«Loca Infesta»: de la Infestación Demoníaca al Poltergeist.


«Loca Infesta»: de la Infestación Demoníaca al Poltergeist.




En este artículo de El Espejo Gótico examinaremos el concepto de infestación demoníaca. La persona que haya llegado hasta aquí buscando una corroboración de «síntomas», o confirmación de su autodiagnóstico como «poseída», probablemente necesite evaluar otras opciones primero, como estar sufriendo alucinaciones hipnagógicas, hipnopómpicas, experiencias psicóticas. Muchas personas se convencen de estar sufriendo algún tipo de ataque espiritual cuando estas experiencias tienen causas internas.

Dicho esto, continuemos:

El concepto de infestación demoníaca extiende sus raíces desde la demonología, donde era vista como algo similar a cualquier otra infestación [de ratas, por ejemplo]. Actualmente se considera a la infestación demoníaca como una de las instancias o fases previas a la Posesión. Estas fases no siempre siguen la misma progresión, pero a grandes rasgos pueden describirse del siguiente modo:


a- Opresión/Obsesión: La entidad demoníaca no tiene acceso al cuerpo físico. El ataque es psicológico, principalmente a través de pensamientos intrusivos, donde se intenta influir y tentar al sujeto. Sensación de agotamiento. El espacio mental seguro se vuelve cada vez más estrecho. Comportamiento extraño y acciones erráticas. Pesadillas intensas y sueño profundo.

b- Infestación: presencia de entidades en un lugar [como una casa] o un objeto [como un espejo, un mueble, una muñeca]. Fenómenos paranormales asociados. En cierto modo, las entidades se han ganado el derecho a manifestarse en el lugar.

c- Posesión: Esta aflicción psicoespiritual es muy rara. En términos simples, una inteligencia exterior desaloja la voluntad del sujeto y reclama su cuerpo como propio, también se apodera de sus facultades racionales y domina su personalidad.


La infestación demoníaca se produce con mayor frecuencia al mudarse a una casa o un departamento, donde a veces quedan algunas pertenencias del propietario o inquilino anterior. Por lo general, las cosas comienzan lentamente, con pequeñas manifestaciones unos días o semanas después de mudarse. Los episodios progresan y ganan intensidad a lo largo de los meses, dependiendo de la fortaleza e integridad psicológica y emocional de sus habitantes.

En otro escenario, la infestación demoníaca puede desatarse en una casa sin antecedentes de fenómenos paranormales al comprar o recibir un objeto cargado o asociado a prácticas oscuras. Esto significa que la entidad tiene derecho a manifestarse en torno a ese objeto, que puede ser completamente mundano [no es necesario que sea un espejo antiguo o una pintura oculta debajo de un paisaje anodino]. Sacar el objeto de la propiedad no siempre resuelve las cosas, tampoco quemarlo o destruírlo; de hecho, para deshacerse de este tipo de objetos es necesario seguir un procedimiento.

La tercera raíz de la infestación demoníaca es la práctica del ocultismo y la magia negra. A veces un miembro de la familia practica activamente las artes oscuras, o imprudentemente la adivinación, la Wicca, Ouija, permitiendo acceso y luego reconocimiento a través del miedo [ver: Ouija: errores frecuentes, peligros y consecuencias]

El concepto de infestación demoníaca no es nuevo. El teólogo jesuita Petrus Thyraeus fue uno de los primeros en darle un contexto en su libro de 1598: Loca infesta: hoc est, De infestis, ob molestantes daemoniorum et defunctorum hominum Spiritus, locis [«Lugares embrujados, es decir, Sobre los lugares embrujados a causa de los espíritus atormentadores de demonios y personas fallecidas»], donde habla de territorios [casas, campos y zonas periféricas a las poblaciones] saturados de presencias demoníacas y espectrales. Thyraeus divide el fenómeno en dos partes: la primera tiene que ver estrictamente con la presencia demoníaca [infesta per se] y la otra debido a la actividad humana [infesta propter homines]. Hasta entonces, la posición teológica estandar afirmaba que toda actividad demoníaca era consecuencia de la pecaminosidad humana, siendo la posesión una especie de castigo. Thyraeus, en cambio, sostuvo que algunos demonios pueden «aferrarse» a ciertos lugares por voluntad propia, algo más cercano a las leyendas tradicionales de espacios animados por espíritus de la naturaleza [ver: Sobre las apariciones demoníacas]

En cuanto a la causa humana de la infestación demoníaca, Thyraeus habla de un «pacto implícito», es decir, la idea de que la práctica magia involucra la aceptación, e incluso la invitación [involuntaria] a estas entidades [ver: Invité a un demonio a mi casa]. Esto tenía como objetivo persuadir a las personas de llevar a cabo prácticas aparentemente inocuas, convirtiéndolas en una puerta de entrada a los demonios. En el libro de Jean Gerson: De erroribus circa artem magicam [«Sobre los conceptos erróneos de las artes mágicas»], el autor presenta numerosos relatos de actividad poltergeist relacionados con prácticas casi inocentes, como la adivinación y hechizos para propiciar lluvias o buenas cosechas. La presencia demoníaca descrita por Gerson es decepcionante. En la mayoría de los casos, los demonios se limitan a hacer ruido e impedir el descanso de los habitantes de la casa [ver: Pasos, golpes, objetos que caen y otros ruidos inexplicables]

Las historias de infestación demoníaca parecen seguir el mismo patrón que los sucesos reportados en las casas embrujadas ordinarias. El teólogo francés Noël Taillepied sostuvo los demonios «tienden a aparecer en lugares donde en tiempos pasados se han producido actos horribles, asesinatos, disturbios y violaciones», sugiriendo que ciertos lugares pueden absorber y retener ciertos matices emocionales [miedo, sobre todo], volviéndolos habitables para las entidades demoníacas [ver: ¿Energía Residual o entidades inteligentes?]. Esto no difiere demasiado de la Teoría de la Cinta de Piedra, la cual postula que ciertos sucesos violentos pueden quedar «grabados» en un lugar, y luego activarse y reproducirse, como una cinta, ante la presencia de una persona sensitiva [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?]

En De Praestigiis Daemonum [«Sobre las ilusiones de los demonios»], Johann Weyer advierte que la infestación demoníaca puede manifestarse de modo muy sutil, fundiéndose con el entorno: [los demonios] «se arrastran por todas las vías de los sentidos, se prestan a las formas, se adaptan a los colores, se adhieren a los sonidos, se incorporan a los olores e infunden sabores». Para Weyer, los demonios se esconden en todo lo que percibimos «por todas las vías de los sentidos», e incluso se incorporan a los sonidos, olores y sabores. La persona que vive en una casa infestada probablemente termina naturalizando estas anormalidades, como escuchar ruidos extraños, ver figuras oscuras o percibir olores desagradables [ver: El olor de los demonios]

La demonología proporcionó algunos tropos sobre cómo los demonios lograban ocupar y perpetuarse en un espacio, principalmente hogares de familia. Una vez que se les abría la puerta [o la abrían ellos mismos debido a sucesos violentos ocurridos en el lugar], se producía un efecto contagio. O bien los fenómenos extraños [perturbaciones hostiles de diversa índole] primero eran experimentados por una persona en la casa, y luego las demás se «contagiaban»; o bien se producían de forma desordenada y aparentemente aleatoria. Esto básicamente cubría todos los escenarios.

Los demonólogos clásicos [como muchos «expertos» modernos en los paranormal] tendían a ver demonios en toda actividad inusual, como si fueran la explicación por defecto de cualquier cosa extraña. Incluso cuando podía deducirse un orden o secuencia racional de causas para explicar el fenómeno, se hablaba de «ilusión demoníaca», una distorsión de la realidad producida por la presencia de un spiritu immundus [«espíritu impuro»]. En otras palabras, esta rama de la demonología creía que no sucedía nada sobrenatural, sino que los demonios tenían la capacidad de inducir alucinaciones. Esta distorsión pronto se «contagiaba» a otros miembros del hogar.

Esta narrativa ha cambiado. En la actualidad se habla de personas «sensitivas», capaces de vislumbrar aspectos ocultos de la realidad, rara vez de víctimas pasivas de una ilusión inducida por agentes diabólicos. De hecho, algunos aspectos de aquella narrativa se han invertido. En uno de los exorcismos registrados por Thyraeus, el demonio en cuestión declaró no saber nada sobre posesión. En cambio, sostuvo haber sentido que caminaba por una calle, de noche, todas las casas estaban a oscuras; de repente dijo haber visto una casa iluminada [la casa de la persona poseída] y que simplemente caminó hacia ella. Hoy en día un «experto» en lo sobrenatural diría que la persona en la casa era esa LUZ, y que los demonios y espíritus se sienten atraídos como polillas a un farol solitario en la noche. Esta LUZ no necesariamente tiene que ver con poderes o capacidades extraordinarias, sino con la vulnerabilidad producto de algún trauma. En tiempos de Thyraeus se pensaba que los demonios no atacaban a nadie que no «abriera la puerta», que no ofreciera algún tipo de invitación [ver: Si los ves, Ellos te ven]. Ninguna LUZ funcionaba como señal o GPS para que estas cosas se acerquen.

La designación loca infesta comenzó a utilizarse para referirse a un lugar [loca] que estaba plagado [infesta] de espíritus demoníacos. En latín clásico, el verbo infesto significa «acosar», «atacar», en el sentido de algo que perturba la paz. El participio pasado infestus refiere a algo hostil, antagónico, una amenaza. Era un término militar, relacionado etimológicamente con infenso [«golpear»] y defendo [«proteger»], utilizado en este contexto porque se pensaba en el ataque demoníaco como análogo al asedio de un ejército que poco a poco va ocupando el cuerpo humano hasta tomar control [ver: ¿Qué siente una persona poseída?]

Uno de los principales signos de infestación demoníaca se manifestaba a través de los animales. San Teodoro de Sikeon relata la historia de un tribuno llamado Pherentinus, quien aseguró haber tenido un encuentro con un perro infernal. El animal bostezó frente a él, y esto lo dejó en un deplorable estado de salud. Afortunadamente para él, San Teodoro no entendió el bostezo del canino como un simple reflejo, sino como un ataque. Lo cierto es que, desde entonces, Pherentinus era incapaz de controlar su propio cuerpo. Se contorsionaba en posturas asombrosas y «permanecía medio muerto durante mucho tiempo con la cara torcida hacia atrás». Indagado por San Teodoro, Pherentinus confesó haber hecho algo con lo que cualquiera de nosotros podría realcionarse. Al ver al perro bostezar, bostezó el mismo. ¡Aha!, habrá dicho San Teodoro, esto permitió la irrupción de lo demoníaco en el cuerpo de Pherentinus, quien al instante perdió el control de su motricidad. Suena un poco absurdo, pero en la doctrina exorcista no se debía repetir ningún gesto o palabra dicha por el demonio; y como el demonio no podía pronunciar ninguna oración del ritual, el exorcista estaba a salvo siempre que no se desviara del texto.

Si un exorcista tradicional hubiera visitado la residencia MacNeil, habría concluido que la posesión de Regan era el último eslabón de una larga cadena de contagio [ver: Regan MacNeil vs Lovecraft]. El exorcismo realizado por Karras y Merrin no habría podido practicarse porque el lugar ya no era seguro, estaba «infestado» por la presencia de Pazuzu, y el resto de la familia probablemente ya habría cedido a cierto grado de obsesión/opresión. Para este exorcista, la residencia MacNeil no habría sido un domus, un «hogar», sino un espacio de intrusión violenta, un loca infesta. Dentro de este lugar contaminado, la entidad demoníaca podría moverse con libertad, abandonando el cuerpo de Regan y regresando cuando quisiera.

La casa MacNeil parece un loca infesta. La habitación de Regan tiene una temperatura considerablemente más baja que resto de la casa, los muebles se mueven solos y hay objetos volando por el lugar. Sin embargo, los exorcistas proceden con el ritual, algo que nuestro experto tradicional no habría recomendado. Según su esquema, los demonios son como alimañas que infestan la casa y ocupan cada rincón; de hecho, se creía que los espíritus hostiles primero se manifestaban a través de ruidos extraños atribuídos a roedores [como los que se oyen en el ático de las MacNeil], luego se mueven hacia los espacios comunes [donde la gente se congrega para comer], y finalmente a los espacios de descanso [ver: Casas tomadas por espíritus]

Los habitantes de una casa infestada rara vez son capaces de señalar algo concreto, un lugar específico del cual provienen las perturbaciones. Más bien, es como una propagación de fenómenos que comienzan siendo externos [ruidos, voces, sombras] y luego son experimentados en el propio cuerpo, como movimientos involuntarios y erráticos. Es común que, al dormir, la persona mueva las manos bruscamente, como si estuviera luchando contra algo. Varios demonólogos comentaron sobre esta faceta nocturna de la aflicción demoníaca. Noël Taillepied comenta lo siguiente en Tratado sobre la aparición de espíritus (Traité de l’apparition des esprits, 1588):


«No en vano hay que temer cuando por la noche percibimos algo desconocido. Porque los espíritus a menudo atacan a las personas mientras duermen.»


Con mayor énfasis en los órganos afectados, el demonólogo Johann Weyer [Pseudomonarchia Daemonum] señala que los demonios pueden interferir e interrumpir la visión de las mujeres «melancólicas», basándose en la teoría óptica predominante en la Edad Media [extramisión e intromisión], que postulaba que el ojo humano emitía rayos que rebotaban en los objetos y los hacían visibles. Los demonios, se creía, podían interrumpir y manipular los rayos oculares [haciéndose visibles para una sola persona], e incluso afectar el sentido del tacto, haciendo que una persona experimente estar siendo golpeada, mordida, arañada o abusada sin que esto realmente ocurra [ver: Arañazos, rasguños y marcas en la piel durante la noche]. En esencia, se pensaba que los demonios podían hackear nuestros sentidos. Es curioso que la parapsicología no haya estudiado este modelo de manipulación sensorial para intentar explicar los llamados «toques espirituales», es decir, la sensación de que un espíritu o entidad incorpórea te toca físicamente [ver: Cuando algo invisible te toca]

Las alucinaciones eran sólo un tipo de alteración sensorial dentro de la loca infesta. El teólogo suizo Ludwig Lavater sostuvo: «por su experiencia en las cosas naturales, el diablo puede engañar al ojo humano y a otros sentidos»; y Martín del Rio [Disquisitionum magicarum] afirmó que los demonios «inducen miedo, vergüenza, ira y tristeza». Es decir que en una infestación demoníaca no solo había que dudar de lo que veías y oías, sino también de tus sentimientos.

La instancia previa de estos fenómenos era idéntica a lo que ocurre actualmente en los poltergeist: los habitantes de la casa oyen el ruido de piedras arrojadas desde afuera contra el techo y las ventanas [ver: Las 8 fases de la Actividad Poltergeist]

Otro punto interesante de la infestación demoníaca es el hedor a putrefacción. Podemos suponer que esto no era raro en la Edad Media, pero en la mayoría de los casos se menciona que la carne fresca se ponía negra en pocos instantes, pero no se registraba ningún olor desagradable. Sin embargo, los habitantes de la casa afirmaban tener las fosas nasales saturadas de este olor a descomposición [ver: Entidades que se manifiestan a través del olor]. La situación no podía ser peor: en una loca infesta la gente veía, oía, sentía y olía cosas, todas tan desagradables que desafiaban la capacidad de asimilarlas. La degradación sensorial de las infestaciones demoníacas, la pérdida de control sobre las sensaciones corporales, realmente podían quebrar la voluntad de cualquier persona.

Al igual que hoy se habla de casas embrujadas y toda una batería de fenómenos asociados, antiguamente se pensaba que los demonios podían instalarse en los espacios domésticos y alterar la percepción normal de las cosas. Dentro y en los alrededores de la casa parecían producirse pequeñas desgracias inesperadas sin que se comprendiera cómo y por qué ocurrían. Muchos demonólogos anotan que, sobre todo en las áreas rurales, la gente se acostumbraba tanto a la presencia de estas entidades domésticas que incluso llegaban a establecer complejas relaciones de convivencia. Esta es otra mirada distorsionada de una verdadera constelación de creencias paganas sobre espíritus domésticos, como los Brownies. Nadie pensaba que fueran demonios salvo los demonólogos, que naturalmente los veían en todas partes. Los actuales investigadores paranormales parecen seguir el mismo patrón: ¿Oyes ese ruido extraño? Espíritu. ¿Has visto esa sombra? Espíritu.¿Sientes esa ráfaga de viento? Espíritu. ¿Ha bajado la temperatura? Espíritu.

Los espíritus domésticos del paganismo eran un orgullo para la familia, estaban asociados a ella y mantenían una relación durante generaciones. Es cierto, eran propensos a realizar travesuras, como ruidos molestos en la noche, pero nada que no pudiera apaciguarse con un tazón de leche y un poco de pan. Todo esto estaba bastante alejado, digamos, de la posesión, la magia negra y la brujería. Los demonólogos condenaban estas tradiciones, pero nunca las entendieron. Asociaban el nombre de espíritus locales con demonios, aunque los fenómenos que se producían estaban lejos de ser demoníacos. La parapsicología moderna, que invita a las personas a realizar «limpiezas» y rituales de destierro ante cualquier ruido inusual, confunde del mismo modo la actividad focalizada con la presencia nociva de un principio abstracto del mal, que al parecer puede deleitarse urdiendo engaños infantiles.

El Malleus Malficarum cae la misma confusión al señalar que «los demonios vienen en muchas variedades diferentes» y que «hay tantos espíritus impuros como actividades entre los hombres». En lugar de incitar a la locura y el asesinato, estos provocadores, afirma el Malleus, se deleitan haciendo travesuras y «no pueden dañar a nadie, al menos no gravemente». En el siglo XIII, Jacobo de Vitry anota una historia peculiar, que luego será citada por muchos demonólogos como ejemplo de infestación demoníaca: un hombre parte en peregrinación a Compostela, mientras su esposa se queda en casa. Un demonio impide a la mujer engañarlo al expulsar a sus pretendientes golpeando las paredes y ventanas. En lugar de estimular un comportamiento pecaminoso, la historia invierte las enseñanzas teológicas sobre los espíritus malignos. Esta entidad protege al hombre que se fue a Compostela y frustra el pecado de adulterio de la mujer [en cierto modo, la protege de sus propias inclinaciones]; sin embargo, el autor sostiene que se trata de un «demonio». Evidentemente la historia original no incluía demonios de ninguna clase, sino algún tipo de espíritu doméstico que intentaba proteger la integridad de la familia.

La brujería era la primera preocupación de los demonólogos a finales de la Edad Media. La segunda era la casa como sede de sucesos inexplicables, es decir, como espacio de infestación demoníaca, pero para eso era necesario establecer límites entre las causas naturales y las sobrenaturales. Las personas en las zonas rurales, cuyas tradiciones precristianas todavía estaban vigentes, podían aceptar la existencia de demonios que perturban la casa y a sus habitantes, pero eso equivalía a aceptar que los ángeles caídos desperdiciaban su energía rompiendo cacerolas y haciendo ruidos molestos. En este contexto, la demonología no tuvo otra alternativa que adoptar la existencia de elementales y otros espíritus menores. Este fue el inicio del poltergeist, una faceta menos pomposa de la infestación [ver: Genius Loci: el espíritu del lugar]

El alquimista Georgius Agricola comentó que estos espíritus menores «parecen hacer muchas cosas cuando en realidad no hacen nada». Comenzó a hablarse de demonios «gentiles» [paganos] que estaban activos en los hogares, especialmente durante la noche. Johann Weyer insinúa que «estos seres parecen estar desempeñando tareas de sirvientes, como subir y bajar las escaleras llevando cosas, abrir puertas, encender el fuego, sacar agua, preparar la comida, cuando en realidad no hacen nada en absoluto». La actividad asociada a los fantasmas actuales sigue el mismo patrón: suelen ser vistos en el mismo lugar, a la misma hora, haciendo una y otra vez lo mismo, sin parecer tener conciencia de su entorno, como si estuvieran atrapados en una especie de bucle [ver: ¿Los fantasmas saben que están muertos?]

Así apareció la idea de que ciertos espíritus domésticos podían causar menos o ningún daño a las personas de la casa, pero la demonología siguió siendo cautelosa. Nunca afirmó que fueran «benévolos», sino que ocupaban los hogares, o se asociaban con una familia, y a menudo exigían una recompensa [pan, leche y vino] por mantener la casa ordenada y castigaban a quienes no lo hacían. La posición de la élite clerical era antagónica con los poltergeist. Negó que fueran «inocuos», y se pronunció a favor de condenar cualquier manifestación [que hoy llamaríamos «paranormal»] de seres asociados a los cultos precristianos. En su Démonomanie, Jean Bodin propuso «eliminar las excusas y la impiedad de aquellos que invocan demonios bajo la apariencia de espíritus benévolos». Bodin temía que la gente pensara que algunos demonios eran tibios en su odio hacia la humanidad si no se condenaba las tradiciones que parecían dar la bienvenida a los espíritus domésticos. Su discurso fue aceptado respecto de los poltergeist más virulentos, porque estos espíritus «traviesos» generalmente provocaban miedo [afín a la teología ortodoxa], sin embargo, en cuando a los espíritus hogareños, criaturas moralmente ambivalentes, el arraigo fue considerablemente menor.

El libro de Catherine Crowe: El lado nocturno de la naturaleza (The Night Side of Nature, 1848) popularizó el término «poltergeist» [acuñado por Martín Lutero] en términos de criaturas espirituales relativamente inofensivas, aunque capaces de provocar perturbaciones considerables. Crowe comenta: «los muertos no siempre descansan pacíficamente; a veces tienen la desagradable costumbre de aparecer». Sin embargo, los poltergeist no siempre tienen que ver con espíritus humanos que se manifiestan ante familiares y amigos, sino con los equivalentes latinos «larva» y «lémur», es decir, entidades que no fueron humanas y que actúan de forma hostil y aleatoria. Por otro lado, los geister [espíritus] parecen actuar como humanos atrapados en este plano que tratan de llamar la atención de los vivos. La demonología, incluso en la era industrial, siguió mantenienodo que los demonios se escondían detrás del poltergeist.

La palabra poltergeist es de origen alemán y alude a un ser espiritual [geist] que genera ruido [poltern]. Lutero, una autoridad en el tema, añadió una instancia superior: el rumpelgeist [«espíritu retumbante»], que aparentemente causaba más ruido y que él mismo experimentó en su residencia. Poco a poco la infestación demoníaca pasó a verse como algo más espiritual, menos demoníaco, aunque de origen desconocido. En muchos cuentos de poltergeists, la actividad suele terminar tan misteriosamente como comenzó, pero nunca es aleatoria. Generalmente alguien hace algo, va a algún lugar, practica la magia o compra un objeto maldito. Siempre hay un desencadenante.

Un caso interesante de infestación demoníaca, que hoy en día consideraríamos un poltergeist, puede leerse en el tratado de Johannes Nider: Formicarius [1475], escrito en forma de diálogo: un alumno de teología le pide a su maestro que comente algunos ejemplos de «perturbaciones» en el hogar. Este le cuenta la historia de una casa cerca de la ciudad de Nuremberg, donde un «espiritu inmundo» silba en la oscuridad, golpea las paredes, hace que las cosas se pierdan y aparezcan en lugares insólitos, pero en ningún momento daña a las personas de la casa. Si bien nunca se dice que este «espíritu inmundo» sea un poltergeist, las manifstaciones de la entidad son comparables. La anécdota está incluida en un contexto más amplio que intenta demostrar que los demonios intentan influir en los asuntos humanos a menudo a través de pequeñas travesuras [ver: Un golpe: «SÍ»; dos golpes: «NO»; tres golpes: «DÉJAME ENTRAR»]

Además de la referencia auditiva de los términos polter [«ruido»] y rumpel [«estruendo»], estas entidades producen otras perturbaciones. Mueven y rompen pequeños objetos de la casa, como vasos y utensilios, y también los reubican furtivamente [ver: ¿Por qué las cosas se pierden en tu casa?]. En algunos casos, los poltergeist mueven objetos más grandes y pesados, como camas y mesas; pero la característica secundaria de este fenómeno [después del ruido] es la desaparición de objetos personales que eventualmente se encuentran en lugares inesperados. En casos más raros pueden provocar daños físicos, de hecho, la noción de que estos espíritus arrojan piedras es muy antigua. Este fenómeno, conocido como lithobolia tiene antecentes en el historiador romano Tito Livio, quien describió cómo algunas piedras en llamas [de origen desconocido] aterrorizaron a los soldados romanos durante las Guerras Púnicas. Guillermo de Auvernia afirmó que un espíritu menor lo atormentaba arrojándole piedras y golpeando paredes. Los ascetas cristianos comúnmente se topaban con demonios que les lanzaban piedras para interrumpir sus prácticas ascéticas. Hay un cuento popular de 1698 llamado Lithobolia o El demonio lanzador de piedras (Lithobolia: or, the Stone-Throwing Devil), atribuído a Richard Chamberlayne, que esencialmente describe un poltergeist moderno.

Un aspecto en común entre el antiguo concepto de infestación demoníaca y el poltergeist moderno es la extrema sensibilidad emocional de estas entidades. Al parecer, reaccionan ante la más ínfima ofensa, real o imaginaria, y estallan violentamente cuando no obtienen la reacción que esperan provocar [miedo y reconocimiento]. Quemar salvia, gritarles, ordenarles que se vayan, puede empeorar las cosas, precisamente porque se les está dando reconocimiento. La falta de sueño añade un condimento particularmente desagradable a la situación. Estas entidades suelen comenzar la actividad cuando la persona intenta conciliar el sueño. En estos momentos es común sentir que algo presiona sobre la cama, algo con peso que hunde el colchón, como si un animal se hubiera subido [ver: Una sombra se sienta en el borde de mi cama]

Las pesadillas también son frecuentes en este punto. Suele soñarse con figuras sombrías que adquieren una forma humanoide y emiten una energía maligna. A veces corren en cuatro patas, como perros grotescos. Lo único visible son sus dientes [afilados] y las cuencas de sus ojos. Es común que estas figuras te persigan en sueños o directamente te torturen. Lucen hambrientos [ver: Significado de soñar con el demonio]

Si el foco del poltergeist es una persona, notaremos un cambio radical en su forma de actuar y hablar. No es infrecuente que se pellizque la cara, los brazos y las piernas, tampoco que tenga arañazos y ampollas, como si fueran quemaduras. En cuanto a su personalidad, es como si fuera una persona diferente, constantemente enojada por trivialidades. Cambia de humor bruscamente. Responde como si alguien invisible la hubiera llamado [ver: Algo me llamó por mi nombre]. Pasa mucho tiempo en silencio, como aletargada. Ocasionalmente, una masa informe de oscuridad parece flotar a su alrededor

Aumentar las fuentes de luz de la casa, e iluminar todos los rincones oscuros parece tener un efecto positivo, pero lo que realmente parece funcionar es localizar el espacio de la casa desde donde provenían los primeros ruidos, que suelen producirse a primeras horas de la mañana. No son particularmente fuertes. Es como si la criatura quisiera llamar la atención y, una vez que la obtiene, empezara a desplegar todo su arsenal. Si el origen es un mueble o un espejo, es conveniente deshacerse de ellos. Al parecer, los ruidos nunca comienzan en la estructura de la casa [pisos, paredes, techo] sino de un objeto en particular que puede estar en el piso, la pared o el techo. En cualquier caso, ignóralo. No lo reconozcas. Sólo quiere tu atención. Haga lo que haga, actúa como si no lo hubieras notado. No hables del tema en la casa. No actúes asustado. Recuerda que podrían estar observando, esperando una reacción.




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