«El castillo de Leixlip»: Charles Maturin; relato y análisis


«El castillo de Leixlip»: Charles Maturin; relato y análisis.




El castillo de Leixlip (Leixlip Castle) es un relato de terror del escritor irlandés Charles Maturin (1782-1824), publicada en 1825.

El castillo de Leixlip —probablemente uno de los mejores relatos de Charles Maturin junto con la novela gótica: Melmoth, el errabundo (Melmoth the Wanderer)— narra una de las leyendas irlandesas más escalofriantes: la historia del castillo Leixlip, un sitio real y con un pasado realmente oscuro.

El argumento de El castillo de Leixlip desarrolla los aspectos más tenebrosos de esta leyenda, la cual sostiene que las hijas de Redmond Blaney, amo y señor de aquellas tierras, fueron cruelmente asesinadas por sus respectivos maridos; ocultando aquellos crímenes infames bajo la vana hipótesis de que las muchachas en realidad fueron secuestradas por las hadas.




El castillo de Leixlip.
Leixlip Castle; Charles Maturin (1782-1824)

Los incidentes del relato no están basados en hechos; son hechos en sí mismos, que ocurrieron en una época en mi propia familia. El matrimonio de las partes, su repentina y misteriosa separación, y su total distanciamiento uno del otro hasta el último período de su existencia mortal, son todos hechos. No puedo garantizar la verdad de la solución sobrenatural dada a estos misterios; pero aun así debo considerar la historia como una muestra de horrores góticos, y nunca puedo olvidar la impresión que me hizo cuando lo escuché relatar la primera vez entre muchas otras estremecedoras narraciones del mismo suceso.

Charles Maturin.


La tranquilidad de los Católicos de Irlanda durante los perturbados períodos de 1715 y 1745 era de lo más admirable, y en cierto modo, extraordinaria; entrar en un análisis de sus motivos, no es en absoluto el objeto del escritor de este relato, tal como es más placentero afirmar el hecho de su honor que, a esta distancia en el tiempo, asignar dudosas razones para ella. Muchos de ellos, sin embargo, mostraban una especie de secreto disgusto con el existente estado de cosas, dejando sus residencias familiares y deambulando como personas que estuvieran dudosas de sus hogares, o posiblemente confiando más en alguna cercana y afortunada contingencia.

Entre los demás estaba un baronet jacobita, quien, disgustado de su antipática situación en un barrio Whig (*partido liberal inglés), en el norte —donde no escuchaba otra cosa que la heroica defensa de Londonderry, las barbaridades de los generales franceses, y las irresistibles exhortaciones del piadoso Sr. Walker, un clérigo presbiteriano, a quien los ciudadanos la daban el título de evangelista—, abandonó su residencia paterna y alrededor del año 1720 alquiló el Castillo Leixlip por tres años (era entonces la propiedad de los Connolly, que la dejaban a inquilinos), y se trasladó hacia allá con su familia, que consistía en tres hijas, ya que la madre de las niñas estaba muerta desde hacía tiempo.

El Castillo de Leixlip, en esa época, poseía una belleza romántica y grandeza feudal, como pocos edificios en Irlanda pueden mostrar, y el cual está ahora totalmente borrado por la destrucción de sus nobles bosques. Leixlip, aunque alrededor de siete millas de Dublín, tiene todo el retirado y pintoresco carácter que la imaginación podría atribuir a un paisaje a cien millas de, no sólo la metrópolis, sino de un pueblo inhabitado.

Después de conducir una monótona milla al pasar de Lucan a Leixlip, el camino de inmediato se abre al puente de Leixlip, casi en ángulo recto, y se despliega un lujo de paisaje sobre el cual la vista que lo ha contemplado, incluso en la infancia, se aposenta con regocijada memoria. El puente de Leixlip, una tosca pero sólida estructura, se proyecta desde un alto banco del Liffey, y declina hacia el lado opuesto, que descansa notablemente bajo. A la derecha las plantaciones de la propiedad de Vesey casi entremezclan sus oscuros bosques en su corriente, con los opuestos de los de Marshfield y St. Catherine. El río es apenas visible, empequeñecido por el profundo y curvado follaje de los árboles. A la izquierda explota en toda la refulgencia de la luz, baña los escalones de los jardines de las casas de Leixlip, discurre alrededor de las bajas tapias de su campo santo, juega con la embarcación de placer amarrada bajo los arcos sobre los cuales está levantada la casa de verano del castillo, y luego se pierde entre los fértiles bosques que alguna vez orillaron los campos en su misma margen. El contraste en el otro lado, con los exuberantes paseos, matorrales desparramados, templos asentados sobre pináculos, y malezas que ocultan la vista del río hasta que se está en los bancos, que marcan el carácter de los campos que son ahora la propiedad del coronel Marly, es peculiarmente impactante.

Visible sobre los más altos techos del pueblo, aunque un cuarto de milla distante de ellos, están las ruinas del Castillo de Confy, una recta, bien antigua torre de rapiña de los agitados tiempos cuando la sangre era vertida como agua; y cuando se pasa el puente se alcanza a ver la cascada (o salto de salmón, como la llaman) en cuyos brillos del mediodía, o su belleza como luz de luna, probablemente los ásperos habitantes del tiempo en que el Castillo de Confy era una torre de fortaleza, nunca echaron una mirada o proyectaron un pensamiento, mientras traqueteaban con sus arreos sobre el puente de Leixlip, o se abrían camino a través de la corriente antes de que esa comodidad estuviera en existencia.

Si la soledad en la cual él vivía contribuyó a tranquilizar los sentimientos de Sir Redmond Blaney, o si éstos habían comenzado a oxidarse por necesidad de colisión con los de otros, es imposible de decir, pero es seguro que el buen baronet comenzó gradualmente a perder su tenacidad en asuntos políticos; y excepto cuando un amigo jacobita concurría a cenar con él, el rey en la otra orilla o el cura de la parroquia hablaba de las esperanzas de mejores tiempos y el éxito final de la causa, y la antigua religión; o se escuchaba a un sirviente jacobita en la soledad de la gran mansión silbar Charlie es mi favorito, a lo cual Sir Redmond involuntariamente respondía con una profunda voz de bajo, de alguna forma la peor para el deterioro, y marcaba con más énfasis que buen tino. Su vida, parecía pasar sin novedades o esfuerzos. Las calamidades domésticas, también, estrujaban dolorosamente al anciano caballero: de tres hijas, la más joven, Jane, había desaparecido de tan extraordinaria manera en su infancia, que aunque no es más que una alocada, remota tradición familiar, no puedo resistirme a relatarla:

La muchacha era de belleza e inteligencia poco comunes, y estaba restringida a recorrer las inmediaciones del castillo con la hija de una sirvienta, que también se llamaba Jane, como un nombre de caricia. Una tarde Jane Blaney y su compañera se internaron en el bosque. Su ausencia no creó ninguna inquietud, ya que estas excursiones no eran inusuales, hasta que su compañera de juegos regresó sola y llorando. Su explicación fue que al atravesar una senda a cierta distancia del castillo, una vieja, con vestido fingalliano (un refajo o enagua roja y un largo saco verde), de pronto salió al camino desde un matorral, y tomó a Jane Blaney por el brazo: tenía en su mano dos juncos, uno de los cuales arrojó por sobre su hombro, y dando el otro a la niña, le indicó con la mano que hiciera lo mismo. Su joven compañera, aterrorizada por lo que veía, estaba ya escapando, cuando Jane Blaney la llamó:

—Adiós, adiós, mucho tiempo pasará antes de que me veas de nuevo.

La chica dijo que entonces desaparecieron, y que ella encontró el camino a casa como pudo. Una infatigable batida comenzó inmediatamente —se recorrieron los bosques, se exploraron los matorrales, se secaron los estanques— todo en vano. La búsqueda y la esperanza se abandonaron al fin. Diez años más tarde, el ama de llaves de Sir Redmond, habiendo recordado que dejara la llave de un armario donde se guardaban las golosinas sobre la mesa de la cocina, volvió a recogerla. Al aproximarse a la puerta escuchó una voz infantil murmurando:

—Frío… frío… frío… cuánto tiempo hace desde que he sentido un fuego.

Ella avanzó, y vio, para su asombro, a Jane Blaney, encogida a la mitad de su tamaño normal, y cubierta de harapos, acuclillándose sobre los rescoldos del fuego. El ama de llaves voló de terror del lugar, y alertó a los sirvientes, pero la visión se había desvanecido. Se reportó que la niña había sido vista varias veces posteriormente, en forma diminuta, como si no hubiera crecido una pulgada desde que tenía diez años de edad, y siempre acuclillándose sobre un fuego, ya sea en la habitación del torreón o en la cocina, quejándose de frío y hambre, y aparentemente cubierta de harapos. Se dice que su existencia se prolonga bajo estas deprimentes circunstancias, tan distintas de aquéllas de Lucy Gray en la hermosa balada de Wordsworth:


Y aun alguien dirá, que hasta el día de hoy
ella es una niña viviente…
Que han encontrado a la dulce Lucy Gray
en la yerma estepa;
Sobre lo agreste y lo suave ella marcha,
y nunca mira atrás;
y tararea una solitaria canción
que silba en el viento.


El destino de la hermana mayor fue más melancólico, aunque menos extraordinario. Estaba comprometida con un caballero de calificada fortuna e irreprochable carácter: era católico, además; y Sir Redmond Blaney refrendó las cláusulas del matrimonio, en total satisfacción de la seguridad del alma de su hija, tanto como de sus bienes parafernales. La boda fue celebrada en el Castillo de Leixlip, y después de que los novios se hubieran retirado, los invitados no obstante permanecieron bebiendo a la salud de su futura felicidad, cuando de repente, para gran alarma de Sir Redmond y sus amigos, se escucharon fuertes y penetrantes gritos, emitidos desde la parte del castillo en la cual estaba situada la cámara nupcial.

Algunos de los más valientes se apresuraron escaleras arriba. Era demasiado tarde… el desventurado novio había estallado, en esa noche fatal, en un repentino y de lo más horrible paroxismo de locura. La mutilada forma de la infortunada y agonizante dama daba testimonio de la mortal virulencia con la cual la enfermedad había operado en el infeliz esposo, que se mató luego del involuntario asesinato de su consorte. Los cuerpos fueron enterrados tan pronto como la decencia lo permitió, y la historia se silenció.

Las esperanzas de Sir Redmond sobre el rescate de Jane fueron disminuyendo cada día, aunque todavía continuaba escuchando cada descabellado relato contado por las domésticas; y se suponía que toda su dedicación estaba ahora dirigida hacia su única hija sobreviviente. Anne, viviendo en soledad, y tomando parte solamente de la muy limitada educación de las mujeres irlandesas de ese tiempo, fue abandonada más que nada a los sirvientes, entre quienes incrementó su gusto por los horrores supersticiosos y sobrenaturales, a un grado que tuviera el más desastroso efecto en su vida futura.

Entre los numerosos lacayos del castillo, se encontraba una marchita vieja, que había sido niñera de la madre de la finada Lady Blaney, y cuya memoria era un completo Thesaurus terrorum. El misterioso destino de Jane primero alentó a su hermana a escuchar los disparatados cuentos de esta arpía, que aseveraba que una vez vio a la fugitiva de pie frente al retrato de su madre muerta en uno de los aposentos del castillo, y murmurando para sí misma:

—¡Pobre de mí, pobre de mí! ¡Nunca mi madre pensó que su diminuta Jane se convertiría en lo que es!

Pero a medida que Anne crecía comenzó a “inclinarse más seriamente” a las promesas de la vieja bruja de que ella podría mostrarle a su futuro prometido, luego de la ejecución de ciertas ceremonias, las cuales a ella al principio le disgustaban, como horribles e impías. Pero finalmente, bajo la repetida instigación de la vieja, consintió en tomar parte. El período fijado para la realización de estos ritos no consagrados estaba a la sazón aproximándose —era cerca del 31 de octubre—; la memorable noche cuando tales ceremonias eran, y todavía se suponen que son, en el norte de Irlanda, más potentes en sus efectos.

Durante todo el día la vieja bruja tuvo cuidado de reducir la mente de la joven damita al apropiado tono de sumisa y vacilante credulidad, con todas las horribles historias que pudo relatar; y las narró con aterradora y sobrenatural energía. A esta mujer la familia la llamaba Collogue, un nombre equivalente a Chisme en Inglaterra, o Bruja en Escocia (aunque su nombre real era Bridget Dease); y ella convalidaba el sobrenombre a través del ejercicio de una incansable locuacidad, una infatigable memoria y un ensañamiento por comunicar e infligir terror, que no tenía piedad de ninguna víctima en la casa, desde el palafrenero, a quien mandaba temblando a su manta, hasta la Dama del Castillo, sobre quien sentía que tenía ilimitada influencia.

El 31 de octubre llegó —el castillo estaba perfectamente calmo antes de las once—. Media hora después, la Collogue y Anne Blaney eran vistas deslizándose a lo largo de un pasadizo que las dirigía a lo que se llama la Torre del Rey John, donde se dice que el monarca recibió el homenaje del príncipe irlandés como Señor de Irlanda y el cual era, en todo caso, la parte más antigua de la estructura.

La Collogue abrió una pequeña puerta con una llave que había ocultado entre sus ropas, y urgió a la joven a que se apurase. Anne avanzó hacia el postigo y permaneció de pie allí, irresoluta y temblando como una tímida bañista a la vera de un arroyo desconocido. Era una oscura noche otoñal. Un fuerte viento suspiraba entre los bosques del castillo, e inclinaba las ramas de los árboles más bajos casi hasta las olas del Liffey, el cual, crecido por las recientes lluvias, luchaba y rugía entre las piedras que obstruían su cauce. La pronunciada pendiente desde el castillo se extendía frente a ella, con su oscura avenida de olmos. Unas pocas luces todavía brillaban en el pequeño pueblo de Leixlip, pero por lo tardío de la hora era probable que pronto se extinguieran.

La dama se demoró.

—¿Y debo ir sola? —dijo, anticipando que los terrores de su espantosa excursión podrían ser agravados por su más espantoso propósito.

—Debéis, o todo será arruinado —dijo la vieja, oscureciendo la miserable luz, que no extendía su influencia más de seis pulgadas en el camino de la víctima—. Debéis ir sola… y yo vigilaré por ti aquí, querida, hasta que vuelvas, y veas entonces lo que vendrá a ti a las doce en punto.

La infortunada muchacha hizo una pausa.

—¡Oh! Collogue, Collogue, si tan solo vinieras conmigo. ¡Oh! Collogue, ven conmigo, aunque más no sea hasta el final de la cuesta del castillo.

—Si yo fuera contigo, querida, nunca alcanzaríamos vivas de nuevo su cima, porque los que están cerca nos desgarrarían en pedazos.

—¡Oh! Collogue, Collogue… déjame volver entonces, e ir a mi cuarto… he ido demasiado lejos y he hecho demasiado.

—Y eso es lo que tienes, querida, y por eso debes ir más lejos, y todavía hacer más, no sea que, cuando regreses a tu cuarto, vieres la imitación de alguien en vez de un apuesto y joven novio.

La joven dama miró a su alrededor por un momento, el terror y una indómita esperanza tremolando en su corazón. Entonces, con un repentino impulso de coraje sobrenatural, se lanzó como un pájaro desde la terraza del castillo. El revoloteo de sus blancas prendas fue visto por unos pocos momentos, y luego la vieja bruja, que había estado oscureciendo el parpadeo de la luz con una mano, echó el cerrojo al postigo, y ubicando la vela delante de una tronera vidriada, se sentó sobre una silla de piedra a la entrada de la torre, para mirar la ocurrencia del hechizo. Pasó una hora antes de que la joven dama regresara. Su rostro estaba pálido y sus ojos fijos como los de un cuerpo muerto, pero sostenía en su puño una vestidura chorreante, una prueba de que su diligencia había sido ejecutada.

Se arrojó a las manos de su compañera, y luego permaneció de pie, resoplando y mirando enloquecidamente a su alrededor, como si no supiera dónde estaba. La propia vieja se aterrorizó ante el insano y jadeante estado de su víctima, y la llevó apresuradamente a su cámara; pero aquí, las preparaciones de las terribles ceremonias de la noche fueron los primeros objetos que la impresionaron, y estremeciéndose a la vista de ellas, se cubrió los ojos con las manos, y se paró firmemente clavada en el centro de la habitación.

Se necesitaron todas las persuasiones de la vieja (ayudada incluso por misteriosas amenazas), combinada con las facultades que retornaban y la renacida curiosidad de la pobre chica, para persuadirla de pasar por los asuntos pendientes de la noche. Al final, dijo como presa de desesperación:

—Lo llevaré a cabo: pero en la habitación de al lado; y si lo que temo pasa, haré sonar la pequeña campana de plata de mi padre, que me he procurado por esta noche… y si tienes un alma para ser salvada, Collogue, ven a mí con el primer sonido.

La vieja prometió, le dio sus últimas instrucciones con ferviente y celosa minuciosidad, y luego se retiró a su propio cuarto, que era adyacente al de la joven. La vela se había consumido, pero removió las ascuas del fuego de turba, y se sentó, dando cabezadas sobre ellas, alisando el camastro de vez en cuando, pero resolvió no acostarse mientras existiera la posibilidad de un sonido del cuarto de la damita, el cual ella misma, marchitos como estaban sus sentimientos, esperaba con una mezcla de ansiedad y terror.

Era ya muy pasada la medianoche, y todo estaba en silencio sepulcral en el castillo. La vieja bruja dormitaba sobre los rescoldos hasta que su cabeza tocó sus rodillas, entonces se incorporó cuando el sonido de la campana pareció tintinear en sus oídos, luego dormitó otra vez, y de nuevo se incorporó cuando la campana pareció tintinear más claramente. De pronto se despertó, no por la campana, sino por los más agudos y horribles gritos de la cámara vecina. La Collogue, consternada por primera vez por las posibles consecuencias de la fechoría que podría haber ocasionado, se apresuró a ir al dormitorio. Anne estaba con convulsiones, y la vieja se vio obligada, con desagrado, a llamar al ama de llaves (quitando mientras tanto los implementos de la ceremonia), y a ayudar a poner en práctica todos los específicos conocidos de esa época; plumas quemadas, etc., para reestablecerla. Cuando al fin lo hubieron logrado, el ama de llaves fue despedida, se trancó la puerta, y la Collogue quedó a solas con Anne. El asunto de su sesión podría haber sido adivinado, pero no fue conocido hasta muchos años más tarde. Pero Anne esa noche sostenía en su mano, en la forma de un arma, con cuya utilización ninguna de ellas estaba al corriente, una evidencia de que su cuarto había sido visitado por un ser fuera de este mundo.

La vieja le importunó con peticiones de destruir esta evidencia, o tirarla: pero ella insistió con fatal tenacidad en conservarla. La guardó bajo llave, sin embargo, inmediatamente, y parecía pensar que había adquirido un derecho, ya que había lidiado tan espantosamente con los misterios de la vida futura, a saber todos los secretos a cuyos descubrimientos esa arma aún podría conducir. Pero desde esa noche se notó que su carácter, sus modales, y aun su aspecto, se alteraron. Se volvió adusta y solitaria, engurruñada a la vista de sus antiguas compañeras, e imperativamente prohibió la menor alusión a las circunstancias que habían ocasionado este misterioso cambio.

Fue unos pocos días subsiguientes a este suceso que Anne, que después del almuerzo había dejado al capellán leyendo la vida de San Francisco Xavier a Sir Redmond, y se había retirado a su propio cuarto a trabajar, y, quizás, a meditar, se sorprendió al escuchar la campana del portón exterior repiquetear fuerte y repetidamente —un sonido que nunca había escuchado desde su primera estadía en el castillo, ya que los pocos invitados que concurrían allí, venían y partían tan calladamente como los humildes visitantes de un gran hombre generalmente lo hacen—. Al instante cabalgó por la avenida de olmos, que ya hemos mencionado, un imponente caballero, seguido de cuatro sirvientes, todos montados, los dos primeros con pistolas en sus fundas, y los dos últimos cargando talegos de montura delante de ellos: aunque era la primera semana de noviembre, siendo la hora del almuerzo la una en punto, Anne tenía suficiente luz como para notar todas estas circunstancias.

El arribo del extraño parecía causar mucho (aunque no mal recibido) tumulto en el castillo; las órdenes se daban fuerte y apremiantemente para el alojamiento de sirvientes y caballos —se escucharon pasos recorriendo los pasadizos por una hora entera— y luego todo estuvo quieto; y se dijo que Sir Redmond había cerrado con llave con su propia mano la puerta de la sala donde él y el extraño se sentaron, y pidió que nadie se atreviera a acercarse. Alrededor de dos horas más tarde, una sirvienta vino con órdenes de su amo, de tener lista una abundante cena a las ocho en punto, en la cual deseaba la presencia de su hija.

El establecimiento familiar estaba en un buen nivel, para una casa irlandesa, y Anne solamente tuvo que descender a la cocina para ordenar que los pollos asados estuvieran bien cubiertos de azúcar negra de acuerdo a la refinada moda de aquellos días, para inspeccionar la mezcla del bol de sagú con su ración de una botella de oporto y un buen puñado de las más ricas especias, y para ordenar particularmente que el pudín de arvejas tuviera un enorme trozo de manteca salada fría en el centro; y luego, sus preocupaciones de menaje terminadas, para retirarse a su cuarto y vestirse para la ocasión con un largo traje de noche blanco adamascado.

A las ocho en punto fue mandada llamar al comedor. Entró, de acuerdo a la moda de la época, con el primer plato; pero al atravesar la antesala, donde los sirvientes estaban sosteniendo luces y cargando los platos, le tiraron bruscamente de las mangas, y la fantasmal cara de la Collogue se arrimó a la de ella, mientras murmuraba:

—¿No dije que vendría por ti, querida?

A Anne se le heló la sangre, pero avanzó, saludó a su padre y al desconocido con dos profundas y marcadas reverencias, y luego tomó su lugar a la mesa. Sus sentimientos de pasmo y quizá de terror por el susurro de su aliada, no se vieron disminuidos por la aparición del extraño; hubo una singular y muda solemnidad en su comportamiento durante la cena. Él no comió nada. Sir Redmond parecía embarazado, sombrío y pensativo. Al fin, comenzando, dijo (sin mencionar el nombre del desconocido):

—¿Beberá a la salud de mi hija?

El extraño dio a entender su buena voluntad de tener ese honor, pero distraídamente llenó su copa con agua; Anne puso unas pocas gotas de vino en la de ella y se inclinó hacia él. En ese momento, por primera vez desde que se habían conocido, ella contempló su rostro: era pálido como el de un cadáver. La blancura mortal de sus mejillas y labios, el hueco y distante sonido de su voz, y el extraño brillo de sus grandes y oscuros ojos inmóviles, fuertemente fijos en ella, la hizo detenerse e inclusive temblar mientras llevaba la copa a sus labios; la bajó, y luego con otra silenciosa reverencia se retiró a su cámara.

Allí encontró a Bridget Dease, ocupada en recoger la turba que ardía en la chimenea, ya que no había ninguna rejilla en el aposento.

—¿Por qué estás tú aquí? —dijo ella impacientemente.

La vieja se volvió, con un espantoso rictus de satisfacción.

—¿No te dije que él vendría por ti?

—Creo que por eso ha venido —dijo la infortunada muchacha, hundiéndose en la enorme silla de mimbre al lado de su cama—, ya que nunca vi un mortal con tal apariencia.

—¿Pero no es un fino y majestuoso caballero? —prosiguió la vieja.

—Luce como si no fuera de este mundo —dijo Anne.

—De este mundo, o del próximo —dijo la vieja, levantando su huesudo dedo índice—. Atención a mis palabras… tan cierto como el… (aquí repitió algunas de las horribles fórmulas del 31 de octubre)… así también es seguro que él será tu prometido.

—Entonces seré la novia de un cadáver —dijo Anne—, ya que el que vi esta noche no es un hombre vivo.

Transcurrieron dos semanas, y ya sea que Anne se reconcilió con las facciones que las había considerado tan espectrales, al descubrir que ellas eran las más agraciadas que había contemplado jamás, y que la voz, cuyo sonido al principio era tan extraño y sobrenatural, se redujo a un tono de lastimera blandura cuando se dirigía a ella o si es imposible para dos jóvenes con corazones disponibles encontrarse en el campo —y encontrarse seguido, para observar silenciosamente el mismo arroyuelo, vagar bajo los mismos árboles y escuchar juntos el viento que bate las ramas— sin experimentar una asimilación de sentimientos rápidamente deviniendo en una asimilación de gustos; o si fue por todas estas causas combinadas, pero en menos de un mes Anne oyó la declaración de la pasión del extranjero con mucho sonrojo, aunque sin un suspiro. Entonces declaró su nombre y posición. Afirmó ser un baronet escocés, con el nombre de Sir Richard Maxwell. Adversidades familiares lo habían separado de su país, y habían excluido para siempre la posibilidad de su retorno: había trasladado sus pertenencias a Irlanda, y se proponía fijar su residencia allí de por vida. Tal fue su declaración.

El galanteo de esos días era breve y simple. Anne se convirtió en esposa de Sir Richard, y, creo, residieron con su padre hasta su muerte, cuando se mudaron a sus propiedades en el norte. Allí permanecieron por muchos años, en tranquilidad y felicidad, y tuvieron una numerosa familia. La conducta de Sir Richard estuvo marcada por dos peculiaridades: no sólo rehuía toda comunicación, sino la vista de cualquiera de sus compatriotas, y si llegaba a escuchar que un escocés había llegado al pueblo vecino, se encerraba hasta estar seguro de la partida del extranjero.

La otra era su costumbre de retirarse a su propia cámara, y permanecer invisible para su familia en el aniversario del 31 de octubre. La señora, que tenía sus propias asociaciones con relación a ese período, solamente le preguntó una vez sobre la razón de su encierro, y entonces, solemne e incluso severamente, se le ordenó nunca repetir sus averiguaciones. Así estaban las cosas, en cierto sentido, de forma extraña, pero no desgraciada, cuando de súbito, sin ninguna causa asignada o asignable, Sir Richard y Lady Maxwell se separaron, y nunca más se encontraron en este mundo, ni a ella le fue permitido ver a ninguno de sus hijos hasta el momento de su muerte. Él continuó viviendo en la mansión familiar y ella fijó su residencia con un pariente lejano en una remota parte del país. Tan total fue su desunión, que el nombre de ambos nunca fue escuchado filtrarse por los labios del otro, desde el momento de la separación hasta el de la desintegración.

Lady Maxwell sobrevivió a Sir Richard cuarenta años, viviendo hasta la edad de noventa y seis años; y de acuerdo con una promesa previamente dada, reveló a un descendiente con quien ella había vivido las siguientes extraordinarias circunstancias.

Dijo que en la noche del 31 de octubre, alrededor de setenta y cinco años antes, a instigaciones y malos consejos de su asistente, había lavado una de sus prendas en un lugar donde confluían cuatro arroyos, y había llevado a cabo otras ceremonias no consagradas bajo la dirección de la Collogue, con la esperanza de que su futuro marido se le apareciera en su cámara a las doce en punto de esa noche. El momento crítico llegó, pero no en forma de un amante. Una visión de indescriptible horror se acercó a su cama, y arrojándole un arma de hierro de una forma y construcción desconocida para ella, le ordenó que “reconociera a su futuro marido por eso”. Los terrores de esta visita pronto la privaron de sus sentidos; pero con su recuperación, insistió, como ha sido dicho, en conservar la hórrida prueba de la realidad de la visión, la cual, puesta bajo examen, resultó estar incrustada con sangre.

Permaneció escondida en el cajón más interno de su armario hasta la mañana de la separación. Esa mañana, Sir Richard Maxwell se levantó antes de amanecer para sumarse a una partida de caza. Precisaba un cuchillo para algún propósito casual, y habiendo perdido el suyo, llamó a Lady Maxwell, que todavía estaba acostada, para que le prestara uno. La señora, que estaba medio dormida, respondió que en tal cajón de su armario lo encontraría. Él fue, sin embargo, a otro, y al instante siguiente ella estaba totalmente despierta al ver a su marido presentando la terrible arma en su garganta, y amenazándola con una muerte instantánea a menos que le revelara cómo la había conseguido. Ella suplicó por su vida, y luego, en una agonía de horror y contrición, le contó la historia de aquella memorable noche. Él la miró por un momento con un semblante al que la furia, el odio y la desesperación convertían, como ella admitió, en un símil viviente de la faz de demonio que alguna vez había contemplado (tan singularmente fue cumplida la semejanza predestinada), y luego exclamando “Me conseguiste con la ayuda del diablo, pero no me conservarás por mucho tiempo”, la dejó, para no encontrarse ya en este mundo.

El secreto de su marido no era desconocido para la señora, aunque los medios por los cuales los poseyó eran completamente injustificables. Su curiosidad había sido fuertemente excitada por la aversión de su marido a sus compatriotas, y tanto fue así —estimulada por la llegada de un caballero escocés en las vecindades algún tiempo antes, quien se declaró antiguo conocido de Sir Richard, y habló misteriosamente de las causas que lo habían llevado fuera de su país—, que ella se dio maña para obtener una entrevista con él bajo un nombre falso, y obtuvo de él el conocimiento de circunstancias que amargaran su vida venidera hasta su última hora. Su historia fue esta:

Sir Richard Maxwell estaba en mortal contienda con un hermano menor. Se propuso una fiesta familiar para reconciliarlos, y como el uso de cuchillos y tenedores era entonces desconocido en las Tierras Altas, los comensales se reunieron con sus puñales con el propósito de trinchar. Bebieron de firme. La fiesta, en vez de armonizar, comenzó a inflamar sus espíritus; se renovaron las cuestiones de viejo antagonismo; las manos, que al principio tanteaban las armas en desafío, las desenvainaron al fin en furia, y en la refriega Sir Richard hirió mortalmente a su hermano. Su vida fue salvada con dificultad de la venganza del clan, y fue llevado deprisa hacia la costa del mar, cerca de la cual se erigía la casa, y se escondió allí hasta que se pudo conseguir una nave para conducirlo a Irlanda.

Embarcó en la noche del 31 de octubre, y mientras estaba atravesando la cubierta en indecible agonía de espíritu, su mano tocó accidentalmente el puñal que inconscientemente había llevado desde la noche fatal. Lo desenvainó, y rogando “que la culpa de la sangre de su hermano estuviera tan lejos de su alma, como pudiera arrojar el arma de su cuerpo,” lo lanzó por el aire con todas su fuerzas. Este instrumento encontró él oculto en el armario de la señora, y si realmente le creyó a ella que tomó posesión de él por medios sobrenaturales, o si temió que su esposa fuera un testigo secreto de su crimen, no ha sido determinado.

La separación tuvo lugar con el descubrimiento. Por lo demás, desconozco cuál pueda ser la verdad fundada, cuento la historia tal como a mí me fue contada.

Charles Maturin (1782-1824)




Relatos góticos. I Novelas de Charles Maturin.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Charles Maturin: El castillo de Leixlip (Leixlip Castle), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Charles Maturin: novelas góticas


Charles Maturin: novelas góticas.




Charles Maturin (1782-1824) fue un excelente escritor irlandés y uno de los precursores de la literatura gótica. Su obra, no tan prolífica pero ciertamente decisiva para el desarrollo de la novela gótica, se encuentra entre las más importantes e influyentes de aquel período.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de todos los relatos y novelas góticas de Charles Maturin.




Charles Maturin: obras completas:
  • Charles Maturin: novelas destacadas.
  • El castillo de Leixlip (Leixlip Castle)
  • El relato de la familia de Guzmán (Tale of Guzman's Family)
  • Melmoth el errabundo (Melmoth, the Wanderer)
  • Bertram (Bertram)
  • Cinco sermones sobre los errores de la Inglesia Católica de Roma (Five Sermons on the Errors of the Roman Catholic Church)
  • El cuento del parricida (The Parricide's Tale)
  • El salvaje muchacho irlandés (The Wild Irish Boy)
  • El jefe milesiano (The Milesian Chief)
  • El universo (The Universe)
  • Fredolfo (Fredolfo)
  • Líneas sobre la Batalla de Waterloo (Lines on the Battle of Waterloo)
  • Las hermanas malditas (The Doomed Sisters)
  • Los albigenses (The Albigenses)
  • Manuel (Manuel)
  • Mujeres, a favor o en contra (Women; or, Pour Et Contre; a Tale)
  • Osmyn el renegado (Osmyn the Renegade)
  • Sermones (Sermons)
  • Venganza fatal o la familia de Montorio (The Family of Montorio)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Charles Maturin: novelas góticas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El extraño caso del dr. Jekyll y mr. Hyde»: Robert Stevenson; novela y análisis


«El extraño caso del dr. Jekyll y mr. Hyde»: Robert Stevenson; novela y análisis.




El extraño caso del dr. Jekyll y mr. Hyde (The Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde) es una novela de terror del escritor escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894), publicada en 1886.

El argumento de El extraño caso del dr. Jekyll y mr. Hyde, una de las mejores novelas de Robert Louis Stevenson, se basa en las dos personalidades del doctor Jekyll —o acaso las del señor Hyde—, siendo la más oscura la segunda. No obstante, podemos pensar que la novela representa la antigua lucha entre el bien y el mal dentro del corazón de un hombre.

Aquí, Robert Louis Stevenson examina la dualidad que a todos nos abarca, pero también la unicidad de ambas expresiones; es decir, el bien y el mal como parte de un todo superior e inexpugnable para la razón.

Recordemos que la novela le fue inspirada durante un suceso bastante extraño. De hecho, el propio autor asegura que el argumento del libro le fue sugerido por los Brownies.

Lo extraordinario de El extraño caso del dr. Jekyll y mr. Hyde es que el libro no cae jamás en reflexiones banales. Robert Louis Stevenson no se detiene en los aspectos más visibles de ese conflicto, sino en la imposibilidad de resolverlo. Es decir, no es que el doctor Jekyll se convierta en el señor Hyde, sino que ambos, en idénticas proporciones, son fracciones de un todo mucho más grande y estremecedor que sus partes.

También es justo decir que El extraño caso del dr. Jekyll y mr. Hyde utiliza el arquetipo del doppelgänger que tanto agradaba a Edgar Allan Poe, aunque desde una perspectiva que no necesariamente admite una polaridad absoluta, sino parcial: tanto Jekyll como Hyde saben, o intuyen, que no son una entidad completamente ajena a la otra.

El extraño caso del dr. Jekyll y mr. Hyde es una novela bastante maltratada por el cine. Casi todas las versiones cinematográficas rechazan aquello que distingue a Robert Stevenson de otros autores. En el libro, recién al final sabemos que Jekyll y Hyde son la misma persona, pero el cine, en cambio, ha preferido evidenciar esas transformaciones, logrando así un mayor impacto visual pero en desmedro del argumento.

Más allá de que el cine nos haya obligado a una lectura más o menos resignada de El extraño caso del dr. Jekyll y mr. Hyde, la magia de Robert Stevenson sigue ahí, intacta, para aquellos que todavía deseen estremecerse con su agudo examen de la dualidad en el espíritu humano.




El extraño caso del doctor Jeckyll y el señor Hyde.
The Strange Case of Dr Jeckyll and Mr Hyde, Robert Louis Stevenson (1850-1894).
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Novelas góticas. I Novelas de Robert Louis Stevenson.


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El análisis y resumen del libro Robert Louis Stevenson: El extraño caso del doctor Jekyll y mr. Hyde (Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La narración de Arthur Gordon Pym»: E.A. Poe; relato y análisis


«La narración de Arthur Gordon Pym»: E.A. Poe; relato y análisis.




La narración de Arthur Gordon Pym (The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket) es una novela de terror del escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), publicada en 1838 [ver: ¡Tekeli-li!: análisis de «La narración de Arthur Gordon Pym»]

La narración de Arthur Gordon Pym, uno de los mejores relatos de Edgar Allan Poe, cuenta la historia de Arthur Gordon Pym, quien se embarca de forma clandestina a bordo del Grampus, un buque ballenero que se dirige a la Antártida.

Lejos de ser simplemente un relato náutico, este clásico de E.A. Poe desarrolla una serie interminable de sucesos dramáticos: motines, un naufragio, actos de canibalismo entre los sobrevivientes, luchas contra los pueblos nativos, y, finalmente, la presencia de una criatura inquietante en las regiones más inhóspitas de la Antártida.

La narración de Arthur Gordon Pym roza muchas facetas notables en la obra de E.A. Poe: lo fantástico, lo alegórico, lo biográfico, lo espiritual, incluso la épica, casi como si se tratara de una saga contemporánea, aparecen en sus páginas. La historia propiamente dicha se centra en el viaje de Arthur Pym hacia las regiones antárticas, un viaje que se inicia de manera prosaica, pero que a medida que transcurre va transformándose en una verdadera jornada épica.

Desde la supervivencia angustiosa del protagonista en alta mar, hasta la llegada a unas tierras desconocidas e inquietantes en el sur, plagada de seres ignotos, aterradoramente familiares; pasando por las referencias de E.A. Poe a la criptografía y la épica, La narración de Arthur Gordon Pym invoca a la vasta literatura del mar, y la transforma en una auténtica joya del horror.

Para finalizar diremos que hay dos secuelas de La narración de Arthur Gordon Pym. Ninguna fue escrita por Edgar Allan Poe, pero ambas, en todo caso, son excelentes. La primera pertenece nada menos que a Julio Verne, y se titula: La esfinge de los hielos (Le sphinx des glaces). La segunda, de Charles Romyn Dake, fue publicada como: Un extraño descubrimiento (A Strange Discovery).




La narración de Arthur Gordon Pym.
, Edgar Allan Poe (1809-1849)
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Novelas góticas. I Relatos de Edgar Allan Poe.


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«La mujer loba»: Frederick Marryat; relato y análisis


«La mujer loba»: Frederick Marryat; relato y análisis.




La mujer loba de las Montañas Harz (The Werewolf of the Hartz Mountain) es un relato de hombres lobo del escritor inglés Frederick Marryat (1792-1848), publicado originalmente en el capítulo XXXIX de la novela gótica de 1836: El barco fantasma (The Phantom Ship).

La mujer loba, uno de los mejores relatos de Frederick Marryat, es quizá el primer cuento de licántropos en recurrir a la mujer como vehículo de aquella ancestral maldición.




La mujer loba.
The Werewolf of the Hartz Mountains; Frederick Marryat (1792-1848)

Antes del mediodía Philip y Krantz habían embarcado. No tuvieron dificultades en mantener el curso, pues las islas durante el día y las estrellas por la noche eran su brújula. Cierto que no siguieron la ruta más directa, pero si la más segura, aprovechando las aguas calmadas. En muchas ocasiones los persiguieron los praos malayos que infestaban las islas, pero hallaron seguridad en la rapidez de su breve embarcación; a decir verdad, y hablando de lo que ocurría en general, los piratas abandonaban la caza en cuanto notaban la pequeñez del velero, pues suponían obtener de él muy poco o ningún botín. Una mañana, mientras navegaban con menos viento del acostumbrado, Philip observó:

—Krantz, dijiste que en tu vida hubo sucesos que corroboran el misterioso relato que te confié. ¿No me dirás a qué te referías?

—Desde luego —respondió Krantz—. A menudo pensé hacerlo. Ésta es una buena oportunidad. Prepárate a escuchar una historia extraña, quizás tan extraña como la tuya. Doy por hecho que has oído hablar de las montañas Hartz.

—Nunca oí hablar de ellas —respondió Philip—, pero sí leí sobre ellas en algún libro, y de las extrañas cosas allí ocurridas.

—Es una región salvaje —comentó Krantz—, y se cuentan de ella muchos casos; pero por extraños que sean, tengo buenas razones para suponerlos ciertos.

Mi padre no nació en las montañas Hartz; era siervo de un noble húngaro que tenía grandes posesiones en Transilvania; ahora bien, aunque siervo, de ninguna manera era mi padre un hombre analfabeto. Al contrario, tenía riquezas, siendo tales su inteligencia y su respetabilidad, que el amo lo había elevado al cargo de administrador. Pero quien siervo nace siervo permanece, aunque acumule riquezas: ésa era la condición de mi padre. Llevaba casado unos cinco años, y de aquel matrimonio nacieron tres hijos, mi hermano mayor César, yo mismo (Herman) y una hermana llamada Marcela. Como bien sabes, Philip, el latín sigue siendo la lengua que se habla en aquel país, lo que explica la sonoridad de nuestros nombres. Era mi madre una mujer muy bella, por desgracia más bella que virtuosa. La admiró el señor de aquellas tierras, quien envió a mi padre en alguna misión. Durante su ausencia mi madre, halagada por las atenciones y conquistada por la asiduidad del noble, cedió a los deseos de éste. Sucedió que mi padre volvió antes de lo esperado y descubrió la intriga. No había dudas del vergonzoso acto de mi madre ¡pues la sorprendió en compañía de su seductor! Llevado por la impetuosidad de sus sentimientos, mi padre esperó la oportunidad de un nuevo encuentro entre aquéllos, y asesinó a la esposa y al amante.

Consciente de que, como siervo, la ofensa no iba a servirle para justificar su conducta, reunió cuanto dinero pudo y, por encontrarnos entonces en lo más duro del invierno, ató sus caballos al trineo, tomó a sus hijos y partió; se encontraba muy lejos cuando se supo del trágico suceso. Seguro de que lo perseguirían, mantuvo su huída sin descanso hasta ocultarse en el aislamiento de las montañas Hartz. Desde luego, todo lo que te he dicho lo supe después. Mis recuerdos más antiguos están unidos a una cabaña tosca, donde viví con mi padre y mis hermanos. Estaba en los confines de uno de esos bosques que cubren la parte norte de Alemania; tenía alrededor unos cuantos acres de terreno despejado que mi padre cultivaba durante los meses de verano y que, si bien daban una cosecha magra, bastaban para nuestro mantenimiento. En el invierno pasábamos mucho tiempo puertas adentro, pues quedábamos solos mientras mi padre iba de caza, y en esa estación los lobos merodeaban. Mi padre había comprado la cabaña y el terreno circundante de uno de aquellos rudos montañeses, quienes se ganaban la vida en parte cazando y en parte fabricando carbón, cuyo propósito era separar el mineral obtenido de unas minas cercanas; distaba unas dos millas de todo sitio habitado.

Puedo en este momento traer a mi mente aquel paisaje; los altos pinos que montaña arriba se levantaban por encima de nosotros, la amplia extensión del bosque, las copas y las ramas superiores de cuyos árboles mirábamos desde nuestra cabaña, según la montaña descendía hasta el valle. En verano la perspectiva era muy bella, pero en el severo invierno era difícil imaginar un escenario más desolado. Dije que, en invierno, mi padre se ocupaba en la caza. Todos los días nos dejaba, y a menudo atrancaba la puerta, de modo que no pudiéramos abandonar la cabaña. Nadie tenía que lo ayudara o cuidara de nosotros; de hecho, nada fácil era encontrar una sirvienta que aceptara vivir en aquella soledad. Pero incluso de haber encontrado alguna, mi padre no la habría aceptado, pues lo marcaba un horror hacia tal sexo, como lo probaba claramente la diferencia de trato hacia nosotros, sus dos hijos, y hacia mi pobre hermana Marcela. Has de suponer que nos descuidaba; en verdad, mucho sufríamos, pues mi padre, temeroso de que algún daño pudiera ocurrirnos, ningún combustible nos dejaba cuando partía de la cabaña, y por tanto, estábamos obligados a enterrarnos bajo un montón de pieles de oso, y allí mantenernos tan abrigados como era posible. Quizás parezca extraño que mi padre eligiera ese tipo de vida, pero lo cierto es que le resultaba imposible estar tranquilo; fuera el remordimiento por el crimen, la miseria derivada de su cambio de situación o ambos. Pero los niños, cuando tanto se los deja a la soledad, desarrollan una capacidad de reflexión desusada. Así ocurrió con nosotros. Durante los cortos días de invierno nos sentábamos silenciosos, nostálgicos de las felices horas cuando la nieve se derrite y las hojas brotan, cuando las aves comienzan a cantar y nosotros recobrábamos la libertad.

Tal fue el peculiar tipo de vida llevado hasta que mi hermano César cumplió nueve años, siete yo y cinco mi hermana, momento en el cual ocurrieron las circunstancias que sirven de base al relato extraordinario que estoy por contarte.

Un anochecer mi padre regresó a casa más tarde de lo acostumbrado; ninguna fortuna había tenido y, siendo muy severo el tiempo, no sólo tenía frío, sino que venía de muy mal humor. Había traído leña, y nosotros tres ayudábamos con gusto a soplar sobre las ascuas para levantar un buen fuego cuando tomó a la pobre Marcela por un brazo y la apartó de un empellón; la pequeña, al caer, se golpeó la boca y sangró profusamente. Mi hermano corrió a levantarla. Acostumbrada al maltrato, temerosa de mi padre, no se atrevió a llorar, pero sí lo miraba al rostro con suma lástima. Mi padre, tras acercar su banquillo al hogar, murmuró algo criticando a las mujeres, y se ocupó en mantener el fuego, que tanto mi hermano como yo descuidáramos al ver el trato cruel dado a nuestra hermana. Llamas alegres fueron el pronto resultado de sus esfuerzos, pero, en contra de lo acostumbrado, no rodeamos aquel fuego. Marcela, sangrando aún, se apartó a un rincón y al lado de ella nos sentamos mi hermano y yo, mientras mi padre, lúgubre y solitario, se inclinaba sobre la fogata. Media hora llevábamos en aquella posición cuando el aullido de un lobo, cercano a la ventana, llegó a nuestros oídos. Sobresaltado, mi padre tomó su escopeta y salió de la cabaña.

Esperamos, pues pensábamos que si lograba matar al lobo, regresaría de mejor humor; y aunque era duro con nosotros, en especial con mi hermanita, lo amábamos, y gustábamos de verlo alegre. Y bien puedo comentar aquí que jamás hubo tres niños que más se quisieran; a diferencia de otros, no peleábamos ni discutíamos; y si, de casualidad, surgía algún desacuerdo entre mi hermano y yo, la pequeña Marcela corría hasta nosotros y, con besos y ruegos, sellaba entre nosotros la paz. Marcela era una chiquilla cariñosa y amable e incluso me es fácil recordar sus bellos rasgos. ¡Ay, pobre Marcela!

—¿Está muerta entonces? —preguntó Philip.

—¡Muerta! ¡Sí, lo está! Pero ¿cómo murió? Mas no debo anticiparme, Philip. Déjame seguir con mi relato.

Esperamos un tiempo, pero no llegó disparo alguno de la escopeta y mi hermano dijo: -Nuestro padre va en persecución del lobo y no volverá por un rato. Marcela, limpiemos la sangre de tu boca, dejemos este rincón y calentémonos al fuego.

Así lo hicimos, y de esta manera esperamos hasta la medianoche, preguntándonos a cada momento por qué no regresaba nuestro padre. No creíamos que estuviera en peligro, pero sí pensamos que debió haber perseguido al lobo por un largo trecho.

—Me asomaré a ver si padre vuelve —dijo mi hermano César.

—Cuídate —pidió Marcela— que los lobos deben andar cerca.

César abrió la puerta con cautela y miró fuera. Nada, dijo y se nos unió junto al fuego. —No hemos cenado—, comenté, pues mi padre solía cocinar la carne al volver a casa, y durante sus ausencias no teníamos sino los restos del día anterior.

—Y si nuestro padre vuelve a casa tras la cacería, César —agregó Marcela—, le agradará tener algo que comer; cocinemos para él y para nosotros.

César subió al banquillo y descolgó un trozo de carne, cortamos la cantidad usual y procedimos a aderezarla, tal como lo hacíamos guiados por nuestro padre. Ocupados estábamos poniéndola en la fuente ante el fuego, esperando su llegada, cuando oímos el sonido de un cuerno. Atendimos. Hubo un ruido fuera y un minuto después entró mi padre, acompañado de una joven y de un hombre alto y moreno vestido de cazador. Quizás deba relatar aquí lo que vine a saber muchos años más tarde. Al salir mi padre de la cabaña, percibió a unos treinta metros una gran loba blanca. En cuanto el animal vio a mi padre, retrocedió lentamente, gruñendo y amenazando. Mi padre lo siguió. El animal no corría, sino que se mantenía siempre a cierta distancia. A mi padre no le gustaba disparar mientras no estuviera seguro de que la bala cumpliera su misión; así continuaron por un tiempo, la loba dejándolo en ocasiones muy atrás, para luego detenerse y desafiarlo con gruñidos, volviendo luego a alejarse con rapidez cuando lo veía acercarse.

Ansioso de mata, ya que es muy raro encontrar una loba blanca, mi padre mantuvo la persecución por horas, ascendiendo por la montaña. Debes saber, Philip, que en esas montañas hay lugares extraños, a los que se supone y, como mi relato lo probará, con toda razón, habitados por influencias malignas; son lugares muy conocidos por los cazadores. Pues bien, uno de esos lugares, un espacio abierto en el bosque de pinos que estaba arriba de nuestra cabaña, le había sido señalado a mi padre como peligroso en razón de lo expresado. No sé si descreía aquellas historias o si, impulsado por la excitante persecución de la caza, las hizo de lado, pero lo cierto es que la loba blanca lo condujo hasta aquel espacio abierto, y ahí pareció disminuir su velocidad.

Mi padre se acercó, quedó muy próximo a la bestia y se llevó la escopeta al hombro; estaba por disparar cuando la loba desapareció de pronto. Pensando que la nieve lo había engañado, bajó el arma para buscar al animal, pero éste no apareció. Incapaz era mi padre de comprender cómo pudo escapar la loba sin que él la viera. Mortificado por el fracaso estaba por volver sobre sus pasos cuando escuchó el sonido de un cuerno. El pasmo sentido ante aquel sonido, a tal hora, en tal espesura le hizo olvidar por un momento su decepción, y quedó clavado en el lugar. Al minuto se escuchó el cuerno una segunda vez, a menor distancia. Inmóvil permaneció mi padre, escuchando.

Hubo un tercer toque. He olvidado el término empleado para expresarlo, pero era la señal que, bien lo sabía mi padre, indicaba que alguien se encontraba perdido en el bosque. En unos cuantos minutos vio que entraba en el claro un hombre a caballo, con una mujer en la grupa, que se dirigía a él al paso. En un principio en la mente de mi padre vinieron los extraños relatos que había escuchado acerca de los seres sobrenaturales que frecuentaban aquellas montañas. Pero el ver de cerca a quienes venían, lo convenció de que eran tan mortales como él. En cuanto estuvieron a su lado, el hombre que guiaba el caballo le habló.

—Amigo cazador, para fortuna nuestra anda tarde por aquí. De lejos venimos cabalgando, y tememos por nuestras vidas, ya que se nos busca con afán. Estas montañas nos permitieron eludir a nuestros perseguidores, pero si no hallamos refugio y alimento, de poco nos valdrá, pues habremos de perecer de hambre y debido a las inclemencias de la noche. Mi hija, que a mis espaldas viene, está más muerta que viva. ¿No podría ayudarnos en nuestras dificultades?

—Mi cabaña se encuentra a unas millas de distancia —respondió mi padre—. Poco tengo que ofrecer, excepto refugio del tiempo. Bienvenidos son a lo poco que poseo. ¿Puedo preguntar de dónde vienen?

—No es ya ningún secreto, amigo. Escapamos de Transilvania, donde el honor de mi hija y mi vida se encontraban por igual en peligro.

Bastó aquella información para despertar el interés en el corazón de mi padre. Recordó también el perdido honor de la esposa y la tragedia con la cual iba unido. De inmediato, y lleno de cordialidad, les ofreció toda ayuda que pudiera darles.

—Entonces, amable caballero, no hay tiempo que perder. Mi hija está congelada por el frío, y no podrá resistir mucho más la severidad del tiempo.

—Síganme —contestó mi padre—. Me trajo hasta aquí la persecución de una gran loba blanca, que vino a la ventana misma de mi cabaña; de otra manera, no hubiera salido a esta hora de la noche.

—Esa criatura pasó a nuestro lado justo cuando salíamos del bosque —dijo la mujer con voz argentina.

—Estuve por dispararle —observó el cazador—. Ya que prestó un servicio tan bueno, me alegro de haberla dejado escapar.

Como en hora y media, tiempo durante el cual mi padre caminó con paso rápido, el grupo llegó a la cabaña y, como dije antes, entró en ella.

—Al parecer, llegamos en el momento propicio —comentó el cazador moreno al captar el olor de la carne asada; acercándose al fuego, nos observó a mis hermanos y a mí—. Tiene usted aquí unos jóvenes cocineros, Meinheer.

—Me alegra que no tengamos que esperar —contestó mi padre—. Señora, siéntese al fuego; necesita usted calor tras esa cabalgata en el frío.

—¿Y dónde puedo guarecer mi caballo, Meinheer? —preguntó el cazador.

—Yo me encargaré de él —respondió mi padre saliendo de la cabaña.

Sin embargo, es necesario describir a la mujer. Era joven, como de unos veinte años. Vestía ropa de viaje, orlada de piel; llevaba en la cabeza un gorro de armiño blanco. Era de facciones hermosas; al menos así me pareció. Tenía un cabello blondo, sedoso, satinado y lustroso como un espejo; su boca, aunque un tanto grande cuando abierta, dejaba ver los dientes más brillantes que haya yo mirado. Algo en sus ojos, refulgentes como eran, puso miedo en nosotros. Eran tan inquietos, tan furtivos. En aquel entonces no pude explicar por qué, pero sentí que había crueldad en ellos. Y cuando nos pidió que nos acercáramos, lo hicimos con miedo y temblando. Pero era hermosa, muy hermosa. Nos habló con amabilidad a mi hermano y a mí, pasándonos la mano por la cabeza y acariciándonos. Marcela no quiso acercarse. Por el contrario, se escurrió hasta la cama, allí se ocultó y no se acordó de la cena, que media hora antes había esperado con tanta ansia.

Pronto regresó mi padre, tras poner el caballo en un cobertizo, y se llevó la comida a la mesa. Terminada la cena, mi padre pidió a la joven que ocupara la cama; él permanecería junto al fuego, en compañía del cazador. Tras cierto titubeo por parte de ella, se aceptó el arreglo; mi hermano y yo nos unimos a Marcela en la otra cama, porque hasta ese momento seguíamos durmiendo juntos. No pudimos dormir. Tan desusado era no sólo el ver extraños, sino el que durmieran en la cabaña, que nos sentíamos perplejos. En cuanto a la pobre Marcela, se mantenía callada, pero toda la noche estuvo temblando y en ocasiones pensé que contenía el llanto. Mi padre había sacado algún licor espirituoso, que rara vez consumía, y junto con el extraño cazador estuvo frente al fuego bebiendo y hablando. Teníamos los oídos prestos a captar el menor susurro, en tal medida se encontraba alertada nuestra curiosidad.

—¿Dice usted que viene de Transilvania? —preguntó mi padre.

—Así es, Meinheer —contestó el cazador—. Era un siervo de la noble casa de... Mi amo insistía en que le satisficiera sus deseos cediéndole a mi hija; terminando todo en que le cedí unas cuantas pulgadas de mi cuchillo de caza.

—Somos compatriotas y hermanos de infortunio —comentó mi padre, tomando la mano del cazador y apretándola con emoción.

—¿Habla en serio? ¿Es usted entonces de ese país?

—Sí, y tuve también que huir para salvar la vida. Pero mi historia es muy triste.

—¿Cómo se llama usted? —inquirió el cazador

—Krantz.

—¡Cómo! ¿Krantz de...? Sé de su historia; no necesita remover dolores repitiéndola. Sea bienvenido, de lo más bienvenido, Meinheer, y, si se me permite decirlo, mi apreciado pariente. Soy Wilfred de Barnsdorf, primo de usted en segundo grado —exclamó el cazador, levantándose y abrazando a mi padre.

Llenaron sus cubiletes de cuerno hasta el borde mismo y bebieron a la salud mutua, al estilo alemán. A partir de allí conversaron en voz baja; lo único que sacamos en claro fue que nuestro pariente y su hija vivirían con nosotros en la cabaña, al menos por un tiempo. Al cabo de una hora se acomodaron en sus sillas y parecieron dormirse.

—Marcela, pequeña, ¿escuchaste? —preguntó mi hermano en voz baja.

—Sí —respondió ella en un susurro—, lo oí todo. ¡Ay, hermano, me es imposible mirar a la mujer... me asusta mucho!

Nada respondió mi hermano y al poco tiempo los tres dormíamos profundamente. Cuando despertamos, encontramos que la hija del cazador se había levantado ya. Me pareció más bella que nunca. Se acercó a Marcela y la acarició: la pequeña rompió en llanto, y sollozaba como si estuviera por despedazársele el corazón. Mas, para no entretenerme con una historia demasiado larga, diré que el cazador y su hija hallaron acomodo en nuestra cabaña. Mi padre y el otro salían de caza a diario, dejando a Cristina con nosotros. Se encargaba ella de todos los quehaceres, y era muy amable con nosotros; poco a poco el rechazo de la pequeña Marcela desapareció. En mi padre ocurrió un enorme cambio: parecía haber dominado su aversión por el otro sexo, y se mostraba de lo más atento con Cristina. A menudo, ya en cama su padre y nosotros, sentábase al fuego junto a ella, y conversaban en voz baja. Debí haber mencionado que mi padre y Wilfred, el cazador, dormían en otra parte de la cabaña; la cama que mi padre ocupaba, situada en la misma habitación que la nuestra, había quedado para uso de Cristina. Llevaban los visitantes unas tres semanas en la cabaña cuando, una noche, hubo una plática. Mi padre había pedido a Cristina en matrimonio, recibiendo consentimiento tanto de ella como de Wilfred. Tras esto, vino una conversación que, hasta donde me es posible recordar, fue así:

—Puede usted casarse con mi hija, Meinheer Krantz, y reciba mi bendición. Me iré entonces y buscaré habitación en algún otro sitio, no importa dónde.

—¿Y por qué no quedarse aquí, Wilfred?

—No, no, me necesitan en otro lugar. Baste con ello, no me haga más preguntas. Tiene usted a mi hija.

—Lo agradezco, y sabré apreciarla. Pero hay una dificultad.

—Sé lo que va a decirme: no hay sacerdote en esta región salvaje. Cierto. Tampoco ley alguna que permita la unión. Pese a ello, debe cumplirse cualquier ceremonia que satisfaga a este padre. ¿Consentirá en casarse con ella de acuerdo con mi deseo? De aceptar, los casaré yo directamente.

—Acepto —respondió mi padre.

—Entonces, tómela de la mano. Y ahora, Meinheer, jure.

—Juro —repitió mi padre.

—Por todos los espíritus de las montañas Hartz...

—¿Y por qué no por el cielo? —interrumpió mi padre.

—Porque no se aviene con mi estado de ánimo —replicó Wilfred—. Si prefiero este juramento, menos constrictivo tal vez que el otro, estoy seguro de que no querrá usted llevarme la contraria.

—Bien, que así sea entonces. Cúmplase su deseo. Pero ¿me hará jurar por algo en lo que no creo?

—Muchos, que por su actitud externa parecen cristianos, lo hacen —replicó Wilfred—. Pero vamos a ver, ¿quiere casarse con mi hija o la llevo conmigo?

—Proceda —contestó mi padre con impaciencia.

—Juro por todos los espíritus de las montañas Hartz, por todo el poder para el bien o para el mal, que tomo a Cristina como mi esposa legal; que la protegeré, apreciaré y amaré siempre; que nunca levantaré mi mano contra ella, para lastimarla.

Mi padre repitió las palabras de Wilfred.

—Y si no cumpliera este voto, que la venganza plena de los espíritus caiga sobre mí y sobre mis hijos; que perezcan a causa del buitre, del lobo o de otras bestias del bosque; que su carne se separe de los huesos y éstos blanqueen en la soledad. Así lo juro.

Mi padre titubeó. Mientras repetía las últimas palabras, la pequeña Marcela no pudo contenerse más y, justo cuando mi padre pronunciaba la última oración, rompió en lágrimas. Esta interrupción súbita pareció perturbar al grupo, y en especial a mi padre, quien habló con dureza a la niña; controló ésta sus sollozos ocultando el rostro bajo la ropa de la cama. Así fue el segundo matrimonio de mi padre. A la mañana siguiente Wilfred el cazador montó a caballo y se fue.

Mi padre volvió a su cama, que estaba en la misma habitación que la nuestra. Las cosas transcurrieron de modo muy parecido a como eran antes del matrimonio, excepto que nuestra madrastra ninguna amabilidad nos mostraba. Por el contrario, durante las ausencias de mi padre solía golpearnos, en especial a la pequeña Marcela; sus ojos despedían fuego cuando miraba con vehemencia a la bella y adorable niña. Una noche mi hermana nos despertó.

—¿Qué sucede? —dijo César.

—Salió —susurró Marcela.

—¡Que salió!

—Sí, por la puerta, en su camisón —contestó la pequeña—. La vi levantarse de la cama, mirar si papá estaba dormido y salir por la puerta.

No comprendíamos qué la había inducido a dejar la cama y, sin vestir, salir con aquel mordiente tiempo invernal, cuando la nieve yacía profunda sobre la tierra. Permanecimos despiertos. Como a la hora escuchamos cerca de la ventana el gruñido de un lobo.

—Hay un lobo —dijo César—. La hará pedazos.

—¡Oh, no! —exclamó Marcela.

Unos minutos después apareció nuestra madrastra. Estaba en camisón, como Marcela había dicho. Bajó la aldaba de la puerta de modo que no hiciera ruido; se acercó a un balde de agua y se lavó la cara y manos; después, se deslizó en la cama donde mi padre dormía. Los tres temblábamos, sin apenas saber por qué; pero resolvimos vigilarla la noche siguiente. Y así lo hicimos. Y no sólo aquélla, sino muchas otras más; y siempre, hacia la misma hora, nuestra madrastra se levantaba de la cama y salía de la cabaña; y una vez ida, invariablemente escuchábamos el gruñir de un lobo bajo nuestra ventana; y cuando ella regresaba, siempre la veíamos lavarse antes de volver a la cama. Observamos, además, que muy rara vez se sentaba a la mesa y, de hacerlo, parecía comer con disgusto. Cuando se descolgaba la carne para prepararla, a menudo, de modo furtivo, llevaba a la boca un trozo crudo.

Mi hermano César era un chico valiente; no quería hablar con mi padre mientras no supiera más. Resolvió, pues, seguirla y descubrir lo que hacía. Marcela y yo luchamos por disuadirlo de su proyecto, pero no pudimos convencerlo y la noche siguiente se acostó vestido; en cuanto nuestra madrastra abandonó la cabaña, César se levantó de un salto y, tomando la escopeta de mi padre, la siguió.

Bien podrás imaginar el estado de ansiedad en que nos vimos Marcela y yo durante la ausencia de César. Al cabo de algunos minutos escuchamos la descarga de una escopeta. Mi padre no despertó y nosotros, acostados, temblábamos de ansiedad. Un minuto después nuestra madrastra entraba en la cabaña, el vestido ensangrentado. Puse la mano sobre la boca de Marcela, para impedir que gritara, aunque yo mismo sentía una gran alarma. Mi madrastra se acercó a la cama de mi padre, miró si estaba dormido y luego, acercándose a la chimenea, sopló sobre las brasas hasta levantar un fuego.

—¿Quién anda allí? —preguntó mi padre despertando.

—Sigue acostado, querido —respondió mi madrastra—, soy yo. No me siento muy bien, y encendí el fuego para calentar un poco de agua.

Mi padre se dio vuelta y pronto estaba dormido; pero nosotros vigilamos a nuestra madrastra. Se cambió de ropa, y lanzó al fuego las prendas que antes llevaba puestas. Vimos entonces que su pierna derecha sangraba profusamente, como si la herida fuera de escopeta. La vendó y, tras vestirse, permaneció ante el fuego hasta romper el día. ¡Pobre Marcela! Su corazón latía con rapidez mientras se acurrucaba a mi lado; a decir verdad, lo mismo ocurría con el mío. ¿Dónde estaba nuestro hermano César? ¿De dónde procedía la herida de nuestra madrastra sino de la escopeta de él? Por fin se levantó mi padre y entonces, por primera vez, hablé:

—Padre, ¿dónde está mi hermano César?

—¿Tu hermano? —exclamó—. Caramba, ¿dónde puede estar?

—¡Cielo santo! Anoche, cuando estaba tan inquieta —observó nuestra madrastra—, creí oír que alguien levantaba la aldaba de la puerta y... ¡Dios me ampare, esposo! ¿Dónde está tu escopeta?

Mi padre volvió los ojos hacia la chimenea y observó que faltaba el arma. Por un momento se le vio perplejo; después, tomando un hacha de hoja ancha, salió de la cabaña sin decir una palabra más. No estuvo alejado de nosotros mucho tiempo; a los pocos minutos regresó, trayendo en los brazos el cuerpo destrozado de mi pobre hermano. Lo puso sobre la cama y le cubrió el rostro. Mi madrastra se levantó y miró el cuerpo, mientras que, gimiendo y sollozando con amargura, Marcela y yo nos colocábamos a su lado.

—Vuelvan a la cama, niños —dijo con brusquedad—. Esposo, el muchacho debió tomar tu escopeta para dispararle a un lobo, y el animal fue demasiado poderoso para él. ¡Pobre chico, pagó caro su atrevimiento! Mi padre no respondió. Yo deseaba hablar, contarlo todo, pero Marcela, al comprender mi intención, me tomó del brazo y me miró tan implorante, que desistí de hacerlo.

Mi padre, por tanto, quedó en su error. Marcela y yo, aunque incapaces de comprenderlo, conscientes estábamos de que nuestra madrastra de alguna manera se relacionaba con la muerte de mi hermano. Aquel día mi padre cavó una fosa; después de colocar en ella el cuerpo, puso encima piedras, de modo que los lobos no pudieran desenterrarlo. El choque producido por aquella catástrofe fue muy severo para mi infeliz padre, quien por varios días abandonó la caza, aunque en ocasiones lanzara contra los lobos amargos anatemas y promesas de venganza. Pero durante esta época de duelo por parte de él continuaron, con la misma regularidad de siempre, las correrías nocturnas de mi madrastra. Por fin mi padre descolgó su escopeta y fue al bosque. Pronto volvió, dando muestras de estar muy molesto.

—¿Querrás creerme, Cristina, que los lobos, ¡maldita sea toda su raza! lograron desenterrar el cuerpo de mi pobre muchacho, y nada queda ahora de él sino los huesos?

—¿En verdad? —preguntó mi madrastra. Marcela me miró, y vi en sus inteligentes ojos todo lo que le hubiera gustado expresar.

—Padre, todas las noches un lobo gruñe bajo nuestra ventana —dije.

—¿Hablas en serio? ¿Y por qué no me lo dijiste, muchacho? Despiértame la próxima vez que lo oigas.

Vi que mi madrastra nos daba la espalda, los ojos fulgurantes de rabia y rechinando los dientes. Mi padre volvió a salir y con un montón mayor de piedras cubrió lo poco que de mi hermano habían dejado los lobos. Ése fue el primer acto de la tragedia. Llegó la primavera. Desapareció la nieve y nos permitieron salir de la cabaña. Pero jamás me apartaba ni por un momento de mi hermana, con quien me sentía más amorosamente unido que nunca desde la muerte de mi hermano. A decir verdad, miedo tenía de dejarla a solas con mi madrastra, quien parecía gozar en especial maltratándola. Mi padre se ocupaba ahora en su pequeño huerto, y pude serle de cierta ayuda. Marcela solía sentarse cerca de nosotros mientras laborábamos, quedando mi madrastra sola en la cabaña. He de comentar que, según avanzaba la primavera, mi madrastra disminuía sus salidas nocturnas, y que ya no escuchamos gruñir al lobo bajo nuestra ventana después de que se lo comentara a mi padre.

Un día en que mi padre y yo nos encontrábamos en el campo, y Marcela con nosotros, mi madrastra vino a decirnos que iba al bosque a reunir algunas hierbas que mi padre deseaba; pidió que Marcela fuera a la cabaña a cuidar de la comida. Así lo hizo mi hermana y pronto mi madrastra desapareció en el bosque, en dirección opuesta a la que se encontraba la cabaña, dejándonos a mi padre y a mí, por así decirlo, entre ella y Marcela.

Como a la hora de esto nos sobresaltaron gritos que venían de la cabaña: sin duda alguna de Marcela. "Marcela se quemó, padre", dije lanzando contra el suelo mi pala. También dejó él la suya y nos apresuramos hacia la cabaña. Antes de que llegáramos a la puerta por ella salió, como una exhalación, una gran loba blanca, que huyó con la mayor rapidez. Mi padre estaba desarmado; entró presuroso a la cabaña y allí encontró a la pobre Marcela agonizante. Tenía el cuerpo horrorosamente destrozado y la sangre que de él fluía había formado un charco enorme en el piso de la cabaña. La primera intención de mi padre había sido tomar la escopeta y salir en persecución del animal, pero aquel espectáculo horrible lo detuvo; hincándose al lado de la moribunda hija, rompió en lágrimas. Marcela no tuvo tiempo sino de mirarlo dulcemente por unos segundos, y luego la muerte le cerró los ojos.

Mi padre y yo seguíamos inclinados sobre el cuerpo de mi pobre hermana cuando entró mi madrastra. Dijo estar sumamente afectada por aquel espectáculo, pero no pareció mostrar repugnancia ante la sangre, como suele suceder con la mayoría de las mujeres.

—¡Pobre pequeña! —dijo—. Debe haber sido esa gran loba blanca que acaba de pasar a mi lado, asustándome tanto. Está muerta, Krantz.

—¡Lo sé! ¡Lo sé! —gritó mi padre con angustia.

Pensé que mi padre nunca se recuperaría de los efectos de esa segunda tragedia. Se lamentó amargamente ante el cuerpo de su querida niña, y por muchos días no quiso llevarlo a su tumba, pese a las frecuentes peticiones de mi madrastra. Al final aceptó hacerlo, y cavó una fosa cerca de la de mi pobre hermano; tomó todas las precauciones necesarias para que los lobos no pudieran violarla. Ahora me sentía en verdad miserable, solo en aquella cama que hasta entonces había compartido con mis hermanos. Me era imposible no pensar que mi madrastra estuviera complicada en ambas muertes, aunque no lograra explicarme cómo. No la temía ya, pues mi corazón estaba lleno de odio y deseo de venganza.

La noche siguiente al entierro de mi hermana, estando despierto, percibí que mi madrastra se levantaba y salía de la cabaña. Esperé un tiempo, me vestí y miré por la puerta, que abrí a medias. La luna brillaba y pude ver el sitio donde mis hermanos habían sido enterrados. ¡Cuál no sería mi horror al descubrir a mi madrastra ocupada en quitar las piedras de la tumba de Marcela! Vestía su camisón blanco y la luna caía plena sobre ella. Cavaba con ambas manos, lanzando tras sí las piedras con la ferocidad de una bestia salvaje. Pasaron unos instantes antes de que volviera yo a mis sentidos y decidiera qué hacer. Noté por fin que había llegado al cuerpo y lo levantaba por un lado de la tumba. No pude soportarlo más; corrí donde mi padre y lo desperté.

—¡Padre, padre —grité—, vístete y toma la escopeta!

—¡Cómo! —exclamó mi padre—. Han llegado los lobos, ¿verdad?

De un salto abandonó la cama, se puso la ropa y, a causa de la ansiedad, no pareció darse cuenta de la ausencia de su mujer. En cuanto estuvo listo abrí la puerta, y salió seguido por mí. Imagina su horror cuando (desprevenido como estaba para tal espectáculo) vio, según avanzaba hacia la tumba, no a un lobo, sino a su esposa que, en camisón, a cuatro patas, inclinada sobre el cuerpo de mi hermana, le arrancaba grandes trozos de carne, que devoraba con toda la avidez de un lobo. Estaba demasiado ensimismada para darse cuenta de nuestra llegada. Mi padre dejó caer la escopeta. Tenía el pelo de punta, al igual que yo; respiraba afanosamente y, por un instante, incluso dejó de hacerlo. Recogí la escopeta y la puse en sus manos. De pronto pareció que una rabia reconcentrada le daba el doble de vigor y, apuntando con el arma, disparó. Con un grito potente, abatida se derrumbó aquella infame que él había cobijado en su pecho.

—¡Dios de los cielos! —exclamó mi padre, cayendo desvanecido sobre la tierra en cuanto descargó la escopeta. Tuve que permanecer por un tiempo a su lado antes de que se recuperara. Dijo entonces—: ¡Dónde estoy? ¿Qué ha sucedido? ¡Ah, sí... sí, ahora lo recuerdo! ¡Dios me perdone!

Se levantó y nos acercamos a la tumba. Cuál no sería nuestro asombro y horror al encontrar que, en lugar del cadáver de mi madrastra que esperábamos, sobre los restos de mi pobre hermana yacía una gran loba blanca.

—¡La loba blanca! —exclamó mi padre— la loba blanca que me llevó al bosque... Ahora lo comprendo todo... Mi trato ha sido con los espíritus de las montañas Hartz.

Por un tiempo mi padre quedó en silencio y hundido en pensamientos profundos. Luego, con todo cuidado levantó el cuerpo de mi hermana y lo volvió a su tumba, cubriéndolo como la primera vez; había golpeado la cabeza del animal con la punta de su bota y había desvariado como un loco. Regresó a la cabaña, cerró la puerta y se tiró sobre la cama. Hice lo mismo, pues me encontraba preso de estupor y aturdimiento. Muy temprano por la mañana nos despertó un fuerte llamar a la puerta, y dentro se precipitó Wilfred, el cazador.

—¡Mi hija, mi hija! ¿Dónde está mi hija? —gritó hecho una furia.

—Espero que donde debe estar ese ser desgraciado, ese demonio —contestó mi padre levantándose y mostrando una cólera igual a la del otro—, ¡en el infierno! Abandone esta cabaña si no quiere que le ocurra algo peor que a su hija.

—¡Ajá! —replicó el cazador—, ¿se atrevería a dañar a un espíritu potente de las montañas Hartz? Pobre mortal, que quiso casarse con una mujer loba.

—¡Fuera de aquí, demonio! ¡Te desafío y desafío tu poder!

—Todavía sentirá su fuerza. No olvide su juramento, su voto solemne: jamás levantar la mano contra ella, jamás dañarla.

—Ningún trato hice con espíritus malignos.

—Lo hizo. Y si rompió su juramento, sufrirá la venganza de los espíritus. Sus hijos morirán por el buitre, el lobo...

—¡Fuera, fuera de aquí, demonio!

—...y sus huesos blanquearán en el páramo. ¡Ja, ja!

Frenético de rabia, mi padre tomó el hacha y la levantó sobre la cabeza de Wilfred, para golpearlo.

—Así lo juró —continuó diciendo el cazador con burla.

El hacha descendió. Pero pasó a través de la forma del cazador; perdiendo el equilibrio, mi padre cayó pesadamente al suelo.

—¡Mortal —dijo el cazador librando con una zancada el cuerpo de mi padre—, sólo tenemos poder sobre quienes han cometido un crimen! Culpable eres de un doble crimen: pagarás el castigo que corresponde a tu voto de casamiento. Dos de tus hijos han desaparecido, un tercero está por seguirlos... Pues habrá de seguirlos, ya que tu juramento quedó registrado. Vete. Bondadoso sería matarte, pues tu castigo consiste ¡en quedarte vivo!

Pronunciadas estas palabras, el espíritu desapareció. Mi padre se levantó del piso, me abrazó tiernamente y luego, arrodillándose, rezó. A la mañana siguiente abandonó la cabaña para siempre. Me llevó consigo, encaminando sus pasos a Holanda, donde llegamos sanos y salvos. Le quedaba un poco de dinero. No llevábamos muchos días en Amsterdam cuando lo atacó una fiebre cerebral y murió hundido en una fiera locura. Me llevaron a un asilo y, tiempo después, me enviaron a la mar. Ahora, ya conoces mi historia. La cuestión es ¿pagaré yo el castigo que corresponde al juramento de mi padre? Estoy plenamente convencido de que, de una u otra manera, así ocurrirá.

El vigésimo segundo día las tierras altas del sur de Sumatra quedaron a la vista. Como no vieron buque ninguno, decidieron mantener curso a través de los estrechos y dirigirse a Pulo Penang, donde esperaban llegar en siete u ocho días, dado que el viento favorecía a su velero. Debido a su constante exposición a la intemperie, Philip y Krantz estaban tan bronceados, que sus largas barbas y su ropa de musulmanes fácilmente los habrían hecho pasar por nativos. Habían timoneado durante todos aquellos días bajo un sol quemante, descansando y durmiendo en el frescor de la noche. No por ello había sufrido su salud. Sin embargo, por varios días, a partir de que confiara a Philip la historia de su familia, Krantz se mostró silencioso y melancólico.

Había desaparecido su acostumbrado vigor de ánimo y Philip le preguntó a menudo la causa de aquello. Al entrar en los estrechos, Philip habló de lo que deberían hacer llegando a Goa. Krantz respondió con tono grave:

—Llevo algunos días, Philip, con el presentimiento de que nunca veré esa ciudad.

—Te sientes enfermo, Krantz —respondió Philip.

—No, tengo buena salud, de cuerpo y de espíritu. He procurado librarme de ese presentimiento, pero en vano. Una voz me advierte continuamente que no estaré mucho tiempo a tu lado. Philip, ¿querrías ayudarme complaciéndome en una petición? Tengo en mi persona oro que podría serte de utilidad. Compláceme aceptándolo, guardándolo contigo.

—Vaya tontería, Krantz.

—No son tonterías, Philip. Tú mismo has tenido advertencias, ¿por qué no habría yo de tener las mías? Bien sabes que no es el miedo parte importante de mi carácter, y que no doy importancia a la muerte; pero cada hora siento más fuerte el presentimiento del que te hablo...

—Son imaginaciones de una mente perturbada, Krantz. ¿Por qué no habrías tú, joven, pleno de salud y vigor, de pasar tus días en paz y llegar a una amable vejez? Nada obliga a pensar de otra manera. Mañana te sentirás mejor.
—Tal vez —replicó Krantz—. Sin embargo, cede a mi capricho y toma el oro. Si estoy equivocado y llegamos salvos a Goa, Philip, sabes que puedes devolvérmelo —comentó con sonrisa débil—. Pero olvidas que estamos casi sin agua, y debemos buscar en la costa un riachuelo para reabastecernos.

—En ello pensaba cuando comenzaste con ese tema desagradable. Es mejor que encontremos agua antes del anochecer; en cuanto hayamos llenado las vasijas, nos haremos a la vela de nuevo.

En el momento de ocurrir esta conversación se encontraban en la parte oriental del estrecho, unas cuarenta millas al norte. El interior de la costa era rocoso y montañoso, pero poco a poco fue descendiendo hasta quedar en una tierra llana, en la que alternaban bosques y selvas que llegaban hasta la playa. La región parecía deshabitada. Manteniéndose cerca de la orilla, al cabo de dos horas descubrieron una corriente de agua dulce, que de las montañas se despeñaba en una cascada, corría a través de la selva siguiendo un curso sinuoso y pagaba su tributo a las aguas del estrecho.

Entraron por la desembocadura del río, bajaron las velas e impulsaron la piragua contra la corriente, hasta recorrer trecho suficiente para asegurarse de estar en aguas del todo dulces. Pronto llenaron las vasijas y estaban por volver a zarpar cuando, seducidos por la belleza del lugar y la frescura del agua, así como cansados de su largo confinamiento a bordo de la piragua, decidieron bañarse, lujo que difícilmente sabrán apreciar quienes no se hayan visto en una situación similar. Se quitaron la ropa de musulmanes y se zambulleron en la corriente, donde permanecieron un tiempo. Krantz fue el primero en salir. Se quejó de tener frío y se encaminó a la orilla, donde habían quedado los vestidos. Philip se acercó también a la ribera, con la intención de imitarlo.

—Pues bien, Philip —dijo Krantz—, ésta es una buena oportunidad para darte el dinero. Abriré mi faja, lo sacaré de ella y tú lo pondrás en la tuya.

Philip estaba de pie en el agua que le llegaba a la cintura.

—Bueno, Krantz —dijo—, supongo que si debe ser así, así debe ser. Pero me parece una idea tan ridícula... Sin embargo, sea como quieras.

Philip salió del riachuelo y se sentó junto a Krantz, quien se ocupaba ya de extraer los doblones de los pliegues de su faja. Por fin dijo:

—Creo, Philip, que ya los tienes todos. Me siento satisfecho.

—No concibo en qué peligro puedas verte al que no esté igualmente expuesto yo —contestó Philip—. Sin embargo...

No acababa de expresar estas palabras cuando se escuchó un rugido tremendo, una acometida parecida a un viento poderoso, un golpe que lo lanzó de espaldas, un grito agudo... y una lucha. Al recobrarse, Philip vio que, con la velocidad de una flecha, un enorme tigre se llevaba el desnudo cuerpo de Krantz a través de la selva. Observó todo con ojos desorbitados. En unos cuantos segundos el animal y Krantz habían desaparecido.

—¡Dios de los cielos, debiste ahorrarme este espectáculo! —exclamó Philip, cayendo de bruces a causa de su aflicción—. ¡Oh, Krantz, amigo, hermano, cuán cierto era tu presentimiento! ¡Dios misericordioso, ten piedad!... ¡Hágase pues, tu voluntad! —y Philip rompió en llanto.

Por más de una hora quedó clavado en aquel lugar, ajeno e indiferente a los peligros que lo rodeaban. Finalmente, un tanto recuperado, se levantó, se vistió y volvió a sentarse, los ojos fijos en la ropa de Krantz y en el oro, que seguía sobre la arena.

—Quiso darme ese oro. Presintió su destino. ¡Sí, sí, se trataba de su destino, que ahora se ha cumplido! Y sus huesos blanquearán en el páramo.

Ese cazador fantasma y su lobuna hija han quedado vengados.

Frederick Marryat (1792-1848)




Relatos góticos. I Relatos de Frederick Marryat.


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El análisis y resumen del cuento de Frederick Marryat: La mujer loba (The Werewolf of the Hartz Mountains), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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