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Gustav Meyrink: novelas destacadas


Gustav Meyrink: novelas destacadas.




Gustav Meyrink (1868-1932) fue un escritor austríaco realmente extraordinario. Se dedicó sobre todo a la novela de terror, logrando uno de los clásicos universales del género: El Gólem (Der Golem).

Si bien es cierto que los cuentos de Gustav Meyrink también son extraordinarios, en especial debido a su naturaleza críptica, la cual que refleja el interés del autor por el ocultismo y el esoterismo, son las novelas de Gustav Meyrink las que mejor expresan su enorme talento.

En esta sección iremos recorriendo las mejores novelas de Gustav Meyrink.




Novelas de Gustav Meyrink.




Antologías. I Relatos de Gustav Meyrink.


El artículo: Gustav Meyrink: novelas destacadas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Gustav Meyrink: cuentos destacados


Gustav Meyrink: cuentos destacados.




Gustav Meyrink (1868-1932) fue un notable escritor austríaco dedicado a la novela de terror, principalmente, y también al relato de terror. En este sentido, los cuentos de Gustav Meyrink expresan sus inquietudes espirituales y filosóficas, la mayoría de ellas relacionadas con el ocultismo y el esoterismo.

En esta sección iremos recorriendo los mejores cuentos de Gustav Meyrink.




Cuentos de Gustav Meyrink.
  • Amadeus Knödlseder (Amadeus Knödlseder)
  • De cómo el doctor Job Paupersum le trajo rosas rojas a su hija (Wie Dr. Hiob Paupersum seiner Tochter rote Rosen brachte)
  • El cardenal Napellus (Der Kardinal Napellus)
  • El juego de los grillos (Das Grillenspiel)
  • El maestro Leonhard (Meister Leonhard)
  • La muerte violeta (Der violette Tod)
  • La visita de J.H. Besuch a las sanguijuelas del tiempo (J. H. Obereits Besuch bei den Zeit-Egeln)
  • Los cuatro hermanos lunares (Die vier Mondbrüder)
  • Murciélagos (Fledermäuse)
  • Baile macabro (Bal macabre)
  • Blamol (Blamol)
  • Coágulo (Coagulum)
  • Cuentos de alquimistas (Goldmachergeschichten)
  • Doctor Lederer (Dr. Lederer)
  • El agua espesa (Das dicke Wasser)
  • El albino (Der Albino)
  • El anillo de Saturno (Der Saturnring)
  • El astrólogo (Der Astrolog)
  • El cerebro (Das Gehirn)
  • El consejero comercial Kuno Hinrichsen y el penitente Lalaladschpat-Rai (Der Herr Kommerzienrat Kuno Hinrichsen und der Büßer Lalaladschpat-Rai)
  • El cuerno mágico del burgués alemán (Des deutschen Spießers Wunderhorn)
  • El emperador secreto (Der heimliche Kaiser)
  • El extraño invitado (Der seltsame Gast)
  • El gabinete de las figuras de cera (Das Wachsfigurenkabinett)
  • El halcón negro (Der schwarze Habicht)
  • El hombre en la botella (Der Mann auf der Flasche)
  • El hundimiento (Der Untergang)
  • El monje Laskaris (Der Mönch Laskaris)
  • El ópalo (Der Opal)
  • El preparado (Das Präparat)
  • El relojero (Der Uhrmacher)
  • El soldado ardiente (Der heiße Soldat)
  • El susto (Der Schrecken)
  • El traidor (Die Heimtückischen)
  • Faquir (Fakire)
  • Inmortalidad (Unsterblichkeit)
  • La esfera negra (Die schwarze Kugel)
  • Lágrimas boloñesas (Bologneser Tränen)
  • La gónada del maestro de comercio (Die Keimdrüse des Herrn Kommerzienrates)
  • La historia del asesino y ladrón Babinski (Die Erzählung vom Raubmörder Babinski)
  • La mancha en la carpa (Der Sulzfleck im Karpfenwinkel)
  • La muerte de los vendedores Schmel (Der Tod des Selchers Schmel)
  • La muerte morada (Der violette Tod)
  • La mujer sin boca (Die Frau ohne Mund)
  • La primera tormenta de Sarajevo (Die Ersturmung von Serajewo)
  • La sabiduría del brahmán (Die Weisheit des Brahmanen)
  • Las aventuras de Polen Sendivogius (Die Abenteuer des Polen Sendivogius)
  • Las plantas del doctor Cenicienta (Die Pflanzen des Doktor Cinderella)
  • La transformación de la sangre (Die Verwandlung des Blutes)
  • Lo siento, todo el ser está ardiendo (Das ganze Sein ist flammend Leid)
  • Luz de luna sobre Berlín (Mondschein über Berlin)
  • Mis tormentos y bendiciones en el más allá (Meine Qualen und Wonnen im Jenseits)
  • Obviamente (Schöpsoglobin)
  • Oquídeas: historias raras (Orchideen: Sonderbare Geschichten)
  • Peces de aguas profundas (Tiefseefische)
  • Quimera (Chimäre)
  • Senderos del faquir (Fakirpfade)
  • Una sugestión (Eine Suggestion)
  • Vampiros, ladrones de tiempo (J. H. Obereits Besuch bei den Zeit-Egeln)




Antologías. I Relatos de Gustav Meyrink.


El artículo: Gustav Meyrink: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Margery Lawrence y el espiritismo pulp


Margery Lawrence y el espiritismo pulp.




Margery Lawrence (1889-1969) fue una prolífica escritora inglesa de cuentos de fantasmas, relatos de terror y relatos de detectives. Podemos pensar en ella como un raro ejemplo de que algunos prodigios sobrenaturales terminan devorando a su creador.

Margery Harriet Lawrence nació en Wolverhampton, Inglaterra. Su padre, Richard J. Lawrence, le heredó su pasión por la literatura. Ya en sus primeros años como escritora se inclinó por el género fantástico, con antologias como Noches en la Mesa Redonda (Nights of the Round Table) y Las terrazas de la noche (The Terraces of Night).

En los años 20' se dedicó decididamente a la ficción. En 1925 publicó su novela Tacos rojos (Red Heels), seguida por muchas otras: Las aventuras de la señora Brand (Miss Brand Adventuress), Cristal Bohemio (Bohemian Glass), Tambores de juventud (Drums of Youth), Sarah de seda (Silken Sarah), La Madonna de las siete lunas (The Madonna of Seven Moons), Madam Holle (Madam Holle), La sonrisa torcida (The Crooked Smile), El puente de lo asombroso (The Bridge of Wonder); entre otras, pero su obra resulta menos atractiva que sus efectos sobre la personalidad de Margery Lawrence

Lo paranormal fue infliltrándose poco a poco en su obra, al principio, de un modo casi imperceptible. El primer síntoma de sus anhelos sobrenaturales nace con el doctor Miles Pennoyer, una especie de detective paranormal al estilo de John Silence [Algernon Blackwood], el padre Brown [G.K. Chesterton], Carnacki [W.H. Hodgson], entre otros investigadores celebérrimos.

Por aquellos años, al igual que May Sinclair, Margery Lawrence se vio seducida por las posibilidades del espiritismo, atracción que tiñó su obra de un denso e inescrutable discurso ocultista.

De este modo casi casual el espiritismo comenzó a mezclarse en su relatos, inyectándose con total naturalidad en lasrevistas pulp donde solían aparecer.

Su pluma fue captada por una publicación de claro corte espiritista, el Psychic News, y Margery Lawrence comenzó a redactar artículos sobre lo sobrenatural con un éxito imprevisible. El editor de la revista, Maurice Barbanell, más inclinado a los prodigios redituables, sugirió que Margery Lawrence debía compilar sus artículos y publicarlos bajo un formato tradicional; tarea que ella asumió con total diligencia entre 1942 y 1943.

Extrañamente los lectores de Margery Lawrence, ya sean de sus novelas o relatos, le dieron la espalda a esta nueva faceta de la escritora. En un largo prólogo a El otro lado (Other Side), que bien podría tomarse como una excusa, Margery Lawrence aclara que no se había convertido al espiritismo, aclaración que fue leída con disgusto por sus seguidores paranormales.

Despreciada por ambos extremos de sus inclinaciones, Margery Lawrence continuó escribiendo para un puñado de entusiastas seguidores, pero su crédito ya no se recuperó. Al contrario de lo que sucedió con autores de la talla de Arthur Machen, Gustav Meyrink o Algernon Blackwood, decididamente interesados en el ocultismo, su obra no captó la materia imperceptible de los sueños, y, en cambio, trasladó lo más burdo y banal de lo pretendidamente científico, algo que, francamente, a nadie le interesa leer.




Relatos pulp. I Fenómenos paranormales.


El artículo: Margery Lawrence y el espiritismo pulp fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Golem» (película, 1920)


«El Golem» (película, 1920)




Hoy compartimos un verdadero clásico del cine de terror: El Golem (Der Golem, wie er in die Welt kam) —El Golem: cómo llegó al mundo (1920)—, basada en la novela gótica de Gustav Meyrink: El Golem (Der Golem). La película desarrolla uno de los mitos hebreos más interesantes: la leyenda del Golem, especie de autómata creado en los sombríos recovecos del gueto de Praga.




El Golem (1920)
Dirigida por Paul Wegener y Carl Boese.





Películas de terror. I Novelas de Gustav Meyrink.


El artículo: «El Golem» (película, 1920) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La muerte violeta»: Gustav Meyrink; relato y análisis


«La muerte violeta»: Gustav Meyrink; relato y análisis.




La muerte violeta (Der violette Tod) —también publicado en español como La muerte morada o La muerte púrpura— es un relato fantástico del escritor austríaco Gustav Meyrink (1868-1932), publicado en la edición del 20 de mayo de 1902 de la revista Simplicissimus.

La muerte violeta, uno de los cuentos de Gustav Meyrink más notables, desarrolla dos de las grandes pasiones personales de este magnífico autor: el esoterismo y el ocultismo, poniendo en evidencia que la eficacia literaria puede ir de la mano del simbolismo y un lenguaje exquisito.




La muerte violeta.
Der violette Tod, Gustav Meyrink (1868-1932)

El tibetano calló.

Su desmedrada figura permaneció todavía algún tiempo de pie, erguida e inmóvil, y luego desapareció en la jungla.

Sir Roger Thornton miraba fijamente la hoguera. Si no fuera un penitente, un sannyasin, aquel tibetano que, además, iba en peregrinación a Benarés, no hubiera creído ni una sola de sus palabras. Pero un sannyasin no miente ni puede ser engañado. ¡Y luego aquellas contradicciones pérfidas y crueles en el rostro del asiático! ¿O sería que se dejó engañar por el resplandor de la hoguera que tan extrañamente se reflejaba en los ojos mongoles?

Los tibetanos odian a los europeos y guardan celosamente sus mágicos secretos, con los que esperan aniquilar un día a los orgullosos extranjeros cuando llegue la hora. Sea como fuere, Sir Roger Thornton desea comprobar con sus propios ojos si, efectivamente, existen fuerzas ocultas en ese pueblo extraño. Pero necesita compañeros, hombres valerosos cuya voluntad no se quiebre ante los horrores de un mundo diferente. El inglés pasa revista a sus compañeros... Aquel afgano sería el único entre los asiáticos para ser tomado en cuenta. Es intrépido como una fiera, pero supersticioso. Así pues, sólo queda su criado europeo.

Sir Roger le toca con la punta de su bastón. Jaburek quedó completamente sordo a los diez años, pero sabe leer cada palabra en los labios de su amo, por muy rara que sea. Sir Roger le cuenta con expresivos gestos lo que oyó decir al tibetano... A unas veinte jornadas del lugar donde se encuentran, en un valle de las laderas del Himavat, exactamente señalado, hay un trozo de tierra sumamente extraño. Por tres de sus lados se elevan muros rocosos, cortados a pico; el único acceso está cerrado por gases ponzoñosos que emanan continuamente del suelo y matan al instante a todo ser viviente que pretenda pasar. En el desfiladero, que cubre unos cienta treinta kilómetros cuadrados, en medio de la vegetación más exuberante, vive, al parecer, una pequeña tribu de raza tibetana que, según el rumor, va tocada de rojos gorros puntiagudos y adora a un ser malvado y satánico en forma de pavo real. Ese ser diabólico enseñó a los habitantes la magia negra, y en el transcurso de los siglos les ha ido revelando misterios que un día habrán de transformar el globo terrestre. Se dice que les enseñó una especie de melodía capaz de aniquilar en un instante al hombre más fuerte.

Jaburek sonrió desdeñosamente.

Sir Roger le explicó que se proponía cruzar los lugares envenenados con ayuda de escafandras y balones de aire comprimido y luego penetrar en el interior del misterioso desfiladero.

Jaburek asintió con la cabeza y se frotó con satisfacción las sucias manos. El tibetano no había mentido. Allá abajo se extendía, cubierta de verdor, la extraña garganta: un cinturón de tierra amarillenta, desértica y corroída por las erosiones, separaba el desfiladero del mundo exterior en una anchura que se tardaba media hora en recorrer. El gas que surgía del suelo era ácido carbónico puro. Sir Roger Thornton, que desde la cumbre de una colina pudo apreciar la anchura de aquel cinturón, decidió emprender la marcha a la mañana siguiente. Las escafandras que había encargado en Bombay funcionaban perfectamente.

Jaburek llevaba los dos rifles de repetición y diversos instrumentos que su amo consideraba indispensables. El afgano se negó tenazmente a acompañarlos y declaró estar dispuesto a meterse en una cueva de tigres, pero que se cuidaría mucho de hacer nada que pudiera comprometer su alma inmortal.

Así, los únicos osados fueron los dos europeos.

Los cascos de cobre de las escafandras refulgían al sol y lanzaban extrañas sombras al suelo esponjoso del que ascendían, en innumerables y diminutas burbujas, las letales emanaciones. Sir Roger imprimió a su marcha un ritmo rápido para evitar el consumo del aire comprimido antes de haber cruzado la zona de los gases. Todo lo veía turbio, como a través de una tenue capa de agua. La luz del sol, de un verde fantasmal, teñía los lejanos glaciares del “techo del mundo”, que levantaba sus gigantescos perfiles como un singular paisaje de muerte. Finalmente, hallaron verde césped y Sir Roger encendió un fósforo para cerciorarse de la presencia del aire atmosférico en todos los niveles. Después se quitaron los cascos y descargaron los balones de aire.

A sus espaldas se elevaba la muralla de gas, como una temblorosa masa de agua. En el aire flotaba un aroma embriagador de flores de amberia. Tornasoladas mariposas, del tamaño de una mano, cubiertas de raros dibujos, descansaban con las alas abiertas, como si fueran libros de magia, sobre inmóviles flores. Caminando bastante separados uno de otro, ambos se dirigieron hacia un bosquecillo que les cerraba el horizonte. Sir Roger hizo una señal a su sordo criado, porque le pareció haber oído un ruido. Jaburek preparó el rifle.

Al llegar a un extremo del bosque, una pradera se ofreció a su vista. Apenas a cuatrocientos metros, unos cien hombres, evidentemente tibetanos, tocados con gorros rojos, habían formado un semicírculo y esperaban a los intrusos. Sir Roger avanzó, seguido de su criado. Los tibetanos llevaban las habituales zamarras de piel de carnero; mas, a pesar de ello, casi no parecían seres humanos, tan espantosamente feos y deformes eran sus rostros. Dejaron que los dos hombres se acercasen más y, de pronto, a una orden de su jefe, levantaron todos a la vez las manos, se oprimieron con fuerza los oídos y gritaron algo. Jaburek miró interrogativamente a su amo y levantó el rifle, porque el extraño movimiento de los tibetanos le pareció una señal de ataque. Pero lo que sus ojos vieron le heló la sangre en las venas: en torno a su amo se había formado una masa gaseosa, agitada y remolineante, parecida a la que habían atravesado poco antes. La figura de Sir Roger perdió los contornos, como si hubiese sido devastada por el remolino; la cabeza se tomó puntiaguda; toda la masa se hundió en sí misma, como en fusión, y en el lugar donde hacía un instante se encontraba el audaz inglés había ahora un cono de color violeta claro del tamaño de un pilón de azúcar.

El sordo Jaburek fue presa de la ira. Los tibetanos seguían gritando y él observaba con gran atención sus labios para descifrar lo que decían. Era siempre una y la misma palabra. De pronto, el jefe de los tibetanos dio un salto adelante y todos se callaron, al tiempo que bajaban las manos. Como panteras se arrojaron sobre Jaburek. Éste empezó a disparar contra la multitud, que se detuvo por un instante. Instintivamente, les gritó la palabra que poco antes había leído en sus labios.

—¡Emelen!, ¡E... me... len...! —rugía, una y otra vez, hasta que el desfiladero se estremeció como agitado por las fuerzas de la naturaleza.

Todo lo veía como a través de unos lentes de gran intensidad y el suelo parecía hundirse bajo sus pies... Pero sólo duró un momento; ahora veía de nuevo con claridad. Los tibetanos habían desaparecido, como antes su amo, y solo incontables pilones de azúcar color lila se levantaban ante él. El jefe de los tibetanos aún vivía. Las piernas se le habían convertido en una papilla azulenca y el tronco comenzaba a encogerse: era como si el hombre estuviese siendo digerido por un ser del todo transparente. No llevaba gorro rojo, sino una especie de tocado en forma de mitra donde se movían unos ojos amarillentos.

Jaburek le descargó un culatazo en el cráneo, pero no pudo evitar que el moribundo le hiriera en el pie con una hoz arrojada en el último momento. Miró a su alrededor. La soledad era absoluta. El aroma de las flores de amberia se intensificó y se hizo casi punzante. Parecía emanar de los conos color lila, que Jaburek se puso a observar ahora. Todos eran iguales y estaban formados de la misma materia gelatinosa de color morado claro. Era imposible encontrar los restos de Sir Roger entre todas aquellas moradas pirámides. Jaburek arreó un puntapié en la cara del jefe tibetano muerto y, rechinando los dientes, volvió sobre sus pasos. Desde lejos vio sobre la hierba, brillando al sol, los dos cascos. Llenó el balón de aire con una bomba portátil y penetró en la zona gaseosa. El camino parecía no acabar nunca. El infeliz sentía que las lágrimas mojaban sus mejillas.

¡Oh, Dios, su amo estaba muerto! ¡Muerto aquí, en la lejana India! Los gigantes helados del Himalaya bostezaban cara al cielo. ¡Qué les importaba el dolor de un pequeño corazón humano! Jaburek trasladó fielmente al papel, palabra por palabra, todo lo que había sucedido y no comprendía, y dirigió su escrito al secretario de su amo, que residía en Bombay, en la calle Adheritollah, número 17. El afgano se encargó de llevarlo. Poco tiempo después, Jaburek murió, porque la hoz del jefe tibetano estaba envenenada.

“Alá es Uno y Mahoma su profeta”, rezó el afgano, tocando el suelo con la frente. Los cazadores hindúes cubrieron el cadáver con flores y lo incineraron, entre cantos piadosos, sobre una hoguera de leña.

Alí Murad Bey, el secretario, palideció al recibir el horrible mensaje y transmitió el escrito a la redacción de la Indian Gazette.

El nuevo diluvio llegó.

La Indian Gazette, que publicó el “caso de Sir Roger Thornton”, apareció al día siguiente con tres horas de retraso. Un accidente extraño y horripilante tuvo la culpa del retraso: Birendranath Naorodjee, redactor del periódico, y dos empleados subalternos que solían revisar las páginas con él a medianoche, antes de salir la edición, desaparecieron del despacho sin dejar rastro. En lugar de ellos había en el suelo tres cilindros azulencos y gelatinosos, y junto a ellos el periódico recién impreso. Apenas acababa la policía, con la petulancia de siempre, de tomar las primeras declaraciones, cuando llegaron las noticias de innumerables casos similares.

Personas que leían periódicos desaparecían por docenas ante la vista de la asustada multitud que cruzaba las calles, presa de agitación. Innumerables pirámides moradas quedaban esparcidas alrededor, en las escaleras, mercados y callejuelas, hasta donde abarcaba la vista. Al anochecer, Bombay quedó medio despoblada. Una orden de las autoridades sanitarias dispuso la inmediata clausura del puerto, así como de todo tráfico con el exterior, a fin de impedir la propagación de la nueva epidemia, pues no podía tratarse de otra cosa. El telégrafo y el cable zumbaron día y noche mandando al mundo entero la terrible noticia y detalles del “caso de Sir Roger Thornton”.

Al día siguiente la cuarentena fue levantada, como extemporánea. Mensajes de terror de todos los países anunciaban que la “muerte morada” se propagaba por todas partes, casi simultáneamente, y amenazaba con despoblar la tierra. Todo el mundo perdió la cabeza y la sociedad civilizada parecía un gigantesco hormiguero en que un mozo de aldea había metido su pipa encendida. En Alemania, la epidemia estalló primero en Hamburgo. Austria, donde no se leen más que las noticias locales, se libró durante algunas semanas. El primer caso ocurrido en Hamburgo fue particularmente estremecedor. El pastor Stüiken, hombre al que la edad venerable había vuelto casi sordo, estaba sentado por la mañana a la mesa del desayuno, rodeado de sus familiares. Teobaldo, el hijo mayor, con su larga pipa de estudiante; Yette, la fiel esposa, y Mina y Tina. En una palabra, todos, todos. El anciano padre acababa de desplegar un periódico inglés recién llegado y leía a los suyos el relato del “caso de Sir Roger Thornton”. Apenas había pronunciado la palabra “Emelen” e iba a fortalecerse con un sorbo de café, cuando advirtió, presa de horror, que sólo lo rodeaban conos de gelatina morada. De uno de ellos sobresalía aún la larga pipa estudiantil. Todas las catorce almas se las llevó el Señor a su seno. El piadoso anciano cayó desmayado.

Una semana más tarde, la mayor parte de la humanidad estaba muerta. Le fue reservado a un sabio alemán poder arrojar un poco de luz sobre los acontecimientos. La circunstancia de que la epidemia respetase a los sordos y sordomudos le sugirió la idea de que se trataba de un fenómeno puramente acústico. En su solitaria buhardilla de estudioso llevó al papel una larga conferencia científica y anunció con algunas frases su lectura pública. El sabio, con su exposición, se refirió a ciertos escritos religiosos hindúes, casi desconocidos, que trataban acerca de la provocación de tormentas de fluidos astrales remolineantes mediante la pronunciación de ciertas palabras y fórmulas secretas, y fundamentó su relato en las más modernas experiencias en el campo de la teoría de las vibraciones y radiaciones.

Pronunció su disertación en Berlín y fue tal la afluencia de público que tuvo que valerse de un tubo acústico mientras leía las largas frases. Cerró su memorable discurso con las siguientes lapidarias palabras:

—Vayan a ver a un especialista del oído para que los vuelva sordos y cuídense de pronunciar la palabra... “Emelen”.

Un segundo después el sabio y sus oyentes no eran más que conos inanimados de gelatina, pero el manuscrito no fue destruido; fue conocido y estudiado, y así la humanidad pudo evitar su total exterminio. Algunos decenios más tarde, estamos en 19..., una nueva generación de sordomudos puebla el globo terrestre. Usos y costumbres son diferentes, las clases y la propiedad han sido desplazadas. Un especialista del oído gobierna al mundo. Las partituras han sido arrojadas a la basura, junto con las viejas recetas de los alquimistas de la Edad Media.

Mozart, Beethoven y Wagner se han vuelto ridículos, como antaño Alberto Magno y Bombasto Paracelso. En las cámaras de tormento de los museos, algún piano polvoriento muestra sus viejos dientes.

Gustav Meyrink (1868-1932)




Relatos góticos. I Relatos de Gustav Meyrink.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Gustav Meyrink: La muerte violeta (Der violette Tod) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Las sanguijuelas del tiempo»: Gustav Meyrink; relato y análisis


«Las sanguijuelas del tiempo»: Gustav Meyrink; relato y análisis.




Las sanguijuelas del tiempo (J.H. Obereits besuch bei den zeitegeln) —publicado en español como: Vampiros, ladrones de tiempo. Su título original es: La visita de J.H. Obereits visita a las sanguijuelas del tiempo— es un relato de terror del escritor austríaco Gustav Meyrink, publicado originalmente en la edición del 22 de febrero de 1916 de la revista Simplicissimus, y luego reeditado en la antología de ese mismo año: Murciélagos (Fledermäuse).

Las sanguijuelas del tiempo, quizás uno de los cuentos de Gustav Meyrink menos conocidos, relata el inquietante descubrimiento de un hombre llamado J.H. Obereit, quien de pie junto a la tumba de un anciano —abuelo del narrador— repite una monónota y extraña afirmación tallada en su lápida: VIVO.

Según explica Obereit, el anciano ha sobrevivido ileso al reino de la putrefacción, aguardando, paciente, el momento de regresar al mundo de los vivos. En este sentido, la faceta mística de Gustav Meyrink está presente en cada párrafo, en cada concepto vertido en el relato. En este sentido, las sanguijuelas del tiempo son una representación del deseo y la esperanza, elementos superfluos, mortajas, de las cuales hay que desprenderse para alcanzar la más espantosa eternidad.

Las sanguijuelas del tiempo es uno de los grandes relatos sobre la postergación de la muerte en favor de una existencia espantosa (ver: «In Articulo Mortis»: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte); un tema recurrente dentro de los relatos de vampirismo.

Vale la pena destacar que el escritor argentino Adolfo Bioy Casares homenajeó a Las sanguijuelas del tiempo de Gustav Meyrink en el cuento de 1944: El perjurio de la nieve, donde utiliza un anagrama con el nombre de J.H. Obereit.




Las sanguijuelas del tiempo.
J.H. Obereits Besuch bei den Zeitegeln, Gustav Meyrink (1868-1932)

En el cementerio de la parroquia del pequeño pueblo de Runkel, un lugar apartado, como fuera del mundo, descansaba para toda la eternidad el cuerpo de mi abuelo. Su tumba de piedra estaba prácticamente cubierta de musgo y apenas se leía el epitafio. Pero bajo dicho epitafio, tan reciente como si hubiera sido hecho ayer mismo, se ven con absoluta claridad cuatro letras alrededor de una cruz:

V
I
V
O*

VIVO. Eso quiere decir estoy vivo. Ése fue el significado del que recibí noticia cuando leí por primera vez la inscripción, siendo apenas un niño. Una palabra que impresionó tan hondamente mi alma como si el muerto hubiera abandonado su tumba.

VIVO. Estoy vivo. Algo extraño, algo muy raro de ver en una tumba de piedra. Algo que aún hoy, al recordarlo, me provoca un vuelco del corazón. Y siempre, cuando rememoro aquel lejano día de mi infancia, experimento la sensación de que caí en un pozo interminable la primera vez que estuve ante la tumba de mi abuelo.

La imaginación me hace ver a mi abuelo —al que no conocí vivo— yaciendo en su tumba, incorrupto a pesar del paso del tiempo, con las manos caídas a lo largo del cuerpo, con sus ojos abiertos y translúcidos como el cristal, inmóviles; alguien que ha escapado de la putrefacción y espera paciente y silencioso el momento de resucitar. He visitado los cementerios de las parroquias de muchos pueblos, guiados mis pasos por un deseo vago, extraño, del que no puedo dar cuenta exacta, sólo para leer los epitafios de las tumbas.

Únicamente dos veces vi el anagrama de la cruz con la palabra VIVO, una en Danzig y otra en Nuremberg. En ambos casos el nombre del muerto había sido casi borrado por el dedo del tiempo; en ambos casos la palabra VIVO brillaba con toda la fuerza del instinto indomable de la vida.

De joven oí contar que mi abuelo no dejó escrita ni una sola línea. Por eso lo más apasionante, para mí, fue descubrir en el cajón de un viejo escritorio —un recuerdo de familia— cierta cantidad de notas escritas por él y encuadernadas como si de un libro se tratasen. En una de ellas leí esta extraña sentencia:

¿Cómo puede escapar un hombre de la muerte, si no es cesando en su espera y renunciando a toda ilusión?

Eso me hizo atisbar alguna interpretación posible, más allá de su significado, de la palabra VIVO, que acompañaba continuamente mis pensamientos desde aquella edad tan temprana en que la vi y me dijeron qué significaba; una palabra que se me antojaba fantástica, casi un conjuro a repetir miles de veces, tanto como yo me la repetía en mis pensamientos, en sueños, en los momentos más insospechados de la vigilia. Si alguna vez había pensado que fue una mano extraña la que acaso escribiera VIVO en la tumba de mi abuelo, bajo su ya irreconocible epitafio, tras leer aquello que él mismo había escrito en las notas ya no me cupo duda alguna de que para él VIVO tuvo un significado mucho más profundo del que se me dijo cuando era niño y del que yo mismo había supuesto antes de hallar sus escritos.

Y como consecuencia de esta intuición comencé a interesarme por la vida del padre de mi padre. Y en tanto lo hice, y en tanto leí y estudié a lo largo de mucho tiempo todas y cada una de las líneas de aquellas notas, hoja tras hoja, confirmé que mi intuición primera contenía un razonamiento verosímil.

Muchas de esas notas, sin embargo, tienen un carácter tan privado que no sería propio darlas a conocer a otros ojos. Eso justifica que no entre yo en detalles, salvo en el caso de alguien que aparece ahí citado muchas veces, Johann Hermann Obereit. Lo que sí parece evidente a través de sus notas, a las que bien podríamos llamar sucintas memorias, es que mi abuelo fue miembro de una sociedad secreta llamada Los de Philae, una orden que hundía sus raíces en el antiguo Egipto y que había sido fundada, al parecer, por el legendario Hermes Trismegistus.

Mi abuelo había anotado incluso ciertos rituales secretos y los signos para que los miembros se reconocieran entre sí. El nombre de Johann Hermann Obereit, como he dicho, aparecía frecuentemente citado. Fue químico y gran amigo de mi abuelo, por lo que pude entrever; tengo la impresión de que incluso vivieron juntos en Runkel.

Como es lógico, sentí deseos de saber muchas más cosas acerca de un antepasado tan notorio como lo fue mi abuelo, y acerca también de su renuncia del mundo para entregarse al estudio de una antigua filosofía que cultivaba el espíritu y sólo el espíritu, por lo que entendí a través de la lectura de sus notas. Decidí entonces dirigirme a Runkel en busca de algún descendiente de Obereit, por si conservaba recuerdos familiares o cualquier escrito. Runkel es un pueblo pequeño y lejano, al margen del tiempo; un pueblo que parece nacido de un sueño o de un clamor ancestral, una especie de reliquia legada por la Edad Media. Sus callejas y pasajes son estrechos como no puede suponerse, y silenciosos como la misma muerte.

Impera allí el castillo de Runkelstein, señorío de los antiguos Príncipes de Wied, levantado sobre la pura roca. A la mañana siguiente a mi llegada me dirigí pronto al cementerio de la parroquia, llevado por un impulso irresistible. Despertaron de golpe los días de mi niñez y de mi primera juventud, para llenarme la memoria a medida que recorría las tumbas y leía mecánicamente sus epitafios y los nombres de quienes allí reposaban eternamente, mientras pisaba la hierba y las hojas caídas de los árboles. No tardé mucho en verme ante la tumba de mi abuelo, leyendo la mística inscripción. Y no pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de que, en contra de lo que había supuesto, no estaba solo.

Un anciano de cabello blanco y surcos muy pronunciados en el rostro, se hallaba sentado en una tumba algo más allá, con la barbilla apoyada en la empuñadura de marfil de su bastón. Me miró con curiosidad a medida que me dirigía hacia él; vi que sus ojos eran brillantes, muy vivos; los ojos de alguien que, al mirar, recuerda. Vestía ropas muy anticuadas, las propias de los retratos del tiempo de Luis Felipe, o de los comienzos de la era victoriana. Estaba atónito, no tanto por su presencia como por la intuición que me hacía temblar conmocionado mientras avanzaba lentamente hacia donde se encontraba aquel hombre. Y sin parar le pregunté sin más si era Obereit.

—Sí, yo soy Johann Hermann Obereit —dijo el anciano sin dar muestras de sorpresa ante mi pregunta.

Me faltó el aliento al oírle hablar. No disminuyeron ni mi sorpresa ni mi emoción durante todo el tiempo que estuvimos hablando. No es común una experiencia como la que tuve, la de hablar cara a cara con un hombre de aspecto mucho más viejo que el mío entonces, yo que tantos años de vida tenía cuando nos encontramos. Me dijo que contaba con un siglo y medio de años a sus espaldas, por lo que no pude por menos que sentirme un niño ante él, a pesar de mis canas, cuando hablaba de Napoleón y de otros personajes históricos a los que había conocido, como quien habla de amigos que murieron ayer.

—En Runkel —dijo sonriendo—, creen que soy en realidad mi nieto… —y señaló una tumba por la que pasábamos, pues habíamos comenzado a caminar entre las sepulturas, en la que se veía con claridad el año de 1798—. Lo cierto es que soy yo quien debería yacer de verdad ahí —siguió diciendo—, y como no quiero que la gente de por aquí me tome por una especie de Matusalén, por eso digo que soy mi nieto y por eso está ahí mi sepultura vacía. La palabra VIVO —dijo como si me adivinara el pensamiento— sólo aparecerá en esa tumba si alguna vez muero realmente.

Nos hicimos muy amigos e insistió en que me quedara allí. Estuve un mes entero en Runkel; noche tras noche nos entregábamos a profundas reflexiones y debates sobre un sinfín de cosas. Pero siempre que le preguntaba por el significado de aquella sentencia leída entre las notas de mi abuelo, cambiaba de conversación.

—¿Cómo puede escapar un hombre de la muerte, si no es cesando en su espera y renunciando a toda ilusión? ¿Qué quiere decir eso? —le preguntaba yo.

Una noche, la última que pasaría en Runkel, hablamos de los antiguos procesos contra las brujas. Dije que aquellas pobres mujeres no eran más que histéricas bárbaramente sacrificadas, cuando me replicó con una pregunta:

—¿Así que no cree usted que un hombre pueda abandonar su cuerpo y vivir a través de las edades? —dijo mirándome intensamente.

Negué con la cabeza.

—Eso me parece delirante —respondí, echándome a reír—. En cuanto a las brujas, creo que está suficientemente probado que accedían al trance mediante la ingestión de narcóticos, eso es lo que las llevaba a creer que abandonaban su cuerpo y volaban en escobas.

Pareció sumirse en una profunda reflexión.

—Puede que usted crea que yo mismo viajo a través de las edades sólo con mi imaginación —dijo al fin y volvió a sumirse en una especie de meditación.

Tras un largo silencio, que no interrumpí, se levantó lentamente para dirigirse a su escritorio. Volvió con un pequeño volumen entre las manos.

—Quizá pueda interesarle algo que escribí a raíz de una experiencia vivida hace muchos años —señaló—. Debo decirle, sin embargo, que en aquel tiempo era yo muy joven y aún estaba lleno de esperanza.

Comprendí por la expresión de sus ojos, tristes entonces, que en efecto aquello lo había escrito muchos años atrás.

—Siempre he creído —comenzó a decir— en eso a lo que los hombres llaman vida. A pesar de todo lo que me ha ocurrido con el paso del tiempo… Perdí cuanto más quería, mi esposa, mis hijos… todo… Entonces, cuando más solo me hallaba en este mundo, tuve la ventura de conocer a su abuelo… Fue él quien me ayudó a comprender que nuestros deseos y aspiraciones sólo son expectativas, ilusiones, una larga espera… Y me ayudó a comprender igualmente cómo se enraciman, cómo se devoran entre sí las esperanzas, las expectativas, la espera, para quitarnos del rostro la máscara y que rueden las lágrimas propias del llanto de esos fantasmagóricos vampiros que penan eternamente.

»Llamamos a ese proceso las sanguijuelas del tiempo, pues son las sanguijuelas las que succionan la sangre de nuestro corazón, henchido de tiempo, para quitarnos la savia de la vida. El tiempo, amigo mío, es una sanguijuela.

»En esta misma habitación en la que nos encontramos decidí hace muchos años emprender la conquista de la muerte mediante el estrangulamiento de todas las esperanzas, tan devastadoras como ese tiempo que indefectiblemente deviene en una sanguijuela. Y entonces… —hizo una pausa y respiró profundamente para hallar de nuevo el resuello que le faltaba—, y entonces me convertí en una especie de leño que no diferencia si lo acarician o si lo golpean con el hacha, si lo arrojan al agua o lo echan al fuego. Desde aquel día, al menos eso quiero creer, me he desprovisto del sufrimiento consustancial a la esperanza. Ya no necesito buscar consuelo; en realidad, ya no preciso de nada. Además, ¿dónde podría hallar lo que necesitara? Sé qué soy, naturalmente; sé también quién soy. Sé que vivo. Pero hay una diferencia fundamental entre vivir y estar vivo.

—Lo que dice parece muy simple, pero es terrible —lo interrumpí profundamente conmovido por sus palabras.

—No crea. Las cosas son simplemente lo que parecen —dijo sonriendo tristemente—; el problema radica en que albergamos esperanzas. Al margen de este sentimiento, de este dolor de corazón, le aseguro que se ve uno imbuido de una suerte de beatitud que acaso comprenda usted si le digo que es muy parecida a un sueño confortador. Es una especie de dulce melodía que calma los nervios. Y en esa calma puedo saber quién soy realmente. Cuando nace en el corazón esa melodía, ya no muere. Ni durante el sueño, ni cuando el mundo exterior nos llama y agita con sus oleadas, ni cuando llega la hora de la muerte cesa esa melodía.

»Le diré por qué mueren los hombres tan pronto, por qué no viven esos miles de años que dicen las escrituras de los antiguas patriarcas que debe vivir el hombre… Son como las primeras hojas del árbol, pero olvidan que pertenecen al tronco; por eso mueren los hombres en el primer otoño. Ahora le diré cómo he logrado preservar mi cuerpo de esa devastación. Hay una doctrina antigua, muy antigua, tanto como la misma humanidad, que se ha transmitido oralmente hasta nuestros días, aunque son muy pocos los que la conocen. Esa doctrina nos enseña a mantenernos en pie ante el umbral de la muerte, y a traspasarlo incluso sin perder la conciencia de que lo hacemos; sólo el que ha muerto en su primer otoño lo traspasa inconscientemente.

»Quien logra traspasar incólume ese umbral deviene en un maestro de sí mismo, en un hacedor de su propia existencia. Así gana un nuevo ser, en sí mismo, sin dejar de ser… Y ese nuevo ser que refuerza el sí mismo es la herramienta que nos da la facultad de convertir nuestras manos y nuestros pies en los órganos imprescindibles. El latido del corazón y nuestro hálito insuflan la vida al espíritu, capaz así de ir en pos del tiempo, a través de las edades, como fueron los israelitas tras salir de Egipto, como las aguas del Mar Rojo se hicieron a un lado para permitirles el paso. Así he ido yo, a través del tiempo, a despecho de las torturas sufridas, preservando siempre a mi espíritu de los sinsabores para fortalecer el cuerpo y hacer que sólo obedezca a mi espíritu.

»Muy pronto me sentí libre de ataduras, como nos sentimos al soñar que volamos… Pero también es cierto que alguna vez sentí que caía irremediablemente hasta verme arrastrado por una corriente negra que parecía ir del sur al norte. En nuestro lenguaje gnóstico llamamos a eso cruzar el Jordán. Vadear peligrosamente la existencia, no tanto con el agua al cuello como con la sangre a la altura de nuestras orejas. Cuando hice ese tránsito oí voces que me alertaban, que me llamaban a volver atrás. Estuve a punto de hacerlo, asustado, temeroso ante aquellas voces que me invitaban a desistir como tantos lo habían hecho. Pero entonces vi unas piedras que sobresalían del agua y a las que me así, resistiendo al torrente hasta que pude nadar y alcanzar la orilla.

»Allí me vi, en mitad de la noche, desnudo como un niño recién nacido. Habían desaparecido de mí los caracteres de mi sexo, pero poseía ahora un tercer ojo, que era como el ojo de Polifemo. Un ojo que me guiaba en la oscuridad y me llevaba de tierra en tierra y de isla en isla.

»Fui a lo largo de un camino bañado por la luna, pero no sentía el suelo bajo mis pies. Cuando intentaba tocar los árboles o los arbustos, no los sentía en mis manos. Era como si hubiese entre lo que me rodeaba y yo una cortina de aire que me impidiera el contacto. La fosforescencia de las hojas y de las ramas caídas todo lo cubría, imposibilitando la visión. Pero el perfil de las cosas semejaba vagamente la existencia de algo blando y húmedo como los moluscos y todo parecía extraordinariamente sobredimensionado. Pájaros de grandes plumas, pájaros de ojos redondos y enormes… Animales como perros gigantescos que se deslizaban lentamente sobre el musgo para acercarse a mí y observarme.

»Había una viscosidad indescriptible en todos aquellos extraños seres que me rodeaban. Eso me hizo cobrar consciencia de quién era realmente, y de lo que era: algo tan real como lo que me rodeaba; algo, a la vez, tan deletéreo como lo que me rodeaba; algo, en fin, que habitaba las sombras a medias entre lo terrenal y lo imposible; a medias entre lo real y lo que parecía soñado, como esas sombras que se devoran a sí mismas en la muy larga espera de la felicidad. Como el hambre que mata a los cachorros de los animales del bosque, cuando sus madres salen en busca de alimento y tardan en volver, así crecen los espectros en esa región de los espíritus, y así los espectros, para no morir definitivamente, absorben la sangre de las criaturas de este mundo, como las sanguijuelas y como las arañas. Los poderes de la vida no son nada, pues ante ese ansia de sangre se desvanece toda esperanza; todo es voracidad en ese país de las sanguijuelas del tiempo; y sólo la voracidad impera mientras alguien aguarda en vano la culminación de sus esperanzas.

»Tras salir milagrosamente indemne de ese tránsito, llegué a una ciudad habitada por mucha gente… A unos los había conocido en la tierra. Traté de preservarme, cuanto me fue posible, de sus vanas esperanzas; más aún, traté de abortar sus propias esperanzas. Vi que cuanto más erraban a la espera de la concreción de sus esperanzas, más caían en la devastación que los tornaba vampiros, esos seres demoníacos que habían devorado sus corazones sin que pudieran darse cuenta, precisamente porque los vampiros también albergan la esperanza de vivir a través de las edades para redimirse y así van devorando el tiempo y la vida de los píos. Y así vi cómo también los píos se convierten en monstruos de grandes garras y ojos encendidos, en busca de sangre con la que hinchar sus mejillas. En aquella ciudad vi también un banco con un letrero que anunciaba en sus ventanas:


Fortuna. Despacho de Lotería.
Todos los boletos son ganadores del Primer Premio.

»De aquel banco salía gente arrastrando sacos llenos de oro, mostrando grandes sonrisas triunfales en sus rostros de labios tumefactos: eran fantasmas que se habían dejado la existencia en la tierra buscando la suerte, insaciables de ganancias. Entré en el gran hall del banco, que semejaba un templo colosal, con columnas que parecían llegar al cielo. Allí, en su trono hecho con sangre coagulada, reinaba un monstruo con cuatro brazos. Su cuerpo era humano, pero tenía la cabeza de una hiena y reía abriendo sus grandes mandíbulas. Era el dios de la guerra, aquel a quien las naciones más salvajes y supersticiosas elevan sus preces para pedir la victoria sobre el enemigo.

»Lleno de horror salí corriendo, angustiado por aquella atmósfera de corrupción y decadencia. Me perdí en las calles, pero sólo para desembocar ante un palacio esplendoroso como nunca me había sido dado contemplar palacio alguno. Todo, las piedras, la ornamentación, el esplendor, en fin, me resultaba familiar. Era como si yo mismo lo hubiera construido, o soñado. Comencé a subir la escalinata de mármol. En la gran puerta que había ante mí pude leer mi nombre: JOHANN H. OBEREIT. Entré. Una vez en el interior me vi con un manto de púrpura y sentado a una mesa en la que había viandas propias de un festín. Miles de esclavas bellísimas servían ese festín. De inmediato reconocí en ellas a todas las mujeres que dieron placer a mis sentidos a lo largo de mi vida, incluso aquellas con las que sólo pasé un momento.

»Un sentimiento de odio indescriptible me invadió cuando reparé en que todas ellas no me habían hecho sino caer en la perversión vestida con todos los lujos que había sido mi vida; fue así como yo mismo hice un llamamiento a mi salvación acudiendo a mi propio ser, el único que podía liberarme de las vanas esperanzas y de las expectativas que aún anidaban en mi alma. Con auténtico pavor contemplé entonces el discurrir de mi vida entera, una vida desperdiciada en la espera, en la constante espera que sólo conduce a la muerte. En ese sentimiento pasé unas pocas horas. Como una burbuja había transcurrido mi vida. Le aseguro que lo último que vemos en esta tierra es precisamente lo que genera nuevas esperanzas, una nueva espera.

»El mundo entero viene a ser preservado de sus miserias, así, por el pestífero hálito de lo decadente. ¿Quién no ha experimentado esa enervante debilidad que se apodera de uno cuando está sentado en la sala de espera de un médico o de un abogado? Pues eso a lo que llamamos vida no es más que la sala de espera de la muerte.

»Repentinamente había comprendido al fin qué es el tiempo. Nosotros mismos estamos hechos al margen del tiempo. Los cuerpos parecen algo en sí mismos, pero no son más que tiempo coagulado. Nuestro diario peregrinar sólo nos conduce a la tumba, que es una forma de regresar al tiempo, y de esperar en vano la consecución final de las esperanzas, pero los síntomas de ese proceso no son distintos de los que se producen con el hielo, cuando vuelve a ser agua. Ahora lo comprendo todo, al fin; este conocimiento hierve en mi mente y me llena de dudas que se acrecientan de continuo y hacen que el conocimiento muestre un gesto de horror en el rostro con que me alumbra.

»Hace años que supe qué tenía que hacer: luchar contra la muerte con todas las armas disponibles; luchar contra esos fantasmas que succionan nuestra sangre como los vampiros. Sí, los vampiros saben perfectamente cómo hacerse invisibles a los hombres, cómo ocultarse a nuestras miradas, pues nuestros ojos son los parásitos de nuestra existencia. Esa es la mayor y más diabólica treta de los vampiros: hacernos creer que no existen. Pero desde que adquirí ese conocimiento del que le he hablado, mi vida gira en torno a dos ideas: expulsar la idea de la ilusión y la idea de la espera.

—Creo —intervine entonces, aprovechando un silencio del anciano—que yo no sería capaz de dar ese primer paso necesario para emprender el viaje del que usted me ha hablado. Y lo creo así porque estoy seguro de que mi alma, como la de todos los hombres, se alimenta de la ilusión y de la espera, y sólo contraviniendo esos anhelos del alma podrá llegar al estado de placidez que usted propone. Mi alma vive de la esperanza… Pero…

—Sí, pues contravenga usted a su alma —me interrumpió—. La esperanza vive en usted mismo, en su propia vida. Bien, sea usted el eje sobre el cual tenga que girar su alma, no permita que el proceso siga produciéndose a la inversa. Conviértase en un autómata, conviértase en un muerto viviente, eso es lo que le sugiero… No se deje tentar por las frutas más sabrosas y así acabará con la esperanza del deleite. No alargue usted jamás una mano, para que nadie se la tome. Al principio parecerá usted un vagabundo penando en busca de consuelo por los desiertos, pero lentamente su soledad le hará descubrir el brillo real de las cosas, por lo que podrá contemplarlas en su verdad —tanto las más bellas como las más feas—; y comprenderá entonces que la verdad de las cosas es su único esplendor. Todo, así, carecerá para usted de importancia, y le dará a la vez lo mismo que las cosas no la tengan… Todo evento, todo cuanto suceda ante sus ojos, será importante en la misma medida en que carecerá de toda importancia. Será como matar al dragón y beber su sangre; podrá decirse entonces: navegué a través de un mar sin orillas y de una vida sin fin, con velas de nieve.

Todo lo anterior fueron las últimas palabras que me dijo Johann Hermann Obereit. No he vuelto a verlo. Han pasado muchos años desde aquel día, pero he tratado de seguir, tan bien como me ha sido posible hacerlo, su doctrina. No obstante, ni la ilusión ni la espera son ajenas a mi corazón. Soy quizá demasiado débil como para arrancar de mí esas palabras, por lo que seguramente jamás adornará mi tumba esta leyenda:

V
I
V
O

Gustav Meyrink (1867-1932)


*Nota: Meyrink utiliza la palabra en español.




Relatos góticos. I Relatos de Gustav Meyrink.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Gustav Meyrink: Las sanguijuelas del tiempo (J. H. Obereits Besuch bei den Zeitegeln), fueron realizaos por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El dominico blanco»: Gustav Meyrink; novela y análisis


«El dominico blanco»: Gustav Meyrink; novela y análisis.




El dominico blanco (Der weiße Dominikaner) es una novela de terror del escritor austríaco Gustav Meyrink (1868-1932), publicada en 1921.

El dominico blanco, una de las grandes novelas de Gustav Meyrink, es también una de sus obras más vinculadas al esoterismo y el ocultismo. El libro nos ubica en la ciudad de Wasserburg, Bavaria, un sitio rodeado de colinas y por el río Inn; y describe la evolución de un héroe, quien, guiado por diferentes figuras místicas, entre las que se encuentra el pálido espectro de un dominico y el espíritu de su amada, huye de los materialismos en busca de lo trascendental.

El dominico blanco posee un fuerte simbolismo esotérico; pero, a pesar de su hermetismo, la novela puede seguirse sin mayores problemas. Su núcleo puede resumirse como una búsqueda de la trascendencia y de verdadera individualidad, la cual no tiene nada que ver con el aislamiento o el cultivo del yo, sino con una amplitud hacia el universo y sus extraños caprichos.

El dominico blanco de Gustav Meyrink desarrolla el viaje espiritual de un joven, Cristóbal Palomar —por cierto, extraordinario, cuya particularidad es la invisibilidad—, quien es adoptado por el barón Von Jöcher. Este vínculo expande para el joven Cristóbal una realidad poblada de misterios, de enigmas, en las fronteras del sueño.




El dominico blanco.
Der weiße Dominikaner, Gustav Meyrink (1868-1932)

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Novelas góticas. I Novelas de Gustav Meyrink.


El análisis y resumen de la novela de Gustav Meyrink: El dominico blanco (Der weiße Dominikaner), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El rostro verde»: Gustav Meyrink; novela y análisis


«El rostro verde»: Gustav Meyrink; novela y análisis.




El rostro verde (Das grüne Gesicht) es una novela de terror del escritor austríaco Gustav Meyrink (1868-1932), publicada en 1916, dos años después de su primera novela: El Golem (Der Golem).

El rostro verde, probablemente uno de los mejores novelas de Gustav Meyrink, narra la jornada mística, casi onírica, de Harro Fortunat, quien a su vez refleja la fascinación del autor por el ocultismo y el esoterismo. En esencia, la novela integra elementos típicos de la Cábala, el vudú, y uno de los arquetipos predilectos de Gustav Meyrink: la figura del doppelgänger.

En la novela, Chidher el Verde representa al hombre primordial, es decir, aquel que no puede encontrar la muerte ya que lleva sobre su frente la marca de Caín, especie de cruz verde tallada sobre la piel. Sin embargo, aquellos que tengan la mala fortuna de observar aquel rostro están condenados a morir.

Esta gran novela de Gustav Meyrink reflexiona sobre la posibilidad de una humanidad dormida, anestesiada, embotada por una cotidianeidad sin salida. En este sentido, El rostro verde nos incita a despertar, a negar esa trama de sueños especulares que hemos tejido sobre la realidad.




El rostro verde.
Das grüne gesicht, Gustav Meyrink (1868-1932)

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Novelas góticas. I Novelas de Gustav Meyrink.


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«El ángel de la ventana de Occidente»: Gustav Meyrink; novela y análisis


«El ángel de la ventana de Occidente»: Gustav Meyrink; novela y análisis.




El ángel de la ventana de occidente (Der Engel vom westlichen Fenster) novela de terror del escritor austríaco Gustav Meyrink (1868-1932), publicada en 1927.

El ángel de la ventana de occidente, una de las grandes novelas de Gustav Meyrink, relata el descubrimiento de los diarios personales de John Dee, aquel alquimista, astrólogo y mago isabelino, autor de El libro de Soyga (The Book of Soyga) y La mónada jeroglífica (Monas Hieroglyphica), a quien la leyenda le atribuye el descubrimiento del Enoquiano, el idioma de los ángeles.

Dentro del libro de Gustav Meyrink, el hallazgo de los libros prohibidos de John Dee se produce gracias a la intervención del Baron Mueller, un supuesto descendiente del mago renacentista. En este sentido, el argumento de El ángel de la ventana de occidente explora un amplio espectro de misterios relacionados con lo oculto: reencarnación, alquimia, paganismo, trascendencia, inmortalidad. Recordemos que el autor es considerada una de las personalidades más influyentes de su época en materia de esoterismo y el ocultismo.

En cierto modo, la novela de Gustav Meyrink nos permite conocer una mirada distinta acerca de John Dee, y sobre todo de la magia enoquiana, precursora de la Ley de Atracción, y uno de los grandes misterios del período isabelino. En este contexto, El ángel de la ventana de occidente es una excelente herramienta para conocer un poco más sobre el Enoquiano, algo así como el Necronomicón de John Dee; es decir, una obra apócrifa que poco a poco se ha convertido en realidad en el imaginario colectivo del ocultismo.




El ángel de la ventana de Occidente.
Der Engel vom westlichen Fenster, Gustav Meyrink (1868-1932)

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Novelas góticas. I Novelas de Gustav Meyrink.


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«El cardenal Napellus»: Gustav Meyrink; relato y análisis


«El cardenal Napellus»: Gustav Meyrink; relato y análisis.




El cardenal Napellus (Der Kardinal Napellus) es un relato de terror del escritor austríaco Gustav Meyrink (1868-1932), publicado en la antología de 1916: Murciélagos (Fledermäuse).

El cardenal Napellus, probablemente uno de los cuentos de Gustav Meyrink más destacados, refleja en cierto modo los peligros de la búsqueda de la verdad, que para el autor está relacionada con aquello que vulgarmente se denomina magia y el ocultismo.

Jorge Luis Borges, que prologó El cardenal Napellus en La biblioteca de Babel, sostiene que los relatos de Gustav Meyrink se caracterizan por poner en evidencia que el universo es un lugar absurdo y, por consiguiente, irreal. Esto se ve reflejado fuertemente en este magnífico e inquietante cuento.




El cardenal Napellus.
Der Kardinal Napellus, Gustav Meyrink (1868-1932)

Aparte de su nombre: Hieronymus Radspieller, sólo sabíamos de él que vivía año tras año en el castillo semiderruido cuyo propietario, un vasco canoso y siempre malhumorado —ex sirviente y luego heredero de un antiguo y noble linaje que se fue perdiendo en la soledad y la tristeza— le había alquilado todo un piso para él solamente, quien lo había hecho habitable con muebles y otros enseres muy anticuados, pero también muy lujosos.

Era un contraste fantástico el que aguardaba a quien entrara en esas habitaciones después de atravesar la tierra inculta y despoblada que rodeaba el castillo, donde nunca se oía cantar un pájaro y donde todo parecía dejado de la mano de Dios y de la vida, si no fuera que de tanto en tanto los tejos hiciesen oír sus quejidos bajo los embates del viento cálido que venía del Sud, o que el lago —como un ojo enorme siempre abierto al cielo— reflejara en su pupila verdinegra las blancas nubes que flotaban en lo alto. Casi todo el día se lo pasaba Hieronymus Radspieller en su bote, dejando caer en las aguas un huevo de metal suspendido de un fino cordel de seda: una sonda para indagar las profundidades del lago.

—Seguramente se hallará al servicio de alguna compañía de estudios geográficos —arriesgó uno de nosotros, cuando cierta noche, después de nuestras cotidianas excursiones de pesca, nos hallábamos reunidos en la biblioteca de Radspieller, que él, gentilmente, había puesto a nuestra disposición.

—Casualmente hoy me enteré por medio de la vieja mandadera que lleva la correspondencia al otro lado del desfiladero, que corre el rumor de que en su juventud fue monje en un convento donde se flagelaba día y noche; algunos parecen afirmar, incluso, haber visto que su espalda está totalmente cubierta de cicatrices —intervino Mr. Finch, trayendo un novedoso aporte a una de las tantas conversaciones en las que se barajaban conjeturas en cuanto a la personalidad de. Hieronymus Radspieller—; y, a propósito: ¿no les parece extraño que tarde tanto? Ya deben ser más de las once.

—Hoy hay luna llena —dijo Giovanni Braccesco señalando con su mano mustia hacia la ventana, a través de la cual se divisaba la plateada franja de luz que se extendía sobre el lago—; nos será muy fácil ver su bote si nos asomamos.

Al corto rato oímos pasos que subían la escalera; pero era Eshcuid, el botánico, que venía a reunirse con nosotros después de una de sus largas caminatas. Traía consigo una planta casi tan alta como él con flores de un azul acerado.

—Este es sin duda el ejemplar más grande de esta especie que se haya encontrado jamás; nunca hubiese creído que un "matalobos azul" creciera en estas alturas —dijo lacónicamente y depositó la planta con un sin fin de precauciones sobre el alféizar de la ventana.

—Le va igual que a todos nosotros —pensé mientras lo observaba, y tuve la sensación de que Mr. Finch y Giovanni Braccesco estaban pensando en aquel momento lo mismo que yo, viejo como es, anda de un lado a otro sobre esta tierra como alguien que debe buscar su propia tumba sin poderla nunca hallar; colecciona plantas que mañana estarán secas; ¿por qué?, ¿para qué?

Parece no importarle. Sabe que su quehacer es estéril, como lo sabemos nosotros del nuestro, pero también a él lo debe haber desmoralizado la triste certeza de que todo lo que se comienza termina siendo inútil, tanto las empresas grandes como las pequeñas. Ya desde muy jóvenes comenzamos a ser como moribundos cuyos dedos tantean inquietos las ropas de la cama y que no saben de donde asirse; como moribundos que saben: la muerte está en esta habitación, qué importa entonces si en el momento mismo de morir las manos están plegadas o si están apretadas como puños.

—¿Adonde piensa ir cuando acá haya terminado la temporada de pesca? —preguntó el botánico después de echarle una última mirada a su planta y sentándose lentamente junto a la mesa.

Mr. Finch pasó los dedos de una mano por sus blancos cabellos, mientras con la otra seguía jugando distraídamente con un anzuelo; finalmente sé encogió de hombros sin levantar la vista.

—No sé —contestó al rato Giovanni Braccesco, como si la pregunta hubiese estado dirigida a él.

Debe haber pasado fácilmente una hora sin que habláramos una sola palabra; el silencio era tan total, que podía oír el latido de mis sienes. Por fin se abrió la puerta y en el vano de la misma quedaron enmarcados el cuerpo y la cara pálida y afeitada de Hieronymus Radspieiler. Su expresión era reposada y senil, como siempre, y su mano permaneció firme y tranquila mientras se servía una copa de vino y la alzaba como brindando a la salud de los presentes; pero en la habitación reinaba un clima de excitación contenida que había entrado, a mí no me cabía la menor duda, junto con él, transmitiéndose muy pronto a todos nosotros.

Sus ojos —que siempre parecían cansados y que tenían la peculiaridad de que sus pupilas nunca se contraían ni se dilataban, como si no reaccionaran a la luz, igualitos a botones de chaleco con un punto negro en el centro, según Mr. Finch— hoy parecían afiebrados e inquietos y recorrían indecisos las paredes y los estantes de libros, sin quedar fijos en ninguna parte. Giovanni Braccesco promovió un tema de conversación y comenzó a hablar acerca de nuestros extraños métodos para pescar esos bagres viejísimos y gigantescos, totalmente cubiertos de musgo, que viven allá abajo, en las profundidades inescrutables del lago, rodeados de una noche sin principio ni fin, que desdeñan todo manjar que pueda brindarles la naturaleza y que sólo se interesan por las formas caprichosas y extravagantes que nacen de la imaginación de los pescadores: manos de lata plateada y brillosa que realizan movimientos extraños en el agua, o murciélagos de vidrio rojo que esconden entre sus alas los ganchos traicioneros.

Hieronytnus Radspieller no prestaba atención. Para mí resultaba evidente qué sus ideas estaban en otra parte. Súbitamente estalló, era como cuando alguien se desprende violentamente de un secreto que ha estado guardando celosamente por demasiado tiempo y cuya fuerza sus labios ya no pueden contener:

—Hoy, por fin mi sonda tocó fondo.

Nosotros nos miramos consternados sin entender nada. Pero yo había quedado tan impresionado por la extraña emoción que había Vibrado en sus palabras, que no me pude concentrar enseguida en las explicaciones que nos dio a continuación acerca de los diversos procesos de medición y arqueo de aguas profundas: habría allí abajo —a muchas brazas de profundidad— torbellinos tan vertiginosos que rechazan cualquier sonda, la mantienen flotando en el agua e impiden que toque fondo, salvo que intervenga una coincidencia favorable. Y de pronto de su discurso se desprendió una frase como un disparo:

—Esta es la parte más profunda de la tierra a la que pudo llegar un instrumento hecho por la mano del hombre.

Estas palabras se grabaron a fuego en mi conciencia, sin que yo pudiera hallar una razón por la cual me resultaran tan inquietantes. En ellas se ocultaba sin duda un doble sentido fantasmal y, por un instante, me pareció que por su boca alguien invisible se estaba dirigiendo a mí por medio de símbolos obscuros e indescifrables.

Me era imposible quitar la vista de la cara de Radspieller; ¡qué espectral e irreal me pareció en ese momento! Si cerraba mis ojos podía verlo como aureolado por temblorosas llamitas azules; los fuegos de San Telmo, pensé, los fuegos de la muerte, y me vi obligado a apretar fuertemente los labios para que estas palabras, que me quemaban la lengua, no salieran de mi boca como un grito.

Por mi mente comenzaron a pasar, como en un sueño, algunos párrafos pertenecientes a libros escritos por Radspieller que yo había leído en mis ratos de ocio, asombrado siempre por la cantidad de conocimiento que allí se evidenciaba, en algunas Partes daba rienda suelta a su odio contra la religión, la fe, la esperanza y todo lo que en la Biblia hay de promisión.

Es el contragolpe —comprendí— que arroja su alma a las miserias de la tierra luego de un ascetismo ardiente y de una juventud atormentada por el éxtasis religioso: es el movimiento de péndulo propio del destino y que lanza a los hombres de la luz a la sombra. Me arranqué con violencia de ese adormecimiento paralizante que había hecho presa de mis sentidos, obligándome a prestar atención al relato de Radspieller, cuyo comienzo todavía despertaba en mí extraños ecos. En esos momentos sostenía en la mano la sonda de cobre haciéndola girar de tal manera que sus destellos brillaran a la luz de la lámpara, y mientras tanto iba diciendo:

—Ustedes, apasionados de la pesca, afirman que es sumamente excitante sentir que al otro extremo del cordel, que después de todo nunca sobrepasa las 200 yardas, se ha enganchado un pez muy grande, y con gran expectación aguardan a que el monstruo aparezca en la superficie y les eche agua a la cara. Pero ahora imagínense esa misma sensación multiplicada por mil, y tal vez comprendan qué sentí yo cuando este trozo de metal me avisó por fin: he tocado fondo. Para mí fue lo mismo que si mi mano acabara de llamar a una puerta. Este es el fin de un trabajo que duró decenios —agregó en voz baja, como para sí, y de su voz parecía desprenderse una pregunta temerosa—: ¿qué haré mañana?

—Y no es poco lo que para la ciencia significa el haber sondeado el punto de mayor profundidad sobre la tierra —intervino el botánico Eshcuid.

—¡Ciencia, para la ciencia! —repetía Radspieller como ausente, mientras nos contemplaba, uno a uno—: ¡Qué me importa a mí la ciencia! —le espetó.

Acto seguido se puso de pie apresuradamente. Y comenzó a pasearse por la habitación.

—A usted la ciencia le importa tan poco como a mí, profesor —le dijo a Eshcuid, y sonó como una interpelación—. ¿Por qué no llama a las cosas por su nombre? Para nosotros la ciencia no es más que un pretexto para hacer algo, cualquier cosa, no importa qué; la vida, la terrible, despiadada vida, ha marchitado nuestras almas, nos ha robado nuestro propio yo, y entonces, para no estar gritando siempre de dolor, andamos detrás de caprichos pueriles para olvidar lo que perdimos. Para olvidar, nada más que para eso. ¡No nos engañemos más a nosotros mismos!

Todos permanecíamos callados.

—Pero a ello hay que agregarle otro sentido más —de pronto pareció invadirlo una inquietud casi salvaje—; me refiero a nuestros caprichos. Lo he ido viendo muy poco a poco: una suerte de instinto mental me dice que cada acto que realizamos posee un doble sentido mágico. Lo cierto es que no podemos hacer nada que no sea mágico. Yo sé muy bien cuál es la causa ñor la que he estado sondeando ascuas durante casi la mitad de mi vida. Y también sé qué significado tiene que por fin haya logrado llegar al fondo, comunicándome así mediante un cordel muy largo y muy fino y a través de todos los torbellinos, con un reino al cual no Podrán llegar los rayos de este sol maldito cuyo mayor placer es dejar morir de sed a sus criaturas.

»Lo que realicé hoy no deja de constituir un acontecimiento externo e intrascendente, pero a cualquiera que sepa ver e interpretar lo que hay detrás de las cosas más simples, le basta con la sombra informe que se dibuja contra la pared para saber quién se ha puesto delante de la lámpara —ahora me sonreía con mal disimulada sorna—, y a usted le voy a explicar en muy pocas palabras qué importancia adquiere en mi interior este acontecimiento exterior: finalmente he podido hallar lo que estaba buscando, de aquí en más estaré inmunizado para siempre contra las serpientes venenosas de la fe y la esperanza que sólo pueden vivir en la claridad; lo he sentido así con el brinco que dio mi corazón cuando hoy pude ver cumplida mi voluntad al tocar el fondo del lago con mi sonda de cobre. Un acontecimiento exterior e intrascendente me acaba de mostrar su cara interior.

—¿Tan trágicas fueron las cosas que le ocurrieron en la vida, es decir, durante él tiempo en que fue eclesiástico? —preguntó Mr. Finch, agregando muy despacio, casi murmurando—: ¿Cómo se explicaría si no que su alma haya quedado tan malherida?

Radspieller no respondió y parecía estar viendo un cuadro recién surgido ante su vista; luego se sentó nuevamente junto a la mesa, posó su mirada en los rayos de luna que atravesaban la ventana y comenzó su relato como un sonámbulo, casi sin tomar aliento:

—Nunca fui eclesiástico, pero ya desde muy joven había algo en mí, una ansiedad obscura y potente que me alejaba de las cosas terrenales. He vivido horas en que el rostro de la naturaleza se transformaba ante mis ojos en la máscara siniestra del diablo, en tanto que las montañas, el agua, el cielo, todo el paisaje e incluso mi propio cuerpo me parecieron ser los muros insalvables de una cárcel. A ningún niño lo va a impresionar demasiado que una nube pasajera arroje fugazmente su sombra sobre una pradera iluminada por el sol, pero a mí ya me acometía en aquel entonces un terror paralizante y me parecía que una mano invisible y violenta me estaba arrancando una venda de los ojos, permitiéndome ver hasta lo más profundo de ese mundo secreto y tormentoso habitado por millones de minúsculos seres vivientes, que ocultos tras las briznas y raíces de las yerbas, se destrozaban mutuamente movidos por el odio.

»Tal vez sólo se tratase de una insania hereditaria —mi padre murió sumido en el delirio religioso— que me impedía ver a la tierra de otro modo que no fuese como a una cueva de bandidos inundada de sangre. Poco a poco toda mi vida se fue convirtiendo en el tormento constante de sentir que mi alma se moría de sed. No podía dormir ni pensar, y tanto de día como de noche mis labios formaban temblando y sin parar, mecánicamente, siempre la misma frase: ¡Sálvanos de todo mal! Hasta, que un día la debilidad me venció y pendí el conocimiento.

»En el valle en que he nacido existe una secta religiosa llamada por todos los Hermanos Azules, cuyos miembros, cuando sienten que su fin está cercano, se hacen enterrar vivos. Todavía puede verse el convento que mandaron construir y el escudo de piedra esculpido sobre la entrada principal: un acónito formado por cinco pétalos azules, de los cuales el superior se asemeja a una capucha de monje: el aconitum napellus, más conocido por «matalobos azul». Yo era un hombre muy joven cuando busqué refugio en esa orden, y casi un anciano cuando la abandoné.

»Detrás de los muros del convento hay un jardín en el que durante el verano florece un cantero repleto de esas flores azules de la muerte, y los monjes lo riegan con la sangre derramada por las Léridas que ellos mismos se producen. Cada uno tiene la obligación, al quedar incorporado a la comunidad, de plantar una de esas plantas, que al igual que en la ceremonia bautismal, recibe el nombre cristiano de quien la plantó. La mía se llamó Hieronymus y bebió de mi sangre mientras yo mismo me consumía durante años rogando en vano que se cumpliera el milagro de que el «jardinero invisible» regara las raíces de mi vida con una sola gota de agua.

»El contenido simbólico de este bautismo de sangre consiste en que el hombre plante mágicamente su alma en el jardín del Paraíso y que la fertilice con la sangre de sus deseos. Dice la leyenda, que sobre el sepulcro del fundador de aquella secta de ascetas, el también legendario cardenal Napellus, creció en una sola noche de luna llena uno de esos matalobos azules de una altura similar a la de un hombre: y que estaba totalmente cubierto de flores: y que cuando abrieron nuevamente la tumba, el cadáver había desaparecido. Se supuso por lo tanto que aquel santo varón se había convertido en esa planta y que de ella, la primera en el mundo, proceden todas las demás.

»Cuando en el otoño las flores se marchitaban, nosotros recolectábamos sus semillas venenosas muy similares a pequeños corazones humanos y que, según la doctrina secreta de los Hermanos Azules, son el grano de mostaza de la fe; quien la posee puede mover montañas, motivo por el cual nosotros las comíamos. Y del mismo modo en que un veneno muy fuerte puede alterar el corazón de un hombre colocándolo entre la vida y la muerte, así se esperaba qué la esencia de la fe transformara nuestra sangre y se convirtiera en fuerza milagrosa en horas de miedo mortal y maravilloso éxtasis.

»Pero yo logré llegar con la sonda de mi conocimiento a profundidades mucho mayores que esas milagrosas metáforas, di un paso más allá y pude enfrentarme con la cuestión cara a cara: ¿Qué sucederá con mi sangre cuando haya quedado preñada por el veneno de la flor azul? Y entonces las cosas a mi alrededor cobraron vida, hasta las piedras al borde del camino me gritaron con mil voces diferentes: Una y otra vez, con el retorno de cada primavera, será vertida para que crezca una nueva planta venenosa que llevará tu propio nombre.

»Y a partir de ese mismo instante pude despojar de su máscara al vampiro que había estado alimentando dentro mío y me sentí presa de un odio inextinguible. Salí al jardín y con mis pies hundí en el suelo la planta que me había robado mi nombre Hieronymus y que se había cebado con mi propia vida. De ahí en adelante mi vida pareció estar sembrada de acontecimientos milagrosos. Aquella misma noche tuve una visión: se me apareció el cardenal Napellus, llevando en la mano —con los dedos en la misma posición de quien transporta una vela— el acónito azul con su flor de cinco pétalos. Sus rasgos eran los de un cadáver, sólo en su mirada brillaba indestructible la vida.

»Se parecía tanto a mí mismo que creí verme ante mi propio rostro, al punto de tocarme espantado la cara como quien insiste en querer comprobar la existencia del brazo que le acaba de ser arrancado por una explosión... Luego me llegué hasta el refectorio y encendido por mi odio violé el armario —que según había oído decir, contenía las reliquias del cardenal Napellus— con el firme propósito de destruirlas. Pero sólo encontré ese globo terráqueo que ven allí en la repisa.

Radspieller se levantó, fue a buscar el globo y lo colocó sobre la mesa, prosiguiendo luego su relato:

—Lo llevé conmigo al huir del convento para hacerlo añicos y para que así no quedara nada de lo que alguna vez perteneciera al fundador de aquella secta.Más tarde cambié de idea y pensé que le haría sentir mucho más mi desprecio por él y su reliquia si la vendía y regalaba el dinero a una prostituta. Y así lo hice en cuanto se me presentó la ocasión. Desde entonces han pasado muchos años, pero yo no he dejado de pensar ni un solo minuto rastreando siempre las raíces invisibles de aquél otro acónito que envenena la sangre y los corazones de toda la humanidad, para poder arrancarlas de cuajo de mi propio corazón.

»Y como ya les dije al comenzar este relato, desde el momento mismo en que desperté a la claridad, fui tropezando con un milagro tras otro; pero yo me mantuve firme: ya no hubo fuego fatuo que me pudiera hacer volver al lodazal.

»Cuando comencé a coleccionar antigüedades (todo lo que ustedes pueden ver en esta habitación proviene de aquella época de mi vida) me topé con diversos objetos que me hicieron recordar los obscuros ritos de origen gnóstico y del siglo de los camisardos; incluso el anillo de zafiros que llevo en este dedo —que tiene grabado el mismo acónito que sirve de emblema a los Hermanos Azules— llegó a mis manos casualmente mientras revisaba la tienda de un vendedor de alhajas antiguas, y les aseguro que no despertó en mí ni los más remotos ecos de una emoción. Y el día en que un amigo me trajo de regalo este globo —el mismo que robé de un convento para luego venderlo y regalar el dinero obtenido, la reliquia del cardenal Napellus—, bueno, ese día no pude menos que reírme de esta amenaza pueril que parecía provenir de un azar absurdo y necio.

»No, hasta aquí, donde el aire es claro y transparente, ya no ha de llegarme nunca más el veneno de la fe y la esperanza; en estas alturas, donde sólo reinan los ventisqueros, el acónito azul no podrá crecer jamás. En mí tomó cuerpo la verdad con un sentido nuevo a través del viejo adagio: Quien quiera sondear las profundidades debe vivir en las alturas. Es por eso que no quiero bajar nunca más a ningún valle. Ahora he sanado; y aunque todos los milagros de los mundos angélicos me fuesen regalados, yo los arrojaría de mí como inservibles baratijas.

»Que el acónito azul siga siendo un medicamento ponzoñoso para los enfermos del corazón y los débiles habitantes de los valles; yo quiero vivir aquí arriba y morir a la vista de la rígida ley diamantina de las necesidades vitales inalterables, luz que no puede ser quebrada por ningún fantasma demoníaco. Yo seguiré sondeando y sondeando, sin meta y sin añoranza, alegre como un niño al que le basta con el juego y que aún no está apestado por la mentira según la cual la vida tiene objetivos más profundos; seguiré sondeando y sondeando... pero cada vez que logre tocar fondo se alzará en mí un grito de júbilo: siempre, siempre es tierra lo que toco, y nada más que tierra... esa orgullosa tierra que rechaza fríamente la traicionera luz del sol para devolverla al éter; la tierra que se mantiene fiel a sí misma por dentro y por fuera; del mismo modo que este globo terráqueo, la última triste herencia del gran cardenal Napellus, seguirá siendo siempre un tonto pedazo de madera, por fuera y por dentro.

»Y las negras fauces del lago me lo dirán siempre de nuevo: sobre la costra de la tierra siguen creciendo —nutridos por el sol— venenos espantosos, pero en su interior los abismos y los grandes precipicios permanecen inmunes, las profundidades se mantienen puras.

El rostro de Radspieller estaba desencajado a causa de la emoción que lo embargaba y su enfático discurso se quebró; ahora daba rienda suelta a su rencor.

—Si yo pudiera expresar un único deseo y esperar que éste se cumpliera —gritó casi, apretando los puños—, desearía poder llegar con mi sonda hasta el centro mismo de la tierra, para poder gritarlo luego y que el mundo entero me escuchara: ¡Miren, miren: tierra y nada más que tierra!

Nosotros levantamos la vista, asombrados por el repentino silencio que siguió al estallido.

Ahora estaba en pie delante de la ventana.

El botánico Eshcuid había sacado su lupa y se agachaba sobre el globo terráqueo; enseguida dijo en voz bien alta, como para disipar el malestar que entre todos nosotros habían despertado las últimas palabras de Radspieller:

—Esta reliquia debe ser una falsificación y provenir, si no me equivoco demasiado, de este mismo siglo; aquí están señalados —y puso el dedo sobre América— los cinco continentes.

Por más que esta frase haya sido dicha en un tono totalmente neutro y desapasionado, no logró quebrar la atmósfera deprimente en la que todos habíamos quedado aprisionados, y que se volvía más densa y amenazante según pasaban los segundos hasta convertirse en indisimulable angustia. Súbitamente, un olor dulce y perturbador, como de arraclán o adelfilla, invadió la habitación.

—Lo trae el viento desde el parque —quise decir, pero Eshcuid ya se había adelantado a mi desesperado intento por despejar ese aire de pesadilla que nos envolvía: había introducido la punta de una aguja en el globo y murmuraba algo como:

—Es extraño que este lago, un punto tan minúsculo, figure en el mapa.

En ese mismo momento la voz de Radspieller volvió a despertar y lo interrumpió con tono agudo:

—¿Alguien puede explicarme por qué ya no me persigue más de día y de noche, como antes, la imagen de su eminencia el gran cardenal Napellus? En el Código Nazareno, el libro de los azules monjes gnósticos, escrito 200 años antes de Cristo, está la profecía para el neófito: Quien riegue la planta mística con su propia sangre hasta el fin, será fielmente acompañado por ella hasta las mismas puertas de la vida eterna; pero al impío que ose arrancarla lo enfrentará cara a cara como la misma muerte, y su espíritu vagará sin derrotero para perderse en las tinieblas hasta que llegue la nueva primavera.

»¿Dónde está el valor de estas palabras? ¿Se ha muerto acaso? Yo sólo les diré una cosa: contra mí se estrelló una profecía de dos milenios. ¿Por qué no viene a enfrentarme cara a cara para que yo pueda escupirle en la suya, a él, el cardenal Nap...

Un tartajeante estertor le arrancó a Radspieller la última sílaba de la boca; había visto la planta que el botánico colocara horas antes sobre el alféizar de la ventana y la miraba con ojos desorbitados.

Mi primera intención fue la de levantarme y correr en su ayuda. Pero un grito de Giovanni Braccesco me retuvo:

La corteza apergaminada del globo se había desprendido bajo la insistente presión de la aguja de Eshcuid del mismo modo en que se desprende la cascara de una fruta madura, y ante nosotros quedó al descubierto una gran esfera de cristal. En su interior podía verse el resultado de una obra de artesanía excepcional: la figura de un cardenal con capa y sombrero, que en la mano traía como quien porta una vela encendida una planta con flores de cinco pétalos de un azul acerado. Paralizado de espanto como estaba, apenas si atiné a girar la cabeza hacia donde se encontraba Radspieller.

Estaba nuevamente parado junto a la ventana, rígido y cadavérico, y tan inmóvil como la estatuilla de la esfera de cristal; y como ella sostenía en su mano el acónito azul, en tanto que no podía quitar la vista del rostro del cardenal. Sólo el brillo de sus ojos revelaba que aún estaba vivo; pero nosotros comprendimos claramente que su espíritu se había hundido para ya nunca más volver en la noche de la demencia.

Eshcuid, Mr. Finch, Giovanni Braccesco y yo nos despedimos a la mañana siguiente, casi sin palabras: las últimas horas de la noche anterior aún repercutían en nuestras mentes pesarosas y el desconcierto sellaba nuestros labios. He seguido viajando por el mundo, solo y sin plan previo, pero nunca me he vuelto a encontrar con ninguno de ellos.

Una sola vez, después de muchos años, mi camino me llevó hasta aquella región: del castillo ya no quedaban más que los muros, pero entre las ruinas se extendía, quemado por el sol de las alturas, en un gran cantero azul: el Aconitum napellus.

Gustav Meyrink (1868-1932)




Relatos góticos. I Relatos de Gustav Meyrink.


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El análisis y resumen del cuento de Gustav Meyrink: El cardenal Napellus (Der Kardinal Napellus), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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