Ubbo Sathla: Clark Ashton Smith


Ubbo Sathla (Ubbo Sathla) es un relato de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith, publicado en la edición de julio de 1933 de Weird Tales.

Ubbo Sathla es una de las deidades creadas por Clark Ashton Smith asociadas al ciclo de Cthulhu. Se lo suele llamar La fuente no engendrada (The unbegotten source) o El demiurgo (The demiurge), y se lo describe como una enorme masa gelatinosa habitando bajo los hielos de la Tierra. Aunque otros lo ubican en Y'quaa, o bajo el monte Voormithadreth. Posee una demoníaca fecundidad, ya que es capaz de formar organismos unicelulares de manera espontánea. Según los compiladores de los mitos de Cthulhu, Ubbo Sathla es el guardián de las tablas que contienen el saber de los Viejos Dioses.


Ubbo Sathla.
Ubbo Sathla
, Clark Ashton Smith (1893-1961)


-Ya que Ubbo—Sathla es el principio y el fin. Antes de la llegada de Zhothaqquah o Yok—Zothoth o Kthulhut procedentes de las estrellas, Ubbo—Sathla habitaba en las bocas humeantes de la Tierra recién creada: era una masa sin cabeza ni miembros, que generaba las deformes salamandras grises que serían los primeros prototipos de vida terrenal... Y toda la vida de la Tierra volverá, de acuerdo con la tradición, a través del gran círculo del tiempo, a Ubbo—Sathla.

Libro de Eibon.


Paul Tregardis encontró el vidrio lechoso entre un montón de curiosidades de muchos países y muchas épocas. Había entrado en la tienda del anticuario sin propósito alguno, excepto el de entretenerse con la distracción que siempre proporciona el curioseo y manoseo de objetos dispares y acumulados. Al echar una ojeada poco entusiasta, le llamó la atención un resplandor opaco procedente de una mesa; por último, pudo rescatar la extraña piedra en forma de globo de su oscuro retiro entre un pequeño ídolo azteca bastante feo, un huevo de didornis fosilizado, y un fetiche harto obsceno tallado en madera negra del Níger.

El extraño objeto tendría el tamaño de una naranja pequeña, con los polos ligeramente achatados, igual que un planeta. Tregardis se sintió intrigado, ya que no era un cristal ordinario, puesto que presentaba una superficie opaca y cambiante, así como un resplandor intermitente en el corazón, como si por dentro se iluminase y se apagase a intervalos. Sujetándolo delante de la ventana, por donde penetraba la mortecina luz invernal, lo estudió durante un buen rato sin poder determinar el secreto de dicha intermitencia. En breve su intriga se vio complicada por una sensación vaga de familiaridad irreconocible, como si ya hubiera visto el objeto con anterioridad, pero en circunstancias que había olvidado por completo.

Recurrió al anticuario, un hebreo menudo que rezumaba él mismo antigüedad, dando la impresión de estar totalmente ajeno a las consideraciones comerciales, e inmerso en una maraña de ensueño cabalístico.

—¿Podría decirme algo sobre esto?
El vendedor se encogió de hombros, a la vez que arqueaba las cejas.
—Es muy antiguo; podría decirse que paleoegeo. No es mucho lo que puedo decirle, ya que es poco lo que sabemos. Un geólogo lo encontró en Grecia, bajo el cielo glaciar, en un estrato micénico. ¿Quién sabe? Puede que perteneciera a algún mago de la Thula primaveral. En épocas micénicas Grecia era una región caliente y fértil. No hay duda de que se trata de un cristal mágico, y cualquiera puede contemplar extrañas visiones en su corazón, si lo mira durante el suficiente tiempo.

Tregardis se sobresaltó, ya que la sugerencia aparentemente fantástica del vendedor le había recordado sus propias investigaciones en una rama de la sabiduría harto oscura, remitiéndole concretamente al Libro de Eibon, el más extraño y raro volumen de las ciencias ocultas olvidado hacía tiempo, y que según la tradición perduró a través de una serie de traducciones diversas desde el original prehistórico, escrito en el perdido idioma de Hyperbórea. No sin gran dificultad, Tregardis pudo conseguir la versión medieval francesa —copia que había pertenecido a muchas generaciones de hechiceros y adoradores de Satán—, pero nunca pudo encontrar el manuscrito griego de donde salió dicha versión. El fabuloso y remoto original fue obra de un gran mago hyperbóreo, quien le había dado su nombre. Se trataba de una colección de mitos oscuros y densos, de liturgias, rituales e invocaciones esotéricas dedicadas al mal. A lo largo de sus estudios, un tanto extraños para cualquier persona corriente, Tregardis se había dedicado, no sin cierto temor, a la comparación del volumen francés con el terrible Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred. Había encontrado numerosas correspondencias cuyo significado era tan negro como escalofriante, junto con muchos datos prohibidos que, o bien eran desconocidos para el árabe, o bien los había omitido él mismo... o sus traductores.

¿Era esto lo que había tratado de recordar —se preguntaba Tregardis—, la referencia breve y casual en el Libro de Eibon, a un cristal opaco que perteneciera al mago Zon Mezzamalech, en Mhu Thulan? Evidentemente, era demasiado fantástico, demasiado hipotético, demasiado increíble; pero Mhu Thulan, esa parte septentrional de la antigua Hyperbórea, parecía haber correspondido más o menos con la Grecia actual, que a su vez estuvo unida como península al continente. ¿Sería posible que la piedra que tenía en la mano, por un maravilloso azar, fuera el cristal de Zon Mezzamalech? Tregardis se sonrió para sí mismo, con una ironía interna, ante la idea de concebir semejante consideración absurda. Esas cosas no solían ocurrir, por lo menos en el Londres actual; por otro lado, lo más probable es que el Libro de Eibon no fuese más que una mera fantasía supersticiosa. No obstante, había algo en el cristal que seguía atrayéndole, y terminó por adquirirlo a un precio bastante moderado. El vendedor pronunció una cifra y el comprador la pagó sin regateo alguno.

Con el cristal en el bolsillo, Paul Tregardis regresó inmediatamente a sus habitaciones, en vez de continuar su paseo. Instaló el blanquecino globo sobre su escritorio, donde se posó sobre uno de sus lados planos. Entonces, sonriéndose aún ante su propio absurdo, tomó el amarillento manuscrito de pergamino con el Libro de Eibon de su sitio, entre una colección de literatura rebuscada. Abrió la cubierta de cuero bermellón con cerrajes de hierro mohoso y leyó para sí mismo, traduciendo del francés antiguo el párrafo referente a Zon Mezzamalech:

-Este mago, poderoso entre los hechiceros, había encontrado una piedra nublada, con forma de orbe y achatada por los lados, en cuyo interior se podían contemplar muchas visiones del pasado terrenal, retrocediendo incluso hasta el principio de la Tierra, cuando Ubbo—Sathla, la fuente no concebida, se extendía vasta e hinchada, germinando entre el fango humeante... Pero de lo que él contemplara, poco dejó escrito Zon Mezzamalech; y la gente cuenta que desapareció inmediatamente después, en forma desconocida, perdiéndose entonces en el cristal nublado.

Paul Tregardis dejó a un lado el manuscrito. Una vez más, sintió que había algo que le atraía y le intrigaba, algo parecido a un sueño perdido o una memoria condenada al olvido. Movido por un sentimiento que no se detuvo ni a interrogar ni a escrutar, se sentó ante la mesa y comenzó a contemplar intensamente el interior frío y nebuloso del globo. Experimentó una expectación que, de alguna manera, le era tan familiar, tan inherente a su consciente, que no tuvo ni que definírsela a sí mismo. Permaneció sentado minuto tras minuto, contemplando la luz intermitente y misteriosa que brotaba del corazón del cristal. Lentamente, y sin darse cuenta, le invadió una sensación de dualidad ensoñadora, con respecto a su persona y a su entorno. Seguía siendo Paul Tregardis, y al mismo tiempo otra persona; la habitación era la de su apartamento londinense, pero también una recámara de otro lugar extraño pero harto conocido. Y desde ambos sitios contemplaba intensamente el mismo cristal. Después de un prolongado intervalo, y sin sorpresa alguna por parte de Tregardis, se completó el proceso de reidentificación. Supo que Zon Mezzamalech era un mago de Mhu Thulan, así como un estudiante de todos los conocimientos anteriores a su propia época. Sabio en secretos terribles pero desconocidos para Paul Tregardis, estudioso aficionado a la antropología y ciencias ocultas en el moderno Londres, deseó adquirir un conocimiento mayor y más terrible aún por medio del cristal nublado.

Había comprado la piedra en circunstancias dudosas y en un lugar bastante siniestro. Era una pieza única, sin paralelo alguno en ningún sitio ni en ninguna época. Se creía que todo lo ocurrido en la historia del mundo a través de los años estaba reflejado en sus profundidades, revelándose a quien la contemplase recientemente. Y a través del cristal, Zon Mezzamalech soñó con recuperar la sabiduría de los dioses que habían muerto antes de que naciera la Tierra. Habían pasado el vacío sin luz, dejando inscrita su sabiduría en tablas de piedra ultraestelar; dichas tabletas quedaron bajo la custodia del demiurgo deforme, primitivo e idiota, llamado Ubbo—Sathla. Así, sólo mediante el cristal podría Zon Mezzamalech encontrar las tablas y leerlas. Era la primera vez que ponía a prueba las famosas cualidades del cristal. Se encontraba en una cámara cuyas paredes estaban cubiertas con paneles de marfil, y donde se acumulaban los libros e instrumentos de magia, visión que se apreciaba en medio de una consciente nebulosa. Ante él, sobre una mesa de alguna madera oscura de Hyperbórea grabada con cifras grotescas, el cristal se hinchaba y se hundía visiblemente, mientras que en su nublada profundidad proyectaba una serie de escenas difusas que se esfumaban como burbujas de jabón. Como si contemplase un mundo de verdad, las ciudades, los bosques, las montañas, los mares y las praderas se sucedían bajo él, encendiéndose y apagándose como si estuvieran sujetos al paso de los días y de las noches en una corriente de tiempo muy acelerada.

Zon Mezzamalech se había olvidado de Paul Tregardis, perdiendo conciencia incluso de su propia entidad y entorno en Mhu Thulan. A cada momento, la visión fugaz que se reflejaba en el cristal se hacía más definida y distinta, mientras que el propio globo se hacía denso hasta marearle, como si mirase desde una altura insegura a un abismo insondable. Sabía que el tiempo retrocedería dentro del cristal, desenrollando para él las imágenes de todos los días pasados; pero pronto se apoderó de él una alarma extraña, y no se atrevió a seguir su contemplación. Como si hubiera estado a punto de caer de un precipicio, dio un respingo y se retiró del globo misterioso. Ante sus ojos surgió otra vez el gran mundo vertiginoso en que se había zambullido como si fuera un cristal pequeño y nublado, que se posaba sobre su desgastada mesa en Mhu Thulan. Entonces, y progresivamente, tuvo la sensación de que la gran habitación con paneles esculpidos de marfil de mamut disminuyese para convertirse en otra estancia más reducida y sucia; y Zon Mezzamalech, perdiendo su sabiduría sobrenatural así como sus poderes mágicos, retornó, mediante una regresión extraña, a la persona de Paul Tregardis.

Pero al parecer no pudo volver del todo. Entre mareado y asombrado, Tregardis se encontró ante el escritorio donde depositara la esfera achatada. Sentía la confusión de quien ha soñado y todavía no se ha despertado del todo. La habitación le intrigaba en cierto modo, como si el tamaño o la decoración hubiesen cambiado; por otro lado, su recuerdo de la compra del cristal al anticuario se mezclaba extrañamente con la impresión de haberlo adquirido de muy distinta manera. Experimentó la sensación de que le había pasado algo muy extraño al mirar dentro del globo, si bien no podía recordar exactamente de qué se trataba. Lo único que le quedaba era una especie de atontamiento psíquico, parecido al que suele producir una porción de hachís. Se aseguró a sí mismo que en efecto no era otro que Paul Tregardis, que vivía en una determinada calle de Londres, y que el año era 1933. Pero dichas verdades tan prosaicas carecían en ese momento de validez y significado, ya que tenía la sensación de estar flotando en un mundo de sombras e insustancial. Las paredes parecían temblar como el humo; la gente de la calle eran los fantasmas; y él mismo no era más que una sombra perdida, un eco errante de algo olvidado hacía mucho.

Decidió no repetir el experimento de contemplar el globo de cristal. Los efectos eran demasiado desagradables y confusos. Pero al día siguiente, movido por un impulso irracional ante el cual se rindió casi mecánicamente, sin esfuerzo alguno, se encontró sentado delante del poderoso globo. Una vez más se convirtió en el hechicero Zon Mezzamalech, de Mhu Thulan; una vez más soñó que recobraba la sabiduría de los dioses premundanos; una vez más se retiró del profundo cristal víctima del miedo de quien teme caer; y, de nuevo, volvió a ser Paul Tregardis, si bien con menos claridad que la vez anterior. Tregardis repitió tres veces la misma experiencia a lo largo de los días subsiguientes, y en cada ocasión, tanto su persona como el mundo que le rodeaba se fue haciendo más tenue y confuso. Sus sensaciones eran las de un soñador que está a punto de despertar, y el propio Londres le parecía tan irreal como los países que surgen entre sueños, retrocediendo en una niebla densa y una luz nublada. Ajeno a todo, experimentó la opresión de grandes visiones, desconocidas y a la vez casi familiares. Era como si la fantasmagoría del tiempo y del espacio se disolviese a su alrededor, con el fin de revelarle una realidad palpable, u otro sueño de espacio y tiempo. Por fin llegó el día en que se sentó ante el cristal y no regresó como Paul Tregardis. Fue el día en que Zon Mezzamalech, desobedeciendo insolentemente advertencias perversas pero poderosas, decidió superar su miedo lleno de curiosidad y dejarse caer en el mundo visionario que contemplara, miedo que hasta entonces le había impedido seguir la corriente en retroceso del tiempo. Se hizo ver a sí mismo que si algún día quería leer las tablas perdidas de los dioses no le quedaba más remedio que superar su propio miedo. Sólo había contemplado algunos fragmentos de los años de Mhu Thulan inmediatamente posteriores al tiempo presente; es decir, los años de su propia vida..., y entre estos años y el Principio se extendían ciclos inestimables.

El cristal volvió a intensificarse una vez más ante sus propios ojos, reflejando escenas y acontecimientos que se sucedían en una corriente retrospectiva. De nuevo, se borraron las cifras mágicas de la mesa oscura, mientras que las paredes talladas mágicamente se derritieron en sus sueños. Una vez más, se mareó víctima de un vértigo fatal al inclinarse sobre los torbellinos en los terribles golfos del tiempo, dentro del globo con forma terráquea. Preso de terror, y a pesar de su decisión, se hubiera retirado, pero ya era demasiado tarde, pues era mucho lo que había visto. Tenía la sensación de una caída abismal, como si fuera arrastrado por vientos desatados, por torbellinos que le llevaban a través de inestables visiones de su propia vida pretérita, empujándole hacia eras y dimensiones anteriores al mundo. Tuvo la sensación de sufrir los dolores de un cambio irreversible, hasta que dejó de ser Zon Mezzamalech, el sabio e instruido observador del cristal, para formar parte integrante de la extraña y veloz corriente que se apresuraba por regresar al Principio.

Tuvo la sensación de vivir innumerables vidas, de morir muertes fantásticas, olvidando en cada ocasión las vidas y las muertes previas. Luchó como guerrero en batallas semilegendarias; existió como niño jugando entre las ruinas de una antigua ciudad en Mhu Thulan; por último, fue el rey que reinó durante el apogeo de la ciudad, así como el profeta que presagió la construcción y la caída de la misma. Fue mujer llorando a los muertos perdidos en una necrópolis derruida; antiguo mago susurrando encantamientos sencillos, propios de hechicería primitiva; sacerdote al servicio de un dios prehumano, forjando el cuchillo de sacrificios en templos excavados en cuevas y con pilares de basalto. Vida a vida, era a era, retrocedió los largos y condensados ciclos por los que atravesara Hyperbórea desde su estadio de salvajismo hasta el de civilización.

Se convirtió en un bárbaro perteneciente a una tribu troglodita, deslizándose desde los hielos lentos y picudos de la primitiva era glaciar hasta los países perpetuamente iluminados por las llamaradas de los volcanes. Entonces, después de innumerables años, dejó de ser hombre y pasó al estadio de semibestia depredadora, habitando en bosques de helechos y arbustos gigantes, entre las ramas de los poderosos tilos.

Había alguien —o algo— que a través de eones de sensaciones anteriores, de pasión primitiva y de hambre, de un terror y una locura aborígenes, seguía retrocediendo en el tiempo. La muerte se convirtió en nacimiento, y el nacimiento en muerte. A lo largo de una visión lenta de cambio, la tierra parecía deshacerse, descender de las colinas y montes hasta los estratos ulteriores. El sol se agrandaba y se hacía más caliente sobre los pantanos humeantes que exultaban con una vida más intensa, con una vegetación más frondosa. Y lo que en sus tiempos fuera Paul Tregardis y Zon Mezzamalech, ahora formaba parte de toda la monstruosa evolución. Voló con las alas con forma de garra de un pterodáctilo, nadó por los mares tibios con el cuerpo gigantesco y retorcido de un ictiosaurio, rugió salvajemente a la enorme luna que ardía a través de nieblas liásicas, con la claveteada garganta de un arcaico hipopótamo.

Por último, después de eones de brutalidad inmemorial, se convirtió en uno de los perdidos hombres reptiles que elevaron sus ciudades de piedra volcánica y lucharon sus venenosas guerras en el primer continente del mundo. Caminó ondulante por calles prehumanas y bajo bóvedas extrañamente retorcidas; contempló las primeras estrellas desde elevadas torres de Babel, y se inclinó ante los grandes ídolos—serpiente, recitando letanías silbantes. Regresó a través de los años y años de la era de los anfibios, como algo que se arrastraba en el fango, y que aún no había aprendido a pensar, a soñar y a construir. Y llegó un momento en que ya no hubo continente, sino un enorme y caótico pantano, un mar de fango, sin límites ni horizonte, que rezumaba vapores amorfos.

Allí, en el gris amanecer de la Tierra, la masa deforme de Ubbo—Sathla reposaba entre el fango y los vapores. Sin cabeza, sin órganos y sin miembros, segregaba por sus costados porosos, con un movimiento ondulante y lento, las formas amébicas que serían los arquetipos de la vida terrestre. Era algo horrible, si se hubiera podido captar el horror; y desagradable, en caso de que existiera capacidad de aversión y desagrado. Sobre dicha masa, destacando en medio del barro estaban esparcidas las poderosas tablas de piedra estelar donde había quedado escrita la inconcebible sabiduría de los dioses anteriores al mundo.

Y allí, hacia la meta de una búsqueda olvidada, fue arrastrada la cosa que había sido —o que sería en ocasiones— Paul Tregardis y Zon Mezzamalech. Al convertirse en un ente deforme y primitivo, se arrastró desdeñoso y olvidadizo por encima de las tablas caídas de los dioses, y luchó y se peleó ciegamente con los seres que segregaba Ubbo—Sathla. No existe ninguna mención referente a la desaparición de Zon Mezzamalech y su propia persona, excepto el breve párrafo en el Libro de Eibon. En cuanto a Paul Tregardis, también desaparecido, apareció una noticia corta en varios periódicos londinenses. Nadie parece saber nada acerca del mismo; se fue como si nunca hubiera existido; y al parecer, el cristal ha desaparecido igualmente; por lo menos, nadie lo ha encontrado.

Clark Ashton Smith (1893-1961)


Más relatos de Clark Ashton Smith. I Relatos góticos. I Relatos de terror. I Relatos fantásticos.


Más literatura:
El resumen del cuento de Clark Ashton Smith: Ubbo Sathla (Ubbo Sathla) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Señora Amworth: E.F. Benson


Señora Amworth (Mrs Amworth) es un relato de vampiros de escritor inglés E.F. Benson, publicado en la colección de cuentos de terror de 1923 Visible e invisible (Visible and invisible).

Se trata, como decíamos, de una clásica historia de vampiros, aunque con algunas particularidades típicas del estilo de E.F. Benson. Sus vampiros suelen serlo también en vida. Es decir, se alimentan de sangre antes de convertirse, acaso siendo esta dieta poco nutritiva el motivo por el que se transforman en vampiros.

Destacamos una escena genial: La lívida forma de la señora Amworth flotando espectralmente detrás de los cristales de la ventana. Este pasaje justifica cualquier imperfección en la trama, y creo que hace de Señora Amworth uno de los mejores relatos de vampiros de la literatura inglesa. El lector habitual de esta clase de cuentos puede encontrar una secuencia sospechosamente parecida en la novela Salem's Lot, de Stephen King.


Señora Amworth.
Mrs Amworth
, E.F. Benson (1867-1940)


Maxley, el pueblo en el que, los pasados verano y otoño, ocurrieron estos extraños sucesos, se extiende revestido de brezos y pinos en una zona elevada de Sussex. No se podría encontrar en toda Inglaterra una localidad más saludable y fragante. Si el viento sopla desde el sur, llega cargado con las especias del mar; los altos montes que se levantan hacia el este lo protegen de las inclemencias de marzo; y las brisas que le alcanzan desde el oeste y el norte viajan sobre kilómetros de aromáticos pinos y brezos. El pueblo en sí es prácticamente insignificante en cuanto a población, pero rebosa comodidades y belleza. Justo a medio camino de la calle única, con su ancha carretera y sus espaciosas franjas de césped a, cada lado, hay una pequeña iglesia normanda y un antiguo cementerio; en desuso desde hace mucho tiempo. Apenas una docena de pequeñas y serenas casas de estilo georgiano, con sus rojos ladrillos y sus enormes ventanas, cada una de ellas con un pequeño jardín en la parte frontal y uno más amplio en la trasera; una veintena de tiendas y varias decenas de cottages con el tejado de paja, pertenecientes a jornaleros de fincas cercanas, forman el ramillete completo de pacíficas viviendas. La paz habitual, en todo caso, se rompe lamentablemente los sábados y los domingos, ya que nos encontramos en una de las carreteras principales entre Londres y Brighton, y durante el fin de semana nuestra tranquila calle se convierte en pista de carreras para veloces automóviles y motocicletas.

Un cartel a las afueras del pueblo que les ruega que vayan despacio sólo parece encorajinarles para que aceleren la velocidad, ya que la carretera es amplia y recta, y en realidad no hay razón para que no lo hagan. Por lo tanto, a modo de protesta, las damas de Maxley se cubren la nariz y la boca con sus pañuelos cada vez que ven acercarse un coche, aunque como la calle está asfaltada, lo cierto es que no necesitan tomar esas precauciones contra el polvo. Para cuando la noche del domingo está ya avanzada, la horda de motoristas ha terminado de pasar y nos preparamos de nuevo para disfrutar de cinco días de alegre y calmado aislamiento. Las huelgas del ferrocarril, que tanto agitan el país, apenas nos molestan, ya que la mayoría de los habitantes de Maxley nunca lo abandonan.

Yo soy el afortunado propietario de una de esas casitas de estilo georgiano, y me considero no menos afortunado por tener un vecino tan interesante y estimulante como Francis Urcombe, quien, como los más auténticos oriundos de Maxley, no ha dormido fuera de su casa, que se encuentra situada justo enfrente de la mía en la calle del pueblo, desde hace casi dos años, fecha en la que, aun encontrándose en la mediana edad, abandonó su Cátedra de Fisiología en la Universidad de Cambridge para dedicarse por su cuenta al estudio de esos fenómenos ocultos y curiosos que parecen concernir por igual tanto al aspecto físico como al psíquico de la naturaleza humana. De hecho, su retiro no fue ajeno a esta pasión por las extrañas e inexploradas zonas que yacen en los confines y los bordes de la ciencia, cuya existencia es tan tozudamente negada por las mentes más materialistas, ya que abogó porque los estudiantes fuesen obligados a pasar algún tipo de examen sobre el mesmerismo, y porque se realizaran tests de conocimientos sobre materias como apariciones en el momento de la muerte, casas encantadas, vampirismo, escritura automática y posesiones.

—Por supuesto, no me hicieron ni caso —explicaba él mismo—, ya que no hay nada de lo que aquellos pozos de sabiduría estén más asustados que del auténtico conocimiento, y la ruta hacia el conocimiento pasa indefectiblemente por el estudio de fenómenos como ésos. Las funciones de lo humano son, en general, conocidas. Se trata en todo caso de un país que ha sido explorado y cartografiado. Pero aparte de ésta, existen otras enormes extensiones de terreno sin descubrir, que ciertamente existen, y los verdaderos pioneros del conocimiento son aquellos que, al coste de ser ridiculizados por crédulos y supersticiosos, quieren penetrar en esos lugares brumosos y probablemente peligrosos. Pensé que podría ser de más utilidad adentrándome en la niebla sin brújula ni saco de dormir que sentándome en una jaula como un canario, gorgoreando lo que ya sabemos todos. Además, la enseñanza es algo negativo para alguien que sólo sabe aprender: para ser maestro basta con ser un asno engreído.

De modo que Francis Urcombe resultaba un vecino encantador para alguien que, como yo, tuviese una curiosidad inquieta y acuciante sobre lo que él llamaba los «lugares brumosos y peligrosos». Por otra parte, la pasada primavera tuvimos una nueva y sinceramente bienvenida adición a nuestra agradable y pequeña comunidad, en la persona de la señora Amworth, viuda de un funcionario destinado en la India. Su esposo había ejercido como juez en las provincias noroccidentales, y tras su fallecimiento en Peshawar ella regresó a Inglaterra. Tras un año en Londres, se descubrió hambrienta por sustituir las nieblas y suciedades de la ciudad por el aire despejado y el sol del campo. Tenía además un especial motivo para instalarse en Maxley, ya que sus ancestros habían sido durante cientos de años nativos del lugar, y en el viejo cementerio, actualmente en desuso, se encontraban varias lápidas grabadas con su nombre de soltera: Chaston. Grande y energética, su vigorosa y genial personalidad rápidamente condujo a Maxley hacia un grado más elevado de sociabilidad del que nunca había disfrutado. La mayoría de nosotros éramos solteros, solteronas o gente mayor no demasiado inclinados a ejercer los gastos y los esfuerzos que conlleva la hospitalidad y, hasta su llegada, una invitación a tomar el te, con una posterior partida de bridge antes de regresar a casa para una cena solitaria, eran el clímax de nuestras festividades. Pero la señora Amworth nos mostró un modo más gregario de actuar, y predicó con el ejemplo ofreciendo una serie de almuerzos multitudinarios y pequeñas cenas, que empezamos a seguir. Incluso en noches en las que semejante hospitalidad no se veía materializada, un hombre solitario como yo mismo encontraba reconfortante saber que una llamada telefónica a la casa de la señora Amworth, apenas a un centenar de metros de la mía, y una pregunta sobre si sería posible acercarme después de cenar para disfrutar de unas partidas de piquet antes de irnos a acostar, provocaría probablemente una respuesta positiva. Allí estaría esperándome, con una impaciencia cercana a la camaradería, para ofrecerme un vaso de oporto, una taza de café, un cigarrillo y una partida de piquet. También tocaba el piano, de una manera libre y exuberante, y tenía una voz encantadora con la que seguía su propio acompañamiento; y a medida que los días se alargaban y la luz se iba rezagando hasta anochecer cada vez más tarde, jugábamos nuestras partidas en su jardín, un refugio para babosas y caracoles que había conseguido transformar, en el curso de los meses, en un deslumbrante y lujurioso conjunto de flores. Siempre estaba alegre y jovial; se interesaba por cualquier cosa, y destacaba principalmente en la música, la jardinería y en todo tipo de juegos. Todo el mundo (con tan sólo una excepción) la apreciaba, todo el mundo sentía como si ella trajese consigo el tónico de un día soleado. Aquella única excepción era Francis Urcombe; y aun así, también él reconoció que aunque no fuese de su agrado estaba ampliamente interesado en ella. Esto siempre me pareció extraño, ya que tan agradable y jovial como era, no podía ver en ella nada que pudiera provocar conjeturas o despertar suposiciones, tan sana y poco misteriosa era su figura. Pero evidentemente no podía haber duda de la autenticidad del interés de Urcombe por ella; uno podía verle observándola y escrutándola. Respecto a su edad, ella misma reveló voluntariamente la información de que contaba cuarenta y cinco años; pero su energía, su actividad, su piel que no revelaba los estragos del tiempo, su pelo negro como el carbón... hacían difícil creer que no estuviera adoptando el poco usado recurso de añadir diez años a su edad en vez de restárselo. También a menudo, a medida que nuestra amistad platónica iba madurando, la señora Amworth me llamaba para que la invitara a visitarme. Si yo estaba ocupado escribiendo, debía darle, tras un inevitable tira y afloja, una franca negativa, que producía a modo de respuesta una risa jovial y sus deseos por una exitosa noche de trabajo. A veces, antes de que me llamase con su propuesta, Urcombe ya se había acercado desde su casa para disfrutar de un cigarrillo y de un rato de charla, y él, oyendo de quién se trataba la posible visitante, siempre me urgía a rogarle que viniera. Ella y yo jugaríamos nuestras partidas de piquet, me decía, y él observaría, si no nos molestaba, con el objetivo de aprender las reglas del juego. Aunque sinceramente dudo que prestase demasiado interés, ya que nada podía estar más claro, salvo que, bajo aquel ático que formaban su frente y aquellas espesas cejas, su atención se hallaba fija, no en las cartas, sino en uno de los jugadores. Pero parecía disfrutar de las horas que pasábamos así, y a menudo, hasta una noche de julio en particular, la miraba con el aspecto de un hombre que se enfrenta a un grave problema. Ella, entusiasmada y centrada en nuestro juego, no parecía percibir su escrutinio. Entonces llegó aquella noche en la que, a la luz de los hechos que luego acontecieron, empezó a descorrerse el velo que escondía aquel horror secreto ante mis ojos. No lo percibía entonces, pero me di cuenta más tarde de que cuando la señora Amworth me llamaba para proponerme una visita, preguntaba no sólo si me encontraba libre, sino también si el señor Urcombe estaba conmigo. De ser así, decía, no quería echar a perder la charla de dos viejos solterones, y me deseaba unas buenas noches sonriente.

Urcombe, en aquella ocasión, llevaba conmigo una media hora cuando llegó la señora Amworth, y había estado hablándome de las creencias medievales referentes al vampirismo, uno de esos temas fronterizos que no habían sido lo suficientemente estudiados antes de ser condenados por la profesión médica al vertedero de las supersticiones refutadas. Allí estaba, sentado, ceñudo e impaciente, recreando con aquella extraordinaria claridad que le había convertido en un profesor tan admirable durante sus días en Cambridge, la historia de aquellas misteriosas apariciones. En todas ellas se repetían los mismos rasgos generales: uno de aquellos espíritus macabros tomaba posesión de un hombre o una mujer, en cuyo cuerpo habitaba, confiriéndole poderes sobrenaturales, como el vuelo del murciélago, y saciándose mediante festines sangrientos y nocturnos. Cuando su anfitrión moría, continuaba residiendo en el cadáver, el cual no llegaba a corromperse. De día descansaba, y por la noche abandonaba la tumba para realizar sus horrendas rondas. Ningún país europeo de la Edad Media parecía habérseles escapado; e incluso se habían encontrado paralelismos con el mito tanto en Roma y Grecia como en la tradición judía.
—Es una enorme imprudencia calificar de pamplinas todas esas evidencias existentes —dijo—. Cientos de testigos completamente independientes en diferentes momentos de la historia han testificado la existencia de estos fenómenos, y no hay una explicación conocida por mí que cubra todos los hechos. Y si te sientes inclinado a decir: «Vaya, entonces» si estamos hablando de hechos reales, ¿cómo es que no encontramos vampiros en la actualidad?», te puedo dar dos respuestas. Una es que en la Edad Media hubo enfermedades reconocidas, como la peste negra, que ciertamente existieron entonces y que se han extinguido en la actualidad, aunque no por eso negamos su existencia. Así, al igual que la peste negra visitó Inglaterra y diezmó a la población de Norfolk, de la misma manera hubo en este distrito un brote de vampirismo, y Maxley fue el epicentro del mismo. Mi segunda respuesta es aún más convincente, y es que te diré que en modo alguno se ha extinguido el vampirismo. Con toda seguridad hubo un brote hace uno o dos años en la India.

En aquel preciso momento oí cómo sonaba mi aldaba con el alegre y perentorio tono en el cual acostumbraba a anunciar su llegada la señora Amworth, de manera que fui a abrirle la puerta?.

—Entre de inmediato —dije— y evite que mi sangre se me hiele en las venas. El señor Urcombe estaba tratando de asustarme.
De inmediato, su presencia vital y voluminosa pareció inundar la habitación.
—¡Ah, magnífico! —dijo ella—. Me encanta que la sangre se me hiele en las venas. Continúe con su cuento de fantasmas, señor Urcombe. Adoro los cuentos de fantasmas.
Vi que, tal y como era su costumbre, él la estaba observando atentamente.
—No se trata exactamente de un cuento de fantasmas —dijo—. Sólo le estaba explicando a nuestro anfitrión que el vampirismo aún no ha desaparecido del todo. Le comentaba que hace apenas un par de años hubo un brote en la India.

Hubo una más que perceptible pausa, y vi que, si Urcombe la estaba observando, ella por su parte también mantenía la mirada fija en él, a la vez que fruncía el ceño. Después su risa alegre invadió aquel silencio tan tenso.

—¡Oh, qué lástima! —dijo—. Así no me va usted a asustar en lo más mínimo. ¿Dónde ha oído semejante historia, señor Urcombe? He vivido en la India durante años y jamás oí un rumor semejante. Algún cuentista de los bazares debió de inventarlo, son famosos por ello.
Pude ver que Urcombe estaba a punto de añadir algo, pero se contuvo.
—¡Ah! Probablemente así fuera —dijo.

Pero algo había alterado aquella noche nuestra habitualmente tranquila sociabilidad, algo que además había empañado el habitual buen humor de la señora Amworth. Apenas disfrutó del piquet y, tras un par de partidas, se marchó. Urcombe también había permanecido en silencio, de hecho apenas volvió a hablar hasta que ella se hubo marchado.

—Ése ha sido un comentario desgraciado —dijo—, ya que el brote de... de una misteriosa enfermedad, llamémoslo así, sucedió en Peshawar, la ciudad en la que se encontraban ella y su marido. Y...
—¿Y bien? —pregunté.
—Él fue una de las víctimas —dijo—. Evidentemente, no había pensado en eso mientras estaba hablando.

El verano fue inusualmente caluroso y seco, y Maxley sufrió mucho la sequía y también una plaga de grandes y negros mosquitos nocturnos, cuya picadura resultaba especialmente virulenta e irritante. Se acercaban flotando, posándose sobre la piel con tanto cuidado que no se notaba nada hasta que el agudo pinchazo anunciaba que uno acababa de ser picado. No picaban ni en las manos ni en la cara, sino que elegían siempre el cuello y la garganta como lugar de alimentación, y la mayoría de nosotros, al extenderse el veneno, padecimos un brote temporal de bocio. Entonces, más o menos a mediados de agosto, apareció el primero de aquellos misteriosos casos que nuestro doctor local atribuyó a la larga ola de calor unida a la picadura de estos venenosos insectos. El paciente fue un chico de dieciséis o diecisiete años, el hijo del jardinero de la señora Amworth, y los síntomas eran una palidez anémica y una postración lánguida, acompañada de gran somnolencia y un apetito anormal. También tenía dos pequeños pinchazos en el cuello, donde, según las conjeturas del doctor Ross, debía de haberle mordido el mosquito. Pero lo más extraño era que no tenía hinchazón ni inflamación de ninguna clase alrededor de las picaduras. Para entonces, el calor ya había comenzado a disminuir, pero el aire fresco no repercutió en ninguna mejoría, y el muchacho, a pesar de la cantidad de buena comida que engulló con voracidad, quedó reducido a poco más que huesos y pellejo. Fue más o menos entonces cuando me encontré una tarde con el doctor Ross por la calle, y en respuesta a mi interés por su paciente me dijo que temía que el muchacho se estuviera muriendo. El caso, confesó, le tenía completamente desorientado: todo lo que podía sugerir era una desconocida y perniciosa variedad de anemia. Se preguntaba si el señor Urcombe querría visitar al muchacho, en caso de que pudiera arrojar alguna luz sobre el caso, y dado que Urcombe iba a cenar aquella noche conmigo invité al doctor Ross a que se nos uniese. No podía, dijo, pero aseguró que se acercaría algo más tarde. Cuando llegó, Urcombe consintió de inmediato en poner su habilidad a su servicio, y al punto partieron juntos. Viéndome de este modo privado de compañía, telefoneé a la señora Amworth para saber si podría imponerle mí presencia durante una hora. Su respuesta fue afirmativa y de buen grado, y entre el piquet y la música la hora se alargó hasta convertirse en dos. Me habló del chico que yacía tan desesperada y misteriosamente enfermo, y me contó que le había visitado a menudo, llevándole alimentos delicados y nutritivos. Pero aquel día (y sus ojos se humedecieron mientras hablaba) se temía que había ido a visitarle por última vez. Como conocía la antipatía que había entre ella y Urcombe, no le conté que había sido requerido y consultado; y cuando regresé a casa ella me acompañó hasta la puerta, por el placer de disfrutar del aire nocturno y para tomar prestada una revista que contenía un artículo sobre jardinería que deseaba leer.

—Ah, este delicioso aire nocturno —dijo olfateando lujuriosamente el frescor—. El aire de la noche y los jardines son los mejores tónicos que existen. No hay nada más estimulante que el contacto con la generosa madre tierra. Nunca se siente uno tan fresco como cuando ha estado escarbando en el suelo... las manos negras, las uñas negras, las botas recubiertas de lodo... —dejó escapar su jovial y enorme risa.
—Soy una golosa del aire y la tierra —continuó—. Realmente espero con ansia la muerte, ya que entonces podré ser enterrada y estaré rodeada por todas partes de la amable y generosa tierra. Nada de ataúdes de plomo para mí, ya he dado instrucciones explícitas al respecto. Claro que, ¿qué haré sin aire? Bueno, supongo que no se puede tener todo. ¿La revista? Mil gracias, se la devolveré lealmente. Buenas noches: mantenga sus ventanas abiertas y no padecerá de anemia.
—Siempre duermo con las ventanas abiertas —dije yo.

Me fui directamente a mi dormitorio, una de cuyas ventanas da directamente a la calle, y mientras me desnudaba creí oír voces hablando no muy lejos de allí. Pero sin prestar particular atención, apagué las luces y me hundí directamente en las profundidades de un horrible sueño, sugerido y distorsionado, sin duda, por mis últimas palabras con la señora Amworth. Soñé que me despertaba y que las dos ventanas de mi dormitorio estaban cerradas. Medio ahogándome, soñé que saltaba de la cama y cruzaba la habitación para abrirlas. La persiana de la primera estaba bajada, y al levantarla vi, con el indescriptible horror de una incipiente pesadilla, el rostro de la señora Amworth flotando en la oscuridad junto al alféizar, asintiendo y sonriéndome. Volví a bajar la persiana para mantener aquel horror en el exterior y corrí hacía la otra ventana, situada en el extremo opuesto de la habitación, para encontrarme de nuevo con el rostro de la señora Amworth. Entonces el pánico me desbordó; allí estaba yo, asfixiándome por la falta de aire en la habitación y, abriera la ventana que abriera, el rostro de la señora Amworth penetraría en el interior, como aquellos silenciosos mosquitos negros que te mordían antes de que pudieras darte cuenta. La pesadilla progresó hasta el punto de hacerme despertar entre gritos, para encontrar mi habitación perfectamente tranquila, con las ventanas completamente abiertas, ambas persianas levantadas y una luna en cuarto creciente cuya luz tranquila y oblonga se reflejaba en el suelo. Pero incluso tras haberme despertado, el horror persistió, y no dejé de moverme y de revolverme en el lecho. Debía de haber dormido bastante antes de que la pesadilla me asaltara, ya que casi era de día y pronto se empezaron a elevar por el este los soñolientos párpados de la mañana.

Acababa de bajar las escaleras al día siguiente (ya que, tras el amanecer volví a dormirme profundamente) cuando Urcombe me telefoneó para saber si podía verme de inmediato. Entró, sombrío y preocupado, y pude darme cuenta de que estaba chupeteando una pipa que ni siquiera había cargado.

—Necesito tu ayuda —dijo—, de modo que antes deberé contarte qué es lo que sucedió anoche. Acudí con el doctorzuelo a ver a su paciente, y le encontré apenas vivo. Inmediatamente diagnostiqué, para mí mismo, lo que significa esta anemia, completamente inexplicable de cualquier otra manera. El muchacho ha sido presa de un vampiro.

Dejó su pipa sobre la mesa de desayunar, junto a la que me acababa de sentar, y se cruzó de brazos, mirándome fijamente desde debajo de sus prominentes cejas.

—En cuanto a lo de anoche —continuó—, insistí en que debía ser trasladado del cottage de su padre a mi propia casa. Y mientras le llevábamos en una camilla ¿con quién nos encontramos sino con la señora Amworth, que expresó su sorpresa porque le estuviéramos trasladando? ¿Y por qué crees tú que dijo eso?

Con un amago de horror, mientras recordaba mi sueño de la noche anterior, acudió a mi mente una idea tan absurda e impensable que instantáneamente la rechacé.

—No tengo ni la más remota idea —dije.
—Entonces escucha, mientras te cuento lo que sucedió más tarde. Encendí todas las luces de la habitación en la que se encontraba el muchacho y me quedé allí vigilándole. Una ventana estaba ligeramente abierta, ya que había olvidado cerrarla, y alrededor de la medianoche oí algo que desde el exterior intentaba aparentemente abrirla del todo. Me imaginé quién sería (y sí, estábamos a más de seis metros sobre el suelo) y ojeé a través del borde de la persiana. Me encontré con el rostro de la señora Amworth, y con su mano apoyada en el marco de la ventana. Me acerqué silenciosamente a ella y después la golpeé violentamente; creó que le pillé un dedo.
—¡Pero eso es imposible! —grité—. ¿Cómo iba a ir flotando por el aire de esa manera? ¿Y para qué habría ido? No me vengas con semejantes...
Una vez más, con mis fuerza, el recuerdo de mi pesadilla me inmovilizó.
—Te estoy diciendo lo que vi —dijo él—. Y te aseguro que durante toda la noche, hasta que casi se hizo de día, siguió revoloteando por el exterior como si fuera un terrible murciélago que intentara entrar. Ahora, analiza todo lo que te he contado.
Empezó a contar con los dedos.
—Uno —dijo—: hubo un brote de una enfermedad similar a la que este muchacho está padeciendo en Peshawar, y su marido falleció a consecuencia de ella. Dos: la señora Amworth protestó ante mi decisión de trasladar al chico a mi casa. Tres: ella, o el demonio que habita en su cuerpo, una criatura sin duda poderosa y mortal, intentó entrar en la misma. Y a todo eso añádele lo siguiente: en el medievo hubo una epidemia de vampirismo aquí, en Maxley. El vampiro, o así lo recogieron las crónicas, resultó ser una tal Elizabeth Chaston... Veo que recuerdas el nombre de soltera de la señora Amworth. Y por último, el chico está bastante mejor esta mañana. Con toda seguridad no estaría vivo ahora si hubiera sido visitado una vez más. ¿Qué piensas ahora de todo esto?
Hubo un largo silencio durante el cual descubrí que aquel horror asumía visos de verosimilitud.
—Tengo algo que añadir —dije— que podría o no podría tener algo que ver con esto. ¿Dices que... el espectro se retiró poco antes del amanecer?
—Sí.
Le conté mi sueño, y sonrió sombríamente.
—Sí, hiciste bien en despertarte —dijo—. El aviso partió de tu subconsciente, que nunca está completamente dormido, y te gritó que te hallabas en peligro mortal. Ya son dos razones, por tanto, por las que debes ayudarme: una, para salvar a los demás; la otra, para salvarte a ti mismo.
—¿Qué quieres que haga? —pregunté.
—Lo primero, que me ayudes a vigilar al muchacho, y que te asegures de que ella no se le acerca. Por otra parte, quiero que me ayudes a perseguir a esa cosa, a descubrirla y a destruirla. No es humana: es un demonio encarnado. Qué pasos tendremos que seguir para conseguirlo, aún no lo sé.

Eran ya las once de la mañana, y de inmediato nos encaminamos hacía su casa para que yo pudiera iniciar una vigilia de doce horas mientras él dormía para poder relevarme aquella noche, de modo que durante las siguientes veinticuatro horas uno de los dos, o Urcombe o yo mismo, estuvo en la habitación con el chico, el cual se fortalecía a ojos vista hora tras hora. El día siguiente fue sábado, y la mañana se presentaba hermosa y cristalina. Cuando fui a su casa para reasumir mis tareas, ya había comenzado el trasiego de motores en dirección a Brighton. Al mismo tiempo vi a Urcombe que salía de casa con un semblante alegre que presagiaba buenas noticias sobre su paciente, y a la señora Amworth, que con un gesto de saludo dirigido hacia mí, caminaba por la ancha franja de césped que bordeaba la carretera con una cesta en la mano. Allí nos encontramos los tres. Pude darme cuenta (y vi que también Urcombe lo hizo) de que uno de los dedos de la mano izquierda de la señora Amworth estaba vendado.

—Buenos días a ambos —dijo ella—. He oído que su paciente está mejorando, señor Urcombe. He venido para traerle un plato de jalea y para sentarme una hora junto a él. Los dos somos grandes amigos. Estoy encantada con su recuperación.
Urcombe se mantuvo en silencio, como si estuviera reflexionando, y después la señaló con un dedo acusador.
—¡Se lo prohíbo! —dijo—. Ni se le acercará ni volverá a verlo. Y conoce usted la razón tan bien como yo.

Nunca había visto originarse en un rostro un cambio tan horrible como aquel que empalideció la cara de la señora Amworth hasta otorgarle el color de una niebla grisácea. Alzó la mano como para protegerse del dedo que la señalaba dibujando sobre el aire el símbolo de la cruz, y retrocedió trastabillando hacia la carretera. Se oyó un estruendoso bocinazo, el chirriar de unos frenos, un grito de aviso (demasiado tarde) procedente de un coche que pasaba, y un largo alarido interrumpido de cuajo. Su cuerpo rebotó contra el asfalto tras haber sido aplastado por la primera rueda antes de caer bajo la segunda. Se quedó allí, estremeciéndose y agitándose, hasta que quedó completamente inmóvil.

Fue enterrada tres días más tarde en el cementerio a las afueras de Maxley, de acuerdo a los deseos que ella misma había dejado escritos y que yo ya conocía, y el impacto que su súbita y horrorosa muerte había causado en nuestra pequeña comunidad empezó a disminuir gradualmente. Sólo para dos personas, Urcombe y yo mismo, quedó aquel disgusto mitigado por el conocimiento del alivio que su muerte había traído consigo; pero, naturalmente, guardamos nuestro consuelo para nosotros mismos y no dejamos entrever ni la más mínima pizca del horror mucho más intenso que de aquella manera se había abortado.

Pero, curiosamente, Urcombe seguía sin estar completamente satisfecho, o al menos eso me parecía, y nunca me respondía a las preguntas que al respecto le hice. Después, a medida que los días de un septiembre sereno y apacible fueron seguidos por los de octubre, y éstos empezaron a caer como las hojas de los árboles amarillentos, su preocupación cesó. Pero antes de que llegara noviembre la aparente tranquilidad se convirtió en huracán.

Había estado cenando una noche en el extremo más alejado del pueblo, y a eso de las once emprendí el regreso a mi casa, caminando. La luna tenía una inusual brillantez, apareciendo todo tan nítido como en un grabado. Acababa de pasar frente a la casa en la que había vivido la señora Amworth, junto a la que ahora había un cartel anunciando su alquiler, cuando oí descorrerse el cerrojo de la puerta principal, y entonces, con un repentino escalofrío que llegó a lo más hondo de mi alma, la vi. Su perfil, perfectamente iluminado por la luna, estaba dirigido hacia mí, y no había error posible en la identificación. Pareció no verme (de hecho, la sombra de los tejos que bordeaban su jardín me rodeaba de oscuridad), de modo que cruzó resueltamente la carretera y entró en la casa de enfrente por la puerta principal. Allí la perdí de vista completamente.

Mi respiración iba regresando a base de pequeños jadeos, ya que me había echado a correr (seguí corriendo, de hecho, lanzando hacia atrás miradas temerosas) los cien metros que separaban mi casa de la de Urcombe. Un minuto más tarde ya estaba dentro.
—¿Qué vienes a contarme? —preguntó—. A que lo adivino.
—No creo que puedas —dije yo.
—No, realmente no tengo que adivinarlo. Lo sé. Ha vuelto y la has visto. Cuéntame cómo ha sido.
Le narré mi historia.
—Ésa es la casa del alcalde Pearsall —dijo—. Vayamos de inmediato.
—¿Pero qué podemos hacer? —pregunté.
—No tengo ni idea. Eso es lo que tenemos que averiguar.

Un minuto más tarde nos encontrábamos frente a la casa. Cuando había pasado antes por allí estaba completamente a oscuras; ahora se veían luces encendidas a través de algunas ventanas del piso superior. Mientras estábamos allí se abrió la puerta y el alcalde Pearsall salió por ella. Nos vio y se detuvo.

—Voy a buscar al doctor Ross —dijo presurosamente—. Mi mujer ha enfermado de repente. Hacía una hora que se había ido a la cama cuando he subido a acostarme y la he encontrado pálida como un fantasma y completamente exhausta. Ustedes me perdonarán pero...
—Un momento, alcalde —dijo Urcombe—. ¿Tenía alguna marca en el cuello?
—¿Cómo lo ha sabido? —respondió él—. Uno de esos malditos mosquitos ha debido de morderla. Dos veces, además. Aún salía sangre de las heridas.
—¿Se ha quedado alguien con ella?
—Sí, he despertado a su doncella.
Se marchó y Urcombe se dirigió a mí.
—Ya sé lo que tenemos que hacer —dijo—. Ve a cambiarte de ropa. Nos encontraremos en tu casa.
—¿De qué se trata? —pregunté.
—Te lo diré en el camino. Nos vamos al cementerio.

Cuando se reunió conmigo, Urcombe acarreaba un pico, una pala y un destornillador, y se había enrollado alrededor de los hombros un gran ovillo de cuerda. Mientras caminábamos me explicó a grandes rasgos la atroz tarea que nos esperaba.

—Lo que voy a contarte —dijo—, te parecerá excesivamente fantástico como para ser creíble, pero antes de que amanezca vamos a ver cosas que superan la realidad. Por una afortunadísima coincidencia, has visto al espectro, el cuerpo astral, o llámalo como quieras, de la señora Amworth mientras se dirigía a realizar su siniestra tarea; por lo tanto, y sin lugar a dudas, hemos de deducir que el vampiro que habitaba en su interior mientras estuvo viva ha sido capaz de animarla estando muerta. No es que sea algo excepcional, lo llevo esperando desde hace semanas. Si tengo razón, encontraremos su cuerpo intacto y sin el más mínimo signo de corrupción.
—Pero si lleva muerta casi dos meses —dije yo.
—Aunque llevara muerta dos años, seguiría igual si el vampiro sigue poseyéndola. De modo que recuerda: nada de lo que veas esta noche va a serle hecho a la verdadera señora Amworth, que de haber seguido el curso natural de las cosas ahora estaría alimentando a la hierba que crece sobre su cuerpo, sino a un espíritu de inenarrable maldad.
—¿Pero qué es lo que vamos a hacerle?
—Te lo diré. Sabemos que en estos momentos el vampiro, revestido con su apariencia mortal, ha salido a cenar. Pero debe regresar antes del amanecer, y entonces se introducirá en la forma material que yace en su tumba. Debemos esperar a que así suceda, y entonces, con tu ayuda, desenterraré el cuerpo. Si he acertado, la podrás contemplar tal y como fue en vida, con todo el vigor que su espantosa dieta le habrá proporcionado latiendo en sus venas. Y entonces, cuando llegue el amanecer y el vampiro no pueda abandonar la guarida de su cuerpo, le atravesaré el corazón con esto —y señaló el pico—, y tanto ella, que sólo regresa a la vida gracias a la animación que el demonio le otorga, como su infernal compañero morirán de verdad. Después deberemos enterrarla otra vez, ya completamente liberada.

Habíamos llegado al cementerio, y gracias a la claridad de la luna no hubo dificultad en identificar la tumba. Yacía a unos veinte metros de la pequeña capilla en cuyo porche, oscurecido por las sombras, ambos nos santiguamos. Desde allí teníamos una vista clara y despejada de la tumba, y ahora debíamos esperar a que su infernal habitante regresara. La noche era cálida y apenas corría viento, pero creo que incluso aunque se hubiera desatado un helado vendaval no lo habría notado, tan intensa era mi preocupación por lo que la noche y el amanecer depararían. Había una campana en la torrecilla de la capilla que marcaba los cuartos de hora, y me sorprendió descubrir lo rápido que se sucedían los repiques.

Hacía rato que la luna se había puesto, aunque un crepúsculo de estrellas brillaba en el cielo despejado, cuando desde la torre sonaron las cinco de la mañana. Pasaron un par de minutos más, y entonces sentí la mano de Urcombe golpeándome suavemente. Al mirar en la dirección que señalaba su índice, pude ver la silueta de una mujer, alta y robusta, que se acercaba desde la derecha. Sin hacer ruido, con un movimiento que se asemejaba más al planear o al flotar que al andar, se desplazó a través del cementerio hacia la tumba que suponía el objeto de nuestra vigilancia. La rodeó un par de veces, como para asegurarse de que aquella era su lápida, y por un instante permaneció directamente frente a nosotros. En la penumbra a la que mis ojos ya se habían acostumbrado, pude ver su cara fácilmente, y reconocer sus rasgos.

La señora Amworth se pasó una mano sobre los labios, como si se los limpiase, y rompió a reír de una manera que me erizó todos los pelos de la cabeza. Entonces saltó sobre la tumba, manteniendo las manos elevadas sobre su cabeza, y centímetro a centímetro se hundió en la tierra. La mano de Urcombe había permanecido todo el tiempo agarrándome del brazo, como para indicarme que no me moviera, pero en ese momento la retiró.

—Vamos—dijo.

Armados con el pico, la pala y la cuerda nos aproximamos a la tumba. La tierra era ligera y arenosa, y poco después de que sonaran las seis ya habíamos conseguido llegar hasta el ataúd. Con el pico, Urcombe ablandó la tierra que lo rodeaba; después anudó la cuerda alrededor de los agarraderos mediante los cuales se hacía descender el ataúd, e intentamos sacarlo del agujero. Fue una tarea laboriosa, y la luz que anunciaba el día empezaba a asomar por el este antes de que hubiéramos logrado depositarlo junto a la tumba. Con la ayuda del destornillador, Urcombe retiró la tapa del ataúd y pudimos ver el rostro de la señora Amworth. Los ojos, que habían sido cerrados tras su muerte, se encontraban abiertos, las mejillas presentaban un saludable rubor, y los labios rojos e hinchados parecían sonreír.

—Un golpe y todo habrá acabado —dijo—. No hace falta que mires. Al mismo tiempo que hablaba volvió a tomar el pico y, colocando la punta sobre el pecho izquierdo, midió la distancia. Y aunque sabía lo que iba a pasar a continuación no pude retirar la mirada...

Agarró el pico con ambas manos, lo elevó para tomar impulso y después, con todas sus fuerzas, lo hundió en el pecho de ella. Pese al tiempo que llevaba muerta, un manantial de sangre se elevó a una altura bastante considerable antes de caer con un fuerte chapoteo sobre la mortaja. Simultáneamente, surgió de aquellos labios enrojecidos un horroroso chillido que se elevó como una estruendosa sirena antes de volver a morir. En aquel momento, tan instantáneos como un relámpago, aparecieron en su cara los rasgos de la putrefacción: el rostro adquirió un color ceniciento, las infladas mejillas se deshincharon, la mandíbula se descolgó.

—Gracias a Dios que ya ha acabado todo —dijo Urcombe, y sin un momento de pausa volvió a poner la tapa del ataúd.

El día estaba cada vez más cercano, por lo que trabajamos como posesos para bajar el ataúd y lo volvimos a recubrir de tierra.

Los pájaros se afanaban con sus primeros gorjeos del día mientras regresábamos hacia Maxley.

E.F. Benson (1867-1940)


Más relatos de E.F. Benson. I Relatos de vampiros. I Relatos góticos.


Más literatura:
El resumen del cuento de E.F. Benson: Señora Amworth (Mrs Amworth) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La fortaleza invencible salvo para Sacnoth: Lord Dunsany


La fortaleza invencible, salvo para Sacnoth (The fortress unvanquishable, save for Sacnoth) es un relato fantástico del escritor británico Lord Dunsany.

El cuento fue escrito en 1906, y luego incluido en la colección de relatos de 1908 La espada de Welleran y otras historias (The sword of Welleran and other stories).




La fortaleza invencible, salvo para Sacnoth.

The fortress unvanquishable, save for Sacnoth
, Lord Dunsany (1878-1957)


En un bosque más antiguo de lo que se tiene registro, hermano de crianza de las colinas, se levanta el villorrio de Allathurion; y había paz entre la gente de ese villorrio y los habitantes que transitan los oscuros caminos del bosque, sean ellos humanos, de las tribus de las bestias o de la raza de las hadas y los elfos o los pequeños espíritus sagrados de los árboles y los arroyos. Además los habitantes del villorrio tenían paz entre sí y también con su señor, Lorendiac. Frente del villorrio se extendía una amplia extensión cubierta de hierbas; más allá de ella volvía a aparecer el bosque otra vez, pero hacia la parte posterior los árboles llegaban hasta las casas que, con sus muros de troncos y su techumbre de paja verdeada por el musgo, casi parecían formar parte del bosque.

Ahora bien, en el tiempo del que hablo, la perturbación cundía en Allathurion, pues desde una cierta tarde, sueños malignos empezaron a filtrarse entre los árboles y a penetrar en la pacífica aldea; y se apoderaron de la mente de los hombres y los condujeron en la noche por las cenicientas planicies del Infierno. Entonces el mago de esa aldea empezó a preparar hechizos contra esos sueños malignos; no obstante los sueños siguieron viniendo a raudales entre los árboles no bien se había hecho la oscuridad y en la noche llegaban a la mente de los hombres a lugares terribles y eran causa de que alabaran a Satanás abiertamente con sus labios. Y los hombres tuvieron miedo de dormir en Allathurion. Y se volvieron macilentos y pálidos, algunos por falta de sueño y otros por las cosas que veían en las planicies cenicientas del Infierno. Entonces el mago de la aldea subió a la torre de su morada y toda la noche aquellos a los que el miedo mantenía despiertos pudieron ver su ventana iluminada. Al día siguiente cuando la hora del crepúsculo hacía ya tiempo que había pasado y la noche se concentraba de prisa, el mago se dirigió al borde del bosque y lanzó allí el hechizo que había preparado. Y el hechizo era algo apremiante y terrible, con poder sobre los malos sueños y sobre los espíritus del mal; porque era un poema de cuarenta versos en muchas lenguas, tanto vivas como muertas, y contenía la palabra con la que la gente de las llanuras suele maldecir a los camellos y el grito con que los balleneros del Norte atraen a la ballenas hacia la costa para darles allí muerte y una palabra que es causa de que los elefantes barriten; y cada uno de los cuarenta versos termina con una palabra que rima con «avispa»

Y aún los sueños siguieron llegando desde el bosque y llevándose las almas de los hombres por las planicies del Infierno. Entonces el mago supo que los sueños provenían de Gaznak. Por tanto reunió a los habitantes de la aldea y les dijo que había lanzado su más poderoso hechizo: un hechizo que tenía poder sobre toda criatura humana o de las tribus de las bestias; y como de nada había servido, los sueños debían de provenir de Gaznak, el más grande mago de entre los espacios de las estrellas. Y le leyó a la gente parte del Libro de los Magos, que habla de las llegadas del cometa y predice una nueva visita. Y les contó cómo Gaznak monta el cometa y visita la Tierra una vez cada doscientos treinta años y se construye para sí una vasta fortaleza inexpugnable y envía sueños que se alimentan de las almas de los hombres, y no puede nunca ser vencida, salvo que la espada Sacnoth la ataque. Y un frío temor ganó los corazones de los aldeanos cuando supieron que su mago nada podía por ellos. Entonces habló Leothric, hijo del Señor Lorendiac, y veinte eran los años con que contaba:

—Buen Maestro ¿dónde se encuentra la espada de Sacnoth?
Y el mago de la aldea respondió:
—Es el dragón-cocodrilo que merodea por los marjales del Norte y hace estragos en las poblaciones de sus márgenes. Y la piel de su dorso es de acero y su parte inferior es de hierro; pero a lo largo de la línea media de su dorso, sobre su espina dorsal hay hundida una franja de acero ultraterreno. Esa franja de acero es Sacnoth, y no puede ser hendida ni fundida y nada hay en el mundo que pueda romperla y ni siquiera trazar un rasguño en su superficie. Tiene la longitud de una buena espada y también su anchura. Si prevalecieras sobre Tharagavverug, su piel podría fundirse en un horno y separarse así de Sacnoth; pero sólo existe una cosa que pueda afilar su borde: uno de los ojos de acero del propio Tharagavverug; y el otro ojo debes engarzarlo en la empuñadura de Sacnoth para que vigile por ti. Pero es ardua tarea vencer a Tharagavverug, porque no hay espada que pueda perforarle la piel; su lomo no puede quebrarse, y no se le puede quemar ni ahogar en el agua. Sólo hay una manera de dar muerte a Tharagavverug, y ella es la muerte por hambre.

Entonces la pena se apoderó de Leothric, pero el mago siguió hablando:
—Si alguien impide con una vara que Tharagavverug se acerque a su alimento por tres días, morirá de hambre al tercer día al ponerse el sol. Y aunque no es vulnerable, tiene un sitio en que puede ser herido, pues su hocico es sólo de plomo. Con una espada tan sólo se dejaría a descubierto el bronce invulnerable que tiene por debajo, pero si se zahiere su hocico constantemente con una vara, el dolor lo hará retroceder y, de ese modo, se puede apartar a Tharagavverug de su alimento.
Preguntó Leothric entonces:
—¿Cuál es el alimento de Tharagavverug?
Y el mago de Allathurion respondió:
—Su alimento son los hombres.

Pero Leothric se fue decididamente de allí y cortó la larga vara de un avellano y se fue a dormir temprano. Pero a la mañana siguiente, después de abandonar sueños agitados, se levantó antes del alba y, llevando consigo provisiones para cinco días, se puso en camino por el bosque hacia el Norte en dirección de los marjales. Por algunos horas avanzó por la lobreguez del bosque y, cuando emergió de él, el sol por sobre el horizonte se reflejaba en los estanques del descampado. En seguida vio las huellas de las garras de Tharagavverug profundamente hundidas en el cieno y el rastro de su cola entre ellas como un surco abierto en el campo. Entonces Leothric siguió las huellas hasta que oyó por delante de él el latido del corazón de bronce de Tharagavverug que atronaba como una campana. Y Tharagavverug, como era la hora del día en que tomaba su primera comida, avanzaba sobre la aldea y el corazón le doblaba en el pecho. Y toda la gente de la aldea había salido a su encuentro como era su costumbre hacerlo porque no soportaban la incertidumbre de esperarlo y de oírlo olfatear bronco mientras iba de puerta en puerta considerando lentamente con su mente metálica qué habitante escogería. Y ninguno se atrevía a huir, porque en los días en que los aldeanos huían de Tharagavverug, éste, una vez escogida su víctima, seguía su rastro incansable, como una condenación. Nada les valía en su contra. Otrora trepaban a los árboles cuando se acercaba, pero Tharagavverug arqueaba el lomo, se inclinaba ligeramente y lo frotaba contra el bronco hasta que el árbol caía. Y cuando Leothric estuvo cerca, Tharagavverug lo vio con el rabillo de uno de sus ojillos de acero y se le aproximó tomándose su tiempo, y los ecos de su corazón le salían por la boca abierta. Y Leothric evitó su arremetida, se colocó entre él y la aldea y le hirió el hocico con la vara, que le dejó una abolladura en el plomo sensible. Y Tharagavverug se apartó torpemente y lanzó un grito terrible, como el sonido de una campana de iglesia que hubiera sido poseída por un alma que escapara del cementerio en la noche: un alma malvada que le dieron voz de campana. Luego atacó a Leothric gruñendo y una vez más Leothric se hizo a un lado y le dio con la vara en el hocico. Tharagavverug emitió un aullido de campana. Y cada vez que el dragón-cocodrilo lo atacaba o intentaba dirigirse a la aldea, Leothric volvía a herirlo.

Así, pues, todo el día Leothric guió al monstruo con la vara llevándoselo más y más lejos de su presa con el corazón que le doblaba colérico y la voz transida de dolor. Hacia el atardecer Tharagavverug dejó de intentar alcanzar a Leothric con los dientes y huía delante de él para evitar la vara, pues tenía el hocico lastimado y le brillaba; y al anochecer los aldeanos salieron y bailaron acompañados de címbalo y salterio. Cuando Tharagavverug oyó el címbalo y el salterio, el hambre y la furia se apoderaron de él, y se sintió como se sentiría el señor que por fuerza se lo apartara del banquete celebrado en su propio castillo y oyera girar y girar el asador rechinante y crepitar en él la carne sabrosa. Y toda esa noche atacó a Leothric con fiereza y a menudo estuvo a punto de atraparlo en la oscuridad; porque sus ojos resplandecientes de acero eran capaces de ver tan bien de noche como de día. Y Leothric fue cediendo terreno lentamente hasta el amanecer, y cuando llegó la luz, estaba cerca de la aldea nuevamente; aunque no tan cerca de ella, como lo habían estado al encontrarse, porque Leothric condujo a Tharagavverug más lejos durante el día que había sido forzado a retroceder en la noche. Luego Leothric volvió a alejarlo con la vara hasta que llegó la hora en que era costumbre del dragón-cocodrilo atrapar a un hombre. Un tercio del hombre solía comerse al atraparlo, y el resto a mediodía y al atardecer. Pero cuando llegó la hora de atrapar a un hombre, una gran fiereza le sobrevino a Tharagavverug, y atacó veloz a Leothric, pero no pudo cogerlo, y por largo tiempo ninguno de los dos cedió terreno. Pero por fin el dolor que la vara le producía en el hocico de plomo fue mayor que el hambre del dragón-cocodrilo y se retiró aullando. A partir de ese momento Tharagavverug comenzó a debilitarse. Todo ese día Leothric lo ahuyentó con la vara, y por la noche, ninguno de los dos cedió terreno; y cuando el amanecer del tercer día llego, el corazón de Tharagavverug latía con mayor lentitud y más débilmente. Era como si un hombre fatigado estuviera tocando una campana. En una oportunidad Tharagavverug estuvo a punto de atrapar a una rana, pero Leothric se la arrebató justo a tiempo. Hacia el mediodía el dragón-cocodrilo yació inmóvil largo tiempo, y Leothric se quedó allí cerca, de pie, apoyado en su vara confiable. Estaba muy fatigado y falto de sueño, pero ahora tenía tiempo de comer sus provisiones. A Tharagavverug el fin le llegaba de prisa, y por la tarde su respiración era trabajosa y le carraspeaba la garganta. Era como el sonido de muchos cazadores que soplaran juntos el cuerno, y hacia el atardecer se le aceleró el aliento, pero también se le hizo más débil, como el furioso sonido de una cacería que fuera apagándose a la distancia; e hizo desesperados intentos de lanzarse hacia la aldea, pero Leothric seguía saltando alrededor de él y dándole con la vara en el hocico. Escasamente audible era ahora el sonido de su corazón: era como la campana de una iglesia que doblara más allá de las colinas por la muerte de alguien desconocido y lejano. Entonces el sol se puso y flameó en las ventanas de la aldea, y un frío estremeció al mundo, y en algún jardín pequeño una mujer cantaba; y Tharagavverug alzó la cabeza y pereció de hambre; la vida se le escapó de su cuerpo invulnerable, y Leothric se echó a su lado y durmió. Y más tarde, a la luz de las estrellas, los aldeanos salieron y cargaron a Leothric dormido; todos lo alababan en quedos susurros mientras lo llevaban a la aldea. Lo pusieron en una cama en una casa y bailaron afuera en silencio, sin salterio ni címbalo. Y al día siguiente, regocijados, arrastraron hasta Allathurion al dragón-cocodrilo. Y Leothric fue con ellos portando su castigado cayado; y un hombre alto y fornido, herrero de Allathurion, construyó un gran horno y fundió en él a Tharagavverug hasta que sólo Sacnoth quedó, resplandeciente entre las cenizas. Entonces tomó uno de los ojillos que había sido quitado con un formón y afiló una hoja en Sacnoth, y gradualmente el ojo de acero fue gastándose faceta por faceta, pero antes de que hubiera desaparecido totalmente, había afilado a Sacnoth de manera espantable. Pero el otro ojo se engarzó en la empuñadura y resplandeció en ella con luz azulina.

Y esa noche Leothric se levantó en la oscuridad, cogió la espada y partió hacia el Oeste al encuentro de Gaznak; y fue a través del bosque oscuro hasta el amanecer, y toda la mañana y hasta la tarde. Pero a la tarde llegó a campo abierto y vio en medio de La Tierra que Nadie Visitaba la fortaleza de Gaznak que se levantaba ante él como una montaña a poco más de una milla de distancia. Y Leothric vio que la tierra era pantanosa y desolada. Y la fortaleza se levantaba blanca de ella, con muchos contrafuertes, y era ancha por debajo, pero se estrechaba a medida que ascendía, y estaba llena de ventanas iluminadas. Y cerca de su cúspide flotaban algunos nubes blancas, pero por sobre ellas reaparecían algunos de sus pináculos. Entonces Leothric se internó en los marjales y el ojo de Tharagavverug vigilaba por él desde la empuñadura de Sacnoth; porque Tharagavverug conocía bien los marjales, y la espada le indicaba a Leothric que se desviase a la derecha o lo impelía hacia la izquierda para evitar los lugares peligrosos; de ese modo lo llevó con bien hasta los muros de la fortaleza.

Y en el muro se abrían puertas como precipicios de acero, en los que había incrustados bultos de hierro, y por sobre cada una de las ventanas había terribles gárgolas de piedra; y el nombre de la fortaleza brillaba sobre el muro, escrito con grandes letras de cobre: «La Fortaleza Invencible, Salvo que Sacnoth la Ataque». Entonces Leothric desenvainó y reveló a Sacnoth y todas las gárgolas sonrieron; la sonrisa fue reproduciéndose estremecida de rostro en rostro hasta los picos entre las nubes. Y cuando Sacnoth fue revelada y todas las gárgolas sonrieron, fue como si la luz de la luna surgiera de una nube para contemplar por primera vez un campo de sangre y pasara veloz por las caras húmedas de los degollados que yacen juntas en la noche terrible. Entonces Leothric avanzó hacia la puerta, y era ésta más poderosa que Sacremona, la cantera de mármol de la que los hombres de antaño cortaron grandes tablas para construir la Abadía de las Lágrimas Sagradas. Día tras día arrancaron las costillas mismas de la colina hasta que la Abadía quedó construida, y era más bella que nada que se hubiera hecho en piedra. Entonces los sacerdotes bendijeron a Sacremona y ésta tuvo paz, y ya nunca más se quitó piedra de ella para edificar las casas de los hombres. Y la colina se elevaba de cara al Sur, solitaria a la luz del sol, desfigurada por la terrible cicatriz. Así de vasta era la puerta de acero. Y el nombre de la puerta era La Porte Resonante, el Camino por el que se Llega a la Guerra.

Entonces Leothric dio en la Porte Resonante con Sacnoth y el eco de Sacnoth recorrió todos los salones y todos los dragones de la fortaleza gruñeron. Y cuando el aullido del dragón más remoto se había sumado débilmente al tumulto, una ventana se abrió en lo alto entre las nubes bajo los picos iluminados por el crepúsculo y una mujer gritó, y muy alejado en el Infierno la oyó su padre, quien supo que su hija se había condenado. Y Leothric siguió dando de golpes terribles con Sacnoth, y el acero gris de la Porte Resonante, el Camino por el que se Llega a la Guerra, que estaba templado para resistir las espadas del mundo, cedió sonoramente en múltiples astillas. Entonces Leothric, sosteniendo a Sacnoth en la mano, penetró por el boquete que había abierto en la puerta y entró en el cavernoso vestíbulo al que no iluminaba luz alguna.

Un elefante huyó barritando. Y Leothric permaneció erguido e inmóvil sosteniendo a Sacnoth. Cuando el sonido de las patas del elefante hubo muerto en los más remotos corredores, nada más se movió y reinó el silencio en el vestíbulo cavernoso. En seguida la oscuridad de las estancias distantes hízose musical con el sonido de campanillas que se aproximaban más y más. Todavía Leothric esperaba en la oscuridad; el sonido de las campanillas era cada vez más alto y su eco resonaba en los salones; apareció entonces una procesión de hombres montados sobre camellos que venían de a dos desde el interior de la fortaleza; estaban armados de cimitarras de hechura asiria; estaban vestidos de malla y de los cascos caían sobre sus rostros cotas de malla que se batían al moverse los camellos. Todos se detuvieron ante Leothric en el vestíbulo cavernoso, y las campanillas de los camellos resonaron y quedaron luego inmóviles. Y el conductor dijo a Leothric.

—El Señor Gaznak desea verte morir ante él. Ten a bien venir con nosotros y podemos discutir en el camino la manera en que el Señor Gaznak desea verte morir.
—De buen grado voy contigo, porque he venido a degollar a Gaznak.
Entonces el conductor de camellos de Gaznak rió de manera espantosa, perturbando a los vampiros que dormían en la bóveda inconmensurable de la techumbre. Y el conductor dijo:
—El Señor Gaznak es inmortal, salvo que Sacnoth lo ataque, lleva una armadura que es a prueba aun de la misma Sacnoth y su espada sólo le es segunda en invulnerabilidad.
Entonces Leothric dijo:
—Yo soy el Señor de la espada Sacnoth.

Y avanzó sobre el conductor de Camello de Gaznak y Sacnoth subía y bajaba en su mano como si la agitara un pulso exaltado. Entonces el conductor de camellos de Gaznak huyó y los demás jinetes se echaron hacia adelante y azuzaron con látigos a sus camellos; desaparecieron con gran clamor de campanillas entre columnas y corredores y recintos abovedados y se dispersaron por la oscuridad interior de la fortaleza. Cuando el último sonido producido por ellos hubo muerto, Leothric dudó qué camino seguir, porque la guardia montada en camellos se había dispersado en múltiples direcciones; de modo que siguió derecho hasta que llegó a una gran escalinata en medio del vestíbulo. Entonces Leothric puso su pie en medio de un ancho escalón, y subió de firme la escalinata durante cinco minutos. Poca era la luz reinante en el vestíbulo por donde Leothric ascendía, pues sólo entraban rayos aislados y en el mundo, afuera, la tarde caía apresurada. La escalinata lo llevó a una puerta de dos hojas ligeramente entreabiertas, y por la rendija pasó Leothric que intentó seguir andando derecho, pero no pudo hacerlo pues todo el cuarto parecía estar lleno de cuerdas que se tendían de pared a pared, lanzadas desde el cielorraso. Todo el recinto estaba atestado y ennegrecido por ellas. Eran suaves y ligeras al facto, como de seda fina, pero a Leothric le fue imposible romper ninguna y aunque se apartaban de su camino cuando avanzaba, cuando se hubo trasladado tres yardas, lo rodeaban todas como una pesada cape. Entonces Leothric dio un paso atrás y esgrimió a Sacnoth, y Sacnoth dividió la cuerdas sin el menor sonido, y sin el menor sonido varias de ellas cayeron al suelo. Leothric avanzó lentamente moviendo por delante de sí a Sacnoth de arriba a abajo. Cuando hubo llegado al centro del recinto, repentinamente, al partir con Sacnoth un grueso montón de filamentos, vio delante de sí a una araña de mayor tamaño que un carnero, y la araña lo miraba con ojos pequeños, pero con mucho pecado en ellos, y dijo:

—¿Quién eres tú que arruinas la labor de años realizada toda en honor de Satán?
Y Leothric respondió:
—Soy Leothric, hijo de Lorendiac.
Y la araña dijo:
—Haré una cuerda en seguida con la cual colgarte. Entonces Leothric partió otro puñado de filamentos y se acercó aún más a la araña, que estaba sentada tejiendo la cuerda, y la araña, levantando la visto de su labor, inquirió:
—¿Qué espada es ésa, capaz de cortar mis cuerdas? Y Leothric respondió:
—Es Sacnoth.

Al oír eso el pelo negro que caía sobre la cara de la araña se partió a izquierda y derecha y la araña frunció el entrecejo; luego el pelo volvió a su lugar escondiéndolo todo, excepto el pecado de los ojillos que siguió brillando hambriento en la oscuridad. Pero antes que Leothric pudiera alcanzarla, trepó rápido por una de las cuerdas y se ocultó en una viga donde se quedó gruñendo. Pero abriéndose camino con Sacnoth, Leothric atravesó el recinto y llegó a la puerta que se encontraba a su otro extremo; como la puerta estaba cerrada y el picaporte estaba muy alto, fuera de su alcance, se abrió camino a través de ella con Sacnoth, como se lo había abierto a través de la Porte Resonante, el Camino por el que se Llega a la Guerra. Y así se encontró Leothric en la bien iluminada cámara en que Reinas y Príncipes estaban juntos dándose un banquete sentados todos en una gran mesa; y miles de velas resplandecían por todas partes y se reflejaban en el vino que los príncipes bebían y en el oro de los enormes candelabros; las caras reales irradiaban con el fulgor, al igual que el blanco mantel y las joyas de los cabellos de las Reinas; cada una de las joyas tenía un historiador para sí solo que en todos los días de su vida no escribía otra crónica alguna. Entre la mesa y la puerta había doscientos lacayos en dos filas de cien lacayos cada una que se enfrentaban entre sí. Nadie miró a Leothric al entrar por el boquete de la puerta, pero uno de los Príncipes le hizo una pregunta a un lacayo y la pregunta pasó de boca en boca por todos los cien lacayos hasta que llegó al último de ellos que era el que estaba más cerca de Leothric; y le preguntó a Leothric sin mirarlo:

—¿Qué tratáis de hacer aquí?
Y Leothric respondió:
—Trato de degollar a Gaznak.
Y de lacayo en lacayo se repitió la respuesta hasta llegar a la mesa:
—Trata de degollar a Gaznak.
Y por la línea de lacayos llegó otra pregunta:
—¿Cuál es vuestro nombre?
Y la línea que se enfrentaba a la primera llevó la respuesta de vuelta. Entonces uno de los príncipes dijo:
—Lleváoslo de aquí donde no oigamos sus gritos.

Y un lacayo fue repitiéndolo a otro hasta que la orden llegó a los dos últimos, que avanzaron para agarrar a Leothric. Entonces Leothric les mostró su espada diciendo:

—Esta es Sacnoth.
Y ambos se lo dijeron al hombre que tenían más cerca:
—Esa es Sacnoth.
Y luego gritaron y se alejaron corriendo.
Y de a dos, ascendieron por la doble línea, los lacayos fueron repitiendo:
—Esa es Sacnoth.

Y gritaban y se echaban a correr, hasta que los últimos dos transmitieron el mensaje a la mesa, todo el resto había ya desaparecido. Apresuradamente entonces se levantaron las Reinas y los Príncipes y huyeron del recinto. Y la mesa real, cuando todos hubieron escapado, pareció pequeña, desordenada y sucia. Y a Leothric, que se preguntaba en el recinto desolado por qué puerta debía seguir adelante, le llegó el sonido de una música y supo que eran los ejecutantes mágicos que tocaban para Gaznak mientras éste dormía. Entonces Leothric avanzó hacia la música distante y pasó por la puerta que se enfrentaba a la que había perforado al entrar y se encontró con un recinto tan vasto como el anterior en el que había muchas mujeres extrañamente hermosas. Y todas lo interrogaron sobre sus intenciones, y cuando supieron que eran degollar a Gaznak, todas le rogaron que se demorara entre ellas, diciendo que Gaznak era inmortal, salvo que Sacnoth lo atacara y también que tenían necesidad de un caballero que las protegiera de los lobos que corrían y corrían en derredor del revestimiento de madera durante toda la noche y que a veces irrumpían a través del roble convertido en polvo. Quizá Leothric hubiera tenido la tentación de demorarse entre ellas si hubieran sido mujeres humanas, porque era una rara belleza la suya, pero advirtió que en lugar de ojos tenían llamitas que vacilaban en sus cuencas y supo que eran los febriles sueños de Gaznak. Por tanto dijo:

—Tengo una empresa entre manos en relación a Gaznak y con Sacnoth.

Y al nombre de Sacnoth, esas mujeres gritaron y las llamas de sus ojos se redujeron a una chispilla. Y Leothric las abandonó y, abriéndose paso con Sacnoth, atravesó la puerta más alejada. Una vez afuera sintió el aire de la noche en la cara y descubrió que se encontraba en un estrecho sendero entre dos abismos. A izquierda y derecha, hasta donde alcanzaba a ver, los muros de la fortaleza terminaban en un profundo precipicio, aunque la techumbre todavía lo cubría y ante él estaban los dos abismos llenos de estrellas porque se abrían camino de parte a parte de la Tierra y exhibían las estrellas del cielo inferior; y siguió andando entre ellos por el sendero que ascendía gradualmente y cuyos lados eran abruptos. Y más allá de los abismos, por donde el sendero ascendía hacia las cámaras más alejadas de la fortaleza, Leothric oía a los músicos que ejecutaban su melodía mágica. De modo que siguió por el sendero, que sólo tenía escasamente una zancada de anchura, esgrimiendo a Sacnoth desnuda. Y aquí y allí, por debajo de él en cada uno de los abismos, batían las alas de los vampiros que subían y bajaban alabando a Satán en su vuelo. En seguida percibió al dragón Thok que yacía en el camino fingiéndose dormido y su cola colgaba por uno de los abismos.

Y Leothric avanzó hacia él y cuando estuvo muy cerca, Thok se precipitó sobre Leothric. Y lo hirió profundamente con Sacnoth y Thok cayó en uno de los abismos chillando; sus miembros vibraban en la oscuridad al caer y siguió cayendo hasta que su chillido no fue más alto que un silbato para luego dejar de oírse. Una o dos veces Leothric vio una estrella parpadear un instante para reaparecer nuevamente, y este eclipse momentáneo de unas pocas estrellas fue todo lo que quedó en el mundo del cuerpo de Thok. Y Lank, el hermano de Thok, que había estado echado algo más allá, vio que aquella espada debía ser Sacnoth y huyó con gran estruendo. Y todo el tiempo que avanzó Leothric entre los dos abismos la poderosa bóveda de la techumbre se extendía por sobre su cabeza llenándolo todo de lobreguez. Ahora bien, cuando llegó a divisarse el extremo más distante del precipicio, Leothric vio una cámara que se abría en innumerables arcos sobre los abismos gemelos, y los pilares de los arcos se perdían a la distancia y se desvanecían en la lobreguez de izquierda y derecha.

Allá abajo, en el oscuro precipicio en que se levantaban los pilares, vio pequeñas ventanas enrejadas, y entre las rejas aparecían por momentos para desaparecer luego, cosas de las que no hablaré. No había otra luz allí, salvo la de las grandes estrellas australes que brillaban abajo en los abismos, y aquí y allí en la cámara entre los arcos, se movían luces furtivas sin el menor sonido de pasos. Entonces Leothric abandonó el sendero y entró en la gran cámara. Aun él mismo se sintió un diminuto enano al andar bajo uno de esos arcos colosales. La última desmayada luz de la tarde entraba vacilante por una ventana que pintada con sombríos colores conmemoraba los triunfos de Satán sobre la Tierra. Emplazada alta en el muro estaba la ventana y, más abajo, las luces de las candelas se alejaron furtivas. Otra iluminación no había, salvo el ligero fulgor azulino lanzado por el ojo de acero de Tharagavverug, que atisbaba incesante alrededor de él desde la empuñadura de Sacnoth. Pesaba en el aire de la cámara el viscoso olor de una bestia inmensa y mortal.

Leothric avanzó lentamente con la hoja de Sacnoth por delante en busca de un enemigo, y el ojo de su empuñadura vigilaba por detrás. Nada se agitaba allí. Si algo había que acechara por detrás de los pilares que sostenían el techo, no respiraba ni se movía. La melodía de los músicos mágicos llegaba desde muy cerca. De pronto las grandes puertas del extremo más alejado de la cámara se abrieron a izquierda y derecha. Por un instante Leothric no vio nada que se moviera y aguardó empuñando a Sacnoth. Luego sobre él avanzó Wong Bongerok con fuerte respiración. Éste era el último y más fiel guardián de Gaznak, que justamente venía de babosear la mano de su amo.

Más como a un niño que como a un dragón tenía Gaznak costumbre de tratarlo, ofreciéndole a veces de su propia mano, tiernos trozos de hombre humeante de su mesa. Largo y bajo era Wong Bongerok, en sus ojos relucía la sutileza, de su fiel pecho lanzaba maligno aliento contra Leothric y detrás de él rugía la armería de su cola, como cuando los marineros arrastran las cadenas del ancla por el muelle. Y bien sabía Wong Bongerok que se enfrentaba ahora con Sacnoth, pues había sido su costumbre profetizar para sí calladamente durante largos años mientras yacía enrollado a los pies de Gaznak.

Y Leothric se internó en la ráfaga de su aliento y levantó a Sacnoth para asestar el golpe. Pero cuando Sacnoth estuvo en lo alto, el ojo de Tharagavverug en su empuñadura vio al dragón y percibió su sutileza. Porque abrió grande la boca revelándole a Leothric las filas de sus dientes de sable y sus encías de cuero se inflamaron. Pero mientras Leothric amagaba a herirlo en la cabeza, lanzó hacia adelante como un escorpión su cola blindada. Y todo esto percibió el ojo de la empuñadura de Sacnoth, que avanzó repentinamente de lado. No con el filo asestó Sacnoth su golpe porque, de haberlo hecho así, el extremo seccionado de la cola habría continuado su ataque, como un pino que la avalancha hubiera lanzado de punta desde el risco habría atravesado el ancho pecho de un montañés. Lo mismo le habría sucedido a Leothric; pero Sacnoth asestó su golpe de lado, con el plano de su hoja y lanzó la cola zumbando por sobre el hombro izquierdo de Leothric; y raspó su armadura al pasar y dejó en ella un surco. De lado atacó entonces la cola frustrada de Wong Bongerok a Leothric y Sacnoth la paró y la cola salió disparada chillando ante la hoja por sobre la cabeza de Leothric. Entonces Leothric y Wong Bongerok lucharon espada contra diente y la espada hirió como sólo Sacnoth puede hacerlo y la maligna vida fiel de Wong Bongerok escapó por la ancha herida abierta.

Entonces Leothric dejó atrás el cadáver del monstruo, cuyo cuerpo blindado todavía se estremecía un tanto. Por un momento fue como todas las rejas de arado que trabajan juntas en un campo tras caballos cansados y empeñosos; luego el estremecimiento cesó y Wong Bongerok quedó allí tieso, víctima de la futura herrumbre. Y Leothric avanzó hacia los portales abiertos y Sacnoth fue goteando en silencio a lo largo del suelo. Por los portales abiertos a través de los que Wong Bongerok había hecho su entrada, Leothric llegó a un corredor que llenaban los ecos de la música. Este fue el primer lugar en el que Leothric pudo ver algo por sobre su cabeza, porque hasta aquí los techos habían ascendido a alturas de montaña y se había extendido indistintos en la lobreguez. Pero a lo largo del estrecho corredor colgaban enormes campanas muy bajo y cerca de su cabeza, y el ancho de cada una de las campanas de bronce era de pared a pared y se encontraban una detrás de la otra. Y al pasar bajo cada una de ellas, la campana sonaba y su voz era luctuosa y profunda, como la voz de una campana que se dirige a un hombre por última vez cuando éste acaba de morir. Cada una de las campanas sonaba una vez al pasarle Leothric por debajo y sus voces clamaban solemnes y distintas a intervalos ceremoniales. Porque si caminaba lentamente, estas campanas se aproximaban entre sí, y cuando aceleraba el paso, se alejaban la una de la otra, Y los ecos de cada una de las campanas que doblaban fúnebres por sobre su cabeza, se le adelantaban susurrándose entre sí. Una vez, al haberse él detenido, sonaron discordantes y enfadadas hasta que él volvió a ponerse en marcha.

Por entre estas notas lentas y ominosas, llegaba el sonido de los ejecutantes mágicos. Ahora estaban tocando una endecha sumamente luctuosa. Por último Leothric llegó al final del Corredor de las Campanas y vio allí una pequeña puerta negra. Y todo el corredor por detrás de él estaba lleno de los ecos del toque de difuntos y todos musitaban entre sí acerca de la ceremonia; y la endecha de los músicos llegaba flotando entre ellos como una procesión de refinados huéspedes extranjeros, y todos ellos auguraban el mal de Leothric..

La puerta negra se abrió al instante ante la mano de Leothric y éste se encontró al aire libre en un amplio patio cubierto de mármol. Por sobre él, muy alto, brillaba la luna, convocada allí por obra de Gaznak. Allí estaba Gaznak dormido y alrededor de él se encontraban sus ejecutantes mágicos que tocaban instrumentos de cuerdas. Y aun dormido Gaznak vestía una armadura y sólo sus muñecas, su cara y su cuello estaban al descubierto. Pero la maravilla de ese lugar eran los sueños de Gaznak; porque más allá del amplio patio dormía un abismo oscuro, dentro del abismo se vertía la blanca cascada de una escalinata de mármol que se ensanchaba más abajo para formar terrazas y balcones poblados de bellas estatuas blancas, y volvía a descender luego como ancha escalinata que llegaba a terrazas inferiores en la oscuridad donde malignas formas inciertas iban y venían. Todo esto eran los sueños de Gaznak, que, salidos de su mente y convertidos en mármol resplandeciente, pasaban por sobre el borde del abismo mientras los músicos tocaban. Y durante todo el tiempo de la mente de Gaznak, arrullada por esa extraña música, surgían chapiteles y pináculos hermosos y esbeltos que ascendían al cielo. Y los sueños de mármol se movían lentamente junto con la música. Cuando las campanas doblaban a muerto y los músicos tocaban la endecha, horribles gárgolas aparecieron de pronto por sobre los chapiteles y los pináculos y grandes sombras descendieron de prisa por las terrazas y los escalones y hubo un ansioso susurro en el abismo.

Cuando Leothric entró por la puerta negra, Gaznak abrió los ojos. No miró a izquierda ni a derecha, pero estuvo en pie de inmediato frente a Leothric. Entonces los músicos tocaron un hechizo de muerte en sus cuerdas y un susurro cantante surgió de la hoja de Sacnoth al hacer ésta el hechizo a un lado. Cuando Leothric no cayó por tierra y oyeron el susurro de Sacnoth, los músicos se pusieron apresuradamente en pie y huyeron, todos plañideros, por sobre sus cuerdas. Entonces Gaznak desenvainó gritando su espada que era la más poderosa del mundo con excepción de Sacnoth, y avanzó lentamente sobre Leothric; y se sonreía al andar a pesar de que sus propios sueños le habían predicho su condenación. Y cuando Leothric y Gaznak estuvieron cerca el uno del otro, se miraron entre sí y ninguno de los dos habló; pero se atacaron a la vez y sus espadas se encontraron; y cada una de las espadas conocía a la otra y también conocía cuál era su origen. Y cada vez que la espada de Gaznak golpeaba la hoja de Sacnoth, esta rebotaba resplandeciente, como la escarcha de un techo de tejas; pero cuando caía sobre la armadura de Leothric, la despojaba de sus escamas. Y sobre la armadura de Gaznak, Sacnoth caía frecuente y furiosa, pero siempre volvía rugiente sin dejar marca detrás; y mientras Gaznak se debatía, mantenía en alto la mano izquierda revoloteando cerca de la cabeza. En seguida Leothric dio con justeza y fiereza contra el cuello de su enemigo, pero Gaznak, cogiendo su propia cabeza por los cabellos, se la levantó en alto, y Sacnoth zumbó por el espacio vacío. Entonces Gaznak volvió a ponerse la cabeza en su lugar sobre el cuello y todo el tiempo luchó ágilmente con su espada; y una y otra vez Leothric atacó con Sacnoth el cuello barbado de Gaznak y siempre la mano izquierda de éste fue más veloz que el ataque, y la cabeza ascendía y la espada le pasaba por debajo en vano.

Y la sonora lucha continuó hasta que la armadura de Leothric estaba esparcida alrededor de él por el suelo y el mármol estaba salpicado de su sangre; y la espada de Gaznak estaba mellada como una sierra por sus encuentros con la hoja de Sacnoth. Sin embargo Gaznak resistía ileso y sonreía todavía. Por fin Leothric miró el cuello de Gaznak y le apuntó con Sacnoth y una vez más Gaznak se levantó la cabeza por los cabellos; pero no a su cuello fue a parar Sacnoth, porque Leothric le hirió en cambio la mano levantada y a través de la muñeca pasó Sacnoth zumbando como atraviesa una guadaña el tallo de una única flor. Y sangrante la mano segada cayó al suelo, y en seguida la sangre fluyó de los hombros de Gaznak y goteó de la cabeza derribada, y los altos pináculos cayeron por tierra, las amplias y hermosas terrazas se fueron rodando y el patio se desvaneció como el rocío; y sopló el viento y las columnas cayeron y todos los colosales recintos de Gaznak se derrumbaron. Y los abismos se cerraron de pronto como se cierra la boca de un hombre que acaba de relatar un cuento y por siempre no ha de volver a hablar.

Entonces Leothric miró alrededor de sí los marjales donde la niebla nocturna se estaba disipando, y no había ya fortaleza ni sonido de dragón o mortal; sólo había junto a sí un hombre tumbado marchito, envilecido y muerto, con la cabeza y la mano segados de su cuerpo. Y lentamente por sobre las anchas tierras ascendía el alba, siempre creciente en belleza como la nota de un órgano que toca una mano maestra, más y más alta y más y más hermosa a medida que el alma del maestro se anima, para dar por fin alabanza con toda su poderosa voz. Entonces los pájaros cantaron y Leothric volvió a su casa, abandonó los marjales, llegó al bosque oscuro y la luz del alba ascendente le iluminó el camino. Y llegó a Allathurion antes del mediodía; llevaba consigo la agostada cabeza maligna y la gente se regocijó por haber cesado las noches perturbadas.

Esta es la historia de cómo fue vencida La Fortaleza Invencible, Salvo que Sacnoth la Ataque y de su desaparición, tal como la cuentan y la creen los enamorados de los místicos días de antaño. Otros han dicho y vanamente pretenden haber probado que Allathurion padeció de una fiebre que luego se alivió; y que esa misma fiebre llevó a Leothric a los marjales de noche e hizo que allí soñara y actuara violentamente con una espada. Y otros, en fin, dicen que nunca existió la ciudad de Allathurion y nunca vivió nadie de nombre Leothric.

La paz sea con ellos. El jardinero ha recogido estas hojas de otoño. ¿Quién volverá a verlas o tendrá conocimiento de ellas? Y ¿quién ha de decir lo ocurrido en los días de antaño?

Lord Dunsany (1878-1957)


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El resumen del cuento de Lord Dunsany: La fortaleza invencible, salvo para Sacnoth (The fortress unvanquishable, save for Sacnoth) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com