.

La apariencia de los lugares por donde el joven cirujano pasó a la mañana siguiente, no levantaron su ánimo ni disiparon su ansiedad. Saliendo del camino, tenía que cruzar por el yermo fangoso, por irregulares callejuelas. Algún infortunado árbol y algún hoyo de agua estancada, sucio de lodo por la lluvia orillaban el camino. Y a intervalos, un raquítico jardín, con algunos tableros viejos sacados de alguna casa de verano, y una vieja empalizada arreglada con estacas robadas de los setos vecinos, daban testimonio de la pobreza de sus habitantes y de los escasos escrúpulos que tenían para apropiarse de lo ajeno. En ocasiones, una mujer de aspecto enfermizo aparecía a la puerta de una sucia casa, para vaciar el contenido de algún utensilio de cocina en la alcantarilla de enfrente, o para gritarle a una muchacha en chancletas que había proyectado escaparse, con paso vacilante, con un niño pálido, casi tan grande como ella. Pero apenas si se movía nada por aquellos alrededores. Y todo el panorama, ofrecía un aspecto solitario y tenebroso, de acuerdo con los objetos que hemos descrito.

Después de afanarse a través del barro; de realizar varias pesquisas acerca del lugar que se le había indicado, recibiendo otras tantas respuestas contradictorias, el joven llegó al fin a la casa. Era baja, de aspecto desolado. Una vieja cortina amarilla ocultaba una puerta de cristales al final de unos peldaños, y los postigos estaban entornados. La casa se hallaba separada de las demás y, como estaba en un rincón de una corta callejuela, no se veía otra por los alrededores.

Si decimos que el cirujano dudaba y que anduvo unos pasos más allá de la casa antes de dominarse y levantar el llamador de la puerta, no diremos nada que tenga que provocar la sonrisa en el rostro del lector más audaz. La policía de Londres, por aquel tiempo, era un cuerpo muy diferente del de hoy día; la situación aislada de los suburbios, cuando la fiebre de la construcción y las mejoras urbanas no habían empezado a unirlos a la ciudad y sus alrededores, convertían a varios de ellos, y a este en particular, en un sitio de refugio para los individuos más depravados.

Aun las calles de la parte más alegre de Londres se hallaban entonces mal iluminadas. Los lugares como el que describimos estaban abandonados a la luna y las estrellas. Las probabilidades de descubrir a los personajes desesperados, o de seguirles el rastro hasta sus madrigueras, eran así muy escasas y, por tanto, sus audacias crecían; y la conciencia de una impunidad cada vez se hacía mayor por la experiencia cotidiana. Añádanse a estas consideraciones que el joven cirujano se había pasado algún tiempo en los hospitales de Londres; y, si bien ni un Burke ni un Bishop habían alcanzado todavía su gran notoriedad, sabía, por propia observación, cuán fácilmente las atrocidades pueden ser cometidas. Sea como fuere, cualquiera que fuese la reflexión que le hiciera dudar, lo cierto es que dudó; pero siendo un hombre joven, de espíritu fuerte y de gran valor personal, sólo titubeó un instante. Volvió atrás y llamó con suavidad a la puerta.

Enseguida se oyó un susurro, como si una persona, al final del pasillo, conversase con alguien del rellano de la escalera, más arriba. Después se oyó el ruido de dos pesadas botas y la cadena de la puerta fue levantada con suavidad. Allí vio a un hombre alto, de mala facha, con el pelo negro y una cara tan pálida y desencajada como la de un muerto; se presentó, diciendo en voz baja:

—Entre, señor.

El cirujano lo hizo así, y el hombre, después de haber colocado otra vez la cadena, le condujo hasta una pequeña sala interior, al final del pasillo.

—¿He llegado a tiempo?

—Demasiado temprano —replicó el hombre.

El cirujano miró a su alrededor, con un gesto de asombro.

—Si quiere usted entrar aquí —dijo el hombre que, evidentemente, se había dado cuenta de la situación—, no tardará ni siquiera cinco minutos, se lo aseguro.

El cirujano entró en la habitación; el hombre cerró la puerta y lo dejó solo. Era un cuarto pequeño, sin otros muebles que dos sillas de pino y una mesa del mismo material. Un débil fuego ardía en el brasero; fuego inútil para la humedad de las paredes. La ventana, rota y con parches en muchos sitios, daba a una pequeña habitación con suelo de tierra y casi toda cubierta de agua. No se oían ruidos, ni dentro ni fuera. El joven doctor tomó asiento cerca del fuego, en espera del resultado de su primera visita profesional.

No habían transcurrido muchos minutos cuando percibió el ruido de un coche que se aproximaba y poco después se detenía. Abrieron la puerta de la calle, oyó luego una conversación en voz baja, acompañada de un ruido confuso de pisadas por el corredor y las escaleras, como si dos o tres hombres llevasen algún cuerpo pesado al piso de arriba. El crujir de los escalones, momentos después, indicó que los recién llegados, habiendo acabado su tarea, cualquiera que fuese, abandonaban la casa. La puerta se cerró de nuevo y volvió a reinar el silencio.

Pasaron otros cinco minutos y ya el cirujano se disponía a explorar la casa en busca de alguien, cuando se abrió la puerta del cuarto y su visitante de la pasada noche, vestida exactamente como en aquella ocasión, con el velo negro bajado como entonces, le invitó por señas a que le siguiera. Su gran estatura, añadida a la circunstancia de no pronunciar una palabra, hizo que por un momento pasara por su imaginación la idea de que podría tratarse de un hombre disfrazado de mujer. Sin embargo, los histéricos sollozos que salían de debajo del velo y su actitud de pena, hacían desechar esta sospecha; y él la siguió sin vacilar.

La mujer subió la escalera y se detuvo en la puerta de la habitación para dejarle entrar primero. Apenas si estaba amueblada con una vieja arca de pino, unas pocas sillas y un armazón de cama con dosel, sin colgaduras, cubierta con una colcha remendada. La luz mortecina que dejaba pasar la cortina que él había visto desde fuera, hacía que los objetos que de la habitación se distinguieran confusamente, hasta el punto de no poder percibir aquello sobre lo cual sus ojos reposaron al principio. En esto, la mujer se adelantó y se puso de rodillas al lado de la cama.

Tendida sobre esta, muy acurrucada en una sábana cubierta con unas mantas, una forma humana yacía sobre el lecho, rígida e inmóvil. La cabeza y la cara se hallaban descubiertas, excepto una venda que le pasaba por la cabeza y por debajo de la barbilla. Tenía los ojos cerrados. El brazo izquierdo estaba extendido pesadamente sobre la cama. La mujer le tomó una mano. El cirujano, rápido, apartó a la mujer y tomó esta mano.

—¡Dios mío! —exclamó, dejándola caer involuntariamente—. ¡Este hombre está muerto!

La mujer se puso en pie vivamente y estrechó sus manos.

—¡Oh, señor, no diga eso! —exclamó con un estallido de pasión cercano a la locura—. ¡Oh, señor, no diga eso; no podría soportarlo! Algunos han podido volver a la vida cuando los daban por muerto. ¡No le deje, señor, sin hacer un esfuerzo para salvarlo! En estos instantes la vida huye de él. ¡Inténtelo, señor, por todos los santos del cielo!

Y hablando así, frotaba la frente y el pecho de aquel cuerpo sin vida; y enseguida golpeaba con frenesí las frías manos que, al dejar de retenerlas, volvieron a caer, indiferentes y pesadas, sobre la colcha.

—Esto no servirá de nada, buena mujer —dijo el cirujano suavemente, mientras le apartaba la mano del pecho de aquel hombre—. ¡Descorra la cortina!

—¿Por qué? —preguntó la mujer, levantándose con sobresalto.

—¡Descorra la cortina! —repitió el cirujano con voz agitada.

—Oscurecí la habitación expresamente —dijo la mujer, poniéndose delante, mientras él se levantaba para hacerlo—. ¡Oh, señor, tenga compasión de mí! Si no tiene remedio; si está realmente muerto, ¡no exponga su cuerpo a otros ojos que los míos!

—Este hombre no ha muerto de muerte natural —observó el cirujano—. Es preciso ver su cuerpo.

Y con vivo ademán, tanto que la mujer apenas se dio cuenta de que se había alejado, abrió la cortina de par en par, y, a plena luz, regresó al lado de la cama.

—Ha habido violencia —dijo, señalando al cuerpo y examinando atentamente el rostro de la mujer, cuyo velo negro, por primera vez, se hallaba subido.

En la excitación anterior se había quitado la cofia y el velo y ahora se encontraba delante de él, de pie, mirándole fijamente. Sus facciones eran las de una mujer de unos cincuenta años, y demostraban haber sido guapa. Penas y lágrimas habían dejado en ella un rastro que los años, por sí solos, no hubieran podido dejar. Tenía la cara muy pálida. Y el temblor nervioso de sus labios y el fuego de su mirada demostraban que todas sus fuerzas físicas y morales se hallaban anonadadas bajo un cúmulo de miserias.

—Aquí ha habido violencia —repitió el cirujano, evitando aquella mirada.

—¡Sí, violencia! —repitió la mujer.

—Ha sido asesinado.

—Pongo a Dios por testigo de que lo ha sido —exclamó la mujer con convicción—. ¡Cruel, inhumanamente asesinado!

—¿Por quién? —dijo el cirujano, aferrando por los brazos a la mujer.

—Mire las señales del asesino, y luego pregúnteme —replicó ella.

El cirujano volvió el rostro hacia la cama y se inclinó sobre el cuerpo que ahora yacía iluminado por la luz de la ventana. El cuello estaba hinchado, con una señal rojiza a su alrededor. Como un relámpago, se le presentó la verdad.

—¡Es uno de los hombres que han sido ajusticiados esta mañana! —exclamó volviéndose con un estremecimiento.

—¡Es él! —replicó la mujer con una mirada extraviada e inexpresiva.

—¿Quién era?

—Mi hijo —añadió la mujer, cayendo a sus pies sin sentido.

Era verdad. Un cómplice, tan culpable como él mismo, había sido absuelto, mientras a él lo condenaron y ejecutaron. Referir las circunstancias del caso, ya lejano, es innecesario y podría lastimar a personas que aún viven. Era una historia como las que ocurren a diario. La mujer era una viuda sin relaciones ni dinero, que se había privado de todo para dárselo a su hijo. Este, despreciando los ruegos de su madre, y sin acordarse de los sacrificios que ella había hecho por él, se había hundido en la disipación y el crimen. El resultado era este; la muerte, por la mano del verdugo, y para su madre la vergüenza y una locura incurable.

Durante varios años, el joven cirujano visitó diariamente a la pobre loca. Y no sólo para calmarla con su presencia, sino para velar con mano generosa, por su comodidad y sustento. En el destello fugaz de su memoria que precedió a la muerte de la desdichada, un ruego por el bienestar y dicha de su protector salió de los labios de la pobre criatura desamparada. La oración voló al cielo, donde fue oída y la limosna que él dio le ha sido mil veces devuelta; pero entre los honores y las satisfacciones que merecidamente ha tenido no conserva recuerdo más grato a su corazón que el de la historia de la mujer del velo negro.

Charles Dickens (1812-1870)




Relatos góticos. I Relatos de Charles Dickens.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Charles Dickens: El velo negro (The Black Veil), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Abadía Pesadilla»: Thomas Love Peacock; novela y análisis


«Abadía Pesadilla»: Thomas Love Peacock; novela y análisis.




Abadía Pesadilla (Nightmare Abbey) —también publicada en español como La abadía de las pesadillas— es una novela gótica del escritor inglés Thomas Love Peacock (1785-1866), publicada en 1818.

Abadía Pesadilla, una de las mejores novelas de Thomas Love Peacock, es esencialmente una sátira sobre la novela gótica y la filosofía del romanticismo.

El argumento de Abadía Pesadilla relata la historia de Christopher Glowry, un caballero depresivo, melancólico que reside en una decadente abadía que perteneció a su familia. A él se le suman una serie de personajes que retratan a los autores más importantes de la época.

El poeta inglés Percy Byshee Shelley, esposo de Mary Shelley —autora de Frankenstein (Frankenstein)— aparece retratado en la silueta de Scythrop Glowry.

La señorita Marionetta Celestina O'Carroll, por su parte, representa a la coquetería y la frivolidad de las damas del período. El señor Cypress, a su vez, es nada menos que Lord Byron. Celinda Toobad enmascara a Claire Clairmont. Ferdinando Flosky satiriza a Samuel Taylor Coleridge. Y la lista podría continuar largamente.

De este modo, al utilizar la personalidad y las creencias de estos autores, Abadía Pesadilla realiza una crítica devastadora sobre los principales ingredientes de la novela gótica y las características del romanticismo. Esto no significa que sea una novela de humor; todo lo contrario: se trata de una sátira ricamente elaborada sobre todo un sistema filosófico, a lo largo de la cual cada elemento es aislado en los distintos personajes.

Metafísica, filosofía, sociedades secretas como los Illuminati, amores prohibidos, el rol de la mujer en la novela gótica, todo eso se encuentra en la matrix de Abadía Pesadilla; así también como lo mórbido, lo macabro, lo siniestro, el descenso del hombre hacia la interioridad del ser, la misantropía y el trascendentalismo embrionario del romanticismo y la literatura gótica; pero siempre atraviesado por una mirada crítica.

Si bien existen algunas traducciones al español de Abadía Pesadilla de Thomas Love Peacock, lamentablemente no hay versiones gratuitas para descargar en PDF. Los que se animen al inglés pueden seguir el siguiente enlace.




Abadía Pesadilla.
Nigthmare Abbey, Thomas Love Peacock (1785-1866)
Copia y pega el link en tu navegador para leer online o descargar en PDF en inglés: Abadía Pesadilla de Thomas Love Peacock:
  • http://www.gutenberg.org/etext/9909




Novelas góticas. I Novelas de Thomas Love Peacock.


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Thomas Love Peacock: novelas y poemas


Thomas Love Peacock: novelas y poemas.




Thomas Love Peacock (1785-1866) fue uno de los autores ingleses más importantes del romanticismo. La sátira, sobre todo aplicada a la crítica literaria, es tal vez su rasgo más destacable.

A continuación compartimos todas los poemas y novelas de Thomas Love Peacock en nuestra biblioteca.




Thomas Love Peacock: obras completas
  • Abadía pesadilla (Nighmare Abbey)
  • Castillo Crotchet (Crotchet Castle)
  • Abadía Boozabowt (Boozabowt Abbey)
  • Calidore (Calidore)
  • Cotswald Chace (Cotswald Chace)
  • El genio del Tames: poema lírico (The Genius of the Thames: a Lyrical Poem)
  • El genio del Tames y otros poemas (The Genius of the Thames Palmyra and other Poems)
  • El peregrino de Provenza (The Pilgrim of Provence)
  • El señor de las colinas (The Lord of the Hills)
  • El último día del bosque de Windsor (The Last Day of Windsor Forest)
  • Gl'Ingannati o los engañados (Gl'Ingannati, or The Deceived)
  • Granja Gryll (Gryll Grange)
  • Headlong Hall (Headlong Hall)
  • Historia de una manción entre las colinas de Chiltern (A Story of a Mansion among the Chiltern Hills)
  • Julia Procula (Julia Procula)
  • La canción de guerra de Dinas Vawr (The War-Song of Dinas Vawr)
  • La filosofía de la melancolía (The Philosophy of Melancholy)
  • La mesa redonda o el festín del rey Arturo (The Round Table, or King Arthur's Feast)
  • Las cuatro eras de la poesía (The Four Ages of Poetry)
  • Las desgracias de Elphin (The Misfortunes of Elphin)
  • La sirvienta Marian (Maid Marian)
  • Los Dilettanti (The Dilettanti)
  • Los monjes de San Mark (The Monks of St. Mark)
  • Los tres doctores (The Three Doctors)
  • Melincourt (Melincourt)
  • Memorias de Shelley (Memoirs of Shelley)
  • Palmyra y otros poemas (Palmyra and other Poems)
  • Prospectus (Prospectus)
  • Recuerdos de infancia (Recollections of Childhood)
  • Rhododaphne o el espíritu de Tesalia (Rhododaphne: or the Thessalian Spirit)
  • Satyrane (Satyrane)
  • Sir Hornbook o la expedición del childe Launcelot (Sir Hornbook, or Childe Launcelot's Expedition)
  • Sir Proteo: balada satírica (Sir Proteus: a Satirical Ballad)
  • Una historia que comienza en Chertsey (A Story Opening at Chertsey)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Thomas Love Peacock: novelas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Lunes o martes»: Virginia Woolf; relato y análisis


«Lunes o martes»: Virginia Woolf; relato y análisis.




Lunes o martes (Monday or Tuesday) es un relato del modernismo de la escritora inglesa Virginia Woolf (1882-1941), publicado en la antología de 1921: Lunes o martes (Monday or Tuesday), y luego reeditado en la colección de 1944: Una casa embrujada y otros relatos cortos (A Haunted House and Other Short Stories).

Lunes o martes, uno de los mejores relatos de Virginia Woolf, evidencia la extraordinaria capacidad de esta autora para la narrativa breve.




Lunes o martes.
Monday or Tuesday; Virginia Woolf (1882-1941)

Perezosa e indiferente, batiendo facilmente el espacio de sus alas, conocedora de su camino, pasa la garza sobre la iglesia, bajo el cielo. Blanco e indiferente, ensimismado, el cielo cubre y descubre sin cesar, se va y se queda. ¿Un lago? ¡Quítale las orillas! ¿Una montaña? Sí, perfecto, con el oro del sol en las laderas. Cae desde lo alto. Helechos o plumas blancas, siempre, siempre...

Deseando la verdad, aguardándola, rezumando laboriosamente unas pocas palabras, deseando siempre (se inicia un grito a la izquierda, a la derecha; ruedas que golpean; vehículos se cierran en conflicto), deseando siempre (el reloj asegura con doce campanadas que es mediodía; la luz vierte escamas de oro; niños se arremolinan), deseando siempre verdad. Roja es la cúpula; de los árboles cuelgan monedas; el humo sale lento de las chimeneas; ladrido, alarido, grito. —Compro metal—... ¿Y la verdad?

Como rayos orientados hacia un punto, pies de hombres, pies de mujeres, negros o con incrustaciones doradas (Esa niebla... ¿Azúcar? No, gracias... La commonwealth del futuro), la luz del fuego salta y deja roja la estancia, salvo las negras figuras y sus ojos brillantes, mientras descargan una camioneta fuera, la señorita Thingummy sorbe té, y las vidrieras protegen abrigos de pieles.

Cacareada, leve como una hoja, rizada en los bordes, pasada por las ruedas, plateada, en casa o fuera de casa, reunida, esparcida, derrochada en diferentes platillos de la balanza, barrida, sumergida, desgarrada, hundida, ensamblada... ¿Y la verdad?

Recordar ahora junto al fuego del hogar la blanca plaza de mármol. De las profundidades de marfil se alzan palabras que vierten su negrura, florecen y penetran. El libro caído; en la llama, en el humo, en las perecederas chispas; o ya viajando, la bandera en la plaza de mármol, minaretes debajo y mares de la India, mientras los espacios azules corren y las estrellas brillan... ¿la verdad?, o bien, ¿satisfacción con su proximidad?

Perezosa e indiferente la garza regresa; el cielo cubre con un velo sus estrellas; y luego las borra.

Virginia Woolf (1882-1941)




Relatos góticos. I Relatos de Virginia Woolf.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Virginia Woolf: Lunes o martes (Monday or Tuesday), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Virginia Woolf: relatos, novelas y ensayos


Virginia Woolf: relatos, novelas y ensayos.




Virginia Woolf (1882-1941) fue una de las grandes escritoras inglesas de la historia. Al margen de sus ensayos y estudios críticos, los relatos y novelas de Virginia Woolf se inscriben entre los más importantes ejemplos del modernismo en el siglo XX.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de todas las novelas y cuentos destacados de Virginia Woolf. Por otro lado, iremos compartiendo los más influyentes ensayos de Virginia Woolf, una de las autoras y pensadoras más influyentes de nuestra era.




Virginia Woolf: obras completas:
  • Al faro (To the Lighthouse)
  • El cuarteto de cuerda (The String Quartet)
  • El foco (The Searchlight)
  • Ficción moderna (Modern Fiction)
  • Juntos y separados (Together and Apart)
  • La casa encantada (A Haunted House)
  • La dama en el espejo: un reflejo (The Lady in the Looking-Glass: a Reflection)
  • La duquesa y el joyero (The Duchess and the Jeweller)
  • La mancha en la pared (The Mark on the Wall)
  • La muerte de la polilla (The Death of the Moth)
  • La mujer en el espejo (The Lady in the Looking Glass: A Reflection)
  • La señora Dalloway (Mrs. Dalloway)
  • Las olas (The Waves)
  • La vida y el novelista (Life and the Novelist)
  • Lunes o martes (Monday or Thuesday)
  • Lunes o martes (Monday or Tuesday, libro)
  • Una casa embrujada y otros relatos cortos (A Haunted House and Other Short Stories)
  • Una habitación propia (A Room of One's Own)
  • Addison (Addison)
  • Ancestros (Ancestors)
  • Aprendiz apasionado (Passionate Apprentice)
  • Arcadia de la condesa de Pembroke (The Countess of Pembroke's Arcadia)
  • Atardecer en Sussex (Evening Over Sussex)
  • Azul y verde (Blue & Green)
  • Caminando alrededor de Evelyn (Rambling round Evelyn)
  • Cartas de lord Chesterfield a su hijo (Lord Chesterfield's Letters to his Son)
  • Cómo golpea un contemporáneo (How it strikes a Contemporary)
  • ¿Cómo debería una leer un libro? (How Should One Read a Book?)
  • Contornos (Outlines)
  • Defoe (Defoe)
  • Diarios de una escritora (A Writer’s Diary)
  • El arte de la biografía (The Art of Biography)
  • El arte humano (The Humane Art)
  • El cosmos (The Cosmos)
  • El cuarto de Jacob (Jacob's Room)
  • El diario de la amante Joan Martyn (The Journal of Mistress Joan Martyn)
  • El diario de Virginia Woolf (The Diary of Virginia Woolf)
  • El ensayo moderno (The Modern Essay)
  • El hombre en la entrada (The Man at the Gate)
  • El hombre que amaba a los de su clase (The Man who Loved his Kind)
  • El lecho de muerte del capitán y otros ensayos (The Captain's Death Bed And Other Essays)
  • El lector común (The Common Reader)
  • El legado (The Legacy)
  • El lugar de riego (The Watering Place)
  • El misterioso caso de la señorita V. (The Mysterious Case of Miss V)
  • El momento y otros ensayos (The Moment and Other Essays)
  • El patrón y el azafrán (The Patron and the Crocus)
  • El punto de vista ruso (The Russian Point of View)
  • El símbolo (The Symbol)
  • El sol y el pez (The Sun And The Fish)
  • El vestido nuevo (The New Dress)
  • El viaje sentimental (The "Sentimental Journey)
  • En el huerto (In the Orchard)
  • Ensayos escogidos (Collected Essays)
  • Entre actos (Between the Acts)
  • Escenas de la vida de un oficial naval británico (Scenes from the Life of a British Naval Officer)
  • Felicidad (Happiness)
  • Fin de viaje (The Voyage Out)
  • Flush: una biografía (Flush: A Biography)
  • Freshwater: una comedia (Freshwater: A Comedy)
  • George Eliot (George Eliot)
  • Gitano, el mestizo (Gypsy, the Mongrel)
  • Granito y arcoiris (Granite and Rainbow)
  • Jack Mytton (Jack Mytton)
  • Jane Austen (Jane Austen)
  • Jardines de Kew (Kew Gardens)
  • John Donne después de tres siglos (Donne After Three Centuries)
  • Joseph Conrad (Joseph Conrad)
  • La casa de Carlyle y otros borradores (Carlyle's House and Other Sketches)
  • La casa encantada y otros relatos cortos (A Haunted House and Other Short Stories)
  • La duquesa de Newcastle (The Duchess of Newcastle)
  • La escena de Londres (The London Scene)
  • La fascinación de la piscina (The Fascination of the Pool)
  • La fiesta al atardecer (The Evening Party)
  • La fiesta de la señora Dalloway (Mrs. Dalloway's Party)
  • La fiesta de los disparos (The Shooting Party)
  • La introducción (The Introduction)
  • La libertad del momento: un diario más corto (A Moment's Liberty: the shorter diary)
  • La muerte de la polilla y otros ensayos (The Death of the Moth and Other Essays)
  • La niñera Lugton (Nurse Lugton's Curtain)
  • La plataforma del tiempo (The Platform of Time)
  • Las cartas de Dorothy Osborne (Dorothy Osborne's Letters)
  • Las cartas de Virginia Woolf (The Letters of Virginia Woolf)
  • La señora Dalloway en Bond Street (Mrs Dalloway in Bond Street)
  • Las mujeres y la literatura (Women And Writing)
  • La universidad de la mujer desde afuera (A Woman's College from Outside)
  • La viuda y el loro (The Widow and the Parrot)
  • Libros y retratos (Books and Portraits)
  • Los años (The Years)
  • Los extraños isabelinos (The Strange Elizabethans)
  • Los pastores y Chaucer (The Pastors and Chaucer)
  • Memorias de una novelista (Memoirs of a Novelist)
  • Montaigne (Montaigne)
  • Momentos de vida (Moments of Being)
  • Noche y día (Night and Day)
  • Notas sobre una obra isabelina (Notes on an Elizabethan Play)
  • Objetos sólidos (Solid Objects)
  • Oda escrita parcialmente en prosa (Ode Written Partly in Prose)
  • Orlando: una biografía (Orlando: A Biography)
  • Paseos por Londres (Street Haunting: A London Adventure)
  • Phyllis and Rosamond (Phyllis y Rosamond)
  • Profesiones para mujeres (Professions for Women)
  • Retratos (Portraits)
  • Roger Fry: una biografía (Roger Fry: A Biography)
  • Señorita Pryme (Miss Pryme)
  • Simpatía (Sympathy)
  • Sobre el no saber griego (On not knowing Greek)
  • Sobre estar enfermo (On Being Ill)
  • Tío Vania (Uncle Vanya)
  • Todo sobre libros (All About Books)
  • Tres guineas (Three Guineas)
  • Tres pinturas (Three Pictures)
  • Una novela no escrita (An Unwritten Novel)
  • Una simple melodía (A Simple Melody)
  • Una sociedad (A Society)
  • Un borrador del pasado (A Sketch of the Past)
  • Un diálogo sobre el monte Pentelicus (A Dialogue upon Mount Pentelicus)
  • Un resumen (A Summing Up)
  • Viajes con Virginia Woolf (Travels With Virginia Woolf)
  • Vidas de lo oscuro (Lives of the Obscure)
  • Vieja señora Grey (Old Mrs. Grey)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Virginia Woolf: relatos y novelas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La tristeza»: Antón Chéjov; relato y análisis


«La tristeza»: Antón Chéjov; relato y análisis.




La tristeza (Toska) es un relato del escritor ruso Antón Chéjov (1860-1904), publicado originalmente en la edición del 16 de enero de 1886 de la revista Peterburgskaya Gazeta.

La tristeza, uno de los mejores cuentos de Antón Chéjov, relata la historia de un hombre cuyo hijo ha muerto. Atravesado por la tristeza, intenta desesperada e infructuosamente hablar con las personas que va conociendo en el camino para compartir con ellas su dolor. Sin embargo, nadie está dispuesto a escucharlo.

En este sentido, el argumento de La tristeza no tiene exactamente que ver con el dolor de un hombre que ha sufrido una pérdida irreparable, sino con la tristeza infinita que supone la imposibilidad de compartirlo con alguien más.




La tristeza.
Toska, Antón Chéjov (1860-1904)

La capital se envuelve en penumbras. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles, se extiende, fina, suave, sobre los tejados, sobre los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros. El cochero Yona está blanco, como un fantasma. Sentado en su trineo, encorvado, permanece inmóvil. Se diría que ni un alud de nieve le sacaría de su quietud.

Su caballo también está blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo parece, aun de cerca, un caballo de caramelo de los que se les compran a los niños por un copec. Se halla sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado vasta la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, todo ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.

Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada. Las sombras se van cerrando. La luz de los faroles se hace más intensa, más brillante. El ruido aumenta.

—¡Cochero! —oye de pronto Yona—. ¡Llévame a Viborgskaya!

Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.

—¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?

Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.

—¡Ten cuidado! —grita otro cochero, colérico—. ¡Nos vas a atropellar, imbécil!

—¡Vaya un cochero! —dice el militar—. ¡A la derecha!

Siguen oyéndose los insultos del otro cochero. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confundido, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabase de despertar de un sueño profundo.

—¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! —dice con tono irónico el militar—. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!

Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra. El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:

—¿Qué?

Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:

—Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...

—¿De veras?... ¿De qué murió?

Yona, alentado por la pregunta, se vuelve hacia el cliente y dice:

—No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y... Dios que lo ha querido.

—¡A la derecha! —oye de nuevo gritar furiosamente—. ¡Parece que estás ciego, imbécil!

—¡A ver! —dice el militar—. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!

Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo. Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle. Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco manto caballo y trineo.

Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!

Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y jorobado.

—¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!

Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes. Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.

—¡Bueno, en marcha! —le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda—. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo.

—¡El señor está de buen humor! —dice Yona con risa forzada—. Mi gorro...

—¡Bueno, bueno! Arrea un poco tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.

—Me duele la cabeza —dice uno de los jóvenes—. Ayer, Vaska y yo nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas.

—¡Eso no es verdad! —responde el otro—. Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.

—¡Palabra de honor!

—¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.

Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe agudamente.

—¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!

—¡Vamos, vejestorio! —grita enojado el jorobado—. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale firme al vago de tu caballo. ¡Qué diablos!

Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, le insultan; pero, al menos, oye voces. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:

—Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...

—¡Todos nos hemos de morir! —contesta el jorobado—. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.

—Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo —le aconseja uno de sus camaradas.

—¿Oyes, viejo estas enfermo? —grita el deforme—. Te la vas a ganar si esto continúa.

Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.

—¡Ji, ji, ji! —ríe, sin ganas, Yona—. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!

—Cochero, ¿eres casado? —pregunta uno de los clientes.

—¿Yo? ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie. Sólo me espera la sepultura. Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.

Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el jorobado, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:

—¡Por fin, hemos llegado!

Yona recibe los veinte copecs y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.

Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

Su tristeza a cada instante es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo entero. Yona ve a un portero que se asoma con un paquete y trata de entablar conversación.

—¿Qué hora es? —le pregunta, amable.

—Casi las diez —contesta el otro—. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.

Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.

Pasa otra hora. Se siente mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.

—No puedo más —murmura—. Hay que acostarse.

El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.

Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.

Yona se arrepiente de haber vuelto, tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado. En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca la cabeza y busca algo con la mirada.

—¿Quieres beber? —le pregunta Yona.

—Sí.

—Aquí tienes agua. He perdido a mi hijo. ¿Lo sabías? La semana pasada, en el hospital. ¡Qué desgracia!

Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho, caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza y momentos después se le oye roncar.

Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro. Su difunto hijo ha dejado en la aldea a una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar a alguien que se prestase a escucharle, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndole! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.

Yona decide ir a ver a su caballo. Se viste y sale a la cuadra. El caballo, inmóvil, come heno.

—¿Comes? —le dice Yona, acariciándole el lomo—. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno. Soy demasiado viejo para ganar mucho. A decir verdad, no debería ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...

Tras una corta pausa, Yona continúa:

—Sí, amigo, ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera. Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?

El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido. Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.

Anton Chéjov (1860-1904)




Relatos góticos. I Relatos de Antón Chéjov.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Antón Chéjov: La tristeza (Toska), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

John William Polidori: relatos góticos


John William Polidori: relatos góticos.




John William Polidori (1795-1821) fue uno de los primeros escritores ingleses en dedicarle su atención al relato de vampiros dentro de la literatura gótica.

Acusado de plagio por su amigo, el poeta Lord Byron, y miembro del grupo de Diodati, donde además participarían nada menos que Percy Shelley y Mary Shelley, autora de Frankenstein (Frankenstein), John William Polidori es considerado un autor de segundo orden, pero sin dudas uno muy importante para el desarrollo de la novela gótica.

A continuación compartimos algunos de los mejores relatos de John William Polidori.




Relatos de John William Polidori:
  • El vampiro (The Vampyre)
  • ¿John Polidori y Elizabeth Siddal fueron vampiros?
  • La marca de Lord Ruthven: análisis de «El Vampiro» de Polidori.
  • El diario del doctor John William Polidori (The Diary of Dr. John William Polidori)
  • Ernestus Berchtold, o el moderno Edipo (Ernestus Berchtold; or, The Modern Oedipus)
  • La caída de los ángeles (The Fall of the Angels)
  • La guirnalda (The Wreath)
  • Sobre el castigo de la muerte (On the Punishment of Death)
  • Un ensayo sobre la fuente del placer positivo (An Essay Upon the Source of Positive Pleasure)
  • Ximenes (Ximenes)
  • Ximenes, La guirnalda y otros poemas (Ximenes, The Wreath and Other Poems)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: John William Polidori: relatos góticos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El italiano»: Ann Radcliffe; novela y análisis


«El italiano»: Ann Radcliffe; novela y análisis.




El italiano (The Italian) —cuyo título completo es: El italiano o el confesionario de los penitentes negros (The Italian, or the Confessional of the Black Penitents)— es una novela gótica de la escritora inglesa Ann Radcliffe (1764-1823), publicado en 1797; convirtiéndose rápidamente en un clásico de la literatura gótica.

El italiano, una de las mejores novelas góticas de Ann Radcliffe, relata la historia de Vincentio di Vivaldi, un joven aristócrata napolitano de la Italia del siglo XVIII que se enamora de Ellena di Rosalba, cuya familia no lo acepta como candidato.

Aunque desesperado por esa fuerte oposición familiar, Vicentio no se resigna; pero su madre, la marquesa de Vivaldi, acepta el consejo del sacerdote Schedoni, un sujeto oscuro, siniestro, y secuestra a la muchacha, encerrándola luego en un monasterio.

De este modo Vicentio Vivaldi inicia una peligrosa aventura para rescatar a su amada. Se trata de una carrera contra el tiempo para evitar que Ellena sea obligada a aceptar los votos de castidad. Luego de muchos sobresaltos, Vicentio la encuentra, y finalmente la rescata gracias a la ayuda de una monja muy singular. Es entonces cuando se revela el pasado nefasto de Schedoni, quien persigue a la pareja con el apoyo de la Santa Inquisición.

Schedoni irrumpe en la ceremonia nupcial y arresta a los jóvenes. Se lleva a Ellena con la intención de asesinarla hasta que descubre es su propia hija. El desdichado Vincentio es encarcelado y juzgado por las autoridades de la inquisición. Schedoni, bajo pretextos canallescos, comparece ante la corte en calidad de observador.

Ann Radcliffe evidencia su genio creativo, casi maquiavélico, durante la segunda mitad de El italiano:

Vincentio es absuelto gracias a un artificio jurídico sumamente original. Con gran escándalo nos enteramos que Ellena no es, de hecho, hija del monje Schedoni; sino su sobrina. Su verdadero padre es el hermano muerto de Schedoni, ignoto hasta el momento. La historia concluye como todas las novelas de Ann Radcliffe: con un final feliz en donde los buenos se casan y los malos mueren.

Más allá de estos detalles que, desde nuestra perspectiva, pueden parecer lugares comunes, El italiano es un libro llena de intrigas, traiciones, amores prohibidos y oscuros secretos familiares. En este sentido, cuenta con todos los ingredientes de la novela gótica y la novela del romanticismo.

Ann Radcliffe realiza un trabajo notable en términos de ambientación. Sin embargo, El italiano carece de los elementos sobrenaturales que caracterizan buena parte de su obra, logrando en cambio una mayor profundidad testimonial acerca de las preocupaciones burguesas de su tiempo.

Lamentablemente no hay versiones en PDF en español de El italiano de Ann Radcliffe, al menos no de forma gratuita.




El italiano.
The Italian, Ann Radcliffe (1764-1823)
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  • https://es.scribd.com/document/339439297/Radcliffe-Ann-El-Italiano-O-El-Confesonario-De-Los-Penitentes-Negros-pdf




Novelas góticas. I Novelas de Ann Radcliffe.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen de la novela de Ann Radcliffe: El italiano (The Italian), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La hija del castigo»: Paul Féval; relato y análisis


«La hija del castigo»: Paul Féval; relato y análisis.




La hija del castigo (L´enfant de la Punition) es un relato del escritor francés Paul Féval (1816-1887), publicado en la antología de 1878: Reuniones familiares (Veillées de famille).

La hija del castigo, uno de los mejores relatos de Paul Féval, narra la historia de Margarita Breuilh, una niña que nace a los pies del patíbulo durante una de las épocas más convulsionadas en la historia de Francia.

En pleno embarazo, la madre de la niña asiste a la ejecución de un sacerdote; pero el verdugo se ausenta, de modo tal que es el padre de la protagonista quien asume ese que requiere dosis iguales de destreza y depravación. Margarita Breuilh nace esa misma tarde, bajo los gritos sádicos de la muchedumbre que clama por sangre.

Esta joven hermosa y delicada ha quedado marcada para siempre por escenario macabro de su nacimiento. No sabe hablar: sólo repite una y otra vez aquello que aprendió, o que las circunstancias imprimieron a fuego en su alma, como una lóbrega canción de cuna.




La hija del castigo.
L´enfant de la Punition; Paul Féval (1816-1887)

En 1810, vivía en Saint-Maló una joven de diecisiete años, cuyo verdadero nombre era Margarita Breuilh. Era hija de Jacques Breuilh, el calafatero, que habiéndose quedado sin trabajo en las canteras del puerto se hizo contrabandista. Esta es la primera página que yo publiqué, hace cuarenta años. La entrego a manera de curiosidad y para demostrar que comencé creyendo algo que me perdió.

Margarita era bella. Aquellos que la veían y no conocían su historia, se paraban para mirarla andar a lo largo del agua. Siempre estaba vestida pobremente. Su vestido de tela ordinaria ajustado a la cintura con la ayuda de un trozo de cuerda, le caía tan bien como a otras muchachas la muselina o la seda; sus largos cabellos rubios caían desordenados sobre su espalda, y tenían un reflejo de oro bruñido. Ella iba, alegre y graciosa, rozando ligeramente con sus pies la arena de la playa. Cuando se sentía observada, sus grandes ojos azules, limpios y dulces, no bajaban ante la mirada del otro. Una sonrisa melancólica asomaba a sus labios. Y se ponía a cantar con voz triste, tan triste que el que la escuchaba, lloraba.

Mi madre me dijo: yo lloré.

Su canto era extraño. Sus palabras, indiferentes. Era una de esas canciones que entonaban las mujeres de los marineros mientras los esperan junto a las orillas del mar que resuena, se eleva y se confunde con la línea azul sombría del cielo de Bretaña. Es quizás un cántico desconocido, una plegaria. Pero de a poco, su voz se extendía, las palabras llegaban claras, se comprendían. La emoción apretaba el corazón del oyente; el enternecimiento dejaba lugar al horror. Y obligaba a alejarse. Esto cantaba Margarita, que estaba loca:

...Sangre, sangre, mucha ¡sangre! A torrentes beberemos de la máquina. Saciémonos al pie de la guillotina. ¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Y mientras cantaba el horrible estribillo que la loca había aprendido durante el Terror, alrededor del tablado levantado junto a la guillotina, la mirada azul de Margarita se elevaba dulce y pura hacia el cielo. Su frente era de tal dulzura como la de los ángeles. Su voz melodiosa y penetrante, plena de vibraciones y de encanto. El contraste entre su voz y la canción erizaba la piel. Mientras era de día ella corría por la playa. Las tempestades no la asustaban. Se la veía incluso hasta en la tormenta, trepar, ágil como un pájaro, a lo largo de los flancos escarpados del Fuerte del Emperador. Se colgaba de cualquier saliente; el huracán la mecía; la cresta espumante y furiosa de las olas lamía los blancos pies; alrededor de ella las gaviotas se balanceaban suspendidas en sus largas alas, y lanzaban sus gritos quejumbrosos y ásperos, a los que respondía la pobre joven con su eterno refrán. El mar subía. Entonces ella ganaba la cumbre aguda de las rocas. Ahí se sentaba; la cabeza apoyada en sus manos. El viento desordenaba su cabello, que le tapaba la cara. Desde lejos parecía una estatua, erigida sobre un pedestal gigante.

Por la noche no volvía a la ciudad. ¿Dónde pasaba la noche? Nadie lo sabía. Es necesario contar la lúgubre historia de su nacimiento. En 1793, después que Carpentier diezmó legalmente la población de Saint-Maló, Jacques Breulih era un joven obrero portuario, fuerte y honesto. Abundaba el trabajo después de la desocupación que trajo el Terror. Breuilh se ganaba fácilmente la vida. Tenía una mujer bella que lo amaba. Era feliz. El viento de las doctrinas revolucionarias había pasado y como en todas partes había trastocado muchas cabezas, Breuilh, sin saber por qué, tendía a odiar mortalmente a los aristócratas, aunque había vivido de sus beneficencias y sobre todo a los sacerdotes; a uno de ellos en especial debía su buena suerte, a un buen eclesiástico que le había tendido una mano caritativa en su juventud. No quería recordar en absoluto que el abate Saulnier, cura de Saint-Sauveur, había sido como un padre para él. Era un sacerdote y los sacerdotes eran considerados pérfidos, malvados, enemigos del pueblo. No convenía a Breuilh ir en contra de este argumento sin réplica.

Su mujer era fanáticamente revolucionaria. Sabía de memoria todo el catecismo republicano, y no dejaba, los días de ejecución, de reservar anticipadamente su lugar al pie de la guillotina; allí tejía sin que se le escapara un punto de la malla, mientras las cabezas rodaban. Estaba muy próxima a ser madre. Breulih no la dejaba sola nunca. Había dejado su trabajo para cuidar a su mujer y la ciudadana se apoyaba en el brazo conyugal para estar siempre presente en la plaza de las ejecuciones. Cuando la máquina terminaba sus faenas, la pareja regresaba a soñar sobre el porvenir del niño que llegaría.

—Si es varón —decía Jacques— se llamará Bruto como el virtuoso ciudadano de Italia, que atravesó con sus espada el cuerpo de un Cardenal romano.

—¡De un Papa! —interrumpía la ciudadana—. En Italia, has visto Jacques, los verdaderos tiranos son los Papas. Jacques admiraba la erudición superior de su compañera.

—Si es una niña —continuaba ella— la llamaremos Brutusa.

—¡Vaya!

—Será muy bella, Jacques, muy bella. Y procuraremos que la nombren por decreto diosa de la Libertad!

Los dos esposos, ante tan brillante perspectiva, bailaban con verdadero frenesí. Un cierto día del mes de Messidor del año 1793 se llevaría a cabo en la Comuna de Saint-Maló una ejecución muy interesante. La víctima era M. Sauliner, viejo cura de Saint-Sauveur. Todos conocían muy bien al sacerdote. Todos ansiaban ver qué cara tendría sobre el patíbulo. La guillotina estaba ubicada en medio de la plaza, frente al tribunal revolucionario. La multitud rodeaba el tarimado de la guillotina. Nuestra buena ama de casa estaba en su puesto. En el momento en que esa masa murmurante se abría para dejar paso a la carreta que traía al reo, la ciudadana Breuilh fue presa de los dolores de parto. Un heroico y casi omnipresente esfuerzo frenó sus gritos. Esperaba; el señor Abate Saulnier subió los escalones del patíbulo. De pronto un murmullo de enojo recorrió la asamblea. El verdugo no había llegado. La ciudadana Breulih se enfureció por el contratiempo.

—¡Qué desgracia! —se lamentó ella.

—El verdugo ha cruzado el agua —dijo alguien desde la multitud—; se fue a Southampton porque no quería echar mano sobre le abate Saulnier, que fue tan bueno con él en otro tiempo.

—¡Es que se trata de eso! —replicó Jacques Breuilh, encogiéndose de hombros.

Nadie respondió. El abate Saunier había sido realmente muy caritativo con todos los desdichados. En este supremo momento, la piedad, como un espectro, golpeaba los corazones.

—¿Hay algún ciudadano de buena voluntad que reemplace al verdugo? —preguntó un funcionario de la República.

Se hizo un gran silencio.

—Jacques —dijo por lo bajo la ciudadana Breuilh— yo quiero...

No terminó la frase, pero su mirada acariciaba el patíbulo. Para un corazón republicano, el deseo de una ciudadana es una orden suprema. Jacques, en tres saltos subió los escalones del estrado.

—¡Aquí estoy! —gritó.

Su mujer inició un grito de alegría que concluyó en un quejido delirante. La angustia la aterrorizaba. Pero, a instancias de Jeanne d´Albret, reprimió sus gemidos y entonó con voz firme su canción favorita:

Sangre, sangre, mucha ¡sangre! A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina ¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Al escuchar esta canción, la piedad de la multitud se desvaneció. Una alegría general se transmitió y un coro inmenso rugió la copla sangrienta. Mientras tanto, Jacques Breuilh, a pesar de su falta de experiencia, reemplazó al verdugo, eficazmente. El sacerdote lo bendijo mientras Jacques se afanaba en los preparativos. La venerable cabeza rodó por los escalones del patíbulo. Los funcionarios republicanos agradecieron al calafatero. Jacques recibió las felicitaciones con modesto orgullo. Tenía conciencia de haber cumplido con la patria. Cuando regresó junto a su mujer, la ciudadana tenía en sus brazos una bellísima niña. Jacques la abrazó con entusiasmo.

—Ha nacido en un día de fiesta —dijo la madre—, el Ser Supremo le tiene reservado un destino feliz.

Jacques aprobó y repitió las palabras de su esposa. Cuando la pareja estuvo de regreso en la choza, examinó amorosamente el regalo que acababan de recibir del Ser Supremo. La pequeña era encantadora. Algo los inquietó; alrededor de su cuello pequeño una línea roja se enroscaba como un collarcito de coral.

—¿Qué es esto? —preguntó el ciudadano Breuilh.

—El cuchillo... —murmuró.

—¡Bah! —dijo la ciudadana intentando sonreir—. Es una señal.

La pequeña creció. A medida que crecía, el círculo sangriento de su cuello se iba borrando, hasta que llegó a parecer un collar pálidamente rosado. La ciudadana Breuilh era feliz, el amor maternal había reemplazado de a poco sus lúgubres manías.

—Después de todo —decía— la guillotina casi no dejó rastros. Margarita será la perla de Saint-Maló y dentro de diez años nadie se acordará que nació al pie de la guillotina.

—¿Quién se acordará? —repetía el dócil calafatero.

No todos se olvidaron. El Terror había terminado hacía dos años. La guillotina perdió popularidad. Todos comenzaron a alejarse de Jacques, a quién llamaban el verdugo. Un consuelo le quedaba: su hija, su Margarita que parecía un ángel cuando sonreía. Pero Margarita no hablaba. Su madre había pasado largas horas repitiéndole una misma palabra, sin cesar y la niña permanecía muda. Al anochecer su lengua se destrabó. La ciudadana Breuilh creyó oirla hablar desde lejos. Llamó a su marido y corrieron junto a la cuna. La pobre madre no podía contener su alegría:

—Habla, Margarita, habla, mi linda —decía.

Se inclinó para escuchar.

La niña guardó silencio. Después, fijando sus grandes ojos azules sobre su madre, la niña empezó a cantar suavemente:

—¡Hace falta sangre, sangre, mucha sangre!

La pobre madre cayó de espaldas. Jacques se apuró a levantarla. En tanto la niña continuaba:

—A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina

—¡Oh! ¡Cállate! —dijo la madre con voz agonizante.

La niña siguió:

—¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Jacques aterrado, paseaba su mirada desde su hija hasta la mujer desvanecida. De pronto esta se levantó. Sus ojos empañados miraban gélidamente; los rizos caían sobre su pálida frente. Había envejecido diez años en un minuto. Al día siguiente ella intentó una segunda prueba. La niña esbozando una sonrisa angelical, empezó a cantar con su pequeña voz el refrán maldito. Nunca nadie le escuchó pronunciar otras palabras que las de esa canción.

La ciudadana Breuilh, frío el corazón, llevó durante unos meses una existencia lánguida y murió de honda tristeza. En el último momento de su agonía, escuchó la voz de Margarita que cantaba: ¡Sangre, sangre, hace falta mucha sangre! Jacques Breuilh lloró a su mujer. Se quedó solo con su hija, imagen viva del remordimiento. Cada vez que él volvía de su trabajo, Margarita lo recibía cantando. A pesar de todo, adoraba a su hija y todo el amor que quedaba en su corazón era para ella. A los diez años resultó imposible retenerla en la casa. Su instinto vagabundo la empujaba a salir. Cuando empezaron las salidas, la ciudad toda se enteró del funesto secreto. Se apartaban de ella con horror. Murmuraban sobre su locura y la atribuían a los trágicos acontecimientos que acompañaban su nacimiento. La empezaron a llamar: la hija del castigo.

Real o falsa, esta idea del castigo divino fue para Jacques una especie de muerte civil. Sus camaradas lo repudiaron; el capataz de la cantera donde trabajaba, lo hizo echar. Así, sin trabajo, se vio obligado a caer en el contrabando para dar de comer a Margarita.

Amaba a su pobre hija. Era lo único que tenía. Durante muchos años, Jacques contrabandeó encajes y cuchillería de Inglaterra. Como estaba muy necesitado, maniobraba con excesiva prudencia y los que suponían o desconfiaban de él no encontraban un detalle para acusarlo formalmente. Pero llegó el día en que fue sorprendido cuando desembarcaba unos bultos a noche cerrada. Los aduaneros hicieron una descarga desde lo algo del gran Bé; él consiguió escapar, pero lo habían reconocido. En adelante, ya no estaría seguro en Saint-Maló. Y fue así que comenzó para Margarita esa vida extraña y misteriosa de la que hablamos al comienzo de este relato.

Durante el día ella vagaba por las playas jugando con la espuma, recogiendo la pálida flor de las algas o buscando en las cuevas costeras esos delicados y caprichosos arabescos que forman las algas. Los lugareños que la encontraban se alejaban pero no la insultaban nunca, porque su aspecto angelical hubiera despertado piedad y ternura aún en el duro corazón de un tigre. Cuando un extranjero, atraído por la belleza de la niña, se acercaba a ella, una infantil sonrisa asomaba a sus labios y empezaba a cantar el horrible refrán. Por la noche, buscaba el amparo de su padre.

Tiempo después, bajo el Imperio, la represión del contrabando fue severísima y las penas eran como en las épocas de guerra. Día y noche los gendarmes vigilaban. A veces se encontraba el cadáver de un inglés sobre la playa, al día siguiente era el de un gendarme aduanero. Jacques no se hacía a la mar. Su trabajo era el más peligroso de todos: era descargador. Cuando una bujía pirata se encendía en la costa, con la señal convenida, saltaba sobre su barca y se acercaba al barco, cargaba los bultos y los traía a tierra; seguidamente recibía una módica suma como todo beneficio. Hasta ahora había conseguido mantenerse oculto y se había salvado de toda acción judicial. Su refugio, mejor dicho sus refugios eran hábilmente elegidos. Y Margarita mientras tanto corría por las playas. Hasta que cierto día un guardacostas más astuto que sus colegas la siguió desde lejos a la caída de la noche. Fue una tarea difícil. La jovencita, después de haber seguido por el borde de la playa que se extendía como un tapiz, pasó el Fuerte Real hasta Rotheneuf y se metió en un laberinto de rocas angulosas y quebradas que defienden a manera de inmensa empalizada el orgulloso acantilado de la Varde.

Una vez que llegó, Margarita no aminoró su marcha. Saltaba entre las rocas, esbelta y graciosa como un antílope. Ningún obstáculo la detenía. Sus pies rozaban la mata aceitosa de las algas. El aduanero en cambio sudaba sangre y agua. Pobre desdichado. Las suelas con tachas de hierro se enganchaban en las rocas; resbalaba sobre las algas, tropezaba. A veces caía pesadamente en profundos pozos poblados de Jibias y cangrejos. Pero no se daba por vencido: le esperaba una fuerte recompensa al final de estos esfuerzos. Margarita iba delante. No había un punto de luna en el cielo, pero a la luz lejana de las estrellas se veía una forma blanca sobre el fondo oscuro de las rocas. El viento traía en ráfagas al oído atento del aduanero algunas notas de la canción de la muchacha. De pronto ella desapareció y su voz dejó de oirse. El aduanero se detuvo, indeciso. Estaba sobre el más alto de los grupos de rocas que circundan el acantilado de la Varde. A cien pies debajo de él el mar rompía contra la base del acantilado. Avanzó otra vez. El sendero, justo allí, en el lugar donde había perdido de vista a Margarita, era plano y liso y terminaba en una fisura que se abría como una enorme boca sobre el mar y que de ninguna manera podía franquear. Naturalmente la mirada del aduanero requisó hasta el fondo de ese agujero. Descubrió un débil resplandor que se reflejaba en las paredes húmedas de la grieta.

—Ahí está el nido —murmuró.

Y desandando el camino se apresuró hasta ganar la posta de Rotheneuf, donde pidió refuerzos. Una hora después cinco hombres se detenían al borde de la fisura. Bajaron en silencio. En el fondo del pozo vieron una pequeña cabaña, tan escondida que si no hubieran sabido a priori de su existencia les hubiera costado realmente descubrirla. Adentro la luz ya estaba apagada. Los aduaneros llamaron. Volvieron a llamar golpeando con fuerza. Entraron. Sobre un montón de algas secas, Margarita estaba totalmente vestida. Dormía. Su rostro calmo y dulce era la viva imagen del candor. Estaba sola en la cabaña. ¿Dónde estaba el contrabandista? Los empleados de la aduana llamaron a Margarita que se despertó sonriendo. A la vista de esos hombres armados sus grandes ojos azules no bajaron la mirada. Abrió la boca y murmuró dulcemente:

—¡Sangre, sangre, mucha sangre!

—¡Sí! —dijo uno de los aduaneros exagerando— ¡Eso hace falta y cuando llegue la brigada tendremos sangre!

Una nube empañó la frente de la joven. Por un momento, el instinto del amor filial haya disipado las tinieblas de su inteligencia. Fue un relámpago. Después de unos segundos de silencio continuó:

—A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina.

—¡Escuchen! —gritó uno de los aduaneros.

Todos hicieron silencio. Margarita misma interrumpió su canto. Se escuchó sobre el mar, más allá de las rocas un ruido sordo y regular. Era un barco que avanzaba con remos.

—¡Aquí está! —dijeron los aduaneros aprestando sus armas—, ¡Ya lo tenemos!

Margarita llevó la mano a su frente. De un salto pasó entre los gendarmes y se inclinó sobre el borde de la rampa.

—¡Quédate quieta! —dijo por lo bajo, amenazante, uno de los guardias—, ¡O te mato!.

La pobre no podía desobedecer. No sabía hablar. Pero en un momento que los gendarmes se descuidaron, asió con fuerza la cuerda que servía de escalera a su padre y se dejó caer al fondo del hondo pozo. Los aduaneros se consultaron entre ellos; luego el jefe da un golpe sobre la cuerda, que de vieja se rompe al instante. Una voz débil llegaba desde lo más profundo del precipicio.

—¡Sangre, sangre, mucha sangre!...

—¡Pobre niña! —murmuraron los aduaneros.

La barca continuaba avanzando. Margarita, que se había arrojado desde una altura enorme sobre la playa, no le pudo advertir a su padre. Jacques fue tomado prisionero. Al día siguiente no fue posible encontrar el cuerpo de Margarita. Como Jacques se había resistido fue condenado a muerte. El día de la ejecución, el patíbulo fue levantado por la Comuna en la misma plaza donde Jacques, diecisiete años atrás, había reemplazado al verdugo. Todos se acordaban de esta circunstancia y no hubo ni un solo gesto de piedad entre los espectadores. Jacques subió, con la cabeza baja, los escalones del patíbulo. En ese momento, una mujer pálida, con la ropa hecha jirones, el cuerpo cubierto de lastimaduras, se abrió paso entre la muchedumbre y cayó moribunda al pie de la guillotina.

—¡Hija mía! —grito Jacques, extendiendo sus brazos como para protegerla.

Margarita se levantó a medias. Miró el aparato fatal y sonriendo, murmuró:

—¡Hace falta sangre, sangre, mucha sangre, Saciémonos al pie de la guillotina!

Después cayó para no levantarse más.

Jacques dio un grito angustiante y ofreció su cabeza al verdugo. El gentío se retiró, silencioso y en hondo recogimiento. Si la falta fue grave, el castigo fue terrible y más de uno había sentido piedad por esa triste familia sobre la cual había caído duramente el dedo de Dios. Y ahora que mucho tiempo pasó, se puede decir que las catástrofes de ese tipo no se olvidan, y en mi juventud he encontrado muchas veces en Saint-Maló o en Saint-Sauveur, numerosos testigos que contaban como yo lo acabo de hacer, la lamentable historia de la hija del castigo.

Paul Féval (1816-1887)




Relatos góticos. I Relatos de Paul Féval.


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El análisis y resumen del relato de Paul Féval: La hija del castigo (L´enfant de la punition), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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