El abanderado: Alphonse Daudet


El Abanderado (Le Porte-Drapeau) es un relato fantástico del escritor francés Alphonse Daudet, publicado en 1873 en su antología Contes du Lundi (Cuentos del lunes)

En este relato, y en la mayoría de los que componen esta antología, encontramos al Alphonse Daudet que más nos gusta: El narrador de historias fantásticas.

Lo curioso es que esta faceta aparezca justamente en esta colección de cuentos, en su mayor parte inspirados en la guerra franco-prusiana.


El Abanderado.
Le Porte-Drapeau; Alphonse Daudet (1840-1897)

I.
El regimiento estaba en batalla sobre un repecho de la vía férrea, sirviendo de blanco a todo el ejército prusiano amontonado en frente, bajo el bosque. Se fusilaban a ochenta metros. Los oficiales no cesaban de gritar: "¡acostaos!" pero ningún soldado quería obedecer y el fiero regimiento seguía de pie, agrupado alrededor de una bandera. En ese gran horizonte de sol poniente, de trigos en espiga y de pastos de ganado, aquella masa de hombres, atormentados y envueltos en el manto inmenso de la humareda confusa, tenía el aspecto de un rebaño sorprendido a campo raso en el primer torbellino de un huracán formidable.

El hierro caía como una lluvia sobre el repecho en donde no se oía sino la crepitación de la fusilería, el ruido sordo de las gábatas rodando entre la fosa y las balas que vibraban eternamente de un extremo a otro del campo de batalla, como las cuerdas tendidas de un instrumento siniestro y retumbante. De cuando en cuando la bandera que se alzaba sobre las cabezas, agitándose al viento de la metralla, perdíase entre el humo; y una voz grave y fiera, hacía oír, dominando el estrépito de las armas y las quejas y juramentos de los heridos, estas breves palabras: "A la bandera, hijos míos, a la bandera"... Entonces un oficial, vago como una sombra, ágil como una flecha, desaparecía un instante entre la niebla roja; y la heroica enseña volvía a desenvolver sus pliegues por encima de la batalla.

Veintidós veces había caído... Veintidós veces su asta, tibia aún, fue heredada de la mano de un moribundo por un valiente que volvía a levantarla. Y cuando, ya por la noche, lo que quedaba del regimiento -un puñado de hombres apenas- se batió lentamente en retirada, aquel pabellón ya no era sino un andrajo glorioso en manos del sargento Hormus, vigésimo tercio abanderado de la jornada.

II.
El tal sargento Hormus era un viejo tonto que casi no sabía ni escribir su nombre y que había empleado veinte años en ganar los galones que adornaban la manga de su casaca. Todas las miserias del expósito y todos los atontamientos del cuartel se reflejaban en su frente baja, en su espalda abovedada por el saco, en su rostro inconsciente de soldado humilde. Además tenía el defecto de ser algo tartamudo; mas para ser abanderado no se necesita gran elocuencia y la misma tarde de la batalla su coronel le dijo; "Tú tienes la bandera, mi bravo sargento; guárdala." Y sobre su viejo uniforme de campaña, bien pasado ya a causa de la lluvia y el fuego, la cantinera sobrecosió al instante, une cordoncillo dorado de subteniente.

Ese orgullo, único en su vida de humildad, irguió el cuerpo del viejo militar; y la costumbre de caminar encorvado, con los ojos bajos, se cambió desde entonces en el hábito de marchar orgullosamente, con la mirada en alto para ver flotar el fragmento de tela que se mantenía en sus manos, siempre derecho, siempre fiero, por encima de la muerte, por encima de la traición y por encima de la derrota.

Nadie ha visto, en época alguna, un hombre tan dichoso como Hormus, cuando en los días de batalla tenía el asta entre las manos afirmándola en su estuche de cuero negro. Ni hablaba ni se movía; y serio como un sacerdote, tenía el aspecto de guardar una cosa sagrada. Toda su vida, y toda su fuerza estaban concentradas en esos dedos que se crispaban al rededor de un harapo glorioso sobre el cual rodaban las balas. Sus ojos llenos de fiereza, miraban de frente a los prusianos, y parecían decir: "Atreveos pues; tratad siquiera de venir a robármela!..."

Pero nadie, ni aun la misma muerte, lo intentaba. Después de Borny, después de Gravelotte, después de las batallas más terribles, la bandera continuaba su camino, deshecha, agujereada, transparente, llena de heridas; mas era siempre el viejo Hormus quien la llevaba.

III.
Después... llegó septiembre, el ejército en Metz, el bloqueo, y esa larga parada en el fango donde rodaban los cañones sin dirección y donde las primeras tropas del mundo desmoralizábanse por el ocio y por la falta de víveres y de noticias, muriendo de fiebre y de fastidio al pie de sus fusiles.
Ni los jefes ni los soldados creían ya en cosa alguna; solo Hormus guardaba aún la confianza. Su harapo tricolor le hacía creer en todo; y mientras él lo sentía a su lado, estaba seguro de que nada se había perdido. Desgraciadamente, como ya nadie se batía, el coronel guardaba las banderas en su casa misma, en un barrio de Metz; y el bravo subteniente vivía como una madre que tuviese a su hijo en nodriza, pensando en él sin cesar. Cuando el fastidio lo atormentaba, hacía un viaje a Metz, de donde regresaba contento después de mirar su bandera siempre en el mismo sitio, siempre tranquila, siempre recostada majestuosamente contra el muro. Esos viajes que él verificaba en una sola jornada, hacían nacer en su alma el valor y la paciencia; hacíanle sonar con campos de batalla, con marchas gloriosas y con las grandes enseñas tricolores flotando a lo lejos sobre las trincheras prusianas...

La orden del día del mariscal Bazaine, hizo rodar por tierra las bellas ilusiones. Una mañana, Hormus vio, al despertarse, mucha agitación en el campamento. Los soldados, reuniéndose en grupos, murmuraban, animándose y excitándose con gritos de rabia; levantando los puños hacia un punto de la ciudad como si sus cóleras designasen a un culpable... "Atrapadle!... Fusilémosle..." Y los oficiales guardaban silencio, apartándose del bullicio, avergonzados... avergonzados de haber leído a cincuenta mil valientes, bien armados aún, aún vigorosos, la orden del mariscal que los entregaba sin combate al enemigo...

-¿Y las banderas? -preguntó Hormus palideciendo... Las banderas también habían sido entregadas con los fusiles, con el resto de los equipajes, con todo...
- ¡Ra... Ra... Rayo de Dios!... -balbuceó el pobre hombre- ..."En todo caso aún no tendrán la mía...
Y, ligero como una bala, se echó a correr hacia la ciudad.

IV.
También en Metz la animación era inmensa. Los guardias nacionales, los guardias móviles y los burgueses, se agitaban gritando; las diputaciones recorrían las calles vibrantes y precisadas, dirigiéndose a la casa del mariscal. -Hormus no veía nada, no oía una palabra; hablando consigo mismo, subía a grandes pasos la calle del Faubourg.

-¡Robarme mi bandera!... Pues no faltaba más!... ¡Acaso es posible robar una bandera!... ¡Acaso tienen derecho!... Si les quiere dar algo a los prusianos que les dé lo suyo... sus carrozas doradas, su vajilla magnífica traída de Méjico... Pero mi pabellón... El pabellón es mío... El pabellón es mi dicha, mi fortuna... ¡Y yo prohibo terminantemente que lo toquen!

Todas estas frases incompletas, estaban cortadas por la marcha y por la tartamudez. Pero en el fondo él tenía su idea: una idea bien firme, bien precisa: tomar la bandera, llevarla flotante al seno del regimiento y pasar luego sobre el vientre de los prusianos con todos los que quisieran seguirle.

Cuando llegó al fin de su camino, ni siquiera le dejaron entrar. El coronel, furioso también, no quería recibir a nadie... Pero el viejo Hormus no entendía así el asunto y jurando, gritando y empujando al plantón: "Mi bandera -decía-, dadme mi bandera...!"

Al fin se abrió una ventana:

-¿Eres tú, Hormus?
-Sí, mi coronel, yo...
-Todos los pabellones están en el Arsenal..., no tienes necesidad sino de presentarte ahí para que te den un recibo...
-Un recibo?... Para qué?...
-Es la orden del mariscal...
-Pero... coronel...
-¡Déjame en paz!... Y la ventana se cerró...
El viejo Hormus vaciló como si estuviese borracho y repitió entre dientes:
-¡Un recibo!... Un recibo!...
Al fin púsose en marcha por segunda vez, no pensando sino en que su bandera estaba en el Arsenal y que era necesario volverla a ver, costara lo que costara.

V.
Las puertas del Arsenal estaban completamente abiertas para dejar el paso libre a los carros prusianos que esperaban su cargamento en el patio inmenso. Hormus sintió, al entrar, que un escalofrío agitaba sus nervios. Todos los demás abanderados, cincuenta o sesenta oficiales silenciosos e indignados, estaban allí... Y todos aquellos hombres tristes, con las cabezas desnudas, agrupándose detrás de los enprmes carros sombríos, daban a la escena un aspecto de entierro. La lluvia aumentaba la emoción de tristeza...

Los pabellones del ejército de Bazaine estaban amontonados en un rincón, confundiéndose sobre el suelo fangoso. Nada más terrible que el espectáculo de esos fragmentos de rica seda, pedazos de franjas de oro y de astas trabajados, arreos gloriosos echados por tierra y manchados de lluvia y de lodo. -Un oficial de administración los iba cogiendo, uno por uno; y al nombre de su regimiento, pronunciado en alta voz, cada abanderado se acercaba para recoger un recibo. Derechos e impasibles, dos oficiales prusianos vigilaban el cargamento.

¡Y vosotros os ibais así ¡oh santos jirones gloriosos! desplegando vuestros agujeros y barriendo tristemente la tierra, como banda de pájaros que tuviesen las alas rotas!... ¡Vosotros os ibais con la vergüenza de las grandes cosas humilladas... y cada uno de vosotros se llevaba un pedazo de la Francia!... El sol de las largas jornadas dejó su sello entre vuestras arrugas marchitas... Vosotros guardáis, en las marcas de las balas, el recuerdo de muchos héroes desconocidos que cayeron muertos, al azar, bajo vuestras franjas tricolores!.....

-Ya llegó tu turno, Hormus... Ahí te llaman... Vea buscar tu recibo...

Se trataba de un recibo cuando una bandera francesa, la más bella, la más mutilada, la suya estaba delante de sus ojos?... El viejo sargento se figuraba estar aún allá arriba, de pie sobre el repecho de la vía férrea... Su ilusión le hacía oír de nuevo el canto de las balas, el ruido de las gábatas que rodaban y la voz robusta del coronel: "A la bandera, hijos míos, a la bandera"... Luego, sus veintidós camaradas muertos y él, vigésimo tercio abanderado, precipitándose a su vez para levantar y sostener el pobre pabellón que vacilaba falto de brazo... ¡Ah! ese día había jurado defenderlo, guardarlo hasta la muerte... Y ahora...

Sólo de pensarlo, toda la sangre del corazón le subía a la cabeza... Ebrio, sin sentido, lanzóse sobre el oficial prusiano arrancándole su enseña idolatrada, para agitarla de nuevo entre sus manos, para levantarla aún, bien alta, bien recta y para gritar: - "A la ban....." Pero su grito fue cortado entre su garganta... y sintió temblar el asta, que se escapaba de sus manos... En ese aire malsano, en ese aire de muerte que pesa terriblemente sobre las ciudades rendidas, la bandera no podía flotar... Nada de orgulloso, nada de fiero podía vivir ahí... Y el viejo Hormus cayó fulminado...

Alphonse Daudet (1840-1897)


Más relatos de Alphonse Daudet. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura:
El resumen del cuento de Alphonse Daudet: El abanderado (Le porte-drapeau) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Dos mujeres: Gertrudis de Avellaneda


Dos Mujeres (Dos Mujeres) es una novela romántica de la escritora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, publicada en 1843.

Se trata de una novela muy elaborada, que se centra en la lucha de dos mujeres por un caballero, pero con la variante, muy poco habitual en el período, de que también se plantean tópicos como el adulterio, embarazos indeseados y divorcio.

Quienes conocen la obra y la personalidad de la escritora no se sorprenderán, ya que fue parte de la frágil avanzada femenina sobre la literatura de la época. Las obras de este período, siempre limitadas por el estilo de publicación, una especie de folletín, obligaban al autor a constantes recrudecimientos de la trama, para no perder el interés del público. Gertrudis de Avellaneda, también sometida a este sistema nefasto, logra sin embargo imponer su narrativa sobre las complicaciones del medio.

Dos mujeres nos relata la historia de un matrimonio joven (Luisa y Carlos) que tras sus primer año y medio en pareja se enfrentan al hechizo de Catalina, una mujer que comienza a ejercer sus encantos sobre el esposo, a tal punto que logra mantener una aventura, y quedar inconvenientemente embarazada. El aspecto notable de la novela, es la maestría con la que Gertrudis de Avellaneda reúne a estas dos mujeres en una misma habitación. El resultado es simplemente genial.


Pueden leer o descargar gratis Dos Mujeres; de Gertrudis de Avellaneda, aquí:
http://www.scribd.com/doc/20434201/Dos-Mujeres


Más Novelas de Gertrudis de Avellaneda. I Novelas del romanticismo. I Novelas góticas. I Novelas de vampiros.

Si tienes problemas para bajar la novela deberías leer esto.


El resumen de la novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda: Dos Mujeres, fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El pintor de Salzburgo: Charles Nodier.


El Pintor de Salzburgo (Le peintre de Salzbourg) es una novela gótica del escritor francés Charles Nodier, publicada en 1803.

El nombre completo de la novela es tan breve como descriptivo: Le peintre de Salzbourg, journal des émotions d'un coeur souffrant, suivi des Meditations du cloître. Algo así como: El pintor de Salzburgo, diario de las emociones de un corazón sufriente, seguido de meditaciones en el monasterio. (Para eludir la ira filológica de Gabriela, nuestra especialista en francés y narcóticos, la desligamos de esta traducción intuitiva del título de la obra)

Volviendo a la novela de Charles Nodier, se nota claramente un paralelo con El joven Werther, de Goethe, o al menos, una similitud en los rasgos del protagonista, llamado Charles. Sus búsquedas e inquietudes son notablemente opuestas, sin embargo el estilo y el tono de ambos personajes tienen muchos puntos en común.

El Charles de El pintor de Salzburgo, inicia una jornada propia del romanticismo. No hay esperanza ni ilusiones para su drama, sino una búsqueda de tranquilidad, de un sitio en el mundo donde reposar las penas. En este caso, un monasterio.


Pueden leer o descargar en español El monasterio de Salzburgo, de Charles Nodier, aquí:
http://www.gutenberg.org/etext/29105


Más obras de Charles Nodier. I Novelas góticas. I Novelas del romanticismo. I Novelas de vampiros. I Novelas de terror.


El resumen de la novela de Charles Nodier: El pintor de Salzburgo (Le peintre de Salzbourg) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El signo amarillo: R.W. Chambers


El Signo Amarillo (The Yellow Sign) es un relato fantástico del escritor norteamericano Robert Chambers (R.W. Chambers), publicado en 1895, como parte de la enorme antología de cuentos de terror llamada The King in Yellow.

H.P. Lovecraft, y otros seguidores, han incorporado algunos de los símbolos de R.W. Chambers dentro de sus obras. August Derleth incluso llegó a fundir el signo amarillo como símbolo de Hastur, dentro de la mitología de Cthulhu.

El Signo propiamente dicho jamás es descripto por Chambers. Apenas se sugiere que cualquiera que ponga sus ojos en él sufrirá las consecuencias, una especie de posesión de parte de El Rey Amarillo. Sobre el creador del signo poco se sabe, los relatos de la antología no lo confirman. Ulteriores bibliófilos han determinado, a riesgo de cegueras y sequedad testicular, que el signo no fue creado por los humanos, sino por una entidad de otra dimensión.


El Signo Amarillo.
The Yellow Sign ;Robert Chambers (1865-1933)

Rompen las olas neblinosas a lo largo de la costa,
Los soles gemelos se hunden tras el lago,
Se prolongan las sombras
En Carcosa.
Extraña es la noche en que surgen estrellas negras,
Y extrañas lunas giran por los cielos,
Pero más extraña todavía es la
Perdida Carcosa.
Los cantos que cantarán las Híades
Donde flamean los andrajos del Rey,
Deben morir inaudibles en la
Penumbrosa Carcosa.
Canto de mi alma, se me ha muerto la voz,
Muere, sin ser cantada, como las lágrimas no derramadas
Se secan y mueren en la
Perdida Carcosa.

El canto de Cassilda en El Rey de Amarillo
Acto 1º, escena 2ª

I.
¡Hay tantas cosas imposibles de explicar! ¿Por qué ciertas notas musicales me recuerdan los tintes dorados y herrumbrosos del follaje de otoño? ¿Por qué la Misa de Santa Cecilia hace que mis pensamientos vaguen entre cavernas en cuyas paredes resplandecen desiguales masas de plata virgen? ¿Qué había en el tumulto y el torbellino de Broadway a las seis de la tarde que hizo aparecer ante mis ojos la imagen de un apacible bosque bretón en el que la luz del sol se filtraba a través del follaje de la primavera y Sylvia se inclinaba a medias con curiosidad y a medias con ternura sobre una pequeña lagartija verde murmurando: "¡Pensar que esta es una criatura de Dios!"

La primera vez que vi al sereno, estaba de espaldas a mí. Lo miré con indiferencia hasta que entró a la Iglesia. No le presté más atención que la que hubiera prestado a cualquier otro que deambulara por el parque de Washington aquella mañana, y cuando cerré la ventana y volví a mi estudio, ya lo había olvidado. Avanzaba la tarde, como hacía calor, abrí la ventana nuevamente y me asomé para respirar un poco de aire. Había un hombre en el atrio de la iglesia y lo observé otra vez con tan poco interés como por la mañana. Miré la plaza en que jugueteaba el agua de la fuente y luego, llena la cabeza de vagas impresiones de árboles, de senderos de asfalto y de grupos de niñeras y ociosos paseantes, me dispuse a volver a mi caballete. Entonces, mi mirada distraída incluyó al hombre del atrio de la iglesia.

Tenía ahora la cara vuelta hacia mí y, con un movimiento totalmente involuntario, me incliné para vérsela. En el mismo instante levanté la cabeza y me miró. Me recordó de inmediato a un gusano de ataúd. Qué era lo que me repugnaba en el hombre, no lo sé, pero la impresión de un grueso gusano blancuzco de tumba fue tan intensa y nauseabunda que debe de haberle mostrado en mi expresión, porque apartó su abultada cara con un movimiento que me recordó una larva perturbada en un nogal. Volví a mi caballete y le hice señas a la modelo para que reanudara su pose. Después de trabajar un buen rato, advertí que estaba echando a perder tan de prisa como era posible lo que había hecho. Cogí una espátula y quité con ella el color. Las tonalidades de la carne eran amarillentas y enfermizas; no entendía cómo había podido dar unos colores tan malsanos a un trabajo que había resplandecido antes de salud. Miré a Tessie. No había cambiado y el claro arrebol de la salud le teñía el cuello y las mejillas; fruncí el ceño.

-¿He hecho algo malo? -preguntó.
-No... he estropeado este brazo y, no sé cómo pude haber ensuciado de este modo la tela -le contesté.
-¿No estoy posando mal? -insistió.
-Pues, claro, perfectamente.
-¿No es culpa mía entonces?
-No, es mía.
-Lo siento muchísimo -dijo ella.

Le dije que podía descansar mientras yo aplicaba trapo y aguarrás al sitio corroído de la tela; ella empezó a fumar un cigarrillo y a hojear las ilustraciones del Courier Français. No sé si tenía algo el aguarrás o era defecto de la tela, pero cuanto más frotaba, más parecía extenderse la gangrena. Trabajé como un castor para quitar aquello, pero la enfermedad parecía extenderse de miembro en miembro de la figura que tenía ante mí. Alarmado, luché por detenerla, pero ahora el color del pecho cambió y la figura entera pareció absorber la infección como una esponja absorbe el agua. Apliqué vigorosamente espátula y aguarrás pensando en la entrevista que tendría con Duval, que me había vendido la tela. pero pronto advertí que la culpa no era de la tela ni de los colores de Edward.

"Debe de ser el aguarrás -pensé con enfado- o bien la luz del atardecer ha enturbiado y confundido tanto mi vista, que no me es posible ver bien." Llamé a Tessie, la modelo, que vino y se inclinó sobre mi silla llenando el aire con volutas de humo.

-¿Qué ha estado usted haciendo? -exclamó.
-Nada -gruñí-. Debe de ser el aguarrás.
-¡Qué color más horrible tiene ahora! -prosiguió-.¿Le parece a usted que mi carne se parece a un queso Roquefort?
-No, claro que no -dije con enfado-. ¿Me has visto alguna vez pintar de este modo?
-¡Por cierto que no!
-¡Entonces!
-Debe de ser el aguarrás, o algo -admitió.
Se puso una túnica japonesa y se acercó a la ventana. Yo raspé y froté hasta cansarme; finalmente cogí los pinceles y los hundí en la tela lanzando una gruesa expresión cuyo tono tan solo llegó a oídos de Tessie.
No obstante, no tardó en exclamar:
-¡Muy bonito! ¡Jure, actúe como un niño y arruine sus pinceles! Lleva tres semanas trabajando en ese estudio y ahora ¡mire! ¿De qué le sirve desgarrar la tela? ¡Que criaturas son los artistas!

Me sentí tan avergonzado como de costumbre después de un exabrupto semejante, y volví contra la pared la tela arruinada. Tessie me ayudó a limpiar los pinceles y luego marchó bailando a vestirse. Desde detrás del biombo me regaló consejos sobre la pérdida parcial o total de la paciencia, hasta que creyendo quizá que ya me había atormentado lo bastante, salió a suplicarme que le abrochara el vestido por la espalda, donde ella no alcanzaba.

-Todo ha salido mal desde el momento en que volvió de la ventana y me habló del horrible hombre que vio en el atrio de la iglesia -declaró.
-Sí, probablemente embrujó el cuadro dije bostezando.
Miré el reloj.
-Son más de la seis, lo sé -dijo Tessie arreglándose el sombrero ante el espejo.
-Sí -contesté-. No fue mi intención retenerte tanto tiempo.
Me asomé por la ventana, pero retrocedí con disgusto. El joven de la cara pastosa estaba todavía en el atrio. Tessie vio mi ademán de desaprobación y se asomó.
-¿Es ese el hombre que le disgusta? -susurró.
Asentí con la cabeza.
-No puedo verle la cara, pero parece gordo y blando. De todas maneras -continuó y se volvió hacia mí- me recuerda un sueño... un sueño espantoso que tuve una vez. Pero -musitó mirando sus elegantes zapatos- ¿fue un sueño en realidad?
-¿Cómo puedo yo saberlo? -dije con una sonrisa.
Tessie me sonrió a su vez.
-Usted figuraba en él -dije-, de modo que quizá sepa algo.
-¡Tessie, Tessie! -protesté- ¡No te atrevas a halagarme diciendo que sueñas conmigo!
-Pues lo hice -insistió-. ¿Quiere que se lo cuente?
-Adelante -le contesté encendiendo un cigarrillo.
Tessie se apoyó en el antepecho de la ventana abierta y empezó muy seriamente:
-Fue una noche del invierno pasado. Estaba yo acostada en la cama sin pensar en nada en particular. Había estado posando para usted y me sentía agotada, no obstante, me era imposible dormir. Oí a las campanas de la ciudad dar las diez, las once y la medianoche. Debo de haberme quedado dormida aproximadamente alrededor de las doce, porque no recuerdo haber escuchado más campanadas. Me parece que apenas había cerrado los ojos, cuando soñé que algo me impulsaba a ir a la ventana. Me levanté abriendo el postigo, me asomé. La calle Veinticinco estaba desierta hasta donde alcanzaba mi vista. Empecé a sentir miedo; todo afuera parecía tan... ¡tan negro e inquietante! Entonces oí un ruido lejano de ruedas a la distancia, y me pareció corno si aquello que se acercaba era lo que debía esperar. Las ruedas se aproximaban muy lentamente y por fin pude distinguir un vehículo que avanzaba por la calle. Se acercaba cada vez más, y cuando pasó bajo mi ventana me di cuenta que era una carroza fúnebre. Entonces, cuando me eché a temblar de miedo, el cochero se volvió y me miró. Cuando desperté estaba de pie frente a la ventana abierta estremecida de frío, pero la carroza empenachada de negro y su cochero habían desaparecido. Volví a tener ese mismo sueño el pasado mes de marzo y otra vez desperté junto a la ventana abierta, Anoche tuve el mismo sueño. Recordará cómo llovía; cuando desperté junto a la ventana abierta tenía el camisón empapado.
-Pero ¿qué relación tengo yo con el sueño? -pregunté.
-Usted... usted estaba en el ataúd; pero no estaba muerto.
-¿En el ataúd?
-Sí.
-¿Cómo lo sabes? ¿Podías verme?
-No; sólo sabía que usted estaba allí.
-¿Habías comido Welsh rarebits o ensalada de langosta? -empecé yo riéndome, pero la chica me interrumpió con un grito de espanto.
-¡Vaya! ¿Qué sucede? -pregunté al verla retroceder de la ventana.
-El... el hombre de abajo del atrio de la iglesia... es el que conducía la carroza fúnebre.
-Tonterías -dije, pero los ojos de Tessie estaban agrandados por el terror. Me acerqué a la ventana y miré. El hombre había desaparecido-. Vamos, Tessie -la animé-, no seas tonta. Has posado demasiado; estás nerviosa.
-¿Cree que podría olvidar esa cara? -murmuró-.Tres veces vi pasar la carroza fúnebre bajo mi ventana, y tres veces el cochero se volvió y me miró. Oh, su cara era tan blanca y... ¿blanca? Parecía un muerto... como si hubiera muerto mucho tiempo atrás.

Convencí a la muchacha de que se sentara y se bebiera un vaso de Marsala. Luego me senté junto a ella y traté de aconsejarla.

-Mira, Tessie -dije-, vete al campo por una semana o dos y ya verás como no sueñas más con carrozas fúnebres. Pasas todo el día posando y cuando llega la noche tienes los nervios alterados. No puedes seguir a este ritmo. Y después, claro, en lugar de irte a la cama después de terminado el trabajo, te vas de picnic al parque Sulzer o a El Dorado o a Coney Island, y cuando vienes aquí a la mañana siguiente te encuentras rendida. No hubo tal carroza fúnebre. No fue más que un tonto sueño.

La muchacha sonrió débilmente.
-¿Y el hombre del atrio de la iglesia?
-Oh, no es más que un pobre enfermo como tantos.
-Tan cierto como me llamo Tessie Rearden, le juro, señor Scott, que la cara del hombre de abajo es la cara del que conducía la carroza fúnebre.
-¿Y qué? -dije-. Es un oficio honesto.
-Entonces, ¿cree que sí vi la carroza fúnebre?
-Bueno -dije diplomáticamente-, si realmente la viste, no sería improbable que el hombre de abajo la condujera. Eso nada tiene de raro.
Tessie se levantó, desenvolvió su perfumado pañuelo y cogiendo un trozo de goma de mascar anudado en un ángulo, se lo metió en la boca. Luego, después de ponerse los guantes, me ofreció su mano con un franco:
-Hasta mañana, señor Scott.
Y se marchó.

II.
A la mañana siguiente, Thomas, el botones, me trajo el Herald y una noticia. La iglesia de al lado había sido vendida. Agradecí al cielo por ello. No porque yo siendo católico, tuviera repugnancia alguna por la congregación vecina, sino porque tenía los nervios destrozados a causa de un predicador vociferante, cuyas palabras resonaban en la nave de la iglesia como si fueran pronunciadas en mi casa y que insistía en sus erres con una persistencia nasal que me revolvía las entrañas. Había además un demonio en forma humana, un organista que interpretaba los himnos antiguos de una manera muy personal. Yo clamaba por la sangre de un ser capaz de tocar la doxología con una modificación de tonos menores sólo perdonable en un cuarteto de principiantes. Creo que el ministro era un buen hombre, pero cuando berreaba: "Y el Señorrr dijo a Moisés, el Señorrr es un hombre de guerrrra; el Señorrr es su nombre. Arrrderá mi irrra y yo te matarrré con la espada", me preguntaba cuántos siglos de purgatorio serían necesarios para expiar semejante pecado.

-¿Quien compró la propiedad? -pregunté a Thomas.
-Nadie que yo conozca, señor. Dicen que el caballero que es propietario de los apartamentos Hamilton estuvo mirándola. Quizás esté por construir más estudios.
Me acerqué a la ventana. El joven de la cara enfermiza estaba junto al portal del atrio; sólo verlo me produjo la misma abrumadora repugnancia.
-A propósito, Thomas -dije-, ¿quién es ese individuo allá abajo?
Thomas resopló por la nariz.
-¿Ese gusano, señor? Es el Sereno de la iglesia, señor. Me exaspera verlo toda la noche en la escalinata, mirándolo a uno con aire insultante. Una vez le di un puñetazo en la cabeza, señor... con su perdón, señor...
-Adelante, Thomas.
-Una noche que volvía a casa con Harry, el otro chico inglés, lo vi sentado allí en la escalinata. Molly y Jen, las dos chicas de servicio, estaban con nosotros, señor, y él nos miró de manera tan insultante, que yo voy y le digo: ";Qué está mirando, babosa hinchada?" Con su perdón, señor, pero eso fue lo que le dije. Entonces él no contestó y yo le dije: "Ven y verás cómo te aplasto esa cabeza de puddin." Entonces abrí el portal y entré, pero él no decía nada y seguía mirándome de ese modo insultante.

Entonces le di un puñetazo, pero tenía la cara tan fría y untuosa que daba asco tocarla.

-¿Qué hizo él entonces? -pregunté con curiosidad.
-¿Él? Nada.
-¿Y tú, Thomas?
El joven se ruborizó turbado y sonrió con incomodidad.
-Señor Scott, yo no soy ningún cobarde y no puedo explicarme por qué eché a correr. Estuve en el Quinto de Lanceros, señor, corneta en Te-el-Kebir y me han disparado a menudo.
-¿Quieres decir que huiste?
-Sí, señor, eso hice.
-¿Por qué?
-Eso es lo que yo quisiera saber, señor. Agarré a Molly del brazo y eché a correr, y los demás estaban tan asustados como yo.
-Pero ¿de qué tenían miedo?

Thomas rehusó contestar, pero el repulsivo joven de abajo había despertado tanto mi curiosidad, que insistí. Tres años de estadía en América no sólo habían modificado el dialecto cockney, sino que le habían inculcado el temor americano al ridículo.

-No va usted a creerme, señor Scott.
-Sí, te creeré.
-¿No va a reírse de mí, señor?
-¡Tonterías!
Vaciló.
-Bien señor, tan verdad como que hay Dios lo golpeé, él me agarró de las muñecas, y cuando le retorcí uno de los puños blandos y untuosos, me quedé con uno de sus dedos en la mano.
Toda la repugnancia y el horror que había en la cara de Thomas debieron de haberse reflejado en la mía, porque agregó:
-Es espantoso. Ahora cuando lo veo, me alejo. Me pone enfermo. Cuando Thomas se hubo marchado, me acerqué a la ventana. El hombre estaba junto al enrejado de la iglesia con las manos en el portal, pero retrocedí con prisa a mi caballete, descompuesto y horrorizado. Le faltaba el dedo medio de la mano derecha. A las nueve apareció Tessie y desapareció tras el biombo con un alegre "Buenos días, señor Scott". Cuando reapareció y adoptó su pose sobre la tarima, empecé para su deleite una tela nueva. Mientras trabajé en el dibujo, permaneció en silencio, pero no bien cesó el rasguido de la carbonilla y cogí el fijador, comenzó a charlar.
-¡Pasamos un momento tan agradable anoche! Fuimos a Tony Pastor's.
-¿Quienes?
-Oh, Maggie, ya sabe usted, la modelo del señor Whyte, y Rosi McCormick -la llamamos Rosi porque tiene esos hermosos cabellos rojos que gustan tanto a los artistas- y Lizzie Burke.
Rocié la tela con el fijador y dije:
-Bien, continúa.
-Vimos, a Kelly y a Baby Barnes, la bailarina y... a todo el resto. Hice una conquista.
-¿Entonces me has traicionado, Tessie?
Ella se echó a reír y sacudió la cabeza.
-Es Ed Burke, el hermano de Lizzie. Un perfecto caballero.
Me sentí obligado a darle algunos consejos paternales acerca de las conquistas, que ella recibió con sonrisa radiante.
-Oh, sé cuidarme de una conquista desconocida -dijo examinando su goma de mascar-,pero Ed es diferente. Lizzie es mi mejor amiga.

Entonces contó que Ed había vuelto de la fábrica de calcetines de Lowell, Massachusetts, y que se había encontrado con que ella y Lizzie ya no eran unas niñas, y que era un joven perfecto que no tenía el menor inconveniente en gastarse medio dólar para invitarlas con helados y ostras a fin de festejar su comienzo como dcpendiente en el departamento de lanas de Macy's. Antes que terminara, yo había empezado a pintar, y adoptó nuevamente su pose sonriendo y parloteando como un gorrión. Al mediodía ya tenía el estudio bien limpio y Tessie se acercó a mirarlo.

-Eso está mejor -dijo.

También yo lo pensaba así y comí con la íntima satisfacción de que todo iba bien. Tessie puso su comida en una mesa de dibujo frente a mí y bebimos clarete de la misma botella y encendimos nuestros cigarrillos con la misma cerilla. Yo le tenía mucho apego a Tessie. De una niña frágil y desmañada, la había visto convertirse en una mujer esbelta y exquisitamente formada. Había posado para mí durante los tres últimos años y de todas mis modelos ella era la favorita. Me habría afligido mucho, en verdad, que se vulgarizara o se volviera una fulana, como suele decirse, pero jamás advertí el menor deterioro en su conducta y sentía en el fondo que ella era una buena chica. Nunca discutíamos de moral, y no tenía intención de hacerlo, en parte porque yo no tenía muy en cuenta a la moral, pero también porque sabía que ella haría lo que le gustara muy a mi pesar. No obstante, esperaba de todo corazón que no se viera envuelta en dificultades, porque deseaba su bien y también por el egoísta motivo de no perder a la mejor de mis modelos. Sabía que una conquista, como la había llamado Tessie, no significaba nada para chicas como ella, y que tales cosas en América no se asemejan en nada a las mismas cosas en París. No obstante, yo había vivido con los ojos bien abiertos y sabía que alguien se llevaría algún día a Tessie de un modo u otro, y aunque por mi parte consideraba que el matrimonio era un disparate, esperaba sinceramente, que en este caso había un sacerdote al final de la aventura. Soy católico. Cuando oigo misa solemne, cuando me persigno, siento que todo, con inclusión de mí mismo, se encuentra más animado, y cuando me confieso, me siento bien. Un hombre que vive tan solo como yo, debe confesarse con alguien. Claro que Sylvia, era católica, y ese era motivo suficiente para mí. Pero estaba hablando de Tessie, lo que es muy diferente. Tessie también era católica y mucho más devota que yo, de modo que, teniendo todo esto en cuenta, no había mucho que temer por mi bonita modelo mientras no se enamorase. Pero entonces sabía que sólo el destino decidiría su futuro, y rezaba internamente por que ese destino la mantuviera alejada de hombres como yo y que pusiera en su camino muchachos como Ed Burker y Jimmy McCormick. ¡Dios bendiga su dulce rostro!

Tessie estaba sentada lanzando anillos de humo que ascendían al cielo raso y haciendo tintinear el hielo en su vaso.
-¿Sabes, Chavala, que también yo tuve un sueño anoche?
La observé. A veces la llamaba "la Chavala".
-No habrá sido ese hombre -dijo riendo.
-Exacto. Un sueño parecido al tuyo, sólo que mucho peor. Fue tonto e irreflexivo de mi parte decirlo, pero ya se sabe el poco tacto que tienen los pintores por lo general.
-Debo de haberme quedado dormido poco más o menos a las diez -proseguí-, y al cabo de un rato soñé que me despertaba. Tan claramente oí las campanas de la medianoche, el viento en las ramas de los árboles y la sirena de los vapores en la bahía, que incluso ahora me es difícil creer que no estaba despierto. Me parecía yacer en una caja con cubierta de cristal. Veía débilmente las lámparas de la calle por donde pasaba, pues debo decirte, Tessie, que la caja en la que estaba tendido parecía encontrarse en un carruaje acojinado en el que iba sacudiéndome por una calle empedrada. Al cabo de un rato me impacienté e intenté moverme, pero la caja era demasiado estrecha. Tenía las manos cruzadas en el pecho, de modo que no me era posible levantarlas para aliviarme. Escuché y, luego, intenté llamar.

Había perdido la voz. Podía oír los cascos de los caballos uncidos al coche e incluso la respiración del conductor. Entonces otro ruido irrumpió en mis oídos, como el abrir de una ventana. Me las compuse para ladear la cabeza un tanto, y descubrí que podía ver, no sólo a través del cristal que cubría la caja, sino también a través de los paneles de cristal a los lados del carruaje. Vi casas. Vi casas, vacías y silenciosas, sin vida ni luz en ninguna de ellas, excepto en una. En esa casa había una ventana abierta en el primer piso, y una figura toda de blanco miraba a la calle. Eras tú.

Tessie había apartado su cara de mí y se apoyaba en la mesa sobre el codo.

-Pude verte la cara proseguí- que me pareció muy angustiada. Luego seguimos viaje y doblamos por una estrecha y negra calleja. De pronto los caballos se detuvieron. Esperé y esperé, cerrando los ojos con miedo e impaciencia, pero todo estaba silencioso como una tumba. Al cabo de lo que me parecieron horas, empecé a sentirme incómodo. La sensación de que algo se acercaba hizo que abriera los ojos. Entonces vi la cara del cochero de la carroza fúnebre que me miraba a través de la cubierta del ataúd...

Un sollozo de Tessie me interrumpió. Estaba temblando como una hoja. Vi que me había comportado como un asno e intenté reparar el daño.

-¡Vaya, Tess -dije- Sólo te lo conté para mostrarte la influencia de tu historia en los sueños de los demás. No pensarás realmente que estoy tendido en un ataúd ¿no es cierto? ¿Por qué estás temblando? ¿No te das cuenta de que tu sueño y la irrazonable repugnancia que me produce ese inofensivo sereno de la iglesia pusieron sencillamente en marcha mi cerebro no bien me quedé dormido?

Puso la cabeza entre sus brazos y sollozó como si fuera a rompérsele el corazón. Me había portado como un imbécil. Pero estaba por superar mi propio récord. Me le acerqué y la rodeé con el brazo.

-Tessie, querida, perdóname -dije-; no tendría que haberce asustado con semejantes tonterías. Eres una chica demasiado atinada, demasiado buena católica corno para creer en sueños.

Su mano se puso en la mía y su cabeza cayó sobre mi hombro, pero todavía temblaba; yo la acariciaba y la consolaba.
-Vamos, Tess, abre los ojos y sonríe.
Sus ojos se abrieron con un lánguido lento movimiento y se encontraron con los míos, pero su expresión era tan extraña que me apresuré a reanimarla otra vez.
-Fue una patraña, Tessie, no creerás que todo esto podrá acarrearte algún mal.
-No -dijo, pero sus labios escarlatas se estremecieron.
-¿Qué sucede, entonces? ¿Tienes miedo?
-Sí, pero no por mi.
-¿Por mí, entonces? -pregunté alegremente.
-Por usted -murmuró en voz casi inaudible-. Yo...yo lo quiero a usted.

En un principio me eché a reír, pero cuando comprendí lo que decía, un estremecimiento me atravesó el cuerpo y me quedé sentado como de piedra. Esta era la culminación de las tonterías que llevaba cometidas. En el momento que transcurrió entre su réplica y mi contestación, pensé en mil respuestas a esa inocente confesión. Podía desecharla con una sonrisa, podía hacerme el desentendido y decirle que me encontraba muy bien de salud, podía manifestarle con sencillez que era imposible que ella me amase. Pero mi reacción fue más veloz que mis pensamientos, y cuando quise darme cuenta ya era demasiado tarde, porque la había besado en la boca. Aquella noche fui a dar mi paseo habitual por el parque de Washington pensando en los acontecimientos del día. Me había comprometido a fondo. No podía echarme atrás ahora, y miré de frente a mi futuro. Yo no era bueno, ni siquiera escrupuloso, pero no tenía intención de engañarme a mí mismo o a Tessie. La única pasión de mi vida yacía sepultada en los soleados bosques de Bretaña. ¿Estaba sepultado para siempre? La Esperanza clamaba: "¡No!" Durante tres años había esperado el ruido de unos pasos en mi umbral. ¿Sylvia se había olvidado? "¡No!" clamaba la Esperanza. Dije que no era bueno. Eso es verdad, pero con todo no era exactamente el villano de la ópera cómica.

Había llevado una vida fácil y atolondrada, recibiendo de buen grado el placer que se me ofrecía, deplorando, a veces lamentando con amargura, las consecuencias. Sólo una cosa, con excepción de mi pintura, tomaba en serio, y aquello yacía ocultado, si no perdido, en los bosques bretones.
Era demasiado tarde ahora para lamentar lo ocurrido en el día. Tanto si fue lástima, como si fue la súbita ternura que produce el dolor o el más brutal instinto de la voluntad satisfecha, daba igual ahora, y a no ser que deseara dañar a un corazón inocente, tenía la senda trazada ante mí. El fuego y la intensidad, la profundidad de la pasión de un amor que ni siquiera había sospechado, a pesar de la experiencia que creía tener del mundo, no me dejaban otra alternativa que corresponderle o apartarla de mi lado. No se si me acordaba producir dolor en los demás o si hay algo en mí de lóbrego puritano, pero lo cierto es que me repugnaba negar la responsabilidad por ese irreflexible beso, y de hecho no tuve tiempo de hacerlo antes que se abriesen las puertas de su corazón y la marejada se expandiera. Otros que habitualmente cumplen con su deber y encuentran una sombría satisfacción en hacer de sí mismos y de los demás unos desdichados, quizá habrían resistido. Yo no. No me atreví. Después de amainada la tormenta, le dije que más le habría valido amar a Ed Burke y llevar un sencillo anillo de oro, pero no quiso escucharme siquiera, y pensé que mientras hubiera decidido amar a alguien con quien no podía casarse, era preferible que fuera yo. Yo, al menos, podría tratarla con inteligente afecto, y cuando ella se cansara de su pasión, no saldría de ella mal parada. Porque yo estaba decidido en cuanto a eso, aunque sabía lo difícil que resultaría. Recordaba el final habitual de las relaciones platónicas y cuánto me disgustaba oír de ellas. Sabía que iniciaba una gran empresa para alguien tan falto de escrúpulos como yo, y temía el futuro, pero ni por un momento dudé de que ella estaría segura conmigo. Si se hubiera tratado de cualquier otra, no me habría dejado atormentar por escrúpulos. Pero ni se me ocurría la posibilidad de sacrificar a Tessie como lo habría hecho con una mujer de mundo. Miraba el porvenir directamente a la cara y veía los varios probables finales del asunto.

Terminaría ella por cansarse de mí, o llegaría a ser tan desdichada que tendría que desposarla o abandonarla. Si nos casábamos, seríamos desdichados. Yo con una mujer inapropiada para mí, ella con un marido inapropiado para cualquier mujer. Porque mi vida pasada no me calificaba para el matrimonio. Si la abandonaba, quizá caería enferma, pero se recuperaría y acabaría casándose con algún Ed Burke, pero, precipitada o deliberadamente, podía cometer una tontería. Por otra parte, si se cansaba de mí, toda su vida se desplegaría ante ella con maravillosas visiones de Eddie Burke, anillos de boda, gemelos, pisos en Harlem y el Cielo sabe que más. Mientras me paseaha entre los árboles vecinos al Arco de Washington, decidí que de cualquier modo ella encontraría a un sólido amigo en mí, y que el futuro se cuidara de sí mismo. Luego entré en la casa y me puse el traje de noche, porque la nota ligeramente perfumada que habla sobre mi tocador decía: "Tenga un coche pronto a la entrada de los artistas a las once", y estaba firmada "Edith Carmichel, Teatro Metropolitan, 19 de junio de 189-."

Esa noche cené o, más bien cenamos la señorita Carmichel y yo, en el Solari y el alba empezaba a dorar la cruz de la iglesia Memorial cuando entré en el parque de Washington después de haber dejado a Edith en Brunswick. No había un alma en el parque cuando pasé entre los árboles y cogí el sendero que va de la estatua de Garibaldi al edificio de los apartamentos Hamilton, pero al pasar junto al atrio de la iglesia vi una figura sentada en la escalinata de piedra.

A pesar mío, me estremecí al ver la hinchada cara blancuzca y apresuré el paso. Entonces dijo algo que pudo haberme estado dirigido o quizá sólo estuviera musitando para sí, pero que semejante individuo se dirigiera a mí me puso súbitamente furioso. Por un instante me dieron ganas de girar sobre los talones y aplastarle la cabeza con el bastón, pero seguí andando, entré en el Hamilton y fui a mi apartamento. Por algún tiempo di vueltas en la cama intentando librarme de su voz, pero no me fue posible. Ese murmullo me llenaba la cabeza como el denso humo aceitoso de una cuba donde se cuece grasa o la nociva fetidez de la podredumbre. Y mientras me revolvía en mi lecho, la voz en mis oídos parecía más clara y distante, y empecé a entender las palabras que había murmurado. Me llegaban lentamente, como si las hubiera olvidado y por fin pudiera comprender su sentido. Había articulado:

-¿Has encontrado el Signo Amarillo?
-¿Has encontrado el Signo Amarillo?
-¿Has encontrado el Signo Amarillo?

Estaba furioso. ¿Qué había querido decir con eso? Luego, dirigiéndole una maldición, cambié de postura, y me quedé dormido, pero cuando más tarde desperté estaba pálido y ojeroso, porque había vuelto a soñar lo mismo de la noche pasada y me turbaba más de lo que quería confesarme. Me vestí y bajé al estudio. Tessie estaba sentada junto a la ventana. Cuando yo entré se puso de pie y me rodeó el cuello con los brazos para darme un beso inocente. Tenía un aspecto tan dulce y delicado que la volví a besar y luego me fui a sentar frente al caballete.

-¡Vaya! ¿Dónde está el estudio que empecé ayer?
Tessie parecía confusa, pero no respondió. Comencé a buscar entre pilas de telas mientras le decía:
-Apresúrate, Tess, y prepárate; debemos aprovechar la luz de la mañana.
Cuando por fin abandoné la búsqueda entre las otras telas y me volví para registrar el cuarto, vi que Tessie estaba de pie junto al biombo con las ropas todavía puestas.
-¿Qué sucede? -le pregunté-. ¿No te sientes bien?
-Sí.
-Apresúrate, entonces.
-¿Quiere que pose como... como he posado siempre?

Entonces comprendí. Se presentaba una nueva complicación. Había perdido, por supuesto, a la mejor modelo de desnudo que había conocido nunca. Miré a Tessie. Tenía el rostro escarlata. ¡Ay! ¡Ay! Habíamos comido el fruto del árbol del conocimiento y el Edén y la inocencia original ya eran sueños del pasado... quiere decir, para ella. Supongo que notó la desilusión en mi cara, porque dijo:

-Posaré, si lo desea. El estudio está detrás del biombo. He sido yo quien lo ha puesto allí.
-No -le dije-, empezaremos algo nuevo.

Y fui a mi armario y elegí un vestido morisco resplandeciente de lentejuelas. Era un traje auténtico y Tessie se retiró tras el biombo encantada con él. Cuando salió otra vez, quedé atónito. Sus largos cabellos negros estaban sujetos en su frente por una diadema de turquesas y los extremos llegaban rizados hasta la faja resplandeciente. Tenía los pies calzados en unas bordadas babuchas puntiagudas, y la falda del vestido, curiosamente recamada de arabescos de plata, le caía hasta los tobillos. El profundo azul metálico del chaleco bordado en plata y la chaquetilla morisca en la que estaban cosidas refulgentes turquesas, le sentaban maravillosamente. Avanzó hacia mí y levanté la cabeza sonriente. Deslicé la mano en el bolsillo, saqué una cadena de oro con una cruz y se la coloqué en la cabeza.

-Es tuya, Tessie.
-¿Mía? -balbució.
-Tuya. Ahora ve y posa.
Entonces, con una sonrisa radiante, corrió tras el biombo y reapareció en seguida con una cajita en la que estaba escrito mi nombre.
-Tenía intención de dársela esta noche antes de irme a casa-dijo-, pero ya no puedo esperar.

Abrí la caja. Sobre el rosado algodón, había un broche de ónix negro en el que estaba incrustado un curioso símbolo o letra de oro. No era arábigo ni chino, ni como pude comprobar después no pertenecía a ninguna de las escrituras humanas.

-Es todo lo que tengo para darle como recuerdo.
Me sentí molesto, pero le dije que lo tendría en alta estima y le prometí llevarlo siempre. Ella me lo sujetó en la chaqueta, bajo la solapa.
-¡Qué tontería, Tess, comprar algo tan bello! –le dije.
-No lo he comprado -dijo riendo.
-¿De dónde lo has sacado?

Entonces me contó que lo había encontrado un día al volver del acuario de la Batería y que había hecho publicar un aviso en los periódicos y que por fin perdió las esperanzas de encontrar al propietario del broche.

-Fue el invierno pasado -dije-, el mismo día en que tuve por primera vez ese horrible sueño de la carroza fúnebre.
Recordé el sueño que había tenido la pasada noche, pero no dije nada, y en seguida la carbonilla empezó a revolotear sobre la nueva tela, y Tessie permaneció inmovil en la tarima.

III.
El día siguiente fue desastroso para mí. Mientras trasladaba una tela enmarcada de un caballete a otro, mis pies resbalaron en el suelo encerado y caí pesadamente sobre ambas muñecas. Tan grave fue la luxación sufrida que resultó inútil intentar sostener el pincel, examinando dibujos y esbozos inacabados hasta que, ya desesperado me senté a fumar y a girar los pulgares con fastidio. La lluvia que azotaba los cristales y tamborileaba sobre el techo de la iglesia me produjo un ataque de nervios con su interminable repiqueteo. Tessie cosía sentada junto a la ventana, y de vez en cuando levantaba la cabeza y me miraba con una compasión tan inocente, que empecé a avergonzarme de mi irritación y miré a mi alrededor en busca de algo en qué ocuparme. Había leído todos los periódicos y todos los libros de la biblioteca, pero por hacer algo me dirigí a la librería y la abrí con el codo. Conocía cada volumen por el color y los examiné a todos pasando lentamente junto a la librería y silbando para animarme el espíritu. Estaba por volverme para ir al comedor, cuando me sorprendió un libro encuadernado en amarillo en un rincón de la repisa más alta de la última biblioteca.

No lo recordaba y desde el suelo no alzaba a descifrar las pálidas letras sobre el lomo, de modo que fui a la sala de fumar y llamé a Tessie. Ella vino del estudio y se encaramó para alcanzar el libro

-¿Qué es? -le pregunté.
-El Rey de Amarillo.

Quedé estupefacto. ¿Quién lo había puesto allí? ¿Cómo había ido a parar a mis aposentos? Hacía ya mucho que había decidido no abrir jamás ese libro, y nada en la tierra podría haberme persuadido a comprarlo. Temiendo que la curiosidad me tentara a abrirlo, ni siquiera lo había mirado nunca en las librerías. Si alguna vez experimenté la curiosidad de leerlo, la espantosa tragedia del joven Castaigne, a quien yo había conocido, me disuadió de enfrentarme con sus malignas páginas. Siempre me negué a escuchar su descripción y, en verdad, nadie se aventuró nunca a comentar en alta voz la segunda parte, de modo que no tenía conocimiento en absoluto de lo que podrían revelar esas páginas. Me quedé mirando fijamente la ponzoñosa encuadernación amarilla como habría mirado a una serpiente.

-No lo toques, Tessie -dije-. Baja de ahí.

Por supuesto, mi admonición bastó para despertar su curiosidad y antes que pudiera impedírselo cogió el libro y, con una carcajada, se fue bailando al estudio con él. La llamé, pero ella se alejó dirigiendo una torturadora sonrisa a mis imponentes manos y yo la seguí con cierta impaciencia.
-¡Tessie! -grité entrando en la biblioteca-, escucha, hablo en serio. Deja ese libro. ¡No quiero que lo abras!
La biblioteca estaba vacía. Fui a ambas salas, luego los dormitorios, a la lavandería, la cocina y, finalmente, volví a la biblioteca donde inicié un registro sistemático. Se había acurrucado, pálida, y silenciosa, junto a la ventana reticulada del cuarto del almacenaje de arriba. A primera vista me di cuenta que su necedad había sido castigada. El Rey de Amarillo estaba a sus pies, pero el libro estaba abierto en la segunda parte. Miré a Tessie y vi que era demasiado tarde. Había abierto El Rey de Amarillo.

Entonces la tomé de la mano y la conduje al estudio. Parecía obnubilada, y cuando le dije que se tendiera en el sofá me obedeció sin decir palabra. Al cabo de un rato sus ojos se cerraron y la respiración se le hizo regular y profunda, pero no me fue posible descubrir si dormía o no. Durante largo rato me quedé sentado en silencio junto a ella, en el cuarto de almacenaje jamás frecuentado, cogí el libro amarillo con la mano menos herida. Parecía pesado como el plomo, pero lo llevé al estudio otra vez y sentándome en la alfombra junto al sofá, lo abrí y lo leí desde el principio al fin. Cuando debilitado por el exceso de las emociones, dejé caer el volumen y me recosté fatigado contra el sofá, Tessie abrió los ojos y me miró. Habíamos estado hablando cierto tiempo con opacada y monótona tensión cuando advertí que estábamos comentando El Rey de Amarillo. ¡Oh, qué pecado, haber escrito semejantes palabras... palabras que son claras como el cristal, límpidas y musicales como una fuente burbujeante, palabras que resplandecen y refulgen como los diamantes envenenados de los Medicis! ¡Oh, la malignidad, la condenación más allá de toda esperanza de un alma capaz de fascinar y paralizar a criaturas humanas con tales palabras! Palabras que comprenden el ignorante y el sabio por igual, palabras más preciosas que joyas, más apaciguadoras que la música celestial, más espantosas que la muerte misma.

Seguimos hablando sin prestar atención a las sombras que se espesaban, y ella me estaba rogando que me deshiciera del broche de ónix negro en que estaba curiosamente incrustado lo que, ahora lo sabíamos, era el Signo Amarillo. Nunca sabré por qué me negué a hacerlo, aunque en esta hora, aquí, en mi habitación, mientras escribo esta confesión, me gustaría saber qué me impidió arrancar el Signo Amarillo de mi pecho y arrojarlo al fuego. Estoy seguro de que deseaba hacerlo, pero Tessie me lo imploró en vano. Cayó la noche y transcurrieron las horas, pero aún seguíamos hablando quedo del Rey y la Máscara Pálida, y la medianoche sonó en los chapiteles brumosos de la ciudad hundida en la niebla. Hablamos de Hastur y Cassilda mientras afuera la niebla rozaba los ciegos paneles de las ventanas como el oleaje de las nubes avanzaba y se rompía sobre las costas de Hali.

La casa estaba ahora acallada y ni el menor sonido de las calles brumosas quebrantaba el silencio. Tessie yacía entre cojines, su rostro era una mancha gris en la penumbra, pero tenía sus manos apretadas en las mías y yo sabía que ella sabía y que leía mis pensamientos como yo los suyos, porque habíamos comprendido el misterio de las Híadas y ante nosotros se alzaba el Fantasma de la Verdad. Entonces, mientras nos respondíamos el uno a la otra, velozmente, en silencio, pensamiento tras pensamiento, las sombras se agitaron en la penumbra que nos rodeaba y a lo lejos en las calles distantes oímos un sonido. Cada vez más cerca, se escuchó el lóbrego crujido de ruedas, cada vez más cerca todavía, y ahora cesó afuera, ante la puerta. Me arrastré hasta la ventana y vi una carroza fúnebre empenachada de negro. El portal, abajo, se abrió y se volvió a cerrar; me arrastré temblando hasta la puerta y le eché la llave, pero no había candado ni cerradura que pudiera impedir el paso de la criatura que venía en busca del Signo Amarillo. Y ahora la oía avanzar muy lentamente por el vestíbulo. Y ahora estaba a la puerta y los candados se pudrieron a su tacto. Ahora había entrado. Con ojos que se me saltaban de las órbitas trate de escudriñar en la oscuridad, pero cuando entró en el cuarto, no la vi. Sólo cuando la sentí envolverme en su frío abrazo blando grité y luché con furia mortal, pero tenía las manos inutilizadas y me arrancó el broche de el ónix de la chaqueta y me golpeó en plena cara. Entonces, al caer, oí el grito leve de Tessie y su espíritu voló al encuentro de Dios, y mientras caía deseé poder seguirla, porque sabía que el Rey de Amarillo había abierto su andrajoso manto y ahora sólo era posible implorar ante Cristo.

Podría decir más, pero al mundo no le serviría de nada. En cuanto a mí, estoy más allá de toda ayuda o esperanza humanas. Mientras yazgo aquí escribiendo, sin preocuparme de si moriré o no, antes de terminar, veo al doctor que recoge sus polvos y frascos con un vago ademán dirigido al buen cura que tengo junto a mí; entonces comprendo.

Sentirán curiosidad por conocer los detalles de la tragedia... ésos del mundo exterior que escriben libros e imprimen millones de periódicos, pero no escribiré ya más, y el padre confesor sellará mis últimas palabras con el sello sagrado cuando su santo oficio haya sido cumplido. Los del mundo exterior podrán enviar a sus vástagos a hogares desdichados o casas visitadas por la muerte, y sus periódicos se cebarán en la sangre y las lágrimas, pero en mi caso sus espías tendrán que detenerse ante el confesionario. Saben que Tessie ha muerto y que yo agonizo. Saben que la gente de la casa, alarmada por un grito infernal, se precipitó a mi cuarto y encontró a un vivo y dos muertos; pero no saben lo que voy a decir ahora; no saben que el médico dijo señalando un horrible bulto descompuesto que yacía en el suelo... el lívido cadáver del sereno de la iglesia:

-No tengo teoría alguna, ninguna explicación. ¡Este hombre debe de haber muerto hace meses! Creo que me muero. Desearía que el cura...

R.W. Chambers (1865-1933)


Más relatos de Robert Chambers. I Relatos góticos. I Relatos de terror. I Relatos fantásticos.


Más literatura:
El resumen del cuento de Robert Chambers: El Signo Amarillo (The Yellow Sign) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Robert W. Chambers: Relatos


Robert William Chambers.
1865-1933


R.W. Chambers fue uno de los mejores escritores norteamericanos de su época. Algunos de sus relatos de terror necesariamente deben figurar en todas las antologías fantásticas, cuestión que nos obliga, felizmente, a incluirlo en nuestra Biblioteca gótica.


R.W. Chambers: Relatos:



Más literatura:
El resumen de la obra de R.W. Chambers fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Los sitiales de la catedral de Barchester: M.R. James


Los Sitiales de la catedral de Barchester (The Stalls of Barchester Cathedral) es un relato de terror del escritor inglés Montague Rhodes James, publicado en 1911.

Posiblemente, el cuento sea uno de los más conocidos de M.R. James; ya que trascendió las fronteras de la narrativa, y fue llevado tanto al cine como a la televisión.

Es difícil redactar una introducción sin sugerir involuntariamente algún detalle importante del relato. De modo que nos retiramos discretamente, en puntas de pie, y los dejamos a solas con el amigo James. (Para los curiosos, debajo del relato hemos colocado un video en inglés con una versión de Los Sitiales hecha por la BBC)


Los Sitiales de la Catedral de Barchester.
The Stalls of Barchester Cathedral
; M.R. James (1862-1936)


Por lo que a mí respecta, este caso empezó cuando leí una noticia en la sección necrológica del Gentleman's Magazine de principios del siglo XIX.

-El 26 de febrero, en su residencia de la catedral de Barchester, ha fallecido el venerable John Benwell Haynes, Dr. en Teol., arcediano de Sowerbridge, rector de Pickhill y Candley, a los 57 años de edad. Perteneció al College... de Cambridge, donde, por su talento y constancia, se granjeó la estima de sus superiores; cuando, a su debido tiempo, obtuvo la licenciatura, su nombre figuró entre los primeros de la lista de honor.

Estos méritos académicos le valieron inmediatamente una beca para seguir los estudios. En el año 1783 recibió las sagradas órdenes, y fue propuesto para la vicaría de Ranxtonsub-Ashe por su amigo y protector, el difunto y venerable obispo de Lichfield... Sus rápidos ascensos, a canónigo primero, y luego a la dignidad de chantre de la catedral de Barchester, constituyen un testimonio elocuente del respeto con que fue considerado y de sus méritos académicos. Alcanzó el arcedianato con motivo del súbito fallecimiento del arcediano Pulteney, en 1810. Sus sermones, ajustados siempre a los principios de la religión y de la Iglesia que él honraba con su persona, pusieron de manifiesto en grado eminente, y sin el menor asomo de vanidad, el refinamiento del erudito y las virtudes del cristiano. Exento de toda virulencia fanática, e inspirado en el espíritu de la más auténtica caridad, sus palabras perdurarán mucho tiempo en la memoria de sus oyentes. (Aquí hay otra supresión). Entre las producciones de su pluma se cuentan una hábil defensa del episcopado, en la cual, tras haberla leído y releído atentamente, el autor de este homenaje a su memoria no encuentra sino un ejemplo más de la falta de liberalidad y valentía de los editores de nuestra generación, rasgo que es ya común entre ellos. Sus obras publicadas se limitan, en realidad, a una valiosa y elegante traducción de la Argonáutica, de Valerius Flaccus; un volumen de Discursos sobre hechos diversos de la vida de Josué, pronunciados en su catedral, y un cierto número de exhortaciones pronunciadas con motivo de las visitas que hizo al clero de su arcedianato. Éstas se distinguen por su... etc., etc. La cortesía y el cálido interés de quien nos ha inspirado estas líneas no las olvidarán fácilmente los que disfrutaron de su amistad. Su celo por el venerable e impresionante edificio bajo cuya blanca bóveda ofició y participó con tanta puntualidad, en el aspecto musical de sus ritos sobre todo, podría calificarse de filial, y contrastó de manera sorprendente y hasta chocante con esa correcta indiferencia que exhiben tantísimas dignidades eclesiásticas de nuestra catedral en los tiempos presentes...

El párrafo final, tras informarnos de que el doctor Haynes había fallecido soltero, decía:

-Todo hacía suponer que una existencia tan sosegada y beatífica alcanzaría su fin a una edad avanzada, extinguiéndose de manera igualmente tranquila y apacible. ¡Pero cuán insondables son los designios de la Providencia! El pacífico y solitario retiro en que la oscura vida del Dr. Haynes discurría hacia su fin estaba destinado a verse turbado y aun arruinado por una tragedia tan espantosa como inesperada. En la mañana del 26 de febrero...

Pero quizá sea mejor que deje el resto del relato hasta que haya contado las circunstancias que condujeron a él. Éstas, en lo que ahora tienen de accesibles, me han llegado por otros cauces. Yo había leído la nota necrológica que acabo de citar por pura casualidad, junto con otras muchas de la misma fecha. Desde luego, había despertado un poco mi curiosidad, pero como no se me pasó por la cabeza que iba a tener ocasión de examinar los archivos locales de dicho período, y que tendría que esforzarme en recordar lo que había leído sobre el doctor Haynes, no presté la menor atención a su caso. Recientemente estuve catalogando los manuscritos de la biblioteca del College al que había pertenecido. Terminé con los volúmenes clasificados de las estanterías y pregunté al bibliotecario si había más libros que, a juicio suyo, debía incluir en mi descripción.

—Creo que no —dijo—, pero será mejor que echemos una mirada a la sección de manuscritos para cerciorarnos. ¿Tiene usted tiempo ahora?

Sí tenía tiempo. Fuimos a la biblioteca, revisamos los manuscritos y, al terminar, llegamos a un estante que yo no había visto. Casi todo lo que había eran sermones, resmas de trabajos incompletos, ejercicios de estudiantes, el Cyrus (un poema épico en varios cantos, producto del ocio de un cura rural), unos apuntes de matemáticas confeccionados por un profesor ya fallecido, y un montón de material del mismo género con el que estoy más que familiarizado. Tomé breve nota de todo. Finalmente, había una caja de hojalata; la saqué y le limpié el polvo. Su etiqueta, muy borrosa, decía así:

-Papeles del Ven. Arcediano Haynes. Donados en 1834 por su hermana, la Srta. Leticia Haynes.

Inmediatamente me di cuenta de que ese nombre lo había leído yo en alguna parte, y no tardé en recordarlo.

—Seguramente se trata del arcediano Haynes, que tuvo un final tan extraño en Barchester. He leído su nota necrológica en Gentleman's Magazine. ¿Puedo llevarme esta caja a casa? ¿Sabe si hay algo de interés en estos papeles?
El bibliotecario accedió de muy buen grado a que me llevara la caja para examinarla detenidamente.
—Todavía no la he revisado —dijo—, a pesar de que siempre he pensado hacerlo.

Estoy casi seguro que ésta es la caja de la que nuestro antiguo decano dijo una vez que el colegio no debía haberla aceptado jamás. Se lo dijo a Martin hace años, y dijo también que mientras él mandara en la biblioteca no la abriría nadie. Martin fue quien me lo contó a mí, y me dijo que tenía unas ganas tremendas de saber lo que contenía, pero que el decano era el bibliotecario y que la tenía siempre guardada en sus habitaciones; así que durante todo este tiempo no ha tenido nadie acceso a los documentos. Cuando falleció se los llevaron equivocadamente sus herederos, y los devolvieron hace unos años, nada más. Todavía no sé por qué no los he examinado; pero, puesto que esta tarde tengo que marcharme de Cambridge, será mejor que se los lleve usted y los examine primero. Confío en que no publicará nada impropio de nuestros archivos.

Me llevé la caja a casa y examiné su contenido; posteriormente he hablado con el bibliotecario sobre la posibilidad de publicar estos papeles y, ya que está dispuesto a acceder con tal que se oculte la identidad de las personas a las que hacen alusión, voy a intentar llevarla a efecto. Los materiales de que dispongo son, naturalmente, diarios y cartas en su mayor parte. Los pasajes que cito textualmente y los que incluyo de manera abreviada dependerán del espacio de que disponga. Para comprender con exactitud la situación, he tenido que realizar algunas investigaciones —no muy embarazosas—, para las que me han sido de gran ayuda las excelentes ilustraciones y textos del volumen que tiene dedicado a Barchester la obra Cathedral Series, de Bell.

Para entrar en el coro de la catedral de Barchester hay que cruzar una reja entre mármoles de color diseñada por sir Gilbert Scott; entonces se llega a un lugar pelado y detestablemente amueblado se puede decir. Los sitiales son modernos y carecen de dosel. Los sitios de las dignidades y los nombres de cada miembro, por fortuna, han sido respetados y están grabados en pequeñas placas de bronce clavadas en cada sitial. El órgano está en el triforio, y la parte visible de la caja es de estilo gótico. El retablo y demás son semejantes a los de cualquier catedral.
Los minuciosos grabados de hace un centenar de años muestran una catedral bien distinta. En uno de ellos, el órgano está encima de la maciza reja clásica. Los sitiales son también sólidos y clásicos. Sobre el altar hay un baldaquino de madera con hornacinas en los extremos. A la derecha hay una recia mampara de trazado clásico, con un tímpano en el que se ve un triángulo del que parten algunos rayos, y unas letras hebreas en oro en su interior. Un grupo de querubines contempla el triángulo. En el extremo oriental del coro, la parte más próxima al altar, hay un púlpito con un gran tornavoz, mientras que el suelo está pavimentado con losas de mármol blanco y negro.

Dos damas y un caballero admiran el efecto general. Por otros medios he podido averiguar que el sitial del arcediano estaba entonces, como lo está ahora, junto al trono del obispo, en el lado sudeste del coro. Su casa, casi enfrente de la iglesia, es un precioso edificio de ladrillo rojo de la época de Guillermo III. Aquí trasladaron su residencia el doctor Haynes y su hermana en el año 1810. Esta dignidad había sido durante mucho tiempo la meta de sus deseos, pero su predecesor se había negado a marcharse, aun cuando había alcanzado la edad de noventa y dos años. Y hacía aproximadamente una semana que este anciano había celebrado el nonagésimo segundo aniversario de su nacimiento con una pequeña fiesta cuando, una mañana de finales de año, al bajar el doctor Haynes alegremente a desayunar, frotándose las manos y tarareando una cancioncilla, se encontró con una escena que le cortó su desbordante euforia: su hermana estaba sentada en su sitio de siempre, por supuesto, pero se hallaba inclinada hacia delante y sollozaba desconsoladamente sobre su pañuelo.

—¿Qué..., qué ocurre? ¿Alguna mala noticia? —preguntó.
—Ay, Johnny, ¿es que no te has enterado? ¡El pobre arcediano!
—¿El arcediano? ¿Qué le pasa, está enfermo?
—No, no; lo han encontrado esta mañana en la escalera. ¡Qué espantoso!
—¿Es posible? ¡Válgame Dios, pobre Pulteney! ¿Había sufrido algún ataque?
—Dicen que no, y dicen que eso es lo peor. Parece que toda la culpa es de esa estúpida criada que tienen, Jane.
El doctor Haynes guardó silencio.
—No entiendo, Leticia. ¿Por qué ha de tener la culpa la criada?
—Bueno, por lo que he oído decir, faltaba una varilla de esas que sujetan la alfombra de la escalera, y ella no dijo nada, y el pobre arcediano puso el pie en el mismo borde del peldaño (ya sabes lo resbaladiza que es la madera de roble), y al parecer, ha debido caer rodando casi todo el tramo de la escalera y se ha desnucado. Qué desgracia para la señorita Pulteney. Naturalmente, despedirán a esa muchacha inmediatamente. A mí nunca me ha gustado.

Volvió a empezar el llanto de la señorita Haynes con renovada fuerza, pero finalmente cedió lo bastante como para permitirle desayunar algo. No le sucedió así a su hermano, quien, después de permanecer en silencio ante la ventana unos minutos, abandonó la habitación y no se dejó ver en toda la mañana. Me limitaré a decir que la descuidada sirvienta fue despedida en el acto, y que encontraron la varilla de sujetar la alfombra debajo de ésta, lo cual fue una prueba más, si es que se necesitaba alguna, de su supina estupidez y negligencia. Desde hacía muchos años había sido designado el doctor Haynes por su talento —que debía de ser verdaderamente considerable— como el más probable sucesor del arcediano Pulteney, y sus esperanzas no se vieron defraudadas. Tomó posesión del cargo y pasó a desempeñar celosamente las funciones propias de la persona que ostenta tal dignidad. Una buena parte de sus diarios está llena de expresiones de asombro ante el estado de confusión en que el arcediano Pulteney había dejado los asuntos de su oficina y los documentos de su competencia. Las contribuciones procedentes de Wringham y Barnswood habían dejado de recibirse durante doce años por lo menos, y ahora eran prácticamente irrecuperables, no se había realizado ni una sola visita en siete años, y había cuatro presbiterios que era ya casi prácticamente imposible reparar. El personal elegido por el arcediano había sido casi tan incompetente como él. Casi era de agradecer que no siguiera este estado de cosas; una carta de un amigo suyo lo corrobora: «ó katékhon —dice (aludiendo cruelmente a la Segunda Epístola a los Tesalonicenses)— ha caído al fin. ¡Pobre amigo mío! ¡En qué maremágnum te vas a meter! Te doy mi palabra de que la última vez que crucé el umbral de su despacho no tenía un solo papel a mano, ni fue capaz de escuchar una palabra de lo que dije, ni pudo recordar dato alguno que hiciera referencia al asunto que me traía. Pero ahora, gracias a una sirvienta negligente y a una alfombra floja, será posible solventar los asuntos de importancia sin tener que perder la paciencia y la voz». Esta carta estaba guardada en la solapa de la cubierta de uno de sus diarios.

No puede ponerse en duda el celo y el entusiasmo del nuevo arcediano. «Dadme tiempo para poner algo de orden en los innumerables yerros y desaguisados con que me enfrento, y me uniré al viejo israelita, gozosa y sinceramente, en el cántico que tantas gentes entonan, aunque me temo que de labios para afuera». Estas consideraciones las he encontrado, no en su diario, sino en una carta; parece que los amigos del doctor devolvieron sus cartas a su hermana tras la muerte de aquél. Sin embargo, no se limita a hacer consideraciones. Sus indagaciones sobre los derechos y deberes de su ministerio son bastante precisas y prácticas, y en uno de los papeles hay un cálculo del tiempo que necesitaba para poner al día los asuntos del arcedianato. Esta estimación ha sido exacta, al parecer. Durante tres años se dedicó a las reformas, pero en vano he buscado, al final de ese período, el prometido Nunc dimittis. Después encontró una nueva área de actividad. Hasta aquí, sus ocupaciones le habían impedido más de una vez asistir a los oficios de la catedral. Después empieza a interesarse por el edificio y la música. No voy a entretenerme en contar sus disputas con el organista, un señor anciano que había venido ocupando este puesto desde 1786; no consiguió sacar nada en limpio. En cambio, tiene más importancia para el caso su repentino entusiasmo por la catedral propiamente dicha y su mobiliario. Se conserva el borrador de una carta dirigida a Sylvanus Urban (la cual me parece que no llegó a enviar), en la que describe la sillería de fecha relativamente reciente; de 1700, más o menos.

«El sitial del arcediano, situado en el extremo sudeste, a la izquierda del trono episcopal (tan dignamente ocupado en la actualidad por el muy excelente prelado que honra la sede de Barchester), se distingue por su singular ornamentación. Además de las armas del deán West, merced a cuyos esfuerzos se terminó de amueblar la parte interior del coro, el atril de dicho sitial termina, a la derecha, con tres pequeñas tallas de aspecto grotesco y singular. Una es la figura exquisitamente ejecutada de un gato, cuya postura encogida expresa admirablemente la agilidad, vigilancia y astucia de este temible adversario de la especie mus. Al otro extremo hay un personaje sentado en su trono e investido con los atributos de la realeza, pero no es un monarca de este mundo lo que el escultor ha pretendido retratar. Sus pies están estudiadamente ocultos por el largo manto que lo envuelve, pero ni la corona ni el gorro que lleva sobre la cabeza consiguen ocultar sus puntiagudas orejas y sus curvados cuernos que delatan su origen tártaro, y la mano que descansa sobre su rodilla está armada de unas uñas espantosamente largas y afiladas. Entre estas dos figuras hay un personaje de pie, embozado en una capa. A primera vista podría tomarse por un monje o "fraile franciscano", porque va encapuchado y tiene una cuerda ceñida a su cintura. Pero si lo examinamos con más atención, nuestra conclusión será bien distinta; enseguida descubrimos que esa cuerda es en realidad un dogal que sujeta con una mano oculta entre sus ropajes, en tanto que sus rasgos hundidos y, me resulta espantoso describirlo, su carne agrietada y pegada sobre sus pómulos le identifican como el rey del terror.

Estas figuras son, evidentemente, obra de una gubia verdaderamente hábil; si por casualidad conoce usted a alguien que pueda aportar alguna luz sobre su origen y significado, mi agradecimiento hacia su inestimable atención por todo será infinito». Hay en este borrador algo más sobre dicha descripción que tiene gran interés, puesto que esa obra en madera ha desaparecido. Es un párrafo del final que merece la pena citarse:

-Recientes investigaciones sobre las cuentas del cabildo me han revelado que la talla de los sitiales no fue, como se ha dicho a menudo, obra de artistas holandeses, sino que fue ejecutada por un vecino de esta ciudad o distrito llamado Agustín. La madera la sacaron de un robledal vecino, propiedad del deán y del cabildo, conocido con el nombre de Holywood. Con motivo de una visita que he hecho a la parroquia en cuyas proximidades se halla situado, me he enterado por el viejo y respetable párroco de que aún subsisten tradiciones que hacen referencia a las enormes dimensiones y lo añosos que eran los robles que se utilizaron en la magnífica obra descrita (aunque imperfectamente) más arriba. En particular, se recuerda uno de los árboles, el que se alzaba en el centro del robledal, al que llamaban el roble del ahorcado. Dicho nombre le convenía cabalmente, como lo confirma el hecho de haberse encontrado huesos enterrados entre sus raíces, y porque hubo un tiempo en que los que querían asegurarse el éxito, ya fuera en el amor o en los negocios, solían ir a colgar de sus ramas monigotes toscamente hechos de paja, de ramas u otras materias igualmente rudimentarias.

Pero dejemos las investigaciones arqueológicas del arcediano para volver a su carrera propiamente dicha, según se desprende de sus diarios. Esos tres primeros años de trabajo intenso y meticuloso nos lo muestran animoso en todo momento, y es indudable que era bien merecida la fama de hospitalidad y cortesía mencionada en la nota necrológica. Después, con el paso del tiempo, veo cernerse una sombra sobre él —más adelante se convertirá en la más absoluta negrura—, y no puedo por menos de pensar que debió de reflejarse en su actitud ante los demás. Gran cantidad de temores los confía a su diario: no podía desahogarse de otro modo. Era soltero, y su hermana no estaba siempre con él. Pero me equivocaría completamente si dijera que cuenta en su diario todo lo que podía habernos contado. Entresacaré unos cuantos trozos:

30 ag. 1816—Los días empiezan a acortar más sensiblemente que nunca. Ahora que los papeles del arcedianato están en orden debo buscar otra ocupación para las noches de otoño o de invierno. Es un gran contratiempo que la salud de Leticia no le permita estar aquí todos estos meses. ¿Por qué no sigo con mi Defensa del Episcopado? Puede que eso me ayude.
15 de sept.—Leticia se ha marchado a Brighton.
11 de oct.—Se han encendido las velas del coro por primera vez en las oraciones vespertinas. Me he llevado una especie de sobresalto; le tengo verdadero pavor a esta época del año en que oscurece temprano.

17 de nov.—Estoy francamente impresionado por el tipo de tallas de mi pupitre. Creo que no las había examinado detenidamente hasta ahora. Me he fijado en ellas por pura casualidad. Durante el Magnificat me sentía, lamenta tenerlo que decir, casi vencido de sueño. Mi mano descansaba en el lomo de la figura de gato, que es la más próxima de las tres que hay en el sitial. No me había dado cuenta porque no estaba mirando en esa dirección, hasta que llevé un sobresalto al notar algo así como una cosa blanda, una sensación da pelo blando y áspero, y un súbito movimiento, como si el animal hubiera vuelto la cabeza repentinamente para morderme. Me he despabilado inmediatamente, y tengo la impresión de haber dejado escapar un grito de sorpresa porque el señor tesorero volvió la cabeza vivamente para mirarme. La desagradable impresión que he sufrido ha sido tan fuerte que, sin darme cuenta, me he frotado la mano en mi sobrepelliz. Este incidente me ha llevado a examinar las figuras, al terminar las oraciones, más detenidamente de lo que había hecho hasta ahora, y me he dado cuenta por primera vez de lo perfectas que son.

6 de dic.—Verdaderamente, echo de menos la compañía de Leticia. Noches después de trabajar todo el tiempo que me es posible en la Defensa, me hacen interminablemente penosas. La casa es demasiado grande para hombre solo, y las visitas que recibo son demasiado escasas. Cuando subo a habitación tengo la impresión de que hay alguien a mi lado. El hecho es digo yo) que oigo voces. Sé muy bien que esto es un síntoma muy corriente de la progresiva debilitación del cerebro... y creo que me sentiría menos inquieto si tuviera una prueba sólida de que es así. Pero no tengo ninguna..., ninguna ni existe en mi familia precedente alguno que aducir en favor de esta hipótesis a Trabajar, trabajar duro, y atender con puntualidad los deberes que recaigan sobre mí, ése es mi mejor remedio, y tengo la completa seguridad de que el resultado.

1 de enero.—Debo confesar que mi inquietud va en aumento. Anoche, volver al deanato, pasadas ya las doce, encendí la palmatoria para subir a habitación. Estaba llegando a lo alto de la escalera, cuando oí que me susurraban: «Permítame desearle un feliz Año Nuevo». No cabía ningún error, era una voz clara y con un énfasis peculiar. Se me cayó la vela de la mano, ni más menos, y tiemblo de pensar en las consecuencias que eso habría podido acarrear. De todos modos, me las arreglé para terminar de subir la
escalera, encerré con llave en mi habitación, y no volví a ser molestado.

15 de enero.—Anoche tuve que bajar al despacho a coger el reloj queme había dejado olvidado al irme a acostar. Creo que tenía yo el pie en el último escalón, cuando de pronto: «Tenga cuidado». Me agarré al pasamanos, y, naturalmente, eché una mirada a mí alrededor. Como era de esperar, no vi nada. Seguí mi camino —porque no merecía la pena dar media vuelta por eso—, pero estuve a punto de caerme: un gato (un gato enorme, según noté por el roce) se me cruzó entre las piernas, pero luego, por supuesto, no vi nada. Puede que fuera el gato de la cocina, aunque creo que no lo era.

27 de febr.—Esta noche me ha sucedido algo que me gustaría olvidar. Puede que el escribirlo aquí me ayude a contemplarlo en sus verdaderas dimensiones. Estuve trabajando en la biblioteca de nueve a diez aproximadamente. La escalera y el recibimiento parecían estar desusadamente llenos de lo que sólo me es posible calificar de movimiento sin ruido; quiero decir con esto que parecía haber un continuo ir y venir, y cada vez que dejaba de escribir y prestaba atención, o me asomaba al recibimiento, la quietud era absoluta. Y al retirarme a mi habitación a una hora más temprana de lo habitual —serían alrededor de las diez y media—, no logré percibir nada que pudiera decirse que fuera ruido. Y sucedió que yo le había dicho a John que pasara por mi habitación a recoger la carta para el señor obispo, porque tenía interés en que se entregara por la mañana temprano en el palacio. Por tanto, él estaría levantado para pasar a recogerla cuando me oyera que me retiraba. A mí se me había olvidado ya, aunque me había acordado de llevármela a mi cuarto. Pero luego, cuando le estaba dando cuerda al reloj, oí una leve llamada a la puerta y una voz baja me dijo: «¿Puedo pasar?» (Estoy absolutamente seguro de que fue eso lo que oí). Me acordé de pronto, tomé la carta del tocador y dije: «Claro, pase». Nadie respondió a mi invitación; fue entonces cuando, presa de un súbito recelo, cometí un error, abrí la puerta y tendí la carta. Es seguro que no había nadie en el pasillo en ese momento; y en el preciso instante en que me encontraba yo en la entrada de mi cuarto, se abrió la puerta del otro extremo del pasillo y apareció John con una vela. Le pregunté si había llamado antes, pero siento tener que decir que no. No me gusta la situación, pero aunque mis sentidos estuvieron completamente alerta, y aunque transcurrió algún tiempo antes de que pudiera conciliar el sueño, debo añadir que no noté nada inquietante.

Con el retorno de la primavera, época en que su hermana se vino a pasar con él unos meses, las anotaciones del doctor Haynes se hacen más animadas y, desde luego, no se discierne en ellas el menor síntoma de depresión; hasta primeros de septiembre, en que vuelve a quedarse solo. En efecto, a partir de entonces vuelve a sentirse molestado, y esta vez de manera más apremiante. Luego volveré sobre esta cuestión; primero quiero transcribir un documento que, mucho o poco, me parece que tiene relación con el hilo de la historia.

En los libros de cuentas del doctor Haynes, conservados junto con los demás papeles suyos, aparece, fechado muy pocos días después de su toma de posesión como arcediano, un pago trimestral de 25 libras a J. L. Esto no habría tenido importancia ninguna de no haber sido más que eso. Pero yo lo relaciono con cierta carta mugrienta y muy mal escrita que, como otra que he citado antes, estaba en la solapa de un diario. No tiene ni rastro de fecha o matasellos, y no me ha sido fácil averiguar lo que pone. Dice así:

Muy señor mío:
E estado esperando carta suya esta última semana, y como no escribe, supongo que no a resibido la mía en la que le comunicaba que mi marido y yo estábamos atravesando una mala racha esta temporada, que parece que todo nos viene en contra en el campo y no vemos la manera de pagar la renta que tenemos que pagal, si usted no tiene la inmensa (liberalidad, parece que pone, aunque me es imposible descifrar esa palabra) de mandarnos cuarenta libras, de lo contrario tendríamos que acer lo que no nos gusta. Como usted fue la causa de que yo perdiera mi puesto en casa del Dr. Pulteney, creo es justo lo que le pido y usted sabe mejor que nadie lo que sé si viniera el caso, pero yo no deseo acer una cosa desagradable porque soy de las que les gusta tener cosas agradables a mi alrededor.
Su humilde servidora, JANE L.

Alrededor de la fecha en que supongo que fue escrita esta carta hay, efectivamente, un pago de 40 libras a J. L. Pero volvamos al diario.

22 de oct.—En las oraciones vespertinas, durante los Salmos, he vuelto a sufrir la misma experiencia del año pasado. Tenía la mano posada sobre una de las figuras como la vez anterior (desde entonces he tomado la costumbre de evitar tocar la del gato) y... experimentó un cambio, iba a decir, pero parece que le estoy concediendo demasiada importancia a lo que probablemente se deba, después de todo, a alguna anomalía de mi propia sensibilidad; en cualquier caso me pareció que la madera se ponía fría y blanda como si fuera ropa mojada. Sería capaz de precisar en qué momento tuve esa sensación. El coro estaba cantando el pasaje que dice (Deja al impío el gobierno de sí mismo y) permite que Satanás se ponga a su derecha.

Los susurros en casa se han hecho más persistentes esta noche. Ni siquiera en mi habitación me he visto libre de ellos. No los había advertido hasta ahora Una persona nerviosa, y yo me considero tal, se habría sentido incómoda, si no alarmada, con este tipo de fenómenos. El gato ha estado en lo alto de la escalera esta noche. Pero en la cocina no hay gatos.

15 de nov.—Debo consignar otra vez una cuestión que no entiendo. He tenido unos sueños que me han inquietado sobremanera. No era nada concreto, pero me he sentido acosado por la viva impresión de unos labios húmedos que me susurraban al oído una serie de cosas con énfasis y precipitación. Después de eso, me parece que me quedé dormido, pero me desperté sobresaltado con la sensación de que una mano se me había posado sobre el hombro. Entonces, para asombro mío, me he dado cuenta al despertarme de que estaba de pie en el descansillo del primer tramo de escaleras. La luna brillaba intensamente a través del ventanal, lo que me permitió ver el enorme gato que había en el segundo o tercer peldaño. No me es posible hacer ningún comentario.

Me metí en la cama otra vez. No sé cómo. Sí, el peso de mi carga es pesado (luego sigue una línea o dos que han sido raspadas. Me parece que pone algo así como «obré con la mejor intención»). Poco después, descubro con toda claridad cómo la firmeza del arcediano comienza a resentirse bajo la presión de estos fenómenos. Omito, por innecesariamente dolorosas y afligidas, las exclamaciones y las oraciones que empiezan a aparecer en los meses de diciembre y enero, y se van haciendo progresivamente más frecuentes. Durante todo este tiempo, no obstante, se empeña en aferrarse a su trabajo. No entiendo por qué no pretextó cualquier enfermedad y se refugió en Bath o en Brighton; mi impresión es que no le habría servido de nada; era de esa clase de hombres que, de reconocer su derrota frente a todas estas molestias, habría sucumbido inmediatamente, cosa de la que se daba perfecta cuenta. Trató de paliar la situación invitando a sus amistades a su casa. Y consiguió el resultado obtenido de la siguiente manera:

7 de enero.—He convencido a mi primo Allen de que pase conmigo unos días; ocupará la habitación contigua a la mía.
8 de enero.—Una noche tranquila. Allen ha dormido bien, aunque se ha quejado del viento. Sigo teniendo las mismas experiencias de antes: susurros y más susurros. ¿Qué será lo que quieren decir?
9 de enero.—Hemos estado Allen y yo en la biblioteca hasta las once. Me ha dejado dos veces para ir a ver qué hacían las sirvientas en el recibimiento; al volver la segunda vez me ha dicho que ha visto a una de ellas cruzar la puerta del final del pasillo, y ha comentado que si estuviera aquí su mujer las haría andar más derechas. Le he preguntado de qué color era el vestido que llevaba la criada, y me ha dicho que gris o blanco. Me lo suponía.
11 de enero.—Allen se ha marchado hoy. Debo ser firme.
Estas palabras, Debo ser firme, se repiten una y otra vez en los días siguientes; a veces constituyen la única anotación. En estos casos están escritas con letras muy grandes, apretando la pluma sobre el papel de una manera tal que hubiera podido romperla.
Al parecer, los amigos del arcediano no notaron ningún cambio en su comportamiento, lo que da idea de su valor y determinación. El diario no nos cuenta nada más de los últimos días de su vida, aparte de lo que ya he dicho; Como final, puede servir el cariñoso comentario de la nota necrológica:

-La mañana del 26 de febrero fue fría y tempestuosa. La servidumbre entró muy temprano en el recibimiento de la residencia que ocupaba la llorada persona motivo de estas líneas. Y cuál no fue el horror al descubrir la figura de su querido y respetado señor tendida en el rellano de la escalera principal, en una postura que inspiraba el más intenso terror. Inmediatamente intentaron prestarle asistencia, pero la consternación fue general al comprobar que había sido objeto de un ataque brutal y homicida. Le habían fracturado la columna vertebral por más de un sitio. Esto habría podido atribuirse a una caída; la alfombra de la escalera estaba suelta en uno de los escalones. Pero, además de esto, presentaba heridas en los ojos, la nariz y la boca (resultaría espantoso describirlas) que le hacían irreconocible. Huelga añadir que no le quedaba el menor soplo de vida y que, según el respetable testimonio de las autoridades médicas, llevaba así varias horas. El autor o autores de este crimen continúan ocultos en el misterio y hasta ahora han fracasado los más empeñados esfuerzos por esclarecer el deplorable enigma que ha planteado tan luctuoso suceso.

El escritor prosigue con una serie de conjeturas acerca de la probabilidad de que los escritos de Shelley, Lord Byron y Voltaire hubieran contribuido a desencadenar este desastre, y concluye con la esperanza, un tanto vaga, de que tal suceso pueda servir de ejemplo a la nueva generación; pero no vale la pena transcribir textualmente estas últimas observaciones.

Yo me había informado de la opinión de que el doctor Haynes era el responsable de la muerte del doctor Pulteney. Pero el incidente relacionado con la figura de la muerte tallada en el sitial del arcediano le daba un cariz francamente desconcertante. La posibilidad de que hubiera sido labrada con la madera del roble del ahorcado no era remota, pero esto no parecía justificar nada. No obstante, fui a visitar Barchester, en parte con la idea de averiguar si quedaba algo del trabajo en madera del que tanto había oído hablar. Uno de los canónigos me presentó al director del museo local, que era, según me habían dicho, la persona que probablemente estaría en mejores condiciones de facilitarme información al respecto. Le hablé a este señor de la descripción que había leído sobre ciertas Figuras y armas que antiguamente adornaban los sitiales, y le pregunté si quedaba alguna aún. Me enseñó las armas del deán West y algunos fragmentos más de la obra. Estos fragmentos, dijo, habían pertenecido a un viejo de la localidad, al cual había pertenecido igualmente una figura..., seguramente una de aquellas por las que yo preguntaba. Ocurrió algo muy extraño con esta figura, dijo: «El viejo que la tenía me contó que la había recogido de un taller de ebanistería, en donde estuvo también el resto de las piezas existentes, y se la llevó a su casa para que sus hijos jugaran con ella. De camino a su casa comenzó a manosearla, hasta que se le abrió en dos trozos entre las manos y de su interior cayó un papel. Lo recogió y, al ver que estaba escrito, se lo metió en el bolsillo; una vez en casa, lo guardó en un jarrón que tenía encima de la repisa. Yo estuve en su casa no hace mucho, y sucedió que, al coger el jarrón para verle la marca, el papel vino a caerme justamente en las manos. Cuando se lo entregué, el anciano me contó lo que le acabo de referir, y me dijo que podía quedarme con él. Estaba algo arrugado, así que lo pegué sobre una cartulina, y así es como lo conservo aquí ahora. Si es usted capaz de decirme su significado, le estaré muy reconocido, y puedo decir que muy sorprendido también».

Me dio la cartulina. El papel, completamente legible, estaba escrito en un tipo de letra antiguo, y ponía lo siguiente:

-Cuando vivía en el bosque
Me regaban con sangre.
Ahora estoy en la iglesia
Y a quien me toca con su mano,
Si la tiene manchada de sangre
Le aconsejo ser precavido
No reciba algún golpe,
Sea de día o de noche.
Y sobre todo cuando sopla el viento
En las noches de febrero.

Esto soñé. 26 de febrero. Ao. 1699. John Austin.

—Supongo que será algún hechizo o conjuro, ¿no lo llamaría usted así? –dijo el director.
—Sí —dije—. Supongo que sí. ¿Qué fue de la figura donde estaba guardado?
—¡Ah, se me había olvidado! —dijo—. El anciano me dijo que era tan horripilante y desagradable, y asustaba tanto a sus niños, que la tiró al fuego.

M.R. James (1862-1936)


Los Sitiales de la catedral de Barchester realizada por la BBC. (inglés)
(Pueden seguir los otros capítulos desde YouTube)



Más relatos de M.R. James. I Relatos góticos. I Relatos de terror. I Relatos fantásticos.


Más literatura:
El resumen del cuento de M.R. James: Los sitiales de la catedral de Barchester (The stalls of Barchester cathedral) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com