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«Soneto de los muertos insomnes»: Anthony Boucher; poema y análisis.


«Soneto de los muertos insomnes»: Anthony Boucher; poema y análisis.




«Y entonces vi (este fue el cuchillo
que liberó mi mente de la frágil red de la cordura)
sus ojos, demasiado brillantes con aquello que no era vida.»



Soneto de los muertos insomnes (Sonnet of the Unsleeping Dead) es un poema gótico del escritor norteamericano Anthony Boucher (1911-1968), publicado bajo el seudónimo William Anthony Parker White en la edición de marzo de 1935 de la revista Weird Tales. Más tarde sería reeditado por August Derleth en la antología de Arkham House 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

Soneto de los muertos insomnes, uno de los poemas de Antony Boucher menos conocidos, combina varios tropos de la literatura gótica al recrear una escena que parece sacada de un cuento de Edgar Allan Poe.


Aquella noche, cuando el clamor del mar
se unió al repiqueteo de la lluvia
para cubrir su tumba recién excavada,
pensé con angustia que jamás
volvería a conocer la desesperación.
Viudo de belleza, decidí
llevar el horror a mi lecho solitario.
Entonces, versado en conocimientos arcanos,
resolví el enigma de la vida y la muerte.
Se pronunciaron las últimas palabras perdidas
y se aplicaron los últimos ungüentos sobre la carne rígida.
Su gélida estancia más allá de la tumba había terminado;
se movía. Y entonces vi (este fue el cuchillo
que liberó mi mente de la frágil red de la cordura)
sus ojos, demasiado brillantes con aquello que no era vida.


El Orador de Soneto de los muertos insomnes nos sitúa en «aquella noche», cerca del mar [su «clamor» es audible], durante una tormenta. Estamos frente a la tumba recientemente profanada de una mujer.

El Orador decide exhumar el cuerpo de su amada y llevarlo a su «lecho solitario». Entonces, afirma, emplea sus «conocimientos arcanos», aquellos que le permitieron resolver «el enigma de la vida y la muerte», para traerla de regreso a la vida. Pronuncia «las últimas palabras» del rito, aplica «los últimos ungüentos sobre la carne rígida» y, de repente, la muerta se mueve.

Entonces, como si el horror del retorno de la tumba no fuera suficiente, el Orador observa algo en la mujer que arrebata su «mente de la frágil red de la cordura». Los ojos de la mujer brillan «con aquello que no era vida».

El Orador de Soneto de los muertos insomnes es un reanimador de cadáveres, pero no al estilo de Victor Frankenstein, que emplea la ciencia y la tecnología para llevar a cabo sus experimentos. En cambio, utiliza «conocimientos arcanos», es decir, la nigromancia, a través de «palabras» [mágicas] y «ungüentos» [ver: Nigromancia: el arte de invocar a los muertos y regresarlos a la vida]. Tampoco parece haber nada especial en el lugar de entierro de la mujer. No estamos en un Cementerio de animales, es decir, en una tierra con atributos especiales.

En todo caso, el Orador bordea la misma línea de algunos cuentos macabros de E.A. Poe, como Berenice, Morella y Ligeia, aunque desconocemos los motivos de la exhumación [ver: Mi esposa nigromante: análisis de «Ligeia»]. También se aleja de Poe en otro punto: el Orador pierde la «cordura» recién cuando la reanimada abre los ojos y estos brillan «con aquello que no era vida»; es decir, con un tipo de existencia intermedia, una no-muerte [ver: No-Muertos en el folklore y la psicología]. Esto implica que durante todo el proceso de exhumación y rituales [en los cuales se incluye la aplicación de «ungüentos» sobre el cadáver] el hombre permaneció en dominio de sus facultades; por lo que puede deducirse que se trata de un individuo curtido. Lo que sea que haya brillado en los ojos debió ser terrible.

Otra interpretación podría afirmar que esta «locura» a la que accede el Orador toca otra cuerda de E.A. Poe cuando habla de «la locura como sublime forma de la inteligencia». En este sentido, el horror final de la reanimación se convierte en sabiduría. El Orador pierde la cordura y accede a un grado de conocimiento que solo puede coexistir con la locura [ver: E.A. Poe y la Locura como sublime forma de la inteligencia]

Tal vez el Orador sea simplemente un imprudente estudioso de las artes negras que, desesperado por la muerte de su amada, decide revivirla una noche de tormenta. Después de todo, el resultado final lo sorprende, por lo que es lícito suponer que se trata de su primer procedimiento []habida cuenta que pierde la cordura en este]. Sin embargo, algunos elementos en el poema hacen pensar otra cosa. Por ejemplo, el hecho de que el Orador lleve a su cama a la muerta [dice: «mi lecho solitario»], le susurre palabras mágicas, unte su cuerpo desnudo con sustancias, y ella, después de toda esa agitación, de pronto se mueva, entreabra los ojos y revele un destello inusual en el humor vítreo, podría ser el resultado de otro tipo de maniobras detestables, además de la magia negra [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]




Soneto de los muertos insomnes.
Sonnet of the Unsleeping Dead, Anthony Boucher (1911-1968)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Aquella noche, cuando el clamor del mar
se unió al repiqueteo de la lluvia
para proteger su tumba recién excavada,
pensé con angustia que jamás
volvería a conocer la desesperación.
Viudo de belleza, decidí
llevar el horror a mi lecho solitario.
Entonces, versado en conocimientos arcanos,
resolví el enigma de la vida y la muerte.
Se pronunciaron las últimas palabras perdidas
y se aplicaron los últimos ungüentos sobre la carne rígida.
Su gélida estancia más allá de la tumba había terminado;
se movía. Y entonces vi (este fue el cuchillo
que liberó mi mente de la frágil red de la cordura)
sus ojos, demasiado brillantes con aquello que no era vida.


That night when all the clamor of the sea
met with the pelting clatter of the rain
to guard her fresh-dug tomb, despairingly
I thought I could not know despair again.
The widower of beauty, I resolved
to take fair horror to my lonely bed.
Now wise in arcane learning, I had solved
the riddle of the living and the dead.
The last lost words were spoken, and the last
unguents bestowed upon the rigid flesh.
Her chill sojourn beyond the tomb was past;
she moved. And then I saw (this was the knife
which freed my mind from sanity's frail mesh)
her eyes too bright with that which was not life.


Anthony Boucher (1911-1968)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Anthony Boucher.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Anthony Boucher: Soneto de los muertos insomnes (Sonnet of the Unsleeping Dead), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Señor Lupescu»: Anthony Boucher; relato y análisis


«Señor Lupescu»: Anthony Boucher; relato y análisis.




Señor Lupescu (Mr. Lupescu) es un relato de terror del escritor norteamericano Anthony Boucher (1911-1968), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1945 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por August Derleth en la antología de 1947: Los durmientes y los muertos (The Sleeping and the Dead:).

Señor Lupescu, uno de los mejores cuentos de Anthony Boucher, relata la historia de Bobby, un niño con un amigo imaginario muy singular, llamado Señor Lupescu (ver: Conocí al amigo imaginario de mi hijo)

SPOILERS.

Señor Lupescu es un relato muy breve, eficaz, donde Anthony Boucher se las arregla hábilmente para introducir dos grandes sorpresas. Aquí, Bobby empieza a jugar con un amigo imaginario, el Señor Lupescu, quien aparece cuando sus padres se separaron. Aunque Bobby lo describe como un ser de aspecto extravangante, casi circense, mezcla de payaso y demonio, el Señor Lupescu no parece constituir una verdadera amenaza. Simplemente juega con el muchacho, pasa tiempo con él, algo que su padre evita a toda costa. El verdadero peligro parece girar alrededor de una tercera entidad imaginaria, llamada Gorgo (ver: El Hombre del Sombrero y la Amiga Imaginaria)

Lo cierto es que el amigo imaginario del pequeño Bobby, el Señor Lupescu, resulta ser bastante real: el hombre de la gran nariz roja, guantes y ojos rojos, es en realidad el tío Alan con un monstruoso cambio de imagen. El plan de Alan consiste en matar al padre de Bobby, Robert, porque quiere volver con su examante, Marjorie, quien solo se casó con Robert por su dinero. De este modo, Alan asesina a su rival, vestido como el Señor Lupescu, y en presencia de Bobby, confiando en que la historia que contará el muchacho será lo suficientemente descabellada como para que nadie la crea. Desafortunadamente para Alan, el aterrador Gorgo, con el que asusta a Bobby, tampoco resulta ser una invención (ver: Los Tulpas y el Horror: nos acecha lo que pensamos)

Señor Lupescu de Anthony Boucher explora un dispositivo bastante usado en la ficción extraña, y que podríamos denominar como el amigo no tan imaginario, básicamente una subversión del amigo imaginario; es decir, una entidad que se supone es imaginaria, pero que a debido a una acumulación de coincidencias, o a causa de una evasión deliberada por parte de este personaje, los demás no lo ven. Generalmente, al final de este tipo de historias la existencia real del amigo imaginario es probada y su testigo principal es reivindicado, pero esto no siempre sucede. Aquí, Bobby probablemente termine siendo acusado del asesinato de su padre.

La primera víctima de este relato de Anthony Boucher es la imaginación de Bobby, pero es esa misma imaginación la que permite el demoledor efecto final de Señor Lupescu. En definitiva, Alan utiliza un disfraz y se gana la confianza de Bobby con historias de viajes por la Vía Láctea, pero también introduce un elemento que terminará siendo su perdición. Le infunde miedo al muchacho con una criatura, llamada Gorgo, una especie de enemigo imaginario que castigará a Bobby si se porta mal.

Eventualmente, el Señor Lupescu le pide a Bobby que lo lleve a su casa para encontrarse con su padre, Robert. El Señor Lupescu mata al hombre. Por supuesto, nadie creerá la historia del único testigo del asesinato, Bobby, dejando a la policía completamente desconcertada. Alan se va a casa y destruye el disfraz del Señor Lupescu, satisfecho de saber que Marjorie, ahora una viuda rica, está disponible. Sin embargo, la entidad que Alan había imaginado para infundirle miedo al muchacho, Gorgo, lo está esperando para castigarlo (ver: Tulpas, Seres Interdimensionales y una elegante teoría sobre el Horror)

Señor Lupescu de Anthony Boucher es un gran relato, con un final notable gracias a este monstruo aterrador y no descrito, Gorgo. En cierto modo, el cuento podría estar inspirado parcialmente en dos clásicos: Así niego a Beelzy (Thus I Refute Beelzy), de John Collier, donde los productos de la fantasía de un niño resultan ser mucho menos imaginarios de lo que parece; y La cosa en el sótano (The Thing in the Cellar), de David H. Keller, donde el monstruo imaginario de un niño termina siendo una entidad demoníaca muy real (ver: Georgie vs. Pennywise: el sótano arquetípico)




Señor Lupescu.
Mr. Lupescu, Anthony Boucher (1911-1968)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Las tazas de té vibraban y las llamas parpadeaban sobre la madera.

—Alan, me gustaría que pudieras hacer algo con Bobby.

—¿No es el trabajo de Robert?

—Oh, ya conoces a Robert. Está muy ocupado haciendo el bien en formas abstractas y agradables.

—Y titulares.

—No puede molestarse con cosas como el señor Lupescu. Después de todo, Bobby es solo su hijo.

—Y el tuyo, Marjorie.

—Y el mío. Pero cosas como éstas requieren un hombre, Alan.

La habitación era cálida y tranquila; Alan estiró sus largas piernas junto al fuego y se sintió cómodo, doméstico. Marjorie lo tranquilizaba incluso cuando estaba inquieto. La luz del fuego hizo cosas con su cabello y la curva de su blusa.

Un pequeño torbellino entró a gran velocidad y se detuvo solo cuando Marjorie dijo:

—¡Bobby! Saluda al tío Alan.

Bobby saludó y se paró tentativamente sobre un pie.

—Alan... —lo instó Marjorie.

Alan se sentó derecho y trató de parecer paternal.

—Bueno, Bobby —dijo—. ¿Adónde vas con tanta prisa?

—A ver al señor Lupescu, por supuesto. Suele venir por las tardes.

—Tu madre me ha estado hablando del señor Lupescu. Debe ser todo un personaje.

—Oh, te diré que lo es, tío Alan. Tiene una gran nariz roja y guantes rojos y ojos rojos, no como cuando has estado llorando, pero realmente rojos como los tuyos son marrones, y pequeñas alas rojas que se mueven solo que él no puede volar con ellas porque son rudimentarias, dice. Y habla como, oh, no puedo hacerlo, pero es genial, lo es.

—Lupescu es un nombre divertido para un hada, ¿no es así, Bobby?

—¿Por qué? El señor Lupescu siempre dice por qué todas las hadas tienen que ser irlandesas. Porque se necesitan de todo tipo, ¿no?

—¡Alan! —dijo Marjorie—. No veo que estés haciendo nada bueno. Le hablas así en serio y simplemente le haces pensar que es en serio. Y tú lo sabes mejor, ¿no es así, Bobby? Solo estás bromeando con nosotros.

—¿Bromas? ¿Sobre el señor Lupescu?

—Marjorie, no… Escucha, Bobby. Tu madre no quiso insultar al señor Lupescu. Simplemente no cree en lo que nunca ha visto y no puedes culparla. Ahora, que tal si nos llevas al jardín y nos presentas al señor Lupescu. ¿No sería divertido?

Bobby negó con la cabeza con gravedad.

—No para el señor Lupescu. No le gusta la gente. Solo niños pequeños. Y dice que si alguna vez llevo gente a verlo, dejará que Gorgo me atrape. Ahora, adiós.

Y el torbellino se fue.

Marjorie suspiró.

—Al menos gracias a Dios por Gorgo. Nunca puedo obtener una imagen muy clara de Bobby, pero dice que el señor Lupescu cuenta las cosas más terribles sobre él. Y si hay algún problema con las verduras o el cepillado de los dientes, todo lo que tengo que decir es Gorgo y listo.

Alan se levantó.

—No creo que tengas que preocuparte, Marjorie. El señor Lupescu parece hacer más bien que mal, y una imaginación activa no es una maldición para un niño.

—No has vivido con el señor Lupescu.

—Para vivir en una casa como esta, me arriesgaría —se rió Alan—. Pero, por favor, perdóname ahora, volvamos a la cabaña y a la máquina de escribir. En serio, ¿por qué no le pides a Robert que hable con él?

Marjorie extendió las manos con impotencia.

—Lo sé. Siempre soy yo quien asume responsabilidades. Y, sin embargo, te casaste con Robert.

Marjorie se rió.

—No lo sé. De alguna manera, hay algo acerca de Robert...

Su vago gesto incluyó al Degas original sobre la chimenea, el excelente juego de té e incluso el lacayo con librea que entró en ese momento para retirar las cosas.

El señor Lupescu estuvo maravilloso esa tarde. Tenía como una especie de picazón en las alas y se movía todo el tiempo.

—Polvo de estrellas, dijo. Hace cosquillas. Lo conseguí en la Vía Láctea. Un amigo mío tiene una ruta de carromatos allí.

El señor Lupescu tenía muchos amigos, y todos hicieron algo en lo que nunca pensarías, ni en un millón de años. Por eso no le gustaba la gente, porque la gente no hace cosas de las que puedas contar historias. Simplemente trabajan o se ocupan de la casa o son madres o algo así.

Pero uno de los amigos del señor Lupescu era capitán de un barco. Hizo viajes con él y regresó y les contó todo lo que estaba sucediendo en este mismo minuto hace quinientos años. Y otro de los amigos era un ingeniero de radio, solo él podía sintonizar todos los reinos de las hadas y el señor Lupescu hacía garabatear su nariz roja y la giraba como un dial y hacía ruidos como todos los reinos de las hadas que se acercan al mundo.

Y luego estaba Gorgo, solo que no era un amigo, no exactamente; ni siquiera del señor Lupescu.

Llevaban jugando un par de semanas, solo que en realidad debieron ser horas, porque Mamselle aún no había gritado sobre la cena, pero el señor Lupescu dice que el tiempo es divertido. Entonces frunció los ojos y dijo:

—Bobby, entremos en la casa.

—Pero hay gente en la casa y tú no...

—Sé que no me gusta la gente. Por eso vamos a la casa. Vamos, Bobby, o yo...

Entonces, ¿qué podrías hacer cuando ni siquiera querías escucharlo decir el nombre de Gorgo? Entró en el estudio de papá por la ventana francesa y era una regla estricta que nadie entrara nunca en el estudio de papá, pero las reglas no eran para el señor Lupescu.

Papá estaba hablando por teléfono diciéndole a alguien que intentaría estar en un almuerzo, pero había una reunión del comité esa misma mañana. Mientras hablaba, el señor Lupescu se acercó a una mesa, abrió un cajón y sacó algo. Cuando papá colgó, vio a Bobby primero y comenzó a enojarse mucho. Él dijo:

—Jovencito, ya nos has molestado bastante a tu madre y a mí con todas tus historias sobre tu señor Lupescu de alas rojas.

Tienes que ser educado y presentar a la gente.

—Padre, este es el señor Lupescu. Y mira, tiene alas rojas.

El señor Lupescu apuntó con la pistola que había sacado del cajón y le disparó a padre en la frente. Hizo un pequeño agujero limpio y un gran agujero desordenado en la parte posterior. Padre cayó, estaba muerto.

—Ahora, Bobby —dijo el señor Lupescu—, mucha gente vendrá aquí y te hará muchas preguntas. Y si no dices la verdad sobre lo que sucedió, exactamente, enviaré a Gorgo a buscarte.

Luego, el señor Lupescu salió por la ventana francesa.


***

—Es un caso curioso, teniente —dijo el médico forense—. Es una suerte que haya incursionado un poco en la psiquiatría. Al menos puedo darte una pista hasta que cuentes con los expertos. La afirmación del niño de que su hada padrino le disparó a su padre es obviamente un mecanismo de vuelo simple, susceptible de dos interpretaciones:

»(A), el padre se pegó un tiro; el niño estaba tan horrorizado por la vista que se negó a aceptarlo e inventó esta explicación. (B), el niño le disparó al padre, digamos por accidente, y le echó la culpa a su chivo expiatorio imaginario. Esta segunda opción, por supuesto, tiene implicaciones más siniestras: si el niño hubiera resentido a su padre y hubiera creado un sustituto ideal, podría hacer que el sustituto destruyera la realidad... Pero ahí está la solución para el testimonio de un testigo ocular. Cuál alternativa es la verdadera, teniente, lo dejo a sus investigaciones sobre el motivo y la evidencia de balística y huellas dactilares. El ángulo de la herida coincide con cualquiera.


***

El hombre de la nariz y los ojos rojos, los guantes y las alas caminó por el sendero de atrás hasta la cabaña. En cuanto entró, se quitó el abrigo, se quitó las alas y el mecanismo de cuerdas y goma que las hacía temblar. Los colocó encima de la pila de leña preparada y encendió el fuego.

Cuando el fuego ardió con ganas, agregó los guantes. Luego se quitó la nariz, amasó la masilla hasta que el rojo de su exterior se desvaneció en el marrón neutro de la masa, la metió en una grieta en la pared y la alisó. Luego se quitó las lentillas de iris rojo de sus ojos marrones y fue a la cocina, encontró un martillo, las convirtió en polvo y arrojó el polvo por el fregadero.

Alan empezó a servirse una copa y descubrió, para su agradable sorpresa, que no la necesitaba especialmente. Pero se sentía cansado. Podía recostarse y recapitularlo todo, desde la invención del señor Lupescu (y Gorgo y el hombre de la Vía Láctea) hasta el éxito de hoy y el del futuro, cuando Marjorie, dócil y confiada en Marjorie, fuese más deseable que nunca, como viuda y heredera de Robert. Y Bobby necesitaría un hombre que lo cuidara.

Alan entró en el dormitorio. Pasaron varios años en los pocos segundos que tardó en reconocer lo que le esperaba en la cama, pero ya sabes, el tiempo es gracioso.

Alan no dijo nada.

—Señor Lupescu, supongo —dijo Gorgo.

Anthony Boucher (1911-1968)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Anthony Boucher.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Anthony Boucher: Señor Lupescu (Mr. Lupescu), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Muerden»: Anthony Boucher; relato y análisis


«Muerden»: Anthony Boucher; relato y análisis.




Muerden (They Bite) es un relato de terror del escritor norteamericano Anthony Boucher (1911-1968), publicado originalmente en la edición de agosto de 1943 de la revista Unknown Worlds, y luego reeditado en la antología de 1955: Lejos y hace tiempo (Far and Away).

Muerden, probablemente uno de los cuentos de Anthony Boucher más reconocidos, relata la historia de Hugh Tallant, un espía independiente que encuentra en el desierto a una familia de vampiros con habilidades realmente sorprendentes.

SPOILERS.

Muerden de Anthony Boucher nos sitúa en el desierto del suroeste de los Estados Unidos. Allí, Un sujeto llamado Hugh Tallant observa subrepticiamente lo que sucede en una base del ejército. No sabemos sus intenciones, ni para quién trabaja, pero eso no importa demasiado. Tallant se aloja en una vieja casa de adobe que los lugareños consideran embrujada. Los rumores sostienen que el lugar está asociado con una banda de caníbales blancos que aprendieron los secretos de la magia negra de los indios.

Estos seres poseen habilidades extrañas. Por ejemplo, la gente los percibe como una presencia inquietante, pero nunca los ve abiertamente. Son furtivos, astutos, y pequeños. El clímax del relato tiene lugar en la casa de adobe, donde Tallant descubre que estos vampiros son, en realidad, momias animadas de poco más de un metro de altura. Sin dudas una rareza entre las razas de vampiros en la ficción.

Resulta interesante como Anthony Boucher va construyendo la leyenda alrededor de estos caníbales momificados a través de las habladurías de los aldeanos. H.P. Lovecraft también utiliza los rumores de los lugareños en La sombra sobre Innsmouth (The Shadow Over Innsmouth) —en este caso, sobre degenerados híbridos mitad pez, mitad hombre—; y, al igual que el maestro de Providence comenta que el gobierno realizó una redada para acabar con los hombres-pez de Innsmouth, en Muerden nos enteramos que el ejército lanzó en el pasado una operación para acabar con los caníbales.

Pero Tallant no se parece a los protagonistas lovecraftianos. Se asemeja más a los antihéroes de Henry Kuttner —sobre todo el protagonista de Las ratas del cementerio (The Graveyard Rats)—; es decir, se trata de un imbécil, además de un cínico, cuyos malvados planes lo ponen a merced de un mal infinitamente mayor.

Ahora bien, ¿quiénes son estos vampiros momificados? Sabemos que merodean en el desierto de California, escondidos, hambrientos, arrebatando lo que pueden (ver: Ghouls: vampiros de los cementerios). Anthony Boucher construye una leyenda a su alrededor con algunas referencias culturales y descripciones asombrosamente imprecisas. Por ejemplo, las entidades serían parte de la familia Carker, quienes solían matar y comerse a los viajeros. A su vez, se plantea la hipótesis de que estos formaban parte de la banda de los Bender (que, según este relato, se comían a sus víctimas) después de salir de Kansas. En cualquier caso, no son estrictamente caníbales. Puede que lo hayan sido una vez, pero han cambiado bajo el sol del desierto. Ahora son cosas delgadas, resecas, que se ven por el rabillo del ojo, entidades fronterizas entre lo desconocido, las leyendas nativas, y la depravación documentada del hombre blanco en aquellas tierras.

A título personal, Muerden de Anthony Boucher es interesante pero no por su afición a las mordidas, las extremidades amputadas o las extrañas tribus caníbales y sus cementerios malditos. Lo más interesante es este elemento de «ser observado» por alguien, o algo, que no podemos ver, pero que de algún modo podemos percibir a través del miedo, y que nos obliga a mirar constantemente por encima del hombro (ver: La biología de los Monstruos).

En este contexto, Anthony Boucher hace un excelente uso de la repetición y la sugestión para recordar al lector la existencia de estos tenaces depredadores que alguna vez fueron hombres. En cierto modo, esto lo relaciona con los grandes maestros del horror intangible, aunque a una escala más discreta. Dos ejemplos notables, y superiores, son La casa vacía (The Empty House), de Algernon Blackwood; y El fresno (The Ash Tree), de M.R. James (ver: Invisibilidad en la ficción)




Muerden.
They Bite, Anthony Boucher (1911-1968)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


No había camino, solo el ascenso casi vertical, roca desmenuzada durante unos pocos metros, con las raíces de la salvia bebiendo su escasa vida en el suelo seco. Luego, afloramientos irregulares de toscos riscos, a veces con puntos de apoyo accidentales, a veces con ramas que sobresalían, a veces sin ayuda para trepar, excepto el de sus músculos y el ingenio de su equilibrio.

La salvia era tan dramáticamente verde como la roca era dramáticamente marrón. El único color eran las espigas rosadas ocasionales de un cactus.

Hugh Tallant subió al último pináculo. Tenía un aspecto modelado: una fortaleza petrificada de liliputienses, un Gibraltar de pigmeos. Tallant se encaramó en sus almenas y se quitó los prismáticos. El valle desértico se extendía debajo de él. Vio el Oasis, un exiguo grupo de palmeras que daba refugio a su propia tienda y a la choza que estaba construyendo, la carretera sin salida que conducía directamente a la nada, los terrenos baldíos.

Pero Tallant no reparó en nada de eso. Sus ojos estaban fijos más allá del oasis y la ciudad del Oasis en el lago seco. Los planeadores le parecían claros y vívidos, y los hombres uniformados ocupados con ellos eran tan nítidos y minuciosamente visibles como un nido de hormigas bajo un cristal. La escuela de formación estuvo más activa de lo habitual. Un planeador en particular, extraño para Tallant, parecía el foco de atención. Los hombres venían, lo examinaban y miraban los modelos más antiguos en comparación.

Solo el rabillo del ojo izquierdo de Tallant no estaba preocupado por el nuevo planeador. En ese rincón se movió algo, algo pequeño, delgado y marrón como la tierra. Demasiado grande para un conejo, demasiado pequeño para un hombre. Se lanzó a través de ese ángulo de visión, y Tallant encontró extrañamente difícil de concentrarse en los planeadores.

Dejó los bifocales y miró deliberadamente a su alrededor. Examinó el área estrecha y plana de la cresta. Nada se movió. Nada se destacó contra la salvia y la roca, excepto un cactus de púas rosadas. Volvió a tomar los binoculares y reanudó sus observaciones. Cuando terminó, ingresó metódicamente los resultados en el pequeño cuaderno negro.

Su mano todavía estaba helada. El desierto es frío y, a menudo, sin sol en invierno. Pero era una mano firme, y tan bien entrenada como sus ojos, plenamente capaz de registrar fielmente los diseños y dimensiones que sus ojos veían con tanta precisión.

En cierto momento se le resbaló la mano, y tuvo que borrar y volver a dibujar, dejando una mancha que le disgustó. La cosa delgada y marrón se había deslizado por el borde de su visión nuevamente. Dirigiéndose hacia el borde este, juraría, donde ese conjunto de rocas sobresalían como las espinas en la espalda de un estegosaurio.

Sólo cuando terminó sus notas cedió a la curiosidad, e incluso entonces al cínico reproche. Estaba físicamente cansado, un estado inusual para él, por esta escalada y por limpiar el terreno para su futura choza. Los músculos de los ojos juegan extraños trucos nerviosos. No podía haber nada detrás de la armadura del estegosaurio.

No había nada. Nada vivo y en movimiento. Sólo el cadáver desgarrado y medio desplumado de un pájaro, que parecía como si hubiera sido roído por algún animalito.

Estaba a mitad de camino de la colina (en terminología occidental, aunque en cualquier lugar al este de las Montañas Rocosas se la habría considerado una montaña considerable) cuando Tallant volvió a vislumbrar una figura en movimiento.

Pero esto vez no fue un truco de un ojo nervioso. No era pequeño ni delgado ni marrón. Era alto y ancho y vestía una llamativa chaqueta de leñador roja y negra. Gritó: ¡Tallant!, con una voz alegre.

Tallant se acercó al hombre y dijo:

—Hola —hizo una pausa y agregó—: Me llevas ventaja con el nombre, creo.

El hombre sonrió ampliamente.

—¿No me conoces? Bueno, me atrevería a decir que diez años es mucho tiempo, y el desierto de California no es como los campos de arroz chinos. ¿Cómo van las cosas? ¿Todavía cargado de secretos en venta?

Tallant intentó desesperadamente no reaccionar a ese comentario, pero se puso un poco rígido.

—Lo siento. El atuendo me había engañado. Es bueno verte de nuevo, Morgan.

Los ojos del hombre se entrecerraron.

—Solo estaba haciendo mi pequeña broma —sonrió—. Por supuesto que no tendrías ninguna razón seria para escalar montañas alrededor de una escuela de planeadores, ¿verdad? Y necesitarías prismáticos para vigilar los bonitos pajaritos.

—Estoy aquí por mi salud.

La voz de Tallant sonaba antinatural incluso para él.

—Claro, claro. Siempre estuviste en esto por tu salud. Y, ahora que lo pienso, mi propia salud no ha sido muy buena últimamente.

—Tonterías, viejo. Puedes ver…

—Odiaría contarle a cualquiera de esos hombres del ejército en el campo algunas de las historias que conozco sobre China y el tipo de hombres que solía conocer allí.

—Te diré una cosa —sugirió Tallant con brusquedad—. Se está acercando el atardecer, y mi tienda está sin terminar como para recibir visitas nocturnas. Pero pasa por la mañana y hablaremos de los viejos tiempos. ¿El ron sigue siendo tu bebida?

—Claro que sí. Algo caro ahora, ¿comprendes?

—Pondré un poco. Podrás encontrar el lugar fácilmente, junto al oasis. Y nosotros... también podríamos hablar.

Los delgados labios de Tallant estaban firmes mientras se alejaba.

***


El camarero abrió una botella de cerveza y la arrojó sobre el mostrador rodeado de humedad.

—Son veinte centavos —dijo, y luego agregó como una ocurrencia tardía—: ¿Quieres un vaso? A veces los turistas beben en vasos.

Tallant miró a los demás que estaban sentados en la barra: el anciano de ojos rojos y sin afeitar, el sargento de vuelo bebiendo una Coca-Cola infelizmente, el joven de la gabardina larga y sucia.

—Supongo que soy un turista —dijo.

Esta fue la primera vez que Tallant tuvo la oportunidad de visitar Desert Sport Spot y mezclarse un poco con la gente de la comunidad. De lo contrario, es fácil despertar sospechas, incluso comentarios y preguntas incómodas: ¿Quién es ese hombre que está junto al oasis? ¿Por qué no lo ve nunca en ningún lado?

El bar estuvo tranquilo esa noche. Los cuatro en el mostrador, dos muchachos del ejército jugando al billar y media docena de lugareños reunidos alrededor de una mesa de póquer, limpiando sobria y sin palabras a un obrero de la construcción cuya mente parecía estar más en su cerveza que en sus cartas.

—¿Estás de paso? —preguntó el camarero sociablemente.

Tallant negó con la cabeza.

—Me estoy mudando. Cuando el ejército me rechazó por mis pulmones, decidí que era mejor hacer algo al respecto. Escuché tanto sobre su clima aquí que pensé que mejor podría intentar pasar un tiempo aquí.

—Seguro —asintió el camarero—. Salvo los que vienen a la escuela de planeadores, casi todos los tipos que conozco en el desierto están aquí por su salud. Yo tenía sinusitis, y mírame ahora. Es el aire.

Tallant respiró la atmósfera de humo y espuma de cerveza, pero no sonrió.

—Estoy deseando que lleguen los milagros.

—Las conseguirás. ¿Dónde te estás quedando?

—Cerca del oasis. El agente lo llamó el viejo lugar de Carker.

Tallant sintió el curioso silencio del otro y frunció el ceño. El camarero había comenzado a hablar y luego lo pensó mejor. El joven de la barba lo miró con extrañeza. El anciano lo miró fijamente con ojos rojos y llorosos que tenían un desvaído destello de piedad. Por un momento, Tallant sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire nocturno del desierto.

El anciano bebió su cerveza en rápidos tragos y frunció el ceño como si intentara formular una frase. Por fin se limpió la cerveza de los labios erizados y dijo:

—No pretendías quedarte en la casa de adobe, ¿verdad?

—No. Está prácticamente hecha pedazos. Es más fácil armarme una pequeña choza que tratar de hacer que la de adobe sea habitable. Mientras tanto, tengo una carpa.

—Entonces está bien, tal vez. Pero no vayas a hurgar en esa casa.

—No creo que me atreva a hacerlo. ¿Quieres otra cerveza?

El anciano negó con la cabeza de mala gana y se deslizó de su taburete.

—No, gracias.

Se volvió y se arrastró hacia la puerta.

Tallant sonrió.

—Pero, ¿por qué debería alejarme de la casa de adobe? —dijo.

—Muerden —dijo el anciano, y salió tiritando a la noche.

***


El cantinero estaba de vuelta en su puesto.

—Me alegro de que no haya aceptado la cerveza que le ofreciste —dijo—. A esta hora de la noche tengo que dejar de atenderlo. Por una vez, tuvo el sentido común de irse solo.

Tallant empujó su propia botella vacía hacia adelante.

—Espero no haberlo asustado.

—¿Asustar? Bueno, señor, creo que tal vez eso es lo que hizo. No quería cerveza, ni nada, que tenga que ver con la vieja casa de Carker. Algunos de los veteranos aquí piensan de ese modo.

Tallant sonrió.

—¿Está embrujada?

—No es lo que llamarías una casa embrujada, no. No hay fantasmas allí de los que haya oído hablar —limpió la encimera con un paño y pareció borrar el tema con él.

El sargento de vuelo apartó su botella de Coca-Cola, buscó cinco centavos en su bolsillo y se acercó a la máquina de pinball. El joven de la barba se sentó en el taburete vacío.

—Espero que el viejo Jake no te haya preocupado —dijo.

Tallant se rio.

—Supongo que cada pueblo tiene su granja desierta con una tradición espantosa. Pero esto suena un poco diferente. No hay fantasmas, y muerden. ¿Sabes algo al respecto?

—Un poco —dijo el joven seriamente—. Solo lo suficiente para…

Tallant tenía curiosidad.

—Toma uno conmigo y cuéntame la historia.

El sargento de vuelo maldijo amargamente a la máquina.

La cerveza gorgoteaba por la barba del joven.

—Verás —comenzó el joven—, el desierto es tan grande que no puedes estar solo en él. ¿Alguna vez lo notaste? Está todo vacío y no hay nada a la vista, pero siempre hay algo moviéndose allí donde no puedes verlo. Es algo muy seco, fino y marrón, sólo que cuando miras a tu alrededor no está allí. ¿Lo has visto alguna vez?

—Fatiga óptica —dijo Tallant.

—Claro. Lo sé. Cada hombre según su propia leyenda. No hay una tribu de indios que no tenga alguna forma de explicarlo. ¿Ha oído hablar de los Vigilantes? Y llega el hombre blanco del siglo XX y se convierte en fatiga óptica. Sólo que en el siglo XIX las cosas no eran iguales, y estaban los Carker.

—¿Conoces alguna leyenda al respecto?

—Algunas. Por ejemplo, allí ves cosas por el rabillo de tu mente, al igual que vislumbras cosas delgadas y secas por el rabillo del ojo. Si las ves en circunstancias aisladas no son tan malas; pero si mezclas a una familia como los Carker, y las cosas que no ves: entonces muerden.

Tallant se preguntó cuánto tiempo llevaba absorbiendo cerveza esa barba.

—¿Quiénes eran los Carker? —instó cortésmente.

—¿Has oído hablar de Sawney Bean? En Escocia, durante el reinado de James I, o quizás el sexto. ¿No? Seamos más modernos entonces. ¿Has oído hablar de los Bender? ¿Kansas, en la década de 1870? ¿No? ¿De Procusto, o Polifemo, o Fee-fi-fo-fum?

»Hay ogros, ya sabes. No son leyendas. Son un hecho, lo son. La posada donde salían nueve huéspedes de cada diez que llegaban, la cabaña de montaña que protegía a los viajeros de la nieve, hasta que en primavera se descubrían sus huesos. En toda Europa y prácticamente en este país también, antes de que las comunicaciones se convirtieran en lo que son, sucedía lo mismo. Negocio rentable. Y no era solo por las ganancias. Los Bender hicieron dinero, claro; pero no fue por eso que mataron a todas sus víctimas con tanto cuidado como un carnicero kosher. No les importaba un comino las ganancias; solo necesitaban más carne para el invierno.

»Y piensa en las oportunidades que tendrías en un oasis.

—Entonces estos Carker tuyos eran, ¿cómo los llamas? ¿Ogros?

—Carker, ogros, tal vez eran Bender. Los Bender nunca fueron vistos con vida, ya sabes, después de que la gente del pueblo encontrara esos huesos. Hay un rumor de que llegaron al oeste. Y los tiempos coinciden bastante bien. No había ningún pueblo aquí en los años ochenta. Solo un par de familias indias, las últimas de una tribu moribunda que vivía en el oasis. Desaparecieron después de que los Carker se mudaron. Eso no es tan sorprendente. La raza blanca es una especie de ogro, de todos modos. Nadie se preocupaba por ellos. Pero solían preguntarse por qué tantos viajeros nunca cruzaban este tramo de desierto. Los viajeros solían detenerse en casa de los Carker, ya ves, y de alguna manera nunca llegaban más lejos, quizás a quince millas más allá en el desierto. A veces también encontraban los huesos, resecos y blancos. A veces decían que parecían roídos.

—¿Y nadie hizo nada con estos Carker?

—Oh, claro. No teníamos al Rey James Sexto, solo que todavía creo que fue el Primero, para montar un gran caballo blanco como gesto, pero dos destacamentos del ejército vinieron aquí y los aniquilaron a todos.

—¿Dos veces? Una eliminación sería suficiente para la mayoría de las familias —Tallant sonrió.

—Eso no fue un desliz. Aniquilaron a los Carker dos veces porque, verás, una vez no sirvió de nada. Los aniquilaron y aun así los viajeros desaparecieron y todavía había huesos roídos. Así que los borraron de nuevo. Después de eso, se rindieron y la gente desvió el oasis. Hizo que el viaje sea más largo y difícil, pero después de todo...

Tallant se rio.

—¿Quieres decir que los Carker eran inmortales?

—No sé acerca de los inmortales. De alguna manera simplemente no murieron. Tal vez, si fueran los Bender, y me gusta pensar que lo eran, aprendieron un poco más sobre lo que estaban haciendo aquí en el desierto. Tal vez aprendieron lo que los indios sabían. Tal vez cualquier cosa por la que hicieron sus sacrificios los entendió mejor aquí que en Kansas.

—¿Y qué ha sido de ellos, aparte de verlos por el rabillo del ojo?

—Hay cuarenta años entre el último Carker y este nuevo asentamiento en el oasis. La gente no hablará mucho. Solo te dirán que te mantengas alejado del lugar, y tal vez te cuenten algunas historias. Por ejemplo, se dice que el cura estaba sentado en el confesionario un caluroso sábado por la tarde, cuando creyó oír entrar a un penitente. Esperó un buen rato y finalmente levantó la gasa para ver si había alguien allí. Había algo allí, y lo mordió. Ahora tiene tres dedos en la mano derecha, lo que se ve gracioso como el infierno cuando da una bendición.

Tallant empujó sus dos botellas hacia el camarero.

—Ese cuento, mi joven amigo, se ha ganado otra cerveza. ¿Qué te parece, cantinero? ¿Siempre está alegre así, o es simplemente algo que improvisó para mi beneficio?

El camarero colocó las botellas frescas con gran solemnidad.

—Yo no te hubiera dicho todo eso, pero él también es un extraño y tal vez no se sienta de la misma manera que nosotros aquí. Para él es solo una historia.

—Es más cómodo así —dijo el joven de la barba, y agarró firmemente su botella de cerveza.

—De todos modos, cualquiera que sepa esto que has contado puede sentirse inclinado a investigar más —dijo el camarero—. De todos modos, agregaré algo. Fue el invierno pasado, cuando tuvimos esa ola de frío. Los lobos entraron en las cabañas de los buscadores solo para calentarse. Bueno, el negocio no fue tan bueno. No tenemos licencia para licor fuerte, y los chicos no beben mucha cerveza cuando hace tanto frío. Pero solían venir de todos modos porque tenemos ese gran quemador de aceite.

»Así que una noche hay un montón de ellos aquí. El viejo Jake también estaba aquí, con el que estabas hablando, y su perro Jigger, y creo que escuché a alguien más entrar. La puerta crujió un poco. Pero no vi a nadie. El juego de póquer estaba en marcha, y estábamos hablando como lo estamos haciendo ahora, cuando de repente escuché una especie de ruido, como un ¡crack!, allá en esa esquina detrás de la máquina de discos cerca del quemador.

»Me acerqué a ver qué pasaba, y eso, lo que haya sido, se me escapó antes de que pueda verlo bien. Pero era pequeño y delgado y no estaba sin ropa.

—¿Y qué fue el crujido? —Tallant preguntó obedientemente.

—Era un hueso. Debió haber estrangulado a Jigger sin hacer ningún ruido. Era un perrito. Se comió la mayor parte de la carne, y si no hubiera roto el hueso por la médula podría haber terminado. Todavía puedes ver las manchas allí. La sangre nunca salió.

Había habido silencio durante toda la historia. Ahora, de repente, se desató el infierno. El sargento de vuelo dejó escapar un grito espléndido y comenzó a señalar con entusiasmo la máquina de pinball y a gritar pidiendo su recompensa. El trabajador de la construcción abandonó dramáticamente el juego de póquer, derribando su silla en el proceso, y anunció lúgubremente que estos tipos tenían sus propias reglas.

Cualquier atmósfera de horror se disipó. Tallant silbó mientras se acercaba para poner una moneda de cinco centavos en la máquina de discos. Miró casualmente al suelo. Sí, había una mancha.

Sonrió alegremente y se sintió bastante agradecido con los Carker. Iban a resolver su problema de chantaje muy bien.

***


Tallant soñó con el poder esa noche. Era un sueño común en él. Era un gobernante del nuevo Estado Corporativo estadounidense que seguiría a la guerra; y le decía a este hombre:

—¡Ven!

Y el otro venía.

—¡Ve!

Y el otro iba.

—¡Hagan esto! —y lo hacían.

Entonces el joven de la barba estaba de pie frente a él, y la gabardina sucia era como la túnica de un profeta antiguo. Y el joven le dijo:

—Te ves volando alto, ¿no? Montando la cresta de la ola, la ola del futuro, la llamas. Pero hay una profunda y oscura resaca que no ves, y eso es parte del Pasado. Y del Presente e incluso de su Futuro. Hay una maldad en la humanidad que es más negra incluso que la suya, e infinitamente más antigua.

Y había algo en las sombras detrás del joven, algo pequeño, delgado y moreno.

***


El sueño de Tallant no lo perturbó a la mañana siguiente. Tampoco la idea de la próxima entrevista con Morgan. Frió el tocino y los huevos y los devoró alegremente. El viento se había calmado para variar, y el sol estaba lo suficientemente caliente como para que pudiera desnudarse hasta la cintura mientras limpiaba el terreno para su choza. Su machete brilló intensamente mientras giraba por el aire y golpeaba las raíces de la maleza.

Cuando Morgan llegó, su rostro estaba enrojecido y sudando.

—Está más fresco allá a la sombra del adobe —sugirió Tallant—. Estaremos más cómodos.

Y en la cómoda sombra del adobe, blandió el machete una vez y partió en dos la cara llena, roja y sudorosa de Morgan.

Fue tan simple. Tomó menos esfuerzo que arrancar una mata de salvia. Y era tan seguro. Nadie se daría cuenta de su ausencia durante meses, si acaso se daban cuenta. Nadie tenía ninguna razón para conectarlo con Tallant. Y nadie en lo buscaría en la casa embrujada de los Carker.

El cuerpo era pesado y la sangre goteaba tibia sobre la piel desnuda de Tallant. Con alivio, tiró lo que había sido Morgan en el suelo de adobe. No había tablas, ni suelo. Solo tierra. Difícil, pero no tanto para cavar una tumba. Y era probable que nadie viniera a hurgar en este territorio tabú para notarla. Si pasaba un año, o menos, la tumba y los huesos que contenía se atribuirían a los Carker.

El rabillo del ojo de Tallant volvió a molestarle. Deliberadamente miró por el interior de la casa de adobe.

Los pequeños muebles eran toscos y pesados. Se mantenían enteros con clavijas de madera o correas medio podridas. Había cenizas milenarias en la chimenea y los polvorientos fragmentos de una jarra de cocina entre ellos. Y había una piedra profundamente ahuecada, cubierta de manchas que podrían haber sido de óxido, si la piedra se hubiera oxidado. Detrás había una figura diminuta, torpemente hecha de arcilla y ramitas. Era algo así como un hombre y algo como un lagarto, algo como las cosas que revolotean por el rabillo del ojo.

Curioso, Tallant miró más a su alrededor. Penetró hasta el rincón donde la única ventana sin cristales iluminaba tenuemente. Y ahí dejó escapar un pequeño grito ahogado. Por un momento se quedó rígido de horror. Luego sonrió y casi se rio en voz alta.

Esto lo explicaba todo. Algún individuo curioso había visto esto, y de sus relatos había surgido toda la leyenda. Los Carker ciertamente habían aprendido algo de los indios, pero ese secreto era el arte de embalsamar.

Era una momia perfecta de un niño de unos diez años. No había carne. Sólo piel y hueso y tendones secos y tensos entre ellos. Los párpados estaban cerrados; las cuencas parecían huecas debajo de ellos. La nariz estaba hundida y casi perdida. Los escasos labios estaban fuertemente curvados hacia atrás debido a los largos y muy blancos dientes, que resaltaban aún más brillantemente contra la piel morena.

Era un pequeño tesoro, esta momia. Tallant ya estaba calculando las posibilidades de recaudar una suma decente de dinero de un antropólogo interesado (el asesinato puede producir subproductos aleatorios tan deliciosamente rentables) cuando notó el infinitesimal subir y bajar del cofre.

El Carker no estaba muerto. Estaba durmiendo.

Tallant no se atrevió a detenerse a pensar más allá del instante. No era el momento de hacer una pausa para considerar si tales cosas eran posibles en un mundo bien ordenado. No era momento de reflexionar sobre la eliminación del cuerpo de Morgan. Era el momento de tomar el machete y salir de allí.

Pero se detuvo en el umbral. Allí, cruzando el desierto, dirigiéndose hacia el adobe, claramente vista esta vez, había otra de esas cosas, una hembra.

Hizo un gesto involuntario de indecisión. La hoja del machete golpeó con estruendo contra la pared de adobe. Escuchó el seco arrastrar de los pies del otro detrás de él.

Se volvió completamente ahora, con el machete levantado.

Deshazte primero de este más cercano, luego mira a la hembra.

Ni siquiera había lugar para el terror en sus pensamientos, solo para la acción.

La delgada forma marrón se lanzó hacia él con avidez. La evitó con ligereza y se mantuvo preparado para su segunda carga. El otro se disparó hacia adelante de nuevo. Él dio un paso atrás, levantó el machete, pero tropezó y cayó de cabeza sobre el cadáver de Morgan. Antes de que pudiera levantarse, la cosa delgada estaba sobre él. Sus afilados dientes se hundieron en la palma de su mano izquierda.

El machete se movió rápidamente. El cuerpo delgado y seco cayó al suelo sin cabeza. No hubo sangre.

El agarre de los dientes no se relajó. El dolor recorrió el brazo izquierdo de Tallant, un dolor más agudo y amargo de lo que cabría esperar de la mordedura. Casi como si esos dientes tuvieran veneno.

Dejó caer el machete y su fuerte mano tiró y retorció los secos labios que todavía se aferraban. Los dientes permanecieron apretados, sin relajarse. Se sentó, apoyando la espalda contra la pared, y agarró la cabeza entre las rodillas. Tiró. Su carne se rasgó y la sangre formó coágulos de polvo en el suelo de tierra. Pero el mordisco era firme.

Su mundo se había reducido ahora a esa mano y esa cabeza. Nada importaba afuera. Debía liberarse. Se llevó el brazo adolorido a la cara y con sus propios dientes desgarró esa implacable mordida. La carne seca se desmoronó en el polvo del desierto, pero los dientes se cerraron con fuerza. Saboreó en su boca la dulzura de la sangre y algo más.

Se puso de pie de nuevo, tambaleándose. Sabía lo que debía hacer. Más tarde podría aplicar la cauterización, un torniquete, ver a un médico con una historia sobre un monstruo de Gila (sus cabezas también se aferran, ¿no es así?), pero sabía lo que debía hacer ahora.

Levantó el machete y volvió a golpear.

Su mano blanca yacía en el suelo, aferrada por los dientes de la cara morena.

Se apoyó contra la pared de adobe, momentáneamente incapaz de moverse. Su muñeca abierta colgaba sobre la piedra profundamente ahuecada. Su sangre y su fuerza y su vida se derramaron ante la figurita de arcilla y ramitas.

La hembra estaba en la puerta ahora, el sol brillaba sobre su morena delgadez. No se movió.

Tallant supo que ella estaba esperando que se llenara la piedra hueca.

Anthony Boucher (1911-1968)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Anthony Boucher.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Anthony Boucher: Muerden (They Bite), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Anthony Boucher: relatos


Anthony Boucher: relatos.




Anthony Boucher —seudónimo de William Anthony Parker White (1911-1968)— fue un escritor norteamericano que se destacó en el ámbito de las novelas de misterio. Sin embargo, algunos relatos de Anthony Boucher incursionan en el horror y lo fantástico, y esa es la faceta de su producción literaria que más nos interesa aquí.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos recorriendo los mejores relatos de Anthony Boucher,




Relatos de Anthony Boucher.
  • Muerden (They Bite)
  • Señor Lupescu (Mr. Lupescu)
  • Soneto de los muertos insomnes (Sonnet of the Unsleeping Dead)
  • Balaam (Balaam)
  • Chispa pelágica (Pelagic Spark)
  • Código Zed (Code Zed)
  • Como el conde Palmieri (Like Count Palmieri)
  • Conquista (Conquest)
  • Diseñado para morir (Design for Dying)
  • División Screwball (Screwball Division)
  • El catalizador (The Catalyst)
  • El crimen debe detenerse (Crime Must Have a Stop)
  • El fantasma con el arma (The Ghost with the Gun)
  • El fantasma de mi mismo (The Ghost of Me)
  • El hombre vacío (The Empty Man)
  • El primero (The First)
  • El secreto de la casa (Secret of the House)
  • El verdugo retirado (The Retired Hangman)
  • Expedición (Expedition)
  • Hechiceros en un pequeño planeta (Wizards on a Small Planet)
  • Imprimimos la verdad (We Print the Truth)
  • Jack nuevededos (Nine-Finger Jack)
  • La barrera (Barrier)
  • La búsqueda de San Aquino (The Quest for Saint Aquin)
  • La chica que se casó con un monstruo (The Girl Who Married a Monster)
  • La declaración de Jerry Malloy (The Statement of Jerry Malloy)
  • La esposa estelar (Star Bride)
  • La esquina del ataud (Coffin Corner)
  • La forma en que lo escuché (The Way I Heard It)
  • La otra inauguración (The Other Inauguration)
  • Los embajadores (The Ambassadors)
  • Mary Celestial (Mary Celestial)
  • Misterio de Navidad (Mystery for Christmas)
  • Negro asesinato (Black Murder)
  • Nellthu (Nelthu)
  • Nube de verano (Summer's Cloud)
  • QL 696.C9 (QL 696.C9)
  • Revisar copia (Review Copy)
  • Rumor, Inc. (Rumor, Inc)
  • Santuario (Sanctuary)
  • Snulbug (Snulbug)
  • Sriberdegibit (Sriberdegibit)
  • Toy Cassowary (Toy Cassowary)
  • Una cuestión de erudición (A Matter of Scholarship)
  • Una forma en el tiempo (A Shape in Time)
  • Una vieja historia de fantasmas (Ye Goode Olde Ghoste Storie)
  • Un viaje de ida (One-Way Trip)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Anthony Boucher: relatos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Extraños cuentos de la oscuridad»: libro y relatos.


«Extraños cuentos de la oscuridad»: libro y relatos.




Extraños cuentos de la oscuridad (Strange Tales Of The Dark) es una colección de relatos de terror recopilados por Peter Hainging, publicada originalmente en 1977 bajo el título: Belladona: extraños cuentos de la oscuridad (Deadly Nightshade: Strange Tales Of The Dark).

Se trata de una antología de cuentos de terror protagonizados por chicos, cuyo motivo central es el miedo a la oscuridad y las extrañas y elusivas criaturas que la habitan.






Extraños cuentos de la oscuridad.
Strange Tales of the Dark.




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El resumen y análisis del libro: Extraños cuentos de la oscuridad (Strange Tales of the Dark) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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