Louisa Baldwin: relatos

Louisa Baldwin.
1845-1925


Louisa Baldwin fue una escritora británica de relatos cortos. Su faceta como narradora quedó opacada por sus curiosidades filiales. Fue la madre del primer ministro inglés Alfred Baldwin, y tía del brillante Rudyard Kipling.


Louisa Baldwin: relatos:



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Joanna Baillie: novelas: relatos: poemas

Joanna Baillie.
1762-1851


Joana Baillie fue una poeta y dramaturga escocesa, amiga de Walter Scott. Durante su época fue ampliamente reconocida por la crítica. El presente la ha recluido a pocas antologías góticas.


Joanna Baillie: relatos:


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Mary Austin: relatos


Mary Austin.
1868-1934


Mary Austin fue una escritora norteamericana dedicada a la narrativa corta, aunque quizás su mayor reconocimiento se debe a su inagotable labor como activista por los derechos de la mujer.





Mary Austin: relatos:

  • The readjusment.


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Gertrude Atherton: relatos: novelas


Gertrude Atherton.
1857-1948

Gertrude Atherton fue una escritora norteamericana que desde su narrativa abarcó tanto el universo fantástico como el gótico. Muchos de sus relatos se han convertido en clásicos de la literatura de terror.


Gertrude Atherton: relatos: novelas:

  • La muerte y la condesa (Death and the countess)
  • El cuerno de niebla (The foghorn)
  • El lugar del salto (The striding place)
  • El mayor bien del mayor número (The greatest good of the greatest number)
  • La campana en la niebla (The bell in the fog)
  • La muerte y la mujer (Death and the woman)



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H.F. Arnold: relatos: novelas

Henry Ferris Arnold.
H.F. Arnold.
1902-1963


H.F. Arnold fue un escritor norteamericano de relatos fantásticos, eficientemente olvidado por las grandes antologías góticas.


H.F. Arnold: novelas: relatos:



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Allen Grant: novelas: relatos


Allen Grant.
1848-1899

Allen Grant fue un autor británico nacido en Canadá. A pesar de ser reconocido por sus novelas científicas, posee algunos relatos basados en leyendas y tradiciones muy asociadas a la literatura de terror.



Allen Grant: novelas: relatos:

  • La torre de Wolverden (Wolverden tower)
  • Mi año nuevo entre las momias (My new year's eve among the mummies)



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Louisa May Alcott


Louisa May Alcott.
1832-1888


Louisa May Alcott fue una célebre escritora norteamericana, más conocida por su novela Mujercitas que por su faceta gótica. Escribió varios relatos de terror bajo el seudónimo A.M. Barnard.



Louisa May Alcott: Novelas:
  • Ariel; la leyenda del faro (Ariel, a legend of the lighthouse)
  • El destino de los Forrest (The fate of the Forrests)
  • El fantasma del abad (The Abbot's ghost) También conocida como La tentación de Maurice Treherne (Maurice Treherne's temptation: a christmas story)
  • La venganza del doctor Dorn (Doctor Dorn's revenge)
  • Taming el tártaro (Taming the tartar)
  • Una tragedia doble: La historia de un actor (A double tragedy: an actor's story)
  • Un par de ojos, o La magia moderna (A pair of eyes; or, The modern magic)




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John Yonge Akerman

John Yonge Akerman.
J.Y. Akerman.

1806-1873



J.Y. Akerman: Novelas:
  • La miniatura (The miniature)



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Chitterton house: August Derleth


Chitterton house (Chitterton house) es un relato de terror del escritor norteamericano August Derleth.

Se trata de un cuento que se ha asentado mejor en los lectores de habla española que en los de su idioma original. Muy pocas antologías norteamericanas e inglesas han reparado en él, aunque de hecho sea una de las piezas narrativas más originales de August Derleth, un caballero en constante pugna con este concepto.



Chitterton house.
Chitterton house, August Derleth (1909-1971)

Ninguna persona acomodada de Winterton puso jamás una casa sin llamar a Philander Potts para que lo "hiciera" por ella. Philander Potts: decorador de interiores, era la cumbre de la perfección; era el más capacitado para juzgar en cuanto a combinación de colores, diseños de papel tapiz, acabados en madera, y todas esas pequeñeces que cautivan a las mujeres; suya era la última y definitiva palabra en lo relativo a cortinajes y toda clase de decorados, desde el sencillo y efectivo hasta el más recargado y ostentoso, adecuado para aquellos felices mentecatos que imaginan que la presencia de algo deslumbrante es prueba positiva de su progreso en el mundo material e intelectual.

Philander Potts, en una palabra, era poseedor de un gusto impecable y ninguna falsa modestia le impedía admitirlo como un hecho. El suyo era un éxito trabajosamente conquistado. Se había iniciado con una pequeña tienda, pero, habiendo sido dotado de un descaro inacabable y careciendo de escrúpulos de especie alguna, había hecho que sus competidores quebraran, uno a uno, hasta que, finalmente, quedó como único decorador de interiores con cierta categoría en la ciudad. Llegó a ser un implacable dictador en los negocios y en el hogar; sus ayudantes, su esposa e hijos bailaban al son que les tocara, y, si él era feliz, ellos no lo eran, aunque la felicidad de los demás no era su problema.

Ya hemos comentado que la gente se sentía francamente orgullosa de tener una casa "puesta" por Potts, y, de entre todos, Potts era el más orgulloso; ciertamente, en sus momentos más caprichosos, imaginaba que toda la ciudad de Winterton, tarde o temprano, sería una creación y una recreación de Potts; soñaba en el lejano día en que la gente hablaría de una "ciudad de Potts". ¡ Ah vanidad humana! Potts creyó entrever el principio de la realización de su grandísimo sueño cuando las jóvenes y huérfanas hermanas Laver compraron la tanto tiempo abandonada Chitterton House, otrora, en los nada lamentados años setenta, casa grande de Winterton. Al punto, las damitas fueron a ver a Philander Potts, y éste, pese a su tendencia a la obesidad, las recibió acicalado, perfumado y elegante como siempre. Las Laver eran agraciadas, rubia y de ojos cafés la una, trigueña y de ojos azules la otra.

-Queridas señoras -ronroneó Philander Potts-, han venido para hablarme de su nueva casa. O, tal vez debiera yo decir, de la vieja casa que quedará como nueva cuando yo termine mi trabajo.
-Es cierto que necesitamos sus consejos -admitió Janna, la rubia, con loable precaución-.
-Verá usted señor Potts -terció Edna-, tenemos un problema bastante especial. Y, a decir verdad, no sabemos si usted está o no capacitado para resolvérnoslo.
Philander Potts se irguió hasta donde su barriga se lo podía permitir y arrugó el ceño de manera impresionante.
-Todavía no he encontrado problema que no haya podido solucionar -sentenció-.
-Al parecer, en la casa tenemos una habitación embrujada -prosiguió Edna, mientras que una leve arruga aparecía en la parte superior de su frente.
-¿Ah, si? -dijo Potts, alzando las cejas irónicamente-.
-Se trata de un recibidor que hay en el segundo piso -continuó Edna-.
Potts tomó asiento, puso las manos sobre su escritorio y se inclinó hacia el frente, interesado.
-Cuénteme, cuénteme -instó-.

Entre las dos, las hermanas Laver resumieron sus peripecias con el recibidor del segundo piso. Se trataba de una vasta habitación, amueblada segun los gustos de 1.870, con una amplia vista de la ciudad, ya que la casa se levantaba en la cima de una loma que dominaba casi por entero la ciudad. Como la habitación estaba junto a un dormitorio y a un baño, era ideal para el uso de una de las hermanas o de los huéspedes. Había sido la pieza favorita de los últimos Chitterton, las señoritas Lavinia y Hester, mujeres extrañas e introvertidas que vivieron en reclusión, completamente alejadas de cualquier actividad social. En vida, no habían permitido que se hiciera ningún cambio en la habitación, y era del todo evidente que no estaban dispuestas a permitirlo después de su muerte.

Las almas de las Chitterton obviamente se habían adueñado del recibidor. Cada vez que alguna silla era movida siquiera un centímetro, volvía a su antigua posición poco después, sin que mano humana alguna hubiera intervenido. Cierto día, las hermanas Laver y la servidumbre habían arreglado el mobiliario antiguo, en espera de la llegada del nuevo; la laboriosa tarea les había llevado toda una tarde. Sin embargo, a la mañana siguiente, tras el acompañamiento nocturno de estrenduosos golpeteos y martilleos, todos los muebles se hallaban de vuelta en el lugar en que las Chitterton los habían dejado, y en el que pacientemente querían que siguieran. Las hermanas Laver querían dejar claramente asentado que, por su parte, no temían ni a fantasmas ni a cualquier otra especie de manifestaciones de lo sobrenatural, pero que estaban decididas a que el recibidor visitado por los espectros fuera redecorado.

-Haré de él una obra maestra -les aseguró Potts- mandaréa mis operarios mañana por la mañana.
-El precio no será obstáculo -dijo Edna, poniéndose en pie-.

Philander Potts respaldaba y respetaba de corazón aquella actitud; por ella se hizo casi untuoso y duplicó su natural venero de solicitud, tanto que él, en persona, llevó a las hermanas Laver hasta la salida. Muy de mañana se presentaron los ayudantes de Potts en la casa. Su llegada coincidió con la de los nuevos muebles comprados para el recibidor del segundo piso. Todo fue fortuito. Los ayudantes no perdieron tiempo en sacar todos los muebles dejados por los Chitterton, para desecharlos y sustituirlos con las nuevas piezas adquiridas por las Laver en Cleveland. Después del almuerzo, el propio Potts apareció en escena. Encontró a sus ayudantes desolados.

-¿Que han estado haciendo? -les preguntó bruscamente-.
-Moviendo los muebles solamente -le respondió Jennings, el ayudante de más edad.-
-Pero, si han tenido toda la mañana -gruñó Potts con la más desagradable de sus voces-.
-Necesitamos muchas mañanas más -dijo Martin, el otro operario-.

Ambos hicieron intentos de explicar lo sucedido antes de que Potts designara a Jennings para hacerlo. Entonces, éste hizo una detallada relación de sus actividades de aquella mañana: el cambio de muebles, la selección del color de la alfombra, la plática con las hermanas Laver acerca del papel tapiz -ya que aquel horribe importado de Francia, descolorido y viejo como estaba, debía desaparecer- y, finalmente, de la ida a almorzar, hora durante la cual todos los muebles habían sido colocados en su actual posición.

De paso, aquella era la misma disposición que tenían los muebles desechados; quienquiera que hubiese llevado adelante aquel molesto juego era, por lo menos, consistente; los nuevos muebles simplemente habían sido puestos en el lugar de los antiguos; si algún agente no humano era responsable de las perturbaciones ocurridas en el recibidor del segundo piso, ese agente se había resignado a la pérdida de los muebles antiguos. Que duda de que se resignaría de la misma manera a otros cambios, a despecho de las hermanas Laver.

-Muy bien adelante -dijo Potts-. No se preocupen por los muebles. Déjenlos en donde están. ¿Ya han escogido las señoritas Laver la alfombra?.
-Si, señor. Es una excelente alfombra color vino.
-¿Y el papel de la pared?
-Todavía hay dudas al respecto.
-Me llevaré el muestrario para hablar con ellas.

Potts fue en busca de las hermanas Laver y se sentó en medio de ellas con el muestrario de papel tapiz. Como habían escogido una alfombra color vino, seguramente para las paredes desearían algo en color vino con ocre, cobre, bronce, o tal vez pardo oscuro. Potts creía tenerlo todo arreglado. Con ademanes estudiados abrió el muestrario en la página justa, dejando ver un nuevo diseño de figuras multicolores sobre un fondo siena, un diseño que representaba las calles de una ciudad, con diminutos seres humanos que caminaban en todas las direcciones. Era un papel lleno de colorido, mas no llamativo.

-¡Magnífico! -exclamó Janna-.
-Es algo realmente nuevo -apuntó Potts, con aire de quien confía un inapreciable secreto-. Yo diría que no hay otro igual en Winterton. Y, naturalmente, si usted se deciden a ponerlo, les aseguro que no habrá nunca otro así.
-¿Lo tienen en existencia? -inquirió Edna, con sentido práctico-.
-En grandes cantidades, créame.
-Muy bien. Me gusta
-A mi también -dijo Janna-.
-Permítame felicitarlas por su exquisito gusto, estimadas señoras -murmuró Potts-.

El decorador volvió al segundo piso y ordenó a sus ayudantes que pintaran el techo de amarillo claro, mientras del almacén llegaba el papel de la pared. Salió de la casa eminentemente complacido por el hecho de que las hermanas hubieran escogido uno de los materiales más caros que podía ofrecerles. Una vez en su establecimiento, ordenó que se enviara a Chitterton House papel en cantidad suficiente para cubrir las paredes del recibidor visitado por los espíritus. Cuando sus ayudantes volvieron, a las seis de la tarde, le informaron que el techo estaba ya pintado y que había sido cubierta una de las paredes. A las ocho, las hermanas Laver llamaban por teléfono para informar que todo el papel que había sido colocado se habái desprendido. Al día Potts se presentó en Chitterton House con sus ayudantes. Iba lleno de justa indignación y de su acostumbrada egolatría, que era inmensa. ¡Nunca se había desprendido ningún papel de Potts!. Observó, con ira, la devastación de que había sido objeto el recibidor. Únicamente el techo quedaba intacto.

-Lo primero es desprender todo el papel tapiz antiguo -decidió-
Dicho lo anterior, pusieron manos a la obra. Jennings y Martin observaban a su patrón con disimulado interés morboso. Philander Potts no pudo entender aquello en un principio, pero pronto acabó por comprender. Mientras desprendía el papel antiguo de la pared, tuvo conciencia de una molesta especie de intromisión, como si ráfagas de viento surgieran de la nada para azotar el papel contra su rostro, o como si manos fantasmas trataran de impedirle la realización de su trabajo. No dudaba de que sus ayudantes hubieran sufrido intromisiones semejantes, mas, por su parte, de ninguna manera estaba dispuesto a mostrar que las había notado. Sin embargo, resultaban extremadamente molestas y no menos descorcentantes. En la habitación no había corrientes de aire manifiestas; las ventanas estaban cerradas, lo mismo que la puerta. No se veía claramente de dónde podía provenir el aire. En realidad, Potts tampoco lo sentía; todas sus observaciones tenían como base la agitación del papel tapiz desprendido, tal como si él mismo estuviera animado, moviéndose por voluntad propia, siguiendo un singular plan predeterminado, como queriendo desalentarlo en sus esfuerzos por desprenderlo de la pared.

Mas Potts no iba a darse por vencido. Abordaba la tarea sonbría, firmemente, negándose a ser demorado o distraído por aquel papel curiosamente animado que sacudía su moho alrededor del sitio en que Potts trabajaba, de manera que, al poco, éste se hallaba por una delgada capa de polvo. A eso del mediodía, las paredes estuvieron limpias y listas para que se les pusiera el nuevo papel tapiz, así que el decorador, atendiendo a una invitación de las hermanas Laver, bajó a tomar el almuerzo con ellas.

-Esta vez -dijo a las hermanas, en tono confidencial- el papel se quedará en su sitio, o dejo de llamarme Philander Potts.
-Claro, claro -respondió Janna-.
-¿Quiere usted té o café, señor Potts? -inquirió Edna, quien, inmediatamente, pasó a una segunda pregunta-. Usted debe haber conocido a las hermanas Chitterton. ¿Que clase de personas eran?
-Típicas solteronas -respondió Potts-.
-¿Que es una solterona típica, señor Potts? -preguntó Janna cándidamente.
El decorador de interiores se encogió de hombros, con afectación.
-Bueno, pues..., una vieja dama chiflada, obstinada, retirada de los demás. Las Chitterton, como ustedes sabrán, vivían apartadas del resto del mundo. Sorpréndanse. No les gustaba la gente. Supongo que si uno se basta a si mismo por mucho tiempo, no desea que nadie lo moleste. Después de todo, queridas señoras, la gente es un problema.

Potts dijo lo anterior como si se tratara de una gran verdad, aunque, en realidad, lo que había querido decir era que el problema lo eran las personas que le causaban dificultades; mientras hablaba, el hombre se preguntó si los fantasmas serían personas. No, no lo creía.

-¿Era difícil llevarse bien con ellas? -quiso saber Edna.
-Mucho. Naturalmente, mi madre las conoció mejor que yo. Hace ya casi veinte años que murieron.
-¿Cree usted que los fantasmas envejecen? -preguntó Janna inocentemente-.
-Nunca he pensado en ello -respondió Potts con franqueza-. No creo en fantasmas.
-Comprendo. Parece que no tenemos otra alternativa -apuntó Edna, con naturalidad-.

Potts estaba ligeramente desconcertado, aunque no mucho. En lo particular, pensaba que las hermanas Laver tenían cierta tendencia hacia la estupidez, pero como representaban para él una fuente de ingresos, se guardaba muy bien de manifestarlo. Platicó cortésmente con ellas durante el almuerzo, y luego volvió al recibidor del segundo piso para colocar el nuevo papel tapiz. Todo estaba tal y como lo había dejado. Se sorprendió admitiendo para sí mismo que había esperado que ocurrieran cambios. Pero, aun un fantasma dificilmente hubiera podido volver a colocar el antiguo papel tapiz, ya que éste había sido llevado afuera y quemado, antes de que Jennings y Martin se fueran a almorzar. Sin esperar el regreso de sus ayudantes y considerando que el tapizado de las paredes debía estar concluido al anochecer, Potts se entregó al punto a su labor. Al poco tiempo se dio cuenta de que en la atmósfera del recibidor había algo que no estaba antes allí. Si durante toda la mañana había tenido una corriente de aire que le dificultaba su trabajo, ahora había una inquietante nota de maldad, cuya aura estaba presente en la pieza, de manera tan tangible que casi se la podía tocar. Aquella aura lo oprimía en todos los sentidos, acalerándole el pulso y atravesándolo de lado a lado con cierta vaga alarma que lo contrariaba y que le causaba ira.

¿Lo notarían Jennings y Martin? Se preguntaba.
Lo notaron. Volvieron al poco y se pusieron a trabajar. Media hora después, Jennings musitaba algo para sí.
-¿Que pasa? -preguntó Potts, con aspereza-.
-Que esto no me gusta, es todo -le respondió Jennings.
-¿Que es lo que no te gusta?
-Esta habitación. Hay algo en ella.
-Claro que lo hay -concedió Potts- Nosotros tres.
-Es algo más -completó Martin con inhabitual seguridad-.
-Entiendo -dijo el patrón-. Bien muchachos, quiero que lo soporten hasta donde les sea posible. Si pueden resistir hasta las cuatro de la tarde, podrán irse, que yo mismo terminaré el trabajo.

La atmósfera de peligro fue haciéndose más densa. Una especie de amenza consciente la nublaba. Sin embargo, extrañamente, no había interferencias. Colocaron el papel en una pared, luego en la otra; habían realizado la mitad del trabajo. A eso de las cuatro, cuando Jennings y Martin se retiraron, tratando de disculparse, quedaba aproximadamente la mitad de una pared sin cubrir, y Potts aseguró a sus hombres que él mismo podía hacerlo y que terminaría antes de las seis. Trabajó entonces diligentemente. Se sentía oprimido por la densa aura de iracunda amenaza que lo rodeaba. En una o en dos ocasiones imaginó que la habitación se oscurecía. Mientras trabajaba, tratando de olvidar sus impresiones, tenía la inquietante certidumbre de que alguien lo observaba y, en más de una oportunidad, se sintió capaz de jurar que alguien se hallaba ahí, justo fuera del alcance de su mirada, apreciable con el rabillo del ojo y gracias a un esfuerzo, pero apreciable con seguridad. La ilusión persistía; casi inconscientemente, Potts aceleró el ritmo de su trabajo. Mas la habitación se oscurecía decididamente, con una oscuridad tangible que emanaba de las paredes como una nube. Philander Potts daba gracias de que el trabajo estaba casi concluido, pues la amenaza que llenaba la pieza resultaba profundamente molesta. Quedaban dos tiras por colocar, al poco tiempo una solamente; se volvió para tomarla y vio la nube de oscuridad que se levantaba en espiral. Por un momento se quedó sorprendido, mirando. Luego cerró los ojos y sacudió la cabeza. Abriendo los ojos, tuvo tiempo de ver a dos ancianas de rostros ceñudos que salían de aquella sobrenatural nube de tinieblas y que avanzaban hacia él con propósitos vengativos.

En un abrir y cerra de ojos se apoderaron de él
Gritó con voz ronca, una sola vez.
- ¿Oiste algo, Edna? -preguntó Janna, dando la espalda al fonógrafo-.
- Nada especial, ¿por que?.
- Creí oír un grito.
- No, creo que no se oyó nada. Vuelve a poner el disco ¿quieres?.
- ¿Le invitaste a cenar?
- ¡Por Dios, no! ¡Que aburrimiento!.
Media hora después, ambas subían al recibidor del segundo piso. Potts se había ido, dejando las herramientas para ser recogidas a la mañana siguiente.
- ¡Que bonito papel! -exclamó Janna.
- Cuando se hayan colocado los muebles y la alfombra quedará estupendo. Demasiado buenos para nuestros huéspedes, verdaderamente -observó Edna-.
esta noche volverán a desprenderlo -dijo Janna, tristemente.
- Será mejor que no lo hagan. El señor Potts tendría que comenzar de nuevo. No le gustará nada, pero lo prometió. Nosotras le obligaremos a cumplir
Janna guardó silencio. Con la cabeza ligeramente ladeada, permaneció escuchando. Al cabo de un rato, preguntó:
- ¿Oyes algo, Edna?
- Esta casa no te sienta bien, querida -le dijo Edna, complaciente-. ¿Que habría de oír?
- Creí oír..., sólo creí oír.... una voz. Pero. claro, no es posible
- Espero que esta noche no desprendan el papel.

Pero el papel no fue desprendido. Por el contrario, los ayudantes de Philander Potts, decorador de interiores, pudieron, al día siguiente, dejar arreglada la habitación, con su alfombra nueva, sus muebles, sus cortinajes, y, como prudentamente decidieron dejar la antigua disposición del mobiliario, no hubo posteriores contratiempos. Sin embargo, la desaparición de Philander Potts fue motivo de sorpresa por espacio de nueve días, hasta que se aseguró que una agraciada joven viuda había abandonado la ciudad aproximadamente en la misma fecha, y que, se supuso, aunque erróneamente, que Potts repentinamente había decidido irse con la viuda. La esposa y los hijos de Potts se sintieron aliviados, más que otra cosa. Los señores Jennings y Martin llevaron el negocio adelante sin la intervención de Potts, y la familia de éste, tanto como sus empleados, comenzaron a vivir una existencia más placentera sin disminución en sus ingresos y, si acaso, con una sustancial aumento en ellos.

De haberse hallado en posición de hacerlo, Philander lo hubiera agradecido, ya que, como resultado de la nueva decoración del recibidor visitado por los espíritus, el nombre de Potts adquirió nuevo lustre. Cándidamente, las hermanas Laver llamaron al recibidor "el triunfo de Potts". Con una especie de admiración acostumbraban mostrar el recibidor a los visitantes. "Su secreto se ha ido con él", solían decir, "nos prometió una obra maestra y no hay duda de que ésta lo es. Un papel tapiz de efectos sonoros, ni más ni menos. Párese aquí, y si escucha con atención, podrá oir como si alguien, desde muy lejos, dijera ¡ Déjenme salir ! ¡ Déjenme salir !.

August Derleth (1909-1971)


Más relatos de August Derleth. I Relatos góticos. I Relatos de terror.


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La musa de Hiperborea: Clark Ashton Smith


La musa de Hiperbórea (The muse of Hyperborea) es un relato fantástico del escritor norteamericano Clark Ashton Smith, publicado en la edición de junio de 1934 de The fantasy fan.






La musa de Hiperbórea.

The muse of Hyperborea
, Clark Ashton Smith (1893-1961)


Demasiado lejos queda su pálido y mortal rostro, y demasiado remotas las nieves de su pecho letal como para que mis ojos puedan contemplarlos jamás. Pero hay veces en que me llega su susurro, como un helado viento de ultratumba, debilitado después de atravesar los golfos que separan a los mundos, y que ha surgido sobre los últimos horizontes de desiertos rodeados de hielo. Y me habla en un idioma que nunca he oído, pero que siempre he conocido; y me habla de cosas mortales y de cosas maravillosas, fuera del alcance de los deseos estáticos del amor. Su relato no es sobre algo bueno o malo, ni sobre nada que pueda ser deseado o concebido o pensado por las termitas de la tierra; y el aire que respira, y la tierra por donde anda errante, estallarían como el frío cortante del espacio sideral; y sus ojos cegarían la visión de los hombres como si fueran el sol; y su beso, si pudiera alcanzarse, se retorcería acuchillando como el beso del relámpago.

Pero al oír su susurro lejano y poco frecuente, me imagino una visión de vastas auroras, sobre continentes más grandes que el mundo, y mares demasiado extensos para las quillas de las empresas humanas. Y a veces balbuceo los lazos extraños que nos trae, si bien nadie los recibirá con agrado, y nadie creerá en ellos, o los escuchará. Y en algún amanecer de los años desesperados, me adelantaré y seguiré hasta donde me llama, para buscar el beatífico nado de sus distancias nevadas, para perecer entre sus inescrutables horizontes.

Clark Ashton Smith (1893-1961)


Más relatos de Clark Ashton Smith. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


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El baron de Grogzwig: Charles Dickens


El barón de Grogzwig (The baron of Grogzwig) es un relato de fantasmas del escritor inglés Charles Dickens.

Se trata de un cuento fantástico que trascendió su medio natural; ya que El barón de Grogzwig es un fragmento del capítulo VI de la novela de Charles Dickens Nicholas Nickleby (a veces llamada The life and adventures of Nicholas Nickleby), publicada por entregas entre 1838 y 1839.

Sobrevivió, como decíamos, a su marco original, convirtiéndose en un clásico entre los relatos de fantasmas del período victoriano; y en una gran influencia para la notable sátira de Edgar Allan Poe: El diablo en el campanario (The devil in the belfry)


El barón de Grogzwig.
The baron of Grogzwig
, Charles Dickens (1812-1870)


El barón Von Koéldwethout, de Grogzwig, Alemania, era probablemente un joven barón como cualquiera le gustaría ver uno. No es necesario q diga que vivía en un castillo, porque es evidente; tampoco es necesario que diga que vivía en un castillo antiguo, pues ¿qué barón alemán viviría en u: nuevo? Había muchas circunstancias extrañas relacionadas con este venerable edificio, entre las cuales no era la menos sorprendente y misteriosa el hecho de que cuando soplaba el viento, éste rugía en el interior de las chimeneas, o incluso aullaba entre los árboles del bosque circundante, o que cuando brillaba la luna ésta se abría camino por entre determinadas pequeñas aberturas de los muros y llegaba a iluminar plenamente algunas zonas de los amplios salones y galerías, dejando otras en una sombra tenebrosa. Tengo entendido que uno de los antepasados del barón, que andaba escaso de dinero, le han clavado una daga a un caballero que llegó una noche pidiendo servidumbre de paso, y se supone que tos hechos milagrosos tuvieron lugar como consecuencia de aquello. Y, sin embargo, difícilmente puedo saber cómo sucedió, pues el antepasado del barón, que era un hombre amable, se sintió despues tan apenado por haber sido tan irreflexivo, y haber puesto sus manos violentas sobre una cantidad de piedras y maderos pertenecientes a un barón más débil, que construyó como excusa una capilla obteniendo un recibo del cielo como saldo a cuenta.

El hecho de haber hablado del antepasado del barón me trae a la mente los vehementes deseos de éste de que se respete su linaje. Temo no poder decir con seguridad cuántos antepasados haya tenido el barón, pero sé que había tenido muchísimos más que cualquier otro hombre de su época, y sólo deseo que haya vivido hasta fechas recientes para haber podido dejar más en la tierra. Para los grandes hombres de los siglos pasados debió ser muy duro haber llegado al mundo tan pronto, pues lógicamente un hombre que nació hace trescientos o cuatrocientos años no puede esperarse que tuviera antes que él tantos parientes como un hombre que haya nacido ahora. Éste último, quienquiera que sea -y por lo que nosotros sabemos lo mismo podría ser un zapatero remendón que un tipo bajo y vulgar-, tendrá un linaje más largo que el mayor de los nobles vivo actualmente; y afirmo que esto no es justo.

¡Bueno, pero el barón Von Koëldwethout de Grogzwig! Era un hombre guapo y atezado, de cabello oscuro y grandes mostachos que salía a cazar a caballo vestido con paño verde de Lincoln, con botas rojas en los pies, con un cuerno de caza colgado del hombro como el guarda de un campo muy amplio. Cuando soplaba su cuerno, otros veinticuatro caballeros de rango inferior, vestidos con paño verde de Lincoln un poco más basto, y botas de cuero bermejo de suelas un poco más gruesas, se presentaban directamente; y galopaban todos juntos con lanzas en las manos como barandillas de un área lacada, cazando jabalíes, o encontrándose quizá con un oso en cuyo último caso el barón era el primero en matarlo, y después engrasaba con él sus bigotes.

Fue una vida alegre la del barón de Grogzwig, y más alegre todavía la de sus partidarios, quienes bebían vino del Rin todas las noches hasta que caían bajo la mesa, y entonces encontraban las botellas en el suelo y pedían pipas. Jamás hubo calaveras tan festivos, fanfarrones, joviales y alegres como los que formaban la animada banda de Grogzwig.

Pero los placeres de la mesa, o los placeres de debajo de la mesa, exigen un poco de variedad; sobre todo si las mismas veinticinco personas se sienta diariamente ante la misma mesa para hablar de lo mismos temas y contar las mismas historias. El barón se sintió aburrido y deseó excitación. Empezó disputar con sus caballeros, y todos los días, después de la cena, intentaba patear a dos o tres de ellos. A principio aquello resultó un cambio agradable, pero al cabo de una semana se volvió monótono, el barón se sintió totalmente indispuesto y buscó, con desesperación, alguna diversión nueva.

Una noche, tras los entretenimientos del día e los que había ido más allá de Nimrod o Gillingwi ter, y matado «otro hermoso oso», llevándolo después a casa en triunfo, el barón Von KoéldwethOL se sentó desanimado a la cabeza de su mesa contemplando con aspecto descontento el techo ahumado del salón. Trasegó enormes copas llenas de vino, pero cuanto más bebía más fruncía el ceño. Los caballeros que habían sido honrados con la peligrosa distinción de sentarse a su derecha y a su izquierda le imitaron de manera milagrosa en el beber y se miraron ceñudamente el uno al otro.

-¡Lo haré! -gritó de pronto el barón golpeando la mesa con la mano derecha y retorciéndose el mostacho con la izquierda-. ¡Preñaré a la dama de Grogzwig!
Los veinticuatro verdes de Lincoln se pusieron pálidos, a excepción de sus veinticuatro narices, cuyo color permaneció inalterable.
-Me refiero a la dama de Grogzwig -repitió el barón mirando la mesa a su alrededor.
-¡Por la dama de Grogzwig! -gritaron los verdes de Lincoln, y por sus veinticuatro gargantas bajaron veinticuatro pintas imperiales de un vino del Rin tan viejo y extraordinario que se lamieron sus cuarenta y ocho labios, y luego pestañearon.
-La hermosa hija del barón Von Swillenhausen -añadió KoMwethout, condescendiendo a explicarse-. La pediremos en matrimonio a su padre en cuanto el sol baje mañana. Si se niega a nuestra petición, le cortaremos la nariz.

Un murmullo ronco se elevó entre el grupo; todos los hombres tocaron primero la empuñadura de su espada, y después la punta de su nariz, con espantoso significado.
¡Qué agradable resulta contemplar la piedad filial!

Si la hija del barón hubiera suplicado a un corazón preocupado, o hubiera caído a los pies de su padre cubriéndolos de lágrimas saladas, o simplemente si se hubiera desmayado y hubiera cumplimentado luego al anciano caballero con frenéticas jaculatorias, la: posibilidades son cien contra una a que el castillo de Swillenhausen habría sido echado por la ventana, c habrían echado por la ventana al barón y el castillo habría sido demolido. Sin embargo, la damisela mantuvo su paz cuando un mensajero madrugador llevó o la mañana siguiente la petición de Von Kodldwethout, y se retiró modestamente a su cámara, desde cuya ventana observó la llegada del pretendiente y su séquito. En cuanto estuvo segura de que el jinete de los grandes mostachos era el que se le proponía como esposo, se precipitó a presencia de su padre y expresó estar dispuesta a sacrificarse para asegurar la paz del anciano. El venerable barón cogió a su hija entre sus brazos e hizo un guiño de alegría.

Aquel día hubo grandes fiestas en el castillo. Los veinticuatro verdes de Lincoln de Von Koéldwethout intercambiaron votos de amistad eterna con los doce verdes de Lincoln de Von Swillenhausen, y prometieron al viejo barón que beberían su vino «hasta que todo se volviera azul», con lo que probablemente querían significar que hasta que todos sus semblantes hubieran adquirido el mismo tono que sus narices. Cuando llegó el momento de la despedida todos palmeaban las espaldas de todos los demás, y el barón Von Koéldwethout y sus seguidores cabalgaron alegremente de regreso a casa.

Durante seis semanas mortales jabalíes y osos tuvieron vacaciones. Las casas de Kodldwethout y Swillenhausen estaban unidas; las lanzas se aherrumbra ron, y el cuerno de caza del barón contrajo ronquera por falta de soplidos. Aquellos fueron momentos importantes para los veinticuatro, pero ¡ay!, sus días elevados y triunfales estaban ya calzándose para disponerse a irse. -Querido mío -dijo la baronesa. -Mi amor -le respondió el barón. -Esos hombres toscos y ruidosos...

-¿Cuáles, señora? -preguntó el barón sorprendido.

Desde la ventana junto a la que estaban, la baronesa señaló el patio inferior en donde, inconscientes de todo, los verdes de Lincoln estaban realizando copiosas libaciones estimulantes como preparativo para salir a cazar uno o dos verracos.

-Son mi grupo de caza, señora -le informó el barón.
-Licéncialos, amor-murmuró la baronesa.
-¡Licenciarlos! -gritó el barón con asombro.
-Para complacerme, amor -contestó la baronesa.
-Para complacer al diablo, señora -respondió el barón.

Entonces la baronesa lanzó un gran grito y se desmayó a los pies del barón.

¿Qué podía hacer el barón? Llamó a la doncella de la señora y rugió pidiendo un doctor; y luego, saliendo a la carrera al patio, pateó a los dos verdes de Lincoln que más habituados estaban a ello, y maldiciendo a todos los demás, les pidió que se marcharan... aunque no le importaba adónde. No sé la expresión alemana para ello, pues si la conociera lo habría podido describir delicadamente.

No me corresponde a mí decir mediante qu¿ medios, o qué grados, algunas esposas consiguen someter a sus esposos de la manera que lo hacen, aunque sí puedo tener mi opinión personal sobre el tema, y pensar que ningún Miembro del Parlamento debería estar casado, por cuanto que tres miembros casados de cada cuatro votarán de acuerdo con la conciencia de su esposa (si la tienen), y no de acuerdo con la suya propia. Lo único que necesito decir ahora es que la baronesa von Koéldwethout adquirió de una u otra manera un gran control sobre el barón von KoUldwethout, y que poco a poco, trocito a trocito, día a día y año a año el barón obtenía la peor parte de cualquier cuestión disputada, o era astutamente descabalgado de cualquier antigua afición; y así, cuando se convirtió en un hombre grueso y robusto de unos cuarenta y ocho años, no tenía ya fiestas, ni jolgorios, ni grupo de caza ni tampoco caza: en resumen, no le quedaba nada que le gustara o que hubiera solido tener; y así, aunque fue tan valiente como un león, y tan audaz como descarado, fue claramente despreciado y reprimido por su propia dama en su propio castillo de Grogzwig.

Y no acaban aquí todos los infortunios del barón. Aproximadamente un año después de sus nupcias vino al mundo un barón robusto y joven en cuyo honor se dispararon muchos fuegos artificiales y se bebieron muchas docenas de barriles de vicio; pero al año siguiente llegó una joven baronesa y cada año otro joven barón, y así un año tras otro, o un barón o una baronesa (y un año los dos al mismo tiempo), hasta que el barón se encontró siendo padre de una pequeña familia de doce. En cada uno de esos aniversarios la venerable baronesa Von Swillenhausen se ponía muy nerviosa y sensible por el bienestar de su hija la baronesa Von Koéldwethout, y aunque no se sabe que la buena dama hiciera nunca nada real que contribuyera a la recuperación de su hija, seguía considerando un deber ponerse tan nerviosa como fuera posible en el castillo de Grogzwig, y dividir su tiempo entre observaciones morales sobre la forma en que se llevaba la casa del barón y quejarse por el duro destino de su infeliz hija. Y si el barón de Grogzwig, algo herido e irritado por esa conducta, cobraba valor y se aventuraba a sugerir que su esposa al menos no estaba peor que las esposas de otros barones, la baronesa Von Swillenhausen suplicaba a todas las personas que se dieran cuenta de que nadie salvo ella simpatizaba con los sufrimientos de su hija; y con aquello, sus parientes y amigos comentaban que con toda seguridad ella sufría mucho más que su yerno, y que si existía algún animal vivo de corazón duro, ése era el barón de Grogzwig.

El pobre barón lo soportó todo mientras pudo, y cuando no pudo soportarlo ya más perdió el apetito y el ánimo, y se quedó sentado lleno de tristeza y aflicción. Pero todavía le aguardaban problemas peores, y cuando le llegaron aumentó su melancolía y su tristeza. Cambiaron los tiempos; se endeudó. Las arcas de Grogzwig, que la familia Swillenhausen había considerado inagotables, se vaciaron; y precisamente cuando la baronesa estaba a punto de sumar la decimotercera adición al linaje de la familia, Von Koéldwethout descubrió que carecía de medios para reponerlas.

-No veo qué se puede hacer -dijo el barón-. Creo que me suicidaré.
Fue una idea brillante. El barón cogió un viejo cuchillo de caza de un armario que tenía al lado, y tras afilarlo sobre la bota, le hizo a su garganta lo que los muchachos llaman «una oferta».
-¡Bueno! -exclamó el barón al tiempo que detenía la mano-. Quizá no esté lo bastante afilado.

El barón lo afiló de nuevo e hizo otro intento, pero detuvo su mano un fuerte griterío que se produjo entre los jóvenes barones y baronesas, reunidos todos en un salón infantil situado arriba de la torre con barras de hierro por el exterior de las ventanas para impedir que se lanzaran al foso.

-Si hubiera sido soltero -dijo el barón suspirando-, podría haberlo hecho más de cincuenta veces sin que me interrumpieran. ¡Vamos! Lleva una botella de vino y la pipa más grande a la pequeña habitación abovedada que hay tras el salón.

Una de las criadas ejecutó de la manera más amable posible la orden del barón en el curso de una media hora, y Von Koéldwethout, tras apreciar que así había sido hecho, se dirigió a grandes zancadas hacia la habitación abovedada cuyas paredes, que eran de una madera oscura y brillante, relucían al fuego de los leños ardientes apilados en el hogar. La botella y la pipa estaban dispuestas y el lugar parecía en general muy cómodo.

-Deja la lámpara-ordenó el barón.
-¿Alguna otra cosa, mi señor? -preguntó la criada. -Soledad -contestó el barón.
La criada obedeció y el barón cerró la puerta.
-Fumaré una última pipa y luego pondré fin a todo -dijo el barón.

El señor de Grogzwig dejó el cuchillo sobre la mesa, hasta que lo necesitara, se sirvió una buena medida de vino, se echó hacia atrás en la silla, estiró las piernas delante del fuego y se desinfló. Pensó en muchísimas cosas, en sus problemas de hoy y en los días pasados, cuando era soltero, en los verdes de Lincoln, que desde hacía tiempo habían sido dispersados por el país, sin que nadie supiera dónde estaban con la excepción de dos, que desgraciadamente habían sido decapitados, y cuatro que se habían matado de tanto beber. Su mente pensó en osos y verracos, cuando en el momento de beberse la copa hasta el fondo alzó la mirada y vio por primera vez, con asombro ilimitado, que no estaba solo.

No, no lo estaba; pues al otro lado del fuego se hallaba sentada con los brazos cruzados una horrible y arrugada figura, de ojos profundamente hundidos e inyectados en sangre, rostro cadavérico de inmensa longitud ensombrecido por unas grejas enmarañadas y mal cortadas de cabellos negros recios. Vestía una especie de túnica de color azulado desvaído que, como observó el barón contemplándola atentamente, estaba ornamentada llevando por delante, a modo de cierres, asideros de ataúd. También llevaba las piernas cubiertas por planchas de ataúd, a modo de armadura; y sobre el hombro izquierdo llevaba un corto manto oscuro que parecía hecho con los restos de un paño mortuorio. No prestaba atención al barón, pues miraba fijamente el fuego.

-¡Hola! -exclamó el barón al tiempo que golpeaba el suelo con los pies para llamar su atención. -¡Hola! -replicó el otro dirigiendo la mirada hacia el barón, pero sólo los ojos, no el rostro-. ¿Qué pasa?
-¿Que qué pasa? -contestó el barón sin acobardarse en lo más mínimo por la voz hueca y la mirada carente de brillo del otro-. Soy yo el que debería hacer esa pregunta. ¿Cómo llegó hasta aquí?
-Por la puerta -contestó la figura. -¿Quién es? -preguntó el barón. -Un hombre -contestó la figura. -No le creo -dijo el barón.
-Pues no lo crea-contestó la figura. -Eso es lo que haré -replicó el barón.
La figura se quedó mirando un tiempo al osado barón de Grogzwig, y luego, en tono familiar dijo: -Ya veo que nadie le puede persuadir. ¡No soy un hombre!
-Entonces ¿qué es? -preguntó el barón. -Un genio -contestó la figura.
-Pues no se parece mucho a ninguno -contestó burlonamente el barón.
-Soy el genio de la desesperación y el suicidio. Ahora ya me conoce.

Tras decir esas palabras, la aparición se puso de cara al barón, como si se preparara para una conversación; y lo más notable de todo fue que apartó el manto hacia un lado, mostrando así una estaca que le recorría el centro del cuerpo. Se la sacó con un movimiento brusco y la dejó sobre la mesa con el mismo cuidado que si se tratara de un bastón de paseo.

-¿Está dispuesto ya para mí? -preguntó la figura fijando la mirada en el cuchillo de caza.
-No del todo. Primero he de terminar esta pipa. -Entonces aligere -exclamó la figura.
-Parece tener prisa-contestó el barón.
-Pues bien, sí, la tengo. Hay ahora muchos asuntos de los míos en Inglaterra y Francia, y mi tiempo está ocupadísimo.
-¿Bebe? -preguntó el barón tocando la botella con la cazoleta de la pipa.
-Nueve veces de cada diez, y siempre con exageración -replicó secamente la figura.
-¿Nunca con moderación?
-Jamás -contestó la figura con un estremecimiento-. Eso produce alegría.
El barón echó otra ojeada a su nuevo amigo, a quien consideró como un parroquiano verdaderamente extraño, y finalmente le preguntó si tomaba parte activa en acontecimientos como los que había, estado contemplando.
-No -contestó la figura en tono evasivo-. Pero estoy siempre presente.
-Para contemplar imparcialmente, supongo -dijo el barón.
-Exactamente -contestó la figura jugueteando con la estaca y examinando la punta-. Dese toda la prisa que pueda, ¿quiere? Pues hay un joven caballero que ahora me necesita porque le aflige el tener demasiado dinero y tiempo libre, o eso me parece.
-¿Va a suicidarse porque tiene demasiado dinero? -exclamó el barón, realmente divertido-. ¡Ja, ja! Ésa sí que es buena.
(Aquella fue la primera vez que el barón se rió desde hacia mucho tiempo.)
-Le ruego que no vuelva a hacer eso -le reconvino la figura, que parecía muy asustada.
-¿Y por qué no? -preguntó el barón.
-Porque me produce un gran dolor. Suspire todo lo que quiera: eso me hace sentir bien.
Al escuchar la mención de la palabra, el barón suspiró mecánicamente; la figura, animándose de nuevo, le entregó el cuchillo de caza con la cortesía más encantadora.
-Y, sin embargo, no es mala idea, un hombre que se suicida porque tiene demasiado dinero -comentó el barón al tiempo que sentía el borde del arma.
-¡Bah! No mejor que la de un hombre que se suicida porque no tiene nada, o tiene demasiado poco -contestó la aparición con petulancia.

No tengo manera de saber si el genio se comprometió sin intención alguna al decir eso o si es que pensó que la mente del barón estaba ya tan decidida que no importaba lo que dijera. Lo único que sé es que el barón detuvo al instante la mano, abrió bien los ojos y miró como si en ellos hubiera entrado por primera vez una luz nueva.

-Bueno, la verdad es que no hay nada que sea lo bastante malo como para quitarse de en medio por ello -dijo Von Koéldwethout.
-Salvo las arcas vacías -gritó el genio.
-Bien, pero un día pueden llenarse de nuevo -añadió el barón.
-Las esposas regañonas -le reconvino el genio. -¡Ah! Se las puede hacer callar-contestó el barón. -Trece hijos -gritó el genio.
-Seguramente no todos saldrán malos -replicó el barón.

Evidentemente el genio se estaba enfadando bastante por el hecho de que de pronto el barón sostuviera esas opiniones, pero intentó tomárselo a broma y dijo que se sentiría muy agradecido hacia él si le permitía saber cuándo iba a dejar de tomárselo a risa.

-Pero si no estoy bromeando, nunca estuve tan lejos de eso -protestó el barón.
-Bueno, me alegra oír eso -respondió el genio con aspecto ceñudo-. Porque una broma que no sea un juego de palabras es la muerte para mí. ¡Vamos! ¡Abandone enseguida este mundo terrible!
-No sé -dijo el barón jugueteando con el cuchillo-. Ciertamente que es terrible, pero no cree que el suyo sea mucho mejor, pues no tiene aspecto de encontrarse especialmente cómodo. Eso me recuerda que me sentía muy seguro de obtener alga mejor si abandonaba este mundo... -de pronto lanzó un grito y se incorporó-:nunca había pensado en esto.
-¡Concluya! -gritó la figura castañeteando los dientes.
-¡Fuera! -le contestó el barón-. Dejaré de meditar sobre las desgracias, pondré buena cara y probaré de nuevo con el aire libre y los osos; y si eso no funciona, hablaré sensatamente con la baronesa y acabaré con los Von Swillenhausen.

Tras decir aquello, el barón volvió a sentarse en la silla y rió con tanta fuerza y alboroto que la habitación resonó. La figura retrocedió uno o dos pasos mirando entretanto al barón con terror intenso, y después recogió la estaca, se la metió violentamente en el cuerpo, lanzó un aullido atemorizador y desapareció. Von Koéldwethout no volvió a verla nunca. Una vez que había decidido actuar, inmediatamente obligó a razonar a la baronesa y a los Von Swillenhausen, y murió muchos años después; no como un hombre rico que yo sepa, pero como un hombre feliz: dejó tras él una familia numerosa que fue cuidadosamente educada en la caza del oso y el verraco bajo su propia vigilancia personal. Y mi consejo a todos los hombres es que si alguna vez se sienten tristes y melancólicos por causas similares (como les sucede a muchos hombres), contemplen los dos lados del asunto, y pongan un cristal de aumento sobre el mejor; y si todavía se sienten tentados a irse sin permiso, que primero se fumen una gran pipa y se beban una botella entera, y aprovechen el laudable ejemplo del barón de Grogzwig.

Charles Dickens (1812-1870)


Más relatos de Charles Dickens. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura:
El resumen del cuento de Charles Dickens: El barón de Grogzwig (The baron of Grogzwig) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Como hacer poesía.

Victoria Arriaga escribía poemas. Así como otros cocinan o pintan, ella escribe.

Claro que una actividad tan clandestina necesita de cierto temple, y Victoria, que había creado su propio método de composición, era la poeta más dedicada que se haya visto por las calles de La Paternal.

Despreciaba las convenciones, y su método, como era de esperar, no tenía nada de convencional. Victoria jamás escribía borradores, ni garabateaba rimas ni ensayaba alejandrinos en ayunas. Su rutina consistía en salir a la calle, caminar, e imaginar oscuros versos que luego tallaba en su memoria. El lector escéptico bien puede sospechar de estas virtudes mnemónicas, pero le recordamos que Victoria Arriaga es una mujer; y como todos saben, las mujeres lo recuerdan todo.

De este modo la ciudad se convirtió en su cuaderno de notas. Imaginaba actitudes en los transeúntes, enigmas, palabras sueltas, miradas sospechosas; intrigas criminales en la parada del 168, amoríos secretos en la panadería, etc. Pero nada mejor que un ejemplo, como sostenía enérgicamente la tribu griega, para ejemplificar algo. Estas son algunas rimas de Victoria, inspiradas en un japonés fumando con la bragueta abierta en la escalera del subte A:

De oriente cae el sombrío heredero,
simiente de opio sobre los rieles
que aspiras solitario las mieles,
Como el cíclope espiando por un agujero.

Con este sistema revolucionario Victoria compuso obras memorables, que luego fueron recopiladas puntualmente por sus seguidores y amantes ocasionales. Entre ellas se cuentan:

No hay monedas: Elegía anarquista que debate sobre la prosperidad de los mercaderes.
¿Puede ser otro cortado?: Veinticinco sonetos sobre la voracidad capitalista.
¿A cuánto el pernocte?: Poema oscuro, de difícil interpretación.
Dale que te encanta: Obra ontológica del romanticismo porteño.
¡Qué calor!: Versos que invitan a la reflexión sobre la mentalidad de colono del porteño, que siempre se ve sorprendido por cualquier variación climática.
¡Cómo si un noruego dijese: qué fresquete!: Continuación del poema anterior en pentámetro yámbico.
Me cago en la plaza Serrano: Poema bucólico sobre la invasión burguesa de Palermo.
¿De qué signo sos?: Diatriba sobre las implicaciones sexistas de la astrología sudamericana.
A veces me toco pensando en un ex: Sonetos confesionales.
A veces me toco pensando en tu ex: Nuevos sonetos confesionales.
Cuarenta días y algunas tardecitas: Égloga anacrónica.
De Bernal a Parque Centenario: Poema épico que narra los avatares de una aventura incestuosa.
Ni la siento ni me hace falta: Versos feministas.
A ese pibe que una vez me crucé en avenida Rivadavia, casi llegando a Campana: Obra lírica, de intenso contenido erótico-paisajístico.
De profundis, per upites quasi nunquam: Sonetos regresivos.
¡A las vergas!: Oda marítima.
El no rotundo: Elegía en dubitativos endecasílabos.
Dale, pero respirá por la boca: Rimas de costumbrismo lésbico.

Estas odas notables circularon por algunos pasquines barriales, citadas a menudo por muchachos taciturnos en sus epístolas olvidables. No obstante aquella celebridad de entrecasa, Victoria jamás publicó el poema que la eyaculó definitivamente a la verdadera fama, a esa familiaridad con el lector que no es mensurable por la popularidad. Fue un poema escrito en conjunto, aunque esto se supo mucho después, casi de casualidad. Sucedió de este modo.

Victoria transitaba por San Blas cuando advirtió que un joven caminaba hacia ella. Como era normal, comenzó a elucubrar sus rimas; una serie de impresiones poéticas a medida que el muchacho se acercaba. Lo que no sabía era que aquel joven era nada menos que Ricardo de la Turdera Palffóndo; un admirable narrador de cuentos moderados de Villa Ballester.

Ricardo, por alguna razón que sus biógrafos se niegan herméticamente a analizar, también comenzó a tomar nota mental de sus impresiones al acercarse a Victoria. Veinte años después de este encuentro sobrenatural, don Julián Ayaveo recopiló las obras de ambos, y las combinó de manera tal que el lector abúlico pueda comparar las fantasías de estos dos maestros del arte perecedero.

Victoria:
El rubí llueve de las moreras,
Un doncel atraviesa el vértice
Y el ángulo de sus patas predice
Una existencia de chancletas.

Ricardo:
Perdido en un arrabal carmesí
Te encontré, y no por detrás,
Vos caminabas por San Blas,
Mano a San Martín.

Victoria:
Mirada de pasiones secretas,
Tus ojos lúbricos y sinceros,
Mis ganas de decirte: ¡che, pajero,
Dejá de mirarme las tetas!

Ricardo:
Te incomoda, lo sé, mi alabanza.
Pero este corazón sordo replica,
Y a medida que la distancia se achica,
Mi fervor serpentino se agranda.

Victoria:
He conocido todo el hastío,
Y aquello que ofreces, rechazo,
Nunca más me como un chasco:
¡Ese paquete está vacío!

Ricardo:
Pasé a tu lado como una ráfaga
De aéreas certidumbres, regias,
Intenté una última estrategia
Pero ni pelota me dabas.

Victoria:
Antes de morir a mis espaldas, concluí
Que ningún alegato, por más sesudo,
Puede modificar esa cara de boludo,
Mientras te ibas, bajando de San Martín.


¡Qué bellas reflexiones se nos ocurren al evocar aquellos versos ásperos! Sin embargo, cuestiones ajenas al entusiasmo atentan contra ello. Sólo daremos cuenta de una oportuna observación dejada por la propia Victoria en uno de sus diarios.

...Cualquier pelotas tristes puede escribir un poema. Del mismo modo que cualquiera puede pintar un cuadro o hacer un lechón a la parrilla. No obstante, el arte no está sujeto a los pintores esporádicos ni a los parrilleros inconstantes, y ni hablar de las pelotas melancólicas. Si quieren escribir poesía, salgan. La verdadera vida se desarrolla afuera, y sospecho que también en los telos.

Otros misterios miserables.

El manuscrito de un loco: Charles Dickens


El manuscrito de un loco (A madman's manuscript) es un relato de terror del escritor inglés Charles Dickens, publicado dentro de la antología fantástica de 1837 Los papeles de Pickwick (The pickwick papers, formalmente conocido como Posthumous papers of the pickwick club).

El manuscrito de un loco desarrolla un tema que tiene antecedentes en la obra de Charles Dickens: la obsesión. Aquí, el narrador evalúa su obsesión sobre la locura hereditaria, cuya consecuencia, inevitablemente, termina en la paranoia y la elaboración de un asesinato.

Queda clara la influencia que este cuento de Dickens tuvo en la obra literaria de Edgar Allan Poe, especialmente en su inefable Corazón delator.


El manuscrito de un loco.
A madman's manuscript, Charles Dickens (1812-1870)

¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me agrada. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño colérico haya sido temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco... cuyas cuerdas y hachas fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco! Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro... rechinar los dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena, pesada... y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música.

¡Un hurra por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente! Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar, señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.

Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre, que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad... bien que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo.

¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco. Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban.

¡Solía palmearme a mí mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay, era una vida alegre!

Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por descubrir un fallo? La astucia del loco les había superado a todos.

Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos! ¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco se daban cuenta de que la habían casado con un loco.

Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.

Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el corazón cuando escribo esto... ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.

Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido; durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba, aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes, me decidió. Resolví matarla.

Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!

Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas.

Su rostro estaba tranquilo y plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.

Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido. Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza. Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando un grito tras otro, se dejó caer al suelo.

Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz alta pidiendo ayuda. Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había perdido el sentido y desvariaba furiosamente.

Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!

Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron de mis ojos.

Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la alegría y el regocijo salvaje: que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dando vueltas y más vueltas en un baile frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba el sonido de la música y contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que m, habría precipitado entre ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasi que me produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.

Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la extraña confusión en la que se halla] mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban de mí, mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba como el viento, y les dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza de un gigante. Mirad cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones. Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera, sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.

Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarle. Me dijeron que estaba allí y subí presurosamente las escaleras.

Tenía que decirme unas palabras. Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas... por primera vez.

Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el uniforme que llevaba puesto.

Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército... ¡un nombramiento comprado con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que: más había tramado para insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a su hermana a casarse conmigo, y bien sabia que el corazón de aquélla pertenecía al piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme e su degradación! Volví mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.

Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. Acerqué la mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía. Sen que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.

-Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía -le dije-. Mucho.

Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con la mano el respaldo de la silla; pero no dije nada.

-Es usted un villano -le dije-. Le he descubierto. Descubrí sus infernales trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.

De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a retroceder, pus mientras iba hablando procuraba acercarme más a él. Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.

-Condenado sea-dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él-. Yo la maté. Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!

Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre él.

Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía, y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.

De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente, gritándose unos a otros que cogieran al loco.

Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y les atacara con ella. Llegué a la puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.

Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el ruido de uno; pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia, hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos y riachuelos, por encima de cercas y d, muros, con gritos salvajes que escuchaban seres extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste horadaba el aire Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que traspasaban las orillas y los se tos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en esta celda gris a la qu raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ve esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a veces puedo oír extraños gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. N sé lo que son; pero no proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e inmóvil en c mismo lugar, escuchando la música de mi cadena d hierro, y viéndome saltar sobre mi lecho de paja.

Charles Dickens (1812-1870)


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El resumen del cuento de Charles Dickens: El manuscrito de un loco (A madman's manuscript) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com