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Joseph Conrad: cuentos destacados


Joseph Conrad: cuentos destacados.




Joseph Conrad (1857-1924) fue un magnífico escritor polaco, radicado en Inglaterra, autor de algunas de las mejores obras de su tiempo. En este contexto, los cuentos de Jodeph Conrad, tal vez la faceta menos reconcido de su producción literaria, se caracterizan por indagar de forma maravillosa en lo más profundo del alma humana.

Aquí iremos recorriendo todos los cuentos de Joseph Conrad.




Cuentos de Joseph Conrad:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Joseph Conrad: cuentos destacados, fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Joseph Conrad: biografía y documental

Joseph Conrad: biografía y documental:


Józef Teodor Konrad Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad (1857-1924), fue un autor polaco que adoptó el inglés como lengua literaria. A primera vista esto no parece un detalle irrelevante, y ciertamente no lo es. De hecho, el inglés es la cuarta lengua de Joseph Conrad luego del polaco, el ruso y el francés. Teniendo en cuenta esto la fluidez de su prosa resulta doblemente admirable.

Su obra puede resumirse como una búsqueda de la vulnerabilidad humana, de la inestabilidad moral que lo sostiene aún en situaciones desesperadas.

Las novelas de Joseph Conrad suelen ser catalogadas como románticas, aunque están bastante lejos de las características del romanticismo. En este sentido, las fuertes dosis de realismo lo convierten en un precursor del modernismo; algo bastante extraño si tenemos en cuenta que prácticamente la totalidad de su obra se ocupa de la vida en el mar.

Antes de pasar directamente al documental sobre Joseph Conrad les dejamos un lista completa de sus novelas:
  • La locura de Almayer (Almayer's Folly, 1895)
  • Una avanzada del progreso (An Outpost of Progress, 1896)
  • Un vagabundo de las islas (An Outcast of the Islands, 1896)
  • El Negro del 'Narciso' (The Nigger of the 'Narcissus', 1897)
  • El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness, 1899)
  • Lord Jim (Lord Jim, 1900)
  • Los herederos (The Inheritors, 1901)
  • Tifón (Typhoon, 1902)
  • Con la soga al cuello (The End of the Tether, 1902)
  • Romance (Romance, 1903)
  • Nostromo (Nostromo, 1904)
  • Gaspar Ruiz (Gaspar Ruiz, 1906)
  • El duelo (The Duel, 1907)
  • El agente secreto (The Secret Agent, 1909)
  • Una sonrisa de la fortuna (A Smile of Fortune, 1910)
  • Freya de las siete islas (Freya of the Seven Isles, 1910)
  • Bajo la mirada de Occidente (Under Western Eyes, 1911)
  • Crónica personal (A Personal Record, 1912)
  • Chance (Chance, 1913)
  • Victoria (Victory, 1915)
  • La línea de sombra (The Shadow Line, 1917)
  • La flecha de oro (The Arrow of Gold, 1919)
  • Salvamento (The Rescue, 1920)
  • La naturaleza del crimen (The Nature of a Crime, 1923)
  • El pirata (The Rover, 1923)
  • El espejo del mar (The Mirror of the Sea, 1924)
  • El alma del guerrero (The Warrior's Soul, 1925)


Joseph Conrad: documental:







Más autores con historia. I Novelas de Joseph Conrad.


Más literatura gótica:
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Los mejores relatos náuticos de terror


Los mejores relatos náuticos de terror.




Las historias del mar y sus misterios han ejercido un fuerte encanto en el relato de terror. No hay maestro del género que no haya sentido la atracción del océano y sus olas embravecidas, así como de los valientes que se atreven a ellas [ver: Relatos de terror del mar].

Esta antología, titulada: Misteriosas historias del mar (Mysterious Sea Stories), reune algunos de los mejores cuentos náuticos de terror, relatos que se desarrollan en el mar y el océano, ya sea desde el espíritu temerario de navegantes y marineros, como de los testigos ocasionales de la tempestad.





Misteriosas historias del mar.
Mysterious Sea Stories.
  • El barco fantasma (The Ghost Ship, Frederick Marryat)
  • El regreso al hogar del Shamraken (The Shamraken Homeward-Bounder, William Hope Hodgson)
  • El retorno de Imray (The Return of Imray, Rudyard Kipling)
  • De hecho (A Matter of Fact, Rudyard Kipling)
  • El barco de la muerte (A Bewitched Ship, W. Clark Russell)
  • El cambio de la marea (The Turning of the Tide, C.S. Forester)
  • El compañero negro (The Black Mate, Joseph Conrad)
  • El fantasma benevolente y el capitán Lowrie (The Benevolent Ghost and Captain Lowrie, Richard Sale)
  • El obsequio de Davy Jones (Davy Jones's Gift, John Masefield)
  • En el abismo (In the Abyss, H.G. Wells)
  • Hacia el poniente (Make Westing, Jack London)
  • La declaración de J. Habakuk Jephson (J. Habakuk Jephson’s Statement, Arthur Conan Doyle)
  • La isla de Hood y el ermitaño Oberlus (Hood’s Isle and The Hermit Oberlus, Herman Melville)
  • La leyenda de Bell Rock (The Legend of the Bell Rock, Frederick Marryat)
  • Los guardianes subacuáticos (Undersea Guardians, Ray Bradbury)




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: Misteriosas historias del mar (Mysterious Sea Stories) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un anarquista»: Joseph Conrad; relato y análisis.


«Un anarquista»: Joseph Conrad; relato y análisis.




Un anarquista (An Anarchist) es un relato fantástico del escritor británico Joseph Conrad, publicado en 1906.

Un anarquista es considerado por muchos como uno de los cuentos de Joseph Conrad más innovadores.






Un anarquista.
An Anarchist, Joseph Conrad (1857-1924)

Aquel año pasé dos meses de la estación seca en una de las haciendas –en realidad, la princi pal hacienda ganadera– de una famosa compañía fabricante de extracto de carne. BOS. Ya habrán visto ustedes estas tres letras mágicas en las páginas de anuncios de las revistas y periódicos, en los escaparates de las tiendas de comestibles y en los calendarios del próximo año que se reciben por correo en el mes de noviembre. También se reparten folletos, es critos en un estilo de un empalagoso entusiasmo y en varias lenguas, con estadísticas sobre ma taderos y efusiones de sangre que bastarían por sí mismos para hacer desmayar a un turco. El «arte» que ilustra esta «literatura» representa, en vividos y brillantes colores, la estampa de un toro negro, grande y bravo, encima de una ser piente amarilla que se retuerce entre la hierba verde esmeralda, con un cielo azul cobalto al fondo. Es atroz y alegórico. La serpiente simbo liza la enfermedad, la debilidad, quizá simple mente el hambre, que después de todo es la enfermedad crónica de la mayoría de los seres hu manos. Por supuesto, todos conocen a BOS, S.A. y sus incomparables productos: Vinobos, Jellybos, y la última e impar maravilla, Tribos, ali mento que no sólo se ofrece altamente concen trado, sino además semidigerido. Tal es, al pa recer, el amor que la compañía siente hacia su prójimo: como el amor de los pingüinos machos y hembras por sus hambrientas crías.

Lógicamente, el capital de un país debe estar colocado de un modo productivo. No tengo nada que decir en contra de la compañía. No obstan te, puesto que yo también estoy animado por sentimientos de afecto hacia mi prójimo, el mo derno sistema de publicidad me entristece. Por más que evidencie el espíritu de empresa, el inge nio, la desenvoltura y los recursos de ciertos individuos, para mí es la prueba del absoluto predominio de esa forma de degradación men tal que se llama credulidad. En diversas partes del mundo civilizado e inci vilizado he tenido que tragar los productos BOS con más o menos provecho aunque con escaso placer. Preparado con agua caliente y sazonado con abundante pimienta para resaltar el gusto, el extracto no resulta del todo desagradable. Pero nunca he podido soportar sus anuncios. Quizá no hayan ido lo bastante lejos. Por lo que recuerdo, no prometen la eterna juventud a los consumidores de BOS, ni han atribuido todavía a sus estimables productos la facultad de resucitar a los muertos. ¿Por qué esta austera reser va, me pregunto? Pero creo que ni con eso llegarían a convencerme. Si alguna forma de de gradación mental estoy sufriendo (como huma no que soy), no es en cualquier caso la popular. Yo no soy crédulo.

Mucho me he esforzado en hacer esta acla ración acerca de mi persona en vistas a la his toria que sigue a continuación. He comprobado los hechos en la medida de lo posible. He con sultado los archivos de los periódicos fran ceses y también hablé con el oficial que está al mando de la guardia militar de la Ile Royale cuando en el curso de mis viajes visité Cayena. Creo que la historia es cierta en líneas genera les. Es una de esas historias que ningún hom bre, creo yo, inventaría jamás sobre sí mismo, ya que no es ni grandiosa ni lisonjera, ni siquie ra lo suficientemente divertida como para hala gar a una vanidad pervertida.

La historia atañe al mecánico del vapor per teneciente a la hacienda ganadera que en Marañón tiene la BOS, S.A. Esta hacienda es también una isla, una isla tan grande como una pequeña provincia, situada en el estuario de un gran río de Sudamérica. Es agreste, aunque no hermosa, y la hierba que crece en sus llanuras es al pare cer de un excepcional poder nutritivo y propor ciona a la carne un gusto exquisito. En el aire resuena el mugido de innumerables manadas, un sonido profundo y lastimero bajo el cielo despejado, que se eleva como una monstruosa pro testa de prisioneros condenados a muerte. En tierra firme, separada por veinte millas de aguas descoloridas y turbias, hay una ciudad cuyo nombre, digamos, es Horta.

Pero la característica más interesante de esta isla (que parece una especie de establecimiento penitenciario para ganado condenado) consiste en que es el único habitat conocido de una es pléndida mariposa, sumamente rara. Esta espe cie es aún más rara que bella, lo que ya es decir. Ya aludí antes a mis viajes. En aquella época yo vivía entregado a los viajes, pero estricta mente por placer y con una moderación desco nocida en nuestros días de viajes alrededor del mundo. Incluso viajaba con un propósito deter minado. En honor a la verdad, soy «¡Ja, ja, ja! un furioso asesino de mariposas. ¡Ja, ja, ja!.

Ese era el tono en que míster Harry Gee, ge rente de la explotación ganadera, aludía a mis aficiones. Parecía considerarme la cosa más ab surda del mundo. Por otra parte, la BOS, S.A. representaba para él la cima de las realizaciones del siglo XIX. Creo que dormía con las polainas y las espuelas puestas. Pasaba los días sobre su silla de montar, galopando por las llanuras, se guido de un tropel de jinetes semisalvajes que le llamaban don Enrique y no tenían una idea clara de lo que era la BOS, S.A. que pagaba sus salarios. Era un magnífico gerente, pero, no sé por qué, cuando nos encontrábamos a la hora de comer, me daba una palmada en la espal da mientras inquiría ruidosa y burlonamente: «¿Cómo se le ha dado hoy el mortal deporte? ¿Sigue con sus mariposas? ¡Ja, ja, ja! sobre todo teniendo en cuenta que me cobraba dos dólares diarios por hospedarme en la BOS, S.A. (capital de 1.500.000 £ totalmente desembolsa do), dinero incluido sin ninguna duda en el ba lance de aquel año. «No creo que pueda hacer nada menos justo con mi compañía», observó con gran gravedad, mientras conveníamos las condiciones de mi estancia en la isla.

Su zumba habría resultado bastante inofen siva si la intimidad de nuestro trato, careciendo de todo sentimiento amistoso, no hubiera sido algo detestable de por sí. Y más aún, sus chistes no eran muy graciosos. Consistían en la aburri da repetición de frases descriptivas aplicadas a la gente mientras se carcajeaba. «Furioso asesi no de mariposas. ¡Ja, ja, ja!» era una muestra de ese ingenio peculiar que a él tanta gracia le hacía. Y esa misma vena de humor exquisito hizo que llamara mi atención sobre el mecánico del vapor, cierto día, mientras paseábamos por el sendero que bordeaba la ensenada.

La cabeza y los hombros del mecánico sur gieron por encima de la cubierta, sobre la que estaban esparcidas varias de sus herramientas de trabajo y unas pocas piezas de maquinaria. Estaba reparando las máquinas. Ante el ruido de nuestras pisadas levantó ansiosamente su cara tiznada de barbilla puntiaguda y con un pequeño bigote rubio. Cuanto podía verse de sus delicados rasgos bajo el tizne negro me pareció estar consumido y lívido, en medio de la sombra verdosa del enorme árbol que extendía su folla je sobre el barco amarrado cerca de la orilla. Ante mi gran sorpresa, Harry Gee se dirigió a él llamándole Cocodrilo, en tono medio bur lón y fanfarrón característico de su deleitable autosatisfacción:

–¿Cómo va el trabajo, Cocodrilo? Hubieran tenido que avisarme con anteriori dad de que el amable Harry había aprendido en alguna parte –en cualquier colonia– un extraño francés que pronunciaba con una precisión forza da y desagradable aun cuando quisiera darle una expresión burlona a cuanto decía. El hombre del barco le contestó rápidamente con voz agradable. Sus ojos tenían una dulzura líquida y sus dien tes, de una deslumbrante blancura, centelleaban entre sus finos labios caídos. El gerente se vol vió hacia mí, jovial y chillón, para explicarme: –Le llamo Cocodrilo porque vive indistinta mente dentro y fuera de la ensenada. Como un anfibio, ¿comprende? En la isla no hay otros anfibios que los cocodrilos; así es que debe per tenecer a esa especie, ¿eh? Pero en realidad es nada menos que un citoyen anarchiste de Barcelone.
–¿Un ciudadano anarquista de Barcelona? –repetí, estúpidamente, mirando a aquel hombre. Había vuelto a su trabajo en la máquina del barco y nos daba la espalda. En esta actitud, le oí protestar claramente:
–Ni siquiera sé español.
–¿Eh? ¿Qué dice? ¿Se atreve a negar que viene de allí? –dijo el gerente encarándosele cruelmente.

Ante esto el hombre se enderezó, dejando caer la llave que había estado usando, y nos miró; pero un temblor recorría todo su cuerpo.

–¡No niego nada, nada, absolutamente nada! –dijo con gran excitación.
Recogió la llave y prosiguió trabajando sin prestarnos más atención. Tras observarle duran te uno o dos minutos, nos marchamos.
–¿Es realmente un anarquista? –le pregun té, cuando era imposible ya que nos oyera.
–Me importa un bledo lo que sea –contestó el chistoso funcionario de la BOS, S.A.– Le llamo así porque me conviene darle ese nombre. Es bueno para la compañía.
–¡Para la compañía! –exclamé deteniéndo me de sopetón.
–¡Aja! –dijo triunfante ladeando su cara de perro barbilampiño, plantado sobre sus largas y delgadas piernas–. Le sorprende, ¿no? Estoy obli gado a hacer lo mejor por mi compañía. Tiene unos gastos enormes. Nuestro agente en Horta me ha dicho que gasta cincuenta mil libras al año en publicidad en todo el mundo. No se puede hacer economías durante las exhibiciones. Pues bien, escuche. Cuando me hice cargo de la ha cienda, no teníamos el vapor. Pedí uno, una y otra vez, en cada carta, hasta que lo conseguí; pero el hombre que mandaron con él se largó al cabo de dos meses, dejando la lancha atracada en el pontón de Horta. Consiguió un trabajo mejor en una serrería, río arriba, ¡maldito sea! Y a partir de entonces siempre pasaba lo mismo. Cualquier vagabundo escocés o yanqui que se dice mecánico cobra dieciocho libras al mes y la siguiente cosa de la que uno se entera es que se ha largado, tras causar quizás algún destrozo. Le doy mi palabra de que algunos de los tipos que he tenido como maquinistas no sabían distinguir la caldera de la chimenea. Pero éste conoce su oficio y no creo que quiera largarse. ¿Entiende? Y me golpeó ligeramente en el pecho para dar mayor énfasis a sus palabras. Pasando por alto sus peculiares modales, quise saber qué tenía que ver todo eso con que el hombre fuera un anar quista.
–¡Mire! –se burló el gerente–. Si usted vie ra, de pronto, a un hombre descalzo, despeinado, escondiéndose entre los matorrales de las orillas de la costa de la isla y, al mismo tiempo, obser vara a menos de una milla de la playa una pe queña goleta llena de negros virando de repente, no iría a creer que el hombre había caído del cielo, ¿verdad? Y no podía provenir más que de allí o de Cayena. Conservé la calma. En cuan to vi ese curioso juego, me dije: «Presidiario fugitivo.» Estaba tan seguro de eso como de que está usted aquí ahora mismo. De modo que ca balgué directamente hacia él. Permaneció de pie durante un instante sobre un montículo de arena, gritando: «Monsieur! Monsieur! Arrétez!» Luego, en el último momento, cambió de opinión y salió corriendo. Yo me dije: «Te domaré antes de en tendérmelas contigo.» Así que, sin decir una pa labra, le seguí, cortándole el paso en todas di recciones. Le alcancé en la playa y, por fin, le acorralé en una punta, con el agua a los tobillos y con sólo el mar y el cielo a su espalda, mien tras mi caballo piafaba en la arena y sacudía la cabeza a una yarda de él.

«Cruzó los brazos sobre el pecho y alzó la barbilla en una especie de gesto de desespera ción; pero yo no me dejé impresionar por la actitud de aquel bribón.
«–Eres un convicto fugitivo –le dije.
«Cuando me oyó hablar en francés, bajó su barbilla y mudó la expresión de su rostro.
»–No niego nada –me dijo, jadeando, por que le había hecho correr delante de mi caballo durante un buen rato. Le pregunté qué hacía allí. En ese momento ya había recobrado el alien to y me explicó que pretendía dirigirse hacia una granja que, según había oído (a la gente de la goleta, supongo), se encontraba por allí cerca. Ante eso me eché a reír estrepitosamente y él se inquietó ¿Le habían engañado? ¿No había una granja cerca de allí?

»Me reí aún más ruidosamente. Iba a pie y, sin duda, la primera manada de ganado que se hubiera cruzado le habría hecho trizas bajo sus pezuñas. Un hombre a pie atrapado en los pastizales no tiene ni la más remota posibilidad de escapar.

»–El que llegara yo le ha salvado ciertamen te la vida –le dije. Él comentó que quizá fuera cierto; pero que él había pensado que quería aplastarle bajo los cascos de mi caballo.
»Le aseguré que nada hubiera sido más fácil para mí de haberlo querido. Y entonces llega mos a una especie de punto muerto. A fe mía que no había nada que hacer con ese presidiario, a no ser arrojarlo al mar. Se me ocurrió pre guntarle qué le había llevado hasta allí. Movió la cabeza.
»–¿Qué fue? –le dije–. ¿Hurto, asesinato, violación, o qué?
«Quería oír de sus propios labios lo que tu viera que decir, aunque, por supuesto, esperaba que fuera alguna mentira. Pero todo cuanto dijo fue:
»–Haga lo que quiera. No niego nada. No es bueno negar.
»Le miré detenidamente y entonces me asaltó un pensamiento.
»–Han mandado anarquistas allí también –le dije–. Quizá eres uno de ellos.
»–No niego nada de nada, monsieur –re pitió.

»Esta respuesta me hizo pensar que quizá no fuese un anarquista. Creo que esos condenados lunáticos están más bien orgullosos de sí mis mos. Si hubiera sido uno de ellos, probablemen te lo habría confesado abiertamente.

»–¿Qué eras antes de convertirte en un pre sidiario?
–Ouvrier –dijo–. Y un buen obrero ade más.

»Ante estas palabras, comencé a pensar que debía ser un anarquista, después de todo. Esta es la clase de la que provienen casi todos, ¿no? Odio a esos salvajes que arrojan bombas cobar demente. Casi pensé en dar media vuelta a mi caballo y dejarle morir de hambre o ahogarse allí mismo como él quisiera. Si pretendía cruzar la isla para molestarme de nuevo, el ganado daría buena cuenta de él. No sé qué me indujo a preguntarle:

»–¿Qué clase de obrero?
»No me importaba gran cosa que contestara o no. Pero cuando, inmediatamente, dijo "Mécanicien, monsieur", casi salté de la silla de exci tación. La lancha había permanecido estropeada y ociosa en la ensenada durante tres semanas. Mi deber hacia la compañía estaba claro. El también notó mi sobresalto y durante un mi nuto o dos permanecimos mirándonos de hito en hito como hechizados.
«–Monta a la grupa de mi caballo –le dije–. Pondrás mi barco en condiciones.

En estos términos el digno gerente de la hacienda del Marañón me relató la llegada del supuesto anarquista. Pretendía que se quedara allí –movido de un sentimiento del deber hacia la compañía– y el nombre que le había dado le impediría conseguir ningún empleo en Horta. Los vaqueros de la hacienda, cuando fueran allí de permiso, lo difundirían por toda la ciudad. No sabían qué era un anarquista, ni lo que sig nificaba Barcelona. Le llamaban Anarquisto de Barcelona, como si fuera su nombre y apellido. Pero la gente de la ciudad leía en los periódicos noticias de los anarquistas europeos y estaba muy impresionada. En cuanto a la jocosa cole tilla «de Barcelona», míster Harry Gee se reía con inmensa satisfacción. «Los de esa raza son especialmente sanguinarios, ¿no? Eso hace que la gente de la serrería se sienta aterrorizada ante la idea de tener algo que ver con él, ¿compren de? –se regocijaba cándidamente–. Con este nombre le tengo más sujeto que si tuviera una pierna encadenada a la cubierta del barco.»

–Y observe –añadió, tras una pausa– que no lo niega. En cualquier caso, no cometo con él ninguna injusticia. Es un presidiario, de todos modos.
–Pero supongo que le pagará un salario, ¿no? –le pregunté.
–¡Un salario! ¿Para qué quiere dinero aquí? Consigue comida en mi cocina y ropa en el alma cén. Por supuesto, le daré algo al final del año, pero ¿no pensará usted que voy a dar trabajo a un presidiario y a pagarle lo mismo que le daría a un hombre honrado? Yo miro ante todo por los intereses de mi compañía.

Admití que una compañía que gastaba cincuen ta mil libras al año en publicidad necesitaba obviamente la más estricta economía. El gerente de la estancia de Marañón emitió un gruñido de aprobación.

–Y le diré –continuó– que si estuviera se guro de que es un anarquista y tuviera la cara dura de pedirme dinero, le daría un buen pun tapié. Sin embargo, le concedo el beneficio de la duda. Estoy totalmente dispuesto a creer que no ha hecho nada peor que clavarle un cuchillo a alguien –en circunstancias atenuantes– al estilo francés, ya sabe. Pero esa estupidez sub versiva y sanguinaria de suprimir la ley y el orden en el mundo hace que me hierva la sangre. Con eso no hacen sino darle la razón a las per sonas decentes, respetables y trabajadoras. Le diré que la gente que tiene conciencia, como usted y como yo, debe estar protegida de alguna forma; si no, el más despreciable de los picaros que andará suelto por ahí sería en todos los aspectos tan bueno como yo. ¿No es cierto? ¡Y eso es absurdo!

Me miró. Sacudí ligeramente la cabeza y mur muré que sin duda había muchas verdades suti les en su punto de vista. La principal verdad perceptible en el punto de vista de Paul, el mecánico, era que cosas muy pequeñas pueden labrar la ruina de un hombre.

–Il ne faut pas beaucoup pour perdre un homme –me dijo, pensativo, una tarde.

Cito esta reflexión en francés porque el hom bre era de París, y no de Barcelona. En Mar anón vivía lejos de la casa, en un pequeño cobertizo de techo metálico y paredes de paja al que él llamaba mon atelier. Tenía allí un banco de tra bajo. Le habían dado varias mantas de caballo y una silla, no porque tuviera jamás ocasión de cabalgar, sino porque los peones, que eran todos vaqueros, no usaban otro lecho. Y sobre estos arneses, como un hijo de las praderas, solía dormir entre los instrumentos propios de su oficio, en una litera de hierro roñoso, con una fragua portátil sobre su cabeza, bajo el banco de trabajo que sostenía su mugriento mosqui tero.

De vez en cuando le llevaba unos pocos cabos de vela procedentes de las escasas provisiones de la casa del gerente. Me estaba muy agrade cido por ello. No le gustaba permanecer despier to en la obscuridad, me confesó. Se quejaba de que el sueño le huía. «Le sommeil me fuit», declaraba, con su habitual aire de manso estoicis mo, que le hacía simpático y conmovedor. Le hice saber que no prestaba excesiva importancia al hecho de que hubiera sido un presidiario. Así fue como una tarde se sintió inclinado a hablar de sí mismo. Uno de los cabos de vela colocado en una esquina del banco estaba a punto de apagarse, y se apresuró a encender otro.

Había hecho el servicio militar en una guar nición de provincias y luego regresó a París para seguir trabajando en su oficio. Estaba bien pa gado. Me contó con orgullo que durante un breve tiempo estuvo ganando por los menos diez francos diarios. Pensaba establecerse por su cuenta poco después y casarse. Al llegar a este punto suspiró profundamente e hizo una pausa. Luego recobró su aire estoico:

–Parece ser que no me conocía lo suficiente.
El día que cumplió veintiocho años, dos de sus amigos del taller de reparaciones donde tra bajaba le propusieron invitarle a cenar. Se sintió enormemente conmovido por la atención.
–Era un hombre serio –observó–, pero no soy por eso menos sociable que otros.

El festejo se celebró en un pequeño café del Boulevard de la Chapelle. Con la cena tomaron un vino especial. Era excelente. Todo era exce lente; y el mundo –según sus propias pala bras– parecía un buen lugar para vivir. Tenía buenas perspectivas, algún dinero ahorrado, y el afecto de dos excelentes amigos. Se ofreció a pa gar todas las bebidas después de cenar, lo que era justo por su parte. Bebieron más vino; también licores, coñac, cerveza, y luego más licores y más coñac. Dos desconocidos que estaban sentados en la mesa de al lado le miraron, me dijo, con tanta cor dialidad, que les invitó a unirse a la fiesta. Nunca había bebido tanto en su vida. Su alegría era extremada y tan agradable que cuan do decaía se apresuraba a pedir más bebidas. –Me parecía –me dijo con su tono tranqui lo, mirando al suelo en el lóbrego cobertizo cu bierto de sombras– que estaba a punto de al canzar una felicidad grande y maravillosa. Otro trago, pensaba, y lo conseguiría. Los otros me acompañaban, vaso tras vaso.

Pero sucedió algo extraordinario. Algo que dijeron los desconocidos hizo que su alegría se disipara. Lóbregas ideas –des idees noires– se agolparon en su mente. Todo el mundo fuera del café le pareció un lugar obscuro y malo, donde una multitud de pobres desgraciados te nían que trabajar como esclavos con el solo fin de que unos pocos individuos pudieran pasear en coche y vivir desenfrenadamente en palacios. Se quedó avergonzado de su felicidad. La piedad por la suerte cruel de la humanidad inundó su corazón. Con una voz sofocada por el dolor trató de expresar estos sentimientos. Creo que lloraba y maldecía alternativamente.

Sus dos nuevos amigos se apresuraron a aplaudir su humana indignación. Sí. La mucha injusticia que había en el mundo era realmente escandalosa. Sólo había una forma de acabar con esta sociedad podrida. Demoler toda la sacrée boutique. Hacer saltar por los aires todo este inicuo espectáculo. Sus cabezas revoloteaban sobre la mesa. Le susurraban palabras elocuentes; no creo que ellos mismos esperaran el resultado. Estaba muy borracho, completamente borracho. Con un au llido de rabia saltó de pronto encima de la mesa. Dando puntapiés a las botellas y a los vasos, gritó: «Vive l'anarchie! ¡Muerte a los capitalis tas!» Lo gritó una y otra vez. A su alrededor caían vasos rotos, se blandían sillas en el aire, la gente se cogía por la garganta. La policía irrum pió en el café. Él golpeó, mordió, arañó y luchó, hasta que algo se estrelló contra su cabeza... Volvió en sí en una celda de la policía, encar celado bajo la acusación de asalto, gritos sedi ciosos y propaganda anarquista. Me miró fijamente con sus ojos líquidos y brillantes, que parecían muy grandes en la luz mortecina.

–Aquello estaba feo. Pero aun así, podría haberme librado, quizá –dijo lentamente.

Lo dudo. Pero toda posibilidad se esfumó a causa del joven abogado socialista que se ofreció a hacerse cargo de su defensa. En vano le aseguró que no era anarquista; que era un tranquilo y respetable mecánico deseoso de tra bajar diez horas al día en su oficio. Fue presen tado en el juicio como una víctima de la socie dad, y sus gritos de borracho como la expresión de su infinito sufrimiento. El joven abogado tenía que hacer carrera y este caso era justo lo que deseaba para empezar. El alegato de la defensa fue magnífico. El pobre hombre hizo una pausa, tragó sa liva y declaró:

–Fui condenado a la pena máxima aplicable a un primer delito.
Emití un murmullo apropiado a las circuns tancias. Él agachó la cabeza y se cruzó de brazos. –Cuando me soltaron –comenzó, suavemen te–, fui corriendo a mi antiguo taller, natural mente. Mi patrón sentía especial simpatía por mí antes; pero cuando me vio se puso lívido de terror y me mostró la puerta con mano tem blorosa.

Mientras permanecía en la calle, inquieto y desconcertado, fue abordado por un hombre de mediana edad, que se presentó como ajustador mecánico, también. «Sé quién eres –dijo–. Asis tí a tu juicio. Eres un buen camarada y tus ideas son firmes. Pero lo malo de esto es que no conseguirás trabajo en ninguna parte ahora. Estos burgueses se confabularán para que te mueras de hambre. Eso es lo que hacen siempre. No esperes clemencia del rico.» Estas amables palabras en la calle le reconfortaron mucho. Era al parecer de esa clase de gente que necesita apoyo y simpatía. La idea de no poder conseguir trabajo le había trastor nado completamente. Si su patrón, que le cono cía tan bien y sabía que era un obrero tran quilo, obediente y competente, no había querido saber nada de él, los demás tampoco lo harían. Era evidente. La policía, que no le quitaba el ojo de encima, se apresuraría a poner en ante cedentes a cualquier patrón tentado de darle una oportunidad. De pronto se sintió impotente, alarmado e inútil. Siguió al hombre de mediana edad hasta el estaminet de la esquina, donde se encontraron con otros buenos compañeros. Le aseguraron que no le dejarían morir de ham bre, con trabajo o sin él. Bebieron y brindaron por la derrota de todos los patronos y por la destrucción de la sociedad.

Se sentó mordisqueando su labio inferior.
–Así fue como me convertí en un compagnon, monsieur –dijo. La mano que se pasó por la frente temblaba– A pesar dé todo, hay algo que no marcha en un mundo donde un hombre puede perderse por un vaso más o menos.
Siguió con la vista baja, aunque yo podía ver que cada vez se excitaba más en su abatimiento. Dio una palmada en el banco con la mano abierta.
–No –gritó–. ¡Era una existencia imposi ble! Vigilado por la policía, vigilado por los camaradas, yo ya no era dueño de mí mismo. ¡Ni siquiera podía sacar unos pocos francos de mis ahorros del banco sin que un camarada se aso mara a la puerta para comprobar que no me escapaba! Y la mayoría de ellos eran ni más ni menos que ladrones. Los inteligentes, quiero decir. Robaban al rico; no hacían más que re cuperar lo que era suyo, decían. Cuando había bebido, les creía. También había tontos y locos. Des exaltes, quoi! Cuando había bebido, les quería. Cuando aún estaba más bebido, me ponía furioso con el mundo. Eran los mejores momen tos. Encontraba refugio de la miseria en la rabia. Pero no se puede estar siempre borracho, n'est-ce pas, monsieur? Y cuando estaba sobrio, temía romper con ellos. Me habrían matado como a un cerdo.

Se cruzó otra vez de brazos y levantó su barbilla afilada con una sonrisa amarga.

–Pronto empezaron a decirme que ya era hora de que me pusiera a trabajar. El trabajo consistía en robar un banco. Luego lanzarían una bomba para destruir el lugar. Mi papel, como principiante, sería vigilar la calle de atrás y cuidar de un saco negro con la bomba dentro hasta que fuera preciso. Después de la reunión en que se decidió el asunto, un camarada de confianza me seguía a todas partes. No me atreví a protestar; temía que me mataran tranquila mente allí mismo; sólo una vez, mientras pa seábamos juntos, me pregunté si no sería mejor que me lanzara al Sena. Pero mientras daba vueltas a la idea, ya habíamos cruzado el puente y luego no tuve oportunidad de hacerlo.

A la luz de la vela, con sus rasgos afilados, su bigotillo esponjoso y su rostro ovalado, pa recía unas veces delicada y tiernamente joven, y otras parecía muy viejo, y decrépito, apesa dumbrado, apretando sus brazos cruzados contra el pecho. Como permanecía callado, me sentí obligado a preguntar:

–¡Bueno! ¿Y cómo acabó?
–Deportación a Cayena –contestó.

Parecía creer que alguien había denunciado el plan. Mientras permanecía vigilado en la calle de atrás, con el saco en la mano, fue atacado por la policía. «Esos imbéciles» le pusieron fuera de combate sin darse cuenta de lo que tenía en la mano. Se preguntaba cómo era que la bomba no había explotado al caer. Pero el caso es que no explotó.

–Traté de contar mi historia ante el tribu nal –continuó–. El presidente se divirtió mu cho. Hubo en la sala algunos idiotas que se rieron.

Le expresé la esperanza de que algunos de sus compañeros hubieran sido apresados tam bién. Se estremeció levemente antes de decirme que fueron dos: Simon, apodado Biscuit, el ajus tador de mediana edad que le habló en la calle, y un tipo llamado Mafile, uno de los simpáticos desconocidos que aplaudieron sus palabras y consolaron su dolor humanitario cuando se embo rrachó en el café.

–Sí –prosiguió con esfuerzo–, pude disfru tar de su compañía allí, en la isla de San José, entre otros ochenta o noventa presidiarios. Es tábamos todos clasificados como peligrosos.

»La isla de San José es la más bella de las Iles de Salut. Es rocosa y verde, con pequeños barrancos, matorrales, arbustos, bosquecillos de mangos y muchas palmeras de hojas como plu mas. Seis guardianes armados con revólveres y carabinas están encargados de los presidiarios allí encerrados. Una galera de ocho remos mantiene comu nicada durante el día a la He Royale, al otro lado de un canal de un cuarto de milla de an chura, donde hay un puesto militar. Hace el primer viaje a las seis de la mañana. A las cuatro de la tarde termina el servicio y entonces es atracada en un pequeño muelle de la He Royale, donde, junto a otros pequeños barcos, quedan bajo la vigilancia de un centinela. Desde ese mo mento y hasta la mañana siguiente, la isla de San José permanece incomunicada del resto del mundo, mientras los guardianes patrullan por turnos por el camino que va de su casa a las cabañas de los presidiarios y una multitud de tiburones patrulla por el agua. En estas circunstancias, los presidiarios pla nearon un motín. Esto era algo desconocido en la historia del penal. Pero su plan no dejaba de tener algunas posibilidades de éxito. Los guar dianes serían cogidos por sorpresa y asesinados durante la noche. Sus armas permitirían a los presidiarios disparar contra los tripulantes de la galera cuando repostara por la mañana. Una vez en posesión de la galera, capturarían otros barcos y todos ellos se alejarían remando de la costa.

»Al anochecer, los dos guardianes de servicio pasaron revista a los presidiarios, como de cos tumbre. Luego procedieron a inspeccionar las cabañas para asegurarse de que todo estaba en orden. En la segunda cabaña en la que entraron fueron abatidos y ahogados bajo la multitud de asaltantes. El crepúsculo se extinguió rápidamen te. Había luna nueva; y los pesados y negros nubarrones que se cernían sobre la costa aumen taban la profunda obscuridad de la noche. Los presidiarios se reunieron al aire libre, deliberan do sobre el próximo paso que darían y discutien do entre ellos en voz baja:

–¿Usted tomó parte en todo esto? –le pre gunté.
–No. Sabía, por supuesto, lo que iban a hacer. Pero ¿por qué iba a matar yo a esos guardianes? No tenía nada contra ellos. Y al mismo tiempo me aterrorizaban los demás. Pasara lo que pa sara, no podría escapar de ellos. Me senté, solo, en el tocón de un árbol, con la cabeza entre las manos, angustiado ante el pensamiento de una libertad que para mí no podía ser sino una burla. De pronto me asusté al percibir la figura de un hombre en el camino, cerca de donde yo me encontraba. Estaba de pie, inmóvil; luego su silueta se desvaneció en la noche. Debía de ser el jefe de los guardianes que iba a ver lo que les había ocurrido a sus hombres. Nadie reparó en él. Los presidiarios siguieron discu tiendo sus planes. Los cabecillas no conseguían ser obedecidos. El feroz cuchicheo de esa obscura masa de hombres era realmente horrible. Finalmente, se dividieron en dos grupos y se alejaron. Cuando hubieron pasado, me levanté, cansado e impotente. El camino hacia la casa de los guardianes estaba obscuro y silencioso, pero a ambos lados de los matorrales susurraban le vemente. Al poco rato, vi un débil rayo de luz ante mí. El jefe de los guardianes, seguido de tres de sus hombres, se acercaba cautelosamente. Pero no había cerrado bien su linterna. Los pre sidiarios vieron también el débil destello. Se oyó un grito terrible y salvaje, un tumulto en el obscuro camino, disparos, golpes, gemidos: y entre el ruido de los matorrales aplastados, las voces de los perseguidores y los gritos de los persegui dos, la caza del hombre, la caza del guardián, pasó junto a mí y se dirigió hacia el interior de la isla. Estaba solo. Y le aseguro, monsieur, que todo me era indiferente. Tras permanecer allí durante un rato, eché a andar a lo largo del camino hasta que tropecé con algo duro. Me detuve y recogí el revólver de un guardián. Comprobé con mis dedos que tenía cinco balas en la recámara. Entre las ráfagas de viento oí a los presidiarios llamándose allá lejos; luego el re tumbo de un trueno cubrió el murmullo de los árboles. De pronto, un fuerte resplandor se cruzó en mi camino, a lo largo del suelo. Pude ver una falda femenina y el borde de un delantal.

»Imaginé que la persona que los llevaba sería la mujer del jefe de los guardianes. Se habían olvidado de ella, al parecer. Sonó un disparo en el interior de la isla y ella ahogó un grito mien tras echaba a correr. La seguí y pronto la vi de nuevo. Estaba tirando de la cuerda de la gran campana que cuelga junto al embarcadero, con una mano, mientras que con la otra columpia ba la linterna de un lado a otro. Era la señal convenida para requerir la ayuda de la He Ro yale durante la noche. El viento se llevaba el sonido desde nuestra isla y la luz que colum piaba quedaba oculta por los pocos árboles que crecían junto a la casa de los guardianes. Me acerqué a ella por detrás. Seguía sin parar, sin mirar atrás, como si hubiese estado sola en la isla. Una mujer valiente, monsieur. Puse el revólver dentro de mi blusa azul y es peré. Un relámpago y un trueno apagaron la luz y el sonido de su señal durante un momento, pero ella no vaciló; siguió tirando de la cuerda y columpiando la linterna con la regularidad de una máquina. Era una mujer bien parecida, de no más de treinta años. Pensé para mí: "Esto no es bueno en una noche como ésta." Y me dije que si alguno de mis compañeros presidia rios bajaba al embarcadero –lo que sin duda sucedería pronto– le dispararía a ella un tiro en la cabeza antes de matarme. Conocía bien a los "camaradas". Esta idea me devolvió el in terés por la vida, monsieur; e inmediatamente, en lugar de permanecer estúpidamente en el muelle, me retiré a poca distancia de allí y me agaché detrás de un arbusto. No quería que sal taran sobre mí de improviso y me impidieran quizá prestar un servicio supremo al menos a un ser humano antes de morir a mi vez.

»Pero es de suponer que alguien vio la señal, porque la galera volvió de He Royale en un tiempo asombrosamente corto. La mujer perma neció de pie hasta que la luz de su linterna ilu minó al oficial en jefe y las bayonetas de los soldados que iban en el barco. Entonces se sentó en el suelo y comenzó a llorar. Ya no me necesitaba. No me moví de allí. Algunos soldados estaban en mangas de camisa, a otros les faltaban las botas, tal como la llama da a las armas les había cogido. Pasaron corrien do a paso ligero junto a mi arbusto. La galera había regresado en busca de refuerzos; la mujer seguía sentada, sola, llorando, al final del muelle, con la linterna a su lado en el suelo. Entonces, de pronto, vi gracias a su luz, al final del muelle, los pantalones rojos de otros dos hombres. Me quedé estupefacto. Ellos también salieron corriendo. Sus blusas desabrocha das revoloteaban a su alrededor y llevaban la cabeza descubierta. Uno de ellos dijo, jadeando, al otro:

»–¡Sigue, sigue!

»Me pregunté de dónde habrían salido. Len tamente me dirigí hacia el muelle. Vi la figura de la mujer, sacudida por los sollozos, y oí de forma cada vez más clara sus gemidos:
–¡Oh, mi hombre! ¡Mi pobre hombre! ¡Mi pobre hombre!
»Me fui de allí sin hacer ruido. Ella no podía ver ni oír nada. Se había cubierto la cabeza con el delantal y se mecía rítmicamente en su dolor. Pero de pronto observé que había un pequeño barco amarrado al final del muelle.

»Los dos hombres –parecían sous officiers– debían de haber venido en él, al no poder subir a tiempo a la galera, supongo. Es increíble que infringieran el reglamento por un sentido del deber. Y además era estúpido. No podía dar cré dito a mis ojos cuando salté dentro del barco. Me deslicé sigilosamente a lo largo de la orilla. Una nube negra se cernía sobre las Iles de Salut. Oí disparos, gritos. Había comenzado otra caza: la caza del presidiario. Los remos eran demasiado largos para manejarlos con co modidad. Los movía con dificultad, aunque el barco en sí era ligero. Pero cuando di la vuelta a la isla se desató un temporal de viento y lluvia. Era incapaz de luchar contra él. Dejé que el barco, a la deriva, se dirigiera hacia la orilla y lo amarré. Conocía el lugar. Había un viejo cobertizo destartalado cerca del agua. Acurrucado allí oí a través del ruido del viento y del aguacero que alguien se acercaba aplastando los matorrales. Estaba yo junto a la orilla. Quizá soldados. La violenta luz de un relámpago me permitió ver lo que me rodeaba. ¡Dos presidiarios!
»Inmediatamente, una voz asombrada excla mó:

»–¡Es un milagro!
Era la voz de Simón, por otro nombre Bis cuit.
»Y otra voz refunfuñó:
–¿Qué es lo que es un milagro?
»–¡Hay un barco ahí!
»–¡Debes estar loco, Simon! Pero, espera, sí... ¡Es un barco!
«Parecían ensimismados, en completo silen cio. El otro hombre era Mafile. Habló de nuevo, cautelosamente.
»–Está amarrado. Debe de haber alguien ahí.
«Entonces me dirigí a ellos desde el cober tizo:
»–Soy yo.
«Entraron y pronto me dieron a entender que el bote era suyo, no mío.
»–Somos dos contra uno –dijo Mafile.

«Salí afuera para estar seguro de ellos, por miedo a recibir un golpe a traición en la cabeza. Pude haber disparado contra ellos allí mismo. Pero no dije nada. Contuve la risa, que subía a mis labios. Les pedí humildemente que me permitieran ir con ellos. Se consultaron en voz baja sobre mi suerte, mientras yo sujetaba con mi mano el revólver en la pechera de mi blusa. Sus vidas estaban en mi poder. Les dejé vivir. Quería que remaran. Les dije con abyecta humildad que conocía el manejo de un barco y que, siendo tres a remar, podríamos descansar por tumos. Esto les decidió finalmente. Ya era hora. Un poco más y habría estallado en sono ras carcajadas ante el cómico espectáculo.

Al llegar a este punto, su excitación creció. Saltó del banco, gesticulando. Las sombras alar gadas de sus brazos, lanzadas como flechas hacia el techo y las paredes, hacían que el cobertizo pareciera demasiado pequeño para contener su agitación.

–No niego nada –exclamó–. Estaba rego cijado, monsieur. Saboreaba una especie de feli cidad. Pero permanecí muy quieto. Me tocó remar toda la noche. Salimos a altar mar, con fiando en que pasara un barco. Era una acción descabellada. Les persuadí de ello. Cuando salió el sol, la inmensidad del agua estaba en calma y las Iles de Salut parecían pequeñas manchas en lo alto de las olas. En ese momento yo go bernaba el barco. Mafile, que estaba remando encorvado, dejó escapar un juramento y dijo: –Debemos descansar. Había llegado por fin la hora de reír. Y lo hice a gusto, puedo asegurárselo. Apretándome los costados, me retorcía en mi asiento, ante sus caras sorprendidas.

»–¿Qué le pasa a este idiota? –grita Mafile.
»Y Simon, que estaba más cerca de mí le dice por encima del hombro:
»–El diablo me lleve si no creo que se ha vuelto loco.

«Entonces les mostré el revólver. ¡Aja! En un momento su mirada se llenó de odio, como no puede usted imaginar. ¡Ja, ja, ja! Estaban ate rrados. Pero remaron. Oh, sí, remaron todo el día, a ratos con aire feroz y a ratos con aire desfa llecido. No perdí detalle, porque no les podía quitar los ojos de encima ni un momento o –¡zas!– se me echarían encima en una décima de segundo. Mantuve mi revólver sujeto sobre mis rodillas con una mano, mientras gobernaba el barco con la otra. Sus caras comenzaron a lle narse de ampollas. El cielo y el mar parecían de fuego a nuestro alrededor y el mar hervía al sol. El barco se deslizaba con un siseo sobre el agua. A veces Mafile echaba espuma por la boca y a veces gemía. Pero remaba. No se atrevía a de tenerse. Sus ojos se inyectaron de sangre y mor día su labio inferior como si quisiera hacerlo pe dazos. Simon estaba ronco como una corneja. »–Cantarada... –comienza. »–Aquí no hay camaradas. Soy vuestro patrón.

–Patrón, entonces –dice–, en nombre de la humanidad, permítenos descansar.

»Se lo permití. Había agua de lluvia en el fondo del barco. Les dejé que la bebieran en el hueco de la mano. Pero cuando di la orden "En route", les sorprendí intercambiando miradas significativas. ¡Pensaban que alguna vez tendría que dormir! ¡Aja! Pero yo no quería dormir. Es taba más despierto que nunca. Fueron ellos los que se durmieron mientras remaban, dejando caer bruscamente los remos uno tras otro. Les dejé acostarse. El cielo estaba cuajado de estre llas. El mundo se hallaba en calma. Salió el sol. Un nuevo día. Allez! En route! Remaban de mala gana. Sus ojos giraban de un lado a otro y sus lenguas colgaban de su boca. A media mañana, Mafile gruñó:

»–Vamos a atacarle, Simon. Prefiero recibir un tiro que morir de sed, hambre y fatiga re mando.

»Pero mientras hablaba seguía remando; y Si mon también remaba. Me sonrió. ¡Ah! Amaban la vida, esos dos, en este maldito mundo suyo, como la amaba yo también antes de que me la amargaran con sus frases. Les hice remar hasta el agotamiento y sólo entonces señalé las velas de un barco en el horizonte. ¡Ajá! Tendría que haberles visto revivir y afa narse en su trabajo. Porque les hice que siguieran remando en dirección al rumbo del barco. Habían cambiado. La especie de piedad que había sentido por ellos se desvaneció. Se parecían más a sí mismos por momentos. Me miraban con unos ojos que recordaba muy bien. Eran felices. Son reían.

»–Bien –dice Simon–, la energía dé este joven nos ha salvado la vida. Si no nos hubiera obligado, no habríamos remado jamás hasta el derrotero de los barcos. Camarada, te perdono. Te admiro.
»Y Mafile desde delante:
»–Tenemos una deuda de gratitud contigo, camarada. Tienes madera de jefe.

»¡Camarada, monsieur! ¡Ah, bonita palabra! Y ellos, esos dos hombres, la habían hecho odiosa para mí. Les miré. Recordé sus mentiras, sus promesas, sus amenazas y todos mis días de miseria. ¿Por qué no me dejaron en paz cuando salí de la prisión? Les miré y pensé que mientras vivieran jamás podría ser libre. Jamás. Ni yo ni otros como yo, de corazón ardiente y voluntad débil. Porque sé muy bien que mi voluntad no es fuerte, monsieur. La ira me invadió –la ira de una atroz borrachera–, pero no contra la injusticia de la sociedad. ¡Oh, no! »–¡Debo ser libre! –grité, furioso.

–Vive la liberté! –aúlla el rufián de Ma file–. Mort aux bourgeois que nos enviaron a Cayena! Pronto sabrán que somos libres.

»El cielo, el mar, todo el horizonte pareció volverse rojo, de un rojo de sangre, alrededor del barco. Mi pulso latía tan fuerte que me pregunté si no lo oirían. ¿Cómo era posible? ¿Cómo era posible que no lo entendieran?
»Oí a Simon preguntar:
»–¿No hemos remado suficiente ya?
»–Sí. Suficiente –dije. Lo sentía por él; a quien odiaba era al otro. Soltó el remo con un profundo suspiro y mientras levantaba la mano para enjugarse la frente con el aire de un hom bre que ha cumplido con su deber, apreté el gatillo de mi revólver y le disparé desde la cur va apuntando al corazón.

»Se desplomó sobre la borda, con la cabeza colgando. No le eché un segundo vistazo. El otro gritó desgarradoramente. Fue un chillido de ho rror. Luego todo quedó en silencio. Dejó caer el remo sobre su rodilla y levantó las manos apretadas ante su rostro en actitud de súplica.

«–¡Piedad! –murmuró desmayadamente–. ¡Ten piedad de mí, camarada!
»–¡Ah, camarada! –murmuré en voz baja–. Sí, camarada, por supuesto. Bien, grita, pues Vive l'anarchie.

«Levantó los brazos, la cara hacía el cielo y abrió la boca de par en par en un grito de des esperación:

»–Vive l'anarchie! Vive...!
»Se derrumbó en un ovillo, con una bala en la cabeza.
»Les arrojé a los dos por la borda. También tiré el revólver. Luego me senté en silencio.

¡Era libre, al fin! Al fin. Ni siquiera miré hacia el barco; no me importaba; en realidad creo que debí caer dormido, porque de repente oí gritos y vi el barco casi encima de mí. Me izaron a bordo y amarraron el bote a popa. Eran todos negros, excepto el capitán, que era un mulato. Sólo conocía unas palabras de francés. No pude averiguar a dónde iban ni quiénes eran. Me die ron algo de comer todos los días; pero no me gustaba la forma en que solían discutir acerca de mí en su lengua. Quizá estaban pensando en lanzarme por la borda para apoderarse del bote. ¿Cómo iba yo a saberlo? Cuando pasamos fren te a esta isla, pregunté si estaba habitada. Me pareció oírle decir al mulato que había una casa en ella. Una granja, imaginé qué quería decir. De modo que le pedí que me dejara desembarcar en la playa y que se quedara con el bote por las molestias. Esto es, supongo, lo que deseaban. El resto ya lo conoce.

Tras pronunciar estas palabras, perdió de re pente el dominio de sí mismo. Caminaba de un lado a otro rápidamente, hasta que echó a co rrer; sus brazos giraban como un molino de viento y sus exclamaciones se hicieron mucho más delirantes. Su estribillo era que «no negaba nada, nada». No podía hacer más que dejarle que siguiera así y apartarme de su camino, repi tiendo: «Calmez vous, calmez vous», a interva los, hasta que su agitación le dejó exhausto. Debo confesar, también, que permanecí a su lado mucho tiempo después de que se metiera bajo su mosquitero. Me había rogado que no le dejara; así pues, del mismo modo que uno per manece sentado junto a un niño nervioso, me senté junto a él –en nombre de la humanidad–basta que cayó dormido.

En general, mi opinión es que tenía más de anarquista de lo que me confesó o se confesaba a sí mismo; y que, dejando a un lado las carac terísticas especiales de su caso, era muy pareci do a muchos otros anarquistas. El corazón ardien te y la mente débil: ésa es la clave del enigma. Y es un hecho que las contradicciones más acu sadas y los conflictos más agudos del mundo se producen en todo pecho humano capaz de expe rimentar sentimientos y pasiones. Por una encuesta personal puedo garantizar que la historia del motín de los presidiarios fue, en todos sus detalles, tal como él me la contó.

Cuando volví a Horta desde Cayena y vi de nuevo al «anarquista», no tenía buen aspecto. Estaba aún más cansado, aún más débil y lívido de veras bajo los sucios tiznones de su oficio. Evidentemente, la comida del peonaje de la com pañía (en forma no concentrada) no le convenía en absoluto. Nos encontramos en el pontón de Horta. Yo traté de inducirle a que dejara la lancha anclada donde estaba y me siguiera a Europa. Habría sido delicioso pensar en la sorpresa y el disgus to del buen gerente ante la huida del pobre hombre. Pero se negó con invencible obstina ción.

–¡Pero no querrá vivir siempre aquí! –grité.
El movió la cabeza.
–Moriré aquí –dijo. Y luego añadió caviloso–: Lejos de ellos.

A veces pienso en él, tumbado con los ojos abiertos sobre el arnés de caballo en el pequeño cobertizo lleno de herramientas y pedazos de hierro, en el anarquista esclavo de la hacienda de Marañón, esperando con resignación ese sue ño que «huye» de él, como solía decir de esa forma inenarrable.

Joseph Conrad (1857-1924)




Relatos de Joseph Conrad. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del cuento de Joseph Conrad: El anarquista (The Anarchist) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los idiotas»: Joseph Conrad; relato y análisis


«Los idiotas»: Joseph Conrad; relato y análisis.




Los idiotas (The Idiots) es un relato victoriano del escritor polaco-británico Joseph Conrad (1857-1924), publicado en el periódico The Savoy, en 1896, y luego reeditado en la antología de ese mismo año: Cuentos de inquietud (Tales of Unrest).

Los idiotas, uno de los mejores cuentos de Joseph Conrad, es considerado su opera prima, a pesar de no ser su primer relato publicado. Fue escrito en circunstancias extrañas, para algunos, durante los momentos de ocio de su luna de miel, detalle ominoso si tenemos en cuenta la extensión del relato.




Los idiotas.
The Idiots, Joseph Conrad (1857-1924)

Recorríamos el camino de Tréguier a Kervanda. A trote ligero avanzamos entre los setos que coronaban los taludes a ambos lados; luego, al pie de la pronunciada cuesta que antes de Ploumar hay, el caballo aminoró la carrera y el cochero saltó pesadamente del pescante. Chasqueó el látigo y ascendió la cuesta marchando torpón colina arriba a la vera del carruaje, en el estribo una mano, fija la vista en el suelo. Enseguida alzó la cabeza, con el extremo del látigo señaló la cima de aquel trecho y dijo:

—¡Ahí está el idiota!

Caía el sol a plomo sobre la superficie ondulada de la tierra. Grupitos de árboles escuálidos remataban las eminencias, recortándose las ramas contra el cielo como si alzadas estuvieran sobre zancos. Los campos de labor, cercados por setos y tapias que sobre las lomas zigzagueaban, se aparecían como retazos rectangulares de vívidos verdes y amarillos, semejantes a los brochazos desmaña-dos de un cuadro naïf. Y dividía en dos el paisaje la franja blanca del camino que hacia lo lejos se extendía en largas sinuosidades, como río de polvo que entre las laderas culebreara en su recorrido hacia el mar.

—Ahí está el idiota —dijo el cochero nuevamente.

Entre la vegetación abundante que flanqueaba la carretera asomó un rostro al nivel de las ruedas mientras pasábamos despacio con el carruaje. Rojo estaba el rostro imbécil, y la cabeza apepinada de cabellos cortados al rape daba la falsa impresión de estar degollada, sumido el mentón en el polvo. Se perdía el cuerpo entre los arbustos que en la honda cuneta crecían espesos. Un rostro masculino era. Dieciséis años podía tener, a juzgar por su tamaño; acaso menos, acaso más. A tales criaturas las olvida el tiempo, y viven respetadas del desgaste de los años hasta que las acoge la muerte en su seno compasivo: la muerte fiel que ni al más insignificante de sus hijos olvida pese a la urgencia de su obra.

—¡Ah!, ahí está otro idiota —dijo el hombre, con cierto tono de satisfacción, como si avistara algo esperado.

Ahí estaba otro idiota. Hallábase en medio del camino bajo el ardor del sol y al inicio de su propia sombra achatada. Y tenía cada mano metida en la manga opuesta de su larga chaqueta y la cabeza hundida entre los hombros, todo encogido bajo el diluvio de fuego. Desde lejos presentaba todas las trazas de alguien que padeciera un frío intenso.

—Gemelos son —explicó el cochero.

Dos pasos se desplazó el idiota para apartarse de nuestra trayectoria y nos miró insolentemente mientras pasábamos rozándolo. Vacía y fija fue su mirada, una mirada absorta; mas no nos siguió con los ojos. Probablemente la visión pasó ante él sin dejar huella alguna en su cerebro informe. Alcanzado que hubimos la cima de la pendiente, volví la cabeza para lanzar una mirada a aquella criatura. Seguía en el camino justamente donde la habíamos rebasado. Se encaramó el cochero a su asiento, chascó la lengua y continuamos colina abajo. Con cierto menudeo chirriaba el freno de manera horrísona. Al pie de la colina se apaciguó el ruidoso mecanismo y el cochero dijo, volviéndose a medias en el pescante:

—Enseguida veremos algunos más.

—¿Más idiotas? ¿Cuántos hay, pues? —pregunté.

—Cuatro son, hijos de un granjero de las inmediaciones de Ploumar... Ya no viven los padres —agregó tras una pausa—. La granja la administra la abuela. Durante el día las criaturas corretean por este camino y a la caída del sol vuelven a casa con el ganado... La granja es de las mejores.

Vimos a los otros dos, niño y niña, tal como anunciara el cochero. Vestían de manera similar, con ropas desgarbadas y falda semejante a refajo. El ser imperfecto que llevaban dentro los movió a aullarnos desde el terraplén donde estaban tendidos entre recios tallos de aulagas. Destacaban sus cabezas tostadas peladas al rape entre la reluciente hilera amarilla de capullos innúmeros. Roja tenían la cara por el esfuerzo de gritar; sonaban las voces cascadas y huecas cual imitación maquinal de la voz de los ancianos: y cesaron de improviso al doblar nosotros mi recodo. Muchas veces iba yo a verlos en mis paseos por la región. En aquel camino vivían su vida, dejándose caer aquí y acullá, obedeciendo a los impulsos inexplicables de su oscuridad monstruosa. Constituían una ofensa al sol, un reproche al cielo vacío, una aberración sobre el vigor concentrado y nítido del paisaje agreste. A su debido tiempo fue cobrando forma ante mí la historia de sus progenitores merced a las negligentes respuestas, a las palabras indolentes escuchadas en hosterías a la vera de los caminos o en el camino mismo que frecuentaban aquellos idiotas. Parte de ella me la refirió un viejo demacrado y escéptico, armado de formidable látigo, mientras junto a una carreta cargada de algas chorreantes medíamos con nuestros pasos la playa. Más tarde y en ocasiones diversas confirmaron y completaron el relato otras personas, hasta que se me perfiló cabalmente: una historia terrible a la par que sencilla, como lo son siempre las revelaciones de oscuras tragedias sufridas por almas simples.

Al volver Jean-Pierre Bacadou del servicio militar había hallado avejentadísimos a sus padres. Observó con pesadumbre que no se realizaban de manera satisfactoria las faenas de la granja. Carecía el padre de la energía de días antiguos. Se aprovechaban los peones de la escasa vigilancia del amo. Advirtió apenado Jean-Pierre que el montón de abono en el patio ante la única entrada a la casa no era tan grande como debía. Precisaban reparaciones las vallas y el ganado padecía por falta de cuidados. Dentro de la casa vivía su madre prácticamente postrada en cama, y en la enorme cocina charloteaban ruidosamente las criadas, sin nadie que las regañase, desde que se levantaba el sol hasta el ocaso. Se dijo: “Fuerza es modificar todo esto”. Cierto atardecer debatió el asunto con su padre mientras los rayos del sol poniente que cruzaban el patio listaban de franjas luminosas las densas sombras de los cobertizos. Sobre el montón de abono flotaba un humillo opalino y oloroso, y alguna vez las correteantes gallinas paraban en sus picoteos para examinar, con mirada repentina de sus ojillos redondos, a los dos hombres talludos y enjutos que con acentos ásperos hablaban. El anciano, todo encogido por el reumatismo y abrumado por años de labor, y el joven, enhiesto y afilado, discutían graves y lentos, sin gesticulación al modo impávido de los campesinos. Pero antes de la caída de la noche habíase ya rendido el padre a los juiciosos alegatos filiales.

—No es por mí por quien discuto —insistió Jean-Pierre—. Es por la tierra. Duele verla tan mal explotada. No es por mí por quien me impaciento.

El anciano convino apoyado en su bastón.

—Sea, sea —musitó—. Tus razones tendrás. Obra a tu antojo. Complacida quedará tu madre.

Complacida quedó la madre con su nuera. Jean-Pierre introdujo con ímpetu el cochecillo en el patio. Trotaba al desgaire el caballo gris, y novia y novio, sentados uno a la vera del otro, se bamboleaban debido al sube y baja de las varas, de manera regular y brusca. Por el camino acudían, en parejas y grupos dispersos, los lentos convidados a la boda. Meciendo los desocupados brazos caminaban los hombres con paso jactancioso. Trajeados iban con ropas ciudadanas: chaquetas cortadas con desmañada elegancia, recios sombreros negros, enormes botas lustrosísimas. A su vera caminaban modestas sus esposas, todas de negro sencillo, con bonetes blancos y chales de apagados tonos plegados triangularmente a la espalda. Por delante entonaba el violín un son estridente, y voceaba y canturreaba la gaita, mientras un amenizador ejecutaba cabriolas con gran solemnidad, levantando en alto sus zuecos. Aparecía y desaparecía la oscura procesión en los senderos estrechos, a sol y sombra, entre campos y setos, asustando a los pajaritos, que en desbandada a diestra y siniestra huían. Ya en el patio de la granja Bacadou, la negra cinta se recogió en una masa de hombres y mujeres que a las puertas se apiñaban con gritos y saludos. Durante meses y más meses habría de guardarse memoria del banquete nupcial.

Fue un festejo espléndido celebrado en el huerto. Granjeros de considerable fortuna y reputación intachable se echaron a dormir en la cuneta, a todo lo largo del camino a Tréguier, incluso hasta el mediodía siguiente. Celebró toda la comarca la dicha de Jean-Pierre. Se mantuvo él sobrio, y permaneció en un discreto segundo término junto con su sumisa esposa, dejando que fueran su padre y su madre quienes cosecharan los debidos honores y gracias. Mas al día siguiente tomó férrea posesión de la granja, y sintieron los ancianos que una sombra —precursora de la tumba— caía sobre ellos definitivamente. De los jóvenes es el mundo. Sitio sobrado había en la casa cuando nacieron los gemelos, pues ya la madre de Jean-Pierre había ido a morar bajo una pesada losa en el camposanto de Ploumar. La mañana de aquel día, por vez primera desde el casamiento de su hijo, el anciano Bacadou, olvidado del grupo cacareante de extrañas mujeres que en la cocina se aglomeraban, abandonó su sillón junto a la chimenea y en el establo vacío se metió, sacudiendo acongojado sus canosos cabellos. Bien estaba eso de tener nietos, pero él quería su sopa al mediodía. Cuando le mostraron los bebés los miró largamente y murmuró algo así como: “Es excesivo”. Imposible poner en claro si quería significar excesivo regocijo o si simplemente calificaba así el incremento de su árbol genealógico. Exhibía un gesto ultrajado... en la medida en que podía hacer tal cosa su gastado rostro impávido; y durante mucho tiempo después fue visto, a casi cualquier hora diurna, sentado a la puerta, apoyada en las rodillas la nariz, entre las encías una pipa, recogido en una especie de furiosa hosquedad reconcentrada. Cierta vez le habló a su hijo aludiendo gruñón a los recién nacidos:

—Se pondrán a la greña por la herencia.

—Pierda usted cuidado, padre —repuso con aire estólido Jean-Pierre, e, inclinado hacia delante, siguió tirando de una vaca terca.

Era feliz, y asimismo lo era Suzanne, su esposa. No se trataba de una alegría etérea por haber aportado almas nuevas a la vida, acaso a la eternidad. Al cabo de unos catorce años serían de gran ayuda ambos chicos; y gustaba Jean-Pierre de figurarse a sus dos hijos, ya adultos, recorriendo la hacienda de parcela en parcela, recabando tributo de la tierra amada y fructífera. Suzanne era feliz asimismo porque no quería que la motejasen de infortunada, y ahora que era madre no podrían ya calificarla así. Algo de mundo habían visto tanto ella como su marido: él durante sus años de prestación del servicio militar, ella cuando pasó cosa de un año en París con una familia bretona; pero se había sentido en exceso nostálgica para permanecer muchísimo tiempo lejos de aquella verde y accidentada comarca ceñida por una árida circunferencia de peñascos y playas, donde ella naciera. Pensaba que acaso podría uno de sus hijos ordenarse sacerdote, pero de esto nada decía al marido, de ideas republicanas y que odiaba a “esos buitres”, como denominaba a los ministros de la religión. Espléndida ceremonia fue el bautizo. A él concurrió el distrito entero, pues muy adinerados e influyentes eran los Bacadou y, en determinadas ocasiones, no miraban en gastos. Estrenó el abuelo un traje nuevo.

Meses después, cierta noche, ya barrida la cocina y echado el cierre de la puerta, Jean-Pierre, indicando las cunas, le preguntó a su esposa:

—¿Qué les sucede a estos críos? —Y como si tales palabras, pronunciadas con calma, hubieran sido de mal agüero, ella respondió con un sonoro gemido que debió de oírse a través del patio hasta la pocilga; pues los puercos (los Bacadou tenían los mejores de la región) se agitaron y gruñeron quejumbrosos en la noche. Pan con manteca siguió masticando despacio el marido, mirando a la pared, mientras bajo su mentón humeaba el plato de sopa. Había vuelto tarde del mercado, donde había entreoído (no por vez primera) murmuraciones a sus espaldas. Durante el retorno a casa había venido dándole vueltas interiormente a aquellas palabras. Ésa era su respuesta. Sintió como un golpe en el pecho, pero limitóse a decir:

—Anda, tráeme un poco de sidra. ¡Sediento estoy!

—Salió ella doliéndose, en la mano un jarro vacío. Entonces se puso él en pie, cogió la palmatoria, y a las cunas despacio se aproximó. Dormían. Los miró de soslayo, cesó de masticar al punto, volvió sobre sus pasos con pesadez y ante su plato tomó asiento de nuevo. Cuando tornó su esposa, él ni siquiera alzó la mirada, sino que ingirió un par de cucharadas ruidosamente y comentó luego con aire estólido:

—Cuando duermen son como los hijos de cualquier vecino.

—En un taburete contiguo se dejó caer ella con brusquedad e, incapaz de hablar, se estremeció en muda tempestad de sollozos. Concluyó él su cena y se quedó lánguidamente echado hacia atrás en su asiento, perdida la mirada en los negros travesaños del techo. Roja y erecta llameaba ante él la vela de sebo despidiendo un hilillo de humo. Posábase la luz en la piel tostada, curtida, de su garganta; sus hundidas mejillas semejaban retazos de oscuridad, y era su pinta de abstracción lúgubre, como si rumiara con gran trabajo un sinfín de ideas. Entonces dijo solemne:

—Debemos ver a alguien, consultar. No derrames lágrimas... ¡No todos serán así... A buen seguro! De momento hay que irse a la cama.

Después de que naciera el tercer niño, Jean-Pierre se afanó en sus tareas, animado de tensa esperanza. Parecían sus labios más contraídos, más firmemente prietos que antes, como por temor de que la tierra que labraba alcanzase a oír la voz de la esperanza alentada en su pecho. Observaba al pequeñuelo, llegándose hasta la cuna con pesado resonar de zuecos sobre el piso de piedra y asomando a ella la mirada, de soslayo, con esa indolencia que es como una malformación de la humanidad campesina. A semejanza de la tierra que esclavizan y sirven, estos hombres, lentos en el mirar y el hablar, no enseñan su fuego interno; de modo que acaba uno por preguntarse, como en el caso de la tierra, qué hay por debajo: ardimiento, violencia, una fuerza misteriosa y terrible, o nada sino tierra, una masa feraz e inerte, fría e insensible, dispuesta a sostener una multitud de plantas que prolongan la vida o infieren la muerte.

La madre observaba con otra expresión; escuchaba con expectación diversa. Bajo las alacenas altas que sostenían grandes lonjas de tocino, su cuerpo desempeñaba industrioso varias tareas, vigilando el caldero que sobre unos montantes de hierro se mecía, limpiando la alargada mesa a la que enseguida habrían de sentarse en reclamo de la cena los peones de labor. Su espíritu no se apartaba de la cuna, en suspenso noche y día, aguardando y sufriendo. Aquel crío, como los otros dos, jamás sonrió, jamás tendió hacia ella las manitas, jamás articuló una sílaba; nunca mostraron una mirada de reconocimiento sus ojazos negros, apenas capaces de mirar fijos un destello pero desoladoramente incapaces de seguir el itinerario de un perezoso rayo de sol sobre el piso. Mientras trabajaban los hombres pasaba ella largos días entre sus tres hijos idiotas y el abuelo senil, quien permanecía en su sillón, ceñudo, anguloso e inamovible, con los pies próximos a los rescoldos del hogar. Parecía barruntar el achacoso anciano que algo indebido les sucedía a sus nietos. Una sola vez, movido por la ternura o el decoro, hizo por jugar con el menor de ellos. Lo alzó del suelo, y en tanto chascaba la lengua probó temblonamente a hacerlo galopar sobre sus huesudas rodillas. Con mirada cetrina lo examinó a continuación y volvió a depositarlo en el suelo con sumo cuidado. Y quedó sentado, cruzadas las enjutas zancas, meneando la cabeza ante el vapor del hirviente caldero con expresión turbada y absorta.

Muda aflicción vino a habitar la granja Bacadou, disputándoles a sus moradores el pan y el aire; y entonces tuvo motivo grande de regocijo el párroco de Ploumar. Acudió a visitar al rico terrateniente, el marqués de Chavanes, con objeto de exponer con gozosa unción algunas solemnes trivialidades sobre los inescrutables designios de la Providencia. En la espaciosa semipenumbra del salón abundante en cortinajes, el hombrecillo, cual negro cabezal, se inclinaba hacia un sofá, sobre las rodillas el sombrero, y hacía aspavientos con su mano regordeta ante las gráciles formas flotantes del pulcro atavío parisiense con que la marquesa, entre divertida y hastiada, escuchaba con languidez amable. Se sentía eufórico y sobrecogido, exultante y humilde. Había ocurrido un imposible. Jean-Pierre Bacadou, el acérrimo republicano, el domingo pasado había asistido a misa... ¡incluso se había ofrecido a hospedar a los sacerdotes que acudieran durante las próximas festividades de Ploumar! Todo un triunfo era aquél para la Iglesia y la buena causa.

—Estimé oportuno referírselo sin tardanza al señor marqués. No ignoro lo atento que se muestra siempre al bien de nuestra comarca —declaró el sacerdote enjugándose el rostro. Fue convidado a cenar.

Los Chavanes, mientras retornaban aquella noche de acompañar a su convidado hasta la verja principal de los jardines, comentaron el asunto paseando a la luz de la luna, guiando sus largas sombras por la recta arboleda de castaños. El marqués, naturalmente monárquico, era prefecto del distrito que comprende Ploumar, los contados villorrios junto a la costa y los islotes peñas-cosos que orlan la monotonía amarilla de las playas. Había juzgado insegura su posición, pues había en aquella parte del país una tendencia republicana por demás pujante; mas lo tranquilizaba ahora la conversión de Jean-Pierre. Complacidísimo se sentía.

—No te figuras hasta qué punto ejercen influencia personas así —le explicó a su esposa—. Ahora, seguro estoy, marcharán a pedir de boca las próximas elecciones en el distrito. Seré reelegido.

—¡Tu ambición es de todo punto insaciable, Charles! —exclamó jovial la marquesa.

—Pero, ma chère amie —arguyó serio el marido—, es menester que este año se elija prefecto al hombre indicado, por las elecciones a la Cámara. Si te crees que le veo gracia alguna.

Había cedido Jean-Pierre ante su suegra. Era Madame Levaille una mujer de negocios conocida y respetada en treinta kilómetros a la redonda. Vigorosa y dinámica, por toda la región se la veía, a pie o en el cochecillo de algún conocido, en perpetuo movimiento pese a sus cincuenta y ocho años, perennemente a la caza de negocios. Dueña era de muchas casas en cada pueblo, explotaba canteras de granito, expedía fletes de piedra... incluso comerciaba con varias islas del canal. Era de mofletes gruesos, ojos grandes, palabras persuasivas; sus ideas las defendía con la terquedad plácida e inquebrantable de una anciana segura de sus deseos. Rarísima vez dormía dos noches seguidas bajo el mismo techo; y era en las posadas donde mejor podían informar a quienes por su paradero se interesaban. Ora acababa de pasar por allí, ora se esperaba que pasara a las seis; o bien alguno que allí entraba la había visto por la mañana o por la tarde esperaba verla. Después de las hosterías de los caminos eran las iglesias los establecimientos que más frecuentaba. Algún librepensador solicitaba a cualquier arrapiezo que entrase a tal o cual edificio sacro por ver si dentro estaba Madame Levaille y para que la informase de que fuera aguardaba Fulano de Tal para conferenciar con ella... acerca de patatas, o harina, o granito, o casas; y abreviaba ella sus devociones y al exterior salía persignándose y guiñando ambos ojos a causa de la luminosa cascada de rayos solares, muy bien dispuesta a discutir de negocios, con calma y sensatez, en el mesón más próximo. Recientemense te había alojado por unos días varias veces en casa de su yerno, procurando ahuyentar los pesares y dolores hablando con compostura y afabilidad. Sintió Jean-Pierre deshacérsele las convicciones adquiridas en el regimiento, y no a fuerza de argumentos sino de hechos probados. Caminando por sus campos lo pensó detenidamente. Tres eran sus hijos. ¡Tres! ¡Todos iguales! ¿Por qué? Algo así no le sucedía a todo el mundo…, a nadie, que él supiera. Uno, todavía podía pasar. ¡Pero tres! Los tres. Inútiles para siempre, destinados a que les diesen de comer de por vida y... ¿Qué sería de la tierra cuando muriese él? De eso había que ocuparse. Sacrificaría sus convicciones. Un día le dijo a su esposa:

—Veamos qué puede tu Dios hacer por nosotros. Paga para que se celebren unas misas.

Abrazó Suzanne a su hombre. Permaneció él rígido, luego se giró sobre sus talones y se alejó. Pero algo más tarde, cuando ensombreció una sotana negra su umbral, no alzó protesta; aun llegó a servirle personalmente un vaso de sidra al párroco. Con docilidad atendió sus palabras; a misa asistió entre las dos mujeres; cumplió en Pascua con lo que el cura designaba como sus “deberes religiosos”. Aquella mañana se sintió como alguien que hubiera vendido su alma. Por la tarde vino ferozmente a las manos con un buen amigo y vecino que comentó que toda la ventaja la llevaban siempre los buitres y que ahora los curas habrían de comerse al comecuras. Tornó a su hogar con los cabellos en desorden y la nariz sangrante, y como en aquel momento asomaron sus hijos (habitualmense te ocupaban de mantenerlos alejados) profirió una retahíla de incoherentes blasfemias, descargando puñetazos sobre la mesa. Prorrumpió Suzanne en llanto. Madame Levaille se mantuvo sosegadamente impertérrita. Le aseveró a su hija que aquello “pasaría”, y tomando su recio parasol se marchó con prisas a contratar una goleta que embarcase granito de su cantera.

Cosa de un año después nació la niña. Una niña. Recibió la noticia Jean-Pierre mientras en los campos se hallaba, y hasta tal punto lo contrarió que se dejó caer contra la tapia que dividía los terrenos y allí se quedó que oscureció, en vez de llegarse a casa como lo urgían. ¡Una niña! Casi estafado se sentía. Empero, al volver a casa estaba ya a medias reconciliado con su suerte. Siempre la podrían casar con un buen mozo: no con uno que no sirviera para cosa alguna, sino con un muchacho espabilado y dotado de un buen par de brazos. A mayor abundamiento, pensaba, el siguiente sería varón. Por supuesto que ambos serían perfectamente normales. Cerraba el paso a toda duda su credulidad recientemente adquirida. Había cesado la mala racha. Alegre le habló a su esposa. Esperanzada se mostró ella también. A aquel bautizo concurrieron tres sacerdotes y fue Madame Levaille la madrina. La cría resultó igualmente idiota. Los posteriores días de mercado se vio a Jean-Pierre regatear de mal talante, pendenciero y avaricioso; después se emborrachaba con vehemencia taciturna; luego, a la caída de la noche, volvía a casa con tal velocidad que dijérase acudía a una boda, aunque con un rictus sombrío más propio de un entierro. Alguna vez le insistía a su esposa para que lo acompañara; y juntos partían de madrugada bamboleándose en la carreta, uno a la vera del otro, en el estrecho asiento por encima del impotente puerco que, atadas las patas, a cada bache gruñía un suspiro melancólico. Silenciosos eran aquellos trayectos matutinos; mas por la noche, durante el retorno a casa, Jean-Pierre, beodo, mascullaba amargado e insultaba a su maldita esposa incapaz de parir hijos como los de cualquier vecino. Suzanne, asiéndose para no caer por las locas sacudidas de la carreta, fingía no enterarse.

Cierta vez, mientras atravesaban Ploumar, algún impulso oscuro y borracho lo movió a frenar de improviso ante la iglesia. Flotaba la luna entre nubecillas blancas. En el cementerio contiguo brillaban pálidas las losas sepulcrales bajo las sombras intrincadas de los árboles. Aun los perros dormían en el pueblo. Sólo los ruiseñores, despiertos, sobre la quietud de las tumbas entonaban vibrantes su canto. Jean-Pierre le dijo ebriamente a su esposa:

—¿Qué crees que hay ahí? —Con el látigo señaló la torre, en lo alto de la cual destacaba a la luz de la luna la esfera enorme del reloj cual pálido rostro sin ojos. Y tras erguirse con pesadez cayó al pie de las ruedas. Se incorporó y salvó trabajosamente los contados escalones que a la verja del cementerio llevaban. Introdujo entre dos barrotes la cabeza y turbiamente gritó: ¡Hola, amigos! ¡Resucitad!

—¡Jean! ¡Vuelve aquí! ¡Vuelve aquí! —suplicó en un hilo de voz su esposa.

Hizo él caso omiso y semejó esperar algo unos instantes. Por doquier contra los altos muros de la iglesia resonaba el canto de los ruiseñores, haciendo eco entre las cruces de piedra y las lisas lápidas grises, inscritas con frases de aflicción y esperanza.

—¡Eh, los de ahí! ¡Resucitad! —gritó Jean-Pierre a voz en cuello. Cesaron de cantar los ruiseñores—. ¿Es que no hay nadie? —insistió Jean-Pierre—. Nadie hay. Es una estafa de esos buitres. Eso es lo que es. Nadie hay aquí. Los desprecio. ¡Ea! —Con todas sus energías sacudió la verja, y sonaron los férreos barrotes altos con un retintín pavoroso, cual cadena arrastrada por peldaños de piedra. Ladró de manera alborotada algún perro en las proximidades. Retrocedió Jean-Pierre dando traspiés, y después de tres intentos fallidos triunfó en su empeño de subirse a la carreta. Queda y muda permanecía Suzanne.

Le dijo él con severidad etílica—: ¿Ves? Nadie hay. ¡Me han timado! ¡Mal hayan! Me las pagarán. Al primero que vea por casa le doy de latigazos... en los negros lomos., sin piedad. A ella tampoco por allí quiero verla: no sirve más que para ayudar a que esos buitres carroñeros despojen a los pobres. Un hombre soy... Ya veremos si no consigo engendrar hijos como los de cualquier vecino… tú, ándate con cuidado... No todos serán... no todos... ya lo veremos...

Ella rompió en sollozos entre sus dedos, con los cuales se ocultaba el rostro.

—¡No hables así, Jean! ¡No hables así, hombre mío!

Le propinó él un manotazo en la cabeza y la hizo caer en la parte trasera de la carreta, donde quedó hecha un ovillo, sufriendo lamentables sacudidas con los tumbos del vehículo. Guió furioso, de pie, blandiendo el látigo, agitando las riendas sobre el caballo gris, que galopaba pesadamente y hacía botar sobre su grupa los recios arreos. El campo resonaba clamoroso en la noche con los ladridos irritados de los perros que en las granjas a lo largo del camino oían el rechino de las ruedas. Un par de caminantes tardíos apenas tuvieron tiempo de apartarse a la cuneta de un salto. Al llegar ante su puerta chocó contra el poyo y salió despedido de cabeza. Siguió despacio el caballo su marcha. Ante los gritos desgarradores de Suzanne acudieron presurosos los peones de la granja. Ya lo daba ella por muerto, pero simplemente había quedado dormido donde cayera y maldijo a sus hombres, que se acercaron a auxiliarlo, por sacarlo de su sueño. Llegó el otoño. Sobre los negros perfiles de las colinas se abatía un cielo nuboso; y bajo los despojados árboles danzaban en torbellinos las hojas muertas, hasta que el viento, suspirando profundamente, se las llevaba a reposar en lo más hondo de valles pelados. Y desde que se levantaba el sol hasta el ocaso se veían por toda la comarca negras ramas desnudas, contorsionadas y nudosas, como retorcidas de dolor, que tristemente se mecían entre el cielo pluvioso y la tierra empapada. Los riachuelos, suaves y claros en verano, ahora se abalanzaban insensatos y tenebrosos contra las peñas que su recorrido hacia el mar les dificultaban, henchidos de esa locura rabiosa que mueve a suicidio. De horizonte a horizonte extendíase entre las colinas el largo camino a la playa, semejante a innavegable río de lodo, en un apagado fulgor de curvas desiertas.

Jean-Pierre iba de parcela en parcela agitándose borroso y alto entre la llovizna o recortándose solitario y grandioso en la cresta de las eminencias, contra el fondo gris de nubes presurosas, como si por el borde mismo del universo caminara. Contemplaba la tierra negra, la tierra muda y promisoria, la tierra enigmática que bajo la tristeza velada del cielo desarrollaba en mortuoria inmovilidad su obra de vida. Y se le antojaba que para un hombre peor que sin hijos no había promesa alguna en la fecundidad de los campos y que la tierra se le escabullía, lo traicionaba, lo desdeñaba, lo mismo que las nubes raudas y sombrías por encima de su cabeza. A solas con sus posesiones, ante la tierra perdurable echaba de ver la vulnerabilidad del hombre perecedero. ¿Habría de abandonar su esperanza de tener un hijo que pudiera contemplar los surcos con mirada de amo? ¡Un hombre que pudiera pensar como él pensaba, sentir como él sentía, un hombre que fuera parte de él mismo y, sin embargo, quedara para hollar aquella tierra cuando él no estuviese ya! Pensó en algunos de sus parientes lejanos y tan asqueado se sintió que los maldijo en voz alta. ¿Ellos? ¡Jamás! Orientó a casa sus pasos, caminando en derechura hacia el tejado de su morada, visible entre enlazados esqueletos de árboles. Mientras franqueaba el portillo se posó despacio sobre los campos una bandada graznante de aves: aleteantes y silenciosas, descendieron a su espalda lo mismo que copos de hollín. Aquel día a hora temprana de la tarde había salido Madame Levaille hacia el caserón que en las inmediaciones de Kervanion poseía. Allí debía darles la paga a varios de los hombres que trabajaban en la cantera de granito, y llegó más que puntual porque su caserón encerraba una tasca en la cual podrían sus operarios gastarse los dineros sin necesidad de llegarse al pueblo. Guarecido estaba el solitario caserón entre un conjunto de peñas. A su puerta moría un sendero de fango y guijarros. Los vientos marinos que por la punta de Canteros llegaban a tierra firme, recién salidos del fiero tumulto de las olas, aullaban hostiles contra los bloques impasibles de piedra negra, que ante las tremendas arremetidas invisibles, sustentaban enérgicamente cruces altas de cortos brazos. En medio del fragor de los ventarrones permanecía el edificio resguardado en retumbante e inquietante calma, semejante a la calma del centro de un huracán. En noches tempestuosas, cuando había marea baja, la bahía de Fougère, a unos quince metros por debajo del nivel del caserón, semejaba inmenso pozo negro, del cual ascendían murmullos y suspiros cual si la playa abajo viviese y protestase. Cuando había marea alta, las infatigables aguas asaltaban los arrecifes en embestidas fulgurantes que concluían en estallidos de luz lívida y columnas de espuma que volaban tierra adentro hiriendo mortalmente la hierba de los pastizales.

Avanzó la oscuridad sobre las colinas, cayó sobre el litoral, sofocó los rojos fuegos del crepúsculo y en el mar se internó persiguiendo a la marea en fuga. Cesó el viento a la par que el sol, dejando unas aguas encrespadas y un cielo devastado. Por encima del caserón parecía el firmamento como ataviado de harapos negros, prendidos aquí y acullá por alfileres ígneos. Madame Levaille, convertida esa velada en sirvienta de sus propios trabajadores, procuró inducirlos a que se marcharan ya: “Una vieja como yo debería estar en la cama a estas horas…”, reiteraba de buen humor. Bebían los picapedreros y pedían siempre otro trago más. Gritaban en las mesas como si desde extremos opuestos de un prado hablasen. En una de las esquinas jugaban cuatro de ellos a los naipes, golpeando la plancha de madera con sus recios nudillos y blasfemando a cada envite. Sentábase uno con mirada perdida tarareando el estribillo de alguna canción, que repetía sin cesar. Otros dos, en un rincón, disputaban confidenciales y feroces por alguna mujer, mirándose con intensidad a los ojos como si anhelaran arrancárselos, aunque hablando en cuchicheos discretos que prometían violencia y muerte, en un siseo venenoso de palabras a media voz. Tan denso era el ambiente que podía cortarse con un cuchillo. Tres palmatorias en la ancha estancia alumbraban rojas y lúgubres cual chispazos que expiraran en cenizas. El ruido leve del picaporte a hora tan tardía sonó inesperado y sobrecogedor como un trueno. Depositó Madame Levaille la botella de licor con que se disponía a llenar una copa; volvieron los jugadores la cabeza; cesó la cuchicheada disputa; sólo el que tarareaba, después de lanzar una mirada a la puerta, prosiguió con aire estólido su actividad. Apareció Suzanne en el umbral, lo franqueó, cerró la puerta de golpe y porrazo y apoyó contra ella la espalda, exclamando casi en un alarido:

—¡Madre!

Madame Levaille, volviendo a echar mano de la botella, dijo con acentos de serenidad:

—Conque eres tú, hija. ¡Pero hay que ver con qué pinta te presentas!

El cuello de la botella golpeteó contra el borde de la copa, pues la anciana se había asustado, invadiéndola la idea de que estaba la granja en llamas. Otro motivo no se le alcanzaba que explicase la aparición de su hija. Empapada y lodosa, Suzanne paseó la mirada por la estancia sin excluir a los dos del rincón. Inquirió su madre:

—¿Qué ha sucedido? ¡Dios nos asista! —Se agitaron levemente los labios de Suzanne.

Ningún sonido articuló. Se adelanto Madame Levaille hasta su hija, la asió del brazo, a la cara la miró—. Por Dios —dijo de manera entrecortada—, ¿qué sucede? Rebozada estás de barro... ¿A qué has venido?... ¿Dónde está Jean? —Ya se habían puesto todos los hombres en pie y se aproximaban con lentitud, presas de un lerdo estupor. Tiró Madame Levaille de su hija, y apartándola de la entrada la arrastró a una silla apostada contra la pared. Increpó luego con fiereza a los hombres—: ¡Basta ya! ¡Fuera todos, largo de aquí! Se cierra el establecimiento. Uno, escudriñando a Suzanne derrumbada en la silla, observó:

—Está, como quien dice, medio muerta.

Abrió la puerta con brusquedad Madame Levaille.

—¡Lárguense! ¡Fuera! —gritó, temblando de nerviosismo.

Salieron ellos a la intemperie, entre risas tontas. Estallaron en gritos, una vez fuera, los dos Lotarios. Procuraron apaciguarlos los demás, hablando todos al unísono. Fue alejándose el alboroto por el sendero, con los hombres tropezando entre sí en apiñado grupo, recriminándose bárbaramente unos a otros.

—Habla, Suzanne. ¿De qué se trata? ¡Habla! —demandó Madame Levaille no bien pudo cerrar la puerta. Perdida la mirada en la mesa, Suzanne articuló algunas ininteligibles palabras. La anciana enclavijó las manos por encima de la cabeza, las dejó caer y quedó mirando a su hija con expresión desconsolada. Su propio marido había tenido “trastornado el seso” algunos años antes de morir, y ahora venía a sospechar que era su hija quien enloquecía. Preguntó ansiosa:

—¿Sabe Jean que estás aquí? ¿Dónde está Jean?

Suzanne articuló mal que bien:

—Sólo él mismo lo sabe: ha muerto.

—¡Cómo! —exclamó la anciana. Se le aproximó más aún, y escudriñando a su hija repitió—: ¿Qué dices? ¿Qué dices? ¿Qué dices?

Secos los ojos, Suzanne siguió tiesa cual estaca ante Madame Levaille, que la miraba notando abrirse paso en el silencio de la morada una sensación singular de inexplicable horror. Apenas si comprendió aquella noticia para caer en la cuenta de que con la rapidez del rayo la habían puesto cara a cara con un hecho inesperado y consumado. Ni siquiera se le pasó por las mientes solicitarle mayores aclaraciones. Pensó: un accidente, un terrible accidente, él debía de haberse descalabrado, debía de haberse caído por una trampilla del pajar... Permaneció allí consternada y muda, pestañeándole los ancianos ojos. De improviso dijo Suzanne:

—Lo he matado yo.

Petrificada quedó la madre durante un instante, casi privada de respiración, mas sin perder la compostura. Un segundo después profirió un grito:

—¡Miserable loca, te cortarán el pescuezo! —Ya se imaginaba a los gendarmes presentándose en el caserón y diciéndole: “Por su hija venimos; entréguenosla”; los gendarmes con expresión dura, severa, de hombres que cumplen con su deber. Conocía al brigadier: un buen amigo, campechano aunque respetuoso, que con fogosidad exclamaba “A su salud, señora”, antes de llevarse a los labios una copita de coñac servida de la botella especial que reservaba ella para los amigos. ¡Y ahora...! La cabeza le dio vueltas. Empezó a pasearse de un lado a otro, como buscando algo de urgente necesidad; se detuvo, quedó inmóvil en el centro de la estancia y a su hija le chilló—: ¿Por qué? ¡Di! ¡Di! ¿Por qué?

Con un sobresalto pareció la otra emerger de su singular apatía:

—¿Se figura usted que soy de piedra? —repuso en un grito, adelantándose a grandes zancadas hasta su madre.

—¡Lo que me cuentas es imposible...! —dijo Madame Levaille con convicción.

—Vaya a comprobarlo usted misma, madre —replicó Suzanne mirándola con fuego en los ojos—. No hay en el cielo misericordia, ni justicia. ¡No!... Yo lo ignoraba... ¿Se figura que carezco de sentimientos? ¿Se figura que nunca he oído a las gentes burlarse de mí, compadecerse de mí, maravillarse de mí? ¿Sabe cómo me motejaban algunos? La madre de los monstruos: ¡tal era mi apodo! Y mis hijos no me reconocían, no me hablaban. No se daban cuenta ellos, ni los hombres, ni Dios. ¡Vaya si habré rezado! Pero rehusó atender a mis plegarias la mismísima Madre de Dios: ¡una madre! ¿Era yo la maldita o lo era el muerto? ¿Eh? Dígame. Me he defendido. ¿Se figura que provocaría yo la cólera de Dios teniendo mi casa llena de esas cosas... que son peores que los animales, los cuales sí reconocen la mano que los alimenta? ¿Quién a las puertas mismas de la iglesia blasfemó en la noche? ¿Fui yo?... Me limité yo a llorar y suplicar misericordia.., mas pesa sobre mí la maldición a todas horas, el día entero la contemplo en mi derredor... Debo mantenerlos vivos: proveer al sustento de mi infortunio y mi oprobio. Luego llegaba él. Y a él y a los Cielos les imploraba yo compasión... ¡No!... Pues ateneos a las consecuencias... Esta noche retornó él a casa. Me dije: “¿Con que, otra vez?”... Tenía yo en las manos mis tijeras largas. Lo oí gritarme... Lo vi aproximarse... ¿Lo hago, no lo hago?... ¡Toma ya!... Y el cuello le rajé por encima del pecho... Ni un suspiro le oí... Lo dejé allí aún en pie... Hace pocos instantes que sucedió. ¿Cómo habré venido a parar aquí?

Se estremeció Madame Levaille. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, le agitó los brazos gordezuelos bajo las ceñidas mangas, la hizo dar pataditas en el suelo. Temblaron los gruesos mofletes, los delgados labios, las arrugas en las comisuras de sus firmes ojos ancianos. Balbució:

—Mala pécora, eres mi deshonra. ¡No es de extrañar! ¡Siempre a tu padre te asemejaste! ¿Qué te figuras que será de ti... en el otro mundo? En éste... ¡Oh, qué horror!

Ardía ahora. Fuego sentía en las entrañas. Se retorcía las manos sudorosas… y de improviso, moviéndose con celeridad, se aplicó a buscar su enorme chal y su parasol, febrilmente, sin lanzar una sola mirada a su hija, quien, siguiéndola con ojos desconcertados y ausentes, permanecía en medio de la estancia.

—Nada peor que lo que es de mí en éste —dijo Suzanne.

Su madre, con el parasol ya en la mano y arrastrando el chal por el suelo, gruñó airada.

—Debo ir a ver al párroco —declaró apasionadamente—. ¡Ni siquiera sé si lo que me has contado es la verdad! Estás perdida. Dondequiera que vayas darán contigo. Puedes quedarte o marcharte, a voluntad. Para ti no hay lugar en este mundo.

Lista ya para partir, aún vagó sin propósito por la estancia, ordenando las botellas en el estante, tratando con temblorosa mano de cerrar las cajas de cartón. Cada vez que entre el marasmo de sus pensamientos se le perfilaba momentáneamente el verdadero sentido de lo que acababa de escuchar, tenía la impresión de que le había estallado algo en el cerebro sin, por desdicha, hacerle añicos la cabeza… lo cual habría sido un alivio. Una tras otra apagó las velas sin reparar en lo que hacía y acabó horrorosa-mente asustada por la oscuridad. En un taburete contiguo se dejó caer con brusquedad, y a gimotear se entregó. Enseguida paró de hacerlo y quedó a la escucha de la respiración de su hija, a quien apenas veía, rígida e inmóvil, y que otra señal de vida no daba. Envejeció de manera desmesurada en aquellos minutos. Habló en vacilante tono, entrecortado por el castañeteo de sus dientes, como atacada de gélido y mortal acceso febril:

—Ojalá hubieras muerto de niña. Coraje suficiente nunca reuniré para volver a mostrarme a la luz del sol. Desgracias hay peores que tener hijos idiotas. Ojalá hubieras nacido tan inútil como tus propios...

A la tenue y lívida claridad de una de las ventanas distinguió que se movía la silueta de su hija. Apareció luego recortada contra el umbral durante un segundo, y fue cerrada la puerta de golpe y porrazo. Madame Levaille, como despertada de prolongada pesadilla por aquel ruido, al exterior se precipitó.

—¡Suzanne! —gritó desde el umbral.

Largos instantes oyó rodar una piedra por el declive hacia la rocallosa playa. Avanzó con cautela, apoyando una mano en el muro del caserón, y miró abajo escrutando la oscuridad uniforme de la bahía solitaria. De nuevo clamó:

—¡Suzanne! Vas a matarte.

Acababa la piedra de dar en las tinieblas un último salto y ya nada oía. Una idea repentina pareció embargarla y no quiso vocear más. Volvió la espalda al silencio negro del abismo y enfiló el camino hacia Ploumar, tambaleándose en su sombría resolución, como si emprendiera un viaje desesperado que hubiera de durar, acaso, hasta el fin de sus días. Hosco y rítmico estruendo de olas rompiendo contra los arrecifes la siguió tierra adentro entre los setos vigorosos que cercaban la lóbrega soledad de los campos. Había girado Suzanne a mano izquierda del umbral, al salir corriendo, y tras una peña al borde del declive se había agazapado. Había resbalado hacia el fondo una piedra suelta, sonando al rebotar. Al clamar llamándola Madame Levaille, con sólo estirar el brazo habría podido Suzanne tocarle las faldas, de no faltarle valor para mover pie ni mano. Vio que se alejaba la anciana y permaneció inmóvil, cerrando los ojos y acurrucándose contra la superficie dura y escabrosa de la roca. Después de un rato se le hizo visible en la intensa oscuridad entre las peñas un rostro familiar de mirada fija y abierta boca. Profiriendo un chillido ahogado se puso ella en pie. Se desvaneció el rostro, dejándola estremecida y temblorosa en el páramo agreste de piedras. Pero no bien se hubo sentado nuevamente a reposar apoyando la cabeza contra la roca, el rostro retornó, se aproximó, con pinta de estar anheloso de concluir la conversación que apenas un rato atrás fuera interrumpida de manera tan abrupta por la muerte. Con gran rapidez se irguió ella y dijo:

—Vete o te mataré otra vez.

Aquel ser oscilaba, meciéndose a izquierda y derecha. Ella se movía de un lado para otro, retrocedía, hacía por gritarle y se sentía abrumada por la quietud inmutable de la noche. Dio un traspié al filo del precipicio, y notando bajo sus pies el pronunciado declive echó a correr ciegamente hacia abajo para evitar despeñarse de cabeza. El abismo semejó despertar; los guijarros corrían a su vera, la perseguían por detrás, rodaban tumultuosos por doquier, cobrando movimiento en repiqueteo creciente al paso de ella. En mitad de la paz de la noche se intensificó ese rumor, que se volvió estruendo, continuo y aparatoso, lo mismo que si todo el declive pedregoso se derrumbara hacia la bahía. Los pies de Suzanne apenas tocaban la pendiente, que parecía correr con ella. Al llegar al fondo dio un nuevo traspié, se bamboleó alargando los brazos y pesadamente cayó. Enseguida se puso en pie de un brinco y rauda volvió la cabeza con objeto de lanzar una mirada hacia atrás, llenas las cerradas manos de la arena que al caer oprimiera. Allí estaba el rostro, manteniéndose a idéntica distancia, visible en su propio resplandor, que formaba un halo pálido en la noche. Gritó ella:

—Lárgate.

Se lo gritó dolorida, aterrada, pródiga en rabia contra su inútil puñalada incapaz de mantenerlo yerto y lejos de su vista. ¿Qué deseaba él ahora? Muerto estaba. No pueden engendrar hijos los muertos. ¿Es que jamás iba a dejarla en paz? Haciendo enérgicos aspavientos le chilló a aquel ser. Tuvo la impresión de sentir el hálito de unos labios entreabiertos, y lanzando un grito inmenso de desesperación huyó por la lisa superficie de la playa. Corría ligera, inconsciente de esfuerzo alguno de su propio cuerpo. Altas rocas afiladas, que cuando está inundada la playa asoman sobre la planicie lustrosa del agua azul cual puntiagudas torres de iglesias sumergidas, destellaban a su paso mientras huía, perdido todo dominio de sí misma. A lo lejos a su izquierda divisó algo luminoso: un ancho disco de luz en cuyo derredor giraban alargadas sombras lo mismo que radios de rueda. Oyó una voz que llamaba: “¡Eh! ¡Ven aquí!” , y replicó con un chillido espantoso. ¡Conque él aún podía llamarla! La conjuraba a detenerse. ¡Jamás!... Atravesó en la noche un asustado grupo de recogedores de algas en torno de un quinqué, sobrecogidos de pavor ante el alarido de ultratumba que de aquella sombra en fuga había brotado. Con aterrado mirar se asían los hombres a sus horquillas. Cayó de rodillas una mujer y tras persignarse se aplicó a rezar en voz alta. Rompió a sollozar desconsolada una chiquilla de falda harapienta cargada de algas viscosas y hacia el hombre que portaba la luz corrió con su chorreante carga. Dijo alguien:

—En el mar se interna esa cosa.

Exclamó otra voz:

—¡Y la marea sube! Observad que se multiplican los charcos. Eh, tú, la que reza, ¿no me oyes? ¡Levántate!

Declararon varias voces al unísono:

—Sí, larguémonos. ¡Que se pierda en el mar ese espectro maldito!

La retirada iniciaron, congregados todos junto a la luz. De improviso estalló uno de los hombres en imprecaciones. Él iría a ver qué era aquello. De mujer había sido la voz. Él sí iría. Alzaron consternadas protestas las mujeres... pero se desgajó del grupo la alta silueta masculina y echó a correr. Reclamaron los demás su vuelta con aterrada solicitud unánime. Desde la oscuridad les replicó una palabra desdeñosa y burlona. Gimió una mujer. Dijo gravemente un anciano:

—Cosas así hay que dejarlas en paz.

Reanudaron la marcha más despacio, arrastrando por la blanda arena los pies y cuchicheándose unos a otros que Millot no temía a nada, al carecer de religión, pero que habría de acabar mal algún día. A Suzanne la detuvo la creciente marea al llegar a la altura del islote de El Cuervo y paró jadeante, sumergidas las piernas en el agua. Escuchó el murmullo y sintió la caricia fría del mar y, más sosegada ya, distinguió, de un lado, la masa tenebrosa e indistinta de El Cuervo y, del otro, la larga franja blanca de los arenales de Moléne, que toda marea pone de relieve por encima del fondo de la bahía de Fougère. Se volvió en redondo y contempló a lo lejos, contra el firmamento cuajado de estrellas, la silueta peñascosa del litoral. Por encima de la misma, casi enfrente de ella, despuntaba la torre de la iglesia de Ploumar: fina y alta pirámide que señalaba oscura y puntiaguda hacia el titileo arracimado de las estrellas. Singularmente tranquila se sintió. Cobró conciencia de dónde se hallaba y empezó a recordar cómo había ido a parar allí... y por qué. Escrutó la suave oscuridad a su alrededor. Solitaria se hallaba. Nada había allí, nada cerca de ella, ni vivo ni muerto.

Quedamente subía la marea, extendiendo largos brazos impacientes de extraños remolinos que hacia tierra entre lomas de arena corrían. Bajo la noche crecían arroyuelos con misteriosa premura, mientras el vasto mar, aun lejano, rugía con ritmo regular a lo largo de la línea confusa del horizonte. Varios metros retrocedió Suzanne chapoteando, sin poder zafarse del agua que tiernamente murmuraba a su alrededor y que de improviso con malicioso gorgoteo casi la derribó. Se estremeció su corazón, despavorido. Demasiado grande y solitario era aquel lugar para morir en él. Que mañana hicieran con ella lo que se les antojara. Pero antes de morir tenía que contarles, tenía que decirles a los señores de toga negra que hay cosas que ninguna mujer puede aguantar. Tenía que explicarles cómo fue todo... Chapoteó, salpicándose la pechera, harto ensimismada para mirar en ello... Tenía que explicárselo. “Él entró como siempre y habló precisamente así: ‘¿Te figuras que voy a legar mis tierras a mis parientes de Morbihán, a los cuales no conozco siquiera? ¿Eh? ¡Ya lo veremos! ¡Ven aquí, hembra nefasta!’. Y alargó el brazo. Entonces, Messieurs, dije: ‘¡Por Dios que no!’ Y propinándome manotazos en la cabeza dijo: ‘No hay Dios que me impida obrar a mi antojo! Métetelo en la mollera, puerca inútil. Haré cuanto me plazca.’ Y me aferró por el brazo. Entonces, Messieurs, a Dios imploré auxilio, y al instante siguiente, mientras él me pegaba, en mi mano sentí las tijeras largas.

”Desabrochada llevaba él la camisa y a la luz de la palmatoria distinguí el jequecillo de su garganta. Grité: ‘¡Suéltame!’. No dejó de zarandearme con violencia. ¡Fuerte era mi hombre, vaya si lo era! Entonces pensé: ‘¡No! ¿Lo hago? ¡Toma ya!...’, en el gaznate se las clavé. No lo vi caer. ¡No! ¡No!... No lo vi caer... Mi anciano suegro ni siquiera volvió la cabeza. Sordo y tonto está, Messieurs... Nadie lo vio caer. Hui... Nadie lo vio...”.

Habíase metido ya, gateando, entre las rocas de El Cuervo y hallábase ahora, toda sofocada, en mitad de las densas tinieblas del islote peñascoso. Está El Cuervo enlazado con tierra firme por un espolón natural de piedras inmensas y resbaladizas. Por aquella vía pensó en retornar a casa. ¿Estaría él allí todavía? En su hogar. ¡Su hogar! Cuatro idiotas y un cadáver. Tenía que volver y explicarlo. Nadie dejaría de comprender...

Cerca de ella pareció que la noche o el mar dijese con nitidez:

—¡Ajá! ¡Por fin doy contigo!

Se sobresaltó, resbaló, cayó; y sin tratar de incorporarse aguzó el oído, espantada. Oyó una respiración pesada, un resonar de zuecos. Cesaron los ruidos.

—¿Cómo diablos has venido a parar aquí? —dijo un hombre invisible, roncamente.

Contuvo ella la respiración. Identificó aquella voz. No lo había visto caer. ¿Acaso la perseguía muerto o quizá... vivo? Le dio vueltas la cabeza. Desde el hueco en que estaba acurrucada gritó:

—¡Jamás, jamás!

—¡Oh! Ahí sigues. Me has hecho danzar a base de bien. Aguarda, preciosa, que después de todo esto la carita quiero verte. Aguarda ahí...

Tropezaba Millot, riendo, blasfemando de pura satisfacción, entusiasmado por haber dado caza a aquel espectro. “¡Como si existieran los fantasmas! ¡Bah! Cumplía a un veterano de África darles una lección a esos gañanes... Pero es curioso. ¿Quién diantre será?”

Agazapada, Suzanne prestó atención. Venía por ella el muerto. No había escapatoria. Cuánto escándalo armaba entre las piedras... Vio perfilarse su cabeza, luego los hombros. ¡Alto era su hombre, vaya si lo era! Se agitaban sus brazos poderosos, y era su mismísima voz aunque se oyera poco familiar… a causa de las tijeras. Se puso ella en pie de un brinco, corrió hasta el filo del acantilado y volvió la cabeza con objeto de lanzar una mirada hacia atrás. El hombre, inmóvil sobre una roca, contra el fulgor del firmamento se recortaba en negro mortuorio.

—¿Adónde vas? —le inquirió con rudeza.

Ella, mirándolo con reconcentrada intensidad, respondió:

—¡A casa!

Se adelantó él hasta una roca contigua con un torpe salto largo, y mientras intentaba recuperar el equilibrio dijo:

—¡Ja, ja! Pues entonces te acompaño. Es lo menos. ¡Ja, ja, ja!

Ella lo miró de hito en hito hasta que parecieron los ojos trocársele en brasas ardientes que le quemaban el cerebro, y sin embargo experimentaba un terror mortal a identificar aquellas facciones familiares. Mucho más abajo de sus pies, el mar lamía el islote con chapoteo rítmico y seductor. El hombre, avanzando un paso más, dijo:

—Voy por ti. ¿Qué te parece?

La sacudieron estremecimientos. ¡Venía por ella! No había posibilidad de huida, ni de paz, ni de esperanza. Tendió en derredor una mirada de angustia. De improviso, la entera costa sombría, los islotes imprecisos, el cielo mismo, se tambalearon y se inmovilizó luego todo. Cerró los ojos y chilló:

—¿No puedes aguardar a que esté muerta?

Henchida estaba de un odio furioso hacia aquel espectro que en este mundo la perseguía, un espectro al cual la muerte misma no había aplacado en su anhelo de tener un heredero como los de cualquier vecino.

—¿Eh? ¿Cómo? —dijo Millot, conservando prudentemente cierta distancia. Se dijo: “¡Cuidado! Una lunática. Tienen lugar los accidentes cuando menos se los espera”. Fuera de tino, ella prosiguió:

—Vivir quiero. Vivir en paz... una semana... un día. Tengo que explicarlo... Te haré pedazos, otras veinte veces te mataré, antes que permitirte tocarme viva. ¿Cuántas veces habré de matarte, so impío? Es Satanás quien te manda. ¡Maldita estoy yo también!

—Vamos, vamos —dijo Millot, preocupado y conciliador—. ¡Pero si estoy yo más vivo que nadie!... ¡Oh, Dios mío!

Había ella gritado: “¡Vivo!”, y, al momento, ante los ojos masculinos se había volatilizado como si el islote mismo se hundiera bajo sus pies. Corrió hasta el borde Millot, y tendiéndose en tierra miró hacia los arrecifes. Allá abajo distinguió los esfuerzos de ella espumando el agua y oyó un grito horrísono en demanda de auxilio que subió cual aguzado dardo a lo largo de la cara perpendicular del islote y se perdió hacia el cielo elevado e impasible. Madame Levaille, secos los ojos, sentábase entre la magra vegetación de la falda de la colina, estiradas las regordetas piernas y vueltos hacia arriba los ancianos pies en sus alpargatas negras. Se veían junto a ella sus chanclos, y un poco más allá descansaba sobre la mustia hierba el parasol, cual arma desprendida del puño de un guerrero vencido. La contempló el marqués de Chavanes, a caballo, apoyada la enguantada mano en el muslo, mientras se erguía ella entre rezongos trabajosamente. Por la vereda de las carretas de algas, cuatro hombres transportaban tierra adentro sobre unas parihuelas el cadáver de Suzanne en tanto varios otros desfilaban abatidos tras ella. Madame Levaille siguió la procesión con los ojos.

—Sí, monsieur le marquis —declaró desapasionadamente con su acostumbrado tono calmoso de anciana sensata—. Personas desdichadas hay en este mundo. Tenía yo sólo una hija. ¡Una sola! ¡Y no la enterrarán en sagrado!

Se humedecieron sus ojos de improviso y rodó por sus mofletes una escueta cascada de lágrimas. Se arrebujó en el chal. lnclinóse levemente en su montura el marqués y dijo: —Tristísimo es ello. Reciba mi más sentido pésame. Al curé habré de hablarle. A todas luces estaba ella enajenada y fue accidental la caída. Así lo afirma Millot sin asomo de duda. Adiós, señora. —Y se alejó al trote diciéndose: “He de conseguir que a la vieja la designen tutora de los idiotas y administradora de la granja. Mucho mejor será eso que tener por aquí a cualquiera de los primos de Bacadou, a buen seguro acérrimos republicanos, pervirtiéndome el distrito”.

Joseph Conrad (1857-1924)




Relatos góticos. I Relatos de Joseph Conrad.


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El análisis y resumen del cuento de Joseph Conrad: Los idiotas (The Idiots), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reprodución escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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