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William B. Seabrook: cuentos destacados


William B. Seabrook: cuentos destacados.




William B. Seabrook (1884-1945) fue un notable escritor norteamericano, interesado particularmente en la magia negra, el ocultismo, el vudú, y que volcó esas tenebrosas aficiones en el relato de terror, generando de este modo el subgénero de los relatos de zombis. En este sentido, los cuentos de William Seabrook se encuentran entre los principales de la era el relato pulp.

Aquí iremos recorriendo todos los cuentos de William Seabrook.




Cuentos de William Seabrook:
  • Asilo mental (Asylum)
  • Brujería: su poder en el mundo actual (Witchcraft: Its Power in the World Today)
  • La isla mágica (The Magic Island)
  • La pálida esposa de Tousell (Toussel's Pale Bride)
  • La venganza de la bruja (The Witch’s Vengeance)
  • Así se abre y se cierra (The Way is Opened and Closed)
  • Aventuras aéreas (Air Adventure)
  • Aventuras en Arabia (Adventures in Arabia)
  • ¡Bajando! (Going Down!)
  • Celestina con un plato de plata (Celestina with a Silver Dish)
  • Diario de la sección VIII (Diary of Section VIII)
  • Doctor Wood: hechicería moderna en el laboratorio (Doctor Wood: Modern Wizard of the Laboratory)
  • El altar de las calaveras (The Altar of Skulls)
  • El dios encarnado (The God Incarnate)
  • El encanto de Ouanga (The Ouanga Charm)
  • El extraño mundo de Willie Seabrook (The Strange World of Willie Seabrook)
  • El hombre lobo blanco enjaulado de Saraban (The Caged White Werewolf of the Saraban)
  • El monje blanco de Timbuctoo (The White Monk of Timbuctoo)
  • El sacrificio de Petro (The Petro Sacrifice)
  • Estos extranjeros: todos americanos (These Foreigners: Americans All)
  • Fórmula para invocar a los muertos (Formula for Calling Up the Dead)
  • Fuego secreto (Secret Fire)
  • La montaña de los adoradores del diablo (The Mountain of Devil Worshippers)
  • La salamandra (The Salamander)
  • Los invitados a la boda (The Wedding Guests)
  • Maneras de la jungla (Jungle Ways)
  • Muertos trabajando en los campos de caña (Dead Men Working in the Cane Fields)
  • Sin escondite (No Hiding Place)
  • Una ninfa de bronce (A Nymph in Bronze)
  • Un hombre ciego caminando sobre huevos (A Blind Man Walking on Eggs)
  • Wow (Wow)




Autores en El Espejo Gótico. I Relatos de William B. Seabrook.


El artículo: William B. Seabrook: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Isla Zombi: secuela de Shakespeare el No Muerto»: Lori Handeland.


«Isla Zombi: secuela de Shakespeare el No Muerto»: Lori Handeland.




Isla Zombi: secuela de Shakespeare el No Muerto (Zombie Island: A Shakespeare Undead Novel) es una novela de vampiros y zombis de la escritora Lori Handeland, publicada en 2012.

Isla Zombi es la secuela de Shakespeare: el No Muerto, donde el vampiro William Shakespeare y su Dama Oscura, Katherine Dymond, son transportados a una extraña isla habitada por zombis, en cierta forma, un homenaje a la novela de William Seabrook: La isla mágica (The Magic Island).

Victorioso de la reciente batalla sobre las hordas de zombis que invadieron Londres, el vampiro William Shakespeare se enfrenta a nuevos problemas sobrenaturales.

William Shakespeare planea que su amor imposible, Katherine Dymond, conocida en sus sonetos como la Dama Oscura (Dark Lady), se recupere de su enojosa condición de vampiresa para asumir una nueva identidad en las Américas, lejos del despótico trato de su esposo.

El viaje está lleno de sobresaltos, entre ellos, un inoportuno naufragio que los llevará a una isla desconocida donde los zombis se reagrupan para una nueva invasión sobre Inglaterra, en esta ocasión, infiltrándose subrepticiamente en el palacio de la reina Elizabeth I.




Novelas de vampiros. I Novelas de zombis.


El análisis y resumen de la novela de Lori Handeland: Isla Zombie: secuela de Shakespeare el No Muerto (Zombie Island: A Shakespeare Undead Novel) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Hija de la oscuridad»: J.R. Lowell; novela y análisis.


«Hija de la oscuridad»: J.R. Lowell; novela y análisis.




Hija de la oscuridad (Daughter of Darkness) es una novela de terror escrita en colaboración entre Jan y Robert Lowell, un matrimonio de autores que publicaron la historia en 1972 bajo el seudónimo J.R. Lowell.

Hija de la oscuridad relata la historia de Willamina Connolly, hija de un próspero matrimonio compuesto por un exitoso editor, y su esposa Willamina, una concertista de piano. Willamina es una niño prodigio, dueña de un coeficiente intelectual asombroso, y parte de una vida de lujos. Sin embargo, su aparente felicidad es solo una máscara, un disfraz que oculta algo verdaderamente inquietante.

Con los años la inteligencia de Willamina se enfoca principalmente en la antropología, y luego en la práctica de la brujería, o Wicca; un campo propicio para la investigación de distintos fenómenos paranormales.

Pronto descubre que posee una capacidad innata para enfocar su voluntad y crear ideas tan fuertes que estas logran animar ciertos objetos, o bien operar como entidades aparentemente independientes de ella misma.

Durante toda su vida, Willamina estuvo a la sombra de su madre. Incluso su nombre, heredado de ella, la ha marcado con la impresión de ser una mera copia del original. Tal vez por eso cuando su madre fallece trágicamente a causa de un hechizo, Willamina logra concretar todos sus deseos incestuosos, cultivados durante largos años a la sombra de su madre.

Los hechizos de Hija de la oscuridad están tomados de libros prohibidos reales; entre ellos, El libro de los condenados (Book of the Damned) y Brujería, su poder en el mundo actual (Witchcraft: Its Power in the World Today).




Novelas de terror. I Novelas de fantasmas.


El análisis y resumen de la novela de J.R. Lowell: Hija de la oscuridad (Daughter of Darkness) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Asylum»: William B. Seabrook; libro y análisis.


«Asylum»: William B. Seabrook; libro y análisis.




Asylum (Asyum) es un libro del periodista y escritor norteamericano William Seabrook (1884-1945), publicado en 1934. No es una pieza de ficción, sino un profundo abordaje de la adicción del autor, que eventualmente terminaría con su vida: el alcoholismo.

Asylum es una obra testimonial que rápidamente se convirtió en un éxito de ventas. Por aquel entonces, William B. Seabrook era un periodista de reputación intachable y un viajero incansable. Fue durante sus primeras expediciones cuando su adicción al alcohol y a las drogas se desbordaron por completo.

En aquellos años no existía ningún tratamiento efectivo contra el alcoholismo, por lo cual William B. Seabrook decidió recluirse voluntariamente en un manicomio. Una vez allí aprovechó sus instintos de viajero y cronista aventajado para dar cuenta de su propia jornada en el infierno de la adicción.

Lo más notable de Asylum, además de su atmósfera opresiva, es el desconcierto que producen aquellos primeros tratamientos médicos sobre el problema del alcoholismo. En el caso de William Seabrook, y del grupo de médicos que lo trató en este manicomio, queda marcado expresamente cuando se le da de alta, es decir, cuando se lo declara oficialmente «curado» de su adicción, asegurándole que podía volver a beber sin riesgos de recaer.

El lenguaje de William Seabrook no se reserva ninguna aspereza para describir su situación física y mental. En este sentido, su voz es la de un corresponsal que no omite ningún detalle, por escandaloso que sea, sometiendo al lector a una atmósfera que poco a poco se torna irrespirable [ver: En el Manicomio: la locura en la ficción]

Tras haber sido dado de alta, William Seabrook vivió una década de plena decadencia física. Se suicidó el 20 de septiembre de 1945 ingiriendo una dosis letal de opio.

Asylum es un libro maldito prácticamente imposible de conseguir, salvo que el lector logre echarle mano a alguna vieja primera edición en inglés.



Libros de William Seabrook. I Libros prohibidos.


El resumen del libro de William Seabrook: Asylum (Asylum) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Brujería: su poder en el mundo actual»: William B. Seabrook.


«Brujería: su poder en el mundo actual»: William B. Seabrook.




Brujería: su poder en el mundo actual (Witchcraft: Its Power in the World Today) es un libro prohibido del investigador y escritor norteamericano William B. Seabrook (1884-1945), publicado en 1940.

Brujería: su poder en el mundo actual ofrece los puntos de vista de W.B. Seabrook acerca de la brujería; algo que ya había experimentado en obras anteriores, aunque siempre desde la ficción. Al respecto pueden interesar los siguientes títulos: La venganza de la bruja (The Witch’s Vengeance) y La isla mágica (The Magic Island), donde analiza el mito de los zombis en Haití.

Si bien la ficción fue la herramienta primordial en la obra de W.B. Seabrook, lo «oculto» también ejerció una poderosa influencia sobre él. Brujería: su poder en el mundo actual es una especie de repaso por sus primeras investigaciones sobre el tema; y más aún, contraviene en gran parte los puntos esenciales que todo creyente en lo sobrenatural debe admitir para avanzar en esas investigaciones.

W.B. Seabrook, como todo investigador paranormal, era un hombre decepcionado que enfrentaba un misterio tras otro solo para descubrir que sus causas eran naturales. En cierto pasaje de este libro declara, casi con íntima vergüenza, que ninguna de sus búsquedas lo llevó a terreno firme, es decir, a una prueba inobjetable de su realidad. Sin embargo, continuó fiel a las posibilidades de la psicología y la parapsicología.

Brujería: su poder en el mundo actual está dividido en cuatro capítulos verdaderamente interesantes:

La bruja y la muñeca (The Witch and the Doll) Aquí realiza un minucioso informe acerca de las muñecos vudú, cuyo propósito, en general, es causar enfermedades e incluso la muerte. W.B. Seabrook intenta vincular esta práctica mágica, propia de Haití y de su región de influencia (por ejemplo, Nueva Orléans), con otros ritos tradicionales de Costa de Marfil, Francia y hasta el Reino Unido.

Su conclusión es que los muñecos vudú operan a través del poder de la sugestión, algo capaz de generarse aún en hombres de probado escepticismo. Lo más interesante de este capítulo es el repaso que hace el autor sobre la vida de Bishop Peter Boehler, su ancestro, quien habría sido un nigromante de considerable prestigio en su época.

El vampiro y el hombre lobo (The Vampire and the Werewolf) W.B. Seabrook estudia algunos casos de vampirismo, enfocándose en Elizabeth Bathory, la condesa sangrienta. Además expone el caso de una amiga personal, quien padecía una afección que denomina candorosamente «anemia perniciosa», lo cual le producía una terrible ansiedad por beber sangre.

Con respecto a los licántropos, W.B. Seabrook comenta algunas leyendas del África y otras regiones acerca de hombres que se convierten en lobos. Adicionalmente brinda el caso de otra conocida, quien en una sesión de hipnosis confesó haber visto a su madre vagando por los bosques convertida en loba.

Magia blanca, profesor Rhine, lo sobrenatural y Justine (White Magic, Professor Rhine, the Supernormal, and Justine) Aquí W.B. Seabrook elabora la teoría de que las habilidades psíquicas tienen una relación directa con la infancia del sujeto; criticando así los comentarios del parapsicólogo J.B. Rhine. En un intento audaz, trata de explicar lo paranormal utilizando las teorías de Albert Einstein [ver: Einstein, la Relatividad y los Antiguos] Más adelante comenta sus encuentros con Aleister Crowley y Gurdjieff, y las lecturas que solía organizar a partir de un libro inédito, al menos al momento de aparecer la obra de W.B. Seabrook, llamado: Cuentos de Belcebú a su nieto (Tales to his Grandson).




Libros de W.B. Seabrook. I Libros prohibidos.


El resumen del libro de W.B. Seabrook: Brujería: su poder en el mundo actual (Witchcraft: Its Power in the World Today) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La isla mágica»: William B. Seabrook; libro y análisis.


«La isla mágica»: William B. Seabrook; libro y análisis.




La isla mágica (The Magic Island) es un libro del escritor norteamericano W.B. Seabrook (1884-1965), publicado en 1929.

William Seabrook siempre se sintió atraído por los misterios de las culturas antiguas, en especial aquellas que continuaban perpetuando ritos antiquísimos y tenebrosos. A mediados de 1929 publicó su obra más conocida: La isla mágica (The Magic Island), donde detalla sus experiencias personales con el vudú haitiano más ortodoxo.

En 1928, William Seabrook y su esposa, Catherine Pauline Edmondson, partieron hacia Haití, por entonces bajo la protección de Estados Unidos. Su interés principal era retratar las costumbres de la cultura haitiana, su sociedad y tradiciones. No obstante, lo que captó violentamente el interés de sus lectores no fue su repaso sociopolítico de Haití, sino su descripción minuciosa del vudú y sus prácticas esotéricas.

Siendo como era un hombre de gran poder de persuación, William Seabrook logró ser iniciado en los secretos de la religión vudú. Algunos sostienen que incluso consiguió que una anciana bruja, llamada Mamá Celie —a quien le dedicó el libro— lo tomase como ahijado y protegido. Fue esta vieja hechicera la que le permitió acceder a fiestas, bailes, rituales, y prácticas mágicas que luego serian detalladas con una vivacidad no excenta de sensacionalismos [ver: ¿Cómo hacer magia vudú?]

Recordemos que William Seabrook era, después de todo, un escritor pulp acostumbado a los excesos narrativos.

Sin embargo. no todo es amarillismo en La isla mágica. William Seabrook se encarga de diferenciar el vudú de la magia negra, a pesar de que repara obsesivamente en historias de zombis trabajando como esclavos en campos de recolección de caña así como en rituales sensuales que incluyen escenas de bestialismo. De este modo William Seabrook fue el primer escritor en abordar el tema de los zombis [ver: Zombis: la clase baja en la sociedad de los monstruos]

Ahora bien. ¿quién fué este explorador de zombis y raras hechicerías haitianas? William Buehler Seabrook nació en 1886. Tuvo una educación de lujo, tanto en los Estados Unidos como en Europa, más precisamente en Ginebra, Suiza. Siempre se interesó en los fenómenos paranormales y el ocultismo. Durante la Primera Guerra Mundial sintió en carne propia los efectos devastadores del gas mostaza

Su vida cambió al contraer matrimonio con Katie Edmondson, hija de un importante ejecutivo de la gaseosa más famosa del mundo. Desde entonces se convirtió en un hombre de negocios y en un miembro de la alta sociedad. Sin embargo, su espíritu bohemio y errante lo llevó a buscar la atención de otros escritores, entre ellos, Dashiel Hammet, Dorothy Parker y Francis Scott Fitzgerald. Publicó artículos bastante buenos en la revista The Smart Set. Su esposa, acorde con su naturaleza itinerante, decidió abrir un bar temático en Nueva York donde se reunían personalidades destacadas del mundillo pulp así como artistas con poco impacto popular.

Su viaje a Haití en 1928 fue un éxito rotundo. Presentó sus borradores de La isla mágica y rápidamente recibió un adelanto de 15.000 dólares para publicarlo en formato de novela. Inmediatamente se convirtió en un éxito de ventas, lo cual le permitió financiar nuevas expediciones hacia sitios aún más exóticos, aunque sin el impacto cultural que tendría su visión sobre los zombis [ver: ¿Cómo convertir a alguien en zombie?]

A La isla mágica le debemos el ingreso de los zombis a la cultura popular. Gran parte de las características que actualmente vemos en películas y series de zombies se basan en aquellas descripciones escrupulosas de William Seabrook, cuyos modales persuasivos lograron convencer a los estrechos grupos de hechiceros haitianos a confiarle sus secretos mejor guardados.

Algunos sostienen que La isla mágica traicionó aquella confianza depositada en él, y que de hecho su madrina, Mamá Celine, nunca se lo perdonó. Crónicas periodísticas de claro tinte amarillista aseguran que en la habitación en la que murió William Seabrook a causa de una sobredosis se halló un muñeco vudú con inquietantes semejanzas faciales con el autor. Previamente William Seabrook había escrito un cuento con matices premonitorios, llamado La venganza de la bruja (The Witch’s Vengeance).




Libros de William Seabrook. I Más misterios miserables.


El análisis y resumen del libro de William B. Seabrook: La isla mágica (The Magic Island), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Zombi: historias de los muertos andantes»: libro y relatos.


«Zombi: historias de los muertos andantes»: libro y relatos.




Los Zombies son una de las criaturas fabulosas que resulta más sencillo antologizar, aunque difícilmente aparezcan con este nombre. En la colección de relatos de terror de 1985: Zombi: historias de los muertos andantes (Zombie: Tales Of The Walking Dead) se reunen algunos de los mejores relatos de zombis, es decir, relatos de criaturas que se resisten tenazmente a permanecer dentro de sus ataúdes.






Zombi: cuentos de los muertos andantes.
Zombie: Tales Of The Walking Dead.
  • Jumbee (Jumbee, Henry S. Whitehead)
  • Ballet negro (Ballet Negre, Charles Birkin)
  • Cuando caminan los Zombis (While Zombies Walked, Thorpe McClusky)
  • El hombre hueco (The Hollow Man, Thomas Burke)
  • El país de los que regresan (The Country of the Comers-Back, Lafcadio Hearn)
  • El Zombi del Alto Paraná (The Zombie of Alto Parana, W. Stanley Moss)
  • La casa entre las magnolias (The House in the Magnolias, August Derleth)
  • La sal no es para los esclavos (Salt is not For Slaves, G.W. Hutter)
  • Los muertos que trabajaban en los cañaverales (Dead Men Working In The Cane Fields, William Seabrook)
  • Yo anduve con un Zombi (I Walked With a Zombie, Inez Wallace)
  • Zombi americano (American Zombie, Gordon Leigh Bromley)
  • Zombi blanco (White Zombie, Vivian Meik)




Antologías. I Relatos de zombis.


El análisis y resumen del libro: Zombi: cuentos de los muertos andantes (Zombie: Tales Of The Walking Dead) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La venganza de la bruja»: William Seabrook; relato y análisis


«La venganza de la bruja»: William Seabrook; relato y análisis.




La venganza de la bruja (The Witch’s Vengeance) es un relato de terror del escritor norteamericano William Seabrook (1884-1945), publicado originalmente en la edición de agosto de 1930 de la revista Cosmopolitan, y luego reeditado en la antología de 1931: Escalofríos nocturnos (Creeps by Night), editado nada menos que por Dashiell Hammett.

La venganza de la bruja, uno de los grandes cuentos de William Seabrook, vindica el viejo paradigma de la bruja vengativa, en este caso, una detestable mujer que utiliza una especie de muñeca vudú para lograr sus oscuros designios.

Recordemos que William Seabrook no solo escribía relatos de brujería, sino que realmente creía en ellas. De hecho, escribió uno de los tratados más interesantes sobre el tema: Brujería: su poder en el mundo actual (Witchcraft: Its Power in the World Today).




La venganza de la bruja.
The Witch’s Vengeance, W.B. Seabrook (1884-1945)

Las disensiones entre Mère Tirelou y mi joven amigo Philippe Ardet surgieron del hecho de que éste se había enamorado de Maguelonne, la nieta de la anciana. Aunque Maguelonne había cumplido ya los diecinueve años y era sin duda la muchacha más bella de la aldea, no tenía pretendientes entre los jóvenes de la localidad, pues los aldeanos de Les Paux, aquella aldea situada entre las ásperas montañas del sur de Francia, que yo venía visitando a intervalos desde hacía años, eran gentes inclinadas a la superstición y creían que la vieja Mère Tirelou era una sorcière, una especie de bruja. Maguelonne, que había quedado huérfana a consecuencia de la guerra, vivìa sola con la anciana en una antigua màs destartalada, en un lugar señorial, que se alzaba por encima de la casa, y las gentes decìan que Mère Tirelou habìa complicado a la muchacha, de buena o de mala gana, en sus negras actividades.

No eran perseguidas ni odiadas —en realidad los campesinos y pastores de Les Braux y de los alrededores algunas veces consultaban a Mère Tireloux en ciertos casos— pero salvo esas consultas especiales, pagadas normalmente con un conejo, una jarra de vino o de aceite, la vieja bruja y su nieta "aprendiz", si es que en realidad lo era, generalmente eran evitadas, aunque no despreciadas ni temidas.

Philippe, sin embargo, que se creía a sì mismo un hombre del gran mundo —había asistido a la Escuela Técnica de Marsella y trabajaba en una fábrica de aviones de Toulon— consideraba toda esta superstición local como tonterías, sin fundamento. Había venido a pasar sus vacaciones desde Toulon en motocicleta. Nos habíamos conocido en Lex Baux el verano anterior y nos alojábamos en el pequeño hotel. El Hotel Renè, asomado al brode de las rocas, que dirigían la tía de Philippe, madame Plomb y su marido Martín. Y Philippe, como he dicho, se había enamorado de Maguelonne. Esta era, en resumen, la situación cuando comenzaron los extraños acontecimientos, de los que en un principio no fui más que un observador casual para convertirme finalmente en protagonista activo.

Comenzaron una tarde cálida, en que estaba yo leyendo en mi habitación, que ocupaba un ángulo de la casa, con ventanas que se asomaban al baño y una ventana lateral situada inmediatamente encima de la puerta de las murallas medievales, desde la cual partía el camino que se dirigía serpenteando montaña abajo.

De pronto, exactamente debajo de mi ventana, oí y reconocí la voz ronca y quejumbrosa de Mère Tirelou, que gritaba enojada, y la respuesta de Philippe, mitad amable, mitad burlona. Era más bien un azar que la curiosidad, pues resultaba imposible no oírles, y luego, después de un breve murmullo, la anciana elevó de nuevo la voz, pero esta vez en un tono curioso, nada natural, por lo que me levanté a ver lo que ocurría. Estaban en pie, al sol, precisamente debajo de la ventana: rubio, de rostro encarnado, con el pelo rebelde, la cabeza descubierta, vestido con briches y camisa deportiva; ella de cabello gris, encorvada, con aspecto de halcón —o más bien de murciélago— con su coiffe arlesiana y su toquilla, con los brazos extendidos cerrando el paso al joven. Entonaba una extraña copla de ciego, de un modo monótono, agitando a un mismo tiempo en el aire sus manos semejantes a garras:


Baja, baja, apuesto joven,
Pero no subirás de nuevo.
Los pies enredados se retorcerán y volverán,
Y el cerebro ofuscado les seguirá.
Descenderás, apuesto joven
pero no subirás de nuevo.
Enrédate, enrédate, retuércete y vuélvete.
Van tejiéndose las telas de araña.


No cerraba ya el paso a Philippe. Se había hecho a un lado, invitándole a pasar, de modo que me volvía a mí la espalda en tanto que Philippe estaba en donde yo podía verle la cara y las expresiones que por ella pasaban, primero de una atención interesada, incrédula y sorprendida, como si no pudiera creer lo que oía, luego una mueca de buen humor, pero burlona y desafiante, en tanto que la anciana repetía su cantinela.

—No, no, Mère Tirelou —dijo riendo—. No puedes asustarme con estas tonterías. Será mejor que cojas una escoba si quieres echarme. Ahórrate tus telas de arañan y tus encantamientos para Blèo y los pastores.

Y así, como un saludo alegre y desafiante y un au revoir marchó por la senda abajo silbando, en tanto que la vieja seguía gritándole:

—¡Baja, baja! ¡Bajarás pero no subirás, apuesto joven! ¡No subirás! ¡No subirás!

Seguía con la vista a Philippe, mientras descendía por el sendero hacia el valle, en tanto que Mere Tirelou, apoyada en el parapeto, le observaba también hasta que se convirtió apenas en un punto, abajo y desapareció detrás de la pared del huerto que bordea la carretera junto al pabellón de la Reina Juana. Luego cogió su bastón, llamó a su perro Blèo, y renqueando cruzó la puerta.

—Así, pues —pensé— la vieja se cree una bruja y, sin duda ¡cree que ha lanzado una maldición eficaz a Philippe!

Pero no me inquieté lo más mínimo. Sabía, o creía que sabía, mucho de brujería, al menos técnicamente. Creía que todo se reducía, en el último término a la sugestión y la autosugestión. Había visto que producía efectos tangibles, pero sólo aquellos casos en que la propia víctima (generalmente entre gentes primitivas y salvajes) era profundamente supersticiosa y, por tanto, fácil de asustar. Estaba plenamente convencido de que la incredulidad completa, firme, escéptica, la burla y la risa constituían un fuerte antídoto contra los hechizo, y por eso no pensé ni por un momento que Philippe corriera el menor peligro.

Con esta convicción y, por lo tanto, considerando una conclusión natural que Philippe regresaría sano y salvo, no volví a acordarme del asunto en toda la tarde; terminada la lectura, cené temprano, di un paseo hasta lo alto de las rocas para ver la puesta del sol y me retiré pronto a descansar.

Generalmente, hacia las diez de la noche toda la aldea de Lex Baux, incluido el interior del Hotel Rnè, esté profundamente dormida y silenciosa como una tumba. Pero aquella noche, ya muy tarde, me despertó el ruido de pasos apresurados por el suelo de piedra, de los pasillos del hotel, y oí voces apagadas en la calle, debajo de mi ventana, vi luz de linternas y oí cascos de cabalgaduras que resonaban contra los adoquines. Encendí una luz, viendo que apenas se había pasado la medianoche, y vistiéndome bajé. Martín Plomb hablaba con un grupo de vecinos. Su esposa estaba en pie junto a la puerta, envuelta en una bata acolchada.

—¿Qué ha sucedido? —le pregunté.

—Estamos preocupados por Philippe —respondió—. Salió a dar un paseo por el valle estar tarde y aún no ha regresado. Van a salir a buscarle. No nos inquietamos cuando no vino a cenar, pero ha pasado ya la medianoche y tememos que le haya ocurrido algún accidente.

Ya los hombres, en grupos de dos o tres, algunos con anticuadas linternas de granjero, unos pocos con linternas eléctricas, descendían por la montaña. Me uní a Martín Plomb, que estaba en la puerta dándoles instrucciones para que siguieran éste o el otro camino a fin de que se mantuvieran en contacto unos con otros con determinados gritos. El personalmente iba a buscar por la otra ladera, en dirección a la Grotte des Fèes, a la que Philippe solía trepar de vez en cuando, temiendo que pudiera haberse caído a algún precipicio.

Yo marché con él… Poco antes de amanecer, después de cuatro horas de búsqueda infructuosa, oímos unos sonidos distintos al comienzo del valle. No podía yo distinguir las palabras, pero Martín me dijo inmediatamente:

—¡Lo han encontrado!

Cruzamos por el monte y descendimos hacia la carretera a lo largo de la cual podìímos ver las luces que regresaban ahora hacia Les Baux. Llevaban a Philippe en una camilla improvisada con ramas de pino y abeto entretejidas. Estaba consciente y tenía los ojos abiertos; pero parecía estar sumido en un extraño sopor y no había sido capaz, me dijeron, de explicar qué le había ocurrido. No tenía ningún hueso roto ni había sufrido ninguna lesión física seria, pero sus ropas estaban destrozadas, especialmente las rodilleras de sus briches, que estaban rozadas y rasgadas, como si se hubiera arrastrado por las peñas. Todos estaban de acuerdo en lo que debía haber sucedido; había subido por la montaña, entre las rocas, con la cabeza descubierta, en medio del calor de la tarde, y había sufrido una insolación fuerte, aunque no grave.

Se había recuperado parcialmente, y buscando ayuda, todavía delirante, se había perdido. Estaría bien de nuevo en un par de días, dijo Martín. A la mañana siguiente llamarían al médico de Arles. Por supuesto, aquella noche, pensé más de una vez en Mere Tirelou e incluso estuve a punto de contar el incidente de aquella tarde a Martín Plomb, pero esa explicación era tan razonable, natural y apropiada, que me parecía absurdo pensar en otra cosa que una simple coincidencia, por lo que no dije nada. Había ya amanecido cuando llegamos a Les Baux y metimos a Philippe en la cama, y cuando me desperté, a mediodía el médico ya le había visitado.

—Ha sufrido una fuerte insolación —me dijo Martin—. Tiene la cabeza despejada, pero hay algo que el médico no logra entender. Cuando Philippe intentó levantarse de la cama, no podía andar. Y sin embargo, no tiene ninguna lesión en las piernas. Es algo extraño. Tememos que se trate de una parálisis. Parece que las piernas se le tuercen, como si tropezara con sus propios pies.

Mientras hablaba, comprendí que todo aquello no podía achacarse a simple coincidencia; que me había equivocado; que algo tan siniestro y tan maligno como lo que observé en la selva, había ocurrido aquí, en Les Baux, ante mis ojos.

—Martin —le dije—, ayer por la tarde ocurrió algo que usted no sabe. No puedo, sin embargo, decirle todavía lo que fue. Pero debo ver a Philippe en seguida y hablarle. ¿Dice usted que su mente está completamente despejada?

—Sin duda —respondió Martin, sorprendido—. Aunque no comprendo a donde quiere usted ir a parar. Él también quiere verle.

Philippe estaba en la cama. Parecía más deprimido que enfermo y, ciertamente, estaba en plena posesión de sus sentidos. Le dije:

—Philippe, Martìn me ha contado que algo le pasa a tus piernas. Creo que yo mismo puedo decirte de qué se trata…

—¿Es que eres médico? —me interrumpió ansioso—. ¡Si lo hubiera sabido! El individuo que vino de Arles no parecía saber gran cosa.

—No, no soy médico. Pero no creo que éste sea trabajo para un médico. Quiero decirte algo. Sabes donde está mi habitación. Estaba yo ayer en la ventana y pude enterarme de lo que sucedió entre tú y Mère Tirelou. ¿No has pensado que puede existir alguna relación?

Me miró sorprendido y también con algo de desencanto y enojo.

—Tiens! —exclamó—. ¡Tú, un norteamericano moderno y culto, crees en estas locas fantasías! Yo procedo de estas montañas, he nacido aquí y, sin embargo, sé que no son más que tonterías. He pensado en ello, por supuesto, pero no tiene sentido. ¿Cómo podría…?

—Tal vez no lo tenga —le respondí—, pero de todos modos, ¿podrías decirme lo que recuerdas de lo que sucedió en la tarde y en la noche de ayer?

—¡Diablos! Ya sabes tú lo que ocurrió. Sufrí una insolación. Y me ha dejado así. Preferiría morirme antes que estar toda la vida paralítico.

Y quedó sumido en un silencio sombrío. Pero yo había oído bastante.

Hay personas que han estado tendidas en la cama paralíticas toda su vida, sin ninguna lesión orgánica, tan sólo porque creían que no podían levantarse y andar. Si yo había de ayudarle no podía hacerlo más que con pruebas abrumadoras. Tenía que visitar a Mère Tirelou… Ni la nieta ni la vieja se habían acercado al hotel aquella mañana. Subí por la calle adoquinada y serpenteante y llamé a la puerta. A los pocos momentos Maguelonne abrió la puerta de mala gana.

—Vengo a ver a Mère Tirelou. Se trata de un asunto grave.

Me miró con ojos inquietas y cautelosos, como si no supiera que responder, y por último dijo:

—No está aquí. Se marchó anoche por el monte, más allá de Saint-Remy. Tardará varios días en volver.

Y advirtiendo mis dudas, con tono ofensivo, casi suplicante, añadió:

—Puede usted entrar y comprobarlo, si lo desea. No está en casa.

Era indudable que la muchacha estaba preocupada y comprendía que sabía o sospechaba la razón de mi visita.

—En ese caso —le dije— debemos hablar. ¿Lo hacemos aquí o prefiere que entremos?

Me hizo un gesto para que entrara.

—Señorita Maguelonne —le rogué—, le pido que sea sincera conmigo. Usted sabe lo que las gentes dicen de su abuela, y hay algunos que lo dicen también de usted. Espero que esto último no sea cierto. Pero su abuela ha hecho algo que estoy decidido a deshacer. Estoy tan seguro de lo que se que si es necesario se lo contaré a Martìn Plomb y marcharé con él a la policía de Arles. Señorita, me parece que sabe usted perfectamente de qué hablo. Se trata de Philippe, y quiero preguntarle si usted...

—¡No, no, no! —exclamó la muchacha—. ¡Yo no tengo nada que ver con eso! ¡Intenté impedirlo! ¡Le avisé! ¡Le supliqué que no volviera a verme! Le dije que ocurrirìa algo horrible, pero se rió de mi. No cree en esas cosas. Yo he ayudado a mi abuela otras veces, pues ella me obligaba a hacerlo, pero nunca en algo tan perverso. ¡T contra Philippe! No, no, señor, nunca le hubiera ayudado en semejante cosa. Ni siquiera si… —De pronto la muchacha comenzó a sollozar—. ¿Qué puedo hacer?

—¿Quiere decir que hay algo que usted puede hacer?

—Tengo miedo —respondió—. Miedo a mi abuela. ¡Oh, si usted supiera! No me atrevo a entrar. Y además la puerta está cerrada. Tal vez eso no esté allì.

—Maguelonne —le dije—, me parece que se interesa por Philippe y creo que usted le interesa a él. ¿Sabe que ha perdido el uso de sus piernas?

—¡Oh, oh, oh! —sollozó—: Sí, lo haré, aunque mi abuela me mate. Pero tiene usted que encontrar algo para forzar el candado, pues ella se lleva siempre la llave.

Me condujo a la cocina, que estaba en la parte trasera de la casa, construida junto a las rocas, casi debajo de las viejas ruinas del castillo. Mientras encendía una lámpara, encontré una hacha pequeña.

—Es por ahí —me advirtió señalando un armario cuya puerta estaba cubierta por una pesada cortina.

En el fondo del armario, oculta por ropas viejas colgadas de clavos, había una pequeña puerta cerrada. Estaba construida de madera dura, pero no tuve dificultades para forzar la cerradura y abrila, quedando al descubierto un tramo de escalera que, en caracol, se perdía en la oscuridad. (No había nada misterioso en el hecho de que existiera semejante escalera. Toda la pared lateral del acantilado, debajo del castillo, estaba surcada por pasadizos semejantes.) La muchacha marchaba delante y yo le seguía, iluminando el camino.

La pequeña escalera torció bruscamente hacia abajo para abrirse directamente en una cámara vieja y rectangular, olvidada, que antaño debió ser bodega o almacén del castillo. Pero ahora había varios objetos extraños y repugnantes, cuyas sombras se movían por las paredes mientras yo colocaba la lámpara en un nicho y observaba en mi derredor. Sabía que en ciertos lugares de Europa todavía existían auténticas brujas que practicaban sus negras artes, de acuerdo con la tradición medieval. Y sin embargo, quedé sorprendido al ver aquellos objetos extraños de un arte diabólico que todavía sobrevivía.

No hace falta que lo describa; era un lugar perverso y muchos de los objetos eran grotescamente diabólicos; ante la pared opuesta había un altar, coronado por un par de cuernos, debajo de los cuales se leía la inscripción Inri, boca abajo y con letras distorsionadas en forma de símbolos sacrílegos; balanceándose cerca de aquel había una Mano de Gloria negra y marchita y en el suelo, preparado minuciosamente, maliciosamente y con infinito trabajo, cubriendo un espacio considerable, estaba lo que habíamos venido a buscar y que, pese a todos mis esfuerzos para ser razonable, me hizo estremecer al examinarlo.

Cuatro tacos de madera verticales habían sido sujetos al suelo como postes en miniatura, formando un campo cuadrado de algo menos de dos metros de diagonal, rodeado por cuerdas que iban de un taco a otro. Dentro de esta zona, sujeto a las cuerdas circundantes, había una maraña laberíntica, a la manera de una tela de araña hecha de hilos de algodón. En el centro, enredado como un insecto cogido en la tela de araña, se veía una figura de unos veinte centìmetros de altura. Había sido una muñeca corriente, con la cabeza de porcelana sujeta a su cuerpo relleno de serrìn; una muñeca de las que podían comprarse por tres francos en cualquier baratillo.

Pero a aquella muñeca le había sido arrancado el vestido que llevaba cuando la compraron y le habían puesto un vestido que se asemejaba burdamente al atuendo deportivo —briches y camisa— de un hombre. Los ojos del maniquí estaban vendados con una estrecha tira de paño negro, sus pies y sus piernas amarrados, sujetos, estaban enredados en aquella malla de hilo.

Estaba apelotonado, hundido, torcido en un ángulo vicioso, ni erguido ni caído, grotescamente siniestro, como el cuerpo de un hombre herido prendido en una alabrada. Todo esto puede parece infantil. Pero no lo era, sino que, por el contrario, era perverso y maligno. Desaté con cuidado el pequeño muñeco y lo observé detenidamente para ver si su cuerpo había sido atravesado por alfileres o agujas. Pero no había ninguno. La vieja, cuando menos, se había detenido sin llegar al intento de asesinato. Entonces Maguelonne se llevó el muñeco a su regazo, sollozando:

—¡Oh, Philippe! ¡Philippe!

Tomé la lámpara y nos dispusimos a alejarnos. En aquel lugar, sin embargo, había otro objeto que no he mencionado y que examiné detenidamente. Suspendido por una pesada cadena del techo se encontraba un aparato de madera semejante a una jaula de gran tamaño, con correas de cuero ennegrecidas y cadenas de hierro, tan perversamente diabólico como el ingenio humano más depravado podìa inventar. Inmediatamente adiviné su nombre y su uso por los viejos grabados que había visto en los libros que trataban de los sentimientos sàdicos y oscuros de la brujerìa medieval. Era una Cuna de Bruja y había algo en torno a las correas que me hizo preguntarme...
Maguelonne, al verme exminar aquel objeto, se estremeció.

—Ma`m`selle —le dije—. ¿Es posible?

—Sí —respondió—; ahora que ha estado aquí, no vale la pena ocultar nada. Pero, por mi parte, siempre lo he hecho obligada y contra mi voluntad.

—Pero, ¿Por qué no la denunciado? ¿Por qué no la abandonó?

—Señor —respondió—, tenía miedo de lo que sabía. Y, ¿adónde ir? Además, es mi abuela.

—Pero debía hacerlo.



Estuve a solas con Philippe en su dormitorio. Había traído conmigo al muñeco, envuelto en un trozo de periódico. Se se tratara de una simple ficción, lo habría encontrado mágicamente curado desde el momento en que los hilos habían sido soltados. Pero la magia, en realidad, opera siguiendo un proceso más oscuro. Estaba tal como le había dejado, incluso más deprimido. Le dije lo que había descubierto. Se mostró escéptico e interesado, y cuando le mostré el muñeco vestido de aquel modo para simbolizarle, y comprendió claramente que Mère Tirelou había tratado deliberadamente de hacerle un grave daño, se enojó e incorporándose en la almohada, exclamó:

—¡Ah, la vieja bruja! ¡Verdaderamente quería hacerme daño!

Juzgué que había llegado el momento. Me puse en pie y le dije:

—Philippe, olvídate de todo esto ahora, ¡olvídate de todo! No necesitas sino una cosa, tienes que creer que puedes andar y andarás.

Me miró, impotente, se dejó caer de nuevo sobre la almohada y exclamó:

—¡No lo creo!

Había sido un fracaso. Su mente carecía, a mi juicio, de la necesaria imaginación consciente. Pero me quedaba todavía otro recurso. Le dije suavemente:

—Philippe, te interesa la señorita Maguelonne, ¿no es verdad?

—Amo a Maguelonne —respondió.

Y entonces le dije brutalmente, de un modo conciso, casi perverso, lo que había visto colgado allí en la bodega, y el uso a que estaba destinado. El efecto fue violento, tan físico como si de pronto le hubieran golpeado el rostro.

—¡Ah! ¡Ah! Tonnerre de Dieu! La coquine. La vilaine coquine —gritó saltando de la cama como un hombre enloquecido.

El resto fue sencillo. Philippe estaba enojado, demasiado enojado y preocupado por lo sucedido a Maguelonne para sorprenderse o incluso agradecer esa repentina curación. Pero era lo bastante sensato para comprender que por bien de la muchacha no debía armar un escándalo público. Así, pues cuando nos marchamos a buscar a Maguelonne para sacarla de aquella casa llevó consigo a su tía y una hora más tarde todas las cosas de la joven estaban en la habitación de madame Plomb.

Martin Plomb se ocuparía eficazmente de la vieja Mère Tirelou. No iba a presentar ninguna acusación referente al papel que había desepeñado en lo sucedido a Philippe. Era difìcil probar legalmente aquello, pero le advertiría que si intentaba molestar nuevamente a Maguelonne o impedir el matrimonio con su sobrino, presentarìa una demanda criminal contra ella, por malos tratos a una menor confiada a su tutela.

Quedan tan sólo dos elementos sin resolver en este caso, que debemos intentar explicar al menos. La creencia que siempre he sostenido respecto a la magia negra es que opera por medio de la autosugestión y que, por lo tanto, ningún hechizo puede causar el menor daño, a menos que la supuesta víctima crea en él. En este caso, que parecía contradecir aquella tesis, cabe únicamente suponer que, aunque la mente consciente de Philippe reaccionaba con un escepticimismo total, su mente inconsciente (su familia procedìa de estas mismas montañas) conservaba ciertos temores atávicos, supersticiosos, que le hacían vulnerable.

El segundo elemento es, por supuesto, la complicada mojiganga del maniquí cogido entre las redes, de aquella muñeca, pariente sin duda de las imágenes de cera que en la Edad Media eran atravesadas con agujas o fundidas lentamente en fuego. La propia bruja, si no se trata de puera charlatanería, cree implícitamente en que hay transmisión literal y sobrenatural de identidades. Mi propia creencia es que la imagen sirve, sencillamente, como foco para concentrar la fuerza malévola de la voluntad de la bruja.

Sostengo, en resumen, que la brujería es una fuerza real peligrosa, pero que su explicación última no hay que buscarla casi nunca en el mundo sobrenatural, sino más bien el campo de la psicología patológica.

William .B. Seabrook (1884-1945)


Relatos góticos. I Relatos de William Seabrook.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de William. B. Seabrook: La venganza de la bruja (The Witch’s Vengeance). fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La pálida esposa de Toussel»: William Seabrook; relato y análisis


«La pálida esposa de Toussel»: William Seabrook; relato y análisis.




La pálida esposa de Toussel (Toussel's Pale Bride) es un relato de terror del escritor norteamericano William Seabrook (1884-1945), publicado originalmente en la antología de 1931: El ómnibus sobrenatural (The Supernatural Omnibus), dirigida por Montague Summers.

La pálida esposa de Toussel, uno de los grandes cuentos de William Seabrook, es también uno de los primeros relatos de zombies en abordar el tema desde una perspectiva seria, es decir, teniendo en cuenta las verdaderas raíces del Vudú.

En este sentido, vale la pena recordar que William Seabrook se ocupó particularmente de estos dos temas, los zombies y el vudú, en su obra: La isla mágica (The Magic Island).




La pálida esposa de Toussel.
Toussel's Pale Bride, William Seabrook (1884-1945)

Un anciano y respetado caballero haitiano, cuya esposa era de nacionalidad francesa, tenía una hermosa sobrina llamada Camille, una joven mulata de piel clara a quien presentó y apadrinó en la sociedad de Port—au—Prince, donde se hizo popular, y para quien esperaba arreglar un matrimonio brillante. Sin embargo, su propia familia era pobre; apenas se podía esperar que su tío, lo cual entendían, le diera una dote —era un hombre próspero, pero no rico, y tenía una familia propia—, y el sistema francés de la dot es el que prevalece en Haití, de modo que al tiempo que los jóvenes apuestos de la élite se apiñaban para llenar sus citas a los bailes, poco a poco se hizo evidente que ninguno de ellos tenía intenciones serias.

Al acercarse Camille a la edad de veinte años, Matthieu Toussel, un rico cultivador de café de Morne Hôpital, se convirtió en su pretendiente, y después de un tiempo la solicitó en matrimonio. Era de piel oscura y la doblaba en edad, pero rico, cosmopolita y bien educado. La casa principal de residencia de los Toussel, en la falda de las colinas y que daba a Port—au—Prince, no tenía techo de paja y paredes de barro, sino que era un hermoso bungalow de madera, con techo de tejas y amplias terrazas, entre un jardín de vivas flores de fuego, palmeras y buganvillas. Allí Matthieu Toussel había construido un camino, guardaba su coche grande y a menudo se lo veía en los cafés y clubes de moda.

Corría un antiguo rumor de que estaba asociado de algún modo con el vudú o la brujería, pero tales rumores son normales respecto a casi todos los haitianos que han adquirido poder en las montañas, y en el caso de los hombres como Toussel rara vez se toman en serio. No pidió ninguna dote, prometió ser generoso, tanto con ella como con su apremiada familia, y ésta la convenció para que se casara. El plantador negro se llevó a su pálida esposa con él de vuelta a la montaña, y durante casi un año, eso parece, ella no fue infeliz, o, por lo menos, no dio muestras de ello. Aún bajaban a Port—au—Prince, y asistían de manera esporádica a las soirées de los clubes. Toussel le permitió visitar a su familia siempre que lo deseó, le prestó dinero a su padre y arregló todo para enviar a su hermano menor a un colegio en Francia.

Pero poco a poco su familia, y también sus amigos, comenzaron a sospechar que no todo marchaba tan felizmente como parecía allá arriba. Empezaron a darse cuenta de que ella se mostraba nerviosa en presencia de su marido, que daba la impresión de que había adquirido un vago y creciente temor de él. Se preguntaron si Toussel la estaba maltratando o descuidándola. La madre intentó conseguir las confidencias de su hija, y la muchacha gradualmente le abrió el corazón. No, su marido jamás la había maltratado, jamás le había dirigido una palabra brusca; siempre era amable y considerado, pero había noches en las que parecía extrañamente preocupado, y en tales noches ensillaba su caballo y cabalgaba rumbo a las colinas, a veces sin regresar hasta después de que hubiera amanecido, momento en el que se mostraba aún más extraño y más perdido en sus propios pensamientos que la noche anterior.

Y había algo en el modo en que a veces se sentaba y la miraba que la hacía sentir que ella estaba, de algún modo, relacionada con esos pensamientos secretos. Le tenía miedo a los pensamientos y le temía a él. De modo intuitivo sabía, como lo saben las mujeres, que en sus excursiones nocturnas no se hallaba involucrada ninguna otra mujer. No estaba celosa. Se encontraba poseída por un miedo irracional. Una mañana, cuando pensaba que él se había pasado toda la noche en las colinas, mirando por casualidad por la ventana, así se lo contó a su madre, le había visto salir por la puerta de una construcción baja que había en su gran jardín, apartada de los otros bloques, y que él le había dicho que era su despacho, donde guardaba la contabilidad, los papeles de negocios, y donde la puerta siempre estaba cerrada con llave.

—Entonces —comentó la madre, aliviada y tranquila—, ¿a qué se debe todo esto? Con toda probabilidad, esos pensamientos secretos suyos se deben a problemas de negocios... a alguna mezcla de café que está preparando y que, quizá, no va muy bien, así que se queda despierto toda la noche en su despacho meditando y calculando, o se marcha a caballo para ir a reunirse y consultar con otros. Los hombres son así. El asunto se explica por sí solo. Lo demás no es más que tu imaginación nerviosa.

Y ésta fue la última conversación racional que mantuvieron madre e hija.

Lo que sucedió posteriormente allá arriba en la noche fatal del primer aniversario de bodas lo entresacaron de los intervalos medio lúcidos de una criatura aterrorizada, temerosa e histérica, que finalmente se volvió loca de remate. No obstante, los acontecimientos por los que tuvo que pasar se le quedaron grabados de forma indeleble en la cabeza; hubo tempranos períodos en los que parecía bastante cuerda, y la secuencia de la tragedia se pudo deducir poco a poco.

La noche de su primer aniversario Toussel había partido a caballo, diciéndole que no lo esperara, y ella había supuesto que en su preocupación se había olvidado de la fecha, lo cual le dolió y la hizo guardar silencio. Se fue a la cama pronto y, por último, se quedó dormida. Cerca de la medianoche su marido la despertó; estaba de pie junto a la cama y sostenía una lámpara. Debía de haber vuelto hacía cierto tiempo, pues ahora se lo veía vestido de etiqueta.

—Ponte el vestido que usaste en la boda y arréglate —dijo—, vamos a ir a una fiesta. —Ella estaba somnolienta y aturdida, pero inocentemente complacida, imaginando que un tardío recuerdo de la fecha le había hecho prepararle una sorpresa. Supuso que la iba a llevar a cenar y a bailar al club, donde la gente a menudo aparecía bastante después de la medianoche—. Tómate tu tiempo —añadió él—, y ponte tan hermosa como puedas... no hay prisa.

Una hora más tarde, cuando se reunió con él en la terraza, preguntó:

—Pero, ¿dónde está el coche?

—No, —repuso él—, la fiesta se va a celebrar aquí.

Y ella notó que había luz en la cabaña, su “oficina”, en el otro extremo del jardín. No le dio tiempo para interrogarlo o protestar. La tomó del brazo, la condujo por el oscuro jardín y abrió la puerta. La oficina, si alguna vez había sido tal cosa, se había transformado en un comedor, iluminado por una luz difusa procedente de las velas altas. Había una mesa antigua con un buffet, sobre la que colgaba un espejo, y donde había platos de carnes frías y ensaladas, botellas de vino y frascas de ron.

En el centro de la estancia estaba puesta una elegante mesa con un mantel de damasco, flores y reluciente plata. Cuatro hombres, también con trajes de etiqueta, pero que les sentaban mal, ya se hallaban sentados a la mesa. Había dos sillas vacías en los extremos. Los hombres sentados no se levantaron cuando la joven enfundada en su vestido de boda entró del brazo de su marido. Se sentaban encorvados y ni siquiera giraron las cabezas para saludarla. Delante tenían copas de vino llenas a medias, y pensó que ya estaban borrachos.

Mientras Camille se sentaba con movimiento mecánico en la silla a la que la condujo Toussel, ocupando él mismo la que estaba enfrente, con los cuatro invitados situados entre ellos, dos a cada lado, de una forma antinaturalmente tensa, aumentando dicha tensión a medida que hablaba, dijo:

—Te pido... que perdones la aparente rudeza... de mis invitados. Ha pasado mucho tiempo... desde... que... probaran el vino... y se sentaran así a una mesa... con... una anfitriona tan hermosa... Pero, eh, ahora... beberán contigo, sí... alzarán... sus brazos, como yo alzo el mío... brindarán contigo... más... se levantarán y... bailarán contigo... más... harán...

Cerca de ella, los dedos de un silencioso invitado estaban cerrados con rigidez en torno al frágil pie de una copa de vino, ladeada, derramándose. El horror acumulado en Camille se desbordó. Tomó una vela, la aproximó a la cara macilenta y caída, y vio que el hombre estaba muerto. Se encontraba sentada a la mesa de un banquete con cuatro muertos apuntalados.

Sin aliento durante un instante, luego gritando, se puso en pie de un salto y salió corriendo. Toussel llegó a la puerta demasiado tarde para frenarla. Era pesado y la doblaba en edad. Ella corrió gritando aún a través del jardín oscuro, un destello blanco entre los árboles, y atravesó el portón. La juventud y el absoluto terror le prestaron alas a sus pies, y escapó...

Una procesión de mujeres madrugadoras del mercado, con sus cestos llenos cargados en burros, que bajaba por la falda de la montaña al amanecer, la encontró allí abajo sin sentido. Su vaporoso vestido estaba roto y desgarrado, sus pequeños zapatos de satén blanco deshilachados y sucios, uno de los tacones arrancado allí donde tropezó con una raíz y cayó. Le mojaron la cara para revivirla, la subieron a un burro y caminaron a su lado, sosteniéndola.

Sólo estaba medio consciente, incoherente, y las mujeres comenzaron a discutir entre sí, tal como lo hacen las campesinas. Algunas creyeron que se trataba de una dama francesa que había sido tirada o se había caído de un coche; otras que se trataba de una Dominicaine, que había sido sinónimo en el dialecto criollo desde los primeros días coloniales de mujer de pocos escrúpulos.

Ninguna la reconoció como Madame Toussel; quizá ninguna de ellas la había visto jamás. Estaban discutiendo si dejarla en el hospital de las Hermanas Católicas en las afueras de la ciudad, en cuya dirección iban, o si sería más seguro —para ellas— llevarla directamente al cuartel de la policía y contar la historia. Su sonora discusión pareció despertarla; dio la impresión de haber recuperado en parte los sentidos y comprender lo que hablaban. Les dijo cómo se llamaba, el nombre de soltera, y les rogó que la llevaran a casa de su padre. Una vez allí, habiéndola metido en la cama y llamado a los médicos, la familia fue capaz de conseguir por el farfulleo histérico de la joven una comprensión parcial de lo que había sucedido.

Ese mismo día subieron a ver a Toussel... a registrar la casa. Pero Toussel se había ido, y todos los sirvientes habían desaparecido salvo un anciano, quien dijo que Toussel se hallaba en Santo Domingo. Entraron en la así llamada oficina y encontraron aún la mesa puesta para seis personas, el vino sobre el mantel, una botella volcada, las sillas tiradas, los platos de comida todavía intactos sobre la mesilla, pero aparte de eso no descubrieron nada.

Toussel jamás regresó a Haití. Se dice que ahora está viviendo en Cuba. La investigación criminal era inútil. ¿Qué esperanza razonable podían haber tenido de condenarlo basándose en las pruebas que no se sustentaban solas de una esposa de mente desequilibrada? Y en ese punto, tal como me fue relatada, la historia se acababa con un encogimiento de hombros, quedando en un misterio inconcluso.

¿Qué había estado planeando ese Toussel... qué siniestra, quizá criminal necromancia en la que su esposa iba a ser la víctima o el instrumento? ¿Qué habría ocurrido si ella no hubiera escapado? Formulé estas preguntas, pero no tuve ninguna explicación convincente o incluso una teoría en respuesta. Hay historias de abominaciones más bien horrendas, impublicables, practicadas por algunos brujos que afirman levantar a los muertos, pero hasta donde yo sé, sólo se trata de historias. Y en cuanto a lo que de verdad sucedió aquella noche, la credibilidad depende de la prueba aportada por una muchacha demente.

Entonces, ¿qué queda?

Lo que queda se puede exponer con unas pocas palabras:

Matthieu Toussel preparó una cena de aniversario de boda para su esposa en la que se dispusieron seis platos, y cuando ella miró las caras de los otros cuatro invitados, se volvió loca.


William Seabrook (1884-1945)




Relatos góticos. I Relatos de William Seabrook.


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El análisis y resumen del cuento de William Seabrook: La pálida esposa de Toussel (Toussel's Pale Bride), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

William Seabrook: relatos, novelas y libros


William Seabrook: relatos, novelas y libros.




William Seabrook (1884-1945) fue uno de los escritores norteamericanos más polémicos de su tiempo. Se interesó en el ocultismo, la brujería, la magia negra, y cultivó la amistad de hombres como Aleister Crowley. Las novelas y relatos de William Seabrook siguen esa tendencia, explorando temas prácticamente desconocidos hasta entonces, como el vudú y los zombis, por ejemplo.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de los mejores relatos de William Seabrook, un autor sumamente interesante.




William Seabrook: obras completas:
  • Asilo mental (Asylum)
  • Brujería: su poder en el mundo actual (Witchcraft: Its Power in the World Today)
  • La isla mágica (The Magic Island)
  • La pálida esposa de Tousell (Toussel's Pale Bride)
  • La venganza de la bruja (The Witch’s Vengeance)
  • Así se abre y se cierra (The Way is Opened and Closed)
  • Aventuras aéreas (Air Adventure)
  • Aventuras en Arabia (Adventures in Arabia)
  • ¡Bajando! (Going Down!)
  • Celestina con un plato de plata (Celestina with a Silver Dish)
  • Diario de la sección VIII (Diary of Section VIII)
  • Doctor Wood: hechicería moderna en el laboratorio (Doctor Wood: Modern Wizard of the Laboratory)
  • El altar de las calaveras (The Altar of Skulls)
  • El dios encarnado (The God Incarnate)
  • El encanto de Ouanga (The Ouanga Charm)
  • El extraño mundo de Willie Seabrook (The Strange World of Willie Seabrook)
  • El hombre lobo blanco enjaulado de Saraban (The Caged White Werewolf of the Saraban)
  • El monje blanco de Timbuctoo (The White Monk of Timbuctoo)
  • El sacrificio de Petro (The Petro Sacrifice)
  • Estos extranjeros: todos americanos (These Foreigners: Americans All)
  • Fórmula para invocar a los muertos (Formula for Calling Up the Dead)
  • Fuego secreto (Secret Fire)
  • La montaña de los adoradores del diablo (The Mountain of Devil Worshippers)
  • La salamandra (The Salamander)
  • Los invitados a la boda (The Wedding Guests)
  • Maneras de la jungla (Jungle Ways)
  • Muertos trabajando en los campos de caña (Dead Men Working in the Cane Fields)
  • Sin escondite (No Hiding Place)
  • Una ninfa de bronce (A Nymph in Bronze)
  • Un hombre ciego caminando sobre huevos (A Blind Man Walking on Eggs)
  • Wow (Wow)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: William Seabrook: relatos, novelas y libros fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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