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Los DUENDES degenerados de LUCRECIA BORGIA


Los DUENDES degenerados de LUCRECIA BORGIA.




Se produjo un asombroso hallazgo en la biblioteca de Jacinto del Módulo, aficionado al ateísmo del barrio de Villa del Parque. El día martes envió un largo correo al profesor Lugano a raíz de su investigación acerca de las distintas razas de seres del plano astral, adjuntando información pertinente respecto de otras criaturas insólitas, y evidentemente degeneradas, nunca antes descritas por los bestiarios medievales.

El erudito recurre a una áspera traducción de cierto párrafo epistolar adjudicado a Lucrecia Borgia, quien al parecer habría entrado en contacto con una curiosa raza de duendes, posiblemente de origen etrusco, conocidos como Verjotas.

Los Verjota descienden de la antigua creencia en espíritus elementales con gran destreza para el amor. Según Del Módulo, que rastreó ese parentesco en las páginas más áridas de la mitología, estos duendes estarían emparentados con los Lambetuto, muy temidos en la Provenza, y quizá con una discreta estirpe de djinns, los Jeropasah.

Según la leyenda, los Verjota irrumpen en las habitaciones de las muchachas y, citando a Del Módulo, hombre afín al romanticismo, retozan con ellas del modo más desvergonzado. Tras acabar la faena, los Verjota evaden hábilmente las maniobras vengativas de familiares y allegados, y se precipitan en la noche emitiendo un grito aterrador:


¡è nato un cornuto!


Que Del Módulo traduce caprichosamente como:


¡Ha nacido un cornudo!


En ciertas ocasiones, los Verjota pueden prolongar el asedio durante horas y horas, realizando verdaderas acrobacias capaces de ridiculizar a Casanova o al Marqués de Sade. Esto, sin embargo, puede ser peligroso, debido a que los Verjota poseen un tiempo de vida limitado en el plano terrenal.

Del Módulo adjunta algunas notas dramáticas que dan cuenta de los intentos desesperados de Lucrecia Borgia por reanimar a su duendes, ya exhaustos, mediante masajes. No obstante, una vez que el Verjota ha vaciado su energía vital no hay forma de volver levantarlo.

Destino ingrato —se lamenta Del Módulo— el de esos pequeños cretinos, acaso idéntico al de todos amoríos fugitivos; porque después de la furiosa labor del Verjota un vapor de remordimiento cae sobre sus amadas, que incluso llegan a negar que tales hazañas —no las del virtuosismo amoroso, sino las de la entrega absoluta, sin reparos— realmente hayan ocurrido.




Mitología. I Seres fantásticos de la mitología.


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2 historias de terror de duendes


2 historias de terror de duendes.








Relatos de duendes. I Antologías.


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Relatos de duendes


Relatos de duendes.








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El libro de los Duendes


El libro de los Duendes.




De todos los seres fantásticos que habitan en las diferentes mitologías, los Duendes son, probablemente, una de las razas más incomprendidas.

Recluidos únicamente en el arcón de los cuentos de hadas, los Duendes abandonaron hace tiempo cualquier intento de redención. Se resignaron a la literatura infantil y a las fantasías de ilustradores mal remunerados. Pero los Duendes son mucho más que eso.

Los Gnomos, los Enanos, las Hadas, los Elementales, incluso los Homúnculos, disfrutan un destino mucho más prestigioso que el de los Duendes. Esto no siempre fue así. También los Duendes tuvieron su época de gloria, diminuta, por cierto, pero no menos memorable que la de otros seres mitológicos.


¿Qué significa la palabra Duende?

Es una contracción de la frase Duen de casa, es decir, «Dueño de casa», y ese es su verdadero significado. Podemos verlos como una versión un tanto deslucida de los Kobold alemanes, criaturas que han dejado de buena gana su libertad en los bosques para convertirse en asistentes de las oficiosas criadas y amas de casa medievales.

Se dice que El libro de los Duendes, libro apócrifo pero posible, es el inventario de todos los Duendes que huyeron despavoridos de Irlanda tras la llegada de un santo con pocas pulgas: San Patricio, que barrió la isla de casi todas las criaturas de los mitos celtas, poco después que las hadas abandonaran nuestro plano de existencia.

La leyenda sostiene que, luego de convertir a la mayoría de los paganos al cristianismo, San Patricio invitó a los Druidas más importantes a participar de los oficios dominicales en calidad de «paganos irreductibles». Estos se ofendieron, y juraron que tal ceremonia jamás se llevaría a cabo. Conjuraron entonces un vasto ejército de Duendes, armados con espigas afiladísimas y espadas del tamaño de un alfiler, con la intención de sitiar la iglesia y, de ser posible, enviar a San Patricio y sus mártires al Annwn, el infierno celta.

La tropa de Duendes llegó en silencio antes del amanecer. Cien de ellos por cada cristiano, cuenta la leyenda. Se ubicaron debajo de los bancos y aguardaron el inicio de la ceremonia, que comenzó en tiempo y forma. San Patricio fatigó a los paganos con toda clase de consideraciones sobre la bondad del Altísimo y la eternidad de los tormentos infernales. Pronto, los feligreses comenzaron a sentir un extraño escozor en sus traseros, una secuencia de pequeños pinchazos que, al principio, fueron atribuidos a la ira del nuevo Dios.

Antes de finalizar la misa, los Duendes renovaron el ataque, y en segundos la nave principal se convirtió en un aquelarre de personas saltando y maldiciendo en diversos dialectos. San Patricio, sagaz, descubrió la estratagema, y pronunciando el nombre de Dios expulsó a los Duendes de esa y de todas las iglesias del mundo, obligándolos a abandonar Irlanda por los siglos de los siglos.

Los Duendes huyeron de Irlanda, no sin antes maldecir a los Druidas y sacerdotes por igual. Antes de abandonar la isla tomaron un viejo manuscrito, en donde redactaron los nombres de todos los héroes que participaron en la revuelta contra San Patricio, y una serie de conjuros, hechizos y maleficios, por los cuales serían conocidos en su nueva tierra: España.

Se cree que El libro de los Duendes yace oculto para el hombre, pero es claro y visible para los niños, que pueden leerlo, aun sin saber leer, en cualquier cuento de hable de las viejas hazañas de la gente pequeña.




Libros prohibidos. I Libros de mitología.


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«El mercado de los duendes»: Christina Rossetti; poema y análisis


«El mercado de los duendes»: Christina Rossetti; poema y análisis.




El mercado de los duendes (Goblin Market) es un poema victoriano de la escritora inglesa Christina Rossetti (1830-1894), compuesto entre 1859 y 1862, y publicado en la antología de 1862: El mercado de los duendes y otros poemas (The Goblin Market and Other Poems), ilustrado por su hermano, Dante Gabriel Rossetti.

El mercado de los duendes, uno de los mejores poemas de Christina Rossetti, es protagonizado por Laura, Lizzie, Jeanie y, por supuesto, el célebre Hombre Duende, y versifica cómo estas muchachas son tentadas con frutas exquistias por los extraños comerciantes del mercado.

En este sentido, El mercado de los duendes de Christina Rossetti es un poema simbólico, no un poema infantil. Sus versos exploran cuestiones fundamentales como el empoderamiento de la mujer, el feminismo, y, según algunos, el uso de sustancias en un marco de experimentación. Naturalmente, todo eso queda velado bajo la fachada de tentaciones, frutos prohibidos y extraños vendedores sobrenaturales.

Christina Rossetti utiliza aquí la palabra Goblin, que habitualmente se traduce en español como duende o gnomo. En realidad, la palabra deriva del normando Gobelin, y éste del latín Gobelinus y el germano Kobold. La elección probablemente no fue caprichosa. Los Kobold eran conocidos como espíritus del hogar, no siempre benéficos, y de temperamento más bien volátil.

El mercado de los duendes de Christina Rossetti es un poema bastante extenso, de modo tal que aquí compartimos apenas un breve fragmento.




El mercado de los duendes.
Goblin Market, Christina Rossetti (1830-1894)

De la mañana a la noche
gritan los duendes a troche y moche:
"nuestros frutos comprad,
venid, venid y comprad
membrillos y manzanas,
limones y naranjas
rollizas cerezas,
melones y fresas,
sonrosados melocotones,
arándanos silvestres
moras atezadas,
zarzamoras muy moradas,
piñas y garraberas,
albaricoques y frambuesas;
que alcanzan su madurez
en verano todas de vez;
la mañana llega
y la tarde se aleja,
comprad lo que el verano deja:
de la viña uvas frescas,
granadas hermosas y plenas,
dátiles y peras,
de fraile y claudias son las ciruelas,
también damascenas y de yema,
venid y probadlas, no os dé pena:
pasas y grosellas,
encarnadas bayas,
higos a raudales
cítricos meridionales,
dulces y lozanos:
comprad, alargad esa mano.


Morning and evening
Maids heard the goblins cry
"Come buy our orchard fruits,
Come buy, come buy:
Apples and quinces,
Lemons and oranges,
Plump unpecked cherries,
Melons and raspberries,
Bloom-down-cheeked peaches,
Swart-headed mulberries,
Wild free-born cranberries,
Crab-apples, dewberries,
Pine-apples, blackberries,
Apricots, strawberries;—
All ripe together
In summer weather,—
Morns that pass by,
Fair eves that fly;
Come buy, come buy:
Our grapes fresh from the vine,
Pomegranates full and fine,
Dates and sharp bullaces,
Rare pears and greengages,
Damsons and bilberries,
Taste them and try:
Currants and gooseberries,
Bright-fire-like barberries,
Figs to fill your mouth,
Citrons from the South,
Sweet to tongue and sound to eye;
Come buy, come buy.


Christina Rossetti
(1830-1894)




Poemas góticos. I Poemas de Christina Rossetti.


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El análisis, resumen y traducción al español del poema de Christina Rossetti: El mercado de los duendes (Goblin Market), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Fondos de duendes


Fondos de duendes.

















Wallpapers de duendes. I Imágenes de duendes. I Imágenes.


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Imágenes de duendes


Imágenes de duendes.




















Más imágenes de duendes. I Fondos de duendes. I Imágenes.


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Fotos de duendes


Fotos de duendes.

















Imágenes de duendes. I Fondos de duendes. I Imágenes.


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Videos de duendes.

Un notable descubrimiento se ha producido en la biblioteca de don Crisóstomo del Módulo, profesor de ateísmo en la Universidad Católica de Gerli. El día martes me envió un largo correo, a raíz de nuestra investigación sobre un extraño video de hadas, vociferando que él poseía un ejemplar similar, sólo que se trataba de un video de duendes.
Acostumbrados a las misivas soporíferas, respondimos bucólicamente.

Pero la tenacidad del profesor nos venció, apelando esta incierta traducción de un pasaje de santa Catalina de Boloña: Que no me vengan a mi con historias de duendes, que joder, si yo he conocido a uno. Buen tipo, petiso, sanguíneo, muy dotado...

Ulteriores investigaciones nos llevaron al inquietante descubrimiento de que Catalina conoció, como se desprende de sus exánimes suspiros epistolares, a una raza de duendes italianos conocidos como Prijota (una contracción del latín Prima, primera, y la voz orillera Ijota, que alude a la voluminosa virilidad de estos seres)

Los Prijota descienden de la creencia provenzal en ánimas superdotadas, y están emparentados con los Bolutos, los Lambetuto y la perdida estirpe persa de los Jer-Oh-Pas. Las leyendas son muy precisas: Los Prijotas irrumpen en el lecho de las damas y, citando al mitólogo griego Onanis: Les dan murra hasta el alba (Murris ut alba longa longa longa). Incluso el gemido lúbrico de las mujeres atacadas, muy temido por novios burgueses, ha sido bautizado como ¡Grido da putana di fronte a cornudo!

Pero no todo es dicha para estas pobres damas. Los Prijota sólo pueden extender su masculinidad durante una noche (interminable, por cierto). Tal es el fervor con el que encaran su tarea. Finalizadas las operaciones amatorias, los Prijota caen exánimes. Algunas anotaciones melancólicas dan cuenta de los intentos desesperados de algunas mujeres por reanimar sus miembros inertes, mediante masajes, manuales y bucales, y ungüentos de dudosa eficacia; pero todo es en vano. Una vez que el Prijota se derrumba no hay manera de izarlo.

-Triste destino -comenta Crisóstomo- el de estos amantes, acaso similar al de todos los amantes cuyas aventuras concluyen en una sola noche. Usted también, imagino, ha sido un amante furtivo, aunque no con las virtudes desmesuradas de los Prijotas. Hasta me atrevo a decir, basándome en su edad, que ha tenido al menos unas diez relaciones efímeras, de una sola noche. Pues bien, imaginemos que de esas diez damas nueve lo han olvidado y que sólo una lo conserva en su memoria. Esto mismo sucede con las mujeres bendecidas por la furiosa labor de estos seres: un vapor de olvido cae sobre sus recuerdos tras la muerte del Prijota, y apenas una de cada diez lo siguen evocando en las noches largas y dactilares...

Luego supimos, gracias a un invalorable Bestiarium Vocabularum, que la leyenda de los Prijota trascendió el ámbito femenino. Pintores, escritores y comerciantes de toda índole perpetuaron sus veladas épicas. En este incunable video de duendes tenemos la oportunidad de escuchar los versos de un poeta que ha considerado oportuno cantar las hazañas efímeras, e inolvidables, de los Prijotas.

Sólo esta vez, se extiende la vida, si no lo sabes
sólo esta vez, juega tu alma, si no lo sabés
sólo esta vez, puedo mirarte nena
sólo esta vez, sólo esta vez

Estás acá o estás al pie de alguien muy poderoso
que come tu energía (lo veo en tus ojos nena)
Estás acá o estás al pie de alguien muy poderoso
que cambiará tus días con toda esa política

Sólo esta vez, se extiende la vida, si no lo sabés
sólo esta vez, sólo esta vez...
es que sólo esta vez puedo mirarte,
sólo esta vez, puedo tocarte nena

estás acá o estás al pie de alguien muy poderoso
que cambiará tus días con toda esa política
estás acá o estás al pie de alguien muy poderoso
te come la energía (lo veo en tus ojos nena)



Otros misterios miserables.

Duendes: fotos: imágenes: fondos



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«Historia de los duendes que secuestraron a un enterrador»: Charles Dickens; relato y análisis


«Historia de los duendes que secuestraron a un enterrador»: Charles Dickens; relato y análisis.




Historia de los duendes que secuestraron a un enterrador (The Story of The Goblins Who Stole a Sexton) es un relato fantástico del escritor inglés Charles Dickens, publicado en la novela de 1836: Los papeles póstumos del Club Pickwick (The Posthumous Papers of the Pickwick Club).

Los duendes y el sepulturero, uno de los mejores cuentos de Charles Dickens, combina la aspereza y la oscuridad de las leyendas medievales con el humor del romanticismo.

Aquí, un sepulturero llamado Gabriel Grub observa a un extraño duende sobre una de las lápidas del cementerio. La criatura no está sola. De hecho, está acompañada por un coro de seres extraordinarios liderados por el mismísimo rey de los duendes, quien ha salido de su guarida subterránea para atrapar a los incautos que se aventuran en sus dominios.




Historia de los duendes que secuestraron a un sepulturero.
The Story of The Goblins Who Stole a Sexton, Charles Dickens (1812-1870)

En una antigua ciudad abacial, en el sur de esta parte del país, hace mucho, pero que muchísimo tiempo, trabajaba como sepulturero Gabriel Grub. No se deduce en absoluto de ello que porque un hombre sea enterrador y esté rodeado constantemente por los emblemas de la mortalidad, tenga que ser un hombre melancólico y triste; entre los sepultureros se encuentran los tipos más alegres del mundo; en una ocasión tuve el honor de entablar amistad con uno muy silencioso que en su vida privada, fuera de ser necio, era el tipo más cómico y jocoso. No obstante, Gabriel Grub era un tipo intratable y taciturno. No se asociaba con nadie sino consigo mismo, aparte de con una antigua botella forrada de mimbre que ajustaba en el amplio bolsillo de chaleco, y que contemplaba cada rostro alegre que pasaba junto a él con tan poderoso gesto de malicia y mal humor que resultaba difícil enfrentarlo sin tener una sensación terrible.

Poco antes del crepúsculo, el día de Nochebuena, Gabriel se echó al hombro la azada, encendió su farol y se dirigió hacia el cementerio, pues tenía que terminar una tumba para la mañana siguiente, y como se sentía de mal ánimo pensó que lo mejor era ponerse a trabajar enseguida. En el camino vio la luz de los fuegos que brillaban tras los viejos ventanales, y escuchó las fuertes risas y los alegres gritos de los que se encontraban reunidos; observó los preparativos de la alegría del día siguiente y olfateó los numerosos olores que ascendían en forma de nubes desde las ventanas de las cocinas.

Todo aquello producía rencor y amargura en el corazón de Gabriel Grub; y cuando grupos de niños salían dando saltos de las casas, mientras subían todos en bandada a pasar la tarde dedicados a sus juegos de Navidad, Gabriel sonreía taciturno y aferraba con mayor firmeza el mango de su azadón mientras pensaba en el sarampión, la escarlatina, el afta, la tos ferina y otras muchas fuentes de consuelo.

Gabriel caminaba en ese feliz estado mental: devolviendo un gruñido breve y hosco a los saludos bien humorados de aquellos vecinos que pasaban, hasta que se metía en el oscuro callejón que conducía al cementerio. Gabriel llevaba ya tiempo deseando llegar al callejón, porque era un sitio agradable y triste, que la gente de la ciudad no frecuentaba; por ello se sintió indignado al oír a un joven que cantaba una festiva canción sobre unas navidades alegres en aquel mismo santuario que había recibido el nombre de Callejón del Ataúd desde la época de la vieja abadía y de los monjes de cabeza afeitada.

Mientras Gabriel avanzaba la voz fue haciéndose más cercana y descubrió que procedía de un muchacho pequeño que corría a solas, y que en parte para hacerse compañía, y en parte como preparativo de la ocasión, vociferaba la canción con la mayor potencia de sus pulmones. Gabriel aguardó a que llegara, lo acorraló en una esquina y lo golpeó cinco seis veces en la cabeza con el farol para enseñarle a modular la voz. Y mientras el muchacho escapó corriendo con la mano en la cabeza y cantando una melodía muy distinta, Gabriel Grub sonrió cordialmente para sí mismo y entró en el cementerio, cerrando la puerta tras de sí.

Se quitó el abrigo, dejó en el suelo el farol y metiéndose en la tumba sin terminar trabajó en ella durante una hora. Pero la tierra se había endurecido con la helada y no era fácil desmenuzarla; y aunque había luna, ésta era muy joven e iluminaba muy poco la tumba, que estaba a la sombra de la iglesia. En cualquier otro momento estos obstáculos hubieran hecho que Gabriel Grub se sintiera desanimado y desgraciado, pero estaba tan complacido de haber silenciado los cantos del muchacho que apenas se preocupó por los escasos progresos que hacía. Cuando llegada la noche hubo terminado el trabajo, miró la tumba con melancólica satisfacción, murmurando mientras recogía sus herramientas:


Valiente acomodo para cualquiera,
valiente acomodo para cualquiera,
unos pies de tierra fría cuando la vida ha terminado,
una piedra en la cabeza, una piedra en los pies,
una comida rica y jugosa para los gusanos,
la hierba sobre la cabeza, y la tierra húmeda alrededor,
¡valiente acomodo para cualquiera,
aquí en el camposanto!


—¡Ja, ja! —echó a reír Gabriel Grub sentándose en una lápida que era su lugar de descanso favorito; fue a buscar entonces su botella—. ¡Un ataúd en Navidad! ¡Una caja de Navidad! ¡Ja, ja, ja!

—¡Ja, ja, ja! —repitió una voz que sonó muy cerca detrás de él.

En el momento en el que iba a llevarse la botella a los labios, Gabriel se detuvo alarmado y miró a su alrededor. El fondo de la tumba más vieja que estaba a su lado no se encontraba más quieto e inmóvil que el cementerio bajo la luz pálida de la luna. La fría escarcha brillaba sobre las tumbas lanzando destellos como filas de gemas. La nieve yacía dura sobre el suelo, y se extendía sobre los montículos apretados de tierra como una cubierta blanca y lisa que daba la impresión de que los cadáveres yacieran allí ocultos sólo por las sábanas en las que los habían enrollado. Ni el más débil crujido interrumpía la tranquilidad profunda de aquel escenario solemne. Tan frío y quieto estaba todo que el sonido mismo parecía congelado.

—Fue el eco —dijo Gabriel Grub llevándose otra vez la botella a los labios.

—¡No lo fue! —replicó una voz profunda.

Gabriel se sobresaltó y levantándose se quedó firme en aquel mismo lugar, lleno de asombro y terror, pues sus ojos se posaron en una forma que hizo que se le helara la sangre.

Sentada en una lápida vertical, cerca de él, había una figura extraña, no terrenal. Sus piernas fantásticas y largas, que podrían haber llegado al suelo, las tenía levantadas y cruzadas de manera extraña y rara; sus fuertes brazos estaban desnudos y apoyaba las manos en las rodillas. Sobre el cuerpo, corto y redondeado, llevaba un vestido ajustado adornado con pequeñas cuchilladas; colgaba a su espalda un manto corto; el cuello estaba recortado en curiosos picos que le servían al duende de pañuelo; y los zapatos estaban curvados hacia arriba. En la cabeza llevaba un sombrero de ala ancha, adornado con una única pluma. Llevaba el sombrero cubierto de escarcha blanca, y el duende parecía encontrarse cómodamente sentado en esa misma lápida desde hacía doscientos o trescientos años. Estaba absolutamente quieto, con la lengua fuera, a modo de burla; le sonreía a Gabriel Grub con esa sonrisa que sólo un duende puede mostrar.

—No fue el eco —dijo el duende.

Gabriel Grub quedó paralizado y no pudo dar respuesta alguna.

—¿Qué haces aquí en Nochebuena? —le preguntó el duende con un tono grave.

—He venido a cavar una tumba, señor —contestó, tartamudeando, Gabriel Grub.

—¿Y qué hombre se dedica a andar entre tumbas y cementerios en una noche como ésta? —gritó el duende.

—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! —contestó a gritos un salvaje coro de voces que pareció llenar el cementerio. Temeroso, Gabriel miró a su alrededor sin que pudiera ver nada.

—¿Qué llevas en esa botella? —preguntó el duende.

—Ginebra holandesa, señor —contestó el enterrador temblando más que nunca, pues la había comprado a unos contrabandistas y pensó que quizá el que le preguntaba perteneciera al impuesto de consumos de los duendes.

—¿Y quién bebe ginebra holandesa a solas, en un cementerio, en una noche como ésta? —preguntó el duende.

—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! —exclamaron de nuevo las voces salvajes.

El duende miró maliciosamente al aterrado enterrador, y luego, elevando la voz, exclamó:

—¿Y quién, entonces, es nuestro premio justo y legítimo?

Ante esa pregunta, el coro invisible contestó de una manera que sonaba como las voces de muchos cantantes entonando, con el poderoso volumen del órgano de la vieja iglesia, una melodía que parecía llevar hasta los oídos del enterrador un viento desbocado, y desaparecer al seguir avanzando; pero la respuesta seguía siendo la misma:

—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!

El duende mostró una sonrisa más amplia que nunca mientras decía:

—Y bien, Gabriel, ¿qué tienes que decir a eso?

El enterrador se quedó con la boca abierta, falto de aliento.

—¿Qué es lo que piensas de esto, Gabriel? —preguntó el duende pateando con los pies el aire a ambos lados de la lápida.

—Es... resulta... muy curioso, señor —contestó el enterrador, medio muerto de miedo—. Muy curioso, y bastante bonito, pero creo que tengo que regresar a terminar mi trabajo, señor, si no le importa.

—¡Trabajo! —exclamó el duende—. ¿Qué trabajo?

—La tumba, señor; preparar la tumba —volvió a contestar tartamudeando el enterrador.

—Ah, ¿la tumba, eh? —preguntó el duende—. ¿Y quién cava tumbas en un momento en el que todos los demás hombres están alegres y se complacen en ello?

—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! —volvieron a contestar las misteriosas voces.

—Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel —dijo el duende sacando más que nunca la lengua y dirigiéndola a una de sus mejillas... y era una lengua de lo más sorprendente—. Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel —repitió.

—Por favor, señor —replicó el enterrador sobrecogido por el horror—. No creo que sea así, señor; no me conocen, señor; no creo que esos caballeros me hayan visto nunca, señor.

—Oh, claro que te han visto —contestó el duende—. Conocemos al hombre de rostro taciturno, ceñudo y triste que vino esta noche por la calle lanzando malas miradas a los niños y agarrando con fuerza su azadón de enterrador. Conocemos al hombre que golpeó al muchacho con la malicia envidiosa de su corazón porque el muchacho podía estar alegre y él no. Lo conocemos, lo conocemos.

En ese momento el duende lanzó una risotada que el eco devolvió multiplicada por veinte, y levantando las piernas en el aire, se quedó de pie sobre su cabeza, o más bien sobre la punta misma del sombrero en el borde más estrecho de la lápida, desde donde con extraordinaria agilidad dio un salto mortal cayendo directamente a los pies del enterrador, plantándose allí en la actitud en que suelen sentarse los sastres sobre su tabla.

—Me... me... temo que debo abandonarlo, señor -dijo el enterrador haciendo un esfuerzo por ponerse en movimiento.

—¡Abandonarnos! —exclamó el duende—. Gabriel Grub va a abandonarnos. ¡Ja, ja, ja!

Mientras el duende se echaba a reír, el sepulturero observó por un instante una luz brillante tras las ventanas de la iglesia, como si el edificio hubiera sido iluminado; la luz desapareció, el órgano atronó con una tonada animosa y grupos enteros de duendes, la contrapartida misma del primero, aparecieron en el cementerio y comenzaron a jugar en las tumbas, sin detenerse un instante a tomar aliento, una tras otra, con una absoluta y maravillosa destreza.

El primer duende era un saltarín notable. Ninguno de los demás se le aproximaba siquiera; incluso en su estado de terror extremo el sepulturero no pudo dejar de observar que mientras sus amigos se contentaban con saltar las lápidas de tamaño común, el primero abordaba las capillas familiares con las barandillas de hierro y todo, con la misma facilidad que si se tratara de postes callejeros.

Finalmente el juego llegó al punto culminante; el órgano comenzó a sonar más y más veloz y los duendes a saltar más y más rápido: rodando de la cabeza a los talones sobre el suelo y rebotando sobre las tumbas como pelotas. El cerebro del enterrador giraba en un torbellino con la rapidez del movimiento que estaba contemplando y las piernas se le tambaleaban mientras los espíritus volaban delante de sus ojos, hasta que el duende rey, lanzándose repentinamente hacia él, le puso una mano en el cuello y se hundió con él en la tierra.

Cuando Gabriel Grub pudo recuperar el aliento, se encontró en lo que parecía ser una amplia caverna rodeado por todas partes por multitud de duendes feos y ceñudos. En el centro de la caverna, sobre una sede elevada, se encontraba su amigo del cementerio; y junto a él estaba el propio Gabriel Grub sin capacidad de movimiento.

—Hace frío esta noche —dijo el rey de los duendes—. Mucho frío. ¡Traigan un vaso de algo caliente!

Al escuchar esa orden, media docena de duendes desaparecieron para regresar de inmediato con una copa de fuego líquido que presentaron al rey.

—¡Ah! —gritó el duende, cuyas mejillas y garganta se habían vuelto transparentes, mientras se tragaba la llama—. ¡Verdaderamente esto calienta a cualquiera! Tráiganle una copa de lo mismo al señor Grub.

En vano protestó el infortunado enterrador diciendo que no estaba acostumbrado a tomar nada caliente por la noche; uno de los duendes lo sujetó mientras el otro derramaba por su garganta el líquido ardiente; la asamblea entera chilló de risa cuando él se puso a toser y a ahogarse y se limpió las lágrimas, que brotaron en abundancia de sus ojos, tras tragar la ardiente bebida.

—Y ahora —dijo el rey al tiempo que golpeaba con la esquina del sombrero el ojo del enterrador, ocasionándole con ello el dolor más exquisito— mostrémosle al hombre de la tristeza y la desgracia unas cuantas imágenes de nuestro gran almacén.

Al decir aquello el duende, una nube que oscurecía el extremo más remoto de la caverna desapareció gradualmente revelando un aposento pequeño y escasamente amueblado, pero pulcro y limpio. Había una multitud de niños pequeños reunidos alrededor de un fuego brillante, agarrados a la bata de su madre y dando brincos alrededor de su silla. De vez en cuando la madre se levantaba y apartaba la cortina de la ventana, como deseando ver algún objeto que esperaba; sobre la mesa estaba dispuesta una comida frugal; cerca del fuego había un sillón. Se oyó que llamaban a la puerta: la madre la abrió y los niños se amontonaron a su alrededor, aplaudiendo de alegría, cuando entró el padre. Estaba mojado y fatigado. Se sacudió la nieve de las ropas mientras los niños se amontonaban a su alrededor agarrando su manto, sombrero, bastón y guantes con verdadero celo y saliendo a toda prisa con ellos de la habitación. Después, mientras se sentaba delante del fuego y de su comida, los niños se le subieron en las rodillas y la madre se sentó a su lado y todos parecían felices y contentos.

Pero se produjo, casi imperceptiblemente, un cambio de la visión. El escenario se alteró transformándose en un dormitorio pequeño en donde yacía moribundo el niño más joven y hermoso: el color sonrosado había huido de sus mejillas y la luz había desaparecido de sus ojos; y mientras el sepulturero lo miró con un interés que nunca antes había conocido o sentido, el niño murió. Sus jóvenes hermanos y hermanas se apiñaron alrededor de su camita y le cogieron la diminuta mano, tan fría y pesada; pero retrocedieron ante el contacto y miraron con temor su rostro infantil; pues aunque estuviera en calma y tranquilo, y el hermoso niño pareciera estar durmiendo, descansado y en paz, vieron que estaba muerto y supieron que era un ángel que los miraba desde arriba, bendiciéndolos desde un cielo brillante y feliz.

De nuevo la nube traspasó el cuadro y de nuevo cambió el tema. Ahora el padre y la madre eran ancianos e indefensos, y el número de los que les rodeaban había disminuido a más de la mitad; pero el contento y la alegría se hallaban asentados en cada rostro, brillaban en cada mirada, mientras rodeaban el fuego y contaban y escuchaban viejas historias de días anteriores ya pasados. Lenta y pacíficamente entró el padre en la tumba, y poco después quien había compartido todas sus preocupaciones y problemas le siguió a un lugar de descanso. Los pocos que todavía les sobrevivían se arrodillaron junto a su tumba y regaron con sus lágrimas la hierba verde que la cubría; después se levantaron y se dieron la vuelta: tristes y lamentándose, pero sin gritos ni lamentaciones, pues sabían que un día volverían a encontrarlos; y de nuevo se mezclaron con el mundo ajetreado y recuperaron su alegría y su contento. La nube cayó sobre el cuadro y lo ocultó de la vista del sepulturero.

—¿Qué piensas de eso? —preguntó el duende volviendo su rostro grande hacia Gabriel Grub.

Gabriel murmuró algo en el sentido de que era muy hermoso y pareció algo avergonzado cuando el duende volvió hacia él sus ojos ardientes.

—¡Tú, miserable! —exclamó el duende con un tono de gran desprecio—. ¡Tú!

Parecía dispuesto a añadir algo más, pero la indignación ahogó sus palabras, levantó una de las piernas que tenía dobladas y, tras sostenerla un momento por encima de la cabeza del sepulturero, para asegurar su puntería, le administró a Grub una buena patada; inmediatamente después, todos los duendes rodearon al infeliz y lo patearon sin piedad: de acuerdo con la costumbre establecida e invariable entre los cortesanos de la tierra, quienes patean a aquél al que ha pateado la realeza y abrazan a quien la realeza abraza.

—¡Enséñenle algo más! —dijo el rey de los duendes.

Ante esas palabras desapareció la nube revelándose ante su vista un paisaje rico y hermoso. El sol brillaba, el agua centelleaba bajo sus rayos, los árboles parecían más verdes y las flores más alegres bajo su influencia. El agua corría con un sonido agradable; los árboles rugían bajo el viento ligero que murmuraba entre sus hojas; los pájaros cantaban sobre las ramas. Sí, era por la mañana: la mañana brillante y fragante de verano; la más diminuta hoja, la brizna de hierba más pequeña, estaban animadas de vida. La hormiga se arrastraba dedicada a sus tareas diarias, la mariposa aleteaba y se solazaba bajo los pálidos rayos del sol; miríadas de insectos extendían las alas transparentes y gozaban de su existencia breve pero feliz. El hombre caminaba entusiasmado con la escena; y todo era brillo y esplendor.

—¡Tú, miserable! —exclamó el rey de los duendes con un tono más despreciativo todavía que el anterior.

Y de nuevo el rey de los duendes levantó una pierna y de nuevo la dejó caer sobre los hombros del enterrador; y otra vez los duendes que asistían a la reunión imitaron el ejemplo de su jefe.

Muchas veces la nube se fue y regresó, y enseñó muchas lecciones a Gabriel Grub, quien tenía los hombros doloridos por las frecuentes aplicaciones de los duendes; pero, aún así, miraba con interés que nada podía disminuir. Vio a hombres que trabajaban con esfuerzo pero eran alegres y felices; y a los más ignorantes, para quienes el rostro dulce de la naturaleza era una fuente incesante de gozo. Vio a aquellos que habían sido delicadamente alimentados y tiernamente criados, alegres ante las privaciones y superiores ante el sufrimiento, quienes habían superado muchas situaciones duras porque llevaban dentro del pecho los materiales de la felicidad, el contento y la paz. Vio que las mujeres eran capaces de superar la pena, la adversidad y la tristeza; y vio que era así porque en su corazón llevaban una inagotable fuente de afecto y devoción. Pero sobre todo vio que hombres como él mismo eran las peores hierbas en la hermosa superficie de la tierra; y poniendo todo el bien del mundo contra el mal, llegó a la conclusión de que al fin y al cabo era un mundo muy decente y respetable. Nada más acababa de formarse cuando la nube que ocultó el último cuadro pareció ponerse sobre sus sentidos y llevarle al reposo. Uno a uno los duendes fueron desapareciendo de su vista; y cuando el último de ellos se hubo ido, se quedó dormido.

Despertó Gabriel Grub y se encontró tumbado sobre la lápida plana del cementerio. La piedra sobre la que había visto al duende se erguía ante él, y la tumba en la que había trabajado la noche anterior no estaba lejana. Al principio empezó a dudar de la realidad de sus aventuras, pero el dolor agudo que sintió en los hombros cuando intentó levantarse le aseguró que las patadas de los duendes no habían sido ideas. Vaciló al no encontrar rastros de huellas en la nieve sobre la que los duendes habían jugado al salto de la rana con las piedras de las tumbas, pero rápidamente se explicó esa circunstancia al recordar que, siendo espíritus, no dejarían tras ellos impresiones visibles. Por tanto, Gabriel Grub se puso en pie teniendo en cuenta el dolor de su espalda; y quitándose la escarcha del abrigo, se lo puso y volvió el rostro hacia la ciudad.

Pero era ya un hombre cambiado y no podía soportar el pensamiento de regresar a un lugar en el que se burlarían de su arrepentimiento y no creerían en su reforma. Vaciló unos momentos y luego se alejó errando hacia donde pudiera, buscándose el pan en otra parte.

Aquel día encontraron en el cementerio el farol. Al principio hubo muchas especulaciones acerca del destino del enterrador, pero rápidamente se decidió que se lo habrían llevado los duendes; y no faltaron algunos testigos muy creíbles que lo habían visto claramente a través del aire a lomos de un caballo castaño tuerto, con los cuartos traseros de un león y la cola de un oso. Finalmente acabaron por creer devotamente en todo aquello; y el nuevo enterrador solía enseñar a los curiosos un trozo perteneciente a la veleta de la iglesia que accidentalmente había sido coceada por el caballo antes mencionado en su vuelo aéreo, y que él mismo recogió en el cementerio uno o dos años después.

Desafortunadamente esas historias se vieron enturbiadas por la reaparición de Gabriel Grub diez años más tarde, como un anciano reumático y andrajoso, pero contento. Le contó su historia al clérigo, y también al alcalde; y con el curso del tiempo aquello se convirtió en parte de la historia, y en esa forma se ha seguido contando hasta hoy. Los que creyeron en el relato del trozo de veleta, habiendo colocado mal su confianza en otro tiempo, dejaron de predominar y se apartaron de esa historia. Trataban de parecer lo más sabios que pudieran, encogiéndose de hombros, tocándose la frente y murmurando algo parecido a que Gabriel Grub se había bebido toda la ginebra de Holanda y se quedó dormido sobre un lápida plana; y luego trataban de explicar lo que se suponía que él había presenciado en la caverna de los duendes diciendo que había visto el mundo y se había hecho más sabio.

Pero esta opinión que en absoluto fue popular en ningún momento, acabó gradualmente por desaparecer; y sea como sea, puesto que Gabriel Grub se vio afectado por el reumatismo al final de sus días, la historia tiene al menos una moraleja, aunque no pueda enseñar otra mejor, y es que si un hombre se vuelve taciturno y bebe solo en la época de Navidad, no por ello va a decidir ser mejor: los espíritus puede que no vuelvan a ser tan buenos, ni estar dispuestos a presentar tantas pruebas, como aquellos a los que vio Gabriel Grub en la caverna de los duendes.

Charles Dickens (1812-1870)




Relatos góticos. I Relatos de Charles Dickens.


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El análisis y resumen del relato de Charles Dickens: Historia de los duendes que secuestraron a un sepulturero (The Story of The Goblins Who Stole a Sexton) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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