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Gandalf y la tercera ley de Clarke: la magia como forma avanzada de tecnología


Gandalf y la tercera ley de Clarke: la magia como forma avanzada de tecnología.




Si, como propone la Tercera Ley de Clarke: cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia, ¿qué indescifrables artilugios tecnológicos se esconden en la vara de Gandalf? [ver: ¿Gandalf podría haber derrotado a Sauron?]

La magia en El Señor de los Anillos es peligrosa, misteriosa, pero no parece entrañar algún tipo de tecnología. Asumir esta posibilidad nos obligaría a leer la trilogía de J.R.R. Tolkien como una variante particularmente extraña de la ciencia ficción, y creo que nadie está dispuesto a cometer semejante imprudencia (ver: El horror cósmico en El Señor de los Anillos)

Por otro lado, la magia simplemente es una herramienta para manipular el mundo de acuerdo a leyes físicas, algunas conocidas, otras no tanto, y ciertamente tiene límites. Tolkien no es explícito sobre cuáles son esos límites, y en la mayoría de los casos no es necesario que lo sea. Realmente no necesitamos conocer los detalles de las habilidades de Gandalf para saber que es menos poderoso que Sauron (ver: ¿Cómo era el aspecto de Sauron en realidad?)

Tolkien no utiliza a la magia para resolver el argumento de El Señor de los Anillos, pero cuando ves las cosas a través de los ojos de Frodo, Sam, o incluso de Aragorn, las actividades de Gandalf están más allá de nuestro entendimiento; incluso sus decisiones parecen estar sujetas a una lógica incomprensible para las mentes mortales (ver: Aragorn, el Sendero de los Muertos y un pasaje a la Cuarta Dimensión). Sus conocimientos son lo suficientemente avanzados como para ser percibidos como algo mágico [ver: Gandalf [como Señor del Anillo] sería peor que Sauron]

La habilidad de Gandalf para urdir planes misteriosos, para unir a las personas frente a un enemigo común, e incluso para elegir a los tipos más impensados para destruir un dispositivo de destrucción masiva, como el Anillo Único, y todo esto acaso sea un subproducto de su verdadera magia. Por otro lado, la magia negra también tiene sus subproductos en El Señor de los Anillos; y el principal es la tecnología.

En una carta de 1951, Tolkien comentó que la trilogía parecía tratar en gran parte sobre el poder y la corrupción del poder, pero que había otros temas subyacentes: el material está relacionado con la Caída, la Mortalidad, y la Máquina, y con el poder solo en lo que se refiere a esos tres grandes temas

¿Qué quiso decir Tolkien con la Máquina?

En El Señor de los Anillos, la magia blanca —término detestable pero que nos permite agrupar aquí a Elfos, Magos, Maiar, etc.— no parece demasiado espectacular. En la mayoría de los casos, es interna, sutil, y enfatiza ciertos aspectos inherentes de cada personaje. Su objetivo es persuadir, ayudar, pero nunca imponerse sobre otras voluntades.

La magia negra, en cambio, es externa, grosera, y se manifiesta a través de la materia. Su objetivo es la dominación o, como mínimo, coaccionar otras voluntades (ver: ¿Qué significa realmente la inscripción en el Anillo Único?)

La idea de que la tecnología (la Máquina) es una expresión de la magia —negra, en este caso— fue compartida por un gran amigo de Tolkien, C.S. Lewis, quien afirmó:


Al principio, la magia y la ciencia eran gemelas: una estaba enferma y murió, la otra continuó, fuerte y próspera. Sin dudas, la magia se contrasta en nuestras mentes con la de los magos, pero solo a la luz de su expresión, y solo porque sabemos que la ciencia tuvo éxito y la magia fracasó.


Si la magia y la ciencia estában relacionadas en un pasado remoto, tiene sentido que los principales exponentes de la tecnología en El Señor de los Anillos sean figuras demoníacas empeñadas en dominar al mundo, como Sauron y Saruman. De hecho, no es caprichoso que Bárbol, el Ent, defina a Saruman en los siguientes términos: tiene una mente de metal y ruedas; y no le importan las cosas que crecen, excepto en la medida en que le sirvan por el momento.

Tolkien reafirma este vínculo entre la tecnología y la magia negra; de hecho, cuanto más diabólico es el personaje, más cerca está de fabricar y usar tecnología para favorecer sus oscuros designios. La relación es demasiado obvia como para pasarla por alto (ver: Las nuevas tecnologías en la mecánica del Horror)

Ahora bien, ¿qué sucede con la magia blanca?

Por momentos, Tolkien parece usar la palabra magia en un sentido casual, genérico, aunque Galadriel y otros personajes importantes critican el uso mortal de la palabra. Pero esto se debe a una razón narrativa: la historia está contada por Hobbits, quienes no hacen demasiada distinción entre los artilugios de Sauron y los recursos sutiles de Gandalf. Tal es así que Galadriel los amonesta del siguiente modo:


Esto es lo que tu gente llamaría magia. Creo; aunque no entiendo claramente lo que quieren decir; y parece que también usan la misma palabra para referirse a los engaños del Enemigo.


Es decir que la magia en la Tierra Media no fue definida explícitamente por Tolkien. En la mayoría de los casos, es simplemente un término utilizado por los Hobbits para describir procesos y habilidades no podían entender y mucho menos explicar fuera de su limitada tradición y conocimiento. Esencialmente, los Hobbits perciben la magia de acuerdo a los términos de la Tercera Ley de Clarke: cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Todo es una cuestión de perspectiva realmente. Para los Elfos y los Magos la magia no es contraria a las leyes del mundo natural que ellos conocen. Para estos personajes, la realidad no se limita a lo que es visible, por ejemplo, para los Hobbits o los Hombres, lo cual lleva a una categorización más amplia del mundo. Los aspectos visibles de una cosa o de una persona son solo una parte del todo. Frodo lo advierte rápidamente cuando usa el Anillo Único y ve a Glorfindel en todo su verdadero poder y esplendor, cuestiones que probablemente no son invisibles para otros Elfos, o para el propio Gandalf.

En Sindarín hay dos palabras que hacen referencia a la magia negra: Morgul y Guldur. Gûl significa literalmente «conocimiento mágico», asociado a la nigromancia y hechicería. Môr puede traducirse como «oscuro», y Dûr, de similar significado, significa «oscuro» o «sombrío». Las palabras no son neutrales, a pesar de que el concepto de magia en la Tierra Media sí lo es. Cuando estos términos se utilizan, por ejemplo para referirse un cuchillo de Morgul o a la fortaleza de Dol Guldur, tienen claras connotaciones negativas.

La magia de Sauron (conocido como el Nigromante), y en menor medida la de sus lacayos, los Espectros del Anillo, no solo es física —siendo el Anillo Único su máxima expresión—, sino que se basa directamente en el legado físico de su maestro anterior, el primer Señor Oscuro: Morgoth. De hecho, este elemento morgothiano en la materia parece ser un requisito previo indispensable para la magia que practica Sauron.

Son muy pocas las ocasiones en las que Gandalf da muestras visibles de su poder: usa un hechizo para conjurar fuego, crear luz, bendecir al pony de Sam, sujetar la puerta en la Cámara de Mazarbul, romper el Puente de Khazad-dûm; y, en Fangorn, lanza un hechizo para evitar que Gimli y Legolas, creyendo que era Saruman disfrazado de mendigo, lo atacaran (ver: ¿Qué fue de Legolas y Gimli después de «El Señor de los Anillos»?). Pero la verdadera magia de Gandalf es imperceptible a los ojos. Por ejemplo, como cuando utiliza su voz en Orthanc para revelar las mentiras de Saruman. El mal fabrica ilusiones, el bien las derriba.

Si pensamos en dispositivos tecnológicos tan avanzados que resultan indistinguibles de la magia, la opción más obvia es la vara de los Magos.

Por momentos, estos objetos parecen canalizar el poder de los Magos, o incluso ser el poder en sí mismo. Por ejemplo, la vara de Saruman se rompe durante el parlamento con Gandalf, y al hacerlo destruye todo su poder. Por otro lado, la vara de Gandalf también se rompe en Puente de Khazad-dûm, pero así y todo éste logra matar al Balrog (ver: Criaturas sin Nombre: ¿la Tierra Media y los Mitos de Cthulhu pertenecen al mismo universo?). De manera tal que no queda del todo claro si las varas son una herramienta para canalizar la magia, o la magia misma [ver: ¿Qué sucedió durante la lucha entre Gandalf y el Balrog?]

El principal artefacto mágico-tecnológico de El Señor de los Anillos es el Anillo Único. Su poder es mucho mayor que el de cualquier otra cosa, precisamente porque es capaz de extraer lo peor de cada uno y convertir en malvado a cualquiera que lo use. Por lo tanto, nadie podría usarlo directamente contra Sauron... bueno, nadie poderoso, como los Magos y los Elfos; porque quienes demuestran tener mayor resistencia al Anillo son los pequeños e insignificantes Hobbits, quienes rara vez están interesados ​​en cuestiones como el poder.

El Anillo Único tenía numerosos poderes mágicos. Como todos los Anillos de Poder, es capaz de ralentizar el deterioro físico: también amplifica los poderes de su portador, confiere invisibilidad física, al mismo tiempo que permite al portador ver el lado invisible de la realidad. Finalmente, tiene poder sobre los demás Anillos de Poder, lo que permite saber todo lo que piensan los otros portadores, así como controlarlos y esclavizarlos.

Isaac Asimov, en un excelente ensayo titulado: El Anillo del Mal (The Ring of Evil, 1980), explora el simbolismo de El Señor de los Anillos y llega a la siguiente conclusión:


Tom Bombadil es un personaje misterioso que parece representar la naturaleza en su conjunto. Los Ents caracterizan los bosques verdes, y los Enanos representan las montañas y el mundo mineral. Están los Elfos, también, poderosos pero desgastados, representantes de un tiempo que pasa al limbo, que no sobrevivirá a pesar de que Sauron haya sido destruido. Pero, ¿qué representa el Anillo Único? Es poderoso, controla a los otros anillos, inspira un impulso casi abrumador de poseerlo y corromperá por completo a quien lo use. Incluso el poderoso Gandalf evita tocarlo, y lo deja en manos de un pequeño y débil Hobbit, Frodo, para llevar su carga. Al final, también lo corrompe a él.

¿Qué es el Anillo Único, entonces? ¿Qué representa? ¿Qué es lo que es tan deseable y tan corruptor? ¿Qué es lo que no se puede dejar ir a pesar de que nos está destruyendo?



La respuesta de Asimov a todas estas preguntas se resume en una palabra: tecnología.

Para Asimov, Mordor representa al mundo industrial que, lenta pero seguramente, cubrirá el planeta. Los Elfos, en su opinión, representan la era preindustrial que se está desvaneciendo, mientras que los Ents, los Enanos y Tom Bombadil son diferentes facetas de la naturaleza que están siendo destruidas o desplazadas por la industrialización (ver: El misterio de Tom Bombadil). Los Hobbits representan la vida pastoral ya desaparecida.

El atractivo, la tentación del Anillo Único, sostiene Asimov, son análogas a las de la tecnología: la seducción de las cosas que se hacen más rápido, más fácil, de los artilugios y dispositivos que se fabrican en una variedad de formas pero que nos conducen inevitablemente a estar atados a ellos.

Uno se pregunta qué tan difícil puede ser soltar un anillo al fuego, y también si alguna vez estaremos dispuestos, o seremos capaces, de renunciar a ciertos aspectos de la tecnología que se traducen en contaminación ambiental, cambio climático, etc.

No somos muy distintos de Frodo en este sentido, quien no pudo arrojar el Anillo al fuego. De igual modo, nuestra dependencia de la tecnología nos está destruyendo, y no hay un Monte del Destino al cual arrojarla.

La realidad actual nos obliga a pensar que El Señor de los Anillos es solo una parte de la historia, una batalla victoriosa, es cierto, pero pasajera. Basta mirar nuestro mundo industrializado y sobreexplotado para darse cuenta que, eventualmente, las sombras de Mordor se han extendido sobre toda la Tierra Media.




Tierra Media. I Taller Gótico.


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El artículo: Gandalf y la tercera ley de Clarke: la magia como forma avanzada de tecnología fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Isaac Asimov: novelas y relatos


Isaac Asimov: novelas y relatos.




Isaac Asimov (1919-1992) fue un científico y destacado escritor dentro del ámbito de la ciencia ficción. En este sentido, las obras de este gran maestro del género no requieren demasiadas introducciones. Prácticamente todos los relatos y novelas de Isaac Asimov se encuentran entre los principales clásicos de la ciencia ficción.

En esta sección daremos cuenta de las mejores novelas y relatos de Isaac Asimov.




Obras de Isaac Asimov.




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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«El artilugio tridimensional»: Isaac Asimov; relato y análisis


«El artilugio tridimensional»: Isaac Asimov; relato y análisis.




El artilugio tridimensional (Gimmicks Three) —a veces publicado en español como: La treta tridimensional— es un relato fantástico del escritor Isaac Asimov (1920-1992), publicado por primera vez en la edición de noviembre de 1956 de la revista Magazine of Fantasy and Science Fiction; en aquella ocasión, con el título: La habitación de bronce cerrada (The Brazen Locked Room), y luego reeditado en la antología de 1957: Con la Tierra nos basta (Earth Is Room Enough).

El artilugio tridimensional, quizás uno de los cuentos de Isaac Asimov menos valorados, combina de forma exquisita dos clichés literarios: el pacto con el diablo y el misterio del cuarto cerrado, encontrando en la ciencia ficción una solución casi perfecta para ambos.

El relato narra la historia de Isidore Wellby, un hombre que se siente perdido, decepcionado, abandonado por su novia, quien en un arrebato de desesperación establece un pacto satánico con un demonio llamado Shapur.

Diez años más tarde, Wellby se ha convertido en un exitoso hombre de negocios y se ha casado con su antigua novia. Shapur reaparece para cobrar la deuda aunque con ciertas condiciones: si Wellby puede realizar una tarea simple usando sus poderes demoníacos, será aceptado como miembro de la élite infernal; de lo contrario, su alma será condenada con el resto de los réprobos ordinarios.

Es así que el protagonista de El artilugio tridimensional es confinado en una habitación de bronce, sin salida posible, y desafiado a escapar por el demonio. Cuando todo parece perdido, Wellby descubre que tiene el poder para viajar en el tiempo, es decir, en la Cuarta Dimensión; de modo tal que viaja al pasado y escapa de la habitación.

Y no solo eso: al regresar a la época anterior al pacto, el protagonista puede rechazar la oferta de Shapur, habiendo disfrutado diez años de absoluta felicidad que no serán pagados con su alma. En este punto, Isaac Asimov añade un dato curioso: los tratos con el infierno no pueden darnos nada que no hayamos podido conseguir por nosotros mismos.




El artilugio tridimensional.
Gimmicks Three, Isaac Asimov (1920-1992)

—Vamos —dijo Shapur con bastante cortesía, teniendo en cuenta que era un demonio—. Desperdicias mi tiempo. Y también el tuyo, pues sólo te queda media hora.
Y agitó la cola.

—¿No es desmaterialización? —preguntó reflexivamente Isidore Wellby.

—Ya te he dicho que no.

Por centésima vez, Wellby miró el bronce ininterrumpido que lo rodeaba por todas partes. El demonio se había regodeado diabólicamente (¿de cuál otro modo?) al señalar que el suelo, el techo y las cuatro paredes eran losas de bronce totalmente lisas y de medio metro de espesor, unidas por soldaduras sin rendijas.

Era el cuarto cerrado definitivo, y Wellby sólo tenía media hora para salir, mientras el demonio observaba con creciente ansiedad.

Isidore Wellby había firmado hacía diez años (exactos, por cierto).

—Te pagamos por adelantado —dijo persuasivamente Shapur—. Durante diez años tendrás todo lo que quieras, dentro de lo razonable, y luego serás un demonio. Serás uno de nosotros, con un nuevo nombre de potencia demoníaca y muchos otros privilegios. Ni siquiera te darás cuenta que estás condenado. Y, si no firmas, quizá igual termines en el fuego, de cualquier modo. Nunca se sabe. Mírame a mí, por ejemplo. No me va tan mal. Firmé, tuve mis diez años y aquí estoy. Nada mal.

—¿Por qué estás tan ansioso por mi firma si, de todos modos, puedo ser condenado? —le preguntó Wellby.

—No es tan fácil reclutar cuadros de mando para el infierno —explicó el demonio, con un encogimiento de hombros que intensificó levemente el tenue aroma a bióxido de azufre que impregnaba el aire—. Todos apuestan a que terminarán en el cielo. Es una mala apuesta, pero así son las cosas. Creo que tú eres demasiado sensato para eso. Pero, entre tanto, tenemos más almas condenadas de las que podemos atender con nuestra creciente escasez de personal administrativo.

Wellby acababa de salir del ejército y lo único que le había dejado e naturaleza de todos ellos, pero sus deseos se cumplirían de tal modo que parecerían realizarse mediante mecanismos normales.

Naturalmente, no se cumpliría ningún deseo que interfiriese con las metas y los propósitos más elevados de la historia humana. Ante eso, Wellby enarcó las cejas.

Shapur carraspeó.

—Una precaución que se nos impone desde..., eh..., Arriba. Tú eres razonable. Esa limitación no interferirá contigo.

—También parece haber una cláusula equívoca.

—En cierto modo, sí. A fin de cuentas, tenemos que verificar tu aptitud para el puesto. Como ves, estipula que se te exigirá la realización de una tarea que tus poderes demoníacos te facilitarán muchísimo. No podemos revelarte ahora a qué se refiere, pero tendrás diez años para estudiar la naturaleza de tus poderes. Considéralo una especie de requisito de ingreso.

—¿Y si no apruebo el examen?

—En ese caso —dijo el demonio—, serás sólo un alma condenada común.

Y, como era un demonio, sus ojos emitieron un destello humeante y los dedos de sus zarpas temblaron como si ya los hubiera hundido en las entrañas del otro. Pero añadió suavemente:

—Vamos, será un examen sencillo. Preferimos que seas uno de los nuestros y no simplemente una tarea más.

Wellby, pensando melancólicamente en su amada inalcanzable, no dio mucha importancia a lo que ocurriría al cabo de diez años y firmó.

Pero los diez años pasaron de prisa. Isidore Wellby siempre se mostró razonable, como había predicho el demonio, y las cosas marcharon bien. Wellby aceptó un empleo y, como se hallaba en el sitio adecuado en el momento preciso y siempre decía las palabras precisas al hombre adecuado, pronto lo promovieron un puesto de gran autoridad.

Sus inversiones eran invariablemente fructíferas y, para mayor satisfacción, su chica regresó sinceramente arrepentida y desbordante de adoración.

Tuvo un matrimonio feliz y fue bendecido con cuatro hijos, dos varones y dos niñas; todos, brillantes y educados. Al cabo de diez años estaba en la cumbre de la autoridad, reputación y fortuna, mientras que su esposa crecía en belleza a medida que maduraba.

Y, a los diez años (exactos, por cierto) de la firma del pacto, se despertó para encontrarse no en su dormitorio, sino en una horrenda cámara de bronce de pasmosa solidez, sin más compañía que un ávido demonio.

—Sólo tienes que salir y serás uno de nosotros —dijo Shapur—. Es lógico y factible si usas tus poderes demoníacos, siempre que sepas exactamente qué estás haciendo. Y ya deberías saberlo.

—Mi familia se preocupará por mi desaparición —objetó Wellby, empezando a arrepentirse.

—Hallarán tu cadáver —lo consoló el demonio—. Parecerá que has muerto de un ataque cardíaco y tendrás unas bonitas exequias. El pastor dirá que fuiste al cielo y nadie desmentirá sus palabras. Vamos, Wellby, tienes hasta el mediodía.

Wellby, que sin pensarlo se había preparado para ese momento durante diez años, sentía menos pánico del que debería esperar.

Miró en torno, reflexivamente.

—¿El cuarto está totalmente cerrado? ¿No hay aberturas secretas?

—No hay ninguna abertura ni en las paredes ni en el suelo ni en el techo —le confirmó el demonio, con orgullo profesional por su obra—. Ni en las juntas ni en ninguna superficie. ¿Te das por vencido?

—No, no. Dame tiempo.

Wellby se devanó los sesos. La atmósfera del cuarto no estaba enrarecida. Incluso parecía como si el aire circulara.

Tal vez el aire entrara en el cuarto desmaterializándose para atravesar las paredes. Tal vez el demonio había entrado por desmaterialización y tal vez él pudiera irse del mismo modo. Lo preguntó:

El demonio sonrió con burla.

—La desmaterialización no es uno de tus poderes. Ni yo la usé para entrar.

—¿Estás seguro?

—Yo he creado este cuarto —declaró el demonio con orgullo— especialmente para ti.

—¿Y entraste desde fuera?

—Sí.

—¿Con poderes demoníacos razonables que yo también poseo?

—Exacto. Vamos, seamos precisos. No puedes desplazarte a través de la materia, pero puedes moverte en cualquier dimensión mediante un simple esfuerzo de voluntad. Puedes moverte hacia arriba, hacia abajo, a derecha, a izquierda, oblicuamente y demás, pero no puedes atravesar la materia.

Wellby siguió pensando mientras Shapur insistía en la inconmovible solidez de las paredes, el suelo y el techo de bronce, en los que no había una sola rendija.

Resultó obvio para Wellby que Shapur, por mucho que creyese en la necesidad de reclutar cuadros de mando, apenas podía contener su deleite demoníaco ante la posibilidad de contar con un alma condenada común para divertirse.

—Al menos —observó Wellby, en un penoso intento filosófico—, tendré diez años felices que recordar. Sin duda es un consuelo, aun para un alma condenada al infierno.

—En absoluto. El infierno no sería infierno si se permitieran consuelos. Todo lo que se gana en la Tierra mediante pactos con el diablo, como en tu caso (o en el mío), es exactamente lo que uno podría haber ganado sin ese pacto si hubiera trabajado con empeño y plena confianza en..., eh..., Arriba. Por eso, estos tratos son realmente demoníacos.

Soltó una risotada hueca y jovial.

—¿Quieres decir que mi esposa habría regresado a mí aunque yo no hubiera firmado el contrato? —preguntó el indignado Wellby.

—Tal vez. Todo lo que ocurre es voluntad de..., eh..., Arriba. Nosotros no podemos hacer nada para alterar eso.

La congoja del instante debió de agudizar el ingenio de Wellby, pues fue entonces cuando se desvaneció, dejando vacía la habitación, a excepción del sorprendido demonio. Y la sorpresa se transformó en furia cuando el demonio miró el contrato de Wellby que, hasta ese momento, retenía en la mano para ejecutarlo de un modo u otro.

A los diez años (exactos, por cierto) de la firma del pacto entre Isidore Wellby y Shapur, el demonio entró en la oficina de Wellby, hecho una furia.

—Oye...

Wellby apartó los ojos de su trabajo, muy sorprendido.

—¿Quién eres tú?

—Sabes muy bien quién soy.

—En absoluto —negó Wellby.

El demonio miró al hombre de hito en hito.

—Veo que dices la verdad, pero no distingo los detalles.

De inmediato inundó la mente de Wellby con los acontecimientos de los últimos diez años.

—Oh, sí —dijo Wellby—. Puedo explicarlo, desde luego pero, ¿estás seguro que nadie nos interrumpirá?

—Nadie —rezongó el demonio.

—Yo estaba sentado en ese cuarto cerrado de bronce y...

—Eso no importa —interrumpió el demonio—. Quiero saber...

—Por favor, déjame contarlo a mi manera.

El demonio cerró las zarpas y sudó bióxido de azufre hasta que Wellby tosió con aire dolorido.

—Si te alejaras un poco... —le pidió Wellby—. Gracias... Pues bien, yo estaba en aquel cuarto cerrado de bronce y recordaba que tú insistías en que las cuatro paredes, el suelo y el techo no tenían ninguna rendija. Me pregunté por qué lo especificabas. ¿Qué más había además de paredes, suelo y techo? Habías definido un espacio tridimensional totalmente cerrado.

»Y eso era: tridimensional. El cuarto no estaba cerrado en la cuarta dimensión. No existía indefinidamente en el pasado. Tú dijiste que lo habías creado para mí. Así que, si viajaba hacia el pasado, eventualmente hallaría un punto del tiempo donde el cuarto no existiría y, entonces, habría escapado.

»Más aún, dijiste que yo podía desplazarme en cualquier dimensión y, ciertamente, el tiempo se puede considerar una dimensión. En todo caso, en cuanto decidí desplazarme hacia el pasado, me hallé retrocediendo en el tiempo a gran velocidad y, de pronto, ya no había bronce alrededor.

—Me imaginaba todo eso —exclamó el angustiado Shapur—. No podías escapar de otra manera. Lo que me preocupa es tu contrato. No eres un alma condenada común, de acuerdo, es parte del juego. Pero al menos deberías integrarte en los cuadros directivos; para eso te pagaron, y si no te entrego... abajo estaré en un gran lío.

Wellby se encogió de hombros.

—Lo lamento por ti, desde luego, pero no puedo ayudarte. Debiste de crear el cuarto de bronce inmediatamente después que firmara el papel, pues cuando salí del cuarto me hallé en ese punto del tiempo en el que yo hacía un trato contigo. Allí estabas de nuevo, y allí estaba yo; me acercabas el contrato, junto con un punzón para que me pinchara el dedo. Por cierto, como había retrocedido en el tiempo, mi recuerdo de aquello que se estaba transformando en futuro se disipaba, sólo que, al parecer, no del todo. Cuando me acercaste el contrato, de pronto tuve un mal presentimiento. No recordaba el contrato, pero tuve un mal presentimiento. Así que no firmé. Rechacé la oferta.

Shapur apretó los dientes.

—Debí haberlo sabido. Si los patrones de probabilidad afectaran a los demonios, me habría desplazado contigo hacia ese nuevo mundo probable. Tal como están las cosas, sólo puedo decir que has perdido los diez años felices con que te pagamos. Es un consuelo. Y al final te pillaremos. Ése es otro consuelo.

—Pero, ¿hay consuelos en el infierno? —replicó Wellby—. Durante los diez años que he vivido ahora, no he sabido lo que podría haber obtenido. Pero, ya que has puesto el recuerdo de esos diez años que pude haber vivido en mi mente, recuerdo que en el cuarto de bronce me dijiste que los pactos demoníacos no podían dar nada que no se pudiera obtener trabajando con empeño y confianza en Arriba. He trabajado con empeño y he confiado. —Volvió los ojos hacia la fotografía de su bella esposa y sus cuatro hijos, y luego recorrió con la vista la lujosa elegancia de su oficina—. Y tal vez escape del infierno. Eso trasciende tu poder de decisión.

Y el demonio, con un aullido horrible, se esfumó para siempre.

Isaac Asimov (1920-1992)




Relatos góticos. I Relatos de Isaac Asimov.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Isaac Asimov: El artilugio tridimensional (Gimmicks Three), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El demonio de dos centímetros»: Isaac Asimov; relato y análisis


«El demonio de dos centímetros»: Isaac Asimov; relato y análisis.




El demonio de dos centímetros (The Two-Centimeter Demon) —a veces publicado en español como: Azazel (Azazel)— es un relato fantástico del escritor ruso Isaac Asimov (1920-1992), publicado en la antología de 1988: Azazel (Azazel).

El demonio de dos centímetros, probablemente uno de los cuentos de Isaac Asimov más extraños, pertenece al ciclo de relatos de Azazel, especie de demonio (o de homúnculo, o de extraterrestre, según otros) de unos dos centímetros de altura, inspirado en uno de los seres más abominables de la demonología: Azazel.

A menudo los cuentos de Azazel —y El demonio de dos centímetros no es la excepción— desarrollan una conversación entre el narrador, probablemente el propio Isaac Asimov, y un sujeto sumamente extraño, llamado George Bitternut, quien finalmente explica cómo ha logrado invocar al demonio Azazel para solucionar diversas cuestiones, a menudo desopilantes. Por alguna razón, George no puede obtener los favores de Azazel para sí mismo, sino únicamente dirigir los deseos solicitados hacia sus amigos y allegados.

El demonio de dos centímetros, así como todo el ciclo de relatos de Azazel, pasan más por el humor, la ironía, que por la ciencia ficción. En definitiva, la mayor ambición de George Bitternut es conseguir una comida gratis, y no vacila en narrar las historias más extraordinarias para capturar el interés de su interlocutor.



Azazel.
Azazel, Isaac Asimov (1920-1992)

Conocí a George en un congreso literario celebrado hace muchos años, y me llamó la atención el peculiar aire de inocencia y de candor que mostraba su rostro redondo y de mediana edad. Inmediatamente decidí que era la clase de persona a quien uno le dejaría la cartera para que se la guardase mientras se bañaba.

El me reconoció por mis fotografías en la contraportada de mis libros y me saludo alegremente, diciéndome lo mucho que le gustaban mis cuentos y mis novelas, lo cual, naturalmente, me dio una excelente opinión de su inteligencia y buen gusto.

Nos estrechamos cordialmente las manos, y el dijo:

—Me llamo George Bitternut.

—Bitternut —repetí, para fijármelo en la mente—. Un apellido poco corriente.

—Danés —respondió—, y muy aristocrático. Desciendo de Cnut, más conocido como Canuto, un rey que conquistó Inglaterra a comienzos del siglo XI. Un antepasado mío era hijo suyo: bastardo, naturalmente.

—Naturalmente —murmuré, aunque no veía por que había que darlo por sentado.

—Le pusieron de nombre Cnut, como su padre —continuó George—, y cuando fue presentado al rey, el soberano dijo: Voto a bríos, ¿éste es mi heredero? Yo lo he heredado por línea masculina directa, salvo que las vicisitudes del tiempo han acabado por cambiarlo a Bitternut.

Y sus azules ojos me miraron con una especie de hipnótica inocencia, que impedía toda duda.

—¿Quiere almorzar conmigo? —pregunté, moviendo la mano en dirección al restaurante profusamente decorado que, evidentemente, estaba destinado sólo a personas poseedoras de carteras bien repletas.

—¿No le parece que ese local es un poco ostentoso y que la cafetería del otro lado podría...? —respondió George.

—Como invitado mío —añadí.

George frunció los labios y dijo:

—Ahora que lo miro bajo una luz mas favorable, veo que tiene una atmósfera un tanto hogareña. Si, almorzaré con usted.

Mientras tomábamos el plato principal, George dijo:

—Mi antepasado Bettercnut tuvo un hijo, al que llamó Sweyn. Un buen nombre Danés.

—Si, ya sé —respondí—. El padre del Rey Cnut se llamaba Sweyn Forbeard. En tiempos modernos el nombre se suele escribir Sven.

George frunció levemente el ceño y dijo:

—No hace falta que alardee de sus conocimientos de estas cosas, amigo mío. Admito que tiene usted los rudimentos de una educación.

Me sentí abochornado.

—Lo siento.

Agitó la mano en ademán de magnánimo perdón, pidió otro vaso de vino y prosiguió:

—Sweyn Bettercnut se sentía fascinado por las mujeres, característica que hemos heredado todos los Bitternut, y tenía mucho éxito con ellas, como ha sido el caso con todos sus descendientes. Se sabe que muchas mujeres, después de separarse de él, meneaban la cabeza en señal de admiración y decían: Oh, es todo un Sweyn. Y también era un archimago.

Hizo una pausa y, luego, preguntó con brusquedad:

—¿Sabe usted qué es un archimago?

—No —mentí, no deseando volver a hacer una ofensiva ostentación de mis conocimientos—, ¿Qué es?

—Un archimago es un mago eminente —aclaró George, con lo que pareció un suspiro de alivio—. Sweyn estudiaba las artes arcanas y ocultas. Entonces era posible hacerlo, pues aún no había surgido todo ese desagradable escepticismo moderno. Estaba consagrado a la tarea de encontrar la manera de persuadir a las jovencitas para que observaran con él esa clase de comportamiento dulce y complaciente que es la corona de la femineidad, y rehuyesen todo lo que era huraño y hosco.

—Ah —dije, con tono comprensivo.
—Para eso necesitaba demonios, y perfeccionó medios para invocarlos, quemando ciertas hierbas aromáticas y pronunciando determinados conjuros semiolvidados.

—¿Y daba resultado, señor Bitternut?

—Llámeme George. Claro que daba resultado. Tenía legiones de demonios que trabajaban para él, pues, como con frecuencia se lamentaba, las mujeres de la época eran seres tercos y obstinados, que oponían, a su pretensión de ser nieto de un rey, ásperas observaciones sobre la naturaleza de la descendencia. Sin embargo, una vez que un demonio ejecutaba su obra, comprendían que un hijo natural era, simplemente, natural.

—¿Está seguro de todo éso, George?

—Naturalmente, pues el verano pasado encontré su libro de recetas para invocar demonios. Lo hallé en un viejo castillo inglés que actualmente está en ruinas, pero que en otro tiempo perteneció a mi familia. Se especificaban las hierbas exactas, la forma de quemarlas, el ritmo, los conjuros, las entonaciones. Todo. Estaba escrito en inglés antiguo, anglosajón, ya sabe, pero yo tengo un poco de lingüista y...

Se me hizo patente un ligero escepticismo.

—Usted bromea —dije.

Me miró con altivez.

—¿Por qué cree semejante cosa?, ¿acaso me estoy riendo? Se trata de un libro auténtico. Yo mismo experimenté las recetas.

—Y obtuvo un demonio.

—Sí, en efecto —respondió, señalándose de manera significativa el bolsillo superior de la chaqueta.

—¿Lo tiene ahí?

George se toco el bolsillo, y parecía a punto de asentir cuando sus dedos palparon algo importante, o tal vez fuese precisamente que no palparon nada.

Miró en el interior.

—Se ha ido —dijo con disgusto—. Desmaterializado. Pero quizá no se le pueda censurar por ello. Anoche estuvo conmigo por que sentía curiosidad por este congreso, ¿sabe?. Le di un poco de whisky con un cuentagotas, y le gustó. Tal vez le gusto demasiado, pues quería pegarse con la cacatúa enjaulada que hay en el bar y empezó a insultarla. Afortunadamente, se quedo dormido antes de que el pájaro ofendido pudiera replicar. Ésta mañana no parecía encontrarse muy bien, y supongo que se ha ido a su casa, dondequiera que esté, para recuperarse.

Sentí un acceso de rebeldía. ¿Esperaba que me creyera aquello?

—¿Me está diciendo que tenía un demonio en el bolsillo de la chaqueta?

—Es agradable ver lo rápidamente que se hace usted cargo de la situación —dijo George.

—¿Qué tamaño tenía?

—Dos centímetros.

—Pero eso no llega a una pulgada.

—Totalmente correcto. Una pulgada son 2,54 centímetros.

—Quiero decir, ¿qué clase de demonio es para tener sólo dos centímetros de estatura?

—Uno pequeño —respondió George—, pero, como dice el refrán, más vale tener un demonio pequeño que no tener ninguno.

—Depende de cómo sea.

—Oh, se llama Azazel. Es un demonio amistoso. Sospecho que no está muy bien considerado en sus antros nativos, pues se le nota extraordinariamente ansioso por impresionarme con sus poderes, salvo que no quiere utilizarlos para enriquecerme, como debería hacer, tratándose de una honorable amistad. Dice que sus poderes deben ser utilizados tan sólo para hacer el bien a otros.

—Vamos, vamos, George. Seguramente que no es ésa la filosofía del infierno.

George se llevo un dedo a los labios.

—No diga esa clase de cosas, amigo. Azazel se sentiría enormemente ofendido. Dice que su país es amable, decente y muy civilizado, y habla con gran respeto de su gobernante, cuyo nombre jamás pronuncia, y al que llama simplemente el Todo Total.

—¿Y en realidad hace favores?

—Siempre que puede. Éso es escaso, por ejemplo, de mi ahijada, Juniper Per...

—¿Juniper Pen?

—Sí. Por su expresión de intensa curiosidad, me doy cuenta de que desea conocer la historia. Con mucho gusto se la contaré.


Juniper Pen (dijo George) era una cándida estudiante de segundo curso en la Universidad cuando comienza mi relato, una dulce e inocente muchacha fascinada por el equipo de baloncesto, todo y cada uno de cuyos miembros eran jóvenes altos y muy guapos. El jugador que más parecía estimular su imaginación femenina era Leander Thomson, un muchacho alto y delgado, de grandes manos que se enroscaban en torno a un balón o a cualquier otra cosa que tuviera forma y el tamaño de un balón, lo que de alguna manera trae a la memoria a Juniper.

Obviamente, él era el objeto de sus gritos, cuando contemplaba desde la grada uno de sus partidos. Solía hablarme de sus dulces sueños, pues, como todas las jovencitas, aunque no sean mis nietas, se sentía impulsada a confiar en mí. Mi porte cariñoso pero digno invitaba a las confidencias.

—Oh, tío George —decía—, seguro que no es nada malo que yo sueñe en un futuro con Leander. Me lo imagino como el mejor jugador de baloncesto del mundo, como la flor y nata de los grandes profesionales, como el titular de un sustancioso contrato de larga duración. Y no es que yo pida mucho. Todo lo que quiero de la vida es una pequeña mansión cubierta de enredaderas, un pequeño jardín que se extienda todo cuanto la vista pueda abarcar, una sencilla servidumbre organizada en equipos, todos mis vestidos ordenados alfabéticamente para cada día de la semana y cada mes del año y...

Me vi obligado a interrumpir su encantador parloteo.

—Hay un ligero fallo en tu plan, pequeña —dije—. Leander no es un jugador de baloncesto muy bueno, y es poco probable que algún equipo le contrate por grandes sumas.

—Eso es injusto —dijo, enfurruñando el gesto—. ¿Por qué no es un jugador de baloncesto muy bueno?

—Porque así es como funciona el Universo. ¿Por qué no concentras tus juveniles afectos en alguien que sea un buen jugador de baloncesto? ¿O, si vamos a eso, en algún joven y honrado corredor bursátil de Wall Street que tenga acceso a informaciones reservadas?

—La verdad es que ya he pensado en ello, tío George, pero me gusta Leander exclusivamente por lo que es. Hay veces en que pienso en él y me digo: en realidad, ¿tan importante es el dinero?

—Ay, jovencita —exclamé horrorizado.

Hoy en día, las mujeres son increíblemente francas.

—Pero, ¿por qué no puedo tener también el dinero? ¿es mucho pedir?

¿Lo era realmente? Después de todo, yo tenía un demonio para mí solo. Se trataba de un demonio pequeño, desde luego, pero su corazón era grande. Seguramente que querría favorecer el curso del verdadero amor, a fin de aportar luz y dulzura a dos seres cuyos corazones latían al unísono al pensar en besos y fondos mutuos.

Azazel me escuchó cuando le invoqué con el conjuro apropiado. No, no puedo decirle cual es. ¿No tiene usted un elemental sentido de la ética?

Como digo, me escuchó, pero con lo que me pareció una absoluta carencia de esa comprensión que cabría esperar. Confieso que le había arrastrado a nuestro mundo sacándole de su entrega a algo parecido a un baño turco, pues se hallaba envuelto en una diminuta toalla y estaba tiritando. Su voz parecía mas aguda y estridente que nunca. (En realidad, no creo que fuese verdaderamente su voz. Me da la impresión de que se comunicaba mediante alguna especie de telepatía, pero el resultado era que yo oía, o imaginaba oír, una aguda vocecilla.)

—¿Qué es baloncesto? —preguntó—. ¿Un balón con forma de cesto? Porque, en ese caso, ¿qué es un cesto?

Traté de explicárselo, pero, para ser un demonio, puede resultar realmente obtuso. Se me quedó mirando, como si no le estuviese explicando con luminosa claridad cada detalle del juego. Finalmente, dijo:

—¿Podría ver un partido de baloncesto?

—Naturalmente —respondí—. Esta noche se juega uno. Leander me dio una entrada, y tú puedes ir en mi bolsillo.

—Estupendo —dijo Azazel—. Llámame cuando te dispongas a salir para el partido. Ahora tengo que terminar mi zymig —con lo que supongo se refería a su baño turco, y desapareció.

Debo confesar que me irrita sobremanera que alguien anteponga sus insignificantes asuntos domésticos a las trascendentales cuestiones de que yo me ocupo, lo cual me recuerda, amigo mío, que el camarero parece estar intentando atraer su atención. Creo que le tiene preparada la cuenta. Recójala, por favor, para que yo pueda continuar mi relato.

Esa noche fui al partido de baloncesto, y Azazel venía conmigo en mi bolsillo. Mantenía la cabeza asomada por el borde del bolsillo y habría constituido un sospechoso espectáculo si alguien hubiera estado mirando. Su piel es de un color rojo brillante y en su frente se destacan las protuberancias de dos pequeños cuernos. Por fortuna, se mantenía dentro del bolsillo, pues su musculosa cola de un centímetro de longitud es su rasgo más prominente y nauseabundo.

Yo no soy un gran aficionado al baloncesto, y preferí dejar que Azazel extrajera por su propia cuenta el significado de lo que estaba viendo. Su inteligencia, aunque más demoníaca que humana, es notable.

Una vez finalizado el partido, me dijo:

—Por lo que he podido deducir de la esforzada acción de los corpulentos, desgarbados y en absoluto interesantes individuos que corrían por la pista, parece ser que se producía una cierta conmoción cada vez que esa curiosa pelota pasaba a través del aro.

—En efecto —dije—. Eso es encestar.

—Entonces, ¿ese protegido tuyo se convertiría en un héroe de ese estúpido juego si pudiera pasar la pelota por el aro todas las veces que lo intentase?

—Exactamente.

Azazel pensativo, agitó la cola.

—No tiene que ser difícil. Solo necesito ajustar sus reflejos para hacerle calcular el ángulo, la altura, la fuerza...

Permaneció unos instantes en reflexivo silencio, a continuación dijo:

—Veamos, he tomado nota de su complejo coordinado personal durante el partido. Sí, se puede hacer. En realidad, ya esta hecho. Tu Leander no tendrá ninguna dificultad en hacer pasar la pelota por el aro.

Yo experimentaba una cierta excitación mientras aguardaba a que se celebrase el siguiente partido. No le dije nada a la pequeña Juniper, porque nunca había hecho uso de los poderes demoniacos de Azazel y no estaba del todo seguro de que sus hechos hicieran honor a sus palabras. Además, quería que se llevara una sorpresa. (Y se la llevó, muy grande, lo mismo que yo).

Por fin llego el día del partido, y aquél fue el partido. Nuestro colegio local, Nerdsville Tech, de cuyo equipo de baloncesto Leander era tan pálida luminaria, jugaba contra los larguiruchos fajadores de Reformatorio Al Capone, y se esperaba que fuese un combate épico.

Como de épico, nadie lo esperaba. El equipo de Al Capone en seguida se puso por delante en el marcador, y yo observaba atentamente a Leander. Parecía tener dificultades para decidir lo que debía hacer, y al comienzo sus manos parecían fallar el balón cuando trataba de avanzar. Supuse que sus reflejos habían resultado tan alterados, que en un principio no podía controlar en absoluto sus músculos. Sin embargo, luego, fue como si se acostumbrara a su nuevo cuerpo.

Tomó el balón y pareció que se le escapaba de las manos. ¡Pero que forma de escaparse! Descubrió un arco en el aire y atravesó el centro del aro. Las gradas estallaron en frenético aplauso, mientras que Leander contemplaba pensativamente el aro, como preguntándose que había ocurrido. Fuera lo que fuese, volvió a ocurrir otra vez, y otra.

Tan pronto como Lenader tocaba el balón, éste se elevaba describiendo un arco. Tan pronto como se elevaba, se curvaba hacia la canasta. Sucedía tan de repente, que nadie veía jamás a Leander apuntar ni hacer absolutamente ningún esfuerzo. Interpretando ésto como una prueba de maestría, la multitud se puso histérica.

Sin embargo, luego, como era de esperar, sucedió lo inevitable, y el partido se hundió en un caos total. Brotaban silbidos de las tribunas; los alumnos de rostros llenos de cicatrices, que animaban al reformatorio Al Capone, proferían violentas observaciones de carácter insultante, y por todas partes de producían peleas a puñetazos entre el público.

Lo que yo no había dicho a Azazel, creyendo que se trataba de algo evidente, y lo que él no había advertido; era que las dos canastas de la pista no eran iguales: una correspondía al equipo local y la otra al equipo visitante, y que cada jugador lanzaba el balón hacia la canasta apropiada. Y el balón, con toda la lamentable ignorancia de un objeto inanimado, en cuanto Leander lo tocaba, se elevaba hacia la canasta mas próxima. El resultado era que, una y otra vez, Leander se las arreglaba para introducir el balón en la canasta en que no debía.

Persistió en hacerlo, pese a los amables reproches del entrenador del Nerdsville, Claws (Pop) McFang, que se desgañitaba a gritos por entre la espuma que le cubría los labios. Pop McFang enseñó los dientes con un suspiro de tristeza por tener que expulsar a Leander del partido y lloró abiertamente cuando le quitaron los dedos de la garganta de Leander para que pudiera llevarse a efecto la expulsión.

Amigo mío, Lenader nunca volvió a ser el mismo.

Naturalmente, yo había pensado que buscaría refugio en la bebida y se convertiría en un torvo y pensativo alcohólico. Éso lo habría comprendido. No obstante, aun cayó más bajo. Se volvió hacia sus estudios. Bajo la despreciativa, y a veces incluso compasiva, mirada de sus condiscípulos, iba de clase en clase, sepultaba la cabeza entre los libros y descendía hacia las cenagosas profundidades de la ciencia. Durante todo ese tiempo, sin embargo, Juniper se aferró a él.

Me necesita, decía, con los ojos empanados por las lágrimas. Sacrificándolo todo, se caso con él una vez que ambos se graduaron. Y continuó manteniéndose unida a él, incluso mientras caía al más profundo de los abismos, al ser estigmatizado con un doctorado en Física.

Él y Juniper viven ahora en un pequeño apartamento situado en alguna parte del lado oeste. Él enseña física y ella realiza investigaciones sobre Cosmogonía, según tengo entendido. Gana 60,000 dólares al año, y entre quienes le conocieron cuando era un deportista respetable, se dice, en horrorizados susurros, que es un posible candidato al premio Nobel. Juniper nunca se queja, y se mantiene fiel a su ídolo caído. Ni con palabras ni con hechos expresa jamás ningún sentimiento de pérdida, pero no puede engañar a su viejo padrino.

Sé muy bien que, a veces, piensa melancólicamente en la mansión cubierta de enredaderas que nunca tendrá y en las ondulantes colinas y distantes horizontes de la pequeña finca de sus sueños.


—Ésa es la historia —dijo George, mientras recogía el cambio que había traído el camarero y anotaba el total del recibo de la tarjeta de crédito, supongo que para poder deducirlo de sus impuestos—. Yo, en su lugar —añadió—, dejaría una generosa propina.

Así lo hice, un tanto aturdido, mientras George sonreía y se alejaba.

En realidad, no me importaba que George se hubiera quedado con el cambio. Se me ocurrió que él únicamente tenía una comida, mientras que yo disponía de una historia que podía contar como propia y que me reportaría una cantidad de dinero equivalente a muchas veces el coste de la comida.

De hecho, decidí continuar almorzando con él de vez en cuando.

Isaac Asimov (1920-1992)




Relatos góticos. I Isaac Asimov.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Isaac Asimov: Azazel (Azazel), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los ojos hacen algo más que mirar»: Isaac Asimov; relato y análisis


«Los ojos hacen algo más que mirar»: Isaac Asimov; relato y análisis.




Los ojos hacen algo más que mirar (Eyes Do More Than See) es un relato fantástico del escritor ruso Isaac Asimov (1920-1992), publicado originalmente en la edición de abril de 1965 de la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, y luego reeditado en la antología de 1966: Más allá de la cortina de la oscuridad (Beyond the Curtain of Dark).

Los ojos hacen algo más que mirar, quizás uno de los cuentos de Isaac Asimov menos reconocidos, nos sitúa en un porvenir muy lejano, billones de años en el futuro, donde los humanos han abandonado su forma física y existen como entidades de energía que se mueven con absoluta libertad por el universo.

Dos de estas entidades —Ames y Brock— resuelven manipular, otra vez, la materia física. Ames crea entonces la escultura de una cabeza humana. Brock, que una vez fue mujer, recuerda dolorosamente su pasado físico y el amor que entonces sintió, millones de años atrás. Ella le agrega lágrimas a la cabeza y luego huye. Ames, perplejo, recuerda que una vez fue un hombre, y parte en búsqueda de Brock.

Los ojos hacen algo más que mirar de Isaac Asimov se inscribe claramente en el relato de ciencia ficción, pero el autor también le añade ingredientes casi mitológicos, en los que estos Adán y Eva del futuro, que han trascendido la materia y habitan como entidades completas en la Quinta Dimensión, comienzan a añorar el retorno a una forma de vida más primitiva, es cierto, pero también más apta para las emociones y los sentimientos.




Los ojos hacen algo más que mirar.
Eyes Do More Than See, Isaac Asimov (1920-1992)

Después de cientos de billones de años, pensó de súbito de sí mismo como Ames. No la combinación de ondas que a través de todo el universo era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido en sí propio. Una clara memoria trajo las ondas sonoras que él no oyó ni pudo oír.

El nuevo proyecto había estado aguzando su memoria más allá de los más viejos eones. Allanó el vórtice energético que recubría la suma de su individualidad y las líneas de fuerza se extendieron más allá de las estrellas.

La señal de respuesta de Brock vino. Con seguridad, pensó Ames, él podía hablar con Brock. Con seguridad podía él hablar con cualquiera.

Los modelos de energía enviados por Brock, comunicaron:

—¿Te acercas, Ames?

—Naturalmente.

—¿Tomarías parte en la contienda?

—¡Sí! —Las líneas de fuerza de Ames se movieron irregularmente—. He pensado en una forma artística completamente nueva. Algo realmente insólito.

—¡Qué derroche de esfuerzo! ¿Cómo puedes creer que una nueva variante pueda ser concebida tras doscientos billones de años? Nada puede haber que sea nuevo.

Por un momento Brock quedó fuera de fase y comunicación, y Ames se apresuró en ajustar sus líneas de fuerza. Captó la dirección de los pensamientos de otros emanadores mientras lo hacía; captó la poderosa visión de la anchurosa galaxia contra el terciopelo de la nada, y las líneas de fuerza pulsada sin fin por multitudinaria vida energética y discurriendo entre las galaxias.

—Por favor, Brock —dijo Ames—, absorbe mis pensamientos. No los evites. He estado pensando en manipular la Materia. ¡Imagínate! Una sinfonía de Materia. ¿Por qué molestarse con Energía? Claro que nada hay de nuevo en la Energía. ¿Cómo podía ser de otro modo? ¿No nos enseña esto que debemos planificar la Materia? ¡La Materia!

Ames interpretó las vibraciones energéticas de Brock como un tinte de disgusto.

—¿Por qué no? —dijo—. Nosotros mismos fuimos Materia en otro tiempo, mucho tiempo. ¡Oh, quizás un trillón de años atrás! ¿Por qué no erigir objetos en un medio Material, o con formas abstractas, o, escucha, Brock, ¿por qué no construir una imitación nuestra en Materia, una Materia a nuestra imagen y semejanza, tal cómo solíamos ser?

—No recuerdo cómo fuimos —dijo Brock—. Nadie lo recuerda.

—Yo lo recuerdo —dijo Ames con ímpetu—. No he pensado sino en eso y estoy comenzando a recordar. Brock, déjame que te lo muestre. Dime si obro bien. Dímelo.

—No. Es ridículo. Es... repulsivo.

—Déjame intentarlo, Brock. Hemos sido amigos; desde los comienzos pulsamos juntos nuestra energía, desde el momento en que llegamos a ser lo que ahora somos. ¡Por favor, Brock!

—De acuerdo, pero rápido.

Ames no había sentido tal temblor a lo largo de sus líneas de fuerza desde... ¿desde cuándo? Si lo intentaba ahora para Brock y obtenía fruto, se atrevería a manipular la Materia en presencia de la reunión de seres Energéticos que durante tanto tiempo esperaban algo nuevo.

La Materia permanecía raía entre las galaxias, pero Ames la reuniría, la conjuntaría más allá de los años-luz, escogiendo los átomos, dotándola de consistencia y conformándola en sentido ovoide.

—¿No lo recuerdas, Brock? —preguntó suavemente—. ¿No era algo parecido?

El vórtice de Brock tembló al entrar en fase.

—No me obligues a recordar. No recuerdo nada.

—Había una cúspide y ellos la llamaban cabeza. Lo recuerdo tan claramente como te lo digo ahora. Mira, ¿recuerdas eso?

Sobre la cima del ovoide apareció la CABEZA.

—¿Qué es? —preguntó Brock.

—La palabra que designa la cabeza. Los símbolos que significan la palabra sonora. Dime qué recuerdas, Brock.

—Hay algo más —dijo Brock con dudas—, algo en medio.

Una forma abultada surgió.

—¡Sí! —dijo Ames—. ¡Es la nariz!

Y la palabra NARIZ apareció en su lugar.

—Y también había ojos en otra parte.

OJO IZQUIERDO. OJO DERECHO.

Ames contempló lo que había conformado, sus lineas de fuerza pulsando lentamente. ¿Estaba seguro de que era así?

—Boca —dijo luego—, y mandíbula, y nuez de Adán, y clavículas. ¿Cómo si no podrían venir las palabras?

Y todo esto apareció en la forma ovoide.

—No había pensado en estas cosas desde hace cientos de billones de años —dijo Brock—. ¿Por qué haces que las recuerde? ¿Por qué?

Ames permanecía sumido momentáneamente en sus pensamientos.

—Algo más. Órganos para oír. Algo para recoger los sonidos. ¡Oídos! ¿Dónde estaban? ¡No puedo recordar dónde estaban!

—¡Déjalo! —gritó Brock—. ¡Olvídate de los oídos y todo lo demás! ¡No recuerdes!

—¿Qué hay de malo en recordar? —dijo Ames. desconcertado.

—El exterior no era rugoso y frío como eso, sino cálido y suave. Los ojos respiraban ternura y estaban vivos y los labios de la boca temblaban y eran blandos sobre los míos —Las lineas de fuerza de Brock golpeaban y se agitaban, golpeaban y se agitaban.

—¡Lo lamento! —dijo Ames—. ¡Lo lamento!

—Me has recordado que en otro tiempo fui mujer y supe amar; esos ojos hacían algo mas que mirar y no había nadie que lo hiciera por mi.

Con violencia, ella añadió una porción de materia a la rugosa y áspera cabeza y dijo:

—Ahora, déjalos que lo hagan —y desapareció.

Y Ames vio y recordó que en otro tiempo, también, fue un hombre. La fuerza de su vórtice partió la cabeza en dos y se lanzó a través de las galaxias siguiendo huellas de la energía de Brock, de vuelta a la infinita amenaza de la vida.

Y los ojos de la hendida cabeza de Materia todavía centelleaban con lo que Brock había colocado allí en representación de las lagrimas. La cabeza de Materia hizo lo que los seres de energía ya no podían hacer y lloraron por toda la humanidad y por la frágil belleza de los cuerpos que otrora fueron, un trillón de años atrás.

Isaac Asimov (1920-1992)




Relatos góticos. I Relatos de Isaac Asimov.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Isaac Asimov: Los ojos hacen algo más que ver (Eyes Do More Than See), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Todos los males del mundo»: Isaac Asimov; relato y análisis


«Todos los males del mundo»: Isaac Asimov; relato y análisis.




Todos los males del mundo (All the Troubles of the World) es un relato fantástico del escritor norteamericano (aunque nacido en Rusia) Isaac Asimov (1920-1992), publicado originalmente en la edición de abril de 1958 de la revista Super-Science Fiction, y luego reeditado en la antología de 1959: Nueve mañanas (Nine Tomorrows).

Todos los males del mundo, acaso uno de los mejores cuentos de Isaac Asimov, pertenece al ciclo de relatos de Multivac, aquella supercomputadora capaz de razonar, de soñar, e incluso de procesar toda la información que fluye en el planeta Tierra, influyendo en la política, la economía, y el delicado equilibrio social. En esencia, se trata de un verdadero ícono de las computadoras en la ciencia ficción.

En Todos los males del mundo, Multivac predice un futuro asesinato. Joseph Manners, acusado por la computadora, es arrestado, a pesar de que los estudios realizados mediante sondas psíquicas aseguran que se trata de un hombre incapaz de matar. Sin embargo, los reportes de Multivac sostienen que la posibilidad de que Manners cometa un asesinato aumentan exponencialmente incluso estando detenido.

Ben, el hijo de Manners, accede a una terminal pública de Multivac, diseñada para que cualquier ciudadano pueda hacerle preguntas; algo similar, en esencia, a Google. En este caso, Ben Manners le consulta a Multivac cómo puede probar la inocencia de su padre.

Lejos de recurrir a un cliché de la ciencia ficción, Isaac Asimov extiende una trama compleja y ricamente elaborada, mediante la cual Multivac busca convertirse en la víctima de aquel asesinato, articulando patrones que finalmente conducirán a Manners a matarla y de esa forma liberarse de su ingrato destino incorpóreo. De hecho, al ser consultada sobre cuál es su mayor deseo, Multivac responde: morir.

Todos los males del mundo es, sin dudas, un verdadero clásico del relato de ciencia ficción, en el cual podemos encontrar muchos paralelos con los actuales dilemas que plantea la tecnología.




Todos los males del mundo.
All the Troubles of the World, Isaac Asimov (1920-1992)

El mayor complejo industrial de la Tierra se centraba en torno a Multivac, la gigantesca computadora que había ido creciendo en el transcurso de medio siglo, hasta que sus diversas ramificaciones se extendieron por todo Washington, D. C., y sus suburbios, alcanzando con sus tentáculos todas las ciudades y poblaciones de la Tierra. Un ejército de servidores le suministraba constantemente datos, y otro ejército relacionaba e interpretaba sus respuestas. Un cuerpo de ingenieros recorría su interior, mientras multitud de minas y fábricas se dedicaban a mantener llenos los depósitos de piezas de recambio, procurando que nada faltase a la monstruosa máquina.

Multivac dirigía la economía del planeta y ayudaba al progreso científico. Mas por encima de esto, constituía la cámara de compensación central donde se almacenaban todos los datos conocidos acerca de cada habitante de la Tierra. Y todos los días formaba parte de los innumerables deberes de Multivac pasar revista a los cuatro mil millones de expedientes (uno para cada habitante de la Tierra) que llenaban sus entrañas y extrapolarlos para un día más. Todas las Secciones de Correcciones de la Tierra recibían los datos apropiados para su propia jurisdicción, y la totalidad de ellos se presentaba en un grueso volumen al Departamento Central de Correcciones de Washington, D.C.

Bernard Gulliman se hallaba en su cuarta semana de servicio al frente del Departamento Central de Correcciones, para el cual había sido nombrado presidente por un año, y ya se había acostumbrado a recibir el informe matinal sin asustarse demasiado. Como siempre, constituía un montón de cuartillas de más de quince centímetros de grueso. Como ya sabía, no se lo traían para que lo leyese todo (era una empresa superior a sus fuerzas humanas). Sin embargo, resultaba entretenido hojearlo. Contenía la lista acostumbrada de delitos previstos de antemano: diversas estafas, hurtos, algaradas, homicidios, incendios provocados, etcétera.

Buscó un apartado particular y sintió una ligera sorpresa al descubrirlo, y luego otra al ver que en él figuraban dos anotaciones. No una sino dos. Dos asesinatos en primer grado. No había visto dos juntos en un solo día en todo el tiempo que llevaba de presidente. Oprimió el botón del intercomunicador y esperó a que el solícito semblante de su coordinador apareciese en la pantalla.

—Ali —le dijo Gulliman—, hoy tenemos dos primeros grados. ¿Hay algún problema insólito?

—No, señor.

El rostro de morenas facciones y ojos negros y penetrantes mostraba cierta expresión de inquietud.

—Ambos casos tienen un porcentaje de probabilidad muy bajo —dijo.

—Eso ya lo sé —repuso Gulliman—. He podido observar que ninguno de ellos presenta una probabilidad superior al quince por ciento. De todos modos, debemos velar por el prestigio de Multivac. Ha conseguido borrar prácticamente el crimen de la faz del planeta, y el público lo considera así por su éxito al impedir asesinatos de primer grado, que son, desde luego, los más espectaculares.

Ali Othman asintió.

–Sí, señor. Me doy perfecta cuenta.

—También se dará usted cuenta, supongo —prosiguió Gulliman—, que yo no quiero que se cometa uno solo durante mi presidencia. Si se nos escapa algún otro crimen, sabré disculparlo. Pero si se nos escapa un asesinato en primer grado, le irá a usted el cargo en ello. ¿Me entiende?

—Sí, señor. El análisis completo de los dos asesinatos en potencia ya se está efectuando en las oficinas de los respectivos distritos. Tanto los asesinos en potencia como sus presuntas víctimas se hallan bajo observación. He comprobado las probabilidades que el crimen se cometa y ya están disminuyendo.

—Buen trabajo —dijo Gulliman, cortando la comunicación.

Volvió a examinar la lista con cierta desazón. Tal vez se había mostrado demasiado severo con su subordinado... Pero había que tener mano firme con aquellos empleados de plantilla y evitar que llegasen a imaginarse que eran ellos quienes lo llevaban todo. De vez en cuando había que recordarles quién mandaba allí. En especial a aquel Othman, que trabajaba con Multivac desde que ambos eran notablemente más jóvenes, y a veces asumía unos aires de propiedad que llegaban a ser irritantes.

Para Gulliman, aquella cuestión de los crímenes podía ser crucial en su carrera política. Hasta entonces, ningún presidente había conseguido terminar su mandato sin que se produjese algún asesinato en un lugar u otro de la Tierra. Durante el mandato del presidente anterior se habían cometido ocho, o sea tres más que durante el mandato de su predecesor. Pero Gulliman se proponía que durante el suyo no hubiese ninguno. Había resuelto ser el primer presidente que no tuviera en su haber ningún asesinato en ningún lugar de la Tierra. Después de eso, y de la favorable publicidad que comportaría para su persona.

Apenas se fijó en el resto del informe. Éste contenía, según le pareció a primera vista, unos dos mil casos de esposas en peligro de ser vapuleadas. Indudablemente, no todas aquellas palizas podrían evitarse a tiempo. Tal vez un treinta por ciento de ellas se realizarían. Pero el porcentaje disminuía cada vez con mayor celeridad. Multivac había añadido las palizas conyugales a su lista de crímenes previsibles hacía apenas cinco años, y el ciudadano medio todavía no se había acostumbrado a la idea de verse descubierto de antemano cuando se proponía moler a palos a su media naranja. A medida que esta idea se fuese imponiendo en la sociedad, las mujeres recibirían cada vez menos golpes, hasta terminar por no recibir ninguno.

Gulliman observó que en la lista también figuraban algunos maridos vapuleados. Luego quitó la conexión y se quedó mirando la pantalla de la cual habían desaparecido las prominentes mandíbulas y la calva incipiente de Gulliman. Luego miró a su ayudante. Rafe Leemy, y dijo:

—¿Qué hacemos?

—¿A mí me lo preguntas? Es a él a quien le preocupan un par de asesinatos sin importancia.

—Yo creo que nos arriesgamos demasiado al intentar resolver esto por nuestra cuenta. Sin embargo, si se lo decimos le dará un ataque. Estos políticos electos tienen que pensar en su pellejo; por lo tanto, creo que si se lo decimos no haría más que enredar las cosas e impedirnos actuar.

Leemy asintió con la cabeza y se mordió el grueso labio inferior.

—¿Qué haremos si nos equivocamos? —dijo—. Querría estar en el fin del mundo, si eso llega a suceder.

—Si nos equivocamos, nuestra suerte no interesará a nadie, pues seremos arrastrados por la catástrofe general —con la mayor vivacidad, Othman añadió—: Pero, vamos a ver, las probabilidades son tan sólo del doce coma tres por ciento. Para cualquier otro delito, exceptuando quizás el asesinato, dejamos que el porcentaje aumente un poco más antes de decidirnos a actuar. Todavía puede presentarse una corrección espontánea.

—Yo no confiaría demasiado en ello —dijo Leemy secamente.

—No pienso hacerlo. Me limitaba a señalarte el hecho. Sin embargo, como la cifra aún es baja, creo que lo más indicado es que de momento nos limitemos a observar. Nadie puede planear un crimen de tal envergadura por sí solo; tienen que existir cómplices.

—Multivac no los nombró.

—Ya lo sé. Sin embargo...

No terminó la frase. Entonces se pusieron a estudiar de nuevo los detalles de aquel crimen que no se incluía en la lista entregada a Gulliman; el único crimen que nunca había sido intentado en toda la historia de Multivac. Y se preguntaron qué podían hacer.

Ben Manners se consideraba el muchacho de dieciséis años más dichoso de Baltimore. Eso tal vez podía ponerse en duda. Pero no había duda que era uno de los más dichosos, y de los que se hallaban más excitados. Al menos, era uno de los pocos que habían sido admitidos en las graderías del estadio el día en que los jóvenes de dieciocho años pronunciaron el juramento. Su hermano mayor se contaba entre los que iban a pronunciarlo, y por eso sus padres solicitaron billetes para ellos y también permitieron que Ben lo hiciese. Cuando Multivac eligió entre todos los que solicitaron billete, Ben fue uno de los autorizados a sacarlo. Dos años después, Ben sería quien pronunciaría el juramento, pero la contemplación de su hermano mayor Michael en el acto de hacerlo era casi lo mismo para él.

Sus padres le vistieron (o le hicieron vestir, mejor dicho) con todo el adorno posible, pues iba como único representante de la familia, y el muchacho se fue muy ufano, con recuerdos de todos para Michael, el cual se había ido unos días antes para someterse a los reconocimientos físico y neurológico preliminares.

El estadio se hallaba emplazado en las afueras de la población, y Ben, que no cabía en sí de orgullo, fue conducido hasta su asiento. Por debajo de él distinguió hilera tras hilera de centenares y centenares de jóvenes de dieciocho años (los chicos a la derecha, las chicas a la izquierda), todos procedentes del distrito dos de Baltimore. En diversas épocas del año se celebraban actos similares en todo el mundo, pero aquello era Baltimore, y por lo tanto aquél era el más importante. Allá abajo, perdido entre la multitud de adolescentes, se hallaba Mike, el hermano de Ben.

El joven escrutó las hileras de cabezas, con la vaga esperanza de reconocer a su hermano. No lo consiguió, naturalmente, pero entonces subió un hombre al estrado que se alzaba en el centro del estadio, y Ben dejó de mirar para prestar atención. El hombre del estrado dijo por el micrófono:

—Buenas tardes, muchachos; buenas tardes, distinguido público. Soy Randolph T. Hoch, y se me ha confiado el honroso encargo de dirigir este año los actos de Baltimore. Los jóvenes que van a pronunciar el juramento ya me conocen, por haberme visto varias veces durante los reconocimientos físicos y neurológicos. La mayor parte de la tarea ya está realizada, pero queda lo más importante. La personalidad completa de cada uno de ustedes debe pasar a los archivos de Multivac.

»Todos los años, esto requiere cierta explicación para los jóvenes que alcanzan la mayoría de edad. Hasta esta fecha –dijo volviéndose hacia los jóvenes que tenía delante, y desviando su mirada del público–, hasta esta fecha, hasta hoy, ustedes no pueden considerarse adultos; Multivac no les considera como individuos adultos, excepto en los casos en que alguno de ustedes han sido señalados especialmente por sus padres o por el Gobierno.

»Hasta hoy, pues, cuando llegaba el momento de recopilar los datos anuales, eran sus padres quienes llenaban vuestras fichas. Ha llegado ahora el momento para que asuman esta obligación. Es un gran honor, una gran responsabilidad. Sus padres nos han comunicado cuáles han sido vuestras notas escolares, qué enfermedades han tenido, cuáles son vuestras costumbres... Eso, y muchas cosas más. Pero ahora todavía deben decirnos más aún; vuestros más íntimos pensamientos; vuestros más secretos anhelos.

»Resulta difícil hacerlo la primera vez; incluso violento, pero hay que hacerlo. Una vez lo hayan hecho, Multivac tendrá un análisis completo de ustedes en sus archivos. Comprenderá vuestras acciones y reacciones. Incluso podrá prever con notable exactitud vuestro comportamiento futuro. De esta manera, Multivac les protegerá. Si están en peligro de accidente, lo sabrá. Si alguien se propone hacerles daño, lo sabrá. Si son ustedes quienes traman alguna mala acción, lo sabrá y evitará que ésta se cometa, con el resultado que no tendrán que ser castigados por ella.

»Con el conocimiento que tendrá de todos ustedes, Multivac podrá contribuir al perfeccionamiento de la economía y de las leyes terrestres, para el bien de todos. Si tienen un problema personal, pueden acudir a Multivac con él, y Multivac, que les conoce a todos, podrá ayudarles a resolverlo. Ahora deseo que llenen los formularios que les vamos a facilitar. Mediten cuidadosamente y respondan a todas las preguntas con la mayor exactitud posible. No oculten nada por vergüenza o precaución. Nadie conocerá nunca vuestras respuestas excepto Multivac, a menos que sea necesario conocerlas para protegerles. Y en este caso, sólo las conocerán contados funcionarios del Gobierno, que poseen autorización especial.

»Pudiera ocurrir que deformasen la verdad más o menos intencionadamente. No lo hagan. Nosotros terminaremos por descubrirlo. La totalidad de sus respuestas debe formar un conjunto coherente. Si alguna de las respuestas son falaces, sonarán como una nota discordante y Multivac las descubrirá. Si entre ellas se encuentran respuestas falsas, o son falsas en su totalidad, crearán un conjunto típico que Multivac reconocerá inmediatamente. Por lo tanto, les aconsejo que digan la verdad y nada más que la verdad.

Por último, el acto terminó; los muchachos llenaron los formularios, y las ceremonias y discursos tocaron a su fin. Por la noche, Ben, poniéndose de puntillas, consiguió descubrir finalmente a Michael, el cual todavía llevaba el traje de gala que se había puesto para el «desfile de los adultos». Se abrazaron llenos de júbilo, luego cenaron juntos y tomaron el expreso hasta su casa, ambos llenos de contento después de aquel día memorable. Por lo tanto, no se hallaban preparados para enfrentarse con el cambio total que encontraron en su casa. Ambos se quedaron helados cuando un joven de rostro severo, vestido de uniforme y apostado a la puerta de su propia casa, les cerró el paso para pedirles la documentación antes de dejarlos entrar. Una vez dentro, hallaron a sus padres sentados en el salón, con expresión desesperada y la huella de la tragedia impresa en sus caras.

Joseph Manners, que parecía haber envejecido diez años desde aquella misma mañana, miró con ojos asustados y hundidos a sus dos hijos (uno de los cuales todavía llevaba al brazo su flamante toga de adulto) y dijo:
—Estoy bajo arresto domiciliario.

Ben y Michael se quedaron boquiabiertos.

Bernard Gulliman no podía leer, naturalmente, el voluminoso informe. Leyó únicamente el sumario y quedó más que satisfecho. No había duda que toda una generación ya estaba acostumbrada a que Multivac predijese la comisión de los delitos más importantes. Les parecía natural que los agentes de Corrección se presentasen en el lugar donde iba a cometerse el delito antes que éste pudiera llevarse a cabo. Les parecía natural también que la consumación del crimen acarrease para su autor un castigo ejemplar e inevitable. Poco a poco, arraigó el convencimiento que era imposible engañar a Multivac. El resultado de ello, naturalmente, fue que cada vez se planearon menos crímenes. A medida que las intenciones criminales disminuían y la capacidad de Multivac aumentaba, se fueron añadiendo a la lista de delitos que el maravilloso instrumento predecía todas las mañanas, otras infracciones de la ley de menor cuantía, pero éstas, también, disminuían a ojos vistas.

Entonces Gulliman ordenó que se realizase un análisis (sólo lo podía realizar Multivac, naturalmente) de la capacidad que poseía Multivac para prever las posibilidades de enfermedad. Así, los médicos podrían ser llamados con rapidez para visitar y tratar a individuos susceptibles de volverse diabéticos antes de un año, o expuestos a sufrir una tisis galopante o un cáncer. Más vale prevenir. ¡Y el resultado del análisis fue favorable! Después le llevaron la lista de los posibles crímenes del día, y entre ellos no figuraba ni un solo asesinato de primer grado. Gulliman, que se hallaba de un humor excelente, llamó a Ali Othman por el intercomunicador:

—Oiga, Othman, ¿cuál es el promedio de delitos que hay en las listas diarias de la semana pasada, comparado con el promedio de mi primera semana como presidente?

El promedio había descendido, según se pudo comprobar, en un ocho por ciento; sólo le faltaba eso a Gulliman para sentirse el más dichoso de los mortales. No se debía para nada a él, desde luego, pero sus votantes no lo sabían. Se congratuló por su suerte, que le había llevado a ocupar la presidencia en el momento oportuno, durante el apogeo de Multivac, en un momento en que la enfermedad también podría colocarse bajo su manto protector. Esto favorecía extraordinariamente la carrera política de Gulliman.

Othman se encogió de hombros.

—El jefe está muy contento —dijo.

—¿Cuándo hacemos estallar la bomba? —dijo Leemy—. El hecho de poner a Manners en observación sólo ha conseguido elevar las probabilidades. El arresto domiciliario no ha hecho más que incrementarlas.

—Ya lo sé, hombre —dijo el otro, con impaciencia—. Lo que no sé es por qué.

—Tal vez se deba a los cómplices, como tú dijiste. Al darse cuenta que Manners está detenido, el resto de la banda tendrá que actuar en seguida o la intentona fracasará.

—Mirémoslo desde otro lado. Con Manners a buen recaudo, los demás pondrán pies en polvorosa y tratarán de esconderse. Además, ¿por qué Multivac no nos da los nombres de los cómplices?

—¿Se lo decimos a Gulliman?

—No, todavía no. Las probabilidades son todavía de un diecisiete coma tres por ciento. Aún podemos hacer algo.

Elizabeth Manners dijo a su hijo menor:

—Vete a tu cuarto, Ben.

—Pero, ¿qué pasa, mamá? —preguntó Ben con voz quebrada, al contemplar aquel extraño final de un día tan glorioso.

—¡Por favor, Ben, obedéceme sin preguntar!

El muchacho se fue a regañadientes. Salió al vestíbulo y empezó a subir la escalera, haciendo el mayor ruido posible. Luego descendió sigilosamente. Mike Manners, el primogénito, el que había llegado hacía pocas horas a su mayoría de edad y era el gozo y la esperanza de la familia, dijo con un tono de voz que reflejaba el que empleara su hermano:

—¿Qué pasa?

Joe Manners repuso:

—Pongo al cielo por testigo que no lo sé, hijo mío. No he hecho nada.

—De eso estamos todos convencidos —dijo Mike, mirando estupefacto a su padre, pequeño y de aspecto bondadoso—. Deben haber venido porque pensabas hacer algo.

La señora Manners le interrumpió con enojo:

—¿Qué quieres que pensase tu padre que pueda provocar semejante despliegue de fuerzas? —describió un amplio círculo con el brazo, para abarcar los policías que rodeaban la casa, y prosiguió—: Cuando yo era niña, el padre de un amigo mío que trabajaba en un banco fue llamado una vez, y le dijeron que no pensase más en aquel dinero. Pensaba robar cincuenta mil dólares. No llegó a cometer el robo: sólo lo pensó. En aquellos tiempos no mantenían estas cosas en secreto, como hoy; todo el mundo se enteró, y así es como yo lo supe. Lo que quiero decir es que se trataba de cincuenta mil dólares. Una cantidad muy respetable. Sin embargo se limitaron a llamarlo por teléfono. ¿Qué podía estar planeando tu padre, para requerir la presencia de una docena de policías, que han rodeado la casa?

El cabeza de familia dijo, con voz triste y quejumbrosa:

—No planeaba ningún crimen, ni el más pequeño e insignificante. Se los juro.

Mike, lleno de la sabiduría consciente de un nuevo adulto, dijo:

—Tal vez sea algo subconsciente, papá; una forma de resentimiento hacia tu jefe.

—¿Hasta tal punto que me hiciese desear matarlo? ¡No!

—¿Y no quieren decirte de qué se trata?

Su madre les interrumpió de nuevo:

—No, no quieren. Ya se lo hemos preguntado. Les dije que, con su simple presencia, estaban perjudicando enormemente nuestra reputación en el barrio. Lo menos que podían hacer era decirnos de qué se trataba para que pudiéramos defendernos y ofrecer explicaciones.

—¿Y ellos no quieren?

—No.

Mike permanecía de pie, con las piernas separadas y las manos metidas en los bolsillos. Muy inquieto, dijo:

—Verás, mamá, es que Multivac no se equivoca nunca.

Su padre, desesperado, golpeó con el puño el brazo del sofá.

—Les repito que no planeo ningún crimen.

Abrieron sin llamar y entró en la sala un hombre uniformado, que andaba con paso firme y decidido. Su cara tenía una expresión imperturbable y oficial.

—¿Es usted Joseph Manners? —preguntó.

—Yo soy. ¿Podría usted decirme qué desean de mí?

—Joseph Manners, queda usted detenido por orden del Gobierno —y exhibió brevemente su carnet de oficial de Correcciones—. Tengo que rogarle que me acompañe.

—¿Por qué motivo? ¿Qué he hecho?

—No estoy autorizado a decírselo.

—Pero no pueden detenerme por planear un crimen, aun admitiendo que lo estuviese planeando. Para detenerme tengo que haber hecho algo. De lo contrario, no pueden. Es contrario a la ley.

—Le ruego que me acompañe.

La señora Manners soltó un grito y se dejó caer en el sofá, llorando histéricamente. Joseph Manners no fue capaz de transgredir el código que le había sido impuesto durante toda su vida, resistiéndose a obedecer las órdenes de un oficial, pero al final se hizo el remolón, obligando al agente del Gobierno a tener que utilizar la fuerza para arrastrarlo fuera de la habitación. Mientras se lo llevaban, Manners gritaba:

—Pero, ¿qué he hecho? ¿Por qué no quieren decírmelo? Si al menos lo supiese... ¿Es un asesinato? ¿Se me acusa de tramar un asesinato?

La puerta se cerró tras ellos, y Mike Manners, pálido como la muerte y que de pronto había dejado de sentirse adulto, miró a la puerta y luego a su madre, anegada en llanto. Ben Manners, oculto tras la otra puerta y sintiéndose de pronto muy adulto, apretó los labios fuertemente y pensó que él sabía exactamente lo que había que hacer.

Lo que Multivac le arrebataba, Multivac lo devolvería. Ben recordaba perfectamente las ceremonias que había presenciado aquel mismo día. Había oído cómo aquel llamado Hoch hablaba de Multivac y de todo cuanto ésta podía hacer. Podía dirigir el Gobierno, y también ayudar a un simple particular que fuese a ella en busca de consejo. Cualquiera podía pedir ayuda a Multivac, y Ben se disponía a hacerlo. Ni su madre ni su hermano se darían cuenta que se iba; además, le quedaba todavía algún dinero de la cantidad que sus padres le habían dado para aquel día memorable. Si después notaban su ausencia y ésta les preocupaba, qué se le iba a hacer. En aquel momento, su padre era quien más contaba.

Salió por la parte trasera y el agente apostado a la puerta le dejó pasar, tras examinar brevemente su documentación.

Harold Quimby dirigía la sección de quejas de la subestación Multivac de Baltimore. Se consideraba a sí mismo un miembro de la rama más importante del servicio civil. En ciertos aspectos tal vez tuviese razón, y los que le oían hablar de ello hubieran debido ser de hierro para no sentirse impresionados. Por un lado, decía Quimby, Multivac se dedicaba principalmente a invadir la intimidad. Durante los últimos cincuenta años, la Humanidad había tenido que acostumbrarse a la idea que sus pensamientos e impulsos más íntimos ya no podían mantenerse en secreto, y que ya no existían recónditos pliegues del alma donde podían esconderse los sentimientos. A cambio de esto, había que dar algo a la Humanidad.

Naturalmente, los hombres obtuvieron paz, prosperidad y seguridad, pero eso eran abstracciones. Los hombres y mujeres concretos necesitaban algo personal como recompensa por su renuncia a la intimidad, y lo obtuvieron. Al alcance de cualquier habitante del planeta se encontraba una estación Multivac a cuyos circuitos se podían someter libremente toda clase de problemas y preguntas, con una libertad y sin prácticamente limitación alguna. A los pocos minutos, el maravilloso instrumento facilitaba las respuestas adecuadas.

En cualquier instante del día o de la noche, cinco millones de circuitos individuales entre el cuatrillón o más que poseía Multivac, podían dedicarse a atender aquel programa de preguntas y respuestas. Éstas no eran necesariamente infalibles, pero sí enormemente aproximadas casi siempre, y los que acudían a Multivac tenían una fe absoluta en sus respuestas. Y en aquellos momentos, un joven de dieciséis años, de expresión ansiosa, avanzaba lentamente con la cola de hombres y mujeres que esperaban. Todos los semblantes de los que formaban la cola se hallaban iluminados por distintos grados de esperanza, temor o ansiedad, e incluso angustia, mientras se aproximaban lentamente a Multivac. Pero era siempre la esperanza la que predominaba.

Sin levantar la mirada, Quimby tomó el formulario impreso, debidamente cumplimentado, que el recién llegado le tendía y dijo:

—Cabina 5-B.

—¿Cómo tengo que hacer la pregunta, señor?

Quimby levantó entonces la mirada, con cierta sorpresa. Por lo general, los muchachos que aún no habían alcanzado la mayoría de edad no hacían uso de aquel servicio. Amablemente le dijo:

—¿Es la primera vez que vienes a Multivac, muchacho?

—Sí, señor.

Quimby le indicó el modelo que tenía sobre su mesa.

—Tendrás que utilizar esto. Mira, funciona exactamente igual que una máquina de escribir. No escribas la pregunta mal, sobre todo; hazlo por medio de esta máquina. Ahora vete a la cabina 5-B, y si necesitas ayuda, oprime el botón rojo y se presentará un empleado. Por ese corredor, muchacho, a la derecha.

Vio como el joven se alejaba por el corredor, hasta perderse de vista, y sonrió. Multivac no rechazaba a nadie. Naturalmente, no podía descartarse un pequeño porcentaje de preguntas triviales: gente que hacía preguntas indiscretas acerca de sus vecinos o preguntas desvergonzadas sobre personalidades eminentes; estudiantes que trataban de adivinar lo que les preguntarían sus profesores, o de divertirse a costa de Multivac haciéndole preguntas paradójicas o absurdas.

Multivac podía atender todas aquellas preguntas sin necesidad de ayuda. Además, cada pregunta y cada respuesta quedaban archivadas para constituir una pieza más en el conjunto de datos sobre la Humanidad en general y sus representantes individuales en particular. Incluso las triviales e impertinentes ayudaban a la Humanidad, pues al reflejar la personalidad del que las hacía, permitían que Multivac aumentase su conocimiento de los hombres.

Quimby volvió su atención hacia la persona siguiente en la cola, una mujer de mediana edad, desgarbada y angulosa, con la turbación reflejada en el semblante.

Ali Othman medía la oficina a grandes pasos, y sus tacones resonaban con golpes sordos y desesperados sobre la alfombra.

—Las probabilidades siguen aumentando. En este momento son del veintidós coma cuatro por ciento. ¡Maldición! Hemos detenido a Joseph Manners, y las probabilidades siguen aumentando.

El sudor corría a raudales por su cara. Leemy dejó el teléfono en su soporte.

—Todavía no ha confesado. Le han sometido a la Prueba Psíquica, pero no han descubierto la menor huella de crimen. Es posible que diga la verdad.

—¿Entonces, es que Multivac se ha vuelto loca? —dijo Othman.

Otro teléfono se puso a sonar. Othman se apresuró a cerrar las conexiones, contento de aquella interrupción. En la pantalla apareció la cara de un oficial de Correcciones, el cual dijo:

—¿Tiene que darnos algunas nuevas instrucciones, señor, respecto a la familia de Manners? ¿Debemos permitirles que vayan y vengan a su antojo, como han hecho hasta ahora?

—¿Qué quiere usted decir, con eso de «como han hecho hasta ahora»?

—Las primeras órdenes que recibimos se referían al arresto domiciliario de Joseph Manners. Nada se decía en ellas del resto de la familia, señor.

—Pues hágalas extensivas al resto de la familia, en espera de recibir nuevas órdenes.

—Pero es que ése es el problema, señor. La madre y el hijo mayor no hacen más que pedir noticias del pequeño. Éste ha desaparecido, y su madre y su hermano piensan que también le han detenido, y piden que los llevemos a la jefatura para aclarar la suerte del muchacho.

Othman frunció el ceño y preguntó casi en un susurro:

—¿El pequeño? ¿Cuántos años tiene?

—Dieciséis, señor —repuso el agente.

—Dieciséis, y se ha ido. ¿Sabe usted adónde?

—Le dejaron salir, señor. No había órdenes de retenerle.

—No se retire. Un momento —Othman suspendió momentáneamente la comunicación, se llevó ambas manos a la cabeza, y gimió—: ¡Estúpido de mí!

—¿Qué demonios te pasa?

—Este individuo tiene un hijo de dieciséis años —dijo Othman con voz ahogada—. Por lo tanto, es un menor de edad, y Multivac no lo registra por separado, sino formando parte de la ficha de su padre —miró furioso a Leemy—. Hasta cumplir dieciocho años, un joven no tiene ficha separada en Multivac, sino que sus datos figuran en la de su padre. Eso lo sabe cualquiera. ¿Cómo pudo habérseme olvidado? Y a ti, pedazo de idiota, ¿cómo pudo habérsete olvidado también?

—¿Quieres decir entonces que Multivac no se refería a Joe Manners? —preguntó Leemy.

—Multivac se refería a su hijo menor, y éste se nos ha escapado. A pesar de tener la casa rodeada de policías, él ha salido con toda tranquilidad y se ha ido a realizar vaya a saber qué infernal misión.

Conectó de nuevo el circuito telefónico, al extremo del cual todavía esperaba el oficial de Correcciones. Aquella interrupción de un minuto había permitido que Othman recuperase el dominio de sí mismo, asumiendo de nuevo su expresión fría y segura (hubiera sido altamente perjudicial para su prestigio representar una escena ante los ojos de un policía aunque eso habría aliviado considerablemente su mal humor).

—Oficial —dijo entonces—, trate de localizar al muchacho que ha desaparecido. Si es necesario, movilice usted a todos sus hombres. Más adelante les daré las órdenes oportunas. De momento sólo ésta: encontrar al muchacho a toda costa.

—Sí, señor.

La conexión se interrumpió. Othman dijo:

—Dígame cómo están las probabilidades, Leemy.

—Han bajado a un diecinueve coma seis por ciento. Y siguen bajando.

Othman dejó escapar un largo suspiro.


Ben Manners tomó asiento en la cabina 5-B y tecleó lentamente:

—Me llamo Benjamín Manners, número MB-71833412. Mi padre, Joseph Manners, ha sido detenido, pero no sabemos qué crimen tramaba. ¿Podemos ayudarle de algún modo?

Se dispuso a esperar la respuesta de la máquina. A pesar que sólo tenía dieciséis años, ya sabía que aquellas palabras estaban dando vueltas en aquellos momentos por el interior del aparato más complicado creado por la mente humana; sabía también que se barajarían y se coordinarían un trillón de datos, y que a partir de ellos Multivac extraería la respuesta más adecuada. Oyó un clic en la máquina y surgió de ella una tarjeta. Sobre la misma se veía impresa una respuesta, una larga respuesta. Decía como sigue:

—Toma el expreso a Washington, D. C., inmediatamente. Desciende en la parada de la avenida de Connecticut. Verás una salida especial sobre la que se lee «Multivac» y ante la que hay unos guardias. Di a uno de ellos que llevas un recado para el doctor Trumbull, y te dejará entrar. Te encontrarás entonces en un corredor. Síguelo hasta encontrar una puerta sobre la que se lee «Interior». Entra y di a los guardias de dentro lo que has dicho a los de fuera; lo mismo. Éstos te franquearán el paso. Sigue entonces...

Las instrucciones continuaban por ese tenor. Ben no veía que aquello tuviese nada que ver con lo que había preguntado, pero su fe en Multivac era absoluta. Salió corriendo, para tomar el expreso a Washington.


Los oficiales de Correcciones consiguieron seguir la pista de Ben Manners hasta la estación de Baltimore, donde llegaron una hora después que éste la hubiera abandonado. El sorprendido Harold Quimby se sintió verdaderamente aturrullado ante el número e importancia de los hombres que fueron a verle con relación a aquel muchacho de dieciséis años que andaban buscando.

—Sí, un muchacho de esas señas —dijo—, pero ignoro adónde fue cuando salió de aquí. Yo no podía saber que lo andaban buscando. Aquí recibimos a todo el mundo. Sí, puedo conseguir una copia de la pregunta y la respuesta.

Los oficiales de Correcciones televisaron las dos fichas a Jefatura sin perder un instante. Othman las leyó, puso los ojos en blanco y se desmayó. Consiguieron hacerlo reaccionar casi en seguida. Con voz débil, dijo a Leemy:

—Que detengan a ese chico. Y que me saquen una copia de la respuesta de Multivac. Ahora ya no hay escapatoria. Tengo que ver a Gulliman inmediatamente.

Bernard Gulliman nunca había visto a Ali Othman tan perturbado. Al observar la expresión trastornada del coordinador, sintió que un escalofrío le recorría el espinazo. Con voz trémula y entrecortada, preguntó:

—¿Qué quiere usted decir, Othman? ¿Qué significa eso de algo peor que un asesinato?

—Mucho, muchísimo peor que un asesinato.

—¿Se refiere usted al asesinato de un alto funcionario del Gobierno? —Incluso cruzó por su mente la idea que pudiese ser él mismo.

—No un funcionario del Gobierno. El funcionario del Gobierno por excelencia.

—¿El secretario general? —aventuró Gulliman con un murmullo ahogado.

—Más que eso; mucho más. Nos enfrentamos con un complot para asesinar a Multivac.

—¡CÓMO!

—Por primera vez en la historia de Multivac, la computadora nos ha informado que es ella misma quien está en peligro.

—¿Por qué no me informaron de ello inmediatamente?

—Como se trataba de un caso sin precedentes, señor, estudiamos la situación antes de atrevernos a redactar un informe oficial.

—Pero Multivac se ha salvado, ¿verdad? Dígame que se ha salvado.

—Las probabilidades han descendido a menos de un cuatro por ciento; prácticamente ya no hay peligro. Estoy esperando el informe definitivo de un momento a otro.


—Traigo un recado para el doctor Trumbull —dijo Ben Manners al hombre instalado sobre un alto taburete, y que accionaba cuidadosamente lo que parecían los mandos de un crucero estratosférico, enormemente ampliados.

—Muy bien, Jim —dijo el hombre—. Adelante.

Ben echó una mirada a sus instrucciones y se apresuró a seguir adelante. Encontraría una diminuta palanca que tenía que bajar completamente, en el instante en que un indicador mostrase una luz roja. Oyó una voz agitada a sus espaldas, luego otra, y de pronto dos hombres lo sujetaron por los codos. Notó como sus pies se levantaban del suelo. Uno de sus captores dijo:

—Acompáñanos, muchacho.


La cara de Ali Othman no se iluminó de manera apreciable al recibir la noticia, aunque Gulliman dijo con gran alegría:

—Si tenemos al chico, Multivac se ha salvado.

—Por el momento.

Gulliman se llevó una mano temblorosa a la frente.

—¡Qué media hora he pasado! ¿Se imagina usted lo que significaría la destrucción de Multivac, aunque fuese por breve tiempo? Se hundiría el Gobierno; la economía se paralizaría. Sería de unos efectos más devastadores que un... —alzó de pronto la cabeza—. ¿Qué quiere usted decir con eso de «por el momento»?

—Ese muchacho, Ben Manners, no tenía intención de hacer daño. Él y su familia deben ser puestos inmediatamente en libertad e indemnizados por las molestias que les hemos causado. Él se limitaba a seguir las instrucciones que le dio Multivac para ayudar a su padre, y lo ha conseguido. Su padre ha sido puesto en libertad.

—¿Insinúa usted que la propia Multivac ordenó al muchacho que bajase una palanca en un momento en que tal acción quemaría tal cantidad de circuitos que haría falta un mes de trabajo para repararlos? ¿Insinúa usted acaso que Multivac proponía su propia destrucción para ayudar a un solo hombre?

—Mucho peor que eso, señor. Multivac no sólo dio esas instrucciones a Ben, sino que eligió a la familia Manners porque Ben tenía un extraordinario parecido con uno de los mensajeros del doctor Trumbull, y por lo tanto podría meterse impunemente en Multivac sin que nadie le pusiese reparos.

—¿Y por qué fue elegida esa familia? ¿Y para qué?

—Verá usted, el muchacho nunca se habría visto obligado a hacer la pregunta que hizo si su padre no hubiese sido detenido. Y su padre jamás habría sido detenido si Multivac no le hubiese acusado de tramar su propia destrucción. Fue Multivac quien inició la sucesión de acontecimientos que casi condujeron a la propia destrucción de Multivac.

—Pero eso no tiene pies ni cabeza —dijo Gulliman con voz quejumbrosa.

Se sentía pequeño y desvalido, y casi se puso de rodillas para suplicar a Othman, a aquel hombre que había pasado casi toda su vida junto a Multivac, que devolviese la tranquilidad a su ánimo. Pero Othman no lo hizo. En cambio, le dijo:

—Éste ha sido el primer intento realizado por Multivac en este sentido, que yo sepa. Hasta cierto punto, estaba muy bien planeado. Supo elegir la familia. Tuvo buen cuidado en no distinguir entre padre e hijo, a fin de despistarnos. Sin embargo, demostró que todavía no pasa de ser una aficionada. No pudo anular sus propias instrucciones, que la obligaron a comunicar la probabilidad de su propia destrucción, la cual se hacía mayor a cada paso que dábamos por la pista falsa. Tuvo que registrar forzosamente la respuesta que dio al muchacho. Cuando tenga más práctica, probablemente aprenderá las artes del engaño, a ocultar ciertos hechos, a no registrar otros. A partir de ahora, todas las instrucciones que dé contendrán tal vez las semillas de su propia destrucción. Eso nunca lo sabremos. Y por más cuidado que tengamos, un día Multivac conseguirá burlarnos. Creo, señor Gulliman, que usted será el último presidente de esta organización.

Gulliman aporreó furioso su mesa.

—Pero, ¿por qué, pregunto yo? ¿Por qué hace eso? ¿Qué le ocurre? ¿No podemos repararla?

—No lo creo —repuso Othman, dominado por una callada desesperación—. Nunca había tenido en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, ahora, al pensarlo, estoy convencido que hemos llegado al fin, precisamente porque Multivac es demasiado buena. Multivac se ha hecho tan complicada que sus reacciones ya no son las propias de una máquina, sino las de un ser viviente.

—Está usted loco. Pero, ¿y qué si fuese así?

—Durante más de medio siglo Multivac ha tenido que cargar con todas las preocupaciones de la Humanidad. Le hemos pedido que velase por todos nosotros, por todos y cada uno de nosotros. Le hemos confiado todos nuestros secretos; le hemos hecho absorber nuestra maldad y defendernos de ella. Cada uno de nosotros acudimos a ella con nuestras aflicciones, aumentando su enorme fárrago. Y ahora nos proponemos hacer cargar también a Multivac, a esta criatura viva, con el fardo de la enfermedad humana —Othman se interrumpió un momento, antes de proseguir con excitación—: Señor Gulliman, Multivac está harta de cargar con todos los males del mundo.

—Esto es una locura. Una completa locura —masculló Gulliman.

—En ese caso, permítame que le demuestre algo muy importante. Vamos a hacer una prueba. ¿Me permite usted que utilice la línea de Multivac que tiene en su despacho?

—¿Para qué?

—Para hacer una pregunta a Multivac que nadie le ha hecho jamás.

—Supongo que no le será perjudicial —preguntó Gulliman, alarmado.

—No. Pero nos dirá lo que deseamos saber.

El presidente vaciló un momento. Luego dijo:

—Adelante.

Othman se dirigió a la terminal que Gulliman tenía sobre la mesa. Sus dedos teclearon diestramente, formando la pregunta:

—Multivac, ¿qué es lo que deseas?

El momento que transcurrió entre pregunta y respuesta les pareció interminable, pero Othman y Gulliman no se atrevían ni a respirar. Se oyó un clic y surgió una tarjeta. Muy pequeña. Sobre ella, con letras muy claras, se hallaba la respuesta:

—Deseo morir.


Isaac Asimov (1920-1992)




Relatos góticos. I Relatos de Isaac Asimov.


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