El cerebro en el frasco: análisis de «El que susurra en la oscuridad» de Lovecraft.


El cerebro en el frasco: análisis de «El que susurra en la oscuridad» de Lovecraft.




Hoy analizaremos el relato de H.P. Lovecraft: El que susurra en la oscuridad (The Whisperer in Darkness), publicado originalmente en la edición de agosto de 1931 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others).


[«Me encontré con nombres y términos que había escuchado en otros lugares: Yuggoth, Gran Cthulhu, Tsathoggua, Yog-Sothoth, R'lyeh, Nyarlathotep, Azathoth, Hastur, Yian, Leng, el lago de Hali, Bethmoora, el Signo Amarillo, L'mur-Kathulos, Bran y el Magnum Innominandum, y fui arrastrado a través de eones sin nombre y dimensiones inconcebibles a mundos de entidades externas tan antiguas que el enloquecido autor del Necronomicón solo había adivinado de forma vaga. Me hablaron de los pozos de la vida primigenia y de los arroyos que se habían filtrado desde allí; y finalmente, del diminuto riachuelo de uno de esos arroyos que se había enredado con los destinos de nuestra propia tierra.»]


El que susurra en la oscuridad de Lovecraft comienza mencionando una serie de inundaciones que se produjeron en 1928 y los rumores de cuerpos extraños en los ríos crecidos de la zona rural de Vermont. Estos rumores se basan en historias más antiguas sobre seres alados, parecidos a cangrejos, quienes habrían establecido un puesto de avanzada en las colinas. Albert Wilmarth, profesor de folclore en la Universidad de Miskatonic, se interesa en los informes de cadáveres de animales extraños encontrados al retroceder las aguas:


[«Eran cosas rosadas de aproximadamente cinco pies de largo; con cuerpos crustáceos que tenían grandes pares de aletas dorsales o alas membranosas y varios juegos de extremidades articuladas.»]


Wilmarth está desconcertado: las descripciones son más o menos congruentes con las viejas leyendas de las tribus locales y las historias transmitidas por los primeros colonos. Wilmarth responde a las cartas de los periódicos locales, comparte su experiencia y quizás cuestiona algunas de las afirmaciones más escandalosas de algunos de los corresponsales. Pero una carta se destaca: un caballero llamado Akeley tiene información adicional y algunas especulaciones convincentes. Los dos comienzan a comunicarse y pronto se hace evidente que Akeley «sabe demasiado» sobre la presencia de extraterrestres en las colinas más remotas de Vermont [ver: Lovecraft y las lenguas extraterrestres]. A la distancia, Wilmarth se preocupa cada vez más. Su desconcierto se convierte en sospecha; luego en alarma.

Henry Akeley, un educado agricultor de Vermont, insiste en que tiene evidencia sobre la veracidad de los rumores. Ha visto a las criaturas, tomado fotografías de sus huellas, incluso hizo una grabación y encontró una extraña piedra negra cubierta con jeroglíficos, evidencia que se ofrece a compartir con Wilmarth. Pero las criaturas y sus espías humanos ahora lo acosan, tratando de recuperar estos objetos. Wilmarth, inexplicablemente convencido de la cordura y la sinceridad de Akeley, ahora cree que las historias están respaldadas por un fenómeno real.

Akeley le envía a Wilmarth algunas fotografías de las huellas de estas criaturas con forma crustácea, y de la piedra negra de aspecto alienígena. Los jeroglíficos parecen vinculados al Necronomicón, y sugieren cosas anteriores a la formación de la Tierra [ver: «¡Iä! ¡Iä! ¡Cthulhu fhtagn!»: análisis del R'lyehian, la lengua de Cthulhu]. La carta también transcribe conversaciones escuchadas en el bosque por la noche, e inferencias sobre las conexiones de las criaturas con los horribles nombres y lugares de los Mitos de Cthulhu. Wilmarth encuentra persuasivo todo esto. Incluso ahora, cuando el tiempo ha opacado sus primeras impresiones, haría cualquier cosa para mantener a la gente alejada de esas colinas de Vermont.

El descubrimiento de un mundo más allá de Neptuno le preocupa profundamente, al igual que las recientes exploraciones del Himalaya. Él y Akeley determinan que las leyendas sobre los Mi-Go están conectadas con las criaturas de Vermont. Mientras tanto, siguen intentando descifrar la piedra. Ante la insistencia de Akeley, no se lo cuentan a nadie. El propio Akeley envía su fonógrafo desde Brattleboro, ya que cree que las líneas del norte están comprometidas. Asegura haber grabado voces extrañas en una lengua desconocida [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]. Wilmarth lee la transcripción, luego escucha las voces inhumanas y zumbantes, junto con la voz de un humano que lleva a cabo un ritual alabando a Cthulhu, Shub-Niggurath y Nyarlathotep. Wilmarth cree que esa letanía recitada por el agente humano podría ser un juramento de lealtad.

Los dos hombres analizan la grabación y concluyen que esta insinúa repulsivas alianzas entre humanos y los habitantes fungoides de Yuggoth, un planeta en el borde del sistema solar, el cual podría ser un puesto de avanzada de estos extraterrestres. Acto seguido, elaboran una estrategia para enviar por correo la piedra negra sin interferencia externa, una preocupación más urgente ya que algunas de sus cartas nunca llegan. De hecho, cuando Akeley finalmente envía la piedra, ésta desaparece. Aparentemente, un empleado de confianza se la entregó a un persuasivo extraño.

Akeley ahora escribe que las criaturas se están acercando y sus cartas se vuelven frenéticas. Las líneas telefónicas se cortan regularmente y sus perros guardianes son asesinados. Habla de mudarse con su hijo a California, pero algo más allá de su apego a Vermont parece detenerlo. Luego, finalmente escribe que las criaturas le han hablado y tienen la intención de llevarlo a Yuggoth de una «manera terrible». Está resignado. Siente que es imposible escapar.

Wilmarth insta a Akeley a actuar, pero al día siguiente recibe una carta sorprendentemente tranquila. Akeley ha hablado con el mensajero humano de los Exteriores [Outer Ones] y considera que los ha juzgado mal. Ahora cree que estos seres trabajan en secreto para protegerse de los cultos humanos malvados, pero no pretenden hacernos daño: solo desean vivir en paz y aumentar la relación intelectual con nuestra especie. Akeley invita a Wilmarth a visitarlo y compartir todo lo que ha descubierto para revisar juntos el material. Este repentino cambio en la actitud de Akeley confunde a Wilmarth, pero la oportunidad es irresistible. Viaja a Vermont, donde se encuentra con Noyes, un supuesto amigo de Akeley. La aprensión de Wilmarth crece a medida que viajan a la casa de Akeley.

Akeley espera en la oscuridad, incapaz de hablar por encima de un susurro. Una túnica y vendajes cubren todo menos sus manos y su rostro, tenso y rígido. Da la bienvenida a su invitado, prometiéndole grandes revelaciones. Habla de Yuggoth, de los viajes por el espacio y el tiempo, y de los grandes misterios del cosmos [ver: H.P. Lovecraft y los viajes en el tiempo]. Por fin explica cómo él, y Wilmarth, si quiere, viajarán más allá de la Tierra. Solo los extraterrestres alados pueden hacer tales viajes en sus propias formas, pero han aprendido cómo extraer inofensivamente los cerebros de otros, llevándolos en recipientes que pueden conectarse a entradas visuales y auditivas y altavoces. Y, ¡mira, hay algunos en ese estante!

Wilmarth conecta uno de los recipientes y habla con un humano que ha viajado en la cosmopolita compañía de los Exteriores. Aturdido, Wilmarth se va a la cama. Su curiosidad científica es reemplazada por el odio. Lo despiertan las voces de abajo: dos Exteriores, Noyes, otro humano y alguien que usa el dispositivo de altavoz. Solo puede distinguir unas pocas palabras, pero el recipiente parece angustiado. Algo no anda bien.

Akeley está siendo amenazado o hipnotizado, y debe ser rescatado. Pero abajo Wilmarth solo encuentra la ropa y los vendajes vacíos de Akeley. Deja vagar su linterna por el lugar y huye de lo que ve. Las autoridades que trae más tarde no encuentran a nadie, ni rastros de la correspondencia devuelta. Pero los registros de las líneas telefónicas cortadas de Akeley y su repetida compra de perros sugieren que hay más en este misterio que un engaño elaborado. El reciente descubrimiento de Plutón sugiere que se avecinan más peligros. Cuando su linterna cayó sobre una silla, esa última noche, Wilmarth vio tres objetos: las manos y la cara de Henry Akeley.


El que susurra en la oscuridad de H.P. Lovecraft menciona prácticamente a todos los seres y razas importantes en los Mitos de Cthulhu, desde Cthulhu a los Perros de Tindalos [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]. Lo más desconcertante de esta historia es cómo ha proliferado el conocimiento arcano entre los no iniciados. Si bien la Universidad de Miskatonic mantiene su copia del Necronomicón bajo llave, todo el mundo parece haberlo leído, aunque Wilmarth es probablemente la única persona en describirlo como un libro «misericordioso».

A pesar de todas esas menciones, gran parte de lo que ocurre en El que susurra en la oscuridad es evidencia ambigua y aparente paranoia; de hecho, el «repulsivo ritual» que describe Lovecraft parece una misa bastante pedestre. Sin embargo, el flaco de Providence es consciente de esta ambigüedad entre lo que se menciona y lo que se muestra, juega con ella y luego la rompe en pedazos. Lo más espeluznante de la historia, al menos para mí, es este curioso procedimiento de extracción y conservación [no consensuada] de cerebros, que tres años después será ampliada en La sombra fuera del tiempo (Shadow Out of Time). De hecho, El que susurra en la oscuridad insintúa todo lo que veremos en esa historia: viajes en el espacio-tiempo, sobre todo, para los que es necesario renunciar al cuerpo [ver: Ciclo de Yith, la Gran Raza y viajes en el tiempo]

A simple vista, los extraterrestres ofrecen todo lo que un hombre científicamente curioso podría desear, y la vida con los Exteriores no es tan diferente de la vida con los Yith en La sombra fuera del tiempo: ¡viaja junto a las mentes más aventureras de todos los mundos y épocas, y aprende los secretos más oscuros y maravillosos de la existencia! [mientras no estés demasiado apegado a tu cuerpo, claro].

Sin embargo, los humanos debemos parecerles extraños. Somos apegados a nuestros cuerpos; en parte porque nos ayudan a tener respuestas emocionales adecuadas. Vamos, uno se acostumbra a tener una cognición encarnada. Pero los extraterrestres no parecen captar estas menudencias. Prometen una «vida sensorial plena y articulada» con nuestro cerebro encerrado en un frasco. ¿Cómo funciona esto exactamente? [ver: ¿Los pactos de sangre son una muestra de ADN para los Antiguos?]

Por supuesto, los extraterrestres aseguran que puedes recuperar tu cuerpo más adelante, lo cual hace que todo el proceso sea un poco más atractivo para el turista interdimensional [ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu]

Si analizamos El que susurra en la oscuridad desde la óptica filosófica de Lovecraft, la premisa de la historia se vuelve más aterradora. Los puestos de avanzada de los Exteriores se describen explícitamente como «cosmopolitas», y la naturaleza multicultural de sus comunidades de cerebros en frascos está destinada a ser uno de los aspectos más repulsivos de todo el asunto, no tanto para nosotros, pero sí para Lovecraft. De hecho, la moraleja de El que susurra en la oscuridad parece ser la siguiente: si aceptas al extraterrestre [extranjero por definición], este te controlará y te volverá completamente indefenso.

Es sorprendente cómo los cuentos más largos de Lovecraft podrían expandirse fácilmente en novelas completas si el flaco de Providence lo hubiese querido. Solo sería necesario desarrollar lo que apenas se insinúa en la historia. Por otro lado, debemos atravesar dos tercios de El que susurra en la oscuridad antes de leer una escena real y un diálogo cara a cara, e incluso estos están llenos de descripciones. El resto es la narración de los hechos por parte de Wilmarth, las cartas de Akeley y una transcripción fonográfica. Casi no hay acción real en la historia.

El que susurra en la oscuridad emplea muchos de los dispositivos típicos de Lovecraft. Tenemos al narrador académico dividido entre la incredulidad y la creencia, un entorno rural remoto, con su complemento habitual de gente del campo supersticiosa que al final termina estando más cerca de la verdad. Al igual que en El color que cayó del espacio (The Color Out of Space) y El horror oculto (The Lurking Fear), los animales evitan esta región maldita [ver: La degeneración de la familia Martense]. Las extrañas voces apagadas y los profundos cambios en la caligrafía epistolar de aquellos cuyos cerebros han sido transplantados también recuerdan a Charles Dexter Ward. Luego está el rostro imperturbable de Akeley, que resulta ser una máscara que oculta facciones inhumanas. Lovecraft usó esa misma carta en El ceremonial (El Festival).

Wilmarth no es el único personaje de Lovecraft en perder evidencia valiosa durante una crisis final, pero puede que sea el más estúpido. La pérdida de las cartas es especialmente tediosa, ya que requiere que Wilmarth tenga una memoria fotográfica. A propósito, Wilmarth recita las estaciones de tren en Massachusetts del mismo modo que el protagonista de En las Montañas de la Locura (At the Mountains of Madness) recita las estaciones del metro de Boston como una forma de mantenerse cuerdo mientras huye de los shoggoth [ver: Lovecraft y la IA: el futuro es de los Shoggoth]. La minuciosa descripción de la zona se basa en un viaje que Lovecraft hizo a Vermont con Arthur Goodenough [el segundo nombre del hijo de Akeley], donde aparentemente conoció a un hombre llamado Akely.

El que susurra en la oscuridad es uno de los relatos de Lovecraft más espesos, pero definitivamente es una buena historia, incluso si la tomamos como un ensayo de La sombra fuera del tiempo. Ambas historias inician con fascinantes vistas del tiempo y el espacio, ambas se refieren a razas alienígenas intedimensionales, y en ambas estas razas son, en esencia, historiadores y bibliotecarios del universo. Sin embargo, para Nathaniel Peaslee [La sombra fuera del tiempo] el viaje en el tiempo seguramente fue la mejor experiencia de su vida; mientras que Akeley [El que susurra en la oscuridad] parece menos reconfortado. Por supuesto, la consciencia de Peaslee fue transplantada a un organismo extraterrestre vivo, mientras que el cerebro de Akeley está guardado en un frasco, de modo que no hay motivos para juzgar su reticencia.

También es cierto que los Mi-Go y los Yith tienen diferentes tecnologías. Los primeros son maestros de la cirugía, manipulación biológica e interfaces biomecánicas, habilidades menos sofisticadas que el dominio de los Yith de la transferencia mental a través del espacio y el tiempo. Por otro lado, los cuerpos de los que se someten a la extirpación del cerebro están tan bien preservados que no envejecen, lo que confiere a los invitados de los Mi-Go una especie de inmortalidad corporal. Es decir, si las fuentes de Wilmarth no le están mintiendo, tal vez los Mi-Go conserven los cuerpos de sus invitados y eventualmente los devuelvan a sus formas originales. También está la posibilidad de que arrojen los frascos a la basura.

En cualquier caso, me quedo con el método de los Yith; quienes, si bien son biológicamente aterradores, resultan ser bastante cuidadosos. Para los Mi-Go, en cambio, el primer contacto consiste en asediar a su víctima humana, volverla loca, extirparle el cerebro a la fuerza, y luego darle un recorrido gratuito [y no solicitado] por el universo, después de lo cual puede recuperar su cuerpo si lo quiere. Todo esto podría volverse absurdo, pero Lovecraft lo evita con el pulcro detalle sobre Plutón, recientemente degradado a planetoide por la ciencia. Sin embargo, Lovecraft hace que el descubrimiento de Plutón sea el resultado de la manipulación mental de los astrónomos por parte de los Mi-Go. Aparentemente, su propósito es hacer un contacto oficial.

Por el título de El que susurra en la oscuridad, un lector desprevenido probablemente esperaría una historia sobrenatural; en cambio, Lovecraft nos entrega esta historia de ciencia ficción con mucha información sobre tecnología, no solo extraterrestre, sino humana. Incluso dejando de lado la grabación, Lovecraft introduce las fotos «Kodak», algo bastante vanguardista para la época. Además, tenemos el descubrimiento muy reciente de Plutón, y las inundaviones en Vermont, eventos tan reales como el terremoto al que se hace referencia en La Llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu) [ver: Un sueño, un terremoto, y el nacimiento de Cthulhu]

Los Exteriores [Outer Ones] se describen en El que susurra en la oscuridad como «miembros de una raza de todo el cosmos, de la cual todas las demás formas de vida son simplemente variantes degeneradas». Nuestros antepasados, más o menos. Pero, a pesar de todo ese poder y conocimiento, son bastante desconsiderados. En su primera carta a Wilmarth, Akeley menciona que «podrían conquistar fácilmente la Tierra», pero que «preferirían dejar las cosas como están para ahorrarse molestias». Me encanta esto. Parece que estos seres están cansados de toda esa extracción y transporte de minerales a través de «infinitos abismos de espacio transcósmico» y solo quieren relajarse.

En todo caso, una raza primigenia que abarca todo el cosmos debería ser capaz de hacer contacto con las mentes receptivas más fácilmente. y con más gracia. En cuanto a la piedra negra, esta fue sacada directamente de Arthur Machen.

En comparación con la mayoría de los autores de su época, Lovecraft parece haber tenido una particular intuición para anticipar los puntos de vista científicos que se sostienen hoy. En el siguiente pasaje de El que susurra en la oscuridad describe algo muy similar al concepto de Multiverso que los astrofísicos están promoviendo hoy [ver: El Multiverso en los Mitos de Cthulhu]:


[«El cuerpo principal de los seres habita en abismos extrañamente organizados que están más allá del alcance de cualquier imaginación humana. El glóbulo de espacio-tiempo que reconocemos como la totalidad de toda entidad cósmica es sólo un átomo en la genuina infinidad.»]


Otro problema de El que susurra en la oscuridad es que el cerebro no es una entidad independiente. Para mantener un cerebro incorpóreo en funcionamiento, capaz de cognición y comunicación, no es suficiente extirparlo mediante «fisiones tan hábiles que sería burdo llamar a la operación cirugía», colocarlo en un frasco y proporcionarle alimento y cambios ocasionales del líquido conservante. Eso podría ser suficiente para mantenerlo vivo, por un tiempo, en un profundo estado de hibernación, pero el cerebro tiene el metabolismo más activo de todos los órganos. Su funcionamiento requiere un flujo constante de oxígeno y otros nutrientes, eliminación de desechos y un control preciso de los factores ambientales, incluida la temperatura. Lovecraft resolvió todo eso con más elegancia en otras historias a través de la transferencia de personalidad.

Hay algo tan aterrador como emocionante en la perspectiva de volar con los yuggothianos. La emoción del descubrimiento intelectual que promete tal viaje parece algo similar al viaje temporal que experimenta Peaslee en La sombra fuera del tiempo. El pasaje clave de la historia se encuentra en el cuarto capítulo, en el que Lovecraft evoca una visión inolvidable de seres alienígenas gigantes que se mueven en una biblioteca extraña llena de «horribles anales de otros mundos y otros universos».

A pesar de sus fallas, El que susurra en la oscuridad es uno de los mejores cuentos de Lovecraft. Es una de sus últimas obras y muestra su transformación de escritor de terror a escritor de ciencia ficción. Aunque se hace referencia a la adoración y la evocación de los Antiguos a través de la mención del Necronomicón y sus deidades principales, lo que lo convierte sólidamente en una historia de los Mitos de Cthulhu, el énfasis está en la intención maligna de los extraterrestres, a quienes Lovecraft conecta con «la infernal Mitología del Himalaya». Es decir que su preocupación por la religión primordial sigue presente, como en mucho de lo que escribió.

El que susurra en la oscuridad es un eficaz precursor de muchas historias de ciencia ficción que se han ocupado de invasiones extraterrestres, conspiraciones y la colaboración entre humanos y seres de otros mundos. En este contexto, el suspenso y la paranoia son esenciales en la historia. Lovecraft se basa en tecnología contemporánea real para reforzar la credibilidad de la historia, en lugar de la parafernalia pseudocientífica común en la ciencia ficción barata de la época [ver: Clichés de la ciencia ficción que nos encantan]

Otro punto fuerte de El que susurra en la oscuridad, y en la ficción de Lovecraft en general, es la representación única de las especies alienígenas. No se parecen en nada a la vida terrestre, y sus motivos e intenciones son apenas comprensibles. Se proporcionan detalles visuales, auditivos y biológicos: «Son más vegetales que animales… y tienen una estructura un tanto fungoide; aunque la presencia de una sustancia parecida a la clorofila y un sistema nutritivo muy singular los diferencian por completo», permitiendo al lector imaginar una forma de vida completamente desconocida.

En cuanto a sus intenciones, los extraterrestres solo quieren que los dejen tranquilos y les permitan explotar las colinas de Vermont en busca de metales específicos. ¿O acaso tienen otros planes? Para darle más verosimilitud a su existencia, Akeley observa que los extraterrestres son torpes, odian a los perros y no pueden volar muy bien en nuestra gravedad.

Pero las cosas van de mal en peor en la casa de Akeley. No está seguro de cuánto tiempo más podrá resistir a los extraterrestres que lo acosan todas las noches. Entonces el tono de sus cartas cambia abruptamente e invita a Wilmarth a la granja para una explicación completa de lo que ha descubierto. Wilmarth sospecha y está perturbado, pero accede. Siendo esta una historia de Lovecraft, ya sabemos que es poco probable que la visita sea placentera o relajante. La necesidad de Akeley de explicar su verdad es análoga a la de Lovecraft tratando de que creamos en sus invenciones. ¿Cómo convencer a los demás de que una idea extravagante y aterradora puede experimentarse como una realidad, como una verdad? El término literario para esto [que es un componente de la «suspensión de la incredulidad» de Samuel Coleridge], es verosimilitud. El concepto generalmente se refiere a la credibilidad de una obra de ficción, cuán realista es en su concepción.

Pero el término «verosimilitud» también contiene implicaciones filosóficas más generales. Después de todo, el objetivo de la investigación científica es llegar a alguna afirmación razonable y objetivamente verdadera sobre un objeto de estudio. Sin embargo, la historia de la investigación científica muestra que, a lo largo del tiempo, las sucesivas teorías sobre varios fenómenos han sido falsas o solo aproximadamente verdaderas. Del mismo modo, algunas historias de ciencia ficción y terror son más efectivas porque son más «creíbles» que otras.

Lovecraft fue principalmente un escritor de terror que incorporó el estilo y las técnicas de Edgar Allan Poe, Lord Dunsany y otros, y finalmente desarrolló su propio enfoque. También hizo numerosos intentos, algunos más exitosos que otros, en el ámbito de la ciencia ficción, como El que susurra en la oscuridad. Todas estas historias involucran tecnologías o procesos que finalmente desafían la comprensión preconcebida del universo del protagonista. Es cierto que la mayoría de los relatos de ciencia ficción de Lovecraft son obras de transición, a medio camino entre la fantasía y la ciencia ficción, que surgiría más tarde en la Edad de Oro. ¿Cómo hizo Lovecraft para que estas ideas, algunas de las cuales se originaron en sueños, fueran creíbles y efectivas?

El que susurra en la oscuridad ejemplifica la habilidad de Lovecraft para persuadir al lector de una noción esencialmente extravagante: que las inundaciones en un área remota de Vermont sacarán a la luz pruebas convincentes de una colonia de adoradores extraterrestres de Yuggoth. Lovecraft establece la verosimilitud a través de una variedad de técnicas convencionales. Convierte a Wilmarth, el narrador, en un «experto», un observador racional, imparcial y presumiblemente objetivo y escéptico. Por lo tanto, los lectores pueden confiar en sus conclusiones, porque es un catedrático. Akeley, su condenado corresponsal, informando en vivo desde la escena de una infestación extraterrestre, es descrito de manera similar, como «un notable estudiante de matemáticas, astronomía, biología, antropología y folclore», y anteriormente en la historia se lo menciona como proveniente de «una larga y distinguida línea de juristas, administradores y caballeros agricultores».

Ambos hombres son, por lo tanto, acreditados y creíbles, una protección contra ser percibidos como delirantes. Hasta hace muy poco tiempo se suponía que los pronunciamientos de personas adineradas, educadas y aventajadas eran más creíbles que los provenientes de clases bajas o de diferentes etnias.

Lo que los dos hombres descubren en Vermont está respaldado por una amplia documentación: Wilmarth revisa artículos de periódicos locales, cartas, su propia investigación folclórica y jeroglíficos en un extraño artefacto de piedra, cuyos símbolos se parecen mucho a los del Necronomicón. Lovecraft estaba escribiendo en un momento en que la reverencia por la veracidad de la palabra impresa todavía era fuerte, y varias de sus historias muestran a un diligente erudito y anticuario que recopila hechos confiables que poco a poco sacan a relucir el horror. Pocos asumirían hoy que lo que se publica es necesariamente cierto.

Es interesante notar la presencia de dos dispositivos importantes en El que susurra en la oscuridad de Lovecraft. El primero es el aparato de grabación. Uno de los puntos fuertes de la historia, insistimos, es el uso que hace Lovecraft de una tecnología emergente, todavía novedosa a fines de la década de 1920, para respaldar la credibilidad de la historia. Akeley tiene pruebas, incluso fotografías. El segundo dispositivo, por supuesto, es el medio por el cual los seres de Yuggoth transportan las mentes de sus cautivos a través de vastas distancias estelares:


[«Allí, en una fila ordenada, había más de una docena de cilindros de un metal que nunca había visto antes: cilindros de aproximadamente un pie de alto y algo menos de diámetro, con tres curiosas cavidades colocadas en un triángulo isósceles sobre la superficie frontal convexa de cada uno. Uno de ellos estaba conectado en dos de los enchufes a un par de máquinas de aspecto singular que se encontraban en el fondo. No necesité que me explicaran su significado».


El descubrimiento de este dispositivo [y de sus dueños extraterrestres] proporciona a Wilmarth una comprensión nueva del lugar de la humanidad en el cosmos, uno mucho más peligroso y aterrador que lo que sus pintorescos estudios de folclore han revelado hasta la fecha: «A veces temo lo que traerán los años, especialmente desde que ese nuevo planeta, Plutón, ha sido descubierto», dice Wilmarth cerca del final. Muy típico de Lovecraft, la ciencia ficción no parece trabajar con la esperanza de encontrar algo bueno en lo desconocido, sino con lo opuesto.




H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


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