«El sueño»: O. Henry; relato y análisis


«El sueño»: O. Henry; relato y análisis.




El sueño (The Dream) es un relato fantástico del escritor norteamericano O. Henry —seudónimo de William Sidney Porter (1862-1910)—, publicado de manera póstuma en la antología: Los mejor de O. Henry (The Best of O. Henry).

El sueño, uno de los grandes cuentos de O. Henry, narra la historia de un hombre común y corriente y un sueño sumamente perturbador.

Condenado a muerte, Murray aguarda su ejecución. Mientras camina hacia la silla eléctrica, vacila: ¿es aquello un sueño? ¿Se encuentra en realidad en casa, junto a su esposa e hijo?

El sueño es el último relato de O. Henry; de hecho, la muerte lo encontró en la mitad de un párrafo; de modo tal que nunca conoceremos el final que el autor había pensado. Sin embargo, esta cuestión quedaría zanjada gracias al aporte de Jorge Luis Borges.

En 1967, en las páginas del libro: Cuentos breves y extraordinarios, Jorge Luis Borges escribió el final de El sueño de O. Henry, respetando tanto el estilo como la afición por los desenlaces sorpresivos del autor norteamericano. Cualquier similitud entre el sueño de Chuang Tzu y el de O. Henry, Murray, e incluso el propio Borges, es producto de la más elaborada intencionalidad.

Hemos diferenciado en color el último párrafo de El sueño, escrito por Borges.





El sueño.
The Dream, O Henry (1862-1910)

Murray tuvo un sueño.

La psicología vacila cuando intenta explicar las aventuras de nuestro mayor inmaterial en sus andanzas por la región del sueño, gemelo de la muerte. Este relato no quiere ser explicativo: se limitará a registrar el sueño de Murray. Una de las fases más enigmáticas de esa vigilia del sueño, es que acontecimientos que parecen abarcar meses o años, ocurren en minutos o instantes.

Murray aguardaba en su celda de condenado a muerte. Un foco eléctrico en el cielo raso del comedor iluminaba su mesa. En una hoja de papel blanco una hormiga corría de un lado a otro y Murray le bloqueaba el camino con un sobre. La electrocutación tendría lugar a las nueve de la noche. Murray sonrió ante la agitación del más sabio de los insectos.

En el pabellón había siete condenados a muerte. Desde que estaba ahí, tres habían sido conducidos: uno, enloquecido y peleando como un lobo en una trampa; otro, no menos loco, ofrendando al cielo una hipócrita devoción; el tercero, un cobarde, se desmayó y tuvieron que amarrarlo a una tabla.

Se preguntó como responderían por él su corazón, sus piernas y su cara; porque ésta era su noche. Pensó que ya casi serían las nueve. Del otro lado del corredor, en la celda de enfrente, estaba encerrado Carpani, el siciliano que había matado a su novia y a los dos agentes que fueron a arrestarlo. Muchas veces, de celda a celda, habían jugado a las damas, gritando cada uno la jugada a su contrincante invisible.

La gran voz retumbante, de indestructible calidad musical, llamó:

—Y, señor Murray, ¿cómo se siente? ¿Bien?

—Muy bien, Carpani —dijo Murray serenamente, dejando que la hormiga se posara en el sobre y depositándola con suavidad en el piso de piedra.

—Así me gusta, señor Murray. Hombres como nosotros tenemos que saber morir como hombres. La semana que viene es mi turno. Así me gusta. Recuerde, señor Murray, yo gané el último partido de damas. Quizás volvamos a jugar otra vez.

La estoica broma de Carpani, seguida por una carcajada ensordecedora, más bien alentó a Murray; es verdad que a Carpani le quedaba todavía una semana de vida.

Los encarcelados oyeron el ruido seco de los cerrojos al abrirse la puerta en el extremo del corredor. Tres hombres avanzaron hasta la celda de Murray y la abrieron. Dos eran guardias; el otro era Frank -no, eso era antes- ahora se llamaba el reverendo Francisco Winston, amigo y vecino de sus años de miseria.

—Logré que me dejaran reemplazar al capellán de la cárcel —dijo, al estrechar la mano de Murray.

En la mano izquierda tenía una pequeña biblia entreabierta. Murray sonrió levemente y arregló unos libros y una lapicera en la mesa. Hubiera querido hablar, pero no sabía que decir. Los presos llamaban a este pabellón de veintitrés metros de longitud y nuevo de ancho, Calle del Limbo. El guardia habitual de la Calle del Limbo, un hombre inmenso, rudo y bondadoso, sacó del bolsillo un porrón de whisky, y se lo ofreció a Murray diciendo:

—Es costumbre, usted sabe. Todos lo toman para darse ánimo. No hay peligro de que se envicien.

Murray bebió profundamente.

—Así me gusta —dijo el guardia—. Un buen calmante y todo saldrá bien.

Salieron al corredor y los siete condenados lo supieron. La Calle del Limbo es un mundo fuera del mundo y si le falta alguno de los sentidos, lo reemplaza con otro. Todos los condenados sabían que eran casi las nueve, y que Murray iría a su silla, a las nueve. Hay también, en las muchas calles del Limbo, una jerarquía del crimen. El hombre que mata abiertamente, en la pasión de la pelea, menosprecia a la rata humana, a la araña, y a la serpiente. Por eso solo tres saludaron abiertamente a Murray, cuando se alejó por el corredor, entre los guardias: Carpani y Marvin que al intentar una evasión habían matado a un guardia, y Bassett, el ladrón que tuvo qeu matar porque un inspector, en un tren, no quiso levantar las manos. Los otros cuatro guardaban humilde silencio.

Murray se maravillaba de su propia serenidad y casi indiferencia. En el cuarto de las ejecuciones había unos veinte hombres, entre empleados de la cárcel, periodistas y curiosos que...


Se despierta: a su lado están su mujer y su hijo. Comprende que el asesinato, el proceso, la sentencia de muerte, la silla eléctrica, son un sueño. Aún trémulo, besa en la frente a su mujer. En ese momento, lo electrocutan.

La ejecución interrumpe el sueño de Murray.


O. Henry (1862-1910)




Relatos góticos. I Relatos de O. Henry.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de O. Henry: El sueño (The Dream), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La última hoja»: O. Henry; relato y análisis


«La última hoja»: O. Henry; relato y análisis.




La última hoja (The Last Leaf) es un relato fantástico del escritor norteamericano O Henry (1862-1910), publicado en la antología de 1907: La lámpara recortada y otras historias (The Trimmed Lamp and Other Stories).

La última hoja, posiblemente uno de los cuentos de O. Henry más destacados, relata la historia de una joven artista, gravemente enferma, quien ha perdido toda esperanza de recuperar su salud, y se obsesiona con la enredadera que puede ver desde la ventana de su habitación.

Ella está segura de que morirá cuando caiga la última hoja; no obstante, un amiga afectuosa, aventajada en años y en el oficio del arte, encuentra la forma de que esta misma obsesión la ayude a sanar.




La última hoja.
The Last Leaf, O. Henry (1862-1910)

En un pequeño barrio al oeste de Washington Square las calles, como locas, se han quebrado en pequeñas franjas llamadas lugares. Esos lugares forman extraños ángulos y curvas. Una calle se cruza a sí misma una o dos veces. Un pintor descubrió en esa calle una valiosa posibildad. ¡Supongamos que un cobrador, con una cuenta por pinturas, papel y tela, al cruzar esa ruta se encuentre de pronto consigo mismo de regreso, sin que se le haya pagado a cuenta un sólo centavo! Por eso los artistas pronoto empezaron a rondar por el viejo Greenwich Village, en pos de ventanas orientadas al norte y umbrales del siglo XVIII, buhardillas holandesas y alquileres bajos. Luego importaron algunos jarros de peltre y un par de platos averiados de la Sexta Avenida y se transformaron en una colonia.

Sue y Johnsy tenían su estudio en los altos de un gordo edificio de ladrillo de tres pisos. Johnsy era el apodo familiar que le daban a Joanna. Sue era de Maine; su amiga, de California. Ambas se conocieron junto a una mesa común de un delmónico de la calle ocho y descubrieron que sus gustos en materia de arte, ensalada de achicoria y moda, eran tan afines que decidieron establecer un estudio asociado. Eso sucedió en mayo. En noviembre, un frio e invisible forastero a quien los médicos llamaban Neumonía empezó a pasearse furtivamente por la colonia, tocando a uno aquí y a otro allá con sus dedos de hielo.

El devastador intruso recorrió con temerarios pasos el East Side, fulminando a veintenas de víctimas; pero su pie avanzaba con más lentitud a través del laberinto de los lugares más angostos y cubiertos de musgo. El señor Neumonía no era lo que uno podría llamar un viejo caballeresco. Atacar a una mujercita, cuya sangre habían adelgazado los céfiros de California, no era juego limpio para aquel viejo tramposo de puños rojos y aliento corto. Pero, con todo, fulminó a johnsy; y ahí yacía la muchacha, casi inmóvil en su cama de hierro pintado, mirando por la pequeña ventana holandesa del flanco sin pintar de la casa de ladrillos contigua. Una mañana el atareado médico llevó a Sue al pasillo, y su rostro de hirsutas cejas se oscureció.

—Su amiga sólo tiene una probabilidad de salvarse sobre, digamos, sobre diez —declaró, mientras agitaba el termómetro para hacer bajar el mercurio—. Esa probabilidad es que quiera vivir. La costumbre que tienen algunos de tomar partido por la funeraria pone en ridículo a la farmacopea íntegra. Su amiguita ha decidido que no podrá curarse. ¿Tiene alguna preocupación?

—Quería... quería pintar algún día la bahía de Nápoles —dijo Sue.

—¿Pintar? ¡Pamplinas! ¿Piensa esa muchacha en algo que valga la pena pensarlo dos veces? ¿En un hombre, por ejemplo?

—¿Un hombre? —repitió Sue, con un tono nasal—. ¿Acaso un hombre vale la pena? Pero no, doctor. No hay tal cosa.

—Bueno —dijo el médico—. Entonces, será su debilidad. Haré todo lo que pueda la ciencia, hasta donde logren amplicarla mis esfuerzos. Pero cuando una paciente mía comienza a contar los coches de su cortejo fúnebre, le resto el cincuenta por ciento al poder curativo de los medicamentos. Si usted consigue que su amiga le pregunte cuáles son las nuevas modas de invierno en mangas de abrigos, tendrá, se lo garantizo, una probabilidad sobre cinco de sobrevivir en vez de una sobre diez.

Cuando el médico se fue, Sue entró al atelier y lloró hasta reducir a mera pulpa una servilleta. Luego penetró con aire afectado en el cuarto de Johnsy llevando su tablero de dibujo y silvando ragtime. Su amiga estaba casi inmóvil, sin levantar la más leve onda en sus cobertones, con el rostro vuelto hacia la ventana. Sue la creyó dormida y dejó de silbar. Acomodó su tablero e inició un dibujo a pluma para ilustrar un cuento de una revista. Los pintores jóvenes deben allanarse el camino del Arte ilustrando los cuentos que los jóvenes escriben para las revistas, a fin de facilitarse el camino el la literatura.

Mientras Sue bosquejaba unos elegantes pantalones de montar sobre la figura del protagonista del cuento, un vaquero de Idaho, oyó un leve rumor que se repitió varias veces. Se acercó rápidamente a la cabecera de la cama. Los ojos de Johnsy estaban muy abiertos. Miraba la ventana y contaba... contaba al revés.

—Doce —dijo. Y poco después agregó—. Once —y luego—: diez... nueve... ocho... siete... -—casi juntos.

Sue miró, solícita, por la ventana. ¿Qué se podía contar allí? Apenas se veía un patio desnudo y desolado y el lado sin pintar de la casa de ladrillos situada a siete metros de distancia. Una enredadera de hiedra vieja, muy vieja, nudosa, de raices podridas, trepaba hasta la mitad de la pared. El frío soplo del otoño le había arrancado las hojas y sus escuálidas ramas se aferraban, casi peladas, a los desmoronados ladrillos.

—¿Que sucede, querida? —preguntó Sue.

—Seis —dijo- Johnsy, casi en un susurro—. Ahora están cayendo con mas rapidez. Hace tres días había casi un centenar. Contarlas me hacía doler la cabeza. Pero ahora me resulta fácil. Ahí va otra. Ahora apenas quedan cinco.

—¿Cinco qué, querida? Díselo a tu Susie.

—Hojas. Sobre la enredadera de hiedra. Cuando caiga la última hoja también me iré yo. Lo se desde hace tres días. ¿No te lo dijo el médico?

—¡Oh nunca oí disparate semejante! —se quejo Sue, con soberbio desdén—. ¿Que tienen que ver las hojas de una vieja enredadera con tu salud? ¡Y tú le tenías tanto cariño a esa planta, niña mala! ¡No seas tontita! El médico me dijo esta mañana que tus probabilidades de reponerte muy pronto eran, veamos, de diez contra una. ¡Es una probabilidad casi tan sólida como la que tenemos en Nueva York cuando viajamos en tranvía o pasamos a pie junto a un edificio nuevo! Ahora, trata de tomar un poco de caldo y deja que Susie vuelva a su dibujo, para seducir al director de la revista y así comprar oporto para su niña enferna y unas costillas de cerdo para ella misma.

—No necesitas comprar más vino —dijo Johnsy, con los ojos fijos más allá de la ventana—. Ahí cae otra. No, no quiero caldo. Sólo quedan cuatro. Quiero ver cómo cae la última antes de anochecer. Entonces también yo me iré.

—Mi querida Johnsy —dijo Sue, inclinéndose sobre ella—. ¿Me prometes cerrar los ojos y no mirar por la ventana hasta que yo haya concluido mi dibujo? Tengo que entregar esos trabajos mañana. Necesito luz: de lo contrario, oscurecería demasiado los tintes.

—¿No podrías dibujar en el otro cuarto? —preguntó Johnsy, con frialdad.

—Prefiero estar a tu lado —dijo Sue—. Además, no quiero que sigas mirando esas estúpidas hojas de la enredadera.

—Apenas hayas terminado, dímelo —pidió Johnsy cerrando los ojos y tendiéndose, quieta y blanca, como una estatua caída—. Por que quiero ver caer la última hoja. Estoy cansada de esperar. Estoy cansada de pensar. Quiero abandonarlo todo, e irme navegando hacia abajo, como una de esas pobres hojas fatigadas.

—Procura dormir —dijo Sue—. Debo llamar a Behrman para que me sirva de modelo a fin de dibujar al viejo minero ermitaño. Volveré inmediatamente. No intentes moverte hasta que yo vuelva.

El viejo Behrman era un pintor que vivía en el piso bajo. Tenía más de sesenta años y la barba de un Moisés de Miguel Angel, que bajaba, enroscándose, desde su cabeza de sátiro hasta su tronco de duende. Era un fracaso como pintor. Durante cuarenta años había esgrimido el pincel, sin haberse acercado siquiera lo sufciente al arte. Siempre se disponía a pintar su obra maestra, pero no la había iniciado tadavía. Durante muchos años no había pintado nada, salvo, de vez en cuando, algún mamarracho comercial o publicitario.

Ganaba unos dólares sirviendo de modelo a los pintores jóvenes de la colonia que no podían pagar un modelo profcesional. Bebía ginebra inmoderadamente y seguía hablando de su futura obra maestra. Por lo demás, era un viejecito feroz, que se nozaba violentamente de la suavidad ajena, y se consideraba algo así como un guardián destinado a proteger a las dos jóvenes pintoras del piso de arriba. En su guarida mal iluminada, Behrman olía marcadamente a nebrina. En un rincón había un lienzo en blanco colocado sobre un caballete, que esperaba desde hace veinticinco años el primer trazo de su obra maestra.

Sue le contó la divagación de Johnsy y le confesó sus temores de que su amiga, liviana y frágil como una hoja, se desprendiera también de la tierra cuando se debilitara el leve vínculo que la unía a la vida.

El viejo Behrman, con los ojos enrojecidos y llorando a mares, expresó con sus gritos el desprecio y la risa que le inspiraban tan estúpidas fantasías.

¡Was! —gritó—. ¿Hay en el mundo gente que cometa la estupidez de morirse porque hojas caen de una maldita enredadera? Nunca oí semejante cosa. No, yo no serviré de modelo para ese badulaque de ermitaño. ¿Cómo permite usted ue se le ocurra a ella semejante imbecilidad? ¡Pobre señorita Johnsy!

—Está muy enferma y muy débil —dijo Sue—, y la fiebre la ha vuelto morbosa y le ha llenado la cabeza de extrañas fantasías. Está bien, señor Behrman. Si no quiere servirme de modelo, no lo haga. Pero debo decirle que usted me parece un horrible viejo... ¡un viejo charlatán!

—¡Se ve que usted es sólo una mujer! —aulló Behrman—. ¿Quien dijo que no le serviré de modelo? Vamos. Iré con usted. Desde hace media hora estoy tratando de decirle que le voy a servir de modelo. ¡Gott! Este no es un lugar adecuado para que esté en su cama de enferma una persona tan buena como la señoríta Johnsy. Algún día, pintaré una obra maestra y todos nos iremos de aquí. Ya lo creo que nos iremos.

Johnsy dormía cuando subieron.

Sue bajó la persiana y le hizo señas a Behrman para pasar a la otra habitación. Allí se asomaron a la ventana y contemplarón con temor la enredadera. Luego se miraron sin hablar. Caía una lluvia insistente y fría , mezclada con nieve. Behrman, en su vieja camisa azul, se sentó como minero ermitaño sobre una olla invertida. Cuando Sue despertó a la mañana siguiente, despues de haber dormido sólo una hora, vió qur Johnsy miraba fijamente, con aire apagado y los ojos muy abiertos, la persina verde corrida.

—¡Levántala! Quiero ver —ordenó la enferma, en voz baja.

Con lasitud, Sue obedeció.

Pero después de la violenta lluvia y de las salvajes ráfagas de viento que duraron toda esa larga noche, aún pendía, contra la pared de ladrillo, una hoja de hiedra. Era la última. Conservaba todavía el color verde oscuro cerca del tallo, pero sus bordes dentados estaban teñidos con el amarillo de la desintegración y la putrefacción. Colgada valerosamente de una rama a unos siete metros del suelo.

—Es la última hoja —dijo Johnsy—. Yo estabe segura de que caería durante la noche. Oía el viento. Caerá hoy y al mismo tiempo moriré yo.

—¡Querida, querida! —dijo Sue, apoyando contra la almohada su agotado rostro—. Piensa en mi, si no quieres pensar en ti misma. ¿Que haría yo?

Pero Johnsy no respondió.

Lo más solitario que hay en el mundo es un alma que se prepara a enprender ese viaje misterioso y lejano. La imaginación parecía adueñarse de ella con más vigor a medida que se afojaban, uno por uno, los lazos que la ligaban a la amistad y a la tierra.

Transcurrió el día, y cuando empezó a anochecer ambas pudieron aún distinguir entre las sombras la solitaria hoja de hiedra adherida a su tallo, contra la pered. Luego, cuando llegó la noche el viento norte volvió a zumbar con violencia mientras la lluvia seguía martillando las ventanas y los bajos aleros holandeses.

Al día siguiente, cuando hubo suficiente claridad, la despiadada Johnsy ordenó que levantaran la persiana. La hoja aún seguía allí. Johnsy se quedó tendida largo tiempo, mirándola. Y luego llamó a Sue, que estaba revolviendo su caldo de gallina sobre el hornillo.

—He sido una mala muchacha, Susie —dijo—. Algo ha hecho que esa última hoja se quedara alli, para probarme lo mala que fui. Es un pecado querer morir. Ahora, puedes traerme un poco de caldo y de leche, con algo de oporto y... no; tráeme antes un espejo. Luego ponme detras unas almohadas y me sentaré y te miraré cocinar.

Una hora después, Johnsy dijo:

—Susie, confío en que algún día podre pintar la bahía de Nápoles

Por la tarde acudió el médico y Sue encontró un pretexto para seguirlo al comedor cuando salía.

—Hay buenas probabilidades —dijo el médico, tomando en la suya, la mano delgada y temblorosa de Sue—. Cuidándola bien, usted la salvará. Y ahora tengo que ver a otro enfermo en el piso bajo. Es un tal Behrman; un artista, según parece. Otro caso de neumonía. Es un hombre viejo y débil y el acceso es agudo. No hay esperanzas de salvarlo; pero hoy lo llevan al hospital para que esté más cómodo.

Al día siguiente el médico le dijo a Sue:

—Su amiga está fuera de peligro. Usted ha vencido. Alimentación y cuidados, ahora. Eso es todo.

Y esa tarde Sue se acercó a la cama donde Johnsy, muy contenta, tejía una bufanda de lana muy azul y muy inútil, y la ciñó con el brazo, rodeando hasta las almohadas.

—Tengo que decirte una cosa —dijo—. Hoy murió de neumonía en el hospital el señor Behrman. Sólo estuvo enfermo dos días. El mayordomo lo encontró en la mañana del primer día en su cuarto, impotente de dolor. Tenía los zapatos y la ropa empapados y fríos. No pudieron comprender dónde había pasado una noche tan horrible. Luego encontraron una linterna encendida aún, y una escalera que Behrman había sacado de su lugar y algunos pinceles dispersos y una paleta con una mezcla de verde y amarillo... y... Mira la ventana, querida, observa esa última hoja de hiedra que está sobre la pared ¿No es extraño que no se moviera ni agitara al soplar el viento? Es la obra maestra de Behrman: la pintó allí la noche en que cayó la última hoja.

O. Henry (1862-1910)




Relatos góticos. I Relatos de O Henry.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de O. Henry: La última hoja (The Last Leaf), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

O. Henry: relatos, novelas y libros


O. Henry: relatos, novelas y libros.




O. Henry —seudónimo de William Sydney Porter (1862-1910)— fue un destacado escritor norteamericano, cuya principal característica consistía en elaborar desenlaces sorprendentes, a tal punto que su nombre a menudo se emplea como seudónimo de este recurso.

A propósito del rasgo sorpresivo en relatos de O. Henry, Jorge Luis Borges sostuvo que, si Edgar Allan Poe defendió la teoría de que todo cuento debe escribirse en función de su desenlace, O. Henry llevó esa doctrina al extremo, y de ese modo concibió el trick story, un procedimiento exagerado, que a veces se percibe como un mecanismo de relojería.

En esta sección daremos cuenta de los cuentos de O. Henry más destacados, algunos de los cuales realmente marcaron una época para el relato fantástico.




O. Henry: obras completas:
  • El péndulo (The Pendulum)
  • El regalo de los reyes magos (The Gift of the Magi)
  • El sueño (The Dream)
  • La habitación amueblada (The Furnished Room)
  • La lámpara recortada (The Trimmed Lamp)
  • La última hoja (The Last Leaf)
  • La voz de la ciudad (The Voice of the City)
  • La voz de la ciudad (The Voice of the City, libro)
  • Los caprichos del destino (The Shocks of Doom)
  • Los cuatro millones (The Four Million)
  • Memorias de un perro amarillo (Memoirs of a Yellow Dog)
  • Sacrificio por amor (A Service of Love)
  • Alrededor del círculo (Round The Circle)
  • Best-seller (Best-seller)
  • Caminos del destino (Roads of Destiny)
  • Cartas a Lithopolis (Letters to Lithopolis)
  • Compartiendo el lobo (Shearing the Wolf)
  • Confesiones de un humorista (Confessions of a Humorist)
  • Consciencia en el arte (Conscience in Art)
  • Corazón del oeste (Heart of the West)
  • Corazones y cruces (Hearts and Crosses)
  • Corazones y manos (Hearts and Hands)
  • Cuentos de O. Henry (Tales of O. Henry)
  • Cumplidos de temporada (Compliments of the Season)
  • Cupido a la carta (Cupid à la Carte)
  • Déjeme tomarle el pulso (Let Me Feel Your Pulse)
  • Deportes rurales modernos (Modern Rural Sports)
  • De reyes y repollos (Of Cabbages and Kings)
  • Dos caballeros del Día de Acción de Gracias (Two Thanksgiving Day Gentlemen)
  • Dos renegados (Two Renegades)
  • El beso encantado (The Enchanted Kiss)
  • El cactus (The Cactus)
  • El camino del caballero (The Caballero's Way)
  • El camino solitario (The Lonesome Road)
  • El campeón del clima (The Champion of the Weather)
  • El código de Calloway (Calloway's Code)
  • El detector de detectives (The Detective Detector)
  • El día del resurgimiento (The Day Resurgent)
  • El diamante de Kali (The Diamond of Kali)
  • El día que celebramos (The Day We Celebrate)
  • El duelo (The Duel)
  • El fantasma de una oportunidad (A Ghost of a Chance)
  • El gentil timador (The Gentle Grafter)
  • El hombre de nieve (The Snow Man)
  • El marqués y la señorita Sally (The Marquis and Miss Sally)
  • El molinete (Whirligigs)
  • El momento de la victoria (The Moment of Victory)
  • El mundo y la puerta (The World and the Door)
  • El orgullo de las ciudades (The Pride of the Cities)
  • El oro que relucía (The Gold That Glittered)
  • El pájaro de Bagdad (A Bird of Bagdad)
  • El paso del águila negra (The Passing of Black Eagle)
  • El perfil encantado (The Enchanted Profile)
  • El poeta y el campesino (The Poet and the Peasant)
  • El policía y el himno (The Cop and the Anthem)
  • El prisionero de Zembla (The Prisoner of Zembla)
  • El rescate de Mack (The Ransom of Mack)
  • Él también sirve (He Also Serves)
  • El tercer ingrediente (The Third Ingredient)
  • El último de los trovadores (The Last of the Troubadours)
  • Error técnico (A Technical Error)
  • Esperando el tren (Holding Up a Train)
  • Estrictamente negocios (Strictly Business)
  • Fuera de Nazaret (Out of Nazareth)
  • Historia inconclusa de Navidad (An Unfinished Christmas Story)
  • Información recuperada (A Retrieved Reformation)
  • Inocentes de Broadway (Innocents of Broadway)
  • La abdicación más alta (The Higher Abdication)
  • La chica y el hábito (The Girl and the Habit)
  • La ciencia exacta del matrimonio (The Exact Science of Matrimony)
  • La cuerda perdida (The Missing Chord)
  • La duplicidad de Hargraves (The Duplicity of Hargraves)
  • La emancipación de Billy (The Emancipation of Billy)
  • La ética del cerdo (The Ethics of Pig)
  • La hipótesis del fracaso (The Hypotheses of Failure)
  • La lámpara recortada (The Trimmed Lamp)
  • La llamada amistosa (The Friendly Call)
  • La mano que encabrona al mundo (The Hand That Riles the World)
  • La manzana de la esfinge (The Sphinx Apple)
  • La princesa y el puma (The Princess and the Puma)
  • La puerta de la inquietud (The Door of Unrest)
  • La quinta rueda (The Fifth Wheel)
  • La reformación de Calíope (The Reformation of Calliope)
  • La rosa de Dixie (The Rose of Dixie)
  • Las aventuras de Shamrock Jolnes (The Adventures of Shamrock Jolnes)
  • Las marionetas (The Marionettes)
  • Las rosas rojas de Tonia (The Red Roses of Tonia)
  • La teoría y el sabueso (The Theory and the Hound)
  • La transformación de Martin Burney (Transformation of Martin Burney)
  • Ley y orden (Law and Order)
  • Lo mejor de O. Henry (The Best of O. Henry)
  • Lo que quieres (What You Want)
  • Los caminos que tomamos (The Roads We Take)
  • Los gorriones de Madison Square (The Sparrows in Madison Square)
  • Los panqueques de pimienta (The Pimienta Pancakes)
  • Mammon y el arquero (Mammon and the Archer)
  • O. Henryana (O. Henryana)
  • Oferta y demanda (Supply and Demand)
  • Opciones (Options)
  • Para aquel que aguarda (To Him Who Waits)
  • Phoebe (Phoebe)
  • Rehenes de Momus (Hostages to Momus)
  • Rolling Stones (Rolling Stones)
  • Seis y siete (Sixes and Sevens)
  • Sonido y furia (Sound and Fury)
  • Telémaco, amigo (Telemachus, Friend)
  • Tesoro enterrado (Buried Treasure)
  • Una apología (An Apology)
  • Un amante tacaño (A Lickpenny Lover)
  • Una historia extraña (A Strange Story)
  • Una regla pobre (A Poor Rule)
  • Una noche en Nueva Arabia (A Night in New Arabia)
  • Un caso departamental (A Departmental Case)
  • Un estafador de Blackjack (A Blackjack Bargainer)
  • Un milagro al atardecer (An Afternoon Miracle)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: O. Henry: relatos, novelas y libros fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Té verde»: Sheridan Le Fanu; relato y análisis


«Té verde»: Sheridan Le Fanu; relato y análisis.




Té verde (Green Tea) es un relato gótico del escritor irlandés Sheridan Le Fanu (1814-1873), publicado en la antología de 1872: En un cristal oscuro (In a Glass Darkly).

Té verde, uno de los cuentos de Sheridan Le Fanu más destacados, pertenece al ciclo de relatos del doctor Martin Hesselius, verdadero pionero entre los detectives paranormales en la literatura, en cuyos archivos podemos encontrar otro caso sumamente conocido: Carmilla (Carmilla).

El cuento narra el estremecedor caso del reverendo Jennings; quien tras beber un misterioso brebaje sufre un completo colapso mental. En medio de atroces alucinaciones, el reverendo siente la presencia de un espíritu maligno, que asume la silueta de un simio y lo acecha constantemente, día y noche, incitándolo a quitarse la vida.

Finalmente, el pobre Jennings se suicida. Posteriormente, su caso llega a manos de Martin Hesseluis, quien realiza una minuciosa investigación póstuma armado con una copia del Arcana Caelestia, de Swedenborg, cuyas conclusiones resultan casi tan aterradoras como las oscuras visiones que acechaban al reverendo.

Es importante señalar que Té verde no es un relato de detectives, al menos no en términos formales, sino el repaso de una investigación paranormal, la cual arroja luz sobre una posibilidad inquietante: existen ciertos aspectos de la realidad que la mayoría de las personas no perciben, afortunadamente, ya que la frecuentación con esas fronteras a menudo conducen a la locura y el suicidio.

Debido a la complejidad de los componentes psicológicos que utiliza el autor, Té verde no es otro relato de fantasmas de Sheridan Le Fanu, sino más bien una especie de manifiesto acerca de los peligros de abrir el tercer ojo, y sobre todo de forma artificial, como en el caso del protagonista, cuya realidad se expande insoportablemente tras beber aquel brebaje [ver: «Deus misereatur mei»: análisis de «Té verde» de Le Fanu.]




Té verde.
Green Tea, Sheridan Le Fanu (1814-1873)

Copia y pega el link en tu navegador para leer online o descargar en PDF: Té verde, de Sheridan Le Fanu.
  • http://www.seg.guanajuato.gob.mx/Ceducativa/CDocumental/Doctos/2014/Junio/TeVerde.pdf





Relatos de terror. I Relatos de Sheridan Le Fanu.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Sheridan Le Fanu: Té verde (Green Tea), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Las olas»: Virginia Woolf; novela y análisis


«Las olas»: Virginia Woolf; novela y análisis.




Las olas (The Waves) es una novela modernista de la escritora inglesa Virginia Woolf (1882-1941), publicada en 1931.

Las olas, uno de los grandes cuentos de Virginia Woolf, es esencialmente una obra experimental y, por lo tanto, imprevisible. La historia consiste en una serie de soliloquios en la voz de sus seis personajes principales: Bernard, Susan, Rhoda, Neville, Jinny y Louis; aunque el séptimo, Percival, acaso el menos protagónico pero sin dudas el más importante, jamás llega a hablar en primera persona.

En cada uno de estos discursos podemos ver algunas ideas que ya habían sido vertidas en los ensayos de Virginia Woolf, donde a menido se exploran conceptos sumamente polémicos para la época, como la individualidad, el feminismo y la conciencia social.

Cada personaje, y, en consecuencia, cada voz, posee sus propios matices filosóficos, sus propios ideales, sus propios prejuicios; y precisamente de esas diferencias surge una obra exquisita, compleja, que deja un interesante testimonio de su época.

En resumen: Las olas es un experimento es notable desde todo punto de vista.




Las olas.
The Waves, Virginia Woolf (1882-1941)

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Novelas góticas. I Novelas de Virginia Woolf.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del libro de Virginia Woolf: Las olas (The Waves), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmial.com

«Flores de tinieblas»: Villiers de L'Isle-Adam; relato y análisis


«Flores de tinieblas»: Villiers de L'Isle-Adam; relato y análisis.




Flores de tinieblas (Fleurs de ténèbres) es un relato de terror del escritor francés Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889), publicado en la antología de 1883: Cuentos crueles (Contes cruels).

Flores de tinieblas, uno de los cuentos de Villiers de L'Isle-Adam más recordados, narra la historia de las flores que muchos enamorados se regalan mutuamente, sin saber que éstas suelen ser robadas de los cementerios.




Flores de tinieblas.
Fleurs de ténèbres, Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889)

¡Oh, los bellos atardeceres! Ante los brillantes cafés de los bulevares, en las terrazas de las horchaterías de moda, ¿qué de mujeres con trajes multicolores, qué de elegantes callejeras dándose tono! Y he aquí las pequeñas vendedoras de flores, que circulen con sus frágiles canastillas.

Las bellas desocupadas aceptan esas flores perecederas, sobrecogidas, misteriosas.

—¿Misteriosas?

—¡Sí, si las hay!

Existe —sabedlo, sonrientes lectoras— en el mismo París cierta agencia que se entiende con varios conductores de los entierros de lujo, incluso con enterradores, para despojar a los difuntos de la mañana, no dejando que se marchiten inútilmente en las sepulturas todos esos espléndidos ramos de flores, esas coronas, esas rosas que, por centenares, el amor filial o conyugal coloca diariamente en los catafalcos.

Estas flores casi siempre quedan olvidadas después de las fúnebres ceremonias. No se piensa más en ello; se tiene prisa por volver. ¡Se concibe!

Es entonces cuando nuestros amables enterradores se muestran más alegres. ¡No olvidan las flores estos señores! No están en las nubes; son gente práctica. Las quitan a brazadas, en silencio. Arrojarlas apresuradamente por encima del muro, sobre un carretón propicio, es para ellos cosa de un instante.

Dos o tres de los más avispados y espabilados transportan la preciosa carga a unos floristas amigos, quienes gracias a sus manos de hada, distribuyen de mil maneras, en ramitos de corpiño, de mano, en rosas aisladas inclusive, estos melancólicos despojos.

Llegan luego las pequeñas floristas nocturnas, cada una con su cestita. Pronto circulan incesantemente, a las primeras luces de los reverberos, por los bulevares, por las terrazas brillantes, por los mil un sitios de placer.

Y jóvenes aburridos y deseosos de hacerse agradables a las elegantes, hacia las cuales sienten alguna inclinación, compran estas flores a elevados precios y las ofrecen a sus damas.

Estas, todas con rostros empolvados, las aceptan con una sonrisa indiferente y las conservan en la mano, o bien las colocan en sus corpiños. Y los reflejos del gas empalidecen los rostros.

De suerte que estas criaturas-espectros, adornadas así con flores de la Muerte, llevan, sin saberlo, el emblema del amor que ellas dieron y el amor que reciben.

Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889)




Relatos góticos. I Relatos de Villiers de L'Isle-Adam.


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El análisis y resumen del cuento de Auguste Villiers de L'Isle-Adam: Flores de tinieblas (Fleurs de ténèbres), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Rip Van Winkle»: Washington Irving; relato y análisis


«Rip Van Winkle»: Washington Irving; relato y análisis.




Rip Van Winkle (Rip Van Winkle) es un relato fantástico del escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859), publicado en la antología de 1819: El libro de bocetos de Geoffrey Crayon (The Sketch Book of Geoffrey Crayon), junto con otro clásico de la literatura: La leyenda de Sleepy Hollow (The Legend of Sleepy Hollow).

Rip Van Winkle, probablemente uno de los dos mejores cuentos de Washington Irving, relata la historia de un amable granjero llamado Rip Van Winkle, quien vaga por las Montañas Catskill y se encuentra con un grupo de Enanos jugando alégremente. Estas criaturas, en apariencia, inofensivas, le ofrecen al granjero un trago. Rip Van Winkle acepta, bebe el delicioso licor, y rápidamente se queda dormido.

Cuando Rip Van Winkle despierta han pasado veinte años. Los Enanos han desaparecido y él es un anciano, con una larga barba blanca. Con algunas dificultades, por fin regresa a la aldea, donde el pobre granjero descubre que todo ha cambiado: su esposa ha muerto, sus hijos son adultos, y en el sitio donde estaba colgado un retrato del rey Jorge III, ahora se observa el retrato de George Washington.

Rip Van Winkle se convierte inevitablemente en el centro de atención del pueblo, y con entusiasmo narra increíbles historias de los viejos días y su encuentro con la gente pequeña de las montañas.




Rip Van Winkle.
Rip Van Winkle, Washinton Irving (1783-1859)

La siguiente relación se encontró entre los papeles del difunto Dietrich Knickerbocker, un anciano caballero de Nueva York que se interesó profundamente por la historia de las colonias holandesas de la provincia y las costumbres de los descendientes de los primitivos pobladores. Sus investigaciones históricas no se efectuaban, sin embargo, entre libros, sino entre seres humanos, pues en los primeros no abundaban sus temas favoritos, mientras que los encontraba en los viejos burghers y aun más en sus mujeres, que poseían enormes tesoros de aquel folklore, tan valioso para el verdadero historiador.

En cuanto hallaba una auténtica familia holandesa, cuidadosamente encerrada entre sus cuatro paredes, en su casa de techo bajo, construida casi debajo de la ancha copa de algún árbol, la consideraba como un pequeño volumen y la estudiaba con el celo de un ratón de biblioteca.

De todas estas investigaciones resultó una historia de la provincia bajo los gobernadores holandeses, que se publicó hace unos años. Existen numerosas opiniones acerca del verdadero carácter literario de ese libro, que, a decir verdad, no es lo que debería ser. Su mérito principal consiste en la escrupulosa exactitud, de la que se dudó al aparecer, pero que ha sido demostrada después sin lugar a dudas. Se le admite ahora en todas las bibliotecas de historia como un libro cuya autoridad es indiscutible. Aquel anciano caballero murió poco después de publicar su obra y, ahora que ha desaparecido, puede decirse, sin ofender su memoria, que su tiempo hubiera estado mucho mejor empleado si se hubiera dedicado a tareas más importantes.

Tendría que seguir sus inclinaciones personales, de acuerdo con métodos propios y, aunque alguna que otra vez molestó a sus vecinos y ofendió a amigos, por los cuales sentía gran afecto, hoy se recuerdan sus errores y locuras más con lástima que con rencor y algunos empiezan a sospechar que nunca tuvo la intención de ofender a nadie. De cualquier modo que los críticos aprecien su memoria, la tienen en muy alta estima muchas personas cuya opinión puede compartirse, particularmente ciertos confiteros que en su admiración han llegado a reproducir su efigie en los pasteles de Año Nuevo, dándole así una oportunidad de hacerse inmortal, casi equivalente a la que proporciona una medalla de Waterloo o de la Reina Ana.


Rip Van Winkle.
Escrito póstumo de Dietrich Knickerbocker

Cualquier persona que haya viajado río arriba por el Hudson, recordará los montes Kaatskill. Son un desprendimiento aislado del gran sistema orográfico de los Apalaches. Se les ve al oeste del río elevándose lentamente hasta considerables alturas y enseñoreándose del país circundante. Todo cambio de estación o del tiempo, hasta cada hora del día, producen alguna modificación en las mágicas formas de estas montañas; todas las buenas mujeres de los alrededores, y hasta las de lejos, tienen a esos montes por barómetros perfectos. Cuando el tiempo es bueno y se mantiene así, parecen revestirse de azul y púrpura y se destacan nítidamente sobre el fondo azul del cielo; algunas veces cuando el firmamento de la región está completamente limpio de nubes, alrededor de sus picos se forma una corona de grises vapores, que al recibir los últimos reflejos del sol poniente despiden rayos como aureola de un santo.

A los pies de estas bellas montañas, el viajero habrá percibido columnas de humo que se desprenden de un villorrio cuyos techos se destacan entre los árboles, allí donde la coloración azul de las tierras altas se confunde con el verde esmeralda de la vegetación de las bajas. Es una pequeña villa de gran antigüedad, pues fue fundada por los primeros colonos holandeses, en los primeros tiempos de la provincia, al iniciarse el período de gobierno de Pedro Stuyvesant, a quien Dios tenga en su gloria; hasta hace unos pocos años, todavía quedaban algunas de las casas de los primeros colonos. Eran edificios construidos de ladrillos amarillos, traídos de Holanda.

En aquella misma villa y en una de esas mismas casas (que, a decir verdad, el tiempo y los años habían maltratado bastante), vivió hace ya de esto mucho tiempo, cuando el territorio era todavía una provincia inglesa, un buen hombre, que se llamaba Rip Van Winkle. Descendía de los Van Winkle que tanto se distinguieron en los caballerescos días de Pedro Stuyvesant y que le acompañaron en el sitio de Fuerte Cristina. Sin embargo, poco había heredado del carácter marcial de sus antecesores. Debo hacer notar que era de buen natural, vecino bondadoso y esposo sumiso, pegado a las faldas de su mujer. A esta última circunstancia, a esta mansedumbre se debía su enorme popularidad, pues estos hombres, que en casa están bajo el dominio de una tarasca, tienden en la calle a ser conciliadores y obsequiosos.

Sin duda, sus temperamentos se ablandan y se hacen maleables en el terrible fuego del hogar conyugal; los gritos de su mujer equivalen a todos los sermones del mundo, en lo que respecta al aprendizaje de la paciencia y de la longanimidad. En un cierto sentido, una mujer bravía puede considerarse como una bendición; si así es, Rip Van Winkle estaba bendito tres veces. Cierto es que era el favorito de todas las buenas mujeres de la vecindad que, como es corriente entre el bello sexo, se ponían de parte de Rip en todas las dificultades domésticas de éste; de noche, cuando se dedicaban a comentar las ocurrencias de la villa, todas ellas echaban la culpa a la señora Van Winkle.

Los chiquillos lanzaban exclamaciones de júbilo en cuanto se acercaba. Los ayudaba en sus juegos, fabricaba sus juguetes, les enseñaba a hacer cometas y canicas, y les contaba extensos relatos acerca de aparecidos, brujas e indios. En cualquier lugar de la villa que se encontrara, estaba rodeado de un grupo de ellos, colgados de sus faldones o de sus espaldas, y haciéndole mil diabluras con toda impunidad; ni un perro de la vecindad le ladraba. El gran error de Rip consistía en su invencible aversión por toda clase de trabajo provechoso. Eso no procedía de carencia de asiduidad o perseverancia, pues era capaz de pasarse sentado en una roca húmeda, con una caña tan pesada como la lanza de un tártaro, tratando de pescar todo el día, aunque los peces no se dignasen morder el anzuelo ni una sola vez.

Con un fusil al hombro, recorría a pie bosques y pantanos durante muchas horas, para matar algún pájaro. Nunca se negaba a asistir a un vecino, hasta para el trabajo más duro. Era el primero en tomar parte en todas las diversiones campesinas, como tostar maíz o construir una empalizada de piedras; las mujeres de la aldea se valían de él para los pequeños servicios y hacer aquellas labores menudas que sus esposos, menos corteses, no querían llevar a cabo. En una palabra: Rip estaba pronto a efectuar cualquier trabajo menos el propio: le era completamente imposible mantener su granja en orden o dar cumplimiento a sus deberes de padre de familia.

Afirmaba que no tenía sentido trabajar sus tierras. En todo el país no se encontraba un predio que contuviera tantas dificultades, en igualdad de tamaño. Todo salía mal y saldría mal, a pesar de cualquier cosa que él hiciera. Su empalizada se derrumbaba sola. Su vaca desaparecía o se metía en la granja vecina. En sus campos crecía más aprisa la maleza que cualquier otra cosa que él plantara. La lluvia parecía empeñada en caer justamente cuando se había propuesto trabajar al aire libre. Por todas estas razones, las tierras heredadas de sus padres se habían ido reduciendo, hasta quedarle sólo una parcela, plantada de patatas y maíz, que a pesar de su reducido tamaño era la granja peor administrada de toda la región. Sus hijos, por lo descuidados, no parecían pertenecer a ninguna familia.

Su primogénito, que se llamaba Rip como él, era su propia estampa y parecía heredar, con los trajes viejos de su padre, todas sus características. Se le veía, generalmente, saltando como un potrillo, al lado de su madre, vistiendo un par de pantalones, cortados de otros viejos del autor de sus días, que sostenía con una mano, con la misma elegancia con que una damisela recoge su larga falda, para evitar que se ensucie, cuando hace mal tiempo.

Sin embargo, Rip Van Winkle era uno de esos felices mortales que, gracias a su innata disposición, toman las cosas como se presentan, comen pan negro o blanco, el que pueda conseguirse con menos dificultades y quebraderos de cabeza y que prefieren morirse de hambre con un penique a trabajar por una libra. Si hubiera estado solo se habría desprendido de todas sus dificultades vitales, pero su mujer no cesaba de echarle en cara su haraganería, su descuido y la ruina que su conducta traía a su familia. De mañana, al mediodía, de tarde y de noche, aquella mujer no daba descanso a su lengua; cualquier cosa que dijese o hiciera, provocaba, con toda seguridad, un torrente de elocuencia doméstica. Rip tenía un método propio de replicar a estos sermones y que ya se estaba convirtiendo en hábito. Consistía en encogerse de hombros, sacudir la cabeza, bajar los ojos y no decir una palabra.

Sin embargo, esta actitud siempre provocaba una nueva andanada de reproches de su mujer, por lo que se veía obligado a retirarse y refugiarse fuera de la casa, el único lugar que corresponde a un marido demasiado paciente. Sólo un miembro de la familia tomaba partido por él, y era su perro: Lobo, tan perseguido como su dueño, pues la señora Van Winkle consideraba a entrambos como cómplices en la haraganería y hasta atribuía a Lobo el que su marido se perdiera por aquellos andurriales con tanta frecuencia. Cierto es que, en lo que respecta a las cualidades que deben adornar a un perro honorable, Lobo era tan valiente como cualquier otro animal que hubiera rastreado por los bosques. Pero, ¿qué coraje puede aguantar el eterno terror de una lengua femenina, que nada perdona?

En cuanto Lobo entraba en la casa, toda su pelambre caía laciamente por los costados, metía el rabo entre las piernas, se deslizaba como si fuera culpable de algún terrible crimen y con el rabillo del ojo vigilaba a la señora Van Winkle; a la menor indicación de una escoba salía disparado hacia la puerta, aullando lastimeramente.

A medida que pasaban los años, la situación se hacía cada vez más intolerable para Rip Van Winkle; el mal genio nunca mejora con la edad y la lengua es el único instrumento cuyo filo aumenta con el uso. Durante algún tiempo se consolaba, cuando debía abandonar el hogar conyugal, frecuentando una especie de club, abierto a todas horas, formado por todos los sabios, todos los filósofos, así como todas las gentes que no tenían nada que hacer. Mantenían sus sesiones en un banco, delante de una pequeña taberna, cuyo nombre derivaba de un rubicundo retrato de su Majestad Británica Jorge III. Acostumbraban sentarse a la sombra, durante los largos días de verano, hablando sobre las murmuraciones propias de una pequeña ciudad o contando larguísimas y soporíferas historias acerca de naderías.

Eran dignos de los tesoros de un hombre de estado los profundos comentarios y discusiones que tenían lugar allí, cuando por casualidad algún viajero les dejaba alguna gaceta anticuada. ¡Con qué atención escuchaban a Derrick Van Bummel leerla en voz alta, arrastrando mucho las palabras! Es cierto que el lector era el dómine del lugar, hombre pequeñito, muy sabiondo y siempre cuidadosamente vestido, que no se asustaba ante la palabra más larga del diccionario. ¡Con qué sabiduría discutían los hechos públicos, varios meses después de ocurridos!

Las opiniones de esta junta de notables estaban bajo la influencia de Nicolás Vedder, patriarca de la villa y dueño de la taberna, a cuya puerta estaba siempre sentado, desde la mañana hasta la noche, moviéndose sólo lo estrictamente necesario para evitar el sol y quedar siempre bajo la protectora sombra de un árbol, con lo que los vecinos deducían la hora por su posición con tanta certidumbre como si fuera un reloj de sol. Es cierto que muy raras veces hablaba, pero en cambio fumaba continuamente su pipa.

Sus discípulos (pues todo gran hombre los tiene), sin embargo, le entendían perfectamente y sabían comprender sus opiniones. Cuando se leía o se contaba algo que no era de su agrado, fumaba nerviosamente su pipa, echando frecuentes bocanadas de humo con gesto de enojo; pero cuando le gustaba, inhalaba lentamente el humo y lo lanzaba formando nubes ligeras y plácidas. A veces llegaba a sacarse la pipa de la boca, dejando que el oloroso humo girara en volutas alrededor de su nariz, inclinando la cabeza en señal de perfecto asentimiento. Su terrible esposa logró expulsar a Rip hasta de este último reducto, pues muchas veces interrumpió la serena tranquilidad de aquella asamblea para expresar su opinión acerca de cada uno de los presentes. Ni el mismo Nicolás Vedder estaba seguro ante la audaz lengua de aquella harpía, que le acusó públicamente de fomentar la haraganería crónica de su marido.

El pobre Rip llegó así a un estado de verdadera desesperación; su única posibilidad de escapar al trabajo en su granja o a las vociferaciones de su mujer, consistía en tomar la escopeta y recorrer los bosques. Allí se sentaba, a la sombra de un árbol, compartiendo el contenido de su mochila con el pobre Lobo, que gozaba de todas sus simpatías por ser copartícipe de sus sufrimientos.

—Pobre Lobo —acostumbraba decir— tu ama te hace llevar una vida de perros, pero no te preocupes, pues mientras yo viva no te ha de faltar un amigo que te ayude.

Lobo meneaba la cola, miraba cariñosamente a su amo y si los perros pueden sentir piedad, estoy plenamente convencido de que respondía con el mismo afecto a los sentimientos de su señor.

En uno de estos largos paseos, durante un bello día de otoño, Rip llegó sin darse cuenta a una de las más elevadas regiones de los Kaatskill. Se dedicaba a su pasatiempo favorito: la caza; en aquellas tranquilas soledades, el eco repetía varias veces los disparos de su escopeta. Por encontrarse cansado, se tiró, ya muy entrada la tarde, en un prado cubierto con hierbas de la montaña que terminaba en un precipicio. Desde allí podía divisar hasta gran distancia parte de las tierras bajas.

A lo lejos, distinguía el señorial Hudson, que avanzaba majestuosamente, reflejando en sus ondas una nube purpúrea, o el velamen de alguna barca que se deslizaba por su superficie de cristal, para perderse luego en el azulado horizonte. Por el otro lado se veía un estrecho valle, cuyo suelo estaba cubierto con las piedras que habían caído de la parte superior de la montaña. Los rayos del sol poniente difícilmente penetraban hasta su fondo. Durante algún tiempo, Rip observó distraído la escena; avanzaba la tarde; las montañas empezaban a arrojar sus azules sombras sobre los valles; comprendió Rip que sería completamente de noche cuando llegase a su casa y suspiró profundamente al pensar en lo que diría su mujer. Cuando se disponía a descender, oyó una voz que lo llamaba:

—¡Rip Van Winkle!

Miró en todas direcciones, pero no pudo descubrir a nadie. Creyó que su fantasía le había engañado y se dispuso a bajar, cuando oyó nuevamente que le llamaban:

—¡Rip Van Winkle!

Al mismo tiempo, Lobo enarcó el lomo y gruñendo se refugió al lado de su amo, mirando aterrorizado hacia el valle. Rip sintió que un miedo vago se apoderaba de él, miró ansiosamente en la misma dirección y pudo observar una extraña figura que subía lentamente por las rocas, llevando una pesada carga sobre los hombros. Se sorprendió al ver un ser humano por aquellas soledades, pero creyendo que fuera alguno de sus vecinos, necesitado de su ayuda, se apresuró a socorrerlo.

Al acercarse, se sorprendió aún más por la extraña apariencia del desconocido. Era un hombre bajo, de edad avanzada, con pelo hirsuto y barba grisácea. Vestía a la antigua usanza holandesa. Llevaba sobre los hombros un pesado barril, que parecía estar lleno de licor; hacía señales a Rip para que se acercara a ayudarle. Aunque desconfiaba algo de su nuevo amigo, Rip acudió con su prontitud habitual y, ayudándose mutuamente, ascendieron por un estrecho sendero, que era aparentemente el lecho de un seco torrente. Mientras proseguían su camino, Rip oyó algunas veces extraños ruidos, como de truenos lejanos, que parecían salir de una estrecha garganta, formada por altas rocas, hacia la cual conducía el áspero sendero que seguían.

Se detuvo un momento, pero creyendo que el ruido proviniera de una de esas tormentas momentáneas tan frecuentes en las alturas, prosiguió. Pasando por la estrecha garganta, llegaron a una especie de anfiteatro, rodeado de murallas de piedra perpendiculares, por encima de las cuales se asomaban algunas ramas de árboles. Durante todo el camino, tanto Rip como su compañero habían permanecido en silencio, pues aunque el primero se admiraba de que el segundo llevase un barril de licor a aquellas alturas, había algo extraño e incomprensible en el desconocido que inspiraba respeto e impedía la familiaridad. Al entrar en el anfiteatro, aparecieron nuevos motivos de asombro.

En el centro se encontraba un grupo de extraños personajes que jugaban a los bolos. Estaban vestidos de una manera realmente extraña y anticuada, que se parecía a la del guía de Rip Van Winkle. También sus caras eran peculiares: uno tenía una cabeza larga, una cara ancha y ojillos rodeados de grasa, como los de un cerdo; la cara de otro parecía consistir exclusivamente en nariz, y llevaba sobre la cabeza un sombrero cónico, en cuya cúspide lucía una roja pluma de gallo. Todos tenían barbas de las más diversas formas y colores. Uno de ellos parecía ser el jefe. Era un caballero de edad provecta, muy alto, y cuya apariencia demostraba que había pasado mucho tiempo al aire libre. Aquel grupo le recordaba a Rip las pinturas de la antigua escuela flamenca, que colgaban en el cuarto del párroco y que habían sido traídas de Holanda, en los primeros tiempos de la colonia.

Lo que extrañaba particularmente a Rip era que aquellas gentes, aunque estaban divirtiéndose, ponían unas caras muy serias, mantenían un silencio sepulcral y formaban el más melancólico grupo de personas que Rip hubiera visto jamás. Nada interrumpía el silencio de la escena, excepto los bolos, que cuando rodaban producían entre las montañas un ruido como de truenos. Cuando Rip y su compañero se aproximaron, dejaron repentinamente de jugar y le observaron con una mirada tan fija, más propia de una estatua, y un aire tan extraño que el corazón se le dio vuelta y se le echaron a temblar las piernas. Su compañero vertió contenido del barril en grandes copas e hizo señas a Rip para que las repartiera entre los presentes. Obedeció asustado y temblando; los extraños personajes bebieron y continuaron su juego.

Gradualmente desapareció el miedo y la aprensión de Rip. Hasta se atrevió, cuando nadie le miraba, a probar aquella bebida, en la cual encontró el sabor de una excelente ginebra. Como era una naturaleza sedienta, pronto se sintió tentado a repetir el trago. Como no hay dos sin tres, persistió en sus besos a la copa, con tanta asiduidad que finalmente perdió el sentido, le bailaron los ojos, inclinó gradualmente la cabeza y se durmió profundamente. Cuando se despertó, encontróse otra vez en la verde pradera, desde la cual había distinguido por primera vez al extraño viejo. Se frotó los ojos. Era una mañana estival. Los pájaros saltaban entre los árboles. Un águila volaba a gran altura, aspirando el aire puro de la montaña.

—Supongo —pensó Rip Van Winkle— que no habré dormido aquí toda la noche.

Recordó los extraños sucesos ocurridos antes de que empezara a dormirse: el desconocido que subía con un barril a cuestas, la garganta entre las montañas, aquel anfiteatro rodeado de rocas, el juego de bolos, la copa.

—¡Oh! ¡Aquella maldita copa! —pensó Rip— ¿qué explicación le daré ahora a mi mujer?

Buscó su escopeta, pero en lugar de su arma bien aceitada y limpia, encontró a corta distancia de donde estaba un caño enmohecido, que tenía roto el gatillo y la culata carcomida. También Lobo había desaparecido, pero era probable que se hubiera escapado detrás de una liebre. Silbó y le llamó por su nombre, pero todo fue en vano: el eco repitió el sonido, pero el can no aparecía por ninguna parte. Se decidió a visitar el lugar de la fiesta de la noche anterior y a pedir explicaciones a sus ocasionales compañeros acerca de su escopeta y de su perro. Al levantarse, comprobó que sus articulaciones no funcionaban como siempre.

—Estas montañas no me convienen —pensó Rip—, y si esta fiesta me ha de obligar a guardar cama con reumatismo, ¡vaya el escándalo que me armará mi mujer!

Tuvo muchas dificultades para caminar, pero al fin llegó al principio del sendero que la noche anterior habían seguido él y su compañero; con gran asombro suyo halló que ahora era un verdadero río montañés, que saltaba de roca en roca, formando cascadas de espuma. Intentó ascender por sus orillas, atravesando con gran trabajo los arbustos, que parecían extender ante él una red impenetrable. Finalmente, llegó al punto donde se abría la garganta, pero no quedaban ni rastros de aquel camino. Las rocas presentaban una superficie sólida y unida, por la cual descendía el torrente formando una capa de espuma, cayendo en su lecho ancho y profundo. Aquí el pobre Rip no pudo proseguir. Otra vez silbó y llamó a su perro. Nadie le respondió.

¿Qué hacer? Avanzaba la mañana, y Rip sentía hambre, pues no se había desayunado. Le dolía perder su perro y su arma; además temía encontrarse con su mujer, pero no quería morirse de hambre en las montañas. Sacudió la cabeza, se puso sobre el hombro su descabalada escopeta y con el corazón lleno de miedo y ansiedad se dirigió a su casa.

Al acercarse a la villa encontró diferentes personas, todas desconocidas, lo que le sorprendió sobremanera, pues creía conocer a todos los habitantes de aquella parte del país. También la manera como iban vestidas se diferenciaba de aquella a la cual estaba acostumbrado. Todos le miraban con iguales demostraciones de sorpresa y, en cuanto le veían, se acariciaban la barbilla. La constante repetición de este ademán indujo a Rip a hacer lo mismo, y observó entonces con gran asombro suyo que tenía una barba de casi medio metro.

Finalmente, llegó a los suburbios de la villa. Una tropa de chiquillos desconocidos corría detrás de él gritando desaforadamente y burlándose de su barba. Los perros, ninguno de los cuales parecía conocerle, ladraban a su paso. La misma villa había cambiado: era más grande y más populosa. Encontró hileras de casas que nunca había visto; además habían desaparecido muchos lugares familiares. Las puertas tenían inscripciones de nombres desconocidos; se asomaban a las ventanas caras que nunca había visto; no podía reconocer nada. La cabeza le daba vueltas, y llegó al extremo de preguntarse si él o la villa estarían embrujados. Ciertamente este era su lugar natal, del cual había salido el día anterior. Allí estaban los Kaatskill; a una cierta distancia corría el plateado Hudson; cada colina y cada valle se encontraban precisamente donde debían estar. Rip estaba profundamente perplejo.

—Esas copas de anoche —pensó— me han trastornado la cabeza.

Lo costó bastante trabajo encontrar el camino hacia su casa, a la que se acercó lleno de sobresalto, esperando oír a cada momento la voz chillona de su mujer. La casa estaba en ruinas: el techo se había desplomado; no quedaba puerta ni ventana en su sitio. Un perro famélico rondaba por allí. Como tenía un cierto parecido con Lobo, Rip le llamó por su nombre, pero el animal le mostró los dientes y siguió de largo.

—¡Hasta mi propio perro me ha olvidado! —dijo Rip con un suspiro.

Entró en la casa, que, a decir verdad, la señora Van Winkle había mantenido siempre limpia y en orden. Estaba vacía y aparentemente abandonada. Una intensa desolación se apoderó de él. Llamó a gritos a su mujer y a sus hijos. Resonó su voz en los cuartos vacíos y después reinó otra vez un silencio completo. Echó a correr en dirección a la taberna, pero ésta también había desaparecido. En su lugar se elevaba un edificio de madera, muy amplio, de frágil apariencia, con ventanas irregularmente colocadas, sobre cuya puerta había un letrero que decía: Hotel Unión, de Jonatán Doolitle.

En lugar del árbol, bajo el cual se albergaban los ciudadanos de antaño, había ahora un gran mástil, que en la punta tenía algo que parecía ser un rojo gorro de dormir, además de una bandera, conjunto de estrellas y barras, que era completamente extraño e incomprensible. Reconoció la rubicunda cara del rey Jorge, pero también ésta había sufrido una metamorfosis singular. En lugar de la casaca roja, llevaba otra azul, tenía una espada en la mano, en lugar de un cetro y debajo del cuadro decía en grandes caracteres: general Washington.

Cerca de la puerta se encontraba un grupo de personas, pero Rip no pudo reconocer a ninguna de ellas. Parecía que hubiera cambiado hasta el carácter de la gente. Hablaban con un tono discutidor y gritón, como si estuvieran engolfados en algún asunto importante, en lugar de la acostumbrada flema y soñolienta tranquilidad de antaño. Buscó en vano al sabio Nicolás Vedder, el de la ancha cara, la doble mandíbula y la larga pipa holandesa, que acostumbraba fumar en vez de echar discursos tontos, o a Van Bummel, el maestro de escuela, que les leía en voz alta el contenido de una vieja gaceta.

En lugar de aquellas gentes, a las que estaba acostumbrado, un hombre flaco, de aspecto bilioso, echaba una vehemente arenga acerca de los derechos de los ciudadanos, las elecciones, los miembros del Congreso, la libertad, los héroes del 66 y muchas otras cosas más, que para el extrañado Rip Van Winkle sonaban como si se las dijeran en chino. La aparición de Rip Van Winkle con su larga barba gris, su herrumbrosa escopeta, su traje desarreglado, y una procesión de mujeres y de chiquillos detrás de él, pronto atrajo la atención de aquellos políticos de taberna. Se agruparon a su alrededor, observándole de pies a cabeza con gran curiosidad. El orador se apoderó de él y, llevándole aparte, le preguntó por quién iba a votar. Rip le echó una mirada estúpida por lo inexpresiva.

Otro hombrecillo, que se movía ágilmente como una ardilla, le arrastró por el brazo y, poniéndose en puntas de pies, le preguntó al oído si era federal o demócrata. Rip se encontró igualmente imposibilitado de responder a esa pregunta, pues no la entendía tampoco. Un anciano caballero, que se daba mucha importancia, se abrió paso a través de la multitud, apartándola a derecha e izquierda con sus codos, se plantó delante de Van Winkle, y con una mirada que parecía querer penetrarle hasta el fondo del alma, le preguntó en tono austero cómo se le ocurría venir a una elección portando armas, con una muchedumbre detrás de él y si era su intención armar un escándalo en la villa.

—Ay, señores —dijo Rip algo asustado—. Yo soy hombre de paz, nacido en esta villa y fiel súbdito de nuestro señor, el rey Jorge, a quien Dios guarde.

Los circunstantes estallaron en exclamaciones:

—¡Un espía! ¡Un refugiado! ¡Fuera con él!

Con gran dificultad, aquel anciano caballero, que se daba tanto pisto, logró restablecer el orden. Con un fruncimiento de cejas, que indicaba una austeridad diez veces mayor, preguntó a aquel malhechor desconocido a qué había venido allí y qué buscaba. El pobre Rip aseguró humildemente que no tenía ninguna mala intención y que venía a buscar algunos de sus vecinos que acostumbraban frecuentar la taberna.

—¿Quiénes son? Nómbrelos.

Rip pensó un momento y luego preguntó por Nicolás Vedder.

Reinó silencio durante un momento, interrumpido finalmente por un anciano, que con voz quebradiza exclamó:

—¿Nicolás Vedder? Murió hace dieciocho años. Hasta hace poco tiempo todavía quedaba en el cementerio una tabla con su nombre, pero ya ha desaparecido.

—¿Dónde está Brom Dutcher?

—Ese ingresó en el ejército, al principio de la guerra; algunos dicen que fue muerto durante el ataque a Stony Point; otros que se ahogó durante una tempestad. De todas maneras, nunca volvió.

—¿Dónde está Van Bummel, el maestro de escuela?

—También se fue a la guerra. Ahora forma parte del Congreso.

Al pobre Rip se le subía el corazón a la boca al oír todos estos tristes cambios, experimentados por su familia y sus amigos. Se encontraba solo en el mundo. Todas las respuestas le asombraban por referirse a tan enormes espacios de tiempo y a cosas que no podía entender: la guerra, Stony Point, el Congreso. Ya no tenía valor para preguntar acerca de sus amigos, sino que gritó desesperado:

—¿No conoce nadie aquí a Rip Van Winkle?

—¡Oh!, ¡Rip Van Winkle! —exclamaron algunos—; claro, Rip Van Winkle está allí apoyado en un árbol.

Rip miró y vio una reproducción exacta de sí mismo cuando se fue a las montañas. Por lo que se veía, seguía siendo tan haragán como siempre y su desastrado traje no había cambiado nada. El pobre Rip estaba completamente confundido. Dudaba de su propia identidad y no sabía si él era él o cualquier otra persona. En medio de su confusión, oyó que el anciano caballero le preguntaba su nombre.

—¡Sólo Dios lo sabe! —exclamó sin saber ya qué pensar ni qué decir—. Yo no soy yo. Yo soy otro. Es decir, yo estoy allí. No, es otro que se ha metido en mis zapatos. Hasta anoche, yo era yo, pero me dormí en las montañas y me cambiaron hasta la escopeta. Quiero decir, todo ha cambiado. Yo he cambiado y no puedo decir quién soy ni cómo me llamo.

Los circunstantes empezaron a mirarse los unos a los otros y a hacer girar los dedos sobre las sienes. En voz baja, se dijeron que era mejor sacarle la escopeta para evitar que hiciera algún disparate, al oír lo cual el anciano caballero, que se creía muy importante, retiróse con cierta precipitación. En este momento crítico, una mujer que acababa de llegar se abrió paso a través de la muchedumbre, para poder observar a Rip. Tenía en los brazos un chiquillo de cara redonda, que, al verle, comenzó a gritar:

—¡Vamos, Rip! —exclamó ella—, ¡tonto!, ese hombre no te va a hacer daño!

El nombre del niño, el aspecto de la madre, el tono de su voz, todo despertó en Rip numerosos recuerdos.

—¿Cómo se llama usted, buena mujer? —le preguntó.

—Judit Gardenier.

—¿Cómo se llamaba su padre?

Rip Van Winkle, ¡pobre hombre! Hace veinte años que desapareció en las montañas con su escopeta y desde entonces nadie ha sabido más de él. Su perro volvió solo a casa. No sabemos si se mató o si se lo llevaron los indios. Yo era entonces muy pequeña.

A Rip le quedaba tan sólo una pregunta por hacer, la que formuló con voz temblorosa:

—¿Dónde está ahora su madre?

—Murió hace muy poco tiempo. Sufrió un ataque consecuencia de una discusión que tuvo con un vendedor ambulante que venía de Nueva Inglaterra.

Por lo menos con esto oía algo reconfortante. El honrado Rip no pudo contenerse más tiempo. Abrazó a su hija y a su nieto.

—Yo soy tu padre. ¿No conoce aquí nadie al viejo Rip Van Winkle?

Todos se quedaron asombrados, hasta que una anciana salió de entre la multitud con paso tembloroso y, poniéndose la mano delante de los ojos, para ver mejor, exclamó:

—¡Claro!, es Rip Van Winkle. ¡Es el mismo! Bienvenido, vecino. ¿Dónde has estado todos estos años?

Rip acabó pronto de contar su historia, pues para él aquellos veinte años se reducían a una sola noche. Los vecinos se asombraron al oírle referir tan extraña historia; algunos se hicieron mutuamente señas; el anciano caballero que se creía importante y que había vuelto en cuanto pasó la alarma, sacudió la caza, al ver lo cual toda la asamblea hizo lo mismo. Se decidió preguntar la opinión del viejo Pedro Venderdonk, a quien vieron venir lentamente por el camino. Descendía del historiador del mismo nombre, que escribió una de las primeras crónicas de la provincia.

Era él el habitante más viejo de la villa; estaba versado en todos los sucesos maravillosos y tradiciones de la vecindad. Reconoció a Rip enseguida y corroboró su historia de la manera más satisfactoria. Aseguró a los presentes que era un hecho, transmitido de padres a hijos, que los Kaatskill habían sido siempre refugio de extraños seres. Se afirmaba que el gran Hendrick Hudson, el descubridor del país y de la comarca, mantenía allí una especie de vigilancia, visitando la región cada veinte años y vigilando el río y la gran ciudad que llevaba su nombre. El padre de Vanderdonk los había visto una vez, en sus antiguos trajes holandeses, jugando a los bolos, en un rincón de la montaña; él mismo había oído una vez durante el verano el ruido de sus juegos, que sonaban como truenos lejanos. Los circunstantes se dispersaron y volvieron a la elección, que era más importante.

La hija de Rip le llevó a su casa a vivir con ella: habitaba un elegante chalet bien amueblado que compartía con su marido, un hacendado enérgico y optimista, a quien Rip reconoció como uno de los chiquillos que acostumbraban jugar con él. En lo que respecta al hijo y heredero de Rip, que era la misma estampa de su padre, y que éste había visto apoyado en un árbol, se decidió emplearlo en trabajar la hacienda, pero demostró una predisposición hereditaria a preocuparse de sus propios asuntos.

Rip reanudó sus viejos paseos y costumbres; pronto encontró muchos de sus antiguos compañeros, aunque el tiempo no los había hecho mejores, por lo cual nuestro personaje prefería hacerse amistades entre la joven generación, que pronto le consideró uno de sus favoritos. No teniendo nada que hacer en casa, y habiendo llegado a aquella feliz edad en que un hombre puede impunemente dedicarse a la holgazanería, ocupó una vez más su lugar en el banco de la taberna, donde se le reverenciaba como uno de los patriarcas de la villa y una crónica viviente de los viejos tiempos antes de la guerra.

Pasó algún tiempo antes de que pudiera encontrar el método actual de murmuración o pudiera comprender los extraños hechos que habían ocurrido durante su sueño: la guerra, la liberación del yugo de Gran Bretaña y la circunstancia de que ahora, en vez de ser un súbdito de su majestad Jorge III, era un libre ciudadano de los Estados Unidos. Rip no era ningún político; las transformaciones de los Estados y de los imperios le hacían muy poca impresión; había una especie de despotismo bajo el cual había gemido durante muchos años: la dictadura de las faldas. Felizmente, eso había terminado, había logrado sacudir el yugo del matrimonio, y podría entrar y salir sin temor a la tiranía de la señora Van Winkle.

Cuando se mencionaba su nombre, sin embargo, meneaba la cabeza, se encogía de hombros y bajaba la vista, lo que podía pasar por una expresión de resignación ante su suerte o de alegría por su liberación. Acostumbraba contar su historia a todos los extraños que llegaban al hotel de Doolittle. Al principio, algunos oyentes observaron que variaba en diversos puntos, lo que se debía indudablemente a que acababa de despertarse. Finalmente llegó a contarle exactamente cómo yo lo he relatado aquí; todo hombre, mujer o niño de la vecindad lo conocía ya de memoria. Algunos pretendían dudar de la realidad de la narración e insistían en que Rip había estado loco.

Sin embargo, casi todos los viejos habitantes holandeses de la villa le daban entero crédito. Hoy mismo, en cuanto oyen truenos, en una tarde de verano, alrededor de los Kaatskill, dicen que Hendrick Hudson y su tripulación están dedicados a jugar a los bolos; en la vecindad, cuando un marido a quien le ha tocado una mujer demasiado dominadora siente lo pesado de su situación, desea beber un buen trago de la misma copa de Rip Van Winkle.


NOTA: Es de sospechar que el relato anterior haya sido sugerido al señor Knickerbocker por una superstición alemana acerca del emperador Federico Barbarroja y las montañas de Kiffhäuser. Sin embargo, la nota agregada a este relato demuestra que es un hecho referido con su usual fidelidad:

La historia de Rip Van Winkle puede parecer increíble a muchos, a pesar de lo cual la creo verdadera en todos sus puntos, pues nuestras colonias holandesas han sido siempre escenario de hechos y apariciones maravillosas. Yo mismo he escuchado historias más extraordinarias que ésta en las villas situadas a lo largo del Hudson, todas las cuales eran tan auténticas que no admitían la más mínima duda. Yo mismo he hablado con Rip Van Winkle, quien, cuando le vi por última vez, era un venerable anciano, tan perfectamente lógico y consistente en todos los puntos, que no puedo suponer que ninguna persona consciente pudiera negarse a creerle. He visto un certificado del juzgado de paz sobre esta materia, firmado con una cruz, en la propia caligrafía del juez. Por consiguiente, la historia está fuera de toda duda.

D. K.

Post scriptum. -En lo que sigue transcribimos algunas notas de viaje del señor Knickerbocker:

Las montañas Kaatsberg o Catskill, como se llaman ahora, han sido siempre una región legendaria. Los indios creían que allí moraban los espíritus que reinan sobre el tiempo, que esparcen las nubes o los rayos del sol, y que conceden abundantes o escasas estaciones de caza. Estaban sometidos a un viejo espíritu femenino, que, según ellos, era su madre. Esa mujer se aposentaba en el pico más alto de los Catskill, desde donde abría y cerraba las puertas del día y de la noche, siempre a la hora conveniente. Suspendía la luna nueva en los cielos y transformaba las otras en estrellas. En los tiempos de sequía, si los sacrificios que se le ofrecían eran de su agrado, hilaba ligeras nubes de verano, con telas de araña y rocío de la mañana y las mandaba a las crestas de las montañas, copo por copo, como si fuera algodón cardado, flotando en el aire, hasta que, disolviéndose por el calor del sol, descendían a la tierra en suaves lluvias, que hacían renacer los pastos, madurar los frutos y crecer rápidamente el maíz. Si, por el contrario, las ofrendas no le placían, soplaba nubes negras como la tinta, sentándose en medio de ellas, como una araña en medio de su red, y cuando estas nubes descendían, ¡ay de los valles!

En tiempos antiguos vivía una especie de Manitú o espíritu que tenía su morada en lo más recóndito de los Catskill y que se complacía en hacer toda clase de males a los pieles rojas. Algunas veces tomaba la forma de un oso, una pantera, o un ciervo, y conducía al extrañado cazador por intrincados bosques o entre peñascales, hasta que el piel roja se encontraba al borde de un precipicio o de un impetuoso torrente. El escondite favorito de este Manitú se muestra todavía hoy al excursionista curioso. Es una gran roca, que por la vegetación silvestre que la adorna se llama el Jardín Rocoso. Cerca se encuentra un pequeño lago. Los indios respetaban mucho este lugar, tanto que el más audaz cazador no perseguía su presa hasta allí. Sin embargo, uno, perdido en las montañas, penetró una vez en él, donde recogió un bejuco de los que crecían en aquel lugar. En su prisa por abandonar el paraje, lo dejó caer entre las rocas, donde se formó un gran río que le arrastró entre precipicios, deshaciéndole en pedazos y abriéndose camino hasta el Hudson, hacia el cual va fluyendo hasta el día de hoy. Trátase del mismo río que se conoce con el nombre de Kaaters-kill.

Washington Irving (1783-1859)




Relatos góticos. I Relatos de Washington Irving.


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El análisis y resumen del cuento de Washington Irving: Rip Van Winkle (Rip Van Winkle), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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