Arqueología reptiliana: análisis de «La Ciudad Sin Nombre» de Lovecraft.


Arqueología reptiliana: análisis de «La Ciudad Sin Nombre» de Lovecraft.




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de H.P. Lovecraft: La Ciudad Sin Nombre (The Nameless City), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1921 de la revista The Wolverine, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others).


[«Esta sala no era una reliquia de la crudeza como los templos de la ciudad de arriba, sino un monumento del arte más magnífico y exótico. Los diseños e imágenes ricas, vívidas y audazmente fantásticas, formaban un esquema continuo de pintura mural cuyas líneas y colores estaban más allá de toda descripción. Las cajas eran de una extraña madera dorada, con frentes de cristal exquisito, y contenían las formas momificadas de criaturas que superaban en grotesco los sueños más caóticos del hombre.»]


En lo profundo del desierto de Arabia yacen ruinas antiguas, muy antiguas, anteriores a las primeras ciudades de los hombres. Los árabes las evitan, aunque Abdul Alhazred soñó con ellas y escribió su famosa copla:


[«No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con el paso de extraños eones incluso la muerte puede morir.»]


Sin embargo, nuestro narrador busca la Ciudad Sin Nombre, acompañado por su camello. Encuentra las ruinas por la noche, pero espera hasta el amanecer para entrar, cuando el sol sale a través de una extraña tormenta de arena y un retumbar metálico parece reverberar desde las profundidades. Los cimientos desmoronados ofrecen poca información sobre la historia de la Ciudad, ya que el tiempo y la arena han borrado cualquier tallado. La noche llega con un viento helado que levanta otra tormenta de arena entre las piedras.

Al día siguiente, el narrador descubre un acantilado repleto de templos de techos extremadamente bajos. Los explora en cuatro patas, cada vez más perturbado por las diminutas proporciones del espacio. Evidentemente, no han sido construidos para humanos.

La noche lo encuentra en la Ciudad Sin Nombre.

Mientras trata de calmar a su camello, repentinamente nervioso, el narrador nota que el viento vespertino que agita la arena proviene de un punto particular del acantilado. Aunque preocupado por una presencia espectral, va al lugar y encuentra un templo más grande con rastros de murales pintados, altares con tallas curvilíneas y una puerta interior que se abre a un tramo de escalones curiosamente pequeños y empinados.

Equipado con una antorcha, se arrastra por incontables escalones y pasa por túneles bajos. Su antorcha se apaga. Sigue gateando, dándose ánimos con fragmentos de la tradición demoníaca que ha leído. Por fin llega a un corredor bordeado de cajas de madera y vidrio. Aquí puede arrodillarse mientras trepa hacia adelante. La fosforescencia subterránea comienza a iluminar la escena, y ve que las cajas son, de hecho, ataúdes que contienen cuerpos preservados de reptiles vagamente antropomórficos y ricamente ataviados [ver: Reptilianos en la obra de Lovecraft]

Deben ser animales totémicos, piensa el narrador, de suma importancia para los pueblos antiguos, ya que también aparecen en los murales que cubren las paredes y el techo.

El narrador no puede leer los signos, pero las imágenes cuentan la historia de esa raza inmemorial, desde su juventud nómada hasta su apogeo y la llegada del desierto que los llevó a las profundidades, a un mundo predicho por sus profetas. La plaga los atacó, sin embargo, los Reptilianos parecen haberse consumido gradualmente, volviéndose más feroces en su odio hacia el mundo exterior. La escena final los muestra devorando a un humano de aspecto primitivo. Algún miembro de una tribu extranjera, sin duda.

El narrador llega a la fuente de la fosforescencia: más allá de una gran puerta de bronce hay un camino descendente a un vasto espacio de luz, probablemente la entrada a ese mundo subterráneo. Descansa en el umbral, especula, luego se sobresalta al escuchar el sonido de un gemido proveniente del pasaje revestido de ataúdes. Debe ser el viento, piensa.

Se prepara para resistir su fuerza, pero el viento parece animado por una furia vengativa que lo arrastra hacia el inframundo. De alguna manera, el narrador soporta el embate. El viento gruñe, lo maldice en una lengua desconocida. Contra el portal iluminado cree ver una multitud de seres Reptilianos, casi traslúcidos, que se precipitan en el interior en alas del viento. Son los habitantes de la Ciudad Sin Nombre.

El viento cesa cuando el último de los seres desciende, y la gran puerta de bronce se cierra de golpe, dejando al narrador en la oscuridad. Es de suponer que se arrastra de vuelta a la superficie para escribir este relato. Desde entonces se estremece cada vez que el viento nocturno sacude sus ventanas.


La Ciudad Sin Nombre de Lovecraft pertenece a los Mitos de Cthulhu. De hecho, aquí se produce la primera aparición de Abdul Alhazred, autor del Necronomicón, aunque este libro maldito no se menciona específicamente [solo se habla de un «preciado tesoro de conocimientos demoníacos»] [ver: Historia y Prehistoria del «Necronomicón»]. Sin embargo, la historia también está relacionada con el Ciclo Onírico a través de la mención de las ciudades de Ib y Sarnath.

Muchos suponen que las historias de los Mitos de Cthulhu están separadas del Ciclo Onírico, pero eso no se sostiene en una relectura más detallada. Por supuesto, La Ciudad Sin Nombre no es el único lugar donde estos dos universos se yuxtaponen; de hecho, Randolph Carter tiene aventuras en ambos contextos. Sin embargo, las reglas y el estilo que utiliza Lovecraft siguen siendo bastante diferentes en cada caso.

Hablando de Carter, ¿podría ser que el narrador anónimo de La Ciudad Sin Nombre sea Randolph Carter, ese buscador incorregible de extrañezas en otra de sus búsquedas oníricas?

Después de todo, el narrador de La Ciudad Sin Nombre menciona a Sarnath e Ib, al mismo tiempo que Caldea, como si fueran igualmente reales para él. ¿Cómo sino en una búsqueda onírica [o sueño lúcido o proyección extracorporal] puede un camello llevar suficiente agua y provisiones para tal expedición? ¿Quién sino un soñador se atrevería a seguir arrastrándose por las profundidades mucho después de que su única antorcha se apagara? ¿Y quién sino un soñador lúcido podría «ver» que un pasaje sin luz es largo, incluso antes de que fuera iluminado por la fosforescencia del inframundo? [ver: H.P. Lovecraft y los Sueños Lúcidos]

Más aún, podemos contrastar al narrador de La Ciudad Sin Nombre con el de En las Montañas de la Locura (At the Mountains of Madness), otro relato centrado en la exploración de una antigua ciudad cuya historia se puede leer en sus paredes, y donde hay ciertos... sobrevivientes. En este relato, la logística de la expedición se da con gran detalle, al igual que todos sus movimientos y hallazgos en la Antártida. Allí, los «sobrevivientes» son materiales, no meros espíritus como en La Ciudad Sin Nombre. Además, Dyer y compañía [Las Montañas] asumen que los organismos con forma de barril que descubren son animales, pero admiten la verdad mucho antes que el narrador de La Ciudad Sin Nombre.

En ambas historias, además, hay un interés por la memoria colectiva preservada en los artefactos culturales de una sociedad. En La Ciudad Sin Nombre, el narrador está inquieto hasta que descubre tallas, pinturas y, tal vez, un alfabeto escrito. Recién entonces la Ciudad empieza a cobrar vida para él. Los murales en el paso de los ataúdes son la máxima emoción, ¡una historia completa de millones de años!. En En las Montañas de la Locura, la historia en las paredes es concreta. No está pintada, sino tallada, ya que es mucho más probable que la piedra sobreviva a los eones que los pigmentos [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]

Ahora bien, si ambas historias tratan esencialmente de lo mismo [el descubrimiento de una ciudad y, por lo tanto, de una civilización prehumana], ¿por qué en una Lovecraft presta especial atención a la organización de la expedición en un relato, y ninguna en la otra? Respuesta probable: porque la exploración de la Ciudad Sin Nombre es una exploración onírica [ver: H.P. Lovecraft vs. Freud: la interpretación de los sueños según Cthulhu]

Por atractivo que parezca, también hay algunos puntos flojos en esta hipótesis del viaje onírico o extracorporal. Por un lado, tenemos a un narrador que se aferra a las interpretaciones convencionales mucho después de que sean sostenibles [Oh, esos murales con reptilianos deben ser tótems], algo improbable en Randolph Carter [ver: La crisis de la mediana edad de Randolph Carter]. Las dimensiones diminutas de las estructuras en ruinas son «desproporcionadas» solo porque el narrador asume que los pueblos antiguos eran humanos, y que estos humanos tenían aproximadamente nuestra estatura promedio. Mucho después de que el lector se haya dado cuenta, el narrador recién empieza a cuestionar sus suposiciones iniciales.

La forma en la que Lovecraft comunica el terror de la antigüedad es notable. En La Ciudad Sin Nombre, la inteligencia y la civilización en la Tierra se extienden mucho antes de la historia humana, pero de un modo embrionario en la ficción del flaco de Providence. De hecho, La Ciudad Sin Nombre es evidentemente un ensayo temprano para algunas de esas versiones posteriores de ciudades antiguas, razas prehumanas y civilizaciones perdidas hace mucho tiempo.

El paso del tiempo ciertamente cambia las interpretaciones. En la época de Lovecraft la ciencia todavía estaba llegando a un acuerdo sobre las escalas de tiempo [la mayoría de las revelaciones geológicas tenían solo unas pocas generaciones]. Así como los autores victorianos se apoyaban en la electricidad y la maquinaria para generar horror, Lovecraft impulsó el concepto de las inconcebibles escalas de tiempo. Por supuesto, la arqueología [aún] no nos ha proporcionado evidencias de civilizaciones anteriores a nuestra prehistoria conocida, tampoco especies inteligentes anteriores, ni rastros de presencia alienígena; de hecho, los arqueólogos de hoy son propensos a buscar implicaciones metafóricas de cosas que podrían tomarse literalmente. Es decir que si un arqueólogo actual encontrara la Ciudad Sin Nombre, seguramente deduciría que las imágenes que desquiciaron al narrador del cuento de Lovecraft en realidad son representaciones simbólicas, no literales, y por lo tanto tranquilizadoramente artísticas. En cuanto a los cuerpos reptilianos... no estoy tan seguro sobre cuál sería la reacción profesional.

En La Ciudad Sin Nombre también hay una relación entre lo subterráneo y las profundidades del tiempo. Esto se manifiesta en el contraste entre la Ciudad Sin Nombre y la sala de reliquias que el narrador encuentra más arriba, en un nivel más superficial. Aquí estamos en lo que parece ser un sitio arqueológico relativamente ordinario, aunque espeluznante, que desciende hacia cuevas mucho más profundas, con altares y salones de piedra tallada. De repente, en ese contexto primitivo, Lovecraft introduce vitrinas de madera y vidrio. Parecen estar fuera de lugar, y hasta es poco probable que hayan sobrevivido durante eones inimaginables, sin embargo, ¿quién sabe qué tipo de materiales utilizaron los Reptilianos? Es una pena que el narrador, aunque intrépido, no esté equipado con herramientas para tomar muestras de los cuerpos, según él, excelentemente conservados [ver: Lovecraft y los mundos subterráneos]

El enfoque de Lovecraft sobre el tiempo es esencial aquí. El flaco de Providence espera que el lector experimente una sensación de pavor, si no de absoluto horror, ante la idea de que hubo razas inteligentes antes de la humanidad, y que estas lograron más de lo que nuestra especie ha soñado. La Ciudad sin Nombre se escribió en 1921, y es probable que haya funcionado así en aquellos años; sin embargo, el lector actual siente mucho más interés que pavor por ese pasado. Lovecraft esperaba infundir temor al cuestionar el lugar de la humanidad en el cosmos, pero ahora sabemos que ese lugar es ínfimo; de modo que el efecto de la historia nunca podría ser el mismo que en 1921.

Luego, al final de La Ciudad Sin Nombre, Lovecraft introduce a estos espíritus reptilianos que viajan sobre el viento. De algún modo, esta forma limitada de inmortalidad funciona mucho mejor que si los Reptilianos se levantaran físicamente de sus tumbas.

Es curioso que sea aquí, en las profundidades del desierto, donde aparecen por primera vez los célebres versos de Abdul Alhazred, que Lovecraft reutilizaría en circunstancias más memorables. Ese reciclado hace que uno se pregunte: ¿la Ciudad Sin Nombre tiene una conexión con R'lyeh? ¿Los Reptilianos tienen algo que ver con Cthulhu? Me gusta la idea de que dos ciudades antiquísimas, una hundida en las arenas, otra en el océano, estén vinculadas de algún modo, pero esto no tiene ningún rigor crítico [ver: ¡Vamos a R'lyeh!]

La Ciudad Sin Nombre es otro relato de Lovecraft inspirado en un sueño, y la historia ciertamente tiene una lógica de pesadilla. Lovecraft se desinteresa por completo de los aspectos prácticos de la exploración del narrador y, en cambio, pone el acento en su estado emocional, en la atmósfera y los hechos asombrosos. Así funcionan los sueños. Nadie se pregunta cuál es la física detrás del vuelo soñado. Se vuela y eso es suficiente.

Para Lovecraft, la supervivencia de la memoria colectiva, la historia, es en general algo positivo, incluso si se trata de una historia oculta, como el Necronomicón, aún cuando este conocimiento prohibido pueda precipitarnos de vuelta a la ignorancia. La supervivencia de los individuos [e incluso de las especies] es un problema mayor. Pensemos en las dificultades de Joseph Curwen [El caso de Charles Dexter Ward] para lograrlo; o en el médico freezado de Aire Frío (Cool Air), o en Herbert West [ver: «In Articulo Mortis»: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte]. En general, la supervivencia física en la obra de Lovecraft tiene un precio demasiado alto, y a menudo una existencia semimaterial, como los K'n-yan de El Montículo (The Mound) y los Reptilianos de La Ciudad sin Nombre.

Es decir que el narrador de La Ciudad Sin Nombre está feliz de que la historia de esta ciudad sobreviva, no tanto con la supervivencia [por fantasmal que sea] de sus inhumanos habitantes. No es que uno realmente pueda culparlo, considerando la actitud más bien beligerante de los Reptilianos.

También es interesante que estos Reptilianos vivan en un inframundo «fosforescente», y se hayan vuelto crueles y resentidos hacia el mundo de la superficie [ver: ¡Morlocks, allá vamos!]. La única raza oculta en la ficción lovecraftiana que parece seguir viviendo satisfactoriamente son los Profundos, pero, de nuevo, estas historias son narradas por alguien que, finalmente, resulta ser uno de ellos.

En La Ciudad sin Nombre también encontramos el motivo del viento y las ventanas. El viento nunca trae nada bueno en los cuentos de Lovecraft. Los pólipos voladores se mueven en el viento, también lo que sea que invade el ático de Erich Zann, y ahora los espectros reptilianos de una ciudad sepultada por las arenas [ver: El limbo de la Rue d’Auseil: análisis de «La música de Erich Zann»]. No es de extrañar que los narradores en estas historias tiemblen cada vez que se agitan las persianas, aunque el narrador de La Ciudad sin Nombre, bueno, no debería asustarse tanto. Quiero decir, Lovecraft lo describe como alguien lo suficientemente curioso e imprudente como para arrastrarse en la oscuridad, cuando bien podría haberse retirado. Sin embargo, de repente se aterroriza solo porque los espíritus [si es que no son el producto de la falta de oxígeno] no son humanos.

La Ciudad sin Nombre está relacionado estrechamente con La maldición que cayó sobre Sarnath (The Doom That Came To Sarnath), escrito en el mismo período. Ambos relatos transcurren en algún lugar de la península arábiga, aunque en momentos muy diferentes. La maldición que cayó sobre Sarnath es una inteligente historia antediluviana, probablemente inspirada en relatos egipcios y babilónicos sobre el auge y la caída de las ciudades antiguas. Emplea un lenguaje arcaico, pseudo-bíblico, para describir el surgimiento de Sarnath, una ciudad humana construida en la tierra de Mnar, junto a un lago primordial. La gente de Sarnath prospera, pero a expensas de los habitantes originales, cuya antigua ciudad, Ib, está completamente destruida, a excepción de un misterioso ídolo de piedra que representa a Bokrug, un reptiliano. La gente de Ib también tiene aspecto reptiliano [ver: Lovecraft y el culto secreto de los Antiguos]

Gran parte de la historia es una descripción de la poderosa ciudad de Sarnath. Lamentablemente, su prosperidad está condenada. La profecía del sumo sacerdote se hace realidad, y Sarnath queda devastada por la reaparición de los vengativos habitantes reptilianos de Ib. Irónicamente, llegan en medio de una celebración en Sarnath por la antigua derrota de Ib. Al final de la historia se da a entender que el culto a Bokrug se ha restablecido en Mnar. La Ciudad sin Nombre [escrito un año después] tiene lugar 10.000 años después de los eventos narrados en La maldición que cayó sobre Sarnath. La apariencia reptiliana de los habitantes de la Ciudad sin Nombre los vincula directamente con el pueblo de Ib. Incluso puede ser que el narrador esté físicamente muy por debajo de las ruinas de Ib.

Ambas historias son interesantes porque contienen elementos que Lovecraft desarrollará más y mejor en relatos posteriores. El descenso del narrador y la observación de los antiguos murales de una ciudad perdida son elementos eficaces, pero, la actitud posterior del narrador deja mucho que desear. Quiero decir, si haces un descubrimiento capaz de reescribir la historia conocida del mundo, es oportuno publicar algo más académico que un conjunto de «divagaciones incoherentes». Por otro lado, uno puede aceptar que alguien descubra murales o tallas antiquísimas, pero reconstruir toda la historia de una sociedad en el transcurso de unas pocas horas, parece excesivo, incluso para un lingüista avezado [ver: Lovecraft y las lenguas extraterrestres]

Un observador moderno de la Ciudad Sin Nombre quizás considere la posibilidad de un tótem, o un contenido simbólico en el arte, sobre todo si se trata de un arqueólogo. Una persona normal, sin embargo, sin duda saltará [más rápido que en los años '20] a la conclusión de que estos Reptilianos son una raza posible, ya sea en un pasado antiquísimo o provenientes de otro planeta. No creo que ninguno de los dos enfoques sea condenable. Por otra parte, si yo fuera ese explorador probablemente asumiría lo último desde el principio. Como la mayoría de los lectores, estaría interesado en el descubrimiento pero de ningún modo pensaría seriamente en ocultarlo.

Lovecraft recae seguido en esta dinámica [que no me atrevo a calificar de perezosa], donde el narrador colapsa emocional y psicológicamente después de llegar a conclusiones asombrosas a partir de datos incompletos. Pensemos en La búsqueda onírica de la desconocida Kadath (The Dream Quest of Unknown Kadath), donde Randolph Carter es conducido a través de misteriosos frescos en el monasterio de piedra [y sin ventanas] en la meseta de Leng. A pesar de ver fugazmente esas imágenes, alumbrado únicamente por una vacilante lámpara, es capaz de trazar un bosquejo notablemente detallado de la historia de ese país. La arqueología necesita más sujetos así [ver: ¡Tekeli-li!]

Tengo la impresión de que Lovecraft estaba fascinado por las cosas a las que le tenía fobia [algo que no es infrecuente], y que se sentía culpable por verse atraído por las cosas que le habían enseñado a descartar [tampoco es infrecuente]; en este contexto, muchos narradores en sus historias, igualmente fascinados y repugnados, a veces actúan de forma contradictoria. La mayoría de los críticos ven esto como algo inconsistente, pero en realidad creo que humaniza a sus personajes mucho más de lo que podríamos pensar.

Algo parecido ocurre con las razas alienígenas de Lovecraft. Cada vez que el narrador comienza a simpatizar con una especie alienígena, de repente se revela que dicha especie estaba en la parte superior de la cadena alimenticia... y que luego fue vencida por una raza que la conquistó o esclavizó. En términos más generales, Lovecraft intenta desbaratar la idea de que la Humanidad está en la cima de la cadena alimentaria cósmica, y eso era realmente aterrador en su época, aunque en nuestros tiempos estemos acostumbrados a vernos como una especie más o menos miserable en un contexto galáctico [ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa]

Esta brecha de tiempo entre Lovecraft y nosotros [división del átomo y colisionador de hadrones de por medio] lo han vuelto uno de los escritores peor interpretados de la ficción moderna. A menudo se dice que sus finales no sorprenden, lo cual es cierto. Para el lector del género suele ser obvio que la secuencia: alucinación - leyenda - mural se refiera a algo real, o que la persona que de repente actúa de manera extraña ha sido reemplazada [o su consciencia desalojada] por una inteligencia forastera, y que a continuación se vienen las cursivas. Pero esto nunca es obvio para los personajes, generalmente porque se niegan a aceptar algo que no se ajusta a su visión del mundo. Esto nos obliga a hacernos un par de preguntas: ¿Lovecraft tenía la intención de que estos finales fueran sorpresivos? ¿O acaso están destinados a criticar la cosmovisión antropocéntrica del protagonista, que naturalmente sufre un colapso nervioso al final? [ver: Lovecraft contra los finales de mierda]

En otras palabras, ¿por qué habría de ser sorprendente una crítica al antropocentrismo [en cursivas] si nuestra estructura mental ya no responde a esos parámetros? Lovecraft no escribía para nosotros. Es bueno recordarlo de vez en cuando.

Dicho esto, sí creo que Lovecraft buscaba algún tipo de impacto final en algunas de sus historias [no en todas, evidentemente]. Por supuesto, esos finales son menos impactantes para nosotros porque tenemos casi un siglo más de género [mucho influenciado por él] que los lectores de su época. Y si bien la revelación sorprendente, súbita, como desenlace de una historia, ya existía en tiempos de Lovecraft, su enfoque parece ser un poco diferente.

Hay algunos factores que marcan la diferencia entre el éxito y el fracaso de una historia, a pesar de su previsibilidad. El primero es un marco sólido que conduzca al final. Cuando Lovecraft se toma el tiempo necesario, superponiendo incidentes y pistas, tiene mucho más éxito. Dos buenos ejemplos serían La sombra sobre Innsmouth (The Shadow over Innsmouth) y El color que cayó del espacio (The Colour out of Space). Cuando se apresura, o nos dice abiertamente que las cosas son espeluznantes, extrañas o aterradoras, tiene mucho menos éxito. Pero un buen marco no siempre es suficiente. El ceremonial (The Festival) se construye muy bien, pero falla al final. Es decir que la separación entre evento y revelación es el factor clave. Cuanto más tiempo pasa entre decir que sucedió algo horrible y las cursivas, más información obtenemos en el intervalo, y mejor funciona la historia.

En cualquier caso, y a pesar de las cursivas, no creo que Lovecraft buscara siempre el giro impactante al final.

Otro candidato probable para el narrador anónimo de La Ciudad Sin Nombre se encuentra en un cuento de 1926: El descendiente (The Descendent), en el que un anciano «inofensivamente loco», Lord Northam, que alguna vez fue un «erudito y esteta», revela su verdadera identidad a un joven estudioso del Necronomicón. Lord Northam puede rastrear su linaje hasta la invasión romana de Gran Bretaña. Su castillo familiar se encuentra en la costa de Yorkshire; ahora vive en una posada, tratando de ahogar sus pensamientos en «libros del tipo más manso y pueril» y «novelas alegres e insípidas». Lord Northam ha pasado su vida estudiando tradiciones místicas, religiosas y ocultistas, en una búsqueda desesperada por escapar de la monótona vida cotidiana. En esta historia, Lord Northam manifiesta que una vez fue al desierto de Arabia en busca de una «Ciudad Sin Nombre que ningún hombre ha visto jamás».




Mitos de Cthulhu. I H.P. Lovecraft.


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El artículo: Arqueología reptiliana: análisis de «La Ciudad Sin Nombre» de Lovecraft fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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