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«Tarnhelm»: Hugh Walpole; relato y análisis.


«Tarnhelm»: Hugh Walpole; relato y análisis.




Tarnhelm (Tarnhelm) es un relato de terror del escritor británico Hugh Walpole (1884-1941), publicado originalmente en la antología de 1933: La noche de Todos los Santos (All Souls' Night), como Tarnhelm o La muerte de mi tío Robert (Tarnhelm or The Death of My Uncle Robert). Más adelante sería reeditado en Segundo siglo de historias espeluznantes (A Second Century of Creepy Stories).

Tarnhelm, uno de los cuentos de Hugh Walpole más reconocidos, relata la historia de un Hombre Lobo desde la perspectiva de un niño sensible e impresionable.

El protagonista de Tarnhelm es el narrador, pero en su infancia. Es un chico solitario, dejado de lado por sus padres, que se refugia en la literatura gótica. Es un lector de William Harrison Ainsworth [Las brujas de Lancashire (The Lancashire Witches)] y sobre todo de Ann Radcliffe [El romance del bosque (The Romance of the Forest)]. A través de estas afinidades literarias Hugh Walpole intentaba establecer que el narrador era un muchacho extremadamente sensible y excitable.

Mientras los padres del protagonista se dedican a viajar por el mundo, el joven es ignorado por sus parientes [«ya estaban hartos de mí y por ninguno de ellos sentía yo gran afecto»]. Se decide que pase una temporada con sus dos tíos paternos, quienes viven en un área remota de Cumberland, Inglaterra, no solo en términos geográficos, sino emocionalmente remota. De hecho, Tarnhelm no es un relato de hombres lobo tradicional; es más sentimental que siniestro.

No es la primera vez que Hugh Walpole introduce a un protagonista que está saliendo de la infancia y se encuentra con su homosexualidad, claramente un autorretrato del autor. En Tarnhelm, los dos tíos viven recluidos en una zona rural. Uno de ellos, Constance, es cálido y amable; el otro, Robert, es parco y taciturno. Su único interés es recluirse en su torre. Eventualmente nos enteramos que Robert es un practicamente del ocultismo y la magia negra, y que posee un artículo extraño, un Tarnhelm [hablaremos sobre él más adelante], especie de casquete que le permite metamorfosearse en un espantoso perro amarillo.

Esa es la historia, al menos en la superficie, porque el verdadero misterio consiste en saber qué es lo que realmente quiere el tío Robert del joven protagonista cuando se transforma en animal. La sugerencia es que desea saciar otros apetitos, además de los habituales en los licántropos [ver: Análisis psicológico del Hombre Lobo en la ficción]

En otras palabras, Tarnhelm nos mantiene en suspenso más allá de que sepamos desde la primera página cómo se desarrollará y terminará; la tensión depende del significado oculto de lo que está sucediendo. El protagonista, por ejemplo, se refugia en los brazos de su amigo [pertinentemente llamado Armstrong], con quien mantiene una relación sentimental [que nunca se aclara]. Esto parece activar los impulsos reprimidos del tío Robert, quien comienza a presentarse ante el muchacho en su forma perruna, ansiando aquello que Armstrong obtiene con consentimiento. En definitiva, es una historia sobre los peligros ocultos de aquellos que son, en última instancia, depredadores [ver: Cuando lo que sale del closet es un Monstruo]

El tío Robert es capaz de transformarse en un enorme perro amarillo al colocarse en la cabeza un pequeño casquete gris, al que llama Tarnhelm, una referencia al dispositivo de invisibilidad [Tarnkappe] de El anillo de los Nibelungos (Der Ring des Nibelungen). En la historia de Richard Wagner, vagamente inspirada en el mito nórdico de Andvari, este dispositivo fue fabricado por el enano Mime a petición de su hermano, Alberich, quien lo utiliza principalmente como capa de invisibilidad, pero que también permite cambiar de forma. Aquí, el Tarnhelm parece manifestar físicamente los impulsos internos de su portador. Robert se convierte en lo que es interiormente: un depredador.

La palabra norsa tarn [«sigilo»], proviene de tjörn, un lago de montaña oculto; y derivaría en dern, que significa «secreto», «oculto». En Inglés Medio amplió su sentido original en conceptos como apartado, sigiloso, engañoso, privado, confidencial, que describe perfectamente los aspectos escondidos del tío Robert [las artes negras y su homosexualidad latente]. De hecho, alrededor del siglo XV surgió el término inglés dernlove, que alude a un amor secreto, o ilícito, un amante o una relación prohibida. Hugh Walpole parece estar menos interesado en el trasfondo mitológico del Tarnhelm que en sus implicaciones sobre los impulsos prohibidos de Robert y el protagonista. Más aún, Hugh Walpole volvió a utilizar esta misma sugerencia y con el mismo simbolismo etimológico en El Tarn (The Tarn).

Tarnhelm tiene un problema grave: el narrador. Hugh Walpole presenta a un hombre mayor que recuerda este trauma de su infancia, pero le otorga pocas herramientas narrativas. Uno puede empatizar con la soledad del narrador, con su vulnerabilidad, su afición a las novelas góticas y su anhelo de aceptación, amistad y amor, pero el autor no llega a enhebrar todo esto con las interacciones del protagonista con aquellos en posiciones de autoridad, es decir, con aquellas personas que deberían quererlo y protegerlo, pero que se convierten en sus depredadores.




Tarnhelm.
Tarnhelm, Hugh Walpole (1884-1941)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Supongo que en ese momento yo era un niño peculiar, un poco por naturaleza pero también porque había pasado gran parte de mi joven vida en compañía de personas mucho mayores que yo.

Después de los hechos que ahora voy a relatar, quedó en mí una huella imborrable. Me convertí, y siempre lo he sido desde entonces, en una de esas personas, por lo demás insignificantes, que han decidido, sin posibilidad de cambio, sobre ciertas cuestiones. Algunas cosas, puestas en duda por la mayor parte del mundo, son para estas personas verdaderas e indiscutibles; esta certeza de les da una especie de sello, como si vivieran tanto en su imaginación como para tener muy poca seguridad en cuanto a lo que es realidad y lo que es ficción. Esta «rareza» los distingue. Si ahora, a los cincuenta años, soy un hombre con muy pocos amigos, solitario, es porque mi tío Robert murió de una manera extraña hace cuarenta años y yo fui testigo de su muerte.

Nunca hasta ahora he dado cuenta de los extraños hechos que ocurrieron en Faildyke Hall en la noche de Nochebuena en el año 1890. Los incidentes de esa noche todavía son recordados muy claramente por una o dos personas, y una especie de leyenda sobre la muerte de mi tío Robert se ha transmitido a la generación más joven. Pero nadie aún con vida fue testigo como yo, y creo que es hora de que ponga esos incidentes por escrito.

Los escribo sin comentarios. No atenúo nada; no disfrazo nada. No soy, espero, en modo alguno un hombre vengativo, pero mi breve encuentro con el tío Robert y las circunstancias de su muerte le dieron a mi vida, incluso a esa temprana edad, un giro difícil de perdonar.

En cuanto al llamado elemento sobrenatural en mi historia, cada uno debe juzgar por sí mismo al respecto. Nos burlamos o aceptamos según nuestra naturaleza. Si estamos construidos con cierto material práctico sólido, lo más probable es que ninguna evidencia, por definitiva o de primera mano que sea, nos convenza. Si los sueños son nuestra porción diaria, un sueño más o menos apenas sacudirá nuestro sentido de la realidad.

Sin embargo, esta es mi historia.

Mi padre y mi madre estuvieron en la India desde los ocho hasta los trece años. No los vi, excepto en dos ocasiones cuando visitaron Inglaterra. Yo era hijo único, amado entrañablemente por mis dos padres, quienes, sin embargo, se amaban aún más. Eran una pareja extremadamente sentimental de la clase antigua. Mi padre estaba en el Servicio Civil Indio y escribía poesía. Incluso hizo publicar su epopeya, Tántalo, un poema en cuatro cantos, a sus expensas. Esto, sumado al hecho de que mi madre había sido considerada inválida antes de casarse, hizo que mis padres sintieran que se parecían mucho a los Browning, y mi padre incluso tenía un apodo cariñoso para mi madre que sonaba curiosamente como el famoso y espantoso «Ba».

Yo era un niño delicado. Me enviaron a la Academia Privada del Sr. Ferguson a la tierna edad de ocho años y pasé mis vacaciones como invitado indeseable de varios parientes. Indeseable, me imagino, porque yo era un niño difícil de entender. Tenía una abuela anciana que vivía en Folkestone, dos tías que compartían una casita en Kensington, una tía, un tío y una camada de primos que vivían en Cheltenham, y dos tíos que vivían en Cumberland. Todos estos parientes, excepto los dos tíos, ya estaban hartos de mí y por ninguno de ellos sentía yo gran afecto.

Los niños no eran examinados en esos días como lo son ahora. Estaba delgado, pálido y con anteojos, anhelando afecto pero sin saber cómo obtenerlo; exteriormente poco demostrativo pero interiormente emocional y sensible, jugando juegos, debido a mi mala vista, muy mal, leyendo mucho más de lo que era bueno para mí, y contándome historias todo el día y parte de cada noche.

Todos mis parientes se cansaron de mí, imagino, y finalmente se decidió que mis tíos en Cumberland debían hacer su parte. Estos dos eran los hermanos de mi padre, el mayor de una larga familia de la que él era el menor. Según tengo entendido, mi tío Robert tenía casi setenta años y mi tío Constance unos cinco menos. Recuerdo que siempre pensé que Constance era un nombre divertido para un hombre.

Mi tío Robert era el dueño de Faildyke Hall, una casa de campo entre el lago de Wastwater y el pequeño pueblo de Seascale en la costa del mar. El tío Constance había vivido con el tío Robert durante muchos años. Se decidió, después de cierta correspondencia familiar, que yo pasaría la Navidad de este año, 1890, en Faildyke Hall.

Yo tenía en ese momento sólo once años, flaco, con una frente abultada, anteojos grandes y una manera nerviosa y tímida. Recuerdo que siempre me embarcaba en cualquier nueva aventura con una mezcla de terror y anticipación. Quizá esta vez se produjera el milagro: encontraría un amigo o una fortuna, me cubriría de gloria de algún modo inesperado; ser por fin lo que siempre anhelé, un héroe. Me alegré de no ir a ver a ninguno de mis otros parientes en Navidad, y especialmente a mis primos en Cheltenham, quienes se burlaban de mí y nunca estaban libres de ruidos ensordecedores. Lo que más deseaba en la vida era poder leer en paz. Comprendí que en Faildyke había una biblioteca gloriosa.

Mi tía me vio subir al tren. Mi tío me había obsequiado con uno de los romances más sangrientos de Harrison Ainsworth, Las brujas de Lancashire, y tenía cinco barras de crema de chocolate, por lo que ese viaje fue tan dichosamente feliz como cualquier otra experiencia para mí en ese momento. Se me permitió leer en paz, y en ese momento tenía poco más que pedirle a la vida. Sin embargo, a medida que el tren avanzaba hacia el norte, este nuevo país comenzó a llamar mi atención. Nunca antes había estado en el norte de Inglaterra y no estaba preparado para la repentina sensación de espacio y frescura que recibí.

Las colinas desnudas y desordenadas, la frescura del viento en el que los pájaros parecían ser llevados con especial alegría, los muros de piedra que corrían como cintas grises alrededor de los páramos y, sobre todo, la vasta extensión del cielo sobre cuya superficie nadaban las nubes como nunca había presenciado en ninguna parte. Estaba sentado, perdido y absorto junto a la ventanilla, cuando por fin, mucho después de que oscureciera, oí que el guarda llamaba «¡Seascale!». Cuando salí a la pequeña y estrecha plataforma y fui recibido por el sabor salado del viento marino, se puede decir que mi primera introducción real al País del Norte se completó. Estoy escribiendo ahora en otra parte de ese mismo país de Cumberland, y más allá de mi ventana la línea de la montaña corre fuerte y desnuda contra el cielo, mientras que debajo de ella yace el lago, un fragmento de cristal plateado a los pies de Skiddaw.

Puede ser que mi sentido del profundo misterio de este país tuviera su origen en esta misma extraña historia que ahora estoy contando. Pero, de nuevo, tal vez no, porque creo que esa primera llegada nocturna a Seascale produjo algún cambio en mí, de modo que desde entonces ninguna de las bellezas del mundo, desde las aguas carmesí de Cachemira hasta las ásperas glorias de nuestra propia costa de Cornualles, puede rivalizar con los vientos fuertes y turbios y el césped fuerte y resistente de las colinas de Cumberland.

Siguió el viaje a Faildyke. Hacía mucho frío, pero no parecía importarme. Todo fue mágico para mí. Desde el principio pude ver la gran y lenta joroba del Black Combe contra las nubes espumosas de la noche invernal, y pude oír el mar rompiendo y el suave susurro de las ramas desnudas en los setos.

También hice mi mejor amigo esa noche, porque era Bob Armstrong quien manejaba la carreta. A menudo me ha dicho desde entonces (aunque es un hombre lento y de pocas palabras, le gusta repetir las cosas que le parecen valiosas) que le parecí «lastimosamente perdido» aquella noche en el andén de Seascale. Me veía, no lo dudo, bastante congelado. En cualquier caso, fue una aparición afortunada para mí, porque gané el corazón de Armstrong allí mismo. Él, por su parte, me pareció gigantesco. Tenía, creo, uno de los torsos más anchos del mundo: era una maldición para él, decía, porque ninguna camisa le quedaba bien. Me senté cerca de él por el frío; era muy cálido, y podía sentir su corazón latiendo como un reloj constante dentro de su abrigo áspero. Latió por mí esa noche, y ha latido, me alegra decirlo, desde entonces.

En verdad necesitaba un amigo. Estaba casi dormido y rígido cuando me bajaron de la carreta y de inmediato me condujeron a lo que me pareció un inmenso salón atestado de cabezas de animales sacrificados que miraban fijamente y que olía a paja. Estaba tan tristemente cansado que mis tíos, cuando los encontré en una enorme sala de billar en la que un gran fuego rugía como un demonio en una chimenea de piedra, me parecieron dobles.

En cualquier caso, ¡qué extraña pareja formaban! Mi tío Robert era un hombre delgado con cabello gris desordenado y ojos pequeños y agudos encapuchados por dos de las cejas más pobladas conocidas por la humanidad. Vestía (lo recuerdo como si fuera ayer) ropa campesina raída de un color verde desteñido, y tenía en un dedo un anillo con una gruesa piedra roja. Otra cosa que noté de inmediato cuando me besó (detestaba ser besado) fue un leve olor que tenía, conectado de inmediato en mi mente con las semillas de alcaravea que hay en la torta de semillas. También noté que sus dientes estaban descoloridos y amarillos.

Mi tío Constance me gustó de inmediato. Era gordo, redondo, simpático y limpio. Llevaba una flor en el ojal y su lino era blanco como la nieve en contraste con el de su hermano. Sin embargo, noté una cosa en ese primer encuentro, y fue que antes de que me hablara y pusiera su gordo brazo alrededor de mi hombro, parecía mirar a su hermano como pidiendo permiso. Puedes decir que era inusual que un chico de mi edad notara tanto, pero de hecho lo hice. Años y pereza, ¡ay!, han aflojado mi poder de observación.


II

Tuve un sueño horrible esa noche; me despertó gritando y atrajo a Bob Armstrong para calmarme.

Mi habitación era grande, como todas las otras habitaciones que había visto, y vacía, con una gran extensión de piso y una chimenea de piedra como la de la sala de billar. Estaba, según descubrí después, junto a las dependencias de los sirvientes. La habitación de Armstrong estaba junto a la mía, y la de la señora Spender, la ama de llaves, más allá de la suya. Armstrong era entonces, y sigue siendo, soltero. Solía decirme que amaba a tantas mujeres que nunca se atrevía a elegir una. Durante mucho tiempo ha sido mi guardaespaldas personal y está demasiado acostumbrado a mis formas de cambiar su condición. Tiene, además, setenta años de edad.

Bueno, lo que vi en mi sueño fue esto. Me habían encendido un fuego (y era necesario; la habitación era de un frío glacial) y soñé que despertaba para ver las llamas subir a un último vigor antes de extinguirse. En el brillo de esa iluminación fui consciente de que algo se movía en la habitación. Escuché el movimiento por un rato antes de ver algo.

Me incorporé, con el corazón latiendo con fuerza, y entonces, para mi horror, distinguí, escabulléndose contra la pared del fondo, al perro mestizo, amarillo, de aspecto más malvado que puedas imaginar. Siempre me ha resultado difícil describir exactamente el horror de ese perro amarillo. En parte residía en su color, que era repugnante, en parte en su cuerpo mezquino y huesudo, pero sobre todo en su malvada cabeza: chata, con ojillos agudos y dientes irregulares y amarillos.

Mientras lo miraba, me enseñó los dientes y luego comenzó a arrastrarse, con una acción indescriptiblemente repugnante, en dirección a mi cama. Al principio me quedé rígido de terror. Luego, mientras se acercaba con sus ojitos fijos en mí y mostrando los dientes, grité una y otra vez.

Lo siguiente que supe fue que Armstrong estaba sentado en mi cama, su fuerte brazo alrededor de mi pequeño cuerpo tembloroso. Todo lo que pude decir una y otra vez fue: «¡El perro! ¡el perro! ¡el perro! »

Me tranquilizó como si hubiera sido mi madre.

—Mira, no hay ningún perro aquí. ¡No hay nadie más que yo! ¡No hay nadie más que yo!

Continué temblando, así que se metió en la cama conmigo, me sostuvo cerca de él y fue en sus brazos reconfortantes que me quedé dormido.


III

Por la mañana me desperté con una brisa fresca, un sol brillante y los crisantemos, anaranjados, carmesí y pardos, soplando contra la pared de piedra gris más allá de los céspedes en pendiente. Así que me olvidé de mi sueño. Solo sabía que amaba a Bob Armstrong más que a nadie en la tierra.

Durante los días siguientes todos fueron muy amables conmigo. Estaba tan profundamente emocionado por este país, tan nuevo para mí, que al principio no podía pensar en nada más. Bob Armstrong era de Cumbria desde la parte superior de su cabeza rubia hasta las gruesas uñas debajo de sus botas, y, entre gruñidos y monosílabos, como era su estilo, me dio un recorrido por el lugar. Había romance por todas partes: contrabandistas entrando y saliendo de Drigg y Seascale, la antigua Cruz en el cementerio de Gosforth, Ravenglass, con todas sus aves marinas, una vez un puerto de esplendor.

Muncaster Castle y Broughton y el negro Wastewater con los lúgubres Screes, Black Combe, sobre cuyas anchas espaldas bailaban siempre las sombras, incluso la pequeña estación de Seascale, desnuda para los vientos marinos, en cuyos puestos de libros compré una publicación titulada Weekly Telegraph que contenía, semana a semana, entregas de las historias más trepidante del mundo.

Romance por todas partes: las vacas moviéndose por los senderos arenosos, el mar rugiendo a lo largo de la playa de Drigg, Gable y Scafell, las voces lentas de los granjeros de Cumbria llamando a sus animales, el tintineo de la campanita de la iglesia de Gosforth —en todas partes romance y belleza. Sin embargo, cuando me acostumbré mejor al campo, la gente que me rodeaba inmediatamente empezó a ocupar mi atención, a estimular mi inquieta curiosidad, especialmente mis dos tíos. Eran, de hecho, bastante raros.

Faildyke Hall en sí no era extraño, solo feo. Había sido construido alrededor de 1830, me imagino, un edificio cuadrado y blanco como una mujer gruesa, engreída, con una cara muy sencilla. Las habitaciones eran grandes, los pasillos innumerables y todo estaba cubierto con una cal horrible. Contra este encalado colgaban viejas fotografías amarillentas por el tiempo y acuarelas descoloridas y malas. Los muebles eran fuertes y feos. Sin embargo, había una característica romántica, y era la pequeña Torre Gris donde vivía mi tío Robert.

Esta Torre estaba al final del jardín y daba a un campo inclinado hacia Scafell más allá de Wastewater. Había sido construida hace cientos de años como defensa contra los escoceses. Robert había tenido allí su estudio y dormitorio durante muchos años y era su dominio; a nadie se le permitía entrar salvo a su anciano sirviente, Hucking, un hombrecillo encorvado, marchito y mugriento que no hablaba con nadie y, según decían en la cocina, se las arreglaba para pasar la vida sin dormir. Cuidaba de mi tío Robert, limpiaba sus habitaciones y se suponía que tenía que lavar su ropa.

Yo, que era un chico inquisitivo y de mente romántica, pronto me entusiasmé tanto con esta Torre como la esposa de Barba Azul con la habitación prohibida. Bob me dijo que, hiciera lo que hiciera, nunca debía poner un pie adentro.

Y luego descubrí otra cosa: que Bob Armstrong odiaba, temía y estaba orgulloso de mi tío Robert. Estaba orgulloso de él porque era el cabeza de familia y porque, según decía, era el anciano más listo del mundo.

—Aparentemente no hay nada que no pueda hacer —dijo Bob—, pero no le gusta que lo mires mientras lo hace.

Todo esto no hacía más que aumentar mis ansias de ver el interior de la Torre, aunque tampoco podía decirse que le tuviera cariño a mi tío Robert.

Sería difícil decir que no me caía bien durante esos primeros días. Fue muy amable conmigo cuando me conoció, y a la hora de las comidas, cuando me sentaba con mis dos tíos a la mesa larga en el comedor grande, desnudo y encalado, siempre estaba ansioso por asegurarse de que tuviera suficiente para comer. Pero nunca me gustó; tal vez fue porque no estaba limpio. Los niños son sensibles a esas cosas. Quizá no me gustaba el olor rancio y apelmazado que llevaba consigo.

Luego llegó el día en que me invitó a la Torre Gris y me habló del Tarnhelm.

Pálidas sombras oblicuas caían sobre los crisantemos y los muros de piedra gris, los extensos campos y las colinas oscuras. Estaba jugando solo junto al riachuelo que corría más allá de la rosaleda cuando el tío Robert se me acercó por detrás con su forma sigilosa y, pellizcándome la oreja, me preguntó si me gustaría ir con él dentro de su Torre. Yo estaba, por supuesto, lo suficientemente ansioso; pero también me asusté, sobre todo cuando vi el viejo semblante apolillado de Hucking mirándonos desde una de las estrechas rendijas que pretendían ser ventanas.

Sin embargo, entramos, mi mano en la mano caliente y seca del tío Robert. En realidad, no había mucho que ver cuando estabas dentro: todo estaba desordenado y mohoso, con telarañas en las puertas y viejas piezas de hierro oxidado y cajas vacías en las esquinas, y la larga mesa en el estudio del tío Robert estaba cubierta con mil cosas: libros con las tapas colgando, botellas verdes, pegajosas, un espejo, una balanza, un globo terráqueo, una jaula con ratones, una estatua de una mujer desnuda, un reloj de arena, todo viejo y manchado y polvoriento.

Sin embargo, el tío Robert me hizo sentar cerca de él y me contó muchas historias interesantes. Entre otros, la historia de Tarnhelm.

Tarnhelm era algo que ponías sobre tu cabeza, y su magia te convertía en cualquier animal que deseabas ser. El tío Robert me contó la historia de un dios llamado Wotan, y cómo se burló del enano que poseía el Tarnhelm diciéndole que no podía convertirse en un ratón o en un animal por el estilo; y el enano, con su orgullo herido, se convirtió en un ratón, que el dios capturó fácilmente y así robó el Tarnhelm.

Sobre la mesa, entre toda la basura, había un casquete gris.

—Ese es mi Tarnhelm —dijo el tío Robert, riéndose—. ¿Te gustaría que me lo pusiera?

De repente estaba asustado, terriblemente asustado. La visión del tío Robert me hizo sentir mal. La habitación comenzó a dar vueltas y vueltas. Los ratones blancos de la jaula piaron. Esa habitación estaba lo suficientemente cargada como para enfermar a cualquier niño.


IV

Ese fue el momento, creo, en que el tío Robert extendió la mano hacia su casquete gris; después de eso, nunca más volví a ser feliz en Faildyke Hall. Esa acción suya, por simple y aparentemente amistosa que fuera, pareció abrirme los ojos a varias cosas.

Estábamos ahora dentro de los diez días de Navidad. La idea de la Navidad tuvo entonces —y, a decir verdad, todavía tiene— un efecto muy feliz en mí. Está la hermosa historia, la genialidad y la amabilidad, todavía, a pesar de los pesimistas modernos, mucha felicidad y buena voluntad. Incluso ahora me gusta dar regalos y recibirlos; entonces era un éxtasis para mí, el aspecto del paquete, el papel, la cuerda, la exquisita sorpresa.

Por lo tanto, había estado esperando la Navidad con impaciencia. Me habían prometido un viaje a Whitehaven para comprar regalos, e iba a haber un árbol y un baile para los aldeanos de Gosforth. Luego, después de mi visita a la Torre del tío Robert, toda mi alegría de anticipación se desvaneció. A medida que pasaban los días y mi observación de una cosa y otra se desarrollaba, creo que me habría escapado con mis tías en Kensington si no hubiera sido por Bob Armstrong.

De hecho, fue Armstrong quien me inició en ese viaje de observación que terminó tan horriblemente, porque cuando escuchó que el tío Robert me había llevado dentro de su Torre, su ira fue terrible. Nunca antes lo había visto enojado; ahora su gran cuerpo tembló, y me agarró y me sostuvo hasta que grité.

Quería que le prometiera que nunca volvería a entrar allí. ¿Qué? ¿Ni siquiera con el tío Robert? No, sobre todo con el tío Robert; y luego, bajando la voz y mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba, comenzó a maldecir al tío Robert. Esto me asombró, porque la lealtad era una de las grandes leyes de Bob. Puedo vernos ahora, de pie sobre los adoquines del establo en el crepúsculo blanco que caía mientras los caballos pateaban en la tierra, y las pequeñas estrellas afiladas aparecían una tras otra brillando entre las nubes.

—No me quedaré —le oí decirse a sí mismo—. Seré como los demás. No me quedaré para traer a un niño…

Desde ese momento pareció tenerme muy especialmente a su cargo. Incluso cuando no podía verlo sentía que su mirada bondadosa estaba sobre mí, y este sentimiento de que yo fuera protegido me hizo sentir aún más inquieto y angustiado.

Lo siguiente que observé fue que los sirvientes comenzaron a irse, a pesar de no haber estado allí más de un mes o dos. Luego, solo una semana antes de Navidad, el ama de llaves se fue. El tío Constance parecía muy molesto por estos hechos. El tío Robert no parecía afectado en lo más mínimo.

Paso ahora a mi tío Constance. A esta distancia de tiempo es extraño con qué claridad aún puedo verlo: su corpulencia, su limpieza resplandeciente, su dandismo, la flor en su ojal, sus piececitos brillantemente calzados, su voz fina, más bien femenina. Habría sido amable conmigo, creo, si se hubiera atrevido, pero algo lo detuvo. Y pronto descubrí qué era ese algo: era miedo a mi tío Robert.

No me llevó ni un día descubrir que estaba completamente sujeto a su hermano. No decía nada sin mirar cómo se lo tomaba el tío Robert; no sugería ningún plan hasta tener la seguridad de su hermano; Estaba aterrorizado más allá de lo que había visto antes en un ser humano ante cualquier señal de irritación en mi tío. Después de esto descubrí que al tío Robert le gustaba mucho jugar con los miedos de su hermano. No entendía lo suficiente de su vida para darme cuenta de cuáles eran las armas que usaba, pero no era demasiado joven ni demasiado ignorante para percibir que eran afiladas y penetrantes.

Tal era nuestra situación, entonces, una semana antes de Navidad. El clima se había vuelto muy salvaje, con un gran viento. Toda la naturaleza parecía alborotada. Me imaginaba cuando me acostaba en mi cama por la noche y escuchaba los gritos en mi chimenea, que podía captar el sonido de las olas en la playa, ver las aguas negras de Wastwater crecer y cuajarse. Me quedaría despierto y añoraría a Bob Armstrong, la fuerza de su brazo y la calidez de su pecho, pero me consideraba un niño demasiado grande para apelar.

Recuerdo que minuto a minuto aumentaban mis temores. ¿Qué les dio fuerza y poder? No lo sé. Estaba muy solo, tenía un gran terror de mi tío, el clima era salvaje, las habitaciones de la casa eran grandes y desoladas, los sirvientes misteriosos, las paredes de los pasillos estaban siempre iluminadas con un brillo antinatural debido a su color blanco, y aunque Armstrong me vigilaba, estaba ocupado en sus asuntos y no siempre podía estar conmigo.

Empecé a temer cada vez más a mi tío Robert. El odio y el miedo hacia él parecían estar en todas partes y, sin embargo, siempre tenía una voz suave y amable. Entonces, unos días antes de Navidad, ocurrió el hecho que convertiría mi terror en pánico.

Había estado leyendo en la biblioteca El romance del bosque de la señora Radcliffe, un viejo libro olvidado hace mucho tiempo, digno de revivir. La biblioteca era una hermosa habitación destartalada, estanterías desde el suelo hasta el techo, las ventanas pequeñas y oscuras, agujeros en la vieja alfombra descolorida. Una lámpara ardía en una mesa lejana. Algo, no sé qué, me hizo mirar hacia arriba. Lo que vi entonces se grabó en mi recuerdo. Junto a la puerta de la biblioteca, sin moverse, mirándome a lo largo de la habitación, había un perro amarillo.

No intentaré describir el miedo lamentable y el terror helado que me atrapó y me retuvo. Mi principal pensamiento, imagino, fue que esa otra visión en mi primera noche en el lugar no había sido un sueño. Yo no estaba dormido ahora; el libro que había estado leyendo se había caído al suelo, las lámparas despedían su brillo, podía oír la hiedra golpeando el cristal. No, era la realidad.

El perro levantó una pata larga y horrible y se rascó. Luego, muy lenta y silenciosamente, a través de la alfombra, vino hacia mí.

No pude gritar. No podía moverme. Esperé. El animal era aún más malvado de lo que había parecido antes, con su cabeza chata, sus ojos estrechos, sus colmillos amarillos. Vino en mi dirección, se detuvo una vez para rascarse de nuevo, luego estuvo casi en mi silla.

Me miró, mostró sus colmillos, pero como si me sonriera, luego pasó de largo. Después de que se hubo ido quedó un olor fétido y denso en el aire, el olor de la semilla de alcaravea.


V

Pienso ahora, al mirar hacia atrás, que fue bastante notable que yo, un niño pálido y nervioso que temblaba con cada sonido, hubiera enfrentado la situación como lo hice. No dije nada sobre el perro, ni siquiera a Bob Armstrong. Escondí mis miedos, que eran de un tipo bestial y enfermizo. Tuve la inteligencia de percibir (y cómo, a esta distancia, no puedo entender) que estaba desempeñando mi pequeño papel en el clímax de algo que se había ido acumulando por muchos meses, como las nubes sobre Gable.

Lo que estaba más allá de cualquier duda era que fue después de que vi al perro en la biblioteca que el tío Robert cambió tan extrañamente su comportamiento conmigo. Eso puede haber sido una mera coincidencia. Sólo sé que, a medida que uno envejece, se recurre menos a las coincidencias. En cualquier caso, esa misma noche, en la cena, el tío Robert parecía veinte años mayor. Estaba encorvado, arrugado, no comía, le gruñía a cualquiera que le hablara y evitaba especialmente mirarme a mí.

Fue una comida penosa, y fue después de ella, cuando el tío Constance y yo estábamos sentados solos en el viejo salón empapelado de amarillo, una habitación con dos relojes que hacían tictac, cuando ocurrió la cosa más extraordinaria. El tío Constance y yo estábamos jugando a las damas. Los únicos sonidos eran el rugido del viento por la chimenea, el silbido y chisporroteo del fuego, el tonto tictac de los relojes. De repente, el tío Constance dejó la pieza que estaba a punto de mover y comenzó a llorar.

Para un niño siempre es terrible ver llorar a un adulto, y hasta el día de hoy escuchar llorar a un hombre me angustia mucho. Me conmovió desesperadamente el pobre tío Constance, que estaba sentado allí, con la cabeza entre sus manos blancas y regordetas, todo su cuerpo robusto temblando. Corrí hacia él y él me agarró y me abrazó como si nunca me fuera a dejar ir. Sollozó palabras incoherentes sobre protegerme, cuidarme… sobre un monstruo…

Recuerdo que yo también comencé a temblar. Le pregunté a mi tío qué monstruo, pero solo pudo seguir murmurando incoherencias sobre el odio y la falta de coraje, y si tan solo tuviera el coraje…

Luego, recuperándose un poco, comenzó a hacerme preguntas. ¿Dónde había estado? ¿Había estado en la Torre? ¿Había visto algo? Y luego murmuró que nunca me habría dejado ir si hubiera sabido que llegaría a esto, que sería mejor que me fuera esa noche, y que si él no tuviera miedo…

Entonces empezó a temblar de nuevo y a mirar hacia la puerta, y yo también temblé. Me sostuvo en sus brazos; luego sentimos un sonido y escuchamos, nuestras cabezas en alto, nuestros dos corazones martilleando. Pero solo eran los relojes corriendo y el viento aullando como si fuera a hacer pedazos la casa.

Esa noche, sin embargo, cuando Bob Armstrong subió a la cama, me encontró refugiado allí. Le susurré que estaba asustado. Puse mis brazos alrededor de su cuello y le supliqué que no me despidiera; me prometió que no lo haría y dormí toda la noche al amparo de su fuerza.

Sin embargo, ¿cómo puedo dar una imagen real del miedo que me perseguía? Sabía, por lo que tanto Armstrong como el tío Constance habían dicho, que había un peligro real, que no era una fantasía histérica o un sueño mal digerido. Empeoró las cosas que ya no se viera más al tío Robert. Él estaba enfermo; se mantuvo dentro de su Torre, atendido por su viejo sirviente marchito. Y así, estando en ninguna parte, estaba en todas. Me quedé con Armstrong cuando pude, pero una especie de orgullo me impedía aferrarme como una niña a su abrigo.

Un silencio sepulcral pareció caer sobre el lugar. Nadie reía ni cantaba, ningún perro ladraba, ningún pájaro cantaba. Dos días antes de Navidad, una helada se apoderó de la tierra. Los campos estaban rígidos, el mismo cielo parecía helado y gris, y bajo la nube verde oliva Scafell y Gable estaban negros.

Llegó la Nochebuena.

Esa mañana, recuerdo, estaba tratando de dibujar, una imagen infantil de una de las escenas de la señora Radcliffe, cuando las puertas dobles se abrieron y apareció el tío Robert. Se quedó allí, encorvado, arrugado, sus largos cabellos grises cayéndole sobre el cuello, sus pobladas cejas echadas hacia adelante. Llevaba su viejo traje verde y en su dedo brillaba su pesado anillo rojo. Estaba asustado, por supuesto, pero también me conmovió. Parecía tan viejo, tan frágil, tan pequeño en esta gran casa vacía.

—Tío Robert —pregunté tímidamente—, ¿estás mejor?

Se inclinó aún más hasta que estuvo casi sobre sus manos y pies; luego me miró, y sus dientes amarillos estaban al descubierto, casi como un animal. Entonces las puertas se cerraron de nuevo.

La tarde lenta, sigilosa, gris, llegó por fin. Caminé con Armstrong hasta el pueblo de Gosforth por un negocio que tenía. No dijimos una palabra de ningún asunto en el Hall. Le dije cuánto quería estar siempre con él, y me contestó que tal vez fuera así, sin saber cuán cierta era aquella profecía. Como todos los niños, yo tenía una gran capacidad para olvidar el ambiente en el que no me encontraba en ese momento, y caminaba junto a Bob por los caminos congelados, con algunos de mis miedos rendidos.

Pero no por mucho. Estaba oscuro cuando entré en el largo salón amarillo. Podía oír el repique de las campanas de la iglesia de Gosforth cuando salí de la antesala. Un momento después se oyó un grito estridente y aterrorizado: Era el tío Constance, que estaba de pie frente a las cortinas de seda amarilla de la ventana, contemplando el crepúsculo. Me acerqué a él y me sostuvo cerca de él.

—¡Escucha! —susurró—. ¿Qué puedes oír?

Las puertas dobles por las que había entrado estaban entreabiertas. Al principio no podía oír nada más que los relojes, el ruido muy débil de un carro en la carretera helada. No había viento.

Los dedos de mi tío agarraron mi hombro.

—¡Escucha! —dijo de nuevo.

Y escuché. En el pasillo de piedra más allá del salón se oía el golpeteo de las patas de un animal. El tío Constance y yo nos miramos. En esa mirada intercambiada nos confesamos que nuestro secreto era el mismo. Sabíamos lo que debíamos ver.

Un momento después estaba allí, de pie en la puerta doble, agachado y mirándonos con un odio loco y enfermizo, el odio de un animal. Lentamente vino hacia nosotros, y para mi imaginación tambaleante toda la habitación parecía apestar a millas de alcaravea.

—¡Atrás! ¡Atrás! —gritó mi tío.

Extrañamente, me convertí a mi vez en el protector.

—¡No te tocará! ¡No te tocará, tío! —grité.

Pero el animal se acercó.

Permaneció un momento cerca de una mesita redonda que contenía una bandeja de fruta cerosa bajo una cúpula de vidrio. Se quedó ahí, con el morro hacia abajo, oliendo el suelo. Luego, mirándonos, se encendió de nuevo.

¡Oh Dios! Incluso ahora, mientras escribo después de todos estos años, está de nuevo conmigo, el cráneo plano, el cuerpo encogido en su mal color y ese olor repugnante. Babeó un poco por su mandíbula. Mostró los colmillos.

Entonces grité, escondí mi rostro en el pecho de mi tío y vi que sostenía, en su mano temblorosa, un revólver grueso, pesado, anticuado.

Entonces gritó:

—Vuelve, Robert… ¡Regresa!

La detonación sacudió el cuarto. El perro se volvió y, con la sangre goteando de su garganta, se arrastró por el suelo. Se detuvo junto a la puerta, se volvió y nos miró. Luego desapareció en la otra habitación.

Mi tío había arrojado su revólver; estaba llorando. Siguió acariciando mi frente, murmurando palabras. Por fin, pegados unos a otros, seguimos el rastro de sangre por la alfombra, junto a la puerta, a través del portal. Acurrucado contra una silla en la sala de estar exterior, con una pierna torcida debajo de él, estaba mi tío Robert, con un disparo en la garganta.

En el suelo, a su lado, había un casquete gris.

Hugh Walpole (1884-1941)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hugh Walpole.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hugh Walpole: Tarnhelm (Tarnhelm), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La máscara de plata»: Hugh Walpole; relato y análisis.


«La máscara de plata»: Hugh Walpole; relato y análisis.




La máscara de plata (The Silver Mask) es un relato de terror del escritor británico Hugh Walpole (1884-1941), publicado originalmente en la antología de 1933: La Noche de Todos los Santos (All Souls' Night), y luego reeditado en numerosas colecciones; entre ellas: Un siglo de historias de terror (A Century Of Horror Stories) y Ejes del miedo (Shafts of Fear).

La máscara de plata, uno de los mejores cuentos de Hugh Walpole, relata la historia de Sonia Herries, una mujer fuerte e independiente que se compadece de un joven encantador que ha atravesado tiempos difíciles. ¿Se arrepentirá de haber dejado entrar a este siniestro extraño en su casa? [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

SPOILERS.

La máscara de plata de Hugh Walpole es una pequeña obra maestra del género, tanto es así que uno se pregunta cuáles fueron las razones por las que no logró el reconocimiento que indudablemente merece. Es cierto, la ejecución no es tan brillante como el argumento, e incluso este puede ser un poco predecible [al menos desde nuestro punto en el tiempo], pero de todos modos es un relato extraordinario.

El argumento de La máscara de plata de Hugh Walpole podría resumirse brutalmente del siguiente modo: una mujer madura decide confiar ciegamente en un apuesto extraño, con consecuencias devastadoras para su vida. Suena como un cliché, y lo sería si no fuera por el profundo subsuelo de simbolismo psicológico que hirve debajo [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

¡Pobre Sonia Herries! ¿Pobre? Bueno, ella es una mujer independiente, soltera, de unos cincuenta años, bien posicionada en la alta sociedad, que disfruta de la vida saliendo con amigos y coleccionando objetos de arte. Sin embargo, siente que falta algo más en su vida; un significado más profundo, quizás:


[«Sonia Herries era una mujer de su tiempo. Exteriormente era cínica y destructiva, mientras que interiormente era una criatura que anhelaba afecto y aprecio. Tenía el pelo blanco, cincuenta años, era activa, juvenil, podía dormir poco y comer menos; podía bailar, beber cócteles y jugar al bridge hasta el fin de los tiempos. Interiormente no le importaban ni los cócteles ni el bridge. Era sobre todas las cosas maternal y tenía un corazón débil, no sólo en términos espirituales, sino físicos. Cuando sufría, debía tomar sus gotas, acostarse y descansar. No permitía que nadie la viera en ese estado. Como las demás mujeres de su época, tenía el coraje digno de una causa mejor.»]


La vida de Sonia Herries se ve invadida fatídicamente por un joven apuesto, un rufián, que sabe exactamente cómo jugar con sus necesidades afectivas. Henry Abbott primero se presenta a Sonia como alguien desesperadamente pobre, con una esposa y un bebé que sufren aún más que él. De mala gana, Sonia lo admite en su casa. Se declara asombrada por los conocimientos de arte que manifiesta el muchacho, quien, a su vez, está maravillado por una payasesca máscara de plata hecha por un maestro artesano. Sonia se dice a sí misma: «Nadie que se preocupara con tanta pasión por las cosas bellas podría ser un completo inútil». Tal vez no, respondemos, pero podría ser una persona vil [ver: El Machismo en el Horror]

Más que ejecutar una insidiosa seducción, Henry Abbot literalmente comienza a ocupar espacios de la vida de Sonia, no solo emocionales, sino físicos. Comienza a presentarse en la casa de su víctima con su esposa e hijo, y hasta con sus cómplices, instalándose allí y reduciendo cada vez más el espacio habitable de Sonia, quien en este punto queda completamente aislada de sus amistades y viviendo a duras penas en el ático de la casa. Ella, literalmente, es como una mosca atrapada en una telaraña [ver: La Casa como representación del cuerpo de la mujer]

Hugh Walpole es un maestro de la atmósfera y la ambientación, las cuales contrastan poderosamente con la voz del narrador, excepcionalmente tranquila. En este contexto, La máscara de plata es una historia poderosa e inquietante, que funciona perfectamente a nivel superficial [es decir, si consideramos a Sonia Herries solo como un caso de estudio psicológico], pero que adquiere mayor densidad y consistencia en sus aspectos simbólicos. Como caso de diván, Sonia exhibe una total falta de agencia. A pesar de lo que se dice a sí misma que es una mujer fuerte e independiente, en realidad permite que las personas y los eventos la dominen. Sin embargo, de algún modo logra reubicarse emocionalmente en este nuevo panorama, donde comienza a perder control de su vida, y de su espacio vital [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

La máscara de plata de Hugh Walpole, insisto, es una pequeña obra maestra; y no seríamos injustos si la colocáramos a la misma altura de La lotería (The Lottery), El amante demoníaco (The Daemon Lover) y El hermoso desconocido (The Beautiful Stranger) de Shirley Jackson; o de El empapelado amarillo (The Yellow Wallpaper) de Charlotte Perkins Gilman. Pero creo que lo que más asombra es su extraordinaria similitud con el clásico de Julio Cortázar, Casa tomada, escrito once años después. Por otro lado, Henry Abbot recuerda poderosamente al [talentoso] señor Ripley de Patricia Highsmith.

En efecto, La máscara de plata y Casa tomada tienen algunas similitudes notables. En primer lugar, ambas casas pertencen a familias adineradas, están ubicadas en áreas residenciales, y están habitadas por herederos que no han seguido la norma [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]. Sonia Herries [La máscara de plata] es tan solterona como Irene y el narrador [Casa tomada]. Sonia es invadida por un extraño, que poco a poco se va apoderando de las habitaciones de la casa hasta recluirla en el ático. Irene y su hermano también comienzan a abandonar progresivamente las habitaciones de su casa, pero aquí nunca conocemos a los intrusos; solo los escuchamos como ruidos imprecisos y susurros. En ambas historias, los protagonistas parecen resignados ante la apropiación de sus viviendas, casi como algo normal e irremediable en cierto punto.

Por supuesto, Casa tomada es superior [sobre todo en la utilización de estos intrusos invisibles], pero La máscara de plata de Hugh Walpole prefigura asombrosamente el argumento de Julio Cortázar, y en sí mismo es un relato brillante por su originalidad.




La máscara de plata.
The Silver Mask, Hugh Walpole (1884-1941)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


La señorita Sonia Herries, al volver a casa de una cena en casa de los Weston, oyó una voz junto a ella.

—Por favor, sólo un momento...

Había caminado desde el piso de los Weston, a solo tres calles de distancia, y ahora estaba a solo unos pasos de su puerta, pero era tarde, no había nadie y el traqueteo en King's Road era apagado y tenue.

—Me temo que no puedo —comenzó.

Hacía frío y el viento le acariciaba las mejillas.

—Si solo pudieras... prosiguió.

Se volvió y vio a uno de los jóvenes más guapos posibles. Era el apuesto joven de todas las historias románticas: alto, moreno, pálido, delgado, distinguido... ¡oh! ¡Todo! Y vestía un raído traje azul y temblaba de frío.

—Me temo que no puedo —repitió, comenzando a moverse.

—Oh, lo sé —interrumpió él—. Todo el mundo dice lo mismo y con toda naturalidad. Pero DEBO insistir. NO PUEDO volver con mi esposa y mi bebé simplemente sin nada. No tenemos fuego, ni comida, nada excepto un techo. Es mi culpa, todo. No quiero tu piedad, pero TENGO que atacar tu comodidad.

Él tembló. Se estremeció como si fuera a caer. Involuntariamente ella alargó la mano para sostenerlo. Le tocó el brazo y lo sintió temblar bajo la delgada manga.

—Todo está bien —murmuró—. Tengo hambre. No puedo evitarlo.

Había tenido una excelente cena. Tal vez había bebido lo suficiente como para cometer una imprudencia; en cualquier caso, antes de que se diera cuenta, lo estaba haciendo pasar a través de su puerta pintada de azul oscuro. ¡Qué locura! Aunque inteligente, sufría terriblemente de bondad impulsiva. Toda su vida había sido así. Los errores que había cometido, y había cometido muchos, habían surgido del triunfo de su corazón sobre su cerebro. Ella lo sabía —¡qué bien lo sabía!— y todos sus amigos se lo remarcaban.

Cuando llegó a su quincuagésimo cumpleaños, se dijo a sí misma:

—Bueno, ahora por fin soy demasiado vieja para seguir siendo tonta.

Y aquí estaba ella, ayudando a un joven completamente desconocido a entrar en su casa en plena noche, y él, con toda probabilidad, era el peor tipo de criminal.

Muy pronto él estaba sentado en su sofá color rosa, comiendo bocadillos y bebiendo un whisky con soda. Parecía estar completamente abrumado por la belleza de sus posesiones.

—Si está actuando, lo está haciendo muy bien —pensó para sí misma.

Pero tenía gusto y conocimiento. Sabía que el Utrillo era uno de los primeros, el único período de importancia en la obra de ese maestro, sabía que los dos viejos que hablaban bajo una ventana pertenecían al Italiano medio de Sickert, reconoció la cabeza de Dobson y el maravilloso alce de bronce de Carl Milles.

—Eres artista —dijo ella—. ¿Pintas?

—No, soy un proxeneta, un ladrón, lo que quieras... cualquier cosa mala —respondió con fiereza—. Y ahora debo irme —añadió, levantándose de un salto.

Parecía ciertamente vigorizado. Apenas podía creer que era el mismo joven que solo media hora antes había tenido que apoyarse en su brazo para sostenerse. Y era un caballero. De eso no podía haber ningún tipo de duda. Y era asombrosamente hermoso en el espíritu de hace cien años, un joven Byron, un joven Shelley, no un joven Ramón Novarro o un joven Ronald Colman.

Bueno, era mejor que se fuera, y ella esperaba (por su propio bien y no por el de ella) que no le exigiera dinero y amenazara con montar una escena. Después de todo, con su cabello blanco como la nieve, su barbilla ancha y firme, como su cuerpo, no parecía alguien que pudiera ser amenazado. Al parecer, no tenía la menor intención de amenazarla. Se movió hacia la puerta.

—¡Oh! —murmuró con un pequeño jadeo de asombro.

Se había detenido ante una de las cosas más hermosas que tenía: una máscara plateada con la cara de un payaso, el payaso sonriente, alegre, sin insinuar una tristeza perpetua como tradicionalmente se supone que deben hacer todos los payasos. Fue uno de los esfuerzos más exitosos del famoso Sorat, el más grande maestro vivo de las Máscaras.

—Sí. ¿No es encantador? —dijo ella—. Fue una de las primeras obras de Sorat y, aun así, creo, una de las mejores.

—La plata es el material adecuado para ese payaso —dijo.

—Sí, yo también lo creo —asintió ella.

Se dio cuenta de que no le había preguntado nada sobre sus problemas, sobre su pobre esposa y su bebé, sobre su historia. Tal vez era mejor así.

—Me has salvado la vida —le dijo en el pasillo.

Tenía en la mano un billete de una libra.

—Bueno —respondió alegremente—, fui una tonta al arriesgarme a un hombre extraño entre en mi casa a esta hora de la noche, o eso me dirían mis amigos. Pero una anciana como yo... ¿dónde está el riesgo?

—Podría haberte cortado el cuello —dijo con bastante seriedad.

—Podrías —admitió ella—. Pero con horribles consecuencias para ti.

—Oh, no creo —dijo él—. No en estos días. La policía nunca es capaz de atrapar a nadie.

—Bien, buenas noches. Toma esto. Al menos puede darte algo de calor.

Tomó la libra.

—Gracias —dijo descuidadamente. Luego, en la puerta, comentó—: Esa máscara. Es la cosa más hermosa que he visto en mi vida.

Cuando la puerta se hubo cerrado y volvió a la sala de estar, suspiró:

¡Qué joven tan apuesto! Entonces vio que su cigarrera de jade blanco más hermosa había desaparecido. Había estado sobre la mesita junto al sofá. La había visto justo antes de ir a la despensa a cortar los sándwiches. Él la había robado. Miró por todas partes. No, sin duda la había robado.

¡Qué joven tan apuesto!, pensó mientras subía a la cama.

Sonia Herries fue una mujer de su tiempo. Exteriormente era cínica y destructiva mientras que interiormente era una criatura anhelante de afecto y aprecio. Porque aunque tenía el pelo blanco y tenía cincuenta años, era aparentemente activa, joven, podía dormir poco y comer menos, podía bailar, beber cócteles y jugar al bridge hasta el fin de los tiempos. Interiormente no le importaban ni los cócteles ni el bridge. Ella era sobre todas las cosas maternal y tenía un corazón débil, no sólo un corazón débil en términos espirituales, sino también físicos. Cuando sufría, debía tomar sus gotas, acostarse y descansar, no permitía que nadie la viera. Como todas las demás mujeres de su época, tenía el coraje digno de una causa mejor.

Ella era una heroína sin ninguna razón en absoluto.

Pero, más allá de todo lo demás, era maternal. Se habría casado al menos dos veces si hubiera amado lo suficiente, pero el hombre al que realmente había amado no la había amado (eso fue hace veinticinco años), por lo que fingió despreciar el matrimonio. Si hubiera tenido un hijo, su naturaleza se habría realizado; como no había tenido esa buena fortuna, había sido maternal (con una indiferencia cínica exterior) con un gran número de personas. A veces se reían de ella, pero nunca se preocupaban profundamente por su bienestar. Sus parientes la usaban para ocupar lugares extraños en la mesa, para llenar habitaciones libres en fiestas, para hacer compras para ellos en Londres, para hablar con ellos cuando las cosas iban mal o la gente abusaba de ellos. Era una mujer muy solitaria.

Vio a su joven ladrón por segunda vez quince días después. Lo vio porque fue a su casa una noche cuando ella se estaba vistiendo para la cena.

—Hay un hombre joven en la puerta —dijo su doncella Rose.

—¿Un hombre joven? ¿Quién? —pero ella lo sabía.

—No lo sé, señorita Sonia. No quiere dar su nombre.

Bajó y lo encontró en el vestíbulo con la cigarrera en la mano. Llevaba un traje decente, pero aún se veía hambriento, demacrado, desesperado e increíblemente guapo. Ella lo llevó a la habitación donde habían conversado antes. Él le dio la cigarrera.

—La empeñé —dijo, con los ojos fijos en la máscara de plata.

—¡Qué cosa tan espantosa de hacer! —dijo ella—. ¿Y qué vas a robar ahora?

—Mi esposa hizo algo de dinero la semana pasada —dijo—. Eso nos ayudará durante un tiempo.

—¿Nunca trabajas? —ella le preguntó.

—Yo pinto —respondió—. Pero nadie comprará mis cuadros. No son lo suficientemente modernos.

—Debes mostrarme algunos —dijo ella, y se dio cuenta de lo débil que estaba. No era su buena apariencia lo que le dio su poder sobre ella, sino algo a la vez indefenso y desafiante, como un niño malvado que odia a su madre pero siempre acude a ella en busca de ayuda.

—Tengo algunos aquí —dijo, salió al vestíbulo y volvió con varios lienzos.

Se los mostró. Eran muy malos: paisajes azucarados y figuras sentimentales.

—Son muy malos —dijo ella.

—Sé que lo son. Debes entender que mi gusto estético es muy fino. Sólo aprecio las mejores cosas del arte, como tu cigarrera, esa máscara de ahí, el Utrillo. Pero no puedo pintar nada más que esto. Es muy exasperante.

Él le sonrió.

—¿No comprarías uno? —le preguntó.

—Oh, pero yo no quiero uno —respondió ella—. Tendría que ocultarlo.

Era consciente de que en diez minutos sus invitados estarían allí.

—Oh, compra uno.

—Por supuesto que no.

—Por favor.

Se acercó y alzó la vista hacia su rostro ancho y bondadoso como un niño suplicante.

—Bien. ¿Cuánto quieres?

—Veinte libras por este. Veinticinco por...

—¡Pero qué absurdo! No valen nada en absoluto.

—Puede que lo valgan algún día. Nunca se sabe.

—Estoy bastante segura que no.

—Por favor compra uno. Ese de las vacas no está tan mal.

Se sentó y escribió un cheque.

—Soy una perfecta tonta. Toma esto y comprende que no quiero volver a verte nunca más. ¡Nunca! Nunca serás admitido. No sirve de nada hablarme en la calle. Si lo haces, se lo diré a la policía.

Tomó el cheque con tranquila satisfacción, le tendió la mano y apretó un poco la de ella.

—Cuélgalo con la luz adecuada y no será tan malo...

—Cómprate unas botas nuevas —dijo ella—. Esas son terribles.

—Seguro —dijo y se fue.

Toda esa noche, mientras escuchaba las ironías duras y crepitantes de sus amigas, pensó en el joven. Ella no sabía su nombre. Lo único que sabía de él era que, según su propia confesión, era un sinvergüenza y tenía a su merced una pobre esposa y un niño hambriento. La imagen que se formó de estos tres la atormentaba. Había sido, en cierto modo, honesto por su parte devolver la cigarrera. Ah, pero él sabía, por supuesto, que si no la hubiera devuelto nunca podría haberla vuelto a ver.

Había descubierto de inmediato que ella era una espléndida fuente de suministro, y ahora que había comprado uno de sus miserables cuadros…

Sin embargo no podía ser del todo malo. Nadie que se preocupara tan apasionadamente por las cosas bellas podría ser completamente inútil. ¡La forma en que había ido directamente a la máscara de plata y la miró como si fuera su alma! Sentada a la mesa del comedor, expresando los sentimientos más cínicos, era toda dulzura mientras miraba hacia la pared sobre cuya pálida superficie colgaba la máscara de plata. Había, pensó, una cierta mirada del joven en esa superficie alegre y brillante. ¿Pero dónde?

La mejilla del payaso era gorda, su boca ancha, sus labios gruesos, y sin embargo, sin embargo...

Durante los días siguientes, mientras recorría Londres, miró a su pesar a los transeúntes para ver si él no estaba allí.

Una cosa que pronto descubrió: él era mucho más guapo que cualquier otra persona que ella viera. Pero no era su hermosura lo que la perseguía. ¡Era porque él quería que ella fuera amable con él, y porque ella deseaba, oh, tan terriblemente, ser amable con alguien!

La máscara de plata, se le ocurrió, estaba cambiando gradualmente, la redondez se adelgazaba, una nueva luz entraba en los ojos vacíos. Sin duda era algo hermoso.

Luego, tan inesperadamente como en las otras ocasiones, él apareció de nuevo.

Una noche, cuando ella, de vuelta del teatro, fumaba un último cigarrillo y se disponía a subir las escaleras para ir a la cama, llamaron a la puerta. Por supuesto, todo el mundo tocaba el timbre; nadie probaba la aldaba anticuada con forma de lechuza que ella había comprado, un día de ocio, en una vieja tienda de curiosidades. El golpe le aseguró que era él.

Rose se había ido a la cama, así que fue ella misma a la puerta. Allí estaba él, y con él una chica y un bebé. Todos entraron en la sala de estar y se quedaron torpemente junto al fuego. Fue en ese momento, al verlos a todos juntos, cuando sintió una primera punzada aguda de miedo. De repente supo lo débil que era, parecía que se convertía en agua al verlos, ella, Sonia Herries, cincuenta años, independiente y fuerte, salvo por ese pequeño latido del corazón, sí, que se convertía en agua. Tenía miedo como si alguien le hubiera susurrado una advertencia al oído.

La chica era llamativa, con el pelo rojo y la cara blanca, una cosita delgada y grácil. El bebé, envuelto en un chal, estaba muerto de sueño. Les dio bebidas y el resto de los sándwiches que habían puesto allí para ella. El joven la miró con su encantadora sonrisa.

—No hemos venido a pedirte nada esta vez —dijo él—. Quería que conocieras a mi esposa y que ella viera algunas de tus hermosas cosas.

—Bueno —dijo ella bruscamente—. Sólo puedes quedarte uno o dos minutos. Ya es tarde. Me voy a la cama. Además, te dije que no volvieras a venir aquí.

—Ada me obligó —dijo, señalando a la chica—. Estaba tan ansiosa por conocerte…

La chica nunca dijo una palabra, solo la miró malhumorada.

—Bien. Pero debes irte pronto. Por cierto, nunca me has dicho tu nombre.

—Henry Abbott, y ella es Ada. El bebé también se llama Henry.

—Bien. ¿Cómo te ha ido desde que te vi por última vez?

—¡Ah, bien! Viviendo de la grosura de la tierra.

Pero pronto se quedó en silencio. La chica nunca dijo una palabra. Después de una pausa intolerable, Sonia Herries sugirió que se fueran. No se movieron.

Media hora después ella insistió. Se levantaron. Pero, de pie junto a la puerta, Henry Abbott señaló con la cabeza el escritorio.

—¿Quién te escribe las cartas?

—Nadie. Las escribo yo misma.

—Deberías tener a alguien. Te ahorraría mucho tiempo. Yo las escribiré por ti.

—No, gracias. Eso nunca funcionaría. Buenas noches...

—Vamos. Tampoco tienes que pagarme nada. Ocuparía mi tiempo con algo útil.

—Tonterías… Buenas noches.

Les cerró la puerta.

Ella no podía dormir. Se quedó allí pensando en él. La conmovió, en parte, una ternura maternal hacia ellos que le calentaba el cuerpo (la chica y el bebé parecían tan indefensos allí sentados), en parte un escalofrío de aprensión que le helaba las venas. Bueno, esperaba no volver a verlos nunca más. ¿No? ¿Acaso no miraría sobre su hombro, mientras caminaba por Sloane Street, para ver si por casualidad él andaba por allí?

Tres mañanas después, sucedió. Era una mañana lluviosa y había decidido dedicarla al ajuste de cuentas. Estaba sentada en su mesa cuando Rose lo hizo pasar.

—He venido a escribir tus cartas —dijo.

—No lo creo —dijo ella con aspereza—. Ahora, Henry Abbott, vete. He tenido suficiente.

—Oh, no, todavía no —dijo, y se sentó en su escritorio.

Se avergonzaría para siempre, pero media hora después estaba sentada en la esquina del sofá diciéndole lo que tenía que escribir. Odiaba confesárselo a sí misma, pero le gustaba verlo sentado allí. Él era su compañía. Independientemente de las profundidades en las que se hubiera hundido, sin duda era un caballero. Se portó muy bien esa mañana; escribió con una caligrafía excelente.

Una semana después le dijo a Amy Weston, riéndose:

—Querida, ¿te lo creerías? Tuve que contratar a un secretario. Un joven muy guapo, pero no hace falta que mires por encima del hombro. Sabes que los jóvenes apuestos no significan nada para mí, y él me ahorra una molestia interminable.

Durante tres semanas se portó muy bien, llegando puntualmente, sin insultarla, haciendo en todo lo que ella le sugería. En la cuarta semana, alrededor de la una menos cuarto del día, llegó su esposa. En esta ocasión se veía asombrosamente joven. Llevaba un sencillo vestido gris de algodón. Su cabello pelirrojo y cortado era sorprendentemente vibrante sobre su rostro pálido.

El joven ya sabía que la señorita Herries estaba almorzando sola.

Había visto la mesa puesta para uno con sus simples accesorios. Parecía muy difícil no pedirles que se quedaran. Ella lo hizo, aunque no deseaba hacerlo. La comida no fue un éxito. Los dos juntos eran aburridos, porque el hombre hablaba poco cuando su esposa estaba allí, y la mujer no decía nada en absoluto. Además, los dos eran de alguna manera siniestros.

Los despidió después del almuerzo. Partieron sin protestar. Pero mientras caminaba, ocupada en sus compras esa tarde, decidió que debía deshacerse de ellos de una vez por todas. Era cierto que había sido bastante agradable tenerlo allí; su sonrisa, sus perversos comentarios humorísticos, la sugerencia de que él era una especie de gamin malévolo que se aprovechaba del mundo en general pero la perdonaba porque le gustaba, todo esto la había atraído, pero lo que realmente la alarmó fue que durante todas estas semanas él no había hecho ningún pedido de dinero, de hecho, no había pedido nada.

¡Debe estar acumulando una buena cuenta, debe tener algún plan en la cabeza con el que una mañana la asustaría siniestramente!

Por un momento, a la brillante luz del sol, con el ronroneo del tráfico, el susurro de los árboles a su alrededor, se vio a sí misma con un color sorprendente. Se estaba comportando con una debilidad que era asombrosa.

Su cuerpo robusto, rechoncho, resuelto, su rostro sonrosado y jovial, su fuerte cabello blanco, todo esto desapareció, y en su lugar, casi aferrándose a la barandilla del parque para sostenerse, estaba una viejita tímida con ojos asustados y rodillas temblorosas. ¿Qué había que temer? Ella no había hecho nada malo. Allí estaba la policía a la mano. Nunca antes había sido una cobarde. Sin embargo, se fue a casa con el extraño impulso de dejar su cómoda casita de Walpole Street y esconderse en algún lugar, algún lugar que nadie pudiera descubrir.

Esa noche aparecieron de nuevo, marido, mujer y bebé. Se había acomodado para una agradable velada con un libro y acostarse temprano. Llegó el golpe en la puerta.

En esta ocasión se mostró firme con ellos. Cuando estuvieron reunidos en un pequeño grupo, ella se levantó y se dirigió a ellos.

—Aquí hay cinco libras —dijo—, esto es el final. Si uno de ustedes vuelve a asomar la cara por esta puerta, llamaré a la policía. Ahora váyanse.

La chica dio un pequeño grito ahogado y cayó desmayada a sus pies. Fue un desmayo perfectamente genuino. Rose fue convocada. Se hizo todo lo posible.

—Ella simplemente no ha comido suficiente —dijo Henry Abbott.

Al final (tan decidido y resuelto fue el desmayo) Ada Abbott fue acostada en la habitación de huéspedes y llamaron a un médico. Después de examinarla, este dijo que necesitaba descansar y alimentarse. Este fue quizás el momento crítico de todo el asunto. Si Sonia Herries hubiera estado adecuadamente resuelta en esta crisis y hubiera echado a la familia Abbott, débil y todo, a la calle fría e indiferente, podría haber sido una anciana sana y vigorosa que disfruta del bridge con sus amigos. Sin embargo, fue precisamente aquí cuando su temperamento maternal fue demasiado fuerte para ella.

La pobre joven yacía exhausta, con los ojos cerrados y las mejillas casi del color de la almohada. El bebé (seguramente el bebé más tranquilo jamás conocido) yacía en un catre al lado de la cama. Henry Abbott escribía cartas al dictado en la planta baja. Una vez, Sonia Herries, al mirar la máscara de plata, quedó impresionada por la sonrisa en el rostro del payaso. Ahora le pareció una sonrisa fina y aguda, casi burlona.

Tres días después del colapso de Ada Abbott llegaron su tía y su tío, el señor y la señora Edwards. El señor Edwards era un hombre corpulento, de rostro colorado, modales cordiales y chaleco brillante. La señora Edwards era una mujer delgada, de nariz afilada y voz grave. Era muy, muy delgada y llevaba un gran broche pasado de moda en su pecho plano pero emocional.

Se sentaron uno al lado del otro en el sofá y explicaron que habían venido a preguntar por Ada, su sobrina favorita. La señora Edwards lloró, el señor Edwards fue amistoso y familiar. Desafortunadamente, la señora Weston y un amigo vinieron y llamaron en ese momento. No se quedaron mucho tiempo. Estaban francamente sorprendidos por la pareja Edwards y profundamente sorprendidos por la familiaridad de Henry Abbott. Sonia Herries se dio cuenta de que sacaron las peores conclusiones.

Una semana después, Ada Abbott todavía estaba en la cama en la habitación de arriba. Parecía imposible moverla. Los Edwards eran visitantes constantes. En una ocasión trajeron al señor y la señora Harper y su niña, Agnes. Se disculparon profusamente, pero la señorita Herries entendería que «con el interés que tenían en Ada era imposible permanecer pasivos». Todos se apiñaron en el dormitorio de invitados y miraron con simpatía a la figura pálida con los ojos cerrados.

Entonces sucedieron dos cosas juntas. Rose dio aviso y la señora Weston vino y tuvo una conversación franca con su amiga. Empezó con el comienzo más siniestro:

—Creo que deberías saber, querida, lo que todo el mundo dice...

Lo que todo el mundo decía era que Sonia Herries vivía con un joven rufián de la calle, lo bastante joven para ser su hijo.

—Debes deshacerte de todos ellos de una vez —dijo la señora Weston—, o no te quedará ningún amigo en Londres, cariño.

Abandonada a sí misma, Sonia Herries hizo lo que no había hecho durante años, se echó a llorar.

¿Qué le había pasado? No solo había perdido su voluntad y determinación, sino que se sentía muy mal. Su corazón estaba mal otra vez; no podía dormir; la casa también se estaba desmoronando. Había polvo sobre todo. ¿Cómo iba a reemplazar a Rose? Estaba viviendo una horrible pesadilla. Este espantoso y apuesto joven parecía tener cierta autoridad sobre ella. Sin embargo, él no la amenazó. Todo lo que hizo fue sonreír. Tampoco estaba en lo más mínimo enamorada de él.

Esto debía llegar a su fin o estaría perdida.

Dos días después, a la hora del té, llegó su oportunidad. Los Edwards habían llamado para ver cómo estaba Ada; Ada por fin estaba abajo, muy débil y pálida. Henry Abbott estaba allí, también el bebé. Sonia Herries, aunque se encontraba terriblemente mal, se dirigió a todos con energía, especialmente a la señora Edwards, de nariz afilada.

—Deben entenderlo —dijo ella—. No quiero ser desagradable, pero tengo que considerar mi propia vida. Soy una mujer muy ocupada, y todo esto se me ha impuesto. No quiero parecer brutal. Me alegro de haberte ayudado, pero creo que la señora Abbott está lo suficientemente bien como para irse a casa ahora... Os deseo buenas noches.

—Estoy segura —dijo la señora Edwards, mirándola desde el sofá— de que usted ha sido amable, señorita Herries. Ada lo reconoce, estoy seguro. Pero moverla ahora sería matarla, eso es todo. Cualquier movimiento y ella recaerá.

—No tenemos adónde ir —dijo Henry Abbott.

—Pero la señora Edwards... —empezó a decir la señorita Herries, cada vez más furiosa.

—Solo tenemos dos habitaciones —dijo la señora Edwards en voz baja—. Lo siento, pero justo ahora, con mi esposo tosiendo toda la noche…

—¡Oh, pero esto es monstruoso! —gritó la señorita Herries—. Ya he tenido suficiente. He sido generosa hasta cierto punto...

—¿Y qué pasa con mi paga —dijo Henry—, durante todas estas semanas?

—¡Paga! Bueno, por supuesto... —empezó a decir la señorita Herries.

Entonces se detuvo. Se dio cuenta de varias cosas: estaba sola en la casa, la cocinera se había ido esa tarde. También se dio cuenta de que ninguno de ellos se había movido. Se dio cuenta de que sus cosas (el Sickert, el Utrillo, el sofá) estaban llenas de aprensión. Estaba terriblemente asustada por su silencio, su inmovilidad. Se acercó a su escritorio, y su corazón dio un vuelco, se secó, disparó a través de su cuerpo la agonía más espantosa.

—Por favor —jadeó—. En el cajón... la botellita verde... ¡Oh, rápido! ¡Por favor, por favor!

Lo último de lo que fue consciente fueron las tranquilas y hermosas facciones de Henry Abbott inclinado sobre ella.

Cuando, una semana después, llamó la señora Weston, la chica, Ada Abbott, le abrió la puerta.

—Vine a preguntar por la señorita Herries —dijo—. No la he visto por aquí. Llamé por teléfono varias veces y no obtuve respuesta.

—La señorita Herries está muy enferma.

—Oh, lo siento mucho. ¿Puedo verla?

Los tonos suaves y tranquilos de Ada Abbott la tranquilizaron.

—El doctor no desea que vea a nadie en este momento. ¿Me puede dar su dirección? Le enviaré noticias tan pronto como esté lo suficientemente bien.

La señora Weston se fue. Ella relató el evento a sus amistades.

—Pobre Sonia, está bastante mal. Parece que la están cuidando. En cuanto se mejore iremos a verla.

La vida de Londres se mueve rápidamente. Sonia Herries nunca había sido de gran importancia para nadie. Sus pocos parientes recibieron una nota muy educada asegurándoles que tan pronto como ella estuviera mejor…

Sonia Herries estaba en la cama, pero no en su propia habitación. Estaba en el pequeño dormitorio del ático, últimamente ocupado por Rose, la criada. Yacía al principio en una extraña apatía. Se sentía enferma. Se dormía, despertaba y volvía a dormirse. Ada Abbott, a veces la señora Edwards, a veces una mujer que no conocía, la atendían. Todas eran muy amables. ¿Necesitaba un médico? No, claro que no necesitaba médico, le aseguraron. Se asegurarían de que tuviera todo lo necesario.

Entonces la vida comenzó a fluir de nuevo en ella. ¿Por qué estaba en esta habitación? ¿Dónde estaban sus amigos? ¿Qué era esa horrible comida que le traían? ¿Qué estaban haciendo aquí estas mujeres?

Tuvo una escena terrible con Ada Abbott.

Ella trató de levantarse de la cama. La chica la contuvo, y con facilidad, porque toda la fuerza parecía haber desaparecido de sus huesos. Ella protestó, estaba tan furiosa como su debilidad se lo permitía, luego lloró.

Al día siguiente estaba sola y se levantó de la cama; la puerta estaba cerrada; ella golpeó. No había más sonido que el de sus golpes. Su corazón comenzó de nuevo ese terrible latido estrangulado. Volvió a meterse en la cama. Yacía allí, llorando débilmente. Cuando Ada llegó con algo de pan, algo de sopa, algo de agua, exigió que abrieran la puerta. Dijo que se levantaría, se bañaría y bajaría a su propia habitación.

—No estás lo suficientemente bien —dijo Ada con amabilidad.

—Por supuesto que estoy suficientemente bien. Cuando salga haré que te metan en la cárcel por esto...

—Por favor, no te agites. Es malo para tu corazón.

La señora Edwards y Ada la bañaron. No tenía suficiente para comer. Siempre tenía hambre.

El verano había llegado. La señora Weston fue a Etretat. Todos estaban fuera de la ciudad.

—¿Qué le ha pasado a Sonia Herries? Mabel Newmark le escribió a Agatha Benson. Hace años que no la veo…

Pero nadie tuvo tiempo de preguntar. Había tantas cosas que hacer. Sonia era una buena persona, pero no había sido gran cosa para nadie.

Una vez, Henry Abbott la visitó.

—Siento mucho que no estés mejor —dijo sonriendo—. Estamos haciendo todo lo posible por usted. Es una suerte que estuviéramos cerca cuando estabas tan enferma. Será mejor que firmes estos papeles. Alguien debe ocuparse de tus asuntos hasta que estés mejor. Estarás abajo en una semana o dos.

Mirándolo con los ojos muy abiertos y aterrorizados, Sonia Herries firmó los papeles.

Las primeras lluvias del otoño azotaban las calles. En la sala de estar el gramófono estaba encendido. Ada y el joven señor Jackson, Maggie Trent y el corpulento Harry Bennett estaban bailando. Todos los muebles estaban tirados contra las paredes. El señor Edwards bebía su cerveza; la señora Edwards estaba brindando con los dedos de los pies frente al fuego.

Entró Henry Abbott. Acababa de vender el Utrillo. Su llegada fue recibida con aplausos.

Tomó la máscara de plata de la pared y subió las escaleras. Subió a lo alto de la casa, entró, encendió la luz desnuda.

—¡Oh! ¿Quién? ¿Qué? —una voz aterrorizada vino de la cama.

—Está bien —dijo el otro con dulzura—. Ada te traerá el té en un minuto.

Tenía un martillo y un clavo y colgó la máscara de plata en el papel tapiz moteado, donde la señorita Herries pudiera verla.

—Sé que te gusta —dijo—. Pensé que te gustaría mirarla.

Ella no respondió. Solo miró.

—Querrás algo que mirar —prosiguió—. Estás demasiado enferma, me temo, para volver a salir de esta habitación. Así que será bueno para ti. Algo para mirar.

Salió, cerrando suavemente la puerta detrás de él.

Hugh Walpole (1884-1941)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hugh Walpole.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hugh Walpole: La máscara de plata (The Silver Mask), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Tarn»: Hugh Walpole; relato y análisis.


«El Tarn»: Hugh Walpole; relato y análisis.




El Tarn (The Tarn) es un relato de terror del escritor británico Hugh Walpole (1884-1941), publicado originalmente en la edición de octubre de 1923 de la revista Success, y luego reeditado en numerosas antologías, entre ellas: La gorra negra (The Black Cap); El espino plateado (The Silver Thorn); Un siglo de historias de fantasmas (A Century Of Ghost Stories) y Fantasmas en aldeas rurales (Ghosts in Country Villages);

El Tarn, uno de los mejores cuentos de Hugh Walpole, relata la historia de Foster, un escritor que visita a un viejo conocido, Fenwick, en su remota casa en el Distrito de los Lagos. Ha oído que Fenwick le guarda rencor y está ansioso por arreglar las cosas. Pero Fenwick no está de humor para hacer las paces; de hecho, en las apacibles aguas del Tarn se entrega a voluptuosas fantasías, como retorcer lentamente el cuello de Foster.

SPOILERS.

En la superficie, El Tarn de Hugh Walpole es una brillante historia de celos [en este caso, literarios] y venganza, pero debajo hay más, mucho más. Fenwick, el protagonista, es autor de una novela que ha fracasado rotundamente, mientras que su amigo, Foster, escribió una basura sentimental que resultó ser un éxito. Desde ese momento, Fenwick fantasea con asesinar al despreocupado Foster, a quien culpa de su propio fracaso. Con la intención de reconciliarse [y acaso para regodearse en su victoria], Foster se invita a sí mismo a la casa de Fenwick en el Distrito de los Lagos ingleses, donde se presenta con un falso sentido de la modestia, admitiendo, claro, que tiene algo de talento, «pero no tanto como dice la gente», antes de jactarse de sus premios literarios, sus viajes a Italia y Grecia, y sus ganancias [«Por supuesto, cien libras no es mucho»].

Fenwick lo soporta en silencio, aparentando cierta amistad y receptividad, pero en secreto piensa «en lo agradable que sería hundir los ojos de Foster en su cabeza, muy, muy profundo, haciéndolos crujir, dejando las cuencas vacías, abiertas y ensangrentadas». En este contexto, Fenwick invita a Foster a dar un paseo por un Tarn: un pequeño pero profundo lago en la base de una colina [el término deriva del escandinavo tjörn, el cual describe un pequeño lago de montaña sin afluentes visibles.]. Allí, por fin, Fenwick consuma su venganza al estilo de Edgar Allan Poe. De hecho, Fenwick y Foster bien podrían ser sustitutos de Montresor y Fortunato de El barril de Amontillado (The Cask of Amontillado). Al igual que Montresor, Fenwick solo busca reparar lo que él considera un agravio: el éxito de Foster [ver: Lo Siniestro en los relatos de Edgar Allan Poe]

El tercer personaje de este notable relato de Hugh Walpole es el Tarn, este pequeño pero profundo lago en el regazo de una colina. Es un lugar remoto, y de algún modo parece ejercer una influencia nefasta en Fenwick, como si presionara en su resentimiento para darle ese empujón necesario para pasar de la fantasía a realmente asesinar a Foster:


[«¿Sabes por qué amo este lugar, Foster? Parece pertenecerme especialmente, tanto como tu gloria y fama y éxito parecen pertenecerte a ti. Yo tengo esto y tu tienes aquello. Quizás al final estemos a mano después de todo.»]


Fenwick lleva a Foster hacia un embarcadero y lo ahoga en las sombras del profundo Tarn. De camino a casa, cree que alguien [o algo] lo sigue; incluso cree que su misterioso perseguidor podría ser el propio Tarn «resbalando, deslizándose por el camino». Esto no lo perturba demasiado. Después de todo, Fenwick es un hombre solitario que disfruta pasar el tiempo en el Tarn, pero no encuentra paz esa noche. A la madrugada, el Tarn parece manifestarse en su propio dormitorio, inundándolo, arrastrándolo hacia abajo y, finalmente, ahogándolo. Por la mañana, la criada descubre el cuerpo de Fenwick y una simple jarra de agua volcada.

El Tarn de Hugh Walpole es un cuento muy bien logrado. Hace lo que hace de una manera clásica, y lo hace muy bien, con un estilo elegante y evocador, sobre todo en cuanto a la ambientación y la descripción de los pensamientos homicidas de Fenwick. Lo más desconcertante aquí es el Tarn, que en cierto modo es como el Genius Loci de Clark Ashton Smith; es decir, un egregore o espíritu elemental que presiona sobre las debilidades mentales de su víctima, en este caso, el resentimiento de Fenwick [ver: Los Tulpas y el Horror: nos acecha lo que pensamos]. La manifestación final del Tarn, además de ser innovadora, acaso simboliza el arrepentimiento [no reconocido] de Fenwick por haber asesinado a su único amigo. En cierto modo, la escena final de El Tarn parece ser intencionalmente una versión sobrenatural del final de El corazón delator (The Tell-Tale Heart) [ver: ¿El asesino de «El corazón delator» era una mujer?].

En este sentido, hay que decir que Hugh Walpole era un escritor familiarizado con la fama, moviéndose en los mismos círculos que Henry James y Joseph Conrad; por lo que es probable que también haya estado familiarizado con los celos de Fenwick.

La mayoría de los relatos de Hugh Walpole poseen elementos autobiográficos, por ejemplo, el protagonista suele ser un escritor con una relación conflictiva con un colega. Por supuesto, lo sobrenatural siempre está presente [en este caso, en la figura incierta del Tarn], pero debajo siempre hay un entramado de sutilezas psicológicas en la relación entre dos hombres que, además, son escritores. Este escenario de aislamiento entre dos hombres también está presente en Señora Lunt (Mrs. Lunt), así como los sentimientos conflictivos entre dos hombres, acaso inspirados en las intensas [aunque discretas] relaciones sentimentales de Hugh Walpole con otros escritores. Esto, creo, es lo que constituye buena parte de la corriente subyacente de tristeza y añoranza en los relatos de Hugh Walpole.

El Tarn, sus insondables profundidades reprimidas que emergen de repente, claramente resuenan en la homosexualidad de Hugh Walpole en una época en la que serlo era ilegal.


[«Detrás de ese escarpado pico enorme, negro, como si tuviera un instinto de poder voluntario, alzó la cabeza. Cada vez más inmóvil en estatura, la forma siniestra se elevó entre las estrellas y yo, y aún así, porque eso parecía, con un propósito propio y un movimiento medido, como un ser vivo, y caminó tras de mí.»]


La cita anterior no es de Hugh Walpole, sino de William Wordsworth, el cual versifica una epifanía mientras rema a través de un lago y percibe el paisaje imbuido de una misteriosa vida propia, tangible, pero incomprensible, enfatizando su propia insignificancia como ser humano ante la naturaleza; aunque bien podría tratarse de una descripción de Fenwick de los horrores manifestados por el Tarn. Pero Wordsworth, en vez de asesinar a alguien, se sintió transformado por esta extraña experiencia:


[«Durante muchos días mi cerebro funcionó con un vago e indeterminado sentido. Sobre mis pensamientos colgaba una oscuridad, llámese soledad o abandono. No quedaron imágenes agradables de árboles, del mar o del cielo, ni colores de campos verdes; sino formas enormes y poderosas que no viven como los hombres; se movían lentamente a través de mi mente durante el día, y eran un problema para mis sueños.»]


Fenwick, el protagonista de El Tarn, no menciona a Wordsworth, pero sería difícil creer que un autor británico no estuviese familiarizado con sus escritos, sobre todo porque Fenwick se ha enclaustrado en el Distrito de los Lagos, en una casa cerca de Ullswater, y parece ser el tipo de hombre que, a pesar de repudiarlos, volvería a los escritores románticos para reflexionar sobre los fracasos de su vida.

La influencia de Wordsworth en El Tarn también está presente en la forma en que Fenwick percibe el paisaje [las nubes son «ejércitos fantasmales», las colinas detrás de Ullswater se extienden sobre el «pecho de las llanuras»]. A pesar de todos sus intentos de sofisticación urbana, Fenwick está enamorado de ese paisaje, de «esas curvas, líneas y huecos», y constantemente lo personifica, como cuando menciona las «nubladas colinas púrpura, encorvadas como mantas sobre las rodillas de un gigante yacente». Foster, mucho más insensible, también percibe esa presencia, pero desde otra constitución emocional y psicológica. Para él, las colinas solo son extrañas en el crepúsculo, «como hombres vivos». Donde Fenwick ve belleza, Foster ve una amenaza, aunque no puede articularla claramente.

Hay una sutil alusión al cuento de hadas en El Tarn de Hugh Walpole, más precisamente a la historia del ratón de campo y el ratón de ciudad [ver: Los cuentos de hadas y una Teoría sobre la Imaginación]. En este sentido, Foster es el sofisticado ratón de ciudad que sabe cómo jugar el juego, mientras que Fenwick es el ingenuo ratón de campo que cree que la vida se rige por méritos y esfuerzo. No es casual que Fenwick se haya exiliado en el Distrito de los Lagos y viva en una relativa penuria; menos aun que experimente algo de comodidad mental en el aislamiento físico y cultural. Después de todo, codearse con otros escritores en Londres solo le recordaría su fracaso.

La psicología de toda la situación planteada en El Tarn es intrigante. Según Fenwick, su fracaso es totalmente atribuible a Foster. De alguna manera, éste último siempre ha logrado superar a Fenwick, tomando la dirección de una revista aquí, logrando que su novela sea mejor recibida por la crítica [y publicándola en la misma semana que la de Fenwick]. Al mismo tiempo, la exagerada admiración de Foster por el trabajo de Fenwick no parece del todo sincera; de hecho, parece motivada por el deseo de ser admirado él mismo por alguien que evidentemente lo detesta [«odiaba que alguien pensara mal de él; quería que todos fueran sus amigos»].

De los dos hombres, Fenwick es el más emocionalmente consciente de su Sombra Jungiana. Reconoce la intensidad de su odio por Foster y que no es seguro que se encuentren, es decir, no confía en ser capaz de controlar sus impulsos homicidas. En cuanto a si realmente no quiere amigos, como él afirma, es menos claro. Tengo la sensación de son dos personas profundamente diferentes, pero igualmente vulnerables, que bien podrían haber sido amigos en diferentes circunstancias [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

El vínculo de Fenwick con el Tarn es tal que afirma: «un día me imagino que también me tomará en su confianza y me susurrará sus secretos», mientras que Foster ni siquiera sabe qué es un Tarn, y cuando lo ve solo lo describe como «muy agradable» y «muy bonito. Esta falta de apreciación es significativa. A pesar de su deseo de amistad [auténtico o fingido], Fostr realmente tiene poca idea de lo que mueve a Fenwick. Por otro lado, no hay indicios de que Fenwick planeara asesinar a Foster cuando sugiere que den un paseo nocturno hasta el Tarn, aunque no hay duda de que alberga pensamientos y fantasías violentas. Sin embargo, los pensamientos y las fantasías están lejos de la acción, sobre todo en alguien que ha intentado mantenerse alejado, incluso físicamente, de la fuente de esa violencia.

Uno inmediatamente relaciona al Tarn con el Genius Loci, pero la historia de Clark Ashton Smith establece una relación causal distinta, aunque ligeramente complicada, entre el lugar y la persona [ver: Genius Loci: el espíritu del lugar]. Incluso en Los Sauces ('The Willows), de Algernon Blackwood, se insinúa una especie poder sobrenatural detrás de los eventos [ver: La Llamada de lo Salvaje]. La historia de Hugh Walpole es mucho más ambigua. Por un lado, puede ser que la obsesión de Fenwick con Foster lo impulse a asesinarlo en el Tarn, justo cuando este último confiesa su miedo al agua y relata una experiencia infantil traumática, en la que unos muchachos mayores casi lo ahogan. Es decir, no hay indicios de que Fenwick supiera esto antes de sugerir el paseo al Tarn. Sin embargo, sus fantasías sobre Foster constantemente implican una una acción física directa.

Hugh Walpole es ambiguo incluso en el modus operandi del crimen. Fenwick primero pone sus manos alrededor del cuello de Foster, y luego lo empuja al agua. ¿Cómo funciona esto exactamente? En cualquier caso, una vez cometido el crimen, Fenwick es «consciente de un alivio cálido y lujoso, un sentimiento sensual que no era pensado en absoluto». Rodeado por un silencio que adquiere atributos humanos, Fenwick parece estar en comunión con el propio Tarn [«miró fijamente a Fenwick a la cara con aprobación»]. El Tarn se ha convertido en «el único amigo que tenía en todo el mundo». Hasta se podría decir que es la soledad lo que lo ha vuelto loco:


[«Tuvo la más extraña fantasía, pero su cerebro latía tan ferozmente que no podía pensar: que era el Tarn el que lo estaba siguiendo, el Tarn resbalando, deslizándose a lo largo del camino, estando con él para que no se sintiera solo.»]


A partir de entonces, todo alrededor de Fenwick, cada sonido, insinúa culpabilidad y remordimiento. El clic de la puerta de su dormitorio al cerrarse sugiere el sonido metálico de una celda que se cierra. Sus sentidos se están derrumbando. Dos candelabros le recuerdan la voz de Foster, «lloriqueando con su miserable lamento centelleante». Luego, finalmente, al despertar en la noche, encuentra que su habitación se llena silenciosamente de agua. ¿Qué es lo que lo sujeta del tobillo, luego de los muslos, finalmente presionando sus globos oculares? ¿Acaso al ahogarse uno siente como si estuviera siendo estrangulado o ahorcado? ¿Esto tiene que ver con las manos de Fenwick alrededor del cuello de Foster antes de arrojarlo al Tarn?

Si no fuera por Annie, la criada, que al parecer se refiere a los dos hombres, uno podría preguntarse si Foster realmente existe; o Fenwick, para el caso. El hecho de que ambos nombres empiecen con la misma letra, junto con la naturaleza intensamente antitética de los dos hombres, sugiere la escisión de un personaje en dos en algún momento [tal vez antes del inicio de la historia] y, de hecho, podría explicar la insondable sensación de soledad de Fenwick después del [aparente] asesinato.

El final de El Tarn de Hugh Walpole abre una nueva línea de especulación sobre el punto de vista de la historia. Todo el tiempo se asume que es el de Fenwick, pero en la sección final algo más entra en juego. De hecho, ¿qué hacer con esa última línea?: «En la brisa, una ramita de hiedra golpeó ociosamente contra el cristal de la ventana. Era una hermosa mañana.» Una imagen tan común y, sin embargo, tan extrañamente amenazante. Al final, no sabemos más que al comienzo de la historia. Lo que parecía seguro se ha visto socavado. De hecho, cuanto más de cerca se examina la historia, más frágil se vuelve. Lo que inicialmente parecía tener sentido ya no encaja del todo, pero no está claro por qué podría ser así. Y ahí, en ese hueco donde las cosas no terminan de tener sentido, reside la exquisita rareza de El Tarn. Lo que parece tan ordinario, tan sencillo, se vuelve cada vez más extraño a medida que uno profundiza en ello. Lo cual nos lleva de vuelta a Wordsworth, tal vez, y esas «formas enormes y poderosas que no viven como los hombres» [ver: Tulpas, Seres Interdimensionales y una teoría sobre el Horror]




El Tarn.
El Tarn, Hugh Walpole (1884-1941)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Mientras Foster se movía inconscientemente por la habitación se inclinaba hacia la biblioteca, eligiendo ahora un libro, ahora otro. Su anfitrión observaba los músculos de la parte posterior de su cuello delgado sobresaliendo bajo de franela. Pensó en la facilidad con la que podría apretar ese cuello, y el placer, el placer triunfante, lujurioso, que tal acción le daría.

La habitación baja, de paredes y techo blanco, estaba inundada por el suave y bondadoso sol de Lakeland. Octubre es un mes maravilloso en los lagos ingleses, dorados, ricos y perfumados, soles lentos que se mueven a través de cielos teñidos de albaricoque hacia glorias vespertinas de rubí; las sombras yacen entonces espesas sobre ese hermoso país, en manchas de color púrpura oscuro, en largos patrones de gasa plateada, como telarañas, en gruesas manchas de ámbar y gris. Las nubes pasan en galeones a través de las montañas, ya velando, ya revelando, ya descendiendo con ejércitos fantasmales hasta el mismo seno de las llanuras, elevándose de repente al más suave de los cielos azules y extendiéndose en un color perezoso y lánguido.

La cabaña de Fenwick miraba hacia Low Fells; a su derecha, vistas a través de las ventanas laterales, se extendían las colinas sobre Ullswater.

Fenwick miró la espalda de Foster y se sintió repentinamente mareado, por lo que se sentó, cubriendo sus ojos con la mano. Foster había venido desde Londres para tratar de arreglar las cosas. Era muy propio de Foster querer arreglar las cosas. ¿Cuántos años hacía que lo conocía? Bueno, al menos durante veinte años, y durante todo ese tiempo Foster siempre había estado decidido a arreglar las cosas con todos. Odiaba que alguien pensara mal de él; quería que todos fueran sus amigos. Quizá ésa fuera una de las razones por las que Foster se había llevado tan bien, por la que había prosperado tanto en su carrera; una razón, también, por la que Fenwick no lo había hecho.

Porque Fenwick era lo opuesto a Foster en esto. No quería amigos, ciertamente no le importaba que la gente lo quisiera, es decir, gente a la que, por una u otra razón, despreciaba; y despreciaba a un buen número de personas.

Fenwick miró esa espalda larga, delgada e inclinada y sintió que le temblaban las rodillas. Pronto Foster se daría la vuelta y esa voz aguda y aflautada soltaría algo sobre los libros. ¡Qué libros tan divertidos tienes, Fenwick! ¡Cuántas, cuántas veces en las largas vigilias de la noche, cuando Fenwick no podía dormir, había oído aquella pipa sonando allí cerca, sí, en las sombras mismas de su cama! Y cuántas veces le había respondido Fenwick:

—¡Te odio! ¡Tú eres la causa de mi fracaso en la vida! Siempre has estado en mi camino. ¡Siempre, siempre, siempre! ¡Pobrecito me has pensado, qué gran fracaso, qué tonto engreído! Lo sé. ¡No puedes ocultarme nada! ¡Te oigo!

Durante veinte años, Foster se había interpuesto persistentemente en el camino de Fenwick. Había ocurrido aquel asunto, hacía ya tanto tiempo, cuando Robins había pedido un subeditor para su maravillosa revista, el Partenón, y Fenwick había ido a verlo y habían tenido una conversación espléndida. Qué magníficamente había hablado Fenwick ese día; con qué entusiasmo le había mostrado a Robins (que, de todos modos, estaba cegado por su propia presunción) el tipo de revista que podría ser el Partenón; cómo Robins había captado su propio entusiasmo, cómo había empujado su gordo cuerpo por la habitación, gritando:

—¡Sí, sí, Fenwick, eso está bien! ¡Eso está muy bien! —y cómo, después de todo, Foster había conseguido ese trabajo.

La revista sólo había vivido durante un año más o menos, es cierto, pero la conexión con ella había hecho que Foster adquiriera prominencia, como podría haberlo hecho con Fenwick.

Luego, cinco años más tarde, apareció la novela de Fenwick, El aloe amargo, la novela en la que había invertido tres años de esfuerzo a sangre y lágrimas, y luego, en la misma semana de publicación, Foster saca a la luz El circo, el novela que hizo su nombre; aunque, Dios sabe, la era una basura sentimental. Puedes decir que una novela no puede matar a otra, pero, ¿no es así? Si no hubiera aparecido El circo, ese grupo de sabelotodos londinenses —esa multitud engreída, limitada, ignorante, que sin embargo puede afectar la buena o mala fortuna de un libro— ¿no habría hablado de El aloe amargo? Tal como estaban las cosas, el libro nació muerto y El circo siguió su camino triunfante.

Después de esa hubo muchas ocasiones —algunas pequeñas, otras grandes— y siempre, de un modo u otro, ese cuerpo delgado y flaco de Foster interfirió con la felicidad de Fenwick.

La cosa se había convertido, por supuesto, en una obsesión. Escondido allí, en el corazón de los lagos, sin amigos, casi sin compañía y con muy poco dinero, se entregó a cavilar sobre su fracaso. Era un fracaso y no era culpa suya. ¿Cómo podría ser culpa suya con sus talentos y su brillantez? Era culpa de la vida moderna y su falta de cultura, era culpa del estúpido desorden material que constituía la inteligencia de los seres humanos, y era culpa de Foster.

Fenwick siempre esperó que Foster se mantuviera alejado de él. Y entonces, un día, para su asombro, recibió un telegrama: Estoy de paso. ¿Puedo detenerme allí el lunes o el martes? —Giles Foster.

Fenwick apenas podía creer lo que veía, y luego, por curiosidad, o por algún motivo más profundo y misterioso que no se atrevía a analizar, había telegrafiado: Ven.

Y aquí estaba. Había venido, ¿lo creerías?, a «arreglar las cosas». Había oído de Hamlin Eddis que Fenwick estaba resentido con él.

—No me gustaba que sientas eso, viejo, así que pensé en pasar y discutirlo contigo, ver qué pasaba y arreglarlo.

La noche anterior, después de la cena, Foster había tratado de arreglarlo. Ansiosamente, con los ojos como los de un buen perro que pide un hueso que sabe que merece, había extendido la mano y le había pedido a Fenwick que le «diga qué pasó».

Fenwick simplemente había dicho que no pasaba nada; Hamlin Eddis era un maldito tonto.

—¡Oh, me alegra escuchar eso! —había gritado Foster, saltando de su silla y poniendo su mano sobre el hombro de Fenwick—. Me alegro de eso, viejo. No podría soportar que no fuéramos amigos. Hemos sido amigos por tanto tiempo.

¡Señor! ¡Cómo lo odiaba Fenwick en ese momento!


II

—¡Qué gran cantidad de libros tienes! —Foster se volvió y miró a Fenwick con ojos ansiosos y satisfechos—. ¡Todos son interesantes! También me gusta como los has dispuesto, y esas estanterías abiertas. Siempre me pareció vergüenza encerrara los libros detrás de un vidrio.

Foster se adelantó y se sentó cerca de su anfitrión. Incluso se inclinó hacia adelante y puso su mano sobre la rodilla del otro.

—¡Mira! Lo mencionaré por última vez porque quiero estar completamente seguro. No hay nada malo entre nosotros, ¿verdad, viejo? Sé que me lo aseguraste anoche, pero solo quiero...

Fenwick lo miró y, al examinarlo, sintió el exquisito placer de odio. Le gustó el roce de la mano del en su rodilla; él mismo se inclinó un poco hacia adelante y, pensando en lo agradable que sería hundir los ojos de Foster en su cabeza, muy, muy profundo, crujiéndolos, haciéndolos purpúreos, dejando las cuencas vacías, abiertas y ensangrentadas, dijo:

—Por supuesto que no. Te lo dije anoche.

La mano agarró la rodilla con un poco más de fuerza.

—¡Estoy tan contento! ¡Eso es espléndido! ¡Espléndido! Espero que no me consideres ridículo, pero te he tenido cariño desde que tengo memoria. Siempre he querido conocerte mejor. Admiraba tanto tu talento. Esa novela tuya, la... la... la del aloe...

—¿El aloe amargo?

—Ah, sí. Ese fue un libro espléndido. Pesimista, por supuesto, pero aun así muy bueno. Debería haberle ido mejor. Recuerdo que pensé eso en ese momento.

—Sí, debería haberle ido mejor.

—Sin embargo, tu momento llegará. Lo que digo es que el buen trabajo siempre da frutos al final.

—Sí, mi hora llegará.

La voz fina y aflautada prosiguió:

—He tenido más éxito del que merecía. Oh, sí, lo he tenido. No puedes negarlo. No soy falsamente modesto. Lo digo en serio. Tengo algo de talento, por supuesto, pero no tanto como dice la gente. ¡Y tú! Tienes mucho más de lo que ellos reconocen. Lo tienes, viejo. De hecho lo tienes. Y quizás ese talento se ha acentuado viviendo aquí arriba, encerrado por todas estas montañas, en este clima húmedo, siempre con lluvia. ¡Vaya, estás más allá de todo! No ves a la gente, no hablas con nadie. ¡Vaya, mírame!

Fenwick se volvió y lo miró.

—Paso la mitad del año en Londres, donde uno obtiene lo mejor de todo, la mejor charla, la mejor música, las mejores obras; y luego paso tres meses en el extranjero, Italia o Grecia o algún lugar, y luego tres meses en el campo. Ese es un arreglo ideal. Tienes todo de esa manera.

¡Italia o Grecia o algún lugar!

Algo se revolvió en el pecho de Fenwick, rechinando, rechinando, rechinando. ¡Cómo había anhelado, oh, cuán apasionadamente, una semana en Grecia, dos días en Sicilia! A veces había pensado que podría viajar, pero cuando llegó el momento de contar los centavos... Y ahora este tonto, este cabeza gorda, este satisfecho de sí mismo, engreído, condescendiente...

Se levantó, mirando el sol dorado.

—¿Qué dices si damos un paseo? —sugirió—. Tendremos luz durante una buena hora todavía.


III

Tan pronto como las palabras salieron de sus labios, sintió como si alguien más las hubiera dicho por él. Incluso dio media vuelta para ver si había alguien más allí. Desde la llegada de Foster la noche anterior, había sido consciente de esta sensación. ¿Un paseo? ¿Por qué debería llevar a Foster a dar un paseo, mostrarle su amado país, señalar esas curvas y líneas y huecos, el ancho escudo plateado de Ullswater, las nubes púrpuras de las colinas encorvadas como mantas sobre las rodillas de algún gigante yacente? ¿Por qué? Era como si se hubiera vuelto hacia alguien que estaba detrás de él y le hubiera dicho: Tienes algún otro propósito en esto.

Partieron.

El camino se hundía abruptamente hacia el lago, luego el sendero discurría entre árboles a la orilla del agua. Al otro lado del lago, tonos de luz amarilla brillante, color azafrán, cabalgaban sobre el azul. Las colinas estaban oscuras.

La misma forma en que Foster caminaba revelaba su personalidad. Siempre estaba un poco por delante de ti, empujando su cuerpo largo y delgado con pequeñas sacudidas ansiosas, como si fuera a perderse algo que inmensamente ventajoso para él. Hablaba, lanzando palabras por encima del hombro a Fenwick como arrojas migas de pan a un petirrojo.

—Por supuesto que estaba complacido. ¿Quién no lo estaría? Después de todo, es un premio nuevo. Solo lo han estado otorgando durante uno o dos años, pero es gratificante, realmente gratificante, te lo aseguro. Cuando abrí el sobre y encontré el cheque allí, bueno, podrías haberme derribado con una pluma. Por supuesto, cien libras no es mucho, pero es el honor...

¿Adónde iban? Su destino era tan seguro como si no tuvieran libre albedrío. ¿Libre albedrío? No hay libre albedrío. Todo es Destino. Fenwick de repente se rio en voz alta.

Foster se detuvo.

—¿Qué es?

—¿Qué es qué?

—Te reíste.

—Algo me divirtió.

Foster pasó su brazo por el de Fenwick.

—Es un placer caminar juntos así, del brazo, como amigos. Soy un hombre sentimental. No lo negaré. Lo que digo es que la vida es corta y hay que amar al prójimo. Vives demasiado solo, viejo.

Apretó el brazo de Fenwick.

—Esa es la verdad.

Era una tortura, una tortura exquisita, celestial. Fue maravilloso sentir ese brazo delgado y huesudo presionando contra el suyo. Casi se podía oír el latido de ese otro corazón. Sería maravilloso sentir ese brazo y tomarlo entre las manos y doblarlo y torcerlo y luego escuchar los huesos crujir... crujir... crujir... Maravilloso sentir esa tentación subir por el cuerpo como agua hirviendo y, sin embargo, no ceder a ella. Por un momento, la mano de Fenwick tocó la de Foster. Luego se separó.

—Estamos en el pueblo. Este es el hotel donde todos vienen en el verano. Nos desviaremos a la derecha aquí. Te mostraré mi Tarn.


IV

—¿Tu Tarn? —preguntó Foster—. Perdona mi ignorancia, pero, ¿qué es exactamente un Tarn?

—Un Tarn es un lago en miniatura, un charco de agua que se encuentra en el regazo de la colina. Muy tranquilo, hermoso, silencioso. Algunos son inmensamente profundos.

—Me gustaría ver eso.

—Está a una pequeña distancia por un camino accidentado. ¿Te importa?

—No. Tengo piernas largas.

—Algunos de ellos son inmensamente profundos, insondables, pero silenciosos, como el cristal, solo con sombras...

—¿Sabes, Fenwick? Siempre le he tenido miedo al agua, nunca aprendí a nadar. ¿No es ridículo? Pero todo se debe a que en mi escuela privada, hace años, cuando era un niño pequeño, unos tipos grandes me agarraron y me sujetaron con la cabeza bajo el agua y casi me ahogan. De hecho, lo hicieron. Fueron más lejos de lo que pretendían. Pude verlo en sus rostros.

Fenwick consideró esto. La imagen saltó a su mente. Podía ver a los niños (muchachos grandes y fuertes, probablemente) y a esta cosa flaca como una rana, sus gruesas manos alrededor de su garganta, sus piernas como palos grises saliendo del agua, su risa, su repentina sensación de que algo andaba mal, el cuerpo flaco todo flácido y quieto...

Respiró hondo.

Foster caminaba ahora a su lado, no delante de él, como si tuviera un poco de miedo y necesitara tranquilidad. Efectivamente, el escenario había cambiado. Delante y detrás de ellos se extendía el camino cuesta arriba, suelto con esquisto y piedras. A su derecha, en una loma al pie del cerro, estaban algunas canteras, casi desiertas, pero más melancólicas en la tarde que se desvanecía porque allí aún se continuaba un poco de trabajo; débiles sonidos salían de las chimeneas demacradas, un chorro de agua corría y caía furiosamente en un estanque debajo, una y otra vez una silueta negra, como un signo de interrogación, aparecía contra la colina que se oscurecía.

Era un poco empinado aquí, y Foster resoplaba.

Fenwick lo odiaba aún más por eso. ¡Tan delgado y enjuto y aun así no podía mantenerse en forma!

Tropezaron, manteniéndose debajo de la cantera, en el borde del agua corriente, ahora verde, ahora de un sucio blanco grisáceo, abriéndose camino a lo largo de la ladera de la colina. Sus rostros estaban ahora fijos en Helvellyn, que rodea la copa de las colinas, cerrándose en la base y luego extendiéndose hacia la derecha.

—¡Ahí está el Tarn! —exclamó Fenwick; y luego agregó—: No tendremos tanta luz como esperaba. Ya está oscureciendo.

Foster tropezó y agarró el brazo de Fenwick.

—Este crepúsculo hace que las colinas se vean extrañas, como hombres vivos. Apenas puedo ver el camino.

—Estamos solos aquí —respondió Fenwick—. ¿No sientes la quietud? Los hombres habrán dejado la cantera y se habrán ido a casa. No hay nadie en todo este lugar excepto nosotros. Si observas, verás una extraña luz verde deslizarse sobre las colinas. Dura por un momento y luego oscurece. Ah, aquí está mi Tarn. ¿Sabes cuánto amo este lugar, Foster? Parece pertenecerme especialmente, tanto como todo tu trabajo y tu gloria y fama y éxito parecen pertenecerte a ti. Tengo esto y tienes eso. Quizá al final estemos a la par, después de todo. Sí… Siento como si ese pedazo de agua me perteneciera y yo a él, y como si nunca debiéramos separarnos, sí... Es uno de los profundos. Nadie conoce el fondo. Solo Helvellyn, y un día, espero, me tomará en confianza y me susurrará sus secretos…

Foster estornudó.

—Muy bonito. Muy bonito, Fenwick. Me gusta tu Tarn. Encantador. Y ahora volvamos. Ese es un paseo difícil debajo de la cantera. También hace frío.

—¿Ves ese pequeño embarcadero allí? —dijo Fenwick—. Alguien construyó eso en el agua. Había un bote allí, supongo. Ven y mira hacia abajo. Desde el final del pequeño embarcadero parece tan profundo y las montañas parecen cerrarse alrededor.

Fenwick tomó el brazo de Foster y lo condujo hasta el final del embarcadero. De hecho, el agua parecía profunda aquí. Profunda y muy negra. Foster miró hacia abajo, luego miró hacia las colinas que, de hecho, parecían haberse reunido a su alrededor.

Estornudó de nuevo.

—Me temo que me he resfriado. Volvamos a casa, Fenwick, o nunca encontraremos el camino.

—A casa, entonces —dijo Fenwick, y sus manos se cerraron alrededor del cuello delgado y descarnado.

Por un instante, la cabeza giró a medias y dos ojos extrañamente infantiles y sobresaltados lo miraron fijamente; luego, con un empujón que fue ridículamente simple, el cuerpo fue impulsado hacia adelante, hubo un grito agudo, un chapoteo, un movimiento de algo blanco contra la oscuridad que se acumulaba rápidamente, una y otra vez, luego ondas que se extendían a lo lejos y, entonces, silencio.


V

El silencio se extendió. Habiendo envuelto al Tarn, se extendió como con un dedo en el labio hacia las colinas ya inactivas. Fenwick compartió el silencio. Se deleitaba en él. No se movió en absoluto. Se quedó allí mirando el agua negra como la tinta del lago, con los brazos cruzados, un hombre perdido en pensamientos muy intensos. Pero no estaba pensando. Sólo era consciente de un alivio cálido y lujoso, una sensación sensual que no estaba pensada en absoluto.

¡Foster se había ido, ese tonto aburrido, charlatán, engreído y satisfecho de sí mismo! Ido, para nunca volver. El Tarn pareció asentir. Le devolvió la mirada al rostro de Fenwick con aprobación, como si dijera: «Lo has hecho bien, un trabajo limpio y necesario. Lo hemos hecho juntos, tú y yo. Estoy orgulloso de ti».

Estaba orgulloso de sí mismo. Por fin había hecho algo definitivo con su vida.

El pensamiento, ansioso y activo, comenzaba ahora a inundar su cerebro. Durante todos estos años había estado dando vueltas en este lugar sin hacer nada más que atesorar agravios; ahora, por fin, había acción. Se irguió y miró las colinas. Estaba orgulloso y tenía frío. Estaba temblando. Se levantó el cuello de su abrigo. Sí, estaba esa tenue luz verde que siempre se demoraba en las sombras de las colinas por un breve momento antes de que llegara la oscuridad. Se estaba haciendo tarde.

—Será mejor que regrese.

Temblando tanto que le castañeteaban los dientes, echó a andar por el sendero y luego se dio cuenta de que no deseaba abandonar el lago. El Tarn era amistoso, el único amigo que tenía en todo el mundo.

A medida que avanzaba en la oscuridad, esta sensación de soledad crecía. Iba a casa, a una casa vacía. Había habido un invitado la noche anterior. ¿Quién era? Bueno, Foster, por supuesto, Foster con su risa tonta y sus ojos amables y mediocres. Bueno, Foster no estaría allí ahora. No, nunca volvería a estar allí.

Y de repente Fenwick echó a correr. No sabía por qué, salvo que, al dejar el lago, se sentía solo. Deseó haberse quedado allí toda la noche, pero como hacía frío no pudo, así que ahora estaba corriendo para poder estar en casa con las luces y los muebles familiares.

Mientras corría, el esquisto y las piedras se esparcieron bajo sus pies. Hicieron un ruido extraño, como si alguien más estuviese corriendo también. Se detuvo, y el otro también se detuvo. Respiró en el silencio. Tenía calor ahora. El sudor corría por sus mejillas. Podía sentir un goteo por su espalda dentro de su camisa. Le dolían las rodillas. Su corazón latía con fuerza. Y a su alrededor las colinas estaban tan asombrosamente silenciosas, como nubes de goma, grises contra el cielo nocturno de un cristal púrpura, en cuya superficie, como centelleantes ojos, ahora estaban apareciendo las estrellas.

Sus rodillas se estabilizaron, su corazón latía con menos fuerza y comenzó a correr de nuevo. De repente había doblado una esquina y estaba en el hotel. Sus lámparas eran amables y tranquilizadoras. Caminó entonces por el sendero junto al lago, y si no hubiera sido por la certeza de que alguien caminaba detrás de él, se habría sentido cómodo. Se detuvo una o dos veces y miró hacia atrás, y una gritó: «¿Quién está ahí?»

Sólo respondieron los árboles susurrantes.

Tuvo la más extraña fantasía: el Tarn lo estaba siguiendo, el Tarn resbalando, deslizándose a lo largo del camino, estando con él para que no se sintiera solo. Casi podía oírlo susurrarle: «Lo hicimos juntos, no deseo que cargues con toda la responsabilidad. Me quedaré contigo para que no te sientas solo».

Subió por el camino hacia su casa. Oyó el chasquido de la puerta detrás de él como si lo estuviera encerrando. Entró en la sala de estar, iluminada y limpia. Estaban los libros que Foster había admirado.

Apareció la anciana que lo cuidaba.

—¿Va a tomar un poco de té, señor?

—No, gracias, Annie.

—¿Querrá el otro caballero?

—No, el otro caballero está fuera por la noche.

—¿Entonces solo habrá uno para la cena?

—Sí, sólo uno para la cena.

Se sentó en la esquina del sofá y cayó instantáneamente en un sueño profundo.


VI

Se despertó cuando la anciana le dio un golpecito en el hombro y le dijo que la cena estaba servida. La habitación estaba a oscuras salvo por la luz intermitente de dos velas inciertas. Esos dos candelabros rojos, ¡cómo los odiaba sobre la repisa de la chimenea! Siempre los había odiado, y ahora le parecía que tenían algo de la calidad de la voz de Foster, ese tono delgado, aflautado.

Esperaba en todo momento que Foster entrara y, sin embargo, sabía que no lo haría. Siguió girando la cabeza hacia la puerta, pero allí estaba tan oscuro que no se podía ver. Toda la habitación estaba a oscuras excepto allí, junto a la chimenea, donde los dos candelabros se pusieron a gemir con su miserable voz centelleante.

Entró en el comedor y se sentó, pero no pudo comer nada. Era extraño, ese lugar junto a la mesa donde debería estar la silla de Foster, ahora desnudo, hacía que un hombre se sintiera solo.

Se levantó una vez de la mesa y se acercó a la ventana, la abrió y se asomó. Escuchó en busca de algo, un hilo como de agua corriente, un movimiento a través del silencio, como si un estanque profundo se estuviera llenando hasta el borde. Un susurro en los árboles, tal vez. Un búho ululó; bruscamente, como si alguien hubiera hablado inesperadamente detrás de su hombro. Cerró las ventanas y miró hacia atrás, por debajo de sus cejas oscuras, a la habitación.

Más tarde se fue a la cama.


VII

¿Había estado durmiendo, o había estado acostado perezosamente, como uno lo hace, medio dormitando, sin pensar? Estaba completamente despierto ahora, completamente despierto y su corazón latía con aprensión. Era como si alguien lo hubiera llamado por su nombre. Dormía siempre con la ventana un poco abierta y la persiana subida. Esta noche, la luz de la luna ensombrecía de forma enfermiza los objetos de su habitación. No era un torrente de luz. Era tenue, una luz un poco verde, tal vez, como la sombra que se cernía sobre las colinas justo antes de que oscureciera.

Miró la ventana y le pareció que algo se movía allí. Dentro, o más bien contra la luz gris verdosa, brillaba algo teñido de plata. Fenwick se quedó mirando. Tenía el aspecto, exactamente, de agua corriendo.

¡Agua corriendo!

Escuchó con la cabeza erguida, y le pareció que, más allá de la ventana, percibía el movimiento del agua, que no corría, sino que subía y subía, gorgoteando de satisfacción a medida que se llenaba y se llenaba.

Se sentó más alto en la cama y luego vio que el empapelado debajo de la ventana sin duda estaba goteando. Podía ver el agua tambalearse hacia la madera que sobresalía del alféizar, detenerse y luego resbalar, deslizarse por la pendiente. Lo extraño fue que cayera tan silenciosamente.

Más allá de la ventana se oía ese extraño gorgoteo, pero en la habitación había un silencio absoluto. ¿De dónde podría venir? Vio que la línea de plata subía y bajaba a medida que el arroyo en el alféizar de la ventana subía y bajaba.

Debía levantarse y cerrar la ventana. Sacó las piernas por encima de las sábanas y las mantas y miró hacia abajo.

Gritó.

El suelo estaba cubierto con una brillante película de agua. Estaba subiendo.

Mientras miraba, el agua había cubierto la mitad de las patas cortas y rechonchas de la cama. Sobre el alféizar ahora se derramaba en un flujo constante, pero silencioso. Fenwick se incorporó en la cama, la ropa recogida hasta la barbilla, los ojos parpadeando, la nuez de Adán palpitando como un estrangulador en su garganta.

Pero debía hacer algo, debía detener esto. El agua estaba ahora al nivel de los asientos de las sillas, pero seguía sin hacer ruido. ¡Si pudiera alcanzar la puerta!

Apoyó un pie descalzo en el suelo y volvió a gritar. El agua estaba helada. De repente, inclinándose, mirando su brillo oscuro e ininterrumpido, algo pareció empujarlo hacia adelante. Se cayó. Su cabeza, su rostro, estaba bajo el líquido helado; parecía adhesivo y, en el corazón de su hielo, caliente como cera derretida. Luchó por ponerse de pie. El agua le llegaba a la altura del pecho. Gritó una y otra vez. Podía ver el espejo, la fila de libros, la imagen del Caballo de Durero, distante, impermeable. Golpeó el agua, y las gotas parecieron adherirse a él como escamas de pescado, pegajosas al tacto. Luchó, abriéndose camino hacia la puerta.

El agua ahora estaba en su cuello.

Entonces algo lo había agarrado por el tobillo. Algo lo retuvo. Luchó, gritando:

—¡Déjame ir! ¡Déjame ir! ¡Te digo que me sueltes! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡No bajaré! ¡No lo haré!

El agua le cubrió la boca.

Sintió que alguien le empujaba los globos oculares con los nudillos desnudos. Una mano fría se alzó y atrapó su muslo desnudo.


VIII

Por la mañana, la criada llamó a la puerta y, al no obtener respuesta, entró, como de costumbre, con su agua de afeitar. Lo que vio la hizo gritar. Corrió hacia el jardinero.

Tomaron el cuerpo con los ojos saltones y fijos, la lengua fuera entre los dientes apretados, y lo pusieron sobre la cama.

El único signo de desorden era una jarra de agua volcada. Un pequeño charco de agua en la alfombra.

En la brisa, una ramita de hiedra golpeó ociosamente contra el cristal de la ventana. Era una hermosa mañana.

Hugh Walpole (1884-1941)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hugh Walpole: El Tarn (The Tarn), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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