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«Lukundoo»: Edward Lucas White; relato y análisis.


«Lukundoo»: Edward Lucas White; relato y análisis.




Lukundoo (Lukundoo) es un relato de terror del escritor norteamericano Edward Lucas White (1866-1934), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1925 de la revista Weird Tales, y luego reeditado en la antología de 1927: Lukundoo y otros relatos (Lukundoo and Other Stories). Posteriormente aparecería en otras colecciones, como Grandes cuentos de lo sobrenatural (Great Tales Of The Supernatural, 1944) y El libro del horror de H.P. Lovecraft (H.P. Lovecraft’s Book Of Horror, 1933), entre otros.

Lukundoo, uno de los mejores cuentos de Edward Lucas White, relata la historia de Ralph Stone, un aventurero británico en África que es maldecido por un brujo local, haciendo que unas espantosas protuberancias, como diminutas cabezas humanas capaces de hablar, supuren dolorsamente por su piel [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

SPOILERS.

Lukundoo, escrito en 1907, es quizás la más escalofriante de todas las historias de maldiciones africanas. Edward Lucas White, que afirmaba que las ideas detrás de sus relatos le llegaban en sueños y pesadillas, al principio nos sitúa en la acogedora atmósfera de una reunión de caballeros. Allí, un sujeto llamado Singleton relata la historia de Ralph Stone, un cazador británico en las profundidades de la selvas africanas, quien aparentemente ha deshonrado a un médico brujo local, provocando una terrible maldición. Cuando lo encuentran, el narrador cree que Stone sufre de carbuncos, pero este se rehúsa a ser tratado. En cambio, los arranca utilizando su navaja, cortando «hasta el nivel de la carne».

Los camaradas de Stone lo oyen hablar con dos voces distintas, una de las cuales responde a la otra. Cuando Singleton y los demás escuchan esto, irrumpen en la tienda de Stone y encuentran una visión espantosa: una diminuta cabeza humana [«que maullaba y chillaba»] se ha abierto paso a través de la piel. Singleton, el narrador, se la corta con una navaja, pero al día siguiente la hinchazón ha comenzado de nuevo y aparece otra cabeza, «murmurando y farfullando», como una especie de tumor consciente. Estoico, Stone ruega que le permitan morir en paz [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]

A pesar de su falta de ambigüedad y, en consecuencia, de cualquier pretensión artística, Lukundoo de Edward Lucas White es un relato verdaderamente escalofriante. Las cientos de pústulas que erupcionan por todo el cuerpo de Stone son, en sí mismas, un elemento desagradable; sin embargo, esto es solo el principio, porque a medida que se desarrollan queda claro que cada una de ellas es en realidad una especie de homúnculo: un pequeño ser consciente que emerge desde la carne del explorador. No importa cuántos de estos espantosos seres sean decapitados, hay demasiados, se reproducen a un ritmo alarmante, y algunos de ellos crecen en áreas de la espalda que Stone no puede alcanzar. La única opción del explorador es el suicidio.

A propósito del destino de Ralph Stone, vale la pena mencionar que el 30 de marzo de 1934, siete años después de la muerte de su esposa, Agnes Gerry, Edward Lucas White se suicidó en su casa de Baltimore.

Hay algo extraño y original en la ficción de Edward Lucas White, algo inquietante, visceral, físico, que se destaca de la predecible secuencia de espantos de finales de la era victoriana. Lukundoo es un viaje crudo, sin ambigüedades, probablemente porque el relato pretender ser una simple transcripción de una pesadilla del autor. Al parecer, Edward Lucas White era un hombre que experimentaba pesadillas muy vívidas y desagradables, y que intentaba exorcizar el efecto de estas inquietantes imágenes escribiéndolas. Dicho esto, cualquiera haya sido la pesadilla que inspiró a Lukundoo, esta seguramente se produjo luego de que Edward Lucas White leyera: Pollock y el hombre de Porroh (Pollock and the Porroh Man, 1897), de H.G. Wells [quien, como Rudyard Kipling, era un corresponsal ocasional de Edward Lucas White]; la cual narra la historia de un arrogante viajero británico en Sierra Leona que es maldecido por un brujo tribal.

Ambas historias son fundamentalmente relatos de venganza, y en ambas encontramos a las víctimas abrumadas por el remordimiento y perdiendo finalmente la voluntad de vivir. Uno podría pensar que, en Lukundoo, Stone podría sentirse atormentado por el trato brutal que seguramente les ha dispensado a los nativos africanos, sin embargo, su remordimiento es de índole personal, e involucra a una mujer; de hecho, los humúnculos que supuran por su piel no hacen ninguna referencia racial, sino que apuntan a esta promesa incumplida a una mujer como punto de apoyo para que la maldición haya tenido efecto. En cualquier caso, hay una diferencia importante entre las dos historias. H.G. Wells deja el asunto sin resolver. No sabemos si la maldición de Pollock es real o está solo en su mente, mientras que Edward Lucas White no deja lugar a la ambigüedad, y además amplía el esquema más simple de la trama del cuento de Wells: la maldición infligida a un hombre blanco por un hechicero africano [ver: Zombis: la clase baja en la sociedad de los monstruos]

Lukundoo es una historia directa, manifiestamente sobrenatural, y que al final subvierte algunas de las expectativas que fue construyendo. Es un producto de otra época, y esto se observa en la idea de que Stone no es una víctima al azar. La maldición del brujo solo consiguió arraigarse debido a las propias fallas morales de Stone. En efecto, las horribles cabecitas que van emergiendo de la piel de Stone lo acusan de haber incumplido una promesa [en este caso, sentimental], destruyéndolo desde adentro, literalmente consumiéndolo. En cualquier caso, parece un castigo desproporcionado para cualquiera de los pecados que haya cometido Stone [ver: Tulpas, Seres Interdimensionales y una teoría sobre el Horror]

Las historias de maldiciones africanas aparecieron por primera vez en la literatura británica y estadounidense cuando algunos periodistas y misioneros trajeron los primeros informes sobre los horrores del comercio del caucho en el Congo. En este contexto, la historia más influyente es Lukundoo de Edward Lucas White, que además de entregarnos una historia escalofriante también nos permite observar algunas implicaciones sociológicas y raciales sumamente interesantes. Por otro lado, esta idea de que el remordimiento de Ralph Stone es, en cierta medida, la causa de la aparición de esas locuaces protuberancias que se abren paso por su piel, no solo es innovadora, sino afín al concepto [real o no] de que ciertas enfermedades pueden tener una base emocional. En mi caso, al menos [y lo he intentado sin éxito], me gustaría poder escuchar lo que un tumor tiene para decirme [ver: Toda materia es sensible: nosotros también somos IA]

A propósito, hay un eco distintivo de Lukundoo en el relato de Henry S. Whitehead: Los labios (The Lips, 1929) [que esperamos traducir próximamente en El Espejo Gótico], donde se habla de una invocación ritual [l'kundu] que se desata en barco de esclavos, y que produce pequeñas y horribles bocas [con labios y dientes] abriéndose en la piel de los tratantes.




Lukundoo.
Lukundoo, Edward Lucas White (1866-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Es lógico —dijo Twombly— que un hombre deba aceptar la evidencia que le presentan sus propios ojos, y cuando los ojos y los oídos están de acuerdo, no puede haber duda. Tiene que creer lo que ha visto y oído.

—No siempre —intervino Singleton en voz baja.

Todos se volvieron hacia Singleton. Twombly estaba de pie sobre la alfombra, de espaldas a la chimenea, con las piernas abiertas y su habitual aire de dominar la habitación. Singleton, como de costumbre, estaba acurrucado lo más posible en un rincón. Pero cuando Singleton habló, giramos hacia él con esa espontaneidad halagadora de silencio expectante que invita a la expresión.

—Estaba pensando —dijo después de un intervalo— en algo que vi y escuché en África.

Ahora bien, si había imposible era que Singleton dijera algo definitivo sobre sus experiencias en África. Al igual que con el alpinista de la historia, que sólo podía decir que subió y bajó, la suma de las revelaciones de Singleton se resumía a que había estado allí y se fue. Sus palabras llamaron nuestra atención de inmediato. Twombly se desvaneció de la alfombra de la chimenea, pero ninguno de nosotros recordaba haberlo visto irse. La habitación se reajustó, se centró en Singleton, y hubo un encendido rápido y furtivo de puros nuevos. Singleton también encendió uno, pero se apagó de inmediato y nunca volvió a encenderlo.


I

Estábamos en el Gran Bosque, explorando en busca de pigmeos. Van Rieten tenía la teoría de que los enanos encontrados por Stanley y otros eran un mero mestizaje entre negros comunes y pigmeos reales. Esperaba descubrir una raza de hombres de un metro de altura como máximo, o menos. No habíamos encontrado ningún rastro de tales seres. Los nativos eran pocos; las presas eran escasas y el bosque era profundo y húmedo.

Éramos la única novedad en el país, ningún nativo que conocimos había visto a un hombre blanco antes, la mayoría nunca había oído hablar de hombres blancos. De repente, una tarde, llegó a nuestro campamento un inglés, y él también estaba bastante agotado. No habíamos oído ningún rumor sobre él; pero él, en cambio, no solo había oído hablar de nosotros, sino que había realizado una increíble marcha de cinco días para encontrarnos. Su guía y dos porteadores estaban casi tan cansados como él. A pesar de que estaba hecho jirones y llevaba cinco días sin afeitarse, se podía ver que era naturalmente pulcro, el tipo de hombre que se afeita todos los días.

Era pequeño, pero enjuto. Su rostro era del tipo británico al que se ha desterrado con tanto cuidado la emoción que un extranjero puede pensar que era incapaz de sentir ningún tipo de sentimiento; el tipo de rostro que, si es que tiene alguna expresión, expresa principalmente la resolución de recorrer el mundo con decoro, sin entrometerse ni molestar a nadie.

Su nombre era Etcham. Se presentó con modestia y comió con nosotros con tanta parsimonia que nunca hubiéramos sospechado que sólo había comido tres veces en cinco días. Después de comer y encender su pipa nos dijo por qué había venido.

—Mi jefe…

Habló en voz baja, en un tono suave y uniforme, pero pude ver pequeñas gotas de sudor rezumando por su labio superior debajo de su rechoncho bigote, y había un cosquilleo de emoción reprimida en su tono, una velada ansiedad en sus ojos, una palpitación interior en su comportamiento que me conmovió de inmediato. Van Rieten no tenía ningún sentimiento en él; si estaba conmovido, no lo demostró. Pero escuchó. Eso me sorprendió. Él era el hombre que se negaba de inmediato. Pero escuchó las vacilantes y tímidas insinuaciones de Etcham. Incluso hizo preguntas.

—¿Quién es tu jefe?

—Stone —balbuceó Etcham.

Eso nos electrizó a los dos.

—¿Ralph Stone?

Etcham asintió.

Durante unos minutos, Van Rieten y yo guardamos silencio. Van Rieten nunca lo había visto, pero yo había sido un compañero de clase de Stone, y Van Rieten y yo habíamos hablado de él durante muchas fogatas. Habíamos oído hablar de él dos años antes, al sur de Luebo en el país de Balunda; al parecer, había estado luchando con un médico brujo de Balunda que terminó con la completa confusión del hechicero y la humillación de su tribu ante Stone. Incluso habían roto el silbato del fetiche y le habían dado a Stone los pedazos. Había sido como el triunfo de Elías sobre los profetas de Baal, solo que más real para los Balunda.

Habíamos pensado que Stone estaba lejos, si es que todavía estaba en África, y aquí apareció delante de nosotros y probablemente anticipándose a nuestra búsqueda.


II

La mención de Stone nos trajo toda su tentadora historia, sus fascinantes padres, su trágica muerte; el brillo de sus días universitarios; el deslumbramiento de sus millones; la promesa de su juventud; su amplia notoriedad, su fama; su romántica fuga con la meteórica autora cuya repentina cascada de ficción la había convertido en un nombre tan grande y tan joven; el espantoso escándalo de la demanda por incumplimiento que siguió; la devoción de su novia a pesar de todo; su repentina pelea después de que todo terminó; su divorcio; el anuncio demasiado publicitado de su próximo matrimonio; su matrimonio precipitado con su esposa divorciada; su segunda pelea y su segundo divorcio; su salida de su tierra natal; su advenimiento al continente oscuro.

La sensación de todo esto se apoderó de mí y creo que Van Rieten también lo sintió mientras se sentaba en silencio. Luego preguntó:

—¿Dónde está Werner?

—Muerto —dijo Etcham—. Murió antes de que yo me uniera a Stone.

—¿No estabas con Stone en Luebo?

—No —dijo Etcham—, me reuní con él en Stanley Falls.

—¿Quién está con él? —preguntó Van Rieten.

—Solo sus sirvientes de Zanzíbar y los porteadores —respondió Etcham.

—¿Qué tipo de portadores? —preguntó Van Rieten.

—Hombres Mang-Battu —respondió Etcham simplemente.

Eso nos impresionó mucho, tanto a Van Rieten como a mí. Confirmó la reputación de Stone como un líder notable. Hasta ese momento, nadie había podido utilizar a los Mang-Battu como portadores fuera de su propio país, o mantenerlos durante expediciones largas o difíciles.

—¿Estuviste mucho tiempo entre los Mang-Battu? —fue la siguiente pregunta de Van Rieten.

—Algunas semanas —dijo Etcham—. Stone estaba interesado en ellos. Estudió su lengua y manejaba un vocabulario bastante amplio de sus palabras y frases. Tenía la teoría de que eran una rama de los Balunda y encontró confirmación en sus costumbres.

—¿De qué viven allí? —preguntó Van Rieten.

—Caza, sobre todo —ceceó Etcham.

—¿Cuánto tiempo lleva Stone en reposo?

—Más de un mes —respondió Etcham.

—¡Y has estado cazando para el campamento! —exclamó Van Rieten.

El rostro de Etcham, quemado y desollado como estaba, mostró un rubor.

—Fallé algunos tiros fáciles —admitió con pesar—. No me he sentido bien.

—¿Qué le pasa a su jefe? —preguntó Van Rieten.

—Algo como carbuncos —respondió Etcham.

—Debería poder superar uno o dos carbuncos —declaró Van Rieten.

—No son carbuncos en realidad —explicó Etcham—. Ni uno ni dos. Ha tenido docenas, a veces cinco a la vez. Si hubieran sido ántrax, habría muerto hace mucho tiempo. Pero en algunos aspectos no son tan malos, aunque en otros son peores.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Van Rieten.

—Bueno —vaciló Etcham—, no parecen inflamarse tan profundamente como los carbuncos, ni ser tan dolorosos, ni causar tanta fiebre. Pero luego parecen ser parte de una enfermedad que afecta la mente. Me dejó ayudarlo a vestirse al primero, pero los otros síntomas los ha escondido con más cuidado, de mí y de los hombres. Se queda en su tienda cuando se hinchan y no me deja cambiar los vendajes ni estar con él en absoluto.

—¿Tienen muchos apósitos? —preguntó Van Rieten.

—Tenemos algunos —dijo Etcham dubitativo—. Pero él no los usará; lava los vendajes y los usa una y otra vez.

—¿Cómo está tratando las hinchazones? —preguntó Van Rieten.

—Los corta hasta el nivel de la carne con su navaja.

—¿Qué?

Etcham no respondió, pero lo miró fijamente a los ojos.

—Te ruego que me disculpes —se apresuró a decir Van Rieten—. Me asustaste. No pueden ser carbuncos. Habría estado muerto hace mucho tiempo.

—Pensé que habías dicho que no eran carbuncos —ceceó Etcham.

—¡Pero el hombre debe estar loco! —exclamó Van Rieten.

—Así es —dijo Etcham—. Está más allá de mi consejo o control.

—¿A cuántos ha tratado de esa manera? —preguntó Van Rieten.

—Dos, que yo sepa —dijo Etcham.

—¿Dos?

Etcham se sonrojó de nuevo.

—Lo vi —confesó—, a través de una grieta en la choza. Me sentí impelido a vigilarlo.

—¿Y lo viste hacer eso dos veces?

—Supongo —dijo Etcham— que hizo lo mismo con todos los demás.

—¿Cuántos ha tenido? —preguntó Van Rieten.

—Docenas —ceceó Etcham.

—¿Come? —preguntó Van Rieten.

—Como un lobo —dijo Etcham—. Más que dos portadores.

—¿Puede caminar? —preguntó Van Rieten.

—Se arrastra un poco, gimiendo —dijo Etcham simplemente.

—¿Fiebre? —rumió Van Rieten.

—Suficiente, y a veces demasiado —declaró Etcham.

—¿Ha estado delirando?

—Sólo dos veces —respondió Etcham—. Una cuando se rompió la primera hinchazón, y otra vez más tarde. Entonces no dejaría que nadie se le acercara. Pero pudimos escucharlo hablar de manera constante, y asustó a los nativos. Hamed Burghash dijo que estaba hablando de Balunda. Conozco muy poco a Balunda. No aprendo idiomas fácilmente. Stone aprendió más Mang-Battu en una semana de lo que yo podría haber aprendido en un año. Pero me pareció escuchar palabras como las de Mang-Battu. De todos modos, los portadores de Mang-Battu estaban asustados.

—¿Asustados? —repitió Van Rieten, inquisitivamente.

—También lo estaban los hombres de Zanzíbar, incluso Hamed Burghash, y yo también —dijo Etcham—, sólo que por una razón diferente. Hablaba a dos voces.

—A dos voces —reflexionó Van Rieten.

—Sí —dijo Etcham, más emocionado—. A dos voces, como una conversación. Una era la suya, la otra era una voz pequeña, tenue y balbuceante como nada de lo que hubiese escuchado jamás. Me pareció distinguir, entre los sonidos que hacía la voz profunda, algo así como palabras de Mang-Battu que conocía, como nedru, metebaba y nedo, sus términos para «cabeza», «hombro», «muslo» y tal vez kudra y nekere («hablar» y «silbar»); y entre los ruidos de la voz estridente, matomipa, angunzi y kamomami («matar», «muerte» y «odio»). Hamed Burghash dijo que también escuchó esas palabras. Conocía a Mang-Battu mucho mejor que yo.

—¿Qué dijeron los portadores? —preguntó Van Rieten.

—Dijeron, ¡Lukundoo, Lukundoo! —respondió Etcham. No conocía esa palabra; Hamed Burghash dijo que era la palabra Mang-Battu para «leopardo».

—Es Mang-Battu para «brujería» —dijo Van Rieten.

—No me extraña que pensaran eso —dijo Etcham—. Escuchar esas dos voces bastaba con hacer creer en la hechicería.

—¿Una voz respondiendo a la otra? —preguntó Van Rieten superficialmente.

El rostro de Etcham se puso gris bajo su bronceado.

—A veces, ambas a la vez —respondió con voz ronca.

—¡Ambas a la vez!

—A los hombres también les sonó así —dijo Etcham—. Y eso no fue todo.

Se detuvo y nos miró con impotencia por un momento.

—¿Podría un hombre hablar y silbar al mismo tiempo? —preguntó.

—¿Qué quieres decir?

—Podíamos escuchar a Stone hablando, su gran voz de barítono retumbando, y a través de todo eso pudimos escuchar un silbido agudo y estridente, el sonido más extraño y jadeante. Ya sabes, no importa cuán estridente pueda silbar un hombre adulto, la nota tiene una calidad diferente del silbido de un niño, una mujer o una niña. Suenan más agudos, de alguna manera. Bueno, si puedes imaginarte a la niña más pequeña silbando, ese silbido era así, solo que aún más penetrante, y sonaba directamente a través de los tonos graves de Stone.

—Imagino que intentaron atenderlo, ayudarlo —dijo Van Rieten.

—No es dado a las amenazas —dijo Etcham—, pero nos amenazó, no con volubilidad, ni como un hombre enfermo, sino en silencio y con firmeza, que si alguno de nosotros se le acercaba mientras estaba en ese estado, ese hombre moriría. Y no fueron tanto sus palabras como sus modales los que nos impresionaron. Era como un monarca al mando de la privacidad respetada en un lecho de muerte. Uno simplemente no podía transgredir.

—Ya veo —dijo Van Rieten brevemente.

—Pensé que tal vez… —dijo Etcham, impotente.

Su afecto absorbente por Stone, su verdadero amor por él, brillaba a través de su envoltura de entrenamiento convencional. La adoración de Stone era claramente su pasión principal. Como muchos hombres competentes, Van Rieten tenía una veta de duro egoísmo en él. Entonces salió a la superficie.

El hombre probablemente estaba más allá de cualquier ayuda. Desviar nuestra marcha en un viaje de siete días completos (felicitó a Etcham por sus poderes de marcha) podría arruinar nuestra expedición por completo.


III

Van Rieten tenía la lógica de su lado. Etcham se sentó junto a él, disculpándose como un estudiante de cuarto curso ante un director. Van Rieten dijo:

—Iré tras los pigmeos, arriesgando mi vida. Después de eso, intentaré ayudar a Stone.

—Quizás, entonces, esto te interese —dijo Etcham, muy tranquilamente.

Sacó dos objetos del bolsillo y se los entregó a Van Rieten. Eran redondos, más grandes que ciruelas y más pequeños que melocotones, aproximadamente del tamaño adecuado para encerrarlos en una mano promedio. Eran negros y, al principio, no vi lo que eran.

—¡Pigmeos! —exclamó Van Rieten—. ¡Pigmeos! ¡No tendrían ni dos pies de altura! ¿Quiere decir que son cabezas de adultos?

—No afirmo nada —respondió Etcham de manera uniforme—. Puedes verlo por ti mismo.

Van Rieten me pasó una de las cabezas. El sol se estaba poniendo y la examiné de cerca. Era una cabeza seca, perfectamente conservada y la carne era tan dura como la carne de vacuno argentino. Un trozo de vértebra sobresalía donde los músculos del cuello desaparecido se habían arrugado en pliegues. El mentón diminuto era afilado en una mandíbula saliente, los diminutos dientes blancos e incluso entre los labios retraídos, la nariz diminuta era plana, la frente pequeña retrocedía, había grupos insignificantes de lana atrofiada en el cráneo liliputiense. No había nada infantil o juvenil en la cabeza, más bien estaba madura hasta la senilidad.

—¿De dónde viene esto? —preguntó Van Rieten.

—No lo sé —respondió Etcham—. Los encontré entre los efectos de Stone mientras buscaba medicinas o drogas o cualquier cosa que pudiera ayudarlo. No sé de dónde los sacó. Pero juro que no los tenía cuando entramos en este distrito.

—¿Estás seguro? —preguntó Van Rieten, con los ojos muy abiertos y fijos en los de Etcham.

—Muy seguro —ceceo Etcham.

—Pero, ¿cómo pudo conseguirlos sin tu conocimiento? —objetó Van Rieten.

—A veces estábamos separados diez días seguidos, cazando —dijo Etcham—. Stone no es un hombre que habla demasiado. No me dio cuenta de sus actos y Hamed Burghash mantiene la lengua quieta y controla con fuerza a los hombres.

—¿Ha examinado estas cabezas? —preguntó Van Rieten.

—Superficialmente —dijo Etcham.

Van Rieten sacó su cuaderno. Era un tipo metódico. Arrancó una hoja, la dobló y la dividió en tres partes iguales. Me dio una y otra a Etcham.

—Solo para poner a prueba mis impresiones —dijo—, quiero que cada uno de nosotros escriba por separado lo que más le recuerdan estos jefes. Entonces quiero comparar los escritos.

Le entregué un lápiz a Etcham y él escribió. Luego me lo devolvió y escribí.

—Lee los tres —dijo Van Rieten, entregándome su pieza.

Van Rieten había escrito:

—Un viejo médico brujo de Balunda.

Etcham había escrito:

—Un viejo fetiche Mang-Battu.

Yo escribí:

—Un viejo mago de Katongo.

—¡Ahí! —exclamó Van Rieten—. ¡Mira eso! No hay nada de Wagabi o Batwa o Wambuttu o Wabotu en estas cabezas. Tampoco nada pigmeo.

—Lo pensé mucho —dijo Etcham.

—¿Y dices que no los tenía antes?

—Con certeza, no —afirmó Etcham.

—Vale la pena hacer un seguimiento —dijo Van Rieten—. Iré contigo. Y, en primer lugar, haré todo lo posible para salvar a Stone.

Extendió la mano y Etcham la apretó en silencio. Estaba agradecido.


IV

Nada más que la fiebre de solicitud de Etcham podría haberlo llevado por la pista en cinco días. Le tomó ocho días volver sobre sus pasos con pleno conocimiento de ello. No podríamos haberlo hecho en siete, y Etcham nos instó, con una furia reprimida de ansiedad, no una mera fiebre del deber hacia su jefe, sino un verdadero ardor de devoción, un brillo de adoración personal por Stone que quemaba bajo su seco exterior convencional.

Encontramos a Stone bien cuidado. Etcham se había encargado de hacer un buen cerco de espinas altas alrededor del campamento, las cabañas estaban bien construidas y la de Stone era tan buena como lo permitían sus recursos. La reputación de Hamed Burghash no era exagerada. Tenía en él la formación de un sultán. Había mantenido juntos a los Mang-Battu, ningún hombre se había escapado y los había mantenido en orden. También fue un hábil enfermero y un fiel sirviente.

Los otros dos hombres de Zanzíbar habían realizado una caza digna de crédito. Aunque todos tenían hambre, el campamento estaba lejos de morir de inanición.

Stone estaba en un catre de lona y había una especie de taburete plegable junto a él. Tenía una botella de agua y algunos viales y el reloj de Stone, también su navaja en su estuche.

Stone estaba limpio y no demacrado, pero estaba muy aturdido; era incapaz de mandar o resistir a nadie. No pareció vernos entrar ni saber que estábamos allí.

Debería haberlo reconocido en cualquier lugar. Pero su estilo y gracia juveniles se habían desvanecido por completo, por supuesto. Su cabeza era aún más leonina; su cabello todavía era abundante, amarillo y ondulado; la barba rubia, tupida y tersa que se había dejado crecer durante su enfermedad no se alteró. Todavía era grande, de torso ancho. Sus ojos estaban apagados y balbuceaba meras sílabas sin sentido, no palabras.

Etcham ayudó a Van Rieten a descubrirlo y examinarlo. Estaba en buena forma para un hombre postrado tanto tiempo.

No tenía cicatrices excepto en las rodillas, los hombros y el pecho. En cada rodilla y por encima de ella tenía una veintena de cicatrices redondeadas y una docena o más en cada hombro, todas al frente. Dos o tres estaban abiertas y cuatro o cinco apenas cicatrizaron. No tenía hinchazones frescas excepto dos, una a cada lado, en los músculos pectorales, la de la izquierda estaba más arriba y más lejos que la otra. No parecían forúnculos o ántrax, sino como si algo duro y desafilado estuviera siendo empujado hacia arriba a través de la piel.

—No debería sangrarlas —dijo Van Rieten, y Etcham asintió.

Hicieron que Stone se sintiera lo más cómodo posible y, justo antes del atardecer, volvimos a mirarlo. Estaba acostado de espaldas, y su pecho parecía grande y macizo todavía, pero yacía como en un estupor. Dejamos a Etcham con él y fuimos a la siguiente cabaña, que Etcham nos había entregado. Los ruidos de la jungla no eran diferentes allí que en cualquier otro lugar durante los últimos meses, y pronto me quedé profundamente dormido.


V

En algún momento en la oscuridad total me encontré despierto y escuchando. Podía escuchar dos voces, una de Stone, la otra sibilante y jadeante. Conocí la voz de Stone. La otra no se parecía a nada de lo que recordaba. Tenía menos volumen que el llanto de un bebé recién nacido, pero un insistente poder de carga, como el chillido de un insecto. Escuché a Van Rieten respirar cerca de mí en la oscuridad. Se dio cuenta de que yo también estaba escuchando. Como Etcham, conocía poco de Balunda, pero pude distinguir una palabra o dos. Las voces se alternaron con intervalos de silencio entre ellas.

Entonces, de repente, ambas sonaron a la vez y rápido, el bajo barítono de Stone, pleno como si estuviera en perfecto estado de salud, y ese falsete increíblemente estridente, ambos parloteando a la vez como las voces de dos personas que se pelean y tratan de hablarse entre sí.

—No puedo soportar esto —dijo Van Rieten—. Echémosle un vistazo.

Tenía una de esas linternas eléctricas cilíndricas. Lo buscó a tientas, tocó el botón y me hizo señas para que lo acompañara. Fuera de la cabaña, me indicó que me quedara quieto e instintivamente apagó la luz, como si ver dificultara la escucha.

Excepto por un tenue resplandor de las brasas del fuego de los portadores, estábamos en completa oscuridad, la luz de las pequeñas estrellas luchaba a través de los árboles, el río no hacía más que un leve murmullo. Podíamos escuchar las dos voces juntas y luego, de repente, la voz chirriante se transformó en un silbido cortante, indescriptiblemente cortante, continuando a través del torrente de gruñidos de palabras de Stone.

—¡Dios! —exclamó Van Rieten.

De repente, encendió la luz.

Encontramos a Etcham completamente dormido, exhausto por su larga ansiedad y los esfuerzos de su fenomenal marcha, relajado ahora que su carga, en cierto sentido, había pasado de sus hombros a los de Van Rieten. Ni siquiera la luz en su rostro lo despertó.

El silbido había cesado y las dos voces ahora sonaban juntas. Ambas venían del catre de Stone, donde el rayo blanco concentrado lo mostraba acostado tal como lo habíamos dejado, excepto que se había echado los brazos por encima de la cabeza y se había arrancado las mantas y vendas del pecho.

La hinchazón de su pecho derecho se había disipado. Van Rieten apuntó la línea central de la luz hacia él y lo vimos claramente.

De su carne, crecida de ella, sobresalía una cabeza, una cabeza como las muestras secas que nos había mostrado Etcham, como si fuera una miniatura de la cabeza de un fetiche Balunda. Era negra, negra brillante como la piel africana más negra; hizo rodar el blanco de sus ojos malvados y diminutos y mostró sus dientes microscópicos entre labios repulsivamente negroides. Tenía lana crujiente en su cráneo, se volvía malignamente de un lado a otro y chillaba incesantemente en ese inconcebible falsete. Stone balbuceó entrecortadamente contra su golpeteo.

Van Rieten se apartó de Stone y despertó a Etcham con cierta dificultad. Cuando lo logró, lo vio todo, Etcham lo miró fijamente y no dijo una palabra.

—¿Lo viste cortar las dos hinchazones? —preguntó Van Rieten.

Etcham asintió, ahogado.

—¿Sangra mucho? —preguntó Van Rieten.

—Muy poco —respondió Etcham.

—Sujeta sus brazos —le dijo Van Rieten a Etcham.

Tomó la navaja de Stone y me entregó la luz. Stone no mostró señales de ver la luz o de saber que estábamos allí. Pero la cabecita maulló y chilló.

La mano de Van Rieten era firme, y el movimiento de la navaja era uniforme y certero. Stone sangró sorprendentemente poco y Van Rieten vendó la herida como si hubiera sido un hematoma o un rasguño.

Stone había dejado de hablar en el instante en que cortaron la cabeza excrecente. Van Rieten me quitó la luz. Tomando una pistola, escudriñó el suelo junto al catre y bajó la culata una y dos veces, con saña. Regresamos a nuestra cabaña, pero dudo que haya dormido.


VI

Al día siguiente, cerca del mediodía, a plena luz del día, escuchamos las dos voces desde la cabaña de Stone. Encontramos que Etcham se quedó dormido a su cargo. La hinchazón de la izquierda había desaparecido, y otra cabeza estaba allí murmurando y farfullando. Etcham se despertó y los tres nos quedamos mirándonos. Stone intervino vocablos roncos en el tintineante gorgoteo del enunciado del presagio.

Van Rieten dio un paso adelante, tomó la navaja de Stone y se arrodilló junto al catre. La atomía de una cabeza le chilló un gruñido jadeante. Entonces, de repente, Stone habló en inglés.

—¿Qué haces tú con mi navaja?

Van Rieten retrocedió y se puso de pie.

Los ojos de Stone ahora estaban claros y brillantes, deambulaban por la cabaña.

—El fin —dijo—. Reconozco el final. Me parece ver a Etcham, como en la vida. ¡Pero Singleton! ¡Ah, Singleton! ¡Los fantasmas de mi niñez vienen a verme pasar! ¡Y tú, extraño espectro de la barba negra, y mi navaja! ¡Todos vosotros!

—No soy un fantasma, Stone —logré decir—. Estoy vivo. También lo están Etcham y Van Rieten. Estamos aquí para ayudarte.

—¡Van Rieten! —exclamó—. Mi trabajo pasa a manos de un mejor hombre. Que la suerte te acompañe.

Van Rieten se acercó a él.

—Quédate quieto un momento, viejo —dijo con dulzura—. Será sólo una punzada.

—Me he quedado quieto durante muchas punzadas —respondió Stone con bastante claridad—. Déjame morir a mi manera. Puedes cortar diez, cien, mil cabezas, pero no puedes cortar ni remover la maldición. Lo que está empapado en el hueso no saldrá de la carne, como tampoco lo que se crió allí. Déjame. Promételo.

Su voz tenía todo el antiguo tono autoritario de su niñez e influyó en Van Rieten como siempre había influido en todo el mundo.

—Lo prometo —dijo Van Rieten.

Los ojos de Stone se nublaron de nuevo.

Luego, los tres nos sentamos alrededor de Stone y observamos cómo ese espantoso y balbuceante prodigio surgía de su carne: aparecieron dos horribles bracitos negros y alargados. Las uñas infinitesimales eran perfectas, la mancha rosada en la palma era horriblemente natural. Estos brazos gesticularon y el derecho se dirigió hacia la barba rubia de Stone.

—No puedo soportar esto —exclamó Van Rieten y volvió a tomar la navaja.

Al instante, los ojos de Stone se abrieron, duros y brillantes.

—¿Romperás tu palabra? —pronunció lentamente.

—¡Nunca! Pero debemos ayudarte —jadeó Van Rieten.

—Estoy más allá de toda ayuda y de todo dolor —dijo Stone—. Esta es mi hora. Esta maldición no ha sido puesta sobre mí; surgió de mí, como este horror aquí. Me voy.

Cerró los ojos y nos quedamos indefensos mientras la figura adherida soltaba frases estridentes. Al cabo de un momento, Stone volvió a hablar.

—¿Hablas todas las lenguas? —preguntó espesamente.

Y el homúnculo emergente respondió en repentino inglés:

—Sí, en verdad —dijo, sacando su lengua microscópica, retorciendo sus labios y moviendo su cabeza de lado a lado.

Podíamos ver las costillas filiformes de sus exiguos flancos agitarse como si la cosa respirara.

—¿Ella me ha perdonado? —preguntó Stone, casi ahogado.

—No mientras el musgo cuelgue de los cipreses —chilló la cabeza—. No mientras las estrellas brillen en el lago Pontchartrain.

Y entonces, Stone, con un solo movimiento, se tiró de costado. Al instante siguiente, estaba muerto.

***


Cuando la voz de Singleton cesó, la habitación se calló durante un rato. Podíamos oírnos respirar. Twombly, el falto de tacto, rompió el silencio.

—Supongo —dijo—, que cortó el homúnculo y lo trajo a casa en alcohol.

Singleton le miró con semblante severo.

—Enterramos a Stone —dijo— sin mutilarlo.

—Pero —dijo el inconcebible Twombly—, todo es increíble.

Singleton se puso rígido.

—No esperaba que lo creyeras —dijo—. Comencé diciendo que, aunque lo escuché y lo vi todo, cuando miro hacia atrás, no puedo creerlo.

Edward Lucas White (1866-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Edward Lucas White.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Edward Lucas White: Lukundoo (Lukundoo), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Las sombras»: Henry S. Whitehead; relato y análisis


«Las sombras»: Henry S. Whitehead; relato y análisis.




Las sombras (The Shadows) es un relato de terror del escritor norteamericano Henry S. Whitehead (1882-1932), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1927 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1944: Jumbee y otros relatos de vudú (Jumbee and Other Uncanny Tales).

Las sombras, probablemente uno de los cuentos de Henry S. Whitehead menos conocidos, relata la historia del señor Stewart, un hombre perfectamente racional que, noche tras noche, observa cómo su habitación es ocupada por seres fantasmales, como si estuvieran grabados o superpuestos sobre la realidad objetiva, mientras repiten un crimen cometido muchos años atrás.

SPOILERS.

Las sombras de Henry S. Whitehead no es una historia particularmente aterradora, pero sí llena de suspenso e inquietud. Puede haber sido la intención del autor mantener un tono ligero, ya que los aspectos sobrenaturales de la historia parecen fuera de contexto para la época, casi adelantados a su tiempo. Esencialmente el narrador es testigo de la aparición de Gente Sombra (Shaow People), o al menos una versión local, mientras repiten de forma cíclica un crimen cometido muchos años antes, como si de algún modo este hubiese quedado impreso en el lugar (ver: ¿Energía Residual o entidades inteligentes?). Curiosamente, el narrador no parece afectado por esos sucesos, sino más bien estimulado en su curiosidad.

Es interesante que algunas de las fuentes en materia sobrenatural que menciona el narrador sean John Silence, el detective psíquico de Algernon Blackwood; Elliot O'Donnell [un escritor que, en su tiempo libre, se dedicaba a cazar fantasmas], y William Hope Hodgson. De hecho, el temperamento aplomado del narrador de Las sombras parece inspirado Carnacki.

Las sombras gira en torno a una cosa con cabeza de pez, al parecer, un dios aborigen adorado y temido por los habitantes originales de la isla, una monstruosidad mitad hombre, mitad pez. La mención de una estatuilla que representa a esta entidad seguramente recuerda a H.P. Lovecraft, quien de hecho era amigo cercado del autor. Henry S. Whitehead alude a la aparición de este dios-pez en varias culturas alrededor del mundo, tal como lo hace Lovecraft para los miembros de su panteón de Antiguos (ver: Lovecraft y el culto secreto de los Antiguos). Si bien este es un detalle significativo, no podemos decir que Las sombras pertenezca a los Mitos de Cthulhu.

Nadie parece querer brindarle al narrador detalles de cómo murió el anterior dueño de su casa, el Viejo Morris. Tanto el señor Bonesteel como el señor Despard, caballeros muy respetables, guardan silencio sobre lo que aparentemente fue un asunto sórdido. Sin embargo, una excéntrica anciana criolla, la señora Heidenklang, le proporciona a Stewart una útil historia de fondo y algunos comentarios antropológicos pertinentes. Sus observaciones sugieren la supervivencia de antiguas prácticas ocultas con las que el Viejo Morris pudo haberse involucrado. Gran parte de Las sombras es un repaso de las investigaciones de Stewart, quien aparentemente solo busca una explicación racional para las sombras recurrentes que frecuentan su habitación cada noche (ver: Lo Siniestro en la ficción: cuando lo familiar se vuelve extraño)

El segundo aspecto más interesante de Las sombras de Henry S. Whitehead es el narrador, el señor Stewart, cuya mentalidad es una mezcla de filosofía materialista y fe calvinista tradicional. Aplica la razón a lo que observa, que es la superposición gradual de ciertas imágenes del pasado sobre el presente. Toma notas, realiza bocetos regularmente a medida que la visión se vuelve más nítida. En cierto sentido, Stewart le infunde energía al extraño efecto óptico simplemente prestándole atención. No está claro por qué, pero no parece tener miedo del fenómeno, a pesar de que su observación exige una total oscuridad; al menos hasta el final, donde se desmaya oportunamente al ver que la Sombra, este dios-pez, asesinó al Viejo Morris, probablemente cobrando una deuda impaga en términos espirituales, y que ahora algo comienza a moverse junto a la cama (ver: Gente Sombra, el Horla, y el portal interdimensional de Maupassant).

Pero lo más interesante de Las sombras de Henry S. Whitehead es, precisamente, esta entidad similar a la Gente Sombra, aunque de fisonomía más bien híbrida, y la forma en que los espantosos sucesos del pasado, el asesinato del Viejo Morris, de algún modo han quedado grabados en aquella habitación (ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?)




Las sombras.
The Shadows, Henry S. Whitehead (1882-1932)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


No empecé a ver las sombras hasta que viví en la casa del viejo Morris durante más de una semana. Morris, muerto y desaparecido durante muchos años, había sido el descendiente de un colono irlandés en Santa Cruz, de una familia que había llegado a la isla cuando los daneses, al no colonizar sus ricos acres, los abrieron a los colonos a mediados del siglo XVIII, la mayoría, hijos menores de la nobleza irlandesa, escocesa e inglesa que habían tomado haciendas azucareras y habían comenzado esa vida de señorío que duró un siglo, y que declinó después de la abolición de la esclavitud y la recompensa alemana por el azúcar de remolacha había iniciado el largo proceso de comercialización de las Indias Occidentales. La juventud del señor Morris transcurrió en las islas francesas.

Las sombras eran al principio tan vagas que las atribuí por completo a la leve debilidad que comenzó a afectar mis ojos en la primera infancia y que, aunque nunca interfirió materialmente con el disfrute de la vida en general, me había obligado al uso de anteojos para leer o escribir. Mi primera experiencia con ellas fue alrededor de la una de la mañana. Había estado en una fiesta de caballeros en la finca de la familia Hacker: Emerald, ubicada a tres millas de Christiansted, la ciudad del norte, construida en el sitio de la antigua ciudad francesa abandonada de Bassin.

Había llegado a casa de la fiesta y me estaba desnudando en mi habitación, que es una de las dos habitaciones del lado oeste de la casa que se encuentra en el borde del antiguo mercado dominical. Estos dos dormitorios se abren a la plaza del mercado, y yo los había elegido, a pesar de su poca ventilación, debido al espacio exterior. Me gusta mirar los árboles por la mañana temprano, siempre que sea posible, y el antiguo mercado se ve ensombrecido por el follaje de árboles de caoba centenarios y algunos otaheites nudosos.

Casi había terminado de desvestirme, había notado que mi criado había bajado y abrochado adecuadamente el mosquitero, y había entrado en el otro dormitorio para abrir las persianas para que pudiera recibir la mayor cantidad posible de brisa nocturna circulando por la casa. Me estaba quitando la bata cuando se hizo evidente la primera percepción débil de lo que he llamado las sombras. Estaba muy oscuro, justo después de apagar la luz eléctrica. De hecho, tuve que palpar la entrada. En esto experimenté algunas dificultades, y mis ojos no se habían adaptado completamente a la tenue luz de las estrellas que se filtraba a través de las persianas cuando atravesé la puerta y me dirigí a tientas hacia la gran cama con dosel de caoba.

Vi el poste más cercano alzarse ante mí, más cerca de lo que esperaba. Extendí mi mano pero no toqué nada. Con sorpresa, miré a través de la luz ligeramente creciente, mientras mis ojos se adaptaban al cambio repentino.

Sí, seguramente, estaba la esquina de la cama justo enfrente de mi cara. A estas alturas mis ojos estaban lo suficientemente sintonizados con la luz del exterior para ver un poco más claro. Me quedé perplejo. La cama no estaba donde se suponía que estaba. ¿Qué podría haber ocurrido? Que los sirvientes hubieran movido mi cama sin órdenes de hacerlo era increíble. Además, me había desvestido, a plena luz eléctrica en esa habitación, no hace más de unos minutos, y entonces la cama estaba exactamente donde había estado desde que la moví a esa habitación una semana antes. Pateé, suavemente, delante de mí con un pie en pantuflas, contra el lugar donde parecía estar el poste de la cama, y mi pie no encontró resistencia.

Me acerqué a la luz de mi propia habitación y apreté el botón. En el repentino resplandor, todo volvió a la normalidad. Allí estaba mi cama, y aquí, en sus lugares habituales, estaban alineadas las sillas, el armario pulido (no usamos armarios convencionales en las Indias Occidentales), el tocador de caoba, incluso mi ropa, que había colgado sobre un silla donde la encontraría mi criada Albertina por la mañana.

Negué con la cabeza. La luz y la sombra en estas islas parecen, de alguna manera, diferentes de lo que son en casa en los Estados Unidos. Los trucos que juegan son trucos diferentes.

Apagué la luz de nuevo y, en la oscuridad me arrastré por debajo del borde suelto del mosquitero y lo metí debajo del colchón de ese lado, ajusté las almohadas y las sábanas y me instalé para descansar. Incluso para un hombre moderado estas fiestas de caballeros a veces son bastante agotadoras. Cerré los ojos y me quedé dormido antes de que pudiera poner en palabras estas últimas ideas.

En la mañana desapareció el recuerdo de la experiencia la noche anterior. Salté de la cama y me metí en la ducha a las seis y media, porque le había prometido a O'Brien, capitán de la Infantería de Marina de los Estados Unidos, que saldría con él al campo de tiro de La Grande Princesse esa mañana. con él. Me gusta O'Brien y no me interesa la eficacia de los marines del tío Sam, pero mi principal objetivo era vigilar a los pelícanos. Allí, en la gloriosa playa de Estate Grande Princesse («Gran Princesa» como la llaman los negros), una colonia de pelícanos tiene su hogar, y es una fuente interminable de diversión para mí verlos pescar. Un pelícano caribeño es probablemente el aviador más elegante que tenemos en estas latitudes.

Mientras el capitán hablaba con uno de sus lugartenientes y media docena de hombres alistados que había acampado allí, me deslicé hasta la playa para observar a los pelícanos. Tres o cuatro de ellos describían curvas y giros de complejidad indescriptible y gracia perfecta sobre el agua del arrecife. Se detenían en seco en el aire, se doblaban como una navaja, volvían la cabeza hacia abajo, sus grandes picos embolsados se extendían como la punta de una lanza cruel, y caía en picada, emergiendo un instante después con un pez en el pico.

Me quedé allí demasiado tiempo para mis ojos y cuando llegué a casa me puse un par de gafas de sol que guardo para tales emergencias.

El lado este de la casa estaba sombreado contra la luz del sol de la mañana, y en esta doble sombra miré para ver que mis ojos se aclaraban. Las visión borrosa, producto del sol, persistió de esa manera molesta y recurrente, casi desapareciendo y luego regresando dentro de los fluidos del ojo mismo. Tan persistente era la sensación de incomodidad que decidí mantener los ojos cerrados durante un tiempo considerable y ver si eso les permitiría recuperarse. Fue muy molesto. Por eso llamé a Albertina.

—Albertina —le dije, cuando había llegado a la puerta—, por favor entra en mi dormitorio y cierra bien las celosías.

—Ah, sí, señor —respondió la obediente Albertina, y la oí cerrar las persianas.

Le di las gracias y me dirigí con los ojos medio cerrados al dormitorio, que, aún no invadido por la luz del sol de la tarde, ofrecía una apariencia de profundo crepúsculo. Me acosté, boca abajo, con una almohada debajo de la cara y mis ojos enterrados en la oscuridad.

Muy gradualmente me fui recuperando. Levanté la cabeza y, cuando abrí los ojos en la penumbra, allí estaba, con un contorno tenue en la esquina opuesta de la habitación, lejos de la pared exterior en el lado de la plaza del mercado, el enorme armazón de la cama danesa que había notado vagamente la noche anterior.

Fue la sensación más curiosa, mirar esa cama en la penumbra de la habitación. Me acordé de esos cuentos cuatridimensionales que son tan populares hoy en día, porque la cama estaba, espacialmente, en mi gran escritorio, ¡y lo curioso fue que pude ver el escritorio al mismo tiempo! Me froté los ojos, un poco imprudentemente. Entonces miré fijamente a la gran cama, y se volvió borrosa, se oscureció y desapareció de mi vista.

Una vez más me sentí perplejo, me acerqué a donde parecía estar y caminé a través de ella, ya no era perceptible para mi visión ahora restaurada. Salí al pasillo y medité en este extraño fenómeno. No pude explicarlo. Lo de la noche anterior no tenía nada que ver con el licor bebido en mi pequeño chapuzón social, y lo de ahora… No tenía ninguna duda razonable de que se trataba de un problema de visión defectuosa. Sin embargo, me habían examinado los ojos en Nueva York tres meses antes, y el oculista me había asegurado que no había indicios visibles de deterioro. De hecho, el doctor Jusserand había dicho en ese momento que mis ojos estaban más fuertes que cuando los examinó seis meses antes.

Quizás esta convicción de que todo se debía a mi propia deficiencia física, explica el hecho de que no me sintiera… perturbado por lo que vi o pensé que vi. Enfréntese al materialista más completo con un fantasma, y actuará precisamente como cualquier otra persona; como cualquier ser humano normal que cree en el mundo material como signo exterior y visible de algo que lo anima. ¡Todos los seres humanos normales, creo, son sacramentalistas!

Por esta razón pude pensar con claridad sobre el fenómeno. Mi mente no estaba nublada ni confundida por el miedo y sus conocidos efectos fisiológicos. Puedo, con bastante facilidad, registrar lo que vi en el transcurso de los próximos días. La cama era más clara para mi visión y aprensión de lo que había estado. Parecía haber aumentado su visibilidad; en una especie de substancialidad, si es que existe tal palabra! Parecía más material que antes, menos sombría.

Miré alrededor de la habitación y vi otros muebles: un enorme escritorio de caoba anticuado con cabezas de hombres talladas en los nudillos de las patas delanteras, a la moda danesa. Me dicen que hay tallados similares en el museo de Copenhague.

Aquella noche, cuando estaba listo para retirarme, y había abierto una vez más las persianas del dormitorio delantero y había apagado la luz. Busqué, dadas las circunstancias, los contornos de esos muebles fantasmales. Ahora eran mucho más claros. Los estudié con un cierto sentido de desapego científico. Incluso entonces me resultó evidente que ninguna debilidad en los ojos podría explicar razonablemente la presencia de un conjunto bien definido de muebles de caoba en una habitación ya amueblada con muebles reales.

Pero ya me había acostumbrado lo suficiente para poder examinarlo todo sin ese elemento siempre inquietante del miedo: la extrañeza. Miré el armazón de la cama y las sillas, el gran escritorio y un armario fantasmal, enorme y curiosamente tallado, estudiando sus contornos, notando sus posiciones relativas. Fue en esa ocasión que se me ocurrió que sería de interés hacer algún tipo de dibujo de ellos. Después de eso, busqué con más atención, fijando los detalles en mi mente, y luego fui al pasillo, tomé papel y lápiz y me puse manos a la obra.

Fue un trabajo duro, este de reproducir algo que yo sabía muy bien que era una especie de aparición. Por supuesto, no podría hacer una comparación directa. Quiero decir que era imposible mirar mi dibujo y luego mirar los muebles. Siempre hubo un intervalo necesario entre los dos procesos. Persistí durante varias noches, e incluso tuve la costumbre de entrar en mi dormitorio en la oscuridad de la noche, mirar lo que había allí y luego intentar reproducirlo. Después de cinco o seis días, tenía un plano justo, con considerable detalle, de la disposición de este extraño mobiliario en mi dormitorio, un plano o dibujo que sería reconocible si hubiera alguien vivo que recordara tal disposición.

Será evidente que una historia había estado creciendo en mi mente, o, al menos, que había llegado a algún tipo de convicción de que lo que vi era una reproducción de algo que alguna vez existió con el mismo detalle y orden preciso.

En la séptima noche se produjo una interrupción.

Para entonces ya había terminado mi trabajo bastante bien. Había dibujado la habitación como se vería con esos muebles, y había repasado todo con tinta china, con mucho cuidado. Como dibujo, la cosa estaba terminada hasta donde me lo permitía mi indiferente habilidad de dibujante.

Esa séptima noche, estaba mirando el aspecto de la habitación, los escrúpulos que la inquietud de la situación podrían haber producido se redujeron a casi nada en parte por mi interés, en parte por haberme acostumbrado. Esta noche estaba haciendo una comparación lo más cuidadosa posible entre mi trabajo recordado en papel y la apariencia detallada de la habitación. A estas alturas, los muebles se destacaban claramente, con una especie de luz propia que solo puedo comparar aproximadamente con la fosforescencia. No era del todo eso, pero se acerca a lo que quiero decir. Supongo que el aspecto de la habitación era algo así como lo que ve un gato cuando arquea la espalda —como ha señalado Algernon Blackwood, en John Silence— y se frota contra las piernas imaginarias de algún personaje enteramente invisible para el hombre, que se pregunta ociosamente qué se ha apoderado de su mascota.

Estaba, como digo, estudiando los detalles. No pude encontrar que había omitido nada sobresaliente. El detalle también estaba bastante claro ahora. No había contornos borrosos como había habido en las primeras noches. Mi propio mobiliario material, por así decirlo, se había hundido de nuevo en la invisibilidad, lo cual era bastante sensato, ya que había puesto la habitación en una oscuridad tan casi perfecta como pude, y no había luna que interfiriera esas noches.

Lo había recorrido con la mirada, de arriba abajo por las patas retorcidas del gran escritorio, a lo largo de la ornamentación tallada de la parte superior del armario, a lo largo de las líneas de las sillas, y había regresado a la cama. Fue en este punto de mi revisión cuando obtuve lo que debo describir como el primer impacto de toda la experiencia.

Algo se movió junto a la cama.

Miré con atención, forzando la vista para captar lo que podría ser. Había sido algo voluminoso, un objeto de movimiento lento, en el lado más alejado de la cama, borroso, un poco como los contornos originales se habían borrado al comienzo de mi experiencia de la semana. Los ahora fuertes y claros contornos de la cama, y lo que podría describir como su sustancia etérea, se interpusieron entre la cosa y yo. Además, la visión de la masa que se movía lentamente se oscureció aún más por un mosquitero fantasmal, que había sido uno de los últimos detalles en entrar en el alcance de mi extraña visión nocturna.

Esos pliegues del mosquitero se movieron ante mis ojos.

¡Alguien, casi podría imaginarse, se estaba metiendo en esa cama!

Me senté, petrificado. Esto fue demasiado para mí. Podía sentir los pequeños escalofríos subir y bajar por mi columna. Me picaba el cuero cabelludo. Puse mis manos sobre mis rodillas y apreté con fuerza. Respiré hondo varias veces. Alloverish es una antigua expresión de Nueva Inglaterra, una vez muy utilizada por las solteronas, creo, residentes en esa sección intelectual de los Estados Unidos. Cualquiera que sea la connotación precisa del término, así me sentí. Podía sentir la sensación reactiva, quiero decir, de esa parte particular de toda la experiencia, en cada parte de mi ser, ¡cuerpo, mente y alma! Fue... paralizante.

Levanté una mano que temblaba violentamente, apenas podía controlarla, y los dedos, cuando tocaron el botón de goma dura, se sintieron entumecidos, y encendí la luz del dormitorio, y pasé los siguientes diez minutos recuperándome.

Esa noche, cuando llegué a retirarme, temí lo que pudiera llegar a mi visión cuando apagara la luz. Esto, sin embargo, logré razonar conmigo mismo. Utilicé varios argumentos: hasta el momento no había ocurrido nada que me molestara o lastimara; si esto fuera una experiencia acumulativa, si algo me fuera revelado por este proceso deliberado de lenta materialización, entonces bien podría ser para algún propósito bueno y útil.

¡Podría ser, en cierto sentido, el agente de la Providencia! Si fuera de otra manera; si era la obra maligna de algún espíritu desencarnado, o algo por el estilo, bueno, todos los domingos desde mi niñez, en la iglesia, había recitado el Credo, y así admití, junto con el clero y el resto de la congregación, que Dios nuestro Padre había creado todas las cosas, ¡visibles e invisibles! Si fuera esta parte de Su creación en acción, para cualquier propósito, entonces Él era más fuerte que ellos. Dije una breve oración antes de apagar la luz y puse mi confianza en Él.

Apagué la luz y, ya más claro, vi lo que debía de ser el Viejo Morris, metiéndose en la cama.

Había entrevistado al viejo señor Bonesteel, el topógrafo del gobierno, un caballero de mucha experiencia, un antillano nacido en esta isla. El señor Bonesteel, en respuesta a mis cautelosas preguntas, había dicho que recordaba bien al viejo Morris, en su propia y remota juventud. Su descripción de ese personaje y la de la aparición coincidieron. Este, sin duda, era el Viejo Morris. Que era alguien, era evidente. De alguna manera, me sentí bastante aliviado al darme cuenta de que era él. Sabía algo sobre este personaje. El señor Bonesteel me había dado una buena descripción y muchas anécdotas, con bastante libertad.

De hecho, se había mostrado más reticente, cauteloso, cuando lo presioné para que me diera detalles sobre el final de Morris. Investigaciones tan casuales como las que había hecho en otras ocasiones por interés natural en la persona cuyo nombre todavía se aferraba a mi casa sesenta años o más desde que había vivido en ella, nunca me habían llevado a ninguna parte. Solo había recopilado lo que corroboró el relato más amplio del señor Bonesteel: que Morris había sido excéntrico, que había sido extraordinariamente acomodado, que organizaba grandes fiestas ocasionales que, contrariamente a la costumbre de la hospitalaria isla de St. Croix, siempre debían llegar a una conclusión mucho antes de la medianoche. ¡Vaya, había una historia de Old Morris casi literalmente deshaciéndose de unos pocos invitados reacios de estas fiestas, circunstancia de la que dependían varias de las divertidas anécdotas de ese excéntrico personaje!

El Viejo Morris no siempre había vivido en St. Croix. Pasó su juventud en Martinica, en la entonces pequeña y menos importante ciudad de Fort-de-France. Eso, por supuesto, fue muchos años antes de que tuviera lugar la terrible calamidad de la destrucción de St. Pierre, por la erupción del monte. Pelee. El Viejo Morris, que llegó a St. Croix a una edad madura, cuarenta y cinco años más o menos, ya había sido considerado un hombre rico. No se había dedicado a ningún negocio. No era plantador, ni tendero, no tenía profesión. Dónde produjo su riqueza fue uno de los misterios locales. Su edad, al parecer, era la otra.

—Supongo —había dicho el señor Bonesteel—, que Morris estaba más cerca de los ciento noventa cuando murió. Yo era un niño de unos ocho años en ese momento. Cumpliré setenta el próximo mes de agosto. Eso, verán, sería hace unos sesenta y dos años, alrededor de 1861, o más o menos cuando comenzaba la Guerra Civil. Ahora, mi padre me ha dicho que murió cuando yo tenía diecinueve años, ¡y que el Viejo Morris tenía exactamente el mismo aspecto que cuando era niño! Extraordinario, solía decir la gente negra.

El señor Bonesteel se quedó en silencio, y sus ojos tenían la mirada oscura y lejana de un anciano.

—La gente negra tiene creencias muy extrañas, señor Bonesteel —dije, tratando de incitarlo—. He oído hablar de muchas de ellas y me interesan mucho.

El señor Bonesteel volvió sus suaves ojos azules hacia mí, pensativo.

—Debe pasar por mi casa uno de estos días, señor Stewart —dijo con suavidad—. ¡Tengo un ron añejo que me encantaría que probara, señor! No hay mucho de eso en la isla estos días, desde que el Tío Sam nos liberó sus leyes de prohibición en 1922.

—Muchas gracias, señor Bonesteel —contesté—. Aprovecharé la primera ocasión para hacerlo, señor; no es que me guste especialmente el ron, excepto una cucharada en una taza de té, o en salsa de pudín, tal vez; pero el placer de su compañía, señor, es siempre un aliciente.

El señor Bonesteel se inclinó ante mí con gravedad y yo le devolví la reverencia desde donde estaba sentado en su espaciosa oficina en la Casa de Gobierno.

—¿Se opondría a mencionar cuál era esa creencia, señor?

Una expresión un poco dolorida reemplazó la mirada de hospitalidad de mi viejo amigo.

—¡Todo eso es una tontería! —dijo él, con algo así como aspereza. Me miró contemplativamente—. No es que crea en tales cosas, debe entenderlo. Aun así, un hombre ve muchas cosas en estas islas, en toda su vida, ya sabe.

El señor Bonesteel miró con aprensión a su alrededor, como reacio a que uno de sus empleados escuchara lo que estaba a punto de decir, y se inclinó hacia mí desde su silla, bajando la voz a un susurro.

—Se dice que Morris, allá en Martinica, se metió con cosas extrañas. Ofendió a los Zombi, algo por el estilo. Se dice también que Morris puso algún tipo de condición. ¡Oh, todo es muy vago, y probablemente falso! Ya sabe, me refiero a que iba a tener una larga vida y todo el dinero que quisiera, y después… En fin, señor Stewart, pregúntele a alguien, en algún momento, sobre la muerte de Morris.

Ni una palabra más sobre Viejo Morris podría sacar del señor Bonesteel.

Pero, por supuesto, los indicios me habían excitado. Probé con Despard, que vive en el otro extremo de la isla, un hombre educado en la Sorbona. Se rumorea que lo conoce todo la isla y sus asuntos extraños. Pero sucedió lo mismo con él, que es un tipo de persona completamente diferente; más joven, para empezar, que mi viejo amigo el topógrafo del gobierno.

El señor Despard sonrió, una especie de sonrisa irónica.

—¡Viejo Morris! —dijo, pensativo, y se detuvo—. ¿Por qué desea rescatar un asunto tan antiguo como la muerte del Viejo Morris?

Lo noté un poco desconcertado. El señor Despard había sido perfectamente cortés, como siempre lo es, pero, de alguna manera, no esperaba tal intervención de su parte.

—Vaya —dije—, me resultaría difícil decírselo con precisión, señor Despard. No es que sea reacio a ser franco ante una investigación. No sabía que había algo importante sobre ese asunto. Póngalo a la mera curiosidad, si quiere, y responda o no, como quiera, señor.

Tal vez me sentí un poco molesto. Percibía una obstrucción meticulosa en mi camino. ¿Qué podría haber en tal caso para esta reticencia formal? Si se trataba de una historia jumbee, no tenía ninguna importancia. De lo contrario, Despard podría considerarme una persona de discreción razonable. Quizás Despard era algún pariente del Viejo Morris, y había algo un poco extraño en su muerte. Eso también podría explicar la reticencia del señor Bonesteel.

—Por cierto —pregunté—, ¿podría hacerle otra pregunta, señor Despard?

—Ciertamente, señor Stewart.

—No deseo impresionarle como alguien indebidamente curioso, pero, ¿usted y el señor Bonesteel están relacionados de alguna manera?

—No señor. No estamos relacionados de ninguna manera.

—Gracias, señor Despard —dije, haciendo una reverencia según la moda establecida aquí por los daneses.

No había encontrado nada sobre la muerte de Viejo Morris.

Entré a ver la señora Heidenklang, una anciana bien establecida, y una reliquia de otros tiempos. No tenía la intención de mencionarle al Viejo Morris, sino obtener alguna información sobre los Zombi, si eso fuera posible.

Encontré a la anciana rodeada de sus volados y encajes, en uno de sus buenos días. ¡Su salud ha sido precaria durante veinte años! No fue difícil hacerla hablar sobre los Zombi.

—Sí —dijo la señora Heidenklang—, ¡es extraordinario cómo las viejas creencias se aferran! Señor Stewart, me enteré de un juicio hace unos días, donde una anciana negra había denunciado a otra por lenguaje abusivo. En el estrado de los testigos, la anciana quejumbrosa dijo: ¡Me ha llamado cartaginés, señor! ¡Ahora, piense en eso! Cártago fue destruida en los días de Catón el Viejo, ¿sabe, señor Stewart? La ciudad más grande de toda África. Ser cartaginés significaba ser un pirata; es decir, un ladrón. Una anciana en esta isla, más de dos mil años después, desea llamar ladrón a otro, y usa la palabra cartaginés. Supongo que ha persistido en la costa oeste y en todos los dialectos de las aldeas africanas sin interrupción, todos estos siglos. ¿El Zombi de las islas francesas? Sí, señor Stewart. Hay algunas creencias extraordinarias. Vaya, tal vez haya oído hablar del Viejo Morris, señor Stewart. Solía vivir en su casa, ¿sabe?

Contuve la respiración. Aquí había un posible tesoro.

Asentí con la cabeza. ¡No me atreví a hablar!

—Bueno, el Viejo Morris, como ve, vivió la mayor parte de sus primeros días en Martinica y, se dice que tuvo una vida un tanto aventurera allí, señor Stewart. Lo que hizo o cómo se involucró nunca parece haber sido aclarado, pero, de alguna manera, la gente negra cree que Morris se involucró con un Jumbee muy poderoso, y ahí es donde entra lo que dije sobre la persistencia de las creencias antiguas. Mire en esa mesa, entre esas fotografías, señor Stewart. Ese es el lugar. Ojalá pudiera levantarme y ayudarlo. ¡Estas sirvientas! Todo torcido, no tengo ninguna duda ¿Observa una especie de cosa con cabeza de pez, tan grande como la palma de tu mano? ¡Sí! ¡Eso es!

Encontré la cosa con cabeza de pez y se la llevé a la señora Heidenklang. La tomó en su mano y la miró. Le faltaba la nariz, pero por lo demás estaba intacta, un pequeño dios extraño y de aspecto tosco, hecho de piedra volcánica antiguamente pulida, con ojos enormes y protuberantes, orejas pequeñas parecidas a las humanas y lo que debía haber sido una nariz como un pez gato de Tortola, o un pájaro brujo negro con su pico de loro.

—Ahora que —continuó la señora Heidenklang—, es uno de los dioses domésticos más antiguos de los aborígenes de Martinica, y observará la semejanza con los Lares y Penates de sus días escolares —la anciana hizo una pausa para sonreír ante su pequeño chiste—, pero de todos modos es una representación de algo muy poderoso, un pez, dios de los caribes. También hay algo egipcio en la idea, siempre lo sospeché; quizás la mitad como sus indios zuni o aztecas, y la mitad egipcios, sería una declaración justa de su apariencia. Estos dioses-peces tenían cuerpos de hombres, como ve, precisamente como las deidades con cabeza de halcón y cabeza de gato del antiguo Egipto. Fue con uno de estos seres, dicen los negros, con los que el señor Morris se mezcló. ¿Quién sabe? ¡Su muerte fue terrible! Nunca escuché los detalles, pero mi padre los conocía, y estuvo enfermo durante varios días después de ver el cuerpo del señor Morris. Extraordinario, ¿no? ¿Y cuándo vendrá de nuevo por aquí, señor Stewart? Hágame un favor y visite de nuevo a esta anciana.

Sentí que estaba progresando.

La próxima vez que vi al señor Bonesteel, que fue esa misma noche, lo detuve en la calle y le pedí hablar con él.

—¿Cuál fue la fecha, o la fecha aproximada, señor Bonesteel, de la muerte del señor Morris? ¿Puede recordar eso, señor?

El señor Bonesteel hizo una pausa y reflexionó.

—Fue justo antes de Navidad —dijo—. Lo recuerdo no tanto por Navidad como por las carreras, que siempre tienen lugar el día después de Navidad. Morris había entrado en su yegua alazán y, como no dejó herederos, ella tuvo que ser retirada de las carreras. Afectó las apuestas de manera muy material y muchas personas estaban molestas por eso, pero no había nada que se pudiera hacer.

Agradecí al señor Bonesteel, y no sin razón, porque su respuesta había encajado en algo que había ido creciendo en mi mente. Solo faltaban ocho días para Navidad. Este drama de los muebles y el viejo Morris metiéndose en la cama, pensé, podría ser una especie de recreación de la tragedia de su muerte. Si tuviera el valor de mirar, noche tras noche, podría aliviarme de la necesidad de hacer preguntas. ¡Podría ser testigo de lo que haya ocurrido, en alguna reproducción extraña, diseñada, Dios sabe cómo!

Durante tres noches había visto repetido el fenómeno de Morris metiéndose en la cama, y cada vez era más claro. Lo había esbozado en mi dibujo, una figura baja y rechoncha, bastante encorvada y gorda, pero poseída por una extraña energía parecida a la de un gorila. Sus movimientos, mientras caminaba hacia la cama, estaban llenos de poder, lo cual era más evidente ya que se trataba de movimientos ordinarios. ¡Uno no podía evitar imaginar que Morris habría sido un cliente difícil de abordar, a pesar de su supuesta edad!

Esta noche, a la hora en que este fenómeno estaba acostumbrado a manifestarse, es decir, alrededor de las 11, volví a mirar. La escena era mucho más clara y observé algo que no había notado antes. El simulacro del Morris se detuvo justo antes de agarrar el borde de la red, levantó los ojos y comenzó, con la mano derecha, un movimiento precisamente como el que está a punto de persignarse. El movimiento fue detenido abruptamente, sin embargo, solo se hizo el primero de los cuatro toques en el cuerpo.

También vi por primera vez algo de la expresión en su rostro esa noche. En el momento de hacer la señal de la cruz. Fue de horror desesperado. Inmediatamente después, cuando este movimiento parecía abandonado por el agarre abrupto del borde inferior del mosquitero, se transformó en una expresión de feroz terquedad, de una confianza en sí mismo casi salvaje. Perdí la expresión facial cuando la apariencia se hundió en la cama y se cubrió con la ropa de cama fantasmal.

Tres noches más tarde, cuando todo esto se había intensificado, observé otro movimiento, o lo que podría tomarse por el débil presagio de otro movimiento.

No fue por parte de Morris. Se hizo evidente con tanta ligereza y elusividad como el rápido vuelo de una polilla a través del reflejo de una lámpara, cerca de la puerta del dormitorio (las puertas de mi casa tienen más de diez pies de altura), un mero parpadeo de algo entrando en la habitación. Miré hacia esa esquina, forzando mis ojos, pero nada pude ver excepto lo que podría describir como una intensificación de la sombra negra en esa esquina cerca de la puerta, vagamente formada como una figura humana delgada, aunque groseramente fuera de toda proporción. La vaga sombra se veía violeta contra el negro. Tenía unos diez pies de alto y, por lo demás, era como si la hubiera proyectado un ser humano increíblemente alto y delgado.

Entonces, a pesar de toda esta experiencia acumulada, atribuí este último fenómeno a mis ojos. Era demasiado vago para ser contabilizado de otra manera que como un mero efecto subjetivo.

Pero la noche siguiente, la busqué en el momento adecuado en la secuencia de los movimientos de Morris cuando se metió en la cama, y esta vez fue más claro. La sombra, era, de alguna forma monstruosa, de diez pies de alto, larga, angular, de apariencia vagamente humana, aunque incluso en su forma meramente sombreada parecía cruel, extrañamente inhumana. No puedo describir el frío horror que me produjo. La parte de la cabeza era relativamente desproporcionada en relación al cuerpo, como una cabeza de calabaza en un espantapájaros.

La noche siguiente asistí de nuevo a una fiesta en la residencia de uno de mis hospitalarios amigos y llegué a casa pasada la medianoche. Allí estaban los muebles fantasmales, allí, en la cama, la figura del Viejo Morris aparentemente dormido, y allí, en un rincón, estaba la sombra, poco cambiada con respecto a la apariencia de la noche anterior.

La noche siguiente estaría bastante cerca de la fecha de la muerte del Viejo Morris. Sería esa noche, o la siguiente a más tardar, según la declaración de Bonesteel. ¡Al día siguiente no pude evitar la sensación de algo inminente!

Entré a mi habitación y apagué la luz un poco antes de las 11, me senté y esperé.

El mobiliario de esta noche era, en mi opinión, absolutamente indistinguible de la realidad. Esta afirmación puede sonar algo extraña, porque se recordará que estaba sentado en la oscuridad. Puedo decir, sin embargo, que el mobiliario era visible con una luz propia, una especie de fosforescencia que aparentemente emanaba de él. Ciertamente no había una fuente de luz natural. Quizás pueda expresar el asunto así: que la luz y la oscuridad se invirtieron en el caso de esta cama, escritorio, armario y sillas fantasmales. Cuando se encendía la luz real, desaparecían. En la oscuridad, que, por supuesto, es la ausencia de luz física, emergían. Eso es lo más cerca que puedo llegar. En cualquier caso, esta noche los muebles eran completamente visibles para mí.

El Viejo Morris entró a la hora habitual. Lo pude ver con una claridad comparable a lo que he dicho sobre los muebles. Hizo su pequeña pausa, su movimiento detenido de la mano derecha, y luego, como de costumbre, arrojó de él, según su expresión, el deseo de ese gesto protector, y extendió un puño nudoso y de aspecto duro para agarrar el mosquitero.

Mientras lo hacía, una cosa espantosa saltó sobre él, una cosa que salió de la esquina junto a la puerta alta, la espantosa y violácea criatura-sombra. No había estado mirando en esa dirección, y aunque no había olvidado el más nuevo de los extraños elementos de esta fantasmagoría que se había estado repitiendo ante mis ojos durante muchas noches, no estaba en absoluto preparado para su repentina aparición y actividad maligna.

He dicho que la sombra era violácea contra negra. Ahora que había tomado forma, como los muebles y el propio Morris, observé que esta coloración era real. Era una cosa reluciente, humana, de apariencia casi metálica, completamente cubierta de grandes escamas de pescado iridiscentes.

La vi agarrar con seguridad y con una malignidad mortal el cuerpo encorvado del Viejo Morris, por detrás, como recordarán, justo cuando el anciano estaba a punto de meterse en su cama. La cosa espantosa le dio la vuelta como una avispa a una mosca, y nunca, hasta el día de mi muerte, espero estar libre de la expresión del rostro del Viejo Morris... una mirada de alma perdida que sabe que no hay esperanza para él en este mundo ni en el próximo, mientras la cabeza grande, rechoncha y redondeada, una cabeza precisamente como la del pequeño pez-jumbee de la señora Heidenklang, descendió, revelando un enorme pico de loro parecido a una guadaña que utilizó, con un movimiento de asentimiento de la fea cabeza, para sumergirse en el pecho de su víctima, retorciéndose, desgarrando.

Entonces me desmayé, porque ésa era la última imagen espantosa que puedo recordar.

Me desperté un poco después de la 1 en punto en una habitación oscura y vacía, no poblada por fantasmas, y con mis propios muebles de caoba, finamente perfilados a la tenue luz de la luna nueva que brillaba limpiamente en un cielo estrellado. El viento fresco de la noche agitó las redes de mi cama. Me levanté, tembloroso, y me asomé a la ventana, encendí un cigarrillo y le di una rápida calada, lo que tal vez hizo algo para calmar mis nervios.

A la mañana siguiente, con un sentimiento de repugnancia que se ha ido agotando en el curso de los meses transcurridos desde mi espantosa experiencia, retomé mi dibujo y añadí lo mejor que pude la terrible escena que había presenciado. La imagen completa fue un horror, por crudo que sea mi trabajo en esta dirección. Quería destruirlo, pero no lo hice, y lo guardé debajo de algunas prendas sin usar en uno de los grandes cajones del armario de mi dormitorio.

Tres días después, justo después de Navidad, observé el automóvil del señor Despard conduciendo por las calles, el conductor estaba solo. Detuve al muchacho y le pregunté dónde estaba el señor Despard en ese momento. El conductor me dijo que estaba desayunando con el señor Bonesteel en la casa de ese caballero en Prince's Cross Street. Le di las gracias y me fui a casa. Saqué el dibujo, lo doblé, lo guardé en el bolsillo interior de mi abrigo y me dirigí a la casa de Bonesteel.

Llegué unos quince minutos antes de la hora del desayuno, y mi viejo amigo y su invitado me recibieron amablemente. Bonesteel me presionó para que me uniera a ellos en el desayuno, pero me negué.

El señor Bonesteel sirvió un swizzel, compuesto de su ron añejo, y después de participar de esto de manera ceremoniosa, atraje la atención de ambos caballeros.

—Señores —dije—, confío en que no me considerarán demasiado aburrido, pero creo que tengo una razón legítima para preguntarles si me dirán la manera en que el caballero conocido como Viejo Morris, que una vez ocupó mi casa, se encontró con la muerte.

Me detuve allí e inmediatamente descubrí que había dejado a mi amable anfitrión en un estado de confusión y vergüenza. Al mirar al señor Despard, vi de inmediato que si no lo había ofendido con mi pregunta al menos lo había puesto incómodo. Me miraba con severidad, más bien, y confieso que por un momento me sentí un poco como un colegial. El señor Bonesteel captó algo de esta atmósfera y miró con impotencia a Despard. Ambos hombres se movieron inquietos en sus sillas; cada uno esperaba que el otro hablara.

Despard, por fin, se aclaró la garganta.

—Me disculpe, señor Stewart —dijo lentamente—, pero ha formulado una pregunta que, por determinadas razones, nadie desearía responder. Las razones son, brevemente, que el señor Morris, en ciertos aspectos, era… anormal. No quiero decir que estuviera loco. Sin embargo, era excéntrico. Su final fue tal que decirlo abriría una discusión que agitó esta isla durante mucho tiempo. Por una especie de consentimiento general, ese asunto es tabú. Eso le explicará por qué nadie desea responder a su pregunta. Soy libre de decir que el señor Bonesteel aquí, muy angustiado, me dijo que usted se lo había preguntado. También me preguntó sobre eso no hace mucho. Solo puedo agregar que la manera en que terminó el señor Morris fue tal que…

El señor Despard vaciló y miró hacia abajo, con el ceño fruncido, hacia su zapato, que golpeaba nerviosamente en el suelo de baldosas de la galería donde estábamos sentados.

—El viejo Morris, señor Stewart —continuó, después de un momento de reflexión, en el que, imaginé, estaba eligiendo cuidadosamente sus palabras—, fue, para decirlo claramente, ¡asesinado! Hubo mucha discusión sobre la identidad del asesino, pero la mayor parte, la parte desagradable de la discusión, fue más bien si fue asesinado por la agencia humana o no. Quizás ahora vea, señor, la dificultad del asunto. Admitir que fue asesinado por un asesino común es, en mi opinión, una imposibilidad. Afirmar que alguna otra agencia, algo abhumano, lo mató, abre otras cuestiones. La magia y las agencias ocultas están, como usted sabe, fuertemente arraigadas en las mentes de la gente ignorante de estas islas. A ninguno de nosotros le importa admitir una creencia similar. ¿Le satisface eso, señor Stewart, y dejará que el asunto quede ahí, señor?

Saqué el dibujo y, sin desdoblarlo, lo puse sobre mis rodillas. Asentí con la cabeza al señor Despard y, volviéndome hacia nuestro anfitrión, le pregunté:

—Cuando era niño, señor Bonesteel, ¿estaba familiarizado con la disposición del dormitorio del señor Morris?

—Sí, señor —respondió el señor Bonesteel, y agregó—: ¡Todos lo estaban! Personas que nunca habían estado en la casa del anciano se apiñaban cuando mur…

Intercepté una especie de mirada de advertencia que pasó de Despard al hablante. El señor Bonesteel, que parecía muy avergonzado, me miró de esa manera impotente que ya he mencionado, y comentó que hacía calor en estos días.

—Entonces —dije—, tal vez reconozca su disposición e incluso algunos de los detalles de su mobiliario —desdoblé la imagen y se la entregué al señor Bonesteel.

Si hubiera anticipado su efecto sobre el anciano, habría sido más discreto, pero confieso que su actitud me molestó. Al entregárselo al señor Bonesteel (no podía dárselo a los dos a la vez) hice lo natural, porque él era nuestro anfitrión. El anciano miró lo que le había entregado y (esta es la única forma en que puedo describir lo que sucedió) se quedó, de repente, como petrificado. Sus ojos se salieron de su cabeza, su mandíbula inferior cayó y colgó abierta. El papel se resbaló de su agarre insensible y revoloteó y zigzagueó hasta el suelo, aterrizando a los pies de Despard.

Despard se agachó y lo recogió, aparentemente para devolvérmelo, pero al hacerlo lo miró y tuvo su reacción. Se puso de pie frenéticamente de un salto y miró fijamente la imagen y luego a mí. ¡Oh, estaba teniendo mi pequeña venganza por su reticencia!

—¡Dios mío! —gritó Despard—. Dios mío, señor Stewart, ¿de dónde sacó tal cosa?

El señor Bonesteel respiró hondo, el primero, al parecer, durante sesenta segundos, y dijo.

—¡Oh, Dios mío! Señor. Stewart, ¿qué es eso? ¿De dónde…?

—Es un pez-zombi de Martinica, lo que los investigadores ocultistas profesionales como Elliott O'Donnell y William Hope Hodgson conocen como un elemental —expliqué con calma—. Es una representación de cómo el pobre señor Morris realmente encontró su muerte; hasta ahora, según tengo entendido, una cuestión puramente conjetural. Christiansted está construido sobre las ruinas de French Bassin, como recordarán —agregué. ¡Es un lugar muy probable para un elemental!

—Pero, pero —casi gritó el señor Despard —¿De dónde sacó esto?

—Lo dibujé —dije en voz baja, doblando la imagen y colocándola de nuevo en mi bolsillo interior.

—Pero, ¿cómo? —dijeron ambos al unísono.

—Lo vi suceder —respondí, tomando mi sombrero, haciendo una reverencia formal a ambos caballeros y murmurando mi pesar por no poder quedarme a desayunar.

Cuando llegué al final de los escalones de la galería, y giré por la calle en dirección a la casa del Viejo Morris, donde vivo, pude escuchar sus voces hablando juntas:

—¿Pero cómo, cómo? —dijo Bonesteel.

—¿Por qué? ¿Por qué? —dijo Despard.

Henry S. Whitehead (1882-1932)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry S. Whitehead.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Henry S. Whitehead: Las sombras (The Shadows), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La muerte de un dios»: Henry S. Whitehead; relato y análisis


«La muerte de un dios»: Henry S. Whitehead; relato y análisis.




La muerte de un dios (Passing of a God) es un relato de terror del escritor norteamericano Henry S. Whitehead (1882-1932), publicado originalmente en la edición de enero de 1931 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1944: Jumbee y otros relatos de vudú (Jumbee and Other Uncanny Tales).

La muerte de un dios, quizás uno de los mejores cuentos de Henry S. Whitehead, relata la historia de Arthur Carswell y su extraño tumor, el cual parece animado por una inteligencia autónoma, diabólica, un antiguo dios Vudú que ansía adoración (ver: Relatos de terror de Vudú).

SPOILERS.

H.P. Lovecraft, en su ensayo: El horror sobrenatural en la literatura, consideró que La muerte de un dios de Henry S. Whitehead quizás representaba la cima de su genio creativo. El relato presenta una serie de temas recurrentes en el autor: el encuentro con creencias sobrenaturales de una cultura diferente, la cultura Vudú. De hecho, solo en 1931, Henry S. Whitehead publicó seis historias relacionadas con las prácticas del Vudú, y esta en particular es la más original de todas (ver: Zombis: la clase baja en la sociedad de los monstruos).

Una lectura despojada de la tradición Vudú nos obligaría a situar La muerte de un dios como la historia de un Homúnculo que, de alguna forma, se aloja y anima el tumor de un hombre (ver: Paracelso y un manual para crear homúnculos). Sin embargo, el relato es demasiado grotesco como para extirparlo de su contexto, el cual le otorga, a la vez, un color local singular, pero también una preocupación más universal.

Gerald Canevin es el narrador, tal como lo es en muchos relatos de Henry S. Whitehead. En cierto modo, es un alter ego del autor, y cumple una función análoga a la de Randolph Carter en las historias de Lovecraft. Esencialmente es el encargado de unir los puntos para el lector, ya que es una fuente inagotable de conocimientos sobre el Vudú; algo muy útil, por cierto, ya que a menudo traduce términos y conceptos que de otro modo nos obligarían a recurrir a una enciclopedia; o como en el caso de Pelletier, menos informado, a La isla mágica (The Magic Isle) de William Seabrook.

La mayor parte de La muerte de un dios es una conversación entre Canevin y su amigo, el doctor Pelletier. Canevin debe alentar repetidamente a su amigo a contar toda la historia, ya que él, y presumiblemente el lector, están impacientes por escuchar más. Pero Pelletier está extrañamente indeciso. En términos clínicos, el médico comienza a describir lo que encontró durante una cirugía realizada a un sujeto llamado Carswell. El propósito de la intervención era extirpar un tumor grande, aparentemente benigno, del abdomen del paciente. En este contexto, Pelletier introduce su propia teoría sobre la naturaleza del cáncer:


Hay ciertos núcleos, ciertas masas, por así decirlo, de material orgánico, que persisten en ciertas personas, el tipo de persona que es susceptible a esta horrible enfermedad; y que, en el estado prenatal, no se desarrollaron completa o normalmente; quiero decir, pequeños lugares en la estructura corporal que permanecen sin desarrollarse.


Carswell, aunque norteamericano de nacimiento, se ha vuelto nativo de Haití, convirtiéndose en una figura familiar y popular entre los habitantes locales, especialmente después de un extraño incidente en el que se desmayó frente a su casa, y despertó cubierto de anillos y collares, volviéndose él mismo un objeto adoración ritual. Esto coincide con el inquietante crecimiento de su tumor abdominal, diagnosticado siete años antes como cáncer.

Durante la cirugía se despeja todo el misterio. En efecto, Carswell tiene un tumor enorme en el abdomen, pero éste parece haber sido ocupado por una inteligencia extraña, una entidad o dios Vudú —¡con ojos, boca y horribles bracitos!—, el cual de algún modo fue detectado por los nativos, quienes empezaron a adorar a Carswell por ser el soporte orgánico de esta repulsiva deidad (ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción)

La cirugía en la cual se extirpa el tumor es, al mismo tiempo, una especie de cesárea (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror); tal vez producto de la confraternización del hombre blanco con una cultura afroamericana (sí, la dosis de racismo de Henry S. Whitehead es alta aquí); tal es así que La muerte de un dios puede ser leída como una metáfora sobre los peligros de la integración cultural y racial.

Más allá de esto, es un relato impactante, y muy bien desarrollado, donde un hombre blanco esencialmente queda embarazado de un símbolo de las creencias de otra cultura, en este caso, la cultura Vudú. Más aun, su enfermedad, su embarazo simbólico en la forma de un tumor antropomorfizado, se agita en su vientre durante muchos años; y aquello que eventualmente lo hubiese matado se transforma en algo vivo, autónomo. Una moraleja involuntaria, sin dudas. Quiero decir, aquello de que el cambio puede ser aterrador, sobre todo cuando se gesta en lo más profundo de nosotros mismos, aunque eventualmente termine en un frasco de formaldehído




La muerte de un dios.
Passing of a God, Henry S. Whitehead (1882-1932)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Entonces, decías que cuando Carswell llegó al hospital de Puerto Príncipe, sus dedos parecían como si hubieran sido golpeados con una cuerda —dije, alentándolo.

—Es una historia muy fea, Canevin. No sé si continuar —respondió el doctor Pelletier.

—Prometiste contármela —agregué.

—Lo sé, Canevin —dijo el doctor Pelletier del Cuerpo Médico de la Armada de los Estados Unidos, ahora estacionado aquí en las Islas Vírgenes—. Pero, de todos modos, no podrías usar esta historia. Hay tabús editoriales. Simplemente es demasiado escandalosa, demasiado increíble.

—Sí —admití a mi vez—, hay tabús, muchos. Sin embargo, después de oír hablar de esos dedos, ¿por qué no contarme toda la historia, Pelletier? Déjame decidir si puede o no publicarse. Es la historia lo que quiero. ¡La historia!

—Supongo que tienes razón —dijo mi invitado—. Si la encuentras demasiado espantosa para ti, dímelo y me detendré.

Sentí una ligera esperanza. Había estado tratando de escribir esta historia, después de obtener pequeñas muestras que me sedujeron e intrigaron, durante semanas.

—Adelante —aventuré con dulzura, empujando la jarra plateada detrás del humidor de cigarrillos del que Pelletier estaba haciendo una selección.

Pelletier se sirvió un swizzel con el ceño fruncido. Evidentemente, estaba dividido entre el deseo de verter el historia de Arthur Carswell y alguna complicación de sentimientos en contra de hacerlo. Me senté en mi sillón de mimbre y esperé.

Pelletier movió su gran cuerpo en su silla. Era evidente que ahora estaba reflexionando sobre cómo abrir la historia. Comenzó, meditativamente:

—No sé si alguna vez escuché una discusión pública sobre los crecimientos corporales malignos, excepto entre los médicos. La ciencia sabe poco sobre ellos. Sin embargo, tales enfermedades son bien conocidas a través de campañas de prevención, el seguro de vida empresas, solicitudes de fondos. Bueno, el caso de Carswell, principalmente, es uno de esos casos.

Hizo una pausa y miró el extremo encendido de su cigarrillo.

—¿Principalmente? —pregunté.

—Sí. Hablando como cirujano, ahí es donde comienza todo esto, supongo.

Me quedé quieto, esperando.

—¿Has leído el libro de Seabrook. La isla mágica, Canevin? —preguntó Pelletier de repente.

—Sí —respondí—. ¿Qué hay con eso?

—Entonces supongo que por tu propia experiencia dando vueltas por las Indias Occidentales, una buena parte de lo que describe Seabrook te son familiares, ¿no?. El vudú, las costumbres de la colina, y todo el resto, especialmente en Haití. ¿Verdad?

—Sí —dije—, prácticamente todo el libro era como una vieja historia para mí; un trabajo muy bueno, sin embargo; todo encaja perfectamente, una investigación honesta y exhaustiva.

—¿No encontraste nada nuevo para ti en el libro?

—Sí —la declaración de Seabrook de que hubo un intercambio de personalidades entre la cabra sacrificada y la joven Blade. Eso, al menos, fue un nuevo uno en mí, lo admito.

—Si lo lees con atención, recordarás que él atribuyó ese fenómeno a su propia inclinación sobre el tema. ¿No es así, Canevin?

—Sí —estuve de acuerdo—, creo que esa es la forma en que lo expresó.

—Entonces —prosiguió Pelletier—, la idea es que los semidioses haitiano-africanos, como Ogoun Badagris, Damballa y los demás, pueden establecer su residencia, al por un corto tiempo, en algún devoto.

—La idea se entiende muy bien —dije—. El señor Seabrook la menciona entre varios otros fenómenos locales. Era un viejo negro que se le acercó mientras comía, metió sus manos sucias en el plato de comida. Esto lo sorprendió considerablemente; luego fue rodeado por fieles que lo llevaron altar más cercano, donde le llevaron comida, le colgaron todas sus joyas, y se lo adoró por el momento; luego, al abandonar el cuerpo, el viejo volvió a su miseria habitual.

—Eso lo resume exactamente —asintió Pelletier—. Eso, Canevin, ese tipo de cosas, quiero decir, es el verdadero punto de partida de este espantoso asunto de Arthur Carswell.

—Te refieres a… —interrumpí, muy intrigado, no tenía idea de que había vudú mezclado con el caso.

—Quiero decir que la primera insinuación de Arthur Carswell de que había algo imperiosamente malo en él puede resumirse en el concepto de posesión.

—Pero… —protesté—, Yo había supuesto que era un asunto médico, quirúrgico. Vaya, usted simplemente se opuso a contármelo basándose en que…

—Precisamente —dijo Pelletier con calma—. Fue un caso quirúrgico, pero, como digo, comenzó de la misma manera que la ocupación del cuerpo de ese viejo negro por parte de Ogoun Badagris o cualquiera de sus diabólicas deidades; un fenómeno que, como bien dices, es conocido por personas que se dedican a tales cosas, y tal como lo registró Seabrook.

—Bueno —dije yo—, sigue adelante a tu manera, Pelletier. Haré todo lo posible para escuchar. ¿Te importa que te interrumpa con alguna una pregunta ocasional?

—En lo más mínimo —dijo el doctor Pelletier con consideración, se cambió a una posición aún más pronunciada en mi sillón chino, encendió un cigarrillo nuevo y prosiguió:

»Carswell había desarrollado una intimidad considerable con el culto a las serpientes del interior de Haití, todo el tipo de cosas que probablemente, por primera vez en inglés al menos, aparecieron en el libro de Seabrook; todas las reuniones, y el bautismo, y los sacrificios de las aves y el toro y las cabras; las orgías de los adoradores, el estruendo y la emoción de los tambores, toda esa adoración extraña, incomprensible, más bien tonta, mortal y sin carne de la Serpiente que los Dahomeyanos llevaron consigo a la vieja Hispaniola, ahora Haití y la República Dominicana.

»Él había estado allí, como habrás oído, durante varios años; fue allí en primer lugar porque todos pensaban que era una especie de fracaso en casa; También se ganaba la vida, de una manera en la que nadie más que un tipo de mentalidad original como él habría pensado: mataba patos en las marismas de Lagane, los secaba y los exportaba a Nueva York y San Francisco, más precisamente a los barrios chinos.

»Carswell era un tipo de aspecto particularmente inteligente, quiero decir, en el sentido inglés de esa palabra. Era uno de esos tipos que siempre estaba afeitado, limpio, recién arreglado, incluso en las condiciones bastante adversas de su vida, allá en Lagane junto a las marismas; y de su oficio, que era matar y secar patos. Un tipo puede volverse bastante descuidado y dejarse llevar por ese tipo de cosas lejos de casa; lejos, también, de las sutilezas que hay en un lugar como Puerto Príncipe.

»Con este aspecto cuidado lo vi por primera vez en el hospital de Puerto Príncipe. Además de verse limpio y elegante, lucía sorprendentemente joven de alguna manera. Uno de esos rostros que mostraban experiencia, pero, junto con ella, una filosofía. Las arrugas en su rostro eran buenas líneas, si entiendes lo que quiero decir: líneas de humor y coraje; sin disipación, sin líneas hacia abajo, nada de holgura como las que verías incluso en la cara de un viajero de playa comparativamente más joven. No, cuando entró en mi oficina, casi alegremente, allí, en el hospital, no había nada, nada en absoluto en él que sugiriera otra cosa que un próspero compatriota americano, un tipo profesional, que podría haber llegado a tierra desde el yate de alguien.

»Y, sin embargo, ¡Dios mío, Canevin, la historia que me contó!

A pesar de que era cirujano naval, Pelletier se levantó en este punto y, casi agitado, caminó arriba y abajo por mi galería. Luego se sentó y encendió un cigarrillo nuevo.

—Hay —dijo reflexivamente, y como si sopesase cuidadosamente sus palabras—, hay, Canevin, entre varias otras, una teoría un tanto salvaje que alguien propuso hace varios años, sobre el origen de los tumores malignos. Nunca obtuvo mucha aprobación entre la profesión médica, pero tiene, al menos, el mérito de la originalidad. Hay quienes, dentro y fuera de la medicina, que todavía creen en ella. La teoría sostiene que hay ciertos núcleos, ciertas masas, por así decirlo, de material corporal que han persistido entre ciertas personas, el tipo que es susceptible a esta horrible enfermedad, que, en el estado prenatal, no se desarrollaron completa o normalmente; quiero decir, pequeños lugares en la estructura corporal que permanecen sin desarrollarse.

»Algo, de acuerdo con esta hipótesis, algo como una sacudida repentina, o un moretón, una patada, un golpe con el puño, el resultado de una caída, causa un traumatismo, una lesión física, ya sabes, en uno de estos puntos, y la pequeña masa de material no desarrollado comienza a crecer, desplazando así el tejido normal que la rodea.

»Una objeción a la teoría es que existen al menos dos variedades bien conocidas científicamente; el carcinoma, que a su vez se subdivide en dos tipos, el carcinoma duro y el carcinoma blando, y el sarcoma, que es algo blando, como lo que popularmente se entiende por «tumor». Por supuesto, todos son tipos particulares de tumores. Lo que da cierta credibilidad a la teoría que acabo de mencionar es la malignidad, el elemento creciente. Porque, sea cual sea la razón subyacente, crecen, Canevin, como es bien reconocido, y esta explicación de la que he estado hablando da una razón para el crecimiento. La «malignidad» es, en realidad, que una de las cosas parece tener, por así decirlo, vida propia. ¿Entiendes?

Asentí.

No quise interrumpir. Pude ver que este tema secundario sobre un camino científico debía tener algo que ver con la historia de Carswell.

—Ahora —continuó Pelletier—, fíjate en este hecho, Canevin. Permíteme plantearlo en forma de pregunta:: ¿A qué clase o tipo de adorador de vudú le ocurre la posesión por parte de una de sus deidades? De tu propio conocimiento de tales cosas, ¿qué responderías?

—Al anormal, a un anciano o una mujer —dije lentamente, reflexionando—, o a un niño, tal vez, o a un idiota. Se supone que idiotas, viejas y niños atrasados, «tontos de pueblo» y similares, en toda Europa, están de alguna manera misteriosa en armonía con la deidad, ¡o con Satanás! Es una creencia campesina establecida. Incluso entre los mahometanos, el imbécil o idiota es el afligido de Dios. No hay otra creencia mejor establecida en este sentido.

—¡Precisamente! —exclamó Pelletier—. Volvamos ahora a Seabrook. ¿Qué tipo de persona es poseída en el libro?

—Un hombre viejo y vacilante —dije—, aparentemente bien perdido en su edad.

—¡Correcto una vez más! Primero admitiré, Canevin, que esa teoría que acabo de exponer nunca tuvo mucho éxito conmigo. Puede que sea cierta, pero pocos científicos piensan en ella. Ahora, Canevin, estoy convencido de que es verdad. Otra cosa: cuando Carswell entró en mi oficina en el hospital de Puerto Príncipe, lo primero que noté de él fue una discrepancia peculiar, casi indescriptible. Estaba entre su apariencia general de limpieza gastada por el clima, su estado físico, su apariencia elegante, todo eso, que encajaba sobre el carácter limpio y abierto del tipo; y lo que sólo puedo describir como un embrujo. Parecía en buenas condiciones, y sin embargo, había algo raro en su composición. No podía señalarlo, pero estaba allí, una sugerencia de algo que restaba valor a la impresión que daba de ser un tipo honrado, un buen compañero para tener a tu lado.

»La segunda cosa que noté fue justo después de que se sentó en una silla junto a mi escritorio, y fueron sus dedos y pulgares. Estaban hinchados, Canevin, parecían doloridos, como si los hubieran enrollado con una cuerda. Eso fue lo primero que pensé. Me vio mirándolos, me los tendió bruscamente, los puso uno al lado del otro sobre mi escritorio, y me sonrió.

»—Veo que los ha notado, doctor —comentó, casi jovialmente—. Eso hace que sea un poco más fácil para mí decirle para qué estoy aquí. Es... bueno, como un «síntoma».

»Le miré los dedos, a todos les afectaba de la misma manera, y terminé poniéndoles una lupa. Todos estaban magullados y enrojecidos, y aquí y allá la piel estaba raspada, rota, circularmente; era un conjunto de dígitos de aspecto muy cuidadoso. Mi nuevo paciente se dirigía a mí nuevamente:

»—No estoy aquí para jugar a los acertijos, doctor —dijo con gravedad—, pero, ¿le importaría adivinar qué les hizo eso a mis dedos?

»—Bueno, parece como si hubieras estado tratando de usar cien anillos, todos a la vez.

Carswell asintió con la cabeza hacia mí.

»—Un punto para el médico —dijo, y se rio—. Incluso numéricamente está casi en lo cierto, señor. ¡El número exacto era ciento seis!

»Lo confieso, entonces lo miré fijamente. Pero no me estaba engañando. Era un tipo frío, sobrio, y serio sobre lo que estaba diciendo. En fin, dijiste antes que me harías algunas preguntas, Pelletier. Dispara. ¿Ves alguna luz hasta ahora?

—Infiero que Carswell vivió allí, ¿cuánto tiempo?, ¿cuatro o cinco años más o menos?

—Siete, para ser exactos —añadió Pelletier—. Al estar familiarizado con los quehaceres nativos, se ganó la confianza de sus vecinos negros en Lagane y sus alrededores, se volvió algo experto. ¿Había sido visitado por una de las deidades negras? Eso es a lo que parece apuntar su relato. Esos dedos magullados, los ciento seis anillos.

—Dios santo, hombre, ¿es realmente posible?

—Carswell me contó todo un poco más tarde... sí, eso fue precisamente lo que sucedió.

—Adelante —le dije—, soy todo oídos, se lo aseguro.

—Bueno, Carswell apartó las manos del escritorio después de que examiné sus dedos a través de mi lupa, y luego me señaló con una de ellas en una especie de gesto de desprecio.

»—Voy a entrar en todo eso, si está interesado en saberlo, doctor —me aseguró—, pero no es por eso que estoy aquí —su rostro de repente se puso muy serio—. ¿Tiene tiempo? No quiero que mi caso interfiera con nada.

»—Adelante, dispara —dije, y él se inclinó hacia adelante en su silla.

»—Doctor —dijo—, no sé si alguna vez oyó hablar de mí. Mi nombre es Carswell y vivo en Lagane Way. Soy estadounidense, como usted, como probablemente puede ver, incluso después de siete años allá afuera, cazando patos, en su mayoría, sin virtualmente las actividades del hombre blanco durante bastante tiempo. No me he vuelto nativo ni nada por el estilo. No quisiera que pensara que soy uno de esos desperdicios.

»Me miró inquisitivamente. Había estado solo mucho tiempo, quizás demasiado. Asentí con la cabeza. Me miró a los ojos, directamente, y asintió en respuesta.

»—Supongo que nos entendemos —dijo. Luego prosiguió—. Hace siete años vine aquí. Lo que pocas personas saben de mí me consideran una especie de fracaso, pero, doctor, hay una razón para eso, una razón bastante clara. No voy a profundizar porque tiene que ver con algo médico. Por eso vine a verlo.

»Entonces se puso de pie, y noté cierta flacidez que no encajaba con su tipo de hombre. Levantó su chaqueta y puso la mano un poco a la izquierda de la mitad de su estómago.

»—Fíjese en esto —dijo, y dio un paso hacia mí.

»Allí, justo sobre el centro izquierdo de esa área y extendiéndose hacia el bazo, en el lado izquierdo, ya sabes, había una protuberancia. Visto de cerca, era evidente que aquí había una especie de crecimiento interno. Eso era lo que lo hacía parecer flácido, estomacal.

»—Esto me fue diagnosticado en Nueva York —explicó Carswell—, hace poco más de siete años. Entonces me dijeron que era inoperable. Después de siete años, probablemente, me atrevería a decir que es peor, en todo caso. Para decirlo en pocas palabras, doctor, salí de un negocio prometedor, rompí mi compromiso y vine aquí. No voy a explayarme sobre todo eso, pero fue bastante difícil. He aguantado bien hasta hace poco. Por eso vine esta tarde, para verlo, para ver si se podía hacer algo.

»—¿Ha estado mejorando últimamente? —le pregunté.

»—Sí —dijo Carswell—. Dijeron que me mataría, probablemente dentro de un año más o menos, a medida que creciera. No ha crecido mucho. He durado un poco más de siete años hasta ahora.

»—Quítese la ropa y echémosle un buen vistazo.

»—Cualquier cosa que diga —respondió Carswell.

»El examen preliminar reveló un crecimiento bastante típico, del tipo autónomo, no del tipo fibroso, en la ubicación que ya he descrito, y aproximadamente del tamaño de una cabeza de un hombre promedio. Estaba incrustada bastante profundo. Era lo que llamamos encapsulado. Eso, por supuesto, era lo que había mantenido vivo a Carswell.

»Luego lo colocamos en los rayos X, de adelante hacia atrás y de lado. Una de esas cosas no siempre responde muy bien a este tipo de examen, pero mostró lo suficientemente claro que había una especie de masa triangular oscura, con el extremo pequeño en la parte superior. Cuando Smithson y yo lo miramos detenidamente, le pregunté a Carswell si quería quedarse con nosotros, es decir, internarse como paciente para empezar el tratamiento.

»—Bueno —dije—, hablando claramente, sí, tienes una posibilidad, tal vez del cincuenta por ciento, tal vez un poco menos. Esto ha estado tranquilo durante siete años, desde el diagnóstico original. Probablemente sea menos operable que cuando estaba en Nueva York. Por otro lado, sabemos mucho más, no sobre estas cosas, señor Carswell, sino sobre técnicas quirúrgicas, de lo que sabíamos hace siete años. En conjunto. Le aconsejo que se quede y se prepare para una operación.

»—Hagámoslo —dijo Carswell, y le asignamos una habitación, tomamos su historial y comenzamos a prepararlo para su operación.

»Hicimos la operación dos días después, a las diez y media de la mañana, y mientras tanto Carswell me contó más de su historia.

»Parece que se había hecho un buen lugar entre los negros y los patos. En siete años, un hombre como Carswell, con su equipo mental y disposicional, puede recorrer un largo camino. Logró hacer algo bastante bueno con su industria de secado de patos, empleó cinco o seis manos en su pequeño negocio. Reconstruyó una buena casa, antiguamente propiedad de un local antigüedades. Era un hogar peculiar, de soltero.

»Casi de manera incidental deduje de él no tenía don para la narrativa y tuve que interrogarlo mucho. Se había metido en el estudio del vudú. Hasta donde pude entender, no había ni un ápice de todo aquello en lo que él no hubiera estado metido, excepto, la chevre sans comes, la cabra sin cuernos, ya sabes, el sacrificio humano. Negó enérgicamente que el vudú recurriera a eso, dijo que era una patraña, un invento contra ellos; que nunca, en realidad, hicieron tales cosas, salvo en tiempos prehistóricos, en África.

»El hombre era una enciclopedia ambulante de las creencias, costumbres y prácticas nativas. No se sentía como un nativo, sin embargo, sin rebajar un poco la dignidad del blanco, lo había conseguido todo. Eso nos lleva al acontecimiento específico, la historia que, según dijo, acompañaba a la razón por la que ingresó en el hospital de Puerto Príncipe.

»Parece que su sarcoma nunca, prácticamente, le había tenido problemas. Más allá de notar un aumento muy gradual en su tamaño de un año a otro. En otras palabras, nunca le produjo dolor o molestia directa más allá de la sensación de que la cosa estaba allí, y que aumentaba de tamaño.

»Entonces, había sucedido solo tres días antes de que llegara al hospital, se había quedado inconsciente repentinamente una tarde, mientras caminaba hasta su puerta de entrada. Lo último que recordaba entonces era estar a unos cuatro pasos de la puerta . Cuando se despertó estaba oscuro. Estaba sentado en una gran silla en su propia galería frontal, y lo primero que notó fue que sus dedos y pulgares le dolían mucho. Lo siguiente fue que había velas ardiendo a lo largo del borde de la galería, en el patio delantero, y a lo largo del camino fuera de la cerca pálida que dividía su propiedad del camino. En esta luz, literalmente cientos de negros se apiñaron a su alrededor, en su mayoría de rodillas; alineados a lo largo de la galería y en los terrenos debajo de ella; postrándose, cantando, poniendo tierra y arena en sus cabezas; y, cuando se reclinó en su silla, algo le lastimó la nuca, y descubrió que estaba casi ahogado con los collares, ristras de cuentas, monedas de oro y plata, y de otras clases, que colgaban de su cabeza.

»Sus dedos, y también los pulgares, estaban cubiertos de anillos de oro y plata, muchos de ellos atascados para detener la circulación.

»Por su conocimiento reconoció lo que le había sucedido. Se había imaginado que probablemente se había desmayado, aunque no era algo en absoluto común, yendo por el camino hacia la puerta del patio, y sus vecinos habían deducido que estaba poseído. Sabía que, ahora que se había recuperado, la adoración debería cesar si simplemente se sentaba en silencio es decir, tan pronto como se dieran cuenta de que era él mismo una vez más. Lo dejarían en paz y obtendría algún alivio de ese incómodo entorno; deshacerse de los collares y los anillos, conseguir un poco de intimidad.

»Pero la parte más extraña de todo fue que no se dieron por vencidos. No, la multitud alrededor de la casa y en la galería aumentó en lugar de disminuir, y por fin se vio obligado a fingir, por pura incomodidad.

»Lo dejaron, dice, de buenas a primeras, sin una voz de protesta, pero (y esto fue lo que lo inició en su mayor perplejidad) no le quitaron los collares y anillos. No. Lo siguiente que sucedió fue que el viejo Pa'p Josef, junto con otros tres o cuatro papalois vecinos, médicos de pueblos cercanos, y seguidos por un anciano que era conocido por Carswell como el Hougan, o el médico brujo jefe de toda la campiña cercana, se le acercó en una especie de procesión, se arrodilló en el suelo de la sala de estar, y colocó calabazas y botellas de ron, pollos cocinados, e incluso un gran plato de sopa de Tannia, un plato que detestaba, y luego se echó atrás dejándolo con estos comestibles.

»Dijo que este tipo de atención persistió durante los tres días que permaneció en su casa, antes de partir hacia el hospital; aparentemente, seguiría si no hubiera venido a Puerto Príncipe.

»Pero su visita no se debió a esto en lo más mínimo. Lo había desconcertad, claro, porque no había nada parecido en su experiencia, ni en la de la gente que le rodeaba, de los papalois, o incluso del propio hougan. En otras palabras, le hablaban como si la deidad que supuestamente había establecido su morada dentro de él todavía siguiera allí, aunque no parecía haber ningún precedente para tal ocurrencia.

»Se sentía exactamente igual que de costumbre. Le habían informado que los transeúntes lo habían recogido y llevado a la galería donde se había despertado más tarde. Estos buenos samaritanos habían reconocido que una de las deidades estaba en él. Se sentía igual, decía, excepto por dolores recurrentes, casi insoportables en el cerca de su región abdominal inferior.

»No había nada sorprendente para él en este acceso de dolor. Le habían advertido que ese sería el principio del fin. Fue con la más bien débil esperanza de que se pudiera hacer algo que había venido al hospital. Eso dice mucho de la fortaleza del hombre, de su fuerza de carácter, que haya entrado tan alegremente, haya aceptado lo que le sugerimos que haga, permanezca con nosotros, afrontando esas oportunidades comparativamente escasas con completa alegría.

»Porque no lo engañamos. Las posibilidades eran algo escasas. Había dicho «cincuenta y cincuenta», pero como le dejé claro después, las posibilidades favorables, según se desprende de las tablas de mortalidad, eran mucho más bajas.

»Fue a la mesa de operaciones en un estado de ánimo que no había cambiado con respecto a su acostumbrada alegría. Se despidió del doctor Smithson y de mí, por si acaso, y también del doctor Jackson, que se desempeñó como anestesista.

»Carswell necesitó una enorme cantidad de éter. Su conciencia persistió más tiempo, quizás, que la de cualquier paciente quirúrgico que pueda recordar. Por fin, sin embargo, el doctor Jackson me insinuó que podía empezar, y, asistido por el doctor Smithson, hice la primera incisión. Era mi intención, después de un estudio cuidadoso de las placas de rayos X, abrirlo desde el frente, en una dirección hacia arriba y hacia abajo, establecer el drenaje directamente y dejar abierta la herida en el tejido sano para intentar curarlo después de retirar su contenido. Esa es la técnica habitual en estos casos.

»Fue un asunto comparativamente simple exponer la pared exterior. Esto se logró, y después de algunas palabras de consulta con mi colega, la abrí con mucho cuidado. Recordamos que la radiografía había mostrado, como mencioné, una masa de forma triangular. Este contenido aparente lo atribuimos a una oscura coloración química. Hice mis incisiones con el mayor cuidado y delicadeza, por supuesto. La parte crítica de la operación estaba justo en este punto.

»Por fin se cortaron las capas externas e hice otra incisión a través de la pared interna. Para mi sorpresa, y para la del doctor Smithson, el interior estaba comparativamente seco. La gasa que la enfermera había colocado para recibir los instrumentos que íbamos usando apenas estaba humedecida. Pasé el bisturí por debajo de la última incisión, luego hacia arriba desde su extremidad superior.

»Luego, extendiendo mi mano enguantada dentro de esta larga abertura hacia arriba y hacia abajo, descubrí de inmediato que podía meter mis dedos alrededor de la pared interior de contención con bastante facilidad. Extendí y moví mis dedos más y más lejos, finalmente metiendo ambas manos dentro y sintiendo por fin que tocaba la pared posterior. Rápidamente pasé los bordes de mis manos por el interior y llegué a una masa que pesaba varias libras, de material más o menos sólido, que dejé a un lado en la pequeña mesa al lado de la mesa de operaciones y, nuevamente haciendo una pausa para consultar con el doctor Smithson, continué. La operación iba mucho mejor de lo que cualquiera de los dos hubiésemos anticipado.

»Extraer el material fue un trabajo difícil y agotador, que se logró, quizás, luego de diez o doce minutos. La cosa, parecida a una bolsa, ahora completamente separada de los tejidos en los que había estado incrustada durante tanto tiempo, se colocó también en la mesa auxiliar.

»El doctor Jackson informó favorablemente sobre la condición de nuestro paciente bajo anestesia, así que procedí a cerrar la herida. Esto se logró de manera rutinaria, y luego, juntos, vendamos a Carswell y lo llevamos de regreso a su habitación para esperar el despertar del éter.

»El doctor Jackson y el doctor Smithson abandonaron el quirófano y la enfermera empezó a limpiar después de la operación; a dejar los instrumentos en la caldera, etc., una serie de tareas rutinarias. En cuanto a mí, levanté el material que había retirado bajo la potente lámpara de quirófano y la volví a depositar, sin presentar nada de interés para un posible examen de laboratorio.

»Entonces recogí el contenido más o menos sólido que había colocado, muy apresuradamente y sin mirarlo; sino más bien sintiendo con mis manos. Todavía tenía los guantes quirúrgicos puestos para prevenir infecciones al mirar estos especímenes y, aún sin mirarlo particularmente, lo llevé al laboratorio.

»Canevin —el doctor Pelletier me miró sombríamente a través de la luz que se desvanecía gradualmente al final de la tarde—, honestamente, no sé cómo decirlo. Pero escucha, haz algo por mí, ¿quieres?

—Sí, por supuesto —dije, considerablemente desconcertado—. ¿Qué es lo que quieres que haga, Pelletier?

—Mi auto está en el frente. Reúnete conmigo ahí y vayamos a mi casa, ¿quieres? Digamos que quiero darte un cóctel. De todos modos, tal vez lo entiendas mejor cuando estés allí.

Lo miré de cerca. Esto me pareció una petición muy extraña, abrupta. Aun así, no había nada de irrazonable en un capricho tan repentino de Pelletier.

—Bueno, sí, ciertamente iré contigo, Pelletier, si así lo prefieres.

—Vamos, entonces —dijo Pelletier, y nos dirigimos a su coche.

El médico condujo él mismo, y después de haber tomado la primera curva en una ruta bastante complicada de mi casa a la suya, en la cima extremadamente aireada de Denmark Hill, dijo en voz baja:

—Ahora, Canevin, trata de unir los puntos en esta historia. Ten en cuenta cómo actuaron los negros de Lagane, según la historia de Carswell, y también la teoría de la que estuve hablando más temprano. ¿La recuerdas claramente?

—Sí —dije, aún más desconcertado.

Entramos a su casa y encontramos a su criado poniendo la mesa para la cena. El doctor Pelletier no está casado, tiene un hospitalario establecimiento de soltero. Pidió cócteles y el sirviente se marchó para hacer este recado. Luego me condujo a una especie de oficina, plagada de parafernalia médica y quirúrgica. Tomó unos papeles de una silla, me indicó que me sentara y se acercó a otra.

—¡Escucha ahora! —dijo—. Me llevé esa cosa, como mencioné, al laboratorio. La llevé en la mano, con los guantes todavía puestos, y la dejé sobre una mesa y encendí una luz potente sobre ella. Fue entonces cuando le eché un buen vistazo. Pesaba al menos varios kilos, tenía aproximadamente el volumen y el peso de un coco maduro, y tenía aproximadamente el mismo color que un coco pelado, es decir, una especie de marrón medio. Mientras lo miraba, vi que, como los rayos X habían indicado, tenía una forma vagamente triangular. Estaba tumbada sobre uno de sus lados bajo esa poderosa luz, y… Canevin, ayúdame Dios —el doctor Pelletier se inclinó hacia mí—, se movió… y, mientras la miraba, ¡noté que la cosa respiraba! Estaba simplemente estupefacto.

»Un espécimen biológico así... ¡no se mueve, Canevin! Sentí escalofríos bajar por mi columna. Entonces recordé que aquí estaba, después de una operación, en mi propio laboratorio biológico. Me acerqué a la cosa y la apoyé, sobre lo que podría llamarse su base lógica, si entiendes lo que quiero decir, de modo que se mantuviera casi erguida como lo permitía su conformación triangular.

»Y luego vi que tenía tenues marcas amarillentas sobre el marrón, y que lo que podríamos llamar su piel se estaba moviendo. Mientras miraba la cosa, Canevin, dos cosas como bracitos comenzaron a moverse, y la parte superior dio una especie de estremecimiento convulsivo, y me abrió directamente, Canevin, un par de ojos y me miró a la cara.

»Esos ojos ... ¡Dios mío, Canevin, esos ojos! Eran ojos de algo más que humano, algo increíblemente malvado, algo muy antiguo, sofisticado, frío, inmune a cualquier cosa excepto a la pura maldad, los ojos de algo que había sido adorado, Canevin, en edades y edades de un pasado que se remontaba antes de todo cálculo humano conocido, ojos que mostraban toda la maldad deliberada y acechante que jamás ha existido en el mundo. Entonces cerró los ojos, Canevin, y la cosa se hundió en su costado, y se agitaba y se estremecía convulsivamente.

»Me sentí enfermo, Canevin. Me dije a mi mismo que sufría un caso de nervios posoperatorios, pero me obligué a mirar más de cerca y, mientras lo hacía, noté que la cosa exhalaba un leve soplo de éter. Dos diminutas fosas nasales, parecidas a las de un mono, sobre una abertura de la boca cerrada con pinzas, exhalaban e inhalaban; aspiraban el aire puro y bueno, exhalando vapores de éter. Me di cuenta de que Carswell había consumido una gran cantidad de éter antes de perder el conocimiento; lo habíamos comentado, el doctor Jackson en particular. Aquí sumé uno más uno, Canevin, recordé que estábamos en Haití, donde las cosas no son como Nueva York o Boston. ¡O Baltimore! Esos negros habían creído que la deidad no había salido de Carswell, ¿ves? Eso era lo que tenía en el borde de mi mente. La cosa se agitó, inquieta, extendió uno de sus brazos, tanteó, se puso rígida.

»Tomé un frasco de muestras cercano, Canevin, razonando, casi a ciegas, que si esta cosa fuera susceptible al éter, sería susceptible a... bueno, mis guantes todavía estaban en mis manos y... ahora temblando tanto que apenas podía moverme, tuve que forzar cada movimiento. Extendí la mano y agarré la cosa, se sentía como cuero húmedo, y la dejé caer en el frasco. Luego llevé la garrafa de alcohol conservante a la mesa y la vertí hasta que la cosa espantosa estuvo completamente cubierta. Se retorció una vez, luego rodó y se quedó quieta, con la boca ahora abierta. ¿Me crees, Canevin?

—Siempre he dicho que creería cualquier cosa con la evidencia adecuada —dije lentamente—, y sería el último en cuestionar una declaración tuya, Pelletier. Sin embargo, como sabes, he investigado algunas de estas cosas quizás más que la mayoría.

El doctor Pelletier no dijo nada. Luego se levantó lentamente de su silla. Se acercó a un armario empotrado y regresó con un frasco de muestras de boca ancha en la mano. Dejó el frasco frente a mí, en silencio.

Lo miré a través del alcohol ligeramente descolorido con el que el frasco, herméticamente cerrado con cinta de goma y lacre, estaba casi lleno hasta el borde. Allí, en el fondo de la jarra, yacía algo como Pelletier había descrito (algo que, si hubiera estado sentado en posición vertical, se habría parecido un poco a la representación del pequeño y feliz dios Billiken que era popular en los años veinte). La cosa sugería algo siniestro, sobrenatural, incluso en esta forma desecada.

—Disculpe que incluso ahora parezca dudar, Pelletier —dije, pensativo.

—No puedo decir que te culpo por eso —respondió el genial doctor—. Es, por cierto, la primera y única vez que trato de contarle la historia a alguien.

—¿Y Carswell? —pregunté—. Me ha intrigado ese buen tipo y sus dificultades. ¿Cómo salió de todo esto?

—Se recuperó magníficamente de la operación —dijo Pelletier—, y después, cuando fue a su casa, me contó que los negros, aunque estaban contentos de verlo como de costumbre, habían perdido por completo el interés en él como una divinidad.

—Mmm —comenté, mirando el frasco—, supongo que las cuestiones de fe están más allá de la razón.

—Sí —dijo Pelletier—, siempre he considerado que la fe es absolutamente concluyente. De hecho, ¿de qué otra manera podría uno explicar esto? —señaló el contenido del frasco.

Asentí con la cabeza, de acuerdo con él.

—Solo puedo decir que, sin ánimos de ofender, tienes una mente singularmente abierta para ser un hombre de ciencia. ¿Qué fue, dicho sea de paso, de Carswell?

El criado entró con una bandeja y Pelletier y yo bebimos por la buena salud del otro.


—Vino a Puerto Príncipe —respondió Pelletier después de haber hecho los honores—. No quería volver a los Estados Unidos. La dama con la que estaba comprometido había muerto un par de años antes. Además, se había quedado aquí demasiado tiempo. Sigue siendo una autoridad en asuntos nativos de Haití y es consultado por el Alto Comisionado. Sabe, literalmente, más sobre Haití que los propios haitianos. Creo que podrías conocerlo; tendrían mucho en común.

—Espero por conocerlo —dije, y me levanté para irme.

El criado apareció en la puerta, sonriendo en mi dirección.

—La mesa está puesta para dos —dijo.

El doctor Pelletier abrió el camino hacia el comedor, dando por sentado que yo me quedaría a cenar con él. Somos informales en St. Thomas, así que llamé a casa y me senté con él.

Pelletier se echó a reír de repente; en ese momento estaba a la mitad de su sopa. Miré hacia arriba inquisitivamente. Dejó la cuchara y me miró desde el otro lado de la mesa.

—Es un poco extraño —comentó—, cuando te pones a pensar en ello. Hay una cosa que Carswell no conoce sobre Haití.

—¿Qué?

—Esa… cosa… allí —dijo Pelletier, señalando la oficina con el pulgar como lo hacen los artistas y cirujanos—. Pensé que ya había tenido suficientes problemas sin estar al tanto de eso.

Asentí con la cabeza y reanudé mi sopa. Pelletier tiene un cocinero excelente.

Henry S. Whitehead (1882-1932)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry S. Whitehead.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Henry S. Whitehead: La muerte de un dios (Passing of a God), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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