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«El caballero tenebroso»: Paul Féval; novela y análisis


«El caballero tenebroso»: Paul Féval; novela y análisis.




El caballero tenebroso (Le Chevalier Ténèbre) es una novela de vampiros del escritor francés Paul Féval (1816-1887), publicada en 1860.

El caballero tenebroso, probablemente una de las mejores novelas de Paul Féval, nos sitúa en las extensas planicies húngaras, y más precisamente en los alrededores de dos tumbas muy peculiares. Ambas están selladas por lápidas negras, cuya superficie se ve adornada con caracteres franceses. Pertenecen a los hermanos Jean y Ange Tenebre, apellido que significa «oscuridad».

A lo largo de cuatrocientos años estas dos tumbas han sido profanadas, con las previsibles consecuencias que esto suele acarrear en un relato de vampiros.

El caballero tenebroso ha sido traducido y publicado en español, aunque nosotros no hemos conseguido ninguna edición digital en PDF para compartir. Aquellos que se animen a leer el libro pueden hacerlo en una excelente traducción llamada Knightshade.




Novelas góticas. I Novelas de Paul Féval.


El análisis y resumen de la novela de Paul Féval: El caballero tenebroso (Le Chevalier Ténèbre), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La cruz que anda»: Paul Féval; relato y análisis


«La cruz que anda»: Paul Féval; relato y análisis.




La cruz que anda (La Croix-Qui-Marche) —a veces titulado en español como Los fantasmas o Los vengadores— es un relato fantástico del escritor francés Paul Féval (1817-1887); en realidad el cuarto capítulo de la novela de 1853: Una historia de fantasmas (Une Histoire de revenants).

La cruz que anda, uno de los mejores relatos de Paul Féval, narra una leyenda muy singular: una misteriosa cruz se ha levantado para asistir a un caballero francés arrinconado por sus enemigos (naturalmente, ingleses), y a punto de morir desangrado. El resto pertenece a la leyenda, y a la sutil destreza de Paul Féval.




La cruz que anda.
La Croix-Qui-Marche; Paul Féval (1817-1887)

Desde entonces el pobre sargento Mathurin ya no vivía en un mundo real. Tenía fiebre, y el contenido de su cantimplora sólo exaltaba su espanto. Aquel jinete de larga capa negra, plantado en el centro del bosque, le había parecido más grande que un roble; sus deslumbrados ojos habían visto fuego detrás de aquellos otros dos jinetes, cuya carrera desordenada había levantado torbellinos en el polvo del camino.

La presencia de Roland ya no lo tranquilizaba; al contrario, no era sin terror como medía la marcha firme de su joven compañero; ¡si ese Roland Montfort permanecía tan tranquilo era porque se sentía en su ambiente! Y ahora que el pobre Mathurin pensaba en ello, recordaba haberle visto una expresión extraña cuando lo encontró, la víspera, por el camino de París. Tal vez el mismo Roland fuera uno de esos muertos que regresan y que conducen a los vivos al centro del desenfreno de los espíritus.

Ya se había visto antes y esa sospecha tardía no carecía de cordura. Mathurin se lo confesaba temblando. Y, sin embargo, seguía a Roland; lo seguía como un perro, puede decirse, dando los mismos rodeos y sin atreverse a perderlo de vista ni un instante. Siempre ocurre así. Una cadena misteriosa, más fuerte que el acero, más dura que el diamante, une al vivo al muerto. Es cierto que por la tarde, cuando estaba sentado bajo el soportal de la taberna, en el arrabal de Redon, aquel Roland Montfort tenía una cara buena y honesta, Mathurin no podía decir lo contrario; pero eso no lo tranquilizaba, porque pensaba:

—¿Por qué no enseña el rostro?

Y, efectivamente, Roland no se había dado la vuelta ni una sola vez desde el puente de Saint-Pern. Caminaba hacia adelante, sin titubear, como si el sol iluminara los obstáculos del camino. Hacía tiempo ya que el ruido de los caballos al galope se había perdido bajo la techumbre del bosque. Roland Montfort, se apoyó sobre su bastón en mitad del cruce.

—¡He reconocido claramente al seminarista! —susurró hablando para sus adentros—, ha seguido el mismo sendero que el comendador Malo. El otro ha tomado el atajo que conduce a la mansión de Treguern... ¡Mathurin!

—¿Sí? —dijo éste que se encontraba a unos cuantos pasos, apoyado también sobre su bastón.

—Tu madre te ha hablado en sus cartas de Marianne la hermanastra...

—¡Dios quiera que pueda volver a ver en este mundo, a mi pobre y anciana madre! —murmuró entre dientes Mathurin—. Ella me ha hablado de esto y de aquello, señor Roland —añadió— pero a estas horas no tengo un recuerdo muy claro.

—¿Por qué me llamas señor Roland? —preguntó el joven sargento, que se volvió sorprendido.

Mathurin observó el gesto y cerró los ojos, como si hubiera temido ver la cabeza de la Medusa.

—No es por malicia —replicó tratando de sonreír—. En cuanto a Marianne de Treguern, la hermanastra de Filhol, hay una historia en la que el nombre de Gabriel se encuentra de nuevo mezclado. Pero ¿qué nos importa eso? Daría con gusto todo lo que llevo en mi bolsa por estar saliendo de la Gran Landa y encontrarme ya ante el molino de Guillaume Féru.

—Ya llegaremos —dijo el joven sargento que se puso de nuevo a andar— y conservarás todo lo que llevas en tu bolsa, amigo Mathurin... pero de aquí hasta allá, necesito tener noticias.

—¿Noticias? y ¿a quién se las preguntará? Desde aquí al molino de Guillaume Féru no hay más que la Gran Landa, y en ella no conozco ni una sola vivienda humana.

—El que me dará noticias —dijo el joven soldado cuya voz bajó en contra de su voluntad— tal vez no se encuentre en ninguna vivienda humana.

El sargento Mathurin no pensaba que su horror pudiera aumentar, pero se equivocaba, y su corazón desfalleció, mientras que el vértigo se le subió al cerebro.

—¡En nombre de Dios!, señor Roland —tartamudeó—, ¡no tiente los secretos de la tumba!

—Me has dicho que Geneviève estaba viuda y libre —contestó Roland con tono firme—, quiero saber si es verdad.

—¡Desgraciadamente! —empezó a decir el pobre sargento.

—Quiero saberlo de labios del que debe decírmelo.

—Escucha, Roland, mi amigo y mi hermano —exclamó Mathurin que en su angustia encontró incluso valor para acercarse al joven sargento—. Veo adónde quieres ir: ¡Es el camino de las Piedras Plantadas, es el camino de la Cruz que anda! ¡Siempre les ocurre alguna desgracia a los que pasan por allí!

—Sin embargo, es por allí por donde debo pasar —contestó Roland.

Mathurin intentó detenerlo y adoptó un tono de súplica más intenso.

—¡Ése no es el camino al pueblo! —dijo con lágrimas en los ojos, pues en aquel momento se sentía más débil que un niño—. ¡Roland, dime si estás muerto, y no me empujes a la perdición! Una sonrisa se dibujó en el pálido rostro del joven sargento.

—Es necesario que vaya esta noche a sentarme en los peldaños de la Cruz que anda —dijo.

Mathurin cayó de rodillas y exclamó, juntando las manos:

—Roland, hermano, si es para tener la certeza de la muerte del último Treguern, no vayas tan lejos, porque desgraciadamente yo puedo dártela: Filhol de Treguern falleció en su mansión hace casi un año.

—¡No te creo! —dijo Roland.

Unas horas antes no habría sido muy prudente hablar así al sargento Mathurin. ¡Pero Dios sabe que en aquel momento no estaba muy susceptible!

—No te creo —repitió Roland—, y aunque toda la parroquia viniera a decirme lo mismo, contestaría: ¡Es imposible!. Entre Treguern y yo hay un pacto. Treguern es hijo de caballeros, ¿por qué iba a olvidar su promesa?

El paso del joven soldado se alargaba pese a él mismo, y ahora hablaba con cierta agitación.

—Entonces —dijo Mathurin, cuya voz se le ahogaba—, ¿crees que el difunto te espera en las Piedras Plantadas?

—Ruego a Dios que no haya ningún difunto —contestó Roland. Luego añadió al ver que Mathurin ralentizaba su paso:

—Éste es mi camino. Ese otro sendero conduce directamente al burgo de Orlan. No te necesito para ir a la Cruz que anda. Separémonos aquí.

Habían llegado a la linde del bosque, la landa se encontraba ante ellos iluminada por esa luz fantástica y cambiante que las nubes dejaban caer en su recorrido. Era como una inmensa alfombra lisa y negra sobre la que destaban, aquí y allá, rocas de una blancura deslumbrante. Tan lejos como la mirada podía llegar, las cosas eran así: puntos blancos sobre un fondo negro. Ahí están, inhiestas y alineadas en un extraño orden. Se dice que cada año llega una nueva durante la noche de Viernes Santo. ¿Quién ha colocado ahí, a esos colosos de piedra que ninguna fuerza humana podría levantar?

Los dos senderos indicados por Roland formaban un ángulo muy agudo. Uno de ellos subía hacía el centro de la landa, hacia lo más profundo de las Piedras Plantadas; el otro seguía por lo llano y se dirigía hacia los campos cultivados. Mathurin dudaba. La idea de introducirse solo por uno de los senderos de la landa le proporcionaba el sabor anticipado de su agonía.

—¡Está bien! —dijo con voz rota— Te acompaño. ¡Pero que mi condena eterna recaiga sobre ti si no tengo confesión en mi última hora!

Durante un cuarto de hora, avanzaron sin hablar. Roland ofrecía al viento su cabeza descubierta y ardiente. Por momentos, gotas de lluvia, grandes como monedas, caían ruidosamente y sonaban a su alrededor. No bastaba para aplacar el polvo del camino. Al cabo de unos segundos, el cielo se cerraba y la luna, que descendía hacia el horizonte, hacía brillar las cimas húmedas de los macizos. Hay rocas blancas y erguidas sobre casi toda la superficie de la Gran Landa. Más en concreto, se denomina Piedras Plantadas a una especie de recinto irregularmente oval formado por dos filas de rocas concéntricas en medio del cual se encuentra una mesa de granito, semejante a la que hemos descrito con el nombre de Piedra de los paganos. Alrededor del recinto, las rocas se alejan como rayos y si se viera desde arriba, el conjunto de este gigantesco monumento, se comprobaría que se asemeja a una estrella de trece brazos desiguales.

La Cruz que anda está situada a unos cien pasos del recinto, en un lugar en el que la landa, menos árida. Es mucho más alta que la mayoría de las cruces de encrucijada y tallada en un único bloque de granito. Por el tipo de esculturas a medio borrar que la recubren debe datar de fecha muy antigua. Esas esculturas, efectivamente, representan no sólo temas cristianos, sino que se encuentran también esas fantasías cabalísticas a las que tan aficionada era la Edad Media. Hay en particular sobre el árbol de la cruz monstruos cornudos y cabezas de demonios. Está levantada sobre tres peldaños y rodeada de grandes pizarras. Un día, en una época que no sabríamos precisar, Tanneguy de Treguern, el buen caballero, perseguido por una docena de ingleses y perdiendo su sangre abundantemente, vino a caer sobre los peldaños de la cruz.

La cruz estaba entonces un poco más lejos y se ve bien la huella cuadrada de su base a unos pasos de allí. Cuando los ingleses salieron de entre las rocas, Treguern tomó su espada e intentó levantarse, pero no pudo porque toda su sangre bañaba los peldaños de la cruz. Entonces dijo:

—¡Santa Cruz, devuélveme mi sangre para que pueda morir de pie como un caballero, o ven en mi ayuda!

La cruz se puso a andar arrojando a un lado al bueno de Tanneguy de Treguern; cuando los ingleses contemplaron aquel milagro, se apretaron unos contra otros aterrorizados, de tal forma que los doce no ocupaban más que el peldaño inferior de la cruz. Ésta vino hasta ellos, se levantó de tierra y con su amplia base les hizo una tumba después de haberlos aplastado a todos.

Así se cuenta el origen de ese nombre de la Cruz que anda; pero también lo cuentan de modo diferente, existiendo sobre este asunto al menos medio centenar de leyendas. Roland penetró en el recinto de las Piedras Plantadas, y se detuvo al pie de la cruz.

—Aquí —dijo descubriéndose— vinimos una vez, Filhol de Treguern y yo, a medianoche. Aquí dijimos ambos bajo juramento: Si muero el primero, regresaré para decirte qué hay bajo la lápida de la tumba.

Las piernas de Mathurin flaqueaban y le parecía que la tierra iba a abrirse.

—Estábamos sentados sobre los peldaños de la cruz —dijo Roland—, voy a sentarme en el mismo lugar.

Tal como lo dijo lo hizo. A Mathurin no le quedaba ya sangre en las venas.

—¡Filhol! —dijo Roland con voz temblorosa, no por el miedo, sino por la emoción— ¡Si estás muerto, acuérdate de tu promesa!

Una voz clara se elevó en el silencio de la noche para contestar:

—Estoy muerto, y me acuerdo de ella.

Mathurin lanzó un grito de angustia y cayó de bruces. No volvió a moverse. Roland se levantó, respirando con fuerza y paseando una mirada ávida por las zarzas que rodeaban la cruz. El rubor de la fiebre estaba en su frente, la audacia de la fiebre estaba en su corazón. No vio nada; el viento mantenía inmóviles las zarzas, y ningún objeto vivo se veía sobre el fondo negro del brezo.

—¿Dónde estás? —preguntó Roland.

—En el aire que respiras —contestó la voz.

Hubo un silencio, y el primer relámpago desgarró las nubes. Cuando la voz respondió de nuevo, parecía haberse alejado, y como el viento soplaba furiosamente, Roland apenas pudo comprender el sentido de sus frases. La voz decía:

—Cuando estés solo y la luna haya descendido bajo el campanario de Orlan, te daré cita en la Piedra de los paganos.

Paul Féval (1817-1887)




Relatos góticos. I Relatos de Paul Féval.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Paul Féval: La cruz que anda (La Croix-Qui-Marche), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejoogotico@gmail.com

«La hija del castigo»: Paul Féval; relato y análisis


«La hija del castigo»: Paul Féval; relato y análisis.




La hija del castigo (L´enfant de la Punition) es un relato del escritor francés Paul Féval (1816-1887), publicado en la antología de 1878: Reuniones familiares (Veillées de famille).

La hija del castigo, uno de los mejores relatos de Paul Féval, narra la historia de Margarita Breuilh, una niña que nace a los pies del patíbulo durante una de las épocas más convulsionadas en la historia de Francia.

En pleno embarazo, la madre de la niña asiste a la ejecución de un sacerdote; pero el verdugo se ausenta, de modo tal que es el padre de la protagonista quien asume ese que requiere dosis iguales de destreza y depravación. Margarita Breuilh nace esa misma tarde, bajo los gritos sádicos de la muchedumbre que clama por sangre.

Esta joven hermosa y delicada ha quedado marcada para siempre por escenario macabro de su nacimiento. No sabe hablar: sólo repite una y otra vez aquello que aprendió, o que las circunstancias imprimieron a fuego en su alma, como una lóbrega canción de cuna.




La hija del castigo.
L´enfant de la Punition; Paul Féval (1816-1887)

En 1810, vivía en Saint-Maló una joven de diecisiete años, cuyo verdadero nombre era Margarita Breuilh. Era hija de Jacques Breuilh, el calafatero, que habiéndose quedado sin trabajo en las canteras del puerto se hizo contrabandista. Esta es la primera página que yo publiqué, hace cuarenta años. La entrego a manera de curiosidad y para demostrar que comencé creyendo algo que me perdió.

Margarita era bella. Aquellos que la veían y no conocían su historia, se paraban para mirarla andar a lo largo del agua. Siempre estaba vestida pobremente. Su vestido de tela ordinaria ajustado a la cintura con la ayuda de un trozo de cuerda, le caía tan bien como a otras muchachas la muselina o la seda; sus largos cabellos rubios caían desordenados sobre su espalda, y tenían un reflejo de oro bruñido. Ella iba, alegre y graciosa, rozando ligeramente con sus pies la arena de la playa. Cuando se sentía observada, sus grandes ojos azules, limpios y dulces, no bajaban ante la mirada del otro. Una sonrisa melancólica asomaba a sus labios. Y se ponía a cantar con voz triste, tan triste que el que la escuchaba, lloraba.

Mi madre me dijo: yo lloré.

Su canto era extraño. Sus palabras, indiferentes. Era una de esas canciones que entonaban las mujeres de los marineros mientras los esperan junto a las orillas del mar que resuena, se eleva y se confunde con la línea azul sombría del cielo de Bretaña. Es quizás un cántico desconocido, una plegaria. Pero de a poco, su voz se extendía, las palabras llegaban claras, se comprendían. La emoción apretaba el corazón del oyente; el enternecimiento dejaba lugar al horror. Y obligaba a alejarse. Esto cantaba Margarita, que estaba loca:

...Sangre, sangre, mucha ¡sangre! A torrentes beberemos de la máquina. Saciémonos al pie de la guillotina. ¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Y mientras cantaba el horrible estribillo que la loca había aprendido durante el Terror, alrededor del tablado levantado junto a la guillotina, la mirada azul de Margarita se elevaba dulce y pura hacia el cielo. Su frente era de tal dulzura como la de los ángeles. Su voz melodiosa y penetrante, plena de vibraciones y de encanto. El contraste entre su voz y la canción erizaba la piel. Mientras era de día ella corría por la playa. Las tempestades no la asustaban. Se la veía incluso hasta en la tormenta, trepar, ágil como un pájaro, a lo largo de los flancos escarpados del Fuerte del Emperador. Se colgaba de cualquier saliente; el huracán la mecía; la cresta espumante y furiosa de las olas lamía los blancos pies; alrededor de ella las gaviotas se balanceaban suspendidas en sus largas alas, y lanzaban sus gritos quejumbrosos y ásperos, a los que respondía la pobre joven con su eterno refrán. El mar subía. Entonces ella ganaba la cumbre aguda de las rocas. Ahí se sentaba; la cabeza apoyada en sus manos. El viento desordenaba su cabello, que le tapaba la cara. Desde lejos parecía una estatua, erigida sobre un pedestal gigante.

Por la noche no volvía a la ciudad. ¿Dónde pasaba la noche? Nadie lo sabía. Es necesario contar la lúgubre historia de su nacimiento. En 1793, después que Carpentier diezmó legalmente la población de Saint-Maló, Jacques Breulih era un joven obrero portuario, fuerte y honesto. Abundaba el trabajo después de la desocupación que trajo el Terror. Breuilh se ganaba fácilmente la vida. Tenía una mujer bella que lo amaba. Era feliz. El viento de las doctrinas revolucionarias había pasado y como en todas partes había trastocado muchas cabezas, Breuilh, sin saber por qué, tendía a odiar mortalmente a los aristócratas, aunque había vivido de sus beneficencias y sobre todo a los sacerdotes; a uno de ellos en especial debía su buena suerte, a un buen eclesiástico que le había tendido una mano caritativa en su juventud. No quería recordar en absoluto que el abate Saulnier, cura de Saint-Sauveur, había sido como un padre para él. Era un sacerdote y los sacerdotes eran considerados pérfidos, malvados, enemigos del pueblo. No convenía a Breuilh ir en contra de este argumento sin réplica.

Su mujer era fanáticamente revolucionaria. Sabía de memoria todo el catecismo republicano, y no dejaba, los días de ejecución, de reservar anticipadamente su lugar al pie de la guillotina; allí tejía sin que se le escapara un punto de la malla, mientras las cabezas rodaban. Estaba muy próxima a ser madre. Breulih no la dejaba sola nunca. Había dejado su trabajo para cuidar a su mujer y la ciudadana se apoyaba en el brazo conyugal para estar siempre presente en la plaza de las ejecuciones. Cuando la máquina terminaba sus faenas, la pareja regresaba a soñar sobre el porvenir del niño que llegaría.

—Si es varón —decía Jacques— se llamará Bruto como el virtuoso ciudadano de Italia, que atravesó con sus espada el cuerpo de un Cardenal romano.

—¡De un Papa! —interrumpía la ciudadana—. En Italia, has visto Jacques, los verdaderos tiranos son los Papas. Jacques admiraba la erudición superior de su compañera.

—Si es una niña —continuaba ella— la llamaremos Brutusa.

—¡Vaya!

—Será muy bella, Jacques, muy bella. Y procuraremos que la nombren por decreto diosa de la Libertad!

Los dos esposos, ante tan brillante perspectiva, bailaban con verdadero frenesí. Un cierto día del mes de Messidor del año 1793 se llevaría a cabo en la Comuna de Saint-Maló una ejecución muy interesante. La víctima era M. Sauliner, viejo cura de Saint-Sauveur. Todos conocían muy bien al sacerdote. Todos ansiaban ver qué cara tendría sobre el patíbulo. La guillotina estaba ubicada en medio de la plaza, frente al tribunal revolucionario. La multitud rodeaba el tarimado de la guillotina. Nuestra buena ama de casa estaba en su puesto. En el momento en que esa masa murmurante se abría para dejar paso a la carreta que traía al reo, la ciudadana Breuilh fue presa de los dolores de parto. Un heroico y casi omnipresente esfuerzo frenó sus gritos. Esperaba; el señor Abate Saulnier subió los escalones del patíbulo. De pronto un murmullo de enojo recorrió la asamblea. El verdugo no había llegado. La ciudadana Breulih se enfureció por el contratiempo.

—¡Qué desgracia! —se lamentó ella.

—El verdugo ha cruzado el agua —dijo alguien desde la multitud—; se fue a Southampton porque no quería echar mano sobre le abate Saulnier, que fue tan bueno con él en otro tiempo.

—¡Es que se trata de eso! —replicó Jacques Breuilh, encogiéndose de hombros.

Nadie respondió. El abate Saunier había sido realmente muy caritativo con todos los desdichados. En este supremo momento, la piedad, como un espectro, golpeaba los corazones.

—¿Hay algún ciudadano de buena voluntad que reemplace al verdugo? —preguntó un funcionario de la República.

Se hizo un gran silencio.

—Jacques —dijo por lo bajo la ciudadana Breuilh— yo quiero...

No terminó la frase, pero su mirada acariciaba el patíbulo. Para un corazón republicano, el deseo de una ciudadana es una orden suprema. Jacques, en tres saltos subió los escalones del estrado.

—¡Aquí estoy! —gritó.

Su mujer inició un grito de alegría que concluyó en un quejido delirante. La angustia la aterrorizaba. Pero, a instancias de Jeanne d´Albret, reprimió sus gemidos y entonó con voz firme su canción favorita:

Sangre, sangre, mucha ¡sangre! A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina ¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Al escuchar esta canción, la piedad de la multitud se desvaneció. Una alegría general se transmitió y un coro inmenso rugió la copla sangrienta. Mientras tanto, Jacques Breuilh, a pesar de su falta de experiencia, reemplazó al verdugo, eficazmente. El sacerdote lo bendijo mientras Jacques se afanaba en los preparativos. La venerable cabeza rodó por los escalones del patíbulo. Los funcionarios republicanos agradecieron al calafatero. Jacques recibió las felicitaciones con modesto orgullo. Tenía conciencia de haber cumplido con la patria. Cuando regresó junto a su mujer, la ciudadana tenía en sus brazos una bellísima niña. Jacques la abrazó con entusiasmo.

—Ha nacido en un día de fiesta —dijo la madre—, el Ser Supremo le tiene reservado un destino feliz.

Jacques aprobó y repitió las palabras de su esposa. Cuando la pareja estuvo de regreso en la choza, examinó amorosamente el regalo que acababan de recibir del Ser Supremo. La pequeña era encantadora. Algo los inquietó; alrededor de su cuello pequeño una línea roja se enroscaba como un collarcito de coral.

—¿Qué es esto? —preguntó el ciudadano Breuilh.

—El cuchillo... —murmuró.

—¡Bah! —dijo la ciudadana intentando sonreir—. Es una señal.

La pequeña creció. A medida que crecía, el círculo sangriento de su cuello se iba borrando, hasta que llegó a parecer un collar pálidamente rosado. La ciudadana Breuilh era feliz, el amor maternal había reemplazado de a poco sus lúgubres manías.

—Después de todo —decía— la guillotina casi no dejó rastros. Margarita será la perla de Saint-Maló y dentro de diez años nadie se acordará que nació al pie de la guillotina.

—¿Quién se acordará? —repetía el dócil calafatero.

No todos se olvidaron. El Terror había terminado hacía dos años. La guillotina perdió popularidad. Todos comenzaron a alejarse de Jacques, a quién llamaban el verdugo. Un consuelo le quedaba: su hija, su Margarita que parecía un ángel cuando sonreía. Pero Margarita no hablaba. Su madre había pasado largas horas repitiéndole una misma palabra, sin cesar y la niña permanecía muda. Al anochecer su lengua se destrabó. La ciudadana Breuilh creyó oirla hablar desde lejos. Llamó a su marido y corrieron junto a la cuna. La pobre madre no podía contener su alegría:

—Habla, Margarita, habla, mi linda —decía.

Se inclinó para escuchar.

La niña guardó silencio. Después, fijando sus grandes ojos azules sobre su madre, la niña empezó a cantar suavemente:

—¡Hace falta sangre, sangre, mucha sangre!

La pobre madre cayó de espaldas. Jacques se apuró a levantarla. En tanto la niña continuaba:

—A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina

—¡Oh! ¡Cállate! —dijo la madre con voz agonizante.

La niña siguió:

—¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Jacques aterrado, paseaba su mirada desde su hija hasta la mujer desvanecida. De pronto esta se levantó. Sus ojos empañados miraban gélidamente; los rizos caían sobre su pálida frente. Había envejecido diez años en un minuto. Al día siguiente ella intentó una segunda prueba. La niña esbozando una sonrisa angelical, empezó a cantar con su pequeña voz el refrán maldito. Nunca nadie le escuchó pronunciar otras palabras que las de esa canción.

La ciudadana Breuilh, frío el corazón, llevó durante unos meses una existencia lánguida y murió de honda tristeza. En el último momento de su agonía, escuchó la voz de Margarita que cantaba: ¡Sangre, sangre, hace falta mucha sangre! Jacques Breuilh lloró a su mujer. Se quedó solo con su hija, imagen viva del remordimiento. Cada vez que él volvía de su trabajo, Margarita lo recibía cantando. A pesar de todo, adoraba a su hija y todo el amor que quedaba en su corazón era para ella. A los diez años resultó imposible retenerla en la casa. Su instinto vagabundo la empujaba a salir. Cuando empezaron las salidas, la ciudad toda se enteró del funesto secreto. Se apartaban de ella con horror. Murmuraban sobre su locura y la atribuían a los trágicos acontecimientos que acompañaban su nacimiento. La empezaron a llamar: la hija del castigo.

Real o falsa, esta idea del castigo divino fue para Jacques una especie de muerte civil. Sus camaradas lo repudiaron; el capataz de la cantera donde trabajaba, lo hizo echar. Así, sin trabajo, se vio obligado a caer en el contrabando para dar de comer a Margarita.

Amaba a su pobre hija. Era lo único que tenía. Durante muchos años, Jacques contrabandeó encajes y cuchillería de Inglaterra. Como estaba muy necesitado, maniobraba con excesiva prudencia y los que suponían o desconfiaban de él no encontraban un detalle para acusarlo formalmente. Pero llegó el día en que fue sorprendido cuando desembarcaba unos bultos a noche cerrada. Los aduaneros hicieron una descarga desde lo algo del gran Bé; él consiguió escapar, pero lo habían reconocido. En adelante, ya no estaría seguro en Saint-Maló. Y fue así que comenzó para Margarita esa vida extraña y misteriosa de la que hablamos al comienzo de este relato.

Durante el día ella vagaba por las playas jugando con la espuma, recogiendo la pálida flor de las algas o buscando en las cuevas costeras esos delicados y caprichosos arabescos que forman las algas. Los lugareños que la encontraban se alejaban pero no la insultaban nunca, porque su aspecto angelical hubiera despertado piedad y ternura aún en el duro corazón de un tigre. Cuando un extranjero, atraído por la belleza de la niña, se acercaba a ella, una infantil sonrisa asomaba a sus labios y empezaba a cantar el horrible refrán. Por la noche, buscaba el amparo de su padre.

Tiempo después, bajo el Imperio, la represión del contrabando fue severísima y las penas eran como en las épocas de guerra. Día y noche los gendarmes vigilaban. A veces se encontraba el cadáver de un inglés sobre la playa, al día siguiente era el de un gendarme aduanero. Jacques no se hacía a la mar. Su trabajo era el más peligroso de todos: era descargador. Cuando una bujía pirata se encendía en la costa, con la señal convenida, saltaba sobre su barca y se acercaba al barco, cargaba los bultos y los traía a tierra; seguidamente recibía una módica suma como todo beneficio. Hasta ahora había conseguido mantenerse oculto y se había salvado de toda acción judicial. Su refugio, mejor dicho sus refugios eran hábilmente elegidos. Y Margarita mientras tanto corría por las playas. Hasta que cierto día un guardacostas más astuto que sus colegas la siguió desde lejos a la caída de la noche. Fue una tarea difícil. La jovencita, después de haber seguido por el borde de la playa que se extendía como un tapiz, pasó el Fuerte Real hasta Rotheneuf y se metió en un laberinto de rocas angulosas y quebradas que defienden a manera de inmensa empalizada el orgulloso acantilado de la Varde.

Una vez que llegó, Margarita no aminoró su marcha. Saltaba entre las rocas, esbelta y graciosa como un antílope. Ningún obstáculo la detenía. Sus pies rozaban la mata aceitosa de las algas. El aduanero en cambio sudaba sangre y agua. Pobre desdichado. Las suelas con tachas de hierro se enganchaban en las rocas; resbalaba sobre las algas, tropezaba. A veces caía pesadamente en profundos pozos poblados de Jibias y cangrejos. Pero no se daba por vencido: le esperaba una fuerte recompensa al final de estos esfuerzos. Margarita iba delante. No había un punto de luna en el cielo, pero a la luz lejana de las estrellas se veía una forma blanca sobre el fondo oscuro de las rocas. El viento traía en ráfagas al oído atento del aduanero algunas notas de la canción de la muchacha. De pronto ella desapareció y su voz dejó de oirse. El aduanero se detuvo, indeciso. Estaba sobre el más alto de los grupos de rocas que circundan el acantilado de la Varde. A cien pies debajo de él el mar rompía contra la base del acantilado. Avanzó otra vez. El sendero, justo allí, en el lugar donde había perdido de vista a Margarita, era plano y liso y terminaba en una fisura que se abría como una enorme boca sobre el mar y que de ninguna manera podía franquear. Naturalmente la mirada del aduanero requisó hasta el fondo de ese agujero. Descubrió un débil resplandor que se reflejaba en las paredes húmedas de la grieta.

—Ahí está el nido —murmuró.

Y desandando el camino se apresuró hasta ganar la posta de Rotheneuf, donde pidió refuerzos. Una hora después cinco hombres se detenían al borde de la fisura. Bajaron en silencio. En el fondo del pozo vieron una pequeña cabaña, tan escondida que si no hubieran sabido a priori de su existencia les hubiera costado realmente descubrirla. Adentro la luz ya estaba apagada. Los aduaneros llamaron. Volvieron a llamar golpeando con fuerza. Entraron. Sobre un montón de algas secas, Margarita estaba totalmente vestida. Dormía. Su rostro calmo y dulce era la viva imagen del candor. Estaba sola en la cabaña. ¿Dónde estaba el contrabandista? Los empleados de la aduana llamaron a Margarita que se despertó sonriendo. A la vista de esos hombres armados sus grandes ojos azules no bajaron la mirada. Abrió la boca y murmuró dulcemente:

—¡Sangre, sangre, mucha sangre!

—¡Sí! —dijo uno de los aduaneros exagerando— ¡Eso hace falta y cuando llegue la brigada tendremos sangre!

Una nube empañó la frente de la joven. Por un momento, el instinto del amor filial haya disipado las tinieblas de su inteligencia. Fue un relámpago. Después de unos segundos de silencio continuó:

—A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina.

—¡Escuchen! —gritó uno de los aduaneros.

Todos hicieron silencio. Margarita misma interrumpió su canto. Se escuchó sobre el mar, más allá de las rocas un ruido sordo y regular. Era un barco que avanzaba con remos.

—¡Aquí está! —dijeron los aduaneros aprestando sus armas—, ¡Ya lo tenemos!

Margarita llevó la mano a su frente. De un salto pasó entre los gendarmes y se inclinó sobre el borde de la rampa.

—¡Quédate quieta! —dijo por lo bajo, amenazante, uno de los guardias—, ¡O te mato!.

La pobre no podía desobedecer. No sabía hablar. Pero en un momento que los gendarmes se descuidaron, asió con fuerza la cuerda que servía de escalera a su padre y se dejó caer al fondo del hondo pozo. Los aduaneros se consultaron entre ellos; luego el jefe da un golpe sobre la cuerda, que de vieja se rompe al instante. Una voz débil llegaba desde lo más profundo del precipicio.

—¡Sangre, sangre, mucha sangre!...

—¡Pobre niña! —murmuraron los aduaneros.

La barca continuaba avanzando. Margarita, que se había arrojado desde una altura enorme sobre la playa, no le pudo advertir a su padre. Jacques fue tomado prisionero. Al día siguiente no fue posible encontrar el cuerpo de Margarita. Como Jacques se había resistido fue condenado a muerte. El día de la ejecución, el patíbulo fue levantado por la Comuna en la misma plaza donde Jacques, diecisiete años atrás, había reemplazado al verdugo. Todos se acordaban de esta circunstancia y no hubo ni un solo gesto de piedad entre los espectadores. Jacques subió, con la cabeza baja, los escalones del patíbulo. En ese momento, una mujer pálida, con la ropa hecha jirones, el cuerpo cubierto de lastimaduras, se abrió paso entre la muchedumbre y cayó moribunda al pie de la guillotina.

—¡Hija mía! —grito Jacques, extendiendo sus brazos como para protegerla.

Margarita se levantó a medias. Miró el aparato fatal y sonriendo, murmuró:

—¡Hace falta sangre, sangre, mucha sangre, Saciémonos al pie de la guillotina!

Después cayó para no levantarse más.

Jacques dio un grito angustiante y ofreció su cabeza al verdugo. El gentío se retiró, silencioso y en hondo recogimiento. Si la falta fue grave, el castigo fue terrible y más de uno había sentido piedad por esa triste familia sobre la cual había caído duramente el dedo de Dios. Y ahora que mucho tiempo pasó, se puede decir que las catástrofes de ese tipo no se olvidan, y en mi juventud he encontrado muchas veces en Saint-Maló o en Saint-Sauveur, numerosos testigos que contaban como yo lo acabo de hacer, la lamentable historia de la hija del castigo.

Paul Féval (1816-1887)




Relatos góticos. I Relatos de Paul Féval.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del relato de Paul Féval: La hija del castigo (L´enfant de la punition), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La ciudad vampiro»: Paul Féval; novela y análisis


«La ciudad vampiro»: Paul Féval; novela y análisis.




La ciudad vampiro (La Ville Vampire) —a veces traducida al español como La ciudad de los vampiros— es una novela de vampiros del escritor francés Paul Féval (1816-1887), compuesta en 1867, y publicada en 1874.

La ciudad vampiro es una de las mejores sátiras de la novela gótica, la cual exagera sus ingredientes típicos y los eleva a la categoría de lo absurdo, lo cual no ha impedido que se convierta en un clásico de la literatura vampírica.

La protagonista de La ciudad vampiro es nada menos que Ann Radcliffe, una de las grandes autoras de la literatura gótica. La historia nos ubica en una misteriosa región cercana a Belgrado, más precisamente en una ciudad perdida, oculta, llamada Selene, también conocida como Ciudad Vampiro.

Esta ciudad es invisible para casi todos los mortales, aunque presenta una geografía y una arquitectura diferente para aquellos que sí consiguen verla.

Ciertos testigos aseguran que se trata de una ciudad negra, con habitantes en perpetuo estado de luto, envuelta en una niebla o cerrazón impenetrable. Otros, en cambio, sostienen que la ciudad de los vampiros cuenta con edificios colosales, con torres y cúpulas que se extienden hasta el horizonte como un bosque inmenso. La luz que envuelve la ciudad es crepuscular, incierta, que hace imposible diferenciar si es de día o de noche.

Los habitantes de esta ciudad no son los típicos vampiros del romanticismo; sino más bien personas sin alma, nocturnas, incapaces de obtener el consuelo de la muerte.

Su fisionomía es grotesca, cambiante, imposible, y en todos los casos semihumana. La cifra de habitantes puede variar, aunque de hecho los vampiros de Paul Féval no pueden reproducirse.

El líder de los vampiros es Otto Goetzi. Ann Radcliffe, precursora de Van Helsing, es quien lidera al extraño equipo de cazadores de vampiros: Huesos Felices, Grey Jack, el Doctor Magnus Szegeli, y Polly Bird, quienes resuelven viajar a la ciudad de Selene para exterminar a esta estirpe maldita.

La ciudad vampiro ha sido traducida al español en varias ocasiones y actualmente cuenta con muy buenas ediciones. Lamentablemente, no existen versiones digitales gratis (PDF) para descargar; de manera tal que lo más recomendable es buscarla en una librería o biblioteca tradicional, o bien a través de plataformas de descarga, como Amazon.




Novelas góticas. I Novelas de Paul Féval.


Más literatura gótica:
Este análisis y resumen de la novela de Paul Féval: La ciudad vampiro (La Ville Vampire), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail

Paul Féval: novelas y relatos


Paul Féval: novelas y relatos.




Paul Féval (1817-1887) fue uno de los más prolíficos escritores franceses de su tiempo, y acaso uno de los primeros en introducir la literatura gótica en Francia. Su pasión por las leyendas, sobre todo macabras, sobrenaturales, lo nutrió para una amplia variedad de creaciones relacionadas con el terror, como sus famosas historias de vampiros.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de las mejores novelas góticas de Paul Féval, así también como de sus relatos de terror más interesantes.




Paul Féval: novelas y relatos.
  • El caballero tenebroso (Le chevalier ténèbre)
  • La ciudad vampiro (La ville vampire)
  • La hija del castigo (L´enfant de la punition)
  • Los vengadores (Les revenants)
  • Aurora de Nevers (Aurora de Nevers)
  • Bel Demonio (Bel Demonio)
  • El asesino de tigres (Le tueur de Tigres)
  • El club de las focas (Le Club des phoques)
  • El hombre de hierro (L'Homme de Fer)
  • El jorobado (Le Bossu)
  • El lobo blanco (Le Loup Blanc)
  • El rey de los mendigos (Le roi des gueux)
  • Juan el diablo (Jean Diable)
  • La hija del destino (Le fils du diable)
  • La loba (La Louve)
  • Las etapas de una conversión (Les étapes d'une conversion)
  • La vampira (La Vampire)
  • Los amores de París (Les amours de Paris)
  • Los caballeros del firmamento (Les Chevaliers du Firmament)
  • Los compañeros del silencio (Les Compagnons du Silence)
  • Los hábitos negros (Habits Noirs)
  • Los misterios de Londres (Les mystères de Londres)
  • Rollan Pie de hierro (Rollan Pied de Fer)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Paul Féval: novelas y relatos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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