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«Meditaciones entre las tumbas»: James Hervey; poema y análisis.


«Meditaciones entre las tumbas»: James Hervey; poema y análisis.




[«En lugar tan apartado y temible no pude evitar caer en una sucesión de severas reflexiones, tristemente placenteras, que, según creo, me resultaron en cierta medida provechosas mientras poseyeron y avivaron mis pensamientos.»]


Meditaciones entre las tumbas (Meditations Among the Tombs) —a veces traducido al español como Meditaciones entre los sepulcros— es un poema de cementerio de escritor y reverendo inglés James Hervey (1714 - 1708), publicado en 1746. Se trata de un largo poema en prosa, considerado como el primer poema de cementerio. [ver: La poesía del silencio sepulcral]

En el prefacio Meditaciones entre las tumbas, James Hervey escribe:


[«Me halaga que los pensamientos concebidos entre las tumbas puedan ser bienvenidos por la mente seria, porque, como son pocos los que no han consignado los restos de algún querido amigo o pariente a esos silenciosos depósitos, se debe ser consciente de que esta es la casa designada para todos los vivientes, y que ellos mismos se mudarán en breve a las mismas mansiones solemnes.»]


Las Meditaciones entre las tumbas de James Hervey están escritas como si se tratara de una carta a una joven mujer. El escenario es Cornualles, donde el escritor da un paseo por una vieja y retirada iglesia, en la cual comienza a tener una serie de pensamientos lúgubres y extrañamente placenteros en relación a la muerte [«no pude evitar caer en una sucesión de severas reflexiones, tristemente placenteras»].

Meditaciones entre las tumbas de James Hervey se desarrolla en sesenta y cinco páginas, donde predomina el tema de la Melancolía [ver: Historia de la Melancolía]. Al entrar en la iglesia, Hervey se siente atraído por la estructura elevada, un «hermoso retablo». Recuerda el «excelente discurso de Salomón al Todopoderoso, en la dedicación de su famoso templo», y está encantado; pero pronto es asaltado por reflexiones un poco más sombrías, casi metafísicas.


[«Al examinar los registros de mortalidad, encontré los memoriales de una multitud promiscua. Sabios, niños, amos, sirvientes, opulentos e indigentes, todos disfrutando del mismo sueño profundo, con toda distinción de rango y superioridad desaparecida. Ninguno ambicionaba los aposentos más altos, o los asientos principales, en esta casa de duelo. Ninguno albergaba esperanzas afectuosas y ansiosas de ser recibido con honor en sus oscuras celdas. El hombre de años y experiencia, reputado como un oráculo en su generación, se contentaba con acostarse a los pies de un bebé.»]


James Hervey menciona que «aquella piedra blanca» marca el lugar de descanso de un infante que «exhaló su tierna alma casi al instante de recibirla». La tumba evoca el dolor de una madre cariñosa y un padre indulgente, y la repentina muerte de un muchacho de veintiocho años provoca la admonición: «¡No presumas del mañana!»

En una primera lectura, Meditaciones entre las tumbas parece aspirar simplemente a moralizar sobre la vanidad humana y alertar al lector sobre la brevedad de la vida; sin embargo, James Hervey pronto desbarata esta presunción.


[«Entre estas confusas reliquias de la humanidad, hay, sin duda, personas de intereses contrarios y sentimientos contradictorios. Pero la muerte, como un hábil jornalero, ha puesto su mano sobre las partes en conflicto; y llevó todas sus diferencias a una conclusión amistosa. Enemigos jurados habitan juntos en unidad. Dejan todo pensamiento amargado y olvidan que alguna vez fueron enemigos.»]


El elemento dramático es prominente en Meditaciones entre las tumbas, pero James Hervey no recurre a la idea [demasiado simplista, creo] de que la muerte, al ser inevitable, debe ser aceptada con humildad. De hecho, vindica la negación, la rebeldía, el deseo de seguir vivo, a pesar de todo, de un modo que recuerda [lejanamente] a Dylan Thomas y su notable poema: No entres dócil en esa buena noche (Do Not Go Gentle Into That Good Night). No importa que seamos mortales, que estemos destinados a morir en el mismo instante en que nacemos: toda muerte es una tragedia.


[«El alma, a punto de abandonar el barro tambaleante, junta todas sus fuerzas. El hombre bueno se levanta sobre su almohada; tiende a sus siervos una mano bondadosa; se despide conmovedoramente de sus amigos; estrecha su vida en un débil abrazo y besa las amadas falanges de su mutuo amor.»]


La denominada Poesía de Cementerio surge en pleno declive de la estética augusta. Este giro implica el paulatino abandono de los paisajes idílicos por una mirada más directa sobre la Muerte. La idea subyacente de la Poesía de Cementerio, donde predomina la melancolía, se concibe como una reacción al progreso que margina a las clases bajas y campesinas a la más absoluta pobreza. Los poetas de cementerio, cuyos cimientos se construyeron sobre las Meditaciones entre las tumbas de James Hervey, tienen por objeto denunciar la precariedad y la miseria y demandar conmiseración a aquellos que gozan de riquezas.

En este contexto, la Muerte, la Tumba, el Cementerio, se toman como imágenes recurrentes que aluden a la mutabilidad de la materia y la fugacidad de la existencia. Después de todo, los ricos y los pobres terminarán del mismo modo:


[«Tal vez sus huesos desmoronados se mezclen mientras se enmohecen; y aquellos que, mientras vivieron, se mantuvieron distantes en discrepancias irreconciliables, aquí caen en abrazos mutuos, e incluso se incorporan en la tumba, ¡oh!, para que aprendamos de estas cenizas amigas, a no perpetuar la memoria de las injurias, a no fomentar la fiebre del resentimiento ni acariciar la turbulencia de la pasión. ¡Que haya tan poca animosidad y desacuerdo en la tierra de los vivos como en la congregación de los muertos!»]


De este modo, Meditaciones entre las tumbas pretende conmover a los ambiciosos y alentarlos a que contemplen la salvación espiritual, no solo la propia, sino la de los pobres.

Además, los temas recurrentes que dotan de un aire sepulcral a esta modalidad poética son la enfermedad física, la enfermedad social, la muerte, la tumba y la oscuridad de la noche, elementos de gran realismo que inspiraron a los poetas de cementerio a plasmar en sus melancólicos versos sus más profundas críticas, advertencias y contemplaciones.


[«Allí, el infante pacífico, con tan solo saber lo que significan el trabajo y la vejación, yace quieto; duerme y está en reposo. Quedándose sólo para lavar su nativa impureza en la fuente de la regeneración, se despidió rápidamente del tiempo y de las cosas terrestres. ¿Qué encontró el pequeño viajero apresurado, tan imponente y repugnante en nuestro mundo superior como para ocasionar su precipitada salida?»]


Pero, por supuesto, el poeta no tiene respuestas. Cree en la vida eterna, en la recompensa del cielo, pero se pregunta qué habrá hecho el infante, que solo comparte la impureza del pecado original, para querer partir de este mundo tan rápido:


[«Nuestro extraño recién llegado comenzó a sorber la copa de la vida; pero, al percibir la amargura, apartó la cabeza y la rechazó. ¿Fue esta la causa por la que el cauteloso bebé solo abrió los ojos; simplemente miró la luz y luego se retiró a las regiones más atractivas del reposo imperturbable?»]


Como vemos, Meditaciones entre las tumbas es un poema que habla de la muerte en sus aspectos más trágicos y crueles, como la muerte de un inocente o, como más adelante, la de un joven en la plenitud de la vida. En este contexto, James Hervey no solo habla de la tragedia de morir en términos individuales, sino de lo que supone la muerte para los vivos que han quedado atrás:


[«Aquí yace el dolor de una madre cariñosa y la expectativa maldita de un padre indulgente. El joven creció como una planta bien regada; sus raíces crecieron profundamente, se elevó alto y apostó justo por la virilidad. Pero justo cuando el cedro comenzó a elevarse y prometió, dentro de poco, ser el orgullo del bosque y el príncipe entre los árboles vecinos; he aquí que el hacha cayó sobre la raíz, asestó el golpe fatal; y todas sus ramas cayeron al polvo. ¿Y cayó solo? No; también cayeron las esperanzas del padre que lo engendró, las gratas esperanzas de la mujer que lo alumbró; cayeron y fueron aplastadas junto con él.»]


Meditaciones entre las tumbas le reserva varios reproches a las personas que se jactan de su alcurnia y nobleza, es decir, a las personas que de algún modo se creen especiales, superiores. La Muerte nos iguala a todos; y para expresar este destino común de corrupción orgánica, James Hervey emplea los mismos recursos que, casi un siglo después, utilizaría Edgar Allan Poe en El gusano vencedor (The Conqueror Worm).

Más aún, la siguiente línea de Meditaciones entre las tumbas bien podría haber estado inscrita debajo de la famosa frase que Dante imaginó en la entrada al infierno: Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate, que significa «abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis.»


[«Aquellos que se vanagloriaron de antepasados de alta cuna y nobleza, aquí abandonan sus altivas pretensiones. Reconocen parentesco con cosas que se arrastran, con los reptiles más viles. Dicen a la corrupción, tú eres mi padre; y al gusano, tú eres mi madre y mi hermana. Aquí no hay más que pobre y sórdido polvo. (...) En lugar de mesas suntuosas y deliciosos manjares, el propio voluptuoso es un festín para insectos engordados; el reptil se amotina en su carne; el gusano se alimenta de él.»]


James Hervey tuvo un impacto duradero en el arte a través de William Blake, quien era admirador suyo y pintó Epítome de las Meditaciones entre las tumbas entre 1820 y 1825. Más aún, el propio James Hervey se menciona en los poemas de William Blake como uno de los guardias sagrados en su mitología; además, la influencia de Meditaciones entre las tumbas es evitende en el poema de William Blake: El tigre (The Tyger).

En cierto modo, el estilo y la atmósfera de Meditaciones entre las tumbas inspiró al romanticismo y, en mayor medida, al gótico, expresiones que tomaron esta mirada sombría pero la despojaron de sus intenciones moralizantes [ver: La atracción por lo Macabro en la ficción]

El tono arrollador del poema de James Hervey [ej: «el espantoso placer que inspira contemplar los monumentos caídos y las tumbas en descomposición.»] fue rápidamente absorbido por las primeras novelas góticas, como El Castillo de Otranto (The Castle of Otranto) de Horace Walpole, y en consecuencia, por toda la literatura gótica y el romanticismo posterior, llegando a formar parte de la macabra estética de estos movimientos [ver: El placer estético del Horror]

Sin embargo, el gótico y el romanticismo solo utilizaron la atmósfera macabra, sombría, fúnebre, de las Meditaciones entre las tumbas, dejando atrás esos incómodos momentos de espiritualidad. No obstante, es en el contraste entre la decadencia de la muerte que retrata James Hervey, sin endulzarla ni vanagloriarla, con la esperanza de un Dios, donde yace esta exquisita contradicción tan necesaria para la esperanza:


[«Este poder eterno, por lo tanto, que hizo este enorme universo, que sostiene su marco en todo momento y asegura que no se disuelva, esto; el poder que produce las estrellas en su orden, y los gusanos y los reptiles en sus innumerables millones, y gobierna todos sus movimientos para la gloria divina, debe necesariamente afectar a un alma contemplativa con placentero éxtasis; y en estas sublimes meditaciones, con la ayuda del Espíritu divino, un alma en la tierra puede acercarse al cielo. Y con qué religioso y desconocido placer en tal estación se encoge su propio ser como si fuera un átomo que yace en el polvo y adora.»]


Lamentablemente no hemos encontrado ninguna traducción al español de las Meditaciones entre las tumbas que pueda leerse online, de modo que remitimos al lector interesado al original en inglés.




Poemas góticos. I Poemas de cementerio.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de James Hervey: Meditaciones entre las tumbas (Meditations Among the Tombs), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El arte de la poesía sepulcral: análisis de «La Tumba» de Robert Blair.


El arte de la poesía sepulcral: análisis de «La Tumba» de Robert Blair.




Mientras algunos sufren el sol, otros la sombra,
unos huyen a la ciudad, otros a la eremita;
sus objetivos son tantos como los caminos que toman
en la jornada de la vida; y esta tarea es la mía:
pintar los sombríos horrores de la tumba.


La tumba (The Grave) es un poema del escritor escocés Robert Blair (1699-1746) publicado en 1743. Es un poema didáctico, con una misión, un mensaje: la muerte, tan temida, es solo un paso más en un largo viaje. Sin embargo, en el crepúsculo del poema el lector percibe lo contrario: es mejor aferrarse a la vida, por miserable y dolorososa que sea [ver: «In Articulo Mortis»: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte]

El mensaje de Robert Blair está claro desde el comienzo del poema: la vida es un viaje lleno de peligros, un Valle de Lágrimas, cuyo destino final aparentemente es la tumba; aunque esta, en realidad, es simplemente una puerta al más allá:


¡Tu socorro imploro, Rey Eterno!, cuyo brazo
fuerte sostiene las llaves del infierno y la muerte,
de aquella cosa temible, la Tumba.


Pero no importa realmente cuánto intentemos pensar en la Muerte, no como un final, sino como una transición brusca e irreversible, cuando la Muerte te llama no tienes otra opción más que responder y dejar todo atrás:


Los hombres tiemblan cuando Tú los convocas:
la Naturaleza horrorizada se despoja de su firmeza
¡Ah, cuán oscuros son tus extensos reinos,
creciendo largo tiempo en deshechos pesarosos!
Donde sólo reina el silencio y la noche, la oscura noche,
oscura como lo era el caos antes de que el sol
comenzara a rodar, o de que sus rayos intentaran
azotar la penumbra de tu profundidad.


La tumba, entonces, no es un poema que aspire a darnos una mirada más benevolente sobre la Muerte. De hecho, Robert Blair claramente disfruta de las posibilidades macabras que procura una meditación sobre el tema.


La vela enferma, resplandeciendo tenuemente
a través de las bajas y brumosas bóvedas,
(acariciando el lodo y la humedad mohosa)
deja escapar un horror inabarcable,
y sólo sirve para hacer tu noche más funesta.


La tumba de Robert Blair también describe exquisitamente la flora y la fauna de los cementerios y camposantos, y no precisamente en términos sobrenaturales [ver: La leyenda del Espíritu Guardián de los cementerios]. Por supuesto, es relativamente fácil relacionar con los cementerios cuestiones como el dolor, el sufrimiento, las lágrimas, pero Robert Blair parece estar más interesado en el mortuorio ciclo de vida de estos terrenos sembrados de muertos, los cuales procuran un alimento macabro [ver: La atracción por lo Macabro en la ficción]

En este contexto, La tumba de Robert Blair recurre a la figura del Tejo, que desde tiempos inmemoriales es considerado el árbol de los muertos. De hecho, se creía que el Tejo crece estirando sus raíces hasta abrir la boca de los muertos en sus tumbas para succionar sus fluidos cadavéricos; así como los olmos crecen con formas esqueléticas para dar abrigo a las criaturas de la noche. Esta tradición es analizada extensamente en el libro de Michaël Ranft: De Masticatione Mortuorum in Tumulis («De la masticación de los muertos en sus tumbas»].


Bien te conozco en la forma del Tejo,
árbol triste y maligno que adora habitar
entre los cráneos y ataúdes, epitafios y gusanos:
donde rápidos fantasmas y sombras visionarias,
bajo la pálida, fría luna (como es bien sabido)
encapuchados realizan sus siniestras rondas,
¡ninguna otra alegría tienes, árbol embotado!
Observad aquel santo templo, la piadosa labor
de nombres una vez célebres, ahora dudosos u olvidados,
enterrados en la ruina de las cosas que fueron;
allí el muerto más ilustre yace sepultado.


Alrededor del túmulo, una fila de venerables olmos
enseñan un espectáculo desigual,
azotados por los rudos vientos; algunos
desgarran sus grietas, sus troncos añejos,
otros pierden vigor en sus copas, tanto
que ni dos cuervos pueden habitar el mismo árbol.


Acto seguido, La tumba de Robert Blair presagia todos los elementos sonoros que formarán parte de la novela gótica: puertas que crujen, el ulular del viento, los sonidos nocturnos. Recordemos que el poema fue escrito en 1743, mucho antes de que la literatura gótica definiera sus motivos principales.


¡Escuchad, el viento se alza! ¡Escuchad cómo aulla!
Creo que nunca escuché un sonido tan triste:
puertas que crujen, ventanas agitadas,
y el pájaro hediondo de la noche,
estafado en las espinas, gritando en los pasos sombríos
su ronda negra y rígida, colgando
con los fragmentos de escudos y armas andrajosas,
enviando atrás sus sonidos, cargando el aire pesado
de los nichos bajos, las Mansiones de los muertos.


La tumba no es el primer poema en imaginar espectros que se levantan de sus sepulcros. La mayoría de los poemas de cementerio los evoca brevemente, con el mensaje de que pronto seremos como ellos; sin embargo, Robert Blair se demora en este motivo, incluso parece deleitarse con la escena:


Despertados de sus sueños, las duras y severas filas
de espantosos espectros se movilizan,
sonrisa horrible, obstinadamente malhumorados,
pasan y vuelven a pasar, veloces como el paso de la noche.
¡Otra vez los chillidos del búho! ¡Canto sin gracia!
no escucharé más, pues hace que la sangre fluya helada.


Como ocurre con otros poetas de cementerio, Robert Blair emplea la primera persona, lo que hace que La tumba, su mensaje y sus descripciones, sean más inmediatos, plausibles y directos.


Cosas extrañas, afirman los vecinos, han pasado aquí;
gritos salvajes han brotado de las fosas huecas;
los muertos han venido, han caminado por aquí;
y la gran campana ha sonado: sorda, intacta.
A menudo, en la oscuridad, he visto en el camposanto
a través de la luz nocturna que se filtra por los árboles,
al muchacho de la escuela, con sus libros en la mano,
ailbando fuerte para mantener el ánimo,
apenas inclinándose sobre las largas piedras planas,
(con el musgo creciendo apretado, con ortigas bordadas)
que hablan de las virtudes de quien yace debajo.


Aquí, Robert Blair contrasta al lector con la experiencia de un visitante ocasional del cementerio, un muchacho que simplemente está de paso y acelera la marcha imaginando que alguien, o algo, murmura detrás de él [ver: Seres del Plano Astral que viven en los cementerios]:


Repentinamente él escucha, o cree que escucha;
el sonido de algo murmurando en sus talones;
rápido huye, sin atreverse a una mirada atrás,
hasta que, sin aliento, alcanza a sus compañeros,
que se reúnen para oír la maravillosa historia
de aquella horrible aparición, alta y pavorosa,
que camina en la quietud de la noche, o se alza
sobre alguna nueva tumba abierta; y huye (¡cosa asombrosa!)


Robert Blair repasa de manera convencional el sufrimiento de los deudos, en este caso, el de una mujer que ha perdido a su amado y llora sobre su tumba. En este sentido, las lágrimas son el emblema de la sensibilidad, su figura privilegiada. Son visibles y dan testimonio de una fuerte emoción; y si bien pueden ser alegres, más comúnmente son el signo de la tristeza y la angustia. Las lágrimas se desbordan, son incontenibles, sobran en el cuerpo. Como los suspiros, las lágrimas se nos escapan.

El breve pasaje que sigue muestra las lágrimas de una viuda abrumada por los recuerdos, que busca consuelo en la tumba de su marido. Robert Blair emplea una retórica sentimental y extravagante para presentar la escena, enfatizando la pasividad de la viuda, la dificultad que tiene para moverse, como si estuviera traspasada por el dolor. Aquí, las lágrimas son abundantes y violentas; la expresión material y física de una emoción abrumadora. El cuadro contiene elementos psicológicos que, en el plano descriptivo y literario, van mucho más allá del simple mensaje cristiano dogmático.


Con la melodía evanescente del gallo.
también a la nueva viuda, oculto, he vislumbrado,
lenta sobre el postrado muerto:
abatida, ella avanza enlutada en su pena negra,
mientras mares de dolor borbotean de sus ojos,
cayendo rápido por las mejillas frágiles,
nutriendo la humilde tumba del hombre amado,
mientras la atribulada memoria se atormenta
en bárbara sucesión, reuniendo las palabras,
las frases suaves de sus horas más cálidas,
tenaces en su recuerdo: todavía, ella piensa,
y en la indulgencia de un pensamiento cariñoso
se aferra aún más al césped insensato,
sin observar a los caminantes que por allí pasan.


En este momento del poema, el narrador se identifica con la rebeldía contra la Muerte. Expone con firmeza el dolor y la angustia que le ha causado la separación, y llegará hasta apostrofar a la tumba misma, reprochando a la Muerte esta afrenta a la amistad, al amor y a los vínculos sociales.


¡Tumba injusta! ¿cómo puedes separar, desgarrar
a quienes se han amado, a quienes el amor hizo uno?
¡Amistad!, el cemento misterioso del alma,
endulzador de la vida, unificador de la sociedad,
grande es mi deuda. Tu me has otorgado
mucho más de lo que puedo pagar.


De todo esto se puede observar que los sentimientos de Robert Blair se dividen entre su propio apego a la vida, su sufrimiento y su compasión por la viuda, y el mensaje de la promesa de la vida eterna después de la muerte.

Sin embargo, no esto no es algo contradictorio. La tumba de Robert Blair crea aquí un convincente sentimiento de solidaridad entre la viuda, el poeta que cuenta lo que ve, y la fugaz referencia a una tercera figura, el discreto viajero que pasa por casualidad, que es testigo de la escena, y que bien podría ser el lector mismo.


A menudo he transitado los trabajos del amor,
y los cálidos esfuerzos de un corazón apacible,
ansioso por complacer. ¡Oh, cuándo mi amigo y yo,
sobre alguna gruesa madera vaguemos desatentos,
ocultos al ojo vulgar, sentados sobre el banco
inclinado cubierto de prímulas,
dónde la corriente límpida corre a lo largo
de aquella grata marea bajo los árboles,
susurrando suave, se oye la voz aguda del tordo,
reparando su canción de amor; el delicado mirlo
endulza su flauta, ablandando cada nota:
el escaramujo olía más dulce, y la rosa
asumía un tinte más profundo; mientras cada flor
competía con su vecina por la lujuria de sus ropas;
¡ah, entonces el día más largo del verano
parece demasiado apresurado, y todavía el corazón pleno
no había impartido su mitad: era aquella una felicidad
demasiado exquisita como para perdurar!
¡De las alegrías perdidas, aquellas que no volverán,
Cuán doloroso es su recuerdo!


Robert Blair nos introduce en el poema apelando a la Tumba como monarca, como Rey implacable cuyas manos sostienen las llaves del infierno y de la muerte. En este sentido, lo metafísico pronto retrocede. El poeta evita la sublimación de la idea de la muerte con versos que expresan singularmente el horror físico de la tumba y la espantosa soledad de los cementerios durante la noche. En el camino, Robert Blair procede a describir el cementerio, su flora y fauna, que contrastan con el colegial que «silba en voz alta para mantener el valor», y la viuda; es decir, con alguien cronológicamente alejado de la Muerte [el Colegial], cuyos miedos se reducen a banales espectros y espíritus, y con alguien que sí está en contacto directo con el dolor de una pérdida [la Viuda]

Personalmente creo que Robert Blair evita con mucha eficacia los clichés de la poesía de cementerio, donde a menudo vemos el contraste entre difuntos distinguidos, la vana pompa de las homilías con la crudeza de la muerte, la cual no puede aliviarse con el simple espectáculo de los funerales [ver: Significado de las estatuas de los cementerios]

La tumba tampoco refiere a la voracidad del Tiempo, a lo superfluo del rango, la procedencia, la belleza, las vanas pretenciones de la ciencia; en resumen, a los valores y [supuestos] atributos humanos que se convierten en una burla macabra después de la muerte. En otras palabras, Robert Blair evita los lugares comunes para hablar de una de las dos experiencias comunes de la humanidad: la muerte [ver: Leer un buen libro es prepararse para la experiencia universal de morir]

La tumba de Robert Blair es un poema que nunca pierde su dignidad, su música. El terror a la muerte está alli, noblemente descrito en versos casi shakespearianos. Nuestra ignorancia del otro mundo, sumada a la universalidad de la Muerte, conducen al poeta a establecer un inevitable contraste entre la eternidad posible [la vida en el más allá] y la brevedad real de la vida. Como seres humanos estamos atrapados en este dilema. La idea de la eternidad es atractiva, pero realmente no podemos saber qué nos espera del otro lado, si acaso nos espera algo, mientras que sí sabemos que aquí, además de sufrimiento, tenemos acceso a pequeños y ocasionales momentos de placer. En el umbral de la Muerte todos nos aferramos a lo que conocemos.




Poemas góticos. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: El arte de la poesía sepulcral: análisis de «La Tumba» de Robert Blair fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Una pieza nocturna sobre la muerte»: Thomas Parnell; poema y análisis


«Una pieza nocturna sobre la muerte»: Thomas Parnell; poema y análisis.




Una pieza nocturna sobre la muerte (A Night-Piece on Death) es un poema de cementerio del escritor irlandés Thomas Parnell (1679-1718), publicado de manera póstuma por Alexander Pope en la antología de 1722: Poemas sobre varias ocasiones (Poems on Several Occasions).

A continuación compartimos nuestra versión en español de Una pieza nocturna sobre la muerte, sin dudas uno de los mejores poemas de Thomas Parnell, seguido de un breve análisis.




Una pieza nocturna sobre la muerte.
A Night-Piece on Death, Thomas Parnell (1679-1718)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Cuán profundo ese azul tiñe el cielo,
donde yacen innumerables orbes de oro,
mientras que a través de sus filas de plateado orgullo
parece deslizarse la luna.
La brisa adormecida se olvida de respirar,
el lago es suave y claro debajo,
donde una vez más el espectáculo de las estrellas
desciende para encontrarse con nuestros ojos.
Los terrenos, que a la derecha se extienden,
en penumbras de la vista se retiran:
a la izquierda, un lugar de tumbas,
cuyo muro baña el agua silenciosa.
Ese campanario guía tu vacilante mirada
entre los lívidos destellos de la noche.
Pasa, con melancolía,
por los solemnes túmulos del destino,
y piensa, con la suave tristeza
con la que caminas sobre venerables muertos.
Esas tumbas, cubiertas de hierbas,
que sin nombre levantan el suelo arrugado,
rápidas a la mirada del pensamiento,
revelan dónde reposan la Pobreza y el Trabajo.
Las tumbas de mármol que se elevan en lo alto,
cuyos muertos yacen en abovedados arcos,
cuyos pilares se hinchan con piedras esculpidas,
ángeles, epitafios, huesos, brazos,
adornan a los ricos, o alaban a los grandes.
Mientras miro, la pálida Cynthia se desvanece,
¡la tierra que estalla desvela las sombras!
Todos lentos y pálidos, envueltos en mortajas,
se levantan en multitudes visionarias,
y todos con acento sobrio gritan:
«Piensa, mortal, lo que es morir.»
Ahora, de ese tejo negro y funerario,
que baña de rocío el osario,
me parece oír una voz
(cuervos, cesen el estruendo de su croar,
relojes, no resuena el tiempo
sobre el amplio lago y el suelo de medianoche);
como un repique de gemidos huecos,
hablando así entre los huesos.
«Cuando los hombres conocen mi guadaña,
me ven como la última de las cosas.
¡Tontos! La muerte es un camino que debe ser recorrido.
¿Por qué, entonces, tus estolas oscuras,
los largos coches fúnebres, los corceles con penachos negros,
que, al caminar, asienten sobre los escudos de los muertos?
Ni el cuerpo que ha partido,
ni desea el alma, conocer estas formas de aflicción.
En la tierra, y en el cuerpo enterrado,
unos pocos y malvados años son desperdiciados;
pero cuando sus cadenas son rotas,
contempla cómo se desarrolla la alegre escena,
aplauden con alegría y se elevan,
se mezclan con el resplandor del día».


How deep yon azure dyes the sky,
Where orbs of gold unnumbered lie,
While through their ranks in silver pride
The nether crescent seems to glide.
The slumb'ring breeze forgets to breathe,
The lake is smooth and clear beneath,
Where once again the spangled show
Descends to meet our eyes below.
The grounds, which on the right aspire,
In dimness from the view retire:
The left presents a place of graves,
Whose wall the silent water laves.
That steeple guides thy doubtful sight
Among the livid gleams of night.
There pass, with melancholy state,
By all the solemn heaps of fate,
And think, as softly-sad you tread
Above the venerable dead.
Those graves, with bending osier bound,
That nameless heave the crumpled ground,
Quick to the glancing thought disclose
Where Toil and Poverty repose.
The marble tombs that rise on high,
Whose dead in vaulted arches lie,
Whose pillars swell with sculptured stones,
Arms, angels, epitaphs and bones,
These adorn the rich, or praise the great.
While I gaze, pale Cynthia fades,
The bursting earth unveils the shades!
All slow and wan, and wrapped with shrouds,
They rise in visionary crowds,
And all with sober accent cry,
"Think, mortal, what it is to die."
Now from yon black and fun'ral yew,
That bathes the charnel-house with dew,
Methinks I hear a voice begin
(Ye ravens, cease your croaking din,
Ye tolling clocks, no time resound
O'er the long lake and midnight ground);
It sends a peal of hollow groans,
Thus speaking from among the bones.
"When men my scythe and darts supply,
They view me like the last of things:
Fools! Death's but a path that must be trod.
"Why then thy flowing sable stoles,
Long palls, drawn hearses, covered steeds,
And plumes of black, that, as they tread,
Nod o'er the scutcheons of the dead?
"Nor can the parted body know,
Nor wants the soul, these forms of woe.
On earth, and in the body placed,
A few, and evil, years they waste;
But when their chains are cast aside,
See the glad scene unfolding wide,
Clap the glad wing, and tow'r away,
And mingle with the blaze of day."


Thomas Parnell
(1679-1718)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)



El poema de Thomas Parnell: Una pieza nocturna sobre la muerte es considerado el primer poema de cementerio. Se cree que fue escrito como respuesta a la muerte de su esposa, Anne, en 1711; sin embargo, el dolor personal parece estar ausente en el poema. No hay lágrimas, no hay referencias al sentimiento de duelo. Más bien, lo que tenemos aquí es un poema corto pero impactante, desapegado y lúcido, equilibrado, que presenta la escena de un cementerio y afirma que en la muerte el cuerpo escapará de su prisión terrenal y encontrará el resplandor del día.

Siendo un precursor en el género, Una pieza nocturna sobre la muerte introduce varios elementos esenciales. La escena se desarrolla de noche y en un cementerio. El cielo esta despejado; las estrellas son aparentes no solo en el cielo nocturno sino también abajo, reflejadas en las aguas de un lago. Así el poeta establece una simetría entre los cielos y la tierra, quizás animando al lector a fijar sus pensamientos en cosas superiores. Thomas Parnell incluye una línea hermosa aquí: la brisa adormecida se olvida de respirar, que refuerza una sensación de paz y quietud.

Tal vez lo más interesante de Una pieza nocturna sobre la muerte de Thomas Parnell es cómo el poeta estimula los sentidos del lector. No sabemos si el retrata un paisaje específico o imaginario, pero ciertamente logra agitar la mirada del lector. En este sentido, prefigura mucho de lo que veremos en el poema de Thomas Gray: Elegía escrita en un cementerio de aldea (Elegy Written in a Country Churchyard).

En cierto modo, Una pieza nocturna sobre la muerte es una meditación en un cementerio, como si lo físico, lo visual y lo tangible [las tumbas, la tierra, los muertos mismos] fuesen una fuente de conocimiento. Thomas Parnell realiza entonces una descripción del paisaje, con detalles y rasgos escasos pero precisos: el campanario, un muro, y algunos elementos más. Luego, compara las clases sociales de muertos, los ricos y los pobres, pero se centra en un punto común: a pesar de los memoriales erigidos, de los elaborados monumentos funerarios, en la muerte todos se verán privados de los sentidos que podrían permitirles apreciarlos (ver: Significado de las estatuas de los cementerios). La muerte, entonces, es un destino común.

Irrumpe entonces la Muerte, quien sugiere que es el hombre el que crea el miedo a la muerte a través de su propia imaginación, y se burla de la parafernalia de las ceremonias funerarias y todo ese sombrío espectáculo. Ni el alma ni el cuerpo de los difuntos quieren tales rituales. Por el contrario, la muerte es una liberación de la prisión de este mundo (ver: La leyenda del Espíritu Guardián de los cementerios)

La muerte, entonces, está presente como figura imaginaria e irónica en Una pieza nocturna sobre la muerte. Los sentidos también: la vista y el oído son evocados y juegan un papel central, pero a pesar de las referencias a las emociones de miedo y alegría, la tristeza parece ser ilusoria. Es como si Thomas Parnell buscara transmitir un mensaje de consuelo. Si la la muerte es una liberación, y finalmente una fuente de alegría, entonces es lógico que el cementerio de Una pieza nocturna sobre la muerte no tenga lugar para las lágrimas (ver: La atracción por lo Macabro en la ficción)

La Poesía de Cementerio (Graveyard Poetry) es una influencia evidente en la poesía gótica temprana, y por tal caso en toda la literatura gótica, pero los poemas en sí rara vez se analizan más allá de su uso de imágenes fúnebres. Una pieza nocturna sobre la muerte de Thomas Parnell suele identificarse como el primer ejemplo del género, pero su mensaje dista bastante del de sus seguidores: la muerte no es nada que debamos temer (ver: «In Articulo Mortis»: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte). Lo lúgubre, que de hecho se anuncia al principio del poema, se diluye a medida que avanzamos hacia esta revelación.

La atmósfera de Una pieza nocturna sobre la muerte es rica, evoca la noche contemplativa antes de sumergirse entre las tumbas y sepulcros, tanto de los ricos como de los humildes. La vida es corta, esta idea está implícita, y el narrador cuestiona qué tan significativas pueden llegar a ser nuestras breves vidas. Los pobres, los ambiciosos y los grandes eventualmente yacen bajo la misma tierra. Sin embargo, el poema está lejos de ser nihilista.

Lo que encuentro más interesante de Una pieza nocturna sobre la muerte de Thomas Parnell no son sus lápidas, ni siquiera los muertos que se levantan de la tierra, sino esta convicción de que el miedo a la muerte es absurdo, está hecho por el hombre, y recubierto por una especie de mística que normalmente no nos atreveríamos a cuestionar. Claro que, para el autor, la vida misma es una prisión, iluminada sólo por la lámpara de la fe cristiana [tenía esa ventaja], de cual seremos liberados en la muerte. El alma, ya despojada de su cuerpo, ve la muerte como un escape de la oscuridad de la vida (ver: Seres del Plano Astral que viven en los cementerios)

No obstante, el narrador de Una pieza nocturna sobre la muerte no recurre a la teología para explicar la muerte. Visita un cementerio en la oscuridad de la noche, donde busca aclarar su mente y meditar sobre su vida y su eventual muerte. A medida que el poeta camina por el cementerio empieza a percibir el entorno: lápidas, tumbas, un osario. En cierto modo, todo parece estar conectado. Mientras continúa su viaje se encuentra con espectros que lo cuestionan. En la culminación del poema, se enfrenta a una voz misteriosa que le revela ciertas verdades sobre la muerte; verdades que obligan al poeta [y al lector] a interpretar la realidad de la muerte.

Si bien el mensaje de Una pieza nocturna sobre la muerte de Thomas Parnell es que no se debe temer a la muerte, lo cierto es que el narrador muestra poco miedo, sino ninguno, durante todo el poema. De hecho, al contrarrestar las imágenes sombrías del cementerio con esperanza, hasta la Muerte es retratada como una optimista. Más aún, la Muerte descarta las opiniones convencionales que recaen sobre sí misma y sostiene que ella es un camino que debe ser recorrido, el único, si uno desea alcanzar la vida eterna.



Poemas góticos. I Poemas de cementerio.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de NOMBRE: Una pieza nocturna sobre la muerte (A Night-Piece on Death), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El sueño de una noche eterna: la poesía del silencio sepulcral


El sueño de una noche eterna: la poesía del silencio sepulcral.




La vindicación del silencio sepulcral, esto es: la quietud impávida de la muerte, la glorificación o el anhelo de la tumba, es un motivo frecuente en la poesía.

Por allí andan los poetas de cementerio (Graveyard Poets), capaces de componer versos con estremecedora destreza, echados sobre los camposantos y cementerios, con las orejas apoyadas sobre la tierra para oír, según se creía, el monótono rumiar de los difuntos, tal como lo afirma Michaël Ranft en el De Masticatione Mortuorum in Tumulis, literalmente, De la masticación de los muertos en sus tumbas.

Los poemas de cementerio, entre otros estilos, filosofan sobre un estado intermedio entre la vida y la muerte; o más bien, sobre un estado de vida en la muerte donde no ocurre demasiado, salvo el silencio, el sueño y el olvido.

Así lo imagina Algernon Swinburne en El jardín de Proserpina (The Garden of Proserpine).


Que ninguna vida viva para siempre,
que los muertos nunca resuciten;
Sólo el sueño eterno
en una noche eterna.


That no life lives for ever
That dead men rise up never;
(Only the eternal sleep
In an eternal night)


Pocos motivos en la poesía gótica son tan fascinantes y, al mismo tiempo, tan escalofriantes como aquella visión nostálgica del sueño eterno. Hay una desesperada melancolía en esos versos, una rebeldía que se rehúsa simultáneamente a la recompensa celestial y al castigo del infierno.

La poesía del silencio sepulcral es, también, una tercera posición frente a la muerte: una existencia —o no existencia— sin castigos, sin recompensas, sin ambiciones de reencuentros felices, sin ingratos reproches de ultratumba; solo el sueño, el silencio, y el olvido.

De este modo lo resume Emily Brontë en Cuando deba dormir (When I Shall Sleep).


Oh, cuando deba dormir
sin identidad,
y no importe cuánto llueva,
cuánta nieve pueda cubrirme.


(Oh, when I shall sleep
Without identity.
And never care how rain may steep,
Or snow may cover me)


La idea del sueño de una noche eterna es, sin lugar a dudas, mucho más inquietante que el resto de las opciones, y posiblemente la única que nos exime del compromiso de la felicidad pero también del dolor.

En definitiva, ese estado del ser se asemeja más a la nada, a la no existencia, que al deseo o a la posibilidad de cierta trascendencia.

James Elroy Flecker, en lo más profundo de la desesperación, fantasea con ese estado letárgico en Ninguna canción de cobarde (No Coward's Song).


Sé que los muertos son sordos
y no pueden escuchar el canto de mil ruiseñores.
Sé que los muertos son ciegos
y no pueden ver al amigo que cierra con horror sus grandes ojos,
y son ingeniosos.


(I know dead men are deaf,
and cannot hear the singing of a thousand nightingales.
I know dead men are blind
and cannot see the friend that shuts in horror their big eyes,
and they are witless)


En el silencio sepulcral no hay sueños, no hay aspiraciones ni deseos; en esencia, hay NADA, y ese estado de ausencia, de algún modo, es algo que atraviesa transversalmente a la poesía; porque solo en presencia de la NADA es posible el OLVIDO.

Paradójicamente, el mejor retrato de ese oscuro estado del ser no proviene de la poesía, sino de un razonamiento de Oscar Wilde.


La muerte debe ser hermosa. Recostarse en la suave tierra marrón, con la hierba ondeando por encima de la cabeza, y escuchar el silencio. No tener ayer, no tener mañana. Olvidar el tiempo.

(Death must be so beautiful. To lie in the soft brown earth, with the grasses waving above one's head, and listen to silence. To have no yesterday, and no to-morrow. To forget time)


Oscar Wilde acierta al situar al OLVIDO como el último atributo de la muerte, si es que podemos llamarlo así: mientras algunos aspiran a la eternidad para prolongar el regocijo de existir, o bien encontrarlo, tras una vida desgraciada, otros sólo fantasean con olvidar.




Egosofía. I Taller de literatura.


Más literatura gótica:
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Edward Young: poemas destacados


Edward Young: poemas destacados.




Edward Young (1683-1765) fue uno de los grandes maestros de la poesía inglesa de aquellos años. Los poemas de Edward Young prefiguran buena parte de la filosofía y las características principales de la poesía del romanticismo. No obstante, se lo recuerda más por haber sido un miembro precursor de los Poetas de Cementerio (Graveyard Poets). En efecto, los poemas de cementerio de Edward Young, cargados de pensamientos y reflexiones lúgubres, se inscriben entre los mejores de todos los tiempos.

En esta sección daremos cuenta de los más destacados poemas de Edward Young.




Poemas destacados de Edward Young:
  • El último día (The Last Day)
  • Pensamientos nocturnos (Night Thoughts)
  • Amor o fama, la pasión universal (Love Of Fame, The Universal Passion)
  • Amor vencido (Vanquished Love)
  • Cynthio (Cynthio)
  • Dos epístolas al señor Pope (Two Epistles to Mr Pope)
  • El centauro no fabuloso (The Centaur not Fabulous)
  • El mejor argumento para la paz (The Best Argument)
  • Epístola a lord Lasdoune (Epistle to... Lord Lansdoune)
  • Imperium Pelagi (Imperium Pelagi)
  • La ascención de su Majestad al trono (His Majesty's Accession to the Throne)
  • La dirección extranjera (The Foreign Address)
  • La fuerza de la religión (The Force of Religion)
  • La queja (The Complaint)
  • Los hermanos (The Brothers)
  • Océano (Ocean)
  • Penitencia (Penitence)
  • Resignación (Resignation)
  • Sobre la reciente muerte de la reina (On the late Queen's Death)
  • Sócrates (Socrates)
  • Sueño (Sleep)
  • Una apología (An Apology)
  • Una pieza marítima (A Sea-Piece)
  • Una vindicación de la Providencia (A Vindication of Providence)




Libros de poemas. I Poemas de Edward Young.


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Thomas Gray: poemas destacados


Thomas Gray: poemas destacados.




Thomas Gray (1716-1771) fue un notable referente de la poesía inglesa, a pesar de que su obra no fue precisamente prolífica. Los poemas de Thomas Gray emplean casi todos los recursos de la poesía del romanticismo, aunque de un modo más sombrío. No pertenece exactamente al Romanticismo Oscuro, sino a otro movimiento extraordinario de la época: los Poetas de Cementerio (The Graveyard Poets). En efecto, los poemas de cementerio de Thomas Gray se encuentran entre los puntos más altos de esta corriente que encontró en la muerte su principal fuente de inspiración.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos reuniendo los más destacados poemas de Thomas Gray.




Poemas destacados de Thomas Gray.
  • Elegía sobre un cementerio de aldea (Elegy Written in a Country Churchyard)
  • El epitafio (Epitaph)
  • El bardo (The Bard)
  • El descendiente de Odín (The Descent of Odin)
  • El progreso de la poesía (The Progress of Poesy)
  • Epitafio para la señora Clerke (Epitaph on Mrs Clerke)
  • Las hermanas fatales (The Fatal Sisters)
  • Los triunfos de Owen (The Triumphs of Owen)
  • Oda a la adversidad (Ode to Adversity)
  • Oda a la muerte de mi gato (Ode on the Death of a Favourite Cat)
  • Oda a la música (Ode for Music)
  • Oda a la primavera (Ode on the Spring)
  • Si he de morir (If I Should Die)
  • Soneto (Sonnet)
  • Una larga historia (A Long Story)




Libros de poemas. I Libros de Thomas Gray.


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El lugar más triste del cementerio [donde se reúnen los inmortales]


El lugar más triste del cementerio [donde se reúnen los inmortales]




Peregrinamos por el cementerio de Chacarita hasta bien entrada la tarde. El hastío, o quizás el goce secreto de sabernos vivos, nos hizo perdernos entre las calles alargadas, anónimas, escoltadas por altos cipreses, donde los muertos aguardan.

—Todo este lugar es tan triste —dijo alguien.

Masticardi tomó la palabra.

—Es cierto. Todos los cementerios son lugares tristes. Deberíamos hacer un recorrida por los rincones que más nos perturban. ¿Qué dicen?

La propuesta fue aceptada sin mucho entusiasmo.

Algunos nos llevaron por nichos escondidos, otros nos pasearon por mausoleos abandonados, capillas en franco estado de descomposición. Recorrimos los sepulcros más antiguos, leímos lápidas y recordatorios erosionados por el viento y la lluvia; intentamos discernir un nombre, una cifra, de un viejo osario ya repleto.

Finalmente, Masticardi nos condujo a una vieja tumba en el extremo norte del cementerio.

—Este es, al menos para mí, el lugar más triste del cementerio. -declaró.

Nos acercamos a la lápida, ricamente ornada, y leímos:


José Aguilar.
Vivió como alguien que nunca pensó en morir.


Todos nos emocionamos.

—Falta usted, profesor Lugano —dijo Masticardi.

—¿Yo?

—Sí, claro. Llévenos al lugar más triste del cementerio.

El profesor Lugano señaló una tumba adyacente.

Nos acercamos para leer sobre la lápida:


Victoria Aguilar.
Murió como alguien que nunca pensó en vivir.




La filosofía del profesor Lugano. I Egosofía.


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Robert Blair: poemas


Robert Blair: poemas.




Robert Blair (1699-1746) fue uno de los mejores poetas escoceses de la historia, a pesar de haber publicado únicamente tres poemas a lo largo de su vida, siendo uno de ellos un elogio a su suegro y otro una traducción. Su reputación se basa enteramente en un solo poema: La tumba (The Grave), tal vez uno de los mejores poemas de cementerio, estilo que se anticipó a buena parte del romanticismo, capturando el posterior interés de artistas como William Blake, quien llegaría a ilustrar de forma magnífica los poemas de Robert Blair.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de el mejor poema de Robert Blair, un autor notable que necesitó una sola obra para alcanzar la eternidad.




Poemas de Robert Blair:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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Edward Young: poemas


Edward Young: poemas.




Edward Young (1681-1765) fue uno de los grandes poetas ingleses de su tiempo, precursor de la poesía del romanticismo y miembro activo de los poetas de cementerio, un estilo caracterizado por la melancolía, la nostalgia, y una mirada reflexiva sobre la muerte.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de los mejores poemas de Edward Young.




Poemas de Edward Young:
  • El último día (The Last Day)
  • Pensamientos nocturnos (Night-Thoughts)
  • Amor a la fama (Love of Fame)
  • Apología de la virtud (Virtue's Apology)
  • Busiris (Busiris)
  • Conjeturas sobre la composición original (Conjectures on Original Composition)
  • Cynthio (Cynthio)
  • Dos epístolas al señor Pope (Two Epistles to Mr. Pope)
  • El centauro no es fabuloso (The Centaur not Fabulous)
  • El infiel reclamado (The Infidel Reclaim'd)
  • El triunfo cristiano (The Christian Triumph)
  • Epístola a lord Lansdoune (Epistle to ... Lord Lansdoune)
  • Imperium Pelagi (Imperium Pelagi)
  • La consolación (The Consolation)
  • La cuota (The Instalment)
  • La dirección extranjera o el mejor argumento para la paz (The Foreign Address, or The Best Argument for Peace)
  • La fuerza de la religión o el amor conquistado (The Force of Religion: or Vanquished Love)
  • La pasión universal (The Universal Passion)
  • La recaída (The Relapse)
  • Las obras poéticas del reverendo Edward Young (The Poetical Works of the Rev. Edward Young)
  • Narcisa (Narcissa)
  • Resignación (Resignation)
  • Tiempo, muerte y amistad (Time, Death, Friendship)
  • Una pieza de mar (A Sea-Piece)
  • Una vindicación de la Providencia (A Vindication of Providence)
  • Venganza (Revenge)
  • Vida, muerte e inmortalidad (Life, Death, and Immortality)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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Thomas Warton: poemas


Thomas Warton: poemas.




Thomas Warton (1728-1790) fue uno de los más destacados poeta inglés, precursor de la poesía del romanticismo y además partícipe de aquel grupo de lúgubres entusiastas conocidos como poetas de cementerio, en cuyo estilo prosperan las referencias a los camposantos, las tumbas, los cadáveres, los ataúdes, y en general hacia cualquier aspecto relacionado con la muerte. De hecho, los poemas de cementerio de Thomas Warton se encuentran entre los mejores.

En esta sección daremos cuenta de los mejores poemas de Thomas Warton en nuestra biblioteca.




Poemas de Thomas Warton:
  • Los placeres de la melancolía (The Pleasures of Melancholy)
  • Al río Lodon (To the River Lodon)
  • El triunfo de Isis (The Triumph of Isis)
  • Historia de la poesía inglesa (The History of English Poetry)
  • La historia y antigüedades de Kiddington (The History and Antiquities of Kiddington)
  • La salchicha de Oxford (The Oxford Sausage)
  • Newmarket, una sátira (Newmarket, a Satire)
  • Observaciones sobre La reina de las hadas de Spenser (Observations on the Faerie Queene of Spenser)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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«Elegía escrita en un cementerio de aldea»: Thomas Gray; poema y análisis


«Elegía escrita en un cementerio de aldea»: Thomas Gray; poema y análisis.




Elegía escrita en un cementerio de aldea (Elegy Written in a Country Churchyard) —a veces traducido como Elegía sobre un cementerio de aldea— es un poema de cementerio del escritor inglés Thomas Gray (1716-1771), publicado en 1751.

Elegía escrita en un cementerio de aldea es uno de los grandes poemas de cementerio de su tiempo, un estilo que se anticipó al romanticismo y el gótico, incorporando elementos macabros, lúgubres, en los que abundan referencias a los cementerios, los camposantos, las tumbas, las lápidas, los epitafios.

A pesar de su título, Elegía escrita en un cementerio de aldea no es precisamente una elegía, sino más bien una oda, una meditación acerca de la muerte, quizás inspirada en el fallecimiento del poeta Richard West. Más allá de esto, la vida de Thomas Gray estuvo atravesada por el dolor y la pérdida. Prácticamente todas las personas que conoció y amó fallecieron prematuramente.

En este sentido, Elegía escrita sobre un cementerio de aldea, uno de los grandes poemas de Thomas Gray acaso sea el resultado lógico, aunque genial, de toda una vida vagando por los cementerios.




Elegía escrita en un cementerio de aldea.
Elegy Written in a Country Churchyard; Thomas Gray (1716-1771)

Suena el toque de los difuntos al partir el día,
El viento suspira lentamente sobre el prado,
El arador vuelve a casa por el camino cansado,
Y abandona el mundo a la oscuridad, y a mi.

Ahora el paisaje se deshace, apenas brilla en los ojos,
Y todo el aire sostiene una quietud solemne,
Donde zumba el vuelo, las ruedas del escarabajo,
Un rumor soñoliento que se pierde en la distancia.

A salvo de la joven hiedra en la torre,
El búho decrépito se queja con la luna,
Vagando cerca de su secreta laguna,
Perturba su reino antiguo y desolado.

Bajo aquellos olmos rugosos, aquella sombra del Tejo,
Donde el césped cubre las almas en descomposición,
Cada uno en su célula estrecha, por siempre,
Los rudos antepasados de la aldea sueñan.

La llamada ventosa del incienso en la mañana,
El trago que gorjea en el cobertizo de paja,
El clarín áspero del gallo, o el cuerno que resuena,
Ya no los despertará de su cama eterna.

Para ellos el hogar ardiente ya no quemará,
O la atareada ama de casa los cuidará:
Ningún niño gritará al volver su padre,
Rodeando sus rodillas para sellar el regreso.

A menudo barría la cosecha con su hoz,
El surco obstinado siempre se quebró:
¡Cuán alegre conducía su grupo lejos!
¡Cómo dobló los bosques bajo su golpe robusto!

La ambición no se burla de su trabajo útil,
De su felicidad hogareña, su destino oscuro;
Ni el esplendor oye, con su sonrisa desdeñosa,
Los breves y simples anales de los pobres.

La jactancia de la heráldica, la pompa del poder,
Y todo lo que la belleza, lo que la riqueza dio,
Aguardan su hora inevitable: los caminos
De la riqueza también conducen a la tumba.

Ni tu, orgulloso, cargues de culpa sus huesos,
Si la memoria sobre sus tumbas no tiene trofeos,
Donde por el pasillo largo su bóveda y arte ilustró
El himno aumenta las melodías de su plegaria.

¿Es que puede la urna legendaria
Recuperar su aliento breve?
¿Puede la voz del honor provocar el polvo silencioso,
O la adulación suavizar el oído helado de la muerte?

Tal vez en este espacio olvidado habita un corazón,
Alguna vez agitado por el fuego celeste;
Manos, que la rueda del imperio hayan convocado,
O despertado el éxtasis de una lira en llamas.

Pero el Conocimiento, con su amplia página,
Nunca desenrolló en sus ojos el despojo del tiempo;
La miseria fría reprimió su rabia noble,
Y congeló la corriente cálida de su alma.

Gemas llenas del rayo más puro y sereno,
Durmiendo en las ignotas cuevas del océano:
Flores que nacen para un rubor invisible,
Gastando su dulzura en el aire desierto.

Algún pueblo que con el pecho intrépido
Soportó el peso de su pequeño tirano,
Algún Milton mudo aquí puede descansar,
Algún Cromwell inocente de la sangre natal.

El aplauso de los jefes para ordenar,
Las amenazas del dolor y la ruina para despreciar,
Para dispersar la abundancia sobre la tierra alegre,
Leyendo su historia en los ojos nacionales,

Su parte prohibió: no restringirá en soledad
La encendida virtud, sus crímenes son confinados;
Prohibió para abrirse paso en sangre al trono,
Y cerrar las puertas de la piedad sobre el hombre,

Los tormentos que buscan ocultarse de la verdad,
Para aniquilar el rubor de una vergüenza ingenua,
O alabar el templo de la Lujuria y la Vulgaridad,
Con el incienso ardiente, la llama de la Musa.

Lejos de la demente multitud que lucha,
Sus sobrios deseos nunca aprendieron a callar;
A lo largo del fresco valle de la vida
Conservaron el tenor silencioso de su camino.

Aún estos huesos del insulto protegen
Un recuerdo frágil del quizás,
Con rimas groseras y esculturas informes
Imploran el tributo débil de un suspiro que pasa.

Sus nombres, sus años, deletreados por la Musa procaz,
Les otorgan el lugar de la fama y la elegía:
Y esparce muchos sagrados textos en torno a ella,
Que instruyen al rústico moralista a morir.

¿Para quién, al mudo Olvido su presa,
Esta ansiosa y resignada complacencia,
Abandona los lugares del día caliente,
Ni lanza una detenida mirada hacia atrás?

En algún pecho afectuoso el alma que se separa confía,
Algunas gotas piadosas que el ojo cerrado necesita;
Incluso de la tumba la voz de la Naturaleza llora,
Incluso de nuestras cenizas se agita el fuego.

Por aquellos que, atentos al deshonrado muerto,
Ven en estas líneas su historia sencilla;
Si por casualidad la solitaria contemplación condujera
A un espíritu similar a inquirir el por qué de su destino,

Felices los encanecidos pueden decir:
A menudo lo hemos visto al despuntar el alba,
Cubriendo con paso apresurado el rocío lejano,
Para encontrar al sol en la meseta del horizonte.

Allí, a los pies de la joven y nudosa Haya,
Que enrosca sus fantásticas raíces tan abajo,
Su longitud decaída en el atardecer estirará,
Bebiendo en el arroyo que murmura al pasar.

Cerca de la madera, ahora sonriendo con desprecio,
Susurrando sus fantasías caprichosas,
Torciéndose, afligido y pálido, como un desesperado,
Enloquecido, arrebatado por un amor sin esperanza.

Lo extrañé una mañana sobre la colina,
A lo largo del brezal, cerca de su árbol;
Otro vino, lejos aún, sin tocar el camino
Ni la hierba, tampoco en el bosque era él;

El siguiente, con las deudas tristes detrás,
Lento por el sendero de la iglesia lo vimos llevar,
Se acerca y lee (para que tu puedas leer)
La lápida de piedra bajo el Espino anciano.


El epitafio:
Aquí descansa su cabeza en la falda de la Tierra,
Una juventud que no conoció la Fama ni la Fortuna.
La ciencia justa frunció el ceño sobre su nacimiento,
Y la Melancolía lo marcó como un hijo propio.


The curfew tolls the knell of parting day;
The lowing herd wind slowly o'er the lea;
The plowman homeward plods his weary way,
And leaves the world to darkness and to me.

Now fades the glimmering landscape on the sight,
And all the air a solemn stillness holds,
Save where the beetle wheels his droning flight,
And drowsy tinklings lull the distant folds;

Save that, from yonder ivy-mantled tow'r,
The moping owl does to the moon complain
Of such, as wand'ring near her secret bow'r,
Molest her ancient solitary reign.

Beneath those rugged elms, that yew-tree's shade,
Where heaves the turf in many a mould'ring heap,
Each in his narrow cell for ever laid,
The rude Forefathers of the hamlet sleep.

The breezy call of incense-breathing morn,
The swallow twitt'ring from the straw-built shed,
The cock's shrill clarion, or the echoing horn,
No more shall rouse them from their lowly bed.

For them no more the blazing hearth shall burn,
Or busy housewife ply her evening care:
No children run to lisp their sire's return,
Or climb his knees the envied kiss to share.

Oft did the harvest to their sickle yield,
Their furrow oft the stubborn glebe has broke;
How jocund did they drive their team afield!
How bow'd the woods beneath their sturdy stroke!

Let not ambition mock their useful toil,
Their homely joys, and destiny obscure;
Nor grandeur hear with a disdainful smile,
The short and simple annals of the poor.

The boast of heraldry, the pomp of pow'r,
And all that beauty, all that wealth e'er gave,
Awaits alike th'inevitable hour.
The paths of glory lead but to the grave.

Nor you, ye proud, impute to these the fault,
If mem'ry o'er their tomb no trophies raise,
Where thro' the long-drawn isle and fretted vault,
The pealing anthem swells the note of praise.

Can storied urn or animated bust
Back to its mansion call the fleeting breath?
Can honour's voice provoke the silent dust,
Or flatt'ry sooth the dull cold ear of death?

Perhaps in this neglected spot is laid
Some heart once pregnant with celestial fire;
Hands, that the rod of empire might have sway'd,
Or wak'd to extasy the living lyre.

But knowledge to their eyes her ample page
Rich with the spoils of time did ne'er unroll;
Chill penury repress'd their noble rage,
And froze the genial current of the soul.

Full many a gem of purest ray serene,
The dark unfathom'd caves of ocean bear:
Full many a flower is born to blush unseen,
And waste its sweetness on the desert air.

Some village-Hampden, that with dauntless breast
The little Tyrant of his fields withstood;
Some mute inglorious Milton here may rest,
Some Cromwell guiltless of his country's blood.

Th'applause of list'ning senates to command,
The threats of pain and ruin to despise,
To scatter plenty o'er a smiling land,
And read their hist'ry in a nation's eyes,

Their lot forbad: nor circumscrib'd alone
Their growing virtues, but their crimes confin'd;
Forbad to wade through slaughter to a throne,
And shut the gates of mercy on mankind;

The struggling pangs of conscious truth to hide,
To quench the blushes of ingenuous shame,
Or heap the shrine of luxury and pride
With incense kindled at the muse's flame.

Far from the madding crowd's ignoble strife,
Their sober wishes never learn'd to stray;
Along the cool sequester'd vale of life
They kept the noiseless tenor of their way.

Yet ev'n these bones from insult to protect
Some frail memorial still erected nigh,
With uncouth rhimes and shapeless sculpture deck'd,
Implores the passing tribute of a sigh.

Their name, their years, spelt by th'unletter'd muse,
The place of fame and elegy supply:
And many a holy text around she strews,
That teach the rustic moralist to die.

For who, to dumb forgetfulness a prey,
This pleasing anxious being e'er resign'd,
Left the warm precincts of the chearful day,
Nor cast one longing ling'ring look behind?

On some fond breast the parting soul relies,
Some pious drops the closing eye requires;
Ev'n from the tomb the voice of nature cries,
Ev'n in our ashes live their wonted fires.

For thee, who mindful of th'unhonour'd dead
Dost in these lines their artless tale relate;
If chance, by lonely contemplation led,
Some kindred spirit shall inquire thy fate,

Haply some hoary-headed swain may say:
Oft have we seen him at the peep of dawn
Brushing with hasty steps the dews away,
To meet the sun upon the upland lawn.

There at the foot of yonder nodding beech,
That wreathes its old fantastic roots so high,
His listless length at noontide would he stretch,
And pore upon the brook that babbles by.

Hard by yon wood, now smiling as in scorn,
Mutt'ring his wayward fancies he would rove,
Now drooping, woeful wan, like one forlorn,
Or craz'd with care, or cross'd in hopeless love.

One morn i miss'd him on the custom'd hill,
Along the heath, and near his fav'rite tree;
Another came; nor yet beside the rill,
Nor up the lawn, nor at the wood was he.

The next with dirges due in sad array
Slow thro' the church-way path we saw him born.
Approach and read (for thou can'st read) the lay,
Grav'd on the stone beneath you aged thorn.

Here rests his head upon the lap of earth
A youth to fortune and to fame unknown.
Fair science frown'd not on his humble birth,
And melancholy mark'd him for her own.

Large was his bounty, and his soul sincere,
Heav'n did a recompence as largely send:
He gave to mis'ry all he had, a tear;
He gain'd from heav'n ('twas all he wish'd) a friend.

No farther seek his merits to disclose,
Or draw his frailties from their dread abode,
(There they alike in trembling hope repose)
The bosom of his Father and his God.


Thomas Gray (1716-1771)




Poemas góticos. I Poemas de Thomas Gray.


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El análisis, traducción al español y resumen del poema de Thomas Gray: Elegía escrita en un cementerio de aldea (Elegy Written in a Country Churchyard), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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