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Significado oculto de los cuentos de hadas


Significado oculto de los cuentos de hadas.




Érase una vez que un estudio de animación conocido como Walt Disney Company pronunció un conjuro. Esto le permitió gobernar sobre el Reino del Cuento de Hadas. Desde entonces, generaciones de niños han sido criados a la luz de sus versiones desconcertantes, cuando no directamente trastornados.

Desde luego que no todos las versiones de Disney son nefastas. Por ahí anda Maléfica (Maleficent), que recupera la atmósfera oscura de la Bella Durmiente (Sleeping Beauty). Sin embargo, este tipo de ejemplos no abundan demasiado.

El éxito de los cuentos de hadas, y en todo caso del conjuro de Disney, se resume en los tres pilares o motivos esenciales del mito: iniciación, adoración y advertencia.

Los chicos adoran los cuentos de hadas por su aparente simplicidad. Todo es acción, sin pasajes descriptivos, monólogos o personajes ambiguos. El bueno es bueno y el malo, malísimo.

De hecho, podemos pensar que los cuentos de hada incluso persiguen objetivos lo menos sofisticados posibles, y eso se logra al no describir en detalle casi nada: los bosques son oscuros, las princesas son hermosas, los castillos son mágicos, sin que se nos ofrezca ningún tipo de información adicional.

Ahora bien, en este punto cabe preguntarse cómo y porqué los cuentos de hadas son tan populares siendo historias tan resueltamente básicas.

Es ahí, justamente, donde reside su enorme profundidad.

A pesar de su aparente simplicidad, los cuentos de hadas elaboran motivos realmente complejos, y con una gran carga de contenido iniciático.

Tomemos por ejemplo a una princesa virginal: Aurora, de la Bella Durmiente, su dedo pinchado por el huso, que desde luego sangra, su posterior estado de letargo entre los arbustos de espino, y el despertar gracias al beso del príncipe azul.

Fuera de contexto, la historia de Aurora parece un motivo exiguo para la psicología; sin embargo, ofrece un tipo de simbolismo meridiano: el huso representa la penetración, la sangre, naturalmente, simboliza la primera menstruación, así como el arbusto de espino también manifiesta de forma externa la maduración de Aurora; variante del mito de la vagina dentada analizado Sigmund Freud; capaz de castrar a cualquier príncipe que se atreva a acercarse a ella prematuramente.

Algo similar podemos hallar en cuentos como el de Caperucita Roja, cuyo color reinante, sumado a sus aventuras por lo prohibido, donde acecha lo masculino bajo su forma bestial, no dejan márgenes para el error.

No importa qué autores y recopiladores seleccionemos, los hermanos Grimm, E.T.A. Hoffmann, Hans Christian Andersen o Andrew Lang; todos ellos capturaron la esencia de historias que jamás habían sido escritas, pero que sin embargo existían desde hace cientos y cientos de años; justamente porque la matriz que las sostiene no puede ser sustituida.

En cierta manera, podemos decir que, al ser escritos, los cuentos de hadas se convirtieron en el ganso de los huevos de oro para tipos como Jung y Freud.

A propósito de estos degenerados, ambos recorrieron caminos alternativos para explorar la narrativa y su profundo arraigo en la psique.

Para Carl Jung, los cuentos de hadas están saturados de imágenes arquetípicas, y la razón de su aparente simpleza radica que cada uno de sus personajes simboliza distintos aspectos de nuestra personalidad.

Para Freud, en cambio, los cuentos de hadas cumplen la misma función que los sueños; esto es, la representación de motivos relacionados con los deseos reprimidos; según él, estrictamente de índole sexual.

Uno de los mejores tratados al respecto es la obra de Bruno Bettelheim: El empleo del encantamiento: significado e importancia de los cuentos de hadas (The Uses of Enchantment: The Meaning and Importance of Fairy Tales). Allí se realiza un extraordinario análisis de la figura del Bosque, muy popular en los cuentos de hadas, según el autor, algo así como una representación de nuestra propia oscuridad interior que debe ser atravesada por el héroe e iluminada por su conciencia.

Bruno Bettelheim también identifica la fuerte presencia de los complejos de Edipo y Electra en cuentos como Blancanieves (Snow White), y temas como el onanismo en Jack y las habichuelas mágicas (Jack and the Beanstalk) y el miedo a la castración en Cenicienta (Cinderella).

Menos complejidad ofrecen las típicas metamorfosis que aparecen en los cuentos de hadas, donde lo masculino casi siempre se transforma en reptil (príncipes que se convierten en sapos, principalmente) y lo femenino en ave.

Tampoco conviene descartar algo que los cuentos de hadas vienen construyendo desde hace siglos: en todos ellos se nos ofrece el retrato de una familia disfuncional: princesas abandonadas, niños criados por madrastras, y en general fuera de la órbita del padre, silueta decididamente ineficaz, monstruosa o directamente ausente.

La adaptabilidad de los cuentos de hadas es uno de los secretos de su supervivencia.

Es fácil tomar cualquier ideología y aplicarla con un alto grado de eficiencia sobre ellos: las feministas entendieron que la Bella y la Bestia era una parábola del sacrificio de la mujer ante la sociedad patriarcal; los marxistas consideraron que los siete enanos de Blancanieves representaban las capas del proletariado que se unen para construir una sociedad solidaria, sustentable y basada en el esfuerzo mutuo; incluso los nazis creyeron que el príncipe azul simbolizaba al pueblo ario que debe despertar a Aurora, el amanecer de la nación, dormida bajo el influjo diabólico del comunismo y la judería.

En este punto conviene alertar a todos aquellos que crean que las versiones de Disney de los más famosos cuentos de hadas son un tanto... fuertes.

Claro que motivos como la muerte de la madre o el padre, el exilio (Flautista de Hamelin), el abandono (Hansel y Gretel), la casi invariable naturaleza huérfana de los protagonistas, son elementos fuertes; el regreso a los originales puede ser aún más perturbador.

Con todos sus aciertos y sus deficiencias, las versiones de Disney son siempre menos oscuras que los cuentos de hadas originales.




Más sobre las Hadas. I El lado oscuro de la psicología.


Más literatura gótica:
El artículo: El significado oculto de los cuentos de hadas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La Reina de las Nieves: el cuento que inspiró la película «Frozen».


La Reina de las Nieves: el cuento que inspiró la película «Frozen».




La Reina de las Nieves (Snedronningen) es un cuento de hadas del escritor y folklorista Hans Christian Andersen (1805–1875), publicado originalmente en la antología de 1844: Nuevos cuentos de hadas (Nye Eventyr).

La Reina de las Nieves, acaso el cuento de Hans Christian Andersen más conocido, realiza un marcado retrato de la lucha entre el bien y el mal a través de la mirada de dos niños: Kay y Gerda [ver: La verdad sobre los cuentos de hadas]

La Reina de las Nieves fue llevada varias veces al cine y el teatro. Una de sus adaptaciones más exitosas se produjo en la película animada de 2013: Frozen.

El cuento de Andersen se desarrolla a través de siete historias de menor envergadura:

  • Del espejo y del trozo del espejo (About the Mirror and Its Pieces)
  • Un niño y una niña (A Little Girl and a Little Boy)
  • El jardín de la hechicera (The Flower Garden of the Woman Who Knew Magic)
  • El príncipe y la princesa (The Princess and the Prince)
  • La pequeña ladrona (The Little Robber Girl)
  • La lapona y la finesa (The Lapp Woman and the Finn Woman)
  • Del palacio de la Reina de las Nieves y lo que luego sucedió (What Happened at the Snow Queen's Palace and What Happened Afterwards)


  • La Reina de las Nieves relata la historia de un pérfido Troll que confecciona un espejo mágico incapaz de reflejar la bondad de las personas, devolviendo sólo imágenes distorsionadas y terroríficas. El Diablo y sus pupilos, muy felices con el artefacto del Troll, deciden llevar el espejo al cielo para escandalizar a los ángeles, quienes se verían reflejados como horrorosas criaturas diabólicas.

    A causa de un error logístico el espejo cae hacia la Tierra, rompiéndose en millones de pequeños fragmentos de cristal, no más grandes que un grano de arena.

    Estos fragmentos se esparcieron por todas partes y fueron aspirados por la mayoría de los habitantes del mundo, cuyos corazones, poco a poco, fueron congelándose irremediablemente. A tal punto que sus ojos se convirtieron en pequeñas réplicas del espejo del Troll, reflejando únicamente el costado malo que hay dentro de todos.

    Años después de este suceso, una niña llamada Gerda, y un muchacho llamado Kay, escuchan atentamente la historia de la Reina de las Nieves; ama y señora de las Abejas de Nieve, capaces de helar a cualquier incauto que caiga bajo el filo de sus aguijones.

    Al menos parcialmente, esta Reina de las Nieves está inspirada en un personaje central de la mitología nórdica: Hela, la reina del infierno de hielo y los bosques de acero [ver: Maléfica: la verdadera historia]

    Durante una agradable tarde de verano Kay aspira uno de los fragmentos del espejo del Troll. Su personalidad cambia radicalmente. Se vuelve cruel y agresivo, y pronto abandona los juegos con Gerda. Para sus ojos, transformados en una réplica diminuta del espejo del Troll, lo único hermoso en el mundo es la nieve.

    Kay es llevado al palacio de la Reina de las Nieves, bajo la promesa de que será liberado de los fragmentos del espejo del Troll si pronuncia la palabra «eternidad», naturalmente, una estratagema de la bruja para hacerlo prisionero.

    Con esta premisa, Hans Christian Andersen construye uno de los mejores cuentos de hadas de todos los tiempos.

    Gerda es la verdadera heroína del relato. Es ella quien debe salvar al pobre Kay de las garras maléficas de la Reina de las Nieves y sus horrorosas Abejas que viajan sobre los vientos invernales, y que no son otra cosa que los copos de nieve que «pican» y «congelan» la piel.

    Para llevar adelante la empresa busca la ayuda de otro personaje muy interesante; una bruja a la que Hans Christian Andersen no le asigna un nombre propio, acaso considerándola una fuerza primordial de la naturaleza. Solo la llama La Anciana que Sabía Magia (Der gamle Kone der kunne Trolddom). El Trolddom es un tipo de magia asociada a los Trolls [ver: Trolldómr y los Libros Negros de Cyprianus]

    El Troll (Trolden) y el Diablo (Djævlen) que crean aquel espejo que distorsiona la realidad merecerían un capítulo aparte. En cierta forma, el espejo no es mágico en sí mismo, ya que solo favorece una mirada cruel y sórdida del mundo; pero esa crueldad y esa sordidez no son un invento del cristal; existen, así como existe la bondad que atenúa el cinismo de los corazones fríos.




    Mitología. I Mitología de los cuentos de hadas.


    El análisis y resumen del cuento de Hans Christian Andersen: La Reina de las Nieves: el cuento que inspiró la película «Frozen» fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

    La Sirenita: la verdadera historia


    La Sirenita: la verdadera historia.




    La Sirenita (Den Lille Havfrue: «La pequeña mujer del mar») es un cuento de hadas del escritor danés Hans Christian Andersen (1805-1875), publicado originalmente el 7 de abril de 1837 en la antología: Cuentos de hadas contados para niños (Eventyr, Fortalte for Børn) [ver: Nombres de Sirenas: etimología y curiosidades]

    Desde su aparición La Sirenita ganó una inmensa popularidad. Las reedicicones son incontables, así como las adaptaciones a otros medios como el teatro, el cine, e incluso el ballet. Sin embargo, la verdadera historia de La Sirenita, como la de muchos cuentos populares, dista mucho de parecerse a la que se ha instalado en el imaginario colectivo [ver: Asradi: las sirenas de la mitología nórdica]

    Acaso para poner a salvo la sensible mente de los niños -que de nada tiene debería ser salvada- la mayoría de las adaptaciones de La Sirenita ha omitido el final trágico del original, quizás porque plantea algunas dificultades insuperables para los adultos. En definitiva, la versión que ha sobrevivido de La Sirenita asfixia eficientemente todo lo que inmortaliza un cuento infantil.

    ¿Cuál es esta versión de la que hablamos? Aquella que reúne felizmente a los protagonistas del cuento, la Sirenita y el príncipe, dos personajes separados no solo por la estirpe, sino por el medio en el que viven.

    Ahora bien, la verdadera historia de La Sirenita posee algunos matices dignos de las mejores tragedias de antaño, reducida, es cierto, a una especie de maniqueismo nutritivo propio de quienes ven en los niños unas entidades más o menos estúpidas, y acaso incompletas.

    Hans Christian Andersen, sutil y profundo adaptador de mitos, plantea una historia muy diferente. La Sirenita de su cuento es perfectamente capaz de entender y hablar la lengua de los hombres, ya que en las oscuras aguas de los abismos aún se recuerda la época en que los seres del océano y las criaturas pedestres vivían en un conveniente idilio.

    La Sirenita vive en un luminoso reino subacuático con su padre, el rey del mar, sus cinco hermanas mayores y su abuela. Cuando la joven, un tanto díscola, cumple 15 años de edad, se le permite ascender y contemplar el mundo de la superficie de tanto en tanto. Las reglas son claras: una visita por año es más que suficiente para las jóvenes, y la Sirenita, que pasó toda su infancia oyendo las historias extraordinarias narradas por sus hermanas, realiza su primer ascenso llena de anhelos y fantasías.

    Su primer viaje a la superficie la lleva cerca de los restos de un naufragio, donde un único sobreviviente aún se mantiene a flote en las aguas turbulentas. Este joven resulta ser un príncipe notablemente apuesto y de caracter más bien cándido. Enamoradiza como todas las criaturas del mar, la Sirenita cae rendida ante los encantos del príncipe, y se propone superar todas los inconvenientes para conquistarlo. Imposibilitada de seguirlo en tierra firme, la Sirenita lo salva y lo abandona en la costa, justo al lado de un antiquísimo templo a las deidades submarinas.

    Rápidamente la Sirenita vuelve a sumergirse para interrogar a su abuela, una sirena sabia y anciana; quien le informa que la vida de los humanos es mucho más corta que la de las criaturas de los abismos, cuya duración se estima en 300 años. Más aún, le explica que cuando las sirenas mueren se transforman en la espuma del mar, mientras que los humanos poseen alma y un destino inmortal en el cielo.

    Deseosa de compartir ese destino de eternidad, la Sirenita se reúne con la Bruja del Mar, una especie de espíritu acuático con poderes formidables. Ella le propone un pacto de dudosos beneficios: la transformará en una mujer humana, pero si el príncipe decide casarse con otra, morirá inexorablemente. Además, a modo de adelanto, la bruja le pide solicita un sacrificio brutal: su lengua. De este modo, mutilada en su esencia misma [la voz y el canto] la Sirenita se arroja al mundo de los humanos dejando atrás su cola de pez, sabiendo que sin ella jamás podrá retornar al medio acuático.

    Pero conseguir un par de piernas es ligeramente más difícil que hacerse de un alma inmortal. Esta [explica la Bruja] solo pertenece a los humanos, y cualquier otra criatura debe ganársela mediante un beso. En otras circunstancias, esto no hubiese sido un problema para la joven Sirenita, desde luego, bellísima; pero despojada de su voz, y con dos piernas que se sienten como dos espadas cortándole las caderas con cada paso que da, el asunto se torna complicado.

    El príncipe pronto se siente atraído por esa joven de andar tambaleante. Goza enormemente al verla bailar y saltar, y ella lo hace, a pesar del dolor insoportable que esto le provoca. Sin embargo, tras un corto idilio, el príncipe resuelve seguir los buenos consejos de su familia, y se casa con una joven noble acorde a sus espectativas.

    Sabiendo que esta decisión la matará, las hermanas de la Sirenita le ofrecen una vía de escape: un cuchillo mágico que le devolverá la cola de pez si con él logra asesinar al príncipe y bañar sus piernas con la sangre de aquel. Para conseguirlo, las cinco hermanas debieron entregar sus exubertantes cabelleras a la bruja.

    Es así que la Sirenita se acerca al lecho de los recién casados con el cuchillo en la mano, llorando silenciosamente por todo lo que ha resignado. El amanecer la encuentra allí, llena de dudas e incertidumbres. Sabe que es incapaz de matar al hombre que ama, y en consecuencia arroja el cuchillo y se lanza al mar, que la recibe en su seno y la convierte en una espuma delicada y fragante.

    Pero no todo termina alli. La Sirenita pronto se encuentra rodeada por los espíritus incorpóreos de incontables sirenas muertas, condenadas a realizar salvatajes imposibles para suavizar los tormentos que Dios, en su infinita sabiduría, ha depositado sobre todos los que trastocan el orden natural...

    Esta es la verdadera historia de La Sirenita. Lisa, llana, y sin parábolas edificantes, solo con la leve certeza de que hay fronteras que no deben cruzarse, ni siquiera por amor. Todo lo demás se lo debemos al espíritu censor de los juiciosos productores de cine.




    Cuentos de hadas. I Mitología.


    Más literatura gótica:
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    «La sombra»: Hans Christian Andersen; relato y análisis


    «La sombra»: Hans Christian Andersen; relato y análisis.




    La sombra (Skyggen) es un relato fantástico del escritor y folklorista danés Hans Christian Andersen (1805-1875), publicado en la antología de 1847: Nuevos cuentos (Nye Eventyr).

    La sombra, uno de los grandes cuentos de Hans Christian Andersen, y probablemente entre los cuentos de hadas más tenebrosos, relata la historia de un hombre cuya sombra va cobrando independencia lentamente, hasta que ésta por fin desaparece, lo cual sume al protagonista en una serie de truculentas desgracias.

    En este sentido, La sombra de Hans Christian Andersen se anticipa muchos matices que luego se convertirían en lugares comunes del relato de terror. Como dato curioso es interesante añadir que La sombra fue, de hecho, el primer cuento en ser traducido al Esperanto.




    La sombra.
    Skyggen, Hans Christian Andersen (1805-1875)

    En los países cálidos, ¡allí sí que calienta el sol! La gente llega a parecer de caoba; tanto, que en los países tórridos se convierten en negros. Y precisamente a los países cálidos fue adonde marchó un sabio de los países fríos, creyendo que en ellos podía vagabundear, como hacía en su tierra, aunque pronto se acostumbró a lo contrario. ÉI y toda la gente sensata debían quedarse puertas adentro. Celosías y puertas se mantenían cerradas el día entero; parecía como si toda la casa durmiese o que no hubiera nadie en ella. Además, la callejuela con altas casas donde vivía estaba construida de tal forma que el sol no se movía de ella de la mañana a la noche; era, en realidad, algo inaguantable.

    Al sabio de los países fríos, que era joven e inteligente, le pareció que vivía en un horno candente, y le afectó tanto, que empezó a adelgazar. Incluso su sombra menguó y se hizo más pequeña que en su país; el sol también la debilitaba. Tanto uno como otra no comenzaban a vivir hasta la noche, cuando el sol se había puesto.

    Era digno de verse. En cuanto entraba luz en el cuarto, la sombra se estiraba por toda la pared, incluso hasta el techo, tenía que hacerlo para recuperar su fuerza. El sabio salía al balcón, para desperezarse, y así que las estrellas asomaban en el maravilloso aire puro, era para él como volver a vivir. En todos los balcones de la calle –y en los países cálidos todos los huecos tienen balcones– había gente asomada, porque uno tiene que respirar, por muy acostumbrado que se esté a ser de caoba. Había gran animación, arriba y abajo. Los zapateros, los sastres, todo el mundo estaba en la calle, fuera estaban las mesas y las sillas, y brillaban las luces —sí, más de mil había encendidas—. Uno hablaba y otro cantaba, y la gente paseaba y rodaban los coches, los asnos pasaban —¡tilín, tilín, tilín!— sonando los cascabeles.

    Había entierros y cantos fúnebres, los chicos disparaban coheres y las campanas volteaban —sí, había una vida tremenda en la calle—. Sólo la casa frente a la del sabio extranjero estaba en silencio completo. Y, sin embargo, alguien vivía en ella, porque había flores en el balcón que crecían espléndidamente al calor del sol, para lo que necesitaban ser regadas —luego alguien debía haber allí—. La puerta del balcón aparecía también abierta por la tarde, pero el interior estaba en sombra, por lo menos en la habitación delantera. De dentro llegaba sonido de música. Al sabio extranjero le pareció extraordinaria la música, pero bien podía ser pura imaginación suya, porque todo lo encontraba extraordinario en los países cálidos —excepto lo referente al sol—. Su casero dijo que no sabía quién había alquilado la casa, no se veía a nadie y en cuanto a la música se refería, creía que era horriblemente aburrida.

    —Es como si alguien tratase de ensayar una pieza que no puede dominar, siempre la misma.

    —¡Pues lo tengó que sacar! —dice, pero no lo consigue por mucho que toque.

    Una noche el extranjero despertó; dormía con la puerta del balcón abierta. La cortina se levantó con el viento, y le pareció que venía una luz fantástica del balcón de enfrente. Todas las flores resplandecían como llamas de los colores más espléndidos y en medio de las flores se encontraba una esbelta, atractiva doncella, que parecía también resplandecer. De tal forma le deslumbró, que abrió los ojos desmesuradamente y se despertó del todo. De un salto estuvo en el suelo, muy despacio se acercó a la cortina pero la doncella había desaparecido, el resplandor se había apagado; las flores no brillaban, pero seguían siendo tan bonitas como siempre; la puerta estaba entornada y de las profundidades venía una música tan suave y encantadora, que inspiraba los más dulces pensamientos. Era, sin embargo, como cosa de magia —y ¿quién vivía allí? ¿Dónde estaba la verdadera entrada?— Todo el piso bajo era una tienda tras otra y no era posible que la gente pasara por ellas.

    Una noche el extranjero estaba sentado en su balcón, con una luz encendida en el cuarto a espaldas suyas, por lo que, como es natural, su sombra estaba en la pared de enfrente. Sí, allí estaba sentada exactamente enfrente entre las flores del balcón, y cuando el extranjero se movía, también se movía la sombra, porque así es como hacen las sombras.

    —Parece como si mi sombra fuese el único ser vivo que se viera enfrente —dijo el sabio—. Con qué delicadeza se sienta entre las flores. La puerta está entreabierta, ¡si la sombra fuese tan lista como para entrar, mirar en torno suyo y venir después a contarme lo que hubiera visto! Sí, haz algo útil —dijo en broma—. ¡Vamos entra! ¡Vamos, ahora!

    Y le hizo gestos con la cabeza a la sombra, y la sombra le correspondió:

    —¡Anda, pero no te pierdas!

    Y el extranjero se levantó, y su sombra allá en el balcón de enfrente se levantó también; y el extranjero se volvió y la sombra se volvió también; si por acaso alguien hubiera estado observando, hubiera visto claramente que la sombra se colaba por la puerta entornada en la casa de enfrente, al tiempo que el extranjero entraba en su cuarto y corría la larga cortina tras de sí. A la mañana siguiente salió el sabio a tomar café y leer los periódicos.

    —¿Qué pasa? —dijo, cuando salió al sol—. ¡Me he quedado sin sombra! Luego se marchó anoche de verdad y no ha vuelto aún. ¡Qué fastidio!

    Y eso le enojó, no tanto porque la sombra se hubiera ido, sino porque sabía la existencia de una historia sobre el hombre sin sombra, conocida por todos en su patria allá en los países fríos, y en cuanto el sabio regresara y contase la suya, dirían que la había copiado, y eso no le hacía maldita gracia. Por tanto, no diría una palabra, lo cual estaba muy bien pensado. Por la noche salió de nuevo al balcón. Había colocado la luz detrás de sí, en la debida posición, porque sabía que la sombra gusta de tener siempre a su dueño por pantalla, pero no pudo atraerla. Se encogió, se estiró, pero no había sombra alguna que volviera. Dijo:

    —¡Ejem! ¡Ejem! —pero sin resultado.

    Era un fastidio, pero en los países cálidos todo crece tan rápidamente que al cabo de ocho días observó, con gran satisfacción, que le crecía una sombra de las piernas cuando salía el sol –quizá la raíz había quedado dentro–. A las tres semanas, tenía una sombra de considerables dimensiones que, cuando regresó a su patria en los países nórdicos, creció más y más durantr el viaje, hasta que al final eran tan larga y tan grande que la mitad hubiera bastado. De esta forma regresó el sabio a su casa y escribió libros sobre cuanto había de verdadero en el mundo, lo que había de bueno y de hermoso, y pasaron días y pasaron años; pasaron muchos años. Una noche estaba sentado en su cuarto cuando llamaron muy quedamente a la puerta.

    —¡Adelante! —contestó, pero nadie entró.

    Así es que fue a abrir y vio ante él a un hombre tan sumamente delgado que quedó atónito. Por lo demás, el hombre iba espléndidamente vestido, debía ser una persona distinguida.

    —¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó el sabio.

    —¡Ah!, ya pensé que no me reconocería —dijo el hombre elegante—. Me he hecho tan corpóreo que hasta tengo carne y ropas. Seguro que nunca había pensado usted en verme en tal prosperidad. ¿No reconoce usted a su vieja sombra? No creía usted que volvería, ¿verdad? Me ha ido espléndidamente desde que estuve con usted. ¡He sido, en todos los sentidos, muy afortunado! Si tuviera que rescatar mi libertad, podría hacerlo –y repiqueteó un manojo de preciosos dijes que colgaban del reloj y pasó la mano por la gruesa cadena de oro que llevaba al cuello. ¡Huy!, todos los dedos fulguraron con anillos de diamantes, todos auténticos.

    —No, no puedo hacerme idea de lo que signifca esto —dijo el sabio.

    —Ya, no es nada corriente —dijo la sombra—, pero usted tampoco es nada corriente y yo, bien sabe usted, desde que era así de chiquito he seguido sus huellas. En cuanto usted descubrió que yo estaba a punto para ir solo por el mundo, seguí mi camino. Me encuentro en una situación excepcionalmente afortunada, pero me ha acometido cierto deseo de volverle a ver antes de que usted muera —porque usted ha de morir—. También me gustaría visitar este país, porque la patria siempre tira. Veo que tiene usted otra sombra. ¿Le debo algo a ella, o bien a usted? Hágame el favor de decírmelo.

    —¡Bueno! ¿Pero eres tú? —dijo el sabio— Es extraordinario! ¡Nunca habría creído que la vieja sombra de uno pudiera regresar como persona!

    —Dígame cuánto le debo —dijo la sombra—, porque no me gustaría deberle nada.

    —¿Cómo puedes hablar así? —dijo el sabio—. ¿De qué deuda hablas? No me debes nada. Me alegra extraordinariamente tu suerte. Siéntate, querido amigo, y cuéntame cómo te ha ido y lo que viste en la casa de enfrente, allá en los países cálidos.

    —Sí que le contaré —dijo la sombra, y se sentó—, pero antes me tiene usted que prometer que no ha de decirle a nadie en la ciudad, caso de que nos encontremos, que yo he sido su sombra. Pienso casarme; puedo de sobra mantener a una familia.

    —¡Estate tranquilo! —dijo el sabio—. No le diré a nadie quién eres en realidad. Ésta es mi mano. ¡Palabra de hombre!

    —¡Palabra de sombra! —dijo la sombra, que era lo que le correspondía decir.

    Era, por otra parte, de veras notable lo humana que se había vuelto la sombra. Vestía del más riguroso negro y el paño más selecto, botas de charol y sombrero que podía cerrarse, hasta quedar reducido a corona y alas –sin hablar de lo ya mencionado: dijes, cadenas de oro y anillos de diamantes. Ya lo creo: la sombra iba extraordinariamente bien vestida, y era precisamente esto la que la hacía tan humana.

    —Ahora voy a contarle —dijo la sombra, y plantó sus botas de charol lo más fuerte que pudo sobre el brazo de la nueva sombra del sabio, que yacía como un perro faldero a sus pies.

    Y esto lo hizo bien por orgullo, bien con la intención de que se le quedase pegada. Y la sombra del suelo permaneció quieta y en silencio, resuelta a no perder detalle; deseaba, sobre todo, enterarse de cómo puede uno manumitirse y llegar a convertirse en su propio señor.

    —¿Sabe usted quién vivía en la casa de enfrente? —dijo la sombra—. ¡La más bella de todas, la Poesía! Estuve allí tres semanas y su efecto ha sido como si hubiera vivido tres mil años y hubiera leído cuanto se ha cantado y se ha escrito. Lo digo y es cierto. ¡Lo he visto todo y lo sé todo!

    —¡La Poesía! —gritó el sabio—. Sí, sí, vive con frecuencia en las grandes ciudades, en soledad. ¡La Poesía! ¡Sí la vi tan sólo un instante, pero el sueño pesaba en mis ojos! Estaba en el balcón y brillaba como brilla la aurora boreal. ¡Cuenta, cuenta! Estabas en el balcón, entraste por la puerta, ¿y después?

    —Me encontré en la antesala —dijo la sombra—. Lo que usted siempre veía era la antesala. No había luz alguna, sólo una especie de crepúsculo, pero las puertas daban unas a otras en una larga serie de salas y salones; y estaba tan iluminado, que la luz me hubiera matado de haber ido directamente ante la doncella; pero fui prudente, y tomé tiempo, como debe hacerse.

    —¿Y entonces qué viste? —preguntó el sabio.

    —Lo vi todo, y se lo contaré, pero... no es orgullo por mi parte; pero... como ser libre que soy y con los conocimientos que tengo, para no hablar de mi buena posición, mis excelentes relaciones, desearía que me llamase de usted.

    —¡Dispense usted! —dijo el sabio—. Son los viejos hábitos los que más cuesta abandonar. Tiene usted toda la razón y lo tendré presente. Pero cuénteme ahora lo que vio.

    —¡Todo! —dijo la sombra—. Lo vi todo y lo sé todo.

    —¿Qué aspecto tenían los cuartos interiores? —preguntó el sabio—. ¿Eran como el fresco bosque? ¿Eran como un templo? ¿Eran los cuartos como el cielo estrellado, cuando se está en las altas montañas?

    —¡Todo estaba allí! —dijo la sombra—. No entré hasta el final, me quedé en el cuarto delantero, a media luz, pero era un puesto excelente, ¡lo vi todo y lo supe todo! He estado en la corte de la Poesía, en la antesala.

    —¿Pero qué es lo que vio? ¿Estaban en el gran salón todos los dioses de la Antigüedad? ¿Luchaban allí los viejos héroes? ¿Jugaban niños encantadores y contaban sus sueños?

    —Le digo que estuve allí y debe comprender que vi todo lo que había que ver. Si usted hubiera estado allí, no se habría convertido en ser humano, pero yo sí. Y además aprendí a conocer lo íntimo de mi naturaleza, lo congénito, el parentesco que tengo con la Poesía. Sí, cuando estaba con usted no pensaba en ello, pero siempre, sabe usted, al salir y al ponerse el sol, me hacía extrañamente largo; a la luz de la luna me recortaba casi con mayor precisión que usted. Yo no entendía entonces mi naturaleza, en la antesala se me reveló. Me volví ser humano. Al salir había completado mi madurez, pero usted ya no estaba en los países cálidos. Me avergoncé como hombre de ir como iba, necesitaba botas, trajes, todo este barniz humano, que hace reconocible al hombre.

    »Me refugié —sí, puedo decírselo, usted no lo contará en ningún libro—, me refugié en las faldas de una vendedora de pasteles, bajo ellas me escondí; la mujer no tenía idea de lo que ocultaba. No salí hasta que llegó la noche; corrí por la calle a la luz de la luna. Me estiré sobre la pared —¡qué deliciosas cosquillas produce en la espalda!— Corrí arriba y abajo, curioseé por las ventanas más altas, tanto en el salón como en la buhardilla. Miré donde nadie puede mirar, y vi lo que ningún otro ve, lo que nadie debe ver. Si bien se considera, éste es un cochino mundo. No querría ser hombre, si no fuera porque está bien considerado el serlo. Vi las cosas más inimaginables en las mujeres, los hombres, los padres y los encantadores e incomparables niños; vi –dijo la sombra– lo que ningún hombre debe conocer, pero lo que todos se perecerían por saber: lo malo del prójimo.

    »Si hubiera publicado un periódico, ¡lo que se hubiera leído! Pero yo escribía directamente a la persona en cuestión y se producía el pánico en todas las ciudades adonde iba. Llegaron a tenerme terror y grandísima consideración. Los profesores me nombraron profesor, los sastres me hacían trajes nuevos, no me faltaba de nada. EI tesorero del reino acuñaba monedas para mí y las mujeres decían que yo era muy guapo —y así llegué á ser el hombre que soy. Y ahora me despido. Ésta es mi tarjeta. Vivo en la acera del sol y estoy siempre en casa cuando llueve.

    Y la sombra se marchó.

    —¡Qué extraordinario! —dijo el sabio.

    Pasó tiempo y tiempo y la sombra volvió.

    —¿Cómo le va? —preguntó.

    —¡Ay! —dijo el sabio—. Escribo acerca de lo verdadero, lo bueno y lo bello, pero nadie se interesa por mi obra. Estoy desesperado, porque son cosas a las que concedo gran importancia.

    —Pues a mí no me ocurre igual —dijo la sombra—. Yo, mientras, engordando, que es lo que hemos de procurar. Usted no entiende el mundo y terminará por caer enfermo. Tiene que viajar. Me iré de viaje este verano. Venga conmigo. Me gustaría llevar un compañero. ¿Quiere usted venir conmigo, como mi sombra? Será para mí un gran placer el llevarle, ¡le pago el viaje!

    —¡Qué disparate! —dijo el sabio.

    —¡Según como se mire! —dijo la sombra—. El viajar le sentará de maravilla. Si consiente usted en ser mi sombra, todo correrá de mi cuenta.

    —¡Esto ya es el colmo! —protestó el sabio.

    —Pero así va el mundo —dijo la sombra—, y asi seguirá —y se marchó.

    Las cosas no le iban nada bien al sabio, la pena y la preocupación seguían haciendo presa en él, y sus opiniones sobre lo verdadero, lo bueno y lo bello interesaban tanto al público como las rosas a una vaca –hasta que al final cayó enfermo de consideración.

    —¡Parece usted totalmente una sombra! —le decía la gente, y esto le produjo un escalofrío, porque le hizo pensar en ella.

    —Lo que debe hacer es tomar las aguas —dijo la sombra, que vino de visita—. No hay nada igual. Le llevaré conmigo, por el aquel de nuestra vieja amistad. Yo pago el viaje y usted se encarga de llevar un diario con lo que me resultará el camino más divertido. Quiero ir a un balneario, mi barba no crece como debiera —eso es también una enfermedad— y una barba es algo indispensable. Sea razonable y acepte la invitación, viajaremos como amigos, por supuesto.

    Y así viajaron; la sombra hacía de señor y el señor hacía de sombra. Fueron juntos en coche, a caballo, a pie, al lado uno de otro, delante o detrás, según la posición del sol. La sombra sabía ponerse siempre en el lugar del señor, mientras el sabio no prestaba atención a semejante cosa. Tenía un corazón excelente y era sumamente cortés y afectuoso, así que un día le dijo a la sombra:

    —Puesto que nos hemos convertido en compañeros de viaje y, además, hemos crecido juntos desde la infancia, ¿por qué no nos tuteamos? Sería más íntimo.

    —En eso que dice —contestó la sombra, que ahora era el verdadero señor—, hay mucha franqueza y buena intención, por lo que seré igualmente bienintencionado y franco. Usted, como sabio que es, sabe sin duda lo especial que es la naturaleza. Hay quien no aguanta el roce del papel gris, le pone enfermo. A otros se les pasa todo el cuerpo si se rasca un clavo contra un vidrio. Lo mismo siento yo cuando le oigo tutearme, es como si me empujasen de nuevo a mi primer empleo con usted. No se trata de orgullo, sino, como verá, de una sensación. Pero si no puedo permitirle que me trate de tú, con mucho gusto le tutearé a usted, como fórmula de compromiso.

    Y así la sombra tuteó a su antiguo señor.

    —¡Qué absurdo —pensó éste— que yo le hable de usted y él me tutee! —pero no tuvo más remedio que aguantarlo.

    Al fin llegaron a un balneario, donde había muchos extranjeros, y entre ellos una encantadora princesa que padecía la enfermedad de tener una vista agudísima, lo que era en extremo alarmante. Al instante observó que el recién llegado era por completo diferente a los otros.

    —Dicen que ha venido para hacer crecer su barba, pero yo veo la verdadera causa, no tiene sombra.

    Llena de curiosidad, entabló inmediatamente conversación con el caballero extranjero durante el paseo. Como princesa que era, no se andaba con muchos miramientos, por lo que le dijo:

    —A usted lo que le ocurre es que no tiene sombra.

    —Vuestra Alteza Real debe haber mejorado notablemente —dijo la sombra—. Sé que vuestra dolencia consiste en que veis demasiado bien, pero debe haber desaparecido; estáis curada. Precisamente yo tengo una sombra muy extraña. ¿No habéis visto a la persona que siempre me acompaña? Otros tienen una sombra vulgar, pero yo detesto lo corriente. Igual que se viste al criado con librea de mejor paño que el que uno usa, he ataviado a mi sombra como si fuese una persona. Ved que hasta le he proporcionado una sombra. Es muy costoso, pero me gusta tener algo excepcional.

    —¿Cómo? ¿Será posible que me haya curado de verdad? —pensó la Princesa—. ¡Este balneario es único! El agua tiene en nuestros días propiedades asombrosas. Pero no me marcho, porque ahora comienza a estar esto divertido. El extranjero me gusta extraordinariamente. Con tal que no le crezca la barba y se marche.

    Por la noche, en el gran salón, bailaron la princesa y la sombra. Ella era ligera, pero más aún lo era él. Nunca había tenido la Princesa pareja semejante. Ella le dijo qué país era el suyo y él lo conocía. Lo había visitado, en ocasión en que ella estaba ausente. Había curioseado por las ventanas aquí y allá y visto de todo, por lo que pudo contestar a la Princesa y hacer alusiones que la dejaron estupefacta.

    —Debe ser el hombre más sabio del mundo —pensó, tal era su admiración por lo que sabía.

    Y cuando bailaron de nuevo, la Princesa quedó enamoradísima, de lo que la sombra se dio cuenta, porque ella le atravesaba con su mirada. A esto siguió otro baile y ella estuvo a punto de decírselo, pero mantuvo su serenidad y pensó en su país y en su reino, y en las muchas personas sobre las que reinaría.

    —Es un sabio —se dijo—, lo cual es cosa buena. Y baila espléndidamente, lo cual es también bueno. Pero me pregunto si tendrá conocimientos profundos, y eso es también importante. Intentaré examinarle.

    Y entonces comenzó poco a poco a hacerle las más difíciles preguntas, que ni ella misma hubiera podido contestar; y la sombra puso una cara sumamente extraña.

    —¡No sabe usted la respuesta! —dijo la Princesa.

    —Lo aprendí de párvulo —dijo la sombra—. Creo que hasta mi sombra, allí junto a la puerta, sabrá contestar.

    —¡Su sombra! —dijo la Princesa—. Sería en verdad extraordinario.

    —Bueno, no digo que lo sepa —dijo la sombra—, pero creo que sí. Me ha seguido y oído durante tantos años, que creo que sí. Pero Vuestra Alteza Real permitirá que le advierta que pone tanto empeño en hacerse pasar por una persona, que para tenerle de buen humor —y debe estarlo para contestar bien— ha de ser tratado precisamente como una persona.

    —Me complacerá hacerlo —dijo la Princesa.

    Y se acercó al sabio que estaba junto a la puerta y habló con él del sol y de la luna, de unos y de otros, y él contestó con todo acierto y cordura.

    —¿Cómo será este hombre, cuando tiene una sombra tan sabia? —pensó ella—. Será una auténtica bendición para mi pueblo y mi reino, si lo elijo como esposo.

    Y ambos estuvieron de acuerdo, la Princesa y la sombra, pero nadie debía saberlo antes de que ella regresase a su reino.

    —¡Nadie, ni siquiera mi sombra! —dijo la sombra, y tenía sus particulares razones para ello.

    Tras esto, fueron al país donde reinaba la Princesa, una vez que había ella regresado.

    —Escucha, amigo mío —dijo la sombra al sabio—. He llegado a ser cuan afonunado y poderoso puede ser un hombre. Ahora haré algo extraordinario por ti. Vivirás siempre conmigo en Palacio, irás conmigo en mi carroza real y tendrás cien mil escudos al año. Pero permirirás que todos te llamen sombra; no deberás decir nunca que fuiste hombre, y una vez al año, cuando me siente al sol en el balcón para mostrarme al pueblo, tendrás que tenderte a mis pies, como debe hacerlo una sombra. Has de saber que me caso con la Princesa. Esta noche será la boda.

    —¡No, eso es monstruoso! —dijo el sabio—. ¡No quiero, no lo haré! ¡Sería defraudar al país y a la Princesa! ¡Lo diré todo! Que yo soy el hombre y tú la sombra. ¡Que apenas si eres un disfraz!

    —No lo creerá nadie —dijo la sombra—. ¡Sé razonable o llamo a la guardia!

    —¡Iré a ver a la Princesa! —dijo el sabio.

    —Pero yo iré primero —dijo la sombra—, y tú irás al calabozo.

    Y así fue, porque los centinelas le obedecieron, al saber que iba a casarse con la Princesa.

    —¡Estás temblando! —dijo la Princesa, cuando la sombra fue a visitarla—. ¿Ha ocurrido algo? No irás a ponerte enfermo esta noche, en que vamos a casarnos.

    —Me ha sucedido la cosa más terrible que pueda ocurrir —dijo la sombra—. ¡Imagínate —claro, una pobre cabeza de sombra como ésa es incapaz de resisrir mucho—; imagínate, mi sombra se ha vuelto loca, cree que ella es el hombre y que yo —imagínate, si puedes—, que yo soy su sombra!

    —¡Qué horror! —dijo la Princesa—. ¿Lo habrán encerrado, supongo?

    —Sí. Me temo que nunca recupere la razón.

    —¡Pobre sombra! —dijo la Princesa—. Qué desdicha para él. Sería una verdadera obra de caridad liberarlo de la mezquina vida que lleva y cuando pienso en ello, creo que se hace preciso el quitársela con toda discreción.

    —Resulta cruel —dijo la sombra— porque era un buen sirviente —y pareció dar un suspiro.

    —¡Qué nobles sentimientos! —dijo la Princesa.

    Por la noche, toda la ciudad estaba iluminada y los cañones hicieron ¡pum! y los soldados presentaron armas. ¡Qué boda aquélla! La Princesa y la sombra se asomaron al balcón para mostrarse y recibir una vez más las aclamaciones.

    El sabio no se enteró de nada, porque le habían quitado la vida.

    Hans Christian Andersen (1805-1875)




    Relatos góticos. I Relatos de Hans Christian Andersen.


    Más literatura gótica:
    El análisis y resumen del cuento de Hans Christian Andersen: La sombra (Skyggen), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

    Hans Christian Andersen: relatos y libros


    Hans Christian Andersen: relatos y libros.




    Hans Christian Andersen (1805-1875) fue un notable poeta, folklorista y escritor danés dedicado principalmente a los cuentos infantiles basados en antiguos cuentos de hadas. En este sentido, los libros y relatos de Hans Christian Andersen se encuentran entre los más importantes del género.

    En esta sección iremos recorriendo todos los libros y relatos de Hans Christian Andersen.




    Hans Christian Andersen: obras completas:
    • El Nix (Nøkken)
    • La reina de las nieves (Sneedronningen)
    • La sirenita (Den lille havfrue)
    • La vieja madre del árbol (Hyldemoer)
    • La sombra (The Shadow)
    • Afortunado par (Lucky Peer)
    • Agnete y el Sireno (Agnete and the Merman)
    • Ahasverus (Ahasverus)
    • Autobiografía (Mit Livs Eventyr)
    • Amor en la Torre de Nicolai (Kjærlighed paa Nicolai Taarn)
    • Caminata desde el Canal de Holmen al este de Amager (Fodreise fra Holmens Canal til Østpynten af Amager i Aarene)
    • Canciones de una fiesta en Kenilworth (Sangene i Festen paa Kenilworth)
    • Cuando los españoles estuvieron aquí (Da Spanierne var her)
    • Cuentos de hadas para niños (Eventyr, fortalte for Børn)
    • Despedidas y encuentros (Skilles og mødes)
    • El abeto (Grantræet)
    • El ángel (Engelen)
    • El arte danés (Kunstens Dannevirke)
    • El barco (Skibet)
    • El bazar del poeta (A Poet's Bazaar)
    • El cuento de hadas de mi vida (Das Märchen meines Lebens ohne Dichtung)
    • El cuervo (Ravnen eller Broderprøven)
    • El fantasma en la tuma de Palnatoke (The Ghost at Palnatoke's Grave)
    • El hombre invisible de Sprogø (Den Usynlige paa Sprogø)
    • El improvisador (Improvisatoren)
    • El mulato (Mulatten)
    • El patito feo (Den grimme ælling)
    • El porquerizo (Svinedrengen)
    • El ruiseñor (Nattergalen)
    • El soldadito de plomo (Den standhaftige tinsoldat)
    • El yesquero (Fyrtøiet)
    • En el verano de 1831 (In the Summer of 1831)
    • En España (In Spain)
    • En Langebro (Paa Langebro)
    • En Suecia (In Sweden)
    • ¡Es verdad! (Det er ganske vist!)
    • Fantasías y escenas (Phantasier og Skizzer)
    • Historia de una aldea (En Landsbyhistorie)
    • Historias (Historier)
    • Hombre de arena (Ole Lukøje)
    • La campana (Klokken)
    • La casa vieja (Det gamle Huus)
    • La doncella de hielo (Lisjomfruen)
    • La dríade (Dryaden)
    • La familia feliz (The Happy Family)
    • La flor de la felicidad (Lykkens Blomst)
    • La historia de una madre (Historien om en moder)
    • La morisca (Maurerpigen)
    • La niña de los fósforos (Den Lille Pige med Svovlstikkerne)
    • La novia de Lammermoor (Bruden fra Lammermoor)
    • La nueva ropa del emperador (Kejserens nye Klæder)
    • La pastora y el deshollinador (Hyrdinden og Skorstensfejeren)
    • La princesa y la arveja (Prinsessen paa Ærten)
    • La reina de 16 (Dronningen paa 16 Aar)
    • Las dos baronesas (De to Baronesser)
    • Los chanclos de la fortuna (Lykkens Kalosker)
    • Los cisnes salvajes (De vilde svaner)
    • Los doce meses del año dibujados con tinta (Aarets tolv Maaneder, Tegnede med Blæk og Pen)
    • Los zapatos rojos (De røde sko)
    • Más que perlas y oro (Meer end Perler og Guld)
    • No es ningún noble (Han er ikke født)
    • Nuevas historias y cuentos de hadas (Nye Eventyr og Historier)
    • Nuevos cuentos de hadas (Nye Eventyr)
    • Ole Lukoie (Ole Lukøie)
    • O.T. (O.T.)
    • Pequeña Kirsten (Liden Kirsten)
    • Pequeño Tuk (Lille Tuk)
    • Poemas (Digte)
    • Poemas conocidos y olvidados (Kjendte og glemte Digte)
    • Poemas selectos (Samlede Digte)
    • Poemas, viejos y nuevos (Digte, gamle og nye)
    • Postales sin imágenes (Picture-Book without Pictures)
    • Primeros intentos (Ungdoms-Forsøg)
    • Pulgarcita (Tommelise)
    • Quince cuentos de hadas y relatos de Hans Christian Andersen (Femten Eventyr og Historier af H.C. Andersen)
    • Rey de sueños (Kongen drømmer)
    • Sajonia suiza (Swiss Saxony)
    • Ser o no ser: ésa es la cuestión (At være eller ikke være)
    • Sólo un violinista (Only a Fiddler)
    • Sombrías postales de un viaje al Harz (Shadow Pictures of a Journey to the Harz)
    • Soy un escandinavo (Jeg er en Skandinav)
    • Tres obras poéticas (Tre Digtninger)
    • Una boda en el lago Como (Brylluppet ved Como-Søen)
    • Una comedia al aire libre (En Comedie i det Grønne)
    • Una noche en Roskilde (En Nat i Roeskilde)
    • Una visita a Portugal en 1866 (A Visit to Portugal in 1866)
    • Varias cosas (Several Things)
    • Versos patrióticos (Fædrelandske Vers og Sange under Krigen)
    • Viñetas a los poetas daneses (Vignetter til danske Digtere)




    Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


    El artículo: Hans Christian Andersen: relatos y libros fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

    «El entierro prematuro»: Edgar Allan Poe; relato y análisis


    «El entierro prematuro»: Edgar Allan Poe; relato y análisis.




    El entierro prematuro (The Premature Burial) es un relato de terror del escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), publicado en julio de 1844 en el periódico The Philadelphia Dollar Newspaper.

    El entierro prematuro explora un miedo bastante extendido en la época de Edgar Allan Poe. Los casos de personas enterradas vivas eran algo habitual por aquel entonces. Semanalmente se publicaban episodios de exhumaciones con espeluznantes hallazgos, por ejemplo, de personas que habían luchado tenazmente para salir de sus ataúdes, sepulcros y criptas.

    El mérito de E.A. Poe fue haber canalizado ese temor en un relato que habla sobre el miedo a ser enterrado vivo, no de un enterramiento propiamente dicho.

    El protagonista de El entierro prematuro padece un tremendo trastorno conocido como catalepsia. Este padecimiento lo lleva a perder el conocimiento con frecuencia, manifestando un descenso de las pulsaciones y los signos vitales, lo cual lo hace presumir que algún día lo darán por muerto y lo entierren vivo.

    Es difícil determinar si la fobia a ser enterrado vivo es la causante de los desmayos o si éstos alimentan sus miedos. En cualquier caso, su condición se agrava con el tiempo. Constantemente tiene pesadillas atroces, en especial estando lejos del hogar, rodeado de personas que ignoran su enfermedad y que podrían, llegado el caso, darlo por muerto durante un episodio de inconsciencia.

    Para evitar estos sobresaltos el protagonista construye un complejo dispositivo funerario, con un equipo instalado que le permitrá pedir ayuda en caso de despertarse dentro de su ataúd.

    El miedo a ser enterrado vivo es uno de los tantos temores contemporáneos que Edgar Allan Poe utilizó como disparador de sus relatos. En este caso, el tema del entierro en vida se encuentra presente en varios de sus cuentos, entre ellos: Berenice (Berenice), La caída de la casa Usher (The Fall of the House of Usher) y El barril de amontillado (The Cask of Amontillado).

    Aquel extraño dispositivo diseñado por el protagonista de El entierro prematuro no es una invención de E.A. Poe. De hecho, eran algo común entre las personas adineradas que temían encontrarse en circunstancias indudablemente comprometidas. Uno de los casos más conocidos es el de Hans Christian Andersen, quien dejó instrucciones para evitar ser enterrado prematuramente.

    El miedo a ser enterrado vivo estaba tan extendido en Inglaterra que incluso se fundó una organización para prevenir las apresuradas actas de defunción. Fue conocida como Society for the Prevention of People Being Buried Alive, en español: Sociedad para la prevención del enterramiento prematuro.

    Naturalmente, el miedo a ser enterrado vivo marca el final de muchas leyendas de ultratumba, por ejemplo, la creencia en vampiros. Si al realizar una exhumación se verificaba una actitud sospechosa del muerto era lógico creer que se trataba de un vampiro; sin embargo, en la época de Edgar Allan Poe ya se había abandonado esta creencia, sustituyéndola por la sospecha más razonable de que aquel sujeto había sido enterrado vivo.

    La catalepsia del protagonista de El entierro prematuro, sumada a sus miedos y obsesiones, se encuadran en lo que Marie Bonaparte, psicóloga y especialista en la obra de Edgar Allan Poe, dictaminó como el miedo irracional a retornar al útero materno.

    Julio Cortázar, tal vez el mejor traductor de E.A. Poe al español, ve en El entierro prematuro una crónica o un artículo más que un relato propiamente dicho, y relaciona los agudos síntomas del protagonista con los efectos devastadores del opio.



    El entierro prematuro.
    The Premature Burial, Edgar Allan Poe(1809-1849)

    Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con el más intenso «dolor agradable» ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé, o de la muerte por asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables.

    He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la historia, pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría haber escogido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicción última, en realidad es particular, no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre individualmente y nunca en masa!

    Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos...

    ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma?

    Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión, a priori, de que tales causas deben producir tales efectos, de que los conocidos casos de vida en suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran número de estos entierros.

    Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una conmoción penosa, intensa y muy extendida. La esposa de uno de los más respetables ciudadanos —abogado eminente y miembro del Congreso— fue atacada por una repentina e inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los médicos. Después de padecer horriblemente murió, o se supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad no había motivos para hacerlo, de que no estaba realmente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido avance de lo que se supuso era descomposición.

    La dama fue depositada en la cripta familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago, pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja puesta.

    Una cuidadosa investigación mostró la evidencia de que había revivido a los dos días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd habían provocado la caída de éste desde una repisa o nicho al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se había dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no obstante, haberse consumido por evaporación. En los peldaños superiores de la escalera que descendía a la espantosa cripta había un trozo del ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.

    En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmación de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era señorita Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien Bossuet, un pobre literato o periodista de París. Su talento y su amabilidad habían despertado la atención de la heredera, que, al parecer, se había enamorado realmente de él, pero el orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur Rénelle, banquero y diplomático de cierto renombre.

    Después del matrimonio, sin embargo, este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a golpearla. Después de pasar unos años desdichados ella murió; al menos su estado se parecía tanto al de la muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal.

    Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de desenterrar el cadáver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y las caricias de su amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente había sido confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes aconsejados por sus no pocos conocimientos médicos. En resumen, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón no era tan duro, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su resurrección, huyó con su amante a América.

    Veinte años después, los dos regresaron a Francia, convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias y el largo período transcurrido habían abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo, sino legalmente la autoridad del marido.

    La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algún editor americano haría bien en traducir y publicar, relata en uno de los últimos números un acontecimiento muy penoso que presenta las mismas características.

    Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión muy grave en la cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera fractura de cráneo pero no se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios comunes. Pero cayó lentamente en un sopor cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.

    Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo un gran revuelo, provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, había sentido removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie prestó demasiada atención a las palabras de este hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia produjeron, al fin, su natural efecto en la muchedumbre.

    Algunos con rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció a algunas personas conocidas, y con frases inconexas relató sus agonías en la tumba. Por lo que dijo, estaba claro que la víctima mantuvo la conciencia de vida durante más de una hora después de la inhumación, antes de perder los sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despertó de un profundo sueño, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situación. Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando y parecía encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima de la charlatanería de los experimentos médicos. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.

    La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acción resultó ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en 1831, y entonces causó profunda impresión en todas partes, donde era tema de conversación.

    El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que despertaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización para un examen post-mortem, pero éstos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después del entierro el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano de un hospital privado.

    Al practicársele una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada de particular en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.

    Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno, al fin, proceder inmediatamente a la disección. Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar la batería a uno de los músculos pectorales. Tras realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación, miró intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció algunas palabras, y silabeaba claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente al suelo.

    Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Después de administrarle éter volvió en sí y rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquellos y su extasiado asombro.

    El dato más espeluznante de este incidente, sin embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo señor Stapleton. Declaró que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo borroso y confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto por los médicos hasta cuando cayó desmayado en el piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disección, había intentado pronunciar en aquel grave instante de peligro.

    Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta para establecer el hecho de que suceden entierros prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos. En realidad, casi nunca se han removido muchas tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la más espantosa de las sospechas.

    La sospecha es espantosa, pero es más espantoso el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede.

    No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un interés profundo, interés que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal.

    Durante varios años sufrí ataques de ese extraño trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad siguen siendo misteriosas, su carácter evidente y manifiesto es bien conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el paciente se queda un solo día o incluso un período más breve en una especie de exagerado letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve coloración persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas e incluso meses, mientras el examen más minucioso y las pruebas médicas más rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material entre el estado de la víctima y lo que concebimos como muerte absoluta.

    Por regla general, lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que saben que sufría anteriormente de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad, por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad con que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.

    Mi propio caso no difería en ningún detalle importante de los mencionados en los textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, el perfecto conocimiento.

    Otras veces el ataque era rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado, con escalofríos y mareos, y, de repente, me caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro, silencioso y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino del acceso. Así como amanece el día para el mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta, cansada, alegre volvía a mí la luz del alma.

    Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera podido percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar en seguida el uso completo de mis facultades, y permanecía siempre durante largo rato en un estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la memoria en particular se encontraban en absoluta suspensión.

    En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se volvió macabra. Hablaba de gusanos, de tumbas, de epitafios. Me perdía en meditaciones sobre la muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema, Cuando las tétricas tinieblas se extendían sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas plumas de un coche fúnebre.

    Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, por fin, me hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la única, predominante y sepulcral idea.

    De las innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en un trance cataléptico de más duración y profundidad que lo normal. De. repente una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído: «¡Levántate!»

    Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía recordar ni la hora en que había caído en trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil, intentando ordenar mis pensamientos, la fría mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:

    —¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?

    —¿Y tú —pregunté— quién eres?

    —No tengo nombre en las regiones donde habito —replicó la voz tristemente—. Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan descansar los gritos de estas largas agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo de dolor?... ¡Mira!

    Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome la muñeca consiguió abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones fosfóricas de la descomposición, de forma que pude ver sus más escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían, aunque fueran muchos millones, eran menos que los que no dormían en absoluto, y había una débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los innumerables pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda postura en que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo, mientras contemplaba:

    ¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso? Pero, antes de que encontrara palabras para contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas salía un tumulto de gritos desesperados, repitiendo: «¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo lastimoso?»

    Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados, y fui presa de un horror continuo. Ya no me atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad, ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia de los que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran antes de conocer mi estado realmente.

    Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que ya no había remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar que un ataque prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente de mí. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese la conservación.

    Y aun así mis terrores mortales no hacían caso de razón alguna, no aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión sobre una larga palanca que se extendía hasta muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los portones de hierro. También estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados recipientes con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme.

    Este ataúd estaba acolchado con un material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes ideados de forma que el más débil movimiento del cuerpo sería suficiente para que se soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el destino del hombre?. ¡Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las angustias más extremas de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas!

    Llegó una época —como me había ocurrido antes a menudo— en que me encontré emergiendo de un estado de total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces, después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; después, un período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse en pensamientos; más tarde, otra corta zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado; e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón.

    Y entonces, el primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento que no me estoy despertado de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, el único peligro horrendo, la única idea espectral y siempre presente abruma mi espíritu estremecido.

    Unos minutos después de que esta fantasía se apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi corazón me susurraba que era seguro.

    La desesperación —tal como ninguna otra clase de desdicha produce—, sólo la desesperación me empujó, después de una profunda duda, a abrir mis pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía que la situación crítica de mi trastorno había pasado. Sabía que había recuperado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que dura para siempre.

    Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.

    El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me mostró que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sentí también que yacía sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al fin levanté con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un ataúd.

    Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino dulcemente la esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó triunfante pues no pude evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que había preparado con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda.

    La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta. Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos, no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba común y anónima.

    Cuando este horrible convencimiento se abrió paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de agonía resonó en los recintos de la noche subterránea.

    —Oye, oye, ¿qué es eso? —dijo una áspera voz, como respuesta.

    —¿Qué diablos pasa ahora? —dijo un segundo.

    —¡Fuera de ahí! —dijo un tercero.

    —¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés? —dijo un cuarto.

    Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración. No me despertaron del sueño, pues estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión de mi memoria.

    Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas por las orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era exactamente la misma. Me resultó muy difícil meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente, y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias de mi postura, de la tendencia habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado, de concentrar mis sentidos y sobre todo de recobrar la memoria durante largo rato después de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para descargarla. De la misma carga procedía el olor a tierra. La venda en torno a las mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.

    Las torturas que soporté, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible, increíblemente espantosas; pero del mal procede el bien, pues su mismo exceso provocó en mi espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros. Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste.

    En muy poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde, aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los achaques catalépticos, de los cuales quizá fueran menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede parecer el infierno. ¡Ay!, la torva legión de los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles que duerman, o pereceremos.




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    El análisis y resumen del relato de Edgar Allan Poe: El entierro prematuro (The Premature Burial) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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