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«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.


«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.




«Soy lo que llamarían un alma perdida. Estoy en la esfera más baja.
La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel.»



El hechizo del demonio (The Demon Spell) es un relato de terror del escritor escocés Hume Nisbet (1849-1923), publicado en la antología de 1894: La estación embrujada y otras historias (The Haunted Station and Other Stories).

El hechizo del demonio, uno de los cuentos de Hume Nisbet más curiosos, nos sitúa en una típica sesión espiritista de fines del siglo XIX, donde se manifiesta el espíritu de una mujer cuya descripción sugiere que fue una de las víctimas de Jack el destripador.

Hume Nisbet está lejos de utilizar la figura de Jack de una manera grotesca, lo cual es lógico si tenemos en cuenta que el relato se escribió seis años después de los asesinatos de Whitechapel. La historia, sencilla pero cargada de una atmósfera siniestra, gira alrededor del espíritu de esta mujer que intenta salvar a la médium de ser la siguiente en la lista del Destripador.

El hechizo del demonio comienza con el protagonista [anónimo] asistiendo a una sesión espiritista, y sigue con una experiencia desconcertante con un ser fantasmal que le aconseja rescatar a la médium de un futuro ataque. El hombre corre a su casa, ataca y mata a un «demonio» (?), sin comprobar si la mujer de hecho está bien ni hablar con las personas que se acercan al lugar al oír sus gritos. Por otro lado, el espíritu de la mujer en la sesión asegura llamarse «Polly»., el cual era el apodo de la primera víctima canónica de Jack el destripador [son cinco en total], llamada Mary Ann Nichols.

En un nivel simbólico, El hechizo del demonio sugiere que todo lo que ocurre en la historia es consecuencia del ritual espiritista, porque a partir de ahí el protagonista experimenta alucinaciones y/o contactos con espíritus malignos. La descripción del demonio es algo ambigua, se habla de «garras» y «niebla», y no mucho más.

Al final, casi nada se explica realmente. El narrador, cuyo nombre no se revela, es escéptico del espiritismo [típico], pero los rasgos de su carácter lo vuelven una presa receptiva. Él mismo asegura que es «fácilmente influenciable» y «extremadamente nervioso». Por otro lado, sostiene que no es «imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición». Parecen términos contradictorios, porque si es «fácilmente influenciable» bien podría ser «propenso a la superstición». Hume Nisbet debe ser el primero en presentar un escéptico influenciable.

Supongo que la broma interna del relato reside en el cliché que se convierta en realidad. Quiero decir, la médium, a quien se la describe como «dotada por el cielo», invoca o atrae el alma atormentada de una de las víctimas de Jack el destripador. Esto es equivalente a que Napoleón o Julio César se hagan presentes en la sesión. Sin embargo, aquí el cliché aparentemente se vuelve real.

Tal vez lo más interesante es que el relato convierte a Jack el destripador en un demonio. En efecto, Polly, una mujer que ha tenido una vida miserable como «desafortunada» [prostituta] en Whitechapel, narra su asesinato, y sostiene que fue cometido por una entidad demoníaca, aunque esto podría ser una exageración debido a su inmensa crueldad. En cierto momento se dice que Jack tiene un rostro oscuro, marcado por la viruela, este último un rasgo humano, pero después se dice que posee garras. Quizás este Jack fue humano en algún momento y progresivamente se fue convirtiendo en una entidad demoníaca, o quizás nunca fue un asesino mundano. No está claro. En todo caso, es una experiencia distinta a otras participaciones del asesino de Whitechapel, como Atentamente, Jack el Destripador (Yours Truly, Jack the Ripper) de Robert Bloch.




El hechizo del demonio.
The Demon Spell, Hume Nisbet (1849-1923)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Era la época en que el espiritismo estaba de moda en Inglaterra, y ninguna fiesta se consideraba completa sin una sesión, entre otras diversiones. Una noche, un amigo, gran creyente en las manifestaciones del mundo invisible, me invitó a casa y solicitó, para mi especial instrucción, una conocida médium de trance. «Una chica guapa y con dones celestiales, que seguro te caerá bien, lo sé», me dijo.

Yo no creía en el regreso de los espíritus, pero, pensando en divertirme, accedí a asistir a la hora señalada. En ese momento acababa de regresar de una larga estancia en el extranjero y me encontraba en un estado de salud muy delicado, fácilmente influenciable y extremadamente nervioso. A la hora señalada, me encontré en casa de mi amigo, donde me presentaron a los asistentes que se habían reunido para presenciar los fenómenos. Algunos, como yo, desconocían las reglas; otros, expertos, ocuparon sus lugares de inmediato en el orden en que habían asistido a reuniones anteriores. La médium aún no había llegado, y mientras esperábamos su llegada, nos sentamos e inauguramos la sesión con un himno.

Acabábamos de entonar la segunda estrofa cuando se abrió la puerta y la médium entró sigilosamente, ocupando su lugar en un espacio vacío a mi lado, uniéndose a los demás en la última estrofa. Tras lo cual todos permanecimos inmóviles con las manos apoyadas en la mesa, esperando la primera manifestación del mundo invisible. Ahora bien, aunque toda esta actuación me parecía ridícula, había algo en el silencio y la tenue luz, pues el gas estaba bajo y la habitación parecía estar llena de sombras; algo en la frágil figura a mi lado, con la cabeza gacha, me emocionó con una curiosa sensación de miedo y un horror gélido como nunca antes había sentido.

No soy imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición, pero desde el momento en que aquella joven entró en la habitación sentí como si una mano se posara sobre mi corazón, una mano de hierro frío que lo comprimía. Mi oído también se había agudizado, de modo que el latido del reloj en el bolsillo de mi chaleco sonaba como el golpeteo de una trituradora de cuarzo, y la respiración pausada de quienes me rodeaban, tan fuerte y perturbadora como el resoplido de una máquina de vapor. Solo cuando me volví para mirar a la médium me tranquilicé; entonces me pareció como si una ola de aire frío me hubiera atravesado el cerebro, acallando, por el momento, esos horribles sonidos.

—Está poseída —susurró mi anfitrión al otro lado—. Espera, pronto hablará y nos dirá a quién tenemos a nuestro lado.

Mientras esperábamos sentados, la mesa se movió varias veces bajo nuestras manos, mientras se oían golpes a intervalos, en la mesa y por toda la sala, una escena de lo más extraña y espeluznante, aunque ridícula, que me hizo sentir entre ganas de salir corriendo del susto y de quedarme quieto y reír; en general, creo, ese horror se apoderó de mí por completo. Al instante levantó la cabeza y puso su mano sobre la mía, comenzando a hablar con una voz extraña, monótona y lejana:

—«Esta es mi primera visita desde que dejé la tierra, y me has llamado.

Me estremecí cuando su mano rozó la mía, pero no tuve fuerzas para apartarla de su suave y ligero apretón.

—Soy lo que llamarían un alma perdida; es decir, estoy en la esfera más baja. La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel. Fui lo que llaman una desafortunada, sí, bastante desafortunada. ¿Quieren que les cuente cómo sucedió?

La médium tenía los ojos cerrados, y fuera mi imaginación distorsionada o no, parecía haber envejecido y tener un aspecto decididamente libertino desde que se sentó, o más bien como si una máscara ligera y vaporosa de vicio degradante hubiera reemplazado sus antiguos rasgos delicados.

Nadie habló, y la médium en trance continuó:

—Había estado fuera todo el día, sin suerte ni comida, de modo que arrastraba mi cuerpo cansado por el aguanieve y el barro, pues había estado mojado todo el día, y estaba empapada hasta los huesos, y miserable, ah, diez mil veces más miserable de lo que soy ahora, porque la tierra es un infierno mucho peor para alguien como yo que nuestro infierno aquí.

»Había importunado a varios transeúntes mientras caminaba esa noche, pero ninguno me dirigió la palabra, pues el trabajo había escaseado durante todo el invierno, y supongo que no parecía tan tentadora como antes; Solo una vez me respondió un hombre, un hombre moreno, de mediana estatura, de voz suave y mucho mejor vestido que mis compañeros habituales. Me preguntó adónde iba y luego me dejó, poniéndome una moneda en la mano, por la que le di las gracias. Como llegué justo a tiempo a la última taberna, me apresuré, pero al acercarme a la barra y mirarme la mano, descubrí que era una curiosa moneda extranjera, con cifras extravagantes, que el posadero no quiso aceptar, así que volví a salir a la oscura niebla sin mi bebida.

»No tenía sentido seguir adelante esa noche. Recorrí el patio donde estaba mi alojamiento, con la intención de ir a casa a dormir, ya que no podía comer, cuando sentí que algo me tocaba suavemente por detrás, como si alguien me hubiera agarrado el chal; entonces me detuve y me giré para ver quién era.

»Estaba sola, sin nadie cerca, solo niebla y la penumbra de la lámpara del patio. Sin embargo, sentí como si algo se hubiera apoderado de mí, aunque no podía ver qué era. Se estaba acumulando a mi alrededor.

»Intenté gritar, pero no pude, pues una garra invisible se cerró sobre mi garganta y me ahogó, y entonces caí al suelo y lo olvidé todo. Al instante siguiente, desperté, fuera de mi pobre cuerpo mutilado, y me quedé observando el terrible trabajo que se estaba llevando a cabo, tal como lo ven ahora».

En efecto, lo vi todo cuando la médium dejó de hablar: un cadáver destrozado yacía sobre el pavimento embarrado, y un rostro demoníaco, oscuro y picado de viruelas, inclinado sobre él con las garras delgadas extendidas, y la densa niebla en lugar de un cuerpo, como la encarnación a medio formar de músculos.

—Eso fue lo que lo causó, y lo sabrás de nuevo —dijo—. He venido a buscarte para que lo encuentres.

—¿Es inglés? —jadeé, mientras la visión se desvanecía y la habitación volvía a ser nítida.

—No es ni hombre ni mujer, pero vive como yo, está conmigo ahora y puede que esté contigo esta noche. Aun así, si me quieres en su lugar, puedo retenerlo, solo debes desearme con todas tus fuerzas.

La sesión se estaba volviendo demasiado horrible, y por consentimiento general nuestro anfitrión subió el gas, y entonces vi por primera vez a la médium, ahora liberada de su malvada posesión, una hermosa joven de unos diecinueve años, con, creo, los ojos marrones más gloriosos que jamás había visto.

—¿Crees lo que has estado diciendo? —le pregunté mientras conversábamos.

—¿Qué he dicho?

—Sobre la mujer asesinada.

—No sé nada en absoluto. Solo que he estado sentada a la mesa. Nunca sé qué son mis trances.

¿Decía la verdad? Sus ojos oscuros la reflejaban, así que no podía dudar de ella.

Esa noche, al ir a mi alojamiento, debo confesar que tardé un rato en decidir acostarme. Estaba alterado y nervioso, y deseé no haber asistido nunca a esa reunión espiritual. Mientras me quitaba la ropa y me metía apresuradamente en la cama, hice una promesa mental de que sería la última sesión impía a la que asistiría.

Por primera vez en mi vida no pude apagar el gas. Sentí como si la habitación se llenara de fantasmas, como si este par de espectros espantosos, el asesino y su víctima, me hubieran acompañado a casa y en ese momento se disputaran mi posesión. Así que, en lugar de eso, me tapé la cabeza con las sábanas, pues hacía frío, y me fui a dormir.

¡Las doce! Y el aniversario del nacimiento de Cristo. Sí, oí las campanadas desde la aguja de la calle y las conté, lentamente, escuchando los ecos de otros campanarios, después de que esta cesara, mientras yacía despierto en esa habitación iluminada por el gas, sintiéndome como si no estuviera solo en esa mañana de Navidad.

Así, mientras intentaba pensar en qué me había despertado tan repentinamente, me pareció oír un eco lejano que gritaba: «¡Ven a mí!». Al mismo tiempo, las sábanas fueron retiradas lentamente de la cama y abandonadas en una masa confusa en el suelo.

—¿Eres tú, Polly? —grité, recordando la sesión espiritista y el nombre con el que el espíritu se había anunciado al tomar posesión.

Tres golpes claros resonaron en el poste de la cama, junto a mi oído, la señal de «Sí».

—¿Puedes hablarme?

—Sí —respondió un eco más que una voz, mientras sentía que se me erizaba la piel, pero me esforzaba por ser valiente.

—¿Puedo verte?

—¡No!

—¿Sentirte?

Al instante, una mano fría y ligera me tocó la frente y me recorrió el rostro.

—¡En nombre de Dios, qué quieres!

—Salvar a la chica con la que estuve esta noche. La persigue y la matará si no vienes pronto.

En un instante me levanté de la cama y me vestí como pude, horrorizado, pero sintiendo como si Polly me estuviera ayudando a vestirme. Había una daga kandiana sobre mi mesa que había traído de Ceilán, una daga vieja que había comprado por su antigüedad y diseño, y la recogí al salir de la habitación, con esa mano invisible y ligera que me guiaba fuera de la casa y por las calles desiertas y nevadas.

No sabía dónde vivía la médium, pero seguí su suave agarre a través de la nevada salvaje y cegadora, doblando esquinas y atajos, cabizbajo y con los copos cayendo a mi alrededor, hasta que finalmente llegué a una plaza silenciosa, frente a una casa en la que, por instinto, supe que debía entrar.

Al otro lado de la calle noté a un hombre de pie, mirando hacia una ventana tenuemente iluminada, pero no pude verlo con claridad y no le presté mucha atención en ese momento, sino que subí corriendo los escalones de la entrada y entré en la casa, con esa mano invisible todavía empujándome hacia adelante.

Cómo se abrió esa puerta, o si se abrió, no podría decirlo, solo sé que entré, como en un sueño, y subiendo las escaleras interiores, pasé a un dormitorio donde la luz ardía tenuemente. Era su dormitorio, y ella forcejeaba entre las garras brutales, esas mismas garras demoníacas, y el resto se desvanecía en la nada.

Lo vi todo de un vistazo: su figura semidesnuda, con las sábanas revueltas, mientras el demonio informe de músculos se aferraba a su delicada garganta. Y entonces me lancé furioso con mi daga, cortando transversalmente esas garras crueles y ese rostro maligno, mientras vetas de sangre seguían el curso de mi cuchillo, dejando feas manchas, hasta que finalmente dejó de forcejear y desapareció como una horrible pesadilla, mientras la chica medio estrangulada, ahora liberada de ese agarre, despertaba a la casa con sus gritos, mientras de su mano caía una extraña moneda, de la que me apoderé.

Así la dejé, sintiendo que mi trabajo estaba hecho, bajando las escaleras como había subido, sin impedimentos ni siquiera pareciendo, en lo más mínimo, llamar la atención de los demás inquilinos de la casa, quienes corrieron en camisón hacia el dormitorio de donde provenían los gritos.

De nuevo a la calle, con la moneda en una mano y mi daga en la otra, recordé al hombre que había visto mirando hacia la ventana. ¿Seguía allí? Sí, pero en el suelo, en una masa negra y confusa entre la nieve blanca, como si lo hubieran derribado.

Me acerqué a donde yacía y lo miré. ¿Estaba muerto? Sí. Lo giré y vi que tenía la garganta desgarrada de oreja a oreja, y por todo su rostro —el mismo rostro oscuro, pálido, malvado y marcado por la viruela, y manos como garras— vi los oscuros cortes de mi daga kandiana, mientras que la suave nieve a su alrededor estaba teñida con charcos de vida carmesí, y mientras miraba oí el reloj dar la una, desde la distancia sonaba el canto de los que se acercaban, entonces me giré y huí ciegamente hacia la oscuridad.

Hume Nisbet (1849-1923)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hume Nisbet.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hume Nisbet: El hechizo del demonio (The Demon Spell), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Cielo de claraboyas»: Silvina Ocampo; relato y análisis.


«Cielo de claraboyas»: Silvina Ocampo; relato y análisis.




«Despacito fue dibujándose en el vidrio una cabeza partida en dos,
una cabeza donde florecían rulos de sangre atados con moños.»


Cielo de claraboyas es un relato de terror de la escritora argentina Silvina Ocampo (1903-1993), publicado en la antología de 1937: Viaje olvidado.

Cielo de claraboyas, uno de los grandes cuentos de Silvina Ocampo, relata la historia de una niña [tal vez de la burguesía de Buenos Aires], que observa e interpreta los hechos escalofriantes que suceden en el piso de arriba a través de una perspectiva que distorsiona y desenfoca: una claraboya. Desde abajo del techo vidriado la Narradora observa una breve secuencia de sucesos inquietantes que conducen al asesinato de una niña.

La Narradora dispone apenas de un cuadrado de interpretación [la claraboya] y los sonidos apagados que le llegan desde el departamento superior. Pies desnudos, faldas, zapatos, van articulando la relación de los individuos que viven arriba. A través de la semitransparencia de la claraboya somos testigos de tres pares de zapatos adultos que rodean dos piecitos calzados con zapatos infantiles. Se trata, quizás, de un matrimonio con una niña, pero a esa constelación se suma la figura de una mujer amenazante, calzada con botines negros:


«Se oyeron pasos endemoniados de botines muy negros, atados con cordones que al desatarse provocan accesos mortales de rabia. La falda con alas de demonio volvió a revolotear sobre los vidrios; los pies desnudos dejaron de saltar; los pies corrían en rondas sin alcanzarse; la falda corría detrás de los piecitos desnudos, alargando los brazos con las garras abiertas, y un mechón de pelo quedó suspendido, prendido de las manos de la falda negra, y brotaban gritos de pelo tironeado.»


La mujer con botines negros es, quizás, la nueva institutriz, una figura terrorífica para la mirada infantil de 1937. Desde la perspectiva de la Narradora, Leonor [la institutriz] se ve como «una pollera disfrazada de tía», «con los pies embotinados de institutriz perversa» y «una voz de cejas fruncidas y de pelo de alambre». Sobre Celestina [probablemente de la misma edad que la Narradora] solo vemos sus «pies desnudos», su camisón, «saltando con un caramelo guardado en la boca». La niña se encuentra en un estado de vulnerabilidad. Es víctima de violencia. Su sangre se verá a través de la claraboya en un episodio abierto a la interpretación. No sabemos si sufrió un accidente o fue asesinada, pero la perpetradora es la mujer que debía cuidarla [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Cielo de claraboyas, narrado y protagonizado por dos niñas, está repleto de símbolos y personificaciones surrealistas: la reja del ascensor tiene «flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro negro», los cables parecen «grandes serpientes» capaces de hipnotizar, lo cual genera una atmósfera de cuento de hadas en su sentido original, donde la inocencia es acechada por la oscuridad, donde la infancia y la imaginación se enfrentan contra la cruda y prosaica edad adulta [ver: Por qué los cuentos de hadas no son para chicos]

Cielo de claraboyas sigue un patrón recurrente en los cuentos de Silvina Ocampo: la infancia, el despertar de la sexualidad, la amenaza de la Muerte personificada en un adulto. Estas historias se enfocan en personajes marginados para la época: niñas, mujeres, sirvientas, por lo que el escenario predominante es lo doméstico, un ámbito de relaciones tensas, a veces crueles, desiguales, violentas [ver: Horror Doméstico]. Pero el rasgo más notable de Silvina Ocampo es la perspectiva que utiliza para observar estas realidades. Las miradas de sus narradores nunca provienen de un lugar lógico, esperado, incluso accesible para el escritor. En esta historia, por ejemplo, tenemos a una niña que dirige su mirada voyeurista a través de la claraboya para ver, pero sobre todo para interpretar a partir de elementos incompletos, a la familia que vive arriba.

Desde esa perspectiva, el lector apenas obtiene una pequeña y difusa abertura al drama. Los vínculos, actividades y emociones se perciben desde abajo, de modo que cada persona es referida a través de sus zapatos, sus faldas, o sus voces apagadas. La infancia se asoma al mundo adulto y empieza a descubrir sus peligros, como si tuvieras 8 años y escucharas una fuerte discusión entre adultos a través de una puerta cerrada. Este enfoque inusual no es caprichoso. Obliga al lector a asumir [o a recordar] la perspectiva de un niño que percibe el mundo «desde abajo», un mundo donde las personas que deberían cuidarte a menudo son las que te lastiman.

Silvina Ocampo va dejando rastros sonoros que acentúan esa perspectiva infantil, como la pianola trabada en la misma nota, la cuerda sobre la cual salta rítmicamente la niña de arriba, risas, pasos, el roce de las faldas, un reloj [«como un árbol»] que da la hora, «gritos de pelo tironeado», el golpe en la cabeza de Celestina; y un «silencio profundo, como el que precede al llanto de un chico golpeado» [ver: La Casa como representación del cuerpo de la mujer]

Cielo de claraboyas se inscribe en la tradición gótica. Sitúa el horror desde la perspectiva de los «marginados» del sistema, aquellos que no poseen autoridad, poder de decisión y libre albedrío [en este caso, mujeres y niños]. En cierto modo, la historia participa de lo Siniestro [unheimliche] propuesto por Sigmund Freud al analizar El Hombre de Arena (Der Sandmann) de E.T.A. Hoffmann, pero desviando el foco hacia un territorio novedoso. Freud se centró en el miedo a la castración, dando por sentado que la masculinidad es la síntesis del género humano. En cambio, Silvina Ocampo se centra en los miedos femeninos, sobre los cuales el psicoanálisis freudiano no se interesó en la misma medida [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

Pero la cuestión de género es menos importante en Cielo de claraboyas que la oposición infancia/adultez. La representación de las figuras en esta historia es predominante femenina, pero lo que interesa es la relación de poder, el autoritarismo, que bien puede ser ejercido dentro del universo femenino. Silvina Ocampo nos obliga a tomar la perspectiva infantil, una estrategia que nos condena a la impasibilidad, a «no saber», a ser testigos mudos de la crueldad. Esto, además, desmitifica la noción de la inocencia infantil como una especie de estado de gracia. La «inocencia» de la Narradora de Cielo de claraboyas se traduce en no saber qué ocurre en el piso de arriba, porqué ocurre, pero también en aceptar y naturalizar la situación, al punto de no hacer nada cuando escucha: «¡Voy a matarte!», tampoco cuando la mujer persigue a Celestina.

Aunque Silvina Ocampo no describe explícitamente la mecánica de la muerte, si tuviésemos que hacer un trabajo detectivesco y reconstruir lo que sucedió en el piso de arriba a partir de las pocas pistas que nos deja la Narradora, diríamos que Celestina observa la caída accidental de su institutriz [tropieza o se resbala mientras persigue a la nena], y rompe en una estruendosa carcajada. Humillada, la mujer comienza a golpearla hasta matarla.

La escena es observada a través de un doble filtro: el vidrio de la claraboya y la mirada infantil de la Narradora, que emplea elementos del cuento de hadas y motivos religiosos: el «cielo» de la claraboya, la figura demoníaca de la institutriz [un «diablo negro»], la mención de los «pies aureolados como santos», el martirio de Celestina, etc. Es decir que existen varios pliegues entre lo que realmente sucedió y lo que nos llega como lectores. Todos los puntos ciegos, que son muchos debido a la pequeña superficie de la claraboya, son rellenados por la imaginación de la Narradora. Por ejemplo, recurre al arquetipo de la bruja de los cuentos de hadas para describir a la institutriz, no porque tenga elementos para suponerlo, simplemente une la idea de la vejez femenina con la perversidad, lo cual, en su imaginación, equivale a «bruja».

Silvina Ocampo es astuta. La idea de que la claraboya enturbia los hechos se superpone con la posibilidad de que ese filtro le permita a la Narradora enforcarse en lo que verdaderamente inmporta. En este contexto, la claraboya no espesa la realidad, la depura. Un testigo adulto podría encontrar dificultades para saber qué paso, pero no la Narradora, que puede recurrir a su imaginación para iluminar los puntos ciegos. Esta distancia entre su discurso [tamizado por motivos infantiles] y la atrocidad del asesinato genera un efecto demoledor: la cabeza rota de Celestina, la sangre filtrándose por una rajadura del vidrio, es una imagen dura, pero la interpretación de la Narradora de las gotas de sangre como «soldaditos» que caen sobre el piso del patio es devastadora para el lector, aunque ella parece fascinada [ver: La atracción por lo Macabro en la ficción]

Esta distancia entre un asesinato y la mirada infantil de la Narradora es la distancia entre dos esferas de existencia separadas: la infancia y la muerte. La Narradora simplemente no cuenta con las herramientas para describir los hechos; debe recurrir a su limitada experiencia, a los cuentos de hadas, a su percepción de la religión, a los eufemismos que emplean los adultos para hablar sobre la muerte a los chicos. Silvina Ocampo tensa estos dos universos y, además de producir un asesinato infame, sitúa a su Narradora ante la muerte de una par a manos de un adulto cuya profesión, además, es cuidar a los niños.

Cielo de claraboyas no cuenta lo ocurrido en el piso superior, es una representación, una continuidad del proceso imaginativo de la Narradora, como si se tratara del climax de un cuento de hadas donde el Lobo devora a Caperucita Roja al final [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror]. No es el trauma de lo que observa y oye lo que activa esta especie de mecanismo de defensa: ella comienza el relato dentro de un discurso imaginativo. Los ojos «hipnotizados» de la Narradora se «enganchan» en los cables del ascensor [que son como «serpientes»] de la casa a la que solían llevarla de visita. El resto se presagia en esta apertura: se trata del ascensor que lleva al piso de arriba, donde se encuentra la «casa misteriosa» que luego concentrará toda su atención.

El lenguaje de la Narradora es estrafalario, exagerado, que no siempre respeta la sintaxis. El estilo es eficaz para recrear este de grotesco espectáculo de marionetas a través del escenario de la claraboya, donde los comportamientos son extremos, sobreactuados. Vemos «una pollera disfrazada de tía» y oímos una sola voz [la de la institutriz], «una voz de cejas fruncidas y pelo de alambre» que grita una y otra vez: «¡Celestina, Celestina!». A través de los vidrios de la claraboya, que no son un obstáculo sino un dispositivo de amplificación sensorial, la Narradora observa la sombra de una pollera «con alas de demonio» que persigue los «piecitos desnudos» de la nena que corre vestida con un camisón. El climax de esta desarticulación de los cuerpos se produce cuando la pollera «alarga los brazos con las garras abiertas», anunciando el dramático final.

En cierto modo, la Narradora es la quintaescencia de la parábola de la cueva de Platón [atribuída a Sócrates]:


«Imagina a los seres humanos como si estuvieran en una cueva subterránea. Están en ella desde la infancia, con las piernas y el cuello atados de manera que no pueden moverse. Su luz proviene de un fuego detrás de ellos. Entre el fuego y los prisioneros hay un camino, a lo largo del cual se ve un muro. […] Luego imagina a lo largo de este muro seres humanos cargando toda clase de artefactos, que sobresalen del muro, y estatuas de hombres y otros animales labrados en madera y toda clase de materiales. Como es de esperar, algunos de los portadores emiten sonidos mientras que otros guardan silencio.»


Cuando estos prisioneros son liberados, descubren que la forma real de todo aquello de lo que sólo habían visto la sombra no coincide con su concepción de la realidad, y regresan a ella. La Narradora de Cielo de claraboyas es como estos prisioneros de Sócrates, pero todavía no ha sido liberada. Lo que ve son los vuelos del camisón de la nena, sus pies desnudos, los botines de la perversa institutriz, la persecusión, oye los gritos, los golpes, y al final ve la sangre que se filtra por una rajadura. El lector, en cambio, es como uno de los prisioneros de Sócrates que ha salido de la cueva, es decir, que conoce la forma real de todo lo que la Narradora percibe fragmentariamente desde su «cueva» en el piso de abajo.

El lector puede sacar conclusiones adicionales: la escena es lineal: una vieja asesina a una víctima infantil con nombre «celestial», símbolo de su inocencia, por motivos banales: la irritación que provoca una niña que no se quiere ir a dormir, y que además se ríe cuando intenta alcanzarla. Observar esta pesadilla de forma directa requeriría un lenguaje criminológico, pero Silvina Ocampo la convierte en algo más al narrarla desde la perspectiva fragmentada de una chica en el piso de abajo, a través de una claraboya.

Los hechos [como suele suceder en nuestra dimensión] son linales, pero, desde la «cueva», la relación causa-efecto resulta desconcertante. Los enlaces son inciertos. El cuento insinúa y frustra la continuidad, por ejemplo, entre el grito amenazador de la institutriz y la rotura de la jarra de loza, a tal punto que un buen abogado, basándose únicamente en el testimonio de la Narradora, podría argumentar que la muerte de Celestina fue un accidente involuntario, no un crimen intencional. Como fiscales tendríamos serios problemas para probar intencionalidad, pero esta existe: Celestina ríe y salta la soga mientras come un caramelo, se divierte haciendo una travesura y juega a ser perseguida, solo que su perseguidora no está jugando, no el mismo juego, al menos.

Silvina Ocampo hace que toda la situación sea más tolerable, no solo el crimen, sino la mirada fascinada de la Narradora, cuando dice que una cabeza destrozada se «dibuja» en el vidrio, o que los «rulos» ensangrentados de Celestina «florecen» entre moños. Pero, ¿quién vería en este crimen atroz, en este pobre cuerpito sin vida, imágenes de florecimiento? ¿Quién pensaría en «soldaditos» de juguete al ver las gotas de sangre filtrándose desde el piso de arriba? ¿Una niña con la misma edad de la víctima o la victimaria? ¿Con quién se identifica la Narradora? ¿Con Celestina o con su asesina?




Cielo de claraboyas.
Cielo de claraboyas, Silvina Ocampo (1903-1993)

La reja del ascensor tenía flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro negro, donde se enganchan los ojos cuando uno está triste viendo desenvolverse, hipnotizados por las grandes serpientes, los cables del ascensor.

Era la casa de mi tía más vieja adonde me llevaban los sábados de visita. Encima del hall de esa casa con cielo de claraboyas había otra casa misteriosa en donde se veía vivir a través de los vidrios una familia de pies aureolados como santos. Leves sombras subían sobre el resto de los cuerpos dueños de aquellos pies, sombras achatadas como las manos vistas a través del agua de un baño. Había dos pies chiquitos, y tres pares de pies grandes, dos con tacos altos y finos de pasos cortos. Viajaban baúles con ruido de tormenta, pero la familia no viajaba nunca y seguía sentada en el mismo cuarto desnudo, desplegando diarios con músicas que brotaban incesantes de una pianola que se atrancaba siempre en la misma nota. De tarde en tarde, había voces que rebotaban como pelotas sobre el piso de abajo y se acallaban contra la alfombra.

Una noche de invierno anunciaba las nueve en un reloj muy alto de madera, que crecía como un árbol a la hora de acostarse; por entre las rendijas de las ventanas pesadas de cortinas, siempre con olor a naftalina, entraban chiflones helados que movían la sombra tropical de una planta en forma de palmera. La calle estaba llena de vendedores de diarios y de frutas, tristes como despedidas en la noche. No había nadie ese día en la casa de arriba, salvo el llanto pequeño de una chica (a quien acababan de darle un beso para que se durmiera,) que no quería dormirse, y la sombra de una pollera disfrazada de tía, como un diablo negro con los pies embotinados de institutriz perversa.

Una voz de cejas fruncidas y de pelo de alambre que gritaba “¡Celestina, Celestina!”, haciendo de aquel nombre un abismo muy oscuro. Y después que el llanto disminuyó despacito… aparecieron dos piecitos desnudos saltando a la cuerda, y una risa y otra risa caían de los pies desnudos de Celestina en camisón, saltando con un caramelo guardado en la boca. Su camisón tenía forma de nube sobre los vidrios cuadriculados y verdes. La voz de los pies embotinados crecía: “¡Celestina, Celestina!”. Las risas le contestaban cada vez más claras, cada vez más altas. Los pies desnudos saltaban siempre sobre la cuerda ovalada bailando mientras cantaba una caja de música con una muñeca encima.

Se oyeron pasos endemoniados de botines muy negros, atados con cordones que al desatarse provocan accesos mortales de rabia. La falda con alas de demonio volvió a revolotear sobre los vidrios; los pies desnudos dejaron de saltar; los pies corrían en rondas sin alcanzarse; la falda corría detrás de los piecitos desnudos, alargando los brazos con las garras abiertas, y un mechón de pelo quedó suspendido, prendido de las manos de la falda negra, y brotaban gritos de pelo tironeado.

El cordón de un zapato negro se desató, y fue una zancadilla sobre otro pie de la falda furiosa. Y de nuevo surgió una risa de pelo suelto, y la voz negra gritó, haciendo un pozo oscuro sobre el suelo: “¡Voy a matarte!”. Y como un trueno que rompe un vidrio, se oyó el ruido de jarra de loza que se cae al suelo, volcando todo su contenido, derramándose densamente, lentamente, en silencio, un silencio profundo, como el que precede al llanto de un chico golpeado.

Despacito fue dibujándose en el vidrio una cabeza partida en dos, una cabeza donde florecían rulos de sangre atados con moños. La mancha se agrandaba. De una rotura del vidrio empezaron a caer anchas y espesas gotas petrificadas como soldaditos de lluvia sobre las baldosas del patio. Había un silencio inmenso; parecía que la casa entera se había trasladado al campo; los sillones hacían ruedas de silencio alrededor de las visitas del día anterior.

La falda volvió a volar en torno de la cabeza muerta: “¡Celestina, Celestina!”, y un fierro golpeaba con ritmo de saltar a la cuerda.

Las puertas se abrían con largos quejidos y todos los pies que entraron se transformaron en rodillas. La claraboya era de ese verde de los frascos de colonia en donde nadaban las faldas abrazadas. Ya no se veía ningún pie y la falda negra se había vuelto santa, más arrodillada que ninguna sobre el vidrio.

Celestina cantaba Les Cloches de Corneville, corriendo con Leonor detrás de los árboles de la plaza, alrededor de la estatua de San Martín. Tenía un vestido marinero y un miedo horrible de morirse al cruzar las calles.


Silvina Ocampo (1903-1993)




Relatos góticos. I Relatos de Silvina Ocampo.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Silvina Ocampo: Cielo de claraboyas, fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Lo intolerable: análisis de «La gallina degollada» de Horacio Quiroga.


Lo intolerable: análisis de «La gallina degollada» de Horacio Quiroga.




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de terror del escritor uruguayo Horacio Quiroga: La gallina degollada, publicado originalmente en la edición del 10 de julio de 1909 de la revista argentina Caras y Caretas, y luego reeditado en la antología de 1917: Cuentos de amor de locura y de muerte.


[«Todo el día, sentados en el patio, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz.»]


Después de un año de casados, la pareja Mazzini-Ferraz tiene a su primer hijo. El pequeño crece sano y fuerte hasta el año y medio, cuando sufre violentas convulsiones y despierta, a la mañana siguiente, sin reconocer a sus padres. Los médicos lo examinan pero no pueden explicar por qué ha perdido «la inteligencia, el alma, aun el instinto». El diagnóstico: «un caso perdido». La pareja comienza a preguntarse por el factor hereditario de la condición de su hijo. El médico, para salir del paso, afirma que la madre tiene un pulmón defectuoso.

Al poco tiempo la pareja tiene otro hijo, pero a los 18 meses convulsiona y queda «idiota» como su hermano mayor. Los padres desesperan, creen que su sangre está maldita. Sin embargo, vuelven a buscar un hijo sano. Tienen mellizos que repiten la misma enfermedad de sus hermanos.

Los padres están devastados, pero al mismo tiempo sienten compasión por sus cuatro hijos. Son niños que no saben comer solos, que caminan llevándose cosas por delante, que mugen, que ríen «sacando la lengua y ríos de baba». Si bien parecen abstraídos en su propio mundo, pasando horas enteras mirando la pared, en realidad están atentos a lo que sucede a su alrededor y hasta poseen «cierta facultad imitativa».

Años más tarde, el matrimonio tiene una niña, Bertita. El matrimonio vive con angustia y preocupación los primeros dos años, pero la niña no sufre ninguna convulsión. Es una chica sana, divertida y muy inteligente. Bertita empieza a recibir toda la atención de sus padres, lo cual hace que los cuatro hermanos reciban muy poca, y eventualmente una «absoluta falta de cuidado maternal». La sirvienta se encarga de vestirlos, darles de comer y acostarlos; no con cariño y ternura, sino más bien con brutalidad. Pasan la mayor parte del día sentados en el banco del patio mirando la pared.

Una tarde en la que Bertita, de cuatro años, tiene tiene fiebre, los padres discuten. Mazzini culpa a su esposa por la enfermedad de los hijos. Al día siguiente, Berta escupe sangre. Mazzini la consuela, pero nadie dice una palabra sobre el síntoma. Deciden salir con Bertita y le piden a la sirvienta, María, que mate a una gallina para la cena. Los cuatro hijos se levantan del banco, van a la cocina y observan a la sirvienta degollando al animal.

A la noche, el matrimonio sale a saludar a unos vecinos y Bertita queda dentro de la casa. Los cuatro hermanos están sentados como siempre, inmóviles en el banco, mirando inertes la pared de ladrillos. En ese momento, Bertita entra al patio. Quiere trepar el cerco. Los cuatro hermanos fijan sus miradas en ella. Una «una creciente sensación de gula bestial» se apodera de ellos. Lentamente, los cuatro niños avanzan hacia el cerco y agarran a su hermana de una pierna. Bertita grita, llama a su madre. Uno de los niños le aprieta el cuello como si fuera el cogote de una gallina. Los demás la arrastran hasta la cocina, la sostienen en la pileta [«separándole los rizos como si fueran plumas»] y la desangran al igual que María lo hizo con la gallina.

Mazzini, desde la casa de enfrente, escucha el grito de su hija. Vuelven a casa. El padre entra a la cocina, ve en el piso cubierto de sangre y lanza un grito de espanto. Le dice a su mujer que no entre. Berta se asoma y colapsa en brazos de su esposo.


La gallina de degollada no es solo una historia superficial de locura y muerte. Es eso y mucho más. Tampoco es una historia que permita un examen clínico, distante. Hay que ensuciarse las manos para analizar a Horacio Quiroga. [ver: Grandes cuentos de terror de Horacio Quiroga]

El médico atribuye la enfermedad de los muchachos a una condición sobre la cual Horacio Quiroga no ahonda, porque está clara. El lector porteño de 1909 puede deducir fácilmente que se trata de meningitis. Al mismo tiempo, la madre, Berta, está mostrando los primeros signos de la etapa más aguda de la sífilis.

Al principio, la pareja realmente ama a sus hijos «subnormales» y los cuidan y atienden lo mejor que pueden. Sin embargo, después de tres años, comienzan a anhelar otro hijo para compensar las cuatro «bestias» que han engendrado. Debido a que Berta no concibe de inmediato, se vuelven amargados y resentidos, y ya no se apoyan entre sí, sino que hacen acusaciones mutuas sobre quién es el culpable de la enfermedad de los niños [ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft]

La llegada de Bertita los hace pasar de una «gran compasión por sus cuatro hijos» a una abierta hostilidad hacia ellos, demostrada por el lenguaje cada vez más fuerte utilizado por Horacio Quiroga para referirse a los muchachos: «monstruos», «animales», además del hecho de que se los mantiene en el patio.

Al cumplir cuatro años, Bertita cae enferma [por haber comido demasiados dulces]; en contraste con sus hermanos, ella es atendida y mimada en exceso. La niña se recupera de su indigestión, pero al día siguiente Berta tose sangre. El horror de la enfermedad vuelve a amenazar la felicidad de la pareja. Sin embargo, la ignoran y deciden pasar el día afuera con la niña. Esa es la mañana en la que los hermanos ven a la sirvienta degollando a la gallina y quedan fascinados al ver la sangre.

No es descabellado pensar que La gallina degollada de Horacio Quiroga está inspirado en Los idiotas (The Idiots) de Joseph Conrad, publicado en 1898. En este cuento, una pareja tiene cuatro hijos «idiotas» [gemelos, otro niño y luego una niña], la esposa mata a su esposo cuando él trata de obligarla a tener otro hijo, y luego se suicida arrojándose desde un acantilado. En ambos casos hay un matrimonio que se derrumba, y cuatro hijos «monstruosos» que nunca reciben nombres ni características particulares: funcionan como un colectivo, casi como una manada. Ambas parejas, además, llegan a odiar a sus hijos, manteniéndolos fuera de la vista en la medida de lo posible.

Horacio Quiroga coquetea con la noción bíblica de que los pecados del padre recaen sobre sus hijos. En este caso, el pecado es la sífilis. Tal vez por eso ambos padres están desesperados por encontrar la «redención de los cuatro animales que les han nacido» en la pobre Bertita.

En términos psicoanalíticos podemos entender el particular desprecio que Berta tiene hacia sus cuatro hijos; de hecho, no es infrecuente que la materialización de la maternidad no se produzca ante un hijo enfermo [afortunadamente, esto ha cambiado bastante desde 1909]. Sigmund Freud diría que Berta no ha podido recuperar el falo perdido a través de la maternidad de un hijo sano. Para ella, el conflicto edípico de castración se reencarna una y otra vez en la figura de los cuatro hijos incapaces, por su enfermedad, de encarnar la satisfacción narcisista de la madre, mientras que el objeto narcisista recuperado se representa en su única hija sana, Bertita [ver: Lo que Sigmund Freud no te contó sobre el complejo de Edipo]

Horacio Quiroga es ingenioso al utilizar la figura de la Casa como representación de la psique, en este caso, del inconsciente [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]. No es caprichoso que los cuatro muchachos pasen todo el día en el patio, marginados, excluidos de la casa, pero mirando constantemente hacia la pared. Más aún, sus instintos brutales, y su ubicación en la periferia de la Casa [la conciencia] los vuelve una clara representación del inconsciente, es decir, de aquello que no queremos ver, aquello con lo que no queremos lidiar. En este contexto, es significativo que cuando los muchachos irrumpen en la cocina, la sirvienta, María, lanza un grito advirtiéndole a la madre que han entrado, porque esta «no quería que jamás pisaran allí»; de la misma manera en que la conciencia sencillamente no puede lidiar con el material en bruto del inconsciente.

Los cuatro muchachos [los impulsos ciegos, «idiotas», del inconsciente] ahora han entrado en la casa [la conciencia] y observan un episodio cotidiano, casi banal para la época: el degüello de una gallina. Por esa razón el asesinato de Bertita no se comete en el patio [el ámbito inconsciente] sino en la cocina, en la conciencia, llevando a la superficie aquellos impulsos brutales que, hasta hace poco, estaban contenidos, reprimidos, pero en estado latente.

La enfermedad de los cuatro hijos, que parece comenzar con convulsiones, fiebre, seguido de un estado de postración y deterioro cognitivo, tiene claras implicaciones transgeneracionales. De hecho, el Narrador afirma que el primer hijo [«el pequeño idiota»] «pagaba los excesos del abuelo». De este modo, el viejo trauma familiar, sobre el cual el Narrador se abstiene de comentar, resurge con cada nuevo nacimiento.


[«—¡Mamá! ¡Ay, ma!... —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida, segundo por segundo.»]


Aquella «cierta facultad imitativa» de los hermanos se manifiesta de forma horrorosa, degollando a Bertita como la sirviena lo hizo con la gallina, pero Horacio Quiroga también proporciona ejemplos anteriores aparentemente inocentes:


[«... alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando el tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en un banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.»]


El comportamiento imitativo de los muchachos es ritualista, y la comisión del asesinato de Bertita es similar a los sacrificios rituales, pero su comisión no parece casual. De hecho, los padres deciden salir de la casa y dejar sola a Bertita con los cuatro «monstruos». ¿Por qué? Es cierto, hasta entonces los muchachos no han mostrado su agresividad. Pero, si estos no son agresivos, ¿por qué excluirlos permanentemente al patio? Lo interesante aquí es que esta «cierta facultad imitativa» de los hermanos solo tiene un ejemplo violento para imitar. No han recibido afecto, ni ternura, ni nada amoroso para imitar.

Definitivamente hay algo primordial en el asesinato de Bertita al seguir el procedimiento de la sirvienta al degollar a la gallina: el juego. En efecto, el crimen como una posibilidad de juego para las mentes perturbadas de los muchachos le añade una insoportable nota de regocijo a esta auténtica tragedia griega. De hecho, La gallina degollada de Horacio Quiroga posee todos los elementos de la tragedia griega, particularmente la de Sófocles: una maldición familiar [la tara hereditaria de los hermanos], el amor que se torna violento a causa de esa maldición [el asesinato de Bertita].

El contexto geográfico de la familia no es marginal: tienen sirvienta, viven en una casa con jardín, el matrimonio suele salir a «pasear por las quintas», y además cuentan con un médico familiar. Se trata, entonces, de un ambiente burgués, posiblemente un barrio rico en las afueras de Buenos Aires. Sin embargo, en este entorno aparentemente idílico sí hay marginalidad: los cuatro hermanos, quienes están excluidos de la casa y sus comodidades, viviendo prácticamente como animales. Por otro lado, la propia Bertita también es una marginal. Su normalidad la distingue de sus cuatro hermanos, y además lleva una gran responsabilidad sobre los hombros. Bertita, la marginal desde el punto de vista de los hermanos, «viene a cortar con la descendencia podrida» de la familia.

Ahora bien, el asesinato final plantea muchas preguntas. En primer lugar, no es un crimen premeditado ni fue fantaseado por los hermanos, sino más bien copiado de algo que vieron hacer anteriormente: el degüello de la gallina. Es la exclusión y el aislamiento en el que viven el principal instigador de aquel acto; porque lo cierto es que los hermanos imitan todo: imitan el sonido del tranvía, incluso imitan la pared del patio, quedándose inmóviles frente a ella. En estas condiciones de extremo aislamiento físico y emocional, el estímulo que supone haber presenciado el degüello de la gallina activó en ellos el mismo factor imitativo que otros estímulos habían despertado, pero con consecuencias mucho menos dramáticas.

La dinámica de este matrimonio constituye un tema en sí mismo. Después de cada pelea entre ellos, frecuentes y violentas, cuyo motivo irremediablemente tiene que ver con la sucesiva idiotez de sus hijos, llegaba la reconciliación y el «ansia por otro hijo». Por supuesto, los hermanos son los autores materiales del asesinato de Bertita, pero los verdaderos culpables son los padres [citando a Piglia] debido a esta «alucinada sucesión de hijos idiotas». Engendrar cuatro hijos solo para satisfacer la fantasía de un linaje perfecto, encontrar un sucesor «sano», relegando al resto, los enfermos [¿meningitis?], a una vida de encierro y aislamiento emocional, es tan abominable como el último eslabón en esta larga cadena de atrocidades.

El tema del abandono está fuertemente presente en La gallina degollada de Horacio Quiroga. En este caso, el abandono es una forma de infanticidio. Los cuatro hermanos primero son sometidos al descuido, la desatención, y finalmente al abandono emocional; tanto es así que carecen de nombre propio; son llamados «bestias», «engendros», «monstruos», despojándolos así de su humanidad, pero también de su individualidad. Sin nombre propio ni siquiera puede decirse que sean miembros de la familia. Bertita, en cambio, existe, tiene nombre y forma parte de una genealogía. Ella es el punto de referencia de la inocencia; aunque hasta el momento de su asesinato las únicas víctimas de la historia son sus asesinos.


[«Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña sintióse cogida de una pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo»]


El asesinato de Bertita no es una venganza, sino la consecuencia lógica del abandono de los cuatro hermanos por parte de sus padres. Excluidos de la casa, aislados de cualquier gesto de afecto y contacto humano, incluso tratados más como animales, como no-personas, que como individuos, los cuatro hermanos simplemente reaccionan con la animalidad a la que otros los han condicionado.

La pureza y la belleza de Bertita parece despertar en los hermanos algo parecido al estímulo del sol, que observan extasiados todas las tardes desde el banco en el patio:


[«Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.»]


La forma en que «el sol se ocultaba tras el cerco» estimula a los hermanos, los arranca de ese «sombrío letargo de idiotismo» del mismo modo que lo hace la sirvienta al degollar parsimoniosamente a la gallina. Bertita, recordemos, es atrapada cuando intenta subirse al cerco. Creo que Horacio Quiroga quiere que pensemos que la pura y hermosa Bertita activa el mismo desenfreno de los hermanos al mirar al sol en el cerco, pero resulta más lógico pensar que Bertita se transforma en la gallina, en sus ojos, al tratar de subir al cerco.

La negligencia parental en La gallina degollada, sin embargo, no es absoluta. La madre no quiere que sus hijos merodeen por la cocina, y ciertamente le prohibe a la sirvienta que vean cómo se preparan las gallinas para la cena. ¿Por qué? Probablemente porque tiene miedo de que los hermanos imiten ese proceso. Es en un descuido que observan a la sirvienta realizar el degüello de la gallina:


[«El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia, creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...»]


Si las causas del asesinato son obvias, y están relacionada con los padres, la circunstancia depende de varios factores: observar el degüello de la gallina, el hambre, el atardecer, el color rojo, Bertita subiendo al cerco, todo se sincroniza para detonar en los hermanos esta furia homicida:


[«Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros.»]


La presencia del sol es clave para entender La gallina degollada de Horacio Quiroga. Su «luz enceguecedora llamaba su atención», los hermanos la observaban reflejarse en los ladrillos, incluso se animan con «alegría bestial» cuando la luz del sol declina al atardecer. De hecho, los hermanos relacionan el tono rojizo del ocaso con la sangre, gritando «Rojo... Rojo» al ver «estupefactos la operación» del degüello. Lamentablemente para Bertita, eligió un mal día, y un mal momento de ese día. para trepar el cerco.




Horacio Quiroga. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: Lo intolerable: análisis de «La gallina degollada» de Horacio Quiroga fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La mano roja»: Arthur Machen; relato y análisis.


«La mano roja»: Arthur Machen; relato y análisis.




La mano roja (The Red Hand) es un relato de terror del escritor galés Arthur Machen (1863-1947), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1895 de la revista Chapman's Magazine y luego reeditado en la antología de 1906: La casa de las almas (The House of Souls).

La mano roja, uno de los mejores cuentos de Arthur Machen, relata la historia de un espantoso asesinato cometido con un cuchillo de pedernal de origen prehistórico.

Dyson y su amigo, Phillipps, debaten el extraño caso del asesinato de un destacado médico londinense: sir Tomás Vivian. Ellos mismos descubrieron a la víctima durante un paseo nocturno. El observador Dyson nota algunas cosas curiosas mientras está en la escena del crimen, como el arma asesina: un cuchillo de pedernal prehistórico. Siendo un estudioso de lo arcano, Dyson está aún más fascinado por un tosco dibujo en la pared junto al cuerpo: una mano roja haciendo un gesto asociado tradicionalmente con el «mal de ojo».

Dyson concluye que el asesino debe ser un sobreviviente del pasado antiguo del hombre. Para probar su hipótesis, contrata a un artista callejero frente al Museo Británico para que cada mañana dibuje una mano roja en la misma actitud que la encontrada junto al cadáver. Durante el día, Dyson se sienta en una ventana frente al museo y observa las reacciones de los transeúntes. Partiendo de su extraña «teoría de la improbabilidad» [sobre la cual hablaremos más adelante], espera que el culpable pase por allí tarde o temprano. Cuando el asesino por fin aparece, su reacción ante la imagen es inmediata: huye despavorido, pero Dyson eventualmente lo encuentra.

Es algo decepcionante para Dyson descubrir que el sospechoso, Selby, no exhibe las características groseras del hombre primitivo. Sin embargo, Selby admite haber matado a sir Thomas [en defensa propia] y da un resumen de los eventos que llevaron al asesinato.

Selby llegó a Londres desde GAles. Siendo un muchacho aficionado a los libros, pasaba la mayor parte de su tiempo leyendo o discutiendo ideas extravagantes. Entre sus conocidos estaba sir Thomas, entonces tan pobre como él, aunque estudiante de la facultad de medicina. Los dos se hicieron muy amigos, y Selby se ofreció a compartir la aventura de encontrar la clave para descifrar los jeroglíficos tallados en una tablilla de piedra que había encontrado en Gales. Los dos hombres pasaron años en un vano esfuerzo por descifrar el código, y Thomas finalmente perdió la esperanza de lograrlo. Aproximadamente al mismo tiempo, Thomas recibió una herencia considerable y se mudó a un mejor barrio de la ciudad, comenzando en poco tiempo una exitosa carrera médica.

Selby se negó a darse por vencido y su incansable esfuerzo finalmente produjo resultados. La tablilla revelaba direcciones a un tesoro subterráneo. Selby viaja a Gales, encuentra la ubicación y el tesoro escondido. Sin embargo, decide no tomar nada para sí mismo hasta compartir el descubrimiento con Thomas. Al salir de la cueva, recoge un antiguo cuchillo de pedernal como prueba de su visita.

Selby le escribe a sir Thomas y pronto recibe una respuesta. Después de años de separación, se encuentran en un callejón. Una vez descritas las circunstancias del descubrimiento y delineadas completamente las indicaciones para llegar al escondite, sir Thomas saca un cuchillo de su abrigo. Espontáneamente, Selby toma su cuchillo de pedernal y, antes de que sir Thomas pudiera atacarlo, le corta la yugular.

Habiendo descrito su vida hasta el momento del asesinato, Selby solo tiene que dar cuenta del breve período antes de que Dyson lo encontrara. Después de la muerte de sir Thomas, regresó a la cueva para recuperar el tesoro. Cuando llega a ese punto de la narración, titubea, y Dyson tiene que presionarlo para que continúe. Lo que encontró en la cueva era repulsivo más allá de toda descripción. Incluso la voz del narrador suena «como el siseo de una serpiente». Al parecer, el tesoro estaba custodiado por una raza de Hadas. Por supuesto, no las simpáticas hadas modernas, sino fuerzas malignas y primordiales, preceltas, retrocesos biológicos de una era anterior [ver: Principales linajes y estirpes de hadas]

Lo detectivesco, que predomina en gran parte de la historia, está ausente al final de La Mano Roja. Los misterios de Arthur Machen no son los elegantes enigmas de Arthur Conan Doyle o Agatha Christie, que se resuelven ordenadamente al final. Aunque los investigadores de Arthur Machen, como Dyson, generalmente descubren el misterio, este abre secretos más profundos e inquietantes que no pueden tener una conclusión limpia o reconfortante al final.

Una vez que el lector se acostumbra al uso de coincidencias inverosímiles para que la trama avance, La Mano Roja de Arthur Machen se transforma en un gran relato. El artefacto diabólico al que se hace referencia como Dolor de la Cabra [Pain of Goat] es una referencia al Gran Dios Pan (The Great God Pan), lo cual vincula La Mano Roja con este otro gran cuento de Arthur Machen. Por otra parte, este uso frecuente de «coincidencias» se asemeja al concepto de Sincronicidad de Carl Jung, es decir, la aparente «simultaneidad de dos sucesos vinculados pero de manera acausal», como toparse [«casualmente»] con el mismo número una y otra vez. La sugerencia aquí es que hay patrones en nuestro camino, si uno sabe cómo encontrarlos y procesarlos. Dyson afirma algo similar en La Mano Roja al articular su «teoría de la improbabilidad». Esencialmente, argumenta que si uno experimenta lo suficiente un mismo espacio [en este caso, Londres], este terminará dándote pistas sobre lo que estás buscando.

La Mano Roja solo tiene sentido a la luz de las teorías del imaginativo Dyson y el racionalista Phillipps, quienes al principio debaten la posibilidad de que los «trogloditas» [hombres primitivos] todavía caminen entre ellos [hombres modernos y civilizados] por las calles de Londres. En este contexto, salen a dar un paseo nocturno y se adentran en una sección «oscura» de la ciudad, donde se topan con el cadáver de sir Thomas. El cuchillo de pedernal, las «marcas toscas hechas con tiza» en la pared, una nota críptica escrita a mano y una mujer borracha en un pub, profundizan el misterio. La «teoría de la improbabilidad» de Dyson, su aptitud literaria y sus conocimientos de la ciudad, lo llevan a descubrir una «verdad obscena», un horror insondable que deja atónitos a nuestros protagonistas.

Arthur Machen siempre parece tan consternado por los acontecimientos o las implicaciones de sus historias como esperaba que lo estuvieran sus lectores. Tampoco es infrecuente que en sus relatos aparezcan artefactos antiguos, como la «pequeña y curiosa pieza de orfebrería» al final de La Mano Roja, llamada por su propietario Dolor de la Cabra, y cuya descripción es notablemente vaga debido a la «repugnante obscenidad de la cosa». Los protagonistas no pueden soportarla [«¡Guárdalo, hombre; escóndelo, por el amor de Dios, escóndelo!»]. Que Arthur Machen se asustara de su propia imaginación es una de las razones por las que estas historias son grandiosas [ver: El horror cósmico en Arthur Machen]

La puesta en escena de rituales ocultos y ceremonias paganas en La Mano Roja debe verse a la luz de la fascinación de Arthur Machen por el ocultismo. Este interés puede verse como una de las manifestaciones de la búsqueda de una nueva espiritualidad que marcó el fin de siècle. Dyson actúa como portavoz de esa espiritualidad cuando afirma:


[«Hay sacramentos del mal así como del bien a nuestro alrededor, y vivimos y nos movemos, creo, en un mundo desconocido, un lugar donde hay cuevas y sombras y habitantes en el crepúsculo.»]


Arthur Machen plantea algunas ansiedades del siglo XIX en relación a las grandes ciudades: si los seres humanos, como los animales, evolucionamos en respuesta a un entorno desafiante, incluso hostil, ¿no podría entonces la civilización misma, y ​​las condiciones artificiales creadas por ella, convertirse en instrumentos de nuestro declive?. La Mano Roja insinúa [sin concluir nada radical] que tal vez hemos alcanzado nuestro máximo punto evolutivo, y que la vida urbana nos expone a influencias perniciosas, moral y físicamente degenerativas, contaminándonos con los frutos de nuestro propio progreso. Para Arthur Machen, la civilización parece dirigirse, no hacia su total destrucción, sino a una especie de declive, de senilidad.

Desde esta perspectiva , muchos relatos de Arthur Machen retratan a la sociedad como un cuerpo en proceso de deterioro, cuya degeneración [producto de las indulgencias del progreso] reducirá a las siguientes generaciones al atavismo, es decir, a un proceso de involución. Esta ansiedad evolutiva queda expresada en La Mano Roja a través de su protagonista, Dyson, cuando asegura que ciertas caras entre las multitudes que caminan por las calles de Londres le recuerdan al «hombre primitivo». En casi todas las historias de Arthur Machen nos ubicamos en la gran ciudad [generalmente Londres] como un sitio degenerativo, y si bien el campo galés con sus atávicos habitantes subterráneos [hadas] no parece tan amenazante, en realidad insinúa un temor colectivo subyacente: tal vez los seres humanos ya no poseemos un componente espiritual [ver: Cuando las hadas abandonaron nuestro plano de existencia]

Dyson reaparece en otros dos cuentos de Arthur Machen, todos publicados en 1895: La pirámide brillante (The Shining Pyramid) y La luz interior (The Inmost Light), donde, con un compañero menos astuto que Phillipps, debe resolver un misterio sobrenatural, en gran parte por medio del azar, la casualidad, y ciertos conocimientos arcanos. En estas historias, incluida La Mano Roja, Dyson profundiza en la mitología de la «gente pequeña», relacionada en el siglo XIX con el Renacimiento Celta [Celtic Revival], sobre todo con la tradición celta de las hadas [ver: La chica que hablaba con las hadas: análisis de «El Pueblo Blanco»]. Sin embargo, en las historias de Arthur Machen la «gente pequeña» no tiene un origen sobrenatural. Según su visión, las «hadas» están inspiradas en una raza primitiva autóctona que fue expulsada y obligada a una subsistencia marginal en los bosques por el pueblo celta cuando este llegó a los territorios de Gran Bretaña [ver: El lenguaje de las hadas]

La Mano Roja no se centra en los dilemas metafísicos que predominan en El Gran Dios Pan, pero el miedo a la degeneración que encarna Helen Vaughan es evidente, aunque aquí la pregunta central parece tener que ver con la posibilidad de una evolución paralela. Todo esto cobra importancia al final de la historia. Hasta ese momento, La Mano Roja es un relato detectivesco más o menos tradicional. Recién cuando el asesino revela que ha visitado la cueva de la «gente pequeña», la historia vira hacia lo extraño.

En este aspecto, La Mano Roja roza el simbolismo de El Gran Dios Pan cuando el asesino, Selby, revela a Dyson y Phillipps un artefacto [Dolor de la Cabra] que ha robado a la «gente pequeña», y que desde entonces el «infierno arde» en su interior a causa de lo que vio al adquirirlo. Selby vuelve a establecer un vínculo entre la tribu primitiva y el reino animal, afirmando que «son un poco más altos que las bestias». Como era de esperar, «Phillipps y Dyson gritaron juntos de horror ante la repugnante obscenidad» del artefacto. En cualquier caso, lo más interesante de La Mano Roja es que la historia, a pesar de desarrollarse completamente en las calles de Londres, el horror cósmico se produce en su conclusión, cuando los protagonistas se enfrentan a los grotescos recordatorios de esta bestial herencia enterrada [ver: Los cuentos de hadas y una teoría sobre la imaginación]

Es irónico que el compañero de Dyson en La pirámide brillante se llame Vaughan, aunque de hecho no tenga ninguna conexión con la Helen Vaughan de El Gran Dios Pan [ver: Helen Vaughan: el monstruo femenino como figura de resiliencia]. De hecho, Arthur Machen recicla con frecuencia los nombres de sus personajes. Algunos, como Dyson, son claramente la misma persona; otros pueden ser la misma persona o no según el contexto. Por ejemplo, el Meyrick de El Pueblo Blanco (The White People) puede o no ser Ambrose Meyrick, protagonista de La gloria secreta (The Secret Glory), pero ciertamente no es el Meyrick de El Gran Dios Pan. Nombres como Vaughan, Williams, Meyrick y Phillips pueden encontrarse recurrentemente en sus historias, y aunque Arthur Machen a veces usa estos nombres de manera significativa, su elección en otras ocasiones parece basada más en la sonoridad que en el significado.




La mano roja.
The Red Hand, Arthur Machen (1863-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El problema de los anzuelos.

—No puede haber ninguna duda —dijo el Sr. Phillipps—, de que mi teoría es la verdadera; estos pedernales son anzuelos prehistóricos.

—Pero sabes que con toda probabilidad las cosas fueron falsificadas el otro día.

—¡Cosas! —dijo Phillipps—. Tengo cierto respeto, Dyson, por tus habilidades literarias, pero tus conocimientos de etnología son insignificantes, o más bien inexistentes. Estos anzuelos satisfacen todas las pruebas; son perfectamente auténticos.

—Posiblemente, pero como dije hace un momento, vas a trabajar en el lado equivocado. Te alejas positivamente de la posibilidad de encontrarte con el hombre primitivo en esta ciudad misteriosa y arremolinada, y pasas las horas fatigosas en tu agradable retiro de Red Lion Square buscando a tientas pedacitos de pedernal, que son, como dije, con toda probabilidad, burdas falsificaciones.

Phillips tomó uno de los pequeños objetos y lo levantó con exasperación.

—Mira esa cresta —dijo—. ¿Ha visto alguna vez una cresta así en una falsificación?

Dyson se limitó a gruñir, encendió su pipa y los dos se sentaron a fumar en silencio, mirando a través de la ventana abierta a los niños en la plaza mientras revoloteaban de un lado a otro en el crepúsculo de las lámparas, tan escurridizos como los murciélagos que vuelan al borde de un bosque.

—Bueno —dijo finalmente Phillipps—, hace mucho tiempo que no estás aquí. Supongo que has estado trabajando en tu antigua tarea.

—Sí —dijo Dyson—, siempre persiguiendo frases. Envejeceré en la caza. Pero es un gran consuelo meditar sobre el hecho de que no hay una docena de personas en Inglaterra que sepan lo que significa el estilo.

—Supongo que no; por lo demás, el estudio de la etnología está lejos de ser popular. ¡Y las dificultades! El hombre primitivo se encuentra borroso y muy lejano a través del gran puente de los años. Por cierto —prosiguió después de una pausa—, ¿qué es eso de lo que hablabas hace un momento sobre la posibilidad de encontrarte con un hombre primitivo en la esquina, o algo por el estilo? Seguro que hay gente por aquí cuyas ideas son muy primitivas.

—Me gustaría, Phillipps, que no racionalizaras mis comentarios. Si, recuerdo correctamente, insinué que rehuías la posibilidad de encontrarte con el hombre primitivo en esta ciudad misteriosa y arremolinada, y quise decir exactamente lo que dije. ¿Quién puede limitar la edad de supervivencia? El troglodita y el habitante del lago, tal vez representantes de razas aún más oscuras, pueden muy probablemente estar al acecho entre nosotros, codeándose con la humanidad en levita y finamente vestida, voraz como lobos en el corazón e hirviendo con las sucias pasiones del pantano y la cueva negra. De vez en cuando, mientras camino por Holborn o Fleet Street, veo un rostro que declaro aborrecido y, sin embargo, no podría dar una razón para el escalofrío de aversión que se agita dentro de mí.

—Mi querido Dyson, me niego a entrar en tu departamento literario. Sé que existen supervivencias, pero todo tiene un límite y tus especulaciones son absurdas. Debes atraparme como tu troglodita antes de que crea en él.

—Estoy de acuerdo con eso de todo corazón —dijo Dyson, riéndose de la facilidad con la que había logrado agitar a Phillipps—. Es una buena noche para dar un paseo —añadió tomando su sombrero.

—¡Qué tontería estás diciendo, Dyson! —dijo Phillipps—. Sin embargo, no tengo ningún inconveniente en dar un paseo contigo: como dices, es una noche agradable.

—Ven entonces —dijo Dyson, sonriendo—, pero recuerda nuestro trato.

Los dos hombres salieron a la plaza y, atravesando uno de los estrechos pasadizos que sirven de salida, se dirigieron hacia el noreste. Mientras pasaban a lo largo de una calzada ensanchada, podían oír, entre el clamor de los niños y el zumbido largo y profundo del tráfico, un sonido tan persistente que resonaba como el eco de ruedas eternas. Dyson miró a derecha e izquierda y guió el camino, y pronto atravesaron un barrio más tranquilo, tocando plazas desiertas y calles silenciosas, negras como la medianoche. Phillips había perdido toda la cuenta de la dirección, y como poco a poco la región de la respetabilidad dio paso al estuco sórdido y sucio que ofendía el ojo del observador artístico, se limitó a aventurar el comentario de que nunca había visto un barrio más desagradable o más vulgar.

—Más misterioso, querrás decir —dijo Dyson—. Te lo advierto, Phillipps, ahora estamos tras el rastro.

Se sumergieron aún más en el laberinto de ladrillos; un tiempo antes habían cruzado una calle ruidosa que corría de este a oeste, y ahora el barrio parecía amorfo, sin carácter; aquí una casa decente con suficiente jardín, aquí una plaza descolorida, y aquí fábricas rodeadas de paredes altas y lisas, con pasadizos ciegos y rincones oscuros; pero todo mal iluminado y poco frecuentado y cargado de silencio.

En ese momento, mientras paseaban por una calle abandonada de casas de dos pisos, Dyson dijo:

—Me gusta el aspecto de eso. Me parece prometedor.

Había una farola en la entrada y otra, un mero resplandor, en el otro extremo. Debajo de la lámpara, en el pavimento, un artista evidentemente había establecido su academia durante el día, porque las piedras eran un borrón de colores toscos frotados entre sí, y algunos fragmentos rotos de tiza yacían en un pequeño montón debajo de la pared.

—Ya ves que la gente pasa de vez en cuando por aquí —dijo Dyson, señalando las ruinas—. Confieso que no debería haberlo creído posible. Ven, vamos a explorar.

A un lado de este desvío había un gran depósito, con vagos montones de madera que se alzaban informes sobre el muro que lo encerraba; y al otro lado del camino un muro aún más alto parecía encerrar un jardín, pues había sombras como árboles, y un leve murmullo de hojas susurrantes rompía el silencio. Era una noche sin luna, y las nubes que se habían reunido después de la puesta del sol se habían ennegrecido. A mitad de camino entre las débiles lámparas el pasaje yacía oscuro y sin forma, y cuando se detuvieron y escucharon, y el agudo eco de pasos reverberantes cesó, llegó desde lejos, muy lejos, como desde más allá de las colinas, un leve retumbar del ruido de Londres.

Phillipps estaba reuniendo valor para declarar que ya había tenido suficiente de la excursión, cuando un fuerte grito de Dyson irrumpió en sus pensamientos.

—¡Detente, detente, por el amor de Dios, o lo pisarás! ¡Ahí! ¡Casi bajo tus pies!

Phillipps miró hacia abajo y vio una forma vaga, oscura y enmarcada en las sombras que lo rodeaban, caída extrañamente sobre el pavimento, y luego un puño blanco brilló por un momento mientras Dyson encendía una cerilla, que se apagó directamente.

—Es un hombre borracho —dijo Phillips con mucha frialdad.

—Es un hombre asesinado —dijo Dyson, y comenzó a llamar a la policía con todas sus fuerzas.

Pronto desde la distancia resonaron pasos que corrían y se hicieron más fuertes. Un policía fue el primero en llegar.

—¿Qué pasa? —dijo, porque no había visto lo que yacía en el pavimento.

—¡Mire! —dijo Dyson, hablando desde la penumbra—. ¡Mire allí! Mi amigo y yo llegamos a este lugar hace tres minutos y eso es lo que encontramos.

El hombre enfocó su luz en la forma oscura y dijo.

—Vaya, es un asesinato. Hay sangre a su alrededor y un charco en la alcantarilla. No está muerto desde hace mucho tiempo. ¡Ahí está la herida! En el cuello.

Dyson se inclinó sobre lo que yacía allí. Vio a un caballero próspero, vestido con ropas suaves y bien cortadas. Los pulcros bigotes comenzaban a canear; podría haber tenido cuarenta y cinco años una hora antes; y un hermoso reloj de oro se le había caído a medias del bolsillo del chaleco. En la carne del cuello, entre la barbilla y la oreja, se abría una gran herida, un corte limpio pero coagulado con sangre seca, y el blanco de las mejillas brillaba como una lámpara encendida sobre el rojo.

Dyson se volvió y miró con curiosidad a su alrededor; el muerto yacía al otro lado del camino con la cabeza inclinada hacia la pared, y la sangre de la herida corría por el pavimento y formaba un charco oscuro, como había dicho el policía, en la alcantarilla. Habían llegado dos policías más, la multitud reunida, zumbando por todas partes. Los oficiales hicieron todo lo posible para mantener a distancia a los curiosos. Las tres linternas destellaban aquí y allá, en busca de más pruebas, y en el brillo de una de ellas, Dyson vio un objeto en el camino, sobre el cual llamó la atención del policía que tenía más cerca.

—Mira, Phillipps —dijo, cuando el hombre lo aseguró y lo sostuvo en alto.

Era un pedernal oscuro, reluciente como la obsidiana, y con un borde ancho parecido a un azuelo. Un extremo era áspero y fácil de agarrar con la mano. Tenía apenas cinco pulgadas de largo. El borde estaba lleno de sangre.

—¿Qué es eso, Phillipps? —dijo Dyson, y Phillipps lo miró fijamente.

—Es un cuchillo de pedernal primitivo —dijo—. Fue hecho hace unos diez mil años. Uno exactamente igual a este fue encontrado cerca de Abury, en Wiltshire, y todas las autoridades le dieron esa edad.

El policía se quedó asombrado ante tal desarrollo del caso. El propio Phillipps estaba horrorizado por sus propias palabras. Pero el señor Dyson no lo notó. Un inspector que acababa de llegar y estaba escuchando las líneas generales del caso, acercó una linterna a la cabeza del muerto. Dyson, por su parte, estaba mirando con curiosidad algo en la pared, justo encima de donde yacía el hombre; había algunas marcas toscas hechas con tiza roja.

—Esto es un asunto oscuro —dijo el inspector por fin—: ¿alguien sabe quién es?

Un hombre se adelantó entre la multitud.

—Sí, inspector —dijo—, es un gran médico, se llama sir Thomas Vivian. Estuve en el hospital Abart hace seis meses, y él solía venir; era un hombre muy amable.

—Señor —exclamó el inspector—, este es un mal trabajo en verdad. Sir Thomas Vivian tiene relaciones con la Familia Real. Y hay un reloj que vale cien guineas en su bolsillo, así que no es un robo.

Dyson y Phillipps entregaron sus tarjetas a la autoridad y se alejaron, abriéndose paso con dificultad entre la multitud que aún se estaba reuniendo rápidamente. El callejón que había estado solitario y desolado ahora estaba repleto de rostros blancos que miraban fijamente con horror, y resonaba con las órdenes de los oficiales de policía. Los dos hombres, una vez libres de este enjambre de curiosos, salieron rápidamente, pero durante veinte minutos ninguno pronunció una palabra.

—Phillipps —dijo Dyson, cuando llegaron a una calle pequeña pero alegre, limpia y brillantemente iluminada—, Phillipps, te debo una disculpa. Me equivoqué al hablar como lo hice esta noche. Qué bromas tan infernales —prosiguió con vehemencia—, como si no hubiera temas sanos. Siento como si hubiera despertado un espíritu maligno.

—Por el amor de Dios, no digas nada más —dijo Phillipps, ahogando el horror con visible esfuerzo—. Me dijiste la verdad en mi habitación; el troglodita, como dijiste, todavía está al acecho por la tierra, y en estas mismas calles que nos rodean, matando por mera sed de sangre.

—Subiré un momento —dijo Dyson cuando llegaron a Red Lion Square—, tengo algo que preguntarte. Creo que, en todo caso, no debería haber nada oculto entre nosotros.

Phillips asintió melancólicamente y subieron a la habitación, donde todo flotaba borroso bajo el vacilante resplandor de la luz exterior. Cuando se encendió la vela y los dos hombres se sentaron uno frente al otro, Dyson habló.

—Tal vez —comenzó—, no te diste cuenta de que estaba mirando la pared justo encima del lugar donde yacía la cabeza. La luz de la linterna del inspector brillaba de lleno, vi algo que me pareció extraño y lo examiné de cerca. Descubrí que alguien había dibujado con tiza roja el contorno tosco de una mano, una mano humana, en la pared. Pero fue la curiosa posición de los dedos lo que me llamó la atención; era así.

Tomó un lápiz y una hoja de papel y dibujó rápidamente. Luego le entregó lo que había hecho a Phillipps. Era un boceto aproximado de una mano con los dedos apretados y la parte superior del pulgar sobresaliendo entre los dedos índice y medio, apuntando hacia abajo, como si estuviera debajo de algo.

—Era así —dijo Dyson, al ver que el rostro de Phillipps se ponía aún más blanco—. El pulgar apuntando hacia abajo como si fuera el cuerpo; parecía casi una mano viva en un gesto espantoso. Y justo debajo había una pequeña marca con el polvo de la tiza sobre ella, como si alguien hubiera comenzado un trazo y hubiera roto la tiza en su mano. Vi el trozo de tiza tirado en el suelo. ¿Qué piensas de ello?

—Es un cartel viejo y horrible —dijo Phillipps—, uno de los signos más horribles relacionados con la teoría del mal de ojo. Todavía se usa en Italia, pero no hay duda de que se conoce desde hace mucho tiempo. Es una de las supervivencias; debes buscar su origen en el pantano negro de donde vino el hombre por primera vez.

Dyson tomó su sombrero para irse.

—Creo, bromas aparte —dijo—, que cumplí mi promesa, y que estábamos y estamos en el rastro. Parece como si realmente te hubiera mostrado al hombre primitivo, o su obra en todo caso.


El incidente de la carta.

Aproximadamente un mes después del extraordinario y misterioso asesinato de sir Thomas Vivian, el conocido y universalmente respetado especialista en enfermedades del corazón, el señor Dyson volvió a visitar a su amigo, Phillipps, a quien encontró, no como de costumbre, sumido profundamente en sus estudios, sino reclinado en su butaca en actitud de distensión. Dio la bienvenida a Dyson con cordialidad.

—Estoy muy contento de que hayas venido —comenzó—. Estaba pensando en buscarte. Ya no hay sombra de duda sobre el asunto.

—¿Te refieres al caso de sir Thomas Vivian?

—Oh, no, en absoluto. Me refería al problema de los anzuelos. Entre nosotros, estaba demasiado confiado la última vez que estuviste aquí, pero desde entonces han surgido otros hechos; y ayer mismo recibí una carta de un distinguido F.R.S. lo que resuelve bastante el asunto. He estado pensando en lo que debería abordar a continuación; y me inclino a creer que hay mucho por hacer en el camino de las llamadas inscripciones indescifrables.

—Su línea de estudio me agrada —dijo Dyson—, creo que puede resultar útil. Pero, mientras tanto, sin duda hay algo extremadamente misterioso en el caso de sir Thomas Vivian.

—Difícilmente, creo. Esa noche me dejé asustar; pero no puede haber duda de que los hechos son pacientes de una explicación comparativamente común.

—¿Cuál es tu teoría entonces?

—Bueno, imagino que Vivian debió verse involucrado en algún momento de su vida en una aventura de una descripción no muy meritoria, y que fue asesinado por venganza por algún italiano al que había agraviado.

—¿Por qué italiano?

—Por la mano, el signo de la mano en fica. Ese gesto ahora solo lo usan los italianos. Lo que parecía ser el rasgo más oscuro del caso resulta ser esclarecedor.

—Sí, así es. ¿Y el cuchillo de pedernal?

—Eso es muy simple. El hombre lo encontró en Italia, o posiblemente lo robó de algún museo. Sigue la línea de menor resistencia, querido amigo, y verás que no hay necesidad de sacar al hombre primitivo de su tumba secular bajo las colinas.

—Hay algo de justicia en lo que dices —dijo Dyson—. Entonces, según tengo entendido, ¿crees que este italiano, después de haber asesinado a Vivian, dibujó amablemente esa mano como guía para Scotland Yard?

—¿Por qué no? Recuerda que un asesino es siempre un loco. Puede trazar nueve décimas partes de su esquema con la agudeza y la comprensión de un jugador de ajedrez o un matemático puro; pero en algún lugar u otro su ingenio lo abandona y se comporta como un tonto. Entonces hay que tener en cuenta el orgullo insano o la vanidad del criminal; le gusta dejar su huella, por así decirlo, en su obra.

—Sí, es todo muy ingenioso; pero, ¿has leído los informes de la investigación?

—No, ni una palabra. Simplemente presté mi testimonio, abandoné el tribunal y deseché el tema de mi mente.

—Entonces, si no tienes objeciones, me gustaría darte cuenta del caso. Lo he estudiado bastante a fondo y confieso que me interesa sobremanera.

—Bien. Pero te advierto que he terminado con el misterio. Ahora nos ocuparemos de los hechos.

»Sí, hay un hecho que deseo poner delante de ti. Cuando la policía movió el cuerpo de sir Thomas Vivian encontraron un cuchillo debajo de él. Era una cosa de aspecto feo como las que llevan los marineros, con una hoja que la mera apertura la volvía rígida. La hoja estaba lista, desnuda y reluciente, pero sin rastro de sangre. Se encontró que el cuchillo era bastante nuevo; nunca había sido usado. Ahora, a primera vista, parece como si tu italiano imaginario fuera el hombre indicado para tener una herramienta así, pero considera lo siguiente: ¿sería probable que comprara un cuchillo nuevo para cometer un asesinato? Y, en segundo lugar, si tenía un cuchillo así, ¿por qué no lo usó, en lugar de ese instrumento de pedernal tan extraño?

»Otro punto. Crees que el asesino dibujó la mano después del asesinato como una especie de toque de melodramático. Pasando por alto la cuestión de si un verdadero criminal haría algo así, señalaría que, según las pruebas médicas, sir Thomas Vivian no llevaba muerto más de una hora; Eso colocaría el ataque alrededor de las diez menos cuarto, y sabes que estaba perfectamente oscuro cuando salimos a las 9:30. Ese pasaje era singularmente lúgubre, y la mano estaba dibujada toscamente, es cierto, pero correctamente y sin la torpeza inevitable cuando se intenta dibujar en la oscuridad o con los ojos cerrados. Trata de dibujar una figura tan simple como un cuadrado sin mirar el papel, y luego pídeme que conciba que tu italiano, con la cuerda esperando en su cuello, podría dibujar la mano en la pared con tanta firmeza en las sombras de ese callejón. Es absurdo.

»En consecuencia, la mano fue dibujada temprano en la noche, mucho antes de que se cometiera ningún asesinato; o bien, fíjate, Phillipps, la dibujó alguien a quien la oscuridad y la penumbra eran familiares.

»Se encontró una nota curiosa en el bolsillo de sir Thomas Vivian. El sobre y el papel eran de una marca común, y el sello tenía el matasellos de West Central. Me referiré a la naturaleza del contenido más adelante, pero es la cuestión de la escritura lo que es tan notable. La dirección del exterior estaba pulcramente escrita con una letra pequeña y clara, pero la carta en sí podría haber sido escrita por un persa que hubiera aprendido la escritura inglesa. Estaba en posición vertical y las letras estaban curiosamente retorcidas, con una afectación de guiones y curvas hacia atrás que realmente me recordaron a un manuscrito oriental, aunque todo era perfectamente legible.

»Pero —y aquí viene lo interesante— al registrar los bolsillos del chaleco del muerto se encontró un pequeño libro de memorias; estaba casi lleno de anotaciones a lápiz. Estos memorandos se relacionaban principalmente con asuntos de carácter privado y no profesional; había citas para reunirse con amigos, notas de estrenos teatrales, la dirección de un buen hotel en Tours y el título de una nueva novela, nada en modo alguno íntimo. ¡Y todos estos apuntes estaban escritos con una caligrafía casi idéntica a la de la nota encontrada en el bolsillo del abrigo del muerto!

»Voy a leerte el testimonio de Lady Vivian en lo que se refiere a este punto del escrito. Tengo el comprobante impreso conmigo. Dice: "Me casé con mi difunto esposo hace siete años; nunca vi ninguna carta dirigida a él con una letra que se pareciera en absoluto a la del sobre producido, ni nunca había visto una escritura así en la carta anterior. Nunca vi a mi difunto esposo usando el libro de memorias, pero estoy segura de que es suyo porque nos alojamos el pasado mes de mayo en el Hotel du Faisan, Rue Royale, Tours, cuya dirección está en el cuaderno. También recuerdo que recibió la novela Un centinela hace unas seis semanas. A Sir Thomas Vivian nunca le gustaba perderse las primeras noches en los teatros. Su letra habitual era perfectamente diferente de la que usaba en el cuaderno.

»Y ahora, por último, volvamos a la nota en sí. La tengo gracias a la amabilidad del inspector Cleeve, a quien le complace divertirme con mi curiosidad de aficionado. Léela, Phillipps; me dices que te interesan las inscripciones oscuras. Aquí hay algo para que descifres.

El señor Phillipps, absorto a su pesar en las extrañas circunstancias que Dyson le había contado, tomó el papel y lo examinó detenidamente. La letra era realmente extraña y, como había señalado Dyson, no se diferenciaba de los signos persas en su efecto general, pero era perfectamente legible.

—Léelo en voz alta —dijo Dyson, y Phillipps obedeció.

—La mano no señala en vano. El significado de las estrellas ya no es oscuro. Curiosamente, el Cielo Negro se desvaneció, o fue robado ayer, pero eso no importa en lo más mínimo, ya que tengo un globo celeste. Nuestra vieja la órbita permanece sin cambios; ¿no has olvidado el número de mi signo, o designarás alguna otra casa? He estado en el otro lado de la luna y puedo traerte algo para mostrarte.

—¿Y qué piensas de eso? —dijo Dyson.

—Galimatías —dijo Phillipps—. ¿Supones que tiene un significado?

—Oh, seguramente; fue escrito tres días antes del asesinato y se encontró en el bolsillo del asesinado. Está escrito con una letra fantástica que el mismo asesinado usó para sus memorandos privados. Debe haber un propósito detrás de todo esto y, en mi opinión, hay algo bastante feo oculto en las circunstancias de este caso.

—¿Pero cuál es tu teoría?

—Oh, en cuanto a las teorías, todavía estoy en una etapa muy temprana; es demasiado pronto para establecer conclusiones. Pero creo que he demolido la posibilidad de tu italiano. Insisto, Phillipps, que todo el asunto me parece feo. No puedo hacer lo que tú haces y fortalecerme con proposiciones de hierro fundido en el sentido de que esto o aquello no sucede, y nunca ha sucedido. Observa que el texto comienza con La mano. Eso, tomando en cuenta lo que sabemos sobre la mano en la pared, me parece lo suficientemente significativo, y lo que tú mismo has dicho sobre la historia y el significado del símbolo, su conexión con una creencia antigua… todo apunta a algo extraño. Estoy bastante de acuerdo con lo que te dije medio en broma esa noche antes de salir. Hay sacramentos del mal así como del bien a nuestro alrededor, y vivimos y nos movemos en un mundo desconocido, un lugar donde hay cuevas y sombras y habitantes en el crepúsculo. Es posible que el hombre a veces pueda volver sobre el camino de la evolución, y creo que una tradición terrible aún no ha muerto.

—No puedo seguirte en todo esto —dijo Phillipps—. ¿Qué te propones hacer?

—Mi querido, Phillipps —respondió Dyson, hablando en un tono más ligero—, me temo que tendré que descender un poco en el mundo. Tengo la perspectiva de visitar a los prestamistas, y los taberneros no deben ser descuidados. Debo cultivar el gusto por las cuatro cervezas; tabaco de liar que ya amo y estimo con todo mi corazón.


La búsqueda del cielo desaparecido.

Durante muchos días después de la discusión con Phillipps, el señor Dyson estaba decidido en la línea de investigación que se había trazado. Una ferviente curiosidad y un gusto innato por lo oscuro fueron grandes incentivos, pero especialmente en este caso de la muerte de Sir Thomas Vivian (porque Dyson comenzó a aturdirse un poco con la palabra «asesinato») le pareció un elemento más que curioso.

El signo de la mano roja sobre la pared, la herramienta de pedernal que había causado la muerte, la casi identidad entre la escritura de la nota y la escritura fantástica reservada religiosamente, según parecía, por el médico para apuntes triviales, todo ello se unió para tejer en su mente una imagen extraña y sombría, con formas espantosas y mortales, aunque mal definidas, como las figuras gigantes que se balancean en un tapiz antiguo. Pensó que tenía una pista sobre el significado de la nota, y en su búsqueda resuelta del «Cielo Negro» que se había desvanecido recorrió furiosamente los callejones y las calles oscuras del centro de Londres, convirtiéndose en una figura familiar para el prestamista, y un invitado frecuente en las tabernas más sórdidas.

Durante mucho tiempo no tuvo éxito, y temblaba ante la idea de que el Cielo Negro pudiese estar escondido en los tímidos retiros de Peckham, o acechar tal vez en la lejana Willesden, pero finalmente, la improbabilidad en la que puso su confianza llegó al rescate. Era una noche oscura y lluviosa, con algo en las ráfagas inquietas y agitadas que olían a invierno próximo, y Dyson, avanzando por una calle estrecha no lejos de Gray's Inn Road, se refugió en un pub extremadamente sucio, olvidando por el momento sus preocupaciones, y pensando sólo en el barrido del viento sobre las tejas y el silbido de la lluvia en el aire negro y revuelto.

En el bar se reunía la compañía habitual: las mujeres desaliñadas y los hombres de negro brillante que parecían murmurar en secreto; otros que discutían interminablemente, y unos cuantos bebedores tímidos que se mantenían apartados, cada uno disfrutando de su dosis, y el olor rancio y mordaz del licor barato. Dyson se preguntaba por el disfrute, cuando de repente se oyó un acento más agudo. Las puertas se abrieron y una mujer de mediana edad se acercó tambaleándose a la barra y se aferró al borde de peltre como si pisara una cubierta en medio de un fuerte vendaval.

Dyson la miró atentamente como un agradable espécimen de su clase; iba decentemente vestida de negro y llevaba una bolsa negra de cuero algo gastado. Su embriaguez era evidente y muy avanzada. Mientras se tambaleaba en la barra, evidentemente lo único que podía hacer era mantenerse erguida, el camarero, que la había mirado con desaprobación, sacudió la cabeza en respuesta a su pedido de un trago. La mujer lo fulminó con la mirada, transformándose en un momento en furia, con los ojos inyectados en sangre, y derramó un torrente de execración, un tornado de blasfemias y fraseología en inglés primitivo.

—Sal de aquí —dijo el hombre—. Cállese y váyase, o llamaré a la policía.

—Policía, usted... —gritó la mujer—. ¡Bien le daré algo por lo que ir a buscar a la policía!

Y con una rápida zambullida en su bolsa sacó algún objeto que arrojó con furia a la cabeza del barman. El hombre se agachó, y el misil voló sobre su cabeza y rompió una botella en pedazos, mientras la mujer con una carcajada horrible corrió hacia la puerta. Se oyeron sus pasos resonando sobre los adoquines mojados.

El camarero miró arrepentido a su alrededor.

—No sirve de mucho ir tras ella —dijo—. Me temo que lo que le queda no pagará esa botella de whisky.

Buscó a tientas entre los fragmentos de vidrio roto y sacó algo oscuro, una especie de piedra cuadrada, que sostuvo en alto.

—Una curiosidad valiosa —dijo—, ¿algún caballero quiere pujar?

Los habituales apenas se habían vuelto de sus vasos durante estos emocionantes incidentes; se miraron un momento, a hurtadillas, cuando la botella se hizo añicos, y eso fue todo. Se reanudó el murmullo de los confidenciales y el tintineo de los pendencieros, y los tímidos y solitarios se chuparon los labios y saborearon de nuevo el rancio sabor del alcohol.

Dyson miró rápidamente lo que el barman sostenía frente a él.

—¿Te importaría dejarme verlo? —dijo—. Es una cosa vieja de aspecto extraño, ¿no?

Era una pequeña tablilla negra, aparentemente de piedra, de unas cuatro pulgadas de largo por dos y medio de ancho, y cuando Dyson la tomó, sintió, más que vio, que tocaba al secular con su carne. Había una especie de grabado en la superficie y, lo más llamativo, una señal que hizo que el corazón de Dyson diera un brinco.

—No me importaría llevármelo —dijo en voz baja—. ¿Serían suficientes dos chelines?

—Digamos el doble —dijo el hombre, y el trato quedó cerrado.

Dyson vació su jarra de cerveza, encontrándola deliciosa, encendió su pipa y salió poco después. Cuando llegó a su apartamento, cerró la puerta con llave, colocó la tablilla sobre su escritorio y luego se acomodó en su silla, tan resuelto como un ejército en sus trincheras ante una ciudad sitiada. Al examinarla de cerca, vio primero el signo de la mano con el pulgar sobresaliendo entre los dedos; estaba cortada con precisión y firmeza en la superficie negra y opaca de la piedra, y el pulgar apuntaba hacia abajo, a lo que había debajo.

—Es un mero adorno —se dijo Dyson—, quizás un adorno simbólico, pero seguramente no una inscripción, ni los signos de ninguna palabra pronunciada jamás.

La mano señalaba una serie de figuras fantásticas, espirales y verticilos de las líneas más finas y delicadas, espaciadas a intervalos sobre la superficie restante de la tablilla. Las marcas eran tan intrincadas y parecían casi tan carentes de diseño como el patrón de un pulgar impreso en un panel de vidrio.

—¿Es alguna marca natural? —pensó Dyson—. Han habido diseños extraños, semejanzas de bestias y flores, en piedras con las que la mano del hombre no tuvo nada que ver —y se inclinó sobre la piedra con una lupa, sólo para convencerse de que ningún azar de la naturaleza podría haber delineado estos variados laberintos de líneas.

Los verticilos eran de diferentes tamaños; algunos medían menos de un doceavo de pulgada de diámetro. Bajo el cristal, la regularidad y precisión del corte eran evidentes, y en las espirales más pequeñas las líneas estaban graduadas a intervalos de una centésima de pulgada. Todo tenía un aspecto maravilloso y fantástico, y al contemplar las místicas espirales bajo la mano, Dyson quedó sumido en una impresión de eras vastas y lejanas, y de un ser vivo que había tocado la piedra antes de que las colinas fueran formadas, cuando las rocas duras todavía hervían con calor ferviente.

—El Cielo Negro se encuentra de nuevo —dijo—, pero es probable que el significado de las estrellas sea oscuro para siempre en lo que a mí respecta.

Londres estaba silenciosa afuera, y un aliento helado inundó la habitación mientras Dyson miraba fijamente la tablilla que brillaba bajo la luz de las velas. Cuando cerró el escritorio sobre la antigua piedra, todo su asombro por el caso de sir Thomas Vivian se multiplicó. Pensó en el próspero caballero que yacía muerto místicamente bajo el signo de la mano. Se dio cuenta de que entre la muerte de este médico de moda en West End y las extrañas espirales de la tablilla había lazos más secretos e inimaginables.

Durante días se sentó frente a su escritorio mirando la tablilla, incapaz de resistir su fascinación, aunque impotente, sin siquiera la esperanza de resolver los símbolos. Por fin, desesperado, llamó al señor Phillipps y le contó brevemente la historia del hallazgo de la piedra.

—¡Pobre de mí! —dijo Phillipps—, esto es extremadamente curioso. Vaya, parece incluso más antiguo que el sello hitita. Confieso que los signos, si es que son signos, me resultan del todo extraños. Estos verticilos son realmente muy pintorescos.

—Sí, pero quiero saber qué significan. Debes recordar que esta tablilla es el Cielo Negro de la carta encontrada en el bolsillo de sir Thomas Vivian; se relaciona directamente con su muerte.

—¡Oh, no, eso es una tontería! Se trata, sin duda, de una tablilla antiquísima, que ha sido sustraída de alguna colección. Sí, la mano es una extraña coincidencia, pero solo una coincidencia después de todo.

—Mi querido Phillipps, eres un ejemplo vivo del axioma de que el escepticismo extremo es mera credulidad. Pero, ¿puedes descifrar la inscripción?

—Me comprometo a descifrar cualquier cosa —dijo Phillipps—. No creo en lo insoluble. Estos signos son curiosos, pero no puedo imaginármelos inescrutables.

—Entonces llévate la cosa contigo y haz lo que puedas con ella. Ha comenzado a atormentarme. Siento como si hubiera mirado demasiado a los ojos de la Esfinge.

Phillipps se fue con la tablilla. No tenía muchas dudas sobre el éxito, ya que había desarrollado treinta y siete reglas para la solución de inscripciones. Sin embargo, cuando pasó una semana y llamó a Dyson, no había ningún vestigio de triunfo en su rostro. Encontró a su amigo en un estado de extrema irritación, paseándose de un lado a otro de la habitación. Se dio la vuelta con un sobresalto cuando la puerta se abrió.

—Bueno —dijo Dyson—, ¿lo tienes? ¿Qué es todo esto?

—Mi querido amigo, lamento decirte que he fallado por completo. He probado en vano todos los dispositivos conocidos. Incluso he sido tan oficioso como para enviárselo a un amigo del Museo, pero él, aunque es un hombre de autoridad en el tema, me dice que no tiene respuestas. Debe ser algún naufragio de una raza desaparecida, creo, o un fragmento de otro mundo. No soy un hombre supersticioso, Dyson, pero confieso que anhelo deshacerme de este pequeño cuadrado de piedra negruzca. Francamente me ha dado una mala semana; me parece troglodita y aborrecido.

Phillips sacó la tablilla y la colocó sobre el escritorio frente a Dyson.

—Por cierto —prosiguió—, tenía razón en un punto: ha formado parte de alguna colección. Hay un trozo de papel mugriento en la parte de atrás que debe haber sido una etiqueta.

—Sí, me di cuenta de eso —dijo Dyson, que había caído en la más profunda decepción—. Sin duda es una etiqueta. Pero como no me importa mucho de dónde vino originalmente, y solo deseo saber qué significa la inscripción, no presté atención al papel. La cosa es un acertijo sin esperanza, supongo, y sin embargo debe ser de la mayor importancia.

Phillipps se fue poco después, y Dyson, todavía abatido, tomó la tablilla en su mano y la volteó descuidadamente. La etiqueta estaba tan sucia que parecía una mancha opaca, pero cuando la miró distraídamente, pero con atención, pudo ver marcas de lápiz, y se inclinó sobre ella con entusiasmo. Para su molestia, descubrió que parte del papel había sido arrancado, y solo podía distinguir con dificultad palabras extrañas y fragmentos de palabras. Primero leyó algo que parecía inroad, y luego, debajo, step-heart-step… Pero en un instante se le ocurrió una solución, y se rió entre dientes con gran deleite.

—Ciertamente —dijo en voz alta—, éste no sólo es el barrio más encantador sino también el más conveniente de todo Londres; aquí estoy, teniendo en cuenta los accidentes de las calles laterales, encaramado en una torre de observación.

Miró triunfante por la ventana al otro lado de la calle, hacia la puerta del Museo Británico. Protegido por el muro perimetral de aquella agradable institución, un artista en tizas desplegaba sus brillantes impresiones sobre el pavimento, solicitando la aprobación y los cobres de los alegres y serios.

—¡Esto —dijo Dyson— es más que delicioso!


El artista del pavimento.

El señor Phillipps, a pesar de su estado de negación, sentía en su corazón una profunda curiosidad por el caso de sir Thomas Vivian. Aunque mantuvo un rostro valiente para su amigo, su razón no pudo resistir la conclusión que Dyson había enunciado, a saber, que todo el asunto tenía un aspecto feo y misterioso. Allí estaba el arma de una raza desaparecida que había perforado las grandes arterias; la mano roja, símbolo de una fe espantosa, que señalaba al hombre muerto; y luego la tablilla que Dyson declaró que esperaba encontrar, y ciertamente había encontrado, con la antigua impresión de la mano de la maldición, y una leyenda escrita debajo en un carácter comparado con el cual la escritura cuneiforme más antigua era cosa de ayer.

Además de todo esto, había otros puntos que lo torturaban. ¿Cómo explicar el cuchillo que se encontró debajo del cuerpo? Y la insinuación de que la mano roja sobre la pared debía haber sido dibujada por alguien cuya vida transcurrió en la oscuridad lo estremeció con una sugerencia de infinito horror. Por lo tanto, tenía no poca curiosidad por lo que estaba por venir, y unos diez días después de haber devuelto la tablilla, visitó nuevamente al «hombre misterioso», como llamaba en privado a su amigo.

Al llegar a las cámaras graves y aireadas de Great Russell Street, descubrió que la atmósfera moral del lugar se había transformado. Toda la irritación de Dyson había desaparecido, su ceño se alisó con complacencia, y se sentó en una mesa junto a la ventana mirando hacia la calle con una expresión de placer sombrío y una pila de libros y papeles tirados ante él.

—Mi querido Phillipps, ¡estoy encantado de verte! Disculpa el desorden. Acerca una silla a la mesa y prueba este admirable tabaco.

—Gracias —dijo Phillipps—, a juzgar por el sabor del humo, creo que es un poco fuerte. Pero, ¿qué diablos es todo esto? ¿Qué estás mirando?

—Estoy en mi atalaya. Te aseguro que el tiempo se me hace corto mientras contemplo esta agradable calle y la clásica gracia del pórtico del Museo.

—Tu capacidad para las tonterías es asombrosa —respondió Phillipps—. ¿Has logrado descifrar la tablilla?

—No le he prestado mucha atención recientemente —dijo Dyson—. Creo que puede esperar.

—¿Y qué hay del asesinato de Vivian?

—Ah, ¿te interesa ese caso? Bueno, después de todo, no podemos negar que era un asunto raro. ¿Pero no es «asesinato» una palabra vulgar? Huele un poco, seguramente, al cartel de la policía. Quizá sea un poco decadente, pero no puedo dejar de creer en la espléndida palabra «sacrificio». Sin duda es mucho mejor que «asesinato».

—Estoy completamente en la oscuridad —dijo Phillipps—. Ni siquiera puedo imaginar por qué camino te estás moviendo en este laberinto.

—Creo que dentro de poco todo el asunto estará mucho más claro para los dos, pero dudo que te guste escuchar la historia.

Dyson encendió su pipa de nuevo y se reclinó mirando la calle. Después de una pausa algo larga, sobresaltó a Phillipps con un fuerte suspiro de alivio cuando se levantó de la silla junto a la ventana y comenzó a caminar por la sala.

—Se acabó el día —dijo—, después de todo, uno se cansa un poco.

Phillips miró inquisitivamente hacia la calle. La tarde estaba oscureciendo, y el frente del Museo empezaba a desdibujarse ante el encendido de las lámparas, pero las aceras estaban abarrotadas. El artista estaba reuniendo sus materiales y desdibujando todo el brillo de sus diseños. Un poco más abajo se oía el sonido de las persianas que se cerraban. Phillipps no vio nada que justificara el repentino abandono de Dyson de su actitud de vigilancia, y se irritó un poco por todos estos espinosos enigmas.

—¿Sabes, Phillipps? —dijo Dyson, mientras paseaba tranquilamente de un lado a otro de la habitación—. Ye diré cómo trabajo. Estoy sobre la teoría de la improbabilidad. ¿Es desconocida para ti? La explicaré. Supongamos que me paro en los escalones de St. Paul's y busco a un ciego cojo de la pierna izquierda. Es muy improbable que encuentre a tal persona esperando una hora. Si espero dos horas la improbabilidad disminuye, pero sigue siendo enorme, y una vigilancia de un día completo daría pocas expectativas de éxito. Pero supongamos que tomo la misma posición día tras día, semana tras semana, ¿no percibes que la improbabilidad disminuye, haciéndose más pequeña día tras día? ¿No ves que dos líneas que no son paralelas se acercan gradualmente una a la otra, acercándose cada vez más a un punto de encuentro, hasta que finalmente se encuentran, y la improbabilidad se ha desvanecido por completo? Así encontré la tablilla negra: actué sobre la teoría de la improbabilidad. Es el único principio científico que conozco que puede permitir a uno encontrar a un hombre desconocido entre cinco millones.

—¿Y esperas encontrar al intérprete de la tablilla negra por este método?

—Seguramente.

—¿Y también al asesino de sir Thomas Vivian?

—Sí, espero poner mis manos sobre la persona involucrada en la muerte de sir Thomas Vivian exactamente de la misma manera.

Dyson dedicó el resto de la velada, después de que Phillipps se hubo ido, a pasear por las calles, y cuando la noche avanzó, a sus labores literarias, o a la caza de la frase, como él la llamaba. A la mañana siguiente reanudó su vigilancia junto a la ventana. Le traían la comida y comía con los ojos en la calle. Con brevísimos intervalos, arrebatado a regañadientes de vez en cuando, persistió en su inspección durante todo el día, y sólo al anochecer, cuando las persianas estaban cerradas y el artista eliminaba sin piedad todo su trabajo del día, justo antes de que las lámparas barrieran las sombras, se sentía en libertad de dejar su puesto. Día tras día prosiguió esta incesante mirada a la calle, hasta que la dueña de la casa quedó horrorizada ante tan obstinación.

Pero, por fin, una noche, cuando el juego de luces y sombras apenas comenzaba, llegó el momento. Un hombre de mediana edad, barbudo y encorvado, con un toque de canas en las orejas, paseaba lentamente por la acera norte de Great Russell Street desde el extremo este. Alzó la vista hacia el Museo al pasar, y luego miró involuntariamente al arte de en el piso, y al propio artista, que estaba sentado junto a sus cuadros, sombrero en mano. El hombre de la barba se quedó inmóvil un instante, balanceándose ligeramente de un lado a otro como si estuviera pensando, y Dyson vio que tenía los puños cerrados con fuerza, que le temblaba la espalda y que el lado de la cara que tenía a la vista se crispaba y se contraía con un tormento indescriptible, próximo a la epilepsia.

Dyson sacó un sombrero y abrió la puerta. Cuando llegó a la calle, la persona que había visto tan agitada se había dado la vuelta y corría a toda velocidad hacia Bloomsbury Square, de espaldas a su rumbo anterior. Dyson se acercó al artista del pavimento y le dio algo de dinero, observando en voz baja:

—No necesitas molestarte en dibujar esa cosa otra vez.

Entonces él también dio media vuelta y caminó ociosamente por la calle en dirección opuesta a la que había tomado el fugitivo. De modo que la distancia entre Dyson y el hombre se hizo cada vez mayor.


Historia de la casa del tesoro.

—Hay muchas razones por las que elegí sus habitaciones para la reunión con preferencia a la mía. Principalmente, quizás porque pensé que el hombre estaría más cómodo en terreno neutral.

—Confieso, Dyson —dijo Phillipps—, que me siento impaciente e inquieto. Conoces mi punto de vista: un hechos duros, materialismo si lo prefieres, en su forma más cruda. Pero hay algo en todo este asunto de Vivian que me inquieta un poco. ¿Cómo convenciste al hombre para que viniera?

—Tiene una opinión exagerada de mis poderes. ¿Recuerdas lo que dije sobre la doctrina de la improbabilidad? Cuando funciona, da resultados que parecen sorprendentes para una persona que no está al tanto de ella. Ahí suena la campana.

Oyeron pasos en la escalera, y poco después se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre de mediana edad, con la cabeza gacha, barba y una gran cantidad de pelo canoso alrededor de las orejas. Phillips miró sus rasgos y reconoció los rasgos del terror.

—Adelante, señor Selby —dijo Dyson—. Este es el señor Phillipps, mi amigo íntimo y nuestro anfitrión para esta noche. ¿Tomará algo? Entonces tal vez sea mejor que escuchemos su historia, muy singular, estoy seguro.

El hombre habló con voz hueca, un poco temblorosa, y una mirada fija que nunca abandonó sus ojos parecía estar dirigida a algo horrible que permanecería ante él día y noche por el resto de su vida.

—Estoy seguro de que podemos evitar los preliminares —empezó—; lo que tengo que decir es mejor decirlo rápidamente. Diré, entonces, que nací en una parte remota del oeste de Inglaterra, donde los mismos contornos de los bosques y las colinas y el serpenteo de los arroyos en los valles son aptos para sugerir lo místico a cualquiera dotado de imaginación. Cuando era niño había ciertas colinas enormes y redondeadas, ciertas profundidades de bosques y valles secretos que me llenaron de fantasías más allá del límite de la expresión racional, y cuando fui creciendo y comencé a sumergirme en los libros de mi padre, iba por instinto, como la abeja, a todo lo que alimentaba la fantasía.

»Así, a partir de un curso de lecturas obsoletas y ocultistas, y de escuchar ciertas leyendas salvajes en las que los mayores todavía creían en secreto, me convencí firmemente de la existencia de un tesoro, el tesoro de una raza extinguida hace siglos, aún escondido bajo las colinas, y todos mis pensamientos estaban dirigidos a su descubrimiento.

»Un lugar en especial me atrajo como por encanto; era un túmulo, el monumento abovedado de algún pueblo olvidado. A menudo me quedaba allí en las tardes de verano, sentado en el gran bloque de piedra caliza en la cima, mirando a lo lejos sobre el mar hacia la costa de Devonshire. Un día, mientras cavaba descuidadamente con la férula de mi bastón en los musgos y líquenes que crecían sobre la piedra, me llamó la atención lo que parecía un patrón; había una línea curva y marcas que no parecían del todo obra de la naturaleza.

»Al principio pensé que había descubierto algún fósil, así que saqué mi cuchillo y raspé el musgo. Entonces vi dos señales que me sobresaltaron; primero, una mano cerrada, apuntando hacia abajo, el pulgar sobresaliendo entre los dedos, y debajo de la mano un verticilo o espiral, trazado con exquisita precisión en la dura superficie de la roca. Allí, me convencí, estaba el gran secreto, pero me estremecí al recordar el hecho de que algunos anticuarios habían perforado el túmulo de y se habían sorprendido al no encontrar ni una punta de flecha.

»Claramente, entonces, los signos en la piedra caliza no tenían significado local; y decidí que debía buscar en el extranjero. Por pura casualidad tuve éxito. Paseando por una casa de campo vi a unos niños jugando al borde del camino; uno sostenía algún objeto en la mano, y los demás pasaban por una de las muchas formas de elaborada simulación que constituyen gran parte del misterio de la vida de un niño. Algo en el objeto me atrajo, y le pedí al niño que me dejara verlo. Era una tablilla oblonga de piedra negra; y en ella estaba inscrita la mano apuntando hacia abajo, tal como la había visto en la roca, mientras que debajo, espaciados sobre la tablilla, había una serie de verticilos y espirales, cortados, según me pareció, con el mayor cuidado y delicadeza.

»Compré el juguete por un par de chelines; la señora de la casa me dijo que llevaba años tirado; ella pensó que su esposo lo había encontrado un día en el arroyo que corría frente a la cabaña. Era un verano muy caluroso, y el arroyo estaba casi seco, y él lo vio entre las piedras.

»Ese día seguí el arroyo hasta un pozo de agua que brotaba fría y clara en la cabecera de una cañada solitaria. Eso fue hace veinte años, y solo logré descifrar la misteriosa inscripción en agosto pasado. No quiero entrar en detalles irrelevantes de mi vida; es suficiente decir que me vi obligado, como muchos otros hombres, a dejar mi antiguo hogar y venir a Londres. Tenía muy poco dinero y me alegré de encontrar una habitación barata en una calle sórdida junto a Gray's Inn Road. El difunto sir Thomas Vivian, entonces mucho más pobre y desdichado que yo, tenía un desván en la misma casa, y al cabo de muchos meses nos hicimos amigos íntimos.

»Al principio tuve gran dificultad en persuadirlo de que no estaba entregando mis días y mis noches a una investigación del todo desesperada y quimérica; pero cuando estuvo convencido, se volvió más entusiasta que yo, y se encendió al pensar en las riquezas que serían el premio de un poco de ingenio y paciencia. Me simpatizaba mucho y compadecía su caso; tenía un fuerte deseo de ingresar a la profesión médica, pero carecía de los medios para pagar los honorarios más pequeños y, de hecho, estuvo, no una o dos veces, sino a menudo, reducido al borde mismo de la inanición.

»Prometí solemnemente que, bajo cualquier circunstancia, él compartiría mi fortuna cuando llegara, y esta promesa a alguien que siempre había sido pobre y, sin embargo, estaba sediento de riqueza y placer, fue el incentivo más fuerte. Se lanzó a la tarea con gran interés y aplicó un intelecto muy agudo y una paciencia infatigable a la solución de los caracteres de la tablilla. Yo, como otros jóvenes ingeniosos, tenía curiosidad por la escritura, y había inventado o adaptado una escritura fantástica que usaba ocasionalmente, y que le tomó tanta fuerza a Vivian que se esforzó en imitarla.

»Acordamos entre nosotros que si alguna vez nos separábamos, se usaría esta extraña caligrafía de mi invención, y también ideamos un cifrado para el mismo objetivo. Mientras tanto nos agotamos en el esfuerzo por llegar al fondo del misterio, y pasados un par de años pude ver que Vivian empezaba a hartarse un poco de la aventura. Una noche me dijo con cierta emoción que temía que la vida de ambos se estuviese convirtiendo en un esfuerzo ocioso y desesperanzado.

»No muchos meses después recibió una herencia considerable de un pariente anciano y lejano cuya existencia había sido casi olvidada por él; y con dinero en el banco, se convirtió de inmediato en un extraño para mí. Había pasado su examen preliminar muchos años antes, de inmediato decidió ingresar en el Hospital St. Thomas, y me dijo que debía buscar un alojamiento más conveniente. Al despedirnos, le recordé la promesa que le había hecho pero Vivian se rió con algo entre lástima y desprecio mientras me agradecía. No necesito detenerme en la larga lucha y la miseria de mi existencia, ahora doblemente solitaria. Nunca me cansé ni desesperé del éxito final. Solo al anochecer salía a dar mi paseo diario por Oxford Street, que me atraía, creo, por el ruido y movimiento y brillo de las lámparas.

»Este paseo se convirtió en un hábito; todas las noches, hiciera el tiempo que hiciera, cruzaba Gray's Inn Road y me dirigía hacia el oeste, a veces eligiendo el camino del norte, por Euston Road y Tottenham Court Road, a veces pasaba por Holborn y otras veces por Great Russell Street. Todas las noches caminaba durante una hora de un lado a otro por la acera norte de Oxford Street, y la historia de De Quincey y su nombre para la calle, corazón de piedra, a menudo me venía a la memoria. Luego volvía a mi guarida mugrienta y pasaba horas analizando interminablemente el enigma que tenía ante mí.

»La respuesta me llegó una noche. Leí la inscripción y vi que, después de todo, no había desperdiciado mis días. El lugar de la casa del tesoro de los que moran abajo, fueron las primeras palabras que interpreté. Luego siguieron indicaciones minuciosas del lugar en mi propio país donde se guardarían para siempre las grandes obras de oro. Había que seguir ese camino, evitar tal trampa; aquí el camino se estrechaba casi hasta la madriguera de un zorro, y allí se ensanchaba, y así por fin se llegaba a la cámara.

»Decidí no perder tiempo en verificar mi descubrimiento, no es que dudara en ese gran momento, pero no arriesgaría ni la más mínima posibilidad de decepcionar a mi viejo amigo Vivian, ahora un hombre rico y próspero. Tomé el tren para el Oeste, y una noche, con un mapa en la mano, tracé el paso de las colinas, y llegué tan lejos que vi el brillo del oro delante de mí. Decidí que Vivian debía estar conmigo; y sólo traje un extraño cuchillo de pedernal que yacía en el camino, como confirmación de lo que tenía que decir.

»Regresé a Londres y me molestó mucho descubrir que la tablilla había desaparecido de mis habitaciones. Mi casera, una borracha empedernida, negó todo conocimiento del hecho, pero tengo pocas dudas de que lo había robado por el vaso de whisky que podría obtener. Sin embargo, sabía de memoria lo que estaba escrito en la tablilla, y también había hecho un facsímil exacto de los caracteres, por lo que la pérdida no fue grave. Sólo una cosa me molestó: cuando tomé posesión de la piedra por primera vez, había pegado un papel en la parte de atrás y había escrito la fecha y el lugar del hallazgo, y más tarde había garabateado una o dos palabras triviales: el sentimiento, el nombre de mi calle y cosas por el estilo. Estos recuerdos de días que parecían tan desesperados me eran queridos: había pensado que me ayudarían a recordar en el futuro las horas en que había esperado contra la desesperación. Sin embargo, escribí de inmediato a sir Thomas Vivian, usando la letra que he mencionado y también el cifrado. Le conté mi éxito, y después de mencionar la pérdida de la tablilla y el hecho de que tenía una copia de la inscripción, le recordé una vez más mi promesa y le pedí que escribiera o llamara.

»Me contestó que me vería en cierto pasaje oscuro de Clerkenwell que ambos conocíamos. A las siete de la tarde fui a su encuentro. En la esquina, mientras caminaba de un lado a otro, noté las imágenes borrosas de un artista callejero, y tomé un trozo de tiza que había dejado atrás, sin pensar mucho en lo que estaba haciendo.

»Caminé de un lado a otro del pasaje, preguntándome, como pueden imaginar, qué tipo de hombre encontraría después de tantos años de separación. Los pensamientos del tiempo enterrado me asaltaron. Caminé mecánicamente, sin levantar los ojos del suelo. Me sacó de mi ensoñación una voz enfadada y una pregunta áspera de por qué no me mantuve en el lado derecho de la acera, y al mirar hacia arriba descubrí que me había enfrentado a un caballero importante y próspero, que miraba mi pobre apariencia con una mirada de gran desagrado y desprecio. Supe directamente que era mi antiguo camarada.

»Cuando me acerqué a él, se disculpó con la insinuación de una sospecha en cuanto a mi cordura. Al principio le habría hablado de las reminiscencias de nuestra amistad, pero descubrí que sir Thomas contemplaba aquellos días con bastante desagrado y respondía cortésmente a mis comentarios. Cambié de tema, y le dije con más detalle lo que había descubierto. Entonces vi que sus modales cambiaban repentinamente; cuando saqué el cuchillo de pedernal para probar mi viaje al otro lado de la luna, como le decíamos en nuestra jerga, le sobrevino una especie de afán asfixiante, sus facciones estaban algo descompuestas, y creí detectar un horror estremecedor, una resolución tensa y un esfuerzo por guardar silencio que me desconcertó.

»Tuve la oportunidad de ser un poco preciso en mis detalles. Entonces recordé la tiza roja en mi bolsillo y dibujé la mano en la pared.

»—Aquí, verás, está la mano —dije, mientras explicaba su verdadero significado—, fíjate donde sale el pulgar entre el primer y el segundo dedo.

»Y hubiera continuado con mi diagrama, cuando golpeó mi mano para mi sorpresa.

»—No, no —dijo—, no quiero todo eso. Este lugar no está lo suficientemente retirado; caminemos un poco para que me expliques todo minuciosamente.

»Obedecí de buena gana. Me condujo eligiendo los caminos menos frecuentados, mientras yo exponía el plano de la casa escondida palabra por palabra. Una o dos veces, mientras levantaba los ojos, vi a Vivian mirando extrañamente a su alrededor; parecía dar un rápido destello de arriba abajo, y echar un vistazo a las casas. Había en él un aire furtivo y ansioso que me desagradaba.

»—Caminemos hacia el norte —dijo finalmente—, llegaremos a unas agradables callejuelas donde podremos discutir estos asuntos tranquilamente.

»Decliné, con el pretexto de que no podía prescindir de mi visita a Oxford Street, y continué hasta que entendió hasta el más mínimo detalle tan bien como yo. Habíamos vuelto sobre nuestros pasos y nos detuvimos de nuevo en el pasaje oscuro, justo donde yo había dibujado la mano roja en la pared, porque reconocí la forma vaga de los árboles cuyas ramas colgaban sobre nosotros.

»—Hemos vuelto a nuestro punto de partida —dije—. Casi creo que podría poner mi dedo en la pared donde dibujé la mano. Estoy seguro de que podrías poner tu dedo en la mano mística en las colinas tan bien como yo. Recuerda, entre el arroyo y la piedra…

»Estaba inclinado, mirando lo que pensé que debía ser mi dibujo, cuando escuché un silbido agudo, me levanté y vi a Vivian con el brazo levantado y un cuchillo en la mano, amenazando con la muerte en sus ojos. En pura defensa propia, tomé el arma de pedernal que llevaba en el bolsillo y me abalancé sobre él temiendo ciegamente por mi vida. Al instante siguiente él yacía muerto sobre las piedras.

»Creo que eso es todo —continuó el señor Selby después de una pausa—, sólo me queda decirle, señor Dyson, que no puedo concebir qué medios le permitieron encontrarme.

—Seguí muchas indicaciones —dijo Dyson—, y estoy obligado a negar todo crédito por la agudeza, ya que he cometido varios errores graves. Su cifrado, lo confieso, no me dio muchos problemas. Inmediatamente vi que los términos de la astronomía fueron sustituidos por palabras y frases comunes. Había perdido algo negro, o le habían robado algo negro; un globo celeste es una copia de los cielos, así que sabía que quería decir que tenía una copia de lo que había perdido. Obviamente, entonces, llegué a la conclusión de que había perdido un objeto negro con caracteres o símbolos escritos o inscritos en él, ya que el objeto en cuestión ciertamente contenía información valiosa y toda la información debe estar escrita o dibujada. «Nuestra antigua órbita permanece sin cambios» evidentemente se refería a un antiguo arreglo. «El número de mi signo» debía significar una dirección. No necesito decir que «el otro lado de la luna» no puede representar nada más que un lugar donde nadie más ha estado; y «alguna otra casa» era algún otro lugar de reunión, siendo la «casa» el antiguo término «casa de los cielos». Entonces mi siguiente paso fue encontrar el «cielo negro» que había sido robado, y por un proceso de agotamiento lo hice.

—¿Tiene la tablilla?

—Sí. Y en el reverso, en la hoja de papel que ha mencionado, leí inroad, lo que me desconcertó mucho, hasta que pensé en Grey's Inn Road. step-heart-step… me sugirió inmediatamente la frase de De Quincey a la que usted ha aludido; y acerté con la idea descabellada de que usted era un hombre que vivía en o cerca de Gray's Inn Road, y tenía la costumbre de caminar por Oxford Street, porque recuerda cómo el comedor de opio se detiene en sus fatigosos paseos por esa calle.

»Sobre la teoría de la improbabilidad, que le he explicado a mi amigo aquí presente, llegué a la conclusión de que ocasionalmente elegiría el camino por Guildford Street, Russell Square y Great Russell Street, y sabía que si miraba lo suficiente debería verlo Pero, ¿cómo iba a reconocer a mi hombre? Observé al artista frente a mis habitaciones y le pedí que dibujara todos los días una gran mano, en el gesto tan familiar para todos nosotros, en la pared detrás de él. Pensé que cuando la persona desconocida pasara, sin duda lo traicionaría alguna emoción ante la súbita visión del signo. Ya sabe el resto. Ah, en cuanto a abordarlo una hora después, eso fue, lo confieso, un refinamiento. Del hecho de haber ocupado durante tantos años las mismas habitaciones, en un barrio donde además los huéspedes son migratorios en exceso, saqué la conclusión de que era un hombre de costumbres fijas, y estaba seguro de que después de haber superado su miedo regresaría para dar un paseo por Oxford Street. Lo hizo, por New Oxford Street, y yo estaba esperando en la esquina.

—Sus conclusiones son admirables —dijo el señor Selby—. Puedo decirle que di un paseo por Oxford Street la noche en que murió sir Thomas Vivian. Y creo que eso es todo lo que tengo que decir.

—Apenas —dijo Dyson—. ¿Qué tal si nos dice algo del tesoro?

—Preferiría que no habláramos de eso —dijo el señor Selby, con un blanqueamiento de la piel alrededor de las sienes.

—Oh, tonterías, señor, no somos chantajistas. Además, sabe que no tiene demasiadas opciones.

—En ese caso, señor Dyson, debo decirle que regresé al lugar. Fui un poco más lejos que antes.

El hombre se detuvo en seco; su boca comenzó a contraerse, sus labios se separaron y respiró hondo, sollozando.

—Bueno, bueno —dijo Dyson—, me atrevo a decir que lo ha hecho.

—Sí —prosiguió Selby, reprimiéndose con un esfuerzo—, he ido más lejos, tanto que el infierno arde dentro de mí para siempre. Solo traje una cosa de esa horrible casa dentro de las colinas; yacía más allá del lugar donde encontré el cuchillo de pedernal.

—¿Por qué no trajo más?

Toda la estructura corporal del desdichado se encogió y consumió visiblemente; su rostro se puso amarillo como el sebo, y el sudor caía de sus cejas. El espectáculo era a la vez repugnante y terrible, y cuando llegó la voz sonó como el silbido de una serpiente.

—Porque los guardianes todavía están allí, y los vi, y por esto…

Sacó una pequeña y curiosa pieza de oro y la sostuvo en alto.

—Aquí —dijo—, este es el Dolor de la Cabra.

Phillipps y Dyson gritaron juntos de horror ante la repugnante obscenidad de la cosa.

—¡Guárdalo, hombre! ¡Escóndelo, por el amor de Dios, escóndelo!

—Yo traje eso conmigo; eso es todo —dijo—. ¿No les sorprende que no me quedara mucho tiempo en un lugar donde los que viven allí son un poco más altos que las bestias?

—Toma esto —dijo Dyson—, lo traje conmigo en caso de que pudiera ser útil.

Y sacó la tablilla negra y se la entregó al hombre tembloroso y horrible.

—Y ahora —dijo Dyson—, por favor retírese.

Los dos amigos se sentaron en silencio un rato, uno frente al otro con ojos inquietos y labios que temblaban.

—Quiero decir que le creo —dijo Phillipps.

—Mi querido Phillipps —dijo Dyson mientras abría las ventanas de par en par—, después de todo, no sé si mis errores en este extraño caso fueron tan absurdos.

Arthur Machen (1863-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Arthur Machen.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Arthur Machen: La mano roja (The Red Hand), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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