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Mi vecina, Lilith: análisis de «La araña» de H.H. Ewers.


Mi vecina, Lilith: análisis de «La araña» de H.H. Ewers.




Hoy analizaremos el relato de Hanns Heinz Ewers: La araña (Die Spinne), publicado en 1913.

La araña es un relato inusual, surrealista, como una pesadilla: tres hombres, un viajante de comercio suizo [anónimo], un actor [Karl Krause] y un oficial de policía [Charles-Maria Caumié], son encontrados muertos en la habitación de un hotel en tres viernes consecutivos, entre las 5 y las 6 de la tarde, colgados del travesaño de la ventana. Una gran araña negra fue vista saliendo de la boca de cada hombre muerto. Esta serie de suicidios cometidos de la misma manera, a la misma hora del día, en el mismo lugar, por tres víctimas sin relación entre sí, incita a un estudiante de medicina, Richard Bracquemont, a investigar el caso:


[«Temiendo por las consecuencias para su negocio, Madame Dubonnet, la propietaria de la sucia casa de huéspedes, convocó al inspector de policía del noveno distrito, quien, a regañadientes, permitió que Richard Bracquemont, un estudiante de medicina, se hospede en la habitación número 7 para investigar a fondo las misteriosas muertes.»]


El único vínculo entre los tres hombres es una araña negra que se ve saliendo de sus bocas cuando sus cuerpos fueron encontrados. Los investigadores pronto olvidan el detalle.

La araña de Hans Heinz Ewers es una historia sombría, y si bien el suicidio es un tema predominante en el relato, este no se aborda desde una perspectiva existencial, sino sobre la idea de que el enamoramiento y el placer pueden ser tan fuertes que son capaces de destruir el deseo de vivir.

Si bien filósofos y escritores, como Sartre y Goethe, ponderaron la filosofía del suicidio como un acto existencial [y en el proceso tal vez lo idealizaron hasta un punto problemático], el hecho es que no siempre hay una razón para que la gente se suicide. La depresión, por ejemplo, es una enfermedad, y la ideación suicida que puede causar es fundamentalmente irracional, un proceso químico. Pero esto no impide que los amigos y familiares de la víctima luchen para entender porqué sus seres queridos se han quitado la vida, especialmente si no hay respuestas satisfactorias [ver: El suicidio de Stanley Uris]

La araña de Hans Heinz Ewers explora el aspecto irracional detrás de la psicología del suicidio. Al principio, la Araña que sale de la boca de los muertos brinda un sombrío consuelo al proporcionar una causa, si no una razón real, para estos tres misteriosos suicidios, lo cual es más reconfortante que no encontrar ninguna explicación. Pero la Araña también sugiere que el suicidio es contagioso, como una enfermedad, y que esta de alguna manera ha infectado a estos hombres con pensamientos suicidas.

Inicialmente en la historia, la Araña aparece como una causa sobrenatural, algo que parece explicar lo inexplicable. Quizás la asociación de la Araña con el suicidio, específicamente con el ahorcamiento, se deba a una conexión con el mito griego de Aracné, aquella mujer mortal que se ahorcó después de ser castigada por ganar una competencia de tejido contra la diosa Atenea, quien la transformó por lástima en una araña. ¿Fue la propia Aracné quien provocó la muerte de las tres víctimas, el viajante de comercio, el actor y el policía? En cierto modo, sí.

El joven investigador aficionado, Bracquemont, pasa varias semanas en la misma habitación donde se encontraron a los hombres ahorcados para escribir un informe para la policía. Comienza mintiendo a las autoridades al insinuar que está tras alguna pista fundamental [en realidad, no tiene nada]. Pronto se siente atraído por la ventana donde los hombres se suicidaron, pero no para ahorcarse. En cambio, mira por la ventana a la mujer que vive en un alto aposento al otro lado de la calle, y que ha capturado su imaginación. Su nombre [cree] es Clarimonde.

Clarimonde se parece notablemente a la Aracné de los mitos griegos: se sienta junto a la ventana, tejiendo, mientras usa un vestido negro con manchas moradas, muy parecido a la araña observada saliendo de las bocas de los difuntos. Pronto, Bracquemont comienza a jugar un juego con Clarimonde: cualquier gesto suyo, ya sea una sonrisa, un asentimiento o una serie compleja de ademanes, es replicado por ella. Poco a poco, Bracquemont se enamora.

Sin embargo, aun distante de ella, de ventana a ventana Bracquemont siente por Clarimonde «un extraño consuelo y un miedo muy sutil». Eventualmente descubre que ella no está replicando sus movimientos; más bien, ella lo está controlando [ver: Carmilla, Lucy y Helen: el monstruo femenino como figura de resiliencia]

Cuando Clarimonde ha terminado su proceso de seducción/control, Bracquemont es consciente de que su amor por ella es «una compulsión de una naturaleza y un poder inauditos, pero sutilmente sensual en su ineludible ferocidad». Algunos años después de La araña, Sigmund Freud publicaría un ensayo titulado: Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips), en el que describe la pulsión de muerte [Thanatos]. Hans Heinz Ewers esboza un retrato psicológico muy similar de este impulso de autodestrucción. Seducido por la muerte misma, Bracquemont descubre que debe renunciar a su voluntad y replicar los movimientos de Clarimonde, incluso cuando ella ata un cordón rojo de la cortina de su apartamento con un nudo corredizo. Bracquemont replica la misma acción en su propia habitación [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

Al final de la historia, queda claro que la Araña no infectó a los tres suicidas, sino que cada hombre fue atraído por la hermosa y sobrenatural Clarimonde. No es que desearan morir, sino que estaban tan sobrecogidos por el placer hasta el punto que Clarimonde los obligó a matarse. Al vincular a Eros con Thanatos, Hans Heinz Ewers establece un vínculo entre estos dos impulsos en la mente humana, sugiriendo cómo incluso podemos enamorarnos de la muerte.

La araña de Hans Heinz Ewers, entonces, es un cuento decadentista, pero también un retrato psicológico profético que representa de manera convincente la transformación de una mente racional en una autodestructiva.

Un marco lúdico, a menudo enmascarado bajo la figura de «desafío», es completamente capaz de hacer que las personas se olviden de su integridad física. Una vez que la dopamina se dispara en el cerebro, puede anular el sentido de autopreservación, dejándote a merced de una telaraña que no es indigna de Clarimonde. El juego te está controlando, no al revés, y no sabes adónde puede llevarte.

Es fascinante cómo un relato de 1913, escrito en una Alemania convulsionada, puede hablar de la dinámica psicológica de las redes sociales de una manera tan específica. Las redes sociales tienden a crear imitadores, a influir en la forma de pensar. A veces es un juego inofensivo, incluso divertido, ya que puede alentar a las personas a realizar buenas obras. Pero esta tendencia imitadora también ha fomentado la difusión de doctrinas intolerantes.

La araña comienza como un misterio detectivesco y poco a poco se transforma en algo mucho más profundo e inquietante. El «héroe» de la historia, Richard Bracquemont, no es realmente un héroe. Convence al detective encargado del caso de que podría resolver el misterio a través del conocimiento, aunque su verdadera motivación es ganar notoriedad, alojamiento y comida gratis. Bracquemont describe a Clarimonde en su diario como una mujer de cabello negro, piel pálida, de nariz delicada y labios descoloridos y vestida con ropa victoriana negra. Cuando sonríe, parece que sus pequeños incisivos son tan afilados como los de un depredador [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]. Su aspecto, sumado a su incesante tejido, hace que el lector la vincule inmediatamente con la araña negra encontrada en las víctimas anteriores. Pero, ¿cuál es la conexión? ¿Cómo funciona exactamente la araña real, la cual fue vista por varios testigos saliendo de la boca de los muertos?

Si Clarimonde ejerce algún tipo de influencia a distancia sobre sus víctimas, no es irracional pensar que se trata de algún tipo de bruja, y que la Araña es un espíritu familiar, aquellos fieles compañeros [a menudo gatos y sapos] de brujas y ocultistas [ver: Los «espíritus familiares» en la brujería]. Después de todo, Clarimonde y la Araña tienen el mismo aspecto, y ambas atraen a sus víctimas con la promesa de una cita amorosa [que cumplen rigurosamente], para luego atraparlos en su telaraña y devorarlos. Sin embargo, esto parece demasiado simple; y Hans Heinz Ewers no es un autor afín a la simpleza.

Otra forma de intentar resolver el misterio de La araña de Hans Heinz Ewers es analizar su uso de nombres y sus conexiones. El nombre Clarimonde [«brillante protectora»] proviene del germano Claremunda, formado por el latín clarus [«claro», «brillante»]; y mund, forma femenina de munt [«protector»]. También es el nombre de una vampiresa en el relato de Théophile Gautier: La muerta enamorada (La Morte Amoureuse), la primera historia de vampiros realmente convincente. Allí, un sacerdote [Romuald] se enamora de una hermosa cortesana [Clarimonda] justo antes de ordenarse; sin embargo, sigue adelante con sus votos. Poco después, un caballero le ordena que lo siga a un palacio en el bosque para encontrarse con su dama, que está agonizando.

El sacerdote obedece y sigue al caballero hasta el palacio donde ve a la mujer y vuelve a enamorarse de ella. Eventualmente, el sacerdote confiesa sus pecados a un obispo, quien lo lleva a una cripta. Al abrirla, ven a la joven Clarimonda. Evidentemente, es una vampiresa. Acto seguido, la rocían con agua bendita y el cuerpo de Clarimonda se convierte en una masa informe de huesos medio calcificados. La escena es similar al ajusticiamiento de Lucy Westenra en el Drácula de Bram Stoker [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]

En La araña de Hans Heinz Ewers, Clarimonde no es una vampiresa tradicional, pero posee algunos los atributos vampíricos: usa sus habilidades para seducir, manipular; es capaz de proyectar sus pensamientos e hipnotizar a sus víctimas para que actúen en contra de su integridad física. Además, como podemos deducirlo por los horarios de las muertes anteriores [«entre las 5 y las 6 de la tarde»], está especialmente activa entre el atardecer y la noche. Además, la vampiresa de Gautier tiene «manos finas y aristocráticas, con uñas largas, envueltas en guantes blancos». El sacerdote enamorado sospecha que ella es el demonio, y que tal vez sus garras estén escondidas bajo los guantes. La Clarimonde de Hans Heinz Ewers siempre usa largos guantes negros y los movimientos de sus dedos recuerdan el movimiento de las patas de una araña. [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]

No es improbable que Théophile Gautier haya sido una influencia para La araña de Hanns Heinz Ewers, pero las similitudes terminan ahí. No hay ninguna ayuda externa, ni salvación, para Bracquemont; solo el reconocimiento tardío de que está atrapado en la red de Clarimonde. Ni siquiera existe la esperanza de una justicia posterior, ya que todas las víctimas de Clarimonde se suicidan, haciendo imposible vincularlas a alguien más. Sin embargo, la muerte de Bracquemont termina siendo una revelación para el departamento de policía. Las autoridades se dan cuenta de que las muertes están relacionadas con la magia negra. Bracquemont luchó hasta el final, y destruyó a la Araña [mordiéndola con el último aliento de voluntad], cuyo trabajo era llevarle una gota de sangre a ama.

Al final, ni siquiera estamos seguros de que Clarimonde sea real.

La araña comienza presentando un panorama, y luego lo revierte. Al principio, Hanns Heinz Ewers presenta a Bracquemont como un joven decidido a resolver el misterio, y alegando poseer un conocimiento particular que le permitirá hacerlo. Debe ser un sujeto convicente, porque las autoridades le permiten seguir adelante. Pero, más tarde, cuando leemos el diario de Bracquemont, que narra los eventos que ocurren durante su estancia en la habitación, descubrimos que el protagonista no tiene idea de lo que podría haberle sucedido a los tres fallecidos.

En efecto, utiliza sus [supuestas] habilidades de observación, pero no llega a ninguna parte. Esto no parece desanimarlo; y si bien espera hacerse un nombre si resuelve el misterio, su principal interés es prolongar su estadía [es decir, demorar la investigación] para seguir disfrutando comida y alojamiento gratis. En este sentido, es justo preguntarse si toda la historia de la mujer en la ventana es real, o una excusa para justificar su investigación.

Después de todo, Bracquemont solo puede introducir un elemento original en la investigación: lo sobrenatural [en este caso, Clarimonde]. Uno supone que los detectives ya han cubierto todas las posibilidades mundanas, de modo que Bracquemont, tanto si miente como si dice la verdad, solo puede encaminar la investigación hacia la causa sobrenatural. Si la historia que escribe en su diario es mentira, hay que darle el mérito de la creatividad; si es verdad, el atributo de la estupidez. ¿Por qué Bracquemont tardaría tanto en relacionar a Clarimonde con la Araña que salió de la boca de los muertos? Con la misma información, el lector llega a esa conclusión de inmediato; y este es, recordemos, alguien que de hecho está buscando pistas, conexiones, patrones con aquellas misteriosas muertes.

De hecho, el tercer suicida es un policía; no cualquier policía, sino uno que estaba en la habitación para resolver la muerte de los dos anteriores. Si a esto le sumamos dos hechos objetivos, libres de interpretación: tres hombres se suicidaron en esa habitación, y una Araña [o tres de la misma especie] fueron vistas saliendo de la boca de los fallecidos; más uno subjetivo [que solo conocemos a través de Bracquemont]: una misteriosa mujer que se ve y actúa como una araña... bueno, no es difícil unir los puntos, pero Bracquemont parece incapaz de hacerlo inicialmente.

En resumen, no podemos saber qué tan confiable es Bracquemont como narrador, pero la implicación es que, si realmente hubiese estado investigando el caso, su enfoque habría sido racional, al menos al principio. Su experiencia transcurre sin incidentes hasta dos días antes de su muerte, cuando expresa la opinión de que pudo haber encontrado una pista [aunque se desconoce cuál], y que el viernes por la mañana aventuró la siguiente afirmación: «la ventana de la habitación ciertamente tenía un notable poder de atracción». Para esa noche está muerto.

El primer viernes después de su llegada, Bracquemont espera, revólver en mano, pero no pasa nada. Para el lunes siguiente, señala que está «ganando considerablemente en salud y peso», lo que sugiere que antes no se encontraba en buenas condiciones. El miércoles nos enteramos de la existencia de Clarimonde. Desde el principio, hay algo extraño en esta mujer que se sienta en su ventana, al otro lado de la calle. El lector, alertado por el título de la historia, probablemente ya sospeche que Clarimonde es o está relacionada con la Araña que ha salido de la boca de los muertos, aunque el propio Bracquemont no haga la relación.

Además [de manera muy improbable], Clarimonde «hace girar una pequeña rueca anticuada». Bracquemont anota cuán anticuada es: «una cosa muy pequeña, fina, blanca y aparentemente hecha de marfil. Los hilos que hila deben ser infinitamente finos». Nada sobre Clarimonde suena real. Todo sobre ella es muy vago. Bracquemont apenas puede describirla objetivamente [«Me parece sentir más que saber todo esto»]. Una vez más, el diario de Bracquemont prepara al lector al registrar el encuentro mortal entre dos arañas, una hembra y un macho; pero increíblemente no establece ninguna conexión con Clarimonde.

En este punto [quizás para justificar el hecho de que el narrador no pueda sumar uno más uno], Bracquemont abandona la investigación para pasar horas «jugando» con Clarimonde mientras se miran y reflejan sus movimientos a través de la ventana. Esto continúa durante días. Bracquemont parece incapaz de razonar, como si le hubieran arrebatado su voluntad. Sin embargo, la historia no es tan simple. Bracquement dura más que los otros hombres porque puede verse a sí mismo luchando contra la influencia de Clarimonde.

Algo que también llama la atención es la forma en que Bracquemont se da cuenta de que están jugando con él. El instante donde entiende que ya no tiene el control total de sus propias acciones es tan intenso como el conocimiento de lo que debe hacer para contrarrestar el efecto de Clarimonde. Sin embargo, no puede salir de la habitación [ver: La atracción por lo Macabro en la ficción]

Es tentador suponer que Bracquemont está documentando su propio descenso a la locura, pero la forma en que murieron los tres hombres anteriores sugiere que estos tuvieron experiencias similares, al menos hasta cierto punto. De hecho, lo que marca su experiencia como diferente es la muerte de Bracquemont, eso y la destrucción de la Araña, un gesto final por parte de un hombre atrapado dentro de sí mismo, y acaso testigo de cómo esa voluntad foránea manipula y dispone de su cuerpo. Pero quedan más preguntas, todas sin respuesta:

¿Hay algo en la propia ventana, como sugiere el sargento de policía? ¿Es la habitación la que ejerce esta extraña y poderosa influencia sobre sus ocupantes? La araña de Hanns Heinz Ewers se resiste a emitir cualquier conclusión definitiva, de la misma manera que resiste una explicación sobrenatural más directa. En este contexto, uno piensa en La habitación que silbaba (The Whistling Room) de William Hope Hodgson, escrito el mismo año [1913], donde algo extraño está incrustado en la habitación misma, aunque las dos historias son muy diferentes en otros aspectos.

Volviendo a Sigmund Freud, La araña de Hanns Heinz Ewers parece una ficcionalización de los principios de Eros y Thanatos. Para Freud, los impulsos instintivos pregenitales son ambivalentes, es decir, se manifiestan hacia el mismo objeto; Eros con el deseo de preservar, Tanatos con el deseo de destruir. El componente destructivo representa un peligro para el objeto, tanto mayor cuanto más temprana sea la etapa de desarrollo de la libido a la que pertenece la tendencia instintiva. La ambivalencia disminuye durante el curso del desarrollo de la libido y casi desaparece con la madurez. En la literatura gótica encontramos dos comparaciones clásicas para representar el peligro del amor objetal: la Araña y el Vampiro.

Ambos son símbolos del peligro destructivo de la agresión oral. El significado de la Araña como medio de representación fue reconocido muy pronto por el psicoanálisis; primero como símbolo de la mala madre, poseedora de un órgano masculino destructivo [ver: La maternidad fallida en «Drácula»]. La Araña es la madre masculina, cuyo abrazo hiere y mata [ver: Puérpera, loca y poseída: análisis de «El empapelado amarillo» de Charlotte Perkins Gilman]

Sigmund Freud comentó que el significado de la Araña como símbolo era el reflejo de un hecho biológico, ya que la araña macho es más débil que la hembra y con frecuencia es devorada por la hembra después del coito; y añadió que, en el universo de los sueños, las telarañas representan el vello púbico femenino, mientras que un único hilo representa los genitales masculinos. ¡Cuántos descensos a cavernas y sótanos uterinos encontramos en la ficción gótica donde predominan las telarañas! [ver: El Horror siempre viene desde el Sótano]

¿Qué hacemos con todo esto?

No lo sé. Quizás si seguimos avanzando encontraremos alguna explicación.

La araña de Hanns Heinz Ewers necesariamente debe clasificarse como un relato fantástico, en términos de Tzvetan Todorov, debido a la «ambigüedad mutua de dos instancias narrativas», en este caso, el diario de Bracquemont y el narrador anónimo. Según Todorov, solo se puede hablar de «lo fantástico» cuando una historia no resuelve si un proceso puede explicarse de forma natural o sobrenatural. En el relato de Hanns Heinz Ewers, la Araña no sólo simboliza a la mujer avasalladora [la madre masculina de Freud], que tiene algo de misterioso y mucho de peligroso [Freud también la resumió en la figura de Lilith], sino que también conecta la realidad con el nivel de lo fantástico. En la introducción, el narrador anónimo informa sobre una gran araña negra que [se dice] fue vista en los primeros cadáveres, y al final queda impactado con la imagen de una araña mordida en la boca de Bracquemont, cuyos puntos morados recuerdan al vestido negro y moteado de Clarimonde [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Cuando la fatal relación con Clarimonde se desarrolla, Bracquemont observa un día cómo una araña hembra es acechada por un macho, considerablemente más pequeño y cuidadoso, que finalmente se embarca en el apareamiento. Después, el macho intenta escapar, pero es capturado por la hembra, arrastrado al centro de la telaraña, succionado, vaciado y luego arrojado como «un bulto patético e irreconocible». Si bien Bracquemont inicialmente quiere distanciarse de la relación obvia que establece [«me alegro de no ser un chico araña»], vuelve a retomar el tema poco antes del suicidio:


[«Siento como si estuviera caminando en un gran círculo a su alrededor, cada vez más cerca (...) Hasta que, finalmente —y lo sé con certeza—, tenga que ir hacia ella. Clarimonde está sentada en la ventana y está loca.»]


Precisamente porque Bracquemont mantiene una visión analítica, sospechando los posibles peligros pero luego rechazándolos como absurdos, Clarimonde continúa arrastrándolo hacia su telaraña. El hecho de que no pueda eludir ese destino, como médico y científico, es típico del clásico protagonista racional que no puede defenderse de las influencias de lo sobrenatural. Bracquemont ya no puede huir. Está demasiado cerca de los pegajosos hilos de la telaraña, por lo que se entrega a cierto disfrute macabro por su humillación y destrucción [ver: El placer estético del Horror]. Él mismo escribe:


[«Así que yo, que estaba tan orgulloso de influir en sus pensamientos, es quien está completamente influenciado.»]


No creo que Hanns Heinz Ewers esté hablando aquí de hipnosis vampírica, sino de una arrolladora atracción erótica que emana de Clarimonde, subrayada por el símbolo de la Araña que se come al macho indefenso. Con esto, el autor invierte la trama: no es Thanatos, el impulso de muerte, lo que ha llevado a los hombres a suicidarse, sino una atroz influencia de Eros. En Bracquemont, Eros y Thanatos, el amor y la muerte, se combinan en un éxtasis masoquista de regocijo. La estrangulación imitada es la unión simbólica con la amada. Poco antes de su final, Bracquemont entiende que ha sido víctima de una ilusión demoníaca, y en el último reflejo de sus fuerzas mata a la Araña, mordiéndola, y así también mata a Clarimonde.

No habrá conclusiones en este análisis. El episodio de Clarimonde quizás fue ilusorio, o incluso un entretenimiento superficial para distraer al lector. Quizás ella no es una araña sobrenatural, demoníaca, sino una especie de Lilith; es decir, una encarnación del poder de la libido y el Eros, que para algunas personas, como Bracquemont y sus predecesores, puede ser fatal.




H.H. Ewers. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: Mi vecina, Lilith: análisis de «La araña» de H.H. Ewers fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Hanns Heinz Ewers: cuentos destacados


Hanns Heinz Ewers: cuentos destacados.




Hanns Heinz EwersH.H. Ewers (1871-1943)— fue un interesante escritor alemán dedicado especialmente al relato de terror. En este sentido, los cuentos de Hanns Heinz Ewers se destacan por la utilización de motivos típicos del ocultismo y el esoterismo, ámbitos que también exploró fuera de su producción literaria.

Aquí iremos recorriendo todos los cuentos de Hanns Heinz Ewers.




Cuentos de H.H. Ewers:
  • La araña (Die spinne)
  • La mandrágora (Alraune)
  • Mi vecina, Lilith: análisis de «La araña» de H.H. Ewers.
  • Ámbar en el tribunal de sangre (Bernstein im Blutgericht)
  • Amor extremo (Höchste Liebe)
  • C.33. (C.3.3.)
  • Carnaval en Cádiz (Karneval in Cadiz)
  • Del diario de un naranjo (Aus dem Tagebuch eines Orangenbaumes)
  • Eileen Carter (Eileen Carter)
  • El ahogamiento (Die Wasserleiche)
  • El aprendiz de brujo (Der Zauberlehrling)
  • El fin de John Hamilton Llewellyn (John Hamilton Llewellyns Ende)
  • El país de las hadas (Das Feenland)
  • El pueblo hormiga (Die Ameisen)
  • El horror: relatos extraños (Das Grauen: Seltsame Geschichten)
  • El rabdomant (Der Rhabdomant)
  • El vidente fantasmal (Der Geisterseher)
  • Frank Braun (Frank Baun)
  • Fundvogel: la historia de un cambio (Fundvogel: Die Geschichte einer Wandlung)
  • Jinetes en la noche alemana (Reiter in deutscher Nacht)
  • La chica Hya Hya (Das Hya-Hya-Mädchen)
  • La doncella blanca (Das weisse Mädchen)
  • La ejecución de Damiens (Die Hinrichtung des Damiens)
  • La India y yo (Indiend und ich)
  • La Mamaloi (Die Mamaloi)
  • La muerte del barón Jesús María von Fiedel (Der Tod des Barons Jesus Maria von Friedel)
  • La novia de Tophar (Die Topharbraut)
  • La peor traición (Der schlimmste Verrat)
  • La religión de Satán (Die Religion des Satan)
  • Las manos más bonitas del mundo (Die schönsten Hände der Welt)
  • Los caballeros juristas (Die Herren Juristen)
  • Los corazones de los reyes (Die Herzen der Könige)
  • Mi madre, la bruja (Meine Mutter, die Hex)
  • Pesadilla (Nachtmahr)
  • Salsa de tomate (Die Tomatensauce)
  • Sangre (Blood)
  • Vampiro (Vampyr)




Autores en El Espejo Gótico. I Relatos de H.H. Ewers.


El artículo: Hanns Heinz Ewers: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La Mandrágora»: H.H. Ewers; novela y análisis.


«La Mandrágora»: H.H. Ewers; novela y análisis.




La Mandrágora (Alraune) es una novela de terror del escritor alemán H.H. Ewers (1971-1943), publicada en 1911.

La Mandrágora, uno de los grandes cuentos de Hanns Heinz Ewers posee la inquietante virtud de haber siso una de las novelas preferidas de Adolf Hitler, cuestión que posicionó a H.H. Ewers como el gran escritor del nazismo, al menos durante sus primeros años, ya que luego caería en desgracia ante el Fuhrer [ver: H.H. Ewers: el escritor favorito de Hitler]

La Mandrágora nos ubica en una comunidad de intelectuales sibaritas, donde todo lo que se hace se hace por placer. En un ámbito como aquel, el hastío funciona como vehículo del Mal.

Un tal Bronken, científico que sacrifica a niños en sus experimentos, comienza a elaborar un procedimiento por el cual es capaz de crear una criatura infernal, que consiste en inyectar en el útero de una «prostituta vocacional» la simiente de un condenado a muerte. De esta fecundación abominable se gesta una mujer siniestra, la Mandrágora, que ya en los trabajos de parto demuestra su naturaleza diabólica al destrozar los órganos de su madre, de hecho, su primera víctima.

H.H. Ewers parte de un principio muy conocido en la novela gótica, y que tiene origen en las leyendas sobre la mandrágora, raíz cuyas protuberancias le dan una forma humanoide [ver: Mandrágora: leyendas]. Desde los albores del tiempo, la similitud entre la fisionomía humana y la mandrágora le han dado a ésta última un matiz claramente sobrenatural. Pero la mandrágora de H.H. Ewers busca reafirmarse en otro mito, acaso deforme y perturbado, un mito nazi.

Las viejas creencias germanas aseguran que la mandrágora crece en la tierra fecundada por el semen de un ahorcado, es decir, en la tierra debajo de los patíbulos. H.H. Ewers explora una posibilidad aún peor, utilizar una mujer humana en vez de tierra corrupta, con el fin de gestar una mandrágora con matices humanoides. De este modo, el científico de la novela, Bronken, selecciona a un infame asesino y a una prostituta como padres genéticos de la bestia.

El resultado: una de las criaturas más abominables de la ficción, una niña maligna, cuya inteligencia y sagacidad le permite jugar con el sentimiento, las emociones, y la psíquis humana tal como un niño elige los destinos y las catástrofes de sus propios muñecos.




La Mandrágora.
Alraune, H.H. Ewers (1971-1943)

Copia y pega el enlace en tu navegador para leer o descargar en PDF La Mandrágora de H.H. Ewers:
  • https://archive.org/details/alraunediegeschi00eweruoft




Novelas de H.H. Ewers. I Novela góticas.


El resumen y análisis de la novela de H.H. Ewers: La Mandrágora (Alraune) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

H.H. Ewers: el escritor de Adolf Hitler


H.H. Ewers: el escritor de Adolf Hitler.




Existe una faceta oscura de la literatura, un perfil que, por su esencia ensimismada, vuelta hacia adentro, desestima que hay Poderes infinitamente crueles en el mundo.

Adolf Hitler y su sabueso, Joseph Goebbels, buscaban reafirmar la identidad de sus creencias en el arte. Albert Speer fue el arquitecto del reino, Leni Riefenstahl su cineasta, Richard Strauss su músico: todos ellos fueron engranajes para alabar la noción de una superioridad racial; pero la glorificación narrativa; eso que con tanto ahínco buscan todas las dictaduras, se demoraba de un modo insólito.

Cientos de escritores se aliñaron con el nuevo credo racista, pero ninguno de ellos lograba satisfacer las necesidades estéticas que semejante tarea requería, hasta que cierto día, hastiado por lo infructuoso de la búsqueda, Hitler se topó con una antología de cuentos firmada por un tal Hanns Heinz Ewers.

H. H. Ewers era un escritor de culto; olvidado por las grandes editoriales y alabado por un grupo subterráneo de devotos, entre los que se encontraba nada menos que H.P. Lovecraft. Ya en sus primeros escritos deja en claro una suerte de idealismo sociópata que vibraba en la misma disonacia que el nazismo. En su vida personal fue un paria, un exiliado del mundo. Desde su nacimiento, en 1871, residió en Brasil, América Central, Oceanía y, por supuesto, los Estados Unidos. En Italia compuso Lo horroroso (Das Grauen), obra que catapultó como héroe de lo macabro en algunos círculos literarios con análogas tendencias ideológicas.

La derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial fue el disparador de sus ulteriores odios literarios, apenas disimulados bajo un orgullo patriótico delirante y xenófobo. Rápidamente entró en contacto con miembros del partido, quienes lo pusieron al tanto de sus prerrogativas. Dos de sus facetas fundamentales captaron su atención: la superioridad racial del pueblo ario, y la intención de Hitler de una suerte de Renacimiento del Paganismo Teutón, algo que H.H. Ewers deseaba con infantil voluptuosidad, ya que esta idea provenía de dos de sus obras capitales: La mandrágora (Alraune) y El aprendiz de brujo (Der Zauberlehrling)

La mandrágora nos sitúa en una comunidad de intelectuales sibaritas, donde todo lo que se hace se hace por placer. En un ámbito semejante, el aburrimiento funciona como caldo de cultivo para el Mal. Un tal Bronken, científico que sacrifica a niños en sus experimentos, comienza a elaborar un procedimiento por el cual es capaz de crear una criatura infernal, que consiste en inyectar en el útero de una prostituta vocacional la simiente de un condenado a muerte. De esta fecundación anómala nace una mujer siniestra, la Mandrágora, que ya en los trabajos de parto demuestra su naturaleza al destrozar los órganos de su madre, su primera víctima.

Cuando Adolf Hitler leyó La mandrágora quedó muy impresionado por la espartana virtud literaria de H.H. Ewers, que jamás sobreescribió un párrafo en toda su obra. Por otro lado, cuando H.H. Ewers conoció a Hitler creyó que finalmente la Germania mitológica de Odín y Sigfrid había arribado. No obstante este idilio, H.H. Ewers nunca se afilió al Partido Nazi, aunque participó en los desfiles de antorchas de los Sturmabteilung y el las bacanales paganas de Ernst Röhm.

El arquitecto Speer dejó en claro la predilección de Hitler por la H.H. Ewers en la siguiente frase:


Sus relatos impregnados de sangre y oscuridad ejercían una atracción intensa sobre el espíritu atormentado del Fuhrer.


Adolf Hitler le encomendó la misión de crear mito de identidad, esto es, mitificar a un personaje real para que funcione como ideal de la juventud aria H.H. Ewers utilizó la figura siniestra de Horst Wessel, un canalla psicópata abatido en 1925 en un tiroteo callejero con un grupo de comunistas. H.H. Ewers, cuya credulidad no lo hacía estúpido, sabía que Wessel no era un mártir elocuente, de manera que lo exaltó de un modo tan convincente que su "biografía", publicada en 1933, se convirtió en un éxito notable de ventas. Goebbels, exitado por el fervor popular, ordenó rápidamente una adaptación cinematográfica. Durante la realización del film, todos los miembros alabados por H.H. Ewers en el libro cayeron en desgracia durante la purga de los SA; y cuando la película se estrenó, bajo el título Horst Wessel, el Fuhrer la calificó, entre otras cosas, de "intolerable".

Desde entonces, H.H. Ewers se convirtió en paria dentro del orden que con tantos anhelos había profetizado.

Desde 1935 todas las obras de H.H. Ewers fueron prohibidas en Alemania. En 1936 se le prohibió salir del país; momento en el que predijo en su diario íntimo que si su alma viajera era castigada su cuerpo pronto moriría, cosa que efectivamente sucedió en 1943, cuando una tuberculosis fulminante lo consumió en pocos meses.

Olvidado por muchos, y odiado por los pocos que lo recordaban, H.H. Ewers fue enterrado en el más absoluto secreto. Kurt Desch, su editor, creyó atinadamente que la obra de un narrador notable debía vivir al márgen de sus errores de juicio, y ordenó que sobre su lápida se inscribiera la última frase de La mandrágora, en la cual se resume no sólo las decisiones equivocadas de su vida, sino el destino trágico de H.H. Ewers:


Quiero entrar en mí. Me espera mi madre.




Autores con historia. I Universo pulp.


Más literatura gótica:
El artículo: H.H. Ewers: el escritor de Adolf Hitler fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La araña»: H.H. Ewers; relato y análisis


«La araña»: H.H. Ewers; relato y análisis.




La araña (Die Spinne) es un relato de terror del escritor alemán Hanns Heinz Ewers (1871-1943), publicado en la antología de 1908: Los obsesionados (Die Besessenen). [ver: Mi vecina, Lilith: análisis de «La araña» de H.H. Ewers]

La araña, probablemente uno de los cuentos de H.H. Ewers más conocidos, nos sitúa en el Hotel Stevens, regenteado por Madame Dubonnet: un antro de mala muerte donde suceden cosas muy extrañas.

En una de las habitaciones, durante tres viernes consecutivos, se han suicidado los últimos tres ocupantes, ahorcándose en los barrotes de la ventana. Un audaz estudiante, llamado Richard Bracquemont, que además de poseer un intelecto privilegiado cuenta con algunas habilidades extraordinarias, decide aclarar el misterio alojándose en la habitación.

Todo parece indicar que la ventana del cuarto no es lo que parece, y que la mujer que acecha desde el otro lado de la calle, Clarimonda, pequeña y sigilosa como una araña, tiene un rol preponderante en aquella serie de misteriosas muertes.

No es infrecuente que La araña de H.H. Ewers a menudo sea visto como un relato de vampiros, aunque sería más apropiado hablar de un relato de vampirismo dentro de un esquema más relacionado con el relato de detectives, pero incluso entonces estaríamos siendo injustos. La araña es mucho más que eso.




La araña.
Die Spinne, Hanns Heinz Ewers (1871-1943)

Y en eso reside la voluntad, que no muere.
¿Quién conoce los misterios de la voluntad, y su fuerza?

(Joseph Glanvill)


Cuando el estudiante de medicina Richard Bracquemont decidió ocupar la habitación número siete del pequeño hotel Stevens, situado en el número 6 de la rue Alfred Stevens, tres personas se habían ahorcado en esa misma habitación colgándose del dintel de la ventana en tres viernes sucesivos. El primero era un viajante de comercio suizo. Su cuerpo no se encontró hasta la tarde del domingo; pero el médico dedujo que su muerte debió de haberse producido entre las cinco y las seis de la tarde del viernes.

El cuerpo colgaba de un robusto gancho hincado en el dintel de la ventana, que normalmente se utilizaba para colgar ropa. La ventana estaba cerrada. El muerto había utilizado el cordón de la cortina. Como la ventana era bastante baja, sus piernas arrastraban por el suelo casi hasta las rodillas. El suicida debió desarrollar, por tanto, una considerable fuerza de voluntad para llevar a cabo su propósito. Se comprobó además que estaba casado y que era padre de cuatro niños, así como que se encontraba en una situación completamente desahogada y segura y que era de talante jovial y estaba casi permanentemente satisfecho.

No se encontró ningún escrito que pudiera tener relación con el suicidio, ni testamento alguno. Tampoco había hecho jamás manifestación alguna en ese sentido a ninguno de sus conocidos.

El segundo caso no era muy diferente. El artista Karl Krause, empleado como equilibrista sobre bicicleta en el cercano circo Medrano, alquiló la habitación número 7 dos días más tarde. Al no comparecer el siguiente viernes para su actuación, el director envió al hotel a un acomodador, que se lo encontró colgado del dintel de la ventana, exactamente en las mismas circunstancias (la habitación no había sido cerrada por dentro). Este suicidio no parecía menos misterioso: a sus veinticinco años, el prestigioso artista recibía un buen sueldo y parecía disfrutar plenamente de la vida. Una vez más no apareció nada escrito, ningún tipo de manifestación alusiva al caso.

Dejaba a una anciana madre, a la que acostumbraba enviar puntualmente los primeros días de cada mes trescientos marcos para su manutención. Para la señora Dubonnet, propietaria del pequeño y barato hotel, cuya clientela estaba formada casi exclusivamente por miembros de los cercanos espectáculos de variedades de Montmartre, esta extraña segunda muerte en la misma habitación tuvo consecuencias ciertamente desagradables. Algunos de sus clientes abandonaron el hotel y otros huéspedes habituales regresaron.

En vista de ello, acudió al comisario del distrito IX, al que conocía bien, el cual le prometió hacer cuanto estuviera en su mano para ayudarla. Así pues, no sólo prosiguió las investigaciones, tratando de averiguar con especial celo las razones de los suicidios de ambos huéspedes, sino que puso a su disposición a un oficial que se alojó en la misteriosa habitación.

Se trataba del policía Charles-Marie Chaumié, que se había ofrecido voluntariamente para el caso. Este sargento era un viejo lobo de mar que había servido durante once años en la infantería de marina, y durante muchas noches había guardado en solitario numerosos puestos en Tonkín y Annan, dando la bienvenida con un vivificante disparo de su fusil a cualquier pirata de río que se acercara furtivamente. Por lo tanto, se sentía perfectamente capacitado para hacer frente a los fantasmas de los que se hablaba en la rue Stevens. Se instaló, pues, en la habitación el domingo por la tarde y se retiró satisfecho a dormir, después de hacer los honores a la abundante comida y bebida que la señora Dubormet le había ofrecido.

Cada mañana y cada tarde Chaumié hacía una rápida visita al cuartel de la policía para presentar un informe. Durante los primeros días los informes se limitaron a constatar que no había advertido nada en absoluto fuera de lo normal. El miércoles por la tarde, sin embargo, anunció que creía haber encontrado una pista. Al pedírsele más detalles, suplicó permiso para guardar silencio por el momento. No estaba seguro de que lo que creía haber descubierto tuviera en realidad relación alguna con las muertes de ambos individuos, y temía hacer el ridículo y convertirse en el hazmerreir de la gente. El jueves parecía menos seguro, aunque más serio; una vez más no tenía nada de que informar.

La mañana del viernes parecía en extremo excitado; opinaba, medio en broma medio en serio, que la ventana de la habitación indudablemente ejercía un extraño poder de atracción. No obstante, seguía insistiendo en que este hecho no guardaba relación con los suicidios, y que si decía algo más, sólo sería motivo de risa. Aquella tarde no se presentó en la comisaría de distrito: lo encontraron colgado del gancho en el dintel de la ventana.

También en este caso las circunstancias, hasta en los más mínimos detalles, eran las mismas que en los casos anteriores: las piernas se arrastraban por el suelo y, como soga, había empleado el cordón de las cortinas. La ventana estaba cerrada y no había cerrado la puerta con llave. La muerte se había producido alrededor de las seis de la tarde. La boca del muerto estaba totalmente abierta y de ella le colgaba la lengua. Como consecuencia de esta tercera muerte en la habitación número 7, todos los huéspedes abandonaron ese mismo día el hotel Stevens, a excepción de un profesor alemán de enseñanza superior que ocupaba la habitación número 16, el cual aprovechó la oportunidad para lograr la reducción de un tercio en el hospedaje.

Fue un pobre consuelo para la señora Dubonnet que Mary Garden, la famosa cantante de la ópera Cómica, se detuviera allí con su coche algunos días más tarde para comprar el cordón rojo de las cortinas, que consiguió por doscientos francos. En primer jugar porque traía suerte y en segundo lugar... porque la noticia saldría en los periódicos.

Si esta historia hubiera sucedido en verano, por ejemplo, en julio o agosto, la señora Dubonnet habría exigido por el cordón tres veces esa cantidad. Con toda seguridad los diarios hubieran llenado sus columnas con el caso durante semanas. Pero en estas fechas tan agitadas del año (elecciones, desórdenes en los Balcanes, quiebra de bancos en Nueva York, visita de los reyes ingleses) realmente no sabrían de dónde sacar espacio. Como consecuencia, la historia de la rue Alfred Stevens consiguió menos atención de la que probablemente merecía, y las noticias, breves y concisas, se limitaron casi siempre a repetir el informe de la policía, manteniéndose al margen de cualquier tipo de exageración.

A estas noticias se reducía todo lo que el estudiante de medicina Richard Bracquemont sabía acerca del asunto. Desconocía por completo un pequeño detalle, que parecía tan insignificante que ni el comisario ni ninguno de los restantes testigos lo había revelado a los periodistas. Tan sólo después, una vez pasada la aventura del estudiante, se recordó este detalle: cuando los policías descolgaron el cadáver del sargento Charles-Marie Chaumié del dintel de la ventana, de la boca abierta del muerto salió una enorme araña negra. El mozo del hotel la ahuyentó con los dedos, exclamando:

—¡Demonios, otro de esos bichos!

En el curso de la siguiente investigación, es decir, la relacionada con Bracquemont, el mozo declaró que, cuando descolgaron el cadáver del viajante de comercio suizo, había visto deslizarse por su hombro una araña semejante... Pero de esto nada sabía Richard Bracquemont.

No ocupó la habitación hasta dos semanas después del último suicidio, un domingo. Lo que allí experimentó lo anotó meticulosamente en su diario.


Diario de Richard Bracquemont, estudiante de medicina.

Lunes, 28 de febrero.

Me instalé aquí la noche pasada. Deshice mis dos maletas, ordené unas pocas cosas y después me acosté. He dormido maravillosamente; acababan de dar las nueve cuando me despertó un golpe en la puerta. Era la patrona del hotel que me traía personalmente el desayuno. Indudablemente se muestra muy solícita conmigo, a juzgar por los huevos, el jamón y el exquisito café que me trajo. Me he lavado y vestido; después, mientras fumaba mi pipa, me he puesto a observar cómo hacía la habitación el mozo. Aquí estoy, pues.

Sé muy bien que este asunto es peligroso, pero también sé que si tengo suerte podré llegar al fondo de la cuestión. Y si antaño París bien valía una misa, ahora no se consigue tan barata, y creo que bien puedo arriesgar mi miserable vida por ello. Esta es mi oportunidad y no pienso desaprovecharla. A propósito: hay quienes se han creído tan listos corno para intentar resolverlo. Al menos veintisiete personas se han esforzado en conseguir la habitación, algunos por medio de la policía y otros a través de la patrona del hotel. Entre ellos había tres damas. Así pues, he tenido bastantes competidores; todos ellos, probablemente, unos pobres diablos como yo.

Pero sólo yo he conseguido el puesto. ¿Por qué? ¡Ah!, yo era probablemente el único que podía ofrecer una «idea» a la astuta policía. ¡Una hermosa idea! Por supuesto, se trataba de una mera argucia. Estas anotaciones van dirigidas también a la policía. Y me divierte decir a esos señores desde un principio que me he burlado de ellos. Si el comisario es sensato dirá: ¡Hum! Precisamente por ello, Bracquemont es el hombre adecuado.

De cualquier forma, me tiene sin cuidado lo que diga después. Ahora estoy aquí, y me parece de buen agüero haber iniciado mi trabajo dando una buena lección a esos caballeros. Primero hice mi solicitud a la señora Dubonnet, pero ésta me mandó a la comisaría de policía. Durante una semana anduve dando vueltas por allí todos los días; mi solicitud siempre «estaba sometida a estudio», y siempre me decían lo mismo, que volviera otra vez al día siguiente. La mayoría de mis competidores hacía tiempo que había arrojado ya la toalla; probablemente encontraron algo mejor que hacer que esperar hora tras hora en el mugriento puesto de policía.

Para entonces, el comisario estaba muy irritado a causa de mi obstinación. Por último, me dijo claramente que era del todo inútil que volviera. Me estaba muy agradecido, así como a los demás, por mis buenas intenciones, pero no podía recibir ayuda de legos aficionados. A menos que tuviera un plan cuidadosamente pensado.

Así pues, le dije que tenía esa clase de plan. Naturalmente, no tenía nada por el estilo y no hubiera podido proporcionarle ni un solo detalle. Pero le dije que mi plan era bueno, aunque bastante peligroso, que probablemente podría terminar como el sargento de policía, y que se lo explicaría tan sólo si me prometía llevarlo a cabo personalmente. Me dio las gracias por ello, expresando que, desde luego, no tenía tiempo para hacer una cosa así. Pero me di cuenta de que yo dominaba la situación cuando me preguntó si al menos podía adelantarle algo. Y eso hice. Le conté una historia fantástica y bien aderezada, de la que ni yo mismo tenía idea unos minutos antes.

No entiendo en absoluto cómo me vinieron de repente esos pensamientos tan extravagantes. Le dije que, entre todas las horas de la semana, había una que ejercía una misteriosa y extraña influencia. Se trataba de la hora en la que Cristo había abandonado su tumba para descender a los infiernos: la sexta hora de la tarde del último día de la semana judía. Y debería recordar que era a esa hora del viernes, entre las cinco y las seis, cuando se produjeron los tres suicidios. No le podía decir más, por el momento, pero le recordé el Apocalipsis de San Juan.

El comisario puso cara de haberlo entendido todo, me dio las gracias y me citó para esa misma tarde. Entré en su despacho puntualmente; ante él, sobre la mesa, vi un ejemplar del Nuevo Testamento. Entre tanto, yo había hecho lo mismo: había leído el Apocalipsis de cabo a rabo... y no había entendido ni palabra. De cualquier forma, me dijo con suma amabilidad, creía comprender adónde quería yo ir a parar, a pesar de mis vagas indicaciones, y se confesó dispuesto a acceder a mi petición y a apoyarla en todo lo posible. He de reconocer que su ayuda me ha facilitado mucho las cosas. Ha llegado a un acuerdo con la patrona para que, mientras dure mi estancia en el hotel, mi alojamiento sea totalmente gratuito.

Me ha dado un estupendo revólver y una pipa de policía. Los agentes de servicio tienen órdenes de recorrer la pequeña rue Alfred Stevens cuantas veces les sea posible y de subir a mi habitación a la menor indicación mía. Pero lo más importante ha sido que ha hecho instalar en mi habitación un teléfono de mesa, mediante el cual estoy en contacto directo con la comisaría. Como ésta se encuentra tan sólo a cuatro minutos de aquí, podré disponer de ayuda inmediata. Por todo esto entiendo que no debo temer nada.


Martes, 1 de marzo.

Nada ha ocurrido ni ayer ni hoy. La señora Dubormet ha traído de otra habitación un cordón nuevo para la cortina..., ¡como tiene tantas libres! Aprovecha cualquier ocasión para venir a verme y siempre me trae alguna cosa. He dejado que me contara otra vez lo sucedido con todo detalle. Pero no me ha aportado nada nuevo. Tiene sus propias opiniones respecto a los motivos de esas muertes. En cuanto al artista, piensa que se trataba de un amor desgraciado. Mientras fue su huésped el año anterior, había sido visitado frecuentemente por una joven dama, que este año ni apareció. Realmente no comprendía las razones que impulsaron al caballero suizo a tomar su decisión, pero una no puede saberlo todo. Sin lugar a dudas, el sargento se había quitado la vida sólo para fastidiarla. He de confesar que estas declaraciones de la señora Dubonnet son un poco mezquinas. Pero la dejé parlotear; eso al menos hace menos tedioso el paso del tiempo.


Jueves, 3 de marzo.

Nada todavía. El comisario me llama un par de veces al día y yo le informo de que todo marcha maravillosamente. Evidentemente, esta información no le satisface del todo. He sacado mis libros de medicina y me he puesto a estudiar; así, al menos, tiene algún sentido mi retiro voluntario.


Viernes, 4 de marzo. 2 de la tarde.

He almorzado excelentemente. Además, la patrona me ha traído media botella de champán. Ha sido una auténtica comida de última voluntad; y es que me considera ya tres cuartas partes muerto. Antes de marcharse me suplicó, con lágrimas en los ojos, que me fuera de allí con ella; tenía miedo de que yo también me ahorcara por fastidiarla. He examinado el nuevo cordón de la cortina. ¿Así, pues, pronto tendré que colgarme con esto? ¡Hummm!, no siento grandes deseos. Además, la cuerda es tosca y dura y sería difícil hacer con ella un nudo corredizo.... necesitaría una considerable dosis de voluntad para seguir el ejemplo de los otros. Ahora estoy sentado en mi silla, con el teléfono a la izquierda y el revólver a la derecha. Miedo no tengo, pero siento curiosidad.


Seis de la tarde del mismo día.

Nada ha ocurrido, casi agregaría ¡desgraciadamente! La hora fatal llegó y se fue corno todas las demás. Cierta. mente no puedo negar que siento una especie de impulso de acercarme a la ventana. Ya lo creo, ¡pero por otras razones! El comisario llamó por lo menos diez veces entre las cinco y la seis; estaba tan impaciente como yo. Pero la señora Dubonnet está contenta: alguien ha logrado vivir en la habitación número 7 sin ahorcarse. ¡Fabuloso!


Lunes, 7 de marzo.

Ahora estoy convencido de que nada descubriré, y me inclino a pensar que los suicidios de mis predecesores han sido una rara coincidencia. He pedido al comisario que continúe con la investigación de los tres casos, pues estoy convencido de que dará finalmente con los motivos. Por mi parte, pienso quedarme aquí todo el tiempo que pueda. Probablemente no conquiste París esta vez, pero aquí me hospedo gratis y me alimento satisfactoriamente. Además, trabajo afanosamente y advierto que adelanto sobremanera. Finalmente, existe otra razón que me retiene aquí.


Miércoles, 9 de marzo.

Pues bien, he dado un paso más. Clarimonde. Por cierto, todavía no he contado nada acerca de Clarimonde. Pues bien, ella es mi tercera razón para seguir aquí. Precisamente ella es la causa por la que me hubiera acercado gustoso a la ventana en aquella hora fatídica, pero no ciertamente, para ahorcarme.

Clarimonde. ¿Por qué la llamo así? No tengo ni idea de cómo se llama, pero tengo la sensación de que debo llamarla Clarimonde. Y apostaría a que algún día descubriré que ése es su verdadero nombre. Descubrí a Clarimonde los primeros días. Vive al otro lado de la estrecha calle y su ventana está exactamente frente a la mía. Está allí sentada, detrás de las cortinas. Por otra parte, debo señalarles que ella me vio antes de que yo la descubriera y que mostró visible interés por mí.

No es extraño. La calle entera sabe que estoy aquí y por qué. De eso ya se ha ocupado la señora Dubonnet. No soy, en modo alguno, de esas personas enamoradizas y mis relaciones con las mujeres han sido siempre muy superficiales. Cuando uno viene a París desde Verdún para estudiar Medicina y apenas tiene suficiente dinero ni siquiera para comer decentemente cada tres días, tiene uno otras cosas en qué pensar antes que en el amor. Por lo tanto, no tengo mucha experiencia y este asunto quizá haya comenzado de un modo bastante estúpido. Sea como fuere, me gusta.

Al principio ni se me pasó por la cabeza establecer comunicación con mi extraña vecina. Sencillamente decidí que, puesto que de cualquier manera estaba allí para hacer averiguaciones y que probablemente no había nada que descubrir, bien podía observar a mi vecina. Después de todo, uno no puede pasarse el día entero delante de los libros. Así pues, llegué a la conclusión de que Clarimonde vive aparentemente sola en el pequeño piso. Tiene tres ventanas, pero se sienta únicamente ante la que está enfrente de la mía; allí sentada, hila en su rueca pequeña y anticuada. En una ocasión vi una rueca semejante en casa de mi abuela, que ella ni siquiera había usado; la había heredado de su tía abuela. No sabía que aún hoy se utilizaran.

Por cierto, la rueca de Clarimonde es un artefacto diminuto y muy delicado, blanco y aparentemente de marfil. Las hebras que hila deben ser extraordinariamente finas. Está todo el día sentada detrás de los visillos, trabajando incesantemente, y sólo abandona la faena cuando oscurece. Por supuesto, en una calle tan estrecha oscurece muy temprano estos días de niebla. A las cinco de la tarde ya tenemos un hermoso crepúsculo. Nunca he visto luz en su habitación.

¿Qué aspecto tiene? Eso no lo sé realmente. Tiene cabellos negros con rizos ondulados y es bastante pálida. Su nariz es estrecha y pequeña, con aletas que palpitan dulcemente. Sus labios son pálidos y me da la impresión de que sus pequeños dientes son puntiagudos como los de un animal feroz. Sus párpados son sombríos, pero cuando los abre, brillan unos ojos grandes y oscuros. Todo esto, más que saberlo, lo presiento. Es difícil describir con exactitud algo que se encuentra detrás de unos visillos. Algo más: lleva siempre un traje negro, cerrado hasta el cuello, con grandes lunares color lila. Y siempre lleva largos guantes negros, posiblemente para no estropearse las manos mientras trabaja.

Resulta curioso ver cómo esos delgados y negros dedos se mueven rápida y, en apariencia, desordenadamente, cogiendo y estirando los hilos... de forma tal que casi recuerda el movimiento de los insectos.

¿Nuestras relaciones? He de confesar que son bastante superficiales, pero, aun así, me da la impresión de que son más profundas. Comenzaron verdaderamente cuando ella miró hacia mi ventana y yo hacia la suya. Me miró y yo a ella. Y luego debí de agradarle bastante, evidentemente, puesto que un día, mientras la observaba, me sonrió. Y yo a ella también. Continuamos así durante unos días, sonriéndonos de esa manera, cada vez más a menudo. Más adelante me propuse saludarla a todas horas, pero no sé muy bien qué es lo que me impidió hacerlo. Finalmente lo he hecho esta tarde. Y Clarimonde me ha devuelto el saludo. Casi imperceptiblemente, por supuesto; pero, a pesar de eso, he visto perfectamente cómo ha inclinado la cabeza.


Jueves, 10 de marzo.

Ayer estuve sentado largo tiempo ante mis libros. A decir verdad, no estudié mucho; estuve haciendo castillos en el aire y soñando con Clarimonde. Tuve un sueño muy agitado hasta muy entrada la mañana. Cuando me acerqué a la ventana, allí estaba Clarimonde. La saludé y ella inclinó la cabeza. Sonrió y me miró durante largo tiempo. Quería trabajar, pero no encontraba la tranquilidad necesaria. Me senté en la ventana y la miré absorto. Luego advertí que ella también ponía las manos en su regazo. Tiré del cordón y aparté las cortinas blancas, y... casi al mismo tiempo ella hizo lo mismo. Los dos sonreímos y nos miramos. Creo que estuvimos sentados así quizá una hora. Luego comenzó a hilar de nuevo.


Sábado, 12 de marzo.

Los días transcurren tranquilamente. Como y bebo y me siento ante la mesa de estudio. Entonces enciendo mi pipa y me inclino sobre los libros. Pero no logro leer una sola línea. Lo intento una y otra vez, pero sé de antemano que será inútil. Luego me acerco a la ventana. Saludo a Clarimonde y ella me devuelve el saludo miramos mutuamente. Sonreímos y nos miramos durante horas. Ayer por la tarde, a eso de las seis, me sentí un poco intranquilo. Oscureció muy pronto y experimenté un miedo indescriptible. Me senté ante la mesa y esperé. Sentía un impulso irresistible de acercarme a la ventana, no para colgarme, por supuesto, sino para mirar a Clarimonde.

Me puse de pie de un salto y me coloqué detrás de las cortinas. Tenía la impresión de que nunca la había visto con tanta claridad, a pesar de que había oscurecido ya bastante. Tejía, pero sus ojos me miraban. Sentí un extraño bienestar y un ligero miedo. Sonó el teléfono. Me enfurecí contra el necio comisario que con sus estúpidas preguntas había interrumpido mis sueños.

Esta mañana ha venido a visitarme acompañado de la señora Dubonnet. Ella está satisfecha de mi trabajo: se conforma plenamente con que haya vivido dos semanas enteras en la habitación número 7. Pero el comisario quiere, además, resultados. Les insinué confidencialmente que estaba detrás de una pista muy extraña. El muy burro se creyó todo lo que le dije. En cualquier caso, podré quedarme aquí semanas... y ése es mi único deseo. No es ya por la comida y la bodega de la señora Dubormet (¡Dios mío, qué pronto se vuelve uno indiferente hacia esas cosas cuando se dispone de ellas en abundancia!) sino por su ventana, que ella tanto odia y teme, y yo tanto amo; la ventana que me muestra a Clarimonde.

Cuando enciendo la lámpara dejo de verla. He escudriñado a fondo para averiguar si sale de casa, pero nunca la he visto poner el pie en la calle. Dispongo de un cómodo sillón y de una lámpara de pantalla verde, cuya luz me envuelve con su cálido reflejo. El comisario me ha traído un paquete grande de tabaco; nunca he fumado nada mejor... y a pesar de eso no puedo trabajar. Leo dos o tres páginas y, al terminar, me doy cuenta de que no he entendido ni palabra. Mis ojos leen las letras, pero mi cerebro rechaza cualquier concepto. ¡Qué extraño! Es como si mi cerebro hubiera puesto el letrero de Prohibida la entrada. Como si no admitiera ya otro pensamiento que no sea Clarimonde. Finalmente he retirado los libros, me he recostado en el sillón y me he puesto a soñar.


Domingo, 13 de marzo.

Esta mañana he presenciado un espectáculo. Recorría el pasillo de arriba abajo, mientras el mozo ordenaba mi habitación. junto a la pequeña ventana que da al patio cuelga una tela de araña con una enorme araña negra. La señora Dubonnet no permite que la quiten: dice que las arañas traen suerte y bastantes desgracias ha tenido ya en su casa. Entonces vi que otra araña, mucho más pequeña, corría cautelosamente alrededor de la tela: era un macho. Tímidamente, se acercaba un poco por los finos hilos hacia el centro, pero, apenas se movía la hembra, se retiraba apresuradamente. Daba la vuelta a la red e intentaba acercarse por otro extremo. Finalmente, la poderosa hembra pareció prestar atención a su pretendiente, desde el centro de su tela, y dejó de moverse.

El macho tiró de uno de los hilos, primero suavemente y luego con más fuerza, hasta que toda la tela de araña tembló. Pero su adorada permaneció inmóvil. Entonces se aproximó rápidamente, aunque con suma prudencia. La hembra lo recibió pacíficamente y se dejó abrazar sere namente, conservando una inmovilidad y una pasividad completas. Durante algunos minutos las dos arañas permanecieron inmóviles en el centro mismo de la tela.

Luego observé que la araña macho se liberaba lentamente, una pata tras otra; parecía como si quisiera retirarse en silencio, dejando a su compañera sola en su nido de amor. De repente, se soltó del todo y corrió tan deprisa como pudo hacia un extremo de la red. Pero, en ese mismo momento, una furiosa vitalidad se despertó en la hembra, que al instante lo persiguió. El macho negro se descolgó por un hilo, pero su amada hizo lo mismo. Cayeron las dos en el alféizar de la ventana y la araña macho intentó, con todas sus fuerzas, huir. Demasiado tarde. Su compañera lo tenía ya cogido con sus poderosas garras y se lo llevó de nuevo a la red, al mismo centro.

Y ese mismo lugar, que había servido de lecho para sus lujuriosos apetitos, se convirtió en algo muy distinto. En vano agitaba el amante sus débiles patitas, intentando desembarazarse de aquel salvaje abrazo: la amada ya no lo dejaba marchar. A los pocos minutos lo tenía atrapado de tal forma que no podía mover un solo miembro. Luego introdujo sus afiladas pinzas en el cuerpo de su amante y sorbió con fruición su joven sangre. Finalmente, la vi dejar caer el lastimoso e irreconocible montón -patas, piel y hebras- y arrojarlo con indiferencia fuera de la red. Así, pues, es el amor entre esas criaturas. En fin, me alegro de no ser una araña macho.


Lunes, 14 de marzo.

Ahora ni siquiera echo una mirada a mis libros. Me paso los días ante la ventana. Y sigo allí sentado incluso cuando anochece. Ella ya no aparece, pero cierro los ojos y sigo viéndola. Vaya, este diario se ha convertido realmente en algo muy distinto de lo que pensaba. Habla de la señora Dubonnet, del comisario, de arañas y de Clarimonde. Pero ni una sola palabra acerca del descubrimiento que me proponía hacer. ¿Tengo yo la culpa?


Martes, 15 de marzo.

Clarimonde y yo hemos descubierto un curioso juego que practicamos durante todo el día. Yo la saludo e inmediatamente ella me devuelve el saludo. Luego tamborileo con los dedos en el cristal de la ventana y ella, en cuanto lo ve, se pone también a tamborilear. Le hago señales y ella a su vez me las hace a mí. Muevo los labios como si hablara y ella repite lo mismo. Luego, con las manos, me echo hacia atrás el cabello de mis sienes, y en seguida su mano se dirige a su frente. Un auténtico juego de niños del que nos reímos. Es decir, ella realmente no se ríe, es una especie de sonrisa sosegada, lánguida, como supongo que debe ser la mía.

Por cierto, todo esto no es tan tonto como puede parecer. No se limita a ser una simple imitación. Creo que, si así fuera, pronto nos cansaríamos los dos. En esto debe desempeñar un papel importante una especie de transmisión de pensamiento. Pues Clarimonde repite mis más insignificantes movimientos en una fracción de segundo; sin haber tenido tiempo siquiera de verlos, ya los está representando. A veces me parece que todo ocurre al mismo tiempo. Eso es lo que me estimula a hacer algo totalmente nuevo e insólito. Y es sorprendente cómo ella hace lo mismo simultáneamente. A veces intento tenderle una trampa. Hago una serie de movimientos diversos sucesivamente; luego los repito de nuevo una y otra vez. Finalmente repito por cuarta vez toda la serie, pero cambiando el orden e introduciendo alguno nuevo, o bien olvidándome de alguno.

Es notable que Clarimonde no haga un movimiento en falso ni una sola vez, a pesar de que yo los cambio con tal rapidez que casi no tiene tiempo de reconocer cada uno de ellos. Y así paso el día. Pero en ningún momento tengo la sensación de perder el tiempo. Por el contrario, tengo la impresión de no haber hecho nunca nada más importante.


Miércoles, 16 de marzo.

¿No es curioso que jamás se me haya pasado seriamente por la cabeza dar una base más sólida a mis relaciones con Clarimonde que esos juegos interminables? Anoche medité sobre ello. Sí, verdaderamente sólo tendría que coger el abrigo y el sombrero, bajar dos pisos, cruzar la calle en cinco pasos y subir otra vez dos pisos. En la puerta hay una pequeña placa en la que pone Clarimonde...

¿Clarimonde qué? No lo sé. Pero sí pone Clarimonde. Después llamo y luego... Hasta aquí me lo puedo imaginar todo fácilmente, puedo ver cada movimiento que hago. Pero de ningún modo puedo imaginar lo que sucederá después. La puerta se abre, eso aún lo veo. Pero me quedo allí de pie y miro a través de la oscuridad que no permite reconocer nada en absoluto. Ella no viene, nadie viene. En realidad allí no hay nada; tan sólo esa tenebrosa e impenetrable oscuridad.

A veces es como si sólo existiese la Clarimonde que veo allá, en la ventana, y que juega conmigo. No me puedo imaginar a esa mujer con sombrero y con otro vestido distinto del que lleva: negro con grandes lunares color lila. Ni siquiera me la imagino sin sus guantes. Si la viera por la calle, incluso en un restaurante comiendo, bebiendo, charlando. Tengo que reírme, pues la escena me parece imposible. Hay veces que me pregunto si la amo. No puedo responder con certeza a esa pregunta, puesto que nunca he amado. Pero si el sentimiento que siento hacia Clarimonde es verdaderamente amor, entonces el amor es, sin duda, muy distinto de como yo lo veía entre mis compañeros o de lo que me enseñaron las novelas. Me es muy difícil definir mis emociones. Sobre todo me es difícil pensar en algo que no esté relacionado con Clarimonde, o mejor dicho, con nuestro juego. Pues no he de negarlo: realmente ese juego es lo único que me preocupa.... lo único. Y, francamente, no lo entiendo.

Clarimonde. Sí, me siento atraído por ella. Pero en esa atracción se mezcla otro sentimiento, algo así... como si la temiera. ¿Temor? No, tampoco es eso; tiene más que ver con la aprensión, un leve miedo ante algo que no conozco. Y es precisamente ese miedo —que encierra algo curiosamente atrayente, voluptuoso— lo que me mantiene a distancia y a la vez me atrae hacia ella. Es como si recorriera un amplio círculo en torno a ella, me acercara un poco más, me retirara otra vez, corriera de nuevo hacia ella y otra vez volviera a retroceder. Hasta que al final —y eso lo sé positivamente— tendría que volver a ella otra vez.

Clarimonde está sentada en la ventana e hila. Hilos largos, finos, infinitamente delgados. Está haciendo un tapiz; no sé exactamente de lo que se trata. Y no puedo comprender cómo puede hacer esa red sin enredar ni romper una y otra vez tan delicados hilos. Su fino trabajo está plagado de dibujos fantásticos, animales fabulosos y criaturas grotescas. Pero, ¿qué estoy escribiendo? La verdad es que no puedo ver lo que teje; los hilos son demasiado finos. Y, sin embargo, tengo la impresión de que su trabajo es exactamente como me lo imagino cuando cierro los ojos. Exactamente. Una gran red con muchas criaturas, animales fabulosos y seres grotescos.


Jueves, 17 de marzo.

Me encuentro en un notable estado de excitación. Ya no hablo con nadie; apenas doy los buenos días a la señora Dubonnet o al mozo. Ni siquiera me tomo el tiempo para comer; ya sólo quiero sentarme frente a la ventana y jugar con ella. Es un juego inquietante; realmente lo es. Y tengo el presentimiento de que mañana sucederá algo.


Viernes, 18 de marzo.

Sí, sí, tiene que ocurrir hoy. Me digo a mí mismo —bien alto, para oír mi voz— que para eso estoy aquí. Pero lo malo es que tengo miedo. Y ese miedo de que me pueda ocu rrir en esta habitación lo mismo que a mis predecesores se confunde curiosamente con el otro miedo: el miedo a Clarimonde. Apenas puedo separarlos. Tengo miedo. Quisiera gritar.


Seis de la tarde del mismo día.

Rápidamente, unas pocas palabras, con el sombrero y el abrigo puestos. Cuando dieron las cinco mi fortaleza me había abandonado. ¡Oh!, ahora sé con toda seguridad que esta sexta hora de la tarde del penúltimo día de la semana es bastante extraña. Ahora ya no me río del truco que le hice al comisario. He estado sentado en el sillón y me he aferrado a él con fuerza. Pero algo me arrastraba, tiraba materialmente de mí hacia la ventana... y otra vez surgió ese horrible miedo a la ventana. Los vi allí colgados. Al viajante de comercio suizo, grandote, de recio cuello y con barba de dos días. Y al esbelto artista. Y al sargento, bajo y fuerte. A los tres los vi, uno tras otro. Y luego los vi juntos en el mismo gancho, con las bocas abiertas y las lenguas fuera. Y luego me vi a mí mismo entre ellos. ¡Oh, este miedo! Sentí que era tan grande el temor que experimentaba hacia Clarimonde como el que me causaban el dintel de la ventana o el espantoso gancho. Que me perdone, pero es así. En mi vergonzoso terror, siempre la mezclaba a ella con las imágenes de los otros tres, colgando de la ventana, con las piernas arrastrando por el suelo.

La verdad es que en ningún momento sentí deseos o impaciencia por ahorcarme; tampoco tenía miedo de desearlo. No, tan sólo tenía miedo de la ventana... y de Clarimonde.... de algo terrorífico, incierto, que debía ocurrir ahora. Aun así, sentía el ardiente e invencible deseo de levantarme y acercarme a la ventana. Y tenía que hacerlo. En ese momento sonó el teléfono. Tomé el auricular y, antes de que pudiera oír una sola palabra, grité:

—¡Venga!

Fue como si ese estridente grito hubiera hecho desaparecer al instante todas las sombras por entre las grietas del pavimento. De repente me tranquilicé. Me sequé el sudor de la frente y bebí un vaso de agua; después reflexioné sobre lo que diría al comisario cuando llegara. Finalmente me acerqué a la ventana, saludé y sonreí. Y Clarimonde saludó y sonrió. Cinco minutos más tarde, el comisario estaba conmigo. Le dije que por fin había llegado al fondo del asunto y le rogué que por el momento no me hiciera preguntas, que pronto estaría en condiciones de poder hacerle una singular revelación. Lo extraño de todo es que, mientras le mentía, estaba completamente seguro de decirle la verdad. Y aún lo creo... pese a la falta de toda evidencia.

Probablemente advirtió mi singular estado de ánimo. Sobre todo cuando me excusé por mi grito de terror e intenté balbucear una explicación lo más razonable posible... sin que pudiera encontrar las palabras. Muy amablemente me sugirió que no necesitaba preocuparme por él; que estaba a mi disposición; que era su deber; que prefería realizar una docena de viajes inútiles a hacerse esperar una sola vez cuando fuera realmente necesario. Luego me invitó a salir con él aquella noche; eso me distraería; no era bueno que estuviera tanto tiempo solo. He aceptado, aunque me resultaba difícil: no me gusta separarme de esta habitación.


Sábado, 19 de marzo.

Estuvimos en el Gaieté Rochechouart, en el Cigale y en el Lune Rousee. El comisario tenía razón. Fue bueno para mí salir de aquí y respirar otra atmósfera. Al principio me sentí incómodo, como si estuviera haciendo algo malo, como si fuera un desertor que hubiera abandonado su bandera. Pero luego esa sensación desapareció; bebimos mucho, reímos y charlamos. Cuando me asomé a la ventana esta mañana me pareció leer un reproche en la mirada de Clarimonde. Aunque quizá sólo fue una apreciación mía. ¿Cómo podía saber ella que yo había salido la pasada noche? De cualquier forma, aquello no duró más que un segundo, pues al instante sonrió de nuevo.


Domingo, 29 de marzo.

Hoy sólo puedo repetir lo que escribí ayer: hemos jugado todo el día.


Lunes, 21 de marzo.

Hemos jugado todo el día.


Martes, 22 de marzo.

Sí, y eso es lo que hemos hecho también hoy. Y ninguna otra cosa. A veces me pregunto ¿para qué?, ¿por qué? O bien, ¿qué es lo que quiero en realidad?, ¿adónde me lleva todo esto? Pero no me contesto. Pues lo más seguro es que no desee otra cosa. Y que lo que sucederá más adelante es lo único que anhelo. Por supuesto que en todos estos días no nos hemos dicho ni una sola palabra. Algunas veces hemos movido los labios; otras, simplemente nos hemos mirado. Pero nos hemos entendido muy bien. Tenía yo razón: Clarimonde me reprochaba el haberme ido el pasado viernes. Después le pedí perdón y le dije que reconocía que había sido tonto y poco amable. Me ha perdonado y yo le he prometido que nunca más abandonaré esta ventana. Y nos hemos besado: hemos apretado los labios contra los cristales durante mucho tiempo.


Miércoles, 23 de marzo.

Ahora sé que la amo. Así debe ser, estoy impregnado de ella hasta la última fibra. Es posible que el amor sea distinto en otras personas. Pero ¿existe, acaso, una cabeza, una oreja, una mano, igual a otra entre miles de millones? Todas son distintas. Por eso no puede haber un amor igual a otro. Mi amor es extraño, eso bien lo sé. Pero ¿es por eso menos hermoso? Casi soy feliz con este amor. ¡Si no fuera por ese miedo! A veces se adormece y entonces lo olvido. Pero sólo durante unos pocos minutos; luego despierta de nuevo y se aferra a mí. Es como una pobre ratita que luchase contra una enorme y fascinante serpiente para librarse de su poderoso abrazo. ¡Espera un poco, pobre y pequeño miedo, pues ya pronto te devorará este gran amor!


Jueves, 24 de marzo.

He hecho un descubrimiento: no juego yo con Clarimonde, es ella la que juega conmigo. Sucedió de este modo: Anoche, como de costumbre, pensaba en nuestro juego. Escribí algunas complicadas series de movimientos, con los que pensaba sorprenderla esta mañana; cada movimiento tenía asignado un número. Los practiqué, para poder ejecutarlos lo más rápidamente posible, primero en orden y después hacia atrás. Luego solamente los números pares seguidos de los impares. Después sólo los primeros y últimos movimientos de cada una de las cinco series. Era algo complicado, pero me producía gran satisfacción porque me acercaba más a Clarimonde, pese a no poder verla.

Practiqué durante horas y al final los hacía con la precisión de un reloj. Por fin, esta mañana me acerqué a la ventana. Nos saludamos. Entonces empezó el juego. Hacia delante, hacia atrás.... era increíble lo rápidamente que me entendía; repetía casi instantáneamente todo lo que yo hacía.

Entonces llamaron a la puerta: era el mozo que me traía las botas. Las cogí. Cuando regresaba a la ventana reparé en la hoja de papel en la que había anotado mis series. Y entonces me di cuenta de que no había ejecutado ni uno solo de esos movimientos. Estuve a punto de tambalearme; me sujeté al respaldo del sillón y me dejé caer en él. No lo podía creer. Leí la hoja una y otra vez. La verdad es que había ejecutado en la ventana una serie de movimientos, pero ninguno de los míos. Y una vez más tuve la sensación de que una puerta se abría..., su puerta. Estoy de pie ante ella y miro a su interior; nada, nada, tan sólo esa oscuridad vacía. Entonces supe que si me marchaba en ese momento, estaría salvado. Y comprendí perfectamente que podía irme. Sin embargo, no me fui. Y no lo hice porque tenía el presentimiento de que estaba a punto de descubrir el misterio. París... ¡iba a conquistar París! Durante unos momentos París era más fuerte que Clarimonde.

¡Ay! Pero ahora ya casi no pienso en eso. Sólo siento mi amor y dentro de él ese miedo callado y voluptuoso. Pero en aquel momento eso me dio fuerzas. Leí de nuevo mi primera serie y grabé en mi mente con exactitud cada uno de sus movimientos. Luego volví a la ventana. Me fijé bien en lo que hacía: ni uno solo de los movimientos estaba entre los que me proponía ejecutar. Decidí entonces tocarme la nariz con el dedo índice. Pero besé el cristal. Quise tamborilear sobre el alféizar de la ventana, pero me pasé la mano por el cabello. Así, pues, era cierto: Clarimonde no imitaba lo que yo hacía; era más bien yo quien hacía lo que ella indicaba. Y lo hacía con la celeridad del relámpago y casi tan instantáneamente que incluso ahora me parece como si lo hubiera hecho por mi propia voluntad. Y soy yo, yo, que estaba tan orgulloso de haber influido en sus pensamientos, el que estoy total y completamente dominado. Sólo que... este dominio es tan suave, tan ligero... ¡Oh! No hay nada que pudiera hacerme tanto bien.

Todavía lo intenté otra vez. Metí ambas manos en los bolsillos y decidí firmemente no moverlas de ellos, La miré. Vi cómo levantaba la mano, cómo sonreía y cómo me recriminaba suavemente con el dedo índice. No me moví. Sentía que mi mano derecha quería salir del bolsillo, pero clavé profundamente los dedos en el forro. Seguidamente, pasados unos minutos, mis dedos se relajaron, la mano salió del bolsillo y el brazo se elevó. La reprendí con el dedo y sonreí. Era como si no fuera yo el que hacía esas cosas, sino un extraño al que observaba. No, no, no era eso. Yo, era yo quien lo hacía... en tanto que un extraño me observaba a mí. Precisamente era ese extraño, tan fuerte, el que intentaba hacer un gran descubrimiento. Pero ése no era yo. Yo, ¿y a mí qué me importa ya el descubrimiento? Estoy aquí para hacer lo que quiera ella, Clarimonde, a la que amo con delicioso terror.


Viernes, 25 de marzo.

He cortado el cable del teléfono. No tengo ya ganas de que ese estúpido comisario me interrumpa, precisamente ahora que se acerca la hora fatal ¡Dios mío! ¿Por qué escribo estas cosas? Nada de esto es cierto. Es como si alguien guiara mi pluma. Pero yo quiero..., quiero..., quiero escribir lo que ocurre. Tengo que hacer un atroz esfuerzo. Pero quiero hacerlo. Si pudiera hacer tan sólo una vez más... lo que verdaderamente quiero hacer. He cortado el cable del teléfono. ¡Ah! Porque tenía que hacerlo. ¡Por fin lo he escrito! Porque tenía, tenía que hacerlo. Esta mañana hemos estado jugando frente a la ventana. Nuestro juego ha variado desde ayer. Ella hace algún movimiento y yo me resisto todo lo que puedo, hasta que finalmente tengo que ceder, impotente, y hacer lo que ella desea. Y difícilmente puedo expresar el maravilloso placer que supone esa rendición, esa entrega a sus deseos.

Jugamos. Y, de repente, ella se levantó y retrocedió. Su habitación estaba tan oscura que casi ya no podía verla. Parecía haber desaparecido en la oscuridad. Pero pronto volvió, trayendo en sus manos un teléfono de mesa igual que el mío. Lo colocó, sonriendo, sobre el alféizar de la ventana, cogió un cuchillo, cortó el cable y se lo llevó de nuevo. Durante un cuarto de hora me resistí. Mi temor era mayor que nunca, y esa sensación de sucumbir lentamente, cada vez más deliciosa. Finalmente traje mi teléfono, corté el cable y lo puse otra vez sobre la mesa.

Así es como sucedió. Estoy sentado ante mi mesa. He tomado el té y el mozo se ha llevado ya la bandeja. Le pregunté qué hora era, ya que mi reloj no va bien. Son las cinco y cuarto, las cinco y cuarto... Sé que si miro ahora, Clarimonde estará haciendo algo. Estará haciendo algo que yo tendré que hacer también. De todos modos, miro. Está allí, de pie y sonriente. ¡Si pudiera siquiera apartar mis ojos! Ahora se acerca a la cortina. Toma el cordón, es rojo, como el de mi ventana. Hace un nudo corredizo. Cuelga el cordón arriba, en el gancho del dintel de la ventana.

Se sienta y sonríe.

No, esto que experimento ya no puedo llamarlo miedo. Es un terror enloquecedor, sofocante, que aun así no cambiaría por nada del mundo. Es una fuerza de una índole desconocida, y no obstante extrañamente sensual en su ineludible tiranía. Podría correr inmediatamente a la ventana y hacer lo que ella quiere. Pero espero, lucho, me resisto. Siento que esa atracción se va haciendo más apremiante cada minuto que pasa. Así, pues, aquí estoy otra vez sentado. Me he apresurado a hacer lo que ella quería: tomar el cordón, hacer un nudo corredizo y colgarlo del gancho. Y ya no quiero mirar más. Sólo quiero estar aquí y mirar fijamente el papel. Pues ahora sé lo que ella hará si la miro; ahora, en la sexta hora del penúltimo día de la semana. Si la miro, tendré que hacer lo que ella quiera.... tendré entonces que...

No quiero mirarla. Entonces me río... en voz alta. No, no soy yo el que se ríe, alguien lo hace dentro de mí. Y sé por qué: por ese «no quiero». No quiero, y sin embargo sé con certeza que debo hacerlo. Debo mirarla, debo, debo mirarla... y después... todo lo demás.

Si todavía no lo hago es tan sólo para prolongar esta tortura. Sí, eso es. Estos indecibles sufrimientos constituyen mi más sublime deleite. Escribo rápidamente para permanecer aquí más tiempo, con el fin de prolongar estos segundos de dolor que aumentan mi éxtasis amoroso hasta el infinito. Más, más tiempo... ¡Otra vez el miedo! Sé que la miraré, que me levantaré, que me ahorcaré. Pero eso no es lo que temo. ¡Oh, no! ¡Eso es bueno, es dulce! Pero hay algo, algo más... que ocurrirá después. No sé lo que es pero sucederá con toda seguridad. Pues el gozo de mis tormentos es tan inmensamente grande. ¡Oh! Siento, siento que ha de suceder algo terrible.

No debo pensar... Debo escribir algo, cualquier cosa. Pero deprisa... para no pensar. Mi nombre... Richard Bracquemont, Richard Bracquemont, Richard... ¡Oh!, no puedo seguir... Richard Bracquemont, Richard Bracquemont... Ahora, ahora tengo que mirarla... Richard Bracquemont, tengo... no, más, más... Richard... Richard Bracque...



Al no obtener respuesta alguna a sus repetidas llamadas telefónicas, el comisario del distrito IX entró a las seis y cinco en el hotel Stevens. Encontró en la habitación número 7 el cuerpo del estudiante Richard Bracquemont, colgado del dintel de la ventana, exactamente en la misma posición que sus tres predecesores. Tan sólo su rostro tenía una expresión distinta. Estaba desfigurado, con una mueca de terrible horror, y sus ojos, abiertos, parecían salirse de sus órbitas. Los labios estaban separados y los dientes fuertemente apretados. Y entre ellos, mordida y triturada, había una gran araña negra, con curiosos lunares violeta. Sobre la mesa se encontraba el diario del estudiante. El comisario lo leyó y se acercó inmediatamente a la casa de enfrente. Descubrió que el segundo piso había estado vacío y deshabitado desde hacía meses.

H.H. Ewers (1871-1943)




Relatos góticos. I Relatos de H.H. Ewers.


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El análisis y resumen del cuento de Hanns Heinz Ewers: La araña (Die Spinne), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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