«Damas de honor»: Hugh B. Cave; relato y análisis


«Damas de honor»: Hugh B. Cave; relato y análisis.




Damas de honor (Ladies in Waiting) —a veces traducido como Mujeres que esperan y Las damas están esperando— es un relato de terror del escritor norteamericano Hugh B. Cave (1910-2004), publicado en la edición de junio de 1975 de la revista Whispers, y luego reeditado en la antología de 1977: Murgunstrumm y otros (Murgunstrumm and Others).

Damas de honor, quizás uno de los cuentos de Hugh B. Cave menos conocidos, relata la historia de Norman y Linda Wilkins, un joven matrimonio que pasa la noche en una casa supuestamente embrujada, no por fantasmas tradicionales, sino por exóticas entidades tentaculares ávidas por explorar cada rincón del cuerpo humano (ver: Seducción paranormal: encuentros calientes con fantasmas y espíritus)

SPOILERS.

Norman y Linda regresan a una antigua casa vacía en Nueva Inglaterra con la intención de comprarla. Durante su visita anterior quedaron atrapados allí por una fuerte tormenta de nieve. Durante la noche, Linda entra en estado de shock. Afirma haber visto algo en la oscuridad, y Norman percibe en la habitación un penetrante olor masculino. Eventualmente, Linda insiste en regresar a la Casa Creighton, y Norman, que odió el lugar desde el principio, no puede imaginar por qué su joven esposa insistiría en visitarla por segunda vez. Quizás tenga que ver con ese extraño olor a hombre... (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

Damas de honor de Hugh B. Cave apareció en la revista Whispers en 1977, uno de los pocos intentos dignos de elogio por revivir las revistas pulp como Weird Tales, que dejó de publicarse en 1954. De hecho, el título de la revista es un homenaje al periódico apócrifo que menciona H.P. Lovecraft en Lo innombrable (The Unnamable, 1925), donde Randolph Carter y su amigo, Joel Manton, están sentados en una vieja tumba decrépita debatiendo sobre la naturaleza del horror. Aquel debate filosófico está relacionado con el pequeño escándalo que suscitó el cuento de 1924: Los amados muertos (The Loved Dead), escrito en colaboración con C. M. Eddy, Jr., donde Lovecraft explora con extraordinaria sutileza el tema de la necrofilia (ver: En la cama de Lovecraft)

Es pertinente que Damas de honor haya sido publicado en Whispers. Aquí, Hugh B. Cave explora este aspecto oscuro de los Mitos de Cthulhu, no a través de vivos que sienten un deseo enfermizo por los muertos, sino por los difuntos que de algún modo acechan a los vivos para satisfacer sus impulsos básicos (ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico)

Damas de honor es un interesante pastiche de los Mitos de Cthulhu, aunque además incluye otros dispositivos más convencionales del horror: una casa embrujada, el regreso compulsivo a un lugar de pesadilla, referencias a un mal ancestral y —más típico de la década de 1970 que de la de 1930— una mezcla abierta de horror y sexualidad en la escena culminante, la cual nunca habría podido aparecer en Weird Tales (ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror). En cierto modo, Damas de honor de Hugh B. Cave se beneficia de su tiempo, cada vez menos aprensivo en relación a cuestiones naturales como la sexualidad... aunque en este caso no sea humana (ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción)

Damas de honor está bastante lejos de los mejores relatos de Hugh B. Cave, como La guardia nocturna (The Death Watch) y La galería del Ghoul (The Ghoul Gallery); sin embargo, contiene varios elementos en común con estos, como personajes que se sienten atraídos contra su voluntad hacia la fatalidad, y una especie de hipnotismo sobrenatural como preludio del climax, donde queda implícito que los protagonistas serán atacados, digamos, en su intimidad.

Hugh B. Cave va dejando indicios de la naturaleza física de los ataques. Norman los detecta, pero los malinterpreta. Por ejemplo, nunca imagina que la mirada aturdida y desorientada de su esposa no está relacionada con el miedo, sino con el placer, a pesar de que en la habitación flota un olor peculiarmente robusto, masculino (ver: Lo olfativo, lo visual, lo auditivo y lo táctil en el Horror Cósmico)

La imaginación de Norman apenas le permite pensar que la casa está embrujada, y que su esposa está poseída de alguna manera por el espíritu del lugar, no que de hecho está siendo poseída en un sentido práctico. En contra de su juicio, regresa con ella por segunda vez, después de que Linda le suplica que vuelvan y compren la casa. Este detalle es interesante: Linda, que ya fue atacada por las entidades, desea regresar, y hasta vivir allí, para seguir disfrutando de aquellas pegajosas caricias tentaculares (ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción). En el camino, un prosaico agente de bienes raíces nos proporciona una útil historia de fondo. Entre los antiguos propietarios de la Casa Creighton se encuentra una mujer, descendiente de unas brujas ahorcadas en durante los juicios de Salem, y su esposo, quien murió en un maniconio.

El agente inmobiliario entrega la llave de la casa a la pareja, y les permite volver a visitarla sin compañía. Los acontecimientos ominosos pronto comienzan a repetirse. Hay una llanta pinchada, y Norman sale a repararla, dejando a Linda vagando de regreso a la casa, sola. En su frenética búsqueda por volver a encontrarla, es asaltado por un perfume dulzón y unas invisibles y juguetonas manos que recorren su cuerpo... manos que comienzan a desabrocharle la camisa. La experiencia de Norman en este punto nos recuerda la resistencia pasiva de Jonathon Harker en el Drácula de Bram Stoker, cuando es atacado por las tres vampiresas del castillo (ver: Las fantasías privadas de Bram Stoker). A juzgar por los gemidos y jadeos provenientes de una habitación cercana, la esposa de Norman está recibiendo un trato similar (ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer)

Cuando Norman recupera el sentido, de repente es capaz de ver a las habitantes de esta casa: no son vampiresas, ni son precisamente humanas. Son monstruosidades lovecraftianas, un poco amorfas, un poco femeninas, tentaculares, y están excitadas, tal es así que mientras una está sobre él, las otras esperan su turno, como grotescas damas de honor (ver: La biología de los Monstruos)

Después de la Segunda Guerra Mundial, Hugh B. Cave abandonó Weird Tales y Strange Tales en búsqueda de plataformas más respetables, y mejor pagadas. Afortunadamente, Karl Edward Wagner lo atrajo de nuevo a Whispers, y al género de terror, en los años setenta. Damas de honor probablemente no califica como una historia de Mitos de Cthulhu, sino más bien como una reminiscencia lovecraftiana que prescinde de la habitual depresión cósmica. Como resultado, las brujas de Salem ocupan un lugar preponderante, y nunca, al menos que yo recuerde, se las ha visto tan espectacularmente horribles y seductoras (ver: Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica)




Damas de honor.
Ladies in Waiting, Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Halper, el agente de bienes raíces del pueblo, entrecerró los ojos:

—Ustedes son los mismos que recorrieron ese lugar en abril, ¿no es así? Claro que sí. Los que quedaron atrapados en esa extraña tormenta de nieve y pasaron el noche allí. El señor y la señora Wilkes, ¿verdad?

—Wilkins —corrigió Norman, frunciendo el ceño ante una fotografía en la pared de la lúgubre oficina del anciano: una imagen amarillenta y manchada de moscas en la casa en todo su deterioro y monotonía.

—¿Y quieren verla de nuevo?

—¡Sí! —exclamó Linda.

Ambos hombres la miraron con dureza debido a su vehemencia. Norman, su marido, se alarmó de nuevo por el entusiasmo que brilló en sus encantadores ojos marrones, y que de repente fue reemplazado por una mirada de culpa. Sí, inconfundiblemente una mirada de culpa.

—Quiero decir —balbuceó—, todavía queremos una casa grande y vieja, señor Halper. Nunca hemos dejado de buscar. Y seguimos pensando que la casa de Creighton podría servir.

—Sigues pensando que podría funcionar —la corrigió Norman en silencio.

A él mismo le disgustaba mucho el lugar cuando Halper se lo había mostrado hace cuatro meses. El filo de su aborrecimiento inicial ni siquiera se había atenuado, y el tiempo nunca opacaría su recuerdo de esa expresión impactante en el rostro de Linda. Cuando volviera a cruzar esa puerta de ciento setenta años, odiaría y temería a la casa tanto como antes, estaba seguro.

¿Volvería a ver esa expresión en el rostro de su esposa? ¡Dios no lo quiera!

—Bueno —dijo Halper—, supongo que no será necesario que vaya con ustedes esta vez. Solo les pediré que me devuelvan la llave cuando hayan terminado.

Norman aceptó la llave etiquetada y caminó infelizmente hacia el coche.

Había cuatro millas desde el pueblo hasta la casa. Una milla de asfalto estrecho, tres de un camino de tierra que parecía abandonado y olvidado incluso en esta parte descuidada de Nueva Inglaterra. A las tres de la tarde de un increíblemente caluroso día de agosto, el automóvil emitió el único sonido en un profundo silencio verde. El calor del sol les había robado la voz incluso a pájaros e insectos.

Norman también guardó silencio, con aprensión. A su lado, su adorada esposa, con quien se había casado hacía menos de dos años, se inclinó hacia adelante para mirar a través del parabrisas y vislumbrar por primera vez su destino. Parecía haber olvidado su existencia. Ahora sólo importaba la casa. Y ahí estaba.

Nada había cambiado. Era grande y fea, con una plaza delantera hundida y muy pocas ventanas. Era vieja. Era gris porque casi toda su pintura blanca se había desgastado. Según el viejo Halper, los Creighton habían vivido aquí durante generaciones, habiendo llegado desde Salem, donde una de sus mujeres en los días de la locura de la brujería había sido ahorcada por practicar la demonolatría. Una historia probable.

Cuando detuvo el coche junto a los escalones de entrada, Norman miró a la chica que estaba a su lado. Su amada. Su novia de la infancia. ¿Por qué, en el nombre de Dios, estaba tan ansiosa por venir aquí de nuevo? No lo había estado al principio. Durante días después de esa terrible experiencia, había estado deprimida, sin querer ni siquiera hablar de ello.

Pero luego, semanas después, algo cambió… un cambio sutil al principio, o al menos tan sutil como su naturaleza poco sofisticada podía imaginar.

—Norm, ¿recuerdas esa vieja casa en la que quedamos atrapados por la nieve? ¿Crees que nos hubiera gustado si las cosas hubieran sido diferentes?

Y entonces agregó, de manera no tan sutil:

—Norm, ¿crees que podamos volver a ver la casa de Creighton? ¿Por favor? ¿Norm?

Mientras buscaba a tientas la llave en la cerradura, tomó su mano.

—¿Estás bien, cariño?

—¡Por supuesto!

El mismo tono de voz que había utilizado en la destartalada oficina de Halper. Impaciente. Crítico. ¡No hagas preguntas tontas!

Con una premonición de desastre, abrió la vieja puerta.

Nada había cambiado.

Amueblada, lo había llamado Halper, tratando de ser gracioso. Había ruinas polvorientas de muebles y alfombras y, sí, alguien o algo los estaba usando; tanto que evidentemente la casa no había estado vacía durante ocho años, como afirmó Halper. Ahora la sensación regresó cuando Norman siguió a su esposa a través de las habitaciones de la planta baja y subió las escaleras. ¡Pero el sentimiento era fuerte! Quería desesperadamente tomar su mano de nuevo y gritar:

—¡No, no, cariño! ¡Salgamos de aquí!

Arriba, cuando ella se detuvo en el gran dormitorio del frente, volviéndose lentamente para mirar a su alrededor, él dijo impotente:

—Cariño, por favor, ¿qué es lo que estás buscando?

Sin respuesta.

Había dejado de existir. Incluso se topó con él al pasar para sentarse en el viejo colchón con dosel con moho. Y, sentada allí, miró al vacío como lo había hecho antes.

Se acercó a ella y le tomó las manos.

—Linda, por el amor de Dios… ¿Qué pasa con este lugar?

Ella miró hacia arriba y le sonrió.

—Estoy bien. No te preocupes, cariño.

Había una manta vieja en la cama cuando entraron a esta habitación antes. Había pensado en envolverla en ella porque estaba temblando, la casa estaba helada y con el coche atrapado en la nieve cada vez más profunda tendrían que pasar la noche aquí. Pero la manta apestaba y ella se estremeció al sentirla sobre su piel.

—Entonces...

—Espera —había dicho con un destello de inspiración—. Tengo una manta en el coche. Al menos vale la pena intentarlo.

—Tengo frío, Norm. Déjame quedarme aquí.

—¿Estarás bien? ¿No tienes miedo?

—Mejor asustada que congelada.

—Bueno... no tardaré.

¿Cuánto tiempo estuvo ausente? ¿Diez minutos? ¿Veinte? En dos ocasiones la manta se le había escapado de las manos y volado por el aire como un enorme pájaro amarillo, y se había visto obligado a ir a tientas tras ella con el viento helado azotando su rostro medio congelado. Digamos veinte minutos; no más. Luego había regresado a la casa con desaliento y había vuelto a subir las escaleras hasta el dormitorio del frente.

Y allí estaba ella sentada en la cama, como estaba sentada ahora. Blanca como la nieve misma. Con los ojos muy abiertos. Mirando fijamente hacia algo que solo ella podía ver.

—¡Linda! ¿Qué pasa?

—Nada, nada...

Él la agarró por los hombros.

—¡Escúchame! ¡Deja de mirar así! ¿Qué pasó?

—Creí haber oído algo. Vi algo.

—¿Qué?

—No lo sé. No... lo recuerdo.

Levantándola de la cama, la rodeó con los brazos y miró con expresión desafiante la puerta vacía. Extraño. Una fina capa de niebla o humo se movió a lo largo del suelo hasta el pasillo. Y había formas flotantes de la misma materia oscura atrapadas en las esquinas de la habitación, como si hubieran quedado atrás. ¿O se estaba imaginando estas cosas? En un momento parecieron estar allí; un momento después se habían ido. ¿Y también se estaba imaginando el olor? Antes no había estado presente en el aire mohoso de esta habitación; ciertamente parecía ser así ahora, a menos que sus sentidos le estuvieran jugando una mala pasada. Un olor peculiarmente robusto, incuestionablemente masculino. Pero ahora se estaba desvaneciendo.

No importa. ¡Había alguien en esa casa, por Dios! Había sentido una presencia extraña cuando Halper estaba allí; más aún después de la partida del agente de bienes raíces. Alguien, algo, siguiéndolos, observándolos. Entonces se dio cuenta de que la parte de atrás del vestido de Linda estaba desabrochada. Sus manos, presionándolas contra él, de repente se encontraron dentro de la prenda, en su cuerpo. Y su cuerpo estaba frío. Más frío que la nieve con la que había luchado afuera. Frío y… pegajoso.

La cremallera.

La buscó a tientas y lo encontró completamente abierta. En nombre de Dios, ¿qué había intentado hacer? Esta era su esposa, que lo amaba. Esta era la chica que hace solo unas semanas, en el club, había abofeteado salvajemente la cara del playboy más rico y guapo de la ciudad por atreverse a insinuar un acuerdo de intercambio de pareja. Lentamente volvió a subir la cremallera, luego la sostuvo con el brazo extendido y volvió a mirarla a la cara.

Ella parecía ignorar que él la había tocado. O que incluso estaba allí. Ella estaba completamente sola, todavía mirando hacia ese mundo secreto en el que él no tenía lugar.

El resto de esa noche pareció interminable, Linda acostada en la cama, él sentado a su lado esperando la luz del día. Parecía dormir parte del tiempo; en otras ocasiones, aunque ella no decía nada incluso cuando se le hablaba, él sentía que estaba tan despierta como él. Hacia las cuatro el viento amainó y la nieve dejó de golpear los cristales de las ventanas. Ningún amanecer había sido más bienvenido, a pesar de que todavía no pudo liberar el automóvil y ambos tuvieron que caminar hasta el pueblo para enviar una grúa a buscarlo.

Y ahora había dejado que ella lo persuadiera de que volviera aquí. Debía estar loco.

—¿Norman?

Ella se sentó en la cama, la misma cama, pero al menos lo estaba mirando ahora, no a través de ese mundo secreto suyo.

—Norman, te gusta un poco esta casa, ¿no?

—Si te refieres a si podría pensar seriamente en vivir aquí —enfáticamente negó con la cabeza—. ¡Dios mío, no! ¡Me da los horrores!

—Es una casa antigua realmente encantadora, Norman. Podríamos trabajar en ella poco a poco. ¿Crees que estoy loca?

—Si puedes imaginarte viviendo en este mausoleo, sé que estás loca. Dios mío, mujer, estabas muerta de miedo en esta misma habitación.

—¿Lo estaba, Norman? ¿En serio?

—¡Sí, lo estabas! Si vivo hasta los cien, nunca dejaré de ver esa expresión en tu rostro.

—¿Qué tipo de mirada era, Norman?

—No lo sé. ¿Qué demonios estabas viendo cuando regresé aquí después ir a buscar la manta al auto? ¿Qué era esa niebla? ¿Ese olor?

Sonriendo, ella tomó sus manos.

—No recuerdo ninguna niebla ni olor, Norman. Estaba un poco asustada. Te lo dije, creí haber oído algo.

—Viste algo también, dijiste.

—¿Dije eso? Lo he olvidado.

Sin dejar de sonreír, miró alrededor de la habitación hacia el jardín de rosas descoloridas sobre jirones de empapelado manchado por el tiempo, desde el cuarto destartalado con su solitario jarrón de cristal tallado roto.

—El señor Halper fue el culpable de lo ocurrido, Norman. Su charla sobre los demonios.

—Halper no habló mucho, Linda.

—Bueno, nos contó sobre la mujer que fue ahorcada en Salem. Ahora puedo ver, por supuesto, que lo tiró como un cebo, porque le había dicho que escribes novelas de misterio. Probablemente te imaginó sentado en una especie de Capa de Drácula, rascando tus libros con una pluma, a la luz de una lámpara, y pensó que este sería un escenario maravilloso para ello.

Su risa suave fue un sonido de bienvenida, recordándole a Norman que amaba a esta chica y ella lo amaba a él, que su vida juntos, excepto por su inexplicable interés en esta casa, estaba llena de gentileza y cariño. Pero no podía dejar que ella ganara este debate.

—Linda, escucha. Si esta es una casa antigua tan hermosa, ¿por qué ha estado vacía durante ocho años?

—Bueno, el señor Halper me lo explicó, Norman.

—¿Lo hizo? No creo recordar ninguna explicación.

—Dijo que la última persona que vivió aquí fue una mujer que murió hace ocho años a los noventa y tres. Su nombre de casada era Stanhope, creo que dijo, pero ella era una Creighton, incluso tenía el mismo nombre de pila, Prudence, que la mujer ahorcada en Salem por adorar demonios. Y cuando falleció hubo una duda legal sobre la propiedad porque su esposo había muerto algunos años antes en un asilo, sin dejar testamento.

Norman asintió a regañadientes.

La verdad era que no había prestado mucha atención a la charla de Halper, pero sí recordaba el comentario de que el último hombre de la casa había sido internado en un manicomio. Probablemente por haber vivido en una casa vieja y lúgubre durante tanto tiempo, pensó en ese momento. Molesto consigo mismo por haber perdido el debate, se apartó de la cama y se dirigió a una ventana, donde se quedó mirando hacia abajo, en el patio. Allí mismo, hace cuatro meses, fue donde había perseguido la manta en el viento. Frunciendo el ceño, de repente dijo en voz alta:

—Espera. Eso es muy raro.

—¿Qué cosa, querido? —dijo Linda desde la cama.

—Siempre pensé que habíamos dejado el auto en un lugar bajo esa noche. Un lugar donde la nieve debe haber caído más profundo, quiero decir. Pero no lo hicimos. Estábamos en la parte más alta del patio.

—Quizás el suelo sea blando allí.

—Es rocoso.

—¿Entonces podría haber estado resbaladizo?

—Bueno, supongo que sí... —de repente se acercó más al cristal de la ventana—. ¡Oh, maldita sea! Tenemos un neumático pinchado.

—¿Qué, Norman?

—¡Un pinchazo! Esos son neumáticos nuevos también. Debemos haber recogido un clavo en nuestro camino hacia este estúpido lugar —caminando de regreso a la cama, tomó su mano—. Vamos. ¡No te dejaré sola aquí esta vez!

Ella no protestó. Lo siguió obedientemente escaleras abajo y por el pasillo inferior hasta la puerta principal. En la entrada, vaciló brevemente, mirando hacia atrás en lo que pareció ser un momento de pánico, pero cuando él volvió a tomar su mano, ella bajó dócilmente con él las escaleras y salió al coche.

El neumático delantero izquierdo estaba pinchado. Agachándose junto a él, buscó el clavo culpable, pero no pudo encontrar ninguno. Estaba debajo, sin duda. Cosas como pinchazos siempre le molestaban; en un mundo debidamente organizado, no sucederían. Por supuesto, en un mundo así no habría el tipo de camino que uno tenía que recorrer para llegar a este lugar, ni tampoco habría una casa tan imposible para empezar.

Murmurando para sí mismo, abrió el maletero, extrajo el gato, las herramientas y el repuesto, y se puso a trabajar.

Extraño. No había clavo en el neumático pinchado. Debía tener algún tipo de falla de fábrica. El pensamiento no mejoró su estado de ánimo cuando, de rodillas, colocó el repuesto en su lugar.

Luego, cuando bajó el gato, el neumático de repuesto se aplastó suavemente bajo el peso del automóvil y él se arrodilló allí mirándolo con incredulidad.

—Qué demonios...

Nunca antes le había pasado nada como esto.

Volvió a levantar el coche, quitó el neumático repuesto y lo examinó. Sin clavo, sin rotura, sin cortes. Era un neumático nuevo, como los demás. Más nuevo, porque aún no se había usado. Tenía un kit de reparación para neumáticos en el maletero, recordó, lo compró un día por impulso. Repare un pinchazo en minutos sin siquiera quitar la llanta del automóvil, decía el anuncio. Pero, ¿cómo podrías reparar un pinchazo que no estaba allí?

—Linda, esto es una locura. Tendremos que caminar de regreso a la ciudad como lo hicimos antes —volvió la cabeza—. ¿Linda?

Ella no estaba allí.

Se puso de pie.

—¡Linda! ¿Dónde estás?

¿Cuánto tiempo se había ido? Debía haber estado trabajando en el coche durante quince o veinte minutos. Ella no había hablado en ese tiempo. ¿Había vuelto a entrar en la casa en el momento en que él estaba absorto en su tarea? Sabía bastante bien cuán intensamente se concentraba en tales cosas. Cómo cuando estaba escribiendo, por ejemplo, ella podía caminar por la habitación sin que él lo supiera.

—Linda, por el amor de Dios, ¡no!

Gritando su nombre con voz ronca, se tambaleó hacia la casa. La puerta se abrió con estrépito cuando se arrojó contra ella. Pero ahora el salón no era solo un antiguo y polvoriento corredor; era un túnel sombrío lleno de oscuridad prematura y susurros extraños.

Sabía dónde debía estar. En esa habitación maldita en lo alto de las escaleras donde él había visto la expresión de su rostro cuatro meses atrás, y donde ella había intentado con tanta astucia ocultarle la verdad. Pero ahora era difícil llegar a la habitación. Una niebla arremolinada ahogó la escalera, haciéndole tropezar repetidamente. Cosas que parecían manos salieron disparadas del pasamanos para aferrarse a él y detenerlo.

Se detuvo, confundido, y las manos lo empujaron hacia adelante nuevamente. Estaban jugando con él, pensó, burlándose de sus frenéticos esfuerzos por llegar al dormitorio y al mismo tiempo instándolo seductoramente a esforzarse aún más. Y los susurros formaban palabras, o parecían hacerlo.

Ven Norman... dulce Norman... ven, ven, ven...

También en el pasillo de arriba la niebla arremolinada lo desafió, profundizándose hasta convertirse en una masa en movimiento que ocultaba la puerta de la habitación. Pero no necesitaba brújula para encontrarla.

—¡Maldito seas, déjame en paz! ¡Fuera de mi camino! —jadeó.

Luchó por alcanzar la puerta y la encontró abierta, tal como Linda y él la habían dejado. Con las manos extendidas, se abrió paso a tientas por el umbral.

La presencia extraña aquí era más fuerte. La sensación de ser confrontado por una criatura invisible era casi abrumadora. Sin embargo, el asalto contra él fue menos violento ahora que había llegado a la habitación. Las manos que lo buscaban a tientas en la espeluznante oscuridad eran incluso suaves, acariciadoras. Se adherían con una suavidad aterciopelada que era extrañamente placentera, y había algo voluptuosamente femenino en ellos, incluso un tenue pero penetrante olor femenino.

Un olor, no un perfume.

Un olor corporal, parecido a una droga en su efecto sobre sus sentidos.

Desconcertado, detuvo su lucha por un momento para ver qué pasaba. El susurro se convirtió en una invitación, una promesa de increíbles placeres. Se permitió un instante para escuchar y luego, gritando el nombre de Linda, se lanzó hacia la cama. Esta vez pudo alcanzarla.

Pero ella no estaba sentada allí, mirando ese mundo secreto suyo, como él había esperado. La cama estaba vacía y la seductora voz en la oscuridad se rió suavemente de su consternación.

Ven Norman... dulce Norman... ven, ven, ven...

Se sintió tomado por la espalda, por los hombros, volteado y empujado muy suavemente. Cayó flotando sobre el viejo colchón, levantando los brazos sin entusiasmo para evitar que la sombra que avanzaba lo poseyera. Pero fluyó sobre él, a través de él, dentro de él, a pesar de su débil resistencia, y el olor femenino atormentó sus sentidos nuevamente, destruyendo su voluntad de resistir.

Cuando dejó de luchar, escuchó un sonido de bisagras oxidadas crujiendo en esa parte de la penumbra de la habitación donde estaba la puerta, y luego un ruido sordo.

La puerta estaba cerrada.

No gritó. No sintió ninguna alarma. Era bueno estar aquí en la cama, deleitándose con esta sensual y cariñosa suavidad. Cuando se quedó quieto, fluyó sobre él con una indulgencia desenfrenada, tocándolo y acariciándolo hasta las alturas del éxtasis.

Ahora las manos invisibles, habiendo abierto su camisa, se deslizaron lenta y seductoramente por su cuerpo hasta su cinturón...

Entonces escuchó un nuevo sonido. Por un momento lo desconcertó porque, aunque atravesaba la antigua pared detrás de él, desde el dormitorio contiguo, le hizo pensar en su propio dormitorio en casa. Linda y él habían bromeado al respecto, como los verdaderos amantes podían hacerlo, las pequeñas sílabas explosivas a las que ella siempre daba voz cuando hacía el amor.

Así que ella también estaba contenta. Bueno, después de todo, como había sugerido ese compañero del club, el intercambio de pareja estaba de moda en este año de nuestro Señor 1975, ¿no? Todo tipo de personas lo hacían.

Debía comprar esta casa, como había insistido Linda.

Por supuesto. Ella tenía toda la razón.

Con un suspiro de felicidad, cerró los ojos y se relajó, ya no reacio por un sentimiento de culpa.

Pero algo andaba mal. Claramente, ahora, no sintió dos manos acariciándolo, sino más. ¿Y eran manos? De repente parecían frías, húmedas, terriblemente ansiosas.

Al abrir los ojos, se sorprendió al descubrir que la brumosa oscuridad se había disuelto y podía ver. Quizás la visión llegó con una entrega total o con el abandono final de su sentimiento de culpa. Yacía de espaldas, desnudo, con su compañera anónima mitad a su lado, mitad sobre él. Vio sus pechos escamosos y deformes desbordando y su rostro monstruoso y demoníaco balanceándose. Y, mientras gritaba, vio que ella tenía más de dos manos: tenía toda una masa de ellas retorciéndose en los extremos de largos tentáculos escrutadores.

Lo último que vio antes de que su grito se convirtiera en el de un loco fue una fila de otros tres seres como ella, acuclillados junto a la pared, con sus tentáculos extendiéndose inquietos hacia él mientras esperaban con impaciencia su turno.

Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hugh B. Cave.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hugh B. Cave: Damas de honor (Ladies in Waiting), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

Poky999 dijo...

Es espeluznante la sensación de que tentáculos viscosos te puedan tocar y hasta el punto de acosarte.
Es como la canción de Siouxsie and the Banshees "I want this bliss, but something says that I must resist".
Lo mismo creo que sucede con el personaje masculino, intenta resistirse a los placeres mundano, pero su naturaleza humana se lo impide.



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