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«Mimic»: Donald A. Wollheim; relato y análisis.


«Mimic»: Donald A. Wollheim; relato y análisis.




Mimic (Mimic) es un relato de terror del escritor norteamericano Donald A. Wollheim (1914-1990), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1942 de la revista Astonishing Stories, y desde entonces reeditado en numerosas antologías. El cuento fue adaptado al cine por Guillermo del Toro en 1997.

Mimic, uno de los mejores cuentos de Donald A. Wollheim, relata la historia del sujeto extraño en el barrio, alguien silencioso, reservado, que nunca tiene problemas con nadie pero que nadie llega a conocer realmente, alguien que, en realidad, es algo.

SPOILERS.

Mimic de Donald A. Wollheim consigue vislumbrar todo un mundo escondido con una narración notablemente sucinta y eficaz. La premisa de la historia es simple: algunos insectos han evolucionado para sobrevivir a través del camuflaje, como aquellas mariposas que imitan a las hojas y los escarabajos que imitan a las hormigas, llegando a pasar completamente desapercibidos. Pero, ¿qué tal si los insectos desarrollaran una forma de imitar a la criatura en la cima de la cadena alimentaria de nuestro planeta: los seres humanos?


[«Pero en medio de las hormigas guerreras también viajan muchas otras criaturas, criaturas que no son hormigas en absoluto, y que las hormigas guerreras matarían si las descubrieran. Pero no saben de ellas porque estas otras criaturas están disfrazadas. Algunas son escarabajos que parecen hormigas. Tienen marcas falsas como tórax de hormigas y corren imitando la velocidad de las hormigas. ¡Incluso hay uno que es tan largo que parece tres hormigas en una sola fila! Se mueve tan rápido que las hormigas reales nunca le dan una segunda mirada.»]


En Mimic, Donald A. Wollheim utiliza un número reducido de elementos. Al principio, el narrador describe brevemente a un hombre que vive en su misma calle, y que conoce desde su infancia. Es un tipo reservado, que viste una amplia capa negra, y que parece tener una particular aversión por las mujeres. De hecho, nadie lo ha visto hablar con una. El narrador crece y lo olvida. Cursa sus estudios y consigue trabajo como asistente del curador de un museo en el área de entomología. Allí aprende todo sobre cómo ciertos insectos utilizan el camuflaje para esconderse, mimetizarse, y pasar desapercibidos en un contexto que sería sumamente hostil si fuesen descubiertos [ver: Relatos de terror de insectos]

El narrador tiene muchas ganas de hablar sobre las hormigas guerreras, esos feroces depredadores que viajan «en enormes columnas de cientos de miles». Son temibles e implacables, nos dice el narrador, pero también hay otras cosas viajando en esas columnas, disfrazadas, apoyándose en el mimetismo para aprovechar la protección que supone la fuerza superior de las hormigas. En este punto, es imposible para el lector no advertir que hay una conexión entre el interés del narrador por los insectos y su descripción del hombre de negro, «siempre vestido con una capa larga y negra que le llegaba hasta los tobillos, […] y un sombrero de ala ancha que le cubría la cara». Como un escarabajo, se podría pensar. También puede ser, como sugiere el narrador, que sea pura casualidad que el hombre de negro haya estado en la calle cuando la historia comienza a desarrollarse, mientras el conserje de la pensión sale corriendo pidiendo ayuda [ver: La biología de los Monstruos]

El caso es que aún queda mucho por descubrir para la ciencia, y dado que el camuflaje y la imitación parecen ser recursos eficaces para estos insectos, es lícito preguntarse si el ser humano, el máximo depredador sobre la faz de la tierra, acaso no tiene sus propios imitadores viviendo junto a él. Desde luego, una vez que el narrador expresa esta pregunta filosófica, vuelve a encontrarse casualmente con el hombre de la capa negra. En cierto momento, lo sigue hasta su habitación en la pensión, donde el hombre siempre se ha comportado como un inquilino intachable, irrumpe en ella y lo encuentra tirado en el suelo, muerto.


[«Durante varios instantes no vimos nada malo y luego, gradualmente, horriblemente, nos dimos cuenta de algunas cosas que estaban mal.»]


Cuando el narrador inspecciona el rostro y la ropa del hombre de negro descubre no es humano:


[«Lo que pensábamos que era un abrigo era una enorme funda de ala negra, como la que tiene un escarabajo. Tenía un tórax como un insecto, solo que la vaina del ala lo cubría y no podías notarlo cuando usaba la capa. El cuerpo sobresalía por debajo, reduciéndose a las dos patas traseras largas y delgadas. Sus brazos salían por debajo de la parte superior del abrigo. Tenía un pequeño par de brazos secundarios, cruzados con fuerza sobre su pecho. Había un agujero redondo y afilado recién perforado en su pecho, justo encima de estos brazos, todavía rezumando un líquido acuoso.»]


Este hombre-escarabajo de Donald A. Wollheim es una mezcla particularmente inquietante de Gregor Samsa, el hombre-cucaracha de Kafka, y Wilbur Whateley, aquel personaje de El horror de Dunwich (The Dunwich Horror) de Lovecraft, con órganos y apéndices alienígenas bajo una fachada semihumana [ver: La Biblia de Yog-Sothoth: análisis de «El horror de Dunwich»]. Sin embargo, a diferencia de Samsa, el hombre de negro no se ha transformado en un ser grotesco a partir de un ser humano normal: es un insecto, un escarabajo que imita a los seres humanos para sobrevivir el tiempo suficiente para poner sus huevos. Al parecer, en este punto de la historia el hombre de la capa negra ha llegado al fin de su ciclo de vida.

Mimic nos reserva algunos horrores más. Cuando el narrador abre una curiosa caja de metal que también estaba en la habitación, un enjambre de diminutos escarabajos escapa volando por la ventana:


[«Debe haber habido docenas de ellos. Tenían unas dos o tres pulgadas de largo y volaban sobre anchas alas diáfanas de escarabajo. Parecían hombrecitos, extrañamente aterradores mientras volaban, vestidos con sus trajes negros, con sus rostros inexpresivos y sus ojos azules llorosos. Volaron con alas transparentes que salían de debajo de sus negros abrigos de escarabajo.»]


«Es un hecho curioso de la naturaleza que aquello que está a simple vista suele ser lo que mejor está escondido», reflexiona el narrador de Mimic. C. Auguste Dupin estaría de acuerdo, como lo demuestra La carta robada (The Purloined Letter) de Edgar Allan Poe, donde el ladrón esconde la carta robada en el lugar más obvio, el portacartas, en cierto modo, camuflándola como una simple carta más. Mimic de Donald A. Wollheim parte de una premisa similar. Porque el hombre de negro es, en efecto, un insecto enorme que ha aprendido a coexistir con los humanos imitando su apariencia y, hasta cierto punto, su comportamiento. Pero, incluso después de descubrir la verdad, el hombre de negro no es lo que parece. De hecho, es una hembra. En este punto, Donald A. Wollheim trata de explicar que la aversión del hombre de negro por las mujeres era simplemente un recurso evolutivo. El narrador especula que la criatura tenía miedo de las mujeres porque ellas observan más cuidadosamente que los hombres, sobre todo a los hombres, y que por esa razón era más probable que su camuflaje sea detectado por una hembra. En cualquier caso, no es un elemento particularmente feliz.

Mimic podría haber sido un relato mediocre si todo hubiese terminado aquí, pero hay más. En el cadáver del hombre de negro hay un «agujero redondo y afilado, recién perforado en su pecho, justo por encima de los brazos, que todavía rezumaba un líquido acuoso.» El narrador no explica qué ha ocurrido, y nos invita a buscar en los eventos al final de la historia una pista sobre la identidad del asesino [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]

Cuando la horrorosa cría del hombre de negro sale volando, ya liberada de su confinamiento en la caja de metal, el narrador mira por la ventana para seguir su vuelo y ve algo más acechando en un techo cercano, camuflado. Su observación transforma la escena urbana en un paisaje digno del horror cósmico de H.P. Lovecraft. De un plumazo, la ciudad, la antítesis de la naturaleza, se convierte en un lugar salvaje:


[«Chimeneas, paredes y tendederos vacíos formaban el escenario sobre el que pasaba la diminuta masa de horror. Y luego vi una chimenea, a menos de diez metros de distancia en el siguiente techo. Era achaparrada, de ladrillo rojo, y tenía dos extremos de tubos negros al ras de la parte superior. La vi vibrar de repente, de forma extraña. Su superficie de ladrillo rojo parecía despegarse, y las aberturas de las tuberías negras se volvieron repentinamente blancas. Vi dos grandes ojos mirando al cielo. Una gran cosa con alas planas se desprendió silenciosamente de la superficie de la chimenea real y salió disparada tras la nube de cosas voladoras. Observé hasta que todas se perdieron en el cielo.»]


Al contrario de lo que sucede con Lovecraft, no me atrevería a ser definitivo con el racismo subyacente en Mimic de Donald A. Wollheim, pero tampoco podemos eludir esa interpretación. Después de todo, el relato está ambientado en Nueva York, la puerta de entrada a los Estados Unidos donde los inmigrantes llegaban con la esperanza de pasar la inspección en Ellis Island y establecerse para empezar una nueva vida. En este contexto, el comentario del narrador: «la evolución creará un ser para cualquier nicho que se pueda encontrar, por improbable que sea», nos obliga a preguntarnos qué es lo que realmente está pasando aquí, porque el punto es que el hombre-escarabajo nunca ha encajado, nunca se ha mimetizado exitosamente. Podemos recordar que, cuando el narrador era niño, se burlaba de él por su miedo a las mujeres. De hecho, más que un imitador exitoso, perfectamente diseñado por la evolución, parece un extranjero que sencillamente trata de adaptarse, alguien que no pertenece del todo, alguien que despierta cierta inquietud pero que es lo suficientemente inteligente como para soportar las burlas de los demás y no despertar demasiada incomodidad [ver: Atrapado en el cuerpo equivocado]

Es tentador especular sobre lo que está pasando en Mimic en términos de racismo no muy bien solapado, porque, vamos, el hombre de negro parece un ser humano, pero cuando miras más de cerca...

Al flaco de Providence le hubiese gustado [ver: «La Sombra sobre Innsmouth»: del odio racial a la empatía]




Mimic.
Mimic, Donald A. Wollheim (1914-1990)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Hace menos de doscientos años desde el descubrimiento del último continente. Las ciencias de la química y la física se remontan apenas a un siglo. La ciencia de la aviación se remonta a cuarenta años. La ciencia de la atómica está naciendo. Y, sin embargo, creemos que sabemos mucho. En realidad, sabemos poco o nada.

Algunas de las cosas más sorprendentes son desconocidas para nosotros. Cuando se descubren, pueden impactarnos hasta los huesos. Buscamos secretos en las lejanas Islas del Pacífico y entre los campos del gélido Norte mientras bajo nuestras propias narices, codeándose cada día con nosotros, puede andar lo desconocido. Es un hecho curioso de la naturaleza que aquello que está a simple vista suele ser lo que mejor está escondido.

Siempre he sabido del hombre de la capa negra. Desde que era niño ha vivido en mi calle, y sus excentricidades son tan familiares que no se mencionan excepto entre los visitantes ocasionales. Aquí, en el corazón de la ciudad más grande del mundo, en la bulliciosa Nueva York, lo excéntrico y lo extraño pueden florecer sin obstáculos.

Cuando éramos niños, nos divertíamos mucho burlándonos del hombre de negro cuando mostraba su miedo a las mujeres. Vigilábamos, a nuestra manera malévola e infantil, esos momentos; tratábamos de hacer que mostrara ira. Pero nos ignoró por completo, y pronto no le prestamos más atención, al igual que nuestros padres. Lo veíamos sólo dos veces al día. Una vez temprano en la mañana, cuando su figura de seis pies salía del sucio y oscuro pasillo de la vivienda al final de la calle, y cuando regresaba por la noche. Iba siempre vestido con una larga capa negra que le llegaba a los tobillos y llevaba un sombrero negro de ala ancha que le cubría la cara.

Era un espectáculo de una extraña historia de viejas tierras, pero lo cierto es que nunca dañó a nadie. Tampoco prestaba atención a nadie; excepto, quizás, a las mujeres. Cuando una mujer se cruzaba en su camino, se detenía en seco. Podíamos ver que cerraba los ojos hasta que ella pasaba de largo. Entonces abría de golpe esos grandes y acuosos ojos azules y seguía caminando como si nada hubiera pasado.

Nunca se supo que hablara con una mujer.

Compraba algunos comestibles, tal vez una vez a la semana, en lo de Antonio, pero solo cuando no había otros clientes. Antonio dijo una vez que nunca hablaba, solo señalaba las cosas que quería y las pagaba con billetes que sacaba de un bolsillo debajo de su capa. A Antonio no le caía bien, pero nunca tuvo ningún problema con él.

Ahora que lo pienso, nadie nunca tuvo ningún problema con él.

Nos acostumbramos a él. Crecimos en la calle; lo veíamos de vez en cuando llegaba a casa y volvía al pasillo oscuro del departamento donde vivía.

Nunca tuvo visitas, nunca habló con nadie.

Una vez, recuerdo, construyó algo de metal en su habitación. Había arrastrado unas largas láminas planas de metal, de estaño o hierro, y durante varios días se oyeron muchos martillazos y golpes en su habitación. Pero pronto todo eso se detuvo y nadie pensó demasiado en el asunto.

No sé dónde trabajaba y nunca lo supe. Tenía dinero, porque tenía fama de pagar el alquiler con regularidad cuando el conserje se lo pedía.

Bueno, gente así habita en las grandes ciudades y nadie conoce la historia de sus vidas hasta que se acaban. O hasta que algo extraño sucede.

Crecí, fui a la universidad, estudié.

Finalmente conseguí un trabajo como asistente del curador de un museo. Pasé mis días montando escarabajos y clasificando exhibiciones de animales disecados y plantas preservadas, y cientos y cientos de insectos de todas partes.

La naturaleza es una cosa extraña, aprendí. Eso lo aprendes muy rápido cuando trabajas en un museo, te das cuenta de cómo la naturaleza utiliza el arte del camuflaje. Hay insectos ramita que se ven exactamente como una hoja o una rama de un árbol. Exactamente.

La naturaleza es extraña y perfecta de esa manera. Hay una polilla en América Central que parece una avispa. Incluso tiene un aguijón falso hecho de pelo, que retuerce y riza como el aguijón de una avispa. Tiene los mismos colores y, aunque su cuerpo es suave y no blindado como el de una avispa, tiene un color que parece brillante y blindado. Incluso vuela de día cuando lo hacen las avispas, y no de noche como las demás polillas. Se mueve como una avispa. De algún modo sabe que no tiene miel y que sólo puede sobrevivir fingiendo ser tan letal para otros insectos como lo son las avispas.

Aprendí sobre las hormigas guerreras y sus extraños imitadores.

Las hormigas armadas viajan en enormes columnas de miles y cientos de miles. Se mueven a lo largo de una corriente que fluye de varios metros de ancho y acarician todo lo que encuentran en su camino. Todo en la selva les tiene miedo. Avispas, serpientes, otras hormigas, pájaros, lagartijas, escarabajos, incluso los hombres huyen o son devorados.

Pero en medio de las hormigas guerreras también viajan muchas otras criaturas, criaturas que no son hormigas en absoluto, y que las hormigas guerreras matarían si las descubrieran. Pero no saben de ellas porque estas otras criaturas están disfrazadas. Algunas son escarabajos que parecen hormigas. Tienen marcas falsas como tórax de hormigas y corren imitando la velocidad de las hormigas. ¡Incluso hay uno que es tan largo que parece tres hormigas en una sola fila! Se mueve tan rápido que las hormigas reales nunca le dan una segunda mirada.

Hay orugas débiles que parecen escarabajos acorazados. Hay todo tipo de cosas que parecen animales peligroso, porque estos no tienen enemigos. Las hormigas guerreras y las avispas, los tiburones, el halcón y los felinos. Así que hay una gran cantidad de cosas débiles que intentan esconderse entre ellos, para imitarlos.

Y el hombre es el mayor asesino, el mayor cazador de todos. Todo el mundo de la naturaleza conoce al hombre como el amo irresistible. El rugido de su arma, la astucia de su trampa, la fuerza y agilidad de su brazo colocan todo lo demás debajo de él.

¿Debe entonces el hombre ser tratado por la naturaleza de manera diferente a los otros animales dominantes, como las hormigas guerreras y las avispas?

Fue, como suele ser el caso, pura suerte que me encontrara en la calle a la hora del amanecer cuando el conserje salió corriendo de la vivienda de mi calle pidiendo ayuda a gritos. Había estado trabajando toda la noche montando nuevas exhibiciones.

El policía de ronda y yo fuimos los únicos que molestaron al conserje al ver la cosa que encontramos en las dos sucias habitaciones ocupadas por el extraño de la capa negra.

El conserje explicó, mientras el oficial y yo subíamos corriendo las estrechas y desvencijadas escaleras, que lo había despertado el sonido de fuertes golpes y gritos estridentes. Había salido al pasillo a escuchar.

Cuando llegamos, el lugar estaba en silencio. Una luz tenue brillaba debajo de la puerta. El policía llamó, no hubo respuesta. Puso su oído en la puerta y yo también.

Oímos un ligero susurro, un susurro lento y continuo como el de un papel que sopla la brisa.

El policía llamó de nuevo, pero tampoco no hubo respuesta.

Entonces, juntos, arrojamos nuestro peso a la puerta. Dos fuertes golpes y la vieja cerradura podrida cedió. Irrumpimos.

La habitación estaba sucia, el piso estaba cubierto de pedazos de papel roto, detritus y basura. La habitación no estaba amueblada, lo que me pareció extraño.

En una esquina había una caja de metal, de unos cuatro pies cuadrados. Una caja hermética, unida con tornillos. Tenía una tapa, que se abría en la parte superior (estaba hacia abajo) y se sujetaba con una especie de sello de cera.

El extraño de la capa negra yacía en el suelo, muerto.

Todavía llevaba la capa. El gran sombrero holgado estaba tirado en el suelo a cierta distancia. Del interior de la caja procedía un leve crujido.

Le dimos la vuelta al extraño, le quitamos la capa. Durante varios instantes no vimos nada malo y luego, gradualmente —horriblemente— nos dimos cuenta de algunas cosas que estaban mal.

Su cabello era castaño, corto y rizado. Se erizó en su longitud de una pulgada de largo. Sus ojos estaban abiertos y mirando. Lo primero que noté fue que no tenía cejas, sólo una curiosa línea oscura en la carne sobre cada ojo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no tenía nariz. Pero nadie lo había notado antes. Su piel estaba extrañamente moteada. Donde debería haber estado la nariz, había sombras oscuras que parecían una nariz. Como el trabajo de un artista hábil en una pintura.

Su boca era como debería ser y estaba ligeramente abierta, pero no tenía dientes. Su cabeza estaba encajada sobre un cuello delgado.

El traje era... bueno, no era un traje. Era parte de él. Era su cuerpo.

Lo que pensábamos que era un abrigo era una enorme funda de ala negra, como la que tiene un escarabajo. Tenía un tórax como un insecto, solo que la vaina del ala lo cubría y no podías notarlo cuando usaba la capa. El cuerpo sobresalía por debajo, reduciéndose a las dos patas traseras largas y delgadas. Sus brazos salían por debajo de la parte superior del abrigo. Tenía un pequeño par de brazos secundarios, cruzados con fuerza sobre su pecho. Había un agujero redondo y afilado recién perforado en su pecho, justo encima de estos brazos, todavía rezumando un líquido acuoso.

El conserje huyó balbuceando. El oficial estaba pálido pero cumpliendo con su deber. Lo escuché murmurar por lo bajo un torrente interminable de Avemarías, una y otra vez.

El tórax inferior, el «abdomen», era muy largo y parecido a un insecto. Ahora estaba arrugado como los restos del fuselaje de un avión. Recordé el aspecto de una avispa hembra que acababa de poner huevos, su tórax había tenido esa apariencia vacía.

La vista fue un shock. La mente lo rechaza, y es sólo en el último momento que uno puede sentir el tenue estremecimiento del horror.

El susurro aún procedía de la caja. Le hice señas al policía de cara blanca, nos acercamos y nos paramos frente a ella. Tomó su bastón y tiró el sello de cera. Luego tiramos y abrimos la tapa.

Una ola de vapor nocivo nos asaltó. Retrocedimos tambaleándonos cuando de repente una corriente de cosas voladoras salió disparada del enorme contenedor de hierro. La ventana estaba abierta y volaron directamente hacia el primer resplandor del amanecer.

Debe haber habido docenas de ellos. Tenían unas dos o tres pulgadas de largo y volaban sobre anchas alas diáfanas de escarabajo. Parecían hombrecitos, extrañamente aterradores mientras volaban, vestidos con sus trajes negros, con sus rostros inexpresivos y sus ojos azules llorosos. Volaron con alas transparentes que salían de debajo de sus negros abrigos de escarabajo.

Corrí hacia la ventana, fascinado, casi hipnotizado. El horror no había llegado a mi mente de inmediato. Después tuve espasmos de terror al pensar en todo eso y tratar de unir las piezas. Todo el asunto fue tan completamente inesperado…

Sabíamos de las hormigas guerreras y sus imitadores, pero nunca se nos ocurrió que nosotros también éramos una especie de hormigas guerreras. Sabíamos de los insectos palo y nunca se nos ocurrió que pudiera haber otros que se disfrazan para engañar, no a otros animales, sino al mismo animal supremo, el hombre.

Luego encontramos algunos huesos en el fondo de esa caja de hierro, pero no pudimos identificarlos. Quizás no nos esforzamos mucho. Podrían haber sido humanos.

Supongo que el extraño de la capa negra no temía tanto a las mujeres como desconfiaba de ellas. Las mujeres notan a los hombres, quizás, más que otros hombres. Las mujeres podrían sospechar antes de la inhumanidad, del engaño. Y entonces, tal vez, podría haber habido alguna reacción instintiva. El extraño estaba disfrazado de hombre, pero su sexo seguramente era femenino. Las cosas en la caja eran sus crías.

Pero es la otra cosa que vi, cuando corrí hacia la ventana, lo que más me ha sacudido. El policía no lo vio. Nadie más lo vio excepto yo, y yo solo por un instante.

La naturaleza practica engaños en todos los ángulos. La evolución creará un ser para cualquier nicho que se pueda encontrar, por improbable que sea.

Cuando me acerqué a la ventana, vi la pequeña nube de cosas voladoras que se elevaban hacia el cielo y navegaban hacia la distancia púrpura. Estaba amaneciendo y los primeros rayos del sol caían sobre los techos de las casas.

Conmocionado, desvié la mirada de esa habitación de vecindad del cuarto piso sobre los techos de los edificios más bajos. Chimeneas, paredes y tendederos vacíos formaban el escenario sobre el que pasaba la diminuta masa de horror.

Y luego vi una chimenea, a menos de diez metros de distancia en el siguiente techo. Era achaparrada, de ladrillo rojo, y tenía dos extremos de tubos negros al ras de la parte superior. La vi vibrar de repente, de forma extraña. Su superficie de ladrillo rojo parecía despegarse, y las aberturas de las tuberías negras se volvieron repentinamente blancas.

Vi dos grandes ojos mirando al cielo.

Una gran cosa con alas planas se desprendió silenciosamente de la superficie de la chimenea real y salió disparada tras la nube de cosas voladoras.

Observé hasta que todas se perdieron en el cielo.

Donald A. Wollheim (1914-1990)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Donald A. Wollheim.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Donald A. Wollheim: Mimic (Mimic), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Donald A. Wollheim: relatos.


Donald A. Wollheim: relatos.




Donald A. Wollheim —Donald Allen Wollheim (1914-1990)— fue un escritor norteamericano especialmente destacado en el ámbito de la ciencia ficción, y que además incursionó ocasionalmente en el relato de terror.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos recorriendo algunos de los mejores relatos de Donald A. Wollheim.




Relatos de Donald A. Wollheim.
  • El horror que surgió de Lovecraft (The Horror Out of Lovecraft)
  • Mimic (Mimic)
  • Ajax de Ajax (Ajax of Ajax)
  • Alerta de tormenta (Storm Warning)
  • Al filo del tiempo (Edge of Time)
  • Allá arriba (Up There)
  • Asteroide 745 (Asteroid 745)
  • A través del tiempo (Across Time)
  • ¡A Venus! (To Venus! To Venus!)
  • Camino a Roma (Road to Rome)
  • Casa Ganímedes (Ganymede House)
  • Completamente (All Out)
  • Cosmofobia (Cosmophobia)
  • Dale a ella infierno (Give Her Hell)
  • Día de Mye (Mye Day)
  • Dientes de león morados (Purple Dandelions)
  • Disfraz (Disguise)
  • Dos docenas de huevos de dragón (Two Dozen Dragon Eggs)
  • El acertijo galáctico (The Galactic Riddle)
  • El coloso de Maia (The Colossus of Maia)
  • El conflicto escondido (The Hidden Conflict)
  • El cristal profano (The Unholy Glass)
  • El fantágrafo (The Phantagraph)
  • El gancho (The Hook)
  • El hombre del futuro (The Man from the Future)
  • El huevo de Alfa Centauro (The Egg from Alpha Centauri)
  • El laberinto de Lysenko (The Lysenko Maze)
  • El millonésimo año (The Millionth Year)
  • El misil marciano (The Martian Missile)
  • El mundo en el filo del universo (The World on the Edge of the Universe)
  • El mundo en equilibrio (The World in Balance)
  • El nuevo jeroglífico (The New Hieroglyph)
  • El planeta de la ilusión (The Planet of Illusion)
  • El planeta llamado Aquella (The Planet Called Aquella)
  • El planeta que el tiempo olvidó (The Planet That Time Forgot)
  • El puesto de avanzada en Altark (The Outpost at Altark)
  • El secreto de las lunas marcianas (Secret of the Martian Moons)
  • El secreto del noveno planeta (The Secret of the Ninth Planet)
  • El secreto de los anillos de Saturno (The Secret of Saturn's Rings)
  • El segundo satélite (The Second Satellite)
  • El sombrero (The Hat)
  • El terror creciente (The Growing Terror)
  • Este año y ningún otro (This Year and No Other)
  • Extraño regreso (Strange Return)
  • Huella (Blueprint)
  • Huesos (Bones)
  • La ciudad sin terminar (The Unfinished City)
  • La cosa harapienta (The Rag Thing)
  • La embajada (The Embassy)
  • La fortaleza de las seis lunas (Fortress of the Six Moons)
  • La fracción femenina (The Feminine Fraction)
  • La llave del planeta negro (The Key to the Black Planet)
  • La llegada del cometa (The Coming of the Comet)
  • La máscara de Demeter (The Mask of Demeter)
  • La órbita del destino (Destiny's Orbit)
  • La poetisa y los 21 cadáveres canosos (The Poetess and the 21 Grey-Haired Cadavers)
  • La rebelión de Pallas (Pallas Rebellion)
  • Las bestias de Oomph (The Oomph Beasts)
  • Las lentes espaciales (The Space Lens)
  • La tierra no responde (Earth Does Not Reply)
  • La última batalla de un granadero espacial (Last Stand of a Space Grenadier)
  • Llamas negras (Black Flames)
  • Los fantasmas de Gol (The Ghosts of Gol)
  • Los Garrison (The Garrison)
  • Los hombres de Ariel (The Men from Ariel)
  • Los marcianos están viniendo (The Martians Are Coming)
  • Los odiadores (The Haters)
  • Los tambores de Reig Rawan (The Drums of Reig Rawan)
  • Mike Mars alrededor de la luna (Mike Mars Around the Moon)
  • Mike Mars, astronauta (Mike Mars, Astronaut)
  • Mike Mars en Cabo Cañaveral (Mike Mars at Cape Canaveral)
  • Mike Mars en órbita (Mike Mars in Orbit)
  • Mike Mars vuela el Dyna-Soar (Mike Mars Flies the Dyna-Soar)
  • Mike Mars vuela el X-15 (Mike Mars Flies the X-15)
  • Mike Mars y el misterio del satélite (Mike Mars and the Mystery Satellite)
  • Mundo Destino (Destiny World)
  • Mundo privado (Private World)
  • Nada (Nothing)
  • Náufrago (Castaway)
  • Ojo del cosmos (Cosmos Eye)
  • Perry Rhodan (Perry Rhodan)
  • Planeta Pogo (Pogo Planet)
  • Plataforma de observación (Observation Platform)
  • Saknarth (Saknarth)
  • Top Secret (Top Secret)
  • Umbriel (Umbriel)
  • Un millón de años y un día (A Million Years and a Day)
  • Uno contra la luna (One Against the Moon)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Donald A. Wollheim: relatos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El horror que surgió de Lovecraft»: Donald A. Wollheim; relato y análisis


«El horror que surgió de Lovecraft»: Donald A. Wollheim; relato y análisis.




El horror que surgió de Lovecraft (The Horror Out of Lovecraft) es un relato de terror del escritor norteamericano Donald A. Wollheim (1914-1990), publicado originalmente en la edición de mayo de 1969 de la revista Magazine of Horror, y luego reeditado en la antología de 1992: Cuentos de los Mitos de Cthulhu (Tales of the Cthulhu Mythos).

El horror que surgió de Lovecraft, probablemente uno de los cuentos de Donald Wolheim menos conocidos, relata la historia de Eliphas Snodgrass, quien desaparece en circunstancias misteriosas después de leer las páginas del Necronomicón (ver: Traductores que perdieron la cabeza al traducir el «Necronomicón»).

SPOILERS.

El horror que surgió de Lovecraft es una parodia de los Mitos de Cthulhu. Su autor, Donald A. Woolheim, que conoció al maestro de Providence, se permite la audacia de reunir en unas pocas páginas varios dispositivos habituales en la obra de Lovecraft: ancestros misteriosos, mestizaje, libros prohibidos, islas que se hunden en mares burbujeantes, desapariciones inexplicables, geografía, olores, y finalmente un descubrimientos inquietante, en este caso, un dedo gordo.

En este contexto, las circunstancias extrañas detrás de la desaparición de Eliphas Snodgrass nunca se aclaran. Sabemos que leyó el Necronomicón, y que definitivamente leyó a Lovecraft. Probablemente por eso se encerró en su habitación para realizar alguna invocación profana. Cuando el narrador derriba la puerta es demasiado tarde. De Snodgrass solo queda un dedo gordo, y tembloroso, en un charco de baba extradimensional.

El horror que surgió de Lovecraft de Donald A. Wollheim no es un buen relato, ni siquiera una parodia divertida, sino más bien una sucesión de recursos lovecraftianos que, fuera de contexto, resultan absurdos. De todos modos, decidimos incluirlo en esta sección dedicada a los relatos de los Mitos de Cthulhu debido a que, por alguna razón, fue tenido en alta estima por algunos miembros del Círculo de Lovecraft.




El horror que surgió de Lovecraft.
The Horror Out of Lovecraft, Donald A. Wollheim (1914-1990)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—¡Oh, Dios mío, Dios mío! —se oyó decir a alguien con una vez entrecortada—.
¡Vuelve de nuevo, y esta vez en pleno día! ¡Ha salido, ha salido
y se mueve en estos momentos! ¡Que el Señor nos proteja!

(El horror de Dunwich, H.P. Lovecraft)


No sé qué cosa extraña se apoderó de mí cuando decidí realizar una investigación sobre los misteriosos hechos de Eliphas Snodgrass aquel invierno del ‘39. Hay cosas que es mejor que nadie sepa, y hay misterios que deberían permanecer para siempre ocultos al conocimiento mortal. El paradero de Eliphas Snodgrass durante el otoño del '39 y el invierno que siguió se encuentran entre estas cosas. Ojalá hubiera tenido la fuerza para refrenar mi curiosidad.

Escuché por primera vez de Eliphas Snodgrass cuando estaba visitando a mi tía Eulalia Barker, en su casa en East Arkham, en los distritos traseros de Massachusetts. Era un terreno olvidado, oscuro y sombrío, en una región entre las más antiguas de América, no solo en el origen de sus colonos blancos (sobre todo los que desembarcaron del Nancy B., en 1647, comandado por el empañado por el tiempo capitán Hugh Quinge, de quien poco se sabe excepto que se cree que era parte hindú y que se casó con una chica irlandesa de Cork en circunstancias misteriosas), sino también en otras tradiciones antiguas. Mi tía Eulalia era una solterona bastante agradable; estaba relacionada conmigo por parte de mi madre, siendo mi madre una Barker de Bowser, un pequeño pueblo de pescadores poco conocido.

Eulalia (se había mudado repentinamente de Bowser, hacía muchos años, en circunstancias que nunca se aclararon) había entablado una amistad pasajera con la familia Snodgrass, que ocupaba la vieja y tranquila mansión Crombleigh al otro lado de West Arkham.

Sobre cómo había conocido a la señora Snodgrass, mi tía se negaba a hablar.

No obstante, me había alojado en su casa mientras realizaba mis estudios en la famosa biblioteca de la Universidad de Miskatonic, ubicada en Arkham, apenas tres semanas antes de que ella mencionara a Eliphas Snodgrass. Me habló de él en tono preocupado; parecía reacia a hacerlo, pero confesó que la madre de Eliphas (que debe haber tenido sangre asiática) le había pedido que me comunicara sus preocupaciones.

Como ellos me conocían por mi investigación académica en el reino de las mitologías antiguas, ella me tenía por un erudito. Parecía que Eliphas Snodgrass había estado actuando de manera extraña. Esto no era nuevo, como supe más tarde; sólo que su rareza había dado un giro curiosamente inquietante.

Eliphas Snodgrass, como supe de mi tía y de otras investigaciones posteriores, era un joven de unos 27 años: alto, delgado, demacrado, de semblante bastante austero, vagamente moreno (probablemente una herencia de su padre, Ezequías Snodgrass, que tenía fama de tener sangre africana por parte de su madre) que se entregaba a largos períodos de meditación. En otras ocasiones, era normal y casi alegre (tanto como cualquier otro joven de Arkham), pero había períodos en los que, durante semanas, se encerraba en sus habitaciones y permanecía terriblemente callado.

De vez en cuando se podían escuchar ruidos extraños saliendo de sus habitaciones: cantos extraños y conversaciones inusuales. De vez en cuando, la casa sufría un paroxismo de terror con chillidos sobrenaturales y un aullido que normalmente se interrumpía de forma abrupta y terrible. Cuando se le preguntaba sobre la naturaleza de estos ruidos, Eliphas se volvía con frialdad y, mirando al investigador con una mirada gélida, murmuraba algo sobre problemas con su radio.

Naturalmente, comprenderá cuán perturbadoras fueron estas cosas. Y como yo tenía una deuda con mi tía Eulalia que no me atrevo a explicar aquí, sentí que me correspondía hacer una breve investigación sobre los hechos alrededor de Eliphas. Aseguré la entrada a la mansión Snodgrass por medio de mi tía, quien me invitó a acompañarla en una visita social.

No había puesto un pie en la casa cuando sentí su aspecto extraño y melancólico. Parecía haber algo en el aire, una sensación de expectación como si algo, no sé qué, estuviera acechando, esperando un momento para atacar. Un olor curioso pareció flotar en mis fosas nasales, un hedor extraño como de algo mohoso y muerto hace mucho tiempo. Me sentí preocupado.

Eliphas entró poco después de mi llegada. Había estado en alguna parte, no sabía dónde, y me pareció que sus zapatos estaban curiosamente sucios, como si hubiera estado cavando profundamente en la tierra polvorienta; su cabello estaba curiosamente desordenado. Me habló con bastante cortesía y se interesó mucho cuando se enteró de que estaba estudiando en la Universidad de Miskatonic.

Me preguntó animadamente si había oído hablar de la famosa copia del Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred, que es una de las posesiones más preciadas de la Universidad. Me vi obligado a responder de forma negativa, a lo que pareció extrañamente disgustado. Por un momento, pensé que se iría abruptamente, pero luego se contuvo, hizo un movimiento extraño en el aire con el pulgar y el índice de su mano izquierda y comenzó a hablar del clima singular que habíamos estado teniendo.

Había comenzado siendo un verano inusualmente caluroso, pero hacía unos días el clima había cambiado repentinamente hacia un curioso frío seco. Por la noche se levantaba un viento que parecía descender de las colinas más allá de Arkham, trayendo consigo un extraño hedor a pescado. La mayoría de los veteranos comentó sobre su rareza, y uno o dos lo compararon con el extraño viento del Día Oscuro de 1875, sobre el cual no se atrevieron a hablar.

Vi a Eliphas Snodgrass varias veces más ese verano, y cada vez parecía más preocupado y extraño que antes. En un momento me arrinconó y me suplicó que intentara tomar prestado para él el volumen de Alhazred de la biblioteca. El bibliotecario, un hombre de lo más erudito, le había negado el acceso, y evidentemente tenía como práctica negarse a consultar ese libro, y otros de su clase, a personas nerviosas.

Recuerdo bien la noche del 10 de septiembre. Había comenzado como un típico día caluroso de finales de verano; al anochecer hizo frío y, al ponerse el sol, se levantó un viento fuerte. Las nubes oscuras parecían surgir de la nada y en poco tiempo un vendaval soplaba desde las colinas y los relámpagos crepitaban en la distancia.

Alrededor de las doce, se produjo una curiosa pausa que duró unos diez minutos. Lo recuerdo bien porque en ese momento un hedor a humedad se filtró en la ciudad, empapando cada casa y cada persona. Había estado leyendo hasta tarde y me detuve cuando el olor me asaltó, y me di cuenta de que la tormenta había cesado. Me acerqué a la ventana, corrí las cortinas y miré hacia afuera.

El cielo estaba completamente negro. Había una quietud embarazosa en el aire, y una niebla fina y miasmática flotaba por todas partes. Entonces, como un rayo, se escuchó un terrible trueno y con él un sorprendente relámpago verde que pareció caer en algún lugar de Arkham. Recuerdo que me asombró el hecho de haber escuchado el trueno antes de ver el relámpago, en lugar de después.

Inmediatamente después de este notable fenómeno, la tormenta estalló con renovada furia y continuó varias horas más.

Me despertó por la mañana el insistente timbre del teléfono. Mi tía llamó a mi puerta poco después y me pidió que me vistiera. Parecía que era la casa Crombleigh la que había sido el punto de impacto del rayo. Nada resultó dañado, pero Eliphas Snodgrass no estaba por ninguna parte.

Me apresuré. A medida que me acercaba a la casa, podía sentir el olor y, al cruzar el umbral, quedé prácticamente abrumado por el olor a pescado muerto y en descomposición que impregnaba el lugar. El hedor había llegado cuando cayó el rayo, me dijo la señora Snodgrass, y estaban tratando desesperadamente de ventilarlo. Había sido mucho peor de lo que era ahora.

Venciendo mi repugnancia, entré y subí los escalones de la habitación de Eliphas. Estaba en un terrible desorden, como si alguien se hubiera marchado apresuradamente. Me dijeron que había empacado un bolso. No había dormido en su cama, eso era evidente. La habitación estaba sembrada de libros, manuscritos, papeles, diarios y curiosas reliquias antiguas.

Durante los días siguientes, mientras la policía estatal y las autoridades federales en otros lugares realizaban una búsqueda inútil del joven Snodgrass, revisé los artículos que había encontrado en su habitación. Me estremezco ante las terribles notas y las cosas que implican.

En primer lugar, encontré una libreta, de esas que usan los niños para copiar lecciones, en la que me pareció percibir una serie de pistas. Evidentemente, Snodgrass guardaba memorandos en él. Había un recorte amarillento de un periódico de San Francisco, que decía en parte:


CARGUERO EN EL PUERTO CON UNA EXTRAÑA HISTORIA.
Llega el Kungshavn con una historia de mares hirvientes e islas que se hunden.

»San Francisco: El carguero sueco Kungshavn llegó hoy al puerto con su tripulación contando una extraña historia sobre una tormenta en el mar y manifestaciones casi increíbles. La mayoría de la tripulación se mostró reacia a hablar de ello, pero, al parecer, una tormenta repentina azotó el barco dos días fuera de Nueva Guinea, y una terrible tromba marina persiguió al barco durante cinco horas en la penumbra. También se habla de una isla que parecía hundirse en el agua burbujeante, casi hirviente, ante la mirada atónita de los tripulantes. El tercer oficial, Swenson, que parecía profundamente abrumado por la experiencia, siguió rezando y murmurando acerca de un terrible demonio o monstruo marino al que llamaba Kichulu o Kithuhu


El recorte continuaba durante varios párrafos más, dando principalmente más detalles sobre lo anterior.

A continuación, apareció otro recorte del mismo documento, pero fechado varios días después. Este informaba la muerte repentina de Olaf Swenson, un miembro de la tripulación del Kungshavn, que fue encontrado en un callejón de San Francisco con la cara arrancada a mordiscos.

Junto a este recorte, la letra curiosamente garabateada de Eliphas Snodgrass decía: Kichulu, ¿se refiere a Cthulhu?

Esto no significó nada para mí en ese momento. ¡Oh, si lo hubiera hecho! Quizás todavía podría haber salvado a Eliphas.

Luego había una nota con la letra de Eliphas:

«Martes debe pronunciarse el Canto de Dhol seis veces. Hastur es ascendente. ¿Dagón yacente? Investigar. Ver a Lovecraft sobre el encantamiento adecuado para Yog-Sototh. Pygnont dice que tiene una copia de Eibon para mí. Debo escribirle para enviarlo por mensajero especial. Siento que el tiempo está cerca. Debo consultar a Alhazred, debo encontrar la manera de obtener el volumen. Todo está en el libro del viejo árabe; él falló; yo no puedo. Tan poco tiempo. Se acerca el Día de la Oscuridad. Debo estar listo. Lloigor, protégeme.»

Después de esto había un fajo de páginas repletas de lo que parecían configuraciones químicas y astrológicas.

Me sentí muy perturbado después de leer lo anterior. Fue tan fuera de lo común. Solo tengo una cosa más que mencionar sobre esa investigación. En el techo de la habitación de Eliphas había una curiosa y ancha marca húmeda. Sabía que el techo tenía goteras, pero aún así era siniestro.

Poco a poco, la ciudad volvió a la normalidad. ¡Normalidad! Cuando pienso ahora en el horror que se produjo entre nosotros, me estremezco de que podamos decir cosas como «volver a la normalidad». El hedor en la casa de los Snodgrass disminuyó gradualmente.

Volví a mis estudios y pronto casi me había olvidado de Eliphas. No fue hasta principios del invierno que el asunto volvió a surgir. En ese momento, la señora Snodgrass llamó para decir que había escuchado pasos en la oscuridad de la noche en la habitación de Eliphas, y pensó que había escuchado conversaciones: sin embargo, cuando llamó, no había nadie allí.

Regresé con la señora Snodgrass a la mansión Crombleigh y volví a entrar en la cámara de Eliphas. Había ordenado la habitación, archivando cuidadosamente los papeles y objetos. Pensé que nada estaba fuera de lugar hasta que, por casualidad, miré hacia el techo. Había pisadas húmedas contra el yeso blanco del techo, pisadas que iban desde lo alto de la puerta hasta donde se abría el gran armario.

Fui de inmediato al armario; a primera vista no encontré nada. Entonces noté un trozo de papel tirado en el suelo. Lo recogí. En él estaba escrita una palabra con la caligrafía del desaparecido. Solo una palabra: Alhazred.

Tan pronto como estuve libre, fui a la Universidad de Miskatonic y obtuve el permiso para leer ese maldito volumen de Abdul Alhazred. ¡Ojalá no lo hubiera hecho! ¡Ojalá hubiera olvidado todo el asunto!

Nunca olvidaré el terrible conocimiento que entró en mi cerebro durante esas horas en las que me senté leyendo las páginas llenas de horror de ese libro repugnante. Las anormalidades demoníacas que asaltaron mi conciencia con una verdad indiscutible sacudirán para siempre mi fe en el mundo. El libro debería destruirse; es la enciclopedia de la locura. Toda esa tarde leí esas páginas llenas de enfermedad y fue hasta bien entrada la noche cuando me encontré con el pasaje que respondió a mi acertijo. No repetiré esas palabras, no me atrevo. Sin embargo, retrocedí aterrorizado; lo que vi allí fue un horror múltiple. Y supe que debía actuar de inmediato, esa misma noche, o todo estaría perdido. Quizás ya todo estaba perdido.

Salí corriendo de la biblioteca a la oscuridad de la noche.

Caía una nieve extraña, una nieve curiosa y parpadeante que caía como fantasmas en la oscuridad. Corrí a través de varias cuadras interminables de casas antiguas hasta la mansión Snodgrass. Mientras bajaba por la calle, creí ver un destello verde delineado contra el techo. Redoblé el paso y corrí hacia el porche y golpeé la puerta.

Eran cerca de las doce y pasó un tiempo antes de que la familia me dejara entrar. Rápidamente dije que tenía que hacer otra búsqueda en la habitación de Eliphas y me permitieron pasar. Corrí escaleras arriba y abrí la puerta de su habitación. Estaba oscuro y encendí la luz.

¿Olvidaré alguna vez lo terrible que vi allí?

El horror, el pavor, la locura parecían demasiado para que la mente humana los soportara. Apagué la luz de inmediato y, cerrando la puerta, huí gritando a la calle.

Un incendio furioso se desató inmediatamente después y quemó esa casa maldita hasta los cimientos. Una cosa tan condenable no debe estar, nunca debe estar, en este mundo.

Si el hombre supiera la locura aullante que acecha en las entrañas de la tierra y las profundidades del océano, si pudiera vislumbrar las cosas que aguardan en las vastas y vacías profundidades del espantoso cosmos. ¡Si supiera el significado secreto del parpadeo de las estrellas!

Si el hombre supiera estas cosas, creo que ese conocimiento quemaría los cerebros de cada hombre, mujer y niño sobre la faz de la Tierra. Tales cosas nunca deben ser conocidas. Nunca se debe permitir que semejante maldad indescriptible e insondable se filtre en las mentalidades de los hombres para que no se conviertan en caos y locura.

¿Cómo voy a decir lo que vi en la habitación de esa casa maldita? Cuando abrí la puerta, allí, sobre la colcha, revelado por el repentino destello de la luz eléctrica, ¡yacía el dedo gordo todavía tembloroso de Eliphas Snodgrass!

Donald A. Wollheim (1914-1990)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Donald A. Wollheim.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Donald A. Wollheim: El horror que surgió de Lovecraft (The Horror Out of Lovecraft), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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