La ventana sellada: Ambrose Bierce


La ventana sellada (The boarded window) es un relato fantástico del escritor norteamericano Ambrose Bierce, publicado en 1891.

Ambrose Bierce nos relata la historia de un hombre solitario, taciturno, que reside en un aislado y opresivo cubículo en los campos de Ohio. La construcción del cuento recuerda algunos pasajes de Edgar Allan Poe, pero con la ironía y la causticidad típicas de Ambrose Bierce, cuyos horrores jamás se vinculan a la solemnidad de su época.




La ventana sellada.

The boarded window, Ambrose Bierce (1842-1914)

En 1830, a pocas millas de lo que hoy es la gran ciudad de Cincinnati, había un gran bosque casi virgen. La región entera estaba poco poblada y quienes allí vivían eran gentes de la frontera, espíritus pioneros que después de alzar cabañas bastante confortables en la tierra conquistada al bosque, y después de alcanzar una prosperidad que hoy no nos parecía tal, sino pura indigencia, abandonaban todo, empujados por una cierta inquietud, por algo misterioso aunque probablemente debido a su afán de aventura, para dirigirse al oeste y hacer frente a nuevos peligros y a mayores privaciones, hasta conquistar esas escasas comodidades que habían abandonado.

Muchas de aquellas gentes ya se habían marchado hacia tierras remotas, pero permanecía en la región uno de los primeros hombres en llegar. Vivía solo en una cabaña hecha de troncos y rodeada no ya de bosque sino de selva, podría decirse... La cabaña de aquel hombre parecía formar parte del bosque, de tan silenciosa y oscura; y él mismo.

Nadie le había visto jamás esbozar una sonrisa y nadie le había oído decir nunca una palabra de más, ni mucho menos una lisonja. Satisfacía sus pocas necesidades mediante el trueque o la venta de pieles de los animales que cazaba, una actividad a la que se dedicaba, pues nada cultivaba en aquella tierra que, por derecho, podría haber llamado suya sin que ninguna autoridad pudiera reclamársela. El hombre, en cualquier caso, no era un tipo de esos que se abandonan; había hecho mejoras tales, alrededor de su casa, como despejar un espacio de bosque mediante la sencilla aunque dura tarea de tirar con su hacha algunos árboles, de manera que los troncos y las raíces ya podridas de aquéllos se vieron cubiertas de maleza con el paso de los meses. Era conocido que aquel hombre no es que no se preocupara de la agricultura, sino que mostraba cierto desdén hacia los agricultores.

Su cabaña, en la que tenía una buena estufa de leña para calentarse en invierno, una cabaña de techo de tablones sostenidos por vigas transversales, y con los troncos de las paredes recubiertos de barro agrietado con el paso del tiempo, tenía sólo una puerta y una ventana. La ventana, sin embargo, quedó tapiada muy pronto, por decisión del huraño habitante de la cabaña, a tal punto que nadie recordaba haberla visto abierta alguna vez; en realidad casi nadie recordaba haber visto allí una ventana. Y no es que a aquel hombre le disgustasen la luz diurna o el aire puro y vivificante; en las pocas ocasiones en que cualquier otro cazador de la región se adentraba por aquel lugar en lo más profundo del bosque, había visto al huraño tomando el sol a la puerta de su casa, con el rifle descansando sobre sus piernas. Supongo que son pocos los que conocen el secreto de aquella ventana. Yo sí. Hablaré de ello.

Decían que se llamaba Murlock. Aparentaba unos sesenta años, aunque sólo tenía cincuenta. Algo que no eran precisamente los años había contribuido a hacer que el tiempo se le echara encima, envejeciéndolo. Tenía largos el cabello y la barba, muy grises; sus ojos, de un azul grisáceo y muy apagados, parecían hundidos en sus cuencas; su rostro, completamente surcado por arrugas muy profundas que parecían pertenecer a sendos sistemas convergentes, en cualquier caso, era el que mejor se hubiera podido imaginar para su delgadez y su gran estatura. Tenía los hombros caídos, como los hombres que se han desempeñado mucho tiempo cargando y descargando en los muelles.

Yo nunca lo vi, debo decírselo antes que nada; todo lo que sé de él me lo contó mi abuelo, gracias al cual supe también su historia. Mi abuelo incluso lo tuvo por vecino un tiempo, antes de que el huraño decidiera levantar su cabaña en lo más apartado del bosque.

Un día encontraron a Murlock muerto en su cabaña. No era un tiempo en el que abundaran los periódicos, ni mucho menos los forenses, por lo que supongo que todo el mundo pensó que había muerto por causas naturales. De no ser así, me lo habrían dicho y supongo que aún lo recordaría, tengo buena memoria... Sólo sé que, gracias a lo que probablemente era simple sentido común, su cuerpo recibió sepultura cerca de la cabaña que había habitado, donde él, a su vez, había enterrado tiempo atrás a la que fuera su esposa; tanto tiempo atrás que apenas le recordaba ya nadie cuando murió Murlock. Con su muerte, pues, se cierra el capítulo final de su historia. Aunque años después, acompañado por un alma igualmente audaz, entré en el bosque y me aproximé lo suficiente a la cabaña abandonada y casi a punto de irse al suelo, para tirar una piedra y alejarme a toda prisa, como hacen los niños bien informados acerca de la existencia de fantasmas en las casas abandonadas.

Hablemos, sin embargo, de algo más importante, de aquel capítulo referido a Murlock que me contó mi abuelo.

Cuando el hombre levantó la choza y empezó a emplearse con el hacha enérgicamente para hacer un claro, cosa a la que se dedicaba cuando dejaba descansar el rifle que le daba de comer, era joven, fuerte; incluso albergaba ciertas esperanzas, como cualquier aventurero en tierras extrañas e inhóspitas. En la región del este de la que provenía se había casado, como era costumbre en aquel tiempo, con una joven digna, desde luego, de la mayor de sus devociones. Aquella mujer compartía con él peligros y privaciones, siempre con el mejor espíritu y el corazón alegre, henchido también de esperanzas. No sabemos cuál fue su nombre. La tradición, por lo demás, guarda silencio a propósito de sus encantos físicos, por lo que cada cual es libre de creer o no que los tenía.

Pero no permita Dios que yo comparta esas dudas. De su alegría, probable consecuencia de su belleza, hay testimonios suficientes por lo que sabemos de la vida de Murlock una vez quedó viudo. Sólo el magnetismo de un recuerdo imborrable pudo haber encadenado su espíritu siempre aventurero a aquel lugar, una vez que ella su hubo ido.

Un día regresó Murlock de cazar en algún lugar distante de su cabaña, y encontró a su esposa enferma, delirando por culpa de la fiebre. No había un sólo médico en muchas millas a la redonda; tampoco tenían vecinos. No estaba ella en un estado que permitiese dejarla sola para ir en busca de ayuda, por lo que Murlock se dio a prestarle los cuidados debidos. Al tercer día, empero, la mujer perdió el conocimiento y falleció poco después sin volver a recuperarlo.

Gracias a lo que sabemos de un carácter como el de aquel hombre, podemos atrevernos a interpolar algunos detalles en el esbozo del cuadro hecho por mi abuelo.

Cuando comprobó que estaba irremisiblemente muerta, Murlock conservó la calma necesaria, a pesar de su dolor, para recordar que los muertos deben tener entierro, y no sólo eso, sino que deben ser preparados para recibir sepultura. Pero al tratar de llevar a cabo un deber tan sagrado, se equivocó repetidamente; hizo unas cuantas cosas mal, y las que hizo bien, simplemente, las repitió. Sus fracasos en cosas sencillas y comunes no dejaban de sorprenderle, como el borracho que se asombra ante la aparente suspensión de las leyes naturales conocidos, como la del equilibrio. Se sorprendió igualmente de no haber llorado una sola lágrima al verla muerta, a pesar del gran dolor de corazón que sentía, una sorpresa en la que había mucho de vergüenza, pues al fin y al cabo puede que no resulte un detalle, una demostración de cariño.

—Mañana —dijo Murlock en voz alta, como si quisiera convencerse— tendré que hacerle una caja y cavar la tumba; entonces la extrañaré más, cuando ya no pueda verla. Ahora está muerta, pero ha dejado de sufrir. La situación no puede ser tan terrible, por ello, como parece.

De pie junto al cuerpo de su esposa, en la luz que se desvanecía, la peinó mecánicamente, con un cuidado desprovisto de voluntad. Mientras lo hacía corría por su conciencia, como un torrente subterráneo, la convicción de que las cosas sucedían de la manera más natural, de que todo iba según debía, de que el hecho de tenerla a su lado, aunque muerta, explicaba su aparente tranquilidad. En realidad, no sabía cuán fuertemente le había golpeado la pérdida de la esposa. Esa noción, esa conciencia de su dolor, le llegaría después para no abandonarlo ya nunca.

La pena es que un artista que maneja poderes tan diversos como los instrumentos de los que se vale para ejecutar la marcha fúnebre, evocando en algunos seres las notas más brillantes y agudas y en otros los más suaves y graves, esas que vibran de manera recurrente, como el ritmo que marcan los tambores. Algunos espíritus, en un trance doloroso se sobresaltan; otros quedan estupefactos, sin capacidad de reacción. A algunos un trance doloroso como el de Murlock les llega cual si la herida de una flecha se tratase, una herida que irrita y alerta toda su sensibilidad, agudizándosela; a otros, como un mazazo que al aplastar insensibiliza. Podemos suponer que Murlock se vio afectado de esta manera, ya que —y en esto tenemos certezas, no hacemos conjeturas— apenas hubo terminado su piadoso trabajo, se dejó caer en una silla junto a la mesa de la cabaña, donde había puesto el cuerpo de su mujer, y notando cuán blanco parecía su perfil en la espesura de las sombras de la tarde, puso los brazos sobre el borde de la mesa y se dejó caer entre ellos, con los ojos sin derramar aún una lágrima, pero completamente exhausto. Entonces llegó a través de la ventana abierta un sonido largo y sollozante como el grito de un niño perdido en lo más hondo del bosque... Aquel bosque que empezaba a sumirse en la oscuridad. Mas el hombre no se movió. Otra vez, más cerca que antes, se dejó sentir aquel grito ultraterreno. Quizá fuese una bestia del bosque. Quizá fuese un sueño. Murlock agotado, se había quedado dormido.

Horas después, como se llegó a saber posteriormente, el que velaba el cadáver de manera tan descuidada despertó, y levantando la cabeza de entre sus brazos escuchó con atención, sin saber por qué lo hacía... En la negra oscuridad que se hacía alrededor de la muerta, recordando cuanto había pasado, aunque sin sobresaltarse por esa constatación, esforzó sus ojos para ver no sabía bien qué... Tenía los sentidos alerta, la respiración entrecortada; la sangre, detenida en su circulación, parecía ahondar el silencio... ¿Quién se le había aparecido? ¿Qué le había despertado? ¿Dónde estaba?

Repentinamente, la mesa tembló bajo sus brazos; justo en ese momento escuchó, o creyó oírlo, un paso suave y otro y otro... Los pasos de unos pies descalzos.

Aterrorizado e impotente para gritar entonces, o para moverse siquiera, tuvo que esperar y así lo hizo, en la más completa oscuridad ya, a lo largo de un tiempo que fue como siglos de terror. Intentó decir en vano, alargar las manos para tocarla, para comprobar si seguía allí. Creía haberse vuelto mudo. Sus brazos y sus manos parecían de plomo.

Lo que sucedió fue realmente espantoso. Algo sumamente pesado pareció caer sobre la mesa, de forma tal que ésta, estrellándose contra su peso, a punto estuvo de tirarlo al suelo de espaldas; mientras, se oyó y sintió la caída de algo al suelo, con un golpe tan violento que toda la casa pareció sacudida por el impacto. Sucedió a todo aquello algo parecido a un forcejeo y una confusión de sonidos difíciles de describir. Murlock consiguió ponerse de pie. El pánico se había apoderado por completo de sus fuerzas. Haciendo un esfuerzo en verdad denodado, consiguió poner las manos sobre la mesa. Y comprobó que estaba vacía.

Hay un extremo en el que el terror puede llevar a la locura; y la locura incita a la acción. Sin un propósito firme, sin otro motivo que no fuese el desorientado impulso de un loco, Murlock se lanzó contra la pared, con alguna dificultad logró hacerse con su rifle y lo disparó repetidamente a un lado y a otro, sin preocuparse de hacia dónde apuntaba. A la luz de los fogonazos que salían de la bocacha del arma con cada tiro vio un felino salvaje y enorme que arrastraba a la muerta hacia la ventana, con los colmillos clavados en su garganta. Después, la oscuridad más negra que antes; y el silencio aún más hondo.

Cuando volvió en sí el sol estaba alto y el bosque resonaba con los cantos de los pájaros.

El cadáver de la esposa yacía cerca de la ventana, donde lo había dejado aquella bestia cuando huyó asustada por los disparos del rifle de Murlock. La muerta tenía desordenadas las ropas y completamente despeinado el cabello. Mostraba un desmadejamiento absoluto, había manado sangre hasta hacer un charco. Sus diente sostenían aún un pedazo de oreja de la fiera.

Ambrose Bierce (1842-1914)


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Más literatura:
El resumen del cuento de Ambrose Bierce: La ventana sellada (The boarded window) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

¡Arde, Bruja, Arde! Abraham Merritt


¡Arde, bruja, arde! (¡Burn, witch, burn!) es una novela de terror del escritor norteamericano Abraham Merritt, publicada serialmente en 1932 en la revista Argosy.

La historia, verdaderamente macabra, es una de las mejores de Abraham Merritt, y roza algunos tópicos que luego serían lugares comunes en el cine de terror.

Todo comienza con las investigaciones de un doctor, quien sigue la pista de varias muertes misteriosas. Eventualmente se topa con una extraña mujer, una bruja, cuya afición consiste en fabricar muñecas con los cadáveres de sus víctimas.


¡Arde, Bruja, Arde!
Burn, Witch, Burn! A. Merritt (1884-1943)
Pueden leer o descargar gratis ¡Arde, bruja, arde! de Abraham Merritt, aquí:








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El resumen del cuento de Abraham Merritt: ¡Arde, bruja, arde! (¡Burn, witch, burn!) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La leyenda de ciertas ropas antiguas: Henry James


La leyenda de ciertas ropas antiguas (The romance of certain old clothes) es un relato de fantasmas del escritor norteamericano Henry James, escrito en 1868, y publicado en la revista The Atlantic Monthly.

El cuento se convirtió rápidamente en un clásico de la literatura gótica, y pobló casi todas las antologías de relatos fantásticos norteamericanos. Algunos ensayistas, incluso, se basan en La leyenda de ciertas ropas antiguas para dar cuenta de algunos matices de la teoría freudiana sobre Lo siniestro (Unheimlich). Es decir, argumentan en base al relato ya que este evoca una clase de horror muy cercano a la realidad, cuyas aristas familiares son funcionales al efecto inquietante que el autor pretende transmitir.


La leyenda de ciertas ropas antiguas.
The romance of certain old clothes
, Henry James (1843-1916)


Hacia mediados del siglo XVIII vivía en la provincia de Massachusetts una dama viuda, madre de tres hijos. Su nombre es lo de menos; me tomaré la libertad de llamarla señora Willoughby: un apellido, como el suyo auténtico, de sonido altamente respetable. Había perdido a su marido tras unos seis años de matrimonio y se había consagrado al cuidado de su progenie. Su progenie se desarrolló de un modo que recompensó su tierno cariño y cumplió sus más elevadas esperanzas. El primogénito era un varón, a quien había puesto el nombre de Bernard, el mismo del padre. Los otros dos eran niñas, entre cuyos respectivos nacimientos había mediado un intervalo de tres años. La buena apariencia era tradicional en la familia, y no parecía probable que estas infantiles personas fueran a permitir que la tradición pereciera. El muchacho era de esa tez rubia y sonrosada y de esa complexión atlética que en aquel tiempo (al igual que en éste) era marchamo de genuina sangre inglesa: un afectuoso jovencito sincero, estupendo hijo y hermano, y amigo leal. Listo, empero, no era: la inteligencia de la familia había recaído principalmente en sus hermanas. El señor Willoughby había sido un gran lector de Shakespeare, en un tiempo en que semejante afición implicaba mayor penetración espiritual que en nuestros días y en una comunidad donde hacía falta mucho valor para patrocinar el teatro incluso en privado; y había querido dejar constancia de su admiración por el gran poeta poniéndoles a sus hijas nombres sacados de sus obras favoritas. A la mayor le dio el encantador nombre de Viola; y a la menor, el más serio de Perdita, en recuerdo de otra niña nacida entre las dos pero que sólo vivió unas semanas.

Cuando Bernard Willoughby cumplió los dieciséis años, su madre se armó de valor y se dispuso a ejecutar la postrera voluntad de su marido. Había consistido en un apasionado ruego de que, al llegar a la edad apropiada, su hijo fuese enviado a Inglaterra para completar su educación en la universidad de Oxford, que había sido el escenario de sus propios estudios. A la señora Willoughby su hijo le importaba el triple que sus dos hijas juntas; pero le importaban más los deseos de su marido. Conque reprimió sus sollozos, y preparó el baúl de su hijo y su sencilla vestimenta provinciana, y lo envió al otro lado del océano. Bernard fue inscrito en la facultad de su padre y pasó cinco años en Inglaterra, sin grandes honores, la verdad sea dicha, pero con una amplia ración de diversiones y ningún descrédito. Al dejar la universidad realizó un viaje por Francia. En su vigésimotercer aniversario embarcó de regreso a casa, dispuesto a valorar la pobre pequeña Nueva Inglaterra (en aquel tiempo Nueva Inglaterra era muy pequeña) como un lugar de residencia enteramente insoportable. Pero en casa se habían producido cambios, no menos que en las opiniones del señorito Bernard. Halló bastante habitable la casa de su madre, y a sus dos hermanas convertidas en dos guapísimas señoritas, con los mismos talentos y gracias que las jóvenes británicas sumados acierta agradable brusqueriey originalidad propia que, aunque no era un talento, desde luego las hacía aún más graciosas.

Confidencialmente Bernard le aseguró a su madre que sus hermanas no tenían nada que envidiar a las más distinguidas muchachas de Inglaterra; a consecuencia de lo cual la pobre señora Willoughby se envaneció bastante de sus hijas. Tal era la opinión de Bernard, y tal, multiplicada por diez, era la opinión del señor Arthur Lloyd. Este caballero, me apresuro a agregar, era un compañero de estudios del señorito Bernard: un joven de reputada familia, de buen natural y de cuantiosa fortuna; este último accesorio se proponía invertirlo en negocios en este país. Él y Bernard eran íntimos amigos; habían cruzado el océano juntos y el joven norteamericano no había dudado en presentarlo en casa de su madre, donde había causado una impresión tan buena como la que él mismo había recibido y de la cual acabo de suministrar un indicio.

En aquella época las dos hermanas estaban en plena lozanía de su juvenil floración; cada una de ellas, por supuesto, manifestaba esta natural brillantez de la manera que más le cuadraba. Eran disímiles tanto en apariencia como en carácter. Viola, la mayor —de veintidós años recién cumplidos—, era alta y clara, de calmosos ojos grises y cabellos de color castaño rojizo: un muy remoto parecido con la Viola de la comedia de Shakespeare, a la cual imagino como una criatura morena (con permiso de ustedes), pero delgada, briosa, plena de las más tiernas y elevadas emociones. La señorita Willoughby, con su intensa blancura de piel, sus bien torneados brazos, su majestuosa estatura y su pausado hablar, no estaba hecha para la aventura. Nunca se habría puesto unas calzas y una camisa masculinas; y, a decir verdad, siendo una belleza muy corpulenta, acaso es una suerte que no lo hiciera.

También Perdita habría debido cambiar la dulce melancolía de su nombre por algo más en consonancia con su aspecto y temperamento. Era morena a ultranza, baja de estatura, ligera de pies, con ojos oscuros plenos de fuego y animación. Desde niña había sido una criatura de sonrisas y alegría; y, cuando uno hablaba con ella, lejos de hacerlo esperar como era costumbre en su bella hermana (quien lo estudiaba a uno con sus más bien fríos ojos grises), le daba a escoger entre media docena de respuestas antes de que uno hubiera terminado de pronunciar sus frases. Las jóvenes se alegraron muchísimo de volver a ver a su hermano; mas se descubrieron bastante capaces de reservar cierta porción de entusiasmo para destinarla al amigo de su hermano. Entre sus propios amigos y vecinos, la belle jeunesse de la colonia, había muchos jóvenes excelentes, varios admiradores devotos, y unos dos o tres que gozaban de la reputación de irresistibles galanes y conquistadores. Pero los lugareños ardides y la algo ruda galantería de estos honrados colonos incipientes quedaron completamente eclipsados ante la buena apariencia, las elegantes ropas, el respetuoso empressement, la perfecta cortesía, la inmensa cultura, del señor Arthur Lloyd. En realidad no era ningún dechado: era un franco, resuelto, instruido joven, rico en libras esterlinas, en salud y anodinas esperanzas, y en un pequeño capital de afectos por invertir. Pero era un caballero; poseía un hermoso rostro; había estudiado y viajado; hablaba francés, tocaba la flauta y declamaba versos con muy buen gusto. Había una docena de razones para que de sopetón la señorita Willoughby y su hermana menor se volvieran sobremanera exigentes en su elección de amistades masculinas. La imaginación de la mujer está particularmente adaptada a las diversas pequeñas convenciones y misterios de la buena sociedad. La conversación del señor Lloyd les reveló a nuestras jóvenes doncellas de Nueva Inglaterra muchísimo más de lo que él creyó sobre las personas de alcurnia de las capitales europeas. Era fascinante sentarse a oír charlar a él y Bernard sobre las personas extraordinarias y las cosas extraordinarias que ambos habían visto. Tras el té toda la familia solía reunirse alrededor de la chimenea, en el saloncito revestido de madera —por entonces inocente de cualquier propósito de resultar pintoresco o de resultar cualquier otra cosa, a decir verdad, salvo económico, de tal modo que se habían ahorrado los gastos de papeles pintados y colgaduras—, y los dos jóvenes aludían discretamente el uno para el otro, desde los extremos opuestos de la alfombra, esta, esa y aquella aventura. Muchas veces Viola y Perdita habrían dado cualquier cosa por saber exactamente de qué aventura se trataba, y dónde ocurrió, y quién participó, y qué llevaban puesto las mujeres; mas en aquel tiempo no se consideraba correcto que una joven bien educada interviniese en la conversación por iniciativa propia o formulase excesivas preguntas; y por lo tanto las pobres muchachas se parapetaban ansiosas detrás de la curiosidad, más lánguida —o más discreta—, de su madre.

Que las dos eran muy atractivas fue algo que Arthur Lloyd no tardó en descubrir; pero necesitó más tiempo para decidir cuál poseía mayores encantos. Tuvo un fuerte presagio —una sensación de una naturaleza demasiado enteramente alegre para aplicarle el calificativo de ominosa— de que estaba destinado a llevar al altar a una de ellas; sin embargo era incapaz de llegar a una preferencia, y para tal ceremonia ciertamente era indispensable una preferencia, por cuanto Lloyd tenía demasiada sangre joven como para avenirse a la idea de elegir echándolo a suertes y verse desposeído del celestial deleite de enamorarse. Resolvió tomarse las cosas con calma y aguardar hasta que hablara su corazón. Mientras tanto, llevaba una existencia muy agradable. La señora Willoughby hacía gala de una digna indiferencia ante sus “intenciones”, tan lejana de despreocuparse de la honra de sus hijas como de mostrar esa insoportable alacridad por hacerlo comprometerse que tantísimas veces él, en su calidad de joven con posibles, había notado en las venerables damas de sus islas natales. En cuanto a Bernard, lo único que él pedía era que su amigo tratara a sus hermanas como si fueran suyas; y en cuanto a las propias lindas criaturas, por mucho que cada una anhelara secretamente el monopolio de las atenciones del señor Lloyd, se ciñeron a un proceder muy decoroso y humilde y discreto.

En su trato mutuo, empero, ellas estaban algo más a la ofensiva. Eran buenas amigas fraternas, entre las cuales habría hecho falta más de un día para que germinara y fructificara la semilla de los celos; pero ambas pensaban que esa semilla había quedado sembrada el día en que el señor Lloyd llegó a la casa. Cada una determinó que, de no cumplirse sus esperanzas, soportaría la decepción en silencio, y que nadie llegaría a sospechar nada; pues, aunque sentían un fuerte amor, asimismo sentían una fuerte soberbia. Pero cada una rezaba en secreto, pese a todo, para que sobre ella recayera la gloria. Tuvieron necesidad de una gran cantidad de paciencia, de autodominio y de disimulo. En aquel tiempo, una joven que se preciara no podía permitirse hacer ninguna insinuación, ni casi responder, de hecho, a las que se le hacían. Lo correcto era que permaneciera inmóvil en su asiento con la mirada en la alfombra, contemplando el lugar donde caería el mágico pañuelo. El pobre Arthur Lloyd estaba obligado a llevar a cabo su cortejo en el saloncito revestido de madera, bajo la mirada de la señora Willoughby, de Bernard y de su futura cuñada. Pero la juventud y el amor son tan astutos que era posible intercambiar un centenar de minúsculas señas y promesas sin que las detectara ninguno de aquellos tres pares de ojos. Las dos muchachas compartían la misma habitación y el mismo lecho, conque durante largas horas estaban juntas cada una bajo la observación directa de la otra.

Empero, el saberse recíprocamente espiadas no introdujo ni un ápice de diferencia en los pequeños servicios que se prestaban mutuamente, ni en las diversas tareas domésticas que desempeñaban en común. Ninguna desertó ni titubeó ante las silenciosas baterías de la mirada de su hermana. El solo cambio notable que se verificó en sus costumbres fue que ahora tenían menos cosas que contarse una a otra. Era imposible hablar sobre el señor Lloyd y era ridículo hablar sobre cualquier otra cosa. Por tácito acuerdo empezaron a lucir sus mejores ropas y a emplear pequeños instrumentos de coquetería, en forma de cintas y moños y volantes, permitidos por la más incorruptible modestia. De esa misma guisa muda establecieron un pequeño pacto de sinceridad sobre estos delicados menesteres. “¿Quedo mejor así?”, preguntaba Viola, prendiéndose al corpiño un conjunto de cintas y apartando del espejo la mirada para dirigírsela a su hermana. Solemnemente Perdita alzaba la vista de su propia labor y examinaba el ornato. “Creo que sería preferible que añadieras una lazada más”, decía, con gran gravedad, mirando intensamente a su hermana con ojos que agregaban: “Palabra de honor.” Así estaban continuamente cosiendo y modificando sus faldas, y planchando sus muselinas, y urdiendo lociones y pomadas y cosméticos, como las mujeres del hogar del vicario de Wakefield. Transcurrieron unos tres o cuatro meses; ya era pleno invierno y Viola continuaba diciéndose que si Perdita todavía no era capaz de vanagloriarse de algo más que ella, no había mucho que temer de su rivalidad. Pero a estas alturas Perdita, la encantadora Perdita, tenía la impresión de que su secretismo se había vuelto diez veces más precioso que el de su hermana.

Una tarde la mayor de las señoritas Willoughby estaba sentada a solas ante el espejo de su tocador, desenredándose los luengos cabellos. Había empezado a anochecer y cada vez había menos luz; encendió las dos velas a ambos lados del marco del espejo y después se acercó a la ventana para cerrar las cortinas. Era un gris atardecer decembrino: el panorama se veía vacío y desolado y el cielo estaba cubierto de nubes nivosas. Al extremo del amplio jardín al cual daba la ventana había una tapia con una puertecita trasera, que comunicaba con un callejón. Dicha puertecita estaba entreabierta, como borrosamente vio en la creciente oscuridad, y morosamente oscilaba en sus goznes, como si alguien la moviera desde el lado del callejón. Sin duda se trataba de una de las criadas. Pero, cuando se disponía a echar la cortina, Viola vio a su hermana entrar en el jardín y echar a andar apresuradamente por el caminito que conducía hasta la casa. Corrió la cortina, aunque dejando una pequeña rendija para espiar. Mientras Perdita recorría el caminito, parecía examinar un objeto que llevaba en la mano, acercándolo mucho a los ojos. Cuando llegó junto a la casa se detuvo un instante, contempló intensamente el objeto y se lo oprimió contra los labios.

La pobre Viola regresó lentamente a su silla y se sentó ante el espejo, en el cual, de haberlo mirado menos abstraídamente, habría visto sus bellas facciones tristemente desfiguradas por los celos. Un instante después, la puerta se abrió a su espalda y su hermana entró en la habitación sin resuello y con las mejillas encendidas por el aire glacial. Perdita se sobresaltó:

—Qué susto —dijo—. Creía que estabas con mamá. —Las tres mujeres iban a asistir a una merienda, y en tales ocasiones su costumbre era que una de las hijas ayudara a la madre a vestirse. En vez de penetrar, Perdita se quedó junto a la puerta.
—Pasa, pasa —dijo Viola—. Aún nos queda más de una hora. Me gustaría mucho que le hicieras unos cuantos retoques a mi peinado. —Sabía que su hermana quería retirarse y que ella podía ver en el espejo todos sus movimientos en la habitación—. Vamos, ayúdame a peinarme —dijo—, y después yo iré a ayudar a mamá.

De mala gana Perdita acudió a empuñar el cepillo. Vio la mirada de su hermana, en el espejo, firmemente clavada en sus manos. Aún no se lo había pasado tres veces por el cabello cuando Viola aferró su propia mano derecha a la izquierda de su hermana y se levantó de un salto.

—¿De quién es este anillo? —gritó pasionalmente, arrastrándola hacia una luz.

En el dedo corazón de la joven refulgía un anillito dorado, adornado con un par de pequeños rubíes. Perdita decidió que ya no servía de nada guardar secreto, pero que debía efectuar su confesión con audacia.

—Es mío —dijo con orgullo.
—¿Quién te lo ha regalado? —gritó la otra.
Perdita vaciló un instante.
—El señor Lloyd.
—De golpe y porrazo el señor Lloyd se ha vuelto rumboso.
—¡Huy, no —exclamó Perdita, con arrojo—: no de golpe y porrazo! Ha estado ofreciéndomelo desde hace un mes.
—¿Es que necesitas un mes de ruegos para aceptarlo? —dijo Viola, contemplando la pequeña sortija, que en realidad no era extraordinariamente elegante aunque sí la mejor que el joyero de la provincia podía suministrar—. Yo no lo habría aceptado en menos de dos.
—¡No es tanto el anillo —dijo Perdita— cuanto lo que significa!
—Significa que no eres una muchacha decente —gritó Viola—. A ver, ¿mamá está enterada de tu intriga?; ¿y Bernard?
—Mamá ha aprobado mi “intriga”, como tú la llamas. El señor Lloyd ha pedido mi mano, y mamá se la ha concedido. ¿Habrías preferido que te solicitara a ti, hermana?

Viola le dedicó a su hermana una larga mirada, llena de pesadumbre y envidia apasionadas. Después bajó las pestañas sobre las pálidas mejillas y se dio la vuelta. Perdita se hizo cargo de que no había sido una escena agradable; mas la culpa era de su hermana. Pero raudamente la joven de más edad hizo acopio de amor propio, y tornó a encararla:

—Acepta mis felicitaciones —dijo con una débil cortesía—. Te deseo toda la felicidad del mundo, y una muy larga vida.
Perdita se rió amargamente.
—¡No lo digas con ese tono! —exclamó—. Una maldición sería más entusiasta.
Vamos, hermana —agregó—, él no puede casarse con las dos.
—Te deseo muchísimas alegrías —reiteró maquinalmente Viola, tornando a sentarse frente al espejo—, y una muy larga vida, e innumerables hijos.
En el sonido de estas palabras hubo algo que no fue del entero agrado de Perdita.
—¿Me concederás un año, al menos? —dijo—. En un año puedo tener un hijo... o cuando menos una hija. Si me dejas el cepillo, te arreglaré el cabello.
—Gracias —dijo Viola—. Será mejor que vayas con mamá. No es correcto que una joven prometida en matrimonio atienda a una muchacha que no lo está.
—De eso nada —dijo Perdita, bienhumoradamente—. Yo ya tengo a Arthur para atenderme. Tú necesitas mis servicios más de lo que yo necesito los tuyos. Pero su hermana le hizo ademanes para que se fuera, conque ella abandonó la habitación. En cuanto hubo salido, la pobre Viola cayó de rodillas ante el tocador, ocultó la cabeza entre los brazos y derramó un torrente de lágrimas y sollozos. Se sintió muchísimo mejor gracias a esta efusión de pesadumbre. Cuando regresó su hermana, ella insistió en ayudarla a vestirse y en que se pusiera sus mejores galas. La obligó a aceptar un hermoso encaje de su propiedad, declarando que ahora que iba a casarse debía hacer todo cuanto estuviera a su alcance para aparecer digna de la elección de su novio. Ejecutó esas tareas en severo silencio; pero, aun así, hubieron de servir como disculpa y expiación; no se excusó de ninguna otra forma.

Ahora que Lloyd era recibido por la familia en calidad de pretendiente aceptado, únicamente restaba fijar la fecha de la boda. Se concertó para el cercano mes de abril, y durante el intervalo se realizaron diligentes preparativos para la ceremonia. Lloyd, por su parte, estaba ocupado realizando acuerdos comerciales y estableciendo correspondencia con la gran empresa mercantil a la cual estaba vinculado en Inglaterra. Por consiguiente no fue un tan asiduo visitante de la casa de la señora Willoughby como durante los meses de su timidez e irresolución, y la pobre Viola hubo de sufrir menos de lo que había temido a causa del espectáculo de los mutuos arrumacos de los jóvenes novios. En lo tocante a su futura cuñada Lloyd tenía perfectamente tranquila la conciencia. Entre ellos no había sido pronunciada una sola palabra de sentimiento, y no tenía ni la más remota sospecha de que ella codiciara algo más que un fraternal afecto por parte de él. Se sentía muy feliz: la vida se anunciaba plena de venturas, tanto domésticas como financieras. A la sazón las cárdenas nubes de la revuelta de las colonias todavía estaban veinte años por debajo del horizonte, y era absurdo, era blasfemo, temer que su dicha conyugal tomara derroteros trágicos. Mientras tanto, en casa de la señora Willoughby había un mayor rumor de sedas, un más rápido manejo de tijeras y vuelo de agujas que nunca anteriormente. La señora Willoughby se había propuesto que su hija tuviera el ajuar más espléndido que su dinero pudiera comprar o que el país pudiera suministrar.

Fueron convocadas todas las mujeres sabias del condado, y sus gustos aunados fueron inducidos a concentrarse en el vestuario de Perdita. Desde luego no era para ser envidiada la situación de Viola en aquellos momentos. La pobre tenía un irrefrenable amor por los vestidos, y el mejor de los gustos, como sobradamente sabía su hermana. Viola era alta, era exuberante y majestuosa, estaba hecha para portar rígidos brocados y masas de pesados encajes, tales como los propios del atavío de la esposa de un hombre rico. Pero Viola se mantenía apartada, cruzados los hermosos brazos y ausente la mirada, mientras su madre y su hermana y las venerables mujeres antedichas discurrían y cavilaban acerca de sus materiales, abrumadas por la multitud de sus recursos. Un día llegó un hermoso rollo de seda blanca, con brocados de color azul celeste y plata, enviado por el mismísimo novio: en aquel tiempo no se consideraba impropio que el futuro marido contribuyera al trousseau de la novia. A Perdita no se le ocurría ninguna confección y disposición que estuviera a la altura del esplendor de aquella tela:

—El azul es tu color, hermana, más bien que el mío —dijo, con ojos zalameros —. Es una lástima que la tela no sea para ti. Tú sabrías qué hacer con ella.

Viola se levantó de su asiento y se acercó a examinar el gran rollo reluciente, extendido sobre el respaldo de una silla. Después lo tomó en sus manos y lo palpó —amorosamente, como observó Perdita— y se plantó ante el espejo con él. Dejó caer hasta sus pies uno de los extremos y colgó de sus hombros el otro, ciñéndoselo alrededor del talle y dejando su blanco brazo desnudo hasta el codo. Echó hacia atrás la cabeza y contempló su propia imagen, y una trenza de su pelo castaño rojizo cayó sobre la lustrosa superficie de la seda. El efecto era sorprendente. Las mujeres que la rodeaban profirieron un pequeño “¡Oh!” de admiración. “Sí, en efecto —dijo Viola en su fuero interno—, el azul es mi color.” Mas Perdita se dio cuenta de que su imaginación se había disparado y de que ahora se volcaría en la tarea y les resolvería todos sus enigmas modisteriles. Y de hecho lo hizo requetebién, tal como estuvo muy dispuesta a declarar Perdita, sabedora del insaciable amor de su hermana por la mercería. Metros y metros de preciosas sedas y satenes, de muselinas, terciopelos y encajes, pasaron por sus hábiles manos, sin que de sus labios brotara una sola palabra de envidia. Gracias a su laboriosidad, el día de la boda Perdita estaba preparada para lucir mayor número de vanidades de este mundo que cualquier otra temblorosa joven novia que hasta entonces hubiese solicitado la bendición sacramental de un cura de Nueva Inglaterra.

Hablase convenido que la joven pareja viajaría de luna de miel al extranjero para pasar unos días en la mansión campestre de un caballero inglés: un hombre de rango y un muy gentil amigo para con Lloyd. Se trataba de un soltero: se declaró encantado de esfumarse para dejarlos entregados durante una semana a sus caricias y arrullos. Tras la ceremonia en la iglesia —había sido oficiada por un clérigo inglés — la joven señora Lloyd se aprontó a dirigirse a casa de su madre para cambiarse sus galas nupciales por un traje de montar. Viola la ayudó a hacerlo, en la antigua habitacioncita que durante tantos años habían compartido como buenas hermanas.

Luego Perdita fue sin pérdida de tiempo a decir adiós a su madre, dejando que Viola la siguiera. La despedida fue breve: los caballos aguardaban a la puerta y Arthur estaba impaciente por emprender viaje. Mas Viola no la había seguido, conque Perdita regresó a su habitación, abriendo la puerta bruscamente. Como de costumbre, Viola estaba frente al espejo, pero en una situación que hizo que la otra se detuviera paralizada por el asombro. Se había puesto el velo y la guirnalda nupciales de Perdita, y en su cuello tenía el oneroso collar de perlas que la joven había recibido de su marido como regalo de bodas. Estos objetos habían sido dejados de lado apresuradamente, para esperar hasta que su dueña dispusiera de ellos a su regreso de la campiña inglesa. Adornada con estas galas ilegítimas, Viola estaba de pie ante el espejo, hundiendo una prolongada mirada en sus profundidades y teniendo Dios sabe qué audaces visiones. Perdita se sintió escandalizada y dolida. Era una espantosa imagen que resucitaba su antigua rivalidad mutua. Avanzó un paso hacia su hermana, como para arrancarle el velo y las flores. Mas, habiendo percibido la mirada de Viola en el espejo, se detuvo.

—Adiós, Viola —dijo— Por lo menos habrías podido esperar a que me hubiera marchado. —Y apresuradamente salió de la habitación.

El señor Lloyd había comprado una casa en Boston que, según el gusto de aquel tiempo, era considerada un prodigio de elegancia y comodidad; y aquí muy pronto se estableció con su joven esposa. De esta guisa quedó separado de la residencia de su suegra por una distancia de treinta kilómetros. En aquella era de primitivos caminos y transportes treinta kilómetros eran como ciento cincuenta de los actuales, conque la señora Willoughby vio escasamente a su hija durante su primer año de matrimonio. Sufrió no poco por su ausencia; y su pesar no se vio aminorado por la actitud de Viola, quien había caído en un estado de apatía y languidez, que hacía imprescindible para su recuperación un cambio de escenario y ambiente. La verdadera causa del decaimiento de la muchacha será adivinada sin dificultad por el lector. Sin embargo, la señora Willoughby y sus compañeras de cotilleo consideraron que su mal era puramente físico y no dudaron de que obtendría alivio del remedio precitado. En consecuencia su madre gestionó en su nombre una visita a unos parientes de su difunto esposo, residentes en Nueva York, que siempre estaban quejándose de lo poco que veían a sus primos de Nueva Inglaterra. Viola les fue enviada a estas buenas personas, con una escolta apropiada, y permaneció con ellas varios meses. En el intervalo su hermano Bernard, que había empezado a ejercer como abogado, se resolvió a tomar esposa. Viola retornó a casa para la boda, aparentemente curada de su melancolía, con encendidos colores en las mejillas y una orgullosa sonrisa en los labios. Arthur Lloyd se vino desde Boston para asistir a la boda de su cuñado, pero sin su esposa, quien en breve esperaba dar a luz. Hacía casi un año que Viola no lo veía. Se alegró —sin saber muy bien por qué— de que Perdita se hubiera quedado en su casa. Arthur parecía feliz, pero estaba más serio y solemne que antes del matrimonio. A ella se le antojó que tenía un aspecto “interesante”... pues aunque este vocablo en su sentido moderno todavía no había sido inventado, podemos estar seguros de que la idea sí. La verdad es que sencillamente estaba preocupado por el inminente trance de su esposa. Pese a ello, de ningún modo dejó de observar la belleza y esplendor de Viola y cómo casi borraba del mapa a la pobre novia. La asignación que antaño Perdita recibía para comprar ropa le había sido transferida ahora a su hermana, quien ciertamente le sacaba el máximo partido. La mañana inmediatamente posterior a la boda, Lloyd hizo colocar una silla de montar femenina en el caballo del criado que con él se había venido desde la ciudad y salió a dar un paseo ecuestre con Viola. Era una clara mañana contagiosa de enero: el suelo estaba limpio y firme, y los caballos en buenas condiciones..., por no hablar de Viola, que estaba preciosa con su empenachado sombrero y su chaqueta azul de montar forrada con pieles. Cabalgaron toda la mañana, se extraviaron y se vieron obligados a detenerse a almorzar en una alquería. Ya había caído la temprana noche invernal cuando lograron regresar. La señora Willoughby los recibió con cara larga. A mediodía había llegado un mensajero despachado por la señora Lloyd: había empezado a sentirse enferma y anhelaba el inmediato regreso de su marido. El joven profirió una blasfemia al pensar que había perdido varias horas y que cabalgando sin descanso ya habría podido estar junto a su esposa. No accedió a quedarse a tomar un bocado de cenar, sino que montó en el caballo del mensajero y partió al galope.

A medianoche llegó a su hogar. Su esposa había parido una niña.
—Ah, ¿por qué no has estado conmigo? —dijo ella, al llegarse él a la vera de su lecho.
—Había salido cuando se presentó el mensajero. Estaba con Viola —dijo él, inocentemente.

La señora Lloyd articuló un pequeño gemido y volvió la cabeza. Pero la convalecencia iba muy bien, y durante una semana fue ininterrumpida su mejoría. Finalmente, empero, a causa de alguna imprudencia en la dieta o de su afán por abandonar el lecho, se presentaron complicaciones y la pobre mujer empeoró velozmente. Lloyd estaba desesperado. Bien pronto se hizo obvio que la recaída era fatal. La señora Lloyd cobró conciencia de que su fin estaba próximo y declaró que se había resignado a morir. La tercera noche desde que se iniciara el empeoramiento le dijo a su marido que estaba convencida de que no pasaría de esa noche. Hizo salir a los criados, y asimismo le pidió a su madre que abandonara la habitación (la señora Willoughby había llegado el día anterior). Había hecho que trajeran a su hijita a su lecho, y ahora estaba tumbada de costado, con la niña contra su seno, mientras asía las manos de su marido. La lamparilla de noche estaba oculta tras las pesadas cortinas de la cama, pero la estancia era iluminada por un rojizo resplandor procedente del inmenso fuego de leños de la chimenea.

—Resulta extraño morir cerca de un fuego como ése —dijo la joven, débilmente tratando de sonreír—. ¡Ojalá tuviese siquiera una pizca de él en mis venas! Pero se lo he dado todo a esta chispita de humanidad. —Y posó la mirada sobre su hija. Luego alzó los ojos para dedicarle a su marido una larga mirada penetrante. El postrer sentimiento que anidaba en su corazón era de desconfianza. No se había recobrado de la conmoción que Arthur le había producido al enterarla de que en el instante de su tormento él había estado con Viola. Confiaba en su marido casi tanto como lo amaba; pero ahora que iba a abandonar este mundo para siempre, su hermana le inspiraba un escalofriante horror. En el fondo sabía que Viola nunca había dejado de envidiarle su buena suerte; y un año de feliz seguridad no había borrado la imagen de la joven ataviada con sus galas nupciales y sonriendo con imaginado triunfo.

Ahora que Arthur iba a quedar solo, ¿qué no haría Viola? Era hermosa, era insinuante; ¿qué artificios no utilizaría, qué impresión no causaría en el melancólico corazón del joven? En silencio la señora Lloyd miró a su marido. Resultaba difícil, pensándolo bien, dudar de su fidelidad. Sus hermosos ojos rebosaban de lágrimas; su rostro se convulsionaba por los sollozos; el asimiento de sus manos era cálido y apasionado. ¡Cuán noble parecía, cuán tierno, cuán fiel y devoto! “No —pensó Perdita—, no está hecho para una mujer como Viola. Jamás me olvidará. Ni realmente Viola lo ama: lo único que ama es el lujo y los vestidos y las joyas.” Y posó la mirada sobre sus pálidas manos propias, que la generosidad de su marido había cubierto de anillos, y sobre los fruncidos de encaje que formaban el reborde de su camisón. “Viola me envidia más los anillos y los encajes que a mi marido.”

En aquel momento el pensar en la rapacidad de su hermana semejó proyectar una negra sombra entre ella y la indefensa figura de su hijita.
—Arthur —dijo—, tienes que quitarme todos los anillos. No deseo ser enterrada con ellos puestos. Algún día mi hija los llevará: mis anillos y mis encajes y sedas. Hoy he hecho que los sacaran y me los mostraran. Es un magnífico vestuario, no hay ninguno comparable en toda la provincia; puedo decirlo sin vanidad ahora que ya no será mío. Será un magnífico legado para mi hija cuando se haga mayor. En él hay cosas que un hombre no puede comprar dos veces, y si se pierden no hay medio de volver a tenerlas. Conque guárdalas bien. Una docena de ellas se las lego a Viola: ya se las he especificado a mi madre. Le doy aquel vestido de seda recamado de azul y plata; es perfecto para ella; yo sólo lo llevé una vez, no me sentaba nada bien. Pero lo demás debe ser guardado como oro en paño para esta pequeña inocente. Es providencial que su color sea el mismo que el mío; podrá llevar mis vestidos; tiene los ojos de su madre. Ya sabes que las modas se repiten cada veinte años. Podrá llevar mis vestidos sin retocarlos. Hasta que crezca lo suficiente, reposarán envueltos en alcanfor y pétalos de rosa, y conservarán sus colores en la dulcemente perfumada oscuridad. Tendrá el pelo negro, se vestirá con mi satén granate. ¿Me lo prometes, Arthur?

—¿Qué he de prometerte, cariño?
—Prométeme que preservarás los vestidos de tu pobre esposa.
—¿Acaso temes que los venda?
—No, sino que se pierdan. Mi madre los envolverá adecuadamente y tú los guardarás con doble cerradura. ¿Te acuerdas del gran baúl que hay en el ático, reforzado con hierro? Es enorme e inviolable. Ahí podrás meterlos todos. Mi madre y el ama de llaves lo harán y te entregarán la llave. Y tú guardarás la llave en tu secreter y jamás se la entregarás a nadie que no sea tu hija. ¿Me lo prometes?
—Oh, sí, te lo prometo —dijo Lloyd, desconcertado ante la intensidad con que su esposa parecía aferrada a aquel plan.
—¿Lo juras? —insistió Perdita.
—Sí, lo juro.
—Bien..., confío en ti.... confío en ti —dijo la pobre mujer, mirándolo a los ojos con una mirada en que él, si hubiera intuido las vagas aprensiones de ella, habría podido leer una advertencia no menos que una súplica.

Lloyd sobrellevó su pérdida con entereza y hombría. Un mes después de la muerte de su esposa, en el decurso de sus negocios, surgieron circunstancias que le ofrecieron la oportunidad de viajar a Inglaterra. Abrazó tal oportunidad como un remedio contra la tristeza. Estuvo ausente casi un año, durante el cual su hijita quedó bajo los tiernos cuidados y mimos de la abuela. A su regreso volvió a abrir de par en par las puertas de su casa y proclamó su intención de reincorporarse a la vida social como en la época de su esposa. Muy pronto oyéronse predicciones de que no tardaría en casarse de nuevo, y hubo por lo menos una docena de muchachas de quienes se puede decir que no fue por culpa de ellas si, durante seis meses tras su regreso, la predicción se incumplió. Durante este intervalo su hijita siguió en manos de la señora Willoughby, pues ésta le aseveró a su yerno que un cambio de residencia a tan temprana edad era arriesgado para la salud. Finalmente, empero, él declaró que su corazón ansiaba la presencia de la pequeña y que debía serle reintegrada. Mandó su carruaje y su ama de llaves para recogerla. A la señora Willoughby le entró terror de que a su nietecita le ocurriera algún percance por el camino; y, ante la manifestación de tal sentimiento, Viola se ofreció a acompañarla durante el viaje. Podría regresar al día siguiente. Así es que marchó a Boston con su sobrinita, y el señor Lloyd se la encontró ante el umbral de su casa, emocionado de gratitud ante su amabilidad. En vez de regresar al día siguiente, Viola se quedó allí toda la semana; y cuando por fin volvió a su casa, sólo lo hizo para llevarse algunas de sus cosas. Arthur y la niña no querían ni oír hablar de su marcha. La pequeña lloraba y gemía si Viola la dejaba; y ante la visión de su decaimiento Arthur enloquecía y juraba que también ella iba a morir. En definitiva, nada los tranquilizaba excepto que Viola se quedara hasta que la criaturita se hubiere acostumbrado a las caras desconocidas.

El acostumbramiento tardó dos meses en producirse; pues no fue sino hasta que hubo transcurrido este plazo cuando Viola se despidió de su cuñado. La señora Willoughby se había incomodado e irritado ante la prolongada ausencia de su hija: había declarado que no era decorosa y que estaba siendo la comidilla de toda la región. Había transigido únicamente porque, sin la presencia de la joven, su hogar gozó de un inusitado período de paz. Bernard Willoughby continuaba viviendo en casa de su madre, junto con su esposa, y entre ésta y su cuñada existía una amarga hostilidad. Puede que Viola no fuese ningún ángel; pero en los asuntos cotidianos de la vida era una muchacha de suficiente buen talante, y aunque se peleaba con la mujer de Bernard no era sin mediar provocación. Que se peleaba, sin embargo, era algo sobre lo cual no cabía duda, para gran enojo no sólo de su antagonista, sino también de los dos espectadores de estos continuos altercados. Por consiguiente, el vivir en el hogar de su cuñado habría sido delicioso aunque sólo fuera porque así podía apartarse del objeto de sus antipatías en el hogar materno. Lo era doblemente —lo era diez veces más— por cuanto la mantenía cerca del objeto de su antigua pasión. Las reflexiones de la señora Lloyd se habían quedado lejísimos de la verdad, en lo tocante a lo que por su marido sentía Viola. Había sido una pasión al principio y una pasión seguía siendo: una pasión los efluvios de cuyo radiante calor no tardó en notar el señor Lloyd, atemperados para acomodarse al delicado estado de los sentimientos de éste. Como ya he dicho, Lloyd no era ningún dechado; no entraba en su naturaleza guardar una fidelidad eterna. Aún no había compartido muchos días su hogar con su cuñada cuando comenzó a aseverarse para sus adentros que ésta era, como se solía decir en aquel tiempo, diabólicamente atractiva. No es preciso investigar si realmente Viola puso en práctica aquellos insidiosos artificios que su hermana se había sentido tentada de atribuirle. Baste decir que siempre hallaba el modo de aparecerse en su aspecto más favorecedor. Todas las mañanas se sentaba junto a la gran chimenea del comedor, con una labor de ganchillo, mientras a sus pies su sobrinita retozaba sobre la alfombra, o sobre la cola de su vestido, y jugaba con sus ovillos de lana. Muy insensible habría sido Lloyd si hubiese permanecido indiferente a las ricas sugerencias de aquel cuadro encantador. Adoraba portentosamente a su hijita, y nunca se cansaba de cogerla en brazos y de lanzarla al aire para volver a recogerla, haciéndola gorjear de alegría. No pocas veces, sin embargo, se permitía mayores libertades de lo que por ahora la pequeña estaba dispuesta a tolerar, y ésta vociferaba súbitamente su desagrado.

Entonces Viola depositaba la labor y tendía sus bellas manos con la grave sonrisa de una joven cuya virginal imaginación le hubiera revelado todas las artes apaciguadoras de una madre. Lloyd le entregaba la niña, sus miradas se encontraban, sus manos se rozaban, y Viola apagaba los infantiles sollozos sobre los níveos pliegues del tocado que cruzaba su pechera. Su dignidad era perfecta, y nada podía ser menos intrusivo que el modo en que hacía uso de la hospitalidad de su cuñado. Casi se habría podido decir, quizá, que en su reserva había algo de hosquedad. Lloyd experimentaba la provocativa sensación de que ella estaba en la casa y sin embargo era inabordable. Media hora después de la cena, al mismísimo inicio de las largas veladas invernales, ella encendía su vela, le hacía una asaz respetuosa reverencia al joven y marchaba a acostarse. Si esto eran artificios, Viola era una gran artífice. Pero el efecto de los mismos era tan suave, tan paulatino, estaban calculados para influir sobre el alma del joven viudo con un crescendo tan exquisitamente matizado, que, como ya ha visto el lector, hicieron falta varias semanas para que Viola principiara a sentirse segura de que sus ganancias habrían de compensar su desembolso. Una vez que adquirió esta convicción interior, hizo el equipaje y regresó a casa de su madre. Allí esperó durante tres días; al cuarto, el señor Lloyd hizo su aparición: un respetuoso pero apasionado pretendiente. Viola lo escuchó hasta el final con gran humildad y lo aceptó con infinito recato. Es difícil creer que la señora Lloyd le habría perdonado esto a su marido; mas si algo habría podido desarmar su resentimiento habría sido la ceremoniosa continencia de aquella entrevista. Viola le impuso a su novio un brevísimo periodo de noviazgo. Se casaron, como convenía, en la más estricta intimidad, casi en secreto... con la esperanza, tal vez, como a la sazón alguien sugirió maliciosamente, de que la anterior señora Lloyd no llegara a enterarse.

Según toda apariencia el casamiento era venturoso, y cada una de las partes obtenía lo que había deseado: Lloyd una mujer “diabólicamente atractiva”, y Viola... pero hasta ahora los deseos de Viola, como habrá advertido el lector, tienen mucho de misteriosos. En su mutua felicidad hubo, a la hora de la verdad, dos sombras; pero el tiempo podría, acaso, desvanecerlas. Durante los primeros tres años de su matrimonio la señora Lloyd no consiguió ser madre, y por su parte su marido sufrió grandes descalabros económicos. Esta última circunstancia motivó una drástica reducción de gastos, y por fuerza Viola no pudo llevar la vida de una gran dama en la misma medida que su hermana. Se las industrió, no obstante, para representar con ininterrumpida constancia el papel de mujer elegante, aunque hay que confesar que ello requería el despliegue de un ingenio mayor de lo que corresponde a un auténtico sosiego aristocrático. Desde hacía mucho tiempo había comprobado que el suntuoso vestuario de su hermana había sido secuestrado en beneficio de su hija y estaba languideciendo en la desagradecida oscuridad del polvoriento ático. Era indignante pensar que aquellas gloriosas telas esperarían hasta que las reclamase una niña que se sentaba en una sillita y tomaba leche con migas en una cuchara de madera. Viola tuvo el buen gusto, empero, de no hablar del asunto hasta que hubieron expirado varios meses. Entonces, por fin, tímidamente abordó a su marido. ¿No era una lástima que se estropearan tantos vestidos tan hermosos? Pues se estropearían, sin duda, comidos por la polilla, descoloridos por el tiempo y devaluados por los cambios de las modas. Pero Lloyd le ofrendó una negativa tan abrupta y perentoria que ella comprendió que por el momento su aspiración era vana. Transcurrieron seis meses, sin embargo, que trajeron consigo nuevas necesidades y nuevas ocurrencias.

Los pensamientos de Viola se cernían ávidamente sobre las reliquias de su hermana. Subió a examinar el baúl del cual eran prisioneras. En sus tres grandes candados y sus refuerzos de hierro hubo un hosco desafío, que no logró sino acrecentar sus ansias. Había algo exasperante en su incorruptible inviolabilidad. El baúl era como un viejo sirviente canoso y severo que se obstinara en no revelar un secreto de familia. Y además sus vastas dimensiones sugerían un copioso contenido, y cuando Viola golpeó su costado con la punta de la zapatilla se produjo un sonido de estar lleno a rebosar, que la hizo sofocarse de impotentes anhelos.

—¡Es absurdo! —exclamó—. ¡Es una ridiculez, una iniquidad! —Y en el acto determinó llevar a cabo otra tentativa ante su marido. Al día siguiente, después del almuerzo, cuando él se hubo tomado su vino, osadamente ella volvió a la carga. Pero él la interrumpió con gran sequedad:
—De una vez por todas, Viola —dijo—, no hay nada que discutir. Me sentiré gravemente disgustado si vuelves a hablarme de ese asunto.
—Qué bien —dijo Viola—. Me resulta muy agradable enterarme de la valía que se me atribuye. ¡Cielo santo —gritó—, qué mujer tan feliz soy! ¡Es maravilloso sentirse sacrificada a un capricho! —Y sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia y decepción.
Lloyd sentía el natural horror de un hombre bueno a los sollozos de una mujer, y probó —puedo decir condescendió— a explicarse:
—No es un capricho, cariño, es una promesa —dijo—, un juramento.
—¿Un juramento? ¡Bonito motivo de juramentos! Y ¿a quién, si puede saberse?
—A Perdita —dijo el joven, alzando la mirada un instante, pero bajándola de inmediato.
—¡Perdita, ah, Perdita! —Y se desbordó el llanto de Viola. Su pecho se estremeció en tempestuosos sollozos: unos sollozos que eran la retardada
reproducción del violento acceso de llanto que la invadiera la noche en que se enteró del compromiso de su hermana. Se había figurado, en sus mejores momentos, que sus celos habían desaparecido; mas he aquí que volvían a hervir tan fieros como siempre—. Y, si me haces el favor, ¿qué derecho —gritó— tenía Perdita a disponer de mi futuro? ¿Qué derecho tenía a obligarte a la mezquindad y la crueldad? ¡Ah, qué digno lugar ocupo y qué bonito papel represento! ¡Tengo que conformarme con lo que Perdita dejó! Y ¿qué es lo que dejó? ¡Hasta ahora no lo había sabido! ¡Nada, nada, nada!

Esto fue un razonamiento muy endeble, pero un apasionamiento muy efectivo. Lloyd pasó el brazo alrededor del talle de su esposa y trató de darle un beso, pero Viola lo rechazó con olímpico desdén. ¡Pobre hombre! Había ambicionado una mujer “diabólicamente atractiva”, y la había conseguido. Fue insoportable aquel desdén. Salió de la estancia mientras le zumbaban los oídos, indeciso, turbado. Ante él estaba el secreter, y en éste la sagrada llave con que su propia mano había echado el triple cerrojo. Se acercó y lo abrió, y extrajo de un cajón secreto la llave, envuelta en un paquetito que él mismo había sellado con su propio noble blasón heráldico. Teneo, rezaba la divisa: “Yo guardo.” Pero no se atrevió a devolverla a su escondite. La arrojó sobre la mesa ante su esposa.

—¡Quédatela! —gritó ella—. No la quiero. ¡La odio!
—Yo me lavo las manos de este asunto —dijo su marido—. ¡Dios me perdone!

Despectivamente la señora Lloyd se encogió de hombros y se fue de la estancia, mientras el joven se retiraba por otra puerta. Diez minutos más tarde la señora Lloyd volvió y encontró la estancia ocupada por su pequeña hijastra y la niñera. La llave no estaba sobre la mesa. Miró a la niña. La niña estaba subida en una silla, con el paquetito en las manos. Había roto el sello con sus propios deditos. Prestamente la señora Lloyd se apoderó de la llave.

A la hora habitual de la cena Arthur Lloyd regresó de su contaduría. Era el mes de junio y mientras la cena se servía todavía duraba la luz diurna. La comida estaba sobre la mesa, pero la señora Lloyd no comparecía. El criado a quien su señor envió en su busca, volvió diciendo que estaba vacía la habitación de su señora y que las sirvientas lo habían informado de que no había sido vista desde el almuerzo. Lo cierto es que se habían apercibido de su rostro lloroso y, suponiendo que se habría encerrado en su habitación, no habían querido molestarla. Su marido la llamó por su nombre por diversas partes de la casa, pero sin obtener respuesta. Por último se le ocurrió que tal vez la hallaría si se encaminaba al ático. La idea le produjo una extraña sensación de malestar, y les ordenó a los criados que permanecieran en la planta baja, no deseando ningún testigo de su búsqueda. Llegó al pie de las escaleras que conducían al piso superior y se detuvo con la mano en la barandilla, voceando el nombre de su esposa. Le tembló la voz. Llamó de nuevo, en tono más alto y firme. El único sonido que rompió el absoluto silencio fue un débil eco de su propia voz, que repetía su llamada bajo el gran alero. Pese a todo se sintió irresistiblemente impulsado a subir las escaleras. Desembocaban en una amplia sala, flanqueada de armarios de madera y rematada por una ventana orientada a poniente, que dejaba pasar los últimos rayos solares. Ante la ventana estaba el enorme baúl. Ante el baúl, arrodillada, el joven vio con asombro y horror la figura de su esposa. Al instante salvó la distancia que los separaba, privado del habla. La tapa del baúl estaba abierta, exhibiendo, entre perfumadas fundas, su tesoro de telas y joyas. Viola había caído hacia atrás mientras permanecía arrodillada, y había quedado con una mano apoyada en el suelo y la otra oprimida contra el corazón. En sus extremidades había la rigidez de la muerte, y en su rostro, a la moribunda luz del sol, el terror de algo más poderoso que la muerte. Sus labios estaban entreabiertos en súplica, en consternación, en agonía; y en su exangüe cuello destacaban las horrendas huellas de los dedos de dos vengativas manos fantasmales.

Henry James (1843-1916)


Más relatos de Henry James. I Relatos góticos. I Relatos de fantasmas. I Relatos de terror.


Más literatura:
El resumen del cuento de Henry James: La leyenda de ciertas ropas antiguas (The romance of certain old clothes) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El devoto del mal: Clark Ashton Smith


El devoto del mal (The devotee of evil) es un relato de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith, publicado en la edición de 1930 de la revista Stirring Science Stories, y luego reeditado en la colección de cuentos fantásticos de 1933 The Double Shadow: And Other Fantasies.

El vínculo entre Clark Ashton Smith y H.P. Lovecraft se extiende a través de varios relatos. Algunos seres del ciclo de Cthulhu fueron adoptados por Smith, y sus mitos crecen y mutan a lo largo de su obra. Aquí, El devoto del mal nos introduce en una nueva manera de absorber aquellos mitos de Cthulhu: la figura de Philip Hastane.

Philip Hastane, autor apócrifo, es una creación de Clark Ashton Smith. Los conocedores de la obra de Lovecraft aseguran que se trata del alter ego de Smith. Otros han refutado este fallo, declarando que Philip Hastane es nada menos que la versión fantástica de Howard Phillip Lovecraft.


El devoto del mal.
The devotee of evil
, Clark Ashton Smith (1893-1961)


La vieja casa de los Larcom era una mansión de tamaño y dignidad considerables, situada entre robles y cipreses, en la colina detrás del barrio chino de Auburn, en lo que una vez fue el barrio aristocrático del pueblo. En el momento en el que escribo, había estado deshabitada durante varios años y estaba comenzando a dar las señales de soledad y mal estado que las casas sin inquilinos pronto empiezan a mostrar. La casa tenía una historia trágica y se creía que tenía fantasmas. Yo nunca había conseguido informes de primera mano, o precisos, respecto a las manifestaciones espectrales que estaban asociadas con ella. El primer propietario, el juez Peter Larcom, había sido asesinado debajo del techo trasero en la década de los setenta por un cocinero chino loco; una de sus hijas se había vuelto loca; y otros dos de los miembros de su familia habían muerto accidentalmente. Ninguno de ellos había prosperado; su leyenda era una de penas y de desastres.

Algunos de los ocupantes posteriores, quienes habían comprado la casa del hijo superviviente de Peter Larcom, se habían marchado bajo circunstancias de inexplicable premura al cabo de unos meses, mudándose de una manera permanente a San Francisco. No regresaron, ni siquiera para la más breve de las visitas; y, más allá de pagar los impuestos, no prestaron atención alguna a la casa. Todo el mundo había llegado a pensar en ella como en una especie de ruina histórica, cuando llegó la noticia de que había sido vendida a Jean Averaud, de Nueva Orleans. Mi primer encuentro con el señor Averaud resultó extrañamente significativo al revelarme, como no lo hubieran hecho necesariamente años de trato, las peculiares inclinaciones de su mente. Por supuesto, ya estaba al corriente de algunos extraños rumores que corrían en torno a él; su personalidad era demasiado carismática; su llegada, demasiado misteriosa, para escapar a las usuales elucubraciones y cotilleos de los pueblos.

Me habían dicho que era muy rico, que era un solitario del tipo mas extravagante, que había hecho ciertos cambios muy raros en la estructura interna de la vieja casa; y, por último, aunque sin ser lo menos importante, que vivía con una hermosa mulata que nunca hablaba con nadie y de quien se creía era, además de su amante, su ama de llaves. El hombre, en concreto, me había sido descrito por algunos como un lunático raro pero inofensivo, y por otros como un verdadero Mefistófeles. Le había visto varias veces antes de nuestro encuentro inicial. Era un criollo delgado, de aspecto melancólico, con las marcas de su raza en su mejillas huecas y en sus ojos febriles. Me impresionó su aspecto de inteligencia, y la ardiente manera que tenía de fijar la mirada de un hombre que está dominado por una única idea que excluye todo lo demás. Algún alquimista medieval que se creyese a punto de alcanzar su objetivo después de muchos años de búsqueda incansable, podría haber tenido el aspecto que él tenía.

Un día, me encontraba en la biblioteca de Auburn cuando Averaud entró. Había cogido un periódico de una de las mesas, y estaba leyendo los detalles de algún crimen atroz..., el asesinato de una mujer junto a sus dos hijos pequeños por el padre y marido, quien había encerrado a sus víctimas en un armario ropero, después de empapar las prendas con gasolina. Había dejado el cordón del delantal de la mujer saliendo de la puerta cerrada y lo había prendido como si fuese una especie de mecha. Averaud se detuvo ante la mesa en que yo estaba leyendo. Levanté la vista y le vi leyendo los titulares del periódico que yo sostenía. Un momento más tarde, regresó, se sentó junto a mí y me dijo en voz baja:

—Lo que interesa en un crimen de esta clase es la sugerencia de una fuerza sobrehumana actuando detrás. ¿Podría algún hombre, por iniciativa propia, haber planeado y ejecutado algo tan demoniaco?
—No lo sé —repliqué, algo sorprendido ante la pregunta y por quién me la hacía—. Hay profundidades terroríficas en la naturaleza humana..., más terribles que las de la jungla.
—Estoy de acuerdo. Pero ¿cómo semejantes impulsos, desconocidos para los más brutales ancestros del hombre, pueden haberse implantado en su naturaleza, a no ser a través de una agencia ulterior?
—¿Cree usted, entonces, en la existencia de una fuerza o entidad del mal..., en un Satán o en un Ahrimán?
—Creo en el mal. ¿Como podría ser de otra manera, cuando veo sus manifestaciones por todas partes? Lo considero un poder que lo controla todo; pero no creo que sea un poder personal, en el sentido que nosotros entendemos la personalidad. ¿Un Satanás? No. Lo que yo imagino es una especie de vibración oscura, la radiación de un sol negro, un centro de épocas malignas..., una radiación que puede penetrar como cualquier otro rayo... y quizá más profundamente. Pero, probablemente, no me estoy explicando en absoluto.

Protesté diciendo que le entendía; pero, después de su explosión comunicativa, parecía extrañamente desinteresado en continuar con la conversación. Evidentemente, se había visto impulsado a dirigirse a mí; y, de una manera no menos evidente, lamentaba haberse expresado con tanta libertad. Se levantó, pero, antes de marcharse, me dijo:

—Soy Jean Averaud. Quizá usted haya oído hablar de mí. Usted es Philip Hastane, el novelista. He leído sus libros y los admiro. Venga usted a verme en algún momento... Puede que tengamos ciertos gustos e ideas en común.

La personalidad de Averaud, los conceptos que había expuesto, y el intenso interés y valor que había dado a estos conceptos, causaron una singular impresión en mi mente, y no pude olvidarle. Cuando, unos días más tarde, me lo encontré en la calle, y repitió su invitación con una cordialidad que era sincera y sin fingimientos, no pude por menos que aceptar. Estaba interesado, aunque no por completo atraído, por su extraña personalidad morbosa, e impulsado por un deseo de saber algo más concerniente a él. Parecía un misterio de un orden fuera de lo común..., un misterio con elementos de lo anormal y de lo sobrenatural. Los contornos de la vieja mansión Larcom estaban tal y como los recordaba, aunque no había tenido ocasión recientemente para pasar cerca de ellos. Eran una verdadera jungla de rosales, madroños, lilas y enredaderas bajo la sombra de los grandes cipreses y los sombríos robles perennes. Había un salvaje encanto, medio siniestro en su torno..., el encanto del deterioro y de la ruina. Nada se había hecho para arreglar los viejos jardines, y no había señales de reparaciones externas de la casa, donde la pintura blanca de años anteriores estaba siendo reemplazada lentamente por musgos y líquenes que florecían debajo de la eterna sombra de los árboles. Había señales de deterioro en el techo y en las columnas del porche de la entrada; y me pregunté por qué el propietario, que tenía fama de ser tan rico, no había realizado ya las necesarias restauraciones.

Levanté la aldaba con forma de gárgola y la dejé caer con un sonido metálico lúgubre y apagado. La casa permaneció en silencio; y yo estaba a punto de levantar la aldaba de nuevo, cuando la puerta se abrió lentamente y vi, por primera vez, a la mulata sobre la que me habían llegado tantos rumores del pueblo. La mujer era más exótica que hermosa, con finos ojos tristes y facciones de color de bronce de una irregularidad seminegroide. Su tipo era, sin embargo, verdaderamente perfecto, con las líneas curvadas de una lira y la gracia ágil de algún animal felino. Cuando pregunté por Jean Averaud, ella se limitó a sonreír y me hizo señales para que entrase. Supuse al instante que era muda. Esperando en la tenebrosa biblioteca, no pude resistir la tentación de mirar los libros con los que estaban abarrotadas las estanterías. Eran un tremendo revoltijo de volúmenes que trataban sobre antropología, religiones, demonología, ciencias modernas, historia, psicoanálisis y ética. Salpicados entre éstos, había algunas novelas y libros de poesía, la monografía de Breau sobre el maniqueísmo estaba flanqueada con Poe y Byron, y Las flores del mal empujaba a un reciente tratado de química. Averaud entró al cabo de unos minutos, disculpándose profusamente por su retraso. Me dijo que se había encontrado en medio de ciertos trabajos cuando yo había llegado; pero no especificó la naturaleza de los mismos. Parecía todavía más animado y con la mirada más ardiente que la última vez que le había visto. Estaba claramente alegre de verme y deseoso de hablar.

—Has estado mirando mis libros —comentó inmediatamente—, aunque puede que no lo pienses así a primera vista, a causa de su aparente diversidad. Lo he seleccionado con un único objetivo: el estudio del mal en todos los aspectos antiguo, medieval y moderno. Lo he estudiado en todas las religiones y en todas la demonologías de todos los pueblos; y, lo que es más, en la propia historia de la humanidad. Lo he encontrado en la inspiración de los poetas y de los novelistas que han tratado con los impulsos más oscuros del hombre, sus emociones y sus actos. Tus novelas me han interesado por este motivo: eres consciente de las fuertes influencias que nos rodean y que, tan a menudo, nos influyen o nos dominan He seguido la actuación de estos agentes, incluso en las reacciones químicas, en el crecimiento y en la decadencia de los árboles, flores y minerales. Siento que los procesos de descomposición, así como procesos mentales y morales análogos, son debidos por completo a éstos. En resumen, he postulado una maldad monística que es la única fuente de toda la muerte, el deterioro, el dolor, la pena, la locura y la enfermedad. Este mal, tan débilmente opuesto por las fuerzas del bien, me fascina sobre todas las cosas. Desde hace mucho tiempo, la obra de mi vida ha sido determinar su verdadera naturaleza, y retroceder hasta su fuente. Estoy seguro de que en algún lugar del espacio está un centro desde el que emana todo el mal.

Hablaba con un aire de salvaje emoción, de intensidad morbosa como de loco. Su obsesión me convenció de que estaba más o menos desequilibrado; pero había una lógica blasfema en el desarrollo de sus ideas; y no podía por menos que reconocer una cierta desordenada brillantez y profundidad intelectual. Sin esperar mi respuesta, continuó con su monologo:

—He descubierto que ciertos lugares y edificios, ciertos arreglos de objetos naturales o artificiales, son más favorables para la recepción de influencias maléficas que otros. Las leyes que determinan el grado de receptividad aún me resultan oscuras; pero al menos he verificado el propio hecho en cuestión. Como tú sabes, hay casas y vecindarios que son famosos por una sucesión de crímenes y desgracias; y además hay objetos, como ciertas joyas, cuya posesión viene acompañada del desastre. Tales lugares y objetos son receptáculos del mal... Mantengo, sin embargo, una teoría: que hay siempre un grado, mayor o menor, de interferencia con la corriente de fuerza maligna; y que la maldad, pura y absoluta, está aún por manifestarse. Mediante el uso de un determinado artilugio que pudiese crear un campo adecuado o formar una estación receptora, debería ser posible invocar esta maldad absoluta. Bajo condiciones semejantes, estoy seguro de que la vibración oscura podría volverse visible y tangible, comparable a la luz o a la electricidad —me lanzó una mirada que resultaba desconcertantemente exigente. Entonces añadió:

—Debo confesar que adquirí esta vieja mansión principalmente por su siniestra historia. El lugar parece ser inusualmente susceptible a las influencias a las cuales me refiero. Estoy ahora trabajando en un aparato por medio del cual tengo la esperanza de que, cuando esté terminado, haré manifestarse en su esencial pureza las radiaciones de la fuerza maligna.

En ese momento, la mulata entró y atravesó el cuarto ocupada en alguna tarea doméstica. Pensé que lanzaba a Averaud una mirada llena de cariño maternal, vigilancia y ansiedad. Él, por su parte, apenas parecía darse cuenta de su presencia, tan concentrado estaba en sus extrañas ideas y en el extraño proyecto en que se había embarcado. Sin embargo, cuando ella se hubo marchado, comentó:

—Ella es Fifine, el único ser humano que realmente está unido a mí. Es muda, pero muy inteligente y cariñosa. Todos mis parientes, una vieja familia de Louisiana, hace tiempo que han muerto..., y mi esposa está doblemente muerta para mí —un oscuro espasmo de dolor contrajo sus facciones y desapareció. Continuó con su monólogo; y en ningún momento futuro volvió a referirse a la historia, presumiblemente trágica, a la que había hecho alusión; una historia en la que sospecho estaba enterrada la semilla de la extraña perversión, mental y moral, que iría manifestando cada vez más.

Me marché, después de prometer retornar para otra charla. Por supuesto, consideré a Averaud un loco; pero su locura era de una variedad de lo más raro y pintoresco. Parecía significativo que me hubiese elegido como confidente. Todos los demás que le conocieron le encontraron taciturno y poco comunicativo en un grado extremo. Supongo que sentía la necesidad humana ordinaria de desahogarse con alguien; y me seleccionó a mí como la única persona en el vecindario que podría mostrarse potencialmente comprensiva. Le vi varias veces durante el mes siguiente. Era en verdad un auténtico caso clínico en psicología; y le di ánimos para que hablase sin reservas, aunque tales ánimos apenas resultaban necesarios. Me contó muchas cosas, una extraña mezcla de lo científico y lo místico. Educadamente, le di la razón a todo lo que decía, pero me aventuré a llamarle la atención sobre los posibles peligros de su experimento en la invocación, si éste se viese coronado con el éxito. A lo que replicó, con la fe de un alquimista o de un devoto religioso, que no importaba, que estaba preparado para aceptar cualquiera de las posibles consecuencias, o todas las que hubiese. En más de una ocasión, me dio a entender que sus experimentos estaban progresando favorablemente. Y, un día, me dijo abruptamente:

—Si te apetece verlo, te mostraré mi mecanismo.

Contesté que estaba ansioso de verlo, y me condujo a un cuarto al que no me había admitido hasta aquel momento. La habitación era grande, de forma triangular, y decorada con cortinajes de un apagado tejido la negro. No tenía ventanas. Claramente, la estructura interna de la casa había sido alterada al construirla; y las extrañas historias del pueblo, comenzando por los carpinteros que habían sido contratados para hacer la obra, estaban ahora aclaradas. Exactamente en el centro del cuarto, se levantaba, sobre un trípode bajo de bronce, el aparato al que Averaud se había referido tan a menudo. El artilugio era de aspecto fantástico y tenía la apariencia de un nuevo, y muy complicado, instrumento musical. Recuerdo que había muchos alambres de anchura variable, estirados sobre una serie de tableros cóncavos de un metal oscuro y sin brillo; y, por encima de éstos, colgaban, desde tres barras horizontales, cierto número de gongos, cuadrados y triangulares. Cada uno de éstos parecía estar hecho con un material diferente; algunos eran tan brillantes como el oro, otros eran negros y opacos como el carbón. Un pequeño instrumento con forma de martillo colgaba enfrente de cada gongo sujeto por un alambre de plata.

Averaud procedió a desarrollar la base científica de su mecanismo. Las propiedades vibracionales de los gongos estaban diseñadas para neutralizar, según dijo, con el tono de sus sonidos, todas las otras radiaciones cósmicas que no fuesen las del mal. Desarrolló bastante su extravagante teorema, de una manera extrañamente lúcida. Terminó su perorata:

—Necesito otro gongo para terminar mi mecanismo, y éste espero inventarlo muy pronto. El cuarto triangular, forrado de negro y sin ventanas, constituye el entorno ideal para mi experimento. Aparte de este cuarto, no me he atrevido a hacer ningún otro cambio en la casa ni en sus jardines, por miedo de hacer peligrar algún elemento propicio o algún arreglo de objetos.

Consideré, más que nunca, que se trataba de un demente. Y, pese a haber manifestado en múltiples ocasiones aborrecer la maldad que planeaba invocar, noté una especie de fanatismo inverso en su postura, que en alguna época menos científica le habría convertido en un adorador del diablo, un participante en las abominaciones de la misa negra; o se habría entregado al estudio, y a la práctica, de la hechicería. Era un alma religiosa que había fracasado a la hora de encontrar el bien en el esquema de las cosas; y, a falta de éste, se había visto obligado a tomar el mal como un objeto de secreta reverencia.

—Me temo que piensas que soy un desequilibrado —comentó con un fogonazo de repentina clarividencia—. ¿Te gustaría ver un experimento? Aunque mi invento no esté acabado, puede que te convenza de que mi idea no es por completo la fantasía de una mente desequilibrada.

Yo accedí. Apagó las luces del cuarto oscuro. Entonces, se dirigió a una esquina de la pared y apretó un mecanismo o un interruptor oculto. Los alambres de los que estaban colgados los pequeños martillos comenzaron a oscilar, hasta que cada uno de los martillos tocó ligeramente el gongo que le acompañaba. El sonido que produjeron resultaba disonante e inquietante en grado sumo..., una percusión diabólica completamente distinta a nada que yo hubiese escuchado hasta aquel momento, y que resultaba exquisitamente dolorosa para los nervios. Me sentí como si un torrente de cristal, finamente machacado, estuviese siendo vertido por mis oídos. El golpear de los martillos se volvió más rápido y más fuerte; pero, para mi sorpresa, no hubo un incremento correspondiente en el volumen del sonido. Por el contrario, el clamor se fue apagando lentamente, hasta que fue un tono sumergido que parecía emanar de una inmensa profundidad o distancia..., un tono sumergido lleno de inquietud y de tormento, como el llanto de un lejano viento del infierno, o el murmullo de fuegos demoniacos en las costas de un hielo eterno.

Dijo Averaud a mi costado:
—Hasta cierto punto, las notas combinadas de los gongos quedan fuera del campo auditivo humano en su tono. Con la audición de la campana final, incluso menos sonido resultará audible. Cuando estaba intentando digerir esta difícil idea, noté una disminución parcial de la luz encima de los trípodes y de sus extraños aparatos. Un rayo vertical de débil sombra, rodeado de una penumbra aún más débil, se estaba formando en el aire. El propio trípode, y los cables, los gongos y los martillos, estaban ahora un poco desdibujados, como vistos por un oscuro velo. El rayo central y la penumbra parecieron ensancharse; y, bajando la vista al suelo, donde la otra penumbra, ajustándose a las siluetas del cuarto, se arrastraba hasta las paredes, vi cómo Averaud y yo estábamos ahora dentro de su fantasmal triángulo.

Al mismo tiempo, sentí una tristeza insoportable, junto con una multiplicidad de sensaciones que desesperaban a la hora de transmitir por medio del lenguaje. Mi propio sentido del espacio se vio deformado y distorsionado, como si alguna dimensión desconocida se hubiese visto mezclada con la que nos es familiar a nosotros. Había una sensación de terrible caída sin fondo, como si el suelo se estuviese hundiendo por debajo de mí en un foso exterior; y me pareció ir más allá del cuarto en un torrente de revueltas imágenes alucinógenas, visibles pero invisibles, sentidas pero intangibles, y más terribles y más malditas que aquel huracán de almas réprobas que Dante contemplara. Abajo, abajo, me parecía dirigirme, en un infierno sin fondo y fantasmal que estaba infringiendo la realidad. La muerte, la decadencia, la maldad y la locura se amontonaron en el aire y me acosaron como íncubos satánicos en el éxtasis del horror de aquella caída. Sentí que había un millar de formas, un millar de rostros en mi torno, llamándome a las simas de perdición. Y, sin embargo, no vi nada que no fuese el rostro blanco de Averaud, marcado con un gozo congelado y abominable mientras se colocaba a mi lado.

Como un soñador que se obliga a despertar, empezó a alejarse de mí, me pareció perderle de vista durante un momento en la niebla de horrores sin nombre que amenazaban con adquirir el horror adicional de la sustancia. Entonces me di cuenta de que Averaud había apagado el interruptor, y los martillos oscilantes habían dejado de golpear aquellos gongos infernales. El doble rayo de sombra se desvaneció en mitad del aire, la carga del terror y de la desesperación se levantó de mis nervios, y ya no sentí esa maldita alucinación de la caída y del espacio exterior.

—¡Dios mío! —grité—. ¿Qué fue eso?

La mirada de Averaud estuvo llena de una repugnante exaltación en el triunfo cuando se volvió hacia mi.

—Entonces, ¿lo viste y lo sentiste? —preguntó—, ¿esa vaga e imperfecta manifestación del mal perfecto que existe en algún lugar del cosmos? Aún habré de llamarla completa, y conocer los negros e infinitos placeres inversos que acompañan a su epifanía.

Me aparté de él con un temblor involuntario. Todas las cosas repugnantes que se habían abalanzado sobre mí bajo el golpeteo cacofónico de aquellos malditos gongos volvieron a acercarse durante un instante; y miré, con un vértigo lleno de miedo, en infiernos de perversidad y de corrupción. Vi un alma invertida, desesperada de alcanzar el bien, que ansiaba los gozos terribles de la perdición. Ya no le consideré simplemente como un loco; porque sabia qué era lo que buscaba y qué podía obtener, y recordé, con un nuevo sentido, aquel verso de un poema de Baudelaire... “El infierno en el que mi corazón se deleita”.

Averaud no se daba cuenta de mi asco, sumido en su rapsodia tenebrosa. Cuando me di la vuelta para marcharme, incapaz de soportar por más tiempo la blasfema atmósfera de aquel lugar, y la sensación de extraña depravación que emanaba de su propietario, me pidió que volviese tan pronto como fuese posible.

—Creo —dijo exultante— que todo estará listo en breve. Quiero que te encuentres presente durante la hora de mi triunfo.

No sé qué le dije, ni qué excusas empleé para alejarme de él. Ansiaba asegurarme de que un mundo de sol sin sombras y de aire limpio podía aún subsistir. Yo me marché, pero una sombra me siguió; y rostros execrables se burlaban o hacían muecas desde el follaje mientras abandonaba los jardines sombreados por cipreses. Durante los días que siguieron, me encontré en un estado rayano con la alteración neurótica. Nadie podía haberse aproximado tanto como yo lo hice al efluvio primordial del mal, y alejarse sin cicatrices. Apestosas telarañas de sombras envolvieron mis pensamientos, y presencias de miedos sin rasgos, de horror sin forma, se agazapaban en las oscuras esquinas de mi mente, pero nunca se manifestaban por completo. Una sima sin fondo, tan insondable como el Malebolge, parecía abrirse por debajo de mí en todos los lugares adonde iba. A pesar de todo, mi razón volvió a imponerse, y me pregunté si mis sensaciones en el negro cuarto triangular no habían sido por completo un producto de la sugestión o de la autohipnosis. Me pregunté a mí mismo si resultaba creíble que una fuerza cósmica, de la clase que Averaud postulaba, pudiera realmente existir; o, suponiendo que existiese, pudiese ser invocada por cualquier hombre mediante la absurda intermediación de un instrumento musical. Los terrores nerviosos de mi experiencia se desvanecieron un poco en mi recuerdo; y, aunque aún permanecía una molesta incertidumbre, me aseguré a mí mismo que todo lo que había experimentado era puramente subjetivo en su origen. Incluso entonces, fue con una suprema desgana, con un retroceso interior que sólo pudo ser vencido mediante una firme decisión, que me decidí a visitar de nuevo a Averaud.

Durante un periodo aún más largo de lo normal, nadie contestó a mi aldabonazo. Entonces, sonaron pasos apresurados, y la puerta fue abierta violentamente por Fifine. Supe inmediatamente que algo andaba mal, porque su rostro tenía una expresión de temor y ansiedad sobrenaturales, con los ojos desorbitados, y los blancos visibles sin expresión, como si hubiese contemplado cosas horribles. Ella intentó hablar, e hizo ese repugnante sonido inarticulado del que el mudo es capaz en ciertas ocasiones, mientras tiraba de mi manga y me conducía a lo largo del tenebroso pasillo hacia el cuarto triangular. La puerta estaba abierta; y, mientras me acercaba, escuché un murmullo bajo disonante y enmarañado que reconocí como el sonido de los gongs. Era como el sonido de todas las voces de un infierno congelado, emitidas por labios que estuviesen congelándose lentamente hacia la tortura definitiva del silencio. Se hundió y se hundió hasta que parecía que estaba surgiendo desde los fosos por debajo de la nada.

Fifine retrocedió en el umbral, implorándome con una mirada patética que la precediese. Las luces estaban todas encendidas; y Averaud, ataviado con un raro atuendo medieval, consistente en una túnica negra y un gorro como los que Fausto podía haber tenido puestos, estaba de pie junto al mecanismo percusivo. Los martillos estaban todos repicando con rapidez frenética; y el sonido se volvió todavía más bajo y más frenético mientras me acercaba. Averaud no pareció verme: sus ojos, anormalmente dilatados, y ardiendo con un brillo infernal como de alguien poseído, estaban fijos en algo en mitad del aire. De nuevo con toda su asquerosidad capaz de congelar el alma, la sensación de eterna caída, una miríada de horrores que caían como arpías, mientras yo miraba me daba cuenta de qué era lo que veía. Más ancha y más fuerte que antes, una doble columna de sombras triangulares se había materializado y se estaba volviendo cada vez más concreta. Se hinchaba, crecía envolviendo el aparato del gongo y alzándose hasta el techo. La columna interior se volvió tan sólida y opaca como el ébano; y el rostro de Averaud, que estaba de pie en el interior de su sombra tenebrosa, se volvió borroso, como visto por una película de agua estigia. Debí volverme completamente loco durante un rato. Tan sólo recuerdo un hirviente delirio de cosas demasiado terribles como para ser soportadas por una mente cuerda, que habitaban aquel infinito abismo de ilusiones infernales en el que me hundí con la terrible precipitación de los réprobos. Había una enfermedad inexpresable, un vértigo de irredimible descenso, un pandemónium de siniestros fantasmas que retrocedían y se inclinaban en torno a la columna de maligna fuerza omnipotente que lo presidía todo. Averaud era tan sólo otro fantasma mas en medio de este delirio, cuando, con sus brazos estirados en una perversa adoración, avanzó hacia la columna interior y penetró en ella hasta quedar oculto a la vista. Y Fifine fue otro fantasma cuando corrió a mi lado en la pared y apagó el interruptor que accionaba aquellos martillos demoniacos.

Como alguien que sale de un mareo, vi desvanecerse el pilar doble hasta que la luz ya no estuvo manchada con la corrupción de aquella radiación satánica. Y, en el lugar en que había estado, Averaud se hallaba de pie junto al instrumento que había diseñado. Estaba erguido y rígido, en una extraña inmovilidad; y sentí un terror incrédulo, un pasmo helado, mientras avanzaba y le tocaba con mano temblorosa. Porque aquello que yo había tocado ya no era un ser humano, sino una estatua de ébano, cuya cara, frente y dedos eran tan negros como el atavío, propio de Fausto, o las oscuras cortinas. Carbonizados por un fuego negro, o congelados por un negro cierzo, las rasgos tenían el éxtasis y el dolor eterno de Lucifer en su definitivo infierno de hielo. Durante un instante, el mal supremo que Averaud había adorado tan locamente, que había invocado desde las profundidades de un espacio incalculable, se había unido con él mismo; y, al abandonarle, le había dejado petrificado en una imagen de su propia esencia. La forma que yo toqué era más dura que el mármol; y supe que perduraría para siempre como testimonio del poder de la medusa que son la muerte, la corrupción y las tinieblas.

Fifine se había arrojado a los pies de la imagen y abrazaba sus insensibles rodillas. Con sus terribles lamentos de muda en mis oídos, partí por última vez de aquella habitación y de aquella casa. Vanamente, a lo largo de meses de delirio y años de locura, he intentado alejar de mí la intangible obsesión de mis recuerdos. Pero hay un fatal atontamiento en mi cerebro, porque yo también he sido quemado y carbonizado un poco en aquel momento de abrumadora proximidad al rayo oscuro que vino del abismo más allá del universo. En mi mente, al igual que sobre la negra estatua que fuera Jean Averaud, la marca de una cosa, terrible y prohibida, ha sido impresa como un sello perdurable.

Clark Ashton Smith (1893-1961)


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El resumen del cuento de Clark Ashton Smith: El devoto del mal (The devotee of evil) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com