Louisa Baldwin: relatos y novelas


Louisa Baldwin: relatos y novelas.




Louisa Baldwin (1845-1925) —quien en ocasiones empleaba el seudónimo Alfred Baldwin, nombre de su hijo y futuro Primer Ministro— fue una interesante escritora inglesa, dedicada principalmente al relato de fantasmas y la literatura gótica. En este sentido, muchos relatos de Louisa Baldwin se han convertido en verdaderos clásicos del género, e influyeron en generaciones posteriores, por ejemplo, en su sobrino, nada menos que el escritor Rudyard Kipling.

En este segmento daremos cuenta de las mejores novelas y relatos de Louisa Baldwin.




Louisa Baldwin: obras completas:
  • Cómo él abandonó el hotel (How He Left the Hotel)
  • A través de la noche (Through the Night)
  • El caso de sir Nigel Otterburne (Sir Nigel Otterburne's Case)
  • El hijo siniestro (The Uncanny Bairn)
  • El marco vacío (The Empty Picture Frame)
  • El tictac del reloj (The Ticking of the Clock)
  • La sombra sobre el ciego (The Shadow on the Blind)
  • La sombra sobre el ciego y otros relatos (The Shadow on the Blind and Other Stories)
  • Lo extraño de los Walfords (The Weird of the Walfords)
  • Lo real y la falsificación (The Real and the Counterfeit)
  • Mi vecino de al lado (My Next-Door Neighbour)
  • Muchas aguas no logran apagar el amor (Many Waters Cannot Quench Love)




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El artículo: Louisa Baldwin: relatos y novelas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Joanna Baillie: poemas, novelas y libros


Joanna Baillie: poemas, novelas y libros.




Joanna Baillie (1762-1851) fue una destacada escritora escocesa, amiga del escritor Walter Scott, y autora de grandes poemas del romanticismo, muchos de los cuales utilizan elementos típicos de la literatura góticas.

En esta sección daremos cuenta de algunos de los más importantes libros y poemas de Joanna Baillie.




Joanna Baillie: obras completas:
  • Escenas nocturnas de otros tiempos (Night Scenes of Other Times)
  • Adiós de un amante alegre y templado (A Cheerful-Tempered Lover’s Farewell)
  • Ahalya Baee (Ahalya Baee)
  • A la muerte de sir Walter Scott (Lines On The Death Of Sir Walter Scott)
  • A las musas (Address To The Muses)
  • A las ninfas (Address To The Nymph)
  • Al capullo primaveral (Address To The Evening Primrose)
  • Allahabad (Allahabad)
  • Arnold (Arnold)
  • Conde Basilio (Count Basil)
  • Constantine Paleólogo (Constantine Paleologus)
  • Constantine y Valeria (Constantine and Valeria)
  • De Montfort (De Montfort)
  • Día invernal (Winter Day)
  • El asedio (The Siege)
  • El fantasma (The Phantom)
  • El faro (The Beacon)
  • El gatito (The Kitten)
  • El mártir (The Martyr)
  • El segundo casamiento (The Second Marriage)
  • El sueño (The Dream)
  • El viajero de una noche de noviembre (A November Night’s Traveller)
  • Ethwald (Ethwald)
  • Henriquez (Henriquez)
  • Himno (Hymn)
  • Himno para la iglesia (A Hymn For The Kirk)
  • La elección (The Election)
  • La posada de campo (The Country Inn)
  • La separación (The Separation)
  • Leyenda de familia (Family Legend)
  • Leyendas métricas de personajes exaltados (Metrical Legends of Exalted Characters)
  • Melancólica despedida de un amante (A Melancholy Lover’s Farewell)
  • Memorias (Memoirs)
  • Obras misceláneas (Miscellaneous Plays)
  • Obras sobre pasiones (Plays on the Passions)
  • Orra (Orra)
  • Poemas (Poems)
  • Poesía dramática (Dramatic Poetry)
  • Rayner (Rayner)
  • Una canción (A Song)
  • Una canción escocesa (A Scotch Song)
  • Un acertijo (A Riddle)
  • Una decepción (A Disappointment)
  • Una lamentación (A Lamentation)
  • Un bosquejo (A Sketch)
  • Versos fugitivos (Fugitive Verses)
  • Vida (Life)




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Mary Hunter Austin: novelas y relatos


Mary Hunter Austin: novelas y relatos.




Mary Hunter Austin (1868-1934) fue una destacada escritora norteamericana, autora de grandes novelas y relatos, y sobre todo reconocida por su inagotable labor como activista por los derechos de la mujer. Su producción literaria refleja de forma muy singular la vida y el paisaje del sur de los Estados Unidos, casi siempre de forma cruda pero no excesiva, de modo tal que no se la puede incluir dentro del Gótico Sureño (Southern Gothic).

En esta sección de El Espejo Gótico repasaremos algunas de las mejores novelas y relatos de Mary Hunter Austin.




Mary Hunter Austin: obras completas:
  • Aventura estrellada (Starry Adventure)
  • Cien millas a caballo (One Hundred Miles on Horseback)
  • El fabricante de flechas (The Arrow Maker)
  • El final de la tierra de los viajes (The Land of Journeys' Ending)
  • El genio de cualquier hombre (Everyman's Genius)
  • El libro del rastro (The Trail Book)
  • El reajuste (The Readjustment)
  • El rebaño (The Flock)
  • El ritmo americano (The American Rhythm)
  • El vado (The Ford)
  • Espina de cáctus (Cactus Thorn)
  • Experiencias enfrentando a la muerte (Experiences Facing Death)
  • Fronteras perdidas: la gente del desierto (Lost Borders, the people of the desert)
  • Fuego (Fire)
  • Historias de One Smoke (One-Smoke Stories)
  • Horizonte de la Tierra (Earth Horizon)
  • Isidro (Isidro)
  • La joven mujer ciudadana (The Young Woman Citizen)
  • La mujer de genio (A Woman of Genius)
  • La mujer de la canasta (The Basket Woman)
  • La tierra de la pequeña lluvia (The Land of Little Rain)
  • Número 26 de Jayne Street (No. 26 Jayne Street)
  • ¿Pueden las plegarias ser respondidas? (Can Prayer Be Answered?)
  • Santa Lucía (Santa Lucia)
  • Taos Pueblo (Taos Pueblo)
  • Terrallende (Outland)
  • Tierras del sol (Lands of the Sun)




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Gertrude Atherton: relatos y novelas


Gertrude Atherton: relatos y novelas.




Gertrude Atherton (1857-1948) fue una destacada escritora norteamericana, autora de grandes relatos fantásticos y cuentos de terror que reciclan muchos elementos típicos de la literatura gótica. Por otro lado, las novelas de Gertrude Atherton, si bien menos conocidas que su narrativa corta, también resultan muy interesantes para los amantes del género.

En esta sección daremos cuenta de algunas de las mejores novelas y relatos de Gertrude Atherton.




Gertrude Atherton: obras completas:
  • La muerte y la condesa (Death and the Countess)
  • La muerte y la mujer (Death and the Woman)
  • Altar del sacrificio (Sacrificial Altar)
  • Ancestros (Ancestors)
  • Antes de que llegara el gringo (Before the Gringo Came)
  • Aventuras de una novelista (Adventures of a Novelist)
  • Bueyes negros (Black Oxen)
  • Corazón de Jacinto (Heart of Hyacinth)
  • Coronado con una cesta (Crowned With One Crest)
  • Dido, la reina de corazones (Dido, Queen of Hearts)
  • El conquistador (The Conqueror)
  • El cuerno de niebla (The Foghorn)
  • El lugar del salto (The Striding Place)
  • El matrimonio inmortal (The Immortal Marriage)
  • El mayor bien del mayor número (The Greatest Good of the Greatest Number)
  • El presente vivo (The Living Present)
  • Esposas americanas y maridos ingleses (American Wives and English Husbands)
  • Eterno ahora (Eternal Now)
  • Fuegos durmientes (Sleeping Fires)
  • Gobernantes de reyes (Rulers of Kings)
  • Hermia Suydam (Hermia Suydam)
  • Julia France y su tiempo (Julia France and Her Times)
  • La avalancha (The Avalanche)
  • La campana en la niebla (The Bell in the Fog)
  • La copa de cristal (The Crystal Cup)
  • La hija de la vid (A Daughter of the Vine)
  • La historia de un elefante (The Story of an Elephant)
  • La isla gloriosa (The Gorgeous Isle)
  • La mañana blanca (The White Morning)
  • La mujer del destino (The Doomswoman)
  • Las cuevas de la muerte (The Caves of Death)
  • Las cuñadas (The Sisters-in-Law)
  • La tragedia de un snob (The Tragedy of a Snob)
  • Lo que traen los sueños (What Dreams May Come)
  • Los aristócratas (The Aristocrats)
  • Los californianos (The Californians)
  • Los Cerritos (Los Cerritos)
  • Los dioses celosos (The Jealous Gods)
  • Los sofisticados (The Sophisticates)
  • Los tercios viajeros (The Travelling Thirds)
  • Los valientes fugitivos (The Valiant Runaways)
  • Patience Sparhawk y su tiempo (Patience Sparhawk and Her Times)
  • Perca del diablo (Perch of the Devil)
  • ¿Pueden las mujeres ser caballeros? (Can Women Be Gentlemen?)
  • ¿Qué es un libro? (What Is a Book?)
  • Rezanov (Rezanov)
  • Senador North (Senator North)
  • Señora Belfame (Mrs. Belfame)
  • Su afortunada gracia (His Fortunate Grace)
  • Talbot de Úrsula (Talbot of Ursula)
  • Torre de marfil (Tower of Ivory)
  • Transplantado (Transplanted)
  • Una cuestión de tiempo (A Questions of Time)
  • Un monarca con poco conocimiento (A Monarch of a Small Survey)
  • Vida en zona de guerra (Life in the War Zone)




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H.F. Arnold: relatos, libros y novelas


H.F. Arnold: relatos, libros y novelas.




H.F. ArnoldHenry Ferris Arnold (1902-1963)— fue un interesante aunque olvidado escritor norteamericano, autor de un puñado de relatos fantásticos y cuentos de terror. Pocos lo recuerdan, a pesar de ser una auténtica leyenda de la era del relato pulp, debido a que su cuento: El cable nocturno (The Night Wire), se convirtió en el más popular en toda la historia de Weird Tales.

En esa sección daremos cuenta de los mejores relatos de H.F. Arnold.




H.F. Arnold: obras completas.




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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Grant Allen: novelas y relatos


Grant Allen: novelas y relatos.




Grant AllenCharles Grant Blairfindie Allen (1848-1899)— fue un interesante autor británico nacido en Canadá. Si bien resulta mucho más conocido por sus novelas de ciencia ficción, también incursionó en el relato de terror y la literatura gótica.

En este segmento de El Espejo Gótico repasaremos algunos de los mejores relatos y novelas de Grant Allen.




Grant Allen: obras completas:
  • Al valor del mercado (At Market Value)
  • Babilonia (Babylon)
  • Bajo órdenes selladas (Under Sealed Orders)
  • Carvalho (Carvalho)
  • El amante de Cecca (Cecca's Lover)
  • El color de las flores (The Colours of Flowers)
  • El compromiso del doctor Greatrex (Dr. Greatrex's Engagement)
  • El curado de Churnside (The Curate of Churnside)
  • El deseo de los ojos (The Desire of the Eyes)
  • El diablo muere (The Devil's Die)
  • El galanteo del señor procurador (The Senior Proctor's Wooing)
  • El gran robo del rubí (The Great Ruby Robbery)
  • El gran tabú (The Great Taboo)
  • El hombre muerto habla (The Dead Man Speaks)
  • El hundimiento del Fortuna (The Foundering of the 'Fortuna')
  • El ladrón con conciencia (The Conscientious Burglar)
  • El misterioso incidente en Piccadilly (The Mysterious Occurrence in Piccadilly)
  • El niño del falansterio (The Child of the Phalanstery)
  • El pecado espléndido (A Splendid Sin)
  • El pie del hombre blanco (The White Man's Foot)
  • El reincidente (The Backslider)
  • El reverendo John Creedy (The Reverend John Creedy)
  • El santuario de Lalee (Kalee's Shrine)
  • El sentido del color (The Colour-Sense)
  • El tesoro de John Cann (John Cann's Treasure)
  • El verdugo reticente (The Reluctant Hangman)
  • Esta bobina mortal (This Mortal Coil)
  • Filistia (Philistia)
  • Jerry Stockes (Jerry Stokes)
  • Hilda Wade (Hilda Wade)
  • La catástrofe del valle del Támesis (The Thames Valley Catastrophe)
  • La duquesa de Powysland (The Duchess of Powysland)
  • La emperatriz de Andorra (The Empress of Andorra)
  • La evolución de la idea de Dios (The Evolution of the Idea of God)
  • La historia de las plantas (The Story of the Plants)
  • La mano de Dios (The Hand of God)
  • La mano que hace señas (The Beckoning Hand)
  • La mujer que lo hizo (The Woman Who Did)
  • La novia del desierto (A Bride from the Desert)
  • La obra maestra de Iván Greet (Ivan Greet's Masterpiece)
  • La ordalía de Claude Tyack (Claude Tyack's Ordeal)
  • Las aventuras de la señorita Cayley (Miss Cayley's Adventures)
  • Las fauces de la muerte (The Jaws of Death)
  • Las tiendas de Shem (The Tents of Shem)
  • La torre de Wolverden (Wolverden Tower)
  • Los bárbaros británicos (The British Barbarians)
  • Mi año nuevo entre las momias (My New Year's Eve among the Mummies)
  • Michael's Crag (Michael's Crag)
  • Mi gorila (My One Gorilla)
  • Némesis de Janet (Janet's Nemesis)
  • Némesis de Selwyn Utterton (Selwyn Utterton's Nemesis)
  • Nuestras observaciones científicas sobre un fantasma (Our Scientific Observations on a Ghost)
  • Pallinghurst Barrow (Pallinghurst Barrow)
  • París (Paris)
  • Pausodyne (Pausodyne)
  • Pseudodyne (Pseudodyne)
  • Ras Das de Cawnpore (Ras Das of Cawnpore)
  • Relatos extraños (Strange Stories)
  • Señor Chung (Mr. Chung)
  • Un episodio de alta vida (An Episode in High Life)
  • Venecia (Venice)
  • Viñetas de la naturaleza (Vignettes from Nature)




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Louisa May Alcott: novelas y relatos


Louisa May Alcott: novelas y relatos.




Louisa May Alcott (1832-1888) fue una popular escritora norteamericana, autora de novelas que se convertirían en verdaderos clásicos del costumbrismo, como Mujercitas (Little Women), pero que también exploró algunas facetas de la literatura gótica y el relatos de terror bajo el seudónimo de A.M. Barnard.

En esta sección de El Espejo Gótico repasaremos algunas de las grandes novelas y relatos de Louisa May Alcott.




Louisa May Alcott: obras completas:
  • Vampiritas (Little Vampire Women)
  • Amigo de la fantasía (Fancy's Friend)
  • Ariel; la leyenda del faro (Ariel, a Legend of the Lighthouse)
  • Cómo escaparon (How They Ran Away)
  • Cuento de Rosa (Rosa's Tale)
  • Debajo de las lilas (Under the Lilacs)
  • Detrás de la máscara o El poder de la mujer (Behind a Mask, or a Woman's Power)
  • El Brownie y la princesa (The Brownie and the Princess)
  • El destino de los Forrest (The Fate of the Forrests)
  • El espectro del abad (The Abbot's Ghost)
  • El esqueleto en el ropero (The Skeleton in the Closet)
  • El libro de las maravillas de Will (Will's Wonder Book)
  • El moderno Mefistófeles (A Modern Mephistopheles)
  • El país del caramelo (The Candy Country)
  • El rey sapo o El poder del amor (The Frost King; or, The Power of Love)
  • El sueño de la pequeña Annie (Little Annie's Dream)
  • El viaje de las muñecas (The Dolls' Journey)
  • El viaje de Rosy (Rosy's Journey)
  • Empezando de nuevo (Beginning Again)
  • Estados de ánimo (Moods)
  • Fábulas de flores (Flower Fables)
  • Historias de proverbios (Proverb Stories)
  • Hombrecitos (Little Men)
  • Jack y Jill (Jack and Jill)
  • Juego peligroso (Perilous Play)
  • La autobiografía de un ómnibus (The Autobiography of an Omnibus)
  • La caja de las hadas (The Fairy Box)
  • La familia Rose (The Rose Family)
  • La flor de las hadas (The Fairy Flower)
  • La gente del musgo (The Moss People)
  • La herencia (The Inheritance)
  • La historia de la ballena (The Whale's Story)
  • La isla extraña (A Strange Island)
  • La llave misteriosa (The Mysterious Key)
  • La mujer de mármol (A Marble Woman)
  • La tentación de Maurice Treherne (Maurice Treherne's Temptation)
  • La venganza del doctor Dorn (Doctor Dorn's Revenge)
  • La visita de Eva a la tierra de las hadas (Eva's Visit to Fairy-Land)
  • Lo que Fanny oyó (What Fanny Heard)
  • Lo que hicieron las golondrinas (What the Swallows Did)
  • Lo que las campanas vieron y dijeron (What the Bells Saw and Said)
  • Madam Cluck y su familia (Madam Cluck, and Her Family)
  • Marion Earle (Marion Earle)
  • Mujercitas (Little Women)
  • Niños sombra (Shadow-Children)
  • Ocho sobrinos en la colina de la tía (Eight Cousins or The Aunt-Hill)
  • Pequeño Bud (Little Bud)
  • Pequeño Gulliver (Little Gulliver)
  • Perdido en la pirámide y La maldición de la momia (Lost in a Pyramid, or the Mummy's Curse)
  • Ripple, el espíritu del agua (Ripple, the Water-Spirit)
  • Rosa en flor (Rose in Bloom)
  • Sirenas (Mermaids)
  • Taming el tártaro (Taming the Tartar)
  • Trabajo: una historia de experiencia (Work: A Story of Experience)
  • Una chica anticuada (An Old Fashioned Girl)
  • Una larga y fatal persecusión de amor (A Long Fatal Love Chase)
  • Una llamada curiosa (A Curious Call)
  • Una tragedia doble: la historia de un actor (A Double Tragedy: an Actor's Story)
  • Un par de ojos, o La magia moderna (A Pair of Eyes; or, The Modern Magic)
  • Un sueño de Navidad y cómo se hizo realidad (A Christmas Dream, and How It Came True)
  • Un susurro en la oscuridad (A Whisper in the Dark)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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John Yonge Akerman: libros y relatos


John Yonge Akerman: libros y relatos.




John Yonge Akerman (1806-1873) fue un escritor inglés prácticamente olvidado de la era victoriana, autor de numerosos tratados de numismática, pero que también exploró la novela, la literatura gótica y el relato de terror con el seudónimo Paul Pindar. En esta sección daremos cuenta de los relatos y libros de John Yonge Akerman más interesantes.




John Yonge Akerman: obras completas:
  • Antiguas monedas de Hispania, Gallia y Britannia (Ancient Coins: Hispania, Gallia, Britannia)
  • Catálogo de monedas romanas (Catalogue of Roman Coins)
  • Cuentos de otros días (Tales of Other Days)
  • El caballero de negro (The Gentleman in Black)
  • El frasco mágico (The Magic Phial)
  • El hijo pagano (The Adopted Son)
  • La miniatura (The Miniature)
  • Leyendas de la vieja Londres (Legends of Old London)
  • Manual de numismática (Numismatic Manual)
  • Monedas romanas utilizadas en la Bretaña (Roman Coins relating to Britain)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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«El triunfo de Potts»: August Derleth; relato y análisis


«El triunfo de Potts»: August Derleth; relato y análisis.




El triunfo de Potts (Potts' Triumph) —a veces publicado como: La Casa Chitterton (Chitterton House)— es un relato de terror del escritor norteamericano August Derleth (1909-1971), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1950 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1962: Lugares solitarios (Lonesome Places).

El triunfo de Potts, uno de los grandes relatos de August Derleth, es también un clásico del relato pulp de aquellos años, y un ejemplo magnífico del relato de casas embrujadas.

El cuento narra la historia de Philander Potts, un obeso y sagaz decorador de interiores, quien es contratado para trabajar en la Casa Chitterton: una vieja y venerable mansión, ahora abandonada, en cuyo interior se agita un mal mucho más antiguo que sus muros. Sin embargo, ni siquiera esa presencia inquietante logrará distraer al viejo Potts de la realización de su obra maestra, aún cuando él mismo termine siendo parte de ella.




El triunfo de Potts.
Potts' Triumph, August Derleth (1909-1971)

Ninguna persona acomodada de Winterton puso jamás una casa sin llamar a Philander Potts: decorador de interiores, quien era la cumbre de la perfección y el más capacitado para juzgar en cuanto a combinación de colores, diseños de papel tapiz, acabados en madera, y todas esas pequeñeces que cautivan a las mujeres; suya era la última y definitiva palabra en lo relativo a cortinajes y toda clase de decorados, desde el sencillo y efectivo hasta el más recargado y ostentoso, adecuado para aquellos felices mentecatos que imaginan que la presencia de algo deslumbrante es prueba positiva de su progreso en el mundo material e intelectual.

Philander Potts, en una palabra, era poseedor de un gusto impecable y ninguna falsa modestia le impedía admitirlo como un hecho. El suyo era un éxito trabajosamente conquistado. Se había iniciado con una pequeña tienda, pero, habiendo sido dotado de un descaro inacabable y careciendo de escrúpulos de especie alguna, había hecho que sus competidores quebraran, uno a uno, hasta que, finalmente, quedó como único decorador de interiores con cierta categoría en la ciudad. Llegó a ser un implacable dictador en los negocios y en el hogar; sus ayudantes, su esposa e hijos bailaban al son que les tocara, y, si él era feliz, ellos no lo eran, aunque la felicidad de los demás no era su problema.

Ya hemos comentado que la gente se sentía francamente orgullosa de tener una casa decorada por Potts, y, de entre todos, Potts era el más orgulloso; ciertamente, en sus momentos más caprichosos imaginaba que toda la ciudad de Winterton, tarde o temprano, sería una creación y una recreación suya; soñaba en el lejano día en que la gente hablaría de una Ciudad de Potts. Creyó entrever el principio de la realización de su grandísimo sueño cuando las jóvenes y huérfanas hermanas Laver compraron la tanto tiempo abandonada Chitterton House, otrora, en los nada lamentados años setenta, casa grande de Winterton. Al punto, las damitas fueron a ver a Philander Potts, y éste, pese a su tendencia a la obesidad, las recibió acicalado, perfumado y elegante como siempre. Las Laver eran agraciadas, rubia y de ojos cafés la una, trigueña y de ojos azules la otra.

—Queridas señoras —ronroneó Philander Potts—, han venido para hablarme de su nueva casa. O, tal vez debiera yo decir, de la vieja casa que quedará como nueva cuando yo termine mi trabajo.

—Es cierto que necesitamos sus consejos —admitió Janna, la rubia, con loable precaución.

—Verá usted señor Potts —terció Edna—, tenemos un problema bastante especial. Y, a decir verdad, no sabemos si usted está o no capacitado para resolvérnoslo.

Philander Potts se irguió hasta donde su barriga se lo podía permitir y arrugó el ceño de manera impresionante.

—Todavía no he encontrado problema que no haya podido solucionar —sentenció-.

—Al parecer, en la casa tenemos una habitación embrujada —prosiguió Edna, mientras que una leve arruga aparecía en la parte superior de su frente.

—¿Ah, si? —dijo Potts, alzando las cejas irónicamente.

—Se trata de un recibidor que hay en el segundo piso —continuó Edna.

Potts tomó asiento, puso las manos sobre su escritorio y se inclinó hacia el frente, interesado.

—Cuénteme, cuénteme —instó.

Entre las dos, las hermanas Laver resumieron sus peripecias con el recibidor del segundo piso. Se trataba de una vasta habitación, amueblada segun los gustos de 1870, con una amplia vista de la ciudad, ya que la casa se levantaba en la cima de una loma que dominaba casi por entero la ciudad. Como la habitación estaba junto a un dormitorio y a un baño, era ideal para el uso de una de las hermanas o de los huéspedes. Había sido la pieza favorita de los últimos Chitterton, las señoritas Lavinia y Hester, mujeres extrañas e introvertidas que vivieron en reclusión, completamente alejadas de cualquier actividad social. En vida, no habían permitido que se hiciera ningún cambio en la habitación, y era del todo evidente que no estaban dispuestas a permitirlo después de su muerte.

Las almas de las Chitterton obviamente se habían adueñado del recibidor. Cada vez que alguna silla era movida siquiera un centímetro, volvía a su antigua posición poco después, sin que mano humana alguna hubiera intervenido. Cierto día, las hermanas Laver y la servidumbre habían arreglado el mobiliario antiguo, en espera de la llegada del nuevo; la laboriosa tarea les había llevado toda una tarde. Sin embargo, a la mañana siguiente, tras el acompañamiento nocturno de estrenduosos golpeteos y martilleos, todos los muebles se hallaban de vuelta en el lugar en que las Chitterton los habían dejado, y en el que pacientemente querían que siguieran. Las hermanas Laver querían dejar claramente asentado que, por su parte, no temían ni a fantasmas ni a cualquier otra especie de manifestaciones de lo sobrenatural, pero que estaban decididas a que el recibidor visitado por los espectros fuera redecorado.

—Haré de él una obra maestra —les aseguró Potts— mandaré a mis operarios mañana por la mañana.

—El precio no será obstáculo —dijo Edna, poniéndose en pie.

Philander Potts respaldaba y respetaba de corazón aquella actitud; por ella se hizo casi untuoso y duplicó su natural venero de solicitud, tanto que él, en persona, llevó a las hermanas Laver hasta la salida. Muy de mañana se presentaron los ayudantes de Potts en la casa. Su llegada coincidió con la de los nuevos muebles comprados para el recibidor del segundo piso. Todo fue fortuito. Los ayudantes no perdieron tiempo en sacar todos los muebles dejados por los Chitterton, para desecharlos y sustituirlos con las nuevas piezas adquiridas por las Laver en Cleveland. Después del almuerzo, el propio Potts apareció en escena. Encontró a sus ayudantes desolados.

—¿Que han estado haciendo? —les preguntó bruscamente.

—Moviendo los muebles solamente —le respondió Jennings, el ayudante de más edad.

—Pero, si han tenido toda la mañana —gruñó Potts con la más desagradable de sus voces.

—Necesitamos muchas mañanas más —dijo Martin, el otro operario.

Ambos hicieron intentos de explicar lo sucedido antes de que Potts designara a Jennings para hacerlo. Entonces, éste hizo una detallada relación de sus actividades de aquella mañana: el cambio de muebles, la selección del color de la alfombra, la plática con las hermanas Laver acerca del papel tapiz —ya que aquel horribe importado de Francia, descolorido y viejo como estaba, debía desaparecer— y, finalmente, de la ida a almorzar, hora durante la cual todos los muebles habían sido colocados en su actual posición.

De paso, aquella era la misma disposición que tenían los muebles desechados; quienquiera que hubiese llevado adelante aquel molesto juego era, por lo menos, consistente; los nuevos muebles simplemente habían sido puestos en el lugar de los antiguos; si algún agente no humano era responsable de las perturbaciones ocurridas en el recibidor del segundo piso, ese agente se había resignado a la pérdida de los muebles antiguos. Que duda de que se resignaría de la misma manera a otros cambios, a despecho de las hermanas Laver.

—Muy bien, adelante —dijo Potts—. No se preocupen por los muebles. Déjenlos en donde están. ¿Ya han escogido las señoritas Laver la alfombra?

—Si, señor. Es una excelente alfombra color vino.

—¿Y el papel de la pared?

—Todavía hay dudas al respecto.

—Me llevaré el muestrario para hablar con ellas.

Potts fue en busca de las hermanas Laver y se sentó en medio de ellas con el muestrario de papel tapiz. Como habían escogido una alfombra color vino, seguramente para las paredes desearían algo en color vino con ocre, cobre, bronce, o tal vez pardo oscuro. Potts creía tenerlo todo arreglado. Con ademanes estudiados abrió el muestrario en la página justa, dejando ver un nuevo diseño de figuras multicolores sobre un fondo siena, un diseño que representaba las calles de una ciudad, con diminutos seres humanos que caminaban en todas las direcciones. Era un papel lleno de colorido, mas no llamativo.

—¡Magnífico! —exclamó Janna.

—Es algo realmente nuevo —apuntó Potts, con aire de quien confía un inapreciable secreto—. Yo diría que no hay otro igual en Winterton. Y, naturalmente, si usted se deciden a ponerlo, les aseguro que no habrá nunca otro así.

—¿Lo tienen en existencia? —inquirió Edna, con sentido práctico.

—En grandes cantidades, créame.

—Muy bien. Me gusta

—A mi también —dijo Janna.

—Permítame felicitarlas por su exquisito gusto, estimadas señoras —murmuró Potts.

El decorador volvió al segundo piso y ordenó a sus ayudantes que pintaran el techo de amarillo claro, mientras del almacén llegaba el papel de la pared. Salió de la casa eminentemente complacido por el hecho de que las hermanas hubieran escogido uno de los materiales más caros que podía ofrecerles. Una vez en su establecimiento, ordenó que se enviara a Chitterton House papel en cantidad suficiente para cubrir las paredes del recibidor visitado por los espíritus.

Cuando sus ayudantes volvieron, a las seis de la tarde, le informaron que el techo estaba ya pintado y que había sido cubierta una de las paredes. A las ocho, las hermanas Laver llamaban por teléfono para informar que todo el papel que había sido colocado se habái desprendido. Al día Potts se presentó en Chitterton House con sus ayudantes. Iba lleno de justa indignación y de su acostumbrada egolatría, que era inmensa. ¡Nunca se había desprendido ningún papel de Potts!

El decorador observó, con ira, la devastación de que había sido objeto el recibidor. Únicamente el techo quedaba intacto.

—Lo primero es desprender todo el papel tapiz antiguo —decidió.

Dicho lo anterior, pusieron manos a la obra. Jennings y Martin observaban a su patrón con disimulado interés morboso. Philander Potts no pudo entender aquello en un principio, pero pronto acabó por comprender. Mientras desprendía el papel antiguo de la pared, tuvo conciencia de una molesta especie de intromisión, como si ráfagas de viento surgieran de la nada para azotar el papel contra su rostro, o como si manos fantasmas trataran de impedirle la realización de su trabajo. No dudaba de que sus ayudantes hubieran sufrido intromisiones semejantes, mas, por su parte, de ninguna manera estaba dispuesto a mostrar que las había notado. Sin embargo, resultaban extremadamente molestas y no menos descorcentantes.

En la habitación no había corrientes de aire manifiestas; las ventanas estaban cerradas, lo mismo que la puerta. No se veía claramente de dónde podía provenir el aire. En realidad, Potts tampoco lo sentía; todas sus observaciones tenían como base la agitación del papel tapiz desprendido, tal como si él mismo estuviera animado, moviéndose por voluntad propia, siguiendo un singular plan predeterminado, como queriendo desalentarlo en sus esfuerzos por desprenderlo de la pared.

Pero Potts no iba a darse por vencido. Abordaba la tarea sonbría, firmemente, negándose a ser demorado o distraído por aquel papel curiosamente animado que sacudía su moho alrededor del sitio en que Potts trabajaba, de manera que, al poco, éste se hallaba por una delgada capa de polvo. A eso del mediodía, las paredes estuvieron limpias y listas para que se les pusiera el nuevo papel tapiz, así que el decorador, atendiendo a una invitación de las hermanas Laver, bajó a tomar el almuerzo con ellas.

—Esta vez —dijo a las hermanas, en tono confidencial— el papel se quedará en su sitio, o dejo de llamarme Philander Potts.

—Claro, claro —respondió Janna.

—¿Quiere usted té o café, señor Potts? —inquirió Edna, quien, inmediatamente, pasó a una segunda pregunta—. Usted debe haber conocido a las hermanas Chitterton. ¿Que clase de personas eran?

—Típicas solteronas —respondió Potts.

—¿Qué es una solterona típica, señor Potts? —preguntó Janna cándidamente.

El decorador de interiores se encogió de hombros, con afectación.

—Bueno, pues una vieja dama chiflada, obstinada, retirada de los demás. Las Chitterton, como ustedes sabrán, vivían apartadas del resto del mundo. Sorpréndanse. No les gustaba la gente. Supongo que si uno se basta a si mismo por mucho tiempo, no desea que nadie lo moleste. Después de todo, queridas señoras, la gente es un problema.

Potts dijo lo anterior como si se tratara de una gran verdad, aunque, en realidad, lo que había querido decir era que el problema lo eran las personas que le causaban dificultades; mientras hablaba, el hombre se preguntó si los fantasmas serían personas.

No, no lo creía.

—¿Era difícil llevarse bien con ellas? —quiso saber Edna.

—Mucho. Naturalmente, mi madre las conoció mejor que yo. Hace ya casi veinte años que murieron.

—¿Cree usted que los fantasmas envejecen? —preguntó Janna inocentemente.

—Nunca he pensado en ello —respondió Potts con franqueza—. No creo en fantasmas.

—Comprendo. Parece que no tenemos otra alternativa —apuntó Edna, con naturalidad.

Potts estaba ligeramente desconcertado, aunque no mucho. En lo particular, pensaba que las hermanas Laver tenían cierta tendencia hacia la estupidez, pero como representaban para él una fuente de ingresos, se guardaba muy bien de manifestarlo.

Platicó cortésmente con ellas durante el almuerzo, y luego volvió al recibidor del segundo piso para colocar el nuevo papel tapiz. Todo estaba tal y como lo había dejado. Se sorprendió admitiendo para sí mismo que había esperado que ocurrieran cambios. Pero, aun un fantasma dificilmente hubiera podido volver a colocar el antiguo papel tapiz, ya que éste había sido llevado afuera y quemado, antes de que Jennings y Martin se fueran a almorzar. Sin esperar el regreso de sus ayudantes y considerando que el tapizado de las paredes debía estar concluido al anochecer, Potts se entregó al punto a su labor.

Al poco tiempo se dio cuenta de que en la atmósfera del recibidor había algo que no estaba antes allí. Si durante toda la mañana había tenido una corriente de aire que le dificultaba su trabajo, ahora había una inquietante nota de maldad, cuya aura estaba presente en la pieza, de manera tan tangible que casi se la podía tocar. Aquella aura lo oprimía en todos los sentidos, acalerándole el pulso y atravesándolo de lado a lado con cierta vaga alarma que lo contrariaba y que le causaba ira.

¿Lo notarían Jennings y Martin?

Lo notaron.

Volvieron al poco y se pusieron a trabajar. Media hora después, Jennings musitaba algo para sí.

—¿Que pasa? —preguntó Potts, con aspereza.

—Que esto no me gusta, es todo —le respondió Jennings.

—¿Qué cosa?

—Esta habitación. Hay algo en ella.

—Claro que lo hay —concedió Potts—. Nosotros tres.

—Es algo más —completó Martin con inhabitual seguridad.

—Entiendo —dijo el patrón—. Bien muchachos, quiero que lo soporten hasta donde les sea posible. Si pueden resistir hasta las cuatro de la tarde, podrán irse, que yo mismo terminaré el trabajo.

La atmósfera de peligro fue haciéndose más densa. Una especie de amenza consciente la nublaba. Sin embargo, extrañamente, no había interferencias. Colocaron el papel en una pared, luego en la otra; habían realizado la mitad del trabajo. A eso de las cuatro, cuando Jennings y Martin se retiraron, tratando de disculparse, quedaba aproximadamente la mitad de una pared sin cubrir, y Potts aseguró a sus hombres que él mismo podía hacerlo y que terminaría antes de las seis. Trabajó entonces diligentemente. Se sentía oprimido por la densa aura de iracunda amenaza que lo rodeaba. En una o en dos ocasiones imaginó que la habitación se oscurecía. Mientras trabajaba, tratando de olvidar sus impresiones, tenía la inquietante certidumbre de que alguien lo observaba y, en más de una oportunidad, se sintió capaz de jurar que alguien se hallaba ahí, justo fuera del alcance de su mirada, apreciable con el rabillo del ojo y gracias a un esfuerzo, pero apreciable con seguridad.

La ilusión persistía; casi inconscientemente, Potts aceleró el ritmo de su trabajo. Mas la habitación se oscurecía decididamente, con una oscuridad tangible que emanaba de las paredes como una nube. Philander Potts daba gracias de que el trabajo estaba casi concluido, pues la amenaza que llenaba la pieza resultaba profundamente molesta. Quedaban dos tiras por colocar, al poco tiempo una solamente; se volvió para tomarla y vio la nube de oscuridad que se levantaba en espiral.

Por un momento se quedó sorprendido, mirando. Luego cerró los ojos y sacudió la cabeza. Abriendo los ojos, tuvo tiempo de ver a dos ancianas de rostros ceñudos que salían de aquella sobrenatural nube de tinieblas y que avanzaban hacia él con propósitos vengativos.

En un abrir y cerra de ojos se apoderaron de él

Gritó con voz ronca, una sola vez.

—¿Oiste algo, Edna? —preguntó Janna, dando la espalda al fonógrafo.

—Nada especial, ¿por que?

—Creí oír un grito.

—No, creo que no se oyó nada. Vuelve a poner el disco ¿quieres?

—¿Le invitaste a cenar?

—¡Por Dios, no! ¡Que aburrimiento!

Media hora después, ambas subían al recibidor del segundo piso. Potts se había ido, dejando las herramientas para ser recogidas a la mañana siguiente.

—¡Que bonito papel! —exclamó Janna.

—Cuando se hayan colocado los muebles y la alfombra quedará estupendo. Demasiado buenos para nuestros huéspedes, verdaderamente —observó Edna.

—Esta noche volverán a desprenderlo —dijo Janna, tristemente.

—Será mejor que no lo hagan. El señor Potts tendría que comenzar de nuevo. No le gustará nada, pero lo prometió. Nosotras le obligaremos a cumplir

Janna guardó silencio. Con la cabeza ligeramente ladeada, permaneció escuchando. Al cabo de un rato, preguntó:

—¿Oyes algo, Edna?

—Esta casa no te sienta bien, querida —le dijo Edna, complaciente—. ¿Qué habría de oír?

—Creí oír... una voz. Pero, claro, no es posible

—Espero que esta noche no desprendan el papel.

Pero el papel no fue desprendido. Por el contrario, los ayudantes de Philander Potts, decorador de interiores, pudieron, al día siguiente, dejar arreglada la habitación, con su alfombra nueva, sus muebles, sus cortinajes, y, como prudentamente decidieron dejar la antigua disposición del mobiliario, no hubo posteriores contratiempos.

Sin embargo, la desaparición de Philander Potts fue motivo de sorpresa por espacio de nueve días, hasta que se aseguró que una agraciada joven viuda había abandonado la ciudad aproximadamente en la misma fecha, y que, se supuso, aunque erróneamente, que Potts repentinamente había decidido irse con la viuda.

La esposa y los hijos de Potts se sintieron aliviados, más que otra cosa. Los señores Jennings y Martin llevaron el negocio adelante sin la intervención de Potts, y la familia de éste, tanto como sus empleados, comenzaron a vivir una existencia más placentera sin disminución en sus ingresos y, si acaso, con una sustancial aumento en ellos.

De haberse hallado en posición de hacerlo, Philander lo hubiera agradecido, ya que, como resultado de la nueva decoración del recibidor visitado por los espíritus, el nombre de Potts adquirió nuevo lustre. Cándidamente, las hermanas Laver llamaron al recibidor el triunfo de Potts. Con una especie de admiración acostumbraban mostrar el recibidor a los visitantes.

—Su secreto se ha ido con él —solían decir—. Nos prometió una obra maestra y no hay duda de que ésta lo es. Un papel tapiz de efectos sonoros, ni más ni menos. Párese aquí, y si escucha con atención, podrá oir como si alguien, desde muy lejos, dijera: ¡Déjenme salir! ¡Déjenme salir!

August Derleth (1909-1971)




Relatos góticos. I Relatos de August Derleth.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de August Derleth: El triunfo de Potts (Potts' Triumph), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La musa de Hiperbórea»: Clark Ashton Smith; poema y análisis


«La musa de Hiperbórea»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




La musa de Hiperbórea (The Muse of Hyperborea) es un poema oscuro en prosa del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de junio de 1934 de la revista pulp The Fantasy Fan, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1965: Poemas en prosa (Poems in Prose).

La musa de Hiperbórea, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, pertenece al Ciclo de Hiperbórea (Hyperborean Cycle), aquel continente perdido situado en el Ártico, que antes del avance de los hielos del Pleistoceno era un reino de clima agradable y poblado por extrañas criaturas, algunas de ellas relacionadas a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft y las arcanas mitologías de Robert L. Howard.




La musa de Hiperbórea.
The Muse of Hyperborea, Clark Ashton Smith (1893-1961)

Demasiado lejos queda su pálido y mortal rostro, y demasiado remotas las nieves de su pecho letal como para que mis ojos puedan contemplarlos jamás. Pero hay veces en que me llega su susurro, como un helado viento de ultratumba, debilitado después de atravesar los golfos que separan a los mundos, y que ha surgido sobre los últimos horizontes de desiertos rodeados de hielo.

Y me habla en un idioma que nunca he oído, pero que siempre he conocido; y me habla de cosas mortales y de cosas maravillosas, fuera del alcance de los deseos estáticos del amor.

Su relato no es sobre algo bueno o malo, ni sobre nada que pueda ser deseado o concebido o pensado por las termitas de la tierra; y el aire que respira, y la tierra por donde anda errante, estallarían como el frío cortante del espacio sideral; y sus ojos cegarían la visión de los hombres como si fueran el sol; y su beso, si pudiera alcanzarse, se retorcería acuchillando como el beso del relámpago.

Pero al oír su susurro lejano y poco frecuente, me imagino una visión de vastas auroras, sobre continentes más grandes que el mundo, y mares demasiado extensos para las quillas de las empresas humanas.

Y a veces balbuceo los lazos extraños que nos trae, si bien nadie los recibirá con agrado, y nadie creerá en ellos, o los escuchará. Y en algún amanecer de los años desesperados, me adelantaré y seguiré hasta donde me llama, para buscar el beatífico nado de sus distancias nevadas, para perecer entre sus inescrutables horizontes.

Clark Ashton Smith (1893-1961)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del poema de Clark Ashton Smith: La musa de Hiperbórea (The Muse of Hyperborea), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El barón de Grogzwig»: Charles Dickens; relato y análisis


«El barón de Grogzwig»: Charles Dickens; relato y análisis.




El barón de Grogzwig (The Baron of Grogzwig) —cuyo título original es: La aparición del baron Koëldwethout (Baron Koëldwethout's Apparition)— es un relato de fantasmas del escritor inglés Charles Dickens (1812-1870), publicado originalmente en la novela por entregas editada entre 1838 y 1839: Nicholas Nickleby (Nicholas Nickleby); también llamada: La vida y las aventuras de Nicholas Nickleby (The Life and Adventures of Nicholas Nickleby).

El barón de Grogzwig, sin dudas uno de los grandes cuentos de Charles Dickens, retoma los elementos típicos del relato de fantasmas del siglo XIX. En la historia se insinúa lo paranormal, lo sobrenatural, las casas embrujadas, pero desde una perspectiva ingeniosa que prescinde del horror y aspira a la sátira.

En este sentido, podemos encontrar muchas similitudes entre El barón de Grogzwig y otra sátira fundamental del género: El diablo en el campanario (The Devil in the Belfry), de Edgar Allan Poe.




El barón de Grogzwig.
The Baron of Grogzwig, Charles Dickens (1812-1870)

El barón Von Koéldwethout, de Grogzwig, Alemania, era probablemente un joven barón como cualquiera le gustaría ver uno. No es necesario q diga que vivía en un castillo, porque es evidente; tampoco es necesario que diga que vivía en un castillo antiguo, pues ¿qué barón alemán viviría en u: nuevo? Había muchas circunstancias extrañas relacionadas con este venerable edificio, entre las cuales no era la menos sorprendente y misteriosa el hecho de que cuando soplaba el viento, éste rugía en el interior de las chimeneas, o incluso aullaba entre los árboles del bosque circundante, o que cuando brillaba la luna ésta se abría camino por entre determinadas pequeñas aberturas de los muros y llegaba a iluminar plenamente algunas zonas de los amplios salones y galerías, dejando otras en una sombra tenebrosa.

Tengo entendido que uno de los antepasados del barón, que andaba escaso de dinero, le han clavado una daga a un caballero que llegó una noche pidiendo servidumbre de paso, y se supone que tos hechos milagrosos tuvieron lugar como consecuencia de aquello. Y, sin embargo, difícilmente puedo saber cómo sucedió, pues el antepasado del barón, que era un hombre amable, se sintió despues tan apenado por haber sido tan irreflexivo, y haber puesto sus manos violentas sobre una cantidad de piedras y maderos pertenecientes a un barón más débil, que construyó como excusa una capilla obteniendo un recibo del cielo como saldo a cuenta.

El hecho de haber hablado del antepasado del barón me trae a la mente los vehementes deseos de éste de que se respete su linaje. Temo no poder decir con seguridad cuántos antepasados haya tenido el barón, pero sé que había tenido muchísimos más que cualquier otro hombre de su época, y sólo deseo que haya vivido hasta fechas recientes para haber podido dejar más en la tierra. Para los grandes hombres de los siglos pasados debió ser muy duro haber llegado al mundo tan pronto, pues lógicamente un hombre que nació hace trescientos o cuatrocientos años no puede esperarse que tuviera antes que él tantos parientes como un hombre que haya nacido ahora. Éste último, quienquiera que sea —y por lo que nosotros sabemos lo mismo podría ser un zapatero remendón que un tipo bajo y vulgar—, tendrá un linaje más largo que el mayor de los nobles vivo actualmente; y afirmo que esto no es justo.

¡Bueno, pero el barón Von Koëldwethout de Grogzwig! Era un hombre guapo y atezado, de cabello oscuro y grandes mostachos que salía a cazar a caballo vestido con paño verde de Lincoln, con botas rojas en los pies, con un cuerno de caza colgado del hombro como el guarda de un campo muy amplio. Cuando soplaba su cuerno, otros veinticuatro caballeros de rango inferior, vestidos con paño verde de Lincoln un poco más basto, y botas de cuero bermejo de suelas un poco más gruesas, se presentaban directamente; y galopaban todos juntos con lanzas en las manos como barandillas de un área lacada, cazando jabalíes, o encontrándose quizá con un oso en cuyo último caso el barón era el primero en matarlo, y después engrasaba con él sus bigotes.

Fue una vida alegre la del barón de Grogzwig, y más alegre todavía la de sus partidarios, quienes bebían vino del Rin todas las noches hasta que caían bajo la mesa, y entonces encontraban las botellas en el suelo y pedían pipas. Jamás hubo calaveras tan festivos, fanfarrones, joviales y alegres como los que formaban la animada banda de Grogzwig.

Pero los placeres de la mesa, o los placeres de debajo de la mesa, exigen un poco de variedad; sobre todo si las mismas veinticinco personas se sienta diariamente ante la misma mesa para hablar de lo mismos temas y contar las mismas historias. El barón se sintió aburrido y deseó excitación. Empezó disputar con sus caballeros, y todos los días, después de la cena, intentaba patear a dos o tres de ellos. A principio aquello resultó un cambio agradable, pero al cabo de una semana se volvió monótono, el barón se sintió totalmente indispuesto y buscó, con desesperación, alguna diversión nueva.

Una noche, tras los entretenimientos del día e los que había ido más allá de Nimrod o Gillingwiter, y matado «otro hermoso oso», llevándolo después a casa en triunfo, el barón se sentó desanimado a la cabeza de su mesa contemplando con aspecto descontento el techo ahumado del salón. Trasegó enormes copas llenas de vino, pero cuanto más bebía más fruncía el ceño. Los caballeros que habían sido honrados con la peligrosa distinción de sentarse a su derecha y a su izquierda le imitaron de manera milagrosa en el beber y se miraron ceñudamente el uno al otro.

—¡Lo haré! —gritó de pronto el barón golpeando la mesa con la mano derecha y retorciéndose el mostacho con la izquierda—. ¡Preñaré a la dama de Grogzwig!

Los veinticuatro verdes de Lincoln se pusieron pálidos, a excepción de sus veinticuatro narices, cuyo color permaneció inalterable.

—Me refiero a la dama de Grogzwig —repitió el barón mirando la mesa a su alrededor.

—¡Por la dama de Grogzwig! —gritaron los verdes de Lincoln, y por sus veinticuatro gargantas bajaron veinticuatro pintas imperiales de un vino del Rin tan viejo y extraordinario que se lamieron sus cuarenta y ocho labios, y luego pestañearon.

—La hermosa hija del barón Von Swillenhausen —añadió Koëldwethout, condescendiendo a explicarse—. La pediremos en matrimonio a su padre en cuanto el sol baje mañana. Si se niega a nuestra petición, le cortaremos la nariz.

Un murmullo ronco se elevó entre el grupo; todos los hombres tocaron primero la empuñadura de su espada, y después la punta de su nariz, con espantoso significado.

¡Qué agradable resulta contemplar la piedad filial!

Si la hija del barón hubiera suplicado a un corazón preocupado, o hubiera caído a los pies de su padre cubriéndolos de lágrimas saladas, o simplemente si se hubiera desmayado y hubiera cumplimentado luego al anciano caballero con frenéticas jaculatorias, la: posibilidades son cien contra una a que el castillo de Swillenhausen habría sido echado por la ventana, c habrían echado por la ventana al barón y el castillo habría sido demolido. Sin embargo, la damisela mantuvo su paz cuando un mensajero madrugador llevó o la mañana siguiente la petición de Von Kodldwethout, y se retiró modestamente a su cámara, desde cuya ventana observó la llegada del pretendiente y su séquito. En cuanto estuvo segura de que el jinete de los grandes mostachos era el que se le proponía como esposo, se precipitó a presencia de su padre y expresó estar dispuesta a sacrificarse para asegurar la paz del anciano. El venerable barón tomó a su hija entre sus brazos e hizo un guiño de alegría.

Aquel día hubo grandes fiestas en el castillo. Los veinticuatro verdes de Lincoln de Von Koéldwethout intercambiaron votos de amistad eterna con los doce verdes de Lincoln de Von Swillenhausen, y prometieron al viejo barón que beberían su vino «hasta que todo se volviera azul», con lo que probablemente querían significar que hasta que todos sus semblantes hubieran adquirido el mismo tono que sus narices. Cuando llegó el momento de la despedida todos palmeaban las espaldas de todos los demás, y el barón Von Koéldwethout y sus seguidores cabalgaron alegremente de regreso a casa.

Durante seis semanas mortales jabalíes y osos tuvieron vacaciones. Las casas de Kodldwethout y Swillenhausen estaban unidas; las lanzas se aherrumbra ron, y el cuerno de caza del barón contrajo ronquera por falta de soplidos. Aquellos fueron momentos importantes para los veinticuatro, pero ¡ay!, sus días elevados y triunfales estaban ya calzándose para disponerse a irse.

—Querido mío —dijo la baronesa.

—Mi amor —le respondió el barón.

—Esos hombres toscos y ruidosos...

—¿Cuáles, señora? —preguntó el barón sorprendido.

Desde la ventana junto a la que estaban, la baronesa señaló el patio inferior en donde, inconscientes de todo, los verdes de Lincoln estaban realizando copiosas libaciones estimulantes como preparativo para salir a cazar uno o dos verracos.

—Son mi grupo de caza, señora —le informó el barón.

—Licéncialos, amor —murmuró la baronesa.

—¡Licenciarlos! —gritó el barón con asombro.

—Para complacerme, amor —contestó la baronesa.

—Para complacer al diablo, señora —respondió el barón.

Entonces la baronesa lanzó un gran grito y se desmayó a los pies del barón.

¿Qué podía hacer el barón? Llamó a la doncella de la señora y rugió pidiendo un doctor; y luego, saliendo a la carrera al patio, pateó a los dos verdes de Lincoln que más habituados estaban a ello, y maldiciendo a todos los demás, les pidió que se marcharan, aunque no le importaba adónde. No sé la expresión alemana para ello, pues si la conociera lo habría podido describir delicadamente.

No me corresponde a mí decir mediante qué medios, o qué grados, algunas esposas consiguen someter a sus esposos de la manera que lo hacen, aunque sí puedo tener mi opinión personal sobre el tema, y pensar que ningún Miembro del Parlamento debería estar casado, por cuanto que tres miembros casados de cada cuatro votarán de acuerdo con la conciencia de su esposa (si la tienen), y no de acuerdo con la suya propia. Lo único que necesito decir ahora es que la baronesa von Koéldwethout adquirió de una u otra manera un gran control sobre el barón von KoUldwethout, y que poco a poco, trocito a trocito, día a día y año a año el barón obtenía la peor parte de cualquier cuestión disputada, o era astutamente descabalgado de cualquier antigua afición; y así, cuando se convirtió en un hombre grueso y robusto de unos cuarenta y ocho años, no tenía ya fiestas, ni jolgorios, ni grupo de caza ni tampoco caza: en resumen, no le quedaba nada que le gustara o que hubiera solido tener; y así, aunque fue tan valiente como un león, y tan audaz como descarado, fue claramente despreciado y reprimido por su propia dama en su propio castillo de Grogzwig.

Y no acaban aquí todos los infortunios del barón.

Aproximadamente un año después de sus nupcias vino al mundo un barón robusto y joven en cuyo honor se dispararon muchos fuegos artificiales y se bebieron muchas docenas de barriles de vicio; pero al año siguiente llegó una joven baronesa y cada año otro joven barón, y así un año tras otro, o un barón o una baronesa (y un año los dos al mismo tiempo), hasta que el barón se encontró siendo padre de una pequeña familia de doce. En cada uno de esos aniversarios la venerable baronesa Von Swillenhausen se ponía muy nerviosa y sensible por el bienestar de su hija la baronesa Von Koéldwethout, y aunque no se sabe que la buena dama hiciera nunca nada real que contribuyera a la recuperación de su hija, seguía considerando un deber ponerse tan nerviosa como fuera posible en el castillo de Grogzwig, y dividir su tiempo entre observaciones morales sobre la forma en que se llevaba la casa del barón y quejarse por el duro destino de su infeliz hija.

Y si el barón de Grogzwig, algo herido e irritado por esa conducta, cobraba valor y se aventuraba a sugerir que su esposa al menos no estaba peor que las esposas de otros barones, la baronesa Von Swillenhausen suplicaba a todas las personas que se dieran cuenta de que nadie salvo ella simpatizaba con los sufrimientos de su hija; y con aquello, sus parientes y amigos comentaban que con toda seguridad ella sufría mucho más que su yerno, y que si existía algún animal vivo de corazón duro, ése era el barón de Grogzwig.

El pobre barón lo soportó todo mientras pudo, y cuando no pudo soportarlo ya más perdió el apetito y el ánimo, y se quedó sentado lleno de tristeza y aflicción. Pero todavía le aguardaban problemas peores, y cuando le llegaron aumentó su melancolía y su tristeza. Cambiaron los tiempos; se endeudó. Las arcas de Grogzwig, que la familia Swillenhausen había considerado inagotables, se vaciaron; y precisamente cuando la baronesa estaba a punto de sumar la decimotercera adición al linaje de la familia, Von Koéldwethout descubrió que carecía de medios para reponerlas.

—No veo qué se puede hacer —dijo el barón—. Creo que me suicidaré.

Fue una idea brillante.

El barón tomó un viejo cuchillo de caza de un armario que tenía al lado, y tras afilarlo sobre la bota, le hizo a su garganta lo que los muchachos llaman una oferta.

—¡Bueno! —exclamó el barón al tiempo que detenía la mano—. Quizá no esté lo bastante afilado.

El barón lo afiló de nuevo e hizo otro intento, pero detuvo su mano un fuerte griterío que se produjo entre los jóvenes barones y baronesas, reunidos todos en un salón infantil situado arriba de la torre con barras de hierro por el exterior de las ventanas para impedir que se lanzaran al foso.

—Si hubiera sido soltero —dijo el barón suspirando—, podría haberlo hecho más de cincuenta veces sin que me interrumpieran. ¡Vamos! Lleva una botella de vino y la pipa más grande a la pequeña habitación abovedada que hay tras el salón.

Una de las criadas ejecutó de la manera más amable posible la orden del barón en el curso de una media hora, y Von Koéldwethout, tras apreciar que así había sido hecho, se dirigió a grandes zancadas hacia la habitación abovedada cuyas paredes, que eran de una madera oscura y brillante, relucían al fuego de los leños ardientes apilados en el hogar. La botella y la pipa estaban dispuestas y el lugar parecía en general muy cómodo.

—Deja la lámpara —ordenó el barón.

—¿Alguna otra cosa, mi señor? —preguntó la criada.

—Soledad —contestó el barón.

La criada obedeció y el barón cerró la puerta.

—Fumaré una última pipa y luego pondré fin a todo —dijo el barón.

El señor de Grogzwig dejó el cuchillo sobre la mesa, hasta que lo necesitara, se sirvió una buena medida de vino, se echó hacia atrás en la silla, estiró las piernas delante del fuego y se desinfló. Pensó en muchísimas cosas, en sus problemas de hoy y en los días pasados, cuando era soltero, en los verdes de Lincoln, que desde hacía tiempo habían sido dispersados por el país, sin que nadie supiera dónde estaban con la excepción de dos, que desgraciadamente habían sido decapitados, y cuatro que se habían matado de tanto beber. Su mente pensó en osos y verracos, cuando en el momento de beberse la copa hasta el fondo alzó la mirada y vio por primera vez, con asombro ilimitado, que no estaba solo.

No, no lo estaba; pues al otro lado del fuego se hallaba sentada con los brazos cruzados una horrible y arrugada figura, de ojos profundamente hundidos e inyectados en sangre, rostro cadavérico de inmensa longitud ensombrecido por unas grejas enmarañadas y mal cortadas de cabellos negros recios. Vestía una especie de túnica de color azulado desvaído que, como observó el barón contemplándola atentamente, estaba ornamentada llevando por delante, a modo de cierres, asideros de ataúd. También llevaba las piernas cubiertas por planchas de ataúd, a modo de armadura; y sobre el hombro izquierdo llevaba un corto manto oscuro que parecía hecho con los restos de un paño mortuorio. No prestaba atención al barón, pues miraba fijamente el fuego.

—¡Hola! —exclamó el barón al tiempo que golpeaba el suelo con los pies para llamar su atención.

—¡Hola! —replicó el otro dirigiendo la mirada hacia el barón, pero sólo los ojos, no el rostro—. ¿Qué pasa?

—¿Que qué pasa? —contestó el barón sin acobardarse en lo más mínimo por la voz hueca y la mirada carente de brillo del otro—. Soy yo el que debería hacer esa pregunta. ¿Cómo llegó hasta aquí?

—Por la puerta —contestó la figura.

—¿Quién es? —preguntó el barón.

—Un hombre —contestó la figura.

—No le creo —dijo el barón.

—Pues no lo crea —contestó la figura.

—Eso es lo que haré —replicó el barón.

La figura se quedó mirando un tiempo al osado barón de Grogzwig, y luego, en tono familiar dijo:

—Ya veo que nadie le puede persuadir. ¡No soy un hombre!

—Entonces ¿qué es? —preguntó el barón.

—Un genio —contestó la figura.

—Pues no se parece mucho a ninguno —contestó burlonamente el barón.

—Soy el genio de la desesperación y el suicidio. Ahora ya me conoce.

Tras decir esas palabras, la aparición se puso de cara al barón, como si se preparara para una conversación; y lo más notable de todo fue que apartó el manto hacia un lado, mostrando así una estaca que le recorría el centro del cuerpo. Se la sacó con un movimiento brusco y la dejó sobre la mesa con el mismo cuidado que si se tratara de un bastón de paseo.

—¿Está dispuesto ya para mí? —preguntó la figura fijando la mirada en el cuchillo de caza.

—No del todo. Primero he de terminar esta pipa.

—Entonces aligere —exclamó la figura.

—Parece tener prisa —contestó el barón.

—Pues bien, sí, la tengo. Hay ahora muchos asuntos de los míos en Inglaterra y Francia, y mi tiempo está ocupadísimo.

—¿Bebe? —preguntó el barón tocando la botella con la cazoleta de la pipa.

—Nueve veces de cada diez, y siempre con exageración —replicó secamente la figura.

—¿Nunca con moderación?

—Jamás —contestó la figura con un estremecimiento—. Eso produce alegría.

El barón echó otra ojeada a su nuevo amigo, a quien consideró como un parroquiano verdaderamente extraño, y finalmente le preguntó si tomaba parte activa en acontecimientos como los que había, estado contemplando.

—No —contestó la figura en tono evasivo—. Pero estoy siempre presente.

—Para contemplar imparcialmente, supongo —dijo el barón.

—Exactamente —contestó la figura jugueteando con la estaca y examinando la punta—. Dese toda la prisa que pueda, ¿quiere? Pues hay un joven caballero que ahora me necesita porque le aflige el tener demasiado dinero y tiempo libre, o eso me parece.

—¿Va a suicidarse porque tiene demasiado dinero? —exclamó el barón, realmente divertido—. ¡Ja, ja! Ésa sí que es buena.

(Aquella fue la primera vez que el barón se rió desde hacia mucho tiempo.)

—Le ruego que no vuelva a hacer eso —le reconvino la figura, que parecía muy asustada.

—¿Y por qué no? —preguntó el barón.

—Porque me produce un gran dolor. Suspire todo lo que quiera: eso me hace sentir bien.

Al escuchar la mención de la palabra, el barón suspiró mecánicamente; la figura, animándose de nuevo, le entregó el cuchillo de caza con la cortesía más encantadora.

—Y, sin embargo, no es mala idea, un hombre que se suicida porque tiene demasiado dinero —comentó el barón al tiempo que sentía el borde del arma.

—¡Bah! No mejor que la de un hombre que se suicida porque no tiene nada, o tiene demasiado poco —contestó la aparición con petulancia.

No tengo manera de saber si el genio se comprometió sin intención alguna al decir eso o si es que pensó que la mente del barón estaba ya tan decidida que no importaba lo que dijera. Lo único que sé es que el barón detuvo al instante la mano, abrió bien los ojos y miró como si en ellos hubiera entrado por primera vez una luz nueva.

—Bueno, la verdad es que no hay nada que sea lo bastante malo como para quitarse de en medio por ello —dijo Von Koéldwethout.

—Salvo las arcas vacías —gritó el genio.

—Bien, pero un día pueden llenarse de nuevo —añadió el barón.

—Las esposas regañonas —le reconvino el genio.

—¡Ah! Se las puede hacer callar —contestó el barón.

—Trece hijos —gritó el genio.

—Seguramente no todos saldrán malos —replicó el barón.

Evidentemente el genio se estaba enfadando bastante por el hecho de que de pronto el barón sostuviera esas opiniones, pero intentó tomárselo a broma y dijo que se sentiría muy agradecido hacia él si le permitía saber cuándo iba a dejar de tomárselo a risa.

—Pero si no estoy bromeando, nunca estuve tan lejos de eso —protestó el barón.

—Bueno, me alegra oír eso —respondió el genio con aspecto ceñudo—. Porque una broma que no sea un juego de palabras es la muerte para mí. ¡Vamos! ¡Abandone enseguida este mundo terrible!

—No sé —dijo el barón jugueteando con el cuchillo—. Ciertamente que es terrible, pero no cree que el suyo sea mucho mejor, pues no tiene aspecto de encontrarse especialmente cómodo. Eso me recuerda que me sentía muy seguro de obtener alga mejor si abandonaba este mundo... —de pronto lanzó un grito y se incorporó—: nunca había pensado en esto.

—¡Concluya! —gritó la figura castañeteando los dientes.

—¡Fuera! —le contestó el barón—. Dejaré de meditar sobre las desgracias, pondré buena cara y probaré de nuevo con el aire libre y los osos; y si eso no funciona, hablaré sensatamente con la baronesa y acabaré con los Von Swillenhausen.

Tras decir aquello, el barón volvió a sentarse en la silla y rió con tanta fuerza y alboroto que la habitación resonó. La figura retrocedió uno o dos pasos mirando entretanto al barón con terror intenso, y después recogió la estaca, se la metió violentamente en el cuerpo, lanzó un aullido atemorizador y desapareció. Von Koéldwethout no volvió a verla nunca. Una vez que había decidido actuar, inmediatamente obligó a razonar a la baronesa y a los Von Swillenhausen, y murió muchos años después; no como un hombre rico que yo sepa, pero como un hombre feliz: dejó tras él una familia numerosa que fue cuidadosamente educada en la caza del oso y el verraco bajo su propia vigilancia personal. Y mi consejo a todos los hombres es que si alguna vez se sienten tristes y melancólicos por causas similares (como les sucede a muchos hombres), contemplen los dos lados del asunto, y pongan un cristal de aumento sobre el mejor; y si todavía se sienten tentados a irse sin permiso, que primero se fumen una gran pipa y se beban una botella entera, y aprovechen el laudable ejemplo del barón de Grogzwig.

Charles Dickens (1812-1870)




Relatos góticos. I Relatos de Charles Dickens.


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El análisis y resumen del cuento de Charles Dickens: El barón de Grogzwig (The Baron of Grogzwig), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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