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«La tienda de los fantasmas»: G.K. Chesterton; relato y análisis


«La tienda de los fantasmas»: G.K. Chesterton; relato y análisis.




- La tienda de los fantasmas (The Shop of Ghosts) es un relato de fantasmas del escritor inglés G.K. Chesterton (1874-1936), publicado originalmente en la edición del 22 de diciembre de 1906 del periódico Daily News, y luego reeditado en la antología de 1909: Tremendas bagatelas (Tremendous Trifles).

La tienda de los fantasmas, posiblemente uno de los cuentos de G.K. Chesterton más reconocidos, regresa sobre una vieja tradición inglesa: el cuento de fantasmas de Navidad; en este caso, apelando a uno de los principales actores de esa tradición: Charles Dickens, quien además participa como personaje en el relato.




La tienda de los fantasmas.
The Shop of Ghosts, G.K. Chesterton (1874-1936)

Casi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por medio penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. Las tienes gratis. Además, dejo de lado otra cosa, que no puedo mencionar en este periódico, cuyo precio más bajo es la mitad de medio penique. Este principio general resultará enseguida evidente. En la calle detrás de mí, puedes montar en un tranvía eléctrico por medio penique. Subirte a un tranvía eléctrico es como subirte a un castillo volador en un cuento de hadas. Puedes hacerte con un buen puñado de chucherías de colores por la mitad de un penique. También tienes la oportunidad de leer este articulo por medio penique, junto con, por supuesto, otras cosas menos importantes.

Pero si quiere descubrir la enorme cantidad de cosas asombrosas que puedes conseguir por medio penique, haz lo que yo hice anoche. Estampé la nariz contra el escaparate de una de las tiendas más pequeñas y peor iluminadas de uno de los callejones más estrechos y oscuros del barrio de Battersea. Pero por oscuro que fuese ese rectángulo de luz, resplandecía con todos los colores que Dios creó, utilizando la expresión que una vez escuché a un niño. Los juguetes de los pobres son todos como los niños que los compran. Sucios pero todos alegres. Por mi parte, prefiero la alegría a la limpieza. La primera es del alma y la segunda del cuerpo. Les ruego que me disculpen, es que soy demócrata. Sé que estoy trasnochado en el mundo actual.

Mientras miraba aquel palacio de maravillas liliputienses, los pequeños autobuses verdes, los pequeños elefantes azules, los muñequitos negros y las pequeñas arcas de Noé rojas, debí caer en una especie de trance antinatural. El escaparate iluminado se transformó en el brillante escenario en que uno contempla una comedia muy entretenida. Me olvide de las casas grises y de la gente triste a mis espaldas como uno se olvida del público y las galerías oscuras en el teatro. Me parecía que los objetos detrás del cristal eran pequeños no por su tamaño, sino a causa de la distancia.

El autobús verde era realmente un autobús verde. Un autobús verde del barrio de Bayswater, que estuviese recorriendo un enorme desierto, al hacer su ruta diaria hasta Bayswater. El elefante ya no era azul por la pintura sino por la distancia. El muñequito era realmente un hombre de raza negra recortándose contra el brillante follaje tropical de la tierra en que cada planta tiene un color ardiente y solo el ser humano es oscuro. El arca de Noé roja era en verdad la enorme nave de la salvación del mundo, flotando en un mar acrecentado por la lluvia, en el rojo primer amanecer de la esperanza.

Creo que todos tenemos estos extraordinarios instantes de abstracción, estos brillantes momentos con la mente en blanco. En momentos semejantes, podemos mirar a la cara a nuestro mejor amigo y ver gafas y bigotes imaginarios. Por lo general están marcados por lo lento que se desarrollan y lo abrupto de su fin. El regreso a la actividad mental normal es a menudo tan repentino como tropezarse con alguien. A menudo, uno termina chocándose de verdad contra alguien, al menos en mi caso. Pero de todos modos, el despertar es claro y, por lo general, completo. Pues bien, en esta ocasión, aunque una ola de cordura me arrastró a la conciencia de que en realidad solamente estaba mirando una humilde y diminuta juguetería, de alguna extraña manera la curación no parecía ser definitiva.

Algo que no podía controlar seguía diciéndome que me había adentrado en una atmósfera extraña, o que había hecho algo raro. Me sentía como si hubiese obrado un milagro o cometido un pecado. Era como si de alguna forma hubiese atravesado una frontera del alma.

Para librarme de esta sensación onírica tan peligrosa, entré en la tienda e intenté comprar algunos soldaditos de madera. El dependiente era muy anciano y estaba muy deteriorado. Con medio rostro y toda la cabeza cubiertos de despeinado cabello cano. Un cabello tan increíblemente blanco que parecía artificial. Y aunque parecía senil y enfermo no se reflejaba sufrimiento en sus ojos. Era como si, poco a poco, se estuviese quedando dormido en una decadencia amable. Me dio los soldaditos de madera pero, cuando coloqué el dinero sobre el mostrador, aparentó no verlo en un primer momento. Parpadeó débilmente mirándolo y lo apartó débilmente.

—No, no —dijo confuso— Nunca lo he hecho así. Nunca. Aquí somos muy anticuados.

—No aceptar dinero me parece algo a la más rabiosa última moda más que anticuado.

—Nunca lo he hecho así —contestó el anciano sonándose los mocos—. Siempre he dado regalos y soy demasiado viejo para cambiar.

—¡Por el amor de Dios! —dije— ¿Qué quiere decir? Está hablando como si fuese Papá Nöel.

En el exterior, las farolas no podían estar encendidas. En cualquier caso, era imposible ver nada más allá del escaparate iluminado. No se escuchaban pasos ni voces por la calle. Parecía que me hubiese internado en un nuevo mundo en el que el sol no brillaba. Pero algo había soltado las amarras del sentido común y no podía sorprenderme más que de una manera somnolienta.

—Pareces enfermo, Papá Noel —Algo me impulsó a decir eso.

—Estoy agonizando.

Guardé silencio y fue él quien habló de nuevo.

—Todos los nuevos se han marchado. No lo entiendo. Se meten conmigo por razones tan raras e incoherentes. Los científicos, todos los innovadores. Dicen que le doy a la gente supersticiones y les vuelvo demasiado ilusos, que les doy carnes horneadas y les hago demasiado materialistas. Dicen que mis partes celestiales son demasiado celestiales, que mis partes mundanas son demasiado mundanas. No sé lo que quieren, de eso si que estoy seguro. ¿Cómo puede algo celestial serlo demasiado? ¿Cómo puede algo mundano ser demasiado mundano? ¿Cómo se puede ser demasiado bueno o demasiado alegre? No lo entiendo. Pero hay algo que entiendo demasiado bien: esta gente moderna está viva y yo muerto.

—Tú sabrás si estás muerto —repliqué— pero a lo que ellos hacen no lo llamo vivir.

Un silencio cayó entre nosotros que, de alguna manera, esperé ver roto. No había durado unos segundos, cuando, en medio de la total tranquilidad, escuché unos pasos que, cada vez más rápidos, se acercaban por la calle. Al instante, una figura se lanzó al interior de la tienda y quedo enmarcada en el umbral. Vestía una chistera blanca, echada hacia atrás como con prisa, anticuados pantalones negros ceñidos, anticuados chaleco y chaqueta de colores brillantes y un fantástico abrigo viejo. Tenía los ojos, abiertos y brillantes, de un actor de carácter, una cara pálida y nerviosa y la barba muy recortada. Abarcó al anciano y su tienda en una mirada que fue de verdad como una explosión y lanzó la exclamación de un hombre por completo estupefacto.

—¡Buen Dios! ¡No puedes ser tú! —gritó— Vine a preguntar dónde estaba tu tumba.

—Aún no he fallecido, señor Dickens —contestó el anciano con su débil sonrisa— Pero me estoy muriendo —añadió como tranquilizándole

—Pero a paseo con todo si no agonizaba en mis tiempos —dijo el señor Charles Dickens alegremente—. Y no pareces ni un día más viejo.

—Llevó así mucho tiempo —dijo Papá Noel.

El señor Charles Dickens le dio la espalda y sacó la cabeza por la puerta, metiéndola en la oscuridad.

—Dick —bramó a todo pulmón— sigue vivo.

Otra sombra oscureció el umbral, entró un caballero mucho mayor y más fuerte que llevaba puesta una enorme peluca empolvada. Abanicaba su sofocado rostro con un sombrero militar correspondiente a la moda de la época de la reina Ana. Andaba erguido como un soldado y en su cara había una expresión arrogante que era repentinamente desmentida por sus ojos. Humildes como los de un perro. Su espada hacia mucho ruido, como si la tienda fuese demasiado pequeña para ella.

—En verdad —dijo Sir Richard Steele—. Es cuestión harto prodigiosa, pues este hombre se acercaba a su último aliento cuando escribí sobre Sir Roger de Coverley y su día de navidad.

Mis sentidos se embotaban y el cuarto se oscurecía. Parecía repleto de recién llegados.

—Se ha dado siempre por entendido —dijo un hombre gordo que ladeaba la cabeza en un gesto obstinado y humorístico (Me parece que era Ben Jonson)—. Se ha dado siempre por entendido, cónsul Jacobo, bajo nuestro rey Jaime o bajo su difunta Majestad la reina, que costumbres tan buenas y saludables decaían. Y que era previsible su desaparición. Este anciano canoso no esta ahora menos robusto que cuando yo le eche el ojo.

Y creo que también escuché a un hombre vestido con malla verde, como Robin Hood, decir en una mezcla de inglés y francés normando:

—Pero sí lo vi agonizante.

—Llevo así mucho tiempo —dijo Papá Noel otra vez a su débil manera.

El señor Charles Dickens de repente se le acercó y se inclinó delante de él.

—¿Desde cuándo? —preguntó— ¿Desde qué naciste?

—Sí —contestó el anciano y se dejó caer en su silla temblando—. Siempre he agonizado.

El señor Charles Dickens se quitó el sombrero haciendo una reverencia como la haría un hombre que llamase a la multitud a amotinarse.

—Ahora lo entiendo —gritó—. Nunca morirás.

G.K. Chesterton (1874-1936)




Relatos góticos. I Relatos de G.K. Chesterton.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de G.K. Chesterton: La tienda de los fantasmas (The Shop of Ghosts), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Robert Herrick: poemas


Robert Herrick: poemas.




Robert Herrick (1591-1674), muy influenciado por las obras de Ben Jonson, llegó a convertirse en uno de los grandes poetas ingleses de su tiempo.

El estilo de Robert Herrick —por momentos alejado de la poesía isabelina y muy cerca de los poemas metafísicos de John Donne y Andrew Marvell— atravesó por diferentes etapas, desde la exaltación religiosa a lo profano, rozando temas realmente delicados para la época; por ejemplo, el orgasmo.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de los mejores poemas de Robert Herrick.




Grandes poemas de Robert Herrick.




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Robert Herrick: poemas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Thomas Carew: poemas


Thomas Carew: poemas.




Thomas Carew (1595-1640) fue un poeta inglés del período isabelino cuya obra ha sido prácticamente olvidada, quizá por haber compartido una época de cambios con autores de la talla de John Donne, William Shakespeare y Ben Jonson, entre otros.

A continuación compartimos una mirada claramente subjetiva sobre los mejores poemas de Thomas Carew.



Thomas Carew: poemas.
  • Ingrata belleza amenazada (Ingrateful Beauty Threatened)
  • Mediocridad en el amor rechazado (Mediocrity in Love Rejected)
  • No vuelvas a preguntarme (Ask Me No More)
  • Poemas (Poems)
  • Una dama cruel (A Cruel Mistress)
  • A Ben Jonson (To Ben Jonson)
  • A mi inconstante doncella (To My Inconstant Mistress)
  • A una dama que deseaba que la amara (To a Lady that desired I would love her)
  • Elegía sobre María Wentworth (Elegy on Maria Wentworth)
  • Epitafio (Epithaph)
  • Una elegía sobre la muerte de John Donne (An Elegie Upon the Death of Dr John Donne)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El análisis, resumen y traducción al español de los poemas de Thomas Carew fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Bebe por mí sólo con tus ojos»: Ben Jonson; poema y análisis


«Bebe por mí sólo con tus ojos»: Ben Jonson; poema y análisis.




Bebe por mí sólo con tus ojos (Drink to Me Only with Thine Eyes) es un poema de amor del escritor y dramaturgo inglés Ben Jonson (1572-1637), compuesto en 1616 y publicado en la antología del mismo año: Epigramas (Epigrams).

El nombre original del poema es Para Celia (To Celia) —también publicado como Canción para Celia (Song to Celia)— es en realidad una traducción extremadamente libre de unos versos de Filóstrato; su impacto fue tan grande que incluso pasó a engrosar el imaginario colectivo a través de la canción popular de 1770: Bebe por mí sólo con tus ojos (Drink to Me Only with Thine Eyes).

El tema principal del poema es el amor. Son tan intensos los sentimientos del narrador hacia Celia que sólo necesita su mirada para inflamarse de deseo; o en otras palabras, que únicamente los ojos de ella pueden calmar su sed.

Lo que Ben Jonson hace aquí es pedirle a una mujer, Celia, que beba por él sólo con sus ojos, y a continuación describe las cualidades asombrosas de esa sed. Lo curioso es que Celia, al menos desde el punto de vista del poeta, no parece retribuir esos sentimientos.

Sólo sabemos que él le envió flores, que ella las devolvió, y que esas flores nunca se marchitaron. El aliento de la muchacha, quizá, les otorgó vida eterna.



Bebe por mí sólo con tus ojos.
Drink To Me Only With Thine Eyes, Ben Jonson (1572-1637)

Bebe por mí sólo con tus ojos,
y yo brindaré con los míos;
o deja un beso en la copa
y no pediré vino.

Sed que del alma es toda la alegría
exige que el licor sea divino,
y ni el néctar más puro de los dioses
hoy lo cambiaría, Celia, por tu vino.

Tarde envié la rosada guirnalda,
No sólo para honranrte
sino para darle la esperanza
De que nunca se habrá de marchitar.

Más sobre ella apenas respiraste
Y la enviaste de nuevo hacia mí;
Desde entonces crece y huele, lo juro,
no a sí misma sino a tí


Drink to me only with thine eyes
And I will pledge with mine.
Or leave a kiss but in the cup
And I'll not look for wine.

The thirst that from the soul doth rise
Doth ask a drink divine;
But might I of Jove's nectar sup,
I would not change for thine.

I sent thee late a rosy wreath,
Not so much hon'ring thee
As giving it a hope that there
It could not withered be;

But thou thereon did'st only breathe,
And sent'st it back to me,
Since when it grows and smells, I swear
Not of itself, but thee.


Ben Jonson (1572-1637)




Más poemas góticos. I Poemas isabelinos.


Más literatura gótica:
El análisis, resumen y traducción al español del poema de Ben Jonson: Bebe por mí sólo con tus ojos (Drink To Me Only With Thine Eyes) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a: elespejogotico@gmail.com



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